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Un Amor de Emergencia - Aitor Ferrer

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Primera edición.

Un amor de emergencia.
©Aitor Ferrer
©Abril, 2021.
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser
reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o
transmitida por, un sistema de recuperación de información, en
ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico,
fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por
fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito
del autor.
ÍNDICE
Dedicatoria
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Epílogo
Mis redes sociales
Dedicatoria

Con este libro, quiero dar las agracias a todas esas lectoras
que, día a día, están al otro lado de una pantalla apoyándome,
dándome los buenos días, y haciendo que nunca se me borre
la sonrisa. Ellas son “Las chicas de la Tribu”.

Gracias, por tanto, preciosas.

A veces, en este tipo de grupos, suceden cosas de las que el


resto no son conscientes hasta que ocurren. ¿Será esta una de
ellas?

Puede que sí, puede que no, pero te invito a leer esta historia
que, estoy seguro, te llegará al corazón.

Aitor Ferrer
Prólogo

Cuando conoces a esa persona de la que te enamoras, te hace


sentir completo, que todo lo tienes, que seréis felices para
siempre, que, como dicen en los cuentos, comeréis perdices, y
llegado el momento de afianzar la relación lo haces.

Te lanzas a la piscina, compras el anillo más bonito que has


visto en tu vida, te arrodillas después de una cena en plan
sorpresa y haces la pregunta que cambiará tu vida y la de esa
persona, para siempre.

—Celia. ¿Quieres casarte conmigo?

Esa, esa fue la pregunta que, cuando tenía treinta y un años,


cambió mi vida.

Celia y yo nos casamos un año después, con la ilusión de


sabernos enamorados el uno del otro, con el amor flotando en
el aire y las ganas de formar una familia.

Eso, al menos, es lo que yo pensaba.


Siempre nos había ido bien, desde que nos conocimos ya no
pudimos volver a separarnos, en palabras de nuestros amigos,
éramos la pareja más envidiada del grupo.

La boda fue preciosa, la luna de miel donde ella siempre había


soñado, Holanda, la casa que compramos, la de sus sueños…

Todo era idílico, aquello que imaginé cuando me decidí,


después de algún tiempo juntos, era lo que quería.

Y a ella, a Celia la amaba como nunca antes había hecho y, si


soy sincero, como nunca haré.

Sí, la amaba, porque, cuando supe lo que me ocultaba, el golpe


que recibí fue tan grande que dejé de hacerlo.

Vale, nadie deja de amar a otra persona de la noche a la


mañana, por mucho que lo intentes, pero con el paso de los
días, ese amor quedó en el rincón en el que ella lo dejó mucho
antes, puesto que yo la quise hasta el último momento que
estuvimos juntos.

Llevo años ejerciendo como médico de urgencias y aquella


noche salí de mi turno antes de tiempo.

Cuando llegaba a nuestra casa, no me podía creer lo que veía.


Mi mujer, mi Celia, una calle antes, besándose con otro,
apoyados en un coche.

Ni qué decir tiene que no llegué a casa, no en ese momento.

Me fui al piso de un compañero que, por aquel entonces, vivía


cerca de donde trabajábamos, tenía copia de sus llaves porque
solía quedarme allí cuando acabábamos un turno y había que
hacer otro de seguido.

Esa noche necesitaba estar solo y pensar qué era lo que podría
haber pasado entre mi mujer y yo, para que estuviera con otro.

A día de hoy, esa pregunta me la sigo haciendo.

Seis años de casados a la basura y otros tantos de novios,


porque decidió dejarme por ese hombre, que resultó ser un
compañero del banco donde trabajaba.

Creía que ella era el gran amor de mi vida, la mujer con la que
formaría una familia y llegaríamos a ser un par de ancianos
rodeados de nietos.

Qué ilusa puede llegar a ser la gente por amor.

Cuando nos divorciamos me compré una casa, fue en ese


momento y no antes, cuando comencé a asimilarlo todo y
empezar a sobrellevarlo.
Me gustó la casa en cuanto la vi, era adosada y con un
pequeño jardín donde podría disfrutar de una de mis pasiones,
los libros, y garaje.

Pero no me vine solo, mi hermana Judith, una psicóloga diez


años menor que yo, se compró la casa de al lado, pasando a ser
mi vecina, así que vivimos puerta con puerta.

Cuando le enseñé la casa que iba a comprar, ella se enamoró y


dijo que quería otra, así que nos lanzamos a la aventura los
dos, de ese modo no me sentiría tan solo, siendo realista. Y es
que, Judith, además de mi hermana, siempre ha sido mi mejor
amiga, a pesar de la diferencia de edad.

Podríamos haber seguido viviendo con Lidia, nuestra madre,


puesto que ella estaba sola desde que murió nuestro padre
cuando nosotros éramos pequeños, pero tanto Judith como yo,
queríamos esa independencia y no darle disgustos ni
quebraderos de cabeza, no más de los necesarios.

Además, mi madre tiene su vida, sus amistades y esos viajes


que planean y visitan lo que quieren.

Con la pensión que le quedó de nuestro padre, que era juez, se


mantiene y vive bien, eso sí, desde que nos compramos la
casa, solemos cenar todos juntos alguna noche en casa de mi
hermana o en la mía, y ella se queda en la que toque a dormir,
nos echa de menos y es normal, siempre seremos sus
polluelos.

Hacía dos años de aquello, de la separación de mi mujer, esa a


la que tanto quise y por la que di siempre mi vida.

Con ella lo tenía todo, lo quería todo y sabía que me costaría


volver a sentir una conexión tan fuerte como la que tuve con
ella.

Mi hermana solía preguntarme si me dolía pensar en mi ex


mujer. Claro que dolía.

Habían sido muchos años juntos, años en los que lo último que
sentía al acostarme eran sus labios sobre los míos con ese beso
de buenas noches que, durante semanas, tal vez meses, tanto
extrañé.

Dolía, porque nunca había concebido una sola mañana sin ella
a mi lado, sin nuestros desayunos entre risas, quedar para
comer cuando yo no tenía turno, pasar un sábado en el centro
comercial de tiendas, en el cine o cenando en nuestro
restaurante favorito, ese en el que le pedí matrimonio y al que
no volví a ir tras el divorcio.

Y, dolía, porque cuando supe que aquello era real, que la había
perdido sin saber por qué, decidí que era hora de dejar todo
atrás, todo lo que me recordara a ella, y hasta cambié mis
cuentas a otro banco.

El simple hecho de ir por allí y verla a ella, o a los dos, era


insoportable.

Habían pasado dos años de mi divorcio, dos años en los que


mi madre y mi hermana fueron mis pilares, esos que me
sostenían cuando ni yo mismo me soportaba.

Fueron ellas las que me levantaban el ánimo y me obligaban a


salir, las que dejaban todo por mí, sus noches de cenas con
amigas, sus viajes, sus días libres. Todo.

Dos años, quién lo diría cuando a mí me parecía que apenas


hubieran pasado unos meses.

Pero estaba superado, de eso no me cabía la menor duda, el


dolor de la pérdida se acabó, igual que para ella se acabó aquel
amor que una vez sintió por mí.

En este tiempo había conseguido recomponerme y me


dedicaba en cuerpo y alma a mi trabajo, a hacer aquello que
siempre quise, ser médico.

Tal vez haya quien pueda decir que soy un sensiblero, que no
es de hombres llorar. Pero, ¿acaso no tenemos los hombres
también un corazón que bombea y late? Por supuesto que sí, y
es ese, el corazón de toda persona, el que más sufre el dolor de
saber que se ha amado a alguien con toda la fuerza de uno, y
mil latidos, y descubre que, para la otra parte, ese sentimiento
se acabó, en el tiempo exacto que dura el aleteo de una
mariposa.

Como he dicho, una de mis pasiones son los libros, la otra es


el cine, y en lo que respecta al amor, esta es una de las
mayores verdades que he leído nunca:

«Amor es cuando la felicidad de la otra persona es más


importante que la tuya. - H. Jackson Brown, Jr. -»
Capítulo 1

—Mujer, treinta y cuatro años, accidente de coche, no


responde a los estímulos, pero tiene las constantes vitales
estables.

—Vamos para quirófano —dije, mientras pedía a otro


compañero que avisara a mi equipo.

Traumatismo craneoencefálico, un brazo roto, pero lo peor era


el golpe en la cabeza que la mantenía inconsciente.

Una vez que se le trató todo, se la llevaron para cuidados


intensivos, así que mandé a que localizaran a su familia, tenían
sus datos, se llamaba Ruth.

La mañana se me pasó volando y cuando me di cuenta ya era


la hora de irme, era lo que tenía trabajar en urgencias, que no
parabas, además, yo era el jefe con lo cual era hacer de todo,
menos estar cruzado de brazos.
Salí de allí y me dirigí a ver a mi vecina, o sea, a mi hermana,
había salido temprano de trabajar y me dijo que estaba
preparando un buen pescado al horno, así que no me pude
resistir.

—Hermano, te juro que hoy por poco me da un soponcio.

—¿Qué te pasó?

—Me vino a la consulta Pedro.

—¿Tu ex?

—Ese mismo… —Volteó los ojos.

—¿Y qué quería?

—Una sesión —soltó una carcajada.

—¿No me digas?

—Así mismo, total que le di una cita para la semana que viene
en la que me contará sus penas, por lo visto su novia lo dejó,
así que me toca hacer de hombro donde llorar.

—Madre mía, para lo que hemos quedado.


—Yo, ni que tú lo tuvieras que atender —reía.

—También es verdad.

—¿Y tu día que tal?

—Pues mira, lo mismo de siempre, accidentes, cólicos y


demás.

—¡Viva la monotonía! —exclamó y me sacó una risa.

Descorché una de las botellas de vino blanco que tenía mi


hermana, en una especie de bodega en el cuarto de la despensa
de la cocina, yo tenía otra y tampoco me faltaban, en eso
habíamos salido iguales.

Tras una comida y una sobremesa en la que no faltó nuestras


charlas literarias, me fui para mi casa a descansar un rato,
estaba agotado, necesitaba mi horita de sofá y desconexión del
mundo.

Y eso era vida…

La tarde también se me pasó en un abrir y cerrar de ojos, entre


la siesta, salir a correr, ducha, cena y leer, cuando me di cuenta
ya estaba roncando.
Como cada mañana me tomé un café antes de salir para
urgencias, mi turno era de ocho a tres de lunes a viernes, por lo
que los fines de semana eran míos, aquellos en los que la
tranquilidad volvía a mi vida.

Llegué y pasé consulta a los de cuidados intensivos.

—Tenemos un problema con esa chica —me hizo un gesto,


señalando a Ruth, la chica del accidente.

—¿Qué pasa?

—Despertó a media madrugada y dice que se quiere ir, pero no


se acuerda ni de su nombre y a los familiares no se los ha
localizado.

—Déjamela a mí.

Me despedí del compañero del otro turno y me dirigí hacia


ella.

—Hola, Ruth.

—Me llamo Isabel Pantoja.


—Pues un placer, Isabel, yo me llamo Julián Muñoz —aguanté
de reírme.

—¿Qué quieres? Lo nuestro se acabó —dijo en tono


despectivo y mirándome de forma desconfiada.

—No, no se terminó, estás en el hospital y hasta que yo no


tenga claro que estás bien, no vas a salir.

—A mí no me hables así que te doy una hostia y sales por la


ventana.

—Pero una, a la segunda estás sedada y durmiendo hasta que


te levantes sin tanto ímpetu.

—Será chulo…

—Mucho. ¿No recuerdas nada?

—¿De usted?

—Pues no sé —solté el aire—. A ver. ¿Familia? ¿Trabajo?

—Ni que fueras la policía.

—También lo soy —bromeé, sin dar señal de ello.


—Joder qué buen partido. ¿Quieres una cita conmigo?

—Mira, te llamas Ruth y has tenido un accidente de coche —


obvié la pregunta.

—¿Tengo coche?

—Imagino, se supone que ibas al volante.

—¿Y dónde está aparcado? ¿Y las llaves?

—Está en el depósito de la policía, imagino que podrás ir a


retirarlo, lo que no sé en qué circunstancias te lo encontrarás,
de todas formas, te repito que no voy a permitir que salgas de
aquí hasta tenerlo claro.

—Yo me piro de aquí, pero ya, te lo aviso.

—A mí no me tienes que avisar de nada y lo mejor sería que te


mantuvieras en calma.

—Claro, tú quieres que yo me quede para conceder una


exclusiva de que me tienes aquí.

—Menos mal que te vas enterando de algo —bromeé.


—Una cosa Julián, a mí me han puesto de desayunar una
mierda de desayuno y yo quiero una napolitana rellena de
chocolate.

—Y yo una caja de Ferrero Rocher, ahora los pido por


AliExpress.

—¿Llega rápido?

Ya me tuve que reír y se me quedó mirando con cara de no


haberle hecho gracia que lo hiciera.

—¿Me has engañado?

—No, ahora voy a hacer que alguien te traiga una Napolitana.

—Y un libro, que me aburro.

—¿Lo ves?, eso me gusta más, pero tendrás que esperarte


hasta mañana y te prometo que te traigo un libro, tengo
cientos, así que dime que genero quieres.

—Quiero uno de cualquiera de los autores de, La Tribu.

—¿La Tribu? ¿Quiénes son esos?


—Si no lo has leído, es que no entiendes de literatura ni de
nada.

—Ajá, luego investigo —le hice un guiño—. Ahora te traerán


la Napolitana.

—Y un batido de chocolate. ¿Usted cree en Dios?

—Claro.

—Pues él, se lo pagará todo.

Salí de allí y le pedí a un compañero que iba para la cafetería


que me comprara una Napolitana y un batido de chocolate.

Me puse a investigar lo de “La tribu” y pedí solicitud en el


grupo, me aceptaron e incluso me dieron la bienvenida, de ahí
miré los contactos y encontré a Ruth, pero tenía todo tan
privatizado que ni los amigos, post, ni nada se podía ver, solo
su foto de perfil, pero ni siquiera los comentarios.

Me chocaba mucho que se acordaba de cosas, pero nada que


ver con su vida personal.

—Aquí tienes lo pedido, por cierto, investigué en Facebook


sobre “La Tribu” y había un grupo, así que pedí solicitud, me
aceptaron y mira por donde ya sé qué autores la componen,
pero son de romántica y por ahora no leí de ese género.

—Pues con Aitor, me llevo genial y todos me encantan como


escriben.

—¿Y qué hacías tú cuando hablabas con Aitor? ¿Dónde


estabas?

—Yo que sé, imagino que por el móvil —nada, solo se


acordaba de lo de fuera—. Por cierto, qué rica esta Napolitana.
¿Me traerás mañana otra?

—Claro —sonreí negando, vamos, que era normal que mis


compañeros dijeran que era el curita del hospital.

La dejé desayunando, terminé de trabajar esa mañana y me fui


directo a comer a casa de mi madre, pues me había dicho que
nos había hecho a Judith y a mí, unas costillas en salsa que le
salían de vicio.

Y tan de vicio, que aquello olía con solo abrir la puerta de la


casa.

Mi madre me comió a besos e hizo que la cogiera en brazos,


era tremenda, tenía una agilidad y una vitalidad, que ya la
quisiera yo cuando llegase a sus sesenta y cinco años.
Mi hermana le contó lo del ex y lo que nos reímos fue poco,
solo con la forma de explicarlo y esos gestos de cara, era para
echarse a llorar de la risa.

Salí de allí casi a las siete de la tarde y es que ir a ver a mi


madre tenía eso, sabía cuándo entrabas, pero no cuando salías.
Capítulo 2

No podía dejar de pensar en ese caso que teníamos en el


hospital, el de Ruth.

Me tenía de lo más desconcertado, así que volví a mirar en su


cuenta de Facebook, pero nada, no había manera de poder ver
algo.

Solo me quedaba una opción, y esperaba que no me tildaran de


loco al haber hecho semejante cosa.

Como ya era un miembro más de ese grupo que me había


mencionado Ruth, abrí mi aplicación de Messenger y le mandé
un mensaje de audio a Aitor. Esperaba que fuera un tío
simpático, al menos, y que me pudiera ayudar.

—Hola, Aitor, buenas tardes. Lo primero, disculpa que me


atreva a mandarte esto, soy nuevo en el grupo de La Tribu y es
que…
Corté, porque parecía gilipollas sin saber qué decir. Vamos, a
mis cuarenta años, había que joderse. Al menos no lo había
leído aún, eso que me salvaba.

Pues nada, a empezar de nuevo.

—Aitor, disculpa el corte de antes. Soy el doctor Mario San


Sebastián. Verás, como decía, soy nuevo en el grupo y el
motivo de contactar contigo es porque tengo en urgencias a
una chica que tuvo un accidente y, como me dijo, forma parte
del grupo y os sigue a todos. Me comentó que hablaba mucho
contigo, por eso mi atrevimiento a esto. He mirado su perfil,
pero está privatizado y no encuentro nada de ella. La policía
tiene un domicilio inexistente y no sé qué hacer. Si pudieras
ayudarme, estaría muy agradecido.

Enviado, ahora a esperar que me contestara.

Me preparé un café, salí al jardín a tomarlo y en cuanto me


senté, sonó mi teléfono. Si digo que me quedé alucinado
cuando vi el nombre de Aitor en la pantalla, no exagero.

—Buenas tardes, Aitor —saludé cordialmente.

—Hola, Mario. Me has dejado preocupado con ese mensaje.


En el grupo tenemos muchas chicas y, hablando con algunos
de los compañeros autores, estamos todos en shock. ¿De quién
se trata?
—Es Ruth.

—Te juro que me acabas de dejar de piedra por completo —se


le notaba preocupado de verdad—. Hablé con ella hace un par
de días. ¿Cuándo tuvo el accidente?

—Nos la trajeron ayer, y el problema es que se despertó sin


saber ni su nombre, decía que era Isabel Pantoja —Aitor soltó
una carcajada al otro lado.

—Es ella, sin duda. No Isabel, me refiero, sino Ruth. Es muy


graciosa, pero también muy buena niña. Yo tengo su dirección,
de los sorteos que hemos hecho en el grupo, lo habrás visto,
ahora mismo hay un par de ellos activos, de cuando le he
mandado algún ejemplar. Hablo con ella y sé que vive sola,
trabaja online desde casa para una empresa a la que le lleva las
redes sociales. Luego te mando algunas fotos que tiene en el
perfil, está en su casa, sola o con gente, así puedes
enseñárselas para ver si recuerda algo.

—Claro, eso me vendrá genial. Muchas gracias.

—De nada, y, por favor, manténteme informado para poder ir


contándole a los compañeros. Cualquier cosa que necesites,
me dices.
—Por supuesto. Lo que quería pedirte es, si puedes enviarme
algunos libros para ella, y si pudiera ser uno tuyo dedicado, se
lo prometí —sonreí—. Yo te los pago, obviamente.

—No hay nada que pagar, hombre, es para nuestra niña, que
está convaleciente. Yo te los mando.

Le di mi dirección, quedamos en mantenernos en contacto y


entré para casa a preparar la cena.

No tardó en sonar la notificación de mensaje y al abrir


encontré varias fotos de Ruth, que acababa de enviarme Aitor.

Le escribí para darle las gracias y decirle, una vez más, que le
mantendría al tanto de las novedades.

Cené viendo un documental de medicina, cuando acabé me


puse a leer un rato y entonces recordé el grupo del que ahora
yo también era miembro.

Dejé el libro en la mesa, cogí la Tablet y entré en Facebook


para echar un vistazo rápido.

Me reí al ver que, post en el que entraba, post que empezaba


con un tema de conversación y acababa en otro diferente,
normalmente, de comida,
entre las chicas y algunos de los autores que interactuaban en
los posts. Se reían diciendo que de ahí sacaban varias opciones
de menú para toda la semana.

La verdad es que se lo pasaban bien el tiempo que estaban ahí,


no faltaban gifs de todo tipo, sobre todo, esos de los que se ve
que se ríen a carcajadas.

Me dio buena sensación el grupo, eran personas de diferentes


partes del mapa, tanto de España como del otro lado del
charco, con dos cosas en común, la literatura y el buen sentido
del humor que tenían todos y cada uno de ellos.

Muchos de esos posts eran de chistes a cuál, más malo, pero de


los que te hacen reír quieras o no.

Parecía que cuando alguien del grupo, ya fuera uno de los once
autores, entre los que había chicos y chicas, o una de las niñas,
como solían llamarlas ellos, ponía un chiste malo, la mañana
iba de esa temática, o el día entero, porque se podía ir de un
post a otro leyendo chistes.

Yo estaba ahí como en la sombra, sin interactuar por el


momento, pero se podía ver el buen rollo que había entre
todos.

Si alguna de las niñas comentaba en un post que tenía un mal


día, enseguida se ponían las demás a comentar para animarla,
incluso los autores también hacían porque su día se volviera un
poco mejor.
Me gustó mucho ser consciente de que, en ese grupo, llevaban
eso de ponerse una sonrisa cada mañana por bandera.

En ese momento me saltó una notificación de que habían


subido una imagen al grupo.

Fui a verlo y era de Marcos, uno de esos chistes gráficos en el


que no tardaron de empezar a reaccionar y comentar.

Me reía no solo por el chiste, sino por cada comentario que iba
apareciendo.

Desde luego, ese grupo era como una terapia, tendría que
hablarle a mi hermana de él, por si le picaba la curiosidad de
leer a los autores y pasar un rato de risas con esas chicas que,
por lo que ellas mismas decían, eran unas loquillas de lo más
sanas.

Vi que en el grupo habían creado un álbum con las novelas de


cada autor, así que eché un vistazo y había muchísimas, una
gran variedad para escoger.

Ya me estaba picando el gusanillo y al final me veía leyendo


novela romántica, aunque hiciera tiempo que dejé de creer en
el amor de verdad, pero bueno, siempre me consideré un lector
empedernido y, quién sabe, igual me acababa aficionando a
esos libros.
Vi que en el post que puso Dylan para darme la bienvenida
habían comentado muchas de las chicas, y algunas me hicieron
reír con eso de que ya tenían un chico más en el rebaño.

Cuando me quise dar cuenta, eran casi las doce de la noche,


apagué la Tablet y entendí a las chicas cuando decían que
entrar ahí era adictivo, se te iban las horas volando y acababas
con dolor de tanto reír.

Por lo que había visto en algunos posts, había alguna que otra
que había tenido un pequeño percance en la cocina con la
comida o la cena.

Eso me dejó en claro que no se me ocurriera poner aceite en


un sartén al fuego y olvidarme de él mientras leía lo que se le
ocurría a ese grupo.

Me fui a la cama y pensé en Ruth, en que ojalá al ver esas


fotos que me había mandado Aitor, empezara a recordar.
Capítulo 3

Con el café en mano y recordando esa conversación que había


tenido con ese escritor que me pareció de lo más buen hombre.

Tenía fotos que me había pasado y que yo no dejaba de mirar,


no sé por qué, pero con Ruth había empatizado mucho y hasta
con esa Tribu en la que chismeé unos cuantos posts y te hacían
llorar a carcajadas.

Llegué al trabajo y antes de entrar compré un batido y una


Napolitana en la cafetería, me daba lástima de que nadie
pudiera estar visitándola, pero joder, es que no se acordaba de
lo más mínimo.

Revisé todo lo que me habían dejado anotado y entré a ver a


Ruth, que ya la había traslado a planta y estaba sola en una
habitación.

—Julián, no veas lo que lo eché de menos ayer.


—¿No me digas? —sonreí, arqueando la ceja, algo malo me
iba a soltar.

—Desde luego que poco amor a tu trabajo, en vez de quedarte


aquí a mi lado hasta que me recupere. Tener exnovios para
esto…

—Bueno, para que me perdones te traigo tu desayuno favorito.

—Por tu culpa se me va a poner el azúcar por las nubes —le


dio tal bocado, que se llevó media Napolitana.

—Traga bien, anda —reí negando. Le conté todo lo hablado


con Aitor y ella escuchaba mientras absorbía la bebida.

—¿Entonces eres amigo de uno de mis escritores favoritos?

—Casi —sonreí—. Mira esta foto tuya y a ver si recuerdas


quienes son las que están contigo.

—Vale —la miró—. Pues claro que sé quiénes son, la María


del Monte y su modista —dijo tan convencida y solo me faltó
persignarme.

Nada, que no quería recordar, que se había metido en el papel


de la tonadillera y de ahí no se la sacaba. Lo peor de todo es
que era muy joven para ella identificarse con esa artista, que,
si me dice Shakira, como que es más convincente.

Le dije que le había encargado el libro y que llegaría en breve,


nada de que Aitor le iba a mandar más y eso.

Esa mañana le hice varias visitas, la verdad es que me caía


genial y era preciosa, para que mentirnos, que alegraba a la
vista era obvio.

—Julián —al final se me quedaba ese nombre.

—Dime.

—¿Mañana me das el alta?

—Yo te lo daría, estás respondiendo bien, pero no mañana, al


menos dentro de un par de días, antes me gustaría localizar a
alguien que pueda estar pendiente a ti.

—Pues tú, Julián, que tienes todas las tardes libres —resopló,
causándome una carcajada de esas que se debió de escuchar en
los pasillos.

—Madre mía, qué mal te sentó el golpe.

—¿Qué golpe?
—Nada, nada —negué riendo.

Me despedí de ella hasta el día siguiente, por supuesto me


pidió que volviera con su desayuno VIP como ella lo llamaba.

Y eso fue lo que hice al día siguiente, volver con su desayuno


y la caja que me había enviado Aitor, el día anterior.

Se emocionó un montón, dentro contenía tres libros de él,


firmados y uno de mi parte, además me llegó por Amazon
Prime, un ejemplar de cada autor de La Tribu, eso
independientemente al paquete que le mandó él personalmente
y que aparte de las tres novelas, contenía una caja de
bombones y un paquete con muchas clases de gominolas.

No fue solo eso lo que pasó, por la habitación apareció una


chica que, tras pedir permiso para entrar, se fue hacia ella de lo
más emocionada y la abrazó.

—Ruth, te he buscado hasta en la cárcel —dijo la chica,


bromeando.

Pero no la reconoció, así que le pedí hablar con ella y salimos


al pasillo.

Se llamaba Ana y era amiga de Ruth, desde hacía muchos


años, cosa que me alegró pues ya comenzábamos a unir el
puzle.

Ruth no tenía familia y, por lo visto, tenía una historia bastante


triste de su vida, no me la quiso contar, pero me hizo
referencia como que ella, era su máximo apoyo en todo.

La casa donde vivía es la que había heredado de su padre antes


de morir, su madre lo hizo años atrás y vivía de su trabajo, que
no le iba nada mal, al menos para cubrir sus gastos y guardar
un poco tenía.

Bueno, de momento me dejaba más relajado que tuviese


alguien en su vida.

Ana había venido para quedarse, no la pensaba dejar sola y


más, cuando le conté que no recordaba nada.

Y no fue hasta tres días después que llegué con su desayuno


como siempre y también para Ana, que me encontré con que
ya recordaba casi todo, hasta del accidente, eso sí, el sentido
del humor no lo perdía, decía que yo sería su Julián para toda
la vida.

Al día siguiente le di el alta, le bromeé diciendo que la vería


por “La Tribu” y que esperaría a que me enviara una solicitud
de amistad. Me dijo que se lo pensaría, pero con su tono de
humor y haciéndose la interesante.
La verdad es que le había cogido mucho cariño, me había dado
tal panzada de reír esos días, que la verdad es que era de esas
pacientes que recordaría por mucho tiempo.

Estaba comiendo en casa cuando me llegó una solicitud de


amistad y era de ella, sonreí negando y viendo rápidamente su
muro, ese que había estado cerrado para mí, hasta ese
momento.

Era realmente preciosa, simpática, siempre con una sonrisa en


su rostro y se veía que no era fingido para la foto, era el reflejo
del estado que tenía en ese momento.

Lo demás eran todas publicaciones de los libros del grupo de


los escritores, le hacían hasta videos de lo más currado, eran
todas unas artistas unidas por las letras, me parecía algo
precioso.

Llamaron a mi puerta y era el pedido de libros que hice, uno


de cada autor, quería ver esa esencia de la que me hablaba
Ruth y esas historias que tanto la atrapaba.

El primero por el que me decanté fue por Aitor, se lo debía por


el trato que me había dado. Era sobre un rancho en Texas, me
llamó mucho la atención la portada y luego me encontré
sumergido en esa historia que para nada me esperaba, un
lenguaje de lo más coloquial, me chocaba, pero atrapaba,
además, al ser en primera persona, pues como que te metías
más en el personaje.
Me bebí esa misma tarde el libro, ni yo me lo podía creer, pero
la verdad es que había merecido la pena, me había quedado
encantado con esa otra parte de la literatura que yo no conocía,
pero que me había sorprendido mucho y para bien.

Le escribí un privado para comentarle mi sorpresa y felicitarlo


por hacer ese tipo de novelas tan amenas y que te hacen
desconectar del mundo, vamos, le dije que ahora entendía a las
chicas.

Estuvimos charlando un rato, y es que la verdad nos habíamos


caído bien, además me contó un poco como comenzó con esto
y como se fue forjando de compañeros que ya tenían La Tribu
montada y que lo acogieron como a uno más. Habían formado
toda una familia literaria donde sus chicas, las lectoras, eran el
motor del día a día.

Me pareció fascinante y, además, como había vivido esos días


lo del grupo, lo podía entender a la perfección y es que allí se
respiraba un vínculo muy fuerte.
Capítulo 4

Nada más llegar al hospital me tuve que poner la bata a toda


prisa para atender un trauma.

Se había producido un choque múltiple en la carretera y


comenzaban a llegar los heridos.

Las primeras horas de la mañana se me pasaron entre un


paciente y otro, algunos muy graves y con pronóstico nada
bueno, pero si yo tenía algo, es que era muy optimista con
cada persona que pasaba por mis manos.

Ver aquellos heridos me trajo a Ruth a la mente y, en cuanto


tuve un descanso para el café, me fui a la sala y le mandé un
mensaje.

Mario: Hola, Ruth. Solo quería saber cómo estás, si tienes


alguna dolencia, o síntoma que antes no tuvieras. Sufriste un
accidente bastante fuerte.
Cerré la aplicación, porque no pensaba que fuera a atenderme
en ese momento y me tomé el café.

Hasta que me entró un mensaje…

Ruth: ¡Hola! Pues muy bien, Julianín, se nota que eres buen
médico. ¿Tú, cómo estás?

Aquello de “Julianín”, me sacó una sonrisa, y es que ya lo


dijo, yo siempre sería Julián para ella.

Mario: Una mañana dura, no sé si te has enterado del choque


múltiple…

Ruth: ¿Están los heridos en tu hospital? Salieron en la


televisión, las imágenes… Bueno, algunos vehículos han
quedado directamente para desguace.

Mario: La gran mayoría sí, los hemos atendido aquí, otros


han sido trasladados a hospitales dónde están más
especializados en otras áreas.

Ruth: Ya imagino. Bueno, quitando eso, ¿tú estás bien?

Me gustó que se interesara por mí, que era una tontería, pero
oye, me había sacado otra sonrisa.
Le dije que sí y le comenté que había leído uno de los libros de
Aitor, y que estaba barajando cuál sería el siguiente.

No tardó en recomendármelos todos, sin excepción, pues decía


que cada autor ponía un poquito de su esencia en los libros,
esa chispa alocada, romántica o atrevida que tenían.

Ruth: Eso sí, no te quepa duda, que escriben con el corazón.

Y no me cabía duda, pues, como le dije a ella, Aitor me había


parecido un buen hombre.

Se me pasó el tiempo del café escribiéndome mensajes con


aquella mujer que, con su gracia y salero, había alborotado a
todo el personal de urgencias del hospital.

Me despedí diciéndole que, si algún día quería que


charláramos, me podía enviar un mensaje, ahora que me tenía
fichado con el Facebook, y quedó en hablarme.

No sabía si lo había hecho para que me callara, mandándome a


tomar viento fresco de manera sutil, pero no creía que fuera
ese el caso, puesto que, por lo que me había parecido mientras
charlábamos, yo debía caerle bien.

Regresé al trabajo y acabé afrontando el resto de mañana con


una sonrisa y una alegría, que no esperaba tener.
Ese debía ser el efecto Ruth, quien era lo más parecido a un
huracán que podías encontrar en la tierra.

Mi hermana me mandó un mensaje, decía que no le apetecía


cocinar y que se venía para mi casa, menos mal que en esos
casos me avisaba, así me pasaba por uno de sus restaurantes
favoritos y cogía la comida para llevar.

Cuando entré en mi casa, ya estaba ella poniendo la mesa. Sí,


tenía copia de mis llaves y yo de las suyas, por si alguna vez
nos pasaba algo que el otro pudiera entrar, no fuera a ser que
los bomberos tiraran la puerta abajo y, hasta que el seguro
pusiera otra, íbamos apañados.

—Huelo esa pasta desde aquí —sonrió.

—No creas que me apetecía cocinar a mí tampoco.

—Vaya dos, si mamá lo supiera…

—Le daba algo, así que, mejor que siga viviendo en la


ignorancia en cuanto a este tema se refiere.

—Menos mal que cuando viene a casa de alguno, cocina y


deja tuppers para toda la semana —dijo, mientras sacaba los
recipientes con la comida para ponerla en platos.
—El día que se vaya de viaje un año entero, la vamos a echar
de menos por la comida —reímos, pero es que era así, tal cual
lo había dicho yo.
Nos sentamos a la mesa y le hablé del grupo de La Tribu, se
quedó loca cuando le dije que estaba en él, que había entrado
para poder saber algo de una paciente que, tras el accidente, no
recordaba su nombre, pero eso sí.

—Yo quiero ver ese grupo —me cogió la Tablet cuando


íbamos a sentarnos en el salón, y entró con mi cuenta, como
tenía la sesión abierta no había tenido ningún problema.

Empezó a reírse y se acercó a mí para enseñarme algunos


comentarios que se estaban haciendo en un post de Dylan.

La verdad es que se lo pasaban de escándalo en ese grupo.

—Oye, pues esto está muy bien. A ver si me invitas a entrar.

—Ayer me leí un libro.

Le enseñé el del rancho de Texas de Aitor y dijo que iba a


leérselo, que cuando me acabara el siguiente se lo leería ella, y
así todos los que pasaran por mis manos.

Después del café, se fue para su casa, tenía algunos


expedientes que revisar de pacientes que le había pasado un
compañero y quería tenerlo acabado antes de la cena.
Me puse a preparar una ensalada de pasta para la cena y, a
media tarde, salí a correr un rato.

Llevaba música y los cascos conectados al móvil, así que


escuché que me llegaba una notificación de mensaje.

Me paré un momento para verlo y ahí estaba, el nombre de mi


paciente favorita.

Ruth: Buenas, casi noches, Julianín. ¿Qué hace el doctor más


simpático de la ciudad?

Reír como un idiota, al leer aquello. No se lo escribí, no era


tan idiota.

Mario: Corriendo un poco, ya de vuelta para casa.

Ruth: ¡Uf! Correr, ¡qué pereza! A eso no me invites nunca,


que no pienso aceptar.

Era aquello una indirecta para que la invitara a, ¿una copa, tal
vez? Bueno, mejor un café.

Mario: Vale, nada de invitarte a salir a correr, pero, ¿y, a un


café?
Pues ahora la pelota estaba en su tejado.

Ruth: Café, ¿cómo? O sea, quiero decir, ¿café para


desayunar, después de comer, o en plan, merienda?

Desde luego que, reír, me hacía reír lo que no estaba escrito.

Mario: No sé, el que tú prefieras.

Ya había dejado de correr, estaba volviendo a casa andando


mientras me escribía con ella.

Ruth: Pues no sé, ya lo vamos viendo. Te dejo que sigas


corriendo. ¡Hablamos!

Mario: Cuando quieras, por aquí estaré.

No volvió a escribir, así que acabé corriendo lo que me


quedaba de camino de vuelta a casa. Me di una ducha, cené y
escogí Pídemelo con flores, un libro de Ariadna, una de las
autoras del grupo, para leer un rato.

Y lo que iba a ser un rato de lectura, se convirtió en parte de la


noche, puesto que me había quedado en cada capítulo con
ganas de saber más, y así hasta el final.

Cuando se lo contara a mi hermana, no me iba a creer.


Me preparé un té antes de acostarme, a veces lo hacía, para
dormir un poco mejor.

En la cama se me vino la conversación que había tenido con


Ruth por la tarde, y es que me habría gustado que aceptara
tomar un café conmigo, pero si a ella realmente no le apetecía,
no iba a forzarla a una situación que a lo mejor no quería que
sucediera.

Si el destino quería que nos lo tomáramos, ya jugaría él sus


cartas para que así fuera.
Capítulo 5

Me desperté con ganas de vivir, sí, de vivir, de sentirme guapo,


de atraer, de comerme el mundo y de conquistar a esa mujer.
Ruth, esa chica que había entrado en mi vida sin saberlo, que
había dejado huella en mi corazón y quería buscar la manera
de conquistarla, así me sentía, con ganas de enamorar a un
corazón que un día llegó, no de la mejor manera, pero sí
pisando fuerte.

Llegué al trabajo un rato antes y me pasé por la cafetería


¿Sabéis que me pedí? Un batido de chocolate y una
Napolitana…

¿Así de tonto te volvían los latidos del corazón? Pues parecía


ser que sí, así me habían hecho levantar y es que hacía tanto
tiempo que no me sentía así, que hasta me gustaba.

En el momento que entré en mi despachó, me avisó la


enfermera de que tenía una paciente que necesitaba hablar
urgentemente conmigo, le dije que la hiciera pasar y…
—¿Ruth? —pregunté, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Julián, he pasado muy mala noche —dijo entrando con la


mano en la frente, pero sin perder su toque de humor.

—A ver, qué te pasa —me acerqué a ella y le puse mis manos


en sus hombros.

—Me duele, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí —fue señalando con
su dedo varios puntos de su cuerpo.

—¿No será que lo que te duele es el dedo? —bromeé.

—No, joder que me duele todo mi cuerpo.

—Es del accidente, aún tienes zonas que están delicadas —


sonreí, mirándola como si el mundo se me fuera en ello.

—¿Y no las va a revisar? Encima que me he comprado un


conjunto de lo más sexy para venir —negó y me causó una
carcajada.

—A ver, enséñame esas zonas que te duelen.

—Ah no, a mí me tienes que invitar esta noche a cenar y lo


hablamos tranquilamente, que es viernes y sé que mañana no
trabajas, así que me tratas como una paciente VIP o me busco
otro doctor que me atienda como me merezco.

—Mira, me parece una idea genial. ¿Dónde te apetece cenar?

—En tu casa, vamos, no va a ser en la mía, encima que soy la


víctima del accidente, que, por cierto, la culpa no fue mía y me
van a tener que pagar un pastón de dos pares. Realmente he
venido por eso, necesito una baja por lo menos de dos
semanas.

—Vaya —me reí—. Te quise dar la baja y me dijiste que,


como eras autónoma, seguirías currando.

—Y lo haré. ¿Quién se va a enterar?

—Está bien, además, la necesitas y te corresponde, así que —


le extendí el brazo para que se sentara e hizo lo mismo en mi
sillón para preparársela.

Le di la baja y se levantó tocando las palmas.

—Bueno, Julián —y dale con el cambio de nombre—. Esta


noche nos vemos en tu casa, pásame la ubicación.

—¿Qué te apetece cenar?


—A ti, bombón —me hizo un guiño y salió con esa sonrisilla
que me había alegrado el día.

A ti, bombón… Esa frase se me quedó toda la mañana en la


cabeza.

Salí de trabajar, le envié la ubicación y le pregunté a qué hora


vendría.

Ruth: ¡Sorpresa!

Esa fue su respuesta, así que, conociéndome, a las siete la


tarde lo tendría todo listo.

Me fui a comer algo a una tapería frente al hospital, un par de


montaditos de solomillo con roquefort y listo.

Llegué al supermercado y aunque en mi casa tenía de todo, me


faltaban algunas cosas como, aguacate, salmón ahumado y
demás, quería preparar una ensalada con esos ingredientes y,
además, comprar dos doradas que tenía pensado hacerlas al
horno.

No me lo podía creer, Ruth había venido con todo su


desparpajo a pedirme que la invitara a cenar, bueno, eso y la
baja, aunque se la podría haber llevado porque estaba en su
derecho y no era ningún trato de favor, pero no, quería también
una cita.
Algo que hacía reír al recordarlo, es que estuve todo el tiempo
con el corazón sobrecogido, cada vez que me saltaba un
mensaje o me entraba una llamada me ponía malo, pensaba
que era ella para decirme que al final no venía.

Terminé de hacer la compra en la que metí varias botellas de


vino blanco. ¡Como si no tuviera en casa! O lo que es peor
aún, como si nos fuéramos a beber todas.

Y es que, aunque las mujeres no lo crean, los hombres somos


iguales que ellas, cuando sientes algo por alguien. Quizás no
somos tan efusivos y mostramos tanto, pero por dentro
llevamos nuestra penitencia, nuestros nervios y miles de
preguntas como: ¿estará pensando en mí? ¿Le gustará lo que le
voy a preparar? ¿Cómo irá la noche? Y para más INRI, hasta
te imaginas cómo será la llegada, si nos miraremos con ese
brillo de dos personas que comienzan a gustarse, aunque esa
era mi gran duda. ¿Le gustaría los suficiente como para tener
algo conmigo?

La mente humana es muy traicionera y nos hace pensar más de


la cuenta, queremos obtener respuestas del futuro, sin dejar
fluir todo aquello a lo que nos llevará el presente.

Y este era mi presente, este era mi día en el que por fin iba a
tener una cita. Antes ni la había buscado ni ganas tenía, pero
fue verla a ella, en aquella camilla inconsciente y ya tenía algo
especial que hasta entonces nunca había tenido, quiero decir
desde que me separé. Sería de necio decir que por mi exmujer
no sentí nada, cuando la amé hasta la saciedad.

Ruth, como decía, tenía algo y es que, con solo mirarla, se me


dibujaba una sonrisa hasta en el peor de mis días. Ella era luz,
brillo y ese carácter que tenía que se alejaba del mío a años
luz, pero que tanto me atraía.

Descarada, deslenguada, sin seriedad cuando había que


ponerse serio, así era ella y eso fue lo que me atrajo, su
desparpajo natural con el que afrontaba todo.

Ruth me tenía conquistado y es que saber que vendría a mí


casa, a cenar conmigo, algo tan personal como eso, me tenía
dando saltos imaginarios en los que iba a terminar hasta con
agujetas reales.

Siempre me gustaron las mujeres serias, con su punto de


humor, pero sin pasarse, que no llamaran la atención, que
supieran comportarse y que fueran dulces como el caramelo.

Y ahí tenía a Ruth, salada como el mar, con su exagerado


punto de humor, ironía y con un arte que no cabía en su
cuerpo, encima con una lengua de esas viperinas. Hay
personas que, si actuaran como ella, parecerían ordinarias,
pero ella no, Ruth transmitía humor, risas…
¡Me había enamorado! Sí, sí, así mismo, Cupido había pasado
por encima de mí y me había disparado con la flecha del amor,
sin piedad y a conciencia.

Y es que yo, sabía diferenciar eso. Mi corazón palpitaba por


esa mujer, no tenía ni la más mínima duda y sabía que mi
sonrisa constante desde que la conocí, se la debía a ella.

Así me pasé la tarde, con una so9nrisa que no se me quitaba. A


las ocho, tenía lista la mesa y todo perfecto. Ahora tocaba
esperar que Ruth, llamara al timbre de la puerta exterior y
comenzara una de las cenas más deseadas de los últimos
tiempos, y es que eso tenía el amor, todo lo hacía especial.
Capítulo 6

Las ocho y media en punto cuando sonó el timbre de la puerta


exterior, la abrí y salí a recibirla, venía preciosa con un
vaquero ajustado claro y una camiseta suelta.

—Buena casa tiene mi Julián.

—Hola, preciosa —sonreí—, no es para tanto.

—Pues mira, si no es para tanto me la regalas y verás que, para


mí, sí lo es.

—Pasa —murmuré sonriendo y viendo que traía un bolso


enorme, como de playa—. Se te va a caer el hombro.

—Ah no, ¿sabes qué pasa?

—Cuéntame —le mostré un vino y afirmo.


—Que he cogido ropa para el fin de semana porque menos a
mi casa, me voy a cualquier sitio. Así que, cuando me eches,
lo mismo me voy de camping o a casa de mi amiga, todo
menos a mi casa.

—¿Y qué te hace pensar que te echaré?

—Ah, pues listo, hasta el lunes por la mañana no tengo prisa


—murmuró con descaro y a mí me hacía sentir que estaba a
unos metros por encima del suelo.

Serví las dos copas y con ellas en la mano le enseñé la casa,


todo le gustó, además se le veía en la cara.

—Ahora, que lo que más me gusta es esa mesa preparada para


la cena, tienes buen gusto —me miró con cara de pilla.

—Excelente, al menos cenarás cómodamente.

—Y el pescado huele que alimenta.

—Le quedarán unos quince minutos, pero si quieres vamos


comiendo la ensalada.

—Perfecto, tengo un hambre que me muero.


Serví la ensalada en los platos, estaba preparada con mucho
cariño, para mí era muy importante la presentación de la
comida, no me gustaba servirla de cualquier manera, era una
de mis manías.

Y menos en esta ocasión en que, con su presencia la casa


brillaba con más intensidad que nunca, y es que ella, era un
derroche de luz y color, eso, o que a mí me hacía vibrar como
hacía tiempo que no vibraba.

—Y dime. ¿Te vas sintiendo mejor?

—Sí, el dedo lo tengo mejor —bromeó con lo que le dije en el


hospital—, pero el resto del cuerpo hecho polvo, tengo tantos
moratones que parezco un cristo, vamos, como para tener que
pasar modelo y en bikini.

—Bueno, nada que un buen maquillaje no quite.

—Eso y que sea modelo —volteó los ojos, mientras asentía,


bromeando.

—Bueno, tienes mejor aspecto que las modelos.

—Eres un poco pelota, ¿no?

—Vaya —me reí—. Te lo he dicho en serio.


—Va —paró, para terminar de mordisquear la ensalada—. Del
uno al cien, ¿a cuántas mujeres le has preparado una cena así
para llevarla a la cama?

—Llevo dos años en esta casa y quitando a mi madre y a mi


hermana, la única mujer que ha entrado eres tú. ¿Te vale con
esa respuesta?

—Ah, que vas a sus casas a que te lo pongan todo por delante,
menos a mí, que estoy medio convaleciente —señaló su brazo,
que tenía la escayola puesta.

—No he ido a casa de nadie desde que me separé —medio


sonreí, arqueando la ceja.

—¿Y qué te hizo invitarme?

—¿Perdona? —me reí—. Te autoinvitaste tú, aunque yo,


contento por ello. Lo hubiese hecho algún día, estaba
deseando, cosa que con nadie antes me había pasado.

—¿Pero tú has olvidado a tu mujer o te quedó un trauma? —


preguntó tan campante, causándome una carcajada.

—La única que tiene traumas y no mentales precisamente, eres


tú, pero no, no me quedó ninguno —no podía dejar de reír—.
Estuve tocado un tiempo, pero ya pasó, como todo pasa en la
vida.

—Me alegro, no quiero ser el paño de lágrimas de nadie —me


hizo una burla que me pareció, la burla más bonita del mundo.

—Tranquila, no era mi cometido —arqueé la ceja de forma


expectante, algo me tenía que volver a decir seguro y es que
las soltaba de dos en dos y a mí me encantaba.

—Yo estoy muy tranquila, fíjate si estoy tranquila, que me


siento como en casa.

—Eso es genial —me reí negando, no podía con ella. ¡Era


buenísima!

—Por cierto, yo duermo contigo, a mí no me mandes al cuarto


de los invitados y me seas antiguo.

—Pero bueno —solté una carcajada—. Duerme dónde quieras,


por eso no hay problema.

—A tu lado, que te tengo que vigilar.

—¿Por si me escapo de mi propia casa?

—Pues mira, me quedo de ocupa y no te dejo entrar.


—Pues sí que me tienes cariño —arqueé la ceja.

—Demasiado para las pocas Napolitanas que me llevaste —se


encogió de hombros.

—Los días que duraste en el hospital…

—Ya me las podrías haber seguido llevando a casa.

—No caí en eso, pero lo tendré en cuenta.

—No, no, da igual, que tú entras muy temprano a trabajar y a


esa hora, aún estoy roncando profundamente.

—Es bueno saber que roncas —sonreí.

—Como los cochinos, te vas a cagar.

—Vaya —fruncí la cara. Era un caso, pero me volvía loco.

Saqué el pescado y le preparé su plato, no paraba de gemir


mientras lo olía y yo era escucharla hacer eso y…

Me volaba la imaginación y la podía imaginar en mi cama,


desnuda y…
—Espero que te guste —quise quitar esos pensamientos de mi
cabeza.

—Seguro que sí, por ahora me gusta todo lo tuyo, menos tú.

—Gracias —me eché a reír de nuevo, de esta iba a coger


agujetas en los cachetes.

—No hay de qué, hombre, lo que no puede ser es que, con


cuatro Napolitanas y unos batidos, ya me tengas conquistada,
te lo tienes que currar y bien —decía, mientras desmenuzaba
el pescado con una mano y es que no me dejaba ayudarla.

—Lo tendré en cuenta…

—Un desayuno en la cama, un amanecer en la playa, una cena


con la mejor puesta de sol, unas flores… Cositas sin
importancias que se ganan a una.

No podía dejar de reír, pero es que era sincera a más no poder,


lo que le salía lo soltaba y es que era natural como ella misma.

Tras la cena nos sentamos en el sofá a comer un helado de


café, que era una delicia, mi favorito, jamás podía faltar en mi
congelador y hasta ella, me dijo que era la mejor crema de café
helada que había comido.
Estuvimos charlando hasta la una de la mañana, pero a golpe
de risas con las anécdotas que me contaba y como las contaba,
es que me iba a dar algo con esa mujer.

A esa hora entró al baño con su bolsa y salió con un pijama de


pantalón corto y una camiseta de tirantes, estaba para cogerla y
no soltarla en una eternidad, era realmente preciosa.

—Chato, ya nos podemos ir a la cama —dijo, desde el pasillo.

—Vamos, chata —le contesté al igual que ella a mí y me hizo


un guiño.

Entré al baño de mi cuarto a cambiarme y me puse un pantalón


fino y largo con una camiseta interior, salí y ya estaba metida
en la cama, móvil en mano y tapadita.

—Estoy vigilando a ver qué ponen en el grupo, que hay alguna


que me cae como una patada en el estómago.

—Pero si hay muy buen rollo.

—¿Y?

—Bueno, pero por norma general hay buen rollo.


—Sí, pero donde hay un batallón de mujeres…

—Entiendo —sonreí.

Estuvimos leyendo el grupo desde su móvil, muertos de risa


con uno de los autores “Marcos A. C.”, ese hombre que ponía
unos posts que te morías de la risa y es que tenía a las chicas
revolucionadas, además, soltaba las cosas con una naturalidad
arrolladora y los comentarios que le hacían no tenían
desperdicios, era un no parar de reír continuo.

Después de un rato puso el móvil en la mesita de noche y…

—Dios te bendiga, Julián —me dio un besito en la frente y se


giró a dormir.

—Buenas noches, preciosa —murmuré riendo.

Me encantaba, simplemente me encantaba…


Capítulo 7

No me quería ni mover para que no se despertara cuando se


giró, abrió los ojos, estiró mi brazo y se echó sobre mi hombro
a seguir durmiendo.

Muerto, me había quedado muerto, pero me encantaba esa


naturalidad con la que hacía todo.

Luego de un rato ahí, se giró totalmente y me dejó libre, cosa


que aproveché para levantarme sigilosamente e ir a la cocina a
preparar un par de zumos, café, unas tostadas y hasta un batido
de chocolate.

Lo puse todo en una bandeja que le salían unas patitas y la


podías poner a modo de mesa en el sofá o en la cama.

Entré al dormitorio y murmuré un, buenos días que la hicieron


estirarse.

—Hombre, Julián. ¿Cómo osas despertar a una bella dama sin


un abrazo y un beso?
—Pensé que preferirías un buen desayuno… —sonreí,
sentándome a su lado de la cama y sujetando la bandeja
mientras se sentaba y la ponía sobre ella. Abrió los ojos como
platos.

—Pues claro, quiero un buen desayuno —se frotó las manos y


agarró el vaso de zumo cuando puse la mesita sobre sus
piernas.

La miraba y era tan perfecta, tan bonita, que era un regalo del
nuevo día, poder disfrutar de ella.

—Que aproveche… —sonreí, mirando cómo disfrutaba de ese


primer trago del día.

—Si me vas a preparar estos desayunos, me pido venir todos


los fines de semana a tu casa.

—Bienvenida eres.

—Y cuando termine el desayuno quiero el postre —me hizo


un guiño con un descaro que, no sé si reía por lo que me hacía
sentir, o por saber que había una parte de ese postre que lo
decía en verdad.

—¿Un yogurt?
—Prefiero un griego —gimió, mordisqueando la tostada.

—¿Me estás intentando decir algo?

—Algo que se supone que ya deberías de entender, ¿no?

—Oh, me cuesta entenderlo —arqueé la ceja.

—Ay Dios, me parece que contigo hay que hacer las cosas con
un manual de instrucciones —se puso la mano en la cara.

—El problema es que le ponemos nombres a cosas que ya lo


tienen y entonces muchas de ellas, puede ser con doble sentido
o no.

—Claro, claro —se chupó el dedo que se había manchado de


mermelada, mientras miraba su mano y dándome la razón del
loco.

—¿Te estás burlando de mí? —pregunté bromeando.

—Claro, claro.

—Ay Dios, que hoy tengo revuelta a la Pantoja.


—¿Quieres que te cante una canción?

—Venga —arqueé la ceja.

—Allá voy —hizo gárgaras con el batido— “Es un gran


necio, un estúpido engreído, muchas veces caprichoso…”

—Perdone usted, Isabel, pero creo que esa canción es de la


Jurado.

—Te voy a decir dos cositas, más vale que cojas el móvil y
mires qué es un griego y vayas aprendiendo, eso lo primero y
lo segundo: ¿cuántas horas aguantas con una mujer en la cama
sin ponerle una mano encima? —sonrió y se volvió a chupar
los dedos.

—La primera es que no me hace falta mirar nada para saber


que “griego”, se le llama a la técnica de sexo anal.

—“Cucha”, con el Julián —afirmaba, bajando los labios y en


señal de sorpresa.

—Y la segunda —reí—. Puedes estar completamente segura


de que el amor se puede hacer hasta sin tocarse, así que me
doy por satisfecho por la de veces que se lo hice anoche —
bromeé, para buscarle la lengua.
—Pues qué pena es que te follen y no te enteres, vamos, nunca
pensé que los médicos erais tan monjes, vamos, que yo
pensaba que eras de esos empotradores que te cagas. Eso me
pasa por leer a mis chicos de La Tribu, que luego pasa que
dejan el listón tan alto, que ya cualquier cosa te parece poco y
hasta te hace pensar que no diste con el hombre correcto. A
todo esto —cambió el tema—. ¿Follaremos de verdad?

—Y lo peor de todo es que lo sueltas y ni siquiera te cambia el


semblante, tan pancha que te quedas —reí negando.

—A ver si te lo voy a explicar cómo en matemáticas, dos por


dos son cuatro, hijo, que ya tienes una edad —resopló—. Dos
adultos en la cama, la noche, las horas, lo normal es que arda
Troya, no que me duerma como Blancanieves, ¿o era
Cenicienta? ¿O fueron las dos? Da igual —negó, volteando los
ojos y a mí me encantaba escuchar esas locuras que le salían
por la boca—. Lo que te quería decir ya se me olvidó, así que,
desayune en paz Julián.

Le quité la bandeja y se me quedó mirando cómo asustada,


ahora era cuando se venía abajo, cuando me iba acercando a
ella y me miraba asustada, cuando mis labios encontraron los
suyos y comenzaron a besarla con delicadeza para ir cogiendo
más intensidad y ponerme estirado junto a ella, pegada a mí.

Ahora era cuando la iba desnudando de forma pausada, pero


con intensidad. Echó su mano del brazo escayolado a un lado
de su cabeza y agarré su pecho con mi mano, su piel era suave
y delicada, la comencé a acariciar por completo mientras no
dejaba de besarla, de mordisquearle los labios, de lamer cada
recodo de su piel.

Y cuando sabía que iba a llegar al orgasmo, la agarré por las


caderas, la elevé y penetré sin dejar de tocarla. Le gustó, pues
esos gritos, esa respiración agitada y esos gestos, no podían ser
fingidos. Seguí penetrándola sin dejarla descansar, eso la hizo
vivir otro momento de lo más intenso.

—“Mas” matao…

—¿Segura? —murmure, mientras me dejaba caer sobre mis


brazos encima de ella.

—Llama a una ambulancia, al final me hacen un carnet de


socia —decía, con la respiración agitada.

—No veo el asunto tan grave para tener que hacerlo —le besé
la frente.

—¿A ti te regalaron el título?

—Puede ser —reí negando y le mordisqueé el labio.

—Por cierto, ¿qué vamos a hacer hoy, novio mío?


—¿Novio tuyo? —reí, no podía con ella, simplemente me
encantaba.

—Claro, hemos hecho el amor y todo…. —sonreía.

—Ahora lo llama hacer el amor —reí, mirándola.


Simplemente era perfecta.

—Ah, pues si es solo sexo, son doscientos euros, puta, pero


cara.

—¿Y qué quieres hacer hoy, mi amor? —Le eché el pelo


detrás de la oreja.

—Ahí te he dado, eres de los tacaños que no se rascan el


bolsillo.

—Ni yo soy tacaño, ni tú eres una puta para tener que pagar —
me levanté sonriendo y fui hacia el baño.

No tardó en venir a darme el encuentro mientras me duchaba y


se metió ahí conmigo. Era esa parte espontánea y natural que
tenía, lo que tanto me gustaba, era todo muy fácil y divertido,
era frescura y dulzura dentro de su brillante locura.

Cogió la esponja, le echó gel y comenzó a frotarme en círculos


el pecho, por ahí comenzó, no se dejó ni un trozo por lavar,
además con esa cara sugerente y con esa sonrisa que no se le
quitaba, era tan perfecto todo, que me asombraba.

Terminamos haciéndolo ahí de nuevo, la pobre estuvo todo el


tiempo con el brazo de la escayola hacia fuera y eso que se
había puesto un plástico.

Me encantaba, ni con un brazo roto dejaba de ser ella, con uno


se bastaba y se servía, además, no se quejaba de nada y dentro
de su mundo de humor, había una chica con una ternura y un
corazón muy grande, ese que casi podía tocar sin necesidad de
poner mi mano en él…
Capítulo 8

Decidimos salir a tomar un vino con una tapita, la mañana


estaba perfecta y nos apetecía salir a la calle un rato.

Nos fuimos en mi coche a un pueblo a treinta kilómetros,


costero, con un paseo marítimo precioso donde estaba lleno de
restaurantes y bares a pie de playa.

Nos pusimos en el exterior de una especie de taberna, un local


muy chulo de bebidas y tapas, todo era de madera, como la
terraza de fuera, además era muy acogedor.

Pedimos unas copas de vino, además de una tabla de queso y


jamón.

—Julián…

—¿Cuándo vas a dejar de llamarme así? —pregunté,


arqueando la ceja y aguantando la sonrisa.
—Cuando me hagas el griego…

—Y dale —me reí.

—A ver, reconozco que eres bueno entre las sábanas, pero me


da a mí que tú no has probado nada más fuera de lo común.

—¿Y qué es fuera de lo común?

—Verás que te voy a tener que hacer un cursillo, doctor.

—Puede que sí y puede que no…

—¿Te la das de misterioso?

—Para nada…

—A ver si al final me vas a sorprender y todo —mordisqueó el


queso mientras miraba hacia el mar.

—Quién sabe —arqueé la ceja.

—Me gusta, le queda a usted menos de cuarenta y ocho horas


para convencerme que no es un monje del Tíbet.
—Tienes muy mal concepto de mí —sostenía en mi mano la
copa de vino, encima de mi rodilla, esa que tenía encima de mi
otra pierna.

—Para nada, no fue mal comienzo, pero…

—Me estás retando.

—Siempre —me hizo un guiño que se me cayó todo al suelo,


era bonita de todas las maneras.

Estuvimos un buen rato y luego nos fuimos a caminar por el


paseo marítimo, no dudó en coger mi mano como si fuera mi
novia de toda la vida y esas eran las cosas que me gustaban de
ella, esa espontaneidad que hacía todo tan perfecto.

Terminamos en un muelle pesquero donde había un restaurante


con una gran terraza mirando a los barcos, donde nos sentamos
a comer, luego nos fuimos paseando de nuevo a mi casa,
agarrado a esa mano que no me soltaba en ningún momento y
feliz que me hacía.

Antes de llegar entré en una heladería y compré dos cubiletes


de helados artesanales que estaban de vicio, así que los metí en
la nevera para más tarde cuando nos apeteciera.

Se sentó en una esquina del sofá y yo aparecí con dos cafés,


me senté junto a ella que se reía a carcajadas viendo un post de
La Tribu, que había puesto Marcos, el descarado favorito de
las chicas y es que las tenía revolucionadas, las tenía
desmadradas completamente.

Nos tomamos el café viendo el grupo, luego la cogí y la subí a


mi regazo, tenía ganas de ella, de besarla, de disfrutarla…

Y se dejaba llevar, eso es lo que más me gustaba, que no ponía


peros, eso sí, su alma humorística estaba presente en todo
momento.

La desnudé entre sugerentes besos que recorrían su cuello y


pecho, mientras que a ella se le iba agitando la respiración y
era la forma en la que pedía más.

Se giró y se me sentó encima, frente por frente, era de lo más


sensual, se movía provocando que ahí sintiera que iba a haber
una explosión inminente.

La rodeé con mis brazos, uno en sus nalgas y otro en la


espalda y la ayudé a rozar ese placer que andaba buscando, se
corrió sin necesidad de tocarla, fue un momento de lo más
excitante.

Luego la eché hacia atrás y la penetré mientras sonreía,


mordisqueándose el labio, era jodidamente sensual.
Tampoco es que pudiera hacer mucho porque tenía un brazo
roto y no la iba a poner a cuatro patas ni agarrada a nada, pero
simplemente el contoneo de sus caderas buscando mis
movimientos, aquello ya era impresionante.

Fue graciosa, cuando terminamos de hacerlo me agarró la


mano y me llevó hasta la ducha.

—Te toca lavar —dijo, dándome la esponja y poniéndose de


espalda.

La fui enjabonando mientras jugaba con su cuerpo y con


aquellas zonas a las que iba entrando con mis dedos mientras
Ruth gemía de nuevo, de nuevo terminamos haciéndolo.

Tras la ducha nos fuimos a pasear y terminamos cenando en un


restaurante italiano, pedimos unas brusquetas y unas pizzas
finas hechas al horno, estaban impresionantes y crujientes,
como me gustaban y parecía que a ella también.

Vino italiano, la mejor de las compañías y es que no podía


pedir más para ese sábado y este fin de semana que me estaba
alegrando la vida.

Nos reímos una cosa mala cuando le dio por hacerme un


monólogo de las mujeres y cómo afrontan las cosas. Lo que
me reí fue una cosa mala, el camarero no dejaba de mirar a
nuestra mesa y sonreír, no era para menos, Ruth estaba en todo
su esplendor y de lo más graciosa, ese Lambrusco también la
ayudó bastante, pero es que no paró en toda la cena y yo tenía
la mandíbula que parecía que se me iba a salir.

De ahí nos fuimos a tomar a una copa, nos estábamos


moviendo cerca de la casa, así que no tuvimos ni que coger el
coche.

La miraba y recordaba ese primer momento que entró en


camilla inconsciente por el hospital y hubo algo en ella que ya
me llamó la atención. Nada me hacía presagiar la chica llena
de vida y humor que era, pero había sido todo un verdadero
descubrimiento, el hallazgo de mi vida.

Por no decir el día que me dijo que era Isabel Pantoja y luego
con la foto decir que eran María del Monte y su modista. Lo
que era la mente, a pesar de no recordar nada era capaz de
crearse una vida de lo que conocía de la realidad.

Ruth me había contado que era una enganchada de los


programas del corazón y que por eso le debió de dar por ahí,
ya que estaba muy puesta en los clanes familiares del mundo
del cotilleo.

Estuvimos hasta bailando, Ruth se movía a ritmo de todos esos


temas latinos que se sabía a la perfección, además se le daba
bien bailar y tenía mucho ritmo, era mirarla y es que me
quedaba atontado. Era demasiado lo que me gustaba esa mujer,
había llegado como ese rayo de energía que transforma tu vida
de golpe.

Regresamos paseando entre risas, con ella no podía ser de otra


manera, además fue todo el camino de mi mano, dando saltitos
como una niña pequeña y encima recreando esas canciones
infantiles de la época.

Llegamos a la casa y se fue desnudando por el pasillo mientras


me miraba de forma provocadora y buscando que fuera a ella,
eso hice, cogerla y ponerla contra la pared mientras yo iba
jugando por todo su cuerpo hasta hacerla llegar a otro orgasmo
y no la dejé libre hasta hacerlo ahí mismo, con ella sobre mi
cintura y pegada a la pared.

Nos metimos en la cama sin dejar de besarnos, acariciarnos y


abrazarnos.

Se echó en mi hombro y se puso a besarlo mientras yo le


tocaba el pelo.

Y es que había entrado en mi vida de una forma que me hacía


sentir que llevaba una eternidad con ella, estaba siendo todo
tan intenso que nada parecía que hubiera sido reciente, todo lo
contrario, sentía que la conocía de toda la vida y era esa
persona que me faltaba en ella.
Capítulo 9

La música sonaba proveniente de la cocina, no solo eso, Ruth


cantaba a toda leche sin importar que fueran las nueve de la
mañana, me tuve que reír mientras me levantaba de la cama e
iba al baño a lavarme la cara y dientes.

Aparecí por allí y me la encontré con un pañuelo a modo de


diadema y con un lazo grande sobre la cabeza, bailando una
canción de Luis Fonsi, con una camiseta de tirantes blanca
mientras preparaba el desayuno, me quedé ahí mirándola que
estaba de espalda, hasta que se giró y se asustó.

—¡Tus muertos! —Se puso las manos en el pecho—. Susto me


has dado, pichita.

—Ya veo —me reí, no era para menos.

La pegué a mí y le di un beso con sus buenos días


correspondiente, piropo incluido.
—Anda que no me vas a echar de menos a partir de mañana —
me señaló la silla para que me sentara, ya que estaba poniendo
el desayuno.

—Bueno, si me haces esos desayunos, está claro que sí.

—¡Serás! Te hago cosas muy buenas aparte del desayuno.

—Lo sé —arqueé la ceja mirándola, me encantaba—. Además,


el viernes te tendré aquí de nuevo.

—Bueno, te lo vas a tener que currar esta semana.

—Vale, intentaré sorprenderte —le hice un guiño.

—¿Me vas a mandar Napolitanas? —sacó su lengua en plan


burla.

—Una caja de Napolitanas.

—No, a mí me gustan recién hechas.

—Encima exquisita.

—Pues claro, a ver qué te piensas. Por cierto, ¿no te apetece


algo de playa hoy?
—Pues sería buena opción, además, podemos comer en uno de
los restaurantes de allí.

—¡Sí! Mola la idea que he tenido, capaz eres de dejarme aquí


todo el día encerrada como un objeto sexual.

—Tienes delito…

—Calla, que tienes una cara de satisfecho que no puedes con


ella —soltó, causándome una carcajada, lo que decía, era
única.

Tras el desayuno terminamos en la cama dándonos otro


homenaje de esos que eran inevitables y es que cuando dos
polos se atraen…

Nos cambiamos, cogimos las cosas para la playa y listos para


tostarnos al sol y pasar un día diferente.

Alquilé dos tumbonas del chiringuito donde íbamos a comer,


colocamos las cosas y fuimos a darnos un baño, no sin antes
ponerle en el brazo una bolsa de látex para que no mojara la
escayola.

La verdad es que para el trágico accidente que había tenido,


estaba demasiado bien, en su cuerpo se podían ver algunos
moratones que aún persistían y las señales de algunas
raspaduras.

—¿Me vas a quitar la escayola esta semana?

—No, aún no, es muy pronto, al menos dos semanas más.

—Yo me corto las venas.

—Pues no serán las de ese brazo —bromeé, cogiéndola en el


agua en mis brazos.

—Mira Julián, que gracioso es cuando quiere.

—Claro, señora Pantoja.

—Yo, soy esa —dijo a ritmo de la canción.

Estuvimos un rato bañándonos antes de recostarnos a tomar


una cerveza en la tumbona que, por supuesto, estaba debajo de
un sombrajo de paja, de lo contrario, no había Dios que se la
tomara con el solano que hacía ese día.

Cuando se ponía a contarme anécdotas del instituto, de su


infancia y de todo lo que había sido su vida hasta ahora, me
tenía que doblar de la risa, la reconocía en cómo era ahora.
Fuimos a la mesa que nos habían reservado en ese restaurante,
pedimos pescado frito y pimientos, eso de los pimientos creo
que se lo dijo al camarero como unas tres veces, como si el
hombre no lo hubiera apuntado, pero me quedó claro que era
algo que la volvía loca, los pimientos fritos.

Comimos tanto, que no podíamos casi movernos y nos


reíamos por ello, pero bueno, no había prisa y a base de algún
que otro chupito de orujo, aquello se fue suavizando y fuimos
a darnos otro baño, el calor era intenso ese día.

Salimos del agua y Ruth quería irse al sofá, debajo del aire
acondicionado, así tal cual, le dije que, sin problema, así que
recogimos las cosas y nos fuimos de la playa directos para mi
casa.

Fue llegar, meternos en la ducha, ponernos fresquitos y


hacernos un café que nos tomamos en el salón donde la
temperatura era perfecta.

Ruth no paraba de decirme que la iba a echar de menos, yo lo


veía como una forma de querer llamar mi atención, como si no
estuviera segura de que lo fuera a hacer, como si le diera un
poco de tristeza el saber que quizás no pensaría en ella. Todo
lo contrario…

Sabía que esos días siguientes serían un poco aburridos y


diferentes sin ella en casa, es que solo con su presencia se
hacía del lugar perfecto. Jamás me gustó estar tanto en casa
como con ella, aunque yo era hogareño, pero ahora era
diferente, había otra esencia que antes no se percibía.

Nos fuimos más tarde a la cocina a preparar unos sándwiches


austríacos, que decía ella.

—No, a mí no me digas que tú le llamas a esto sándwich


austríaco, cuando es uno de pollo de toda la vida.

—Una cosa así lo vi yo en unas recetas austríacas. Desde


luego, que manera de desmontar mi cocina multicultural.

—Sí, multicultural, capaz eres de decir que la ensaladilla rusa


es española.

—Pues claro. ¿Dónde se come? En España, pues hala, yo


misma te lo contesto.

—Y te lo preguntas —me reí.

—Yo todo, me lo guiso, me lo como, lo vomito, pero oye, que


este sándwich es austríaco, palabrita de Chanel.

—No te veo muy de Chanel.

—Pues por eso —me tuve que reír, estaba sembrada, aunque
reír lo hacía desde el primer momento, con ella no se podía
estar de otra manera.

Tras la cena estuvimos un rato mirando el grupo de La Tribu,


la verdad es que eso era otra terapia de risas, pobre Marcos, la
red social no dejaba de bloquearlo por mal hablado, la verdad
es que el chaval se la jugaba mucho y al final, pasaba lo que
pasaba.

Y las chicas tristes que se quedaban, indudablemente era el rey


de la fiesta y según lo que me contó Ruth, había llegado el
último, pero había arrasado con su gracia y desparpajo.

Nos fuimos a la cama cerca de la una de la madrugada, eso era


muy tarde para mí cuando al día siguiente trabajaba, ya que me
gustaba ir bien descansado y sin sueño, pero bueno, un día era
un día y más cuando era una ocasión tan especial como era
estar a su lado.

Y claro, una vez que vas a la cama los cuerpos se atraen como
imanes y eso pasó con nosotros, que terminamos de nuevo
juntando nuestros cuerpos y dando rienda suelta a esos
instintos que nos desataban.

Luego, cómo no, se giró y me exigió con toda su gracia, que le


hiciera la cucharita.

—Yo te hago la cucharita, la tetera, el plato hondo y el tenedor.


—Hostias, te sabes la canción de la taza… —se echó a reír.

—Pues qué te crees, anda que no se la cantan las madres a los


niños en urgencias para que dejen de llorar.

—Desde luego, qué peligro tienes, seguro que te has ligado a


todas las madres de los chiquillos.

—Qué pesadita eres con el tema —le hice cosquillas.

—Una que no se chupa el dedo…

—Sabes que no es así y te expliqué todo…

—Bueno, déjame dormir que al final me rayas y mañana toca


despedida

—No seas tonta, que el fin de semana que viene ya está aquí
—le besé el cuello.

—Bueno, déjame montarme mi drama.

Así era ella, pero lo repetiría un millón de veces, simplemente


me encantaba…
Capítulo 10

En mi vida me había costado tanto salir de la cama un día


entresemana para ir a trabajar. Sobre todo, en estos dos últimos
años desde que me divorcié.

Y es que había pasado un fin de semana de esos que no quieres


que acaben nunca, con la mujer de la que me había enamorado
hasta la médula.

—Buenos días, preciosa —murmuré, besándole la frente a


Ruth, cuando noté que se movía entre mis brazos.

—¿Buenos días? Aún es de noche.

—Son las seis, tengo que prepararme para ir al trabajo, pero


antes voy a llevarte a casa.

—Hum… —Se removió— Cinco minutos más.

—Te dejo dormir, el tiempo que tardo en darme una ducha.


No dijo nada, solo asintió y a mí me sacó una sonrisa.

Salí de la cama y me puse en marcha, tocaba empezar nueva


semana, sí, pero, a diferencia de las últimas en estos años,
sabía que esta sería la mejor de todas, porque tenía a Ruth para
hablar con ella y, con solo pensarla, sonreír como un loco.

Un loco enamorado.

Acabé de ducharme y hasta me vestí, la hice salir de la cama y


que se aseara, mientras yo preparaba el desayuno.

Cuando entró en la cocina, fue como si los rayos del sol


atravesaran los cristales, le dio a la estancia esa luz que solo
ella sabía desprender.

—Qué hambre tengo —murmuró.

Sonreír y le puse un café, pan tostado, mantequilla,


mermelada, zumo y algo de fruta.

Desayunamos entre sonrisas, miradas y alguna que otra caricia


mientras entrelazábamos las manos, estábamos los dos de lo
más melosos en ese momento.
—Gracias por este fin de semana, Mario —dijo, cuando
subíamos a mi coche—. Lo he pasado muy bien.

—Yo también, como hacía tiempo que no disfrutaba de mis


días de descanso.

El trayecto lo hicimos en silencio, pero sin dejar de cogernos


de la mano, esa que yo besaba mientras la observaba de reojo.

Llegamos a su edificio y a punto estuve de llamar al hospital y


cogerme unos días de vacaciones para estar con ella.

—Vas a llegar tarde —sonrió, al ver que no le soltaba la mano.

—No quiero irme.

—Huy, que el doctor Julián quiere hacer novillos en el curro


—aquello me sacó una carcajada. La atraje hasta mí y la besé.

—Dime que nos volveremos a ver el viernes —le pedí.

—Claro que sí, de mí no te libras tan fácilmente.

—Cuídate ese brazo, ¿estamos?

—Sí, doctor. Anda vete, que al final…


La vi salir del coche y, cuando entró fue cuando me marché,
aunque me habría quedado allí, sin lugar a dudas.

Llegué al hospital y la mañana se pasó rápida, entre unos


pacientes y otros, además de esos mensajes que nos estuvimos
mandando Ruth y yo, mientras me tomaba el café en el
descanso.

Mi hermana me dijo que me invitaba a comer, eso quería decir


que necesitaba hablar conmigo de algo que la estaría
agobiando, así que le dije que yo llevaba el pan, un vino y
pasteles para el café.

Me salió una carcajada cuando me mandó un gif de esos


dándome las gracias mientras la persona lloraba. Mi hermana
era un caso aparte.

Continué con el trabajo y Ruth no se me iba de la cabeza, esa


chica se había colado por completo en ella, y en mi corazón,
ese que pensé que nunca más latiría por otra persona.

Como le había dicho a Judith, me pasé por la panadería por el


pan y los pasteles, y poco antes de llegar a su casa compré el
vino.

—¡Hermanito! —Se tiró a mis brazos como si llevara un siglo


sin verme, por poco no acabó la botella en el suelo.
—A ver, ¿qué te pasa? Porque, cuando me invitas a comer…

—Es mi ex, no puedo más, de verdad. Me dijo que no podía


esperar a la cita y lleva estos días mandándome mensajes para
desahogarse. ¡Qué agobio!

Me dijo, mientras íbamos a la cocina para servir la comida y


me sorprendió con un guiso que había dejado preparado el día
anterior.

Nos sentamos y siguió contándome las andanzas de su ex, así


hasta que nos pusimos a tomar café.

—Y me dice que está doblemente triste porque no solo perdió


a su mujer, sino que su puta, que así se refirió a la chica, no
está yendo a trabajar. Hasta me mandó una foto de ella, mira.

La vi trastear en el móvil y, cuando lo giró para enseñarme a la


chica en cuestión, casi me caigo de la impresión, para mi
suerte estaba sentado.

—No puede ser… —fue lo que acerté a decir en ese momento.

—¿Qué pasa? ¿La conoces? Hermanito, no me digas que has


recurrido a los servicios de la chica en alguna ocasión.
—No, Judith, no es eso —a ver cómo cojones le explicaba a
mi hermana pequeña que, la chica a la que su ex contrataba
para follar, era con la que…— Dios, esto no me puede estar
pasando.

Sentí un nudo en la garganta, una presión en el pecho y un


malestar que, porque sabía que no eran síntomas, sino, estaría
pensando que estaba sufriendo un infarto.

—Mario, por favor, habla que me estás poniendo de los


nervios.

—Esa es Ruth, la chica del hospital, de la que te hablé —se me


estaban saltando hasta las lágrimas y no me atrevía a mirar a
mi hermana a la cara—. La que conseguí saber más de ella por
eso que me dijo del grupo de Facebook. Con la que he pasado
este fin de semana en mi casa.

—¡Qué dices! ¡No me jodas! Mario…

Me llevé las manos a la cabeza, las enredaba en el pelo, me


frotaba el cuello. Aquello tenía que ser un mal sueño, un puto
mal sueño o una broma macabra que me estaba gastando el
destino, el karma o lo que fuera.

—Mario, respira que me estás asustando.


Miré a mi hermana por fin y, cómo me estaría viendo, que fue
ella la que empezó a llorar y me abrazó. Había que joderse, yo
era el mayor, el que la debía cuidar, proteger y animar y, ahí
estaba ella, haciendo eso conmigo por segunda vez en mi vida.

—¿Qué cojones le hice a la vida, para que me haga esto,


Judith? —murmuré, porque si hablaba más alto, acabaría
llorando como un niño pequeño.

—A lo mejor no es ella.

—A ver si te crees que soy imbécil, y no sé con quién me he


acostado. Bueno, si soy realista, ahora mismo no sé quién era
la chica con la que pasé el fin de semana, porque de su
profesión tenía entendido otra cosa.

—Mario, ¿y si tiene una hermana gemela? Puede ser, ¿eh?


Venga, vamos a pensar que esa no es Ruth.

—Es ella, Judith, no tengo ninguna duda.

Me levanté y salí al jardín, necesitaba respirar un poco y reunir


fuerzas para lo que tenía que hacer en ese momento.

Mario: Tengo que hablar contigo. Nos vemos esta tarde en la


puerta de tu casa.
No quería ponerle nada más en el mensaje, porque sabía que
esa no era forma de hablar de aquello. No tardó en contestar.

Ruth: Qué serio está mi doctor. ¿Te encuentras bien? ¿Qué


quieres que hablemos?

Mario: A las seis estoy allí, te espero abajo.

Cuando volví a entrar, Judith me preguntó qué iba a hacer, le


dije que hablaría con ella, me dio un abrazo, un beso y me
marché a casa.

Necesitaba tiempo para pensar y asimilar aquello de lo que


acababa de enterarme.
Capítulo 11

Salí de casa de mi hermana para encerrarme en la mía, y así


poder pensar y asimilar todo de lo que me había enterado,
¿verdad?

Pues no, no lo asimilaba por más que lo intentaba, de verdad


que no.

Eso me había cogido por sorpresa, desprevenido por completo,


y es que, joder, uno no piensa que la mujer que le ha gustado,
de la que se ha enamorado de golpe y por sorpresa, sea…

Cerré los ojos y me apoyé en el cabecero del asiento, una hora


llevaba sentado, en el coche, al final de la calle de Ruth,
mirando la puerta de su edificio. Quien me viera, pensaba o
que era un detective privado, o un acosador. Mientras no
llamaran a la policía, no iba mal el asunto.

Mi hermana me mandó un mensaje diciéndome que, una vez


que hablara con Ruth, fuera a su casa para contarle cómo había
ido todo.
No sabía decir cómo podría ir aquello, y es que no terminaba
de creerme que fuera Ruth, esa chica con la que pasé el fin de
semana, la que aparecía en la foto.

Miré el reloj por enésima vez, quedaban cinco minutos para


las seis y, en ese momento, vi que alguien salía con el coche de
un aparcamiento justo frente a la puerta, así que aproveché y
dejé el mío ahí.

Ruth salió con una sonrisa, vino hacia mí y me rodeó la cintura


con el brazo que tenía sin escayolar.

—Oye, me gusta que me des estas sorpresas. Lo de hablar


conmigo era una excusa para vernos, ¿a qué sí?

—Tenemos que hablar —contesté.

—Qué serio estás, Mario. ¿Qué ocurre?

—¿Tienes algo que contarme, Ruth?

—No sé a qué te refieres —frunció el ceño.

—Puedes ser sincera conmigo, creo que te he dado la


suficiente confianza como para que me cuentes la verdad.
—¿Qué verdad, Mario? No entiendo nada.

—O no quieres entender, que es diferente. He venido para


hablar, sí, pero quiero ver si me cuentas lo que sé por ti misma,
o tengo que sonsacártelo.

—¿Qué es lo que sabes? De verdad, no te entiendo Mario.

—Da la casualidad que mi hermana es psicóloga, y está


tratando a su expareja, Pedro —arqueé la ceja y, vale que en el
mundo habrá millones de Pedros, pero que ella, al escuchar ese
nombre, abriera los ojos y tragara saliva, me dio indicativo de
que sí, le conocía—. Veo que sabes de quién hablo.

—Mario, yo…

—No te dedicas a llevar las redes sociales de ninguna


empresa, ¿verdad? Ni eres autónoma trabajando para ellos. Tal
vez por eso la policía tenía una dirección tuya que ni siquiera
existe.

—No es lo que crees, de verdad que no.

—¿Entonces? Porque, déjame decirte que Pedro le ha dicho a


su psicóloga que su puta —me partía el alma decirle aquello—
no está yendo a trabajar. Y no me hables de eso del secreto
médico-paciente, ni nada parecido, que mi hermana acabó
harta de su ex, y ahora la está hartando de nuevo. Pero es que
cuando vi tu foto…

—Sí, ¿vale? —gritó— He trabajado en la prostitución porque


no tenía ni para comer, lo pasé muy mal durante mucho tiempo
y eso es lo que tuve que hacer para salir adelante yo sola. Sí
que soy autónoma, pero no en tema de redes, yo lo que hacía
era captar clientes selectos en ellas, esa era mi vida hasta el día
del accidente.

Se le habían saltado las lágrimas y yo estaba entre las ganas de


abrazarla y consolar ese llanto que tenía, y las de marcharme,
porque no me esperaba ni que mi hermana me contara aquello,
ni que ella lo confirmara.

—Mario, dime algo, por el amor de Dios —suplicó llorando,


pero yo no sabía ni qué decir, ni qué hacer, ni cómo actuar en
ese momento.

Sentía el mismo nudo en la garganta que cuando vi su foto, me


estaba costando respirar y me daba la sensación de que todo el
peso del mundo caía sobre mis hombros.

Joder, para dos veces que Cupido me lanzaba la puta flecha, se


había lucido el jodido Querubín.

No dije nada, tan solo negué con la cabeza mientras notaba


que se me saltaban las lágrimas.
Entré en el coche y salí de allí tan rápido que, si no hubiera
sido por los buenos reflejos, me habría chocado contra el
coche que acababa de saltarse el stop.

Me puse a conducir sin rumbo, y es que no tenía ni la menor


idea de a dónde ir, porque, por extraño que pudiera parecer, me
habría encantado que esto no hubiera pasado y haberla visitado
por sorpresa, como Ruth pensaba, y pasar la tarde con ella.

Paré en una gasolinera en mitad de la carretera, miré el cartel y


me eché a reír yo solo, había llegado hasta el pueblo de al lado
y sin darme cuenta, conduciendo de manera automática
mientras en la radio sonaba una canción romántica tras otra.

Joder, hasta la emisora del coche me acompañaba en este


mísero día.

Llené el depósito, compré una botella de whisky y volví


conduciendo hasta mi casa.

No hice nada más que abrir la puerta del garaje, y ya tenía a mi


hermana en la calle.

Era tarde, casi la hora de cenar y sí, me había estado llamando


y mandando mensajes, pero no quise hablar con ella aquel
momento. Ni siquiera en ese instante me apetecía.
—Vete a casa, Judith, quiero estar solo —dije, cerrando el
coche, ya que mi hermana se había colado en mi garaje.

—Solo, para qué, ¿para ahogarte en esa botella? —Señaló mi


mano y resoplé.

—Tengo cuarenta años, puedo beber, ¿lo sabías?

—No seas necio, Mario. Este no eres tú. No vuelvas a hace


años.

En algo debía darle la razón, cuando me enteré de lo de mi ex,


hubo alguna que otra noche que me quedaba en casa, solo,
bebiendo.

Eso fue hasta que la vendimos, claro está, porque, ni ella


quería la casa en la que, según dijo, no había sido feliz los
últimos meses, ni yo el lugar en el que la recordaría en cada
maldito rincón.

—En serio, vete a casa.

—No me pienso ir, imbécil —me quitó la botella de la mano


antes de que pudiera evitarlo, la abrió y le pegó un trago que,
así, sin hielo y a palo seco, ni los más acostumbrados a esa
bebida lo habrían soportado—. Y ahora, entra en casa que nos
emborrachamos juntos.
—Pues vas a estar buena tú mañana para atender pacientes.

—Anulo las citas, me tomo el día de asuntos propios.

Se sentó en el sofá, cruzada de piernas y con los pies encima


de la mesa, como si estuviera en el salón de su casa, vamos.

En el fondo así era, porque siempre le dije que, lo mío era


suyo, y por su parte también era así.

—Trae dos vasos con hielo, que esto así me ha quemado hasta
las entrañas.

No quería ni mirarme al espejo, pero acabé riéndome a


carcajadas por lo que acababa de decir, y no era para menos.

Fui por hielo a la cocina, saqué dos vasos de whisky y regresé


con ella, me senté a su lado, los llené y le di uno.

—Por las sorpresas que nos da la vida —dijo ella,


levantándolo.

—¿Aunque sean malas? —Arqueé la ceja.

—Hermanito, te voy a decir una cosa —me señaló, mientras


seguía con el vaso levantado—. En esta vida, hasta las
sorpresas malas nos pueden traer cosas buenas con el paso del
tiempo.

Tenía sentido, así que acerqué mi vaso al suyo, brindamos y,


entre una copa y otra, nos dieron las dos de la mañana en ese
sofá.
Capítulo 12

—Buenos días —saludé a mi hermana, que estaba tomándose


un café en la cocina.

—No grites —me pidió, cerrando los ojos y levantando la


mano—. Por favor, la próxima vez que me veas con una
botella de whisky en la mano, quítamela.

—Te recuerdo que fuiste tú, la que me la quitaste a mí —


sonreí.

—Y mira cómo hemos acabado.

—Tómate una pastilla, anda.

La besé en la frente y preparé el desayuno para los dos. La


verdad es que la noche anterior se nos fue un poquito de las
manos, pero al menos yo no me había levantado tan mal.
Después de desayunar, Judith regresó a su casa para ducharse
y meterse en la cama, así, tal cual, decía que estaba
muriéndose, y yo salí para el hospital.

Tocaba afrontar la realidad de lo que había pasado, por muy


duro que fuera.

Tenía que olvidarme de Ruth, esa era la verdad, olvidarme de


esa mujer que se me había metido en lo más hondo de mi ser.

—Buenos días, doctor —me saludó Gladys, una de las


enfermeras de mi equipo, cuando entré en la sala.

—Buenos días. ¿Cómo está el chico que entró ayer?

—Mejorando.

Revisé expedientes, hice la ronda de visitas para ver la


evolución de los que habían pasado allí la noche, pasé a
algunos a planta y estuve el resto de la mañana atendiendo las
urgencias que fueron llegando.

Pero no me quitaba a Ruth de la cabeza y cada vez que me


entraba un mensaje en el móvil, mi subconsciente se
ilusionaba pensando que era ella.
En el descanso para el café entré en mi cuenta de Facebook y
miré el perfil de Ruth. ¿Por qué lo hice? Por la sencilla razón
de que seguía necesitando saber de ella.

Había puesto un post esa mañana, solo la foto de un jardín, sin


más.

No sabía que significaría para ella, pero a mí me vino a la


cabeza el de mi casa.

¿Sería por eso? Seguramente no, pero en el fondo me gustaba


creer que sí.

Mi hermana se pasó a verme justo en ese momento, con eso de


que se había cogido el día libre, estaba de lo más feliz.

—Vengo a que nos vayamos a tomar un café.

—Lo podemos tomar aquí.

—Mira, yo no sé cómo llamas café a eso que tenéis en las


máquinas de ahí fuera.

—No me refería a esos, sino al que tenemos aquí.

—Nada, quiero sacarte de este sitio, que veo que al final te


tenemos de nuevo encerrado en ti mismo.
—¿Te tenemos? —Arqueé la ceja— No le habrás contado
nada a mamá.

—No hijo, no soy una cotilla de pueblo. Si le quieres contar


algo, pues se lo cuentas tú y ya está. Por cierto, vamos luego
las dos a comer a tu casa.

—Pues que no se te escape nada de lo de Ruth —arqueé la


ceja.

—Ni una palabra.

Salí con ella a la cafetería que había enfrente del hospital,


desayunamos y quedamos en vernos en mi casa a la hora de
comer.

Pasé el resto de la mañana trabajando y procurando no pensar


en ella, en Ruth, y en lo que se había callado, algo tan
importante como a lo que se dedicaba realmente.

Fue entrar en casa, y llegarme el rico olor de la comida que


había llevado mi madre. La abracé como hacía tiempo no la
abrazaba, necesitando ese cariño que solo una madre puede
darnos cuando estamos mal, y en ese momento la necesitaba.

—¿Qué tal en el hospital, hijo?


—Bien, ya sabes, mucho trabajo y algo de estrés.

—Bueno, pues los fines de semana a descansar y recuperarse.

Sabias palabras, como las de cualquier madre.

Comimos los tres juntos, como tantas otras veces, y mi


hermana hablaba de su trabajo, contándole a mi madre lo de su
ex, que la traía loca.
En ningún momento comentó algo sobre Ruth.

Después del café se marcharon y yo me quedé solo, como


quería estar, me senté en el sofá con el móvil y entré en el
grupo de La Tribu.

Lo primero que me encontré fue un post de Ruth.

«Me regalaron la luna y después me la quitaron»

Lo acompañaba con una imagen de una chica contemplando la


Luna desde una ventana.

Había cientos de comentarios en el post, las chicas la


animaban, decían que no se preocupara, que quien hubiera
sido se acabaría dando cuenta de lo que había perdido.
Incluso había algún que otro comentario de esos que solían
poner para sacar las carcajadas, diciendo que, si tenían que ir a
la guerra, estaban listas para hacer las maletas y llevar
cuchillos. Desde luego que ese grupo era una buena terapia
para quien tuviera uno de esos días tontorrones.

Ella comentaba al final del todo, con varios emojis tristes y


dándoles las gracias por haberla sacado más de una risa y por
los ánimos.

Dejé el teléfono en la mesa y me puse a leer, necesitaba


distraerme un rato y, en vez de coger alguno de los que tenía,
elegí a una de las autoras de La Tribu, Alma, y es que el título
me había llamado la atención, “Los líos de mi vida”.

Se me pasaron las horas volando y, antes de darme cuenta, me


estaba preparando la cena y escogiendo otro libro de los
autores de ese grupo. Le tocó el turno a ¡Puedo contigo!, de
Carlota.

¿Qué por qué estaba leyendo por orden alfabético a los


autores? Pues porque eran once y me había propuesto leerlos a
todos.

De nuevo las horas se me fueron entre las páginas, y es que


esas historias, tan reales como la vida misma, te hacían
adentrarte en ellas, como si formaras parte de los personajes.
Entré en el grupo y de nuevo vi un post de Ruth que me llegó
al alma.

«Hasta para sobrevivir, sé es juzgada»

Dos posts, y dos que, sin lugar a dudas, eran por mí.

Las chicas de nuevo comentando y animando, vitoreaban ese


post y le decían que no se viniera abajo, que ahí estaban ellas
para levantarles el ánimo.

No la escribí, aunque podría haberlo hecho, pero ni siquiera


me veía con el ánimo de hacerlo, al menos en ese momento,
con todo tan reciente.

Me encantaría alejarme de ella, que es lo que debería hacer


porque me había engañado, con algo que, si lo hubiera sabido
antes, si me lo hubiera contado ella, quizás no habría hecho
ciertas cosas ni llegado tan lejos como lo hice.

Sé que debería alejarme, pero me enamoré de ella como juro


que pensaba que no volvería a enamorarme, con todas mis
fuerzas.

Por eso me pasaba a mirar su perfil y en el grupo cada vez que


podía, entraba en las imágenes guardadas y veía las fotos que
Aitor me envió de ella.
Me quedaba perdido en el brillo de sus ojos y en esa preciosa
sonrisa que lucía.

Toda ella era el motivo por el que no podía alejarme por


completo. Ruth, me había devuelto las ganas de reír con cada
una de sus ocurrencias, y es que era una mujer maravillosa, a
pesar de no haberse sincerado conmigo desde el principio.

Fui a prepararme un té antes de acostarme, quería descansar en


condiciones y, conociéndome, sabía que no sería nada fácil.

Me metí en la cama con ella rondando en mi cabeza, con el


sonido de su voz, y el de su risa.
Capítulo 13

Miércoles de locura en el hospital.

Tres traumatismos, dos que entraron graves y a las puertas de


no salir de aquello, y un niño que se había caído de lo alto de
la caseta de un tobogán.

Así fue mi jornada aquella mañana.

En descanso volví a mirar en el grupo, donde Ruth había


puesto un nuevo post.

«La gente solo ve, lo que quiere ver»

No dejaba de poner ese tipo de mensajes que, si bien nadie en


el grupo sabía a quién iban dirigidos, yo sí.

A mí.
No dejaban de comentar que tenía toda la razón, que había
gente que solo veía lo que a ellos les interesaba.

Sabía que ella estaba dolida, pero, ¿se había puesto en mi


lugar?

Era yo el que me había enterado por terceras personas, de que


estaba con alguien que resultó no ser quien decía.

Ya es que hasta dudaba de si Ruth era su nombre de verdad, o


con el que la conocían en su trabajo.

Yo no estaba bien, era el segundo palo que me llevaba en


cuestiones de amor en mi vida.

No es que Celia fuera la primera, habían pasado algunas


mujeres por mi vida, más o menos tiempo, pero las había
habido.

Hasta que llegó mi ex para hacerme caer en la tentación y


casarme.

Estaba guardando el móvil cuando me entró un mensaje de mi


hermana, decía que me invitaba a comer fuera, que estaba
hasta el moño de su ex, que no dejaba de escribirle para
contarle sus penas y necesitaba una buena dosis de chocolate.
Lo que, para ella, se traducía en uno de los postres de su
restaurante favorito.
Acepté y le dije que nos veríamos allí, seguí con mi trabajo y
traté, sin éxito, de quitarme a Ruth de la cabeza.

—¡Viva la madre que te parió! —gritó Judith, nada más


verme, sonriendo y dando palmas.

—Calla, no seas escandalosa.

—A ver si no voy a poder decir que mi hermano es un


bombón, vamos, lo que me faltaba.

—Vamos a pedir, que tengo hambre.

Reí y llamé al camarero, nos tomó nota y después volvió con


el vino que habíamos pedido.

—En qué hora Pedrito me pidió cita para que lo tratara, tenía
que haberle dicho que no y mandarle a uno de mis amigos.

—Mándale al carajo.

—Ganas no me faltan, te lo aseguro. Ahora me viene con


que…
Empezó a contarme lo de su ex, y yo sonreía o reía cuando lo
hacía ella, le prestaba atención, sí, pero mi cabeza estaba en
otro, sitio.
Con ella…

Después de comer con mi hermana, fuimos a tomar café a casa


de nuestra madre, visita que a ella le encantó y nos puso un
pedazo de pastel de queso que había hecho.

—Yo necesitaba chocolate, pero rematar con este ya… me


quita la angustia —soltó mi hermana, haciéndonos reír a los
dos.

Nos despedimos de ella y nos marchamos para casa, cada uno


a la suya, que había que hacer cosas y descansar para trabajar
el día siguiente.

Esa noche, antes de acostarme, volví a entrar en el grupo y vi


un nuevo post de ella.

«A veces solo basta con saber escuchar»

No podía negar que aquello era cierto, pero también lo era que,
a veces, lo mejor es ir con la verdad desde el primer momento.

Jueves, y estaba deseando que llegara el viernes para acabar la


semana de trabajo y descansar el fin de semana.
Una semana que, si no recordaba mal, el lunes yo había
pensado que sería la mejor de todas desde hacía mucho
tiempo, por el simple hecho de que Ruth estaba en mi vida.

Iluso de mí, no sabía lo que cambiaría ese mismo lunes el


rumbo de la semana.

Había sido, sino la peor, de las peores con diferencia.

Me costaba dormir, solo pensaba en ella, quería alejarme, pero


me era imposible hacerlo, la amaba, la quería a mi lado, quería
estar con ella y verla sonreír.

Pero ahora, aun teniéndola tan cerca, la sentía más lejos que
antes de conocerla.

Todo era una mierda, esa era la verdad.

Que pensara que Ruth había aparecido en mi vida para


cambiarla, no era en este aspecto, vamos, que yo me decantaba
porque habiéndome devuelto la sonrisa y el sentirme
ilusionado por alguien, que mi corazón diera un vuelco cada
vez que la veía o hablara con ella, aunque solo fuera por
mensajes, era lo mejor que me había pasado y que ella sería la
mujer que ocuparía un lugar importante en mi mundo.
No que la realidad me diera una patada en el estómago y me
dejara con cara de idiota.

Me preguntaba qué habría pasado si mi hermana no me


hubiera llamado para ir a comer ese día o, al menos, si no me
hubiera hablado de las sesiones por mensaje con su ex.

¿Cuándo me habría enterado de la verdad de Ruth? Si es que


lo hubiese hecho en algún momento.

¿Me lo habría contado ella misma? La duda seguía en el aire.

Tomé el desayuno rápido en casa, salí para el hospital y me


pilló un atasco, así que tuve que avisar de que llegaría tarde.

Por la radio informaban de que se había producido un


accidente a unos pocos kilómetros de donde yo estaba, así que
de ahí venía el atasco.

Cambié de emisora y, ¿dónde acabé? Sí, en la que solo ponían


canciones románticas.

—Y ahora, os dejamos con una canción que, sin duda, es una


declaración de intenciones. Te espero aquí, de Pablo López —
dijo la presentadora del programa de radio.
Escuché la canción y me sentí muy identificado con esa letra.
Porque sí, yo no había perdido nunca el sueño por cualquiera,
quería volver a verla y tenía la duda de si me había ganado la
prisa con ella.

Llegué al hospital y atendí a varias personas que habían


resultado heridas en el accidente que me había hecho
retrasarme.

Acabé con ellos, hice mi ronda de visitas a los que habían


pasado la noche en urgencias y la mañana se me pasó volando.

—¡Hijo! Qué sorpresa —dijo mi madre, al abrirme la puerta.

—¿Tienes un plato de comida para un hambriento?

—Anda, bobo, pasa, te voy a dar yo a ti hambriento…

Sonreí, la besé en la mejilla y fuimos al salón, puse la mesa y


enseguida vino ella con la olla de puchero que había
preparado.

—De aquí me sale para que luego te lleves unos tuppers para
ti, y tu hermana.

—Si no fuera por ti, algunos días nos moríamos de hambre —


volteé los ojos y ella soltó una carcajada.
Estuve a punto de hablar con ella sobre Ruth varias veces, pero
me echaba para atrás en el último momento.

Sabía que me entendería, que sabría ponerse en mi lugar y que,


como madre, me aconsejaría de la mejor manera.

Pero tenía miedo de que, al contarle todo lo sucedido, pudiera


cogerle manía y si la cosa entre nosotros cambiaba…

¿Cómo podría cambiar? Me había mentido, no había confiado


en mí para contarme algo que formaba parte de su vida.

Joder, que me había enamorado de la mujer con la que mi ex


cuñado había estado acostándose, a saber, durante cuánto
tiempo.

—Bueno, espero que vengas pronto a visitarme de nuevo, ¿eh?


—dijo mi madre cuando me marchaba para casa, después de
tomar café.

—Claro, y prometo avisar por si no tienes comida.

—Hijo… sabes que siempre hago de más para poder llevaros.

Me despedí y fui para mi casa, le dejé a mi hermana los


tuppers, charlamos tomando un café, se interesó por cómo
estaba y si había hablado con Ruth.

Se preocupaba por mí, y es que, de no haber sido por ella, yo


seguiría viviendo en la ignorancia.

Aunque a veces vivir en ella es lo mejor.

Pasé la tarde recogiendo la casa, ni siquiera tenía ganas de leer


o de ver una película.

Cené una ensalada y me fui temprano a la cama.

No es que me fuera a quedar dormido enseguida, pero al


menos intentaría no pensar.
Capítulo 14

—Mujer, treinta y cinco años, ingesta de barbitúricos —es lo


primero que escuché al ver al chico de la ambulancia y cuando
la vi a ella…

—¡¡¡A quirófano ya, llamen al doctor Carrascosa!!!

Ayudé con la camilla para llegar lo antes posible, no podía ser,


ella no, joder. ¡Qué cojones había hecho!

Tenía los signos vitales muy débiles y estaba convulsionando,


me temblaban las manos, gracias a que estaban mis
compañeros y les dije que era una persona muy importante en
mi vida y entendieron mi estado, me ayudaron a sacarla de ese
estado en el que estaba y le tuvimos que hacer un lavado de
estómago.

La miraba, negando constantemente y entre lágrimas, me


preguntaba una y otra vez, por qué había hecho eso, me partía
la vida verla ahí.
Se consiguió que todas sus constantes se normalizaran, dentro
de lo que cabe. Permanecía sedada y la llevamos a cuidados
intensivos.

Me pasé el resto de mañana a su lado, mis compañeros


cubrieron todo mi turno y al terminar mi hora, bajé un
momento a comprarme un sándwich, no pensaba moverme de
allí hasta que ella saliera del hospital que, por lo pronto, no iba
a poder ser en unos días.

Despertó sobre las cinco de la tarde, yo estaba sentado a su


lado en un sillón, además, había hablado con el hospital para
coger unos días de asuntos propios a partir del lunes, con lo
cual hasta dentro de diez días no trabajaría, quería estar a su
lado al cien por cien.

Cuando fue abriendo los ojos y me vio a su lado, comenzaron


a brotarle las lágrimas.

—Ruth, tranquila, estás a salvo.

Esas palabras, no sé por qué, le causaron que llorara con más


intensidad. Yo, le sostenía la mano, ella no hablaba, además le
debía de doler un poco la garganta por el lavado de estómago.

Dejé entrar a su amiga que estaba destrozada, decía que esa


semana la había visto muy tocada por lo nuestro y con todo lo
que había pasado en su vida, ya no tenía ganas de vivir, eso le
transmitió esos días.

Unas horas tardó en hablar, unas horas en las que estuvo


mirando hacia la ventana con la mirada perdida, ni siquiera
contestaba a los compañeros que entraban para verla y que
hablaban conmigo, siempre mi opinión para ellos era
importante.

—¿Cómo estás? —le pregunté sobre las diez de la noche, que


se quedó mirándome fijamente.

—No debería de estar aquí, no pedí que nadie me salvara.

—Tu amiga está destrozada, te encontró tirada en el piso y no


digas que no se te debió salvar, nadie va a permitir que te
vayas.

—No me hables… —su tono era triste, no dejaba de llorar.

—Sí, sí te hablo.

—No tienes derecho, además, no quiero que estés a mi lado.

—No pienso marcharme.


—Que sepas que, cuando salga por esa puerta, no me vas a
poder controlar las veinticuatro horas y la próxima vez no dará
tiempo ni a que me traigan al hospital.

—No va a pasar eso.

—Sí, te lo digo —lo decía convencida y con rabia, le notaba


rabia.

—Ruth, quiero que te tranquilices, tenemos mucho tiempo


para hablar.

—Eres un egoísta, no tienes corazón, me has juzgado por algo


que no tienes ni idea lo que me costó hacer, me dejaste tirada
por algo que no fue un gusto. Fue una necesidad lo que me
llevó a ello y sí, fui puta, pero fui puta para no verme con el
piso de mi madre embargado por no tener para pagar luz, agua,
contribución y mil recibos que venían. Comía gracias a mi
amiga, así que, vete a la mierda, personas como tú que lo han
tenido todo muy fácil, jamás entenderán lo que otras personas
debimos de pasar para enfrentarnos sola a la vida.

Eso hizo que me entrara un dolor en el pecho increíble, mis


ojos se inundaron de lágrimas. ¿Qué decía ante eso?

—Ruth, lo siento, me porté muy mal contigo, pero no supe


digerir aquella información.
—No quiero verte, de verdad, eres quien más daño me has
hecho en esta vida, tú sí que me has tratado literalmente como
una puta cuando te fuiste dejándome así, sin darme opción a
explicarme, sin importarte lo que me dolió que me dijeras
aquellas palabras. No te quiero ni ver, Mario, no te quiero ni
ver.

—Ruth, no es momento, primero recupérate y luego


hablaremos lo que quieras.

—Contigo no hablaré más. ¿Sabes? Ni esos malditos clientes


que pagaban por sexo me trataron tan mal como tú.

Eso me hizo un daño brutal, esas palabras fueron directas al


corazón, de eso que te da un zarandeo y te das cuenta de lo
injusto que fuiste, así me sentí, la traté mal, me marché
dejándola ahí como si no tuviera valor, como si ya por el
simple hecho de haber tenido que hacer algo así ya no tuviera
sentimientos.

Me fui hacia la ventana, tenía que llorar, soltar esas lágrimas


que no podían contenerse y soltar esa rabia de saber que había
sido el ser más deleznable del planeta.

Esa noche apenas pegué ojo, la miraba, observaba que todo


estuviera bien, lloraba mientras ella dormía y sentía que era la
vez que más me había comportado como un canalla, eso me
mataba.
Por la mañana le subí una Napolitana y un batido de chocolate,
me lo rechazó, se tomó solo lo que le habían traído de
desayuno del hospital. No me hablaba, se ponía con el móvil a
poner estados en el Facebook que me causaban un daño
increíble, pero me lo merecía, yo se lo había hecho a ella y lo
que más me mataba era saber que fui el que le ocasionó esas
desganas de seguir luchando, eso no me lo iba a perdonar en la
vida.

Se pasó todo el día sin hablarme, cuando me miraba lo hacía


con asco y desprecio, eso era lo que veía en ella, algo que me
estaba haciendo un daño increíble, pero repito, me lo merecía.

El domingo se levantó diciendo que se quería ir, tuve que


llamar al psicólogo y a otro compañero para que la
convenciera de que esperara hasta el día siguiente, a mí no me
escuchaba y solo me hablaba para insultarme, estaba llena de
rabia y lo estaba pegando con la persona indicada, conmigo.

Consiguieron convencerla, ella dejó clarísimo en todo


momento que era libre de hacer con su vida lo que le diera la
gana, que una vez que saliera por la puerta iba a hacer eso que
le habíamos impedido.

Mi compañero me recomendó que por la gravedad del asunto


debería ir a psiquiatría y sin posibilidad de salir hasta que no
razonara, yo no lo iba a permitir y así se lo hice saber, les dije
que me había pedido unos días libres y que me encargaría de
ella.
Ese día le quitaron la escayola, fue un acuerdo para quedarse
hasta el día siguiente, así que, aunque faltaban al menos cinco
días, tomamos la decisión de que sí, se le quitó y la verdad es
que pintaba bastante bien y la placa había sido buena.

Se pasó la noche, antes de dormir, soltando de todo por la


boca, diciendo que yo me creía guay por estar ahora a su lado,
después de arrojarla al precipicio, además de decir que le había
hecho sentir más puta que nadie, que era un ser despreciable y
que la había engañado de forma premeditada.

Causaba mucho dolor escucharla, demasiado, pero sabía que


tenía razón, que ella se sintió así ese día que la dejé sin
terminar de hablar y desahogarse. Ahora me tenía que
aguantar, por mucho dolor que me produjera.
Capítulo 15

Eran las siete de la mañana y ya estaba vestida, sin querer


desayunar y de pie junto a la ventana esperando a que le
trajeran el alta.

Le pedí a una enfermera que fuera a hablar con el doctor y se


la firmara ya, no tardó en aparecer con ella.

Salió como alma que lleva al diablo y yo detrás, en la calle la


cogí en brazos a pesar de las patadas, la metí en el coche, no le
iba a permitir que fuera a ningún sitio y llevara a cabo eso que
tenía en mente.

Gritaba, me pegaba puñetazos, pero me daba igual, bloqueé su


puerta y entré. Me la llevaría conmigo, quisiera o no.

Llegamos a mi casa sin que sus gritos no dejaran de cesar, me


amenazaba con llamar a la policía, con echar a arder la casa,
pero me daba igual todo, no la iba a dejar ir por nada del
mundo, no iba a permitir que volviera a hacer nada.
—¿Qué cojones quieres de mí? —preguntó, cuando cerré la
puerta y se echó a llorar con un dolor que me traspasó el alma.

—Perdóname, Ruth, perdóname —la abracé con fuerza, a


pesar de que ella se quería soltar.

—No quiero estar aquí contigo, me hace más daño. ¿No lo


entiendes?

—Vámonos adónde quieras, tengo la semana libre y un mes de


vacaciones que puedo añadir, si no quieres estar en la casa
dime adónde nos vamos, estoy dispuesto a llevarte donde te
vaya a hacer bien.

—Me quiero ir de la vida y, por supuesto, no quiero que me


acompañes en ese viaje —decía con tristeza, ya echada sobre
mi hombro mientras yo le acariciaba la cabeza.

—No te puedes ir, tienes todo por delante para ser feliz.

—No tengo nada, estoy sola, no soy feliz, no encuentro un


trabajo porque no tengo estudios, soy una mierda pinchada en
un palo que solo sobrevive.

—No digas eso, por Dios, no digas eso —se me caían las
lágrimas y el corazón me dolía como jamás antes me había
sucedido.
—Deja que me vaya, por favor, quiero estar sola.

—No, no te dejaré ir, vamos donde quieras, pero sola no te voy


a dejar.

—Soy una puta, eres un médico y como bien vi en ti, no tengo


nada que ver con lo que tienes como concepto de vida.

—No vuelvas a decir eso, por favor.

—Me voy…

—No, te he dicho que no te voy a dejar ir, así te ate a una silla,
no estás en condiciones de hacerlo y no lo voy a permitir por
nada del mundo.

—No puedo mirar a ningún lado, esta casa me mata.

—Hago las maletas ahora mismo, vamos a tu casa, haces las


tuyas y nos vamos a alguna parte.

—No quiero ir contigo a ningún sitio.

—Ruth, unos días, por favor —le imploré entre lágrimas.

—No, quiero irme a mi casa.


—Te lo pido por favor, vamos de viaje y si a la vuelta no
quieres saber más de mí, te prometo que no te buscaré. Solo
una semana, pasa conmigo en algún lugar del mundo una
semana.

—No tengo mucho dinero y menos para gastar tontamente, no


me fui acostando con todos los que surgían, lo hacía para
mantenerme y no me dio lugar a ahorrar mucho.

—No necesitas dinero.

—No voy a ir de prestada.

—Ruth, te lo pido con el corazón en la mano, hazlo por lo que


quieras, vámonos una semana, vamos a intentar hablar desde
la tranquilidad. Sé que fui un cerdo, un cobarde y que no me
puse en tu lugar, pero créeme que te valoro, creo y te veo
como una persona que merece la pena.

—No merezco nada, soy una mierda que no tiene más que una
amiga y una asquerosa vida sin futuro.

—No digas eso, por favor —rompí a llorar como un niño


chico.

—Bueno, no llores así —noté que le daba pena verme en ese


estado—. Te doy una semana, luego quiero que continúes con
tu vida y yo ya veré qué hago con la mía, pero no llores.

—Ruth, te hice mucho daño y no te lo merecías, pero créeme


que para mí no eres nada de eso y que reconozco que, ni
estuve acertado, ni te merecías ese trato que te di, pero, por
favor, no pienses que te veo como algo no valido, todo lo
contrario, devolviste a mi vida una felicidad ese fin de semana
que jamás había vivido de esa manera.

—No me hables de lo que pasó entre nosotros, por favor.

—Está bien —la abracé entre lágrimas y se dejó abrazar.

Preparé mi maleta y nos fuimos para su casa, ella estaba en


silencio, yo había roto todo aquello bonito que hubo entre
nosotros, esa persona bromista que me hacía sacar carcajadas
tras carcajadas, yo lo había roto todo.

Mientras ella preparaba la maleta y se aseguraba de tener el


pasaporte en regla, yo encontré un viaje que pensaba que podía
ser uno de los más bonitos que podíamos vivir en nuestras
vidas, el problema es que salía al día siguiente, así que, sin
decirle el destino, pero sí que echara mucha ropa de playa, nos
montamos en el coche y nos fuimos a Madrid que es de donde
salía el vuelo al día siguiente.

El trayecto lo pasó leyendo un libro de Dylan y Janis, iba en


silencio y en más de un momento soltaba una carcajada
impresionante por lo que leía, yo me alegraba que así fuera. La
verdad es que yo tenía un sentido de la culpabilidad increíble.

Ana me mandó un mensaje diciendo que no le dijera nada,


pero que me daba las gracias por no haberla dejado sola y me
encargara de ella, que me creía y sabía que era un buen
hombre, eso me emocionó muchísimo.

Comimos por el camino y llegamos sobre las cinco al hotel al


lado del aeropuerto, así que nos metimos en la habitación,
dejamos las maletas y ella se echó en la cama a seguir leyendo,
yo me puse con el móvil, pero no, realmente quería pensar y es
que todo había sido muy fuerte, jamás pensé verla entrar por el
hospital de aquella manera.

Estuvo toda la tarde en silencio, por la noche bajamos a cenar


y no me miraba, le costaba hacerlo, me contestaba con
monosílabos y es que sabía que no me veía igual, no confiaba
en mí y tenía puesto un escudo que parecía infranqueable, pero
yo le iba a dar su tiempo.

Tras la cena regresamos a la habitación y ella se puso a leer el


grupo, yo estaba tumbado a su lado en silencio. Sentía una
sensación extraña, ganas de abrazarla, de volver a llorar y de
decirle que era mi persona favorita, aquella que quería tener en
mi vida y cuidarla como antes no había sabido hacer, pero no
podía, no podía hacerlo y que ella se sintiera agobiada,
necesitaba su tiempo y su espacio. Había sido muy fuerte la
decisión que tomó y ahora se veía al lado de la persona que la
lanzó al precipicio y es que yo era el culpable. Esto me iba a
costar mucho superarlo.

La amaba, como solo se amaba una vez en la vida, como lo


supe en ese momento que la vi en la camilla por segunda vez
entrando por urgencias. La amaba como solo se podía amar de
verdad, con el corazón y el alma…
Capítulo 16

Desperté y ella me estaba mirando con tristeza, lo pude


percibir de sopetón, bajó su mirada cuando abrí los ojos.

—Buenos días, Ruth. ¿Cómo te sientes?

—Buenos días… —ignoró la pregunta.

—Pido el desayuno y salimos en dos horas, ¿vale?

—Vale.

Se levantó y fue para la ducha, yo pedí el desayuno y me fui a


duchar cuando salió ella, lo hice rápido. Al salir ya lo habían
traído y Ruth, lo había colocado en la mesita auxiliar que había
a un lado.

Desayunó mirando al descampado que había delante del hotel,


no hablaba, estaba en el más absoluto de los silencios.
Solo esperaba que ese viaje lo disfrutara y que me perdonara
un pequeño olvido que no le dije, no íbamos por una semana,
me la llevaba dos, una por la isla de Jamaica y otra por la de
Cuba, así que solo deseaba que cogiera toda la energía que
pudiera y viera la vida de otra manera. Estaba convencido de
que un viaje le podía cambiar la vida, siempre que nos
sumergimos en uno, no volvemos a ser los de antes…

Eso siempre me lo decía mi madre y cuando comencé a viajar


me di cuenta de que tenía razón, cada viaje transforma, de
alguna manera u otra, lo hace y este esperaba que lo
consiguiera con ella, se lo merecía y la quería volver a ver reír
a carcajadas por las cosas que se le ocurrían y no solo por leer
algo de La Tribu, que sí que le hacía bien, pero sus carcajadas
eran por otros y ella se merecía reír por ella, por esa actitud
que siempre tenía a pesar de a saber el dolor que escondería
dentro.

—¿Jamaica? —preguntó mirando aquel cartel.

—Jamaica… —sonreí, poniendo las maletas en la cinta de


facturación.

—¿Eso no está en África? —Hasta la azafata nos miró


aguantando la risa.

—No, preciosa, está en el Caribe.


—¿Yo me voy al Caribe?

—Sí, conmigo—sonreí y pensé que lo que se le debía estar


pasando por la cabeza a la chica que nos estaba emitiendo las
tarjetas de embarque, debía ser monumental.

Se quedó en shock, no dejaba de pensar mientras íbamos


pasando por los controles policiales, aún no sabía que luego
iríamos a Cuba, así que mejor eso que lo descubriera en el
último momento.

El vuelo me lo pasé explicándole que en Jamaica está


enterrado Bob Marley, que es la cuna del Reggae. Poco a poco,
situándose y se le dibujaba una sonrisa en su rostro, se iba
imaginando esas aguas cálidas y esos resorts que ella decía que
eran de ensueño y sí, se veía que al menos se iba dejando
llevar por el momento. Me iba hablando, sin mirarme a la cara,
no lo hacía en ningún momento y eso me partía el alma, pero
la entendía y, sobre todo, sentí que necesitaba su tiempo, era
demasiado fuerte por lo que había pasado.

Durante el vuelo durmió algunos ratos, otros, leía al igual que


yo, e incluso vimos una peli de las que ponían en las pantallas
individuales que teníamos en nuestro asiento.

Apenas hablábamos más que cualquier tontería, fueron diez


horas de vuelo en las que apenas llegamos a cruzar alguna
palabra. Creo que ninguno de los dos, sabíamos que decir,
además, no quería resultarle pesado o molesto, quería que,
poco a poco, ella fuera dejando fluir todo.

La quería cuidar y era mi propósito para esos días en los que


quería volver a sacar a aquella chica con el carisma más
impresionante del mundo. Me daba mucha lástima verla así,
con esa tristeza que se le dibujaba en su rostro.

Llegamos al aeropuerto de Montego Bay, donde una bofetada


de humedad fue el recibimiento a esa isla caribeña.

Un coche privado nos recibió en la terminal para hacernos el


traslado al resort. La verdad es que el chico era muy amable,
yo iba charlando con él y le traducía a Ruth, que no se
enteraba de nada, pues estaba en su mundo, mirándolo todo.
Le llamaba la atención aquellas calles sin asfaltar, todos esos
colores, sus gentes, estaba conectando desde el silencio y la
impresión que se veía que le daba todo aquello.

Entrar en el resort fue para ella, impresionante. Como que


abrió la boca y no la podía cerrar, miraba hacia todas partes,
yo ya había estado en sitios así y, aunque me encantaba, no me
llegaban a asombrar tanto como esa primera vez que es un
choque impresionante.

Fuimos a la habitación a colocar las cosas, alucinó con la cama


de matrimonio que era doble, con la terraza, el baño, el
minibar lleno de bebidas y aperitivos, estaba como una niña
pequeña el Día de Reyes.
Nos duchamos y fuimos a cenar, el cambio de horario era
mortal, aquí eran las nueve de la noche, pero en España era de
madrugada, así que estábamos muertos de cansancio.

Nos sentamos en una terraza de los innumerables restaurantes


que había en el resort. La música de Bob Marley, iba sonando
en todos los rincones y hacían la magia del lugar.

Elegimos uno de especialidad en mariscos, nos pedimos una


langosta cada uno y una ensalada tropical, era un “todo
incluido”, pero de lujo, así que todo estaba hecho de manera
muy elaborada y con una presentación impresionante.

Ella no dejaba de hacer fotos a los platos y subirlos a


Facebook, estaba revolucionando a todas las chicas que le
pedían que subiera más y más.

Yo lo veía desde mi móvil y la miraba, ella lo notaba y sonreía


levemente, no cruzábamos la vista, no dejaba de mirar hacia
abajo. Muy pocas veces eran las que nuestros ojos se
encontraban y yo podía ver en ellos que la había
decepcionado, que le había hecho mucho daño y que, en cierto
modo, le costaba volver a confiar en mí, ni siquiera un poco
podía.

Tras la cena fuimos a dar una vuelta por todos aquellos


jardines en primera línea de mar, además, había una piscina
impresionante con varios bares acuáticos separaba de la arena
del mar, todo en plan isletas, una maravilla para los ojos.

Terminamos en un chiringuito de la playa, tomando un coctel


que estaba buenísimo y que era granizado, con esencia de
fresa, el sabor era una delicia para el paladar.

Ella se sentó sobre una hamaca con las piernas recogidas y


cruzadas, en plan Buda, mirando hacia el mar, yo me puse al
lado, mirando también al frente y respetando ese silencio que
sabía que ella necesitaba.

—¿Qué piensas? —preguntó en voz baja y sin dejar de mirar


hacia el agua.

—No pienso, me siento triste y decepcionado conmigo mismo.

—Puede que yo me haya acostado con hombres a cambio de


dinero, pero eso no significaba que no tuviera sentimientos,
que no tuviera ilusiones, que no luchara por una vida mejor…

—Siento haber actuado tan cobardemente, no hay nada que


pueda hacer para remediar ese dolor que te he causado, pero
yo sabía que tú tenías sentimientos, el problema fui yo, que
sentí en esos momentos cosas que no me hicieron bien. Te creo
en todo y no soy nadie para juzgarte, es más, si tuviera que
hacerlo ahora, te felicitaría por las agallas y el coraje que
tuviste en hacerlo.
—Creo que piensas que, porque me haya acostado con
hombres a cambio de dinero, soy más sucia o valgo menos que
otras que se hayan acostado con muchos más, pero sin cobrar.
Creo que ese es el problema de la mente humana, que hay que
decorarle las cosas y diferenciar donde no hay diferencias.

—Tienes razón, pero para mí vales mucho como mujer, como


persona, como todo.

—Pues no lo parecía…

—Ya, te repito que no tengo perdón y haría cualquier cosa por


enmendar lo que hice.

—Me cuesta mirarte a la cara, me cuesta asimilar que el


hombre que me hizo sentir tanto amor en tan poco tiempo, se
marchara de mi vida como si yo fuera un despojo humano,
como si no valiera nada.

—Lo sé —las lágrimas volvían a comenzar a caerme.

—Te agradezco que me hayas traído, que te hayas preocupado


por mí, que te quedaras a mi lado en el hospital, te lo
agradezco todo y, si algún día necesitas algo y estoy viva…

—No digas eso —murmuré con rabia.


—…estaré para lo que necesites, pero no podré mirarte nunca
más como lo hice un día. Eres la única persona que realmente
me hizo sentir una puta…

Esas palabras se me clavaron en el corazón, fueron como una


puñalada sin previo aviso y que te abren en canal, además, lo
decía con todo el dolor del mundo. Ella también lloraba de
tristeza, me había cargado todo lo que había llegado a mi vida
y que sí que merecía la pena.

Nos fuimos a dormir unos minutos después, en silencio, ella se


acostó mirando hacia fuera y dándome la espalda, esa que me
merecía sin dudas, no me había portado bien, no había sido un
hombre y ahora tenía lo que me merecía…
Capítulo 17

La sentí salir a la terraza y abrí los ojos, había dejado todo


oscuro de nuevo para que yo no me despertara.

La vi de espaldas al separar las cortinas, sostenía en sus manos


un cigarrillo que fumaba mientras miraba hacia el mar. Me
impresionó verla fumando, pero tampoco era momento de
ponerme a darle lecciones de salud, ni mucho menos, además
si eso le valía para relajarse un poco, hasta lo prefería.

Salí y me puse a su lado.

—Buenos días, Ruth.

—Buenos días, Mario —echaba tanto de menos que me


llamase Julián, eso hubiera sido una señal de que iba calmando
a su corazón.

Pero al menos me había contestado, aunque siguiera me


miraba, era algo que me hacía mal, pero que me tenía
merecido.
—Debe ser muy temprano…

—Las seis y media de la mañana.

—Es lo que tiene el cambio horario, hasta que nos vayamos


estaremos madrugando y por las noches cansados.

—Bueno, es más bonito vivir el día, este lugar es un paraíso.

—Lo es, el Caribe tiene algo especial…

—Si quieres podemos ir a tomar un café y luego más tarde a


desayunar.

—Sí, por favor —se giró para apagar el cigarrillo en el


cenicero que había sobre la mesa de la terraza.

Entramos y nos cambiamos, se puso guapísima con un


bañador rosa claro, que le hacía una figura espectacular, por
encima se echó un vestido blanco tipo camiseta y ancho, con
un hombro caído que se lo dejaba al descubierto, iba preciosa.

Nos sentamos en un par de hamacas delante de uno de los


tantos bares que había por el jardín y que era precioso, estaba
cerca de la piscina y abierto las veinticuatro horas. Nos
pedimos los cafés y nos lo trajeron, cuadraba hacia el Lobby
del hotel, ese que era impresionante, la recepción era al más
puro estilo caribeño y ahí tenía ella la mirada perdida.

Se encendió un cigarrillo, parecía que tenía ansiedad, la notaba


muy triste, cabizbaja, con la mirada perdida y en modo
pensativo.

—Ruth. ¿Estás bien?

—Sí —asintió, mirándome por una vez, triste, volvió a bajar la


mirada.

—¿Quieres que salgamos hoy a visitar algo de la isla o


prefieres quedarte en el hotel?

—Me da igual…

—Bueno, preferiría que no te diera igual, algo tendrá que


apetecerte más.

—Lo que me apetece no puedo hacerlo ahora mismo —intuí a


lo que se refería y no podía con ese dolor que me provocaban
aquellas palabras.

—Vamos a pasar el día disfrutando del hotel y mañana iremos


a un sitio muy chulo.
—Vale.

Me levanté y me senté junto a ella, noté que se puso nerviosa.

—¿Me puedes mirar un momento? —Le acaricié la mejilla.

—No me toques, por favor —se le saltaron las lágrimas.

—Ruth, mírame, por favor.

—¿Qué quieres? —preguntó, levantando la mirada y


formándose en sus ojos unas lagunas de lágrimas.

—No quiero que llores ni sufras, sé que te hice mucho daño


con mi actitud, esa que me reprocharé cada día, pero no te
quiero ver así, quiero verte sonreír de nuevo y que tú te
provoques tu propia carcajada como antes hacías.

—Estoy muy mal —rompió a llorar, tapándose la cara y


apoyando sus codos sobre sus piernas que tenía cruzadas, una
encima de la otra.

Me levanté y me puse en cuclillas delante de ella, la abracé


fuerte, pegándola a mí. Ella seguía con sus manos en la cara,
pero refugió esta en mi hombro mientras le salían esos
quejidos de dolor, esos que salen del corazón.
—Yo no lo hice por querer tener lujos, lo hice para no estar
pidiendo limosna para comer y pagar los recibos —lloraba con
una pena que me desgarraba.

—Lo sé, Ruth, lo sé, de verdad que lo sé. Perdóname, no


estuve acertado, tuve un mal comportamiento, pero te veo
como una gran mujer y no como piensas.

—Me vi recogiendo comida en lugares de donaciones y no me


importaba, necesitaba comer, pero también tenía que pagar, no
me arrepiento de nada, no tenía otra opción.

—No llores más ni te justifiques —la abrazaba bien fuerte


contra mí—. No tienes que hacerlo, soy yo el que en vez de ir
a ti y hablarlo, fui un cobarde y me fui.

—Sé que tienes un futuro brillante, que estás educado y


formado académicamente, jamás busqué que me pidieras
matrimonio, ni me veía teniendo algo formal contigo, porque
sabía que no estaba a tu altura, pero te amé más que a nada en
este mundo desde el día que me empezaste a cuidar en el
hospital y ese fin de semana para mí fue el más bonito de mi
vida. No me merecía que me trataras como lo que era, si otros
no lo habían hecho, no tenías derecho tú, no tú, lo que más me
dolía del mundo —tenía el corazón encogido y la pobre lloraba
con un dolor sobrecogedor. Había sido un maldito cerdo por
haberla hecho sentir así.

—Ruth, abrázame —le pedí, sin yo dejar de hacerlo.


—No, me da miedo.

—No tienes que tenerme miedo, a mí no, cariño.

—No me llames así —hablaba como una niña pequeña


enfadada.

—¿Sabes? Ese viernes que apareciste por el hospital, te juro


por mi vida que, si te hubiera pasado algo, me habría quedado
muerto en vida.

—Si me hubiese ido, ya no estaría sufriendo.

—No digas eso, mi vida.

—No soy tu vida, soy la puta —dijo riendo y me quedé


helado, no sabía si reír, llorar o que decir, pero me hizo feliz
verla reír.

—No —le hice cosquillas, ella seguía llorando, pero a la vez


riendo por lo que había dicho—. No vuelvas a decir eso, eres
Ruth, una gran mujer con un corazón impresionante.

—Impresionantemente dañado, viejo y arrugado de tanto


sufrir, mi corazón es una mierda y para una vez que palpitaba,
era en la dirección errónea.
—No lo hizo en la dirección errónea, me equivoqué, pero me
arrepentiré todos los días de mi vida.

—Tú no me tienes ni el más mínimo cariño y estuviste en el


hospital por sentimiento de culpabilidad, al igual que me has
traído aquí, por lo que hice, por eso te sientes culpable, pero
no tienes la culpa. No pensé que llegaría al hospital y me
vieras, no debió de llegar Ana en ese momento ni la esperaba.
Quítate ese sentimiento y deja de fingir, tú no sabes lo que es
quererme ni un poquito —se levantó con rabia llorando y se
fue hacia la orilla.

—Yo te amo con todas mis fuerzas —murmuré entre lágrimas


y sabiendo que no me escuchaba, ya estaba lejos de mí, de
espaldas…

¿Cómo se arregla un corazón destrozado? ¿Qué se puede decir


para transmitir que lo que sentía era de verdad y me había
matado hacerle daño a alguien que era y es tan importante para
mí? ¿Cómo cojones le hacía entender que, si ahora mismo me
pidiera lo que fuese, lo haría por ella? ¿Cómo demostrarle que
me había enamorado de verdad y que no me imaginaba una
vida en la que no estuviera?

Fui caminando hacia la orilla hasta llegar a ella, le eché las


manos por los hombros y la abracé por su pecho, sabía que no
tenía derecho, pero también sabía que, si no lo hacía y la
dejaba ahí sola sufriendo, estaría fallando a los dos, a ella
porque estaba sola y pasándolo fatal y a mí, porque necesitaba
intentar calmarla como fuera.

—Yo jamás te hubiese hecho algo así a ti, si me hubiera


enterado de algo del pasado que no me gustara, lo habría
hablado contigo, te daría mi opinión, pero jamás me habría
ido.

—No llores más, sé que tú no hubieras actuado como yo, pero


te juro y te repito que me arrepiento de verdad y de todo
corazón.

—Lo que más me duele es que no te creo —decía a lágrimas


tendidas.

—A mí, eso me mata…


Capítulo 18

Unos largos minutos habían pasado desde que se hizo ese


silencio en el que solo se escuchaba el ruido del mar, de la
naturaleza…

Ella no dejaba de llorar sin hacer ruido, pero no dejaba de


hacerlo, no la solté en ningún momento, no quería y algo me
decía que ella tampoco quería que la soltara.

—¿Vamos a desayunar? —pregunté, cuando noté que se calmó


un poco.

—Sí —murmuró afirmando con la cabeza.

Se giró y le dejé una mano sobre el hombro mientras


caminábamos.

Nos sentamos fuera del restaurante principal, era buffet, solo


te traían la bebida, así que entramos a coger pan, bollos y
demás.
—Te pido disculpas por mi actitud, prometo que no te daré
más el viaje, ya que estamos aquí, al menos intentemos ser
feliz —murmuró, con tristeza mientras se untaba la
mantequilla.

—No, Ruth, no tienes que pedirme disculpas y no me das el


viaje, solo me da pena verte sufrir y yo ser el culpable.

—No tienes la culpa de mi pasado, solo te juzgo por tu actitud


por lo que yo era —me gustaba que hablara en pasado.

—Tengo la culpa de mucho, pero te juro que no te miento


cuando te digo que me importas más de lo que imaginas.

—Bueno, te he pedido disculpas, no significa que te vaya a


creer, Don Julián —sonrió con tristeza, pero me encantó que
me llamara así—. Vamos a disfrutar del viaje y de esta
semanita que nos queda por delante —semanita…

—Gracias, verás cómo nos llevamos un bonito recuerdo de


estos días de viaje.

—No debí haber hecho aquello, en el fondo me alegro de estar


viva.

—Claro, Ruth —le acaricié el brazo.


—Mis dos últimas tragedias y has estado tú salvándome, verás
que me pongo de parto y eres el único médico del hospital —
dijo riendo y sacándome una de esas carcajadas que echaba
tanto de menos.

—Bueno, creo que no se me daría mal —carraspeé.

—Quita, quita, no quiero ni imaginarlo —reía.

Me encantaba esa sensación que me daba ver cómo sonreía y


carcajeaba. Esa era ella, a pesar de ese dolor y ese sentimiento
que yo le había dejado de desprotección, de soledad. Me juré a
mí mismo, que le iba demostrar que no era ese hombre
miedoso que se marchó un día de manera tan cobarde.

Nos pusimos a charlar y estuvimos un buen rato, la verdad es


que se veía que ya había soltado mucha de la rabia contenida y
eso la hacía relajarse más, a pesar de esa inseguridad que ahora
yo le daba, esa que esperaba hacer desaparecer en esos días
que nos quedaban por delante.

Estuvimos un rato en la playa después del desayuno y nos


dimos un baño mientras ella no dejaba de decir que le
encantaba esa sensación de bañarse en el mar y no sentir frío.
Era lo que tenía el mar Caribe, te podías bañar sin esa
sensación que tanto cuesta en un principio al adentrarte, pues
aquí no, aquí te adentrabas y la notabas a la temperatura de tu
cuerpo.
Después nos fuimos a uno de los bares que había dentro de la
piscina, eso de ella sentarse sobre el agua mientras tomaba
algo, como que le gustaba. Me dio su móvil para hacerle unas
fotos y las subió al grupo.

La música animaba esa mañana que tenía un sol espectacular,


pero ahí en ese rincón de la barra acuática, se estaba de lujo.
Ella miraba a todos lados mientras cantaba esas canciones que
sonaban, en ese rincón todo era latino, en otras barras
acuáticas, el Reggae era lo que predominaba como en todo el
resort.

—Me encanta esta canción —decía, mientras la tarareaba y se


reía, una risa rara, de esas por nada, pero me hacía muchas
gracias.

—Y a mí verte más relajada.

—Me pasa algo contigo…

—A ver, cuéntame.

—Es como que, al ser médico, es como si me estuvieras


analizando lo que tomo, como, me fumo —se echó a reír.

—Pero si me estoy tomando lo mismo que tú y como igual —


sonreí negando.
—A ver, no sé si me explico…

—Sí, te explicas, pero tranquila, por ahora fuera del hospital


no me has dado ningún susto —arqueé la ceja.

—Pues tengo que confesarte algo…

—A ver, suelta, prometo ser bueno.

—Ahora cuando fui al baño y he tardado… —se echó a reír y


no sabía por dónde me iba a salir.

—Dime.

—Te vas a enfadar, pero me da igual —echó otra carcajada.

—A ver, suelta, prometo entenderte.

—Me he fumado un porro —murmuró en mi oído.

—¿De dónde lo has sacado? —Me entró de todo por el cuerpo,


pero quise mantener la calma.

—Había dos españolas fumándose uno de hierba de aquí que


le habían comprado a un trabajador del hotel y cuando pasé
dije que olía bien, me ofrecieron uno y me lo fumé con ellas
—soltó otra carcajada—. Estamos en Jamaica —se encogió de
hombros.

—Vale, no pasa nada, pero, ¿estás bien?

—Muerta de risa, ¿no me ves? —no dejaba de reír—. Una


cosa, tengo unas ganas de dulces… —Eso era un síntoma de
ello, el azúcar por los suelos y había que darle algo.

—Vale, no te muevas de aquí, ¿prometido?

—Te lo juro por mi vida —eso sí que me daba miedo escuchar,


sobre todo, por su vida.

—Ahora vengo.

Salí de la piscina y me fui al buffet, a la zona de postres, cogí


un Brownie y luego le puse una bola de helado al lado,
también había una parte de chuches para los niños y cogí unas
gomitas.

Antes de irme le hice un gesto al camarero de que la echase un


ojo y me sonrió, me daba miedo que se cayera o algo, aunque
estábamos solo en esa barra, así que se habría dado cuenta.
Me fui con el plato hacia donde estaba ella en la barra de la
piscina y se lo puse delante.

—Muero de gusto —dijo mirándolo y comiéndolo, como si no


hubiera un mañana.

Yo lo único que pensé es que menos mal que no la llevé a


Colombia, no querría ni pensar lo que hubiera hecho allí.

Se comió todo en un abrir y cerrar de ojos, el chico le retiró el


plato riendo por lo limpio que lo había dejado, yo solo
esperaba que se le pasara ese efecto y no le diera una bajada de
tensión.

—Noto que todo está ralentizado.

—Pues no sería comiendo —reí.

—En serio, noto todo muy lento —soltó una carcajada y ahora
no era capaz de pararla.

Me tenía que reír, no me quedaba otra, además no le iba a


cortar el punto, la prefería riendo a no queriéndome ni hablar
¿Quién le habría mandado a fumar nada?

—Vamos a la habitación un rato, allí con el aire acondicionado


seguro que te sentirás mejor.
—¿Mejor que ahora? —lloraba de la risa y se daba palmadas
en su pierna al son de la carcajada—. Eso es imposible, vamos
antes de que se me pase el efecto y me vaya a buscar otro.

—No, por favor —le pedí con una media sonrisa, pero de
súplica.

—No tienes derecho sobre mí, dejaste de tenerlo el día que te


enteraste de que fui puta y me dejaste, digo que fui porque no
hice más nada después del accidente, pero vamos, que me
dejaste por puta, reputa —dijo, riéndose y yo solo di gracias al
universo de que el camarero no hablaba español.

—No eres ninguna puta —murmuré con gesto medio


enfadado.

—Tú eres médico porque ejerces la medicina y yo fui puta


porque ejercí la prostitución, no es mi problema que no lo
quieras asimilar, ni me importa —madre mía cómo le había
sentado aquel cigarro jamaicano, menos mal que al menos se
reía.

—Bueno, ¿vamos a comer?

—Sí, que quiero arrasar con todo el buffet, que lo que me


trajiste ya está en el tobillo.
—A ver si te va a dar un dolor de barriga, no te pases.

—Voy a hacer lo que me dé la gana —me sacó la lengua en


plan burla y cogió su bolsa y salimos de la piscina.

Fuimos al buffet y juro por mi vida que jamás vi comer a nadie


como lo hacía ella: patatas fritas, huevos, carne, langostinos,
más dulces, helados y dos horas en aquella silla pidiéndole,
por favor, que parara. Era como hablarle a la pared, me sacaba
el dedo y se iba a coger más.

—Ahora nos vamos a la habitación a descansar —dijo,


levantándose y cogiendo la bolsa—. Creo que me duele un
poco la barriga.

—Pues no entiendo por qué —murmuré, con una ironía que


ella pilló y se echó a reír.

—Tampoco fue para tanto… —sonrió, también con ironía.

—Por supuesto que no, yo creo que ahora en una hora haces
hueco y puedes volver a comer otro poquito más —tenía claro
que, a partir de ahora, le iba a seguir el rollo en todo.

—No llego hasta la habitación, esto no es más grande porque


sería ya un abuso, pero me muero —levantó la mano y paró a
un empleado que iba con un carrito de toallas y le pidió que
nos llevara, me tuve que montar, no la iba a dejar sola para que
se cayera o algo, pues aquello no tenía puerta.

—Gracias —me despedí del chico mientras la ayudaba a bajar.

—Escuche usted —dijo ella, girándose y dirigiéndose al chico


—. Sobre las nueve iré a cenar, por si nos quiere recoger.

—Gracias —repetí, como diciendo que no le hiciera caso y se


fuera.

—Julián, llévame en brazos —la miré y estaba pálida.

—Ahora mismo —la cogí rezando porque no se viniera abajo.

La eché sobre la cama y le di una botellita de agua de la nevera


para que se hidratara, ya fue cogiendo mejor color, pero me
tenía con los huevos de corbata, nunca mejor dicho.

¿Cómo se me ocurrió traerla a un lugar así? La miraba y no


podía dejar de hacerlo, no por ser médico se está menos
nervioso ante estas cosas, cuando hay cosas que unen la
situación se vuelve un poco inquietante.

Fue cogiendo mejor color y se echó a dormir, era para verme,


con disimulo le cogía el pulso y la tocaba para ver su
temperatura corporal. Me pasé una hora en vilo hasta que la vi
dormida plácidamente. Intenté dormir un poco, pero me
desvelaba inquieto.

Cuando se levantó le dolía la barriga así que fui a por una


manzanilla y yo me pillé un sándwich, ella no podía comer
nada, ni ganas tenía, además no debía.

Estuvo en la cama reposando de forma relajada y yo me puse a


leer un libro mientras la vigilaba, un rato después volvió a
quedarse dormida, yo vi una película antes de dormir, quería
asegurarme de que no se despertaba y que iba a mejor.
Capítulo 19

La sentí ir a la terraza y me levanté de seguida, sonrió,


volteando los ojos al verme.

—No vuelvo a comer de esa manera.

—Buenos días —sonreí, mirándola y negando.

—Dime que no estás enfadado… —Puso cara de niña buena.

—Claro que no —sonreí—. ¿Cómo te encuentras?

—Bien, como si nada hubiera pasado, pero ayer fue duro, tuve
unas sensaciones extrañas y no te quise decir nada, pero yo te
veía azul.

—Eso, encima yo era el pitufo.

—¿Vamos a tomar un café?


—Claro.

Salimos de la habitación y estaba amaneciendo, no eran ni las


siete de la mañana, era una sensación perfecta andar por allí a
esas horas.

Ruth estaba simpática, como ella era, parecía que esa rabia que
echó el día anterior con aquellos reproches, le vino bien y yo
me alegraba. Me partía en dos verla sufrir y no poder hacer
nada por consolarla, la amaba con toda mi alma y solo me
sentía bien cuando la veía sonreír.

Tomamos el café en la playa, mirando al agua, en ese precioso


silencio que era interrumpido por el ruido del mar que se
escucha perfecto y eso que era en calma, pero se escucha esa
orilla y daba una bonita sensación.

—¿Te imaginas que hubiéramos venido a este viaje cuando


éramos felices? —preguntó como la que no quiere la cosa,
pero a mí me dejó sin saber que contestar.

—¿Y quién dice que no podamos volver a serlo?

—Ni muerta, puedo desearte con toda mi alma, pero no


volveré a estar contigo como antes —dijo con un tono de
humor que me hacía dudar si lo decía en serio o no.
—Eso nunca se sabe…

—Yo sí lo sé —se quitó la camiseta y se adentró en el agua


para darse un baño.

Me quedé mirándola desde dónde estaba sentado, era preciosa,


era la mujer más perfecta que había visto en mi vida, de
cuerpo y de corazón, de eso no me cabía la menor duda.

Desayunamos y fuimos a coger las cosas a la habitación, ese


día nos íbamos en taxi a recorrer algunas zonas de la isla, le
tenía varias sorpresas preparadas que ya tenía vistas.

Lo primero que hicimos es ir a unas cataratas preciosas que


desembocaban en el mar, disfrutó allí de un baño en el que se
hizo mil fotos, ya comenzaba a pedirme que me pusiera con
ella y eso me gustaba, en más de una ocasión se echó en mi
hombro mientras caminábamos y yo le echaba el brazo por el
suyo, no me rechazaba y eso era un paso muy grande para mí.

Luego fuimos al mausoleo de Bob Marley, allí alucinó en


colores, nada más entrar te obsequiaban con un té de
Marihuana. La miré advirtiéndole que no y me puso cara de,
por favor, la cogí en brazos y seguimos hacia dentro, no se lo
iba a permitir, al menos iba a intentarlo, pero no quería que
volviera a pasarlo mal como el día anterior.
Fue emocionante ver la tumba mientras un jamaicano, amigo
de la familia de Bob y de este hasta que murió, cantaba
canciones de él, a capela. Fue muy emocionante y un momento
de esos que sabes que se te van a quedar grabados para
siempre.

El taxista sonrió al vernos, veía en nuestras caras que


habíamos disfrutado de esa visita de Nine Milles, que era ese
lugar.

De allí fuimos a comer a un restaurante en una cascada, el


chofer la verdad es que acertó con esa recomendación y estaba
Ruth tan emocionada ese día, que todo merecía la pena.

Regresamos al hotel a las nueve de la noche después de


llevarnos incluso al mercado de Negril, un lugar lleno de
esencia jamaicana y de objetos artesanales que eran unas
verdaderas obras de arte. Compré dos caretas de madera
talladas con unas caras de personas jamaicanas, una para ella y
otra para mí.

Cenamos en el hotel antes de subir a la habitación, ella estaba


que se caía de sueño, los días eran muy largos por la hora que
nos levantábamos, pero el día había estado de lo más
aprovechado.

Se quedó dormida nada más ducharse y tumbarse en la cama.


Lo más gracioso fue, que se echó en mi hombro y me pidió
que le tocara el pelo.
Me la hubiera comido a besos, la habría estado besando toda la
noche, pero no, quería ir a su ritmo y, poco a poco. Si tenía que
ser para mí, lo sería, pero no quería obligarla a nada, como me
dijo, quería pasar unos días bonitos, quizás por eso tenía esos
gestos conmigo, pero su corazón, tal vez, estaba
completamente cerrado y es que lo había pasado
verdaderamente mal.

Por la mañana estaba tirada encima de mí, literal, encima y


abrazada a mi cuello, me daba hasta cosa moverme.

—Buenos días, Julián…

—Buenos días, preciosa.

—Creo que has cargado conmigo toda la noche.

—Entonces fue una buena noche.

—No te me pongas tontorrón que lo tienes crudo —me dio un


beso en la mejilla y se levantó riendo.

Nos fuimos a tomar café a la playa donde estuvimos un buen


rato y luego a desayunar al buffet, ese día estaba de lo más
graciosa y no paraba de decirme que se iba a ligar a un
jamaicano.
—No te lo voy a permitir.

—Ni que fueras mi padre —reía.

—No, no soy tu padre, pero tú tampoco deseas hacer eso.

—Oye que una alegría para el cuerpo no me vendría mal —me


hizo un guiño.

—Pues si la quieres, solo lo tienes que pedir.

—Tus ganas —soltó una carcajada.

—No seas mala…

—¿Yo mala? Un angelito.

—Pues a ver, angelito. ¿Hotel o turismo? —pregunté por lo


que le apetecía hacer ese día.

—Hotel, hotel…

—No te dejaré ir sola al servicio —carraspeé, recordándole el


episodio del cigarrito.
—Qué pasa, ¿qué quieres probarlo tú también?

—No, no, pero me tengo que asegurar de que no lo vuelvas a


hacer.

—No eres mi padre…

—Ni tú mi hija —sonreí mirando lo bonita que estaba.

Ese día lo pasamos en la piscina, literal, el chico de la barra


acuática ya era amigo nuestro y aunque con Ruth no se
enteraba de nada, yo hacía de traductor y se partía de la risa.

No fuimos a la habitación en todo el día, lo pasamos genial


bromeando y desafiándonos con miradas que me hacían
presagiar que en cualquier momento ella lo iba a hacer, algo
me decía que me iba a besar y yo lo esperaba con todas las
ganas del mundo. Deseaba que llegara ese momento en el que,
de nuevo, todo volviera a ser como antes.

Esa noche se echó sobre mi hombro y comencé a acariciarle el


pelo, me dio un beso en el cuello mientras me daba las buenas
noches y me susurraba que me estaba cogiendo hasta cariño,
eso me sacó una sonrisa y la abracé con fuerza. Sí, me
arriesgué a hacerlo y ella respondió a ese abrazo.

—En estos momentos te besaría, pero sé qué si lo hago, de


nuevo habrás ganado.
—No eres un juego para mí.

—Pues, bien que jugaste a la oca, ahí te quedas porque te toca


—se rio—. Algo así hiciste.

—Bueno, dejemos eso atrás, ¿vale?

—Ya veré —apagó la luz, me dio un beso en los labios y se


giró.

Yo me pegué a ella sin pensarlo y la rodeé con mi brazo,


necesitaba sentirla, aquel beso me había dejado con una
sonrisa que salía de lo más profundo de mi ser…
Capítulo 20

—Julián, despierta que me quiero ir a tomar un café —me


daba cachetadas en la cara.

—Te lo has buscado —la cogí por la cintura y la subí encima


de mí.

—Creo que estoy notando… —apretó los dientes.

—Dame un beso.

—Ni de coña, te lo di ayer y es porque aún tenía los efectos de


todo lo que me bebí y fumé desde que llegué.

—Dame el beso…

—No y no me mires con ese tono amenazador, que como me


hagas cosquillas, te hago una mega putada.
—Cinco, cuatro, tres —se reía nerviosa, intentando deshacerse
de mis brazos—, dos… —Y me besó, rápidamente, pero me
besó.

—A sido por tu culpa, pero yo no te lo pensaba dar.

—Eso no fue un beso de verdad —arqueé la ceja y le apreté la


nalga.

Fue acercando su cara lentamente y me besó, nos besamos, nos


dejamos llevar por eso que sabía que no podía haber muerto
entre nosotros, nos deshicimos de la ropa y nos entregamos en
cuerpo y alma. Aquello no fue sexo, era mucho más que eso,
era tocarnos el corazón y expresar corporalmente nuestros
sentimientos, era el modo de resurgir de aquello que quedó
truncado.

—Me volviste a engañar…

—No —sonreí, abrazándola bien fuerte tras hacerlo.

—¿Qué has sentido sabiendo que te acostabas con una puta?

—Que no era una puta cualquiera, era mi puta —le hice un


guiño y soltó una carcajada—. Bueno, fuera de bromas, dime
que me has perdonado un poquito —la miré haciendo un
puchero.
—Ah no, ni perdón ni leches, solo que una no es de piedra y
tenía que desahogarse y eres el único que tenía a mano —se
despegó de mí, mordisqueándose el labio y se fue para
vestirse.

Me podía decir lo que quisiera, pero su mirada y esa preciosa


sonrisa me dejaba entrever de que no, no lo había hecho por lo
que decía, lo había hecho porque sentía como yo, porque a
pesar de hacerme ver lo contrario, yo sabía que esa chica
palpitaba por y para mí, de la misma forma que yo lo hacía por
ella.

Nos fuimos a tomar ese primer café viendo el amanecer en la


playa, sonrientes, intentando dejar atrás todo aquello que nos
llevó hasta aquí y disfrutando de lo que teníamos ante
nosotros.

Estaba sentado detrás de ella, la tenía entre mis piernas y con


mi cabeza sobre su hombro, no podía sentir mejor sensación
que esa.

—¿No te da la sensación de estar en una vida paralela


viviendo algo que necesitabas en tu vida?

—Claro, viajar transporta.

—Reconozco que esta isla me sorprendió mucho, una cultura


muy diferente a la nuestra, es todo tan distinto e igual a la vez.
—Sí, entiendo lo que quieres decir —me salió una sonrisa y es
que la entendía de verdad, era una mezcla de sensaciones, en
este primer largo viaje que era para ella.

Yo esperaba que este viaje fuera el comienzo de algo que


perdurara en el tiempo, de algo que nos uniera en una vida que
nos llevara por un camino donde nuestras manos se
entrelazaran y nuestros corazones se hicieran uno. Eso es lo
que yo esperaba, lo que deseaba, lo que de verdad necesitaba.

Fueron unos días preciosos los que tuvimos en Jamaica, a


partir de ese momento, ella se dejó llevar por esos
sentimientos que nos unían y que eran tan fuertes como
indestructibles, a pesar de todo, pero algo había en nosotros
que sabíamos que hubo un punto y aparte, donde quedaba atrás
cualquier cosa que no fuera fruto del amor que nos teníamos el
uno hacia el otro.

Cada mañana íbamos a tomar ese primer café a la playa, donde


nos quedábamos mirando el mar y todo ese espectáculo de
color que nos regalaba el universo. Era una maravilla ese cielo
transformándose en un nuevo amanecer, a veces nos dejaba sin
palabras, simplemente nos transportaba, nos envolvía y nos
atrapaba.

Luego estaban esos días que pasábamos por el hotel donde nos
reímos como si no hubiera un mañana. El chico de la barra de
la piscina era vernos y echarse a reír, y es que, aunque no
entendiera a Ruth, sabía que ella tenía una chispa especial.

Otros días nos dedicamos a recorrer la isla y esos rincones tan


maravillosos que tenía, al igual que conocimos Kingston y la
casa en la que vivió Bob antes de morir.

A ella le encantaban esas comidas picantes, las disfrutaba, para


mí eran demasiado fuertes, aunque las probara.

Volvieron todos esos momentos de complicidad entre nosotros,


momentos en los que nuestros cuerpos daban paso a la pasión,
a esos deseos contenidos que resurgían continuamente a lo
largo de los días.

Llegó la hora de irnos de Jamaica y ella tenía una pena que no


podía con su cuerpo, se le notaba la tristeza y las pocas ganas
de volver, pero no tenía ni idea que el viaje no había acabado
aún, que faltaba el plato fuerte, ese que la haría resurgir como
el Ave Fénix y es que yo ya lo tenía todo preparado.

Vinieron a la habitación por nuestras maletas para llevarlas


hasta el coche que nos esperaba para trasladarnos al
aeropuerto, ella me miró poniendo cara de tristeza y yo le hice
un guiño.

—No me hagas un guiño, que parece que estás feliz por irnos
—se cruzó de brazos.
—Te hago un guiño porque quizás la vida te tiene preparado
algo mucho mejor que esto.

—No, mejor que estar aquí, no —se rio negando y muy triste.

El camino hacia el aeropuerto iba mirando por la ventanilla y


resoplando, yo aguantaba la risa y cuando me miraba hacia un
gesto de tristeza y ella me ponía cara de puchero.

Cuando nos bajamos del coche y nos dieron las maletas, se


encendió un cigarrillo.

—Quiero disfrutar de mis últimos momentos en el Caribe —


dijo con tristeza, sin saber que ahora comenzaban otras
vacaciones de las que estaba seguro, iban a ser mucho más
impresionantes que estas.

—Tranquila, fúmatelo tranquila. Bueno, no estés triste, que


seguro que podremos volver al Caribe alguna vez.

—No, seguro que no, estas cosas solo pasan una vez en la
vida.

—Pero tú siempre me dijiste que querías ir a Cuba, a conocer a


las chicas cubanas de La Tribu.
—Sí, pero sé que es una ilusión y no la cumpliré.

—Se dice, es un sueño —me reí y ella negó, dando una calada
—. Los sueños están para cumplirlos.

—Pues me tendré que buscar un novio con dinero —me miró,


sonriendo.

—Pensé que ya tenías novio…

—No, novio será el día que me lleve a Cuba —me hizo una
burla.

—¿Segura?

—Completamente segura.

—Entonces, si un día decido que nos vayamos de viaje a


Cuba, ¿seremos novios en ese momento?

—Sí, cuando esté con las maletas facturando y asegurándome


de que cojo ese vuelo, ese día estaré comprometida contigo o
con quien me lleve —se rio.

—No permitiré que nadie corra esa suerte.


—Pues espabila, porque yo no me lio con nadie más de tres
meses seguidos —se encogió de hombros.

—Anda, vamos para adentro —cogí las dos maletas y fuimos


para facturar.

Su cara se quedó a cuadros cuando vio que me acercaba al


mostrador que ponía “La Habana”.

—Los pasaportes de mi prometida y mío —le dije a la azafata.

—Esto es una broma, ¿verdad?

—Ninguna broma —dije cogiendo las tarjetas y cogiéndole la


mano para dirigirnos a embarque…
Capítulo 21

Lloraba de la emoción al saber que íbamos para Cuba, estaba


como una niña pequeña el Día de Reyes. Todo el trayecto me
estuvo dando las gracias y me prometía que iba a ser la novia
más buena del mundo, todo eso con su desparpajo y es que era
de lo más adorable.

Me pasé un vuelo de lo más feliz viendo la emoción en sus


ojos, esos que tenían un brillo especial, esos que me cautivaron
para siempre.

Ella decía que le iba a escribir a las niñas al día siguiente para
verlas, lo que no sabía es que estarían esa tarde esperándola en
la Plaza de la catedral.

Aterrizamos en La Habana y solo le faltó besar el suelo


cuando salimos de la terminal.

—¿De verdad es cierto esto? —preguntaba, encendiéndose


otro cigarrillo.
—Claro que lo es, todo por ser tu prometido —carraspeé.

—Eso es trampa, esto lo tenías previsto desde que salimos de


España.

—Bueno, suerte la mía, pero ya te tomo la palabra.

—Esto me parece tan diferente estando tan cerca de Jamaica…

—Es el polo opuesto, aquí predomina por todos los rincones la


salsa, el carácter es diferente, el idioma es el nuestro. Todo es
diferente, la arquitectura, los lugares…

—Estoy flipando en colores, chaval, flipando en colores… —


dijo, haciendo un gesto para ir a montarnos en uno de los
tantos taxis que había.

Miraba por la ventanilla y sonreía, sacaba la cabeza mirándolo


todo, cuando íbamos entrando en la ciudad hasta se le saltaron
las lágrimas, me apretó la mano y sonrió, era una forma de
darme las gracias por ese momento que estaba viviendo.

Llegamos a un hotel de los muchos que había en el Malecón,


cerca de la parte vieja de la ciudad.

Nos dieron la habitación y al entrar lo primero que hizo fue


abrir las ventanas y mirar hacia ese Malecón, como me decía
que había leído tantas veces en los libros de Ariadna Baker,
una de las autoras de La Tribu.

—Ahora la entiendo, ahora comprendo el amor que transmite


en esas novelas, su amor hacia este lugar y, como bien dice
ella, que una vez que vienes, una parte de ti se queda aquí.

—Pero si aún no nos hemos echado a la calle —sonreí,


agarrándola por detrás y abrazándola.

—Fue poner un pie en el aeropuerto y sentirlo, esto se palpa y


no quiero ni pensar cuando pise esos lugares que describía.

—Pues vamos a ello —sonreí, besando su cuello.

Salimos a pasear y ella, seguía viviendo ese momento en el


que la veía totalmente conectada a ese lugar donde todo le
fascinaba y le sacaba una sonrisa.

Nos fuimos a comer a un restaurante de La Plaza Vieja, Ruth


se levantó a bailar al ritmo de unos músicos que amenizaban
ese lugar. Uno de los músicos la cogió y comenzó a bailar con
ella salsa, la grabé con el móvil y le tiré fotos, era un momento
único de esos que daban alegría vivir y ver como ella estaba
disfrutando desconectada de todo.

Se sentó emocionada por ver ese video y fotos que le había


hecho, sonreía viendo ese momento que había quedado
grabado para siempre.

—Muero por este sitio y aquí cerca está La bodeguita del


Medio.

—Ahora vamos a tomarnos el que dicen que es el mejor


mojito del mundo.

—¡Sí! —Levantó las manos emocionada.

Y eso hicimos, tras la comida nos fuimos a ese lugar tan


emblemático de Cuba, al entrar sonaba la canción “Lágrimas
negras”.

Nos tomamos ese mojito charlando con el chico de la barra, le


recordaba tanto a momentos del libro de Ariadna, que no
dejaba de decírmelo, estaba pletórica, estaba viviendo uno de
sus mejores momentos.

De allí nos fuimos a la Plaza de la Catedral, donde ya nos


esperaban las chicas, cuando ella llegó y vio ese cartel dándole
la bienvenida, y comprobó de quienes se trataba, casi se me
cae en redondo al suelo.
Estaban todas, hasta sus dos mejores amigas, Zulema y
Claudia, esas que también salían en las novelas de Ariadna y
que eran de ese grupo de lectura que conectaba a personas de
todo el mundo.
Pasamos toda la tarde con las chicas, cenamos con ellas y nos
dieron las tantas tomando copas en el Malecón, allí cantaron,
bailaron, se rieron y se emocionaron al recordar tantos
momentos vividos en aquel grupo.

Quedamos en volvernos a ver otro día antes de regresar, ahora


nos tocaba disfrutar de esta isla donde quería llevarla a
conocer muchos lugares que tenían mucho que ver con la
historia de Cuba y con lo que atraía de aquel rincón tan
especial del Caribe.

Esa noche lo hicimos con una gran sonrisa de oreja a oreja, y


es que sus emociones eran las mías y ver cómo había
disfrutado ese día, no tenía precio.

Por la mañana desayunamos en el hotel bien temprano y luego


nos fuimos a las playas de las afuera de la ciudad, queríamos
pasar el día fuera de todo lo turístico y vivir un día de playa a
lo cubano y eso hicimos, irnos a donde ellos iban y disfrutar de
esos cocos que nos iban vendiendo los chicos que pasaban con
sus carritos.

Ruth estaba resplandeciente, fuera de aquella tristeza y


desolación en la que se vio sumergida por mi culpa, algo que
sabía que jamás me iba a perdonar, pero iba a conseguir que
ahora fuera feliz cada día de su vida.

Al día siguiente fuimos a conocer la Plaza de la Revolución,


Miramar y el emblemático y reconocido Cementerio de Colón,
ese que era un museo al aire libre y que cada lapida tenía algo
especial. Ahí te encontrabas un mundo diferente, un lugar
donde las almas descansaban transmitiendo historia. La verdad
es que aquello dejaba sin palabras, como el resto de todo lo
que se iba palpando en La Habana, cada rincón tenía algo…

Esos primeros días fueron todo un descubrimiento, cada día


tenías más ganas de salir a la ciudad cuando te levantabas y
seguir conociendo más y más.

Aquellos días eran tan bonitos junto a ella, que todo brillaba
con más intensidad; esos besos, abrazos, miradas, gestos…

Esas noches en el Malecón, charlando mientras tomábamos


una copa de las botellas que comprábamos. Era una maravilla
poder vivirlo mientras muchos cubanos cantaban, charlaban,
reían, nos hablaban, eran tan especiales esas noches, que nos
hacía ir a repetir al día siguiente.

El cuarto día quedamos con Zulema y Claudia, la verdad es


que echamos un día con ellas impresionante y nos llevaron a
lugares de esos que el turista no sabría llegar ni conocer, si no
fuera de la mano de alguien de allí como eran ellas, cubanas
hasta la medula.

Ruth ese día disfrutó mucho, ya que tenía mucha complicidad


con esas chicas y es que lo que no unía ese grupo, no lo hacía
nada, era algo espectacular esa conexión y complicidad que
tenían.
Esa noche al llegar a la habitación puso cara de puchero y me
abrazó.

—Quedan solo tres días para irnos y quiero detener el tiempo.

—Quedan tres días para la cuenta atrás de lo que será otro


viaje en otra época, me encantaría recorrer el mundo de tu
mano.

—Pues como me dejes en tierra por irte con otra, me engancho


a tu cuello y no hay Dios que me suelte.

—Eso no podría ser, no quiero otra mano que no sea la tuya.

—¡Al final me enamoras! —bromeó, saltando sobre mí para


que la cogiera.

¿Enamorar? Eso que sentía por mí era amor, por mucho que
bromeara…
Capítulo 22

Y aunque tú, me has echado en el abandono…

Cantaba una mujer en la plaza de La Catedral, mientras


bebíamos un mojito.

—Muero, de verdad que muero mañana cuando nos tengamos


que ir de aquí.

—Bueno, pero te llevarás en el corazón un gran viaje que te


hará ver la vida de manera diferente.

—Y a ti —murmuró, con esa sonrisa tímida que le salió del


corazón.

—Espero que sea para bien.

—No lo dudes — agarró mi mano, se la llevó hasta sus labios


y la besó—. Te doy las gracias porque no solo me hiciste
revivir, sino que me has enseñado que hay personas luchando
más que yo. Entre Jamaica y Cuba, me llevo una lección muy
grande, no es más rico el que más tiene, sino quien es capaz de
serlo con lo que posee.

—Me gusta que te quedes con eso.

—Claro, como a ti no te falta de nada —se echó a reír y es que


así era ella, cambiaba de lo que le salía del corazón a lo que se
le ocurría en aquella maravillosa y divertida mente.

—Ni a ti te faltará mientras yo viva —le hice un guiño.

—Uy que intenso estás, Julián —se puso la mano en la frente


y, seguidamente, a moverse a ritmo de aquel montón de
estrellas que sonaba del cantante ya desaparecido Polo
Montañez.

De allí nos fuimos a pasear por las calles de La Habana vieja,


que estaba llena de gente, turistas de todo el mundo dejándose
enamorar de aquello que teníamos ante nuestros ojos, esa
ciudad colonial que era imponente, la miraras por donde la
miraras. Se sentían un montón de sensaciones de esas que te
ibas aguardando para quedártelas en un rincón de tu corazón.

Ruth estaba resoplando a cada momento, y es que no quería


que se acabara ese día, el que sería el último en aquella isla y
es que daban ganas de quedarse más, pero ya era hora de
finalizar un viaje de dos semanas en que no solo nos había
unido más, se había afianzado y confirmado esos sentimientos
que teníamos el uno hacia el otro.

Paseamos todo el día, tomamos mojitos, comimos en lugares


nuevos y disfrutamos del final de aquella aventura, donde todo
había salido a pedir de boca.

Por la noche fuimos al Malecón donde nos estaban esperando


Claudia y Zulema, queríamos despedirnos de ellas y pasar ese
último momento del día junto a esas dos chicas que tenían un
encanto especial, se las veían buenas personas y ya hasta yo
les había cogido cariño.

Nos acompañaron hasta el hotel donde nos despedimos con un


abrazo bien fuerte y prometiendo que algún día volveríamos
aquí y la visitaríamos.

—Házmelo por última vez en Cuba —dijo, tirándose desnuda


en la cama, cuando salió de la ducha.

—Qué pasa, ¿que mañana por la mañana cerrarás las puertas?


—pregunté, poniéndome encima de ella.

—No lo sé, pero lo que sí sé, es que es la última noche.

—Pero no el último amanecer —le mordisqueé el labio.


Eso me llevó a que tras ese momento pasional hubo otro más
tal como nos despertamos, y es que tenerla pegada a mí, era
inevitable no encenderme.

Bajamos a desayunar a la terraza del hotel, ella no dejaba de


poner pucheros y a mí me daban ganas de hacer una locura y
quedarnos una semana más, pero iba a ser todo muy
precipitado y también tenía ganas de llegar a España y
comenzar a vivir esa relación de otra manera. Me sentía con
todo bien afianzado y con los cimientos de nuestra unión bien
fuertes.

Dimos un paseo por la ciudad esa última mañana y es que


hasta por la tarde no nos llevaban al aeropuerto, el vuelo era
nocturno así que la llevé de nuevo a la Bodeguita del Medio, a
tomar otro mojito.

Fuimos al mercado artesanal y compramos un montón de


cosas, ya lo habíamos hecho antes, pero es que todo nos
gustaba, las decoraciones en madera, cuadros pintados a mano,
era todo, así que nos llenamos de bolsas y recuerdos que nos
harían sonreír cuando los viéramos en nuestra casa y es que yo
pensaba tener una vida en común con ella, lo tenía claro,
estábamos a un paso de ello y lo íbamos a lograr.

Cuando íbamos hacia el aeropuerto, vi cómo llorisqueaba en


aquel coche que nos llevaba, yo le sujetaba la mano y se la
besaba, sabía que era emoción y tristeza por irse, pero a la vez
alegría por haber conocido aquel lugar con el que tantas veces
había soñado.
Facturamos las maletas y entramos a la zona de embarque,
sonreía y se ponía triste a partes iguales, como una niña
pequeña feliz y con nostalgia. Me encantaban esos cambios
que tenía, era adorable.

Nos montamos en el avión y cuando despegó decía que le


daban ganas de tirarse por la ventanilla y regresar a la isla, yo
me reía de escucharla, además, se montaba unos monólogos de
los más buenos.

Un rato después, nos dieron de cenar y apagaron la luz del


avión, era de noche y comenzábamos un vuelo nocturno que
nos llevaría de regreso a nuestra vida, esa que ahora iba a
cambiar por completo.

Antes de quedar dormido se me pasó por la cabeza todo, desde


esa primera vez que entró por las puertas de urgencias, hasta
ese fin de semana, ese día en el que fui a pedirle explicaciones
que me llevaron a actuar sin razón, y esa otra llegada a
urgencias de la forma más dolorosa que la podía recibir, saber
que se había intentado quitar la vida…

Luego este viaje, cada día, cada momento que compartí con
ella, ese principio que no me lo puso fácil y que me lo tenía
merecido, ese primer beso que me dio y me hizo abrazarla
durante toda la noche.
Los días en Jamaica que fueron divertidos, los días en esta isla
en la que disfrutamos con el corazón, ese que se llenaba de
todos esos momentos que pasamos perdidos por la ciudad y
disfrutando de ella.

Me la llevaba conmigo para mi casa, lo tenía claro, quería


seguir estando a su lado y es que las vacaciones no podían
terminar aquí, tenían que durar el resto de nuestras vidas.
Capítulo 23

Me desperté y la observé. Estaba tan bonita dormida, que


incluso así me sacaba la sonrisa.

Solo de pensar que la podía haber perdido para siempre, por


haberme comportado tan mal con ella como lo hice, me
mataba.

Pero esos días juntos me habían servido para volver a


conquistarla, ganarme, poco a poco, su corazón y no perderla
de nuevo.

Empezó a moverse entre mis brazos, se acurrucó un poco más


en mi pecho y la abracé con fuerza.

Sí, me aferraría a ella cada día de mi vida para que no se


marchara de mi lado, y me aseguraría de hacerla feliz. Quería
verla sonreír siempre de la misma forma que lo había hecho en
ese viaje que hicimos, donde la sorprendí conociendo a esas
chicas de La Tribu, que estaban al otro lado del charco.
Le acaricié el pelo cuando noté que volvía a moverse y, al fin
se despertó.

—Buenos días, dormilona —le besé la frente.

—Buenos días.

—Vamos a darnos una ducha y a desayunar.

—Sí, por favor, que tengo un hambre…

Solté una carcajada al verla frotarse la barriga, es que era


tremenda.

En la ducha caímos en la tentación, y es que cuando estábamos


juntos era imposible no hacerlo.

La llevé al límite con caricias, besos y esos toques en los


puntos que ya me conocía bien, para hacerla gemir de placer.

Se lo hice como sabía que le gustaba, con esa mezcla de amor


y pasión que me hacía sentir por ella.

Nos vestimos y fuimos a la cocina para preparar el desayuno.


Y sí que tenía hambre mi niña, sí, porque sacó de todo lo que
encontró.
Fruta, jamón, tomate, pan, mantequilla, bollos…

—¿Quieres otra tostada? —pregunté, cuando se acabó la


tercera.

—No, ya estoy llena.

—Me sorprendería que no lo estuvieras, con todo lo que has


comido.

—Tenía hambre, hijo, que a mí el que me des lo mío y lo de la


vecina, me da hambre.

—Pues, teniendo en cuenta que la vecina es mi hermana… —


Arqueé la ceja.

Y, como si mi querida hermana pequeña supiera que la


acababa de mencionar, empezó a sonar mi teléfono.

—Buenos días, señora psicóloga —dije al descolgar.

—Señorita psicóloga, por favor, que sigo soltera.

—Joder, cómo nos hemos levantado de tiquismiquis hoy, ¿no?


—Oye, tú, que me tienes contenta. A ver, ¿cuándo vuelves de
tu luna de miel, hijo?

—Judith, no me fui de luna de miel —reí, y en cuanto Ruth me


escuchó decir aquello, me miró con los ojos muy abiertos.

—Casi, porque me da a mí que te has puesto las botas, como el


gato, mojando el churrín con tu chica.

—No voy a hablar de eso contigo, señorita psicóloga.

—Vale, quien calla otorga. En fin. ¿Me vas a decir cuándo


vuelves?

—Te invito a comer en mi casa.

—Espera, ¿ya estás aquí?

—Regresamos ayer.

—Yo te mato. Y ni siquiera me has invitado a desayunar.


Tener hermano para esto…

—No estoy solo —sonreí.


—Oh.

—Sí, oh. Bueno, que te espero en casa para comer, ¿vale,


petarda?

—Huy, lo que me ha dicho. Mira que no voy.

—Pues te pierdes la paella.

—A la mierda mi ensalada César. Mucho mejor tu paella.

—Luego te vemos.

—¿Te vemos? ¿Me vas a presentar a mi cuñada? —le notaba


la sonrisa en el tono de voz.

—Ajá, y a mamá. Voy a llamarla ahora.

La cara de Ruth pasó de la sorpresa al miedo en cuestión de


segundos, pero es que quería que las dos mujeres más
importantes de mi vida, conocieran a la mujer de la que me
había enamorado como nunca antes.

—Venga, pues llevo un vinito y unos pasteles.

—Y pan, ya que te pones.


—Joder, cómo pide el hermano mayor. Anda, luego te veo. Te
quiero, petardo.

—Y yo, petarda.

Colgué y ni tiempo le di a Ruth a decirme nada, cuando ya


estaba llamando a mi madre para invitarla a comer.

—Me muero de vergüenza, de verdad te lo digo —Ruth, se


tapó la cara con ambas manos y me acerqué a ella.

—Vergüenza, ¿por qué, preciosa?

—Porque le vas a presentar a tu familia, una exprostituta.


¿Cómo crees que se lo van a tomar?

—A ver, partiendo de la base de que mi hermana ya lo sabe,


que me soportó esa semana desde que te dejé de aquella
manera, y que a mi madre sé que le vas a encantar y que no le
importará lo más mínimo tu pasado —me coloqué entre sus
piernas y la abracé—, repito, ¿por qué vas a tener vergüenza?

—Pues porque quiero caerles bien.

—Y lo harás, estoy segurísimo de ello.


Le besé la frente y me puse a recoger lo del desayuno para
preparar la paella de la comida.

Ella me ayudó, por más que le dije que se estuviera quietecita,


pero nada, que no podía quedarse cruzada de brazos.

Y llegó la hora de la verdad, el momento en que mi madre y


mi hermana conocerían a la mujer que me había robado el
corazón desde el minuto uno en que la vi.

Hay quien dice que los flechazos no existen, que el amor a


primera vista no es algo que de verdad ocurra, pero lo es,
porque cuando dos almas están destinadas a encontrarse, lo
primero en lo que se fijan es en la mirada de la otra persona.

Llamaron al timbre y sabía que eran ellas, Ruth se puso aún


más nerviosa y casi me da un ataque de risa cuando me
preguntó:

—¿Estoy bien así, o me pongo más discreta?

—Estás perfecta —le hice un guiño.

Llevaba unos pantalones vaqueros cortos, con una camiseta


blanca que le quedaba caída de un hombro, y unas deportivas,
también blancas.
Abrí la puerta y ella se quedó en la cocina, decía que no quería
que la vieran nada más entrar. Ruth y su vergüenza…

—Pero qué guapo estás, hijo. Te sentó bien el viaje que hiciste
—mi madre me dio un abrazo y un beso.

—Gracias, mamá.

—Y a mí no me llevó, ¿qué te parece? Vaya un hermano.

—Anda, pasa y no te quejes, que te he traído una cosa.

—¿Solo una? Mejor me lo pones. Bueno, ¿dónde está mi


cuñada?

—En la cocina.

Y ahí fuimos. Ruth se giró al escucharnos entrar y sonrió


ampliamente.

—Soy Ruth, encantada —les tendió la mano.

—Es más guapa que en la foto, hermanito —dijo Judith,


haciéndonos reír a todos.

—Gracias —contestó Ruth, con las mejillas sonrojadas.


—Así que tú eres la novia de mi hijo.

—Pues, eso parece —sonrió cuando la abracé.

—En ese caso, tenemos mucho de lo que hablar. Ven, vamos al


salón mientras mis hijos ponen la mesa.

Mi madre se colgó del brazo de Ruth y ella, muerta de


vergüenza, me miró con miedo.

—Ve, que no te va a morder.

—Tampoco come, así que, tranquila, cuñada —mi hermana le


hizo un guiño y ella sonrió.

Desde la cocina pudimos escuchar la conversación, yo pensaba


que no se atrevería a contarle nada a mi madre, pero, la
confianza que le mostró a Ruth, la hizo sincerarse.

—Todo el mundo, en algún momento de su vida, ha tenido que


hacer lo que no le gustaba para salir adelante. Así que, mi
querida niña, no te sientas mal por el pasado que tienes. Es
eso, pasado, y ahora estás con un hombre que, sé a ciencia
cierta, que te va a cuidar el resto de su vida.
Me quedaba con esas palabras de mi madre, y con el abrazo
que le dio a mi chica cuando empezó a llorar.

—Le ha gustado, así que ya le estás poniendo ese anillo en el


dedo que sé que tanto deseas, hermanito. Ella es la definitiva,
lo sé.

Miré a mi hermana, sonreí y la abracé, besándole la frente.

Nadie me conocía mejor que ella, ni siquiera nuestra madre, y


es que Judith, como dije, era mi mejor amiga y ese paño de
lágrimas que estuvo en mis peores momentos.
Capítulo 24

Había pasado una semana desde que volvimos del viaje, y nos
iba todo bien.

Me sentía el hombre más feliz y afortunado del mundo, y eso


era lo que quería sentir cada día de mi vida. Lo tenía claro.

Llevaba una mañana de lo más tranquila en el hospital, así que


aproveché para hablar con Aitor. Le mandé un mensaje para
ver si estaba disponible para charlar, me contestó que sí y lo
llamé.

Me sinceré con él, le conté todo desde el principio. De lo que


me contó mi hermana, el modo en que la dejé, cuando se
sinceró conmigo… Todo, absolutamente todo. De cómo me
había enamorado de esa chica que entró en mi vida por
casualidad.

—Puede que sí, que fuera por casualidad. O, tal vez, el destino
unió vuestros caminos, como tenía planeado —me dijo.
—Lo que sea, hizo que no pudiera olvidarme de ella ni
siquiera cuando quería alejarme.

—Deja que te diga, amigo, que así es el amor. Cuando nos


golpea, lo hace con fuerza.

—Bien lo sabes tú, que escribes sobre eso.

Nos reímos y le di las gracias por haberme contestado aquella


primera vez que me puse en contacto con él, en cierto modo su
ayuda fue parte de que, a día de hoy, me estuviera
replanteando muchas más cosas con esa mujer.

—Mario, respecto a lo del trabajo de Ruth…

—No tiene, aquello lo dejó.

—Sí, lo imagino, pero, quería proponerte algo.

Escuché lo que me propuso, y no podía creerme que, ese


hombre que a mí no me conocía de absolutamente de nada,
estuviera dispuesto a aquello por una chica que le seguía como
lectora y con la que había hablado en algunas ocasiones.

Le dije que se lo comentaría a ella, nos despedimos y tras


acabarme el café, volví al trabajo.
Pacientes con algunas roturas, un par de traumas de
accidentes, pero nada grave y un niño que llegaba con un
cólico fuertísimo.

En cuanto llegó la hora de salir, le mandé un mensaje a Ruth,


para avisarla que iba de camino.

Cuál fue mi sorpresa cuando, al salir por la puerta de


urgencias, la vi a lo lejos con un hombre, y parecían estar
discutiendo.

Según me acercaba, pude reconocer al susodicho, que no era


otro que Pedro, el ex de mi hermana.

—¡He dicho que me dejes! ¡Olvídame! —gritaba ella.

—Te quiero en exclusiva, y sabes que puedo pagarte bien.

Eso me encendió, y mucho. Y no, nunca me consideré una


persona violenta, pero, cuando Pedro cogió a Ruth por la
muñeca para acercarla a él, y tratar de besarla, juro que me
empezó a hervir la sangre.

—¡Suéltame!

—¿Es que no la has oído, gilipollas? —Di dos pasos y ya


estaba apartando a Pedro de mi chica de un empujón.
Le pilló tan de sorpresa, que acabó cayendo de culo.

—¿Mario? Esto no te incumbe, es entre ella y yo.

—Te equivocas, claro que me incumbe —contesté.

—Mira —se levantó limpiándose la ropa—, sé que como


médico temes que le pueda hacer daño, pero no te preocupes,
que es mi puta y siempre la traté con cariño.

¿Puede una persona entrar en combustión espontánea? Porque


juro por mi madre que, en ese momento, mi cuerpo ardía en
llamas.

—La vuelves a llamar puta y te parto la cara, desgraciado —lo


cogí por el cuello de la camiseta y me quedé mirándolo
fijamente.

—No la he insultado, es a lo que se dedica. Es puta, Mario, y


de las caras.

Repito, nunca fui un hombre violento, pero eso me terminó de


cabrear.

Le solté un puñetazo en el pómulo izquierdo, que lo hizo


trastabillar. Me miró mientras escupía sangre y supe que, al
menos, le había roto algún diente.

—¿Se puede saber qué mierda te pasa, tío? He venido a


recuperarla, no me puede dejar así de la noche a la mañana.

—No vas a recuperar nada, porque nunca fue tuya. Le pagabas


por sexo y ya, asúmelo, era un mero trabajo para ella.

—Ruth, dile al gilipollas de mi excuñado, que te vienes


conmigo —dijo, mirándola.

—No, ella no me va a decir nada, porque te vas a ir tú solo,


Pedro. Ruth es mi mujer, así que, búscate a otra que caliente tu
cama.

Cogí a Ruth de la mano y nos marchamos de allí mientras


Pedro, gritaba que eso era imposible, que había ido a recuperar
a su puta, y se iba a ir de ahí con ella.

Me paré en seco, respiré hondo intentando calmarme, pero no


pude.

—Mario, por favor —me suplicó, pero no le hice caso.

Volví a por él, le di otro puñetazo y de nuevo estaba en el


suelo, escupiendo aún más sangre.
Me dolía la mano, pero ese imbécil no iba a seguir detrás de
mi chica ni un solo día más.

Ruth, empezó a gritar que parara cuando me vio cogerlo por la


camiseta y levantarlo, no pensaba volver a pegarle, solo
decirle algunas palabras, pero me frené en cuanto los de
seguridad del hospital vinieron, alertados por los gritos.

—Doctor San Sebastián, ¿qué ocurre? —preguntó uno de


ellos.

—Es un ex de mi mujer —me giré para mirarlos— que ha


venido a incordiarla, pero ya se iba —lo miré de nuevo a él—
¿Verdad, Pedro? —Él, asintió—. Perfecto. Y, por tu bien, más
te vale no volver a molestarla, ni a buscarla, ni a querer nada
con ella. Porque esos dientes rotos y el moratón en la cara, te
parecerán cosquillas —susurré, antes de soltarlo.

No dijo una sola palabra, se limitó a ir hacia urgencias a que le


atendieran.

—Mario, yo no sabía… —empezó a llorar.

—¡Eh, preciosa! No llores, que no tiene importancia.

—Me estaba vigilando, me ha seguido hasta aquí y…


—Ya, Ruth, no pasa nada —la abracé, besé su coronilla y dejé
que llorara en mi pecho— ¿Qué hacías aquí?

—Venía para darte una sorpresa y comer juntos —contestó, le


sequé las mejillas y la besé.

—Pues vamos a comer, preciosa.

Fuimos a un restaurante cercano y, nada más sentarnos, soltó


una de las suyas.

—Así que, soy tu mujer. Pues, perdona que te diga, maridito


mío, pero… ¿Y el anillo pa’ cuando? —Arqueó la ceja
levantando la mano, mientras movía los dedos, y me eché a
reír, es que era tremenda.

—No sé, lo pensaré.

—¡Huy, lo que ha dicho! Ten marido para esto. Anda, vamos a


comer, que tengo hambre.

—¿Y cuándo no, preciosa?

—Te quedas sin duchas mañaneras los fines de semana de los


próximos seis meses, ¿eh?

—¿Amenazas a mí?
—Hombre, y tanto.

Pedimos y, mientras tomábamos un vino esperando para


comer, le comenté que había hablado con Aitor.

—¿En serio me estás contando, que sabe todo? Pero, ¿todo,


todo?

—Sí. No te enfades, pero ese hombre me ayudó a saber de ti y


que tú recobraras la memoria. Esos once autores te aprecian
mucho, y las chicas también. Te recuerdo que vi los posts que
pusiste en el grupo durante aquella semana y el apoyo de las
niñas —sonreí.

—Me quiero morir…

—No, no te mueras anda. Espera a menos a saber lo que me ha


propuesto.

—Verás.

—Quiere que trabajes con ellos, llevando el tema de


publicidad en las redes, como el resto del equipo que tienen los
once detrás.

—¿Qué? ¡No fastidies! Ahora sí que me caigo muerta, vamos.


—Si decides aceptar, solo tienes que mandarle un mensaje a
Aitor y hablarlo con él.

—Pues ahora mismo le escribo —cogió el móvil que tenía


encima de la mesa, y se puso a teclear.

—Ya sé que los conoces a ellos mucho antes que, a mí, pero,
que me dejes plantado mientras comemos, por otro hombre…
—Arqueé la ceja.

—Huy, que eso ya lo hizo tu ex —se llevó la mano a los labios


y acabé riendo.

La respuesta de Aitor no tardó en llegar, dijo que la llamaría


para hablar con ella al día siguiente.

Ruth, sonrió de una manera tan bonita, que me encantaba verla


así de feliz.
Capítulo 25

—Hombre, cincuenta y dos años, accidente de tráfico,


inconsciente y con los signos vitales estables —escuché al
chico de la ambulancia cuando pasaba por el mostrador de
información, en el que estaba entregando el informe del último
paciente.

Una de mis enfermeras le llevó al chico a la sala y ahí me


dieron el informe completo.

Aunque muchas de las heridas que presentaba eran visibles, al


igual que la rotura de la pierna. Esa mucho me temía que sería
insalvable, pero sabía que el equipo haría lo imposible por
evitar ese final.

El resto de la mañana fue de lo más ajetreada, llegaron dos


pacientes más del mismo accidente además de otros.

Me tomé el café mientras hablaba con Ruth por mensaje,


estaba de lo más contenta y es que llevaba un par de días
dedicándose al tema de las redes sociales de La Tribu, y aún
seguía sin creerse que Aitor, le ofreciera ese trabajo.

Terminé la jornada y me fui para casa, antes pasé a comprar un


ramo de flores, quería darle una sorpresa a Ruth, sin duda eso
no se lo esperaría.

Pero la sorpresa me la llevé yo, en cuanto entré en mi casa y


escuché las voces de mi madre y mi hermana.

—¿Teníamos comida familiar y no me acordaba? —Arqueé la


ceja, a sabiendas de que no era así.

—Hijo, vine a tomar un café con Ruth, me llamó tu hermana


para invitarme a comer, le dije que estaba aquí y…

—Nos hemos autoinvitado a comer con vosotros, hermanito.


No vas a tener a la chiquilla para ti solo.

—Judith, te recuerdo que Ruth, es mi novia, la tendré que


tener para mí solo, ¿no crees?

—Venga, vamos a comer anda.

Otra que era tremenda, menuda hermana me había tocado en el


reparto, aunque no la cambiaba, de verdad que no.
Ruth, había preparado un guiso de carne que olía que
alimentaba. Nos sentamos a comer los cuatro juntos y mi
hermana nos estuvo contando que Pedro, seguía mandándole
mensajes.

—Está muy mal, pero de la cabeza, digo —volteó los ojos—.


Dice que le has quitado a su chica.

—¿Pedro la conocía? —preguntó mi madre, un poco


extrañada.

—Sí, Lidia, de cuando, ya sabes… —contestó Ruth.

—Vaya con Pedrito. Se quedó sin su mujer y, en vez de buscar


una novia, recurría a ti.

—Se obsesionó con ella, por lo que yo he deducido —dijo mi


hermana—. Tened cuidado, que no quisiera que ese tonto te
hiciera algo.

—Tranquila, que no va a pasar nada. Quedó bien advertido


cuando la siguió.

—Vale, pero no le subestimes, que me da que está un poco


inestable, hermanito.
Tras la comida, tomamos café y mi madre les sugirió a las
chicas ir al centro comercial a pasar la tarde. Ruth me miró
como extrañada, y mi madre se echó a reír.

—Hija, que no te va a prohibir que vengas.

—Lo sé, Lidia, pero no sé si tiene planes.

—Preciosa, vete con ellas y te despejas un poco —le hice un


guiño, me levanté y la besé—. Yo voy a salir a unos recados.

Me despedí de mis chicas y las dejé que disfrutaran de esa


tarde, las tres juntas.

Recados, lo que se dice recados, pues no tenía que hacer


ninguno, pero no quería que Ruth sintiera que tenía que estar
constantemente conmigo si no veía a su amiga. Además, tanto
mi madre como mi hermana, le habían cogido mucho cariño y
por eso querían pasar tiempo con ella.

Fui en coche hasta el centro, a una de las mejores joyerías que


había allí.
Estaba decidido a lanzarme, por segunda vez en mi vida, pero
sabiendo que, en esa ocasión, sí era la definitiva.

Entré y busqué el anillo que le pondría en el dedo, ese que ella


había preguntado cuándo llegaría, si supuestamente ya era mi
mujer.
Podría esperar más tiempo, un año, o tal vez dos, como cuando
me casé la primera vez, pero no había motivos para ello, la
quería, y ella a mí, así que, ¿por qué esperar cuando sabes que
lo que sientes por una persona es tan fuerte que nada podría
romperlo?

Hay parejas que han estado juntas durante años, incluso


décadas, se han casado y, tras un par de años, se han ido cada
uno por su lado. También las hay que duran hasta la vejez,
claro está.

Pero igual, hay personas que conectan desde el primer


momento y saben que no quieren a nadie más en su vida y, tras
unos meses, dan el gran paso.

Lo vi, estaba ahí, en la vitrina, brillante y reluciente, fue como


si me llamara, como si susurrara mi nombre y me dijera, “soy
para Ruth”.

Le pedí al dependiente que me lo enseñara y fue como si


pudiera ver la mano de mi chica con ese anillo.

—Me lo llevo —sonreí, pagué el pastizal que valía y salí de


allí con la idea en mente de cómo quería que fuera el momento
de pedirle que se casara conmigo.
Eso sí, iba a necesitar un poco de ayuda, así que tendría que
hablar con mi hermana.

Cuando llegué a casa, Ruth aún no había vuelto, así que lo


escondí bien para que no lo encontrara y me puse a preparar la
cena.

—Ya estoy aquí —me giré cuando la escuché desde la puerta


de entrada, fui a recibirla y la vi con varias bolsas— ¿Sabes
que ir de compras con tu madre y tu hermana, es un peligro?
—Arqueó la ceja mientras levantaba ambas manos.

—Ya lo veo, ya. ¿Te lo has pasado bien?

—¡Oh, sí! Genial. Son las dos un amor, de verdad que sí —me
abrazó y la besé.

—Me alegro de que te lleves bien con ellas. Son las mujeres
más importantes de mi vida. Y ahora, lo eres tú.

—Anda, no seas bobo. No puedes anteponer a una recién


llegada, al amor que sientes por tu madre y tu hermana.

—Bueno, ellas saben que las quiero con toda mi alma, pero a
ti… —La agarré por las caderas mientras me inclinaba a
besarla— A ti te amo con todo mi ser —murmuré, con los
labios pegados a los suyos.
—Yo también te amo, Mario —me rodeo la cintura, con las
bolsas aún en las manos, y me abrazó con fuerza.

—Deja todo eso en la habitación y vamos a cenar.

—Sí, que traigo un hambre…

—Lo raro, preciosa, sería que no la tuvieras.

—¡Qué grosero!

Se giró ofendida y me eché a reír.

Así era ella, la mujer de la que me había enamorado, a la que


quería tal como la había conocido, con sus locuras, sus
divagaciones, con esa parte inocente y con otra tan sensual.

No la cambiaba por nadie, por eso me había encomendado a


todos los santos que conocía para que, cuando le pidiera que se
casara conmigo, me dijera que sí.
Capítulo 26

Tres días, ese era el tiempo que había esperado para lanzarme
a hacer aquello que tanto quería.

Viernes, tenía el fin de semana por delante y quería hacerle la


pregunta esta noche.

Para ello necesitaba la ayuda de mi querida hermana, por lo


que en cuanto le dije, qué pretendía hacer, se puso como loca a
saltar de alegría y a planearlo todo.

Judith me dijo que había hablado con Ruth, para quedar a


comer juntas, después pasarían la tarde de tiendas y la llevaría
a la peluquería, a que la pusieran bien bonita para esa noche.

Además, había planeado vestirla para la ocasión, por lo que no


me quedaba la menor duda de que ella sería mi mejor
compinche.

La mañana en el hospital fue un no parar, ni siquiera cogí mi


tiempo para el descanso, me tomé un café rápido mientras
terminaba un informe.

Ya tenía la lista con todo lo que necesitaba para la cena y para


ambientar la casa. Sí, no iba a ser una cena cualquiera, iba a
tener de todo un poco, algo que, esperaba, le gustara y
sorprendiera a Ruth.

Salí de mi turno y fui a la cafetería que teníamos enfrente a


comer algo rápido. Judith me mandó un mensaje diciendo que
había recogido el paquete, me tuve que echar a reír cuando vi
el gif que me mandaba, un perro disfrazado de mensajero con
una caja. Vaya ideas tenía mi hermanita.

Me tomé el café y empecé mi tarde de compras. Anda que no


hacía años que no me iba por ahí de tiendas solo, ya lo
compraba todo por Internet para que me llegara a casa. Uno,
que se había vuelto un poco comodón con los años.

Primera parada, la floristería. Un par de rosas y dos bolsas de


pétalos naturales. Esperaba que me quedara bien el invento
que se me había pasado por la cabeza, porque, como no fuera
así, me daba dos tiros directamente.

Siguiente parada, una tienda especializada en velas aromáticas,


además de geles y sales para el baño.

Y, por último, la comida. Pescado, unas verduras y una botella


del mejor vino, además de champán.
Este último podía servirme para dos cosas, celebrar que me
dijera que sí, o emborracharme y olvidarme de esa boda.

Lo primero que hice nada más llegar a casa fue poner a enfriar
las botellas, empecé a preparar las verduras y el pescado para
meterlos en el horno, y después monté todo tal como tenía
pensado.

No es porque lo hiciera yo, pero me quedó muy bien


ambientado.

Una ducha, vestirme para la ocasión y…

Judith: El paquete está en la puerta. Mucha suerte,


hermanito, aunque no la necesitas, esa mujer está coladita por
ti. Te quiero.

Respiré hondo, fui hacia el salón, iluminado solo por las velas
que había comprado, y esperé ahí a que mi chica hiciera su
aparición.

Escuché las llaves en la puerta y juro que me puse de lo más


nervioso, el corazón me iba a mil por horas.

—Ya es… —se quedó callada y supe que había visto la nota
en el cesto donde dejábamos las llaves.
«Bienvenida, mi querida Ruth. Por favor, sigue los pétalos de
rosa hasta la siguiente nota»

El sonido de sus tacones rompía con el silencio de la casa,


escuché que dejaba bolsas en el suelo un poco después y
continuó caminando.

La segunda nota, estaba en la cocina.

«Quería tener un detalle contigo, así que te he preparado la


cena. Sí, es pescado, el aroma del horno me ha delatado.
Continúa, hasta dar con la siguiente nota»

Volví a escucharla caminar y era como si pudiera


imaginármela con ese contoneo de caderas, deambulando por
la casa, siguiendo los pétalos de rosa que había esparcidos por
el suelo.

La tercera nota estaba en el pasillo, a unos metros del salón,


donde yo esperaba con la puerta cerrada.

«Hoy, puede ser una fecha que se quede grabada en nuestras


mentes para siempre. Por favor, quédate aquí hasta que
escuches la música. Te espero en el salón»

Encendí el equipo de música y comenzó a sonar una canción


que, después de escuchar cientos de ellas, fue la que supe que
estaba escrita para nosotros. ¿El título? “Qué más puedo
pedir”, del grupo Dvicio.

Me levanté y me quedé delante de la mesa, esperando que la


puerta se abriera y apareciera la mujer que me había robado el
corazón.

Cuando lo hizo, la vi con los ojos vidriosos por las lágrimas,


además de preciosa con el vestido negro entallado que llevaba,
el pelo recogido en un moño despeinado que le sentaba genial,
maquillaje en tonos negros y grises y los labios rojos.

Me acerqué a ella y la cogí para bailar, no era una canción


lenta, así que me venía genial para dar unos pasos, algunos
giros y, en el momento oportuno, con esas dos frases que se
me habían quedado grabadas en la cabeza, arrodillarme con la
cajita abierta entre mis manos.

«No sé si será tu mirada o tu sonrisa apasionada.


Pero aprendí a ser feliz desde que te conocí»

—Mario… —murmuró, tapándose la boca con ambas manos.

La canción seguía sonando de fondo, pero a menos volumen.


Sonreí, y me lancé a por eso que tanto quería. El sí de Ruth.

—Preciosa, sé que puede parecerte una locura, pero la vida


está hecha de esos pequeños momentos locos que vivimos a
diario. Llegaste a mi vida como un huracán, te metiste en mi
cabeza y en mi piel. Nos distanciamos por mi culpa, pero
conseguí reconquistarte y, a partir de hoy, quiero que me dejes
amarte, cuidarte, hacerte feliz y encargarme de que nunca
dejes de sonreír. Te quiero, como jamás pensé que pudiera
querer después de lo de mi ex, pero conseguiste que volviera a
creer que el amor existe y, como me dijo un buen amigo
nuestro, cuando nos golpea, lo hace con fuerza. Ruth, ¿me
harías el hombre más feliz del mundo, casándote conmigo?

Estaba llorando a lágrimas tendidas, no decía una sola palabra,


tan solo me miraba.

Hasta que, por fin, asintió.

—Sí, Mario —se secó las mejillas, apartando las lágrimas,


pero seguían saliendo más—. Claro que me caso contigo.

Le puse el anillo, lo miró y cuando la rodeé por la cintura, me


abrazó con fuerza y nos besamos.

Al fin respiré aliviado, me había dicho que sí, y hasta yo me


puse a llorar en ese momento, abrazándola con todas mis
fuerzas contra mi pecho.

—Creí que habías preparado la cena.


—Y lo he hecho —me aparté y le mostré la mesa, donde había
puesto las dos rosas en el centro.

—Está todo precioso, Mario.

—Me alegro que te guste, cariño.

Le retiré la silla, se sentó y la besé en la mejilla antes de


sentarme con ella.

Mientras cenábamos, no dejaba de mirarse el anillo, de sonreír


y secarse las lágrimas.

—Así que, dentro de algún tiempo sí que seré tu mujer.

—Ya lo eres, porque realmente no se necesita ningún papel


para que yo te considere así, pero quiero casarme contigo. Eso
sí, tiene que ser por el juzgado, ya me casé una vez por la
iglesia y…

—No pasa nada, me puedo poner un vestido de novia


igualmente.

—Pues ve buscando uno, porque nos casamos dentro de un


año.
—¿De verdad esto es real? ¿Me voy a casar con el hombre que
me salvó la vida dos veces?

—Sí, y ten por seguro, que te salvaría todas las que fueran
necesarias. Pero, por favor, evitemos que eso pase, ¿sí?

—Tranquilo, que ya no me vuelves a ver por urgencias para


atenderme, en la vida.

Nos echamos a reír, terminamos de cenar y, tras brindar con el


champán, la cargué en brazos y fuimos a la habitación, donde
nos esperaban varias velas más, además de ese corazón de
pétalos de rosa que me había currado sobre la cama.

—Ay, mi Julián… qué romántico es.

—Esto es lo que provoca mi querida Isabel, que sea todo un


romántico.
Capítulo 27

Me desperté y la vi con el móvil en la mano y una sonrisa de


lo más bonita en el rostro.

—Buenos días, mi preciosa prometida —la abracé.

—Buenos días, mi atractivo prometido.

—¿Qué haces?

—Poniendo un post en el grupo, les doy la buena noticia.


Alucinadas las tengo con el anillaco que me ha regalado mi
chico —rio.

Hacía una semana que estábamos prometidos, y aún no lo


había contado en el grupo, increíble, pero cierto.

—Te habrán dado la enhorabuena también, supongo.


—Pues claro, las niñas son un amor y los jefes y jefas, que ya
me han comentado los once.

—A los jefes, les mandaremos un puro y, a las jefas, una cajita


de bombones, por nuestra boda.

—Eso, que nos acompañen ese día, aunque sea virtualmente.

Me fijé y estaba poniendo un comentario en su post, que me


hizo soltar una carcajada al ver las respuestas, que no tardaron
en llegar.

«Os dejo, que mi prometido quiere desayunarme»

Lo acompañó de un emoji guiñando el ojo y con la lengua


fuera, anda que no tenía guasa mi niña.

Pero es que lo que le contestaban… tampoco tenía desperdicio,


esas chicas, así como los jefes y jefas, eran unos loquitos.

¿Me desayuné a mi prometida? Sí, obviamente.

Besé y toqué cada rincón de su cuerpo, para después hacerla


alcanzar el cielo sin moverse de la cama.

Esas fueron sus palabras exactas.


Tenía turno de noche en el hospital, así que decidimos salir a
hacer algo de compra, visitamos a mi madre, que nos dio
tuppers con comida para nosotros y para mi hermana, y
volvimos a casa para que yo pudiera descansar un poco antes
de irme, ella se quedó trabajando y charlando con las chicas
del grupo.

Recibí un mensaje de Aitor, felicitándome por la gran noticia,


le di las gracias y él…

Aitor: ¿Estás seguro de dónde te estás metiendo?

La pregunta iba acompañada de un emoji pensativo y otro de


un hombre con la mano en la frente. Me eché a reír, ese
hombre, con lo serio que parecía, tenía si punto graciosillo.

Mario: Pues tengo una ligera idea, es mi segunda boda.

Aitor: ¿Qué dices? O sea que va a ser verdad lo que dicen por
ahí, a veces gusta tanto una boda que hay quien repite.

Mario: Te aseguro que, con mi ex, no repetiría ni loco. Con


Ruth, me casaría una y mil veces. La quiero demasiado.

Aitor: Me alegro mucho por los dos. Nuestra Ruth, merece ser
feliz, después de todo lo que ha pasado.
Mario: Sé que os tiene a vosotros, pero me encargaré de
hacerla feliz el resto de mi vida.

Aitor: Eso espero, porque, de lo contrario, hay cientos de


chicas que se te echarían encima, y no para comerte a besos,
precisamente.

Me reí, pero es que era cierto lo que me decía.

Nos despedimos y me acosté esas horas que necesitaba para


recargarme bien y afrontar un turno de noche.

Ruth me despertó haciéndome cosquillas o, al menos,


intentándolo.

—Pierdes el tiempo, preciosa, no tengo —dije, sin siquiera


abrir los ojos.

—Pues vaya un soso de marido que voy a tener.

—Me voy a dar una ducha… que tengo que ir a currar.

La besé y fui a ducharme. Cuando volví a salir, mientras cogía


ropa, vi que ella hacía lo mismo.

—¿Vas a salir con Ana? —pregunté.


—Sí, y con Judith. Nos vamos las tres a celebrar nuestro
compromiso.

—Me parece perfecto, diviértete.

—Ese es el plan, que es viernes —me hizo un guiño y empezó


a arreglarse.

Fui al hospital y me crucé con el compañero al que le había


cambiado el turno, me lo pidió como favor porque tenía a su
padre ingresado en la quinta planta tras sufrir un infarto, y
durante el día se quedarían sus dos hermanas.

—Muchas gracias, Mario, de verdad.

—No hay problema, César, ya sabes que otro día me puede


tocar a mí.

—Que sea leve la noche. Tienes a Daniela y Jimena como


enfermeras, y esta noche están de guardia Sergio y Tony.

—Perfecto. Nos vemos el lunes.

Entré en mi consulta, organicé algunas cosas y me preparé


para una de esas guardias nocturnas en las que podría pasar de
todo.
Y sí, de todo fue lo que pasó, pero lo que no me podía
imaginar es que aparecieran por allí, mi prometida, su amiga y
mi hermana, a las tres de la madrugada.

—¿Se puede saber qué os ha pasado? —pregunté al verlas.

—Un percance con los tacones —Ruth, se encogió de hombros


—. Anita, que se le ha “tronchao” un tobillo.

—Esto duele un huevo, doctor —me dijo Ana, con esa lengua
de trapo que da el alcohol.

—Madre mía, encima habéis bebido —me pasé la mano por la


cara.

—Hermanito, ha sido un poquitito de nada —sí, la jodida de


mi hermana me hizo hasta el gesto de juntar el pulgar y el
índice, por si no me quedaba claro que había sido solo un
poquito.

Mis compañeros Sergio y Tony, aparecieron en ese momento,


que volvían de tomar café en la sala y, al verme con las tres,
sonrieron mientras negaban.

—¡Oh, por favor! —gritó la lesionada— ¡Qué pedazo de


médicos! Tú, pedazo de puta, ¿te los querías quedar todos para
ti? —le preguntó a Ruth.
—¡Ah, no! Yo con mi doctor, tengo suficiente —me abrazó,
dándome un beso en la mejilla.

—Creo que me está doliendo… —Miré a mi hermana cuando


la escuché, y la muy loca empezó a mirarse por todo el cuerpo
a ver qué le dolía— El tobillo. Me he debido de torcer el
tobillo también.

—Lo que me faltaba por oír —protesté.

—Tranquilo Mario, que nosotros nos encargamos de ellas. Tú


quédate con tu chica que, a ellas, las cuidamos nosotros —me
dijo Sergio, que fue directo a por mi hermana.

Con el peligro que tenían esos dos, miedo me estaban dando


ya.

Me llevé a Ruth a la consulta y me dijo que estaba bien, que sí,


había tomado alguna copa, pero las más perjudicadas eran las
otras dos.

—A ver si voy a pensar que solo querías verme, y os habéis


inventado lo del tobillo de Ana —arqueé la ceja.

—No, no, que la pobre se ha hecho daño de verdad. Si traía el


tobillo hinchado como una pelota de tenis. ¿No lo has visto?
—Preciosa, con el vestidito que me llevas, poco me he podido
fijar en tu amiga. Si no fuera porque estamos en mi trabajo…

—Hum. ¿Qué haría usted, doctor? —preguntó, de lo más


sensual y sugerente.

—Digamos que mañana ibas a tener agujetas de estar abrazada


a mí, porque te iba a hacer gemir pegada a la puerta —
murmuré en su oído, le mordisqué el cuello y ya la tenía
moviéndose sobre mis piernas.

—Qué lástima que no podamos ir a otro sitio.

—Vete a casa en cuanto salgan ese par de revoltosas, te metes


en la cama solo con las braguitas que llevas y me esperas, que
te aseguro que mañana en cuanto llegue, te desayuno.

—Joder, ya quiero que sean las ocho. Me voy, que al final, me


pones más excitada que todas las cosas y me va a tocar darme
un homenaje con el Satisfayer.

—¿Tienes uno de esos? —Arqueé la ceja.

—No hijo, pero me voy a tener que comprar uno para estos
casos. Dicen que es muy potente y que te lo pasas pipa.
—Te voy a dar yo a ti Satisfayer… —Le di un leve azote en el
culo y salimos de la consulta para ir a la sala de urgencias
donde, el cuadro que me encontré, era tremendo.

Mi hermana fingiendo que le dolía cuando Sergio le tocaba el


tobillo que, por cierto, le estaba vendando, y la pobre Ana, con
todo lo lanzada que había sido al verlos, estaba más roja que
un tomate bajo la mirada seductora de Tony, esa que tantas
veces yo había visto en él.

Les pedí un taxi para que se marcharan a casa, nos despedimos


de ellas y nosotros continuamos con nuestra jornada.

Y, como bien había dicho mi prometida, yo quería que ya


fueran las ocho.
Capítulo 28

El último año se me había pasado más rápido de lo que me


hubiera imaginado.

Estábamos a solo unos días de la boda, esa que tanto deseaba


que llegara para hacer a Ruth, oficialmente mi esposa.

Como decía, este año había pasado casi sin darme cuenta, y es
que, cuando se está enamorado, el tiempo no corre, si no que
vuela.

Nuestras rutinas diarias eran que yo me iba muy temprano a


trabajar, y ella se quedaba en la cama hasta que su despertador
sonaba. Eso de levantarse a las seis o seis y media como yo, no
iba con mi Ruth.

Me había salido dormilona, qué le vamos a hacer.

Mientras yo estaba en el hospital, Ruth seguía trabajando,


llevando la promoción en las redes para los autores y autoras
del grupo de La Tribu.
Me encantaba ver lo feliz que estaba desempeñando ese
trabajo que hacía desde casa y en las horas que ella se había
puesto.

Aitor y yo, habíamos seguido en contacto, las chicas del grupo


me conocieron de manera oficial y… digamos que había más
de una que me quería hacer algunas cosas por las que Ruth,
había sacado las uñas.

No, la sangre no llegó nunca al río porque ya las conocíamos a


todas y ahí se soltaban muchas cosas siempre en broma y con
ese toque de humor.

Adoraba a Ruth, el amor que me demostraba día tras día, era lo


más grande que tenía.

Quién me habría dicho, años atrás, que volvería a enamorarme


como lo hice una vez. Bueno, no, que el amor que sentía por
Ruth era mucho mayor que el que pude sentir por Celia.

Mi ex mujer, a quien hacía años que no veía, pero que, si me la


encontrara por la calle, me acercaría a ella con la mejor de mis
sonrisas, la abrazaría y le darías las gracias por salir de mi vida
y darme la oportunidad de conocer a alguien que sí me amaba
y por quien merecía la pena luchar y cruzar el mundo volando
para darle una sorpresa.
Estaba en el descanso de mi jornada, cuando me llamó mi
hermana.

—Dígame, señorita psicóloga. O, debería decir futura señora


psicóloga.

—Hermanito, Sergio y yo no vamos a casarnos. ¿No has visto


que ese hombre parece que les tenga alergia a las bodas? Por
favor, si va a la tuya porque es tu amigo y mi novio, si no, ni lo
esperases, vamos.

Sí, desde aquella noche en la que Ruth y mi hermana se


presentaron en urgencias con Ana, tras torcerse un tobillo, ella
y mi compañero empezaron a verse.

Lo mismo pasó con Ana y Tony, esos dos cayeron en la


tentación y… ahora mismo están embarazados. Lo que son las
cosas.

—A ver, para qué me llamabas.

—Para decirte que, tu mujercita, Ana, mamá y yo, nos vamos


a la última prueba del vestido de novia. Vamos a comer por ahí
y ya nos pasaremos la tarde de tiendas, hasta la noche, que
iremos a cenar para celebrar su despedida de soltera.

—¿Y dónde vais a ir?


—Te lo acabo de decir.

—No me has entendido. Voy a replantear la pregunta. Después


de cenar, ¿dónde tenéis pensado llevar a mi mujer, hermanita?

—¡Ah, eso! Pues a tomar unas copitas.

—Por favor, nada de torceduras de tobillo esta vez.

—Hijo, anda que no ha pasado tiempo de eso, de verdad. Nos


lo vas a recordar toda la vida. Ni que fueras nuestro padre.

—No, pero casi. Tened cuidado, ¿de acuerdo?

—Sí, pesado. Madre mía, la que le espera a la pobre Ruth


contigo.

Y me colgó, ni un adiós, ni nada. Colgó, sin más.

Les puse un mensaje a Sergio y Tony, avisando de los planes


de nuestras chicas, y me dijeron que ya lo sabían, que les
acababan de llamar.

Eso era avisar con tiempo, sí señor, como para haber tenido
planes con Ruth, vaya tres.
Quedamos en vernos esa noche, ellos la tenían libre porque
habían hecho cambio con otros compañeros, así que me vino
genial, yo también me podría ir a celebrar mi despedida de
soltero.

La mañana en el hospital terminó y me fui para casa, mi madre


había pasado por allí sin ninguna duda, puesto que ya teníamos
la nevera llena de tuppers otra vez.

Cogí uno, lo calenté y comí mientras cotilleaba en el grupo de


La Tribu.

Sí, seguía entrando en él, y hasta comentaba de vez en cuando,


y más, desde que Ruth puso una foto nuestra y me presentó
oficialmente. Vamos, como para querer pasar desapercibido.

Mi chica había puesto una foto de las cuatro en la puerta de la


tienda de novias, ahora ya sabía el nombre de la diseñadora
que había escogido para ese gran día.

Las niñas del grupo no dejaban de pedirle que enseñara foto


del vestido, a lo que mi querida Ruth contestó:

«¡¡No puedo!! El novio entra por aquí a cotillear de vez en


cuando, qué queréis, ¿quitarle emoción para cuando me
vea?»
Una de las chicas me etiquetó, diciendo que me manifestara, lo
que me pude reír, pero al final hasta me animé a contestar.

«Aquí estoy, guapísimas. Nada de fotos del vestido, que quiero


sorprenderme cuando vea a mi mujer lo guapa que va a estar»

Ruth contestó que, ole yo, que me quería una “jartá” y que iba
a probarse ya el vestido.

Nos mandó besos a todos y yo me despedí de las niñas, que


me pedían que me quedara por allí con ellas charlando un
ratito.

La verdad es que ese grupo era como una gran familia, cada
uno de su padre y de su madre que se decía, de un lugar
distinto del mapa, pero con ese punto en común que los unía,
que era la pasión por las letras.

Y es que la lectura es capaz de llevarnos a viajar a lugares a


los que probablemente nunca podríamos ir, vivir cientos de
historias diferentes, meternos en la historia y ser parte de ella.

Sentir lo que sienten los protagonistas, reír, llorar o amar como


ellos lo hacen, una página tras otra.

Como dije, la romántica nunca había sido un género que


estuviera en mi biblioteca, pero, desde que conocí a Ruth, y
me adentré en el grupo de La Tribu, no he dejado de leer cada
libro que han publicado esos once autores.

Pasé el resto de la tarde ultimando algunas cosas de la boda, y


es que, aunque Ruth se había encargado de todo junto con mi
madre y Ana, yo también había hecho mi parte, quería poner
ese granito de arena para que todo, absolutamente todo,
estuviera perfecto el gran día.

Por la noche me encontré con Sergio, a quien llamaba cuñado


desde hacía casi un año, y con Tony.

—¡Ya sean casado! ¡Ya se han casado! —canturrearon los dos


a coro, cuando me vieron acercarme a la mesa.

—Aún no, pero estoy a punto —contesté, dándoles una


palmada en la espalda a cada uno.

—Tío, eres mi héroe —dijo Sergio, cuando nos sentamos.

—¿Y eso?

—Te casas por segunda vez, dime que loco hace eso. Yo es
que ni la primera, vamos.

—Me estás poniendo muy mal mi papel de hermano mayor,


querido cuñado. A ver si te voy a obligar a casarte con Judith.
—Ni que la hubiera dejado embarazada, como este a su Anita.

—Reza para que no llegue un bebé por sorpresa, que te


organizo una boda a la antigua, de penalti —contesté,
señalándolo con el dedo.

—Joder, que yo a Ana la quiero, y lo nuestro es un bebé


buscado —protestó Tony.

—Ya lo sé, pero este mendrugo no quiere casarse con mi


hermana, con la ilusión que le hace a ella vestirse de blanco.

—¿Qué dices? —Aquello pareció pillar a mi cuñado por


sorpresa.

—Lo que oyes. Desde que era pequeña sueña con el día de su
boda.

—No me jodas. Y, ¿por qué no me lo ha dicho nunca?

—Sergio, ¿te casarías solo por complacer a tu chica? —


preguntó Tony.

—Pues sí. Fíjate que, a Judith, si me lo pide, le bajo la Luna.

—Hostia, ha madurado de golpe.


—Cuñado, tú plantéate pedirle matrimonio por sorpresa, que
verás lo poco que tarda en hablar con el cura del barrio y
ponerte el esmoquin.

Nos echamos a reír, pero es que estaba convencido de que, si


se lo proponía, mi hermana montaba su propia boda en un mes
como mucho.
Capítulo 29

Y llegó el gran día, ese en el que daría el “sí, quiero”, a la


persona a la que más amaba en el mundo.

Era la segunda vez que pasaba por esta experiencia y estaba


nervioso a más no poder, había que joderse.

Ruth se fue a pasar la noche a casa de Ana, allí se vestiría y se


encargarían de maquillarla y peinarla, además de hacerle
algunas fotos.

Yo le dije que podía quedarse en casa, que yo me iba a la de


mi madre sin problema, pero insistió en pasar esa noche en
casa de nuestros amigos.

—Hijo —me giré hacia la puerta y ahí estaba mi madre—.


Venía a ver si ya estabas listo, pero veo que sí.

—Solo me falta la corbata, siempre me pego con ella —reí.


—Anda, ven aquí. A tu padre le pasaba lo mismo.

Ni dos minutos tardó en dejarme la corbata perfecta, me besó


en la mejilla y sonrió con los ojos vidriosos.

—Si tu padre estuviera con nosotros…

—Eso mismo me dijiste hace años, la primera vez que me


casé.

—Calla, esa boda para mí no cuenta.

—Pues para mí sí, que pasé unos añitos muy jodido por culpa
de Celia.

—Ni me la nombres, que allá donde esté, tan a gusto ella y


más tranquilos nosotros. Tú céntrate en Ruth, que esa chiquilla
sí que te quiere.

—Lo sé —sonreí—, y yo a ella, ni te imaginas cuánto.

—Me hago una idea, porque tienes la misma mirada que tu


padre cuando estaba conmigo.

—Entonces, eso es bueno.


—Muy bueno. Anda, vamos que no quiero que lleguemos
tarde al juzgado.

—Ni yo, que seguramente ya esté ahí la sorpresa que le tengo


a la novia —le hice un guiño, y es que, tanto mi madre, como
mi hermana, Sergio, Ana y Tony, sabían esa sorpresa de la que
Ruth no tenía la menor idea.

Salimos de casa y ya estaba esperándonos mi hermana y


Sergio. Nos subimos a los coches y fuimos para el juzgado.

Tal y como esperaba, ahí estaban las personas que me


ayudarían a darle la sorpresa a Ruth.

—Aitor —le estreché la mano—, gracias por venir.

—¿Y perderme este momento? Ni loco. Prácticamente puedo


decir que os casáis gracias a mí.

—Aitor, casarse es una desgracia, compi.

—Tú eres Hugo —señalé al que acababa de hablar.

—El mismo. Anda que, la que has liado, pollito. Traernos a los
once aquí, con lo que comemos.
—¡Eh, eh! —Miré a una chica que le señalaba con el dedo—
Hugo, habla por ti y por Manu. Mario —me dijo—, espero que
no pongan croquetas en el menú, que el boludo se queda con
todas.

—Alma, che, a mí no me des la culpa solo, que Marcos


también tiene lo suyo con las croquetas.

—Hombre, es que eso es un manjar —contestó, el que deduje


que era Marcos.

—Y todavía no se han dado ni el sí, madre mía la que nos


espera.

—Saritah —le dijo Hugo—, poquita paciencia tienes,


corazonzote.

—A ver, organización. Lo primero, ¿por qué no podemos ser


como todo el mundo, y presentarnos primero? Mario, yo soy
Ariadna, Ari para los amigos.

—Alias “la besotes” —dijo otro.

—Dylan, de verdad, qué cruz contigo.

—Ese soy yo. Mario, gracias por invitarnos a la boda.


—Creo que está a punto de arrepentirse —miré a la chica de
gafas que habló y vi que volteaba los ojos.

—Janis tiene razón —dijo otra—. Yo soy Carlota —sonrió y


me dio dos besos.

—Pues ya estamos todos presentados. Yo soy Jenny, ven aquí,


cuerpo, que te doy un achuchón —y me lo dio, claro que sí, y
con todo el arte que tenía, me plantó dos besos.

—Verás tú, que antes de que llegue la novia, nos ha mandado a


todos de vuelta a casa—dijo Ariadna.

—No, hombre, si somos buena gente. Un poco tocados de aquí


—Marcos se señaló la cabeza—, pero buena gente.

—Bueno, soy yo el que os agradece que aceptarais venir.

—No nos perderíamos la boda del año, por nada del mundo.
¡Con el reportaje fotográfico que nos ha hecho tu chica en el
grupo! —dijo Dylan.

—Aun así, que hayáis venido es… increíble, de verdad. Ella


no se lo espera y, mucho menos, que vayas a ser su padrino —
miré a Aitor.
—Es tu chica, pero es nuestra Ruth, la pizpireta divertida que
nos saca más de una risa.

—Gracias también a vosotras —me dirigí a Reme y Sol, las


responsables del tema de publicidad, y a las dos correctoras,
Virginia y Alicia.

—Un placer, como dice Aitor, Ruth es una de nuestras niñas y


la adoramos —contestó Reme.

Sí, ella creía que Sergio, por ser prácticamente familia nuestra,
sería su padrino, de hecho, se despidió después de que hiciera
las presentaciones con mi familia para ir a recogerla.

Tenía al equipo al completo allí para sorprenderla, esos once


autores a los que seguíamos, puesto que yo ya era un chico de
La Tribu, y a las que estaban detrás de ellos, ayudándolos a
que cada nuevo libro viera la luz y llegara a cada rincón del
mundo.

Una mayor sorpresa habría sido poder contar con alguna de las
chicas de La Tribu, pero eso resultaba más complicado,
aunque se encargaron de estar en este día tan especial, y es que
me mandaron un vídeo que había montado una de ellas con el
saludo de cada una.

Entramos a la sala y ahí nos hicimos una foto todos para


subirla al grupo, no tardaron en comentar las chicas lo guapos
que íbamos todos, desearnos que pasáramos un gran día y que
le diéramos muchos besos a la novia.

Y la novia llegó.

Estaba preciosa con ese vestido blanco de lo más veraniego, el


pelo recogido y un ramo de rosas rojas y rosas.

Mi futura esposa caminaba por el pasillo colgada del bazo de


Sergio y, al ver que en la puerta estaba Aitor, se tapó la boca
tras dar un grito de sorpresa.

Él abrió los brazos y ella, sin vergüenza ninguna, corrió para


abrazarlo.

—Estás preciosa, Ruth.

—Gracias. Pero, ¿qué haces aquí?

—Estamos los once, y también han venido Reme, Sol, Virginia


y Alicia.

Ruth miró al interior de la sala y, al ver a todos allí


saludándola, sonrió y agitó la mano.

—¡Ay, mi madre! ¡Me muero! Los autores y el equipo de La


Tribu en mi boda.
—No te mueras, cuñada, que al doctor le da un infarto y se va
al otro barrio contigo. Con lo que te quiere ese hombre —rio
Sergio.

—Vamos, cuñado, llévame con él, que me está mirando con


ojitos de querer.

—No, no te llevo.

—¿Cómo? —gritó, poniéndose una mano en la cintura.

—Te voy a llevar yo.

Cuando Ruth escuchó a Aitor, se giró como a cámara lenta, lo


miró arqueando la ceja y él asintió para que mi chica
entendiera que era verdad.

—¡Doctor, que me va a entrar mi amigo y escritor favorito


Aitor! —gritó, emocionada.

—¡Venga, hombre! ¿Él es tu escritor favorito? —preguntó


Marcos— No es justo, ¿eh? Aquí somos once.

—Padre Marcos —le riñó ella, con el ceño fruncido,


llamándolo como solían hacerlo las chicas del grupo—. No me
podéis llevar los once hasta allí, que va a parecer que vamos
en procesión.

—Pues para eso he venido, ya que no puedo casaros.

Nos tuvimos que reír todos, y es que, entre Marcos y Ruth, nos
estaban dando una mortal para no parar de reír.

Aitor le tendió el brazo, ella se agarró a él con una sonrisa, y


vinieron hasta donde yo estaba esperándola.

Nos casamos con esos pocos invitados, nuestra familia y los


amigos que Facebook había traído a nuestras vidas.

En el salón donde celebramos el convite no faltaron las risas,


las bromas de unos a otros y ese buen rollo que esos once
autores transmitían.

Llegó el momento de los regalos y Aitor le entregó una caja a


Ruth, que dijo era de parte de todas las niñas.

—¡Hostia! —gritó mi mujer cuando la abrió.

Aquello parecía el escaparate de un sex shop, había todo tipo


de juguetes, geles, algunas velas y hasta un camisón de lo más
sexy.
—Maridito, ya tenemos compañía para nuestra noche de
bodas.

—Estas niñas, son la monda —rio Dylan.

—Bueno, nosotros también tenemos un detallito para vosotros


—dijo Sarah, que se levantó y le dio una caja alargada.

—Chicos, son preciosos —Ruth sacó dos relojes de una firma


conocida, uno para cada uno, además de una pulsera para ella.

—Preciosa, tus niñas no podían faltar en este día, así que, ahí
las tienes.

Señalé a la pantalla grande que estaban bajando y aparecieron


todas en pequeñito gritando “¡Viva los novios!”, para después
ir saludando una a una y deseándonos mucha felicidad.

Ruth estaba emocionada, lloraba y se secaba las mejillas


mientras reía con algunas de las ocurrencias de las chicas.

Pero no era la única, las seis autoras también estaban pañuelo


en mano, y es que esas niñas, como ellos las llamaban, eran
todas muy especiales para los once.

Llegó el momento del baile y le cogí la mano para llevarla al


centro, cuando comenzó esa melodía de piano seguida de
guitarra, cerré los ojos y la pegué a mi pecho.

Empecé a mecernos lentamente, le besaba la mejilla y ella no


tardó en llorar cuando escuchó la letra de la canción.

Como ya me pasara con la que escogí para pedirle que se


casara conmigo, esta de Bon Jovi, fue con la que quise decirle
lo mucho que la amaba.

«Thank you for loving me


I never knew I had a dream
Unil that dream was you»

—Te quiero, Mario.

—Y yo a ti, mi amor.

Terminado ese primer baile, ninguno de los autores y ninguna


de las autoras, así como las publicistas y las correctoras, se
libraron de pasar por nuestras manos para bailar.

No faltaron ni los brindis, ni las fotos, ni esos posts que uno u


otro iba subiendo al grupo para hacer partícipes a las chicas de
La Tribu.

Recordaría ese día el resto de mi vida. El día en el que hice


realidad dos deseos de mi esposa. Casarse, y conocer a sus
autores de novela romántica favoritos.
Capítulo 30

Estábamos a una semana de hacer nuestro primer año de


casados, y en menos de dos, ya estaría nuestra pequeña con
nosotros.

Sí, tres meses después de casarnos, Ruth se quedó embarazada.

Me dio la noticia con miedo, decía que tal vez había llegado
demasiado pronto y yo, que desde la noche que le pedí que nos
casáramos no había usado protección con ella, le dije que lo
raro es que hubiéramos tardado tanto en dar en la diana.

Se echó a reír y empezó a llorar de la emoción, y yo con ella.


Íbamos a ser padres, ¿podía pedirle más al destino? Ese que
puso a la mujer adecuada en mi camino.

Me tocaba trabajar de noche, y no es que me hiciera mucha


ilusión, pero esta semana teníamos un médico menos por una
baja y yo le cambié el turno a uno de los de la noche para
encargarme. Era el jefe y prefería fastidiarme yo, que a
cualquiera de los otros médicos.
Solo que, esta noche, estaba yo solo con tres enfermeras.

Aproveché la mañana libre para ir con Ruth a hacer la compra,


al ser viernes, tendría todo el fin de semana libre para poder
descansar, lo malo de los turnos de noche era que durante el
día había poco tiempo para dormir y que no quería dejar a mi
mujer sola, a cargo de todo, aunque ella era una campeona y
podía con lo que se propusiera.

—Tu madre se marcha el lunes de viaje con las amigas —me


dijo, mientras comíamos.

—Algo había oído, sí, pero no sabía cuándo se iban. ¿Dónde


van esta vez?

—A Escocia —se echó a reír—. Dice que quieren conocer ese


lugar del que tanto escriben los autores de La Tribu.

Si echamos la vista atrás, Ruth era lectora y seguidora de esos


once autores, yo empecé a seguirlos cuando la conocí, y mi
madre poco después de nuestra boda, cuando conocimos a
todos y llegaron cargados con un montón de libros, y firmados
por ellos de los últimos que habían publicado esos meses.

Incluso la habían aceptado en el grupo de Facebook, y es que


mi madre era tremenda, le gustaba un sarao…
—No me digas más, quiere saber qué llevan los hombres
debajo del kilt —reí.

—Sí hijo, como todas las niñas del grupo.

Terminamos de comer y nos acotamos un rato, yo porque


quería descansar para la guardia que tenía después y ella,
porque ya estaba bastante agotada en esa recta final del
embarazo.

Cuando me desperté le di un beso y le dejé una nota, estaba tan


dormida que no quise despertarla, total, no tenía nada mejor
que hacer, ya había estado trabajando unas horitas cuando
regresamos de la compra.

Llegué al hospital y empecé mi jornada, esa que esperaba


fuera tranquila, aunque en la zona de urgencias aquello nunca
se sabía.

Ruth me mandó un mensaje cuando despertó, antes de cenar, y


me dijo que también me quería, y que no se le olvidaba que yo
la amaba.

Eso era lo que solía ponerle en las notas que le dejaba a


menudo.

Eran las dos y media de la mañana, acabábamos de atender a


un chico que llegó con una ceja partida por una pelea en un
bar, estaba dejando el informe en el mostrador de recepción,
cuando se abrieron las puertas de urgencias y…

—¡Ruth! —grité al verla entrar, con la bolsa del bebé y


sujetándose la barriga con las manos.

—Hola, mi amor.

—¿Qué haces aquí?

—Traerte una tortilla por si tienes hambre. ¿Qué voy a hacer,


con la bolsa del bebé?

—¿¿Estás de parto?? —Me acojoné, lo juro, porque eso no


podía estar pasando, precisamente esa noche.

—No, es que me he dicho. Mira, Ruth, ya que le llevas una


tortillita a tu maridito, pues, compra algunas cosas para meter
en la bolsa del bebé. ¿Tú qué crees? —gritó, enfadada.

—Por Dios, que estoy solo esta noche, preciosa —le quité la
bolsa y la ayudé a sentarse en una silla de ruedas.

—¿Y qué le digo a la niña, que a su padre no le viene bien


hoy? ¿Si podría esperarse… hasta el lunes? ¡¡Estoy de parto,
idiota!!
Menudo genio, lo que le habían cambiado las hormonas a mi
preciosa Ruth. Cuando se enfadada, la poseía la mismísima
Regan MacNeil, osease, la niña del exorcista. Solo le faltaba a
mi preciosa esposa, hablar en una lengua muerta, cosa que, en
esta noche tan especial, no dudaba ni un poquito que eso
pudiera llegar a pasar.

En cuanto me vio la enfermera pasar con la silla y Ruth,


haciendo sus respiraciones, supo que teníamos un ligero
problema.

Nos tocaba a todos asistir el parto de mi esposa, y traer al


mundo a nuestra pequeña.

—Preciosa, necesito que te relajes todo lo que puedas, ¿vale?

—Mario, ni que me fueras a echar un polvete por primera vez.

Las enfermeras se rieron y yo, hasta me sonrojé. Si es que era


así, y no la iba a cambiar nadie ya a esas alturas de vida.

—Mi amor, venga, a la camilla que voy a ver cómo estás de


dilatada.

—Ah, ¿es en serio que vas a traer tú a la niña al mundo?

—Pues claro, con la ayuda de ellas —señalé a las enfermeras.


—Mira, una bonita experiencia que contar cuando sea may…
¡¡¡Aaahhh!!!

—¿Habías tenido una contracción tan fuerte antes?

—No —murmuró, casi doblada por el dolor.

—Recuéstate, y deja que vea.

La ayudamos a colocarse, comprobé la dilatación y me


sorprendió que estaba casi a punto, así que no había ni tiempo
para ponerle la epidural. En qué momento se lo dije.

—¿Cómo? A mí me pones la anestesia esa, pero ya, o te juro


que cierro las piernas y esta no sale.

—Ruth, por favor, no hay tiempo que perder, en cualquier


momento puede empezar a nacer.

—Lo que me faltaba, que encima me digas que se me va a caer


la niña de cabeza mientras me sale de ahí abajo.

—A ver, parejita, relajaos los dos, que esto ya está listo —dijo,
una de las enfermeras.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? —pregunté para ver si con
algo de conversación se calmaba.

—En mi jet privado, no te digo el otro. En taxi, hijo, en taxi.

—¿Por qué no avistaste a mi hermana y a Sergio? Joder, que


son nuestros vecinos.

—Mira, a mí me llama una loca parturienta a la una de la


mañana, me despierta, y me acuerdo de sus ancestros. Ya
mañana, tranquilamente, que vengan a conocerla.

Me coloqué entre sus piernas, y ahí que fui yo a traer al mundo


a nuestra hija. A la que habíamos decidido llamar Jenny, como
la autora de La Tribu.

—Vamos, preciosa, que ya casi la tenemos. Tengo la cabecita.

—¡¡Esto duele!! Yo no paso por otro parto, ¿eh? Mañana


mismo pides cita para que te corten eso que tienes entre las
piernas. ¡¡¡Aaahh!!!

Unos empujones más y mi pequeña estaba con nosotros, la


hicimos llorar y ese me pareció el sonido más bonito del
mundo.
Cuando estaba envuelta en la toalla, se la puse a Ruth sobre el
pecho y le corté el cordón umbilical, lo anudé y las besé a las
dos.

No hace falta decir que tanto su madre, como yo, acabamos


llorando mientras la observábamos.

—Qué bonita es, Mario —dijo, mientras le cogía una manita y


la besaba.

—Tan bonita como su madre.

Sí, el amor a primera vista existía, y a mí me había pasado dos


veces en la vida.

Cuando conocí a Ruth, y al ver a nuestra hija.


Epílogo

Cuatro años habían pasado, desde que naciera nuestra pequeña


Jenny. Cuatro, en los que no faltaron nunca esas sonrisas que
le prometí a mi preciosa esposa y que siempre tendría.

Desde que nuestra hija llegó al mundo, nos colmó de días de


alegría, sorpresas y aprendizaje, y es que ambos éramos unos
papás primerizos con miedo a muchas cosas. Sí, a pesar de ser
médico, y de los mejores, temía que pudiera pasarle algo a
nuestra niña.

Por suerte contábamos con la ayuda de mi madre, que había


cuidado de mi hermana y de mí, y siempre tenía algo que
contarnos sobre los bebés.

Benditas abuelas, qué bien nos vienen a los padres en casos


como ese.

También teníamos a Ana para aconsejarnos, puesto que ella


había sido mamá de Raúl, unos meses antes que Ruth, y ya
tenía bastante experiencia.
Y cuando Jenny cumplió su primer año, nos enteramos que
esperábamos un nuevo bebé.

Aquello nos pilló por sorpresa, sobre todo, porque mi hermana


nos acababa de contar que estaba embaraza, y del mismo
tiempo que Ruth.

Así que, nueve meses después, fuimos padres de Aitor, como


ese hombre que fue partícipe en toda nuestra historia, padrino
de boda de Ruth, y tíos de Alex.

Ahora nuestro campeón ya tiene casi dos años, y es un


torbellino por la casa, todo el día correteando.

Y la alegría que me da a mí ver a mis hijos cuando llego,


esperándome en el salón con su madre, para lanzarse a mis
brazos y que los coja a ambos. Menos mal que yo soy grande y
puedo con uno en cada brazo.

Ruth, seguía llevando el tema de las redes de los once


escritores, esos que no habían faltado a su cita para conocer a
nuestra primera hija, y al segundo.

Mi madre seguía con sus viajes, cada seis meses iba a un lugar
del mundo, muchos de ellos escogidos por los libros que
leíamos.
Y, de cada uno de ellos, traía un recuerdo para nosotros.

Judith aún ejercía como psicóloga, aunque solo tres días a la


semana, los otros dos los dedicaba por completo a mi sobrino
Alex, además, aprovechaba para salir con Ruth y mis hijos al
centro comercial, o al parque, algunas veces quedaban con
Ana y su hijo Raúl, y pasaban las tardes todos juntos.

En el hospital seguía yéndome bien, tenía a Sergio y contaba


con Tony, como mi mano derecha, si yo debía ausentarme por
alguna urgencia médica de mis hijos, delegaba en ellos y no
me preocupaba porque sabía que lo harían igual de bien que
yo.

—Buenos días, mi amor.

—Buenos días, preciosa —abracé a Ruth, cuando entró en la


cocina.

—Mañana vuelve tu madre de su viaje a Marrakech.

—Sí, ya quedé con ella en ir a recogerla al aeropuerto, se viene


un par de días a casa, echa de menos a sus nietos.

—Verás cuando Judith le diga que va a volver a ser abuela —


sonrió.
—Pues le va a hacer mucha ilusión, estaba deseando que ella
tuviera otro hijo.

—Voy a preparar los desayunos de los peques, que dentro de


nada están en planta y pidiendo su leche —me besó y empezó
a sacar cosas que fue colocando en la encimera.

Y sí, ni quince minutos tardaron en entrar por allí nuestros


hijos, cogidos de la mano y pidiendo el desayuno.

Después de que se lo tomaran los vestimos y salimos dando un


paseo por el pan, a la vuelta pasamos a ver a mi hermana y la
pobre estaba fatal con el embarazo.

Del primero ni se enteró, pero con este no dejaba de vomitar a


todas horas.

Le habían recetado unas pastillas para cortárselo y que pudiera


comer de modo que retuviera algo en el estómago, pero, aun
así, la pobre estaba agotadísima.

—Mañana vuelve mamá, ¿no?

—Sí, la recojo y se queda unos días en casa, pero creo que será
mejor decirle que se quede contigo, así te echa una mano con
Alex, mientras Sergio está en el hospital.
—Si no le importa a ella…

—¿Te acabas de oír, hermanita? Cómo no va a querer quedarse


contigo, que eres su niña, y encima estás pochita.

—Joder, qué ánimos me das. Pochita, dice…

—Anda, ven aquí —la abracé y le froté la espalda, pero tuve


que soltarla rápido para que fuera al baño después de una de
sus náuseas.

Ruth y yo nos quedamos allí a comer con ellos, más que nada
para que Judith descansara un poco después de comer mientras
nosotros nos encargábamos de Alex.

De vuelta en casa, bañamos a los peques, cenamos y una vez


estuvieron en la cama, nos quedamos sentados en el sofá,
disfrutando de una copa de vino.

—¿Sabes? —preguntó.

—Dime.

—Me alegro de que me salvaras la vida.

—Es mi trabajo, y aún no te conocía de nada —le besé el


hombro, pues yo estaba sentado en el sofá con ella entre mis
piernas, pegada a mi pecho.

—No me refiero a la primera vez, que también, sino a la


segunda. Cuando quise dejar este mundo.

—No podía perderte, preciosa. Ya lo hice una vez y fui un


imbécil por cómo me comporté, pero te aseguro que, si
volviera atrás y te viera entrar en esa camilla, más muerta que
viva por las pastillas que habías tomado, volvería a salvarte la
vida. Eso fue lo que me hizo darme cuenta de que, si tú no
estabas conmigo, mi vida no estaba completa.

—Te quiero mucho, Mario. Te amo —dijo, mirándome a los


ojos.

—Yo también te amo, preciosa, desde el día en que nuestros


ojos se encontraron.

Y es que Ruth para mí fue esa persona de la que me enamoré,


la que me hacía sentir completo de verdad, la que me hacía
feliz cada día que pasaba.

Con la que me lancé a la piscina de cabeza, sin saber si estaría


llena o vacía, a la que le compré ese anillo que parecía
llamarme y decirme que era el que ella debía lucir en el dedo.

La mujer por la que me arrodillé después de unas cuantas


notas y antes de una cena sorpresa, y a la que le hice la
pregunta que cambiaría nuestras vidas para siempre.
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