PEGASÍN
Pasaron varios minutos sin que apareciera gato ni animal alguno; en cambio, vio
acercarse un pájaro muy grande. Quizás el mismo que antes había confundido
con una nube. ¿Sería él quien se comía las natillas? Hay pájaros que comen de
todo o casi. Eusebio criaba canarios y les daba manzana, pera y huevo duro,
además de lechuga y alpiste. Y al loro de doña Juana, la simpática viejecita del
primer piso, le gustaba el chocolate. A medida que el pájaro se acercaba a la
azotea, su tamaño aumentaba de un modo asombroso. Silvia sabía que algunos,
por ejemplo, las águilas, son enormes; pero no creía que a un águila se le hubiera
perdido nada por su barrio, a menos que equivocara el camino. Cuando la figura
alada estuvo ya muy cerca, Silvia empezó a temblar. Y eso que no tenía nada de
asustadiza ni cobarde. Lo que volaba sobre su cabeza no era un pájaro. ¡Era…!
Ahora podía verlo perfectamente porque acababa de posarse en la terraza: ¡era
un caballo! Tenía el tamaño de un ternero crecidito, crines y cola blanquísimas,
como el resto de su cuerpo, y tan largas que rozaban el suelo. Cuatro cascos
redondeados y pulidos daban brillo a sus patas. Todo eso, normal; lo que hacía de
él algo extraordinario eran las dos alas que le servían para volar con la ligereza de
un pájaro y que en esos momentos plegaba para dirigirse a la repisa donde estaba
la comida.
La cabeza de Silvia, pasada la primera impresión, se puso a trabajar a marcha
forzada. Tenía que hacer algo y rápido, para impedir que el fabuloso personaje se
marchara una vez terminada su comida. Armada de valor, pero procurando no
hacer ruidos o movimientos bruscos que lo espantaran, empujó la puerta y salió a
la azotea a gatas. A pesar de que lo hizo con mucho cuidado, el caballo giró la
cabeza hacia ella y soltó un resoplido. –No tengas miedo. Y al decirlo, Silvia se lo
decía también a sí misma. El caballo desconfiaba. Lentamente empezó a extender
las alas. Silvia se alarmó. Tenía que retenerlo de alguna forma para que no echara
a volar. –¿Quieres más natillas? –propuso con una sonrisa que dejó al descubierto
sus dos dientes de conejito. El caballo no debía saber qué eran natillas; sin
embargo, por alguna misteriosa intuición, miró el plato que poco antes había
comido. –Sí, eso, crema dulce –continuó Silvia poniéndose de pie–.¿Cómo te
llamas? Avanzó dos pasos, despacio, y el caballo dio otros dos pasos hacia atrás.
Estaba tan impresionado como ella. Porque si la niña no había visto nunca un
caballo con alas, tampoco él había visto nunca una niña. Avanzó otros dos pasos
y esta vez él permaneció en su sitio. La niña no debía parecerle peligrosa. Con
voz profunda, pero suave, contestó: –Pegasín –y añadió, inclinando la cabeza en
un gesto de concentrado interés–, ¿natillas?
Carmen Vázquez-Vigo Adaptación capítulos 5 y 6 de la novela Cuatro o tres
manzanas verdes.