El árbol mágico
Hace mucho mucho tiempo, un niño paseaba por un prado en cuyo centro encontró
un árbol con un cartel que decía: soy un árbol encantado, si dices las palabras
mágicas, lo verás.
El niño trató de acertar el hechizo, y probó con abracadabra,supe rcalifragilistico
espialidoso, tan-ta-ta-chán, y muchas otras, pero nada. Rendido, se tiró
suplicante, diciendo: "¡¡por favor, arbolito!!", y entonces, se abrió una gran
puerta en el árbol. Todo estaba oscuro, menos un cartel que decía: "sigue
haciendo magia". Entonces el niño dijo "¡¡Gracias, arbolito!!", y se encendió
dentro del árbol una luz que alumbraba un camino hacia una gran montaña
de juguetes y chocolate.
El niño pudo llevar a todos sus amigos a aquel árbol y tener la mejor fiesta del
mundo, y por eso se dice siempre que "por favor" y "gracias", son las palabras
mágicas
La princesa de fuego
Hubo una vez una princesa increíblemente rica, bella y sabia. Cansada de
pretendientes falsos que se acercaban a ella para conseguir sus riquezas, hizo
publicar que se casaría con quien le llevase el regalo más valioso, tierno y sincero a la
vez. El palacio se llenó de flores y regalos de todos los tipos y colores, de cartas de
amor incomparables y de poetas enamorados. Y entre todos aquellos regalos
magníficos, descubrió una piedra; una simple y sucia piedra. Intrigada, hizo llamar a
quien se la había regalado. A pesar de su curiosidad, mostró estar muy ofendida
cuando apareció el joven, y este se explicó diciendo:
- Esa piedra representa lo más valioso que os puedo regalar, princesa: es mi corazón.
Y también es sincera, porque aún no es vuestro y es duro como una piedra. Sólo
cuando se llene de amor se ablandará y será más tierno que ningún otro.
El joven se marchó tranquilamente, dejando a la princesa sorprendida y atrapada.
Quedó tan enamorada que llevaba consigo la piedra a todas partes, y durante meses
llenó al joven de regalos y atenciones, pero su corazón seguía siendo duro como la
piedra en sus manos. Desanimada, terminó por arrojar la piedra al fuego; al
momento vio cómo se deshacía la arena, y de aquella piedra tosca surgía una bella
figura de oro. Entonces comprendió que ella misma tendría que ser como el fuego, y
transformar cuanto tocaba separando lo inútil de lo importante.
EL NUEVO AMIGO
Erase un crudo día de invierno. Caía la nieve, soplaba el viento y Belinda jugaba con
unos enanitos en el bosque. De pronto se escucho un largo aullido.
¿Que es eso? Pregunto la niña .
Es el lobo hambriento. No debes salir porque te devoraría le explico el enano sabio.
Al día siguiente volvió a escucharse el aullido del lobo y Belinda , apenada, pensó que
todos eran injustos con la fiera. En un descuido de los enanos, salio, de la casita y
dejo sobre la nieve un cesto de comida.
Al día siguiente ceso de nevar y se calmo el viento. Salio la muchacha a dar un paseo
y vio acercarse a un cordero blanco, precioso.
¡Hola, hola! Dijo la niña. ¿Quieres venir conmigo?
LA SEPULTURA DEL LOBO
Hubo una vez un lobo muy rico pero muy avaro. Nunca dio ni un poco de lo
mucho que le sobraba. Sintiéndose viejo, empezó a pensar en su propia vida,
sentado a la puerta de su casa.
¿Podrías prestarme cuatro medidas de trigo, vecino? Le pregunto el burrito.
Te daré; ocho, si prometes velar por mi sepulcro en las tres noches siguientes a
mi entierro.
Murió el lobo pocos días después y el burrito fue a velar en su sepultura.
Durante la tercera noche se le unió el pato que no tenia casa. Y juntos estaban
cuando, en medio de una espantosa ráfaga de viento, llego el aguilucho que les
dijo:
Si me dejáis apoderarme del lobo os daré una bolsa de oro.
Será suficiente si llenas una de mis botas. Dijo el pato que era muy astuto.
El aguilucho se marcho para regresar en seguida con un gran saco de oro, que
empezó a volcar sobre la bota que el sagaz pato había colocado sobre una fosa.
Como no tenia suela y la fosa estaba vacía no acababa de llenarse. El aguilucho
decidió ir entonces en busca de todo el oro del mundo.
Y cuando intentaba cruzar un precipicio con cien bolsas colgando de su pico,
fue a estrellarse sin remedio.
Amigo burrito, ya somos ricos. Dijo el pato. La maldad del Aguilucho nos ha
beneficiado.
Y todos los pobres de la ciudad. Dijo el borrico, por que con ellos repartiremos
el oro.
Entonces el cordero salto sobre Belinda y el lobo, oculto se lanzo sobre el,
alcanzándole una dentellada. La astuta y maligna madrastra, perdió la piel del animal
con que se había disfrazado y escapo lanzando espantosos gritos de dolor y miedo.
Solo entonces el lobo se volvió al monte y Belinda sintió su corazón estremecido, de
gozo, más que por haberse salvado, por haber ganado un amigo.
EL CABALLO AMAESTRADO
Un ladrón que rondaba en torno a un campamento militar, robo un hermoso caballo
aprovechando la oscuridad de la noche. Por la mañana, cuando se dirigía a la ciudad,
paso por el camino un batallón de dragones que estaba de maniobras. Al escuchar los
tambores, el caballo escapo y, junto a los de las tropa, fue realizando los fabulosos
ejercicios para los que había sido amaestrado.
¡Este caballo es nuestro
Exclamo el capitán de dragones. De lo contrario no sabría realizar los
ejercicios. ¿Lo has robado tu? Le pregunto al ladrón.
¡Oh, yo...! Lo compre en la feria a un tratante...
Entonces, dime como se llama inmediatamente ese individuo para ir en
su busca, pues ya no hay duda que ha sido robado.
El ladrón se puso nervioso y no acertaba a articular palabra. Al fin,
viéndose descubierto, confeso la verdad.
¡Ya me parecía a mí exclamo el capitán Que este noble animal no podía
pertenecer a un rufián como tu!
El ladrón fue detenido, con lo que se demuestra que el robo y el engaño
rara vez quedan sin castigo.
LA HUMILDE FLOR
Cuando Dios creó el mundo, dio nombre y color a todas las flores.
Y sucedió que una florecita pequeña le suplicó repetidamente con voz
temblorosa:
-y No me olvides! ¡No me olvides!
Como su voz era tan fina, Dios no la oía. Por fin, cuando el Creador hubo terminado
su tarea, pudo escuchar aquella vocecilla y se volvió hacia la planta. Mas todos los
nombres estaban ya dados. La plantita no cesaba de llorar y el Señor la consoló así:
-No tengo nombre para ti, pero te llamarás "Nomeolvides".
Y por colores te daré el azul del cielo y el rojo de la sangre. Consolarás a los vivos y
acompañaras a los muertos.
Así nació el "nomeolvides" o miosota, pequeña florecilla de color azul y rojo.
EL CEDRO VANIDOSO
Erase una vez un cedro satisfecho de su hermosura.
Plantado en mitad del jardín, superaba en altura a todos los demás
árboles. Tan bellamente dispuestas estaban sus ramas, que parecía un
gigantesco candelabro.
Plantado en mitad del jardín, superaba en altura a todos los demás
árboles. Tan bellamente dispuestas estaban sus ramas, que parecía un
gigantesco candelabro.
Si con lo hermoso que soy diera además fruto, se dijo, ningún árbol del
mundo podría compararse conmigo.
Y decidió observar a los otros árboles y hacer lo mismo con ellos. Por fin,
en lo alto de su erguida copa, apunto un bellísimo fruto.
Tendré que alimentarlo bien para que crezca mucho, se dijo.
Tanto y tanto creció aquel fruto, que se hizo demasiado grande. La copa
del cedro, no pudiendo sostenerlo, se fue doblando; y cuando el fruto
maduro, la copa, que era el orgullo y la gloria del árbol, empezó a
tambalearse hasta que se troncho pesadamente.
¡A cuantos hombres, como el cedro, su demasiada ambición les arruina!
La caperucita y los animales
Aquel invierno fue más crudo que de ordinario y el hambre se hacía sentir en la
comarca. Pero eran las avecillas quienes llevaban la peor parte, pues en el eterno
manto de nieve que cubría la tierra no podían hallar sustento
Caperucita Roja, apiadada de los pequeños seres atrevidos y hambrientos, ponía
granos en su ventana y miguitas de pan, para que ellos pudieran alimentarse. Al fin,
perdiendo el temor, iban a posarse en los hombros de su protectora y compartían el
cálido refugio de su casita.
Un día los habitantes de un pueblo cercano, que también padecían
escasez, cercaron la aldea de Caperucita con la intención de robar sus ganados y su
trigo.
-Son más que nosotros -dijeron los hombres-. Tendríamos que solicitar el envío de
tropas que nos defiendan.
-Pero es imposible atravesar las montañas nevadas; pereceríamos en el camino
-respondieron algunos.
Entonces Caperucita le habló a la paloma blanca, una de sus protegidas. El avecilla,
con sus ojitos fijos en la niña, parecía comprenderla. Caperucita Roja ató un mensaje
en una de sus patas, le indicó una dirección desde la ventana y lanzó hacia lo alto a
la paloma blanca.
Pasaron dos días. La niña, angustiada, se preguntaba si la palomita habría
sucumbido bajo el intenso frío. Pero, además, la situación de todos los vecinos de la
aldea no podía ser más grave: sus enemigos habían logrado entrar y se hallaban
dedicados a robar todas las provisiones.
De pronto, un grito de esperanza resonó por todas partes: un escuadrón de cosacos
envueltos en sus pellizas de pieles llegaba a la aldea, poniendo en fuga a los
atacantes.
Tras ellos llegó la paloma blanca, que había entregado el mensaje. Caperucita le
tendió las manos y el animalito, suavemente, se dejó caer en ellas, con sus últimas
fuerzas. Luego, sintiendo en el corazón el calor de la mejilla de la niña, abandonó
este mundo para siempre
EL GRANJERO BONDADOSO
Un anciano rey tuvo que huir de su país asolado por la guerra. Sin escolta alguna,
cansado y hambriento, llegó a una granja solitaria, en medio del país enemigo, donde
solicitó asilo. A pesar de su aspecto andrajoso y sucio, el granjero se lo concedió de la
mejor gana. No contento con ofrecer una opípara cena al caminante, le proporcionó
un baño y ropa limpia, además de una confortable habitación para pasar la noche.
Y sucedió que, en medio de la oscuridad, el granjero escuchó una plegaria musitada
en la habitación del desconocido y pudo distinguir sus palabras:
-Gracias, Señor, porque has dado a este pobre rey destronado el consuelo de hallar
refugio. Te ruego ampares a este caritativo granjero y haz que no sea perseguido por
haberme ayudado.
El generoso granjero preparó un espléndido desayuno para su huésped y cuando éste
se marchaba, hasta le entregó una bolsa con monedas de oro para sus gastos.
Profundamente emocionado por tanta generosidad, el anciano monarca se prometió
recompensar al hombre si algún día recobraba el trono.
Algunos meses después estaba de nuevo en su palacio y entonces hizo llamar al
caritativo labriego, al que concedió un título de nobleza y colmó de honores. Además,
fiando en la nobleza de sus sentimientos, le consultó en todos los asuntos delicados
del reino.
LA AVENTURA DEL AGUA
Un día que el agua se encontraba en su elemento, es decir, en el
soberbio mar sintió el caprichoso deseo de subir al cielo. Entonces
se dirigió al fuego:
-Podrías tú ayudarme a subir mas, alto?
El fuego aceptó y con su calor, la volvió más ligera que el aire,
transformándola en sutil vapor.
El vapor subió más y más en el cielo, voló muy alto, hasta los
estratos más ligeros y fríos del aire, donde ya el fuego no podía
seguirlo. Entonces las partículas de vapor, ateridas de frío, se
vieron obligadas a juntarse apretadamente, volviéndose más
pesados que el aire y cayendo en forma de lluvia.
Habían subido al cielo invadidas de soberbia y fueron
inmediatamente puestas en fuga. La tierra sedienta absorbió la
lluvia y, de esta forma, el agua estuvo durante mucho, tiempo
prisionera del suelo y purgó su pecado con una larga penitencia.
LA GRATITUD DE LA FIERA
Un pobre esclavo de la antigua Roma, en un descuido de su amo, escapó
al bosque. Se llamaba Androcles. Buscando refugio seguro, encontró una
cueva. A la débil luz que llegaba del exterior, el muchacho descubrió un
soberbio león. Se lamía la pata derecha y rugía de vez en cuando.
Androcles, sin sentir temor, se dijo:
-Este pobre animal debe estar herido. Parece como si el destino me
hubiera guiado hasta aquí para que pueda ayudarle. Vamos, amigo, no
temas, vamos...
Así, hablándole con suavidad, Androcles venció el recelo de la fiera y
tanteó su herida hasta encontrar una flecha profundamente clavada. Se la
extrajo y luego le lavó la herida con agua fresca.
Durante varios días, el león y el hombre compartieron la cueva. Hasta que
Androcles, creyendo que ya no le buscarían se decidió a salir. Varios
centuriones romanos armados con sus lanzas cayeron sobre él y le
llevaron prisionero al circo.
Pasados unos días, fue sacado de su pestilente mazmorra.
El recinto estaba lleno a rebosar de gentes ansiosas de contemplar la
lucha.
Androcles se aprestó a luchar con el león que se dirigía hacia él. De
pronto, con un espantoso rugido, la fiera se detuvo en seco y comenzó a
restregar cariñosamente su cabezota contra el cuerpo del esclavo.
-íSublime! ¡Es sublime! ¡César, perdona al esclavo, pues ha sojuzgado a la
fiera! -gritaron los espectadores
El emperador ordenó que el esclavo fuera puesto en libertad. Lo que
todos ignoraron fue que Androcles no poseía ningún poder especial y que
lo ocurrido no era sino la demostración de la gratitud del animal
EL VIAJERO EXTRAVIADO
Erase un campesino suizo, de violento carácter, poco simpático con sus
semejantes y cruel con los animales, especialmente los perros, a los que
trataba a pedradas.
Un día de invierno, tuvo que aventurarse en las montañas nevadas para
ir a recoger la herencia de un pariente, pero se perdió en el camino. Era
un día terrible y la tempestad se abatió sobre él. En medio de la
oscuridad, el hombre resbaló y fue a caer al abismo. Entonces llamó a
gritos, pidiendo auxilio, pero nadie llegaba en su socorro. Tenía una
pierna rota y no podía salir de allí por sus propios medios.
-Dios mío, voy a morir congelado...
-se dijo.
Y de pronto, cuando estaba a punto de perder el conocimiento, sintió un
aliento cálido en su cara. Un hermoso perrazo le estaba dando calor con
inteligencia casi humana. Llevaba una manta en el lomo y un barrilito de
alcohol sujeto al cuello. El campesino se apresuró a tomar un buen trago
y a envolverse en la manta. Después se tendió sobre la espalda del
animal que, trabajosamente, le llevó hasta lugar habitado, salvándole la
vida.
¿Sabéis, amiguitos qué hizo el campesino con su herencia?
Pues fundar un hogar para perros como el que le había salvado,
llamado San Bernardo. Se dice que aquellos animales salvaron muchas
vidas en los inviernos y que adoraban a su dueño...
LA VENTA DE UN ASNO
Erase un chicuelo astuto que salió un día de casa dispuesto a vender a buen precio un
asno astroso. Con las tijeras le hizo caprichosos dibujos en ancas y cabeza y luego le
cubrió con una albarda recamada de oro. Dorados cascabeles pendían de los
adornos, poniendo música a su paso.
Viendo pasar el animal tan ricamente enjaezado, el alfarero llamó a su dueño:
-Qué quieres por tu asno muchacho?
-iAh, señor, no está en venta! Es como de la familia y no podría separarme de él,
aunque siento disgustaros...
Tan buena maña se dio el chicuelo, que consiguió el alto precio que se había
propuesto. Soltó el borrico, tomó el dinero y puso tierra por medio.
La gente del pueblo se fue arremolinando en torno al elegante asnito.
¡Que elegancia! ¡Qué lujo! -decían las mujeres.
-El caso es... -opuso tímidamente el panadero-, que lo importante no es el traje, sino
lo que va dentro.
-insinúas que el borrico no es bueno? -preguntó molesto el alfarero.
Y para demostrar su buen ojo en materia de adquisiciones, arrancó de golpe la
albarda del animal. Los vecinos estallaron en carcajadas. Al carnicero, que era muy
gordo, la barriga se le bamboleaba de tanto reír. Porque debajo de tanto adorno,
cascabel y lazo no aparecieron más que cicatrices y la agrietada piel de un jumento
que se caía de viejo.
El alfarero, avergonzado, reconoció:
-Para borrico, yo!
La humilde flor
Cuando Dios creó el mundo, dio nombre y color a todas las flores.
Y sucedió que una florecita pequeña le suplicó repetidamente con voz temblorosa:
-i No me olvides! ¡No me olvides!
Como su voz era tan fina, Dios no la oía. Por fin, cuando el Creador hubo terminado
su tarea, pudo escuchar aquella vocecilla y se volvió hacia la planta. Mas todos los
nombres estaban ya dados. La plantita no cesaba de llorar y el Señor la consoló así:
No tengo nombre para ti, pero te llamarás "Nomeolvides".
Y por colores te daré el azul del cielo y el rojo de la sangre. Consolarás a los vivos y
acompañaras a los muertos.
Así nació el "nomeolvides" o miosota, pequeña florecilla de color azul y rojo
Gracias abuela
Quedaban pocos kilómetros para llegar al pueblo. Guadalupe iba conocer a su
bisabuela. Estaba nerviosa. Había oído hablar de ella en casa y no podía creerse todo lo
que se decía de ella: que si había tenido que emigrar, que si había vivido la guerra, que
si se había enamorado de un mago... Al fin había llegado el gran momento.
Al descender del coche, Guadalupe vio a una mujer muy arrugada y chiquitita. Parecía muy
frágil y a punto de descomponerse. Sin embargo, sus grandes ojos azules demostraban
que aún quedaba mucha vida en ella. El abrazo entre ambas fue largo y acogedor. Los
brazos de su bisabuela le recordaron a los de su madre. Eran cálidos.
Su bisabuela cogió a Guadalupe de la mano y la llevó al jardín. Allí le regaló el que sería el
mejor de los regalos: una colcha hecha con retales de la ropa de su bisabuela, su
abuela, su madre y de ella cuando era bebé. Cada trozo contaba una historia y al tocarlo,
podía descubrir las aventuras que habían vivido las mujeres de su familia y cómo habían
hecho frente a los problemas que se les presentaban.
Al llegar la noche, Guadalupe durmió en una pequeña cama cubierta por esa colcha
mágica. Desde ese día nunca más volvió a tener pesadillas y cada mañana se levantaba
sabiendo que podría hacer cuánto quisiera en la vida, porque contaba con el apoyo y la
fuerza de las mujeres de su familia. Si ellas habían podido cumplir sus sueños, ella
también lo lograría: deseaba ser escritora.
Y es que Guadalupe no solo recibió ese día una colcha, sino que adquirió un pasado, el
pasado de su familia. Fue así como su primer libro narró la vida de cuatro mujeres que se
llamaban Guadalupe. Cada una había vivido un momento histórico, una situación
económica diferente, distintos problemas; pero todas ellas habían tenido la misma alegría:
tener una hija a la que llamaban Guadalupe. El libro fue todo un éxito y Guadalupe no
olvidaba darle las gracias todos los días a su bisabuela por haber sido siempre la memoria
de su familia.
CARRERA DE ZAPATILLAS
Había llegado por fin el gran día. Todos los animales del bosque se levantaron temprano
porque ¡era el día de la gran carrera de zapatillas! A las nueve ya estaban todos
reunidos junto al lago.
También estaba la jirafa, la más alta y hermosa del bosque. Pero era tan presumida
que no quería ser amiga de los demás animales.
La jiraba comenzó a burlarse de sus amigos:
- Ja, ja, ja, ja, se reía de la tortuga que era tan bajita y tan lenta.
- Jo, jo, jo, jo, se reía del rinoceronte que era tan gordo.
Je, je, je, je, se reía del elefante por su trompa tan larga.
Y entonces, llegó la hora de la largada.
El zorro llevaba unas zapatillas a rayas amarillas y rojas. La cebra, unas rosadas con
moños muy grandes. El mono llevaba unas zapatillas verdes con lunares anaranjados.
La tortuga se puso unas zapatillas blancas como las nubes. Y cuando estaban a punto
de comenzar la carrera, la jirafa se puso a llorar desesperada.
Es que era tan alta, que ¡no podía atarse los cordones de sus zapatillas!
- Ahhh, ahhhh, ¡qué alguien me ayude! - gritó la jirafa.
Y todos los animales se quedaron mirándola. Pero el zorro fue a hablar con ella y le
dijo:
- Tú te reías de los demás animales porque eran diferentes. Es cierto, todos somos
diferentes, pero todos tenemos algo bueno y todos podemos ser amigos y ayudarnos
cuando lo necesitamos.
Entonces la jirafa pidió perdón a todos por haberse reído de ellos. Y vinieron las
hormigas, que rápidamente treparon por sus zapatillas para atarle los cordones.
Y por fin se pusieron todos los animales en la línea de partida. En sus marcas,
preparados, listos, ¡YA!
Cuando terminó la carrera, todos festejaron porque habían ganado una nueva amiga
que además había aprendido lo que significaba la amistad.
Colorín, colorón, si quieres tener muchos amigos, acéptalos como son .
Ja sinceridad de dos amigas
Erase una vez dos niñas muy amigas llamadas Sara y Lucía. Se conocían desde que eran muy pequeñas y
compartían siempre todo la una con la otra.
Un día Sara y Lucía salieron de compras. Sara se probó una camiseta y le pidió a su
amiga Lucía su opinión. Lucía, sin dudarlos dos veces, le dijo que no le gustaba cómo
le quedaba y le aconsejó buscar otro modelo.
Entonces Sara se sintió ofendida y se marchó llorando de la tienda, dejando allí a su
amiga.
Lucía se quedó muy triste y apenada por la reacción de su amiga.
No entendía su enfado ya que ella sólo le había dicho la verdad.
Al llegar a casa, Sara le contó a su madre lo sucedido y su madre le hizo ver que su
amiga sólo había sido sincera con ella y no tenía que molestarse por ello.
Sara reflexionó y se dio cuenta de que su madre tenía razón.
Al día siguiente fue corriendo a disculparse con Lucía, que la perdonó de inmediato
con una gran sonrisa.
Desde entonces, las dos amigas entendieron que la verdadera amistad se basa en la
sinceridad.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado, y el que se enfade se quedará sentado .
En la estación de trenes
En la estación de trenes nunca faltaba a su cita el señor Rafael. ¿A quién esperaría horas y horas
mirando su enorme reloj dorado?
Los niños del barrio siempre se reían del señor Rafael: ¡era tan extraño! Iba siempre vestido de
punta en blanco, como si fuera a una boda, pero a una boda que hubiera tenido lugar hace muchos
muchos años. Y es que el señor Rafael siempre llevaba un elegante sombrero de copa, unos bigotes
puntiagudos y unas gafas redondas que le cubrían media cara.
Un día, el señor Rafael, al ver a los niños reír, se acercó con su reloj dorado y su bastón de madera.
—Aunque no lo creáis, mi función en la estación es fundamental. Sin mí, los trenes nunca saldrían
ni llegarían puntuales.
El señor Rafael les contó que durante décadas había dado cuerda a todos los relojes de la estación,
y que él mismo se encargaba de controlar que los trenes salieran exactamente a su hora: ni un
minuto antes, ni un minuto después.
—Y para eso, ¿necesita ir usted tan elegante?
—No, voy tan elegante porque estoy esperando a alguien, pero eso es otra historia, niños. Ya os lo
contaré algún día. Lo que sí puedo deciros es que este reloj dorado es mágico. Él controla el tiempo
y hace que todo funcione.
Pero los niños, por supuesto, no creyeron ni una palabra de lo que les contó. Ahora todo estaba
automatizado, y los trenes, tan modernos y rápidos, no necesitaban que nadie controlara los relojes
de la estación y mucho menos un viejo reloj dorado.
—Lo que le pasa al señor Rafael es que está un poco mal de la cabeza.
—Pero, ¿será verdad eso de que está esperando a alguien?
—¡Pues si es verdad llega con muchos años de retraso!
Verdad o mentira, la estación de trenes de aquel lugar presumía de ser la única en todo el país
donde ningún tren había llegado jamás con retraso.
Verdad o mentira, el señor Rafael siempre acudía elegante y sonriente y siempre se marchaba con
la cabeza agachada, mucho más triste que por las mañanas.
sí ocurría cada día hasta que una mañana, de uno de los trenes que llegaba de la costa, se bajó una extraña
anciana. Llevaba un vestido blanco hasta los pies y una delicada sombrilla que ocultaba su cara llena de
arrugas. ¿A dónde irá esta mujer tan rara? Se preguntaron asombrados los niños de la estación.
Pronto supieron la respuesta. La mujer de blanco se acercó con paso tranquilo hasta el banco de la estación
en el que cada día, el señor Rafael miraba nervioso su reloj dorado.
Ninguno de los dos dijo nada, pero ambos se abrazaron con mucho cariño.
—¿Me llevas a tomar un chocolate con churros, Rafael? —preguntó con coquetería la mujer de blanco.
Y ambos se alejaron sonrientes por la estación, para asombro de los niños que siempre molestaban al señor
Rafael.
Al día siguiente el señor Rafael, con su reloj dorado, no apareció por la estación.
Y a partir de entonces, los trenes nunca volvieron a llegar puntuales.