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Cuentos Jonh

El documento relata varias historias de terror breves. En una, una niña se muda a una nueva casa y experimenta sucesos paranormales. En otra, un hombre recoge a una chica en la carretera y descubre que está muerta. Otra historia trata sobre un desafío de visitar una tumba en un cementerio.

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Cuentos Jonh

El documento relata varias historias de terror breves. En una, una niña se muda a una nueva casa y experimenta sucesos paranormales. En otra, un hombre recoge a una chica en la carretera y descubre que está muerta. Otra historia trata sobre un desafío de visitar una tumba en un cementerio.

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UNIDAD EDUCATIVA ELOY

ALFARO CARIAMANGA

POR: JONH ERAS

CURSO: 10° “C”

LIC: YESSENIA CUEVA

AÑO LECTIVO

2020 - 2021
Leonor se mudaba de nuevo. A su madre le encantaba la restauración, así que su
predilección por las casas antiguas empujaba a la familia a llevar una vida más bien
nómada. Era la primera noche que dormían allí y, como siempre, su madre le había
dejado una pequeña bombilla encendida para espantar todos sus miedos. Cada vez que
se cambiaban de casa le costaba conciliar el sueño.
La primera noche apenas durmió. El crujir de las ventanas y del parqué la despertaba
continuamente. Pasaron tres días más hasta que empezó a acostumbrarse a los ruidos y
descansó del tirón. Una semana después, en una noche fría, un fuerte estruendo la
sobresaltó. Había tormenta y la ventana se había abierto de par en par por el fuerte
vendaval. Presionó el interruptor de la luz, pero no se encendió. El ruido volvió a sonar,
esta vez, desde el otro extremo de la habitación. Se levantó corriendo y, con la palma de
la mano extendida sobre la pared, empezó a caminar en busca de su madre. Estaba
completamente a oscuras. A los dos pasos, su mano chocó contra algo. Lo palpó y se
estremeció al momento: era un mechón de pelo. Atemorizada, un relámpago iluminó la
estancia y vio a un niño de su misma estatura frente a ella. Arrancó a correr por el
pasillo, gritando, hasta que se topó con su madre. “¿Tu también lo has visto?”, le
preguntó.
Sin ni siquiera preparar el equipaje, salieron pitando de la casa. Volvieron al amanecer,
tiritando y con las ropas mojadas. Se encontraron todo tal y como lo habían dejado...
menos el espejo del habitación de la niña. Un mechón de pelo colgaba de una de las
esquinas y la palabra “FUERA” estaba grabada en el vidrio.
La familia se mudó de manera definitiva para dejar atrás aquella pesadilla. Leonor había
empezado a ir a un nuevo colegio y tenía nuevos amigos. Un día, la profesora de
castellano les repartió unos periódicos antiguos para una actividad. La niña ahogó un
grito cuando, en una de las portadas, vio al mismo niño una vez más, bajo un titular:
“Aparece muerto un menor en extrañas circunstancias”.
LA ISLA DE LAS MUÑECAS

Parece un escenario sacado de una película, pero es real. Existe una isla ubicada en el
centro-sur de Ciudad de México en la que reinan miles de muñecas antiguas.
Abandonadas a modo de ofrenda, algunas de sus cabezas se exhiben clavadas en
estacas, mientras que otras permanecen colgadas de los árboles. La historia se remonta a
1950, cuando el propietario del terreno, Julián Santana, empezó a colgar muñecas como
protección contra los malos espíritus.

Santana creía que había sido maldito. Tiempo atrás, había encontrado el cuerpo de una
joven que había fallecido ahogada a orillas de los terrenos del hombre. Empezó a
convertirse en protagonista de episodios paranormales: oía voces, pasos y el llanto de
una mujer, por lo que decidió colocar muñecas por la isla para ahuyentar el alma de la
chica. Su obsesión llegó hasta tal punto que pasaba las horas buscando muñecas en la
basura y en los canales de Cuemanco.

Santana falleció en 2001 cuando se encontraba a orillas del río, justo después de
comentarle a su sobrino que una sirena quería llevárselo. Ahora, el lugar se ha
convertido en un sitio turístico y las autoridades de la región se plantean crear un museo
para conservar las muñecas.
LAS GEMELAS

Les preparó el almuerzo y salieron a la calle apresuradas. Como cada día, llevaba a sus
hijas gemelas al colegio. Caminaban tarareando una canción y cogidas de la mano
cuando el teléfono sonó desde su bolso. Era del trabajo. Respondió rápidamente y su
interlocutor le pidió que acudiera de inmediato a la oficina. Había ocurrido algo grave,
así que decidió que las niñas continuaran solas; conocían bien el camino. Las besó en la
frente y emprendió la ruta de vuelta. Solo dio veinte pasos. A sus espaldas, el ruido de
un fuerte golpe seguido de un frenazo hizo que volteara la cabeza con una expresión de
horror en el rostro. Los cuerpos de las dos pequeñas yacían inertes bajo un camión.
Todavía estaban cogidas de la mano.

La mujer se sumió en una profunda depresión de la que consiguió salir con un nuevo
embarazo. Por ironía del destino, en su vientre estaban cobrando vida dos niñas
gemelas. Cuando dio a luz, el asombroso parecido con sus hijas fallecidas sorprendió a
más de un vecino. A medida que las pequeñas crecían, la madre se volvió más y más
protectora. Le aterrorizaba la idea de que pudiera perderlas. Un día, de camino al
colegio, las hermanas se adelantaron y corrían ante la atenta mirada de la mujer. En
cuanto pusieron un pie en el asfalto, una férrea mano las detuvo con brusquedad. Entre
sollozos desconsolados, su madre les rogó que no cruzaran nunca sin su permiso. “No
pensábamos en hacerlo. Ya nos atropellaron una vez, mamá. No volverá a ocurrir”.

Desde entonces, algunos viajeros aseguran que al pasar por ese tramo unas
interferencias se cuelan en la radio y se oye una misteriosa melodía: el tarareo de unas
niñas.
LA chica de la curva

Existen diferentes versiones, pero todas ellas tienen un denominador común: una joven
enfundada en un vestido blanco. Cuenta la leyenda que un padre de familia volvía del
trabajo a casa por la carretera de las Costas del Garraf. Era una noche lluviosa, el frío
empañaba el parabrisas y el cansancio empujaba sus párpados hacia abajo. A medida
que avanzaba por la carretera, las gotas golpeaban con más violencia los cristales de su
coche, que perdía estabilidad en el serpenteante trazado del asfalto.

El hombre agudizó los sentidos y redujo la marcha. En ese mismo instante, los faros del
vehículo iluminaron la figura de una chica que, empapada por la lluvia, esperaba
inmóvil a que algún conductor se apiadara de ella y la llevara a su destino. Sin dudarlo
ni un momento, frenó en seco y la invitó a subir. Ella aceptó de inmediato, y mientras se
sentaba en el lugar del copiloto, el chofer se fijó en su vestimenta. Llevaba un vestido
blanco de algodón arrugado y manchado de barro. Por su pelo enmarañado, parecía que
llevaba un buen rato esperando. Reanudó el viaje y empezaron una distendida
conversación en la que la chica esquivó en varias ocasiones la historia de cómo había
llegado hasta aquel lugar. Hasta que llegó el momento idóneo. Con una voz fría y
cortante, le pidió que redujera la velocidad hasta casi detener el vehículo. “Es una curva
muy cerrada”, le advirtió. El hombre siguió su consejo y, cuando vio lo peligroso que
podría haber sido, le dio las gracias. Ella, con voz cortante y fría, le espetó: “No me lo
agradezcas, es mi misión. En esa curva me maté yo hace más de 25 años. Era una noche
como ésta.” Un escalofrío recorrió la espalda del hombre y erizó su piel. Cuando giró la
vista hacia el copiloto, la joven ya no estaba. El asiento, sin embargo, seguía húmedo.

Esta escena se ha repetido en otros lugares de España, como en Mallorca o Bàscara


(Girona).
EL DESAFIO DEL CEMENTERIO

Varias adolescentes habían ido a pasar la noche en casa de una amiga, aprovechando
que sus padres estaban de viaje. Cuando apagaron las luces se pusieron a hablar de un
viejo al que acababan de enterrar en un cementerio cercano. Se decía que lo habían
enterrado vivo y que se le podía escuchar arañando el ataúd, intentando salir.

Una de las chicas se burló de aquella idea, así que las otras la desafiaron a que se
levantara y fuera a visitar la tumba. Como prueba de que había ido, tenía que clavar una
estaca de madera sobre la tierra de la tumba. La chica se fue y sus amigas apagaron la
luz otra vez y esperaron a que volviera.

Pero pasó una hora, y otra más, sin que tuvieran noticias de su amiga. Se quedaron en la
cama despiertas, cada vez más aterradas. Llegó la mañana y la chica no había aparecido.
Aquel mismo día, los padres de la chica regresaron a casa y, junto al resto de padres,
acudieron al cementerio. Encontraron a la chica tirada sobre la tumba… Muerta. Al
agacharse para clavar la estaca en el suelo, había pillado también el bajo de su falda.
Cuando intentó levantarse y no pudo, creyó que el viejo muerto la había agarrado.
Murió del susto en el acto.
¡HAS SUBIDOS A VER A LOS NIÑOS!

Una adolescente está cuidando por primera vez a unos niños en una casa enorme y
lujosa. Acuesta a los niños en el piso de arriba, y, cuando apenas se ha sentado delante
de la televisión, suena el teléfono. A juzgar por su voz, el que llama es un hombre.
Jadea, ríe de forma amenazadora y pregunta: “¿Has subido a ver a los niños?”.

La canguro cuelga convencido de que sus amigos le están gastando una broma, pero el
hombre vuelve a llamar y pregunta de nuevo: “¿Has subido a ver a los niños?”. Ella
cuelga a toda prisa, pero el hombre llama por tercera vez, y esta vez dice: “¡Ya me he
ocupado de los niños, ahora voy a por ti!”.

La canguro está verdaderamente asustada. Llama a la policía y denuncia las llamadas


amenazadoras. La policía pide que, si vuelve a llamar, intente distraerle al teléfono para
que les de tiempo a localizar la llamada.

Como era de esperar, el hombre llama de nuevo a los pocos minutos. La canguro le
suplica que la deje en paz, y así le entretiene. Él acaba por colgar. De repente, el
teléfono suena de nuevo, y a cada timbrazo el tono es más alto y más estridente. En esta
ocasión, es la policía, que le da una orden urgente: “¡Salga de la casa inmediatamente!
¡Las llamadas vienen del piso de arriba!”.
LA MANO HUESUDA

Una niña de siete años se había quedado con su abuela en su pequeño piso
porque sus padres se habían ido al cine. Todo fue normal, cenaron y se rieron un
rato charlando juntas. A las diez de la noche, la abuela se puso a hacer labores de
costura, y la niña se puso a ver la tele, pero de repente a la abuela le entró una sed
increíble, y le dijo a su nieta si le podía traer un vaso de agua.

-Está oscuro -dijo la niña.

-No temas, sigue el pasillo, que justo al lado de la puerta del baño hay un
interruptor.

La niña se decidió, y al entrar al pasillo no veía nada porque estaba muy oscuro,
por lo que se arrimó a una pared y fue palpando y tanteando a ciegas en busca de
un interruptor. Al seguir andando y llegar al marco de la puerta del baño, se paró
y siguió tanteando, y de repente notó como una mano huesuda intentaba
arrastrarla a la oscuridad del baño. La niña logró apartarse y fue llorando a su
abuela. Desde entonces, la niña está en tratamiento psicológico. ¿Qué pasó, si
solo estaban ellas dos en la casa y la abuela estaba en el salón cosiendo?
La cosa

Ted Martin y Sam Miller eran buenos amigos. Ambos pasaban mucho tiempo juntos. En
esa noche en particular estaban sentados sobre una valla cerca de la oficina de correos
hablando sobre nada en particular.

Había un campo de nabos enfrente de la carretera. De repente vieron algo arrastrarse


fuera del campo y ponerse en pie. Parecía un hombre, pero en la oscuridad resultaba
difícil saberlo a ciencia cierta. Luego desapareció. Pero pronto apareció de nuevo. Se
acercó hasta la mitad de la carretera, en ese momento se dio la vuelta y regresó al
campo.

Después salió por tercera vez y se dirigió hacia ellos. Llegados a ese punto Ted y Sam
sentían miedo y comenzaron a correr. Pero cuando finalmente se detuvieron, pensaron
que se estaban comportando como unos bobos. No estaban seguros de lo que les había
asustado. Por lo que decidieron volver y comprobarlo.

Lo vieron muy pronto, porque venía a su encuentro. Llevaba puestos unos pantalones
negros, camisa blanca y tirantes oscuros. Sam dijo: “Intentaré tocarlo. De ese modo
sabremos si es real”.

Se acercó y escudriñó su rostro. Tenía unos ojos brillantes y maliciosos profundamente


hundidos en su cabeza. Parecía un esqueleto. Ted echó una mirada y gritó, y de nuevo él
y Sam corrieron, pero esta vez el esqueleto los siguió. Cuando llegaron a casa de Ted,
permanecieron frente a la puerta y lo observaron. Se quedó un momento en el camino y
luego desapareció.

Un año más tarde Ted enfermó y murió. En sus últimos momentos, Sam se quedó con él
todas las noches. La noche en que Ted murió, Sam dijo que su aspecto era exactamente
igual al del esqueleto
¿quién apago las sinfonías?

Lo que me dispongo a relatar es absolutamente verídico y relativamente reciente,


me ocurrió a mí hace aproximadamente seis meses. A mí el mundo del
espiritismo, las psicofonías y demás me produce mucha curiosidad, pero a la vez
me asusta.

Un compañero de clase me proporcionó un CD que tenía grabadas algunas


psicofonías. Mi hermano me propuso llevarme un portátil para escuchar el CD
mientras se duchaba, y así lo hicimos. Antes de escuchar la primera psicofonía
una voz presentaba el CD y hacía una advertencia: “Nunca lo escuchen a
oscuras”. En ese momento, para asustar a mi hermano, apagué la luz del cuarto
de baño y él gritó: “¡Enciende la luz!”. Cuando la encendí, el disco ya no sonaba.
Alguien le había dado al stop. Yo no fui, de eso estoy seguro porque tenía el dedo
en el interruptor de la luz, y mi hermano tampoco, estaba dentro de la bañera y a
más de dos metros del portátil. ¿Quién apagó las psicofonías? No lo sé, y no
estoy seguro de querer saberlo.
¡Ven a jugar conmigo!

Hace un tiempo, una amiga mía y yo decidimos hacer espiritismo por primera vez, ya
que nunca antes nos habíamos atrevido a hacerlo. Llamamos a otras dos amigas para
que nos acompañaran, ya que a mí me habían dicho que probablemente con solo dos
personas sería más difícil que pasara algo. Nos costó trabajo convencerlas, pero al final
cedieron. Lo preparamos todo y, un poco asustadas, comenzamos a hacer la ouija.

Durante la sesión, una de las compañeras a las que habíamos llamado dijo: “Yo me voy
de aquí, menuda tontería esta de la ouija”. Nosotras nos asustamos un poco y decidimos
dejarlo para otro momento.

Al cabo de unos días, la compañera que se había ido me llamó aterrorizada, diciéndome
que, de camino a casa después de haber ido a estudiar a la biblioteca, al pasar por
delante de una casa en ruinas que hay cerca de su hogar, una niña vestida de blanco le
había pedido que jugara con ella. Mi amiga le dijo que no podía ya que tenía prisa por
llegar a su casa, y acto seguido, la niña comenzó a llorar con lágrimas de sangre. Mi
amiga salió de allí corriendo y al llegar a casa fue cuando me llamó. Hasta ahí fue lo
que me contó mi amiga. En un principio me lo tomé a broma, pero algo me hacía pensar
que mi amiga hablaba muy en serio.

En mi habitación comencé a darle vueltas al asunto y me acordé del día en que


habíamos hecho espiritismo y de las malas maneras con las que mi amiga se había
retirado. Pensé que no tendría nada que ver y me dormí. Al día siguiente esa misma
amiga me llamó porque iba a quedarse sola en casa estudiando y tenía miedo, así que
decidí acompañarla ya que yo tenía también que estudiar. Cogí un autobús y, ya en su
casa, nos pusimos a estudiar. De repente, oímos a nuestra espalda un ruido como de
arañazos. Las dos miramos y comprobamos horrorizadas que la niña que ella me había
descrito estaba sentada sobre la cama de mi amiga, arañando la pared. Salimos
corriendo de la habitación y al llegar a la puerta observé que mi amiga no estaba, pero
yo estaba demasiado asustada para esperarla.
Un rato después, la policía llamó a mi casa informándome de que mi amiga había
muerto de un ataque de asma. La habían encontrado en las escaleras de su casa, con una
expresión de terror en su cara. Yo estuve en tratamiento psiquiátrico unos meses y ya
me estaba recuperando, pero el otro día, en mi buzón apareció una nota escrita con letra
de niña pequeña que decía: “Tu amiga murió por no jugar conmigo. Tengo una muñeca
nueva…”. Yo creo que es una broma, ya que nuestra historia se ha hecho bastante
popular en el pueblo, pero por otra parte tengo miedo… ¿vendrá a por mí.

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