Serie Xena La Despiadada # 2
Melissa Good
Índice
Sinopsis
Créditos
Capítulo uno………………………………………………………. 7
Capítulo dos……………………………………………………….. 43
Capítulo tres……………………………………………………….. 80
Capítulo cuatro…………………………………………………... 120
Capítulo cinco……………………………………………………. 161
Capítulo seis………………………………………………………. 192
Capítulo siete……………………………………………….…..... 222
Capítulo ocho...…………………………………………….…..... 252
Capítulo nueve……….…………………………………….…..... 284
Capítulo diez…………….………………………………….…..... 315 3
Capítulo once………………..…………………………….…..... 347
Capítulo doce…………..………………………………….…..... 382
Capítulo trece………………..…………………………….…..... 415
Capítulo catorce………………………………………….…..... 449
Capítulo quince…………..……………………………….…..... 483
Capítulo dieciséis………………………………………….…..... 514
Capítulo diecisiete……..………………………………….…..... 545
Capítulo dieciocho……………………………………….…..... 580
Capítulo diecinueve…………..………………………….…..... 614
Capítulo veinte…………………………………………….…..... 647
Capítulo veintiuno…………..…………………………….…..... 687
Capítulo veintidos…………..…………………………….…..... 725
Capítulo veintitres…………..…………………………….…..... 765
Capítulo veinticuatro.……..….………………………….…..... 806
Capítulo veinticinco.…….……………………………….…..... 846
Capítulo veintiseis…………..…………………………….…..... 881
Capítulo veintisiete.………..…….……………………….…..... 915
Capítulo veintiocho.………..…………………………….…..... 954
Capítulo veintinueve………..……………..…………….…..... 995
Capítulo treinta……………....……………..…………….…..... 1032
Biografía de la Autora ………………………………………… 1106
Sinopsis
Xena la Despiadada se encuentra frente a una avalancha de cambios en su
reino desde que se estableció y nombró heredero. Pero justo cuando las cosas
se vuelven aburridas, un extraño del Este viene a desafiar el trono de Xena y le
ofrece una opción que ya no es posible.
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Créditos
Traducido por Pangea
Corregido por Andre-Xi, LisV y Nyra
Revisado por Nyra
Diseño de portada, plantilla y documento por LeiAusten
Título original Queen of Hearts
Editado por Xenite4Ever 2019
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Nota previa de traducción:
En la primera parte de la serie, Atalía traduce muskrat como Ratón almizclero,
yo he decidido su traducción literal de “rata almizclera” por dos cuestiones. El
animal es realmente una rata, por tamaño y constitución. Es originaria de
América, por lo que no existía en Europa en la época. Es muy parecida a lo
que en España conocemos como rata de agua. Personalmente no me
parece un animal bonito, si alguna vez os habéis encontrado con una creo
que me entendéis, ¿no?
Por otro lado, es Xena la Despiadada, así que le pega mucho el llamar a
Gabrielle rata, solo a ella le puede parecer un animal entrañable.
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Parte 1
El río gorgoteaba suavemente a la luz del sol, discurriendo tranquilamente más
allá de un área de rocas cubiertas de musgo bajo un arce. Tumbada sobre las
rocas, con los dedos de los pies chapoteando en el agua, tomando el sol,
estaba una figura rubia desaliñada, vistiendo una simple túnica azul que le
llegaba justo por encima de sus rodillas.
Una mariposa aterrizó en un tallo cercano, y la figura volvió la cabeza y la
observó mover sus alas, apareciendo una suave sonrisa.
—Hola. —Gabrielle saludó al insecto—. ¿No es un gran día? Apuesto a que te
alegra que finalmente haga el suficiente calor para salir y volar, ¿eh? —Por fin,
un día cálido después de un largo y duro invierno. No había palabras para
describir lo contenta que estaba Gabrielle, podía salir sin su grueso abrigo de
piel y sus pesadas polainas y sentir el aire fresco en la mayor parte de su piel.
La mariposa despegó del tallo y revoloteó sobre su cabeza, mientras Gabrielle 7
cruzaba las manos sobre su estómago y simplemente la miraba, agradecida
por la paz, la tranquilidad y el cálido sol bañando su cuerpo. Un golpetazo. Un
sonido de arrastre. Gabrielle apenas tuvo tiempo de cubrirse la cabeza antes
de que una pared de agua fría del río le cayera encima, trayendo un fuerte
olor a pescado y verde, y el sonido de una risa baja y traviesa—. ¡¡¡Yahhh!!! —
Soltó un grito, mientras el agua fría sacudía su piel.
—¡Ah, eh, eh! —Un cuerpo largo y poderoso se presionó sobre las rocas y sobre
ella, tirando gotitas de hielo sobre su rostro mientras la miraba con ojos pálidos
y una sonrisa libertina—. ¡Qué Hades estás haciendo aquí tirada como un
tronco, patética rata almizclera! —gritó.
Gabrielle se sacudió el cabello húmedo de los ojos. Levantó la mano y acarició
la mejilla de Xena, capturando un puñado de gotas brillantes.
—Esperándote.
La figura tensa y musculosa sobre ella se detuvo antes de acercarse, mientras
una sonrisa se formaba en el rostro anguloso de Xena.
—Tú. —Chocó su nariz con Gabrielle—. Eres una pequeña embustera.
—¿Yo?
—Tú. —Xena se deslizó hacia la roca junto a ella, sus largas piernas se
extendieron por el borde—. Aquí estoy yo, haciendo mi mejor esfuerzo para
entrenar un poco mis patadas en el culo y, ¿qué haces tú? —Arrojó un puñado
de agua a la mujer más joven, esperando con una ceja arqueada.
Gabrielle parpadeó cuando las gotitas la golpearon.
—¿Qué?
—¿Qué de qué?
—¿Qué hago? —Gabrielle se acercó y apartó con cuidado el húmedo y
oscuro cabello de los ojos de Xena, trazando sus cejas con un suave dedo—.
Estoy segura de que no lo hice a propósito.
La sonrisa de Xena se volvió sarcástica.
—Claro que sí. —Echó un vistazo alrededor del lindo día—. Me conviertes sin
piedad en una borde y obsesa sexual. Es un complot, lo sé.
Gabrielle frunció el ceño, después de un momento.
—¿Borde y obsesa sexual? —inclinó la cabeza hacia un lado—. Tú no eres 8
borde.
—Ah. Así que veo que no niegas lo de obsesa sexual. —Xena rio
disimuladamente—. Así que, de todos modos ¿qué estabas haciendo?
La mujer rubia estiró sus piernas cruzadas y recogió un pequeño saco cerca
de la roca en la que estaba sentada.
—Estaba buscando bayas —explicó—. Y luego vi este bonito lugar, así que
me senté y me puse a pensar en una historia que iba a contar más adelante
y yo... mpfh.
—Cállate. —Xena se abalanzó sobre ella, aplastándola contra la roca y
besándola.
Gabrielle respiró con dificultad mientras Xena levantaba la cabeza un
momento y se lamió los labios.
—Vale. La verdad es que estaba aquí echada soñando despierta contigo —
admitió, con una sonrisa tímida—. Pero ¿no es un gran día? ¡Siente este sol!
—Embustera. —Xena se inclinó hacia adelante y la besó de nuevo—. Sí, es un
gran día. Por fin pude montar mi maldito caballo y no tuve que envolverme
como una abuela. —Se tiró del otro lado de la roca y se levantó, estirada al
sol con un suave estallido de articulaciones—. ¡Ya era hora! —Se sacudió, y la
túnica de lino carmesí que cubría su cuerpo se soltó a regañadientes de su
piel para gotear en el suelo a su alrededor—. Ha sido un largo invierno.
—Sí. —Gabrielle saltó de la roca y la siguió a través de la hierba espesa del río,
sus tallos rozaban sus piernas dejando atrás un aroma de riqueza cálida y
verde—. Pero también hubo partes buenas. Como tu cumpleaños.
Xena se detuvo y miró por encima del hombro con expresión severa.
—¿No hablamos ya de todo esto de “no debes mencionar mi cumpleaños”,
Gabrielle?
Gabrielle asintió.
Xena desplegó ambos brazos y alzó ambas cejas.
—Pero tuvimos una fiesta.
—¿Y?
Gabrielle alcanzó a su alta compañera y la cogió de la mano.
—Xena, no podemos pretender que no tuvimos una fiesta. ¿No te divertiste?
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—¡Ese no es el tema! —dijo Xena—. ¡Maldita sea, soy la reina y dije que nada
de cumpleaños! —anunció en voz alta, asustando a un par de pájaros azules
en un árbol cercano—. No me jodas pequeña...
—Si hoy es un día tan agradable, ¿por qué estás tan gruñona? —preguntó
Gabrielle, cambiando un poco de tema—. ¿No te gustó lo que te hice para el
desayuno? —Le preguntó a la reina—. Pensaba que sí.
—Sí —admitió Xena—. Pégame por ser una gruñona. —Echó un vistazo
alrededor—. Bonito día, linda rata almizclera, finalmente tenemos un poco de
sol, tengo que montar mi caballo... ah. Ya sé porque es.
—¿Por qué?
Xena exhaló con satisfacción.
—Todavía no le he dado una paliza a nadie hoy. —Giró la cabeza y miró a
Gabrielle—. Ese es el problema. —Flexionó sus manos, apretando una de
Gabrielle en el proceso—. Creo que quiero un buen combate cuerpo a
cuerpo. ¿Qué piensas de mi contra los guardias de la torre? ¿Yo contra los
guardias de las murallas?
—Creo que ya los golpeaste ayer —respondió Gabrielle—. ¿No podemos
simplemente pasear por el jardín? Creo que algunas plantas ya están
floreciendo.
—Voy a azotarte.
—Creo que hay esas pequeñas naranjas agrias que te gustan mucho, en la
esquina. —La mujer rubia continuó, sin inmutarse—. Y podría sacar mi vara, si
quisieras enseñarme un poco más —ofreció—. No fui tan mala los últimos siete
días, ¿verdad?
—Gabrielle. —La reina soltó su mano y dejó caer su brazo sobre los hombros
de Gabrielle—. Eres una rata almizclera muy afortunada, ¿lo sabías? Eres muy
afortunada de que te ame como una loca.
Gabrielle hizo una pausa y rodeó a la reina con los brazos y la abrazó.
—Lo sé —dijo—. Eso es sobre lo que estaba soñando despierta antes de que
me mojaras entera.
—¿Y después te salpiqué? —Pero Xena estaba sonriendo con los ojos fijos en
su compañera. 10
—Síp.
La reina rio suavemente.
—Naranjas agrias y tu maldita vara, ¿eh? —Suspiró—. Está bien. Vámonos. Pero
no recojas flores para mí, ¿de acuerdo?
—Está bien. —Gabrielle la soltó—. ¿Me enseñarás ese movimiento desde
atrás?
—Tal vez.
Caminaron juntas a través de los árboles, hacia el elevado muro de piedra
que marcaba el borde de la fortaleza que llamaban hogar. Una pequeña
puerta estaba abierta, franqueada por cuatro hombres armados que
llevaban túnicas con cabezas de halcón amarillas prominentes en el pecho.
Mantuvieron la vista hacia adelante cuando las dos mujeres empapadas se
acercaron y se cuadraron de hombros para saludar a Xena.
—Majestad.
—No. Pastor desaliñado. —Xena indicó su forma húmeda—. Controla tus ojos.
—Pasó al lado del hombre sin decir una palabra más mientras este abría los
ojos con sorpresa y la seguía con la mirada—. Debería arrancarte la cabeza
por permitir algo así en palacio.
—Hola. —Gabrielle lo saludó, mientras se deslizaba detrás de Xena—. Fiebre
primaveral. Todo irá bien.
—¿Qué sabrás tú sobre la fiebre primaveral, pequeña cola de cordero? —
replicó la voz de Xena—. Vamos. Bien podrías secarte antes de que te tenga
toda mojada de nuevo.
Gabrielle trotó en pos de la reina, sus pies descalzos rozaban ligeramente el
suelo de piedra. Las paredes de piedra de la muralla de la fortaleza las
rodearon por varios pasos, hasta que pasaron al patio interior lleno de
actividad.
Soldados, carretas, arrieros, labradores, todos parecían moverse a la suave luz
del sol mientras la fortaleza volvía a la vida después de la larga, oscura y fría
estación. Por todas partes las mujeres sacudían la ropa y limpiaban rincones,
las voces se alzaban animadamente.
El ambiente era agradable. Gabrielle sonrió, a pesar de lo húmeda que
estaba, y de lo frío que era el fuerte viento que soplaba contra ella. El invierno
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había tenido su propia magia, pero estaba contenta de que los días se
alargaran por fin y el mal tiempo se desvaneciera dando paso a una hermosa
primavera.
Muchas cosas habían cambiado. Gabrielle se enderezó un poco cuando
pasaron junto a los sirvientes, y los hombres agacharon la cabeza para mirarla.
Una gripe se había llevado muchas vidas entre los esclavos, y había rostros
nuevos casi en todas partes donde miraba. El fuego había destruido dos de
los castillos de los nobles, y ahora vivían de la misericordia de Xena en la
fortaleza, y los lobos habían arrasado algunas de las propiedades más lejanas,
trayendo pérdidas inesperadas.
También había muchas cosas que permanecían igual. Las intrigas de palacio,
los chismes, algún que otro peligro, pero el reino se había calmado durante el
largo invierno y parecía aceptar a Xena de nuevo como su ama. El mal
conocido, había dicho uno de los nobles, cuando pensó que Xena no podía
oírlo.
Por suerte para él, Xena lo había tomado como un cumplido. Gabrielle siguió
a la reina a través de las puertas interiores y subió por la gran escalera, a las
habitaciones de primer nivel que había elegido hacía ya tantos meses.
—Oye, espera.
—Oye, no. —Xena mantuvo la puerta abierta para ella de todos modos, y
luego la siguió adentro, sus manos ya se desabrochaban la túnica y se la
quitaban por la cabeza. La cálida luz del sol que entraba por las ventanas
delineó su cuerpo esbelto y fibroso durante un breve momento, antes de pasar
a través de las sombras cerca de la gran cama. Al principio, había
cuestionado la elección del lugar, pero durante los meses de invierno
realmente le había gustado, sobre todo porque los paneles de vidrio
emplomados permitían que el clima frío impregnara la habitación y
proporcionara una verdadera apreciación de los baños calientes y
acurrucarse junto al fuego. Deshonrosamente decadente. Pero le había
resultado imposible decirle que no a los mimos de Gabrielle y para el final del
invierno había decidido que ser tratada como una reina no era tan malo para
ella. No se lo hubiera admitido a nadie, por supuesto. Dejó la túnica húmeda
sobre un perchero en la esquina y se dirigió a la sala de baño, donde se
encontró con Gabrielle, que venía en otra dirección y que ya llevaba una
toalla suave y esponjosa—. Ahhh —levantó una mano—. Desnúdate primero.
Gabrielle le tendió la toalla, luego se quitó obedientemente su propia ropa, y
se detuvo sorprendida cuando la reina comenzó a secarla rápidamente
comenzando con la parte superior de su cabeza despeinada.
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—Oye. Se supone que soy yo la que debo hacerte eso a ti.
—Cállate. Soy la reina y yo establezco las reglas. —Le dijo Xena—. Además,
¿cuál de nosotras se enferma? —Gabrielle miró tímidamente desde debajo de
sus pálidas cejas—. Haces trampa. —La reina la miró indulgente—. Además,
fue mi culpa, ¿recuerdas? Te he mojado. —Le secó las orejas a la mujer rubia—
. Lo último que necesito es tener que corretear de nuevo tras tus estornudos.
—Estudió a Gabrielle, sonriendo ligeramente ante la mirada clara y honesta
que le devolvía—. Te diré algo.
—¿Qué? —Las manos de Gabrielle agarraron la parte inferior de la toalla, y
comenzó a frotar la piel de Xena con ella.
—Olvidémonos de flores y de patear culos. —Xena apoyó los antebrazos en
los hombros de Gabrielle—. Entremos a esa bañera, y asustemos a los sirvientes.
—Acarició con el pulgar el cuello de Gabrielle, mientras la mujer más pequeña
se acercaba y su piel desnuda se presionaba contra ella—. Podemos golpear
a la gente más tarde.
Gabrielle deslizó sus brazos alrededor de Xena y acarició su piel.
—Podríamos practicar esas cosas de lucha en la bañera.
—La última vez que hicimos eso, tuve hematomas en el culo durante una
semana. —Xena se acercó a ella y levantó a Gabrielle, sintiéndola reír—. Tú y
tu conejito saltarín.
Se dirigieron a la sala de baño, en medio de risitas y besos y el reflejo disperso
de la amistosa luz del sol que hacía eco a la risa en brillantes y luminosos
destellos de primavera.
Gabrielle bajó trotando los escalones hacia la biblioteca, sintiéndose bien
restregada y satisfecha, con una sonrisa temblorosa en su rostro mientras
caminaba con confianza por las filas de pergaminos que se alzaban a cada
lado de ella. Podía oler el olor a almizcle de las pieles y los estantes de madera,
y la nitidez de la tinta cercana.
—¿Jellaus?
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—Ah. —Apareció una figura desgarbada y de estatura media a la vuelta de
la esquina—. A pesar de que el sol brilla en el exterior, haces que la habitación
sea más brillante. —Inclinó la cabeza en una reverencia—. Y buenas tardes a
ti, Gabrielle.
Gabrielle aceptó el cumplido con una sonrisa.
—¿No es un gran día? —preguntó—. Me encanta la primavera.
—Como a todos nosotros. —Jellaus, músico de la corte y bardo de la reina,
respondió—. Fue bueno sentir calor en estos viejos huesos por fin, eso seguro.
¿Te vi saliendo con su Majestad muy temprano?
—Algo así. —Gabrielle coincidió—. Salí a pasear, ella estaba dando botes por
todos lados. Ya sabes cómo es.
El músico se rio con facilidad.
—¡Efectivamente! Sacas a la niña que hay en ella, Gabrielle, no hay de qué
avergonzarse. —Dio un paso atrás y le hizo un gesto para que se acercara—.
¿Necesitas más pergamino?, ¿tinta? Sé que has estado trabajando duro
durante estos últimos largos días de invierno.
Gabrielle negó con la cabeza.
—No, me queda algo, gracias. Lo que realmente necesito es... Escribí algo, y
me preguntaba si podrías hacer una canción con eso.
Jellaus le sonrió afirmando.
—Nada —dijo sinceramente—. Nada en absoluto me daría un placer mayor.
—Bien. —La mujer rubia se sonrojó un poco y lanzó una mirada avergonzada—
. Probablemente deberías verlo primero. —Cruzó los brazos sobre su pecho—.
Lo escribí para Xena.
—¿En serio? —Jellaus ladeó la cabeza—. Nunca lo habría imaginado.
Era difícil saber si estaba bromeando, pero Gabrielle pensó que sí.
—De todos modos, lo bajaré más tarde, solo quería preguntarte antes de
hacerlo.
El músico de la corte le puso una mano en el hombro.
—¿Sabes que podrías ordenármelo, mi señora?
Gabrielle, de hecho, lo sabía remotamente en algún lugar de su cabeza. Sin
embargo, nunca lo pensó en serio. 14
—Realmente no soy una dama —afirmó con franqueza—. Es mucho mejor
simplemente preguntar a la gente de buenas maneras, ¿sabes?
Jellaus se rio.
—Ah, Gabrielle. —La miró con cariño—. Los dioses se bendigan a sí mismos por
el regalo que has sido para su Majestad —dijo—. Debo tenerlo para ti en el
festival de la siembra, por lo tanto, en tres semanas —añadió—. Es el primer
gran baile del año, y sería apropiado tener una nueva canción para
semejante ocasión.
Gabrielle asintió en silencio. El primer gran baile del año, y su verdadero debut
como consorte de Xena. Estaba más que un poco nerviosa al respecto. Hubo
cenas públicas durante el invierno, pero habían sido austeras, sombrías y poco
festivas. Entre la enfermedad y los lobos, la gente no estaba de humor para
festejar, y Xena... Xena había reservado sus fiestas para sus habitaciones
privadas.
Gabrielle tomó aire y lo soltó. La temporada de frío había sido larga, cierto,
pero en muchos sentidos también había sido muy educativa y al menos ahora
podía caminar con un vestido sin tropezarse con él.
—Eso sería genial, Jellaus. Va a ser un gran evento.
El músico asintió.
—Es verdad. Antes vi los carros llegar desde algunas de las regiones periféricas.
También ha sido una temporada larga y fría para ellos. —Caminó hacia la
entrada de la biblioteca, guiando suavemente a Gabrielle por el brazo—.
Creo que su majestad tendrá mucho trabajo por hacer, ahora que el sol ha
vuelto a nosotros.
Salieron de la biblioteca y entraron al salón principal, donde una docena de
sirvientes estaban ocupados sacudiendo los tapices que colgaban de la
pared y barriendo el suelo. Las grandes puertas de madera en la parte
delantera estaban abiertas de par en par, y una brisa fresca de primavera
soplaba, aireando el olor rancio a humo de leña y paja vieja.
—Lady Gabrielle. —Uno de los sastres de la corte la vio y se apresuró a ir hacia
ella—. ¿Un momento de tu tiempo, por favor?
—Te dejaré con ello entonces. —Jellaus continuó mientras ella aflojaba el paso
a regañadientes.
—Jellaus... ¿Vendrás más tarde? —dijo la mujer rubia—. Creo que Xena
también quería preguntarte algo.
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El juglar se volvió mientras seguía caminando, hizo una reverencia y se giró de
nuevo sin perder el paso, antes de cruzar entre dos de las limpiadoras que
trabajaban duro, y desapareció en una esquina del pasillo.
Gabrielle lo vio desaparecer antes de volverse a regañadientes al sastre.
—¿Sí? —Miró al hombre con una leve aprensión. Era pequeño, con la cara un
tanto apretada y ojos parpadeantes, y constantemente hacía girar sus dedos
el uno contra el otro en un giro inquieto.
—Su majestad me ha encargado que le prepare un vestido para la fiesta de
primavera, mi señora —dijo el hombre—. ¿Puedo ser tan osado como para
preguntar de qué color lo desea?
Color. Gabrielle frunció un poco el ceño y miró hacia un lado, todavía insegura
de la mayoría del complicado protocolo de la corte.
—Um… —Hizo una pausa—. ¿Su Majestad te sugirió un color?
—Verde Primavera, mi lady. —El hombre aportó inmediatamente.
—Suena genial. —La mujer rubia respondió igual de rápido—. Me gusta el
verde. Mucho —asintió—. ¿Algo más?
—Sí, mi señora. Necesito sus medidas —dijo el hombre—. Tomará solo un
momento. ¿Me permite ir con usted a sus habitaciones?
Con un suspiro, Gabrielle asintió.
—Está bien. —Hizo un gesto para que la guiara—. Pero hagámoslo en tu taller.
Si solo va a ser un minuto... Tengo que llevar una cosa a su Majestad y sabes
que no le gusta esperar.
—¡Oh! No. Será muy rápido. Lo prometo —dijo el sastre apresuradamente—.
Ciertamente. Muy rápido. Solo un momento... de verdad. —Casi corrió delante
de ella hacia la puerta interior y la abrió, mirándola ansiosamente mientras ella
le alcanzaba y la atravesaban.
Los pasillos interiores eran un pequeño laberinto en sí mismos, pero Gabrielle
los conocía desde su breve tiempo como sirvienta. Conocía los giros más allá
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de la gran cocina y caminó con confianza por el suelo cubierto de juncos,
consciente de los ojos blindados que la miraban con cuidado.
Había desconfianza allí, y miedo, y no poca envidia, y lo sabía. Ella, que había
sido una de ellos, de hecho, la última de ellos, ahora estaba a la derecha de
la reina en una vida de comodidad y privilegios con la que los demás sólo
podían soñar.
Qué injusto les debe parecer a ellos. Gabrielle miró por la puerta abierta al
pasar y vio a un círculo de trabajadores de la cocina agazapados en círculo,
pelando tubérculos. De hecho, le había llevado un tiempo dejar de sentirse
culpable constantemente e, incluso ahora, había momentos en los que le
costaba creer todo lo que había cambiado su vida en tan poco tiempo.
Una vida nunca soñada. Nunca buscada. Y, sin embargo, aquí estaba.
—Aquí, mi Lady. —El sastre corrió delante de Gabrielle y abrió la puerta de su
pequeña habitación, una habitación llena de telas y pieles, pedazos de pieles
y carretes de hilos cuidadosamente hilados—. Por favor, por favor... será solo
un momento. —Gabrielle se acercó a un tosco taburete y se sentó encima. Al
mirar a su alrededor, sospechó que la mayoría de los clientes del sastre se
tomaban medidas en sus majestuosas habitaciones de las plantas de altas del
castillo, pero a ella realmente no le importaba. Xena tendía a hacer temblar
las manos de la gente, y el sastre a menudo tenía alfileres en las suyas.
Gabrielle había aprendido, pasmada, como el sentido del humor a menudo
malvado de su reina y amante, solía acabar en vergüenza o leve sufrimiento
para otros, por lo que estaba más que contenta de permitir que el quisquilloso
hombre consiguiera lo que necesitaba de ella aquí en privado. El sastre se
acercó y ella se irguió, viendo su propio reflejo en un espejo cercano. Aunque
su cabello estaba recortado con cuidado para enmarcar su rostro, y su cuerpo
estaba cubierto con seda, todavía veía a una campesina desaliñada
mirándola y se preguntaba nuevamente si la elección de Xena había sido la
más sabia. No había elegido amar a Gabrielle. Ella lo valoraba cada momento
de cada día. Su elección de hacer de Gabrielle su consorte y forzarla a
desempeñar un papel que realmente no sentía en su corazón, era algo que
tenía dentro—. Tiene una figura encantadora, mi señora. —Le dijo el sastre—.
Simplemente encantadora. Tan simétrica.
Gabrielle descubrió que su atención volvía rápidamente hacia el hombre.
—Um... gracias. —Se miró en el espejo—. Si tú lo dices —agregó en voz baja.
La estación del invierno le había dado la oportunidad de ganar un poco de
peso y debajo de la seda sus huesos ya no destacaban contra su piel, pero,
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siguiendo el ejemplo de la reina, había trabajado duro para mantener ese
músculo campesino y mientras Xena alegremente golpeaba a personas, ella
simplemente ejercitaba su cuerpo de varias maneras duras, moviendo sacos
de grano en el establo o bloques de armaduras en la sala de prácticas de la
reina.
Así que sus hombros se habían ensanchado un poco, lo suficiente como para
equilibrar su perfil y, aunque era inútil con el bastón que Xena le había dado,
al menos ya no la derribaba tan a menudo como lo hacía antes.
—Voy a crear algunos pliegues aquí, ¿sí? —dijo el sastre—. Y cojo un poco por
aquí, ¿no cree? —Recogió la tela de la bata que llevaba con los dedos
cautelosos, tirando de ella alrededor de su cintura—. ¿Esto le complace?
Gabrielle miró el resultado.
—Claro. —Se encogió de hombros insegura del efecto que él estaba
buscando—. Me parece bien. —A decir verdad, odiaba llevar vestidos
elegantes. Xena dijo que a ella tampoco le gustaban, pero Gabrielle
sospechaba que la reina decía eso porque creía que se ajustaba a su imagen.
Había visto a Xena acicalarse con sus trajes majestuosos lo suficiente como
para saber que encajaban con su ego independientemente de lo que dijera
al respecto. Xena era divertida de esa manera. No era inusual que viniera de
una sesión larga y sudorosa con su espada y deseara trenzarse el pelo después
del baño, y ponerse su bata de seda. Gabrielle a menudo se encontraba
encantada con la naturaleza dual de su amante y nunca muy segura de la
reacción que obtendría de la impredecible mujer. Lo cual estaba bien para
Gabrielle. No le importaba mirar a Xena con su hermosa ropa, o con su
armadura, o sin nada en absoluto, dado el caso. La reina era sencillamente
hermosa y, después de todo, los vestidos a veces demasiado complicados
eran divertidos de desenredar al final de un largo día—. ¿Eso es todo?
—Solo una cosa más, mi señora. —El sastre tomó una medida desde su cadera
hasta los dedos de sus pies—. Ya está, todo terminado, y gracias.
Gabrielle escapó con cierto alivio y se agachó para salir por la puerta,
dirigiéndose al pasillo. Tenía que encontrar pasteles, y hacerse con una jarra
de hidromiel, y ya podía ver las cejas levantadas de Xena esperándola
mientras volvía a la habitación para que pudieran concluir su descanso de la
tarde.
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Xena había descubierto que ponerse cabeza abajo era lo suficientemente
difícil como para ser un desafío, y lo suficientemente fácil como para no hacer
que su piel se llenara de sudor. Comenzó cerca de una pared, lanzándose de
cabeza para aterrizar en sus manos y mantener el equilibrio mientras sus pies
rozaban la superficie de la piedra.
Tardó un minuto, mientras sus reflejos luchaban para acostumbrarse a la nueva
postura. Podía sentir la tensión en su centro hasta que su cuerpo se ajustó y
flexionó un poco los hombros para aliviar la rigidez de las articulaciones.
Tenía un cuerpo fuerte y lo sabía. Pero sus brazos estaban mucho más
acostumbrados a manejar armas que a levantar su peso, y esa era una de las
razones por las que estaba haciendo lo que estaba haciendo, ya que nunca
se sabía cuándo necesitarías una ventaja en alguna parte.
Había sido un invierno tranquilo. Demasiado tranquilo para ella. Aparte de
unas cuantas riñas intrascendentes, todos se habían llevado bien y no había
descubierto ni siquiera una mínima conspiración que sofocar, durante toda la
larga temporada de frío.
No era tan estúpida como para pensar que era un repentino cambio de
actitud hacia su persona. El único cambio de actitud en el que confiaba era
en el suyo, y ahora era consciente de que tenía más que perder que en
mucho tiempo. Así que solo era una cuestión de eso, de tiempo.
Sacudió la cabeza para quitarse el pelo de los ojos, luego giró lentamente en
un medio círculo y examinó la habitación.
Diferente perspectiva. Se podía ver debajo de los muebles de una manera
que no se podía hacer del derecho. ¿Había pelusas de polvo? ¿Arañas?
No. Xena sonrió, sospechando que ninguna pelusa escapaba de los ojos
celosos de Gabrielle y las arañas sabiamente se mantenían fuera de las
esquinas. Sin embargo, se sorprendió al encontrar, entre otras cosas, un gato
debajo de la cama.
—¡Oye! —El animal la miró con recelo, parpadeando con sus ojos
almendrados. Era gris, con pelaje mullido y con visiblemente mala actitud—.
¡Fuera! —Xena dio unos pasos adelante y el gato bufó. Aceptando el desafío,
la reina se adelantó, flexionó sus brazos y sacudió su cuerpo hacia adelante
con un equilibrio admirable—. ¿Me bufas a mí? ¡He tenido cosas más 19
aterradoras que tú, para las galletas del té! —gritó, enseñando sus propios
dientes—. ¡Yahh!
Los ojos del gato casi se salieron de sus órbitas y giró la cola y se escabulló de
debajo de la cama, lejos de la ruidosa aparición que se acercaba cuando
salió disparado hacia la puerta con un grito de indignación.
—¡Yahhh! —Gabrielle dejó escapar un grito de sorpresa—. ¡Yah! ¡Qué! ¡Oye!
¡Ayuda! —Levantó sus manos instintivamente y se las encontró llenas de pelo
y garras afiladas—. ¡YOW!
Xena reaccionó sin pensar, dándose la vuelta y lanzándose por encima de la
cama con los brazos extendidos. El gato había saltado a las manos de
Gabrielle, y la estaba arañando, y Xena agarró su cola y tiró de ella hacia
atrás mientras se estrellaba contra su consorte y ambas se caían sobre el suelo
alfombrado en una maraña de extremidades y cuerpos cubiertos de pieles y
seda.
El gato aulló enojado, clavando sus garras en la alfombra y comenzando a
correr, solo para ser tirado hacia atrás cuando llegó al final de su cola aún
sostenida por los fuertes dedos de Xena.
Xena arrojó al gato lejos de ella y se tumbó de espaldas, mirando al techo y
sacudiendo la cabeza cuando Gabrielle se derrumbó lentamente sobre ella,
sacudiendo los hombros con una risita irreprimible.
—Voy a tener que torturar a alguien. —Se mordió el interior de su propio labio,
para evitar unirse a su compañera—. Inmediatamente.
—Q... ¿por qué? —logró decir Gabrielle.
Xena se cubrió los ojos con una mano.
—Estoy desarrollando sentido del humor. Tengo que cortar eso de raíz o ¿quién
sabe qué pasará después? —Finalmente permitió que la risa emergiera, todo
su cuerpo temblaba con ella durante un largo rato mientras yacían juntas en
la luz de la tarde.
—Chico. —Gabrielle finalmente se limpió los ojos.
—Supongo que todo ese sexo te ha dejado ciega —comentó Xena—. Si al
menos tuvieras mis años.
—Oh... borfpf. —Gabrielle se frotó la cara y rodó, extendiendo sus piernas—.
Cielos... ¿De dónde vino ese gato? —preguntó—. ¡Chico, me ha asustado! 20
La reina se acercó y la pellizcó.
—No, no fue así.
—Ay. Xena.
Xena se rio maliciosamente.
—Estaba debajo de la cama —dijo—. Estaba buscando tus paños menores
que arrojé allí antes.
Gabrielle volvió la cabeza y miró a la reina, con los ojos muy abiertos.
—¿¿Lo estabas??
—No. Estaba erguida cabeza abajo.
La mujer rubia se dio la vuelta sobre su vientre y comenzó a arrastrarse hacia
la gran y lujosa cama.
—Los encontraré... por el amor de Dios, Xena... no deberías andar por debajo
de la cama... ¡eres la reina!
Xena cruzó las manos sobre el estómago, su larga longitud se relajó en el suelo
mientras disfrutaba viendo a Gabrielle buscando debajo de la cama.
Comenzó a reírse suavemente y cruzó las piernas en sus tobillos.
—Así que, ¿dónde están mis pasteles?
—Um... —Gabrielle se movió para mirar hacia atrás—. En la otra habitación. Te
escuché gritar así que yo... um... —Se rascó la nariz con un dedo, ya que se le
había metido algo de polvo—. Pensé que estabas en problemas.
—Gabrielle, Gabrielle, Gabrielle. —La reina movió los dedos—. ¿Cuántas
veces tengo que decirte que nunca me meto en problemas?
—Tu eres el problema. Lo sé.
Xena la señaló con un dedo.
—Ven aquí.
Gabrielle se asomó debajo de la cama. Luego miró a Xena de nuevo.
—Estabas tomándome el pelo, ¿eh?
La reina se rio entre dientes. 21
—Me encanta verte mover el trasero. Ven aquí. —Con una expresión irónica,
Gabrielle se arrastró de vuelta a donde la reina estaba despatarrada y se
colocó junto a ella, la alfombra de lana le hacía cosquillas en la cintura
desnuda mientras se le abría la túnica. Podía ver la travesura y el buen humor
en la cara de Xena, y le hizo sonreír a pesar de que había sido víctima de su
pequeña broma. Había notado que los estados de buen humor se habían
vuelto más frecuentes. Xena solía estar de mal humor en el mejor de los casos,
y sus estados de ánimo eran volubles. Podía estar riéndose un minuto, y luego
ahogando a un noble en el siguiente, pero durante el invierno, Gabrielle había
percibido cierta tendencia en ella a sonreír y relajarse un poco más,
especialmente cuando estaban en privado. Como ahora. Xena rodó sobre su
costado y apoyó su cabeza en una mano—. Entonces —dijo ella—.
Abandonaste mis pasteles para salvarme de un pequeño gatito. Maldita sea,
esa es la romántica Gabrielle.
La nariz de Gabrielle se arrugó cuando sintió que se sonrojaba, calentando su
rostro y provocando otra risa de su compañera.
—No se suponía que fuera romántico —protestó—. Estaba tratando de
protegerte.
—Lo sé. —Xena se acercó y le apartó el claro cabello de la cara con
sorprendente dulzura—. ¿Has visto a ese sastre inútil? —preguntó, en un brusco
cambio de tema—. Le dije que sería mejor que te hiciera algo bueno o que
iba a cortarle los dedos.
Al ver esos ojos azules que la miraban, Gabrielle sintió que empezaba a
derretirse sobre la superficie de lana que había debajo de ella, la
conmovedora consideración casi le impidió respirar por un momento. Estaba
acostumbrada a las bromas de Xena, y el agudo ingenio y los repentinos
enojos, pero estos atisbos de algo mucho más profundo aún la seguían
sorprendiendo.
Un poco intimidante.
Entonces la reina sonrió y le pellizcó la nariz, y las cosas volvieron a la
normalidad.
—Sí, hablé con él. —Gabrielle asintió—. Está haciendo algo verde, con
pliegues. Creo. —Alargó la mano y jugó con el cinturón de terciopelo que
ataba la bata de Xena—. Estoy segura de que será bonito.
Xena tomó impulso y se puso en pie. Esperó a que Gabrielle se pusiera en pie
22
a su lado y luego pasó un momento cerrando los cordones de su túnica de
lino.
—¿Sabes cuál será la parte más divertida de esa fiesta?
—¿El postre? —Dulces y verdes ojos parpadearon inocentemente hacia ella.
—Gamberra rata almizclera. —Xena se inclinó y la besó—. Aparte de eso. Voy
a decidir quién mantiene sus concesiones de tierras esa noche. —Apoyó los
brazos en los hombros de Gabrielle—. Tengo que hacer eso una vez al año. No
hay nada como asustar a todos para pasar una noche divertida, ¿eh?
Gabrielle puso sus manos en las caderas de la reina.
—¿Quieres decir... puedes quitarles sus casas?
—Síp.
—Hm…
Xena miró con cariño la cabeza clara que descansaba sobre su pecho.
—Estás a salvo —dijo ella—. Solo pongo de patitas en la calle a los tontos que
me cabrean.
—Oh.
La reina se aclaró la garganta.
—Y los idiotas incompetentes que no pueden gestionar la tierra —añadió, con
un leve encogimiento de hombros—. No es solo un ejercicio de mi gran ego.
—No pensé que lo fuera.
—Todos los demás lo hacen. —Xena inyectó una nota de oscura ironía.
Gabrielle pensó en eso. Recordaba, de una manera vaga, cómo en cada
cosecha había sentido la tensión de sus padres cuando el terrateniente se
acercaba para recoger su parte y contar las ovejas.
Recordó la forma en que el hombre los miraba, con ojos juzgadores y críticos.
No sabía de qué se trataba, pero recordaba tener miedo porque sabía que
sus padres lo tenían. ¿Era esto lo mismo?
Si alguien era un mal agricultor, ¿eso significaba que no se merecían un hogar,
un lugar y un poco de pan para conservarlos?
¿Qué hubieran hecho si su padre no hubiera sido tan astuto y hubiesen
perdido la choza en la que habían vivido? ¿Tendrían que irse a vivir al bosque,
en los refugios improvisados que una vez había visto allí, con rostros afligidos 23
que miraban desde ellos?
Gabrielle frunció el ceño y pensó en algo que Xena le había contado una vez,
sobre esclavos realmente más libres que los hombres libres. Tenía que admitir
que había cierta lógica en que lo entendiera mejor que la mayoría. Había una
cierta paz en no tener que tomar decisiones, ¿no?
—¡Oye! —Gabrielle saltó, a pesar del hecho de que había sentido las costillas
de Xena moverse mientras inhalaba para gritar—. ¡Yow!
—Deja de pensar. —Xena la empujó hacia la puerta de la cámara exterior,
donde esperaban los pasteles y el hidromiel—. Te quedarás ciega.
Gabrielle apartó los pensamientos y, de buen grado, se dirigió hacia la
brillante y hermosa habitación. Sin importar cuáles fueran las decisiones de
Xena, sabía que la reina tenía su propia y peculiar lógica sobre ellas y, en
cualquier caso, en franca honestidad, sabía que dónde estuviera el hogar de
la reina, estaría el suyo también.
Si era en esta habitación ricamente amueblada, bueno, pues lo era.
—Tenían esos pasteles de nueces tostadas que te gustan —le dijo a la reina—
. Y puedo hablarte sobre mi poema ahora.
—¿Tienes que hacerlo?
—Es sobre ti.
Xena seleccionó una nuez de la parte superior de la masa y se la comió.
—¿Otra vez?
—Le pedí a Jellaus que lo convirtiera en una canción —le dijo Gabrielle con
timidez—. Para la fiesta.
La reina se detuvo a medio masticar.
—¿Es pastelosa? —Gabrielle asintió—. Te voy a hacer gritar como a ese gato.
La luz de las antorchas ondeaba sobre las murallas mientras Xena se paseaba
por ellas de un lado a otro, la penumbra del crepúsculo proyectaba sombras 24
tenues sobre la piedra y delineaba vagamente su alta forma.
En lo alto, un cielo parcialmente nublado revelaba estrellas centelleantes que
pasaban junto a mechones gruesos de algodón gris y, mientras respiraba
profundamente, encontró un rastro almizclado de lluvia en el aire.
—Ah.
Xena caminó hasta el borde del muro y puso sus manos sobre él, mirando
hacia la larga extensión de terreno que descendía desde su fortaleza hasta el
rápido río que corría abajo.
Se sentía nerviosa. Había un cosquilleo en el aire que podría ser una tormenta
que se aproximaba, pero rozaba su piel con una sensación premonitoria que
había aprendido a no ignorar años atrás.
Se acercaba una tormenta. Pero no de las que mojan. Para su sorpresa, Xena
no estaba segura de cómo se sentía al respecto. Esperaba aburrirse, como
solía hacerlo al final del invierno, y ansiosa por que la primavera le trajera caras
nuevas, cosas nuevas...
Sangre nueva. Sonrió en la oscuridad. La primavera generalmente significaba
algún tipo de pelea, ya fuera interna como alguien intentando matarla, o
externa, ya que algún señor de la guerra cercano decidía probar suerte con
ella antes de que el clima se aclarase lo suficiente como para realizar una
incursión decente.
Xena apoyó la barbilla en sus muñecas. No estaba tan aburrida como siempre
lo había estado en el pasado. De hecho, casi hubiera preferido que el invierno
hubiera durado un poco más. Había empezado a disfrutar perversamente del
intento vacilante de mala poesía de Gabrielle, y se había convertido en una
fascinación buscar y descubrir los pequeños obsequios que su consorte
escondía para ella en sus habitaciones.
Una pequeña canasta de frutas secas, una bufanda de lana, unas zapatillas
nuevas, Xena nunca sabía qué sería, y así, este pequeño misterio en su vida la
intrigaba inmensamente.
—Señora.
—¿Sí? —Xena no se volvió, reconociendo la voz—. ¿Qué trae a un viejo
aburrido como tú en una bonita noche como esta, Lastay?
—Es hermosa, cierto. —Su heredero estuvo de acuerdo, dejando pasar la
insulsa broma—. Es bueno poder salir a pasear y no tener que envolverme en
una pesada capa. Ciertamente ha sido un invierno largo y frío. —Se apoyó en
25
la pared junto a ella—. Muy largo de hecho.
—¿Tu esposa todavía vomita? —inquirió Xena—. Supongo que eso es para que
vayas preparándote para el renacuajo, ¿eh?
—Estamos esperando ansiosamente el nacimiento de nuestro hijo, señora. —
La voz del hombre tenía un ligero toque de reproche—. Será una gran alegría
para los dos.
—Apuesto a que será una gran alegría para ella —dijo Xena—. Es quien está
haciendo todo el trabajo.
—Ejem. —La reina se rio entre dientes, su atención estaba atrapada en la luna
que salía de detrás de las nubes e iluminaba de plata el suelo delante de la
fortaleza. Había siluetas impasibles en la hierba, y si inclinaba la cabeza hacia
un lado, podía escuchar el suave mugido del ganado masticando los nuevos
brotes primaverales—. ¿Le han resultado difíciles los meses fríos, señora? —
Lastay puso sus manos sobre la piedra—. Parecía que no tanto como en el
pasado, a mí al menos.
Las fosas nasales de Xena se agitaron levemente.
—¿Quieres decir ahora que me atienden regularmente en la cama? —lo miró
por el rabillo del ojo—. Que agudo por tu parte notarlo.
—Señora. —Lastay se aclaró un poco la garganta.
La reina se rio.
—Entonces dime, Lastay, ¿cuántos lameculos has coleccionado hasta ahora?
Tengo una apuesta.
El duque entrelazó sus poderosos y cuadrados dedos.
—Ha sido un momento interesante para mí —reconoció—. Como tal vez sepa,
fui un paria antes de que me concediera el honor de ser su heredero, y de
encontrarme siendo el objeto de tal... emm...
—¿Cortejo de depravados?
Lastay se río entre dientes.
—Señora, usted no sufre de ninguna delicadeza cortesana, eso es seguro.
—No tolero chorradas, Lastay —dijo Xena—. Es una de las razones por las que
me odian tanto. Ambos lo sabemos. Viven para el baile y yo pisoteo sus pies.
—Eso es así. —El duque coincidió, medio girándose para enfrentar a Xena. Se
apoyó contra la pared, su forma rugosa cubierta de lino y seda nudosa—. No 26
fui una elección muy popular para ellos, pero creo que, en verdad, hay alivio
de que tengas un heredero, y la continuidad del reino esté asegurada.
Xena mantuvo su atención en la oscuridad que los rodeaba.
—Es un alivio para mí —dijo finalmente me forma escueta—. Disfruta de la
adulación, Lastay. Por los dioses que yo nunca lo hice. —Su mirada se volvió
reflexiva por un momento—. Creo que ambos ganamos con ello.
Lastay asintió de nuevo.
—Me parece que si —dijo—. ¿Está contenta, señora?
Xena permaneció en silencio por un momento, luego, lentamente, asintió.
—Creo que lo estoy. —Sonrió levemente—. Por ahora. —Con un movimiento
repentino, saltó hacia arriba y presionó su cuerpo sobre el muro, dejando que
sus piernas colgaran mientras estaba sentada al borde de una gran caída.
Lastay miró alrededor nerviosamente.
—Señora, tenga cuidado.
—No quiero. —La reina respiró del rico aire primaveral—. Creo que tendremos
problemas esta estación, Lastay. Hay una batalla en el viento.
—¿Aquí? Seguramente…
—Fuera. —Xena indicó el río—. Ha sido demasiado tranquilo, demasiado largo.
El duque la miró con ojos dubitativos, viendo cómo el cabello oscuro se movía
hacia atrás con el viento, que también arrugaba la ropa de seda de Xena
alrededor de su cuerpo.
—Lo que usted diga. —Murmuró.
—Lo digo. —La reina asintió—. Y si no surge nada, iré a conquistar a alguien. —
Saltó de nuevo, esta vez balanceándose sobre el muro mientras caminaba en
relajado equilibrio—. Si te quedas en un lugar el tiempo suficiente, la gente se
acomoda, Lastay. Empiezan a pensar que pueden tomar un poco de aquí,
picar algo de allí... a veces tienes que romper algunos huevos o, de lo
contrario, terminaras con algunos podridos.
Lastay caminó junto a ella, a salvo detrás del muro.
—Hemos estado en paz por un tiempo, sí. —Estuvo de acuerdo—. Le ha dado
al reino la oportunidad de crecer y prosperar. Eso no es tan malo, creo. —Su
rostro se tornó pensativo—. Pero también es cierto... nuestra seguridad está 27
garantizada por la reputación de su majestad.
—Apuesto tu culo a que así es —dijo Xena—. Y al igual que la gente de aquí
se olvidó de eso con Bregos... ¿cuántos de los de fuera también lo han
olvidado? —Se volvió y lo miró, con las manos en las caderas—. Ya está
corregido, Bregos no está. ¿Crees que alguien por ahí tendrá ideas, pensando
que él era el poder aquí?
Lastay cruzó los brazos sobre el pecho.
—Bregos hizo campaña en tu nombre. —Xena miró hacia afuera, mientras la
luna asomaba detrás de una nube y la dibujaba en plata—. Tuvo éxitos, la
temporada pasada.
—Es cierto —dijo la reina—. Pero, ¿cuánto más grandes podrían haber sido?
—preguntó—. ¿Y si yo hubiera estado al frente del ejército? —Las nubes se
abrieron, y extendió sus brazos para aceptar el elogio de las estrellas que
centelleaban sobre sus cabezas—. ¿Te lo imaginas?
Lastay la estaba mirando en estado de shock, perdido en la reina que tenía
cara de estar muy lejos de él.
—Majestad, seguramente me está gastando una broma —balbuceó—. No
tendrá intención de irse... ¿a liderar al ejército otra vez?
Xena se quedó mirando al exterior un momento, luego se giró y saltó del muro
con gracia, aterrizando suavemente junto a Lastay. Se apoyó contra la piedra
y cruzó los tobillos.
—¿No quieres dirigir este lugar por un tiempo? Pensé que lo habíamos resuelto.
El duque pareció aturdido.
—La verdad sea dicha, señora —dijo finalmente—, no lo había pensado, al
menos en tan poco tiempo.
Xena se apartó de la pared y le palmeó el hombro enérgicamente.
—Échale un par de huevos —sugirió—. Y comienza a acostumbrarte a la idea
—Pasó caminando junto a él, cruzando las almenas hacia las escaleras más
alejadas, caminando rápidamente entre rayos de luz de luna hacia las
sombras.
Lastay dejó escapar un suspiro y negó con la cabeza. Luego se volvió y
caminó en dirección opuesta, al pasillo principal.
28
Gabrielle metió su pluma en el tintero sobre el escritorio y se detuvo, pensando,
antes de seguir escribiendo cuidadosamente en el pergamino que tenía
delante.
Una vela parpadeaba cerca, iluminando su tarea, y ella articuló las últimas
líneas de lo que acababa de escribir mientras chupaba pensativa el extremo
de la pluma.
Las cámaras reales estaban muy silenciosas. Xena había salido a dar un paseo
por las murallas y las ventanas a su alrededor estaban ahora oscuras. A lo
lejos, podía oír el débil sonido de las puertas cerrándose, y un tintineo de vajilla,
pero en las cercanías solo se oía el ligero roce de los arbustos fuera del cristal
y el suave chisporroteo del fuego que ardía en la chimenea.
Primavera, sí, pero las habitaciones de piedra guardaban durante mucho
tiempo el frío del invierno y tenía los pies metidos en zapatillas calientes que se
sentían suaves y cómodas contra su piel.
Gabrielle movió los dedos de los pies, hizo una pausa, luego añadió las últimas
palabras y dejó la pluma, soplando suavemente las letras mientras se secaban
pasando de negro intenso a ocre oscuro.
—Bien... —releyó su poema—. Me pregunto si es demasiado cursi. —Se mordió
el interior del labio—. Xena odia las cosas sensibleras, pero yo no puedo escribir
sobre sangre todo el tiempo. —Un suave golpe llamó a la puerta. Gabrielle
saltó de su taburete y trotó hacia la entrada, deslizándose a través del
majestuoso espacio público y alcanzando la alta y ornamentada puerta
doble. Abrió el pestillo y tiró de la hoja más cercana—. ¿Hola?
Había un soldado allí, parecía nervioso. Llevaba una bolsa de suave cuero, y
pestañeó a Gabrielle con verdadero sobresalto.
—Um... — tartamudeó—. ¿Me han dicho que viniera? ¿A ver a la reina?
—Está bien. —Gabrielle miró rápidamente a la cabeza de halcón en el pecho
del hombre—. No está aquí ahora. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?
El hombre miró a su alrededor.
—Mi nombre es Devon —dijo—. Soy el fabricante de armaduras. El capitán dijo 29
que viniera aquí, ya que la reina quiere algún trabajo.
Ah. Gabrielle dudó.
—Bueno, puedes entrar y esperarla.
Los ojos del hombre se abrieron de par en par.
—No, mi señora. Esperaré en los escalones, por allí. Gracias. —Se apartó de la
puerta, dejando a Gabrielle allí parada con una expresión perpleja,
arrastrando los pies apresuradamente hacia atrás hasta que golpeó algo
grande y cálido—. Eh... vigile por dónde… ¡ah!
Xena ladeó la cabeza, mientras miraba al hombre desplomarse en el suelo,
dejando caer su bolsa y cubriéndose la cabeza con los brazos.
—¿Yo? —señaló su propio pecho—. ¿Que vigile por dónde VOY?
—¡Ah! Ah! ¡No la toqué, er! ¡Lo juro! ¡Lo juro! ¡Dioses ayudadme!
Xena se puso las manos en las caderas y lo miró. Luego miró a Gabrielle, que
estaba observando desde la puerta.
—Si eres el armero, tengo suerte de que no hayamos perdido a la mitad del
ejército la temporada pasada. Tienes los sesos de una maldita cerda.
—¿Seeeeeeñora?
Xena pasó por encima de él y negó con la cabeza.
—Vete de una puñetera vez. Dile a Brendan que dije que lo olvide. —Empujó
a Gabrielle hacia dentro mientras se acercaba, y cerró la puerta detrás de
ella cuando entró en los aposentos reales—. Idiota.
Gabrielle se mantuvo prudentemente fuera de su camino.
—Parecía un tipo extraño —expresó—. ¿Querías que te arreglaran algo?
Podría llevarlo al cuartel por ti.
—No. No si eso es una muestra de lo que haría con ello.
La mujer rubia juntó sus manos detrás de su espalda.
—Bueno... creo que acabas de asustarlo, Xena. Tal vez podrías darle otra
oportunidad... Quiero decir, si realmente necesitas que se ocupen de tus
cosas.
Xena había ido hasta el baúl que había contra una pared, que tenía tantos
golpes y marcas que parecía fuera de lugar en la opulencia de la habitación. 30
Puso sus manos sobre la parte superior, luego miró de reojo a su consorte.
—No estaba aquí por mí. —Pillada por sorpresa, Gabrielle solo podía
pestañear. La reina se dio vuelta y se sentó en el baúl, con el pelo cayendo
salvaje sobre sus ojos—. Ven aquí. —Le tendió una mano—. Hablemos. —
Gabrielle se acercó y la tomó de la mano, apretándola y dándole la vuelta,
luego besó suavemente los nudillos de Xena en un movimiento tan automático
que las detuvo a ambas, y simplemente se miraron durante un largo momento.
Entonces Xena exhaló un poco—. Estoy considerando hacer algo
potencialmente letal y posiblemente muy estúpido —comentó.
—¿Lo estás? —Gabrielle se sintió sorprendida, y un poco inestable—. ¿Por qué?
—¿Por qué no? —respondió la reina—. La vida es corta. Tengo que divertirme
mientras pueda. Mi idea de diversión es ir a la guerra.
Gabrielle estudió la alfombra un momento.
—Entonces... —Miró a Xena—. ¿Es por eso que quieres que tenga una
armadura? ¿Así podré ir contigo?
Xena asintió.
—Algo así, sí. —Observó la cara de la mujer rubia, viendo una docena de
expresiones que se difuminaban a través de ella, fascinada por toda esa
complejidad—. ¿Qué piensas sobre eso?
¿Qué pensaba al respecto?
—Creo que me voy a ver bastante tonta con una armadura, pero si puedo ir
contigo, no me importa —dijo Gabrielle—. Pero... no lo entiendo... ¿alguien nos
está atacando?
—No.
—Oh.
Xena se miró las botas de cuero y las gastadas hebillas centellearon
tenuemente a la luz de las velas.
—¿Recuerdas lo que me dijiste la primera vez que me viste con mi armadura?
—Gabrielle asintió en silencio—. Tenías razón. Eso es lo que soy —dijo la reina—
. Soy una guerrera. Quiero pelear. Quiero salir y buscar pelea con alguien, no
esperar a que alguien traiga la pelea aquí. —Flexionó su mano libre—. Te
quiero conmigo. Pero no puedo prometer que no salgas herida. O que la 31
palmes, para el caso.
Gabrielle miró la ornamentada habitación y pensó en todas las lujosas
comodidades. Recordaba cómo había sido cuando habían estado tan
brevemente en el camino antes del invierno, y lo difícil que había sido.
Que incómodo La mujer rubia reflexionó sobre eso. Por otro lado...
—No tenemos que llevar ningún vestido de volantes con nosotras, ¿verdad?
—Xena resopló y sus hombros comenzaron a temblar—. Donde quiera que
vayas, voy, Xena. —Gabrielle le sonrió—. Y apuesto a que termino obteniendo
algunas historias realmente buenas. Lo hice la última vez.
La reina la abrazó.
—Esa es mi rata almizclera. —Le dio un beso en la cabeza—. Incluso no te
obligaré a ponerte un sombrero de hojalata.
Un cambio. Gabrielle abrazó a Xena. Un cambio estaba bien, siempre y
cuando lo enfrentaran juntas.
—¡Ay! —Gabrielle golpeó el suelo con fuerza, el aire salió de sus pulmones
mientras perdía el control de su vara y esta se alejaba rebotando por el suelo
de piedra—. ¡Pedos de cerdo!
Al otro lado de la habitación, Xena se apoyó en su propia vara y rio,
sacudiendo la cabeza con remordimiento.
—Lo siento.
La mujer rubia sacudió su mano palpitante y la examinó, haciendo una mueca
ante la piel visiblemente enrojecida a la luz de las antorchas del salón de
prácticas. Luego dejó caer el brazo y miró a su adversaria, con los hombros
caídos en abatimiento.
—Xena, creo que soy bastante inútil con esto. ¿Puedo intentar lanzar piedras
o algo así?
—¿Qué te hace pensar que serías mejor en eso? —La reina se acercó y se
agachó junto a ella, entonces, aparentemente se lo pensó mejor y se sentó a
su lado, deslizando su vara entre las piernas—. No eres tan mala.
—Sí, lo soy. —Gabrielle miró tristemente sus botas de cuero. 32
—No, no lo eres. —La reina se apoyó en sus manos—. Deja de discutir conmigo.
Estoy al mando aquí, en caso de que lo hayas olvidado —añadió—. Eres
completamente inepta contra mí.
—Sería completamente inepta contra la cocinera. —Su consorte suspiró—.
Pero sí, verte no hace que sea más fácil.
Xena levantó su vara con un pie, luego se relajó sobre su espalda y comenzó
a hacer malabarismos con sus pies, manteniéndola en el aire con
despreocupada facilidad.
—Gabrielle, he estado haciendo esto desde que tenía la edad suficiente para
mear sola. Te aseguro que no quieres haber vivido mi vida.
Gabrielle pensó en eso por un momento.
—No —admitió—. Tienes razón. Pero realmente me gustaría simplemente ser...
—frunció el ceño—. Solo ser buena en algo. —Hizo una pausa—. En cualquier
cosa.
Xena volvió la cabeza.
—Puedo pensar en algo en lo que eres buena. —Arrastró las palabras,
mostrando una mueca traviesa—. Y créeme, eso no es muy común. —Pateó
la vara hacia el techo, y se sentó, alcanzando detrás de ella para atrapar el
arma y volver a colocarla junto a ella.
—Xena. —Gabrielle la miró desde el flequillo despeinado—. Eso no es algo que
pueda contarles a todos, ¿sabes?
—¿Por qué no? —Los ojos verdes de la mujer rubia se abrieron de par en par—
. Cocinar no es un crimen —dijo la reina, sus propios ojos se ampliaron con
fingida inocencia—. ¿No era eso en lo que estabas pensando?
—Ugh. —Gabrielle se recostó sobre su espalda—. Me pillaste.
Xena se rio entre dientes, luego se acercó para darle a su consorte un masaje
en el vientre.
—Eres tan fácil —bromeó—. Pero, de hecho, eres bastante buena en eso
también, así que deja de gimotear.
Gabrielle se encogió de hombros, como si una roca hubiera caído entre ellas.
—No estoy lloriqueando, ¿verdad? —preguntó—. No era mi intención... creo
que estoy cerca del ciclo. Tal vez eso es todo.
33
La reina se puso de pie y pinchó a su compañera con una bota.
—Razón de más para moverse —dijo—. Ninguna de nosotras estará de humor
para hacer esto mañana. —Colocó la vara sobre sus hombros y caminó hacia
el otro lado de la sala de práctica, mirando de soslayo la habitación grande
y vacía con una sensación de adusto afecto. Era un lugar frío y húmedo,
venciendo los mejores esfuerzos de las antorchas e, incluso en verano, el lugar
nunca había sido realmente cómodo. Apropiado, porque Xena lo había
utilizado para perfeccionar sus habilidades marciales, enfocándose
intensamente en sus ejercicios y en los movimientos repetitivos que la
convertían en una maestra, y cualquier distracción exterior hubiera sido
molesta para ella. No había buscado comodidad: la habitación no tenía
nada en el suelo y nada en las paredes excepto los candelabros y, sin ninguna
lógica, a menudo dejaba las ventanas abiertas para dejar que la brisa soplara
y refrescara su piel empapada de sudor. Había sido su único y verdadero
sanctasanctórum. No se había autorizado a nadie a subir allí. A nadie se le
había permitido verla con todo su crudo autocastigo que la dejaba a menudo
de rodillas exhausta, demasiado débil para mantenerse erguida. Gabrielle
había sido la primera persona a la que había dejado entrar—. Vamos, rata
almizclera. —Xena giró su cuerpo hacia derecha e izquierda, flexionándose un
poco—. No tengo toda la noche. Hay lugares a donde ir, personas a las que
aterrorizar, y a tí para extasiar... ya sabes cómo es esto.
La mujer rubia se puso de pie y se sacudió el polvo antes de ir a recoger la
maltratada vara del rincón de la sala. Se tomó un momento para recuperarse,
luego levantó la vara para apoyar su cuerpo y trató de calmarse.
Esa fue la parte difícil, con Xena. Cuando vino hacia ti, lo primero que debías
haber hecho era dominar el intenso deseo de salir corriendo.
—Ey. —Xena se le acercó, inclinada hacia un lado—Luego tuviste que
descifrar cómo detener su vara, cuando la hizo oscilar, sin que te golpeara en
la cabeza—. Se buena —pidió Gabrielle, mientras enfocaba sus ojos en el
arma de Xena y en el punto medio de su cuerpo.
—Bwahaha. —La reina atacó, golpeando su vara contra la de Gabrielle
mientras miraba a la chica luchar para bloquearla.
Aunque amaba mucho a su consorte, incluso Xena tuvo que admitir que, en
el campo de la coordinación, Gabrielle se había llevado la peor parte.
Simplemente no tenía el instinto de pelear, y por eso todo lo que hacía era
solo a base de intensa concentración y esfuerzo.
Xena no había pensado en pelear en, probablemente, veinte años. Su cuerpo
simplemente sabía qué hacer y podía confiar en él para que actuara y la
34
defendiera en casi cualquier situación. No estaba segura de sí su consorte
alguna vez desarrollaría siquiera un atisbo de eso, por lo que enseñarle a
pelear era como enseñar a nadar a un gato callejero.
—¡Oo! —Gabrielle casi tropezó, ya que olvidó recoger el extremo de su vara,
y casi se lanzó de cabeza. Se recuperó a duras penas, luego agarró con más
firmeza la vara y volvió a enfrentarse a Xena mientras la reina avanzaba y
atacaba.
Por supuesto, ella solo estaba jugando, apenas golpeando con su arma para
no herir a su adorable y pequeña compañera de cama. Lo último que quería
hacer era eso: quería que Gabrielle pensara que los ejercicios eran más
divertidos que la tortura.
—Bien —la felicitó, ya que había desviado el ataque.
Gabrielle deslizó las piernas un poco más y movió tentativamente su vara, y al
final chocó contra la de Xena.
—¿Está bien? —Flexionó los dedos, la breve túnica de lino que estaba usando,
delineaba un cuerpo que al menos se había hecho más fuerte con el paso de
los meses y más capaz de soportar el maltrato de Xena.
Xena suavemente invirtió su vara y se sorprendió gratamente cuando su
adversaria rubia siguió el movimiento e hizo lo correcto, contrarrestando la
dirección y enfrentándose con ella mientras sus varas se cruzaban frente a
ellas.
—Oye... ¡no está mal!
Solo para llegar hasta este punto con ella había sido agonizante. Xena se
había preocupado por dos razones. Una, porque el desafío a su
temperamento era significativo, y le gustaban los desafíos.
Dos…
—Ajá. —Gabrielle volvió a golpear, e increíblemente, se agachó a tiempo
para esquivar el golpe que Xena lanzó a la parte superior de su cabeza. Saltó
hacia atrás torpemente y, sin pensar realmente en ello, impulsivamente giró la
vara hacia las rodillas de la reina.
Absorta en sus pensamientos, Xena reaccionó por un pelo demasiado tarde
para evitar que la vara crujiera contra un lado de su pierna, como un agudo
aguijón.
35
—¡Cielos! —gritó sorprendida—. ¡Ay!
Dos, quería que Gabrielle fuera capaz de defenderse, incluso si eso significaba
ser golpeada.
Gabrielle se detuvo en seco, arqueando las cejas de forma cómica.
—Oh por los dioses... ¿estás bien? —dejó caer su vara y se lanzó hacia
adelante, cayendo de rodillas para examinar la pierna de Xena—. Xena, lo
siento mucho, ¡no tenía intención de hacer eso!
—¡Déjalo ya! —La reina la golpeó en la cabeza—. ¡Por supuesto que quisiste
hacerlo! ¡Ese es el objetivo de esto, Gabrielle! ¡¡Se supone que debes enviar al
Hades a la persona que va detrás de ti!!! —Ahogó una risa al ver la triste
consternación en la cara de su consorte—. ¡Hazme daño, nena! —En lugar de
eso, Gabrielle se inclinó y le dio un beso donde la había golpeado. Xena se
arrodilló y le dio unas palmaditas en la mejilla—. Bueno. Ve a sentarte y déjame
liberarte de tus problemas. Podemos hacer otra ronda cuando este cansada.
—Dejó que sus dedos permanecieran, trazando suavemente los redondeados
pómulos de Gabrielle y encontrando que sus labios se movían en una sonrisa
mientras la mujer rubia la miraba—. Sonríe, rata almizclada. Conseguiste
tocarme.
Gabrielle arrugó la nariz.
—Te dejaste.
La reina negó con la cabeza. Luego se levantó y caminó hacia un espacio
despejado, intercambiando la vara por su espada tendida en el suelo. Sacó
el arma de su funda y dejó que la hoja descansara momentáneamente contra
su frente, antes de soltar suavemente la funda y comenzar a calentar.
Gabrielle cruzó las piernas por debajo de ella y apoyó los codos en las rodillas,
contenta de sentarse y mirar. No creyó ni por un momento que Xena no se
hubiera dejado recibir un golpe solo para hacer que se sintiera mejor, pero...
en cierto modo... el solo hecho de saberlo la hizo sentir mejor.
Xena estaba haciendo sus cosas a cámara lenta, con las que siempre
comenzaba. Tenía ambas manos en su espada, y estaba haciendo figuras
con ella en el aire, moviéndose con cuidado a través de los ejercicios con los
ojos fijos en un oponente imaginario.
Mientras movía la espada en círculo, se giró en la dirección opuesta, su cuerpo
se dibujó a la luz de las antorchas mientras la luz y la sombra se movían sobre
su piel.
Hermosa. Exhaló Gabrielle.
36
En un suspiro, Xena cambió su rutina, pasando de cámara lenta a rápida
como un rayo en un abrir y cerrar de ojos, soltando una mano de la espada
mientras daba cuchilladas en una serie de ataques rápidos antes de rotar la
hoja desde su mano derecha hacia su izquierda y comenzando todo de
nuevo.
Increíble. La mujer rubia no negó la envidia que sentía, sin importar lo que Xena
había pasado para lograrlo. Sacudió la cabeza ligeramente mientras Xena
giraba la espada en círculos a su alrededor y luego se lanzaba hacia el cielo,
volteándose hacia atrás mientras llevaba el arma.
¡Zas!
—¡Ouch! —Xena logró recuperar el equilibrio y se detuvo de un salto,
golpeándose la oreja en medio de la maniobra—. ¡Hijo de bacantes! —Frotó
la marca, que picaba mucho más que la de su pierna, y echó un vistazo a
Gabrielle, que tenía una expresión apropiadamente sombría en su rostro. No
se ríe. Tenía que estar muy enamorada para dejar entrar a la chica y que la
viera golpearse en la cara, eso era seguro—. ¿Quieres venir a besar esta
también? —preguntó, poniendo una mano sobre su cadera—. Mi sigue
resonando la cabeza.
Gabrielle se levantó y se acercó, poniéndose de puntillas para tocar
suavemente la oreja de la reina.
—Está toda roja. —Esperó a que Xena inclinara su cabeza, luego besó la oreja,
sintiendo la calidez de la lesión contra sus labios mientras la respiración de la
reina le hacía cosquillas en la piel de su cuello—. ¿Mejor? —Xena se frotó la
nuca, los ecos del golpe aún resonaban dentro de sus oídos. Un fuerte deseo
de simplemente dejarlo, y regresar a sus habitaciones se despertó en ella;
había sido un largo día y había decidido comenzar a entrenar al ejército
mañana. Gabrielle puso sus brazos alrededor de la reina y la abrazó—. Eres
tan increíble. Me encanta verte hacer esto.
—¿Incluso cuando parezco una idiota?
—Nunca lo pareces —le aseguró su consorte—. Al menos... no tanto como yo
cuando trato de jugar con esa vara.
Oh bien. Xena le dio unas palmaditas en la espalda ligeramente.
—¿Quieres ver eso de nuevo, pero bien hecho esta vez? —Esperó a que su
consorte la liberara, luego dio un paso atrás y comenzó el ejercicio de nuevo,
esta vez con la espada en su otra mano.
37
Por si acaso.
Xena apoyó los codos, sus ojos estudiaban el mapa en la gran mesa de
trabajo iluminada por el sol de la mañana. Estaba hecho de pieles, bien
raspadas y cosidas cuidadosamente, y notó que las marcas garabateadas en
ellas necesitaban, tristemente, una puesta al día.
—Bien, bien. —La reina sacó su daga de la funda y raspó ociosamente un
punto—. Ya es hora de actualizar este viejo... sorprendentemente los bichos
no se lo han comido.
—¿Me estabas preguntando algo? —Gabrielle apareció por su lado derecho.
—Sí —dijo Xena—. Te estaba pidiendo que me quites la ropa.
Gabrielle miró a su alrededor, a la majestuosa y casi vacía sala del trono.
—Está bien. —Se encogió ligeramente de hombros, buscando un lazo en la
manga de Xena—. Eres la reina.
—Hm. —La reina en cuestión estudió los finos dedos que se deslizaban bajo la
tela alrededor de sus muñecas—. Que hacer, que hacer —suspiró—. Sé la
reina, escandaliza a los nobles... sé la reina, escandaliza a los nobles... joder,
es difícil ser yo algunos días.
En privado, Gabrielle no pensaba que a Xena le resultara difícil ser Xena en
ningún momento. Dobló su mano alrededor de la de la reina y miró el mapa.
—¿Qué es esto?
—¿Qué pasó con lo de desvestirme?
—¿De verdad quieres que lo haga? —Gabrielle volvió la cabeza y miró a
Xena—. Pensé que habías mandado llamar a Brendan.
—Tal vez le guste mirar. —La reina se rio entre dientes—. No, pequeña rata
almizclera. No quiero que me desnudes y me fuerces. —Gabrielle se aclaró la
garganta, mirando de refilón a los guardias de la puerta—. Ahora, de todos
modos. —Un brillo travieso brilló en los ojos de Xena—, y para responder a tu 38
pregunta, eso es un mapa. —Extendió su mano libre sobre él—. Es mi mapa.
Gabrielle se apoyó en la mesa y examinó las pieles.
—Es bonito —comentó, trazando las líneas a lo largo de un extremo—. ¿Lo
hiciste tú?
—Lo hice yo —dijo la reina—. En más de un sentido. Este es el mapa que utilicé
para conquistar las tierras en las que estamos ahora y las que están al otro
lado de la montaña. —Tocó un punto—. Ahí fue donde acampé con mi
ejército la noche antes de que invadiéramos.
—Ah. —La mujer rubia estudió las marcas—. ¿Por qué allí?
Por qué allí. Xena echó su vista atrás. Podía recordar que era un día frío de
otoño, con un toque de lluvia en el aire mientras se movían entre los árboles y
despejaban el paso, viendo el fértil valle desplegándose ante ellos.
—Había un deslizamiento allí —dijo—. Montones de rocas en las que
podríamos escondernos.
—¿Te escondiste? —Gabrielle la miró con curiosidad.
Una leve sonrisa cruzó la cara de la reina.
—No queríamos que nos vieran venir, Gabrielle. —Giró la cabeza y miró a su
consorte—. Es más fácil matar a la gente de ese modo.
—Oh.
Xena cogió su daga de nuevo y raspó la piel.
—Tengo que actualizar esto para poder usarlo nuevamente —dijo—. ¿Ves esta
área en blanco aquí? —Señaló a un lado de la piel—. Voy a rellenar eso,
Gabrielle. Va a ser mío.
Solemnemente, Gabrielle estudió el lugar en blanco.
—¿Tuyo?
—También puedes tener parte —dijo la reina.
—Pero… ¿no tenemos suficientes cosas? ¿Necesitamos más?
Xena se volvió y la miró con una ceja arqueada. ¿La chica estaba
bromeando? Examinó la cara de Gabrielle, se volvió hacia ella en abierta
pregunta, sin rastro de cinismo evidente.
—Déjame hacerte una pregunta —dijo—. ¿Cuántas ovejas eran suficientes? 39
Gabrielle se dispuso a reflexionar sobre eso, dejando a Xena en paz para
raspar las posiciones de las tropas que había marcado en la piel, el suave
sonido de la hoja raspando contra la piel sonaba fuerte en la habitación.
Un suave golpe llamó a la puerta. El guardia en cuestión miró a Xena, y ella lo
saludó con la mano. El hombre se acercó a la puerta y la abrió para revelar la
figura fornida de Brendan.
—¿Señor?
El capitán de la tropa entró.
—¿Señora? —Ignoró al guardia—. ¿Me buscabas?
—Sí. —Xena continuó su trabajo—. También quería que Gabrielle me
desnudara, pero creo que tendré que conformarme contigo, ¿eh?
—¿Señora?
La reina levantó la vista.
—Olvídalo. Escucha. Quiero que empieces a prepararte para la campaña —
dijo—. Quiero salir después del festival.
Brendan se acercó lentamente a su mesa. Subió los peldaños y miró el cuero
que la cubría, con los bordes ligeramente deshilachados por los costados.
—Ah. —Tocó la solapa con los dedos—. No había visto esto en mucho tiempo.
—Demasiado tiempo. —Xena tomó una pluma y escribió unas palabras en el
mapa—. Quiero llenar los espacios vacíos. —Era consciente de que Gabrielle
se acercaba, el toque cálido de la parte superior de su consorte contra su
codo la distraía un poco—. Así que poned vuestros culos en marcha. —Sabía
que Brendan la estaba mirando, y supuso que Gabrielle también lo hacía, por
distintas razones. Después de dejar que el silencio continuara por un rato,
levantó la vista bruscamente—. ¿Alguien tiene algún problema?
Su capitán de la tropa se mordió el interior del labio.
—No hay problema, señora —respondió—. Solo estoy sorprendido, como
todos. Creía que había dicho en el camino de vuelta que no iba a hacer esto
nunca más.
Ah.
—Mentí. —Xena volvió a estudiar su mapa. 40
—Entonces... ¿Qué hay aquí? —Gabrielle se dirigió al lugar en blanco—. ¿Es
aquí a donde va ese pequeño sendero, en la parte trasera del jardín? —Trazó
una línea más allá de las murallas de la fortaleza, hasta la base de un
montículo verde—. Allí está esa gran colina, y la torre allí.
—Solía ser tierra estéril —dijo Xena—. Pero se ha instalado en los últimos años...
algún saco de mierda que se cree el dueño de los bosques de más allá.
Comenzaremos allí. —Se inclinó sobre la mesa—. Quiero tomar desde aquí...
—Su dedo viajó sobre la parte en blanco hasta el final—. Hasta aquí. Antes del
final de la temporada.
Brendan se rascó la cabeza.
—Siempre enviabas a Bregos por ese camino. —Señaló el lado opuesto del
mapa—. Parece que lo hizo bien. Tenemos algunas tierras buenas. —Su voz
era cuidadosamente tímida—. Al menos, sabemos qué es lo que hay por allí.
—Exactamente por eso no quiero ir en esa dirección —dijo Xena—. No tengo
la intención de caminar sobre los pasos de alguien sin talento y con la cabeza
de un alfiler en la entrepierna. —Miró directamente a Brendan—. Así que
actúen juntos, y comiencen a planificar una campaña la antigua usanza. A
mi manera.
Brendan dio un paso atrás, se llevó el puño al pecho e inclinó la cabeza.
—Así se hará, señora —anunció con voz firme—. Puede contar con nosotros.
—Uno, dos, tres…
—¿Señora?
Xena le hizo un gesto con la mano y negó con la cabeza. Ella esperó hasta
que la puerta se cerró detrás de él antes de volverse hacia Gabrielle, que
todavía estaba estudiando el mapa con ojos pensativos.
—Entonces.
—¿Entonces? —Su consorte se volvió hacia ella.
—Entonces, ¿qué otras cosas ridículas vas a decir sobre mi repentino deseo de
destruir y saquear? —preguntó la reina—. Brendan ya piensa que estoy
chiflada.
Gabrielle se acurrucó junto a ella y deslizó su brazo por la reina para acabar
enredando sus dedos con los de Xena mientras besaba suavemente su
hombro. 41
—No creo que él piense que estás chiflada.
—Claro que lo hace.
—Creo que se está preguntando por qué quieres ir donde es peligroso y
aprovechar la oportunidad de conseguir más cosas cuando ya tienes mucho.
Xena miró fijamente al otro lado de la sala en silencio, antes de darse la vuelta
y ponerse pegada a Gabrielle.
—Porque la vida no es más que una gran oportunidad, Gabrielle —le dijo a su
consorte—. Y si dejas de querer, empiezas a morir. No tengo intención de morir
pronto. —Entrechocó la cabeza con la mujer rubia, luego se desenredó y
caminó alrededor del borde de la mesa, extendiendo los brazos. Sobre la
camisa de seda blanca que llevaba puesta, se había puesto la armadura de
su casa, por primera vez desde que se había retirado. Franjas negras de cuero
suave y cota de malla: no era algo con lo que lucharía, pero se convertiría en
el filo de la navaja y serviría para recordar a todos que su portadora no era un
general de papel. Cubría su larga forma hasta la mitad del muslo y se
abrochaba con una doble hebilla de cabeza de dragón en su cintura y la
opresión le hacía sentirse bien después de todos esos años de túnicas de seda
y borlas. Brendan pensó que estaba chiflada. Eso estaba bien, porque él había
recordado correctamente que ella dijo que ya no lucharía más. Ya no más
campo de batalla. Ahora tendría generales para salir a luchar por ella, morir
por ella. Ganar para ella. Era lo que hacían las reinas, ¿verdad? Xena apretó
los puños ligeramente, luego los soltó. Era lo que hacían las reinas, y durante
un tiempo, ella había vivido en esa mentira al máximo, tomando sus placeres
de donde quería, llevándose a súbditos favorables a su cama, dejando que
Bregos saliera y ganara la tierra, ganara los laureles, y ganara la gloria. Bien.
Xena puso sus manos en las caderas. Al Hades con eso—. Gabrielle, te advertí
sobre mi verdadero yo, ¿no? —Unos brazos se cerraron a su alrededor, y Xena
sintió un suave calor cubriéndole la espalda. Miró hacia abajo y vio que la
cabeza de Gabrielle se asomaba por debajo de su brazo, y, a pesar de todo,
la hizo sonreír—. ¿No fue así?
La mujer rubia se deslizó delante de ella y se mantuvo agarrada alrededor de
su cintura.
—Me dijiste quién creías que eras realmente, sí.
Una oscura ceja se alzó.
—¿Oigo escepticismo en esa vocecita tuya de ratita almizclera? —Xena
entrelazó sus dedos detrás del cuello de su consorte—. No me digas que 42
después de todo lo que has visto de mi naturaleza despiadada y sanguinaria,
dudas de mí, Gabrielle. —La luz se derramó por la ventana y resaltó la pálida
cabeza de Gabrielle, calentando sus ojos con un fuego interno que parecía
arder a través de Xena—. Dime que soy mala, rata almizclera —susurró la reina,
tocándole cara con la palma de una mano.
—Te amo —respondió Gabrielle con voz suave.
—No es lo que he pedido. —Xena aceptó las palabras de todos modos,
entendiendo el mensaje detrás de ellas—. Pero supongo que es un comienzo.
—Se inclinó y dio un beso a los labios que esperaban, degustando la pasión
sobre ellos mientras su cuerpo se salía de control y se acercaba a la mujer
rubia.
Bueno, eso era implacable...
Las manos de Gabrielle se deslizaron debajo de su armadura y, sin previo aviso,
la hebilla se aflojó.
Y entonces sí que fue implacable.
Parte 2
Gabrielle cerró las puertas tras ella y se detuvo por un momento, apreciando
la belleza del jardín antes de continuar adentrándose. Sujetó firmemente con
una mano el asa de una canasta grande, y comenzó a dar un paseo por el
rico y fragante espacio.
El jardín del castillo era un lugar especial para ella. Allí había pasado muchos
momentos maravillosos con la reina, por supuesto, pero más que eso,
representaba para ella un lugar donde estaba al cargo.
—Oh. —Gabrielle olió el aroma embriagador de los melocotones, y rodeó el
árbol mirando hacia las ramas. Al cargo de verdad. Fue la que les dijo a los
jardineros qué plantar, y decidió dónde poner las ricas y sabrosas hierbas y los
fragantes árboles frutales con los que sabía que podría deleitar a Xena—. Ah.
—Encontró un espécimen maduro y, desprendiéndolo con cuidado, lo colocó
en su cesta. Xena le había dicho, por lo menos una docena de veces, que 43
tomaría sus comidas en el comedor del cuartel y que no le importaba, pero
Gabrielle sabía que eso no era cierto. No estaba segura de cuál de las dos
disfrutaba más de las comidas que cocinaba, pero eso le daba un claro
propósito al que no estaba dispuesta a renunciar. De ninguna manera. Era la
esclava liberada. La consorte de Xena, la llamaban. Pero Gabrielle sabía que,
en el fondo, era una hija de pastores con pocas habilidades y, aparte de
Xena, pocas perspectivas—. Veamos qué tenemos aquí... ¿bayas? —Se metió
debajo de un espeso arbusto verde y buscó entre las hojas, divisó un grueso
grupo de frutos negros y azules que colgaban allí—. Ahah... Te tengo. —Cogió
las bayas, y luego se acercó al lugar donde se habían plantado las especias
en unos estantes de madera, exudando una mezcla de aromas en el aire. Le
había llevado un tiempo, por supuesto, hasta que supo qué le gustaba a Xena.
Hubo una serie de experimentos fallidos, pero en general, no le había ido mal
y no pasó mucho tiempo antes de que la reina hubiera prescindido hasta de
las protestas más vacías y en su lugar simplemente aceptara las ofrendas,
deleitándose aparentemente al ser sorprendida cuando Gabrielle podía
apañárselas. Y de veras, amaba deleitar a la reina de cualquier manera que
pudiera. Gabrielle sonrió, mientras agregaba dos fragantes flores a la canasta.
Hoy había planeado un buen pescado frío para el almuerzo, con algunas
frutas y nueces frescas. El sol había calentado el castillo y le había quitado un
poco el frío, así que pensó que a Xena le podía gustar, especialmente si ponía
un trozo del pastel de miel que había dejado al lado de la chimenea.
Cualquier cosa dulce era una apuesta fácil. Gabrielle buscó entre los arbustos,
recogió algunas bayas más, y luego se volvió hacia la sección donde había
plantado tubérculos y raíces. Se arrodilló junto a la primera fila y hundió sus
conocedores dedos en la tierra, sintiendo una mezcla de humedad y calor
que la hizo asentir a sí misma con aprobación. Luego se detuvo y estudió la
fila—. Me pregunto si voy a llegar probar esto. —Murmuró, recordando las
palabras de la reina—. De todos modos, ¿cuánto tiempo dura una guerra?
—Gabrielle.
La mujer rubia se giró y levantó en un solo movimiento, dejando la canasta
donde estaba mientras se preparaba para problemas con la voz
desconocida.
—¿Sí? —miró alrededor cautelosamente—. ¿Quién es?
Muy lentamente, una figura emergió de entre dos arbustos, manteniéndose
lejos de ella. Era una mujer, apenas una niña en verdad, con la vestimenta
desgastada pero robusta de un esclavo de cocina y con los pies descalzos.
Tenía el pelo oscuro y pecas, y miraba fijamente a Gabrielle cuando se 44
encontraron sus miradas.
—No me recuerdas, ¿verdad?
Gabrielle se relajó un poco. De hecho, la cara le era familiar, pero su vida
había estado tan centrada en los últimos meses que tuvo que sacudir los
recuerdos un poco para descubrir quién era la chica.
—Eso no es cierto —dijo mientras caía en la cuenta de quién era—. Te
recuerdo. Simplemente no esperaba verte aquí.
La chica la miró.
—¿Cómo me llamo? —Desafió a Gabrielle con voz suave.
Una de las cosas que Gabrielle había encontrado para ocupar los momentos
ociosos era una nueva habilidad para imaginar cosas en su mente mientras
pensaba en historias para contarle a Xena. Ahora los nombres en los
pergaminos antiguos tenían cara para ella, y ahora encontró la habilidad de
emparejar la cara con el nombre que había pronunciado por última vez
mucho antes de las heladas.
—Celeste.
Celeste cogió una hoja del arbusto que tenía cerca y la hizo rodar entre sus
dedos.
—Esto es divertido. Supuse que te habías olvidado por completo de nosotros.
—Hizo una pausa—. Lo que queda de nosotros, más bien. —Sus ojos se
movieron hacia la cara de Gabrielle—. ¿Sabías que la mitad de la gente de
las cocinas murió durante el invierno?
Gabrielle asintió.
—Lo sabía —dijo—. La enfermedad.
Celeste hizo una pausa y luego asintió.
—¿Pensaste en todos nosotros allá abajo? —preguntó—. ¿Lo hiciste alguna
vez? Tú eras uno de nosotros, hace tiempo.
¿Había sido alguna vez parte de ellos? Gabrielle echó la vista atrás, a su
llegada al reino y tuvo que preguntárselo. Pensó en esos primeros días
terroríficos y su bienvenida en las cocinas inferiores.
¿Amabilidad? Sus labios se crisparon. La única amabilidad que había
encontrado era de Toris, que había resultado ser un mal como nunca había 45
imaginado.
—Claro. —La mujer rubia dejó que sus manos descansaran sobre sus muslos—
. Pienso en las personas que casi me matan —dijo—. Pienso en aquellos que
traicionaron a Xena y dejaron entrar a los hombres de Bregos.
La otra mujer miró nerviosamente alrededor.
—Eso no es lo que quería decir.
Gabrielle medio se encogió de hombros.
—Es la verdad. No tenía amigos allí —dijo—. Incluso después de que conseguí
que Xena te salvara, en el cuartel... todos me odiaban.
—Eso no es cierto.
—Tengo cicatrices para probarlo. —Gabrielle se llevó la mano a la cabeza
tocándose la cicatriz encima de la sien.
Celeste se sonrojó.
—No lo entiendes... fue... no tuvimos elección —protestó—. Dijeron que
moriríamos si no lo hacíamos.
—Siempre se tiene elección. —Gabrielle levantó su cesta—. Yo tuve elección
y la elegí a ella. —Hizo un gesto hacia las puertas—. Ahora tengo que irme. —
Caminó hacia adelante con determinación—. Disculpa.
La esclava retrocedió un paso, mirándola con cautela mientras se acercaba,
luego pasó rozándola dirigiéndose a la entrada del jardín.
—Gabrielle... espera. —A mitad de camino, Gabrielle se detuvo y miró por
encima del hombro—. ¿Es verdad? —preguntó Celeste—. ¿Va a ir a la guerra?
Ahora ¿por qué estaba preguntando? Quiso saber Gabrielle. Había aprendido
lo suficiente de las intrigas de la corte durante los últimos meses como para
desconfiar de preguntas raras e inocentes. Pero Xena había sido muy pública
en sus intenciones, por lo que vio poco daño al responder.
—Eso es lo que he oído —dijo.
—¿Vas a ir tú también?
Una pregunta aún más extraña.
—Sí —dijo Gabrielle—. Por supuesto que voy.
46
Celeste se alejó lentamente de ella, manteniéndola a la vista antes de
agacharse entre dos espesos arbustos y desaparecer. Las ramas se agitaron
un poco al pasar, luego se quedaron quietas, y el aire se llenó de nuevo con
el suave zumbido de los insectos y la solitaria canción de un pájaro.
Gabrielle miró el vacío lugar brevemente, antes de negar con la cabeza y
continuar, cerrando las puertas detrás de ella tomando un soplo de aire
primaveral mientras trataba de apartar de su mente a Celeste y sus
inquietantes preguntas.
Ya de camino a la fortaleza, se detuvo de nuevo cuando escuchó el sonido
rítmico de cascos que venían hacia ella, se apresuró al reconocer el ritmo y
comenzó a sonreír.
—Pero, señora. —Stanislaus se retorció las manos—. Apenas es primavera... los
terratenientes aún no se han recuperado de la estación fría. ¿Si les pido todas
sus provisiones... porque... de qué van a proveer a su gente?
—Maldita sea si me importa. —Xena repasó algunos pergaminos, sin prestar
mucha atención a su senescal—. A nadie le importó cuando Bregos pidió el
año pasado.
—Fue una temporada mucho más amable el año pasado, Señora.
Xena lo miró.
—¿Estás sugiriendo que es culpa mía? —preguntó en tono sedoso.
Los ojos de Stanislaus se abrieron de par en par.
—¡Oh no! ¡Señora! —cruzó ambas manos en un gesto de amparo—. Por los
dioses, no. Solo estaba diciendo lo que todos saben.
La reina se apoyó en sus codos, estudiándolo con los ojos entornados. Había
sido un invierno duro, sin duda, pero no tenía intención de esperar hasta que
comenzaran las primeras cosechas para empezar.
—Envía la orden —dijo con una nota final en su voz—. Diles que envíen lo que
tengan y, si no es suficiente, entonces iré a buscar lo que necesito.
Personalmente —añadió.
47
El senescal parpadeó y se tocó la barba nerviosamente.
—Como desee, Señora —dijo finalmente—. Enviaré a los mensajeros de
inmediato. —Esperó, mirándola a la cara—. ¿Eso es todo lo que desea de mí
por ahora?
Xena lo miró.
—Desearía que tu cabeza se cayera y rodara por el suelo —dijo—. ¿Qué te
parece?
Rápido parpadeo.
—¿Seeeeñoraaa?
—Vete. —La reina lo despidió agitando una mano—. Antes de que me
autocomplazca al instante. —El senescal se dirigió rápidamente hacia la
puerta y salió, dejando a Xena en su soledad. Ella se rio por lo bajo y volvió a
sus pergaminos, abriendo uno y estudiándolo.
»Veamos —Su frente se arrugó al leer las palabras escritas en él. Listas, en su
mayoría. Notas a si misma de hace mucho tiempo recordándole lo que
necesitaba por término medio para la destrucción y el saqueo—. Sal. —
Chasqueó los dedos—. Olvidé decirle que la consiga. —Chasqueó la lengua
y garabateó una nota en una hoja de pergamino. Luego hizo una pausa y
miró al otro lado de la habitación, permitiéndose una incertidumbre que
nunca le mostraría a nadie más—. Maldita sea, espero no haber olvidado
cómo hacer esto —murmuró—. Siento como si mi cabeza hubiera estado
dormida durante años. —Repasó los pergaminos de nuevo y miró uno. Este
contenía un conjunto de diagramas, equis y garabatos y lo estudió, asintiendo
una o dos veces para sí misma. Formaciones de tropas, escritas por su mano
más joven después de la conquista del reino y dejadas acumulando polvo en
el fondo de su cofre de campaña. Acumulando polvo—. Creo que yo también
he estado acumulando polvo. —Xena dijo con un suspiro. Negó con la cabeza
e hizo algunas anotaciones más, levantando la vista cuando alguien llamó a
la puerta.
»La próxima vez colgaré un brazo arrancado en esa maldita cosa. ¿Siii? —Su
voz se elevó en la última palabra—. ¿Qué?
Después de un momento, la puerta se abrió lentamente, y el guardia se asomó
al interior.
—¿Señora?
—Aquí no —le dijo Xena—. Lo siento —El hombre la miró desconcertado. Xena 48
suspiró de nuevo—. ¿Sí?
El guardia miró a su alrededor.
—Señora, hay un hombre aquí, dijo que es un armero y que lo mandó llamar.
—Se dirigió a un aplique en la pared—. ¿Debería dejarlo pasar?
Ah.
—Sí —respondió Xena, brevemente—. Pero solo si es más brillante que el último.
De lo contrario, voy a colgarlo de la ventana por sus partes nobles.
El guardia desapareció, y por un largo momento hubo silencio. Xena se apoyó
en los codos otra vez, preguntándose qué estaba sucediendo fuera de la
puerta. ¿Su guardia le estaba haciendo una prueba al hombre? ¿Diciéndole
que corriese por su vida? ¿Corriendo con él por su vida? ¿Almorzando?
La puerta se abrió y entró un hombre alto y delgado con ropa de cuero. Tenía
barba y bigote bien recortados y los brazos y muñecas gruesos y poderosos
de un trabajador del metal.
—Su Majestad. —Se adelantó y se arrodilló frente a su mesa—. Me honra más
allá de mi posición.
Ahh! Xena rodeó la mesa y puso las manos en las caderas. Ahora esto le
gustaba más.
—Eso está por verse —le dijo—. Necesito que hagas una armadura.
El hombre alzó la cabeza y la miró con sus nublados ojos grises.
—La armadura de su majestad no necesita el trabajo de estas manos. —Se
levantó—. Es un buen trabajo.
La reina le sonrió con franqueza y abierto goce.
—Puede que te deje conocer a mi caballo. Tienes cabeza —comentó—. La
armadura es para mí adorable, si bien marcialmente deficiente, compañera
de cama —dijo—. Por lo tanto, tiene que ser mejor que la mía.
—¿Mejor, Majestad?
Xena asintió.
—Tiene que mantenerla con vida —dijo bruscamente, con voz mortalmente
seria—. Porque hace cosas estúpidas como interponerse en el camino de las
flechas que van dirigidas a mí, y maldita sea si ella se va a lastimar en mi 49
nombre. ¿Entiendes?
El armero medio sonrió, su cabeza se agachó nuevamente.
—Sí, Majestad —dijo—. Entiendo.
Un pequeño silencio.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Xena.
—Jonas, Majestad.
—Bienvenido al camino al Hades, Jonas.
—Gracias, Majestad.
Gabrielle se arrodilló junto al fuego, tarareando suavemente mientras
trabajaba, con una oreja atenta para escuchar los ruidos de la habitación
exterior. Xena estaba allí hablando con algunos hombres, y podía oír la voz de
la reina flotando hacia donde estaba arrodillada, las palabras inaudibles pero
la música de su voz clara como una campana.
Le encantaba escuchar hablar a Xena. Incluso cuando estaba maldiciendo,
le gustaba, y las pocas veces que Xena le había cantado eran sus momentos
más queridos por encima de todos los demás.
Hermosa.
Removió la sopa, y entonces se enderezó al oír acercarse los pasos de Xena.
Se volvió y una sonrisa cruzó su rostro cuando la reina apareció en la entrada
de sus habitaciones privadas, apoyada contra la puerta y haciendo un gesto
con un dedo hacia ella.
—Hola.
—Hola —dijo Xena—. ¿Ocupada?
Gabrielle se secó las manos cuando se puso de pie.
—Solo estaba preparando el almuerzo —respondió—. ¿Me necesitabas para
algo?
50
—Placer hedonista —respondió la reina rápidamente—. Pero por ahora, solo
quiero que vengas preparada para algo sexy.
Gabrielle suspiró para sus adentros, pero dejó el paño de cocina y se dirigió a
la puerta, pasándose los dedos por el cabello para peinarse.
—No pensé que el sastre lo tendría listo aún... Hablé con él ayer mismo.
Supongo que quiere tenerte contenta, ¿eh?
Xena la tomó del brazo y la detuvo suavemente.
—¿Tenerme contenta? —La mujer de pelo oscuro la miró bruscamente—.
¿Tienes algo en contra de verte guapa?
—No... no, yo... —Gabrielle dudó—. No quise decir eso, por supuesto que me
gusta, de hecho yo ... —Se calló cuando el dedo de Xena tocó sus labios.
—No. —La reina dio un toque con su dedo a la boca de su consorte—. No hay
mentiras, ¿recuerdas? No empieces eso conmigo, Gabrielle. No necesito tu
verborrea como el resto de estos perdedores que solo dicen lo que quiero
escuchar. —Gabrielle sintió que su corazón latía a doble velocidad. Xena
observó la cara de la mujer rubia, viendo el miedo y la incertidumbre apenas
ocultos, acechando allí—. ¿Qué te pasa?
Gabrielle tragó saliva, pero mantuvo la mirada fija en la de Xena.
—Solo quiero que seas feliz —pronunció—. Así que, si vestirme bien te hace
feliz, entonces estoy contenta de hacerlo —No es una mentira.
—Pero no te gusta. —La reina la presionó—. ¿Verdad?
Después de un momento, la mujer rubia inclinó levemente la cabeza.
—No realmente, no —admitió—. Quiero decir... está bien, pero prefiero vestir
con tus colores, o solo con esto. —Indicó la túnica de algodón—. Lo siento.
—¿Por qué?
Ahora, Gabrielle miró hacia abajo.
—No quiero decepcionarte —dijo—. No creo que realmente esté hecha para
esto de ser consorte.
Xena le dio unas palmaditas en la mejilla.
—Pamplinas. —Se inclinó y la besó en los labios—. Eres la mejor consorte que
he tenido. Así que ponte los calcetines de piel de oveja, pastora, y ven aquí.
Quiero que te envuelvas de encaje rosa para cenar esta noche.
Sin mover un músculo, Gabrielle hizo una mueca. 51
—Está bien. —No le gustaba el rosa, y tampoco había pensado que le gustara
a Xena, pero con la reina, nunca se sabía—. ¿Puede ser de color rosa oscuro
al menos?
—Nenaza. ¿No te gusta el encaje rosa?
—Realmente no.
—¿Qué tal si te rizamos el cabello? —Xena bromeó—. Te verías adorable.
Gabrielle se relajó un poco, dándose cuenta de que le estaban tomando el
pelo.
—De acuerdo, si también te lo rizas tú —dijo, mientras caminaban juntas por la
sala de audiencias de Xena. Xena refunfuño un poco—. Y tú me dejas
trenzarlo.
—Oh, te estás pasando —le advirtió la reina, mientras pasaban por las pesadas
cortinas hacia donde se había instalado la mesa de trabajo de Xena, y dos
hombres estaban esperando—. Voy a azotar tu lanudo trasero por eso más
tarde.
Gabrielle sonrió, mientras se acercaban a los dos desconocidos, y se enderezó
un poco cuando el más cercano, un hombre alto y barbudo, la estudió
atentamente.
—Hola —murmuró cautelosamente.
¿Dos? Rayos.
Ambos hombres se inclinaron.
—Mi lady.
Xena rio disimuladamente.
—Muchacho, los engañó a los dos. —Ella alborotó el cabello de Gabrielle, y
sonrió, quitándole importancia al comentario—. Esta es Gabrielle —miró a los
dos hombres—. Nunca ha estado antes en una guerra, así que quiero que la
preparéis con todo lo que va a necesitar.
Los hombres se inclinaron de nuevo.
—Será un honor, Majestad —dijo el más bajo de los dos con voz profunda.
Las orejas de Gabrielle se animaron. Eso sonaba mucho más interesante que 52
el encaje rosa.
—¿Quieres decir como la tuya? —le preguntó a la reina—. ¿Me tomas el pelo?
—Pensó en el peto de cuero y las placas protectoras, y sus ojos se iluminaron—
. Guau.
La reina puso sus manos en las caderas.
—Buenoo —alargó la palabra—. Vas a tener que compartir mi cama y mi
tienda, pero sí. Y todo lo demás. —Se encontró algo desconcertada por la
enfermiza excitación escondida en la cara de su consorte. Con un leve
movimiento de cabeza, se dirigió a los hombres—. No escatiméis —les indicó—
. Ella tendrá lo mejor.
Ambos trabajadores sonrieron.
—Por supuesto, Majestad. —Jonas se inclinó otra vez—. ¿Su gracia lleva
armas?
—Bueno... — titubeó Gabrielle.
—Una vara. —Xena respondió por ella—. Y es bastante buena con un
tirachinas. — Acercó a Gabrielle a los dos hombres—. Asegúrate de que lo que
le pones le permite moverse. —Ahora la voz de la reina se puso seria—. Tiene
buenos reflejos.
—¿Yo?
—¿Placa y cadena, entonces, Majestad? —dijo Jonas con voz enérgica—.
Creo que sería adecuado para ella. Tiene los hombros para eso.
Gabrielle se miró cada hombro.
—¿Yo?
—Sí. —Xena estuvo de acuerdo—. Eso funcionaría. Así que ve y empieza. No
tenemos mucho tiempo. —Golpeó a Gabrielle con su cadera—. Eddars,
necesita capas enceradas, y botas que mantengan sus pies secos. Hazlo bien.
—Majestad. —El hombre más bajo le ofreció un brazo—. Su gracia, ¿me hace
el honor? Esté segura de que cuidaremos bien de usted.
Guau. Gabrielle trotó hacia delante de buena gana, su corazón se elevó ante
las palabras de la reina. Se sentía tan bien por ser realmente parte de lo que
estaba pasando, apenas sabía qué pensar, y aceleró el paso cuando salieron
de la habitación de la reina y se dirigieron al pasillo. 53
Xena los miró irse, la sonrisa de su rostro se tornó un poco burlona mientras
caminaba de regreso a su mesa de trabajo y ponía sus manos sobre ella.
—Podría haberle prometido gemas y envolturas doradas, y no la hubiera
hecho tan feliz como al ofrecerle su propia cota de malla. Que chiflada.
—¿Majestad? —Stanislaus había entrado, y titubeó—. ¿Me estaba hablando?
—preguntó—. He enviado mensajeros y, Señora, un jinete se acerca, el
guardia envió un mensaje.
—¿Desde el oeste? —preguntó Xena bruscamente.
—No lo sé, señora —respondió el senescal—, sube por el camino principal.
—Haz que me lo traigan —dijo Xena, enrollando algunos de los pergaminos y
atándolos con movimientos eficientes—. Ahora las cosas están empezando a
suceder. Puedo sentirlo, ¿Y tú, Stanislaus? El mundo entero está despertando
a nuestro alrededor.
El senescal la miró con perplejidad momentánea.
—Sí, señora —dijo—. Estoy seguro de que es como dice. —Cubrió con una
ligera capa la silla alta cerca de la puerta—. Como pediste, señora. Volveré a
atender los muchos detalles de la preparación.
Xena puso los ojos en blanco, luego se acercó a las ventanas y miró hacia
afuera, poniendo sus manos en la jamba a cada lado. El sol entraba a
raudales en la habitación y la inundó, levantando su ánimo aún más. Vio
cómo la brisa agitaba las flores del jardín y descubrió que disfrutaba de sus
colores.
Lejos, captó un sonido que la hizo sonreír aún más. El suave ruido sordo de los
luchadores practicando en el patio, acompañado por los gritos roncos de los
hombres.
Sí.
De repente, la fortaleza se sintió pequeña a su alrededor, y sintió un impulso
salvaje de estar fuera de sus paredes, bajo el amplio cielo azul y lejos de la
corte y de todas sus galas.
Quería ser libre. Quería estar al borde del peligro, donde cada momento de
cada día traería cosas nuevas y podría ver el sol elevarse sobre tierras
desconocidas cada mañana.
Xena apoyó la cabeza contra el cristal calentado por el sol, comprendiendo
de manera profunda la excitación que había sentido en Gabrielle cuando su
54
consorte partió con los armeros. Ella no sabía lo horrible que sería estar fuera,
de campaña, pero no importaba, como tampoco le importaba a Xena, que
sin duda lo sabía.
Le había preguntado a Gabrielle qué recordaba del viaje que habían hecho
antes de la helada, y sus respuestas le habían dicho a Xena todo lo que
necesitaba saber.
Recordaba los cielos cristalinos, y las estrellas, y la paz del fuego de la tarde.
No el frío, la miseria del clima, el miedo y la angustia que ambas habían
pasado.
Buena señal.
—Señora.
La reina exhaló.
—Sí, ¿Jellaus?
—¿Tiene que ir la pequeña contigo? —preguntó el músico de la corte, con voz
suave.
Xena miró las flores.
—Sí —respondió, en un tono igualmente suave—. Oh sí.
—¿No sería mejor dejarla aquí a salvo? —insistió Jellaus—. Ella es un alma tan
gentil.
Xena se volvió y se apoyó contra el cristal.
—Ella es mía —dijo la reina rotundamente—. No quiere que la deje aquí —Miró
al músico a la cara—. Adelante, pregúntale.
Él suspiró.
—No es necesario, señora. Sé que es cierto —dijo Jellaus—. Solo temo por ella,
eso es todo.
—El miedo no tiene sentido —comentó la reina—. Puedes morir en tu cama si
una de esas arañas te atrapa, Jellaus. Si salimos y morimos, al menos moriremos
haciendo algo y con un poco de suerte, será rápido. —El trovador suspiró de
nuevo. Xena lo miró—. ¿Quieres ir tú también? —adivinó—. ¿Cansado de
hacer canciones sobre flores y estúpidos pájaros?
Sus labios se crisparon.
55
—Y ratoncillos —murmuró—. Ah, señora.
La reina simplemente rio con malicia, y se volvió hacia el sol.
Guau. Gabrielle se detuvo por un momento, apoyándose contra la pared y
sintiéndose un poco abrumada. No tenía idea de que se necesitaran tantas
cosas para ser un guerrero. Sacudió su cabeza, luego se arregló la túnica, un
poco descolocada por su sesión con los armadores. Pero chico, va a ser genial
tener todas esas cosas cuando estemos caminando por ahí.
Emocionante. Pero también daba un poco que pensar, ya que el armero la
midió cuidadosamente para todas las cosas que necesitaría para protegerla
mientras estuvieran fuera en campaña, y le miró sus manos durante lo que
pareció una eternidad para encajar un pequeño puño sobre ellas.
Definitivamente, daba que pensar.
Sin embargo, el almuerzo había pasado, y el sol comenzaba a arquearse
hacia el oeste y era hora de hacer algo de ejercicio. Se apartó de la pared
de piedra y caminó por el sendero alejándose de la torre principal, pasando
junto al herrero ocupado en su yunque y dos hombres atareados
construyendo cajas.
Había un aire de expectación que incluso ella podía sentir, casi un zumbido
de energía presente mientras se abría paso a través de las áreas de trabajo y
le recordaba la mirada que había visto en los ojos de Xena mientras hablaba
sobre los preparativos para la batalla.
La guerra era terrible, le había dicho Jellaus, y sin embargo... Recordó la
batalla en las puertas, y su corazón se aceleró, incluso a través del horror por
el derramamiento de sangre.
Y aun así...
Gabrielle se deslizó por la puerta del establo y esquivó los postes colgantes de
bridas y tachuelas, bordeando cuidadosamente el gran recinto que contenía
el semental negro de Xena mientras se dirigía al recinto más pequeño de al
lado. 56
Dentro del recinto había un pony, su espalda apenas igualaba en altura a los
ojos de Gabrielle, su pelaje blanco con grandes parches rojizos irregulares lo
hacían un tanto fuera de lugar junto a sus vecinos más elegantes.
—¡Hola, Parches! —La cabeza del pony se levantó de donde estaba
masticando heno en la esquina, y se giró y acercó a ella, empujando la
peluda cabeza contra su pecho en un evidente cálido saludo—. ¿Cómo
estás? —e rascó detrás de las orejas y sonrió, sintiendo un profundo afecto por
el animal—. ¿Quieres ir a dar un paseo? —Parches sacudió la cabeza, y
Gabrielle le puso las riendas, luego abrió la puerta de su recinto y lo condujo
hacia la puerta. Cuando pasaron por el establo de Tiger, el gran semental silbó
y asomó la cabeza por el borde, resoplando sobre ellos. Gabrielle hizo una
pausa y le dio unas palmaditas en la nariz—. Lo siento chico grande, estás
fuera de mi alcance. Tu mamá estará aquí dentro de un rato, ¿vale? —Sonrió
con ironía ante el malhumorado tirón de cabeza, y continuó, empujando la
puerta para abrirla y saliendo a la luz del sol con su agradable corcel. Fuera,
los trabajadores ocupados apenas la miraban, acostumbrados ya a su
presencia cerca de los animales favoritos de la reina. Dos de los guardias, sin
embargo, se apresuraron hacia adelante—. Esperad muchachos —gritó
Gabrielle—. Solo voy a entrar al cercado de hierba.
Uno de los guardias miró hacia el campo.
—Está bien, mi señora —dijo—. Entonces, ¿Su majestad vendrá pronto?
—Sip, ella acaba de terminar una reunión. —Gabrielle hizo una pausa—. ¿Estás
listo para que te monte, Parches? —El pony la miró con lo que no podía ser
más que una sonrisa, pero se mantuvo quieto como una roca mientras ella se
agachaba un poco, luego saltó y se alzó balanceando una pierna sobre su
lomo y subiéndose al animal—. Buen chico. —Gabrielle le dio unas palmaditas
en el cuello, mientras acomodaba sus piernas alrededor de su peludo y cálido
costado y se enderezaba, relajando su torso como Xena le había enseñado.
Se sentía bien ahora que se había acostumbrado a eso—. Vámonos. —Apretó
las piernas contra él y tomó las riendas con una mano, dejando que la otra
cayera sobre su muslo mientras avanzaban por el patio del establo hacia el
pasto interior. Realmente, el pequeño cuadrado era solo un patio de ejercicio,
pero sabía que allí estaba a salvo para practicar el montar a caballo y a Xena
no le importaría que la esperara allí. Estaba justo en el medio de las murallas
de la fortaleza, rodeado por los establos que se extendían por ambos lados y,
cuando entraron en el espacio, dos mozos de cuadras que conducían a una
yegua castaña la saludaron con la mano. Gabrielle les devolvió el saludo,
luego chasqueó la lengua hacia Parches y le apretó un poco los costados,
recompensada por el pony que amablemente se ponía a trotar. El truco,
57
había averiguado Gabrielle, era relajarse. Cuanto más tenso estabas, más
rebotabas y rebotar no era divertido. Disfrutaba de la brisa fresca que soplaba
contra ella y de la sensación de libertad que tenía cuando cabalgaba.
Completamente diferente de cuando a veces iba detrás de Xena sobre el
amplio lomo de Tiger. Entonces era solo una pasajera, la mayoría del tiempo
se agarraba para salvar la vida cuando el gran semental corría por la hierba,
su cara enterrada en la tela sobre la espalda de la reina con la esperanza de
no perder su agarre. Montar a Parches era totalmente diferente. Ella tenía el
control, bueno, más o menos, y mucho más cerca del suelo para subir, y podía
montarlo a pelo donde Xena siempre montaba a Tiger con silla de montar. De
todas las cosas que la reina le había enseñado durante el invierno, esta era la
que más le gustaba. Gabrielle se inclinó hacia adelante y apretó con más
fuerza, riendo un poco cuando Parches inmediatamente aceleró a medio
galope, y luego a galope, su pelo arremetía hacia atrás mientras se
regodeaba en la sensación de estar a punto de volar—. ¡Whoo hoo! —Parches
resopló y sacudió la cabeza, desbocándose ligeramente sobre el suelo, sus
pequeños cascos levantando pequeños trozos de tierra mientras giraba
ágilmente alrededor de las marcas revueltas del paso de los caballos más
grandes, respondiendo mientras Gabrielle lo instaba a ir más rápido. Al final
del cercado aminoró la velocidad del caballo, y lo hizo andar en círculos
varias veces mientras hacía cabriolas sobre la rica tierra batida. Con la presión
de una rodilla, lo envió en otra dirección, arqueando su espalda mientras veía
a los mozos llevar a una de las nuevas yeguas al cercado con ellos—. ¡Oh,
mírala, Parches! ¿No es bonita? —La yegua tenía una fina cara huesuda y
amables ojos marrones, y les relinchó cuando el hombre la dejó en libertad
para correr. Gabrielle giró a Parches para mantenerla a la vista, y exhaló
maravillada cuando el caballo pareció recoger la luz en su pelaje dorado y
reflejarla en su melena y cola blancas plateadas—. Guau. —Parches movió la
cabeza como si estuviera de acuerdo, resoplando a la yegua trotando hacia
ella mientras esta galopaba a su alrededor. La yegua redujo la velocidad
cuando se acercaron y sacudió la cabeza, alzándose un poco y mirándolos
con recelo.
»No, está bien. —Gabrielle le tendió una mano—. Solo queremos decirte hola,
bonita, chica bonita —Podía ver que el caballo era joven, y había un toque
salvaje en ella—. No te haremos daño. —Después de recelar un momento, la
yegua le olisqueó la mano y luego le mordisqueó las yemas de los dedos
mientras Parches extendía la cabeza y sus fosas nasales se dilataban—. Este es
Parches. —Gabrielle presentó al pony—. Es mi amigo, y es un héroe, ¿lo sabías?
—La yegua miró al pony momentáneamente, luego sacudió la cabeza en el
58
aire y los esquivó, rompiendo a galopar mientras se dirigía hacia el final del
recinto—. ¡Oye! ¡Ten cuidado! —Instó a Parches a seguir a la yegua—. ¡No
vayas tan rápido! —El pony respondió yendo tras la yegua y acelerando
rápidamente mientras la perseguía, ambos animales se movían a una
velocidad peligrosa hacia la alta valla en el extremo del patio de ejercicios,
que separaba el área del establo del resto del espacio de trabajo—. ¡Hey! —
Gabrielle afianzó más sus piernas a los costados de Parches, su preocupación
por la yegua superaba a su propio interés. Guio al pony hacia la yegua
corriendo rápidamente, tomando la ruta más corta hacia la valla con la
esperanza de que pudieran alejarla—. ¡Hey! —gritó lo más alto que pudo,
consciente de unos gritos masculinos igualmente fuertes detrás de ella—.
¡Para! —La yegua los ignoró a todos, corriendo hacia la cerca como si
esperara atravesarla. Gabrielle instó a Parches, pero sabía que no llegarían a
tiempo. Siguió adelante de todos modos, negándose a desistir de la
persecución—. ¡Oye! ¡Oye! —Oyó cascos detrás de ella, pero estaban lejos.
Gabrielle miró frenéticamente a su alrededor cuando se acercaban a la valla
y de repente notó un movimiento en su visión periférica, un borrón, constante,
energía animal que no estaba allí, luego estaba allí, luego la valla venía hacia
ella y sintió que Parches comenzaba a resbalar y ella se inclinaba hacia el otro
lado y eran salpicados por tierra y la yegua estaba relinchando y se detenía y
el borrón llegó hasta ellos y luego...
—¡Qué demonios creéis que estáis haciendo! —La voz de Xena puso fin a la
confusión, cuando la reina se aferró al cuello de la yegua en medio de la
carrera y tirándose sobre el lomo de los caballos mientras la yegua se resistía y
relinchaba en señal de protesta—. ¡Ya basta, puta!
Oh chico. Gabrielle logró que Parches se detuviera justo a tiempo, su rodilla
rozó contra la valla cuando el pony se apartó de la yegua.
—¡Xena! —la llamó—. Solo estaba...
—¡Ahora estoy ocupada! —La reina tenía las manos muy ocupadas, mientras
la yegua hacía todo lo posible por tirar a su indeseable jinete contra la valla—
. ¡Discúlpate más tarde! —Tenía razón. Gabrielle se concentró en alejarse de
la desbocada yegua y consiguió que Parches girara en círculos, viendo a los
mozos corriendo por el cercado hacia ellos con cuerdas. Xena había
conseguido que sus piernas se cerraran alrededor de los costados de la yegua,
y tenía una mano firmemente agarrada a la melena plateada de seda, su otra
mano defendiéndose de la valla que amenazaba con golpearla. 59
»Vamos, pequeña perra —gruñó inclinándose hacia adelante para atrapar el
ojo de la yegua—. ¡Basta ya! —El ojo marrón rodó en dirección a ella, y la
yegua mostró sus dientes, arqueando su cuello y golpeando la pierna de
Xena. La reina se acercó y agarró la nariz del caballo, pellizcando con fuerza
cuando el musculoso cuerpo se retorció debajo de ella—. Dije... —Bajó la voz
e inyectó una buena dosis de tono maníaco homicida—. Para. —Los dientes
de la yegua se apretaron, e intentó soltar su cabeza del agarre de la reina,
pero Xena se aferró, y después de un momento en tablas, el caballo dejó de
intentar golpear a su jinete contra la cerca y se alejó—. Eso está mejor. —Xena
la soltó, y se preparó para el tirabuzón que sentía se estaba formando entre
sus piernas—. Oh, vamos. —Sintió al animal estallar bajo ella, girando media
vuelta en el aire y estando peligrosamente cerca de lanzar al suelo de cabeza
a la reina. La fuerza de la yegua era sorprendente. Xena se concentró en el
contacto que sintió a lo largo de sus piernas, cerrando los ojos mientras seguía
el movimiento y luego, rápidamente se echó hacia atrás cuando el caballo
comenzó una serie de saltos salvajes. Ay. La reina abrió los ojos y empezó a
buscar una estrategia de salida. Tenía cariño a sus entrañas y, a este ritmo, se
le iban a salir por la nariz—. Está bien… está bien... cálmate. ¡Me voy a bajar!
—La yegua giró y comenzó a correr, luego se detuvo cuando el círculo de
mozos de cuadra se acercó. Relinchó y se puso de pie sobre sus patas traseras,
pateando el aire con sus patas delanteras y resoplando con ira. Xena se
agarró con ambas manos y comenzó a relajar el agarre de sus piernas,
temiendo que el animal cayera de costado—. ¡Yahhh!
Gabrielle salió de su parálisis e instó a Parches a que avanzara, colocando al
pony entre los mozos y la yegua.
—¡Deteneos! —gritó con urgencia—. ¡La estáis asustando!
—¡NO, no lo hacen! —gritó Xena indignada.
—¡A ti no! —gritó Gabrielle—. ¡Al caballo!
—¡Majestad! —gritó el primer mozo de cuadra—. ¡Déjala ir! ¡La atraparemos!
Xena suspiró y agarró con más firmeza la melena de la yegua.
—Oh seguro —murmuró—. Que todos vosotros veáis a un caballo vencerme,
sí, claro. ¿Qué sigue, empiezo a tejer? —alzó su voz—. ¡Simplemente no os
entrometáis!
La yegua relinchó y bajó sus patas a tierra, con las orejas hacia atrás y
mostrando los dientes. Luego, con un violento tirón, giró y se dirigió hacia la
cerca, aparentemente con intención de romperla. 60
Gabrielle agarró la melena de Parches, atrapada entre querer hacer algo
para ayudar a Xena y no saber qué hacer. Observó con creciente horror
cómo el caballo corría hacia la cerca, aparentemente decidido a intentar
atravesarla.
—Oh... ¡Tiene que parar! —Sin pensarlo más, apretó los costados de Parches y
liberó su cabeza, instándolo a seguir a la yegua corriendo. El pony respondió
con entusiasmo, pasando del trote al galope al momento. Se inclinó sobre el
cuello del pony y se limpió la mano libre en la pierna, apretando los dedos
mientras mantenía su vista en la silueta apurada de Xena—. ¡Xena! —El
nombre desgarró su garganta. Vio que la reina medio giraba el cuello del
caballo y, brevemente, apareció un destello azul hielo cuando Xena la miró.
¿Eso fue una sonrisa? Los ojos de Gabrielle se abrieron de par en par cuando
vio a Xena agarrar a la yegua por el cuello y soltar sus piernas, arrojándose del
animal justo cuando llegaban a la cerca. El cuerpo de la reina fue lanzado
lateralmente, y el animal se alzó al mismo tiempo. El resultado fue que el agarre
de Xena tiró de la cabeza del caballo hacia un lado y provocó que su propio
cuerpo la siguiera, y ambas se estrellaron contra el suelo en una maraña de
oro y negro y espeso polvo marrón—. ¡Xena! —gritó Gabrielle de nuevo,
tirándose de Parches cuando el pony llegó deteniéndose con un derrape. Ella
golpeó el suelo corriendo y trepó por el terreno lleno de baches hasta donde
el caballo estaba luchando, su cuello estaba cogido por el poderoso agarre
de Xena—. ¡Xena! —No hubo respuesta. El cuerpo de Xena estaba medio
atrapado debajo de la yegua, y su cabeza estaba presionada contra la crin
del animal mientras luchaba para evitar que rodara por completo sobre ella.
Gabrielle esquivó las patas de la yegua mientras alcanzaba el hombro de
Xena, tensa y cubierta de polvo—. ¡Xena!
—¡Oye! —gritó la reina de repente—. ¡Conozco mi maldito nombre!
—¡Yahh! —Gabrielle casi salta hacia atrás—. ¿Estás bien?
Xena afianzó su agarre alrededor del cuello del caballo, mientras el animal
intentaba morderla.
—Estupenda —gruñó—. ¡Échate atrás, idiota! ¡Esta maldita cosa va a rodar y
aplastarnos a los dos! 61
En lugar de alejarse, Gabrielle cayó de rodillas sobre la cabeza del caballo,
peligrosamente cerca de los dientes.
—Oye, con calma, chica.
—¡Gabrielle! —siseó Xena.
—Shh... Xena... ¡la estás asustando! —Gabrielle extendió la mano y tocó la
cabeza inquieta de la yegua—. Vamos, solo deja de gritarle, y se calmará. —
Hubo un silencio peligroso, y después de un momento, Gabrielle levantó la
vista y vio a Xena fulminándola con una mirada que fácilmente podría cuajar
la leche. Luego tuvo que apartar la vista cuando la yegua comenzó a
moverse de nuevo—. Chica relájate. Con calma. —Pasó un brazo por debajo
del cuello del caballo, consciente de los dientes cerca de su hombro—. Está
bien, la tengo, Xena... ¿puedes salir?
—¿Sabes algo, Gabrielle? —dijo la reina, en un tono tranquilo—. Eres
jodidamente afortunada de que te amo más que a mi sentido común, porque
de lo contrario tendría que matarte. —Entonces, Gabrielle sintió que ocurrían
muchas cosas. Fue agarrada por el pescuezo y el caballo tiró de la cabeza
liberándose de sus brazos y luego el suelo se movía y ella se estaba moviendo
y oyó los cascos del caballo golpear los postes de la cerca cuando fue
lanzada de cabeza para aterrizar en la tierra cerca de Parches cuando Xena
se unió a ella un momento después, aterrizando con una gracia consumada
sobre ella mientras la yegua se ponía en pie y salía disparada. Los mozos de
cuadra corrieron tras ella, dejando atrás a las dos mujeres en el suelo. Después
de una breve pausa, Xena levantó una mano y se limpió un poco de tierra de
la mejilla, luego giró la cabeza y terminó mirando a Gabrielle, que estaba en
silencio—. ¿Merece la pena que te pregunte qué Hades pensabas que
estabas haciendo?
Gabrielle tiró de sus piernas cruzadas debajo de ella en la tierra.
—Bueno. —Cogió una pequeña piedra y jugó con ella—. Solo estaba
haciendo lo que pensé que podría ayudar. —Echó un vistazo a la reina—. No
quería que el caballo te lastimara.
Xena suspiró.
—Bien. —Imitó el tono de su consorte—. Me mordió varias veces, así que
tendrás que mimarme sin piedad más tarde. —La reina se puso de pie
lentamente, haciendo una mueca cuando apoyó el peso en la pierna que
había quedado atrapada debajo del caballo—. Ven.
Gabrielle se levantó rápidamente y se puso a su lado, deslizando un brazo
62
alrededor de su cintura.
—Eso fue increíble —dijo, mientras comenzaban a caminar lentamente por el
campo, Parches deambulaba detrás de ellas—. La forma en que simplemente
saltaste sobre ella... Guau.
—Siii. —Xena se sentía como si todos los huesos de su cuerpo estuvieran rotos—
. ¿A que soy impresionante?
—Mucho.
La reina miró al otro lado del campo, aliviada de ver el caballo atado y
rodeado por los mozos. El animal luchaba contra ellos con uñas y dientes y, a
pesar de lo que acababa de pasar, Xena no pudo evitar sentir cierta
admiración por la yegua.
—Pateadora de culos —comentó—. Buena sangre.
—¿Incluso después de hacerte daño? —Gabrielle también miró a la yegua—.
Realmente es muy bonita.
—Sí. —Xena suspiró—. No es culpa suya. Ese temperamento viene con el linaje.
—Hizo una pausa y estudió a la yegua—. No me di cuenta de que Lastan
estaba trayendo su stock.
Gabrielle escuchó el cambio en su tono.
—¿Conoces a ese caballo? —preguntó—. Oh, ya me acuerdo... en la carrera.
El Duque tenía un caballo como este, te gustó.
Xena alteró su camino y se dirigió hacia donde estaban los mozos.
—Su abuela era mía —dijo, después de un momento—. Cuando me retiré,
pensé que también se lo merecía y la envié a la casa de Lastan. —Observó
cómo el caballo pateaba ferozmente, golpeando a uno de los mozos en la
rodilla con un sonido audible—. Es descendiente suya, eso es seguro.
—Ella es luchadora de verdad. —Notó Gabrielle—. ¿Era tu caballo así
también?
Xena permaneció en silencio por unos pocos pasos, luego medio negó con la
cabeza.
—Sí. —Se detuvo y se volvió, mirando a Gabrielle—. ¿Qué te hizo hacer lo que
hiciste, con ella? —preguntó, con una repentina determinación—. Es solo un
caballo. ¿Por qué perseguirla?
La mujer rubia parpadeó y desvió su mirada a un lado. 63
—No lo sé —tartamudeó, después de una pausa—. Estábamos aquí montando
y ella salió con nosotros... me dejó acariciarla, y luego... —Gabrielle miró a la
reina—. Era como si estuviera tan desesperada por ser libre. No le importaba.
Simplemente fue hacia esa cerca como si fuera más importante para ella que
vivir.
—Eh eh. —Xena la miró—. ¿Y tú ibas a... levantarla y arrojarla por encima de
la valla?
Gabrielle frunció el ceño.
—No iba a hacer eso, Xena —dijo—. Solo estaba tratando de evitar que se
lastimara, supongo... tal vez... no lo sé. —Hizo una pausa—. No debería tirar su
vida de esa manera.
Xena parecía pensativa, luego se encogió de hombros.
—Está bien, lo que sea. —Continuó hacia la yegua—. Qué bueno que no
pudiste alcanzarla de nuevo. Probablemente habrías perdido un brazo y eso
habría arruinado mis noches de placer por un tiempo. —Todavía le dolía el
cuerpo, y se detuvo justo antes del grupo de mozos que trabajaban duro,
ahora tenían tres cuerdas en la yegua, una de ellas en sus patas traseras. El
gran caballo dorado estaba obviamente furioso, con los ojos en blanco y
abundante espuma saliendo de su boca. Xena miró a la yegua, y cuando sus
ojos se encontraron con los del animal, los recuerdos se dispararon y la
tomaron por sorpresa con una fuerza desgarradora. Se quedó quieta, y
exhaló, recordando ese último adiós—. Maldita sea.
—¿Qué sucede? —susurró Gabrielle—. ¿Estás herida de verdad? ¿Debo
buscar ayuda?
—Nah. —Xena se frotó la cara con una mano. Luego la dejó caer y se soltó
del agarre de Gabrielle, caminando hacia donde los mozos estaban
trabajando—. Esperad muchachos.
Todos los mozos se detuvieron y se volvieron.
—Señora. —Uno de ellos se adelantó, limpiándose las manos con
nerviosismo—. Señora, no pensábamos que fuera a salir corriendo así, lo juro.
Si le ha lastimado, diga la palabra y la reduciremos.
Xena simplemente hizo un gesto mientras rodeaba en círculos al caballo, el
resto de los mozos retrocedieron para dejarle espacio. Ellos la miraban con
incertidumbre, y ella solo podía imaginar su propio aspecto después de luchar
contra la maldita bestia que casi la aplasta.
64
Demasiado para la dignidad de la reina. Podía ver grandes arañazos en las
partes de sus brazos que no estaban cubiertos por la cota de cuero y el aroma
de la rica tierra se aferraba fuertemente a ella.
Ah bueno. La reina se acercó a la cabeza de la yegua, ahora atada
firmemente al poste de trabajo.
—Está bien niña. —Conscientemente bajó el tono voz, más tranquilo, sin
crispación—. No quieres que tenga que hacer algo drástico, ¿verdad? —El
caballo la fulminó con la mirada, medio en cuclillas, incluso atada como
estaba. Sus patas delanteras atacaron, tratando de golpear a Xena, pero la
reina se quedó allí parada, confiada en su seguridad. —Ahora, vamos. ¿A
dónde crees que te lleva eso, eh? —se acercó un poco más y tendió una
mano. Por un momento, la yegua se detuvo y pareció estudiarla. Animada,
Xena bajó la mano y la giró hacia un lado, alzándola hacia el hocico del
animal—. Sé amable, y te quitaré esas cuerdas. Te gustaría eso, ¿eh? —La
yegua se apartó de ella, tan lejos como las cuerdas lo permitían. Xena hizo
una pausa y mordisqueó el interior de su labio. Había empezado mal con el
animal, pero no era la primera vez que cometía ese error, ¿verdad? Tal vez la
bestia necesitaba un poco de tiempo para tranquilizarse—. Llevadla al interior
de los establos —les dijo a los mozos—. Ponedla en el box grande, donde
guardamos a Tiger el año pasado. Eso debería contenerla.
—Señora. Como desee.
—Dadle alimento, y dejadla estar. Nadie debe meterse con ella. ¿Me
entendéis? —Xena se volvió para mirarlos—. Hacer que el herrador la revise.
—¿Señora?
Xena resopló suavemente y se sacudió el polvo las manos.
—Acaba de tener a una maniaca chillona colgando de su cabeza y tirándola
al suelo. Asegúrate de que no se lastime. —Sus ojos captaron un movimiento,
y se volvió para encontrar a Gabrielle detrás de ella, mirando al caballo y
ofreciéndole algo en la palma de la mano—. ¿Qué es eso? —Cogió la mano
de la mujer rubia.
—Solo una manzana —respondió Gabrielle—. Pensé que podría gustarle. Se
ve sedienta, y son realmente jugosas.
—Más tarde. —Xena le dio la vuelta y comenzó a caminar hacia los establos—
. O dásela a tu muñeco de trapo de allí. A él también le gustan. 65
—No es un muñeco de trapo. Es un gran caballo. —Gabrielle podía sentir la
confusión en la mujer que tenía al lado, y sabía que hacer una pregunta
directa enloquecería a Xena. Bueno, en cualquier caso, se enojaría aún más
de lo que estaba—. Lo siento si hice algo tonto antes. —Decidió pedir disculpas
en su lugar—. De verdad que solo estaba tratando de ayudar.
Xena la rodeó con el brazo otra vez.
—Lo sé —dijo—. Gracias.
Gabrielle la miró.
—¿No estás enfadada?
—No. —La reina suspiró un poco—. Me habría dado una patada en el culo si
le sucediera algo a ese caballo. Hiciste lo correcto. —Volvió la cabeza y miró
a Gabrielle—. Incluso si no tenías ni idea de lo que estabas haciendo.
—Um, está bien.
—¿Confusa?
—Sí.
—Bien. —Xena empujó la puerta que daba a los establos abiertos—. Veamos
en qué otro problema podemos meternos, ¿de acuerdo?
El fuego crepitaba suavemente, sus profundidades doradas se reflejaban en
los pálidos ojos que lo observaban por encima del borde de una copa de
plata de la que se emanaba suavemente un poco de vapor.
Xena tomó un sorbo de vino caliente, luego bajó la copa de nuevo, sintiendo
el suave tirón del peine mientras Gabrielle pasaba las púas por su pelo. El tacto
se sentía bien contra su cuero cabelludo, e inclinó su cabeza hacia atrás
mientras su consorte movía sus dedos a través de su flequillo.
—Así.
Gabrielle la miró.
66
—¿Te sientes mejor ahora?
—¿Qué te hace pensar que me sentía mal antes? —Xena dejó que la parte
posterior de su cabeza descansara sobre el estómago de la mujer rubia—. Soy
más fuerte que esa maldita potranca.
Gabrielle pasó sus dedos por el cabello de la reina otra vez, frotándolos
suavemente alrededor de sus sienes y viendo sus ojos aletear.
—Estabas muy callada. Pensé que tal vez te sentías mal. —Acarició la mejilla
de Xena—. O furiosa.
—Nah. —Xena estaba disfrutando completamente de la atención—. Ese
mensajero me molestó, pero lo superé.
—¿Sobre las granjas en ruinas?
La reina asintió.
—Bastardos. Apuesto mi pezón izquierdo a que es la escoria de Bregos.
Gabrielle comenzó un lento masaje en su cuello y hombros.
—Espero que ganes esa apuesta —murmuró—. Me gusta ese.
Los ojos de Xena se abrieron y miró a su consorte, una ceja oscura y finamente
arqueada se alzó bruscamente hacia arriba, para encontrar a su consorte
sonriendo traviesamente hacia ella.
—Eres una pequeña guarra, tú. —Se encontró devolviéndole la sonrisa—. Pero
ya sabes, pensé que estaba de camino al desfiladero, así que derribaré a dos
buitres con un solo golpe.
—Esa pobre gente. —La expresión de Gabrielle se puso seria—. Especialmente
esos niños... Xena, es terrible cómo se quedaron fuera a la intemperie. ¿Por
qué no los trajeron aquí? Los hubieras dejado entrar, ¿no es así?
Xena estudió la cara iluminada por el fuego sobre ella, sus ángulos
redondeados ligeramente dorados.
—¿Olvidas con quién estás hablando? —preguntó, después de una breve y
divertida pausa—. ¿Por qué iba a acoger a un montón de niños hambrientos?
Las manos de Gabrielle se quedaron quietas.
—¿Los dejarías morir fuera de las puertas? —preguntó, mirando atentamente
el fuerte perfil—. ¿De verdad? —La reina reflexionó sobre la pregunta—. No 67
creo que lo hicieses —dijo la mujer rubia, después de un largo silencio—. No los
dejarías allí.
¿Podría hacerlo? Xena se molestó al darse cuenta honestamente de que ya
no sabía la respuesta a esa pregunta.
—Teniendo en cuenta cómo nos conocimos, me sorprende que pienses eso
—comentó, viendo el cambio de expresión en el rostro de su consorte,
mientras se distanciaba un poco—. Pero te digo una cosa, ni los condenados
dioses saben que Hades haría ahora.
Gabrielle volvió a mirarla. La expresión de Xena era tranquila y pensativa, no
enfadada, y aunque el momento en que se vieron por primera vez todavía le
causaba dolor en el corazón, aprovechó este momento y lo dejó a un lado
para valorarlo seriamente.
—Creo que los acogerías. —Se inclinó y besó la cabeza de Xena con suave
reverencia.
Xena sonrió con ironía.
—Creo que me morderías los tobillos hasta que lo hiciese —dijo—. Pero no tiene
sentido hablar de eso porque, de todos modos, sus propios padres dejaron
que estiraran la pata en la nieve.
Gabrielle negó con la cabeza.
—Horribles como lo fue mi padre... No creo que él hubiera hecho eso. —En
privado, Xena tenía sus dudas. El despreciable padre de Gabrielle la había
golpeado, había violado a su hermana y las había dejado fuera en el frío... La
reina paró, mientras las últimas palabras resonaban suavemente en su
conciencia—. ¿Xena?
—¿Sabes una cosa? —murmuró la reina—. Creo que debería ir a buscar a esos
bastardos que dejaron a esos niños en la nieve y los mataron. —Hizo una pausa
y luego levantó la vista—. ¿Crees que es una buena idea?
La mirada atónita en el rostro de Gabrielle casi la hizo sonreír. Xena sabía que
su repentino cambio de corazón tenía más que ver con su afecto por su linda
compañera de cama que con cualquier ablandamiento de sus puntos de
vista, pero era divertido ver los asombrados ojos de todos modos.
—¿Podrías hacer eso?
—Es una historia mejor que la de dejar a los niños fuera de las puertas, ¿eh? —
Xena estudió la cara de su consorte—. Ese es el problema de tener un
cuentacuentos por aquí... siempre tienes que asegurarte de que se vea tu
68
lado bueno, ¿sabes? —Gabrielle rodeó el cuello de Xena con sus brazos y la
abrazó suavemente, exhalando en la parte posterior de su cabeza. Podía
sentir la suavidad del cabello de la reina contra su mejilla, y después de un
momento de silencio, los dedos de Xena rodearon su brazo y apretaron
ligeramente y, simplemente, permanecieron así juntas—. Entonces —dijo la
reina, después de haber pasado el tiempo suficiente para hacerla sentir un
poco incómoda—. ¿Tienes alguna buena historia sobre doncellas sexis en
peligro?
Gabrielle se enderezó y se pasó el dorso de la mano por los ojos, luego
comenzó a peinar los cabellos de Xena otra vez.
—Conozco uno donde una doncella en peligro es salvada por una reina sexy.
¿Eso cuenta?
—Heh. —Xena se rio por lo bajo—. Me encanta esa historia.
Lo mismo hizo Gabrielle, pero por razones muy diferentes a las de su amante.
—¿Quieres que cuente esa? Recordé algunas cosas más el otro día que quería
poner en ella. —Terminó de peinarla y luego trenzó los oscuros cabellos en un
nudo flojo.
—Mm. Claro. —Xena parecía perdida en el contacto otra vez, su cabeza
descansaba ligeramente contra el cuerpo de Gabrielle, sus ojos un poco
desenfocados.
Gabrielle la observó por un minuto, luego puso una mano en el hombro de la
reina.
—¿Estás segura de que te sientes bien?
Los ojos azules la miraron bruscamente.
—¿Parezco enferma?
La mujer rubia negó con la cabeza.
—Solo triste —respondió—. ¿Estás pensando en ese caballo?
Xena se levantó inesperadamente y se alejó del fuego, dándole la espalda a
Gabrielle y cruzando hacia las ventanas para mirar al exterior. Puso sus manos
sobre el alféizar y se inclinó hacia el vidrio emplomado, su aliento empañaba
la superficie débilmente.
Gabrielle permaneció donde estaba, después de haber aprendido de la peor 69
manera que cuando la reina necesitaba espacio, lo necesitaba. En lugar de
seguirla, recogió la pequeña bandeja de platos de su merienda y la llevó a la
alcoba, donde una de las camareras la recogería por la mañana.
Volvió al fuego, acercando el vino un poco más al calor y sacudió los cojines
de la silla favorita de la reina, levantó la gruesa colcha que estaba sobre el
respaldo y que Xena a veces ponía sobre sus rodillas cuando hacía frío y la
enderezó.
Era carmesí, y estaba toscamente tejida, tenía un patrón uniforme de franjas
azules y verdes a lo largo. A Gabrielle le gustaba la tela, y a menudo pasaba
los dedos por la superficie gastada que le traía vagos recuerdos de su hogar.
Una simple tela de pastores.
—¿Qué te hizo decir eso? —preguntó Xena, desde la esquina—. ¿Sobre el
caballo?
Gabrielle tomó la invitación y cruzó la habitación para pararse junto a la reina,
mirando hacia el cielo oscuro, sin luna y las tenues sombras en la noche.
—Has estado muy callada desde entonces. Pensé que tal vez estabas
pensando en eso.
—¿He estado callada? —Xena la miró. Gabrielle asintió—. Sí, bueno. —La reina
se volvió y se apoyó contra el vidrio—. No estaba pensando en ese caballo.
Así que olvídate de eso.
—Está bien. —La mujer rubia presionó su nariz contra la ventana—. Esos tipos
de la armadura fueron increíbles, Xena. No sabía que tenías que llevar tantas
cosas ahí fuera. —Exhaló en el cristal, luego presionó las puntas de sus dedos
en el vaho resultante, haciendo unos ojos y una nariz—. Me están haciendo un
equipo de cocina plegable y también unas botas realmente fantásticas.
—Les dije que cuidaran de ti —dijo Xena—. Pero esto no va a ser un paseo por
el jardín, rata almizclera.
—Lo sé. Recuerdo cuando subimos a la montaña. Fue difícil —dijo Gabrielle—
. Pero me gustó. Hasta que nos atacaron, quiero decir.
—Hasta que yo nos metí en una trampa, quieres decir. —La reina suspiró—. Sí,
eso fue divertido. Me encantó cada minuto de eso, por supuesto que sí. —Se
apartó del cristal—. Venga. Vamos a la cama. Estoy cansada de pensar. —
Merodeó por la habitación y fue al lavabo de plata, hundiendo sus manos en
él y salpicando su cara con el agua fría. Gabrielle se acercó obedientemente 70
a la cama grande y lujosa que compartían y se sentó sobre ella, quitándose
los suaves botines y soplando la vela de su mesilla. Había sido un largo día y se
sentía un poco cansada, y más que un poco inquieta por el malhumor de
Xena. Le dio dolor de estómago. Gabrielle movió los dedos de los pies y luego
metió sus piernas en la cama, estirándolas a lo largo de la gruesa cubierta, y
la superficie fría se calentó rápidamente sobre su piel. Se reclinó contra las
almohadas y cruzó las manos sobre el estómago, mirando por el rabillo del ojo
mientras Xena se secaba la cara con un trozo de tela antes de darse la vuelta
y dirigirse hacia la cama para unirse a ella. Incluso con un sencillo movimiento,
llenaba la imaginación de Gabrielle. Esperó a que la reina se sentara en la
cama y se estirara junto a ella, antes de darse la vuelta y, simplemente agarrar
la mano de Xena y la apretarla. Xena estudió el dosel de la cama
brevemente—. No vamos a esperar al festival —dijo—. Nos vamos tan pronto
como los suministros estén listos.
Gabrielle sintió que su corazón se saltaba un latido.
—¿Por qué?
—Porque quiero —dijo Xena—. Algo me está fastidiando para salir.
—Está bien. —La noticia era aterradora y un poco abrumadora—. Trataré de
estar lista —murmuró—. Sin embargo, Stanislaus dijo que aún hay mucho por
hacer.
Xena mantuvo sus ojos enfocados hacia arriba.
—Si, lo sé. —Su voz era un poco áspera. Aclaró su garganta—. ¿Asustada?
Gabrielle tuvo que pensar en eso.
—No... um... —Hizo una pausa—. Preocupada, supongo. Sobre todas las cosas
que no sé. —Observó el perfil de Xena, viendo una expresión que le resultaba
extraña. Se movió un poco más cerca, viendo los ojos de la reina parpadear
un par de veces—. Y que tal tú.
Xena giró la cabeza y se encontró con la mirada de Gabrielle.
—¿Sabes en qué estaba pensando antes? —preguntó—. En la abuela del
caballo. —Su voz bajó, apaciguadora—. La amaba como una loca.
—Me lo imaginaba.
La reina se puso de lado, por lo que estaban una enfrente de la otra. 71
—Se la di a Lastay porque temía que le sucediera lo mismo que a Lyceus. —
Exhaló lentamente—. Maldición, eso duele. Ella era la última de mi familia.
Las lágrimas ardían en los ojos de Gabrielle, y deslizó su mano por el brazo de
la reina, reconociendo un momento de sinergia con ella al recordar aquella
primera y horrible noche que había pasado en la fortaleza después de ver
morir a Lila.
—Lo siento.
—Yo también. —El cuerpo de Xena se relajó, casi en una depresión—. Unos
lobos la cogieron. Un par de años después. Nunca tuve la oportunidad de
decirle adiós. —Acarició las sábanas de seda y las velas proporcionaron la luz
suficiente para que se miraran—. Ver esa potra hoy... trajo todo eso de vuelta,
supongo... me recordó que voy a salir y arriesgar todo de nuevo y...
La reina dejó de hablar, sus ojos vagaban más allá de la cara de Gabrielle.
Gabrielle no estaba segura de qué decir. Suavemente giró la mano de Xena
y besó la palma, luego cruzó sus dedos alrededor de ella. Casi podía sentir la
tristeza y la agitación dentro de la mujer de cabello oscuro, y eso la sorprendió.
—Estabas tratando de mantenerla a salvo.
—Sí. —Xena se movió, y acercó a Gabrielle, envolviéndola con sus brazos
mientras se acurrucaban juntas en el medio de la cama—. O tal vez solo me
estaba engañando a mí misma. —Colocó la cabeza de Gabrielle sobre su
hombro y suspiró—. No habría sido la primera vez. Tal vez no sea el última.
¿Y qué significaba eso?, se preguntó Gabrielle.
Xena le mordió la oreja, y la pregunta se volvió irrelevante. Por ahora.
El amanecer encontró a Xena de pie en las almenas, observando las primeras
horas del día en la fortaleza ante ella. Desde donde estaba, podía ver los
barracones, y alrededor de ellos había evidencias de la próxima campaña,
desde los carros que se estaban construyendo hasta los yunques temporales
dispuestos a un lado para los armeros que ya estaban ocupados golpeando
escudos y armas. 72
El bullicio era familiar y ordenado, y ella asintió con la cabeza un par de veces
mientras veía abrirse la puerta del cuartel y los hombres salían corriendo
llevando espadas y arcos de práctica con un aire de estoica resolución.
Estaba vestida con su gastado equipo de práctica. Pronto iría al patio de
prácticas de los barracones, y se uniría a los combates, cruzando esa línea
como ya había hecho anteriormente y comprometiéndose en las batallas
para terminar de un modo que solo se hablara de ello, y dar las órdenes que
faltaban.
Dejaría de ser la reina y volvería a tomar el cargo de conquistadora, y se
encontró sintiendo una mezcla de emoción y aprensión al respecto.
Después de un momento, golpeó la parte superior de la pared, dio la vuelta y
se dirigió hacia las escaleras, las hebillas de su gambesón tintinearon
suavemente mientras subía los escalones de dos en dos, con las raídas y
pesadas botas que llevaba puestas rozando contra la piedra.
El peso de su espada sujeta a los agarres en su espalda, le resultaba familiar y,
sin embargo, extraño. Aunque a menudo la usaba en sus entrenamientos
nocturnos, rara vez la llevaba puesta, prefería simplemente llevarla consigo a
la cámara de la torre y guardarla al volver.
Llegó al final de la escalera y comenzó a cruzar el patio delantero, su
repentina presencia provocó una leve conmoción cuando los trabajadores
que sofocaban bostezos mientras caminaban se dieron cuenta de quién se
estaba cruzando en su camino y se apresuraron a inclinarse y reverenciar.
Xena pasó junto a ellos, silbando suavemente por lo bajo. Se acercó a las
puertas abiertas de la pared que separaba los barracones del área
doméstica, y atravesó el portal de madera y metal con la sensación de que
estaba entrando en un espacio diferente.
Cuando entró por la puerta, varios de los soldados la vieron y se pusieron
firmes, preparándose y llevándose un puño al pecho para saludar. Xena
levantó su mano en reconocimiento, luego se detuvo cuando Brendan salió
del barracón más cercano, aparentemente convocado por una llamada, y
se acercó a ella.
—Señora. —El viejo soldado la saludó con el mismo puño en alto, pero su
movimiento no había sido estudiado y era natural y, como tal, parecía mucho
más sincero—. Bienvenida.
—Espero que digas eso después del simulacro —comentó Xena, en un tono 73
agradable, mientras lentamente daba media vuelta, examinando el trabajo
en progreso.
—Xena. —Brendan bajó la voz mientras usaba el nombre de la reina—.
Aunque nos molieses a palos hasta dejarnos sin sentido, serías igualmente
bienvenida y lo sabes.
Xena giró la cabeza para estudiarlo con una ceja levantada, que sostuvo
momentáneamente antes de estallar en una sonrisa muy libertina.
—La mayoría de vosotros sois unos pervertidos bastardos —le dijo, su voz se
volvió enérgica—. Muéstrame lo que se ha hecho hasta ahora.
Brendan asintió como si hubiera esperado la petición, y luego se volvió y
comenzaron a caminar juntos.
—Conseguí casi tres legiones completas —dijo mientras pasaban frente al
primer conjunto de yunques—. Tenemos una veintena de hombres que han
venido entre ayer y hoy, después de que oyeron que estábamos en
movimiento.
Xena hizo una pausa, cuando vio a Jonas trabajando sobre su yunque, estaba
tan concentrado que no había notado el revuelo y el repentino silencio a su
alrededor. Ella se acercó y lo observó trabajar por unos momentos, mientras
formaba cuidadosamente otro pequeño anillo y lo colocaba en su lugar.
—Bonito.
Él se sacudió y se volvió.
—¡Majestad!
Xena se acercó más y levantó una esquina del cuadrado de cota de malla,
examinando su calidad. Los anillos eran pequeños y apretadamente tejidos,
en una doble capa gruesa y, sin embargo, flexible. Dejó que cayera sobre su
mano, asintiendo con la cabeza ya que apenas podía ver su piel a través de
ella.
—Buen trabajo.
Jonas agachó la cabeza un poco.
—Pondré escamas de cuero desde aquí... —Tocó su propio pecho—. Y hasta
aquí. —Indicó su parte superior del muslo.
Xena asintió. 74
—Ella monta a caballo —le advirtió—. Coloca una tira de cuero en el interior
de las piernas. Ahórrale al maldito caballo un poco de dolor.
—Si señora. Ella nos lo dijo. —Jonas concordó en voz baja—. Para ser honesto,
esto es nuevo para mí, equipar a un alma tan gentil.
La reina permaneció en silencio por un momento y luego resopló suavemente.
—Imagina cómo me sentí haciéndole el amor. —Les dirigió a los hombres una
sonrisa malvada—. ¿Siguiente? ¿Tienes algunos hombres fabricando flechas
trabajando horas extras, Brendan?
—Sí, señora. —El viejo soldado se rascó la mandíbula, simulando una sonrisa—
. Así es. El mayor problema que tuvimos es obtener las plumas para ello.
—¿En serio?
Se alejaron de los yunques, hacia un círculo más pequeño donde había cuatro
bastas mesas alineadas en un cuadrado, con hombres que trabajaban en dar
forma a las varillas de madera y les colocaban puntas de hierro y plumas
recortadas.
—Los malditos mercaderes las retenían para vendérselas a los tipos elegantes,
para almohadas. —Brendan negó con la cabeza—. ¿Qué le parece?
Xena, que tenía varias de las almohadas antes mencionadas en su cama,
asintió con gravedad.
—Terrible. —Cogió una varilla y la miró a lo largo, complacida con la rectitud
de la misma. Tocó la madera bien curada y miró a Brendan—. Esto no vino del
bosque ayer.
Un centelleo tenue e irónico brilló en el ojo que le quedaba a su viejo capitán.
—He estado secándola desde antes de las heladas, señora.
Xena sonrió y dejó la varilla.
—¿Qué tenemos ahora? —Hizo un gesto con la mano a los fabricantes de
flechas, los cuales se habían detenido y se habían cuadrado al acercarse
ella—. Lo primero que tenemos que hacer es acabar con esa mierda —le dijo
a Brendan—. No hay tiempo para que la gente deje de trabajar cada vez que
toso.
Continuaron hacia los terrenos de prácticas.
—Haré correr la voz, señora —dijo Brendan—. Los hombres lo saben, la mayoría
de ellos, pero estos trabajadores todavía no. 75
Xena alzó la vista cuando el sol salió de detrás de las paredes y bañó el recinto
en calor. Sintió que la luz tocaba su piel y, cuando pasaron las hileras e hileras
de barracones, las puertas comenzaron a abrirse y los hombres comenzaron a
salir en tropel para seguirlos.
Con su sencillo atuendo y sus botas de trabajo, Xena no destacaba entre ellos.
Sintió como su corazón se disparaba repentinamente al sentir que pasaba de
lo que ahora parecía un sueño a lo que sabía que era su propia realidad
personal.
Se sentía bien cubierta con cuero y tela áspera, y sentía la pesadez de las
botas alrededor de sus pies en lugar de las sedas y zapatillas livianas que había
estado usando en los últimos años. Se sentía bien al respirar el aroma del metal
calentado por el sol, del cuero y del estiércol de caballo, y escuchar los
resoplidos de los honrados trabajadores a su alrededor.
Se detuvo justo antes del campo de prácticas y se volvió para mirar a la
multitud de soldados que los seguían. Permanecían en silencio, con la mirada
fija en ella mientras esperaban, sus cuerpos cubiertos de cuero acolchado y
cota de malla, las caras barbudas y un buen número de armas colgando
alrededor de sus cuerpos.
—¿Todos listos para salir? —La voz de Xena resonó sobre el ruido de los
estandartes ondeando al viento sobre su cabeza. —Un grito sin palabras le
respondió—. Bien. —La reina se giró y se dirigió al patio de prácticas, sus manos
ya temblando en espera de sus propias armas en ellas. Extendió sus brazos a
los lados recogiendo la luz del sol con una sensación de absoluto placer
sensual—. Es bueno estar de vuelta en el negocio de patear culos.
A su lado, Brendan sonrió, pero guardó silencio. Dio media vuelta y caminó
hacia atrás, colocando los dedos entre sus dientes y silbando, dirigiendo con
gestos de sus manos a las tropas a sus puntos de partida en el campo.
Él sabía que el amor hacía cosas raras a la gente. Había observado a Xena
durante los meses de invierno mientras vagaba por la fortaleza, Gabrielle
nunca estaba lejos de su lado. Había esperado que la reina volviera a sus
hábitos anteriores, pero en lugar de eso, había evitado la corte, había evitado
las reuniones de nobles y le había dado la espalda a la política del reino
mientras se centraba en esta nueva fascinación en su vida.
Era casi como si el trono hubiera dejado de ser importante para ella y, aunque
Brendan era lo suficientemente astuto como para saber el peligro de eso, era
lo suficientemente soldado como para alegrarse por el bien de Xena con ello.
76
Estaba convencido de que la corona había succionado su alma. Solo había
sentido tristeza al ver a su antigua comandante replegarse más y más en su
torre, sin amigos, sin otra cosa que su creciente afición al vino y su sombra
solitaria luchando en la torre.
Fue como ver morir a un querido amigo y no poder hacer nada por él. Brendan
miraba ahora la alta figura a su derecha mientras tomaba una lanza y la
colocaba sobre sus anchos hombros, girando su cuerpo para aflojarlo.
Seguía siendo una guerrera, incluso después de todos estos años en la corte.
Él asintió para sí mismo. Incluso el embotamiento de la mente que producía el
poder no le había quitado eso, pero sabía que esta vez el invierno había
reavivado algo más que un simple interés por el mundo que la rodeaba.
Los dioses mismos bendecían a esa pequeña. El viejo soldado exhaló. No se
molestó por la insistencia de Xena en llevar a su consorte a la campaña con
ellos, pero el hecho de saber que la vida de Gabrielle era de importancia letal
para su reina, pesaba sobre sus hombros.
Sabía lo importante que era Gabrielle para este renacido líder, que ahora
lanzaba perezosamente lanza tras lanza, con un poderoso movimiento por
encima de la cabeza para golpear a los objetivos de paja en el campo.
¿Xena lo sabía? Él la miró por el rabillo del ojo. ¿Veía ella la nueva
vulnerabilidad que representaba Gabrielle?
Ah bueno. Brendan respiró hondo y soltó el aire. Recuperar a su líder
compensaba el riesgo, al menos para él.
—¿Xena?
La reina se volvió hacia él.
—Mierda, menos mal que llevo una espada a caballo. Si contaras conmigo
para golpear algo con esas cosas, estaríamos ya muertos. —Dirigió a los
objetivos una mirada irónica—. Nunca fui buena en eso.
Brendan se acercó a ella.
—El combate cuerpo a cuerpo está listo. —Señaló el campo—. ¿Estás lista
para un poco de diversión?
Xena desenvainó su espada, y extendió su brazo, girando la hoja en su mano
antes de batirla en un círculo, haciendo que el mismo aire cantara.
—Oh, sí. —Terminó de presumir y dejó que la hoja descansara sobre su 77
hombro—. Hagámoslo. —Se abrió paso a través de los arremolinados soldados
hasta quedar en el medio de ellos, y comenzó a gritar órdenes, dirigiendo el
campo de batalla mientras los hombres comenzaban a agruparse a ambos
lados de una trinchera central—. ¡Quédate allí... no idiota, tu otra izquierda!
Uno de los hombres al lado de Brendan levantó su escudo.
—¿Deberíamos darle a su Majestad uno de estos, señor?
Brendan se rio entre dientes secamente.
—Hijo. —Él palmeó al hombre en el hombro—. No necesita nada de eso.
—¿Señor?
—Solo espera. Ya lo verás.
Gabrielle encontró un buen lugar en la torre, con una gran vista del patio de
prácticas. Apoyó los pies en el banco y apoyó el codo en el alféizar de la
ventana, descansando la barbilla en su brazo mientras fijaba sus ojos en la alta
y corpulenta figura del centro, su altura y su largo cabello la hacían sobresalir
de los soldados a su alrededor.
Una parte de ella quería estar allí, pero otra parte de ella sentía que esto era
algo muy personal, muy privado para Xena y no quería entrometerse en eso.
Todavía.
Había llegado a entender que había esta violencia en su amada, que lejos de
avergonzarse, Xena se regocijaba.
Ahora, vio como comenzaba la batalla simulada, y Xena saltó sobre una roca
en el centro del campo y apuntaba con su espada, dirigiendo a los hombres
unos contra otros y casi podía sentir la felicidad en el corazón de la reina.
Los hombres se adelantaron, y en un abrir y cerrar de ojos, Xena estaba fuera
de su roca y en el interior de la batalla, su espada se movía con fuerza mientras
hacía retroceder a un escuadrón de hombres, girando y agachándose
mientras otros dos entraban por el costado y luego sorprendió a los dos con
una patada circular que envió sus armas a volar.
78
Gabrielle podía oír la risa.
Observó el combate cuerpo a cuerpo un momento más, luego se mordió el
labio inferior, luchando con la decisión de quedarse donde estaba, o bajar y
unirse a la lucha. Sabía que tenía muy poco tiempo para aprender incluso los
conceptos básicos, y convertirse menos en una carga y más en un activo
cuando estuvieran en medio de una batalla.
—Hola, Gabrielle.
Se giró y encontró a Jellaus detrás de ella.
—Hola. —Señaló el campo—. Xena está allá abajo.
—Lo sé. —El juglar rio entre dientes, sentándose a su lado—. Las historias ya se
cuentan en las cocinas. —Miró por la ventana—. ¿Seguro que estás lista para
eso, pequeña?
—No —respondió Gabrielle, bajando la barbilla—. Sé que no lo estoy. Pero
aprenderé.
Jellaus la miró, con un toque de tristeza. Su rostro amable cambió mientras
miraba la lucha de abajo.
—Sí —dijo finalmente—. Me temo que lo harás, Gabrielle.
Gabrielle aparentemente no lo escuchó. Ella se levantó, dándole unas
palmaditas en el hombro.
—Voy a ver qué puedo aprender ahora mismo. ¿Nos vemos más tarde?
El trovador asintió, mientras la veía alejarse, su pálido cabello rebotando un
poco mientras corría.
—Entonces. —Suspiró—. ¿Qué nota pondrá fin a esta canción, hm? —Se puso
de pie y cruzó los brazos sobre el pecho—. Supongo que será mejor que
empaquete, que idiota soy.
Negando con la cabeza, se fue.
79
Parte 3
—Por favor, manténgase quieta su Gracia.
Gabrielle intentó sofocar sus inquietudes sin mucho éxito cuando la cota de
malla le cubrió los hombros. Se sentía extraña, flexible pero estrecha, los anillos
se sentían fríos contra su piel, pero de una manera cálida a la vez.
O tal vez el hecho de que el armero tuviera que tocarla y empujarla la estaba
haciendo sentir un poco más acalorada de lo necesario. Después de todo,
apenas conocía a Jonas.
—Lo siento.
Jonas levantó la vista, con una breve sonrisa.
—Aprieta un poco, lo sé. Tendrá una prenda interior de cuero para suavizar tu
piel, pero eso aún no está listo.
80
Cuero y metal. Gabrielle se preguntó brevemente cómo se iba a sentir una
vez que salieran al mundo y tuviera que caminar por allí.
—¿Va a ser muy pesada?
—No, su Gracia. —Jonas se enderezó un poco y movió los anillos sobre sus
hombros, dejando la prenda y estudiándola críticamente—. ¿Cómo se siente?
Gabrielle levantó los brazos y se movió un poco, girándose con su nueva
armadura. Levantó las manos y sintió rara la unión de los eslabones alrededor
de sus brazos.
—Es un poco... muy... apretado... —Vaciló, tocando el lugar—. Aquí.
Jonas se arrodilló y la tomó del brazo, extendiéndolo y estudiando la manga.
—Ah. —Se puso a trabajar para desvincular una hilera de anillos—. Mis
disculpas, su Gracia. Deme un momento. —Trabajó en las uniones con una
pequeña herramienta, con cuidado de no pellizcarle la piel—. Calculé mal su
envergadura allí. Mis disculpas.
—¿Mi qué?
—Solo un momento, se lo ruego.
—Está bien. —Estaba contenta de quedarse allí parada mientras él trabajaba,
mirando su reflejo en el espejo. Los anillos mostraban un plateado oscuro
ondulante sobre los hombros y por los costados, pero sobre el pecho y la
espalda, estaban cubiertos por pequeños pedazos de escamas de cuero
superpuestas de bella forma en un profundo verde bosque.
También había un collar de cuero que protegía su cuello de las uniones, y un
cinturón con una hebilla de calavera oscura brillante para abrochar la cosa
alrededor de su cuerpo.
—Ahí. ¿Está mejor?
Gabrielle levantó sus manos otra vez, cerrando los dedos sobre un inexistente
bastón e imitando el movimiento.
—Sí —asintió con la cabeza al no sentir ninguna constricción—. Mucho.
—Bien. —Jonas se puso de pie y la rodeó—. ¿Se le adapta bien, su Gracia?
De hecho, no se sentía especialmente agraciada. Gabrielle caminó hacia el
espejo, sintiéndose un poco extraña moviéndose en su nuevo equipo. Tocó los
anillos con una mano, trazando su intrincado trenzado. 81
—¿Fue difícil de hacer? —Sus ojos se encontraron con los de él en el reflejo del
espejo.
—Eh. —Jonas levantó un hombro—. Es un trabajo minucioso, la verdad —dijo—
. Pero no tan grande como algunos, ya que su Gracia es de delicada estatura.
Gabrielle se volvió y lo miró.
—Soy baja, quieres decir —dijo, con una sonrisa.
—No solo eso. —El hombre le devolvió la sonrisa—. Mis encargos son en su
mayoría para soldados, lacayos, tipos muy grandes, es así —respondió—.
Como los anillos se hacen uno a uno, es más fácil completar un conjunto para
su Gracia que si hubiera sido para otro.
—Ah. —La mujer rubia se miró a sí misma—. Es hermoso —Tocó uno de los
pedazos de cuero—. Me gusta mucho.
La cara barbuda del armero se rompió en una amplia sonrisa.
—Fue difícil —admitió—. Para hacerla de una calidad que me gustara en una
quincena, pero si le agrada, me satisface. —Le ajustó con destreza el
cinturón—. Las polainas se abrochan así, aquí en la rodilla, y las botas, ¿le
hacen sentir bien?"
Servicialmente, Gabrielle pateó los pies, sintiendo el flexible cuero flexionarse
alrededor de sus tobillos. De hecho, las botas se sentían muy bien, aunque
sospechaba que tendría que usarlas un poco para evitar algunas ampollas.
Le llegaban a las rodillas, y desde la parte superior de la bota hasta su trasero,
una ancha tira de cuero suave protegía el interior de sus piernas.
—Se sienten bien.
—Bien. —El armero asintió—. ¿Puede sentarse en esa banqueta de allí y ver si
no le tiraran cuando esté montando?
Gabrielle se acercó al banco acolchado y se sentó a horcajadas sobre él,
metiendo las botas donde los estribos las sostendrían. Se enderezó un poco y
se echó hacia atrás como lo haría en su silla de montar, tratando de imaginar
cómo sería montar todo el día con el nuevo equipo.
Era difícil, porque no podía imaginarse lo que sería montar todo el día vestida
con cualquier otra cosa, así que supuso que tendría que vivir con lo que sea
que fuera.
—Se siente bien. —Se volvió y miró a Jonas, pillándolo sonriéndole—. ¿Qué
pasa?
82
—Nada, su Gracia. —El hombre se aclaró la garganta.
—¿Lady Gabrielle? —La puerta se abrió, y entró Eddars, con sus brazos llenos
de cosas—. Ah, Jonas. Me alegra que estés aquí. Su Majestad te está
buscando.
Jonas miró sorprendido.
—¿A mí? —Miró a Gabrielle con cierta aprensión—. ¿Le ha desagradado algo,
su Gracia?
Gabrielle estaba tan sorprendida como él.
—No. —Ella negó con la cabeza—. Tal vez quiere que hagas algo más... ¿Tal
vez para ella? —sugirió—. Estaba trabajando allí en su equipo antes de que
entraras. —Señaló la habitación lateral, donde Xena había movido su cofre
de armadura.
Jonas miró hacia la puerta en cuestión, luego hacia el otro hombre.
—Estoy seguro de que la reina no necesita de mi humilde toque en su
armadura.
Eddars se encogió de hombros.
—No lo sé. Su majestad estaba fuera en el gran salón, es mejor que la atiendas
y descubras por ti mismo lo que desea.
Con expresión aprensiva, el alto armero se dirigió a la puerta y la atravesó,
cerrándola detrás de él y dejando a Gabrielle a merced de Eddar. Se levantó
del taburete y trotó hacia donde él estaba ordenando sus diversas cargas y
las miró.
—Oo.
Levantó una capa de cuero, adornada con algún tipo de pelaje.
—Esto primero, creo, su Gracia. —Él sacudió la capa— ¿Puedo fijarla sobre
usted?
—Claro. —Gabrielle tomó un pliegue de la capa cuando el armador se la puso
sobre los hombros, y con cuidado abrochó el broche en el frente—. Guau. —
La capa era una piel bien ablandada, con una superficie exterior cerosa y
cubría eficientemente hasta la parte superior de sus botas—. Es preciosa.
—Gracias, su Gracia. —Eddars le sonrió radiante—. El artesano que la hizo
estaba muy contento de que fuera para usted. Él cortó los lados aquí, ¿ve? — 83
Indicó el lado—. Para que le cubra bien mientras monta.
—Oh, sí. —Gabrielle tocó suavemente el pelaje de su mejilla—. Es tan suave.
—Ardilla, su Gracia.
—Oh. —La mujer rubia hizo una mueca—. Ojalá no me hubieras dicho eso. Me
gustan. Creo que son lindas. —Echó un vistazo a su reflejo de nuevo, ocultando
su regocijo por la figura sorprendentemente apuesta que la miraba. Pasó los
dedos por su cabello y lo liberó del cuello de la capa—. Esto es genial, gracias.
—Y ahora, ¿su ropa de viaje?
Con una sonrisa, Gabrielle se volvió hacia la pila, apreciando que no se veía
un volante en nada.
Jonas se apartó de la entrada y vio a la reina de pie bajo el gran arco,
discutiendo con un alto cortesano.
O, en verdad, no estaba discutiendo, estaba gritando, y el noble, vestido de
seda, estaba asintiendo e inclinándose tan rápido como podía. Incluso sin
tener en cuenta el encogimiento, la reina sobrepasaba al hombre por un buen
palmo y, de pie en el pasillo, vestida con pantalones de montar y un llamativo
sobretodo carmesí, parecía literalmente el doble de grande.
Hermosa. Exhaló Jonas.
—¡Ahora, lárgate! —Xena terminó con un fuerte ladrido—. Si no puedes cumplir
lo que prometiste, encontraré a alguien más para mantener sus tierras. ¿Me
sigues?
—¡Majestad! —El hombre cayó de rodillas—. ¡Me está arruinando! ¡Mi familia
se morirá de hambre!
—¿ME SIGUES? —repitió la reina—. ¡Se lo daré a mi maestro de armaduras allí...
él tiene más talento en su rótula que toda tu familia!
—¡Señora! ¡Pide demasiado!
—Escúchame. —Xena agarró al hombre por el cuello—. Financiaste a Bregos
el año pasado. No pienses que no lo sé. Tú fuiste su patrocinador. 84
El noble se puso rojo, después blanco cuando los dedos de Xena se apretaron.
—S... augh.
—Así que es mejor que apoquines lo que he pedido o vas a pagar por eso con
algo más de caballos y pieles, ¿entiendes? —dijo Xena con frialdad.
—S... sí.
Xena lo soltó, limpiándose la mano en las polainas con una expresión de
disgusto.
¿Maestro de armaduras? Las orejas de Jonas se despertaron, y miró
rápidamente a su alrededor para ver si Xena podría estar refiriéndose a
alguien más en el gran salón. Al ver que no había otro hombre presente, se
afirmó un poco más valiente en el pasillo cuando el noble se escabulló,
seguido por el odio en los ojos azules de Xena.
Después de un momento, la reina resopló y negó con la cabeza, antes de
volverse para mirar a Jonas.
—Ahí estás. —La expresión de Xena era tempestuosa, y ella lo fulminó con la
mirada—. ¿Dónde Hades estabas?
—Señora. —Jonas se inclinó y tocó su pecho—. Estaba adaptando su nueva
armadura a su hermosa consorte.
—¿A sí? —La reina se animó de inmediato—. ¿Le ha gustado?
—Creo que sí, su Majestad.
Xena puso sus manos en sus caderas.
—¿Dónde pusiste las escamas?
—Aquí. —Jonas tocó sus hombros y pecho, luego su vientre y muslos—. Dejé
los lados abiertos, y corté los lados para montar. —Se tocó el costado de la
pierna.
La reina asintió.
—Bueno. Tendrá que acostumbrarse a llevarla.
—Ella dijo lo mismo —el armero asintió—. Creo que lo hará bien con eso
puesto, si se me permite decirlo, Majestad. Tiene fuerza, lo hará bien.
—Claro que sí. —Sin embargo, la reina pareció complacida—. Tiene que tratar
conmigo. Tendría algo roto ya si no fuera así —Le lanzó a Jonas una mirada 85
astuta—. ¿Ya le has dado el marcacerdos?1
—No, su Majestad.
La reina asintió en silencio para sí misma.
—Está bien. —Hizo una pausa—. Yo podría... —Su mirada se apartó de la suya,
y cruzó el pasillo—. Dámelo. Se lo daré yo.
Jonas la estaba mirando.
—Muy bien, Majestad —respondió en un tono tranquilo—. ¿Deseaba algo de
mí? Eddars así lo indicó.
Por un momento, Xena parecía perdida en sus pensamientos, pero se sacudió
y se concentró en él otra vez.
—Si —dijo—. Pero vamos a solucionar esto primero —añadió—. Entonces, a ella
le gustó, ¿eh?
—Eso creo, Majestad.
Xena se dirigió a las cámaras reales.
1
Pigsticker en el original, es una manera vulgar de decir cuchillo.
—Bueno, no tiene ni idea sobre el equipo de campaña así que será mejor que
vaya a echarle un vistazo. Vamos. —Indicó a Jonas que debía seguirla, y luego
empujó con fuerza las puertas, enviándolas volando hacia atrás para golpear
la pared con un fuerte golpe—. ¡Huelo a oveja!
Gabrielle levantó la vista de la inspección de una cesta y sonrió. Se apartó de
la mesa y extendió los brazos, levantando los bordes de la capa para que
Xena pudiera ver su nueva armadura.
—¡Mira lo que trajo Jonas, Xena! ¡Es genial!
—Deja que juzgue yo eso. —Xena se acercó. Abrió la capa y se la quitó del
cuello a Gabrielle, luego la rodeó, mirando atentamente la armadura que
cubría su delgada figura—. Hm. —Dado el poco tiempo, honestamente, no
esperaba un trabajo de auténtica calidad, sin importar lo que había dicho, o
lo que Jonas había prometido. Sin embargo, mientras pasaba la mano por los
eslabones que cubrían el hombro de Gabrielle, se sorprendió al ver el trabajo
y admiró el ajuste de las escamas que se superponían sobre el pecho y la
espalda de la mujer rubia. Difícil, en una mujer, como ella debería saber mejor
que la mayoría—. Agradable. —Se volvió a Jonas, mirándolo con aprobación.
Se dio la vuelta para mirar a Gabrielle, hizo un pequeño ajuste en su clavícula,
86
guiñándole un ojo y acariciándola debajo de la barbilla al terminar—. Me
gusta.
Los ojos verdes la miraban atentamente. Los labios de Gabrielle se torcieron
en una sonrisa vacilante.
—¿Mejor que los volantes rosas?
Xena dejó que su mirada se moviera deliberadamente de la cabeza de
Gabrielle a sus pies cubiertos de cuero y luego volvió a subir.
—Mucho mejor —dijo con una sonrisa—. Te ves condenadamente sexy, de
hecho. —Un rubor predecible. Xena miró a los dos hombres—. ¿Ambos están
de acuerdo? —Jonas miró a Eddars quien lo miró directamente, ambos pares
ojos se agrandaron. La reina sonrió—. Estáis jodidos de cualquier manera. Elegir
una.
—Sí, Majestad. —Los dos hombres dijeron, al unísono—. Muy sexy —añadió
Jonas—. Le pido perdón, Su Gracia.
Gabrielle no creía que realmente se viera sexy, pero no iba a impedir a nadie
que lo dijera. Sin embargo, podía ver por la expresión de Xena, que la reina
realmente aprobaba la armadura, y eso la hacía feliz, en cualquier caso.
—¿Quieres ver todas las otras cosas que trajeron?
—Más tarde. —Xena le hizo un gesto con el dedo a Jonas—. Ven conmigo —
Caminó hacia su antigua sala de armaduras—. Ahora obtendrás tu
recompensa por ser un artesano y hacer un trabajo imposible en una
quincena.
—¿Señora?
—Obtienes más trabajo.
—Ah.
Jonas se detuvo en la entrada, sus ojos se agrandaron un poco cuando vio la
pequeña sala de trabajo. En el centro, una mesa de madera estaba cubierta
con piezas de armadura y entre ellas había herramientas muy familiares para 87
él. ¿Tenía la reina otro armero? Quizás estaba disgustada con él.
Sus ojos se iluminaron un poco.
—¿Algo está mal, Majestad?
Xena fue detrás de la mesa y se sentó en un taburete, apoyando los
antebrazos sobre la mesa.
—Sí. —Tiró de las placas que cubrían la parte delantera de su pecho y sus
hombros—. ¿Ves esto?
Animado, Jonas se acercó y miró la armadura.
—Maravillosa mano de obra, su majestad —murmuró.
—Gracias —dijo Xena—. Este trozo de aquí, baja por mi espina dorsal. Quiero
un enlace de cota de malla entre él y las hombreras.
Jonas se acercó más cautelosamente, contra la mesa. Estudió las piezas.
—Para mantener esta parte en su lugar, ¿es eso lo que tiene pensado,
Majestad? —preguntó, tocando el protector de la espalda, que era
visiblemente más nuevo que el resto de la armadura.
—Sí. —La reina recogió la armadura—. Me estoy volviendo una anciana vieja
perra, así que esto evitará que mi espada me golpee el culo y que algún
cerebro de cerdo descontento me apuñale por la espalda. —Suspiró,
entornando los ojos un poco—. En fin.
Jonas miró de un lado a otro de la habitación.
—Seguramente, Su Majestad está gastándome una broma —dijo
amablemente—. Pero, en cualquier caso, sería un gran honor hacer la cota
de malla que necesita. Me siento muy honrado.
Xena le dirigió una mirada irónica.
—Hacer esto me tomará más tiempo de lo que pensaba. Me estoy quedando
sin tiempo para el resto de cosas. Hazlo antes del atardecer de pasado
mañana. ¿Me sigues? —Jonas la miró fijamente, con los ojos como platos—.
¿Ocurre algo?
—Majestad. —Jonas miró la armadura—. Perdóneme, ¿pero esto es obra
suya? ¿Ha hecho esto? —Indicó la pieza de metal recientemente martilleada.
Xena miró a su alrededor. 88
—Sí —respondió, medio encogiéndose de hombros—. ¿Tienes algún problema
con eso? —Vio como los ojos del hombre crecían asombrados, y casi se
replanteó su opinión sobre él—. Si vas a convertirte en un idiota, sal de aquí
antes de que te rompa el brazo.
—Perdonadme, Majestad —murmuró Jonas—. ¿Puedo tomar las piezas para
medirlas?
—Mídelas aquí —le dijo Xena—. Vuelvo enseguida. —Se levantó y salió a
grandes zancadas de la sala de trabajo, dejando escapar un agudo silbido
mientras traspasaba la puerta.
Jonas dejó escapar un suspiro, y se detuvo un buen rato antes de sujetar
cuidadosamente una de las piezas de la armadura y rotarla entre sus dedos,
admirando el preciso martilleo y la base de cuero cuidadosamente esculpida.
—Por los dioses.
Sacudiendo la cabeza, sacó un trozo de pergamino y comenzó a medir la
pieza con su palmo, haciendo marcas en el pergamino con un trocito de
carbón.
Gabrielle encontró a la reina en las almenas y se dirigió silenciosamente hasta
pararse junto a ella mientras contemplaban la puesta de sol.
—Eso es muy bonito. —Apoyó la barbilla en la parte superior del muro.
—¿El que? —Xena parecía estar pensativa, sin su habitual energía nerviosa.
—La forma en que la luz se ve en esos edificios. ¿Ves? —Gabrielle señaló la
superficie naranja iluminada.
La reina estudió la azotea.
—No —respondió brevemente—. Pero me alegra que te guste.
Gabrielle se acercó un poco más.
—¿Sabías que incluso hicieron una cota para Parches? —dijo—. Está 89
realmente mono.
Xena se dio la vuelta y se apoyó contra la pared, después de un momento, se
deslizó hacia abajo y se sentó en la piedra, palmeando la superficie junto a
ella con una mano.
—Siéntate. —Servicialmente, Gabrielle lo hizo. Se sentaron una al lado de la
otra en un cómodo silencio por un momento, luego la reina apoyó la cabeza
contra la pared y volvió la mirada hacia su acompañante—. Sabes que esto
no va a ser un paseo por el jardín.
La mujer rubia la miró.
—Um... Ya me lo imagino —dijo.
—¿Todavía estás asustada?
Gabrielle pensó en la pregunta.
—¿Debería estarlo?
—Sí.
—¿De verdad?
Xena levantó una rodilla y apoyó el codo sobre ella.
—Esa es una pregunta detestable, Gabrielle —respondió, en tono pensativo—
. Ya sabes. Estoy algo… —se rascó la ceja—. Maldición sí sé qué. Uno pensaría
que nunca he hecho esto antes.
Gabrielle estudió sus botas.
—¿Estás segura de que es lo correcto? —dijo—. Tal vez eso es en lo que estás
pensando.
—Nah. —La reina hizo una mueca—. No daría un culo de rata por eso. Quiero
ir a matar gente y obtener el botín. —Cogió una piedra pequeña del suelo y
la arrojó al otro lado de la almena, rebotando contra la pared del fondo y
mirándola pasar—. Creo que solo estoy... —Dejó que su mano cayera sobre su
rodilla—. Espero recordar cómo hacerlo bien.
—¿Bien?
Xena asintió.
—¿Alguna vez has hecho algo realmente bien, y luego vuelves a hacerlo y ya
no eras tan buena en eso?
—Um. —Gabrielle resopló—. No. No soy bueno en nada, ¿recuerdas? 90
—Para ya —dijo bruscamente la reina—. Ahora estoy tratando de ser insegura.
No estás ayudando.
Gabrielle se preguntó qué estaba pasando con su alta compañera.
—Lo siento. —Se disculpó. En lugar de decir cualquier otra cosa, se acercó y
tomó la mano de la reina y la apretó, acariciando los poderosos dedos con el
pulgar.
—Si hago algo estúpido, no se lo contarás a nadie, ¿no? —dijo Xena, de
repente—. No pondrás eso en una historia, ¿verdad? —Se volvió y se enfrentó
a Gabrielle, con expresión seria.
Gabrielle estaba estupefacta. Miró a la reina, con los ojos muy abiertos. De
todas las cosas por las que creía que Xena estaba preocupada, esa ni siquiera
se le había pasado por la cabeza.
—Uh... —balbuceó—. Bu... ¿Yo? —su voz se elevó en la última palabra casi en
un chillido.
—Tú. —Xena ahuecó su mejilla—. Narradora de historias.
Gabrielle exhaló suavemente.
—Nunca haría nada para lastimarte, Xena —susurró—. Dejaré de contar
historias. —Sintió que los dedos en su mejilla se contraían un poco ante sus
palabras—. P... por favor no digas que no puedo ir contigo. —La expresión de
Xena cambió, y su cabeza se inclinó un poco hacia un lado—. Solo quiero
estar contigo. —Gabrielle sintió miedo, de repente—. No le diré nada a nadie.
Te lo prometo Xena. Lo prometo, por favor, solo que... no me hagas quedarme
aquí sola.
Lentamente, la reina se inclinó hacia adelante hasta que sus cabezas se
tocaron.
—Si hago esto bien —dijo—. Vas a terminar odiándome.
Gabrielle recordó, de repente, un momento en el castillo por la noche,
cuando había dejado que el horror de lo que estaba haciendo la reina la
dominara. Ahora, el riesgo que Xena había corrido para tranquilizarla
comenzó a tener un poco de sentido.
—Nada podría hacer eso. —Levantó su mano, y acarició la mejilla de Xena.
—No quiero que me odies —dijo Xena, con una rara tranquilidad—. Lo quiero
todo, Gabrielle. Quiero liderar a mi ejército, patear el trasero de todos, no
91
cagarla y no hacerte pensar que soy una...
—Solo quiero estar contigo. —Gabrielle la interrumpió con inusual
atrevimiento—. Todo lo que sea necesario, lo haré.
Xena la miró a los ojos.
—¿Lo que sea? —La mujer rubia asintió. Xena se inclinó y sacó algo de la parte
superior de su bota. Lo acercó y lo hizo girar para atrapar los últimos rayos del
moribundo sol, que brillaba contra la empuñadura de una espada pequeña—
. Vas a ser la persona más cercana a mi espalda —Gabrielle sintió que le
faltaba el aliento de repente, el miedo a quedarse atrás fue expulsado por un
miedo de otro tipo. Miró la empuñadura, centrándose en la cabeza de halcón
en el pomo—. Tómala.
Levantó su mano y lentamente la cerró alrededor del metal envuelto en cuero.
Encajaba en su mano, pero casi se estremeció cuando Xena retiró la funda y
expuso la longitud de la hoja.
—Oh.
—¿Puedo confiar en ti, Gabrielle? —preguntó Xena, suavemente—. Si alguien
viene a por mí, ¿podrás detenerlos? —Gabrielle miró más allá de ella, a la
pared teñida por el crepúsculo. Podía oler el humo de leña de las cocinas y,
a lo lejos, escuchar los habituales sonidos del castillo por la noche. Escuchó un
suave crujido, y se preguntó si se estaba rompiendo su alma, antes de volver
a mirar a Xena, sabiendo que la reina estaba esperando a que hablara—. Ya
sé que morirías por mí —dijo Xena—. Eso no es lo que quiero. Quiero que vivas
por mí y me mantengas con vida. ¿Puedes hacer eso, pastora?
¿Podría?
Gabrielle sacó la espada completamente de su funda y la examinó,
levantándola ante sus ojos. Era corta, no más de la mitad de larga que la de
Xena, y no parecía tan pesada. Después de un momento, volvió la mirada
hacia su acompañante.
—Lo haré.
Xena podía ver su propio reflejo en esa espada. Estaba bastante segura de
que era más probable que se la clavara en el culo a que Gabrielle hiciera
algo útil con eso, pero era la intención lo que contaba, ¿no?
—No te me mueras, Gabrielle —dijo seriamente—. He hecho muchas cosas
podridas en mi vida, pero hacerte matar es lo que me mandará al Tártaro. Lo
digo en serio.
92
Gabrielle levantó ligeramente la cabeza. Su expresión cambió un poco, de
sombría a algo más amable.
—Lo entiendo. —Deslizó la espada de nuevo en su funda—. Haré todo lo
posible para asegurarme de que ambas estemos bien.
Xena sospechaba que fracasaría. Sin embargo, ella había tirado los dados
mucho tiempo antes y era hora de dejar de ser tan malditamente sensiblera y
simplemente hacerlo.
—Bien. —Se apoyó contra la pared y colocó su brazo sobre los hombros de
Gabrielle, dejando la espada en sus manos. Todavía estaba preocupada por
parecer una idiota. Pero ahora confiaba en que no lo sería en manos de
Gabrielle, ya que sabía que, de todos modos, la adorable pelo de trapo,
tendía a dejar de lado los detalles más grotescos y sus lapsos ocasionales de
locura. Ella no quería que dejara de contar historias, solo quería verse bien en
ellas—. ¿Gabrielle?
—¿Hm?
—No uses eso para cocinar.
—No lo haré. —Finalmente, Gabrielle sonrió, colocando la espada al lado de
su pierna—. ¿Ya estamos listas?
—Como siempre lo estaremos. —Xena revisó sus preparativos—. Supongo que
terminaremos quedándonos aquí para ese maldito festival de todos modos. —
Tenía la intención de irse antes, pero los suministros simplemente no llegaban
lo suficientemente rápido y sabía que empezar expoliando a su propio pueblo
no era inteligente.
—Me alegro.
La reina la miró.
—¿Has cambiado de opinión sobre los volantes de seda?
Gabrielle negó con la cabeza.
—Quería que oyeras mi poema —dijo—. El que Jellaus convirtió en una
canción.
—Uh oh.
—Vale la pena ponerse un vestido por eso. 93
—Uh oh.
Gabrielle apoyó la cabeza en el hombro de Xena y sonrió, arrojando su futuro
a las mismas aguas inciertas que su reina parecía estar prediciendo. Lo que
sea que pasó, pasó.
Lo que sea.
Xena subió los escalones hacia el vestíbulo principal, dejando la oscuridad
dispersada de estrellas tras ella. Una mirada a derecha e izquierda mostraba
un espacio vacío y resonante, la mayor parte del castillo ya se había ido a la
cama y solo podía escuchar el suave y ocasional sonido en algún otro lugar
rompiendo el silencio.
Se detuvo frente a las puertas de sus habitaciones, admitiéndose a sí misma lo
mucho que le pesaba el largo día, ahora que este finalizaba.
—No es una buena señal. —Chasqueó la lengua, sacudiendo la cabeza
mientras abría la puerta y entraba.
La cámara exterior estaba vacía, como esperaba. Pero la puerta del interior
estaba parcialmente abierta, y pudo ver el reflejo tenue de la chimenea en su
superficie, y percibió el olor de ropa limpia y cera de vela que se filtraba a
través del aire.
La hizo detenerse y reflexionar, solo por un segundo, si la decisión de
abandonar el castillo e ir a saquear valía la pena frente a dejar esta nueva y
acogedora vida que había desarrollado en los últimos meses.
Molesta pregunta. Xena la rechazó y fue hacia la puerta, mirando a través de
ella con una leve sonrisa de anticipación. La cámara interior estaba iluminada
con velas, y en la mesa baja, cerca del fuego, había una bandeja con una
jarra y dos vasos, y dos cuencos de fruta pulcramente cortada.
—¡Oh, has vuelto! —Gabrielle salió de la sala de baño, con el cuerpo cubierto
por un ligero atuendo transparente que se adhería a su cuerpo e hizo que la
sonrisa de Xena se ensanchara—. ¿Cómo están todos los soldados?
—Maldito si me importa. Ven aquí. —Xena entró en la habitación y le tendió
94
las manos. Esperó a que Gabrielle cruzara el suelo alfombrado, y luego la
abrazó cuando sus cuerpos se encontraron—. ¿Qué has estado haciendo?
—Solo estaba escribiendo en mi diario, nada en realidad —dijo Gabrielle—.
¿Te apetece un baño?
—¿Huelo como si necesitara uno? —inquirió la reina—. No estaba teniendo
sexo con los caballos.
Gabrielle se rio suavemente, acariciando la clavícula de Xena.
—Eres tan divertida —dijo—. No hueles a caballo en absoluto. Acabo de
encontrar un jabón nuevo y pensé que te gustaría. —Retrocedió un paso,
tomó las manos de Xena y la arrastró suavemente hacia la sala de baño—.
¿Vamos a ver?
La reina se dejó arrastrar a la cámara de baño, donde una opulenta y
humeante bañera estaba esperando, el olor se elevaba medio picante, y
medio algo más.
—Ah. —Xena consideró el hecho de que sus oportunidades de un ostentoso
baño iban a ser limitadas a partir de ahora y decidió que estaba demasiado
vestida para la ocasión—. Me gusta.
Las manos de Gabrielle cogieron el cinturón que sujetaba su túnica y lo
desabrocharon.
—Pensé que te gustaría. —Desató uno de los cinco lazos que cerraban la
camisa—. Empaqué un montón de eso.
Xena le permitió desnudarla, mientras pasaba sus dedos por el pálido cabello
de Gabrielle.
—¿Estás empacando esa bañera también? Los caballos te morderán el culo.
—Um... no. —Gabrielle desató el último lazo—. Pensé que solo tendríamos que
improvisar. —Le quitó la túnica a Xena, se agachó detrás de ella y se volvió
para colocar la prenda sobre uno de los lavabos antes de volver su atención
a los cordones de las polainas de la reina, dejando a la mujer más alta
desnuda hasta la cintura.
—¿Ohh lo hiciste? —Xena se inclinó y le dio un ligero beso al cuello de su
compañera. Vio la forma de sonrisa rápida en el rostro de Gabrielle, una
reacción típica que mezclaba inocencia y deseo y le hacía cosquillas a la
reina en las uñas de los pies—. Eres tan malditamente linda. —Gabrielle alzó la
vista, sus ojos se iluminaron desde dentro ante esas palabras, cada vez más
95
brillantes mientras Xena tomaba su cara con ambas manos y acariciaba su
mandíbula con sus pulgares. Era un enfoque total en ella que la reina
apreciaba de una manera profunda y que a veces no entendía del todo—.
Vamos a mojarnos.
La sonrisa de la mujer rubia adquirió un toque de picardía.
—¿Ahora mismo?
Xena las giró a los dos y se sentó en el borde de la bañera.
—Tendré tiempo de sobra para mojarme las botas. —Empezó a soltarlas, luego
se detuvo cuando Gabrielle se hizo cargo de la tarea, dejándola libre para
descansar sus codos sobre el mármol y disfrutar del ligero vapor que le bañaba
la espalda.
—Oí hablar a los nobles hoy, en el pasillo. —Gabrielle habló mientras
trabajaba, arrugó la frente al desatar un nudo en los cordones de la bota—.
No podría decir si estaban contentos con lo que estamos haciendo o no.
La reina miró a lo largo de su torso desnudo, observando sus costillas moverse
mientras tomaba aliento y lo soltaba.
—Es avaricia versus avaricia, Gabrielle —comentó—. Quieren quedarse con lo
que tienen y quieren obtener lo que traerá la conquista. —Gabrielle le quitó
una bota, lanzando una mirada traviesa a su acompañante mientras pasaba
las yemas de sus dedos por la planta de su pie descalzo—. Gggabrieelle —
Xena farfulló en advertencia.
—Lo siento. —La mujer rubia fingió arrepentimiento y comenzó a trabajar en la
otra bota—. Pero, ¿cómo pueden esperar obtener más si no ayudan al
ejército? —preguntó—. Eso no tiene sentido.
—No. Es la naturaleza humana. Por definición, eso no tiene sentido. —La reina
suspiró—. Estúpidos bastardos.
Gabrielle le quitó la otra bota a Xena, luego se levantó y le agarró las polainas,
dándoles un tirón.
—Creo que el agua se está enfriando —dijo—. Ciertamente es mucho mejor
caliente... ¿no crees?
—¿Sabes lo que pienso? —comentó la reina—. El baño es solo una cortina de
humo. —Cruzó los brazos sobre el pecho y arqueó una ceja mientras
observaba cómo un rubor le recorría el cuello a su compañera—. Creo que
96
solo querías desvestirme.
—Tienes razón. Sí. —Gabrielle respondió con facilidad, consciente del calor y
de los ojos azules que la miraban—. Eres tan bonita, me encanta verte —
admitió—. Y creo que un baño es una buena excusa, ¿no?
Xena soltó una risita suave, de pie y dejando que Gabrielle le quitara las
polainas cuando se acercó para quitarle el vestido a la mujer rubia por su
cabeza.
—Vamos, rata almizclera. Ya estás. —Rodeó a la mujer más pequeña con un
brazo y colocó sus piernas sobre el borde de la bañera, arrastrando a Gabrielle
con ella mientras ambas se deslizaban en la pila de mármol con un
considerable chapoteo.
Gabrielle estaba riendo cuando salió a la superficie, sacudiendo la cabeza y
enviando pompas volar, el ligero y alegre sonido retumbaba en el mármol.
—Oh chico. —Escupió—. No esperaba eso.
—Ah, ahora sabes por qué fui una déspota tan exitosa. —Xena extendió sus
largas piernas y se apoyó contra la pared de la bañera—. Nunca hice lo que
los demás esperaban —suspiró—. Espero no haber perdido ese toque... joder
que vieja me siento hoy.
—¿Por qué? —Gabrielle se deslizó y se sentó junto a ella, enjabonando un
poco una esponja y frotando los hombros de su compañera de baño—. No
pareces vieja. —La tranquilizó—. Quiero decir, nunca lo pareces, pero
especialmente hoy cuando llevabas ese atuendo tan mono.
—¿Un atuendo mono? —Xena voluntariamente se permitió distraerse—. No se
suponía que fuera mono.
—Bueno, te ves muy bien con eso —le dijo Gabrielle—. Creo que es sexy.
—Hmph. —La reina se deslizó un poco en el agua, dejando que le llegara casi
hasta la barbilla—. Sí, bueno... todo lo que sé es que estoy cansada. No
recuerdo que eso haya sucedido antes. —Respiró el aire cálido y perfumado,
y se relajó, mientras la esponja de Gabrielle trabajaba laboriosamente en su
piel—. Y todavía no hemos partido. —Cerró los ojos, sacudiendo su cabeza.
La mujer rubia se reclinó de lado junto a Xena, observando su perfil mientras la
enjabonaba suavemente.
—Me cansé solo de verte —dijo—. Quiero decir, golpeaste a todos esos tipos.
¿Te imaginas cómo se sienten? —Recordó haber visto a los soldados salir del
campo, cubiertos de sangre, barro y sudor—. Todos hablaban de ti.
97
Un ojo azul se abrió y la estudió.
—Lo hicieron, ¿eh? —Gabrielle asintió—. ¿Qué estaban diciendo?
—Bien. —El agua tintineó suavemente mientras enjuagaba la esponja y
agregaba más jabón, luego volvió a su labor—. Piensan que eres increíble con
tu espada.
—Lo soy —dijo Xena—. ¿Qué más?
—Que eres tan rápida cuando te mueves que no pueden atraparte.
La reina sonrió.
—Es bueno escuchar eso —reconoció—. ¿Algo más?
—No pueden entender cómo haces ese salto que haces.
—Ah. —Xena levantó los brazos del agua y los extendió a ambos lados del
borde de la bañera—. Ahora bien, esa es una pregunta con una respuesta
larga y ardua. —Estiró su cuerpo, sintiendo la rigidez desvanecerse a medida
que el calor penetraba profundamente en sus huesos—. Deja que sigan
suponiendo.
Gabrielle se relajó y se acomodó sobre las piernas de Xena, a horcajadas
sobre ellas mientras trabajaba. Sabía cómo Xena hacía sus saltos, y era algo
que sabía que ella nunca reproduciría, por lo que se rio sola al escuchar a los
soldados hablar sobre ello.
No había sabido qué hacer con el largo y pesado rollo de arpillera que estaba
a lo largo de la pared de la torre, hasta que vio a Xena levantarlo sobre sus
hombros y empezar a trabajar con él.
Agacharse y saltar. Agacharse y saltar con esa cosa sobre los hombros ya era
suficientemente increíble hasta que Gabrielle intentó levantar una esquina y
se dio cuenta de que probablemente pesaba el doble que ella.
Increíble. Inconcebible la fuerza que conllevaba hacer lo que hacía Xena, y
la constante e interminable práctica que realizaba con ella casi cada vez que
subían a su vacía y fría cámara de entrenamiento.
—No creo que lo adivinen —dijo.
—Nah. —La reina suspiró—. Es más fácil pensar que es un truco —Reflexionó—
. Ah, me acostumbraré una vez que estemos allí afuera. He estado viviendo
demasiado mullida durante todos estos años. —Dejó que sus ojos se cerraran
98
de nuevo, entregándose al toque con la esponja de Gabrielle que pasaba
lentamente de funcional a erótico.
Sí, estaba echada a perder. Xena sintió que su respiración se acortaba
cuando la superficie ligeramente áspera se deslizó desde su clavícula y rodeó
sus pechos. A su cuerpo le habían gustado mucho las atenciones de Gabrielle
y, aunque su rubia compañera de cama ciertamente no era la moza más
experimentada, era...
Ungh.
La tibieza estalló en calor, mientras el cuerpo de Gabrielle se amoldaba
suavemente al de ella, y su muslo se deslizaba entre los de la reina, una presión
ligeramente insistente. Eso casi la hizo jadear. Sin embargo, se rindió, dando la
bienvenida a la quemazón cuando la mujer rubia se inclinó hacia adelante y
sus labios se encontraron, con una leve insinuación de menta en su boca
mientras sus lenguas exploraban.
Se sentía un poco fuera de control, pero eso lo hacía aún más tentador, y
Xena podía sentir su cuerpo rendirse ante el anhelo, deseando la liberación
que sabía que Gabrielle le daría.
¿Hedonista? Nunca lo había negado, pero siempre había sido capaz de
disciplinarse en sus excesos y, de algún modo, esta pequeña hija de pastor la
había sobrepasado y la tenía comiendo de su mano, abriéndose paso a través
de Xena a un nivel casi aterrador.
La esponja vagó hacia abajo, y ella dejó de preocuparse por eso, el placer
superó cualquier reserva ya que el agotamiento del día fue sustituido por una
oleada de energía sexual.
Gabrielle estaba muy concentrada en ella y había aprendido bien lo que le
gustaba a Xena. Sus atenciones eran seguras y persistentes, provocando
toques que hicieron que su cuerpo se retorciera al poco tiempo y su mente se
alejara de sus inquietudes y se adentrara en un espacio sensual que movía sus
propias manos.
Bien.
Tal vez podrían encontrar una manera de llevar la maldita bañera.
Nunca lo sabría hasta que lo intentara, ¿verdad?
Lejos, Xena oyó los suaves tonos de clarín del cuerno de la tarde, haciendo 99
sonar el reloj por primera vez en mucho tiempo, y sonrió. Todo saldrá bien,
pensó, antes de perder toda coherencia. Todo saldrá bien.
Gabrielle hizo una pausa cuando entró en las cocinas, ladeando la cabeza
para escuchar el caos. Atravesó la puerta y apoyó la espalda en la pared,
absorbiendo las voces a su alrededor.
El centro de la gran sala había sido despejado, y ahora estaba lleno de cajas
y paquetes envueltos, con más paquetes, cestas, fanegas y artículos sueltos
diseminados a su alrededor. Tres hombres estaban de pie entre las cajas
agitando sus brazos y gritando, y dos mujeres estaban en la periferia de todo
gritándoles a su vez.
—Dios mío —murmuró Gabrielle para sí misma—. Esta no es forma de organizar
las cosas. ¡A Xena le va a dar un ataque!
Eso era lo último que quería que sucediera. Tomando una respiración
profunda, se apartó de la pared y caminó hacia el centro del caos.
—Disculpe.
—¡Maldita mujer, te dije que no sirve! —gritó el hombre más cercano a las
cajas, sin prestar atención—. ¡No se puede empaquetar así! —Agarró una de
las cajas y la tiró al suelo, esparciendo el contenido—. ¿Ves?
—¡Ahora deja eso, Machus! —Una de las mujeres le regañó—. ¡Deja eso!
¡Limpiarás eso con la lengua a tu ritmo! —Hizo un gesto hacia el desastre—. No
nos corresponde a nosotros saber cómo alimentar a un ejército. ¡Ese es tu
trabajo!
—¿Mi trabajo? ¡Es tu problema si no hay comida para ellos! —gritó Machus—.
¿Quieres que su majestad te muestre cómo empacar una caja?
—Disculpe.
—¡No te hagas la rata conmigo, sucio peluquín!
—Sucio peluquín, ¿eh? No fue lo que dijiste en la posada, ¿verdad? —El
hombre puso sus manos en las caderas—. Ahora ponle mala cara al ejército,
¿quieres? Vete al Hades, Hina.
—Al Hades vas tu directo, Machus... ¡Miserable parásito! ¡Yendo a robar el 100
estiércol, no te creas que no lo sabemos todos! —La mujer respondió de
inmediato, un murmullo bajo se alzó detrás de ella—. ¿El ejército? Eres del
ejército tanto como que esa pequeña...
Gabrielle respiró hondo y abrió la boca.
—¡HEY! —gritó. Cuando los ecos se desvanecieron, ella estaba parada en un
lado de la pila de suministros en un mar de silencio, mientras los ojos de todos
se volvían hacia ella y se daban cuenta de quién estaba entre ellos. La
atmósfera relajada, aunque caótica, desapareció, reemplazada por un
miedo incómodo, y Gabrielle asimiló eso por un instante antes de cuadrar sus
hombros y obligarse a dar un paso adelante—. Bien, ahora mira —dijo—.
Realmente no tenemos tiempo para pelear sobre esto. Nos iremos pronto, y
esto tiene que estar listo.
La mujer la miró, luego miró hacia otro lado.
—Como diga, su gracia —murmuró.
—Sí. —El hombre estuvo de acuerdo, mirándose los pies.
Gabrielle los estudió.
—Solo lo decís —dijo, en un tono casi coloquial—. Pero no me estás
escuchando realmente, ¿o sí? —Nadie respondió, simplemente
permanecieron en lúgubre silencio, atrayendo ahora la atención del resto de
la cocina—. Sabes que la gente va a depender de estas mercancías, cuando
todos nosotros salgamos de aquí, todo tiene que estar correcto. —Gabrielle
sintió un curioso flashback al escuchar la voz de su madre ordenando la
despensa, resonando en algún lugar de sus desvanecidos recuerdos—. Así que
creo que lo primero que hay que hacer es arreglarlo para que no se
desmorone si recibe un golpe. Como él estaba diciendo. —La mujer rubia pasó
por encima de los desparramados paquetes y se dejó caer sobre una rodilla,
clasificando entre ellos—. Si ponemos esto aquí...
—Aquí, que esta pas... —El anillo de observadores silenciosos se apartó para
permitir que Stanislaus los adelantara—. Por qué... uh...
Gabrielle levantó la vista.
—Gabrielle —enunció su propio nombre cortésmente—. Xena me ha puesto
al cargo de asegurarme de que su espalda esté cubierta. Creo que eso
significa asegurarme de que tenga todas las cosas que necesita, ¿no?
101
—Ah... —Stanislaus parecía perdido—. Mi señora, ¿puedo acompañarla a las
cámaras reales... Creo que es hora de tomar el té. —Echó un vistazo al
personal de cocina—. Estas buenas personas tienen trabajo que hacer.
Gabrielle lo miró fijamente. Luego se volvió y miró las cajas.
¿Debería dejar pasar esto? Dejar que “estas buenas personas” continuasen
desparramando paquetes de cosas que podrían necesitar cuando salieran.
—No, gracias —respondió cortésmente—. Prefiero quedarme aquí y arreglar
esto. —Hizo una pausa—. ¿Quieres ayudarme?
Ahora se cambiaron las tornas. Las fosas nasales de Stanislaus se ensancharon,
y miró alrededor de nuevo, esta vez más furtivamente.
—¿Su gracia? —Bajó la voz—. ¿Ayudarle?
—Por supuesto. —Gabrielle comenzó a apilar las cajas—. Mira, todo esto es
diferente. No tiene sentido poner el grano junto a los pinchos de cocina, ¿o sí?
Nunca los utilizas con grano. —Levantó la vista cuando no hubo respuesta,
para encontrarse con que Stanislaus se había ido, y el círculo de trabajadores
de cocina la miraban boquiabiertos—. Bien, ¿no?
Machus, para darle crédito, se recompuso el primero.
—Ah... bueno, sí, mi lady. —Se aclaró la garganta—. Quiero decir... no, mi lady,
no... no lo haríamos y eso es lo que estaba diciendo, ¿ve?
Gabrielle le sonrió.
—Creo que tenemos que arreglar esto. —Se levantó, sosteniendo un paquete
de esteras de paja dobladas—. Así que te digo que... ¿por qué no trabajamos
juntos para organizar las cosas? —Se volvió y miró al resto de los trabajadores—
. ¿Tenemos más mercancías? —La incómoda desconfianza casi podía olerse
en la habitación. También podía sentir una ira subyacente, y se preguntó por
un momento si, ciertamente, no estaba cometiendo un gran error. Aunque
pensándolo bien. Levantó la barbilla y los contempló, preguntándose cuál de
ellos había estado del lado de Bregos, y cuál había estado en... Una tenue
sonrisa se dibujó en sus labios. Cuales habían estado de su lado. Ella y Xena—
. Bien —dejó que el paquete descansara contra su cadera—. Podemos hacer
esto de la manera más fácil, o podemos hacerlo de la manera más difícil, e iré
a buscar a Xena. —Fue como arrojarles cubitos de hielo. Podía ver el espasmo
en sus cuerpos mientras hablaba el nombre de la reina, escuchando en su
propio tono una casual familiaridad que sabía que los sacudía—. Prefiero no
hacer eso. Está ocupada en este momento —añadió—. Así que vamos a 102
empezar aquí, de modo que cuando ella venga a ver lo que estoy haciendo,
verá cuánto hemos progresado. ¿De acuerdo? —De cubos de hielo a
atizadores calientes. Había más miedo a Xena que malicia contra ella, y
Gabrielle sabía que por el momento estaba a salvo. Por fin, dos de las mujeres
se pusieron en movimiento, acercándose cautelosamente para unirse a ella y
arrodillarse en la dispersión de cajas, manteniendo los ojos apartados mientras
comenzaban a clasificarlas—. ¿Qué es eso de allí? —Gabrielle señaló un área
de almacenamiento, medio escondida detrás de montones de cajas. Se
volvió a medias, pero se detuvo cuando captó las miradas furtivas que se
intercambiaban—. ¿Detrás de esas cajas?
—No es nada —murmuró una de las mujeres más pequeñas.
Gabrielle apoyó las manos en el montón de madera y se apoyó en los pies,
empujando contra las pesadas cajas con una fuerza rápida y segura.
—¡Mi lady! —El arriero se apresuró a llegar a su lado—. ¡Por favor, déjeme!
Las cajas se movieron lo suficiente para que ella asomara la cabeza en el área
oculta, que estaba llena de paquetes, jarras, cajas y provisiones, claramente
escondidos fuera de la vista. Se apartó y miró a los trabajadores, todos
miraban al suelo negándose a devolverle la mirada.
El arriero dejó caer sus manos, luego se encontró con los ojos de Gabrielle y
débilmente, casi de modo fatalista, se encogió de hombros.
Ocultando, ¿eh? Gabrielle sabía que Xena se pondría furiosa si lo supiera, pero
había sido una niña pequeña y hambrienta que estaba de pie en la choza de
sus padres, viéndolos abandonando todo por asaltantes rudos y vulgares, y
sintió que un breve entendimiento la llenaba.
No era para tanto.
—Bueno, supongo que tenemos mucho que empacar, ¿eh? —comentó
alegremente—. A Xena le va a gustar esto. —Se sacudió las manos y miró a su
poco dispuesta audiencia—. ¿Qué tal si comenzamos?
Machus se frotó un lado de la nariz, luego se encogió levemente de hombros
en dirección al resto.
—Lo mejor es hacer lo que dice la señora, amigos —dijo en pocas palabras,
mientras comenzaba a reorganizar las cajas.
Las mujeres observaron en sombrío silencio, luego negaron con la cabeza y se
reunieron a su alrededor, empujando cosas aquí y allá con gestos de enojo. 103
Deliberadamente, Gabrielle pasó por encima de la pila de cestas envueltas y
se adentró en la despensa, haciendo todo lo posible por ignorar las miradas a
su espalda mientras estudiaba las provisiones que forraban las paredes.
¿Qué llevarías a la guerra? Extendió la mano y tocó una jarra envuelta en
cordel, y trató de imaginar estar cerca de una de esas fogatas.
—¿Cuánto de esto tenemos? —Se volvió y miró a la mujer más cercana en
cuestión.
—Eso es aceite, mi señora —la mujer respondió con rigidez—. No es el vino de
su Majestad.
Gabrielle inclinó la cabeza hacia un lado.
—Lo sé —respondió—. ¿Cuánto tenemos?
La mujer vaciló, presionando sus labios. Finalmente le dio a Gabrielle un breve
asentimiento con la cabeza.
—Doce más como ese.
¿Doce? Gabrielle estudió la jarra de aceite de oliva frunciendo el ceño.
—Está bien, toma esas cajas de allí. —Dirigió, señalando un conjunto de
cajas—. Y llénalas con paja.
—¿Mi lady? —La mujer sonaba incrédula—. No enviaremos buen aceite con
gente como...
Gabrielle se volvió y la miró.
—¿Qué?
La mujer, como era de esperar, guardó silencio, dándose cuenta de lo que
casi había dicho.
Machus se levantó torpemente y se movió entre ella y la ahora visiblemente
erizada Gabrielle.
—Vamos, su Gracia, no le haga caso. Es una furcia sin sentido, nunca ha salido
de la cocina —dijo en voz alta—. Quiere el aceite, ¿eh? Se dice que usted es
una maravilla para la cocina. Será una buena lección, ¿eh?
La multitud se separó, de repente, y una delgada forma se abrió paso.
—Senna quiere la harina, ¿qué es todo esto...? oh —Celeste se detuvo y vio a 104
Gabrielle—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Los ojos verde-pálido, en un rostro extrañamente más maduro enmarcado por
el pelo corto barrieron la habitación.
—Representando los intereses de la Reina, por lo visto —respondió Gabrielle—
. Parece que no todos están dispuestos a obedecer sus órdenes.
Se hizo un silencio tenso y sus palabras resonaron suavemente en un espacio
que ya no era tan seguro para nadie.
—Su Majestad.
Xena levantó la vista de sus notas.
—Entra —saludó a Jonas con relativa cordialidad—. ¿Tienes las cosas?
Jonas cruzó la habitación rápidamente, con un pequeño paquete envuelto
en sus manos.
—Sí, señora. —La tranquilizó—. Solo necesito fijarlo, si puedo.
Xena extendió su mano.
—Dame.
Dejó el paquete sobre la mesa y retrocedió un paso, colocando las manos
detrás de su espalda mientras Xena dejaba su pluma y desenvolvía el
paquete, sacaba dos tiras largas de malla y las extendía.
—Hm. —La reina se apoyó en los codos y estudió la malla. Era otro ejemplo de
entrelazado ordenado, con los bordes forrados con anillos dobles en un
pesado metal gris opaco—. Bien. —Hizo un gesto hacia la pequeña habitación
a un lado—. Coge la otra mitad, y luego puedes hacer lo que falta conmigo.
Soltando su respiración contenida, Jonas tomó cuidadosamente las dos tiras.
—Muy bien, Majestad —murmuró—. Seré rápido al respecto.
—Buena idea. —La reina volvió a escribir—. Con mi reputación nunca se sabe
cuándo podría tener un ataque de cólicos intestinales y entonces ¿dónde
estarías tú?
105
—¿Señora?
Xena lo miró, una ceja oscura, finamente arqueada, se alzó bruscamente. Él
captó el mensaje y se retiró a su taller, desapareciendo detrás de la puerta
cuando alguien llamó a la puerta exterior. Dejó la pluma que acababa de
tomar y levantó su espada, sacándola de su funda con un susurro de acero
sobre cuero.
Volvieron a llamar. La reina hizo girar la espada y se dirigió hacia la puerta,
abriéndola y preparándose para clavar su espada en quien fuera que
estuviera haciendo el molesto sonido.
Su mano llegó hasta su costado, y se detuvo.
—Maldita sea. —Exhaló con frustración—. Stanislaus, has estado a punto de
morir.
El senescal estaba encogido con los ojos como platos.
—¡Señora! —Soltó consternado—. ¡Solo vengo a advertirle! ¡Por favor! ¡Qué he
hecho!
Xena se volvió y se dirigió de nuevo a su escritorio, sacudiendo la cabeza.
—¿Qué? —Cogió una piedra de afilar cuando llegó a su taburete y se dejó
caer sobre él, apoyando la hoja de su espada en la superficie rugosa y
raspándola con un chirrido.
Vacilante, Stanislaus entró y se mantuvo prudentemente cerca de la puerta.
—Majestad, debes hacer algo, te lo ruego. Tus esforzados esclavos de las
cocinas están tratando de organizar las cosas de la manera que las necesitas,
y...
—¿Mis qué? —Xena lo miró divertida—. ¿Qué has estado bebiendo? La
mayoría de esos bastardos ni siquiera han empuñado una escoba durante la
última luna.
—Majestad, es tu... —Stanislaus dudó—. Estoy seguro de que ella lo hace con
la mejor de las intenciones, es una niña muy dulce, pero en realidad... ¡para
organizar los suministros! ¡Majestad! ¿Será un desastre?
Xena se detuvo en medio de un golpe de afilado y lo miró.
—¿De qué Hades estás balbuceando?
—Lady Gabrielle —dijo el hombre—. Seguramente, Su Majestad sabe de lo 106
que hablo... ¿tal vez fue una pequeña broma? ¿Enviarla allí para hacer una
graciosa broma?
La reina bajó su espada.
—Para. —Levantó una mano—. ¿Me estás diciendo que Gabrielle está en el
almacén con las cabras y las gallinas?
Stanislaus pareció aliviado.
—Por supuesto —dijo—. ¿Pero su Majestad no lo sabía? ¿Quizás no estás
satisfecha?
Xena se inclinó hacia atrás y puso sus manos alrededor de su rodilla.
—¿Me estás diciendo que mi sexy esclava sexual está abajo diciéndole a
todos lo que quiero empacar? —sonó incrédula—. ¿Mi pequeña y rubia
calientacamas? —Tendió su mano más o menos al nivel de la cabeza de
Gabrielle.
—Sí, Majestad. —El senescal cruzó sus manos, luciendo satisfecho de sí mismo—
. Estoy seguro de que sabes bien las consecuencias... con la partida del
ejército tan pronto.
Bien, bien. Xena admitió que estaba, de hecho, sorprendida. No había
esperado que la pequeña rata almizclera tomara la iniciativa y se
entrometiera en los vertederos, pero luego, eran las cosas que no se esperaba
de Gabrielle las que le resultaban más divertidas.
—Maldita sea, claro que las sé —respondió enérgicamente. Stanislaus sonrió—
. Significa que probablemente no tenga que comer esos malditos pasteles de
avena a lo largo de todo el reino. —Xena sacudió las manos y envainó su
espada—. Diles a esos idiotas que, si no hacen todo lo que ella les dice, los voy
a arrastrar a la mayoría de ellos con mi caballo por los caminos ¿Me sigues?
Stanislaus suspiró.
—Señora.
La reina se rio suavemente, mientras se iba.
—Apuesto a que empaca mucha miel.
107
Gabrielle se detuvo en lo alto de la escalera de la cocina que conducía a la
vieja torre y se sentó, apoyando el hombro en la fría piedra mientras flexionaba
sus cansados dedos y exhalaba.
—Chico. —Su voz resonó suavemente por el pasillo, y ella deslizó sus botas un
paso más, haciendo una mueca ante la incomodidad del cuero nuevo. Por
encima de sus hombros, la alta y arqueada ventana que había en la pared
mostraba la luz de la tarde y sintió un profundo cansancio debido a un largo
día de trabajo que hacía ya un mes que no experimentaba. Con una mirada
débil e irónica, examinó sus manos, la palma de su mano derecha raspada y
enrojecida donde se había sacado una astilla—. Ya no estoy acostumbrada
a esto, ¿eh? —Solo el vacío pasillo le devolvió la voz y se alegró en silencio de
tener un momento de paz después del día de labor, permitiéndose un
momento adicional de satisfacción mientras revisaba su progreso. Una sonrisa
apareció cuando puso sus manos sobre los riñones y estiró su cuerpo,
flexionando los dedos de los pies y exhalando. Un buen día. Gabrielle inclinó
la cabeza hacia atrás y miró hacia el techo en arco de piedra, viendo cómo
las sombras se oscurecían cuando el sol comenzaba su descenso detrás de los
muros. A su izquierda, escuchó un suave crujido cuando la puerta del paseo
exterior se abrió, permitiendo que entrara una luz dorada. ¿Peligro? Una
ráfaga de viento sopló contra su espalda, agitando la tela alrededor de su
cuerpo y enfriando su piel un poco. Podía oír el leve roce del cuero contra la
piedra y aguzó los oídos para escuchar los pasos detrás de ella. Pasos rítmicos,
con un perceptible pavoneo. Gabrielle sonrió por puro reflejo y se volvió a
medias, para ver una figura alta y cubierta con seda acercándose a ella.
—¡Imagina encontrarte aquí!
—Qué.
Una voz baja y musical retumbó sobre ella.
—¿Has estado haciendo algo, mi pequeña rata almizclera? —Xena llegó a la
pared y se apoyó contra ella, cruzando con indiferencia sus tobillos mientras
miraba a su amante—. ¿Hm?
Gabrielle inclinó su cabeza hacia atrás y miró hacia la imponente figura de la
reina, dejando que la imagen llenara sus sentidos y sintiendo como su corazón
se alegraba ligeramente.
—He estado abajo —admitió, mirando su túnica manchada de suciedad—. 108
¿Me he metido en problemas?
Xena se echó a reír de repente, un ligero sonido de auténtico regocijo que se
le había ido haciendo cada vez más natural y se sentó junto a Gabrielle en los
escalones y apoyó los codos en las rodillas.
—¿Tú? —Miró a su compañera—. ¿Mi pequeña inocente dulce encanto?
La cara de Gabrielle se arrugó en una mueca avergonzada.
—No lo soy.
—¿No eres qué? ¿Inocente, dulce o encantadora? —preguntó la reina—.
Rata almizclera, créeme que lo eres. —Se acercó y apartó suavemente el
cabello de la cara de Gabrielle—. No, no estás en problemas. Causas
problemas. Sabes cuánto me gusta eso.
La sonrisa de la mujer rubia volvió.
—Todos estaban tan desorganizados por todo. Quería hacerlo bien para ti. —
Se apoyó en el toque de Xena—. Además, quiero ayudar a hacer cosas. No
solo estar mirando.
Xena entendió esa sensación de manera vaga. Lentamente, asintió con
expresión pensativa.
—¿Encontraste su escondite?
Gabrielle la miró, un poco sorprendida.
—¿Qué?
—Su alijo. ¿Las cosas que estaban escondiendo? —La reina la miró
intensamente—. ¿Lo encontraste? —Supo la respuesta viendo esos ojos verdes
y abiertos con sorpresa, y el leve movimiento en su mandíbula que cayó
ligeramente, pero esperó, curiosa por lo su amante respondería.
—¿Lo sabías?
Ah. No era lo que esperaba que ella dijera.
—Claro —dijo Xena—. Realmente no crees que un grupo de campesinos
ignorantes sean más inteligentes que yo, ¿verdad? —Estudió la figura sucia y
desaliñada de Gabrielle—. Ahora, vamos.
Gabrielle estaba muy confundida. Había esperado que Xena estuviera
molesta, enfadada con la gente de la planta baja que le ocultaba cosas y,
en cambio, parecía algo divertida.
109
—¿No estás enojada?
La reina se encogió de hombros.
—Sé que estoy presionando mucho para salir pronto —dijo—. Naturalmente,
tratarían de salvar algunas cosas, yo lo haría.
—¿Lo harías?
—Por supuesto.
Gabrielle la miró con ojos desorbitados.
—No te preocupes. —Xena le dio unas palmaditas en la mejilla—. Lo
compartiría contigo. —Comenzó a reírse de la expresión estupefacta en el
rostro de la mujer rubia—. Ah, tienes razón. —Fue a ponerse en pie—. Déjame
matar a algunas docenas de ellos. Tenemos tiempo antes de la cena. Vamos.
—Y comenzó a bajar los escalones, tarareando en voz baja.
—Buh... buh... bu... ¡Xena! —Gabrielle perdió todo control sobre su lengua—.
Va... bbu... no, espera! —Se puso en pie y corrió tras la mujer más alta, bajando
los escalones apresuradamente para alcanzar a la reina justo cuando llegó
abajo—. Qu... espera! No... uh... Xena, um... espera un momento...
Xena se detuvo en la puerta de las cocinas y miró a su alrededor.
—¿Qué? —preguntó—. ¿Quieres ayudar?
—No... no, Xena, escucha. Yo no estaba... No quise decir que debieras hacerle
nada a nadie, solo era... —Gabrielle la agarró suavemente del brazo, ya había
aprendido que los movimientos bruscos hacían que la reina se crispara—.
Pensé que estarías enfadada, y me sorprendió que no lo estuvieras. Por favor,
no hagas daño a nadie.
Xena se volvió a medias y la miró.
—¿De verdad crees que iba a hacerlo? —Su voz se elevó por la sorpresa—.
Vamos, Gabrielle. Estaba bromeando. Relájate. —Le dio unas palmaditas a su
compañera de cama y abrió la puerta con una patada—. Pensé que ya me
conocías mejor.
Gabrielle la siguió adentro, con las tripas revueltas por una tremenda mezcla
de emociones. De hecho, era muy difícil saber cuándo Xena estaba
bromeando, porque la verdad era que Xena hacía cosas terribles con el
mismo humor negro y brusco con el que hacía bromas y, aunque deseaba
conocer el corazón de la reina. así como Xena parecía pensar que debería...
Ella no lo conocía.
110
—¡Su majestad! —Machus estaba terminando de atar el último paquete, todo
su cuerpo cubierto de mugre. Cayó de rodillas, mientras el resto del personal
de la cocina se apresuraba a unirse a él, los cucharones volaron y las ollas
cayeron al suelo mientras todos se apresuraban a reconocer la presencia de
Xena.
Xena se detuvo en el centro del espacio de carga despejado, girando la
cabeza hacia un lado y luego hacia el otro para barrer la habitación con una
mirada fría y azul. Las grandes puertas que conducían al patio estaban
entreabiertas, y el olor de los caballos entraba a la deriva, dos pilas de cajas
cerca de las puertas, las últimas que debían ser cargadas.
Los estantes a su alrededor estaban vacíos. Recordaba haber pasado por allí
unos días atrás y verlos llenos de suministros, cajas apiladas contra las paredes
y fardos alineados en los pasillos. Ahora, las losas estaban limpias, y las
despensas estaban desnudas y vacías.
Dejaría atrás pocas provisiones. Xena se lo reconoció a sí misma, mientras
miraba a su alrededor y veía la acusación silenciosa y resentida en las caras
de quienes no podían valerse por sí mismos, y dependían de ella para todo lo
que tenían.
Así que nada. Tendrían que arreglárselas.
Sin comentarios, la reina caminó hacia las puertas y abrió los enormes paneles
con un empujón casual, saliendo a la luz del atardecer y encontró seis
vagones alineados delante de las cocinas, todos ellos repletos de cajas, pacas
y paquetes.
Las cargas ya estaban amarradas para viajar, y en los lados de madera de los
vagones estaban escritas unas líneas en un estudiada y cuidadosa caligrafía
que la reina reconoció.
Se dio la vuelta y colocó sus manos en las caderas, mirando a Gabrielle que
la había seguido en silencio desde la cocina.
—¿Hiciste eso? —Indicó los carromatos con un pulgar.
Gabrielle tiró de las manos a su espalda, tímidamente.
—Bueno. —Aclaró su garganta modestamente—. Les dije cómo poner las
cosas —dijo—. Y qué cosas, y les ayudé, pero...
Xena se paseó por los vagones y miró dentro de ellos, disfrutando
completamente del sentido de orden y lógica que podía apreciar en la 111
colocación de las cargas. Qué increíblemente inesperado.
—¿Dónde aprendiste a hacer eso, rata almizclera? —preguntó con
indiferencia, apoyando un codo en el borde de una robusta rueda.
Gabrielle se adelantó y puso sus manos en el borde de la carreta, con una
expresión sorprendentemente pensativa.
—Solía tener que colocar la cosecha, en casa —admitió—. Guardar todo para
el invierno, ya sabes, y tener cuidado de las pieles de oveja, y todo eso.
—¿Tú?
La mujer rubia asintió.
—Éramos solo Lila, mamá, y yo —dijo—. Yo era la mayor.
Xena se volvió y miró las marcas.
—¿Eso también?
Gabrielle sacó un pergamino enrollado de su cinturón y se acercó a donde
estaba Xena.
—Marqué lo que va en cada uno de los vagones —explicó—. ¿Ves aquí? Así
no tendremos que perder el tiempo cuando nos paremos y tengamos que
sacar las cosas.
—Uh huh. —La reina gruñó—. Interesante.
Gabrielle la miró con algo cercano a la aprensión.
—Ya sé que organizar un pequeño redil no es cómo manejar un ejército,
pero...
—¿Sabes algo?
Gabrielle hizo una pausa y dobló el pergamino.
—No, ¿qué?
Xena puso su mano sobre el hombro de Gabrielle y la miró directamente a los
ojos.
—Cada vez que rasco tu superficie, sale oro. Esto es condenadamente
increíble —dijo—. Tengo soldados saliendo de mi culo, algunos buenos, otros
malos, pero vales más que todos ellos por lo que hiciste aquí. 112
¡Guauu! Gabrielle sintió que se le abrían los ojos de par en par ente el
inesperado elogio.
—Estoy... —tartamudeó—. Me alegra que te guste. —Sintió que sus hombros se
relajaban, y el cansancio del largo día se desvaneció, reemplazado por un
sentimiento cálido y feliz que puso una sonrisa en su rostro y descubrió que era
un eco en Xena—. Creo que hice que la gente se enojara bastante.
—Estoy segura de que lo hiciste. —La reina la acercó más y le dio un beso en
la cabeza—. Pero vas a seguir haciéndolo, porque voy a decirles a todos que
eres la maestra del campamento en este maldito ejército. —Pasó un brazo por
el hombro de Gabrielle mientras se dirigían hacia la cocina—. Y eso realmente
va a molestar a todos.
—Oh.
—Excepto a mí.
—Oh. Bueno, supongo que está bien entonces. —Gabrielle sabía que
probablemente acababa de meterse en más problemas de lo que nunca
había imaginado—. Espero hacerlo bien.
Xena podía ver al personal de la cocina mirándolas mientras entraban, aún
con ese profundo resentimiento en sus ojos y sabía sin lugar a dudas que llevar
a Gabrielle con ella era la mejor idea que había tenido hasta ahora.
—Será mejor sembrar —les dijo, mirando severamente hacia atrás—. O va a
ser una primavera muy larga masticando hierba.
—Su Majestad. —Machus todavía estaba de rodillas, sosteniendo su gorra
contra su cuerpo—. Es verdad, solo hemos dejado aquí provisiones para siete
días.
—¿Y?
—Es duro, Majestad. —El hombre respondió valientemente.
—No, no lo es —respondió Xena, pasando la mirada por la habitación—. Salir
con un ejército, luchar y morir y ver cómo los hombres pierden su cabeza es
duro. Todo esto es para recuperar tierras y riquezas para que todos ustedes
puedan sentarse aquí y comer hasta saciarse de lo que les doy. —Una quietud
silenciosa se instaló en la habitación. Incluso Gabrielle estaba inmóvil, pegada
a Xena—. Será mejor que vuelva —añadió la reina, ensanchando sus ojos
burlonamente, antes de guiar a Gabrielle hacia los escalones y desaparecer
113
por encima de ellos, dando un portazo y enviando ecos por toda la torre tras
ella.
Gabrielle abrazó con sus doloridas manos su taza de té y bebió un sorbo,
contenta por este momento de recogimiento antes de tener que ponerse su
vestido recién terminado y prepararse para el banquete. Estaba en su propia
pequeña cámara, con su escritorio a un lado y su ropa detrás de ella y se
sentía bien simplemente por estar sola por un breve tiempo con sus
pensamientos y el aroma de la menta que se enroscaba alrededor de su
rostro.
Estaba muy cansada. Tuvieron una larga cena antes de poder descansar,
pero no cambiaría las alabanzas de Xena por su trabajo.
Pensar en ello la hizo sonreír de nuevo, y tomó un largo trago de té,
arropándose con la bata y acercándose un poco al fuego para protegerse
del frío al salir de su baño caliente, saboreando el momento un poco más, ya
que sabía que pronto tendría pocos como este.
Maestra del campamento. Gabrielle se cubrió los ojos y no pudo sofocar una
risita. Xena había dicho que tenía que ser la maestra del campamento,
porque señora del campamento daría a todos una idea absolutamente
equivocada, pero por el bien de los dioses...
Ah bueno. Realmente ella no quería ser llamada la Señora de nadie.
Entonces... ¿por qué todos llamaron así a Xena? Sus pensamientos vagaron
mientras se relajaba en su silla. ¿Le gustaba a Xena? ¿Por qué dejó que todos
la llamaran así si ella pensaba que era algo malo?
¿O le gustaba porque era algo malo?
Parecía algo que le gustaría a Xena, que la llamaran algo malo o travieso
porque pensaba que a Xena le gustaba que todo el mundo pensara que así
era realmente. Gabrielle sabía que tenía una vena miserable, pero algo en
su interior le hacía creer que había algo en Xena que era bueno, honesto y
verdadero sin importar que ella dijera lo contrario.
114
Era la parte de ella que caminaba detrás de Gabrielle y ponía sus manos sobre
sus hombros y le besaba la parte superior de la cabeza, sin ningún motivo.
Era la parte que se aseguraba de que Gabrielle tuviera todo lo que
necesitaba, y más, y nunca escatimó en darle ropa, pergaminos y todas las
cosas bonitas que tenía esparcidas por su pequeña habitación.
Era la parte que amaba y apreciaba a Gabrielle de una manera que nunca
antes había sentido en toda su vida, ni de su familia, ni de nadie.
Xena la despiadada. La mayor parte del tiempo. Gabrielle giró la cabeza un
poco al oír a la reina revolviéndose en la habitación contigua, los movimientos
impacientes tan típicos de ella, el sonido aparente de la capa cayendo sobre
el tocador y el leve siseo de molestia cuando los pasos se acercaron a la
puerta.
Después de una breve pausa, la cabeza oscura de la reina se asomó a su
habitación, el pelo levemente desaliñado oscureciendo parcialmente un ojo
pálido.
—Oye. ¿Qué estás haciendo?
Gabrielle giró la cabeza para mirar y ver si sus extremidades habían empezado
a hacer algo extraño sin que ella lo supiera. Luego volvió su mirada a la cara
de Xena.
—Tomando un té. ¿Quieres algo? Tengo agua aquí.
Xena entró y se acercó a su pequeña chimenea, y se dejó caer en el sillón
junto a ella con un gruñido hosco.
—No, no quiero un maldito té —gruñó—. Quiero salir de aquí.
—Bien. —Gabrielle se levantó y se acercó al fuego, tomó una taza, puso unas
hojas de té y luego vertió el agua caliente sobre ellas—. Nos vamos mañana,
¿verdad?
—Sí. —Xena hizo una pausa—. ¿Qué estás haciendo? —preguntó
malhumorada—. ¿No te dije que no quería ningún maldito té?
Gabrielle roció una buena cantidad de miel en la taza y la revolvió, luego se
giró y se acercó a donde Xena estaba sentada, le entregó la taza y se posó
en el brazo de la silla, estirándose para apartar el cabello de la reina de sus
ojos. 115
—Parece que estás de mal humor.
—Estoy de mal humor. Lo has pillado. —Xena bebió un sorbo de la taza de
todos modos, cuando sintió su cuerpo reaccionar al toque de su amante—.
Así que no me hagas la pelota. No voy a caer en eso.
Gabrielle colocó el dorso de sus dedos contra la mejilla de Xena, que era
fresca y la piel parecía un poco áspera.
—Te amo —dijo inesperadamente—. Estaba pensando en eso cuando
entraste.
Ojos azules la fulminaron con la mirada.
—Estoy de mal humor, y trato de seguir así. Deja de sabotearme. —Observó la
tensa piel a ambos lados de la boca de la mujer rubia y sus ojos cálidos y dejó
todo eso como una estúpida causa perdida—. ¿Ves? Ese es el problema.
—¿Cuál es el problema?
Xena se relajó y apoyó la cabeza contra Gabrielle.
—No puedo ser mala cuando estás cerca —dijo—. Me haces sentir demasiado
bien.
—¿Eso es malo?
—Eso es malo para alguien que tiene que ser una bastarda y liderar un ejército,
sí. —La reina suspiró—. Algún idiota me dijo algo mientras venía hacia aquí y
me cabreó muchísimo y en el momento en que entré y te miré, lo olvidé.
Gabrielle no estaba segura de lo que se necesitaba en este punto. ¿Una
disculpa?
—Lo siento. —Se aventuró—. No lo hago a propósito.
—Claro que lo haces. —El tono de Xena era más resignado que enojado—.
Pero quiero que me prometas que no serás tan buena conmigo frente al
ejército. Esos hombres tienen que entender que soy cruel e implacable.
Gabrielle sospechaba que había mucho sobre formar parte de un ejército que
iba a aprender a partir de mañana y de lo que no tenía ni idea hoy.
—Um, está bien —dijo—. Pero... ¿no es más como que no deberías ser amable
conmigo si se supone que eres cruel e implacable?
Xena no respondió, sus ojos aparentemente fijos en las llamas bajas de la
chimenea. Después de un largo silencio, echó la cabeza hacia atrás y miró a 116
Gabrielle, con una honestidad tranquila y abierta que hizo que la mujer más
pequeña contuviera la respiración.
—Tienes razón —dijo— Debería.
Gabrielle sintió una sensación de profundo miedo dentro de ella, la vacilante
inseguridad que hacía que sus entrañas se apretaran.
—O... bien —tartamudeó, duras imágenes se proyectaron en su mente—. Está
bien —añadió, en un tono más suave—. Si es lo que tienes que hacer.
La reina examinó el expresivo rostro justo por encima de ella, viendo
desaparecer el humor y el cariñoso afecto, reemplazado por la aprensión y un
terror furtivo que le hizo entender lo bien que comprendía Gabrielle que su
futuro descansaba directamente en las manos de Xena.
No solo la vida, sino esta frágil felicidad que compartían pendía sobre ellas.
Xena suspiró suavemente.
—Dime, Gabrielle. ¿Es por eso que estás haciendo todas estas cosas extra?
¿Para qué así tal vez no tenga la idea de encerrarte en el armario y dejar que
te pudras mientras estoy por ahí saqueando y asesinando? —Los músculos de
la mandíbula de Gabrielle se tensaron, y se quedó muy quieta. Los ojos agudos
de Xena la miraban y se sintió atrapada de repente. La acusación era
incómodamente cercana a la verdad y se sentía tan mal del estómago que
temía vomitar incontrolablemente si abría la boca—. ¿Lo es? —Xena la
pinchó, la intensa mirada de la reina era casi insoportable. Después de un
momento, Gabrielle asintió lentamente, sin decir nada. Xena frunció los labios,
luego exhaló, sacudiendo la cabeza en silencio durante un largo período de
tiempo, mientras el fuego crepitaba suavemente en la chimenea. Finalmente
miró hacia Gabrielle, que simplemente estaba sentada allí, mirando al suelo—
. Eres una idiota. —En lugar de responder, Gabrielle solo asintió de nuevo con
entumecida aceptación—. ¿Sabes por qué eres una idiota? —Gabrielle negó
con la cabeza después de una breve pausa. Xena se levantó y caminó por la
habitación, llegando al hogar y dándose la vuelta para mirar hacia atrás. Los
afligidos ojos de Gabrielle se encontraron con los suyos y pudo ver el repentino
eco de los fragmentos de una niña esclava a la que casi habían disparado
delante de ella en lugar de la sensual y alegre compañera de la que había
llegado a depender. A Gabrielle no le había importado entonces. Se había
enfrentado a Xena y le había respondido porque esperaba la muerte, o algo
peor, y no había visto nada mejor en su vida. Xena recordaba ese sentimiento,
recordaba haber bebido lo suficiente como para ahogarlo durante esas
largas noches a lo largo de los años, cuando sentía que su propia vida estaba 117
perdiendo su significado. ¿Entendía el miedo de Gabrielle? Silenciosamente,
interiormente, se rio burlona de sí misma, sabiendo la respuesta muy, muy bien.
Tanto—. Eres una idiota porque parece que no te das cuenta de que me
arrancaría el corazón si te dejara. —Xena giró y salió de la habitación,
cerrando de golpe la puerta entre sus cámaras.
Gabrielle se dejó caer lentamente en el suelo y se sentó allí, con la cara
enterrada entre las manos.
Stanislaus se quedó allí de pie, con una expresión atónita en su rostro.
—¿Cancelar el banquete, Majestad? —repitió—. ¿Es eso, disculpe, lo que me
ha dicho?
—Cancélalo. —Xena continuó escribiendo en un pergamino—. El ejército se
va mañana. No tengo el tiempo, la paciencia ni la energía para entretener a
un grupo de perros de caza inútiles que no hacen más que gimotear y
rebuznar como burros ante mí.
La mandíbula del senescal se cerró, luego se abrió de nuevo.
—Muy bien Majestad —murmuró—. Como desee. —Hizo una reverencia y
retrocedió hacia la puerta—. Como desee.
Xena esperó a que la puerta se cerrara, y lentamente dejó de escribir, se
quedó mirando su pergamino antes de cerrar los ojos y levantar una mano
para apoyar su cabeza sobre ella.
La puerta cerrada de la habitación más pequeña a su derecha la golpeó con
silenciosa acusación y, después de un momento doloroso, arrojó la pluma
contra la pared opuesta y se levantó, dirigiéndose con pasos decididos hacia
donde Stanislaus había desaparecido tan oportunamente.
Pero después de unos pocos pasos se encontró yendo a la puerta entre ella y
Gabrielle en su lugar, el dolor en su pecho se alzó casi estrangulándola.
Apoyó las manos en la puerta, sorprendida de verlas temblar, y luego murmuró
un flojo juramento mientras empujaba el panel y entraba, deteniéndose en la 118
silenciosa oscuridad interior.
Ahora, era su turno de tener miedo, y lo tenía. Sus ojos escanearon el interior,
su corazón latía tan fuerte en su pecho que no podía oír ningún otro sonido a
su alrededor. El diván bajo estaba vacío, y lo mismo las sillas delante del fuego.
Abrió la boca, con la garganta seca, para pronunciar el nombre de Gabrielle
cuando vio la figura pequeña y encorvada en la esquina, cerca de la pared
más alejada. Exhaló, su aliento fluía entre sus labios.
Vacilante, se acercó, oyó los sollozos suaves y sofocados cuando llegó al lugar
y se arrodilló, incapaz de evitar estirar la mano y, antes de darse cuenta,
estaba sentada en el suelo recogiendo a Gabrielle en sus brazos y tirando de
ella. en su regazo.
¿Estaba llorando? Xena se sorprendió al descubrir que sí y agradecida de que,
en lugar de resistirse al contacto, Gabrielle simplemente se acurrucó en él,
haciéndose una bola en su abrazo con un sonido desesperado y suave que
debería haber sido profundamente aterrador.
A Xena no le importó.
Lo que fuera en lo que se había convertido ahora, no era lo que había sido y
ya no sabía a dónde iba y por qué quería llegar allí.
Nada tenía sentido.
Nada.
119
Parte 4
El ruido de la lluvia contra la ventana lentamente aligeró el sueño de Gabrielle,
hasta que el sonido inusualmente cercano mezclado con la posición en la que
estaba, la sacó de un sueño profundo y sin sueños a una extraña y
preocupante realidad.
Estaba oscuro, y ella estaba medio en el suelo y medio tumbada en lo que se
dio cuenta que eran los brazos de Xena y, por un momento, se sintió muy
confusa tratando de descubrir qué estaba pasando hasta que recordó lo que
había sucedido.
Su corazón se hundió, cuando la puerta resonó en su mente y casi entró en
pánico hasta que su disperso cerebro tomó el control de nuevo, y respiró
profundamente el aroma de Xena.
Estaba bien. No estaba aquí sola. 120
Dejó que se le escapara el aliento y sintió un eco del miedo que le puso la piel
de gallina por un instante, y antes de que esto la bloqueara, se calmó con el
recuerdo de Xena volviendo a ella, sosteniéndola y diciéndole que todo
estaría bien.
Estarían bien.
Qué noche. Gabrielle no estaba lo que se dice cómoda, pero tampoco iba a
moverse. La repentina pelea la había golpeado con tanta fuerza y, había sido
tan inesperada, que en su interior todavía temblaba y todo lo que de verdad
quería hacer era acurrucarse allí en la oscuridad y no tener que enfrentar el
día.
Era duro. Estaba tan feliz de ser parte de la vida de Xena y tan temerosa de
que todo terminara de un momento a otro y perdiera lo que se había
convertido en lo más importante de su mundo.
Amaba a Xena. No tenía idea de qué haría si la reina perdía el interés por ella
y se iba con otra persona, tan profundamente estaba perdida en ese amor.
El dolor todavía resonaba suavemente dentro de ella, y cuando lo pensó
comenzó a llorar otra vez, las lágrimas se filtraban impotentes de sus ojos. El
sueño que había tenido solo la había hecho sentir más agotada y parpadeó
silenciosamente, sintiendo las calientes lágrimas caer por sus mejillas.
—Oye.
Gabrielle casi se mordió el labio inferior, saboreando la sangre dentro de su
boca.
—Uhm —pronunció suavemente—. Lo... sie... —Tomó aliento—. S... s... —El
tartamudeo se apoderó de ella y, simplemente, dejó de intentarlo, cerrando
la boca y sorbiendo un poco en su lugar.
Xena se movió un poco.
—¿Estás bien? —Gabrielle asintió, después de una breve pausa, sin apenas
atreverse a respirar cuando sintió los dedos de Xena envolver la parte posterior
de su cabeza—. No suenas bien.
La sombría y callada preocupación que había en el tono casi hizo que
Gabrielle se desmayara, tanto contraste con la forma en la que Xena le había
hablado antes. Esta no era la mujer burlona y enojada que había hecho
añicos su compostura; esta era la compañera que poco a poco había llegado 121
a conocer.
Confiar.
Amar más de lo que amaba la vida. Se lamió los labios, amargos por el sabor
del cobre en ellos y sintió que su cuerpo se relajaba un poco.
—Yo... uh... —Apenas podía hablar, tenía la garganta tan cerrada por el
llanto—. No fue mi intención hacerte enfurecer.
—Lo sé. —La voz de Xena sonó muy cansada—. No eres una... en realidad no
eres una idiota. Yo mato gente cuando estoy furiosa.
Gabrielle pensó en eso, sabiendo lo cierto que era.
—N... no —susurró— Simplemente no quería enfurecerte porque no quería que
estuvieras triste —admitió—. No... no por eso.
La oscuridad ocultaba por completo las facciones de Xena.
—¿Crees que te mataría? —preguntó la reina—. ¿Si me enfadase lo suficiente?
—No.
—¿En serio?
La extraña conversación solo la estaba haciendo sentir más agotada.
—Sí —respondió débilmente Gabrielle—. No creo que alguna vez me vayas a
hacer daño a propósito.
Xena guardó silencio por un momento después de eso y se sentaron juntas en
la penumbra, hasta el fuego se había reducido a solamente brasas.
—Nunca te haría daño a propósito —dijo Gabrielle de repente—. Solo quiero
que seas feliz. —Podía sentir la respiración de Xena—. Solo quiero amarte. —
Sintió que las lágrimas volvían a aparecer, cálidas sobre la piel de su mejilla.
La reina apretó suavemente sus brazos un poco más a su alrededor,
colocando su cabeza debajo de la barbilla de Xena mientras las mecía a las
dos por un tiempo. Escucharon la tormenta afuera, la lluvia golpeaba contra
la ventana con una fuerza constante, pero con un ritmo que era casi relajante.
Estaba arrullando a Gabrielle de nuevo para que se durmiera, y dejó que sus
ojos se cerraran, dejando atrás la tensa incertidumbre por un momento
mientras se quedaba medio dormida, deseando de nuevo que la noche fuera
eterna e interminable. Esto era la paz, aquí, en este momento, en este lugar, y
era bueno simplemente vivirla.
La voz de Xena la sorprendió, saliendo como lo hizo de la tormenta, tan gentil
122
que casi no la escuchó.
—No tenía ni idea de lo que era ser feliz hasta que te conocí —la reina
reflexionó—. ¿No es increíble?
Gabrielle se tomó un momento para recordar su vida antes de Xena. Antes de
que los traficantes de esclavos atacaran su aldea, mataran a sus padres y las
tomaran cautivas a Lila y a ella; antes de la larga y aterradora caminata hacia
la fortaleza.
Antes de pararse en el patio y observar a Lila morir, su cuerpo perforado por
una larga y negra flecha que interrumpió su grito de miedo y envió sus
apretadas manos alejándose de ella en aterrada súplica.
Antes ella lo había perdido todo.
—Yo tampoco —susurró Gabrielle, con la más leve de las sonrisas—. ¿No es
increíble?
Encontró todo.
—Las dos somos tontas del culo —comentó Xena, pero incluso en la oscuridad
la sonrisa de regreso era evidente—. Ninguna de nosotras debería dirigir nada.
Deberíamos estar retiradas pastoreando en las colinas en algún lugar
recogiendo flores y bailando a la luna llena.
—¿Podemos ir a hacer eso?
Xena apoyó la cabeza contra el cristal de la ventana, sintiendo el tintineo de
la lluvia en la parte posterior de su cráneo.
—¿Quieres decir renunciar a todo esto, y solamente vagabundear por el
bosque?
—Sí.
Xena sintió el retumbar del trueno contra sus omóplatos y se encontró
deseando a Hades que el día siguiente no comenzara pronto, en medio de
una tormenta, con ella al mando jodiéndolo todo.
—¿Quieres decir, renunciar a todo este lujo? —Soltó una mano de Gabrielle y
palmeó el suelo de piedra.
—Sí.
¡A la mierda! 123
—Si meto la pata lo suficiente y perdemos, acabaremos como vagabundas
sin hogar o muertas —comentó la reina—. Luego supongo que eso es algo que
desear, ¿eh? —Sintió que Gabrielle se movía y se acurrucaba más cerca de
ella, y su inquietud interior comenzó a disiparse lentamente al darse cuenta de
que las cosas no estaban tan mal como había pensado.
Gabrielle no la odiaba todavía.
—¿Xena?
—¿Sí? —La reina sintió una lenta sensación de resignación que se apoderaba
de ella, ya que el día siguiente se acercaba cada vez más con cada oscuro
instante, acercándose al amanecer que anteriormente esperaba ansiosa—.
¿Qué pasa, rata almizclera? Lo siento si te he asustado.
—¿Podemos ir a sentarnos en la cama? Me estoy congelando.
En algún lugar de su interior, Xena encontró la risa, y se entregó a ella mientras
lentamente enderezaba su cuerpo y se levantaba, haciendo una mueca ante
los chasquidos de protesta de sus articulaciones y su columna vertebral que se
realineaba.
—Oh, condenados dioses, me estoy haciendo vieja —gimió—. Me siento
como la abuela de alguien.
Gabrielle meneó cautelosamente la cabeza hacia un lado y luego hacia el
otro, oyendo unos pequeños chasquidos.
—No te ves como la abuela de nadie —respondió con cautela—. No como
ninguna de las que recuerdo, de todos modos.
—Gracias. —Xena le puso una mano en el hombro—. Creo.
Su cuerpo estaba helado ahora que ya no estaba presionada contra Xena, y
caminó hacia la pequeña mesa y tomó la vela.
—Déjame ir delante.
—¿Por qué? —Xena se acercó por detrás de ella y tomó la vela—. Puedo ver
bien. Vamos. —Colocó su brazo sobre los hombros de Gabrielle y abrió el
camino a través de la puerta entre la pequeña habitación de la mujer rubia y
la más grande más allá.
—¿Puedes? —Gabrielle forzó la vista, pero no podía ver nada más que
sombras tenues y grises—. Yo no puedo ver nada.
Xena giró la cabeza y miró a su alrededor, la cama y los muebles de su cámara
interior se destacaban como sólidos contornos plateados contra las pálidas 124
paredes.
—¿No puedes ver nada? —preguntó distraídamente—. ¿Nada?
Gabrielle estiró su brazo de repente cuando sus piernas chocaron con la
cama.
—¡Oh! —Se giró y levantó la vista hacia lo que imaginaba que era la cabeza
de Xena—. No veo nada. Ni siquiera a ti.
Aunque podía ver los ojos de Gabrielle moviéndose en su dirección, Xena
estaba fascinada al darse cuenta de que no se estaban enfocando y para
comprobarlo, agitó su mano frente a la cara de la mujer más pequeña y no
obtuvo respuesta.
Ella misma podía distinguir la cara de su compañera fácilmente.
—Que me aspen. —Xena murmuró, un repentino destello de memoria le
devolvió la cara de Lyceus, en un pasillo muy oscuro, tan desgarradoramente
claro para sus ojos, y para nadie más.
“Los ojos de búho de Xe”. Ly siempre los había llamado así, medio envidioso y
medio bromeando, cuando les resultaban muy útiles para sacarlos de los
malditos pozos y túneles en los que se guarecían por la noche.
A lo largo de los años, había olvidado lo diferente que era a veces.
Ciertamente, había sido fácil olvidarse de esas habilidades ya que ahora no
las necesitaba, aparte del manejo de su espada y la habilidad de matar sin
titubear o arrepentirse.
Era fácil olvidar cuánto habían dependido de ella sus jóvenes vidas, el oído
más sensible que cualquier perro, sus reflejos y esos ojos.
—¿Xena? —La voz de Gabrielle fue gentil—. ¿Estás bien? —Si las hubiera
recordado, ¿habría importado? ¿Podría haber parado esas reveladoras
peleas y haber olido esa punta de cobre en el más leve viento y tal vez haberlo
salvado?—. ¿Xena? —Cálidas manos presionaban contra su estómago, y
apartaron su mente del pasado. Este no era Lyceus, y ella ya no era un espíritu
salvaje e imprudente. La pregunta era, si no era eso, entonces ¿qué era? Xena
le dio una palmadita en el brazo a su compañera de cama, luego la empujó
hacia atrás sobre la cama y se unió a ella, estirando su rígido cuerpo sobre el
suave colchón por última vez en lo que podría ser un largo tiempo. Realmente,
ella ya no sabía quién era, nunca más. Tal vez era por eso que estaba por
todos lados, cabreando a los nobles, enloqueciendo a los hombres y
volviendo loca a Gabrielle. Se había metido de lleno en un papel que creía 125
acertado, y ahora que estaba predicando con el ejemplo, había descubierto
que tenía dudas incluso si el ejército no las tenía. ¿Y si…? Xena tiró del lujoso
edredón sobre ambas y se resignó ante la idea de que estaba
intercambiando una vida de certezas aburridas, aunque agradables, por algo
mucho más oscuro, más peligroso, lleno de dificultades y dolor, y posible ruina.
¿Qué derecho tenía, en realidad, para arrastrar a Gabrielle a eso? ¿Solo por
su propio consuelo?—. ¿Xena?
—¿Mm?
—¿Estás bien?
—No —suspiró la reina—. Estoy loca.
Una pausa.
—Oh.
Xena miró hacia el dosel de la cama.
—Gabrielle, nunca te pregunté si realmente querías hacer esta mierda de
guerra, ¿verdad?
—Um... no, pero...
—Bueno, ya sabes, ya no eres una esclava. Así que escucha. —La reina cuadró
sus hombros—. No pensaré menos de ti si te quedas aquí, ya sabes, y tal vez
dirigir este lugar mientras estoy fuera.
—Uh.
—Estar de campaña es duro —dijo Xena, en voz baja—. Muchos hombres
morirán antes de que yo termine. Las tierras podrían ser quemadas, las aldeas,
como la tuya... podrían ser destruidas. Podría saquear las cosechas de la mitad
del reino para apoyar la lucha si tengo que hacerlo. ¿De verdad quieres ver
eso? Ahora lo digo en serio.
—Xena...
—Lo sé... en tu corazón, quieres ir, pequeña —susurró Xena suavemente—. Sé
que quieres... pero hay cosas que ninguna persona en su sano juicio debería
hacer y que ninguna persona en su sano juicio debería ver y tú eres la persona
más sensata que conozco. —Hizo una pausa—. No quiero que pierdas esa
cordura y te vuelvas una chiflada como yo. ¿Lo entiendes?
Silencio desde las sombras. Luego una exhalación.
126
—Lo entiendo.
Xena exhaló en silencio, asintiendo con la cabeza.
—Entonces, ¿qué dices, Gabrielle? ¿Quieres ser la reina?
Hubo un leve movimiento, casi como si Gabrielle se hubiera reído levemente.
—Digo que me lleves contigo —respondió—. Donde vayas, voy, Xena. Incluso
si es al Tártaro.
Xena tuvo que sonreír.
—Estás segura de lo que dices, ¿verdad?
—Sí.
—Última oportunidad…
—Misma respuesta.
Bien, Que carajo.
—Está bien, rata almizclera. —Xena arrojó sus dados al viento—. Entonces,
mañana nos vamos a la guerra. No digas que no te lo advertí. —De repente,
Gabrielle se movió y se levantó, inclinándose hacia adelante y encontrando
los labios de Xena en lo que para ella era oscuridad total. Besó a la reina con
silenciosa pasión, luego se dejó caer sobre el colchón y se metió debajo de
las sábanas, dejando a una reina confundida a su lado mientras la tormenta
tronaba fuera de las ventanas—. Chiflados. —Xena cerró los ojos, con un
suspiro—. Estamos todos chiflados.
La aurora rompió sobre un paisaje todavía tormentoso, las nubes grises sobre
sus cabezas combinaban con las paredes grises de la fortaleza mientras el
ejército comenzaba a congregarse ante las puertas ignorando el clima.
Los carros estaban siendo desplegados a un lado, y las puertas del establo
estaban abiertas de par en par, los mozos movían animales hacia afuera con
briosa motivación a pesar de que el sol apenas había salido detrás de la
gruesa capa de nubes.
Dentro del establo, Gabrielle estaba de pie al lado del puesto de Parches, 127
dándole de comer puñados de hierba que había cogido fuera.
—¿Cómo va eso, Parches? —El pony masticó su ofrenda con expresión
pensativa, acercándose para empujarla un poco en una búsqueda evidente
de más botín. Él ya estaba usando su nuevo abrigo, su grueso tejido atado
alrededor de su pecho y debajo de su vientre, y su silla de montar estaba lista
encima del poste. Gabrielle puso en orden su crin, y le rascó las orejas,
respirando hondo y sintiendo la extraña sensación de su armadura
constriñendo su cuerpo—. Espero que esto realmente no sea tan pesado
como parece —le dijo al pony en un tono confiado—. Se siente muy raro. —
Raro, pero no incómodo. Gabrielle se apartó del establo y estiró los brazos,
moviéndolos de un lado a otro mientras intentaba acostumbrarse a su nuevo
atuendo. Había dormido más después de su charla de anoche, y realmente
no se sentía tan mal a pesar de la hora temprana y el pésimo clima. Había una
clara excitación en el aire, y aunque no había visto a Xena desde que habían
tomado un desayuno rápido, tenía la sensación de que la reina se había
sosegado y estaba de mejor humor. Al menos, eso esperaba—. Parches,
vamos a salir y tener una aventura. ¿Qué te parece? —Caminó por el establo
y miró alrededor, feliz de que no hubiera mozos que la interrumpieran mientras
levantaba la silla de Parches del poste y se la colocaba sobre su lomo. El pony
se mantuvo amablemente quieto mientras le abrochaba la correa del pecho,
luego se arrodilló para alcanzar debajo de él y agarrar la del abdomen. Fue
una de las primeras cosas que le enseñó Xena, junto con el paciente peinado
del grueso pelaje de Parches y el meticuloso cuidado de sus pezuñas. Conocía
todas las partes de sus arreos y cómo sujetarlos, compartiendo una afinidad
por los animales similar a la de Xena. Gabrielle tensó la correa y la abrochó,
dando un pequeño tirón a la silla para asegurarse de que estuviera segura.
Dejó que sus manos descansaran sobre Parches y miró las elaboradas mangas
verdes atadas firmemente alrededor de sus muñecas, que se ajustaban
debajo de su armadura y amortiguaban su piel. Se sintió bien. Se sentía
diferente, tener la cota puesta con la armadura sobre ella. Había sentido un
poco de cautela al tener los eslabones sobre su piel, ya que en un ligero
descuido habían pellizcado los pequeños y finos pelos de su brazo entre el
metal y había chillado, para diversión de Xena. Ahora los enlaces se
deslizaban sobre la tela y descubrió que el atuendo se sentía bien y
sospechaba que se acostumbraría rápidamente.
»Al menos eso espero —Gabrielle metió la mano en la brida de Parches—.
¿Estás listo para salir, Parches? Vamos a buscar a tu amigo Tiger, ¿vale? —Sacó
al pony de su puesto, compartiendo un momento de melancolía en su nombre
al dejar atrás su cómodo entorno. Aunque era difícil para ella viajar, sería
128
doblemente duro para su montura y esperaba haber guardado suficientes
golosinas para él en sus bolsas como para compensarlo. El aire húmedo y frío
le golpeó la cara cuando salía al patio, y se detuvo un momento ante el
organizado movimiento frente a ella, sintiéndose un poco incómoda, y más
que un poco fuera de lugar.
—Buenos días, mi lady. —Uno de los soldados la reconoció e hizo un saludo
sencillo y casual con la mano en el pecho—. Hermoso día para marchar, ¿no
es así?
Gabrielle alzó la vista y luego sonrió con ironía.
—Si tú lo dices.
El hombre, que a primera vista no era mucho más viejo que ella, le devolvió la
sonrisa.
—Mi papá diría, es bueno estar dentro, ya que solo puede mejorar, ¿eh?
Ese comentario sorprendió a Gabrielle que podía recordar a su madre
diciendo casi lo mismo.
—Sí —estuvo de acuerdo—. Bueno para la lana. —El soldado inclinó su cabeza
hacia atrás y se rio, continuando su camino con su carga de escudos.
Gabrielle condujo a Parches al sendero sintiéndose un poco mejor. Todos los
hombres que la rodeaban, cualquiera que fuera su tarea, llevaban en alguna
parte de su equipo la insignia de la cabeza de halcón que hacía juego con la
hebilla de su cinturón y ahora notó que en los escudos también la habían
pintado recientemente. La marca de Xena, la cresta amarilla contra el negro
que revoloteaba sobre la torre superior de la fortaleza ahora se veía en todas
partes en las sobrevestas de los caballos, y en la armadura de los hombres, y
en ella. Gabrielle se dio unas palmaditas en la hebilla y miró a su alrededor,
estirando el cuello para ver si podía ver a Xena, o al menos a su gran semental
negro en alguna parte.
»¿Los ves por algún lado, Parches? —Parches resopló amablemente,
abriéndose paso por el camino batido con sus pulcras pezuñas grises.
Gabrielle le dio unas palmaditas en la mejilla, luego su corazón dio un vuelco
cuando vio a Xena a través de los carros, la reina sentada en una postura
relajada a lomos de Tiger que se erguía sobre una pequeña elevación desde
donde estaba observando todo. Gabrielle se hizo a un lado y frenó a Parches
hasta detenerlo, apoyando su brazo en el lomo del pony mientras
simplemente se quedaba allí, mirando a Xena en toda su gloria marcial. La
reina vestía su armadura, el cuero negro y el metal bruñido perfilaban su largo
129
cuerpo, y llevaba un hermoso manto negro que la rodeaba con la cabeza de
halcón enmarcada en la espalda. La empuñadura de su espada era visible
justo detrás de su oreja derecha, y escondida detrás de su rodilla estaba la
funda que sostenía el arma redonda de metal. Gabrielle estaba fascinada.
Tiger se pavoneó en su sitio, y Xena se relajó y fue con él, lo condujo
pulcramente en círculos y luego retrocedió unos pasos, la maniobra hizo
sonreír a la reina—. Está bien. —Gabrielle se volvió y se enfrentó a Parches—.
¿Estamos listos para ir, Parches? —Tomó las riendas con una mano y puso su
pie en el estribo, saltando un poco subió a la silla con un suave gruñido—.
Muchacho... De verdad que prefiero montarte desnudo, Parches. —El pony
estiró la cabeza y la miró desde debajo de sus pobladas cejas. Gabrielle se
levantó y empujó el costado del pony—. Adelante, vayamos donde Xena y
veamos qué está tramando. —Trató de relajarse mientras cruzaban el
atestado patio, con soldados que se levantaban o se apartaban
graciosamente de su camino mientras les daba sonrisas e intentaba no
llevarse a nadie por delante.
Xena la vio venir, y medio giró a Tiger, apoyando una mano en su muslo
cuando se acercaron, sus brillantes ojos azules estudiaban a su compañera
atentamente.
—Gabrielle.
—Sí, su majestad. —Gabrielle detuvo a Parches junto al gran semental,
sintiéndose casi cómicamente empequeñecida por él—. Estoy lista.
Una de las oscuras cejas de la reina se levantó.
—¿Lo estás?
—Bien. Tan lista como puedo estar —admitió Gabrielle, irónicamente. Ella miró
a su alrededor, cuando las tropas comenzaron a reunirse en grupos grandes,
y los carros comenzaron a crujir en línea. Cuatro legiones, y todos eran
hombres, se dio cuenta, se preparaban para marchar bajo el estandarte de
Xena, y frunció el ceño un momento, tratando de recordar cuántos había
habido cuando las tropas de Xena lucharon contra Bregos. ¿Había menos
ahora? Gabrielle recordó que Xena había dicho durante el invierno, que
algunos soldados se habían unido al ejército, pero que también sabía que
algunos habían muerto por enfermedad y que era difícil saber si eran más o
menos que antes. Definitivamente, había más de los que habían viajado la
última vez. Se volvió y miró a Xena, que estaba sentada allí mirándola en
silencio—. ¿Cómo se va a la guerra, de todos modos? —preguntó—. ¿Vas por 130
el camino hasta que encuentres a alguien para pelear y lo haces?
Ambas cejas de Xena se dispararon, y levantó una mano enguantada para
sofocar una risa.
—No. —Aclaró su garganta, y movió a Tiger para que estuvieran una al lado
de la otra—. Lo primero que haremos es cubrir el terreno entre aquí y la
frontera, y ocuparnos de esos malditos asaltantes pulgosos. —Flexionó las
manos—. Entonces veremos cuál es la mejor manera de hacerlo.
Brendan se subió a un robusto castrado gris, con melena y cola gris oscuro.
—Señora —saludó brevemente—. El maestro de caballos pide tener unas
palabras contigo, si quieres.
—Dile que venga —dijo Xena—. Si él es del tipo tímido, le dices que puede
quedarse aquí y tejer cestas.
—Señora. —Brendan giró su montura y se alejó, dando media vuelta, dobló
una esquina cerca de los establos y desapareció, mientras Xena pateaba sus
botas para liberarlas de los estribos y dejaba que sus pies colgaran.
—¿Qué pasa si no encontramos a nadie para pelear? —Gabrielle insistió en su
línea de preguntas—. ¿Seguiremos adelante?
Xena la miró.
—¿Cuál es el objetivo de esta conversación?
—Solo estoy preguntando.
—Nunca solo preguntas. —La reina sonrió, tomando el aguijón de las
palabras—. Siempre tienes algo cocinando dentro de esa linda cabecita
tuya. —Extendió la mano y alborotó el cabello de Gabrielle—. Si no
encontramos a nadie, tomaremos toda la tierra por la que vamos a marchar,
pero no cuentes con eso. —Echó un vistazo más allá del ejército, hacia las
murallas—. Hay algo ahí fuera.
—¿Qué tipo de algo?
Ah. Excelente pregunta. Xena no sabía qué la impulsaba en su interior y la
hacía dirigirse a la frontera, solo sabía que era fuerte, y que era molesto, y que
estaba anulando incluso su autoindulgente impulso de permanecer en la
fortaleza con todos sus placeres hedonistas.
—Eso es lo que quiero averiguar.
Uno de sus placeres más hedonistas frunció el ceño y jugó con sus riendas, 131
luciendo inocente y particularmente atractiva con su armadura prolijamente
fabricada.
—Bien, es algo bueno detener a los invasores, de todos modos.
Xena se acercó y recolocó el borde de la nueva capa de su compañera,
impaciente ahora por seguir su camino y no merodear por el patio mientras
los nobles miraban desde los muros.
—Sí, al menos me divertiré un poco antes de tener que empezar a trabajar
duro —concordó—. Y puedes inventar una buena historia sobre cómo defendí
a los niños sin hogar, ¿de acuerdo?
Gabrielle asintió, después de una breve vacilación.
—¿Qué va a pasar aquí? —preguntó—. ¿A toda esta gente, si te estás
llevando al ejército?
Ah. Otra excelente pregunta. Xena decidió acercarse a su maestro de
caballos para distraerla. Dirigió a Tiger hacia el establo y lo interceptó.
—Sheldon.
—Señora. —El hombre la saludó—. Es la nueva potranca, Señora. Ha roto su
puesto de nuevo, y temo dejarla aquí con los jovenzuelos. —Se limpió las
manos en los pantalones de cuero—. En verdad es muy fogosa.
Xena tomó aliento ante esta inesperada complicación.
—¿La potra de Lastay? —dijo—. Enviarla de regreso a él.
El maestro de caballos ladeó la cabeza.
—¿Señora? —Parecía confundido—. Fue su hombre quien dijo que la
potranca era suya... el otro día, es un hecho.
¿Como?
—¿Qué?
—Guau, eso fue amable por su parte. —Gabrielle se había introducido en la
conversación, su pony asomó la cabeza por debajo del cuello de Tiger
mientras pasaba—. Es un caballo tan bonito, Xena.
—Ah, y tú has sido quien le dio manzanas, ¿verdad? —El maestro de caballos
le sonrió a Gabrielle—. El mozo de caballos dice que te ha cogido cariño. 132
Xena volvió la cabeza y miró a su joven amante.
—¿Has estado jugando con ese caballo? —gruñó—. Te dije que la dejaras en
paz. —Frunció el ceño al maestro de caballos—. Enviarla de vuelta a Lastay.
No la necesito aquí. —Ella se movió, y Tiger reaccionó a su agitación,
moviéndose en un círculo rápido, sacudiendo la cabeza—. ¡Para!
El maestro de caballos dio un paso atrás.
—Como diga, señora —murmuró—. Enviaré a mi hijo y a uno de los hombres
mayores con... er... por los dioses, espero que puedan manejar al animal. Ella
es sin duda una luchadora. —Se giró y se dirigió hacia el establo, sacudiendo
la cabeza mientras caminaba.
—Idiotas. —Xena volvió a controlar a su semental—. Lo último de lo que
necesito preocuparme es de una maldita... —Hizo una pausa, mientras
Gabrielle desmontaba a su pony—. ¿Dónde Hades vas?
Gabrielle le entregó las riendas.
—¿Puedes quedarte con él? Solo quiero decir adiós al bonito caballo si la estás
enviando lejos —explicó—. Solo será un segundo.
—Q... —La mano de Xena se cerró alrededor de las riendas instintivamente—.
¿Decirle adiós a un maldito caballo? ¿Qué pasa contigo?
La mujer rubia se encogió de hombros ligeramente.
—Me gusta. —Le dirigió a Xena una sonrisa tímida—. Ella me recuerda a ti. —
Con eso, se escabulló detrás del maestro de caballos, dejando a su reina
sentada allí en su gran caballo con la boca abierta lo suficiente como para
verla, y sus manos llenas de riendas de pony—. Vuelvo enseguida.
—Te recuerda... —Xena dejó que las palabras se apagaran, cuando Gabrielle
desapareció detrás de la puerta del establo—. Pequeña rata de granero. —
Miró hacia abajo cuando algo le dio un golpecito en la pierna, y encontró a
Parches mirándola con reproche—. ¡¿Qué?! —El pony mordisqueó algo y
negó con la cabeza. Tiger resopló y también negó con la cabeza. Xena puso
los ojos en blanco y miró hacia el cielo gris—. Esto está comenzando, por los
malditos dioses, genial —exhaló en voz alta—. Maldición.
Un trueno retumbó, como en respuesta a ella, la risa de los dioses que la hizo
mascullar en silencio para sí misma otra vez.
Maldición.
133
Pareció tomar una eternidad, pero finalmente estaban en marcha, y se
dirigieron por el camino largo y sinuoso que los llevaría primero al río, y luego
fuera de la fortificación hacia lo desconocido.
Gabrielle se colocó la capa e hizo todo lo posible por relajarse en su silla,
estirando las piernas y escuchando el leve crujido del cuero mientras
cabalgaba al lado de Xena, al frente de la primera sección del ejército.
No delante del todo, notó. Había alrededor de una docena de soldados
montados a caballo a la cabeza, o en vanguardia, como Xena había dicho
que era, asegurándose de que las cosas estuvieran bien antes de que el resto
los siguiera. También había soldados que viajaban a cada lado de ellas,
aunque era difícil decidir si solo estaban allí o se suponía que eran
guardaespaldas.
Detrás de ellos, las legiones marchaban impasibles, y más atrás, los vagones
de suministros rodaban seguidos por una tropa de guardias que llevaba la
retaguardia.
El camino estaba mojado por la lluvia de la noche anterior, y el cielo sobre su
cabeza parecía amenazar con aumentarla en cualquier momento. Pero aun
así, incluso con todo eso, Gabrielle sintió una sensación casi de alivio cuando
atravesaron las puertas de la fortaleza y salieron al aire libre, con el viento
húmedo que barría contra ellos.
Le revolvió el cabello y el cuello de piel de su capa y se alegró de que Parches
se mantuviese firme mientras chapoteaban a través de un charco espeso y
fangoso en el centro del camino.
Todo había comenzado con una notable falta de ceremonia, pensó. Había
esperado que al menos los ocupantes del castillo se asomaran a los muros
para despedirlos, pero aparte del Duque, que se había arrodillado en el barro,
y había estrechado sus manos con Xena, todos los demás, aparentemente,
habían encontrado algo mejor que hacer.
Se había sentido extraña, como si todo el mundo le estuviese dando la 134
espalda al ejército, cuando en realidad, iban a salir al mundo a traer cosas
para las mismas personas que los ignoraban. Gabrielle frunció el ceño.
Eso es lo que estaban haciendo, ¿no?
No estaba segura de cómo Xena se sentía al respecto. La reina había estado
relativamente callada desde que habían partido, su cuerpo estaba
repantigado en la silla de montar, y sus manos descansaban casualmente
sobre sus muslos mientras Tiger caminaba por el camino con la cabeza
bastante libre.
Parecía relajada, pero mientras Gabrielle observaba, los dedos de la reina
fueron a peinar la melena de Tiger, luego a los lazos de la silla de montar, luego
a los extremos de las riendas en un extraño movimiento que desmentía su
postura aparentemente relajada.
Xena realmente no parecía aburrida, parecía estar pensando en algo, y
Gabrielle decidió que estar callada y dejarla hacer eso, era probablemente
una buena idea por el momento. Tenían todo el día para caminar, y ella volvió
su atención al paisaje circundante, ya que normalmente no cabalgaban por
allí y había nuevas flores de primavera para contemplar.
Azules y amarillas, muy bonitas, con abejas de aspecto rechoncho
revoloteando sobre ellas. Gabrielle se inclinó un poco hacia adelante y vio
como un colibrí intercambiaba espacios con la abeja, sus alas se movían tan
rápido que no podía distinguirlas siquiera.
Asombroso. Se enderezó en su silla de montar y volvió a mirar hacia delante,
observando cómo el camino se inclinaba hacia el río mientras los truenos
retumbaban sobre sus cabezas.
—Gabrielle.
Sorprendida, levantó la mirada hacia Xena, que estaba medio vuelta en su
silla de montar observando.
—Oh. ¿Sí?
—¿Recuerdas ese juego de palabras que jugamos una vez?
Juego de palabras, juego de palabras... qu... oh
—¿El de cuando estabas herida? —dijo Gabrielle—. ¿El juego de adivinanzas?
—Vio a Xena asentir—. Claro, lo recuerdo. Ganaste.
—Naturalmente. —La reina sacudió su capa y la sacó de detrás de su bota—
. Así que hagámoslo de nuevo. —Se dio la vuelta y examinó las tierras por las 135
que se movían, complacida de ver campos arados a ambos lados hasta el río
y más allá.
A medida que pasaban uno, los trabajadores ocupados entre las
plantaciones levantaron la mirada, luego se acercaron a la orilla del camino
para verlos pasar. Uno de los jóvenes saludó con la mano, y un soldado le
devolvió el saludo y dejó escapar un silbido mientras el observador gritaba.
—¿Qué era eso? —preguntó Gabrielle, mirando por encima de la alta forma
de Tiger.
—Parientes. —Xena respondió brevemente, luego miró hacia atrás—. O tal vez
son amantes. ¿Quién sabe? —Bajó la vista hacia sus manos cubiertas con los
guanteletes, los dedos de una de ellas se sujetaron ligeramente alrededor de
sus riendas, y suspiró ante la extraña sensación de llevar los guantes después
de tanto tiempo.
Todo se sentía un poco raro. Ella siempre había montado, pero había algo
diferente sabiendo que al final de este día, y el siguiente, y el siguiente, y el
siguiente, no habría ningún establo cálido al que pudiera llevar a Tiger, y sin
darse un respiro de la sensación de la silla de montar y el viento contra su cara.
—¿Quieres ser la primera? —La voz de Gabrielle la distrajo—. En pensar en
algo, quiero decir, ¿o quieres que empiece yo?
Distracción. Exactamente lo que necesitaba.
—Vas tú. —Xena luchó contra el impulso de intentar rascarse el picor entre sus
omóplatos que estaban cubiertos por la armadura y su espada. El cuero
proporcionaba una buena protección, y estaba bien cortado y ajustado, pero
también se sentía un poco raro constriñendo su cuerpo y podía sentir como
aumentaba su irritación por las pequeñas y quisquillosas dudas que su mente
le estaba lanzando—. Hazlo rápido.
—Está bien —dijo Gabrielle—. Tengo algo.
—¿Ya? No lo creo.
—Sí. —La mujer rubia le aseguró—. Vamos, adivina.
—¿Animal o planta? —Xena comenzó, sintiendo el cambio en el cuerpo de
Tiger mientras empezaban a descender por la pendiente larga y gradual
hacia el río. Ahora podía ver delante de ellos el puente donde se había unido
a la corte para saludar a Bregos en su regreso a casa como su general, y
recordó aquel frío día de otoño con una claridad repentina y sombría. ¿Fue
entonces cuando empezó a sentirse irrelevante? Recordaba el sabor agrio de
la bilis en el fondo de su garganta mientras luchaba contra la envidia que
136
había sentido por la bienvenida que su general recibía, el amor que la gente
siempre le negaba a ella. ¿Fue entonces cuando decidió que él tenía que
morir?
—Planta.
—La apestosa. —Supuso Xena, sabiendo por la rápida y fácil sonrisa en la cara
de su compañera que había errado el tiro—. Está bien, ¿es un árbol, un arbusto
o algo más pequeño?
—Um... —Gabrielle se rascó la nariz—. Sí.
—Ggggaabbbriellle.
—Es un arbusto y algo más pequeño. —Los ojos de la mujer rubia brillaron—.
No es un árbol. —Alargó la mano y apoyó la mano en la bota de Xena—.
¿Xena?
¿Un arbusto y algo más pequeño? La reina la miró.
—¿Sí?
—Sé que va a haber grandes historias antes de que regresemos. —Le dijo
Gabrielle—. Estoy tan contenta de que me hayas dejado ir contigo.
—¿Intentas distraerme de adivinar tu arbusto? —La reina levantó una ceja
escéptica—. Apuesto a que tiene algo que ver con las bayas.
—No. —Gabrielle le apretó la pantorrilla a través del pesado cuero—. Solo
quería que supieras lo feliz que me hace estar aquí, ir contigo... y que me dejes
compartir tu vida.
Ahh. Dividendos del amor. Lo curioso era, reflexionó Xena, que la inocente
niña realmente quería decir lo que decía, y aunque sabía que las historias con
las que regresarían no eran algo que Gabrielle disfrutara contando, el saber
que había venido con ella voluntariamente ponía una sonrisa en su rostro.
—Gracias. —Dejó caer su mano para cubrir la de Gabrielle—. Sin replicas,
listilla. Lo digo en serio.
Los ojos de Gabrielle se iluminaron, y sacó su lengua para atrapar las primeras
gotas de lluvia que finalmente comenzaban a caer, mientras se levantaba la
capucha con la otra mano.
Xena se limitó a reír, dejando su cabeza descubierta mientras la tormenta
estallaba y el viento soplaba directo a su cara mientras miraba al frente sin
pestañear. Y entonces, asintió para sí misma, está empezando, está
137
empezando, y donde acabe puede que ni siquiera importe.
Detrás de ellas, las tropas iniciaron una canción de marcha, voces graves y
ásperas en contrapunto al trueno que retumbaba sobre sus cabezas y,
después de un momento, Xena se unió, con su mente ocupada pensando en
lugares para acampar, gente a la que aterrorizar y plantas que podrían ser
arbustos o no con los que responder.
Xena apartó la solapa de su tienda y se agachó para entrar, parpadeando
para proteger sus pálidos ojos de la lluvia que los aguijoneaba. En el interior se
detuvo, sus sentidos fueron asaltados por el olor a cuero y pieles mezcladas
con vino espaciado caliente y velas encendidas.
—¿Gabrielle?
—Aquí. —Una húmeda figura rubia, descalza y vestida con una túnica clara,
apareció detrás del jergón doble cubierto de pieles que les servía de cama—
. Déjame tu capa... Tengo la mía secándose aquí en la parte de atrás.
La reina, agradecida, se encogió de hombros dejando caer el cuero
empapado y se lo entregó, enderezándose y mirando a su alrededor el interior
poco refinado que le gustó.
—Agradable. —Se sentó en una silla y comenzó a desatar sus botas, contenta
de la alfombra de viaje y de las pesadas pieles de cuero que evitaban la lluvia.
Estaba empapada, con capa o sin capa, la lluvia había continuado durante
todo el día y ahora sentía que su armadura de cuero se había convertido en
parte de su piel, la humedad había facilitado el ajuste del cuero a medida
que avanzaba el día y ella se acostumbró a usarla de nuevo—. Ha sido un
buen día.
Gabrielle se acercó con un pedazo de lino y secó gentilmente el cabello de
Xena, moviéndolo hacia atrás y acariciando las gotas de lluvia de su rostro.
—¿Lo ha sido? Todo el mundo parece un poco gruñón.
La reina se rio, evidentemente sin compartir el sentimiento.
138
—Lo superarán, —Capturó una de las manos de Gabrielle y mordisqueó la
palma—. Noté que los cocineros estaban felices —dijo—. Preguntándose
quién había empacado todos los suministros que ellos pensaban que no
tendrían.
—Heh. —Gabrielle sonrió—. Apuesto a que podemos encontrar más cosas por
el camino, como esas hierbas que vi hoy.
—Apuesto que podemos. —Xena se quitó una bota y la dejó caer, luego
comenzó con la otra, solo para hacer una pausa cuando Gabrielle se arrodilló
y la sorteó sus manos, tomando los cordones con sus propios dedos y
desatándolos—. Oye. —Le dio un golpecito a la mujer rubia en la cabeza—.
No eres mi sirviente. Puedo quitarme mis propias botas.
—Xena. —Gabrielle la miró—. Eres la reina, y me gusta hacer cosas por ti. ¿No
te gusta que la gente haga cosas tan agradables como esta? —Deslizó la otra
bota y cruzó las manos alrededor del frío pie de Xena, masajeándola con
dedos cálidos.
Los ojos de Xena se entrecerraron, pero una sonrisa también acechaba.
—Estoy jodida, no importa lo que responda, pequeña pícara rata almizclera
—la acusó—. Si digo que sí, arruinas mi dura reputación de tres años y si te digo
que no, dejarás de hacerlo y maldito si quiero que lo hagas.
—No se lo diré a nadie.
—Sí, sí. —Xena se reclinó en la silla, un inteligente trozo de madera y correas
de cuero que se metía en una pequeña maleta para viajar y aún la sostenía
con una comodidad aceptable—. Quiero hablar con mis capitanes después
de que les den la comida a todos. Vi un poco de descuido hoy que no me
gusta.
Gabrielle tocó la armadura que cubría la rodilla de Xena, y la estiró para
desabrochar la gastada correa.
—Bueno, es algo nuevo para ellos... y encontraron ese gran ciervo... Supongo
que se emocionaron.
—Hmph. —Xena comenzó a quitarse la pechera—. Sin excusas. La pierna rota
de ese idiota nos retrasó y me hizo perder dos hombres para llevarlo de regreso
a la fortaleza. No podemos permitirnos cosas así. —Se quitó la armadura de
metal por la cabeza y la colocó cuidadosamente sobre la alfombra, cogiendo
139
el lino del hombro de Gabrielle para secarse el cuello—. Todo por un maldito
venado.
—Olía muy bien. —Gabrielle terminó de quitar la armadura de la pierna y
cogió el lino de vuelta, secando las piernas de la reina.
—¿Les dijiste cómo hacer las cosas bien, al menos? —Xena alborotó su cabello
mientras se ponía de pie, se desabrochaba la parte delantera de su cuero y
lo soltaba mientras caminaba por la tienda hasta su baúl de ropa—. Me alegro
de tener un conjunto de estos de sobra. Maldita sea. —Se quitó el empapado
cuero y lo colocó sobre el poste central mientras sentía que Gabrielle se
acercaba detrás de ella. En el medio de la tienda había una parcela de tierra
desnuda y allí estaba la estufa de campamento, que irradiaba un calor
reconfortante contra su piel desnuda al abrir el baúl y agarrar el conjunto de
cuero seco. Lo sacudió mientras se le secaba la espalda y se detuvo para
escuchar la lluvia antes de ponérselo—. A las cosechas les encanta esto. A mí,
no.
Gabrielle tomó las ropas húmedas y las dejo secar junto a las suyas.
—Escuché a los soldados hablar sobre establecer una guardia —dijo—. Pero
todavía estamos cerca del castillo.
—Fuimos atacados en el castillo antes del invierno, ¿verdad? —Xena se puso
sus pieles secas y se acercó al baúl, sentándose y sacando la espada de su
funda para limpiarla—. La mitad del maldito ejército huyó, Gabrielle. Están por
ahí en alguna parte y tienen muchas razones para no gustarles.
—Hm.
Un golpe sonó en el poste afuera.
—¿Sí? —gritó Xena.
—La cena, Su Majestad. —La respuesta sonó ligeramente ronca y alta para
hacerse oír por encima de la lluvia.
—Tráela aquí antes de que se moje —dijo la reina. Cuando la solapa de la
tienda se abrió, sonrió con malicia—. Pero cierra los ojos, estamos desnudas y
despellejé al último idiota que vio el trasero de Gabrielle.
El soldado se congeló, volvió su cabeza y casi soltó la bandeja que estaba
sosteniendo para cubrir su rostro dejando escapar un sonido de gárgaras.
—Xena. —Gabrielle corrió por la alfombra y atrapó un extremo—. Eres muy
mala. —Ayudó al inquieto soldado hasta la mesa plegable cerca de la estufa. 140
La reina inspeccionó la punta de su espada con satisfacción.
—Apuesta tu trasero a que lo soy —comentó—. De hecho, ya es hora de que
todos lo recuerden —añadió en voz baja.
—Mmmmajestad. —El soldado bajó la cabeza—. A... ¿algo más que le
plazca?
Xena lo consideró.
—Nada sobre lo que puedas hacer algo. Largo. —Señaló la solapa con su
espada—. Dile a Brendan que lo quiero aquí en media marca de vela, ¿me
entiendes?
—Majestad. —El hombre se inclinó y huyó, dejando la solapa de la tienda
ondeando al viento tras él.
Xena dejó que su espada descansara sobre su hombro mientras sus ojos se
detenían en la figura vestida de lino de Gabrielle que se dibujaba a la luz de
la estufa.
Como si la sintiera, la mujer rubia volvió la cabeza y se encontró con los ojos
de Xena.
—¿Lista para la cena?
Xena le sonrió, bajando su espada y haciendo un gesto con un dedo hacia
ella.
—Sí. Ven aquí, chuletita de cordero.
—Xena.
—Oye. Tú eres la que dijo que yo era la reina, así que deja de jugar con eso y
pon tu trasero aquí.
Gabrielle dejó la carne de venado para hervir a fuego lento y obedeció,
esperando que todo ese desollamiento fuera solo una broma de Xena.
Por si acaso.
141
Xena se envolvió con su capa mientras llegaba al borde del campamento,
una hilera de árboles espesos que los protegían del camino y cortaban el
viento que silbaba a través de sus ramas. Pasó con cuidado entre dos enormes
troncos y contempló el temprano y tenue gris del amanecer, inhalando
profundamente el aire fresco de la primavera.
Sabía bien en su lengua, intenso en rocío y pino, y se encontró mirando al día
que empezaba con una sensación de placer y un toque de emoción
punzante. Se sentía bien estar fuera, y se deleitó con el roce de largas ramas
contra sus manos mientras avanzaba por el bosque.
A su derecha, podía ver la guardia del lado frontal del campamento, dos
soldados apoyados sobre troncos medio caídos y uno arriba en las ramas de
un árbol alto, con las piernas enganchadas alrededor de la corteza mientras
su cabeza giraba lentamente en un práctico barrido.
Con una leve sonrisa, Xena emergió de entre los árboles, caminando sobre la
hojarasca y el suelo húmedo mientras el primer canto de los pájaros llegaba
suavemente a sus oídos.
Hoy se sentía un poco más ella misma. O su viejo yo en cualquier caso. El cuero
había comenzado a sentirse más natural, y se estaba acostumbrando de
nuevo al peso de su espada sobre los hombros. Se sintió un poco rígida por
haber cabalgado todo el día anterior, pero al menos había dormido bastante,
la extrañeza del jergón se compensaba con la ahora cómoda familiaridad del
cálido cuerpo de Gabrielle acurrucado contra el suyo.
Se sintió bien al saber que tenía todo un día de nuevas experiencias por
delante. Increíblemente bueno saber que no tenía cortesanos con quienes
tratar, ni nobles a quienes escuchar, ni intrigas palaciegas que vigilar.
Aquí, solo tenía el ejército, y sus soldados, y los problemas del camino, y
montaba a su lado una joven rubia medio loca que le gustaba hacerla reír y
la amaba como nadie más lo había hecho nunca.
¿Eso no era mucho mejor que los aduladores duques y zapatillas de seda? La
reina se rio en silencio. Con lluvia o sin lluvia, estaba condenadamente
contenta de estar allí ahora que lo estaba.
Una mariposa, de un gris fantasmagórico en el amanecer, revoloteó
repentinamente frente a ella y antes de darse cuenta ya la había atrapado
en su mano, sus dedos se cerraron alrededor del insecto en un movimiento tan
rápido que incluso ella no lo pudo ver.
Instinto. Profundo como el hueso. Exhaló y abrió los dedos, liberando a la
142
mariposa que se iba tambaleante mientras sus ojos la seguían hasta que
desapareció en la penumbra.
—Supongo que todavía conservo mis viejos reflejos, ¿eh? —murmuró en voz
baja, sacudiendo la cabeza un poco antes de continuar.
Xena se detuvo detrás de la guardia y se apoyó en un árbol, sin ser detectada
por los hombres. Un centelleo brilló en sus ojos cuando se inclinó y recogió una
pequeña piedra, haciendo malabares por un momento en sus dedos antes
de azotar su brazo hacia un lado y enviar el misil volando para golpear al
guardia más cercano en el culo.
El hombre saltó y maldijo, girándose hábilmente y desenvainando su espada
mientras sus ojos recorrían el bosque, congelándose de par en par cuando se
encontró cara a cara con la figura alta y desgarbada que lo observaba.
—¡Por los dioses! —gritó, cayendo de rodillas—. ¡Majestad!
Xena miró rápidamente a los otros dos guardias. El que estaba en el suelo
estaba tentado de girarse y mirarla, pero el que estaba en el árbol se había
quedado mirando hacia adelante, con los ojos alerta en el claro, más allá de
los árboles.
Así que.
—Ven aquí. —Xena señaló al hombre al que había golpeado con la piedra. El
hombre se puso de pie y caminó acercándose, con pie vacilante ante ella a
la luz del amanecer que se filtraba lentamente, teniendo apenas la
oportunidad de enderezarse antes de que Xena se apartara del árbol y se
moviera con asombrosa velocidad, amartillando su puño y golpeándolo en la
mandíbula con un sonido que hizo eco a través de los árboles y envió pájaros
volando en todas direcciones. Cayó como una piedra. Xena bajó su brazo y
miró al otro hombre—. Tú eres el vigía. —Dio un paso sobre el soldado caído,
acechando a su compañero que estaba congelado en su sitio, mirándola—.
¿Sabes lo que los soldados enemigos le hacen a personas como tú, que se
distraen con personas como yo?
—Yo... —tartamudeó—. Lo siento, señora.
—No. —Xena golpeó, sus dedos alrededor de su garganta cortándole el aire
mientras lo balanceaba contra el árbol—. Estas muerto. —Su visión periférica
le dijo que el vigía en lo alto del árbol había mantenido su puesto, eso la
apaciguó un poco. Observó cómo el soldado al que sujetaba se ponía blanco
y luego comenzaba a tener arcadas, su pecho se sacudía mientras trataba
de respirar. Sus ojos se nublaron, y la miró con desesperación, sin encontrar 143
nada de consuelo en los pedazos de hielo que lo estudiaban—. Gente como
tú mata a buenos soldados. —Le dijo Xena—. Eso no funciona conmigo. —El
hombre forcejeó más fuerte, pero el agarre de Xena era inflexible, cuando
escuchó un crujido detrás de ella y supo que tenía público. Sería una buena
lección. Vio que el rostro del soldado se oscurecía, y sus ojos se deslizaron
hacia algo detrás de ella, luego volvieron a su rostro y de repente sintió una
presencia en su espalda que sabía que no era un soldado. Fue imposible
describir ese sentimiento. Solo sabía que los ojos a su espalda no eran los ojos
que ella quería que viesen esa escena—. Así que. —Soltó su agarre, y el
hombre se desplomó en el suelo, jadeando tan fuerte que la hizo
estremecerse—. Lección uno. —Se negó a darse la vuelta y enfrentarse a lo
que estaba detrás de ella—. Cuando vigilas, vigilas. ¿Lo entiendes? —El
hombre la miró, con la mano en su garganta. Después de un momento, asintió
frenéticamente, con la boca abierta pero sin emitir ningún sonido—. Bien —
Xena echó la cabeza hacia atrás y miró al otro centinela.
»Brendan, promociona a ese tipo y dale cincuenta dinares —Se sacudió las
manos y se volvió, finalmente, sin sorprenderse al encontrar a Gabrielle
asomándose desde detrás de un árbol hacia ella.
—Sí, señora. —Brendan se movió rápidamente a su lado y arrastró al hombre
medio ahogado a sus pies, dándole la vuelta y propinándole una buena
patada en el trasero—. Vamos gilipollas. Da gracias a tu madre que no has
acabado alimentando a los peces del río por ser tan malditamente estúpido.
El hombre se tambaleó, acompañado de su desventurado compañero que
todavía sostenía su mandíbula cuando los árboles se animaron con soldados,
murmurándose unos a otros y respetuosamente agachando la cabeza en
dirección a Xena.
—Majestad —dijo uno.
—Xena. —La reina se interpuso en su camino y lo detuvo en seco—. Aquí no
hay majestad —alzó la voz—. Eso va para todos vosotros. Mi nombre es Xena.
Usadlo. —Los soldados la observaron, pero ninguno fue lo suficientemente
valiente como para tomar la palabra. Los vio dispersarse, luego giró de nuevo
para enfrentar a Gabrielle. La mujer rubia estaba vestida con su armadura,
con su cabello pálido húmedo por el lavado y había dejado su capa atrás al
correr para ver qué estaba pasando. Xena observó cuidadosamente esos ojos
verdes, ignorando el bullicio de los soldados a su alrededor. Tenían una
curiosidad visible, un toque de aprensión, pero ningún miedo y ella se relajó un
poco, contenta de haber decidido no romperle el maldito cuello a ese
idiota—. Buenos días, rata almizclera.
144
—Guau. —Gabrielle avanzó entre los troncos de los árboles y se puso a su
lado—. No sabía a dónde habías ido, así que yo…
—Fui en busca de problemas y los encontré —la reina mostró una sonrisa
irónica—. Debes tener cuidado caminando por el campamento, rata
almizclera. Puede que te tomen por un cordero y te cojan para el desayuno.
—Xena, no me parezco en absoluto a un cordero. —Gabrielle miró al guardia,
que seguía observando fijamente al claro—. ¿Qué está buscando? —Decidió
no mencionar a los otros soldados, mientras su estómago se relajaba
lentamente del shock de ver a Xena estrangular a uno de ellos.
—A mis enemigos. —La reina colocó su brazo sobre los hombros de Gabrielle—
. Dependemos de ellos para mantener a salvo al ejército, para advertirnos si
alguien nos ataca. Tienen que hacerlo bien.
Gabrielle asintió con la cabeza, después de una breve pausa.
—Al igual que nuestros guardias en el castillo.
—Correcto.
—Pero terminas manteniéndonos a salvo la mayor parte del tiempo tú misma.
Xena suspiró, y se rio suavemente en voz baja.
—Cuando quieres que algo se haga bien... —dijo—. Confiaré en ellos para que
vigilen al ejército, pero solo confío en mi para vigilarme. —Hizo una pausa—. Y
en ti.
—Me siento a salvo. —Gabrielle respondió de inmediato—. Pero apuesto a
que el ejército se sentiría más seguro si les prestaras más atención. —Pasó su
brazo por la cintura de Xena mientras caminaban a través de los árboles hacia
la zona principal del campamento.
—Apuesto a que lo harían.
—Los carreteros vinieron a desmontar tu tienda.
—Nuestra tienda.
Gabrielle la miró y sonrió.
—Me aseguré de tener todo empacado antes —dijo—. Pensé que querrías
empezar temprano.
—Pensaste bien. —Atravesaron el anillo exterior del vivaque 2 del ejército, la 145
mayoría de los hombres ya estaban arrodillados junto a sus petates y los
estaban atando para cargarlos. No habían levantado tiendas de campaña,
los sacos de dormir tenían una cubierta de cuero encerado, pero Gabrielle
podía ver que había algunos que habían escogido el lugar equivocado para
dormir y estaban empapados, algunos temblando en el frío de la mañana.
Xena también lo notó. Se desvió hacia ellos, parándose en medio de una
pequeña depresión en el suelo, que habría sido casi invisible en el crepúsculo
en el que habían acampado. Pateó suavemente a uno de los hombres en el
hombro—. Oye.
Todos en el claro se congelaron. Gabrielle estaba fascinada, porque sabía
que habían escuchado a Xena decirles que no la llamaran más que por su
nombre, y pudo ver que la M se contraía en los labios de todos pero que no
salía.
El joven al que había pateado la miró directamente, su cabello rubio húmedo
pegado a su piel.
—S... es.... Um… —Xena levantó una ceja hacia él—. Señora. —Terminó
débilmente—. ¿Estoy haciendo esto mal? —Indicó el petate.
2
Vivaque.- Campamento improvisado, en este caso de tropas.
Xena hizo una mueca como si hubiera pisado algo.
—¿Señora? —repitió—. Oh dioses. Matadme ahora. —Ella lo agarró por el
hombro y lo ayudó a ponerse en pie—. Ven conmigo, pequeña basura. —Se
dirigió hacia los fuegos de cocinar—. El resto de vosotros, idiotas mojados,
también vienen. —Gabrielle esquivó a los nerviosos soldados y también los
siguió, deslizándose junto a Xena y pasando por encima de la gruesa capa de
hojas—. Cuidado de no mojar a Gabrielle. —Xena advirtió al soldado que
sujetaba—. Gotea en otro lugar.
—Sí, señora. —El soldado respondió dócilmente.
—Solo yo puedo hacer que Gabrielle se moje. —La reina continuó, en tono de
conversación—. Es bueno ser la reina, ¿eh?
—Xena. —murmuró Gabrielle—. No creo que quieran escuchar cosas así.
—Claro que sí. —Xena se dirigió hacia el área de cocina, y se detuvo,
empujando al soldado más cerca del gran fuego en el centro—. A secarse. —
Se volvió y señaló a los demás—. Todos vosotros, se secan antes de que
terminen enfermando como perros porque yo no soy su madre y no voy a estar
limpiando ninguna nariz. ¿Me siguen?
146
—Sí, ma... —El soldado se mordió la lengua y se tragó la palabra cuando se
encontró en su nariz la espada a Xena.
—¿Qué?
El joven se detuvo torpemente.
—Sí... um... Xena.
Xena giró su hoja hacia un lado y le dio unos golpecitos en la mejilla.
—Buen chico —dijo—. La próxima vez, todos vosotros escogen mejores lugares
para dormir o los dejaré en la próxima granja que encuentre. —Se volvió y les
miró—. ¿Entendido?
Ellos asintieron.
—Lo siento, Xena. —Brendan llegó desde donde había estado hablando con
el maestro de caza—. Niños, la mayoría. —Se paró al lado de Xena y observó
a los jóvenes soldados reunirse alrededor del fuego—. Nuevos.
—Mm. —Xena colocó su brazo sobre los hombros de Gabrielle—. La rata
almizclera también es nueva, y tuvo la sensatez de dormir fuera de la lluvia,
¿no es así? —dijo, intencionadamente—. No tenemos mucho tiempo para
convertirlos de idiotas a algo útil, Brendan. Trabaja más duro en eso.
—Sí —asintió el capitán—. Todavía quedan unos cuantos días antes de llegar
a la frontera. —Se giró y comenzó a gritar órdenes, mientras el resto de los
hombres comenzaban a acercarse al fuego, donde los cocineros se
alineaban para servir generosas raciones de gachas calientes y pan de viaje
con jarras de cerveza mañanera.
Xena los observó brevemente, luego señaló una roca cercana y condujo a
Gabrielle hacia allí.
—Entonces. —Extendió la mano y tomó una jarra de cerveza de una cocinera
que pasaba y bebió un sorbo de ella—. ¿Lista para montar todo el día?
Gabrielle flexionó una pierna, luego la otra. Estaban rígidas, cierto, y dolían un
poco, pero nada como la primera vez que había montado, y se sentía
bastante bien.
—Creo que sí —dijo—. Tal vez tengamos mejor tiempo.
Xena inclinó la cabeza hacia atrás y estudió el cielo del amanecer. 147
—Lo tendremos —dijo—. Hoy va a ser un buen día. —Se inclinó hacia adelante
y le dio un beso sin prisas a Gabrielle—. Puedo sentirlo.
Gabrielle sintió el calor de un serio sonrojo en su piel cuando pilló a los soldados
observándolas y de repente se dio cuenta de cuántos muchachos había en
el ejército y cómo ellas dos estaban a la vista de todos.
—Um... Xena...
La reina se rio maliciosamente y le pasó la lengua por la nariz.
—Definitivamente va a ser un buen día.
Gabrielle se había bajado de Parches para recoger algunas setas cuando
escuchó el grito, lejos, por delante del ejército. Se levantó rápidamente y miró
por encima del pony, viendo a los jinetes más próximos a ella girarse y
comenzar a moverse.
—Uh, oh, Parches. —El pony alzó su cabeza de la hierba que estaba comiendo
y miró la conmoción, los tallos verdes sobresalían cómicamente de su boca.
No parecía peligroso, Gabrielle podía ver a los soldados más cercanos y
parecían más intrigados que alarmados, así que se tomó un momento para
esconder sus setas antes de volver a montar a Parches y lo guio hacia el otro
extremo del campo abierto donde se habían parado a descansar. Podía ver
a Xena sobre el oscuro lomo de Tiger dirigiéndose también en esa dirección y
en lugar de llevar a Parches hacia el revuelo, lo orientó hacia la reina. Xena a
caballo era un espectáculo digno de ver. Todo su cuerpo se movía con el
movimiento del caballo y parecía ser parte del animal cuando Tiger
galopaba, diferente de los soldados que eran buenos jinetes, pero no en su
liga. Gabrielle le envidiaba esa comodidad sin esfuerzo en la silla de montar,
con ganas de verse y sentir de la misma manera cuando se aferraba a Parches
en un marco mucho más pequeño, pero sabiendo que pasaría mucho tiempo
antes de que nada de eso sucediera—. Adelante, Parches... ve a buscar a
Tiger. ¡Vamos! —El pony, habiendo pasado un día más o menos relajado
paseando a la sombra de Tiger por el camino empedrado, estaba dispuesto
a obedecer y rápidamente se movió de un paseo a medio galope, y luego a
galope sobre la espesa hierba mientras los soldados dispersos también 148
comenzaban a converger. Cerca del frente del ejército, varios estaban
agrupados y cuando Xena llegó, se separaron y dieron un paso atrás, para
darle a la reina espacio para ver qué estaba pasando. Gabrielle observó
atentamente el lenguaje corporal de su amante, contenta de ver por la
inclinación de su cabeza que parecía más curiosa que enfadada. Parches
redujo a trote cuando se acercaron y vio a los soldados que se volvían para
mirarla mientras se acomodaba en el círculo junto a Xena, su hombro
golpeaba ligeramente la rodilla de la reina—. ¿Qué está pasando?
—Buena pregunta. —Xena se apoyó en la parte delantera de su silla de
montar—. ¿Escar? —Se dirigió al hombre en el centro del círculo, que estaba
inclinado, obviamente recuperando el aliento de correr—. Escúpelo. Si
estamos siendo atacados, ya estamos muertos.
El hombre se enderezó.
—Fuego. —Salió—. En el horizonte, y saliendo de los árboles. Escuché ruidos.
Gabrielle miró a Xena, que parecía pensativa.
—Estaba lloviendo anoche —dijo—. Parece raro que un incendio comience
ahora.
La reina la miró.
—Y la gente cree que solo te seduje por esa linda cara —dijo—. Los incendios
comienzan cuando los gilipollas los inician. —Se enderezó—. Nos ponemos en
movimiento. —Ordenó, levantando la voz—. Brendan, adelántate con un
escuadrón hasta el lugar y veamos qué está pasando.
—¡Moveos! ¡Ya oísteis al general! —Brendan hizo girar su castrado gris y se alzó
en los estribos, agitando un brazo hacia las tropas—. ¡A moverse!
Xena retrocedió su montura y empujó su capa hacia atrás dejando al
descubierto la empuñadura de su espada.
—Ya era hora de que sucediera algo emocionante por aquí —murmuró—.
Rata almizclera, no voy a gastar mi aliento diciéndote que te quedes aquí,
pero quédate cerca de mí, ¿de acuerdo?
—Oh, sí. —Gabrielle también tenía una sensación de entusiasmo, mientras se
aseguraba de que todo estuviera atado a la silla y seguía a Xena. Ella
realmente no sabía lo que estaba pasando, pero si las cosas ardían,
independientemente de por qué, no solía ser nada bueno. El sonido de sus
cascos hacía que hablar fuera imposible, pero Gabrielle hizo todo lo posible
para mantenerse al lado de Xena, dado que Parches era mucho más 149
pequeño que el enorme semental de la reina—. ¿Qué crees que es? —gritó.
—Problemas —gritó en respuesta Xena, cuando alcanzaron a la parte
principal del ejército y estos se apartaron de su camino como por arte de
magia. No era como si los hombres se inclinaran ante ella, simplemente se
apartaron del camino como por instinto, aunque les daban la espalda y no
podían ver quién venía.
Gabrielle dejó de intentar comprenderlo y se concentró en quedarse con
Xena, mientras la reina se inclinaba y guiaba a su montura a través de la
multitud con desplazamientos de su peso y apretones de sus poderosas
piernas.
Ella principalmente se aferraba e intentaba no caerse. Supuso que Xena tenía
una ventaja, ya que había estado montando toda su vida, pero, aun así, se
estaba enfadando consigo misma por no ser capaz de sentirse cómoda.
Tiempo, Xena le había dicho que simplemente le llevaría tiempo, y también le
había dicho que podía ver que Gabrielle tenía una forma natural de montar,
así que lo conseguiría con el tiempo.
—¡Ja! —El grupo de avanzada pasó con estruendo delante de ellas y ahora
estaba coronando la pequeña elevación. El grupo aceleró el paso y uno de
los hombres medio girado en su silla de montar saludaba al resto del ejército.
Xena se rio, disfrutando del ajetreo mientras alcanzaba a la oleada de jinetes
y pasaba junto a ellos, Gabrielle serpenteaba animadamente a su lado.
En realidad, era ridículo: un pony que cabalgaba en medio del ejército, su
abrigo blanco y cobrizo que parecía tan fuera de lugar como una muñeca
de trapo en la armería... Xena lo sabía. Sabía que el ejército también la miraba
con recelo, pero hasta el momento, Gabrielle estaba manteniendo su parte
del trato, y no había solicitado un trato especial.
Como ahora. Estaba instando a su pequeña montura junto a Xena, con la
mandíbula apretada por la concentración, de vez en cuando se sacudía la
cabeza para quitarse el flequillo de los ojos.
Adorable. La reina suspiró, volvió a centrarse en el trabajo que tenía entre
manos, liderar a su ejército. Se acomodó un poco más en la silla y soltó una
mano de las riendas, secándose la palma mientras examinó el terreno delante
de ella, viendo ya las llamas y el humo que se elevaba por encima de los
árboles.
¿Solo un incendio?
—¡Mercancías! —Ahhhh. No. Xena sofocó una risa cuando extendió la mano
150
por encima de su cabeza y sacó su espada, bajándola hacia atrás con la
empuñadura apoyada contra su muslo—. ¡Gabrielle, mantén baja la cabeza!
—¿Más de lo que ya está? —Xena se rio otra vez, y sintió que su garganta se
tensaba un poco, al ver lo que su guardia de avanzada había visto, figuras
que entraban y salían de las llamas, y escuchó en el viento los gritos de los
moribundos. La sangre corrió a cada centímetro de su piel cuando su cuerpo
respondió y sintió que su corazón comenzaba a latir más rápido, los instintos
de guerrera estallando con una alegría salvaje—. ¡Xena! ¡Mira! —Los ojos de
Gabrielle estaban muy abiertos—. ¡Están haciendo daño a esa gente!
—¡Sí! —gritó Xena—. ¡Y en un minuto nosotros vamos a hacerles daño a ellos!
Así que mantén tu maldita cabeza agachada, y si grito PATO, tu ¡PATO!
—¡CUAC! —Gabrielle agarró sus riendas e intentó no asustarse, al ver a los
hombres a caballo rodeando lo que se percató que era un pueblo en llamas.
Los jinetes entraban y salían disparando ballestas y blandiendo espadas,
aunque estaba demasiado lejos para ver a que estaban golpeando.
Una ráfaga de viento llegó hasta ella, y estuvo a punto de ahogarse por el
hedor, un humo espeso que tenía un toque de carne quemada que la golpeó.
Esto no era una broma.
La gente estaba muriendo allí.
Xena instó a Tiger más rápido, y cuando llegó incluso el grupo de avanzada
se apartó para dejarla pasar y luego se precipitaron tras ella, mientras las líneas
desiguales se enderezaban en una cuña de ataque con ella a la cabeza.
Ahora podía ver a los asaltantes con claridad, quienes un momento después
la vieron a ella, y los gritos aumentaron cuando los jinetes dieron media vuelta
y se volvieron para enfrentarlos.
Xena soltó un grito, el sonido se le escapó de la garganta cuando sacó la
espada y soltó las riendas por completo, liberando su otra mano y deseando
tener una maza.
Se encontró con el primer atacante que se le acercó mientras le lanzaba una
pica a la cabeza y ella se agachó antes de pensar siquiera en ello, sintiendo
la brisa cuando la pértiga pasó por encima de ella y vio el cuerpo del hombre
desequilibrado mientras trataba de recuperarse del lanzamiento.
Estúpido. La reina aprovechó su oportunidad y enterró su espada en su pecho,
sintiendo el acero rechinar contra las costillas mientras dejaba caer la pica y
gritaba, sus brazos se balanceaban y agitaban mientras su caballo chocaba 151
contra el de ella.
Liberó una bota del estribo y arremetió con ella, pateando al hombre fuera de
su silla de montar y fuera de la hoja de su espada en un movimiento ordenado.
—¡Yah! —Le gritó al caballo, quien se apartó de ella y se sacudió, pateando
al hombre que rodaba debajo de él y saltando. Xena volvió a colocar su
espada en posición y sintió que el siguiente se acercaba a ella, gotas de
sangre salpicaban su cara haciéndola parpadear. Aroma cobrizo. Podía oler
la sangre mientras arrojaba a Tiger contra dos de los asaltantes y luego lo
giraba en su lugar, indicándole que pateara mientras los dos incursores se
encontraban totalmente ocupados tratando de mantenerse en sus caballos.
Xena giró de nuevo y arrojó su espada desde su mano derecha hacia su
izquierda, luego le dio un golpe de revés al hombre que se movía junto a ella,
golpeando con la espada en la parte posterior de su cuello donde terminaba
su casco. Sintió el crujido en todo el brazo mientras destrozaba su espina
dorsal, y solo le tomó un empujón con su antebrazo hacer caer al indefenso
tipo a la tierra. Gritos. La cabeza de Xena se movió rápidamente, viendo a sus
hombres enviar a los invasores corriendo en todas direcciones, ninguno
trataba de acercarse a ella otra vez. Se sintió casi un poco decepcionada,
mientras giraba a Tiger en un círculo apretado, una molesta sensación en la
nuca. ¿Qué era? ¿El fuego? ¿Los asaltantes? ¿Aldeanos muertos? Qui… oh—
. ¡Gabrielle!
—¡Aquí! —Una voz detrás de ella, y Xena rápidamente volvió a Tiger, sin
perderse la mirada enojada que el semental le daba con todos los giros.
—Lo siento —murmuró, mirando hacia donde Gabrielle estaba arrodillada
junto a su montura, mirando algo en el suelo—. ¿Qué es? ¡No te bajes de tu
maldito caballo, Gabrielle!
La mujer rubia se puso de pie y caminó hacia ella, guiando a Parches por sus
riendas. Se detuvo y le ofreció lo que tenía en la mano, sus ojos escudriñaron
el rostro de Xena con silenciosa intensidad.
—Encontré esto.
Xena tomó el objeto y lo examinó.
—Una moneda de campaña —murmuró, limpiando la superficie contra sus
mallas.
—Se le cayó a ese tipo. —Gabrielle estaba mirando fijamente al primer
hombre que Xena había matado—. La vi salir volando. 152
La reina le dio la vuelta. La moneda era uno de los trozos comunes de metal
golpeado que el ejército usaba cuando se movía a través de territorios
desconocidos, toscamente perforado, servía para comprar pequeñeces,
comodidades en el camino cuando se pasa por las ciudades más pequeñas.
Un lado tenía acuñado un árbol, el otro...
El labio de Xena se crispó, mientras reconocía la forma de una cabeza.
—Bregos. —Miró a Gabrielle—. Te dije que valías tu peso en perlas, ¿no?
Gabrielle acariciaba el cuello de Parches, apoyando la mejilla en el áspero
abrigo del pony.
—No... no lo creo. Eso es un montón de perlas.
La reina se inclinó y le acarició la cabeza.
—Lo vales —dijo—. La mayoría de mis hombres habría pasado esto por alto. —
Puso la moneda en su bolsa de silla y se volvió, mirando lo que quedaba de la
refriega. Un escuadrón de sus hombres recorría el perímetro de la ciudad en
un movimiento de barrido que la hizo asentir en señal de aprobación.
Maldición, se había sentido bien. Flexionó sus manos, deseando que hubiese
durado más. Su sangre aún hervía, y podía sentir la energía que recorría su piel
al repasar su corta batalla. Los asaltantes habían sido soldados mediocres,
pero ella ya estaba repasando lo que había hecho y quería mejorarlo. Se
sentía un poco oxidada. No había sido tan natural para ella como solía serlo.
Con un suave gruñido, sacó un paño de su alforja y lo desdobló—. Vierte algo
de agua sobre esto, ¿quieres?
Gabrielle respondió de inmediato, cogiendo el odre de su anilla y abriéndolo,
derramando un buen chorro sobre la tela.
—¿Así está bien? —preguntó.
La reina colocó el paño sobre su palma y pasó la hoja de su espada sobre la
superficie, limpiando la sangre.
—Perfecto. —Terminó su tarea y examinó el metal, notando las mellas en el
borde que tendría que arreglar más adelante—. Huesos del pescuezo —
suspiró, sacudiendo la cabeza—. Los odio. —Gabrielle tragó saliva, luego se
volvió y bebió un trago de agua antes de cerrar el odre y volver a colgarlo de
la silla de Parches. Apoyó sus manos en el cuello del animal y miró hacia la
hilera de árboles en los que habían acampado, sin querer girarse y ver la
destrucción del pueblo al otro lado—. Arriba —dijo Xena mientras observaba 153
el pueblo en llamas—. Vamos a ver qué más podemos averiguar. —Volvió a
colocar su espada en la funda con un suave silbido y un clic, y guardó la tela—
. Y si hay algo que salvar de ese desastre. Caos. Gabrielle se subió a Parches.
Bueno, Gabrielle, querías ir con ella. Le suplicaste que te dejara ir con ella.
Pensabas huir detrás de ella si te dejaba atrás. Así que ahora estás aquí.
Levantó la cabeza y le dio un pequeño empujón a Parches para que siguiera
a Tiger. Así que acostúmbrate y sé útil. Sin vomitar—. ¿Has dicho algo? —
preguntó Xena—. Tienes cara rara.
—No. —La mujer rubia se enderezó—. Estoy bien contigo. Vamos.
—Ajá. —Xena instó a Tiger a un galope, cuando pasaron junto a una dispersión
de cadáveres—. ¿Hambrienta?
Gabrielle solo la miró.
—Es una broma.
Mientras se movían hacia el centro de lo que había sido un pueblo pequeño,
pero bien cuidado, la destrucción era cada vez más espeluznante. Xena
encontró sus ojos atraídos por los cuerpos quemados, amarrados a postes
fuera de los restos de las cabañas y la crueldad inherente de las muertes
incluso le hizo alzar sus experimentadas cejas.
Iba a la cabeza, con Gabrielle a su lado y sus capitanes cabalgando en
silencio detrás de ellas. Aparte de los asaltantes muertos y moribundos, no
habían visto ningún habitante vivo de la ciudad, y estaba empezando a
suponer que eso no iba a cambiar.
Graneros y vallas habían sido destruidos. Las casas y los refugios ardían por el
área. A un lado, un carro había sido incendiado lleno de gente, y ahora solo
quedaban los cuerpos carbonizados y la madera. El hedor era considerable,
e incluso Xena no era inmune a eso.
—Ven. —Ordenó a una Gabrielle de cara blanca.
Gabrielle condujo a Parches hacia el costado de Tiger y extendió la mano
impulsivamente para agarrar la pierna de Xena, no queriendo nada más que
una especie de consuelo en medio todo el horror. 154
—Esto es terrible.
Xena miró a su alrededor, sintiendo una ira totalmente personal y egoísta por
la destrucción de lo que, de hecho, era su propiedad.
—Tienes razón. —Metió la mano en su bolsa de silla y sacó un pequeño saco,
extrajo algo de él y se lo ofreció a su compañera—. Aquí. Chupa esto.
Gabrielle lo miró con recelo.
—¿Qué es?
—Jengibre.
La rubia mujer arrugó la cara.
—De verdad que no me gusta el jengibre.
—¿Te gusta vomitar?
Gabrielle tomó el caramelo y se lo puso en la boca, chupándolo en silencio
mientras cabalgaban. El sabor llenó sus sentidos, un poco dulce y un poco
picante, y sintió su estómago asentarse como por arte de magia. Guau. Miró
a Xena con respeto, notando que la mandíbula de la reina se movía, aunque
su rostro estaba impasible ante todos los restos carbonizados.
—Gracias.
Xena se giró para mirarla, sacando la lengua y mostrando su propio caramelo
antes de cerrar nuevamente la boca y tirar de Tiger hacia el centro de lo que
una vez había sido una ciudad. Ahora no había nada más que muerte frente
a ella, y estaba malditamente furiosa por eso.
—Brendan.
Su capitán avanzó, su cara tan impasible como la de ella.
—Bastardos —comentó, girando su cabeza para escupir cuidadosamente en
el suelo—. Buenos para matar.
—¿Alguno de ellos quedó con vida?
—Pocos —admitió Brendan.
Xena cruzó las manos sobre el puente de su silla de montar.
—Coge a quien esté vivo y átalo en los árboles a lo largo de aquel camino.
Asegúrate de que se desangrarán.
—Si. 155
—Xena.
La reina volvió la cabeza, mientras uno de los jóvenes soldados se acercaba
a pie, con un corte largo e irregular en la cara.
—¿Qué? —preguntó, con tono entrecortado.
—Hay un... —Vaciló—. Hemos encontrado un montículo de roca, o algo así,
hacia la ladera de allí. Tiene una tapa de piedra sobre él. Me imaginé que
había algo dentro.
Xena sopesó un momento. La gente no solía poner tapas de roca sobre algo
a menos que estuvieran tratando de proteger o guardar alguna cosa debajo.
—Brendan, toma un escuadrón y ábrelo. Podría haber algo de grano o
provisiones que pudiéramos usar.
—Sí. —El hombre mayor chasqueó la lengua y su montura se adelantó—.
Bladas, Eskar, coged a los prisioneros y haced con ellos lo que el general ha
ordenado. Vosotros tres, venid con nosotros. —Comenzó a caminar hacia la
ladera, con el soldado más joven corriendo para mantenerse al ritmo de los
caballos.
Xena esperó a que se fueran, luego se volvió y miró a Gabrielle, que estaba
allí sentada en silencio, mirando el cuello de su pony.
—¿Qué piensas?
Gabrielle dudó un momento.
—Estoy tratando de no pensar —admitió—. Es todo tan horrible. —Finalmente
miró a Xena—. ¿Por qué pasó esto? ¿Qué hizo esta gente para que todos
fueron asesinados así?
Xena se inclinó hacia delante y exhaló, soplando el flequillo de su frente
mientras reflexionaba sobre la pregunta.
—Quizá hicieron algo para tocarles los huevos —reflexionó—. Tal vez querían
algo y la ciudad no se lo dio. Ocurre a veces. La gente es estúpida y terca.
El comentario tenía un toque de conocimiento personal y Gabrielle decidió
no seguir con el tema por el momento.
—¿Qué vamos a hacer?
—Bien. —La reina se quitó un poco de barro del labio inferior y lo sacudió lejos 156
de ella—. Normalmente diría que vamos a matarlos a todos, pero lo hemos
hecho bastante bien, así que supongo que seguiremos adelante y
buscaremos algo más para atacar. —Miró hacia abajo y vio que Gabrielle la
miraba—. Tu preguntaste.
—Quise decir, qué vamos a hacer con todo esto... — Gabrielle dejó que sus
ojos vagaran por los cuerpos calcinados—. Con estas personas.
Xena arrugó el ceño.
—Gabrielle —dijo—. Están muertos.
—Lo sé, pero...
¿En qué Rio Estigio estaba pensando ella? Xena miró rápidamente a su
alrededor.
—Lo único que podríamos hacer es darles una pira funeraria, Gabrielle. Ya
tienen una. —Comenzó a dirigir a Tiger hacia la ladera más halagüeña—.
Ahora, vamos.
Gabrielle la siguió, tratando de mantener los cuerpos fuera de su visión
periférica. Comprendió, en cierto modo, lo que Xena estaba diciendo.
Después de todo, los aldeanos ya estaban muertos, y no había nada que
pudieran hacer al respecto, pero aun así...
Todavía.
—¿No podrías decir algo? —Alcanzó a Xena—. ¿Como una oración o algo?
Xena detuvo a Tiger tan de repente que casi se deslizó hacia atrás hasta sus
cuartos traseros.
—¿Qué? —rugió—. Gabrielle... en caso de que no lo hayas notado, no soy la
sacerdotisa de nadie.
—Pero eres la reina.
Xena arreó a su caballo hacia adelante otra vez.
—Solo ven. —Negó con la cabeza—. No voy a decir ni una maldita oración.
Puedes ir tu a decir una si quieres. Es muy probable que los dioses sean más
propensos a escucharte que a mí. —Gabrielle frunció el ceño mientras la
seguía. ¿Eso era cierto? Sabía que Xena no adoraba a ninguno de los dioses,
y en realidad, tampoco tenía mucha experiencia en esa área. Ella sabía sus
nombres, pero sus padres solo habían estado a regañadientes en sus
homenajes y ella nunca había visto realmente ningún beneficio de ellos.
Bueno. Se alegró cuando se alejaron de la plaza, y dejaron atrás el horror de 157
la fosa crematoria, moviéndose a través de chozas en su mayoría
desplomadas y muebles rotos hacia los sonidos de hombres trabajando, y una
serie de crujidos agudos—. Ah. —murmuró Xena—. Casi abierto.
Gabrielle miró más allá de ella, vio una puerta de piedra situada en la ladera
de la colina, con un grupo de soldados de Xena frente a ella, empujando una
gran rueda de piedra redonda que bloqueaba la entrada. Cuando la piedra
rodó a un lado, los hombres miraron curiosos hacia dentro, uno se acercó con
una antorcha para ver qué había dentro.
—Atrás, todos. —Brendan había visto a Xena acercándose, y rápidamente se
hizo cargo, tirando de los soldados hacia atrás y despejando la abertura para
que Xena la inspeccionara—. ¿General?
Xena desmontó, avanzando con gracia sinuosa y tomando la antorcha de la
mano del soldado mientras agachaba la cabeza con aparente poco interés.
Sus ojos parpadearon cuando se acostumbró a la oscuridad, luego dio un
paso hacia adentro y se irguió tanto como pudo, sosteniendo la antorcha a
un lado para arrojar luz sobre el contenido.
Ojos parpadearon hacia ella, llenos de miedo, y se encontró frente a un grupo
de niños, algunas bolsas y cajas, y unos pocos barriles
—Bien.
—Por favor... No nos mates —susurró uno de los niños, mientras la miraban
horrorizados—. No hemos hecho nada.
—No os va a hacer daño. —Gabrielle se deslizó junto a ella y se acercó al
pequeño grupo—. Está bien. —Lentamente se puso de rodillas y tendió una
mano—. Está bien.
Enfrentados al rostro más amable de Gabrielle, los niños se relajaron, y uno se
adelantó hacia la mujer rubia.
—¿Quién eres? —preguntó el niño, tan cubierto de hollín que era imposible
saber si era niño o niña.
—Me llamo Gabrielle —respondió—. ¿Cuál es tu nombre?
—Sache —dijo el niño—. Este es Mele, mi hermano. —A la luz de la antorcha,
de repente, pudieron ver que era una niña—. Nuestra familia son los
panaderos.
—Ya no. —Xena se volvió y le indicó a Brendan que entrara—. Sácalos de aquí
—dijo brevemente—. Mira lo que hay en las cajas.
Los niños se apartaron de los soldados, claramente aterrorizados de ellos 158
cuando entraron y comenzaron a explorar la cámara.
—Está bien —repitió Gabrielle—. No os lastimarán. Esa es Xena, la reina, y estos
son sus soldados —explicó—. Ella se asegurará de que ahora estéis a salvo.
Xena se acercó y se agachó junto a su compañera de cama, dándoles a los
niños una mirada adusta.
—¿Qué ha pasado? —preguntó—. ¿Por qué esos hombres atacaron tu
pueblo?
—Xena. —Gabrielle pronunció en voz baja.
—Escucha, no tenemos tiempo para ser niñeras. —Le dijo la reina y miró a los
niños—. ¿Bien?
Sache la miró con los ojos muy abiertos.
—No lo sé —respondió—. No sé por qué vinieron. Mamá acaba de meternos
aquí y ha dicho que volvería por nosotros cuando se hubieran ido. —Miró de
Gabrielle a Xena y de vuelta—. ¿Puedo ir a buscarla ahora? Quizás ella lo
sabe.
Oh dioses. Gabrielle sintió de nuevo como se revolvían sus tripas. Fuera no
quedaba nada. No quedaba nadie. Estos niños no tenían familia, ni hogar...
Nada.
Los repentinos recuerdos de ser esa niña en un pasado no lejano se reflejaron
vívidamente en su mente, y se dio la vuelta, abrumada por eso. No quería ver
las miradas en sus ojos cuando se dieran cuenta de lo que ella ya sabía.
Todo el mundo estuvo callado por un momento, y supo que todos estaban
mirando a Xena, y ella no sabía, realmente no sabía lo que la reina iba a
decirles.
Esperaba que fuera amable, pero se acordó de sus primeros días en el castillo
y sabía que había un lado cruel en Xena que ella misma había sufrido.
—Escuchadme. —La voz de Xena rompió el silencio—. Todos vosotros. —Un
roce de bota contra la roca—. Esos cabrones de los que te ocultaron tus
padres destruyeron vuestros hogares y mataron a vuestras familias. —Su voz
era firme y, sin embargo, no tan fría como las palabras hubieran parecido—.
No queda nada allí fuera. —Los niños comenzaron a llorar. Gabrielle también
lo hizo, agachando la cabeza y mordiéndose el labio para ocultarlo—. No
podéis cambiarlo, así que dejad de llorar. —Xena continuó—. Vuestros padres
dieron su vida para que estuvierais a salvo, y lo estáis. Iréis a un lugar donde 159
cuiden de vosotros, ¿lo entendéis? —Brendan se giró y la miró, sus cejas
canosas se alzaron sorprendidas. Xena se encontró con su mirada, luego sus
ojos se movieron hacia la cabeza inclinada de Gabrielle, luego de vuelta a su
rostro. Ella levantó ambas manos y las dejó caer en muda elocuencia, y lo miró
cuando tuvo la audacia de sonreírle—. Sácalos de aquí. Envía un carro a la
fortaleza con seis hombres. ¿Entendido?
—Sí. —Brendan se arrodilló junto a la sollozante niña, que lo miraba
suplicante—. Todo irá bien pequeña. Su Majestad se asegurará de que todo
salga bien.
Xena emitió un sonido a medio camino entre un gemido y un cacareo, luego
se encontró siendo abrazada gentilmente por Gabrielle cuando la mujer rubia
se giró y enterró su rostro en el pecho de Xena. Al menos era una escasa
recompensa por el destrozo total de su imagen.
—Mamá. —Sache se balanceaba hacia adelante y hacia atrás, abrazándose
a sí misma—. Mamá —repitió suavemente—. ¿Por qué te llevaron? ¿Por qué?
Por qué. Xena miró tristemente por encima del hombro de Gabrielle. Sí. ¿Por
qué?
—Xena. —Uno de los soldados se enderezó, desde donde había estado
arrodillado en la parte posterior del refugio—. Mira. —Era uno de los hombres
mayores, uno de los veteranos, y cuando levantó la vista y vio lo que colgaba
de sus dedos, ambos sabían la respuesta a la pregunta de por qué.
La luz de las antorchas parpadeó sobre las cadenas doradas y una única
piedra grande colgando de ellas, la respuesta a una pregunta que engendró
una docena más.
Dioses. Xena exhaló. Los dioses sean condenados.
160
Parte 5
El crepúsculo los encontró a unas pocas leguas más allá, en un lugar abierto,
algo salvaje, lejos de las zonas habitadas. No habían encontrado más
incursores en su viaje, pero tampoco a más personas, solo dos pueblos
abandonados, vacíos de todo y de todos.
Xena estaba sentada a lomos de Tiger, en una pequeña elevación que daba
al campamento. Se apoyó en su silla de montar y contemplaba sombríamente
como se montaba el campamento, mientras los cocineros trabajaban para
preparar el fuego y los soldados se agrupaban en escuadrones esparcidos
entre los árboles.
Acampar en campo abierto sería más fácil para todos, lo sabía. También sabía
que colgar su culo en la amplia explanada para que cualquiera disparara era
increíblemente estúpido, por lo que decidió tolerar las dificultades de dispersar
a los hombres entre los árboles en aras de la seguridad. 161
A un lado, en el centro de cuatro grandes árboles justo al lado del arroyo,
podía ver a los hombres que levantaban su tienda, la carreta en la que estaba
su equipo estaba siendo descargada bajo la atenta mirada de Gabrielle.
Se preguntó brevemente si llevaba demasiada mierda con ella. ¿Era justo que
los hombres tuvieran que trabajar tan duro para levantar su refugio después
de pasar todo el día en el campo?
Nah. Xena desechó la idea. Masticaba reflexivamente un tallo de hierba
mientras pensaba en las aldeas vacías y en los campos yermos por los que
pasaron. Esta siempre fue la parte más dura del reino, de hecho, ahí se había
escondido con su primer ejército antes de asediar la fortaleza y tomar el
control.
Maleza, tierra pobre... Xena miró a su alrededor. El tren de esclavos que le
había traído a Gabrielle había venido por allí y sabía que en algún lugar fuera
del camino principal, en uno de los desiguales senderos en los que ahora
crecía vegetación, estaban los restos destruidos, de lo que una vez fue la casa
de su amante.
Probablemente no quedaba nada. Un largo invierno y una primavera húmeda
habrían borrado la mayoría de los restos de la vida humana de la tierra, pero
probablemente todavía quedaban algunas cosas. Se preguntó si Gabrielle
querría detenerse allí y comprobarlo.
Xena pensó que no. No después de ver su rostro al observar los restos de la
primera ciudad y el triste vacío de la última. Se había vuelto más silenciosa a
medida que avanzaba el día, y había acabado solamente cabalgando al
lado de Xena con la cabeza un poco baja y una expresión triste en su rostro.
Era difícil decir cuál de ellas se sintió más aliviada cuando Xena finalmente
mandó detenerse y tenían algo más que hacer además de escuchar los
cascos de los caballos en el camino.
Hablando de cascos de caballos. Xena levantó la mirada cuando oyó unos
que se acercaban, y vio que Brendan se dirigía hacia ella. Se sentó en silencio
y esperó a que él se uniera a ella, detestaba renunciar a un lugar tan
agradable tan pronto.
—¿Problemas?
Su capitán medio se encogió de hombros.
—Parece que no, la verdad. —Él imitó su pose, inclinándose hacia delante en 162
su silla de montar—. Mal invierno en estos lugares, ¿eh?
Los ojos de Xena adquirieron cierto brillo.
—Mal invierno, seguro. Pero los malos humanos lo empeoraron. Alguien hizo
que esas ciudades fueran abandonadas.
Brendan asintió, como si no estuviera sorprendido.
—Bregos.
Xena metió la mano en su bolsa y encontró la moneda, entregándosela.
—Gabrielle la encontró. —Remarcó, sus labios se curvaron en una sonrisa—.
Creo que el estúpido bastardo trató de mantener a sus desertores durante el
invierno. No tenía más alternativa que saquear. —Sus ojos se estrecharon—. La
pregunta es, ¿por qué no nos enteramos?
El viejo soldado canoso gruñó, volteando la moneda una y otra vez entre sus
dedos.
—Es gracioso que estuvieran con él —comentó finalmente—. La gente
pensaba que él era el bueno.
—Bien. —Xena se irguió en su silla de montar, viendo la constante progresión
de cuerpos alejándose de su tienda, esto significaba que la instalación
probablemente estaría completa—. Sabían que yo era mala, pero no hay
nadie que nos diga que le dieron a él. Aparentemente no fue suficiente. —Tiró
un poco de su guantelete—. Me pregunto qué otras sorpresas encontraremos.
—Brendan resopló y cogió las riendas, mientras Xena comenzaba a moverse
hacia el campamento. El sol acababa de ponerse, y las sombras púrpuras
sacudían los campos en barbecho con un tono sombrío cuando los dos jinetes
descendieron por la pendiente hacia el grupo de árboles que tenían delante.
Un viento frío alborotaba las ramas, y cuando se acercaban al campamento,
dos hombres que estaban de centinelas montados a caballo comenzaron a ir
en otra dirección, para tomar posición en un terreno más elevado, en la colina
donde Xena había estado observando—. Vigilad el paso de allí. —Xena señaló
un pliegue en las colinas—. Podría haber corrido la voz de que estamos aquí.
—A sus órdenes. —El guardia más cercano asintió—. Buenas noches, M... —
Tosió un poco—. Xena.
La reina le lanzó una sonrisa deslumbrante.
—Buen chico. —Le dio unas palmaditas a Tiger en el cuello mientras
continuaban, riendo suavemente en voz baja—. Me pregunto cuánto tiempo
les llevará superar eso.
163
Brendan se rio también.
—Hablando del camino, puedo asegurar —dijo—, que los has encantado a
todos, Xena. Como en los viejos tiempos.
Xena recordaba los viejos tiempos, antes de convertirse en reina cuando vivía
con el ejército en el campo y prácticamente todas las noches se llevaba a
alguien a la cama con ella. Deambulaba por el campamento después de
que los fuegos ardían bajo y hacía su elección, sabía que los hombres habían
competido por ello.
Agradable. Bueno para el ego
Pero eso era entonces, y esto era ahora, y no creía que Gabrielle fuera del tipo
de chica a la que le gustara compartir. Ciertamente, en cualquier caso, ella
no lo era.
—No todo es como en los viejos tiempos —dijo la reina mientras pasaban entre
dos fogatas de la unidad—. No estaba pillada entonces.
Brendan se rio de nuevo.
—Entonces ¿Cómo está la pequeña? ¿Tomándose un respiro? La vi en la
cueva, pobrecilla.
—Ella está bien —dijo Xena, luego se quedó en silencio. Pasaron el resto del
camino atravesando el campamento, hasta el centro donde estaba su
tienda. Estaba rodeada por los cuatro lados por tropas y pasó un momento
preguntándose si pensaban que la estaban protegiendo o esperaban que
ella los protegiera. Ah bueno. Hizo detener a Tiger y giró su pierna sobre su
cabeza, sacando la otra bota del estribo y deslizándose hasta el suelo con un
salto moderadamente elegante. Le entregó las riendas a un mozo que se
apresuró a agarrarlas, luego pasó junto a dos hombres que llevaban cubos de
agua y se acercó a la lona de su tienda. Detrás de ella, podía oír cómo se
cortaba madera y el suave choque de armas. Con un leve asentimiento,
agarró la solapa de su tienda y la retiró, agachando la cabeza para entrar.
Sorprendió a Gabrielle, que estaba sentada en un pequeño taburete
plegable cerca del brasero, con las manos cruzadas frente a ella y la cabeza
inclinada—. Oye.
La mujer rubia alzó la vista.
Hm. Con la frente arrugada de nuevo. Xena la miró dudosa y luego abrió los
brazos en señal de invitación. Captó la expresión de gratitud antes de que
Gabrielle terminara aplastándose contra ella, y supuso que había hecho algo 164
bien. Maldito si supiera por qué, pero el abrazo feroz que estaba recibiendo
definitivamente era una buena señal.
—Oh, Xena. —Gabrielle simplemente se deleitó con la cálida fuerza que la
envolvía. Después de un día lleno de experiencias escalofriantes, había estado
esperando este momento desde que se detuvieron—. Estoy tan feliz de que
estés aquí.
Xena decidió que también estaba muy contenta de estar allí.
—Ah, vamos, rata almizclera. —De todos modos, disfrutó el contacto—. No te
conviertas en una pastorcilla de ovejas tan pronto, ¿eh? Acabamos de
empezar.
—No lo hago, yo solo... —La mujer rubia suspiró—. Ese primer lugar fue tan
horrible.
Xena la condujo de regreso al brasero y la sentó de nuevo en su taburete.
—Empeorará —le dijo—. Eso era solo un montón de cuerpos quemados y un
poco de sangre. —Caminó hasta el cuenco de madera preparado cerca del
camastro doble y se quitó los guantes, dejándolos a un lado antes de sumergir
las manos en la palangana y salpicar una buena cantidad de agua fresca en
su cara—. Espera a ver tus primeros gusanos.
—Ugh —murmuró Gabrielle—. Los he visto, gracias.
—¿En serio? —Xena miró por encima de su hombro, mientras alcanzaba la
pieza de lino que descansaba cerca—. ¿Encontraste algo en los pastos?
—No. —Xena enarcó una ceja en una pregunta elocuente. Gabrielle se movió
y juntó las manos otra vez—. Mi madre me envió con un poco de pan, una vez
—respondió con voz distante—, para mi abuela, vivía detrás de nosotros. Entré
en su casa, y ella... supongo que ya se había ido hacía unos días.
Xena dio media vuelta y la miró, olvidando la toalla de lino de su mano.
Examinó intensamente la cara de Gabrielle.
—Eso es asqueroso.
—Lo fue. Sí. —Gabrielle estuvo de acuerdo—. Tuve pesadillas al respecto
durante mucho tiempo —reflexionó sobre eso—. Todavía las tengo, de vez en
cuando.
Xena se acercó y se sentó en el taburete contiguo al suyo. Trató de imaginar
cómo sería ser una niña pequeña y encontrar algo así y fracasó
rotundamente. Su propia infancia estaba llena de diferentes pesadillas. 165
—La vida apesta a veces —comentó.
—Mm. —El silencio se alargó y se hizo un poco incómodo. Gabrielle finalmente
se aclaró la garganta y se movió—. Pero ya sabes, encontrar a esos niños fue
genial —dijo—. Me sentí tan mal por ellos, pero se lo hiciste más soportable.
Eso fue maravilloso.
Xena estudió el brasero, extendiendo sus manos vacilantemente y sintiendo el
calor contra sus palmas.
—Simplemente los envié a la torre —dijo—. Probablemente no recibirán un
tratamiento mucho mejor al que recibiste tú, Gabrielle. No tienen nada —
Gabrielle se levantó y fue a buscar la pequeña tetera de viaje y la colocó en
el brasero. Puso dos tazas en el banco junto a ella y sacó un paquete de su
cinturón, lo abrió y sacó algunas hojas que colocó en las tazas con dedos
temblorosos. Dándose cuenta de que había dicho algo malo, Xena se levantó
y se puso detrás de su compañera, inclinándose y dándole un beso en la parte
superior de la cabeza—. Déjame quitarme esta plancha. Siento que me estoy
oxidando. —Caminó hacia el baúl de ropa y comenzó a quitarse la armadura.
Un suave golpe llegó desde el soporte de la carpa.
—¿Xena?
—Adelante. —La reina se sentó en el baúl para quitarse la armadura de la
pierna.
Brendan entró.
—Mirando fuera encontré un alijo. —Levantó una mochila sucia—. Enterrado
debajo de uno de los robles. —Lo llevó a donde estaba sentada Xena—.
Bregos seguro, mira.
Xena se asomó al interior, luego metió la mano y sacó un trozo de tela
doblada, llena de manchas oscuras y bordes oxidados. Lo dejó desplegar
colgando de sus dedos, un fondo morado con una media luna plateada y
una espada.
—Aja. —Soltó el estandarte y lo vio aletear hacia el suelo—. El estandarte de
batalla más feo que haya visto nunca.
Gabrielle vertió cuidadosamente agua caliente sobre las hojas de té,
contenta de la distracción.
—¿Eso significa que todavía está aquí afuera con su ejército? —preguntó.
—¿Te refieres a la mitad de mi ejército? —Los ojos claros de Xena se 166
entrecerraron un poco.
—La mitad inútil —Brendan agregó con un bufido.
La mujer rubia agitó suavemente las tazas, olfateando el vapor para juzgar
cuán empapadas estaban las hojas. Quería el calor suave del té
desesperadamente, y se sintió culpable por desear que Brendan se fuera para
poder estar a solas con Xena. Había algo que quería decirle.
—¿Vas a ir a buscarlo?
Xena se quitó los brazaletes y los puso sobre el baúl.
—No será necesario —dijo, brevemente—. Si él está por allí fuera, vendrá a
buscarme.
—Tch. —Brendan hizo un sonido—. Gilipollas. —Recuperó el estandarte y la
guardó en el saco—. Voy a guardar esto para ti, Xena. Vigilaremos bien esta
noche. —Dio media vuelta y se fue, con la solapa columpiándose ligeramente
tras de él y permitiendo una ráfaga de aire fresco y el aroma de dulces flores
nocturnas.
Xena se sacó por los hombros la armadura y la dejó en el suelo antes de
reunirse con Gabrielle junto a la estufa de campamento. En lugar de sentarse
a su lado en el taburete, se sentó detrás de ella y rodeó con sus brazos la
cintura de la mujer más pequeña, extendiendo sus botas más allá de las suyas.
Apoyando la mejilla contra la espalda de Gabrielle, sintió la inhalación, y
luego su cuerpo se relajó y la mano de Gabrielle cubrió su muñeca y la apretó.
Sabía que, en algún nivel, de un modo primario, ambas se entendían incluso
cuando a veces parecían estar muy alejadas.
—Escucha.
—Yo primero. —Gabrielle la interrumpió inesperadamente—. Xena, no importa
lo que pasé, si esos niños encuentran lo que yo encontré allí, los dioses los
habrán bendecido.
A Xena personalmente, no le gustaba el sentimentalismo pegajoso, pero era
lo suficientemente inteligente como para no hacer callar a alguien a quien
amaba sinceramente y lo dirigía hacia ella a intervalos regulares.
—Les envié la orden para que se ocuparan de ellos —dijo a modo de
información—. Pero no se le digas a nadie. Ya has destruido mi imagen.
Gabrielle respiró hondo para responder, pero ambas se sacudieron cuando 167
un fuerte grito estalló afuera, Xena se puso de pie y agarró su espada en el
camino de salida de la tienda, antes de poder decirse una palabra más entre
ellas. Después de una pausa por la conmoción, la mujer rubia salió disparada
hacia la apertura, se detuvo en medio del recorrido y agarró su vara, luego
corrió tras la reina hacia la reunión nocturna.
Xena se metió en el centro del caos, solo para descubrir que no era tan
caótico como sonaba por los gritos. Cerca de la fogata principal, cinco de sus
guardias estaban de pie y rodeaban a una figura desaliñada y enlodada que
estaba medio encorvada con las manos atadas a la espalda.
—¿Qué está pasando?
Los guardias giraron y la vieron, sus rostros se iluminaron.
—Encontré a este tipo. —El más viejo apuntó con una daga al prisionero—.
Tratando de colarse en el campamento.
Xena sonrió.
—Entretenimiento antes de la cena. Me encanta. —Giró su espada con una
mano—. Mejor que esos bailarines con volantes en el culo de cualquier otro
día. —Examinó al prisionero, que la estaba mirando con sorpresa—. Te
recuerdo. —Apuntó su arma hacia él—. Eres uno de los lameculos de Bregos.
Los guardias miraron a Xena, luego al hombre, agarrándolo mientras
intentaba alejarse de la alta y amenazante figura de la reina.
—¿A dónde vas, perro? —El guardia más viejo se rio—. ¿Pensabas colarte sin
que nos diéramos cuenta?
El hombre se lamió los labios.
—Solo estoy buscando trabajo —murmuró, en un tono ronco, sus ojos
recorriendo todo excepto la cara de Xena.
—Tenías trabajo —dijo Xena—. Tú eres el que eligió huir de él. —Envainó su
espada y, en cambio, sacó su daga, acercándose a él—. Pero oye. Soy una
tía indulgente. Te aceptamos de vuelta.
Si un dragón se hubiera materializado en el campamento y empezara a bailar 168
claqué, no habría recibido una respuesta más asombrada por parte de los
soldados que miraban. Estaban todos boquiabiertos, incluso los nuevos
reclutas. Gabrielle se coló entre ellos y se acercó a Xena, con ambas manos
agarradas a su vara.
—Guau. Pero ¿y si es un espía? —preguntó.
Xena giró la cabeza y la miró.
—¿Tienes que hacerlo?
Gabrielle parpadeó hacia ella.
—¿Hacer qué? —dijo ella—. Yo no estaba haciendo nada, aún.
La reina simplemente dio media vuelta y agarró al prisionero por el pelo. Le
echó la cabeza hacia atrás y le puso la daga al cuello.
—Por supuesto, aceptamos que vuelvas. Pero primero me vas a contar todo
lo que has estado haciendo desde la última vez que te vi.
El hombre tragó saliva.
—M... Me matarás.
Xena se encogió de hombros.
—Todos tenemos que morir alguna vez —remarcó—. Vamos, desembucha.
El prisionero sacudió un poco la cabeza, al menos tanto como pudo con los
dedos de Xena agarrando su cabello largo y pálido.
—N... salimos, hicimos alguna incursión... La mitad murió de hambre —dijo con
voz ronca—. Pasó la diarrea.
—Idiota —dijo la reina—. Sigue.
El hombre miró más allá de ella.
—Entonces llegaron las tormentas —dijo—. Poco quedó de nosotros. No sé más
después de eso. Fui por mi cuenta. —Sus ojos finalmente se alzaron hasta el
rostro de la reina—. He estado escondido, hasta hoy.
Él estaba mintiendo. Xena lo sabía, del mismo modo en que sabía el clima que
vendría, el movimiento y el cambio en la batalla mientras estaba inmersa en
ella. El problema era saber qué clase de mentira: una pequeña, como no
querer decirle que había participado en el ataque a la ciudad, o una grande,
como que realmente estaba espiando para Bregos y que el otro ejército
estaba cerca esperándola. 169
Ella miró su rostro, que era el de un jovencillo, carente de cicatrices, y estudió
su constitución menuda. Lo recordaba como un lacayo anodino en las tropas
de Bregos, más un relleno que un luchador. Inútil para ella, y probablemente,
inútil para Bregos también.
No tenía sitio para personas inútiles. Sus dedos se crisparon en la empuñadura
de su daga, y vio como los ojos se cerraban en reacción cuando sintieron el
movimiento, y ella casi cortó su garganta antes de captar otro movimiento,
este a su derecha.
Um. Por otra parte.
—Brendan. —Retiró su cuchillo y lo enfundó en un rápido movimiento—. Ponlo
a hacer algo. Si puedes encontrar que. —Le soltó el pelo y se limitó a evitar
restregarse la palma de la mano en las polainas.
—A sus órdenes. —Brendan parecía sorprendido y escéptico—. Si tú lo dices,
Xena.
—Lo digo —declaró la reina—. Pero, antes de nada, siéntalo y sácale cada
detalle, incluso el color de los calcetines de Bregos a día de hoy. —Dio un paso
atrás para dejar que el guardia cogiera al hombre, que estaba parpadeando
como si no pudiera creer lo que estaba escuchando—. Sácalo de aquí.
Brendan se paró frente a ella y bajó la voz.
—Puede jugárnosla dos veces —dijo—. O ser todavía peor.
Xena lo miró a los ojos.
—¿Me estás cuestionando? —mantuvo su voz ligera, pero había un filo en ella
y sabía que lo había escuchado—. Es un poco tarde para empezar con eso
ahora, viejo —dijo—. Ahora, sácalo de aquí.
—Si. —el capitán asintió brevemente y se volvió, señalando a los guardias—.
Ya escuchasteis, moveos. Atadlo al árbol que está allí, primero le sacaremos
la tontería.
La reina oyó los murmullos bajos, y vio muchas cabezas sacudiendo levemente
cuando los soldados se dispersaron. Esperó a que se despejara el espacio a su
alrededor antes de volverse y mirar a Gabrielle que la observaba en silencio.
—¿Algún comentario? —Gabrielle negó con la cabeza y se enderezó,
agarrando su vara y esperando que Xena comenzara a regresar a su tienda.
Tenía la espalda rígida y dolorida, y quería sentarse tranquilamente un rato—.
¿Estás pensando en algo? 170
—No —dijo la mujer rubia—. Solo estoy cansada.
Xena le puso una mano en el hombro y la dejó allí mientras cruzaban el
campamento, dejando atrás grupos de soldados que la miraban de reojo por
no haber matado al espía que encontraron tratando de colarse en el
campamento. Ella no estaba segura de por qué no lo había hecho, excepto
que, sus instintos le habían dicho que no lo hiciera y estos, por lo general, eran
correctos.
¿No lo eran?
Siguió a Gabrielle dentro de la tienda, y tomó la vara de sus manos,
colocándola en la esquina mientras veía a su compañera cruzar la habitación.
Creyó detectar una ligera cojera, y cuando la mujer rubia fue a recoger las
tazas de té que esperaban, vio una definida mueca.
—Ey.
—Ey. —Gabrielle le llevó una de las tazas—. Ha sido un día muy largo, ¿eh? —
Se pasó los dedos por el pelo—. Creo que iré a ver qué están preparando, y
traeré algo para nosotras. ¿Suena bien?
—No.
—¿No?
—Siéntate. —Xena la empujó hacia las sillas de campamento—. Déjame ir a
hacer mi trabajo. —Se giró y se dirigió a la solapa de la tienda, inclinando la
cabeza y examinando el área—. ¡Jas!
Uno de sus soldados más viejos respondió levantándose y corriendo hacia ella.
—¿Sí?
—Tráeme una bandeja con algo de lo que sea que tengan, cocinado o no —
ordenó Xena—. Y un odre de vino.
—A sus órdenes. —Se alejó a buen ritmo.
Xena volvió a meter la cabeza y bebió un sorbo de té, se acercó, se sentó al
lado de Gabrielle y extendió sus largas piernas hacia el fuego. Se sintió más
que un poco frustrada y le sacaba de quicio tener tantas cosas que le
arrojaban dudas desde todas las direcciones.
Ella pensaba que sería más sencillo aquí fuera. Solo el ejército y ella, y algunos
desconocidos, pero sospechosos enemigos por ahí para vencer. Fácil. Pero
estaba encontrado las cosas más complicadas de lo que solían ser y las 171
elecciones más difíciles.
Maldición.
—Ha sido un largo día —respondió a la pregunta anterior de Gabrielle—.
Apuesto a que más largo para ti que para mí.
Gabrielle tenía ambas manos alrededor de su taza y bebió un poco más de
té antes de contestar.
—Ha sido mucho que asimilar —admitió—. Pero estoy de acuerdo con eso.
Xena la miró por encima del borde de su taza.
—¿Ah sí?
Gabrielle asintió.
—No soy una niña. Sé por qué estamos aquí Xena. —Levantó los ojos de su
taza y miró a la reina—. Así que, si querías hacerle algo a ese tipo, podrías
haberlo hecho.
Ambas cejas oscuras de Xena se levantaron.
—¿Me estás cuestionando ahora? —preguntó bruscamente—. He estado
decidiendo matar personas o no desde que llevabas pañales, niña. No
necesito tu permiso. —Se levantó y fue al baúl, dejando la taza de golpe y tiró
de los cierres de sus cueros liberándolos—. No sé lo que Hades está mal con
todos vosotros. ¡Tal vez tenía una jodida buena razón para no cortarle la
estúpida garganta a ese bastardo! —El eco del grito se desvaneció, y ella se
volvió para mirar a Gabrielle—. ¡No tuvo nada que ver contigo!
Los ojos verde mar parpadearon hacia ella varias veces.
—Está bien —respondió—. Lo siento. Me lanzaste una mirada tan graciosa ahí
fuera que pensé que sí. —Dejó la taza y se levantó, caminando hacia la solapa
de la tienda y desatándola mientras se oían pasos apresurados acercándose.
—Mirada graciosa. Ya te daré a ti una mirada graciosa. —Xena se sentó en el
baúl, pero en lugar de continuar quitándose la armadura, dejó que sus manos
cayeran sobre sus rodillas y frunció el ceño—. ¿Es eso lo que piensa la gente?
¿Qué me has convertido en una anciana blandengue?
Gabrielle, que había cogido la bandeja de su salvador y se había girado para
dejarla, se volvió y la miró. Sus cejas se arrugaron.
—¿Qué?
172
—No importa. —La reina se levantó y le cogió la bandeja, llevándola a la mesa
del mapa y dejándola caer con una atípica falta de gracia—. Tal vez debería
salir y desollar vivo a ese mierda para que nadie piense que algo anda mal
conmigo. —Abrió y recuperó algunos de los platos, sin siquiera mirar lo que
había en ellos hasta que sintió una cálida presencia en su espalda, y Gabrielle
puso su mano allí, apoyando su mejilla en el hombro de Xena. No habló,
simplemente se quedó allí, frotando ligeramente la espalda de Xena mientras
la reina dejaba descansar las manos sobre la mesa y apoyaba su peso en
ellas. Después de una breve pausa, Xena apartó la bandeja y se levantó,
girándose y recostándose contra la mesa mientras apretaba a Gabrielle en un
abrazo áspero, cerrando los ojos y rindiéndose a su necesidad del contacto.
El aliento de Gabrielle le calentó un lado del cuello, y deliberadamente dejó
de lado la irritación por el momento. No hacía las cosas por ninguno de ellos—
. Ven aquí —dijo Xena—. ¿Quieres ver a dónde vamos? —arrastró a Gabrielle
hacia donde estaba el mapa—. Sirve un poco de ese maldito vino... Hará que
tenga más sentido para ti.
Gabrielle sonrió, y alcanzó el odre mientras se acomodaba en la mesa frente
a la reina.
—Gracias —dijo—. Lo siento, antes te hice enfadar.
Xena tomó su copa y bebió un trago, lamiéndose los labios pensativamente.
—Tenías razón. —Miró tristemente el vino—. No quería terminar tu día
empapándote de sangre. —Levantó la vista después de un momento de
silencio, para encontrar a Gabrielle mirándola con una expresión
dolorosamente dura—. Enséñame a ser amable, ¿eh?
La expresión de la mujer rubia se suavizó y sus ojos se entibiaron.
—Gracias —dijo—. Lo digo muy en serio.
La emoción en las palabras hizo vibrar su alma. Xena chocó el borde de su
copa con la de su compañera y extendió una mano sobre el mapa, dejando
que las decisiones ya tomadas, malas o no, quedaran en el pasado.
—Mañana será otro día—dijo—. Así que bien podríamos estar listos para esto.
El cuerno nocturno tocó el cambio de guardia mientras vaciaban sus copas,
y la noche se asentó sobre el campamento dejándolo a la luz de las
antorchas.
173
Gabrielle asomó cautelosamente la cabeza fuera de la solapa de la tienda y
miró a su alrededor, encontrando un campamento lleno de murmullos previos
al amanecer y espesa niebla perfumada de pino. Escuchó por un momento,
antes de salir a la tenue luz, con una palangana en una mano.
—Ahora —murmuró para sí misma—. ¿Cuál es el camino a ese arroyo? —Miró
hacia un lado, luego hacia el otro, luego, con un leve encogimiento de
hombros, se movió hacia su izquierda. Los árboles parecían silenciosos
centinelas al pasar junto a ellos, extendiendo una mano para rozar la húmeda
corteza mientras se abría paso con cuidado por el terreno irregular.
Estúpido, de verdad. Gabrielle suspiró, mientras se abría paso alrededor de
una roca. Debería haber pensado en traer agua para su baño de la mañana
anoche, pero con todo lo que sucedió lo había olvidado. Lo bueno es que me
he acordado antes de que Xena se despierte.
Sus oídos captaron el sonido del agua corriendo, y sonrió para sí misma con
un leve triunfo. Pasó entre dos árboles inclinados y olió el agua antes de verla
apresurarse sobre las rocas cubiertas de musgo justo delante de ella. Con un
leve suspiro de alivio, se arrodilló junto al arroyo e inclinó el borde de su
palangana en la corriente, parpadeando un poco mientras gotas de agua
saltaban de la superficie y le salpicaban la cara.
Era más frío que refrescante, ya que el aire de la primavera aún era frio.
Gabrielle mantuvo la palangana donde estaba hasta que se llenó, luego la
colocó con cuidado entre dos rocas mientras se pasaba la manga por la cara.
Un ruido sordo la hizo sacudirse, pero comenzó a respirar de nuevo una vez
que reconoció un hacha golpeando un árbol, y junto con ella escuchó el
traqueteo de ollas en el área de cocina. Con una mueca irónica por su propio
nerviosismo, levantó la palangana y se giró, caminando de nuevo hacia la
tienda de la reina con la palangana apretada contra su pecho chapoteando
un poco.
No estaba realmente asustada de las tropas a su alrededor. Sabía que sabían
lo que Xena sentía por ella y generalmente la trataban como a una zapatilla
de cristal.
—¿Su gracia?
Por ejemplo. Gabrielle miró a su derecha.
174
—Buenos días. —Le dio al soldado una cálida sonrisa—. Solo cogiendo poco
de agua para la reina.
—Puedo llevarla por ti? —preguntó el joven—. Es un gran balde el que tienes
allí.
Gabrielle lo consideró, luego negó con la cabeza.
—No, lo tengo, gracias. Es solo hasta allí. —Pasó junto a él y subió por la
pequeña elevación hasta el lugar donde el campamento de Xena estaba
apartado, el aire cada vez más liviano a su alrededor. Justo cuando llegó a la
puerta, la solapa se hizo a un lado y Xena salió disparada, con la mirada
aguda y rastrillando los alrededores—. ¡Oh!
—Ga... —la reina cerró sus mandíbulas con un clic audible cuando vio su
objetivo. Sus fosas nasales se dilataron y aflojó los puños—. ¿Dónde Hades
estabas? —Gabrielle la miró, luego bajó la mirada hacia al balde y luego
volvió a mirar a Xena con perplejidad—. Oh, cállate. —Xena dio un paso atrás
y apartó la solapa—. Entra ahí. —Esperó a que Gabrielle pasara antes de
volver su atención a las tropas cercanas—. Diles a los cocineros que se pongan
en movimiento. Quiero estar en el camino en una marca de vela —ordenó—.
¿Lo pillas?
—Si. Señora. —El soldado prescindió de toda familiaridad y se alejó al trote,
presumiblemente en busca de Brendan. Su voz había corrido, sin embargo, y
los pequeños susurros en la tenue luz del amanecer ahora se aceleraban y los
silbidos comenzaron a sonar.
Xena escuchó por un momento, luego gruñó satisfecha y se giró para entrar
en su tienda, parándose un momento debajo de la solapa mientras miraba a
Gabrielle poniendo sus cosas de baño cuidadosamente junto al lavabo.
—Oye.
Gabrielle volvió la cabeza.
—Lo siento —le dijo—. Me olvidé de traer esto anoche. Simplemente fui al
arroyo por eso... No quería despertarte. —Se volvió a tomar el jabón de la bolsa
de viaje de Xena—. Creo que va a ser un buen día... una vez que la niebla se
haya levantado.
Xena se acercó y se sentó en la cama, dejando que sus manos descansaran
en el borde mientras estudiaba sus botas.
—¿Sí? —dijo—. Eso es genial. Tal vez no todo el mundo esté de tan mal humor 175
al final del día. —Reflexionó sobre eso, luego se recostó en la cama y cruzó las
manos sobre el estómago—. ¿Quieres hacerme un favor?
—Claro. —Gabrielle se secó las manos y se acercó a ella, sentándose en la
cama—. Lo que sea.
La reina estudió el techo de su tienda como si estuviera leyendo algo en la
superficie. Sus ojos se movieron de un lado a otro, antes de que finalmente los
cerrara a medias y mirara a Gabrielle.
—Despiértame la próxima vez.
La mujer rubia arrastró un poco la bota por la alfombra.
—¿Tenías miedo de que hubiese huido?
—No —respondió Xena.
—¿Pensaste que alguien me había secuestrado?
—Si alguien te secuestra bajo mis narices y no me doy cuenta y no me
apuñalan en el corazón al salir, me hubiera apuñalado a mí misma. No —dijo
la reina—. Solo hazme un favor y despiértame, ¿vale? Deja de hacer
preguntas sobre eso.
Gabrielle se acostó de lado junto a Xena, observando su perfil y viendo una
vulnerabilidad medio escondida allí que no se había esperado. Si Xena no
había pensado que había huido, o que la habían cogido, ¿por qué
preocuparse porque ella no estaba allí?
¿Por qué? Extendió la mano y tocó la mejilla de la reina.
—Está bien —dijo—. Si quieres que lo haga, lo haré.
—Bien. —Su compañera giró la cabeza hacia ella—. Ahora que le dije a todos
que me quiero ir antes de que salga el maldito sol, creo que será mejor que
nos lavemos, ¿eh?
—¿Quieres que te lave? —Los ojos de Gabrielle brillaron un poco.
Xena la fulminó con la mirada.
—Escucha, chuletita. —Extendió una mano y agarró la nariz de Gabrielle—.
Tengo suficientes problemas de imagen sin que tú los empeores. ¿Me pillas?
—Queo que tu maf pidado a mí.
La reina comenzó a reírse y la soltó. 176
—Así es. —Dejó caer la mano hacia la cama, pero se quedó allí mirando a
Gabrielle en lugar de levantarse—. ¿Cómo os lleváis tú y ese pequeño diablo?
—preguntó—. Bobo, o Charcos, o como sea que lo hayas llamado.
—Parches. —Gabrielle rodó sobre su espalda y estiró sus piernas—. Él es genial
—dijo—. Creo que necesito acostumbrarme a todo esto de montar a caballo.
Me duele un poco la espalda.
—Aja —asintió Xena—. Creo que te vi cojeando ayer. Recuérdame que mire
tu silla de montar cuando montemos. —Con un suspiro, se sentó y sacudió la
cabeza hacia adelante y hacia atrás, frotándose el cuello e hizo una mueca—
. Maldito dolor de cabeza. —Se levantó y fue a su equipo, hurgando en el—.
¿Me dejaste beber demasiado anoche, rata almizclera?
Gabrielle también se levantó y fue hasta el brasero, acercando el recipiente
de agua a las brasas para que se calentara.
—¿Estuvimos bebiendo anoche? —preguntó en un tono desconcertado—.
Creo que sólo tomamos sidra con la cena.
—Ah. Ese es el problema. No estuve bebiendo anoche. —Xena se acercó con
una taza de viaje en la mano y levantó la olla, vertiendo el agua lentamente
en ella, y olfateando el vapor resultante con cautela—. Tienes que evitar que
haga eso. Me hace despertar más perra que el infierno y me da... —Se detuvo,
y tomó un sorbo de la taza en su lugar—. De todos modos, vamos a lavarnos y
prepararnos para ser soldados.
Gabrielle puso sus brazos alrededor de Xena y la abrazó.
—Está bien. —Fue a la palangana y mojó su paño, agregando un poco de
jabón antes de lavarse la cara con él. Se dio cuenta de que Xena estaba a su
espalda, podía oír el sonido del agua girando en la taza.
Se acercaron unos pasos a la tienda. Xena se giró, el suave sonido de las pieles
moviéndose claro en el silencio mientras la reina caminaba hacia la abertura
y se quedaba dentro.
—¿Quién es?
—Brendan.
Xena abrió la solapa para dejar entrar a su capitán. Brendan tenía la cabeza
mojada y su armadura de cuero también estaba húmeda, pero el robusto
soldado estaba de buen humor y alzó una mano para saludar a Gabrielle
cuando esta se volvió y le saludó con la mano. 177
—Una buena mañana, ¿eh? —dijo Brendan—. Va a ser un buen día, Xena.
Deberíamos pasar un buen rato hasta el final. —Dejó que su mano descansara
sobre la empuñadura de su espada, que llevaba en la cadera—. Le
sonsacamos algunas cosas a ese bastardo anoche. Cosas de campamento,
pequeñas cosas. Es un donnadie, ¿verdad?
—Sí —Xena asintió—. Era una mierda.
—Sí. —Los ojos de Brendan se clavaron en Gabrielle que le devolvió la
mirada—. Me di cuenta de eso, y me aseguré que él supiera que no
estábamos buscando ese tipo de cosas aquí.
Xena se acercó a la palancana y sumergió sus manos en ella, arrojando una
buena porción de agua en su cara y enviando gotitas a todas partes. Se
restregó la piel, luego parpadeó cuando un trozo de tela se interpuso en su
camino y pestañeó mientras Gabrielle retiraba suavemente el líquido con olor
a musgo de su piel.
—¡Oye! —gruñó.
—Nada más —continuó Brendan—. Es un inútil miedica. No sé de qué nos
puede servir, excepto...
—¿Excepto? —Xena se secó las manos en la tela que le había pasado su
compañera, y se volvió, apoyada contra el poste central y mirándolo con los
ojos entrecerrados—. No me digas que puede cocinar.
Su capitán resopló.
—Le gustan los caballos —dijo—. Sin embargo, no estoy seguro de que sepa
algo sobre ellos.
Xena cruzó sus brazos sobre el pecho.
—Tráelo aquí —ordenó—. Descubriré lo que sabe y lo que no sabe antes de
permitirle pulir un estribo —dijo—. Si podemos hacerlo útil, tal vez nadie piense
que me he vuelto loca por no destriparlo como a un pez. —Brendan tuvo la
amabilidad de no responder a eso. Levantó su mano y escapó por la solapa
de la tienda, dejando atrás a su gruñona reina y su desconcertada
acompañante. Xena fulminó con la mirada la piel en movimiento por un
momento antes de volverse y mirar a Gabrielle—. ¿Crees que me estoy
volviendo loca?
—No. —Gabrielle terminó de restregar sus brazos desnudos—. ¿Por qué iba a
pensar eso?, ¿Porque no mataste a alguien? Soy ya la que dice que matar
178
personas no siempre es la respuesta. —Se secó la piel y se acercó a Xena—.
¿Por qué deberías avergonzarte de salvar la vida de alguien o de ayudar a
esos niños, Xena? —Buena pregunta. Xena le quitó la tela y lentamente se
limpió las manos con ella—. Es como avergonzarse de ser una buena persona.
—Gabrielle puso su mano sobre el brazo de Xena—. No deberías ser... Xena,
puedes ser una fuerza tan positiva...
—Shh. —Xena le cubrió la boca con una mano—. No sigas por ahí, Gabrielle.
Te lo advierto. —En silencio, la mujer rubia simplemente la miraba—. NO soy
una buena persona. —La reina enunció las palabras lenta y
cuidadosamente—. Y NO QUIERO ser una buena persona. ¿Entiendes eso? —
Después de un momento, Gabrielle negó con la cabeza. Xena dejó caer su
mano con un suspiro de exasperación—. Maldición. Voy a ir a matar algo. Tal
vez eso ayude con mi dolor de cabeza. —Se giró y salió de la tienda,
agarrando su espada mientras pasaba junto a su baúl de armas y dejaba que
la solapa golpeara tan fuerte como fuera posible detrás de ella.
Gabrielle sabía que solo tenía un poco de tiempo antes de que Xena
regresara, y tenían que empacar la tienda, y continuar. Pero fue a su baúl y
sacó un pergamino, sentándose y tomando su pluma, las palabras
cosquilleaban con tanta fuerza detrás de su lengua que no podía esperar
para expresarlas.
Era difícil decir quién estaba más feliz de llegar por fin al paso, los soldados, los
caballos o Xena. El camino hacia él, estaba lleno de guijarros de pizarra y con
el desnivel, había sido una subida difícil para todos. Los soldados habían
desmontado cuando Xena lo había hecho, y se abrieron paso hacia arriba,
con las botas deslizándose entre las piedras sueltas mientras luchaban por
mantener el equilibrio y ayudar a sus monturas a avanzar.
Xena los detuvo justo por debajo de la hendidura en las montañas que era el
comienzo del paso, recordando la última vez que había guiado el camino en
un paso y estuvo a punto de conseguir que la mataran a ella y a los demás.
Odiaba todo aquello que sucedió.
—Tomaros un descanso —ordenó, contenta de apoyarse en el alto hombro
de Tiger, mientras el semental simplemente se paró, recuperando el aliento. 179
Un crujido de pasos la hizo mirar a un lado, divisando a Gabrielle acercándose.
Al ser más ligera maniobraba fácilmente entre las rocas, al igual que su
caballo—. Bien, bien.
—Hola. —Gabrielle redujo la velocidad hasta detenerse y le dio unas
palmaditas en el cuello a Parches—. ¡Lo conseguimos!
—Mm.
Gabrielle se volvió y miró hacia atrás. El ejército estaba desparramado por el
sendero, con los cuerpos vueltos hacia los lados contra la pendiente que
bajaba y bajaba hacia la llanura fluvial de donde habían venido, terminando
en una altura que la sorprendió.
—No pensé que estuviera tan alto —admitió—. El río parece tan pequeño.
Xena se acercó y apoyó los antebrazos sobre Parches, mirando la escena.
—Recuerdo estar parada aquí —dijo—. Me preguntaba qué gran botín podría
sacar en estas tierras. —Gabrielle jugueteó con las riendas de Parches, pero
guardó silencio—. Pensé que no mucho —reflexionó la reina—. Mira todo ese
maldito matorral. —Su compañera se movió junto a ella.
—¿Ves esa colina de allí, con el árbol torcido? —señaló hacia abajo, a la
derecha de donde estaban, un buen camino para bajar la pendiente.
—Sí —dijo Xena, después de una pausa—. ¿Ese era tu hogar?
Gabrielle puso su mano sobre la desaliñada espalda de Parches.
—Es donde solía vivir. —Su rostro era sombrío—. Es de donde soy, supongo. —
Xena soltó el odre del cinturón, lo destapó y se lo pasó a su compañera.
Observó en silencio cómo Gabrielle lo cogía y sorbía un largo trago,
apartándolo de sus labios y mirando a lo lejos pensativa durante un momento.
Luego se volvió y tosió violentamente, expulsando el trago sobre las piedras y
haciendo que las orejas de Parches se movieran de un lado a otro con
alarma—. ¡Cof! —retrocedió tambaleándose un paso, tosiendo de nuevo—.
¡Cof cof cof!
La reina se rio.
—Te distrajo ese viejo lugar, ¿eh? —Se acercó y le dio a Gabrielle una fuerte
palmada entre los omóplatos—. Vamos, Gabrielle, no puedes dejar tu trasero
en el pasado. Tenemos cosas que hacer, y un tesoro que saquear. —Cogió el
odre de vuelta y tomó un sorbo mucho más prudente de aguardiente,
lamiéndose los labios y levantando las cejas hacia la mujer rubia—. Cosa
buena, ¿verdad? 180
La lengua de Gabrielle estaba demasiado entumecida para responder, cogió
su propio odre de agua y tragó apresuradamente algunos tragos, tratando de
apagar el fuego que hacía que le lloraran los ojos.
—¡Dioses! ¿Qué es eso? —Se las arregló para decir con voz ronca,
recomponiéndose y verdaderamente distraída de sus pensamientos previos.
Xena colgó el odre con un lazo de la silla de Tiger.
—¿Qué es esto? —extendió su cuerpo, midiendo la posición del sol en el
cielo—. Es el Fuego de Xena. Eso es lo que es —le dijo a su compañera—. Hace
un par de años decidí probar suerte en la fabricación de cerveza, y eso es lo
que salió.
—Um. —Gabrielle finalmente sintió el hormigueo comenzar a desvanecerse
dentro de su boca.
—¿En serio crees que se puede beber eso? —Se sintió tan dudosa como
sonaba. El líquido tenía un gusto como... Bueno, al demonio si supiera a qué
sabe—. Realmente no fue... uh... quiero decir, sé que lo hiciste tú, así que tiene
que ser bueno, pero...
—Pero es un gusto adquirido. —La reina la miró, una leve sonrisa apareció en
su rostro—. Como yo.
Bueno, no había forma de que Gabrielle pudiera discutir eso. Simplemente
bebió otro trago de agua y retrocedió un poco, caminando para aliviar los
músculos ligeramente contraídos en sus piernas. La escalada había sido más
de lo que pensaba, pero la había capeado mejor de lo que había esperado,
así que todo salió bien. Sin embargo, se alegraba de que estuvieran en la
cima, y ahora veía como Xena hacía señas a algunos de los soldados.
El fuego de Xena. Gabrielle tuvo que reírse de sí misma. Chico, ¿me enamoré
de eso o qué? Todavía podía saborear la quemadura a lo largo de los bordes
de su lengua y solo podía imaginar lo que habría sentido si realmente se lo
hubiera tragado. Caminó hacia donde Parches estaba pacientemente de
pie, el pony husmeaba entre las rocas en busca de una brizna perdida de
hierba.
—Sí, no hay mucho aquí, ¿eh muchacho?
—Pffpht. —Parches resopló y se movió unos pasos más arriba en la ladera,
llegando al lado derecho de Tiger. El gran semental lo miró, estirando el cuello
para olfatear las orejas del pony, luego se volvió para mirar a Xena mientras
consultaba con sus capitanes.
181
Gabrielle también lo hizo, centrándose en las manos grandes y poderosas de
Xena mientras dibujaban formas en el aire ante los ojos embelesados de los
hombres.
El fuego de Xena. La mujer rubia exhaló lentamente. Si ella es un gusto
adquirido, seguro que no me costó mucho cogerlo. Recordó su primer
encuentro de verdad tan clara e intensamente, que su corazón comenzó a
latir más rápido solo de pensarlo. La forma alta de Xena, dando un paso detrás
de ella, esa voz aterciopelada rozando cada nervio.
—¡Gabrielle!
Whoops.
—Lo siento. —Gabrielle puso su pie en el estribo y montó a Parches, dándole
una palmada en el cuello—. Sólo estaba…
—¿Pensando? —Xena se recolocó sobre la silla de montar—. ¿Otra vez?
—Inventando poesía sobre tus manos. —La reina se detuvo, y arqueó la ceja.
—¿Qué? —Gabrielle insto a Parches para que comenzara a caminar por el
sendero, siguiendo a la media legión de soldados que ya habían pasado junto
a ellas mientras había estado soñando despierta. Comenzó a silbar por lo bajo
cuando pasó junto a Tiger, mirando a su alrededor con una expresión tan
inocente como le era posible—. Voy a enseñarte a silbar con otra parte de tu
cuerpo si empiezo a escuchar esos poemas, pequeña rata almizclera. —Xena
la alcanzó, y caminaron juntas, incorporándose al paso de un ritmo ordenado.
Las paredes de roca se levantaron a su alrededor, pero no eran los
acantilados de las tierras fértiles en las que habían viajado antes.
Eran más suaves y redondeados, desgastados por los omnipresentes vientos y
cubiertos de matorral apenas enraizado. Iban tranquilos ya que había pocos
lugares para esconderse, y después de unos minutos montando, Xena se relajó
y comenzó a pensar en la salida del paso.
Había pasado mucho tiempo, tanto en años como en vivencias, desde que
había hecho esta ruta. También había realizado algunos viajes en la otra
dirección, evitando esta, razonando haber visto todo aquello antes, ¿por qué
retroceder?
De hecho ¿Por qué ahora? Xena dejó caer una mano sobre su muslo mientras
se relajaba con el paso rítmico de Tiger. El semental negro era uno de los más
grandes entre los caballos del ejército, y tenía un temperamento susceptible y
a menudo mala actitud. Lo adoraba en extremo, y aunque él se había
tomado su tiempo antes de que lo domara, realmente disfrutaba montándolo
182
y sintiendo la sensación de poder que desprendía el gran animal.
Sin embargo, nunca le habría contado eso a nadie. Para sus súbditos, para las
tropas, Tiger era solo su caballo de guerra. Nada especial, y tan peligroso estar
cerca, que te jugabas la vida solo con intentar asearlo.
Él no se había convertido en un objetivo.
Xena escuchó un silbido desde el frente, y rápidamente se alzó en sus estribos,
usando su altura y la de Tiger para ver más allá de las tropas frente a ella. Podía
ver a los hombres detenerse, y chasqueó con la lengua, avanzando a través
de la multitud cada vez más espesa.
Gabrielle se apresuró a seguirla, contenta de que Tiger hiciera un surco lo
suficientemente grande para que ella pasara fácilmente. Mantuvo a Parches
a la cola del semental, ya que sintió la creciente excitación a su alrededor.
—¡Xena! ¡Son ellos! —la voz de Brendan era inconfundible—. ¡Esos bastardos
están delante de nosotros! ¡Atacando una caravana de mercaderes!
Xena detuvo a Tiger al lado del grupo de avanzada, que se había mantenido
detrás de una pila de rocas justo en una curva en el paso que impedía que
fueran vistos, esquivó con su caballo hacia donde el vigía estaba agachado
en una parte baja de la roca, mirando por encima de él.
—¿Qué ves?
—Dos veintenas, tal vez más. —El hombre hizo una mueca, sin volver la
cabeza—. Están robando toda la caravana, bastardos. Es grande. La más
grande que he visto esta temporada.
Xena se acercó sigilosamente a la roca y se puso de pie en la silla de montar
de Tiger, luego se agachó un poco y saltó, agarrando dos asideros y
poniéndose junto a él.
—¿A sí? —Examinó el área debajo del paso, su ritmo cardíaco se aceleró al
ver el enorme séquito y los hombres atacándolo. La caravana intentaba
defenderse, los hombres con media armadura intentaban desesperadamente
luchar contra las tropas, pero no tenían mucho éxito, y podía escuchar los
gritos de los mercaderes cuando los atacantes los derribaban—. Sabía que
iba a ser un buen día —dijo la reina, antes de girarse y soltar su agarre,
aterrizando en la silla de Tiger y silbando en un tono bajo, pero estridente—.
Vamos a movernos. Ahora mismo, montad, y masacradlos. —Se dejó caer en
la silla de montar y desenvainó su espada, mientras los hombres se separaban
para dejarla pasar a su lugar al frente—. Levanta el estandarte. —ordenó,
oyendo el revoloteo de la seda al golpear el viento cuando dobló la curva, y
183
el aire le revolvió el pelo—. ¡Heeeeyah! —Puso en marcha a Tiger hacia
adelante, consciente por el rabillo del ojo de un pony pequeño y desaliñado
tras ella cuando el ejército se puso en movimiento y se dirigió hacia la curva y
el paso.
Gabrielle estaba demasiado nerviosa como para hacer otras cosas aparte de
aferrarse a las riendas de Parches y permanecer lo más cerca posible de Xena.
Podía sentir que el suelo comenzaba a temblar mientras los caballos se movían
de un paseo a medio galope, y alrededor suyo los soldados estaban
preparando sus armas para la batalla y asegurando su agarre a los caballos
bien entrenados.
Era terrible y, sin embargo, también era maravilloso, porque sabía que iban a
ayudar a las personas atacadas y evitarían que los lastimaran o los mataran.
Apretó sus rodillas sobre Parches, y el pony resopló mientras se mantenía a la
par con sus hermanos y hermanas mayores mientras recorrían la curva y
bajaban el último trozo del paso hacia el camino inferior.
Xena giró su espada para que la hoja quedara detrás de ella, se mantuvo un
poco a un lado cuando sintió los pies de Tiger golpear tierra firme y sólida y
comenzó a acelerar. El viento sopló con fuerza contra ella, y ella se regodeó
en él, porque sabía que arrastraba los sonidos del ejército y los enviaba de
regreso al desfiladero, haciendo que sus objetivos casi no se dieran cuenta de
su próximo ataque.
Pronto lo descubrirían. Hizo un gesto para dividir el ejército a derecha e
izquierda, y dirigir a los de la derecha directamente al grueso de lo que
quedaba del ejército de Bregos.
¡Maldita sea! SABÍA que terminaría siendo un gran día.
Una vez que estaba en el medio de la batalla, Gabrielle se dio cuenta de
golpe que no tenía ni idea de qué hacer en el medio de una batalla. Todo
parecía muy desorganizado y caótico, los hombres y los caballos volaban
junto a ella a gran velocidad y todos chillaban y gritaban mientras seguían a
Xena a un choque de espadas y cuerpos resoplando.
Era fortuito y peligroso, y apenas pudo evitar ser aplastada entre dos de los
184
caballos de guerra más grandes mientras luchaba por mantenerse al lado de
Xena.
Estaban en la primera cuña que se dirigía contra los asaltantes, y los asaltantes
reaccionaron con lentitud, girándose en estado de shock cuando fueron
atrapados por los hombres de Xena mientras trataban de desarmar los carros
mercantes. Llevaban media armadura, más roídas y oxidadas que las de los
hombres de la reina, y por supuesto sus corazas de cuero carecían del símbolo
de la cabeza de halcón dorado.
Sin embargo, ellos se dieron cuenta. Gabrielle vio que los ojos de un hombre
casi salían de su cara cuando se volvió para mirar a Brendan, justo antes de
que se volviera irrelevante cuando la espada de Brendan lo alcanzó justo en
la nuca y le cortó el cuello.
Gabrielle tuvo que apartar la mirada cuando Brendan simplemente pateó el
cuerpo hacia un lado, y fue tras otro asaltante. ¿Qué estaba haciendo ella
aquí? Ni siquiera había traído su vara porque Xena había tenido miedo de que
se la quitaran y la golpearan con ella.
Un agujero se abrió en la multitud, y ella y Parches lo atravesaron, recuperando
el costado de Xena mientras la reina se precipitaba hacia donde había más
enemigos, que estaban sacando cajas de un carro volcado. Por accidente,
ella envió a Parches hacia adelante y se estrelló contra uno de los hombres,
derribándolo y dándole a Xena la oportunidad que estaba buscando.
—¡Gracias! —La reina gritó sobre su hombro—. ¡Mantén baja tu maldita
cabeza!
—¡De acuerdo! —Gabrielle golpeó su hombro contra el carro volcado y
apartó a Parches a un lado, tratando de mirar a su alrededor y verlo todo,
absorbiendo la escena con un poco de emoción. Todo era tan rápido y tan
salvaje. Xena usó su estatura y la de Tiger como gran ventaja, sorprendiendo
a dos hombres que estaban agarrando cosas de la parte trasera de uno de
los carros al bajar su espada sobre sus cabezas, enviando sangre y astillas de
hueso por todas partes. Cayeron bajo los cascos de Tiger cuando la reina sacó
su bota del estribo y pateó a un tercer hombre justo a la maza de Brendan.
Sangre. Gabrielle vio morir al hombre ante sus ojos y dejó de ser emocionante
cuando se dio cuenta de que lo conocía del castillo. Le había oído hablar de
su hijo pequeño. Ella vaciló, sus rodillas se tensaron un poco en los costados de
Parches mientras Xena avanzaba, alejando a más soldados de los carros. Un
grito la distrajo, y miró a través de los tablones de madera para ver a una mujer
trepando por la parte trasera, con la camisa medio desgarrada y el brazo de 185
un hombre enganchado alrededor de su cintura. Sin pensar realmente,
Gabrielle tiró de Parches y lo envió de cabeza hacia los dos.
»¡Aquí! —Le tendió una mano a la mujer—. ¡Ponte detrás de mí! —Con los ojos
desorbitados, la mujer estaba más que ansiosa por obedecer y medio saltó,
medio se tumbó sobre los cuartos traseros de Parches mientras Gabrielle
empujaba al hombre de detrás de la espalda de la mujer, liberando su brazo
mientras empujaba a Parches hacia adelante y el se balanceaba y caía del
carro al suelo. Ella corrió al otro lado del carro, tratando de mantener a
Parches bajo control mientras la mujer se movía detrás, y media docena de
soldados casi se estrellaban contra ellas. De algún modo se las arregló para
levantar a la mujer y hacer que se acomodara mientras presionaba contra el
carro, tratando de mantenerse fuera del camino de todos—. ¿Estás bien?
—¡Malditos bastardos! —La mujer jadeó—. ¡Nos dijeron que no viniéramos aquí!
¡Deberíamos haber escuchado!
Gabrielle se agachó cuando dos soldados que luchaban se estrellaron contra
los tablones de madera, se cayeron de los caballos al carro y amenazaban
con rodar sobre ella. Tiró de la cabeza de Parches otra vez y lo golpeó con los
talones, volviendo a la parte trasera del carro cuando el último de los soldados
de Xena pasó y entró en la lucha.
Realmente, no era un combate. Los hombres de Xena superaban en número
a los asaltantes cuatro a uno y la mayoría iban a caballo, donde los asaltantes
estaban en su mayoría a pie. Gabrielle pudo ver a los que estaban en la parte
delantera comenzando a correr, y exhaló ligeramente sabiendo que todo
terminaría pronto.
Envió a Parches detrás del último de los soldados, sintiéndose culpable de
repente cuando se dio cuenta de que no podía ver a Xena y le había
prometido que no se apartaría de ella.
—Espera un momento. —Le dijo a la mujer—. Estarás bien.
—¡Bastardos! —repitió la mujer—. Es un paso seguro, dijeron. Solo dales unos
barriles de cerveza... ¡Malditos sean!
Gabrielle vio un destello de cabello oscuro ondeando y puso a Parches en
movimiento.
—¡Espera! —Advirtió, mientras esquivaba a dos hombres combatiendo a pie,
empujando sus lanzas el uno contra el otro. Un hombre resbaló, y vio la punta
de la lanza demasiado tarde haciéndola girar a un lado cuando la golpeó en
el pecho, casi tirándola de Parches por el impacto repentino y violento—.
186
¡Ahh! —El golpe la dejó sin aliento. Agarró con fuerza a Parches mientras se
sentía retorcerse y deslizarse a un lado y luego con la misma rapidez estaba
siendo alzada, y la presión sobre su pecho había desaparecido y podía oler
sangre, cuero y carne de caballo caliente. De alguna manera, a pesar de
todo, sabía que el agarre en su espalda era Xena, incluso sin ver los flancos
oscuros de Tiger o escuchar su voz. Había algo sobre su presencia que
Gabrielle podía sentir—. ¡Xena!
—¿A quién esperabas, a Afrodita? —le gritó la reina—. ¿Qué Hades estás
haciendo?
—¡Intentaba no molestar!
Xena se inclinó detrás de Gabrielle y aprovechó a las mujeres de grandes ojos
detrás de ella. La levantó de Parches y la arrojó sobre la cama del vagón, junto
con otras dos mujeres que estaban acurrucadas juntas.
—Ahí. Quédate —le dijo—. Porque sé que esta cosa no lo hará. —Se giró y se
quedó en sus estribos, repasando la batalla.
Si es que la hubo.
—Demasiado breve, joder. —Xena suspiró—. Malditos cobardes... míralos
correr.
Gabrielle se palpó con cuidado el costado, aliviada por tener solo una
contusión en vez de haber sido atravesada por la lanza. La punta había
golpeado en su armadura y se había torcido, ni siquiera había estado cerca
de penetrarla. Se volvió para ver qué estaba mirando Xena, pero la reina ya
estaba dando un quiebro con su caballo a un lado, sombreando sus ojos para
ver mejor.
No había más peleas alrededor de ellas. Los hombres estaban empezando a
retroceder hacia donde estaba Xena, el suelo estaba lleno de cuerpos y se
veía una salvaje sacudida a lo lejos mientras las hierbas se cerraban alrededor
de los asaltantes que se retiraban y eran perseguidos por algunos de los
hombres de la reina.
—Guau. —Uno de los soldados estaba limpiando su hacha de batalla en una
manga rasgada—. Ha sido un buen calentamiento, ¿eh?
Xena todavía estaba parada en sus estribos.
—Se dirigen al siguiente valle —dijo, llevándose los dedos a los labios y dejando
escapar un silbido largo y penetrante, luego se detuvo antes de silbar dos
veces más—. Así que no mataremos a todos hasta que sepamos hacia dónde 187
se dirigen.
Gabrielle puso su mano en el borde del carro, y miró hacia allí.
—Estaréis bien ahora. —Tranquilizó a la gente que estaba dentro—. No tengáis
miedo.
La mujer que había apartado del asaltante se arrastró hacia un lado y puso
sus manos sobre ella, mirando más allá de Gabrielle hacia la forma alta de
Xena.
—¿De verdad es ella? —preguntó—. ¿Xena la despiadada?
Xena finalmente se sentó de nuevo y cogió un trapo de su alforja, limpiando
la longitud de su espada y tornando el metal de carmesí a reluciente. Tenía el
cabello revuelto por el viento y barro a lo largo de una pierna y cadera.
Gabrielle estudió a su amante y suspiró.
—Sí —dijo—. Es ella.
Xena miró a su alrededor, como si sospechara que estaban hablando de ella.
Guio a Tiger con sus rodillas hacia donde Gabrielle estaba esperando, y frunció
el ceño a las personas del carro.
—¿Os han dicho algo? —Se dirigió a ellas—. ¿Qué os pidieron?, ¿qué os
prometieron a cambio?
Los mercaderes solo la miraban fijamente con los ojos como platos en silencio.
Gabrielle vio que las manos de Xena se contraían y se aclaró la garganta.
—Um... Está bien, bueno, esta es Xena, y es la reina. —Les presentó a su
amante—. Y vosotros sois... Um... —Esperó por una respuesta, pero nadie
respondió—. Estabais hablando hace un minuto. Sé que no sois mudos.
—Puedo hacerlo de otra manera. —Xena se giró— Venid y sacad vuestras
lenguas. —Se acercó al carro.
—Xena.
—¿Qué? —La reina frunció el ceño a la gente—. No necesito idiotas que no
pueden hablar a mi alrededor. Nunca tuve ese problema contigo, ¿verdad?
—Majestad. —La más vieja de las mujeres del carro finalmente habló—.
Perdónanos. No esperábamos encontrarte aquí en el camino —explicó.
Xena sacudió la cabeza para quitarse el pelo de los ojos. 188
—Responde a mis preguntas —ordenó—. ¿Quiénes eran esos tipos? —señaló
con la punta de su espada hacia abajo por donde habían venido—. ¿Veníais
por aquel camino?
La mujer más joven a la que Gabrielle había rescatado se inclinó sobre sus
rodillas.
—¿No los conoces, Majestad? —preguntó—. Qué raro, dijeron que eran tus
hombres. —Ignoró el intento de la mujer mayor de callarla—. Nos prometieron
“paso seguro” a tu fortaleza. Luego nos atacaron cuando no quisimos pagar
su moneda.
Los ojos de Xena se entrecerraron. Dejó que su espada descansara contra su
pierna mientras se enderezaba en la silla de montar, con la cara enfadada.
—No. —Gabrielle decidió que probablemente era hora de decir algo—. Esos
son algunos hombres que desertaron del ejército de Xena antes del invierno.
—Dejó que su mano descansara sobre la madera—. Encontramos algunos
pueblos que fueron destruidos por ellos allá atrás... Xena se asegurará de que
eso no vuelva a ocurrir.
—Di eso otra vez. —La reina murmuró.
—¿Qué? —la mujer rubia volvió la cabeza.
—Cállate. —Xena sintió que Tiger se movía debajo de ella con inquietud, sus
fosas nasales se reflejaban en la sangre seca en el suelo—. Quédate aquí —le
dijo a Gabrielle—. Voy a ver qué queda de este patético desastre. —Dio vuelta
a su caballo y se alejó, rompiendo al galope casi de inmediato.
Gabrielle la miró brevemente, luego se volvió hacia el carro. La mayoría de los
comerciantes se habían unido a ellos, reuniéndose en un conmocionado
grupo mientras el caos se acallaba, y el alcance de las pérdidas comenzaba
a ser obvio.
—Todo irá bien ahora. —Les dijo.
—¿Cómo nos habéis encontrado? —preguntó la mujer mayor—. ¿Qué está
haciendo ella aquí?
—Bueno, la cosa es así. —Gabrielle repasó el pasado reciente—. Te contaré
cómo llegamos hasta aquí, y lo que estamos haciendo, y por qué ya no tienes
que preocuparte por estar a salvo.
189
La caravana mercante estaba destrozada. Xena cabalgaba arriba y abajo,
revisando los carromatos y preguntándose qué Hades iba a hacer con ellos.
La mayoría tenía daños en sus ruedas, los que estaban al frente de la línea,
más cerca de donde los había alcanzado, estaban medio derrumbados en el
suelo con los yugos destrozados, y algunos de los bueyes habían muerto.
Idiotas. La reina se dio una palmada en el muslo en señal de irritación. ¿Qué
habían estado pensando los hombres de Bregos? ¿Cómo pensaban
arreglárselas para llevarse el botín de los mercaderes, a la espalda?
¿Colgando de las colas de sus caballos?
Sabía que Bregos no era tonto. Había tenido suficiente éxito en el campo
como para que ella respetara, al menos, sus habilidades estratégicas, aunque
a menudo dejaba de lado su capacidad de juicio. ¿Esos hombres iban por su
cuenta? Sabía que lo habían abandonado los más hambrientos, los más
pequeños y los más insatisfechos con su mando.
Quizá es que eran así de estúpidos. Tiró de Tiger al lado de uno de sus
capitanes, un hombre mayor con la cara profundamente marcada.
—Qué desastre, ¿eh Andar?
El hombre negó con la cabeza varias veces.
—Hay un montón de mercancías que necesitan allá atrás —dijo—. Lástima. No
podremos aprovechar la mayor parte de ellas. No para el viaje, no nos sirven.
Xena colocó una pierna sobre su silla de montar e hizo una mueca cuando su
columna vertebral crujió al girarse.
—Sí, maldita sea. —Repasó el largo desorden de destrucción. Los mercaderes,
aquellos que no fueron lastimados o asesinados, estaban trabajando
alrededor de los carros tratando de salvar algo, con la ayuda de los soldados
de Xena. Sus instintos la empujaban a seguir a los hombres de Bregos. Sabía
que se dirigían a alguna parte, y pensó que, donde sea que estuviese, lo
encontraría, y cuando lo encontrara, lo mataría, y el día sería mucho más
brillante a partir de ese momento. Pero mientras tanto, tenía que lidiar con
esto. Dejar las provisiones aquí estaba fuera de discusión, y liberar sus propios
carros para llevarlas también estaba fuera de discusión. La única opción que
le quedaba era hacer que sus hombres arreglasen las carretas y cargar todos
los bienes que pudieran con los bueyes que quedaban. Eso significaba que 190
estaría atrapada aquí todo el día y eso la estaba jodiendo. Sin embargo, Xena
era, sobre todo, realista—. Está bien —les indicó a otros dos de sus capitanes
que se acercaran—. Montad el campamento.
—¿Señora? —El hombre más cercano la miró.
Xena lo golpeó por pura molestia.
—Cállate, idiota —gruñó—. Andar, acamparemos aquí. Diles a los herreros y a
todos los que puedan usar una herramienta que se acerquen y vean qué
pueden hacer con estos malditos carros. Si tenemos que cortar árboles, envía
un escuadrón para que lo haga y que arrastre los troncos a través del paso.
—A sus órdenes. —Andar asintió—. Arreglarlos, ¿no? —dijo—. Es verdad, es
mejor que quemarlos, estoy pensando, y el castillo obtendrá el beneficio de
los bienes.
—Un hombre inteligente. —La reina comentó chistosa—. Haces que mi
corazón palpite. —Agitó su mano—. Moveos. Quedarme atascada aquí al aire
libre no es mi idea de una fiesta. Tú y tú, venid conmigo. —Señaló a varios
hombres—. Veamos si hay algo por lo que debamos preocuparnos.
Giró en redondo a Tiger y se dirigió hacia el final de la caravana, con los ojos
ya puestos en el espeso matorral donde habían desaparecido los hombres de
Bregos.
Solo porque la diversión de todos los demás había terminado, no significaba
que la de ella tuviera que acabar, ¿verdad?
191
Parte 6
Gabrielle vaciló mientras observaba a Xena alejarse, dividida entre el deseo
de seguirla y el deseo de quedarse atrás y ayudar a los mercaderes.
Lógicamente, sabía que sería más útil aquí que seguir a la reina, pero solo
tardó un momento antes de subirse a Parches y mandarlo a galopar tras Tiger.
Sabía cómo arreglar carros, había visto a su padre y a otros en el pueblo
hacerlo con la frecuencia suficiente, pero sospechaba que los soldados, y
definitivamente los comerciantes, no la escucharían. Xena, por otro lado, de
vez en cuando lo hacía, así que, les dio la espalda a las tropas y siguió a la
reina por la hierba, continuando el sendero dejado por los invasores.
Habían dejado caer cosas mientras corrían, vio una espada a un lado y un
poco de cuerda, pero no tuvo tiempo de detenerse cuando vio que Xena
aceleraba delante de ella. Iba rodeada de soldados y Gabrielle no estaba
segura de sí sabía que iba detrás de ella, por lo que instó a Parches a andar 192
más rápido, ansiosa por no quedarse atrás.
Inesperadamente, Parches tomó impulso y saltó en el aire, asustándola y casi
haciéndola caer.
—¡Whoa! —gritó, agarrándose a la crin erizada, cuando aterrizaron y estuvo a
punto de golpearse contra el animal y aplastarse la cara—. ¡Por qué has
hecho eso! —El pony simplemente continuó, y miró detrás de ella,
descubriendo una forma oscura que yacía en el césped justo detrás. ¿Un
tronco? Gabrielle se volvió y miró hacia adelante, decidiendo resueltamente
que era un tronco y no un asaltante caído. Si era un tronco, Parches era un
pony muy inteligente y ahora sabía que podía confiar en el para que no se
topara con nada de eso. Si no lo era... Bien—. Vamos Parches. —Gabrielle
colocó sus piernas con más firmeza alrededor del cuerpo del pony y se inclinó
hacia delante, mientras sus rápidos pasos la acercaban al grupo de
exploradores de Xena. El último soldado la escuchó acercarse y se giró, su
mano fue a la empuñadura de la espada hasta que la reconoció y el
movimiento se convirtió en un gesto de reconocimiento.
Aliviada, soltó una mano y le devolvió el saludo, viendo la cabeza de Xena
volverse cuando sonó un silbido bajo. El grupo disminuyó la velocidad, se
separó, y se encontró cabalgando a través de un pasillo de caballos con la
reina esperándola al final.
—Oye. —Xena la saludó cuando se acercó—. No me digas que no querías
quedarte allá ayudando a la gente.
Gabrielle la miró mientras cabalgaban.
—Ya hay mucha gente ayudando —dijo—. Quería estar contigo.
Xena sonrió abiertamente, pero giró la cabeza y se mantuvo ocupada
siguiendo el accidentado camino que los asaltantes habían tomado para
llegar al vagón.
Delante de ella, vio una zona despejada, levantó una mano y redujo el paso
de Tiger mientras se acercaban, un poco alzada sobre los estribos para
examinar el lugar con cautela. Sin embargo, solo vio maleza aplastada, por lo
que, continuó avanzando, tirando de Tiger hasta que llegó al centro y lo hizo
girar en círculo.
Desde el camino, con el alto matorral sería casi invisible, y supuso que esa era
la razón, por la cual, los asaltantes lo habían usado como campamento. Había 193
una hoguera tapada apresuradamente en el centro, y las pertenencias
diseminadas alrededor daban fe, que sus dueños se habían ido rápido.
Hm. Xena desmontó y caminó hacia el fuego, tirando de un guantelete y
colocando su palma sobre la capa de tierra. Un calor revelador confirmó sus
sospechas, y se puso de pie, golpeando suavemente el guantelete contra su
muslo mientras revisaba los rescoldos.
—Oportunistas. Interesante.
—¿Qué quieres decir? —Gabrielle se había bajado de Parches y unido a ella—
. Eran desorganizados, eso es seguro.
Xena entornó los ojos.
—Recoged cualquier cosa útil —ordenó a los soldados—. Mirad con cuidado...
Especialmente cualquier pergamino. —Se volvió y caminó hacia el otro lado
del campamento, había marcas en la tierra, un sendero estrecho que se
alejaba—. Eso explica por qué fueron a por los bueyes.
—¿Sí? —Gabrielle estaba completamente perdida, pero de todos modos
siguió los pasos de Xena—. ¿Por qué mataron a los bueyes... querían filetes
para la cena? —Xena volvió la cabeza y miró por encima del hombro,
levantando una ceja hasta el límite. Gabrielle parpadeó hacia ella—. Lo
siento. Esa es la única razón que se me ocurre. Tal vez, es porque tengo
hambre.
Xena se volvió y observó a los soldados buscar.
—Pensé que estaban atacando la caravana para obtener provisiones —dijo—
. Pero ahora... creo que estaban aquí por algo más.
—¿Por nosotros? —Gabrielle se atrevió a adivinar.
Mm. Xena agitó su mano sin guantes.
—Estaban tratando de destruir la caravana. Evitar que llegase a la fortaleza,
pero tuvieron una sorpresa.
—¿Cómo lo sabes?
La reina se rio sin humor.
—Tengo muchas habilidades —dijo, arrastrando las palabras.
—Oh. —Gabrielle decidió buscar en su pequeño pedazo de terreno algo
interesante—. Está bien. —Arrastró su bota contra la tierra, y se movió un poco
hacia la maleza, empujando las hojas a un lado para mirar entre ellas. Después 194
de un momento, sintió un tirón en la parte posterior de su armadura, y se volvió
para encontrar a Xena mirándola—. ¿Qué pasa?
—¿No quieres oír lo inteligente que soy? —preguntó la reina.
Gabrielle se enderezó.
—Claro. —Se sacudió las manos—. Lo siento, pensé que habías terminado de
explicar. —Se disculpó.
Ejem. Xena se giró e indicó el campamento.
—Esto ha estado ocupado mucho tiempo. ¿Ves las depresiones alrededor de
los bordes y cuán duro es el suelo? —Esperó a que Gabrielle asintiera—.
¿Hueles el pozo de la basura? —observó la arruga de la nariz de la chica—.
Bueno, ¿por qué poner un campamento aquí? No hay agua, ni caza, ni
refugio... a menos que, simplemente no te gusten los idiotas que envías aquí.
—Oh. Está bien. —Gabrielle hizo una pausa—. ¿Por qué?
—Lo que sí tiene, es esa roca de allí. —Xena señaló una roca apenas visible—
. Si te subes en ella, obtienes una buena vista del paso, y cualquier cosa que
se mueva a través de él. —Separó la maleza con las manos y reveló la piedra,
que tenía profundas marcas de desgaste en ella—. Y fue utilizada para eso.
Gabrielle se acercó y examinó la roca con fascinación.
—Guau. Mira eso. Pero, ¿por qué eligieron este lugar? ¿Pensaban que
vendríamos? —Levantó la mirada hacia Xena—. Creía que no decidiste el
camino hasta que era casi la hora de partir.
—Exactamente —dijo la reina—. Así que estaban esperando que la gente
entrara y no saliera. —Se volvió y miró hacia el camino—. Nos han estado
atacando todo el invierno, y ni nos dimos cuenta. —Se apoyó contra la piedra
del vigía—. Si no hubiera ordenado que se llenaran las despensas con la
cosecha... maldición. Los jodidos nobles me presionaban para mandar todo
fuera... para vender.
Gabrielle apenas podía creer lo que estaba oyendo.
—¿Crees que lo sabían? ¿Estaban metidos en eso? —preguntó—. Pero eso...
enviamos suministros a la mayoría de ellos durante el invierno. Tendrían...
—Sí. —Xena expulsó una breve risa—. Bien, descubriremos cuándo volvamos,
cuánto y cuándo lo sabían. —Se volvió y comenzó a caminar—. Vamos.
Veamos qué otras pistas podemos encontrar.
195
Gabrielle la siguió de buena gana. El camino era angosto y cerrado por una
maleza espesa, pero mientras caminaba, incluso sus ojos inexpertos
detectaron largas ramas rotas y piedras movidas, e indicaban que el sendero
había estado en uso por más que un corto tiempo.
Esto era emocionante e interesante. Era como un acertijo, y ella estaba allí
viendo a Xena resolverlo.
—Oye, ¿Xena?
—¿Mm?
—¿Habrían matado a todos esos mercaderes? —preguntó Gabrielle, mientras
se adentraban en el matorral y avanzaban hacia un grupo de espesos pinos.
—Probablemente —dijo la reina—. Los pararon para averiguar qué llevaban,
y una vez que lo averiguaran, probablemente, tenían órdenes de hacerlo
inutilizable de cualquier forma que pudieran. —Dio un paso alrededor de un
árbol—. Ah —gruñó—. Eso es lo que estaba buscando.
—¿Qué? —Gabrielle asomó la cabeza por el brazo de la reina—. Oh. Un pozo.
—Mm. —Xena se agachó junto a las rocas inexpertamente apiladas, recogió
una y la examinó de cerca. Las piedras estaban redondeadas y mientras
miraba el fondo, vio un poco de coloración verde—. Interesante. —Se volvió
hacia Gabrielle, que se había agachado junto a ella—. Esto es una piedra de
río.
Reconociendo la forma redondeada, la mujer rubia asintió.
—Deben haberla traído con ellos —coincidió—. Son buenas para los pozos,
porque son pesadas y el agua pasa a través de ellas, no hay esquinas para
que se agarre. —Cogió la piedra de los dedos de Xena y frotó el borde de su
pulgar sobre ella, su expresión se hizo más pensativa.
—¿Por qué Gabrielle? —Xena apoyó el codo sobre el hombro de su
compañera—. No tenía idea de que no eras virgen, junto con todo lo demás.
—Se rio al ver los ojos de la mujer rubia—. Así que ahora dime, pastora, ¿dónde
está el lugar más cercano del que podrían haber venido?
—¿Qué te hace pensar que sé de uno? —respondió Gabrielle en voz baja.
—Tengo muchas habilidades.
La mujer rubia dejó la piedra y miró a su compañera.
—Hay un río... No sé si es lo que estás buscando, pero hay piedras como está
allí —dijo—. No está lejos de donde estamos. 196
¿Tan peculiar era el mundo? Xena se balanceó sobre sus talones y reflexionó.
Parecía demasiado increíble que Bregos eligiera la antigua casa de su
amante como base, sin duda no a propósito. No creía haber mencionado a
nadie de dónde había venido su antigua esclava.
Pero la vida era chistosa algunas veces. La reina se encogió de hombros y se
levantó, arrastrando a Gabrielle con ella. Una villa abandonada y vacía era
tan buena como cualquier otra cuando buscabas refugio, lo sabía muy bien.
—Está bien. —Dio un paso alrededor del pozo y avanzó más, sus ojos captaron
rastros entre los árboles, más allá de la tierra pisoteada cerca del pozo. Al
borde del follaje más espeso, se detuvo y miró hacia atrás.
—Hazme un favor, ¿quieres?
—Claro —respondió Gabrielle.
—Vuelve corriendo y diles a los guardias a dónde vamos. No es que los
necesite tropezando detrás de mí, pero sería de mala educación que crean
que han perdido a la reina y sean azotados por ello.
—Bien. —Gabrielle se giró y trotó de vuelta en la dirección por la que habían
venido—. No te vayas sin mí, ¿de acuerdo? —le gritó por encima del hombro—
. No quiero perderme ninguna de tus habilidades.
Xena hizo un suave ronroneo en el fondo de su garganta, pero volvió sobre sus
pasos y comenzó a inspeccionar el suelo alrededor del pozo, en lugar de
zambullirse en los árboles como su inquieto temperamento la instaba. Vio un
destello de metal cerca de las piedras y se arrodilló de nuevo, despejando el
barro y la hojarasca del objeto.
Era la cubierta del extremo de una daga. La levantó y le sacudió la suciedad,
ladeando la cabeza al reconocer la punta. No era de Bregos, pero sí del tipo
que había traído con el ejército de su última campaña. Baratijas, pero si la
memoria no le fallaba, los hombres que había traído con él, estaban orgullosos
de esto, porque eran diferentes a los que llevaban los hombres de Xena.
Por supuesto, el acero que llevaban sus hombres cortaba de verdad las cosas,
pero aparentemente eso no tenía ninguna importancia para los pequeños
fanáticos. Xena giró el trozo de metal, viendo dónde se había desprendido el
mango del cuerno, el borde torcido se resquebrajó y se desmoronó bajo su
toque.
197
De repente, sus sentidos se pusieron alerta. Era consciente de un cambio en el
aire detrás de ella y del suave roce del cuero contra el barro, y una inhalación
de aire, justo cuando dejó caer el trozo de daga y se volvió, sintiendo su
cuerpo reaccionar instintivamente mientras levantaba una mano frente a ella,
en lugar de desenvainar su espada.
No lo pensó. Xena no tenía parte consciente en la decisión y así era
exactamente como tenía que ser, ya que, atrapar la flecha en lugar de sacar
su espada y exponer su pecho, le salvó la vida. Sus dedos se cerraron
alrededor de un eje que se movía rápidamente y lo soltó mientras sacaba su
daga de la funda de su muñeca y la enviaba en la dirección opuesta.
Un suave lamento confirmó su puntería y sonrió, ahora, sacando su espada y
avanzando hacia los árboles, con una mano en guardia frente a ella para
atrapar cualquier otra molestia emplumada. Escuchó un estruendo en el
arbusto y alteró su curso, saltando sobre un arbusto bajo y levantando su
espada, cuando vio un movimiento, errático y vacilante en el otro lado.
Con un grito triunfante, inició un rápido ataque hacia abajo, mientras sus ojos
despejaban las hojas y encontraban su objetivo, solo sacudió su brazo a un
lado mientras su cerebro procesaba lo que estaba viendo, desvió la estocada
de su objetivo aterrizando a la izquierda de este.
Unos aterrorizados ojos abiertos como platos la miraban, enmarcados por
cabello castaño corto y lacio, en una cara demasiado joven como para
apenas ser de un adolescente. La boca del niño se abrió y jadeó, con las
manos apretadas alrededor de la empuñadura que sobresalía de su vientre
donde su objetivo la había enterrado.
En el suelo, a su lado, estaba el arco con que disparó la flecha que Xena
atrapó, y también, había una pequeña bolsa de caza junto a él. En un
instante, sus sentidos captaron todo eso, y su miedo inicial a un error estúpido
disminuyó cuando volvió toda su atención a su víctima.
Realmente, era apenas mayor que un niño. Eso no cambió el hecho de que
había intentado matarla, y Xena se negó a sentir simpatía por él.
—Supongo que elegiste el cerdo salvaje equivocado para dispararle, ¿eh? —
Se arrodilló a su lado y lo giró bruscamente. Él gritó, pero ella le apartó las
manos de la empuñadura del cuchillo y puso sus dedos alrededor,
sacándoselo con un tirón rápido y constante que transformó su lloriqueo en un
grito. Desapasionadamente, limpió el cuchillo en sus polainas mientras el chico
se agarraba el vientre y chillaba, deslizando la daga en su funda mientras
escuchaba pasos de botas corriendo detrás de ella—. Por aquí.
198
Gabrielle salió disparada de entre los árboles como si tuviera la total intención
de hacer algo militarmente útil, completa con su gran vara ondeando en el
aire. Se detuvo cuando vio la escena, Xena la observó atentamente mientras
la mujer rubia miraba al niño, luego miraba el arco y después, la miraba a ella.
Había dos posibles preguntas que Gabrielle podía hacerle. Una continuaría su
relación, y la otra, probablemente la terminaría. Xena se encontró incapaz de
adivinar cuál sería y así, en ese momento del baile de sus almas, experimentó
una sacudida del corazón que la mareó.
—¿Estás bien? —soltó Gabrielle.
Xena se sentó sobre sus talones, insegura de si iba a reír o llorar.
—Oh sí. Estoy genial. ¿Cómo estás tú? —murmuró—. Mira lo que descubrí aquí.
Un pequeño cordero con una asquerosa picadura en la cola.
Gabrielle puso su mano sobre el hombro de Xena, y miró al niño, que aún
estaba acurrucado en el suelo, agarrándose el estómago.
—¿De dónde ha venido? —preguntó—. ¿Está con Bregos?
Xena miró a los árboles durante un largo rato antes de sacudirse las manos y
sintió que su ritmo cardíaco volvía a asentarse.
—Supongo que lo averiguaremos. —Giró la cabeza cuando llegó el guardia—
. Lleva esta basura al campamento y retenlo allí. Si no se desangra hasta morir,
podría obtener algo útil de él. —Se puso de pie cuando los soldados agarraron
a su joven víctima y lo levantaron, un hombre cogió su arco y sacudió la
cabeza con una expresión de disgusto. Esperó a que arrastraran al niño antes
de volverse y mirar a Gabrielle—. Pensé que sentirías lástima por la pequeña
basura.
Gabrielle frunció el ceño.
—¿Por qué? —preguntó—. Trató de herirte... ¿Por qué sentiría lástima por él?
Ah. La reina exhaló. Entonces es eso, esa es la línea roja, ¿verdad? Se preguntó
si Gabrielle se había dado cuenta de que la había cruzado.
—Solo una idea. Ahora que tenemos a los chicos con nosotras, veamos qué
otras sorpresas podemos encontrar. —Palmeó a Gabrielle en el hombro y
comenzó a caminar hacia delante, pasando por encima del arco olvidado y
alejándose de los árboles con su pequeña banda mientras el sol se movía a
través del cielo en lo alto, bañándolos con su luz.
199
Gabrielle dejó de caminar cuando sintió que la mano de Xena se agarraba a
su hombro. Esperó a que la reina se acercara y luego señaló una densa mata
de arbustos que apenas se veía a través de los árboles.
—El río pasa justo por allí.
—Lo sé —dijo Xena—. Puedo olerlo. —Se movió más allá de Gabrielle—. Así
que ahora, la perra con el metal puntiagudo va primera y tú te quedas detrás
de mí. ¿Vale?
—No eres una perra.
Xena se rio.
—Oh, sí que lo soy. —Desenvainó su espada y comenzó a avanzar—. En fila,
mantente alerta. —Avisó a los soldados detrás de ella—. No sé lo que nos
vamos a encontrar. —De repente, se le ocurrió a Gabrielle que eran un grupo
bastante pequeño para entrar, donde tal vez estaban escondidos muchos de
los hombres de Bregos. No recordaba exactamente cuántos se habían ido,
pero sabía que parecían muchos cuando lo hicieron, y siempre podrían haber
reclutado más desde entonces. Seis personas no parecían ser un número
seguro, especialmente, porque ella era una de las seis y no podía hacer
mucho para luchar contra nadie. Pero, por otro lado, tenían a Xena con ellos,
así que posiblemente estaba bien. Apretó con más fuerza su bastón, cuidando
de no golpear a la reina con el extremo, y siguió a Xena hacia el río. No era su
parte del río. Estaban bastante más abajo de los vados que había conocido
cuando era niña y del torrente ondulante que pasaba rápido por la pequeña
orilla donde se había arrodillado para llenar su jarra todas las mañanas. Estaba
contenta de eso, no deseaba estar cerca de lo que sabía, sería una cáscara
vacía con nada más que recuerdos quemados. No quería volver allí. Xena
sostuvo su espada hacia atrás, sus dedos se agarraron ligeramente alrededor
de la empuñadura, mientras pasaba por el último árbol y emergía a la orilla
del río. Sus ojos se movieron sobre la superficie, y corrigió su evaluación, ya que
el cauce era más de un arroyo que de un río, quizá la envergadura de seis
caballos de una orilla a otra, pero bajaba a un ritmo decente. Pisó una roca
cubierta de musgo cerca del borde y estudió el agua atentamente. Estaba
oscura y embarrada, y cuando se arrodilló y extendió sus sentidos, captó una
bocanada de basura y hedor en su superficie—. No lo toques —ordenó, 200
parándose y moviéndose fácilmente río arriba.
La siguieron en fila de a uno y, lentamente, un silencio descendió sobre ellos
mientras seguían su ejemplo, dando pasos con cuidado mientras los conducía
por el arroyo hacia una curva empinada que apenas podían ver delante.
Xena sintió una clara sensación de placer al practicar su técnica favorita de
caza. La brisa fresca sopló contra su rostro, olió a humanidad y eso la hizo
sonreír. A pesar de todas las incertidumbres que había sentido hasta ahora,
esto al menos, era algo que recordaba bien, y dejó que las preocupaciones
del día se desvanecieran a su alrededor, mientras se concentraba en moverse
silenciosamente, la emoción que se despertaba lentamente, erizando los
pelos de sus antebrazos.
Era mucho mejor que ser reina, la verdad. Sentada en un castillo sobre una
silla mohosa y dura, ¿cómo lo había soportado todo este tiempo? Las orejas
de Xena se sacudieron cuando captó débiles sonidos en el viento. Esto era
vivir ¿a que sí? Exhaló lentamente, sacudiendo la cabeza.
—¿Pasa algo? —susurró Gabrielle, acercándose justo detrás de ella.
—No. —la reina cambió su espada de mano—. ¿Hueles eso?
Gabrielle olfateó obedientemente.
—Todo lo que puedo oler es a ti —dijo después de un momento—. ¿Eso era lo
querías decir?
—¿Huelo mal?
—No.
—Entonces no era lo que quería decir.
—Oh.
Xena se detuvo en una parte más ancha del camino, para permitir que su
compañera se acercara a ella.
—Mira. —Señaló al agua, que llevaba un remolino de restos más allá—. ¿Ves
eso?
Gabrielle asintió.
—Es basura. —Coincidió.
—Basura de ejército —dijo la reina—. Eso la hace diferente. Los aldeanos
nunca tirarían la ropa así.
201
Los soldados se pararon pacientemente detrás de ella, sus cabezas no
dejaban de moverse mientras miraban el bosque a su alrededor. Uno pisó las
rocas cerca del agua, y extendió su espada, enganchando un poco de los
restos y acercándolos para que Xena la inspeccionara.
Guau. Gabrielle miró la masa empapada. Apenas podía ver lo que era, y Xena
lo supo de inmediato.
—Tienes razón —dijo—. Esas son ropas de hogar. —Una escena brilló en su
mente, en la pequeña hoguera de su familia y su madre doblando
cuidadosamente sus ropas para guardarlas—. Nunca las habrían arrojado al
río.
Xena asintió.
—Está bien, escuchen. —Miró a los soldados—. Quiero saber cuántos hay y
como están distribuidos. Entonces podemos traer al resto de los chicos y
acabar con ellos. —Levantó una mano y tocó la nariz de Gabrielle con su
pulgar—. Pégate a mi culo, rata almizclera.
Gabrielle sonrió inesperadamente.
—Qué suerte la mía —respondió, apretando los labios mientras amortiguaba
una sonrisa al ver que Xena abría los ojos de par en par—. ¿No lo creen así? —
preguntó a los soldados.
—¡Silencio! —Xena los miró a todos. Reunió toda la dignidad que pudo y les
dio la espalda, abrochándose la capa, por si acaso alguien tenía la graciosa
idea de mirar cualquier otra cosa que no fuera a dónde se dirigían. Escogió su
camino y comenzó a caminar de nuevo, sus ojos vieron un angosto sendero,
casi invisible, que se alejaba del arroyo y se internaba en el bosque. La luz del
sol se inclinaba ahora a través de las hojas, comenzando a tornarse de un rico
y cálido color dorado cuando pasaba el mediodía y se movía a lo largo de su
arco hacia la noche. Se metió entre los altos troncos y conscientemente, se
volvió más silenciosa, aguzando su oído mientras escuchaba los primeros
indicios de humanidad por delante. La maleza era espesa y se deslizó entre
las ramas, haciendo pausas cada pocos pasos para que el sonido de sus
pisadas no bloqueara sus sentidos. Los pájaros se habían callado a su
alrededor, una indicación definitiva del cercano asentamiento. Aflojó el paso,
colocando sus pies con más cuidado, sintiendo cerca algo que no era parte
del bosque. Levantó una mano, la movió hacia adelante presionando contra
el tronco de un árbol alto cuyas ramas se extendían perezosamente a cada
202
lado. Lentamente, deslizó su cabeza alrededor del árbol y miró más allá del
tronco. Como había sospechado, había un puesto de guardia allí, dos
hombres sentados en troncos, uno tallando un poco de madera de modo
aburrido, el otro reclinado sobre sus manos, mirando las hojas sobre sus
cabezas. Eran jóvenes y anónimos para ella, sus rostros ni siquiera le sonaban
del cuartel. Xena estudió el área tras ellos y más allá, sin detectar otras figuras
cercanas. Así que tenía dos idiotas aquí, ¿y ahora qué hacer con ellos? Si
simplemente los noqueara, sabrían que estaba cerca y no estaba segura de
querer que supieran eso todavía. Si les cortaba la garganta, por agradable
que fuera, también probablemente, indicaría que estaba cerca, y eso
asustaría a Gabrielle. Si los rodeaba, podrían acercarse por detrás. Si les
pasaba por encima, no podría resistir la tentación de tener a sus hombres
orinando en sus cabezas.
»La vida algunas veces es un saco de excremento de cerdo, ¿no? —murmuró
en voz baja, justo cuando un gran estornudo ahogado sonaba detrás de ella.
Los dos guardias saltaron, sacando sus espadas y echando a correr hacia los
árboles, detrás de los cuales estaban escondidos. Xena puso los ojos en blanco
y se agachó detrás del tronco, soltando un grito salvaje mientras se enzarzaba
con el primer guardia, entrechocando su espada con la de él, bloqueando su
arma mientras intentaba frenar su carrera y fracasaba, chocando
directamente contra ella y rebotando para tropezar hacia atrás. Sus ojos se
abrieron como platos mientras el resto de los soldados salían de detrás del
árbol y atacaban. Xena fue tras su víctima inicial sonriendo cuando vio por la
mirada en sus ojos que él sabía cuán grandes eran sus problemas en ese
momento. Estaba segura que dejarlo vivir sería inútil, así que lo atravesó,
sintiendo la rechinante sensación del acero sobre los huesos cuando su arma
penetró su pecho y ensartó su corazón. Se desplomó sobre la tierra y siguió
adelante, buscando otro objetivo, pero sus hombres ya se habían ocupado
del otro guardia, y ahora, estaban buscando más allá del tronco en el que
habían estado sentados, una sensación de excitación surgió en ellos cuando
el olor a sangre se elevó en el claro. Xena saltó a la parte superior del tronco
y se dejó caer al suelo en el otro lado. Una pendiente corta y cubierta de
musgo conducía hacia un pequeño valle, y podía ver el humo que se elevaba
desde el centro de él.
»Está bien. —Hizo un gesto a los dos hombres más cercanos a ella—. Coged
los cuerpos y ponedlos en el río. —Su largo dedo señaló a un tercer hombre—
. Limpia y ordena este pequeño pozo de mierda, y que parezca que no ha
pasado nada.
203
—A sus órdenes. —Los hombres se pusieron a trabajar.
—Tú. —Xena giró la cabeza y miró a Gabrielle, que estaba cerca parada de
pie en silencio—. Ese sonido que hiciste mató a esos hombres. ¿Te das cuenta
de eso?
Los ojos de Gabrielle se posaron en su rostro con repentina y recelosa
conmoción.
—Pe...
—Fuiste tú, ¿verdad? ¿O uno de mis hombres se agarró la entrepierna primero?
—La mirada de la mujer rubia se movió hacia los cuerpos inertes que eran
arrastrados, y luego miró a Xena horrorizada—. Aquí fuera no es un juego. —
La reina dio media vuelta y comenzó a caminar entre los árboles examinando
el bosque durante varios segundos, antes que su mente realmente
reconociera lo que estaba viendo. No estaba enojada de verdad con
Gabrielle por estornudar, después de todo, la gente lo hacía, y no le
importaba matar a los soldados, solo odiaba que la elección hubiera sido
tomada de esa manera.
Dio varios pasos más antes de mirar detrás de ella, encontrar a Gabrielle
siguiéndola, con los ojos fijos en el suelo, y su cara pétrea e inexpresiva.
Un brillante intento de compostura arruinado completamente por las lágrimas
que rodaban sin control por sus mejillas.
Xena suspiró y siguió avanzando, molesta porque un poco de agua podía
hacer mucho para arruinar lo que había resultado ser un día muy agradable.
El puesto de guardia estaba sorprendentemente lejos del campamento
principal. Xena había liderado el camino por casi una marca de vela, antes
de empezar a escuchar voces y el sonido de la madera siendo cortada a
través de los árboles en frente de ella. Levantó la mano para detener el
avance detrás, luego desabrochó su capa y la extendió en dirección a
Gabrielle.
—Sostén esto.
Gabrielle tomó la capa y Xena dio un largo paso hacia el último árbol, se
204
agachó y luego saltó para agarrar la rama más baja y se subió. Después de
tomarse un momento para recuperar el equilibrio, caminó a lo largo de la
rama, colocando sus botas con cuidado cuando la rama se balanceó un
poco.
En el extremo, donde la rama del árbol se extendía a la siguiente antes que
ella cruzara, se detuvo y se volvió para mirar para atrás, viendo a sus seis
hombres agazapados en los arbustos, observando atentamente a su
alrededor. Recostada contra el tronco del árbol en el que estaba subida,
estaba Gabrielle, con la capa de Xena sobre su brazo, sus ojos mirando hacia
la distancia sin ver.
No había dicho una palabra desde que habían partido de nuevo. Ni siquiera
un gruñido o un carraspeo, ni siquiera cuando Xena se dirigió directamente a
ella.
La reina sospechaba que iba a tomar algún esfuerzo revertir eso, pero si
aprendía la lección como Xena había intentado, valdría la pena.
¿Verdad?
Xena frunció el ceño, al reconocer una sensación de inquietud que estaba
ligada a la expresión sombría en el rostro de su amante, y al hecho, de que
ella misma no estaba contenta con eso. Xena. Se dio una palmada en la
cabeza, giró y continuó, saltando de un árbol a otro y moviéndose a lo largo
de la larga rama en dirección al centro.
Lo primero es lo primero. Tendría tiempo más tarde para hacer las paces.
Cuando llegó al tronco, lo rodeó hasta una rama en el otro lado presionando
sus manos contra la corteza y sintiendo su aspereza contra las palmas. Se
detuvo entonces, mientras miraba a su alrededor y podía ver debajo, donde
un gran grupo de hombres rodeaba una gran hoguera.
Estaban demacrados y parecían cansados. La ropa que llevaban estaba
desgarrada y sucia, y la nariz de Xena se arrugó cuando una ráfaga de viento
llevó su olor hasta ella. La mayoría llevaba barba, muchos tenían cortes y
heridas visibles que eran testimonio de un invierno muy duro.
Estaban concentrados en la olla, y ajenos a cualquier otra cosa a su alrededor.
Sospechaba que podría ponerse a bailar y cantar una canción de taberna en
la rama sobre ellos y ni se moverían. Las miradas hundidas en sus caras la
hacían sospechar que no habían comido en mucho tiempo.
—Conseguimos hacer fuego —dijo un hombre, con una tos ronca.
205
Varios a su alrededor se lamieron los labios, y luego, curiosamente, miraron
alrededor como avergonzados. Xena estaba con cara satisfecha apoyada
contra la corteza mirando, no del todo segura de lo que estaba pasando.
Aparentemente, parecían estar preparándose para una comida, pero había
una avidez y un interés en sus maneras que hacían punzar sus instintos de
alarma.
¿Qué estaban haciendo?
Hubo un gran revuelo en la parte posterior de la multitud, y se levantó un
murmullo de excitada conversación. Xena se movió con cuidado alrededor
del tronco y dio unos pasos a lo largo de la rama, manteniendo las hojas a un
lado con una mano para poder ver mejor. Tres hombres estaban luchando por
levantar una olla llena de agua y colocarla en la hoguera y varios sacaron
dagas, mirando más allá del fuego hacia la parte de atrás desde donde
venían los ruidos.
Xena se adelantó un poco más, tratando de ver qué era el ruido. Podía ver a
un grupo de hombres empujándose hacia adelante, y luego, los otros los
estaban ayudando, la excitación era incontenible. Llegaron a la hoguera y de
repente la multitud se separó, y vio a dos de los hombres, con una figura atada
entre ellos, su piel pálida pero sucia, desnuda, excepto donde las cuerdas la
cruzaban.
¿Que? La reina parpadeó, y luego lo hizo otra vez, cuando se dio cuenta de
que era una niña a la que habían atado, con cabello castaño, y ojos grandes
y aterrorizados. Ella estaba luchando débilmente, pero su boca estaba
amordazada y cuando fue empujada hacia adelante, los hombres se
adelantaron ansiosamente, uno de ellos alcanzando y probando el agua de
la olla.
—¿Qué Hades? —susurró la reina. Xena había visto muchas cosas en su vida.
La tortura, la necesidad, la depravación y pequeños trucos sucios que harían
gritar como bebés a soldados hechos y derechos, pero una cosa que nunca
había experimentado era el canibalismo y por eso, le tomó casi cien latidos
antes de darse cuenta que eso era lo que estaba a punto de ver. Y luego se
dio cuenta que sólo pensarlo la horrorizó por completo, justo antes de soltar
las hojas y saltar hacia adelante, soltando un grito fuerte y urgente, mientras
caía por el aire hacia la multitud, justo cuando arrojaban a la chica a la olla y
avivaban el fuego. Esperaba que sus hombres vinieran corriendo. Había
demasiadas dagas y hombres que estaban frenéticos para que ella se 206
mantuviera indemne. Sacó su espada cuando aterrizó y comenzó a
balancearse. Era como cortar entre espesos matorrales, los hombres casi no
se daban cuenta de su presencia mientras se arremolinaban alrededor de la
olla de cocción y vislumbraba brevemente a la chica que se sacudía
violentamente.
»¡Hijo de bacante! ¡Alejaos de ella, malditos cabrones pervertidos! —Xena
cortó un brazo y pateó a su dueño directo al fuego. Un hedor a carne
quemada subió y eso envió a la multitud al límite. Comenzaron a desgarrar el
cuerpo que todavía se retorcía mientras Xena luchaba por acercarse a la olla,
el olor de la suciedad y del pelo quemado revolvían su estómago—. ¡Yahhhh!
—Un grito de respuesta llegó a sus oídos dulce como un baklava3 y blandió su
espada hacia la cabeza de un hombre en su camino, la hoja se clavó
repentinamente en el hueso de su cráneo. Impaciente la sacó, y un fuerte
chasquido sonó cuando su codo golpeó algo, mientras su brazo se
balanceaba hacia atrás. Se dio media vuelta y vio sangre y cabello pálido, y
luego Gabrielle se desplomó, cayendo como un saco entre la multitud de
hombres.
3
Baklava.- Pastel de pistachos o nueces con miel.
»Oh —Xena exhaló—. Eso ha sido una cagada. —Dio media vuelta y metió la
mano en la olla, sintiendo el agua hirviendo contra su piel mientras agarraba
a la niña y la acercaba al borde de la olla, oyendo el chisporroteo mientras su
piel desnuda tocaba el hierro caliente.
Entonces, uno de sus hombres que estaba a su lado agarró a la niña, sus ojos
enormes y horrorizados como sabía que también estaban los suyos y sintió una
fuerte espalda que presionaba contra la suya mientras caminaba hacia
donde Gabrielle había caído y la sujetaba con una pierna a cada lado de su
cuerpo desplomado.
—¿Qué hacemos? —gritó el hombre a su espalda—. ¡Animales!
Xena luchó contra dos hombres que estaban arañando el cuerpo de la niña,
con los ojos tan fijos que no prestaron atención a su espada cortándolos en
pedazos, ni a la sangre que ahora corría por todos lados. ¿Qué hacemos? Sólo
conocía una solución para esta situación particular.
—¡Matadlos a todos! —gritó, ignorando el hecho de que estaban superados
en número diez a uno—. ¡Morid! ¡Morid todos, bastardos!
Algunos de ellos estaban destrozando al primer hombre que ella había
207
matado. Xena vio que dos de sus hombres los atacaban con hachas de
guerra y se mantuvo firme en su lugar, destripando a un hombre que intentaba
alcanzar a la niña y luego tirando de su espada hacia atrás, batiéndola sobre
su cabeza para cortar la cara de un segundo hombre.
—Xena, son demasiados —dijo el hombre a su espalda—. ¡Están locos!
Xena no tenía dudas de su coraje. Tampoco tenía dudas sobre su propia
inteligencia.
—Cúbreme. —Envainó su espada a pesar de la sangre derramada sobre esta
y se arrodilló, recogiendo el cuerpo inmóvil de Gabrielle en sus brazos y
levantándola. Su rostro estaba cubierto de sangre—. ¡Vámonos! ¡Al río!
El resto de los hombres formaron una cuña a su alrededor y lucharon en su
camino hacia la línea de árboles, perdiendo a la mayoría de sus atacantes
que se volvían hacia el fuego y su otra víctima.
—Es abominable, Xena. —Uno de sus hombres gruñó mientras corrían.
Xena contuvo el aliento teñido con la sangre de su amante y lo expulsó.
—Mierda de héroe de pacotilla —murmuró en respuesta, sintiendo que le
castañeteaban los dientes.
Maldición.
Gabrielle se despertó lentamente con el olor a vino especiado y cuero en las
cercanías. Tomó aliento e intentó abrir los ojos, con resultados muy variados.
—Ay.
—No te muevas.
La voz de Xena sonaba cansada, pero tranquila, y podía sentir la suavidad de
las pieles del camastro bajo sus dedos, por lo que Gabrielle pensó que estaban
a salvo.
—Qu... —Le dolía mucho la cabeza, y solo podía abrir un ojo, pero eso no
ayudó mucho, porque algo estaba cubriendo el otro y bloqueaba su vista—.
Qu... 208
Arrimó una vela, y sintió la presencia de Xena, la calidez de su cuerpo
acercándose mientras se inclinaba sobre el jergón y su perfil oscuro entró en
la visión limitada de Gabrielle.
—¿Me haces un favor? —También le dolía la garganta. Gabrielle se limitó a
asentir y a esperar—. No hablemos sobre lo de hoy hasta mañana.
Después de un momento, Gabrielle asintió de nuevo, le dolía tanto la cabeza,
que no hablar era en realidad una idea muy atractiva. Recordaba lo que
había sucedido hasta cierto punto, ese punto fue el repentino ataque de Xena
al campamento que los había hecho correr a todos.
Recordaba haber encontrado la forma alta de Xena y luchar por ponerse a
su lado.
Recordaba haber visto a la niña siendo hervida.
Luego recordó haber escuchado un crujido, luego... nada. Obviamente,
había sido herida en la pelea. Miró a Xena, recordando lo que había sucedido
antes y súbitamente, se alegró de que no se hablara de eso hasta el día
siguiente.
Quizás mañana estarían tan ocupadas que tampoco podrían hablar de eso.
Quizás Xena olvidaría el día de hoy, ya que las cosas seguramente estarían
muy agitadas.
—Parches, ¿está bien? —logró decir con voz ronca, pensando que era una
pregunta segura.
—Está bien. —Xena sonrió—. Tú vas a estar bien. Simplemente te golpeaste la
cara con algo duro y puntiagudo y tienes los ojos hinchados.
Gabrielle asintió, ya que eso era más fácil. Después de un incómodo silencio,
volvió a mirar a Xena, los pálidos ojos de la reina reflejaban destellos a la luz
de las velas.
—Lo siento.
—Cállate.
La mujer rubia presionó sus labios y dejó que su ojo se cerrara.
—Deberías enviarme de vuelta al castillo —dijo.
—Sí, debería. —Xena estuvo de acuerdo. 209
Gabrielle mantuvo el ojo cerrado, pero podía sentir el calor húmedo
acumulándose debajo de sus párpados cerrados. Esperó a que Xena
continuara, pero la reina no parecía tener nada más que decir y se quedaron
allí sentadas juntas en silencio, solo la agitación de la vela entre ellas.
Xena se reclinó en su silla de campaña, sus largas piernas extendidas y sus
manos detrás de la cabeza. Podía escuchar mucha actividad fuera, pero por
ahora, no tenía deseos de ir a verlo. Se estaba en paz aquí, dentro de su
tienda, con el brasero siseando suavemente, y el cercano olor a vino caliente.
Junto a su pierna derecha, Gabrielle estaba durmiendo en su camastro, con
una mano enredada en la colcha que la cubría y la otra en la parte superior
de la misma, con sus nudillos rozando el muslo de Xena.
Xena observó la cara de su amante, sus ojos recorriendo el hematoma
hinchado en su nariz y el párpado aún cerrado, pero también notó el estado
enrojecido del lado ileso, este indicaba que había derramado algunas
lágrimas. Incluso durmiendo, la cara de la mujer rubia estaba tensa y, mientras
la reina la miraba, casi podía sentir el malestar en sus propias entrañas.
Eso la molestó. Sabía que no debía ninguna disculpa por su rudo discurso o por
su involuntario codazo, pero estaba enojada, por encontrarse a sí misma con
el deseo de evitar que Gabrielle se disgustara, aunque era correcto que lo
hiciera.
Ugh. Xena miró con dolor el techo de la tienda. El amor era condenadamente
demasiado complicado. Odiaba su dependencia, la obligación que le
dejaba y la ambivalencia que producía. No tenía lugar aquí en medio de una
campaña.
Un toque casi la hizo saltar, antes de mirar hacia abajo para ver los dedos de
Gabrielle rodeando su rodilla. Se quedó mirando la mano, pensando
detenidamente sobre cómo ese contacto la hacía sentir en su interior. ¿Valía
la pena arriesgar todo por eso? Continuó volviendo a la pregunta, pero ahora,
mientras la formulaba, de repente sintió que conocía la respuesta y quería que
fuera sí, y no no.
El único ojo bueno de Gabrielle se abrió, parpadeó y le miró a la cara. Sin 210
pensarlo, Xena extendió la mano y le acarició el lado ileso de la cara,
absorbiendo la expresión de simple y muda gratitud que obtuvo por ello.
—¿Qué voy a hacer contigo? —Gabrielle se encogió de hombros débilmente,
luego miró hacia otro lado—. ¿Sabes una cosa? —Xena golpeó suavemente
la barbilla de la mujer rubia con un dedo. Esperó a que Gabrielle la mirara—.
Sería mejor para las dos si enviásemos tu bonito culito a la fortaleza. —Vio la
reacción en el ojo verde inyectado en sangre—. Pero si lo hiciera, te extrañaría
tanto que no sería capaz de pensar con claridad. —Los dedos de Gabrielle se
tensaron en su pierna—. ¿Cómo diablos dejé que pasara esto? —se preguntó
Xena en voz alta, suspiró y sacudió la cabeza—. De todos modos, escucha.
Fue mi codo con el que te topaste, así que, la próxima vez, ten cuidado,
¿quieres? Tengo una contractura allí del tamaño de una nuez ahora.
Gabrielle apoyó la mejilla sobre la almohada y observó la cara de la reina,
medio en sombras, medio iluminada, acariciando el momento de la cruda
humanidad de Xena.
—Lo siento —dijo después de una larga pausa—. Por todo.
Xena parecía entender lo que estaba diciendo.
—Yo también. —Los pálidos ojos se levantaron—. Pero no te voy a mandar de
vuelta. —Cubrió la mano de Gabrielle con la suya y la apretó—. Así que
tendremos que vivir con lo que sea que pase. —La cara de Gabrielle se
transformó en una sonrisa pequeña e indecisa—. O morir con eso. Lo que sea
—añadió la reina, levantando sus manos unidas y besando los nudillos de
Gabrielle. Se acercaron unas pisadas, pero la reina no se movió, ni siquiera
cuando el cortés golpe sonó en el exterior de la tienda—. ¿Sí?
—¿Has llamado por nosotros, señora? —respondió la voz de Brendan.
¿Lo había hecho? Oh sí.
—Vamos, entra. —La solapa se abrió y los hombres entraron, una docena de
ellos. Todos sus capitanes de tropa, quienes se agruparon cerca de su mesa
de mapas y trataron de no mirar a ninguna de las dos—. Informe —dijo Xena,
en un tono claro.
Brendan se aclaró la garganta.
—Tenemos la mayoría de los carros arreglados —dijo—. Estamos listos para
partir por la mañana. La mayoría de las partes se remendaron, aunque
perdimos algunas tonterías y cosas así, estaban rotas y eso.
—Bien. —Xena cruzó los tobillos—. Manda cuatro hombres junto con ellos. Con 211
un poco de suerte, se encontrarán con los pobres bastardos que envié el otro
día y pueden ir todos juntos.
—A sus órdenes. —Su capitán estuvo de acuerdo—. Hicimos lo correcto por
ellos. Los hombres tenían algunos dinares, les compraron una o dos cosas para
darles monedas de carretera. Los bastardos se quedaron con todas por
dejarles pasar.
Xena resopló.
—¿Alguien acepta llevar a esa niña? —preguntó después de un momento—.
Tiene algunas quemaduras graves, pero con un poco de suerte, al menos
podrá aguantar hasta la fortaleza.
Brendan asintió, sus labios se apretaron.
—Pobre desgraciada —dijo—. El guía de la caravana dijo que la vería allí. No
ha dicho una palabra todavía, está atolondrada, creo.
—Como mínimo —dijo Xena—. Podría terminar idiota. Quizá ya lo era antes.
—No lo creo, M... Xena. —Uno de los otros capitanes más jóvenes dijo
inesperadamente—. Ella no ha dicho mucho, sí, pero la he estado observando
cuando la cuidaban y es consciente de lo que pasa. —Echó un vistazo
alrededor con timidez—. Hubiera sido mejor para ella, tal vez, si no se diera
cuenta.
—Cierto —gruñó la reina—. Bueno. Mañana nos desviaremos un poco y
eliminaremos a todo ser viviente de ese pozo de mierda que vi hoy —
anunció—. Sin sigilo, sin estrategia, simplemente entramos cabalgando y
damos rienda suelta. ¿Todos me entienden?
Los hombres asintieron sombríamente.
—¿No quieres simplemente echarlos? —preguntó Brendan, con un toque de
vacilación—. Parecían más locos que peligrosos, por lo que todos dijeron.
—No —respondió Xena—. No quiero echarlos. Quiero arrasarlos. —Miró a los
hombres—. Estaban comiendo niños, Brendan. Estoy de vuelta de todo, y si
algo escandaliza a mi viejo trasero lleno de cicatrices de batalla, debe ser
enviado al Hades. ¿Entiendes?
Brendan asintió.
—Sí.
Uf. La reina se estremeció en recuerdo. 212
—Ciertamente no voy a dejarlos aquí, para que se aprovechen de los pocos
pobres bastardos que quedan viviendo por esta zona. Así que diles a todos
que afilen sus armas y que estén listos. Saldremos al amanecer.
—Sí —repitió Brendan—. Lo haremos, Xena. —Hizo una pausa—. Los
comerciantes nos han dado algo de comida buena. Los hombres traerán algo
para ti.
—Para nosotras. —Xena aún tenía la mano de Gabrielle en la suya y la apretó
ligeramente—. Gabrielle trabajó duro durante el día. Trae tres de todo. —
Gabrielle miró a los hombres con su ojo bueno. Apenas podía distinguirlos en
las sombras y se preguntó qué estaban pensando en ese momento acerca de
Xena, y sobre ella, y sobre cómo estaba yendo todo. No era lo que esperaban,
pensó. De hecho, no era lo que ella había esperado, y probablemente
tampoco lo que Xena esperaba. Pero la vida era así, y cuando perdiera la
noción de ese hecho, solo tenía que pensar en la niña que arrojaron a esa olla
para comprender que las cosas siempre podrían ser peores—. Eso es todo.
Largo —Xena despidió a los hombres y esperó a que se fueran antes de volver
su atención a la figura en el camastro—. ¿Algo que comentar?
Gabrielle negó con la cabeza.
—No, realmente no.
Xena arqueó las cejas.
—¿Nada? ¿También crees que debería dejar solos a esos tipos?
La mujer rubia sostuvo su mirada durante un largo momento, antes de negar
con la cabeza.
—Eso fue horrible —dijo—. No puedo imaginar nada más horrible que eso.
—¿Incluso más que un montón de gente muerta?
—Incluso.
Hm. Reflexionó Xena.
—Tú y yo estamos de acuerdo en un problema moral. Creo que he oído a
Hades teniendo una pelea de bolas de nieve en alguna parte. —Se acercó y
gentilmente giró la cabeza de Gabrielle hacia la luz, estudiando su herida.
Aparte del ojo hinchado, le había dado a su amante en la nariz y de ahí
provenía la mayor parte de la sangre. Al principio pensó que se había roto,
pero ahora podía ver que la hinchazón se había reducido y volvía a tener una 213
forma más normal—. Respira —instruyó Xena, mirando las aletas de la nariz de
Gabrielle que se abrían un poco mientras obedecía—. ¿Todavía
congestionada?
—Sí —murmuró Gabrielle—. Como si tuviera un resfriado, pero sin tenerlo. —
Parpadeó un poco, haciendo una mueca cuando su párpado cerrado se
abrió—. Ow. —Extendió la mano y tocó su ojo, sintiendo la protuberancia de
la hinchazón—. Tal vez necesito una armadura para mi cabeza.
—Tal vez. —Xena se inclinó hacia delante, moviendo su mano a un lado
mientras besaba suavemente el punto en el que había golpeado su codo.
Oyó a Gabrielle inhalar sorprendida, luego sintió la mano de la mujer rubia
tocar su cuello, los dedos acariciando suavemente su piel. Ella movió la
cabeza un poco y sus labios se encontraron, un dulce calor que calmó la
inquietud oscura y nerviosa que había sentido desde que habían regresado al
campamento. Sí, valía la pena. Alzó un poco la cabeza y miró a Gabrielle a
los ojos. Luego se enderezó de nuevo cuando oyó que alguien se acercaba
a la tienda, y tocó los labios de la mujer rubia con la yema de su pulgar—.
¿Sabes que es lo peor de todo esto?
Gabrielle miró alrededor de la tienda, a sí misma, luego a Xena, sus cejas
pálidas se alzaron bruscamente.
—No —dijo—. ¿Qué?
—No me viste sacar a esa niña de la olla. —Xena resopló deliberadamente—.
Jodidas felicitaciones si me las digo a mí misma. —Hizo un gesto con la mano
al guardia que asomaba a la tienda, oliendo su encargo en forma de algo
asado y sabroso—. Ponlo en la mesa. Me encargaré de ello.
El hombre dejó la bandeja y salió de nuevo.
—Debería ir a preparar eso. —Gabrielle comenzó a sentarse, solo para
encontrarse sujeta con una mano casual, pero inflexible—. Estoy bien, de
verdad Xena.
—Uno de estos días vamos a tener que poner en marcha lo de “Soy la reina y
tú haces lo que yo digo” para que funcione la cosa. —Xena ignoró sus
protestas y se levantó. Caminó hacia la bandeja y examinó su contenido—. Es
jodidamente bueno que decidieron no hacer ternera hervida, ¿eh? —miró a
su alrededor y le dirigió a Gabrielle una sonrisa libertina—. ¿Hambrienta?
La cara de Gabrielle se arrugó en una mueca.
—¿Hay fruta? 214
La reina soltó una risita, baja y profunda en su garganta.
—¿Alguna vez te he dicho cuánto se parecen las cerezas a los globos oculares
cuando los arrancas?
—Xena.
—¿Quieres un poco de pan? Creo que eso es bastante inofensivo. —Xena
arrojó un par de cosas en uno de los cuencos de madera y volvió al catre. Le
dio a Gabrielle un poco de pan de viaje, y esperó a que lo mordiera—. A
menos que empiece a hablar sobre moler huesos para obtener harina, es
decir.
Gabrielle dejó de masticar, y solo la miró.
Xena se metió una baya en la boca y masticó, haciendo un guiño a su
compañera.
El alba llegó y trajo consigo una espesa niebla. La pesada nube gris y blanca
cubría el paisaje, lo que hacía que su perfil fuera misterioso y satinado. En la
tenue y brumosa luz, el silencio reinaba en el bosque, ya que ni el viento ni el
canto de los pájaros lo rompían, el único movimiento era el ocasional
asentamiento de la niebla, que revelaba un arbusto o la silueta oscura de un
tronco antes de oscurecerse nuevamente.
La hondonada en el fondo de la pendiente estaba completamente cubierta,
nada se movía en la aldea silenciosa y en ruinas que había en el centro, y el
único sonido era un singular ronquido y el suave crepitar de un fuego
moribundo.
Cuando la luz pasó del crepúsculo al gris apagado, una brisa por fin sopló
entre los árboles enviando los remolinos de niebla hacia la parte superior de la
colina que conducía a la hondonada para revelar una figura inmóvil a
caballo, negra como la tinta en la sombra y oscurecida por las líneas de una
capa larga y pesada.
Un pájaro matutino trinó soñoliento.
—Vamos —dijo Xena, quedándose quieta mientras el ejército pasaba 215
rápidamente a su alrededor, moviéndose en tres direcciones hacia el valle en
una carrera silenciosa y mortal. No había gritos, ni sonidos de triunfo, solo el
crujido de las prendas de cuero y el ligero golpeteo de las botas contra el rocío
humedeció la tierra.
Tardó un centenar de latidos antes de que todos pasaran a su lado, y colocó
sus manos sobre el cuerno de su silla de montar y miró pensativamente al valle,
ladeando la cabeza para escuchar cómo los sonidos de destrucción
comenzaban a llegar.
—No vas a... Um... —Gabrielle acercó a Parches a su lado.
—No —dijo Xena en voz baja—. Ya deshonré ayer mi acero lo suficiente. Esto
no es una batalla, es la reina dictando sentencia.
Gabrielle se quitó la capucha de la capa, y la refrescante brisa levantó el
pálido cabello de su frente.
—¿Sabes si todos allí abajo eran así?
—No, y no me importa —la reina respondió—. Si no lo estaban haciendo,
estaban mirando y dejando que ocurriera, y a mi entender, es lo mismo. —Se
recolocó la capa alrededor con un movimiento de impaciencia, luego miró
de reojo a su compañera—. Es tu aldea la de allí abajo.
Para su sorpresa, Gabrielle negó con la cabeza.
—No.
Xena giró en su silla de montar.
—Pensé que dijiste…
La mujer rubia jugaba un poco con la crin erizada de Parches.
—Es el siguiente pequeño valle —dijo finalmente con tono reacio—. El camino
está justo más allá de esa gran roca en la cresta, pero no quiero ir.
Hm. Xena volvió a mirar hacia el frente.
—Sí, con estos tipos por aquí, yo también lo pasaría por alto. —Acomodó sus
botas un poco más firmemente en los estribos. Un grito ronco sonó de repente,
cortado a la mitad, y luego oyó el sonido de pasos corriendo—. Vamos...
Vamos... ah. —El golpe distintivo de un hacha enterrándose en la espalda de
un ser humano llegó a sus expertos oídos y ella asintió con aprobación—.
Bonito.
—¿Crees que ese chico era de aquí? —preguntó Gabrielle, de repente—. ¿El 216
que te atacó?
Xena impulsó a Tiger por la ladera, examinando distraídamente los árboles.
Podía ver las ruinas, solo los contornos de las casas, y lo que podría haber sido
una valla, pero fueron solo sus agudos ojos los que le permitían distinguirlos de
la corteza musgosa y la maleza a lo largo de la cresta.
—Lo dudo.
Gabrielle la siguió, tratando de despertar sus recuerdos de cómo había sido
este lugar antes. Solo una ciudad vecina, recordó. Una a la que su padre las
había llevado una o tal vez dos veces, para el festival de la cosecha. La
recordaba sobre todo por los pocos momentos de placer que ella y Lila
habían pasado allí, las dos sentadas una al lado de la otra mirando el baile
mientras compartían un precioso pastel de miel.
Recordó que eran tiempos mucho más inocentes y pensó que incluso podría
haber sido feliz entonces. Era difícil de decir. Con un suspiro, acercó a Parches
junto a Tiger y resistió el impulso de frotarse los ojos doloridos.
—¿Crees que pensó que eras de aquí?
Hm. Xena se recostó en su silla de montar cuando la niebla comenzó a
disiparse y las sombras se convirtieron en soldados que se dirigían hacia ella
cuando el sol se asomó sobre la cresta y los bañó de luz.
—Interesante reflexión. —Esperó a que el primer hombre la alcanzara—. ¿Y
bien?
—Ya está hecho —dijo el hombre—. Estaban dormidos, todos ellos. —Bajó la
cabeza y avanzó más allá de las dos mujeres, extendiendo la mano para
agarrar un puñado de hojas y frotarlas a lo largo de su espada manchada de
rojo.
—Ha sido una buena matanza, su Majestad —dijo el segundo hombre—. Ese
lugar era malvado, no es un error. —Estaba limpiando un hacha de batalla
bien usada—. Cosas malas, allí.
—Cosas malas aquí, a veces. —Xena señaló su propio pecho—. Vamos,
Gabrielle. Veamos si puedo conmocionarme dos días seguidos. —Instó a Tiger
con los talones y se dirigió hacia la ladera—. Esto me desconcierta.
Gabrielle no estaba del todo segura de querer o necesitar ver el pueblo, pero
siguió a Xena de todos modos.
217
—¿Lo hace? —preguntó ella—. Quiero decir... Bueno, me desconcierta, pero
casi todo lo hace.
—Los hombres atacan los carros —dijo la reina—. Seguimos por el camino al
que intentaron regresar, y encontramos a un niño aparentemente
cazándome... a mí. —Hizo comillas con los dedos—. Luego rastreamos de
dónde vino, y encontramos lo que pensé que era un puesto de guardia.
—Uh huh.
—Mato a esos tipos y sigo el camino desde donde están, y encuentro un
pueblo lleno de caníbales, que podrían haber sido algunos de los tipos que se
fueron con Bregos, pero seguro que no eran los que atacaron los carros.
—Ah. —Gabrielle murmuró— Eso es desconcertante.
—Entonces, ¿a dónde fue el resto de los atacantes? —preguntó Xena—. Es
casi como si ellos... —dejó de hablar y guardó silencio, entrecerrando los ojos.
—Como si ellos ¿qué? —Gabrielle se acercó a ella mientras atravesaban los
árboles y entraban en la devastación de lo que una vez había sido una ciudad
pobre, pero con vida.
—Más tarde —dijo la reina—. Porque si estoy en lo cierto, voy a estar realmente
cabreada. —Pasó junto a varios soldados más que salían de la hondonada y
se detuvo al llegar a lo que había sido la entrada al pueblo, sus pensamientos
momentáneamente olvidados, cuando sus ojos vieron de lo que estaba
hecha la rudimentaria puerta. Gabrielle se quedó sin aliento—. Dos malditos
días seguidos. —Xena tranquilizó al ahora inquieto Tiger al pasar por la entrada
de hueso, los huesos largos cubiertos de algas unidos entre sí con lo que
parecían ser intestinos y que probablemente lo eran. Podía ver cuerpos en la
hojarasca, y los pasó de largo al ver a un grupo de sus hombres delante de
ellas. Claramente, la pelea había terminado. Había hombres muertos por
todas partes, pero difícilmente Xena podía imaginar un hedor peor incluso
cuando empezaran a descomponerse. Un vistazo detrás de ella confirmó su
sospecha de que Gabrielle no estaba lidiando con la vista muy bien, y
lamentó su decisión de investigar en persona—. ¿Quieres volver?
Gabrielle tenía una mano sujetando firmemente sobre su boca y estaba verde
donde no estaba pálida. Negó con la cabeza, no, a pesar de eso, y guio a
Parches justo al lado de la forma alta de Tiger.
—¡Xena! —Oyó la voz de Brendan—. ¡Encontré algo aquí! 218
—Sí, sí. —Xena desmontó y se acercó a la multitud de hombres, que se separó
al acercarse—. Sea lo que sea, hazlo rápido porque creo que tenemos otras
pr... —Se detuvo a media palabra cuando llegó al frente de la multitud y vio
a sus hombres agrupados. Ella parpadeó, luego se volvió instintivamente y
agarró a Gabrielle, tapándole los ojos mientras tiraba de la mujer rubia contra
ella y apoyaba la cabeza en su hombro—. Tres veces en dos días —dijo
brevemente—. Estoy en racha. Espero que se acabe. —En el centro del corro
de soldados había una pila de cuerpos humanos, a la mayoría le faltaban
varios trozos. El hedor era indescriptible e incluso Xena, que había visto cosas
peores en el campo de batalla, estuvo a punto de echar su desayuno—.
Enciende un fuego —consiguió decir—. Quémalo todo.
—Ya lo he hecho. —El rostro de Brendan estaba pálido bajo su porte estoico.
Los cuerpos habían sido apilados en montones y algunos eran arrastrados
cerca de la hoguera de donde salía una columna de humo.
—Supongo que estaban empacando para irse. —Xena echó una ojeada a
Gabrielle, quien no mostraba signos de resistirse a su lado benevolente—.
¿Todo lo demás está hecho?
—Sí. —Brendan se tapó la boca con la manga cuando una ráfaga de viento
agitó el hedor—. Encontramos algunos que podrían haber sido parásitos de
Bregos, pero no del tipo combatientes.
Xena asintió.
—Vamos a acabar aquí. Tengo la sensación de que esto no es lo que parece.
—Echó un vistazo a su alrededor—. Sea lo que sea. Las cosas no cuadran. —
Colocó su capa alrededor de Gabrielle—. Salgamos lo antes posible. —Los
soldados parecían más que complacidos de obedecer y se separaron
rápidamente, alejándose del hoyo de huesos tan rápido como pudieron. La
reina echó un vistazo más a la pila, luego se giró y comenzó a caminar hacia
donde estaban los caballos, liberando a Gabrielle para que mirara hacia
adelante mientras daba la espalda a los cuerpos—. Todo bien.
Gabrielle se quitó el cabello de los ojos y exhaló. Uf. Se inclinó hacia adelante
mientras ascendían por la ligera pendiente.
—No puedo esperar para salir de aquí.
—Yo tampoco. —Xena miró alrededor furtivamente, para asegurarse de que
nadie estuviera escuchando.
219
—Xena, ¿cómo pudo pasar esto? —preguntó la mujer rubia, mientras llegaban
a sus monturas que esperaban pacientemente—. Sé que fue un invierno difícil,
pero no fue solo la falta de comida, por el amor de los dioses, había ovejas y
cabras por ahí fuera que podrían haber atrapado o conejos, o...
—Las personas son más fáciles de atrapar que los peces —dijo Xena—. Pero sí,
tiene que haber algo más que un pequeño rugido en la barriga para hacerte
sobrepasar el límite de esa manera. —Recogió las riendas de Tiger y se preparó
para montar.
—Era horrible. Es como si estuvieran clasificando chuletas de cordero en ese
agujero. —Gabrielle negó con la cabeza. —Apenas puedo creerlo.
Xena se detuvo.
—¿Viste eso?
—Justo antes de que me agarrases, sí. —Gabrielle puso su pie en el estribo y se
subió a Parches. Ugh.
—Oh. —La reina parecía avergonzada—. Lo siento, yo estaba... pensé que...
—Sí, fue realmente dulce de tu parte, pero demasiado tarde.
Xena se aclaró la garganta y se subió a la silla.
—Bueno, ¿por qué Hades me dejaste hacer eso entonces? —preguntó—. ¿Si
ya habías visto la maldita cosa?
Gabrielle se acomodó y miró a Xena.
—Uh, ¿Xena? —Guio a su pony más cerca—. Si realmente crees que me
molesta tener mi cara presionada contra tus tetas, tenemos que hablar.
Atrapada en el acto de tomar un trago de agua, Xena respondió escupiendo
el trago sobre la cabeza de Tiger, haciendo que el semental se asustara. Se
limpió la boca con el dorso de la mano y giró la cabeza para mirar a su
compañera con el rabillo del ojo, con ambas cejas elevadas hasta la línea del
cabello.
—Tú, pequeña rata almizclera.
Gabrielle inclinó la cabeza y le lanzó una sonrisa un poco torcida debido a sus
moretones. Puso una mano sobre la rodilla de Xena y luego, se inclinó hacia
delante y la besó, a pesar del barro que le cubría las polainas.
—Gracias —dijo—. Esto es tan horrible que tengo que seguir pensando en lo 220
que es bueno en mi vida para superarlo y tú eres la mejor parte de eso.
Xena parpadeó hacia ella, pillada con la guardia baja. Levantó la vista al oír
que el ejército volvía hacia ellas y, por un momento, extendió la mano sobre
la mejilla de Gabrielle.
—Igualmente —dijo, luego juntó las riendas y chasqueó la lengua hacia Tiger,
haciéndolo avanzar mientras los hombres salían de entre los árboles.
Detrás de ellos, un suave crepitar se convertía en un rugido y la niebla en el
suelo era reemplazada por el humo que se elevaba entre los árboles. Brendan
se acercó a Xena, girando la cabeza para escupir en el suelo.
—Bastardos.
—Mm.
—¿Crees que hay más por aquí, Xena?, —preguntó el capitán de la tropa—.
Podríamos ir a buscarlos.
—No. —La reina negó con la cabeza—. Tan pronto como todos salgan de allí,
cabalgaremos hacia el paso. Sin parar.
—¿Xena?
Pálidos ojos azules fijos en él.
—¿Comencé a hablar en Sirio y no me di cuenta? —dijo Xena—. ¿Qué parte
de eso no entendiste, viejo?
—A sus órdenes, haré que los hombres se muevan. —Brendan giró su caballo
y se dirigió por donde había venido. Dejó escapar un agudo silbido y comenzó
a gritar órdenes mientras los hombres lo alcanzaban—. ¡Vamos! ¡Vamos!
¡Movimiento!
Xena volvió a colgar el odre de su silla de montar.
—¡Brendan! —gritó por encima de su hombro—. Voy a hacer que el
campamento se mueva. Te veo en el camino.
—¡Xena!
—Vamos. —La reina le indicó a Gabrielle que la siguiera—. Cabalguemos. —
Instó a Tiger a galopar, escuchando las pequeñas pezuñas de Parches
golpeando rápidamente mientras los perseguía—. Lugares a donde ir... Gente
a la que aterrorizar... —Xena murmuró en voz baja—. Solo esperemos que esté
equivocada y no estemos en el lado feo de eso. 221
Parte 7
Xena se sentó a lomos de Tiger, apoyando los codos en su silla de montar
mientras esperaba impaciente que el movimiento comenzara detrás de ella.
Delante de donde estaba, podía ver el final del valle que pasaba por los límites
de su reino, y aunque las tierras estaban vacías y silenciosas, sus sentidos
hormigueaban como arañas que se arrastraban sobre ella y realmente no
estaba disfrutándolo.
A un lado, Parches estaba mordisqueando hierba tranquilamente, su jinete
deambulaba entre los arbustos aparentemente en busca de algo. Xena
mantuvo a su compañera en su visión periférica, pero la dejó con sus
divagaciones mientras se contenía para no dar la vuelta y gritar al
campamento.
El sol estaba avanzando sobre sus cabezas y ella quería estar fuera de sus
fronteras antes de que empezara a inclinarse hacia el oeste, para tener 222
suficiente tiempo de enviar exploradores y planear una ruta segura antes de
que cayera la noche.
Ah. Oyó el crujido de las ruedas moviéndose por fin. Con un gruñido, se
enderezó y medio giró, viendo el campamento moviéndose detrás de ella a
lo largo del camino lleno de baches.
―¡Oye, rata almizclera! ―gritó―. ¡Pon tu trasero en el enano desaliñado y
muévelo!
Gabrielle salió trotando de la maleza de inmediato, metiendo algo dentro de
la bolsa colgada a su cinturón.
―Está bien, estoy llegando.
―¡Oye! ¡No delante de los hombres! ―Xena se giró y se acomodó en su asiento.
―¿Qué?
La Reina rio para sí misma.
―No importa. ―Esperó a que Gabrielle se acomodara de nuevo en la silla de
Parches, luego giró a Tiger y comenzó a descender la pequeña elevación en
la que estaba sentada para ocupar su lugar al frente del ejército―. ¿Qué has
encontrado?
―¿Hm? ―Gabrielle se acercó a ella, todavía jugueteando con su bolsa e
intentando no dirigir a su pony hacia Tiger―. Oh, solo algunas hierbas. ―Se
acomodó y miró hacia adelante―. ¿A dónde vamos?
―Al Hades.
La mujer rubia digirió esto en silencio.
―¿Vamos a bajar por el río Estigia para llegar allí? ―preguntó―. Eso va a ser
duro para los caballos, ¿no? ―preguntó, después de un breve momento de
reflexión.
Xena estaba contenta de la distracción.
―Crearás una historia malditamente buena ¿no? ―preguntó―. ¿Vas a hacer
una sobre esos devoradores de niños?
―¿Puedo omitir lo de recibir un golpe en la nariz? ―Gabrielle se frotó la cara
en reflejo, haciendo una tierna mueca. Una vez más podía ver por ambos ojos,
pero su respiración todavía estaba congestionada, y todavía le dolía todo―.
Y me perdí la parte realmente buena. Tendrás que contarme eso.
Xena inclinó a Tiger hacia el frente y lo instó a dar un paseo sin rumbo. Estaba 223
contenta de que se estuvieran moviendo, pero deseaba que hubieran dejado
ya el valle desolado y salido al otro lado. Ya sabía lo que tenía aquí, lo que le
interesaba era lo que no sabía y era conocer lo que sucedía fuera de sus
fronteras.
Un movimiento muy por delante le llamó la atención e inclinó la cabeza hacia
atrás, observando pequeñas motas en el aire a la deriva en un círculo
perezoso. Estaba demasiado lejos para identificar qué tipo de pájaros eran,
pero el patrón no le parecía de caza.
Y bien. Mientras cabalgaba, Xena comenzó a revisar su armadura, apretando
con más fuerza las hebillas que la sujetaban a su cuerpo, y volviendo a colocar
sus varias dagas en sus fundas. Echó un vistazo a Gabrielle, notando la vara
metida debajo de su rodilla a lo largo del cuerpo del pony.
Inútil más que nada. Xena lo sabía. Pero apreciaba la idea y la atención que
Gabrielle se había tomado al llevar esa vieja cosa a todas partes. Dirigió su ojo
experto a la armadura de su compañera, luego volvió su atención al terreno
delante de ellas.
Brendan se acercó a ella.
―Todos en movimiento y sin problemas, Xena.
―Por fin. ―La Reina replicó―. Si no lo supiera bien, pensaría que la mitad de
ellos son los inútiles y parlanchines nobles del reino.
―Dales un poco de tiempo para acostumbrarte al ritmo ―aconsejó su
capitán―. Los chicos pueden manejarlo, los cocineros y demás nunca lo
habían hecho antes.
―Sí, sí. ―Xena levantó su odre de agua y tomó un sorbo del contenido,
deteniéndose con el pitorro en los labios y la boca llena. Lentamente, volvió
su cabeza hacia un lado y miró a Gabrielle, que estaba mirando de vuelta
inocentemente. La reina tragó, luego volvió a poner la piel en su gancho―. Tú.
―Se lamió los labios―. Estás jodida.
―¿No te gusta? ―Gabrielle estaba tratando de no sonreír.
Xena se lamió los labios otra vez, y sacudió la cabeza, preguntándose dónde
en el Hades la pequeña canalla había sacado leche en medio de estas tierras
salvajes. También había un toque de dulzor en ella, sospechaba que algo de
su celosamente atesorada miel.
―Mujerzuela. ―Podía saborear la intensidad de la misma en su lengua, y eso le
enojó un poco. Se relajó en su silla de montar y palmeó el hombro de Tiger,
224
mirando hacia adelante a lo que podrían encontrar abajo―. ¿Estos bastardos
que encontramos? ―dirigió su atención a Brendan―. Tengo una teoría.
El viejo soldado ladeó la cabeza, con las riendas cogidas con una mano y su
postura encorvada con la facilidad de un jinete experimentado.
―Pensé que estaban para fastidiarnos ―dijo―. Bregos no tiene suficientes
hombres para atacarnos en una batalla de verdad, así que los envió a la
periferia.
―Mm… ―la reina gruñó―. Es probable que sea así… Pero no es lo que creo
que está pasando. ―Giró en su silla de montar cuando un grito se elevó desde
la parte trasera―. ¿Ahora qué?
Brendan giró y se puso de pie sobre los estribos.
―¡Ah, mira allí! ―Señaló, donde un grupo de hombres salían de los árboles para
atacar el flanco del ejército―. Bastardos… ¿Ves? ―Soltó un grito―. ¡Vamos
chicos! ―Se dejó caer en la silla de montar y se fue hacia allí―. ¡A por ellos!
Xena estaba levantada en sus estribos, sabiendo que estaba demasiado lejos
para que los arqueros que podía ver en los árboles la alcanzaran.
―Quédate detrás de mí ―ordenó a Gabrielle, mientras miraba la acción, el
pequeño grupo de ataque se desplegaba para cubrirse detrás de los
frondosos matorrales y acribillaban con flechas a sus tropas y al indefenso
equipo de apoyo.
Dos de los arrieros cayeron rodando de los asientos de los carros con gritos
roncos, y Xena de repente dudó de su decisión de dar la espalda al valle
obviamente problemático y avanzar hacia lugares desconocidos que tiraban
de ella en la otra dirección.
Gabrielle escuchó por una vez, permaneciendo cerca del lado de Xena con
una mano apoyada en la pantorrilla de la reina.
―¡Oh! ―Vio al arriero alcanzado respirar con dificultad―. ¡Pero él no está
luchando con ellos! ―dijo―. ¡Xena! ¿Por qué harían eso? Él es solo…
―Sí. Así que mantente detrás de mí porque eres mucho más un objetivo que
lo que era él. ―Xena desenvainó su espada, su agitación recorría sus rodillas y
provocó que Tiger moviera sus grandes pezuñas con nerviosismo―. ¡Bajad
todos de los carros! ―gritó con toda la fuerza de su voz―. ¡Poneos detrás de
ellos! ―los arrieros no perdieron el tiempo en obedecer, saltando de sus 225
asientos y zambulléndose detrás de los grandes transportes rodantes. Xena vio
las flechas cambiar sus objetivos, y maldijo, enviando a Tiger al galope―.
¡Quédate conmigo, Gabrielle!
―¡No me digas! ―Gabrielle estaba haciendo su mejor esfuerzo, moviendo a
Parches al otro lado de la reina y urgiéndole a mantener el ritmo―. Vamos,
Parches… ¡No querrás que te golpee una de esas cosas! ―Se mantuvo a la
sombra de Tiger, incapaz de ver lo que estaba sucediendo hasta que pasó
frente a uno de los equipos de carros, y entonces, de repente, Xena se detuvo
y se arrojó de su caballo al suelo.
Confundida, Gabrielle viró bruscamente y se dirigió al otro lado del carro para
darle un refugio a Parches, mientras ella mantenía la cabeza baja y miraba
frenéticamente a la parte posterior del grupo para ver qué estaba haciendo
la reina.
Lo que la reina estaba haciendo era estar de pie allí en medio de una lluvia
de flechas, su espada moviéndose tan rápido que Gabrielle no podía verla,
solo un borrón mientras lanzaba los proyectiles lejos de los animales. Pudo ver
el perfil agudo, la mandíbula apretada cuando Xena se movió a un lado para
bloquear una flecha con su espada, y extendió la mano para agarrar otra en
el aire que venía del lado opuesto.
Era asombroso. Era increíble, y lo que era más importante era que Xena estaba
haciendo eso, arriesgando su vida para proteger a los caballos detrás de ella.
―¡Fuego! ―Brendan tenía una línea de arqueros preparada y dispararon una
descarga, luego volvieron a cargar como una segunda línea, escondidos
detrás de la maleza, disparando de nuevo―. ¡Fuego!
Después de unos minutos, las flechas disminuyeron gradualmente, y mientras
lo hacían, una legión de jinetes salió disparada de detrás de los carros y tronó
hacia los emboscadores, disparando con ballestas mientras se mantenían
agachados tras el cuello de los caballos. Sin embargo, sus objetivos se habían
ido, los arbustos y los árboles ahora estaban vacíos, con nada más que hojas
agitándose insolentes para marcar dónde habían estado los emboscadores.
Xena silbó, y mientras Tiger galopaba, ella se agarró a su silla y se alzó con un
movimiento ágil y fluido mientras colocaba su espada en la funda y
cabalgaba por la línea de suministro.
―Está bien… ¡Vamos! ¡Preparaos para movernos! ―ordenó―. Poned los
cuerpos en los vagones y ¡vamos!
Gabrielle agarró las riendas de Parches y salió cautelosamente de detrás de
226
las grandes ruedas, observando al resto de los trabajadores hacer lo mismo.
Uno de los hombres se enderezó lentamente negando con la cabeza, sin
darse cuenta de que estaba detrás de él.
―Por los dioses, ¿viste eso, Helfan? ―Le dio una palmada en el brazo a su
vecino―. ¿La viste? ¡Como nada con esas flechas! ¡Salvando los caballos!! ¡Los
caballos! ¿Lo viste?
―Silencio, Lars ―dijo el hombre―. Todos lo vimos. Mantén la boca cerrada, hay
oídos escuchando.
El hombre se volvió y vio a Gabrielle allí parada. Sus ojos se agrandaron.
―¡No significa nada malo de la reina, créeme! ―Tartamudeó―. ¡Soy honesto!
Gabrielle le sonrió.
―Lo sé ―dijo―. También lo vi… Fue asombroso ―dijo―. Ni siquiera podía ver su
espada, se movía tan rápido. ―Levantó la mano, y acarició el cuello de los
caballos más cercanos―. No estoy segura de qué era más increíble… Eso, o
cómo sacó a esa pobre niña de la olla en esa aldea… Eso también fue
impresionante.
―Mm. ―Los carreteros se estaban reuniendo lentamente a su alrededor―.
Escuchamos eso ―dijo Lars―. Oí que ella se enfrentó a todos por su cuenta.
Gabrielle asintió.
―Lo hizo. Yo lo vi. ―Estiró el cuello para mantener a Xena a la vista―. Ella estaba
en un árbol, mirando para ver lo que estaban haciendo, y cuando vio lo que
estaba sucediendo, saltó directamente sobre todos y comenzó a luchar.
―¡Gabrielle! ―La voz de Xena se elevó sobre el murmullo de los conductores―.
¡Trae tu trasero aquí!
―Lo siento. Tengo que irme. ―Gabrielle se subió al lomo de Parches―. ¿Pero
sabéis qué? Creo que debéis tener cuidado. A esos hombres de allá afuera
no les importan las personas valientes. ―Chasqueó la lengua y condujo a
Parches alrededor del carro, en dirección a la alta forma de Xena. Llegó hasta
la reina justo cuando lo hizo Brendan, yendo hacia la izquierda de Xena―. Está
bien, estoy aquí.
―Xena, tomaré un escuadrón e iré tras esos bastardos ―dijo Brendan―.
Avanzan furtivamente detrás de nosotros… besugos.
227
―No. ―Xena negó con la cabeza―. Trae a los hombres, y sigamos avanzando
hacia el desfiladero.
―Pero…
―Solo hazlo ―dijo Xena bruscamente―. Estamos perdiendo el tiempo aquí.
Están tratando de hostigarnos… Están tratando de desviarnos de nuestro
rumbo.
Brendan acercó su caballo.
―Xena, no podemos dejar ir a esos bastardos. Volverán a dispararnos ―bajó la
voz―. ¿Dónde está el sentido de esto?
―Brendan.
―Xena. ―El rostro del viejo capitán era serio. Se acercó a la reina, más cerca
del peligro que sabía que se estaba formando detrás de esos ojos azules―. No
podemos dejarlos atrás.
Gabrielle vio los ojos de Xena estrecharse y rápidamente se agachó bajo el
cuello de Tiger, empujando a Parches entre su reina y el capitán de su reina,
que estaba en peligro.
―Espera. Brendan ―dijo―. Creo que Xena tiene razón. —Fue una interferencia
ridícula, y tal vez incluso Gabrielle lo sabía. Brendan la miró, sus labios se
crisparon mientras luchaba por contener las palabras para responderle—.
Creo que están tratando de evitar que nos vayamos. Creo que están tratando
de distraernos. ―Gabrielle habló rápidamente―. Quieren que los sigamos.
Brendan la miró por un largo momento, luego miró a Xena que estaba sentada
sobre Tiger mirando a Gabrielle como si fuera una nueva especie de conejo
que se había puesto de pie y había comenzado a hablar.
―¿Cómo Hades sabes eso? ―preguntó la reina―. No te dije lo que estaba
pensando. ―Hizo una pausa―. ¿O sí?
―Simplemente tiene sentido. ―Gabrielle no se detuvo a pensar en lo que
estaba diciendo―. Es como… Todo lo que sucedió… como el ataque al
convoy. No se llevaron provisiones, solo hicieron que nos tuviéramos que
enfrentar con ellos, y luego nos llevaron a esa aldea… y ahora salen de esos
arbustos y disparan a nuestros carros para frenarnos y después huir. Como si
quisieran que los siguiéramos.
Fue un largo discurso. Brendan se rascó la mandíbula al final y miró a Xena. 228
―Exactamente. ―Xena cerró su mandíbula después de la palabra, con un
ligero chasquido cuando sus dientes golpearon.
El capitán asintió.
―Tiene sentido entonces. ―Levantó el puño, apretó contra su pecho y se giró,
luego se dirigió hacia los arqueros reunidos, que estaban recogiendo las
flechas caídas y preparándose para partir tras los emboscadores―. ¡Formad!
―Gritó por el campo―. ¡Alinearos para salir!
Xena lo miró irse, antes de girarse y mirar a Gabrielle.
―Hablé mientras dormía.
―Um… ―Gabrielle se pasó la mano por el pelo―. Bueno, a veces lo haces, pero
no sobre eso ―confesó―. Al menos creo que estás dormida ―añadió, en voz
baja.
Xena arqueó las cejas.
―Guarda eso para más tarde ―dijo― Ahora bien… ¿Cómo lo supiste? ―Se
inclinó y se encontró cara a cara con su compañera―. Desembucha.
La mujer rubia abrió la boca para responder, luego se detuvo para pensar.
Finalmente, solo se encogió de hombros.
―No sé… Simplemente tenía sentido para mí. Como una historia.
―Como una historia. ―La reina exhaló de frustración―. Guarda eso para más
tarde también. ―Tiró de Tiger en un círculo apretado―. Vamos antes de que
decidas que eres un oráculo y tenga que empezar a pagarte por los
comentarios ―soltó un grito y señaló hacia el final del valle―. ¡MOVEOS!
Estaban a mitad del valle antes de que llegara el ataque. Xena lo sintió antes
de que sucediera, y giró su caballo poniéndose de pie sobre sus estribos,
dejando escapar un agudo silbido y lanzando su puño al aire en señal de
advertencia.
El ejército reaccionó sin vacilación esta vez, los jinetes corrieron para rodear
los carros de suministros mientras los arqueros rápidamente encontraban
refugio en los montículos y rocas a la orilla del camino, sus cabezas girando 229
hacia el lugar del que venía el ataque.
Xena lo sabía. Se sentó firmemente en su silla de montar y condujo a Tiger
hacia el revoltijo de rocas que acababan de pasar. Una andanada de flechas
salió disparada desde allí, pasando sobre su línea de arqueros en un amplio
arco. Los hombres de Xena respondieron al fuego, pero no había nada visible
a lo que disparar, ya que las rocas proporcionaban una excelente cobertura.
Gabrielle vaciló, luego eligió la prudencia e instó a Parches a bajar por el lado
protegido de los carros, manteniendo la cabeza baja, pero no lo suficiente
como para que Xena quedara fuera de su vista. El suelo frente al terreno
pedregoso era de grava suelta y escarpada, y vio salir de él otra lluvia
fulminante de flechas.
―Quédate abajo ―dijo la mujer rubia, mientras pasaba frente al carro más
grande, deteniendo a Parches mientras se quedaba detrás del tablero y ponía
sus manos sobre él, mirando por encima de la madera mientras el movimiento
a su alrededor se hacía incierto y caótico. Una flecha acertó a un soldado en
la garganta y se tambaleó hacia atrás, tropezó con la carreta y se volvió,
gritando roncamente mientras tiraba del eje enterrado profundamente dentro
de su cuello. Otra flecha silbó detrás de él, golpeando la rueda del carro no
muy lejos de la mano de Gabrielle. Sus ojos se fijaron en el astil, y parpadeó
ante las plumas que lo sujetaban, un destello de memoria que recordaba una
escena de terror y fascinación iluminada por velas, donde una flecha similar,
con las mismas plumas, sobresalía de la piel ensangrentada de la espalda de
Xena. Un shock para sus ojos. Un shock para sus sentidos, dejarse llevar por la
necesidad tan personal de Xena de esa manera, cruzar una línea tan
rápidamente, y en un momento tan crucial cuando su propia partida de la
fortaleza había sido apenas un rumor. Un capricho de las Parcas que la hizo
sacudir la cabeza nuevamente solo de pensarlo. Terminó siendo un momento
decisivo para ambas. Todavía podía oler el agudo aroma cobrizo mezclado
con hierbas y sentir la presión de su mano alrededor de la daga que se
apoyaba en la espalda de Xena mientras comprendía adónde la estaba
llevando su corazón. Nunca miró hacia atrás.
»¡Xena! ¡Cuidado! ―Gabrielle dejó escapar un grito y sus ojos se abrieron de
par en par cuando vio a Xena apartar de golpe dos flechas mientras una
tercera rozaba su pelo, llevándolo al viento. Vio a la reina que agachaba
ágilmente la cabeza a un lado, y luego su mano se deslizaba por su cuerpo,
un objeto brillante centelleó hacia el escondrijo rocoso.
Se oyó un grito ronco. Xena sonrió y miró a su alrededor, vio a Gabrielle detrás 230
del carro y le dedicó una gran sonrisa de aprobación.
―¡Buena chica! ―gritó, mientras continuaba por la fila―. ¡Sigue moviéndote!
¡No te pares! ¡Haz que esos carros se muevan de nuevo!
Uh oh. Gabrielle vio que los ojos de los hombres se abrían de par en par.
Rápidamente, extendió la mano y sacó la flecha de la madera, doblándola
con fuerza para quitar la punta antes de guardarla en su alforja. Se alejó del
carro mientras los conductores se apresuraban a agarrar las bridas de los
caballos, manteniéndose detrás de los carros y comenzaban a moverlos.
Gabrielle se dio cuenta de que iban a la contra de los soldados, porque Xena
les pedía que huyeran de una pelea. Pasó entre dos de los carros y siguió a la
reina, que estaba instando a las tropas a abandonar sus posiciones y dirigirse
al camino.
―¡Loca! ―Uno de los hombres negó con la cabeza―. Algo está mal con su
majestad, es la verdad.
Gabrielle vaciló, luego corrió tras Xena, esperando que fuera un blanco lo
suficientemente pequeño como para ser ignorado por sus atacantes. Evadió
a varios de los soldados que retrocedían, disparando sus flechas contra las
rocas mientras otra descarga se arqueaba hacia ella, algunas zumbaban
peligrosamente cerca.
―¡Gabrielle, agáchate! ―Brendan galopaba hacia ella, su espada
balanceándose en su mano―. ¡Rápido!
La mujer rubia vio que Xena giraba la cabeza al oír esas palabras, y su
expresión alertó a Gabrielle del hecho de que estaba en peligro real. Giró a
Parches y lo empujó hacia los carromatos, pero incluso mientras cambiaba de
dirección, sintió un fuego ardiente en la parte posterior de su cuello, y se lanzó
hacia adelante con un grito ahogado, casi haciendo perder el equilibrio al
pony.
Justo después de eso, dos impactos en su costado casi la derribaron de su
montura y sintió que soltaba las riendas justo cuando el retumbar de los cascos
hacía eco en sus oídos y fue arrancada de la silla de Parches en el aire.
Dolorida y muy desorientada Gabrielle se revolvió con las manos justo cuando
aterrizó sobre su estómago con la cabeza golpeando contra un hombro en
movimiento, cubierto de pelo. Sintió un agarre que se relajaba en su cinturón
justo antes de ser azotada bruscamente en el trasero, haciéndola gritar de
sorpresa.
―¡Moveos! ―La voz de Xena estaba justo encima de ella―. ¡Solo seguid 231
moviéndoos! ¡Me ocuparé de las malditas flechas!
Oh chico. Gabrielle simplemente aguantó, haciendo una mueca cuando la
zancada de Tiger sacudía su cuerpo a cada paso. Sentarse sobre un caballo
era una cosa, y tumbarse sobre sus hombros era algo completamente distinto,
y para nada cómodo.
―Xe…
―¡Chitón! ―Xena le azotó de nuevo―. ¡Ni un jodido movimiento!
Gabrielle podía oír algo que pasaba por su cabeza, un zumbido que era casi
como alas de pájaros, acompañado de suaves silbidos y golpes y el ocasional
sonido de madera que se partía. ¿Flechas? Decidió que quedarse muy quieta
era una buena idea.
―¡Lo siento!
Xena no tenía tiempo para debatir sobre los méritos de su amante. Tenía una
mano sujetando a la mujer rubia y la otra estaba totalmente ocupada
desviando una lluvia de flechas, en lo que había tenido éxito hasta ahora,
aunque sus hombros empezaban a doler un poco.
―¡Retroceded! ―ordenó a los soldados frente a ella―. ¡Moved vuestros culos
por el camino antes de que los filetee! —Los hombres no estaban contentos
con darle la espalda a los arqueros. Xena realmente no los culpó, pero alguien
tenía que ser la reina, y por lo visto era su papel en esta vida―. ¡Vamos! ¡Vamos!
―Pateó a un hombre en el hombro, mientras éste dudaba―. ¿No confías en
mí?
El hombre retrocedió, todavía disparando su ballesta, antes de que finalmente
diese la vuelta y se dirigiera hacia los carros que se movían lentamente,
pasando las rocas hacia el final del valle. Los jinetes ya estaban dando vueltas
alrededor de la parte trasera de los carros, colocando sus bestias en el lado
más alejado de la madera mientras los conductores apuraban a los animales
hacia adelante.
Las flechas seguían volando. Xena sabía que no podía desviarlas para
siempre, por lo que decidió un enfoque más directo. Apretó sus rodillas
alrededor de Tiger y lo dirigió directamente hacia las rocas, soltando un grito
salvaje mientras lo espoleaba al galope.
Loca, puede ser. Xena se agachó cuando una flecha salió volando cerca de
la cima de las rocas y estuvo a punto de golpearla. Una descarga más llegó
hacia ellas, una maraña de proyectiles afilados que volaban sobre ella,
algunos rebotaban en su armadura y otros rozaban la piel de sus brazos
232
desnudos y musculosos mientras movía su espada en un círculo apretado.
Las grandes pezuñas de Tiger esparcieron la roca suelta, y él se abalanzó
hacia las rocas, moviendo la cabeza mientras Xena apretaba su agarre con
las piernas y se inclinaba hacia adelante, peinando las rocas con atención
mientras se abalanzaban hacia delante, casi llegando a las rocas antes de
escuchar los sonidos de pies corriendo y rompiendo ramas.
¿Ir tras ellos? Una risa irreflexiva brotó del lado más oscuro de Xena, y ella instó
a su montura a subir la última pendiente, intentando perseguir a los atacantes
hasta que oyó un leve susurro de la figura que yacía delante de su silla de
montar, y el sentido común se apoderó de ella.
Y una flecha casi reforzó eso. Xena apenas la desvió, mientras giraba la
cabeza de Tiger y comenzaba a bajar la pendiente, para seguir a los últimos
que pasaban del ejército.
―¡Xena! ―La voz de Brendan sonó en advertencia, pero los cascos de Tiger se
deslizaban sobre las piedras sueltas y ella no se atrevió a hacer un movimiento
rápido ya que desequilibraría al caballo y caerían todos al suelo indefensos.
En cambio, agachó la cabeza y se cuadró sobre su silla de montar,
protegiendo la cabeza del animal y su carga prácticamente indefensa.
Una flecha dirigida directamente al cuello del semental le golpeó y ella le dio
un silencioso agradecimiento a su nuevo armero, cuyo trabajo
probablemente había salvado su espalda, si no su trasero. Giró la cabeza para
ver a un hombre grande parado en el claro, levantando su arco para disparar
de nuevo con una actitud de suprema insolencia.
Burlándose de ella.
Xena estuvo a punto de dar la vuelta a su caballo para dirigirse hacia él, pero
después de un momento, soltó su mano del cinturón de Gabrielle y desenvainó
su daga, lanzándola a toda velocidad con un torcido gesto, obligándolo a
agacharse rápidamente y zambullirse detrás de una roca.
―Bastardo.
Brendan cabalgó hasta ella.
―Xena, ¿estás bien? ―Él dio un paso de lado con su caballo y ella cabalgó
hacia adelante, la lluvia de flechas disminuyó momentáneamente.
La reina estiró el brazo hacia atrás y sacó la flecha de su espalda, examinando
la punta con gesto adusto. Estaba manchada de negro y no creía que fuera 233
con carbón. Se lo llevó a la nariz, olfateó con delicadeza y se sintió aliviada de
que el olor fuera acre, pero sin ningún rastro de cobre.
―Sí. ―Señaló el camino―. Larguémonos de aquí.
―¿No quieres simplemente eliminarlos? ―preguntó Brendan, en un tono
tranquilo―. Dejándolos detrás de nosotros para que nos disparen al azar…
Xena ―miró hacia atrás, mientras ponían distancia entre ellos y las rocas―. Ese,
ese último, estaba apuntándote.
―Con veneno. ―La reina coincidió―. Justo lo que me molesta y me haría
perseguirlo, ¿eh? —Brendan suspiró y negó con la cabeza―. Déjalos ―Xena le
dio un golpecito a Gabrielle en el hombro―. ¿Quieres levantarte ahora?
Gabrielle levantó lentamente la cabeza, que estaba carmesí por estar
colgada hacia abajo.
―Estoy un poco mareada.
―Sí, pero te quiero de todos modos. ―Xena la levantó, mientras alcanzaban a
la retaguardia del ejército―. Vamos a buscar a ese enano tuyo ―dijo―. Y
vamos a buscar más problemas para meternos. ¿Suena divertido?
―Um…
―Pensé que te gustaría. La próxima vez mantén tu trasero detrás de los carros.
―Está bien ―respondió Gabrielle.
Xena exhaló, mirando alrededor con una expresión irónica.
―¿Por qué no me lo creo ni por un minuto?
―Um.
―Sí. Um esto.
Xena sintió que la sensación de anticipación aumentaba a medida que se
aproximaba al final del valle, contenta de dejar la molesta maleza detrás de
ella con toda su variedad de residentes repugnantes y cobardes
emboscadores.
234
El ejército había salvado su orgullo colocando arqueros en la parte trasera del
último carro, con sus arcos apuntando al camino detrás de ellos para
desalentar a cualquiera que intentara ir tras ellos. Hasta ahora había
funcionado, y les habían dejado recorrer el camino en paz.
El final del valle estaba cubierto de espesos bosques, y zigzagueaba a la
derecha antes de inclinarse hacia abajo como si quisiera ocultar a la vista lo
que estaba más allá hasta el último momento. Xena, impaciente, quería llegar
allí y verlo, sus nervios estaban erizados, y el instinto que la impulsaba hacia lo
desconocido se hacía cada vez más intenso.
Le daban ganas de cabalgar alrededor del ejército y despotricar contra ellos
para que se apresurasen, con una sensación de urgencia agitando cada fibra
de su ser.
―¿Xena?
Hablando de agitación.
―¿Sí? ―Xena se obligó a tener paciencia y miró a su compañera―. ¿Cómo
está tu cuello? ―Observó el vendaje limpio que se veía bajo el pálido cabello
de Gabrielle.
―Está bien. ―Gabrielle se refrenó para no estirarse y meter los dedos en el
vendaje―. Quema… se siente como si tuviera un carbón caliente en ese
punto.
―No, no es así.
Gabrielle levantó la vista hacia ella.
―¿Tú sabes cómo se siente esto?
La reina asintió, pero no dio más detalles.
―Entonces, ¿querías algo, o solo estabas practicando pronunciando mi
nombre para tu historia?
Gabrielle frunció el ceño, luego su expresión se aclaró.
―Oh, sí ―dijo―. ¿Qué hay más allá de esa curva de allí? ―Se removió en su silla
de montar, flexionando un poco las rodillas hacia adelante. Todavía le dolían
el pecho y el vientre, y la flecha que ardía le molestaba de verdad, pero se
mordió la lengua, porque no quería irritar aún más a Xena.
―Problemas ―Xena respondió sucintamente. 235
¿Cómo lo sabía Xena? Gabrielle se inclinó hacia adelante, apoyando su peso
en la parte delantera de la silla para darle un poco de descanso a su espalda.
Todo había estado en silencio desde el último ataque, y el ejército se había
asentado para seguir marchando y todos estaban comenzando a relajarse
nuevamente. Podía escuchar conversaciones casuales a su alrededor y en el
carro a la cabeza, algunos de los cocineros estaban haciendo bocadillos para
repartir.
Y, sin embargo, Xena pensaba que estaban en problemas.
Gabrielle miró a la reina por el rabillo del ojo. Xena estaba, de hecho,
actuando un poco nerviosa. Había reubicado su espada un par de veces, y
jugaba inquieta con las riendas de Tiger, su postura corporal tensa y sus ojos
vigilantes.
¿Era realmente peligroso o Xena reaccionaba de manera exagerada? Sabía
que la reina le daba muchas vueltas a lo que les había sucedido la última vez,
cuando no había llevado a un ejército, sino a una columna de sus hombres a
una trampa y casi los habían matado a todos.
Bien. Gabrielle frunció los labios. Realmente casi consiguió que la mataran
para sacarlos a todos vivos. Xena se había mantenido firme y luchó contra los
atacantes dándose cuenta casi demasiado tarde de que no era a sus
hombres a los que atacaban, sino solo a ella.
Bregos la había querido muerta. Xena le había confesado mucho más tarde
que había estado cerca de darle la bienvenida a la muerte, ya que había sido
tan estúpida ante sus propios ojos como para meterse de cabeza en la
trampa. Pensaba que hubiera sido un final apropiado para su vida.
Gabrielle no lo creía.
―Si el problema es este camino, ¿por qué vamos por él?
Al principio, pensó que Xena iba a darle una respuesta sarcástica. Lo hacía a
menudo, pero con mayor frecuencia cuando no tenía una respuesta
realmente buena a lo que Gabrielle preguntaba. Pero Xena se inclinó hacia
atrás y enganchó una pierna sobre su silla de montar, tomando su odre y
bebiendo pensativamente antes de contestar.
Gabrielle sabía que eso significaba que obtendría una respuesta seria. Le
gustó eso. Le gustaba cuando Xena la tomaba en serio, ya que muy pocas
personas lo hacían.
236
―Si lo ignoramos ―dijo la reina―. Y, o vuelves a la fortaleza, o vas por el otro
lado, el problema todavía seguirá aquí.
Bueno, eso ciertamente tenía sentido.
―Correcto. ―Gabrielle asintió―. Pero tal vez irá por el otro lado.
Xena sonrió, sombríamente.
―Gabrielle, escúchame ―dijo―. Si hay algo que he aprendido en mi vejez es
que nunca, nunca, le tienes que dar la espalda a los problemas ―Inclinó la
cabeza y miró a su compañera―. Nunca van en la otra dirección.
Especialmente no a mi alrededor.
Eso también tenía sentido.
―No eres vieja ―dijo Gabrielle―. No sé por qué dices eso todo el tiempo.
Xena se rio suavemente, desenganchando la pierna y volviendo a erguirse en
su silla. Por el rabillo del ojo vio a los miembros de su guardia personal
acercándose a cada lado, con actitud estudiada e informal mientras el
ejército se acercaba al estrecho recodo que tenían delante.
Todos guardaron silencio, el sonido de los cascos de los caballos en el áspero
y rocoso sendero ruidoso y resonante, y el crujido de las ruedas de los carros
en los oídos. Gabrielle comenzó a sentirse un poco nerviosa, y se acercó más
a Xena, sintiendo la creciente tensión a su alrededor.
Despacio, casi de manera distraída, Xena revisó las dagas atadas a varias
partes de su cuerpo y armadura, terminando con un movimiento informal de
su capa para exponer la hermosa arma redonda enganchada a su cinturón,
sus joyas hacían guiños en la luz de la tarde.
Los soldados a su alrededor también se estaban preparando, encorvando
arcos y agarrando mazas, y Gabrielle se encontró respirando un poco más
rápido en reacción, ya que el contraste entre la energía nerviosa que la
rodeaba y el entorno pacífico por el que se movían contrastaban rígidamente
entre sí.
Una vez más, tuvo que preguntarse qué se suponía que debía hacer si de
repente algo malo les sucedía, y tenían que luchar de nuevo. ¿Xena tendría
que rescatarla, o sacarla de en medio, siendo nada más que una molestia
para la reina?
Esperaba que no. Con retraso, Gabrielle desató su gran vara y logró sacarla
de debajo de su pierna sin caerse de la silla. Lo colocó sobre sus muslos, 237
estudiando la superficie de madera ligeramente rayada sobre la que curvaba
sus dedos.
Realmente tenía un tacto agradable. Podía sentir las marcas de talla bajo su
toque, donde Xena había utilizado su daga de pecho para darle forma a un
hueco donde descansar la mano de Gabrielle, para que supiera por dónde
sostenerla cuando la estaba usando para evitar que Xena la golpeara en la
cabeza. cuando practicaban.
―¿Qué estás haciendo con eso?
La mujer rubia alzó la vista.
―Um. Solo sosteniéndola.
Xena la estudió.
―¿Me haces un favor?
―Cualquier cosa.
―No me golpees en el culo con eso.
―Nunca lo haría. ―Gabrielle se sintió mejor por llevarla fuera, ya que todos los
demás a su alrededor se estaban preparando para una pelea. Podía sentir
como la tensión aumentaba a medida que se acercaban más a la curva y,
justo antes de llegar allí, oyó el sonido distintivo de Xena sacando su espada
de la funda sujeta a su espalda, un suave susurro que terminó en un sonido
metálico. Casi podía oler el metal, un aroma rico y complicado que le
recordaba un poco a la sangre. Lo cual también tenía sentido. Apretó con
más fuerza su vara y aseguró su trasero en la silla de montar, decidiendo que
estaba lista para lo que fuera que iban a encontrarse cuando doblaran la
última curva y vieran que había más allá. Se movieron hacia la curva, y
cuando los soldados se cerraron a su alrededor, levantaron sus armas
preparándolas, sus ojos parpadearon detrás de los cascos de cuero y metal
que les protegían la cabeza. Se le ocurrió preguntarse por qué Xena, que
después de todo era la reina, tampoco tenía un casco de metal para proteger
su cabeza. Gabrielle alzó la vista hacia su compañera, y vio que una mirada
de severa vigilancia se apoderaba de su expresión mientras su barbilla se
alzaba y sus ojos se movían constantemente mirando al frente con feroz
intensidad. La reina había dicho que se dirigían hacia problemas. Bien.
Gabrielle apretó con más fuerza su gran vara y puso una expresión tan feroz
como era capaz en su rostro cuando doblaron la última curva del camino y el
final del valle estaba frente ellos. Xena detuvo a Tiger, y los soldados se
detuvieron apresuradamente detrás y a su lado, mirando más allá de la 238
imponente figura de la reina hacia la larga llanura que tenían delante. Por un
momento, sólo se oía el viento agitando la espesa hierba cerca de los pies de
los caballos. Entonces Gabrielle carraspeó suavemente―. Esto es… Um…
―Ladeó la cabeza―. Bonito.
Xena barrió con la mirada de un extremo a otro la ausencia de cualquier
ejército atacante o cualquier otra cosa más amenazante que un búho
cazando. Realmente no sabía lo que había estado esperado…
Vale. Eso no era verdad. Había estado esperando la escena que había visto
en sus sueños el mes anterior, un valle cubierto de tropas desconocidas y una
amenaza para su reino en la que realmente podría hincar sus dientes. El peligro
por el que había conducido a su ejército durante la última semana,
ignorando, quizás erróneamente, los ataques de un enemigo conocido en su
prisa por llegar a este desconocido.
Y bien.
Xena dejó que su espada descansara sobre su hombro, mientras se tragaba
sus palabras.
―Sí ―dijo―. No está mal. ―Sus rodillas se apretaron alrededor del cuerpo de
Tiger y comenzó a avanzar otra vez―. ¿Quieres que le ponga tu nombre?
―Um… No, gracias. En realidad, no. ―Gabrielle se sintió un poco
decepcionada, lo que la sorprendió cuando pensó en ello por un minuto.
Siguió a Xena mientras la reina sacaba al ejército del valle y lo llevaba al
amplio espacio abierto.
Xena resopló suavemente, envainando su espada mientras estudiaba su
nuevo entorno.
Había un río que lo atravesaba, y largas hileras de hierbas, coronadas con
varios tonos de flores y, a la luz de la tarde, era bastante bonito de verdad,
incluso a sus ojos. Las aves revoloteaban sobre él, y había un aire de paz que
los rodeaba y le provocaba picazón en los ojos.
Maldición.
Xena estaba sentada en una roca al borde del río, mirando la puesta de sol.
239
Detrás de ella, en un claro, el ejército estaba preparando el campamento
para pasar la noche de una manera algo arisca y gruñona que reflejaba
bastante bien su propio estado de ánimo.
Mañana por la mañana vadearían el río, una tarea que no era fácil, y luego
continuarían cruzando las tierras del otro lado hacia una cadena de colinas
en el horizonte. Era tranquilo, y con una sensación agreste, y Xena sentía que
la tierra no había sido cultivada o habitada durante mucho tiempo, trayendo
una pregunta obvia a su mente de ¿por qué no?
¿Por qué no? El río era ancho y estaba lleno de peces, algunos de los cuales
colgaban junto a la hoguera esperando para alimentar a su ejército. La tierra
era fértil, y la maleza rocosa del valle anterior no se veía por ningún lado.
¿Por qué malvivir con cuatro ovejas escuálidas cuando se puede plantar una
buena cosecha aquí? Xena se rascó la nariz, sintiéndose desconcertada. Giró
la cabeza cuando Brendan se acercó a ella y se sacudió las manos en las
mallas.
―¿Por qué Hades no hay granjas aquí?
Brendan miró a su alrededor, como si apreciara el entorno por primera vez.
―Buena tierra. ―Estuvo de acuerdo―. Supongo que como nunca dijiste de
venir aquí, nadie lo hizo. ―Se apoyó en una roca cerca de la suya―. Buen
pasto.
Xena reflexionó sobre eso por un momento.
―¿Quieres decir que gobierno a gente tan estúpida? ―inquirió. Brendan se
encogió de hombros. La reina lo estudió por el rabillo del ojo―. ¿Los hombres
todavía se están quejando?
Brendan se encogió de hombros de nuevo.
―No se están quejando en serio ―dijo―. No sienta bien dejar a los enemigos
detrás de nosotros. ―Miró al otro lado del río―. Los hombres tienen familias allá
atrás, aquí los estamos dejando solos.
―Están a salvo. Esos rezagados no se acercarán a la fortaleza ―discrepó Xena.
El capitán de la tropa miró atrás, hacia el valle.
―Sin embargo, podrían guardar ese paso si tenemos que volver a través de él
rápidamente.
240
Xena levantó una rodilla y apoyó el codo sobre ella, dándole una mirada larga
y constante.
―¿Estás diciendo que vamos a volver corriendo? ―preguntó con tono plano―.
Creo que no aprecio esa idea de mi liderazgo, Brendan. —Brendan rehusó a
encontrarse con su mirada. Dio una patada a una roca incrustada en la tierra
cerca del río y mordió un poco de hierba, el metal de su armadura sonó
suavemente mientras se movía. La reina suspiró y negó―. Lo que sea. ―Se
calló, y después de una breve espera, su capitán se alejó de nuevo, ya que
aparentemente no tenían nada más que decirse el uno al otro.
Lo cual no era exactamente cierto, pero era el final de un largo día y Xena
realmente no tenía ganas de lidiar con soldados susceptibles y expectativas
decepcionantes. Miró a su alrededor, y vio a Gabrielle que venía hacia ella,
moviéndose a través de las hierbas junto al río con paso lento y prudente.
Xena sospechaba que estaba tratando de no cojear.
―Hola.
―Hola. ―La mujer rubia se acercó a su lugar de descanso y sacó las manos de
la espalda, tendiéndole un puñado de flores silvestres―. Estas son para ti.
La reina tomó las flores, dobló sus largos dedos alrededor de los tallos y observó
su vibrante color pensativamente.
―¿De qué trata todo esto? ―preguntó―. ¿Parecía que necesitaba un puñado
de mala hierba o algo así?
―No. ―Gabrielle se apoyó contra la roca, su hombro rozó el muslo de Xena―.
Eran simplemente hermosas, como tú, así que decidí elegir algunas y dártelas,
eso es todo. ―Dejó descansar la cabeza contra el costado de la reina y
observó cómo la puesta de sol brillaba en la superficie del río.
Xena colocó su brazo sobre el hombro de su compañera.
―Todos los demás aquí piensan que estoy tarada, y tú me traes flores y me
dices lo bien que me veo. ¿Qué Hades haría sin ti, mi amiga? ¿Hm? ―Sintió a
Gabrielle exhalar, y escuchó el más mínimo de los resoplidos de ella―. Ha sido
un jodido largo día, ¿no? —La rubia cabeza asintió—. ¿Cansada? —Gabrielle
asintió de nuevo—. ¿Dolorida? —Una débil vacilación, luego un tercer
asentimiento—. Yo también ―dijo Xena―. Entonces, ¿por qué no vamos tú y
yo y hacemos que los demás se sientan mejor? ―Alborotó el cabello de
Gabrielle un poco―. Puedo arreglar tus nudos y puedes decirme lo maravillosa 241
que soy ya que he hecho poco más que cagarla los últimos siete días y hacer
que el ejército piense que ya no valgo para esto.
Gabrielle la abrazó.
―Eso suena genial ―admitió―. Estoy realmente dolorida.
Xena estaba más que contenta de dejar de preocuparse por el mañana para
concentrarse en este problema aquí y ahora junto a ella. Se deslizó de la roca
y rodeó a Gabrielle con un brazo, dirigiéndola hacia el campamento y lejos
del ancho y revuelto río.
Los hombres la observaban mientras pasaba a través de ellos, con su amante
y un puñado de flores y Xena tuvo que preguntarse, realmente, qué era lo que
estaba haciendo allí.
Caminaron hacia la tienda real y se metieron dentro, intercambiando el rico
atardecer rojizo por el interior iluminado por velas. Xena se acercó a la mesa
para lavarse, vertió agua de una jarra en una taza de viaje y luego metió en
ella su puñado de hierbajos.
Echó un vistazo detrás de ella, mirando a Gabrielle mientras la mujer rubia se
acercaba a su pequeño cofre de pertenencias y se arrodillaba junto a él,
luego se inclinó sobre él durante un largo y doloroso momento.
Inmediatamente, Xena cruzó la tienda y se arrodilló junto a ella.
―Hey. ―Puso sus manos sobre los hombros de Gabrielle y la ayudó a
enderezarse―. Ven aquí rata almizclera… ¿Qué pasa? No pensaba que
estabas tan dolorida. —Ella medio guio, medio levantó a Gabrielle y la ayudó
a sentarse en su camastro―. Acuéstate. —Sin resistencia, la mujer rubia
obedeció. Eso inquietó a la reina, que esperaba al menos la simbólica protesta
habitual de su amante. Enderezó los miembros de Gabrielle, luego puso una
mano en su muslo―. ¿Dónde te duele más?
Gabrielle puso la mano sobre su estómago.
―Lo tengo agarrotado… estaba bien cuando estábamos montando.
―Murmuró―. Pero desde que nos detuvimos… es como si me hubiera pasado
una rueda de carro por encima.
Xena hizo una mueca, mientras desabrochaba el cinturón que sostenía la
armadura de Gabrielle. Se lo quitó y luego desabrochó la sobrevesta de cuero
y la dejó a un lado.
—¿Te duele cuando respiras?
242
―Un poco. —La reina le quitó la camisa acolchada que su amante llevaba
debajo de su armadura y contuvo la respiración cuando vio los extensos
moretones debajo de ella. Una oscura mancha moteada se extendía desde
las caderas de Gabrielle hasta sus pechos, más o menos del mismo color que
la que todavía adornaba su rostro y, después de un momento, Xena exhaló
casi con terror cuando se dio cuenta de que la mayor parte del daño había
sido por su propia mano—. Tumbada me siento un poco mejor ―ofreció
Gabrielle―. Supongo que el quitarme ese cinturón también ayuda.
―Sí. ―Xena no se había sentido como un completo fracaso en mucho tiempo.
Podía recordar el momento, de hecho, cuando se sentó en un suelo de piedra
muy fría al lado de un cuerpo muy frío y rígido con el que una vez compartió
sus pensamientos más íntimos. No había podido proteger a nadie cercano a
ella. Pero al menos no lo había lastimado con sus propias manos. Desde que
dejaron la fortaleza no había estado haciendo otra cosa que cagarla y en
algún momento tendría que preguntarse cuándo se daría cuenta el ejército y
simplemente se volvería contra ella. Si no lo habían hecho ya. En silencio, se
volvió y se sentó en el suelo de la tienda, reclinándose contra la cama―. Lo
siento por eso, Gabrielle ―murmuró―. No fue mi intención hacerte eso.
Hubo un silencio detrás de ella, pero podía sentir un débil e intermitente tirón
en su cabello y luego el calor cuando la mano de Gabrielle se enroscó
alrededor de su hombro.
―Lo sé… Intentabas salvarme ―dijo Gabrielle―. No es culpa tuya. Debería
haberme quedado donde me dijiste.
Xena miró a través de la tienda, sintiéndose muy cansada.
―Siempre es mi culpa ―respondió―. Tiene que ser mi culpa, Gabrielle. Soy la
reina. —La calidez detrás de ella aumentó de repente, cubriendo la parte
posterior de sus hombros cuando sintió el aliento de Gabrielle contra la parte
posterior de su cuello―. Tengo algunas hierbas… Te las daré. Te dejará dormir.
Gabrielle recorrió con su dedo la parte posterior del cuello de Xena, respirando
su aroma y simplemente disfrutando de la cercanía. Había estado tan
incómoda todo el día que era pura dicha quedarse quieta en presencia de
Xena, y dejar que el dolor disminuyera un poco.
Le dolía la cabeza y le dolía el cuerpo, y le dolía la espalda donde la flecha la
había golpeado, pero no había penetrado su armadura. Y su cuello aún le
dolía, donde la flecha había rozado, arrancando un trozo de su piel y algo de
243
pelo.
Había estado bien mientras montaba, había tenido a Parches para distraerla,
y todas las cosas nuevas para mirar y a Xena para vigilar, pero una vez que
había desmontado y tuvo que esperar a que montaran la tienda, comenzó a
pasarle factura el largo día.
Sabía que Xena estaba muy molesta por algo, pero no creía que fuera por
ella o al menos, no era por algo que había hecho. Solo podía decir por el
lenguaje corporal de Xena y por el tono en su voz, que su amiga estaba
sufriendo tanto como Gabrielle y que realmente no sabía qué hacer para
arreglar eso.
Ergo, las flores. Sabía que a Xena no le gustaban especialmente las flores, pero
sabía que la reina entendía que había amor detrás de ellas, y Gabrielle supo
por la emoción cambiante en su rostro cuando las tomó que ese sentimiento
era lo que Xena necesitaba en ese preciso momento.
Ahora, Xena dio media vuelta y la hizo rodar de nuevo sobre su espalda,
tocando suavemente los puntos doloridos en su abdomen. Gabrielle estaba
contenta de dejar descansar su cabeza sobre la almohada, tan cansada que
ni siquiera tenía hambre para cenar.
―¿Tendremos que nadar al otro lado del río?
―Sí ―respondió Xena suavemente―. Pero no en unos días.
Gabrielle miró el perfil de la reina, sombrío y serio a la luz de las velas.
―Pensé que cruzaríamos al otro lado mañana.
―Lo íbamos a hacer. ―Xena cerró la camisa acolchada y se apoyó en la
cama estudiando a su compañera―. Pero tengo algunas cosas de las que
quiero ocuparme ahora. Así que nos quedaremos aquí hasta que eso esté
hecho. ¿Te parece bien?
―Pensé que tenías prisa por continuar.
―Cambié de opinión ―dijo la reina―. Lo que probablemente significa que no
estoy completamente obsoleta como señora de la guerra, ¿eh?
Gabrielle miró la cara de su amiga. Había una compleja combinación de
emociones allí, pero Xena nunca era simple. Impulsivamente, extendió su
mano y la puso en la mejilla de la reina, sintiendo la presión sobre su piel
mientras Xena se apoyaba en el toque.
244
―Te amo.
La expresión de Xena se suavizó, y una reacia sonrisa apareció en su rostro.
―¿A pesar de que te he molido a palos regularmente? Pervertida rata
almizclera.
―No a propósito ―dijo Gabrielle, y luego bajó los ojos―. Conozco la diferencia.
Xena tomó la mano de Gabrielle y besó la parte de atrás de sus nudillos.
―Hazme un favor. ―Esperó a que la mujer rubia volviera a mirarla―. Quédate
aquí y relájate. Tengo que golpear algunas cabezas y comenzar mi nuevo
plan. ¿Me has entendido?
Gabrielle sonrió brevemente.
―No, pero me quedaré aquí de todos modos. Lo prometo ―dijo―. ¿Volverás
pronto?
Xena resopló suavemente por lo bajo.
―Tal vez. ―Besó otra vez la mano de Gabrielle y después la soltó, levantándose
y sacudiéndose levemente―. Descansa un poco. Puede que tengas que
darme hierbas cuando regrese. ―Se pasó las manos por el pelo y apartó la
solapa de la tienda.
Gabrielle la miró, retorciéndose un poco para ponerse más cómoda en el
camastro.
―Me pregunto qué quiso decir con eso.
Xena caminó lentamente por el campamento, golpeando ligeramente el eje
de una flecha contra su pierna. Cuando llegó al centro del campamento de
soldados, encontró un árbol caído y se sentó sobre él, ordenando sus
pensamientos mientras esperaba que todos se dieran cuenta de que estaba
allí.
No pasó mucho tiempo. Después de solo un momento, los soldados
comenzaron a girarse hacia ella, olvidándose de sus petates y del equipo en
sus manos mientras intercambiaban miradas entre ellos y corría la voz.
Xena simplemente esperó en silencio, incómodamente consciente de que
245
había permitido que su ego anulara su juicio, y que arriesgaba la lealtad de su
ejército al olvidar un simple principio.
En la fortaleza, ella era la reina. Allí fuera, como les había dicho sin rodeos, solo
Xena y la líder de un ejército que tenía que ganarse esa posición cada minuto.
No podía asumir que todos seguirían simplemente obedeciéndola porque les
había dado buenos motivos para pensar que su juicio podría no ser tan
confiable.
No habría disculpas. No estaba en su naturaleza, y eso solo conseguiría que
los hombres se sintieran más incómodos con ella. Pero ya era hora de
comenzar a actuar como la líder de campo que ella misma suponía que era
y hablara con los soldados como una de los suyos.
Una multitud se reunió a su alrededor, hombres que aparecían entre los
árboles para agacharse cerca, mientras otros se sentaban en el suelo frente a
donde estaba sentada. Xena esperó a que los números se duplicaran, luego
se movió y apoyó los codos en las rodillas, sosteniendo el palo entre sus manos.
Brendan apareció, y se acercó a ella, arrodillándose y apoyando sus manos
sobre su rodilla mientras él también esperaba a que ella hablara.
―Está bien ―dijo Xena―. Ahora que estamos aquí, con nuestras condiciones.
Un pequeño picor de reacción atravesó a los hombres, no tanto como un
sonido, sino una agitación que sonó como un crujido de cuero y un suave
tintineo de cotas de malla. Levantando la mirada, captó las expresiones en los
rostros de los hombres más cercanos a ella y se dio cuenta de su desconcierto
al notar que había una voluntad de creer que no había esperado.
―Sí. ―Brendan comentó, plácidamente―. No esperábamos dejarlos.
Xena colocó el extremo de su palo en la tierra delante de sus botas.
Rápidamente dibujó el valle, y el matorral que acababan de dejar.
―Está bien. ―Estudió su obra de arte y luego agregó algunos detalles más―.
Tenemos algo de tiempo. Pensaba que estaríamos ocupados una vez que
llegáramos aquí, pero al salir temprano nos ha dado un poco de tiempo de
planificación. —Los hombres se miraron unos a otros, obviamente perdidos.
Miraron a Brendan, cuyo rostro estaba serio para evitar que se le notara que
tampoco tenía ni idea de lo que Xena estaba hablando—. Así pues. ―La reina
siguió hablando―. Tenemos un día o dos para enviar a tres equipos de vuelta
a ese valle y limpiar la escoria. ―Dejó que sus ojos se movieran hacia las caras
que la miraban―. ¿Alguien interesado? ―El alivio que vio en muchos ojos hizo
que su nariz se arrugase y mentalmente se dio una patada en el culo tan fuerte
246
como pudo―. Quiero tres equipos de veinte cada uno, irán aquí, aquí y aquí
―Indicó las instrucciones en su mapa―. Todos los demás van a trabajar en el
vadeo del río ―Hizo una pausa―. Conmigo. —Los hombres dudaron, luego
comenzaron a asentir lentamente—. Sabemos que tienen la mayor presencia
aquí. ―Xena dibujó un círculo―. No esperarán que volvamos, ―dijo―. Así que
esta noche regresamos por el valle y entramos en esta área antes del
amanecer. Supongo que los encontraremos reunidos allí, probablemente
para seguirnos.
―Parece que sí. ―Brendan estuvo de acuerdo―. Llegamos por aquí, no nos
van a ver. ―Tocó un lugar cerca del final del valle―. Debería ser rápido.
Xena asintió.
―Reúne a los tres equipos ―le dijo a su capitán―. Haz que salgan una marca
de vela después del anochecer ―instruyó a Brendan―. Y escuchad todos
vosotros. ―Volvió su atención a los hombres―. Esto es solo barrer con todo.
Necesito a cada uno de vosotros para lo que vamos a enfrentar delante que
nosotros. No os descuidéis. ―Esperó hasta que todos comenzaron a asentir,
luego clavó su palo en el suelo en el medio del dibujo―. Todo bien. Al resto de
vosotros los quiero listos para buscar comida. Quiero todos los recursos que
podamos encontrar empacados en esos vagones antes de cruzar el río.
Los hombres se dispersaron, pero ella permaneció sentada allí mientras
Brendan se inclinaba más cerca, estudiando su dibujo mientras la luz
comenzaba a desvanecerse. Esperó a que se despejara un espacio alrededor
de los dos, antes de mirar sombríamente a su reina.
―Xena, no hay necesidad de hacer eso solo por un poco de chismorreo.
―No ha sido por eso. ―Xena apoyó el codo sobre su rodilla y apoyó la barbilla
en su puño―. Acabo de decidir sacar la cabeza de mi culo.
Para su crédito, Brendan no negó ni pareció avergonzado por sus palabras.
―No pensé eso.
―Claro que sí. Todos lo hacen ―dijo la reina―. No había un hombre en todo el
maldito campamento que no pensara que había dejado las habilidades de
liderazgo que antes tenía en el dormitorio del castillo ―dirigió a su capitán una
mirada directa―. Así que déjalo.
Brendan la miró con sorpresa.
―Han sido muchos cambios para todos nosotros, Xena ―dijo―. Nadie duda de
ti. 247
―Yo dudo de mí. ―Xena se levantó, sacudiendo un poco sus hombros para
acomodar su armadura―. Y eso es algo peligroso, viejo. Muy peligroso ―Se
sacudió las manos y se alejó, caminando sobre el tronco en su camino de
regreso a su tienda.
Brendan puso su pulgar en la tierra junto al boceto, mientras dos de los otros
soldados se acercaban a él.
―Tienes una oportunidad, Ev, de dejar tu huella ¿eh? ―dijo en tono casual―.
Maj no es estúpida.
―Buena oportunidad. ―El hombre asintió―. Debe haber sido el plan todo el
tiempo, ¿eh?
Brendan estudió el dibujo.
―Sí. ―Estuvo de acuerdo, sin levantar la vista―. Siempre era su estilo. Nunca
digas todo hasta que necesite ser dicho. ―Se puso de pie y se sacudió las
manos—. Así que, pongámonos en marcha. Elige a tu escuadrón
rápidamente, antes de que Maj cambie de opinión y haga el trabajo ella
misma.
―Sí. ―Ev asintió―. Es verdad. Vamos. ―Hizo un gesto a su compañero―. Vamos
a afilar las espadas.
―Esperando la oscuridad esta noche. ―El hombre estuvo de acuerdo―. Por
supuesto, una buena oportunidad.
Se alejaron, dejando a Brendan de cara al sol poniente, entrecerrando los ojos
silenciosamente.
Xena se detuvo en la entrada de su tienda, apoyándose contra el soporte
delantero mientras miraba dentro. Gabrielle estaba acurrucada dormida en
el camastro, todavía con su armadura desabrochada. La reina no quería
despertarla, pero tampoco quería quedarse fuera de su tienda, así que
después de un momento, entró y caminó silenciosamente.
Con cuidado, en el otro lado de la tienda, Xena comenzó a desabrochar su
248
armadura, aflojando la placa del pecho y quitándosela por su cabeza
mientras una ráfaga de viento aleteaba la falda de la tienda y enfriaba sus
omoplatos, húmedos de sudor donde habían descansado los pesados trozos.
Se sintió un poco dolorida, y flexionó los brazos, haciendo una mueca por la
rigidez de los músculos de su espalda. No había habido muchas peleas,
recordó, así que en… Ah. Atrapando las malditas flechas. Flexionó las manos
y las giró, examinando las marcas de arañazos en sus palmas de los ejes y las
plumas. Apenas recordaba la acción, solo un remolino de movimiento y su
cuerpo reaccionando por el instinto que le había llevado años construir.
Bueno, al menos eso todavía funcionaba.
Se desabrochó los brazaletes y se los quitó, luego se volvió y se sentó en el
taburete de campamento cerca del brasero para desabrocharse la
armadura de la pierna, frotándose con el pulgar a lo largo de un tajo cerrado
que no recordaba haber recibido. ¿Habría sido en la primera pelea, o la
segunda?
Sacudiendo la cabeza, la reina se desabrochó las botas y se las quitó,
lanzándolas a un lado mientras estiraba los pies hacia el fuego, vestida ahora
solo con sus pieles. Quería lavarse un poco, pero eso significaba levantarse y
chapotear, así que se quedó dónde estaba, estirando el brazo para alcanzar
un odre de vino y acercárselo mientras tanto. Sorbió el vino temprano y duro
sin probarlo realmente, dejando que su cabeza descansara contra el tronco
y permitiendo que su mente se quedara en blanco después de un día largo y
difícil.
Sin embargo, después de un momento de silencio, sus orejas se crisparon
cuando oyó un débil sonido que venía de su durmiente compañera y ladeó
la cabeza hacia el jergón mientras se repetía. No era un gran llanto, y no era
un quejido, pero con un poco de imaginación podría haberlo sido y antes de
que realmente pensara en ello, Xena estaba al otro lado de la tienda
arrodillada al lado de Gabrielle.
De todos modos ¿Qué Hades estaba haciendo? La reina apoyó los codos en
el camastro.
―¿De dónde sale toda esta mierda de niñera Xena? ―preguntó en voz alta―.
Solía pisar hormigas. Mierda, solía pisar cachorros. Ahora me siento como si los
estuviera amamantando.
―Oh… Xena! ¡No! ―Soltó Gabrielle, de repente. Las manos de la mujer rubia
temblaban, y su respiración era desigual, y mientras la reina la observaba, 249
inhaló de nuevo con fuerza, y el grito se repitió.
Ah.
―Oye. ―Xena tiró gentilmente de la oreja de Gabrielle―. Nada de malos
sueños, pachucha rata almizclera.
Los ojos de Gabrielle se abrieron con confusión, y miró a Xena sin comprender,
luego su expresión se aclaró y exhaló aliviada.
―Xena. ―Levantó su mano y envolvió sus dedos alrededor del antebrazo de la
reina―. Estás aquí. —Xena miró a la derecha, luego a la izquierda, luego a sí
misma antes de volver a mirar a Gabrielle. Su ceja se elevó con delicioso
sarcasmo—. Lo siento… por supuesto que estás ―murmuró la mujer rubia. Se
restregó la cara con una mano, sus dedos temblaban un poco―. Ugh. Gracias
por despertarme.
―¿Estás bien? —Después de un momento, Gabrielle asintió, apretando los
labios formando una delgada línea. Xena sabía que su amante tenía malos
sueños a veces. Por lo general, hablaba de ellos, pero a veces no, y se dio
cuenta de que este era uno de esos momentos. Reina o no, nunca había sido
capaz de sacarle una explicación y no estaba de humor para intentarlo esta
vez. Podía ver que Gabrielle aún temblaba, así que recurrió a algo en lo que
tenía un buen grado de confianza cuando se trataba de hacerla sentir mejor.
Funcionó bien. Gabrielle prácticamente se arrastró sobre su regazo mientras
Xena se levantaba y se inclinaba sobre la cama, extendiendo sus brazos y
ofreciendo un abrazo que fue correspondido muy fácilmente. Sin embargo,
era difícil decir cuál de ellas lo necesitaba o lo apreciaba más―. ¿Cómo te
sientes? ―preguntó Xena, después de un largo momento, sospechando que
en realidad podría ser ella quien más lo necesitaba.
Gabrielle apoyó la cabeza en el hombro de Xena.
―No muy bien ―admitió, después de una pausa―. Pensé que tal vez si me
echaba una siesta me sentiría mejor, pero creo que no fue una buena idea
después de todo. ―Se tocó el estómago―. Ay.
Xena reorganizó sus largas extremidades, trepó hasta el camastro y acunó a
Gabrielle en sus brazos.
―Relájate, rata almizclera. No te muevas. Estas bastante machacada.
―Apoyó la mejilla contra el cabello de su amante―. Como la mayoría de la
gente a la que he molido a palos.
―No hiciste eso ―dijo Gabrielle―. Deja de decir eso como si fuera por tu culpa
―añadió―. No quería que me dispararan flechas.
250
―Sí, lo sé. ―Xena exhaló―. A veces te miro y recuerdo a mi hermano, eso es
todo ―dijo―. Sé que hice lo correcto, pero verte aquí como si mi caballo te
hubiera pateado de arriba abajo no me hace sentir muy bien.
―Mmph. ―Gabrielle gruñó suavemente, pensando en cabalgar por la
mañana. Solo la imagen la hizo sentir mal del estómago, y silenciosamente
enterró su rostro en el hombro de Xena, tomando consuelo donde podría
encontrarlo. Tal vez Xena la dejaría viajar en los carros. Eso parecía bastante
seguro―. ¿Oye, Xena?
―¿Siiiii?
Gabrielle vaciló, mientras una punzada de inseguridad la pinchaba.
―Gracias por despertarme.
―Ya lo habías dicho.
―Sí, lo sé. ―La mujer rubia respondió―. Pero era un muy mal sueño, y estoy muy
contenta de que me hayas despertado ―Rodeó a la reina con los brazos―. No
te preocupes por los moretones. Estoy segura de que mañana estarán bien.
Los ojos azul claro de Xena brillaron un poco.
―Será mejor que así sea, o te ataré a las ramas de un árbol y te dejaré aquí
―advirtió―. Así que cúrate rápido.
Gabrielle la miró.
―Lo haré.
―No estoy bromeando ―dijo la reina.
―Lo sé.
Xena se inclinó y le dio un largo y apasionado beso en los labios.
―Bien. ―Se relajó, alejando las decepciones de los últimos días por el
momento―. Te verías estúpida colgada en un árbol.
―Lo sé.
―Pero ¿sabes qué?
―¿Qué?
―De todos modos, te amaría más que a mi caballo.
―Guau. 251
―No tienes ni idea.
Parte 8
Gabrielle abrió los ojos, mirando al frente con perplejidad al ver una raya de
brillante luz que entraba por la solapa medio abierta de la tienda y oyendo los
sonidos distintivos del campamento afuera.
Estaba tumbada de lado, y giró la cabeza rápidamente cuando se dio cuenta
de que estaba sola en la cama cubierta de pieles y comenzó a buscar señales
de la presencia de Xena.
Ah. La armadura de la reina estaba cuidadosamente doblada sobre su
soporte, y su equipo de baño estaba allí, cerca de la palangana. Con un
suave gruñido, Gabrielle dejó que su cabeza cayera sobre la almohada otra
vez y estudió la franja de luz del sol en su lugar, increíble en su cálida y vivaz
luminosidad.
―Guau. ―Se dio la vuelta después de un minuto, mordiéndose los labios para 252
ahogar un grito mientras su cuerpo protestaba por el movimiento―. ¡Oh, ay!
―Era como si cada centímetro de su cuerpo estuviera siendo pinchado con
algo afilado y se echó hacia atrás sobre su costado, mientras las lágrimas
brotaban de sus ojos.
Cuando pudo volver a abrirlos, vio un odre de agua posado en un taburete
cerca de su mano, con una nota al lado. Tenía la boca seca como un hueso,
pero primero cogió la nota, la desplegó con una mano y la acercó para leerla.
Oye. Bebe lo que hay en la bolsa, y mantén tu culo en la cama o lo azotaré
hasta que esté en carne viva. X
Gabrielle sonrió, a pesar de su incomodidad, y metió la nota debajo de la
almohada antes de extender la mano y tomar el odre del taburete.
Gorgoteaba y era bastante pesado, así que lo apoyó en el borde del
camastro mientras sacaba el tapón.
Obviamente, Xena había colocado las cosas para su comodidad.
Obviamente, la reina esperaba que Gabrielle permaneciera dando vueltas
en la cama, presumiblemente hasta que se sintiera mejor. Obviamente, ella
también tenía una idea de lo mal que se sentiría Gabrielle al despertarse.
Tomó un trago del odre, luego se detuvo al notar el sabor a musgo de las
hierbas en su lengua. El sabor no era desagradable, pero tampoco era del
todo agradable, sin embargo, recordó la nota, así que siguió bebiendo de
todos modos.
Al menos, apaciguó su sed. Tan pronto como acabó, volvió a poner el tapón,
y tan pronto como lo hizo, sintió una oleada de reacción en ella por las hierbas
que había bebido con el estómago vacío. No era del todo un mareo, era más
como cuando bebió demasiado rápido de algo demasiado fuerte para ella y
el mundo retrocedió inesperadamente.
Extraño. No era realmente incómodo, porque lo otro que hizo fue relajar su
cuerpo al mismo tiempo. Mientras se hundía en el colchón, sus músculos se
relajaron y el dolor disminuyó considerablemente y exhaló de alivio, cerrando
los ojos un momento de agradecido amor por la consideración de su reina.
Por supuesto, Xena rechazaría la idea de que había sido muy considerada,
pero el hecho era que a menudo se mostraba muy considerada,
especialmente cuando pensaba que nadie la estaba mirando.
Gabrielle volvió a abrir los ojos y vio unas pocas motas de polvo flotando a
través de la luz del sol. ¿Qué había pasado? se preguntó, un poco aturdida.
¿Por qué todavía estaban junto al río? ¿Xena había tenido noticias de más 253
problemas en el valle?
Escuchó los sonidos que llegaban de la apertura de la tienda. Los crujidos y el
sonido de la madera que se cortaba eran fuertes y claros, en algún lugar
alrededor. También podía oír las voces de los hombres y el sonido del río
cercano; todo sonaba normal y casi ordinario.
No parecía peligroso, y tampoco parecía que el ejército se estuviera
preparando para moverse. Entonces, ¿qué había cambiado?
Gabrielle sintió que un letargo tranquilizador se apoderaba de ella, y le
costaba evitar que sus ojos se cerraran otra vez. ¿Esperaría Xena que se
levantara y ayudara con… lo que sea… que estaba sucediendo afuera? Tocó
la nota con las yemas de sus dedos. No, ella claramente quería que Gabrielle
se quedara en la cama.
De hecho, le dio sus hierbas para que se quedara en la cama. Gabrielle
parpadeó. Entonces supuso que no irían a ningún lado demasiado pronto.
Finalmente decidió que tal vez Xena había cambiado de opinión.
―Estoy segura de que hay una buena razón para eso. ―Gabrielle dejó que sus
ojos se cerraran, incapaz de mantenerlos abiertos por más tiempo―. Xena
siempre tiene una buena razón para todo.
Xena volvió la cara hacia el viento, examinando el trabajo que estaban
realizando delante de ella. Los vagones de suministros se habían colocado
todos juntos en una fila, y se habían retirado sus yugos. Los soldados estaban
trabajando con los carreteros para sujetar los carros juntos, dejando el carro
guía con su yugo intacto, pero añadiendo seguros y cuerdas a los costados
de los vagones y dejándolos extendidos por el suelo.
Cerca del río, más hombres estaban apartando las rocas del camino para
dejar espacio libre para que los carromatos pudieran pasar, y ya una pequeña
extensión de postes se extendía hacia el río con trozos de tela adheridos
marcando el camino.
La reina estaba moderadamente satisfecha con el progreso. Podría haber
ordenado al ejército que cruzara el río sin preparación, pero en los viejos
254
tiempos había aprendido que preparar un vado decente por el que pudiera
regresar era una prudente precaución, sin importar que le hubiera dicho a
Brendan lo contrario.
No era muy de retractarse, pero lo hacía cuando tenía que hacerlo. Siempre
es mejor salir por patas y patear culos al día siguiente, que morir por tu ego,
¿no?
Xena apretó sus rodillas alrededor del cuerpo de Tiger, y lo dirigió hacia el paso
del río. Iba vestida de seda, con una túnica de terciopelo carmesí que dejaba
al descubierto los brazos al sol primaveral y había aprovechado la
oportunidad para lavar sus pieles y dejarlas secar en la tienda.
Se preguntó si Gabrielle se habría despertado ya, y por un momento casi giró
la cabeza de Tiger para ir a ver.
―No. ―Negó con la cabeza, sin dejar de hablar―. El trabajo primero, entonces
puedes hacer de niñera. —Tiger sacudió la cabeza y resopló. Cuanto más
trabajaba esa mañana para preparar el camino, más se convencía Xena de
que había tomado la decisión correcta. Las tropas estaban más felices, los
carreteros estaban mucho más felices, los esclavos que se había traído no
estaban felices exactamente, pero ya no se encogían de miedo, los soldados
que había enviado de vuelta al valle probablemente eran delirantemente
felices y había logrado todo eso sin dejar de lado la verdadera razón por la
que lo hizo, quería que su amante descansara―. Maldición, Xena ―se dijo a sí
misma―. Tal vez no lo perdiste y te volviste estúpida después de todo. ―Dirigió
su caballo hacia donde estaban los vagones y comenzó a avanzar por la
línea, inspeccionando las uniones con ojo crítico―. Pon bien esa arandela de
unión. Agrietarás la madera si no lo haces.
El hombre que la sostenía la miró.
―Está atascada, señora. ―Levantó la arandela de hierro, con una expresión
de disculpa―. El herrero ya está viniendo.
Lentamente Xena pasó su pierna por encima del cuello de Tiger y se deslizó
del lomo del animal, aterrizando con un ligero salto mientras se sacudía las
manos. Se acercó al hombre y tendió su mano hacia la pieza, sopesándola
cuando se la entregó tímidamente.
Enroscó sus manos alrededor del metal, luego levantó los antebrazos para que
los eslabones entrelazados estuvieran casi a la altura del pecho antes de
girarlos en direcciones contrarias, sus bíceps sobresalían mientras sentía que su
cuerpo se ponía a la altura de las circunstancias, sus hombros se tensaron 255
mientras forcejeaba con la arandela incrustada de óxido.
Después de un segundo, se dio cuenta de dos cosas. Una, que había atraído
a una multitud con asombrosa rapidez, y dos, que estaba a punto de quedar
como una completa idiota.
Una rápida mirada alrededor, le dijo que lo segundo no era una opción,
especialmente desde que vio la cabeza de Gabrielle saliendo
inquisitivamente de su tienda no muy lejos.
Maldición. Xena cerró los ojos y se concentró en su loca tarea, sintiendo un
dolor en sus hombros mientras se esforzaba contra el metal inmóvil,
preguntándose por qué Hades no había esperado por los condenados dioses
al herrero.
Escuchó un suave sonido detrás de ella, y su cuerpo reaccionó con
inesperada violencia, sus manos buscaron sus armas instintivamente a pesar
de que en realidad no las llevaba encima. Con un crujido, la arandela se
retorció y se soltó, y ella la dejó caer mientras se giraba, levantando los brazos
para evitar el ataque que había escuchado acercándose a ella.
Tiger le olfateó el pecho desconcertado, frotándose contra ella mientras Xena
dejaba caer las manos sobre la cabeza del animal y aflojaba sus apretados
puños. Se inclinó hacia delante y lo miró a su gran ojo líquido.
―Tienes suerte de que me gustes, o serías la cena de esta noche, gran
bastardo. —Sin embargo, mantuvo la voz baja y le dio un beso al caballo en
la nariz antes de volverse y enfrentar a la multitud de nuevo. Bajó la vista a la
arandela ahora abierta y levantó sus cejas―. ¿Esperas a que la vuelva a armar
también? Lo siento. Solo un truco de feria por día desde la coronación. Está
en mi pergamino de proclamación.
Todos los hombres la miraban con los ojos muy abiertos.
―Guau. ―El hombre al que le había quitado el metal finalmente murmuró―.
Con tanta fuerza para guiarnos, seguramente tomaremos lo que queramos
donde sea que vayamos. ―Se arrodilló, y casi reverentemente recogió los
gruesos trozos de metal, sosteniéndolos con cuidado en sus manos―. Gracias,
majestad.
La vida realmente era increíblemente estúpida a veces. Sin embargo, Xena
inclinó la cabeza amablemente, y levantó un dolorido brazo para despedir a
los observadores.
―Está bien, ¡manos a la obra! ¡No tenemos toda la luna para esto!
Los hombres se dispersaron, hablando entre ellos en tonos bajos y excitados.
256
Xena sostuvo la pose un momento, luego dejó caer la mano y ahogó un
gemido cuando se dio la vuelta y comenzó a regresar hacia su tienda.
―Ay, ay ay… ―pronunció, mientras su sobrecargado cuerpo protestaba―.
Pensándolo bien, soy muy idiota. ―La solapa de su tienda estaba una vez más
vacía, y cuando ató las riendas de Tiger al árbol más cercano, se frotó un codo
con la mano opuesta, la articulación caliente y ya dolorosa al tacto―. Xena la
idiota despiadada ―murmuró, en voz baja. La tienda estaba en silencio, y
asomó la cabeza dentro, mirando a su alrededor mientras sus ojos se
ajustaban a la semioscuridad―. ¿Rata almizclera?
―Por aquí ―respondió Gabrielle, metida debajo de las pieles con su cabeza
sobre la almohada.
Xena entró y dejó que la solapa se cerrara.
―¿Viste mi nota?
―Ajá.
―¿Te bebiste las hierbas?
―Ajá.
La reina se acercó y se sentó en uno de los taburetes.
—El fin del mundo. Está nevando en el Hades. ―Suspiró―. Y apenas he arañado
la superficie de personas para matar y torturar.
Gabrielle frunció el ceño.
―¿Eh?
Xena apoyó los antebrazos en las rodillas.
―Hiciste lo que te dije que hicieras. ―Miró a su amante―. Estoy esperando que
Afrodita entre en cualquier momento y me pida consejos sobre sexo.
Gabrielle decidió que realmente no había nada que ella pudiera decir para
responder a eso. Excepto…
―Apuesto a que podrías darle unos pocos.
Xena se detuvo a mitad del movimiento.
―¿Cómo lo sabes? ―balbuceó―. ¡Solo has tenido sexo conmigo y con una
oveja!
257
―¡Nunca hice nada con una oveja!
―Mmm… Hablas en sueños.
―Y tú también.
Xena tomó aliento para continuar la discusión, luego se detuvo, considerando
el relativo nivel de experiencia de las dos.
―Mujerzuela.
Xena se paró de espaldas al fuego, sus ojos explorando el camino desde el
valle detrás de ellos. Estaba oscuro, silencioso y vacío, con solo la luna para
iluminarlo, pero sus ojos no tenían problema en distinguir los contornos de las
rocas y los barrancos entre donde estaba y de dónde regresarían sus soldados.
No esperaba verlos esta noche. Le había dicho a Brendan que hicieran una
incursión de tres días, y confiaba plenamente en que su antiguo capitán
aprovecharía cada momento de esos tres días para correr desenfrenado por
las colinas con los hombres sedientos de sangre.
Eso era bueno. Se había llevado a la mayoría de los ansiosos con él y les daría
la oportunidad de sacar la histeria de batalla de sus cuerpos. Tendrían un éxito
espectacular, por supuesto, y su confianza en la misión y en ella sería
restaurada.
Xena asintió para sí misma. O no lo harían, y ella tendría que hacer ajustes,
adaptarse y seguir adelante. Caminó hacia el perímetro del campamento,
viendo a los guardias mirarla por el rabillo del ojo, aprobando la colocación
de la vigilancia y el orden del campamento.
No le sorprendía. Lo había organizado ella. Dobló la esquina y comenzó a
caminar hacia el centro del campamento, donde la mayoría del ejército
estaba reunido alrededor de la gran hoguera. El olor a pescado para cocinar
y sopa rara flotaba en el aire, y el rico olor fuerte de la cerveza que lo
acompañaba.
Nada sofisticado. Xena se dirigió silenciosamente detrás de donde los
cocineros estaban repartiendo porciones en cuencos de madera y miró por 258
encima del hombro de una mujer con vago interés.
―¡Vamos, dame un poco de espacio, ya…! ¡¡¡Ah!!! ―La mujer miró a su
alrededor y terminó en un chillido agudo―. ¡Oh!
―¡Hey! ―Le gritó Xena―. ¡Derrama eso y te cortaré las manos! —La mujer se
quedó helada, la sopa goteaba de su cucharón, sus ojos enormes como
huevos de gallina. Su labio comenzó a temblar―. Es una broma ―Xena le
brindó una agradable sonrisa―. Continúa. ―Caminó hacia el otro lado de la
cocina y se acercó a las grandes parrillas, solo para darse cuenta de que no
tenía nada para poner la comida, a menos que quisiera poner las cosas
calientes en sus manos ahuecadas―. No es un buen plan, Xena. ―Chasqueó
la lengua―. Tal vez deberías ordenar que te decapiten.
―¿Señora? ―Uno de los cocineros se volvió hacia ella―. ¿Necesita algo?
Xena puso sus manos en sus caderas.
―Una bandeja ―dijo.
―¿Una bandeja, Majestad? ―repitió el cocinero.
―Una bandeja ―dijo la reina―. Quiero sentarme en ella, y presentarme a mi
pequeña y descarada amante para la cena. ¿Tienes una por aquí?
El hombre la miró, luego miró alrededor, claramente queriendo estar a la altura
de las circunstancias. Caminó hacia una pila de suministros y comenzó a sacar
cosas de allí, mientras dos de sus compañeros vagaban para reunirse con él.
Se giró y sostuvo algo.
―La más grande que tenemos, Majestad.
Xena cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró con las cejas fruncidas. Una
tapa de barril de metal curvada y golpeada como si hubiera montado su
caballo sobre ella durante unas horas y después hubiera sido arrojada por un
precipicio.
Varias veces.
No estaba segura de si debía sentirse insultada o solo reírse, y se decidió por
arrebatársela de la mano al cocinero, y sin una mirada para apuntar, la lanzó
con un zumbido por el aire.
Golpeó un barril, luego rebotó y golpeó una roca, dos soldados se apartaron
del camino mientras pasaba junto a ellos y se dirigió hacia el fuego, pasando
a través de él prendiendo sus bordes mientras volvía directamente hacia la
cabeza de Xena.
259
La reina se dejó caer sobre una rodilla con gracia, estirándose para agarrar la
bandeja giratoria cuando regresó, la hizo rebotar en el aire y luego la sostuvo
por el centro mientras giraba sobre un dedo, sus bordes todavía ardiendo por
la vieja grasa que tenía incrustada.
Fue un momento sorprendentemente entretenido, y Xena lo disfrutó al
máximo, riendo cuando la bandeja se detuvo y se asentó en las puntas de sus
dedos chisporroteando. Se levantó y miró por encima del hombro a los
cocineros, que estaban allí de pie mirándola con asombro.
―Puedo trabajar con esto. ―Sus palabras provocaron fuertes silbidos y sonrió,
mientras se acercaba y arrojaba la bandeja a la parrilla―. Pero mi viejo trasero
canoso no encaja en eso, así que ponle un poco de pescado y hazlo rápido.
Se acercó a un tronco cercano y se sentó sobre él, estirando las piernas y
cruzando los tobillos. Los sonidos del campamento volvieron a crecer a su
alrededor, y finalmente tuvo la sensación de que estaba volviendo a su
antigua vida con algún tipo de equilibrio.
Se sentía bien estar en medio del ejército. Se sentía bien estar en el
campamento, rodeada de soldados y trabajadores en lugar de los
afeminados nobles y los aburridos guardias. Se sentía bien al vestirse con cuero
y armadura en vez de sedas y zapatillas bordadas.
―¿Majestad? ―Los cocineros habían regresado con su bandeja, que ahora
estaba prácticamente cubierta de pescado y tubérculos asados, con un plato
de sopa humeante en el centro.
Xena se levantó y se detuvo al acercarse dos soldados.
―¿Sí?
―¿Podemos llevar eso por ti, Xena? ―preguntó el que estaba a la cabeza, con
timidez.
―Por supuesto ―dijo la reina, esperando que lo cogieran antes de dar la vuelta
y dirigirse hacia su tienda. Pasaron a través de grupos de soldados que tenían
sus propias cenas, y aunque ninguno se puso de pie, todos la saludaron con
aprobación y Xena tomó ese aplazamiento no declarado como un vino
dulce.
―Ojalá hubiéramos sido llamados para la incursión ―dijo el hombre más
cercano a ella y que sostenía la bandeja―. Fueron muy afortunados. 260
―Tendrás tu oportunidad ―respondió Xena.
―Entonces, ¿crees que hay más de ellos? ―preguntó el segundo hombre―.
¿Cruzando el río?
Los ojos de Xena barrieron las sombras a su alrededor mientras caminaba.
―Creo que hay más de algo por ahí fuera ―dijo cuando llegaron a la tienda―.
Y vamos a encontrarlo. ―Apartó la solapa, echó un vistazo dentro, antes de
que les hiciera un gesto para que entraran―. Olvidaros de lo que hay allá atrás.
Los hombres sonrieron cuando entraron. Xena miró alrededor durante un largo
momento antes de que ella también sonriera, y los siguió.
Gabrielle miraba el baile irregular de las llamas del brasero sin ningún deseo
de hacer otra cosa. Podía oír los sonidos del campamento fuera, pero
parecían apagados, y sus dedos se movían lentamente a lo largo de las pieles
en las que estaba acostada de un modo casi hipnótico.
Xena se había ido hacía un rato, y esperaba que la reina volviera pronto
porque el hecho de tenerla cerca hacía que Gabrielle se sintiera mejor. Al
menos entonces, sabía lo que estaba pasando. O… Una leve sonrisa curvó los
bordes de sus labios.
Al menos Xena sabía lo que estaba pasando. Se lamió los labios, saboreando
un poco de vino y hierbas en ellos preguntándose si tenía hambre. No se sentía
como si la tuviera. Recordaba haber tomado algo de sopa antes, pero
ciertamente no estaba segura de eso. ¿Fue sopa? ¿O fueron las hierbas?
La sopa tenía hierbas. Aunque no sabía a vino.
La miel sabría bien. Tal vez Xena encuentre algunas bayas para ponérsela.
Podía chupar la miel de las bayas y pensó que su maltratado cuerpo podría
aguantarlas.
Las hierbas le estaban quitando el dolor, pero aún podía sentirlo, haciendo
que se le cortara la respiración cada vez que se movía y tenía un débil dolor
de cabeza que era suficiente para mantenerla despierta y estar molesta.
Ni siquiera quería pensar en historias, o recordar sus aventuras hasta ahora.
Estaba en ese punto donde se preguntaba si sus aventuras siempre iban a ser
261
tan dolorosas, y si lo fueran…
Suspiró.
La solapa se abrió y Xena asomó la cabeza, luego dio un paso atrás y dos
soldados entraron llevando algo. Se acercaron y lo dejaron sobre la mesa
cuando la reina reapareció, volviendo la cabeza para mirar a Gabrielle y
sonreírle.
Mm. Gabrielle amaba esa sonrisa. Los hombres se fueron, y Xena se acercó al
camastro, se arrodilló y puso su mano sobre la cabeza de Gabrielle.
Podía notar el olor a humo en la ropa de la reina y sus dedos dejaron las pieles
y se extendieron hacia la manga de la camisa de lino que Xena llevaba
puesta. La tela se sentía suave al tacto y eso le gustaba.
―¿Tienes ganas de comer?
―No ―respondió Gabrielle con sinceridad.
―Muy mal ―dijo la reina―. Vas a hacerlo de todos modos, aunque tenga que
masticar yo todo primero y escupirlo en tu garganta.
Eso la hizo reaccionar. Gabrielle volvió la cabeza y miró a su amante, con su
alto cuerpo esbozado a la luz del fuego.
―Ew ―murmuró―. Eso suena asqueroso.
―Probablemente. ―Xena se apartó el pelo de la frente―. El pescado puede
ser demasiado, pero hay algo de sopa allí que seguramente puedas tragar.
Sopa. Hm.
―¿Podría tomar un poco de leche? ―preguntó Gabrielle, mirándola a la cara.
―De mí no puedes ―respondió la reina―. “Xena la Moocelous4” no suena igual.
Por desgracia, Gabrielle comenzó a reír, agarrándose a su cintura impotente
mientras el movimiento la sacudía de dolor hasta que Xena la tomó en sus
brazos y la mantuvo quieta, ambas todavía riendo mientras el agarre se
convertía en un suave abrazo, y luego ambas se detuvieron para respirar.
Gabrielle exhaló.
―Sopa, ¿eh?
―Mmhm.
―Está bien.
262
Gabrielle se acomodó en una postura erguida sentada en el camastro,
dejando que sus pies descansaran en el suelo mientras el dolor de su tripa
disminuía. El sol entraba de nuevo en la tienda, tentándola a levantarse de la
cama casi tanto como su necesidad de bañarse.
En cualquier caso, se sentía mejor y, después de una breve pausa para
recobrarse, se levantó, enderezándose muy lentamente mientras estiraba el
calambre de su espalda por permanecer tanto tiempo en la cama. Aún le
dolía, pero el dolor se había reducido a algo que podía soportar sin las hierbas,
por lo que había persuadido a Xena de que no las necesitaba para no tener
que perder otro día entero en ese confuso crepúsculo.
Contra todo pronóstico, pensó, Xena había estado de acuerdo, solo por la
expresión cambiante de su rostro cuando se lo había dicho, a pesar de que la
4
N.T. Xena de Moocelous.- Hace referencia a Moo-velous, de manera informal, una vaca lechera que dice
Marvelous, Maravilloso. Se usa en tarjetas de felicitación. En inglés el título es Xena the Merciless así que sería
una mezcla de ambas palabras.
reina la había estado obligando a tragar cosas con sabor a moho todo el día
anterior.
Así que aquí estaba. Gabrielle se acercó cautelosamente al lugar donde
estaba la palangana, sumergió sus manos en el agua y se la echó en la cara.
El líquido fresco se sintió maravilloso, y se frotó la piel con él durante un rato
antes de tomar un pequeño cuadrado de lino y el trozo de jabón que Xena
había dejado cerca.
Se quitó con cuidado su camisa de dormir, colocándola sobre el soporte que
sostenía la armadura de Xena. Los moretones en su pecho eran un poco
alarmantes, y pasó el paño húmedo sobre ellos con celeridad, pasando a sus
brazos y hombros ya que, de todos modos, su parte media estaba demasiado
sensible para presionarla. Tuvo que dejar el paño y apoyarse contra la
cómoda por un momento cuando un movimiento al estirarse casi la hizo
doblarse.
―¡Ay! ―Cerró los ojos hasta que el dolor se desvaneció de nuevo―. Dioses, esto
apesta.
Suspiró después de unos minutos, se enderezó y sumergió las manos en el agua 263
otra vez, levantándolas y empapando su cabeza con el frío líquido, haciendo
una mueca mientras se empapaba el cabello y enfriaba su cuero cabelludo.
Con determinación, agregó un poco de jabón y se frotó durante un minuto,
luego enjuagó el jabón apenas teniendo tiempo para dejar que sus codos
volvieran a apoyar sobre la cómoda ya que el dolor era demasiado fuerte
para soportarlo.
―¿Qué Hades estás haciendo?
Todavía inclinada, Gabrielle volvió la cabeza y vio la apertura de la tienda
ocupada con la forma alta de Xena, las manos de la reina plantadas en sus
caderas y una expresión exasperada en su rostro.
―¿Lavándome? ―respondió―. Un poco.
―¿Un poco? ―Xena se acercó y se unió a ella en la cómoda―. Parece que
estás a punto de caerte.
―Duele ―admitió Gabrielle―. Pero también lo hace estar allí tumbada.
―Lentamente se incorporó de nuevo, tomando un poco de aire mientras una
brisa desde la solapa abierta enfriaba su piel desnuda y húmeda―. Quería ver
lo que estabas haciendo.
Xena estaba en una especie de dilema. Como sanadora, sabía que debería
volver a tirar a su linda amante en la cama y hacer que se quedara aquí. Sin
embargo, dado que ella había pasado su propia cantidad de tiempo herida
y sabía que nunca trataría de mantenerse a sí misma en la cama, era difícil
estar demasiado enojada con la pequeña diablilla.
―Oh, querías, ¿verdad? ―Alargó la mano, agarró un trozo de lino y comenzó
a secar a Gabrielle―. ¿Vas a salir ahí así?
―Bueno, pensé secarme primero… Oh. Quieres decir desnuda. ―Gabrielle
tardó en entender el chiste―. Um… No, no, no pensaba.
―Lástima. ―La reina alborotó el cabello rubio húmedo de su amante―. Pero
ya que estás despierta, vamos a ponerte una camisa y te mostraré lo que he
estado haciendo y puedes decirme lo lista que soy.
―Está bien. ―La expresión de Gabrielle se iluminó. Cogió el lino cuando Xena
fue al baúl de ropa y lo abrió, hurgando en su interior―. ¿Ya ha vuelto
Brendan?
―No. ―Xena seleccionó una túnica ligera y suelta y regresó con ella―.
Mañana. Así que será mejor que estés lista para cabalgar, rata almizclera
264
―Puso la camisa sobre la cabeza de Gabrielle y la ayudó a pasar los brazos
por las mangas―. Porque tenemos que irnos.
―¿A dónde vamos? ―Gabrielle tiró de los cordones apretándolos a su cuello y
los ató.
Xena dio un paso detrás de ella y le pasó un peine de madera por el pelo.
―Pasado el río, a través del siguiente valle y a través de esas colinas hay una
ruta hacia el puerto marítimo más grande que hay por aquí.
―Está bien.
―Vamos a ir allí y tomaremos el control ―dijo la reina―. En este momento, es
un puerto libre.
Gabrielle no había esperado una respuesta tan directa a su pregunta.
―Es… ¿Es de dónde venían esos mercaderes? ―Terminó de arreglar su ropa y
esperó, mientras las caricias continuaban por su cabello―. ¿De ese lugar?
―Sí ―respondió Xena―. Una vez que controle eso, controlaré todo el comercio
río arriba y la costa. Empezamos desde allí.
Gabrielle se giró frente a la reina, mirando su rostro medio iluminado, medio
sombreado.
―¿Dónde terminamos?
Xena sonrió.
―Buena pregunta ―dijo―. Ponte las botas. Tal vez terminemos en algún lugar
al otro lado del arcoíris. Nunca se sabe.
Nunca se sabe. Gabrielle reflexionó. Que cierto eso en realidad.
El sol se sentía bien, y ella se alegró de estar allí poco tiempo después mientras
permanecía cerca del río y observaba lo que estaba pasando allí.
Era increíble. Gabrielle sacudió la cabeza otra vez, mientras se recostaba en
la piel caliente y peluda de Parches. Increíble lo que Xena había hecho en
265
solo un día y medio. El río tenía dos líneas sólidas de postes que guiaban
aproximadamente un tercio del camino, luego una línea de troncos
encadenados desde allí a través de las profundidades, hasta otro tramo de
sólidos postes cerca de la otra orilla formando un canal para cruzar.
El suelo en este lado del cruce ya había sido despejado y allanado para
permitir el paso de los carros y, si entrecerraba los ojos, podía ver hombres al
otro lado del río con dos caballos y un tronco de arrastre haciendo lo mismo
en ese lado.
El olor a alquitrán hirviendo pasó junto a ella, y giró la cabeza para ver a los
hombres que trabajaban alrededor de los vagones, untando el exterior de las
superficies de madera con chismes negros y pegajosos.
―Guau.
―¿Qué piensas? ―Xena se detuvo junto a ella.
―Eres asombrosa.
―Además de eso.
Gabrielle observó cómo avanzaba el trabajo.
―Está muy organizado.
La reina se rio.
―Así es como debería ser, rata almizclera. Un ejército desorganizado es uno
muerto. Aprendí eso a muy, muy temprana edad. —Un grito hizo que las dos
se volvieran, y Xena se estiró más para mirar más allá de la hoguera hacia la
parte posterior del campamento—. Ahora qu… Caballos.
―¿Caballos? ―Gabrielle miró a Parches, luego a la reina.
―Caballos. Vienen por allí. ―Xena comenzó a caminar de regreso al
campamento.
―¿Quieres montar a Parches? ―Gabrielle la llamó―. Es bastante rápido. —La
reina se volvió, corriendo hacia atrás y haciéndole un gesto grosero antes de
darse la vuelta otra vez y continuar con largas zancadas potentes e
inquietas―. Supongo que no. ―Gabrielle condujo a Parches a un tocón y trepó
a él, agarrándose a la espalda desnuda de su caballo y enderezándose. Era
incómodo, pero no insoportable, apretó las rodillas y lo guio tras la reina.
Afortunadamente, la marcha del pony era calmada, y solo rebotó un poco
cuando pasaron esquivando los carros para unirse a una oleada de hombres
que también se dirigían hacia allí.
266
Al doblar la hoguera ya podía ver más allá del borde del campamento, y justo
como había dicho Xena, venían caballos. Reconoció la bandera que sostenía
el primero, y los gritos se convirtieron en vítores cuando los hombres del
campamento dieron la bienvenida a sus compañeros que regresaban.
Los cabecillas levantaban y bajaban sus puños. No estaba segura de lo que
significaba eso, pero los vítores se hicieron más fuertes por lo que pensó que
no era nada malo. Gabrielle se inclinó un poco hacia adelante y después de
un momento, localizó a Xena.
La reina saltó a un árbol caído y corrió por el inclinado tronco, dejando
escapar un silbido mientras lo hacía. Antes de que nadie a su alrededor se
diera cuenta de lo que estaba sucediendo, Tiger apareció de la nada,
corriendo entre la multitud y pateando en todas direcciones.
Xena alcanzó la parte superior del árbol y se impulsó por el aire, aterrizando
en la espalda del semental mientras pasaba como un cohete debajo de ella,
afianzándose en la silla y girando la cabeza del animal con un tirón en su crin.
―¡Yeahhh! ―Soltó un grito y lo condujo hacia el ejército que se aproximaba.
Los hombres se apartaban de su camino lo más rápido que podían,
despejando convenientemente el camino para Gabrielle sin tener realmente
la intención de hacerlo. Chasqueó la lengua a Parches mientras trataba de
mantener a Xena a la vista, todavía negando por las acrobacias de la mujer.
―¿Cómo hace eso?
Parches resopló y se puso a medio galope detrás de su gran amigo negro.
―¡Xena! ―Brendan estaba en la vanguardia alzado en sus estribos. Ya estaba
lo suficientemente cerca para que Gabrielle viera la alegría en su rostro, y era
obvio que los hombres a su alrededor estaban de muy buen humor.
―¡Dije tres días! ―respondió Xena, a mitad de camino para encontrarse con
ellos―. ¿Tan rápido te aburres?
―¡Tengo algo más! ―Brendan se quitó el yelmo y lo levantó―. ¡Tenemos a
Bregos!
Xena se recostó en Tiger, por suerte sus rodillas estaban apretadas con fuerza
o la sorpresa la habría enviado de cabeza a los arbustos.
¿Bregos?
―¿Vivo? ―le gritó. 267
―¡Por ahora, Señora! ―Su capitán canto al estilo tirolés su respuesta―. ¡Por
ahora!
Ahhhh. Xena hizo un pequeño baile de deleite, casi asustando a su caballo
que se encabritó. Ahora las cosas estaban mejorando de verdad.
―¡Sí! ―Alzó su puño en el aire―. Me pregunto de cuántas maneras diferentes
puedo matarlo.
Sii.
―Cuéntame. ―Xena se obligó a relajarse en su silla de campamento,
entrelazando los dedos detrás de su cabeza mientras miraba a Brendan
quitarse los guantes―. Quiero oír todos los detalles.
Gabrielle estaba sentada sobre la cama, con las piernas cruzadas debajo de
ella y una tablilla de madera apoyada en su regazo. Tenía un pergamino, una
pluma y tinta, y estaba esperando tomar notas como quería Xena, contenta
en todo caso de estar sentada de nuevo.
El capitán del ejército se sentó en un taburete frente a Xena y carraspeó.
―Fue así, Xena ―dijo―. Fuimos a través del paso, ¿sí? Esos bastardos estaban
reunidos y creando problemas, no se esperaban que nos precipitásemos sobre
ellos.
Xena asintió, con una expresión de complicidad.
―¿Iban a venir detrás nuestro? ―preguntó Gabrielle.
Brendan la miró.
―No nos paramos a preguntárselo ―respondió sin rodeos―. Solo cogí las tropas
y los arrasamos. ―Miró a Xena―. Los matamos a todos.
―Bien ―dijo Xena― ¿Y después qué?
―Bien. ―Brendan medio se encogió de hombros―. Me dijiste que me quedara
fuera por tres soles, así que tenía que encontrar algo más para que hicieran
los hombres. Les pregunté si querían ir a ocuparse de los caníbales, y todos 268
estaban a favor, así que nos fuimos para allá.
Gabrielle jugueteó con su pluma, sumergiendo la punta en la tinta y dibujando
un pequeño círculo en el pergamino. Pensó en los atacantes muriendo, allí a
la luz del amanecer. Pensó en lo que hubiera sido haber estado con ellos en
la pelea, con todos los gritos y la sangre, y se alegró de no haber estado.
―¿Encontraste a más de ellos? ―La voz de Xena cortó sus divagaciones.
―Echaron a correr al vernos llegar ―dijo Brendan―. Pero los seguimos, ya ves,
al siguiente valle y encontramos un nido de ratas como nunca lo has visto.
¿En el siguiente valle?
―¿Al otro lado de donde los encontramos? ―preguntó Xena―. ¿Justo pasada
esa cresta?
―Sí ―respondió Brendan―. Debía haber otro pueblo allí, supongo, solo
quedaban un par de viejos muros. De todos modos, entramos allí y se desató
el Tártaro…
El siguiente valle. Gabrielle levantó la vista y se encontró a Xena mirándola, y
supo que Xena sabía en qué estaba pensando.
―¿Queda alguien de la vieja ciudad, o solo escoria?
―No vimos a nadie de ellos. ―Brendan parecía no darse cuenta de la
comunicación silenciosa―. Pero tampoco estábamos buscando. ―añadió,
con un débil bufido―. No llevábamos allí más de una marca de vela y estaban
por todos lados, haciendo ruido como locos.
―Está bien. ¿Después qué? ―dijo Xena―. ¿Te retiraste?
―Sí ―dijo Brendan―. Volví a la línea de árboles, solo para reagruparnos y
luego…
Su hogar. Gabrielle intentó imaginar cómo había sido. Recordó que había un
par de calles de chozas de adobe con techos de paja. Algunas vallas torcidas
y gallinas caminando entre los postes.
El pozo en el que casi se ahoga.
―Así que estaban refugiándose allí, ¿esa era su base? ―La voz de Xena se
elevó un poco―. ¿Cuántos?
El pequeño valle detrás de donde había vivido, donde había sido castigada
tantas veces.
―Tres veintenas por lo menos ―dijo Brendan―. Estoy seguro de que no se 269
esperaban que apareciésemos por allí. Creo que suponían que los otros tipos
nos estaban siguiendo, pero…
―¿Estaban planeando algo o solo acampaban allí?
Gabrielle dejó escapar su aliento lentamente. Sin embargo, no todo había sido
malo. Había un pequeño claro cerca del río en el que ella y Lila solían jugar, y
las flores silvestres florecían por todos lados en primavera, y el lugar despejado
en la ladera en el que ella se tumbaba por la noche, solo para mirar las
estrellas.
―Levantaron algunas almenas ―dijo Brendan―. Me parece que estaban
construyendo una base.
Recordó la noche que en ella y Lila habían sido llevadas. No había quedado
mucho después de que pasaron los esclavistas y le prendieran fuego.
―Entonces, ¿qué? ―preguntó la reina―. ¿Os atacaron o qué?
―Se atrincheraron para defenderse ―dijo el capitán del ejército―. Dimos una
vuelta alrededor y entramos por el otro lado. Dejé un escuadrón en el frente
para hacerles pensar que les estaba asediando.
―Bien. ―Xena lo felicitó―. ¿Encontrasteis algo allí que valga la pena aparte de
a ese bastardo?
Gabrielle recordó los gritos que habían dejado atrás, y el terror que había
sentido cuando las cuerdas le habían dado vueltas alrededor del cuello y las
manos ásperas la habían empujado.
―Estas de aquí.
―Hm…
Algo en el tono de Xena la hizo alzar la vista otra vez. Vio a la reina inclinar su
cabeza examinando algo en la palma de su mano. Eran pequeñas y
redondas, y se dio cuenta de que las reconocía.
―Oh… ¿No son eso perlas?
Xena movió los dedos, haciendo que los objetos chocaran ligeramente en su
palma.
―Sí que lo son ―respondió―. Ahora, ¿de dónde crees que las consiguió Bregos?
―Reflexionó―. ¿Y cuándo?
270
Gabrielle se levantó lentamente de la cama, dejando su pequeño escritorio
antes de acercarse a donde estaba sentada Xena. A la luz del exterior, las
perlas habían adquirido un resplandor y belleza que la fascinaba.
―Guau.
―Te gustan, ¿eh? ―Xena le dedicó una mirada afectuosa―. Típico.
―Son hermosas. ―Gabrielle asintió―. De verdad que me atraen las cosas
bonitas, ¿qué puedo decir?
Xena se detuvo a media respiración y enarcó las cejas. Lanzó una mirada a
Brendan, que se tapó la boca para amortiguar una sonrisa, luego se aclaró la
garganta y trató de ignorar el hecho de que estaba bastante sonrojada.
―Bien. Bueno, lo primero que tenemos que averiguar es de dónde sacó estas,
y segundo… ―Sus labios se curvaron en una de sus típicas sonrisas―. Dónde
podemos conseguir más.
―¿Crees que te lo dirá? Ni siquiera ha tosido en todo el camino hasta aquí
―dijo Brendan―. Pensé que tal vez le habías cortado la lengua en lugar de
otra cosa aquella vez.
―¿Él te ha reconocido? Sabe quién lo tiene, ¿verdad?
Brendan se rio abiertamente, un sonido lleno de alegría que retumbó en la
tienda.
―¡Oh! ―dijo―. Sí. Él lo sabe ―le aseguró a la reina―. Cuando atravesamos las
murallas allá, él me miró, se dio la vuelta e intentó esconderse. ―Puso sus
manos en sus caderas―. Los hombres lo encontraron en un almacén de grano,
detrás de una caja.
―¿Estás de broma? ―Xena rio disimuladamente―. Dioses, ojalá hubiera estado
allí para verlo.
―Xena, si hubieras estado allí, el hombre habría cavado un agujero en su
propia mierda y se habría escondido.
―Probablemente. ―La reina le pasó las perlas a Gabrielle―. Aquí, pon esto con
el resto de tu colección, dulce chuletita de cordero parlante. ―Apoyó los
codos en los brazos de la silla y agitó los dedos―. Así que. ¿Lo tienes atado
cerca de las letrinas?
―Sí.
Xena sonrió. 271
―Bueno. Déjalo ahí por una marca de vela, déjalo pensar que lo ignoro y dale
la oportunidad de relajarse. Entonces lo traes aquí.
―Sí. ―La voz de Brendan cambió a pesar de que la palabra era la misma. El
significado oscurecido―. ¿Aquí, Xena? ―Sus ojos se movieron hacia Gabrielle,
luego hacia la reina―. Podríamos montar un sitio para ti, a un lado.
Por un momento, Xena casi descarta la oferta. Luego se detuvo y miró a su
amante.
―¿Te importa si mato a ese bastardo aquí? —Gabrielle parpadeó, obviamente
sorprendida. Xena no esperó a que respondiera―. Nah, solo voy a exprimir
cualquier rastro de inteligencia que le quede aquí. Lo mataré frente a los
hombres ―dijo― ¿Te gusta ese plan, Brendan?
El capitán asintió vigorosamente.
―Era lo que iba a decir, Xena. Después de todo, los hombres deberían verlo
morir, como el perro que es, en el montón de basura al que pertenece. Puta
escoria de mierda. ―Se sacudió las manos y se puso de pie―. Iré a dar las
órdenes. Los hombres están de buen humor esta noche, sin duda, y más desde
que vieron que el vado del río está listo.
―Buen trabajo, Brendan. Diles a los hombres que estoy condenadamente feliz
con ellos ―respondió la reina―. Esto es solo el comienzo de lo que está por
venir. —Brendan saludó y salió de la tienda dejando a Xena y Gabrielle a solas.
Después de un momento de silencio, Xena extendió su mano y se dio unas
palmaditas en el regazo con la otra―. Ven aquí.
Gabrielle obedeció, poniendo su brazo alrededor del cuello de Xena mientras
toqueteaba las perlas.
―Están pasando muchas cosas.
―Un montón de cosas buenas ―dijo Xena―. Esto ha sido algo muy, muy bueno,
Gabrielle. Responde a una pregunta que muchos tenían en mente.
―¿En el ejército?
La reina asintió.
―No esperaba que Brendan lo encontrara, pero a veces los dioses solo hacen
que las cosas sigan tu camino, ¿sabes a qué me refiero? ―observó el perfil de
Gabrielle―. Pero tengo que matarlo esta vez.
Gabrielle asintió. 272
―Sí, me lo figuraba.
―No tienes por qué mirar. ―Xena apartó el cabello pálido de su amante―.
Tampoco tienes que estar aquí cuando lo torture ―dijo―. Puedes salir a buscar
flores, nueces o lo que quieras por el bosque.
No, no tenía que hacerlo.
―Quiero estar aquí ―respondió Gabrielle―. Quiero saber por qué estaba
donde estaba y qué hizo ―dijo―. Quiero saber por qué pasó todo el invierno
aquí fuera, y por qué permitió que esa gente hiciera esas cosas horribles tan
cerca.
―Ah. ―Xena gruñó―. Sí, yo también.
―Y sobre las perlas.
La reina sonrió brevemente.
―Está bien ―dijo―. Quédate si quieres. Supongo que si aún no te has dado
cuenta de qué voy ahora, es que no tienes remedio.
Gabrielle la abrazó.
―Creo que no tengo remedio de todos modos ―dijo―. Estaré bien.
―Mm. ―Xena abrazó a su amante y miró más allá de ella, a través de la solapa
de la tienda al sol de la tarde―. Ya veremos, rata almizclera. Ya veremos.
Casi se había puesto el sol antes de que Xena enviara a buscar a Bregos.
Gabrielle sacudió un poco el polvo del abrigo de cuero de su armadura, el
cual le habían dicho que se pusiera cuando dos soldados reorganizaron un
poco la tienda siguiendo las instrucciones de la reina.
La silla de campo de Xena, previamente asentada al lado del brasero, había
sido colocada sobre cuatro medias cajas resistentes y envuelta en un
abundante pelaje de felpa, con su armamento de batalla colocado
alrededor de la base y su espada en la parte trasera.
La mayoría de sus trastos habían sido movidos contra las paredes de la carpa,
despejando un espacio en el centro frente a la silla elevada. Ahora dos 273
antorchas estaban plantadas a cada lado, parpadeando y arrojando rizos de
humo a través del agujero abierto de la chimenea en la parte superior de la
tienda.
Todas sus pequeñas cosas personales, habían sido escondidas, incluso la
palangana, y Gabrielle sintió una clara diferencia en lo que el espacio
representaba ahora.
Se dio la vuelta y cogió un peine, pasando las púas por su cabello para alisarlo
un poco. Con la inminente llegada de Bregos, estaba contenta de llevar
puesta su armadura, a pesar de que había necesitado la ayuda de Xena para
ponérsela sobre su magullado y dolorido torso.
También se había puesto sus pesadas botas de montar, y flexionaba los dedos
de los pies mientras se acomodaba en un taburete en la parte trasera del
improvisado trono de Xena, colocando su pluma y tinta sobre la prensa de
ropa junto a una hoja nueva de pergamino.
―Está bien. ―Xena entró, haciendo una pausa para mirar alrededor de la
tienda con los puños cerrados sobre sus caderas―. Esto funcionará.
Gabrielle apoyó el codo en el baúl de ropa. Xena también se había puesto su
armadura completa después de cepillar los oscuros cueros y quitarles el polvo
del viaje. La reina era ahora una visión en negro y metal, su arma redonda en
la cintura y las puntiagudas dagas en los lugares más insólitos.
Definitivamente, la armadura hacía que Xena se viera mucho más grande de
lo que era. Delineaba y extendía sus ya anchos hombros, y las capas de metal
y cuero firmemente ajustadas hacían más evidente su poderoso cuerpo. Los
cueros acababan en sus muslos, y la armadura de sus piernas comenzaba en
sus rodillas, y había suficiente carne a la vista para hacer alarde del hecho de
que ella tenía la habilidad de mantenerse entera sin cubrirse.
Impresionante.
―Está bien, chicos. Es suficiente. ―Xena les dijo a los hombres―. Id y montad
guardia fuera.
―Señora. ―El más cercano saludó, y ambos se marcharon en silencio.
Xena la miró.
―¿Lista, rata almizclera? ―Sus ojos azules adquirieron un brillo sardónico―.
Última oportunidad de salir disparada… Recuerda la última vez que te advertí.
Gabrielle la recordaba. Pero ya fuera por el agravamiento de sus heridas o 274
simplemente porque algo estaba cambiando dentro de ella, realmente no
sentía la necesidad de darle la espalda a esto.
―Gracias ―le dijo a la reina―. Estoy bien.
―Hmm.
―Te ves realmente…
―Si dices que me veo bonita con esto, te voy a besar sin sentido. ―Xena rodeó
el trono del campamento, y arregló un poco las pieles.
―Oh, por supuesto que te ves bonita con eso ―respondió Gabrielle de
inmediato, sonriendo cuando la reina la miró de arriba a abajo―. Y sexy.
―Por eso Gabrielle… ―Xena se acercó y se apoyó contra el baúl, mirándola
con una pequeña sonrisa en la cara―. Me gusta la forma en que estás
creciendo, ¿lo sabes?
―¿Te gusta? ―respondió Gabrielle, con voz suave―. ¿No me estoy volviendo
demasiado descarada?
―Nunca ―le aseguró la reina―. Cuanto más descarada, mejor. Me encanta
cuando alguien puede sorprenderme y has estado haciéndolo mucho
últimamente ―Exhaló, ladeando un poco la cabeza―. Ahí viene. Así que
escucha. ―Se acercó y tomó la mano de Gabrielle―. Quiero decir que…
escuches. No hables. No le digas ni una palabra. ¿Me sigues?
Gabrielle no creía tener nada que realmente quisiera decirle a Bregos. Las
pocas veces que lo había visto le pareció falso, y se preguntó si él había sabido
sobre el atentado contra su vida, o si había estado detrás de eso.
―Vale.
―No importa qué. ―Insistió Xena―. Es importante, ¿entiendes? Hay información
que necesito de él y no me la va a decir si cree que voy a matarlo, así que
tengo que ser ladina.
Ladina. Eso significaba que Xena iba a ser sutil y, honestamente, Gabrielle no
creía que la reina fuera muy buena en eso.
―Me quedaré aquí, callada como un ratón ―prometió―. A menos que me
digas que diga algo.
―Todo bien. ―Xena se enderezó, inclinándose para darle un beso en los labios
antes de alejarse para sentarse en su trono improvisado, colocando los codos
en los brazos del sillón y adoptando una postura relajada. 275
―¿Quieres un poco de vino? ―Sugirió Gabrielle―. Parece que necesitas algo
en tus manos.
Un ojo azul giró en su dirección.
―¿Además de mi espada, quieres decir? ―Xena sonrió brevemente―. Sí, ¿hay
algo por ahí? Dame una copa. —Gabrielle recogió un odre y sacó una de las
ornamentadas copas que los hombres habían sacado, llenándola y
levantándola con una mano mientras deslizaba algo más en la otra. Se
acercó a la reina, cuidando de no derramar el vino, y le ofreció la copa―.
Gracias.
―Y… ―la mujer rubia se movió rápidamente, levantando su mano y tocando
la oreja de Xena―. Tengo algo más aquí para ti…
―¡Oye! ―Los ojos de la reina se abrieron de par en par―. ¿Qué estás haciendo?
―Es un aro para la oreja 5…con esas perlas que me diste. Lo tenía hecho para
ti, pero yo estaba… ―Gabrielle terminó de apretarlo―. De todos modos, ya
que él tenía esas perlas, pensé que sería bueno si viera que tú también tienes
algunas.
5
Ear cuff en el original.- No es un pendiente propiamente dicho, más bien un aro de presión.
La oreja de Xena se contrajo y la reina la miró, con las aletas de la nariz un
poco dilatadas.
―No puedo verlo ―dijo al oír a los hombres acercándose.
―Yo sí puedo. No te preocupes Se ve hermoso ―le dijo Gabrielle―. Ahora me
iré allí atrás y me estaré callada. ―Se movió rápidamente de vuelta a su
taburete y se sentó en él, observando a Xena levantar una mano para tocar
su nuevo adorno.
Era bonito. Habían cogido las perlas y las habían envuelto con plata y oro,
formando pequeñas copas en las que estaban engarzadas las redondas
gemas. El metal enroscado alrededor de la oreja de Xena, centelleando a la
luz de las antorchas mientras destacaba las perlas como diminutas brasas
brillantes.
Xena la miró. Luego se rio suavemente y bebió un sorbo de vino, inclinando la
copa en dirección a Gabrielle antes de enderezarse y girar la cabeza,
mientras la solapa de la tienda se llenaba con la fornida figura de Brendan.
―¿Sí?
276
―Su majestad ―dijo su capitán, con una voz nítidamente formal―. Pediste que
te trajera aquí al prisionero.
―Así lo hice. ―Xena apartó los pensamientos de ojos verdes y perlas, y extendió
sus piernas, cruzándolas por los tobillos―. Tráelo, Brendan.
Brendan saludó, luego se giró y mantuvo la solapa a un lado, haciendo un
gesto a alguien fuera. Observó cómo dos hombres arrastraban a un tercero y
lo pasaban por la entrada de la tienda dejando caer su carga frente a Xena
como si fuera un cerdo atado.
Podía haber sido otro por la suciedad y la mugre que cubría el cuerpo del
hombre. Xena apenas podía reconocer a su antiguo general, tuvo que
parpadear un par de veces y concentrarse arduamente antes de poder ver a
la figura alta y orgullosa en la forma acurrucada cerca de sus pies.
―Bien. —Bregos la miró, y ahora no había duda. Su rostro no había cambiado,
llevaba una espesa barba y el cabello salvaje alrededor. Sus ojos estaban
llenos de odio y solo por eso, ella lo habría reconocido. Aparte de eso, no
quedaba mucho de él. Pesaba quizás la mitad que cuando lo había visto por
última vez, y su cuerpo estaba retorcido sobre sí mismo, no podía decir si era
por la forma en que estaba atado o porque quedó así después de que ella le
clavó su cuchillo en la ingle y le cortó una mano. Ciertamente era
sorprendente que hubiera sobrevivido a aquello. Xena sonrió y tomó un sorbo
de su vino―. Mira lo que los gatos han arrastrado hasta aquí ―dijo―. Un gran
pedazo de basura apestosa. ―Se levantó y sacudió la barbilla hacia los
soldados, que retrocedieron obedientemente―. No voy a decir que apuesto
a que no pensabas volver a verme porque te quedaste por aquí por alguna
razón, Bregos.
―¡Tú! ―dijo con tono áspero.
―Halagador, pero mierda de caballo ―respondió Xena―. Por otro lado,
siempre fuiste lo suficientemente estúpido como para dejar que tu ego se
interpusiera al poco cerebro que tenías, ―Caminó alrededor de él, y él giró su
cabeza para mirarla, deteniéndose cuando vio a Gabrielle sentada allí
tranquilamente mirando. Él la miró, tensando su mandíbula. Xena le dio una
patada—¡Presta atención, imbécil! ―dijo bruscamente.
Él se volvió y la miró.
―¿Por qué? ―preguntó―. Mátame. Termina de una vez.
La reina se arrodilló junto a él con un crujido y choque de cuero y metal. Agarró
un mechón de su pelo demasiado largo y descuidado y le echó la cabeza
277
hacia atrás.
―¿Quieres que lo haga? ―preguntó con tono ligero―. ¿Te enferma estar aquí
frente a mí? —Él tomó aliento como si fuera a escupirle en la cara―. Ah, ah,
ah. ―Xena le advirtió, suavemente―. Puedo matarte muy lentamente, pedazo
de nada. Arrancarte una pulgada cuadrada de piel cada marca de vela y
dejarte expuesto al sol para que te queme y queme, y no puedas hacer otra
cosa aparte de gritar. —Bregos la miró fijamente a los ojos—. Sabes que puedo
―dijo la reina―. Y por alguien que me traicionó, lo haré, y disfrutaré de cada
momento. ―Sus ojos se estrecharon―. Morir es fácil. Demasiado fácil para ti.
Sus ojos cambiaron ante eso, y ella pudo ver como su respiración aceleraba.
―No fui yo quien te traicionó ―dijo él después de una larga pausa―. Ya estabas
muerta para todos ellos. Les convencí para que me dejaran intentarlo a mi
manera.
―¿A tu manera? ―Xena se rio―. Oh, ¿te refieres a que me vencías en esa pelea
y te quedabas al mando?
―Hubieras vivido.
―Hola, ¿eres idiota? ―Xena tiró de su cabeza hacia atrás otra vez―. No
necesitaba tu ayuda para eso ―le gritó―. Todo lo que hiciste fue darles una
razón para quererme muerta y debería haberte matado en el campo ese
maldito día.
Ojos inyectados en sangre la miraron desde la cara demacrada de Bregos.
―Entonces, ¿por qué no lo hiciste?
Xena se levantó abruptamente y volvió a su asiento, recogió su copa de vino
y bebió de ella.
―¿Por qué no lo hice? ―respondió―. Porque no eras la cosa más importante
que me sucedió ese día. ―Miró brevemente a Gabrielle, que todavía estaba
sentada increíblemente tranquila en su taburete con las manos entrelazadas
en su regazo―. Solo te quería fuera de mi vista para poder ocuparme de algo
que me importaba mucho más.
Gabrielle sonrió ligeramente, como para sí misma. Xena se preguntó si estaría
recordando ese día como ella. Recordando ese beso, y esa flor, y cómo había
cambiado su vida de forma aplastante.
Oh, bueno.
―Entonces eres una pardilla ―dijo Bregos―. Eres la pardilla que todos dicen 278
que eres.
Xena volvió a centrar su atención en él.
―Mm… Entonces es por eso que tú eres el que está en el suelo y yo soy la que
está tratando de decidir cómo sacarte las entrañas por las orejas de la manera
más lenta posible ―dijo―. Bonito.
Su ex general medio se puso de lado y la miró fijamente.
―Al menos moriré sabiendo que me he vengado de ti, Xena. ―Le sonrió―.
Incluso si no lo veo… Lo sabré y moriré riéndome de ti.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Xena, ese casi conocimiento le hizo
comprender las sensaciones viscerales que la habían llevado desde la
fortaleza a este camino en medio de esta tierra salvaje.
―No creo que te vayas a reír ―comentó en tono suave.
Él se rio.
Xena no.
Gabrielle salió de la tienda y miró a su alrededor, finalmente vio a Xena
aparentemente disfrutando del atardecer cerca del río. Flexionó la mano
alrededor de su vara y comenzó a seguirla, mirando de reojo al grupo de
hombres ocupados en un árbol cercano cuando pasaba.
Tenían a Bregos, y lo estaban atando al tronco. Estaba luchando débilmente,
pero estaba amordazado, y los hombres, en su mayoría, lo ignoraban mientras
apretaban las cuerdas que lo sujetaban. Vio a Gabrielle y dejó de luchar,
mirándola mientras pasaba junto al árbol con ojos poseídos e intensos.
Se preguntó de qué iba todo eso. Apenas había tenido tiempo de hablar con
Bregos antes de abandonar la fortaleza, y no creía haber hecho nada para
llamar su atención así. ¿Lo había hecho? Gabrielle pensó en aquellos primeros
días, y se dio cuenta de que realmente no recordaba a nadie más que a
Xena.
279
Tener miedo de Xena. Estar enojada con Xena. Enamorarse de Xena. Más o
menos en ese orden, y así de rápido.
Pensativa, Gabrielle bajó por el sendero que conducía a la orilla del río y vio
la sacudida de los hombros de Xena, lo que significaba que la reina la había
oído acercarse.
―Hola. ―Rodeó la roca sobre la que Xena estaba apoyada y se unió a ella,
contenta de descansar después del, un poco doloroso, paseo.
Xena inclinó la cabeza y la miró.
―¿Hay alguna razón para que te hayas arrastrado hasta aquí?
―Por supuesto. ―Gabrielle puso la vara entre sus rodillas y frotó su dedo pulgar
sobre la superficie de madera―. Tú estás aquí ―dijo ella―. Y es una hermosa
puesta de sol.
Xena volvió a mirar hacia el frente, mirando al otro lado del agua.
―Sí, lo es. ―Estuvo de acuerdo―. Así que, ¿qué piensas?
―¿Sobre qué? —Xena volvió la mirada hacia ella, levantando una ceja.
Gabrielle se sintió algo halagada de que le preguntara, y de una manera tan
directa que le hizo pensar que Xena de verdad quería oír la respuesta—. Está
tramando algo. —La reina gruñó con completa elocuencia—. Dijo que se ha
vengado de ti. ¿Qué crees que significa? ―preguntó Gabrielle―. Pensaba que
ya lo había hecho, más o menos, antes. Cuando nos atacaron, y resultaste
herida. —Xena no respondió. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y una
expresión pensativa en el rostro―. Quiero decir… Casi mueres, Xena.
―Gabrielle continuó, sintiendo una presión en la garganta―. Esos tipos nos
habrían matado a todos… Si alguien necesita vengarse de alguien, eres tú, no
él.
La reina asintió.
―Lo sé ―dijo―. El problema es que está tan condenadamente satisfecho de
que va a morir guardando el secreto de lo que sea que haya hecho que no
hay mucho que yo pueda hacer para conseguir que hable.
―Ah.
Xena se puso de pie y dejó que sus brazos cayeran por los costados.
―Entonces, ¿sabes qué?
―¿Qué?
La reina balanceó su cabeza hacia adelante y hacia atrás, haciendo crujir un 280
poco su cuello antes de limpiarse las manos en las polainas y sacar su daga.
―Quiero llevarte a la cama, así que voy a matarlo y terminar con esto de una
vez. ―Hizo girar el cuchillo entre sus dedos y comenzó a caminar hacia el árbol.
Gabrielle se quedó mirando el río, parpadeando por un momento, antes de
tener que decidir si girarse y seguir a Xena o no. Era tentador, tan tentador
simplemente quedarse sentada donde estaba, dejar que sus dolores
amainaran y observar el atardecer mientras Xena iba y hacía lo que Xena iba
a hacer detrás en ese árbol.
―¡Xena! Xena! ¡Xena! ―De repente, muchas voces masculinas se alzaron,
haciendo eco en el claro.
―No tienes que mirar ―dijo Gabrielle en voz alta―. Xena así lo dijo. Dijo que no
tenía por qué estar allí, que no tenía que verlo morir, que no tenía que verla
hacer lo que fuera que le vaya a hacer. ―Podía escuchar el creciente cántico
cada vez más fuerte detrás de ella, y antes de que pudiera darse cuenta,
estaba girándose, respondiendo a ese hormigueo en el aire y la vibración en
sus entrañas al querer estar con Xena, ser parte de lo que estaba haciendo.
Lo que fuera que fuese ese algo.
Pudo ver la forma alta de Xena abriéndose paso entre la multitud de soldados
que coreaban y ella la siguió, usando la vara para apoyarse mientras
alcanzaba a la reina y caminaba junto a ella en silencio mientras los soldados
se separaban para dejarlas pasar.
Se acercaron al árbol cuando el cántico se desvaneció, y un silencio de
espera se impuso. Ahora el área estaba llena de soldados, y más allá de ellos,
Gabrielle podía ver a los arrieros, los cocineros y los otros sirvientes que Xena
había traído consigo.
Recordó que Bregos también les había afectado. Los había incitado a unirse
a su revuelta contra Xena, y debido a eso, como Xena había vencido al final,
muchos de ellos habían muerto fuera de las murallas cuando los expulsó de la
fortaleza. Los hombres habían perdido hijos. Las mujeres habían perdido
maridos. Los sirvientes que estaban con ellos eran los que se mantuvieron
firmes, los que ayudaron a Gabrielle a abrir las puertas para dejar salir al
ejército, los que habían demostrado su lealtad de la forma más básica y que
esa lealtad en algunos casos había dividido familias y linajes de manera
inesperada.
Ahora Xena estaba de pie, allí bajo la luz moribunda del día que la bañaba
281
de carmesí mientras hacía el papel, no de una asesina, sino de la vengadora
que Gabrielle podía ver reflejado en los ojos de los hombres y mujeres que la
rodeaban.
Ella era su reina. Ella había sangrado por ellos, arriesgado su vida por ellos, y se
lo había jugado todo para defender su lugar y el lugar de todos, en contra del
hombre que ahora estaba atado al árbol, mirándolos a todos con un odio
hirviente y feroz.
Xena miró a Bregos brevemente. Luego miró a las tropas.
―Esto es un traidor ―alzó la voz―. Quién nos traicionó. —Nos. Gabrielle se
enderezó un poco, viendo a Bregos mirar a Xena. En sus ojos había un hambre
detrás de la enemistad y ella entendió que, en algún nivel, no todo había sido
odio por parte de él y ahora, cuando sus ojos se volvieron hacia Xena y su
rostro se arrugó en reacción, ella sabía por qué―. Él nos traicionó, y causó la
muerte de muchos de vuestros hermanos en armas, a quienes llevó por un
camino muy, muy estúpido. ―Xena dio un paso adelante, un movimiento
ligero, casi saltarín―. Porque él es un hombre muy muy estúpido. —Bregos
luchó contra la mordaza, mordiéndola mientras intentaba arrancarla de entre
sus dientes. Xena dio otro paso hasta tenerlo a su alcance. Hizo una pausa y
reflexionó, con la cabeza inclinada hacia un lado, dejándolo esperar y que se
preguntara qué iba a hacer. Pero no mucho tiempo. Con un leve
encogimiento de hombros, ella lanzó con una voltereta en el aire la daga de
su mano izquierda a la derecha, y con un movimiento circular arqueó la
espalda y giró su brazo en un arco apretado que terminó con la daga
enterrada justo debajo de su caja torácica, en el centro del pecho de Bregos.
Él se sacudió con fuerza, en estado total de shock. Xena lo miró directamente
a los ojos―. Esto es lo que debería haber hecho. —Ella tiró de su brazo hacia
atrás en la dirección opuesta, abriéndole el pecho y liberando un abundante
chorro de sangre roja sobre su mano. Esperó a que su cuerpo dejara de
arquearse y luego lanzó el cuchillo de nuevo a su mano izquierda moviéndose
hacia delante y golpeando su mano contra el cuerpo con una fuerza salvaje.
Los ojos de Bregos se pusieron en blanco mientras la sangre corría fuera de su
cuerpo.
»Solo piensa. ―Xena se acercó, metiendo sus manos a través de los pulmones
que sentía contra sus dedos―. Tienes todo el tiempo en el Hades para cagarte
de miedo sabiendo que haré esto de nuevo allí ―Agarró el corazón palpitante
y cerró su agarre alrededor, tirando hacia atrás con todas sus fuerzas―. Así que
adiós, cabrón. —Arrancárselo fue más fácil de lo que había imaginado, y ella
lo sacó, un amorfo trozo de carne que todavía latía, chorreando sangre sobre
282
ella, sobre el suelo y sobre todos los que estaban al alcance. El cuerpo frente
a ella se desplomó en sus ataduras, y ella dio un paso atrás levantando su
mano y mostrando su contenido. Miró la vibrante carne, luego la arrojó a la
ligera lejos de ella para aterrizar en el suelo.
»Hmph. ―Dejó que su mirada viajara constantemente alrededor de la
multitud―. En realidad, no pensaba que tuviera uno de esos. Se aprende algo
nuevo todos los días, ¿no? —El cántico comenzó, después de un largo rato de
conmoción. Su nombre, una vez más, sonaba a través del campamento. Xena
se deleitó un momento, antes de volverse y mirar a la mujer rubia que estaba
a su lado. Gabrielle tenía ambas manos alrededor de su vara, y estaba de pie,
firme como una roca al lado de Xena, con la mayor parte del cuerpo
salpicada de sangre. Miró a Xena a través de pecas rojas oscuras y estudió
con gravedad la cara de la reina. Xena la miró con gravedad.
»Así pues ―dijo la reina―. ¿Estás lista para los riñones a la parrilla de la cena?
―Movió los dedos de su mano derecha, que estaban cubiertos de sangre
carmesí―. ¿Raro?
Gabrielle estaba atrapada entre una arcada, una risa y lágrimas. Se repuso
aclarando su garganta, y mirando al hombre ahora muerto en el árbol.
―Él causó daño a muchas personas ―dijo―. Me alegra que ya no pueda volver
a hacerlo.
Xena levantó su otra mano para agradecer el canto, su humor negro
desapareció.
―Yo también ―dijo, en voz baja―. Ahora solo nos queda averiguar con qué
tormento del Tártaro él nos va a recibir. ―Cerró el puño y el canto se
desvaneció―. Todo bien. Sacad la basura y vamos a cenar. Salimos mañana
así que todos estad listos para el amanecer.
Se levantó una gran ovación, y luego los hombres comenzaron a dispersarse,
varios se dirigieron hacia el árbol y desenvainaron sus cuchillos para bajar el
cuerpo.
Xena observó por un momento, luego se dio la vuelta y se dirigió a su tienda,
con cuidado de pisar los restos de carne hechos jirones en el suelo y girar su
tacón sobre ellos a su paso.
283
Parte 9
Gabrielle estaba de pie junto a Parches mientras ambos examinaban el cauce
del río, contemplando su superficie agitada por las ondas impulsadas por el
viento a medida que pasaba junto a ellos.
—Hm. —Puso un brazo sobre el cuello del pony—. Seguro que está fría,
Parches. —Al menos había salido el sol. Levantó la vista hacia donde estaba
asomando sobre los árboles y extendió su mano para atrapar su calor en la
frialdad de la mañana, contenta de tener puesta su armadura y la ropa
interior de manga larga que protegía su piel de la dura superficie. También se
alegró de no haberla llevado puesta la noche anterior, ya que la sangre que
había lavado fácilmente de la armadura seguramente no habría sido lo mismo
con la camisa, y ponérsela húmeda no habría sido divertido en absoluto.
Llevarla manchada de sangre era algo en lo que ni siquiera pensaba. Se
apoyó contra el cálido costado de Parches y exhaló, sintiéndose todavía muy 284
rígida y dolorida y no le apetecía montar. Se había despertado con dolor de
cabeza y malestar estomacal, pero había apretado su mandíbula con fuerza
y se había obligado a prepararse para partir como estaban haciendo todos
los demás. El ejército ya estaba moviéndose a su alrededor, reuniéndose
cerca del cruce y trabajando para colocar los vagones ahora flotantes en
posición. Todos estaban ocupados, y sus pabellones habían sido empacados
y agregados a la fila de suministros que esperaban para cruzar el río. Xena
estaba al otro lado del camino, a lomos de Tiger, trotando de un lado a otro y
gritando órdenes como si nada pudiera hacerse correctamente sin su
intervención. Lo cual podría ser cierto, pensó Gabrielle, pero sospechaba que
los soldados más experimentados de su reina, habían hecho esto antes al
menos una vez y se preguntó si Xena no estaba siendo demasiado “doña
angustias” al respecto. Sin embargo, desde luego que no iba a preguntarle
sobre eso—. Parches, ¿estás listo para nadar? —Le preguntó a su greñudo
amigo—. ¿Sabes siquiera nadar? —El pony estaba masticando un puñado de
hierba y la miró por encima del hombro, los tallos sobresalían de entre sus
labios. Su expresión parecía escéptica y Gabrielle se rio un poco con eso,
bastante segura de que ella tampoco tenía muchas ganas de la dura prueba.
Un fuerte y largo silbido llamó su atención, y echó un vistazo para ver a Xena
sentada con las manos en las caderas, mirándola directamente—. Uh oh… —
suspiró—. Creo que eso iba por nosotros. —Llevó a Parches hacia un tronco
caído y se subió a él, ahorrando a su cuerpo el estrés de montar de una
manera más convencional. Se acomodó en la silla y recogió las riendas—. De
acuerdo, vámonos. —Obedientemente, su montura comenzó a avanzar,
deambulando entre la maleza con un paso afortunadamente suave, mientras
se dirigía hacia la pequeña elevación en la que estaba situada la reina.
Gabrielle se inclinó hacia delante y tensó las rodillas un poco, ubicando el
centro de equilibrio sobre las botas para que su cuerpo no se moviera
demasiado con los pasos de su pony. Era soportable. Por poco. Levantó la
vista hacia Xena mientras se acercaba hasta ella, y se dio cuenta al momento,
de que no se estaba engañando en absoluto, sino que más que impaciencia,
encontró un irónico entendimiento en los ojos de la reina—. Hola.
—Ir en el carro sería peor —le dijo Xena—. Sólo intenta aguantar.
—Lo haré —dijo Gabrielle—. Estoy bien.
—No, no lo estás. —La reina se acercó y le revolvió el pelo—. No te sientas
obligada a mentirme como todos los demás. —Volvió la cabeza y observó el
campo—. ¡Todo bien! ¡Vamos a movernos! —Bramó, casi haciendo retumbar
las orejas de Gabrielle.
285
Todos empezaron a moverse, los soldados a ambos lados de los carros tiraban
de ellos hacia el agua con cuerdas atadas a anillas a los lados. Xena observó
por un momento, luego llevó a Gabrielle a un hueco en la fila y se colocaron
detrás de una línea de carros y delante de una gran masa de tropas.
Gabrielle exhaló y se preparó para viajar. Ya que se movían lentamente, no
estaba tan mal, y después de un momento se relajó un poco y se enderezó,
mirando al ejército moverse frente a ella. Hubo un chapoteo cuando la
primera fila de jinetes entró en el agua, y el resoplido de los caballos también
se elevó, mientras los animales sentían el frío mordisco del agua.
—Brr… —Ella ya podía sentirlo, y sus dedos de los pies se curvaban dentro de
sus botas mientras, anticipando el chapuzón. El saber que iba a pasar la mayor
parte del día secándose no la hacía sentirse muy feliz.
—Entonces… —Xena mantuvo un ojo en el progreso de los carros y el otro en
su compañera—. ¿Has oído algo bueno sobre lo que hice anoche?
Gabrielle encontró su atención desgarrada por su propia incomodidad, y
revisó todas las cosas que había escuchado antes de responder.
—Bien —dijo—. Creo que lo que más escuché es que ninguno había visto
hacer antes a nadie lo que tú le hiciste a él.
—Ajá. —La reina asintió—. Me gusta un poco de originalidad en mi forma de
matar. ¿Qué más?
—Que se lo merecía. —Gabrielle pensó por un momento en cómo se sentía—
. Yo también lo pienso.
—¿De verdad? —preguntó Xena, mirándola cuando el primero de los carros
llegó al vado. Los primeros soldados estaban a medio camino a través del río,
sus caballos nadando en la fuerte corriente, pero guiados por las cuerdas y los
postes.
La mujer rubia asintió brevemente.
—Quiero decir... —Hizo una pausa—. Supongo que eso suena muy frío, y soy
tan hipócrita por sentirme así después de haber hablado tanto de que matar
no es la manera de hacer las cosas.
—Mm…
El primer vagón entró en el agua, su exterior alquitranado le permitía flotar.
Gabrielle se distrajo momentáneamente por el bulto y meneó un poco la
cabeza. 286
—Nunca hubiera pensado en hacer eso —dijo—. ¿Cómo se te ocurrió?
Xena arrugó la frente.
—La verdad es que no lo pensé, para ser honesta.
—¿En serio?
—Nah, solo quería que muriera rápido y estoy aburrida de cortar la cabeza a
la gente —dijo la reina—. Pero teniendo en cuenta que tienes problemas para
matar hormigas, no me sorprende que no se te haya ocurrido.
Gabrielle movió su cabeza hacia su compañera.
—Uh… —Hizo una mueca—. Me refería a los vagones. —Señaló el tren—. Lo
siento… estaba pensando en lo inteligente que eras por eso… No sobre… Uh…
él.
—Oh. —Xena se rio suavemente—. Una de mis muchas habilidades es la
construcción de barcos. —Se alzó sobre sus estribos para observar el
progreso—. También lanzo un sedal de pesca cojonudo… recuérdame eso
más adelante y puede que tengamos algo serpenteante para cenar.
Gabrielle se preguntó si había algo que Xena no hiciera bien.
—Vale. —Se retorció un poco más en la silla de montar mientras se acercaban
al vado, el terreno estaba pisoteado y embarrado. Al otro lado del río, las
primeras tropas habían salido del agua y se estaban desplegando, y un
escuadrón de hombres comenzó a cabalgar como avanzadilla. En realidad,
todos los hombres estaban muy contentos con la elección de Xena para el
destino de Bregos. La nariz de Gabrielle se arrugó cuando se acercaron al
agua, inclinándose hacia atrás cuando Parches comenzó a bajar por la
pendiente que los hombres habían hecho en el río. Podía oler el penetrante
aroma de la mezcla del estiércol de los caballos con el sudor de los hombres
y las bestias. Asqueroso. Su estómago que ya le molestaba antes, se revolvió,
y tuvo que tragar varias veces mientras el puñado de galletas y el agua que
había desayunado amenazaba con salir. Se arrastró hacia adelante junto a
su silla de montar cuando Parches llegó al agua, sus peludas patas salpicaron
al entrar mientras resoplaba y sacudía la cabeza. Ahora podía ver la corriente
empujando contra las patas de su montura causando que tropezara un poco.
Le dio unas palmaditas en el hombro con ansiedad.
»Tranquilo Parches. Tómatelo con calma, ¿vale? —Miró hacia el río con la
esperanza de que su pony pudiera conseguirlo ayudado por los soportes.
287
¿Era el momento de mencionar que en realidad no era una buena nadadora?
—¡Parad! —Xena detuvo a Tiger y levantó su mano, volviéndose y agitándola
hacia las tropas detrás de ella que también se detuvieron. Esperó a que cesara
el movimiento, antes de volverse y mirar a Gabrielle, que la estaba mirando
con una expresión abatida, aunque desconcertada—. Déjame hacerte una
pregunta.
Gabrielle miró a su alrededor.
—Bien, claro.
Xena se inclinó hacia un lado y bajó la voz.
—Después de anoche, ¿alguien aquí todavía piensa que soy una
blandengue?
La mujer rubia parpadeó varias veces.
—Uh… no. —Negó rápidamente con la cabeza—. No… No, no lo creo. Todos
estaban realmente…Uh…
—¿Estás segura? —¿Estaba segura? Gabrielle se sentía demasiado enferma
del estómago como para decidir entre una cosa u otra, pero asintió de todos
modos. Xena medio giró en su silla de monta—. Bien —dijo—. Saca tu pie del
estribo del otro lado y mueve la pierna hacia este lado.
Desconcertada, Gabrielle hizo lo que le dijo, acabando sentada en su silla de
lado en un equilibrio algo precario.
—Está bien —dijo—. ¿Y ahora qué? —miró a Xena con una expresión perpleja,
mientras estaban paradas juntas en la corriente y el viento frío las azotaba.
La reina acercó un par de pasos más a su caballo y luego le ofreció el brazo.
—Agárrate. —Esperó a que Gabrielle se estirara y le agarrara el brazo, luego
con indiferencia agarró su cinturón con la otra mano y la levantó de Parches—
. La pierna por encima. Muévela. —Gabrielle se subió a la silla de Tiger frente
a la reina, demasiado sorprendida para prestar atención al dolor en sus tripas.
Sintió el brazo de Xena rodearla con una reconfortante estabilidad y se
recostó contra el cuerpo alto detrás de ella con una sensación de alivio tan
significativa que casi le hizo soltar algunas lágrimas de los ojos—. Muy bien
entonces. —Xena ató las riendas de Parches a una de sus anillas—. ¡Moveos!
—Empujó a Tiger hacia el agua—. Las cosas que tengo que hacer para
proteger mi imagen por aquí —añadió con un chasquido de su lengua—. 288
Debería haber traído algunos gatitos para asar.
—Gracias. —Gabrielle echó la cabeza hacia atrás y miró a su amante—. Eres
tan impresionante.
—Lo sé. —La reina sonrió con suficiencia—. Todavía te vas a mojar, pero al
menos sé que no te caerás de ese maldito enano y no me harás nadar tras de
ti.
Gabrielle sintió que el agua le cubría las botas, pero a salvo como estaba,
apoyada contra el cuerpo de Xena con el agarre de la reina sobre ella, el frío
era una molestia soportable en lugar de la amenaza que podría haber sido.
Tiger también estaba mucho más arriba del suelo, y tuvo tiempo de cruzar sus
manos alrededor del brazo de Xena antes de que el agua golpeara sus rodillas
y comenzara a empapar sus polainas.
—¿Xena?
— ¿Siiiii?
—Realmente, no serías capaz de asar gatitos, ¿verdad?
—Nah. —La reina hizo una mueca cuando el nivel del agua del río se elevó y
le pegó en el culo—. Los pelos se te cuelan entre los dientes. Es un desastre.
Gabrielle volvió a inclinar la cabeza y la miró.
—¿Eso es a lo que te referías cuando dijiste que no sabías cocinar? Deberías
haberlo afeitado primero.
—Ohhh… Lo vas pillando. —Xena sonrió y comenzó a tararear en voz baja, lo
suficientemente contenta para dejar su reino definitivamente a su espalda, sin
importar qué problemas surgirían ahora. Echó un vistazo detrás de ella, donde
la mayor parte del ejército comenzaba a entrar en el río, y luego volvió a mirar
hacia delante, apoyando la barbilla en la cabeza de Gabrielle mientras Tiger
comenzaba a nadar, con Parches agitándose a su lado.
Avanzaban a través de un espeso campo de hierbas altas cuando el sol
llegaba a su punto más alto. Gabrielle todavía estaba sentada en la silla de
montar de Tiger, con las polainas casi secas y el ánimo levantado por haber 289
pasado la mañana entre los brazos de Xena.
La reina estaba relajada detrás de ella, respirando con un movimiento lento y
uniforme mientras la larga hierba le llegaba hasta sus botas, habiendo
permanecido en silencio el último rato.
Gabrielle se preguntó si querría escuchar una historia.
—Oye, ¿Xena?
—¿Mm?
—¿Quieres jugar a un juego de palabras?
—¿Parecía aburrida? —preguntó la reina—. Tal vez solo quería echarme una
siesta.
Gabrielle volvió la cabeza y miró a su compañera.
—¿Estabas durmiendo? —preguntó con tono sorprendido. Estudió la cara de
Xena y detectó una leve falta de atención en sus ojos—. ¿En serio?
Xena se rio y se encogió de hombros, mirando alrededor como avergonzada.
—Hace calor, me mantuviste despierta hasta tarde ayer por la noche, y no
hay mucho más que hacer, así que sí. —Estiró su cuerpo y luego se relajó de
nuevo en la silla, mirando más allá de la fila de carros hacia el frente del
ejército.
—No sabía que podrías dormir montada a caballo —dijo Gabrielle—. ¿Qué
pasa si te caes?
Xena cogió el odre de su montura y bebió un sorbo, girando el líquido en su
boca antes de tragarlo. No se había quedado dormida a caballo desde hacía
mucho, pero tampoco había estado cabalgando todo el día desde hacía
mucho.
Tal vez se estaba volviendo un carcamal después de todo.
—No te caes —respondió—. Al menos, yo no me caigo. Tú probablemente lo
harías.
—No, no lo haría. —Gabrielle se movió un poco, y puso sus manos sobre las de
Xena—. No contigo aquí. ¿Cómo podría caerme? —Miró por encima de la
cabeza rítmicamente balanceante de Tiger. El tiempo se había templado, era
un día soleado y brillante y la luz se derramaba sobre la larga llanura por la
que viajaban. A su alrededor podía oler la hierba magullada y los animales a
su alrededor, y la mezcla de cuero y metal de su armadura y la de la reina—.
290
Todo esto es muy bonito.
—Es aburrido. —Xena resistió la tentación de patear sus talones contra los
costados de Tiger—. Olvidé lo mucho que odiaba esta parte para llegar a
algún lado —exhaló—. Solía… —Se detuvo y echó a reír, sacudiendo la
cabeza—. De todas formas. ¿Qué era eso de un juego?
Gabrielle dejó que su pulgar acariciara distraídamente la parte superior del
dedo índice de la reina.
—¿Solías qué? —Echó la cabeza hacia atrás y miró hacia arriba—. ¿Hacías
juegos de palabras, como nosotras?
Xena miró atentamente a su alrededor, mirando a la derecha, y luego a la
izquierda, antes de inclinar la cabeza para que sus labios estuvieran cerca de
la oreja de Gabrielle.
—Solía hacer punto.
La mujer rubia parpadeó. Luego parpadeó de nuevo.
—¿Hacías punto? —repitió, como si las palabras estuvieran en algún idioma
extranjero—. No te refieres a… Mi madre solía hacer punto. —Su nariz se
arrugó—. No te refieres a eso. —Xena arqueó las cejas—. ¿O sí?
La reina se aclaró la garganta.
—Olvida que lo mencioné —dijo—. O tendré que ir a buscar algunos bebés
conejo y arrancarles la cabeza con los dientes o algo así. —Hizo la parodia de
estudiar el terreno a su alrededor, sombreando sus ojos y mirando hacia la
distancia donde las llanuras lentamente se convertían en colinas bajas de
nuevo.
Gabrielle jugueteó con un poco de la crin de Tiger, echando un vistazo hacia
el lado donde Parches iba caminando, sacudiendo su cabeza cuando los
tallos de hierba le hacían cosquillas en la nariz. De vez en cuando, Tiger lo
miraba, y se imaginaba que el gran semental murmuraba por lo bajo acerca
de los ponys que se iban de rositas mientras él tenía que transportar el doble.
—Oh bien. —Le dio unas palmaditas en el cuello. Luego se volvió a medias y
alzó su mirada a Xena—. Entonces, ¿qué hacías…
—Calcetines —dijo concisa la reina. Después se metió los dedos entre los
dientes y soltó un silbido largo seguido de dos cortos. Hubo un revuelo en las
líneas delante de ellas, al momento la distintiva figura de Brendan se separó y
dio un rodeo hacia ellas. 291
—Calcetines. —Gabrielle intentó imaginar a Xena cabalgando junto con su
ejército, con su armadura y su espada, y sus botas embarradas, y sus agujas
de madera para tejer haciendo calcetines—. ¡Ay!
—¿Qué pasa? —Xena la miró con atención.
—Acabo de provocarme dolor de cabeza.
La reina le dio un beso en la parte superior de su aparentemente dolorida
cabeza, justo cuando Brendan llegó a su lado.
—¿Qué tan lejos están los exploradores? —preguntó, en un tono profesional.
—Cuatro leguas —dijo el capitán de la tropa—. Tuve el último reporte hace
media marca de vela. No hay nada más adelante. Está muy tranquilo.
—Maldición. Qué mierda —suspiró Xena—. Haz que los hombres se coman sus
raciones en la silla de montar. Quiero seguir avanzando. Que vayan a los
carros si necesitan algo. —Estudió la línea que se extendía delante de ella—.
Necesitamos recuperar el tiempo que perdimos allá atrás.
—Ah, Xena. Sin duda fueron minutos bien gastados —protestó Brendan—. Me
saqué de la silla un cadillo6 del tamaño de un huevo de gallina. —Se desplazó
por la silla de montar—. No fue tiempo perdido en mi opinión.
Xena hizo un gesto exagerado de sopesar la idea.
—Bien —dijo con un pequeño aspaviento de desdén—. No perdimos ningún
suministro en el cruce del río, así que supongo que valió la pena construir el
vado, en cualquier caso. No estaba realmente preocupada por Bregos. —
Brendan arqueó las cejas—. Pero nos deja menos basura que limpiar más tarde
—concluyó la reina.
—También le dio a Gabrielle un poco de tiempo para recuperarse, ¿eh? —Los
ojos del viejo capitán brillaron—. Por suerte para ella, estábamos atrapados
con todo eso.
Las fosas nasales de Xena se tensaron, y miró a su capitán con los ojos
entrecerrados.
—¿Estás insinuando que mantuve al ejército matando el rato y te envié a una
búsqueda inútil solo para darle tiempo a mi consorte?
292
—Ah, no majestad. —Brendan negó solemnemente con la cabeza—. De
ningún modo.
Xena sospechaba que estaba siendo manipulada. Miró a Gabrielle, que tenía
la cabeza inclinada hacia un lado, con una expresión perpleja en el rostro.
—Tú no piensas eso, ¿verdad? —la mujer rubia volvió la cabeza y miró a su
alrededor— Bien… No importa. Brendan, arranca. —Xena reconocía una
batalla perdida cuando la veía—. Solo por eso, seguiremos hasta la salida de
la luna, no me importa si los caballos terminan caminando entre árboles y los
murciélagos se cagan en nuestras cabezas.
—Sí. —Brendan asintió, haciendo un guiño a Gabrielle—. ¿Está teniendo un
buen viaje, su gracia?
Para ser sincera, Gabrielle estaba un poco cansada del viaje. Sin embargo.
—Estoy aprendiendo un montón de cosas, gracias —respondió—. Es
sorprendente todo lo que Xena puede hacer. —El viejo capitán miró a su reina,
luego se limitó a saludar y se alejó, con su estilo sobre el caballo casi tan natural
como el de Xena. La reina soltó una breve risa, sus brazos rodearon el cuerpo
de Gabrielle y la abrazó nuevamente. Tenía muchas ganas de seguir con el
6
Cadillo.- Semilla cubierta de pinchos que se queda pegada en la ropa.
horario previsto durante el día, y su mente ya estaba más allá del
campamento de esa noche, hacia lo que encontrarían cuando cruzaran las
colinas y se prepararan para atacar la ciudad portuaria. Eso la estaba
excitando un poco, y si se esforzaba, ya podía oler el latón, la carne de
caballo y las antorchas de los hombres, y escuchar los gritos de bravuconería
resonando en sus oídos más allá del plácido silencio de la llanura. La ciudad
se sorprendería y quedaría atónita. Habían sido vecinos relativamente inocuos
durante años, y el puerto era un lugar popular para los barcos cuando tenían
bienes para comerciar con destino a las mesas de Xena. Durante años, había
invertido sus energías militares, o más bien sus generales, en la dirección
opuesta. Habían hecho un trabajo respetable, añadiendo alianzas y
coaliciones a su reino sin perder un alto porcentaje de sus reclutas y sin ir
demasiado lejos como para provocar represalias masivas. No estaba mal.
Pero Xena no había llegado donde estaba, haciendo lo mismo una y otra vez.
Quería la ciudad portuaria por dos razones, una, la que le había contado a
todos, y la otra, porque antes de que lo matara de manera espectacular, su
último maestro de espías le había contado algo muy interesante sobre los
rumores de que los hombres habían oído que Bregos no quería que hablaran
de ello. Así que, vería lo que encontraría cuando comenzara a dirigirse en la 293
dirección en que todos le habían dicho que solo eran tierras vacías, nada que
ver, nada que le interesara. En la dirección que Bregos había descartado por
carecer de importancia.
»¿Xena?
La reina bajó la vista hacia su adorable y cálida silla de montar.
—¿Sí?
—Sé que quieres seguir hasta que oscurezca, pero ¿podríamos parar solo
para… Bueno, ¿por una bebida o algo así? —preguntó la mujer rubia—. ¿Solo
para caminar un poco?
—Estamos caminando.
—Um… Los caballos están caminando.
—Ah. —La reina miró a su alrededor—. ¿Te duele el culo?
—Sí. Un poco.
—¿Quieres que lo bese para que se mejore?
—Um… ¡Oh… Ohhh!... ¡Yow!
—Mejor que tejer calcetines, ¿no?
—Agh…
Esta vez, Xena eligió el lugar para acampar con mucho cuidado. Se alejó de
los centinelas y se detuvo, comprobando las líneas de visión hasta la hoguera
principal asentada en una curva de la colina oculta del camino.
El ejército estaba acampado en una hondonada más allá, igualmente oculta.
Xena estaba de pie en sus estribos y observó la escena, luego asintió con
satisfacción antes de girar a Tiger y regresar al campamento.
Sintió la diferencia de actitud mientras se abría paso a través del
campamento, una creciente tensión, pero de grado bajo, a la que dio la
bienvenida probablemente tanto como lo hacían los hombres.
La lucha estaba más adelante, y pronto. Xena se dirigió hacia donde estaba
Brendan y le hizo un gesto para que se acercara. Cuando su capitán llegó y
294
puso su mano sobre su estribo, ella se apoyó en su silla de montar y lo miró a
los ojos.
—Esta noche, quiero una partida de reconocimiento —dijo—. Vamos a ver a
qué tipo de problemas nos enfrentamos.
Brendan asintió con la cabeza.
—Sí, cuando la luna se ponga —dijo—. Llevaré a los hombres yo mismo.
—No, tú no. —Xena sonrió brevemente—. Iré yo. A ver si alguien es lo
suficientemente valiente como para ofrecerse voluntariamente para “eso”. —
Se enderezó y echó la pierna por encima del cuello de Tiger, deslizándose
hasta el suelo y ofreciendo sus riendas a un mozo que se acercó a toda prisa.
Dejó a Brendan allí de pie mientras caminaba entre los árboles, mirando a
izquierda y derecha mientras pasaba junto a las pequeñas hogueras en los
diversos campamentos, todas ordenadas y limpias—. Bien —murmuró para sí
misma, echando la cabeza hacia atrás para revisar el cielo que se oscurecía
lentamente, empezando a aparecer estrellas parpadeantes entre las ramas
que un viento fresco agitaba. Podía oír cómo se afilaban las armas, y le
recordó que tenía su propia tarea que hacer en ese sentido. Cambió de
rumbo y se dirigió a su tienda, recién instalada entre dos enormes robles. Asintió
al guardia que estaba fuera de la solapa y se metió dentro, sus ojos se
ajustaron a la luz de las velas mientras miraba a su alrededor—. ¿Gabrielle?
—Aquí mismo. —Su amante emergió de un rincón llevando un brazado de lino
doblado.
—Creí haberte dicho que metieras tu culo en la cama. —Xena puso sus brazos
en jarra.
Gabrielle se sentó en un taburete cerca del brasero, dejando el montón de
ropa en su regazo.
—Bien. —Cruzó sus manos y miró fijamente a la reina—. Lo intenté. —Las cejas
de Xena se alzaron. Caminó hacia la cama y palmeó las pieles que la cubrían,
dando pequeños golpes para comprobar su estructura. Luego se volvió y miró
a Gabrielle en una pregunta obvia—. Lo que de verdad quiero es un baño —
respondió la mujer rubia—. Estoy muy cansada de oler como un caballo.
—Ah. —Xena se rio por lo bajo—. Me gusta como huelen los caballos —Se
encogió de hombros.
—A mí también —coincidió su amante—. Pero me gusta que el olor se quede 295
en el caballo y no me siga a casa —exhaló—. Así que pensé que podría
encontrar un poco de agua y… Um…
Xena se acercó y se sentó a su lado, extendiendo sus largas piernas sobre la
alfombra de viaje y mirando sus botas salpicadas de barro.
—Voy a ir con una partida de reconocimiento esta noche para ver a lo que
nos enfrentamos —dijo—. No tiene sentido limpiarse para ensuciarse
nuevamente.
Gabrielle asimiló esto.
—Oh. —Frunció el ceño—. Supongo que tienes razón.
La reina entrelazó sus dedos y los puso detrás de su cabeza mientras estiraba
su cuerpo, cruzando los tobillos mientras miraba el techo de la tienda.
—¿Cansada?
—No, estoy bien.
Xena ladeó la cabeza hacia un lado.
—Cállate y deja de mentirme o te cubriré de miel y te sentaré en un
hormiguero de hormigas rojas.
La mujer rubia la miró en silencio. Después de un momento, logró sonreír,
agachando la cabeza en reconocimiento.
—Estoy cansada —admitió—. Y me duele casi todo, pero no quiero perderme
salir contigo esta noche.
Xena sacudió sus botas.
—Me vuelves loca —informó a su compañera—. ¿Por qué Hades querrías salir
en medio de la noche a caballo si te sientes como una mierda?
Bien, era una buena pregunta. Sinceramente, Gabrielle no tenía ganas de ir a
ninguna parte en un corto plazo y sospechaba que Xena lo sabía.
—No creo que estés loca —objetó—. Solo tienes cosas que hacer y no quiero
perderme nada.
—Mmm… —La reina juntó las yemas de los dedos y los apoyó contra sus labios
mientras miraba a Gabrielle por encima de las puntas—. Si te pidiera que te
quedes aquí y te relajes, ¿Lo harías? —Estudió las emociones contradictorias
en el expresivo rostro frente a ella— ¿Qué tal si dijera por favor?
—No lo haces mucho. 296
—No, no lo hago —coincidió Xena—. Así que es mejor que prestes atención
cuando lo hago.
Gabrielle alisó con su mano la parte superior del montón de ropa.
—Yo… —miró a hurtadillas a Xena—. No quiero que nadie piense que soy una
gallina.
—¿Una qué?
—Una gallina —dijo Gabrielle—. Ya sabes, ¿cómo una persona débil e inútil?
—¿¿¿Tú???
—Sí —dijo la mujer rubia en serio—. Todos esos tipos del ejército, y todo eso. No
quiero que piensen que soy solo esta pequeña… gallina.
La reina comenzó a reírse disimuladamente.
—Gabrielle, me mantienes completamente ocupada sexualmente. Nadie
piensa que eres una gallina. —Se rio con más fuerza cuando su compañera se
puso roja como un tomate—. Hay un montón de tipos ahí fuera con los que
solía dormir que te tienen total admiración.
—Oh… qué… ¡¿Qué?!
—¿Sabes cuántas personas ni siquiera podían salir de mi tienda por la
mañana? —preguntó Xena—. Tienes suerte de que no dejen ofrendas a
Afrodita detrás de ti.
Gabrielle se sintió mareada, imaginando a todos esos tipos pensando que ella
era…
—Oh, dioses. Uhm… está bien. Me quedaré aquí —logró balbucear—. De
todos modos, no quiero salir y ver a esos tipos en este momento.
Xena se rio con más fuerza, sujetándose el estómago y medio rodando por el
taburete.
Gabrielle sacudió una de las toallas de lino y se la puso sobre la cabeza,
dejando su vista fuera de la reina y el espacio iluminado por velas que la
rodeaba. Apoyó los codos en las rodillas y la barbilla en los puños, y esperó a
que se detuviera el embarazoso ruido.
Era tan loco. No creía haber hecho nada realmente especial y, de hecho, se
había preguntado si Xena no solo le seguía la corriente cuando estaban juntas
en la cama.
297
El borde de la lona se levantó, y un par de brillantes ojos azules la miraron
desde el hueco.
—Oye. —Gabrielle sintió que se sonrojaba de nuevo. Xena extendió su mano
hacia el espacio abierto—. Vamos —dijo—. Vi un pequeño manantial en mi
camino de regreso desde la guardia delantera. Vamos a lavarnos.
—Oh bien. —Gabrielle tomó la mano de la reina y dejó que le quitara la tela
de encima de la cabeza. Un frío manantial no era realmente lo que tenía en
mente, pero en ese momento estaba dispuesta a tomar lo que pudiera
conseguir.
Y después de todo, ¿qué tan frío podría estar con Xena allí?
No estaba frío en absoluto, como se vio después. Gabrielle contuvo el aliento
con un pequeño y sorprendido sonido sin augurar nada bueno mientras metía
los dedos del pie en el agua oscura y la encontró cálida al tacto.
—Oh. Está caliente.
Xena estaba sentada sobre una roca, despojándose de su armadura.
—Por supuesto que está caliente —dejó sus brazaletes al lado de su armadura
de pecho y comenzó a trabajar en sus botas—. No creerás que soy tan
estúpida como para disfrutar metiendo mi culo en agua helada, ¿verdad?
Gabrielle se sentó en el borde del estanque y metió los pies descalzos,
exhalando de puro placer. El aroma del agua estaba cubierto de musgo y
tenía un fuerte toque mineral, pero el calor aliviaba los dolores de sus piernas
y no le habría importado si oliera a corral de ovejas.
—Mm.
Xena dejó sus botas a un lado y se puso en pie, quitándose los pantalones y
dejándolos caer. Salió de ellos y entró en el estanque, deshaciendo sus
vendajes y tirándolos sobre la armadura.
—Ahh. —Se abrió caminó con cautela hacia el centro del estanque, contenta
cuando notó el fondo relativamente suave—. Agradable.
Gabrielle encontró sus ojos capturados por la forma ágil de la reina, perfilada 298
a la luz de la luna.
—Sí —murmuró—. Preciosa.
La reina la miró.
—¿Me hablas a mí, chuletita? —preguntó, apareciendo una extraña media
sonrisa—. ¿O sobre mí? —Miró hacia abajo a su propio cuerpo desnudo y
volvió a mirar a Gabrielle.
—Sí. —Gabrielle movió los pies en el agua—. Eres tan bonita.
Xena puso sus manos en sus caderas y miró a su compañera.
—Eres una pequeña rata almizclera aduladora. Entra aquí. —Vadeó hasta
donde Gabrielle estaba sentada y recogió un puñado del agua
amenazante—. Si no…
Gabrielle pilló el mensaje. Se desabrochó el cinturón que sujetaba su túnica y
la dejó resbalar por los hombros, añadiendo sus propios vendajes antes de
deslizarse en el agua cálida e inmediatamente cayó de rodillas, dejando que
el líquido la cubriera hasta los hombros.
—Oh Guau.
—Es mejor que una toallita empapada en rotgut,7 por supuesto —asintió
Xena—. Qué bueno que vi el musgo.
—¿Por qué está caliente? —preguntó de repente su amante—. ¿Lo has hecho
tú?
La reina ahuecó un puñado de agua y dejó que se escurriera entre sus dedos.
—Lejos de la costa, una vez que pasemos por estas colinas, verás una
montaña, en medio del agua.
¿Una montaña? De repente, la idea de ver lugares y cosas desconocidas para
ella despertó el interés de Gabrielle.
—¿En serio? —dijo—. Pero ¿qué tiene eso que ver con el agua caliente?
—Es un volcán. —Xena sonrió ante su reacción—. Por la noche, podrás ver la
parte superior encendida.
—¡Guau!
Xena se sentó junto a ella, deslizándose hacia atrás para descansar sus
hombros contra la pared de roca del estanque mientras el penetrante calor 299
mineral penetraba en sus huesos. Esperó hasta que Gabrielle se unió a ella, y
luego le dio un codazo a la mujer rubia en las costillas.
—Esta fue una maldita buena idea.
La mujer rubia se hundió un poco más, cerrando los ojos felizmente mientras el
manantial relajaba los dolores por todo su cuerpo.
—Oh, guau —repitió—. Esto es casi tan bueno como cuando me besas.
Xena volvió la cabeza y sopló a la oreja rosada cerca de su hombro.
—¿Estás segura? —preguntó—. Tal vez es mejor que eso. —Giró a medias su
cuerpo y estudió a su compañera por un momento, antes de inclinarse y
probar su teoría. Un suave toque le calentó la piel en lo alto de la parte interior
de su muslo cuando Gabrielle se volvió hacia ella, y sonrió cuando volvió a
besar a Gabrielle—. Espero que sea tu mano —murmuró— O esto va a ser más
excitante de lo que ninguna de nosotras puede soportar.
—Lo es. —Gabrielle rozó su cuerpo contra el de la reina—. Después de todo,
tengo una… um… reputación que mantener, ¿verdad?
Xena rio disimuladamente al sentir la mano de Gabrielle subir más.
7
Rotgut.- Matarratas, bebida alcohólica muy fuerte y de baja calidad.
—Qué suerte tengo. —Ahuecó el pecho de Gabrielle con una mano y frotó su
pulgar sobre el pezón de la mujer rubia—. O tal vez la suertuda eres tú… Porque
yo también.
La luna se puso, y el paisaje estaba cubierto por la oscuridad. Sobre la cresta
cerca del camino, un pequeño grupo de jinetes emergió de los árboles,
reuniéndose en un grupo antes de dirigirse hacia las colinas conducidos por
un caballo visiblemente más grande y uno notoriamente más pequeño que
los otros.
Xena se cubrió con su capa oscura y se la metió debajo de la rodilla.
—Ponte tu capucha —dijo—. Esa cabeza tuya se verá a seis leguas.
—Pero no puedo ver con ella. —Gabrielle, sin embargo, tiró de la tela para
cubrir sus mechones rubios—. Además, Parches es parcialmente blanco.
300
—No me lo recuerdes —la reina suspiró—. Ahí está esa locura, haciendo su
desagradable aparición de nuevo.
Gabrielle se abotonó la capa para que cayera a ambos lados de ella,
cubriendo los costados de Parches. Luego volvió a colocar las rodillas y miró
hacia delante, a las profundas sombras de la noche que estaban
atravesando. El aire era fresco, y sintió un arrebato de excitación mientras se
dirigía a lo desconocido con Xena.
Se sentía bien. El baño le había ido bien, y aunque todavía estaba dolorida, el
impulso de ver y explorar estaba anulando la incomodidad y se alegraba de
que Xena hubiera experimentado uno de esos cambios de humor
inexplicables y le hubiera pedido que la acompañara después de todo.
Ella era divertida de esa manera. Pasaba horas diciéndole a Gabrielle todas
las razones que había para que no hiciera algo, y advirtiéndole que no
desobedeciera, y luego, cuando llegaba el momento, se daba la vuelta y le
decía que se diera prisa y se preparara para ir.
Surrealista. Gabrielle se preguntó qué habría ocurrido si hubiera dicho que esta
vez no quería ir. ¿Lo habría aceptado Xena o estaría cabalgando sobre la
parte trasera de Tiger, atada a la espalda de la reina como un jabalí vestido?
Interesante pregunta. Dirigió a Parches para que siguiera la estela de Tiger,
mientras Xena salía del camino y se internaba en la hierba, y el sonido de los
cascos de los caballos se amortiguaba al hacerlo.
Los soldados a su alrededor iban vestidos con una armadura oscura, y el pelaje
de sus caballos también era oscuro, aunque pocos eran de un negro tan
profundo como el semental de la reina. Solo su pony destacaba del resto, y
Gabrielle estaba preocupada por eso después de lo que Xena había dicho.
No quería que le sucediera nada a Parches. El pony se había ganado su
cariño, y le gustaban sus payasadas y su lindo pelaje desaliñado, tan diferente
de los otros caballos. Era inteligente, y era valiente, y era mucho más cómodo
de montar para ella que Tiger, eso era seguro.
Agradable como había sido montar delante de Xena, le dolían las piernas a
raíz de eso.
—¿Oye Xena?
—¿Oigo?
—¿Podremos ver el volcán esta noche? 301
La reina se rio.
—Tal vez. —Miró hacia adelante, escogiendo su camino cuidadosamente—.
Ya veremos. —Cabalgaron a través de la oscura noche durante dos marcas
de vela, en un galope suave que devoraba el terreno con una velocidad
engañosa. Xena se detuvo solo una vez para orientarse y observar el pliegue
de las colinas a las que se dirigía, sus agudos ojos enfocados en las sombras
buscando cualquier movimiento fuera de lugar. No había nadie—. Está bien.
—Volvió la cabeza y habló a los soldados que la rodeaban—. Este es el plan;
una vez que pasemos por ese desfiladero, vamos a estar a la vista del puerto.
Tendremos que estar en el camino por un tiempo, a esta hora no deberíamos
encontrarnos con nadie.
—Sí, pero, ¿si nos lo encontramos? —preguntó Brendan.
—Si lo hacemos, solo deja que Gabrielle hable —le dijo Xena—. Ella es la
esposa de un rico comerciante en camino a hacer algunas compras.
Los ojos de Gabrielle se abrieron de par en par con cierta sorpresa, ya que
conocía tanto del plan como el resto de ellos.
—Buena idea. —Brendan estuvo de acuerdo—. Cuénteles un buen cuento
entonces, su Gracia.
—Correcto —la reina continuó—. Tan pronto como pasemos el estrecho, nos
dirigiremos hacia los bosques en el lado costero y subiremos por allí, hay un
camino angosto que podemos tomar, en el que no deberían vernos. —Todos
los hombres asintieron. Gabrielle simplemente se rascó la cabeza y esperó no
tener que poner a prueba sus habilidades de interpretación ya que no tenía
una idea real de cómo se suponía que actuaba una rica comerciante, solo
tenía experiencia con nobles aristócratas y esclavos campesinos. Continuaron
avanzando, la atmósfera se volvió cada vez más tensa a medida que se
acercaban al paso, y tuvieron que moverse del refugio de los árboles hacia el
camino de nuevo, exponiéndose a cualquier persona que viniera en la otra
dirección. A esta hora de la noche, Xena sabía que cualquiera que anduviera
por los caminos o bien era un problema, o lo andaba buscando. No estaba
del todo segura de cómo clasificaría a su pequeña banda, pero aflojó su
espada en su funda y comprobó sus dagas por si acaso. Se detuvo justo
debajo del paso y levantó su mano, ladeando la cabeza e inclinando sus
orejas contra el viento. Los hombres y Gabrielle, esperaron en silencio, mientras
la reina se alzaba en sus estribos y enfocaba sus sentidos hacia el frente de
donde estaban, buscando problemas más adelante. Después de un largo
rato, volvió a sentarse, y sacudió su cabeza hacia el paso, marchando sobre 302
Tiger con el resto de ellos siguiéndola. El sonido de sus cascos en el camino
parecía ruidoso, y Gabrielle miró a su alrededor nerviosamente mientras todos
comenzaban a avanzar a través del paso. Era más un pliegue torcido entre las
colinas, nada parecido a los desfiladeros más cercanos a la fortaleza. Aquellos
tenían altos acantilados a cada lado, y grietas irregulares en las que
cualquiera podía esconderse para una emboscada. Sin embargo, estas eran
simples y suaves colinas que se inclinaban levemente a cada lado, con un
camino abierto entre ellas, perfectamente adecuado para los cargados
carros de los mercaderes ambulantes y sus lentos bueyes. El camino interior a
su reino. Xena aceptó un momento de duda, preguntándose si no iba a
disparar una flecha a su propio culo haciendo esto. Controlar la ciudad
portuaria claramente le daría una ventaja por un lado, pero, por el otro, podría
ahuyentar el comercio.
»Maldita sea —suspiró Xena—. ¿Podrías dejar ya tanta chorrada indecisa?
Gabrielle se acercó a ella.
—¿Has dicho algo? —preguntó en voz baja.
—No —la reina murmuró—. Shh… —Poco tiempo después habían pasado el
pliegue y se encontraron frente a un tramo de carretera oscura y vacía. Xena
lo estudió, echó la cabeza hacia atrás para mirar el cielo y decidió cambiar el
plan—. Nos quedaremos un rato por aquí —dijo—. Decidiremos el mejor
momento. Es más tarde de lo que quería.
Brendan asintió.
—Sí. —Hizo un gesto al resto de los hombres para que avanzaran, y
continuaran por el camino. A ambos lados, grandes masas de bosque se
extendían hasta otro conjunto de colinas, y al final del camino, podían ver que
la pendiente descendía hacia la costa—. Lo bueno es que estamos poniendo
un pie aquí —le comentó Brendan en voz baja—. Esto es un gran agujero en
nuestra espalda.
Xena lo miró.
—Exacto —dijo después de una breve pausa—. No podría dejarlo así. Hemos
tenido suerte.
—Sí. —El viejo capitán estuvo de acuerdo—. Parece tranquilo.
—Es tarde —dijo la reina—. Debería estarlo. —Movió la cabeza de un lado a
otro, captando los sonidos normales de la noche a su alrededor, los grillos en
la hierba y el susurro de la vida silvestre moviéndose entre los árboles más allá. 303
Xena hizo una pausa. ¿Era la vida silvestre? De repente, tuvo otro momento
de duda, al darse cuenta de que estaba dando por sentado que sus
habilidades iban a ser tan confiables como solían ser, a pesar de que hacía
mucho tiempo que no las usaba en medio de la naturaleza. ¿Los estaba
conduciendo a una trampa, otra vez? Se le secó la garganta y estuvo a punto
de detener a Tiger, cuando descubrió una senda natural entre los árboles no
muy lejos—. Salgamos del camino. —Indicó la senda—. Quiero asegurarme de
que el camino costero todavía está por aquí. No vamos a desfilar por el
camino con el maldito ejército.
Se desviaron del camino un cuarto de marca de vela más tarde y viajaron por
una pequeña pendiente hacia los árboles. Apenas habían llegado allí cuando
el sonido de los cascos los hizo volverse a todos, retrocediendo rápidamente
hacia los árboles cuando una figura a caballo apenas visible apareció en el
camino, trotando a un ritmo constante, aunque sin prisas, en la dirección de
dónde venían.
Todos los hombres miraron a Xena con algo de temor.
—Podría habernos visto, seguro —murmuró uno—. Los dioses nos bendicen con
esos oídos.
Xena estaba sentada tranquilamente sobre el lomo de Tiger, mirando al
solitario jinete. Aunque era difícil ver los detalles, podía distinguir su contorno, y
el bulto sobre su hombro y la forma en que se sentaba en la silla de montar le
indicaba que no era un mercader ocioso de camino al mercado.
Interesante.
—Jax —proyectó su voz suavemente—. Síguelo.
Uno de los soldados, un veterano, asintió y se retiró del grupo.
—¿Solo seguirle? —preguntó, conteniendo a su caballo por un momento.
Los ojos de Xena eran incoloros a la luz de las estrellas.
—Asegúrate de que no vuelva por aquí —rectificó—. Pero me gustaría saber
a dónde va y qué está haciendo antes de que lo destripes.
—Sí, Majestad. —El hombre hizo un gesto leve de despedida, y comenzó a
alejarse, manteniéndose al borde de los árboles mientras avanzaba en
paralelo con el jinete.
Satisfecha, Xena observó el camino un poco más, para asegurarse de que el 304
solitario jinete estaba realmente solo, antes de darse la vuelta y partir hacia el
bosque, esperando que los árboles no hubieran crecido tanto que impidieran
a los caballos pasar entre ellos.
Cuando sintió que la oscuridad del bosque se cerraba a su alrededor, sus
hombros se relajaron y fue capaz de concentrarse en encontrar el camino, en
lugar de pensar en el que habían dejado recientemente.
Suerte. Ella había tenido suerte otra vez. Pero ¿cuánto tiempo podía depender
de la suerte para encubrir lo que estaba empezando a sospechar que podría
ser una decadencia letal de sus dotes de mando?
Bien.
—Por los dioses, esto es espeluznante. —Gabrielle habló de pronto—. No
puedo ver nada.
—Todo irá bien, su gracia. Xena puede ver perfectamente —le dijo Brendan,
con una leve risa en su voz—. Maldito si eso no nos libró de los dioses sabe qué
en los viejos tiempos.
Xena dejó que sus ojos exploraran el bosque, las ramas eran tan gruesas que
bloqueaban la luz de las estrellas y dejaban el espacio debajo del dosel en lo
que eran, para sus ojos, sombras plateadas y grises. A pesar de todo, los
troncos y la maleza estaban claramente delineados a sus ojos, y estaba
agradecida de que eso, al menos, parecía estar cumpliendo con las
expectativas.
—Sí, estamos bien —concluyó—. Sólo sígueme.
—No hay problema. —Gabrielle se acercó y agarró firmemente el estribo de
Xena—. Me alegro de no poder ver todas esas arañas.
La cabeza de Xena se alzó de golpe y sus fosas nasales se tensaron.
—¿Qué?
—¿Qué?
—¿Qué te hizo mencionar a las arañas?
—¿No hay siempre arañas? —preguntó la mujer rubia, razonablemente—.
Pero está bien, si puedes verlas, ¿verdad?
Los ojos de Xena se abrieron al máximo, y comenzó a mirar furtivamente
alrededor.
—Por supuesto. 305
—Entonces estamos bien, ¿verdad?
—Sí, estamos genial. —Xena sacó su espada de la funda y aferró la
empuñadura—. Solo mantén la cabeza baja.
—Está bien.
—Y no me hagas cosquillas en la pierna si te gusta tener la cabeza sobre los
hombros.
—Um…
Xena maldijo entre dientes cuando su capa se enredó en una maraña de
ramas por enésima vez. El bosque se había vuelto mucho más denso desde la
última vez que había estado allí y apenas podía abrirse paso a través del follaje
mientras dirigía el camino entre los árboles. Ahora iban a pie y podía oír a
Gabrielle justo detrás de ella, la mano de la mujer rubia se aferraba con fuerza
a un pliegue de la capa de Xena mientras la seguía pegada a su sombra.
—Cuidado con ese palo.
—Está bien. —Gabrielle no podía ver absolutamente nada excepto la vaga
sombra que era Xena frente a ella. Se acercó más a la reina y deseó que el
bosque terminara, escuchando las suaves maldiciones de los soldados detrás
de ella mientras luchaban por abrirse paso—. ¿Estamos llegando ya?
¿Cómo iba a saberlo? Xena miró por delante de ella, viendo solo ramas
entrelazadas como oscuras y plateadas molestias y deseando haberse
quedado en su tienda.
—Pronto —dijo—. Oye. Pásame ese palo tuyo, ¿quieres?
Gabrielle lo hizo de buena gana. Eso liberó su otra mano para encontrar un
lugar en la cadera de Xena, e inmediatamente se sintió mejor con ese
contacto adicional.
—Va a ser difícil llevar al ejército a través de esto, ¿no?
Xena estaba ocupada golpeando ramas en una muerte astillada. 306
—No —gruñó—. Si me toca los huevos lo suficiente, reduciré todo esto a
cenizas, malditos sean los dioses.
—Oh.
La reina estaba contenta de que solo fuera primavera. Si fuera verano, las
ramas hubiesen estado llenas de savia y la vara que estaba empuñando
habría rebotado hacia atrás golpeándola en la cabeza y haciendo que su
humor fuese aún peor de lo que ya era.
Avanzaba con todas sus fuerzas, haciendo palanca para separar dos
delgados troncos para pasar su alto cuerpo, deslizándose entre ellos y
encontrándose afortunadamente en un espacio más amplio y abierto. Echó
su cabeza hacia atrás y vio estrellas en lo alto, su luz plateada proyectaba
sombras a su alrededor.
—Bien.
Gabrielle se deslizó por la abertura, parpadeó un poco y se frotó los ojos. Aquí,
a la luz de las estrellas, podía distinguir el contorno de Xena, y al levantar la
vista vio los ojos pálidos que la observaban.
—Me gusta más esto.
Xena sonrió a medias y luego apartó a Gabrielle para dejar espacio al resto
de los soldados. Una vez que se unieron a ella, se volvió y los miró, con un brazo
sobre los hombros de Gabrielle y el otro enroscado alrededor de la vara.
—Estamos a mitad de camino —dijo brevemente. Ninguno de los hombres dijo
una palabra, pero el quejido silencioso fue claro. Xena no se lo tuvo en cuenta,
ya que ella misma protestaba por dentro—. Simplemente seguidme de cerca.
—Les aconsejó, antes de dar la vuelta y dirigirse al otro extremo del pequeño
claro, dejando que una mano descansara sobre el tronco del árbol más
cercano y se inclinó hacia delante.
Podía oír los suaves sonidos de los animales moviéndose delante de ellos, pero
eso había sido así durante todo el viaje. Los sonidos se detendrían cuando se
acercaran, y se reanudarían cuando pasaran, y eso sabía que era normal.
Su nariz se contrajo, y captó el olor a almizcle, y luego, por debajo, el aroma
agradable, débil e irregular de sal en el aire. Cerró los ojos y exhaló, ese olor
que le traía lo mejor y lo peor de sus recuerdos.
—¿Xena? —Gabrielle puso la mano en su espalda y se inclinó acercándose—
. ¿Qué está mal? 307
¿Y cómo sabía ella que pasaba algo? Xena volvió la cabeza.
—Nada. Solo comprobando la salida —le dijo a su compañera—. ¿Alguna vez
has visto el océano, rata almizclera?
Gabrielle negó con la cabeza de inmediato.
—No… pero realmente me gustaría —dijo— Una vez, escuché a un hombre
contarle a la gente sobre eso y sonaba asombroso.
Asombroso.
—Lo verás. —Xena comenzó a abrir paso hacia adelante otra vez—. Vamos.
—Justo detrás de ti. —Gabrielle reanudó su agarre, y se pegó a la reina,
agachándose cuando las ramas las golpeaban. El hecho de solo seguirla le
dio mucho tiempo para pensar sobre las cosas. Como lo almizclado que olía
el aire, y lo aterrador que era caminar a través de la oscuridad con todo tipo
de cosas crujiendo y moviéndose a su alrededor. Esperaba que todo
terminara antes de lo que Xena pensaba. Esperaba que los caballos
estuvieran bien allí donde los habían dejado, con solo un soldado para
protegerlos. Era un terreno salvaje, y estaba un poco preocupada por
Parches—. ¿Oye Xena?
—¿Sí?
—¿Eso es un búho?
La reina se detuvo y miró a su alrededor.
—¿Dónde? —Ladeó la cabeza cuando vio dos grandes ojos amarillos
brillantes mirándolos—. Ah. —Estudió los ojos, que parpadeaban lentamente,
como si la criatura la estuviera evaluando. Después de un momento, pudo
distinguir el contorno de su cabeza gruesa y su cuerpo cuadrado—. Sí.
—Guau.
Xena le lanzó una mirada y después sacudió la cabeza y siguió abriéndose
paso entre las ramas.
—Vamos.
Gabrielle miró al búho un momento más antes de seguirla. Los pájaros grandes
siempre la habían fascinado, y era lo más cerca que había estado de uno.
—Se supone que son realmente inteligentes —dijo—. Conozco una historia
sobre un búho. ¿Quieres oírla? 308
—Por supuesto. —Xena apalancó la vara contra un conjunto de ramas,
astillándolas mientras apoyaba su peso—. Mejor que escucharme a mí misma
maldecir. Empieza a hablar.
—Bueno, había una vez un búho… —Gabrielle se alegró de la distracción y de
la oportunidad de ser útil. Pensó que los hombres también estarían contentos
con algo para pasar el rato, y alargó la historia un poco más, agregando
algunos detalles y una paloma como el interés amoroso del búho. En realidad,
no era más que un cuento para niños, lo había escuchado de un
cuentacuentos ambulante hacía mucho tiempo, que se había detenido en su
pueblo una noche y había intercambiado algunas historias por un plato de
estofado y una jarra y, sin duda, se había ganado el valor de su cena.
Recordaba estar sentada junto al fuego en la sala común de la posada,
mucho más allá de su hora habitual de acostarse, simplemente escuchando
todas esas extrañas y nuevas imágenes que salían de la boca del hombre y
que habían encendido en ella el deseo de poder hacer lo mismo—. Así que
un día, el búho y la paloma estaban caminando cerca del arroyo, y llegó un
lobo hambriento… —Bardo. Ahora tenía un valor, pero en su familia había sido
una maldición y tocó con la lengua la cicatriz en el interior de su labio por el
golpe que había recibido la primera vez que su padre la había sorprendido
haciéndolo. Todos los hombres estaban en silencio, escuchándola, ya no
maldecían ni en voz baja—. El lobo dijo; “Búho, eres un sabio del bosque, y lo
respeto, pero tengo hambre, por lo tanto, me comeré a tu compañera” —dijo
Gabrielle—. Pero el búho extendió sus alas, abrió su pico y voló directamente
hacia el lobo, directamente a sus dientes y sus garras, y se escuchó un ruido
horrible.
—El búho era idiota —dijo Xena—. Las palomas son un cuarto de dinar por
docena.
Gabrielle rascó ligeramente la espalda de la reina con los dedos.
—El lobo era enorme, y el búho no tenía ninguna posibilidad —continuó—.
Pero fue valiente, y siguió luchando, y de repente, la paloma voló y comenzó
a picotear los ojos del lobo.
—¡Bien por ella! —dijo el soldado más cercano.
—No hay forma de que una paloma pueda picotear los ojos de un lobo. —La
reina negó con la cabeza—. ¿De dónde sacas estas cosas?
—Bueno, si tú fueras una paloma, picotearías los ojos de un lobo —dijo
Gabrielle razonablemente. 309
—¿Si yo fuera una qué? —Xena detuvo su implacable mutilación de follaje y
fulminó con la mirada a su amante, quien arruinó el momento dándole un
desapercibido abrazo—. Ya te daré yo paloma, pequeña… —Se dio la vuelta
y empujó más allá de un denso matorral, casi perdiendo el equilibrio cuando
cedió y tropezó con un sendero blanco que doblaba la anchura de sus
hombros.
—Oh. —Gabrielle salió corriendo detrás de ella—. ¡Lo encontraste!
Xena se apoyó en la vara.
—Por supuesto que sí. —Disimuló su sorpresa, dándose cuenta de que se había
adentrado en el bosque en un ángulo más profundo de lo que había
pensado. Ahora, fuera de los árboles, podía ver el borde irregular de la
elevación que ocultaba la costa, y, al darse la vuelta, la alejada entrada que
permitiría pasar al ejército con un poco de orden—. Ahí. ¿Veis?
Los hombres asintieron, mirando a su alrededor.
—Buen camino pues, Xena —dijo uno—. Podría llevar a todo el ejército aquí,
nadie vería nada.
—Exactamente —asintió la reina—. Está bien, sigamos adelante, ahora que
podemos avanzar. —Comenzó a caminar por el sendero, patéticamente feliz
de poder avanzar sin obstáculos de nuevo, incluso si era por un camino
estrecho entre setos y un bosque—. Así que. ¿Terminarás de contarnos cómo
la palmó el búho?
Gabrielle se colocó la capa sobre los hombros y se pasó los dedos por el pelo
para quitarse las ramitas y hojas que se le habían enredado.
—Bueno, no lo hizo —dijo—. Mira, la paloma cegó al lobo, y este soltó al búho
porque le tenía miedo a la oscuridad. —Xena puso los ojos en blanco, fuera
de la vista de los demás—. Así que el búho y la paloma escaparon al bosque,
y se convirtieron en héroes para todos los otros animalitos que tenían miedo
del lobo. Xena puso los ojos en blanco otra vez—. Y así, supongo que la
moraleja de esa historia es… —La voz de Gabrielle fue repentinamente
diferente, un poco más profunda—. Que, con amor, todo es posible.
La reina podía sentir el silencio detrás de ella, mientras las palabras de su
consorte se desvanecían silenciosamente en las sombras, transformando un
cuento tonto de niños en una verdad que martilleaba en su nuca mientras
pensaba en lo que realmente significaban esas palabras para ella.
¿Sabía Gabrielle, realmente lo sabía, cuán relevantes eran esas palabras? 310
¿Entendía que solo ese minúsculo detalle fue el que había impedido a Xena
ceder a la persuasión de la muerte, bajo esa montaña, todos esos meses
atrás?
Había estado tan cansada. Tan avergonzada por llevarlos a esa trampa. La
muerte hubiera sido muy bienvenida, en lugar de enfrentar esa vergüenza,
salvo que había tenido que escuchar esa vocecita suplicándole que no se
fuera.
Su orgullo se rindió sin siquiera un gemido simbólico.
—Sí, supongo que eso es verdad —dijo la reina, con una ligera sonrisa—. Ahora
piensa en algo menos cursi y más sangriento antes de que empiece a vomitar.
—Xena.
—Vamos, venga, en mitad de la noche en un bosque lleno de arañas no hay
tiempo para ser cursi. —La interrumpió Xena.
—Bien. —Gabrielle dio un paso extra para seguir el ritmo—. Me sé una sobre
un jabalí verrugoso.
Los hombres detrás de ella comenzaron a reírse.
—¿Un jabalí verrugoso? —La voz de Xena era una mezcla de resignación e
incredulidad.
—Es sangrienta. Créeme.
La brisa soplaba refrescándolos y agitando sus capas mientras bajaban por el
sendero. Xena alzó el rostro hacia ella, mientras avanzaban, una mezcla de
arena y rocas que se movía débilmente bajo su peso con un suave crujido.
Gabrielle la alcanzó, habiéndose quedado sin historias por el momento.
—¿Qué es ese olor? —preguntó, levantando una mano en el viento.
—Agua.
La mujer rubia frunció el ceño.
311
—Nunca había olido agua como esta antes —objetó.
—No. —La reina se rio suavemente—. Nunca antes has visto agua como esta,
créeme. —Sacudió su nariz ante la familiaridad—. Escucha, ¿oyes eso?
Gabrielle inclinó la cabeza, al principio no oyó nada más que sus propios
pasos.
—No, bueno… —Hizo una pausa, fue entonces cuando detectó algo más.
Detrás del susurro del bosque a su derecha, y el sonido del viento contra los
matorrales a su izquierda, escuchó algo extraño. Algo suave y rítmico, un
rugido y un estruendo que no se parecía a nada que ella hubiese escuchado
antes—. ¿Qué es?
Xena llegó a un hueco en el matorral, y se dio la vuelta, dándole un codazo a
Gabrielle.
—Trepa allí. —Indicó la subida—. El resto de vosotros, esperad. Tomaros un
descanso.
Desconcertada, Gabrielle miró a la reina, luego sacudió la cabeza e hizo lo
que le dijeron, fue hacia la subida y comenzó a trepar por ella. Había
avanzado unos pasos antes de escuchar a Xena detrás de ella y luego una
mano la agarró por el cinturón y la cargaron como si fuera un saco.
—¡Urf!
—No tenemos todo el día —dijo la reina, cuando llegaron a la cima de la
subida y se encontraron con la fuerza del viento que venía del océano—. Allí.
—¿Allí qué? Yo… —Gabrielle logró poner sus pies en el suelo y se puso de pie,
apartando los pliegues de la capa que cubrían su cabeza mientras volvía la
cara hacia el viento. El olor era mucho más fuerte ahora y podía ver por qué—
. ¡Oh mis dioses! ¡Guau!!!
Ante ellas se extendía un escarpado rocoso que se precipitaba hacia lo que
a ella le parecía una superficie sin fin, cambiante, llena de reflejos blancos y
movimiento, reflejando la luz de las estrellas de vuelta a ellas en un torbellino
de agitadas olas.
Parecía que no acababa nunca, desde la curvada línea de costa que
sobresalía delante de donde estaban hasta donde alcanzaba su vista en esa
dirección.
—Eso es el mar —comentó Xena—. Agua hasta más allá de lo que puedes ver,
y no puedes beber ni una gota.
312
Gabrielle era reacia a volver la cabeza.
—¿De Verdad? ¿Por qué?
—Está lleno de sal —respondió la reina—. Un asco para viajar. Ahí está tu
maldito volcán. —Señaló una sombra en el horizonte—. ¿Ves?
Gabrielle parpadeó un par de veces, luego miró fijamente la sombra, viendo
un repentino resplandor en la parte superior y un destello de chispas estalló en
las nubes sin forma.
—Guau —murmuró—. Parece una especie de fogata por la mañana.
Xena había cruzado los brazos sobre su pecho, sus ojos contemplando al mar
y sus misterios con una enigmática calma.
—Sí —dijo—. Vamos. Aún tenemos terreno por recorrer. —Se giró y comenzó a
bajar la cuesta, usando la vara para facilitar su descenso. Por un momento,
Gabrielle se quedó sola frente al viento, y permitió que la sensación de estar
al borde de toda esa vasta incógnita la llenara, cerrando los ojos y
extendiendo sus brazos mientras llenaba sus pulmones con ese extraño aire
picante. Esto era lo que esperaba. Esto era lo que su imaginación había
estado ansiando, imágenes, sonidos y olores para alimentar su ojo interior con
nuevas posibilidades—. Gabrielle.
—Lo siento. —Se giró y trotó detrás de su compañera, quien esperaba
impaciente unos pocos pasos más abajo de la ladera—. Es tan asombroso.
Una respuesta sarcástica se asomó a sus labios por un momento, entonces,
Xena sonrió en su lugar, recordando con retraso su propia reacción ante esa
vista. Rodeó a Gabrielle con un brazo mientras se deslizaban y volvían a trepar
por el sendero para reunirse con los soldados.
—Tal vez te lleve a navegar en él algún día.
Gabrielle sonrió como reacción, envolviendo con su brazo la cintura de la
reina mientras se unían a los demás.
—Impresionante.
Xena se echó a reír mientras se abría paso por la curva del camino más allá
del hueco en el matorral, y comenzaba a descender una ligera pendiente
que sabía que los conduciría a la llanura y la ciudad portuaria, que era su
objetivo final. Se relajó un poco, sacudiendo la cabeza para echar atrás su
pelo revuelto por el viento y olfateó ligeramente cuando el viento cambió otra
vez, esta vez viniendo del lado de la tierra.
313
De inmediato, se puso rígida.
—Esperad. —Levantó la mano y se detuvo en medio del camino mientras sus
sentidos luchaban para dar sentido a la nueva información que se filtraba en
ellos. Se esperaba árboles y tierra, y tal vez ganado. Encontrar el olor de los
hombres, y los caballos, y las pieles de las tiendas de campaña le sorprendió,
y consideró las posibilidades cuidadosamente antes de hablar—. Está bien —
dijo finalmente—. Ahora aquí está lo que veníamos buscando.
—¿Majestad? —preguntó uno de los hombres, vacilante.
La reina comenzó a avanzar, moviéndose ahora con más cautela. Levantó
una mano para que guardaran silencio y se dirigió al borde de los árboles,
donde pudieron ver una abertura. Aminoró la marcha cuando llegó, y colocó
su cuerpo detrás del último árbol antes de asomarse, el gris perla débil del
amanecer delineaba las llanuras debajo de ellos.
Y, entonces, exhaló lentamente. A la tenue luz, se reveló un ejército que se
extendía por las llanuras en todo su brutal y funcional esplendor, su origen,
intención y dirección se enfocaban claramente en el valle por el que ellos
acababan de venir.
—Por los dioses —susurró Brendan—. Por los dioses, tú lo sabías. —Volvió la
cabeza hacia Xena—. Toda esa urgencia.
—Lo sabías —soltó Gabrielle—. Dijiste que algo estaba aquí afuera.
Así que lo hice. Xena apoyó la mejilla contra la corteza, repasando la masa
de hombres, fácilmente triplicaba el tamaño de su propia fuerza.
—Bueno —suspiró—. Estaba buscando un desafío.
—Por los dioses que has encontrado uno —exhaló Brendan.
—Mm… —Su reina estuvo de acuerdo—. La próxima vez quizá solo intentaré
aprender croquet en su lugar. Esta va a ser una perra más grande que yo.
Gabrielle se quedó mirando al ejército, y tragó saliva, insegura de querer toda
esta nueva experiencia de una manera tan gráfica.
—Ay madre.
—Mm… —Xena sintió un momento de irónico autoconocimiento—. Supongo
que descubriremos si mi reputación vale para algo, ¿eh? —murmuró—. Justo
me sirve para demostrártelo, Gabrielle. Ten cuidado con lo que pides.
—Ostras.
—Hm… 314
Parte 10
Miles de cosas estaban pasando por la cabeza a Xena mientras se abría paso
a través de los árboles con los que habían luchado tan arduamente antes,
dirigiéndose de vuelta hacia los caballos.
¿Seguían los caballos allí? ¿Los han encontrado los exploradores del ejército?
¿Por qué los comerciantes no dijeron nada sobre una invasión? ¿Cómo pudo
haber sido tan…? ¿Y qué? La reina apartó un poco de musgo de su camino
con un movimiento impaciente. Había sentido que había algo ahí fuera,
prácticamente había vuelto loco a todo el mundo para salir y encontrarlo, y
¿quién sabe? Aquí estaba.
No llevaban allí mucho tiempo. No olía a una larga acampada, y ella no había
visto estructuras permanentes, solo tiendas de cocina para viaje y algunas
bolsas de agua colgando, y eso la hacía preguntarse si su sincronización había
sido tan perfecta que los había encontrado justo cuando comenzaban su 315
camino.
Increíblemente absurdo. Casi tan absurdo como cuando Bregos terminó
ocultándose en las cloacas de la ciudad natal de Gabrielle.
Los hombres que caminaban detrás de ella, guardaban silencio, su estado de
ánimo era sobrio ya que sin duda se daban cuenta de que su campaña de
primavera se había convertido en algo completamente diferente.
Gabrielle también avanzaba en silencio pegada a los talones de Xena, una
vez más sujetando su vara y usándola para caminar.
Todos estaban muy serios, pensó Xena, como correspondía dada la situación.
Aguantó el sombrío silencio por unos pasos más, antes de mirar hacia atrás.
—Oye —habló en tono normal—. Tómatelo con calma, ¿quieres? Me estás
haciendo creer que dudas de mi capacidad para sacarnos de este maldito
lío.
Gabrielle se retorció a su lado al arañarse con un inoportuno árbol.
—Creo que todos estamos tan atónitos de que supieras todo sobre ellos —
explicó—. O… bueno, al menos yo estoy atónita. —Xena resopló—. Pero, Xena,
eso es realmente increíble —insistió la mujer rubia—. ¿Cómo lo supiste?
Recuerdo que me dijiste en el castillo que sabías que algo iba a atacarnos.
¿Cómo lo había sabido? Xena se puso de lado para pasar entre las ramas más
grandes. Hubo indicios, sí, noticias de nuevos comerciantes que venían de
lejos husmeando, y la escasez de los comerciantes ocasionales que siempre
había esperado de la ciudad portuaria. Las caravanas mercantes habían
llegado, pero en menor cantidad, y los viajeros solitarios se habían
desvanecido dejando esta ruta notablemente vacía.
Había sentido que algo no estaba bien respecto a eso, pero era invierno, y los
pasos eran difíciles, y podría haber sido una coincidencia de todos modos.
Después de todo, tal vez había mercados más lucrativos, río arriba, más allá
del puerto.
Entonces, ¿qué había puesto esa pesadilla en sus pensamientos? Xena casi
había creído que era su propia inseguridad, justo hasta que el viento había
golpeado su cara haciendo las imágenes demasiado reales. Miró a su
alrededor, luego miró a su compañera más pequeña.
—Maldición si lo sé —admitió con un susurro irónico—. A veces simplemente 316
tienes una sensación en tus entrañas. —Gabrielle se quedó pensativa, luego
asintió ligeramente mientras comenzaban a atravesar la última fila de árboles.
Ya casi estaba amaneciendo, y la impenetrable oscuridad había sido
reemplazada por una luz gris y brumosa que mostraba cómo de frondoso era
el bosque y lo increíblemente inteligente que había sido Xena al guiarlos a
través de él. A ambos lados del sendero que habían tomado se veían
barrancos llenos de rocas, y Gabrielle sacudió la cabeza de nuevo
asombrada mientras observaba cómo sus botas arrastraban los pedazos de
madera que habían quitado de su camino—. Shh… —Xena levantó su mano
y disminuyó la velocidad, mientras se acercaban al borde del bosque—.
Asegurémonos de que no haya sorpresas esperándonos. —Se detuvo por
completo y se volvió—. Todos… —Sus ojos se dirigieron directamente a la cara
de Gabrielle—. Quedaos aquí. —Una vez que estuvo relativamente segura de
que iba a ser obedecida, se dio la vuelta y comenzó a caminar nuevamente,
esta vez con mucha más precaución. Por un momento, se sintió extraña, y
luego, como si los años pasados de desvanecieran de sus sentidos, se encogió
de hombros y recordó cómo era ser el explorador del que el ejército
dependía. Sintió que su respiración era lenta, siguiendo el patrón del viento a
su alrededor mientras se movía al ritmo de las ramas a cada lado de ella,
envolviéndose con su capa el cuerpo para ocultar sus armas y armadura.
Concentró su atención delante suyo, moviendo rápidamente los ojos de un
lado a otro de la línea del borde de los árboles buscando un movimiento que
no encajara allí. Su oído se aguzó, captando un leve susurro, y maldijo el aire
inmóvil que permanecía mudo del revelador olor de los caballos. Se quedó
quieta, escuchando, captando el suave susurro de nuevo, pero era
demasiado vago para identificar la fuente. ¿Caballos? ¿Hombres esperando
para ensartarla con una lanza? Xena se rio silenciosamente ante su
bravuconería y volvió a avanzar otra vez, agachándose bajo una rama
colgante y, como medida de precaución, sacando su daga de la funda del
antebrazo y cerrando los dedos alrededor de su delgada y equilibrada
empuñadura. En medio de estos árboles, con ramas tan cerca de ella, su
espada sería inútil. La daga, con su afilado borde doble y su sangradera
central, estaba a solo un movimiento de muñeca de una protección más
efectiva. No estaba segura de que sirviera de mucho si terminaba frente a una
línea de ballestas, pero no sería la primera vez y dudaba que fuera la última,
tampoco. Su suerte parecía correr de esa manera.
»Está bien —murmuró para sí misma—. Veamos qué tenemos. —A su
alrededor, el bosque estaba en silencio, sin siquiera un pájaro o un grillo para
distraerla del estrecho camino que tenía delante. Descendió por el camino,
con las botas instintivamente silenciosas sobre la tierra esparcida mientras sus
317
instintos de lucha se despertaban y su piel comenzaba a hormiguear. Delante
de ella había dos árboles, con suficiente espacio entre ellos para que pudiera
pasar. Apuntó hacia ellos, moviéndose de tronco en tronco para mantener la
mayor parte posible de su cuerpo oculta a cualquiera que mirara desde
afuera. Justo cuando llegó a los árboles, dejó que su capa se deslizara por su
hombro, liberando el brazo que sostenía la daga suavemente entre sus dedos
mientras apoyaba su otra mano en el tronco del árbol del borde del bosque y
asomaba con cautela la cabeza, mirando al descuidado claro donde habían
dejado los caballos. Estaba vacío. Xena maldijo en voz baja y estudió el suelo
frente a ella, observando la alta hierba en busca de cualquier señal de
movimiento, y girando la cabeza un poco para escuchar tan claro como
fuera posible cualquier señal de problemas. Nada. Detrás de ella, como para
escarmentarla por su lentitud, un pájaro estalló con su canto casi haciendo
que Xena irrumpiera en el claro con todos los pelos de punta. Apenas
consiguió reprimir el impulso de darse la vuelta y atravesar al pequeño
bastardo con su daga y decidió ir al grano en su lugar. Con osadía, salió a la
luz del amanecer, barriendo los árboles de alrededor con los ojos justo cuando
un movimiento a su izquierda la alertó y sus reacciones se desencadenaron en
una respuesta violenta. El repentino movimiento fue grande y ella soltó la daga
y buscó su espada antes de darse la vuelta completamente para enfrentarlo,
desenvainando la espada y extendiéndola en un barrido. Dejó escapar un
grito cuando su mente reconoció a lo que estaban reaccionando sus instintos
y apenas asustó a su caballo que esquivó a la izquierda justo cuando le
hubieran cortado las orejas.
»¡Estúpido bastardo! —Tiger resopló y saltó del suelo con las patas delanteras,
sacudiendo la cabeza ante la reacción a su saludo. Xena envainó su espada
mientras se defendía de la cabeza del semental, agarrándolo por la crin y
gruñendo en su oreja. Miró más allá de él para encontrar a Parches trotando,
y detrás del pony, como si los dirigiera él, el resto de los caballos. La reina los
vio acercarse, contenta de que parecieran ilesos, después miró detrás de ella
para encontrar el espacio vacío entre ella y el bosque. Miró a los caballos,
luego al bosque—. Eligen una mierda de ocasión para escucharme de
verdad, ¿eh? —Suspiró mientras se daba la vuelta y caminaba hacia los
árboles—. ¡Salid aquí!
Retrocedió cuando apareció Gabrielle, mirando a través de su rubio flequillo
con una expresión muy similar a la de su pony.
—Bueno, dijiste…
318
—¿Y cuándo te importó eso alguna vez? —Xena se volvió y estudió las
praderas. Sabía que el desafío ahora era hacer que todos regresaran al
campamento del ejército sin revelar su presencia. El camino por el que habían
cabalgado antes del bosque ahora le parecía demasiado expuesto, dada la
creciente luz del día.
¿Debería salir por patas de allí y esperar lo mejor, o tratar de encontrar algún
otro camino de regreso, con peligros desconocidos? ¿Debería dividir el grupo
y enviarlos de vuelta uno a uno?
Gabrielle pasó por delante de ella, dejando que sus manos descansaran sobre
las caderas de Xena antes de dirigirse hacia donde Parches estaba ahora
impasible comiendo hierba.
—Chico, me alegro de ver a estos muchachos. —Abrazó a su pony por el
cuello—. Hubiera sido una caminata muy larga de regreso.
Xena estudió a su amante, que estaba de espaldas a ella, dejando que sus
ojos recorrieran el conjunto de sus hombros.
—Está bien. —Hizo un gesto de mirar el cielo—. No podemos arriesgarnos a
perder nuestra ventaja sobre ellos. —Se inclinó sobre Tiger e indicó una
elevación a la derecha de donde estaban, casi en la pendiente del camino—
. Nos quedaremos allí durante todo el día, volveremos al campamento una
vez que oscurezca.
Brendan asintió.
—Sí, buena idea —dijo—. ¿Enviamos al chaval para advertirles, tal vez? Uno
debe llegar a ellos y decirles que se mantengan ocultos. Menos mal que nos
hiciste acampar en los árboles, Xena.
—Mmm… —La reina miró al soldado en cuestión—. Sí, pero quítate la
armadura. Si te atrapan, mejor que seas un cabrero. —El soldado se llevó el
puño al pecho y comenzó a quitarse la resistente armadura de cuero y la cota
de malla. Xena lo observó un momento, luego se acercó a donde Gabrielle
estaba parada y se inclinó sobre ella, poniendo sus manos sobre el lomo
Parches a ambos lados de su amante—. ¿Y bien?
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Gabrielle suavemente—.
¿Vendrán y nos atacarán?
—Parece que ese es su plan —dijo Xena—. Así que tenemos que encontrar la
manera de detenerlos y hacerlos regresar al lugar de donde hayan venido.
319
Gabrielle se giró para mirarla y se recostó contra la peluda piel de Parches
mientras estaba presionada vientre contra vientre con la reina. Miró a los ojos
de Xena, y le dirigió una pequeña sonrisa.
—Estoy segura de que lo resolverás —dijo—. Pero chico, había muchos de ellos
allí, ¿eh?
Seguro que sí.
—Bah. —Xena se encogió de hombros—. El tamaño no lo es todo. —Sonrió a
su amante—. Como he descubierto.
Gabrielle se sonrojó, y sus ojos bajaron brevemente, y luego volvieron a
levantarse.
—Cuando lleguemos a las rocas de allí, puedo hacer un poco de té. Traje un
paquete de hojas en mi bolsa —dijo—. Creo que les gustaría a todos… ha sido
una larga caminata.
—Mmm… —reflexionó Xena—. Va a ser mucho más larga —advirtió—. Así que
vamos a ponernos en movimiento. —Cogió las riendas de Tiger y se subió a la
silla—. Cuanto antes nos pongamos a cubierto, mejor. —Señaló una ruta hacia
la elevación—. Quédate cerca de los árboles.
El soldado más joven, ahora vestido con sus calzas y camiseta, se balanceó a
bordo de su desnudo caballo.
—Majestad, les daré el aviso —dijo—. Y también, voy a estar atento a Jax, él
debería estar yendo tras nosotros ahora.
Xena asintió, levantó su mano despidiéndolo, esperando que él llegara al
borde del bosque antes de dar media vuelta y dirigirse hacia su escondite
elegido, los mismos miles de pensamientos aun zumbando en su mente.
¿Estaba escondiéndose solo para retrasar el momento en el que tener que
decidir qué hacer?
Miró de reojo a Gabrielle, que estaba sentada sobre el lomo de Parches,
inclinada sobre su montura mientras el pony caminaba junto a Tiger. Después
de un momento, la mujer rubia se enderezó, soltando un largo suspiro y
levantando una mano para frotarse los ojos. No, era peor que eso.
—Afeita a los gatitos primero, ¿eh?
—¿Dijiste algo?
—No. 320
Gabrielle se arrodilló junto al diminuto y oculto fuego y vertió el agua hirviendo
de la lata sobre las hojas que había aplastado con cuidado en el fondo de la
taza de viaje de Xena, aspirando el aroma de las hierbas que se alzaba
bañando su rostro.
Estaban en el lado de sotavento de la elevación, tanto del bosque, como del
camino invisible desde donde ella estaba sentada, lo que significaba que
también estaban fuera de la vista de cualquier observador.
El sol se extendía sobre el paisaje, y una brisa fresca soplaba contra su cuerpo,
recordándole una vez más lo cansada que estaba. Sus ojos le ardían y era
difícil mantenerse centrada cuando todo lo que realmente quería hacer era
acurrucarse en cualquier sitio y dormir.
Esto no era como el campamento al que estaba acostumbrada con el
ejército. Los soldados habían maneado8 a sus caballos en un pequeño parche
de hierba y habían elegido lugares desde donde observar, dejándola
jugueteando con el fuego una vez que se había encendido después de
aceptar su oferta de hojas de té.
Xena había elegido una roca plana tal alta como ella para sentarse, la
posición le daba una vista del camino que se dirigía a la ciudad portuaria y se
había acomodado sobre ella de espaldas al fuego con expresión un poco
distante mientras miraba hacia la parte baja de la pendiente.
Gabrielle se sintió un poco fuera de lugar. No queriendo entrometerse en los
pensamientos de Xena y no sintiéndose cómoda sentada con los soldados,
decidió llevarle a Xena su té, y luego quedarse un rato con Parches en el área
bañada por el sol.
Agregó un poco de miel de su pequeña reserva y removió el té, se puso de
pie lentamente y caminó hacia donde Xena estaba sentada, sosteniendo la
taza con ambas manos. La reina miró a su alrededor mientras se acercaba, y
Gabrielle estuvo a punto de tropezar y tirar el té cuando se encontró atrapada
en esa pálida mirada azul.
321
—¡Oops!
Xena soltó una risa breve, extendiendo la mano para sostenerla y tomar la
taza.
—Gracias, rata almizclera. —Se deslizó y acarició la roca a su lado—. Ven
arriba.
Gabrielle miró la roca, luego a Xena y luego a sí misma.
—¿Debo ponerme de pie encima de mi caballo primero? —Inclinó la cabeza
hacia atrás y escudriñó a la reina—. ¿Cómo se supone que voy a subir allí?
La reina pudo escuchar el pequeño asomo de exasperación en la voz de su
compañera, y eso la intrigó. Dejó su taza y colgó sus piernas por el otro lado
de la roca, colocando a Gabrielle entre ellas.
—Agárrate. —Gabrielle solo tuvo tiempo de agarrarse de las piernas de Xena
antes de que esta las cerrara firmemente a su alrededor tensando los músculos
de sus muslos y alzara a su amante en el aire, observando como sus ojos se
abrían como platos mientras estiraba sus piernas. Luego lentamente se tumbó
8
Manear.- Poner maneas a una caballería, atar sus patas delanteras para que no puedan salir corriendo.
sobre su espalda en la parte superior de la roca, cargando aún con
Gabrielle—. Ahí está.
Gabrielle se puso de pie al ser liberada, y enseguida se sentó junto a la reina.
—Gracias —dijo con un pequeño suspiro. Estiró las piernas y observó cómo el
sol creaba patrones cálidos en la tela sobre ellas.
Xena tomó su taza, bebió un sorbo de té y se recostó para apoyarse contra la
pared de roca que tenía detrás y cruzar los tobillos.
—Voy a escalar el lado de esta colina aquí. ¿Estás lista?
Gabrielle volvió la cabeza y miró a Xena.
La reina esperó, simplemente mirándola a la cara.
—No mucho —admitió la mujer de cabello rubio—. Probablemente me caiga
y termine allí abajo en una docena de trozos. —Apuntó al pie de la escarpa.
Se apoyó en los codos otra vez, acercando sus piernas hasta cruzarlas debajo
de ella—. Lo siento.
—Ahh… —Xena estiró su brazo y pasó los dedos por el cabello de Gabrielle— 322
. Buen movimiento, rata almizclera. Finalmente dimos un paso adelante en
lugar de estar dando vueltas la una con la otra. —Vio a Gabrielle mirándola
con el rabillo del ojo con una leve aprensión, y agregó una sonrisa para
tranquilizarla.
—¿No vas a escalar la pared? —preguntó Gabrielle, después de un momento
de vacilación.
—No. —La reina tomó otro sorbo de su té—. Voy a sentarme aquí y tratar de
pensar un plan de batalla.
—¿Te vas a quedar justo aquí? —preguntó Gabrielle—. ¿Durante un tiempo?
—Claro.
—Genial. —La mujer rubia se recostó de costado y apoyó la cabeza en el
muslo de Xena, exhalando con gozoso alivio mientras cerraba los ojos—. Estoy
tan cansada que me bizquean los ojos.
Xena rápidamente miró a su alrededor y luego a esta inesperada invasión de
su espacio personal. Los demás soldados evitaban mirarla, y ella se sintió un
tanto izada en su propia horca por el resultado de sus propias burlas. Cuando
había convencido a Gabrielle para que subiera a la roca, su intención había
sido la de acurrucarse, pero maldita sea, se suponía que debía haber sido
según sus propios términos.
Gabrielle puso su mano sobre la rodilla de Xena, frotando la superficie justo
encima de la pesada armadura que cubría la articulación. La parte posterior
de su cabeza estaba apoyada sobre el estómago de Xena y antes de que
pudiera pensar en ello, la reina pasó sus dedos a través de los finos mechones
rubios otra vez, descartando la incongruencia de todo.
Cuando el cuerpo de su compañera se relajó y sus ojos se cerraron, Xena pudo
sentir como una extraña sensación de paz caía también sobre ella y, mientras
tomaba un sorbo de su taza, sus pensamientos empezaron a ponerse en
orden, los instintos largo tiempo dormidos volvieron a la vida cuando estudió
el terreno delante de ella.
Era raro tener que cambiar de la mentalidad de un atacante a la de un
defensor. Xena no era tan tonta como para no darse cuenta de que eso era
exactamente lo que era ahora, su fuerza era lo único que se interponía entre
los invasores y su reino.
Así que no habría ataque a la ciudad portuaria. La reina tachó esa 323
ambivalencia de su lista. Tal vez tenía un día para armar un plan para derrotar
al otro ejército y descubrir cuál era su apoyo para que no hubiera sorpresas
desagradables después.
Sus ojos recorrieron las laderas, encontrando lugares para colocar tropas, y
lugares donde construir rápido refugios para que se escondieran los arqueros.
Podía enviar una fuerza a través del camino que habían encontrado y
emboscarlos desde un costado, e incluso podía retroceder detrás del paso, y
esperar para emboscarlos allí.
Lo único que no podía hacer era enfrentarlos cuerpo a cuerpo. Xena tenía
confianza en sí misma y en sus hombres, pero las probabilidades se inclinaban
en su contra, y un ataque a gran escala acabaría con muchos cadáveres y
no tenía muchos de sobra.
Condenado Bregos. La reina maldijo en voz baja. Maldijo al hombre por
fracturar a su ejército justo en el peor momento posible y…
Xena parpadeó, su cuerpo se quedó inmóvil mientras sus ojos hojeaban
rápidamente el paisaje casi sin ver. Oyó la risa de Bregos en su cabeza, y sintió
un escalofrío bajar por su espalda. ¿Era eso lo que él había querido decir?
¿Que la había vendido? ¿Los vendió a todos?
Mantuvo su suave caricia en el cabello de Gabrielle. Después de un minuto o
dos, sacudió la cabeza y volvió a escanear el horizonte. Bregos no había sido
tan agudo como para pensar a tan largo plazo. Sobreviviendo en la maleza,
probablemente alguien le había hecho una oferta a cambio de información,
y él había aprovechado la oportunidad.
Brendan se acercó a su improvisado trono y apoyó sus brazos en él. Miró a
Gabrielle, que ahora estaba profundamente dormida sobre la pierna de
Xena, y luego sonrió a su reina.
—Cállate —respondió Xena cordialmente—. Me alegro de no haber escogido
tener una serpiente como mascota otra vez.
El viejo capitán se rio entre dientes, luego se puso serio.
—Calculo que deberían comenzar a enviar patrullas por aquí, Xena. Me
sorprende que aún no lo hayan hecho.
—Mm…
—No lo entiendo.
Xena bebió lo que quedaba de su té. 324
—Estaban esperando algo —dijo—. Probablemente un informe de nuestro
baboso ex general.
Brendan reaccionó un poco sorprendido.
—¿Crees que él estaba con ellos? —preguntó— ¿Un traidor? —Parecía
dudar—. No lo tomaba por uno de esos, Xena. Amaba esta tierra.
—Exactamente —dijo la reina secamente—. ¿Por qué andar por aquí todo el
invierno? No creerás que iba a llamar a las puertas en el solsticio de primavera
y traerme flores, ¿verdad?
Brendan negó con la cabeza.
—Bastardo.
Un suave silbido imitando a un pájaro les hizo ponerse alerta. Los ojos de Xena
captaron primero el movimiento, y señaló el camino al otro lado del bosque,
donde una fuerza montada emergía y se dirigía hacia ellos.
—Nos has gafado, maldito seas.
Brendan maldijo en voz baja, mientras primero dos, luego cuatro y luego ocho
pares de caballos aparecieron a la vista, montados por jinetes armados que
se desplegaron mientras observaban los árboles en una actitud de alerta
vigilancia.
—Pasan al siguiente valle, seguro que nos encuentran.
—Mmhm. —Xena estuvo de acuerdo—. Parece que conocen su negocio. —
Flexionó su mano—. Así que supongo que no llegarán al próximo valle —
añadió—. Diles a los hombres que se quiten la librea y preparen sus armas.
—¿Eh?
Los ojos de la reina brillaron.
—Se supone que es una banda de incursores en el maldito valle, Brendan. —
Le pateó en el hombro—. Así que vamos a atacar. —Vio que su capitán se
retiraba, luego agitó una bota con satisfacción—. Siempre es bueno provocar
la primera sangre. Recuerda eso, Gabrielle.
Ajena a este pedacito de sabiduría, Gabrielle continuó en sus sueños, sin
despertarse cuando Xena puso su brazo sobre los hombros dormidos y sus ojos
azul pálido observaron a las tropas con una expectación sin disimulo.
325
Gabrielle se sintió muy llamativa cabalgando delante de los soldados y Xena
hacia el camino. No estaba del todo segura de que este plan fuera realmente
bueno, pero era cierto que Xena no le había dado otra opción, así que aquí
estaba, encima de Parches, dirigiéndose hacia este escuadrón blindado que,
por ahora, no los había visto.
Estaba asustada. Se sintió muy expuesta, y por primera vez desde que
abandonaron el castillo, se dio cuenta de que las posibilidades de que no
viviría para volver eran cada vez mayores.
De repente, los vieron, y ella contuvo la respiración cuando el último grupo de
soldados montados del ejército enemigo giró en sus sillas de montar para ver
cómo se acercaban lentamente.
Detrás de ella, los soldados hablaban despreocupadamente, como si fueran
la guardia doméstica de la esposa del mercader que se suponía que ella era.
Xena estaba cerca detrás de ellos, su capa cubría su armadura y se había
recogido el oscuro pelo en un nudo para ocultarlo.
Gabrielle vio cómo toda la fuerza enemiga se detenía y se volvió para
esperarlos. Mantuvo sus manos en las riendas, descansando contra el cuerno
de la silla de montar y deseó fervientemente estar todavía durmiendo en el
regazo de Xena y que todo fuera una especie de sueño extraño.
—Mantente templada.
Le llegó la voz de Xena, baja pero vibrante. Gabrielle se concentró en tomar
respiraciones profundas, y trató de imaginar cómo actuaría la esposa de un
comerciante si estuviera en el camino en medio de la naturaleza, suponiendo
que la esposa de un mercader estuviese realmente en el medio de la nada,
por supuesto.
Pero Xena contaba con ella. Así que Gabrielle intentó mantenerse relajada,
estudiando al grupo de soldados que tenía delante. Todos llevaban armadura
de malla y llevaban una sobrevesta roja, con algún tipo de diseño en negro
delante, y se veían muy organizados y en forma.
No como todos los hombres de Xena, de hecho, reflexionó Gabrielle. Su
ejército tenía buena armadura, y todos cuidaban bien sus armas, pero
obviamente su equipo era de diferentes campañas y épocas, y algunos 326
llevaban armaduras de escamas de cuero como la de ella, mientras que otros
llevaban cota de malla, y otros de placas de metal.
Los soldados enemigos tenían barba uniforme y su piel era de un tono más
oscuro, como si hubieran pasado mucho tiempo bajo el sol. El que estaba más
cerca de ella levantó la mano en su dirección.
—Alto. —¿Qué haría la esposa de un comerciante? Gabrielle mantuvo las
riendas flojas y permitió que Parches siguiera caminando como si no hubiera
escuchado al hombre, aunque creyó haber escuchado una risa familiar y
melódica detrás de ella. El soldado avanzó un poco por delante de sus tropas,
y se cruzó directamente en su camino—. ¡Espera ahí!
Gabrielle continuó cabalgando, oyendo los cascos acercándose un poco
más a ella y reconociendo los distintivos bufidos de Tiger. Podía ver al hombre
mucho más claramente ahora, y notó que llevaba una cadena de plata
alrededor de su cuello. ¿Eso significaba que él estaba al cargo?
El resto de los soldados se habían girado y ahora se aproximaban en un círculo
irregular, observando su llegada con ojos cautelosos. Gabrielle esperó hasta
que los cascos de Parches pisaron el camino antes de frenarlo, deteniéndolo
casi cara a cara con el caballo del capitán enemigo.
—Hola.
El hombre la miró.
—¿Qué camino llevas? —preguntó bruscamente. Su voz tenía un acento
extraño a sus oídos, pero después de todo, ya que esto era lo más lejos que
había estado de su lugar de nacimiento, eso no significaba mucho.
—¿Qué? —preguntó Gabrielle.
—¿Qué camino llevas? —repitió el hombre, echándole una mirada rápida a
su viejo guardia.
Gabrielle miró a la derecha, luego a la izquierda y luego detrás de ella. Volvió
su mirada hacia el soldado.
—¿Cuántos hay por aquí? —preguntó, en un tono razonable—. Sólo veo uno.
¿Hay algún otro camino que conozcas?
El hombre tiró de las riendas de su caballo, que estaba sacudiendo la cabeza.
—¿En qué dirección estás viajando? —aclaró—. No esperábamos ver a nadie
en el camino. ¿A dónde te diriges? —Su voz se volvió más insistente—. ¿Al mar
o hacia el interior?
327
—¿Por qué quieres saberlo? —replicó Gabrielle, siendo consciente por sus
agudos sentidos de que Xena se estaba acercando lentamente por su
derecha, y de algún modo sabía que la reina estaba satisfecha con ella—.
¿Quién eres tú de todos modos, y qué estás haciendo aquí? —preguntó,
levantando un poco la voz—. Nunca antes había visto trajes como ese… ¿De
dónde eres, y hacia dónde vas?
—Eso no es asunto tuyo —dijo el hombre—. ¿Vives por aquí?
—Tengo negocios que atender. —Gabrielle intentó sonar como algunas de las
esposas de los nobles que había escuchado por el castillo—. Por favor, déjanos
pasar.
Los soldados enemigos se habían acercado para escuchar, mirándola con
curiosidad mientras toqueteaban sus armas.
—Nosotros también tenemos negocios —dijo el soldado principal—. Haz que
tu guardia baje sus armas. Es mejor que vengas con nosotros. —Hizo un gesto
a los otros hombres—. Cogedlos.
—Yo no haría eso si fuera tú. —Gabrielle comenzó a retroceder con Parches—
Realmente, yo…
Los ojos del soldado miraron por encima de ella, después detrás de ella y
cuando la mano del hombre iba hacia la empuñadura de su espada,
Gabrielle sintió un movimiento a su derecha e instintivamente se aplastó sobre
el cuello de Parches cuando Tiger pasó junto a ella y hubo ruido, y gritos y
choques metálicos. y justo en su oreja, el sonido de una ballesta.
Fue repentino, y muy violento, y tuvo que forzarse a sí misma para levantar la
cabeza y asomarse sobre la cabeza de Parches, para encontrar a los soldados
enemigos luchando ferozmente contra Xena y su fuerza mucho más pequeña.
Caos. Movimiento arbitrario y una vez más ella estaba perdida en él,
impotente e inútil en el cuerpo a cuerpo donde sus compañeros y Xena
estaban batallando.
Brendan estaba a pie junto a ella, disparando sobre sus monturas al fondo de
la batalla, liberando y recargando su ballesta con una precisión impasible.
Gabrielle lo miró por un minuto, luego se volvió y vio a Xena en una horrible
pelea con dos de los soldados enemigos y dos más cargando directamente
contra ella y…
Ciertamente ella no sabía que le estaba pasando, pero lo siguiente que supo 328
era que se estaba tirando de Parches y deslizando su vara fuera de sus
soportes mientras se lanzaba hacia los cuatro hombres que se abalanzaban
sobre Xena.
Xena estaba completamente ocupada con la espada de un hombre
presionando contra la suya, y la maza del segundo que acababa de desviar
con una patada y no tenía un brazo de sobra para agarrar al tercer hombre
a punto de chocar contra el costado de Tiger.
—¡Yah! ¡Bastardo! —Gabrielle levantó su vara y pasó a la fuerza entre los
caballos en movimiento, apuntando al tercer hombre y golpeándolo en el
brazo tan fuerte como pudo, ajena a su propia seguridad. Le vio girar la
cabeza, y se dio cuenta de que era el hombre a cargo cuando se tiró a un
lado, echándose una mano a donde lo había golpeado. Le golpeó de nuevo,
y luego otra vez, mientras él trataba de arrastrar la cabeza de su caballo y
alejarse de ella, levantando su espada, pero incapaz de obtener un ángulo
sobre ella mientras lo golpeaba en el costado con el extremo de su vara. Otro
hombre se lanzó sobre ella. Ella se giró y empezó a retroceder, pero el otro
extremo de su vara golpeó algo duro, y luego el hombre que la perseguía
corrió directamente hacia la vara cuando ella tiró de él y casi tropieza. El
caballo del soldado se alzó sobre sus patas traseras y él cayó de espaldas y
Gabrielle simplemente se libró de ser pisoteada por el caballo cuando el
animal pasó desbocado a su lado. Miró frenéticamente a su alrededor y
encontró cuerpos a ambos lados de ella y a Xena a cierta distancia de pie
sobre sus estribos para enfrentarse al ataque a toda velocidad de un soldado
enemigo, con una lanza, dirigiéndose directamente hacia ella. Gabrielle se
congeló, la escena frente a ella se ralentizó mientras observaba cómo la
punta de púas de la lanza se dirigía directamente hacia el pecho de Xena, y
cuando el nombre de la reina fue arrancado de su garganta, Xena giró su
hombro hábilmente y dejó que la punta pasara por delante de ella, luego se
enderezó y barrió su espada con un movimiento de revés que atrapó el cuello
del hombre justo por encima de su armadura y separó su cabeza de sus
hombros con un sonido como de ramas que se quiebran. La cabeza voló libre
y dando una voltereta en el aire, y la vio rebotar a menos de un palmo de ella
con horrorizada fascinación, los ojos girando y sus párpados aleteando
mientras la sangre salpicaba por todas partes. Un grito. Giró la cabeza para
ver a los dos últimos soldados partir azotando a sus caballos, volviendo por
donde habían venido cuando dos de los hombres de Xena los persiguieron.
Brendan soltó un largo silbido, y los hombres se separaron, despejando el
camino para que una flecha bien colocada sacara al primero de los dos de
su silla. Empezó a cargar de nuevo, pero Xena soltó un silbido y se puso en pie 329
sobre sus estribos, desenganchándose el arma redonda de la cadera y
echándola a volar con un movimiento casi despreocupado de su muñeca. La
luz del sol se reflejó en el arma, enviando destellos brillantes por todas partes
mientras se deslizaba sobre el pasto, atrapando al corredor solitario en la parte
posterior de su cuello y detonando en un halo de sangre, después,
increíblemente, dibujó un arco mientras el hombre caía de la silla, para volver
girando de regreso a descansar en el puño de Xena cuando la atrapó con
una mano enguantada. Por un momento, se hizo el silencio en el pequeño
campo de batalla. Entonces Xena olfateó, y dejó que su arma redonda
colgara de nuevo en su gancho después de limpiarla el borde de su capa.
Medio giró en su silla de montar para mirar a Gabrielle.
»Bien, bien. —Gabrielle puso en el suelo el extremo de su vara y se apoyó en
ella, mientras miraba a su alrededor. Los hombres de Xena cabalgaban hacia
ellas, y se dio cuenta de que todos la miraban con expresiones muy
peculiares—. La rata almizclera tiene colmillos. —Xena se rio por lo bajo—.
¿Quién lo hubiera adivinado? —Se estiró y alborotó el cabello de Gabrielle—.
¿Estás bien?
Gabrielle determinó que realmente se sentía como si fuese a vomitar. Caminó
hacia donde Parches estaba parado y se apoyó contra él, enterrando su cara
en el grueso abrigo de su cuello mientras sentía que todo su cuerpo
comenzaba a temblar.
Brendan se acercó para pararse al lado de Tiger, colocándose la ballesta
sobre su espalda.
—Valiente esa pequeña —comentó suave—. Fue directa a por ellos.
Xena estudió el resultado de su emboscada, considerándose relativamente
satisfecha.
—Ojalá las guerras fueron tan fáciles. —Se deslizó desde la espalda de Tiger y
se sacudió el polvo de las manos, limpiándose un poco de sangre seca
mientras caminaba hacia donde Gabrielle estaba de pie y la abrazó.
—Eh… ¿Estuvo mal? —preguntó Gabrielle— ¿Lo que hice?
—No. —Xena le dio un cálido abrazo, al Hades con sus hombres—. Lo hiciste
genial. —Liberó a la mujer rubia lo suficiente para que se diera la vuelta y
quedar cara a cara—. Mantuviste a esos bastardos enfocados justo donde los
quería hasta que estábamos en sus caras. Buen trabajo. —Gabrielle intentó no
mirar a todos los cadáveres a su alrededor—. Y luego. —Xena se inclinó y tocó 330
su frente con la de su amante—. Y luego, finalmente le has dado uso a ese
maldito palo.
—Solo quería mantenerlos lejos de ti.
La reina sonrió.
—Lo sé. —Bajó la voz—. Gabrielle, hay dos tipos de personas. Corredores y
luchadores. No es algo que tú elijas.
Gabrielle recordó, un poco, cómo se sentía al mover su vara e intentar hacer
daño a alguien.
—Creo que no soy una luchadora —admitió, conteniendo un suspiro
tembloroso—. Simplemente no sabía qué más hacer.
Xena inclinó la cabeza y le dio un beso a su amante.
—Exactamente. —Le dio unas palmaditas en la mejilla—. Súbete al enano.
Mientras estemos por aquí más nos valdría montar, en caso de que envíen a
alguien a recordarle a este grupo lo que se suponía que debían hacer.
—¡Todos a los caballos! —ordenó Brendan, balanceándose sobre su propio
caballo—. Dejad los cuerpos donde están. Dejaremos que se pregunten.
Gabrielle se subió lentamente en el lomo de Parches, levantando la vara que
había dejado apoyada contra el hombro de su pony. Lo miró, luego miró a
Xena, viendo a la reina mirarla. Sabía que los hombres también la estaban
mirando, y ahora había algo un poco diferente en sus ojos cuando lo hicieron.
¿Era respeto? Gabrielle exhaló, mientras torpemente metía la vara debajo de
su muslo en sus soportes. No creía haber hecho nada para ser respetada.
—¿Ves? —dijo Xena, su voz arrastrada por el viento—. ¿Para qué Hades
necesito un ejército? Tengo a Gabrielle la Rata Almizclera Loca custodiando
mi culo.
Gabrielle logró sonreír, ante los silbidos bajos de aprobación, y decidió dejar
de lado los sentimientos hasta que tuviera tiempo de sentarse tranquilamente
y resolver qué hacer con ellos, ya que sabía que en realidad no era una
luchadora, y Xena parecía creer que no era una corredora.
Tal vez solo estaba chiflada. Eso probablemente lo explicaría todo.
331
Xena se alegró de ver el campamento del ejército cuando pasó junto a la
franja de árboles que lo ocultaba del camino. Ya estaba pensando en cómo
mover las tropas y dónde colocarlas, y la idea de la guerra que se avecinaba
había dejado atrás sus incertidumbres para convertirse en un núcleo de
excitación vibrante.
Sintió el mismo nivel de excitación cuando entró en el campamento, los
hombres se estaban preparando alrededor de la hoguera central y una
ovación se alzó cuando la vieron.
Desmontó y le entregó las riendas de Tiger al mozo de cuadras que había
corrido hasta ella, se quitó los guanteletes mientras giraba en un círculo
elegante, aprobando la actividad a su alrededor.
—Me alegra ver que no todos salieron a pescar mientras yo no estaba.
Brendan desmontó junto a ella, también de evidente buen humor.
—No para la cena, en cualquier caso. —Él se rio entre dientes— ¿Salimos al
anochecer, entonces?
Xena asintió.
—Doble turno en las flechas —dijo—. Vamos a necesitar hasta la última de
ellas.
—Sí.
El torbellino de movimiento rodeó a Gabrielle mientras bajaba tranquilamente
de Parches, y murmuraba un agradecimiento al hombre que vino a llevárselo.
Sacó su vara de sus soportes y caminó junto a los hombres atareados afilando
espadas y golpeando abolladuras de las armaduras, pasando entre árboles
altos y llenos de musgo hasta que llegó a la tienda de Xena y entró.
La carpa estaba silenciosa y fresca, la gruesa piel ocultaba la mayor parte de
la luz y dejaba el interior en una sombría y ocre paz. Gabrielle se acercó a uno
de las sillas de campamento y se sentó sobre ella, dejando que sus pies se
deslizaran hacia adelante acunando su vara en el hueco de su brazo.
Estudió la superficie del objeto, estirando lentamente la mano para tocar las
abolladuras cercanas de un extremo y las marcas de roce en el lugar donde
había golpeado al soldado. Los eventos de la mañana ahora le parecían un
sueño, y se esforzó por recordar lo que había sucedido, y lo que había dicho.
Recordó estar asustada, y luego solo ser consciente sin tiempo para cualquier
332
otra cosa excepto para seguir su corazón directo al lado de Xena a pesar de
la pelea. ¿Dónde se había ido su miedo entonces? ¿Había pensado siquiera
en lo que pasaría si el soldado al que había golpeado se hubiera dado la
vuelta y la hubiera destripado? Gabrielle exhaló y apoyó la mejilla contra el
bastón.
—No entiendo lo que me está pasando —dijo en voz alta—. No soy una
luchadora. No quiero pelear con nadie ni golpear a otras personas. Yo no soy
esa clase de persona.
Se recostó contra el poste de soporte central, y decidió descansar unos
minutos antes de comenzar a preparar las cosas para cuando Xena volviera.
Estaba segura de que la reina querría un lavado, y algunas ropas limpias para
ponerse, y…
Xena se detuvo en la entrada de su tienda, manteniendo la solapa a un lado
mientras miraba dentro. La luz del sol detrás de ella se derramaba sobre la
forma pequeña y desaliñada dormida contra el poste de la tienda, la vara
acunada en sus brazos.
Con una leve risa, entró y dejó que la solapa se cerrara, se acercó al baúl de
ropa y se sentó en la parte superior apoyando los codos en las rodillas.
—Ay. —Enderezó la espalda y se frotó la punta del codo donde había
apoyado contra la armadura de su rodilla, luego se desabrochó la pieza y se
la quitó, dejándola a un lado para desabrochar la otra. La mitad de ella quería
despertar a Gabrielle para poder hablar con ella y averiguar qué estaba
pasando dentro de esa pequeña cabeza de rata almizclera. Pero la otra
mitad, esa molesta niñera, se dio cuenta de que la chica necesitaba
descansar un poco si Xena esperaba que volviera a subir a su pony enano al
anochecer en unas pocas marcas de vela y saliera a la guerra con ella. Así
que se mantuvo en silencio mientras se quitaba la armadura, poniéndose de
pie para desabrochar su capa y ponerla medio doblada sobre el baúl de
ropa. Desenganchó su espada y la dejó encima, acariciando cariñosamente
con los dedos la desgastada empuñadura mientras repasaba la reciente
emboscada que había organizado. Había funcionado perfectamente. La
cháchara de Gabrielle les había permitido ponerse dentro del alcance de la
espada de los soldados, y su amante había distraído tanto a los bastardos que
ni siquiera sabían qué los había golpeado cuando Xena y sus hombres
atacaron. Perfecto. Brillante. Ni siquiera había perdido a un hombre por un
padrastro y los habían matado a todos. Ella no podría haber pedido un
resultado mejor si hubiera pensado en uno y luego, para rematar, tener a 333
Gabrielle poniéndose adorablemente violenta para defenderla. Perfecto.
Xena se desabrochó las botas, una sonrisa apareció en sus labios. Se las quitó
y movió los dedos de los pies, lanzando el calzado suavemente a un lado
mientras se ponía de pie y desabrochaba la armadura de su pecho. El metal
estaba salpicado de sangre, y pensó en dejarlo así para cabalgar hacia la
batalla, luego arrugó la nariz y la dejó junto al lavabo para que la limpiaran.
Metió las manos en la palangana y las levantó, frotándose la cara con el
líquido y pasándose las manos mojadas por el pelo. Cuando volvió a poner los
dedos en el agua, se tiñeron de rojo, y se dio cuenta de que el pequeño
recipiente no iba a ser suficiente. Oh bueno. Cogió una pieza de lino y se limpió
la cara, luego se la pasó por los brazos limpiando lo mejor que pudo la
suciedad de la batalla. Tenía la sensación de que la iban a empapar con más
sangre más tarde en la noche, así que ¿lavarse no sería una pérdida de
tiempo? Se volvió a medias, echó un vistazo a Gabrielle, luego se rio por lo
bajo y continuó lavándose. Cuando terminó, se secó las manos con el lino y lo
dejó caer al lado de la palangana, luego se acercó a donde Gabrielle estaba
despatarrada y se arrodilló junto a ella. Durante un breve tiempo, simplemente
estudió a su amante, fijando en su mente la dulce inocencia de su expresión,
antes de sujetar a Gabrielle por los hombros y debajo de sus rodillas, y ponerse
de pie con ella en sus brazos. Tan profundamente dormida que ni siquiera se
movió, su respiración era lenta y regular cuando Xena cruzó la tienda y se
arrodilló de nuevo, dejándola sobre el jergón cubierto de pieles. Desabrochó
la hebilla de la cabeza de halcón que sostenía la armadura de Gabrielle,
luego desabrochó los cordones laterales y le quitó las pesadas escamas de
cuero de su cuerpo. Había manchas de sangre en el cuero. Xena se estiró y la
colocó junto a la suya para limpiarla, luego se apoyó en sus antebrazos y
estudió la camisa interior igualmente manchada de sangre que llevaba
Gabrielle. Podía quitársela, razonó, pero sabía que probablemente
despertaría a Gabrielle, aunque no le quitara la armadura, ya que la rubia era
muy sensible al toque de Xena en su piel desnuda. Por otro lado, sospechaba
que a Gabrielle no le gustaría dormir con una prenda manchada de sangre.
Con un suspiro, Xena se estiró sobre ella y desató los lazos del cuello de la
camisa y comenzó a juntarla en sus manos, sus nudillos rozando las costillas de
la mujer rubia dando como resultado una inmediata agitación y la apertura
de sus ojos—. Oye.
—Uhm… — Gabrielle parpadeó confundida—. B… Q…
—Shh… —Xena puso un dedo sobre sus labios—. Solo te estoy quitando la
ropa.
Gabrielle parpadeó un par de veces más.
334
—¿Sólo? —preguntó finalmente, estirando la mano para frotarse los ojos—. Yo
estaba soñando contigo.
—Naturalmente. —Xena le quitó la camisa por la cabeza y la arrojó junto a la
armadura— Estaría bastante cabreada si estuvieras soñando con alguien más.
—Se inclinó y le dio a Gabrielle un beso en los labios—. Ahora, vuelve a la
cama. Solo tienes una marca de vela o dos antes de que tengamos que volver
a montar. —Los ojos de Gabrielle expresaron su reacción ante eso sin
necesidad de palabras. Xena levantó su mano y trazó los moretones que aún
se desvanecían en la cara de su amante, sintiendo la presión cuando
Gabrielle se inclinó hacia su toque y un poco de sorpresa cuando de repente
la empujaron hacia abajo para otro beso más largo. Inesperado, pero no
desagradable. Sintió que la lengua de Gabrielle se burlaba de la suya y sus
pulmones se llenaron con el aroma de la mujer rubia, mezclado con un poco
de cuero y pony todavía aferrado a su piel—. Pensé que estabas cansada. —
Le susurró al oído.
—Lo estoy. —Gabrielle respondió con sinceridad—. Pero eres mejor que dormir
para eso.
—Ohhh… —Xena se rio maliciosamente—. Me encanta cuando me hablas
sucio.
—¿Eso es sucio?
Xena se rio de nuevo, luego respiró irregularmente cuando los labios de
Gabrielle volvieron a reclamar los suyos. Su cuerpo reaccionó al sentir el calor
de las manos de Gabrielle a través de su cuero, cedió al tirón y se deslizó sobre
el camastro, cayendo sobre su amante mientras la ponía de lado.
—Ven aquí.
Gabrielle no necesitó que se lo dijera otra vez. Empezó a trabajar en los
cordones que sostenían los cueros de Xena mientras sentía que la rodilla de
Xena se deslizaba entre las suyas, y la reina tiraba lentamente del cordón que
le ajustaba las polainas alrededor de la cintura.
Quería esto. Dio la bienvenida a los labios de Xena que se movían de su cara
al cuello, mordisqueando suavemente su punto de pulso haciendo que se
acelerase. Su cuerpo anhelaba dormir, pero su alma ansiaba más la intimidad,
necesitándola como un apoyo contra lo extraño y el miedo que podía sentir
cada vez más cerca de ella.
No importa cuál fuera el peligro, sabía que podía encontrar seguridad en esto,
en las dos, y apartó los cueros de los poderosos hombros de Xena mientras la
335
reina se quitaba las calzas y le cubría el pecho con una mano, frotando el
borde de su pulgar sobre su pezón.
Podía oler el tenue olor a cobre de la sangre en la piel de Xena, pero ese
conocimiento se perdió en su conciencia mientras tiraba de los cueros de la
reina más allá de sus caderas y Xena se deshizo de ellos con un movimiento
sinuoso, luego presionó su cuerpo contra el de Gabrielle con prisa de calidez
sensual.
Podía oír la respiración de Xena acelerarse, y comenzó a arder en sus propias
entrañas mientras exploraba el cuerpo de la reina y la mano de Xena se
deslizaba por el interior de su muslo.
Irían a luchar de nuevo esta noche. Tal vez incluso se encontrarían con el otro
ejército antes del amanecer del nuevo día. Tal vez la pelea sería horrible.
Quizás saldrían heridas.
Gabrielle sintió una presión creciendo en su interior, y jadeó suavemente
cuando el toque de Xena se volvió burlón e íntimo.
Tal vez, como Xena le había dicho una vez, era mejor vivir la vida en cada
momento en el que estabas.
—Dioses.
—Ya les gustaría. —La reina rio disimuladamente—. Y lo que sea que estés
haciendo allí, sigue haciéndolo.
—Eres la reina.
—Ohhh.
Xena apoyó un pie en la rama de un árbol cuando se sentó en un tronco
caído, tomando una cucharada de estofado del cuenco de madera que
descansaba en su mano. A su alrededor, el campamento había recogido y
estaba listo para moverse; los hombres se tomaban el último momento para
alimentarse y beber agua.
Su tienda estaba empacada en su vagón, y ella estaba vestida de nuevo con 336
su cuero recién cepillado y su armadura pulida, atendida por Gabrielle a pesar
de sus argumentos en contra ya que quería que su amante descansara.
Todo el tema de “tú eres reina” parecía tener sus límites. Xena arrancó un
pedazo de pan y lo sumergió en el estofado, tomando un bocado y
disfrutando del rico y sencillo sabor que provenía de la olla común llena de la
caza de los días anteriores.
Comida sencilla, comida campesina, pero a lo largo de los años había
descubierto que, ya sea por preferencia o simplemente por haber nacido así,
su cuerpo la toleraba mejor que las elaboradas recetas llenas de florituras
lujosamente emplatadas de la cocina del castillo.
Gabrielle se había dado cuenta de eso de inmediato, para alivio de ambas,
ya que las comidas sencillas eran todo lo que la chica sabía hacer por razones
muy obvias. Había sido un invierno muy agradable ya que disfrutaba siendo
atendida y Gabrielle parecía disfrutar haciendo cosas por ella y ciertamente
les dio un descanso a los catadores que no tuvieron que arriesgarse a morir
por una temporada.
Funcionó para todos.
Xena se metió el último trozo de pan en la boca y levantó su jarra, tomando
un trago de cerveza. Vio a Gabrielle que regresaba de la cocina e iba a soltar
un silbido, cuando, como si de algún tipo de magia se tratara, la mujer rubia
levantó la cabeza y la giró para mirar directamente a Xena, cambiando sus
pasos en dirección a la reina. Llevaba un cuenco y una copa en sus manos,
apoyando la copa mientras se sentaba en el tronco al lado de Xena y
comenzaba a deshacer los trozos de carne de su estofado.
—Supongo que estamos listos para irnos, ¿eh? —Miró hacia la luz carmesí del
sol poniente—. Bonita puesta de sol.
Xena miró atentamente hacia el oeste. Estudió la luz y los árboles tras los que
desaparecía, y el cielo a su alrededor.
—¿Qué tiene eso de bonito? —preguntó después de un momento.
Gabrielle se detuvo a medio masticar.
—¿Eh? —tragó apresuradamente—. El cielo —dijo—. Son todos esos colores, y
el sol ocultándose detrás de los árboles… Es hermoso —añadió—. ¿No crees?
La reina seleccionó un poco de carne de su plato y la mordió.
—No —respondió—. De hecho, no. Es solo un maldito cielo, y algunos estúpidos
árboles, y un montón de color. —Se chupó los dedos pulcramente, mirando 337
por encima de ellos a Gabrielle—. Termina de comer. Ya casi estamos fuera
de aquí.
La mujer rubia se metió un trozo de estofado en la boca y lo masticó.
—Bueno, está bien —dijo, después de un breve silencio—. Entonces, ¿qué
crees que es bonito?
Xena dejó el cuenco y recogió su jarra.
—Mi caballo —dijo—. Mi espada.
—Ah.
—Tú. —Xena le guiñó un ojo y vació su jarra. Se levantó y dio la vuelta a la
jarra, colocándola sobre la cabeza de Gabrielle antes de darle una palmadita
en la mejilla y alejarse contoneándose—. ¡Date prisa! —Llamó detrás de ella,
mientras se dirigía hacia donde Tiger esperaba no tan pacientemente.
Gabrielle estiró su brazo y cogió la jarra, su cara todavía hormigueaba por la
suave palmadita.
—¿Yo? —bufó y negó con la cabeza—. Esa puesta de sol es mucho mejor que
yo, Xena. —Apoyó la barbilla en su puño—. Especialmente después de que
apenas he dormido en los últimos dos días. Me siento como un mojón de oveja.
La idea de volver a montar toda la noche le hizo sentir dolor solo de pensarlo.
Su magullado cuerpo se había aliviado un poco por su corta siesta y su sesión
amatoria, pero ahora, mientras trataba de prepararse para viajar, deseó
haber tenido un poco más de tiempo para dormir.
Suspiró y siguió con su estofado, contenta de que estuviera caliente a pesar
de todo. Sospechaba que tardaría en tener otra comida y aprovechó al
máximo esta, limpiando el cuenco con el bollo entero de pan que le había
quitado a los cocineros.
La puesta de sol volvió a llamar su atención y se quedó sentada allí
contemplándola mientras terminaba su jarra de cerveza y el cielo sobre ella
comenzaba a oscurecerse en el crepúsculo.
Era bonito. Los ricos colores lo pintaban todo en tonos profundos, y se permitió
un largo momento de pacífica introspección, un último momento de paz antes
de reunir fuerzas y ponerse de pie, estirando su cuerpo cubierto con la
armadura y darse un empujón a sí misma.
—¿Su gracia?
Gabrielle se volvió y se encontró con uno de los mozos de cuadra que sostenía
338
las riendas de Parches. El pelaje del pony había sido limpiado y cepillado, y
estaba ensillado y listo para partir.
—Oh. Gracias —sonrió al mozo—. Estoy segura de que él lo ha agradecido de
verdad.
El mozo le sonrió.
—Él es bueno, lo es —dijo el hombre—. Su Ma… —Hizo una pausa y una
mueca—. Quiero decir…
—Está bien. —Gabrielle se acercó y rascó a Parches entre los ojos, sonriendo
cuando el pony le empujó con el hocico en el estómago—. Ella solo quiere
que todos la traten como a uno de los soldados, eso es todo.
La cara del mozo se arrugó de confusión.
—Pero ella es la reina.
—Sí, lo sé. —Gabrielle tomó su odre y enjuagó el cuenco y la taza con un poco
de agua— ¿Ibas a decir algo sobre ella?
El mozo dio unas palmaditas a una alforja al otro lado del pony.
—Tenía que colgar esto para ti —dijo—. Va a ser un largo viaje esta noche, he
oído. —Levantó una mano, se agachó bajo las ramas de los árboles cercanos
y desapareció.
Gabrielle colocó sus utensilios y se deslizó hacia el otro lado de Parches,
abriendo la alforja y mirando dentro. El aroma del pan y la fruta subió hasta
ella y metió la mano dentro para encontrar misteriosos paquetes envueltos de
diferentes cosas también.
—Oh… —Parches volvió la cabeza y la miró—. Creo que hay un par de
manzanas aquí para ti también. —Gabrielle encontró su buen humor
restaurado mágicamente por este pedazo de consideración por parte de su
reina. Sería una noche larga y dura, seguro, pero Xena lo haría soportable de
alguna manera. Ella siempre lo hacía. Gabrielle condujo al pony cerca del
tronco en el que había estado sentada y trepó a él, colocándose sobre la silla
de montar con más o menos torpe gracia. Al menos no se había caído, puso
sus pies en los estribos y arregló las riendas antes de enderezarse y comenzar
a buscar a Xena. En su lugar, encontró a Brendan saliendo de entre los árboles,
dirigiéndose hacia ella. Esperó a que el capitán de la tropa se reuniera con
ella y le dirigió una sonrisa amistosa mientras se acercaba al hombro de 339
Parches y apoyaba la mano en él—. ¿Hora de irse?
—Sí. —Brendan asintió—. A partir de ahora el viaje será más duro.
Gabrielle estudió su rostro.
—Me lo imagino —dijo—. ¿Vamos a luchar pronto?
El capitán de la tropa dio unas palmaditas en el cuello a Parches.
—No falta mucho —dijo—. Lo probaste esta mañana, un poco. ¿Qué te
pareció?
¿Qué le pareció? Gabrielle movió su pierna, sintiendo el bulto de su vara
debajo de su rodilla.
—Fue aterrador —admitió finalmente—. Pero estuvo bien. Hicisteis la parte
difícil.
Brendan la miró en silencio, con sus ojos grises firmes e intensos.
—Tengo un buen líder —dijo—. Excepto que el único punto ciego de su
Majestad es ella misma. No cuida de sí misma, ¿eh?
Gabrielle escuchó un silbido, alzó la vista y miró por encima de la cabeza de
Brendan para ver a Xena a un lado de la columna principal del ejército,
mirando en su dirección.
—Algunas veces, supongo —dijo—. Sin embargo, es una gran luchadora.
—Es la mejor —dijo el capitán—. Pero incluso los mejores necesitan a alguien
que los cuide… Y tú lo hiciste, por supuesto.
—Oh, bueno…
—Gabrielle. —Brendan se inclinó hacia adelante—. Aquel tipo la hubiera
herido si no llegas a hacer lo que hiciste. Ella lo sabe. Nos preguntábamos,
algunos de nosotros, por qué te había traído, y ahora lo sabemos.
—P…
—A ninguno de nosotros nos hubiera permitido hacer eso. —Le dio una
palmadita en la pierna—. Pero eres su amuleto de la suerte, ¿verdad? Mientras
estés con ella, ella estará bien.
Gabrielle lo vio alejarse un poco desconcertada, para nada segura de que
Xena estuviera de acuerdo o incluso apreciara esa opinión. Chasqueó la 340
lengua y Parches comenzó a caminar, dirigiéndose hacia donde estaba Xena
impaciente esperando para salir.
El sol se estaba poniendo detrás de ellos, mientras avanzaban a través de los
árboles, los cascos de los caballos y las ruedas de carros sonaban suaves y
apagados en el crepúsculo venidero. Asustaba un poco, como si se movieran
de la luz a la oscuridad y por un momento Gabrielle se preguntó si eso no era
más cierto de lo que pensaba.
Se puso al lado de Xena, levantando la vista para ver el contorno agudo de
la reina perfilado en la luz que se desvanecía, viendo allí una expresión sombría
que la hizo estirar la mano y tocar la pierna de su compañera.
—Gracias por las provisiones de la bolsa.
La expresión de Xena se relajó y sonrió.
—Tengo que ocuparme de mi rata almizclera —dijo, luego se puso seria de
nuevo—. Pase lo que pase ahora, quédate a mi lado, ¿de acuerdo?
—Por supuesto —respondió Gabrielle—. Como una garrapata —añadió—. No
puedes deshacerte de mí.
Xena puso su mano sobre el hombro de Gabrielle y la apretó, luego salieron
de entre los árboles, hacia el camino y se adentraron en la oscuridad.
Era mucho más aburrido montar de noche que durante el día. Gabrielle tenía
poco que mirar a su alrededor, y nada que le hiciera dejar de pensar en lo
cansada que estaba mientras se balanceaba con los pasos rítmicos de
Parches.
Se preguntó si Parches estaría cansado de caminar, como lo habría estado
ella. ¿Se cansaba la mitad, porque tenía cuatro patas para compartir el
trabajo, o dos veces más cansado por esa misma razón? Cuando ella
caminaba, ambas piernas se cansaban, así que pensó que probablemente
era la última. ¿Era justo hacer que la llevara? En general, Gabrielle era muy
realista sobre el lugar de los animales domesticados en su vida habiendo
341
nacido en una familia de criadores de ovejas, pero había llegado a pensar en
Parches casi como en una persona, con su linda personalidad y maneras
divertidas.
—¿En qué piensas?
La voz de Xena la sobresaltó y casi le hace caerse de Parches.
—Um. —Gabrielle aclaró su garganta un poco—. Me preguntaba si mi caballo
me odiaba porque lo estoy montando todo el tiempo.
La reina se movió en su silla de montar, las correas de cuero crujían
suavemente a la tenue luz.
—¿Por qué debería? Yo no lo hago —respondió en un tono seco.
—Pero yo no… oh. —Gabrielle se frotó el puente de la nariz—. Urff. Sí. Bueno.
Lo pillo.
—Sí, lo haces, de forma regular. —Xena se rio entre dientes—. Suertuda.
Ah bueno. Hablar de sexo era más divertido que preguntarse sobre los pies de
Parches, supuso.
—Mi madre habló con Lila y conmigo una vez acerca de cómo sería cuando
nos casáramos y todo eso —contó—. No sé quién estaba más avergonzada,
si ella o nosotras.
—¿Ella te habló sobre el sexo?
—No —dijo Gabrielle—. Sabíamos sobre el sexo. Crecimos con ovejas. —Metió
la mano en el saco detrás de ella y sacó una manzana—. Ella nos dijo lo que
teníamos que hacer para tener felices a nuestros esposos.
Xena extendió el brazo y le puso la punta del dedo en la oreja, convencida
de repente de que podía sentir lo que había dentro de esa cabeza.
—¿Querías casarte? —preguntó, en un esfuerzo por cambiar el tema a algo
menos extraño—. Tener hijos, criar ovejas, dormir con ovejas, ¿todo eso?
—Xena. —Gabrielle dio un mordisco a la manzana—. Vamos a dejar algo
claro. Todo lo que hacíamos era esquilar a las ovejas, y luego, algunas veces
nos las comíamos. No dormíamos con ellas, ni las guardamos en nuestros
dormitorios, ni teníamos relaciones sexuales con ellas, ni las lavábamos ni nada
de eso. ¿Vale? —Xena se rio de nuevo. Gabrielle guardó silencio durante un
breve momento, mientras masticaba su bocado de manzana, pensando en
342
lo que su compañera le había preguntado—. No estoy muy segura de lo que
quería —admitió finalmente—. Lila quería eso. A ella le gustaba emperifollarse,
tanto como podíamos, de todos modos, y jugar con muñecas.
—Pero a ti no, ¿eh?
—Cazaba ranas y quería ser un pirata —dijo Gabrielle—. Un invierno escuché
a un chico que estaba de paso hablar de piratas y, por un tiempo, yo quería
ser uno después de aquello.
Xena echó la cabeza hacia atrás y se rio.
—Eras el bicho raro de la aldea.
—Sip.
La reina siguió riendo, extendiendo la mano para tomar la manzana de los
dedos de Gabrielle y robar un bocado, antes de devolvérsela.
—Yo nunca tuve tiempo para pensar en nada de eso —dijo—. Éramos muy
jóvenes cuando incendiaron nuestra casa. Nunca se me ocurrió pensar en lo
que quería ser después de aquello. Estaba demasiado ocupada aprendiendo
a ser una zorra e intentando no morir a cada minuto.
—Suena realmente aterrador.
Xena se encogió de hombros.
—Tenía a Ly conmigo —dijo—. Al menos estábamos juntos en eso. —Miró hacia
la oscuridad—. Pasamos buenos ratos, cuando no nos pateaban hasta
dejarnos medio muertos.
Gabrielle enrolló entre sus dedos un mechón de la crin de Parches, luego se
inclinó hacia adelante y le ofreció el resto de su manzana.
—Entonces tuviste ventaja sobre mí —dijo después de que el pony aceptó la
golosina—. Me dieron una paliza de muerte cuando me pillaron haciendo
algo que no era la idea de mi padre de lo que debería estar haciendo y me
encerraron.
Xena estudió a su compañera por el rabillo del ojo, sorprendida por la
declaración. Sabía que su familia había tratado mal a su compañera, pero
siempre se había negado a hablar de ello antes.
—¿Él dejó esas marcas en tu espalda? —preguntó, en un tono casual.
—Sí.
—¿Por qué? 343
Gabrielle no respondió durante un buen rato. Cabalgaba al lado de Xena, su
cara era casi una máscara a la luz de la luna. Por fin, después de que habían
comenzado a descender por la ladera hacia el largo valle que se extendía
más allá, exhaló, medio girando la cabeza para mirar a Xena.
Xena estaba cabalgando, con la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo
aguzando el oído en dirección a ella. Solo esperando, con una paciencia muy
sorprendente en ella.
Hizo sonreír a Gabrielle, un poco.
—Había estado recogiendo los restos de lana, haciendo algunos pequeños
juguetes y vendiéndolos por un poco a los niños de los alrededores.
—Ah. Una comerciante nata.
La mujer rubia resopló.
—Apenas. Sin embargo, ya había rascado lo suficiente y en mi cumpleaños fui
y compré un par de botas hechas por el curtidor, unas nuevas. La primera cosa
nueva que tuve —dijo—. Las quería tanto.
—Mm…
—Las llevé a casa y mi padre las vio —Gabrielle hizo una pausa—. Dijo que le
había robado el dinero que había pagado por ellas. Porque era su casa y todo
lo que supongo… en fin. —Sus hombros se sacudieron—. Me llevó al corral de
ovejas, me ató y me golpeó la espalda con un látigo.
Xena abrió la parte superior de su odre y tomó un largo trago de él. Se secó
los labios con el dorso de su guantelete y miró a su compañera con ironía.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Tu padre era un bastardo más grande que yo. —Le pasó el odre a Gabrielle,
quien tomó un trago—. Lo siento, amiga mía —dijo, con un suspiro—. Ya es
bastante malo cuando gilipollas desconocidos te sacan el polvo, pero es peor
si se trata de un familiar.
Gabrielle le devolvió el odre.
—Sí. —Se lamió los labios—. Me quedé allí tanto tiempo llorando y gritando
porque me dolía mucho y había trabajado tanto para nada —Su voz vaciló—
. Casi deseé que me hubiera matado. 344
Caminaron en silencio por un momento.
—Me alegro de que no lo hiciera —dijo Xena— No me gustaría haberme
perdido el conocerte.
Un leve resoplido vino de la dirección de Gabrielle.
—Gracias —murmuró—. Sabes que, aparte de todo lo demás, eres la primera
en mi vida que realmente me trató como a una persona.
Xena ahora se encontraba bien y realmente distraída del largo viaje.
—Me enamoré de ti.
—Antes de eso. —Gabrielle sonrió de todos modos, visible a la brillante luz de
la luna—. Cuando estabas haciendo que Stanislaus me diera esa ropa y todo
eso, entonces.
—Estaba enamorada de ti entonces.
Gabrielle la miró.
—¿Lo estabas? —sonó asombrada.
—Mm… —Xena asintió con indiferencia—. Casi desde el momento en que te
conocí, mi culo se había ido a la tierra de Afrodita. —Se inclinó hacia atrás en
su silla de montar—. Me asusté mucho.
Ahora era el turno de Gabrielle.
—¿Por qué?
—No tenía ningún control sobre nada de eso —respondió la reina—. Sabes
cuánto disfruto con eso.
Gabrielle lo sabía.
—Creo que yo también —dijo, encontrando el viaje mucho más interesante
de lo que se había podido esperar—. Y me sentí tan mal por eso, al principio.
—¿Por tu hermana?
Gabrielle asintió en silencio. Luego carraspeó de nuevo.
—Pero no pude evitarlo —añadió—. Esa noche yo casi… fue como si mi
corazón se partiera por la mitad.
La noche en la que casi se fue. Xena había bloqueado deliberadamente esa 345
noche en su mente por varias razones diferentes, una de las cuales era el
hecho de que casi se había ido.
—Sí. —Miró más allá de Gabrielle—. Está bien, suficiente basura sensiblera.
¿Tienes una buena historia?
Gabrielle la miró, y luego una repentina expresión de compasión apareció en
su rostro. Empujó a Parches más cerca de Tiger y puso su mano en la rodilla de
Xena.
—Lo siento.
—¿Por qué? —dijo Xena—. Escucha, podríamos terminar peleando antes de
que termine la noche. ¿Tienes listo ese palo?
La mujer rubia se inclinó y besó la piel del muslo de Xena, desnuda entre sus
cueros y su armadura de rodilla.
—Algo así. —Se enderezó—. Lo haré lo mejor que pueda.
Xena se aclaró la garganta y asintió.
—¿Tienes más de esas manzanas?
—Seguro.
—Xena. —La voz de Brendan salió de la oscuridad, y un momento después, el
capitán cabalgaba hacia ellas—. Se ve fuego más adelante.
—¿Cerca? —La reina se puso rígida.
—Lejos.
Xena se enderezó y asintió, esta vez con fuerte firmeza.
—Reduzcamos el ritmo. Trae a los líderes de escuadrón aquí, y pasa la voz por
la línea de cerrar el pico.
—Sí. —Brendan tiró de las riendas de su caballo y se alejó.
Xena y Gabrielle se miraron.
—¿Ojalá estuviéramos todavía en la cama? —preguntó la reina, con una
sonrisa libertina.
—Sí.
—Pelea duro de verdad y haré que vuelvas a hacer esos ruidos.
—¿Lo prometes? 346
—Lo prometo.
Parte 11
Xena estudió las antorchas delante de ellos, reunidas en un círculo alrededor
del lugar donde habían tendido la emboscada a la avanzadilla. La luna se
había puesto y la llanura estaba sumida en la oscuridad sólo rota por las luces
parpadeantes que se movían erráticamente de un lado a otro.
—Está bien, escuchad —les dijo a los capitanes de tropa, agrupados
estrechamente a su alrededor—. Brendan, toma diez hombres y rodea hasta
el otro lado.
—Lo haré.
—Eran, toma otros diez y sube por el lado más cercano. —Xena continuó—.
Después... 347
—Xena, mira. —Brendan le tocó el brazo—. Se están yendo.
La reina observó el movimiento, cómo las antorchas tomaban un rumbo
determinado perfilando una columna que comenzó a alejarse de ellos con
ritmo decidido.
—Ah. —dijo después de una pausa—. Está bien, cancela lo anterior. Vamos a
ponernos en movimiento para estar preparados si deciden regresar a través
de esa abertura con un ejército. —Una tenue orden recorrió la fila de hombres
y la oscuridad se llenó del sonido de caballos en movimiento y pisadas
amortiguadas cuando el ejército respondió al mandato de Xena. Ella se volvió
hacia Brendan—. Deja los suministros y los vagones aquí. Haz que se
establezca el campamento y estén listos para la acción. —Sin decir una
palabra, Brendan se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad mientras los
soldados comenzaban a separarse del resto. Estaban en el linde del bosque,
con los carros escondidos detrás de la primera línea de árboles con toda la
protección posible dadas las circunstancias. Xena recorrió con la mirada los
desplazamientos en la oscuridad, antes de mirar a la mujer rubia sentada al
otro lado de ella—. Y bien.
Gabrielle la miró.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Se puede dormir sobre un caballo. —La voz de la mujer rubia sonó algo
sorprendida—. Es bastante bueno.
Xena sonrió, sin ser vista en la oscuridad.
—¿Te sientes mejor ahora?
—Sip.
—Bien. —La reina recogió sus riendas—. Ahora mantente despierta. Vamos a
avanzar rápido. —Presionó sus rodillas contra los costados de Tiger y salieron
de entre los árboles, mientras el ejército se movía a su alrededor. Era casi
fantasmal, meditó, todos esos caballos oscuros y hombres con armadura
inundando las pálidas praderas. El castillo parecía muy lejano. Xena tiró de
uno de sus guanteletes un poco más y repasó su plan dentro de su cabeza
otra vez, debatiendo si enviar una fuerza a través de la ruta trasera, era una 348
buena o mala idea en este momento. El ejército enemigo sabía que algo
estaba pasando al encontrar a su guardia de avanzadilla muerta en el
camino. Ella sospechaba que el líder enemigo iba a tener que tomar una
decisión difícil, mover sus fuerzas a oscuras y arriesgarse a no saber qué había
al otro lado, o esperar hasta el amanecer y arriesgarse, y lo que fuera que
mató a sus hombres estuviera cada vez más cerca emboscándolo.
Interesantes opciones. Xena se reclinó hacia atrás en su silla de montar y pensó
qué elección tomaría ella si fuera su caso, luego se dio cuenta que su ejército
avanzaba por la noche y eso era una buena indicación de lo qué haría. Podía
sentir la garganta un poco seca, y esas pequeñas sacudidas en su vientre.
Estaba atrapada entre la esperanza de que el capitán enemigo fuera
cauteloso y les diera tiempo para prepararse, y el deseo de su sed de sangre.
Se moría de ganas de que fuera tan imprudente como ella y llevara la pelea
hasta ellos en un enfrentamiento antes del amanecer. Tenía que pillarlos en
lugares cerrados. No tenía los soldados suficientes para enfrentarse en campo
abierto, pero pensó que, si podía alcanzarlo en el paso, donde tenía que
luchar con una línea de frente limitada, podría controlar la batalla con bajas
razonables. Bajas razonables. Xena miró a Gabrielle, que cabalgaba
tranquilamente a su lado, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras
miraba a través de la penumbra—. ¿Tu costura ha mejorado?
—¿Qué? —Gabrielle flexionó las manos, y exhaló, viendo un toque de
escarcha en el frío aire de la noche—. Oh, bueno... no he tenido mucho
tiempo para practicar —admitió—. ¿Qué te hizo pensar en eso?
—Solo me preguntaba. —La reina lentamente dejó que su mirada barriera el
suelo delante de ellos—. Si empiezan a trincharme en rodajas, podría necesitar
que me cosas. —Esperó por una respuesta, y no obtuvo ninguna, así que miró
hacia abajo otra vez.
—¿Qué?
Gabrielle estaba mirándola con los ojos verdes ligeramente abiertos.
—Vamos, Gabrielle. —Xena se rio un poco—. Me has visto desnuda lo
suficiente como para saber que no salgo ilesa de las peleas. —Su rostro se
retorció al recordar su última verdadera lesión de batalla, antes de que
terminara tomando la fortaleza—. Apuesto a que haces un mejor trabajo que
el bastardo que me cosió la espalda.
Gabrielle parecía estar pensando en eso. 349
—¿Saldrán heridas muchas personas?
—Sí —respondió Xena rápidamente—. La gente será herida y morirá. Es parte
del paquete. Es por eso que lo llaman guerra, no baile de salón. —Se inclinó
hacia adelante e insto a Tiger a ir más rápido—. Vamos. —Parches no necesitó
instrucciones. Inició un galope para mantenerse al ritmo de su gran amigo y se
abrieron paso a través de las tropas en movimiento, primero por los soldados
de infantería que se acercaban a la línea de jinetes cerca del frente. Los
caballos despejaron el espacio para Tiger. Una buena cantidad de animales
estaban castrados, pero el núcleo de soldados a caballo, los que Xena había
entrenado personalmente, también montaba sementales entrenados para
luchar junto a sus jinetes. Le mostraban un cauteloso respeto a la montura de
la reina y se mantenían alejados de su camino. Su temperamento era casi tan
malo como el de Xena, y superaba en altura al resto de monturas por al menos
una mano. Mordisqueó el aire al llegar al frente y dio un pequeño salto, como
si quisiera asegurarse de que su jinete estuviera despierta—. Deja de hacer eso
—Xena le dio una palmada en el cuello. Se acomodaron al ritmo de la línea
de vanguardia, un marcado amblar9 que devoraba el terreno con eficiencia.
Miró a derecha e izquierda, para ver la larga fila de soldados montados que
se extendían a cada lado de ella, el exterior de un enorme recuadro que
mantenía a las tropas de a pie en el centro.
Era una forma segura de viajar, y dejar que las tropas montadas protegieran
a los arqueros y soldados de infantería en el medio, desde donde podían
responder a cualquier ataque repentino, pero también significaba que las
tropas no montadas tenían que apresurarse para seguirles el paso.
También significaba, por supuesto, que tenían que esquivar la mierda de
caballo que quedaba atrás. Xena consideró su posición en lo alto, en el frente,
con una sensación de irónica satisfacción. Amaba a los caballos, y era realista
acerca de su carácter físico, pero ir a pie hasta las rodillas de estiércol no era
su idea actual de diversión.
Se acercaron al camino, y Xena instó a Tiger a que subiera, aferrándose con
las rodillas mientras el semental se preparaba y saltaba sobre la pequeña
zanja que corría a un lado del camino, que se extendía en una franja pálida
frente a ella, rota a corta distancia con las manchas oscuras, que sabía que
350
eran los cuerpos del enemigo.
Las antorchas habían desaparecido más allá del borde de las colinas, y solo
la luz de las estrellas proyectaba su tenue brillo plateado sobre el paisaje. Miró
a su izquierda, al ver la curva del bosque que se inclinaba hacia la costa y
levantó su mano, silbando suavemente.
Brendan se giró bruscamente hacia ella y se acercó.
—¿Señora?
—Toma cincuenta hombres —decidió Xena—. Bajad por el camino costero.
Brendan hizo una pequeña mueca.
—Es un camino difícil, sin que nos guíes.
9
Amblar o paso de andadura.- En referencia a un animal; andar moviendo a un tiempo la mano y la pata trasera
de un mismo lado.
—Arréglatelas. Rompí suficientes ramas para que puedas pasar con los
caballos —respondió Xena—. Cuando llegues al final, averigua qué hacer y
hazlo.
Brendan asintió.
—Lo haré. —Levantó la mano y chasqueó los dedos, luego soltó dos silbidos.
Veinte jinetes se despegaron, y en un frenesí de movimientos algo confuso, los
arqueros y soldados de infantería se reordenaron para seguir.
Xena silbó, la línea se cerró de nuevo y continuaron.
Gabrielle observó a los soldados irse, medio deseando que ella y Xena fueran
con ellos. Quería volver a ver el océano, y toda la charla de Xena acerca de
que tenían que coserla, le estaba provocando dolor de estómago. Montar a
través de la oscuridad la estaba poniendo nerviosa y empezaba a desear solo
una mañana normal con un pequeño desayuno que esperar con
impaciencia.
Aunque había descansado un poco en el viaje al valle, le dolía el cuerpo y la 351
cabeza en la parte posterior del cráneo por el constante movimiento, algo
que el aire frío no mejoraba. Tomó un trago de agua de su odre y después lo
ató de nuevo a su silla exhalando y dándole una palmadita en el cuello a
Parches.
—Buen chico.
—¿Has dicho algo? —preguntó Xena.
—No a ti, no —dijo Gabrielle—. Nunca te llamaría chico.
—¿Qué?
—¿Cuánto tiempo crees que nos llevará llegar a dónde vamos? —preguntó
Gabrielle, para distraer a Xena y así no terminar hablando de sexo frente a los
otros soldados otra vez.
—Justo antes de la mañana —respondió la reina—. Quiero que los arqueros
suban a esas elevaciones, y que los caballos estén detrás de esa cresta, antes
que empiece a aclarar el día, siempre y cuando no tengamos capullos que
nos disparen a través del paso antes de eso.
—¿Crees que sucederá?
—Tal vez. —Xena calculó mentalmente el tiempo que le tomaría a la partida
de la exploración regresar e informar, y cuánto tomaría mover un ejército de
ese tamaño. Incluso utilizando campos base, sin pabellones, a menos que su
homólogo fuera muy muy bueno, ella creía que tendrían tiempo para dominar
el paso—. Mantén la cabeza baja, por si acaso.
—¿Por cuánto tiempo? —Gabrielle estudió el cuello de Parches—. Eso es
realmente incómodo. Sigo golpeando mi frente en su melena.
Xena ahogó una carcajada, aunque el tema ciertamente no era tan
gracioso.
—Espera hasta que te diga. —Miró hacia adelante, viendo los cuerpos que
habían dejado en el camino cada vez más cerca, el aroma de la sangre y la
descomposición le llegaba débilmente en el viento que soplaba en su rostro.
Sus ojos volvieron a hojear el camino, luego estudió las figuras inertes con
atención. 352
—Dame tu ballesta. —Ordenó al hombre que estaba a su lado—. Veamos si
he mejorado con el paso de los años. —Estiró su mano y tomó el arma que se
le ofrecía, dejando caer las riendas mientras la amartillaba.
Gabrielle la miró con perplejidad.
—¿A qué vas a disparar?
Xena alzó la ballesta y colocó el listón contra su mejilla, mirando por el hueco
hacia las sombras que tenían delante.
—Un capricho.
—¿Qué?
Su dedo tensó el gatillo y se concentró en relajar su cuerpo, observando cómo
la punta de la flecha se movía al ritmo de los pasos de Tiger. En el tercer
cambio descendente, ella soltó el mecanismo, devolviendo el arma a su
dueño mientras alcanzaba a desenvainar su espada.
Un momento, y lo sabría.
Y en un momento, lo supo. El cuerpo que yacía en el camino se retorció, y ella
soltó un grito, y el camino se vio repentinamente inundado de hombres y
caballos que los atacaban con picas, espadas y flechas que salían a toda
velocidad de la oscuridad para atravesar sobrevestas, armaduras y carne.
En cierto modo, se sintió reconfortada al saber que sus instintos todavía
sonaban como una campana en invierno. Sin embargo, no tuvo tiempo para
disfrutar la idea cuando envió a Tiger a lanzarse hacia los soldados enemigos
y esperaba que su abrigo negro la mantuviera invisible a los arqueros el tiempo
suficiente para que ella...
Maldición. Xena sintió la quemazón cuando una flecha rasgó la carne en la
parte superior de su hombro. Levantó su espada y se encontró con la del 353
primer jinete que descendía, girando la muñeca y desviando el golpe hacia
un lado, luego girando la hoja en un círculo rápido y golpeándola contra las
costillas del jinete mientras pasaba a su lado.
Sintió el acero rechinar contra los huesos y utilizó su movimiento y una sacudida
rápida para liberar su espada cuando un sexto sentido la hizo agacharse
mientras sentía una flecha arrancar un mechón de su cabello.
Ooh... Demasiado cerca. Xena no se imaginaba a sí misma con un corte de
pelo corto. Bajó un poco su postura sobre la espalda de Tiger, y
convenientemente, se encontró enfrentada contra un lacayo con una pica
que estaba esforzándose para clavar la punta en el cuello de su caballo.
Metió su espada entre su rodilla y el costado de Tiger y extendió la mano para
agarrar la pica, haciéndose con esta, cuando su punta tocó la carne.
Sobresaltado, Tiger retrocedió y casi la derriba mientras el piquero tiraba en la
otra dirección.
Solo sus poderosas piernas la salvaron. Apretó sus pantorrillas contra el costado
de Tiger y se retorció sobre su lomo, luchando por sacar la pica de las manos
del hombre. Él empujó hacia adelante y estuvo a punto de clavársela a ella
en el ojo, pero Tiger se opuso a su presencia y golpeó con ambas patas
delanteras, alejando la cabeza de Xena de la punta y clavando un enorme
casco en la ingle del piquero.
—¡Sí! ¡Buen chico! —Xena tiró de la pica y la giró en la mano, luego la levantó
y la lanzó volando hacia la multitud de cuerpos empujando y luchando con
la esperanza de estar lo suficientemente cerca, dada su notoriamente mala
puntería, como para no destripar a uno de sus hombres. Mala suerte,
comenzar una guerra así. Xena vio su pica entrar en un pecho con una
sobrevesta blanca, y sonrió aliviada mientras sacaba su espada y comenzaba
a lanzar estocadas a la cabeza y los hombros de un hombre que intentaba
cortarle el costado. Una maza, saliendo de la oscuridad, golpeó la cabeza del
hombre mientras ella lo sorteaba y destripaba al soldado que intentaba
disparar al portador de la maza por la espalda. Su hombre gritó, Xena gritó en
respuesta y reconocimiento, y siguieron adelante. Tiger se estrelló contra otro
caballo y se invirtió su posición de repente, siendo ella la que luchaba por su
vida cuando el otro jinete se encontró con su espada con poderosa
competencia. Podía ver los ojos atentos detrás de su casco mientras él
lanzaba su peso en el ataque. Demasiado cerca para balancear su espada, 354
Xena se dobló y arremetió con su cuerpo contra él, golpeando con su cabeza
la placa frontal del casco inclinado con un resonante estallido. Desenvainó
una daga y esquivó su salvaje sacudida, enterrando la punta en el pecho del
hombre, a la vez que lo golpeaba de nuevo en el mentón con su cabeza
haciéndolo caer hacia atrás de su caballo. El animal se asustó, y Xena agarró
sus riendas, sosteniéndolo mientras pateaba y se resistía, golpeando útilmente
a dos de los soldados de su propio bando y mandándolos al suelo pataleando.
Xena soltó al animal y lo golpeó entre los ojos con la empuñadura de su
espada, casi haciendo que se cayera. Se precipitó lejos de ella, creando un
torbellino de oscuro caos mientras se giraba, levantaba su espada y soltaba
su bota del estribo mientras un cuerpo volador golpeaba el suyo y apenas
tenía tiempo de levantar la rodilla para bloquear la arremetida. Tuvo un gran
impacto en la armadura de su rodilla. Hizo una mueca cuando escuchó el
acero raspando contra el metal y se retorció con fuerza para empujar al
hombre antes de que la hoja dejara la dura superficie y se hundiera en la piel
de su muslo. ¿Por qué había decidido no usar polainas, otra vez? ¿Sexy o algo
así?.
»Grr. —Xena lo alcanzó con el codo debajo de la barbilla y lo volteó en el aire,
golpeando su cuello con su espada en un movimiento incómodo que, sin
embargo, fue efectivo para producir un chorro de sangre que se arqueó casi
hasta su cabeza. El hombre cayó sobre las caderas de Tiger, y el semental se
sacudió y pateó sus patas traseras, haciéndolo rodar y caer al suelo. Xena hizo
retroceder al semental y miró a su alrededor en busca de su próximo
problema. La línea del frente de sus tropas estaba completamente ocupada,
con tal vez una docena de jinetes y otros tantos hombres a pie, pero una larga
fila de sus hombres se había plegado alrededor de la parte posterior de los
combatientes, encerrándolos en un círculo de destrucción. Sabían que
estaban condenados. Xena podía verlo en sus sombríos y medio ocultos
rostros, y la escena a su alrededor se ralentizó un poco mientras rápidamente
ponía en orden sus opciones. ¿Retirar a sus hombres y enviar a los
supervivientes a lloriquear a su señor, o asegurarse de que nadie vivía para
contar de su presencia? ¿Ego? ¿Seguridad? Xena exhaló. Maldita sea, me
estoy haciendo vieja. Negó con la cabeza y luego alzó la voz.
»¡Matadlos a todos! —ordenó—. ¡Ahora! —Ella misma hizo un ejemplo,
levantando su espada en alto y bajándola directamente sobre la cabeza de
un soldado enemigo, abriendo su cráneo, en una explosión de astillas de
casco y cráneo. Dos de los jinetes hicieron una carga desesperada hacia ella
al escuchar las palabras. Sintió un repentino estallido de júbilo que la tomó por 355
sorpresa, y aceptó el desafío, de pie sobre sus estribos mientras giraba su
espada con una mano y desenganchaba su chakram con la otra, desafiando
a los ballesteros a dispararle. Ellos se atrevieron. Atrapó las flechas con el borde
del chakram y las desvió a un lado, luego, se encontró con dos hombres que
se precipitaban sobre ella por la izquierda y la derecha, atacando la espada
con la suya y atrapando la maza del otro dentro del círculo de su arma
redonda. Los caballos pasaron, mientras los hombres forcejeaban con ella, y
se las arregló para permanecer en la silla de montar, por muy poco, mientras
tiraba de la maza hacia un lado y desviaba una cuchillada con el borde de
su espada. Soltó un grito de nuevo, cruzó los brazos y ensartó al enemigo del
lado derecho con su espada, mientras acuchillaba con el borde de su
chakram la cara del que estaba a su izquierda. La sangre brotó por todas
partes, deleitándola. Los dos hombres se cayeron gritando, y dio vueltas a su
caballo, un detalle molesto tiraba de su conciencia, solo para encontrar a la
pequeña molestia a pocos caballos de distancia detrás de ella, haciendo un
gran esfuerzo para mantenerse fuera del camino.
»¡Gabrielle! —La mujer rubia comenzó a avanzar hacia ella, pero los ojos de
Xena se abrieron de par en par, al ver a un soldado enemigo aparecer en la
oscuridad, con la espada en alto, a un brazo de distancia de su amante. Un
ronco grito de advertencia surgió de su garganta, pero ella estaba luchando
contra la repentina caída de Tiger, cuando un soldado moribundo tropezó
frente a él y supo en su corazón, que ningún esfuerzo por su parte la pondría
frente a ese maldito soldado a tiempo. Ella gritó de nuevo, una maldición
confusa que dividió el aire e hizo que las cabezas giraran. Gabrielle medio giró
la cabeza y vio al hombre, y la espada ensangrentada que iba directa a su
cara, mientras intentaba tirar de Parches hacia un lado y sus cascos
resbalaban sobre el barro empapado en sangre de la superficie del camino.
Ningún lugar a donde ir. Los soldados caídos que bloqueaban a Xena ahora
también la bloqueaban a ella y no tenía sitio para dar la vuelta y no podía
escapar y... Desesperada, se giró en su silla de montar y levantó el brazo con
el que sujetaba su vara para protegerse la cara. El extremo de la vara osciló
con su movimiento y el barro manchado salió proyectado sin control y golpeó
al soldado enemigo justo en el lado de la cabeza. Su estocada se amplió, casi
rasurando la oreja de Parches y Gabrielle se echó hacia atrás con sorpresa,
provocando que la vara volviera para golpearlo en el puente de su nariz
haciendo que el soldado agarrara su casco con sorpresa.
—¡Ahh! —Gritó la mujer rubia en estado de shock, mientras él se derrumbaba
y caía pesadamente contra el costado de Parches, antes de deslizarse por las 356
patas del pony y aterrizar en el barro con un chapoteo. Su espada cayó,
deslizándose a un lado y mientras ella lo miraba en estado de shock, estaba
rodeada por una hilera de hombres con sobrevestas de halcón, soltando gritos
de aprobación, mientras formaban una guardia a su alrededor y la repentina
presencia de una figura encapotada, que se envolvió alrededor ella y la
arrastró fuera de su caballo en un desconcertante torbellino de cobre y
almizcle. Por un segundo, Gabrielle pensó que había una tormenta sobre sus
cabezas, mientras un estruendo golpeaba sus oídos hasta que se dio cuenta
de que eran los latidos de su corazón y el de Xena retumbando como dos
tambores gemelos enloquecidos—. ¡Mierda! —jadeó—. ¡Mierda!
Xena le dio una serie de palmadas sin sentido en la espalda, trabajando duro
para recuperar el aliento de la repentina conmoción y la aún más, repentina
transformación de su adorable compañera de cama, en una desventurada e
involuntaria defensora de su propia piel de una manera tan inesperada.
—Gracias.
—¡Uf! —Gabrielle exhaló en la piel de su cuello—. ¿Por qué?
Xena la abrazó con un momento de sincera gratitud.
—Cumpliste tu promesa.
—¿Eh?
—No importa. Olvídalo. Vamos a limpiar el desastre. —La reina la liberó—.
Desnudad los cuerpos. —Ordenó, su voz se elevaba sobre los sonidos de
batalla que se desvanecían. El encuentro la animó inmensamente—. ¡Vamos
a movernos!
—Xena.
La reina se detuvo, cuando estaba a punto de pisar al adversario caído de
Gabrielle.
—¿Sí? —Gabrielle estaba aferrada a su capa, blanca como una sábana
ahora que la luz de las estrellas perfilaba sus rasgos, respirando rápida y
fuertemente—. ¿Qué? ¿Estás herida? —Xena bajó la voz con preocupación,
de cara a su amante—. ¿Qué es?
Los ojos de la mujer rubia se dirigieron al soldado. 357
—Yo lo hice.
—¿Qué?
—Lo maté.
Xena la miró por un momento, luego echó la cabeza hacia atrás y se rio.
—Pequeña boba. —Rodó el cuerpo del hombre con su bota—. ¿Lo crees
porque hago que parezca tan fácil que los hombres mueran por un golpe en
la cabeza? —Ella se inclinó y sacó una daga del cuerpo, metiéndola de nuevo
en su funda antes de recuperar una segunda, y luego una tercera—. Vamos.
Aún no eres Gabrielle “La Asesina de las Llanuras”.
Gabrielle dejó caer la cabeza hacia adelante para impactar con la armadura
de pecho de Xena con un golpe.
Xena le dio una palmada en el trasero y silbó en busca de su caballo, oliendo
la sangre y la muerte en el viento.
Pero no por el momento.
Xena estaba de pie sobre una roca, el viento que soplaba a través del
desfiladero le azotaba el cabello hacia atrás, mientras esper