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Viajeros Naturalistas: De Linneo a Darwin

1) Los viajeros naturalistas que viajaron por el mundo entre los siglos XVIII y XIX recolectaron especímenes y datos que sentaron las bases de la teoría de la evolución propuesta por Darwin. 2) El viaje de Joseph Pitton Tournefort a Oriente en 1700 es considerado el primer viaje científico patrocinado por un gobierno con el objetivo de estudiar los recursos naturales. 3) Los viajes naturalistas continuaron floreciendo en los siglos posteriores, contribuyendo al desarrollo de la biogeografía y otras

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Viajeros Naturalistas: De Linneo a Darwin

1) Los viajeros naturalistas que viajaron por el mundo entre los siglos XVIII y XIX recolectaron especímenes y datos que sentaron las bases de la teoría de la evolución propuesta por Darwin. 2) El viaje de Joseph Pitton Tournefort a Oriente en 1700 es considerado el primer viaje científico patrocinado por un gobierno con el objetivo de estudiar los recursos naturales. 3) Los viajes naturalistas continuaron floreciendo en los siglos posteriores, contribuyendo al desarrollo de la biogeografía y otras

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De Linneo a Darwin:

los viajeros naturalistas


JEAN-MARC DROUIN

Donde se verá que los viajeros naturalistas que surcaron el mundo para
inventariar las especies vivas trajeron de sus periplos los materiales de una
geografía de las plantas y de los animales y, por tanto, las bases de una
teoría de la evolución.

e ha señalado a menudo la coincidencia de fechas: un siglo justo

S separa la fijación de la nomenclatura de Linneo, en 1758, en la


décima edición del Systema naturae, y la primera exposición pública
que realizó Darwin de su teoría de la evolución el primero de agosto de
1858, en la Sociedad Linneo de Londres. A los ojos de ciertos autores,
un siglo parece bien poco, habida cuenta de lo que separa a estos dos
momentos cumbres de la historia de la biología. E n efecto, Linneo no
propone solamente un código para designar las especies vegetales o
animales, y un sistema para clasifícarlas, tiende a hacer de cada una de
ellas los datos fundamentales e invariantes de la creación. Por el
contrario, Darwin, al reconstruir el «origen de las especies», pone en
cuestión su fijeza, de suerte que está tentado de ver en el paso de una a
otra una mutación radical.
Se habla de evolución darwiniana. Así se evita amortiguar la nove-
dad del acontecimiento con la acumulación de precursores, y se sugiere
al mismo tiempo una analogía con la revolución operada en la cosmo-
logía doscientos años antes y a la cual están ligados los nombres de
Copérnico o de Galileo. ¿Hay que considerar, por tanto, la historia
natural predarwiniana como una suerte de prehistoria a la que habría
puesto fin brutalmente la teoría de la evolución?
Desde hace ya bastante tiempo, los historiadores han subrayado el
papel jugado por los naturalistas de principios del siglo xix. L a contro-
versia, entre Lamarck y Cuvier en particular, ha suscitado una abundan-
te literatura. Algunos autores han pintado a Lamarck, el filósofo natura-
lista, blanco de los sarcasmos del muy conservador barón Cuvier, como
un «precursor francés de Darwin». Otros autores, por el contrario, han
insistido en la modernidad de Cuvier, «fundador de la paleontología»,
recordando cómo, gracias a su conocimiento de las correlaciones entre
órganos, podía reconstruir un esqueleto entero a partir de algunos
huesos. E n definitiva, más allá de su enfrentamiento sobre la transforma-
ción o la fijeza de las especies, lo más seguro que Lamarck lega a sus El canal de Beagle, que
atraviesa Tierra de Fuego
sucesores es quizá una nueva clasificación de los invertebrados, mientras de este a oeste y cuyo
que lo esencial del aporte de Cuvier está sin duda en sus estudios sobre nombre evoca el recuerdo del
la anatomía comparada de los vertebrados. navio comandado por Robert
Fitz-Roy.
Queda claro que si Darwin ha escrito la historia de los seres vivos, (Acuarela original de C.
otros habían empezado ya a descifrar sus archivos. Sin embargo, cual- Martens, pintor de la
quiera que sea su prestigio, el estudio de los fósiles y la anatomía expedición.)

363
D E L I N N E O A DARWIN: L O S VIAJEROS NATURALISTAS 364
365 D E L I N N E O A DARWIN: L O S VIAJEROS NATURALISTAS

comparada no son las únicas disciplinas movilizadas por la teoría de !a


evolución.
Al leer El origen de las especies salta a la vista la frecuencia con que /
aparecen argumentos tomados de la biogeografia. E l papel desempeñado
por esta disciplina, que estudia los problemas de la distribución de la
flora y la fauna, deí aislamiento de las barreras y de las migraciones, ha
constituido durante los últimos decenios el foco de atención y de análisis
de muchos historiadores de las ciencias. Si examinamos la biogeografia
de Darwin, vemos hasta qué punto su formación de naturalista se
inspira en sus años de navegación a bordo del Beagle (1831-1836). De
forma significativa, Alfred Russel Wallace que, independientemente de
Darwin, alcanzó conclusiones similares acerca del papel de la selección
natural, dedicó muchos años a explorar Amazonia y el archipiélago |
malayo. La aventura de los viajeros naturalistas, iniciada en el siglo x v i i , i
vive su momento de mayor apogeo a finales del siglo x v i i i y principios
del XIX. Cronológica y lógicamente ¿no se trata acaso de uno de los hilos
conductores que vinculan la clasificación de Linneo con la transforma-
ción de Darwin en genealogía?

No todos los viajeros eran naturalistas ni todos los naturalistas eran Viajes y viajeros
viajeros, ni siquiera en el sentido más amplio de estos dos términos:
siempre han existido viajeros indiferentes a la fauna y a la flora, y
naturalistas de salón o de jardín que sólo viajaban con el pensamiento.
En ocasiones, para hacer carrera en el mundo de las ciencias naturales
era incluso preferible no alejarse demasiado de la capital. Con todo y
con eso, muchos son los viajeros célebres por su contribución a la
historia natural. Resultaría imposible hablar de todos ellos, pero sí
recordaremos algunos de sus periplos. Encontramos tanto empresas
colectivas patrocinadas por gobiernos, como aventuras individuales, que
a veces surgen a partir de las primeras.
Uno de los primeros viajes, y tal vez el arquetipo de todos los demás,
es sin duda el de Joseph Pitton Tournefort (1656-1708). E l botánico
francés, que recorrió durante dos años (1700-1702) Anatoha y las islas
griegas con dos compañeros de viaje, se revela a través de sus cartas
como un escritor con gran sentido del humor. L a recopilación de esas
cartas constituye un verdadero diario, reeditado en 1982 en una edición
resumida de bolsillo bajo el título Voyage d'un botaniste. No sólo
describen los paisajes y la vegetación, sino también los habitantes y la
situación política y religiosa de los países visitados. Este viaje no es
sencillamente la aventura de tres hombres, es además una empresa
financiada y protegida por el poder real, como se refleja claramente en
una nota, fechada el 16 de enero de 1700, del inspector general de la
Hacienda Pública, Pontchartrain al abbé Bignon, secretario de la Acade-
mia de las ciencias.
En esta carta encontramos, condensados y desde una perspectiva
administrativa, todos los elementos políticos del viaje naturalista. Se
define un itinerario: un circuito por la cuenca mediterránea. E n realidad,
este itinerario sólo se cubrirá parcialmente. Los objetivos son claros: se
trata de conocer mejor los recursos naturales que encierra el Imperio
otomano. Se forma un equipo de tres hombres, uno de los cuales debe
ser un dibujante, personaje fundamental en toda expedición científica
anterior a la invención de la fotografia. En este caso, el elegido fue el
pintor Claude Aubriet; el tercer miembro del equipo es un botánico
alemán, André de Gundelsheimer. E l viaje estará en parte financiado,
dentro de ciertos límites y con la condición de que se entreguen los
D E L I N N E O A DARWIN: L O S VIAJEROS NATURALISTAS 366

L a misión de Tournefort

N^ota de Monsieur Phélypeaux, conde de Pontchartrain, ai abbé Bignon, secreta-


rio de la Academia de las ciencias, a 16 de enero de 1700, citada por Stéphane
Yérasimos en la introducción de Voyage d'un botaniste.
«He dado cuenta al rey de la propuesta realizada contemplando la posibilidad de
enviar a M. Tournefort, botánico de la Academia de las ciencias, a Grecia, Constanti-
nopla, Arabia, Egipto y a las costas de Barbaria, para dedicarse a la búsqueda de
plantas, metales y minerales, instruirse acerca de las enfermedades de esos paises y de
los remedios aplicados, asi como acerca de todo aquello relacionado con la medicina
y con la historia natural; Su Majestad ha aprobado fervientemente la idea, desea que
se lleve a cabo y no duda que resultará de gran utilidad para el perfeccionamiento de
la medicina y el progreso de las ciencias; por ello, Su Majestad me ordena escribiros
para que le comuniquéis su pronta partida, en compañía de un hombre competente
que la Academia elegirá para trabajar con él, así como de un dibujante; Su Majestad
se compromete a reembolsarle a su regreso todos los gastos en que haya incurrido,
contra la presentación de la memoria correspondiente, siempre y cuando dichos
gastos respondan a unas pautas de máxima economía; no obstante, hoy mismo
remitiré un adelanto de 3.000 libras, que se le entregarán antes de su partida;
considero innecesario decir que, durante su ausencia, la Academia no interrumpirá el
pago regular de su asignación y que, a pesar de estar en el extranjero, conservará el
derecho a la concesión de aumentos y privilegios que Su Majestad pudiera otorgar a
los demás académicos; es menester que me visite para que pueda presentarle al rey; le
remitiré asimismo todos los pasaportes y cartas de recomendación que pudiera
necesitar, en vistas a que el viaje se realice con todas las garantías y comodidades que
nos encontramos en condiciones de procurarle.»

justificantes correspondientes; entre tanto se concede un adelanto. Por


último, se ofrecen algunas garantías a Tournefort: su carrera no se verá
perjudicada por su larga ausencia, sino todo lo contrario. Además, la
historia natural sólo es un aspecto del viaje: las ruinas antiguas, los
modos de vida, la organización política y religiosa tienen el mismo
interés para nuestros viajeros que la vegetación y las rocas.
Treinta años después en Suecia, un país no tan rico como la Francia
de aquella época, el viaje de Linneo a Laponia fue más modesto que el
de Tournefort. Se trata de un periplo estival, que uno de sus últimos
biógrafos, Wilfrid Bunt, compara con las «expediciones emprendidas
hoy en día por los estudiantes con imaginación para escapar del aburri-
miento de las vacaciones». Sin embargo, este periplo estival, para el cual
recibió una modesta subvención de la Sociedad real de las ciencias,
desempeñará un papel nada despreciable en la carrera del botánico
sueco, pues gracias a él se dará a conocer. Su diario de viaje, Voyage en
Laponie, nos permite seguirle paso a paso y apreciar el número, la
precisión y la variedad de sus observaciones.
En la segunda mitad del siglo x v i i i , asistimos a grandes expediciones
científicas. Aquella que la emperatriz Catalina I I de Rusia envió, bajo la
dirección del zoólogo alemán Peter Simón Pallas, a explorar Siberia ha
pasado a la posteridad por el descubrimiento de restos de mamíferos
conservados en el hielo. Sin embargo, la atención de los historiadores se
centra, sobre todo, en la rivalidad franco-inglesa: las grandes circunnave-
gaciones de Bougainvilie, de Cook y de L a Perouse se tradujeron en
descubrimientos de nuevas especies animales y vegetales, de las que
encontramos dibujos, descripciones y especímenes conservados vivos o
disecados en Londres o en París y permitieron a las dos potencias
aumentar sus conocimientos sobre las rutas marítimas, con la consi-
guiente hegemonía comercial o militar...
L a mayor compenetración entre demostración política y empresa
científica se alcanza, sin duda, en la expedición a Egipto. Un areópago
de científicos acompaña al ejército en una aventura que tendrá un
367 D E L I N N E O A DARWIN: L O S VIAJEROS NATURALISTAS

desgraciado final, pero que marcará profundamente a la Francia de


aquella época. Estos vínculos entre el descubrimiento geográfico y el
dominio imperialista o los intereses comerciales facilitan, en ocasiones, el
trabajo del naturalista. Un botánico solitario con pocos recursos finan-
cieros —como algunos discípulos de Linneo o como el francés Michel
Adanson— puede viajar en barcos mercantes y alojarse en locales
comerciales de ultramar. No obstante, la rivalidad entre países europeos
y, a veces, la desconfianza o la hostilidad de los autóctonos aumentan
los riesgos de los viajes ya de suyo peligrosos.
A este respecto, las grandes expediciones no son siempre las más
seguras. Sabemos que L a Perouse desapareció en el Pacífico en 1788. E n
1791, Francia envía en su búsqueda otra expedición dirigida por Aníoi-
ne d'Entrecasteaux en la que participa el botánico L a Billardiére. L a
expedición finaliza en Java, debido a disensiones políticas, sin haber
encontrado ni rastro de L a Perouse, pero con una buena cosecha de
nuevas especies. Diez años después, la expedición por los mares del Sur,
confiada al comandante Nicolás Baudin, que reúne a un gran número de
jóvenes científicos, se ve asolada por una sucesión de enfermedades, de
abandonos y de muertes, y por encarnizados conflictos entre científicos y
militares.

Principales fechas y expediciones relevantes de los grandes viajeros de los siglos


xvHi y X I X .
1700-1702: viaje de Joseph Pitton Tournefort a Levante (Grecia, Turquía).
1732: viaje de Cari von Linneo a Laponia.
1735-1770: estancia de Joseph de Jussieu en América del Sur; embarcó en la expedi-
ción dirigida por Charles Marie de L a Condamine y prolongó su estancia
durante 35 años.
1749-1754: Michel Adanson reside en Senegal como empleado de la Compañía de
Indias.
1763-1775: gracias a los viajes del capitán Cook, el inglés Joseph Banks y, más tarde,
los alemanes Johann y Georg Forster, estudian la flora austral.
1767- 1771: viaje alrededor del mundo de Louis Antoine de Bougainvilie con Philibert
Commerson como botánico de la expedición.
1768- 1774: expedición a Siberia bajo la dirección del zoólogo alemán Peter Simón
Pallas.
1785-1789: expedición encabezada por Jean-Frangois de L a Perouse que acaba con la
desaparición de dos naves, Boussole y Astrolabe.
1791-1794: expedición al mando de Antoine d'Entrecasteaux enviada a la búsqueda
de la anterior.
1799- 1804: viaje de Alexander von Humboldt y de Aimé Bonpland a Latinoamérica.
1800- 1804: expedición del comandante Nicolás Baudin a los mares del Sur.
1832: muerte de Victor Jacquemont en Bombay.
1831-1836: viaje de Charles Darwin a bordo del Beagle.
1848-1852: viaje de los ingleses Alfred Russel Wallace y H. W. Bates a Amazonia.

En la misma época en que se acometen estas grandes empresas


colectivas, muchos naturalistas se embarcan, solos o casi, en periplos
muy fructíferos. Citemos únicamente tres casos entre los más conocidos:
el físico y geógrafo alemán Alexander von Humboldt y el botánico
francés Aimé Bonpland parten a América del Sur en 1799 y regresan en
1804, tras un viaje excepcionalmente fecundo; en los primeros años del
siglo, Jean-Jacques Audubon, pintor y ornitólogo americano de origen
francés, recorre Estados Unidos; en 1832, el francés Victor Jacquemont
pasa cuatro años estudiando la flora de la India y morirá en Bombay a
la edad de treinta y un años...
En definitiva, si bien puede observarse una evolución hacia grandes
expediciones mejor organizadas y con medios cada vez más importantes,

I
D E L I N N E O A DARWIN: L O S VIAJEROS NATURALISTAS 368

hasta mediados del siglo x i x , por lo menos, muchos de los naturalistas


viajeros son individuos aislados, entre los que encontramos, además, un
gran número de religiosos y misioneros.
Más allá de las imágenes a menudo trágicas, a veces idílicas y
siempre llenas de colorido de estas epopeyas, lo importante es medir el
alcance del trabajo realizado. E n primer lugar e intimamente ligado a la
aventura propiamente dicha, cabe hablar de los relatos de viaje, impor-
tante aportación a la cultura europea de los siglos X V i l l y x i x . No todos
los viajeros escriben tan bien como Tournefort, capaz de convertir con
su pluma una mera anécdota en un cuento digno de Voltaire; sin
embargo, todos los relatos con sus descripciones de paisajes y de
pueblos lejanos marcarán profundamente la imagen que del mundo nos

mitin. I. [Link] ut. KMtnn

Una lámina
extraída del herbario de
Philibert Commerson. el
naturalista del viaje de
Bougainvilie (1766-1769). Se
trata de la teca (Tectona
grandis), una planta de la
isla Mauricio, en esa época
isla de Francia.
369 D E L I N N E O A DARWIN: L O S VIAJEROS NATURALISTAS

transmite la literatura del siglo de los filósofos y, más tarde, del periodo
romántico. A partir de 1748, el abbé Prévost elabora una Histoire
genérale des voyages en la que recoge y resume relatos de un gran
número de viajeros. Aunque hoy en día se le conozca eminentemente
como autor de Manon Lescaut, su historia fue, como pone de manifiesto
Nirma Broc, fuente de una abundante literatura que influirá incluso en
la del siglo siguiente. E n otro orden de cosas, el viaje de Bougainvilie,
con su escala en Tahítí o Nueva Citerea, inspira a Dideroí la idea y la
oportunidad de ese Suplemento en el que la agradable ficción filosófica
toma el relevo de la descripción etnográfica.
Los naturalistas viajeros como, a la postre, todos los viajeros «erudi-
tos», no se limitaron a suministrar nuevos elementos narrativos a la
literatura, sino que contribuyeron al éxito de las ideas filosóficas acerca
de la diversidad y la relatividad de los modos de pensamiento, y
alimentaron debates sobre un hipotético estado natural, aportando
argumentos favorables y desfavorables al «mito del buen salvaje».
A través de sus descripciones de la vegetación tropical enriquecieron,
de forma más directa, la cultura europea sobre un tema cuya importan-
cia ha perdurado hasta nuestros días.
Sin embargo, los naturalistas no regresaban de sus periplos exclusi-
vamente cargados de relatos, sino que traían numerosas especies hasta
entonces desconocidas: pieles de animales exóticos, herbarios acompaña-
dos incluso de semillas y, a veces, plantas sembradas en tiestos. Sabemos
que muchas plantas alimenticias y ornamentales cultivadas actualmente
fueron introducidas en Europa procedentes de Asia o de América;
mientras que otras especies, como el café, se transportaron de África a

E l material

Rene Lesson (1794-1849), naturalista francés y farmacéutico de marina, que


participó en el viaje de la Coquille (1822-1825) encabezado por Louis-Isidore Dupe-
rrey, es el autor del articulo «Taxidermie» del Dictiomaire des sciences naturelles
(Levrault, 1828). Inicia el articulo con esta extensiva definición: «La taxidermia es el
arte de preparar y conservar, a efectos de colección, objetos de historia natural» y
concluye con una lista de los «Objetos necesarios para la conservación de las
colecciones de historia natural en los viajes de descubrimiento»:
«[...] antes de embarcar en una campaña de descubrimientos, de una duración
prevista no inferior a tres años, es menester procurarse todos los objetos indispensa-
bles para garantizar el éxito de la empresa:
«Espíritu de vino incoloro, trescientos htros [...];
«Bocales de vidrio fuerte y blanco, trescientos [...];
(Los bocales y el alcohol permiten transportar animales de pequeñas dimensiones.)
«Masilla [...], veinticinco kilogramos [...];
«Sublimado corrosivo, contenido en un recipiente de vidrio con tapón esmerilado y
afianzado en el interior de una caja de medicamentos, quinientos gramos.
(El «subhmado corrosivo», al igual que el «jabón de arsénico», servia para tratar
las pieles y evitar la putrefacción.)
«Otros objetos indispensables son:
«1. Plomo laminado del espesor de una hoja fina de cartón, para las etiquetas,
tres pies cuadrados;
«2. U n sacabocados del tamaño de una moneda con una serie de diez números
en las puntas. Los números grabados en el plomo por este procedimiento servirán
para designar cada bocal y se consignarán en una lista con todas las notas referentes
al objeto que éste condene;
«3. Tres fusiles de caza con fornituras [...];
«4. Dos cajas de hojalata bastante planas para la caza y la botánica;
«5. Jabón de arsénico, un barrilete de veinticinco kilogramos;
«6. Doce cajas con interior de corcho para insectos, que encajen unas en otras;
«7. Quince resmas de papel para plantas y cincuenta kilogramos de papel usado
para envolver los minerales.»

I
D E L I N N E O A DARWIN: L O S VIAJEROS NATURALISTAS 370

América. E n tres siglos, la dimensión del mundo viviente, la idea de su


diversidad alcanzaron magnitudes insospechadas. Si nos limitamos al
reino vegetal, en el siglo x v i el número de especies conocidas y descritas
por los botánicos no supera unos pocos miles. A finales del siglo xvii,
Tournefort puede describir más de diez mil plantas. E n 1833, Alire
Raffeneau-Delile, que participó en la expedición a Egipto, habla, en su
clase inaugural de botánica en Montpellier, «de los descubrimientos de
los infatigables observadores, de los viajeros que recorren nuevas tierras
que exploran día a día» y añade: «A su celo debemos el conocimiento de
más de cincuenta mil especies vegetales, en el estado actual de la
ciencia.» Hoy habría que multiphcar, probablemente, esta cifra por cinco
como mínimo. Precisemos, a título comparativo, que el reino animal
supera ampliamente el millón de especies conocidas, la mayoría de las
cuales son insectos.

Dar nombre y Los inventarios de especies no se elaboran por sí solos. Suponen la


clasificar existencia de especímenes recogidos, preparados, dibujados, descritos y
reunidos en recintos, museos, jardines, herbolarios o gabinetes de histo-
ria natural, donde todos puedan verlos, observarlos, compararlos...
Viajes y colecciones constituyen pues los dos polos de la historia
natural. No obstante, entre estos dos polos, no ocurriría nada si no nos
molestáramos en asignar un nombre a todos los especímenes aportados
y en clasificarlos. Entre la aventura de los viajes y la poesía de los
jardines, la nomenclatura y la clasificación no son impedimento ni
digresión, sino el intercambiador que, al unirlas, condiciona la adquisi-
ción de conocimientos sobre los seres vivos.
Desde el principio, muchos fueron los que intuyeron esta realidad, en
especial Jean-Jacques Rousseau, que dedicaba su tiempo hbre a la
botánica y, en 1774, emprendió la redacción de un Dictionnaire des
termes d'usage en botanique.
«[...] Pregunto a cualquier lector con sentido común cómo es posible
dedicarse al estudio de las plantas, rechazando el de la nomenclatura. Es
como si quisiéramos ser expertos en una lengua sin estar dispuestos a
aprender las palabras. [...] Se trata de ver si la botánica debe perder
trescientos años de estudios y de observaciones, si trescientos volúmenes
de figuras y de descripciones deben quemarse en la hoguera, si los
conocimientos acumulados por todos los sabios que dedicaron su
dinero, su vida y sus desvelos a viajes inmensos, costosos, extenuantes y
peligrosos deben ser inútiles para sus sucesores, y si cada uno de
nosotros, partiendo siempre de cero, podrá adquirir los mismos conoci-
mientos de los que el género humano se ha hecho merecedor tras una
larga cadena de investigaciones y estudios. [...] Admitir el estudio de la
botánica y rechazar el de la nomenclatura, es pues caer en la más
absurda de las contradicciones.»
En otras palabras, la botánica, al igual que la zoología, aunque
Rousseau no se refiera directamente a esta última, sólo puede convertir-
I se en un saber acumulativo si todos aquellos que se interesan por ella,
I viajeros, aficionados, jardineros y coleccionistas, adoptan una nomencla-
' tura común. Pero, según Rousseau, dicha nomenclatura ya existe y es la
propuesta por Linneo; tuvo que enfrentarse a los frenos impuestos por
las «envidias nacionales», pero acabó imponiéndose «incluso en París»,
donde «recientemente M. de Jussieu la adoptaba en el Jardín du Roí,
inclinándose así por la utilidad pública en detrimento de la gloria de una
nueva reestructuración...»
L a aportación de Linneo a la nomenclatura se divide en dos tiempos.
371 D E L I N N E O A DARWIN: L O S VIAJEROS NATURALISTAS

En una primera etapa, amplía el trabajo de sus predecesores y, en


particular, el de Tournefort: fija una serie de reglas para determinar los
distintos géneros y, más tarde, las especies, y las aplica para elaborar,
primero un catálogo del jardín botánico de un rico aficionado anglo-
holandés, George Clifford, y luego el inventario de todas las especies
vegetales y animales que consigue recopilar. Asigna a cada especie un \
nombre de género, común a las especies vecinas, y una frase «específica»
que la distingue de las demás. Hasta aquí, como dice Rousseau, «había
determinado el mayor número de plantas conocidas, pero no les había
dado ningún nombre: ya que definir una cosa no equivale a darle un
nombre». L a segunda etapa, la creación de nombres de verdad, en lugar
de frases, se desarrolla de forma subrepticia y por motivos ante todo
pedagógicos. Progresivamente, Linneo disocia el nombre propiamente
dicho de la descripción, todavía llamada diagnosis. Para facilitar la Ejemplo de diagnosis:
memorización y la designación práctica introduce los «binomios» que «Vinca caulibus
seguimos utilizando actualmente y en los que cada especie se identifica procumbentibus, foliis
por un nombre genérico y un adjetivo o sustantivo específico. Así, el lanceolata ovatis floribus
roble se denomina Quercus rohur, la encina Quercus ilex, el alcornoque pedunculatis», es decir:
«Vinca rastrera, con hojas
Quercus súber, etc. Y a en 1745, Linneo empieza a utilizar esta nomencla- lanceoladas ovaladas, con
tura dual para algunas especies, en 1753 la generaliza a todo el reino flores pedunculadas» (se
vegetal en Species plantarum y, en 1758, a todo el reino animal en la trata de la hierba doncella;
décima edición de Systema naturae. in C . Linneo, Species
plantarum. 3.^ edición, 1764).
Naturalmente, no todo queda solucionado por arte de magia y la
sinonimia sigue planteando algunos problemas. Por una parte, el princi-
pio por el que cada especie adopta el nombre atribuido por el primer
naturalista que la describió y la bautizó según la nomenclatura de
Linneo, supone un conflicto de prioridades que a veces causa muchas
dificultades. Por otra parte, algunos géneros propuestos por Linneo se
fragmentaron en varios subgéneros, lo que modifica automáticamente la
designación. A pesar de todo ello, las incógnitas y los errores que
subsisten no son nada comparados con la confusión que reinaba antes
de la existencia de esta nomenclatura. E l riesgo de que una misma
especie vegetal o animal sea «descubierta» varias veces por viajeros
distintos y se registre en varios museos con nombres diferentes no
desaparece, pero se reduce en tales proporciones que la nomenclatura de
Linneo constituye una de las etapas decisivas en la historia de las
ciencias naturales.
En los jardines botánicos, en los herbolarios y en los gabinetes de
historia natural, así como en los libros, ya es teóricamente posible saber
si una planta o un animal pertenece a una especie conocida. Pero no
basta con etiquetar los especímenes, también hay que ordenarlos, y para
ello es preciso clasificarlos. L a determinación del género constituye un
primer paso hacia la clasificación, ya que varias especies vecinas pertene-
cen al mismo género. Por ejemplo, el asno y el caballo se clasifican
dentro del género Equus, la oreja de oso y la primavera dentro del
género Prímula. Pero este primer paso no es suficiente; toda colección,
por pequeña que sea, exige una clasificación más completa. ¿Se ha de
agrupar a los animales en función del medio en el que viven, terrestre,
aéreo, acuático, con el peligro de poner los murciélagos con los pájaros
y las ballenas con los peces, cuando en su gestación y amamantamiento
se parecen más a los ratones y a los elefantes? ¿Podemos clasificar las
plantas en hierbas, matas, arbustos y árboles, agrupadas según su
habitat o siguiendo criterios basados en su estructura? L a cuestión que
ocupaba a los naturalistas desde hacía muchísimo tiempo, alcanza su
punto culminante en el siglo x v i i i , precisamente porque de ella depende
D E L I N N E O A DARWIN: L O S VIAJEROS NATURALISTAS 372

L a desgracia de un naturalista

«Commerson era un hombre de una actividad infatigable, procedente de la


ciencia más profunda. Si hubiera pubhcado él mismo la recopilación de sus observa-
ciones, ocuparla uno de los primeros puestos entre los naturalistas. Murió, por
desgracia, antes de completar la redacción de sus escritos; y los depositarios de sus
manuscritos y su herbario adoptaron una postura despreocupada digna de reproche.
[...] Su herbario cayó en un principio en manos de sus herederos; luego recaló en el
Jardín des Plantes, donde aún se conserva. Tal vez contiene muchas plantas nuevas,
aunque en estos últimos tiempos ha sido examinado por hábiles botánicos como de
Jussieu y Lamarck. Los peces que Commerson había recogido permanecieron en sus
cajas hasta hace unos veinte años, época en la cual M . Duméril los descubrió en una
azotea de la casa de BufTon. Los manuscritos se entregaron a Lacepéde, que sacó gran
partido de ellos para su Histoire des poissons. donde no los publicó íntegramente, sino
que los fundió con su propio trabajo. [...] Las descripciones son fieles al estilo de
Linneo con un máximo de detalles y de precisión. [...]. Van acompañadas de dibujos,
algunos realizados por el propio Commerson, otros por Sonnerat y otros por artistas
que participaron en la expedición de Bougainvilie. Todos estos dibujos, entregados
igualmente a Lacepéde, fueron incorporados, en forma de grabados, a su Histoire des
poissons [...]. Por otra parte, puesto que Commerson no uniformó su nomenclatura, se
ha dado el caso de multiplicar un mismo ser hasta tres veces: la primera basada en la
figura, la segunda en la frase característica escrita sobre la figura y la tercera en la
descripción. Lacepéde escribía en el campo, donde se había refugiado del Terror
revolucionario, no contaba pues con los papeles originales, sino sólo con notas, por lo
que no pudo efectuar las comparaciones necesarias para evitar estos errores. Los
viajeros que perecieron en sus empresas y no enviaron en orden el fruto de sus
trabajos, los cuales fueron depositados en establecimientos públicos para su posterior
utilización, están condenados a la desgraciada suerte que corrió Commerson.»
(Georges Cuvier y Magdeleine de Saint-Agy, «Voyages scientifiques», Histoire des
sciences naturelles, 1841-1845).

la explotación en jardines y en colecciones de las cosechas de ios viaje-


ros, y la consiguiente redacción de catálogos, guías y floras, gracias a los
cuales otros viajeros sacarán partido del trabajo de sus predecesores.
Una vez más, Linneo se erige en legislador e, inspirándose en sus
predecesores, ordena los animales en seis grandes clases: «Mamíferos»,
«Aves», «Anfibios», «Peces», «Insectos» y «Gusanos». Estas clases se
subdividen a su vez en órdenes. E n la décima edición de Systema
naturae, citada por William Stearn, la clase de los «Anfibios», por
ejemplo, comprende tres órdenes: los «Reptiles», entre los que encontra-
mos nuestros actuales batracios y reptiles, excepto las serpientes, que
forman parte del segundo orden, mientras que el tercero, los «Anfibios
nadadores», corresponde, aproximadamente, a nuestros actuales peces
cartilaginosos. Muchos de estos grupos han sido objeto de discusiones y
modificaciones, destinadas, en particular, a adaptarlos a la evolución de
la anatomía comparada.
Buffon, por su parte, prescinde de todo tipo de clasificación en su
Histoire naturelle: «¿No es mejor acaso colocar al caballo, que es
solípedo, delante del perro, que es fisípedo, y que efectivamente suele irle
detrás, que delante de una cebra que nos resulta poco conocida, y que
tal vez el único punto en común que tiene con el caballo es que también
es solípedo?»
En realidad, el antropocentrismo de esta declaración no tiene nada
de ingenuo, sino que traduce la importancia que otorga Buffon a los
factores geográficos y, en particular, a la acción del clima. No obstante,
el autor de la Histoire naturelle sólo puede permitirse el lujo de prescin-
dir de nomenclaturas y clasificaciones si se limita a grupos como los
mam.íferos o las aves, en los cuales el número limitado de especies
373 D E L I N N E O A DARWIN: L O S VIAJEROS NATURALISTAS

existentes tienen todas un nombre propio. L a polémica sobre los méto-


dos esconde una jerarquía implícita de las disciplinas y de los objetos.
Las divergencias que surgen en la clasificación de los animales se
circunscriben, sin embargo, a la época de Linneo. E n cambio, la clasifi-
cación de las plantas será objeto de una importante controversia a la
estigma
que dedican su atención todos los historiadores de la biología.
Llevado ante todo por el rigor lógico e interesado, al mismo tiempo, estilo
por la importancia de la sexualidad vegetal recientemente descubierta,
Linneo propone su «sistema sexual»: divide las plantas con flor en
veintitrés clases según el número de órganos masculinos o estambres, y
luego subdivide cada una de estas clases en órdenes, según el tipo de
pistilo, es decir de órgano femenino. Si consideramos, por ejemplo, un
cólquico, observaremos que tiene seis estambres alrededor de tres
pequeñas columnas p estilos, por encima de los ovarios y coronados por
los estigmas donde se recoge el polen. Si a continuación examinamos
una flor de azafrán, de apariencia similar, sólo observaremos un estilo
rodeado de tres estambres. E n el sistema de Linneo, el cólquico pertene-
ce a las Hexandria Trigynia, seis maridos para tres esposas, y el azafrán a estambre
las Triandria Monogyna, tres maridos para una esposa. Esta metáfora
etnográfica ligeramente erotizada no es del gusto de todos sus contem-
poráneos: algunos se ofenden, otros se burlan. No obstante, lo más órganos masculinos y
grave no es eso, sino la arbitrariedad de las divisiones. Como observará femeninos de una flor.
Antoine Laurent de Jussieu en 1773 en un artículo publicado en los
Comptes rendus de l'Académie des sciences: basta con un estambre
abortado o adicional para poner en un aprieto a «los sectarios del
sistema sexual». Además, el sistema sexual obligaba a renunciar a
grupos establecidos desde hacía mucho tiempo y a colocar en su lugar
otros, en ocasiones, con poco fundamento.

Muy cercanos en apariencia,


el crocus (Crocus sativus) y
el cólquico (Colchium
autumnale) se diferencian
por el número de sus
órganos sexuales. Por este
motivo, en el sistema de
Linneo se encuentran ubicados
en clases muy diferentes.
(In abate H. Coste, Flora
descriptiva e illustrada de
Francia, de Córcega y de
las comarcas limítrofes,
1901.)

Colchictm autumnale Crocus sativus

Botánicos como Adanson, los Jussieu y luego CandoUe opondrán al


«sistema sexual» y a los sistemas anteriores a éste, un «método», más
empírico tal vez, que consiste en agrupar los géneros de las familias
naturales que presentan una mayor afinidad: las Umbelíferas, las Com-
puestas, las Rosáceas... Estas familias se ordenan a su vez en clases. Y a
no existe un único criterio como el número de órganos sexuales en el
Cotiledón: hoja o lóbulo
sistema de Linneo, sino una combinación de caracteres tomados de seminal que nace en el eje
distintas partes de la planta: número de cotiledones (uno o dos), modo del embrión (reserva
de inserción de los estambres, número de pétalos, etc. Parece que el nutritiva de la plántula).
D E L I N N E O A DARWIN: L O S VIAJEROS NATURALISTAS 374

propio Linneo fue consciente de la necesidad de una clasificación menos


artificial y aportó algunas indicaciones para la división en familias
naturales.
E l punto débil del sistema de Linneo, como de todos los demás, es
sin duda alguna el querer desempeñar dos funciones incompatibles. Por
una parte, permitir la localización de cualquier especie como colofón de
una serie finita de operaciones sencillas: preguntas con múltiples opcio-
nes y bifurcaciones. Por otra parte, se presentan como un medio de
agrupar a los seres vivos en virtud de sus afinidades. L a primera de estas
funciones supone tomar en consideración caracteres fáciles de reconocer
y fáciles de combinar; la segunda, caracteres con una importancia
determinante en la estructura del organismo; los dos tipos de caracteres
no tienen por qué coincidir.
Por esa razón, la publicación en 1778 de la Flore frangaise de
Lamarck marca un hito decisivo en esta historia. E n el «Discours
préliminaire» distingue precisamente los dos «objetos» que pueden
asignarse a una clasificación y, a continuación, plantea la siguiente
pregunta:
«¿Es posible alcanzar a la vez estos dos objetivos? Es decir, ¿es
posible que el medio por el que descubrimos el nombre que los botáni-
cos han atribuido a una planta pueda, al mismo tiempo, proporcionar-
nos la gradación de todas las relaciones específicas que existen entre las
plantas?»

L a clave de las flores

L a m a r c k explica en el «Discours préliminaire» de la Flore frangaise (1778) la


trayectoria que debe seguirse para encontrar el nombre de una planta. Para ello
empieza imaginando que sólo existen once especies de plantas, que figuran en el texto
con los nombres latinos que les asignó Linneo, que serían los siguientes: vellosilla,
camomila, helécho macho, pamplina de canarios, salvia de prados, champiñón, peral,
un tipo de musgo (Bryum múrale), pamplina roja, ciertos tipos de setas y el cardo
mariano. A continuación se coge una cepa de una de estas plantas, supuestamente
desconocida, por ejemplo la Pamplina de canarios, y se contesta una serie de
preguntas:
— flor cuyos estambres y pistilos pueden distinguirse fácilmente;
— flor que carece de estambres y pistilos o en la que no se distinguen fácilmente.
Hay que elegir la segunda opción que nos remite a la siguiente pregunta:
— numerosas florecillas reunidas en un cáliz común;
— flores libres y no reunidas en un cáliz común.
Elegimos la segunda respuesta y pasamos a:
— corola monopétala;
— corola polipétala.
Respondemos «corola polipétala» y llegamos a la última pregunta:
— diez estambres o menos;
— once estambres o más.

El álsine de los pájaros L a primera opción es la correcta y nos indica el nombre de la especie: Pamplina de
(Stellaria media), forma parte canarios o álsine, denominada por Linneo Alsina media y a la que los botánicos del
de la docena de plantas con siglo XX llaman Stellaria medía.
las que Lamarck explica al E n la flora propiamente dicha, que comprende cientos de páginas, este análisis se
lector cómo utilizar la clave lleva a cabo a través de sucesivos envíos de una tabla a otra, al final de los cuales, sí
de determinación de su Flora no hemos comefido ningún error, obtendremos la especie correcta entre las descritas e
francesa publicada en 1778. identificadas por el autor. Para el lector que considera el camino demasiado largo,
(In abate H. Coste, Flora Lamarck recuerda «la naturaleza de las progresiones geométricas. E n efecto, si se
descriptiva e ilustrada de divide sucesivamente por 2 el número 4.096, a partir de la undécima división
Francia, de Córcega y de llegaremos a la unidad». En otras palabras, basta con unas diez preguntas para cubrir
las comarcas limítrofes, miles de especies.
1901.)
375 D E L I N N E O A DARWIN: L O S VIAJEROS NATURALISTAS

Lamarck contesta negativamente a este interrogante y se otorga así


total libertad para proponer una clave de determinación que no oculta
en absoluto su carácter artificial. Una planta puede estar determinada
por una serie de preguntas con dos respuestas posibles, justificadas
únicamente por la comodidad que ello supone. Otros seguirán muy
pronto el ejemplo de Lamarck. L a clasificación, una vez liberada del
objetivo de clasificar, sólo pretenderá agrupar las especies de la forma
más «natural» posible. Sistemas como el de Linneo caerán en el abando-
no y el método natural se inscribirá en los jardines botánicos.

E l jardín botánico, aun más que el herbolario, es un lugar de Distribución y


engañosa simplicidad; un espacio que encierra el tranquilo zumbido de genealogía
la vida y desprende un discreto encanto. Junto a cada planta, una
etiqueta indica su nombre científico, asignándole así la tarea de repre-
sentar a toda la especie de ese nombre. A su alrededor, en el mismo
arriate, se congregan plantas que suelen vivir en lugares completamente
distintos, incluso en otros continentes. L a mayoría de esas plantas no
habrían entrado nunca en contacto, si la clasificación no las hubiera
confinado a una misma familia. Este sistema deja, sin embargo, una
cuestión pendiente: ¿dónde podemos encontrar estas plantas en la
Naturaleza? L a clasificación se establece sin tener en cuenta ese tipo de
consideraciones, limitándose a criterios morfológicos; sin embargo una
de las cosas que más sorprenden a los naturalistas viajeros es que no
todas las especies se encuentran en todos los lugares. L a pregunta y la
posterior afirmación entrañan dos problemas distintos: por una parte, en
qué medio vive la planta (en el agua, en el desierto, en alta montaña,
etc.), por otra parte, en qué región del globo está presente y de qué
región está ausente.
L a práctica de la achmatación, cuya finalidad es ante todo funcional,
se apoya totalmente en esta distinción y equivale a la realización de una
serie de experimentos que pongan de manifiesto su existencia. Cuando
recogemos una planta exótica en un país lejano, pueden ocurrir tres
cosas: puede ser incapaz de sobrevivir en las condiciones normales de su
nuevo medio ambiente; puede convertirse en una planta cultivada; y, por
último, puede «naturalizarse» e integrarse en la flora local. E l primer
caso es el más sencillo: una planta procedente de Amazonia, por ejem-
plo, sólo podrá cultivarse en Francia si se coloca en el interior de un
invernadero en el que se reproduzcan las condiciones adecuadas de calor
y de humedad. E l papel de factores climáticos tan importantes es fácil de
comprender. E l segundo caso, el de las plantas importadas y cultivadas
—fundamental en la historia material de nuestras sociedades—, presenta
el interés adicional de ilustrar la influencia de factores fisicos muy sutiles:
el labrador o el jardinero adaptan cuidadosamente el suelo y el microcli-
ma a la planta cultivada y luchan contra especies más fuertes que
pudieran perjudicaría. E l tercer caso, el de la completa naturalización
tiene gran importancia teórica. Tomemos un ejemplo citado por Linneo
en 1744 en el «Discours sur l'accroissement de la terre habitable»: la El Erigeron canadiensis fue
Erigeron canadensis, transportada a mediados del siglo XVII de América introducido en Europa a
del Norte a Francia e introducida en algunos jardines botánicos, se fines del siglo xviii. Se
convirtió en una de las
había convertido un siglo después en una de las plantas silvestres más plantas más comunes de
comunes en nuestras regiones. Podemos mencionar asimismo los cactos ruinas, terrenos baldíos, etc.
americanos que penetraron en la flora mediterránea y todas las plantas (in abate H. Coste. Flora
europeas implantadas en Estados Unidos. Estas plantas, dado el éxito descriptiva e ilustrada de
Francia, de Córcega y de
de su adaptación a otros países, echan por tierra la exphcación basada las comarcas limítrofes,
exclusivamente en la acción del medio ambiente: ¿cómo explicar que no 1901.)
D E L I N N E O A DARWIN: LOS VIAJEROS NATURALISTAS 376

existieran en la flora local cuando su naturalización demuestra que el


medio ambiente es adecuado para ellas? Si bien el cultivo de especies
exóticas revela, a través de las dificultades que supone, la importancia
del determinismo físico en la distribución de las especies, el éxito de la
naturalización de especies introducidas marca los límites de dicho
determinismo y exige otra explicación.
Paralelamente a las migraciones vegetales, provocadas o accidenta-
les, se construye una ciencia, la geografía botánica, que aborda precisa-
mente la distribución de las especies vegetales por la superficie terrestre.
Augustin Pyrame de CandoUe, botánico suizo descriptor y clasificador,
interesado en agronomía, participó en la creación de esta nueva discipli-
na, cuya problemática expone en el artículo «Géographie botanique» del
Dictionnaire des sciences naturelles, publicado en 1820. Se ocupa en
primer lugar de los factores que afectan a la distribución de las diferen-
tes especies vegetales, luego de las «estaciones», es decir del medio
ambiente en el que se encuentran y, por último, de las «habitaciones»,
refiriéndose con este término a las regiones en las que se desarrollan
naturalmente.
Este texto coincide en muchos puntos con el Essai sur la géographie
des plantes, publicado en 1807, en el cual Alexander von Humboldt
explicaba la influencia de la temperatura en la vegetación, apoyándose
en observaciones realizadas en los Andes, junto con Aimé Bonpland,
durante su viaje por Latinoamérica. De CandoUe no es realmente un
viajero naturalista, aunque circuló bastante por Francia y por Suiza, y
su artículo se basa en gran parte en el material recopilado en viajes de
altura. Ello se pone de manifiesto, especialmente, en la tercera parte,
dedicada a las «habitaciones» y, que tal como indica de antemano, se
refiere a hechos que escapan «a todas las teorías actuales», porque
atañen «al origen mismo de los seres organizados, es decir, al aspecto
más oscuro de la filosofia natural».
Una vez demostrada la influencia de la temperatura, de CandoUe
escribe:
«Hasta aquí he querido demostrar que las habitaciones en su conjun-
to parecen estar determinadas por la temperatura. Probablemente es
preciso tener en cuenta, también, consideraciones deducidas de las
estaciones; pues está claro que cuanto más arenoso sea un país, más
plantas de arena encontraremos en él, etc. Pero, incluso si otorgamos a
estas causas toda la importancia que merecen, ¿podremos acaso explicar
integramente los hechos mejor conocidos? No estoy muy seguro de ello
y opino que es necesaria una nueva discusión.»
Especies fanerógamas: Llama la atención sobre «el reducido número de especies faneróga-
especies que en un momento mas presentes en más de un continente». Así 1/80 de las especies
determinado de su
desarrollo forman flores y
vegetales observadas en Nueva Holanda —es decir, Australia— se
que se reproducen por encuentran también en Europa. Estudia, a continuación, los medios de
semillas. Etimológicamente, transporte de las semillas, luego se centra en la flora de las islas y
las especies fanerógamas son propone la siguiente fórmula: «Las plantas de las islas están presentes en
especies con los órganos
sexuales visibles, a diferencia
la vegetación de los continentes en una proporción aproximadamente
de las criptógamas, cuyo inversa a la distancia que los separa.»
modo de reproducción se Habla^ igualmente, de la acción del hombre como causa de modifica-
mantuvo mucho tiempo ción de la flora insular y lanza la siguiente advertencia en forma de
oculto.
programa de investigación:
«Apresurémonos, pues, antes de que sea demasiado tarde, a elaborar
floras exactas de países lejanos; recomendemos sobre todo a los viajeros
islas poco frecuentadas por los europeos: su estudio nos proporcionará
la solución a una multitud de cuestiones sobre geografía vegetal.»
377 D E L I N N E O A DARWIN: L O S VIAJEROS NATURALISTAS

Todas estas observaciones permiten al autor destilar el concepto de


región botánica que define en los siguientes términos:
«Del conjunto de estos heclios podemos colegir que existen regiones
botánicas; doy este nombre a espacios que, si prescindimos de las
especies introducidas en ellos, presentan un cierto número de plantas
específicas que merecen el calificativo de aborígenes.»
De CandoUe señala que muchos son los géneros que comprenden
una especie norteamericana y otra europea o asiática. A continuación
entra en lo que constituye, para nosotros, el meollo de la cuestión y,
para él, el aspecto más oscuro:
«Toda la teoría de la geografia botánica se basa en la idea que
tenemos del origen de los seres organizados y de la permanencia de las
especies.» Concreta su postura diciendo: «El artículo que acabamos de
leer se ha redactado fiel a la opinión de que las especies de seres
organizados son permanentes y que todo ser vivo procede de otro
semejante a él.»
Esta afirmación fíjista nos asombra un poco a posteriori porque
sabemos que la geografía de las plantas y de los animales suministró
muchos argumentos a la teoría de la evolución. L a explicación basada
en prejuicios religiosos, panacea de la historia de las ciencias, no puede
aplicarse en este caso: nada en el texto o en Mémoires et souvenirs de
Augustin Pyrame de CandoUe, publicados por su hijo en 1862, induce a
pensar que defendiera el carácter fijista de las especies, para poner a
salvo la interpretación hteral del Génesis. De CandoUe, ginebrino
protestante y liberal, parece hallarse a menudo más cerca del libre
pensamiento que del fundamentalismo religioso. E n realidad, para
comprender su oposición, es preciso considerar el objeto de dicha
oposición. Aunque no lo haga constar explícitamente, se intuye que
pone la mira en un concepto que asocia la transformación de las
especies y la generación espontánea, es decir, un concepto que, en cierta
manera, hace recaer sobre el medio ambiente todo el poder de producir
seres vivos y de modelarlos. E n esta visión mecanicista de la evolución,
atribuida con mayor o menor acierto a Lamarck, la singularidad de las
regiones botánicas es inexplicable. Algunas de estas regiones poseen,
efectivamente, un clima análogo ¿cómo explicar pues que no hayan
producido las mismas especies?
«[...] ios partidarios de formaciones espontáneas me parecen [...]
incapaces de explicar el hecho general e incontestable por el cual
muchas especies bien determinadas sólo se encuentran en una región, y
no aparecen, en estado silvestre, en países donde todas las condiciones
les son favorables y donde viven perfectamente una vez sembradas.»
La comparación, junto con los capítulos del Origen de las especies
dedicados a la «Distribución geográfica», es esclarecedora.
Darwin confirma también la insuficiencia de una explicación exclusi-
vamente basada en factores físicos —el suelo o el clima— y aduce como
prueba «que la distinción de la Tierra en Antiguo y Nuevo Mundo
constituye una de las divisiones más fundamentales de la distribución
geográfica», cuando, «por decirlo así, en el Antiguo Mundo no existe
ningún clima ni condición que no tenga un equivalente en el Nuevo
Mundo».
Las similitudes no son menos asombrosas que las diferencias. Las i
especies de la zona ecuatorial de América del Sur tienen mayor afinidad I Algunas especies de pinzones
de las Galápagos.
con las de la zona templada de América del Sur que con las de África, i
(In C. Darwin, Viaje de una
En definitiva, del ejemplo americano y australiano se desprende «la; naturalista alrededor del
afinidad que existe entre las producciones de un mismo continente». mundo, 1875.)
D E L I N N E O A DARWIN: L O S VIAJEROS NATURALISTAS 378

Hasta aquí, podemos decir que Darwin se limita a generalizar al


conjunto de seres vivos la problemática de la geografía botánica, al
mismo tiempo que afina los análisis para comprender mejor el papel
desempeñado por la topografia: las barreras, los pasos, las islas, los
archipiélagos... Compara la tierra que separa dos faunas marinas con el
océano que separa dos faunas terrestres. Tal vez en este punto se
trasluce con más fuerza la faceta de viajero naturalista de Darwin. E l
• diario de su viaje a bordo del Beagle está repleto de anotaciones
' biogeográficas; sabemos, en particular, el interés que despiertan en él las
diferentes especies de «pinzones de las Galápagos» y su distribución por
el archipiélago. Si bien, después de esta etapa de viajero, no abandonará
ya la campiña inglesa, sigue estudiando las condiciones que favorecen el
desplazamiento de las especies, examinando la acción del agua del mar
en el transporte de semillas o calculando el número de éstas que pueden
transportar las aves en sus patas. Pero la verdadera labor innovadora de
Darwin se pone de manifiesto cuando interpreta la distribución de las
faunas y las floras: «Estos hechos denotan la existencia de un vinculo
orgánico íntimo y profundo que prevalece en el tiempo y en el espacio,
en las mismas extensiones de tierra y de mar, independientemente de las
condiciones fisicas. Un naturalista tendría que mostrarse muy indiferente
1 para no intentar descubrir este vínculo.» . .

Un medio de dispersión

P a r a comprender la distribución actual de las faunas y las Horas, Darwin estudia


los «medios de dispersión» de las especies animales y vegetales y, para ello, realiza
múltiples experimentos en los que simula las condiciones de un transporte accidental.

Somete, por ejemplo, una serie de semillas a la acción del agua del mar. De las 87
semillas sumergidas durante veintiocho dias en agua del mar, 64 se encuentran en
condiciones de germinar. Por otra parte, seca plantas y observa durante cuánto
tiempo flotan: 19 de 94 (no todas pertenecían a las mismas especies que en el
experimento anterior) flotan, una vez secas, durante más de veintiocho días. Al
combinar los dos resultados deduce que «el 14 por ciento de las plantas de una región
determinada pueden ser transportadas durante veintiocho días por corrientes marinas
sin perder por ello su capacidad de germinar.» Teniendo en cuenta la velocidad media
de las corrientes, las semillas podrían recorrer más de mil kilómetros en busca de una
costa propicia... (C. Darwin, El Origen de las especies, 1876).

Para Darwin «este vínculo no es otro que el, de la herencia». E n


otras palabras, la afinidad entre especies de una misma región biogeo-
gráfica se explica por la existencia de una comunidad original, y las
diferencias dimanan, sobre todo, de la selección natural que, en medios
distintos, ha provocado variaciones diferentes. L a fauna y la flora de las
islas, parecidas y distintas a la vez a las del continente, ilustran perfecta-
mente este proceso. Aunque la proximidad en la clasificación y la
, proximidad geográfica no siempre coincidan, una cosa es cierta, «las
diferentes especies de un mismo género, aunque vivan en extremos
• opuestos del globo, deben tener el mismo origen». En este caso, es
• preciso buscar los antepasados comunes, rastrear sus migraciones. E l
^ geógrafo se convierte en historiador de la vida. E n la experiencia del
I Darwin viajero, la biogeografia entronca con la paleontología, como
..i-:- , . . recuerdan las primeras líneas de la introducción:
«Durante mi viaje, a bordo del navio Beagle, en calidad de naturaiis-
-[ ' ' ^ ta, quedé profundamente impresionado por hechos relativos a la distri-
bución de los seres organizados que pueblan las regiones meridionales
379 D E L I N N E O A DARWIN: L O S VIAJEROS NATURALISTAS

de América, y por las relaciones geológicas existentes entre los habitan-


tes actuales y los habitantes ya desaparecidos de ese continente. Estos
hechos [...] parecen dilucidar algunos aspectos del origen de las especies
[•••]»
E l nexo de unión entre la clasificación y la geografía, que hasta
entonces procedía de la estadística —número de especies o de familias
propio de un continente—, pasa a depender de la «teoría de la deseen- /
dencia con modificaciones» o, como decimos actualmente, de la teoría de •
la evolución. E n el preciso instante en que la biogeografia se concibe •
como término de una historia, la clasificación se define como una \
genealogía. E n el capítulo «Las afinidades mutuas de los seres organiza- '
dos [...]», que sigue a los dos capítulos dedicados a la distribución
geográfica, Darwin, tras discutir los diferentes principios en los que se
basan los sistemas de clasificación, escribe:
«Todas las reglas; todas las dificultades, todos los medios de clasifi-
cación citados se explican, a menos que me equivoque de forma extraña,
si admitimos que el sistema natural se basa en la descendencia con
modificaciones y que los caracteres que, según los naturalistas, indican
las afinidades reales entre dos o más especies proceden, por vía heredita-
ria, de la existencia de un genitor común. Una clasificación verdadera es i
por tanto genealógica; la descendencia común es el vínculo oculto que
los naturalistas siempre han buscado inconscientemente, con el pretexto
de descubrir un plan desconocido de la creación, de enunciar propuestas
generales o de reunir cosas semejantes y separar cosas diferentes.» /
Al presentar la «descendencia común» como el principio subyacente
en los sistemas de clasificación, que sus predecesores persiguieron
incluso inconscientemente (unconsciously seeking), Darwin define su
postura con respecto a la tradición naturahsta.

En definitiva, como ocurre en muchos viajes, el itinerario que va de


Linneo a Darwin resulta ser circular. A l principio, se impone una
reforma de la nomenclatura y de la clasificación, destinada a designar la
masa de especímenes recogidos por los naturalistas en sus viajes y a
clasificarlos, con objeto de que la historia natural sea una descripción de
la Naturaleza y no se limite a ser un inventario heteróclito iniciado una
y otra vez. Dado que cada viaje contribuye a la creación de un saber
acumulativo sobre los seres vivos, surge un nuevo programa de investi-
gación: cómo se distribuyen las especies vegetales y animales por la
superficie del globo. Los europeos se afanan en modificar esta distribu-
ción a través del fenómeno de la aclimatación y al mismo tiempo tratan
de explicarla. Los viajes, las migraciones que el hombre impone a las
especies marcan los límites del determinismo geográfico. Las afinidades ,
de las producciones naturales de una misma región, al igual que las
irregularidades de la distribución geográfica, remiten a un proceso de
evolución en el que se mezclan el azar y la inexorabilidad. L a geografía
de los seres vivos debe interpretarse como el término actual de una
historia de los seres vivos. Esta historia traza las líneas de un gran árbol
genealógico. L a tabla de clasificación se limita a ser el corte transversal
practicado en el árbol en un momento dado. E l camino que va de
Linneo a Darwin pasa por las colecciones y por los atlas geográficos y
coincide, en gran medida, con el que trazaron los viajeros naturalistas.

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