REGULACIÓN ECONÓMICA
La regulación económica son las disposiciones mediante las cuales el gobierno
interviene en los mercados para fijar precios o cantidades de la producción, o
establecer especificaciones técnicas y en general, restricciones que deben cumplir los
ciudadanos y las empresas para participar en un mercado. Generalmente, este tipo de
regulaciones se establecen en mercados relativamente concentrados o caracterizados
por economías de redes.
A la hora de enfrentarse a un mercado hay que responder a dos preguntas sobre la
competencia. Por un lado, ¿es la competencia posible? Por el otro, ¿es deseable? Y
de la combinación de respuestas afirmativas y negativas a estas preguntas resultan
cuatro tipos de mercados. Me centraré en los monopolios naturales, donde la
competencia no es posible ni es deseable. En ausencia de competencia en estos
mercados debe proveerse, por ende, una regulación.
Toda regulación posee tres restricciones.
La primera restricción es la informativa, que consiste en el riesgo moral y la selección
adversa. El riesgo moral se refiere a las variables endógenas que no observa el
regulador. Son las acciones de la empresa que afectan a sus costes o la calidad de
sus productos, lo que denomina “esfuerzo negativo”. La selección adversa surge
cuando la empresa tiene más información que el regulador sobre variables exógenas.
Esta asimetría informativa permite a las empresas extraer un beneficio de la
interacción con el regulador incluso a pesar de un reducido poder de negociación. La
existencia de esta restricción hace necesarias las auditorías públicas de las empresas
públicas y controles de las empresas privadas.
Las restricciones de transacción se refieren a los costes propios de redacción y
ejecución de los contratos. Las contingencias futuras deben ser no solo consideradas
sino también especificadas de forma precisa en el contrato regulatorio. En este aspecto
tiene relevancia la estructura de gobierno de la empresa, porque la relación inducida
por la propiedad de los activos afecta al tratamiento de las contingencias imprevistas.
El tercer tipo de restricción es la político-administrativa. Este tipo se refiere en primer
lugar a las previsiones legales sobre regulación de mercado que el regulador debe
tener en cuenta y limitan la dimensión de la regulación. Un ejemplo es la Comisión
Federal de Comunicaciones de los Estados Unidos, que tiene la competencia
regulatoria en materia de telecomunicaciones. Sin embargo, no puede intervenir en la
industria informática aunque el desarrollo tecnológico haya unido los dos campos.
Estas limitaciones pueden significar la ineficacia de las medidas regulatorias
adoptadas. En segundo lugar, los reguladores se ven también limitados a la hora de
elegir el instrumento regulatorio. Un ejemplo claro es la prohibición prevista en la
legislación estadounidense a las transferencias a la industria energética, mientras que
este mismo instrumento sí está permitido para el sistema postal o la red de metro.
Tercero, el regulador puede toparse con la ilegalidad de ciertas medidas que se
extiendan más allá de un horizonte temporal específico.
Desde un enfoque más teórico sobre los incentivos, el objetivo del regulador del
monopolista es reducir el precio lo máximo posible y así maximizar el bienestar social.
En los años noventa en España muchas de las empresas en los sectores, energético,
de telecomunicaciones, de gestión de agua o transporte ferroviario eran públicas. Si
bien esto permitía atender al objetivo social, no garantizaba un funcionamiento óptimo
del mercado. Tiene lugar más adelante en nuestro país un proceso de privatización.
En estos casos la regulación podía tomar dos formas. Una opción, típica en los Estados
Unidos, es fijar los precios según la tasa de retorno, escogiendo un precio que cubriera
su coste y garantizara un rendimiento a la inversión. Una segunda opción son los
precios fijos que no atienden a los costes del servicio.
Analizando ya propiamente los incentivos, resulta que la empresa con una tasa de
retorno garantizada sobre la inversión dedicará menos esfuerzos para aumentar su
eficiencia, es decir, es poco probable que invierta en reducciones de costes. Y en este
caso el regulador se toparía con la restricción informativa de la información asimétrica.
Aunque se regulara la medida que obliga a realizar inversiones periódicas en reducción
de costes, la eficacia de la inversión solo es conocida por la empresa. El regulador
puede tener una idea sobre si sus costes son altos o bajos, pero no si es por motivos
ajenos a su voluntad o porque no ha invertido correctamente. Resultados más
recientes sostienen que el regulador debe ofrecer dos tipos de contratos. El primero
con un precio bajo, que cubra los costes, pero fijo, que no elimina los incentivos a
reducir costes, apropiado para las empresas que son mejores en innovación. El
segundo con un precio que cubra los costes, para las empresas que encuentren
mayores dificultades en reducir sus precios.
Como se ve, la teoría moderna de la regulación proporciona respuestas ajustadas a
cada caso. Es cierto que esto genera dos problemas. Uno, que los reguladores
necesitan grandes conocimientos técnicos para implementar la regulación adecuada.
Segundo, que los políticos tienen mucho margen para justificar sus actuaciones y por
ende pueden aparecer amiguismos y puertas giratorias. Por ello, Tirole enfatiza la
necesidad de tener reguladores independientes del poder político y expertos en su
área.