La historia personal de este joven de 24 años terminó de armar el rompecabezas.
Aún
faltaban meses para empezar el rodaje, pero Laura ya tenía en la mente la imagen de
Giovanni en esa escena en la que un grupo de sicarios rueda colina abajo en motos y
bicicletas, en medio del subidón de adrenalina que implica sentirse libre y, al mismo
tiempo, andar al borde del abismo, a punto de caer. “Una cosa que me intriga mucho de la
sociedad en la que crecí es que buscamos incesantemente la muerte –explica Laura–. Y
eso lo vemos en la manera en que manejamos motos y no usamos cascos y vamos
cuesta abajo sin frenos”.
“Cristóbal Peláez, el dramaturgo paisa, un día me dijo: ‘Su película es Shakesperare, una
gran tragedia humana, es Romeo y Julieta’. Yo le decía: ‘Para mí es la historia de dos
hermanos separados por una ciudad que los vuelve enemigos sin conocerse. Yo juego
con la seducción, pero más allá de una seducción erótica, es una reflexión sobre el miedo
que tenemos los seres humanos que hemos vivido tanto tiempo en medio de un conflicto
de dejarnos seducir por el enemigo. En el momento en el que el enemigo nos seduce
ideológicamente, las posibilidades de hacer la paz son súper grandes”.
Natasha nunca se aprendió las palabras de un guion (ninguno de los actores lo hizo). Ella,
todos los días, oía cómo avanzaba la historia y construía su papel por intuición. “Hoy
verás cómo matan al papá de Paula –la guiaba Laura–, ¿cómo reaccionarías?”. Juntas,
entonces, tratan de descifrar la mejor manera de transmitir ese dolor. La actriz natural,
entonces, se transforma frente a la cámara: las escenas luminosas, que en un principio la
muestran joven y revolucionaria, se oscurecen y ella pasa a ser un cuerpo sin alma que
deambula por la ciudad por inercia. La melancolía que transmite Natasha impacta. A
veces sentimos que su vacío es nuestro. No puede ser que esta sea su primera película,
que no sea actriz, que lo suyo sean las artes plásticas. “Ella puede encarnar ese dolor tan
grande, a pesar de nunca haberlo vivido, por su sensibilidad –cuenta Laura–. Igual
hicimos ejercicios con ella para que aprendiera a buscar esas sensaciones en el cuerpo.
Hay un trabajo dramatúrgico que se llama ‘mapa de emociones’: para que ellos no
tuvieran que recurrir a la memoria emotiva y desgastarse, les explicábamos, por ejemplo,
que un dolor de estómago puede ser muy parecido a lo que sientes con el desamor”.
Así, en un trabajo colectivo de construcción y negociación, se montó cada escena.
Muchas veces, los actores solucionaban un diálogo mejor de lo que Laura se lo había
imaginado. En otras ocasiones, ella los llevaba a descubrir que las frases sonarían mejor
de otra forma. Nunca supieron el final de la historia hasta el último día de rodaje, y eso los
mantuvo tensos y expectantes. “¿Sí voy a ser capaz de matar?”, preguntaba Natasha
ansiosa. Y Giovanni, por su lado, reclamaba: “No me pueden matar, mi personaje no
merece que lo maten”.
Fue un rodaje duro y Laura, perfeccionista y controladora, por momentos sintió que la
estaba matando. Por fortuna, en los momentos más pesados, aparecieron dos de sus
mentores, Víctor Gaviria y Carlos Moreno, quienes coincidieron en algo: los rodajes son
tan difíciles como las historias que cuentas. Consciente de esta realidad inalterable, la
cineasta hizo todo lo posible por generar un ambiente amigable y cómodo cada vez que
gritaba “¡Corten!”. En esas pausas todos eran, sobre todo, amigos. Ella, incluso, se
convirtió en mamá: Giovanni le reclamaba afecto y Natasha, a ratos, la trataba como la
enemiga. También sucedían cosas que nunca habría podido calcular: “Tenemos una
emergencia –le dijo su asistente–. Uno de los jóvenes apuñaló a otro en el pie”. Y un poco
más tarde, la directora de vestuario le cuenta: “Encontré 15 cuchillos dentro de la ropa de
estos niños”.
“Mi papá vivía en las afueras de Medellín y yo me subía con él en el Land Rover viejo que
tenía. Esos treinta minutos entre salir de Medellín y llegar a la casa eran para mí los
mejores de la vida, el momento de intimidad más grande entre él y yo”
Laura Mora se encarga de mostrar todas las aristas de este drama social haciendo de
Medellín un protagonista adicional. Los contrastes de sus barrios y sus calles, las luces, el
día, la noche, funcionan como reflejo de las grandes diferencias entre víctima y victimario.
El ambiente festivo de la época opera igualmente como ironía al dilema moral al que
Paula se va enfrentando. Entre más violencia la directora enfrenta a su protagonista
(totalmente sola), más esta va despertando la necesidad de hacer un alto y reflexionar
sobre lo que está viviendo.
Matar a Jesús es cine realista, la cámara observa la ciudad tal como lo hacen ellos y
observa a Paula con cierta distancia, explicando así su dualidad. Es una película que se
toma su tiempo y durante él va incrementando la tensión y trasladando la angustia al
espectador. No es fácil adivinar en qué momento su protagonista ejecutará su plan inicial
y la vez, y sin pensarlo, comenzamos a temer por la suerte de Jesús, a quien Mora
presenta como otra víctima más de la violencia. La delicadeza y respeto con que trata a
estos jóvenes y habla de los conflictos profundos del país son una gran cualidad de esta
muy interesante directora y este largometraje.