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Textos. Ovidio

El documento presenta fragmentos de varias obras de Ovidio. El primer fragmento describe la primera visita de Corina al poeta en la cama. Los otros fragmentos tratan sobre las mujeres que atraen al poeta y la naturaleza cambiante de sus deseos, y sobre el paisaje invernal que enfrenta el poeta en el exilio.

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Textos. Ovidio

El documento presenta fragmentos de varias obras de Ovidio. El primer fragmento describe la primera visita de Corina al poeta en la cama. Los otros fragmentos tratan sobre las mujeres que atraen al poeta y la naturaleza cambiante de sus deseos, y sobre el paisaje invernal que enfrenta el poeta en el exilio.

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Ovidio

Amores (Traductor, Antonio Ramírez de Verger, Alianza)


I 5 (Primera visita de su amada Corina)

Hacía calor y el día había cumplido la mitad de su tiempo:


Puse mis miembros para aliviarlos en medio de la cama.
Una hoja de la ventana estaba abierta, la otra cerrada,
Casi como suele ser la luz en el bosque,
Como luce el crepúsculo al huir Febo o como cuando
La noche se va y sin embargo no ha nacido aún el día.
Ésa es la luz que hay que ofrecer a las jóvenes vergonzosas,
Por donde su tímido pudor espere hallar refugio.
He aquí que llegó Corina tapada con su túnica desceñida,
Cubriendo su blanco cuello con guedejas divididas,
Como se cuenta iba la hermosa Semíramis1 al tálamo
Y Lais2, la amada por muchos hombres.
Le arranqué la túnica: no molestaba mucho de fina que era,
Pero, sin embargo, ella luchaba por cubrirse con la túnica,
Y como luchaba como la que no quisiera vencer,
Vencida quedó sin dificultad por su propia traición.
Cuando se quedó de pie sin velos ante mis ojos,
No hubo en todo su cuerpo defecto en parte alguna.
¡Qué hombros, qué brazos vi y toqué!
¡La forma de sus pechos, qué adecuada fue para estrecharlos!
¡Qué fino su vientre bajo un pecho perfecto!
¡Qué grandes y hermosas caderas! ¿Qué muslos de joven!
¿A qué detenerme en cada parte? Nada vi que no fuera
Elogiable y desnuda la estreché contra mi cuerpo.
El resto, ¿quién no lo sabe? Relajados descansamos los dos:
¡que lleguen para mí muchas siestas así!

Amores II 4 (Todas las mujeres le gustan al poeta)


No me atrevería a defender mis defectuosas costumbres
Ni a mover armas en defensa de mis vicios.
Lo admito, si de algo sirve reconocer las faltas:
Ahora, tras reconocerlas, vuelvo insensato a mis delitos.
Odio, pero no puedo en mis deseos no ser lo que odio:
¡ay, qué duro es soportar lo que deseas quitarte de encima!
No tengo, en efecto, fuerzas ni ley para regirme a mí mismo:
Soy llevado como popa arrastrada por rauda corriente.
No es una belleza concreta la que pueda excitar mi amor:
Existen cien razones para estar yo siempre enemorado.
Si una bajó sus ojos ruborosa a tierra,
1
Reina del imperio asirio
2
Célebre hetera de la antigua Grecia; se decía que era m la mujer más bella de su tiempo.
Me abraso y ese pudor es para mí una emboscada;
Si otra es provocativa, cautivo quedo porque no es sosa
Y me da esperanzas de menearse bien en mullido lecho.
Si pareces huraña y émula de las sabinas puritanas,
Pienso que quieres, pero que en el fondo estás disimulando;
Si eres culta, me agradas dotada de esas extraordinarias
Cualidades; si inexperta, me agradas por tu sencillez.
Está la que dice que los versos de Calímaco son rústicos al lado
De los míos: a la que agrado, al instante esa me agrada;
Está también la que me critica a mí, poeta, y mis versos:
Desearía tener debajo los muslos de la detractora.
Camina delicadamente: cautiova con su meneo; otra es dura:
Pero podrá ser más delicada al contacto con un hombre.
A esta porque canta dulcemente y modula con gran soltura
La voz, quisiera darle besos robados mientras canta;
Esta recorre las quejumbrosas cuerdas con el hábil pulgar:
¿Quién no se enamoraría de manos tan sabias?
Aquella agrada con sus gestos, mueve rítmicamente los brazos
Y contonea su delicada cintura con sensual destreza:
Por no hablar de mí, a quien cualquier cosa altera,
¡pon allí a Hipólito y será Príapo!
Tú, porque eres tan alta, igualas a las antiguas heroínas
Y puedes ocupar tendida toda la cama;
Otra es manejable por su pequeñez; las dos me pierden:
La grande y la chica se avienen a mis deseos.
No está arreglada: me imagino lo que ganaría arreglándose;
Está acicalada: ella misma exhibe sus propios encantos.
La mujer blanca me cautivará, me cautivará la rubia:
También es agradable Venus en el color oscuro.
Si cuelgan oscuros cabellos de un cuello de nieve…,
Leda era el centro de las miradas por su negra cabellera;
Si amarillean…, agradó Aurora por su cabello azafranado:
Mi amor se acomoda a todas las leyendas.
La joven me atrae, me seduce la madura:
Aquella es superior por su físico, esta es la que sale.
En fin, a las jóvenes que cualquiera aprueba por toda Roma,
De todas ellas mi amor es candidato.

Heroidas, VII, I-24; 133-140 (Traductor, Vicente Cristóbal, Alianza)


Dido a Eneas
Como canta el blanco cisne, cuando la muerte lo llama, tendido sobre las húmedas hierbas en
la ribera del Meandro, así te hablo yo, y no porque abrigue esperanzas de conmoverte con mis
súplicas.
Contra la voluntad divina he dado comienzo a esta carta. Pero, puesto que para mí desgracia
he perdido ya mi buena fama y la honestidad de mi cuerpo y de mi alma, de poca importancia
es también perder unas palabras.
Tienes decidido, a pesar de todo, irte y dejar a a la desdichada Dido, y los vientos se llevarán a l
mismo tiempo tus velas y tu promesa. Tienes decidido, Eneas, desatar amarras a las naves a la
vez que te desatas tú de tú compromiso, y buscar los reinos ítalos, que no sabes dónde están.
Y nada te importa la naciente Cartago ni las murallas que van alzándose ni el sumo poder
entregado a tu cetro. Escapas de lo que está hecho, persigues lo que está por hacer. Otra es la
tierra que debes buscar a través del orbe, otra es la tierra que buscabas. Mas, aunque
encuentres esa tierra, ¿quién te la ofrecerá para que la poseas?, ¿quién dará sus campos a
unos desconocidos para que se queden con ellos? Otro amor te está esperando y otra Dido a la
que engañar de nuevo, otra palabra tienes que dar.
¿Cuándo llegará el tiempo en que fundes una ciudad como Cartago y veas a tu gente desde la
altura de un alcázar?...
Quizás incluso, malvado, abandones a una Dido embarazada y en mi cuerpo se esconda
encerrada una parte de ti. La desdichada criatura seguirá el destino de su madre y serás
culpable de la muerte de alguien que aún no ha nacido; el hermano de Julo morirá junto con
su madre y un único castigo arrastrará a dos que están unidos entre sí.

Heroidas, X 43-80
Ariadna a Teseo
Pero ya te habías arrancado a mis ojos. Entonces, por fin, lloré, pues antes el dolor había
paralizado mis ojos delicados. ¿Qué mejor podían hacer mis ojos sino llorar por mí, después
que habían dejado de ver tus velas? Y deambulaba sola con los cabellos sueltos, como una
bacante impulsada por el dios ogigio, o bien me sentaba, yerta, sobre una piedra mirando al
mar, y era yo tan piedra como la piedra misma sobre la que me sentaba. Una y otra vez vuelvo
al lecho que nos había acogido a los dos, pero que no iba a mostrarnos nunca acogidos en él, y
en vez de tocarte a ti, toco lo único que puedo, tus huellas y el colchón que tus miembros
habían calentado. Me tumbo y sobre el lecho, que chorreaba de las lágrimas que yo había
vertido, exclamo: “¡Dos estuvimos encima de ti, haz que volvamos los dos! Vinimos aquí
juntos, ¿por qué no nos vamos juntos de aquí? ¡Lecho traidor!, ¿dónde está la mayor parte de
mí?”.
¿Qué haré? ¿Adónde me dirigiré yo sola? No está habitada la isla. No veo rastros de hombres
ni de labor de bueyes. Por todas partes el mar rodea la tierra. Marineros por ningún sitio.
Ninguna nave dispuesta a cruzar las dudosas aguas. Supón que se me ofrecen compañeros,
vientos y una nave, ¿cuál será mi meta? Me está prohibido acercarme a la tierra de mi padre.
Aunque me deslice felizmente en una nave a través de los mares en calma, aunque Éolo
modere los vientos, seré una desterrada. ¡No te volveré a ver, Creta, repartida en cien
ciudades, tierra que conoció Júpiter cuando era niño! Pues a mi padre y a mi tierra, que mi
justo padre gobierna, nombres para mí queridos, los he traicionada con mi mala acción; fue
entonces, cuando te di a ti los hilos que, como guía, dirigieron tus pasos para que no murieras,
una vez vencedor, en el laberinto lleno de curvas. Entonces, tú me decías: “Por estos mismos
peligros te juro que serás mía, mientras viva uno y otro de nosotros dos”. Vivimos, Teseo, si es
que al menos estás vivo tú; y no soy tuya yo, mujer que ha sido sepultada por la traición de su
perjuro marido. ¡Haberme matado también a mí, malvado, con la misma clava con que
mataste a mi hermano! La promesa que me habías hecho hubiera quedado solventada con mi
muerte.
Ahora ya no solo pienso en lo que he de padecer sino en todo lo que puede padecer una mujer
abandonada.

Tristia (Traductor, J. González Vázquez, Gredos)


III 10 (El paisaje invernal de Tomos)

Si alguien se acuerda aún por ahí del exiliado Nasón y mi nombre sobrevive sin mí en Roma,
que sepa que yo, postergado bajo estrellas que nunca tocan al mar, vivo en medio de la
barbarie. Me rodean los sármatas, pueblo salvaje, los besos y los getas, nombres ¡cuán
indignos de mi inspiración!
No obstante, mientras que la brisa es tibia, nos protege el Histro que discurre por medio: éste,
mientras fluye líquido, aleja los ataques con sus aguas. Pero cuando el triste invierno ha
mostrado su horrible rostro y la tierra se ha tornado blanca a causa del marmóreo hielo,
mientras el Bóreas y la nieve se aprestan a habitar bajo la Osa, se ve entonces a estos pueblos
oprimidos por el polo que hace temblar. La nieve cubre la tierra y, para que, una vez caída, ni
el Sol ni las lluvias puedan derretirla, Bóreas la endurece y la hace eterna. Así pues, cuando la
primera aún no se ha derretido, cae otra y en muchos lugares suele durar dos años, y es tanta
la fuerza del Aquilón desencadenado que derriba altas torres y se lleva por delante tejados
arrancándolos. Con pieles y calzones cosidos por abajo evitan los perjudiciales fríos, y de todo
su cuerpo lo único que queda visible es el rostro. A veces, sus cabellos, al sacudírselos, suenan
por el hielo que pende de ellos y la barba brilla resplandeciente a causa del hielo que tiene
incrustado; el vino fuera de la jarra se mantiene congelado conservando la forma de esta y no
lo beben a sorbos sino que se reparte a trozos. ¿Qué diré acerca de cómo los ríos encadenados
por el frío se congelan y cómo se extraen del lago las frágiles aguas? El mismo Histro, no más
estrecho que el río productor de papiro y que se mezcla con el ancho mar por numerosas
desembocaduras, se hiela al endurecer los vientos su cerúlea corriente y con sus aguas
cubiertas serpea hacia el mar. Por donde antes habían pasado embarcaciones, se va ahora a
pie y el casco del caballo golpea las aguas congeladas por el frío; y por esos nuevos puentes,
bajo los cuales se deslizan las aguas, los bueyes sármatas tiran de bárbaras carretas.
Seguramente, apenas se me creerá, pero, cuando no hay recompensa alguna para el engaño,
el que da testimonio debe encontrar crédito. He visto el ingente Ponto congelarse por el hielo
y una cubierta resbaladiza oprimía las inmóviles aguas. Y no me bastó con haberlo visto: pisé el
mar endurecido y la superficie marítima estuvo bajo el pie sin llegar a humedecerlo. Si tú,
Leandro, hubieras tenido en otro tiempo un estrecho así, tu muerte no sería el crimen de un
brazo de mar. Así, ni los pardeados delfines pueden levantarse por los aires: a los que lo
intentan, los detiene el duro invierno; y aunque el Bóreas resuene agitando sus alas, no habrá
ola alguna en el abismo aprisionado; las naves, bloqueadas por el hielo, se mantendrán sobre
la marmórea superficie y el remo no podrá ya hendir las rígidas aguas. He visto que los peces
sujetos se hallan inmóviles en el hielo, aunque parte de ellos estaban aún vivos.
Así pues, cuando la violencia salvaje del crecido Bóreas congela aguas marinas o las del río
desbordado, al instante allanado el Histro por los secos Aquilones, el bárbaro enemigo se
pasea en veloz caballo; este enemigo, terrible por sus caballos y por sus flechas que vuelan a
bastante distancia, devasta extensamente la región vecina. Unos huyen y, al no haber nadie
que proteja los campos, los bienes sin custodia son presa del pillaje: pequeñas recolecciones
del campo, ganado y chirriantes carretas y todos aquellos bienes que suelen poseer los pobres
indígenas. Otros son llevados cautivos con los brazos atados detrás de la espalda y volviendo
en vano los ojos hacia sus campos y sus hogares; otros caen lastimosamente traspasados por
arponadas saetas, pues un veneno tiñe el volátil hierro. Todo aquello que no pueden llevar
consigo o arrastrar lo destruyen y la llama enemiga quema las inocentes chozas.
Incluso en tiempo de paz tiemblan por miedo a la guerra y nadie surca la tierra hundiendo en
ella la reja. Este lugar, o ve al enemigo, o le teme cuando no le ve; la tierra, abandonada en un
duro barbecho, descansa improductiva. El dulce racimo no se esconde aquí bajo la sombra de
los pámpanos ni el hirviente mosto colma los profundos lagares. Este país no da frutos, y
Aconcio no tendría aquí donde escribir las palabras que había de leer su amada. Se pueden ver
los campos desnudos sin fronda y sin árboles: ¡lugares, ay, que no debe visitar un hombre feliz!
Puess bien, a pesar de la gran extensión que tiene el inmenso orbe, no se ha encontrado otra
tierra sino esta para mi castigo.

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