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Resumen 5 - 8

El documento describe la relación conflictiva entre Memo y su vecina Doña Pancha. Luego de muchos insultos y peleas, Doña Pancha muere sola en su departamento. Memo hereda el loro de Doña Pancha y continúa insultándola aunque ya no esté, pues forma parte de sus recuerdos.
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Resumen 5 - 8

El documento describe la relación conflictiva entre Memo y su vecina Doña Pancha. Luego de muchos insultos y peleas, Doña Pancha muere sola en su departamento. Memo hereda el loro de Doña Pancha y continúa insultándola aunque ya no esté, pues forma parte de sus recuerdos.
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tarde, en las noches, se resolvió a caminar solo por el balneario.

Debía llegar tarde, pues Memo lo escuchó varias


veces desde la cama subir fatigadamente las escaleras.

Memo no sabía aún qué partido tomar. Una noche decidió seguir a su vecino en una de sus salidas nocturnas. El
gordo inició una caminata oblicua, anduvo de un lado a otro, aparentemente desprevenido, hasta que entró a una
chingana de trasnochadores pidió una cerveza y al beber el primer trago su fisonomía se transformó. Después de una
segunda cerveza el gordo miró con insistencia a un mancebo que bebía a su lado y trató de buscarle conversación.
Memo no quiso seguir observando, pues se sintió invadido por una invencible repugnancia. El gordo ofrecía
cigarrillos a su vecino y pedía que le mostrara su mano para adivinarle las líneas de la fortuna.
Las conclusiones que Memo sacó de este incidente se las reservó y no tuvo por el momento ocasión de usarlas
pues el hijo, así como vino, se fue. Una mañana se detuvo un taxi frente a la quinta, subió el chofer y ayudó al gordo
a llevar sus baúles hasta el auto. Doña Pancha estaba en la vereda con un pañuelo en la mano. La despedida fue
larga y, tal como la presenció Memo, extremadamente patética. Memo dedujo que el hijo regresaba a Venezuela,
esta vez para siempre.
Doña Pancha no tardó mucho en reponerse de la partida de su hijo. Su temperamento imaginativo y hacendoso la
empujó a colmar ese vacío con nuevas ocupaciones. Una mañana había un loro enorme, Doña Pancha pasaba horas
cambiándole el agua de su tacita y dándole de comer en el pico un choclo fresco. Además, enseñándole una frase
para ganar un concurso de radio, así pasaron varios días.
Memo soportó los primeros días esa cantaleta, Pero doña Pancha era de una tenacidad inquebrantable y la
estupidez de su loro parecía redoblar su ardor. Un día no pudo más y salió a la galería: “Vieja bellaca, ¿va a cerrar el
pico?”. “Pico tendrá usted, cholo malcriado”. “Éste no es un corral para traer animales”. “Y a usted, ¿cómo lo han
dejado entrar en la quinta?”. “Animal será usted, una verdadera bestia para decirlo, en una palabra. Más bruta que
su loro”. “No me siga hablando así que voy a llamar a la policía”. “Que venga pues la policía y verá como hago que le
metan al loro donde no le dé el sol”. “A mí hablarme de bocas. ¿No se ha visto la jeta en un espejo? Cara de poto”.
“Asqueroso, tísico, pestífero”.
El loro, por otra parte, recompensando los esfuerzos de doña Pancha, salió de su mutismo y demostró tener una voz
chillona, incapaz de articular la frase “Naranjas Huando”, pero de bordar en torno a esas sílabas un estridente
abecedario.
Memo comenzó a pensar que esta vez se había embarcado en una batalla sin salida o que tal vez era necesario
replantear desde el comienzo toda su estrategia. Y al fin se le ocurrió la idea salvadora: así como durante la guerra
al balcón un puñado de monedas. “¿Así me paga el servicio? ¡Sépalo ya, no cuente en adelante conmigo, muérase
como una rata!”.
Pero esa noche cuando doña Pancha lo interpeló pidiéndole una taza de té caliente Memo, después de
deshacerse en improperios, se la preparó. Esta vez la comunicación se efectuó a través de la ventana.
Al día siguiente fue un caldo lo que doña Pancha exigió. Ese día no tenía caldo.
“¿Y por qué no un pavo al horno, vieja gorrera?”. “Un caldo, he dicho”. Memo cogió un poco de carne molida de
su gato y preparó una sustancia. Doña Pancha lo esperaba en la ventana, apoyada en el alféizar, Doña Pancha olió el
caldo: “De hueso, seguramente, miserable”. “De caca de gato, para que lo sepa”.
Al día siguiente Memo se levantó temprano, fue a una pensión cercana y encargó para mediodía una doble
ración de caldo de gallina más tarde Sentado en su sofá esperó que doña Pancha se manifestara. Pero dieron las dos
de la tarde y no escuchó ningún pedido. “¿No hay hambre, vieja pedorra?”. Otra vez se vio circundado por una calma
irreal. El departamento de su vecina estaba apagado. Memo se paseó delante de él taconeando fuerte sobre el
enladrillado para hacer notar su presencia e interpelando al pajarraco: “Lorito de trapo sucio, a punto de estirar la
pata, ¿no?”. Al fin, intrigado, se decidió a dar unos golpes en la puerta y como no obtuvo respuesta la empujó.
Estaba sin picaporte y cedió. En la oscuridad avanzó unos pasos, tropezó con algo y cayó de bruces. “Vieja bruja, ¿así
que, poniéndome zancadillas, ¿no?”. A gatas anduvo chocando con taburetes y mesas hasta que encontró el
conmutador de una lámpara y alumbró. Doña Pancha estaba tirada de vientre en medio del piso, con un frasco en la
mano. El primer impulso de Memo fue salir disparado, pero en la puerta se contuvo. Agachándose rozó con la mano
ese cuerpo frío y rígido. En vano trató de levantarlo para llevarlo a la cama. Esos cien kilos de carne eran namovibles.
“Ya lo decía —masculló—, tenías que reventar así. ¿Y ahora qué hago contigo? ¡Aun muerta tienes que seguir
fregando! Dura como loza te has quedado, negra malcriada”.
En el resto de la noche y hasta la madrugada pasaron por el cuarto vecino policías, el médico forense, un
sacerdote, algunos vecinos y dos monjitas que vistieron a la muerta. No hubo velatorio. Vino a llevarla al cementerio
la carroza de los indigentes, Memo dudó si debía o no hacer acto de presencia. Estuvo a punto de ponerse el saco,
pero finalmente por desidia o por terquedad renunció.
Y desde entonces lo vimos más solterón y solitario que nunca. Pasaba largas horas en la galería fumando sus
cigarrillos ordinarios, mirando la fachada de esa casa vacía, Heredó el loro en su jaula colorada y terminó, como era
de esperar, regando las macetas de doña Pancha, cada mañana, religiosamente, mientras entre dientes la seguía
insultando, no porque lo había fastidiado durante tantos años, sino porque lo había dejado, en la vida, es decir,
puesto que ahora formaba parte de sus sueños.

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