EL SENTIDO TEOLOGICO DEL DESIERTO
La experiencia monástica desde la antigüedad, la literatura patrística y luego,
paulatinamente, una serie innumerable de escritos espirituales han cristalizado en
un cliché teológico-espiritual relativo al "desierto", bien en sentido real, bien en
sentido metafórico, como "lugar" de encuentro con el absoluto, como escuela de
ascesis y de oración. Los Hermanitos de Spello, por ejemplo, enseñan cómo pasar
una "jornada en el desierto". El "desierto" se ha convertido también en sinónimo de
eremitismo o de retiro espiritual. Esta indicación basta para comprender toda la
fuerza evocativa, para la espiritualidad cristiana, del tema del desierto. Pero
¿cómo nos presenta la Biblia la experiencia del desierto?
I. ANTIGUO TESTAMENTO. 1. ¿IDEALIZACIÓN DEL DESIERTO? El AT utiliza
varios términos para hablar del desierto, es decir, el lugar contrapuesto a la tierra
cultivada o rica en pastos, habitada por el hombre y transformada por su trabajo.
El desierto es un "lugar" no humanizado. Sin embargo, los desiertos de los que
habla la Biblia no estaban totalmente deshabitados, bien porque había en ellos
oasis o bien por las abundantes lluvias de otoño y de invierno, que hacían crecer
un poco de hierba y permitían a los beduinos un poco de pasto. Por otra parte, en
Palestina no hay grandes extensiones de arena. Para muchos textos bíblicos, lo
que está en primer plano es el desierto asociado al período del éxodo y de la
entrada en la tierra de Canaán.
Lo que es característico del lenguaje bíblico del desierto es la asociación del
desierto con el caos primordial. Efectivamente, en el desierto reina "la soledad
rugiente de la desolación"(Dt 32,10), símbolo del castigo de Dios que lo reduce
todo a "una desolación, árida como el desierto" (Sof 3,2). El desierto es la morada
de las fieras, de los búhos, de las avestruces y de los sátiros (Is 13,21); lugar
frecuentado por los perros salvajes, por las hienas y por el demonio de la noche,
Lilit (Is 34,14). El desierto es una región árida, esto es, sin vida (Lev 16,22; cf Is
53,8; Ez 37,11), porque carece de agua, fuente de vida. Es un lugar terrible y
espantoso, en donde sólo viven serpientes venenosas y escorpiones; lugar de sed
y sin agua (Dt 8,15). El desierto es también en donde el Creador planta para el
hombre el jardín de Edén, con abundancia de agua y de vida (Gén 2,814); la
acción creadora divina es vista como una victoria sobre el desierto inhabitable,
sobre el caos primordial.
De los pasajes citados no se saca ciertamente la impresión de que Israel
idealizase el desierto. Al contrario, éste mantiene en el AT una connotación
negativa. Sin embargo, en ese desierto interviene Dios con amor en favor de su
pueblo (Dt 32,10; Jer 31,12; Os 9,10) para vincularlo consigo, lo guía para que
pase seguro a través de la prueba (Dt 8,15; 29,4; Am 2,10; Sal 136,16; etc.), lo
lleva sobre sus espaldas lo mismo que un padre cargado con su hijo.
El desierto fue el período del enamoramiento: "Esto dice el Señor: Me he acordado
de ti, en los tiempos de tu juventud, de tu amor de novia, cuando me seguías en el
desierto, en una tierra sin cultivar" (Jer 2,2). Pero esto no significa que el desierto
fuera el "tiempo ideal", como si dijéramos: ¡Israel estaba afligido y Dios se
enamoró de él! Lo que hace recordar con nostalgia ese "momento" no es tanto la
belleza o el atractivo del desierto, sino más bien la experiencia del amor de Dios.
Quizá la atribución a los profetas anteriores al destierro de una idealización del
período del desierto dependa de una opción incorrecta y basada en prejuicios,
según la cual los profetas se habrían opuesto a cualquier forma de culto y habrían
deseado una "fe desnuda" (cf Am 5,2127).
También /Oseas añora un retorno al desierto; pero para expresar el deseo de un
nuevo comienzo de la historia de Israel, que se había contaminado de los cultos
cananeos (Os 2,1419). Dice el Señor: "Pero yo la atraeré y la guiaré al desierto,
donde hablaré a su corazón" (Os 2,16). Para Amós, Oseas y Jeremías el desierto
no es un ideal de vida nómada a la que aspiren contra la forma de vivir urbana o
campesina. Ellos se distinguen con claridad de la secta de los recabitas (Jer 35).
Por lo demás, la Biblia nunca muestra "pasión" alguna por el tipo de vida nómada
en el desierto. Era Caín el que soñaba con el ideal nómada, e Ismael, Esaú, los
amalecitas, los madianitas y los quenitas, poblaciones todas ellas no israelitas.
El desierto es un lugar de paso hacia la tierra prometida: "La guiaré al desierto,
donde hablaré a su corazón. Luego le restituiré sus viñas; haré del valle de Acor
una puerta de esperanza, y ella me responderá como en los días de su juventud"
(Os 2,1617). El desierto no es la meta ni el ideal, sino el paso de la esclavitud a la
libertad. "Exodo-desierto-tierra" designa una experiencia que el pueblo puede
repetir en su historia: "Ha hallado gracia en el desierto el pueblo escapado de la
espada (éxodo). Israel se dirige a su descanso (la tierra). De lejos el Señor se le
ha aparecido. Con amor eterno te he amado, por eso te trato con lealtad. Te
construiré de nuevo y serás reconstruida" (Jer 31,23). El esquema arquetípico
éxodo-desierto-tierra subyace a toda la predicación del Déutero-Isaías.
2. EXPERIENCIA DEL ÉXODO. Fijemos nuestra atención de manera especial en
la experiencia del desierto tal como nos la presenta el libro del Éxodo.
a) Geografía espiritual. En Ex 15,22 se dice: "Moisés hizo partir a los israelitas del
mar Rojo. Avanzaron hacia el desierto de Sur". Luego, "la comunidad partió de
Elim y llegaron al desierto de Sin" (Ex 16,1). Una tercera etapa: "La comunidad de
los israelitas partió del desierto de Sin por etapas, según les ordenaba el Señor, y
acamparon en Rafidín" (Ex 17,1). Finalmente, el pueblo de Israel llegó "al desierto
de Sinaí, donde acamparon. Israel acampó frente a la montaña" (Ex 19,2). Por
Núm 10-13 sabemos que la marcha continúa desde el Sinaí, a través de varias
etapas, hasta el desierto de Farán. Luego el pueblo llega a Cades, un oasis en el
desierto, donde murió María, la hermana de Moisés (Núm 20,1). Desde allí
emprende de nuevo el camino hacia Canaán.
La geografía, en una primera lectura, parece clara y precisa; pero tras un examen
más detenido resulta muy enigmática. ¿Qué trayecto siguió el grupo de Moisés
después de la salida de Egipto? Es imposible responder con certeza, ya que el
texto bíblico actual refleja las diversas experiencias de diferentes grupos en
diversos períodos. Por eso sería posible, partiendo de unos datos bastante vagos,
intentar diversas reconstrucciones del itinerario realizado. Por otra parte, los textos
no son de fácil interpretación y algunos lugares son desconocidos, imposibles de
identificar.
Hay, sin embargo, una etapa muy importante y bien conocida: la estancia en el
oasis de Cades, en una región semidesierta situada en los confines del Negueb;
de allí partió el intento fallido de "conquistar" el país de Canaán por el sur (Núm
13, 14).
Dada la oscuridad de las indicaciones geográficas y su difícil identificación, hay
que decir que para los autores bíblicos el período del desierto, más que un
recuerdo preciso de hechos bien documentables, representaba una época
ejemplar, un lugar simbólico. Allí Yahveh se reveló como salvador de las aguas
mortales de Egipto (Éxodo) y guio a su pueblo a las aguas de la vida nueva que él
quería dar a Israel (Tierra prometida, que mana leche y miel).
El desierto se convierte entonces en metáfora de la vida. Para los libros de Éxodo,
Números y Deuteronomio, el desierto, más que una descripción detallada desde el
punto de vista histórico-geográfico, es un cuadro de la existencia y de los
problemas del pueblo de Israel. Detrás del símbolo hubo ciertamente una serie
variada y múltiple de experiencias de diversos grupos en diferentes períodos, que
nosotros no podemos reconstruir con certeza y para la cual es inútil buscar
soluciones. En los relatos sobre el desierto y sobre el Sinaí, Israel intentó captar el
misterio histórico de su propia existencia, es decir, el hecho de ser y la forma de
seguir siendo el pueblo de Yahveh. Lo que es visto como algo permanente para el
pueblo de Dios es narrado como acontecimiento singular y único.
b) Las aguas de Mará. Es el episodio que se narra en Ex 15,22-26. Mará significa
"amarga", del hebreo mar. En aquel lugar las aguas no eran potables por causa de
su amargor. El pueblo "murmura"; invoca al Señor, que señala un madero capaz
de endulzar las aguas.
Las aguas de aquel sitio eran "amargas"; el término "amargo" no evoca solamente
un "mal sabor", sino que sugiere la idea de unas aguas que pueden producir la
enfermedad y la muerte. Intentemos comprenderlo bien. En aquel sitio tienen lugar
dos hechos: a) Dios le da al pueblo una ley y un derecho ("Allí el Señor dio al
pueblo leyes y estatutos": v. 25a); b) Dios prueba la fidelidad del pueblo ("y lo
sometió a prueba": v. 25b). El versículo 26 aclara el nexo entre estos dos hechos:
"Les dijo: `Si verdaderamente escuchas la voz del Señor, tu Dios, y haces lo que
es recto a sus ojos, prestas oídos a sus mandatos y observas todos sus estatutos,
no enviaré sobre ti ninguna de las plagas con que castigué a los egipcios, porque
yo soy el Señor, tu salvador' ". Si Israel se esfuerza por cumplir la ley dada por
Dios, se curará. Porque Dios envió enfermedades a los egipcios, pero quiere ser
un médico para su pueblo.
Se da, por tanto, una conexión entre el don de la ley y el don del agua dulce: si
Israel observa la ley divina, su vida no se verá amenazada por aguas venenosas y
mortales, sino que saciará su sed con agua dulce. Se presenta a Yahveh como el
médico de Israel, su pueblo, no en el sentido de que lo libere solamente de
enfermedades "espirituales", sino en el sentido concreto de sanar de las
enfermedades y de dar la salud física. Leamos Éx 23,25-26: "Si servís al Señor,
vuestro Dios, él bendecirá tu pan y tu agua; y yo alejaré de ti toda enfermedad. En
tu tierra no habrá mujer que aborte, ni mujer estéril; colmaré el número de tus
días". La salud es uno de los bienes concedidos por la bendición divina. Hay que
advertir que aquí no se trata de la salud en sentido metafórico ni de la salud del
individuo, sino de la salud de la comunidad israelita, a la que van dirigidas las
prescripciones de Ex 20-23. Si la sociedad israelita es obediente a las normas
dadas por Yahveh, será una sociedad sana, en contraste con las sociedades
corrompidas y enfermas de este mundo.
El libro del Deuteronomio expresa muy bien esta acción médica divina para con la
sociedad israelita, siempre que se construya sobre la base de sus leyes: "Por
haber escuchado estos mandamientos, haberlos guardado y puesto en práctica, el
Señor, tu Dios, mantendrá contigo la alianza y la misericordia que juró a tus
padres. Te amará, te bendecirá, te multiplicará: bendecirá el fruto de tus entrañas
y el fruto de tu suelo, tu trigo, tu mosto, tu aceite, las crías de tus vacas y las de
tus ovejas, en favor tuyo. Serás bendecido sobre todos los pueblos. No habrá en ti
ni en tus ganados macho ni hembra estéril. El Señor alejará de ti toda enfermedad
y no te enviará ninguna de las malignas plagas de Egipto, que tú bien conoces,
sino que las descargará sobre tus enemigos" (Dt 7,12-15).
La condición para recibir la bendición es escuchar la voz de Yahveh. Si una
sociedad como la que quiere Yahveh escucha su voz y la pone en práctica,
entonces Yahveh la "cura" y le da la salud.
En el desierto Israel se ve sometido a la prueba; un peligro mortal cae sobre él.
¿Será capaz de confiar en Dios escuchando y guardando su palabra? El pueblo
"murmuró" y gritó al Señor. La "murmuración" no es un indicio de rebeldía, sino
que tiene aquí un sentido positivo. Se trata de una protesta legítima, de un
lamento contra una situación insostenible y "amarga". Este episodio es un ejemplo
de cómo Dios escucha el grito de su pueblo, que viene "de lo profundo", esto es,
del "desierto". El camino hacia la salvación, hacia la libertad y hacia el gozo pasa a
través de la prueba del desierto, del peligro de muerte. Pero la salvación viene de
la atención a Dios y de la observancia de su propuesta de vida.
c) El maná y las codornices. En el desierto el pueblo sacia su hambre con el maná
y con las codornices. Se trata de dos fenómenos naturales de la península del
Sinaí, pero que tienen lugar en regiones diferentes. El maná del Sinaí es la
secreción de dos insectos que viven en los tamariscos, que se encuentran casi por
todas partes en la península del Sinaí; pero los insectos productores del maná
viven solamente en el Sinaí central. Las codornices emigran en otoño desde
Europa hacia el Sinaí; después de atravesar el mar Mediterráneo están tan
exhaustas que se caen a tierra y pueden capturarse fácilmente. El fenómeno de
las codornices interesa a la zona de la costa noroeste de la península del Sinaí.
Se trata de dos fenómenos que experimentaron en su viaje a través del desierto
algunos grupos que más tarde concluyeron formando el pueblo de Israel. En el
relato bíblico que hoy poseemos esos grupos tienen una significación simbólica de
todo Israel.
Vuelve a aparecer también aquí el tema de la "murmuración", siempre con un
sentido positivo. Efectivamente, se dice: "Por la mañana veréis la gloria del Señor,
porque él ha oído vuestras murmuraciones contra el Señor" (Ex 16,7). El pueblo se
encuentra angustiado en medio de una grave dificultad y se queja ante Moisés:
"Nos habéis traído a este desierto para hacer morir de hambre a toda esta
muchedumbre" (Éx 16,3). Una vez más se trata de una prueba "a fin de probar (al
pueblo) si camina según mi ley o no" (Ex 16,4). Dios les concede el maná; pero
algunos del pueblo, en contra de la orden divina, van a recogerlo incluso en día de
sábado, y merecen por ello el reproche de Yahveh: "¿Hasta cuándo os resistiréis a
observar mis mandatos y mis leyes?" (Ex 16,28). Dios da la seguridad de obtener
el pan de cada día; pero no hay que buscar una seguridad para el mañana: día
tras día el pueblo encuentra el maná y no tiene que angustiarse por el mañana.
Además, Israel tiene que observar las leyes divinas, en primer lugar la del sábado,
que nos enseña a reconocer que el pan cotidiano es un don de Dios.
Dios quiere una sociedad no angustiada y que no busque el pan con
apasionamiento. Leemos en Sal 78, 18-20: "Provocaron a Dios en su interior
pidiéndole manjares a su antojo; hablaron contra él y se dijeron: ¿No será Dios
capaz de aderezar una mesa en el desierto? Él partió la roca, saltaron las aguas y
brotaron los torrentes; ¿no podrá proporcionarle el pan y procurar carne a su
pueblo?"' El salmo interpreta los hechos del éxodo desde el punto de vista del
pueblo, y no de Dios. Israel no ha tenido confianza en su Dios, no se ha fiado de
su poderosa providencia. Por el contrario, debería haberse dirigido confiadamente
a Dios, lo mismo que los cristianos: "Danos hoy nuestro pan de cada día".
d) El agua de la roca. Otro episodio de la vida del desierto se nos narra en Ex
17,17. El pueblo estaba "sediento" (v. 3). Pero no encontraba agua para beber (v.
1). Entonces vuelve a protestar contra / Moisés diciendo: "¿Por qué nos has
sacado de Egipto para hacernos morir a nosotros, a nuestros hijos y nuestros
ganados?" (v. 3). La protesta del pueblo es perfectamente legítima, puesto que no
es más que un grito dirigido a Dios para que le ayude. Efectivamente, el pueblo
tiene confianza en que Yahveh le ayudará, mientras que Moisés intenta
descalificar la protesta del pueblo sosteniendo que sus murmuraciones son una
tentación a Dios: "¿Por qué os querelláis conmigo? ¿Por qué tentáis al Señor?"
¡Moisés interpreta las críticas que se hacen contra su ministerio como si fueran
críticas dirigidas contra Dios mismo!
¿Cuál es la respuesta de Dios? Él no se preocupa de las críticas dirigidas contra
Moisés, sino que se declara más bien en favor de su pueblo. En efecto, Dios le
encarga a Moisés que dé al pueblo lo que exige con toda justicia. No se advierte la
preocupación por defender un cargo, el de Moisés, sino la de proveer a las
necesidades del pueblo en su camino hacia la libertad. Y en Masá y Meribá Dios
se revela como el salvador del pueblo sediento.
Se trata de un rib, es decir, de un proceso entablado entre la base (el pueblo) y la
jerarquía (Moisés). El nombre de Meribá se deriva precisamente de ese término
hebreo. Allí el pueblo israelita reclamó sus derechos frente a Moisés, que tuvo que
asumir la responsabilidad de proveer a las necesidades de su pueblo en el
desierto.
El versículo de Éx. 17,7 parece ser un añadido hecho por el redactor final del
Pentateuco, tomado del relato paralelo de Núm 20,113. El relato de Núm 20 pone
el acento en los pecados de Moisés y de Aarón; es decir, encierra una fuerte
crítica contra los responsables de la comunidad, que llegan incluso a dudar de sí
mismos y de Dios: "¿Podremos nosotros hacer brotar agua de esta roca?" (Núm
20,10). En Ex 17,7 se busca un equilibrio con lo que se dijo en Núm 20,
atribuyendo una parte de culpa al pueblo, que es entonces el que duda: "Y dio a
aquel lugar el nombre de `Masá' y `Meribá' —prueba y querella— por la querella
de los israelitas y porque pusieron a prueba al Señor diciendo: `¿Está el Señor en
medio de nosotros o no?"' Al obrar así, el redactor final del Pentateuco intenta
decirnos que tanto los dirigentes como el pueblo pecaron contra Yahveh, pero
igualmente que Dios intervino para dar agua a su pueblo.
Según Ex 17,1, el episodio tuvo lugar en Rafidín, la última etapa antes de llegar al
Sinaí, en donde Dios dio a su pueblo la ley (en hebreo torá). Pero en el versículo 6
la roca sobre la que Moisés tuvo que golpear para hacer que saliera agua es el
Horeb, un nombre que se le da al monte Sinaí. Así pues, en donde se le dio la torá
es donde el pueblo recibe también el don del agua vivificante.
La asociación entre el don del /agua y el don de la Torá es significativa.
Recordando Dt 8,23 nos preguntamos: ¿de qué vive el hombre? La respuesta es
bien sabida: el hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale
de la boca de Dios, es decir, de la Torá. El hombre tiene necesidad de las dos
cosas: del pan y de la palabra de Dios.
¡Pero no toda sed puede verse saciada por la Torá! La verdad es que Dios da el
agua junto con la Torá en el monte Horeb. Por consiguiente, tampoco nosotros
podemos ofrecer al mundo la Torá en lugar del agua o el agua en lugar de la torá;
hemos de dar las dos juntamente. La Torá no puede ser un sustitutivo del agua ni
el agua un sustitutivo de la Torá. En efecto, los hombres tienen necesidad tanto
del pan material como del pan y del agua de la "palabra". La libertad puede existir
de verdad y auténticamente sólo en donde los hombres tienen el pan o el agua de
la palabra de Dios. Sin el pan o el agua y sin la torá, la existencia humana es
solamente desierto árido y espantoso.
3. SENTIDO DEL PERIODO DEL DESIERTO. Una interpretación global del
período del desierto es la que nos ofrece Dt 8,26: "Acuérdate del camino que el
Señor te ha hecho andar durante cuarenta años a través del desierto con el fin de
humillarte, probarte y conocer los sentimientos de tu corazón y ver si guardabas o
no sus mandamientos. Te ha humillado y te ha hecho sentir hambre para
alimentarte luego con el maná, desconocido de tus mayores; para que aprendieras
que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor.
No se gastaron tus vestidos ni se hincharon tus pies durante esos cuarenta años.
Reconoce en tu corazón que el Señor, tu Dios, te corrige como un padre hace con
su hijo. Guarda los mandamientos del Señor, tu Dios; sigue sus caminos y
respétale".
En este pasaje se nos da una interpretación teológica de la experiencia del
desierto. Dios es un educador. A través de las pruebas del desierto, Israel tiene
que aprender cuál es el comportamiento debido con su Dios. La mirada hacia
atrás, hacia la época del desierto, tiene que hacer comprender igualmente a los
interlocutores del libro del Deuteronomio del siglo VI a.C. que también su situación
presente es un "desierto", es decir, una prueba en la que Israel tiene que
demostrar si verdaderamente ve a Yahveh como a aquel de quien recibe todo bien
y si está dispuesto a guardar sus mandamientos. El "bienestar" no es una
empresa o una conquista de Israel ni una cosa lógica y que vaya por sí misma.
Sigue siendo un "milagro" de Yahveh, incluso en la tierra prometida. En otras
palabras: Israel tiene que aprender la lección del desierto: solamente una sociedad
que escucha la palabra de Yahveh y la pone en práctica es una sociedad sana y
viva. Una sociedad que intenta construirse sin referencia alguna a Dios, con solas
sus fuerzas, es una sociedad enferma, que va al encuentro de mil corrupciones y
enfermedades, es decir, que no sale del desierto.
El desierto es una prueba para saber si Israel cree de verdad en Dios: "El Señor,
vuestro Dios, quiere probarlos para ver si realmente lo amán con todo su corazón
y con toda su alma" (Dt 13,4).
4. FINITUD Y LIBERTAD. El desierto es un lugar árido y estéril. Según Núm 20,5
el desierto es un "lugar maldito, un lugar en el que no se puede sembrar nada; que
no tiene viñas, ni higueras, ni granados y donde ni siquiera hay agua para beber".
El desierto es el lugar en que la actividad humana no puede producir; es el
símbolo de la esterilidad y de la muerte. Por consiguiente, es el símbolo de la
finitud y de las limitaciones humanas; pero al mismo tiempo es el lugar de la fuerza
vivificadora de Dios, que da el agua y el maná juntamente con su palabra. En el
desierto Israel aprendió que no es posible una existencia humana si no se deja
alimentar por Dios. Por eso el desierto es la prueba de la fe.
Pero en el desierto Israel tiene también la oportunidad de aprender a caminar con
su Dios hacia la libertad. Egipto era una sociedad que hacía esclavos, aun cuando
diera la posibilidad de saciar todos los días el hambre sin necesidad de
preocuparse por el mañana. Era además una sociedad enferma, llena de "llagas",
es decir, corrompida y corruptora, que en definitiva conduce a la muerte (cf la
muerte de los primogénitos).
Los israelitas añoran a veces aquel pasado, porque "¡se estaba mejor cuando se
estaba peor!". Por eso mismo le decían a Moisés: "¡Ojalá hubiéramos muerto por
mano del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y
comíamos pan hasta saciarnos!" (Ex 16,3).
Yahveh liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto, es decir, de una sociedad y
de una cultura que esclavizaba y explotaba a los hombres sin darles la salvación.
Egipto era realmente una sociedad enferma, que llaga tras llaga no sabía otra
cosa más que producir la muerte. En el desierto Yahveh reúne a su pueblo, le da
el pan que necesita y una ordenación social (la Torá), porque quiere hacer que
nazca una nueva sociedad que obedezca a la voz de Dios y que por eso esté sana
y viva. Yahveh es el médico de Israel.
El ideal al que quiere conducir la prueba del desierto es la libertad. Pero la libertad
tiene que "conquistarse" a través de la prueba, del riesgo y del sufrimiento. Más
aún; la libertad es un don de Dios, que no puede convertirse en realidad humana
más que a través de la responsabilidad y de la disponibilidad de los hombres.
Israel tiene que saber además que no ha entrado nunca de forma definitiva en la
tierra prometida, ya que su vida sigue estando "en el desierto", es decir, es una
vida limitada y puesta a prueba