Garrote
Garrote
pasiones
y el Garrote vil
Carlos Maza Gómez
© Carlos Maza Gómez, 2021
Todos los derechos reservados
Índice
Prólogo 7
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Matar a la madre
Miguel Broch 1900 13
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Un asesino en serie
Jacinto Bruguera Piñana 1913 29
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El crimen de la pobreza y la envidia
Juan Alonso Orrite 1909 47
……………...
Una parva de trigo
Felipe Pasamar Royo 1915 61
…………...
Matar a quien te ayuda
Bonifacio García Martínez 1909 83
……..
Historia de un rufián
Raimundo Pérez Gil 1915 97
…………….
Art. 102. La pena de muerte se ejecutará en garrote sobre un tablado.
La ejecución se verificará a las 24 horas de notificada la sentencia, de día, con
publicidad, y en el lugar destinado generalmente al efecto, o en el que el
tribunal determine cuando haya causas especiales para ello.
Esta pena no se ejecutará en días de fiesta religiosa o nacional.
Art. 103. Hasta que haya en las cárceles un lugar destinado para la ejecución
pública de la pena de muerte, el sentenciado a ella, que vestirá ropa negra, será
conducido al patíbulo en el carruaje destinado al efecto, o donde no lo hubiere,
en carro.
Art. 104. El cadáver del ejecutado quedará expuesto en el patíbulo hasta una
hora antes de oscurecer, en la que será sepultado, entregándolo a sus parientes
o amigos para este objeto, si lo solicitaren.
El entierro no podrá hacerse con pompa.
Código Penal. 1870
Prólogo
Este libro presenta un conjunto de historias pequeñas protagonizadas por
hombres miserables, ignorantes, iracundos, malvados en ocasiones. No se
presentan grandes crímenes, asesinos inteligentes que tienden trampas a la
policía, huyendo durante mucho tiempo de la acción de la justicia, tramas
elaboradas y complejas que suspendan el ánimo del lector, pendiente del
siguiente “giro de guión” que le sorprenda y atrape su atención.
En la criminalidad de las dos primeras décadas del siglo XX, época en la
que se inscriben estos casos, hay algunos grandes asesinatos realizados por
criminales complejos y astutos, como fueron los protagonizados por Juan
Andrés Aldije en el Huerto del Francés. Hay muchos más en los que el
protagonista permanece fugado cierto tiempo atrayendo la atención pública,
como fue el caso del segundo crimen de la Calle Fuencarral, también llamado
de la plancha porque fue el instrumento utilizado por Cecilia Aznar para
causar la muerte de su señor.
Pero hay otros casos simples, sencillos, casi viscerales, reacciones
descontroladas de ira, de celos, deseos de hacerse con la propiedad ajena. Son
los más numerosos, salpicando las páginas de los periódicos día tras día.
Frente a ellos, como una consecuencia siempre posible por vía judicial, se
alzaba la pena de muerte, sea por fusilamiento en la jurisdicción militar o, más
frecuentemente, el garrote vil cuando se trataba de civiles.
El uso del garrote se generalizó a lo largo del siglo XIX, siendo un
instrumento de fácil construcción. Mediante decreto de 24 de abril de 1832, el
rey Fernando VII abolió la pena de muerte en horca y dispuso que, desde
entonces, se ejecutase con el garrote:
“Deseando conciliar el último e inevitable rigor de la justicia con la
humanidad y la decencia en la ejecución de la pena capital, y que el
suplicio en que los reos expían sus delitos no les irrogue infamia
cuando por ellos no la mereciesen, he querido señalar con este
beneficio la gran memoria del feliz cumpleaños de la Reina mi muy
amada esposa, y vengo a abolir para siempre en todos mis dominios
la pena de muerte por horca; mandando que adelante se ejecute en
garrote ordinario la que se imponga a personas de estado llano; en
garrote vil la que castigue delitos infamantes sin distinción de clase;
y que subsista, según las leyes vigentes, el garrote noble para los que
correspondan a la de hijosdalgo”.
En el período estudiado, la pena de muerte estaría vigente pero no se
aplicaría de forma generalizada. La sociedad española, encabezada tibiamente
en este caso por el Partido Liberal, rechazaba la apelación al garrote. De ahí
que toda pena de muerte era seguida por numerosas peticiones de indulto,
incluso para crímenes execrables. Ningún pueblo ni ciudad deseaba
contemplar la aplicación de la pena de muerte, lo sentían como un baldón que
caía sobre ella. Eso provocaba indefectiblemente que se recogiera con alivio
su condonación por la pena perpetua y con auténtica aflicción la ejecución de
la pena.
Con el primer caso protagonizado por Miguel Broch, asistiremos al
último caso en España en que la aplicación del garrote fue pública. Como
mencionaremos entonces, fue un ilustre médico y senador, don Ángel Pulido
Fernández, el decidido impulsor de la reforma de la pena capital, empezando
por negar el acceso público a la ejecución. Fue autor de una importante
proposición senatorial para la modificación del Código Penal en 1896, que
terminaría por decretarse pocos años después.
“La publicidad con que todavía hoy se cumple en España la
sentencia de muerte, y los actos de notoriedad y siniestra exhibición
que le acompañan, son testimonio de atraso y barbarie, que
ocasionan muchos y variados daños, sin reportar bien alguno, lo
mismo para el desgraciado reo sometido a suplicio, que para los
individuos de instintos criminales, en quienes se desea producir un
efecto de ejemplaridad, que para ese ya citado organismo social a
quien se causa espantable sacudimiento y dolorosísima impresión,
que supera muchas veces, pudiera decirse que siempre, en sus
perjudiciales efectos, al daño mismo que un día causó el criminal con
su penable delito”.
Con estos casos nos situaremos entonces en un tiempo donde algunos ya
defendían la necesidad de suprimir la pena de muerte (el garrote se aplicaría
hasta 1974) y donde otros trataban de adecuar su aplicación a nuevos valores
éticos, sin entrar a discutir sobre su necesidad. En las siguientes páginas
subyacen una serie de creencias y valores que condicionan la narración: la
fundamental de ellas es el profundo rechazo a que la sociedad acabe con la
vida de un condenado, sin entrar en su inutilidad para corregir la comisión de
delitos, algo comprobado desde hace tiempo. Aún comprendiendo el deseo de
reparación y hasta de venganza que puedan sentir los deudos de una víctima,
la sociedad como tal no puede defender la ejecución de una pena de muerte sin
caer en el riesgo de envilecerse.
Aunque sea una creencia admitida actualmente en Europa o la mayoría
de países sudamericanos, hay que recordar que, además de Estados Unidos, en
Asia está permitida en países como China, India, Indonesia, Irán y Japón. En
África todavía se usa en varios países, especialmente de la zona nororiental, y
sigue siendo aplicada en la mayoría de países árabes y en toda la zona de
Oriente Próximo. En 2015, por ejemplo, Irán, Pakistán y Arabia Saudita
fueron responsables de casi el 90 % de las ejecuciones, según Amnistía
Internacional, aunque las ejecuciones en China, que no se registran
oficialmente, pudieran ser mayores de lo imaginado.
Los seis casos que presentamos a continuación pertenecen al ámbito
civil y, por tanto, la pena capital se aplicaba por garrote. Como es conocido, en
el campo militar cabían los juicios sumarísimos que podían terminar en el
fusilamiento. Los contenidos en este libro se inscriben dentro de la
criminalidad rural, poco tratada en general por los diarios nacionales.
Asistiremos así a muertes impregnadas de sentimientos primitivos, toscos, casi
instintivos. En los pueblos no existían en tal grado los crímenes pasionales,
por ejemplo, como en la ciudad, pero en cambio la pobreza, la envidia, la
venganza y la ignorancia estaban presentes a menudo en las conflictivas
relaciones entre los vecinos. En todo caso, los seis ejemplos expuestos tienen
algo en común: son esas pasiones primitivas el origen del crimen o crímenes
que se adjudican a sus protagonistas.
De entre todos los casos resulta excepcional el de Jacinto Bruguera
Piñana. Es imposible contener la sensación de horror causada por un hombre
desalmado, un auténtico asesino en serie que viola y mata a niñas pequeñas.
Es difícil concebir una mayor maldad que incluso lleva a vacilar a los
periódicos abolicionistas sobre sus convicciones en contra de la pena de
muerte. El lector que coincida con estos planteamientos se verá sometido,
como los hombres de bien de entonces, a la dura prueba de juzgar qué debe
hacer la sociedad con personas así.
Matar a la madre
Miguel Broch 1900
La historia de Miguel Broch Sancho es una historia breve. Su misma
brevedad contiene un mensaje que se nos transmite desde aquel tiempo en que
vivió, cometió un espantoso delito y fue ejecutado.
Averiguar datos concretos de su vida a través de los diarios de la época
resulta casi imposible. No sabemos apenas qué sucedió en los 44 años en que
anduvo por el mundo, cuál fue la causa de su violencia: ¿pura y simple
maldad? ¿un odio repentino o largamente labrado a fuerza de lejanía, tal vez
de abandono? ¿qué justificaba causar la muerte de su madre, robarle algunos
duros? ¿sentía que algo se le debía, se sentía despojado en su herencia,
acuciado por la necesidad?
Los periódicos de la época desde aquel 21 de enero de 1899 se centraron
en el hecho cometido incluyendo en una de sus primeras crónicas un
calificativo injurioso: ¡Miserable! La moralidad imperaba, a una madre
siempre había que respetarla, aunque te hiciera daño, incluso siendo injusta,
habiéndote despreciado, golpeado, rechazado hasta obligarte a ir lejos a
buscarte la vida. ¿Fue eso lo que sucedió? No lo sabemos. Lo ignoramos casi
todo sobre el asesino, también sobre la víctima. Y hubo dos vidas en juego, la
de ambos, también una mujer que quedaría viuda, un niño recién nacido que
nunca conocería a su padre y sobre el que habría de caer de por vida el baldón
de ser hijo de un parricida.
De modo que, incapaces de ir muy lejos, nos remitiremos a la brevedad
de las noticias para hablar del caso de Miguel Broch. Sabemos qué hizo,
sabemos que fue ejecutado un año después. Todo lo demás habremos de
suponerlo o, más bien, dejarnos llevar por nuestras propias hipótesis, meras
especulaciones, ante la ausencia de un reportero que entrevistara a aquella
joven que era su mujer, que intentara saber qué verdad había detrás de aquel
caso.
“Los antecedentes del parricida son malos.
Niño aún, emigró a Buenos Aires, donde estuvo muchos años sin dar
noticias suyas.
Su madre, creyéndole muerto, prohijó una expósita, con la que en la
actualidad está casado Miguel” (El Día, 24.1.1899, p. 2).
¿Por qué se afirma que sus antecedentes son malos? En ningún momento
se recuerda un delito anterior, una detención, una violencia. Un diario
mencionará su “perversidad con ocasión de su matrimonio” pero sin decir
nada más. ¿Maltrataba a su joven esposa?
Miguel Broch era hijo único de sus padres en Villarreal (Castellón), una
población que, en el momento de su nacimiento (1855), contaba con algo más
de diez mil habitantes. No era un pueblo pequeño para la época, tampoco era
pobre, basando su economía en la agricultura mixta de secano extensivo y de
huerta intensiva. Hasta tiempo después, el naranjo no se constituiría en la
producción por excelencia a costa de la primera.
No sabemos si el padre de Miguel era un simple jornalero o poseía un
pequeño huerto, suficiente al menos para proporcionarles el sustento. No sería
extraño que fuera lo segundo, lo que estaría de acuerdo con una afirmación
posterior del asesino, algo que apenas fue mencionado en un diario pero que
puede que fuera importante para entender los hechos.
Siendo hijo único (en ningún momento se menciona a hermano alguno y
además las acciones posteriores de la madre justifican ese carácter) ¿por qué
marchó a Buenos Aires, niño aún? Teniendo en cuenta su año de nacimiento,
es posible que su marcha pueda situarse como mínimo en 1870 cuando, con 15
o 16 años, se uniera a la emigración que empezaba a ser masiva, no tanto
desde la actual Comunidad Valenciana, pero sí en España al completo. Solo
entre 1870 y 1880 llegaron a Argentina 85.000 españoles y en la década
siguiente se alcanzarían los 134.000.
Entre ellos iría Miguel Broch, que seguiría a otros valencianos para
establecerse en Santa Fe o en Buenos Aires. Él lo hizo en esta capital. Sigue
pendiente la pregunta de por qué se fue. La mayoría de los que marchaban lo
hacían huyendo de la justicia, que no parece ser el caso, o bien la mayoría
escapando de la pobreza. ¿Era el caso de este joven? Probablemente. Sea
porque su padre fuera realmente jornalero sin tierra (no se puede descartar) o
porque una sequía prolongada lo colocara al borde de la hambruna, lo cierto es
que el joven Miguel Broch decidió embarcarse hacia el Nuevo Mundo. No es
descartable que lo hiciera con ánimo de aventuras, de conocer otras tierras
alejadas de su Villarreal natal, de la vida en el huerto, de su oficio como
segador tal vez, inclinado sobre las mieses hoz en mano durante largas
jornadas de muchas horas.
Sabemos que su madre no tuvo noticias suyas en muchos años, hasta que
un día lo vio volver, quizá veinte años después, seguramente más. Ya lo daba
por muerto, desaparecido, había dejado de tener a ese hijo y su edad avanzaba.
Debía sobrepasar los sesenta años hacia 1890 cuando decidió prohijar a una
expósita que la acompañara en su vejez ayudándola a sobrellevar las
limitaciones de la edad.
Esa jovencita había nacido en 1880, así que debió ingresar en la casa de
pequeña pero no como una niña, puesto que venía sobre todo a hacer las
faenas de la casa de aquella mujer mayor, viuda desde hacía años. De manera
que llegaría, como decimos, en la década de los noventa. Por entonces, Teresa
Sancho pensaba que no volvería a ver a su hijo, de modo que éste aún se
encontraba en Buenos Aires, de donde volvería hacia 1895, con casi cuarenta
años.
Todo indica que no volvió triunfante, no sería uno de esos indianos
enriquecidos a fuerza de trabajo y negocios en tierras argentinas. ¿Lo impidió
su propio carácter? ¿Cometió delitos en América, conoció la cárcel? ¿Era
violento, iracundo? ¿o era trabajador, honrado hasta cierto punto, tal vez tuvo
mala suerte? No conocemos su trayectoria a lo largo de aquellos 25 años de su
vida, lo que podría darnos pistas fiables de por qué vino tan pobre como se
fue.
En 1899, cuando en enero tuvo lugar el crimen, estaba casado
precisamente con aquella expósita, por entonces una muchacha de 19 años. A
su vuelta debió alojarse en la casa familiar, conocer a la muchacha y ésta
encontrar una salida a su condición de criada dependiente de doña Teresa. La
atracción, el matrimonio, debieron ser rápidos. Él buscó una casa donde
vivieran ambos en el pueblo de Almazora, muy cercano a Villarreal, donde
ejercería su oficio de albañil.
Nos podemos preguntar: ¿por qué no vivieron con su madre en la
vivienda familiar de la calle Purísima nº 2? A fin de cuentas, él no parecía
tener muchos medios económicos y su mujer era muy conocedora de la casa,
por haber vivido en ella toda su juventud. Estaba también la posible atención a
una madre que ya era septuagenaria. Pero no, a pesar del coste económico que
le suponía a la pareja, buscaron un lugar cercano pero distinto, dejando a
Teresa Sancho sola, hasta el extremo de que, como era frecuente por entonces
entre las mujeres mayores, contrató a una muchacha del pueblo para que
viniera a dormir a su casa, a fin de que estuviera presente si ella tenía alguna
necesidad o se ponía enferma.
La relación entre la madre y su nueva nuera la desconocemos, pero es
indudable que a la joven no debía satisfacerla mucho continuar viviendo en
una casa donde, en lo fundamental, había actuado como criada y servidora
para todo, a cambio de un techo y comida. Es probable que estuviera de
acuerdo en independizarse. ¿Era una señora exigente, dura, con ella? ¿Qué
carácter tenía Teresa Sancho? ¿Dominante, cruel incluso? Resulta curioso que
los vecinos hablan de ella sin mencionar en ningún momento su carácter,
posibles gestos de bondad, de caridad, ni nada parecido. Todo el mundo se
escandaliza de que un hijo mate a su madre de aquella forma, pero nadie
menciona que Teresa fuera una buena vecina, que no merecía morir así, que el
crimen era una flagrante injusticia hacia una buena mujer. Tal vez el reportero
se olvidó de señalar ese extremo, es posible que no prestara mucha atención a
la imagen de la víctima, teniendo un terrible crimen entre manos.
Lo que sí resulta más probable es que Miguel Broch no quisiera a su
madre en modo alguno. A pesar de ser hijo único, no debía recordar gestos de
cariño por parte de ella, debido tal vez a un carácter seco y adusto por parte de
la madre o porque el hijo fuera un desalmado que, al volver de tantos años en
la emigración, viera a su madre como una fuente de ingresos que no terminaba
de concretarse.
El Diario de Tortosa del 24 de enero afirmaba escuetamente: “Parece
que el desalmado hijo ha dicho que esa cantidad se la debía su madre”,
refiriéndose a la sustraída después de dar muerte a su víctima. ¿Qué quiere
decir? ¿Qué clase de deuda consideraba Miguel que tenía su madre con él? A
partir de esta única frase podemos especular sobre el hecho de que el padre
fallecido pudiera tener alguna propiedad, por pequeña que fuera: una finca, un
huerto, algo que el hombre de cuarenta años que volvía fracasado y pobre de
América, esperaba recibir como fruto de su herencia. Sin embargo, de algo
tenía que vivir la madre durante todos aquellos años en que quedó sin marido,
pudo rentar el huerto o directamente venderlo, de manera que Miguel volvió
para encontrar que su herencia, por pequeña que fuera, había desaparecido.
¿Fue esto lo que sucedió? De un modo u otro, el hijo consideraba que su
madre le debía dinero, una cantidad que se le había arrebatado injustamente y
con la que contaba al volver.
¿Por qué ese 21 de enero se presentó en casa de su madre pidiéndole
dinero? ¿Por qué no antes? De nuevo, un apunte periodístico nos da una pista.
Cuando se encontraba en capilla, horas antes de su ejecución, los periódicos
afirman que su mujer estaba con él, instándole a que comiera algo, puesto que
no había probado bocado y no hacía más que fumar, y presentándole a su hijo,
un niño de pecho. Si éste aún mamaba un año después de los hechos es posible
que su llegada al mundo hiciera que Miguel, su padre, incapaz de afrontar los
gastos que se le venían encima, acudiera a su madre (a fin de cuentas, la
abuela del neonato) en busca de ayuda.
Los hechos quedaron claros durante el juicio. El hijo se presentó en casa
de su madre sobre la cinco de la tarde. Allí le pidió dinero, sea para iniciar una
obra, como se dijo, o porque, recién convertido en padre, precisaba realizarla
para tener algún beneficio. En su pensamiento estaba el hecho de que su madre
“se lo debía”. Pero ésta se negó a ayudarlo. La discusión debió de ser cada vez
más fuerte, volarían los reproches, las palabras duras, pero Teresa Sancho
continuó negándose a darle ni un duro.
Entonces Miguel le pidió que le diera algo de comer para la vuelta y a
eso sí estuvo dispuesta su madre, que se volvió para darle unas sardinas y algo
de pan, según confesó su asesino. Entonces éste, enfurecido, la golpeó
duramente en el pecho y la cabeza, de resultas de lo cual su madre cayó al
suelo. Allí empezó a recibir una patada tras otra sin piedad. La autopsia
descubriría hasta ocho costillas rotas, pero no moriría por esa causa.
Miguel, en el colmo de la furia desatada, de la expresión de un
resentimiento profundo trasformado en odio, la arrojó por las escaleras de la
casa y, bajando tras ella, terminó por estrangularla. El crimen, como quedó
claro en la instrucción y durante el juicio, no podía ser más cruel y despiadado.
El asesino, culminado el asesinato, registró la ropa de su víctima hasta
hacerse con las llaves del armario donde sabía que guardaba sus ahorros.
Cuando abrió sus puertas encontró cinco o seis duros, según se puso de
manifiesto. Con ellos en el bolsillo, salió de la casa y marchó a su casa de
Almazora.
El cadáver fue descubierto pocas horas después por la muchacha que
acudía cada noche a acompañar a la señora. Salió despavorida de la casa
dando gritos y los vecinos dieron aviso al Juzgado y a la Guardia Civil.
¿Quién podía haber cometido un crimen semejante? Un vecino informó a las
autoridades que el hijo de la señora Teresa vivía muy cerca, en una casa de
Almazora. Se ofreció a informarle mientras la guardia civil examinaba el lugar
de los hechos.
Miguel Broch se personó enseguida para comprobar, dijo, qué había
sucedido con su madre. No pasó una hora sin ser detenido. ¿Por qué esa
rapidez? Todas las crónicas que describían su crimen días después sostenían
que él había aparecido afirmando no saber nada ni tener responsabilidad
alguna. Si fue detenido casi inmediatamente debió ser porque algún vecino le
vio llegar o marcharse aquella tarde. Eso le señalaría como el principal
sospechoso. De ahí la detención y, derrotado por haber sido descubierto tan
pronto, indignado aún con la víctima por no haberle dado el dinero y
conducirlo a tal extremo, acabó poco después por confesar los hechos.
Seis meses más tarde, un breve suelto en el “Heraldo de Madrid”
informa que el 10 de julio de 1899 la Audiencia de Castellón ha juzgado con
rapidez los hechos, que estaban contrastados, y condenado a muerte a Miguel
Broch por robo y asesinato. A partir de ahí vendría un período de tiempo en
que el reo, conducido a la cárcel de Castellón, esperaría su sentencia confiando
en que las consabidas solicitudes de indulto le condujeran de por vida a la
prisión de Ceuta o Melilla. Pero no fue así, el crimen era especialmente
rechazable por haberlo efectuado sobre su propia madre. Tal cosa, calificada
de “acto miserable y perverso”, no permitía el perdón por parte de las
autoridades.
No tenemos información sobre lo aducido en el juicio por su abogado
defensor. Indudablemente, el delito solo podía ser considerado como un acto
criminal con una serie de agravantes y sin apenas atenuantes: ni el criminal se
defendió de una agresión previa, ni medió provocación por parte de la víctima,
ni podía afirmarse que el asesino no pretendiera causar tanto mal como causó.
Su ensañamiento lo desmentía. De manera que el defensor solo podía
presentar ante el Jurado un atenuante posible:
7ª. La de obrar por estímulos tan poderosos que naturalmente hayan
producido arrebato y obcecación.
Estas atenuantes (que no eximentes de responsabilidad) constituyen un
recurso frecuente en los juicios criminales de todas las épocas. Podríamos
definirlo, siguiendo a los diccionarios jurídicos, como
“Los términos arrebato y obcecación se refieren a conductas
psicológicas que surgen cuando un sujeto ha sido expuesto a
estímulos suficientemente intensos o poderosos como para inhibir o
abolir su facultad de juicio o razonamiento práctico. Conforme a la
literatura general la noción de arrebato dice relación con una
conducta pasional de naturaleza impulsiva y transitoria, capaz de
anular la capacidad de control de los actos propios. Por su parte, la
obcecación alude a la inhibición del razonamiento práctico que surge
como consecuencia de estar el individuo expuesto de manera
transitoria o permanente a uno o varios estímulos perturbadores”
(Profesor Jaime Salas, Facultad de Derecho en la Universidad
Católica de Chile).
Su mención es constante por aquella época, por ejemplo, en los crímenes
pasionales, donde el marido mata a su mujer por celos (aun siendo
infundados), o incluso hace lo propio el hombre rechazado por una mujer. Se
encuentran casos en que éste compra un arma por la mañana, espera a su
antigua novia en la puerta de su casa, le descerraja dos tiros y aduce que es un
acto sin premeditación, con los atenuantes de arrebato y obcecación.
No conocemos si el abogado defensor los presentó durante el juicio, en
un intento de salvar a su cliente del garrote. Si lo hizo, el Jurado y el Tribunal
lo desestimaron, más que nada por efecto del juicio moral implícito en un
crimen efectuado sobre la propia madre.
Siguiendo la legislación vigente, el reo debía ser conducido al lugar de
su delito, la cárcel de Villarreal, permanecer 24 horas en capilla y ser
ejecutado por garrote vil. Siguiendo este protocolo, llegó al pueblo en un carro
a las cinco y media de la tarde del día 16 de abril de 1900. Su estado era de
aparente tranquilidad. Conducido a un departamento del hospital de la prisión,
que actuaría a modo de capilla, se limitó a preguntar cuándo sería la ejecución.
Sobre las cuatro de la tarde del día siguiente y, a modo de despedida,
pudo entrar a verlo su mujer con el hijo de ambos en brazos. La escena, dicen
los diarios, “fue conmovedora”. Solo a instancias de ella admitió tomar un
mostachón y un vaso de Jerez.
Pasó la noche en vela, conversando con normalidad con los hermanos
franciscanos descalzos que lo acompañaban, así como algunas autoridades del
recinto carcelario. Sin embargo, sobre las ocho de la mañana, cuando ya se
aproximaba la hora en que sería conducido al lugar donde lo esperaba el
garrote, se le vio fuertemente impresionado, fumando sin cesar y rechazando
todo tipo de comida. Cesó la conversación y a algún periodista que llegó hasta
él le dijo que en ese momento solo quería pensar en Dios, por lo que se
limitaba a escuchar las exhortaciones sacerdotales que le dirigían.
La polémica sobre la ejecución lo acompañó hasta el último momento.
Unos días antes se había aprobado la proposición del senador y médico Ángel
Pulido, por la cual las ejecuciones dejaban de ser públicas, desarrollándose a
partir de entonces en lugares cerrados, como el patio de una prisión, sin
presencia del pueblo.
Se discutió por parte de las autoridades si esa disposición era aplicable
en este caso o no, llegándose a la conclusión de que, al no haber pasado el
plazo de veinte días para posibles reclamaciones, la ejecución debía
desarrollarse siguiendo el antiguo protocolo. De ahí que el tablado donde
tendría lugar se dispuso en un campo cercano, entre las carreteras de Madrid y
Onda.
El verdugo, con un amplio historial de hasta 78 ejecuciones, llegó el día
anterior desde Barcelona, alojándose en el Ayuntamiento. Por los diarios
sabemos que a esta última ejecución pública en España asistieron no menos de
diez mil personas, que rodeaban en silencio el tablado donde tuvo lugar la
acción del verdugo.
Cuando todo hubo terminado y el cadáver quedó expuesto a la vista de
todos durante el tiempo que marcaba la norma, el cura señor Moreno Dorda
“dirigió sentidas frases a los presentes, exhortándoles a seguir por el camino
de la virtud”.
Un asesino en serie
Jacinto Bruguera Piñana 1913
“Frio de espanto nos produjo la noticia; consternación general ha
causado el conocimiento del bárbaro crimen que demuestra la
necesidad de que la cultura se generalice para evitar delitos que no
tienen otra explicación que el instinto de la bestia. Se llega a
comprender el robo por hambre, el homicidio en riña o en momento
de exaltación; pero el crimen cometido en Arbucias es de los que no
tienen explicación alguna, es de los que indignan, de los que
sublevan; es de los que llegan a justificar la existencia de la pena
capital, de la que somos declarados enemigos” (La Lucha,
13.11.1907, p. 1).
Esto lo decía un diario del Partido Liberal en Gerona con 36 años de
experiencia en la lucha por una serie de ideales políticos y sociales, como el
voto universal masculino (conseguido en 1890) o la abolición de la pena de
muerte. Además, hay que tener en cuenta que el partido fundado por Sagasta
no gobernaba entonces, pero estaba presidido por la notable figura de José
Canalejas, que habría de ser presidente del Consejo de Ministros desde el 9 de
febrero de 1910 hasta el 12 de noviembre de 1912, fecha de su muerte en
atentado.
Las dudas que ese editorial planteaba no eran para menos. Entonces
resultaba incomprensible habérselas con un asesino en serie, que no otra cosa
fue Jacinto Bruguera. Que el mencionado sujeto fuera también un violador
sistemático producía horror pero que, además, sus víctimas fueran niñas de
corta edad, representaba la mayor de las maldades que entonces se podía
concebir. Por desgracia, hoy en día conocemos algo más de este tipo de
asesinos compulsivos, que ejercen su poder hacia las personas más débiles
imaginables (las niñas), a través del sexo forzado y de la muerte posterior.
De todos modos, entre la historia protagonizada por Juan Díaz de
Garayo, conocido como “el Sacamantecas”, violador y asesino cruel de seis
mujeres entre 1870 y 1879, y antes de las noticias habidas en 1912 sobre
Enriqueta Martí, “La vampira de Barcelona”, asesina de varios niños, el caso
de Jacinto Bruguera se enmarca en la crónica criminal de la época como un
hecho excepcional que no ha llegado a las páginas de la literatura negra del
siglo XX con el grado que le corresponde. A él se le puede aplicar
perfectamente la afirmación que enuncia el periodista de sucesos Manuel
Marlasca: “Un psicópata es cruel, carece de empatía y distingue perfectamente
entre lo que está bien y lo que está mal”. Veamos cuál es la historia de este
sujeto que conoció el indulto por uno de sus crímenes pero no por el otro.
Jacinto Bruguera Piñana nació en 1882 en Casteldefels, en el Bajo
Llobregat, provincia de Barcelona. Por entonces, esta localidad costera, que
hoy ronda los 60.000 habitantes, contaba solamente 270, viviendo en masías
dispersas. Jacinto nació dentro de una familia acomodada integrada por sus
padres y tres hermanos más, todos los cuales desarrollarían una vida conforme
a su posición y trabajando dentro de su clase social. Para ellos, que
acompañarían entre lágrimas en el juicio su condena a la pena capital, no tuvo
ni una mirada ni una palabra siquiera, como si los lazos emocionales con su
familia estuvieran rotos desde hacía mucho tiempo.
En el momento de su primer crimen, el que tuvo lugar en Arbucias
(Gerona), tenía 25 años. Era básicamente un vagabundo, un pordiosero al que
no le faltaba la educación recibida en su familia, por lo que se empleaba de
vez en cuando como mozo de labranza en cualquier masía que encontraba en
su camino. Cuando se cansaba de esa vida se despedía de manera inmediata, si
es que no era despedido por su comportamiento descarado e incumplidor, y
seguía su camino conviviendo con otros mendigos y acumulando
posiblemente (esto es pura especulación, que luego justificaremos) un
profundo resentimiento hacia esa sociedad más rica que era propietaria de una
masía y trabajaba en ella. Uno no puede dejar de pensar que ese odio profundo
se dirigía hacia la vida familiar que rechazó y dejó atrás.
De esa forma, el 10 de noviembre de 1907 salió de Casa Meseguer, sita
en San Feliú de Buxelleu (Gerona) y se lanzó al camino. Entonces encontró a
otro como él, Antonio Giner, y caminaron juntos bebiendo y mendigando.
Finalmente, eran cuatro los que se reunían por las noches al amparo de una
fogata para combatir el frío de invierno en la región: Jaime Tarragó y José
Ventura formaban parte de este grupo que habría de hacerse célebre en los
Juzgados catalanes. El último fue exculpado finalmente varios años más tarde
y Tarragó moriría antes en la cárcel por causas naturales haciendo protestas de
inocencia y afirmando que se le había tratado injustamente. Posiblemente
fuera así.
En realidad, los dos criminales fueron Jacinto Bruguera y Antonio Giner,
que se separaron de los otros dos en un momento determinado y se internaron
en un bosque. Fue allí donde cometieron el doble crimen, aunque se tardaría
un año en atrapar a Giner y dos para que Bruguera cayera en manos de los
Mozos de Escuadra, si bien lo fue por otro intento criminal.
El 16 de noviembre de 1908, un año después de aquel crimen, el
carnicero José Masnou estaba despiezando una vaca cerca del pueblo de
Hostalrich. Entonces llegó hasta él un pordiosero, que le pidió un pedazo del
animal. Hombre generoso, le entregó lo que había pedido para que satisficiera
su hambre, que parecía tener mucha. En ese momento pasó cerca una
pordiosera que se los quedó mirando.
- Aquesta ha viscut amb mi un temps (Ésa ha vivido conmigo un
tiempo) –dijo el mendigo-, però fa poc m'ha abandonat (pero hace
poco me ha abandonado) –se lamentó.
- Es preferible tener mujeres de esa clase –respondió el carnicero- que
no hacer lo que esos dos brutos en Arbucias con esas pobres niñas.
- ¡No parleu d’aixó! (¡No hable de eso!) –contestó su interlocutor- ¡Que
jo conech a n’els autors! (¡Que yo conozco a los autores!).
Aquello supuso una sorpresa para Masnou, que disimuló mientras se
ponía a idear la forma de entregar a ese hombre a las autoridades. Sabía que
aquel terrible caso se había arrastrado a lo largo de un año sin que las
autoridades hubiesen atrapado a los autores de un crimen que ya era célebre en
la región, causando el natural espanto en tantas madres que apenas dejaban
que sus hijas saliesen solas a la calle.
Estaban algo lejos de Hostalrich, por lo que distrajo la atención del
mendigo prometiéndole que, si lo acompañaba hasta su casa, le daría también
una limosna en metálico. Ante tal promesa no tuvo dificultad alguna en
conseguir marchar por el camino hasta el cercano pueblo, solo que, en vez de
ir hasta su casa, pasó por el Ayuntamiento y entró con él al despacho del
alguacil. Éste, al oír la historia y mientras Masnou entretenía a aquel hombre
con la promesa (infundada) de que cualquier confesión le reportaría tal vez la
recompensa que ofrecía el Ayuntamiento de Arbucias (500 pesetas, una
fortuna para un mendigo), emprendió una rápida caminata hasta el cercano
cuartel de la Guardia Civil.
Con los guardias los engaños habían acabado y, ante un duro
interrogatorio, el hombre terminó diciendo que se llamaba Antonio Giner y
era, en realidad, uno de los autores del crimen de Arbucias. Lo único que pudo
obtener fue la esperanza de que una clara colaboración por su parte sería
tenida en cuenta más adelante, como así fue.
“Preguntado entonces cómo ocurrió el hecho manifestó que se
hallaban él y su compañero bajo un nogal haciéndose la comida,
cuando se presentaron las dos niñas Carmen Sabater Pagés [de 6
años] y Ángel Avellaneda Masferrer [de 5], que iban en busca de
leña para que sus madres les tostasen castañas, según manifestaron.
Movidos ambos por brutales instintos, nos apoderamos de una niña
cada uno y dimos rienda suelta a la pasión. Como nos diésemos
cuenta después del atropello cometido, para evitar ser descubiertos
decidimos matar cada uno a nuestra víctima y yo lo hice con la mía
dándole siete cuchilladas. Ignoro cuántas heridas produjo mi
compañero a su víctima, pero sí recuerdo que lo hacía con tal
violencia que al ir a herirla en la cabeza, la niña puso su mano para
ampararse y el cuchillo atravesó la mano y se clavó en su cabeza”
(La Lucha, 17.11.1908, p. 1).
Aunque gran parte de esos datos se habían deducido, es de imaginar el
horror con que aquellos hombres endurecidos debieron escuchar la descripción
de uno de los autores. Se sabía, por ejemplo, que una de las niñas, tras ser
violada, recibió hasta veinte puñaladas, además de tener el cuello seccionado
en gran parte. Debía ser la víctima que correspondía a Jacinto Bruguera, de
creer al coautor de tan espantable crimen. Aunque tenían los cuerpos cubiertos
de sangre, el estado de sus ropas desgarradas no dejaba lugar a dudas sobre lo
que les había sucedido momentos antes de su asesinato.
Por entonces, muchas personas marchaban por los caminos sin control
alguno. Los había que mendigaban, otros se contrataban por días en cualquier
tarea agrícola hasta recibir un dinero que, por escaso que fuera, los llevaba de
nuevo a caminar de un sitio a otro. No resultaba fácil localizar a unos autores
errantes que, después de aquel acto criminal, habían marchado lo más lejos
posible con la mayor ligereza.
Cuatro días después de aquel crimen fue detenido un mozo de 19 años,
Miguel Iglesias, alias Buvé, del que se sabía que estuvo aquel día en Arbucias
marchando de allí por el camino de Hostalrich, el mismo que pasaba junto al
bosque donde se habían encontrado los cuerpos. Además, al buscarlo en la
masía Serrat, donde trabajaba, se le encontró una camisa ensangrentada frente
a la que no supo dar una explicación coherente.
Una semana después era detenido otro mendigo que se amparaba en una
cabaña del cercano Pla de Tapiola, pero hasta el casual encuentro del carnicero
Masnou con Antonio Giner, la Benemérita estuvo dando palos de ciego, sin
poder concretar una acusación contra aquellos pordioseros a los que detenía.
Según comentó el detenido, el otro asesino era conocido como el “Ros
de Tarragona” y era fácil de identificar porque le faltaba un dedo de la mano
derecha. Los dos caminaron juntos a lo largo de aquel año pero recientemente,
el Ros se había contratado en una cantera de la misma Arbucias, el lugar que
seguía consternado por aquel crimen sin solución. Eso reflejaba la seguridad
que sentía frente al crimen cometido. Pensaba que ya no lo atraparían.
Cuando la Guardia Civil se presentó en la cantera se encontró con que
aquel sujeto, del que solo conocían su sobrenombre, acababa de despedirse el
día anterior, volviendo a los caminos. Los periódicos que daban estas
novedades afirmaban con seguridad: “No tardará mucho en caer en manos de
la Justicia”. No fue así. Aún habría de pasar año y medio para que fuera
detenido por la Guardia Civil y no sería por el crimen de Arbucias.
Sencillamente, Jacinto Bruguera no podía dejar de perseguir a niñas para
violarlas y acabar con su vida.
El 8 de abril de 1910 tuvo lugar un escándalo en San Feliú de Llobregat.
Una niña se encontraba sola en su casa, no se dijo en qué circunstancias,
cuando entró en ella Jacinto Bruguera. Cerrando la puerta se echó sobre ella
desgarrando su vestido, tapándole la boca hasta conseguir violarla. Tras
cometer ese delito intentó estrangularla, pero la niña se resistió consiguiendo
dar algunos gritos. Quiso su fortuna que un pariente se dirigiera a la casa y, al
escucharla, se precipitara en el interior de la vivienda, encontrando al mendigo
apretando la garganta de la niña.
Se entabló una pelea entre ambos hombres. Jacinto era fuerte, tenía 28
años por entonces, golpeó repetidamente al hombre, pero el ruido que provocó
la lucha hizo que otros vecinos acudieran hasta conseguir reducir al criminal.
Llevado ante la Guardia Civil, esta no podía conocer en qué consistía la
dinámica de un asesino y violador en serie, pero los guardias conocían bien la
región y supieron atar cabos. El caso que aún coleaba sin solución era el
ocurrido en Osavinyá, un municipio de Tordera (Barcelona) el 17 de enero de
1909, más de un año antes. Aquel detenido negó inicialmente toda
responsabilidad en aquel hecho pero, cercado a preguntas, terminó por
confesar. Los detalles, como en el caso de Arbucias, debieron poner los pelos
de punta a los curtidos miembros de la Benemérita.
En enero de ese año de 1909, Jacinto se había colocado como mozo de
labranza en la masía “Gran Camarasa”, propiedad de Martín Aliva. Su
comportamiento dejaba bastante que desear, era desobediente, hacía las tareas
con desgana y de mala manera, tenía una actitud desafiante, por lo que el
propietario lo despidió.
Jacinto deambuló, quizá planeando una venganza, por lo que se vería
después. Sabía que el matrimonio integrado por Martín Aliva y Carmen
Dalmau tenía dos hijas: María de 14 años y Rosita, de 10. Esta era tan
desarrollada y corpulenta como su hermana mayor y tenía por costumbre, cada
tarde, acudir al Prat del Camp para dar de comer a unos cerdos que tenía allí
su padre, así como internarse en el bosque adyacente para recoger hierbas y
cazar pajaritos.
Aquella tarde la esperó Jacinto escondido. La debió ver llegar con su
azada al hombro, descuidada, atenta a lo que podía encontrar en el suelo o
entre las ramas de los árboles. Lo que no podía esperar es que aquel hombre
surgiera de la nada y se abalanzara sobre ella. Gritó pero nadie escuchó sus
gritos. Luchó con todas sus fuerzas, como se comprobó por las contusiones
que presentó su cadáver, pero aquel hombre era un adulto joven y fuerte. Le
arrebató la azada y, caída en el suelo, le golpeó salvajemente la cabeza con
ella. No es posible saber si aún estaba viva cuando Jacinto la desnudó para
violarla.
Sus padres no estaban en el pueblo y María, su hermana mayor, vio con
extrañeza que Rosita no volvía, por lo que fue a buscarla. Es de imaginar el
pavor con que contempló el sangriento cuadro, con su hermana desnuda y con
la cabeza destrozada, yaciendo en el suelo del bosque. Corrió al pueblo y avisó
a una vecina, que comunicó el hecho a las autoridades.
El mozo de escuadra Nicolás Fomenté, que había reconocido el cadáver
de Rosita y hecho las indagaciones ante Martín Aliva, supo que el culpable
debía ser aquel mozo despedido por su mal comportamiento. El que seguía
trabajando en la masía, dijo el propietario, llevaba años con él y era de toda
confianza. Pero ¿dónde estaba aquel otro? Cuando le avisaron que tenían a un
detenido en San Feliú de Llobregat, acudió sin falta y, conocedor de los
detalles de su crimen, pudo confirmar la autoría de Jacinto Bruguera.
Finalmente, aquel asesino estaba en cautividad en la cárcel de Gerona,
donde fue trasladado a la espera de su primer juicio. Tuvo lugar apenas unos
días después de su detención y en él se le acusó tan solo del asesinato de
Rosita Aliva. Su defensor era sordo y las crónicas hablan de unos alegatos
incoherentes por su parte. Quiso recoger testimonios de Casteldefels, su
ciudad natal, en el sentido de que los vecinos lo tomasen por loco y maniático
pero, finalmente, de los testimonios se dedujo que lo consideraban loco por
abandonar una acomodada masía familiar para vagar por los caminos como un
pordiosero, no por otro motivo.
La única pena que cabía, después del ensañamiento con que infligió
daño a su víctima y la alevosía que suponía un nuevo agravante, dada la
superioridad con que actuó, sin temor de que la niña pudiera defenderse, era la
pena capital ante el garrote vil.
Aún dos meses después, en un nuevo juicio, fue condenado a diez años
de prisión mayor y a cuatro de prisión correccional por los delitos de asesinato
frustrado y violación, respectivamente, en San Feliú de Llobregat.
Para entonces y examinando su modus operandi, los guardias se dieron
cuenta de su posible implicación en el crimen de Arbucias, respecto al que
solo estaba detenido hasta entonces Antonio Giner. Éste, que deseaba
colaborar con la Justicia para librarse de la pena de muerte, reconoció de
inmediato en Jacinto Bruguera al compañero en aquel asesinato de las dos
niñas.
Curiosamente, el caso se alargaba sobremanera. Un año después del
juicio por el crimen de Rosita Aliva, tras ser confirmada la pena de muerte por
el Tribunal Supremo, el Consejo de ministros presidido por el liberal José
Canalejas, dio luz verde a su indulto, cambiando la pena capital por cadena
perpetua. Pero el alivio no habría de durarle mucho: el indulto le llegó el 15 de
abril de 1911 y solo dos meses después, hubo de presentarse a su tercer juicio,
el más grave, siendo acusado junto a Antonio Giner, de la violación y
asesinato de las niñas Carmen Savatés y Ángela Avellaneda en el bosque de
Arbucias el 10 de noviembre de 1907. Habían pasado tres años y medio desde
aquel suceso.
El fiscal pidió la pena de muerte para los dos procesados (el tercero, José
Ventura, resultó absuelto) pero Giner había colaborado con la Justicia y, por
otra parte, Jacinto Bruguera era reincidente. Por ello, a la cadena perpetua para
el primero le siguió una nueva condena a muerte para el segundo.
El 2 de septiembre de 1913 el gobierno estaba presidido por otro liberal,
el conde de Romanones, tras la muerte en atentado el año anterior de José
Canalejas. De nuevo se puso encima de la mesa del Consejo de ministros
celebrado ese día, la posibilidad de indultar de la pena de muerte a varios
condenados. Dos casos, sin embargo, paralizaron las decisiones originando
una gran discusión: uno era el de los culpables del crimen de Gádor, terrible
caso en que la víctima también fue un niño; el otro trataba de Jacinto
Bruguera.
La petición de su indulto se había presentado mucho antes, pero el
gobierno de Canalejas lo había aplazado una y otra vez, incapaz de aceptar la
ejecución de un reo, incluso en estas circunstancias. A regañadientes, el nuevo
gobierno de Romanones tenía que dar salida a la situación:
“El actual Gobierno, que estima la abolición de la pena de muerte
como materia opinable, entiende también que se halla obligado por
diversas razones, entre ellas una de elemental lealtad para los futuros
gobiernos, a resolver los aludidos expedientes, asumiendo la
responsabilidad de aconsejar el indulto o de negarlo, según las
circunstancias.
Mientras subsista la pena capital, no puede al Gobierno, a su juicio,
sistemáticamente prescindir de ella, colocándose a los reos que se
indulten en condiciones, dentro de nuestro actual régimen
penitenciario, más favorables que a los condenados a las penas de
confinamiento y extrañamiento.
En el Consejo de ayer se trató extensamente de este asunto,
conviniéndose en que, de pensar abolir la pena de muerte, es preciso
abordar el problema con toda entereza en el Parlamento, y
paralelamente con la reforma del régimen penitenciario, que es como
se ha procedido en Italia.
En tanto esto no se haga, por inexorable y doloroso que ello sea, es
necesario ajustarse a lo que las leyes disponen” (El Heraldo de
Madrid, 2.9.1913, p. 4).
Apenas una semana después y dentro de la normativa al respecto, el 10
de septiembre de 1913, el reo oyó misa a las cinco de la mañana y, tras haber
pasado toda la noche en vela esperando un indulto que no llegó, fue ejecutado
a las seis. Numerosos grupos de ciudadanos se concentraron frente a las
puertas de la cárcel, esperando en silencio que izasen la bandera negra que
anunciaba la expiración de Jacinto Bruguera. En Gerona, dicen las crónicas, se
acogió el acto con gran tristeza. Hacía cinco años y diez meses que dos niñas
de cinco y seis años fueron asesinadas por este hombre y su compinche. En
ese momento, piensa uno, habrían de ser unas muchachas que trabajarían para
la familia pensando tal vez en algún mozo que las pretendiera.
Es muy posible que este asesino no estuviera en condiciones de convivir
con sus semejantes. Su carácter, la desviación de sus pulsiones criminales, la
maldad que presidió la serie de sus asesinatos, no lo capacitaba más que para
estar apartado de la sociedad quizá en lo que le quedara de vida. Cada uno
juzgará si su ejecución fue la respuesta más válida de la sociedad de su tiempo
a sus crímenes.
El crimen de la pobreza y la envidia
Juan Alonso Orrite 1909
De entre las cientos de noticias que he leído a lo largo del tiempo
referente a las primeras décadas del siglo XX, hay una que recuerdo en
especial por haberme sobrecogido. Apenas ocupaba cuatro breves líneas de un
periódico. Su propia parquedad, la ausencia de comentario alguno, remitía al
hecho de que no fuera algo inusual o extraordinario que mereciera más
explicaciones. Un anciano de un pequeño pueblo había sido encontrado
muerto en un pozo por las mujeres que acudieron hasta él por la mañana. “Se
dice” concluía la noticia, “que murió de hambre”.
Cuando hoy disfrutamos de una pensión de vejez, de prestaciones de
todo tipo que consideramos un derecho de los ciudadanos, nos es difícil
imaginar aquellos tiempos en que los ancianos solo podían sobrevivir a la
pérdida de sus fuerzas gracias a sus hijos, en caso de tenerlos. Aquel de la
noticia carecía de ellos, su mujer había muerto hacía tiempo y se encontraba
solo, impedido probablemente, a merced de la caridad de sus vecinos. Si las
cosas del campo iban mal, por ejemplo con una sequía prolongada, nadie se
acordaría de él, nadie le daría nada cuando las propias familias pasaban casi
tanta hambre como él. Tampoco había seguros agrarios y los campesinos y
labradores dependían del tiempo siquiera para sobrevivir.
Las políticas de protección comenzaron en 1883, con la constitución de
la Comisión de Reformas Sociales constituida durante el gobierno liberal de
José Posada Herrera, aunque fue un grupo de trabajo en realidad, encargado de
estudiar las cuestiones que interesaban a la mejora y bienestar de la clase
obrera.
No fue hasta 1900 cuando, bajo el gobierno conservador presidido por
Francisco Silvela, se creó el primer seguro social en España, con la Ley de
Accidentes de Trabajo.
Hasta los años en que nos hemos situado al comienzo de esta historia, en
1908 concretamente, cuando había un gobierno conservador presidido por
Antonio Maura, no se fundó el Instituto Nacional de Previsión, esbozo del
sistema de seguridad social en España, creando un sistema de jubilación de
carácter voluntario auspiciado por el Estado y que puso de manifiesto el
compromiso público con un sistema de protección de la vejez. En 1919 se creó
el Retiro Obrero, constituyendo el primer sistema de jubilación pública de
España de carácter ya obligatorio y en 1929, nació el Seguro de Maternidad.
Para el protagonista de este caso, Juan Alonso Orrite, todas estas
instituciones llegaron tarde. En todo caso, no le serían de aplicación, puesto
que era un labrador de mediana edad, no había sufrido accidente alguno, y tan
solo podemos hablar de mala suerte y probablemente una mala administración
de sus propiedades.
Porque las tuvo. Él mismo confesó ante el juez instructor, que en otro
tiempo dispuso de tierras y una buena posición en el pequeño pueblo de
Sotodosos (Guadalajara), hoy de apenas cuarenta habitantes. A una serie de
años malos, con una sequía interminable, se le había unido el nacimiento de
hasta cinco hijos que, en el momento de su crimen, tenían desde dos hasta
trece años.
La acuciante necesidad y la falta de medios le habían obligado a vender
poco a poco casi todas sus tierras, particularmente a su vecino Casimiro
Sánchez, un hombre ya mayor pero con unas buenas rentas. Aprovechó su
necesidad para adquirir sus tierras por muy bajo precio. Eso creó un profundo
resentimiento en la pareja formada por Juan Alonso y su mujer, Sabina Orrite.
Esta última, conocida en el pueblo por “su decisión y arrojo”, no parece
haberse ganado precisamente la simpatía de sus convecinos. Debía de ser una
mujer insidiosa y retorcida, que además se desesperaba con la pérdida del
pequeño patrimonio familiar, reprochando a su marido su inacción y falta de
valentía para defender a su familia de las necesidades que iban haciéndose
perentorias con el tiempo. Conocidos eran sus comentarios de que “si tuviese
corazón nos sobraría el dinero sin tener que trabajar”, lo que era de una
ambigüedad inquietante.
El verano anterior al acto criminal, Sabina llegaba al límite de sus
posibilidades, con siete bocas que alimentar, recolectando hierbas en el monte
y tratando de capear un temporal sin fin de desgracias. Fue entonces cuando le
dijo enfurecida a su marido: “Si quieres dinero, ya sabes dónde hay, Casimiro
lo tiene en abundancia. Con entrar en su casa una noche, está todo arreglado”.
Juan Alonso escuchaba y aguantaba, no se decidía a robar a su vecino, si
bien había tenido serios enfrentamientos con él por cuestiones de lindes. Dado
que parte de sus terrenos se los había vendido, no quedó demasiado claro hasta
dónde llegaba la parte vendida y la conservada por Juan Alonso, de manera
que surgieron las discusiones y el encono, acuciado por la necesidad del más
pobre y los comentarios de su mujer a “su falta de hombría”.
La tensión había llegado a tal extremo entre ambos vecinos que los dos
se habían amenazado, uno para llevar a su vecino a presidio, manifestando el
otro su intención de causarle una muerte violenta. Lamentablemente, este
último cumpliría su amenaza en la noche del 23 de febrero de 1907.
Al día siguiente, un vecino que fue a visitar a Casimiro encontró un
cuadro espantoso en su dormitorio, al que llegó extrañado por la falta de
respuesta a su llegada. El dueño de la propiedad yacía en su cama, cosido a
puñaladas. En particular, una de ellas, la más profunda, interesaba el cuello de
manera que tenía casi la cabeza separada del cuerpo. A su lado, su mujer
Pascasia Vigil, estaba también muerta con varias puñaladas. El hecho de que
algunas de ellas interesaran a sus manos daba a entender que el asesino había
matado inicialmente a Casimiro, lo que despertó a su mujer. Al querer
defenderse de la agresión agarró con las manos el cuchillo del asesino que,
finalmente, acabó con su vida.
Todo el dormitorio aparecía enormemente revuelto, lo que al juez
Domingo Maseres, llegado de Cifuentes, le pareció señal inequívoca de que el
robo había sido la causa de los asesinatos. Pasaron los días de pacientes
interrogatorios entre los vecinos, a veces de forma casual por parte de la
Guardia Civil. Finalmente quedó claro que el principal y declarado enemigo
de la víctima era su vecino Juan Alonso Orrite. En los corrillos de la plaza,
todo el mundo daba por seguro que había sido él el asesino, inducido por su
mujer Sabina.
Tras sopesar la posibilidad de algún viajero ocasional como responsable
y habiéndolo descartado, el juez mandó llamar a Juan Alonso, que negó toda
participación en el suceso. Él no sabía nada y lamentaba lo que le había
sucedido a Casimiro. Todo el mundo sabía que la víctima debía tener dinero,
puesto que era un hombre acomodado.
Como era habitual en aquel tiempo y constituía el instrumento por
excelencia de un juez instructor, el interrogado pronto incurrió en
contradicciones. Sin haberse preparado una coartada sólida, dijo primero que
aquella noche había ido al monte a por leña a fin de esquivar al guarda, eso
tenía que reconocerlo. En un momento determinado afirmó que se había ido
pronto a dormir, olvidando su salida a por leña. El juez ordenó dejarlo unos
días en el calabozo, sin comunicación alguna con su mujer, para “ablandarlo”.
Al tiempo, una desabrida Sabina declaraba que su marido no había salido
aquella noche, que si afirmaba que salió a por leña debía estar confundido. El
juez sospechó que trataba de encubrirlo.
Al cabo de los días, volvió a traer a Juan Alonso a su despacho,
mostrándole su contradicción y acuciándolo para que confesara la verdad de lo
sucedido. Finalmente, un debilitado asesino lo contó aparentemente todo.
“A causa de un deslinde de fincas hace tres años que me enemisté
con Casimiro, quien me amenazó diciendo:
- Soy capaz de gastarme la mitad de cuanto tengo por conseguir meterte
en presidio a la primera ocasión que se me presente.
Yo contesté:
- Tan pronto como te vea solo te degollaré.
Desde entonces sólo me dediqué a acechar el momento más propicio
para satisfacer mi venganza.
Llegó la noche del 23 de Febrero, y me decidí a realizar mi deseo.
Salí de mi casa entre doce y una de la madrugada, diciendo a mi
mujer:
- Me voy a cortar palo al monte para aprovechar la oscuridad de la noche
y burlar al guarda; prepárame algo de comer, pues cuando vuelva traeré
seguramente apetito.
Y me fui directo a la cuadra de mi casa| sacando un cuchillo que
tenía escondido en el tejado.
Luego me fui a la calle, donde encontré un arado. Desarmé la reja y
con ella rompí los maderos de la ventana de la casa de Casimiro.
A oscuras crucé e1 portal y así llegué a la alcoba, tentando por las
paredes, hasta que llegué a tocar el pecho de Casimiro.
Entonces comencé a descargar puñaladas cuyo número ignoro, y de
pronto oí a la mujer de Casimiro exclamar:
- ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío!
Sin duda la había alcanzado alguna puñalada. Mi intento era sólo
apuñalar a Casimiro” (El Imparcial, 17.3.1907, p. 2).
Pasaron varios días. El pueblo observaba a Sabina que, sin decir palabra
a nadie, retiró del banco los pocos ahorros que les quedaban. La guardia civil
supo, y así se lo comentó al juez, que todos hablaban de la culpabilidad de la
mujer, que daban por hecha. O era cómplice directa del crimen o era inductora
del mismo. Encubridora como mínimo, dado que afirmaba que su marido no
había salido de casa aquella noche, cuando él mismo confesaba que sí.
Todo ello hizo que en días sucesivos, los interrogatorios de Juan Alonso
se repitieran. Se le puso delante las afirmaciones de su mujer Sabina, que
apuntaban a la idea de cometer un robo que les permitiera salir adelante, se le
presentaron las contradicciones entre ambos esposos sobre si había salido o no
aquella noche, sobre el hecho de que, aún admitiendo que le hubiera dicho a
Sabina que iba a por leña ¿ella no le había pedido explicaciones al verlo volver
sin ella? ¿es que había vuelto a casa sin una mancha de sangre, después de la
saña con que había apuñalado a sus víctimas? ¿se había cambiado de ropa
antes de entrar? Su mujer, encargada de lavarle la ropa ¿no había notado nada?
A esas alturas, Juan Alonso debía de estar abrumado ante el señor juez.
Nos lo podemos imaginar mirando hacia abajo, rebelándose por dentro ante el
hecho de que todo el mundo y él mismo cargasen sobre su persona la
responsabilidad del crimen. Cuando el juez le recordó las palabras de su mujer
señalando la posibilidad de salir de la pobreza, ese comentario público de que
les podía sobrar el dinero sin necesidad de trabajar, Juan Alonso terminó por
afirmar la culpabilidad de Sabina.
Su declaración no cambiaba en esencia el momento del crimen, pero sí
afirmaba que su mujer le había acompañado aquella noche hasta la casa de
Casimiro, quedándose en la puerta, donde estaba encargada de dar tres golpes
si veía venir a alguien. Eso la hacía cómplice del crimen.
Inmediatamente, el juez organizó un careo entre ambos. Los guardias
tuvieron que separar a los cónyuges porque Sabina, enfrentada a las palabras
de su marido, tras recriminarle con aspereza, quiso tirarse hacia él con
intención de arañarlo sin piedad. El juez decretó la prisión también para ella,
que pasaría a ser juzgada como cómplice en el asesinato de Casimiro y su
mujer.
Fueron trasladados a la cárcel de Cifuentes, pero no pudieron
permanecer demasiado tiempo en ella porque por entonces amenazaba ruina.
Finalmente, aguardaron en los calabozos de Guadalajara el juicio que habría
de celebrarse el 28 de febrero del año siguiente.
Pasaron por la sala hasta sesenta testigos, prácticamente todo el pueblo,
escuchándose graves cargos contra ellos, particularmente en lo referente a
Sabina. Con la confesión en la mano, en todo caso, poco podía aducir el
defensor. Condenados a la pena capital, los recursos de casación tardaron en
hacer la condena firme un año más, hasta ser confirmada el 26 de abril de
1909. Para entonces Sabina Orrite había fallecido en prisión, ignoramos por
qué causa.
Como ya comentamos en el prólogo, se sucedieron desde Guadalajara y
Cifuentes una serie de peticiones de indulto. Una revista provincial
mencionaba a los hijos que ya habían perdido a su madre:
“Ese desgraciado ser, en un momento de ofuscación y cegado por la
avaricia, cometió dos horribles asesinatos; ese hombre próximo a
subir al patíbulo es padre de cinco inocentes criaturas, cuatro de las
cuales están acogidas en esta Casa de Expósitos, y la mayor, una
preciosa niña que enfermó hace tiempo, encuéntrase en el Hospital
civil cuidadosamente asistida por las piadosas Hermanas de San
Vicente… Es la niña de referencia tan sumisa, tan buena, tan
angelical, que todos en aquel benéfico establecimiento sienten por
ella verdadera simpatía” (Flores y Abejas, 1.5.1909).
Y mencionando al reo, añade:
“Olvidemos su delito y compadezcamos al que está próximo a morir,
y evitemos un día de luto para esta pacífica ciudad, donde hace
bastantes lustros que no se registraba acontecimiento semejante”
(Idem).
Las peticiones de esta índole fueron inútiles. Tal vez alguno de los
vecinos más ilustrados de la región recordaran aquel argumento que rondaba
en contra de la pena de muerte: Ésta se aplicaba con más facilidad a los pobres
que a los ricos, no en vano los primeros carecían de recursos para disponer de
una adecuada defensa en el juicio.
El día 4 de mayo de 1909 se leyó a Juan Alonso Orrite su sentencia que
escuchó, al decir de los diarios, “con pasmosa tranquilidad”. Tras firmar la
notificación judicial fue trasladado a la capilla de la cárcel hasta la ejecución,
que tendría lugar en el patio a las nueve de la mañana del día siguiente. Lejos
ya de la vista del público, el verdugo llegado desde Madrid realizó su penosa
tarea a la hora establecida.
“A las nueve de la mañana se ha cumplido el terrible fallo de la
justicia. El reo Juan Alonso ha subido tranquilo al patíbulo.
Durante la ejecución, todo el comercio ha cerrado las puertas” (El
Liberal, 6.5.1909, p. 2).
Junto a esta noticia se exponía al público lector otra sobre los Juegos
Florales celebrados en Sevilla.
“En este momento se celebran los Juegos Florales, organizados por
el Ateneo… El teatro está adornado con mucho gusto por el artista
Sr. González Santos. La balaustrada de las plateas se halla cubierta
de claveles rojos y amarillos, y de los palcos, produciendo un efecto
admirable, penden colgaduras de rosas, gardenias y claveles con los
nombres de varios sevillanos ilustres” (Idem).
Notable debía ser el contraste, que nadie tuvo en cuenta, entre un patio
apenas iluminado por el sol de la mañana, un banquillo en el que debía
sentarse el reo, el verdugo esperando su llegada, y este derroche de flores y
guirnaldas con claveles rojos y amarillos, los colores de la enseña nacional.
Una parva de trigo
Felipe Pasamar Royo 1915
El 16 de enero de 1897 Felipe Pasamar Royo tenía diecisiete años y no
sabía que era un joven destinado a tener mala suerte, además de vivir en un
entorno social propicio a la ignorancia y la credulidad. Se encontraba
entonces, con varios miembros de la familia, en una choza de la partida de
Vallejos de Azar, municipio de Torrijo de la Cañada (Zaragoza), habiéndose
acostado dispuesto a dormir. El día de trabajo había sido fatigoso.
Su hermano pequeño, Martín Pasamar, de tan solo seis años, ya era muy
espabilado. Se acercó a su primo, el joven Raimundo Royo, y le cuchicheó que
él sabía dónde había una pistola. Este se interesó de inmediato y por ello
siguió al pequeño para comprobar que era cierto, su tío guardaba una pistola
bajo un hato de ropa.
Al tomarla y sin ser gran entendedor, se dio cuenta de que estaba
cargada por lo que, prudentemente, se aprestó a descargar las balas que
contenía con tan mala suerte que, accionando con torpeza el arma en medio de
la oscuridad, ésta se disparó alcanzando al pequeño Martín y causándole
lesiones que tardarían en curar 23 días, como se dijo en el juicio subsiguiente.
Este juicio no lo fue por este accidente, sino por el hecho de que Felipe
Pasamar se despertó por completo al escuchar la detonación y, considerando
que su hermano pequeño había sido agredido, acometió al primo Raimundo
Royo con un cuchillo causándole a su vez otras lesiones, de las que tardaría en
recuperarse 25 días “sanando sin impedimento ni deformidad”, como
aseguraba la sentencia del juicio por faltas, que castigó al precipitado joven
con 125 pesetas de multa.
Este acto tan nimio en realidad, este malentendido, supondría que Felipe
Pasamar sería condenado a la pena de muerte 16 años después.
Evidentemente, lo sería por un crimen posterior y no pequeño, pero sí tendrían
los jueces que recordar que era reincidente y, por ello, la cadena perpetua, que
sería la condena más obvia, habría de escalar un peldaño más, hasta la muerte
ante el garrote.
“¡Que absurdo! ¡Qué monstruosidad! Y a pesar de todo, es cierto. El
delito de homicidio lo juzga un Jurado; el de lesiones, los
magistrados. Si esos hechos que produjeron las lesiones hubieran
producido la muerte, el Jurado hubiera absuelto al acusado, por
estimar que había obrado en defensa de su hermano…
Si Felipe Pasamar hubiera matado a Raimundo Royo, hubiera sido
absuelto, no sería reincidente y no se le habría podido condenar
después a la pena de muerte. Felipe Pasamar va a ser ejecutado, no
por lo que ha hecho,…, que por eso no se le privaría de la vida, sino
por lo que ha dejado de hacer: por no haber matado hace algunos
años a Raimundo Royo” (La Correspondencia de España, 17.9.1915,
p. 4).
El argumento era, sin duda, retorcido, pero resultaba ser un caso
excepcional donde se manifestaban las contradicciones de la ley,
particularmente, el hecho de que los antecedentes no prescribieran en ningún
momento de la vida. Así, un hecho como el descrito, una acción equivocada
cometida a los 17 años servía de decisivo agravante a la cometida 16 años
después, cuando Felipe había cumplido los 33 años.
Los hechos tan graves que tuvieron lugar el 7 de agosto de 1913,
sucedieron en la localidad donde vivía toda la familia, Calcena (Zaragoza),
cuando Felipe Pasamar volvió de Castilla tras varias semanas segando la
cosecha de otros. Porque era jornalero y debía andar errante en esas fechas, a
merced de los contratos que surgían para trabajar en las amplias mesetas de
cereal de Castilla la Vieja.
Su padre era algo mayor y, tras morir su mujer, se había vuelto a casar
con la hermana de la misma, su antigua cuñada Francisca Royo. Igual que el
padre Vicente Pasamar aportaba dos hijos ya crecidos (Felipe y Martín),
Francisca había hecho lo propio con un matrimonio anterior, del que había
enviudado, por medio de su hija Juana Lapuente, de 21 años por entonces,
casada y con hijos.
Las tierras de los Pasamar eran escasas, el dinero siempre faltaba, y se
veían obligados todos ellos a vivir cerca trabajando en las mismas tierras.
Felipe Pasamar y su mujer Felisa Neila, además de sus tres hijos pequeños, lo
hacían en una choza propia, humilde, pero que les garantizaba cierta
independencia. La falta de entendimiento era continua con el resto de la
familia y tenía que ver con el carácter de las mujeres.
En esas circunstancias Felisa y su nueva suegra Francisca Royo se
llevaban particularmente mal. Las tareas más propiamente femeninas por
entonces, como lavar la ropa, suponían un choque continuo de voluntades,
máxime desde que la segunda había adquirido un status más importante tras el
matrimonio con Vicente Pasamar. De ser una cuñada viuda a la que se acogía
en casa con un cierto punto de caridad, Francisca, que debía ser mujer enérgica
e impositiva, había pasado a casarse con su cuñado viudo y, por consiguiente,
a ejercer como señora principal en la familia. Felisa, resabiada, había tenido
que aceptarlo a regañadientes, pero la espoleta de aquella bomba podía estallar
en cualquier momento.
Ya dijimos que Felipe era un hombre con mala suerte. Una noche, uno
de sus hijos enfermó gravemente en cuestión de horas, pasando a mejor vida.
Era una desgracia usual entonces, máxime en un hogar tan humilde y falto de
higiene y recursos. Ningún médico les atendió y así vieron con impotencia
como otra de sus hijas, días después, enfermaba y moría. Pero esta desgracia
no parecía normal a sus ojos, a pesar de que las muertes infantiles eran algo
consabido, ya que ninguno más de los hermanitos enfermó, así como tampoco
otros niños a su alrededor. No era una plaga como, por desgracia, la que
cercenaba tantas vidas infantiles. No era un foco de infección, sea por el aire o
a través del agua, que afectara a toda una población.
A Felisa se le metió en la cabeza que la doble desgracia era la acción de
un “mal de ojo”, una maldición que alguna bruja había echado sobre ellos. Se
obsesionó con el tema y hablaba y hablaba con su marido, que bastante tenía
con afrontar la desgracia y seguir con su trabajo habitual. Felisa entonces
imaginó quién era la bruja, aquella que había echado su maleficio sobre ellos:
indudablemente, la mujer que la odiaba en el seno de la familia: Francisca
Royo.
Felipe la contradecía, decía que no podía llegar a desearles tanto mal,
pero dudaba. Su mujer lloraba, pensaba que tenían que hacer algún conjuro
para anular el mal de ojo recibido, hasta que un día, desesperada, le exigió ir a
ver a una conocida adivinadora y curandera del lugar: Isabel Torno. Así que
allá fueron. Como declararían en el juicio el médico, el cura y el juez de
Calcena, esta adivinadora era bien conocida en el pueblo por asegurar la
existencia de un mal de ojo de unos vecinos contra otros. De manera que,
cuando llegaron a su consulta una crédula y enrabietada Felisa y un resignado
Felipe, al escuchar las sospechas de la primera respecto a su suegra Francisca
Royo, no tuvo dudas y se lo confirmó con seguridad.
La forma de remediarlo y de que no volviesen a tener una desgracia
semejante era relativamente fácil: no tenían más que regar sus habitaciones
con un líquido que ella misma les proporcionaría por un módico precio, al
tiempo que invocaban a Jesús y María. Cuando la curandera declaró todo esto
en la Audiencia provincial de Zaragoza, el público rio. Pero este lo formaban
ciudadanos con educación y conocimientos, gente formada en la capital.
Felipe Pasamar, que asistía contrito al transcurrir del proceso, no debía
entender las risas. Tampoco Felisa, que se reafirmaría tal vez en que la gente
de la ciudad no comprendía a los que vivían en el pueblo, como ellos.
De manera que, dentro de este contexto emocional en la familia, Felipe
Pasamar se fue aquel mes de julio a segar durante un mes a tierras castellanas.
El trabajo no era inusual. Como tantos jornaleros que vagaban por los caminos
bajando desde los montes norteños, desde tierras aragonesas e incluso
portuguesas, todos desembocaban en los campos de cereal castellano para
vivir un tiempo en condiciones muy precarias, trabajando de sol a sol en la
siega, un trabajo duro que les permitiría vivir durante bastantes meses.
Volvió ese mismo día 7 de agosto de 1913, cansado, sudoroso, deseando
refrescarse y descansar en casa con su familia. Sin embargo, no sería esto lo
que encontrase. Felisa estaba histérica, indignada, acusadora. Le dijo que
había llevado hasta la era familiar una parva de cereal, una cantidad de trigo
segado que les correspondía del campo familiar. Su objetivo era extenderlo
sobre la era para ser trillado. Su suegro Vicente Pasamar lo había dispuesto,
sin mediar palabra, en un rincón de la era donde peor habría de airearse, y
cuando ella protestó le contestó desabridamente. Bajo la mirada satisfecha de
su suegra, Francisca se vio obligada a volver a casa mascullando su rabia y
esperando que su marido volviera a casa para que pusiera a su padre en su
sitio.
De manera que la parva de trigo, algo tan nimio, resultaría la espoleta de
aquella bomba que estaba próxima a estallar desde hacía bastante tiempo. Y no
sería una pelea de mujeres la que tuviera lugar sino otra más peligrosa: la del
hijo con su padre.
Felipe Pasamar, sin refrescarse de aquel sol de justicia del agosto
aragonés, sin el descanso y la acogida que había deseado, llegó a la era y pidió
explicaciones a su padre. Este le contestó que aquello era suyo y allí nadie le
daba órdenes de cómo había que disponer la trilla. A las palabras gruesas le
siguieron actitudes de desprecio, agresivas después. Nadie sabe qué sucedió en
aquellos terribles minutos, salvo por lo que declaró un Felipe que, en ese
momento, estaba ciego de ira.
De las palabras pasaron a los hechos, empujándose y riñendo hasta que
el hijo sacó su navaja e infirió una puñalada en el pecho de su padre, que cayó
redondo al suelo. Cogiendo el bastón que su mismo padre tenía junto a él,
Felipe lo tomó para rematarlo, hecho que fue impedido por una enfurecida
Francisca, que debió agarrarlo. Sin control alguno de la situación, el agresor
sacó una pistola que portaba y le descerrajó dos tiros.
Ante un cuadro tan espantoso, Juana Lapuente, su hija, se puso a gritar y
lo hizo hasta que Felipe, que había perdido el norte, la acalló a palos sobre su
cabeza, hasta causar tales heridas que le causarían la muerte de inmediato.
Los gritos fueron escuchados fuera de la era por un matrimonio que
trabajaba en las inmediaciones: Santos Ibáñez y su mujer, que acudieron para
detenerse espantados. En el suelo, gimiendo, yacía Vicente Pasamar, mientras
a su lado, una exánime Francisca aparecía bañada en sangre y, poco más allá,
su hija Juana estaba desplomada en medio de otro charco de sangre y sesos,
con la cabeza destrozada. “¡Si no queréis que os pase lo mismo, iros!”, les
espetó Felipe, con la ropa ensangrentada y enarbolando el bastón con el que
había matado a su última víctima.
Despavoridos, el matrimonio Ibáñez corrió hasta el pueblo cercano para
dirigirse a voces al juez municipal, denunciando la situación. Habiendo salido
todos los vecinos, la noticia cundió entre ellos como un incendio, de manera
que, encabezados por el juez, se dirigieron a la era un grupo de hombres. Allí
encontraron aún, excitado y nervioso, sin saber qué hacer, a Felipe Pasamar,
tal vez empezando a darse cuenta de la magnitud de la tragedia que había
provocado.
Fue fácil reducirlo y conducirlo hasta la cárcel del pueblo, mientras era
zarandeado y el juez se multiplicaba a voces para pedir calma y prometer que
sería juzgado por su bárbaro crimen. A la tarde, cuando la noticia se extendió
por todo el pueblo, una multitud enfurecida se reunió en la plaza para
demandar que se le entregara al preso y pudieran administrarle la misma
justicia que él había empleado con las víctimas. Varios números de la Guardia
Civil, que se encontraban por entonces custodiando la cárcel, se las vieron y
desearon para contenerlos.
Esos son los terribles hechos que alcanzaron la prensa nacional, siquiera
como una breve noticia. En Aragón los periodistas de la capital recordaron
otro suceso que había tenido como protagonistas a otros miembros de la
familia Pasamar. En concreto, el llamado “Crimen de los Carboneros”,
sucedido el 19 de enero de 1905 en un monte aledaño a la localidad
zaragozana de Cetina.
En ese lugar se localizaban una serie de chozas de carboneros, bastante
diseminadas al objeto de que cada una se dedicara a una zona propia del monte
para obtener el carbón que constituía su sustento. En una de ellas vivía
Federico Pasamar, de 45 años, con su mujer y sus tres hijos de once, cinco y
un año. Cerca de ellos se encontraba la choza donde vivía su hermana, Isidora
Pasamar. Algo más lejos, una tercera habitada por los hijos de Bruno Horno.
La relación entre los Pasamar y los Horno no era la mejor. Federico
había matado tiempo antes a su amigo Bruno Horno por una discusión en la
que el Jurado apreció defensa propia, por lo que exculpó a Federico de dicha
muerte. Según declaró precisamente uno de los hijos de la víctima, había
acudido a la choza de Federico Pasamar por no se sabe qué causa y la encontró
hundida e incendiada. Inmediatamente, avisó a Isidora de lo sucedido
pensando, según afirmó ante el juez, que la familia había salido y el lugar se
encontraba solo.
En realidad, dentro estaba toda la familia Pasamar: el padre junto a la
puerta, la mujer un poco más allá y al fondo de la choza, como intentando huir
de lo que se les venía encima, los tres hijos. Entre todos, contaron los médicos,
sumaban cien puñaladas. Había sido una venganza salvaje de la que resultarían
culpables y condenados a la pena de muerte varios miembros de la familia
Horno. No obstante, se recordó, todos habían obtenido el indulto y purgaban
su culpa lejos y, en principio, para el resto de sus vidas. Los periodistas de
Zaragoza dieron por segura la condena de Felipe Pasamar ocho años después
pero le pasaría, en el peor de los casos, lo que a los Horno, los rivales y
asesinos de sus familiares, que obtendría el indulto para ser trasladado al penal
de Ceuta o cualquier otro presidio.
El 4 de junio de 1914 tuvo lugar el juicio de Felipe, como hemos dicho,
en la Audiencia de Zaragoza. Un caso tan excepcional causaba la natural
expectación, por lo que el público abarrotaba la sala, llegando al máximo
cuando le tocó dar su testimonio a la adivinadora del pueblo cercano. Escuchar
su defensa del “mal de ojo” recibido por el matrimonio causó la misma
consternación que causaba por entonces el crimen de Gádor, donde la creencia
era que las entrañas de un niño (las mantecas, como se decía entonces),
aplicadas al pecho de un tuberculoso, lo sanaban. Pero el mal, como llegaría a
señalar algún periódico, era generalizado, la credulidad de los pueblos, grande.
“Recuerdo también que una autoridad…, hizo declaraciones en el
sentido de que no creía en la existencia de tales ‘brujas’,
adivinadoras y curanderos.
Quien tal dijo no conocía la vida de los pequeños pueblos. Apenas
hay uno que no cuente con su ‘bruja’, y es tal la candidez e
ignorancia de las gentes por la bruja explotadas, que se han dado
casos de amotinarse un vecindario para defender a su curandera
cuando alguien intentaba cortar la raíz del mal” (Diario de Valencia,
1.10.1915, p. 1).
La defensa de Felipe Pasamar, ante un crimen tan evidente, solo podía
buscar atenuantes, antes que eximentes, porque todo el mundo tenía claro que
loco no estaba, si bien el crimen podría haber sido realizado en un arrebato
momentáneo de locura. El defensor habló del procesado como una persona
ignorante, aferrado a creencias como la brujería, cometiendo un crimen sin
darse cuenta de la enormidad de lo que estaba haciendo. La posible atenuante
de realizar el crimen en un momento de “miedo insuperable” parecía algo
traído por los pelos y no convenció al Jurado.
El fiscal, por su parte, reiteró su petición de una pena de muerte por el
parricidio (dada la agravante de familiaridad en primer grado) y de 17 años de
prisión por cada uno de los dos homicidios restantes. Recordó, y eso sería
decisivo, que el sujeto era reincidente, tras haber causado lesiones a un primo
años atrás. A cambio, retiró la acusación de inductora que recaía en principio
sobre la mujer, Felisa Neila.
El Jurado estuvo de acuerdo con su apreciación en todos sus extremos,
recomendando incluso la pena capital en su caso, algo que el presidente del
Tribunal aceptó en su sentencia. Como se comentó ampliamente entre el
público, las dos mujeres (su esposa y la adivinadora) que lo habían empujado
al crimen salían libres, mientras que sobre él recaía la sombra del garrote.
“Hace varios meses, un distinguidísimo penalista, el catedrático de
esta Universidad [de Zaragoza] D. Inocencio Jiménez, ante quien me
lamentaba de la triste suerte de mi defendido, me decía: ‘Confíe
usted en el indulto. Tiene, necesariamente, que concederse, no solo
porque en la causa hay méritos sobrados para aconsejarlo, sino
porque se trata de un hombre de responsabilidad, cuando menos,
limitada.
El indulto no ha llegado y, por lo visto, para conseguirlo precisa una
acción colectiva y enérgica cerca de los Poderes públicos; pero
rápida e inmediata, porque la hora de la ejecución se aproxima” (La
Correspondencia de España, 17.9.1915, p. 4).
El editorial era obra de Juan Marcos Elorriaga, importante periodista
aragonés de la época, director del Ideal y además letrado, conforme a lo cual
había defendido a Felipe Pasamar en el juicio más de un año atrás. Para
entonces, se habían cumplido los trámites procesales habituales (recurso de
casación ante el Tribunal Supremo aduciendo quebrantamiento de forma
durante el juicio, y confirmación de la sentencia por este organismo), de
manera que la ejecución era inminente, de hecho tendría lugar cuatro días
después de este desesperado llamamiento a la acción popular.
A esas alturas, tanto el Ayuntamiento de Zaragoza como la Cámara de
Comercio habían pedido el indulto ante el ministro de Gracia y Justicia
Manuel de Burgos. Se supo que asimismo la Junta del Colegio de Abogados
había dirigido un telegrama a dicho ministro, en los siguientes términos:
“Ha sido condenado Pasamar a la última pena por haberse apreciado
la agravante de reincidencia como consecuencia de unas lesiones
leves que infirió a otro sujeto hace dieciocho años, cuando Pasamar
tenía diecisiete: sin esa circunstancia y a pesar de la enormidad del
delito, no habría sido condenado más que a cadena perpetua. El
Colegio de Abogados entiende que esta consideración es digna de ser
tenida en cuenta para aconsejar el indulto” (El Liberal, 19.9.1915, p.
2).
Desde el punto jurídico, ya lo hemos comentado, se veía
desproporcionado aplicar una reincidencia tan lejana y de tan poco valor como
delito. Se comentaba la juventud del reo en el momento de aquella lejana
agresión pero, sobre todo, se resaltaba el hecho de que el Código Penal en
vigor no contemplaba la prescripción de los antecedentes. Era lógico que a
alguien como Jacinto Bruguera, del que hemos hablado en el capítulo anterior,
se le aplicara la agravante de reincidencia dado que su terrible delito se repetía
en breve intervalo de tiempo, pero después de 16 años, un suceso de tan escasa
gravedad ¿podía determinar la vida o la muerte de Felipe Pasamar?
Para solicitar la clemencia del gobierno, algunos diarios nacionales
sostenían la locura momentánea del asesino con argumentos algo ingenuos:
“¿Qué hombre puede poner las manos homicidas sobre su padre
anciano, sin antes haber enloquecido de una locura duradera o fugaz
como un relámpago?
Nadie, nadie. No se concibe que un hombre, en estado normal, haga
armas contra aquel que le dio la vida y se ensañe con su cadáver.
Por decoro de la especie hay que proclamar que monstruosidades de
esta jaez solo puede cometerlas un perturbado, un enfermo del
cerebro, un loco, cuya locura no está aún catalogada en los cuadros
de los alienistas más sagaces” (Diario de Reus, 18.9.1915, p. 1).
Esta forma de pensar parte de la idea de que cualquier criminal asesina
en un momento de locura, si es que no está loco de forma permanente. Es
indudable que solo se puede calificar de ingenua a esta interpretación de los
hechos. No obstante, resulta algo extraño desde nuestra perspectiva actual que
la correcta defensa de Felipe Pasamar no añadiese una importante atenuante
como era la de “arrebato y obcecación”, manejada en muchos tribunales y
responsable de no pocos descensos en las penas recibidas. Tal vez se hiciera y
no lo recogieron las crónicas, cabe pensar.
Para entonces, la ejecución era casi cuestión de horas. Se supo que
incluso su majestad el rey Alfonso XIII, en su reunión semanal con Eduardo
Dato, presidente del Consejo de ministros, le había pedido que considerara la
posibilidad del indulto en el caso del reo de Calcena. A la entrada del Consejo
que no habría de tratar ese indulto, requerido por los reporteros, Dato confirmó
la petición del rey “dado su buen corazón”, pero que él le había explicado los
motivos de su negativa.
Sobre esos motivos solo podemos conocer algo más gracias al telegrama
que le dirigió el arzobispo de la capital aragonesa junto a la petición del propio
gobernador de Zaragoza. Dato se limitaba a decir que lamentaba que el
Gobierno tuviera que resistir los deseos del monarca “que como siempre,
quiere ser clemente”, fundando “la resistencia a aconsejar la gracia en la
enormidad del delito”.
De nada sirvieron tantas peticiones recibidas, incluso la manifestación
popular celebrada en Zaragoza cuando el reo ya había entrado en capilla. La
presidían varios diputados en Cortes, concejales del Ayuntamiento, el mismo
gobernador informó al gobierno de esta petición unánime de clemencia.
Eduardo Dato, el presidente del gobierno conservador, no se conmovió. Tres
meses después su mandato terminaría siendo sucedido por el liberal Álvaro de
Figueroa. Entonces el indulto se hubiera concedido sin dudarlo, pero en aquel
tiempo Dato, tras dos años al frente del Consejo, se consideraba lo
suficientemente fuerte como para sostener su necesidad de rigor y justicia
inclemente ante el rey. Resulta una ironía que seis años después, cuando volvía
a ejercer la presidencia, fuera asesinado por anarquistas catalanes que, con el
paso del tiempo, llegarían a ser indultados del magnicidio.
Felipe Pasamar fue ejecutado el día 21 de septiembre de 1915 en el patio
de la prisión zaragozana. La noche anterior había recibido la visita del
presidente de la Audiencia que le había condenado, así como la del arzobispo
que había pedido clemencia para él. A las nueve, fueron su mujer y sus tres
hijos los que acudieron a despedirse entre lágrimas del reo, que intentaba
superar los nervios como podía. Dictó testamento y ante el director de la
prisión, solicitó que la prensa no recogiera sus últimos momentos. Así se hizo
y nosotros respetaremos esa petición sin imaginar nada más. Tan sólo
podemos saber que, al ser izada la bandera negra preceptiva, su mujer sufrió
un síncope que la condujo al hospital. Incapaz, además, de hacerse cargo de
sus hijos, las autoridades determinaron que sus tres hijos fueran internados en
el Hospicio de Huérfanos sin mediar los informes habituales.
El mismo día de su ejecución un periódico madrileño se hacía eco en
una columna de todo lo que sucedía con el reo de Calcena, señalando quizá el
aspecto más importante que se revelaba con su crimen:
“El crimen de Felipe Pasamar es, en efecto, repugnante y odioso;
pero necesario es convenir en que, más que perversidad criminal,
revela el grado de incultura y de barbarie en que vive la gente de
algunos pueblos españoles.
El fanatismo, las supersticiones absurdas y las tendencias brutales de
venganza insaciable, tienen una expresión real en los hechos
ejecutados por Felipe Pasamar; mas la responsabilidad de este
hombre estaba condicionada por el ambiente en que había
desarrollado su vida.
Los gobernantes no deben olvidar que si la misión de la Justicia es
exigir a cada ciudadano el cumplimiento de su deber, existe para
ellos también el altísimo deber de educar a los ciudadanos para el
mejor cumplimiento de sus fines sociales, porque, como ha dicho
Lacassaigne, «cada sociedad tiene los criminales que merece” (El
Imparcial, 21.9.1915, p. 2).
Había diarios republicanos y anticlericales, como este catalán, que
llegaban aún más allá, empleando términos contundentes:
“A Felipe Pasamar se le ha dado garrote. Pero a quien se le tenía que
haber dado es al ministro de Instrucción Pública y al Presidente del
Consejo y a todos los que le precedieron en el cargo y lo han ejercido
desde que Pasamar nació. Son ellos los responsables de ese crimen.
Son ellos los culpables. Ellos, los que están obligados a alumbrar las
inteligencias de esos desgraciados, y no las alumbran. Hablando del
crimen de Gádor, en un mitin, decía Valentí y Camp: ‘Toda España
es Gádor. En toda España se cree en el mal de ojo y en que la
tuberculosis se cura aplicándose al pecho unas mantecas de niño
recién degollado’. Sí, sí, toda España es Gádor. Toda España es
Calcena” (La Campana de Gracia, 9.10.1915, p. 2).
Matar a quien te ayuda
Bonifacio García Martínez 1909
Nueve meses después del crimen de Juan Alonso Orrite tuvo lugar otro
en el pueblo navarro de Oteiza, a diez kilómetros de Estella. Muestra notables
parecidos en su ejecución al que tuvo lugar en Guadalajara.
En este caso el protagonista era un sujeto de 26 años, Bonifacio García.
Disfrutaba de mala fama en este pueblo que sobrepasaba apenas los mil
habitantes. Era dulero de la población, un oficio consistente en ejercer de
pastor cuidando las cabezas de ganado de sus vecinos llevándolas a la dula,
terreno comunal donde pacían los rebaños de unos y otros. Por este oficio
recibía nueve reales.
No se le conocía otra ocupación aparte de esta, salvo la de presentarse en
medio de los caminos, preferentemente al oscurecer, intimidando a los viajeros
con aire fanfarrón y agresivo, hasta conseguir que estos, “voluntariamente”,
colaborasen a la manutención de su familia con algunas monedas. Por ello,
todos los vecinos habrían de señalarlo desde el principio de los hechos, hasta
el punto de que, poco después de una hora tras la llegada al pueblo de la
Guardia civil, fue detenido en su casa.
Vivía con su mujer, su suegra y dos cuñados de veinte y doce años,
además de dos hijos pequeños. Ninguno de ellos, salvo él como dulero,
parecía ejercer un trabajo regular, viviendo a salto de mata de cualquier
encargo que recibiesen. Preguntado durante el juicio si en la fecha del crimen,
18 de noviembre de 1907, le quedaba algo de los nueve reales recibidos del
pueblo aquel año, Bonifacio confesó que no.
De manera que recurría a los préstamos, sea bancarios o de particulares,
además de pedir fiado en la tienda de Petra Iguzquiza, una vecina que habitaba
en el piso superior de su local, con su marido Santiago Arandigoyen, ambos de
64 años.
Conociendo sus antecedentes y la fama que lo precedía, resulta algo
sorprendente que la Caja Rural le otorgase aquel año dos préstamos, uno de
ellos por 40 pesetas, otro por 35. A su vez, su mujer obtuvo por el mismo
medio un préstamo de 80 pesetas y su suegra, de su vecina Petra, hasta 22
duros en efectivo, además de lo que les fiaban en productos de la tienda. No
podían quejarse de la generosidad de unos y otros, a pesar de la fama que
precedía a Bonifacio de “hombre díscolo, pendenciero y de conducta más bien
mala”.
En este caso, no parece haber sido una familia venida a menos ni
tampoco el futuro criminal contaba con una mujer que lo indujera al delito, él
mismo parecía capaz de cometerlo sin influencia ajena.
Según manifestaría durante el juicio, en la tarde del 17 de noviembre
había bebido bastante: primero en una caseta de peón caminero, luego en la
taberna del pueblo con unos amigos. Por todo ello, afirmó, después de cenar
estaba embriagado y, para despejarse, salió a dar una vuelta sentándose en el
bordillo de la puerta de la tienda vecina. Al tratar de apoyar la espalda en ella,
la puerta cedió porque, como era costumbre en el lugar, no se cerraba ni de día
ni de noche. Eso le sugirió “casualmente” la idea de perpetrar un robo.
Los hechos lo desmintieron a través de las declaraciones de los testigos:
el tabernero afirmó que se fue del establecimiento habiendo bebido,
ciertamente, pero no más que de habitual y sin llegar a estar mareado en modo
alguno. Por si faltaba poco, su familia, que no lo defendió ni encubrió nunca,
dijo que tras la cena salió en perfectas condiciones. No había tal grado de
embriaguez que no le permitiera distinguir lo adecuado de su comportamiento
posterior. Que tuviera la intención de robar a Santiago y Petra parecía
evidente. Él sabía que, como todos los vecinos, la vivienda de estos no se
cerraba en ningún momento y podría entrar libremente aquella noche.
De manera que entró. Pudo apoderarse de provisiones que tenían en el
local situado en la planta baja pero su objetivo era mayor, de manera que subió
las escaleras lentamente, suponiendo por el silencio que el matrimonio dormía
a aquellas horas.
Al encontrar encendida la luz de la cocina, la apagó para actuar a
oscuras. Ciertamente, consiguió que los ancianos no lo distinguieran bien,
pero también se privó de unos pasos más prudentes en una casa que no le era
conocida. Para entonces, ya había observado que tenían un baúl a los pies de la
cama y, casi a tientas (alguna luz se filtraba del exterior), se dirigió a él para
abrirlo despacio.
Es muy posible que su objetivo fundamental fuera el robo. Así lo declaró
en el juicio, no tuvo en ningún momento intención de que el asalto fuera a
mayores ni tenía nada en contra de los propietarios de la casa que, a fin de
cuentas, los habían socorrido más de una vez. Pero quiso la desgracia que
abriera la tapa del baúl y, al extraer de él un delantal de Petra donde solía
guardar los dineros cuando atendía en la tienda, la tapa se le escurriera de
entre las manos produciendo un golpe seco y bien audible que despertó a la
anciana. Al tiempo, en el intento de detener la caída de la tapa, Bonifacio dejó
caer al suelo tintineando, varias monedas que se encontraban en el bolsillo del
delantal.
Petra, al ver aquella sombra a los pies de la cama, se abalanzó hacia él
produciéndose un forcejeo. El ladrón, que en principio no pretendía causar
daño, sacó un cuchillo y le dio varias puñaladas, la primera en el vientre.
Ante el movimiento, Santiago, que era bastante sordo y no había
escuchado nada, despertó también y vio a los dos luchando, incorporándose
inmediatamente para enfrentarse a aquel ladrón inesperado. Éste reaccionó a
su llegada con hasta diez puñaladas, algunas de ellas en el tórax, que
terminarían inmediatamente con su vida.
Todo había salido mal, pensó asustado Bonifacio. En el suelo estaba
Petra, retorciéndose de dolor, y poco más allá, su marido Santiago, exánime,
muerto casi al instante. El asesino huyó llevando aún el delantal en la mano y
sin fijarse en que éste ya no contenía moneda alguna.
Mientras Bonifacio se escabullía en dirección a su casa, algunos vecinos
escucharon los ayes de Petra y acudieron al lugar, para encontrar el dantesco
cuadro que es posible imaginar. Uno de ellos marchó inmediatamente a avisar
al juez municipal y al alcalde, que se personaron de inmediato haciéndose
cargo, aunque asustados por un suceso semejante. Lo primero que hicieron fue
socorrer a la mujer mandando a un vecino que marchara con rapidez hasta
Estella avisando a su vez al puesto de la Guardia Civil.
Ángel Martínez, sargento comandante, mandó llamar a tres guardias
para que lo acompañaran hasta Oteiza, donde llegaron a las dos y media de la
madrugada. Para entonces, las autoridades locales habían intentado obtener
alguna información de la infortunada Petra, cuyo estado parecía muy grave y
podría expirar en cualquier momento. La anciana era incapaz de identificar al
agresor, aunque tanto el juez como el alcalde señalaron de inmediato a
Bonifacio como el posible responsable de la agresión, dada su mala fama en el
pueblo, que no compartía con nadie más. En otras palabras, un robo y dos
posibles crímenes solo podían imaginarse cometidos por él.
De manera que a las cuatro de la mañana, el sargento y los guardias
llamaron a la puerta de la casa de Bonifacio García. Éste aparentaba dormir,
pero lo conminaron a que se vistiera inmediatamente y los acompañara. Se
fijaron entonces en que no se ponía la ropa de diario, más usada, sino otra bien
limpia y planchada que debía reservarse a los domingos y festivos. También se
llevaron, aunque quedaría en libertad al día siguiente, a Hilario Zabala, su
cuñado de veinte años. La familia permanecía en silencio, contemplando lo
que estaba sucediendo y sin que ni la mujer ni la suegra intercedieran por él.
A las diez de la mañana llegó al pueblo Isidoro Palomo, juez de
instrucción. Tras contemplar la escena del crimen y escuchar la información
que le daba el sargento, mandó que se registrara toda la casa de Bonifacio para
encontrar algunas pistas que confirmaran su doble acción criminal.
Los guardias encontraron una completa colaboración por parte de la
familia. Según afirmó su mujer, el marido había llegado muy agitado aquella
noche obligándolos a ocultar su ropa ensangrentada en la caseta del peón
caminero, a media hora de distancia del pueblo. Por si faltaba poco, la suegra
manifestó que su yerno les dijo que había matado a los viejos. Para entonces,
la autoría del crimen quedaba clara porque el mismo Bonifacio había
confesado asimismo que el delantal de Petra, también con manchas de sangre,
estaba oculto en el pajar.
Tras realizar estas decisivas gestiones a lo largo de la mañana, el juez
tuvo el detalle de acercarse a la escuela, que formaba parte del mismo
Ayuntamiento donde realizó sus gestiones e interrogatorios preliminares. Allí
agradeció al maestro el silencio que los niños, sin duda impresionados por el
trasiego de guardias y las voces que se escuchaban de vez en cuando,
mantuvieron durante toda la mañana. La escena era peculiar en el registro de
un crimen: el juez dirigiéndose a los niños para exhortarles a que obedeciesen
a sus padres, a fin de no seguir el camino de un sujeto como su vecino
Bonifacio García, autor del crimen. La impresión en los niños debió ser
imborrable.
Nos trasladamos entonces unos meses después, al 12 de abril de 1908. El
acusado se enfrentaba a una dura petición de la pena capital por parte del fiscal
Andrés Pérez, en el juicio que tenía lugar en la Audiencia de Pamplona. Este,
que relató los hechos con bastante objetividad, en su alegato final negó las
posibles atenuantes aducidas por el defensor Joaquín Rodríguez.
En primer lugar, los pocos testigos que prestaron declaración, afirmaron
que Bonifacio no estaba borracho aquella noche, como ya hemos comentado.
Se afirmaba también que se limitó a repeler la agresión por parte de Santiago.
El defensor argumentó que Petra le había dicho a su marido, ya herida: “¡Saca
eso!”. Eso era, supuestamente, un revólver que tenía Santiago en la mesa de
noche. Lo cierto es que este no enarboló arma alguna, aunque la tenía, porque
la situación fue tan confusa que solo había entrevisto que su mujer luchaba
con alguien y eso le hizo incorporarse de inmediato de la cama y unirse a la
pelea. El arma siguió estando donde se encontraba, por más que Bonifacio
sostuvo que pensó que utilizaría una. Era una defensa muy elaborada para
alguien que, utilizando el cuchillo de manera continuada, infería heridas sin
cesar a los dos ancianos.
La cuestión del arma de Santiago originó una encendida discusión. El
motivo era si considerar la acción de Bonifacio como efectuada con alevosía,
es decir, un crimen efectuado sin que las víctimas pudieran defenderse, o no.
Esta agravante fue finalmente aceptada por el Jurado, como las demás tesis de
la fiscalía.
La defensa utilizó incluso explicaciones algo peregrinas para negar los
hechos que ya habían sido confesados: llegó a decir en principio que Bonifacio
no podía ser culpable porque, si fuera autor de los dos crímenes (la anciana se
sostuvo con vida diez días, hasta morir), en vez de irse a su casa y echarse a
dormir, habría huido. A esto el fiscal ni contestó porque los hechos, a aquellas
alturas, estaban claros.
Nuevas agravantes se añadían (nocturnidad, agresión en casa de las
víctimas) para no dejar resquicio alguno a la sentencia que, indudablemente,
debía ser de doble pena de muerte por robo y dos asesinatos.
Más adelante, el reo comentaría resignado que aceptaba el castigo pero
que le parecía desproporcionado. Desde su punto de vista bien debía parecerlo.
Había entrado a robar y a su juicio, solo la mala suerte, la caída de la tapa del
baúl, motivó todo lo que sucedió a continuación. Dijo repetidamente que no
tenía intención de matar, cosa que debía ser cierta (no como en el caso de Juan
Alonso Orrite), pero tampoco tenía escrúpulo alguno en hacerlo, si era
sorprendido, como lo demostraba la rapidez con que empuñó el cuchillo que
terminaría con la vida del matrimonio.
Tras agotar las vías jurídicas de reclamación con el consabido recurso de
casación, cuando el Tribunal Supremo confirmó la sentencia el 7 de junio de
1909, empezaron las gestiones para librarle a él y a la ciudad de Pamplona de
la desgracia que implicaba una ejecución. Se añadía a la situación calamitosa
de la familia que, el mismo día en que se pronunciaba la sentencia de
Bonifacio al garrote, nacía su tercer hijo.
Además del Ayuntamiento de Pamplona, que unánimemente aprobó una
petición de indulto, los diputados navarros Marqués de Vadillo y Vizconde Val
de Erro, de reconocida autoridad en la Corte, visitaron con el mismo propósito
al presidente conservador del Consejo Antonio Maura, así como a varios
ministros. Todo fue inútil.
El 9 de junio, cuando se le comunicó la sentencia del Supremo,
Bonifacio la escuchó tembloroso y con una gran agitación nerviosa. Confiaba
aún en que el inminente alumbramiento de la reina Victoria Eugenia le
permitiera ser incluido en un indulto que lo librara del garrote.
El día 11 el director de la prisión entró en su celda para leerle la
sentencia, que ya era definitiva y anunciaba que a las ocho de la mañana del
día siguiente tendría lugar la ejecución. Aunque en principio el reo no quiso
firmar la notificación, luego cambió de actitud cuando se le anunció la última
visita de su mujer y sus hijos. En todo momento, el capellán estuvo con él,
ayudado por los Hermanos de la Paz y la Caridad, con los que departió de
temas religiosos.
Manifestó que estaba a bien con Dios después de una confesión general
pero insistió en que, aun reconociendo la gravedad de su crimen, el castigo le
parecía excesivo. Cuando se tranquilizó ofreció cigarros a todos los presentes,
mostrándose muy agradecido a las personas que practicaron gestiones para
alcanzar su indulto.
Los nervios se recrudecieron cuando se le indicó que debía entrar a la
capilla, lo que obligó a proporcionarle una taza de té. Pese a ello, la noche fue
vivida con espanto. Se acostó cerca de las diez, tras tomar algo de sopa y
fumarse un habano, pero a la una de la madrugada despertó intranquilo,
pensando que había dormido más y la ejecución era inminente.
Al comprobar que no era así volvió a sentirse muy abatido. Los
guardias, mientras tanto, no se cansaban de preguntar si se tenía alguna noticia
de un indulto de última hora. Se dijo misa a las cuatro, momento en que el reo
confesó y comulgó con los hermanos de la Paz y Caridad. Bonifacio se
arrodilló ante el altar y oró largo rato.
Después se echó en la cama musitando: “¡Dios mío, cuándo serán las
ocho!”. Finalmente, veinte minutos antes de esa hora se levantó más tranquilo,
tomó un poco de caldo y, apoyándose en el capellán padre Ercilla se dirigió al
patíbulo. Como le sucedía al verdugo suplente en la conocida película de
Berlanga, apenas podía tenerse en pie y era llevado casi en vilo por varias
personas, mientras lloraba sin cesar diciendo: “¡Adiós, adiós a todos!”.
A las ocho en punto el verdugo Mayoral, venido de Burgos, realizó su
tarea con rapidez. Acto seguido, en la cárcel se izó la bandera negra que
anunciaba a familiares y al público en general, que la ejecución ya había
tenido lugar.
“La esposa de Bonifacio García estaba en la cárcel desde las siete de
la mañana. No cesó de suplicar a los dependientes de ella que la
permitieran entrar en la capilla para despedirse de su marido. Pero
como las órdenes eran terminantes, la pobre mujer no pudo ser
complacida y se retiró llorando a las habitaciones de loa empleados,
donde estuvo hasta que fue ejecutado el reo” (El Imparcial,
13.6.1909, p. 2).
Diez días después nacía en el Palacio de la Granja la primera hija
(después de dos hijos anteriores) del rey Alfonso XIII y la reina Victoria
Eugenia. Se llamó Beatriz, infanta de España. Con el tiempo se convirtió en
princesa de Civitella Cesi por su matrimonio con Alessandro Torlonia,
resultando la abuela materna del conocido aristócrata Alessandro Lecquio. Sin
duda, nunca supo que su nacimiento fue tan esperado inútilmente por un
dulero navarro, condenado a muerte y ejecutado en una cárcel de Pamplona.
Historia de un rufián
Raimundo Pérez Gil 1915
Armallones es una población de Guadalajara situada en lo que hoy se
conoce como Alto Tajo, un lugar de montes y páramos, de barrancos, valles,
cañones y hoces de los ríos que se despliegan en su extensión. Hoy en día está
casi despoblado, salvo en verano, cuando llegan residentes desde las ciudades
y el turismo se interna en su espléndido paisaje natural.
La economía se basaba a finales del siglo XIX en la ganadería
trashumante y en la explotación de los recursos madereros y del caolín,
abundante en muchas zonas de la comarca. En este pequeño pueblo nació
Raimundo en 1875, hijo de Mariano Pérez y María Gil, que ganarían el dinero
con los mismos apuros que todos sus humildes convecinos.
El muchacho debió de crecer díscolo, rebelde, aquel mundo se le
antojaba pequeño y sin interés. De oficio jornalero, no se contentó con viajar
hasta Castilla, como Felipe Pasamar, para segar la cosecha de cereal cada
verano, sino que su instinto de aventura, su deseo de hacer fortuna en una
tierra bien alejada de la suya, era irresistible. A fin de cuentas, debió de pensar,
no tenía nada que perder saliendo de su pueblo. No podía imaginar siquiera en
qué circunstancias volvería a él muchos años después.
Solo hay tres sucesos por los que podamos deducir cómo fue su vida,
todos ellos envueltos en violencia por su parte. Si el mundo no le daba lo que
quería, si los demás pretendían humillarlo, utilizarlo, él se encargaría de todos
ellos de la única forma que conocía: la intimidación y la agresión. Raimundo
Pérez se fue convirtiendo en un auténtico rufián capaz de todo.
Lo primero que nos llega sucede el 30 de abril de 1894 y es una
requisitoria para que se presente ante la Audiencia Provincial de Bilbao, a fin
de responder de un delito de lesiones. Tenía por entonces 19 años y se le
describe como “de pelo y ojos castaños, color moreno, con una cicatriz encima
del ojo derecho, que mide 1,65 metros”. ¿Cómo se había hecho esa cicatriz?
¿Un accidente de trabajo u otra trifulca en la que se había metido
anteriormente? Es más de imaginar lo segundo que lo primero.
Sea porque efectivamente se presentase ante el juez o porque fuera
arrestado, mucho después, cuando es tildado de “licenciado de presidio”,
sabemos que disparó a alguien causándole heridas, por las que tuvo que purgar
cuatro meses de cárcel. Sin duda, alguien que dispara, salvo una gran precisión
que no se supone, puede tener intención de matar a su oponente. Entonces, tan
joven, no lo hizo, pero pronto emplearía su arma favorita, el cuchillo, para
conseguirlo.
Pasan los años y sigue en Bilbao, no sabemos haciendo qué, aunque
sigue figurando como jornalero. Es posible imaginarlo descargando bultos en
el puerto, visitando las tabernas y prostitutas del lugar, incurriendo en algunos
negocios ilícitos (contrabando, mercancías robadas). Con 26 años, aunque no
fuera especialmente atractivo, sí tenía juventud y descaro como para intentar
enamorar a alguna chica humilde pero formal. Lo intenta con la joven
Ezequiela Jodra, que parece recibir sus atenciones con cierta satisfacción, pero
se encuentra con un rival: otro muchacho llamado Teótimo.
Con él riñe alguna vez, ambos son gallitos y no dan un paso atrás. Casi
no puede decirse que disputen por el amor de la joven Jodra, sino por ver cuál
de ellos es más macho y fanfarrón.
El 16 de abril de 1901 encuentra a un guardia municipal y, plantado
delante de él, le entrega un cuchillo ensangrentado.
- Haga el favor de hacerse cargo de este puñal –le espeta sin más
explicaciones.
- ¿Y para qué lo quiero? –responde extrañado el guardia.
- Con esta misma arma –continúa Raimundo- he dado muerte a un
hombre. Ahora usted dispondrá.
Alarmado el guardia, toma el arma y conduce a ese joven a la
Prevención, donde se harían cargo de él. Según declaró inicialmente, esa tarde
había reñido una vez más con Teótimo y por la noche, cuando paseaba
tranquilamente por la calle rumbo a su casa, se encontró que venía a por él su
rival encabezando a un grupo de amigos, todos ellos con actitudes
amenazadoras. En vista de ello y en defensa propia, había sacado el puñal
hundiéndoselo en el pecho a su rival.
Ésa era su versión, aunque difería bastante de la que tuvieron los testigos
del enfrentamiento. Era difícil de creer que apuñalan a tu amigo y tú, con
todos los demás, huyes del lugar del crimen, en vez de socorrerlo o reducir al
agresor. Lo malo para Raimundo es que hubo otros testigos que manifestaron
que no había tal grupo de amigos en actitudes amenazadoras, sino un par de
muchachos que fueron asaltados, sin advertencia propia, por el agresor que
solo tenía por objetivo a Teótimo.
En todo caso, dados sus precedentes delictivos, el Jurado no creyó la
versión de Raimundo y lo condenó a 14 años de prisión, que habría de pasar
en el penal de Santoña. Estamos así ante otro caso de reincidencia que agravó
su pena. Del delito anterior no lo separaban 16 años, como en el caso de Felipe
Pasamar, sino solamente 7 y además, el primer delito fue de mayor gravedad y
castigado, no con una simple multa, sino con varios meses de prisión.
Cuando Raimundo Pérez cumple su condena y sale del penal de
Santoña, tiene 39 años, a punto de alcanzar la cuarentena. Por algún motivo se
resigna a no volver a recorrer las calles de Bilbao y torna al hogar familiar del
pequeño pueblo de Armallones. Retoma su oficio de jornalero y, durante unos
meses, parece haber entrado en una senda de cierta corrección pero, por
dentro, el lobo se revuelve en su madriguera buscando una salida.
En el pueblo conoce a una mujer de su edad, Encarnación Ruiz. Es viuda
con cuatro hijos, algunas tierras, otras propiedades, no es ningún mal partido
aunque ya no tenga la juventud que hubiera deseado Raimundo, pero a cambio
posee dinero y una relativa buena posición. Se acercó a ella y volvió la gracia
y simpatía algo chulesca que tuvo en su juventud, antes de purgar sus delitos
en la cárcel. Ella, viuda pero aún no demasiado mayor, vio con simpatía ese
acercamiento, a fin de cuentas el hombre desprendía un hálito de cierto
peligro, nadie ignoraba en Armallones cuál era su pasado. Hay mujeres a las
que esa actitud excita la imaginación y Encarnación, viuda temprana, debía de
ser una de ellas. Se le había ido la juventud y ahora se encontraba con un
hombre fuerte, recio por su oficio y el duro trabajo, que la pretendía. Ella,
pensaría tal vez, le conduciría por el buen camino, toda mujer se ilusiona con
domar al lobo que le sonríe y la mira con deseo y admiración.
Naturalmente, el pueblo es pequeño, todos se conocían y sabían de su
historial delictivo. Los hermanos de Encarna se alarman pero el más
beligerante con las pretensiones de la pareja es el cuñado Cástor Vergara. Él
conoce bien a Raimundo, se lo ha encontrado a veces en la taberna del pueblo,
escucha sus fanfarronadas, en cierta ocasión dio a entender que lo de
Encarnación era pan comido, que la tenía en el bote. Les dijo a los hermanos
de la ilusionada viuda que aquel hombre iba a por los dineros de ella, que la
herencia de sus cuatro hijos estaba en peligro porque Raimundo lo malgastaría
en sus vicios, bebiendo, jugando, parecía ser más experto en eso que en
trabajar y administrar su dinero. Era un vividor, un derrochador y además un
hombre peligroso.
Los hermanos estuvieron de acuerdo por completo y hablaron con su
hermana, trataron de convencerla con una batería de argumentos. Ella empezó
a dudar. Era una mujer ilusionada pero no tonta, sabía del peligro que suponía
aquel hombre, tal vez sus solas fuerzas no bastaran para corregir su conducta.
Le describieron minuciosamente lo que iba diciendo, la forma en que había
matado a un hombre en Bilbao.
Raimundo acusó el impacto cuando habló con ella, se dio cuenta de sus
dudas. No le bastaron promesas ni halagos, ella vacilaba y todo ello, según
pudo deducir de la conversación, por la intervención de ese cuñado
entrometido, el culpable de alterar sus planes, tal vez reducirlo de nuevo a ser
un jornalero trabajando duramente y sin ganar un duro que pudiera conservar.
Era la madrugada del 6 de julio de 1913 y Cástor Vergara abandonó
sobre las doce la taberna, como tenía por costumbre, y caminó por una desierta
calle Real camino de su casa. Luego, en un intento desesperado por eludir la
pena capital, el defensor de Raimundo afirmaría que él también caminaba
tranquilo hacia su casa cuando se encontró con Cástor. Discutieron, este
abofeteó al pretendiente de su cuñada, se enzarzaron en una pelea. Dijo el
superviviente que Cástor hizo ademán de echarse la mano a la faja para sacar
un arma, por lo que él se adelantó y le clavó su cuchillo en el pecho.
Exactamente, la misma situación que sostuvo en otro tiempo que le había
sucedido con Teótimo. El Jurado no le creyó esta vez de la misma manera que
tampoco lo creyeron entonces.
El problema para él es que hubo un testigo, una anciana vecina de esas
que atisban por la ventana quién camina a qué hora y en qué dirección.
Gertrudis Soca lo vio todo y así testificó en el juicio que tuvo lugar meses más
tarde.
Era Cástor Vergara el que caminaba descuidadamente y Raimundo el
que se encontraba agazapado entre sombras tras una esquina, esperando su
paso en el camino que siempre seguía para llegar a su casa desde la taberna.
Los dos tenían una edad similar, la lucha podía ser dura si mediaba una
discusión, pero es que no la hubo, dijo la vieja. Aquel hombre, el asesino,
surgió de repente entre las sombras y, sin mediar palabra, le asestó a Cástor
una tremenda puñalada en el vientre.
Herido, aún incrédulo, el agredido dio unos traspiés intentando alejarse
de su agresor, pero éste lo siguió y, de un empujón, dio con él en tierra. Cástor
aún tuvo fuerzas para gritar: “¡No me mates, por Dios, no me mates!”. Pero
Raimundo no iba a dejar las cosas a medias. Debía pensar que en aquella calle
todo el mundo dormía y parecería una pelea de borrachos, pero la anciana
Gertrudis seguía asistiendo a la escena, contemplando muerta de miedo a esa
figura que se inclinaba sobre el hombre caído para darle, una tras otra, hasta
ocho puñaladas, varias de ellas mortales aunque no de inmediato.
Asustada, la testigo cerró la ventana con cuidado y se metió temblando
en su cama solitaria. Había visto cómo mataban a un hombre, un suceso
inaudito en el pueblo. Desde luego, dio por sentado que la víctima estaba
muerta, pero no era así.
Al alborear, aún asustada, abrió la ventana para asegurarse de no haber
soñado aquello que la tuvo en vela toda la noche. No, ahí seguía el cuerpo
pero ¿qué pasaba? Al escuchar la ventana abriéndose, el hombre gimió.
Llevaba horas agonizando en el suelo de aquella solitaria calle, sin nadie que
lo socorriera.
De nuevo despavorida, la vieja avisó a su vecino Bernardino Molina y
éste sí supo qué hacer: avisar a las autoridades, médico incluido, y al párroco,
para que asistieran al que seguía muriéndose desangrado en la calle. Fue éste
el que llegó primero y quiso atenderlo, aunque percibió que era inútil. Llegó el
alcalde, el juez municipal a medio vestir ¿qué pasaba? El caído aún podía
murmurar quién había terminado con él: “El Raimundo” dijo, “el Raimundo
me ha matado”. Efectivamente, no tardaría en expirar.
Avisados, dos guardias de una localidad vecina, acudieron para detener a
Raimundo Pérez. Lo encontraron en el monte, según dijo su resignada madre,
cortando leña, hacha en mano. Se acercaron con cautela pero no se resistió,
abandonó el hacha y preguntó por qué lo prendían, como si él no supiera nada
del crimen que tuvo lugar aquella noche.
En el juicio, que tuvo lugar en la Audiencia de Guadalajara en marzo de
1914, ya había aceptado que fue él quien dio muerte a Cástor. Por supuesto,
fue en defensa propia, aunque no se encontró en la víctima arma alguna. No
tenía intención de matar, adujo su defensor en retórico alegato, aquello solo
podía calificarse como un homicidio con las atenuantes de la provocación
previa de la víctima y la necesaria vindicación del honor de su cliente ante la
grave ofensa que le infirió Cástor Vergara.
Ni el fiscal, que le juzgó culpable de asesinato con las agravantes de
nocturnidad, alevosía y reincidencia, ni el Jurado, que solo dejó de considerar
la alevosía, entendiendo que Cástor pudo defenderse, lo creyeron. La sentencia
fue la pena de muerte.
Tras los recursos y el alargamiento de plazo habitual por los mismos,
aquel rufián, que no otra cosa fue toda su vida, fue ejecutado el 23 de febrero
de 1915. Atrás quedaron los consabidos intentos por parte de las autoridades
alcarreñas para gestionar su indulto y librar a la ciudad del baldón que suponía
haber albergado una ejecución al garrote. Incluso una comisión se presentó en
Madrid para, acompañados por el dirigente del partido liberal, el conde de
Romanones, presentarse ante el presidente del Consejo de Ministros, a fin de
exponer su petición. Este los escuchó prometiéndoles que estudiaría bien el
caso y lo trasladaría eventualmente al Consejo para que fuera debatido. La
impresión fue pesimista, no en vano aquel presidente era Eduardo Dato que,
como era sabido, se mostraba muy poco propicio al perdón y la clemencia.
No hubo manifestaciones populares ni editoriales encendidos sobre la
necesidad del indulto. Tampoco su familia se presentó la última noche ante el
reo para acompañarlo ni consolarlo. La vida de Raimundo se extinguió en la
soledad de la cárcel. Cuando subió al patíbulo donde lo esperaba el garrote lo
hizo aparentemente tranquilo, solo le dijo al verdugo: “No me hagas mucho
daño”. Éste no debía ser muy ducho en el oficio, porque aquel rufián tardó
cinco minutos en morir, tras varios intentos por parte del verdugo.
El comercio, dicen las crónicas, cerró en la ciudad desde la hora de la
ejecución, las nueve de la mañana, hasta las diez, una hora después. Hasta ahí
llegó el lamento de la ciudad que, inmediatamente, recobró el pulso de la vida
cotidiana. Como si Raimundo Pérez no hubiera existido jamás.