Asignatura: Lenguaje y comunicación
Profesor: Ma. Francisca Herrera M.
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Herrera M
El gato con botas.
Un molinero que se sentía morir llamó a sus tres hijos para entregarles
lo que podía dejarles de herencia, que era todo lo que tenía. No fue difícil
repartir sus bienes, que eran solo un molino, que correspondió al hijo mayor;
un burro, entregado al segundo y un gato, que le dejó al menor.
Contemplando su mísera herencia, el pobre se
lamentaba diciendo: mis hermanos podrán tener una
buena vida trabajando juntos en el molino, ayudados
por el burro. Pero yo, ¿qué podré hacer? ¿Pensarán
que voy a comerme el gato y hacerme una gorra de
su piel? Micifuz, como se llamaba el animalito, oyó
este discurso y respondió con la mayor seriedad: no
se alarme por tan poco, mi amo, que podrá sentirse
muy satisfecho de su herencia, con solo
proporcionarme un saco y mandarme hacer un par de
botas, para salir de caza por los bosques vecinos.
Aunque no confiaría en las palabras de ningún gato, a este le había
visto hacer tantas diabluras para atrapar ratones, que decidió darle lo que
pedía. No bien el gato se calzó las botas, se echó el saco al hombro y tomó el
camino del bosque donde abundaban los conejos. Puso hojas de repollo
dentro del saco y lo dejó medio abierto, con un lazo corredizo que lo cerraría
al tirarlo. Luego, haciéndose el muerto, se tendió cuán largo era a esperar
que algún incauto orejudo viniese a comer. No habían pasado cinco minutos
cuando un conejo goloso entró a comer al saco. Micifuz tiró de la cuerda y lo
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encerró. Contento y orgulloso con su presa dirigió sus pasos al palacio del rey
y consiguió una audiencia.
Apenas estuvo en presencia de su majestad, le dijo, con una profunda
reverencia: aquí tiene vuestra majestad este conejo que le envía mi amo, el
señor marqués de Carabás —como en ese mismo momento se le ocurrió
llamarlo—. Dale a tu amo muchísimas gracias por su magnífico regalo —
respondió el rey.
En otra ocasión se tendió al acecho en un campo de trigo recién cosechado.
No bien dos perdices entraron al saco, tiró de la cuerda y las encerró. En
seguida repitió su visita al rey y, siempre en nombre de su amo el marqués, le
entregó el nuevo regalo. Tanto lo agradeció su majestad, que ordenó servirle
al mensajero un vaso de sus más sabrosas bebidas.
Durante varios meses Micifuz continuó llevando al rey conejos y
perdices, sin olvidar recordarle que venían de parte de su amo. En estas idas
y venidas, un día el gato supo que el
soberano saldría de paseo por orillas del río
con su hija, la hermosa princesa. De
inmediato corrió con la nueva donde su
amo: este será su día de suerte —le dijo—
siempre que siga este consejo: vaya a
bañarse a la parte del río que yo le indique y
lo demás déjelo por mi cuenta. (1)
El hijo menor del molinero no
comprendía las intenciones de Micifuz, pero
le obedeció. Justo mientras se bañaba pasó
el rey por la ribera y el gato se puso a gritar a todo pulmón: ¡Socorro!
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¡Socorro, que se ahoga el señor marqués de Carabás! Alarmado por este
griterío, el rey se asomó por la ventanilla del coche y, reconociendo al gato
de los regalos, mandó a sus guardias prestar socorro a su amo, el señor
marqués. Y mientras estos lo sacaban del agua, el gato le explicaba al rey
cómo unos bandidos habían asaltado a su amo, llevándose su caballo y sus
ropas.
El rey dispuso que oficiales de su guardia fueran de inmediato al
palacio a buscar un traje digno del señor marqués de Carabás, al cual hizo mil
atenciones. Como el joven molinero no era nada de mal parecido y los
lujosos vestidos realzaban su figura, la princesa empezó por encontrarlo muy
simpático y, tras unas pocas palabras gentiles y muchas tiernas miradas,
terminó completamente enamorada. Invitado por su majestad, el joven
continuó el paseo en el coche real.
Entretanto, Micifuz, frotándose las uñas de contento, se adelantó a la
comitiva decidido a completar sus planes. Primero encontró a unos
campesinos que cosechaban un sembrado y les gritó: ¡Ey, amigos…! Si el rey
les pregunta quién es el dueño de este sembrado, díganles que el señor
marqués de Carabás… ¡Y el que no lo haga, dése por muerto en una hora! (2)
El rey, que era muy curioso, eso preguntó. Y los campesinos, que eran
muy temerosos, eso respondieron. Tienes una hermosa propiedad, marqués
—le comentó el rey—. Sí, señor: me produce buena renta. Micifuz, que iba
siempre adelante, le hizo la misma advertencia a unas campesinas que vio
limpiando trigo. Y el rey hizo la misma pregunta. Y las campesinas dieron la
misma respuesta. El rey volvió a felicitar al marqués. Siempre adelantado,
repetía la misma amenazante canción a cuantos labradores veía en el
camino, y el monarca se admiraba cada vez más de las grandes riquezas del
marqués.
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La verdad era que todas las tierras por donde habían cruzado
pertenecían a un ogro, que vivía en un castillo grandioso, como era de
esperar de un personaje temible por su fiereza
y poderoso por su riqueza. En algún momento
Micifuz debió pasar junto a la mansión, y ya
informado de qué clase de tipo era este ogro,
se presentó en la mansión solicitando
humildemente hablarle.
Llevado ante el ogro le dijo que no había
querido pasar cerca de tan rico personaje sin
tener el gusto de ofrecerle sus respetos. El
dueño lo recibió con amabilidad y le ofreció un
asiento para descansar. Me han asegurado —
dijo el gato— que posee usted el don de
transformarse en el animal que más le acomode, sea en león o en elefante,
por ejemplo. Tan cierto es —respondió el ogro bruscamente—, que para
demostrártelo voy a convertirme ahora mismo en un león.
Muy asustado, al ver delante de sí a un león con melena y todo, ni sus
largas botas le impidieron al gato trepar hasta el alero del tejado. Vuelto el
ogro a su natural figura, bajó Micifuz y le confesó el gran susto que había
pasado. También me han dicho —continuó— y me cuesta más creerlo, que
usted también se transforma en animales muy pequeños… aunque en alguien
tan pequeño como un ratón me parecería imposible.
¿Qué hay algo imposible para mí? —repuso el ogro con aire de
ofendido—. ¡Juzgue usted por sí mismo! Y diciendo y haciendo se convirtió
en un ratoncillo que corría por el piso. Al verlo en esa mísera condición,
Micifuz saltó sobre él y se lo tragó.
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Cuando el rey pasó frente al castillo deseó visitarlo, y Micifuz se
apresuró a bajar el puente levadizo. ¡Bienvenida sea vuestra majestad al
castillo de mi amo, el señor marqués de Carabás! —exclamó—. ¡Cómo! —
exclamó admirado el rey—, ¿este castillo también es tuyo, marqués?, en mi
vida he visto cosa más hermosa. Veamos el interior.
El marqués tendió su mano a la princesa y ambos entraron, precedidos
del rey, en un gran salón, donde había preparada una suculenta comida
dispuesta por el ogro para seis o siete amigotes, que no se atrevieron a
entrar al saber que el rey estaba allí. Encantado el monarca de las dotes y
riquezas del señor marqués de Carabás, le
dijo: ¿Sabes, marqués, que no dejarías de
convenirme para yerno? El marqués hizo
una profunda reverencia, aceptó el honor
que el rey le dispensaba y en aquel mismo
día se concertó la boda con la hermosa
princesa.
El gato se convirtió en un gran
personaje y ya no volvió a cazar ratones,
sino por diversión, especialmente cuando
debía quedarse en casa, mientras su amo
acompañaba a su real suegro en una de
sus partidas de caza…
Versión de Floridor Pérez para esta edición