Elsa y el desafío del amor real
Elsa y el desafío del amor real
Introducción
El reino se está recuperando después del
invierno en verano, Elsa está empezando a reinar
con sabiduría y Anna parece que está
encontrando el amor. Pero hay algo que no
saben, y es que el amor no es siempre un
camino de rosas y la magia no es única en el
mundo.
Capítulo 1; Elsa
Ahora la reina Elsa estaba lista para llevar a cabo el trabajo para el que se había
preparado la mitad de su vida, ya que la otra parte la pasó intentando controlar
sus poderes. Sabía que su puesto conllevaba muchas responsabilidades, pero
ahora ya no lo enfrentaba con miedo, ahora era mucho más segura y sabía que
esforzándose, podría salir bien. Sin embargo, en todo el tiempo en el que pasó
preparándose jamás llegó a darse cuenta de cómo sería realmente ser reina, o
tal vez fue porque su padre no tuvo tiempo de explicárselo todo.
Como reina debía actuar siempre por el bien del reino, ya fuera manteniendo o
cortando las relaciones con otros reinos o velando por la seguridad de sus
habitantes. La primera implicaba recibir y enviar una gran cantidad de cartas,
que iban desde el posible intercambio de mercaderías hasta apoyar o no a
aliados en conflictos bélicos. La segunda tampoco era fácil, pues era la reina
quién se encargaba de supervisar todos los comercios, determinar el precio de
los impuestos, asegurarse de abastecer las reservas para el invierno y garantizar
la protección del reino.
- Bien, parece ser que este tema ya ha quedado resuelto, por lo que pienso que
deberíamos tratar la cuestión siguiente.
Avanzó por los pasillos, cruzándose de tanto en tanto con algún que otro criado
que la saludaba con una leve sonrisa. No tardó demasiado en llegar a su
despacho, ya que no estaba muy lejos. Una vez hubo entrado cerró la puerta,
dejó la caja en el escritorio y se sentó. Estaba sola, por fin.
Jugueteó unos instantes con la carta, cuyo remitente era del reino vecino de
Hammerfest. Era un reino que se encontraba aún más al norte, con inviernos
fríos pero gente de corazón cálido. El príncipe y la princesa de ese reino habían
asistido a la ceremonia de coronación y querían agradecer el recibimiento por
parte de la reina. Evidentemente, evadían galantemente todo lo relacionado
con el "incidente". Esa era una costumbre propia de la aristocracia y algo que a
Elsa no le gustaba. No puedes hacer ver que algo, simplemente, no ha ocurrido,
pensó.
Por un momento pensó que no era verdad, probablemente había leído mal y
no había entendido bien lo que decía. Volvió a leerla, asegurándose de no
saltarse ninguna línea. Tal vez fuera una broma. Pero se dio cuenta de que no
lo era y miró de nuevo la carta, extrañada.
No quería casarse. Sabía que no había nadie que pudiera quererla de esa forma.
Intentó imaginarse sí misma junto a un hombre. Cogiéndole las manos,
bailando, besándose... En todas sus imaginaciones, el joven quedaba convertido
en una estatua de hielo. Sabía que podía controlar su poder, pero no podía
garantizar nada. Intentó imaginarse a sí misma encinta. Quedó horrorizada al
pensar que, tal vez, pudiera congelar a su hijo.
Empezó a ponerse nerviosa. Respiró profundamente una, dos, tres veces.
¿Cómo era posible que una simple carta la hubiera trastocado tanto? Una vez
se sintió más relajada, recuperó ánimos y cogió la siguiente carta. Para su
suerte, era otra carta de felicitación, y ahora, pensó, la falsedad aristocrática no
estaba tan mal al fin y al cabo.
Capítulo 2; Anna
Se hubiera quedado en la cama un rato más si no fuera por el rugido que hizo
su tripa. Estaba hambrienta, así que pensó que podría ir a la cocina y coger algo
de comer. Preferiblemente chocolate.
Así que se levantó, se quitó el camisón de franela que usaba para dormir y se
vistió con el primer vestido que encontró en su guardarropa. Era de color verde,
con mangas. Rápidamente se lo puso y se miró en el espejo de cuerpo entero
que había junto al tocador. Se lavó la cara y se cepilló el pelo, librándolo de los
nudos que se había hecho durante la noche y se hizo dos trenzas, como
siempre.
Volvió a mirarse en el espejo. Se le hizo extraño verse sin la mecha blanca que
tenía antes. Cuando era pequeña sus padres le habían dicho que era de
nacimiento, pero había sido mentira. Una mentira piadosa para esconder el
poder de Elsa. Se revisó un último momento y decidió que ya estaba lista.
Pero ella siempre lo encontraba. Esta vez encontró una tableta de chocolate en
un pequeño hueco del armario, escondido entre un par de sacos de arroz.
Agarró la tableta y la partió, deleitándose con el fuerte olor dulce. Sin esperar,
dio un buen bocado y suspiró al saborearlo. En tres mordiscos más se terminó
la mitad de la tableta. Estaba a punto de coger el resto cuando por la puerta
entró Gerda, la cocinera. Era una mujer robusta y bajita, con brazos fuertes y
un moño despeinado imperturbable.
- ¡Anna! ¿Ya estás comiendo chocolate otra vez? - Le recriminó. Aún y así más
que enfadada parecía divertida, así que Anna se tranquilizó. - Si lo escondemos,
es para que no lo encuentres.
- Si quieres desayunar, llama a Nina y ella te traerá una taza de leche y algunas
pastas. ¡No puedes entrar en la cocina y coger el chocolate que quieras, así
como así! - Nina era una sirvienta jovencita, menuda y obediente.
- Ojalá fuera verdad -. Se resignó, haciendo rodar los ojos. Sabía perfectamente
que Anna volvería a hacerlo. Tal vez no al día siguiente pero probablemente la
dentro de una semana ya tendría que volver a comprar más chocolate. - Y ahora
vete, que tengo mucha sopa que preparar.
Al pensar en él, recordó su beso y se ruborizó. Tan sólo se habían besado una
vez, hacía exactamente dos días, pero ella no podía evitar hacer que el corazón
se le saliese del pecho. Sabía que Kristoff le gustaba muchísimo y sabía que él
también sentía algo por ella. Sin embargo, esta vez, se había dicho, sería más
precavida. Aunque Kristoff no tuviera malas intenciones (no como las de Hans)
sabía que en este tipo de cosas no podía correr.
Anna pegó un bote del susto al oír la voz de su hermana. Lentamente se dio la
vuelta para encontrarse con Elsa recostada en el marco de la puerta.
- Yo... Te estaba buscando -. Dijo titubeante. Era la segunda vez que la pillaban
haciendo algo malo aquél día, y era tan sólo por la mañana.
- ¿Para qué? - Preguntó Elsa. Para su fortuna, ella no parecía enfadada, así que
Anna se relajó.
- Estaba en mi despacho leyendo cartas -. Contestó Elsa con una sonrisa triste.
- Oh, bueno... - Elsa estuvo a punto de ponerle una excusa, pero se lo pensó dos
veces. Ya no era una adolescente que vivía encerrada en su habitación
escondiendo sus sentimientos. Decidió que podía, como mínimo, confiar en su
hermana. - He estado leyendo cartas. Y, bueno, ¡no te lo vas a creer! Pero al
parecer el rey de Garlington quiere que me case con su hijo.
Anna miró a Elsa unos segundos. Su belleza era arrebatadora, y era una chica
inteligente y como reina, era un buen partido. No le costaría demasiado hacer
que todos los hombres solteros del mundo estuvieran a sus pies. Sin embargo,
siempre había sido una chica solitaria, y a lo mejor le gustaba estar sola.
- Bueno, si no quieres no te cases. Nadie te obliga, ¿no? - Dijo Anna en tono más
optimista, intentando animar a su hermana.
- Pero no todo tiene que ser así, ¿sabes? -. Siguió Anna. - Además, no tiene por
qué ser un hijo el heredero. Eso va según la línea familiar, ¿no?
- ¿Yo? ¡No, yo no! No tengo ni idea de gobernar, Elsa. Y no soporto estar sentada
mucho rato. Me aburriría -. Dijo, imitándose a sí misma roncando. Eso logró
sacarle una sonrisa a su hermana. - Pero si yo tuviera algún hijo...
- Bueno, es una buena idea. Desde pequeño le podría enseñar y así de mayor
estaría preparado para ser rey, o reina -. Sonrió. Todo el pesar que llevaba antes
se esfumó, devolviéndole su hermosa sonrisa. - Pero, ¿con quién tendrías hijos?
Anna intentó cambiar de tema de inmediato. - ¿Ahora tienes algo que hacer?
Elsa decidió no volver a sacar el tema, pero sonrió para sí misma. - De hecho,
no. Ya he terminado de revisar el correo y el Consejo ya habrá terminado la
reunión. ¿Qué te apetece hacer?
- ¡Buf! No lo sé. Pensé que se te ocurriría algo a ti -. Dijo, a la vez que ponía cara
de pensadora.
Había sido un día agotador. Para empezar, Kristoff se había levantado antes del
amanecer. Había despertado a Sven, con ayuda de una gran cantidad de
zanahorias, y ambos habían tomado rumbo hacia las montañas. Había
contemplado el amanecer mientras Sven tiraba del trineo que Anna le había
regalado. Era la primera vez que lo usaba e iba de maravilla. Pero eso no hacía
que la jornada fuera menos agotadora.
Kristoff se había pasado toda la mañana cortando hielo en las montañas, dónde,
a pesar de ser verano, seguía haciendo un frío invernal.
Había estado tan ocupado trabajando que no había tenido tiempo para
desayunar ni para comer, y cuando había querido echar mano de las zanahorias
que había en el trineo, se encontró con que Sven se las había comido todas. Por
lo que había comido solo una hogaza de pan, y ahora se moría de hambre.
Cuando finalmente llegó al pueblo, lo primero que hizo fue dirigirse al mercado.
Era allí dónde siempre vendía el hielo. Habitualmente eran las pescaderías
quiénes adquirían una mayor cantidad de hielo, para conservar el pescado pero,
en pleno auge del calor veraniego, prácticamente todo el mundo le compraba
hielo. Aquello era bueno para el negocio de Kristoff, ya que aumentaba sus
ganancias y tardaba poco en vender el hielo, pero a la vez le daba más trabajo,
puesto las existencias expiraban en muy poco tiempo y se veía obligado a ir a la
montaña, al menos, cuatro veces por semana. Aquella había sido la quinta.
Aquél día tampoco le costó demasiado vender todo el hielo. Todos los
pescaderos lo habían asaltado, desesperados por algo de hielo. Al parecer el
calor estaba haciendo que sus pescados perdieran calidad. Había vendido el
resto de hielo a amas de casa agradecidas por tener algo con lo que mantener
fresca la comida.
En cuanto salió a la calle, con Sven tirando del trineo vacío, se percató de algo.
En todo el tiempo que había estado vendiendo hielo no se había dado cuenta,
pero ahora que iba sin prisas sí pudo percibirlo. Había muy poca actividad en
las calles. Normalmente habría gente paseando, mujeres barriendo las entradas
de sus casas y niños jugando. Sin embargo casi no había nadie allí.
Ya casi estaba llegando al castillo, que ahora siempre tenía las puertas abiertas.
Era una gigantesca edificación construida sobre una pequeña península. Era el
edificio más alto del reino y el más imponente, pero no era tan hermoso como
había sido el castillo congelado de Elsa, en las montañas.
Kristoff intentó acercarse hacia el centro de la plaza, dónde estaban Elsa y Anna,
pero al intentar dar un paso se resbaló y cayó al suelo. Sven se acercó a él,
tambaleante. Se levantó apoyándose en el hocico del reno.
Entonces fue cuando supo algo. Más bien, como si lo descubriera. Como un
viejo cuadro en la pared de tu casa en el que nunca te habías fijado y, en cuanto
lo hacías, descubrías algo en él que hacía que no pudieras apartar la mirada.
- ¡Dejad paso! ¡Dejad paso! - Al darse la vuelta se encontraron ante una escena
peculiar. Olaf estaba encima de Sven, sujetándose por los cuernos, mientras el
reno se deslizaba patosamente por el hielo. Kristoff observó, asustado, que se
acercaban a ellos a una velocidad vertiginosa. Olaf empezó a gritar, abriendo la
boca y agitando sus brazos en el aire.
- Sí. ¿Y tú?
Quién patinaba mejor era Elsa, que estaba de lleno en su elemento. Ella no
llevaba patines, simplemente usaba sus zapatos habituales, hechos de hielo,
que deslizaban perfectamente por la superficie. Verla era como admirar una
estatua hermosamente tallada: admirabas su perfección y la majestuosidad de
su porte, la gracia de sus movimientos y su imperturbable tranquilidad,
inalcanzable.
Pasaron minutos, tal vez horas. Entre risas perdieron la noción del tiempo. Poco
a poco la gente empezó a abandonar el lugar, algunos para ir a comer a sus
casas, otros para echar la siesta del mediodía y otros, para volver al trabajo.
Cuando apenas quedaba ya gente, Elsa decidió terminar y volver la plaza a su
estado normal.
- Bien, ahora, apartaos un poco -. Advirtió, y con la misma facilidad con la que
había hecho aparecer la pista de patinaje, la hizo desaparecer. El hielo se
evaporó, con una leve capa de vapor que flotó unos instantes en el aire. El curso
de la fuente volvió a la normalidad y se volvió a oír el brotar del agua. La
temperatura cambió unos grados, pues el hielo antes había actuado como
reflector de la luz solar.
Después de aquello las últimas personas que se habían quedado suspiraron al
ver el hielo desaparecer y se encaminaron hacia sus respectivas casas, o a
dónde se fueran. Mientras Elsa se dirigió hacia el palacio, adelantándose a la
pareja. Kristoff comprendió que lo había para dejarlos a solas.
Pero ahora había otra cuestión que la dejaba pensando por las noches. Se
acercaba el cumpleaños de Anna, que era justo a mitad de verano. Hacía años
que no celebraban su cumpleaños, y sabía que Anna estaría ansiosa por
celebrar este. Probablemente, pensó Elsa, querrá una fiesta de cumpleaños. A
ella le encantan esas cosas: música, bailes, gente, pastel de chocolate... No sería
difícil organizar todo aquello, pero llevaría tiempo. Se tendría que decorar todo
el salón de baile, preparar todo el menú, contratar a los músicos, invitar a reinos
vecinos...
Y Elsa todavía no sabía que regalarle. Se le habían ocurrido algunas ideas, pero
las había desechado todas. ¿Vestidos? A Anna le gustan, pero es algo
demasiado superfluo como para regalárselo en su cumpleaños. ¿Chocolate?
¿Qué le podía regalar que no se hubiera comido ya? Había otra cosa que se le
había ocurrido hacer, algo que sólo ella misma era capaz de crear. Una estatua
de hielo. Sin embargo, Elsa no acababa de aclararse de qué hacerla. Podría ser
una estatua de Anna, pero tan sólo la idea ya hacía que a Elsa se le erizara el
vello. No quería recordar aquellos momentos en los que creía que su hermana
había muerto.
Elsa pensó durante un momento. Junto a la vela había una pequeña flor de hielo
que ella misma había hecho. En ella se reflejaba el resplandor de la vela,
dándole color. La flor multiplicaba la luz y la repartía entre sus pétalos, creando
una preciosa obra de arte.
Trabajó toda la noche en la escultura de hielo, casi con diversión. Dejó de notar
el cansancio debido al entusiasmo. Las horas pasaban, pero Elsa no las sintió
pasar hasta que el sol del alba empezó a asomar por el horizonte. Entonces ya
casi había terminado.
Cuando los primeros rayos de sol iluminaron la estatua Elsa la contempló con
orgullo y fascinación. Era una escultura de hielo que representaba a Elsa y a
Anna, juntas y riendo. La luz se colaba entre las capas de hielo y llegaba hasta
dónde se encontraban las gemas y reflejaban su color. El vestido de Anna era
de color verde y azul, gracias a la esmeralda y el zafiro y su pelo conseguía color
gracias al naranja del ámbar. La estatua que la representaba a ella misma estaba
decorada con diamantes y perlas, y el resto lo completaba el hielo. Las dos
estatuas juntas mostraban un gran contraste: la de Anna, llena de color, y la
estatua de Elsa, del color del hielo.
Revisó la estatua un par de veces, la rodeó para verla desde todos los ángulos
e hizo un par de ajustes. Volvió a contemplar su obra, satisfecha. Realmente era
una escultura preciosa, y sabía que a Anna le encantaría. Se imaginó las distintas
reacciones que ella podría tener, y se sonrió a sí misma, satisfecha.
No había ningún problema con que la escultura se derritiera, ya que Elsa había
usado su magia para hacerla más resistente al calor. Además, en caso extremo,
siempre podía regenerarlo o hacerle su propia nube, aunque fuera un poco
incómodo tener una nube nevando todo el tiempo dentro del castillo.
Ahora que por fin había terminado las horas sin dormir de esa noche le pasaban
factura. Empezó con un bostezo y minutos después podría haberse dormido
despierta. Se dijo a sí misma que pasar la noche en vela - por muy buena que
fuera la razón - había sido una irresponsabilidad. Si se tumbaba ahora dormiría
hasta el mediodía, y no podía permitirse perder toda una mañana de trabajo.
Pero estaba tan cansada...
- Perdone, mi señora, pero no es necesario que haga eso -. Elsa no había oído a
la sirvienta llegar. Era una mujer algo mayor, delgada, de rostro afilado y con el
pelo recogido en un perfecto moño. Elsa le respondió con cortesía.
- Puedes llamarme Elsa, simplemente -. Dijo, antes que nada. Siempre había
aborrecido que la trataran de usted. - Y no te preocupes. Ayudar no me cuesta
nada -. Dijo condimentándolo con una sonrisa.
Sin embargo, el sueño estaba empezando a ganar la batalla. Sin darse cuenta
bostezó de nuevo, y cada vez sentía los párpados más pesados, que ella
intentaba mantener abiertos. Intentó sujetar con más fuerza la pluma y
continuar escribiendo, pero fue incapaz. Recostó la cabeza en la mesa y cerró
los ojos.
Era la segunda vez que Kristoff dormía en el castillo, y seguía sintiéndose como
un intruso. No sólo cuando estaba en la cama - demasiado blanda y confortable
para su gusto - si no en cualquier sitio. Estaba acostumbrado a pasar la noche
en viejos establos, o a la intemperie cuando dormía con los trolls. Echaba de
menos el sonido de la respiración de Sven a su lado, la paja metiéndose entre
la ropa y el frío arrebujándose a su alrededor.
Pensó en ir a buscar a Anna, pero era demasiado temprano como para que ella
estuviera despierta. Así que decidió pasearse por el castillo.
Este tenia tantos pasillos, habitaciones y, en general, era tan grande que a
Kristoff todavía le costaba encontrar la salida. Mientras andaba por los
corredores fue fijándose en cada detalle que veía, intentando memorizarlo para
poder volver por dónde había venido en caso de que se perdiera.
Atravesó todo tipo de estancias: habitaciones de invitados tan grandes que una
familia entera podría haberlas habitado, extraños salones con las paredes
recubiertas de cuadros y retratos de gente que no reconocía, salas con docenas
de puertas cerradas... Cada vez que entraba en una habitación diferente, se le
olvidaba el camino que había seguido para llegar, cosa que hacía que se
preguntara si no se había perdido.
Avanzó despacio, procurando no hacer ruido al andar. Sin querer, pisó algo. Al
hacerlo se oyó un leve crujido, pero para Kristoff el ruido no tenía que envidiar
en absoluto a una tormenta con truenos. Aguantó la respiración, temiendo que
el sonido hubiera despertado a la chica durmiente, pero se alegró al comprobar
que seguí dormida, como si no hubiera ocurrido nada.
En ese momento pensó dos veces. "¿Es buena idea estar aquí?" Realmente no
sabía que contestarse. Pero ya había entrado. Lo más sigilosamente posible (al
menos para un tipo tan corpulento como él) se acercó a la cama. Anna estaba
tumbada de lado, lo sabía por la silueta oscura que definían las sombras. Se fijó
en algo y es que llevaba el pelo suelto, en lugar de recogido en dos trenzas.
Suspiró. Él no, ella. Se preguntó qué estaría soñando. A juzgar por su expresión
relajada, seguramente sería algo bonito. Sonrió. Se levantó de la silla,
intentando hacer el menor ruido posible, y se acercó a la ventana. Apartó
ligeramente la cortina y miró. El cielo estaba despejado y de un radiante azul.
El sol brillaba. En general, un perfecto día de verano. Tuvo ganas de que Anna
se despertara, por el simple hecho de poder ver sus ojos azules y oír su
cantarina voz.
- ¿Anna? -
- Mmm... Sí, ¿qué...? -. Se estaba desperezando. Se rascaba los ojos y arqueaba
la espalda. Abrió los ojos, revisó la habitación con la mirada y vio a Kristoff.-
¡Kristoff! ¿Qué haces...? Quiero decir, yo... Em. ¿Hola?
- Buenos días. - Contestó él, aún sin estar muy seguro de qué decir. - Yo... Siento
haber entrado así en tu habitación. Así, quiero decir, mientras dormías y...
-Oh, si claro. Yo... Sí, mejor me voy -. Dijo mientras salía de la habitación. No
podía sentirse más avergonzado.
Kristoff quiso decir algo, como "Buenos días", pero sabía que era estúpido. Así
que simplemente sonrió y se quedó callado, esperando a que fuera ella quien
hablara primero.
- ¿Sabes? Hoy hace un día precioso -. Genial. No quería decir cosas estúpidas y
lo único de lo que se le ocurría hablar era sobre el tiempo. Se apresuró en
pensar algo más que decir. - Podríamos...
- Me parece perfecto.
Un rato después, Kristoff, Anna, Olaf y Sven estaban celebrando un picnic al aire
libre. Habían ido a buscar a Elsa, pero cuando la vieron durmiendo en su
despacho decidieron dejar que descansara.
Anna había ido a la cocina, dónde Gerda le había dado una cesta repleta de
comida: tostadas con mermelada, taquitos de queso de cabra, pastelillos de
limón, bocadillos de embutido y montones de delicias más. Además, les había
facilitado una manta que después usaron para sentarse encima.
- Eh, Olaf, no te acerques tanto, ¡me está nevando encima! -. Olaf estaba
sentado junto a Anna, y su nube personal también la cubría, haciendo que se le
llenara el cabello de pequeños copos de nieve. El muñeco de nieve, en lugar de
apartarse, se acercó más a ella y la rodeó con sus diminutos brazos. Kristoff vio
como ella tenía un escalofrío y, acto seguido, intentó zafarse del congelado
abrazo.
- ¿Sabes qué? - Comentó Anna, que había vuelto a sentarse sobre la manta. Lo
dijo mientras se quitaba unos copos de nieve de la trenza. - Dentro de poco es
mi cumpleaños.
- Sí, ¡lo has adivinado! - Sonrió y aplaudió. Se acercó a él y lo besó. Cuando volvió
a su sitio cogió un poco de chocolate de la cesta. - Mmm, que bien huele...
- ¿De veras?
- De veras de veras. Si me regalas algo, me enfadaré.
Kristoff negó con la cabeza, pero no dijo nada. Anna tomó eso como una
victoria, y sonrió a la vez que mordía la tableta, orgullosa.
- Bueno, sí que hay algo que puedes regalarme. - No dejó que respondiera y lo
besó. Un beso largo, intenso, de aquellos que te dejaban los labios morados y
los pulmones vacíos.
- Eh, tortolitos, ¡yo también quiero chocolate! -. Aquél había sido Olaf. Pero
llegaba demasiado tarde, porque ya no quedaba nada.
Capítulo 6; Olaf
- ¡Me llamo Olaf y me gustan los abrazos calentitos! -. Decía siempre, y todos
sonreían.
- Tus debes de ser Olaf, ¿me equivoco? - Le preguntó el hombre. Era joven, alto,
apuesto e iba bien vestido. Su indumentaria era distinta a la que solían usar los
norteños, de colores vivaces y con varias capas. Vestía elegantemente un traje
negro con ribetes dorados y botones de oro. Era de piel dorada, que
desentonaba bastante entre la pálida nobleza que asistía a la fiesta. Algo que
también desentonaba bastante en él eran sus ojos, de un color verde muy
intenso y con un destello de inteligencia que Olaf no vio.
- ¡El mismo! -. Contestó el risueño muñeco de nieve, feliz por poder entablar
conversación con alguien. -¿Y tú eres...?
- ¡Es fantástica! Me encanta cuando hace esa cosa con las manos... -. Dijo, a la
vez que imitaba a Elsa, moviendo los ramificados brazos. Intentaba ser
elegante, pero pareció torpe y ridículo. - Y entonces... ¡PUM! Todo lleno de
hielo.- Alastair asintió, interesado. - Y además, ¡es muy guapa, muy inteligente
y una estupenda reina! -. Concluyó con otra gran sonrisa.
- ¡De nada! - Contestó él, a pesar de que no sabía bien por qué el príncipe le
agradecía. Dejó de pensar en ello cuando apareció más gente, a la que saludó.
Capítulo 7; Anna
- Pues mil millones de gracias, hija de Gerda.- Dijo ella, mirando al techo, como
si la costurera pudiera oírla. - Esto no parece hecho por un ser humano, es
demasiado perfecto. - No dejaba de halagar el vestido, del cual ya se había
enamorado. - ¡Quiero que esa chica trabaje aquí!
- ¿Cómo que si sé dónde es la fiesta? ¿No vienes conmigo? - Anna pensaba que
irían juntas.
- No puedo, Anna. Tengo mucho trabajo que terminar y... -. Pensó unos
instantes buscando alguna excusa para no tener que asistir o, al menos, ir
después. No le gustaba que la gente se fijara en ella, y no quería que la gente
se centrara en ella cuando la fiesta se celebraba en honor a su hermana.
Además, y eso era algo que nunca habría admitido en voz alta, le tenía un poco
de miedo a las fiestas.
- Ah, no -. Contestó su hermana, pícara. Con ese tono lo decía todo: no dejaría
que Elsa se perdiera un segundo de su fiesta de cumpleaños. - Tú me vas a
acompañar, ¡ni loca dejo que te quedes aquí rodeada de papeles!
- Elsa, de verdad, gracias por todo. No sólo por el vestido. - Empezó Anna, quien
parecía dispuesta a soltar un discurso de agradecimiento. Sin embargo, se
agotaba el tiempo para llegar "elegantemente tarde", y Elsa tenía algo que
decirle.
- Ya lo sé, Anna, me has dado las gracias como un millón de veces. - Suspiró un
momento, ordenando las palabras en la cabeza antes de decirlas. - Eh, bien,
Anna... Verás, entre los invitados hay bastantes hombres que, probablemente,
intentarán cortejarte. Muchos tienen la esperanza de casarse contigo, así que
te invitarán a bailar y demás. Tan solo te recomiendo que seas... amable.
Simplemente sé tú misma, ¿entendido? - Volvió a coger aire. - Y con Kristoff...
No digo que no puedas bailar con él, ni nada de eso... Simplemente, que no se
note que hay nada entre vosotros, ¿sí? - Intentó explicarse.- A veces los
aristócratas se toman estas cosas muy mal.
Entró, con Elsa detrás, saludando a todo el mundo. Los hombres hacían
elegantes reverencias y la felicitaban por su aniversario, y las damas le sonreían
cortésmente. La fiesta se dio por empezada con su llegada y la música empezó
a sonar. Como por arte de magia todo el mundo encontró pareja y los invitados
empezaron a bailar.
- Princesa Anna -. Dijo, a la vez que hacia una reverencia. Era un muchacho alto,
de mirada divertida y con una melena oscura recogida en una coleta. Por el traje
y las apariencias, Anna dedujo que sería algún heredero del este, tal vez el hijo
de un conde o un duque adinerado. Anna sonrió cortésmente y respondió.
- El honor es todo mío. - Por alguna razón, ya fuera por la forma en que lo dijo,
o en el gesto desairado que hizo, Anna descubrió que no lo decía en serio, casi
podría haber sido una ironía. - Soy Karster, de la Península del Fin. - Prosiguió,
orgulloso. - Pero mis amigos me llaman Kari.
A Anna le dieron ganas de dejar de hablar con aquel chico tan petulante pero,
recordando el consejo de su hermana, decidió sonreír y asentir a lo que fuera
que le estuviese explicando. El chico la invitó a bailar y ella aceptó, sólo por
cortesía. En cuanto terminó el baile, la princesa se despidió fugazmente y se
fue, esta vez tan solo buscando distancia entre el joven arrogante y ella.
Otra vez volvió a tropezarse con alguien, esta vez un hombre algo mayor que
ella, de hombros anchos y barba de varios días. Sin embargo tenía una sonrisa
afable y el "feliz cumpleaños" que le dijo le pareció bastante sincero, así que
decidió que sí podía gastar algo de tiempo en él. Éste no la invitó a bailar, pero
le hizo prometer que le guardaría un vals más adelante.
- ¡Princesa Anna! Feliz aniversario. - Dijo un joven que acababa de cruzarse con
ella. Intentó deshacerse de él con una sonrisa, pero al parecer quería
conversación. - Esta es realmente una fiesta estupenda, ¿no crees? -. No era un
comentario muy ingenioso, pero si no había ningún tema del que hablar,
siempre se podía hablar del ambiente.
- Eh... Sí, claro que lo es. Mi hermana se ha encargado de que sea perfecta. - Al
parecer al chico le animó el hecho de que le contestara. La princesa vio en su
rostro algo parecido a una expresión de triunfo.
- Vaya, ¡qué modales los míos! Mi nombre es Dakid, del reino de Campo
estrella... - Al parecer, estaba dispuesto a nombrarle todos sus cargos
nobiliarios, así que tuvo que pensar deprisa.
- ¿Te apetecería bailar? - Dijo, a la vez que abría los brazos, ofreciéndose. Una
cosa era evadir una conversación que todavía no había empezado y, otra muy
diferente, era negarse rotundamente a un baile. A pesar de que Anna no tenía
tiempo, decidió que con un baile no perdería nada, y así después podría librarse
de aquel individuo.
Él, seguramente, no bailaría con ninguna otra chica; no era el tipo de chico que
baila en las fiestas. La chica dedujo que si no estaba comiendo, probablemente
la estaría buscando. Eso la hizo sentir mal, puesto que ella estaba bailando, tan
campante, mientras él estaba solo.
Sin embargo, hubo algo que la hizo volver a la realidad. No sabía si había sido
un descuido o, realmente, una grosería, pero la mano del joven con quien
bailaba se había desplazado desde su cintura hasta prácticamente el trasero.
Anna respiró profundamente un momento y pensó qué hacer.
Se dio la vuelta e intentó apartarse lo máximo posible del chico con el que
acababa de bailar. Decidió que lo mejor sería apartarse de la pista de baile,
dónde se congregaba más gente. Se apartó un poco y consiguió llegar hasta la
parte lateral de la sala, dónde estaban dispuestas dos mesas enormes con
mantel y un montón de comida. Al acercarse notó el agradable aroma del
chocolate, y la boca se le hizo agua.
Guiándose por el olfato llegó junto a una inmensa fuente de chocolate fundido.
Olía increíblemente bien, y Anna tuvo que reprimir el impulso de hundir la
cabeza dentro. Sin embargo lo que le sorprendió de verdad no fue la comida, si
no quién estaba junto a ella.
Anna se aseguró de que nadie los oía cuando habló. - Ahora mismo no sabes las
ganas que tengo de besarte. Pero no puedo. - Buscó las palabras en su mente,
intentando recordar exactamente qué le había dicho Elsa. - En esta fiesta hay
muchos chicos que... Digamos, están interesados en mí. Tiene que parecer que
estoy disponible.
- Princesa Anna. - Era un joven que se le había acercado por detrás. Como todos,
quería bailar con ella. Tuvo que decir que sí, a pesar de que no le apetecía.
Quería estar con Kristoff y comer el chocolate del banquete, que aún no había
probado. Mientras se alejaba, del brazo del muchacho, se giró para ver al rubio.
Así que se había dedicado a "esconderse" detrás de las columnas que había en
los laterales de la sala. Estaba sola, nadie la había visto irse, de manera que
estaba garantizado que nadie se acercara a entablar conversación con ella. Aún
y así, la razón por la que permanecía apartada era para poder verlo zona alejada
le ofrecía una buena perspectiva de toda la estancia, y así podía asegurarse de
que todo marchaba bien. Si faltaba ponche en la mesa de las bebidas, avisaba
a un sirviente para que lo rellenara. Pero era tan sencillo cuando vio que entre
su hermana y Kristoff había problemas.
No era tan fácil como chasquear los dedos. Aún y así, no podía hacer nada para
solucionarlo: su hermana era suficientemente mayor como para hacerle frente
a sus propios problemas. Así que tuvo que dejarlo estar y obligarse a pensar en
otra cosa. Sin embargo, su rato a solas consigo misma se vio interrumpido.
- Supuse que estarías aquí. - Una voz con algo de acento apareció de repente.
Elsa no lo había visto llegar y se sobresaltó al oírlo. Se extrañó ante la
familiaridad con la que se dirigía a ella, a diferencia de la mayoría de gente, que
se refería a ella como "Alteza", "Majestad" y semejantes. Antes de que pudiera
contestar, continuó. - A mí tampoco me gustan los sitios tan abarrotados.
La joven reina no pudo sino sentirse confundida. Aquél joven parecía saber
demasiado sobre ella para ser un desconocido. - Perdón, pero... ¿Eres...?
Si no te gustan las fiestas, ¿por qué estás aquí? - El trato familiar al parecer era
contagioso, porque inconscientemente ella también se dirigió a él de manera
informal.
- Por curiosidad. - La joven reina no entendió qué quería decir, pero dejó que
continuara.- Las noticias vuelan, ¿sabes? Alguien habla por allá, el otro escucha,
se lo cuenta al del lado... Vuelan, se propagan. Y antes de que te des cuenta,
han dado la vuelta al mundo. - Había bajado la voz, enigmático. - Al principio no
lo creí. Pensé que viniendo de tan lejos, debía ser una exageración. Ya sabes,
como el juego del teléfono. Pero los rumores cada vez se hicieron más fuertes,
hasta que me vi obligado a creerlos. Así que he venido. Tenía que comprobarlo.
Sería estúpido preguntar qué era lo que quería ver.- ¿Para qué quieres verlo? -
Preguntó, contrariada. Inesperadamente, sonó más brusca de lo hubiera
querido.
- ¿Por qué quiero verlo? - El chico sonrió, una media sonrisa que no supo
interpretar. - Porque quiero... Necesito saber si es verdad. Que no soy el único.
La última frase fue la que más desconcertó a Elsa. Para ella el tiempo se detuvo
mientras intentaba asimilar la información. A su alrededor la fiesta continuaba
su curso normal, pero para ella todo parecía confuso. Volvió a la realidad unos
segundos después e intentó pensar racionalmente.
- Será mejor que hablemos esto en otro lugar. - No quería abandonar la fiesta -
le había prometido a su hermana que no lo haría - pero tenía que hacerlo. Con
Alastair siguiéndola, se dirigió a la puerta por la que, media hora antes, había
entrado con su hermana. Por una parte, se alegraba de tener una escusa para
poder irse, pero por otro lado, se sentía mal por romper la promesa que le había
hecho a su hermana.
A pesar del silencio, Elsa no quiso detenerse a hablar allí, pues en cualquier
momento podría salir alguien de la fiesta. Así que lo llevó a la plaza delantera
del castillo. Había luna llena, además de algunas antorchas de exterior, por lo
que no tuvo que preocuparse por la visibilidad. Durante el corto trayecto había
permanecido en silencio, pensando. Una vez llegaron se detuvo, pero Alastair
continuó unos pasos más.
- Cierra la boca, te van a entrar moscas. - Una nueva media sonrisa apareció en
el rostro de él, cuando percibió el asombro de ella. Elsa no pudo contenerse y
se acercó, sorprendida.
- Fuego. No te quemas, ¿verdad?
- Llevo toda la vida intentando descubrir por qué puedo hacer lo que hago. He
preguntado en todas partes, a médicos, ingenieros, intelectuales, chamanes,
curas... Por cierto, los últimos no se portaron muy bien conmigo - Dijo,
acompañando la frase con una media sonrisa. -Los chamanes me llamaban...
¿Cómo era? Ah, sí, me llamaban "Āga kā bēṭā" que, traducido, sería algo así
como "hijo del fuego". Pero nadie sabía encontrar la respuesta. Y por eso he
venido, estoy buscando respuestas.