Novena a María Auxiliadora 2021: Esperanza
Novena a María Auxiliadora 2021: Esperanza
DIA PRIMERO
1. SALUDO Y MOTIVACIÓN
2. CANTO
3. ORACIÓN INICIAL
4. TEMA DE REFLEXIÓN:
María: signo de nuestra esperanza
Y después, Pentecostés. Llega el momento de la Iglesia misionera, apostólica, evangelizadora; de la
Iglesia profética, que sale del Cenáculo. Allí está María, que preside la comunión y la oración de los
apóstoles. La Iglesia nace en la plena docilidad de María al Espíritu...
Vivir en su plenitud de fe, en su ardor de caridad y en su perfecta docilidad al Espíritu
Siempre es gozoso celebrar una fiesta de Nuestra Señora. Se nos llena el corazón filial de una alegría
muy honda y contagiosa. Sentimos su presencia maternal en nuestra vida. Más cuando estamos
contemplando el misterio de la Iglesia; cuando estamos meditando en esa fe viva, que se llama
oración, el misterio de la Iglesia.
La esperanza es camino y María nos enseña a subir y nos lleva al Monte Santo que es Cristo. La
esperanza es tensión hacia la meta definitiva y María nos abre, glorificada ya en el cielo esa meta
definitiva. Allí en el Reino consumado, está nuestro verdadero nombre, el nombre que alcanzaremos
un día cuando entremos en el reposo definitivo del Padre; y María es la luz que anticipa esta
esperanza para todos los que peregrinan. Ella es “signo de esperanza cierta “, como la llama el
Concilio.
María es la “nubecilla” bíblica que se va agrandando hasta cubrir el cielo y dejar caer la lluvia sobre la
tierra, María de Nazaret, la pequeña, la pobre, misteriosamente fecunda por la acción del Espíritu
Santo, deja caer la lluvia que es Cristo el Señor, el salvador de los hombres, nuestra paz, nuestra
única esperanza. ¡Cómo se nos ensancha el corazón en María de la Esperanza, cuando sentimos
también nosotros el corazón demasiado reseco y demasiado sediento, como la tierra de Israel, como la
Galilea, cuando recibió la lluvia misteriosa del profeta ¡
Sedientos estaban los siglos cuando el ángel se apareció en Galilea a una mujer pobre y le dijo que
pronto iba a venir la lluvia, que pronto iba a nacer la paz, el Salvador, que pronto se iban a cumplir los
tiempos señalados por el Padre, la plenitud de los tiempos, y que nacería de Ella Alguien que nos
traería la paz, la salvación y la vida. Esto nos llena de esperanza.
Nuestra Señora de la Esperanza nos abre de nuevo el corazón a una esperanza firmísima
Cuando vemos que nos queda largo camino por andar y podemos sentir la tentación del miedo y de la
duda. Porque ahora que estamos en el monte estamos bien; pero cuando bajemos y empecemos a
pisar otra vez las espinas de cada día y experimentemos el calor del desierto y se nos vayan llagando
los pies y nos vayamos sintiendo más solos y el trabajo nos golpee y las contradicciones nos hieran,
todo será distinto.
La Iglesia que creemos. Que amamos, que gustamos, Esa Iglesia que somos, que llena tan
hondamente nuestro corazón y nuestra boca, esa Iglesia que gritamos a cada rato, esa misma es la
Iglesia que después, cuando bajemos de la montaña santa, tenemos que gritar, que proclamar, que
testificar y que construir con todos los hombres nuestros hermanos, con los Obispos, con el Papa, con
los sacerdotes, con los niños, con los jóvenes, con los obreros, con toda la gente que espera nuestro
descenso del monte. Allí donde está Nuestra Señora es donde está Cristo y la Iglesia.
Estas tres dimensiones tienen que iluminar el misterio de nuestra vida consagrada. La Iglesia nace en
la plenitud de fe de María en la Anunciación; en su ardor de caridad, en la cruz; en su plena docilidad
al Espíritu, en Pentecostés. Son como los tres momentos del nacimiento de la Iglesia: la Anunciación,
el Calvario, Pentecostés. Tres momentos de progresivo nacimiento de la Iglesia. Y en las tres está
María, en los tres está el
Espíritu Santo formando progresivamente a Cristo. El Cristo, Hijo de Dios, que toma, de las entrañas
virginales de María, la fragilidad de nuestra carne.
5. GOZOS
6. RECORDAR LA FLORECILLA DEL DIA
7. BENDICIÓN Y CANTO FINAL
DIA SEGUNDO
1. SALUDO Y MOTIVACIÓN
2. CANTO
3. ORACIÓN INICIAL
4. TEMA DE REFLEXIÓN:
María: signo de nuestra esperanza
En la Anunciación
En este momento de la Anunciación está María con su Sí, con su Fiat, está la plenitud de su fe. María
que dice Sí. Y dice que Sí porque sabe que ese Dios, que es amor, se lo pide, lo puede todo. Entonces
no duda y le dice que Sí: “Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu palabra.” La
Iglesia nace de la plenitud de la fe de María, en la sencillez de su Sí total, generoso, radical a la
Palabra.
Cambió la historia cuando María dijo Sí. Va a llegar el momento en que la nube, preñada de Cristo, se
abra sin partirse, sin quebrarse. En la virginidad nos dará la luz, la
Alegría, la paz, la esperanza, porque María dijo que Sí. Por eso Isabel le dirá: “Bienaventurada tú
porque has creído, porque dijiste que sí” Pero también bienaventurados nosotros, María, porque Tú
dijiste que Sí.
Es el momento de renovar la determinación y la alegría de nuestro Sí. E en la plenitud de fe de nuestro
corazón nacerá la Iglesia. Esa Iglesia que debemos llevar después en misión, que debemos a todos
los hombres gritar.
Señor, cuántas cosas me has mostrado, cuántos horizontes me has abierto. Yo cierro los ojos, y como
María de Nazaret, te digo que Sí, para que la Iglesia empiece a nacer en mi corazón. Yo te digo que si
con toda el alma.
Señor, creo, te digo que Sí soy tu siervo hágase en mí según tu palabra. Vuelvo, Señor, con más
conciencia que nunca, a renovar el Sí que dije en mi profesión, primero, y que pronuncié, después, ya
de una manera más consiente, más definitiva, en la Profesión. Perpetua, Señor, te digo que sí desde
el Corazón de nuestra Señora la Virgen Fiel. Ahí empieza la Iglesia.
En El Calvario
El segundo momento de este nacimiento de la Iglesia es el ardor de caridad de María, ardor de amor.
¿Cuándo se expresa más plenamente este amor?
En la donación de la Cruz; ahí está el signo más pleno de amor. Y ahí del costado de Cristo que se da,
que muere por amor al Padre y a los hombres, nace la Iglesia simbolizada en la sangre y en el agua:
Bautismo y Eucaristía, Espíritu Santo en el agua y en el fuego.
Nace la Iglesia del costado de Cristo y allí está María, serena, al pie de la cruz. “Junto a la Cruz de
Jesús estaba María, su Madre…”
En este amor de María nace, también para nosotros, la Iglesia. Gracias, maría porque también allí
dijiste que Sí. Pero, gracias porque no fue solamente en la Cruz, porque tu amor se hizo
contemplación, primero, y se hizo servicio a los hermanos, después; por-
Que tu amor se hizo redención y siempre culminó en la cruz. Se hizo contemplación en el amor y se
hace profundidad, intensidad, intimidad y convivencia con El. María que guarda todas estas cosas y las
conserva en su corazón. El
Amor se ha hecho contemplación, pero el amor se ha hecho después servicio en María, que sale
presurosa hacia la montaña donde está Isabel para llevarle la presencia de Cristo, del Salvador; para
hacer caer, anticipadamente, algunas gotitas e esa lluvia que ha sido engendrada en Ella y por Ella. El
amor se hace servicio en Caná de Galilea cuando María anticipa, en cierto modo, la hora de Jesús,
resolviendo un problema a los jóvenes esposos. El amor de María siempre se hizo servicio.
El amor de María se hace redención cuando nos entrega a Jesús en una inmolación total, en pura fe,
partiéndosele el alma en un sufrimiento tremendo, en un martirio espiritual, solo posible en una
grandeza tan fuerte como la pequeñez de María. En esa inmolación se da la redención. El amor que
se hace redención en la Iglesia. ¡Cuánto tenemos que aprender ¡ María, enséñanos también a
nosotros a vivir así.
Queremos que la Iglesia nazca en nuestro ardor de caridad. Un amor, Señora, que sea contemplación
continua y servicio generoso a los hermanos, que sea, sobre todo, una oblación gozosa en la Cruz,
hemos meditado, hemos descubierto y saboreado el misterio de la Cruz; ayúdanos a que nazca en
nuestro corazón la Iglesia.
5. GOZOS
6. RECORDAR LA FLORECILLA DEL DIA
7. BENDICIÓN Y CANTO FINAL
DIA TERCERO
1. SALUDO Y MOTIVACIÓN
2. CANTO
3. ORACIÓN INICIAL
4. TEMA DE REFLEXIÓN:
María: signo de nuestra esperanza
En el Cenáculo
Y después, Pentecostés. Llega el momento de la Iglesia misionera, apostólica, evangelizadora; de la
Iglesia profética, que sale del Cenáculo. Allí está María, que preside la comunión y la oración de los
apóstoles. La Iglesia nace en la plena docilidad de María al Espíritu.
Desde entonces será María de la Esperanza, la que nos iluminará, porque empezará la Iglesia a
peregrinar saliendo del Cenáculo: a Jerusalén, a Galilea, a Samaria, hacia todos los confines de la
tierra. Y María estará misteriosamente presente como Nuestra Señora del Camino, de La Esperanza.
No solo mientras vivió, sino también ahora, glorificada en cuerpo y alma en los cielos, siendo
esperanza cierta, va acompañando esta Iglesia
Nuestra que peregrina en la cruz, proclamando la muerte del Señor y anticipando su venida. María del
Camino, de la Esperanza, en la plena docilidad al Espíritu, dejándose invadir plenamente y conducir
por Él. Porque el camino de la esperanza es una peregrinación en el Espíritu.
Que también nosotros Señora, nos dejemos invadir plenamente por el Espíritu, que seamos dóciles,
sencillos, gozosamente fieles al Espíritu Santo. Que caminemos en la fe inquebrantable de la
esperanza, que contagiemos la esperanza a los demás; Que contigo, María, lleguemos al monte e la
Esperanza, donde reinaremos y gozaremos en la comunión definitiva del Padre, a quien dijiste que Sí;
del Hijo, a quien nos trajiste al mundo; del Espíritu, por quien te dejaste conducir.
Oración
Señora de la Pascua: Señora de la Cruz y de la Esperanza, Señora del viernes y del domingo, Señora
de la noche y de la mañana, Señora de todos los caminos, porque eres la Señora del “Tránsito” o la
“Pascua”. Escúchanos. Hoy queremos decirte: “Muchas gracias.” Muchas gracias, Señora, por tu Fiat,
por tu completa disponibilidad de “Esclava “. Por tu pobreza y tu silencio. Por el gozo de tus siete
espadas. Por el dolor de todos tus caminos, que fueron dando la paz a tantas almas. Por haberte
quedado con nosotros a pesar del tiempo y las distancias.
Tú conoces el dolor de la partida porque tu vida fue siempre despedida. Por eso fuiste “feliz” y fue
fecunda tu vida. Todo fue por haber creído (Lc. 1,45). Porque le dijiste al Señor que Sí, en aquel
mediodía de los tiempos (cf. Lc. 1,38). Apenas el Señor bajó a tu pobreza, comenzaron tus partidas.
“El ángel se alejó “, y Tú te fuiste “sin demora a una montaña de Judá” (Lc 1,39). Allí hiciste felices a
Isabel, tu prima, y al niño que llevaba en sus entrañas. Cumplida tu tarea, regresaste sencillamente a
tu casa (Lc. 1,56).
Otro día (u otra noche), cuando esperabas en tu silencio de Nazaret, te llegó otra orden de partida; a
Belén de Judá, la ciudad de David (cf. Lc. 2,4), porque allí, en la Casa del Pan. Había de nacer el Niño
(cf. Miq. 5,2). Tu partida costosa fue el preanuncio de la salvación, que ya llegaba en la primera
Nochebuena de los siglos.
Una noche, inesperadamente, el Ángel el Señor le habló a tu esposo, y “José se levantó, tomó de
noche al Niño y a su madre, y se fue a Egipto” (Mat. 2,13-14) Fue la tercera vez que pedían tu partida
Más tarde cuando ya te habías acostumbrado a lo provisorio del destierro, otra vez el Ángel del Señor
habló a José y le dijo; “Levántate, toma al Niño y a su madre y regresa a la tierra de Israel “(Mt. 2,20)
Tu vida estaba señalada por las despedidas. Otra vez, cuando el Niño era ya grande y Tú le habías
enseñado a orar, se te quedó misteriosamente perdido en el templo. Ahora era Él el que partía. “¿Por
qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” Y Tú no
entendiste el sentido total de la partida (cf. Lc. 2,49-50).
Después, en Caná de Galilea, cuando se manifestó el Señor en el primero de sus signos, por hacer
bien a los demás, Tú te olvidaste e ti misma y le pediste que adelantara “la hora” de su partida (cf. Jn.
2,4). Y El partió a “llevar la Buena Nueva a los pobres, a anunciar a los cautivos la liberación, y a los
ciegos la vista, a dar libertad a los oprimidos (Lc. 4,18)
Mientras tanto, Tú lo acompañabas desde cerca y desde adentro, rumiando en tu corazón la Palabra
que El iba predicando (cf. Lc. 11,28). Hasta que llegó la tarea de un viernes en Jerusalén. Era la hora
de la Pascua y la partida. La noche antes, en el Cenáculo, Él celebró la cena de la despedida. Era
también la cena de la amistad y la presencia, de la comunión fraternal y del encuentro. Amarrado por
los hombres a los brazos de la cruz, Él se descolgó para subir al Padre, Tú mirabas la partida desde
abajo y desde cerca, bien serena y fuerte (cf. Jn. 19,25) El corazón de la cruz era el punto inicial de su
partida. Y también de su regreso: “Me voy y volveré a vosotros”. Mezcla extraña de gozo y tristeza:
“También vosotros ahora estáis tristes, pero yo os volveré a ver y tendréis una alegría que nadie os
podrá quitar” (Jn. 16,22)
Señora del silencio y de la Cruz, Señora del Amor y de la entrega, Señora de la Palabra recibida y de
la palabra empeñada. Señora de la paz y la Esperanza. Señora de todos los que parten, porque eres
la Señora del camino de la pascua.
También nosotros hemos celebrado ahora la Cena de la despedida. Hemos comido con-tigo el Cuerpo
del Señor, hemos partido juntos el pan de la amistad y unión fraterna. Nos sentimos fuertes y felices.
Al mismo tiempo, débiles y tristes. Pero nuestra tristeza se convertirá en gozo y nuestro gozo será
pleno y nadie nos lo podrá quitar (cf. Jn. 16,20-24).
Enséñanos María, la gratitud y el gozo de todas las partidas. Enséñanos a decir siempre que Sí, con
toda el alma. Entra en la pequeñez de nuestro corazón y pronúncialo Tú misma por nosotros.
Sé el Camino de los que parten y la serenidad de los que quedan. Acompáñanos siempre mientras
vamos peregrinando juntos hacia el Padre. Enséñanos que esta vida es siempre una partida. Siempre
un desprendimiento y una ofrenda, siempre un tránsito y una Pascua. Hasta que llegue el Tránsito
definitivo, la pascua consumada. Entonces comprenderemos que para vivir hace falta morir; que para
encontrarse plenamente en el Señor hace falta despedirse. Y que es necesario pasar por muchas
cosas para poder entrar en la gloria (cf. Lc. 24,26) Señora de la Pascua: en las dos puntas de nuestro
camino, tus dos palabras: Fiat y magníficat. Que aprendamos que la vida es siempre un “Sí” y un
“Muchas gracias”. Amén. Que así sea.
5. GOZOS
6. RECORDAR LA FLORECILLA DEL DIA
7. BENDICIÓN Y CANTO FINAL
DIA CUARTO
1. SALUDO Y MOTIVACIÓN
2. CANTO
3. ORACIÓN INICIAL
4. TEMA DE REFLEXIÓN:
María: signo de nuestra esperanza
María y la Vida Contemplativa
“María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” Lc. 2,19. Nos hace bien penetrar
sencillamente – con una mirada de amor—en el alma profundamente contemplativa de María; en la
Anunciación, en la cruz, en Pentecostés.
Se trata de María, “la que escucha y recibe “la Palabra, la que “ofrece” generosamente al Padre el Hijo
convertido en “varón de dolores”, la que siente nacer en su corazón silencioso y pobre la Iglesia de la
misión y la profecía.
La contemplación es esencial en María, Dios la hizo esencialmente contemplativa; porque tenía que
cooperar íntimamente en la obra redentora de Jesús. No hay redención sin sangre (porque así lo
dispuso adorablemente el Padre). Cristo es el Apóstol (enviado del Padre) contemplativo: su Palabra
no es suya, “sino de Aquel que lo envió”). Por eso, el desierto frecuente y prolongado; por eso, la
oración continua y solitaria. “Se retiró a un lugar desierto y allí oraba (Mc. 1,35). “Subió al monte a
rezar y pasó la noche en oración” (Lc. 6,12).
María sigue silenciosamente los pasos redentores y apostólicos de Jesús. ¡Cuántas horas de
contemplación desde la Anunciación a la Cruz, desde la Cruz a Pentecostés, desde Pentecostés a la
gloriosa Asunción a los cielos! Todo queda resumido en la sencilla Bienaventuranza de Jesús sobre
María: “Felices, más vale, los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc. 11,27)
La vida de nuestra Señora fue esencialmente contemplativa. Fruto de esa contemplación profunda y
serena, es el Magníficat. Allí se nos manifiesta María, “la orante” Su oración
Es un canto de alegría y gratitud a la fidelidad del Padre que obra siempre maravillas en los pobres.
Pero solo desde la pobreza de María se podría rezar y contemplar así. Porque solo los pobres son
verdaderamente contemplativos; como solo los contemplativos pueden entender de veras a los pobres.
Hay una conexión muy íntima entre estos tres términos: pobreza, contemplación y esperanza—de los
que hoy el mundo tiene tanta necesidad—son siempre gente pobre y profundamente contemplativa.
La contemplación de María está hecha de palabra, de Cruz, de Espíritu Santo. Como toda vida
contemplativa en la iglesia exige una penetración más profunda y sapiencial de la Palabra de Dios, una
verdadera búsqueda y amor del desierto como lugar de presencia, de plenitud y de encuentro, una
aspiración serena a la conversión y la penitencia, a la muerte y a la cruz, a la alegría y esperanza de la
resurrección.
Pero la imagen de María, “la contemplativa”, nos abre todavía nuevos espacios de redención. La
contemplación no acaba en sí misma; es una serena adoración de la Trinidad que habita en nosotros,
es un gozoso encuentro con el Señor que nos habla desde la Escritura Santa, se nos ofrece
adorablemente en la Eucaristía y nos espera en el Misterio de la Iglesia y en el sufrimiento de cada
hombre que camina a nuestro lado.
María, “la contemplativa, Es la Virgen del camino y del servicio en la Visitación; es la Virgen de la
donación en Belén y del generoso ofrecimiento en la Cruz; es la Virgen que, en Caná de Galilea, “está
allí” y se abre atenta a las necesidades de los jóvenes esposos. Solo los contemplativos saben
descubrir fácilmente los problemas y sufrimientos de los demás. La contemplación engendra en
nosotros una inagotable capacidad de servicio.
Esto es importante para la Iglesia de hoy: Iglesia de la encarnación, de la profecía y del servicio.
Iglesia de Dios para los hombres. Iglesia de la redención de los hombres para la gloria del Padre.
En el corazón de un contemplativo verdadero—como en el de Cristo adorador del Padre, como en el
de María. La Virgen de La Anunciación, de la Visitación y de Belén, la Virgen de Caná, de la Cruz y de
Pentecostés—está siempre viva la presencia de los hombres que esperan “la consolación de Israel”
(Lc. 2,25). El contemplativo está siempre muy cerca y muy adentro de todo hombre que sufre: “Junto a
la Cruz de Jesús, estaba su madre” (Jn. 19,25)
Por eso en el corazón de todo contemplativo está siempre presente el misterio de la Iglesia,
“Sacramento universal de salvación”. Está presente el hombre, “imagen de Dios” y redimido por Cristo.
Está presente el mundo, que sufre y espera. Está presente el dolor de este mundo, “que pasa” y la
seguridad transparente de la “creación nueva”.
La contemplación como en María Santísima, es Don del Espíritu Santo. Se nutre de la Palabra. Exige
la sabiduría del desierto. Vive profundamente en la Iglesia y engendra constantemente en ella la
Palabra que debe ser anunciada. Y es siempre una gozosa respuesta, desde el silencio y la cruz
pascual, a las exigencias y expectativas, al sufrimiento y la esperanza, del mundo en que vivimos y
que aguarda “la manifestación gloriosa del Señor” “y la definitiva libertad de los hijos de Dios” (Rom.
8,21)
5. GOZOS
6. RECORDAR LA FLORECILLA DEL DIA
7. BENDICIÓN Y CANTO FINAL
DIA QUINTO
1. SALUDO Y MOTIVACIÓN
2. CANTO
3. ORACIÓN INICIAL
4. TEMA DE REFLEXIÓN:
María, Madre de la esperanza
Junto a la vida interior rica y profunda, nuestra Madre unía una acción rápida y eficaz. Su esperanza la
hacía “mirar fijamente” a su Hijo, y actuar con la rapidez de quien ha sido iluminada por la “lámpara
que arde y alumbra”.
Cuando María fue con prisa a visitar a su prima Isabel, llevando en su seno nuestra esperanza,
permitió que San Lucas estampara esta escena como un emblema para todo aquel que, de la misma
manera, quiera comunicar al Señor a los demás, llevándolo en su propia vida.
Para vivir la esperanza hay que hacer como María, decirle a Dios: «Hágase en mí según tu Palabra»,
acogiendo de esta manera al Dios mismo, nuestra esperanza. El hombre no inventa su esperanza, la
recibe de Dios. Esta virtud teologal viene en auxilio de nuestra débil e insuficiente esperanza humana;
sale al encuentro de la incapacidad que tiene el hombre para darse una esperanza por sí solo, de
modo que se intensifique en nosotros el anhelo de la unión definitiva con el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo para toda la eternidad.
El corazón, lugar de la esperanza
Cuando la Sagrada Escritura alude al tema del corazón del hombre se está refiriendo a aquel núcleo
de la actividad interior donde la persona reflexiona, decide, reacciona, siente. Además, el corazón
señala la profunda identidad del hombre y, al mismo tiempo, el ámbito de su actividad interior en donde
se definen las cosas más importantes para su felicidad.
De las pocas citas en las que aparece mencionada la Santísima Virgen, hay dos pasajes que resaltan
su vida interior: «María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón»
y «su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón». Esto nos permite entender
que una clave para vivir la esperanza está en lo que S.S. Juan Pablo II llamó la «espiritualidad de la
memoria». Esta actitud mariana es muy importante para nuestro tiempo ya que los rápidos cambios
culturales y el intenso ritmo en el que se realizan las cosas, se ve perturbada nuestra vida interior
desde un imperativo mundano que nos fuerza a desviar la atención de lo esencial y de lo que le da
sentido a nuestra vida. Por ello, en medio de tantas prisas, hay que saber hacernos el tiempo y el
espacio para dirigir nuestra mirada a Cristo, a la escucha atenta de su Palabra y, atesorándola,
discernir cada momento que nos toca vivir.
María alimentaba su corazón con las palabras divinas e iluminaba sus experiencias desde la fe. Los
momentos más importantes no los perdía en el olvido; no reducía toda su vida al plano de lo
anecdótico; por el contrario, sabía que hay experiencias que tienen un significado especial y que se
necesitan entender más a fondo con oración y meditación. De esta manera, Ella buscaba ensanchar
su corazón para acoger cada vez más plenamente lo que Dios le iba mostrando. Esto le exigía vivir
una reverencia activa, análoga a aquella que vemos cuando el sacerdote tiene mucho cuidado de no
perder ninguna de las partículas de la presencia del Señor en la Eucaristía. De modo que, para vivir la
esperanza se necesita cultivar el silencio interior y, así, discernir entre lo que hay que atesorar y lo que
merece perderse en el olvido.
Junto a la vida interior rica y profunda, nuestra Madre unía una acción rápida y eficaz. Su esperanza la
hacía “mirar fijamente” a su Hijo, y actuar con la rapidez de quien ha sido iluminada por la “lámpara
que arde y alumbra”.
5. GOZOS
6. RECORDAR LA FLORECILLA DEL DIA
7. BENDICIÓN Y CANTO FINAL
DIA SEXTO
1. SALUDO Y MOTIVACIÓN
2. CANTO
3. ORACIÓN INICIAL
4. TEMA DE REFLEXIÓN:
María, madre de la esperanza
Algunos medios para vivir la esperanza
1. Si la esperanza requiere que tengamos una memoria viva del Señor, el lugar por excelencia
para ello es el memorial de la Santa Eucaristía. Poder recibir la Sagrada Comunión es
introducirnos en la dinámica de la Virgen de aceptar y acoger al Señor Jesús en el propio
corazón y poder caminar con Él.
¿Qué sentir frente a la presencia de Jesús en nosotros? Eso nos lo puede enseñar María recordando
el pasaje de la anunciación-encarnación y verla luego presurosa a compartir la alegría con su prima
Isabel. Cada vez que recibamos el Cuerpo y la Sangre de Cristo hagámoslo como Ella. Cuando el
sacerdote repite las palabras del Señor Jesús: «Haced esto en memoria mía», celebremos el memorial
de nuestra esperanza.
2. Desde este proceso de amorización, aprendiendo de nuestra Santísima Madre, buscaremos
también al Señor Jesús en la oración y la meditación de la Sagrada Escritura. Aquí también
se nutre nuestra esperanza. Los salmos, conocidos como escuelas de oración, nos presentan
las palabras adecuadas para educar nuestro lenguaje al dirigirnos a Dios en las diversas
circunstancias de la vida, como por ejemplo, aquellas que dicen: «Mi alma espera en el Señor,
espera en su Palabra; mi alma espera en el Señor más que el centinela la aurora».
3. Esta relación íntima e intensa ha de derivar en el combate espiritual ¿Cuánto esfuerzo
tenemos que hacer para no dejarnos vencer por la tristeza, depresión, frustración, desaliento,
desesperanza? Cuando avanzamos en nuestra lucha contra el pecado, vamos añadiendo a
nuestra vida la luz de la esperanza porque Dios va estando cada vez más en nosotros: «Si
alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos
morada en él».
4. No hay combate espiritual efectivo y fecundo sin la gracia de Dios, cuya fuente la tenemos al
alcance de la mano en los sacramentos y sacramentales que la Iglesia nos ofrece: acudir a
la confesión renueva nuestra esperanza; solicitar la unción de los enfermos en los casos
respectivos, nos da nuevas fuerzas; vivir según nuestra vocación desde el sacramento del
matrimonio o del orden, nos capacita para desplegar esa dimensión de nuestra vida; profesar
nuestra consagración a Dios, alienta nuestra esperanza y la de los demás; recibir la bendición
refresca nuestra vida.
5. Nuestra esperanza crece cuando anunciamos a Cristo a los demás. Muchas personas
confundidas, desorientadas, solas, vacías están esperando que les hablemos del Señor Jesús;
que les llevamos esa luz a sus vidas. Y, al hacerlo y encontrar respuesta es un aliento y una
ilusión que forma parte de esa comunión que todos los hombres estamos llamados a vivir.
6. GOZOS
7. RECORDAR LA FLORECILLA DEL DIA
8. BENDICIÓN Y CANTO FINAL
DIA SEPTIMO
1. SALUDO Y MOTIVACIÓN
2. CANTO
3. ORACIÓN INICIAL
4. TEMA DE REFLEXIÓN:
5.
María Auxiliadora: MARÍA, UNA PRESENCIA QUE MADURA EN LA HISTORIA DE
NUESTRAS RAÍCES.
En el itinerario mariano de Don Bosco, Don Aubry, ha señalado tres etapas progresivas, que se
contemplan en el amplio panorama de la intervención extraordinaria de María en la vida de nuestro
santo. En la primera etapa, es decir, al inicio de la vida de Juan Bosco, en el origen de su vocación y
misión, María se revela como “la Buena Pastora de los jóvenes”. El sueño de los nueve años se repite
en esta etapa con algunas variantes y determinó la búsqueda de lo que sería su misión en la vida.
Cristo Jesús le entrega a María en esta etapa, como “sierva de Cristo, Buen Pastor”, y Madre de “sus
hijos y hermanos” En la segunda etapa al origen de la obra salesiana, se reveló como “la Buena
Pastora Inmaculada”. Esta advocación no sólo porque era el momento de la proclamación del Dogma
de la Inmaculada; ni porque el 8 de diciembre de 1841 tuvo su primer encuentro con Bartolomé Garelli;
ni porque entre los primeros diez y seis salesianos del inicio, quince pertenecían a la Compañía de la
Inmaculada, fundada por Domingo Savio. Ni siquiera porque las primeras Hijas de María Auxiliadora
provenían del grupo selecto de las Hijas de la Inmaculada de Mornese; sino porque la obra educativa
supone la liberación del pecado como condición para un crecimiento armónico y equilibrado. Y
también, porque supone en los educadores, una pureza vigorosa, que los haga disponibles y
coherentes con lo que proponen. Es importante comprender que el título de Inmaculada en nuestros
días, no debe leerse como “sin mancha” como lo veremos el último día, sino porque expresa un
equilibrio y armonía en la persona que la hace libre y liberadora que ve a María como el prototipo de
este equilibrio y armonía capaz de proponerse como modelo en la obra educativa. En la tercera etapa,
en el origen de la expansión de la obra y la Familia Salesiana, la “Buena Pastora Inmaculada” reveló
su rostro definitivo: AUXILIADORA DE LA IGLESIA. ¿Qué impulsó a Don Bosco, a elegir este título en
los últimos 25 años de su vida? Coincidencias históricas, intervenciones extraordinarias como los
sueños y revelaciones, razones de orden práctico, apostólico y pastoral, y por tantos hechos y apoyos
recibidos de sus bienhechores y del mismo Pío IX, leídos a la luz del Espíritu Santo. Don Bosco,
asume más o menos en el 1862, el culto definitivo a María bajo el título de AUXILIO DE LOS
CRISTIANOS. Rápidamente la fisonomía espiritual de Valdocco se orientó hacia esta nueva
advocación. Durante el decenio de 1865-75, Don Bosco 11 descubrió por completo el rostro de María,
y a su luz, toda la amplitud de su obra carismática. La Pastora de I Becchi, la Inmaculada del 8 de
diciembre de 1841, era ya la Auxiliadora de la Iglesia Universal, que hacía surgir una obra apostólica a
favor de la Iglesia. Es importante señalar que para Don Bosco el título de Auxiliadora no fue una
devoción a propagar sino el fruto de una experiencia personal y una lectura existencial del camino
recorrido. Es característica la relación vital de Don Bosco con María a lo largo de toda su vida: nace en
la familia, se alimenta en el camino sacerdotal y se consolida en su acción educativa. María es la Mujer
y la Madre que en unida a Cristo su Hijo colabora en su misión de salvación; su maternidad la hace
atenta y cercana a los hijos de su Hijo. Esta maternidad eclesial que se expresa en la L.G. VIII, Don
Bosco ya la había intuido vivamente, basta recordar el gran cuadro de la Basílica. Para Don Bosco,
honrar a María, era ser fiel a su vocación de educador de jóvenes. No se contenta con nutrir para ella
una devoción filial, sino que este afecto lo lleva ha hacer de Ella, la inspiradora, la guía, la maestra y
una presencia viva que alienta su obra educativa. La devoción mariana, por tanto, está en estrechísimo
intercambio con la misión salesiana, como compromiso y programa de vida, en el Oratorio, entre los
jóvenes y entre los miembros de las familias por él fundadas.
El Instituto de las Hijas de María Auxiliadora surge en los años de la madurez apostólica, humana y
espiritual de Don Bosco, en los mismos años en los que la Basílica de María Auxiliadora está en
construcción, el grandioso templo de la inscripción profética: “Haec est domus mea, inde gloria mea”.
Don Bosco el 24 de abril de 1871, manifestó al Consejo su pensamiento de fundar un instituto
femenino, y les invitó a que después de un mes de oración y reflexión, le dieran su parecer. Por otra
parte, ya venía madurando desde una decena de años la relación entre Don Bosco y el grupo de la
Inmaculada de Mornese, dedicadas a la promoción humana y cristiana de las chicas del pueblo. Para
este grupo, la devoción mariana, fundamentada firmemente en la teología de Frassinetti, se apoyaba
en el rol insustituible de María en la vida de todo cristiano que les llevaba no sólo a contemplar las 12
virtudes de María, sino hacerlas parte de la propia vida, traduciéndose en un compromiso de
apostolado eclesial. De este grupo selecto, Don Bosco invita a algunas a practicar una regla de vida en
común con el propósito de consagrarse a Dios como religiosas. La fundación sucede el 5 de agosto del
1872 fiesta de Nuestra Señora de las Nieves, una real prolongación de la Basílica de Turín, hecha de
piedras vivas. En Don Bosco el culto a María se hace vida, se concretiza colaborando en realización
del Reino de Dios por medio de la educación. La Basílica de María Auxiliadora, da gloria a Dios por las
maravillas realizadas en María. El Instituto de las Hijas de María Auxiliadora da gloria a Dios haciendo
memoria viva en sus miembros de la presencia viva de María en su vida de consagración y
apostolado. En el contexto de las numerosas congregaciones religiosas nacidas en el siglo XIX, la
nuestra lleva el sello de reconocimiento y gratitud, como “monumento vivo”. Por eso desde los
orígenes el sello mariano no puede disociarse de su apostolado y misión. En la obra de configuración
con Cristo, meta de la educación cristiana, María tiene de hecho un papel insustituible, subordinado
desde luego al de Cristo. María no sólo ha estado presente en el inicio del Instituto, sino sigue
presente en la realización del trabajo apostólico y pastoral que el Instituto desempeña, trabajando por
formar a Cristo en el corazón de las y los jóvenes con quienes trabajamos.
Frente a las dificultades que hoy experimentamos en el campo educativo, muchas veces tenemos la
sensación de estar ante retos imposibles como Juanito Bosco. Señalamos en nuestra Planeación los
que nos parecen más significativos y que responden no sólo a la nuestra realidad, sino que son
sentidos a nivel global:
• Reafirmar la fe y la primacía de Dios ante el postmodernismo y esoterismo actual.
• Formar en el protagonismo laical para construir comunidades eclesiales significativas.
• Ayudar a formarse una identidad y un proyecto de vida que responda a la necesidad de sentido.
• Apoyar para una vida familiar amorosa y responsable frente a la desintegración y fragmentación que
vivimos.
• Preparar para una ciudadanía responsable y ética.
6. GOZOS
7. RECORDAR LA FLORECILLA DEL DIA
8. BENDICIÓN Y CANTO FINAL
DIA OCTAVO
1. SALUDO Y MOTIVACIÓN
2. CANTO
3. ORACIÓN INICIAL
4. TEMA DE REFLEXIÓN:
SECRETOS PARA OBTENER TRIUNFOS: REVELADOS POR LA VIRGEN EN EL SUEÑO DEL
ROSAL
Cuenta Don Bosco: “Un día del año 1847 se me apareció la Reina del Cielo y me condujo a un jardín
encantador; era un inmenso rosal. Para no dañar las rosas me quité los zapatos, y empecé a andar.
Pero las rosas tenían terribles espinas que me destrozaban los pies. Viendo que no podría continuar
así, Nuestra Señora me aconsejó que me volviera a poner el calzado. Así lo hice. Muchas personas
me seguían, pero apenas empezaban a sentir las fuertes punzadas de las rosas, se devolvían. Había
rosas a la derecha, a la izquierda, en el suelo, y sobre la cabeza de los que caminábamos. Pero todas
con espinas muy agudas y algunas nos daban punzadas tan terribles que producían espasmos. La
gente desde la orilla del rosal decía: “Mire qué sabroso viaja Don Bosco: caminando sobre rosas y todo
es fácil para él”, pero 28 no sabían qué tan dolorosos pinchazos estaba yo sintiendo en los pies, en la
cabeza, en los brazos y en las espaldas. Muchos religiosos que me habían seguido, al sentir tantos
dolores exclamaban: “Nos engañaron, esto es muy duro”. Y yo les contestaba: “el que sólo desea
gozar, sin sufrir, que se devuelva. Pero los que desean triunfos a costa del propio sufrimiento, que me
sigan”. Muchos abandonaron la vía y se devolvieron. Algunos me seguían todavía. De vez en cuando
alguien se desanimaba y se devolvía, pero unos cuantos valientes seguían por el camino de rosas
aguantando las dolorosas heridas. Al final nos encontramos en un precioso jardín. Todos íbamos
heridos, sudorosos y sangrantes. Pero luego sopló un suave viento y quedamos curados. Vi que los
que me acompañaban pertenecían a muchas naciones y muchas razas. Luego llegamos a un edificio
de una hermosura inenarrable. Allí nos esperaba la Virgen María, la cual nos dio esta explicación: El
rosal es el camino que debe seguir quien se dedica a educar la juventud. Las espinas son los muchos
sufrimientos que hay que soportar para poder educar bien: Las rosas significan que para ser buen
educador hay que tener mucha caridad. El ponerse el calzado para atravesar el rosal significa que hay
que usar el “calzado de la mortificación”. Mortificar las simpatías y las antipatías. Porque quien se deja
llevar de las simpatías o antipatías paraliza su apostolado y no logra conseguir los debidos frutos para
la vida eterna”. “Hay que recordar a todos que después de un poco de tiempo de sufrimientos
educando a la juventud, se llegará a la Casa del Padre en el Cielo, donde cada uno recibirá su premio,
según hayan sido sus obras”. “Con mucha caridad y mucha mortificación se llegará al cielo, en donde
ya no habrá sino rosas, sin espinas”. “Apenas la Santísima Virgen terminó de hablar, me desperté”. MB
3,32.
ESTE SUEÑO LO TUVO DON BOSCO EN UNA ÉPOCA MUY DURA PARA ÉL: Ya llevaba seis años
tratando de conseguir colaboradores para educar a sus jóvenes, pero todos se le iban: sacerdotes,
seminaristas, profesores: todos se cansaban: la vida del Oratorio de Don Bosco era muy dura: la
comida mala. El trabajo mucho. La pobreza grande, y los jovencitos, por ser de las clases más
abandonadas, eran toscos y groseros (sobre todo al principio). Pero desde que la Virgen le hizo las
revelaciones de este Sueño, ya Don Bosco aprendió el REMEDIO PARA OBTENER TRIUNFOS:
recordar sin cesar a sus colaboradores el gran premio que les esperaba en el cielo. “Un pedacito de
cielo lo arregla todo” le había dicho San Benito Cotolengo. Y a base de hacer presente el futuro
maravilloso que les esperaba en la eternidad, se fue consiguiendo colaboradores fijos, que a pesar de
tantas espinas de la vida, perseveraron en su compañía y llegaron a formar la poderosa Comunidad
Salesiana, que tantos jóvenes educa en el mundo. Las espinas no han dejado de atormentar, pero la
esperanza en el Reino Eterno del Cielo tampoco ha perdido su fuerza maravillosa de animación.
5. GOZOS
6. RECORDAR LA FLORECILLA DEL DIA
7. BENDICIÓN Y CANTO FINAL
DIA NOVENO
1. SALUDO Y MOTIVACIÓN
2. CANTO
3. ORACIÓN INICIAL
4. TEMA DE REFLEXIÓN:
El 24 de mayo celebramos la advocación de María Auxiliadora, y durante toda esta semana se reza su
novena. ¿Conoces los increíbles milagros que ayudaron a san Juan Bosco a impulsar esta
devoción? Aquí te los contamos.
Era el año 1862, y cuentan la Memorias de san Juan Bosco que este santo decidió que debía construir
una iglesia en honor a la Virgen y que esta debía llevar el título de María Auxiliadora.
Don Bosco le dice a una persona cercana, “la Virgen quiere que la honremos con el título de María
Auxiliadora: corren unos tiempos tan tristes que ciertamente necesitamos que la Santísima Virgen nos
auxilie para conservar y defender la fe cristiana”.
Sin embargo, faltaban los fondos para la construcción y el santo reconocía: “No tengo un céntimo, no
sé de dónde sacaré el dinero, pero eso no importa. Si Dios la quiere, se hará. Yo lo intentaré y, si no
se hace, que la vergüenza del fracaso sea toda para don Bosco”. (Memorias de san Juan Bosco, Tomo VII, p. 288).
Pues el primer problema del santo fue encontrar el dinero para construir la iglesia. Al comienzo hubo
varias personas acomodadas que quisieron colaborar con la construcción del templo pero con el
tiempo cambiaron de parecer. Con los trabajos de excavación ya iniciados, don Bosco comenzó a
estar en aprietos.
“De pronto, con motivo del sagrado ministerio, don Bosco fue llamado al lecho de una persona
gravemente enferma. Estaba en cama imposibilitada desde hacía tres meses, aquejada de tos y de
fiebre, con grave debilidad de estómago.
-Si yo pudiese, comenzó a decir, recuperarme un poco, estaría dispuesta a cualquier rezo, o cualquier
sacrificio; sería para mí una señalada gracia si tan sólo pudiese levantarme de la cama.
– Durante nueve días rece tres padrenuestros, avemarías y glorias al Santísimo Sacramento con
tres salves a la bienaventurada Virgen María.
– Si le parece bien y si consigue una verdadera mejoría, haga una ofrenda para la iglesia de María
Auxiliadora que se está edificando en Valdocco.
– Sí, sí, con mucho gusto. Si durante esta novena consigo solamente poderme levantar de la cama y
dar unos pasos por esta habitación, haré un donativo para la iglesia de que me habla.
Empezó la novena y estábamos ya en el último día. Don Bosco debía entregar aquella tarde no menos
de mil liras a los obreros. Fue a visitar a la enferma. Abrióle la doncella y con gran gozo le anunció que
su señora se encontraba perfectamente curada; había dado ya dos paseos y había ido a la iglesia
para dar gracias al Señor.
Mientras la criada le contaba rápidamente todo aquello, salió jubilosa la misma señora, exclamando:
– Estoy curada, ya he ido a dar gracias a la Virgen Santísima; tenga el paquete que le he preparado.
Esta es la primera limosna, pero ciertamente no será la última.” (Memorias de san Juan Bosco, Tomo VII, p. 402-403)
Las obras del templo a María Auxiliadora continuaban pero también los apremios para financiarla. Un
mediodía en que don Bosco paseaba por el municipio pensando cómo podría reunir el dinero que
necesitaba con urgencia para costear una obra.
Entonces pronto lo abordó una mujer, le dijo que necesitaba su ayuda y señaló hacia un palacio. Con
presteza el santo la siguió. Al llegar al palacio lo recibió una señora afligida y en llanto pidiendo por la
salud de su marido. La mujer enfatizó: “yo hubiera querido que me obtuviese de María Auxiliadora
la curación de mi marido; habría hecho cualquier cosa por su iglesia, pero ya es demasiado tarde;
está en las últimas”.
Resignada a su pronta muerte le dijo que los médicos lo habían visto y no encontraban solución. Y se
dio el siguiente diálogo:
– ¿Asistió también la Virgen?, preguntó don Bosco. Si Ella no estaba, la consulta era
incompleta, porque faltaba el médico de cabecera. ¿Qué enfermedad tiene?
-La enfermedad presentó diversas formas, hasta que, desde hace varios meses, degeneró en
hidropesía [acumulación anormal de líquido, probable síntoma de otra enfermedad]; le operaron varias
veces y de nuevo está tan hinchado que da lástima; pero los médicos no se atreven a tocarlo, porque,
según dicen, no soportaría ninguna operación.
-Bueno, si ustedes están decididos a ayudar a la Virgen en un asunto, yo probaré a ver si la Virgen
cura a su marido.
-Con mucho gusto; ¡lo que sea! Pocos minutos después entraba don Bosco en una habitación, donde
encontró en el lecho a un señor de edad algo avanzada, el cual, al verlo, exclamó contento:
-¡Don Bosco! Si usted supiera cuánto necesito sus oraciones. Sólo usted puede sacarme de esta
cama.
–Tres años, tres largos años en los que sufro horriblemente; no puedo hacer el menor
movimiento y los médicos ya no me dan esperanzas de curación.
-Si usted está de acuerdo con su señora, lo dará hoy mismo con sus piernas y en su coche.
-Si yo pudiera obtener un pequeño alivio al menos, haría con gusto cualquier cosa por sus obras.
-Vea, señor; el momento sería verdaderamente propicio: necesito ahora mismo tres mil liras.
-Pues bien, obténgame solamente un poco de alivio a mis males y yo procuraré contentarle para fin de
año.
-Esta tarde, esta tarde. . . y ¿dónde encontrarlas? Tres mil liras no se tienen siempre a mano. Hay que
ir al Banco Nacional. . . cambiar papel del Estado…
-¿Quién?
-¡Usted!
Hizo don Bosco reunir en la habitación a todas las personas de la casa, unos treinta, comprendido el
servicio, y les invitó a recitar oraciones especiales a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora,
Y don Bosco la calmó: -Esté tranquila que no se muere; su cuerpo ha vuelto a la normalidad”. (Memorias
de san Juan Bosco, Tomo VIII, p. 434-436).
Estos son solo dos extraordinarios relatos de curaciones milagrosas obradas mediante la novena de
María Auxiliadora. Pero a través de los incontables prodigios que Dios concedió a través de esta
advocación mariana, san Juan Bosco pudo terminar el templo en su nombre. Hoy es la
imponente Basílica de María Auxiliadora en Turín.
5. GOZOS
6. RECORDAR LA FLORECILLA DEL DIA
7. BENDICIÓN Y CANTO FINAL