Tema 17 - Historia Salvación y Liturgia
Tema 17 - Historia Salvación y Liturgia
Juan José
Martínez M.
La historia es la sucesión de hechos realizados o vividos por las personas. Todos estamos
envueltos en una historia personal: nuestro nacimiento, sucesos de la niñez, adolescencia, y los
demás datos y detalles de nuestra existencia, todo está enmarcado en la historia. Cada familia,
cada pueblo, cada país y todos los hombres que habitan y habitaron en la tierra hacen, de hecho su
historia. Vamos construyendo la historia cada día.
Presentamos aquí, una de tantas definiciones acerca de Historia de Salvación: “La serie de
intervenciones de Dios a través del tiempo para realizar su plan amoroso en Cristo a favor del
género humano y de todas las cosas, haciendo que todo tenga como cabeza a Cristo, hasta que
venga por segunda vez al final de los tiempos”.
De poseer aún la idea de que la historia sea capaz de garantizar una humanidad liberadora
y progresiva; es decir, de expresar una dimensión de salvación –ya sea que se hable en su forma
inmanente o trascendente- parece que en la actualidad encontraría más escepticismo o aceptación.
Una concepción hoy de la “vida” vista desde una historia de salvación, no encuentra acogida en la
cultura contemporánea. Por otra parte, la idea de un designio providencial trascendente, que de
sentido, contenido y directriz al camino histórico, es casi imposible que penetre en el pensamiento
del hombre moderno.
Más allá de la base científica que la misma cultura se esfuerza de presuponer a esta visión
de las cosas, se encuentra el hecho de que el hombre que crea su historia, busca una lógica de
esperanza y de proyección positiva en las últimas décadas acerca de su existencia en el mundo.
La Iglesia, a razón del acontecimiento del Concilio vaticano II, ha proporcionado un cambio
ideológico en la humanidad, es decir un cambio de mentalidad, en lo concerniente a la esfera de lo
político cultural y social, a los cambios acaecidos en la misma cosmovisión del hombre. Además, ha
intentado desterrar esa visión del “reductivismo” práctico en que sea ha visto encuadrado la
persona del hombre. Nos ha hecho ver el Conc. Vat. II que no puede ser sólo la tecnología guiada
por el criterio de la “utilidad funcional” la que haga valer al hombre de hoy. Es verdad que la nueva
doctrina de la Iglesia presenta temas y propuestas de un cambio de mentalidad y de progreso de la
humanidad:
“Cada día es mayor el número de los hombres y mujeres, de todo grupo o nación, que
tienen conciencia de que son ellos los autores y promotores de la cultura de su comunidad. En todo
el mundo crece más y más el sentido de autonomía y al mismo tiempo de la responsabilidad, lo
cual tiene enorme importancia para la madurez espiritual y moral del género humano. Esto se ve
más claro si fijamos la mirada en la unificación del mundo y en la tarea que se nos impone de
edificar un mundo mejor en la verdad y en la justicia. De esta manera somos testigos de que está
naciendo un humanismo, en el que el hombre queda definido principalmente por la responsabilidad
hacia sus hermanos y ante la historia” [GS 55].
Como bien se puede percibir, se vive un momento celebrativo que recoge la visión nueva
de la humanidad, que viene a ser ayuda para los fieles para unirse a una nueva prospectiva del
designio salvífico, que da un amplio respiro de tal manera de vivir con sentido de experiencia en la
que encuentre sentido y convicción la historia del hombre de hoy.
1.3. FE Y SALVACIÓN.
Efectivamente, creer en la palabra de Jesús es participar del poder que viene del Padre, y
por tanto recibir una salvación total que afecta al cuerpo, al alma, a la naturaleza. “Os aseguro que
si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a ese monte: Vete de aquí allá, y se trasladaría;
nada os sería imposible” [Mt 17,20]. Conscientes de este poder, el demonio se esfuerza por
“llevarse la palabra de Dios de sus corazones para que no crean y se salven” [Lc 8,12]. También en
presencia de los apóstoles la fe obra milagros: “(Pablo), viendo que tenía fe para ser curado (el
cojo), dijo en alta voz: ‘Levántate’” [Hech 14,10]. Cree en Jesús, el Señor, y te salvarás tú y tu
familia” [Hech 16,31].
Es Pablo el que presenta desde su primera hasta su última carta la fe como condición
indispensable para la salvación: “Dios os ha escogido desde el principio para salvaros por la acción
santificadora del Espíritu y la fe en la verdad” [2 Tes 2,13]. Esa fe lleva a la adquisición de la
incorruptibilidad gloriosa del Señor. Los creyentes evitarán la corrupción, la muerte, para vivir
SOMELIT– Cursos de Verano [3]
Pbro. Lic. Juan José
Martínez M.
eternamente con Cristo. Desde ahora la salvación supone la liberación gradual de nuestros cuerpos
de la esclavitud de la corrupción [Cfr. Rom 8,20] mediante la fe en la resurrección de Cristo. “Si
confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los
muertos, te salvarás. Con el corazón se cree para la justicia, y con la boca se confiesa la fe para la
salvación” [Rom 10,9-10]. “Habéis resucitado también con Cristo por la fe en el poder de Dios” [Col
2,12]. Es un poder que la fe obtiene de la “palabra” realidad inseparable del Espíritu [Rom 1,16;
18,11].
No es posible ver la historia sólo como acontecimiento del tiempo, es necesario percibirlo desde su
valor salvífico: la historia en cuanto portadora de una salvación para el hombre. No cualquier
historia, entendámoslo bien, sino la historia tal y como es vivida por el pueblo de Israel. Por eso
nuestra reflexión se fija en este momento en el concepto de salvación. ¿Qué es la Salvación?
Salvación, shalôm, sôtêría, salus —éste es el término que aparece en la Biblia, hebrea, griega y
latina, respectivamente—, es plenitud de todo bien, la posesión y el disfrute de todo cuanto el
hombre es y desea, tanto a nivel personal como a nivel familiar y social todo ello garantizado por el
señor a través de la Alianza y la pertenencia al pueblo elegido. Si el hombre ha sido creado por
Dios a su imagen y semejanza, la salvación consistirá en la vida en plenitud de esta condición
divina, gozando de todas las facultades humanas desde la salud corporal hasta la paz del espíritu.
La propiedad material y los bienes de la tierra, también entran dentro de esta posesión, porque
toda ha sido creado por Dios como bueno y entregado al hombre para su solaz y servicio.
Todos estos bienes, derivados del Señor en la fidelidad a su alianza, se transmiten a las
generaciones sucesivas. Más aún, la salvación así entendida, no está destinada sólo al pueblo
Existen por consiguiente unos lazos, unos lazos especiales entre la historia de la salvación y la
liturgia. Por esta razón, el tema de la historia de la salvación es un tema fundamentalmente de
teología bíblica, patrística y ecuménica, indispensable para conocer la naturaleza y la función de la
teología en la vida de la Iglesia.
Hoy estamos todos familiarizados con la expresión historia de la salvación. Quizás ya hemos
leído algún libro acerca de la salvación. Por otra parte, bien sabemos que la teología del Concilio
Vaticano II, orientó su quehacer en esa dirección de pensamiento salvífico. Especialmente la
eclesiología y la teología litúrgica que se nos ofrecen en los documentos conciliares; y esto ha
Se puede percibir una cosa muy interesante, que tratándose de la historia de la salvación
como una realidad bíblica, no se encuentre en la Biblia ningún término o expresión que la recoja, al
contrario de lo que ocurre con otros temas bíblicos como la alianza, la sabiduría, la palabra, etc..
En muchos de los diccionarios de teología bíblica actualmente, hay muchas palabras que hacen
referencia al tiempo, no hay ninguna que responda al tema directo de la historia de la salvación.
Por otra parte, para la Biblia la historia es algo que está siempre en el primer plano. Por eso
se habla de la creación, de los Patriarcas, en particular de Abraham, de Isaac y de Jacob, de Moisés
y del pueblo de Israel, de Josué, los jueces, los Reyes, los Profetas, el santuario, el exilio, el
retorno, la reconstrucción, la denominación extranjera, la vida de Jesús, la marcha del Evangelio
desde Jerusalén hasta los últimos confines de la tierra, el final de la historia y del universo, el
retorno de Cristo al final de los tiempos. En síntesis ésta es la historia de la salvación lo que antes
se llamaba “Historia Sagrada”, si bien empleando mal este último calificativo ya que la historia de
la salvación no es otra historia, sino otro modo de vivir la historia.
En la sucesión de los acontecimientos donde cada uno cobraban un sentido gracias a las palabras
de la revelación que los explicaba, aparece una línea constante, definida, que tiene como
protagonista no solo al hombre sino también a Dios. Probablemente esta visión de la historia que
tiene también a Dios como protagonista no sea muy del agrado de los que piensan que la historia
es lo imprevisible, lo siempre abierto, incluso lo paradójico. Una historia en la que ya se sabe lo
que va a pasar, como si el retorno de Cristo al final de los tiempos fuera un factor condicionante de
los acontecimientos, parece la negación misma de la historia. La autonomía y el señorío del hombre
sobre la historia están reñidos, con ese segundo sujeto que desde dentro, mediante hilos ocultos,
le va manejando.
Es cierto, sin embargo, que en la Biblia aparece la historia así concebida, como una línea recta,
siempre en continuo avance, a partir de ese punto mínimo que es la creación, hasta el
cumplimiento final infalible (la consumación en Cristo). Precisamente este avance progresivo, sin
míticos retornos al pasado, es la nota esencial de la historia tal como la contempla la Biblia y lo que
la distingue de otras visiones menos esperanzadoras, más ancladas en el pasado y, por lo mismo,
menos abiertas al futuro. La Biblia entera está como atravesada de parte a parte por esa línea
recta que empieza en el Antiguo Testamento y después de Cristo sigue prolongándose en el tiempo
de la Iglesia.
Los Patriarcas, Israel, el pueblo de las promesas, vivieron la historia, su historia particular
y concreta en medios de los de más pueblos, de un modo diverso a como la vivían los cananeos,
persas, egipcios y griegos. Estos pueblos realizaron su existencia de un modo, llamémoslo,
corriente o normal, como todos los demás pueblos, Israel, en cambio, tiene conciencia de haber
sido objeto de la elección divina, de que es propiedad del Señor, de que tiene que vivir en la
fidelidad a la alianza expresada con aquellas palabras «vosotros seréis mi pueblo, y yo seré
vuestro Dios» [Jer 31 33]. Esto hace que Israel, aun cuando copie continuamente de los demás
pueblos, viva no otra historia sino de otro modo la historia, es decir, la viva extrayéndole otro
significado, el que brota de su condición de pueblo de Dios, pueblo santo y amado [cfr. Col 3,12].
Así, mientras para los otros pueblos existe el acontecimiento mítico e inaccesible de la
cosmogonía o teología inicial –-al lado de esos mitos podrían ponerse muchas hipótesis
modernas–- para Israel el acontecimiento primordial no es otro que el acto voluntario del Señor
que con su hágase de vida al mundo, a la naturaleza, al hombre y a los pueblos, dejando, eso
también, un amplísimo por no decir total margen de autonomía y de libertad. Por eso el
acontecimiento creador bíblico no necesita ser siempre renovado o alcanzado de nuevo, como
sucede en otras religiones mediante ritos mágicos de eterno retorno a la energía inicial que
imitando el hacer divino pretenden atrapar dicha energía y obligar a la divinidad a repetir aquel
acto que dio vida a las cosas.
Como conclusión, la historia para la Biblia es algo siempre en acto, una historia que
cuenta, sí, con un largo pasado y que no se concluirá sino en un futuro, pero historia al fin y al
cabo de un pueblo que ha caminado y camina por las sendas del Señor o si se prefiere historia de
las maravillosas intervenciones de Dios en la vida de ese pueblo que con fe y fidelidad ha escogido
libremente la acción salvadora.
Uno de los temas fundamentales abordados por los padres conciliares (Vat II), fue el de
“Historia de la Salvación”. El Concilio al hacer una profunda reflexión sobre la naturaleza de la
misma Iglesia, y sobre los medios para cumplir su misión salvadora en nuestro tiempo. Bien
sabemos que encontró su riqueza en el misterio de la sabiduría y voluntad divina, que constituyen
el comienzo de la salvación. El concepto teológico que emerge de la doctrina conciliar destaca en la
historia de la salvación dos notas: la universalidad y la historicidad.
“El Padre Eterno creó el mundo universo por un libérrimo y misterioso designio de su
sabiduría y de su bondad, decretó elevar a los hombres a la participación de su vida, y caídos por
el pecado de Adán, no los abandonó, dispensándoles siempre su ayuda en atención a Cristo
Redentor, que es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura (Col 1,5). A todos los
elegidos desde toda la eternidad el padre los conoció de antemano y los predestinó a ser conformes
a la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos (Rom 8,29).
Determinó convocar a los creyentes en Cristo en la santa Iglesia, que fue prefigurada ya desde el
origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en el Antiguo
Testamento, constituida en los últimos tiempos, manifestada por la efusión del Espíritu Santo, y se
perfeccionará gloriosamente al final de los tiempos. Entonces, como se lee en los Santos Padres,
todos los justos descendientes de Adán, desde Abel el justo hasta el último elegido, se congregarán
delante del Padre en una Iglesia universal” (LG 2).
Resalta verdaderamente una visión unitaria de toda la historia, que abarca incluso el orden
de la creación, además se ajusta plenamente a la doctrina cristológica y universalista de san Pablo,
especialmente en [Ef 1, 3-14] y en [Col 1,12-23]. La universalidad del orden de la salvación afecta
no sólo a todos los pueblos sino a todos los hombres de cualquier época y de cualquier condición.
Todos son llamados a la salvación sobrenatural de la gracia de Cristo, que actúa según el
misterioso y universal designio del Padre [cfr. I Tim 2,4].
Precisando aún más el concepto teológico de historia de la salvación, hay que hablar
también de algo que está implícito en la realidad misma de la salvación, es decir, de aquello de lo
cual somos salvados: el pecado y la muerte. Salvarse quiere decir salir de la condición pecadora,
ser redimido y reconciliado con el Padre [cfr. 2 Cor 5,10-20]. Es encontrar de nuevo la vida divina
que se había perdido. La salvación aparece entonces como la comunicación de la bondad divina por
medio de Jesucristo que ha reconciliado al hombre con Dios y le ha abierto las puertas de la vida
eterna.
Pero esta aparición no debe llevarnos a considerar en la historia salvífica divisiones o eras,
como en la historia universal. Si hablamos de etapas o de tiempos distintos en la salvación divina,
iniciada y cumplida en la historia de los hombres, es para señalar la gradual y progresiva inserción
de esta historia en el plano salvífico de Dios. En este sentido, cada etapa marca una determinada
intensidad de la presencia y de la acción de Dios en el mundo y en la existencia humana. Primero
fue la creación con su dimensión de universalidad y de grandiosa multiplicación del hombre sobre
la faz de la tierra. Después vendría la concentración de la acción salvífica, lo que los teólogos
bíblicos llaman reducción regresiva, en una familia: la de Abraham, Isaac, Jacob, los Patriarcas, y
en un pueblo: el de Israel. Esa concentración se vuelve a repetir en un resto, pequeño pero fiel al
Señor, hasta que llega Cristo, en el cual convergen todas las promesas y todas las figuras. Después
de él, a partir de una pequeña comunidad, no-ligada ya a la carne sino al Espíritu, se inicia la
ampliación progresiva, o sea, la incorporación de nuevos hombres y de nuevas gentes de toda
raza, lengua y nación [cfr. Ap. 7,9].
Hay, por tanto, una sucesión cronológica de mayor acercamiento a Cristo: el antes y el
después de él. Pero hay también una aproximación gradual al “epháfax” de la salvación, que no se
mide precisamente por el tiempo y que subsiste a pesar de que la historia salvífica haya alcanzado
ya su cima en la muerte y resurrección de Cristo. Dicho de otra manera: ahora estamos en la
última etapa de la historia de la salvación, la que corresponde a la ampliación progresiva de la
salvación cumplida en Cristo. Sin embargo, hoy todavía, hay muchos hombres y pueblos que están
en una situación salvífica si no extra-cristiana, si al menos pre-cristiana. Bastaría referirnos al
orden de la revelación natural y lo que significa en el plano salvífico las religiones no cristianas y
particularmente la judía.
Sin embargo, es de las etapas cronológicas de las que hemos de ocuparnos, dado que en su
sucesión y vinculación mutua precisamente a través de la liturgia, se aprecia el valor de la historia
como ámbito de la acción divina, y de la liturgia como actualización de los acontecimientos
cumplidos en ella. En efecto, Dios se ha ido aproximando cada vez más al hombre, hasta que
llegada la plenitud de los tiempos [Gal 4,4], envió a su Hijo sujeto a la condición humana para
liberarla y elevarla. Todos los hechos o acontecimientos que sirvieron de preparación tenían, a su
SOMELIT– Cursos de Verano [10]
Pbro. Lic. Juan José
Martínez M.
vez, un potencial salvífico que era actualizado cada vez que dichos hechos o acontecimientos eran
conmemorados, pues nunca más se volvían a repetir. Y esto mismo es justamente lo que sucede
con el propio acontecimiento central o ephápax de la salvación: la muerte y resurrección de Cristo,
ocurrida una vez por todas y presente, en su eficacia redentora, en esta última etapa de la
salvación que es el tiempo de la Iglesia.
Por tanto, debemos detenernos en los momentos más significativos de toda la historia
salvífica, o por mejor decir, en las etapas que marcaron dichos momentos: el tiempo de la
preparación, el tiempo del cumplimento y el tiempo de la actualización.
Es el tiempo de la gradual revelación del amor del Padre hacia todos los hombres, y de la
elección de la familia y del pueblo depositarios de las promesas. La salvación ha entrado ya en la
historia, si bien como promesa y en figura de lo que había de venir, manifestándose en personas,
en acontecimientos, en instituciones, etc., que anuncian la plenitud de la realidad en Cristo y en la
Iglesia.
— Profecía: El contexto general del Antiguo Testamento tiene una dimensión cristiana,
mira hacia el futuro y habla de él. Cuando venga Cristo, las Escrituras del Antiguo Testamento se
convertirán en explicación de la realidad sucedida. La segunda etapa de la historia salvífica será la
del cumplimiento de las Escrituras.
— Figura o tipo: Los hechos pasados son modelo de las realidades de la nueva economía.
La correspondencia de hecho a hecho se basa en el modo de actuar divino.
Significa el término de una larga espera, el momento histórico en el que la salvación como
presencia definitiva de la vida divina en lo humano y creado es ya una realidad cumplida. Pero si en
el tiempo que le ha precedido, Dios ha enviado mensajeros, jueces, profetas y sabios, ahora envía
su propia Palabra que habita en él, para que more entre los hombres [cfr. Jn 1,1-14]. La etapa se
enmarca entre la encarnación de la Palabra en el hombre Jesús y el paso de éste por la pasión y la
La vida de Jesús está toda ella marcada por la presencia de lo divino en él. A través de sus
actos y de sus palabras actúa el Espíritu del Señor con el que fue ungido [Hech 10,38; Lc 4,18-19;
Is 61,1-2]. Por eso, las curaciones que realiza, especialmente cuando se trata de poseídos por el
diablo, son señal de que Dios está con él [Hech 2, 22; 10, 38). En términos de la teología joanea,
las obras de Jesús son signos para que los hombres crean en él y en quien le ha enviado [cfr. Jn
4,48; 6,26.29; 20,30-31].
Todo esto hace que el paso de Jesús de este mundo al Padre (Jn 13, 1), su Pascua,
constituya no sólo el vértice de su vida histórica, sino también el momento culminante de la entera
historia de la salvación, el centro y eje de la misma.
La venida de Jesús significó para siempre un nuevo orden de cosas en el plano salvífico.
Con su muerte y la donación del Espíritu Santo, anunciado precisamente para los tiempos
mesiánicos, la salvación cumplida en Cristo debe extenderse a todos los hombres sin excepción. De
ahí que pueda hablarse de una etapa nueva, caracterizada por el anuncio del evangelio y la
incorporación de los que creen a la Iglesia y se convienen mediante la fe y los sacramentos [cfr.
Hech 2,37-41].
Surge así el llamado tiempo de la Iglesia, en el que los enviados de Jesús predican la
buena noticia de la salvación a todos los pueblos [cf. Mt 28,19-20; Mc 16,15-16], y al mismo
tiempo realizan esa salvación que anuncian, por medio de los sacramentos y de toda la vida
litúrgica. Precisamente la perseverancia en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la
fracción del pan y en las oraciones [Hech 2,42], notas definitorias de la comunidad primitiva
surgida en Pentecostés, son también las características de la etapa que se abre en la glorificación
de Jesús y que se cerrará, y con ella toda la historia, cuando vuelva al final de los tiempos [cfr.
Hech 1,11].
Pero, además, el Espíritu mantiene viva la esperanza en el retorno del Señor. Se trata de
otra de las características del tiempo de la Iglesia, en el cual los cristianos se vuelven de nuevo a
las Escrituras del Antiguo Testamento para aprender, en la lección de la vieja economía que
preparó la llegada de la salvación, las actitudes que ahora es preciso poner en práctica hasta que
ésta alcance su plenitud y consumación. Es, sobre todo, en la eucaristía donde los discípulos de
Jesús, anunciando su muerte y proclamando su resurrección [1 Cor 11,26], viven la espera de la
plena manifestación no sólo del Hijo de Dios [cfr. Mt 24,3; 1 Cor 15,23] sino también de nuestra
propia condición filial [cfr. 1Jn 3,2; Jn1,12]. En este momento, el final de la historia y por tanto de
la obra de la salvación, la creación entera alcanzará también la plena liberación de las ataduras a
que fue sometida, para participar también de la gloriosa libertad de los hijos de Dios [Rom 8,18-
25].
Es conocido por todos que la tradición evangélica común, presenta la actividad inaugural de
Jesús como anuncio del reino de Dios con una terminología inspirada en el léxico evangélico. Se
presenta el inicio de la misión de Jesús, después de ser Juan encarcelado, Jesús fue a Galilea a
predicar el evangelio de Dios, decía: “se ha cumplido el tiempo y el reino de Dios está cerca,
arrepiéntanse y crean en el evangelio” [Mc 1,14-15; cfr. Mt 4,17]. Además, encontramos en Mateo,
que la misión de Jesús es descrita como “anunciar el reino de Dios”, y para el uso de Lucas, quien
describe el anuncio del reino por parte de Jesús, mediante el verbo euanghelízesthai.
Bien se puede dar la categoría a Jesús como “anunciador del reino de Dios”. El punto de
partida lo constituye un hecho indiscutible, sobre el cual concuerdan los textos evangélicos; Jesús
inició su actividad pública autónoma, después de la separación de Juan Bautista, anunciando que el
reino de Dios se acercaba. Éste es el giro decisivo ligado a su persona y sus gestos, que postulan
una respuestas radical por parte de los oyentes. Una confirmación de esta solidez histórica del
anuncio pragmático de Jesús, resumido en la fórmula “el reino de Dios o el reino de los cielos está
cerca”, viene del hecho de que después de la resurrección no es ya el reino de Dios el contenido del
anuncio o kerigma cristiano. Del mismo modo, san Pablo, quien apela a la tradición de la primitiva
Iglesia, anuncia a Cristo Jesús, crucificado por nuestros pecados según la Escritura y resucitado al
tercer día según las Escrituras, y constituido y revelado por Dios como su Hijo [2 Tim 2,8; Fil 1,8s].
Así pues, el anuncio del reino de Dios constituye el elemento característico de la proclamación
histórica hecha por Jesús, como lo atestigua la tradición sinóptica común.
Por otra parte, una confirmación de esta conexión entre el anuncio inaugural y alegre de
Jesús dirigido a los pobres como “evangelio” y la tradición conservada en los textos citados de
Isaías es la respuesta que Jesús da a los enviados de Juan Bautista [Mt 11,2-6; Lc 7,18-22]. A la
pregunta de los dos discípulos de Juan, encarcelado: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que
esperar a otro?” [Mt 11,4-5]. La respuesta de Jesús consiste en la enumeración de cinco obras
taumatúrgicas: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados…”, a las cuales se
añade como punto final el anuncio de la buena nueva a los pobres. Ellos son el signo del reino de
Dios, del que Jesús se proclama pregonero. Los pobres reciben una buena noticia, y en los gestos
realizados por Jesús en su favor –curaciones y liberaciones– tienen ya desde ahora una prenda y
garantía de la intervención salvífica de Dios, en la que Dios manifestará su presencia por medio del
Espíritu Santo.
Jesús viene para salvar lo que estaba perdido [cfr. Lc 9,56; 19,10]. El mismo es
Yahvé que salva [Mt 1,21]; las curaciones corporales que realiza y las liberaciones del diablo son
signo de la salvación de los pecados [Mt 9,6]; por su muerte y resurrección es constituido cabeza y
salvador [Hech 5, 31] y su evangelio es palabra de salvación [Hech 13,26] y fuerza de salvación
para todo el que cree [Rm 1,16]. A partir de la vida y la palabra de Jesús como supremo
acontecimiento de salvación se irá perfilando toda la teología de la salvación cristiana, tanto en su
dimensión terrena e histórica como en su dimensión escatológica cuando la victoria de Dios y de su
Mesías alcance la consumación [Cfr Ap 7,10; 12,10; 19,1].
Concluimos este apartado, diciendo que Jesús con su modo de obrar en favor de los
pecadores y de los pobres, revela la solicitud de Dios e indica cuál es su corazón: el interés y el
gozo de Dios son la salvación de los que tienen necesidad. El momento de la invitación, en la
parábola del festín –comida de gala en Lucas y banquete nupcial en Mateo– es el giro crítico
introducido en la historia con su “anuncio del reino de Dios”, que es motivo y fundamento de la
alegría de los pobres. Además, se resalta un rasgo característico de la tradición evangélica común,
que ha sido re-leída e integrada por cada uno de los evangelistas de acuerdo con su propia
perspectiva redaccional; la presentación de Jesús como el anunciador del reino de Dios a través de
lo que hace y dice. Los gestos y las palabras de Jesús, que interpretan, son el cumplimiento de la
promesa salvífica de Dios; este es el motivo del gozo que anuncia Jesús desde el primer momento
de su misión histórica.
Pero no serán sólo los discípulos los protagonistas del tiempo de la Iglesia. Hay otro
agente que también interviene, pero de forma invisible, el Espíritu Santo que acompaña a los
testigos del evangelio de la salvación, con su poder, como en la etapa anterior, cuando guiaba y
SOMELIT– Cursos de Verano [15]
Pbro. Lic. Juan José
Martínez M.
actuaba en Jesús [cf. Hch 1, 8; 2, 4; Lc 4, 1.14.18]. Todo el Libro de los Hechos de los Apóstoles
está lleno del doble protagonismo del Espíritu y de los discípulos de Jesús. Él dirige la marcha de la
evangelización [cfr. Hech 13, 2.4; 16, 6-7] y él está presente en cada uno de los enviados: Pedro,
Esteban, Pablo, Bernabé, etc.
Según una feliz anotación, rica de implicaciones teológicas, los protagonistas de la historia
narrada de los “Hechos...” no son los Doce, solo aquellos que han sido elegidos y enviados por
Jesús en misión sea antes [Lc 9,1ss], sea después de la resurrección [Mt 28,16-20], sino sobre
todo: El Espíritu Santo, la Palabra y la Fe. Nos deja entender el Evangelista Lucas, en algunos
refrains de los Hechos, cuando escribe que la Palabra se difundía, la Fe se acrecentaba, que el
Espíritu Santo daba testimonio [cf. 5,32; 6,7; 9,31; 14,27; 16,5] poniendo como sujeto de la
acción no tanto a los apóstoles con su predicación y su espíritu de iniciativa sino, en concreto, al
Espíritu Santo, la Palabra y la Fe. Esto es importante porque sostiene la convicción de Lucas,
ciertamente de él, y a la vez con la primitiva comunidad cristiana, que no es la acción humana
aquella que explica y rige la difusión de la verdad evangélica, sino por iniciativa divina. Tal
convicción cualifica cada testimonio escrito en el N.T.; además se ha tenido en Lucas, un
testimonio privilegiado que encuentra una afirmación en los escritos neo-testamentarios,
principalmente en Pablo y Juan.
En esto se produce una diferencia aún mayor respecto de la primera etapa de la historia de
la salvación, en la que los signos de salvación eran solamente indicativos de una realidad que
estaba aún por venir. En la última etapa de la historia de la salvación los signos no son meramente
indicativos, sino que significan y cada uno a su modo realizan lo que significan (cf. SC 7). En este
sentido esta nota de la sacramentalidad de la liturgia o de su realización mediante signos, hace de
ella el elemento determinante del tiempo de la Iglesia como etapa de la historia de la salvación en
la que se efectúa la obra de nuestra redención de manera real y no sólo indicativa o meramente
figurativa. La liturgia cristiana es expresión y actualización de la salvación cumplida en Cristo.
“Cristo «no sólo envió a los apóstoles a predicar el evangelio a toda criatura y a anunciar
que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos libró del poder de Satanás..., sino también a
realizar la obra de salvación que proclamaban, mediante el sacrificio y los sacramentos, en torno a
los cuales gira toda la vida litúrgica» SC.6
Nótese que estos dos aspectos esenciales e inseparables de la misión de la Iglesia, además
de realizarse mediante actividades eclesiales específicas, como la primera evangelización, la
catequesis, la pastoral de los sacramentos, etc., se realizan también en el interior de una misma
acción eclesial, que es en este caso la celebración litúrgica. No se puede olvidar que toda
celebración comprende siempre, sobre todo después del Vaticano II, una liturgia de la Palabra y
una liturgia del sacramento o del rito. Es una forma de poner de manifiesto el papel de la liturgia
como momento síntesis de la historia de la salvación y acontecimiento salvífico, ella misma.
- Durango -