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Goffman Teatralidad-De-Lo-Politico-Y-Poder-Mediatico

El documento resume las tres ideas principales de la investigación de Georges Balandier sobre el poder: 1) El poder se mantiene efectivamente transformando el desorden en beneficio del orden institucional; 2) Esto depende del control del poder sobre la dramaturgia simbólica y ritual que expresa el orden social; 3) En la actualidad, lo político entra en crisis ya que el control de la producción simbólica pasa a manos de los medios de comunicación masiva.

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Goffman Teatralidad-De-Lo-Politico-Y-Poder-Mediatico

El documento resume las tres ideas principales de la investigación de Georges Balandier sobre el poder: 1) El poder se mantiene efectivamente transformando el desorden en beneficio del orden institucional; 2) Esto depende del control del poder sobre la dramaturgia simbólica y ritual que expresa el orden social; 3) En la actualidad, lo político entra en crisis ya que el control de la producción simbólica pasa a manos de los medios de comunicación masiva.

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THEMA TA. REVlSTA DEFILOSOFiA. Num. 19, 1998, pags. 207·218.

TEATRALIDAD DE LO POLITICO Y
PODER MEDIATICO.
Un comentario a ccEI Poder en escenas» de Georges Balandier

Victor Bermudez. Universidad de Sevilla

Resumen: La investigaci6n en torno al poder que ensaya Georges Balandier incide en tres ideas: (1)
el poder se instaura y mantiene eficazmente en tanto logra reinvertir todo tipo de desorden en
beneficio del orden institucional que salvaguarda; (2) este logro depende de que el poder controle la
dramaturgia simb61ica y ritual en la que se expresa el orden social y la integraci6n en la misma de las
diversas manifestaciones del desorden; (3) en la actualidad 10 polltico entra en crisis en la medida en
que el control de la producci6n simb61ica pasa a manos de los mass media. En la primera parte de
nuestro trabajo comentamos, describiendolas, las dos primeras ideas. En la segunda parte realizamos
un analisis pe de la ultima de las cuestiones y afrontamos el problema de la desvertebraci6n social,
aludiendo, entre otros temas, a la personal polemica entre neoliberalistasy comunitaristas

Abstract: Georges Balandier's investigation on power focuses on three main ideas: (1) power is
attained and efficatiously maintained as long as it transforms disorder in the benefit of the order it
safeguards; (2) this attainement is reached through control of a symbolic and ritual dramatization of
both order and disorder; (3) political power looses efficacy when, as it now happens, it looses control
of the symbolic production, now in the hands of the mass media. In the first part of our work we
describe and comment on the first two ideas. In the second part we attempt a personal analysis of the
last question, confronting the problem of the contemporary disruption of social structures, and
alluding to the polemics between neoliberalist and communitarians.

En un ensayo anterior al que aqul comentamos 1 el soci610go y antrop610go


frances Georges Balandier intentaba aplicar nociones como la de cccaos», ccentropla»,
«organizaci6n», y otras tomadas del ambito de la flsica matematica, a problemas de
filosofla social. En la obra que nos ocupa, El poder en escenas {Paid6s, 1994)2, Balan-
dier asume de nuevo, si bien de forma generica e impllcita, un enfoque lejanamente
inspirado en modelos flsicos. Desde este enfoque, un «organismo» social podria
representarse como la suma compleja de procesos mediante los que se constituyen y
ordenan ciertos elementos y relaciones en una persistente tarea de reafirmaci6n
frente a la desorganizaci6n y el desorden. Este desorden seria el efecto de entropla
generado por el propio proceso de constituci6n y reafirmaci6n del orden, 0 bien el
efecto de la acci6n de elementos extranos. Dada su naturaleza social, los elementos

1 G. Balandier:. El desorden. La teorfa del c aos y las ciencias sociales. Elogio de la fecundidad del
movimiento. Trad. de Beatriz L6pez; Barcelona, Gedisa, 1989 (Ed. orig.: Le desordre. Librairie Artheme
Fayard, 1988).
2 G. Balandier: El poder en escenas. De la representacion del poder al poder de la representacion. T [Link]
Manuel Delgado Ruiz; Barcelona, Paid6s, 1994 . ([Link].: Le pouvoir sur scenes. Editions Balland, Paris,
1992).
208 Vietor Bermudez

y relaciones que decimos sedan (0 estadan revestidos) de can1cter cultural, simb6lico


0, como dice Balandier, teatral, mientras que la dinamica del proceso correspondeda
a la tramoya oculta que, tras el escenario visible, determinada la esencia argumental
del drama. En esa y de esa tramoya germinada y se mantendda el poder; un poder tal
vez, y en cierto modo, an6nimo, obra de una inercia organizacional milenaria, con
respecto ala cual el «poderoso» de turno no seda, quiza,' sino un habil «maquinista».
Pues bien, a partir de este esquema global, con el que Balandier analiza un monto
abundante de informaci6n etnogr:ifica (sin duda, 10 mas atractivo del libro), se
incorporar tres ideas basicas que constituyen la medula argumental del trabajo, estas
son: (1) la «maquinaci6n» en que consiste el poder resulta eficaz en la medida en que
logra revertir las fuerzas y efectos entr6picos referidos en provecho de la instituci6n
y revitalizaci6n del orden social; (2) la reversi6n dicha se realiza (al igual que la
constituci6n y inversi6n del orden) teatralmente, tarea para la cual el poder ha
contado tradicionalmente con el monopolio -0 poco menos- de las funciones de
representaci6n y autorrepresentaci6n simb6lica de que depende todo organismo
social; y (3) la crisis actual de lo politico es debida a cambios profundos en el proceso
descrito, cambios ligados a la perdida del monopolio de la funci6n representacional
por parte del poder politico. Pasemos ya a reseiiar y comentar estas cuestiones.
<C6mo se funda el poder y cual es su naturaleza? Tal como ya dedujera Durk-
heim, toda fundaci6n de legitimidad social se logra por una suerte de encantamiento
religios0 3• Ni la dominaci6n por la fuerza, ni los argumentos racionales, ni la eficacia
en la gesti6n de 10 publico bastan a la pervivencia efectiva del poder en cuanto
generador de conformidad socia1 4 • Dicho encamamiento -aiiadidamos- tiende a
satisfacer ciertas necesidades psico16gicas: palia la angustia, al construir un microcos-
mos escenico como marco absoluto de referencia y como espacio seiializado de
libertad, y sostiente la identidad y la dignidad moral del individuo. Ademas, dada la
fuerza omnipresente de las pulsiones que se han de someter y de la realidad descarna-
da que se ha de civilizadamente cubrir, tal encantamiento tiene que surtir un efecto
absoluto, integral y permantente, capaz no s6lo de prestar un marco de referencia
existencial y una identidad a cada sujeto, sino tambien de procurar vaIvulas de escape
a aquellas pulsiones y evidencias que la instituci6n de dicho marco -escenico- y
dicha identidad -teatral- reprime y emboza. T oda instituci6n social ha de mantener-
se asl en un juego de equilibrios en orden a suavizar y regir esta represi6n y oculta-
ci6n fundante; juego que se manifiesta, desde su misma instituci6n, de manera
teatral, esto es, en la forma de una dinamica compleja de representaciones simb6licas,
si tomamos aquIla palabra «representaci6n» en el doble sentido de «acci6n dramatica»
(rito) y de «imaginario simb6lico» (totem). Mas aun: el poder funciona no s6lo por
instituir y regir el particular sistema de acciones e imagenes teatrales con que se
representa el cuerpo y el alma social, sino tambien por ser capaz de alimentarse de

'E. Durkheim: Lasformaselementalesdela vida religiosa. (v. e.: Madrid, Alianza, 1993; vid. pp. 34155);
efr. tb. G. Balandier: El pader en escenas; ed. cit., p. 35; Y G. Balandier: «Religion y podep, en G. Balandier:
Antropologta politica. (v. e. Barcelona, Peninsula, 1985 -ed. orig.: Anthropologie politique. PUF, 1984-) .
• Balandier, El poder..., p. 18.
TeatralUlad de 10 politico y poder mediatico 209
toda acci6n e imagen que 10 amenace con la fuerza perturbadora de aquello que la
misma instituci6n social neg6 y ocult6 al fundarse. En ambos casos el poder compra
conformidad pagando con seguridad, de manera directa a traves de la socializaci6n,
y de manera indirecta, a traves de una permisividad estrategicamente dispuesta para
regenerar la demanda misma de seguridad.
El origen de fa tragedia es, de este modo, el origen mismo de la instituci6n social:
la constituci6n escenica del aparato estatal sobre el solar agreste del «Venusberg»; la
univoca y apoHnea metamorfosis del totem poHvoco y dionisiacoj la categorizaci6n
16gica, ic6nica y operatoria que, sobre el amorfo espfritu de la musica, imponen los
ritos teatrales con que emerge todo ensayo civilizatorio. El poder poHtico tradicional
se instituye asi (desde un enfoque estructural, no genetico) en una suma escenica:
sobre una primera escenificaci6n espacio-temporal (definida por el marco de relacio-
nes comerciales y militares, y por el conjunto de narraciones mitico-hist6ricas que
mantiene un puebloS) levanta el tinglado totemico de su propia autorrepresentaci6n
religiosa, escena 0 altar desde donde dirigir univocamente el ritual civilizador. Pero
-insiste Balandier- el poder s610 es realmente efectivo en tanto oficia teatralmente sus
funciones de formalizaci6n y control monopoHstico de la realidad bruta, de los
impulsos naturales, y de la comunicaci6n (y la polemica) pre-social6• Efectivo 10 es en
cuanto que genera conformidad con su univoca gesti6nj y teatral en cuanto que es
mediante los recursos del arte dramatico como logra generar las ilusiones necesarias
para generar -y compensar- tal conformidad. {Cuales son esas ilusiones? En primer
lugar, la del mismo poder del poder, hecho de la creencia colectiva en todo el magnifi-
co tinglado teatral con que el poder representa -y por la que hace e/ectiva-la propia

5 Cfr. J. Choza: «Humanismo civil y crueldad salvaje», en Los otros humanismos. Pamplona, Eunsa,
1994.
6 La idea de la cultura y la sociedad como sistema de intercambio comunicativo es ya vieja. Rousseau

ya dejo entrever que 10 que fundamentaba una cultura no era tanto el pacto social mismo como el pacto
social sino este cultura comienza cuando los hombres comienzan a hablar entre ellos. Desde hace cuarenta
mos la teoda de la comunicaci6n es unos de los modelos explicativos favoritos, y C. Levi-Strauss fue uno
de los primeros en aplicarlo al estudio de la cultura. En el se apuntaba hacia algo que luego han recogido
y explicitado mas extensamente otros autores: el primer no del hombre a la naturaleza debe responder a
algo mas profundo que a la necesidad de regular la interacci6n sexual, material y simb6lica. Pierre Clastres
mostr6 que dichas interacciones pueden insertarse en un marco mas amplio de interacciones y alianzas
ofensivas y defensivas, forma de las cuales sedan el intercambio de mujeres, bienes.y palabras. EI punto de
partida no seda asl la irregularidad de la conducta sexual, tendente ala endogamia «familiar», sino la realidad
permanente de la guerra (y el deseo de seguridad). El intercambio comunicativo de todo tipo responde a la
necesidad de establecer alianzas y de evitar la guerra (tambien, didamos nosotros, de acumular poder
militar). Esta comunicaci6n estada permanentemente amenazada desde el exterior, por el estruendo belico,
y desde el interior, por el silencio de los conspiradores y el ruUlo de la potemica y la subversion social. La
soluci6n contra esta doble amenaza pudo ser con frecuencia la concesi6n a alguien de voz soberana, y la
imposici6n de esta {mica voz sobre las demas. Con esta concesi6n-imposici6n nace el Estado junto a un
cambio de naturaleza dellenguaje, que pasa de su funci6n constituyente y autoconstituyente como «pacto
verbal» a ser expresi6n del poder cedido 0 tornado. A{IO asl, en toda sociedad permanece una dialectica viva
(a veces fomentada y, otras, reprimida) entre la voz unlvoca del poder y la pluralidad polemica de las
diversas voces sociales. Volveremos a esta cuesti6n al final. (Cf. P. Clastres. La sociedad contra el Estado. (Y.
e. de A. Pizarro; Barcelona, Luis Porcel, 1981.). Vid. tb. Octavio Paz: El arco y la lira (Mexico, FCE.) y «EI
pacto verbal», 1 y 2, en El Pals, 10, 11 de abril de 1983).
210 Vietor Bermudez

ilusi6n de su fuerza (fuerza que, entendida en su significado mas tosco, tambien suele
ser real, pero no es este, como dijimos, el aspecto decisivo en el ejercicio del poder,
cuyo resultado mas firme es siempre la generaci6n de una conformidad activa que no
basta a constituir el simple recurso ala fuerza bruta~. Para lograrlo, el poder se oficia
a S1 mismo en la forma imponente de un auto sacro desde el cual amenaza en tanto
conmociona, subyuga a la vez que seduce, reprime mlentras imprime identidad y
dignidad moral, y delimita 10 real al tiempo que nos alza en un ilimitado vuelo
ideo16gico 0 religioso. La ilusiones religiosas de omnipotencia, eternidad, majestad,
unicidad y verdeul' prestan a su vez poder de conformaci6n e inmunidad a una
instituci6n que, como vivamente real, resulta intrinsecamente fragil, temporal,
irregular, plural, falible, relativa y hasta absurda, todo esto es: poHticamente esteril.
En nuestra opini6n, el poder no puede desvelar su verdadero [Link] sin reducirse
a un vago y vitalmente ineficaz principio de madurez polttica (a no ser que elevemos
dicho principio ala dimensi6n, de nuevo religiosa, de las utopias racionales). Los
motivos de esta ineficacia no atienden s6lo a la megalomaniaca y mistica querencia
humana a duplicar metaHsica y mhicamente una realidad insoportable en su levedad

7 Es dificil de creer, como sugiere Ernest Gellner, que el unico sistema social en que la conformidad no

requiere de un grado sustancial de intimidacion fisica sea el nuestro, esto es, aquel en que existe una ligazon
entre una sociedad civil libre y un crecimiento economico dotado de mucha mas autoridad poHtica y
capacidad de estabilizacion social que el simple recurso a la fuerza bruta. Tambic\n en las sociedades mas
inmovilistas y economicamente rudimentarias el poder de intimidacion se debe a sutiles procedimientos
exitosos de organizacion yreorganizacion de las fuerzas comunes (no instituidos por nadie en particular)
que cohiben, controlan y castigan tanto como posibilitan, regulan y enaltecen uno 0 mas modelos sociales
de existencia (aun cuando seguramente sean pocos en comparacion con los que oferta nuestra modema
sociedad de consumo). Ya deda Durkheim que en la ralz del totemismo -como principio de poder- hay mas
alegna confiada que temor; claramente, las sociedades primitivas no son leviathanes que abrumen al hombre
con su poder (Cfr. E. Gellner: Condiciones de La libertad. La sociedad civil y sus rivales; v. e. : Barcelona,
Paidos, 1996. Durkheim, op. cit., p. 369).
, Acerca de las relaciones entre verdad y poder nos encontramos con la habitual controversia entre
posturas, por asl decir, modernas, y posturas mas radicalmente crlticas. Entre las primeras suele prevalecer
de modo mas 0 menos matizado la creencia en la mayor objetividad de ciertas verdades -no, desde luego,
absolutas-, sobre todo las que se someten a criterios racionales de contrastacion; estas verdades son
independientes del orden social, e incluso peligrosas para con este, en cuanto pueden sovacar cualquier
estructura de autoridad; de esto se deduce que el orden social ha de basarse necesariamente en la jalsedad.
Entre los autores que toman una postura mas crltica se arguye que la verdad responde siempre a una marco
de referencia socio-eultural, y que, como tal, aquella no esta nunca/uera del poder ni sin poder, por 10 que,
fuera de dicho marco y de las verdades subversivas que este igualmente ordena en tome a Sl, no hay mas
que un abismo inhumano, informe e indecible. En estos terminos, la polemica resulta, en nuestra opinion,
un tanto artificiosa, dado que, excepto en los mas recalcitrantes defensores de uno y otro lado, desde ambas
posturas se tiende a aceptar un grade de influencia por parte de elementos 0 marcos historico-eulturales y,
tambien desde ambos lados, se elaboran teorizaciones que asumen un supuesto grado mayor de objetividad
con respeeto a las interpretaciones que creen superar 0 explicar. De esta forma, el que, para Balandier, las
verdades sean algo que cada sociedad particularmente determina (cuyo reverso, 10 que en esa determinacion
social queda oculto, es tambien la verdad que expresa Hcitamente el bufon e ilicitamente el rebelde) no
incumbe a la validez universal de su propia tesis acerca de los mecanismos de tratamiento ritualizado del
desorden. (Cf. G. Balandier: El poder...pp. 57ss. Sobre la verdad como algo amenazador para el poder y la
neceseria fundacion de este en la falsedad, d. E. Gellner: Condiciones de La libertad...,p.38; tb. E. Gellner:
Posmodernismo, razon y [Link], Barcelona, 1984. Sobre la verdad como «algo que no esta ni fuera
del poder ni sin poder", d. M. Foucault: Sexo,poder,verdad. Ed. Materiales, Barcelona, 1978; p.233).
Teatralidad de 10 polttico y poder mediatico 211

y unicidad (unicidad en la que no cabe la duplicidad significativa 0 simb6lica)9; es


que, ademas, sin tal ilusoria duplicaci6n la sociedad misma se desvanece y, con ella,
el hecho mismo de 10 humano. Es posible creer que si los hombres se conforman a
los juegos ilusorios -y, tras ellos, al poder efectivo- del poder, es porque asl partici-
pan de la misma ilusi6n de omnipotencia, eternidad, majestad, etcetera, con respecto
a sl mismos, esto es: con respeeto al grupo humano en relaci6n al cual se significan 10 •
Sin esas ilusiones religiosas que el poder representa, las mismas ilusiones de la «indivi-
dualidad>. y de la «sociedad.. desaparecerfan y, a viceversa, sin la fuerza de esas creen-
cias colectivas que suman y asumen las creencias individuales el poder no tendrla
donde apoyarse l1 • Por eso, la autocelebraci6n subyugante e idealizada del poder es,
de modo indirecto, la celebraci6n tanto de la imagen sublime que cada individuo
tiene de sl, como la del imaginario colectivo de cuya viva influencia dependen el
poder, el individuo y la sociedad misma. Es este imaginario social el que alimenta y
es realimentado por el espectaculo poHtico que describe Balandier, y a traves del cual
aquel imaginario se encarna en el tiempo dc1ico del rito y el espacio monumental del
totem: en el ceremonioso baile de la entronizaci6n, la fiesta nacional, la ejecuci6n 0
el desfile; y en la silueta suprahumana del slmbolo patrio, del palacio, de la catedral
o el cadalso 12 • Es este tiempo y espacio escenico del poder el punto en que la triple
ilusi6n, religiosa, social e individual, se transubstancia en una afirmaci6n unlsona de
sentido que auna 10 natural, 10 sobrenatural, 10 hist6rico y 10 existencial. Dicha
afirmaci6n comprende: (a) las metaforas y taxonomlas l6gico-simb6licas, ic6nicas y

9 Cfr. Clement Rosset: Lo real y su doble. Ensayo sobre la ilusiOn. (y. e.: Barcelona, Tusquets, 1993). Esta
querencia no ha clesaparecido, sino que se ha visto acrecentada ante el desencantado mundo de la ciencia y
la tecnica. Como contaba recientemente Xavier Rubert de Vent6s, la mitologfa nacionalista, la conversi6n
del «divertissement»pascaIiano en «entertainement», 0 los grandes celebraciones con que se mistifica 10 que
de ordinario hay que poIlticamente afrontar (la creaci6n de infraestrueturas, el estimulo a la producci6n,
los acuerdos transnacionales, etc.) dan «testimonio de un ancestral destino» y refuerzan la «presunci6n de
que el mito no es hist6rica y psicol6gicamente anterior a la raz6n, sino, por el contrario, su produeto 0
consecuencia (..J fibulas sobre las que hemos de levantar nuestras mas prosalcas aspiraciones (...)>> (<<Miseria de
la raz6n, raz6n del mito», El Pais, 1 de diciembre de 1997)
10 Asf, afirma Balandier: {...) Esta teatralidad [del poder] representa, en todas las acepciones del termino,
la sociedad gobernada. Se muestra como emanaci6n suya, Ie garantiza una presencia ante el exterior, Ie devuelve
a la sociedad una imagen de 51 idealizada y aceptable (...), brindandole un espectaculo de ella misma en el que
se contempla (0 deberia hacerlo) magnificada» (El pader.... p. 23)
11 Me resulta muy diHciI coincidir con Gellner en la idea de que una mayona de hombres de carne y

hueso puedan vivir demasiado tiempo (como. segiln el, ocurre en nuestro modelo de sociedad abierta) de
una cierta ambigiiedad, de un compromiso entre laft Y su ausencia y la obligaci6n de la duda honesta -aunque
Gellner refiere un tipo de ilusi6n sustitutiva, ligada a la realizaci6n de la personalidad, el rnismo reconoce
que esta resulta insuficiente-. Ademas, el anaIisis de Gellner olvida totalmente que tambien en nuestro orbe
social hay un escenario de autorrepresentaci6n comunal importantfsimo -el de los medios de comunicaci6n
audiovisual- en el que los hechos, su valoraci6n, la autoimagen social e, in crescendo, el mismo poder
polltico, coinciden de una forma cada vez mas fuerte. Finalmente, tampoco nuestro autorreconocimiento
social deja de ocurrir en funci6n de una sacralizaci6n, mas 0 menos clara, de ciertos Ifmites y condiciones;
de hecho, fue Gellner el que, en otro momento, se declar6 creyente de 10 que el llam6 fundamentalismo
racionalista y, desde luego, algo de religiOn cientifica late en el fondo del conjunto de certezas que sostienen
nuestro mundo. (Cf. E. Gellner: Condiciones de la libertad, ed. cit., pp. 138, 188-9; Y Posmadernismo, raz6n
y religi6n, ed. cit., pp. 100ss.).
12 Cfr. El pader.... pp. 23ss.
212 Victor Bermudez

operatorias que, en el doble sentido del verbo, ordenan, a la vez, los entes y relacio-
nes de que consta 10 real, 10 trascendental, el mundo social y la propia intimidad,
consciente e inconsciente; (b) los signos de la identidad del individuo con su casta
social, de la sociedad consigo misma, y de esta con el cosmos y el mas alla; y (c) la
encardinacion mitica de la colectividad en un pasado mas legendario que historico,
yen un futuro previsto de gloria y felicidad comun 13 •
Ahora bien, todo esto no es suficiente; si el poder seduce -fascinando a la vez
que sobrecoge y espanta-, es porque tambien influye a un nivel psicologico mas
atavico que aquel que es capaz de conformar el apoHneo espeetaculo de 10 instituido.
Este, si es que ha de perdurar, ha de enraizar sus formas -y promover la conformidad
a ellas- en aquello mismo que estas reprimen, disfrazan y niegan. Y esto por dos
motivos: por 10 irreprimible, inocultable e innegable de ciertas pulsiones, evidencias
y aspiraciones; y porque es a partir de estas como aquellas mismas formas regeneran
el encanto de su propia fuerza totemica 14 • Como cualquier otro organismo, el cuerpo
social ha de mantener un margen de apertura nutricional y, ademas, un metabolismo
capaz de generar organizacion a partir de la energia bruta de la que, dicho cuerpo, se
instituye y nutre. Estas energias son las propias al hombre en estado natural 0 en el
interregno de las rupturas sociales: las pulsiones desenfrenadas, el estado crltico
provocado por la evidencia del desorden de 10 real, las desatadas fuerzas de los
particularismos, 0 la ruidosa proliferacion de voces contrapuestas. 15 ~Como logran
los sistemas sociales tradicionales regenerarse, esto es, reconvertir estas energias
disgregadoras en nuevo [Link] organizacional, evitando asi rupturas traumaticas?
SegUn Balandier, el poder aprende muy pronto a desarrollar mecariismos metab6licos
de transformacion del desorden en orden regenerado; tales mecanismos son, tal como
los propios a la conformacion social, simbolicos, tejidos en tomo a representaciones
y acciones escenicas, pero con la caracterlstica diferencial de ser la suya una drama-
turgia del desbarajuste y la inversion. El escenario es sustancialmente el mismo, pero
en el ocurre un momentaneo cambio de escena, de personajes, y una inversion,
sustitucion 0 incluso eliminacion de la trama argumental. El decorado representa
entonces ellugar de una naturaleza todavia virgen, y el ritmo musical refiere aquella
temporalidad unica de 10 sagrado todavia difuso e innominado 16; en lugar de la figura

13 Cfr. El pader , pp. 19, 90ss


14 Cfr. El pader p. 88
15 Cfr. El pader , p. 72.
16 Cuando hablamos de ritmo, musica y tiempo, hablamos tambfen de lenguaje, de sfmbolos, pero de
un lenguaje y unos sfmbolos que quieren trascenderse a sf mismos mediante el sacrificio de su funci6n
mediadora y representacional. Como ha indicado luminosamete A. J. Greimas, la comuni6n de 10
simb61ico con 10 trascendente se concreta frecuentemente en la busqueda de la materialidad dellenguaje y
de 10 que Greimas denomina «deformaci6n coherente», 10 cual tiene como efeeto de sentido, de un lado,
la impresi6n de radicalidad, de realidad material de 10 dicho y, de otro lado, la ilusi6n de la liberaci6n del
plano del significado y la marcha hacia el plano indeterminado del sentido. Esto ocurre como uso poetico
o sagtado de 10 simb61ico y se concreta como intento de instituci6n de una organizaci6n significante
alternativa y de «segundo grado» con respeeto al plano -instituido socialmente por el poder- de la realidad.
Caben aqui rasgos como los propios ala estilfstica poetica, al ritmo musical y a ciertas expresiones rituales
de finalidad extatica. (Cf. A. J. Greimas. Semi6tica y ciencias saciales. V. e. Madrid, Fragua, 1980, pp. 198-
Teatralidad de 10 poHtico y pader medititico 213

sobrecogedora del rey aparece la silueta ridlcula de un bufon, en lugar del heroe
fundador corre por la escena un atractivo truhan tan poderoso como aquel, y en
lugar del dios protector se aparece su heredero mas dfscolo. T odos ellos han inverti-
do la retorica habitual del poder e improvisan un mensaje trangresor: la verdad
escapa corrosivamente por la boca del bufon, la moral y la logica equfvoca del heroe
embaucador rompen con las normas y las taxonomfas habituales, la demonfaca
libertad del dios rebelde llama a la aventura de 10 individual y al juego con 10 margi-
nal y 10 aleatorio. Alrededor de estas y de otras configuraciones totemicas el poder
haformalizado ritualmente la transgresion misma de los ritos sociales, ha instituido un
tiempo sagrado para la orgfa, la verdad y la libertad, un decorado espedfico tras el
que desahogar las pulsiones, desgranar la crltica y liberar la materia de los suenos. El
truco se explica f<icilmente: el orden es derrocado simbolicamente para no serlo de
verdadj las figuras del totem invertido y los ritos carnavalescos de la transgresion
ofrecen un marco catanico propicio a la realizacion [Link]! -imaginaria- de 10 prohibi-
do 0 imposible de realizar social y, por ende, humanamente 17 . Mas aun, la inversion
simbolica del orden ha de llegar a representarse en su grado mas extremo, el de 10
grotescoj solo asf el poder se asegura una nueva y mayor demanda de orden y un
renacimiento, temporalmente purificado, del deseo de conformidad18 . El mensaje que
asf se quiere transmitir es claro: no hay mas alternativa al magnffico argumento
escenico del poder que la de su pareja dramatica, la bufonada ridlcula19 y brutal 0, en
todo caso, la de una rebeldla restringida a las jerarqufas herofcas y divinas ~o que vale
10 mismo que decir a la clase de los poderosos).
El metabolismo reordenador del poder no solo actua como escenificacion
carnavalesca de la inversion y el desbarajuste social (en las saceas babilonicas, las
cronicas griegas, las saturnales romanas, las misas de locos medievales 0 las fiestas de
esclavos antillanas), sino tambien en la forma del sacrificio colectivamente purificador
-y amedrantador- del brujo, el hereje, el loco 0 el extranjero, personificaciones
reconcentradas del desorden antisocial20 . De manera aun mas astuta el poder llega a
reconvertir los factores reales de ruptura en actores del drama catartico: dramatiza la
revancha de los oprimidos para consuelo de los mismos, y puede llegar a promover la
mitomanfa por el «fuera de la ley", el «ladron noble», 0 el guerrillero ultramontano
defensor de «la justicia y la libertad»21.

201; un ejemplo etnografico de 10 que entendemos aqw por deformaci6n coherente puede verse en la lectura
de Clastres de ciertas costumbres de los indios guayakles -Po Clastres. La sociedad contra el Estado.
Caracas,Monte Avila,1978, cap. 5-).
17 El poder p. 45ss.; El desorden... pp. 112ss.
18 El poder pp. 58-61; 87ss.
19 La «bufonada» no tiene porque ser intencional y catanica, tambien puede ser atribwda y vergonzante.
Como afirma Balandier, el orden cuenta siempre con la ventaja de la subordinaci6n de las conciencias: la
desviaci6n genera vergiienza, culpabilidad ante uno mismo, desprecio social; estas son cosas aun mas
efectivas que la coerci6n legal: el ridIculo es siempre uno de los instrumentos mas poderosos de que se vale
la conformidad (Cfr. El pader... , p. 46 Y 73).
20 El poder...p. 80ss.

21 Cfr. Balandier, El pader...pp. 105ss


214 Victor Bennudez

Toda esta metabolizaci6n festiva y teatral del desorden puede, sin embargo,
fracasar; fracaso ante el cual el poder no duda en recurrir a metodos de control mas
drasticos, aun cuando, en el fondo, bastante menos eficaces. Si la represi6n no basta
para detener el juego, el espectdculo del motin puede llegar a generar un proceso real
de desorganizaci6n social, e incluso una ruptura radical con el orden instituido. Mas
esto no es sino la excepci6n que confirma la norma segun la cual el poder se rea-
limenta de la misma oposici6n que genera, reconstituyendo de continuo la estructura
social de que es guardian e interprete dramatico, 0, dado el caso, instituyendo un
nuevo orden escenico y real tras el mismo teatro de campana de la revoluci6n.
Pero sl hay al menos algo, que, no obstante 10 dicho, puede constituir una amenaza
realmente indigerible para el poder: la violencia indiscriminada, anarquica, e irracio-
nal -en su expresi6n-, que, en un sentido debil, podria representar hoy el caso del
vandalismo urbano 0, en un sentido mucho mas fuerte, el del terrorismo como
instrumento de un activismo polltico en sl mismo racional22 • Con esto alcanzamos
ya el analisis que, a tenor de todo 10 anterior, emprende Balandier en torno a la
degeneraci6n actual de 10 pol!tico, degeneracion que coincide con la generacion de un
nuevo poder, el poder de los media, el mismo del que se sirve justamente el terroris-
mo para escenificar su mensaje trangresor.
De 10 hasta aqul expuesto podemos extraer dos conclusiones en firme acerca de
la naturaleza del poder: (a) el poder polltico esta all! desde donde se instituye y rige
la dramaturgia totemica y ritual con que se construye el imaginario colectivo; y (b)
el poder se define, antes que .nada, por su capacidad de controlar la dinamica del
orden y el desorden social a traves de aquella misma funci6n dramatica. {Que es 10
que ocurre hoy? De un lado, el poder pol!tico tradicional no es ya -0, al menos, no
es el unico- dramaturgo ni regidor en la escenificaci6n del imaginario mhico; de otro
lado, y en parte debido a 10 anterior, dicho poder se muestra incapaz de controlar
-prestandole sentido- la situaci6n de dispersi6n y confusi6n creciente que manifies-
tan hoy, tanto en el aspecto real como en el representacional, los movimientos del
desorden y el orden social. A esto es a 10 que llamamos crisis de «10 pol!tico».
En cuanto a 10 primero, hay que partir de una situaci6n parad6jica: a pesar de
que el elemento dramatico nunca ha disfrutado de la omnipresencia y el poder del
que dispone hoy en su forma massmedidtica, su capacidad para motivar y conformar
ha terminado, segun Balandier, por perder fuerza -efecto de la inevitable trivializa-
ci6n que suponen esa misma omnipresencia y el abundamiento afectado en una
teatralidad independizada de todo contenido-. Ahora bien, esta crisis global del

22 La explicaci6n de esta amenaza radica en la absoluta imposibilidad de domesticar ritualmente este tipo
de violencia, la cual ataca asfla misma medula del poder, medula que no es otra que la de la representaci6n
de una trama de sentido capaz de ocultar la evidencia, profundamente inhumana, de la jatalidad. Tanto es
asf que, tal como destaca Balandier, una de las constantes tematicas en las dramatizaciones de la ruptura
social es el referido a la mala suerte, al hecho caprichoso de la fortuna que nos resitua frente a la
incertidumbre y el absurdo. La inhumanidad de esta vivencia se cuenta como principio de posibilidad de
todo entramado mftico y civilizatorio y, mas honda y particularmente, de las llamadas «culturas de
culpabilidad» (efr. Balandier, El poder...pp. 53-54 y 109-110; tb. en E. Pagels: Adan, Eva y la serpiente, v.
e.: Barcelona, Critica, 1990, p. 206).
Teatralidad de lo politico y pader mediatico 215

elemento [Link] no puede ocultar el hecho innegable de que es el, en su actual


amplificacion tecnologica, el que ha tornado el control del imaginario social, hasta el
punto de que son ahora las instancias tradicionales del poder la que se subordinan al
nuevo poder representacional de los media.
Todo esto comporta una serie de consecuencias. Una, mas general, alude a un
slntoma reconocido de nuestro tiempo: la identificacion del medio con el mensaje,
la suplantacion del dramaturgo por el regidor tecnico, la estetizante coincidencia de
contenido y forma y, en fin, la confusion entre el dominio de los significados y el de
los significantes. Otra consecuencia, mas espedfica, se refiere a la degeneracion del
poder polItico tal como fue teorizado e institucionalizado en la Modernidad: este se
muestra reconvertido ahora en una industria mas del espectaculo, empefiado en
hacerle la competencia al star system televisivo y curtido ya en las pautas representa-
cionales impuestas por los nuevos heraldos de la comunicacion social. Esta reconver-
sion no solo confirma la perdida por parte del poder polItico del monopolio en las
funciones ritual y simbolica ante el imperio de los media, sino que, para Balandier,
resulta ademas insuficiente en su intento de regenerar una parte, al menos, de su
viejo poder conformador. Al incorporarse al mercado del consumo mediatico, el
poder polItico habrfa perdido toda la fuerza seductora de sus tradicionales autocele-
braciones liturgicas, en tanto estas son forzadas a acatar las reglas del espectdculo
-trivializado como constante escenica- a que obligan las nuevas factorfas de 10
mftico. El precio es la sustitucion del antafio mas permanente y profundo efecto
conformador, por el efecto emocional effmero -en cuanto al sentido- y laxamente
comprometedor -en cuanto a los vlnculos sociales- que supone la filosoffa comuni-
cativa del videoclip como forma, y del acontecimiento cat6dico como fondo, en
permanente renovacion, de toda realidad socia1. 23
Pero el ejercicio del poder polItico no solo se adapta mal a la desacralizacion
generalizada del elemento dramatico, con 10 cualla tradicion simbolica y ritual de
aqueI ha de compartir el Formato y la tecnica escenica -y hasta la nulidad de conteni-
dos- del heraldo-showman massmedidtico. Tambien ha perdido su sentido como
guardian del sentido y de los vlnculos sociales en un mundo sumido -segun los
apocalipticos- 0 creativamente comprometido -segun los integrados- en la fluencia
aparentemente entropica del orden institucional e interpretativo con que se organizo
la Modernidad. El poder polItico tampoco dirige ya los procesos metabolicos de
reconversion del desorden en orden. En parte, como hemos dicho, por haber dejado
de ejercer la funcion «hermeneutica» radical que tradicionalmente 10 define y que
hoy se ve disgregada, sometida a las libertades del mercado. Y en parte -si damos cre-
dito a la vision, un tanto apocaliptica aqul, de Balandier- porque el desorden de la
«sobremodernidad» no es ya de ninguna manera metabolizable, sino que, como
eclosion extrema del movimiento y la incertidumbre que subyacen desde un principio
al despliege de 10 moderno, solo puede resultar genesico o/y destructor (y asl se
manifiesta en las fluetuaciones caoticas del mercado, en el frenesl del acontecimiento

23 Cfr. El pader..., p. 156.


216 Victor Bennudez

mediatico, en las nuevas pandemias, y en una violencia jamas tan consciente y


visualizada como la de hoy). Hay que advertir, no obstante, que la perspectiva de
Balandier desatiende el principio mas conocido de la termodinamica clasica: la
posibilidad de una neutralizaci6n absoluta del dinamismo organizacional, la negaci6n
de toda interacci6n sistemica, esto es: la coincidencia total entre el desorden y su
constante y simultanea reconversi6n al orden del dinero-mercado 0 a la l6gica del
espectaculo mediatico y el consumo frenetico de novedades. Es 10 que Gilles Lipo-
vetsky ha denominado «sociedad-moda», 10 que Balandier ha podido expresar en
algUn momenta al hablar de «democracia laxa» 0 de «consenso por defecto», y 10 que
otros, mucho mas contundentemente, han titulado como fin de fa historia. 24
~Que futuro aguarda, en fin, ala instituci6n poHtica y a la sociedad misma tal
como la hemos concebido hasta hoy? Nos enfrentamos a una crisis de la teoda del
Estado y de sus aparatos como origen y forma de realizaci6n del poder. Este, junto
a las funciones representacionales, esta hoy junto a la tramoya mediatica, mas esta
obedece mayoritariamente a intereses privados y a instancias econ6micas poHtica-
mente esteriles. El debilitamiento de la funci6n mhica por efecto de su sobreuso, su
universalizaci6n y su subordinaci6n a la 16gica apoHtica del consumo, pero tambien
la tumorizaci6n acelerada de la diversidad, a la que tambien el mercado atiende,
diversiflcandose eI mismo, presagian el fin de 10 social 0 la eclosi6n de formas
inauditas de 10 mismo. Si por un lado llegamos a una socializaci6n fundada en un
consumo laxo y a distancia de unos mismos produetos mhicos, por el otro desapare-
ce esta misma posibilidad, [Link] la sociedad-mercado en una multiplicidad
grupal y hasta individual de consumidores capaces de actuar en la configuraci6n e
interpretaci6n del propio producto simb6lico. As!, mas que en versi6n orwelliana (el
«Gran Hermano» mediatico dueiio de la telepolis), la catastrofe social se vislumbra en
versi6n «fin de la historia» e instauraci6n de un «nuevo paleoHtico»25 detenido en la
informalizaci6n y dispersi6n de las relaciones polhicas y econ6micas, en el auge de
los grupusculos sectarios y las guerras tribales, y en la ausencia de referentes cultura-
les e hist6ricos comunes.
Ahora bien, estos presagios tambien representan de alguna manera mitos, tam-
bien la apocafipsis es un mito ultimo y amenazante con buscado efecto reorganizador.
Pero, ~es posible aun interpretar de manera no apocaHptica 10 que hasta aqu! hemos
descrito? Tal vez; ante semejante anaIisis ha renacido en la actualidad la vieja polemi-
ca entre liberafistas y comunitaristas (aunque, como al resto del imaginario social, a
estas nocidnes no deja de afectarles el baile de mascaras «postmoderno»: asi, el
pensamiento neoliberal se torna hoy progresista en oposici6n al pensamiento social
al que poddamos tildar, en algun sentido, de reaccionario). Para los primeros, el
criterio mas certero que poseemos para enjuiciar e intervenir en la marcha hist6rica
del desarrollo humano radica en los deseos de la gente, libremente expresos a traves

2< Cfr. G. Lipovetsky: El imperio de lo eflmero. La moda y su destino en las sociedades modernas. [Link].
Anagrama, Barcelana,1990. lb. Bal andier,El pader... , p. 176. Una traducci6n del famasa trabaja de Francis
Fukuyama (<<{El fin de la histaria?») puede verse en el primer nillnera de la revista Claves de Razon practica.
25 La expresi6n es del prafesar Jacinta Chaza.
Teatralidad de 10 politico y pader mediatico 217

de las fluctuaciones del mercado, en el cual se ofertan y se demandan los modelos


disponibles de existencia. En este sentido, no es ni justo ni necesario imponer Hmites
al devenir social que hoy conforman los nuevos poderes tepresentacionales, sujetos
tambien, como todo otro poder, a la regulacion natural del mercado; si dicha
regulacion conduce ala disgregacion de las sociedades-Estado modernas, hemos de
confesar que es eso mismo lo que entre todos hemos decidido hacer, yaqui se acaba 10
sustancial de la discusion. La postura tipicamente comunitarista es, por contra,
bastante mas pesimista en cuanto a 10 de confiar tan llanamente en los deseos huma-
nos como criterio regulativo. Sus argumentos arrancan de una doble afirmacion y de
una doble sospecha. Las afirmaciones son: (a) el ser humano es el ser social; (b) la
humanidad que genera una sociedad paleoHtica es, como humanidad, menos valiosa,
que la que es capaz de generar -y de erigir como criterio universal- una sociedad
civilizada y unida bajo ciertos ideales poHticos (basicamente, los del comunitarismo
democratico que comenzaron a ensayar los griegos). Las sospechas son tambien dos:
(a) los deseos humanos no constituyen un criterio puro de decision poHtica, por
contra, suelen estar sibilinamente manipulados a favor de intereses poHticos no
expHcitos; (b) los deseos hum-anos no conforman tampoco un criterio certero y justa
de decision, unicamente reflejan hechos comportamentales que siempre son valorados
en funcion de pautas morales y filos6ficas espedficas; en este sentido, el planteamien-
to liberal, segun el cuallas cosas son lo que hemos de dejarle que sean, no refleja sino
una ingenuidad sospechosa de ocultar una particular creacion ideologica. Desde un
posicionamiento comunitarista, la reduccion de 10 politico al papel de gestor-pasante
(tal vez servido, como auguran los Toffler, por la red interactiva informatica)26 en la
ebullicion de los particularismos economicos y sociales no resulta aceptable, en
cuanto -entre otras cosas- significa el abandono definitivo de las funciones represen-
tacionales en manos del complejo empresarial mediatico. La propuesta comunitarista
puede condensarse, en nuestra opinion, en dos ideas27 : (1) la necesidad de una
revolucion de los Hmites, llamese ecologia -Hmites al desarrollo demografico y tecno-
logico, y a la misma economia de mercado-, llamense sociedades autonomas -Hmites
ala desestructuracion social y a la dependencia economica global-, y llamese inter-
vencionismo poHtico -Hmites al criterio liberal de regulacion de las actividades y
relaciones socioeconomicas y culturales-j y (2) la reinstauraci6n del poder poHtico
en sus funciones representacionales, fundandolo en el nuevo "pacto mediatico» que
Balandier requiere, y encardinandolo en torno a formas de dramatizacion social mas
maduras -basadas en una racionalidad cientifica y comunicativa- y autenticamente
democraticas.
No parece poco razonable la idea de un humanismo de los Hmites, de controlar
las tendencias destructivas, centrifugas y entropicas a que apunta un mundo global-
mente regido por los vaivenes del mercado (que tambien es un mercado de valores,

26 A & H. Toffler: La creacion de una nueva [Link] politica de la tercera [Link]. Plaza y
Janes, Barcelona, 1995.
27 Cf. sobre esto M. Daly (comp.). Communitarianism, A New Public Ethics. Intemacional Thomson
Publishing, 1995.
218 Victor Bermudez

de creencias, de universos mhicos); 10 diHcil es lograr el poder para hacerlo, y 10


generalmente inaceptable para los intelectuales que esto subscriben es que ellogro de
dicho poder dependa de la erecci6n de escenarios mhicos que, como los del consumo
mediatico, poco tienen que ver con la racionalidad ciendfica y comunicativa28 0,
como idealiza Gellner, con el principio de una "duda honesta» como trasfondo de la
organizaci6n civil. En nuestra opini6n, mas que de un "pacto mediatico» estamos
necesitados de una "apertura poetica», de un nuevo mito crefble (y no s610 "consu-
mible»); pues s610 a partir de una instancia unlvoca fuerte podrla reinstaurarse una
verdadera polemica, una polivocidad significativa y una racionalidad socialmente
revitalizadora que, sobre racional sea tambien, y no menos, populaY'. El c6mo sea
posible concebir una racionalidad no obscenamente desentraiiada de la escena social
del mito, sino entraiiada en sus argumentos (en su vida, diria Ortega), es la cuesti6n
que justamente, como fil6sofos, aun nos incumbe.

***
Victor Bermudez
Dpto. de FilosoHa y L6gica
U niversidad de Sevilla
Avda. San Francisco Javier, s. n.
41005 Sevilla

28Sobre esto vid. tb. Balandier, El poder... , pp. 178-9 Y 181-2.


29 Una visi6n interesandsima acerca del papel de la cultura popular en el reestablecimiento de los
vinculos y el sentido social a partir de la reapropiaci6n interpretativa de las formas y contenidos mediaticos
se encuentra en J. Martin Barbero: De los medios a las mediaciones (Comunicaci6n, cultura y hegemonia).
Barcelona, G. Gili, 1987.

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