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Tema 17 - Historia Salvación y Liturgia

Este documento presenta una introducción a la historia de la salvación y su relación con la liturgia. Explica que la historia de salvación se refiere a las intervenciones de Dios a través del tiempo para llevar a cabo su plan de salvación para la humanidad. Argumenta que aunque la idea de una historia con sentido de salvación no es bien recibida en la cultura moderna, la fe cristiana ofrece una perspectiva para entender el designio de Dios en la historia humana. Finalmente, discute cómo la fe es fundamental para participar en la salvación
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Tema 17 - Historia Salvación y Liturgia

Este documento presenta una introducción a la historia de la salvación y su relación con la liturgia. Explica que la historia de salvación se refiere a las intervenciones de Dios a través del tiempo para llevar a cabo su plan de salvación para la humanidad. Argumenta que aunque la idea de una historia con sentido de salvación no es bien recibida en la cultura moderna, la fe cristiana ofrece una perspectiva para entender el designio de Dios en la historia humana. Finalmente, discute cómo la fe es fundamental para participar en la salvación
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Pbro. Lic.

Juan José
Martínez M.

 HISTORIA DE LA SALVACIÓN Y LITURGIA 

Capítulo I: Qué es la historia de la salvación.

La historia es la sucesión de hechos realizados o vividos por las personas. Todos estamos
envueltos en una historia personal: nuestro nacimiento, sucesos de la niñez, adolescencia, y los
demás datos y detalles de nuestra existencia, todo está enmarcado en la historia. Cada familia,
cada pueblo, cada país y todos los hombres que habitan y habitaron en la tierra hacen, de hecho su
historia. Vamos construyendo la historia cada día.

La historia se describe desde muchos puntos de vista: político, económico, científico. La


historia de los países y de las naciones ha sido escrita por los vencedores. Otra historia leeríamos
nosotros hoy si los perdedores la hubieran escrito. La historia la han escrito también los grandes,
los que mandan: reyes, emperadores, presidentes. Si la historia la hubieran escrito los pobres, los
marginados, otra cara tendrían esos sucesos. ¿Cómo vamos haciendo nuestra historia, la de
nuestra familia, la de la colonia, la de nuestra ciudad o rancho? ¿Nos damos cuenta de que entre
todos la hacemos, para bien o para mal? ¿Es consciente la gente de la repercusión que tienen sus
actos a favor o perjuicio de la historia? ¿Nos damos cuenta, como cristianos, de que Dios interviene
en nuestra historia, que nos acompaña siempre para animarnos a lo bueno?

El hombre tiene la capacidad de recordar los acontecimientos sucedidos en la historia. Es


decir, el hombre hace memoria. Vive en el presente y en el momento presente trae a su memoria y
vivencia los hechos del pasado. Para el creyente, Dios se hace historia, puesto que ha así lo
concibió el pensamiento del pueblo de Israel, Que Dios no era ajeno a su propia historia sino que,
se hacía presente por los acontecimiento que sucedían en el tiempo; de ésta manera se une al
hombre para recorrer con él los pasos de su existencia. El Dios de la Biblia es un Dios liberador de
esclavitudes, es un Dios amigo, que pacta una alianza con su pueblo y lo guía hacia la tierra
prometida. El Dios de la Biblia se hace historia humana total cuando el Verbo (la Palabra), el Hijo
de Dios, Jesús, se encarna, hace hombre y de ésta manera pasa a ser parte de la historia humana.

Presentamos aquí, una de tantas definiciones acerca de Historia de Salvación: “La serie de
intervenciones de Dios a través del tiempo para realizar su plan amoroso en Cristo a favor del
género humano y de todas las cosas, haciendo que todo tenga como cabeza a Cristo, hasta que
venga por segunda vez al final de los tiempos”.

1.1. TIENE TODAVÍA SENTIDO HABLAR «HOY», DE HISTORIA DE LA SALVACIÓN.

De poseer aún la idea de que la historia sea capaz de garantizar una humanidad liberadora
y progresiva; es decir, de expresar una dimensión de salvación –ya sea que se hable en su forma
inmanente o trascendente- parece que en la actualidad encontraría más escepticismo o aceptación.
Una concepción hoy de la “vida” vista desde una historia de salvación, no encuentra acogida en la
cultura contemporánea. Por otra parte, la idea de un designio providencial trascendente, que de
sentido, contenido y directriz al camino histórico, es casi imposible que penetre en el pensamiento
del hombre moderno.

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En cambio, nos encontramos con un pensamiento, en el que es el mismo hombre que, sin
limitaciones ni hipótesis supra-humanas, es quien se forja su propio destino, sin depender en lo
absoluto de la presencia de un trascendente que le manifieste el sentido ni la dirección de su
historia. El hombre de hoy, ve al mundo de una manera cruda, sólo en su concepción material,
percibe lo caótico y lo privado de sentido que en ocasiones le parece los fenómenos en los que se
ve inmerso.

Más allá de la base científica que la misma cultura se esfuerza de presuponer a esta visión
de las cosas, se encuentra el hecho de que el hombre que crea su historia, busca una lógica de
esperanza y de proyección positiva en las últimas décadas acerca de su existencia en el mundo.

La Iglesia, a razón del acontecimiento del Concilio vaticano II, ha proporcionado un cambio
ideológico en la humanidad, es decir un cambio de mentalidad, en lo concerniente a la esfera de lo
político cultural y social, a los cambios acaecidos en la misma cosmovisión del hombre. Además, ha
intentado desterrar esa visión del “reductivismo” práctico en que sea ha visto encuadrado la
persona del hombre. Nos ha hecho ver el Conc. Vat. II que no puede ser sólo la tecnología guiada
por el criterio de la “utilidad funcional” la que haga valer al hombre de hoy. Es verdad que la nueva
doctrina de la Iglesia presenta temas y propuestas de un cambio de mentalidad y de progreso de la
humanidad:

“Cada día es mayor el número de los hombres y mujeres, de todo grupo o nación, que
tienen conciencia de que son ellos los autores y promotores de la cultura de su comunidad. En todo
el mundo crece más y más el sentido de autonomía y al mismo tiempo de la responsabilidad, lo
cual tiene enorme importancia para la madurez espiritual y moral del género humano. Esto se ve
más claro si fijamos la mirada en la unificación del mundo y en la tarea que se nos impone de
edificar un mundo mejor en la verdad y en la justicia. De esta manera somos testigos de que está
naciendo un humanismo, en el que el hombre queda definido principalmente por la responsabilidad
hacia sus hermanos y ante la historia” [GS 55].

Como bien se puede percibir, se vive un momento celebrativo que recoge la visión nueva
de la humanidad, que viene a ser ayuda para los fieles para unirse a una nueva prospectiva del
designio salvífico, que da un amplio respiro de tal manera de vivir con sentido de experiencia en la
que encuentre sentido y convicción la historia del hombre de hoy.

1.2. LA PROPUESTA DE LA FE.

Cuando, refiriéndose a la revelación bíblica, se deduce el anuncio de un designio divino que


dirige a la historia del hombre, se hace contemporáneamente un llamado a la única dimensión en el
que el anuncio viene a ser aceptado. Nos referimos a la “Fe”. El pueblo elegido Israel, ha “hecho
historia” –una historia profética– porque a diferencia de los otros pueblos y de las otras culturas
con las cuales se confrontaba, ha releído su propio camino a la luz de la fe y de la confianza en el
Dios que lo ha elegido, consagrado y guiado según un designio en sobremanera libre y sabio. La
Iglesia realiza un rol análogo, tanto más acertado, en cuanto se fundamenta sobre la sabiduría de
la revelación en Cristo. Puesto que su misión es además, anunciar que existe un proyecto de Dios

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sobre el hombre en la obra de su historia y le confiere un significado y una dirección que va más
allá de las aspiraciones y de la proyección humana.

1.3. FE Y SALVACIÓN.

El primer gesto salvífico es captado por la fe en la creación. “Por la fe conocemos que el


mundo fue creado por la Palabra de Dios, de suerte que lo visible tiene una causa invisible” [Heb
11,3]. Esta primera arquitectura de Dios, “del que proceden todas las cosas [1 Cor 8,6], revela la
ternura divina y se convierte en el primer signo de la obra redentora de Cristo “primogénito de
toda la creación” [Col 1,15], cumplimiento como nuevo Adán de la totalidad que ha sido hecha a
través de él [cfr. Jn 1,3]. El acontecimiento de la Salvación es vista en el descubrimiento de un
Dios que provoca y acompaña la peregrinación de Abraham, que ve la desgracia de su pueblo en
Egipto, que lo saca fuera con mano fuerte y brazo extendido y lo conduce a un país en el que fluye
leche y miel; es decir, la fe destaca la fidelidad divina en la elección, liberación y asentimiento de
un pueblo en la tierra y en la conservación de la dinastía del templo y de los profetas. Permite
además a los pobres de Yahvé, desde las confesiones de Jeremías hasta la contestación de Job y
los salmos de los ‘anawím’, descubrir en el fracaso un medio doloroso de salvación, a través del
grito de invocación de Dios que llena el vació más absoluto: “Bueno es esperar en silencio el
socorro del Señor..., pues quizá haya aún esperanza” [Lam 3,26.29].

- HASTA AQUÍ CON PRIMERO DE TEOLOGÍA -

La fe es la condición para entrar en el reino: “se ha cumplido el tiempo y el reino de Dios


está cerca. Arrepentios y creed en el evangelio” [Mc 1,15]. Solo en presencia de la fe Jesús realiza
milagros: “No hizo allí muchos milagros por su falta de fe” [Mt 13,58]; “Se le acercaron los ciegos y
Jesús les dijo: ‘¿Creéis que puedo hacer esto?’Le dijeron: ‘Sí, Señor‘. Entonces les tocó los ojos
diciendo: ‘Hágase en vosotros según vuestra fe’” [Mt 9,28-29]. La fe obtiene además aquella otra
curación espiritual que es el perdón de los pecados: “Jesús, al ver su fe, le dijo al paralítico:
‘Ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados’” [Mt 9,2]; de ello se benefician los samaritanos [Lc
17,16], los cananeos [Mc 7,26], los paganos. La fuerza que sale de Jesús no tiene más que una
causa: “Tu fe te ha salvado” [Mc 5,34; 10,52].

Efectivamente, creer en la palabra de Jesús es participar del poder que viene del Padre, y
por tanto recibir una salvación total que afecta al cuerpo, al alma, a la naturaleza. “Os aseguro que
si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a ese monte: Vete de aquí allá, y se trasladaría;
nada os sería imposible” [Mt 17,20]. Conscientes de este poder, el demonio se esfuerza por
“llevarse la palabra de Dios de sus corazones para que no crean y se salven” [Lc 8,12]. También en
presencia de los apóstoles la fe obra milagros: “(Pablo), viendo que tenía fe para ser curado (el
cojo), dijo en alta voz: ‘Levántate’” [Hech 14,10]. Cree en Jesús, el Señor, y te salvarás tú y tu
familia” [Hech 16,31].

Es Pablo el que presenta desde su primera hasta su última carta la fe como condición
indispensable para la salvación: “Dios os ha escogido desde el principio para salvaros por la acción
santificadora del Espíritu y la fe en la verdad” [2 Tes 2,13]. Esa fe lleva a la adquisición de la
incorruptibilidad gloriosa del Señor. Los creyentes evitarán la corrupción, la muerte, para vivir
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eternamente con Cristo. Desde ahora la salvación supone la liberación gradual de nuestros cuerpos
de la esclavitud de la corrupción [Cfr. Rom 8,20] mediante la fe en la resurrección de Cristo. “Si
confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los
muertos, te salvarás. Con el corazón se cree para la justicia, y con la boca se confiesa la fe para la
salvación” [Rom 10,9-10]. “Habéis resucitado también con Cristo por la fe en el poder de Dios” [Col
2,12]. Es un poder que la fe obtiene de la “palabra” realidad inseparable del Espíritu [Rom 1,16;
18,11].

El proceso de identificación de la salvación con la persona del salvador, ya claro en Pablo [1


Tim 4,10], se hace más profundo en Juan. Mientras que Pablo hace derivar la salvación del misterio
del Señor muerto y resucitado. Juan la fundamenta en el yo mismo de Jesús Hijo de Dios, y es una
salvación que se percibe claramente como la plenitud de los bienes divinos comunicados al hombre.
“Lo que Dios quiere que hagáis es que creáis en el que él ha enviado” [Jn 6,29]. Es equivalente a la
conversión de los sinópticos, el carácter central de la fe resalta ya en el Bautista, convertido en el
testigo para que todos crean [Jn 1,6]. Creyendo que “Yo soy”, el hombre evita morir en los
pecados [Jn 8,24], se hace hijo de la luz [Jn 12,36], adquiere la vida [Jn 5,40; 6,40] y la
bienaventuranza [Jn 20,29]. Expresiones equivalentes o paralelas como “acoger” a Jesús [Jn 1,12;
5,43;13,20], sus palabras [Jn 12,48], “venir” a él [Jn 5,40; 6,35; 7,37], “seguirle” [Jn 8,12;
10,27], “permanecer” en él [Jn15,9], se condensan y se explicitan al mismo tiempo en la
conclusión del evangelio, escrito “para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para
que creyendo tengáis vida en su nombre” [20,31]. San Juan relaciona la “fe” y la “salvación” en las
expresiones significativas, como tener la vida [Jn 6,47], la vida eterna [Jn 3,16], poseer una vida
más allá de la muerte [Jn 11,25], huir de la condenación [Jn 3,18], tener la certeza de la
resurrección [Jn 6,40], recibir una fuente que brota para la vida eterna [Jn 4,41], salir de la
tinieblas [Jn 12,46].

1.4. SALVACIÓN EN LA HISTORIA

No es posible ver la historia sólo como acontecimiento del tiempo, es necesario percibirlo desde su
valor salvífico: la historia en cuanto portadora de una salvación para el hombre. No cualquier
historia, entendámoslo bien, sino la historia tal y como es vivida por el pueblo de Israel. Por eso
nuestra reflexión se fija en este momento en el concepto de salvación. ¿Qué es la Salvación?

Salvación, shalôm, sôtêría, salus —éste es el término que aparece en la Biblia, hebrea, griega y
latina, respectivamente—, es plenitud de todo bien, la posesión y el disfrute de todo cuanto el
hombre es y desea, tanto a nivel personal como a nivel familiar y social todo ello garantizado por el
señor a través de la Alianza y la pertenencia al pueblo elegido. Si el hombre ha sido creado por
Dios a su imagen y semejanza, la salvación consistirá en la vida en plenitud de esta condición
divina, gozando de todas las facultades humanas desde la salud corporal hasta la paz del espíritu.
La propiedad material y los bienes de la tierra, también entran dentro de esta posesión, porque
toda ha sido creado por Dios como bueno y entregado al hombre para su solaz y servicio.

Todos estos bienes, derivados del Señor en la fidelidad a su alianza, se transmiten a las
generaciones sucesivas. Más aún, la salvación así entendida, no está destinada sólo al pueblo

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elegido, sino a todos los pueblos en la secuencia de la historia natural y humana. La salvación
según la Biblia es vida en la presencia del Señor, gozo, paz, benevolencia en todo momento, para
siempre. Aunque cambien las situaciones y los condicionamientos materiales y sociales, la dinámica
salvífica no cambia. Ni siquiera en el momento en que la salvación alcanza su mayor grado de
espiritualización en el Nuevo Testamento.

Capítulo II: Peculiaridades de la historia de la salvación.

La liturgia cristiana es actualización de la salvación, realizada por Cristo en su existencia terrena y


particularmente en su misterio pascual. La obra de nuestra redención (Cfr. SC 2;5;7) ha tenido
lugar en la historia, es decir, en este mundo y el tiempo de los hombres. Esta realidad confiere a
la salvación una dimensión histórica que es esencial, por más que el mensaje bíblico y cristiano
confieren también a la salvación una dimensión meta-histórica y trascendente, o sea escatológica.
Esta nota de historicidad y de inmanencia en el mundo afecta también a la liturgia en cuanto acción
de la Iglesia que, en el cumplimiento de la misión recibida de Cristo, debe anunciar la salvación y
realizarla por medio del «sacrificio y sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica»
(SC 5).

Dentro de la liturgia, la historia de la salvación constituye, como decíamos, el punto de partida.


Más aún, la historia de la salvación, en cuanto revelación y actuación en el tiempo del designio
salvífico divino, escondido en Dios desde toda la eternidad, comprende etapas y momentos
diversos. La liturgia pertenece a la última etapa de la historia de la salvación, constituyendo su
elemento determinante desde el punto de vista de la economía elegida por Dios para incorporarse
al hombre al misterio de Cristo y hacerle beneficiario de la «redención humana y de la perfecta
glorificación de Dios» (SC 5).

Existen por consiguiente unos lazos, unos lazos especiales entre la historia de la salvación y la
liturgia. Por esta razón, el tema de la historia de la salvación es un tema fundamentalmente de
teología bíblica, patrística y ecuménica, indispensable para conocer la naturaleza y la función de la
teología en la vida de la Iglesia.

2.1 UNA HISTORIA DE SALVACIÓN

La historia de la salvación, prescindiendo de otras manifestaciones, es fundamentalmente la


interpretación que la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento, hace de sí misma en cuanto narración y
profecía de la presencia de la salvación en el curso de la historia humana. Es teología de la historia
desde el punto de vista bíblico y es la historia misma en cuanto escenario en el tiempo y en el
espacio de los hombres, de la acción de Dios que salva.

Hoy estamos todos familiarizados con la expresión historia de la salvación. Quizás ya hemos
leído algún libro acerca de la salvación. Por otra parte, bien sabemos que la teología del Concilio
Vaticano II, orientó su quehacer en esa dirección de pensamiento salvífico. Especialmente la
eclesiología y la teología litúrgica que se nos ofrecen en los documentos conciliares; y esto ha

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obligado a reconsiderar todo el misterio cristiano dentro de esas categorías que, sin ser totalmente
nuevas, no se hallan muy elaboradas aún en mucha de la teología católica.

No obstante, nada hay más antiguo en la teología que su atención a la historia de la


salvación, es decir, a la revelación y a la narración de las maravillas que Dios ha ido obrando para
salvar al hombre, a fin de situar en ella la consideración de los misterios de la fe. Es cierto que esta
conciencia refleja no ha sido siempre tan explícita como en la época patrística y, moderadamente,
en amplios sectores de la teología ecuménica, tanto católica como protestante, hasta el Concilio
Vaticano II.

Se puede percibir una cosa muy interesante, que tratándose de la historia de la salvación
como una realidad bíblica, no se encuentre en la Biblia ningún término o expresión que la recoja, al
contrario de lo que ocurre con otros temas bíblicos como la alianza, la sabiduría, la palabra, etc..
En muchos de los diccionarios de teología bíblica actualmente, hay muchas palabras que hacen
referencia al tiempo, no hay ninguna que responda al tema directo de la historia de la salvación.

Por otra parte, para la Biblia la historia es algo que está siempre en el primer plano. Por eso
se habla de la creación, de los Patriarcas, en particular de Abraham, de Isaac y de Jacob, de Moisés
y del pueblo de Israel, de Josué, los jueces, los Reyes, los Profetas, el santuario, el exilio, el
retorno, la reconstrucción, la denominación extranjera, la vida de Jesús, la marcha del Evangelio
desde Jerusalén hasta los últimos confines de la tierra, el final de la historia y del universo, el
retorno de Cristo al final de los tiempos. En síntesis ésta es la historia de la salvación lo que antes
se llamaba “Historia Sagrada”, si bien empleando mal este último calificativo ya que la historia de
la salvación no es otra historia, sino otro modo de vivir la historia.

En la sucesión de los acontecimientos donde cada uno cobraban un sentido gracias a las palabras
de la revelación que los explicaba, aparece una línea constante, definida, que tiene como
protagonista no solo al hombre sino también a Dios. Probablemente esta visión de la historia que
tiene también a Dios como protagonista no sea muy del agrado de los que piensan que la historia
es lo imprevisible, lo siempre abierto, incluso lo paradójico. Una historia en la que ya se sabe lo
que va a pasar, como si el retorno de Cristo al final de los tiempos fuera un factor condicionante de
los acontecimientos, parece la negación misma de la historia. La autonomía y el señorío del hombre
sobre la historia están reñidos, con ese segundo sujeto que desde dentro, mediante hilos ocultos,
le va manejando.

Esta objeción, aparecida en el campo de la teología de la secularización, pretende en realidad ir


más allá de la misma visión bíblica de la historia. No hay, por tanto, dos protagonistas en la
historia, hay uno sólo, el hombre, con su libertad, con su independencia. La historia ha sido y es
escenario de la acción de Dios en la medida en que el hombre lo ha querido: piénsese en Abraham,
en Moisés, en María sobre todo. Dios ha intervenido en diversidad de tiempos y en diversidad de
modos y circunstancias [Cfr. Heb 1,1], pero siempre dejando al hombre su capacidad de elección y
su posibilidad de volverle la espalda.

-HASTA AQUÍ CON I DE TEOL -


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2.2. HISTORIA DE SALVACIÓN EN LA BIBLIA

Es cierto, sin embargo, que en la Biblia aparece la historia así concebida, como una línea recta,
siempre en continuo avance, a partir de ese punto mínimo que es la creación, hasta el
cumplimiento final infalible (la consumación en Cristo). Precisamente este avance progresivo, sin
míticos retornos al pasado, es la nota esencial de la historia tal como la contempla la Biblia y lo que
la distingue de otras visiones menos esperanzadoras, más ancladas en el pasado y, por lo mismo,
menos abiertas al futuro. La Biblia entera está como atravesada de parte a parte por esa línea
recta que empieza en el Antiguo Testamento y después de Cristo sigue prolongándose en el tiempo
de la Iglesia.

Los Patriarcas, Israel, el pueblo de las promesas, vivieron la historia, su historia particular
y concreta en medios de los de más pueblos, de un modo diverso a como la vivían los cananeos,
persas, egipcios y griegos. Estos pueblos realizaron su existencia de un modo, llamémoslo,
corriente o normal, como todos los demás pueblos, Israel, en cambio, tiene conciencia de haber
sido objeto de la elección divina, de que es propiedad del Señor, de que tiene que vivir en la
fidelidad a la alianza expresada con aquellas palabras «vosotros seréis mi pueblo, y yo seré
vuestro Dios» [Jer 31 33]. Esto hace que Israel, aun cuando copie continuamente de los demás
pueblos, viva no otra historia sino de otro modo la historia, es decir, la viva extrayéndole otro
significado, el que brota de su condición de pueblo de Dios, pueblo santo y amado [cfr. Col 3,12].

Esta conciencia de Israel caso único en la historia de la humanidad, es una opción


fundamental por la salvación que viene del Señor, a pesar de las infidelidades y de las idolatrías de
este pueblo. La originalidad de la concepción bíblica de la historia consiste, ante todo, en proceder
por los caminos del Señor. Solo con el Señor, Israel recibe las promesas, sólo en la fe ve cómo se
cumple en el Éxodo y en la entrada en la tierra prometida, sólo en la fidelidad ve cómo el Éxodo en
cuanto acontecimiento fundamental y central de su historia salvífica se sigue actualizando en la
existencia de toda la comunidad del pueblo. Israel primero, Cristo y la Iglesia después, viven así la
historia, su historia, en cuanto la han aceptado del Señor y en ella se esfuerzan por caminar en su
presencia.

Así, mientras para los otros pueblos existe el acontecimiento mítico e inaccesible de la
cosmogonía o teología inicial –-al lado de esos mitos podrían ponerse muchas hipótesis
modernas–- para Israel el acontecimiento primordial no es otro que el acto voluntario del Señor
que con su hágase de vida al mundo, a la naturaleza, al hombre y a los pueblos, dejando, eso
también, un amplísimo por no decir total margen de autonomía y de libertad. Por eso el
acontecimiento creador bíblico no necesita ser siempre renovado o alcanzado de nuevo, como
sucede en otras religiones mediante ritos mágicos de eterno retorno a la energía inicial que
imitando el hacer divino pretenden atrapar dicha energía y obligar a la divinidad a repetir aquel
acto que dio vida a las cosas.

En la Biblia, en cambio, predomina el presente, que asume el pasado superándolo en una


tensión esperanzada hacia el porvenir siempre mejor y más pleno. Israel no tiene necesidad de
volver a los orígenes, porque el pasado es válido sólo como concreción histórica memorable, es

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decir en cuanto objeto de narración y de recuerdo del cumplimiento de las promesas del Señor. Lo
que importa es el tiempo presente, el aquí y ahora que actualiza la bondad inicial, la salvación.
Incluso el futuro cuenta para Israel precisamente y en cuanto es ya una realidad en cierto modo
comenzada, porque no es un futuro absoluto, sino un futuro anticipado, prenda y arras de un
cumplimiento más perfecto.

Como conclusión, la historia para la Biblia es algo siempre en acto, una historia que
cuenta, sí, con un largo pasado y que no se concluirá sino en un futuro, pero historia al fin y al
cabo de un pueblo que ha caminado y camina por las sendas del Señor o si se prefiere historia de
las maravillosas intervenciones de Dios en la vida de ese pueblo que con fe y fidelidad ha escogido
libremente la acción salvadora.

2.3. CONCEPTOS TEOLÓGICO – LITÚRGICOS DE HISTORIA DE LA SALVACIÓN

Uno de los temas fundamentales abordados por los padres conciliares (Vat II), fue el de
“Historia de la Salvación”. El Concilio al hacer una profunda reflexión sobre la naturaleza de la
misma Iglesia, y sobre los medios para cumplir su misión salvadora en nuestro tiempo. Bien
sabemos que encontró su riqueza en el misterio de la sabiduría y voluntad divina, que constituyen
el comienzo de la salvación. El concepto teológico que emerge de la doctrina conciliar destaca en la
historia de la salvación dos notas: la universalidad y la historicidad.

a) Universalidad: se destaca en la doctrina del concilio, el cómo pone al centro de la


historia de la salvación al mismo Cristo y a la Iglesia, a los cuales, por eterno designio de Dios,
estén ordenadas todas las cosas:

“El Padre Eterno creó el mundo universo por un libérrimo y misterioso designio de su
sabiduría y de su bondad, decretó elevar a los hombres a la participación de su vida, y caídos por
el pecado de Adán, no los abandonó, dispensándoles siempre su ayuda en atención a Cristo
Redentor, que es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura (Col 1,5). A todos los
elegidos desde toda la eternidad el padre los conoció de antemano y los predestinó a ser conformes
a la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos (Rom 8,29).
Determinó convocar a los creyentes en Cristo en la santa Iglesia, que fue prefigurada ya desde el
origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en el Antiguo
Testamento, constituida en los últimos tiempos, manifestada por la efusión del Espíritu Santo, y se
perfeccionará gloriosamente al final de los tiempos. Entonces, como se lee en los Santos Padres,
todos los justos descendientes de Adán, desde Abel el justo hasta el último elegido, se congregarán
delante del Padre en una Iglesia universal” (LG 2).

Resalta verdaderamente una visión unitaria de toda la historia, que abarca incluso el orden
de la creación, además se ajusta plenamente a la doctrina cristológica y universalista de san Pablo,
especialmente en [Ef 1, 3-14] y en [Col 1,12-23]. La universalidad del orden de la salvación afecta
no sólo a todos los pueblos sino a todos los hombres de cualquier época y de cualquier condición.
Todos son llamados a la salvación sobrenatural de la gracia de Cristo, que actúa según el
misterioso y universal designio del Padre [cfr. I Tim 2,4].

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b) Historicidad: la acción salvadora de Dios, la introducción del hombre en el orden de la
gracia, se ha ido llevando a cabo gradualmente en la sucesión del tiempo. Pero, además, esa
misma acción divina no es ajena al tiempo, es decir, se inserta en él, se adapta en él y a sus
vicisitudes, asumiendo incluso las limitaciones y contingencias de la historia humana. El ejemplo
típico es la historia del pueblo de Israel: es una demostración de cómo la obra salvadora está
íntimamente ligada a la historia humana. No obstante, Israel no era más que la imagen de la
realidad que habría de venir. La plenitud de la salvación, también en cuanto a inserción en la
historia, se da en la Iglesia de Cristo, «sacramento universal e instrumento de la unión íntima con
Dios para toda la humanidad» [LG 1;48; SC 5].

Precisando aún más el concepto teológico de historia de la salvación, hay que hablar
también de algo que está implícito en la realidad misma de la salvación, es decir, de aquello de lo
cual somos salvados: el pecado y la muerte. Salvarse quiere decir salir de la condición pecadora,
ser redimido y reconciliado con el Padre [cfr. 2 Cor 5,10-20]. Es encontrar de nuevo la vida divina
que se había perdido. La salvación aparece entonces como la comunicación de la bondad divina por
medio de Jesucristo que ha reconciliado al hombre con Dios y le ha abierto las puertas de la vida
eterna.

Considerada así la salvación, aparece en su realidad meta-histórica y escatológica, pues su


consumación no llegará sino fuera del tiempo, en la eternidad. Ahora bien, esta salvación meta-
histórica y escatológica se ha inaugurado ya en esta vida, está por tanto presente en el tiempo.
Aún cuando no se haya manifestado plenamente, la salvación ya es algo real y cumplido en la
historia, en el mundo temporal. Es más, la salvación, iniciada ya en el tiempo, esta en cierto modo
sujeta a la condición temporal, en cuanto que el hombre, usando de su libertad y cooperando a la
acción de la gracia de Cristo, se dispone progresivamente para la salvación. Y esto no sólo a nivel
personal e individual, sino también a nivel de todo el género humano. Pues los actos humanos sólo
constituyen historia en la medida en que dejan su propia individualidad y aparecen unidos dentro
de una unidad de significado o de sentido colectivo. Los acontecimientos salvíficos no permanecen
independientes entre sí, sino que están entrelazados unos con otros formando unidad. El elemento
que los fusiona y relaciona, desde el punto de vista de la historia de la salvación, en el
acontecimiento Cristo, que da una vez para siempre, padeciendo bajo el poder de Poncio Pilato, es
decir, dentro del tiempo y de la historia, fue consagrado como supremo y único mediador de la
economía salvífica.

Resumiendo, se podría definir la historia de la salvación como “en el conjunto de


acontecimientos temporales, conocidos por la fe, mediante los cuales Dios llama a los hombres a la
salvación y éstos responden libremente a la vocación divina hasta alcanzar la plenitud de la vida
que el Padre nos ha querido comunicar en Jesucristo”.

Capítulo III: Inicio, Plenitud, y Final de los Tiempos.

3.1. ETAPAS DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN.

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El designio salvífico del Padre, punto de partida de la comunicación de la vida divina al
hombre en la historia, se ha cumplido en el tiempo no de un solo golpe, sino de muchas maneras y
en tiempos diversos como la revelación (cfr. Heb 1,1). El acto creador, dando la existencia a todas
las cosas, no es más que el primer gesto de toda una laga serie de intervenciones e irrupciones de
lo divino en la historia.

A través de estas intervenciones se ha perfilado una línea constante que desemboca en


Cristo y en su misterio pascual, como culminación de toda la historia salvífica y “epháfax” (de una
vez y para siempre) de la salvación. Después de Cristo la misma línea prosigue y proseguirá hasta
la creación entera, con el hombre a la cabeza, alcance la plenitud de su destino final. Esto quiere
decir que en la historia de la salvación hay un antes y un después de Cristo, un tiempo que es
esencialmente de preparación progresiva, y un tiempo que es esencialmente realización o
cumplimiento.

Pero esta aparición no debe llevarnos a considerar en la historia salvífica divisiones o eras,
como en la historia universal. Si hablamos de etapas o de tiempos distintos en la salvación divina,
iniciada y cumplida en la historia de los hombres, es para señalar la gradual y progresiva inserción
de esta historia en el plano salvífico de Dios. En este sentido, cada etapa marca una determinada
intensidad de la presencia y de la acción de Dios en el mundo y en la existencia humana. Primero
fue la creación con su dimensión de universalidad y de grandiosa multiplicación del hombre sobre
la faz de la tierra. Después vendría la concentración de la acción salvífica, lo que los teólogos
bíblicos llaman reducción regresiva, en una familia: la de Abraham, Isaac, Jacob, los Patriarcas, y
en un pueblo: el de Israel. Esa concentración se vuelve a repetir en un resto, pequeño pero fiel al
Señor, hasta que llega Cristo, en el cual convergen todas las promesas y todas las figuras. Después
de él, a partir de una pequeña comunidad, no-ligada ya a la carne sino al Espíritu, se inicia la
ampliación progresiva, o sea, la incorporación de nuevos hombres y de nuevas gentes de toda
raza, lengua y nación [cfr. Ap. 7,9].

Hay, por tanto, una sucesión cronológica de mayor acercamiento a Cristo: el antes y el
después de él. Pero hay también una aproximación gradual al “epháfax” de la salvación, que no se
mide precisamente por el tiempo y que subsiste a pesar de que la historia salvífica haya alcanzado
ya su cima en la muerte y resurrección de Cristo. Dicho de otra manera: ahora estamos en la
última etapa de la historia de la salvación, la que corresponde a la ampliación progresiva de la
salvación cumplida en Cristo. Sin embargo, hoy todavía, hay muchos hombres y pueblos que están
en una situación salvífica si no extra-cristiana, si al menos pre-cristiana. Bastaría referirnos al
orden de la revelación natural y lo que significa en el plano salvífico las religiones no cristianas y
particularmente la judía.

Sin embargo, es de las etapas cronológicas de las que hemos de ocuparnos, dado que en su
sucesión y vinculación mutua precisamente a través de la liturgia, se aprecia el valor de la historia
como ámbito de la acción divina, y de la liturgia como actualización de los acontecimientos
cumplidos en ella. En efecto, Dios se ha ido aproximando cada vez más al hombre, hasta que
llegada la plenitud de los tiempos [Gal 4,4], envió a su Hijo sujeto a la condición humana para
liberarla y elevarla. Todos los hechos o acontecimientos que sirvieron de preparación tenían, a su
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vez, un potencial salvífico que era actualizado cada vez que dichos hechos o acontecimientos eran
conmemorados, pues nunca más se volvían a repetir. Y esto mismo es justamente lo que sucede
con el propio acontecimiento central o ephápax de la salvación: la muerte y resurrección de Cristo,
ocurrida una vez por todas y presente, en su eficacia redentora, en esta última etapa de la
salvación que es el tiempo de la Iglesia.

Por tanto, debemos detenernos en los momentos más significativos de toda la historia
salvífica, o por mejor decir, en las etapas que marcaron dichos momentos: el tiempo de la
preparación, el tiempo del cumplimento y el tiempo de la actualización.

3.2. PREPARACIÓN, ANUNCIO Y PROFECÍA.

Es el tiempo de la gradual revelación del amor del Padre hacia todos los hombres, y de la
elección de la familia y del pueblo depositarios de las promesas. La salvación ha entrado ya en la
historia, si bien como promesa y en figura de lo que había de venir, manifestándose en personas,
en acontecimientos, en instituciones, etc., que anuncian la plenitud de la realidad en Cristo y en la
Iglesia.

La salvación, por tanto, en cuanto preparación que culminará en Cristo, es ya historia en


esta etapa; en cuanto manifestación, es ya revelación. Historia y revelación de esta primera etapa
es la Sagrada Escritura del Antiguo Testamento: en él está consignada la historia salvífica anterior
a Cristo y, en la medida en que esta historia es profecía y anuncio, también las etapas sucesivas
del Nuevo Testamento y de la Iglesia. Es la unidad inescindible de los dos Testamentos expresada
en la bella frase de san Agustín: “vetus testamentum in novo patet, novum testamentum in veteri
latet” —en el Antiguo Testamento se descubre el Nuevo y el Nuevo se esconde en el Antiguo—. Por
tanto la vieja economía o primer tiempo de la salvación en la historia, centrada en un pueblo, si
bien dentro de un horizonte universal, comprende las siguientes características:

— Preparación: Todo el Antiguo Testamento prepara y anuncia, representándola con


diversas imágenes, la realidad que se cumple en Cristo.

— Profecía: El contexto general del Antiguo Testamento tiene una dimensión cristiana,
mira hacia el futuro y habla de él. Cuando venga Cristo, las Escrituras del Antiguo Testamento se
convertirán en explicación de la realidad sucedida. La segunda etapa de la historia salvífica será la
del cumplimiento de las Escrituras.

— Figura o tipo: Los hechos pasados son modelo de las realidades de la nueva economía.
La correspondencia de hecho a hecho se basa en el modo de actuar divino.

3.3. REALIDAD, PLENITUD Y CUMPLIMIENTO.

Significa el término de una larga espera, el momento histórico en el que la salvación como
presencia definitiva de la vida divina en lo humano y creado es ya una realidad cumplida. Pero si en
el tiempo que le ha precedido, Dios ha enviado mensajeros, jueces, profetas y sabios, ahora envía
su propia Palabra que habita en él, para que more entre los hombres [cfr. Jn 1,1-14]. La etapa se
enmarca entre la encarnación de la Palabra en el hombre Jesús y el paso de éste por la pasión y la

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muerte–resurrección a la gloria que había tenido antes de que el mundo existiese [Jn 17,5; cfr.
16,28). Jesús es el ‘Immānû-El, el Dios-con-nosotros [Mt 1,23] según la antigua promesa de Is
7,14, el sacramento del encuentro del hombre con Dios, de modo que el que le ve a él ve al Padre
[Jn 14,8; cfr. 1,18] y el que cree en él tiene la vida eterna [Jn 3,36]. Jesús es la divina Sabiduría
personificada, enviada para colocar su tienda en medio de nosotros (Jn 1, 14 = Eccl 24, 8.12). De
ahí que él sea el portador en sí mismo de la nueva y definitiva situación salvífica caracterizada
sobre todo por ser epifanía de la salvación [cfr. Til 3, 4-6; 2,11; 2 Tim I,9-10].

La vida de Jesús está toda ella marcada por la presencia de lo divino en él. A través de sus
actos y de sus palabras actúa el Espíritu del Señor con el que fue ungido [Hech 10,38; Lc 4,18-19;
Is 61,1-2]. Por eso, las curaciones que realiza, especialmente cuando se trata de poseídos por el
diablo, son señal de que Dios está con él [Hech 2, 22; 10, 38). En términos de la teología joanea,
las obras de Jesús son signos para que los hombres crean en él y en quien le ha enviado [cfr. Jn
4,48; 6,26.29; 20,30-31].

El signo más grande, el último y definitivo, será la pasión y la muerte– resurrección: en


ella se revelará la gloria del Hijo de Dios [cfr. Jn 3,14-15; 12,32-33; Zac 12,10], porque en ese
momento hará donación del Espíritu Santo [Jn 19,30.34; 7,38) reservado precisamente para la
hora de la glorificación [Jn 7,39; 12,23; 17,5]. En ese instante, como dice el Concilio Vaticano II,
del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de la Iglesia entera (SC 5).
En efecto, en el agua y en la sangre que brotan del cuerpo de Jesús, al ser traspasado por la lanza
del soldado, una exégesis patrística, basada en la propia teología de Juan, ha visto los símbolos de
la nueva economía salvífica: el bautismo y la eucaristía (cf. ]n 19, 34; 1 ]n 5,6-8).

Todo esto hace que el paso de Jesús de este mundo al Padre (Jn 13, 1), su Pascua,
constituya no sólo el vértice de su vida histórica, sino también el momento culminante de la entera
historia de la salvación, el centro y eje de la misma.

3.4. PERMANENCIA, ACTUALIZACIÓN Y ESCATOLOGÍA.

La glorificación de Jesús abre una nueva etapa en la historia salvífica. No en el sentido de


que sea distinta de la anterior, pues en realidad es continuación de ese año inacabable de gracia y
de perdón que Jesús declara inaugurado en la sinagoga de Nazareth [Lc 4,16-21], pero sí diferente
en cuanto al modo de comunicarse la salvación. Ahora ya no es a través de la humanidad de Jesús,
de la que salía una virtud que los curaba a todos [Lc 6,19; Mc 5,30], sino a través de los signos
que, como prolongación en el tiempo de la carne del Verbo, contienen su potencia divina, a
comenzar por la Iglesia misma, cuerpo de Cristo, sacramento admirable como la llaman los textos
litúrgicos y el Concilio Vaticano II (SC 5; LG 9):

“La expresión mirabile sacramentum se encuentra en la primera oración después de la 7ª


lectura de la Vigilia Pascual, procedente de la antigua serie de oraciones para esta ocasión del
Sacramentarlo Gelasiano (Ed. mohlberg, n. 4321. La oración es atribuida a san León Magno por J.
Pinell y gracias a ella pudo introducirse en la constitución la alusión a la Iglesia como sacramento,
eliminando los temores de algunos Padres conciliares que temían que se entendiera que la Iglesia

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es el octavo sacramento. Este texto, ciertamente, allanó el camino a la Lumen Gentium, para que
pudiera hablar de la Iglesia-sacramento (cfr. LG 1,9,48).

La venida de Jesús significó para siempre un nuevo orden de cosas en el plano salvífico.
Con su muerte y la donación del Espíritu Santo, anunciado precisamente para los tiempos
mesiánicos, la salvación cumplida en Cristo debe extenderse a todos los hombres sin excepción. De
ahí que pueda hablarse de una etapa nueva, caracterizada por el anuncio del evangelio y la
incorporación de los que creen a la Iglesia y se convienen mediante la fe y los sacramentos [cfr.
Hech 2,37-41].

Surge así el llamado tiempo de la Iglesia, en el que los enviados de Jesús predican la
buena noticia de la salvación a todos los pueblos [cf. Mt 28,19-20; Mc 16,15-16], y al mismo
tiempo realizan esa salvación que anuncian, por medio de los sacramentos y de toda la vida
litúrgica. Precisamente la perseverancia en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la
fracción del pan y en las oraciones [Hech 2,42], notas definitorias de la comunidad primitiva
surgida en Pentecostés, son también las características de la etapa que se abre en la glorificación
de Jesús y que se cerrará, y con ella toda la historia, cuando vuelva al final de los tiempos [cfr.
Hech 1,11].

Pero, además, el Espíritu mantiene viva la esperanza en el retorno del Señor. Se trata de
otra de las características del tiempo de la Iglesia, en el cual los cristianos se vuelven de nuevo a
las Escrituras del Antiguo Testamento para aprender, en la lección de la vieja economía que
preparó la llegada de la salvación, las actitudes que ahora es preciso poner en práctica hasta que
ésta alcance su plenitud y consumación. Es, sobre todo, en la eucaristía donde los discípulos de
Jesús, anunciando su muerte y proclamando su resurrección [1 Cor 11,26], viven la espera de la
plena manifestación no sólo del Hijo de Dios [cfr. Mt 24,3; 1 Cor 15,23] sino también de nuestra
propia condición filial [cfr. 1Jn 3,2; Jn1,12]. En este momento, el final de la historia y por tanto de
la obra de la salvación, la creación entera alcanzará también la plena liberación de las ataduras a
que fue sometida, para participar también de la gloriosa libertad de los hijos de Dios [Rom 8,18-
25].

Capítulo IV. Credo de la Iglesia.

6.1. JESÚS ANUNCIA LA PRESENCIA DEL REINO...

Es conocido por todos que la tradición evangélica común, presenta la actividad inaugural de
Jesús como anuncio del reino de Dios con una terminología inspirada en el léxico evangélico. Se
presenta el inicio de la misión de Jesús, después de ser Juan encarcelado, Jesús fue a Galilea a
predicar el evangelio de Dios, decía: “se ha cumplido el tiempo y el reino de Dios está cerca,
arrepiéntanse y crean en el evangelio” [Mc 1,14-15; cfr. Mt 4,17]. Además, encontramos en Mateo,
que la misión de Jesús es descrita como “anunciar el reino de Dios”, y para el uso de Lucas, quien
describe el anuncio del reino por parte de Jesús, mediante el verbo euanghelízesthai.

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Se puede considerar como nota peculiar, el cómo la tradición ha releido la actividad de
Jesús según el modelo de la predicación cristiana, que remite a los mismos textos para caracterizar
el anuncio del evangelio [Rm 10,15]. Pero una vez más, permanece abierto el problema acerca del
recurso de Jesús a la tradición, profética e isaiana en particular, para presentar su anuncio del
reino de Dios como alegre mensaje y su persona como pregonero e inaugurador de este
acontecimiento decisivo en la historia de la revelación de Dios.

Bien se puede dar la categoría a Jesús como “anunciador del reino de Dios”. El punto de
partida lo constituye un hecho indiscutible, sobre el cual concuerdan los textos evangélicos; Jesús
inició su actividad pública autónoma, después de la separación de Juan Bautista, anunciando que el
reino de Dios se acercaba. Éste es el giro decisivo ligado a su persona y sus gestos, que postulan
una respuestas radical por parte de los oyentes. Una confirmación de esta solidez histórica del
anuncio pragmático de Jesús, resumido en la fórmula “el reino de Dios o el reino de los cielos está
cerca”, viene del hecho de que después de la resurrección no es ya el reino de Dios el contenido del
anuncio o kerigma cristiano. Del mismo modo, san Pablo, quien apela a la tradición de la primitiva
Iglesia, anuncia a Cristo Jesús, crucificado por nuestros pecados según la Escritura y resucitado al
tercer día según las Escrituras, y constituido y revelado por Dios como su Hijo [2 Tim 2,8; Fil 1,8s].
Así pues, el anuncio del reino de Dios constituye el elemento característico de la proclamación
histórica hecha por Jesús, como lo atestigua la tradición sinóptica común.

Tal “anuncio” de la Buena Nueva proclamado por Jesucristo, es considerado como un


“alegre anuncio” o mensaje de la alegría en favor de los pobres y de los pecadores. Este aspecto
gozoso del anuncio programático de Jesús se condensa en la serie de bienaventuranzas que abren
el sermón de la montaña de Mateo y el correspondiente de Lucas [Mt 5,3-12; Lc 6, 20-23]. Se
resalta la intención de Jesús en cuanto la acogida hacia los más sencillos, y ésta situación puede
ser un punto central de este anuncio inaugural del reino de Dios, que es fuente de gozo para los
pobres, y se tiene en la serie de gestos en los cuales se concretiza la actividad pública de Jesús:
acogida de los pecadores y excluidos, confianza devuelta a las mujeres, dignidad restituida a los
niños, curación y reintegración de los enfermos.

Retomando el argumento, la proclamación inaugural de Jesús: “dichosos los pobres porque


de ellos es el reino de los cielos”, y que a la vez se transcribe en otros términos, el que es su
anuncio programático: “el reino de Dios está cerca”, remite a la gran tradición bíblica, atestiguada
de modo particular por el profeta Isaías en los textos Isaías 52,7 y 61,1-2: “El espíritu de Dios está
sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado a predicar la buena noticia a los pobres …”. La
salvación inaugurada por la intervención eficaz de Dios, que instaura su reino o envía el profeta
mensajero a cambiar la condición de su pueblo, se formula en el lenguaje del anuncio de la buena
noticia. El mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva de la salvación, es también el
profeta consagrado mediante el Espíritu de Yahvé, y enviado a (anunciar) “evangelizar a los
pobres, a curar a los de corazón oprimido, a anunciar la libertad a los cautivos, a proclamar un año
de gracia del Señor. Esta es la buena nueva anunciada a los pobres y a los afligidos, llevada por el
profeta o enviado mesiánico. Jesús, él es quien realiza la función del mensajero de alegres
anuncios, el que proclama el reino de Dios como realidad que se ha hecho cercana de modo

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decisivo a la historia humana. Este es el motivo de la alegría y del júbilo, por la cual puede Él
proclamar dichosos a los pobres: es a ellos, a quienes les pertenece el reino de Dios.

Por otra parte, una confirmación de esta conexión entre el anuncio inaugural y alegre de
Jesús dirigido a los pobres como “evangelio” y la tradición conservada en los textos citados de
Isaías es la respuesta que Jesús da a los enviados de Juan Bautista [Mt 11,2-6; Lc 7,18-22]. A la
pregunta de los dos discípulos de Juan, encarcelado: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que
esperar a otro?” [Mt 11,4-5]. La respuesta de Jesús consiste en la enumeración de cinco obras
taumatúrgicas: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados…”, a las cuales se
añade como punto final el anuncio de la buena nueva a los pobres. Ellos son el signo del reino de
Dios, del que Jesús se proclama pregonero. Los pobres reciben una buena noticia, y en los gestos
realizados por Jesús en su favor –curaciones y liberaciones– tienen ya desde ahora una prenda y
garantía de la intervención salvífica de Dios, en la que Dios manifestará su presencia por medio del
Espíritu Santo.

Jesús viene para salvar lo que estaba perdido [cfr. Lc 9,56; 19,10]. El mismo es
Yahvé que salva [Mt 1,21]; las curaciones corporales que realiza y las liberaciones del diablo son
signo de la salvación de los pecados [Mt 9,6]; por su muerte y resurrección es constituido cabeza y
salvador [Hech 5, 31] y su evangelio es palabra de salvación [Hech 13,26] y fuerza de salvación
para todo el que cree [Rm 1,16]. A partir de la vida y la palabra de Jesús como supremo
acontecimiento de salvación se irá perfilando toda la teología de la salvación cristiana, tanto en su
dimensión terrena e histórica como en su dimensión escatológica cuando la victoria de Dios y de su
Mesías alcance la consumación [Cfr Ap 7,10; 12,10; 19,1].

Concluimos este apartado, diciendo que Jesús con su modo de obrar en favor de los
pecadores y de los pobres, revela la solicitud de Dios e indica cuál es su corazón: el interés y el
gozo de Dios son la salvación de los que tienen necesidad. El momento de la invitación, en la
parábola del festín –comida de gala en Lucas y banquete nupcial en Mateo– es el giro crítico
introducido en la historia con su “anuncio del reino de Dios”, que es motivo y fundamento de la
alegría de los pobres. Además, se resalta un rasgo característico de la tradición evangélica común,
que ha sido re-leída e integrada por cada uno de los evangelistas de acuerdo con su propia
perspectiva redaccional; la presentación de Jesús como el anunciador del reino de Dios a través de
lo que hace y dice. Los gestos y las palabras de Jesús, que interpretan, son el cumplimiento de la
promesa salvífica de Dios; este es el motivo del gozo que anuncia Jesús desde el primer momento
de su misión histórica.

6.2 EL PADRE Y EL HIJO MANDAN AL ESPÍRITU SANTO

Pero no serán sólo los discípulos los protagonistas del tiempo de la Iglesia. Hay otro
agente que también interviene, pero de forma invisible, el Espíritu Santo que acompaña a los
testigos del evangelio de la salvación, con su poder, como en la etapa anterior, cuando guiaba y
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actuaba en Jesús [cf. Hch 1, 8; 2, 4; Lc 4, 1.14.18]. Todo el Libro de los Hechos de los Apóstoles
está lleno del doble protagonismo del Espíritu y de los discípulos de Jesús. Él dirige la marcha de la
evangelización [cfr. Hech 13, 2.4; 16, 6-7] y él está presente en cada uno de los enviados: Pedro,
Esteban, Pablo, Bernabé, etc.

6.2.1 Un Elemento a Resaltar.

Según una feliz anotación, rica de implicaciones teológicas, los protagonistas de la historia
narrada de los “Hechos...” no son los Doce, solo aquellos que han sido elegidos y enviados por
Jesús en misión sea antes [Lc 9,1ss], sea después de la resurrección [Mt 28,16-20], sino sobre
todo: El Espíritu Santo, la Palabra y la Fe. Nos deja entender el Evangelista Lucas, en algunos
refrains de los Hechos, cuando escribe que la Palabra se difundía, la Fe se acrecentaba, que el
Espíritu Santo daba testimonio [cf. 5,32; 6,7; 9,31; 14,27; 16,5] poniendo como sujeto de la
acción no tanto a los apóstoles con su predicación y su espíritu de iniciativa sino, en concreto, al
Espíritu Santo, la Palabra y la Fe. Esto es importante porque sostiene la convicción de Lucas,
ciertamente de él, y a la vez con la primitiva comunidad cristiana, que no es la acción humana
aquella que explica y rige la difusión de la verdad evangélica, sino por iniciativa divina. Tal
convicción cualifica cada testimonio escrito en el N.T.; además se ha tenido en Lucas, un
testimonio privilegiado que encuentra una afirmación en los escritos neo-testamentarios,
principalmente en Pablo y Juan.

- El Espíritu Santo, es protagonista de la historia de la salvación, que en Jesús resucitado


encuentra su vértice. De la promesa de Jesús de Nazareth [Lc 11,13; 12,12; 21,15] renovada por
el Señor resucitado [Lc 24,49; Hech 1,4ss] corresponde a la venida del Espíritu Santo, por lo cual
prácticamente Lucas abre la segunda parte de su obra [Hech 2,1ss]. Se debe hacer notar que el
mismo evangelista narrará muy bien otras cuatro manifestaciones pequeñas de Pentecostés [Hech
4,31; 8,15-17; 10,44s; 19,6], por decir del modo más simple y claro posible que la venida y la
presencia del Espíritu de Dios justifica y funda ahora ya, cada acercamiento humano a la salvación
y consiguientemente, cada empresa humana para difundir el Evangelio de la luz y de la gracia. La
misma correspondencia la encontramos en la estrecha relación entre promesa [Jn 14,16s; 15,26s;
16,13-15] y don del Espíritu Santo en Juan [20,22] Él es “El Paráclito”, también en el sentido que
tiene viva en la conciencia de los primeros cristianos, de la certeza y el deber de ir y dar testimonio
siempre y solo bajo el de impulso y la inspiración del “don” por excelencia que el Señor resucitado
ha depositado en los suyos [Jn 19,30].

- La Palabra, en segundo lugar, desde el origen de la difusión del Reino de Dios, la


predicación apostólica soporta y sirve a la Palabra de Dios, como dice explícitamente Lucas [Hech
4,31; 6,2.7; 15,36] pero con una anticipación lógicamente presente [Lc 5,1; 8,11.21; 11,28], la
Palabra que es Dios mismo, el cual por amor ha querido establecer una relación de intimidad y de
convicción con el hombre, con cada hombre, con todo hombre [cf. DV 2.13] con un
comportamiento de “condescendencia” (sunkatábasis) que funda y explica cada ulterior elección
de parte de Dios en relación con el hombre. Además, Lucas nos ofrece por la Palabra de Dios, una
reflexión teológica elaborada, ya que él ha asegurado la viva tradición de la Iglesia en un relato
sustancioso y transparente, suficientemente amplio y a la vez active el ulterior desarrollo teológico.
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- La Fe, ella, es protagonista de este “kairos” de la historia de la salvación; la fe
suscitada por la predicación y sostenida por el Espíritu Santo [cf. Hech 5,32]. La fe – don,
entonces, es la fe que es deposita en el corazón del que escucha y, mediante la escucha prepara a
la con-división del único don [Rm 10,14s]. Es aquí donde Lucas y Pablo, en una relación de
auténtico magisterio – discipulado, se revelan teólogos de la Palabra de Dios, partiendo de su
fuerza originaria, en su dinamismo divino, en su irresistible presencia salvífica.

V. La liturgia en la última etapa de la historia de la salvación

La liturgia, pertenece a la última etapa de la historia de la salvación, el tiempo de la Iglesia


o tiempo del Espíritu Santo, como acabamos de ver. Pero la liturgia no es una actividad más de la
dimensión de la Iglesia, es un aspecto esencial, como lo es también la evangelización. Sin embargo
en la liturgia hay una nota que la convierte en elemento determinante y característico del tiempo
de la Iglesia, confiriéndole precisamente su condición de última etapa de la historia de la salvación.
Esta nota es la sacramentalidad, o sea, el modo «sacramental» de producirse la realización de la
salvación después de la glorificación de Jesucristo y de la efusión de su Espíritu Santo a la Iglesia,
continuadora de la misión.

En efecto, la última etapa de la historia de la salvación o tiempo de la Iglesia, es


prolongación de la etapa anterior, el tiempo de la presencia visible del Hijo de Dios encarnado, en
el sentido de que la economía salvífica inaugurada por Cristo [cfr. Lc 4, 21) y cumplida en su vida
terrena y principalmente en su muerte y resurrección, sigue siendo un acontecimiento real y al
alcance de los hombres. Sin embargo, una vez que «las apariencias visibles de nuestro Salvador
pasaron a sus misterios–sacramentos», según la expresión de san León Magno, se produce una
forma en cierto modo nueva de comunicación de la salvación. Esta forma introduce un factor de
discontinuidad o de diferenciación respecto de la etapa anterior de la historia salvífica, no en el
plano de la realidad del acontecimiento salvífico sino en el plano expresivo y simbólico.

En esto se produce una diferencia aún mayor respecto de la primera etapa de la historia de
la salvación, en la que los signos de salvación eran solamente indicativos de una realidad que
estaba aún por venir. En la última etapa de la historia de la salvación los signos no son meramente
indicativos, sino que significan y cada uno a su modo realizan lo que significan (cf. SC 7). En este
sentido esta nota de la sacramentalidad de la liturgia o de su realización mediante signos, hace de
ella el elemento determinante del tiempo de la Iglesia como etapa de la historia de la salvación en
la que se efectúa la obra de nuestra redención de manera real y no sólo indicativa o meramente
figurativa. La liturgia cristiana es expresión y actualización de la salvación cumplida en Cristo.

Por consiguiente, la liturgia es momento de la historia de la salvación y verdadero


acontecimiento salvífico en el que se continúa cumpliendo el anuncio de la salvación efectuado en
la primera etapa de la historia salutis y verificado en la etapa de Cristo. Esto hace que la liturgia no
sólo sea momento último de la historia de la salvación, determinante del tiempo de la Iglesia, sino
también momento síntesis de toda la historia salvífica. En efecto, la liturgia une y engloba anuncio
y cumplimiento, o sea, primera etapa y segunda etapa de la historia de la salvación. En el centro
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de la liturgia estará siempre Cristo, como autor de la salvación proyectada por el Padre y revelada
por el Espíritu Santo a sus santos profetas. Pero estará Cristo no sujeto a las leyes del tiempo y del
espacio, como cuando consumió su existencia terrena, de forma que sólo los que podían verle, oírle
y tocarle, se beneficiaban de su acción salvífica. El Cristo que se hace presente en la Iglesia por
medio de la liturgia, es el Cristo glorioso, pneumatizado y transmisor del Espíritu Santo a través de
los signos litúrgicos.

Como consecuencia de esta condición de la liturgia como síntesis y cumplimiento último de


la salvación desplegada en la historia salvífica, la liturgia determina y constituye el tiempo de la
Iglesia:

“Cristo «no sólo envió a los apóstoles a predicar el evangelio a toda criatura y a anunciar
que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos libró del poder de Satanás..., sino también a
realizar la obra de salvación que proclamaban, mediante el sacrificio y los sacramentos, en torno a
los cuales gira toda la vida litúrgica» SC.6

Nótese que estos dos aspectos esenciales e inseparables de la misión de la Iglesia, además
de realizarse mediante actividades eclesiales específicas, como la primera evangelización, la
catequesis, la pastoral de los sacramentos, etc., se realizan también en el interior de una misma
acción eclesial, que es en este caso la celebración litúrgica. No se puede olvidar que toda
celebración comprende siempre, sobre todo después del Vaticano II, una liturgia de la Palabra y
una liturgia del sacramento o del rito. Es una forma de poner de manifiesto el papel de la liturgia
como momento síntesis de la historia de la salvación y acontecimiento salvífico, ella misma.

Gracias a la liturgia, así entendida, la Iglesia va incorporando a los hombres al misterio de


Cristo y va reproduciendo en ellos la imagen perfecta del Hijo de Dios. Sin liturgia, como sin acción
evangelizadora, no existe la Iglesia. Esta se va edificando a sí misma en el mundo como cuerpo de
Cristo y templo del Espíritu. De esta manera se lleva a término la perfecta glorificación del Padre y
se cierra en él la obra de la salvación del hombre, el designio secreto de su voluntad salvífica.

Pbro. Juan José Martínez Mireles

- Durango -

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