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Davod Viñas Sobre El Peronismo. Ensayo de Lebenfisz, Sol

El documento analiza la posición crítica de los intelectuales de la revista Contorno respecto al peronismo luego de su caída en 1956. Por un lado, critican las prácticas de la burguesía que se opuso al peronismo esgrimiendo argumentos morales para encubrir su irritación por la intromisión del Estado. Por otro lado, cuestionan la actitud de las izquierdas que no reconocieron la legitimidad del fenómeno peronista. Los cuentos de David Viñas en Las malas costumbres ofrecen una perspectiva fragment
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Davod Viñas Sobre El Peronismo. Ensayo de Lebenfisz, Sol

El documento analiza la posición crítica de los intelectuales de la revista Contorno respecto al peronismo luego de su caída en 1956. Por un lado, critican las prácticas de la burguesía que se opuso al peronismo esgrimiendo argumentos morales para encubrir su irritación por la intromisión del Estado. Por otro lado, cuestionan la actitud de las izquierdas que no reconocieron la legitimidad del fenómeno peronista. Los cuentos de David Viñas en Las malas costumbres ofrecen una perspectiva fragment
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VI Congreso Internacional de Letras | 2014

Transformaciones culturales. Debates de la teoría, la crítica y la lingüística

Buena conciencia, malas costumbres. La


cuentística de David Viñas sobre el peronismo, a la
luz de las reflexiones de Contorno.
LEBENFISZ, Sol / FFyLL, U.B.A. - [email protected]

Eje: Literatura argentina


Tipo de trabajo: ponencia

» Palabras clave: David Viñas - Peronismo -Revista Contorno

› Resumen

Tanto la intervención pública de los intelectuales de Contorno como el proyecto


literario de D. Viñas están caracterizados por una actitud crítica y testimonial. La caída del
movimiento peronista, al que se habían opuesto férreamente, produce en ellos una
reflexión “culpable” (Cf. Terán, 1991), los interpela de manera profunda como intelectuales
comprometidos con la realidad. María Teresa Gramuglio (1967) sostiene que D. Viñas no ha
logrado una visión “totalizadora y decisiva de este momento histórico” (p. 227) por tratarse
de una experiencia que no había sido elaborada aún por las clases medias. Se intentará
problematizar esta afirmación, en primer lugar, partiendo del análisis de los intelectuales
de Contorno sobre el peronismo; en segundo lugar, señalando que la aproximación
fragmentaria de Viñas resulta estratégica en cuanto a su intención testimonial, y exitosa en
tanto logra dar cuenta del fenómeno, no de forma exhaustiva ni panorámica, sino de forma
ideológica, a través del procedimiento de la sinécdoque, y focalizando en la clase media: si
consideramos a la clase trabajadora como la protagonista “canónica” del movimiento
peronista, el desplazamiento que produce Viñas resulta significativo. Se analizarán los
cuentos reunidos en Las malas costumbres, a la luz de las reflexionas volcadas por el grupo
de esta revista en el número 7-8, de 1956.

› Contorno y el espejo del peronismo

La intervención que proponen los intelectuales de Contorno, en el contexto


inmediato a la caída del peronismo, se ocupa de revisar y denunciar las prácticas de la
burguesía, la clase que ha dado “el tono de la oposición” al peronismo esgrimiendo el

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argumento de la inmoralidad y pretendiendo solapar con él su irritación por la intromisión


del Estado en su derecho a enriquecerse (Cfr. Ismael Viñas: “Miedos, complejos y
malosentendidos”, Contorno, número 7-8, 1956); pero también la actitud de las izquierdas
partidarias, que desconocieron la legitimidad del fenómeno tildándolo de fascista, y no
pudieron ver en él un movimiento de masas.
Terán (1991) se refiere a la autoculpabilización de este grupo de jóvenes
“promovida tanto por sentirse partícipes de un privilegio intelectual que no sólo es
socialmente injusto sino que ha concluido por separarlos más del pueblo y por cegarlos
ante la real novedad del fenómeno peronista” (p. 4). Autoculpabilización y autocrítica
serán los gestos centrales de la lectura que Contorno realiza del peronismo en su número 7-
8, meses después del golpe de estado que derroca al régimen.
Estos jóvenes intelectuales de izquierda se asumen como parte de la burguesía (“No
le podemos pedir al proletariado que sea responsable ante nuestros valores”), al mismo
tiempo que toman distancia de sus prácticas: “Este es el camino que la burguesía no quiere
seguir. Esta es su locura, su ceguera: su determinismo de clase” (Rozichner, 1956, p. 3).
Asumen la responsabilidad de volver la vista hacia atrás en un gesto que busca desligarse
de las posiciones reaccionarias (como la de Sur1), pero sin caer en la idealización, y sin
dejar de señalar sus insalvables diferencias con el régimen derrocado. A propósito de la
foto de David Viñas en la solapa de Las malas costumbres, Gabriela García Cedro (2011) se
pregunta: “¿A quiénes habla, desde dónde y sobre quiénes?”; podríamos sintetizar: se trata
de una “ubicación fronteriza”. Las mismas preguntas se le pueden hacer a este número
especial de Contorno. ¿A quiénes se interpela? Por un lado, a quienes representan las
antípodas dentro del campo intelectual, es decir, los sectores liberales, espiritualistas y
europeizantes de los que el grupo venía diferenciándose desde la aparición de la revista.
Por otra parte, a la izquierda partidaria, “esas solteronas”, al decir de Ismael Viñas, que han
fracasado frente a las masas. Pero, en un sentido más amplio, también se interpela a las
clases medias en su conjunto, a la burguesía. ¿Desde dónde se los interpela? Desde la
posición del intelectual comprometido en el sentido sartreano, “manteniendo distancia con
la práctica política partidaria.” (Terán, 2008, p. 266). ¿Sobre quiénes se habla? De alguna
manera todo el número es una reflexión sobre el carácter masivo del peronismo; un intento
urgente por comprender aquello del fenómeno que interpela directamente a estos jóvenes

1
Cfr. Oscar Masotta “’Sur’ o el antiperonismo colonialista”, Contorno, número 7-8, 1956. Si bien hay otras
menciones a Sur (directas e indirectas), esta es, sin duda, la más exhaustiva y, por ello, representativa de la
posición contornista.

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de izquierda: la adhesión de las masas trabajadoras al movimiento peronista. Y, en


definitiva, se puede pensar que fundamentalmente hablan sobre ellos mismos, sobre el rol
que les cabe, en tanto intelectuales progresistas y comprometidos, de cara a su tiempo
histórico: “El peronismo, y sobre todo su caída, - escribe Osiris Troiani - nos puso
dramáticamente frente a nosotros mismos.” (1956, p. 9).
A lo largo del número, será ecuánime la necesidad de reconocer la legitimidad del
fenómeno peronista, pero desligando al proletariado de la responsabilidad de haber
apoyado a Perón, en un gesto que va desde una posición paternalista y descalificadora
(Rozichner: “las masas no pueden solas más que revolverse en la ignorancia y en la
mentira”, p. 3), hasta otras más sopesadas, como la de Ismael Viñas (“Las izquierdas y los
populistas se sentían defraudados por las masas. Los derechas hablaban de la ignorancia
del populacho (…) A pocos se les ocurre que las razones de los otros puedan ser tan válidas
para ellos como las nuestras para nosotros.”, p. 13). Y reaparecerá, también, el rechazo de
la “buena conciencia”, como falso ascetismo político, y como forma solapada del poder: (…)
entre nosotros, en fin, están quienes aspiran a la buena conciencia, los eternos
obsesionados por el mito de la castidad política” (Pandolfi, 1956, p. 21), y “Logran así
crearse una buena conciencia, al menos externa: ha prendido en ellos el convencimiento de
que están en lo cierto y de que sus intereses de grupo son realmente los intereses del país”
(I. Viñas, 1956, p. 15).
Este recorrido configura de forma precisa la posición de los jóvenes contornistas
respecto del fenómeno, una posición que, como anticipábamos, se ubica en el lugar
fronterizo que significa no celebrar el peronismo pero tampoco su caída. Evitar, en otras
palabras, la apreciación maniquea de la realidad política argentina. Se trata de una posición
que, en líneas generales, implica no desentenderse de su disidencia, y asumir la
responsabilidad de revisar lo acontecido atendiendo a su trascendencia histórica y a los
valores positivos que ha dejado (“Lo que pese al peronismo despertó y significó de
surgimiento de una conciencia de los oprimidos”, Contorno, 1956, p. 2), y sin resguardarse
en el –falso- ascetismo de la “buena conciencia” ni en la deslegitimación, sino asumiendo la
incomodidad de su posición, realizando la autocrítica que le reclaman al conjunto de la
burguesía y que comienza por ellos mismos.

› Sinécdoque del peronismo

María Teresa Gramuglio (1967) sostiene que Viñas no ha logrado, en las dos obras

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que abordan el período2, una visión “totalizadora y decisiva de este momento histórico”.
Este fracaso, argumenta Gramuglio, se debe a que el autor posee una perspectiva limitada,
por tratarse de “un movimiento que por su proximidad y características complejas no ha
sido aun verdaderamente elaborado como experiencia por los grupos de clase media” (p.
227). En cuanto a Las malas costumbres, podría anticiparse que el hecho de estar plasmada
en forma de cuentos, a diferencia de las demás obras de su proyecto literario, anuncia la
falta de una mirada totalizadora. Más allá de un cierto ordenamiento cronológico3, que le
daría al conjunto la ilusión de unidad, la apuesta, como sostiene García Cedro, parece ser
por lo fragmentario. No sabemos si Viñas no puede o no quiere ofrecer una mirada
totalizadora sobre el peronismo; lo cierto es que no escribe desde el mismo lugar que
Borges, que “vio de una vez al peronismo y nunca revisó su visión” (V. Sanromán [D. Viñas],
1956, p. 50). Tampoco lo hace desde una posición que pudiera vincularse al realismo
lucakcsiano4. Como sostiene la propia María Teresa Gramuglio, la de Viñas es una escritura
testimonial, y, en este sentido, resulta efectiva la elección del fragmento para dar cuenta de
sucesos más o menos inmediatos, ya que produce un efecto de “barrido” por diferentes
aspectos de una realidad que se aborda desde el detalle, desde los primeros planos, aspecto
que refuerza la sensación de proximidad con aquello que se narra. En efecto, estos cuentos
dan cuenta de episodios históricos y del clima de época del primer peronismo, pero lo
hacen mediante el procedimiento de la sinécdoque: lo que se narra es, siempre, una
historia pequeña, un recuadro de esa realidad, sobre el que opera, y en el que se revelan las
marcas del contexto político.

› Buena conciencia, malas costumbres

Rozichner (1956) enumera del siguiente modo los valores de la burguesía: “amor
ascético y respeto, estabilidad de la familia, libertad así en general, sacrosantidad de la
iglesia, trabajo en las fábricas a pleno rendimiento, patriotismo, buenas costumbres, etc.”
(p. 6). Me detengo en el sintagma “buenas costumbres”, con el que parecen estar
dialogando los relatos de David Viñas agrupados en el volumen Las malas costumbres. Estos
cuentos no son relatos sobre la vida de las clases obreras argentinas, sino sobre la de


2
Los años despiadados (1956, novela) y Las malas costumbres (1963, cuentos).
3
Es discutible la propuesta de García Cedro, por lo menos en términos absolutos, ya que el último de los
cuentos del volumen tiene como contexto histórico a los bombardeos a la Plaza de Mayo, del ’55, mientras que “El
avión negro” necesariamente alude a un momento posterior a la caída de Perón.
4
Cf. Kohan, 2004, p. 531.

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intelectuales, oficinistas, bancarios, profesores, estudiantes, burócratas, militares5. Es


decir, personajes que representan a las capas medias de la sociedad, y que son, de distinto
modo, atravesados (o penetrados, para utilizar una imagen más cara a la escritura viñesca)
por el peronismo. Aquella “buena conciencia” del ascetismo político, con la que Contorno
caracteriza a la burguesía argentina, aparece representada críticamente a través de los
protagonistas de los cuentos de Viñas.
Es decir: si Contorno esgrime la responsabilidad de la burguesía por los diez años de
peronismo, Viñas propone abordar literariamente el período desde una mirada crítica (en
ocasiones, burlona) de esa clase, una mirada que va a hurgar en sus miserias, es decir, en
esas “malas costumbres” (el sometimiento o la humillación del más débil, la delación, la
cobardía, el sentido acomodaticio, la falta de sensibilidad social, el ascetismo moral y
político, el individualismo) que se esconden bajo la fachada de la “buena conciencia”. Los
relatos de este corpus exhiben pequeñas tramas de poder, construidas en escenarios
cotidianos, a veces domésticos, en las que parecen relumbrar, como destellos de esa
realidad que las contiene y les da forma, las tramas del contorno político.
Probablemente el relato más representativo en cuanto a la crítica de la “buena
conciencia” burguesa sea “Los nombres cambian, la patria es eterna”. Molinari es un
funcionario público, representante de la clase media urbana (porteña) y de sus valores: “no
se mete con nadie”, carece de una posición político-ideológica definida, cuida lo suyo
celosamente, vive una vida ordenada y ascética y siente una mezcla de desprecio y temor
por esos sujetos enfervorizados que lo abordan en plena calle y lo humillan, manoseándolo
y haciéndole gritar “¡Viva la patria!”. La humillación es doble: por un lado el vejamen físico
(“Me sacudieron hasta que se hartaron”, Viñas, 2007, p. 53), por otro, el psicológico, ya que
desde la perspectiva de su moral es humillante verse forzado a formar parte de ese
erotismo que al mismo tiempo parece repugnarle y atraerlo: “Ese baile seguía: era algo
brutal y atractivo; todos mezclados, dándose empellones, flojamente, con la ropa colgando
como si les molestara y se la fuesen a arrancar o estuviesen deseando que se les resbalara
hasta el suelo.” (p. 52). Es una puesta en escena, algo grotesca, de la inmoralidad que la
“buena conciencia” burguesa le achacaba al peronismo. Frente a este desborde orgiástico,
las acciones de Molinari se describen desde un léxico del control: “calculó que se habían
olvidado de él”, “Se ordenó el pelo, se apretó la corbata…” (p. 52). La mujer de Molinari
completa este retrato de la clase media, que siente el advenimiento del movimiento
peronista, y de las clases populares, como una violencia injustificada contra quienes nada

5
Los únicos contrapuntos son Héctor, el niño “morochito” de “La parva”, y los campesinos de “El avión
negro”, ambos relatos pertenecientes a ámbitos no urbanos, por lo que podrían armar otra serie.

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tienen que ver con la política y “se ocupan de sus cosas”. El matrimonio, entonces, encarna
ciertos lugares comunes de la ideología y la moral de su clase, que se ampara en la “buena
conciencia” de la castidad política (y sexual), como si se tratara de credenciales que
debieran protegerlos de toda arbitrariedad dentro del nuevo orden social. Por último, la
venganza perpetrada por Molinari resulta absolutamente inofensiva. Ni en la soledad de un
baño es capaz de perder el control este sujeto que está muy cerca de lo que Kohan define
como los personajes característicos de la literatura de Viñas: “los personajes que están «en
contra», pero que, al mismo tiempo, se encuentran muy cerca de (cuando no inmersos en)
aquello de lo que están en contra.” (Kohan, p. 524). Porque lo cierto es que Molinari no
renuncia a su puesto de funcionario; acepta a regañadientes las tareas que le asignan, pero,
así como no es capaz de oponer resistencia a la violencia de los hombres que lo interceptan
en la calle, tampoco es capaz de apartarse de su trabajo: “Lo tomaban, lo ponían, lo
sacaban. Y él tenía que dejar hacer.” (Viñas, 2007, p. 56). Algo de esta violencia
antojadiza aparece ya narrada en “Tanda de repuesto”, relato mucho menos referencial
respecto del contexto histórico, y cuya acción se desplaza hacia una geografía marginal
(una pequeña ciudad de provincia). Allí se da cuenta de la humillación que sufre un viejo
profesor secundario por parte de un estudiante durante el transcurso de la primavera de
1945. Justamente por la primavera del ’45, Perón hacía su entrada definitiva en la política
argentina, aquel 17 de octubre en que las masas obreras se manifestaron para pedir su
liberación. Cuenca ejerce la arbitrariedad de la violencia, esa “oscura necesidad de
destrozar lo que los otros hacen, de hacer estallar a los otros…” (pp. 40 y 41), y Ardao,
como Molinari, no parece poder reaccionar a esa violencia: es, también, un personaje
pasivo, pusilánime. Cuando Cuenca le ordena que baje del sulqui no sólo obedece, sino que
además le entrega la escopeta. La sumisión es total. El profesor no puede imponer su
autoridad, no puede ordenar la situación, que se le va constantemente de las manos, no sólo
dentro del aula, sino también afuera (lo cesantean por pedir por la liberación de colegas
desconocidos, en un acto que parece tener más de fortuito que de heroico). Este relato,
entonces, no refiere de forma inmediata o directa al peronismo. Lo hace apenas de soslayo,
anunciando esa violencia con la que las clases medias percibieron al movimiento. El poder
de Cuenca disminuye, se vuelve impotente, cuando la nueva autoridad –el reemplazante-
coopta su estrategia de humillación, dejándola sin efecto. “Tanda de repuesto” construye
una pequeña trama de poder, y narra cómo la entrada en escena de un nuevo actor
reconfigura completamente las relaciones dentro de ese esquema.
“El privilegiado” también se desarrolla en el ámbito escolar, y reitera la relación de
dominación y humillación por parte de un alumno hacia la autoridad docente. La diferencia
es que aquí se trata de una profesora, joven y feminista, que busca diferenciarse del resto
de sus compañeros. Pero a pesar de tener ciertos gestos subversivos para la moral de la

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época, Dora “no entendía de política, ni le interesaba”, e incluso a pesar de su feminismo,


utiliza la seducción para conseguir beneficios del director del colegio. El retrato de Dora
por momentos roza la caricatur; genera la impresión de que, antes de la humillación a que
la somete Olsen, ella misma se humilla exagerando los ademanes de su idiosincrasia. La
vejación del estudiante se erige sobre esa debilidad, sobre la fragilidad que esa mostración
excesiva pone en evidencia. Eva Perón, aludida sólo con indicios, funciona como
instrumento del vejamen, que sólo al final adquiere un matiz ciertamente obsceno. La
exhibición de las fotos constituye un acto perverso en la medida en que, justamente, no hay
en ello nada abiertamente ofensivo, pero, aun así, genera una perturbación. En primer
lugar, puede pensarse en la ambigüedad que la figura de Eva generaría en mujeres con
ideas feministas, en tanto impulsora del voto femenino al mismo tiempo que deudora de un
régimen militar y católico. Además, Dora es profesora de Literatura, y debe leerles La razón
de mi vida a sus alumnos. La violencia de Olsen se fundamenta en las prácticas autoritarias
del peronismo, y busca acorralar a Dora en su impotencia, poner en evidencia su cobardía:
“Y Olsen la contemplaba descaradamente, como si se compadeciera de ella pensando que se
lo tenía bien merecido por no animarse a tirar todo y a salir corriendo” (p. 98). Al igual que
Molinari, es un personaje que no obstante estar “contra” un orden de cosas, está inmerso
en él. Con el detalle adicional de tener un discurso contrario a la ideología que se refleja en
sus actos: Dora tiene todos los rasgos de la hipocresía.
En “Señora muerta” se puede entrever la mirada de subestimación de las clases
medias hacia los simpatizantes peronistas. Un hombre decide ir a conquistar a una mujer
en plenos funerales de Eva Perón, y lo hace desde la absoluta convicción de que logrará su
cometido. De hecho, logra irse con una mujer (“esa mujer”, la nombra reiteradamente el
narrador, generando un efecto de superposición entre el personaje del relato y la propia
Evita), pero la subestimación con la que la juzga lo lleva a cometer un exabrupto que
invalida la concreción del acto sexual: “-¡Es demasiado por la yegua ésa!”, grita Moure en el
taxi frente a la imposibilidad de hallar un hotel abierto, y pareciendo olvidar por completo
dónde ha conocido a la mujer con la que pretende acostarse. “Eso sí que no se lo permito”,
responde la mujer, marcando el único límite que su acompañante no debió traspasar. La
torpeza de Moure puede pensarse como un desliz, pero un desliz abonado por el modo
como juzga a “esa mujer”, es decir, desde una mirada machista y descalificadora.
Tanto “Entre delatores” como “¡Viva la patria! (Aunque yo perezca)” se desarrollan
en el ámbito militar. En el primero, el capitán Ortega se propone delatar a un superior que
conspira contra el gobierno. La única referencia que permite identificar a ese gobierno con
el de Perón es lo que dice el Mayor Malter (el traidor): “¡Por ese imbécil y su mujer que nos
manda a todos!” (p. 77). Ortega es fiel al régimen, pero no por convicción ideológica, sino
por su insoslayable apego a las normas: “[Malter] lo único que había hecho era provocar

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anarquía en la guarnición, y eso en el ejército no podía ser, mandara quien mandara…” (p.
82). Malter lo desafía de un modo similar a como Cuenca y Olsen desafían a los profesores:
lo acusa de cobarde. “¡Viva…”, cuyo trasfondo son los bombardeos de la Aviacióna Naval a
la Plaza de Mayo, en junio del ’55, se centra en un joven conscripto que se identifica con un
teniente de la base, amante del jazz, que sabe sobre cine y habla francés. Esta identificación,
que involucra un alto grado de idealización y en la que se intuye cierto enamoramiento
platónico, está sostenida sobre la base de los gustos compartidos y sobre lo intachable que
le resulta a Rigau la conducta de su superior. La idealización del Teniente lo lleva a tener
una conducta servil, y lo configura como una especie de versión culta del capitán Ortega,
aunque en este caso su adhesión se sustenta en la afinidad que siente por Galli y no en el
apego a las normas. En cualquier caso, este servilismo, una vez más, se evade de toda
posibilidad de tener una ideología propia, de tomar posición frente a los hechos políticos:
“Él prefería no meterse con eso. Eso era la política, y pasaban tantas cosas que Yo no
entiendo nada, y Para qué me voy a meter. Yo: argentino” (p. 149).
Decíamos que los intelectuales de Contorno asumen una posición autocrítica. Esta
misma actitud puede leerse en el relato que da nombre al libro: “Las malas costumbres”. Es
el único cuyo narrador está en primera persona: se trata de un intelectual, escritor y
traductor, que intenta escribir un libro a partir de sus experiencias, y que sale a festejar la
liberación de París en agosto de 1944. La elección de la primera persona para un personaje
cuyos rasgos exteriores coinciden tan evidentemente con los del autor facilita la
identificación entre ambas figuras, habilita una lectura en clave autocrítica. El narrador es
un intelectual que, encerrado como está en su quehacer y en los acontecimientos parisinos,
no puede ver, hasta que ya es irremediable, el desenlace trágico que su accionar está
provocando: el suicidio final de Yipi, una muchacha de clase baja que el narrador retiene en
su departamento, brindándole ciertas comodidades pero despojándola de su libertad: le
tira su ropa y no le compra nueva para impedirle salir; solamente le compra batas y ropa
interior, la convierte en un instrumento de su propio goce. Para Ismael Viñas, las
generaciones jóvenes y progresistas, vieron en el peronismo “la frustración de una
posibilidad revolucionaria, tanto como un modo especial de dictadura contraria a la
libertad del individuo” (1956, p. 12). El acto más “revolucionario” que comete Yipi es la
quema del libro del protagonista. Luego de ese episodio, la actitud “revolucionaria” es
aplacada mediante el otorgamiento de esos beneficios mínimos. Rozichner escribe que
“Perón (…) fue el primero que le propuso [a la clase obrera] concretamente los fines
inmediatos que se acomodaban con sus intereses. No le habló de libertad (…) le habló,
simplemente, de lo que inmediatamente entendían” (p. 3). Esta relación de dominación por
medio del otorgamiento de beneficios, por un lado, y la ceguera del intelectual, por otro,
permiten armar una trama dentro del relato que hace resonar, en efecto, las posiciones

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contornistas respecto de la relación entre las masas obreras y Perón, y la actitud autocrítica
respecto de sí mismos.
“Cuando los personajes de Viñas dicen no – escribe Martín Kohan- definen, de hecho,
una forma de resistencia al poder…” (p. 524). Los personajes de Las malas costumbres, a
excepción de la mujer de “Señora muerta”, y Yipi, si pensamos al suicidio como un no
extremo, nunca dicen no. Padecen el poder y la violencia de forma pasiva, o bien participan
en ellos desde una actitud descomprometida o ignorante y que, por lo tanto, elude toda
responsabilidad. La lectura que Las malas costumbres propone sobre el peronismo parece
estar en línea con la demarcación ideológica que Contorno desarrolla en su número 7-8.
Viñas despliega estrategias para dar cuenta de la realidad política del período a través de
relatos que reconstruyen críticamente detalles, gestos, discursos, prácticas y dinámicas de
la clase que vio en el peronismo el avasallamiento de sus libertades, y en el avance de los
derechos sociales de las clases populares una vejación a su moral y sus valores.

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Referencias bibliográficas

AA.VV, Contorno, n° 7-8, Buenos Aires, julio de 1956, en Contorno. Edición facsimilar, Buenos
Aires, Biblioteca Nacional, 2013.
García Cedro, Gabriela, Las malas costumbres de ayer y de siempre, en Actas del CUARTO
CONGRESO INTERNACIONAL CELEHIS DE LITERATURA, Mar del Plata, 7, 8 y 9 de
noviembre de 2011.
Gramuglio, María Teresa, La actitud testimonial en David Viñas, en Setecientos monos, Rosario,
año IV, n°9, junio de 1967.
Kohan, Martín, La novela como intervención crítica: David Viñas, Sylvia Saítta (directora), El
oficio se afirma, tomo 9, Historia crítica de la literatura argentina, Buenos Aires, Emecé,
2004
Terán, Oscar, Historia de las ideas en la Argentina. Diez lecciones iniciales, 1810-1980, Buenos
Aires, Siglo XXI Editores, 2008.
---------------, Rasgos de la cultura intelectual argentina, 1956-1966, en Latin American Studies
Center- Series, número 2, College Park, University of Maryland at College Park, 1991.
Viñas, David, Las malas costumbres, Buenos Aires, Peón Negro, 2007.

ISBN 978-987-4019-14-1 996

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