El Marica Carmelo Di Fazio Opt Smartpho
El Marica Carmelo Di Fazio Opt Smartpho
Carmelo Di Fazio
A Dios, por bendecirme diariamente
Capítulo 1
El recuerdo de la sangre
En el fondo, mi abuelo tenía razón cuando decía tajantemente: “Quien siembra odios, siempre cosechará sangre.
Aun cuando el poder esté en tus manos, jamás imaginas cuándo te salpicará por culpa de tus actos”. Ciertamente, no
me alegro de la veracidad de sus palabras, pero debo darle crédito a la sabiduría de mi viejo cascarrabias, que los
años, además, se encargaron de certificar con asombrosa contundencia. Desde hace un buen tiempo, él ya no me
acompaña en mi melancolía, en mi dura tarea de aceptar las verdades que pendonean a mi alrededor, me abandonó
cuando más le necesité. Se marchó triste, solo, aborreciendo su desdicha como hombre, como padre, lleno de odios
e insatisfacciones. Pero lo peor del caso es que jamás fue culpable; él simplemente heredó un cargamento de odio
por los actos de mi padre durante la guerra entre nacionalistas y rojos.
Han transcurrido muchas primaveras, pero esta promete ser muy relajante, sobre todo luego de la llamada
recibida ayer desde Santa Catarina, al sureste de Brasil, desde el convento jesuita de Santo Jesús, en el corazón de
Florianópolis. No supe cómo interpretar el mensaje, por unos minutos el silencio fue mi socio. Tengo sentimientos
mezclados, confusos por la noticia del asesinato sin piedad a manos de garimpeiros traicionados en el pasado del
sacerdote Sebastián Iribarren. El corazón, de buenas a primeras, soltó una carcajada, pero luego recapacitó, gracias
a un halo de humanidad que todavía se niega a morir en mi malsano espíritu ateo. Mi mente razonó, tomó el control,
se detuvo a pensar con mesura. No soy amigo de la venganza, aun cuando confieso que deseé matarlo con mis
propias manos el día que descubrí todo el dolor que el mensajero de Dios repartió en mi familia. Debo reconocer
que una sublime exhalación, preñada de un delicado morbo, me arrancó irónicas miradas hacia el infinito. La tan
maltrecha justicia “divina” por fin nos visitó. No soy quién para juzgar ni mucho menos, criticar. Pero descubrir que
la vida y acciones de este supuesto párroco fueron capaces de destruir tantas vidas, derramando la sangre de sus
enemigos sin importar quiénes fuesen salpicados, no merecía piedad alguna. En el fondo de mi corazón, me alegré de
la muerte de este cerdo. Un buen cava selló la celebración privada.
El pecado que más me dolió fue su despiadada venganza, que obligó a mi “princesa encantada” a esconderse en
la barca de Caronte. Nunca entendí por qué la luz hecha mujer, ella en especial, se atrevió a esparcir su sangre sobre
todo mi futuro. Por más que lo intente, la lógica nunca encaja. Pero la vida sigue, los que mueren ya no dejan de
hacer falta, así reza una canción.
Lo único que permanece vivo en mi corazón es un recuerdo triste, melancólico, nacido de una historia de amor
“políticamente conveniente”. Tal vez la muerte del presbítero Iribarren me ayude a desahogar este dolor. Tal vez
ahora sí pueda sonreír, pensando que la justicia tardía me invita a creer en ella. Es tiempo de contar la verdad, es
tiempo de hacerle honor a mi “princesa encantada”, que un día se fue de mi vida sin decir adiós, sin un beso, sin una
caricia. Ella me regaló un pedazo de cielo al nacer, pero su muerte me arrancó la mitad de mi ser.
Contar su trágica historia no me resulta placentero porque ella merece respeto, o, mejor dicho, admiración.
Trataré de ser fiel al pasado de sus amores, a ese remolino de vivencias, aun cuando los hechos, lugares o verdades
se atropellen unos a otros, me suenen algo difusos, por tantas versiones entrelazadas: las mías, las noticias de la
prensa, las órdenes del ejército, los testamentos de abogados, las habladurías de mis amigos o la insidia de la
corrompida sociedad madrileña de la posguerra. Pero quizás las notas humedecidas con las lágrimas de mi abuelo
paterno me ayudarán a contarles la verdad del dolor vivido; tal vez compartiendo la tragedia de mi “princesa
encantada” logre dar muerte al dragón que carcome mi moral, y su entierro me regale la paz espiritual.
Capítulo 2
El llanto del Marica
La nevada cesó a eso de las cuatro de la madrugada. Las callejuelas del pueblo estaban decoradas con una fina
capa blancuzca que al paso de las horas se convirtió en pista de hielo bastante resbaladiza. Un frío polar penetraba
los gruesos muros de las casas, tratando de intimidar a los moradores, pero el miedo combinado con la rabia eran la
mejor estufa del cuerpo. Los habitantes cotidianos, los vecinos de siempre, aguardaban atentos el dictamen de los
jueces del cuartel militar, ataviados de verdugo, en la causa contra siete reos de la comunidad gallega. Dos eran
profesores de la Universidad de Madrid que se habían desplazado a Galicia antes de la guerra para optar a plazas de
docentes en Santiago de Compostela. Tres eran dirigentes estudiantiles de Sevilla capturados en un supuesto
complot anarquista. Los otros dos, simples campesinos, fueron acusados por sus propios familiares de llevarle la
contraria al Generalísimo, algo catalogado también como deslealtad, con la patente intención de arrebatarles sus
tierras ancestrales.
A poca distancia de la Iglesia de la Inmaculada, un pelotón del ejército al mando del odiado capitán Rafael
Aurelio Benítez Mondarín marchaba sobre las adoquinadas callejas de la ciudad ante los ojos atónitos de los
ciudadanos. Extrañamente, solo llevaban casi a rastras a tres de los prisioneros, cuando se suponía que ejecutarían a
todos los detenidos. Alguien de los curiosos difundió el rumor sobre el posible ajusticiamiento de los cuatro faltantes
en el interior del cuartel militar, tal vez fallecidos por el abuso en la tortura. A fin de cuentas, eso era muy común en
los calabozos; muchos infelices no llegaban con vida ante los pelotones de fusilamiento. El débil caminar de los
acusados sin culpabilidad demostrable dejaba un fino hilo, rojo carmesí, que demoraba en congelarse sobre la
empedrada superficie. Las miradas de los escasos transeúntes se rompían fácilmente en llanto al ver el paupérrimo
estado de los presos. Los rostros de los tres invitados al cadalso delataban un castigo excesivo, con moretones en
todos los rincones de la piel. La sangre que les brotaba entre párpados, labios o nariz era mudo testigo de la
barbarie de los carceleros, que se jactaban de su valor bajo el amparo de las armas; sin ellas no eran más que
simples mortales. Las manos mostraban traumatismos severos en las falanges, con la mitad de los huesos
fracturados, las uñas moradas o desprendidas de cuajo en alguno de los dedos. Ululaban en silencio la desesperanza
vivida en la penitenciaría de Robledas, en las afueras de la comarca. El rojo sangre predominaba, aun cuando era el
bando nacionalista el que fusilaba por estos lados, acabando con el asomo de supuestos comunistas.
Sobre su caballo azabache el capitán Benítez transpiraba euforia, ego desmedido. Se pavoneaba ante un auditorio
que no podía reprocharle nada, pues era él casi emperador en tierras gallegas, gracias al uniforme revestido de
condecoraciones que el mismísimo Franco le colgó en el pecho como reconocimiento por su aguerrida o tal vez
sanguinaria actitud ante el enemigo. Su valentía a la hora de guerrear era comparable con la de las hordas salvajes de
los bárbaros teutones. Era despiadado a ultranza, se excitaba con la sangre, el dolor ajeno en la batalla, el recuento
de cadáveres en el campo de guerra. Con un metro noventa de estatura, aunado a su contextura espartana, le
resultaba sencillo derrotar a los contrincantes de turno.
Justo a la mitad de la plaza, el verdugo detuvo el andar de su cansada cabalgadura; el equino agradeció la parada.
Miró en derredor para estimularse con el volumen de su audiencia; la adrenalina se adueñaba de su alma, el público
aglomerado le excitaba, Benítez se creía el centro de atención, la fuente de odio más detestada en la villa. Tenía la
mirada aguileña, rabiosa, con ojazos negros teñidos de muerte. Un simple gesto de manos bastó para que el teniente
Martínez, su fiel y servil escudero, diese la orden de alistar a los prisioneros en formación frente al capitán que
apretaba su cayado de líder. Los reos obedecieron cual autómatas las exigencias de los soldados, guiados por la
capitulación de sus adoloridos cuerpos. Para ellos, la muerte podía significar un premio, una liberación. La
resignación era el mejor aliado ante tanto sufrimiento, el veredicto no importaba, si permitía cercenar el martirio. Los
tres sentenciados se ubicaron de espaldas a la tapia del antiguo Convento de las Hermanas de la Virgen del Perpetuo
Socorro.
Estratégicamente, el coronel Benítez ordenó colocar a cada recluso según el rango social, el riesgo político o su
personal juicio homofóbico, característico del alto mando. De izquierda a derecha, primero estaba el humilde
campesino, don Javier Pardillo, original de la provincia de Lugo. Su único pecado era ser dueño de tierras prósperas
que sus hermanos codiciaban y deseaban usurpar. La manera más fácil de expropiarle la finca, como sucedió en
muchas familias españolas de la época, era culparle de toda supuesta fechoría capaz de socavar o contradecir el
poder de los nacionalistas. Don Javier defendió su inocencia hasta la saciedad, pero las propinas bien dirigidas por
sus cuñados y hermana mayor, sobre quien recaía la complacencia sexual del esbirro de turno, lograron camuflar la
verdad vistiéndola de comunismo, delito altamente peligroso para la cofradía castrense, dirigente de un país en
involución. Se decía en el pueblo que debido a la demora en el juicio la esposa de uno de los consanguíneos de
Javier Pardillo le regaló una noche de calentura a cierto teniente, cercano a Benítez, para que catalogase el
expediente del cuñado bajo el código “X”, es decir, pena de muerte inmediata, inapelable, sin derecho a réplica. El
pobre campesino vio descender del percherón al temido capitán, el miedo facilitó la trastada de sus esfínteres. Un
calorcillo momentáneo humedeció los muslos, quiso gritar por última vez la injusticia vivida, pero, al igual que los
otros invitados al paredón, sus cuerdas vocales ya no tenían elasticidad luego de la cirugía forzosa. Las muecas, los
gestos de dolor, lejos de ser útiles, engordaban el morbo de la tropa sedienta de sangre.
El segundo detenido era un estudiante nacido en Murcia que cursaba la mitad de la carrera de letras en Madrid
cuando estalló el conflicto entre connacionales. Como fiel exponente de la rebeldía estudiantil, se unió a grupos de
libre pensamiento. Encabezó alguna protesta casera entre compañeros de escuela, logrando asustar a más de un
militarucho de cuarta que veía en el acusado un cierto potencial de pensamiento libre sumado a la lógica, cualidades
no muy aplaudidas por los miembros del ejército. Se forjó un liderazgo medio y llegó a ser dirigente reconocido entre
los oradores universitarios, sin percatarse de que esas credenciales le llevarían a engrosar la lista de los héroes
anónimos de una revuelta perdida, héroes olvidados, tan pronto como Cronos recorra algún trayecto moderado.
Después de su fallecimiento, solo familiares o amigos le dedicarían un altar al estudiante en el cementerio del pueblo,
pero nadie más regalaría sus lágrimas por él. Triste final para el alumno convertido en carne de cañón frente a la
intolerancia del poder. Conocía su final, era valiente, íntegro, y por ello se negó a humillarse ante el soldado asesino.
Antes bien, le regaló una sonrisa burlesca, retadora, de esas que no cambian el destino pero hieren la pasajera
valentía del verdugo.
Entre la multitud, agolpada a lo largo de balcones y esquinas escurridizas que permitían una visual discreta, el
Marica deslizaba su humanidad en total mesura, evitando ser descubierto. Disfrazaba su pena con aires de
observador circunstancial, eludiendo ser identificado. Se ubicó a cierta distancia del improvisado paredón de
fusilamiento. Trataba con dificultad de reconocer a su amigo, su verdadero mentor, el amor de mil placeres. Pero la
muchedumbre de curiosos, junto a los fusileros, creaban una cortina humana, ondulante, que distorsionaba o alejaba
el objetivo. Había recorrido muchos kilómetros para acompañar y ayudar a su amigo íntimo en estas horas de
sangre, pero el pánico abortaba todo intento de estúpida osadía, mucho menos apoyo al caído, capaz de delatarle,
convirtiéndole en rebelde obligado. El tercer acusado, el profesor Armando Castellanos Iturbe, fue un gran
catedrático de Letras, Filosofía y Ciencias Sociales antes de la fatídica guerra entre hermanos. Ya en 1937 había
abandonado la universidad para dedicarse a su pasión oculta: el periodismo. Fue corresponsal de varios diarios
extranjeros, se concentró en las atrocidades de la guerra, tratando de llevar la verdad a un mundo carente de noticias
claras, donde la prensa oficial publicaba solo lo que era considerado “políticamente” conveniente. En el fondo, más
allá de esta misión encubierta, organizó grupos de estudiantes, de verdaderos pensadores, de semillas de humanistas,
que pudiesen en el futuro contribuir a un país más equilibrado, justo, pero sobre todo intelectual, que tanta falta le
haría a la sociedad que surgiría después de la barbarie resultante de un choque pernicioso entre obreros, falangistas,
comunistas, nacionalistas, campesinos, sacerdotes, analfabetos armados y cuanto bicharraco extraño con uñas
pululaba en la débil sociedad naciente.
Se le acusaba con la simplista marca o tilde de “conspirador”, común a la hora de sentenciar humildes, sin crimen
aparente. En el fondo se le atribuía la creación de la mal llamada cofradía “Los pensadores de Gema”, un supuesto
grupo, jamás demostrado, integrado por catedráticos, intelectuales, estudiantes, masones, empresarios e inclusos
militares rebeldes infiltrados, cuyo único propósito era generar caos, anarquía o revueltas sociales contra la
concentración de los poderes del Estado en manos del caudillo. Se llegó a pensar que eran dueños de textos e
información clasificada capaz de minar las fuentes del señorío en la élite militar de España. Durante años, las fuerzas
de inteligencia nacional o policía secreta trataron de desenmascarar la famosa sociedad oculta. Incluso se comentó
que era una fábula, inteligentemente fraguada por mentes brillantes con el único deseo de robarles el sueño a los
nacionalistas. Otros menos creativos sospechaban que se trataba de un falso positivo de la Iglesia para identificar a
intelectuales agresivos en sus ideales, capaces de interferir en la filosofía de vida, según las ordenanzas de la Santa
Sede. Persiguieron a todo sospechoso habitual, a profesores universitarios nerviosos o de lenguaje confuso, a
empresarios demasiado afines con el régimen, pues podrían ser infiltrados, sospechosos en procura de datos
importantes. Los masones, si es que existían en el clan, eran los más escurridizos, pues la yerma inteligencia de los
títeres uniformados era inversamente proporcional a la sagacidad y circunspección de la hermandad. Todo formó
parte de un enjambre de conjeturas y dudas donde Castellanos llevó la peor parte.
Daba igual. Los maléficos gendarmes siempre necesitaban un culpable para justificar su inoperancia; así son las
conquistas durante la guerra, en cualquiera de los bandos. Pues la mala suerte se le presentó a Castellanos Iturbe,
una cálida tarde de verano en Santiago de Compostela, en el café Viamontes, a escasas tres calles de la universidad.
Mientras el docente prestado al periodismo disfrutaba un buen café expreso salpicado de espuma, sorbiéndolo a
medida que revisaba las páginas de su nuevo artículo para un diario francés, se presentó un trío de agentes de la
temida policía secreta. Sin confraternizar en el diálogo directo, sin pérdida de tiempo con las cortesías que antes
hubiesen sido de rigor, le conminaron a acompañarles a la comisaría central. No había opciones, el acusado conocía
la sinopsis, el modus operandi, no era la primera vez que le detenían. Con parsimonia, trató de recoger sus papeles y
adminículos de escritura pero, de pronto, una forzuda mano le impidió continuar con su intención, eso era trabajo de
los acusadores. Todo lo que estaba sobre la mesa fue amontonado en un saco de cuero negro, idéntico a los usados
por los empleados de correos, que traía uno de los oficiales. Castellanos Iturbe reprehendió la acción con mucha
diplomacia verbal, pero la callada fue la respuesta predominante. Era estúpido solicitar un lance de honor usando
como arma el poder de las palabras cuando los contrarios visten uniforme de guerra, de muerte. Le exigieron silencio
a cambio de evitar la fuerza bruta. Esto indicaba que esta vez la historieta podía tener un final diferente. De espaldas
al paredón, hoy el profesor tristemente corroboraba su teoría, definitivamente no fue un simple arresto.
Los tres sentenciados observaron cómo se disponía el pelotón frente a ellos, fusil en mano, en clara posición de
ataque. Benítez les dio la espalda para dirigirse al público. Con la mano derecha sacó de su alforja un folio de papel
color crema, con membrete oficial, de los utilizados en las secretarías de los juzgados. La multitud se mantuvo en
espera del veredicto. Todos imaginaban el dictamen; sin embargo, la fe les alentaba a soñar con un milagro. Solo el
Marica sabía la verdad, solo él no creía en milagros, porque era ateo, porque él afirmaba que los milagros se
forjaban, no se pedían. El Marica se acercó lo más que pudo para fijar su mirada vengadora en el rostro de Benítez.
Le dedicó tiempo para memorizar cada detalle de su rostro, prácticamente le hizo una fotografía en su cerebro.
Quería recordar por siempre la cara del asesino de su amigo íntimo, del hombre que motivó su despertar intelectual.
Con voz áspera, el capitán del ejército inició el recital, moviendo su cuerpo en dirección al semicírculo humano
que ocupaba la plaza, frente a la tropa. Benítez buscó la manera de cubrir todos los ángulos posibles, deseaba ser
visto por la totalidad de los invitados. Mientras mayor fuese el número de testigos presenciales de la actuación, más
voces resonarían en la historia.
—A todos los presentes: como bien sabéis, mi función en esta provincia es velar por la seguridad del Estado.
Nuestras tropas, al mando del Generalísimo, se enfrentan a tiempos difíciles, tiempos de angustia y zozobra. Pero
sabed que no nos tiembla el pulso a la hora de proteger a España de sus enemigos, sean incluso de su propia tierra.
Todo aquel con pretensiones de desconocer el orden del Estado, o desobedecer las leyes, en clara conspiración
contra la nación, tendrá como recompensa un castigo ejemplar.
La proclama no hacía mella en sus escuálidos oyentes. Estaban acostumbrados a la prédica barata del régimen
militar cuando buscaba excusas para matar. Solo querían entender, aun cuando reprochasen la acción, los cargos
contra las víctimas de turno, porque ninguno de los reos exhibía pinta de guerrillero, asesino, conspirador, ni mucho
menos comunista. Benítez tragó saliva, retomó con más fuerza su palabrerío practicado con antelación. Sus discursos
variaban de acuerdo con el tipo de criminal. Hoy, que eran casi prisioneros comunes, sobraban las exaltaciones
políticas, la ejecución iba a ser breve.
—Luego de un análisis exhaustivo de cada uno de los cargos que pesan sobre los implicados, los jueces de la
comandancia han dictaminado la culpabilidad de tres acusados por anarquistas, revolucionarios, comunistas y
asesinos —dijo el capitán.
Se produjo el gruñido onomatopéyico, con voz tenue pero ligeramente audible, de la comunidad, en clara señal de
protesta. Los soldados interpretaron reproche ante el discurso del líder y, temerosos de la diferencia numérica,
alistaron sus fusiles en manifiesta actitud de amedrentamiento. Ellos tenían el poder, ellos vendían miedo gracias a su
licencia para ametrallar; si asomaban posibles agresores, serían repelidos a balazos. Solamente el campesino se
arrodilló en búsqueda de clemencia, juntó las manos deformadas por la flagelación, implorando perdón al cielo
infinito. El infeliz aún esperaba milagros en plena Guerra Civil. Los otros dos, muertos en vida, cruzaron miradas
retadoras, alegres, celebrando el triunfo, sudaban valentía, irreverencia a corazón abierto, jamás se doblegaron,
mucho menos a la hora de morir. Si debían partir, que fuese con orgullo y valor, así les recordarían los que vienen
detrás.
De improviso, Benítez tomo del hombro izquierdo al tercer condenado, el profesor Castellanos Iturbe. Le apartó
del resto, llevándole hacia el costado derecho del pelotón, tomando distancia segura de los fusileros y evadiendo el
posible contacto con alguna bala perdida. La repentina acción confundió a víctimas, verdugos y espectadores
perplejos. El campesino se incorporó saboreando la efímera salvación. Su fe le ayudó a interpretar que el prodigio
cobraba vida. Pero el aguerrido capitán alzó su bastón de mando en tácita señal de ejecución y su teniente transmitió
la orden al resto de los bandoleros uniformados. Los soldados prepararon armas al compás de la voz del rango
superior. Al tercer mando sonó la metralla. Diez soldados dispararon indiscriminadamente sobre dos cuerpos
endebles, flagelados, moribundos. Una bala era suficiente, pero el terror exige dramatismo para continuar viviendo; el
trueno seco de las carabinas logró el amedrentamiento de la población a su máximo nivel exponencial.
Por el impacto de las balas, escupidas con fuego de los mosquetes modernos, los cautivos se transformaron en
cadáveres antes de reposar en el piso. Los proyectiles atravesaron la carne, rompieron huesos, robaron vidas,
ahogaron suspiros, regalaron silencio a las almas desdichadas. El muro del antiguo convento se decoró con
abundantes trazos de sangre, un charco al lado de cada víctima advertía de consecuencias fatales a todo héroe
solitario con ánimo o intención de retar al destino. Hombres y mujeres apretaron los labios, evitando proferir insultos
enmascarados de sublevación. No valía la pena. El ejército tenía las armas, era el dueño, el amo de la vida o la
muerte.
El capitán nuevamente tomó el rol protagónico, rompiendo el marasmo producto del final de la obra. Lleno de
odio, extrajo su Luger con cachas de marfil persa, regalo de un general nazi amigo de su padre, el arma que siempre
reposaba en la cartuchera del uniforme de combate. Alzó el cañón hasta el infinito, bajó el brazo gradualmente hasta
colocar la punta de la pistola en la sien del último cadáver en pie. Quería burlarse del preso por última vez,
intimidarle, mofarse, humillarlo en público, pero Castellanos Iturbe esbozó una sonrisa burlona, despreocupada, que
solo los valientes reservan paran los momentos inolvidables. No le importaba morir dos veces.
La diestra del verdugo se aferró al mango de la pistola, el dedo índice acariciaba el gatillo con sadismo; solo
esperaba la orden cerebral, autómata, de quienes matan por placer, de correr el tambor del arma hacia atrás, luego
de las últimas palabras del asesino. Benítez sentenció, antes de percutir la munición con el martillo de la Luger.
—A este hijo de puta lo guardé para el final. Quiero que todos sepan que, además de traidor a la patria,
conspirador y anarquista, le acuso de amoral, de sucio, le acuso de ser marica, de no tener perdón de Dios por
ceder a los placeres impúdicos de la carne. Sí, de ser un simple y asqueroso marica. Por eso vale menos que una
rata, razón suficiente para morir —fue el cierre del patético discurso.
Con sincronía morbosa, el estruendo de la pistola retumbó después de la última vocal pronunciada por el cobarde
capitán. Todos vieron saltar los sesos del letrado, víctima inocente de la barbarie del poder exacerbado. Los menos
escrupulosos en el anfiteatro vomitaron ante la asquerosa escena: el disparo rompió la cabeza de Castellanos por la
mitad. El Marica contuvo el llanto, apretó los dientes, se mordió la lengua, evitando ser delatado por los gritos de
odio, sus abultados ojos azules estaban por estallar de la rabia, las venas aprisionaban la córnea, la cólera le
entumecía sus maxilares. No podía moverse, se había petrificado ante la decadencia humana.
La multitud comenzó a despertar de la pesadilla cuando Benítez y sus amigos matonescos emprendieron la
retirada entre carcajadas burlescas. Resignados, los habitantes del pueblucho iniciaron la dolorosa recogida de los
cadáveres, pues, como era habitual, no había dolientes en el sitio. Ello obedecía a dos causas justificadas. La
primera, porque el ejército acostumbraba a mover en ocasiones a los sentenciados, trasladándolos a prisiones
lejanas para evitar el contacto con familiares o conocidos, buscando así minimizar el dolor. La segunda, que era
peor, porque en ocasiones los deudos temían por sus vidas y preferían el anonimato, para que no fuese palpable la
crítica o el juicio adverso a los uniformados, y de esta forma originar posibles acusaciones diabólicas contra ellos.
El Marica se acercó al cuerpo sangrante de su consejero, le cogió del piso para limpiarle la cara con sus lágrimas.
La muchedumbre pensó que era su hijo, por el dolor que le embargaba. Le ofrecieron socorro para sepultarlo, pero
el forastero se negó; solo les pidió ayuda para transportarlo a Madrid junto a sus escasos familiares. Por mucho que
suplicó nadie se ofreció, pues transportar un cadáver a otro sitio que no fuese el camposanto se veía muy
sospechoso, era una carga altamente peligrosa a los ojos de militares o policías de caminos. Todos sugirieron
enterrarle en el cementerio del pueblo para evitar más problemas. Rendido por el llanto, el dolor, la tristeza, el
Marica aceptó, no sin antes aproximar sus labios al oído izquierdo del cadáver. Con la esperanza de que el alma de
su amigo íntimo todavía estuviese cerca, le susurró al oído:
—Querido maestro: tu muerte no será en vano. Yo mismo me encargaré de cobrar tu sangre. Juro por lo más
sagrado de nuestra hermandad que tu grandiosa obra jamás tendrá fin, dalo por hecho. Estos malditos militares la
pagarán, tarde o temprano. No vivirán para celebrarlo. Te amaré por siempre.
Capítulo 3
La “princesa encantada” se despide para siempre
La capital despertó sofocada. El verano más abrasador de los últimos lustros se divertía jugueteando con los
macilentos cuerpos de los transeúntes. El sol estiró sus brazos con bravura, ya a media mañana el mercurio
amenazaba con hacer erupción. Curiosamente, la siempre rebelde María Fernanda López de Peña y Paz no estaba
feliz por la repentina llegada del calor típico de su estación favorita. La depresión guiaba su locura, mi “princesa
encantada” secó sus lágrimas con rabia. Acto seguido, decoró su frágil humanidad con un abrigo de visón azabache
que le cubría hasta la rodilla, un atuendo fuera de lugar para el verano. Tocó su fina cabellera con un delicado
sombrero de estructura de carey finamente tapizado con sedas de la India, retocadas con hilos de oro y plata, ideal
para la noche. Calzó botas altas, costosísimas, de charol, con tacón muy desproporcionado, trenzadas hasta unos
cuarenta centímetros por encima de los tobillos. Últimamente se había vuelto costumbre en ella retar a propios y
extraños, romper los convencionalismos, las poses de una sociedad podrida desde las mismas bases familiares. Ella
solo quería transpirar su rebeldía absurda, frustración, vacío espiritual. Nadie, ni siquiera su padre, se había ocupado
del dolor afectivo que ella sentía en ese momento; en su familia jamás dieron crédito al valor esquizofrénico de sus
verdades, nadie pensó que ella fuese capaz de atentar contra la lógica.
Se maquilló con delicados tonos pastel en pómulos y barbilla, un delineador más contundente le dio un matiz
azulado a los párpados. Las pestañas fueron vigorizadas con tintes franceses idénticos a los usados por las bailarinas
del mejor show de burlesque. Vaporizó unas seis veces su Chanel número 5, perfume que detestaba, entre la parte
posterior de su cuello, el nacimiento de sus notorios pechos y el puntiagudo mentón, herencia materna. Se veía sucia,
destruida, traicionada, utilizada por un vengador insospechado, para colmo, absolutamente imposible de acusar so
pena de escarnio público e incredulidad. Era un intocable legal. Se miró por última vez en el espejo del fino armario
de caoba que completaba su juego de cuarto. Con detalle revisó cada centímetro de su cuerpo, tratando de precisar
algún error en el patético disfraz. Estaba garantizado que acapararía todas las miradas, había decidido convertirse en
el hazmerreír de Madrid. Apoyó sus estilizadas manos sobre el marco del espejo; un suspiro preñado de venganza
antecedió su declaración de guerra.
—Hoy es tu día, hijo de puta, hoy me las cobro todas. No tienes ni puta idea del martirio que me has causado.
Antes de que anochezca, toda la capital sabrá la clase de porquería que eres, lo cobarde y miserable de tu alma. Te
juro que el infierno te recibirá con los brazos abiertos muy pronto. Tus crímenes serán castigados, no podrás
esconderte.
Un reflujo sabor a bilis le cortó la inspiración, obligándola a tragar grueso. Algunas lágrimas se deslizaron
inocentemente de sus celdas hasta detenerse en los hinchados y ojerosos párpados. Llevaba semanas en pena,
desde el día que descubrió el precio de la traición, cuando al fin vislumbró el verdadero rostro de su pecado mortal.
Emprendió la huida de la habitación, en casa de mi abuelo, sin secar el líquido desperdiciado por los ojos tristes.
Rauda atravesó el pasillo del segundo piso de la elegante casona, ubicada en pleno centro de Madrid, en la calle de
Valverde, esquina de Antúnez, en uno de los barrios más opulentos de la gran capital. Solo la mirada curiosa de su
ama de llaves, doña Lola Guevara, que le había cuidado desde su venida a este mundo, impidió por momentos la
escapada. La mujer de servicio no daba crédito a la visión que corría delante de ella, desesperada, en dirección al
portal principal.
—Pero, mi niña, ¿a dónde va usted vestida así, con este calor infernal? Se me va a enfermar. ¿Cómo se le ocurre
ponerse esa ropa de invierno? No es apropiada. ¿Qué dirá la gente cuando la vea en la calle? Se van a burlar de
usted sin necesidad —gritó con sorpresa la mucama.
La niña rica, adulada y mimada por todos, detuvo su caminar en pleno salón principal, tragó aire, llenó sus
pulmones con enojo del bueno, giró noventa grados la cabeza para clavar la mirada más triste de su pobre y vacía
humanidad en el rostro de la nana. Con voz entrecortada susurró un mensaje despectivo, contestación poco usual en
su refinado vocabulario elitista. Pero estaba harta de poses, falsedades y pudor social cuestionable. No soportaba
más el cinismo de la sociedad.
—¿Sabes qué, Lola? Me vestí así porque me siento sucia, porque quiero sentirme igual que una puta, porque,
aunque no lo creas, las putas son más sinceras, incluso valen más que yo. Al menos cobran cuando follan a un cerdo
con piel de hombre, pero yo, la muy tonta, lo hice gratis pensando, soñando en el maldito amor, la fábula mejor
contada, pero jamás alcanzada. ¡Qué triste ironía! ¿No te parece?
Doña Lola hizo la señal de la cruz en penitencia por las palabras desgarradas de su rebelde patrona. La mucama
se aterró, la voz que retumbaba no era la misma que la de su niña mimada, la que le pedía caricias en el pelo para
dormirse cuando apenas era una chiquilla mimosa.
No hubo tiempo para más conversación, María Fernanda la interrumpió de cuajo. Por primera vez, le alzó la voz,
espetándole un discurso lleno de autocuestionamiento, digno de una vida vacía de afecto sincero.
—¡Déjame en paz, Lola! Toda mi maldita vida ha sido un engaño, una mentira, todo ha sido impuesto,
absolutamente todo, incluso el amor. Nadie me preguntó qué quería, nadie me permitió escoger. Seguí el ritual del
bienestar y lo políticamente conveniente. Acá me tienes, hecha mierda, con la vida despedazada, víctima de la
mentira más asquerosa, pronunciada en el nombre de Dios como excusa. A partir de hoy, hago lo que me dé la real
gana. Hoy quiero ser puta, me visto como tal. No me esperen para cenar, no me esperen más, diles a todos que no
pienso volver a esta mierda de casa.
Atónita, la doméstica observó cómo se alejaba su querida mujercita malcriada en dirección a la cochera. Sabía
que no era una dama fácil; desde pequeña fue algo problemática con su carácter, pero este ataque de histeria tenía
tintes de locura, de rabia, pero sobre todo resentimiento y frustración ante la vida. Lola tuvo un mal presentimiento.
Ya habían pasado casi tres semanas desde la última pelea entre la señora de la casa y su marido, justo al final de la
primavera. Se había pasado una semana encerrada en la alcoba, llorando desconsolada, pero nunca perdió la
compostura ni el respeto hacia Lola. Y, por más que lo intentó, no logró descubrir la causa oficial de tantas lágrimas,
siempre imaginó que el disgusto debió haber sido por algún lío de faldas del esposo, causa común en hogares de
militares. ¿Por qué los mayores siempre tienen razón en sus presagios? Lola había acertado, el día no terminaría bien.
El destino de mi “princesa encantada” le había reservado una lápida de mármol rosa; esa misma tarde su nombre
estaría escrito en la piedra.
María Fernanda subió al Mercedes Benz último modelo, regalo de su padre, y le pidió a Fernando Matías, chófer
de confianza, que la llevase con premura al hotel Imperial, ubicado a escasos diez minutos de casa. El esplendoroso
albergue era un edificio del siglo XIX construido bajo el influjo de la arquitectura francesa, recubierto en mármol
crema. Era lugar frecuentado solo por personeros de gobierno, militares de alto rango, empresarios o turistas muy
adinerados. El madrileño de a pie solo se podía satisfacer con admirar la edificación, como una obra arquitectónica,
pieza de museo abierto, símbolo de la escueta opulencia del país.
El chófer detuvo el lujoso coche plateado en la entrada del recinto, dos mozos se acercaron para abrir la puerta
trasera del auto y prestar ayuda a la singular visitante. La sorpresa fue mayúscula cuando vieron descender a una fina
dama de alcurnia, ataviada con atuendo esquimal en plena temporada estival. “Cosas de ricos excéntricos”, pensaron
los mozos de guardia. La sospechosa dama se acercó a la entrada, y lo peor es que venía sola, rompiendo ciertos
patrones de conducta social en la España de la posguerra, a menos que fuese turista francesa. Los empleados
inmediatamente supieron que era la esposa del general de brigada responsable de la guarnición de Malqueseras a las
afueras de Madrid. El asombro de los trabajadores del hotel mutó en difamación. ¿Por qué la adinerada damisela
vestía como una simple mujer de la mala vida? ¿Por qué llegaba solitaria a un lugar tan famoso, frecuentado por
hombres, siendo además la esposa del general más importante del ejército? Todo el cuadro era un mar de
suspicacias.
Cortésmente, el botones le cerró el paso a María Fernanda, ofreciéndole información sobre la localización del
restaurante o del salón de té, espacios permitidos a las féminas para tertulias banales, frecuentados en su mayoría por
hombres o parejas, era parte del protocolo gerencial del hotel Imperial.
Acto seguido, María Fernanda atravesó el largo pasillo central del lobby hacia la recepción. El recorrido estaba
decorado por columnas góticas revestidas de rocas de Carrara desde la base hasta el techo. Lámparas con formas
abstractas traídas de Murano iluminaban las cerámicas etruscas del grisáceo pavimento; exquisitez decorativa que
masajeaba el sentido visual de los visitantes. La dama desigualmente ataviada esperó su turno en la fila, ante las
miradas inquisidoras de los presentes. Llegado el turno, se acercó a la ventanilla libre, la del numeral karmático: el
ocho.
—Buenas tardes. Quisiera una habitación para una noche solamente —dijo con cierto desgano la princesa polar,
mostrándose algo inquieta, nerviosa; era la primera vez que decidía por ella misma, sin manuales, sin obligaciones.
—Con mucho gusto, señorita. Permítame revisar la disponibilidad. ¿Me permite su pasaporte o documento de
identidad? —respondió la recepcionista mientras ganaba tiempo para otear la lista de reservas o salidas.
Casualmente, faltaban dos horas para el acceso regular. Si no había habitaciones disponibles o estaban en proceso
de limpieza, la nueva inquilina debía esperar a la desocupación de alguna estancia.
Con mal disimulada soberbia, la clienta interrogó a la empleada del hotel. Le costaba asimilar semejante excusa
tan evasiva. María Fernanda era caprichosa, siempre imponía celeridad en todo servicio, sobre todo si su padre era
uno de los socios del lujoso edificio de visitas transitorias.
—¿Pasaporte? ¿Acaso no sabes quién soy? ¿Eres nueva en Madrid? No tienes ni puta idea de la nobleza
española. Pues vaya día que me espera. Mira, no quiero perder tiempo contigo, dame la habitación. Ah, y recuerda
que no la pagaré yo; se la cargas a la cuenta de mi marido, que seguro que debe venir muchas veces a esta cueva
con sus amantes de turno.
El repudiable comentario trastocó la artificial quietud del lugar. Todas las miradas del salón de té, plagado de
militares, justo a la derecha de la recepción, y las de los empleados del hotel, apostados en áreas cercanas a la pelea
verbal, al altercado entre dos damas con niveles sociales antagónicos, se concentraron en la ventanilla ocho.
Empezaron las conjeturas entre dientes; unos a otros se pasaban guiones de chismes baratos. Tal vez la esposa del
general se había tomado alguna bebida espirituosa aderezada con terrones de celos, suponían los compañeros de
uniforme. Eso le daba mayor hombría al soldado. “¿Qué habrá hecho el cabrón de Benítez?”, pensaron los
conocidos cercanos al general.
La confundida operadora trataba de controlar sus emociones; un sudor frío le recorría los pechos, la saliva se
endureció. Empezó a construir su respuesta, aprendida en el manual de operaciones, página treinta, capítulo doce,
sobre cómo manejar a huéspedes groseros sin tener que recurrir a la violencia, aun cuando a veces una tenga ganas
de romperles la cara de un buen puñetazo.
—A la mierda con los trámites —increpó bruscamente María Fernanda—. Llevo toda una puta vida escuchando
las mismas asquerosas palabras: trámites, procesos, órdenes, mandos, etc. Hoy me cago en el falso protocolo, estoy
harta. Quiero mi habitación ahora mismo. Ah, recuerda: cargársela a mi marido, el general…
La suave voz del gerente del hotel trató de apaciguar los ánimos avinagrados de la oradora. El hombre tenía que
evitar un escándalo en pleno salón principal, atiborrado de miembros del poder español, pues todo llegaría a oídos
del alto mando, dando pie a la posibilidad de perjudicar el futuro de los empleados. La dualidad de la situación le
exigía al señor gerente conducirse con sobrada mano izquierda y mucha política, pues la agresiva dama era además
hija del primer magnate de medios impresos del país, amigo personal del Generalísimo. Menudo lío le esperaba al
representante hotelero si alguno de los bandos se sentía ofendido.
—Perdone usted, señora, por el malentendido de nuestra parte. ¿Me permite un minuto? Soy Agustín Salcedo,
dirijo el hotel. ¿Me acompaña, si es tan amable, a mi oficina? Yo mismo atenderé su caso; no se preocupe,
enseguida le encontraremos una habitación desocupada —solicitó con diplomacia británica el apoderado del recinto
tratando, en lo posible, de enclaustrar las expresiones de locura de la descompuesta consumidora. Bajo ningún
concepto podía darse el lujo de alebrestar el ánimo de alguno de los visitantes, todos ellos ligados de alguna forma a
la cotidianeidad del Generalísimo, el principal visitante del Imperial.
La oficina de don Agustín era bastante amplia, decorada con lujo monárquico, digno de la corte de Luis XV,
bastante recargada, ostentosa, herencia fiel del antiguo complejo hotelero. Las paredes estaban vestidas con tapices
que evocaban diversidad de motivos, como las grandes campañas napoleónicas, imágenes de la Revolución francesa
o simples días de caza de zorros en los campos del norte de Borgoña. La luz era tenue, que fácilmente permitía
resaltar los colores vivos de cada elemento ornamental.
—Perdone usted el malentendido por parte de nuestros empleados. Es que ellos se deben apegar a un
procedimiento que solo puede obviarse con mi autorización. Por eso estamos acá mucho más cómodos, en privado.
Yo personalmente haré los preparativos para su habitación —dijo el gerente en son de paz, logrando dominar a la
fierecilla malcriada.
—Seamos francos, don Agustín. Yo estaba cómoda afuera, solo que usted tiene miedo de que esta loca, vestida
como un oso polar en pleno verano, alce la voz más de la cuenta, que se le escape alguna frase que hiera el amor
propio de los soldaditos. Usted es como todo el país, que se mea en los pantalones si tan solo está cerca de alguien
que exprese sus comentarios adversos al régimen, salpicando a los asquerosos militares. Sé que debe cuidar el
empleo, no le culpo. Pero el miedo de sus ojos es por su vida, ¿cierto? Tranquilo, no haré nada contra usted, hoy es
mi día, no el suyo. Deme mi habitación, deseo estar sola un buen rato. Prometo no actuar inapropiadamente, si usted
me ayuda —ripostó María Fernanda ante la hipocresía social de su interlocutor.
—Señora, deseo que pase una velada agradable en nuestro hotel. Usted es una invitada de honor, alguien muy
especial y merece la mejor atención.
El hostelero intentaba ser cordial, pero no era tarea fácil. Completó el formulario con los datos a medio llenar por
la huésped, abrió el cajón izquierdo de su escritorio para extraer la llave de la habitación disponible en el piso
ejecutivo, el más selectivo y preciado de todos. Le acercó el papel a la excéntrica mujer para obtener su firma. Ella
lo rechazó e insistió en cargar la cuenta a nombre del marido, el temido general Benítez. El encargado del hotel no
tuvo opción. Permitió el acceso de la nueva inquilina transitoria, asumiendo las posibles consecuencias de su decisión
al darle puerta franca a María Fernanda.
—Créame que disfrutaré como nunca de esta velada, es más, le juro que mi marido la vivirá mejor. Será
inolvidable para él, se lo aseguro. Él se lo merece, por ser tan especial, tan bueno, caballeroso, humano, sincero.
María Fernanda soltó una carcajada estridente, muy burlesca, capaz de confundir al mejor investigador. Había una
mezcla de ironía, sarcasmo y algo de sadismo entre la risa, las miradas, los gestos. Su actuar evidenciaba una
atmósfera peligrosamente turbia. Parecía un poco desencajada, fuera de sí. Don Agustín meditó sobre la situación.
Sentía algo de miedo, no sabía si era necesario comunicarse con el marido. La duda le permitió recapacitar;
simplemente se limitó a hacer lo que mejor sabía, que era seguir órdenes. Le entregó un fino llavero de cuero
repujado, hecho en Ubrique, con el número cuarenta tallado en ambas caras. María Fernanda se levantó de la
elegantísima silla de cuero verde, cogió la llave, le voló un beso chillón a su servidor a la vez que giraba su cuerpo en
dirección a la puerta de salida. Ansiaba llegar a la habitación e iniciar su cuestionable festín justiciero.
—Ah, también le agradeceré dos botellas de champagne Cristal que estén heladas; también, un abundante plato
de caviar, eso sí, del iraní, el que supongo degusta el Generalísimo cuando viene a este antro de putas y maricas finas
—pidió jocosamente la esposa del general.
Don Agustín la escoltó con su mirada hasta el pasillo de los elevadores, tomó un pañuelo blanco de la solapa de
su finísimo traje italiano, y tembloroso secó las frías gotas de sudor que humedecían su frente. Miró al techo, exhaló
fuertemente, rogándoles a todos los santos que ningún testigo hubiese oído semejante discurso perturbador, las
críticas al caudillo podían ser malinterpretadas y llevarle al patíbulo.
A solas, frente al pórtico número cuarenta, una sensación de terror invadió el alma de María Fernanda al momento
de abrir la puerta de la habitación. Dentro del cuarto ella sabía que el valor expresado hasta ahora solo era un
camuflaje ante su dolor. El arrojo la ayudaba a envalentonarse, a enfrentar el miedo de la muerte próxima. Varias
semanas atrás había tomado su decisión. Hoy era el gran día de la venganza, pero tenía miedo de destruir vidas a su
alrededor, sobre todo la mía. Yo era el más perjudicado con la repentina partida. Sentía rabia por el egoísmo de su
corazón, que solo quería despedazar verdades a precio de sangre inocente. Miró en derredor, se vio sola, indefensa;
pensó en la retirada estoica como alternativa para detener el teatro del horror, hacer cabeza, buscar otra solución
menos destructiva, cuando el repentino golpeteo de la puerta la alertó de la presencia de visitantes inesperados.
—Toc, toc. ¡Servicio! —La voz del otro lado de la puerta despertó a la sentenciada.
—Buenos días, señorita. Acá le traigo el champagne Cristal que pidió, bien frío, además, tenemos una ración de
caviar Beluga, traído especialmente de Irán. Acá le anexo la copia de la comanda para su firma.
El camarero abrió una fina pieza de madera tailandesa en forma de caja de bambú que contenía la factura del
consumo. La huésped firmó como pudo, sus ojos no atinaban a centrar la mirada. El sirviente enmudeció de felicidad
al ver la grotesca cantidad de la propina, motivo de celebración familiar. Abandonó la habitación gozoso, celebrando
la Navidad en verano.
Solitaria, la honorable dama trató de apaciguar su otro yo, el lado demoníaco que la atormentaba y le usurpaba la
lógica. Mientras buscaba la excusa perfecta para cancelar su venganza, a su derecha advirtió el antitóxico perfecto
contra el miedo. Una helada botella del espumante más caro, champagne Cristal, la saludaba desde la hielera de
aluminio, colocada con sutil elegancia en el centro del carro de servicio. Sus labios esculpieron una sonrisa ganadora,
valiente, inquebrantable. María Fernanda conocía el poder de las burbujas. Se abalanzó con desenfreno sobre la
botella, aún escarchada en su cresta, como vestida de novia, gracias al hielo adherido. Sin mucho esfuerzo, el corcho
surcó los aires al compás de una explosión de efervescencia contenida. Acercó el pico de cristal a sus labios para
beber el elíxir afrodisíaco, el antídoto ideal para vencer el cerote. Llenó la boca en toda su capacidad con el
espumoso anodino, tragó con valentía. El efecto sedativo fue casi inmediato: se sintió recompensada, mucho más
tranquila y convencida de su misión. El temor empezaba a exiliarse.
Luego de media botella de Cristal la vengadora sintió que el tiempo estaba por expirar. Se acercó a la cómoda
ubicada al costado de la cama. Apartó la silla para contemplar su cuerpo. Delicadamente, retiró el sombrero que le
asfixiaba la cabeza. Una melena cobriza saltó furiosa, libre, cayendo en cascada y recostándose sobre sus hombros,
en clara posición de descanso. Rozó el sedoso pelo con la yema de los dedos, trayendo a la mente los recuerdos de
las caricias de su madre cuando en las noches de su niñez no tenía intención de dormir. Siguió unos minutos
acariciando su delicada cabellera con ternura angelical, disfrutaba del roce de los dedos con sus cabellos alisados.
Con mirada nostálgica observaba cómo iban soltando las amarras cada uno de los botones del abrigo de visón
negro. Eran cuatro en total y el último cedió con dificultad. La niña mujer abrió de par en par el abrigo, y contempló
con tímida satisfacción su cuerpo semidesnudo. Se quitó el abrigo con resignación y empezó a acariciar sus brazos,
palpando cada centímetro de su piel, tersa, lozana, hermosa. Luego subió las manos hasta toparse con el larguirucho
cuello, mimándolo con suaves toqueteos en círculo. Cerró los ojos en claro estado fantasioso, se llevó las
extremidades superiores a la altura de sus pronunciados pechos. Los pezones despertaron, aumentando de tamaño
luego del reposo obligado. Sin pena alguna, la palma de la mano derecha se rebeló y descendió sigilosa más allá del
vientre hasta toparse con la puerta del placer. Su piel estaba recubierta solo con ropa interior, de la más fina y
costosa, tejida a mano con hilos de seda de la India, pigmentada con tonos rojizos y recargada con encaje negro en
los bordes. Era la típica vestimenta extremadamente sensual diseñada para excitar al compañero de cama.
La mezcla de colores en la ropa íntima demarcaba con altivez la esbelta figura de la emperatriz de cara triste que
se miraba en el frío espejo de un hotel de lujo. Su hermosura retaba a la imaginación. A pesar de las afrodisíacas
piezas eróticas, el maniquí con corazón de niña tenía ganas de llorar por un vacío injusto, por un desamor adquirido.
Cogió nuevamente la botella de champagne, sorbió confundida, intentó beber más del lujurioso brebaje, pero sus
labios no pudieron contener la presión de las burbujas. El licor empezó a manar de sus labios, desparramándose por
sus pechos en caída libre. El frío líquido jugueteó sin vacilar con el menguado esplendor de unos senos antiguamente
macilentos por la soledad, la depresión y la mentira. El estímulo de la insistencia térmica disparó la sensibilidad de la
dermis; poco a poco los pezones abandonaron el desinterés, se hincharon cual flor abierta en primavera, y gritaron
desesperados en busca de caricias. Rebozaban de vicio, lujuria y excitación, querían ser agredidos sin miramientos,
despiadadamente, con abuso. Ella se percató, habían crecido tanto que daba la impresión de que el sostén se
rompería. Suavemente apartó la parte baja del sujetador para facilitar la liberación de un pecho sediento, ansioso de
mimos. Con las manos intentó subirlo al infinito, buscando contacto eréctil con la punta de la lengua, que,
resbaladiza, logró humedecer la cúpula del pezón. María Fernanda empezó a sentir vapores de obscenidad nunca
vividos, siempre fantaseados, pero reprimidos por considerarlos pecaminosos. El fuego de sus pechos se propagó
con rapidez; ya la entrepierna había sido invitada al festín y comenzaba a bañar sus pliegues, la humedad advertía la
posible llegada del orgasmo, pero, de sopetón, el poder racional asesinó de cuajo el sórdido deseo de ser ultrajada
por la autosatisfacción y domeñó con firmeza los impulsos de sus hormonas.
María Fernanda tomó la silla de la cómoda, la acercó para sentarse bruscamente, despidió al morboso
pensamiento y prorrumpió en sollozos. Recuperó la memoria y recordó el verdadero motivo de su visita al hotel.
Hincó la cabeza en los brazos que se habían arqueado sobre el mueble y apretó con rabia los ojos contra las palmas
de las manos. Un grito desolador fue el protagonista de su declamación.
—¿Qué me hiciste, maldito? —ululó sin calibrar el volumen en la garganta—. Me hiciste pedazos, eres un maldito.
¿Por qué me mentiste de esa forma, tan vil, tan sucia? Te odio por siempre, Pachi, te odio, te aborrezco, eres un ser
despreciable, eres una mierda. Pero me las pagarás, acá o en el infierno, te prometo que me las pagarás.
El sollozo desconsolado era fiel testigo del dolor que estremecía el hermoso cuerpo de una mujer vacía, infeliz,
traicionada. Por última vez, la fina botella de alcohol espirituoso ahogó el llanto. En esta ocasión no hubo inundación,
se bebió todo el resto que quedaba en el envase color ámbar, no dejó escapar ni una sola gota del exquisito líquido.
Se levantó de la silla y lanzó la botella contra la pared a su espalda; el choque repentino pulverizó el cristal. Se
acercó al bolso que descansaba sobre la suntuosa cama de la habitación cuarenta del hotel Imperial. Metió la mano
hasta el fondo de la prenda de vestir y extrajo primero una daga árabe de afilada hoja, cortante por ambos costados.
El metal brillaba a la luz del sol que se filtraba por la ventana; los rayos se reflejaban cual espejo en el puñal. La
empuñadura estaba hecha de acero, revestida de oro macizo, y coronada por una cabeza de león, un arma muy
similar a las usadas por los capitanes de la Armada Invencible. Con la mano opuesta, cogió otra arma de naturaleza
muy diferente, una Luger, negra como la noche, simple, con cachas de madera en tonos de caoba intenso, típica de
los agentes de la temida SS. Tomó los utensilios de matar, armamento antiguo que formaba parte de la colección
privada de su padre. Se volvió a sentar frente al espejo, acercó un pequeño recipiente parecido a una vasija para
depositar anillos y lo colocó frente a ella de cara al espejo. Sin soltar vocablo alguno, sumida en su propia e
interminable introspección, cogió la daga, la enterró con fuerza en la palma de su mano izquierda, deslizó el cortante
filo y abrió una herida bastante profunda. Una mueca de dolor se escapó al infinito, pero no hubo gritos ni reproches.
La sangre comenzó a manar sin obstáculos, un fino hilo constante de tejido líquido que se acumulaba en la vasija.
Cuando María Fernanda consideró que había suficiente tinta corporal trató de bloquear la herida con un rudimentario
torniquete, hecho con una toalla de algodón que descansaba al costado de la cómoda. Apretó la palma herida contra
la tela de la toalla y logró disminuir considerablemente la hemorragia. Introdujo el dedo índice de la mano derecha en
el improvisado tintero, lo escurrió un poco para evitar derrames innecesarios y empezó a escribir una corta oración
en el espejo frente a ella, teniendo cuidado de no chorrear la letra de molde. El mensaje debía ser claro, legible,
enfático. Luego se incorporó, repitió el escrito en las cuatro paredes de la habitación como si se tratase de una plana
de castigo en el colegio. Lo estampó una y mil veces en lugares estratégicos donde todo simple observador pudiese
entender la acusación. Tuvo la frialdad de medir el secado de la sangre sobre cada pared, el espejo, y el mobiliario
manchado, incluso cuidó el detalle de repasar una de las paredes donde la horrible tinta roja se había corrido un
poco. Su maléfica venganza, o más bien autodestrucción, había empezado según el mapa establecido.
La pérdida de sangre y las punzadas de la herida comenzaban a minar sus fuerzas. Se dio cuenta y rauda inició la
segunda fase de su locura: la parte del clímax, la imponente, la desquiciadamente morbosa y sádica. Se sentó por
tercera vez en la silla frente al espejo de la cómoda, respiró copiosamente en tres ocasiones para recobrar energías.
Cada una de las inhalaciones la obligaba a cerrar los ojos en busca de descanso, de alivio, de penitencia. Clavó la
mirada sobre la Luger que reposaba justo al lado. Empuñándola con la diestra, acercó el cañón a la boca. Antes de
introducirla, la admiró con delicadeza. Sabía de su poder mortal. Ver el orificio por donde saldría la bala la hizo
suspirar. El color del frío metal la sedujo, la excitó, le subió el morbo. Un pícaro hormigueo se gestó en los labios,
introdujo el cañón del arma en la boca, fantaseó con un miembro erecto, muy sólido, duro, castigador, de esos que
reparten orgasmos perpetuamente. Sus pezones volvieron a la vida, se saturaron de pasión. La entrepierna empezó a
drenar una fuente de placer confuso, desatado por el cañón que sus labios acariciaban de principio a fin. La
excitación combinaba ingredientes perversos, masoquistas, sádicos. Había dolor, placer y muerte, rara combinación
para una venganza. Con sutileza, sacó la punta de la Luger de la boca, la fue bajando por las laderas abultadas de
sus pechos, descendió rumbo a la fogosa vulva, hasta acariciar sus labios inferiores. Un placer pervertido, malsano la
transportó al éxtasis supremo. Quería ser penetrada, quería ser amada antes de morir. Jugó con su entrepierna un
par de minutos y cuando sintió que el volcán podría esparcir lava, sus ojos se hincharon de muerte. Alzó la pistola
totalmente mojada, la posó sobre el parietal derecho, aferró el índice al gatillo y se miró por última vez en el espejo
antes de despedirse para siempre.
—Pachi, eres un maldito, te veré en el infierno. Francisco, perdóname por lo que voy a hacer. Sé que me
entenderás cuando pase el tiempo. Recuerda que te amé por siempre, eres mi pequeño principito de luz.
El disparador de la Luger cedió a la presión ejercida por el dedo, la bala detonó y una explosión seca determinó
el final de la obra. El telón descendió y con él se apagó la vida de María Fernanda. El fuego escupido por la pistola
germana atravesó el frágil cráneo de la niña mujer; en menos de un segundo el corazón se fragmentó en dos
universos. El impacto lanzó el cuerpo hacia el costado opuesto, las sábanas de seda y el cubrecama bordado se
impregnaron de sangre, muerte, venganza e intolerancia. Ella lo había jurado, nadie le dio crédito a su desdicha.
Ahora había iniciado la peor, la más absurda de las venganzas. La habitación cuarenta del hotel Imperial era la tumba
de la mujer triste. Su improvisada confesión rezaba en todas las paredes: “Pachi, eres un maldito marica”.
Capítulo 4
La inocencia de Francisco. Abuelo, ¿qué es un marica?
La capital se abrió de brazos para recibir el fresco aire de primavera. Los madrileños se despedían del crudo
invierno, colgaban sus abrigos, bufandas y cuanto vestuario les recordase la estación más triste del año. Raudos los
citadinos se abalanzaron sobre parques y cafés de la urbe. La idea era simple: respirar aire fresco, restaurar las
energías, renovar el guardarropa y, ante todo, sentir el corazón alegre. En el fondo, ese es el significado de la
primavera.
Como era costumbre, don Francisco Alfonso Benítez pasó a las cinco de la tarde por el portal del colegio
Ignaciano, a escasas calles de la capilla de Santa Cruz, para recoger a su nieto Francisco Esteban. Don Paco, como
le llamaban sus colegas, amigos y clientes, había cambiado demasiado en el último lustro. De golpe se convirtió en un
hombre bastante taciturno, algo huraño, muy distante de su profesión de abogado, que llevaba más de tres años sin
ejercer, todo a raíz del duelo por la pérdida de su amado y valiente hijo, el general Rafael Aurelio Benítez Mondarín,
tragedia que cumpliría el tercer aniversario al finalizar la próxima estación climática.
El día lo repartía metódicamente entre cuidar de su jardín al amanecer, sacar tres veces de paseo a Pancho, su
pastor belga, único amigo, fiel e inseparable compañero de penurias, goces y juegos amigables, y recoger a su nieto
en el cole, siempre puntual, a las cinco de la tarde, menos el primer lunes de cada mes, cuando salía dos horas más
temprano de lo acostumbrado. Don Francisco llevaba mucho tiempo sin reír. De hecho, sus labios habían olvidado la
manera de contorsionarse al momento de expresar una flácida sonrisa irónica. Desde que partió su primogénito, solo
llanto, rabia e impotencia anidaban en el corazón del viejo ermitaño; las ganas de vivir comenzaron a adelgazar
paulatinamente. Incluso su antigua fe, de la cual siempre se jactó de que era a prueba de balas, terminó por
desvanecerse en la primera misa por el recordatorio de su vástago. En plena liturgia sus ojos sangraron de tanto
llorar, pero fue la última vez que lo hizo; así lo juró y cumplió su tozudo compromiso. Ese día el corazón desterró
todo vestigio de fe alguna, ese día ni siquiera se despidió del Cristo Redentor, antiguo gran amigo, que esta vez le
miraba triste desde la base del altar mayor de la iglesia, sin poder darle una explicación al nuevo crítico, movido por
el dolor de padre doliente. Ahora el viejo solo proclamaba que “la fe vive hasta que la tragedia triunfa”.
Siempre que se reunía con el nieto a la salida de clases, don Paco recibía una ligera caricia en el alma, un premio
del universo. El rapazuelo era el único capaz de darle la mínima razón de vivir, la vitamina perfecta contra la apatía.
Era, además, la viva imagen del hijo desdichado. En esta ocasión, para celebrar el nacimiento de la primavera, el
abuelo decidió tomar un atajo para compartir una tarde diferente con el muchacho. Juntos atravesaron el parque del
Retiro, con la firme idea de apartarse de la realidad. El niño andaba feliz, pues no haría las tareas del día en el horario
habitual. El viejo, por su parte, tendría tiempo de charlar un poco más de la cuenta. Quizás las aventuras escolares
del heredero les diesen un giro a sus emociones vacías. Comenzaron la tertulia a medida que caminaban por el lago
mayor deleitándose con la vista que ofrecía la naturaleza engalanada para recibir la nueva estación. Patos, gansos y
cientos de aves se zambullían en las frías aguas del estanque. Los pájaros cantaban sin cesar; habían comenzado a
regresar de las tierras cálidas de su última migración. Las flores se abrían con desmesurado placer ante las pinceladas
de un sol aún tímido, pero imponente. El pico de los pajarillos violentaba los pistilos de las miles de flores
multicolores que convivían en el inmenso parque.
Mientras caminaban, el pequeño contaba las habituales peripecias de un escolar en su afán por entender el
universo. Preguntas iban, respuestas básicas venían. El quehacer diario en las aulas de estudio, los suspiros por el
primer retortijón del corazoncito al ver a la niña de sus sueños, compartir las travesuras entre amigos, etc. El abuelo
disfrutaba fascinado de la conversación que le sacaba un poco de su tristeza, y vertía un chorro de luz sobre su
funesta y perenne depresión. La catarsis fue tal que el abuelo disimuló una ligera sonrisa ante el deseo de su querubín
de seguir la carrera militar como herencia paterna. Con una simple pregunta, Francisco Esteban se convirtió en el
globo de helio de su abuelo, le infló de tal manera el ego al amargado viejo que le transportó a su época más feliz de
catedrático en la Universidad de Madrid cuando impartía lecciones de derecho romano cual erudito del senado de
Octavio Augusto.
La voz del diminuto interrogador le sonó a gloria al oído de don Paco, que empezó a formular su emotiva
respuesta.
—Abuelo, ¿me podrías contar otra vez la historia de la batalla de la Cañada? Donde papá mató a todos los
soldados malos y le dieron una medalla.
Don Paco saturó sus pulmones de un aire melancólico, haciendo acopio de las fuerzas necesarias para volver a
contar su historia predilecta, que por instantes le regalaba un suspiro de vida. El viejo empezó a declamar su novela
favorita.
—Claro, Francisquín. Tu padre era un hombre de valor incalculable. Cuando apenas era todavía capitán del
ejército de España, al mando del gran Generalísimo, se le dio la misión de custodiar la fortaleza militar, digo, la
guarnición o el puesto, como también se le conoce, del paso de la Cañada en el frente del este, a pocos kilómetros
de Madrid. Era un sitio estratégico que controlaba prácticamente la mayor parte de la región. Pues tu padre, al
mando de un pequeño batallón menguado, durante más de veinte días resistió el ataque despiadado de los rojos,
esos malditos asesinos comunistas que intentaron quedarse con el país. Por cierto, Francisco, recuerda siempre lo
que ya te he dicho varias veces sobre el comunismo, nunca lo olvides: “Dios nos regaló la vida, la luz, la esperanza, la
fe… Entonces el demonio nos regaló el comunismo”. Volviendo a la historia, tu padre, como recordarás, era
inmenso, del tamaño de un oso salvaje, valiente a toda prueba, un hombre que infundía miedo cerval en sus
enemigos. Pero enfrentó esta batalla en particular con escasez de municiones y soldados; estaban en desventaja de
seis a uno. El enemigo lo sabía y pensó que acabarían con ellos, pero tu padre jamás se arredró, nunca dudó en
pelear hasta la última gota de sangre. No solo hizo frente al enemigo cual guerrero furioso, sino que los liquidó con
astucia e inteligencia de contrataque. Por sí solo dio cuenta de más de cuarenta milicianos, o sea, él solo con sus
propias manos mató a más de cuarenta enemigos de España. ¿Te imaginas, Francisquín, el honor de haber tenido un
padre tan valeroso? Por esta y por muchas otras razones de guerra, el propio Francisco Franco, el gran
Generalísimo, el caudillo de España, en persona le impuso la medalla al valor, la Laureada de San Fernando, que tu
padre siempre exhibía con gran orgullo. Ten en cuenta, además, que tu padre fue herido en combate en el brazo
derecho. Pero aun con el brazo reventándole, enloqueciéndole de dolor, cubierto de sangre, no solo ganó la batalla,
sino que capturó al capitán de los rojos y le fusiló, como debe ser, frente a toda la tropa capturada, dándoles una
lección de valor que España entera recordará por siempre. Tu padre fue un héroe en esta guerra estúpida, pero
necesaria. Era un gran tirador con rifles o pistolas, nadie tenía mejor puntería que él, sabía dónde apuntar y parar en
seco al enemigo. Fue un verdadero héroe para España y para mí. Obviamente, es alguien a quien debes siempre
admirar por haber sido tu padre.
El abuelo se inspiró al máximo en su exaltación del honor de la familia, encarnado en la figura de su hijo muerto
trágicamente. No ahorró detalles sanguinarios y fatalistas, suavizados de vez en cuando ante la mirada atónita del
nieto, quien disfrutaba con placer incalculable el pasado heroico de su progenitor, de su valiente caballero de la corte
de España. Cada vez que podía, el pequeño les espetaba a todos los compañeros de aula la hombría de su gran
general, del valiente guerrero, del gran “emperador” de casa. Mientras más veces el abuelo le contase la historia, más
sazón aparecía en la novela, más muertes, más valor, más sangre, más hombría. De ese modo, el chico siempre
tendría suficiente trama para enaltecer la figura paterna ante su peculiar audiencia escolar.
Por minutos, el nieto quedó abstraído, sintiendo en cada palabra de la narración la omnipresencia de su amado
padre, del soldado de sus sueños, del gladiador favorito. El cuento declamado por el abuelo siempre terminaba
hipnotizándole. Pero esta vez unos minutos bastaron para romper el hechizo, ambos reanudaron el trayecto en el
parque, que se estaba llenando con un volumen de visitantes fuera de lo habitual. Tomados de la mano, avanzaron
unos metros; el pequeño, con voz engatusadora, sedujo al abuelo, logró convencerle de comprar un par de helados
de chocolate con vainilla, típicos de la estación. El viejo aceptó complacido luego de haber revivido el pasado
heroico de su hijo, el general Benítez. Se detuvieron en el kiosco de la famosa heladería La Condesa, que bordeaba
la estatua del Ángel Caído, y compraron un par de barquillos antes de emprender el camino de regreso a casa, pues
el tiempo se cernía amenazante sobre los deberes escolares.
No habían dado ni un par de chupadas al semicongelado dulce en conos de galleta cuando de la nada el menor de
los Benítez ingenuamente soltó un trueno con su boca. Sin querer, hizo la pregunta más peligrosa o quizás la más
temida y odiada por don Paco, la típica pregunta que siempre obviamos, a sabiendas de que algún día nos
abofeteará el cachete y tendremos a la fuerza que poner la otra mejilla, casi que por obligación o por simple capricho
de la historia.
—Abuelo Paco, ¿qué es un marica? —preguntó el angelito con mirada risueña, ausente de toda culpa, inocente
ante el vendaval que le caería una vez interpretada la duda. Era la primera vez que oía esa palabra y su más cercano
confidente, la persona a quien podía pedir ayuda para interpretar las curiosidades de la edad, era su abuelo paterno.
El anciano detuvo intempestivamente su andar. Su cuerpo quedó paralizado. El Ángel Caído miró de soslayo,
frunció el ceño y empezó a volar tan alto como pudo, no quería participar en la refriega verbal que se avecinaba. El
aire se congeló, el tiempo se detuvo, el Palacio de Cristal estalló en mil pedazos; todo el parque se convirtió en un
atónito bosque petrificado. Era obvio que la insólita pregunta había calado hondo en el abuelo, tanto que le
despedazó el alma. Sin medir fuerzas, el viejo apretó con furia la diminuta mano de su descendiente mientras el
pequeño se retorcía de dolor. Colérico, el atormentado huraño le gritó:
—¿De dónde coño has sacado esa sucia palabra? ¿Quién te ha enseñado a decir sandeces? Si fue en la escuela,
inmediatamente voy a quejarme con el propio director, el padre Aristizábal me va a oír —reprochó con excesiva
furia ante los asustadizos ojazos del chaval.
El interrogatorio apenas comenzaba; el abuelo, bastante endemoniado, aguardaba la justificación. Como no había
respuesta, el verdugo tomó de los hombros a su víctima y la sacudió con fuerza mientras subía el tono de sus
amenazas. El viejo parecía un poseso, sus ojos se enrojecieron de ira, odio y la rancia sensación de impotencia ante
una simple pregunta que salió de la boca de su propio e indefenso nieto. El pecaminoso y arrabalero descalificativo
eclipsó por completo la tarde, los vientos de primavera alcanzaron fuerza de galerna reproduciéndose con fervor.
—Francisco, no estoy para juegos. Esa palabra es una gran ofensa, en mi casa está prohibida. ¿De dónde coños
la has sacado? ¿Dónde la has escuchado? ¡Vamos, habla de una buena vez!
Insistió el viejo en espera de alguna respuesta ingenua que pudiera aclararse con un par de nalgadas y listo. Pero
el destino le tenía jurada una mala pasada, de esas de las que es mejor a veces no enterarse, o, como reza el refrán,
“no aclares, que oscurece”.
—Perdona, abuelo, no sabía que era una palabra fea, pero es que escuché a la abuela en casa llorando y oí
cuando le decía a doña Clemencia, la costurera, que a mi padre le había matado un marica en París. Solo pude
escuchar eso detrás de la puerta. La abuela me regañó cuando me vio escondido. Perdóname, no la volveré a
repetir, te lo juro, abuelito.
Concluyó el acusado su versión mientras se enjugaba las lágrimas con la manga de la camisa, e inmediatamente
abrazó al viejo buscando paz, o tal vez encontrando aliento para enfrentar el miedo alborotado en su corazón, un
terror que casi le impedía respirar.
Don Paco se llevó las manos a la cabeza. Con la izquierda retiró su sombrero a cuadros de Burberry, que le
acompañaba en días especiales. Con la otra, se rascó la cabeza, como hurgando en su blancuzca cabellera, un tanto
despoblada, alguna respuesta, alguna razón para no matar a su esposa por ser tan indiscreta a la hora de abrir la
bocota. La respiración dejó de acelerarse, persiguiendo algo de calma, tragó un sorbo de saliva con esencias de hiel.
La rabia le henchía el hígado, estaba por reventar. Giraba sobre sus talones en ángulos de ciento ochenta grados en
búsqueda de pistas en el horizonte, pero nada le devolvía el sosiego. Al verse descubierto, pateó el pavimento
levantando una cortinilla de polvo mezclado con polen primaveral. Se inclinó hasta colocar su ojazos cejudos frente a
la mirada aterrada de su nieto, y con voz calmada a la fuerza pero no menos inquisidora le susurró al oído.
—¿Dijo algo más la tonta de tu abuela? ¿Mencionó algún otro detalle, alguna otra palabra rara, algo que no
conozcas, que te cause curiosidad? Dime la verdad, bonito. ¿Pronunció algún nombre, dijo algo sobre el maldito
marica? ¿Alguna otra historieta extraña, que no conozcas o te suene prohibida o pecaminosa?
—No, abuelo, no escuché ninguna otra palabra rara. Solo pude oír eso, que me dio curiosidad porque se trataba
de mi padre. Del resto, yo no sabía que París quedaba en España, así que menos me he enterado del significado de
esa sucia palabra, que no volveré a repetir jamás, te lo prometo.
El niño intentó seguir conversando, pero el abuelo, cansado, lo frenó en seco. Le puso con delicadeza la palma de
su mano en la boca, aclaró la duda geográfica del chiquitín sobre la verdadera ubicación de la Ciudad Luz y le pidió
silencio. La solicitud fue aceptada con inmediatez porque el miedo en ocasiones nos recuerda el tiempo de actuar
acorde a las exigencias. Antes de terminar la absurda conversación, el mayor de los Benítez le pidió al nieto que de
ahora en adelante no repitiese más esa horrible palabra, que envolvía muchas cosas malas, aborrecidas, cuestionadas
por Dios y la Iglesia en pleno. Le llegó a recalcar que el mismo demonio la había creado y la usaba a su antojo y
conveniencia para destruir a seres puros. Le obligó a prometer que nunca le hablaría a la abuela de esta
conversación. Es más, prácticamente le obligó a jurar ante el Ser supremo, aquel de cuya existencia dudaba desde el
día que enterraron a su primogénito, que jamás hablaría con nadie de la conversación entre ambos, que sería un
secreto entre dos amigos. El párvulo asintió con su cabecita, confirmando su aceptación de los términos del acuerdo
y de inmediato le rezó a Dios un padrenuestro pidiendo perdón por haber dicho una palabra tan cochina.
El abuelo empezó a caminar con sus manos en los bolsillos de la chaqueta marrón de algodón americano.
Caminaba con la vista perdida en el horizonte, concentrado en el discurso que iba a echar en casa. “Es que Teresa
me va a oír”, murmuraba con cada paso que daba, sin darse cuenta de que su nieto marchaba a dos pies de
distancia. El trayecto transcurrió sin que ambos cruzasen media palabra. El abuelo solo pensaba en la pelea de casa;
el infante se concentró en implorar perdón por sus pecados, temía consecuencias mayores y por eso se refugió en los
brazos de su Cristo Salvador, que le colgaba del cuello por fuera del uniforme escolar. A pocas calles de la casa, el
abuelo quiso aclarar una de las posibles dudas.
—Por cierto, Francisco, tu padre murió en un robo en Francia, es verdad. Unos asaltantes malnacidos le quitaron
la vida de un disparo por la espalda, a traición, sin darle oportunidad de defenderse, por eso mi rabia —le comentó
el abuelo al entrar en el portal de casa, para que el muchacho entendiera mejor la versión oficial de cómo había
muerto su amado padre.
Capítulo 5
El triste entierro de Castellanos
La plaza del pueblo empezó a vaciarse. Los vecinos, entre sollozos, empezaron a recoger los cadáveres tendidos
en el pavimento, justo al pie del muro de la Iglesia del Perpetuo Socorro, testigo silencioso, pasivo, casi efímero, por
haber visto tantos infelices ajusticiados por el salvajismo de una guerra cruel entre hermanos. Los más atrevidos se
enfrascaron en la tarea de limpiar los recuerdos sanguinolentos, tatuados en los muros de la iglesia, ya cristalizados
por el efecto de la ventisca invernal, mientras un grupo de amigos levantaban los cuerpos de dos de los asesinados
para trasladarles a sus casas e iniciar los rezos velatorios. La tercera víctima, el profesor madrileño, yacía boca
abajo, con la mirada al este. De su cabeza todavía manaba una fuente abundante de sangre cálida que abrió un surco
sobre la fina capa de hielo que cubría los adoquines de la calle San Gregorio, antes de congelarse en diminutas
formas de témpanos rojizos. No tenía amigos ni familiares. El Marica era su único doliente que, como en los buenos
tiempos, le abrazaba con ternura, le limpiaba la cara con el sobrante acuoso de sus propias lágrimas. Con llanto
desgarrador pero callado expresaba toda la ira de su corazón. Las venas del cuello querían reventar para liberarse
de la tensión acumulada en los últimos días de un juicio a la intolerancia. Los maxilares rechinaban con
desesperación, casi resquebrajando los molares, mitad por el viento helado, mitad por el amor dolido. Por las
comisuras de los labios se filtraba un riachuelo de saliva áspera, preñada de impotencia. Sus párpados ennegrecían
los espacios de luz. El Marica se aferraba al cuerpo de su maestro y amigo que a fin de cuentas se transformó en
amor imposible. Le habían arrancado parte de su esencia, su razón de vida.
Un par de buenos samaritanos, vestidos con indumentaria del campo, casi harapientos, se le acercaron para
brindarle ayuda en el traslado del masacrado cuerpo, bien a casa de sus familiares, o directo al velatorio. El Marica
paró de llorar para darles las gracias, pero con voz fragmentada, ronca, casi imperceptible, les recordó que el
profesor no era de Galicia, que no tenía familia en la zona, que él mismo le llevaría a Madrid para su entierro junto a
amigos y algunos exfamiliares no homofóbicos. Los andrajosos campesinos se asustaron ante el repetitivo
comentario del Marica. Le advirtieron de su locura, pues llegar a Madrid podría significar la muerte segura.
Conversaron un buen rato hasta que las recomendaciones fueron aceptadas. Total, el catedrático había roto sus
relaciones con sus consanguíneos; además, su exesposa e hijos se habían trasladado a Méjico apenas se inició la
guerra. Daba igual cuál fuese el lugar para darle cristiana sepultura. La tierra era solo tierra, en la guerra no
importaba la ubicación geográfica. Era mejor enterrarle en un sitio identificado que dejarle en manos de los
nacionalistas, que lo echarían sin contemplaciones a una fosa común. “Es lo mismo”, pensó el Marica. Total, su amor
ya está lejos de este podrido mundo, rumbo a la paz eterna, camino a la luz, a la libertad.
Entre los tres cargaron el rígido cuerpo, que había duplicado el peso por la congelación. Lo colocaron en una
carreta usada para transporte de verduras y emprendieron el camino rumbo al viejo cementerio del pueblucho. El
trayecto parecía infinito. La lentitud de la famélica mula que tiraba del carruaje hacía más pesado el movimiento de
las manecillas del reloj. En la mirada extraviada de los hombres de campo se dibujaba una sombra de duda
pecaminosa sobre la relación de los pasajeros recostados en la plataforma trasera de la carreta. Los labriegos
empezaban a dar crédito a las palabras finales de Benítez cuando sentenció los gustos sexuales del ajusticiado. Era
evidente que el joven a cargo de la custodia del difunto no era familiar cercano; algo les unía profundamente, pues la
manera de llorar, el dolor exageradamente conmovedor, el amor expresado muy intensamente iban más allá de la
típica relación familiar. Evitando comentarios, abrumados por la carga moralista de la misión, los campesinos
decidieron abstenerse de pronunciar frases inoportunas o palabras mal dichas. Y solo se dedicaron a hacer el bien
ayudando al joven llorón.
El aire gélido cobraba mayor peso en el ambiente, intentando distraer las emociones del Marica, que se aferraba
ahora con menos dureza a la petrificada humanidad de Castellanos. Mientras la carreta atravesaba la trocha
empantanada, el deudo empezó a revivir los momentos más especiales de una relación prohibida que nació de un
encuentro fugaz.
*****
La primera imagen en aflorar fue la del día de inicio de clases en la universidad. El Marica estaba sentado en su
pupitre de estudiante cuando, sin avisar, hizo su entrada triunfal el tutor de la cátedra de Filosofía y Letras, el
reconocido licenciado Castellanos. Solo bastó una mirada insidiosa del alumno para entender que definitivamente sus
hormonas estaban en el lugar errado. Un sobrante de morbo aceleró las pulsaciones de su corazón. Los globos
oculares se inflamaron ante tanta belleza corporal pavoneada por el profesor, dándole vida a la típica relación soñada
por todo chaval que babea por su profesora, aunque en este caso los papeles fuesen peculiarmente distintos. Solo
había un tipo de sexo. En pleno éxtasis visual, el Marica recorría toda la hombruna semblanza del nuevo guía
académico y celebraba con alegría por haber escogido la cátedra, muy recomendada por la meritoria sapiencia de
Castellanos. El reconocido docente era considerado una especie de colirio para las féminas, quienes normalmente no
obtenían las mejores notas, pues su grado de concentración siempre estaba algo difuso y distraído gracias a la
belleza masculina del tutor.
Rememorar las escenas vividas en la universidad se convirtió en analgésico transitorio para el doliente de la
carreta, al punto de secar el río de lágrimas y ablandar sus labios, que dejaron de babear. Continuó recordando que
a partir de la segunda clase con Castellanos se esmeró en usar mil pretextos para poder acercársele; al menos el
profesor había logrado acapararle horas de deseo platónico al insistente alumno. Revisó el calendario rutinario de
clases, así como seminarios extracátedra o cursos especiales que dictaba Castellanos, intentando siempre estar en
primera fila. Se volvió una obsesión moderada, hasta que ambos cruzaron miradas y un simple guiño de ojos
encendió la mecha del deseo. Poco a poco, el Marica fue robándole atención a su maestro, usando miles de
estratagemas se ganó su confianza y atención hasta lograr que un simple apretón de manos transmitiese una corriente
sensorial difícil de explicar, de esas que sacuden todos nuestros órganos del deseo carnal. El persistente enamorado
sabía que Castellanos estaba casado, pero su sexto sentido muy desarrollado le alertaba que detrás de esa imagen
masculina se escapaba una ligereza hormonal hacia el mismo sexo fuera de lo común o, más bien, cuestionada por la
falsa moral de la sociedad española, que no admitía el concepto liberal de que “mientras el amor sea puro, no
importa el sexo”. Rápidamente entendió que en Castellanos convivía un deseo de libertad sexual que esquivaba por
clichés culturales, académicos y religiosos. Por extraño sortilegio, ambos expresaron cierta atracción pecaminosa
saturada de complicidad. Desde el primer flechazo, ambos quisieron fundir los corazones en un mismo placer
lujurioso.
Finalizado el primer trimestre de clases, se dio el gran acontecimiento que marcaría la vida de ambos para
siempre, sentenciándoles a vivir un amor bonito, bello, soñadamente imperecedero, el que todos deseamos que
nunca desaparezca. En plena tarde de verano, cuando el calor se tornaba piromaníaco en su máximo nivel, profesor
y alumno se refugiaron bajo la sombra de uno de los toldos del café Lorenzo, a escasas dos manzanas del
ayuntamiento. Coincidieron en el mismo gusto alcohólico, un buen tinto de verano para acallar los vapores de la
estación. Hablaron de temas triviales por escasos minutos, buscando romper la frágil malla de pena, tratando de
encontrar las palabras claves para hincar la daga del querer. El Marica fue más atrevido. Acometió con preguntas
incisivas, se abalanzó sobre la vida privada de su amor idílico, no estaba dispuesto a despilfarrar tiempo. Castellanos
se franqueó, ripostó con claridad a cada inquietud acerca de su pasado, familia, gustos y colores preferidos. Le
habló de su matrimonio, una mezcla de amor, quizás algo de deseo al principio, pero mucha presión social y familiar.
No se veía con buenos ojos que un catedrático tan prestigioso continuase en soltería prolongada. También comentó
de sus dos hijos, pero no abundó en detalles ni se esmeró en describir nada acerca de su mujer. Es más, explicó que
en ocasiones sufrió largos períodos de abstinencia por algo que él llamaba incompatibilidad emocional, que le
causaba insatisfacción en el sexo. La confesión se tornó amena, se oyeron las miles de excusas de alguien que no
encuentra razones claras de evasión, ante una verdadera debilidad hormonal frente a un interrogatorio casi policial
cuyo fin era simple, tácito e ineludible: liberar a Castellanos de un sentimiento encarcelado en un cuerpo que le es
ajeno, que le produce incomodidad.
Unos cuantos tragos fueron la mejor alquimia, transmutando el miedo en libertad, dándole brillo a una caricia
disimulada, sutil, sensible, aunque a la vez estruendosa, en la médula del más puro deseo carnal. Ambos se
estremecieron, sus poros exhalaron lujuria. El Marica, más experimentado en la libertad y creatividad de su cuerpo,
fue atrayendo a su víctima. El catedrático no daba crédito a las mariposas que zigzagueaban en su entrepierna con
alucinante rapidez, al compás del roce de la piel y los versos seductores, desencadenando el despertar del miembro
viril, bastante incomprendido e insatisfecho en el pasado reciente. Para Castellanos esta era la primera vez que su
corazón expresaba anarquía, libertad, pero, ante todo, el afán de romper cadenas moralistas, protocolos o más bien
conformismos sociales. La física moderna hizo su aparición, recalcando las leyes de acción y reacción, pues de un
roce de manos se aceleraron dos volcanes. Se estrellaron dos miradas, antecediendo a un ósculo ahogado,
entusiasta, desenfrenado, simplemente mágico.
El discurso feneció. Fue enterrado con orquesta, pompa, fiesta, celebración de la buena. Los gestos, las caricias,
los mimos tenían una misión clara: fusionar dos cuerpos en el crisol del amor puro, hermoso, que achicharra,
indiferente a injustas barreras biológicas y equivocadas. La suerte estaba cantada. Con disimulo pagaron la cuenta.
Dejaron una propina tan abultada que el camarero no paró de contar su tesoro a propios y extraños durante décadas
el día que dos amantes prohibidos se juraron amor. El apartamento del Marica fue la guarida ideal para saciar un
deseo enfermizamente bello, pletórico de pureza, amor del bueno, de esos que no se consiguen con ningún juramento
eclesiástico. Ambos se entregaron mutuamente, los dos premiaron su libertad. Pero sin sospecharlo, también sellaron
un pacto nefasto con el destino en una nación donde la intolerancia se interpretaba con lágrimas ornamentadas de
sangre. La noche fue tan larga como la pasión intercambiada. Juntos recibieron la puesta del sol; con entusiasmo, el
nacimiento del nuevo día con un cansancio heroico, tras muchas batallas cuerpo a cuerpo, sudorosos, entre sábanas
de seda, felices de ser libres.
*****
La carreta detuvo su andar vacilante frente al cementerio del pueblo. El conductor y su inseparable copiloto se
identificaron ante el guardia del camposanto. Le explicaron que traían el cadáver de un preso recién fusilado esa
misma mañana. Supuestamente, el difunto no tenía familiares cercanos en la zona, pero deseaban darle cristiana
sepultura. El vigilante les indicó que sin un debido certificado de defunción, expedido por las autoridades militares,
solo podrían enterrarle en las fosas comunes, ubicadas en el lado oeste del cementerio, el más alejado de las
bóvedas y los mausoleos familiares, reconocidos e históricos. El Marica aceptó sin titubear. Después de todo, ¿qué
importaba el lugar del hueco donde descansaría su amor eterno si al final los gusanos harían festín con sus huesos?
Su única exigencia fue al menos tener un ataúd decente, pero en esos tiempos no abundaban los lujos. Una simple
estructura de madera pobre fue el recinto final del ilustre profesor. Con amoroso esmero, el Marica desnudó el
cuerpo del occiso. Un balde de agua fue suficiente para limpiarle los residuos sanguinolentos, pegados a la cabeza.
Con delicadeza limpió la tierra acumulada en parte de sus extremidades. Todos se horrorizaron al ver los rastros de
una tortura inclemente, dibujada cual claroscuro en la humanidad de Castellanos. Los moretones parecían islas
amontonadas en su pecho, piernas y brazos; no había lugar inmune al sadismo de sus cobardes captores.
Con suavidad colocaron el difunto en el improvisado cajón de muerto. Lo sellaron con siete clavos facilitados por
los administradores del cementerio. Entre los tres lograron depositar el féretro en la fosa número sesenta y cinco. No
hubo rosas ni coronas de flores, nada de recordatorios ni deudos agolpados a los laterales de la ceremonia. Solo le
despidieron dos campesinos desconocidos y el Marica. Poco a poco, la madera del sarcófago se fue escondiendo,
cubierta por una mezcla mitad de tierra, mitad lodo y pequeñas rocas. Una simple cruz de madera roída simbolizó el
descanso de un alma noble, en una parcela común donde había más víctimas que realidades, más inocentes que
culpas sensatas, merecedoras del peor de los castigos. La mayoría de los inquilinos de esa área del camposanto
habían tenido expedientes “X”. En tiempo de guerra absurda, esta fatídica letra sangrante fue usada abundantemente
y sin razón.
Terminada la faena, el Marica les pagó a sus gentiles ayudantes con una buena bolsa repleta de pesetas y les pidió
que le esperasen unos minutos en la distancia, pues quería despedirse de su amigo. Los humildes trabajadores del
campo aceptaron sin chistar; el pago les había traído un mar de esperanza en plena guerra. Esa propina inesperada
daría de comer a dos familias por un par de semanas; aguardar unos minutos era poco pedir, estaba más que
justificado. Aprovecharon el tiempo para llevar la mula a pastar y beber un poco de agua fresca para sumar fuerzas
antes de emprender el trayecto de regreso a casa, dispuestos a celebrar en grande con esposas e hijos su productiva
jornada de trabajo. ¡Quién diría que una fría tarde de invierno cuando fusilaron a tres inocentes saciaría el hambre a
dos familias campesinas de Galicia! Cosas de la vida. En tiempos de sangre unos lloran, otros celebran.
A solas, el Marica derramó sus últimas lágrimas en la despedida de un amor truncado, imposible. Se arrodilló
frente a la cruz, extrajo una navaja de su abrigo, y con escasa pericia pudo garabatear el nombre del nuevo morador
del santo aposento. Acuñó la data del entierro, por si algún día se le permitía construir una lápida decente que
suplantase la malformada cruz. Se sentó cruzando las rodillas, buscando comodidad mientras repetía una oración que
el cura de su iglesia le había enseñado de niño. Fue el mismo rezo que pronunció cuando murió su padre víctima de
la tuberculosis. Si bien el Marica era de esencia atea, le tenía mucho respeto al lugar de la última morada de sus seres
queridos, y Castellanos era el más especial de todos. Luego recitó varias frases, ahogado por el llanto de su congoja.
No quería que el día muriese; por primera vez en mucho tiempo rogaba que el astro mayor fuese su cómplice,
llenando de luz el espacio a su alrededor. En sus tribulaciones, osó pedirle a un Dios que no conocía, pero al que en
el fondo temía, que también se lo llevase a él para poder hacerle compañía a su amado profesor, para juntos disfrutar
de las mieles del amor real en algún lugar de luz, que nadie sabía si era cierta la existencia del sitio o si más bien la
fábula engrosaba nuestras ilusiones creando un más allá que nunca llegaría, pero todos queríamos vivir como
justificación de nuestra pobre existencia terrenal. Tal vez no era el momento de filosofar, pero no había opción, era la
separación final, la que duele una sola vez, la de veras. Era el punto sin retorno de una historia escrita en dos
cuerpos. Toda despedida era permitida, con lógica, o sin ella: sencilla, simple, sin cuestionamientos.
El sol se preparaba para dormir, la luz comenzaba a menguar. El Marica entendió que el monólogo no daba para
más. Se incorporó apesadumbrado, adolorido por el frío, la posición, las frustraciones. Sus ojos estaban enrojecidos
de tristeza pero ausentes en el espacio, ya sin lágrimas, exhaustos por drenar tanto sufrimiento. Su boca tenía los
labios cuarteados, heridos, algo sangrantes, sin saliva ronca, sin ganas de hablar. Prometió a su amado hacer de su
legado la razón de su existir. Alzó la mirada al infinito en busca de alguna excusa, de alguna pírrica verdad, pero solo
sintió un aire gélido que le quemaba los párpados. Movió la cabeza en señal de aprobación, sonrió y emprendió el
camino de regreso a casa. Descubrió tristemente que el “para siempre” siempre llega a su final. Nada es eterno, todo
en esta vida es un préstamo con fecha de caducidad.
Capítulo 6
La habitación olía a pólvora y sesos quemados
La explosión de la Luger negra aún retumbaba en los pasillos del hotel Imperial. El estruendo fue tal que alarmó a
los huéspedes cercanos. También asustó a doña Encarnación, el ama de llaves encargada exclusivamente del piso
ejecutivo donde se había alojado la esposa del general Benítez. Atónitos, los inquilinos temporales del antiguo
edificio cruzaban miradas silenciosas con los empleados del lujoso recinto. Nadie se atrevía a certificar la
proveniencia ni la razón verdadera del atípico sonido. Todos sospecharon que había sido un disparo, detonación
poco común por aquellos tiempos en lugares públicos, luego de terminar la guerra.
La empleada del hotel fue la primera que advirtió la dirección exacta del trueno con olor a pólvora quemada. Se
aproximó cautelosa a la habitación del piso cuarto identificada con el número cuarenta. Por respeto hacia los
huéspedes, tocó a la puerta esperando el acostumbrado reproche hacia las camareras inoportunas: “Venga más
tarde, no moleste”. Pero el silencio sepulcral era preámbulo perfecto de una obra trágica. Encarnación volvió a
golpear la puerta con sus robustos nudillos, esta vez con más rudeza en la madera. Su voz se hizo presente, en tono
desafiante pidió permiso para entrar. Al no recibir respuesta, decidió hacer uso de su llave maestra para facilitar el
acceso a la habitación. Cuando hacía girar el pomo de la fina puerta de madera noble, tres guardias civiles, de
mediana graduación, subían a escape las escaleras en busca del origen del misterioso sonido, perfectamente
reconocible para ellos gracias a su experta audición en prácticas de tiro y combate.
La puerta se abrió sin ofrecer resistencia y la empleada doméstica se adentró pausadamente, con cierta timidez, al
interior de la habitación. El pasillo central de la suntuosísima recámara no facilitaba la labor de espía. Sin embargo, el
fuerte olor a pólvora quemada, combinado con el ligero pero inconfundible efluvio de la carne chamuscada,
presagiaban un espectáculo funesto. Ya antes de pasar al dormitorio, a dos tercios del túnel central, la empleada
comenzó a sudar frío y temblar a causa del ambiente espeluznante que aparecía pintado frente a ella. Las paredes
lucían un collage de rojo intenso poco común, claro narrador omnisciente de una tragedia. El ama de llaves solo
divisó parte de un cuerpo postrado, acariciado por un charco de sangre, totalmente deforme, y una nota escrita con
tinta humana, multiplicada en todos los rincones del cuarto. El miedo y la subida del azúcar le impidieron leer el
decadente mensaje antes de despachar un alarido que despertó a todo Madrid. Sin pausa salió despavorida de la
habitación número cuarenta. Era la primera vez en su vida que se enfrentaba a una visión tan espantosa, grotesca,
cadavérica. Como alma que lleva el diablo, surcó a toda velocidad la galería que separa a las habitaciones del piso,
rumbo a la escalera de servicio. Solo el nombre del gerente del hotel se oía claramente entre sus desesperados
gritos.
—Don Agustín, don Agustínnnnnn… —exclamaba la dama de servidumbre buscando consuelo, un amigo que la
socorriese, que le ayudase a salir del infierno visual, alguien con la frialdad necesaria para despertarla de tan horrible
pesadilla. El ulular de Encarnación avisó a los despistados guardias civiles que, como siempre, estaban en el
escenario equivocado. La interceptaron en la escalera del tercer piso. Trataron de detenerla, pero con fuerza salvaje
la mujer los despachó con un solo empujón. Apenas atinó a decirles el piso donde descansaba la muerta. A paso
redoblado, los milicos llegaron con la lengua afuera a la cuarta planta. Como de costumbre, desenfundaron sus armas
de reglamento. Trataron de calmar a los presentes, curiosos desprevenidos que asomaban las narices en busca de
saciar el morbo visual. Dos de los soldados intentaron sellar el perímetro de la escena del crimen junto con tres
habitaciones equidistantes del número cuarenta, de norte a sur. El oficial de mayor graduación se acercó a la
habitación, deseoso de dilucidar el misterio de la histérica empleada. Con desproporcionada cautela entró en el
aposento, siempre cubriéndose las espaldas con alguna pared que pudiese proteger su retaguardia. Una vez dentro,
hizo un reconocimiento rápido y luego recorrió con los ojos la sala principal. Se percató, desde luego, de la
presencia del cadáver, pero no estaba claro si aún había un tercero en discordia en la habitación. Revisó cada
milímetro, cada ángulo, hasta cerciorarse de que no había otros invitados en la fiesta.
Un minuto después llegó bufando don Agustín Salcedo, el gerente del hotel. El militar le recibió de manera brusca
y ambos intercambiaron señas de identidad en busca de sosiego, los dos tenían responsabilidades diferentes en el
sitio. A vuelo de pájaro, la habitación parecía incólume; solo una botella de exquisito champagne desentonaba en el
macabro retablo. El morbo socavó el ánimo de los testigos, robándoles la concentración absoluta. María Fernanda,
muy a pesar suyo, no era el centro de atención. La nota escrita con sangre caliente en las paredes absorbía, atraía las
miradas de ambos y de todo mortal cual pieza única de museo. El mensaje, más allá de lo dantesco, era muy
particular; sonaba hasta curioso, como sacado de alguna revista amarillista. ¿Quién coño era el tal Pachi?
Obviamente se trataba de algún marica importante, capaz de llevar al suicidio a una mujer de las familias más
acaudaladas de toda España. La mismísima hija de don Toribio López de Peña y esposa del tan odiado general
Benítez, uno de los hombres de mayor graduación en la casa militar del caudillo, se había quitado la vida. “¡Joder!”,
pensó el aterrado Agustín, “¿por qué coño tuvo que venir a suicidarse en mi hotel? ¿Por qué fui tan imbécil? Debí
haber respetado el manual”. Menudo lío se iba a armar, y lo peor era que había sido el propio gerente quien facilitó
la entrada de la descerebrada asesina en el lujoso hotel.
María Fernanda López de Peña era la única hija del dueño de dos de los más leídos e influyentes diarios de la
nación. Su padre era, además, el mayor accionista de la banca, los seguros y la industria naviera. Tenía empresas
muy rentables en la península y en Méjico, su segunda patria. De hecho, la niña María Fernanda jamás vivió los
rigores de la Guerra Civil, pues fue trasladada a Monterrey, a una de las fincas ganaderas de don Toribio, hasta que
terminó el conflicto. Su poder, aunado a un círculo social de políticos, militares y religiosos, le convertían en el
individuo más acaudalado e importante de toda España, después del Generalísimo y del obispo Juan Vicente Ocaña.
Como buen hombre de negocios, López de Peña siempre se las ingenió para estar con Dios y con el diablo, es decir,
a veces le daba un tiro al gobierno y otro a la revolución con tal de preservar su privilegiada posición y su elevada
cuota de poder. Sobre todo esta última, porque el poder le producía orgasmos más intensos que el sexo mismo. El
éxito en los negocios estaba por encima incluso de la familia. Tal vez sea una condición tras bastidores, normal o
quizás patológica, en las grandes fortunas familiares de toda sociedad del mundo, y en todas las épocas históricas de
la humanidad: el poder siempre termina anteponiéndose a los valores familiares.
En menos de quince minutos, todo el edificio estaba tomado por efectivos de la Guardia Civil, el Ejército e incluso
la Policía Nacional. El alto mando delegó en el coronel Javier Merallo, jefe de la policía secreta del Estado, el
esclarecimiento del suceso. Se le encargó resolver tamaño problema por ser uno de los hombres más allegados al
Generalísimo para el manejo de situaciones extremas como esta. Era considerado pesquisidor experto; su misión,
fuera de encontrar culpables y esclarecer los hechos, era sentar directrices, pautas de opinión políticamente
correctas, por aquello de la censura y el debido poder del mensaje en épocas de crisis. Dio la casualidad de que ese
día Merallo se encontraba cerca del lugar y le fue muy fácil trasladarse al epicentro del sangriento hecho que
sacudiría las bases del ejército.
El equipo de investigación oficial consistía en el propio Merallo, cuatro de sus oficiales de mayor confianza, aparte
del director de prensa oficial. Los sabuesos llegaron al cuarto de hotel con escasos minutos de diferencia. La primera
orden que dio el líder del proceso investigativo fue aislar la habitación. Acto seguido exigió la presencia de los
primeros testigos, los únicos que tuvieron tiempo y ocasión para observar la escena mortuoria. La lista no era difícil
de manejar. Hasta el momento, solo había tres curiosos oficiales: la camarera, el gerente y el oficial de la Guardia
Civil que entró a la habitación; este último lo había hecho antes de sellarla para preservar las pruebas y posibles
evidencias circunstanciales. Merallo los dispuso en semicírculo en los sofás de la sala principal de la estancia número
cuarenta. Con las manos a la espalda, el detective al cargo miraba fijamente a intervalos constantes los rostros de los
asustadizos oyentes. Sus palabras taladraban los oídos con claras advertencias de terror.
—De más está decirles que estamos ante una situación delicada. Como saben, al parecer se ha producido un
trágico suicidio. Digo, reitero, “al parecer” porque apenas hemos comenzado las investigaciones. Ustedes fueron los
primeros que vieron a la muerta; además, pudieron observar la escena completa. Como sabemos, es la hija de un
adinerado empresario. No quiero entrar en detalles estúpidos, pero todo lo que hablemos en esta recámara,
obviamente, formará parte del sumario, amén de ser parte primordial de mi propia investigación. ¿Estamos claros? El
secreto será la mayor de las virtudes.
Demandó en tono recio, directo, fulminante. Los tres inocentes testigos temblaban con tan solo ver las muecas
feroces en la cara del esbirro. Los hombres respondieron primero, asintiendo con la cabeza. Encarnación, sofocada
por los sollozos, no lograba concretar frases coherentes, molestando e inquietando al coronel, que volvió a agudizar
el mensaje y recalcó sus palabras con tono sumamente ofensivo, intentando imponerse a la histérica mucama.
—Señora, deje de llorar, concéntrese y solo dígame si ha entendido lo que le he dicho. ¡Así de simple!
—Sí, le entendí. Pero yo quería decirle... —Su tartamudez fue violentada por la voz grosera e impetuosa de
Merallo.
—¡Cállese! —gritó a todo pulmón el soldado—. Usted no está acá para preguntar nada, mucho menos para
conjugar el verbo decir. Yo solo haré las preguntas, ustedes responden. Es muy sencillo, nada más hace falta, mucho
menos pensar. Está prohibido el libre albedrío. Así funciona la cosa, ¿estamos claros, por última puta vez, señora? O
se largará para siempre de este cochino mundo.
El ama de llaves movió la cabeza de arriba abajo aceptando sin chistar las exigencias del investigador. No quería
sumar problemas; tenía dos hijas que alimentar y conocía muy bien los riesgos que se corren cuando se reta a la
autoridad. Estaba decidida a colaborar, a guardar santo silencio.
—Perfecto. Ahora sí nos entendemos. Antes de pasar al tema del interrogatorio, hay un solo detalle, muy
importante, que deben saber. Ustedes serán entrevistados a partir de hoy cuantas veces sea necesario. Lo único que
ustedes han visto es un cuerpo inerte, ¿cierto? Ninguno de los presentes vio nada más, nadie sabe nada sobre el
caso. Está terminantemente prohibido divulgar comentarios superfluos, incluso a sus familias, o nos veremos
obligados a hacer caer sobre ustedes y sus familias todo el peso de la ley —espetó el coronel, clavando su mirada
aguileña en el ama de llaves, que reprimía el llanto, cuyo obvio acceso a información comprometedora podría ser
perjudicial a la investigación, sobre todo si había intrusos al servicio de la prensa. La mujer levantó la mirada llena de
terror, esperando el dictamen final. Estaba desesperada por terminar con la conversación forzosa—. Repito: ni sus
propias familias deben saber nada más que vieron ustedes un simple cadáver, sin nombre, sin sexo, sin edad, sin
rostro. ¿Estamos claros? —finalizó el militar.
Solo la ingenuidad de Encarnación, traicionada por sus agitadas neuronas, dio pie nuevamente a la cólera de
Merallo cuando quiso aclarar cierta curiosidad mortal.
—Disculpe usted, señor oficial, pero ¿esa nota en la pared, como escrita con san…? —La mujer no pudo
terminar la oración. Una andanada verbal retumbó en todo el pasillo. Los nervios juguetearon con su cuerpo.
—¡Cállese! ¿Es imbécil o retrasada mental? ¿No entiende lo que digo o de verdad me quiere joder todo el día?
—repuso con firmeza el interrogador.
—Entienda de una puta vez que en esos muros no hay ninguna mancha de sangre, absolutamente nada. Todas las
paredes están en blanco, acá no hay nada escrito, nunca hubo nada escrito. Le juro que si repite algo de esta
conversación, aunque sea a su perro, no vivirá para contarlo dos veces. Yo mismo le arrancaré el hígado. Sabe bien
que tengo el poder para hacerlo. No me desafíe, porque soy de pulso ligero —cerró tajante Merallo.
Era evidente que el caso demandaba un grado elevado de análisis y censura especial por parte del gobierno; la
difunta podía resquebrajar la solidez de la institución castrense. Los únicos testigos rápidamente lo asimilaron: o se
convertían en almas discretas para siempre o de lo contrario tendrían asegurada una cómoda estancia en el
cementerio. Sabían que eran ciertas las amenazas de Merallo. Del susto, Encarnación sufrió una bajada de azúcar, se
mareó, perdió el conocimiento un par de minutos, precisando asistencia médica inmediata. El médico del hotel tuvo
que revivirla. Los observadores circunstanciales habían entendido claramente: sus vidas serían largas dependiendo de
su discreción. Aclarada la confesión forzada, los tres abandonaron el recinto.
Merallo quedó solo en la habitación con los detectives que buscaban pistas. Su mente se concentró en el grafiti
estampado en la pared, intentó entender esas palabras tragicómicas. Una carcajada burlona le recordó su odio hacia
los del bando homosexual. Empezó a fabricar listas de sospechosos en su cerebro, pero el calificativo bastante
despectivo “marica” le distraía: no podía contener las ganas de reír. “¡Qué ironía!”, pensó. “La mujer más envidiada
de España se suicida por culpa de un simple y asqueroso ‘marica’. Esto no tiene sentido, es absurdo, ilógico, a
menos que alguien haya querido ocultar un asesinato”. Por simple deducción, la persona capaz de dedicarle tiempo a
extraerse su propia sangre para convertirla en tinta solo podía tener dos cosas en su mente: una prueba de amor
frustrado, o la venganza más dolorosa en aquellos tiempos, el escarnio público. La víctima sabía que la clave estaba
ahí, en la mezcla de tres sentimientos en pugna: amor, odio y desquite. La frase incriminatoria era protagonista de una
misiva capaz de poner al descubierto a alguien que llevaba en sus venas el revoltijo de muchos estigmas. La mujer
quería liberarse del dragón que la carcomía desde su esencia. La sangre en la pared intentaba delatar a un adversario
perverso, alguien dominante, mimético, malabarista entre el bien y el mal, alguien tan poderoso que su nombre, por
extraña razón, debía permanecer oculto.
El problema de Merallo era mayúsculo: la improvisada escritora tenía a sus espaldas un poder mediático
desproporcionado. Ello le obligaba a ser cauteloso, severo en sus juicios, extremadamente calculador al momento de
soltar información o, mejor dicho, de construir la realidad a partir de la conveniencia del entorno. El suicidio de la
hija de un acaudalado empresario, estrechamente vinculado con el régimen del caudillo, y esposa, además, del
renombrado general Benítez, héroe de la Guerra Civil, demandaba cierto maquillaje periodístico; porque en tiempos
de dictadores, la verdad es directamente proporcional al beneficio del Estado, sin importar conjeturas. El
investigador de turno tenía en sus manos un caso bastante atípico en el que convivían un marica y una dama
presuntamente honorable, pero deshonrada; faltaban actores en esta obra. La opción de escoger el lugar más
exclusivo de Madrid, frecuentado por la plana mayor del gobierno y las fuerzas armadas, levantaba suspicacias en el
cerebro retorcido de Merallo. ¿Cuál podría ser el beneficio de la duda? ¿Por qué no lo hizo en casa? ¿Por qué el
exhibicionismo? ¿A quién intentaba delatar? ¿Acaso la raíz del problema convivía en casa de su padre? Si esta última
interrogante tenía asidero investigativo, de seguro el caso podía ser engavetado, pues nadie en el gobierno autorizaría
violentar la intimidad del rico empresario.
Como suele suceder, las malas noticias siempre viajan más rápido de lo habitual sin que nadie pueda frenarlas,
sobre todo en un infierno chico como el hotel Imperial. Don Toribio López de Peña, consocio del inmueble, era
huésped frecuente, ampliamente conocido por la generosidad de sus propinas. Apenas el minutero del reloj Omega
colocado en la pared central del lobby del edificio Torrentes, sede del diario El Informador, propiedad del padre de
la infortunada suicida, marcó el minuto treinta después de la hora del fatídico disparo que segó la vida de mi
“princesa encantada”, sonó el teléfono directo de la secretaria privada del editor. La voz masculina, oculta detrás del
auricular, tenía un tono asustadizo, entrecortado; su timbre presagiaba noticias un tanto trágicas. El hombre pidió
desesperadamente hablar con don Toribio. La asistente gerencial se limitó a repetir la orden habitual para desviar
llamadas inoportunas.
—Lo lamento, pero don Toribio está en una reunión del consejo de accionistas y no saldrá hasta pasadas las
cuatro de la tarde. Deme su recado, por favor, en cuanto él se desocupe le transmito el mensaje.
El enigmático mensajero se limitó a soltar la verdad de los hechos, la trágica realidad que convertiría asuntos
supuestamente importantes en tema de relevancia vacía.
—Dígale a don Toribio que su hija está muerta, se ha suicidado en el hotel Imperial, está en la habitación cuarenta
—certificó la voz al otro lado del teléfono justo antes de cortar la furtiva llamada.
La empleada de confianza, grandilocuente por excelencia, quedó yerma de palabras. Su mano derecha se negaba
a soltar el aparato. En fracciones de segundo, consideró la mínima probabilidad de que fuese una broma pesada,
pero el sonido fantasmal de esa voz le machacaba en los tímpanos las dimensiones de la posible tragedia ya
consumada. Trastabillando, se incorporó de la silla, apoyándose en el vértice izquierdo del escritorio para no caerse.
Su rostro se había desencajado y cobró palidez cadavérica. Temblorosa, mordiéndose los labios, sudorosa, se
dirigió hacia el salón de reuniones. Sin pedir permiso, abrió la pesada puerta de nogal, finamente decorada por
artesanos florentinos. Los presentes se voltearon hacia el ofensivo e inoportuno visitante que logró suspender
momentáneamente una junta tan importante. Para la humilde secretaria, sin embargo, la terrible realidad superaba
posibles reproches. La humilde mensajera no soportó el peso de la información que traía, y rompió en un lloro
notoriamente aciago, pronóstico claro de la rápida conclusión de todo otro asunto menos importante.
Don Toribio, que estaba de pie, exponiendo cifras, resultados y análisis de negocios a sus subalternos, se acercó
rápidamente a la estatua sollozante. La abrazó con ternura, suponiendo que alguna tragedia personal le había
arrancado la jovialidad a su empleada. La mujer humedeció con sus lágrimas, mezcladas con secreciones nasales, la
hombrera derecha y la solapa del saco del buen samaritano. El jefe no se molestó por la repentina interrupción. Era
tiempo de consolar a su empleada de confianza, después de todo, llevaban cerca de dieciséis años juntos. Pero por
más que intentó calmarla, el dolor de la mujer no admitía consuelo, se incrementaba sin razón aparente. Le resultaba
casi imposible articular vocablo perfectamente audible. Solícitos, algunos de los directores que presenciaban la
escena de dolor le prepararon a la secretaria una infusión de manzanilla, espléndida en azúcar, en clara intención de
hacerla volver a la realidad y desenterrar la fuente del misterioso sufrimiento.
No fue necesario el brebaje. La acongojada dama al final pudo espetar la triste noticia a viva voz, con frases
biorrítmicas pero claramente descifrables. De cirineo, don Toribio pasó a crucificado. Mensajera y destinatario se
hundieron bajo el peso del dolor, ambos intercambiaron las cargas de pena. Un cierzo helado azotó la humanidad del
empresario; miles de emociones se agitaban en su corazón y le cubrían el alma con una manta de pensamientos
difusos. Perdió el norte, se desencajó por completo, no podía ser cierto, él se creía invencible. Por mucho que
intentó evitarlo, las fuerzas se alejaron de su cuerpo, se sintió desfallecer. Famélico de esperanza, un agudo dolor en
el pecho le obligó a recostarse en un diván estilo Luis XV que adornaba una de las esquinas del inmenso salón de
reuniones. Su médico de cabecera fue avisado de inmediato, pero tardaría aproximadamente dos horas en llegar
porque estaba en las afueras de la ciudad, atendiendo de guardia en un hospital rural, supervisando a un grupo de
estudiantes del último año de Medicina.
Una fuerte dosis de agua bien azucarada le devolvió la luz a los ojazos de don Toribio. A regañadientes, obligó a
sus subalternos a dejarle en paz. Él era el jefe y quien pagaba sus sueldos. Los empleados se ofrecían para brindarle
calma; él se empecinó, quería salir inmediatamente para corroborar la noticia, ver qué sucedía en el Imperial. No
sobraba ánimo para esperar por el doctor, su salud no era la prioridad. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, se
ajustó la corbata, sacudió su elegante chaqueta de vestir y salió corriendo de la sala de reuniones, no sin antes pedir
que el chófer estuviese listo para partir inmediatamente. A grandes zancadas bajó los seis pisos que separaban su
despacho de la planta baja. Tenía la respiración acelerada, con valores por encima de ciento cincuenta pulsaciones,
niveles desproporcionados para su edad, pero la fuente de tanta energía era su propia hija. El conductor intentó abrir
la puerta del lujoso Mercedes blanco con asientos de cuero tapizados en rojo púrpura, pero no hizo falta: don
Toribio le hizo señas de no perder tiempo. Una vez dentro del automóvil pronunció una orden clara. “Al hotel
Imperial, ya”. El chófer hincó el pie en el acelerador, las llantas del pesado vehículo chillaron con nitidez y
emprendieron la veloz carrera contrarreloj.
Postrado cual emperador caído en el asiento trasero del lujoso carruaje moderno, don Toribio trataba de entender
su tragedia. Por primera vez en muchas décadas de éxitos en la vida, las lamentaciones se imponían a su entereza.
Sus lagrimales, desajustados por falta de uso en el tiempo, empezaron a expulsar cantidades de líquido acumulado, y
en breve lograron despedazar a un hombre duro como el pedernal y valiente ante toda adversidad. Jamás había
tragado una baba tan rancia y pegajosa como hoy; jamás había sentido miedo ante la verdad, ni siquiera en las
ocasiones en que estuvo a punto de morir en férreas disputas de negocios. Empezó a repasar los momentos felices
de su única hija, la niña que había sacrificado en el altar del éxito, el dinero y el poder, que siempre había antepuesto
a las frívolas necesidades de la pequeña. Le resultaba muy fácil comprar la felicidad de sus seres queridos con
abundantes dádivas: bienes, lujos, viajes, en fin, todo artilugio materialista que le diese libertad y tiempo para
concentrarse en sus negocios personales, en la expansión de su imperio materialista.
Ahora la culpa le señalaba con el índice acusador, el viejo zorro se sentía perseguido por su propio afán de poder.
Se sentía culpable. Su hija llevaba dos meses en un estado de profunda depresión. Él conocía la causa, pero
tristemente nunca quiso darle crédito a las palabras de una mujer “frustrada”, como él mismo la había tildado. Ahora
ya era demasiado tarde, mi “princesa encantada” había partido sin despedirse. Don Toribio sospechaba la verdadera
razón de la justicia salvaje hecha por su propia hija. Quiso disfrazar su tristeza, su frustración, la traición, la rabia.
Contrató a expertos psicólogos, médicos y curas del alma, pero el dolor de la hija pudo con todos ellos, hoy lo
acababa de demostrar contundentemente. Ya era tarde, su hija apretó el gatillo de la venganza. Su hija había
demandado atención y él se la negó, fue incrédulo. Ahora no solo había certeza en sus palabras, ahora el dolor sería
eterno.
Capítulo 7
Iribarren, el cordero con alma demoníaca
Sebastián Iribarren nació en Zamora varios lustros antes de que el Generalísimo fuese famoso. Vino al mundo en
el seno de una familia leonesa de clase media, común, sin mayor éxito político, económico o social que resaltar. Su
padre era el sastre de la comarca, hombre de carácter férreo, que educó a sus tres hijos con mano dura y dosis
elevadas de catolicismo casi enfermizo. La moral era el estandarte de la casa, siempre se rezaba a la hora de cada
comida. Todos los domingos era sagrado ir a misa sin dejar de visitar el confesionario, aun cuando las culpas fuesen
repetidas y el bostezo una conducta adquirida por el sacerdote de turno cada vez que veía aproximarse a los
miembros de la familia Iribarren en fila. La madre, dedicada a los oficios del hogar por orden del marido, machista a
ultranza, sobre quien recaía la manutención de la familia. De pequeña soñó con acudir a la escuela para formarse
como enfermera titulada, pero la falta de recursos económicos, sumada a un embarazo repentino, le seccionaron su
quimera. Siempre fue la cómplice perfecta de sus hijos, en quienes infundió el espíritu de libertad usando sus penas
como espejo para demostrarles que el peor error del ser humano vive en la sumisión, en dejar morir los sueños.
Gracias a su oficio de sastre, el padre de Sebastián les pudo brindar una educación privilegiada para la época en
el famoso Colegio Jesuita. Todos los miembros de la congregación vestían prendas confeccionadas con esmero por
el alfayate del pueblo; a cambio sus hijos recibían la dispensa de una educación reservada solo a ciertos estratos
socioeconómicos, militares de cuna o descendientes de algún familiar de peso en la congregación. Por lo demás, la
enseñanza pública era el destino de las masas cuya fe permitía el crecimiento del poder desmedido ostentado por la
sacra institución, un poder que era económico además de político.
De niño, Sebastián mostró una belleza especial en lo físico e incluso en lo espiritual. Siempre tuvo el don de
mando, el arte de la manipulación, con cierta agilidad insólita en los pequeños de su edad. Desarrolló ágiles dotes
verbales, capaces de convencer a los más escépticos. Su cabello castaño intenso con rayos de luz formaba el marco
perfecto para exhibir sus facciones muy agraciadas. Grandes ojos azules, heredados de los genes maternos, cejas
pronunciadas, mirada penetrante, capaz de seducir a los maniquíes de las tiendas de lujo; todos se volteaban para
admirarle. Desde su alumbramiento, fue un chico precoz, cuya inteligencia llegó a asustar a la madre, que sabía del
poder de interpretación del pequeño. Su análisis era metódico, crítico, punzante. Todo lo que imaginaba lo podía
lograr sin importar precio, sin escatimar el daño a terceros. Se formó en la cuna de los jesuitas, que contribuyeron a
solidificarle su talento intelectual, y a la par explotaron, sin saberlo, su mejor perfil maquiavélico, difícil de apreciar
por simples mortales. Era algo innato, propio de futuros líderes de masas.
La excelencia de su oratoria le abrió puertas en las mejores universidades de España. Y, por si hiciese falta,
siempre llevaba debajo del brazo su llave maestra, una carta de recomendación escrita de puño y letra por el obispo
de Zamora, amigo personal del padre de Sebastián. Esa simple epístola garantizaba que ninguna puerta tuviese
cerrojo para el joven. Inició sus estudios de Filosofía y Letras para luego poder aspirar a perfeccionarse en el área
de la Sociología Moderna. Pero el destino sacó de su manga un naipe para el que no tenía apuesta. Una mala pasada
le recordó que por mucho que busquemos el norte según nuestros anhelos, jamás se cristalizará si no está escrito en
nuestra hoja de vida; que el destino ya fue determinado, y que todos tenemos una misión que ejecutar en este cínico
mundo. Su entereza y capacidad de reinvención le dieron las armas perfectas para reponerse de los sinsabores de la
vida. La adversidad le abrió una herida profusa en el alma. El infortunio le enseñó que la felicidad es básicamente un
estado de ánimo, cambiante de acuerdo a las circunstancias. Lo perfecto es inapropiado; lo eterno, algún día muere.
El dolor convivió en su mente, le ayudó a ser fuerte, más perseverante, infinitamente revanchista. Ese era el mayor de
los pecados que desayunaban en su corazón todos los días. Para él no existía el perdón. Solo la venganza permitía
limpiar las heridas, pero jamás las cicatrizaría.
La tragedia le obligó a amar el poder como razón de supervivencia. Tardó muy poco tiempo en descifrar que la
España de su juventud tenía dos surtidores absolutos de tiranía. De hecho, el uno temía y respetaba al otro, pero
ambos convivían en armonía materialista. Analizó las posibles opciones. La primera contradecía su esencia ateniense:
entrar en la milicia equivalía a involucionar, realidad catastrófica para su exagerado saber. Ni por todo el influjo del
Generalísimo se rebajaría a vestir un uniforme verde olivo, destinado a seres inferiores sin raciocinio, carentes de
valor más allá de un adminículo que escupe muerte. Por último, el trabajo corporal no era su virtud más emblemática,
sobre todo porque tendía a marchitar el intelecto, secaba las ideas y las posibilidades de superarse como persona.
Optó entonces por el segundo dominio, tal vez peligrosamente sutil, homólogo de sus utópicos principios,
reservado solo a ilustres personas con potestad de mando, incapaces de accionar un fusil pero responsables de
muchos genocidios en nombre de una cruz por la cual derriten almas, corazones y esperanzas a cambio de un diezmo
exponencial en procura del siempre bien ponderado perdón celestial. La decisión era simple: lograr amalgamar un
señorío con infinidad de tentáculos, capaz de manipular o dominar a entes, con fe ciega delante de una simple sotana,
un artístico rosario o el nombre del Supremo Creador. Este disfraz le facilitaría acercarse a los miembros de la tropa
del Generalísimo sin despertar sospechas. Antes bien, ganaría pleitesía y respeto a cambio de la “purificación” de los
perversos actos cometidos en el pasado reciente por los asesinos nacionalistas. La apuesta era tácita. La única
manera que poseía Sebastián Iribarren de cobrar venganza sin ser encarcelado era vestir los hábitos, hacerse cura.
Conocía el poder ejercido por la cruz de madera en todas las fuerzas armadas de la nación; era el armamento sin
pólvora que obligaba a los valientes militares a arrodillarse e incluso a elevarle sus plegarias al cielo. Iribarren
entendía la autoridad social de la Iglesia, estaba clarísimo que el potencial de su verbo le abriría todos los caminos
para saldar cuentas, para cobrar sus sueños robados. Apenas diez meses después de finalizada la cruenta Guerra
Civil, el hijo del modista se hizo seminarista, llenando de orgullo a sus humildes padres, que jamás sospecharon las
verdaderas intenciones asesinas de su vástago porque contradecían todas las enseñanzas maternas.
Su mente tenía la capacidad de repartir el tiempo de ejercicio cerebral entre la actuación de fe y la creación de su
plan supremo de infiltrarse en la casa de sus enemigos. Transcurrieron cinco años antes de que fuese aceptado como
capellán del ejército en la Iglesia de San Jerónimo, en la región de Valencia, uno de los bastiones más importantes
del ejército. Su presencia en la capilla del cuartel fue celebrada por todo lo alto. Los oficiales de más alta graduación
prepararon una fiesta en honor del ilustre nuevo sacerdote, graduado con honores. Con suma rapidez, los
prolongados sermones del domingo pasaron a ser tema de conversación obligada en las tertulias comunes de la
ciudad. Cada misa tenía un dinamismo característico y atraía a más fieles cada siete días. En las ceremonias
especiales, el templo se saturaba de tal manera que había gente de pie en todos los rincones; no cabía un alfiler. Su
fama se regó por todo el Levante español; nadie pudo advertir que el cordero con alma demoníaca aceleraba su
plan, inventando charlas, cursos especiales para monaguillos, matrimonios, bautizos y cuanta parafernalia religiosa
fuese habitual. El objetivo era impulsar su imagen, mercadear su nombre, convertirlo en muletilla, necesitaba que el
ruido de su discurso acariciase los oídos de sus enemigos. Sebastián estaba desesperado por llegar a su campo de
batalla. Su plan no tendría éxito hasta convertirse en el capellán del ejército en Madrid. La sangrienta venganza
estaba germinando, su consolidación era solo menudencias de Cronos.
Capítulo 8
Dolor de mi abuelo por la partida de mi “princesa encantada”
El lobby del hotel Imperial era un completo caos. Una treintena de guardias civiles recorría cada palmo de la
recepción, fiscalizaban salidas de huéspedes nerviosos, acallaban las miradas de curiosos comensales que departían
en el restaurante o en el lujoso café Napoleón. La simple presencia de los uniformados transmitía espanto en toda
boca, aniquilando todo dejo de sonido gutural. Nadie podía entrar al recinto, en especial los medios de
comunicación amontonados a las puertas de vidrio, que eran repelidos con el microscópico nivel de elocuencia de
los castrenses, que se limitaban a reproducir una orden superior básica: “Está prohibida la entrada”. No importaba el
relinche de la gente, los reclutas estaban allí para obstaculizar el paso, labor que sabían cumplir a rajatabla luego de
mucho entrenamiento.
El Mercedes Benz blanco último modelo frenó de golpe, casi atropellando a la multitud que se agolpaba en la
acera de la entrada principal del hotel. Sin respetar modales ni normas de educación, el rico empresario se abrió
paso a trompicones, empujó a cuanto curioso se atravesó en su desesperada carrera hacia el portal. En menos de un
minuto estaba cara a cara con el primer gendarme, un soldado que ejecutó el mandato principal de no dejar pasar a
nadie, desatando con ello la mayor de las cóleras en el empresario.
—¡Óigame bien! Soy Toribio López de Peña, necesito entrar —gritó con desenfreno tratando de hacer entender
la importancia de su presencia.
Pero el neófito guardia no conocía de apellidos, ni de alcurnia, ni mucho menos de educación. Él solo servía bajo
el edicto de un superior jerárquico, igual de tonto pero un poco más hábil, apadrinado o afortunado que él. Su
respuesta incrementó el arrebato del demandante.
—Lo siento, señor, pero nadie puede pasar, son disposiciones superiores. Hay una investigación…
El guardia novato no finalizó la idea. De improviso, sintió que la pesada mano de don Toribio le apretujaba la
guerrera del impecable uniforme con la furia de un oso salvaje. El desespero enardeció los ánimos del señor
empresario, no estaba de humor para discutir menudencias, era tiempo de ejercer el poder del apellido.
—¡Pedazo de imbécil! Soy el padre de la muerta. También soy el dueño de esta mierda de hotel. Tus superiores
son mis mejores amigos. Y te juro que si no me dejas pasar ahora mismo, le pediré al propio Generalísimo que te
mande fusilar. ¿Entendido, cretino?
La embestida del valeroso adversario rápidamente alertó al resto de los colegas de armas del agredido. Un
grupito de cuatro soldados intervino para separar a don Toribio de su presa. Asustadizo, el guardia civil mostró su
arma de reglamento, alardeando de su cobarde valentía. Levantó la mano apuntando la pistola directamente a la cara
del osado rebelde. La desesperada acción alertó al capitán Hernández, que estaba a cargo de la custodia del salón
principal del hotel y sus accesos. Al percatarse del alboroto en la entrada, presuroso gritó una contraorden que frenó
la insolencia del novato. Hizo un gesto con el índice derecho y en segundos estaba detenido el agreste soldaducho.
Pidió que alzaran la cadena de seguridad para darle puerta franca al ilustre invitado. Le ofreció excusas de mil
maneras, siguiendo al trote al desesperado millonario, que se dirigía a toda velocidad hacia el área de las escaleras.
El oficial de alta graduación insistió en que debía acompañarle hasta la habitación número cuarenta porque había
suficiente tropa encargada de frenar la inesperada intromisión de civiles; incluso, todo el piso había sido evacuado en
búsqueda de pistas y cada habitación albergaba a no menos de tres soldados, todos con órdenes de arrestar a los
intrusos. Don Toribio aceptó la propuesta, redoblando el paso. Cada vez que aparecía un obstáculo ataviado de
verde olivo, el capitán Hernández gritaba la clave secreta y de ese modo, en efecto, nadie ofreció resistencia.
Con aliento menguado, presa del pánico ante una escena incierta, aterradora, don Toribio llegó finalmente a la
puerta identificada con el número cuarenta. El dígito estaba labrado en molde de metal dorado, indicador de una de
las suites más importantes del hotel predilecto de la nobleza de España. Era la misma edificación que durante años
sirvió de espacio para juntas de negocios, grandes fiestas de las empresas del importante hombre de negocios, así
como aventuras de amores y desamores de un hombre acostumbrado a pernoctar siempre en la cima del éxito. Hoy
el lugar cambiaba de decorado, de esencia. Hoy se vestía de luto, de tragedia; hoy las lágrimas suplantaban la
sonrisa y las alegrías vividas en su recinto favorito para celebrar.
Merallo recibió sin emoción alguna, actitud normal de los sabuesos, al padre de la mujer ensangrentada con una
bala que le había atravesado la sien de derecha a izquierda. Poca verborrea admitió el deudo. El silencio era
necesario, las palabras estaban de paseo, fuera de contexto. El cadáver de su hija, todavía cálido, le absorbió toda la
atención de forma inmediata. Se abalanzó sobre ella, se sentó en el piso. Tomó el rígido cuello de María Fernanda,
lo apoyó sobre su brazo derecho, sin importarle la cantidad de sangre que bañó su costoso traje de lino persa que
con tanto esmero solía cuidar. El deudo rompió a llorar, ahogado, sin palabras, sin conciencia, fuera de sí; un pedazo
de su vida comenzaba a desprendérsele. Sostenía en sus brazos el maltrecho cuerpo de la heredera, de su única hija,
la razón de luchar, de vivir, “cuando convenía”, o al menos eso vociferaba en reuniones sociales. La hija que se
empachó de todo lo material, que siempre le idolatró, le amó sin mesura, la hija que no fue correspondida en cariño,
en credibilidad, afectos o simples mentiras blancas dichas por no dejar, por tratar de complacer a un corazón
solitario, ávido de calor, de valoración más allá de la belleza física. Ya era tarde, las palabras nunca dichas se habían
pulverizado en el infinito. No más reproches, no más promesas incumplidas. Las dudas, los aciertos y los fracasos
antiguos emigraron rumbo al olvido. El tiempo sentenció el último acto de una vida acaudaladamente vacía. El
progenitor se aferraba al rígido cuerpo, lo estrujaba intentando darle aliento, clamaba a gritos, en su propia alma, que
el pasado volviese. Miles de imágenes de la hermosa doncella, mi “princesa encantada”, se repetían en la cabeza del
ahora deudo, rememorando los limitados pasajes tiernos cuando era niña, adolescente, mujer y madre. El refrán reza
que cuando estamos cerca de morir nos aferramos más a la vida, quizás esa era la vitamina que buscaba don Toribio
para no perecer en el acto; quería vivir, pero junto a ella.
Merallo respetó el dolor del familiar de la difunta. Apostó a sus hombres en el túnel del pasillo de la habitación,
justo al pie de la puerta, sin traspasarla, porque había temor por alguna reacción violenta del atormentado huésped, y
tal vez requeriría ayuda de sus compañeros de armas para contener los derrames de adrenalina. El investigador se
puso de espaldas a don Toribio, presenciando toda la dosis de frustración ante sí; los temblores corporales del
visitante eran un poema melancólico, una queja desesperada, sin voz. Encendió un cigarrillo para elevar los niveles de
concentración y agudizar el pensamiento. No deseaba interrumpir, después de todo, ya los peritos forenses se habían
retirado con las pistas. No precisaba mayor experticia sobre el cuerpo, se trataba claramente de un típico suicidio.
Considerando la forma en que había caído el cadáver, la trayectoria de la bala y las secuelas de su rastro, era
impensable que otra persona hubiese participado. Lo triste del suceso, pensaba el investigador, era el modo tan
absurdo de ejecutar una venganza, sacrificando una vida plena en todos los sentidos y aspiraciones materiales de
todo mortal. Resultaba inconcebible imaginar que una dama de sociedad se entregase de tal forma a la muerte,
dejando en la orfandad a su propio hijo, de cortos años de edad. El dolor moral era obvio, pero el método del
rancio desquite era totalmente cuestionable, inaceptable.
Finalizado el tiempo prudencial, Merallo decidió continuar con su trabajo. Le tenía sin cuidado el dolor ajeno; ya
estaba acostumbrado a ello, era su labor cotidiana. Acorde al proceso, debía hacer el levantamiento oficial del
cadáver para poder finalizar el respectivo informe forense e investigativo, en búsqueda de razones necesarias para
cerrar el caso de manera políticamente silenciosa. Con respeto sacramental se aproximó a don Toribio y,
flanqueando su lado derecho, le tomó del hombro que estaba menos expuesto al cadáver. Se apoyó en él y casi se
arrodilló para estar a la altura de su oreja y poder hablarle con suavidad. La actitud del militar despertó de su estado
transitorio al padre de la víctima, le trajo a la realidad, le hizo aterrizar, le recordó que, lamentablemente, a pesar de
la tragedia, la vida continúa y todo vuelve a su sitio, a la normalidad, por mucho que el dolor aprisione nuestras
entrañas. Don Toribio entendió. Malhumorado, aceptó la invitación, dejó a un lado los recuerdos repetitivos de su
mente. Debía ponerle un toque de racionalidad a los acontecimientos; debía entender un poco lo sucedido, aun
cuando sus sospechas iniciales no estarían divorciadas de la autenticidad de una amenaza previa.
Respiró con profundidad. Atiborró sus pulmones de oxígeno fresco y exhaló con mesura, al tiempo que
depositaba el cuerpo de su infortunada hija en la misma posición en que la había encontrado. Aceptó que los
detectives debían seguir con las averiguaciones de rutina. Se levantó del piso con la ayuda del único testigo de su
llanto, sacudió la chaqueta de su traje de lino impregnado de sangre en varias partes de la costosa tela. Como buen
periodista, su instinto le obligó a otear el lugar de los hechos: la escena del horrendo crimen, de piso a techo y en
cada punto cardinal que delimitaba el espacio tridimensional de la habitación. Por la posición del cadáver, sumada a
su desdicha, don Toribio tardó más de lo normal en dirigir su mirada a la funesta pared pintada de rojo y entender el
escrito. Merallo quería ver su reacción, tal vez allí se encontrase buena parte del curioso acertijo sexual.
El padre de la mujer ensangrentada se puso nervioso cuando divisó el mensaje estampado en la pared. La letra
era reconocible a pesar de los goteos de la tinta humana. Su hija había dado vida a las amenazas; eran ciertos los
reproches, su verdad siempre existió. Un alarido fue vomitado con rabia por la boca de don Toribio, que volvió a
hincarse de rodillas golpeando el piso desenfrenadamente con sus manos mojadas con la sangre de María Fernanda.
—¡Nooo! ¡Tenías razón, hija! ¡Perdóname, nooo…! —vociferaba con ira desmedida el dolido padre, intentando
saciar su sed de desahogo. Merallo agudizó el sentido de análisis ante la reacción generada por las sangrientas
palabras. Extrajo su libreta de cuero negro con emblema de la armada, regalo del almirante Lizardo Martínez, para
anotar con detalle milimétrico todas las palabras emitidas por el acusador arrodillado frente al patético mural.
—¡Era verdad! Ese maldito te jodió la vida; ese marica de mierda nos destruyó a todos. Hija, perdóname,
perdóname por haber dudado de ti. Perdóname, pero te juro que lo voy a matar, te lo prometo. Yo mismo le
arrancaré el corazón a ese malnacido, yo mismo voy a matar a ese maldito marica.
El investigador no actuó. Sus hombres, al oír el escándalo, intentaron hacer acto de presencia, pero el jefe les hizo
señas con el puño cerrado, pidiéndoles silencio, discreción total; necesitaba más tiempo con el testigo, era preciso
que soltase todo su discurso envenenado, avinagrado, destructivo para ir atando cabos en la investigación. Resultaba
obvio que la muerta, el padre y el victimario se conocían; en pocas palabras, era un triángulo peligroso en el seno de
una familia demasiado poderosa. El caso empezaba a lucir un par de nudos de donde especular, de donde extraer
más tela por donde cortar. La tarea complicada era detener la avalancha mediática capaz de suscitarse en torno a los
acontecimientos. Primeramente, el riesgo informativo recaía en las posibles decisiones alocadas de don Toribio,
presa fácil de la frustración.
El atribulado padre se cargó toda la responsabilidad por las acciones de su hija. Una y otra vez se desdobló en
excusas ante el rígido cuerpo que decoraba la habitación. Con precisión quirúrgica, el acaudalado empresario
recordó cada una de las veces que su hija le justificó el deseo enfermizo de libertad en su vida, la verdadera razón de
su frustración, su dolor, el nombre del causante de tan grande deshonra en la familia en una mujer que solo deseaba
ser amada de verdad. También compiló las miles de justificaciones o razones que él, como padre, había tenido para
dudar de la veracidad de las súplicas de la frágil niña depresiva, sus amenazas y sus caprichos de mujer, como
siempre decía don Toribio, frente a las alocadas palabras de mi “princesa encantada”. Hoy le tocaba recoger los
despojos de su hija, hoy entendió que el dolor tiene en ocasiones la triste función de juez ante nuestros actos más
cobardes.
Merallo interrumpió el soliloquio espiritual que estaba viviendo su compañero de estancia. Convenció al testigo de
intercambiar palabras sobre el suceso, era una simple rutina, que ayudaría a esclarecerlo. El viejo empecinado le
salió al trote, anticipándose a preguntas rebuscadas o protocolares.
—Créame que entiendo su función acá, pero no se preocupe. Sé con exactitud lo que ha sucedido en esta
habitación.
El interrogador aceleraba su taquigrafía para no perder detalle de una posible confesión que liquidase el proceso.
—Conozco de sobra la razón por la cual mi hija apretó el gatillo, incluso puedo deducir por qué uso la Luger. Sé
que la culpa en gran parte fue mía, por rechazar sus pedidos e ignorar su llanto. Pero entienda usted que pronto
habrá otros cadáveres para lavar el honor de mi hija. Y usted sabe de quién se trata.
La respuesta fue tajante. El testigo principal en la escena del crimen, el de mayor valor que el propio cadáver,
intentó huir del lugar, pero su oyente volvió a frenarle, más para advertirle que para inculparle, dando así inicio a una
charla inquisidora. Don Toribio deseaba escapar, pero Merallo precisaba mucha información, más pistas para
establecer conclusiones claras.
—Duro, dice usted, ¿qué coño sabe del dolor de un padre por la pérdida de un hijo? Y sobre todo por culpa de
un maldito que en mala hora llegó a nuestras vidas.
—En la guerra vi muchos cadáveres, don Toribio; yo mismo maté a mucha gente… —dijo el oficial en busca de
equilibrio, o quizás intentando compartir experiencias dolorosas para amortiguar la carga de su interlocutor, pero sus
comentarios recibían interrupciones necesarias; el viejo, herido en el corazón, solo pretendía venganza, honor y
sangre.
—Ninguna muerte se compara con la pérdida de un hijo; no sea imbécil ni trate de consolarme, que eso no le
queda bien —gruñó el veterano periodista dándose la vuelta para tratar de abandonar el interrogatorio; pero el
investigador, fiel a su lógica indomable, trató de frenar la escapada del actor clave.
—Solo hago mi trabajo, señor. Y como investigador sé que no es fácil conversar con los involucrados, sobre todo
cuando son deudos. Pero, lamentablemente, le guste o no, debo hacerle algunas preguntas de rigor sobre el crimen
para resolverlo de la mejor manera, su colaboración es vital.
Don Toribio frenó en seco; giró su rostro con expresión burlesca. Miró fijamente al oficial encargado del proceso,
le intimidó. Sus ojos irradiaban un dejo de ironía difícil de interpretar. Pero realmente incongruente, peligrosa,
inestable y confusa fue la respuesta:
—No pierda tiempo, ambos conocemos al culpable, ambos sabemos quién mató a mi hija, era solo cuestión de
horas. Si desea, le advierte que voy por él. No importa dónde se esconda. Ni el propio Franco podrá salvarle de mi
venganza. Él indirectamente asesinó a mi niña, y lo pagará con su sangre. Tenga por segura mi amenaza, nadie me
detendrá.
El mensaje de despedida desencajó a un sabueso acostumbrado a oír las justificaciones y las verdades más
inverosímiles del planeta, pero esta sentencia era totalmente enigmática. Merallo quedó petrificado ante las
aseveraciones oídas, arrugó la frente y bajó la mirada en busca de sosiego. Los únicos maricas que él recordaba en
toda su existencia estaban varios metros bajo tierra, pisoteados por el odio de la discriminación durante la Guerra
Civil. No entendió cómo el simple suicidio de una mujer frustrada podía involucrarlo a él, sobre todo ligándolo con
personas de gustos afectivos y sexuales cuestionables por la sociedad. Era el primer caso que aturdía al experto
investigador del gobierno. Este mensaje se convirtió en la piedra angular de todo el informe que elevó a sus
superiores. Pronto la sospecha de lo improbable, materializado en realidad, comenzó a recorrer un estrecho
pasadizo en los recuerdos de Merallo, remembranzas de la época de combates en el bando nacionalista. El déjà vu
se basaba en antiguas habladurías de cuartel. Si esos retazos de chismes tenían bases sólidas, entrelazadas con el
suicidio de la afamada mujer, podría gestarse una crisis de gobierno. El militar ahora entendía la onda expansiva del
problema que se avecinaba si no actuaba con sapiencia.
Capítulo 9
Marica: palabra prohibida en casa del abuelo Paco
El abuelo, en compañía del nieto, entró en la casa luego de un paseo primaveral por el parque del Retiro. El niño,
aún tembloroso por la amonestación, subió a cambiarse de ropa para ir a casa de su amigo Manuel Rivarola a
terminar los deberes escolares que había asignado ese día la maestra de Historia. Todo estaba en aparente calma. El
mayordomo se acercó a don Paco con la intención habitual de ofrecerle su ayuda a la hora de quitarse la chaqueta,
pero este, de manera sorpresiva, arisca, grosera, en el mismo instante en que el nieto se perdió de vista en las
escaleras del segundo piso, le apartó la mano con cierta violencia, buscando con la mirada a doña Rebeca Gonzaga,
su esposa, la abuela de Francisco. Primero intentó en la sala de estar, pensando que tal vez estuviese jugando
canasta con sus amigas, pero el resultado fue negativo. Dedujo entonces que la mejor opción era revisar la cocina.
Detrás de su figura le seguía cual sombra el mayordomo de toda la vida, que buscó la manera de ser cortés,
ofreciendo asistirle por segunda ocasión.
—Perdone usted, pero la señora Rebeca está en el jardín cuidando de las flores.
El indómito visitante ni se volteó para dar las gracias, simplemente movió la mano derecha advirtiéndole a su
hombre de servicio que se mantuviese a distancia. Don Paco saltó los dos escalones que separaban la elegante
vivienda del jardín en el traspatio, finamente decorado con un arcoíris de flores multicolores, y preservado con
esmero por las habilidosas manos de la abuela.
Sin mediar palabra, sin responder al afectuoso saludo de su esposa, don Paco abusó de su fuerza tirando de la
bata de doña Rebeca y obligándola a levantarse del engramado suelo, que estaba cuidando en ese momento. Su
actitud salvaje alertó al resto del personal de servicio, que se agolpó en el ventanal de la cocina para observar la
bochornosa pelea entre esposos.
—¡Joder, Paco, me haces daño! —exclamó doña Rebeca intentando zafarse de su agresor, que la apretaba con
más contundencia, zarandeando a su esposa por ambos brazos. La furia dominaba la mente del viejo, nadie podía
reducirle la violencia.
—Mujer, ¿me puedes explicar por qué coño debes estar diciendo tonterías con tus amigotas? ¿Por qué carajo no
dejas en paz a nuestro hijo? ¿Qué coño tienes que contarle a la cacatúa de tu amiga Clemencia sobre nuestro hijo?
¿No puedes guardar silencio? —gritó a quemarropa don Paco, saturado de cólera.
—¿De dónde sacas esa barbaridad? —dijo Rebeca tratando de apaciguar a su opresor.
—Me lo ha dicho tu nieto. Nuestro nieto, porque te oyó, en mala hora, conversar con una de tus amigas en la sala
y claramente le dijiste que a nuestro amado hijo lo habían matado en París, que ese marica lo mató. Entonces, ahora,
explícame qué historia le debo contar a Francisco, sin que dañe sus emociones, su orgullo por el padre, ¿no ves que
es un churumbel? ¡Te he repetido millones de veces que al gran general Benítez, nuestro desdichado hijo, lo mataron
a traición en París! Y ¡puntooooo! No tienes ninguna otra versión que ofrecer a nadieee.
Su verdugo le cortó el habla en seco. Por primera vez en cincuenta años de matrimonio don Paco abofeteó a su
mujer con una fuerza desproporcionada y delante de la servidumbre. Nunca antes había perdido su compostura; ni
siquiera en las peleas más subidas de tono jamás le había levantado la mano a ninguna mujer; siempre mostró dotes
de caballero en la guerra y en la cordura. Pero todo lo relacionado con la trágica muerte de su hijo le cambiaba el
humor repentinamente, transportándole al más bajo de los inframundos. La historia fatal de su hijo era tema sagrado,
apócrifo, nadie podía mencionarle desde el día en que fue sepultado falto de honores de Estado, sin merecer alguna
queja o reproche agrio por parte de don Paco.
El cachete izquierdo de doña Rebeca se pigmentó de un rosado fuerte, demarcando la silueta de la palma de la
mano de su antiguo gran amor, pero el dolor le subió rápido a los ojos y su llanto no se hizo esperar. Don Paco
prosiguió con su tortura, esta vez emocional. Tiró de la cabellera a su mujer obligándola a mirarle fijamente a los ojos
para cantarle las últimas advertencias.
—Escúchame bien, te repito: que sea la última vez en tu puta vida que menciones algo sobre la muerte de nuestro
hijo. Él ya está enterrado, hace seis malditos años que se nos fue y punto final en la tragicómica historieta. No me
importa quién lo haya matado. No me interesa si fue el marica aquel, si fue un ejército de moros, o si algún amante
del mismísimo Generalísimo de la mierda que lo parió fue el asesino, el que le pegó los tres tiros. Lo único que sé es
que esa historia murió con él. La única versión oficial es la mía, que debe ser la tuya hasta que te mueras. Nuestro
hijo murió en un asalto en Francia cuando estaba a cargo de la agregaduría militar de nuestro país. ¿Estamos claros,
Rebeca?
La interrogante final venía salpicada de mares de resentimiento, frustración y desdicha. Los ojos de don Paco casi
se salían de sus órbitas, su rostro era un poema satánico; estaba poseído por almas oscuras. No había huecos para
la duda. La mujer que contenía el llanto para no ser abofeteada por segunda vez debía calmar a su fiera. El único
antídoto era la sumisión, otro reproche o palabra mal utilizada podría desencadenar una tragedia mayúscula.
—Entiendo, Paco, perdona. Te juro que no volverá a pasar —respondió casi sin respirar.
—Muy bien, espero que así sea, Rebeca, porque la próxima vez que me entere de que andas hablando mierda de
nuestro hijo te juro que te mato.
Certificada la amenaza, don Paco dio media vuelta, giró sobre el pie izquierdo y le dio la espalda a la sufrida
mujer, que cayó de rodillas, liberando su dolor a través de un lloriqueo envuelto en mantos de nostalgia, rabia,
tristeza y soledad. Las empleadas domésticas que con horror presenciaron la transformación del doctor Jekyll
madrileño salieron en tropel a socorrer a la señora de la casa. El único que siguió a don Paco hasta el portal de la
entrada fue el fiel mayordomo, sorprendido por la actitud salvaje de su casero. Todos en la casona abrieron la puerta
del miedo en sus corazones, descubrieron que convivían con un ser atormentado, con instinto asesino si vulneraban
un secreto callado por resignación u obligación.
El atento mayordomo buscó la manera de proteger su trabajo brindándole apoyo a su empleador por si había
cambiado de parecer y deseaba despojarse de su blazer de vestir, darse una ducha relajante, en fin, si deseaba
volver a la cordura. Sus ofertas cayeron en saco roto. El ogro se volteó hacia su fiel empleado, le regaló una sonrisa
falsa, dio media vuelta en dirección a la calle decidido a emigrar de un lugar donde le habían perdido el respeto,
reverencia que ya no importaba. Bajó los escalones de la entrada, caminó hasta el portal exterior, hizo girar el pomo,
que liberó la pesada puerta metálica cual preso en su primer día de libertad, se detuvo en la calzada mirando a
ambos lados de la calle, buscando un rumbo, un destino perfecto para saciar sus bajos instintos. Una voz desde
dentro de casa le robó parte de la concentración.
—Disculpe, señor, ¿le esperamos para la cena? Hoy tenemos estofado con alubias y puré de patatas, su cena
favorita —preguntó tímidamente el mayordomo ejerciendo la labor de consejero pacificador. Pensó que tal vez esa
excusa podría generar algún sosiego en el corazón de don Paco, pero la respuesta que recibió fue peor que un puñal
al corazón, la contestación estuvo a la altura del bochornoso espectáculo que se había vivido en el jardín trasero de
la mansión. Era el final de todo vestigio de moral familiar.
—Muchas gracias, pero hoy no tengo hambre. Es más, no sé si regresaré temprano. Dile a mi mujer que me voy
al burdel a ver si una puta me calma la rabieta. No me esperen.
Acto seguido, don Paco surcó la calle camino del Angelus Club, sitio de moda en la España franquista, un sótano
que entre sus paredes cobijaba un submundo de doble moral, destinado solo a las minorías pudientes de la sociedad,
sus políticos, militares y empresarios, aunque de vez en cuando la bondad de los corruptos permitía a sus chóferes
seguirles al lugar como premio por su discreción. Era el burdel de los ricos. Todos sabían de su existencia, pero
todos evadían su verdad, convirtiéndolo en un mito en la mente del madrileño de a pie. Los clientes frecuentes le
llamaban la catarsis matrimonial, el lugar ideal para desahogar las frustraciones hogareñas.
Capítulo 10
La capitulación de don Toribio
Eran pasadas las cinco de la tarde cuando don Toribio salió de la habitación número cuarenta del hotel Imperial
después de identificar el cadáver de su hija María Fernanda. Con actitud seca, sin ímpetu, escaso de coordinación,
sudoroso, el gran señor de los negocios recorría los pasillos del hostal en busca de la puerta principal para evacuar el
recinto donde su única heredera había decidido despedirse para siempre de este podrido infierno, preñado de
cinismo, falsedad e interés. En su cabeza convergían ideas difusas, una vorágine de recuerdos alegres,
remordimientos del pasado, culpas adquiridas o deseos frustrados, junto a la entereza de un vengador que no era
capaz de encontrar la manera adecuada de ordenar el torbellino vivencial de su cerebro. La concentración no era la
virtud más plausible en esas infinitas horas de muerte, odio, desquite, justicia. De algo estaba convencido: su
descendiente había escrito con sangre la orden de venganza más inclemente sobre la faz de la tierra. Su lenguaje
escueto, impreso en sangre, le exigía de una vez por todas no solo aceptar la verdad siempre cuestionada, sino
también el cobro recíproco del perjuicio recibido por mi “princesa encantada”.
La figura casi fantasmal de don Toribio traspasó el portal de cristal al frente del hotel. Un nutrido grupo de
fotógrafos, reporteros y curiosos se agolpó hacia él en búsqueda de respuestas, pues el rumor tenía miles de
mensajeros. Ya todo Madrid hablaba de la supuesta muerte de la hija del acaudalado magnate, incluso se tejían no
menos de una decena de versiones sobre las causas del extraño deceso. Don Toribio les pidió respeto a los
presentes. Su chófer, junto a un grupito de guardias civiles, le abrieron paso entre la muchedumbre ansiosa de
noticias, pero el silencio fue el único actor. El regio empresario entró en su coche sin pronunciar palabra, pero sus
ojos hinchados, deformes gracias al llanto sin consuelo, expelieron un fuerte destello de tragedia oculta.
El Mercedes Benz blanco aceleró sin control. Los transeúntes se apartaron por obligación, a menos que deseasen
aparecer en las páginas rojas de los diarios. Desde el balcón del cuarto piso, Merallo vigilaba la fuga del padre del
cadáver que empezaban a levantar para su traslado a la morgue del cuartel central del ejército. El detective
encargado del caso tomó el teléfono y nervioso solicitó hablar con sus superiores para alertarles sobre la
conversación sostenida con el deudo. Los requerimientos fueron complacidos a la velocidad de la luz; en segundos,
la llamada había recorrido tres auxiliares de grado, hasta llegar a manos del general Alonso Remigio Domínguez,
encargado directo de la policía secreta del gobierno, el jefe inmediato de Merallo. Pocas palabras le dieron luz a su
temor sobre los hechos, papel en mano resumió los puntos más sutiles del breve interrogatorio entre su oficial y el
padre de la fallecida. Colgó el auricular sin darle las gracias a su mensajero. Era normal, la arrogancia de los
comandantes solo sirve para justificar su jerarquía. Sobre el investigador recayó la orden esencial de limpiar la
habitación con esmero, esforzándose por borrar toda evidencia capaz de confundir el manejo de la información.
Ante todo, el mensaje de las paredes debía eliminarse. Si era necesario, incluso la estancia completa sería demolida
para sepultar las posibles huellas. El cadáver no era el tema, pues todos debemos morir. El miedo del alto mando
estaba en las causas del acontecimiento, pero sobre todo en las consecuencias fatales para el régimen militar si se
filtraba algún goteo de noticias verdaderas, ocultadas por décadas. El experimentado general entendía la dimensión
del problema: era una situación de Estado que debía ser discutida incluso con el Generalísimo o, de lo contrario, el
padre de la muerta podría abrir la caja de Pandora en el régimen dictatorial.
Sin pausa, el general Alonso telefoneó al propio caudillo. El mensaje fue directo: es imperativo detener a don
Toribio por precaución de Estado. Las razones eran obvias: estaba en juego la imagen del futuro ministro de
Defensa. Como era habitual, nadie podía llevarle al Generalísimo un problema sin tener al menos una solución, por
muy descabellada que fuese. Alonso lo sabía, y él mismo ideó la excusa adecuada, el plan perfecto para frenar al
combativo empresario. El jefe del gobierno vio con buenos ojos el plan, lo aprobó sin mayor discusión, obligando así
al creativo general a tomar cartas en el asunto de manera inmediata.
La carrera contrarreloj había empezado: Merallo debía destruir todas las pruebas y Alonso fabricar una verdad
que, por muy irracional que pareciese, debía ser respetada por todos a la fuerza, incluso por don Toribio, o de lo
contrario el gobierno se podría afectar en proporciones desconocidas. La primera parte del descabellado argumento
era tomar las oficinas emblemáticas del empresario. Un contingente de agentes de la policía secreta debía intervenir
las oficinas de la directiva del banco del acaudalado hombre de negocios. Otro comando de soldados del ejército
tenía la orden de tomar las instalaciones del periódico para evitar cierta publicación indeseada. Las rotativas eran el
blanco más apetecible. En minutos, cerca de cuarenta soldados detenían las labores habituales del informativo
matinal. Ninguna noticia cobraría vida hasta nuevas órdenes.
El general Alonso entró en la sede del diario alardeando de sus poderes. Sin espera de autorización se enfiló hacia
las oficinas privadas del dueño ante la mirada asustadiza de los empleados. Le seguían seis oficiales de mediana
graduación, fuertemente armados, por si algún valiente deseaba retar a la autoridad. Irrumpieron en el espacio de
trabajo de don Toribio, sorprendiéndole en plena faena junto a su director preparando la nota editorial del próximo
ejemplar que iba a ser distribuido al salir el sol del nuevo día. El propietario del periódico no esbozó mayor
curiosidad. Entendía la presencia no deseada de los militares; era parte del trabajo sucio que siempre realizaban.
Hoy le daba igual, pues no tenía nada que perder. Por primera vez en su vida, dejaría de hacer o escribir lo
políticamente correcto, lo complaciente al régimen de censura. Por primera vez, defendería a sangre y fuego el honor
de la familia.
Alonso caminó en círculos alrededor del escritorio de madera donde descansaba la máquina de escribir, todavía
excitada por el elocuente artículo, mecanografiado por el editor en jefe del matutino bajo la guía del atormentado
padre. El general pidió leer las cuartillas, y el escribano miró de reojo a su jefe en demanda de instrucciones que
seguir. Don Toribio aseveró con la cabeza. Las líneas escritas con dolor no dejaban espacios vacíos para la duda.
Una epístola de cinco páginas enfatizaba la vida trágica de toda la familia del empresario, haciendo hincapié en su
bella hija. El texto negaba todo ápice de manipulación, todas las verdades, por muy dolorosas que fuesen, estaban
grabadas a corazón partido. Casi la mitad del contenido revelaba datos complejos sobre las relaciones entre el
empresario y el franquismo, información susceptible de ser manejada, excepto la muerte de su hija, descrita con
tanto detalle que haría temblar al Ministerio de Defensa. La lista de culpables o más bien acusados por el suicidio de
mi “princesa encantada” no era demasiado extensa, pero solo dos nombres hacían resquebrajar la credibilidad de
una supuesta heroica fuerza libertadora.
El general Alonso giró a sus subalternos la orden de privacidad. Todos salieron del despacho, no sin antes
advertirle al editor que estaría detenido en carácter de testigo, acusado posiblemente de instigador. La incriminación
bañó de sorpresa al empleado. ¿Qué clase de testigo era? Simplemente se dedicó a redactar una nota editorial,
como lo venía haciendo por los anteriores veinte años, esa era su función. Los soldados obedecieron sin chistar.
Alonso alzó el tono de voz con intención de amedrentar al escribano. Le recordó que en el gobierno cualquiera que
atente contra la estabilidad del país puede ser fichado como traidor, sinónimo de muerte rápida. Ejercer el rol de juez
y verdugo producía sensaciones casi orgásmicas a los militares. Esa mescolanza perniciosa de poder absoluto,
autoridad y don de mando era más que una razón de vida para ellos: era la recompensa auténtica por la fidelidad
mostrada al dictador. Alonso cerró la puerta con suavidad, mientras observaba el traslado del prisionero culpable de
oír los lamentos de un padre aturdido por la tragedia que solo deseaba un imposible en esos tiempos: decir la
verdad.
Don Toribio estaba de pie frente al gran ventanal de su oficina imperial. Apoyó ambos brazos sobre la baranda
dorada que soportaba la mitad del peso del cristal. Desde allí podía divisar la majestuosidad de un Madrid presa del
miedo, esquivo a lo que no fuese complaciente con el régimen. Alonso se acercó lentamente hacia el acusado para
dar inicio a su descabellada idea de cómo maquillar una muerte y convertirla en una victoria o, mejor dicho, de evitar
un escándalo mayúsculo a cambio de una jugosa cuota de poder. A escasos metros de distancia, le sugirió al
empresario tomar asiento para discutir temas relevantes sobre su nuevo editorial. El empresario cambió la dirección
de su visión; giró de medio lado y de modo complaciente, poco habitual en él, aceptó sentarse en su sillón de piel de
cebra, justo frente a la silla donde se había repantigado el aprendiz de juez.
—Sepa usted que me da mucho pesar la muerte de su hija —comentó educadamente el general Alonso
intentando romper el hielo.
—Ahórrese sus palabras hipócritas, no me importan. Deje en paz mi duelo. Respete, pues ustedes son parte de
mi desdicha. Sepa que no le temo —refunfuñó un Toribio despojado de política y buenos modales.
—Bien, vayamos al grano. Más allá de la tragedia de su hija, que tampoco me importa, y se lo digo para
sincerarnos y ahorrarnos tiempo y lisonjas dudosas, era predecible que usted actuase de esta forma alocada, sin
medir consecuencias. Por eso estoy acá, para ayudarle a entrar en razón, a manejar las cosas de una manera, más
“conveniente” para todos.
Las palabras de Alonso se convirtieron en afiladas dagas que se clavaron en el corazón del ofendido padre. Él
siempre había sospechado que algún día sus relaciones con la milicia le traerían problemas. El ejército, por
necesidad, termina olvidando los favores recibidos cuando debe cuidar sus cuotas de poder. Los militares son
capaces de vender su alma con tal de defender el peso de sus charreteras, pues sin ellas dejan de ser gente. A
diferencia de otras conversaciones con entes de alto mando donde circulaba un aire de complacencia en busca de
repartición de beneficios, Toribio no tenía las fuerzas para seguir con la farsa. Aparentemente, no había nada que
perder; su verbo pasó a ser irreverente, agresivo, nada ortodoxo para un rey del protocolo.
—¡Vaya, vaya! Así que usted ha venido a ayudarme, ¡a entrar en razón! Joder, gracias por el apoyo
desinteresado. Es que debemos oír cada porquería que, sinceramente, mi capacidad de asombro ante ustedes jamás
se satura —respondió el viejo con sarcasmo—. ¿Sabe una cosa, general? Todo en la vida tiene un límite. Acabo de
pagar por mi soberbia, mi ego y vanidad con la sangre de mi hija, el ser que más amé, aunque le cueste creerme.
Ustedes, en cierta forma, son culpables de su muerte. Les juro que no me temblará el pulso a la hora de ejercer
justicia porque su asesino anda suelto, ambos le conocemos. Deberá pagar por su crimen. Esta vez no habrá tratos
de ningún tipo, esta vez quiero lavar la ofensa pero con sangre, o soltaré miles de verdades con tal de lograr mi
objetivo.
A pesar de su contundencia, la amenaza no socavó el ánimo de Alonso; este era un zorro viejo, un asesino sin
piedad. La guerra le había curtido de tal manera que solo perdía la compostura ante el caudillo.
—Eso pensaba antes, maldito hijo de las mil putas, hasta que mi María Fernanda se quitó la vida. Me arrepiento
de todos mis actos, ella no merecía este final. —El tono cada vez era más acusador, agresivo, retador.
—Quizás tenga usted razón en cuanto al dolor de un ser querido, pero igual es una muerte trágica. Como todas,
es parte de la vida. Recuerde que para morir solo debemos estar vivos. Pero tenemos que sobreponernos a las
adversidades, que además nos forjan el carácter. Tiene razón en pedir justicia, y me comprometo a dársela. Pero le
recomiendo que recapacite, revise sus notas, busquemos juntos una excusa creíble, no sin antes saciar su deseo de
venganza, perdón, quise decir de justicia. De esa forma, todos quedaremos felices y tranquilos.
Don Toribio no aguantó el sutil desparpajo de su invitado. Se levantó del sillón y se abalanzó sobre el ofensivo
militar, le cogió de ambas solapas del traje de gala, y le retó a un duelo de palabras, acusaciones, improperios y
amenazas compartidas. Alonso se zafó con destreza y logró dominar a su agresor. Con un giro violento de manos
redujo al desesperado padre. Le absorbió todas sus fuerzas, colocando la cabeza contra la fría madera del escritorio
exigiéndole cordura. Mientras duplicaba la presión sobre la cabeza del agresor, descargó su última amenaza.
—Escúcheme bien, cretino. Todos en el gobierno sabemos de su poder, de su dinero, de sus empresas acá o
fuera del país, pero, lamentablemente, la muerte de su hija es un tema de Estado, gústele o no. Usted no es tonto.
Sabe que sus manos están manchadas de sangre a cambio de ciertos privilegios, y que por esa razón se ha
convertido en lo que es hoy en día. Todo lo que le vine a decir ya fue discutido con el Generalísimo, su amigo
personal. Tengo la autorización de ejecutar toda acción en su contra, incluso “suicidarle” si lo amerita la situación, a
menos que coopere con nosotros. ¿Me ha entendido?
Alonso estrujó nuevamente la sien de su compañero de charla, aguardando una respuesta afirmativa. Toribio no
tenía escapatoria: o reducía su ímpetu al máximo o simplemente se convertiría en el compañero de cuarto de su hija
en la morgue esa misma noche. Con un simple sonido gutural, apretado, casi imperceptible, el acusado aceptó la
rendición forzosa, logrando además bajar la presión sobre su rostro. Alonso descubrió que tenía bajo control la
situación y empezó a soltar a su presa de forma gradual hasta que ambos quedaron de pie uno al lado del otro,
vigilantes de sus acciones.
—Muy bien. Me alegra que me haya entendido. Ahora procederé a exponerle la forma en que llevaremos las
cosas. En primer lugar, no se preocupe por el posible implicado o causante de la tragedia, ya estamos girando
instrucciones precisas. El alto mando tomará cartas en el asunto de manera expedita. A ese que usted llama el
asesino, le daremos un suicidio perfecto, se lo garantizo; es más, usted puede escoger el arma, por si desea darle un
toque personalizado. Pero, a cambio, nosotros seremos los voceros oficiales de las condiciones de la muerte de su
hija. Ninguna noticia saldrá publicada en su periódico sin que nuestros asesores de comunicación la aprueben. Esa
será la única versión oficial del deceso. Ni usted, ni mucho menos su esposa o sus familiares, deben pronunciar
comentarios sobre el tema. De esta forma sencilla todos quedamos cubiertos y la sociedad no tendrá motivos de
duda: fue un simple acto de suicidio. El velatorio y el entierro serán en la estricta intimidad, alejados de los medios de
comunicación. Como ve, es muy simple y fácil de manejar. Solo déjenos la noticia bajo nuestra responsabilidad, a
cambio recibirá la cabeza del malaventurado responsable de su tragedia familiar.
El sagaz empresario estaba anonadado con la simpleza de la orden. ¿Cómo era posible que su propia hija fuese
catalogada como trofeo de guerra? Él conocía de cerca la manera de pensar de los esbirros del dictador, reconocía
que no se andaban con cuentos, pero deseaba someterlos a prueba, así que retó a su adversario, buscando calcular
el radio de acción que le quedaba.
—Supongamos que no acepto y que publico mi editorial y saco a la luz pública todo lo que hemos hecho juntos.
Además, desenmascaro al hijo de puta que jodió la vida de mi pequeña.
Las conjeturas de Toribio arrancaron una sonrisa plena de befa del rostro de Alonso. La ingenua pregunta le
reforzaba el ego militar, la hombría, le gritaba al horizonte que en el fondo él había ganado la guerra con el hombre
de negocios de mayor importancia en toda España. Su plan maestro, por muy tonto que pareciera, había calado,
alcanzado el objetivo. Toribio entendía que estaba acorralado. Para formalizar el pacto con notoriedad excitante, el
general abrió el compartimiento de su cartuchera, tomó la fina pistola con mango de marfil, bañada en oro, la alzó al
nivel de su pectoral y empezó a acariciarla con sus manos mientras garantizaba sus dictámenes.
—Es muy fácil. En el supuesto, negado, de que usted logre publicar el editorial, utopía absoluta, pues el diario está
controlado por mis hombres. De ahora en adelante, nada saldrá impreso sin nuestro consentimiento. Acá le muestro
la pistola con la que usted se “suicidará” por el dolor de la muerte de su hija. Además, piense un poco, no sea tan
gilipollas. El ruido ocasionado por su confesión impresa se disolverá pronto, la sociedad al cabo de unos meses lo
olvidará todo. Nadie se asocia con muertos o derrotados, es ley de vida, usted lo conoce de sobra. Por otro lado,
responderemos a sus críticas acusándole de traición a la patria o simplemente de otro cargo horrible; le inventaremos
un expediente larguísimo y su familia se verá involucrada, perderán el honor que ambos ostentan y que es muy
importante en la alta sociedad española de estos tiempos. Luego pondremos a todos los miembros de la familia
López de Peña tras las rejas. Recibirán una muerte “decente” en nuestras cárceles, pues no soportarán su tragedia
personal. Todas sus empresas serán intervenidas en la investigación, y todos sus descendientes menores quedarán en
la absoluta ruina, el apellido será execrado en la sociedad, es decir, nosotros, el ejército, sus antiguos amigos, somos
dueños de su pasado, su presente, pero, sobre todo, de su frágil futuro. En lo personal, no creo que sea usted tan
estúpido de arriesgar todo lo que ha logrado con el paso de los años solo porque su hija no fue correspondida, o tal
vez se equivocó en sus decisiones sentimentales, o lo que haya sido. Me importa un bledo, está muerta y punto.
Usted debe elegir qué hacer con lo que aún le queda en pie. Don Toribio, piense un poco, no nos subestime ni a mí
ni mucho menos al ejército. Podremos parecer toscos, escasos de cultura, ruines, asesinos, pero sabemos muy bien
controlar el mando. Mucha sangre se derramó para llegar a donde estamos, no crea que usted es intocable. Todo su
dinero no vale nada ante nuestra jurisdicción. Por último, si no coopera, el verdadero asesino de su queridísima hija
quizás permanezca libre, y esa puede resultar la peor bofetada para usted: tanto luchar para perderlo todo y dejar
impune el suicidio. Entonces, ¿tenemos un trato?
Cual caballero, el soberbio general Alonso extendió la mano derecha en espera de un fuerte apretón que sellase el
acuerdo entre las partes. La palabra de don Toribio estaría avalada por su propia vida. Tal como se exhibían los
naipes sobre la mesa, quedaban pocas opciones. La verdad del editor podía ser contrarrestada por el aparato
mediático del gobierno, sería una cortina de humo que duraría lo mismo que un ciclo lunar y que luego pasaría al
mayor de los olvidos, sin la certeza de haber obtenido la justicia anhelada. Antes de apretar la mano de su verdugo,
de capitular sin exigencias, el sentenciado pidió conocer el escrito de la noticia, cómo debían manejar el caso para
preparar a su familia. Quería además la certificación del ajusticiamiento del causante de su tormento emocional, de su
desdicha.
—No se preocupe por el comunicado, nuestro personal está trabajando en ello, pero será algo simple. Tal vez el
tradicional suicidio producto de la depresión, acaso mezclado con la relación de pareja, un poco no correspondida,
sumada a la crianza de su nieto, en fin, una combinación de factores creíbles que debilitan la psique de las mujeres.
¿Usted sabe? Trastornos hormonales o temas sensibles del sexo débil. Noticia que eleva el morbo del lector. Pero
para esas menudencias están nuestros expertos en la materia, que en cuestión de horas me traerán la nota fúnebre
que será repartida a todos los medios de comunicación, es más, será publicada, pues vendrá firmada por el actual
Ministerio de Defensa. No se preocupe por los detalles, solo limítese a obedecer o lo pierde todo. ¿Ve usted qué
sencillo resulta cuando las partes están de acuerdo? Ah, en cuanto al causante de su tragedia, confíe en mí, pronto le
enviaremos a una misión de esas cuyo retorno es poco predecible.
Alonso volvió a extender la mano en busca de aprobación. Don Toribio titubeó, pero las amenazas del personero
del gobierno eran muy elocuentes. Su mente debía ser ágil. O aceptaba el trato o perdería toda opción de revancha
en un futuro cercano. Era cuestión de sobrevivir con tristeza o morir sin esperanzas. El viejo empresario era
consciente de que estaba frente a la peor negociación de toda su existencia, una de esas que presenta dos caminos,
dos opciones disímiles: éxito paupérrimo o fracaso absoluto. Por el momento, el dolido padre quedó sin armas bajo
la manga, abatido, vencido y extendió su mano derecha en franca intención de cerrar el trato. Las palmas se
juntaron. Uno celebró el triunfo, el otro lloró en silencio su rendición obligada pero necesaria. Con la sonrisa del
conquistador, el militar convidó a su víctima a tomar asiento, llamó a sus colegas de armas para celebrar el macabro
contrato. Pidió a los guardias custodiar las instalaciones del periódico y apostó varios batallones que velarían por las
noticias durante los próximos tres meses, solo por precaución. Cortésmente solicitó un té doble para él mientras
esperaba la llegada del comunicado oficial en compañía del deudo. Dicho artículo de prensa estaba en fase de
elaboración y arribaría en las próximas dos horas, tiempo suficiente para agilizar los trámites del velorio, entierro y
captura del asesino. El Ministerio de Defensa estaba a salvo frente a potenciales rumores malsanos.
Capítulo 11
El nacimiento del amor bonito, el que duele
Como todos los lunes, la Iglesia de San Agustín abrió sus puertas a las siete de la mañana para ofrecer la primera
misa del día. El sacerdote Sebastián Iribarren, encargado de la santa capilla, pronunció un sermón magistral. La sala,
llena a reventar, le escuchó con atención por casi hora y media. Sus discursos siempre se extendían más de lo
establecido, siempre abusaba de la capacidad de su verborragia. Llevaba cerca de dos años al frente de la capilla, se
había convertido en una celebridad para los creyentes habituales, pero nadie sospechaba sus verdaderas intenciones,
muy bien disimuladas bajo el amparo de su vestimenta sacerdotal. Ese día le tocó oficiar la homilía con un atuendo
sobrio, color púrpura y dorado, casualmente el que más le agradaba, muy acorde a los tonos del Nazareno flagelado
en el calvario, llevando a cuestas la pesada cruz. Los cirios despedían rayos de luz que iluminaban el altar a todas sus
anchas. Era tradición del sacerdote triplicar el número de velones para darle un simbolismo ancestral al recinto, una
imagen difícil de olvidar.
En el altar mayor se veneraba la imagen del Cristo Redentor, flanqueado en semicírculo por ángeles y querubines,
intercalados. En los planos superiores del altar se divisaban las figuras en relieve, talladas en madera noble, de San
Antonio, San Pancracio, San Miguel Arcángel y San José, colocados cual protectores del patrono del santuario. La
figura de San Agustín poseía una expresión un tanto tristona que generaba una brizna de melancolía en los corazones
de sus devotos. La pequeña estatua, tallada por seminaristas de la Catedral de Lima a finales de 1897, fue un regalo
de la familia Ignaciana del Perú, traída por el obispo Mantilla, que durante quince años estuvo al frente de la
congregación, repartido entre Lima y Cuzco.
La bendición de despedida, cuando los asistentes se apoyan sobre sus rodillas para recibir el abrazo de la
Santísima Trinidad, indicaba la culminación de la misa mayor. Cada uno de los presentes inició la retirada del santo
recinto para enfocarse en sus obligaciones del día. Cierta cantidad de asiduos visitantes aguardó al párroco para
despedirse en persona e intercambiar las típicas palabras de felicitación por el mensaje y las lecturas bíblicas o tal vez
alguna que otra adulación nada graciosa para Iribarren. La monotonía le causaba sofocación, llevaba mucho tiempo
repitiendo la misma cantaleta cada lunes, pero siempre algún oyente desubicado se apersonaba par dar opiniones
innecesarias, comentarios fastidiosos de viejos sin oficio, como solía pensar el reverendo. Eran creyentes en el influjo
celestial gracias a la cercanía del representante de Dios en la tierra como imán para obtener bendiciones adicionales
a las ya previstas en el libro de vida de cada ser terrenal.
Usando la expresión facial políticamente adecuada, Iribarren fue despidiendo a los más rezagados del sermón. No
tenía ganas de pláticas estériles. La excusa perfecta era la necesidad de organizar la iglesia para la siguiente misa, la
del mediodía, e iniciar además el servicio de confesiones con la ayuda de tres jóvenes sacerdotes. Aprovechó para
colocar las biblias en cada cubículo donde los curas recién ordenados podrían escuchar las lamentaciones de sus
fieles en pena. En la España de la época, la confesión era un mal necesario. A cada rato los temerosos cristianos
dedicaban buena parte de su tiempo a compartir sus culpas y pecados con los representantes de la Iglesia en busca
del perdón divino con la firme creencia de limpiar sus almas sin importar la dimensión de la culpabilidad.
Luego de revisar cada confesionario y dar su bendición a cada uno de los tres compañeros de trabajo, Sebastián
Iribarren se dirigió al altar para recoger uno de sus misales favoritos, que le haría compañía en la tarea de perdonar
errores de sus súbditos. De espaldas a la entrada principal, dedicó un padrenuestro al Cristo Redentor en señal de
reverencia, pero no finalizó la última estrofa de la santa oración universal que hermana a todos los cristianos. De
improviso, un claroscuro multiforme cubrió parte del altar principal, generando la mayor de las distracciones, casi la
mitad del cuerpo del cura quedó en la penumbra, a pleno amanecer. El sacerdote dio media vuelta, colocándose a
cierta distancia del inesperado visitante. Los poderosos rayos del astro matinal le causaron una ligera ceguera,
impidiéndole descifrar la identidad del invitado. Decidió entonces bajar del altar en dirección al nacimiento del
contorno corporal que le robaba la atención. Intentó socavar el poder de la luz solar, colocando su mano derecha
como escudo, de esa forma podía obtener una idea un tanto más clara de la persona que se acercaba a su
encuentro; parecía alguien confundido.
Iribarren dio unos cuantos pasos a media zancada, aproximándose paulatinamente a la figura humana. A menos de
dos metros de distancia logró descifrar el misterio: una hermosa mujer, alta, esbelta, que transpiraba lujo, decorada
con vestiduras notoriamente exquisitas de una dama de alta sociedad, con peinado finamente protegido por un
sombrero francés, de corte bajo, de esos que resaltan la sensualidad de la modelo. Con facilidad el sacerdote la
reconoció; sin lisonja, con indiferencia le dio la bienvenida, como si se tratase de otro feligrés de paso.
—¡Hija mía, eres tú! ¡Qué grata sorpresa! ¡Qué bueno verte! Por fin tengo el honor de recibirte en mi humilde
iglesia, ¿cómo has estado?... —exclamó con emoción teatral el sacerdote mientras abría sus brazos en busca de un
saludo caluroso, con intención de envolver la humanidad de la sorpresiva amiga. Algo le indicaba al maligno
sacerdote que la monotonía estaba por fallecer, que sus planes empezaban a dar cosecha, los últimos cuatro años no
se habían invertido en vano. La expresión facial de la hermosa dama le transmitía a Iribarren una pizca de victoria.
Suavemente el llanto brotó de los ojos de la enigmática víctima, un quejido infantil escapó de sus labios y luego se
convirtió en suspiro en busca de libertad.
Cada sílaba se entrecortaba con partículas de baba, pero el astuto sacerdote ya imaginaba de qué trataba la
sorpresiva visita. Para evitar que la risa producto de los nervios le traicionase, develando parte de su satisfacción por
el sufrimiento ajeno, Iribarren la invitó a compartir sus penas en el despacho privado del párroco, que así, con
absoluta discreción, sirvió de digno confesionario para una dama de tan noble familia. Ambos se dirigieron al lugar,
entre llantos y sonrisas ocultas.
*****
El párroco Sebastián Iribarren conoció a la hija de don Toribio en la ciudad de Sevilla con motivo del bautizo de
su primogénito, de nombre Francisco, concebido en su primer año de matrimonio con el general Benítez. Incluso se
rumoreaba que el matrimonio se había adelantado por el embarazo de María Fernanda. Desde ese primer contacto
habían transcurrido casi seis años, pues el cumpleaños del pequeño Francisco Esteban sería en siete meses exactos.
En aquella ocasión la misa fue oficiada por el obispo, y el actual párroco de la Iglesia de San Agustín fue uno de sus
acólitos. En ese primer encuentro, por más que lo intentó, Iribarren no pudo ser el centro de atención;
aproximadamente cerca de mil invitados asistieron entre amigos directos del empresario mediático y la plana mayor
del alto mando, empezando por el invitado de honor, el propio Generalísimo, amigo personal del padre de la
criatura, a quien le debía parte de la conquista de Andalucía, importante reducto republicano.
Las celebraciones del bautizo del primer hijo del general Benítez duraron tres días, coincidiendo con las
festividades de la Virgen del Rocío. La mayor parte de los asistentes al sacramento se hartaron de comer y beber en
los diferentes cortijos ubicados en los alrededores de la imponente catedral. Por causa de las fiestas en honor a la
virgen, que ameritaban un mayor número de actos protocolares, el padre Iribarren desperdició la ocasión de
penetrar en el círculo familiar de la hermosa heredera, su hora aún no había sonado. Sin embargo, el nombre del
sacerdote resonó con fuerza entre los presentes, generando siempre buenos comentarios a su favor. Las notorias
conversaciones con linajes de abolengo o relevancia social de Madrid le ayudaron a crear una especie de listado de
familias propensas a ayudar a su causa, bien con donativos, o con recomendaciones profesionales a la hora de pedir
traslado hacia la gran capital, el epicentro de su macabro plan.
Corrieron cerca de cuatro años antes de que Iribarren volviese a toparse cara a cara con su misteriosa visitante.
Fue en la boda de una de las mejores amigas de María Fernanda. Esta vez la celebración ocurrió en Madrid, en la
propia Iglesia de San Agustín, bajo el manto del párroco del buen hablar. Fue la ocasión perfecta. La misa estuvo a
cargo de Iribarren. Hubo pocos invitados, fue más bien una celebración sencilla, con escasa presencia de políticos o
militares. El sermón ocasionó lágrimas de felicidad, alabanzas sobre el amor verdadero, ese que nunca muere, ese
que todas las novias sueñan con alcanzar. La capilla a medio llenar fue testigo de una actuación soberbia, seductora,
manipuladora, a cargo del polifacético regente de la casa de Dios. Luego de la bendición de los esposos ya no había
necesidad de mayores credenciales: todos querían compartir unas palabras con el sacerdote, que aceptó con
humildad la invitación al banquete en honor a los recién casados.
En plena fiesta, Iribarren no dio libertades. Debía atacar con la velocidad del trueno, quizás no tuviera otra
oportunidad tan clara para infiltrarse en la familia de su peor enemigo. Sabía que la venganza debía iniciarse de
manera casual e inofensiva. Por momentos evitó el contacto directo con sus víctimas, con disimulo, casi las
esquivaba, las ignoraba. Era parte de la estrategia; la idea era generar un nivel demencial de indiferencia, obligando a
la presa a romper el cerco, a perseguir al cazador. La mayoría de los amigos de María Fernanda atizaban el fuego de
la curiosidad en ella siempre que salía a relucir el nombre del sacerdote que casó a su amiga.
Midiendo el grado de ímpetu, Iribarren supo el instante perfecto para intervenir, para conquistar espacios en el
hogar de Benítez. Se acercó a la mesa del general mientras su esposa buscaba algo de comer. Le saludó con
respeto, honrando el uniforme de gala, propio del ejército. Eso le agradaba a todo oficial, aún más si la reverencia
era ofrecida por un hombre de la Iglesia, homólogos en rango socioeconómico pero no en oficio. El militar brindó
asiento a su cortés e inesperado invitado. Este aceptó no sin antes presentar disculpas por si invadía la privacidad de
los comensales. Benítez insistió y en segundos ambos departían con ligereza fraternal. Al poco tiempo llegó la esposa
del general con una abundante bandeja de bocadillos para compartirlos en la mesa. Despistada se unió a los
presentes, y cuando descubrió el semblante del exitoso representante de la Iglesia, María Fernanda quedó
impresionada por la belleza física de Iribarren. Poseía el sacerdote el porte de un modelo de revista: esbelto, atlético,
bien dotado físicamente. Su nivel de seducción era poco habitual entre los curas de la ciudad, que en su mayoría eran
hombres entrados en edad, con exceso de equipaje alrededor de la cintura, algo glotones de la buena vida gracias a
la prédica de la fe. Por eso las féminas hacían largas filas para ver al joven y buen mozo párroco en confesión; se
desvivían por oír su voz, por sentir la respiración acelerada al pedir perdón por los pecados cometidos y ser
absueltas por tan hermoso macho.
Después del protocolo de salutación, Iribarren les recordó la vez que fue ayudante del obispo en el bautizo de
Francisco. Los padres de la criatura mostraron sorpresa, pues no les era familiar el rostro del invitado. Como
prueba, detalló cada uno de los acontecimientos acaecidos en la liturgia del bautizo, las lecturas, las palabras del
obispo, la decoración del lugar, los invitados de honor, el número de niños que formaron alharaca en la fiesta, los
días de juerga entre manzanillas, tintos y jamones. La descripción parecía fotográfica: no se escapaba un mínimo
recuerdo importante. Con este alarde de memoria, Iribarren fue conquistando la confianza de sus futuras presas. La
primera en sucumbir ante las bellas frases fue la esposa del militar. Este, por el contrario, se mantenía receloso ante el
siervo de Dios. Parecía dudar de él o tal vez temerle, un no sé qué le molestaba a priori. Benítez era hombre de
guerra, nada le podía atraer a primera vista, ni siquiera el embrujo de una mujer. La duda siempre era su premisa,
por eso no hacía migas con facilidad con nadie, menos con un competidor en nivel de poder, un simple sacerdote,
hábil con el verbo, además de exagerado con su belleza física, que no cuadraba como exponente de la Iglesia.
Iribarren preguntó por el pequeño Francisco, que no había asistido a la ceremonia por estar un poco agripado y
se había quedado con sus abuelos paternos. Las alabanzas hacia el infante terminaron de conquistar la confianza de
María Fernanda, que miraba de manera profunda, abstraída, a su honorable compañero de mesa. Pasaron las horas
en diálogo amigable. Curiosamente, las pasiones académicas de la esposa del arisco militar eran muy similares a los
gustos culturales del sacerdote. Ambos se sentían atraídos por la filosofía, la teología y el latín, cátedras que de
alguna manera la respetable dama de sociedad alcanzó a iniciar en la universidad, aunque el nacimiento de su bebé la
había obligado a dejarlas a un lado provisionalmente. El ladino hombre de fe encontró en ese detalle personal de la
estudiante frustrada la posible puerta de entrada al búnker de la familia Benítez López de Peña. Debía construir
rápidamente un abanico de opciones para estar cerca de sus víctimas sin ser detectado, sin atraer pensamientos
sospechosos, evitando la desconfianza. La excusa perfecta estaba servida frente a sus ojos. Ella no podía dedicarse
a la universidad a tiempo completo por las responsabilidades de casa, en especial las horas que demandaba el
pequeño Francisco. Pues, entonces, la mejor manera de ayudarla era que alguien le impartiese lecciones privadas de
cada una de las cátedras en su propia casa. Esto ayudaría a cumplir con todos los compromisos de ama de casa,
madre, esposa y quizás amante frustrada.
Sin miedo y a quemarropa, Iribarren se ofreció sin compromisos para ser el profesor privado de María Fernanda.
Propuso incluso un horario flexible de cuatro horas a la semana. Para él le resultaría fácil cuadrar los horarios fuera
de los servicios religiosos. De ese modo, ambos estarían satisfechos en la administración de sus tiempos. Para darle
abultado realismo a la ingenua propuesta, establecieron un pago honorífico en forma de donación a favor de la
congregación de los jesuitas. La mujer celebró con austeridad la oferta porque, a pesar de lo mucho que le
encantaba la posibilidad de retomar los estudios, su marido siempre tendría la última palabra. Se sintió honrada de
poder ser instruida por uno de los sacerdotes más intelectuales del momento, cuyas calificaciones en el seminario
opacaron al mejor erudito, con índices aprobatorios sobresalientes, en especial en las materias de latín y teología, las
favoritas de su potencial alumna.
La respetuosa mujer pensó en usar la complicidad del sacerdote para obtener la aprobación de su marido, pero,
para sorpresa de ambos, el general no ofreció resistencia al pedido de su esposa. Por el contrario, la indiferencia fue
la conducta más notoria. Iribarren pudo leer entre líneas la fragilidad del amor expresado por el esposo. Parecía que
la compañera sentimental del oficial en jefe no era más que una decoración, un estorbo, tal vez un artilugio facilitador
de objetivos en sus aspiraciones políticas y sociales, el amor se apreciaba forzado.
Alcanzado el propósito inicial, Iribarren festejó la sabia decisión de Benítez al autorizar las clases privadas de su
esposa. La simple posibilidad de ejecutar su venganza le producía una excitación malsana al sacerdote. No podía
entender lo fácil que había resultado penetrar en la vida hogareña del general. Parecía que el disfraz de clérigo había
demostrado su poder de inocuidad, capaz de esconder los más bajos sentimientos, los oscuros instintos, y la
podredumbre de un alma negra, vestida de sotana, cegada por el odio de la guerra. Su plan maestro, ideado
meticulosamente varios años antes, había generado la primera victoria, la primera cabeza de playa se alcanzó esa
misma noche. Era tiempo de celebración, de fiesta en el alma del vengador, los meses venideros prometían mucho
esfuerzo pero también muchas satisfacciones. El camino estaba trazado, el tiempo determinaría la consecución del
objetivo.
Capítulo 12
El verdadero legado de Benítez
El general Rafael Benítez fue el primogénito de la familia, el único varón de los cuatro descendientes de don Paco.
Recibió su nombre en honor al arcángel, de quien todos, por el lado materno, eran devotos en su hogar. Sobre todo
la mamá; ella fue quien escogió el nombre del pequeño, en franca disputa con su marido, que apreciaba un tanto más
al arcángel mayor, pero la insistencia de la esposa, sumada al poder económico de los suegros, doblegaron el deseo
del progenitor en la selección de la firma de su hijo. “Da igual”, pensó el abogado, “si ya vendrán otros hijos,
entonces alguno se llamará Miguel”. Pero el destino juguetón solo le regaló tres hermosas hijas, cortando así la saga
del apellido paterno y eliminando toda posibilidad de honrar al príncipe de la corte celestial con alguno de sus
herederos. Poco le importó al novato abogado dar su brazo a torcer, él no buscaría un conflicto con sus adinerados
padres políticos, que desde la misma ceremonia nupcial le abrieron mil puertas en su carrera como leguleyo.
Además, cuando se despidieran de este mundo, la tajada de la herencia que recibir por su mujer bien valía el
esfuerzo de sabia negociación matrimonial. Su bandera era la complacencia a cambio de un futuro pletórico de
éxitos, viajes, lujos, dinero, poder.
Desde muy niño, Rafael Benítez demostró dotes de mando, era algo que tenía muy marcado en sus genes,
especialmente del lado materno. Su progenitora, Rebeca Mondarín, era la tercera de las hijas de Esteban Gabriel
Mondarín, poderoso hacendado de la región de Jerez, dueño de interminables tierras donde pastaban miles de
cabezas de ganado vacuno, porcino y caballar. Además de la ganadería, era accionista de dos viñedos importantes
en la comarca. Su fortuna era desproporcionada en comparación con su humildad. Hombre de campo, rudo,
machista a ultranza, con una fuerza de diez hombres, había sacrificado su juventud al frente de la hacienda La
Esperanza, heredada de sus antepasados. A pesar de su tosca humanidad, poca formación académica y escueto
discurso, se le consideraba gran emprendedor en los negocios. Durante la guerra tuvo la habilidad de apoyar al
caudillo, brindarles alimento a sus tropas y varios donativos importantes en metálico para adquirir armas que le
diesen oxígeno a la revuelta contra los comunistas, casualmente dirigida por su nieto, sobre quien había recaído la
conquista de la región. Siempre les tuvo miedo a los rojos, les catalogaba de entes satánicos capaces de erosionar
naciones enteras. No les tenía un ápice de fe, y por eso jamás dudó en ser aliado incondicional del Generalísimo.
Don Esteban solía repetir a viva voz a todos los miembros del clan: “Dios nos regaló la vida, la fe, la esperanza, el
futuro… Entonces el diablo nos regaló el comunismo”. El gesto de apoyo a los nacionalistas le fue muy bien
retribuido luego de la victoria en Madrid, incrementando en muchos ceros las arcas del padre. Parecía que la fuerza,
agresividad y valentía del abuelo por parte de madre, sin dudarlo, fueron a parar al cuerpo del joven general Rafael
Benítez.
Durante la adolescencia el chico adquirió un cuerpo atlético. Siempre se ejercitaba en deportes o pruebas físicas
de alto impacto, esculpiendo, sin darse cuenta, una masa muscular perfectamente definida, sólida cual la de un
gladiador romano. Siempre que se enfrentaba a compañeros de clase, incluso de grados superiores o edades más
evolucionadas que la propia, él llevaba la victoria con poco esfuerzo pero mucha sangre del adversario. Para él la
victoria en el combate era algo tácito, disfrutaba quebrando huesos de sus retadores, desprendiendo dientes o
dejando ojos sangrantes. Eran como trofeos, pruebas irrefutables de su valor, demostración de su hombría, que en
repetidas veces le mereció fuertes sanciones, quejas y expulsiones de los colegios de turno por esa actitud
demasiado pendenciera.
Con dieciocho años decidió hacerse militar con el beneplácito de su padre y abuelo, que hicieron fiestas
patronales en el pueblo ante tan magno evento, mientras Rebeca, resignada, le encomendaba la vida de su hijo a san
Rafael. Entre llantos y novenas ofrecía su vida a cambio de protección para su querubín. Apenas iniciado en la
milicia, Benítez demostró capacidades de combate muy por encima de sus compañeros de promoción. Además,
sabía combinar la mezcla perfecta: agresividad con altas dosis de análisis, era estratégico, metódico, interpretaba con
rapidez tácticas de ataque, estrategias de acciones bélicas, de defensa o retaguardia. Sus calificaciones eran
sobresalientes a todo nivel, augurándole una carrera rápida, exitosa, en toda arma del ejército.
El único problema evidente, denunciado por dos de los sargentos a cargo del programa de formación de cadetes,
era el nivel hiperbólico de su agresividad, un sumatorio de sadismo con barbarie. La acusación no prosperó porque,
además de su talento innato, el cadete ostentaba el amparo de su apellido y abolengo, credenciales que en todo
campo profesional pueden, en ciertos momentos, opacar el lado oscuro o falta de nivel profesional, incluso en la
propia familia real.
Su celebridad se propagó como el fuego. En cada ascenso de graduación militar siempre era el encargado de
pronunciar el discurso ante la multitud de nuevos oficiales. Era ejemplo, modelo de referencia obligada que seguir,
razón por la cual, al inicio de la fatídica guerra de 1936, no demoró en ser parte esencial del círculo combatiente
preferido por el Generalísimo. Muchos al principio pensaron que ello se debía en parte a las relaciones de su abuelo
con el máximo jefe de tropa, pero la gran cantidad de bajas cobradas ante el enemigo en cada lucha cuerpo a
cuerpo despejó la presencia de dudas. Su ferocidad en batalla le valió el remoquete del Carnicero de Andalucía. No
le gustaba dejar prisioneros a su cargo, era más fácil ajusticiarles con el fin de incrementar el terror en las tropas
republicanas y a la vez obtener respeto entre los pobladores conquistados, no fuese a pasarles por la cabeza la idea
de cambiar de bando. Siempre afirmaba que “mientras más miedo infundes, menos resistencia cosechas”.
Su anillo de seguridad estaba formado por militares de poca monta que habían ascendido por valentía y
agresividad más que por talento, inteligencia o aspiraciones. De ese modo, era fácil evitar traiciones que afloran
cuando el subalterno puede superar al jefe en el plano estratégico. Benítez cuidaba al máximo cada detalle que se
interpusiese en su afán de escalar posiciones. Aspiraba a una carrera militar llena de medallas, que algún día colgaría
del cuello de su admirado padre, su gran mentor, su mejor amigo, el que le había enseñado el uso perfecto de los
principios maquiavélicos a la hora de alcanzar una meta sin importar el daño a terceros, cuartos o quintos. El único
guerrero de peso a quien en contadas ocasiones llegó a respetar fue la muerte, ese oponente que en algún momento
nos puede robar el don de la presencia. Pero el sadismo de retarla era la mejor vitamina para sobrevivir, llevándole a
un duelo cotidiano donde por ahora Benítez alzaba la bandera de una victoria que llegó a pensar que sería eterna.
Basaba esta pregonada inmortalidad en las balas que recibió en el frente de batalla en tres ocasiones, en combates
cuerpo a cuerpo. Una de ellas incluso le rozó el corazón, pero sin peligro mortal, con tan solo una corta estancia
forzada en el hospital que le obligó a un descanso aniquilador.
Si el éxito le sonreía en la conquista enemiga, no menos macabra era su imagen de carcelero, que opacaba sus
virtudes castrenses. En muchas ocasiones fue criticado por sus métodos inquisidores a la hora de interrogar a
militares del otro bando o a simples ciudadanos tachados de espías, rojos, anarquistas, o lo que fuese pecaminoso a
los ojos de los desconfiados nacionalistas. El propio Torquemada se habría horrorizado ante las técnicas para
obtener información utilizadas por Benítez. Para él no existía el papel del militar bueno o el militar malo. Cuando se
pedía cierta confesión, datos de guerra en manos del enemigo o alguna acusación por terceros, solo existía la figura
del verdugo, el ser siniestro, que suponía de forma unilateral la culpabilidad del acusado en primera instancia, aunque
si este sobrevivía o demostraba su poco frecuente exculpación podría contar con la libertad como premio.
Les tenía fobia a los detestables comunistas, a los cobardes, a los intelectuales, pero, sobre todo, a los
homosexuales, que consideraba excremento del ángel de la oscuridad. No podía entender la presencia de estos
últimos sobre la faz de la tierra. Se autoproclamaba homofóbico a ultranza. A los prisioneros los separaba según las
fobias anidadas en su corazón. El castigo, o, mejor dicho, el interrogatorio, dependía del tipo de prisionero. El abuso
en los interrogatorios fue motivo de especulación entre la tropa, que no entendía por qué se ensañaba tanto con los
presos, en especial, con los amantes del mismo sexo, a quienes siempre interrogaba desprovistos de vestimenta
alguna, en su mayoría con claras señas de tortura en todas las partes del cuerpo, llenos de quemaduras, de heridas
punzopenetrantes en áreas de concentración de nervios como axilas, entrepiernas, plantas de los pies, tetillas, labios,
ojos, pero, en ocasiones, con énfasis en la castración total. Consideraba los miembros viriles, en el caso de los
maricas, como solía llamarles, un trofeo, muestra de exorcismo corporal, de extirpación del pecado malsano de la
carne. Algunas veces los tajaba con un solo golpe, antes de introducirlos en la boca del penitente.
No le importaban las acusaciones. Él estaba para defender a España de las plagas que consideraba endémicas
durante esos años de sangre. Era su forma macabra de divertirse, de ganarse un nombre en la batalla, de ser
recordado. Insistía en que el tiempo le juzgaría, seguro de tener la razón, de haber protegido a la nación del enemigo
rojo, de los vicios y la perversión de la débil sociedad.
Uno de los casos, ciertamente notorio en su demencial limpieza moral, fue el de un soldado desertor del otro
bando, capturado en los bajos de un edificio abandonado. Lloraba el hombre presa del miedo, se entregó
enarbolando una bandera blanca muy rudimentaria, confeccionada con partes del maltrecho vendaje que le cubría
una herida en la cabeza, quizás ocasionada en alguna escaramuza previa a la toma del lugar. Ostentaba galones de
teniente, pero por su aspecto físico parecía ocupar un escalafón más bajo en la jefatura militar. Le trasladaron al
frente de batalla en presencia de Benítez, quien no soportó ver a un soldado con ojos de mujer, arrasados en
lágrimas, que temblaba como niño, un soldado que había empuñado el fusil con ademanes femeninos, según sus
captores. Rápidamente, las pruebas visuales le tildaron de homosexual. Fue llevado al cuartel general, le colgaron de
ambos brazos y fue flagelado por más de una hora. Benítez pidió entonces que todos salieran del recinto, que él se
encargaría de concluir el interrogatorio y ver qué dato de interés, aparte de su escasa hombría, podía sacarle al
prisionero.
La rudimentaria portezuela del calabozo se cerró, sellando así el destino del infeliz. En pocos minutos los gritos
desesperados se transformaron en alaridos hasta que Benítez tapó la boca del acusado con un trozo de tela de un
mugriento uniforme enemigo. El desenfrenado ulular del torturado se redujo a un ronco murmullo, un simple sonido
onomatopéyico. Poco a poco, el volumen fue cediendo, ahogándose en el aparente vacío infinito de la muerte física.
Transcurrieron unos quince minutos, solo el golpeteo de un hacha crujiendo sobre un tablón de madera delataba la
presencia de alguien en el interior de la mazmorra. El sonido era seco, como de un tallador en plena faena.
Finalmente, Benítez abrió la puerta. Su uniforme exhibía pruebas irrefutables de su locura homofóbica hacia el
desdichado reo. La ropa del castigador estaba impregnada de manchones rojizos, de sangre todavía caliente que
rezumaba de la tela verde olivo. Los guardias apenas observaron el cuarto de castigo, quedaron atónitos al descubrir
un cuerpo desmembrado, con las extremidades superiores esparcidas a ambos lados de la mesa de interrogación, el
tronco sentado en la silla y la cabeza descansando a su lado derecho. Nadie se atrevió a desperdiciar una simple
palabra, todos se miraron espantados, llenos de horror. Todos le temían al verdugo que exhalaba odio por sus
pupilas al punto de la excitación máxima, de un orgasmo frenético, jadeante de extraño placer, de un goce insano,
digno de un retorcido caso clínico de la psiquiatría moderna.
Benítez hizo un alto en su retirada, dio media vuelta, les ordenó a sus soldados que recogiesen el cadáver y lo
colocasen en cuatro cajas de madera, cada una marcada con un rótulo más amenazador que el otro, y que hiciesen
llegar el horrendo presente a las líneas enemigas para que los rojos entendiesen de una vez por todas el futuro que les
aguardaba.
La justificación pretendida por Benítez ante semejante atrocidad podía ser asimilada con facilidad por los burdos
partisanos, u oficiales sin estudios, sin valores humanos, como el grueso de la tropa. Pero el teniente Fermín
Andueza, de reconocida trayectoria académica, no comulgaba con el resultado de la salvaje ejecución.
Andueza era un mocetón navarro, de recia estirpe carlista. Su abuelo había peleado en el sitio de Bilbao y
acompañado a Carlos VII hasta el Bidasoa. Su padre luchaba en el Requeté de Pamplona y había gozado de la
confianza del general Mola. El nieto tomó las armas en julio de 1936, pero pronto cambió la boina roja de la
comunión tradicionalista por el uniforme del ejército. Su denuedo le había llevado pronto de alférez provisional a
teniente. Respetaba la jefatura de Benítez, a quien consideraba un gran oficial, pero estos exabruptos carecían de la
mínima intención de aprobación. El teniente fue el único en detallar cada una de las marcas tatuadas en el cadáver, y
revisó el corte de la carne. El instrumento usado fue un hacha de leñador con mucho filo, parte del armamento
personal de Benítez. Mientras revisaba el escenario de la desmembración, Andueza se percató de un peculiar detalle
algo confuso: el pene del prisionero había sido cercenado en estado de erección, pues el glande todavía vomitaba
diminutas porciones de semen. También el charco de sangre en torno del órgano masculino era muestra obvia de un
volumen anormal en el miembro en relajación. La duda irrigó la mente del astuto e inteligente militar. Todo
aparentaba excesivamente confuso, el tajo no era el mismo del resto de los tejidos, la distancia del cuerpo tampoco
coincidía. Era, en fin, un crimen horrendo, imposible de digerir, salpicado de incongruencias y sin justificación
posible.
Capítulo 13
Amores benditos. Amores de sangre
Iribarren abrió las puertas de su oficina privada para oír la confesión de tan ilustre visitante, María Fernanda, la
hija de don Toribio, el empresario de medios impresos más importante de España. La discreción era necesaria, el
protocolo siempre debía ser obligatorio en este tipo de ocasiones. Además, la mujer lo deseaba, lo disfrutaba con
locura: poder estar a solas con el sacerdote que despertaba malos pensamientos en las cortesanas del reino. Por otro
lado, la Iglesia habitualmente tiene la tendencia de desdoblarse en atenciones y privilegios hacia los poderosos
cuando estos lo requieren, muy en contraposición a la humildad impartida por Jesús; en fin, curiosidades del poder
celestial en la tierra. Para citar un simple ejemplo descriptivo, el sermón o quizás llamémosle discurso social en una
misa, en pleno velorio de un conciudadano común, de a pie, del populacho, dura lo que un suspiro en una pastelería,
pero si el deudo tiene las alforjas llenas, la misa se convierte casi en un concilio, sin importar que ante los ojos de
Dios todos somos iguales.
Ambos entraron algo nerviosos al recinto. El sacerdote le pidió a María Fernanda sentarse con bastante
proximidad para oír sus faltas con voz mesurada, sin testigos, sin interrupciones. Le brindó un vaso de agua fresca
para calmar la ansiedad, suavizar la tristeza dibujada en la mirada alicaída. Mi “princesa encantada” aceptó la oferta
sin rechistar, mientras secaba las últimas lágrimas antes de iniciar la conversación. Iribarren estaba muy deseoso de
escuchar el discurso; tenía sus sospechas, lo cual aumentaba el grado de excitación, de morbo. El sacerdote llevaba
meses impartiendo lecciones de filosofía en la casa de la familia Benítez. Había hecho un análisis detallado de los
conflictos presentes en la vida cotidiana de la pareja, conocía las debilidades de ambos personajes: la esposa sufrida,
con constantes demandas del marido egoísta, aislado, indiferente. Dejó que su huésped sorbiera un poco de líquido
incoloro. La epidermis de la dama comenzó a normalizar su coloración, la respiración reposó, la lucidez permitió que
la confesión se iniciase.
—Verá, padre, tengo mucho miedo o tal vez vergüenza en esta visita, padre, pero siento que es necesaria o me
volveré loca. Necesito hablarle a usted, a mi confidente. Lejos de casa, usted es el único que me puede ayudar a
salir de mis dudas, a poder acabar con los demonios que me carcomen —dijo María Fernanda con voz nerviosa.
—Hija mía, soy tu sacerdote, tu confesor, pero antes que eso soy tu amigo, puedes confiar en mí sin problemas.
Si está en mis manos ayudarte, sabes que lo haré sin vacilar, para eso somos amigos.
Las palabras del apuesto representante de la Iglesia aturdieron por completo a la desconsolada amiga. El timbre
de voz era melodioso, seductor, cautivador. Iribarren aprovechó el momento y clavó su mirada angelical en el alma
de su víctima. Sentía la necesidad de confundirla, de sacar provecho de su pena, sus debilidades, su miedo a la hora
de enfrentar a Dios. Quería hacerla pedazos poco a poco, claramente el cura sospechaba cuál era el motivo real de
la visita.
—¿Qué pasa con tu matrimonio, hija mía? Sois una pareja joven, feliz, dichosa, tenéis la bendición de un hermoso
hijo, Francisco, y unos padres divinos. ¿Qué pasa? ¿Cuál es el problema? —preguntó el cura haciéndose el
sorprendido.
—Bueno, sí, en parte tiene razón: soy feliz por las bendiciones de Dios. Tengo un buen hogar, y claro que mi hijo
es el corazón de mi existencia, sí. Pero en mi vida personal, digo, con mi marido, la cosa no anda bien… —exhaló
con tristeza la mujer.
—Es que no sé cómo me va a interpretar, pero no me siento del todo satisfecha con mi marido. Él viaja mucho
por sus compromisos en el ejército, siempre anda en misiones secretas, o tácticas de entrenamiento, todo viene
primero que el hogar. Además, hace ya bastante tiempo, desde que nació nuestro hijo, que casi no le provoco
deseo. No sé si usted entiende, me da pena, pero no me siento deseada. Es decir, estoy confundida, no sé qué… —
la timidez secó la voz a María Fernanda.
—No tenéis buena relación conyugal. Entonces debo suponer que no te hace el amor como tú quisieras o, mejor
dicho, con la frecuencia esperada por ti. Digamos que mi amigo Rafael no está cumpliendo con su compromiso de
esposo amoroso, ¿cierto, hija mía? —el confesor la ayudó a soltar la pena, a concentrarse en el pecado.
—Pues sí, es eso. Me da pena contárselo a usted, pero casi…, casi no hacemos el amor. No me dedica tiempo,
siempre tiene excusas. Está obsesionado con su carrera, con ascender, con la bendita promoción de llegar a ser
ministro de Defensa, y yo me siento muy sola. —Iribarren la interrumpió de golpe.
—Pero, hija mía, eso no es pecado, querer ser deseada es absolutamente lógico. Que como mujer necesites
recibir amor, el complemento en la relación, es normal. No veo pecado alguno; creo que debéis hablar, pedir ayuda
de un asesor matrimonial, quizás un psicólogo. Yo mismo te puedo recomendar uno de manera de encontrar un
equilibrio. Pero, por otra parte, debes también entender, y no lo estoy justificando, que tu marido hace bien en tener
aspiraciones. Es muy bueno, debes apoyarle, pues su triunfo es de toda la familia. Creo que debes comprenderle esa
parte laboral. Juntos debéis hablar por el bien de vuestro hijo; la ayuda externa profesional nunca está de sobra.
Todos los cónyuges al principio pasan por momentos difíciles, pero luego las reconciliaciones son benditas —
sentenció el sádico sacerdote, hurgando en la débil mujer que estaba a punto de reventar.
María Fernanda necesitaba una respuesta más pecaminosa que un simple consejero de hogar. Ella tenía el deseo a
flor de piel, necesitaba sentirse llena, amada, no quería ser un títere, quería tener orgasmos de felicidad, anhelaba
calmar su fuego sexual. La mujer quería abrirse de cuerpo y alma, pero la respuesta la intimidó, le cohibió la
inesperada reacción. Iribarren percibió el súbito cambio de ánimo en ella, y de repente jugó su mejor carta, el flirteo
ingenuo. Extendió la mano derecha, tomó los dedos resecos de la hermosa hembra a su lado, los acarició con
sensual toqueteo. María Fernanda sintió un remolino de sensaciones que le recorrían el epicentro de su deseo,
llevaba años sin degustar de ese roce calenturiento. Apretó los ojos en franca excitación que intentó disimular por
respeto a la casa de Dios. Saboreó sus labios mientras chocaba las rodillas, evitando los excesos de la lujuria
retenida que empezaba a sudar en los pliegues de la ingle. La extraña sensación ultimó al miedo y sin contemplación
le sepultó en el infinito. Valiente, abrió los ojos, miró fijamente a su fuente de placer momentáneo, que también la
observaba con pícara seducción poco respetable, dando a entender la reciprocidad en el sentimiento. Y con tono
serio, ella cantó su pena:
—Padre, mi pecado es gigante, tanto que usted quizás se asustaría. Créame, me siento sucia. Me siento peor que
María Magdalena antes de ser tocada por la bondad de Jesús. Estoy deseosa de un amor puro, intenso, de esos que
queman la piel. Mi verdadero pecado es desear con fervor obsesivo a otro hombre, deseo ser amada tierna y
salvajemente por un ser especial, diferente de lo conocido. El problema es que él también en cierto modo está
casado. Le deseo tanto que en las noches, sola en mi cama, me masturbo con la simple imagen de su rostro, de su
voz, su perfume. Ese es mi pecado, padre, la lujuria desenfrenada, el deseo malsano que me carcome. Pero lo peor
del caso es que se trata de un amor imposible ante los ojos de Dios. —La confesión aceleró la malicia del oyente.
—Ahora entiendo, hija mía. Pues sí, desear a la mujer o esposo de tu prójimo, sí, en cierto modo, es pecado,
tienes razón. Pero veo que tu corazón lo que grita con desenfreno es solo un deseo carnal. ¿Qué tal si no encuentras
amor? ¿Qué pasaría si en realidad solo estás viviendo un capricho? ¿No has pensado en esa posibilidad? —asintió el
cura, disfrazando sus malévolas intenciones.
—No, padre, siento en lo profundo de mi alma que puede ser un amor bonito, al menos mi corazón así lo siente y
él esta vez no se equivoca. Quisiera soñar que ese amor algún día será correspondido —recalcó María Fernanda.
—¿Puedo saber quién es el afortunado? Digo, porque debes tener mucho cuidado con el deseo alocado. Porque
si llega a enterarse tu marido, habrá un velorio en puertas.
Iribarren sonrió con sarcasmo, echando más leña a un fuego existencial peligroso. Quería saber hasta dónde era
capaz de llegar su futura conquista de guerra a la hora de desnudar el alma. Quería jugar al gato y al ratón;
necesitaba más argumentos para orquestar la solemne venganza, para golpear donde duele, aniquilando escapatoria
alguna. De improviso la frustrada esposa se quebró producto de las emociones, rompió a llorar, la calma se fue de
paseo, sus nervios estallaron en mil pedazos con tan solo imaginar la escena de posibles represalias por parte de su
marido contra ese amor bonito, acurrucado en el corazón, un amor que deseaba proteger incluso con su propia vida.
María Fernanda se inclinó sobre el confesor y lloró sobre su hombro mientras le balbuceaba el final de su verdad.
—Padre, no puedo decirle el nombre, sería un pecado, una blasfemia muy grande. Créame que es un ser
maravilloso, bendito. Créame que es un deseo bonito, pero imposible. Es un hombre prohibido, por eso necesito el
perdón divino. Se lo ruego, acabemos con este martirio. Haré mi mayor esfuerzo por sacarle de mi mente, pero
ayúdeme, deme su perdón —exigió con fuerza la atribulada mujer.
El sacerdote había llevado la conversación al límite. María Fernanda no tenía aliento para seguir; era presa fácil del
sensual ataque. Respetando la tradición, Iribarren le pidió rezar lo de siempre: tres padrenuestros y tres avemarías. Y
le prometió rezar por su alma en busca de paz, sosiego y unión familiar. Era su trabajo. Abrazó a la desdichada
esposa y la acompañó a la salida de la capilla, no sin antes reiterarle el compromiso de ayudarle en este pesado
trance matrimonial. Insistió en el diálogo entre los esposos como vía de solución, dando la impresión del buen pastor
que reparte tiernos consejos a sus ovejas cuando quieren descarriarse. En la puerta se dieron un abrazo
rompecostillas, de esos que insinúan placeres ocultos entre dos seres atraídos por un sentimiento carnal. María
Fernanda volvió a sentir mariposas en el estómago cuando recibió el apretón de pechos. Sintió que el deseo volvía a
seducirla, a sacudirla de pies a cabeza, que en la noche rozaría apasionadamente su entrepierna con la almohada
para saciar el deseo carnal en pleno apogeo.
El párroco la observó alejarse, más aturdida que cuando llegó. Estaba débil, entregada, lista para sucumbir en la
próxima batalla. Iribarren tenía las facciones hinchadas de alegría. El arte de la manipulación, la seducción, florecía
abundante en la humanidad del verdugo, que empezó a trotar en dirección a su despacho, el mismo lugar donde
momentáneamente convivieron en armonía lágrimas, deseo y pecado. Entró tarareando el aria de Turandot, “Al alba
vinciro, vincirooooo”, dando inicio a una celebración personal. Recorrió la oficina a todo su ancho, sin rumbo fijo,
repitió con selectiva pericia los momentos trascendentales de la conversación, los anotó en su agenda personal a
modo de frases puntuales que podrían ayudarle a orquestar el discurso idóneo para la próxima cita. La cabeza le
trabajaba a marchas forzadas, uniendo diferentes estratagemas. De pronto, se percató de un cabo suelto sumamente
delicado: el posible nombramiento de Benítez como ministro de Defensa, aunque le parecía poco probable, debido a
su juventud. O, quizás, por tratarse de un cargo político que no cuadraba con el espíritu guerrero del ahora general.
Sin embargo, no podía subestimar al enemigo. Los lazos de amistad entre el esposo de María Fernanda y el
Generalísimo podrían ser los padrinos del nuevo grado militar, y eso obligaba a acelerar los movimientos. El plan
debía ejecutarse antes del inminente ascenso, sería la estocada perfecta. Benítez debía ser destruido antes de que
pudiera alcanzar una posición más encumbrada.
Iribarren se sentó en el cómodo sillón de su lujosa oficina. Cogió en sus manos el calendario de cartón que
reposaba en su escritorio para calcular las fechas de los ascensos en el ejército. Le quedaban exactamente ocho
meses para alcanzar su meta; para ganar la guerra. Debía ser hábil en cubrir las etapas de su plan en ese corto
período de tiempo. Revisó las notas de su resumen sobre la confesión de la esposa solitaria. Pensó por unos minutos
mientras subrayaba un par de líneas importantes que le dieron luz verde a la segunda fase de la estratagema. Tomó el
auricular de su teléfono, marcó el número del cuartel general del ejército de Madrid y pidió hablar con Benítez en
persona. La cita se fijó para dentro de cuatro días, en el despacho de Iribarren, donde unos minutos antes la
hermosa dama había descubierto el lado débil del general. Iribarren confirmó la hora exacta del encuentro, colgó el
teléfono, abrió uno de los cajones de su escritorio, extrajo una botella de costosísimo brandy y se sirvió una copa
que saboreó con placer infinito. Una frase disparada al aire se le había escapado de sus pensamientos.
Los recuerdos se alborotaban en la mente del párroco. No podía creer que después de una década por fin tendría
de rodillas a su peor enemigo; tendría la posibilidad de arrancarle el corazón a la persona que acribilló su esperanza.
Capítulo 14
Los errores de Cupido o las causalidades funestas
La fiesta de celebración de otro aniversario del triunfo del caudillo fue el marco perfecto para que Cupido volviese
a errar en sus acciones. Corría el segundo año de la posguerra europea, el conflicto bélico en que Alemania se rindió
sin condiciones. La plana mayor de las fuerzas armadas de España se concentró en el salón de fiestas del alto mando
general para honrar la épica victoria alcanzada ocho primaveras atrás. Se dieron cita más de novecientos invitados,
de los cuales una buena porción eran representantes o dignatarios de diversos países, empresarios, políticos y mucha
prensa, encargada de perpetuar el recuerdo de aquella noche. Abundaba el característico ambiente de aduladores
del régimen en busca de beneficios. Los militares, por su lado, repetían el cansón discurso sobre la grandeza de sus
acciones en defensa de la patria contra el avance de los rojos, mientras las mujeres se ahogaban en banalidades
acordes a la época. Las solteras exhibían los atuendos de modistas famosos, siempre a la caza de un buen partido
que les asegurase el futuro material, sin importar el goce del alma.
Esa peculiar noche, don Toribio asistió a la ceremonia en compañía de su hermosa hija María Fernanda, avanzada
veinteañera, poco afín a los desmanes de la alta sociedad madrileña. La chica realmente prefería actividades mucho
más intelectuales que una fiesta plagada de hipocresía, cinismo, interés y frivolidad absoluta. Detestaba en particular
los discursos vacíos sobre trajes, diseñadores, viajes u otra parafernalia femenina de sus amigas de turno. También
sentía rechazo, asco, hacia el tema de la Guerra Civil; le parecía una página tragicómica del país en la que habían
muerto tantas almas inocentes. Trató de inventar mil excusas para no asistir a la conmemoración de las fuerzas
armadas, pero su madre estaba enferma y el empresario necesitaba compañía femenina. Era casi una orden del
Generalísimo, así que la responsabilidad de acompañante, muy a su pesar, recayó sobre ella. No había alternativa.
Por otro lado, su padre, por ser el presidente de la cámara de prensa, debía asistir de manera obligatoria por haber
sido el socio perfecto de los nacionalistas.
Cuando más nos empecinamos en escapar de nuestro destino, este nos hechiza casi forzosamente. La noche de la
famosa fiesta, sin la menor sospecha, se convertiría en el principio del triste final de mi “princesa encantada”. Desde
la entrada principal del salón, María Fernanda acompañó a su progenitor; no se le despegaba ni un instante. Quería
desperdiciar el tiempo obligado a su lado; de ese modo, podría evadir las tertulias insípidas del resto de los
asistentes. Pero el embrujo de su desdichada fortuna, en franco complot con el mismísimo demonio, la llevó de la
mano del Generalísimo a conocer al hombre con los atributos soñados por toda mujer: alto, fornido, varonil, de
buenos modales, con unos ojos de mirada penetrante, de esas que seducen a la distancia y, por si fuera poco, con
todo el poder, dinero y un futuro lleno de luz. Pero el amor es ciego, sordo y a veces tonto. Francisco Franco quizás
sirvió de celestina a dos seres disímiles en todo sentido. La fortuna oscura aprovechó el descuido, se coló en el lugar
equivocado, donde no debía, y decidió en contra de ambos. Esa noche María Fernanda estrechó por primera vez la
mano del famosísimo general Benítez, uno de los hombres de confianza del dictador. El simple roce de la piel fue el
chispazo que encendió el fuego de la curiosidad, del deseo involuntario, en la dama de sociedad. El uso del léxico
recatado, educado, con matices de disimulada humanidad, astutamente manejado y manipulado por Benítez, fue el
arma perfecta para embaucar a la exigente mujer que asistía a la romería sin deseo.
El encuentro fortuito fue ideal para ambos. Ella anhelaba conocer a un hombre con cultura, educación, valores, de
buen porte, sobre todo marcadamente varonil. Quería escapar de las necedades de su padre, que sentía especial
predilección por cierto pretendiente casi impuesto, un empresario textilero francés a nivel mundial, muy adinerado
obviamente. La holgada posición económica del francés alegraba a don Toribio y convertía al ilustre aspirante a
yerno en la mejor opción para la hija rebelde, que solo quería actuar movida por el intelecto, sueño poco alcanzable
para las mujeres de España en una colectividad bastante apocada y forzosamente conservadora.
En el caso de Benítez, la posibilidad de desposar a una dama de abolengo, amiga del caudillo, le venía como anillo
al dedo, pues además de la buena dote que recibir, le permitiría acallar rumores sobre su prolongada soltería. Benítez
era un general joven, pero solitario en los avatares del corazón. Todos los colegas ya habían extendido la dinastía de
sus apellidos. Solo él evadía la paternidad por considerarla un estorbo en su carrera. El destello sirvió de excusa
para entrar en conversación. María Fernanda cortó las amarras del brazo de su padre y emprendió la retirada con
dirección a la pista de baile, muy bien acompañada por el apuesto general y envidiada por el remanente de féminas.
Empezaron a seguir la melodía de un vals. Gracias a su formación de ballet, la joven pudo guiar a su acartonado
seductor, que solo conocía los movimientos al compás de la marcha militar. Pronto las miradas indiscretas de cientos
de Evas, tanto solteras como casadas, se convirtieron en lanzas de guerra. Mi “princesa encantada” sentía como se
clavaban en su esbelta figura. De la nada se había convertido en la molesta pelusa de todos los presentes; sin
quererlo, se apoderó del protagonismo absoluto de la noche. Era la mujer que logró sonsacar al duro soldado, el
más sanguinario de la guerra.
Bailaron un par de piezas hasta que él se cansó del vaivén de los pies. Gentilmente convidó a su compañera a
degustar unas copas del mejor champagne. Trago en mano, se trasladaron a los jardines del recinto, donde se podía
apreciar la espléndida luz de un cielo estrellado y con luna llena, perfecto decorado para una velada que prometía
mucho. Charlaron de lo más amenos por espacio de dos horas, tiempo suficiente para indagar detalles suficientes de
la vida de cada uno. María Fernanda estaba fascinada con los modales del hombre que vestía el uniforme de la
milicia. Jamás se imaginó que existiesen personas con tanta cultura y modales en el seno del ejército. Siempre les
había tildado de patanes, hombres sin futuro más allá de recibir e impartir órdenes por el resto de sus vidas. El
sortilegio de la noche apenas comenzaba. Pronto las mariposas rasgaban su estómago. Era, como ella había oído en
alguna ocasión decir a su madre, esa sensación, esa emoción llamada amor, amor del bueno, del que nace del
corazón a primera vista, del que se confía ciegamente.
Cuando la ceremonia llegó a su fin, los nuevos amigos sentimentales se despidieron con la firme promesa de
volverse a ver lo antes posible. Y así sucedió, en efecto, de una manera acelerada y fuera de lo esperado. Los
encuentros semanales se fueron multiplicando. María Fernanda incluso llegó a comentarles a sus padres que tenía una
amistad bastante seria con Benítez. La noticia confundió y molestó a don Toribio, porque este conocía las
debilidades y pecados de los hombres que visten ropas militares. El viejo insistía en su francés predilecto como
futuro hijo político, muy refinado tal vez, pero con muchas cualidades materiales. Si mi “princesa encantada” hubiese
hecho caso a las recomendaciones de su padre, quizás la vida le habría regalado menos lágrimas, menos dolor,
menos sangre injustificada.
Siete meses de noviazgo fueron suficientes para que los tórtolos decidieran contraer nupcias y legalizar sus deseos
carnales. El tiempo para conocerse fue muy breve. El padre se opuso cada día con más vehemencia, pero la típica
actitud cómplice, alcahueta, de madre e hija, logró reducir al dragón de la desconfianza. Si bien no era el mejor
candidato, según el viejo cascarrabias, él entendía que no podía amargarle el deseo a su propia hija. De lo contrario,
cargaría siempre con la culpa si algo salía mal y, de ser el caso, siempre habría tiempo para corregir.
La aceptación final del suegro llegó un mes antes de la fecha escogida por los futuros esposos para unirse en
sacramento matrimonial. La iglesia predestinada fue la majestuosa Catedral de Sevilla, usada habitualmente por las
novias de mayor alcurnia de la sociedad española. La ceremonia religiosa fue sencilla, por petición de la novia, pues
criticaba las zalamerías de la Iglesia en las celebraciones de los ricos. La liturgia estuvo a cargo del obispo, que contó
con el apoyo de un grupo de cuatro seminaristas que hicieron de monaguillos. Iribarren simplemente fue uno de los
acólitos.
El banquete fue responsabilidad entera de don Toribio. El feliz padre de la novia derrochó una fortuna en la
decoración, comida, bebidas y entretenimiento; todos los detalles fueron cubiertos con exquisitez faraónica. Era
predecible, pues se casaba la niña mimada, la reina de su vida. La lista de invitados era interminable,toda España
comentó la boda, por lo menos hasta un mes después. El propio Generalísimo les dio la bendición a los novios,
impartiéndole mayor notoriedad al acontecimiento, que llegó a trascender fronteras.
En los dos primeros meses de matrimonio apareció la primera gran noticia: María Fernanda estaba embarazada.
La anunciación dejó sin habla a los futuros abuelos. Todos en ambas familias lo festejaron con saraos, mucho vino y
rezos por la salud del angelito que estaba por nacer en los meses venideros. La familia Benítez López de Peña
irradiaba felicidad. La futura madre sentía los cambios en su vientre, disfrutaba de la bendición de ser madre, del
privilegio único de ser portadora de vida. En sus ratos libres solía dedicarle oraciones de agradecimiento a la Virgen
del Carmen, también a la del Rocío, la patrona de su corazón. Estaba en total plenitud, llena de júbilo por tener un
marido perfecto, su primer hijo por llegar y un norte saturado de alegrías. La felicidad opacaba la insospechada
tragedia que le tocaría vivir y que pronto comenzaría y la convertiría en un alma en pena.
Capítulo 15
El dulce sabor de la venganza
El general Benítez acudió a la cita pautada con el párroco de la Iglesia de San Agustín. El reloj marcaba las tres de
la tarde, pero la entrada de la capilla estaba cerrada. El visitante se extrañó; estaba seguro de la hora acordada, pero
nadie le esperaba. Golpeó la vieja puerta de madera sin éxito en la respuesta. Como buen militar, no soportaba la
irresponsabilidad de las personas con el manejo del tiempo, pero por tratarse de una cita con el confesor de su
esposa pensó que valdría la pena desperdiciar unos minutos de su apretada agenda. Iribarren miraba a la confundida
liebre desde un pequeño ventanal, estratégicamente ubicado en el costado del pasillo del seminario adjunto a la
estructura de la antigua iglesia. Con su estrategia, el cura buscaba desconcentrar al general. Estaba informado del
carácter agresivo del oficial, era tarea fácil sacarle de sus casillas. Si empezaban la reunión con una dosis de molestia,
tal vez se generase un nivel de respuesta impulsiva, rápida, sin mucho pensar, que jugaría a favor de Iribarren, que
había cuidado todos los detalles.
Diez minutos de tardanza fueron suficientes. El crujido de la oxidada manija indicaba que el lugar sería abierto al
público. Benítez suspiró y ambos se encontraron frente a frente. El cura ofreció un cálido abrazo en señal de disculpa
y obsequió un par de frases en justificación de su demora. Aclarado el percance, los dos sirvientes de ejércitos
disímiles aunque altamente compenetrados en la repartición del poder se adentraron en los salones privados del
lugar. Una vez en su despacho, el párroco sirvió dos tazas de aromático café, endulzado con toques de vainilla, en
perfecta armonía con buenos chorros de exquisito brandy para triplicar el carácter del negruzco elíxir. Intentando
romper el hielo, Iribarren comenzó a describir con lujo de detalles parte de la historia de la sagrada capilla, los
frescos, las obras de arte que formaban la decoración barroca del recinto. A continuación, preguntó por los
miembros de la familia de su oyente en actitud bastante sociable, pero nada motivó a Benítez, quien, nervioso por el
recorrido del minutero, le pidió a su compañero de tertulia forzada apurar el paso y entrar en materia.
—Tiene razón, general; disculpe usted mis palabras, pero ya sabe cómo somos los miembros de la Iglesia: nos
encanta charlar, a veces más de la cuenta.
—No hay problema, padre. El tema es que tengo algo de prisa. Me gustaría saber por qué me pidió con sobrada
insistencia venir a esta cita. Le ruego mil disculpas si le ofendo, pero prefiero que ahorre sus desvaríos. Le agradezco
de todo corazón la buena voluntad, pero vayamos al grano. Y si es por un donativo, no hacía falta tanto protocolo,
dígame cuál es la urgencia —demandó el general en tono recio.
—No, hijo, no se trata de un diezmo. Bueno, verá usted, mi querido don Rafael: como bien sabe, soy el confesor
de su amada esposa. Además, hemos establecido una bonita amistad, ella y yo. Obviamente quiero mucho a su
familia, especialmente a vuestro hijo y, bueno, estoy un poco preocupado por el matrimonio, digo, por la relación
conyugal que ustedes tienen hoy en día.
Iribarren finalizó la confusa introducción con voz tímida, apenado, disminuido, como queriendo opinar en un tema
privado, entrometerse en asuntos de pareja sin haber tenido la autorización del caso. El general arrugó la frente; no
entendía la razón de semejante conversación insípida, disparatada, digna de viejas comadres. Alzó la voz con el tono
altivo de tropa y pasó a ser el interrogador.
—Dígame algo, padre, ¿acaso mi esposa le ha comentado algo en su confesión? ¿Usted me está revelando ese
secreto tan sagrado o es una broma de mal gusto? En el supuesto, negado, de que así hubiese sido tal revelación,
usted está muy errado, ya que mi matrimonio sigue siendo perfecto. Disculpe usted, pero esta charla me aburre. No
sé de qué carajos hablan usted y mi esposa en las clases de teología, creo que ambos pierden el tiempo y las
neuronas. Lo más sano es que suspendan las ridículas tertulias —ripostó groseramente Benítez.
—Hijo mío, yo jamás revelaría una confesión, así fuese la de un asesino desalmado, aun a costa de mi vida; sabe
que es pecado mortal hacerlo. Tranquilízate, tu esposa no me ha confesado problema alguno. Para ser franco, no
con detalles, es decir, no hubo acción verbal recriminatoria; son intuiciones de fe —comentó el astuto expositor
vestido de santo.
—¿Qué me quiere decir, padre, con eso de “bueno, no con detalle”, “intuiciones de fe”? ¿Qué carajo es eso?
Vayamos al grano, joder; o ha dicho algo, se ha quejado, o no. Es imposible estar medio preñado, ¿no cree usted?
O es blanco o es negro; así de simple es la verdad. —Iribarren sonrió en tono burlesco dándole motivos de rabia a
su oyente.
—Llevas razón, hijo mío; suena confuso el mensaje. Pues, entonces, déjame tratar de ser más explícito. Como has
de comprender, en nuestra profesión más allá de representar a Dios en la Tierra, de servir de pastores, guías y
guardianes del mensaje divino, también somos seres de carne y hueso, somos personas con ciertas dotes y con
sólida formación académica fuera de la Iglesia. Muchas veces, gracias a nuestro uniforme, nos convertimos en
psiquiatras de nuestros fieles, que tratan de obtener alivio de sus pesares, faltas de fe o actitudes familiares complejas
—aclaró el sabio sacerdote ganándose la atención del soldado.
—Perfecto, padre, todo eso lo acepto, pero sigo sin entender. ¿Qué carajo tiene eso que ver con mi matrimonio,
con mi vida privada? De verdad, perdone mi sinceridad, es que no le entiendo ni un poquito.
—Hijo mío, por conversaciones aisladas con tu esposa, su mirada perdida, ausente, ciertos ademanes, algunas
frases demostrativas de seres infelices, infiero la posibilidad, repito, solo la posibilidad, de cierta frustración en la vida
matrimonial de mi querida hija María Fernanda. Es normal, las mujeres son seres hormonales, difíciles de entender,
cosa nada fuera de lugar en los tiempos actuales. Pero como bien sabes, vosotros sois mis devotos favoritos, me
preocupa vuestra felicidad total, por eso te hice llamar. Agradezco tu confianza en venir, de veras solo pretendo ser
el drenaje de vuestras tristezas. Mi único interés es ayudaros, veros siempre felices.
Las frases del sacerdote, medidas con sutileza quirúrgica, comenzaban a enrarecer el entorno de Benítez,
comenzaban a sacarle de sus casillas, a perturbarle. Ese era precisamente el plan trazado por el malévolo hombre de
sotana. Podía salir victorioso en la contienda si lograba la confianza del inseguro oficial. El encuadre perfecto estaba
en la relación matrimonial, su talón de Aquiles. El militar había procurado siempre transmitir una imagen impecable en
el aspecto social, los rumores a flor de piel le aterraban.
—Padre, agradezco su preocupación, pero creo que se ha equivocado de matrimonio. Somos muy felices. Entre
usted y yo: deseamos buscarle un hermanito a Francisco, para completar la pareja. Gracias por su tiempo, pero esta
conversación no lleva a ningún lado. Por último, le ruego que no se meta en mis asuntos familiares. El hecho de que
usted sea el maestro y confesor de mi esposa no le da la autoridad moral para opinar.
Benítez certificó con vehemencia su maravillosa realidad familiar, se levantó del diván, tomó la gorra que
complementaba su uniforme de gala e intentó despedirse. Para él la conversación había terminado. Pero su verdugo
tenía más pólvora en el cañón y decidió actuar con agilidad felina. Soltando el peor de los venenos, liberó el demonio
más mortífero para el alma de los condenados: explotó el ego de su inocente víctima a niveles inusuales.
—Bien, puede que sea cierto lo que usted dice. Le ruego sepa disculpar mi atrevimiento. Yo solo quería advertirle
de los peligros que implica una mujer frustrada, recelosa e insatisfecha para la carrera de todo hombre exitoso como
usted, sobre todo ahora cuando todo indica que usted será ascendido a ministro de Defensa. En estos momentos es
cuando necesita evitar síntomas de ruido en su imagen intachable, exitosa, profesional a toda prueba. Mi querido
Benítez, usted debe ser más astuto que su mujer, precavido, no sea que María Fernanda en algún vahído emocional
suelte rumores inapropiados para su carrera, hijo mío.
El alcaloide verbal retumbó en los oídos del militar como un trueno en pleno huracán. La conversación empezaba
a inquietarle. Ahora la agreste advertencia le despertaba la duda, el miedo, ante el único interés de su vida: la carrera
profesional. Benítez miró con respeto al ingenioso pastor de hombres en busca de otras verdades. Volteó la mirada,
apretó el mentón, concentró el sentido auditivo y decidió proseguir con la charla, que de manera repentina había
cobrado un matiz mucho más interesante; la flaqueza del soldado era el trofeo del cura. La camaradería fingida
apareció de lleno.
—Vamos, hijo, habría que ser tonto, ciego o estúpido para no darse cuenta de que eres el mejor de tu
promoción, eres el candidato ideal, con las mejores calificaciones. Tú, el hombre de confianza del Generalísimo.
¡Joder, qué más quieres que diga! No me subestimes, coño. —El discurso adulador excitaba el ego del general.
—¿Vas a seguir con el tema, coño? Te he dicho que no, hijo; la pobre solo tiene el alma en el piso por tu carrera,
entiéndelo, tiene miedo de tu éxito. La noticia se comenta en los pasillos del cuartel. ¿O es que se te olvida que soy
el capellán de la guarnición del ejército en pleno centro de Madrid, que conozco a toda la tropa? Además, no te
hagas el ingenuo, lo de tu nombramiento es comentario habitual de pasillo, ya todos lo celebran, es noticia vieja.
Benítez estaba al borde del clímax, con el ego hinchado, cual globo de helio. Los pies no tocaban el suelo, su alma
flotaba de dicha en el aire. Estaba impresionado porque supuestamente el rumor había traspasado los muros del
cuartel y hasta llegado a oídos de un simple sacerdote. El sorprendido militar no cabía en su uniforme. El vivaz sayón
lo entendió rápidamente. Ya el toro estaba herido de muerte, solo faltaba la estocada final, la espada que partiría el
corazón de la bestia. El embiste final sonó con fanfarria, la adulación por venir produciría orgasmos a granel en el
vanidoso hombre de armas.
—Hijo mío, ¿quieres que te sea absolutamente sincero? Que conste que lo hago por el cariño que os tengo, pero
júrame que jamás divulgarás que yo te lo comenté. Es un secreto entre nosotros dos, casi de confesión. El propio
Francisco Franco me adelantó lo del nombramiento en una charla rutinaria. El único temor es tu edad, consideran
que te falta un poco de antigüedad, pero la mayoría en el alto mando aceptará tu nuevo cargo, no temas.
Con semejante ficción la liebre cayó en la jaula. Benítez casi sufrió un paro del miocardio cuando la confesión del
sacerdote le violentó los oídos. El máximo líder del país tenía la decisión tomada. El sueño de mayor aspiración por
militar alguno estaba a punto de coronarse en su favor. Inmediatamente se paseó por los posibles escenarios, una vez
que fuese nombrado para ese máximo honor. Ya se sentía el hombre más fuerte de España después del
Generalísimo. ¿Quién quita? Si el viejo Franco muriese antes de lo previsto, él estaría al mando de todas las fuerzas
armadas, él dirigiría al país. Disfrutaba fantaseando con todos los privilegios que recibiría nacional e
internacionalmente. Su nombre decoraría las primeras planas de los diarios famosos, dentro y fuera de España,
convirtiéndose en un semidiós, un auténtico emperador. Su ego aumentaba de volumen, a niveles casi orgásmicos
cuando Iribarren le obligó a aterrizar despavorido otra vez por sus aseveraciones sobre la crisis hogareña, el
principal problema por resolver. Ese que le podía traer problemas.
—Ahora entiendes el porqué de mis preocupaciones. ¿Te imaginas qué pasaría si tu mujer comentase entre su
círculo de amigas algún pensamiento, acción u omisión de tu parte, que pudiera abrir una caja de Pandora en las
retorcidas mentes de tus adversarios? Tú más que nadie sabes el riesgo del chisme en los altos cargos del gabinete
ministerial, en el cinismo de palacio, donde las palabras mal comentadas pueden asesinar sueños. Tienes una hoja de
vida intachable; créeme que no es el momento de empezar a ennegrecerla. Por eso te mandé llamar, para advertirte
de mis percepciones. Solo de eso se trata, del potencial riesgo que afrontas al lidiar con una “supuesta” mujer infeliz,
muy expuesta a cometer locuras de lengua ligera. No me interesan tus intimidades, ni si la has traicionado o no. Solo
quiero ayudarte. Tú me importas mucho, pero debes aprender a usar mejor el lado político o tendrás muchos
problemas por causa de tu mujer.
Las falsas verdades, orquestadas por la brillante sapiencia de Iribarren, permitieron germinar destellos de alarma
en el subconsciente del aspirante a ministro. El macabro plan estaba dando sus frutos a velocidades insospechadas.
En menos de una semana, el sacerdote se había adueñado de dos almas en pena. Marido y mujer estaban bajo el
dominio del camaleónico prelado. Era cuestión de días iniciar la seducción final, el golpe maestro, el dominio de
cuerpo y alma, las acciones que le ayudarían a cobrar revancha por la sangre derramada. Tristemente los
acontecimientos funestos estaban escritos en el futuro de mi “princesa encantada”. Benítez analizaba el código,
descifraba cada palabra implícita para evitar posibles adversidades. Bajó la cabeza, suspiró con aliento entrecortado;
aceptó sus debilidades buscando clemencia, intentando pedir ayuda para lograr sus objetivos. Sentía la necesidad de
neutralizar los sentimientos negativos de la solitaria esposa.
—Ahora le entiendo, padre. Reconozco que llevo tiempo muy concentrado en mi carrera, le he dado prioridad.
Es cierto, tal vez no he dedicado mucho esfuerzo a mi labor de padre de familia o de marido ejemplar. Pero entienda
usted mi posición: todo el esfuerzo por superarme al final es en beneficio de la familia.
Iribarren estaba de pie, detrás del respaldar donde descansaba el tronco de su nuevo mejor amigo. Se le acercó
lentamente, midiendo sus próximos pasos y colocó las manos sobre los hombros del general y los apretó con fuerza
bruta, varonil. Una corriente peculiar transitó en el cuerpo de Benítez. Una sensación casi imperceptible de placer, un
silente jadeo, muestra indudable de cierto metalenguaje sensorial, se filtró en el soldado. Decidió entregarse
ciegamente a las recomendaciones que compartiría su futuro confesor para garantizarle paz y amor en el descuidado
hogar.
—Está bien, hijo, eso es normal. El hombre de la casa dedica la mayor parte de su trabajo al sustento de la
familia. Pero debes recordar que las mujeres son como niños, ingenuas, que jamás maduran. También suelen ser
enemigos peligrosos, vengativos. Vienen al mundo con el don de la manipulación, saben usar todas las armas
posibles a la hora de reaccionar frente a un sentimiento que consideran negativo. De entrada, simplemente, te sugiero
que cambies un poco tu ritmo cotidiano, hazte amigo de ella, al menos hasta alcanzar tu nuevo cargo. Por ahora,
sedúcela; inténtalo, dedícale más tiempo del normal, trata de borrar los residuos de tristeza, justificada o no. Debes
ser actor, haz el esfuerzo. Trata de convertirte en múltiples personalidades. Vuelve a ser el novio romántico,
detallista. Debes acallar las razones de llanto. Recuerda que está en juego tu carrera, tu prestigio, tu esfuerzo de toda
la vida. Por último, pero no menos relevante, debes evitar a toda costa molestias o intentonas de separación
conyugal, eso mancharía tu imagen. Resultaría nefasto para tus aspiraciones. No puedes estar soltero. Dale otro hijo
si es posible, tal vez eso la calme.
Benítez lucubraba estrategias que seguir. En definitiva, su inesperado reto era convertirse por segunda vez en el
teatrero que sedujo a la doncella en una fiesta por puro interés materialista, político y social. Debía desbordar su
hombría en el cuerpo de la esposa desatendida. Satisfacerla, a pesar de excusa alguna, además, era un trabajo de
poco tiempo. Una vez consumado el ascenso, todo volvería a ser normal en la retorcida vida del general. También
necesitaba desperdiciar más horas con los suegros. No era buena idea que María Fernanda hubiese comentado algo
con sus padres que pudiera resquebrajar la imagen del esposo abnegado que alguna vez esculpió por beneficio
propio. La estratagema parecía lógica a simple vista; un poco de roce, algo de sudor en la cama, y luego, a celebrar
la conquista profesional.
Aclarado el motivo real de la cita, Benítez agradeció el gesto de su nuevo asesor de imagen familiar. Aprovechó la
visita a la capilla para dar un donativo bastante atractivo, se comprometió, bajo juramento, a visitar al párroco una
vez por semana para confesar sus faltas, hacer penitencia en busca de paz espiritual, y ante todo seguir las
recomendaciones. Se despidieron con un afectuoso abrazo, muy diferente al protocolar de la entrada. Esta vez los
cuerpos se fusionaron en perfecta armonía, con un toque de rara atracción.
Iribarren cerró la puerta de su despacho, feliz por la conquista. La fiera resultó bastante asténica; fuera de lo
esperado. El argumento marchaba con viento a favor. Pronto el odio cosecharía sangre, tal como estaba escrito en el
corazón del sádico hombre disfrazado de santo.
*****
A solas en su habitación Iribarren repasaba las notas que había almacenado durante los años de investigación
sobre la carrera militar de su detestable enemigo, ahora expuesto en demasía. Ya había logrado trasponer su entorno
de seguridad, se había ganado la confianza de la esposa del general. Adicionalmente y sin mayor resistencia, el
destino había facilitado la camaradería entre ambos, y de improviso había logrado convertirse en el nuevo manejador
y confesor del posible candidato a ocupar el ministerio más importante del régimen. A partir de ahora, en teoría, los
sabios consejos del sacerdote decretarían acciones en la conducta de Benítez para ayudarle a conquistar la más alta
graduación en la milicia. Definitivamente, las almas débiles siempre son los mejores socios para alcanzar todo
propósito.
Con pericia detectivesca, el párroco volvió a leer los documentos que recopiló durante los últimos diez años de
proceso investigativo. La única forma de derrotar al poderoso contrincante era demostrar su lado putrefacto, llevarle
al nivel de la humillación, la degradación, el peor de los tóxicos en la moral de los hombres con carrera militar.
Porque toda tentativa legal, por muy transparente que pareciese, escudada en los abusos o crímenes de guerra
cometidos en sus tiempos de capitán o coronel, sería inequívocamente desechada, porque la justicia generalmente es
mimética, alcahueteando al líder de turno. El que ostenta el poder siempre tiene una carta bajo la manga, una
coartada, que “casualmente” a todas luces le exime de culpas o castigos. Era parte de la barbarie que se comete en
tiempos de confrontación bélica, estaba políticamente aceptado como excusa ante la victoria inminente, porque,
básicamente, “el fin justifica los medios”. En otro caso, la reputación de Benítez daba la impresión de ser a prueba de
balas, de argumentos existenciales o de envidias profesionales; poseía cierto efecto teflón que le ayudaba a repeler
las malas noticias en su contra. Pero la retorcida mente de Iribarren estaba convencida de que su enemigo disimulaba
o protegía un lado humano débil, un talón de Aquiles maquillado pero no invisible, capaz de destruir su carrera, de
convertir su existencia en una pesadilla, en la que la muerte se convertiría en un merecido trofeo.
Una y otra vez leyó los cinco casos de abusos atribuidos a Benítez. Comparó las escuetas notas de los
expedientes archivados en el baúl de los acertijos sin resolver de la comandancia general con los escritos de los
militares que había entrevistado en los cuarteles donde ejerció como capellán antes de ser trasladado a Madrid.
También incorporó las frases, ideas o chácharas divulgadas por antiguos subalternos del ahora general cuando, bajo
el amparo del secreto de confesión, les pudo arrancar ciertas inferencias basadas en pecados convertidos en dudas,
gracias a las habladurías de cuartel, chismes que siempre nacen de una verdad oculta. Con detenimiento aglutinó
todas las fichas del rompecabezas hasta formar un patrón psicológico, o más bien patológico, de su futura víctima.
Los cinco expedientes, los conocidos hasta la fecha, tenían en común varios elementos. Especial consideración
merecían la tendencia homosexual de los ajusticiados; las marcas corporales, laceraciones o heridas cutáneas casi
siempre eran en las mismas zonas; en repetidas ocasiones los cuerpos estaban desnudos, colgados del techo con los
brazos dislocados; todos menos uno indicaban cercenamiento del miembro masculino, y al único prisionero que no
había sufrido tal amputación le sodomizaron con un cilindro de madera antes de morir.
Este ajusticiamiento era el último eslabón en la cadena de crímenes, específicamente cuatro meses antes del
asesinato del teniente Andueza, vilmente emboscado en Oviedo, junto a dos soldados de confianza, mientras
cumplían una misión absurda, injustificada, ilógica. La operación secreta la ordenó su amigo y superior, el coronel
Benítez. Ninguno de los reos era militar. Todos fueron sentenciados sin juicio público. Tres de los casos habían sido
denunciados por el pundonoroso militar carlista, dando pie al rumor entre los reclutas de una posible represalia por
parte del sanguinario Benítez. Se especuló sobre la existencia de algún secreto bastante turbio como justificación de
un desquite. El murmullo en los pasillos se convirtió en enigma y sembró la duda entre los compañeros de armas.
Pero la cobardía acalló las voces conspirativas y terminó por archivar otro caso sin solución. De nada valieron las
súplicas, los reclamos y las pruebas de la viuda y la madre de Andueza. Las averiguaciones no arrojaron evidencia
clara, determinante y sólida contra Benítez.
Iribarren no tenía dudas. El rompecabezas de la personalidad del futuro ministro de Defensa estaba prácticamente
definido. Los hechos eran concluyentes. El hallazgo del sacerdote era prácticamente el mismo que sentenció la
muerte de tres oficiales en Oviedo. El secreto, oculto bajo el manto de un uniforme de combate, estaba próximo a
ser revelado. Solo había un problema mayúsculo: lograr la confesión del acusado bajo la presión de su núcleo social
y profesional, que la deshonra se convirtiese en el dedo acusador, en la verdad lapidaria, la única aseveración
irrefutable para expeler de las fuerzas armadas al insigne verdugo, dejándole como única opción la muerte
deshonrosa. El sacerdote meditaba. Entendía que el plan era un poco peculiar, tal vez descabellado, pero con altas
posibilidades de éxito. De todos modos, si por alguna razón llegase a fallar, el manto eclesiástico sería su
salvoconducto para evadir la muerte. Iribarren estaba decidido, y en menos de dos semanas empezaría la fiesta.
Capítulo 16
Amor forzado, orgasmos desperdiciados
Acatando las recomendaciones impartidas por su nuevo mejor amigo, el general Benítez reservó la suite
presidencial del hotel Imperial. La selecta habitación era un espacio de aproximadamente ochenta metros cuadrados,
ocupada la mayor parte del tiempo por diplomáticos. Su coste por noche bien equivalía al salario anual de un
empleado básico en Madrid, pero la ocasión ameritaba el exceso. La morada transitoria estaba distribuida en tres
áreas principales: una sala central bastante espaciosa, decorada con sofisticada selección de sofás de cuero
capitoneado, estilo inglés de principios de siglo. El de mayor tamaño estaba tapizado con pieles de tonalidad marrón
oscuro, muy semejante a una gota de vino tinto; tenía capacidad para cuatro personas sentadas con comodidad e
independencia. En ambos extremos del mueble emergían dos mesas redondas de caoba oscura, rojiza intensa,
talladas a mano. Lucían en toda la circunferencia superior variados formatos de hojas de árboles, predominando la
enredadera, que hacía las veces de cuerda anudada. Sobre las elegantes mesillas descansaban dos lámparas
metálicas color ocre, oxidado, corroído, de cuyo mástil colgaban ocho cuerdas con incrustaciones de lágrimas de
cristal que proyectaban cientos de formas multicolores que lograban inundar el espacioso salón. Formando un ángulo
recto con el tronco de la fuente de luz que servía de vértice, se apreciaban dos butacas en cada extremo del
posamanos del gigantesco sofá. Eran dos sillas extremadamente disímiles, dispuestas con la intención de crear un
collage multiforme y de estilo ecléctico a lo ancho del salón de estar. Una de las butacas, tapizada en tela, recreaba
una escena en los campos de caza en la temporada del zorro. Hombres a caballo, guiados por perros, perseguían su
presa. El segundo sillón auxiliar coincidía con el estilo del mueble principal, diferenciándose de este por el color, un
verde olivo joven que rompía la mínima intención de equilibrio cromático o decorativo. En total había asientos para
ocho invitados, ideal para reuniones de trabajo, atender a la prensa o simplemente para disfrutar del tiempo muerto
cómodamente. Las paredes de esa área estaban tapizadas con un papel especial, corrugado, silueteado de forma
casi imperceptible en la distancia con elementos romanos tradicionales, compuestos por la emblemática loba
capitolina, columnas, edificios del Senado, el tradicional foro, carruajes del emperador, etc., de color blanco ostra,
suavemente opaco, que resaltaba la presencia del variado tipo de mobiliario, produciendo una sensación de mayor
amplitud. Las cortinas de seda persa respetaban los mismos tonos de las paredes, con un grado extra de oscuridad
en el tinte, y hacían las veces de filtro solar.
El dormitorio principal rompía radicalmente con la simpleza de la entrada. Toda la decoración era absoluta
imitación del barroco francés. La cama, un cuadrado perfecto de dos metros por lado, fuera de lugar en los hogares
de la posguerra europea, parecía extraída de los aposentos de algún castillo, reservada solo para reyes o
emperadores. La estancia estaba saturada de muebles, decorada con exceso en todos los sentidos. Tan solo la
peinadora contenía cerca de mil figuras decorativas, desde los pies en forma de patas de león hasta la cúspide del
espejo oval, que servía como ayudante de los huéspedes en sus retoques faciales, o multiplicaba el reflejo morboso
de los placeres de la carne en noches de efervescente lujuria.
Benítez se esmeró en preparar el campo de batalla. Ordenó tres botellas de champagne Cristal. Una fue
depositada en la mesa de la sala principal; las otras dos reposaban sudorosas en la recámara principal a ambos lados
de la cama. Además, encargó un ramo de rosas, combinando blancas con azules, los colores preferidos de su
amada. También se tomó la molestia de comprar una bolsa saturada de pétalos rojos que fue esparciendo en todo el
recinto. Se sentía extraño organizando minuciosamente una cita íntima. Contrastaba en exceso con su personalidad
egoísta, agreste, pero la misión así lo exigía. Debía cuidar de todos los detalles que a las mujeres les alimentan la
esperanza. Como guindilla, impregnó el aire de la habitación con el perfume de jazmín, el aroma predilecto de su
invitada de honor.
A las siete de la noche, el general pasó por casa en busca de su esposa. La sorprendió con la chistosa e
incongruente propuesta, pues desde que María Fernanda superó la cuarentena del parto, el calor hormonal había ido
menguando gradualmente en su cuerpo. La necesidad de compartir momentos juntos, íntimos y privados, se había
marchitado. Los encuentros sociales de la pareja se limitaban prácticamente a las escasas celebraciones
conmemorativas de actos en los salones de fiesta del cuartel, en que por mandato del Generalísimo la presencia de
todas las esposas era obligatoria. El grado de apatía entre la pareja le hizo pensar a María Fernanda que el niño
había sembrado la falta de deseo en su marido. Por mucho que se esforzó en seducir al general usando las típicas
artimañas de embrujo, siempre hubo un pretexto, una negativa al roce carnal o social.
Esa noche, al recibir la tamaña sorpresa de la invitación a cenar, María Fernanda por un instante pensó que su
marido estaba bromeando, o que alguna bebida espirituosa le había mudado el ánimo. La insistencia de Benítez
demostró que sus intenciones eran ciertas; la celebración estaba en puertas, su compañero la estaba secuestrando
para darle alguna noticia. Pensó que tal vez se trataba de algún aviso militar, otra misión fuera de casa, en fin, cosas
de trabajo, lo único que motivaba a su aburrido amigacho sentimental. Casi obligada, a regañadientes, se vistió de
estilo casual, nada formal y cero sensualidad, no cabía propósito alguno. Un conjunto de falda y blusa color oscuro,
zapatos y bolso que combinasen, lo demás era superfluo. Por su lado, Benítez mostraba su mejor faceta histriónica.
Intentaba emular los detalles de la época en que pudo seducir y conquistar el corazón de su antiguamente amada
esposa, cuando el noviazgo interesado germinó entre los dos. Ni él mismo daba crédito a su manera de posar, pero,
como le recomendó el párroco, debía reconquistar la confianza de su esposa, tratar de que no hubiese dudas en la
relación. El ruido de rumores negativos o habladurías en los pasillos del cuartel podría destruirle el ascenso con que
tanto soñaba. Su carrera militar bien valía un encuentro amoroso obligado.
El general solicitó permiso en la comandancia para tomar uno de los vehículos de lujo que eran usados para
transportar a los presidentes de otros países en visita oficial. También le asignaron un chófer que los recogería en
casa a las ocho de la noche para llevarles a los sitios deseados, estaba a su disposición por toda la noche. Benítez
pensó que algo de lujo y poder refinado ayudaría un poco en la conquista. Salieron del hogar con estrecho respeto a
los tiempos fijados. La esposa, confundida por la nieve de verano, ni se inmutó por la presencia del automóvil de
protocolo. El truco pasó sin pena ni gloria, y molestó al frustrado comediante. El tráfico era noble y en pocos
minutos llegaron a su destino. El hotel más lujoso de España les daba la bienvenida sin mayor aspaviento. Un par de
elegantes porteros con guantes blancos que disfrazaban sus manos les abrieron las puertas del carruaje diplomático.
Los nuevos huéspedes atravesaron el salón de espera rumbo al restaurante La Provence, icono gastronómico de la
época, suculentos platos y sobre todo en precios. El maître les saludó por separado, pronunciando sus nombres con
resonante acento francés. Después de darles el afectuoso recibimiento, les condujo a la mesa reservada con tres días
de antelación. Todas las mesitas estaban ocupadas por elegantes comensales. En el bar había filas de personas
deseosas de conseguir un espacio en la próxima hora para disfrutar de una cena especial. Los recién llegados fueron
sentados al final del comedor, bastante cerca de un gran ventanal que facilitaba la visión del jardín principal del hotel,
colindante con el área de la piscina. María Fernanda no salía de su asombro. Al ver el gentío aglomerado en el local
pensó que, en efecto, se trataba de una reunión de amigos del ejército, pero la diminuta mesa afrancesada que les
permitía la mínima distancia entre los cuerpos le corroboró que la puesta en escena se regía por otro libreto.
La sofisticada y especial carta se había ordenado con antelación; el vino y los platillos fueron combinados según
recomendación del chef, en total complicidad con el sommelier mayor. Las entradas incluían caviar iraní sobre setas
salteadas al tomillo y eneldo, una porción decente de foie-gras natural, decorado con frescos escargot horneados
sobre hojaldre de mantequilla, con pizcas de salvia. Las entradas conjugaban los sabores con tres diferentes vinos
franceses: Chablis, para las negras huevas de pescado; Pouilly Fumé fue el socio del hígado de ave; mientras la
babosa gelatina del caracol era suavizada con un Chardonnay magistral. De plato principal, una fuente que simulaba
un verdadero ecosistema marino, formado por toda clase de productos con concha, mariscos de diversos tamaños y
colores, separados por diminutos bocadillos de salmón, arenque, mero en salsa verde, y otras glorias del buen
comer. La dosis de afrodisíaco natural estaba cubierta. Para complementar la fiesta, una botella del mejor
champagne sirvió de confidente perfecto.
La cena transcurrió sin sobresaltos. Benítez se esforzaba por alabar la belleza de su mujer en todo sentido. Le
agradeció ser parte importante de su vida, comprender la difícil función que él desempeñaba en las fuerzas armadas.
La tildó de complemento perfecto. Le juró que sin ella no tendría razón para luchar por nada en la vida. Dio excusas
por sus prolongadas ausencias del seno familiar; el trabajo de un militar siempre absorbe más de lo normal. Prometió
cambios en el hogar para iniciar una nueva etapa de vida: unidos, felices, entregados. El discurso empalagaba el
corazón de la esposa frustrada, las excusas sonaban a lugar común, repetidas, anticuadas. María Fernanda no
apreciaba lógica en el repentino cambio de ritmo de su apático compañero de cama. Por instantes, la mujer perdía la
concentración, estaba aburrida; luego miraba fijamente a su expositor sin entender una sola de las frases rebuscadas
que salpicaban su sentido auditivo, ya las había escuchado en el pasado.
A mitad de la fábula sentimental, el amante arrepentido intentó otro recurso para captar la atención de su fría
compañera. Introdujo la mano derecha en el bolsillo del lado contrario del traje de gala. Una pequeña caja envuelta
en pergamino amarillento, sellado con finos hilos de oro, asomó por el vértice del saco rectangular incrustado en la
guerrera del soldado, cosido con hilo blanco pespunteado, encima de las medallas y recuerdos honoríficos de una
época de barbarie. Una sonrisa obligada sirvió de encuadre fotográfico para la entrega del presente. María Fernanda
cogió el regalo, desató el nudo principal del lazo confeccionado con el hilo de oro; el pergamino decorativo se abrió
en cuatro puntas, cual rosa en primavera, y una caja de terciopelo púrpura quedó desnuda ante la hermosa dama.
Abrió la tapa. Una luz penetrante se reflejó en el fondo de la caja. La afortunada mujer abrió los ojos en su máxima
extensión. Un anillo de brillantes se pavoneaba entre los delicados dedos de la esposa del general. El detalle
materialista incrementó la curiosidad de la inquieta esposa. No había celebración, aniversario ni recuerdo pendiente
por festejar. Cuestionó a su marido por tanta glotonería emocional sin fundamento. Benítez se molestó, pero
encontró la forma elegante, sutil, de disimular la rabia. Reiteró sus palabras de arrepentimiento, hincó el puñal de la
compasión en el corazón de su esposa, busco limosnas de fe, pidió perdón de muchas maneras. Reclamaba
confianza, suplicaba reconciliación.
Un aire sutil con intención de absolución infló el alma de María Fernanda. Si bien no estaba del todo convencida,
el esfuerzo al menos valía unas pocas muestras de afecto hacia el padre de su hijo. Las burbujas del fino licor francés
fueron el catalizador que aceleró el dejo de alegría en el rostro de la homenajeada. Un par de lágrimas tímidas,
dudosas, eliminaron la resequedad en los ojazos de la apenada esposa, casi en actitud de rendición. Benítez percibió
la debilidad de su romántica admiradora. Adelantándose a los acontecimientos, soltó las amarras del deseo, la
abrazo robándole un ósculo apasionado que fue humedeciendo la dureza del corazón desatendido de mi “princesa
encantada”.
La fragilidad sentimental de las esposas tradicionales, que en aquella época solían darle vuelta a la página con
suma facilidad al descubrir traiciones o desamores, comenzó a surtir el mismo efecto en la señora de Benítez. Porque
en ese minuto de gloria, ese instante cuando la mujer siente la fuerza del universo a través de una simple caricia, un
beso, una muestra de amor que le devuelve el sentido a la vida, que le demuestra la errada visión de su merecimiento
a ser amada, deseada por un hombre, María Fernanda empezó a flaquear, a ser considerada parte importante en el
corazón del esposo. Sintió brevemente la tentación de eliminar las hostilidades, consideraba el perdón como
alternativa; no estaba segura del todo, pero quería intentarlo.
Conquistado parte del territorio complejo de un corazón herido, Benítez lanzó la artillería al frente de batalla,
pretendiendo colonizar el resto del reino. Toda la cuenta estaba cancelada; no había tiempo que perder. No debía
permitir que la razón asomara sus locas ideas de emancipación. Ahora solo debía vivir el sentimiento a flor de piel.
Nada de intelecto, el perdón no merecía recuerdos sombríos ni admitía comparaciones con el pasado; abolido
estaba el pensamiento por el resto del día. Abrazó con fuerza a su esposa, un susurro en el oído izquierdo, justo
encima del corazón, para que el mensaje llegase nítido y con más rapidez, le reforzó a María Fernanda la idea de su
papel en la vida de la familia, del esposo, del hijo. Fue una declaración plena de ego femenino a la desdichada mujer,
que nuevamente se dejó embaucar. Por primera vez, se sintió importante, capaz de ablandar las penas y bendecir las
culpas en aras de un futuro feliz, en familia.
Los recién enamorados subieron hasta el piso siete y caminaron con muchas imperfecciones mientras atravesaban
el pasillo. Los besos apasionados se hacían intermitentes, frenando su recorrido. La puerta de la suite presidencial se
abrió a todo dar. Los chicuelos felices traspasaron el umbral. La sequía sexual logró multiplicar el deseo y las ganas
de la heredera del imperio López de Peña. Su piel era un volcán, sus hormonas danzaban alocadas. La exclusiva
habitación, finamente acondicionada para la ocasión, expresó un dejo de tristeza, desánimo, pues los amantes no se
deleitaron con el lujo ni los detalles; hasta las flores suspiraron en busca de admiración, pero ninguno las tomó en
cuenta.
Benítez levantó en vilo a su esposa. La frágil humanidad de la mujer cayó sobre el edredón de plumas de faisán,
doblado con esmero sobre el tope de la cama. Su esposo le arrancó la ropa con ansiedad. Una lluvia de besos
humedeció sus labios y su lengua. Las caricias alimentaron el fuego de la pasión que estaba por desbordarse. La
lengua del general empezó a escudriñar el cuello, los pechos y pezones de su amante de turno. La piel se erizaba,
pedía guerra, pasión sin titubeo, sin respeto, yerma de pudor. Quería ser azotada desde adentro por un fuste
inclemente, creador de ese calor único, dosificado en el centro del universo femenino, en el pedazo de nube que toda
mujer aspira a que sea devorado lujuriosamente en una entrepierna fogosa, siempre difícil de satisfacer, pero deseosa
de ser violentada a cada minuto por la fuerza de la pasión, del amor bonito.
Los jadeos duplicaban el eco. Los cuerpos empezaban a sudar copiosamente. La mujer amaba de verdad, con
entrega real, se sentía plena. El hombre fingía, actuaba, era mecánico en sus embestidas, pensaba que el control
estaba en su miembro viril. María Fernanda estaba pronta al éxtasis demencial, pero un relámpago de confusión
distorsionó la celebración del orgasmo no consumado. Su mente se transportó, se alejó con rumbo desconocido
fuera del hotel. Un rostro le guiñó el ojo, una figura fantasmal disimuló la pasión y el miedo ahogó la felicidad de la
noche. Su cuerpo era penetrado por un hombre, pero su corazón anhelaba ser amado por otro que jamás la había
tocado, pero ella se estremecía solo con verle y le regalaba calenturas sin haberla tocado. El macho en clara posición
de ataque descubrió la interrupción de fluidos, pidió explicaciones y ofreció soluciones. La mujer fue más hábil. Su
mágica excusa provenía de la sumisión. Prorrumpió en llanto, la estrategia perfecta que siempre desequilibra al
amante masculino. Dijo que lo amaba, le mintió a él junto a su propia autoestima. El hombre celebró la rendición final
de su víctima. Vanidoso, pensó que las lágrimas eran un tributo a su don de mando. La guerra había terminado, la
batalla fue corta, la conquista era inminente. Pronto la normalidad en casa brindaría cobijo a los planes del general.
Benítez siguió penetrando con aburrida pericia aunque su esposa había dejado de regalarle ilusiones y se aferraba
al sueño que estaba viviendo. María Fernanda sentía que su cuerpo se entregaba al verdadero amor, al de su amante
platónico, al hombre que le robaba el descanso diariamente, que le preñaba el alma de ilusiones verdaderas. Aun
cuando era improbable que llegase a tocarlo, él era su pasión prohibida. La imagen de su amante, sin ropas,
acostado a su lado, regalándole caricias, fue la historieta perfecta. Las fotos cobraron vida y la mujer se elevó al
éxtasis. Mientras amaba a su hombre ofrecía a Dios disculpas por el pecado carnal que estaba cometiendo. Fue el
orgasmo más extraño, intenso, el más difícil de explicar, que había sentido en todo este tiempo, pero estaba feliz.
La batalla terminó, los cuerpos quedaron tendidos en la cama con la mirada desperdiciada al techo. Celebrando
las conquistas del día, ambos se anotaban victorias sin trofeos. Todo volvió a la normalidad. El teatro corrió el telón,
la sala quedó vacía, la triste monotonía volvería a casa. Benítez dio media vuelta, se arropó con las sábanas de seda.
Estaba agotado. Los efectos del alcohol adormecían los músculos, pero sentía que el control había regresado a su
hogar. Un simple orgasmo valdría un largo silencio familiar. Su esposa ocupó el lado contrario de la cama, dejando
un abismo entre ambos. Disfrutaba de las últimas gotas de un placer rancio, mezcla de tristeza, resignación y
frustración. Lloraba en silencio. Su soledad impulsaba la ira, la razón empezó a ejercitarse, el pensamiento se fugó de
su jaula y dominó la situación. ¿Valía la pena seguir con una relación tan desquiciada, donde los orgasmos se
dedicaban a la persona ausente, mientras un cuerpo era profanado por la conformidad, la monotonía, el compromiso
social? ¡Con un peor es nada! Era absurdo desperdiciar placer en solitario, excitar el cerebro para sentirse amada.
¿Por qué la farsa? ¿Por qué pecar en nombre de un amor caduco? Miles de interrogantes saturaban sus emociones,
pero su temor a Dios era mayor. Pensó en acabar con sus sueños húmedos, en desechar al amante sin piel,
desterrarlo para siempre de su vida y empezar de cero. Pero el amor verdadero, el que funde, alzó su voz
silenciando a todos, incluso al pecado divino, porque el amor viene del Creador. ¿Por qué negarse a intentarlo? Si
está escrito con el lenguaje del corazón, debe ser bendito. ¿Por qué negarse a ser libre, a ser amada tierna y
salvajemente como tanto deseaba? Su matrimonio era una farsa. Había llegado el momento de emancipar el
sentimiento, de darle felicidad a la vida, de pelear por el amor bonito.
Capítulo 17
Los sinsabores de María Fernanda
A menudo las personas tienden a envidiar la fachada existencial de amigos o conocidos. Es fácil pensar que otra
familia cercana a nuestro entorno social tiene más bendiciones, privilegios, éxito o felicidad que la propia. Ese
fenómeno incluso sucede entre hermanos. Y ahí está Abel. Nos concentramos en observar las ramas del árbol
frondoso frente a nuestros ojos que nos impiden divisar el bosque en su infinita dimensión real. A simple vuelo de
pájaro, la existencia de mi “princesa encantada” proyectaba el esplendor de una vida completa, envidiable por mortal
alguno. Era la única hija de un matrimonio católico, modelo en la España de mediados de siglo. Mi abuelo era uno de
los hombres más ricos del país, empresario de amplia reputación directamente proporcional a sus cuentas de banco,
dinero engordado a veces por ventajismo político y no por méritos gerenciales. La honradez no fue siempre la mejor
bandera enarbolada en sus negocios, sobre todo en el caso del periódico, donde las verdades destilaban volúmenes
de tinta según la conveniencia del caso. Pero ese posible lado oscuro no sobresalía con facilidad de la fachada de un
hogar apetecible, casi perfecto.
La fortuna de don Toribio le permitió a su hija toda clase de lujos, caprichos y excesos. La negación casi estaba
desterrada en casa de María Fernanda, salvo cuando discutía con su madre sobre temas de fe. Desde niña conoció
el placer de recorrer el mundo con holgura. Descubrió culturas, sociedades, gustos diferentes de los suyos; su mente
se expandió y superó con creces las cátedras de geografía e historia. En Madrid tuvo la posibilidad de codearse en
reuniones sociales con las personalidades más famosas del globo terráqueo: desde músicos, escritores y poetas hasta
dictadores, presidentes y ladrones de cuello blanco. Adquirió un nivel de interpretación y análisis bastante peligroso
para una chica de clase privilegiada. Se atrevió a pensar, a ser tan diferente que asumió una postura agnóstica
durante un buen tiempo en su adolescencia, mientras sus amigas se entregaban desesperadas a las banalidades que
exigía su casta social. Todas sus compañeras la envidiaban. Era sumamente hermosa, rica, libre y aparentemente
feliz. Fue modelo que comparar en el colegio, ganó premios, reconocimientos a cambio de soledad, de exclusión por
la forma de ser. En el hogar imperaba el matriarcado forzado, porque don Toribio no aportaba mayor presencia en
casa. Sus negocios eran de mayor interés que educar a una hija mimada y mantener a una esposa sumisa, temerosa
de Dios, que en su opinión solo ameritaban una buena dosis de pesetas para acallar toda responsabilidad o exigencia
familiar. Las frecuentes visitas a eventos sociales, cual familia perfecta, solo eran un disfraz, un parapeto
perfectamente necesario para el empresario, donde el único interés era hacer negocios, adular al régimen y sumar
poder. Según el viejo, las mujeres solo servían para criticar.
María Fernanda excedía en lo material mientras su felicidad era hipotecada. Amaba a su padre con locura, le
idolatraba, le valoraba al máximo como gerente, pero le reprobaba todo como padre y hombre de familia. Según las
lenguas reptilianas, el flirteo era un arte sofisticado en el acontecer diario del viejo empresario. Nunca aceptó las
imputaciones de dos descendientes suyos concebidos fuera del honorable matrimonio. Se escudó alegando intereses
perversos de las supuestas madres utilizadas, extorsionadoras de oficio que solo deseaban lucro a cambio de
silencio, muy buen argumento en casos de personalidades famosas o adineradas. La defensa sonaba creíble, pero la
piel de la esposa e hija preferían ahogar las dudas con buenas porciones de calmantes, antidepresivos o claustros
depuradores de almas tristes. Las mujeres de la casa a cada rato terminaban bajando la cabeza, aceptando una
convivencia políticamente necesaria. Una se escudaba en la fe; la otra ejercitaba la razón, el pensamiento crítico en
busca de libertad. Fue un sueño que llegó a medias, y con alto precio en sangre.
Los sinsabores de mi madre fueron marcados en el tiempo. Lo poco que supe de ella después de que me
abandonara sin despedirse lo descubrí gracias a las historias que me contaron mis dos abuelos, separados por el
odio, al diario que ella dejó olvidado en su caja de muñecas, y la imagen del álbum de recuerdos, cuidadosamente
preservado por su madrina. Uniendo las tres versiones, me di cuenta de que la expresión de sus ojos en todas las
fotografías de las diferentes etapas de su vida transmitía un océano de tristeza. La risa era escueta, apagada, llena de
soledad. Solamente dos acontecimientos fueron celebrados por su mirada: el día de su tragicómica boda y la noche
en que yo nací. Del resto puedo afirmar sin temor a perder la apuesta que su corta vida fue una gran penitencia
bastante disimulada.
Los supuestos amigos de mi madre siempre cometieron el mismo error de percepción hasta que la tragedia
sacudió nuestras vidas, y puso de manifiesto el verdadero rostro de dos familias asquerosamente desdichadas.
Siempre nos envidiaron la alegría que proyectábamos porque no conocían nuestros pecados. Todavía guardo en mi
mente el recuerdo del velorio de mi madre, dentro de la urna cerrada, en el altar de la capilla de San José en pleno
centro de Madrid. Fue una cita macabra donde muchos celebraron nuestra derrota por ese morboso sentimiento
humano que algunos tildan de justicia divina cuando alegres y sin saber dicen a tus espaldas: “Siempre dije que esa
familia era tal cosa…”, “Dios les castigó por su vida licenciosa”, “Bien les está, por abusadores”. Frases tristemente
célebres, recalcadas por antiguos “amigos”, confidentes en el pasado reciente. Cómplices perfectos de
celebraciones, pero extraños habituales cuando el viento está en contra, desconocidos recalcitrantes a la hora de
evadir responsabilidades. Es parte de la ley de vida: cuando alguien está en las alturas, todos aplauden, y uno tiene
amigos para regalar. Pero cuando caes, solo el ruido de las críticas destructivas te acompaña en la travesía.
Han pasado más de cuarenta años desde que mi “princesa encantada” apagó su luz para siempre, pero la imagen
de su velorio todavía sigue viva en mi mente. La presencia de su verdugo en plena ceremonia de despedida jamás
será borrada. Su mirada despiadada, su rastro de sangre, aún está presente en mi ser. Su venganza enfermiza en
nombre del amor permitió sepultar para siempre mi fe.
Capítulo 18
Orgasmos celestiales, felicidad efímera
Una semana después del encuentro amoroso en el hotel Imperial, María Fernanda estaba más perturbada que
nunca. Su esposo realizó esfuerzos sobrehumanos por demostrar cambios en su actitud. Pasaba buen tiempo en casa
junto a ella y el pequeño Francisco; con intervalos fingían hacer el amor. Él, satisfecho por supuestamente complacer
el deseo de su mujer y cumplir su responsabilidad conyugal. Ella, frustrada y deseando ser poseída por otro cuerpo.
El insomnio abrazaba todas las noches a la esposa incompleta, las noches de vigilia nutrían su carácter esquivo. La
omnipresencia del amante soñado se estaba convirtiendo en obsesión. Mi “princesa encantada” buscaba la excusa
perfecta para justificar sus pecados mentales, pero tenía miedo de ver a su confesor, la pena cortaba su ímpetu.
Al séptimo día, María Fernanda estaba ya al borde del precipicio, no aguantaba el fuego del deseo sexual que la
consumía lentamente. Envalentonada, se dirigió a la capilla de San Agustín para pedir perdón a través del mensajero
del Señor o terminar de hundirse en el infierno; solo tenía esas dos opciones. Apenas una calle la separaba del portal
principal del lugar santo. La taquicardia subía de acuerdo a la mengua de la distancia de su objetivo. Por más que
deseaba entrar en el centro de confesión, el terror divino la sometía. Sentía la mano acusadora de un ser supremo,
del que había dudado en su época de adolescente. Pero ahora quería hacer las paces, obtener el beneplácito
celestial para seguir pecando, para consumar el roce de la piel. Las manos sudorosas le advertían de los peligros del
deseo enfermizo. Temblaba, no podía explicar y aplacar sus emociones; quería entrar, enfrentar el diabólico
monstruo de una vez, verle vomitar fuego, luchar contra él sin respeto alguno, derrotarlo o morir en el intento de
alcanzar la plenitud. Tal vez si ocurriese lo segundo, la vida le devolvería la paz. Andaba cuatro pasos y desandaba
ocho. Cambiaba de rumbo, siempre en círculo, tratando de reducir el radio que la separaba de la iglesia; su actitud
asemejaba a un turista desorientado. Percibía miles de ojos acusadores siguiéndole los pasos y trataba de ubicarlos,
por si necesitaba duplicar las dosis de excusas. Con la mirada perdida se dejó convencer por la cruz del campanario.
Empezó a rezar en voz baja, tratando de obtener aprobación a sus actos. Sus lamentaciones recibieron pronto
socorro. Una voz amiga retumbó a su espalda, rompiéndole la concentración, impidiéndole agradecer el maravilloso
favor que estaba recibiendo.
Iribarren saludó amablemente a su oveja confundida. La nerviosa mujer giró en dirección del melodioso sonido de
las palabras del cura. Su rostro palideció, por pena o por miedo, difícil de entender en ese preciso momento. Los
labios perdieron su humedad. La garganta secó su caudal; una voz ronca, asustadiza, buscó justificar su presencia
allí.
—Buenos días, padre, ¿cómo está? Pues pasaba por acá por casualidad. Es que yo iba a un sitio, pero como está
cerca de aquí, y me quedé pensando y me dije que tal vez tenía tiempo de rezar un poco —la respuesta demostraba
evasión total.
—Qué maravilloso, hija mía. Siempre es bueno dedicarle tiempo a la oración, que es alimento del alma. Además,
siempre eres bienvenida. ¿Por qué no charlamos un poco? Hace una semana que no nos vemos —repuso el
sacerdote.
—Sí, claro. Por cierto, padre, quería preguntarle algo, pero no sé; me da un poco de pena. No quiero que me
interprete usted mal —dijo con soltura María Fernanda, iniciando la caminata alrededor de la iglesia.
—Padre, ¿habló usted con mi esposo algo sobre nuestra conversación de la semana pasada?
La pregunta fue el pretexto ideal que necesitaba Iribarren para entablar el conflicto y de ese modo someter a su
presa. Detuvo el andar en forma brusca, y la miró con sorpresa absolutamente creíble. Tenía el rostro comprimido, y
logró intimidar fuertemente a su oyente. Tragó saliva con dificultad y ripostó exagerando el nivel de ofensa para
buscar compasión, doblegando algún vestigio de dureza en la depresiva mujer.
—Me ofendes, hija. ¿Cómo se te ocurre pensar que un secreto de confesión pueda ser compartido? ¿De dónde
sacas semejante blasfemia?
El tono acusador desconcentró a María Fernanda y la obligó a inventar una excusa probable, medianamente
creíble. Hizo la señal de la cruz invocando su manto protector. Estaba apenadísima por dudar de su amigo, temerosa
por la futura reacción del párroco; no podía permitirse la distancia definitiva con Iribarren. Trató de evitar la
fragilidad del llanto de niña mimada, regañada por su maestro, confesor y en especial su amor platónico.
—Perdone, padre. Jamás dudaría de usted, pero mi esposo ha tenido muchos cambios últimamente que me
confunden, y como usted es la única persona que sabe de mi situación, me entró la duda. Pensé que tal vez algún
comentario se le pudiera haber escapado sin intención. Padre, de todo corazón le ruego perdón si le ofendí, pero,
entiéndame, póngase en mi lugar, se lo ruego. ¿No ve que estoy hecha pedazos? Llevo varios días sin dormir, el
pecado me mata. Ayúdeme, sálveme, por lo que más quiera. No sé qué me está pasando.
La sincera confesión alegró al sacerdote, pues coincidía con sus predicciones. Entre lágrimas, ahora le tocaba a
ella pedir perdón por tener la desvergüenza de dudar ante un hombre de sotana. La doncella tomó la mano de
Iribarren para besarla. No sabía qué hacer, qué postura tomar, estaba a su merced. Sentía al dragón del deseo cada
vez más poderoso, vivo, retador, dueño de su alma en pena. Se abrazaron con intensidad. El cura tomó un pañuelo
blanco con bordados en rojo que simbolizan el fuego del Espíritu Santo. María Fernanda se alegró al ver la imagen
en el pañuelo porque le brindó una tenue llamarada de paz. Él secó las lágrimas de la temblorosa mujer hecha
pedazos y le ofreció excusas por la dureza de sus palabras. La convenció de entrar a la iglesia, que estaba casi vacía;
el próximo servicio litúrgico se iniciaba en tres horas, tiempo suficiente para oír sus pecados, darle perdón, apaciguar
sus miedos.
Una vez dentro del templo, Iribarren la condujo a la capilla del Sagrado Corazón, también llamada el
confesionario de la reina, una antiquísima sala privada, donde las reinas e infantas de España habían rezado durante
siglos a puertas cerradas, sin ser molestadas por la plebe. Hasta en la supuesta casa de Dios en la Tierra sobraban
los privilegios para los poderosos. La diminuta capilla estaba localizada al costado derecho de la iglesia, al fondo,
detrás de la sacristía. El acceso estaba prácticamente reservado al párroco oficial, el único que guardaba las llaves
de la puerta de seguridad que evitaba narices curiosas. La decoración del minúsculo oratorio, con una capacidad de
diez sillas para el rezo, era bastante simple. Un cristo de madera colgaba del techo de triple altura, resguardado a
ambos lados, por la imagen del arcángel san Gabriel a la izquierda y el arcángel san Miguel a la derecha. La parte
superior de las cuatro paredes del recinto estaba totalmente ornamentada con frescos que resumían las etapas del
viacrucis. En el centro, frente al altar, una imagen de la virgen María con el niño en brazos asomaba cual oyente fiel
de los visitantes. El resto del espacio permanecía totalmente libre para orar con comodidad.
Ya dentro de la capilla de la reina ambos iniciaron la ceremonia privada con un padrenuestro como saludo
reverencial. María Fernanda volvió a repetir su discurso pasado. De improviso saltó al tema de un amor imposible
que se había convertido casi en demonio, que le arrancaba el aliento, le robaba la vida. La mujer quería destruir para
siempre esa visión, pero su frágil corazón insistía en confundirla. No hallaba forma de argumentar con claridad sus
emociones. La aburrida explicación desató la alarma en el cerebro del cura: era el momento preciso para disparar a
matar. Iribarren no ahorró tiempo: acercó la mano temblorosa de la mujer a su boca, besó suavemente el dorso de la
palma, dejando sutilmente que su lengua de macho seductor acariciara con propiedad la separación entre el índice y
el dedo medio. María Fernanda se ruborizó, sintió espasmos en toda su humanidad ante el acoso de ese punto
erógeno. Quedó petrificada, en silencio, tratando de disimular el entusiasmo de su entrepierna. La suerte estaba
echada, el demonio cobró vida en los huesos del cura y la dama se dejó llevar por el placer. Habló entonces el
confesor mientras seguía besando dócilmente la mano de mi “princesa encantada”.
—Querida hija, ¿cuál es el pecado? ¿Amas a otro hombre? Eso no es la muerte. Vinimos a este mundo a ser
felices, eso quiere Dios.
—Padre, ¿qué hace? ¿Me está diciendo que no es pecado desear a un hombre que no es mi marido? Eso no lo
dicen las Sagradas Escrituras. Lo estoy deshonrando con mi actitud, con mis pensamientos impúdicos, que a veces
creo son obra del demonio —refutó la mujer un tanto confusa y ligeramente excitada.
—¿Sabes qué es pecado? Rechazar la felicidad, tenerle miedo infundado al amor verdadero. Hemos venido a
este mundo para ser felices. No podemos limitar nuestra dicha ni mucho menos escudarnos en el conformismo, en la
comodidad material que al final termina secando nuestra felicidad. El amor es puro, es esencia de luz. Por él se vive,
se muere, se gestan guerras, se conquistan imperios; porque es majestuoso, sublime, es energía de la buena. Si no
disfrutamos de él, morimos de tristeza, de insatisfacción forzada, sobre todo cuando dejamos ir al sentir verdadero,
al amor bonito, y su recuerdo melancólico solo nos demuestra lo miserable que es nuestra existencia por haber sido
cobardes. ¿Tienes idea de cuántos pecados mal interpretados enfrento a diario? El de la carne es el más común.
Personas como tú, que, por atesorar un ventajismo social, ser cómplices de lo que hace la multitud cuando conjuga
el verbo “respetar”, se atan con cadenas morales y humillan sus propios sentimientos, el verdadero deseo sofocante,
el que realmente complementa la esencia humana para luego mendigar los recuerdos de un amor caduco, de una
pasión sublime fallecida por inanición sexual verdadera. Si ese es tu concepto de pecado, no te preocupes: siempre
estaré dispuesto a perdonarlo en nombre del Señor. Pero jamás me reproches por no haberte ayudado a romper tus
ataduras. Porque lo que sientes en este momento también quema mis entrañas, ambos le tememos al mismo dragón.
El discurso envolvió a la hipocondriaca pecadora en un estado alucinógeno moralista que dio pie a miles de
interpretaciones. Por momentos, María Fernanda suplantó el rol del párroco con el de su padre. Siempre había
soñado con una conversación abierta entre amigos, que don Toribio dedicase tiempo a sus atormentados vapores
hormonales cuando el amor tocaba su débil corazón. De repente, la metamorfosis del deseo prohibido combatió a la
realidad. Mi “princesa encantada” ahora sentía ardor puro en sus penitentes pensamientos. Su expositor se convirtió
en el más suculento pecado, incluso correspondido, no podía creer las sensaciones que estallaban en su alma. Ahora
temía entregarse. Las ganas de besarlo se reprimían, su cabeza era una olla de presión a punto de estallar. ¿Cómo
era posible que el soldado de Cristo también la amase en secreto, incitándola al libertinaje, aun cuando ella se
consideraba la causante? Era un milagro oscuro, una situación impensable, nada respetada en la conservadora doble
moral de la sociedad madrileña de la época. Si antes había tenido miedo de expresar sus fantasías, ahora las deseaba
enterrar para siempre, la mano de Dios la acusaba. No sabía si correr y escapar del lugar o entregarse de cuerpo y
alma a las recomendaciones de su amor apócrifo. Iribarren esperaba que el efecto subliminal de su confesión
permitiese el desenfreno de su amada.
—Hija, no te estoy pidiendo que te conviertas en pecadora. Solo quiero ayudarte a que te sientas libre, a que
pelees por lo que dicta tu corazón, más allá del conformismo. Eso es una bendición. Eres un ser de luz. Necesitas
derrocharla, vivirla, dejar de actuar para los demás. Te mereces sonreírle a la vida, ser feliz. Es una decisión, no un
compromiso.
María Fernanda encogió los párpados. La frente se surcó de pliegues en señal de desconcierto total. Un abismo
de ilusiones se apoderó de su corazón. El alma saltaba de felicidad por el simple hecho de imaginar reciprocidad en
los insospechados deseos. No era posible, no daba crédito: las plegarias quizás habían traspasado el umbral de lo
prohibido. Pensó que tal vez era un espejismo. Cuestionó su fe, sintió miedo de soñar, por haber intentado seducir al
hombre de sotana, pero al menos la sensación valía la pena, por mucho que al final ardiese en el infierno.
El hábil charlatán volvió a retar la lujuria reprimida de mi “princesa encantada” y la obligó a desenmascarar los
demonios del placer. Con sobrada destreza acercó el dedo índice de la pecadora y lo arropó con sus gruesos labios
masculinos sedientos de pasión. La experta lengua del sacerdote empapó toda la dimensión del dedo, succionándolo
en repetidas ocasiones, luego apretó la yema entre sus dientes con fuerza, dejando marcas. Un ligero dolor
incrementó el placer entre los amantes secretos. María Fernanda cerró los ojos presa de la mayor fantasía erótica
jamás vivida. La carne se le puso de gallina en todo su cuerpo mientras el amor idílico ya disfrutaba excitándole toda
la palma de la mano a la doncella en fuga. Luego ella incorporó al pulgar en combate. Quería acariciar la lengua de
su macho, brindarle placer, lujuria. Absolutamente sumisa, entregada, rendida a la pasión sin reproches, comenzó a
jadear, el placer subía a un ritmo desesperado. Su amante lo notó inmediatamente. Necesitaba diseminar el fuego en
todas las zonas erógenas de la víctima. Iribarren acercó la mano que todavía tenía libre, la colocó en el pecho de la
fiera en celo. La blusa trataba de frenar el ataque, se interponía cual muro de contención. María Fernanda se arrancó
los botones del claustro fabricado con exquisito lino traído de Pakistán y dos abultados pechos, hermosos,
rebosantes, calientes, fueron la mejor bendición. Iribarren inclinó la cabeza para besar los pezones en máxima
rebeldía. Los jadeos fueron in crescendo. Agarró los senos, apretándolos fuertemente mientras los palpaba con
labios y lengua. El placer ahogaba, el deseo puro reprimido en el corazón de la mujer estaba a punto de estallar. El
cura tomó en sus brazos a su cómplice pecadora, la recostó suavemente sobre el banco más cercano sin dejar de
besarla, de estimular la pasión. Cuando ambos cuerpos reposaban ya sobre la madera del asiento, una mano
calenturienta, desinhibida, habilidosa en el arte de la concupiscencia, atravesó tierras inhóspitas hasta llegar a la
puerta que conduce al placer infinito en el sublime universo femenino, acariciando con esmero la sedienta entrepierna.
María Fernanda disfrutaba de convulsiones cada vez que la mano atrevida rozaba sus labios ocultos tratando de
fatigar al pequeño órgano eréctil. Estaba al borde de la locura, era la primera vez en toda su existencia que le daba
rienda suelta a su verdadera esencia de mujer, sin complejos, sin poses. Sentía que podía dar placer, que merecía ser
consentida con toneladas de lujuria. Con movimientos circulares, los dedos que sonsacaban al voluminoso clítoris en
declarado estado de ataque se empapaban de felicidad, de pasión. Con actitud triunfal lograron correr a un lado la
ropa íntima, bañada en fuentes de satisfacción, goce y abundante morbo. El índice, secundado por el medio, inició la
conquista del tesoro sagrado. Ambos dedos acariciaron las paredes del santuario. El cuerpo se retorcía de placer.
Los gruesos dedos, invasores, aventureros, entraban y salían en busca del maravilloso trofeo. El fragor duró poco.
Un grito agudo, desenfrenado en alegría, delató la presencia del orgasmo verdadero, más exquisito e inolvidable en
la vida de mi “princesa encantada”.
Los amantes se abrazaron saturados de culpa, aunque ninguno sentía la presencia del pecado porque reinaba el
amor y esa es la esencia del Creador. Ni siquiera el sacro recinto era capaz de cuestionar la entrega. María
Fernanda lloraba de alegría, de felicidad extrema. Por primera vez había experimentado un orgasmo vivo, puro,
sincero, fecundado en el milagro de una pasión real, de un amor bonito, como ella solía llamarlo. Estaba saboreando
su locura, quería dar las gracias a alguien, a sus santos, vírgenes y ángeles protectores, por lo que estaba viviendo,
por el milagro de sentirse viva, amada, realmente mujer. No importaba si había castigo, si el infierno era el destino
después de semejante blasfemia, de hacer el amor en plena casa del Señor. Pero la osadía bien valió la pena. Quiso
hablar, pero su enamorado le apagó el discurso. Volvió a acariciarla, a llenarla de versos lujuriosos, capaces de
pervertir el sano placer. Regó palabras mojadas de suciedad, voces que inspiran bajas pasiones, y motorizan la
libido en estado de esplendor. Ella celebró la nueva seducción. Lo quería todo, y entregó su cuerpo a las exigencias
divinas de su verdadero amor, del hombre que hacía resplandecer su corazón. Ya no había dragones, los monstruos
habían perecido o emigrado, y el miedo se decidió a tomarse unas largas vacaciones, desterrado por siempre. Hoy
empezaba una nueva vida para ella; hoy volvía a nacer la esperanza, la fe en el amor verdadero.
Permanecieron un par de horas en la capilla privada. El sudor se acurrucó en las esquinas del recinto, compañero
mudo del placer descomunal destilado por dos cuerpos en efervescencia. Hicieron el amor cuatro veces más. Los
orgasmos fueron compartidos, las alegrías celebradas sin pudor. Era el principio de una relación que llenaba a la niña
mimada y, a la vez, sin la menor sospecha, servía el plan macabro de un ser despiadado, regente de la casa de Dios
en Madrid.
Este encuentro se convertiría en rito cotidiano durante los cinco meses siguientes. El párroco logró convencerla.
Le demostró la reciprocidad de un amor eterno que ella siempre había anhelado. Solo exigió a cambio discreción
absoluta, que no cambiase su modo de vida en los próximos tiempos ni en familia ni socialmente, pues él necesitaba
algo de tiempo para separarse de la Iglesia, para romper sus votos sacerdotales, un trámite fastidioso pero
necesario. Le rogó que tuviese paciencia, pero que jamás dejase de atender a su marido, porque juntos debían ser
actores consumados, creíbles, para evitar conflictos con el general y que nada se interpusiera al sueño de ambos, el
anhelo de darle vida al amor más puro, que luego buscarían donde vivir juntos fuera de España, lejos de las críticas y
acusaciones infundadas de la sociedad envidiosa. María Fernanda aceptó sin chistar y se abrazó ciegamente al lobo
vestido de sotana. Creyó en las hermosas mentiras de su nuevo amor, en palabras que le ayudaban a tocar el cielo.
El velo de santidad aniquiló toda raíz de duda. Confió ciegamente en quien se convertiría en su homicida
circunstancial. En plena capilla se había sellado la capitulación y muerte de mi “princesa encantada”. Ya nadie podía
detener los acontecimientos por venir.
Capítulo 19
Benítez es descubierto
A pocos días de consumada la fusión de dos cuerpos en un solo sentimiento, Iribarren inició la tercera fase de su
bombardeo aniquilador. Invitó al general Benítez a su despecho privado en la mítica Iglesia de San Agustín. No
ofreció excusa aparente; todo pintaba como una simple charla de amigos para intercambiar pensamientos sobre las
últimas situaciones en casa o tal vez oírle algún secreto de confesión al militar, en fin, ningún tema relevante asomaba
en la cita. No obstante, el sacerdote tenía un objetivo claro: confirmar sus sospechas sobre las acusaciones que en el
pasado intentaron salpicar el exitoso historial del ahora general y potencial aspirante a dirigir todas las fuerzas
armadas de España. Era bien sabido que el carácter explosivo del oficial era su peor enemigo, era la punta en el
iceberg capaz de exponerlo a situaciones fuera de lo común. Su confesor sabía al dedillo las debilidades del invitado.
Llevaba muchos años investigando la vida privada, social y profesional de su odiado enemigo. Solo necesitaba
someterle a pruebas simples para obtener la respuesta necesaria que desenmascarase al asesino. Un simple gesto,
una frase mal dicha, corroboraría las sospechas.
Arreglado con sapiencia médica, maquiavélica al máximo nivel, el escritorio del párroco parecía un desorden
absoluto, aparentemente inocuo, lleno de cartas a medio abrir, papeles escritos con tinta casi ilegible, artículos de
prensa esparcidos por las cuatro esquinas del mueble, resaltando siempre el titular importante de la primera página
de los matutinos de antaño. La muerte del teniente Andueza se podía leer desde todo punto cardinal del rectángulo
que hacía las veces de mueble de oficina. El telón de fondo, como excusa piadosa, eran algunas cajas apiladas al
fondo, repletas de cuadernos y libros: una que otra biblia bastante corroída por el tiempo daba la sensación de una
posible mudanza. El testigo tendría la opción de analizar las conjeturas de la conversación sin sentirse involucrado a
priori.
La puntualidad era norma adquirida en la milicia y Benítez se apersonó en las oficinas a la hora convenida. El cura
le recibió con un abrazo fraternal. Dentro del despacho, se sentaron en el sofá de visitantes dispuesto al costado del
escritorio. Tomaron un delicioso café sin azúcar, para darle mayor fuerza al amargor característico del oscuro
brebaje. La conversación espontánea, sin norte fijo, transcurrió de lo más normal, franca y amigable. El confesor
preguntó por la esposa de Benítez. Este, sin la menor sospecha, le explicó que las sabias sugerencias del cura habían
dado buenos resultados. Ya la mujer no estaba arisca, tenía una sonrisa plena, e irradiaba la sensación de estabilidad
dentro del hogar. Las aguas se habían calmado y esto era el mejor indicativo de que no habría ruidos molestos en el
futuro inmediato de cara a la promoción militar, tan secreteada a voces. Iribarren celebró eufórico el éxito de la
aplicación del remedio familiar, pero volvió a insistirle en que cuidase los detalles, que se esmerara en darle pequeñas
sorpresas a su mujer todos los días; esa era la mejor de las vitaminas a la hora de domar a las esposas frustradas. Al
cabo de unos diez minutos de conversación estéril, el siempre ocupado hombre del ejército planteó la necesidad de
mayor celeridad en el parloteo, pues tenía otra reunión en media hora fuera de los límites de la ciudad.
—Me imagino que no me ha llamado solo para este tema, padre. Según entendí, usted quería pedirme un favor,
¿cierto? —preguntó Benítez notablemente aburrido.
—Claro, hijo, tienes razón; perdona tanta conversadera, pero es que siempre soy así. Me encanta poder
compartir con mis fieles y más con vosotros, que sois como mis hijos adoptivos. Pues, en efecto, quería molestarte
con un pequeño favor, y perdona la confianza. Verás —dijo Iribarren, mientras se levantaba del cómodo sillón,
invitando a su huésped a seguirle en dirección hacia el antiguo escritorio. El despistado compañero de tertulia sorbió
el resto del café que le quedaba en la taza, saboreándolo con gusto. Ya de pie, estiró las solapas de su uniforme de
gala, alisando habituales arrugas al sentarse que desmejorasen la apariencia. Se acercó sin sospechar al pesado
mueble. Tan solo le pasó por la mente una pregunta simplista, provocada por el desbarajuste patente en el despacho
privado del sermoneador.
—¡Padre, no me diga que se muda! Se lo digo por el caos que tiene de cajas y papeles, todos dispersos. Debería
ordenarse mejor; digo, es una simple sugerencia de alguien que le admira. Este chiquero le da mala imagen.
—No, hijo mío, nada de eso. Es que precisamente estoy haciendo limpieza en mi biblioteca. Necesito deshacerme
de muchas cosas obsoletas que ya no hacen falta. Estoy tirando de todo, miles de tonterías acumuladas en mis
últimos quince años. Te podrás imaginar el desastre que tengo.
Iribarren se justificó mientras buscaba un papel entre el reguero de cajas apiladas en el respaldar de la mesa de
trabajo. El general suspiró ante el anuncio del padre. No habría mudanza, le tendría cerca. Eso era buen indicio,
podría disfrutar del apoyo de su nuevo mejor amigo por tiempo indefinido.
De repente, los ojazos de Benítez se transfiguraron cuando enfocó su mirada sobre el collage de pergaminos
distraídos en el tablón. Sus ojos se inflaron de sorpresa perturbadora, de dudas justificadas; el miedo golpeó con
furia su retorcida mente. Alzó la vista con repudio y clavó la inquietante mirada en la silueta del ahora incómodo
sacerdote. Luego volvió a sumergirse en las noticias acusadoras de los viejos diarios. El apellido Andueza resaltaba
en los grandes titulares de la prensa de la última década. El papel amarillento por las huellas de Cronos no impedía la
exaltación del mensaje, que resumía el cobarde asesinato de un valeroso soldado y parte de su escasa tropa en la
ciudad de Oviedo. Los interrogantes sobre la emboscada habían permanecido en el sepulcro por años; ¿por qué el
sacerdote escudriñaba esos escabrosos recuerdos que aturdían la mente del general?
Su nerviosismo enfermizo despertó el interés de Iribarren. La culpabilidad se dibujaba tácitamente en el rostro de
Benítez. La frente empezó a gotear diminutas muestras de sudor que secó con su pañuelo, sin el menor disimulo, los
nervios le exponían a simple vista. El cura ya no tenía dudas, el victimario de Andueza estaba de pie frente a él,
resultaba demasiado evidente.
—¡Por fin! Acá está el papel que quería mostrarte —señaló el párroco a la vez que mostraba una carta escrita a
mano por un sacerdote amigo de él que residía en Salamanca. En la misiva, su corresponsal le pedía a Iribarren que
le ayudase a conseguir la capellanía del mando militar de la región. Pero el nervioso general no le prestaba atención a
la supuesta escritura, el mundo se había detenido en su mente. Tenía la mente fija en las noticias que gritaban los
periódicos. Quiso suponer que se trataba de alguna confusión, de un hecho aislado o una broma de mal gusto. No
había lógica, ¿por qué el sacerdote tenía en sus manos esos testimonios de un pasado sangriento, cobarde? ¿Por qué
hacían acto de presencia en una reunión privada? La ingenuidad quiso mediar entre el pecado del asesino y la
improbabilidad de alguna intención premeditada en el uso de las noticias. Pero ¿cuál era la razón para que Andueza
estuviese de vuelta, vivo, en la oficina del sacerdote? No hay lógica, se decía una y otra vez el aterrado Benítez, que
debía salir de las dudas. Cogió uno de los periódicos y lo alzó en dirección al párroco para acallar la paranoia del
momento.
—¿Me quiere explicar qué hace esto acá? —increpó el militar con voz nerviosa.
—Sí, un periódico de hace décadas, sobre la muerte de uno de mis mejores hombres. Y no es un solo periódico:
hay más de siete versiones noticiosas sobre el mismo asunto. ¿Me puede explicar qué coño tiene que ver eso con
usted? ¿Por qué el interés? —gritó Benítez mientras hurgaba en el desorden de papeles. Intentando juntar los diarios
con la misma nota, los apretó en la mano derecha, los organizó por orden de extensión de la noticia, y se los entregó
al cura. Exigió con vehemencia una aclaración sincera y contundente por parte de Iribarren.
—¡Ah!, ya veo. Te refieres a la noticia del crimen. Joder, hijo mío, perdona el desastre, pero es que entre los
papeles que tengo en mi hemeroteca privada está el caso de Andueza. Porque yo fui confesor de uno de los
soldados, del cabo Matías, para ser exactos, cuando estaba al frente de la capilla del cuartel. Casualmente, yo era
bastante cercano y amigo de la familia del soldado. Fue muy triste lo sucedido, yo mismo oficié la eucaristía en el
velorio y posterior entierro. Le quería mucho. Son recuerdos tristes que quiero tirar a la basura, por eso están
dispuestos aquí en la mesa. Después los quemaré en la chimenea del convento.
Iribarren le arrebató los matutinos a su interlocutor. Con desapego los lanzó al fondo de la papelera debajo del
escritorio. Benítez redujo sus niveles de nerviosismo; las pulsaciones intentaban bajar los índices de agitación. La
respuesta le pareció algo creíble, aun cuando seguía chispeando destellos de incongruencia, la sorpresa había sido
muy grande. La sapiencia del militar hizo brotar la duda tradicional de lo improbable. Era parte de su formación, del
entrenamiento en la milicia. No se puede confiar en nadie, pero el sacerdote y su bondad le daban algo de crédito a
la excusa.
—¿Por qué tanto alboroto, hijo mío? Tú conocías del caso —respondió el cura.
—Sí, lo recuerdo muy bien —repuso el general con menos rabia en su mirada.
—Sí, fue uno de los tantos casos no resueltos en el ejército, cosas de la guerra. Fue una emboscada tendida por
unos malditos rojos. Realmente, es un tema que me trae malos recuerdos, fue un gran soldado, un amigo de los
buenos. Así que olvidemos el caso. Volvamos al tema de la cita, ¿para qué demonios me hizo venir, padre? Mire
usted que estoy ocupado —preguntó molesto Benítez con su rudeza habitual. El escenario no le agradaba, muchas
líneas impresas le traían a la mente uno de sus peores recuerdos de la guerra; la pesadilla que a veces le
atormentaba, un crimen que no pudo evitar. Más bien lo ideó para esconder las debilidades de su alma. De golpe
sintió la necesidad de acabar con la plática, cumplir los pedidos del cura por muy tontos que fuesen, huir del
empedrado recinto, y tratar de cerrar para siempre la cripta del teniente Andueza.
—Oh, sí, claro, hijo mío. Acá esta la carta que me envía mi paisano, el padre Javier Montoro, el cura de la Iglesia
de San José, allá en Zamora. Me pidió una recomendación porque aspira a ser capellán del cuartel general de la
armada. Y pensé que una simple carta firmada por ti, dirigida al militar encargado de la guarnición, resultaría de
mucha ayuda para alcanzar esa designación. Ya sabes, siempre un padrino hace falta para… —Benítez le
interrumpió, le desterró la inspiración, no estaba interesado en tanto palabrerío estéril. Era una solicitud muy básica
que bien se podía haber resuelto por teléfono.
—Despreocúpese, padre, le entiendo. Terminemos con el parloteo, la cháchara me aturde. Hoy no estoy de
ánimos. No hay problema, cuente con ello. Es más, si usted desea, redáctela según la conveniencia del caso; usted
conoce mejor el discurso necesario. Me la envía a mi despacho y con mucho gusto se la firmo lo antes posible. Le
ruego que la próxima vez estos temas los podamos resolver por teléfono, no me haga perder tiempo —concluyó
Benítez con desespero.
—Muchas gracias, hijo mío, que Dios te pague. Oye, por cierto, y cambiando de tema, ¿cómo va lo del
ascenso?, ¿hay noticias?
—Pero no pierdas la fe, hijo. Estoy seguro de que ese cargo es tuyo, ya verás.
Benítez le regaló una sonrisa fingida, casi obligada. La entrevista no había resultado placentera para él. Los
demonios de su aberrante pasado se habían escapado de las mazmorras de su alma negra. Los recuerdos del
asesinato de Andueza revolucionaron la mente del general. Quedó de pie frente a su confesor, con la mirada perdida
en el infinito, clamando respuestas, ofreciendo disculpas al Creador por sus desdichadas acciones pasadas. Recordó
todo el proceso de la funesta orden, la misión inventada que degeneró en el triste asesinato forzado de su gran amigo
como pago al silencio criminal que protegería su ascendente carrera militar. Se repitió paso a paso, en su cabeza, la
verdadera causa de la innecesaria muerte de un compañero clave. Recordó cómo, por un descuido involuntario,
había dejado que sus debilidades carnales fueran advertidas por un grupo de subalternos en pleno interrogatorio de
un miliciano enemigo. Por un fisgoneo imperdonable, Andueza había sido testigo insolente de sus placeres
endemoniados. Razón de sobra para que el novel teniente obtuviese de recompensa la muerte, un crimen justificado
solo para garantizar la protección de la imagen intachable de quien hoy podría ser nombrado ministro de Defensa.
Muchos crímenes dejaron huellas de sangre en las manos del general, pero el de Andueza fue el que más le dolió,
porque, en el fondo, el teniente carlista fue uno de los pocos amigos que Benítez pensó que tenía en las armas.
—¿Estás bien, hijo mío? Estás muy pálido. ¿Quieres un poco de agua? —preguntó el cínico sacerdote, metiendo
el dedo en la llaga moral. Benítez le observó con recelo, el pasado continuaba carcomiendo sus pensamientos
impidiéndole concentrarse.
—Sí, padre, todo bien, muchas gracias. Ya es hora de retirarme. Nos vemos la semana próxima.
—Seguro, hijo, cuando quieras. Esta es tu casa. Por cierto, hace unas semanas que no visitas el confesionario.
El general dio media vuelta y emprendió la huida con un caminar pausado, meditabundo. El peso de las culpas
mermaba su agilidad. Quizás el párroco tenía razón, tal vez debiera confesar sus pecados, sus verdaderas
atrocidades. Quizás consiguiera el perdón divino y pudiera menguar la carga. Iribarren quedó pensativo en su
despacho. Recogió el estratégico desorden de su escritorio que había servido de suero de la verdad para confirmar
sus sospechas. Ahora estaba completamente seguro de la responsabilidad de Benítez en la muerte del teniente y sus
hombres. Había colocado otra pieza en el rompecabezas de su venganza, un poderoso elemento a la hora de
levantar el dedo acusador. Otra justificación válida, lapidaria, para acabar con la vida del general.
Capítulo 20
Amor demencial
La esposa del general se alistaba para su encuentro amoroso de los jueves. Llevaba más de cinco meses viviendo
una pasión desenfrenada en los brazos de su amante, que le había prometido colgar los hábitos al finalizar el sexto
mes de la relación. Desde la primera vez que sus cuerpos descubrieron el significado del querer bajo la mirada de los
santos, en la diminuta capilla de la reina, los tórtolos se encontraban al menos tres veces por semana para saciar su
apetito sexual, sustentando la pureza del cariño agraciado. El hotel Arboleda, situado al oeste de Madrid, no muy
lejos de la ciudad universitaria, en pleno barrio de Pedraza, era el nido secreto, el hábitat de un sentir bonito que día
tras día aumentaba las esperanzas de una mujer realmente entregada a la fe del supuesto amor verdadero, el único
capaz de hacerle saborear un pedazo de cielo en cada éxtasis. Siempre reservaban la habitación número cuarenta y
tres, al final del pasillo del cuarto piso, la más alejada, la estancia casi secreta del lugar transitorio. Era un hotelucho
de tercera categoría, pero mi “princesa encantada” lo comparaba con el palacio del faraón. En ese simple cuartucho
la vivacidad del placer sexual le incendiaba la vida, le llenaba el alma.
Curiosamente, la cita había cambiado para una hora más tarde, concretándose a las seis de la tarde, pues
Iribarren debía resolver unos asuntos de última hora. María Fernanda no se incomodó. La demora le aumentaba el
margen de tiempo a la hermosa heredera para maquillarse con calma y poder escoger las prendas adecuadas para
seducir al volcánico enamorado. Ella, para evitar sospechas, siempre se cambiaba de vestimenta en casa de su
entrañable amiga Matilde Gonzaga, estudiante de Filosofía en la Complutense, mujer liberal, rebelde, que prefirió
abandonar el cobijo del seno familiar cansada del abuso infligido por el asfixiante padre, médico cirujano
medianamente famoso que ejercía en el hospital Reina Isabel. En el guardarropa secreto le hizo espacio para
esconder infinidad de prendas íntimas que excitaban a su amante perfecto.
El momento era especial, pues se suponía que era una fecha de celebración total. Era el día escogido por Iribarren
para enviar la esperada carta y anunciar su deseo de abandonar la Iglesia, de colgar los hábitos para siempre, de
cambiar de esposa. Evidentemente, la ocasión ameritaba una sorpresa mayúscula. María Fernanda se esmeró en
conjugar las prendas ideales, empezando por unas finas medias de nylon color negro, bastante opacas, que
resaltaban la solidez de las piernas, idóneas para aumentar la fantasía visual. Estaban terminadas con la costura en
relieve bordado a lo largo de la parte posterior, desde el muslo hasta los tobillos, en forma de línea pespunteada,
finamente decoradas con un lazo de tonos púrpura en la parte superior. Luego continuaba un liguero de encaje que
hacía juego perfecto con las sugerentes medias. Los pantis representaban un exceso de equipaje, pero prescindir de
ellos le habría impedido dedicar tiempo a los voluptuosos escarceos preliminares que encienden la pólvora. El torso
estaba cubierto por un finísimo corsé, fuertemente ceñido, capaz de ensanchar el busto, sobre el cual reposaba un
sostén del mismo color que las medias, bastante sutil en el grado de oscuridad; más bien claro, casi imitando la
transparencia, para no dejar mucho terreno a la imaginación, y facilitar el despertar fálico. Zapatos de tacón alto,
pigmentados en fuertes tonos rojizos, intensos, abrillantados, el decorado predilecto de los futuros esposos, muy
utilizado por las prostitutas finas.
Matilde la ayudó a arremolinar el peinado, dándole un acusado aire de femme fatale, imposible de esconder por
su amiga. María Fernanda no llevaría ropa alguna, aparte de la íntima. Luciría un abrigo de visón morado; solo unos
pocos botones, junto al cinturón disimularían el deseo de la piel. El maquillaje bastante retador, un labial rojo fuego,
sintetizaba el volumen del deseo, las ganas de coquetear, de ser seducida, la antesala perfecta para ser penetrada
hasta las entrañas, como tantas veces disfrutó y gozó en cada encuentro fugaz con Iribarren en que el espacio y el
tiempo no tenían sentido, solo la carne hablaba con voz jadeante.
Por su parte, el sacerdote solía disimular el típico atuendo de trabajo con un sobretodo beige, bastante común, de
esos usados por el madrileño de clase media baja, que solo se enfundaba a la entrada o salida del albergue
transitorio, después de la descarga eufórica, para pasar inadvertido ante la mirada de los transeúntes. Difícilmente se
le podía identificar. En el hotel no había mayor problema de privacidad o de identidad, ya que el encargado era de
extrema confianza. Era un chico de los arrabales a quien el presbítero había rescatado de la miseria humana. El fiel
empleado le debía la piel, el silencio era parte del compromiso. Nadie imaginaba los bajos instintos que transpiraban
en la habitación, los gustos alternativos en cada fecha de la semana. Para que la sorpresa fuese mayúscula, el
párroco, en rápida escapada, acudió al hotel una hora antes que su amada. Necesitaba darle la embestida final, era
el gran día para los dos. Para ella era la consagración del amor bonito. Para el representante de la Iglesia, la prueba
viviente de la existencia del poder maléfico en todo su apogeo. En esa cita, mi “princesa encantada” moriría en vida.
La mujer ataviada con lujuria tomó un taxi para ir hasta el lugar reservado con bastante antelación. Estaba a buen
tiempo; eran las cinco y treinta de la tarde, la hora perfecta para no perder tiempo en interminables filas de
automóviles atascados. Estaba rebosante de felicidad, pletórica, empachada de alegría. Se sentía bendecida por la
plenitud de los sentimientos correspondidos. Pensó que había descubierto el significado verdadero del cariño a
corazón abierto, de conjugar el verbo amar en todos los tiempos. Mientras el coche se acercaba al destino, empezó
a fantasear, recordando todas las muestras de afecto y pasión recibidas en estos casi seis meses de increíble relación
amorosa. Disfrutaba de la lengua de su amado, acariciándole el pensamiento; la dosis de entrega carnal con que
hacían el amor era de otro planeta. Retrocedió en el tiempo para revivir cada uno de los explosivos orgasmos,
disfrutados con plenitud, que había sentido en los brazos de su hombre. La creatividad activó al órgano de mayor
intención sexual en el cuerpo. El cerebro empezó a emanar descomunales sensaciones de placer, fantasías que
reventaban en los labios que recubrían la estrechez de su vagina. El clítoris con sobrada facilidad duplicó su tamaño,
la imaginación superaba a la realidad. Una vez abortada la pusilanimidad, sus dedos comprobaron el resultado de la
ligereza mental, estaba totalmente empapada, preparada en todo su esplendor para brindar lujuria.
El taxi se detuvo frente al hostal. El reloj de su mano derecha marcaba desesperado las cinco de la tarde con
cincuenta minutos. La enigmática mujer descendió del coche cual emperatriz de los sentidos, llevaba un orgasmo a
cuestas antes de tener sexo con el soñado futuro esposo. Atravesó el portal del hotelucho de mala muerte, del que
dos amantes huían tras saciar pasiones contenidas. Quemó un poco de tiempo en el pequeño lobby porque las
instrucciones eran precisas, obligatorias. Habría un reconocimiento a la paciencia, a la espera desgastante. A las seis
en punto, ni antes ni después, debía abrir la puerta del cuarto que estaría sin cerrojo. Todo estaba morbosamente
calculado. Efusiva, enfiló por las escaleras, trepando de dos en dos los peldaños; la hora pautada estaba por llegar.
Los pasos se aceleraron en el descanso de la escalinata en el cuarto piso. Respiró profundo, volvió a experimentar
una paz húmeda en la entrepierna, que no lograba domar. Estaba ansiosa por ser violentada tierna y salvajemente a
la vez por el macho juguetón. Finalmente llegó a la puerta de la habitación. Cerró los ojos e hizo girar el pomo, que
no opuso resistencia alguna. Tiró con cuidado de la puerta, abrió de golpe los ojos, en toda su inmensidad, buscando
a su enamorado para violarlo con pasión desmedida.
El impacto fue brutalmente increíble, horrendo, macabro, sucio. María Fernanda emuló a Medusa cuando reflejó
sus ojos en el espejo y, mirando la cabellera de serpientes, se convirtió en estatua rocosa. De golpe, el placer mutó
en asco. La imagen que estaba frente a ella la desencajó por completo, sumiéndola en un torbellino satánico,
imposible de creer. Las piernas se le quebraban, sentía una presión salvaje en el cuello, las náuseas la ahogaban, no
podía aguantar por mucho tiempo las ganas de vomitar. Quiso salir corriendo pero estaba totalmente petrificada, no
podía reaccionar ante semejante atrocidad. Los tobillos no le respondían, no daba crédito al horripilante y asqueroso
espectáculo. Con la mano derecha contuvo parte de la bilis que salía por su boca; era la peor de las pesadillas en
toda su triste existencia mortal.
Supuso que este era el máximo de los castigos. Vio en él su culpabilidad por haber desafiado a Dios, por haber
profanado la Santa Iglesia para saciar la lujuria añejada. Se sentía la mujer más desdichada sobre la faz de la tierra,
triste merecedora del fuego infernal. Con esfuerzo sobrehumano giró a su derecha para escapar del asco escondido
en la habitación número cuarenta y tres. La rodilla izquierda tropezó contra el marco de la puerta, rasgando parte de
la epidermis que recubre la rótula. Perdió el equilibrio, y cayó sobre la cerámica sucia del pasillo. Los olores se
tornaron nauseabundos. El abrigo se abrió a la mitad, dejando ver una parte de la sensual ropa interior. El costoso
bolso se enredó en el sobrante de la cerradura. Con desaciertos, logró levantarse, zafó la cartera, que aún estaba
atrapada por el pomo de la desgastada puerta. Miró por última vez en el interior de la pieza. Nuevas oleadas de
vómito salieron expelidas. No sabía qué hacer, el sentido de la orientación se extravió, no coordinaba sus
movimientos. Dando golpetazos desesperados, emprendió la retirada con lágrimas en los ojos. Miró al cielo,
imploraba justicia. Con furia salvaje, gritó a todo dar en pleno pasillo.
El eco retumbó en el recinto alertando a los demás huéspedes, que ni por curiosidad se asomaron a descubrir la
fuente del alarido. Nadie quería ser expuesto en la Catedral del pecado. El día del Juicio Final había llegado. El
macabro plan de Iribarren pronto empezaría a dispersar cadáveres vivientes, almas en pena, dolor y muerte.
Tristemente, la primera pecadora que sufrió la maldición de una venganza atroz fue mi “princesa encantada”.
A partir de ese momento, los acontecimientos nefastos se repetirían con precisión enfermiza. En pocas semanas,
según el cálculo metódicamente analizado por el verdugo, se disiparían las dudas. Los culpables serían señalados con
el dedo inquisidor y la justicia tendría la obligación de asomar sus narices. No había posibilidad de obviar las
aberraciones pasadas; eran tiempos en que florecían las verdades y se acallaban los fantasmas. No importaría el nivel
social ni las cuotas de poder. El escarnio público pasaría a ser el mejor carcelero, obligando a los posibles
implicados a escudarse en el mejor “amigo” para salvar su propio pellejo. Muchos protectores se transformarían en
vengadores obligados, solo para custodiar sus espacios, sus cuotas de privilegios. La traición se transformaría en la
bandera izada en todo el perímetro social de Benítez. La caída era inminente.
La exaltada mujer cruzó a toda prisa el diminuto espacio de la recepción del albergue transitorio, actuaba
totalmente descompuesta. El encargado le ofreció ayuda, pero ella la rechazó apartándole bruscamente con un gesto
de sus manos. Ni siquiera podía enfocar la mirada, vestigios de vómito manchaban el costoso abrigo. El tacón del
zapato izquierdo se había quebrado cuando bajaba las escaleras. Estaba despavorida, quería salir de aquel antro a
toda costa, necesitaba tomar aire fresco, purificar los pulmones, santificar la mente. María Fernanda no podía creer
la espantosa visión que acababa de descubrir desde la entrada de la habitación. Se detuvo a una manzana del hotel.
Le resultaba imposible saber dónde se encontraba ni qué hacía en el sitio, estaba absolutamente desorientada. Pidió
ayuda al primer transeúnte que divisó, pero este huyó despavorido porque supuso que se trataba de alguna demente,
una pecaminosa mujerzuela en profundo estado de ebriedad.
Necesitaba un taxi, un coche que la llevase muy lejos de ese espantoso barrio. Volvió a recordar partes de la
horrible película otra vez. Los jugos gástricos hicieron efervescencia. Se apoyó sobre uno de los frondosos árboles
que decoraban los laterales de la avenida. Una copiosa lluvia de líquido maloliente se escapó de la boca. Quería
tomar un sorbo de agua, pero no había una fuente cercana. Se abalanzó sobre la vía automotriz, pero un buen
samaritano la ayudó a retroceder y evitar una tragedia peor. En la acera se calmó. Le recomendaron que esperase
tranquila, que los transportes públicos pasaban con cierta frecuencia. En efecto, tres minutos después se apareció el
primero. María Fernanda se subió al coche y el chófer preguntó direcciones, algún destino para establecer la ruta. La
mujer le gritó con furia que se pusiera en marcha sin demora, luego le diría dónde ir. El vehículo se alejó del
pandemónium y mi “princesa encantada” empezó a recuperar la cordura, pero la morbosa aparición volvió a asaltar
su ingenuidad. Se encolerizó y comenzó a golpear el cristal de la ventanilla de la puerta, gritando cientos de
improperios. El taxista le rogó que se calmase o tendría que pedirle que se bajase del auto. Despertando
momentáneamente de su pesadilla, la dama atinó a pedirle que la trasladase a su casa, que la esperara unos minutos
porque irían a dos direcciones diferentes. Le prometió que la demora tendría una excelente remuneración, pero que
no detuviese el coche por ningún motivo, era imperativo escapar del infierno.
Capítulo 21
María Fernanda, la ingenua delatora
Los amores clandestinos entre Iribarren y María Fernanda fueron truncados a los seis meses en una tarde que
prometía ser especialmente bella, pero que se tiñó de asco y horror. La felicidad de mi “princesa encantada” duró
poco tiempo, insuficiente para ser bendita. En esos cortos meses, el verdadero amor se confundió con los intereses
malsanos de un juez poco ortodoxo. Durante ese período de noviazgo efímero y secreto, en las numerosas reuniones
carnales entre sábanas mojadas de pasión, el sacerdote usó el poder del amor para satisfacer todas sus inquietudes
acerca de Benítez. La amante compartía dos cuerpos sin conjeturar sobre el oscuro desenlace de un triángulo
fundado por el odio y nutrido por la rancia apetencia de una sanguinaria venganza. Tres tardes por semana hacían el
amor religiosamente, entre pausas reconstituyentes. El párroco obtenía, gracias a la incauta damisela, toda la
información necesaria para diversificar sus ataques y dirigirlos al punto más débil del general.
En un principio la esposa frustrada no entendía por qué el interés enfermizo en la personalidad, el pasado y el
futuro del militar era tan relevante a los ojos de este verdadero enamorado celestial, el ser que le llenaba la vida de
cosas bonitas. La excusa esgrimida por Iribarren poseía visos de credibilidad y era digna de lógica sustentable.
Según el sacerdote, ambos románticos discretos debían estar preparados para enfrentar el momento de proclamar
sus sentimientos verdaderos a los cuatro vientos. Obviamente, el poder del general podía truncar todos sus anhelos.
Por eso era necesario conocer todos los aspectos débiles de la mente del próximo exesposo resentido. Lo que
buscaba era crear opciones en defensa ante ataques o represalia por parte del militar burlado. Ella insistía en que no
habría problemas; su padre, don Toribio, era tan poderoso como el general, si no más. El viejo negociaría una salida
conveniente para todos. Una de las tantas opciones válidas, conformista, podía ser radicarse en otro país, como
Méjico, lugar que le fascinaba a mi “princesa encantada”, para así acallar lenguas y corazones desacreditados. Al
final ella siempre se dejaba seducir por las caricias verbales del romántico adulador, siempre contestaba con lujo de
detalles las preguntas sobre las debilidades de su futuro excompañero de cama. Además, el recordar las críticas y las
facetas adversas de Benítez le ayudaba a subir la autoestima y sumaba cada vez más razones o justificaciones para
tener el valor de pedir una separación irrevocable.
El sacerdote logró desenterrar las obsesiones del odiado verdugo. Descubrió la fragilidad de su carácter
explosivo, razón de notables problemas en el ejército. Alcanzó a conocer los miedos, las fobias comunes que había
heredado el hombre ataviado de soldado. Pudo certificar que Benítez no era un amante de primera, deficiencia ya
manifestada en plena luna de miel en Marruecos, donde casi no tuvo contacto físico con su flamante esposa, debido
en parte a supuestas dolencias gastrointestinales que le afectaron durante casi toda la semana posterior a la boda. No
era efusivo, expresivo, ni intenso cuando amaba a su pareja. Practicaba el sexo de forma mecánica, ensayada,
monótona. Su mayor motivación no era el frágil hogar. Pasaba largas temporadas fuera de casa, en supuestas
misiones o cursos especiales de formación en apartadas bases militares en la región del Bierzo, sobre todo en
Ponferrada, cerca del castillo de la Encina. Siempre buscaba la manera de evitar compromisos en pareja, como si se
avergonzase de exhibirse con su esposa en celebraciones banales. El nacimiento del primogénito, el pequeño
Francisco, fue motivo de cambios mínimos en el seno de la familia. Hubo una mayor presencia paterna. Se
compartieron tímidos momentos de alegría, avalados por la sonrisa del pequeñín. El general se esforzaba en demasía
por el cuidado de su apariencia física. Solía dedicar horas a afeitarse, evitando dejar el más mínimo rastro de bozo.
Se humedecía la piel con cremas hidratantes especiales, importadas de la India. Su pulcritud era enfermiza. El
uniforme debía ser estirado al máximo, la plancha estaba obligada a desarrugar minuciosamente cada pliegue, la tela
debía mostrarse perfectamente lisa, acendrada, inmaculada. El aspecto físico era su marca social, siempre impecable.
Era tan reservado en el tema militar que su esposa llegó a pensar que manejaba pesados secretos de Estado, lo que
pudiera explicar, en parte, su conducta apática. María Fernanda recordaba las pesadillas que le despertaban
violentamente a ciertas horas de la madrugada, tal vez motivadas por recuerdos crueles de batallas libradas, de
muertos que le saludaban desde el más allá, por reproches o clamando justicia divina. En casa era un tanto callado,
obsesionado con el orden de las cosas, meticuloso, conflictivo, los argumentos racionales chocaban en su conducta.
Poco a poco Iribarren desnudó, gracias a esta información privilegiada, la verdadera personalidad misteriosa del
próximo e indefenso difunto. También indagó con profundidad sobre sus gustos por la música clásica, las óperas de
Verdi eran sus predilectas. El vino tinto era el compañero perfecto de toda comida, no le agradaba probar nuevos
taninos, aparte del Rioja; no aceptaba propuestas foráneas. Se enteró, además, de sus preferencias gastronómicas:
qué platillos le agradaban según la estación del año, la forma de tomar el café, sin azúcar, recio, amargo, rudo como
el hombre guerrero. Escudriñó cuáles postres degustaba con placer. Pocos detalles le faltaban por conocer. Con la
ayuda recibida de manos de la peligrosa e ingenua sinceridad de María Fernanda, el sacerdote podía con suma
facilidad construir historias creíbles para desarticular, dominar y confundir la inteligencia del general, convirtiéndole en
débil oveja, lista para enfilarse en el matadero. Cada secreto, cada pista, cada dato sensible o actitud expuesta era
un triunfo, otra maravillosa pieza en el mosaico sangriento necesario para avivar la justicia divina en nombre de la
oscuridad.
El trabajo investigativo llevó a Iribarren a seguir a su presa en reiteradas ocasiones y a descubrir la sospechosa
probabilidad de algún amor secreto. Benítez frecuentaba una casa bastante elegante, a simple vista costosa, en el
barrio del Conde de los Andes. Acudía al palacete todos los miércoles, pasadas las cinco de la tarde. Era evidente
que existía puerta franca para el general en la lujosa mansión. La visita duraba unas dos horas y media. Luego salía
con el mayor disimulo; siempre vestía con sobretodo y sombrero de paisano. La vivienda, un tanto clásica, lucía dos
ventanales frontales, decorados con llamativos rosetones que impedían la visual hacia el interior. La intriga era
plausible porque no se podía clasificar el lugar de manera oficial. Lo mismo podía ser un nido de amor, como tal vez
alguna casa de citas o un prostíbulo de lujo. Pero la localización del inmueble no permitía darle credibilidad a la
segunda opción, de acuerdo a los códigos de construcción de la capital.
Iribarren estaba complacido. Los esfuerzos por destruir al contrincante más odiado habían madurado. La
paciencia, ese preciado don en la mente del hombre de fe, estaba a punto de devolverle un gran favor. La constancia
tenía un solo sello: el cobro por la sangre derramada sin razón. La meta estaba cerca, no había motivos para
desesperarse. Pronto la imagen del general dejaría el manto de privilegios, la metamorfosis sería total. El infierno que
le estaba deparado no era más que el precio justo de la venganza.
Capítulo 22
El aniquilamiento del amor bonito. La demencia de mi “princesa encantada”
María Fernanda aterrizó en el hogar del matrimonio Benítez López de Peña y descendió del taxi. No le canceló el
montante preliminar al chófer, exigiéndole como condición que la esperase un rato, pues debía hacer algo rápido en
esa casa, y después saldrían hacia otra dirección no muy alejada. El chófer no objetó a la orden de la extraña señora;
simplemente aclaró que el precio subiría un poco, según los minutos de espera. La mujer con olor a vómito fresco no
reparó ante el insignificante reclamo, había problemas mucho más graves en el horizonte. Por su parte, el taxista se
alegró porque ganaría unas pesetas adicionales; incluso se aferró a la ilusión de obtener alguna propina, a juzgar por
la apariencia de la suntuosa mansión donde supuso vivía la pasajera.
Mi “princesa encantada” corrió escaleras arriba, entró en la recámara matrimonial y fue directa al voluminoso
armario. Los sirvientes, viéndola tan deteriorada, sucia y ajada, se preocuparon mucho y de inmediato trataron de
ayudarla. Ella los rechazó de pleno y evadió la cercanía con persona alguna. Llena de cólera, les gritó con furia
descomunal que quería estar sola, que nadie la molestase por razón ninguna, que ella no existía. Cerró con cerrojo la
puerta de la habitación y se puso de pie frente al espejo del antiguo escaparate donde reposaba parte de su
abundante lencería. El cristal reflector le recordó la pobre imagen que proyectaba: el rostro sucio, desencajado, con
la mirada perdida, los ojos rojos e hinchados de tanto llorar, el abrigo salpicado de vómito, el cabello desaliñado.
Volvió a gritar de rabia, se arrancó el costoso abrigo, regalo de su padre en uno de los tantos viajes a París, soltó la
costosísima pieza de piel de visón en el piso y lo pisoteó una y otra vez, lo pateó sin respeto alguno, quería hacerlo
pedazos, pulverizarlo. Arrojó los zapatos incompletos hacia la cabecera de la cama, el santuario de su maltrecha
moral. Intentó quitarse el corsé, las medias, el liguero, las antiguas prendas eróticas, armas de atracción pasional
transmutadas en obsoletos adminículos de reproche, pero los nervios le obstruían el camino, impidiéndole actuar con
claridad. Una uña se quebró en tres pedazos cuando se golpeó con el cajón central del viejo armario artesanal en su
vano intento de sacar la mayor cantidad de prendas de vestir. El dolor le produjo un quejido revestido de
improperios mientras ahora abría el cajón de su peinadora imperial. Tomó unas tijeras muy afiladas para cortar las
cuerdas de toda su ropa interior, esas prendas íntimas que había soñado lucir en un día supuestamente tan especial y
que transmitían el deseo de una puta en celo deseosa de complacer a su amante, al dueño de su fe en el amor.
Volvió a mirarse en el espejo. Escupió sobre el disfraz de mujer sensual y lo tiró en el cesto de la basura.
Contempló su humanidad desnuda, totalmente libre de fantasías, tal y como vino al mundo. Se llevó las manos a los
labios y empezó a llorar, a maldecir su pasado, a cuestionar el amor, a dudar de la validez de un ser superior.
Temblaba de miedo, sudaba vulnerabilidad. Corrió a la ducha y dejó caer un torrente de agua caliente sobre la
melena que cedió dócil a la fuerza del agua. Resolvió limpiar las impurezas de la piel, borrar los recuerdos de jugos
gástricos putrefactos, de vómitos malolientes. Sus lágrimas se confundían con el líquido transparente que trataba de
exorcizar, de purificar el pecaminoso cuerpo de mujer ultrajada. Impregnó la esponja de baño con un jabón cremoso
con esencia de vainilla, su predilecto. Frotó con tal rudeza esquizofrénica que la piel se cuarteó. Necesitaba arrancar
el pecado, desterrar el tiempo pasado reciente. La epidermis se enrojecía con excelsa libertad a punto de sangrar.
María Fernanda lagrimaba. Pateó la pared, la bañera y se golpeó los dedos del pie izquierdo. El impacto hizo que la
sangre comenzara a manar de la uña del dedo gordo, pero el dolor competía con la frustración, la ira dominaba toda
otra aflicción corporal. Se sentó bajo la fuente de agua, apretó el rostro sobre las rodillas y empezó a autoflagelarse
con millones de cuestionamientos, acusaciones y complejos.
Pasó media hora bajo los chorros de la ducha cromada; el agua tibia amilanó sus niveles de agresividad,
frustración y abandono. María Fernanda escapó del baño envuelta en una toalla amarilla de algodón mejicano que la
abuela paterna había bordado con sus iniciales de bautizo. Se desplazó hasta el amplio escaparate lateral, cogió una
de las maletas, la de mayor tamaño, de piel con monogramas de una exquisita marca francesa. De los otros cajones
aventaba las cosas que encontraba cercanas: ropa interior, medias, blusas..., en fin, todo cuanto cabía, lo necesario
para vestirse durante dos semanas. Las piezas de tela se apretujaban en el interior de la valija, sin orden, sin
combinación. Se vistió con un pantalón, el primero que encontró en su recorrido por las perchas del depósito; una
blusa deportiva complementó el torso. Calzó zapatillas de tela, sin combinar estilos ni tonos, y salió disparada del
cuarto. El pelo goteaba en todas las direcciones, no había tiempo que perder, no podía permanecer un segundo más
en su propia casa o moriría en segundos. Antes de salir, vio de soslayo la cama decorada con un cubrecamas
robusto, relleno de plumas de pavo real, hecho a mano en Pakistán; las almohadas combinaban con el repujado de
los bordes, todo en perfecto orden femenino. La cama se transformó en su mente, se vistió de satanismo puro. El
diablo la miraba desde el copete, se burlaba de la ingenuidad de la rica heredera. El asco revoloteó en el ambiente,
perfumándolo con aromas de muerte. Ella se rio con burla, presa de los nervios. No contuvo las ganas y volvió a
escupir hacia el centro del mueble, pero las náuseas le advirtieron que era tiempo de correr, de abandonar el infierno.
Cual gacela perseguida, María Fernanda salió disparada de su antiguo hogar. Los atónitos servidores, el
mayordomo, la nana de su hijo Francisco y el ama de llaves se miraron a los ojos en búsqueda de respuestas. La
dueña de casa huyó de la cárcel de oro, nadie pudo detenerla, nadie sospechaba su dolor ni el triste final que pronto
resaltaría en las noticias trágicas en los periódicos. Era la última vez que disfrutarían de su presencia: la heredera del
imperio había comenzado su viaje al otro mundo. Entró al taxi por segunda vez. Le dio la nueva dirección al
conductor y le recalcó que tenía suma prisa. El hombre aceptó sin chistar, presentía el conflicto familiar. Ojeó la ruta
seleccionada, estaban a unos quince minutos sin tráfico; era otra urbanización de ricachones madrileños, la zona más
costosa de toda España. El profesional del volante dio rienda suelta a su imaginación sobre los posibles conflictos de
la clienta. Quiso entablar conversación con la alucinada pasajera, pero el silencio fue la única vocal. Entonces asumió
su puesto y pisó el acelerador, no fuese a darle otro ataque de ira a su pasajera en plena avenida.
La casa de don Toribio fue el destino final de la extraña fugitiva. Se apeó del automóvil, pagó con un billete de alta
denominación, sin escuchar el precio de la carrera. El dueño del taxi no se esforzó en recordarle el valor del
sobrante; para él, ese saldo a favor representaba casi un día de trabajo. Sonrió con alegría reprimida, no estaba
interesado en alertar a su contratante sobre el dinero que reintegrar. María Fernanda cargó las piezas de equipaje y
se adentró en la mansión de su padre. El chófer le dio la bendición alejándose con premura del sitio, había que
celebrar la propina de una tarde bastante extraña.
La hija del empresario cruzó el salón de visitas. Posó las maletas en el suelo para que el mayordomo las subiera a
la habitación. Preguntó por sus padres. Ambos habían ido a una cena de empresarios de la Cámara de Comercio de
Madrid y el discurso de bienvenida estaba a cargo de don Toribio. Mi “princesa encantada” subió desesperada
hacia su antigua habitación de adolescente. Se detuvo en el descanso de la escalera del segundo piso. Aterrada,
recordó que el pequeño Francisco estaba en casa de los abuelos paternos. El frío le heló la sangre, debía sacarlo
inmediatamente de ese infierno, pero la necesidad de pisar ese catastrófico lugar le revolvió las tripas. Cogió el
teléfono al pie de la escalera y optó por comunicarse directamente con el suegro y rogarle que trajese a Francisco a
casa, pues ella estaba indispuesta y esa noche dormiría con sus padres. Los suegros no objetaron a la solicitud y
acordaron enviar de vuelta al nieto en la próxima hora. La madre del chicuelo suspiró, no tendría que pasar el mal
rato de visitar a los padres de su repudiable esposo. Entró en la estancia y cerró la puerta con llave; no quería ser
molestada por razón alguna. Se tendió a lo largo de la cama, el refugio de niña mimada. Se echó a llorar como alma
en pena, se abrazó a un oso de peluche, el compañero de muchas locuras de juventud. Poco faltó para que le
arrancase la cabeza con la presión que ejercía cada vez que daba sollozos desahuciados. Pronto las lágrimas
desbordaron las sábanas, el colchón, las almohadas y todo el recinto. No paraba de llorar, la experiencia vivida le
secaba la energía. Guardaba en el subconsciente la tétrica visión encerrada en el cuartucho número cuarenta y tres
del hotel Arboleda. Se resignó, deseaba la muerte como edredón.
Así transcurrieron los primeros cuatro días de mi “princesa encantada” después del desastrado encuentro final con
su futuro gran querer. Apenas comía, todo el líquido que bebía lo sudaba a través de las interminables lágrimas. Los
ojos casi se desprendían de sus órbitas; pensó en desfallecer, en dejarse morir, ser carbonizada en la hoguera. Por
momentos asumía la responsabilidad de ser madre y entonces la vida cobraba otra oportunidad de existir, pero el
asco vivido le enturbiaba los pensamientos. Quería evaporarse, teletransportarse al pasado de sus vidas anteriores;
tal vez en ellas hubiese sido más feliz que en el infierno que hoy le había tocado disfrutar en nombre de un amor
profano. Con el pensamiento babélico, abochornada, no atinaba qué hacer. No aceptaba ayuda de nadie. Su madre
se disfrazó de estorbo, incluso llegó a suponer que parte de su infortunio era culpa de su progenitora. Ahora, tal vez,
si las recomendaciones de su padre sobre el afeminado modista hubiesen sido escuchadas, el llanto no sería hoy su
ventrílocuo inseparable.
Fue casi una semana completa en que la melancolía le arrebató todo vestigio de felicidad. Finalmente decidió
conversar con su padre. El único tema que debatir era sencillo, claro, necesario. Le rogó a don Toribio que
acelerase los trámites de la anulación de su matrimonio, sin excusas, sin razón lógica. No deseaba seguir siendo la
esposa de un farsante asesino. El padre entendió el problema, pero dedujo que la fuente de todos los males no era
más que una simple pelea entre esposos, una malcriadez de su hija. Se alegró porque él interpretó que las sospechas
aparentes parecían estar bien encaminadas. Ahora podría tomar la situación con calma; no era el fin del mundo, solo
una pataleta de la incomprendida hija mimada que se podía solucionar con una simple intervención de él. Don
Toribio le garantizó que hablaría con su yerno para interceder en la relación. María Fernanda reaccionó colérica. A
quemarropa le chilló con sangre en la garganta que solo se limitara a pedirle al abogado de confianza el inicio
inmediato de los trámites de anulación. La disputa familiar se extendió por dos días. Al viejo cascarrabias no le hacía
gracia que su hija se separase del marido. Eso no era bien visto en la sociedad, la tildarían de rebelde, libertina y
cuanto comentario banal abundaba en el léxico de la casta dominante del país. Pensándolo bien, quizás hasta era
contraproducente como estrategia de negocios, pues el actual hijo político pronto se convertiría en el comandante en
jefe del ejército, pasando a ser un socio apetecible para expandir todavía más los negocios del empresario, gracias a
las influencias políticas del nuevo cargo.
El padre no se mostraba dispuesto a acoger con ligereza la petición de su hija. Incluso llegó a pensar que tal vez
ella tuviese amoríos con un tercero, habida cuenta de las constantes escapadas de los últimos meses que tanto habían
cambiado su actitud. Esa suposición machista irritó con fervor la desdichada valoración de María Fernanda. Sin
medir palabras le aclaró que ambos tenían sendos amantes, pero que eran amores imposibles. El padre volvió a
ejercer el rol de conciliador; el problema se había duplicado o, mejor dicho, complicado en su interpretación, pero
las conclusiones resultaron altamente mortíferas, fuera de lo esperado por la hija. En cierto modo, no cuestionaba los
deslices amorosos de su yerno, que, después de todo, era hombre, militar y machista. Tener una amante estaba casi
que permitido por la doble moral de la sociedad. El auténtico problemón era que su hija tuviese otros brazos en que
refugiar su vacío corporal, eso no era aceptable.
María Fernanda se valoró con inferioridad, incluso su propio padre la recriminaba por los supuestos pecados, sin
sospechar que la falta de apoyo familiar la llevaría al cementerio. El verdadero desacierto era que mi “princesa
encantada” no podía hacer una confesión absoluta. En primer lugar, porque nadie le creería tan descabellada novela
y, colateralmente, los intereses del viejo empresario se verían afectados. En pocas palabras, estaba apresada en un
laberinto tan escabroso como el mismo purgatorio; no había escapatoria fácil. Su hijo se convertiría a fin de cuentas
en la verdadera víctima afectada por las decisiones que ella tomase. Momentáneamente optó por encerrarse en la
locura interior, tratando de ganar tiempo, de encontrar respuestas, salidas limpias o una esperanza de enmendar
semejante bajeza, que ni el perdón divino podría absolver en su memoria.
Capítulo 23
Iribarren se confiesa. La sangre empieza a fluir
La sórdida venganza de Iribarren estaba garantizando sus primeros despojos humanos: mi “princesa encantada”
estaba totalmente destruida y mi padre pretendía huir de un destino fatal, tragicómico, humillante, esquivando los
obstáculos moralistas a su alrededor y tratando de camuflar sus aberrantes debilidades para no perder el poder. Dos
familias acaudaladas, poderosas, pronto estarían en pie de guerra, a las puertas de una repartición equitativa de
sangre. El mismo día que María Fernanda vio el rostro del demonio en la habitación cuarenta y tres del albergue de
mala muerte, el párroco, amparado en las sombras de la noche, se refugió precipitadamente en el Monasterio de San
Antonio en las afueras de Segovia. Había solicitado un retiro espiritual con tres semanas de antelación como parte su
magistral estrategia. Basó el extemporáneo pedido en la necesidad de hacer penitencia, de orar en santa paz
rodeado de jardines, en compañía de decenas de seminaristas que convivían en el lugar para prepararse para su
próxima ordenación como representantes de Dios acá en la Tierra.
Iribarren sabía que después de iniciados sus actos vengativos, su cabeza pronto luciría un precio elevado. En
cualquier momento su acérrimo enemigo, ahora descubierto, le visitaría con pocas intenciones de diálogo amistoso.
Benítez difícilmente se quedaría de brazos cruzados ante tamaña ofensa; jamás perdonaría tremenda burla moral.
Pero el párroco era astuto, precavido. En el monasterio siempre caminaba junto a un grupo de aspirantes al
sacerdocio. Dormía en habitaciones compartidas por una veintena de novicios, fieles estudiantes de teología que, sin
la menor sospecha, cumplían la función de escudo humano; eran sus guardaespaldas secretos, parte del ejército
privado, eran los testigos necesarios a la hora de frenar los arrebatos comunes del temido general Benítez.
En efecto, al tercer día, el general, luego de mucho indagar, dio con su presa. No era difícil obtener información
con el nivel jerárquico que ostentaba. Se presentó a las once de la mañana en el convento donde se escondía el
retorcido justiciero. Pidió hablar con Iribarren, pero el acceso le fue negado de forma transitoria, no se permitían
visitas; se trataba de un lugar de retiro espiritual, reservado exclusivamente a miembros del clero. Sin embargo, el
uniforme verde olivo poseía ciertos privilegios. El propio sacerdote, con piel de cordero, aprobó la entrada del
predecible e inoportuno huésped. Accedió a verle con la condición de que la entrevista fuese en el patio central de la
institución, ante la mirada de decenas de seminaristas que rezaban, estudiaban teología o leían las Sagradas
Escrituras. De ese modo, la probable agresión física era responsabilidad absoluta del militar, se vería como sinónimo
de locura y podría constituir otro cargo contra Benítez.
Los repentinos enemigos se cruzaron la mirada por primera vez desde el arrebato de la esposa del general, en la
puerta de la habitación cuarenta y tres del hotel Arboleda, el centro de placer donde el cura había compartido
sudores, fluidos y orgasmos con la esposa desatendida. La mirada aguileña de Benítez exudaba odio, sangre,
venganza e impotencia. En cambio, el camaleónico adversario irradiaba alegría por la consumación del hecho, por
haber logrado parte de un reto insano, inclemente. Abusando de la suerte provisional y con todo el cinismo del
universo, el hombre de fe hizo ademán de abrazar al deslucido milico en claro tono de burla, de provocación
innecesaria. Desesperado, Benítez le quitó las ganas con un sólido puñetazo en la boca. Los estudiantes se
percataron de la desproporcionada agresión y trataron de intervenir; la escaramuza les parecía sospechosa,
inapropiada, pero el guía espiritual les hizo señas de paz. No obstante, los seminaristas estaban alerta ante los
posibles acontecimientos, los estudiantes de religión deberían velar por el jefe.
Benítez quebró el silencio. Su boca escupía fuego y veneno. Mientras, el aturdido sacerdote hacía esfuerzos para
contener el dolor en los labios goteantes de líquido rosado. El labio superior tenía una herida bastante profusa.
—¿Quién eres?, maldita rata del infierno. ¿Por qué has hecho esto? ¿Con qué propósito has destruido mi vida y la
de mi familia? Yo creí ciegamente en ti, y me has traicionado de la peor manera. Dame una razón, solo una, para no
arrancarte las entrañas.
Las acusaciones, sazonadas con improperios, excitaban al cura, eran prueba irrefutable del dolor ajeno. Era
precisamente lo que esperaba. El sadismo aumentaba salvajemente en la mente de Iribarren. Una sonrisa plena se
dibujó en su rostro. La gloriosa sensación de tener a su peor enemigo, derrotado, arrodillado, acabado, a punto de
morir, le engordaba el morbo, le empalagaba el ego, le aceleraba las pulsaciones al punto del placer sublime de un
orgasmo desenfrenado. El cobro de justicia al cabo de largos años de espera era la culminación de un trabajo
personal, era la celebración del siglo en su esencia sádica. Le miró fijamente, tomándose el tiempo necesario para
responder a cada una de las preguntas. Quería humillar todavía más al enclenque soldado venido a menos, alicaído
de pies a cabeza, cuyo futuro pintaba más oscuro que el forro de una urna.
—No me llames hijo, maldito enfermo… —Benítez alzó la voz, marcando distancia.
—De verdad me sorprendes, no te entiendo. Hace apenas unos pocos meses me considerabas parte importante
de tu vida, pero ahora me llamas rata, ser despreciable, en fin, ¡cómo cambia el ser humano ante las pruebas de la
vida! ¿No te parece gracioso esto que estamos viviendo? Bien dice el refrán que “del amor al odio hay solo un
paso”.
Benítez no soportaba el discurso, siempre supo que al perseguir a su verdugo se exponía sobremanera ante un
enemigo muy poderoso en el uso de la palabra, con altísimo poder de persuasión, pero la rabia le quemaba los
huesos. Se llevó la mano a la cintura con la intención de coger la Luger del cinto, pero la respuesta del cura fue una
tajante invitación a la cordura para evitar la ruptura brusca del libreto que ya había escrito con mucha antelación.
—Anda, sácala. Usa tu amuleto, tu protectora, tu cobarde escudo. Hazlo, dame un balazo justo en la frente, acá,
delante de todo el mundo, y comprueba que el infierno existe, porque el mismísimo Franco te hará fusilar. Bien lo
sabes, no puedes tocar al confesor predilecto del alto mando, al guía espiritual de tus jefes actuales, a quienes debes
rendirles pleitesía para poder seguir subiendo en las fuerzas castrenses. Total, para eso es para lo único que sirves:
para matar por cobardía porque no tienes cojones, eres un vil disfraz. ¿Te has dado cuenta de qué diferente se siente
ser cazado, verse acorralado por todos los frentes? Es duro, ¿verdad? —Benítez dejó a un lado la osadía,
claramente tenía las de perder.
—Quizás tengas algo de razón. Por ahora solo he venido porque necesito entender. Tengo que saber la verdadera
intención de destruir a mi familia. O me lo dices ahora mismo o te juro que te volaré los sesos por todo lo que nos
has hecho. Maldito hijo de puta. No me importa morir, a fin de cuentas, ya mi cabeza debe tener precio, puesto, o
bien por mi suegro, o bien por el ejército, pero no quiero irme de este mundo sin saber la verdad. Me mata la
curiosidad.
—Verás, en el fondo, tú y yo somos iguales, solo que de diferente materia. Yo no hice nada distinto de lo que tú
una vez hiciste con mi vida, cuando me la destrozaste para siempre. Pues, sí, no te hagas el gilipollas. ¿Te sorprende
la dura verdad? No me mires así, haciéndote el confundido, no te hagas el tontorrón. Hace mucho tiempo tú
acabaste con mi esperanza, con mi amor hermoso, con el deseo puro de libertad. Yo solo me las estoy cobrando, y
con creces.
La cruda confesión de Iribarren desarmó por completo el instinto asesino del general. ¿A qué se refería este
misterioso justiciero, este enemigo e insospechado vengador? ¿Acaso él le conocía? ¿De dónde sacaba esa carta el
cura? Benítez pensó que se trataba de alguna excusa barata para confundirle, para ganar tiempo. Nuevamente el
cazador habitual vestía de presa, su confusión era total. El soldado dudó por tercera vez. En desesperado intento de
obtener pistas certeras, volvió al interrogatorio.
—¿A qué juegas, asqueroso hijo de perra? ¿Qué te pude haber hecho yo? No trates de confundirme, tu perverso
juego se acabó —insistió el militar.
—¿Te dice algo el nombre del profesor Castellanos Iturbe? ¿Te recuerda algo en tus abundantes memorias de
crímenes injustos en Galicia?
Benítez frunció las cejas, arrugó la expresión y repasó su archivo mental en busca de alguna pista referente a esos
apellidos. Pensó que tal vez fuese uno de los maestros en la escuela, en la academia militar, en el posgrado, en
aquellos cursos especiales de formación táctica. Pero nada le traía al presente ese personaje mencionado por el
sacerdote, no podía relacionarlo con memorias vividas. En la carrera de armas, muchos cadáveres tenían su sello,
pero no recordaba nada, absolutamente nada que tuviese que ver con el inquietante apellido, con el personaje
aparentemente inventado, con el tal profesor.
—No sé de quién me hablas, ni qué carajos tiene que ver conmigo o contigo. Déjate de rodeos. No quiero más
tretas de las tuyas, que la paciencia tiene límites. Ya me has jodido demasiado, así que vayamos al grano.
—Caminemos un poco, general. Tal vez eso te refresque la memoria y entiendas el porqué de mis acciones. —
Juntos caminaron hacia el estanque al fondo del jardín.
—En aquel entonces eras un simple capitán, unos pocos meses antes de finalizar la absurda Guerra Civil. Te hablo
de uno de los tantos cadáveres que reposan en tu tragicómico honor o mal llamado expediente bélico. Cierto día de
invierno, el último de la guerra para ser preciso en mi recuento, tú, al mando de un grupito de malnacidos
combatientes, asesinaste a un pobre e inocente catedrático. Quizás por error, tal vez por cobardía o simplemente por
el placer homofóbico de acabar con un desdichado homosexual, según tus propias palabras, pronunciadas en la
mañana del juicio y posterior fusilamiento de Castellanos Iturbe. El motivo, te lo aseguro, me tiene sin cuidado. El
problema es que ese hombre, de quien dices no acordarte, era parte de mi vida, era mi gran amor. Sí, el profesor y
yo habíamos iniciado una hermosa relación amorosa, secreta, sublime, pura, perfecta. Claro, yo no era sacerdote, ni
mucho menos. Jamás me había pasado por la cabeza vestir los hábitos, pues siempre he sido ateo. Tú me forzaste al
cambio de uniforme.
—¿Vosotros erais amantes? ¿Yo le fusilé? No entiendo nada. Esta historia es ridícula. Es un maldito invento de tu
desquiciada mente. Juro que no sé de qué me hablas, estás loco de atar. Deja de inventar sandeces, eso no te
salvará de una muerte segura —atinó a responder el ofuscado general.
—Mucho más que eso, pedazo de cretino. Tú jamás entenderías nada porque nunca has conocido el sentido del
verdadero amor. Eres un burdo asesino, un matón de pueblo, un barriobajero. Entérate: Castellanos para mí era la
consagración real del amor puro, sin condiciones, sin miedos. Era el hombre que más he amado en la vida. Era un
amor tormentoso, que me llenaba el alma. Nos íbamos a ir de este país de mierda, escapar de una guerra absurda,
pero el puñetero destino decidió en mala hora que tú te atravesaras en nuestras vidas. Esa tarde mataste una parte de
mí. Y después del entierro juré por mi sangre que me vengaría de ti, que debía cobrarte la sangre derramada sin
razón. Y eso es, simplemente, lo que acabo de hacer.
Benítez tragó amargo. Nada estaba en su lugar. Toda la historia parecía increíble, asemejaba a una patraña
concebida por una mente perversa, sádica, enfermiza, diabólica. ¿Cómo era posible que un sacerdote ejecutase un
plan tan oscuro en nombre de un amor explícitamente prohibido ante los ojos de Dios y la Santa Madre Iglesia? La
sotana continuaba produciendo alucinaciones en la cabeza del general. No asimilaba, no entendía que estaba frente a
un ángel nefasto, un actor extremadamente histriónico. ¿Cómo se podía digerir semejante pecado, infamia o
blasfemia? Todas las muertes en las guerras son ilógicas, pero hablar de represalias bajo el amparo de la cruz era
demasiado escabroso para ser creído, debía existir alguna macabra confusión. Pero no importaba. Ya el agravio
estaba consumado. Para ese entonces, su vida familiar estaba condenada a la destrucción, la familia entera estaba
por ser aniquilada.
—Pero no entiendo. Tú eres un sacerdote de la Santa Madre Iglesia, un cura ordenado, certificado. ¿De qué
venganza hablas? ¿Cómo es posible amar a Dios pero destruir al prójimo? ¿Qué locura es esta? Todo es insano. —
Benítez no salía del laberinto informativo.
—Pero ¡qué estúpido eres! Entiéndelo de una maldita vez. Esta sotana no es más que un burdo disfraz, es la
excusa perfecta para mi plan. Este uniforme me permitió acercarme a ti, a tu entorno. Me llenó de credibilidad, de
respeto. Me otorgó más poder que el que tienes tú. Franqueó las puertas del propio Generalísimo, del alto mando, la
tropa de élite, de tu hogar. Fue mi aliado para seduciros a María Fernanda y a ti, par de idiotas. Este atuendo se
convirtió en la credencial inocua. Reconócelo, tengo mis méritos, debes darme crédito. Acepta que el plan tiene
visos de genialidad, aunque sea un poco descabellado. Maquiavelo debe estarse revolcando en la tumba: el alumno
ha superado al maestro. Y todo en nombre del amor, qué hermoso. Fueron muchos años de sacrificios, de
amoldarme a creencias que no comparto, de cinismo podrido, de interminables mentiras, justificadas bajo un manto
eclesiástico que solo busca intereses económicos o políticos. Pero valió la pena el esfuerzo, porque juré vengar la
muerte de mi gran amor y lo estoy logrando con muchas satisfacciones. Verte caer, desmoronarte, despedazarte en
vida, es el mejor reconocimiento a la perseverancia. Como dice el refrán, “El tiempo de Dios es perfecto”. Hoy no
eres ni la sombra del “aguerrido macho”, siempre falso, que desenfundaba su Luger con destreza para aterrorizar a
los humildes campesinos y moradores de pueblos conquistados, para acabar con víctimas inocentes solo por el
placer de matar en tus desquiciados interrogatorios. Hoy realmente eres un don nadie. Lo más doloroso para ti es
que ya no tienes el valor para enfrentarte con mi ejército de fe. Si decides atacarme, te caerán encima el caudillo y su
banda de matones, la sociedad, el clero. Por otro lado, debes correr y evitar que tu frustrada esposa suelte la lengua.
Eso sí es realmente un peligro inminente. ¿Te imaginas que se conozcan las debilidades del futuro ministro de
Defensa? Créeme que no estaría en tu lugar ni por todo el oro del Vaticano, estar en tus zapatos es sinónimo de
muerte. Estás solo, sin municiones ni tropas, rodeado por todos los flancos. Creo que esta vez no lo tienes fácil —
confesó Iribarren, refocilándose en la desdicha de Benítez.
—Puedo entender tu deseo de acabar con mi vida; ahora no te culpo si es cierto lo que me has dicho. Pero solo
me remuerde una duda: ¿por qué destruir a mi esposa, a mi hijo, a toda la familia?
—Lamentablemente, ellos formaron parte del listado de víctimas inocentes. Ante la venganza, todas las personas
cerca de ti están expuestas de alguna manera, algo les puede salpicar, gracias a tus acciones, porque al final tú eras el
blanco. Todo elemento relevante en tu entorno me ayudó a consumar el plan. Me valí de tu esposa, tu hijo, tus
suegros. Lamento que sucediera de esa manera, pero eran piezas necesarias para llegar al gran general. Tú eras el
problema; ellos, las aristas. Es parte de la vida: unos ganan, otros pierden. Muchas veces los inocentes son soldados
inocuos, carne de cañón necesaria, muertos por balas perdidas, por efecto rebote o por acciones secundarias. Pero
no sé de qué te quejas si en realidad no amabas a tu esposa. La pobre vivió un calvario de soledad a tu lado. Por
esa razón se abrió a mis brazos con pasión, se entregó ciegamente al primer romanticón, aspirando tocar el cielo.
Las mujeres son así de básicas, débiles e idealistas. Míralo desde este punto de vista: si sobrevives, ya no tendrás la
modorra de tu relación matrimonial, no tendrás que amar obligado, es decir, serás un hombre libre, ¡mira qué bien!
—sonrió el sacerdote.
Benítez montó en cólera rancia. Ese apodo solo lo conocía su esposa. Mi “princesa encantada” le había bautizado
con ese cariñoso sobrenombre el día que se besaron por primera vez. La duda razonable mostraba claramente que
la relación de María Fernanda con el cura había ido más allá de una simple confesión, de una conversación
académica entre profesor y alumno. El afecto era clarísimo entre dos enamorados, a espaldas del esposo ausente.
Pero las sorpresas de Benítez apenas comenzaban. Tenía frente a sí a un verdugo meticuloso, sádico, que había
estudiado todos los aspectos y movimientos de la vida íntima del general mientras se revolcaba en la cama con su
compañera de alcoba.
—Sí, conozco tu vida y milagros y un poco más todavía. Llevo años indagando sobre tu personalidad, tus gustos,
acciones, crímenes, bajas pasiones, apodos, inclinaciones sexuales. Te conozco a fondo. Tu remoquete me lo
confesó tu amorosa esposa en una noche de lujuria y pasión salvaje, entre sábanas mojadas, que compartíamos
como mínimo tres veces por semana en el hotel Arboleda, ¿te suena familiar, te parece conocido el sitio?, ¡Menuda
casualidad morbosa! Mi amigo, el conserje, siempre se burlaba, me decía que yo era un granuja, el perfecto truhán,
porque me los follaba a todos a la vez. ¡Qué divertida obra de teatro surrealista! ¿No te parece increíble?
Benítez sentía retortijones de estómago, no podía dar crédito a la embrujadora historia. El cura también era
amante de su esposa, se había infiltrado por completo en su hogar. No podía hablar, el asco le disolvía las palabras
entre charcos de saliva. Necesitaba descubrirlo todo de su enemigo para buscar algún antídoto contra su ponzoña.
Contuvo las ganas de matarle frente a todos, pero necesitaba argumentos para defenderse en el inevitable juicio. Por
otro lado, María Fernanda era ahora parte importantísima del bando enemigo y eso le ponía entre la espada y la
pared. A cada rato se aparecían nuevos flancos abiertos en el combate. Iribarren realmente era peligroso, necesitaba
sacarle la verdad. Por eso optó por contenerse y continuar la averiguación.
—Claro, ella fue la primera pieza clave en el camino de mi venganza. Fue ella quien me abrió el portón de tu
guarida, del círculo protector del que alardeabas. Ella me contó todo sobre ti, claro, con mucho sudor en la cama.
También mi laborioso proceso de investigación desenmarañó la mayoría de tus debilidades. Supe que mataste a
mucha gente inocente, incluso en tus filas. Eres intensamente paranoico y cobarde, razones suficientes para eliminar a
posibles competidores o enemigos potenciales, porque dudas hasta de las sombras que te cubren. Pero nunca
dudaste del hombre con sotana; craso error, amigo. Sé que mataste a Andueza o, mejor dicho, lo emboscaste en
Oviedo, porque conocía tus oscuros secretos, esos de los que todos hablan, que se han rumoreado en los pasillos
durante años sin que nadie los pudiese demostrar; nadie, excepto yo. El teniente Andueza descubrió tus bajas
pasiones cuando disfrutabas aniquilando prisioneros. Su pecado fue espiar por el ojo de la cerradura durante uno de
tus salvajes interrogatorios y ver cómo abusabas de un detenido. Sí, pensaste que el rumor había sido atajado y
disimulado con solapadas amenazas de muerte. Pero lamentablemente para ti, llegó a mis oídos. Te confiaste
demasiado, debiste haber matado a todo el batallón. Recuerda que la verdad nunca muere; casualmente tarda en
asomar, pero todo lo cambia cuando estalla. Andueza, el pobrecito carlista y católico a machamartillo, lo observó
todo. Al pobre desdichado que se había rendido le colgaste del techo, estaba medio muerto, flagelado, humillado.
Pero tus hormonas empezaron a hervir cuando viste el exuberante y frondoso miembro de tu prisionero, alebrestado
por el dolor, duro, erecto, apetecible, tal como te encantan, esos que te hacen agua la boca. Y como era costumbre
tuya, a solas, encerrado con la presa en la sala de castigo, aprovechaste y en sacrílega comunión consumiste su carne
enhiesta. Fue tanto tu desenfreno, tu alocada pasión, que le arrancaste el pene con la boca. Luego, para disimular, lo
tajaste en pedazos, buscando esconder las pruebas, torcer la evidencia y de ese modo poder ocultar tu secreta
verdad homosexual reprimida. Mataste al pobre infeliz porque decías odiar a los maricas; descubriste que Andueza,
espantado por lo que había visto, intentó denunciarte y tú le callaste la boca para siempre, junto con varios inocentes
soldados de confianza. ¡Joder, la felación del preso valía más que tus soldados! Ese crimen es solo la punta de la
colina. Tengo un expediente en tu contra que hará temblar a todos tus jefes de pacotilla.
—Padre, o, mejor dicho, marica de mierda; ¿no crees que tengo suficientes motivos para matarte de una cabrona
vez? Recuerda quién soy, todavía tengo el poder de hacerlo; no me retes. ¿Crees que saldrás vivo de esta? Lo dudo
mucho. Es tu palabra contra la mía. Ya veremos a quién le creen más: si a un loco disfrazado de sacerdote o al
ministro de Defensa. No te dejes llevar por una victoria pírrica. Puedo usar mi jerarquía para “suicidarte”, y destruir
todo el cochino expediente que tanto mencionas —dijo Benítez tratando de intimidar.
—Pachi, me confunde tu ingenuidad, tu puerilidad. Claro que tienes motivos, es cierto, pero el miedo a esta guerra
desconocida, sin enemigo probable, eso te frena. Sabes que si lo haces, solo acelerarías las etapas de mi venganza.
La muerte no significa nada para este humilde servidor de la fe. Yo me fui ya de este mundo junto con Castellanos;
mi misión pronto toca a su fin. La humillación será tu peor enemigo en el trayecto de vida que te falta. Mancharás tu
historial para siempre, tus padres se verán deshonrados, tu propio suegro te hará trizas, te destrozará como a una
rata. ¿O es que te olvidas de la poderosísima verdad que tiene María Fernanda en sus manos? ¿Recuerdas su
pataleta en el Arboleda? Es para llorar, ¿no te parece? No me quiero imaginar la reacción tuya cuando se conozca el
triángulo amoroso con tu esposa y un hombre de Dios, cuando todo sea del domino público. ¡Joder! ¡Menudo
centimetraje que acapararías! Es más, te apuesto lo que sea a que el mismísimo Generalísimo firmaría tu ejecución, te
lo puedo apostar. No me subestimes, todo está planeado. De hecho, todos nuestros secretos de alcoba, toda mi
historia, está escrita en un diario que alguien insospechado por ti va a utilizar en contra del devaluado y
desacreditado general Benítez si algo llegara a sucederme. ¡Dime que no soy un genio! Me lo he pensado bien. Se
exhibirían pruebas muy dramáticas en tu contra. Verte morir solitario, deshonrosamente, sin uniforme, sin privilegios,
cual cobarde en decadencia, será una recompensa increíble para mí. Te lo ruego, no me des ese placer antes de
tiempo. Corre, porque esa es tu única salvación. No creo que seas tan cretino como para “ajusticiarme”. Así les
decías a tus víctimas, ¿cierto? Piensa un poco, tontín. Debes buscar la manera de salir rápido de este infierno que
apenas comienza. Ahora tienes al enemigo en tu casa, en tu misma sangre. Yo solo fui el acelerador de tus verdades
o, mejor dicho, de las asquerosas mentiras hasta ayer ocultas.
—Eres un maldito perro asqueroso. ¡Me las vas a pagar, te lo juro! —ululó Benítez.
—No menos que tú, mi querido general, somos exactamente iguales. Soldados de dos ejércitos diferentes. Tú
matas con balas y yo con la fe, pero al final somos lo mismo. Mercenarios enriquecidos y poderosos gracias a los
débiles, con quienes jugamos cual gacelas indefensas —certificó Iribarren.
—No, hijo mío, no pierdas tu tiempo, no seas impulsivo. Créeme, yo no valgo nada. Ve y trata de esconder tu
asquerosa verdad, por cierto, muy repudiada en la mili. Tal como te sugerí antes, no pierdas tiempo conmigo. Sabes
que en el fondo, con todos los acontecimientos que han pasado entre nosotros, mi sotana tiene más influencia que tu
Luger. Nadie osaría desconfiar del clero, pero en tu ejército no toleran a los miembros débiles y marcadamente
ambiguos. Esa fue tu bandera criminal, cuidado ahora con flaquear. A mí se me creerá siempre, soy sacerdote.
¡Válgame Dios! ¡Quién diría que mi palabra es verdad eterna, joder! Si muero, seré mártir, mientras que tú serás un
cobarde, y te enterrarán sin honores, sin la bandera nacional cubriendo tu féretro, como habría soñado tu padre. Mi
pasado negro no existe, nadie puede probar nada contra los curas. Somos seres especiales, intachables. Y cuando
pecamos, simplemente se nos traslada de país hasta que llegue el olvido. Pero tu pasado pronto estará en los diarios,
a menos que actúes con rapidez y sapiencia y logres hablar con don Toribio, tu futuro exsuegro.
—Debo reconocer que tu mente es brillante, sacerdote, o vengador, o lo que coño sea tu verdadero apodo. Pero
cuenta con que mi venganza también será implacable, te lo aseguro. Tú me las vas a pagar, esto no termina acá.
Administra bien tus carcajadas, pronto se pueden transformar en llanto, cuando te mate.
—Desde luego que no termina acá, Pachi, si la fiesta apenas empieza. Según mis cálculos, tus próximas semanas
serán un verdadero calvario. A menos que hagas lo que te pida.
—Está bien, no hay problema. Ahórrate tus bravuconadas verbales. Óyeme bien, es fácil. Si renuncias al ejército
en las próximas cuarenta y ocho horas, tal vez interceda por ti. Pero, claro, perder el poder que te da un uniforme es
delicado, ¿cierto? Te hace vulnerable. Sin las charreteras, sin tropas a tu mando, pasas a ser un don nadie. Pero si
me haces caso, tal vez me apiade y vivas para contarlo, quizás te regale el antídoto para mi perverso plan. Como
ves, no soy tan fatalista, te puedo ofrecer una segunda oportunidad, eso sí, fuera del ejército. Tal vez puedas
matarme sin que te enjuicien. Pues, sí: acaba con mi vida, así te vengas de este cerdo marica; hasta podría tratarse
como un crimen pasional. Pero si vistes el uniforme, otros prejuicios estarían en tu contra, piénsalo bien. Despójate
de tu poder y yo me despojaré del mío, así nos enfrentaremos como simples mortales —aseveró Iribarren con tono
irónico.
—Definitivamente estás loco. Nos veremos pronto en el cementerio. Tú me acompañarás a la tumba, de esta no
te salvan ni todos los santos de la Iglesia.
—Cierto, Pachi, nos veremos en el infierno. ¡Ah! Una sola duda me queda. ¿También violaste a Castellanos antes
de matarle? Si quieres, me lo cuentas en la próxima visita, en la próxima confesión en mi iglesia. Estaré ansioso por
verte de paisano. Como en los viejos tiempos, siempre amado Pachi.
Benítez estaba asqueado. Dio por terminada la visita. La cabeza estaba a punto de estallarle con tantas verdades a
flor de piel, recuerdos malsanos de una época lujuriosa, aberrante que le perseguía. En efecto, el satánico enemigo
había cosechado muchas pruebas en contra del militar, pero el argumento que más le preocupaba al general era otro.
Un secreto que ahora estaba expuesto ante su esposa. Necesitaba a toda costa calmar las verdades, tratar de
disimular un poco, negociar silencio, acallar conciencias por las buenas o por las malas. Tal vez el próximo paso
fuera acercarse a su suegro, tratando de prevenir alguna ligereza de María Fernanda. Las depresiones habituales en
ella tal vez le ayudarían a ganar tiempo. Su esposa solía encerrarse en sí misma por varios días sin soltar prenda.
Resultaba interesante la coincidencia de que ella también había quebrantado la honestidad del matrimonio perfecto.
Ella escondía una relación fuera del sacramento matrimonial, ella también tenía un amante absolutamente prohibido
ante los ojos de la recatada sociedad madrileña. Ese posible desliz en el deseo sexual de la mujer pudiera ser su
única defensa, la tabla de salvación, la llave del silencio.
Salió del convento con la mente fija en un plan que amortiguase las realidades y decidido a visitar a su suegro.
Albergaba la esperanza de que este aún desconociera el verdadero motivo del llanto de su infantil hija. Le quedaba
poco tiempo antes de que María Fernanda soltara un gigantesco mar de dudas en la cabeza del editor, dando pie a
una guerra entre ambos.
Por otro lado, Benítez intentaba encontrar la forma de sacar del camino a Iribarren. El problema era conseguir el
diario del cura o el informe de sus investigaciones, si es que existían. De pronto, sus recuerdos le advirtieron que no
podía dudar de su existencia. “Claro”, pensó en voz alta. “Con razón el cura tenía tantos papeles en su escritorio
hace unos meses. El muy hijo de puta me estaba tanteando, midiendo mis reacciones”. El enemigo resultó ser
especialmente planificador, satánico, pero sobre todo apasionado con sus hechos. Benítez debía superarlo o, de lo
contrario, su carrera y tal vez su propia vida corrían grave peligro. Otro escenario factible era silenciar a María
Fernanda. El problema estaba en sacarla de casa de los suegros y acabar con su vida de manera que pareciese un
accidente, esa era una opción interesante y creíble. Porque Iribarren quizás no había contado con esa reacción
intempestiva. En ese caso, tendría que ocultar las pruebas, pues era él el verdadero amante, el causante de la
deshonra del militar, razón más que suficiente para quitarle todo crédito en un posible juicio público cuando el marido
burlado acabe con la desdichada mujer de doble vida. Extraño tal vez, pero ciertamente no imposible de asimilar.
Capítulo 24
Mi “princesa encantada” claudica y decide morir
María Fernanda se refugió en casa de sus padres durante varias semanas luego de enfrentar la visión más
asquerosa y aterradora para cualquier mujer esa fatídica tarde en el hotel Arboleda. Los primeros días estuvo
encerrada en la habitación en que había transcurrido buena parte de su infancia, junto a cientos de muñecas de trapo.
Las horas se deslizaban entre lágrimas, gritos y pesadillas. El recuerdo espantoso, fantasmal, no la abandonaba ni un
solo instante; era un repetitivo y trágico mensaje. Dejó de comer por lo menos durante los primeros cuatro días,
hasta que su padre, asustado, decidió intervenir y llamó al médico de cabecera, el doctor Martín Iriarte, famoso
cirujano, amigo de la infancia de don Toribio. El primer encuentro entre el facultativo y mi “princesa encantada” no
arrojó resultados favorables. El diagnóstico fue simple: una severa depresión agudizada por una visión aterradora,
imposible de revelar, por razones insospechadas y difusas. El galeno recomendó la intervención de algún profesional
experto en temas emocionales y sugirió los servicios de otro colega altamente estimado, versado en psicología y
psiquiatría, porque el daño estaba latente en el subconsciente de la enferma.
Gracias a las súplicas maternas, María Fernanda canceló la huelga de hambre. A regañadientes, y solo para
complacer a su madre, ingirió algunos bocadillos con una taza de sopa de pollo mezclada con vegetales que le
produjeron fuertes y prolongados cólicos durante tres días como resultado de la descompensación de los jugos
gástricos durante la dieta emocional forzada. El médico de las emociones visitó a la depresiva solitaria, que no quiso
aportar muchos datos sobre su cuadro angustioso, autodestructivo y patéticamente suicida. La sapiencia del nuevo
doctor ayudó a drenar parte de las lagunas mentales enquistadas en el subconsciente de la hija del hombre más rico
de España. Después de la tercera cita con el psicólogo, la frustrada mujer pudo finalmente conciliar el sueño sin la
ayuda de sedantes. Pero las pesadillas revoloteaban sobre el copete de la cama. En las madrugadas se despertaba
alterada, aullando desesperada, gritando incoherencias, empapada de sudor. Tenía un sueño repetido, noche tras
noche, que no le permitía paz espiritual. La paranoia se centraba en el recuerdo de una particular visión que la había
sacado de su centro estructurado mental. La imagen la atacaba con claridad en el preciso instante que lograba
conciliar el sueño. Allí, a solas, su mente le recordaba el día más desdichado de toda su existencia. El momento en
que ella, toda radiante de felicidad, vestida cual ramera sofisticada, abría la puerta de la habitación cuarenta y tres del
albergue transitorio Arboleda, su reciente nido de amor secreto, para entregarse desesperada en los brazos de su
amante bendito. De pronto, al abrir la puerta, se enfrentaba con la sorpresa de su vida, con la imagen asquerosa que
se asomaba para arrancarle el aliento, aniquilarle todos sus valores morales y recordarle sus pecados.
Cuando la visión cobraba vida, la señalaba con el índice acusador. María Fernanda se cuestionaba por haber
pecado, por haber amado a un hombre de la Iglesia. Llegó a justificar su cercana aniquilación como castigo de Dios
por haberle dado placer a la carne, en vez de honrar al alma. Por haber traicionado a su marido, por dejarse llevar
por las garras del ángel del infierno. Y ahora ese ángel caído, demoníaco, despreciable, la invitaba a convivir en el
inframundo junto a otras almas pecadoras. Realizó toda clase de esfuerzos y siguió todo tipo de sugerencias o
recomendaciones médicas para controlar el terror al momento de caer rendida. Anhelaba desterrar para siempre esa
visión, ese dragón maléfico, pero no podía lograrlo, era algo superior a ella.
La familia estaba deshecha. Conversaron con el esposo, pero Benítez daba excusas vacías, como tratando de
evadir responsabilidades. María Fernanda exigió no verle nunca. El suegro volvió a suponer que la frustración de su
hija obedecía a algún lío de faldas por parte del general, aunque este le garantizaba que no era así. Don Toribio
intentó entonces comunicarse con el confesor, pero Iribarren estaba fuera de la ciudad. El sacerdote le aseguró que
le resultaba imposible verla hasta dentro de un mes debido al retiro espiritual que había iniciado por flaquezas en su
vida religiosa. La negativa desencajó al viejo empresario. ¿Cómo era posible que un miembro de la Iglesia se negase
a ayudarle? Pero su yerno le convenció de no involucrar al clero en temas de familia, que le dieran un tiempo a la
enferma para recuperar la cordura; tal vez el mal que la aquejaba fuese una simple depresión producto de alguna
descompensación hormonal. Don Toribio aceptó a medias, algo le decía que el problema era mayúsculo porque su
hija nunca había mostrado una conducta tan conflictiva como ahora. Finalmente, presa de la angustia por el
sufrimiento desmedido de su hija, decidió intervenir con toda la autoridad del hombre de la casa. Violentando la
privacidad de la habitación de la niña, exigió explicaciones.
La charla preliminar transcurrió con docilidad por ambas partes. La hija se abrazó con intensidad de los hombros
del padre. Por primera vez, María Fernanda sintió que le importaba a alguien en la vida. Las caricias ablandaron los
ánimos. El padre le preparó un té de tilo y manzanilla para adormecer la rabia. Le ofreció ayuda, apoyo
incondicional, le garantizó la aprobación de toda decisión, incluso la separación que tanto imploraba ella; pero a
cambio exigió una explicación, una justificación sólida, verdadera. María Fernanda se alegró un poquitín, pero la
tristeza opacó la celebración. El viejo mandón volvió a preguntar por enésima vez cuál era la causa de la desdicha.
La enferma no podía articular palabras. El pasado acusador le apretaba el cuello, le silenciaba el alma, cada vez que
recordaba las escenas pecaminosas vividas en el motel de mala muerte. Aferrándose a los brazos de su padre, pedía
perdón por sentirse tan vacía, pecadora, humillada como mujer, en nombre del amor. Suplicó que la perdonara pero
que no le pidiera hablar sobre el tema. Don Toribio cambió de tono. El tono dictatorial, recio, obró con la típica
errática y justiciera actitud de padre desesperado ante el silencio.
—Hija, o me dices qué está pasando, o no podré ayudarte. Nos tienes con los nervios de punta. Tu madre está
hecha una piltrafa, hace días que no come. Yo no duermo bien. ¡Coño, ten un poco de compasión con nosotros!
Sea cual sea la culpa, no te preocupes, sabes de sobra que te apoyaremos. Dime simplemente qué debo hacer;
confía en nosotros, no te fallaremos —expuso el padre desesperado.
—Papá, quiero una anulación del matrimonio ya, inmediatamente, no puedo volver a mi propia casa —respondió
enfática la hija.
—Está bien, pero al menos ten la decencia de aclararme qué diablos pasa. No puedo apoyarte si solo se trata de
un capricho, de una malacrianza. Tienes apenas pocos años de matrimonio, tienes un hijo bendito. Entiendo que
algún problema conyugal tendréis, pero, antes de apresurarte a tomar una decisión tan drástica, ¿no crees que
debemos hablar sobre las causas? Tu madre y yo queremos resolver esto lo antes posible, solo dinos la causa de tus
penas. Si Benítez se ha portado mal contigo, mira que le mato, ¿eh? Solo dime qué coños ha pasado, por el amor de
Dios. Pero te digo, de antemano, que si es un lío de faldas, tampoco es el apocalipsis. Cuando te casaste, bien
sabías que los militares eran mujeriegos, y como esposa debes entenderle un poco.
—No metas a Dios en esto. Es mi culpa por haber cometido un pecado carnal. Soy una basura, él solo me está
reprendiendo por mis faltas. Me he convertido en una sucia puta pecadora de mierda, una fornicadora insana.
Don Toribio se asombró ante la escueta y sucia aseveración. Su propia hija estaba cometiendo ¿un pecado
carnal? O sea, ¿tenía un amante secreto? ¿Aceptaba la promiscuidad fuera del matrimonio? ¿Era ella la causante de
su propia desgracia porque se sentía culpable de haber traicionado al marido? Y, por lógica, quizás el problema
radicaba en cómo decirle la pura verdad al esposo ofendido. El viejo respiró aliviado, aunque le molestaba que su
única hija tuviese un amante, algo que no era bien visto entre las mujeres de su casta; incluso tal vez la tildaran de
mujer fácil. Pero ¡al carajo! Ella era de su misma sangre y merecía todo el perdón en casa. El problema empezaba a
tener solución. Don Toribio interpretaba que la vergüenza por la noticia era el motivo de la depresión, que tal vez la
niña de papá no sabía cómo afrontar semejante ofensa familiar. Utilizando sus dotes de orador y buen negociante, el
viejo empresario ofreció un plan de salvación bastante tonto.
—Vamos, hija, que no es el fin del mundo. El hecho de que te hayas acostado con otro hombre no es muy
correcto que digamos, al menos nosotros no te educamos para que actuases de esa manera, un poco libertina. Pero
¡qué carajo, a la mierda! Somos humanos, sé que la carne tienta, nos seduce, convirtiéndonos en pecadores. Eres
demasiado hermosa, ingenua, sentimental; ¡joder! Y alguien te sedujo. También el tontorrón de Benítez debería estar
más pendiente, es un gilipollas, siempre te lo dije. Pero no te preocupes. Si la vergüenza de confesarte era lo que te
atormentaba, ya está, listo, santo remedio. Personalmente aclararé el tema con el yerno y él aceptará mis
condiciones. Todo es negociable en la vida y especialmente con ese cretino materialista. ¿Ves que al hablar te
liberaste de la culpa? ¡Joder! Te estabas ahogando en un vaso de agua. Estamos listos. Hoy mismo tomo cartas en el
asunto, hablaré con tu marido y juntos llegaremos a un buen término. Pero insisto en que la anulación matrimonial es
una salida extrema, me parece que por el pequeño Francisco debéis pensarlo mejor. Además, con lo que le gusta a
tu marido nuestro linaje, no creo que se ponga bruto, te perdonará sin chistar. Yo lo conseguiré, te lo prometo. A él
solo le mueve el interés —le aseguró su padre, creyéndose el salvador de la familia.
—Tú no entiendes nada, papá. Jamás lo comprenderás, ni después de muerta. Yo quiero la anulación, no por
haber pecado al acostarme con otro hombre. No, eso no me atormenta, no me importa que me llamen puta. Quiero
la separación, porque me casé con un maldito marica oculto. ¿Ahora me entiendes? Por esa verdad necesito estar
sola, porque él es un cerdo desgraciado que me mintió desde el primer día, porque ha acabado con mi esperanza.
Luego veré qué hago con mi vida, con mi amante o con lo que sea. Ayúdame si puedes. Solo quiero alejarme para
siempre de ese asqueroso enfermo —respondió María Fernanda iracunda.
El viejo se petrificó, tragó amargo, y de sopetón se estrelló contra el piso. La justificación enfermiza de su hija
sacó de sus cabales al aturdido padre. Ahora sí que no comprendía absolutamente nada. Los pensamientos se le
alborotaron. Intuía que la crisis de mi “princesa encantada” tenía otros fundamentos, quizás severamente clínicos. Su
frustración la había convertido en mitómana compulsiva, deseosa de hacer daño a terceros. Con semejante
argumento en contra del marido, no había dudas: algo le afectaba la mente a la pobre mujer. ¿De dónde carajo había
sacado tan descabellada excusa? Llamar homosexual al general más sanguinario del ejército, a la mano derecha del
caudillo, futuro ministro de Defensa. Resultaba imposible imaginarse al yerno con otro hombre. ¡Qué asquerosidad!
Sonaba hasta aberrante, tan solo pensarlo producía risa. El viejo se enardeció y reprendió a su hija por semejante
reniego.
—Pero ¿te has vuelto loca, mujer? ¿En qué cabeza cabe semejante estupidez? Oye, si tu marido te ha montado
los cuernos, puedo entender tu rabia. Pero, joder, inventar semejante fábula para atacarle sin justificación es
abominable, detestable. Niña, ¿no ves que me puedes hasta meter en líos si repites tal comentario? Que ni se te
ocurra hacerlo o tendremos un lío en casa. No quiero hablar contigo hasta que dejes de decir incongruencias e
idioteces o tendremos que internarte en el sanatorio. Si quieres vengarte de una traición, pues ve y fóllate a quien te
dé la gana, incluso frente a tu marido si quieres, pero no levantes falso testimonio, todo por un despecho de mujer.
Eso no está bien —respondió acalorado don Toribio e intentando irse del sitio.
—Te lo juro, papá. Yo lo vi teniendo sexo con otro hombre. Créemelo, por el amor de Dios, ese es el motivo de
mi desdicha. ¡Joder! Te juro que no es un capricho. Eres el único a quien puedo contarle. Te lo juro por lo más
sagrado del universo —gritó María Fernanda, buscando apoyo y salvación.
El solo hecho de mencionar su asquerosa verdad le alborotó la psique. El pútrido recuerdo deambuló nuevamente
frente a sus ojos, apoderándose de ella, robándole la iniciativa. Quedó tiesa recordando cada detalle cuando hizo
girar el pomo de la puerta de la habitación cuarenta y tres del hotel Arboleda. Había llegado al lugar, toda excitada,
húmeda de pasión, dispuesta a entregarse como nunca a su fogoso amante. La sonrisa le rompía los labios. Se
detuvo frente a la puerta, decidida, dispuesta a fundirse de placer, desabotonándose parte del abrigo que cubría su
delicada vestimenta de combate, liguero con medias de bordados, sujetador rematado con encajes. Quería entrar en
batalla libidinosa desde el pasillo. Abrió la portezuela e inmediatamente el espasmo había sido bestial. La antigua
sonrisa se desfiguró, se borró para siempre, las órbitas de los ojos estallaron cuando su mirada recayó sobre el
centro de la cama. Dos cuerpos en pleno fragor sexual la saludaban, regalándole la peor de las verdades. El temido
general Benítez estaba inclinado hacia adelante, justo frente a la puerta, en guardia, listo para ser divisado por
intrusos esperados. Detrás de su esposo asomaba la figura de Iribarren, el amante justiciero, el llamado amor bonito,
el de los ojazos azules, disfrutando en plena penetración, sodomizando, desbordando pasiones en el cuerpo del
atlético militar. Los amantes estaban empapados de sudor, y obviamente ya llevaban unas cuantas satisfacciones a
cuestas. Dos barbas juntas, dos malditos maricas, en pleno goce frenético, dos mentirosos inclementes.
Los rostros de los machos descubiertos expresaban mensajes opuestos, contradictorios. El marido, asombrado,
dudoso, delatado en plena acción desviada. El cura, feliz, pleno, regalándole una sonrisa satánica a mi “princesa
encantada”, burlándose con perversión descomunal, destruyéndole por siempre el alma, la vida, la luz. María
Fernanda no pudo reaccionar ante el repulsivo acto, se descompensó y salió como pudo del lugar, hecha pedazos.
Los “machitos querendones” se enfrentaron. Benítez increpó al cura, no entendía el porqué de la presencia de la
mujer en la alcoba, quería matar a Iribarren. El sacerdote se defendió alegando que tal vez ella le había seguido. Pero
no era tiempo de discutir, era necesario aplacar el dolor de la esposa traicionada. El general se vistió rápidamente,
aturdido, incrédulo. Corrió detrás de la mujer que había vomitado en los pasillos, pero no logró alcanzarla, ya se
había esfumado cual fantasma, sin rumbo fijo.
Irónicamente, ya habían transcurrido casi dos semanas del sucio descubrimiento de una verdad a la que nadie
daba crédito, ni siquiera el propio padre de la verdadera víctima, que dudaba de la historia porque rompía con las
normas de lo políticamente lógico y aceptable en la sociedad. Menos mal que María Fernanda en su confesión no se
aventuró a mencionar el nombre del sádico párroco y lo disimuló para evitar perturbar a su padre. Decir que un
militar era creativo con su cuerpo resultaba insano desde el propio fundamento de pensarlo, pero implicar a un cura
era el colmo de la locura, la blasfemia hecha mujer. Don Toribio, de pie en la puerta del cuarto de su hija, la miró
afligido y sentenció con dolor.
—Tienes serios problemas, hija. Creo que precisas atención médica. No puedes seguir inventando historias
absurdas como esta. Pudiera ser peligroso. Hablaré con el psiquiatra e iniciaremos el tratamiento cuanto antes. No
quiero que te dé otra crisis depresiva severa. Buenas noches. Trata de dormir.
El viejo estaba hecho polvo. Abandonó a la niña mujer, dejándola sola, inmersa en un mar de frustración. Ni su
padre le daba crédito al dolor vivido. Con una verdad del tamaño de la Catedral de Sevilla, pero imposible de
certificarla. Ser amante de un prelado era cosa complicada en aquellos tiempos, un pecado repudiado por todos.
Los posibles abusos del clero eran acallados; los diabólicos rumores, silenciados al precio que fuese. Pero demostrar
que el futuro ministro de Defensa tenía gustos por personas de su mismo sexo era la falacia perfecta para ser llevado
al patíbulo, peor aún si la fuente de placer corporal provenía de un hombre que predicaba la palabra de Dios en los
sermones dominicales, con sotana y cirios. María Fernanda se había entregado a estos dos bribones. Llevaba en sus
entrañas el veneno de dos dragones asesinos. Uno la había utilizado por interés, para escalar posiciones, para acallar
su debilidad sexual, tratando de disimular la verdad oculta bajo ese odio homofóbico que tanto pregonaba. El otro,
para ejecutar una venganza, para cobrar una deuda de sangre derramada por la muerte de un profesor también con
gustos peculiares a la hora de hacer el amor.
María Fernanda claudicó, no pudo con el peso de la indiferencia de su padre. Quedó sola, tendida en la cama.
Lloró toda la noche hasta inundar la casona entera. Definitivamente no tenía en quien confiar, nadie le creía. Estaba
sola frente al mundo acusador, no existía escapatoria. La vida le obsequiaba la bofetada perfecta, reservada a los
inocentes casuales. Mientras la madre oraba por la salvación de la hija, esta quería desaparecer del planeta porque
los recuerdos la azotaban donde quiera que fuese. Refugiarse en otro país no era más que un sedante momentáneo,
un paño tibio, un calmapenas de corta duración. Los recuerdos vividos, presenciados en primera fila, los
pensamientos acusadores, eran el peor enemigo de su maltrecha humanidad. Aturdida, confusa, desilusionada del
querer, buscaba alternativas para minimizar la desdicha. Nada le satisfacía, toda salida encontraba un obstáculo
moral. El suicidio fue la opción menos adversa. A fin de cuentas, ella no le importaba a nadie, nadie la echaría de
menos. Por otro lado, ese argumento podría en cierta forma servir de venganza ante el cobarde esposo y el
inhumano sacerdote. Tal vez la muerte de mi “princesa encantada” desenmascarase las bajas pasiones de ambos
seres del averno.
Capítulo 25
Iribarren despeja las dudas. Finaliza su obra de sangre
La hija de don Toribio ejecutó su venganza siguiendo las recomendaciones de su confesor. Transcurrieron
cuarenta y ocho horas exactas después de la inquisidora conversación en que María Fernanda confesó con detalle
milimétrico a su progenitor toda la verdad de su locura. Ante la incredulidad del padre, el abatimiento de la solitaria
mujer se exacerbó a niveles demenciales. Pero el detonante final, el que agilizó la reacción aniquiladora, fue la carta
que Iribarren logró hacerle llegar a la esposa del general a la mañana siguiente, valiéndose de la empleada doméstica
que atendía a la familia del empresario, porque el sacerdote no podría acercarse a mi “princesa encantada” sin que
ella explotase en alaridos; el cura simbolizaba la esencia del mal.
A simple vista, el sobre no despertaba sospecha alguna. La letra era desconocida, el trazo un poco tosco, rudo,
característico de personas de poco nivel académico. Ingenua, María Fernanda lo abrió sin sospechar que encontraría
la confesión del causante de todas sus lágrimas. Inteligentemente, el recurso del verbo fue usado de tal manera que, a
pesar de poder ser considerada como prueba contundente en cuanto a la denuncia, el sacerdote parecería ajeno a
toda acusación. Cualquiera podía haberla escrito para incriminar al hombre de la Iglesia por deseos de venganza.
Hasta la misma mujer en su trastorno delirante de doble personalidad era capaz de haber inventado dicha epístola.
Iribarren cuidó todos los detalles, la sapiencia del meticuloso asesino era una virtud envidiable. La mujer comenzó a
llorar tan pronto como leyó las líneas escritas en tinta verde, el color favorito del sacerdote a la hora de escribir. El
texto rezaba así:
Espero sepas perdonar mis duras palabras, pero es mi deber, ante ti y el propio Ser supremo. Debo
narrarte la verdad absoluta antes de partir de este cínico mundo. Cuando termines de leer el último párrafo,
tal vez me acompañes en el próximo tren al inframundo.
Ante todo, debo aclararte que nuestro amor nunca existió. Fuiste parte de una ejecución, o mejor
llamémosla acción de guerra, en represalia por la conducta impropia del hombre que lastimosamente cautivó
tu corazón antes que este humilde prelado. Fuiste una simple pieza en el rompecabezas de mi venganza. Esas
cosas pasan, no siempre escogemos el mejor partido. Lamentablemente, te tocó estar al lado de un hombre
equivocado, un hombre que se jactaba de su masculinidad pero que en el fondo se divertía a tus espaldas con
placeres perversos más allá de lo imaginable. Al menos dame las gracias por ayudarte a descubrir la verdad
del padre de tu hijo.
Sé que es sumamente duro abrir la caja de Pandora, sobre todo en la forma que aconteció. Te juro que no
fue mi intención, pero llevo años tratando de hacerle justicia al general Benítez, ese ser despreciable que
acabó con la vida de tantos inocentes, entre ellos mi gran amor, un profesor de la universidad de apellido
Castellanos. Tu actual esposo lo asesinó vilmente, sin razón, tan solo porque descubrió que era homosexual.
Decidió segarle la vida por su supuesto gusto homofóbico e intolerante. El problema fue que Benítez nunca
sospechó de mi existencia porque era un amor reservado, feliz, secreto, bendito. Bien sabes que en nuestra
sociedad el deseo pasional entre dos hombres es fuertemente repudiado. Yo presencié su innecesario
asesinato detrás de las columnas en aquel pueblo gallego de mierda, de cuyo nombre ni deseo acordarme. Le
enterré en una fosa común, igual que a miles de españoles inocentes, y jamás volví a visitarle porque la
muerte es el principio del fin. Para mí la vida terminó ese cabrón día de invierno, justo después del entierro.
Lloré al difunto en soledad, me entregué al alcohol tratando de evadir mi dolor, de encontrar la forma de
despedirme de este sucio y asqueroso mundo. Pero las ganas de revancha pudieron más. No dormía
pensando en el día en que pudiese acabar con la vida de tu marido. Pero la muerte como simple castigo no
era suficiente para hacerle pagar por el dolor recibido.
Me tracé una estrategia para humillarlo en público, para exhibir todos los pecados y debilidades del mítico
soldado, el salvador de la patria al servicio del Generalísimo. El plan era complicado, pero al final los
resultados eran medibles. Eso es bueno en toda venganza porque alimenta la esperanza de cosechar sangre
paso a paso. Puedes llamarme lo que más te plazca; no te cuestionaré si piensas que estoy enfermo, pero bien
sabes que en el nombre del amor todo es aceptable, incluso la muerte. Lo primero que hice fue enrolarme en
el ejército de Jesús, en las filas de la congregación de los jesuitas, la cofradía más poderosa del Vaticano. El
uniforme de la sotana no solo me sentaba bien sino que, además, me regalaba la posibilidad de pasar
inadvertido en mi búsqueda de sangre. Recuerda que la Iglesia está de la mano de los nacionalistas, de los
reyes, los poderosos. Como ellos mismos dijeron en el treinta y seis: “Esta guerra es una nueva cruzada”.
Pues les tomé la palabra e inicié mi captura de “Jerusalén en Madrid”. A medida que aprendía el aburrido
oficio de cura me fui involucrando con las altas esferas del poder político y militar de España. Como bien
entenderás, la Iglesia tiene un ejército de fe tan poderoso que asustaba al propio Franco. O sea, que, en tu
caso, tristemente, aunque intentes involucrarme en la trama, algo por cierto bastante difícil de creer en una
sociedad doblemente moralista y reprimida como esta, no tendrás resultados positivos. Nadie te va a creer;
pensarán que se trata de una buena novela policial. Incluso tu propio padre, que tanto se aferra y respeta a
los militares por el simple hecho de amasar fortunas, dudará de tu cordura, de tu verdad que solo Benítez y
yo conocemos.
Lamento el sufrimiento que te he causado, pero créeme que el mío fue mucho mayor en ese último invierno
de la guerra. Sé que me odiarás, sobre todo por haberme convertido en un actor bastante consumado,
incluso en la forma de disimular mi real preferencia sexual. Porque supongo que ahora, en tu soledad
desquiciada, tengas dudas. ¿Cómo alguien que te besaba, te acariciaba, mientras te arrancaba orgasmos
intensos, pueda sentir lo mismo por personas de su propio sexo? Sé que es difícil de asimilar, pero así es.
Aprendí a descubrir las veleidades emocionales del sexo débil gracias a la psicología y, en especial, a las
maestras de la ciencia del amor. Las prostitutas de Tánger, Sevilla y Madrid me instruyeron en el oficio de
conocer el cuerpo de las mujeres, de tocar donde nace la lujuria, donde se anida el deseo morboso, la
exaltación del placer femenino. Gracias a ellas logré parte de mi propósito sin levantar sospechas, hasta
aprendí a sudar amándote sin quererte. Tú abriste el corazón, te entregaste por amor, y eso es hermoso.
Lástima que mi camino haya sido diferente al tuyo. Gracias a ti descubrí todos los puntos débiles de tu
marido: jamás te percataste de mis intereses porque estabas realmente enamorada de este loco asesino.
Menos mal, porque tal vez el plan hubiese sufrido modificaciones. Pero tarde o temprano iba a matarle, de
alguna forma acabaría con su vida, te lo puedo jurar.
Siendo franco, debo decirte que tu marido me decepcionó. La imagen aguerrida, salvaje que él proyectaba
me daba miedo, me llevó a pensar en que la única forma de acabar con su vida era de un balazo. Esa fue la
primera alternativa que consideré. Traté de armarme de valor pero no pude asesinarle. Me enfoqué entonces
en repasar con detenimiento todo su historial de crímenes y vejaciones. Algo me decía que esa imagen de
soldado bárbaro no era más que un simple camuflaje, su piel escondía otras curiosidades. Con la cercanía fui
descubriendo sus debilidades. Siempre sospeché que el odio enfermizo hacia los homosexuales era un posible
deseo reprimido. Y lo corroboré cuando logré entrar en la lujosa casa que él frecuentaba en el barrio de
Conde de los Andes. Quizás nunca te enteraste, pero ese era un antro de perdición, una casa de citas a la que
solo tenían acceso hombres de gustos particulares; una casa de citas donde se amaban personas del mismo
sexo. Ese detalle tan importante me obligó a seducir a tu honorable general. Mi belleza física, aunada al
buen uso de la palabra, allanó el camino. Unos meses después de empezar tú y yo nuestra relación, tu marido
se hizo muy amigo mío. En reuniones privadas donde supuestamente le brindaba sabios consejos para llegar
al Palacio de Bellavista, entre copa y copa, logré que el muy cerdo me robase caricias y besos. Mi primera
reacción fue de rechazo, pero rápidamente me di cuenta de que el propio Benítez me estaba dictando el
último capítulo de mi venganza. Aunque te cueste creerlo, pude seduciros a ambos sin que ninguno lo
sospechase jamás. En el mismo hotelucho, los tres compartíamos la misma habitación. ¡Qué ironías tiene la
vida! Pero a diferencia de lo que sucedió contigo, el general no se enamoró, ¡no, qué va! Yo solo le servía de
confesor, perdón, de paño de lágrimas, de drenaje emocional y sexual. Él confiaba en mi jerarquía
eclesiástica, en nuestro secreto de confesión; ¡qué iluso! Logré dominar tanto su mente que nuestra cita
semanal se hizo necesaria para que lo flagelase, y luego le brindara sexo perverso. Mira qué intenso y puro
era el amor que yo sentí por Castellanos que para vengar su muerte me acosté en varias ocasiones con su
verdugo. Gracias a Dios que esta locura ya se acabó porque no soporto verle la cara el maricón de tu
marido. Es un ser morboso, patético.
Ahora que todas las cartas están lanzadas sobre la mesa, ahora que no hay escapatoria para ninguno de
los tres, solo espero que entiendas el rol importante que tú has desempeñado en este triángulo diabólico de
sexo, fe, amor y locura. Quiero que te concentres en algo muy delicado. Si lo analizas en frío, el cerdo de
Benítez nos destruyó a ambos. Me explicaré mejor: en el pasado, te enamoraste de él, incluso antes de
imaginar que yo existía, antes de sospechar que alguien quería destruirlo. Le amaste perdidamente, pero él te
mintió desde el primer día, porque fuiste usada de la manera más vil y asquerosa. En su fuero interno, tu
marido aceptaba su condición, su deseo desenfrenado por los del mismo bando corporal. Mis acciones, pues,
fueron producto del destino. Realmente, yo no te destruí; él fue tu perdición, que te arrastró al infierno. Pero
eres valiente. Debes buscar la manera de reponerte, aun cuando el método sea difícil o peligroso. Lo que te
aconsejo es que proclames tu verdad a los cuatro vientos. Benítez debe ser acusado por sus crímenes. Al final
de esta carta te anexo la lista de sus ejecuciones más notorias por la crueldad desplegada. Estas son pruebas
que van camino al cuartel general, pero tu testimonio de la homosexualidad del verdugo que, repito, nos
acabó a los dos, ha de ser crucial para humillarle, para pagarle con la moneda del desprecio eterno. Eso lo
matará, le llevará directo al suicidio, porque la cobardía de los militares al verse descubiertos es muy
normal.
Sé que estás pasando por un momento difícil porque nadie dará crédito a tus palabras. Pero, sumadas a
las de un “sacerdote” enfermo como yo, créeme que darán mucho de que hablar. Solo te ruego que no
menciones mi apetencia sexual porque eso te restaría credibilidad y anularía la posibilidad de que tu
testimonio sea oído, en perjuicio del militar maricón. Puedes, al principio, alegar que lo viste con otro
hombre, sin entrar en mayores detalles. Luego vendrá mi confesión para apoyarte. Lo importante es
desenmascararle a todas luces. Por tus padres no te preocupes, ellos tienen intereses especiales y tú no entras
en esa lista. No te van a creer un solo punto, a menos que te arranques la vida en público y logres darle vida
a tus argumentos. Incluso, tal vez se arrepientan de haber dudado de tu palabra; eso es típico en los padres
castradores o dictatoriales. No te estoy pidiendo que te inmoles, pero no esperes ayuda en tu hogar, porque
tu pecado es mayúsculo. Si saben que te follabas a un cura, que también era amante de tu marido, te tildarán
o acusarán de pertenecer a alguna secta satánica, de ser rebelde contumaz contra la Iglesia o hereje
consumada. Eso es inaceptable para la fe del pueblo y va contra las aspiraciones sociales de don Toribio.
Pero recuerda que si en el fondo deseas acabar rápidamente con el dolor moral, una bala de la Luger de tu
padre, ¡joder!, terminaría con esta pesadilla. Sería, además, el mejor epitafio para tu queridísimo Pachi, el
marica del ejército, un buen cierre para un teatro del horror. ¿Te imaginas: tú y yo nos suicidamos para
destruir a un futuro ministro de la Defensa en España? Vamos, que es broma lo del suicidio, pero es una
solución posible, nada descartable. Piénsalo bien. Total, ya no vales nada como ser humano.
Ya aclaradas las situaciones acerca de la persona que nos mintió, pienso que no me queda más que decirte.
Pido perdón, si es que deseas concedérmelo. Y si no, me da igual, tú solo fuiste una víctima accidental. Tal
vez nos veamos en la mansión del mismísimo purgatorio, a ver si es que tenemos salvación.
El texto desnudó el lado perverso de mi “princesa encantada”. La sugerente carta revolvió todas las sensaciones
avinagradas de un alma en pena. La última apuesta del sacerdote alcanzó su cometido. María Fernanda comenzó a
planificar la forma de retribuir su desdicha en la imagen del hombre que, en efecto, mintió primero. Las palabras del
vengador poseían el sello de la verdad, dolorosa pero real. Luego de repasar la carta línea por línea en repetidas
ocasiones, María Fernanda diseñó un plan macabro con la intención de lograr dos objetivos. El primero,
desenmascarar al fementido general; el segundo, demostrarle a su padre que ella tenía razón, haciendo así de don
Toribio cómplice involuntario de su muerte. Solo la sangre derramada podía ser el testigo de mayor crédito en esta
absurda contienda. Esa noche, la niña mimada decidió acabar con sus penas, sincerarse con el Creador, y destruir a
su asesino.
Capítulo 26
Mi triste orfandad antes de lo previsto
Pasadas cuatro semanas en el cargo, y amoldándonos todavía al frío social de la Ciudad Luz, una tarde mi padre
salió en comitiva para visitar unas instalaciones responsabilidad del mando español. Tomaron un atajo por sugerencia
del guía, algo nada usual en el recorrido. Se adentraron por unas oscuras callejuelas, cerca de un barrio árabe.
Cuatro asaltantes irrumpieron en el pasillo, camuflados en la penumbra de la noche. A punta de pistola conminaron a
los despistados oficiales a entregar sus pertenencias. Incluso papá les entregó la billetera con todas las fotos de mi
nacimiento, junto a mamá, la siempre amada, eterna y única “princesa encantada”. Mi padre quería preservar la vida,
anhelaba dedicarla a mi cuidado y compensar así en cierto modo el daño que le había hecho mi madre. Pero el
destino quiso otra partitura para la ópera. Tres detonaciones retumbaron entre los muros de ladrillos amarillentos,
tres balas atravesaron la espalda de mi padre. Una le partió el corazón en dos pedazos, matándole en el acto y
segándole el aliento para siempre. Los otros dos oficiales a su lado trataron de intervenir, pero fue tarde, no hubo
tiempo para nada.
En menos de dos meses quedé solo en este conflictivo mundo, con apenas seis “añines”, como acostumbraba
decir mi abuela paterna. Me quedé primero sin mi “princesa encantada”, como la había llamado desde que empecé a
hablar. Le regalé ese bello apodo porque para mí ella era perfecta, hermosa, sublime, bella, siempre dispuesta a
cobijarme con sus caricias y mimos. De niño nunca entendí por qué se fue de mi lado, si para ella yo representaba el
rey de su corte. Pasaron los años. Los recuerdos, plasmados en escuetas notas de prensa, reseñaban el suicidio por
depresión de María Fernanda, la mujer de alta sociedad que todo lo tuvo, menos el amor bonito. Al poco tiempo,
papá cayó muerto en París en un extraño robo, difícil de creer. El tiempo me demostró que dos posibles culpables
actuaron en complicidad. No se pudo comprobar si las balas criminales fueron disparadas por soldados franquistas
para acallar verdades sobre las acciones desviadas de mi padre, o si, por el contrario, mi abuelo materno lavó con
sangre la ofensa contra su apellido.
A fin de cuentas, yo me convertí sin pedirlo en el testigo de un destino perverso que nunca quise vivir. Tristemente,
con el paso de los años, descubrí la maldición que pesaba sobre mi familia. Lo irónico es que a estas alturas, con la
muerte de Iribarren, todavía no sé a quién culpar: si a mi padre por haber mentido y violentado la inocencia de mi
madre ocultándole su pecado carnal, o si al bastardo, engañoso sacerdote, que por vengar un amor bonito destruyó
la vida de todos. Lo que sí sé es que mi abuelo paterno siempre tuvo razón de sobra cuando decía: “Quien siembra
odio, cosecha sangre”.
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Información sobre el autor
Carmelo Di Fazio
Carmelo Di Fazio, nació en Puerto Ordaz (Venezuela), el 12 de enero de 1968. Se graduó en la carrera de
publicidad y mercadeo de Caracas en el IUNP, y además cursó dos años de finanzas mención gerencia empresarial
en la Universidad de Vargas. Carrera que no culminó, pues fue seducido por la publicidad y la televisión, labores que
ha desenpeñado con éxito en los últimos veinte años. ¿Quién inventó la “crisis”? es su primera obra, y ha significado
para el autor un renacer de sus sueños juveniles, cuando ansiaba ser escritor.
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