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Set y Enoc: Linaje y Significado Bíblico

El documento resume la historia de Set y Enoc, hijos de Adán, y describe la división entre los descendientes de Set, que honraban a Dios, y los descendientes de Caín, que no lo hacían. Explica cómo con el tiempo los hijos de Set comenzaron a mezclarse con los hijos de Caín a través del matrimonio, lo que llevó a la corrupción generalizada. Finalmente, el pecado se extendió por toda la tierra hasta que Dios decidió destruir al mundo con el diluvio, a excepción de Noé y su fam
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Set y Enoc: Linaje y Significado Bíblico

El documento resume la historia de Set y Enoc, hijos de Adán, y describe la división entre los descendientes de Set, que honraban a Dios, y los descendientes de Caín, que no lo hacían. Explica cómo con el tiempo los hijos de Set comenzaron a mezclarse con los hijos de Caín a través del matrimonio, lo que llevó a la corrupción generalizada. Finalmente, el pecado se extendió por toda la tierra hasta que Dios decidió destruir al mundo con el diluvio, a excepción de Noé y su fam
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Set y Enoc

21 FEBRUARY 2016 on Génesis, Cristianismo, Redención
Basado en Génesis 4:25 y Génesis 6:2.

Adán tuvo otro hijo que debía ser el heredero de la promesa divina, el heredero de la
primogenitura espiritual.

El nombre dado a este hijo, Set, significa “señalado” o “compensación”; pues, dijo la
madre:

“Dios me ha dado otro hijo en lugar de Abel, a quien mató Caín.” (Génesis 4:25)
Set aventajaba en estatura a Caín y Abel, y se parecía a su padre Adán más que sus otros
hermanos. Tenía un carácter digno, y seguía las huellas de Abel. Sin embargo, no había
heredado más bondad natural que Caín.

Acerca de la creación de Adán se dice:

“que a la semejanza de Dios lo hizo.” Pero el hombre, después de la caída, “engendró un


hijo a su semejanza, conforme a su imagen.” (Génesis 5:1, 3)
En tanto que Adán había sido creado sin pecado, a la semejanza de Dios, Set, así como
Caín, heredó la naturaleza caída de sus padres. Pero recibió también el conocimiento del
Redentor, e instrucción acerca de la justicia.

Mediante la gracia divina sirvió y honró a Dios; y trabajó, como Abel lo habría hecho, de
haber vivido, por cambiar las mentes pecaminosas de los hombres y encauzarlas a
reverenciar y obedecer a su Creador.

Dos clases de seres humanos


“Y a Set también le nació un hijo, al que puso por nombre Enós. Entonces los hombres
comenzaron a invocar el nombre de Jehová.” (Génesis 4:26)
Los fieles habían adorado a Dios antes; pero a medida que aumentaba el número de los
seres humanos, se hacía más visible la distinción entre las dos clases en que se dividían.
Había franca lealtad hacia Dios de parte de una clase, así como desprecio y
desobediencia de parte de la otra.

Antes de la caída, nuestros primeros padres habían guardado el sábado que había sido
instituido en el Edén; y después de su expulsión del paraíso continuaron observándolo.
Habían gustado los amargos frutos de la desobediencia, y habían aprendido algo que tarde o
temprano aprenderán todos aquellos que pisotean los mandamientos de Dios, a saber,
que los preceptos divinos son sagrados e inmutables, y que la pena por la transgresión es
ineludible.

El sábado fue honrado por todos los hijos de Adán que permanecieron leales a Dios. Pero
Caín y sus descendientes no respetaron el día en el cual Dios había reposado. Eligieron su
propio tiempo para el trabajo y el descanso, sin tomar en cuenta el mandamiento de Jehová.

La descendencia de Caín
Al recibir la maldición de Dios, Caín se había retirado de la familia de sus padres. Había
escogido primeramente el oficio de labrador, y luego fundó una ciudad, a la cual dio el
nombre de su hijo mayor.

Se había retirado de la presencia del Señor, desechando la promesa del Edén


restaurado, para buscar riquezas y placer en la tierra maldita por el pecado, y así se había
destacado como caudillo de la gran multitud que adora al dios de este mundo.

Sus descendientes se distinguieron en todo lo referente al mero progreso terrenal y


material. Pero menospreciaron a Dios, y se opusieron a sus propósitos hacia el ser humano.

Al homicidio, cuya comisión iniciara Caín, Lamec, su quinto descendiente, agregó


la poligamia, y con cínica jactancia, reconoció a Dios tan solo para sacar de la venganza
prometida a Caín una garantía de su propia salvaguardia.

Abel había llevado una vida pastoral, habitando en tiendas o cabañas, y los descendientes
de Set hicieron lo mismo y se consideraron:

“extranjeros y peregrinos sobre la tierra”, que buscaban una patria “mejor, esto es, la
celestial.” (Hebreos 11:13, 16)
La unión en yugo desigual
Durante algún tiempo las dos clases permanecieron separadas. Esparciéndose del lugar en
que se establecieron primeramente, los descendientes de Caín se dispersaron por todos los
llanos y valles donde habían habitado los hijos de Set; y estos, para escapar a la influencia
contaminadora de aquellos, se retiraron a las montañas, y allí establecieron sus hogares.

Mientras duró esta separación, los hijos de Set mantuvieron el culto a Dios en toda su
pureza. Pero con el transcurso del tiempo, se aventuraron poco a poco a mezclarse con los
habitantes de los valles. Esta asociación produjo los peores resultados.
Vieron “los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas.” (Génesis 6:2)
Atraídos por la hermosura de las hijas de los descendientes de Caín, los hijos de
Set desagradaron al Señor uniéndose con ellas en matrimonio.

Muchos de los que adoraban a Dios fueron inducidos a pecar mediante los halagos que
ahora estaban constantemente ante ellos, y perdieron su carácter peculiar y santo. Al
mezclarse con los depravados, llegaron a ser semejantes a ellos en espíritu y en obras;
menospreciaron las restricciones del séptimo mandamiento, y “tomáron para sí mujeres
escogiendo entre todas.”

Los hijos de Set siguieron “el camino de Caín” (Judas 11), fijaron su atención en la
prosperidad y el gozo terrenales y descuidaron los mandamientos del Señor.

Los hombres “habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron


gracias.” Al contrario, “se envanecieron en sus razonamientos y su necio corazón fue
entenebrecido.” Por tanto “Dios los entregó a una mente depravada, para hacer cosas que
no deben.” (Romanos 1:21, 28)
El pecado se extendió por toda la tierra como una lepra mortal.

El mundo antediluviano
Adán vivió casi mil años entre los hombres, como testigo de los resultados del pecado.
Con toda fidelidad trató de poner coto a la corriente del mal. Se le había ordenado instruir a
su descendencia en el camino del Señor; y cuidadosamente atesoró lo que Dios le había
revelado, y lo repetía a las generaciones que se sucedían.

A sus hijos y a sus nietos hasta la novena generación, pudo describir Adán el estado santo y
feliz del hombre en el paraíso, y repitiéndoles la historia de su caída, les refirió los
sufrimientos mediante los cuales Dios le había enseñado la necesidad de adherirse
estrictamente a su ley y les explicó las misericordiosas medidas tomadas para su salvación.

Pero solamente unos pocos prestaron atención a sus palabras. A menudo le hacían amargos
reproches por el pecado que había traído tanto dolor a sus descendientes.

La vida de Adán estuvo llena de tristeza, humildad y contrición.

Cuando salió del Edén, la idea de que tendría que morir lo hacía estremecerse de terror.
Conoció por primera vez la realidad de la muerte en la familia humana cuando Caín, su
primogénito, asesinó a su hermano. Lleno del más agudo remordimiento por su propio
pecado, y doblemente acongojado por la muerte de Abel y el rechazamiento de Caín, Adán
quedó abrumado por la angustia.
Veía cómo por todas partes se extendía la corrupción que iba a causar finalmente la
destrucción del mundo mediante un diluvio; y a pesar de que la sentencia de muerte
pronunciada sobre él por su Creador le había parecido terrible al principio, después de
presenciar durante casi mil años los resultados del pecado, Adán llegó a considerar como
una misericordia el que Dios pusiera fin a su vida de sufrimiento y dolor.

No obstante la iniquidad del mundo antediluviano, esa época no fue, como a menudo se


ha supuesto, una era de ignorancia y barbarie.

Los hombres tuvieron oportunidad de alcanzar un alto desarrollo moral e intelectual.


Poseían gran fuerza física y mental, y sus ventajas para adquirir conocimientos religiosos y
científicos eran incomparables.

Es un error suponer que porque vivían muchos años, sus mentes alcanzaban tarde su
madurez: sus facultades mentales se desarrollaban temprano y los que abrigaban el temor
de Dios y vivían en armonía con su voluntad, continuaban aumentando en conocimiento y
en sabiduría durante toda su vida.

Si pudieran compararse con los antediluvianos de la misma edad, los más ilustres eruditos
de nuestros tiempos parecerían muy inferiores en desarrollo mental y físico.
A medida que se acortó la vida del hombre y disminuyó su vigor físico, también se
aminoró su capacidad mental.

Hoy día hay hombres que dedican al estudio un período de veinte a cincuenta años, y el
mundo se llena de admiración por sus éxitos. Pero ¡qué limitados son estos triunfos cuando
se comparan con los de aquellos hombres cuyo vigor físico y mental se desarrollaba durante
siglos!

Es verdad que los hombres de los tiempos modernos tienen el beneficio del conocimiento
alcanzado por sus predecesores. Los genios que proyectaron, estudiaron y escribieron, han
legado sus trabajos a quienes les han seguido.

Pero aun en este respecto, y en lo que concierne meramente a los conocimientos humanos,
¡cuán superiores fueron las ventajas de los hombres de aquella edad antigua! Tuvieron entre
ellos durante siglos a aquel que Dios había formado según su propia imagen, a quien el
Creador mismo declaró “bueno”, el hombre a quien Dios había instruído en toda sabiduría
del mundo material.

Adán había aprendido del Creador la historia de la creación; él mismo había presenciado
los acontecimientos de nueve siglos; y comunicó sus conocimientos a sus descendientes.
Los antediluvianos no tenían libros ni anales escritos; pero con su gran vigor mental y
físico disponían de una memoria poderosa, que les permitía comprender y retener lo que
se les comunicaba, para transmitirlo después con toda precisión a sus descendientes.

Durante varios siglos hubo siete generaciones que vivieron contemporáneamente, y


tuvieron la oportunidad de consultarse para aprovechar cada una los conocimientos y la
experiencia de las demás.

Las ventajas que gozaron los hombres de aquellos tiempos para obtener un conocimiento de
Dios por el estudio de su obra, no han sido igualadas desde entonces. Lejos de ser una era
de tinieblas religiosas, fue una edad de grandes luces. Todo el mundo tuvo la oportunidad
de recibir instrucción de Adán y los que temían al Señor tuvieron también a Cristo y a los
ángeles por maestros. Y tuvieron un silencioso testimonio de la verdad en el huerto de
Dios, que durante siglos permaneció entre los hombres.

A la puerta del paraíso, guardada por querubines, se manifestaba la gloria de Dios, y allí
iban los primeros adoradores a levantar sus altares y a presentar sus ofrendas. Allí fue
donde Caín y Abel llevaron sus sacrificios y Dios había condescendido a comunicarse con
ellos.

El escepticismo no podía negar la existencia del Edén mientras estaba a la vista, con su
entrada vedada por los ángeles custodios. El orden de la creación, el objeto del huerto, la
historia de sus dos árboles tan estrechamente ligados al destino del hombre, eran hechos
indiscutibles; y la existencia y suprema autoridad de Dios, la vigencia de su ley, eran
verdades que nadie pudo poner en tela de juicio mientras Adán vivió.

Enoc
A pesar de la iniquidad que prevalecía, había un grupo de hombres santos, ennoblecidos y
elevados por la comunión con Dios, que vivían en compañerismo con el cielo. Eran
hombres de gran capacidad intelectual, que habían realizado obras admirables. Tenían una
santa y gran misión; a saber, desarrollar un carácter justo y enseñar una lección de piedad,
no a los hombres de su tiempo, sino también a las generaciones futuras.

Solo algunos de los más destacados son mencionados en las Escrituras; pero a través de
todos los tiempos, Dios ha tenido testigos fieles y adoradores sinceros.

Las Escrituras dicen que Enoc tuvo un hijo a los sesenta y cinco años. Después anduvo con
Dios durante trescientos años.

En la primera parte de su vida, Enoc había amado y temido a Dios y guardado sus
mandamientos. Pertenecía al santo linaje, a los depositarios de la verdadera fe, a los
progenitores de la simiente prometida. De labios de Adán había aprendido la triste historia
de la caída y las gozosas nuevas de la gracia de Dios contenidas en la promesa; y confiaba
en el Redentor que vendría.

Pero después del nacimiento de su primer hijo, Enoc alcanzó una experiencia más elevada,
una relación más íntima con Dios. Comprendió completamente sus propias obligaciones y
responsabilidades como hijo de Dios.

Cuando conoció el amor de su hijo hacia él, y la sencilla confianza del niño en su
protección; cuando sintió la profunda y anhelante ternura de su corazón hacia su
primogénito, aprendió la preciosa lección del maravilloso amor de Dios hacia el hombre
manifestado en la dádiva de su Hijo, y la confianza que los hijos de Dios podían tener en el
Padre celestial.

El infinito e inescrutable amor de Dios, manifestado mediante Cristo, se convirtió en el


tema de su meditación de día y de noche; y con todo el fervor de su alma trató de
manifestar este amor a la gente entre la cual vivía.
El andar de Enoc con Dios no era en arrobamiento o en visión, sino en el cumplimiento de
los deberes de su vida diaria. No se aisló de la gente convirtiéndose en ermitaño, pues
tenía una obra que hacer para Dios en el mundo. En el seno de la familia y en sus relaciones
con los hombres, como esposo o padre, como amigo o ciudadano, fue firme y
constante siervo de Dios.

Su corazón estaba en armonía con la voluntad de Dios; pues “¿andarán dos juntos si no
están de acuerdo?” (Amós 3:3). Y este santo andar continuó durante trescientos años.

Muchos cristianos serían más fervientes y devotos si supieran que les queda poco tiempo
de vida, o que la venida de Cristo está por suceder. Pero en el caso de Enoc su fe se
fortalecía y su amor se hacía más ardiente a medida que pasaban los siglos.
Enoc poseía una mente poderosa, bien cultivada, y profundos conocimientos. Dios lo había
honrado con revelaciones especiales; sin embargo, por el hecho de que estaba en continua
comunión con el cielo, y reconocía constantemente la grandeza y perfección divinas, fue
uno de los hombres más humildes.

Cuanto más íntima era su unión con Dios, más profundo era el sentido de su propia
debilidad e imperfección.
Afligido por la maldad creciente de los impíos, y temiendo que la infidelidad de esos
hombres pudiera aminorar su veneración hacia Dios, Enoc eludía el asociarse
continuamente con ellos, y pasaba mucho tiempo en la soledad, dedicándose a la
meditación y a la oración. Así esperaba ante el Señor, buscando un conocimiento más claro
de su voluntad a fin de cumplirla.
Para él la oración era el aliento del alma. Vivía en la misma atmósfera del cielo.
Por medio de santos ángeles, Dios reveló a Enoc su propósito de destruir al mundo
mediante un diluvio, y también le manifestó detalles adicionales del plan de la redención.

Mediante el espíritu de profecía lo llevó a través de las generaciones que vivirían después
del diluvio, y le mostró los grandes eventos relacionados con la segunda venida de Cristo y
el fin del mundo.

Enoc había estado preocupado acerca de los muertos. Le había parecido que los justos y los
impíos se convertirían igualmente en polvo, y que ese sería su fin. No podía concebir que
los justos vivieran más allá de la tumba. En visión profética se le instruyó concerniente a la
muerte de Cristo y se le mostró su venida en gloria, acompañado de todos los santos
ángeles, para rescatar a su pueblo de la tumba.

También vio la corrupción que habría en el mundo cuando Cristo viniera por segunda vez,
y habría una generación presumida, jactanciosa y empecinada, que negaría al único Dios y
al Señor Jesucristo, pisoteando la ley y despreciando la redención. Vio a los justos
coronados de gloria y honor, y a los impíos desechados de la presencia del Señor, y
destruidos por el fuego.

Enoc se convirtió en el predicador de la justicia y dio a conocer al pueblo lo que Dios le


había revelado. Los que temían al Señor buscaban a este hombre santo, para compartir su
instrucción y sus oraciones.

También trabajó públicamente, dando los mensajes de Dios a todos los que querían oír las
palabras de advertencia. Su trabajo no se limitó a los descendientes de Set. En la tierra
adonde Caín había tratado de huir de la divina presencia, el profeta de Dios dio a conocer
las maravillosas escenas que había presenciado en visión.

“Vino el Señor -dijo- con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos y
dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y
de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él.” (Judas 14, 15)
Enoc condenaba intrépidamente el pecado. Mientras predicaba el amor de Dios en Cristo
a la gente de aquel entonces, y les rogaba que abandonaran sus malos caminos, reprobaba la
prevaleciente iniquidad, y amonestaba a los hombres de su generación manifestándoles que
vendría el juicio sobre los transgresores.

El Espíritu de Cristo habló por medio de Enoc, y se manifestaba no solo en expresiones de


amor, compasión y súplica; pues los santos hombres no hablan únicamente palabras
halagadoras. Dios pone en el corazón y en los labios de sus mensajeros las verdades que
han de expresar a la gente, verdades agudas y cortantes como una espada de dos filos.
El poder de Dios que obraba con su siervo se hacía sentir entre los que le oían. Algunos
prestaban oídos a la amonestación, y renunciaban a su vida de pecado; pero las multitudes
se mofaban del solemne mensaje, y seguían más osadamente en sus malos caminos.

En los últimos días los siervos de Dios han de dar al mundo un mensaje parecido, que será
recibido también con incredulidad y burla.
El mundo antediluviano rechazó las palabras de amonestación del que anduvo con Dios.

De la misma forma la última generación no prestará atención a las advertencias de los


mensajeros del Señor.
En medio de una vida de activa labor, Enoc mantenía fielmente su comunión con Dios.
Cuanto más intensas y urgentes eran sus labores, más constantes y fervorosas eran sus
oraciones.

Seguía apartándose, durante ciertos lapsos, de todo trato humano. Después de permanecer
algún tiempo entre la gente, trabajando para beneficiarla mediante la instrucción y el
ejemplo, se retiraba con el fin de estar solo, para satisfacer su sed y hambre de aquella
divina sabiduría que únicamente Dios puede dar.

Manteniéndose así en comunión con Dios, Enoc llegó a reflejar más y más la imagen
divina. Tenía el rostro radiante de una santa luz, semejante a la que resplandece del rostro
de Jesús. Cuando regresaba de estar en comunión con Dios, hasta los impíos miraban con
reverencia ese sello del cielo en su semblante.

La iniquidad de los hombres había llegado a tal grado que su destrucción quedó decretada.
A medida que los años pasaban, crecía más la ola de la culpabilidad humana, y se volvían
más oscuras las nubes del juicio divino.

Con todo, Enoc, el testigo de la fe, perseveró en su camino, amonestando, suplicando,


implorando, tratando de rechazar la ola de culpabilidad y detener los dardos de la venganza.

Aunque sus amonestaciones eran menospreciadas por el pueblo pecaminoso y amante del
placer, tenía el testimonio de la aprobación de Dios, y continuó fielmente la lucha contra la
iniquidad reinante, hasta que Dios lo trasladó de un mundo de pecado al gozo puro del
cielo.

Los hombres de aquel entonces se burlaron de la insensatez del que no procuraba acumular
oro o plata, ni adquirir bienes terrenales. Pero el corazón de Enoc estaba puesto en los
tesoros eternos.
Había contemplado la ciudad celestial. Había visto al Rey en su gloria en medio de Sión. Su
mente, su corazón y su conversación se concentraban en el cielo. Cuanto mayor era la
iniquidad, tanto más intenso era su deseo de morar en el hogar de Dios. Mientras
permaneció en la tierra, vivió por la fe en el reino de luz.

“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.” (Mateo 5:8)
Durante trescientos años Enoc buscó la pureza del alma, para estar en armonía con el cielo.
Durante tres siglos anduvo con Dios. Día tras día anheló una unión más íntima; esa
comunión se hizo más y más estrecha, hasta que Dios lo llevó consigo.

Había llegado al umbral del mundo eterno, a un paso de la tierra de los bienaventurados; se
le abrieron los portales, y continuando su andar con Dios, tanto tiempo proseguido en la
tierra, entró por las puertas de la santa ciudad. Fue el primero de los hombres que llegó
allí.

La desaparición de Enoc se sintió en la tierra. La voz de instrucción y amonestación que se


había escuchado día tras día se echó de menos.

Hubo algunos, entre los justos y los impíos, que presenciaron su partida; y con la esperanza
de que se le hubiese llevado a uno de sus lugares de retiro, los que lo amaban hicieron una
diligente búsqueda, así como más tarde los hijos de los profetas buscaron a Elías; pero fue
sin resultado. Informaron que no estaba en ninguna parte, porque Dios lo había llevado
consigo.

Mediante la traslación de Enoc, el Señor quiso dar una importante lección.

Había peligro de que los hombres cedieran al desaliento, debido a los temibles resultados
del pecado de Adán. Muchos estaban dispuestos a exclamar:

“¿De qué nos sirve temer al Señor y guardar sus ordenanzas, ya que una terrible
maldición pesa sobre la humanidad, y a todos nos espera la muerte?”

Pero las instrucciones que Dios dio a Adán, repetidas por Set y practicadas por Enoc,
despejaron las tinieblas y la tristeza e infundieron en el hombre la esperanza de que, como
por Adán vino la muerte, por el Redentor prometido vendría la vida y la inmortalidad.

Satanás procuraba inculcar a los hombres la creencia de que no había premio para los justos
ni castigo para los impíos, y que era imposible para el hombre obedecer los estatutos
divinos.
Pero en el caso de Enoc, Dios declara de sí mismo que “existe y que recompensa a los que
lo buscan.” (Hebreos 11:6)
Revela lo que hará en bien de los que guardan sus mandamientos.

A los hombres se les demostró que se puede obedecer la ley de Dios; que aun viviendo
entre pecadores corruptos, podían, mediante la gracia de Dios, resistir la tentación y llegar a
ser puros y santos.

Vieron en su ejemplo la bienaventuranza de esa vida; y su traslación fue una evidencia de la


veracidad de su profecía acerca del porvenir que traerá un galardón de felicidad, gloria y
vida eterna para los obedientes, y de condenación, pesar y muerte para el transgresor.

“Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso
Dios; y antes que fuera traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios.” (Hebreos
11:5)
En medio de un mundo condenado a la destrucción por su iniquidad, Enoc pasó su vida en
tan íntima comunión con Dios, que no se le permitió caer bajo el poder de la muerte.

El piadoso carácter de este profeta representa el estado de santidad que deben alcanzar
todos los que serán “redimidos de entre los de la tierra” (Apocalipsis 14:3) en el tiempo
de la segunda venida de Cristo.
En ese entonces, así como en el mundo antediluviano, prevalecerá la iniquidad.

Siguiendo los impulsos de su corrupto corazón y las enseñanzas de una filosofía engañosa,
el hombre se rebelará contra la autoridad del cielo.

Pero, así como Enoc, el pueblo de Dios buscará la pureza de corazón y la conformidad con
la voluntad de su Señor, hasta que refleje la imagen de Cristo.

Tal como lo hizo Enoc, anunciarán al mundo la segunda venida del Señor, y los juicios que
merecerá la transgresión; y mediante su conversación y ejemplo santos condenarán los
pecados de los impíos.

Así como Enoc fue trasladado al cielo antes de la destrucción del mundo por el diluvio, así
también los justos vivos serán trasladados de la tierra antes de la destrucción por el fuego.

Dice el apóstol:

“El Señor mismo, con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios,
descenderá del cielo. Entonces, los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego
nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con
ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.
Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.” “Os digo un misterio: No
todos moriremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar
de ojos, a la final trompeta, porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados
incorruptibles y nosotros seremos transformados.” (1 Corintios 15:51, 52; 1
Tesalonicenses 4:16-18)

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