Esquema R
Esquema R
Miller subraya que el esquema R que Lacan desarrolla a continuación a partir del esquema L, supone una
teoría del Narcisismo, su articulación con la castración e inscribe un término como el ideal del yo que
desempeña allí un papel fundamental. En relación al esquema R, Lacan sitúa la relación imaginaria en el eje
a-a’ pero la urbild (arquetipo) que acaba en el ideal del Yo, en otro eje. ¿Qué quiere decir esto? Que nunca
en la constitución del yo se juega únicamente en el registro imaginario, porque es necesario que el niño en el
momento de captura de su imagen en el espejo, se vuelve hacia quien lo sostiene, es decir, buscando su
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confirmación. Lo imaginario no es sin la sanción del Otro, no es sin lo simbólico. Lo cual abre a la
dialéctica entre el yo ideal y el Ideal del yo. Determina con precisión que la institución del ideal del yo está
asociada con un identificación paterna. Miller va a subrayar la solidaridad entre la forclusión y la regresión
para aclarar el esquema R, del que dice: “es sin duda un cuadrángulo pero está hecho de dos triángulos. En
uno se resume la funciones principales de lo simbólico y en el otro, las de lo imaginario”. A modo de
introducción señalar que el esquema R, en realidad lo que establece es el funcionamiento neurótico. Luego
lo distorsionará dando lugar al esquema I el que da cuenta de la estructura del sujeto Schreber al final del
proceso psicótico.
En este escrito Lacan parte de la neurosis para explicar la psicosis. El esquema es también solidario de la
fórmula de la metáfora paterna que va a desarrollar al comienzo del siguiente apartado, el apartado 4. Si el
Nombre del Padre, (NP) está en el lugar del Otro, da un sentido al deseo de la madre produciendo la
significación fálica, un punto de detención, alojando al sujeto bajo el significante del falo. Por lo tanto,
Lacan sitúa aquí una relación de causalidad entre Padre y falo. Si hay padre en el lugar del Otro, en lo
simbólico, esto tiene como efecto que en lo imaginario se inscriba el falo. Esto es la neurosis o si
preferimos el delirio común. Recordemos que Lacan nos dice que la significación del falo debe ser evocada
en lo imaginario del sujeto por la metáfora paterna. Es decir, la significación se evoca en lo imaginario del
sujeto. La novedad de Lacan es proponer al padre como significante, y el Nombre del Padre como
significante, obedece a la ley del significante, que es la del todo o nada. Si se forcluye ese significante, lo
mas o lo menos, el grado, lo parcial, lo un poco, lo mucho, están fuera de cuestión. La forclusión, por otro
lado, repercute sobre la estructura imaginaria, llevándola a la estructura fundamental del estadio del espejo;
la disuelve. No vemos la forclusión del NP pero sí los efectos en el orden imaginario: la regresión tópica al
estadio del Espejo con la abundancia de fenómenos que implica.
Si bien Lacan utiliza el "esquema R" para ilustrar su tesis sobre la metáfora paterna, se servirá del
"Esquema I" para ilustrar, desde el caso Schreber, los efectos del fracaso de la misma en la psicosis
(desencadenamiento y disolución imaginaria) y la determinación simbólica en la que la estructura
imaginaria viene a restaurarse (estabilización). En este esquema, el campo de la realidad no constituye la
base del ternario Simbólico-Real-Imaginario,produciéndose una estructura doblemente abierta, definida en
las dos asíntotas: "m-i" y "M-I".
La nota 66
“Ubicar en este Esquema R el objeto a es interesante para esclarecer lo que aporta al campo de la realidad –
campo que lo tacha-. Lo que el esquema pone en evidencia es un plano proyectivo. Es pues en cuanto
representante de la representación en el fantasma, es decir como sujeto originariamente reprimido, como el
$, el S tachado del deseo, soporta aquí el campo de la realidad, y éste solo se sostiene por la extracción del
objeto a que sin embargo le da su marco” (DUC p.530). Freud dice que hay pérdida de la realidad tanto en
neurosis como en psicosis, pero no se la pierde de la misma manera en ambas ni están las mismas
consecuencias; la intención es mostrar cómo se constituye en un sujeto neurótico –que cuenta con el padre-
el campo de la realidad (Soria, p.21). El esquema R es un plano proyectivo, una superficie no
necesariamente plana donde se proyectan los rayos que parten de un foco puntual. Se puede dibujar con una
semiesfera que es cortada por los lados, quedando una banda de Moebius central. Lacan explica que será el
lugarteniente del fantasma porque lleva incluido al objeto a, una vez extraído se produce el marco
(mostración de Premontre). Entonces formula: S barrado lossange a [$<>a], la fórmula del fantasma que da
el marco a la realidad. Esta nota, parte del hecho aparentemente simple de “ubicar el objeto a en el campo
de la realidad”, se trata de insertar este extraño objeto en el esquema R, ya que no había sido formulado
cuando Lacan lo concibió en el 55´. Esta mínima operación termina revelando, o transformando, la
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estructura del esquema R en un plano proyectivo. Al parecer, la única manera no intuitiva de incluir esa
heterogeneidad en el corazón éxtimo de la fantasía y de la realidad es mediante esta figura topológica. La
operación descripta en la nota es de extracción del objeto y su resultado es el marco que permite articular,
en continuidad, fantasma y realidad. La pantalla del fantasma es la que, obturando ese campo, permite su
funcionamiento. La extracción de este objeto lleva a lo que llamamos la construcción del fantasma en la
neurosis. Es decir, como cada sujeto se las arregla con el objeto; esto conduce a un problema de interior y
exterior.
Introduce entonces al objeto a en el campo de la Realidad del esquema R que opera obturándose con la
pantalla del fantasma. Esta operación convierte al esquema en un plano proyectivo. El sujeto comienza con
el corte, de ahí que Lacan explicite en la nota que el corte revela la estructura de la superficie, el cross-cap,
en el cual todo corte que franquee la línea imaginaria instaurará un cambio total en esa superficie, en la
medida en que deviene un disco aplastable, el objeto a. Con el corte se restituye la no separación primitiva
entre realidad y deseo en una relación con el Otro: deseo y realidad se continúan en una relación de
textura, sin corte, constituyen una misma estofa originariamente. Lacan define realidad como lo listo para
llevar del fantasma; ésta continúa siendo concebida como un montaje entre lo imaginario y lo simbólico, sin
embargo, la novedad que se introduce aquí reside en que el deseo se halla en el centro del aparato, su
estatuto real no es mas que una máscara fácil, aquella del fantasma. Este campo como dice Lacan solo
funciona obturándose con la pantalla del fantasma, en el caso de la neurosis. Este objeto a, que presenta
Lacan en el seminario X "La angustia", es un objeto no especular y escapa a la simbolización, pero sin
embargo tiene una función. Y en cuanto funcione o no, nos permite dar cuenta de la estructura del sujeto. Es
decir lo que el objeto a permite, es la constitución de la realidad misma. Como dice Lacan el campo de la
realidad no se sostiene sin la extracción del objeto a.
En esta aportación hace referencia a la función de la realidad, en una orientación claramente freudiana, en
cuanto fue Freud el que hizo hincapié en que lo importante no era la pérdida de realidad en la psicosis sino
lo que se restituye a la misma, aunque se ocupa más de "La constitución del campo de la realidad y no
tanto de su pérdida". Lacan afirmará que el campo de la realidad “sólo se sostiene por la extracción del
objeto a que sin embargo le da su marco". Así, es en su extracción, en su ausencia, que el objeto a da el
encuadre, posibilita cierta instauración de la realidad. En la neurosis la realidad se significa a partir de este
marco y sobre esta pantalla [“la angustia está enmarcada”, Sem X]. En la psicosis, no hay extracción del
objeto. En este sentido Lacan en el seminario sobre La angustia, hace referencia a un caso clínico del
profesor J. Bobon de Lieja: una paciente italiana la cual al cabo de una serie de años de mutismo dibuja
una serie de láminas en los que proliferan ojos y destaca especialmente una de estas en la que escribe: "io
sono sempre vista", soy siempre vista. Lacan destacará el doble sentido de la palabra "vista", soy vista y
soy la vista, el paisaje. El ser siempre vista sin la posibilidad de la ocultación a la mirada del otro y a la vez
la proliferación de ojos, la no extracción del objeto es correlativa a su multiplicación. Extraer el objeto
es equivalente a la función de vaciamiento de goce de la significación fálica, es equivalente a la castración.
Con el concepto de objeto a Lacan retomará la vía freudiana de la dimensión libidinal de la psicosis, en la
denominación de goce.
Lacan inica su recorrido estableciendo un momento de alieanción al Otro del lenguaje y su ssignificantes,
lo que inaugura la dialéctica de alienación-separación. Pero para 1966 empieza a concebir un resto de la
operación de constitución del sujeto, que al no ser ni imaginario ni simbolico, no es ni significatizable ni
especular: tiene la consistencia de un vacío y va a estar ligado a lo que en Freud es el objeto de pulsión1.
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La primera versión freudiana de esta operación es el objeto perdido, es el hecho de que la pulsión contornea un objeto vacío,
no un objeto de la realidad, que está en relación ocn un objeto que etsá perdido por estructura, lo que va a posibilitar retornos
localizados de goce en las “zonas erógenas”. Por ello Lacan hablará de retornos de goce que den cuenta del goce pulsional,
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La relación del sujeto con este resto a, será entre simbólica y real, viaticada por el fantasma. Entonces ¿qué
aporta el objeto a al campo de la realidad? Dicho campo se sostiene por la extracción del objeto a. Para que
se constituya la realidad, el objeto a debe estar tachado, por fuera; extraído del cuerpo. La realidad solo se
sostiene por el fantasma, que implica la extracción del objeto a. Lo simbólico afecta al cuerpo, el
significante mata la cosa, extrae y vacía al cuerpo del goce.
A partir de la extracción del a, este campo sólo funciona obturándose con la pantalla del fantasma que en
el neurótico tapa el agujero con objetos sustitutos que nunca serán aquel objeto perdido. Esta pantalla del
fantasma, es lo que permite que la realidad funcione, esta realidad psíquica de la cual Freud nos hablaba.
Lacan explica que el esquema R, esquema de la realidad “representa las líneas de condicionamiento del
perceptum, dicho de otra manera del objeto, por cuanto estas líneas circunscriben el campo de la realidad”
(DCP p. 529). Es decir dentro de la banda de la realidad, deben situarse los objetos del mundo, aquellos
objetos que percibimos. Por lo tanto la banda de la realidad no es lo real, sino lo que está en lugar de lo
real pero circunscripto por lo simbólico e imaginario, estas líneas definen el límite de lo visible y audible.
Los 2 triángulos
El primer triángulo madre-niño-falo representa un espacio imaginario, que constituye la célula básica del
esquema R y a partir de ese nivel arcaico podemos ver cómo el objeto de deseo interfiere la organización
potencial del sujeto, que en ese estadio fue considerado por Lacan como a-sujeto. Al identificarse de modo
imaginario como objeto de deseo de la madre, el deseo del niño se realiza como deseo de deseo, que es el
lugar de la estructuración dinámica del sujeto como deseo de deseo del Otro, lo que sirve de anclaje en ese
proceso originario de identificación con el falo, donde niño= falo imaginario, hasta el momento decisivo de
la intrusión de la figura paterna en torno a esa indiscriminación fusional madre-hijo, que viene a cuestionar
la identificación fálica, ya que el padre está sostenido por lo simbólico. El niño cada vez se muestra más
sensible al interés que la madre pone en el padre en la realidad, lo cual lo convence de que jamás logrará ser
un todo para el Otro en la realidad de su existencia, y la repetición de esas experiencias en la realidad irá
suscitando de modo progresivo ciertas correlaciones significantes en el niño; que no es todo para la madre,
lo prueba el interés de ella por el padre, de donde, no es el objeto que colma su falta.
Entre los tres personajes del ternario simbólico, la madre se define ella misma por tres posiciones: como el
primer Otro, o sea como el primer elemento que permite al niño, por su sola presencia o ausencia, integrar
qué es lo simbólico. Basta con que una madre esté o no esté para que, desde ya, ella sea el primer objeto
primordial simbólico. En segunda instancia, la madre es también el primer pequeño otro, o sea el primer
semejante. Es por ello que, en el esquema la letra ‘a’ está debajo de la letra ‘M’. Pero, por sobre todo, se
tratará de una madre deseante. Para el psicoanálisis, para nosotros, la madre es, en primer lugar, una madre
que desea, es decir que no mira hacia el niño. Una madre que desea es la que tiene al niño en sus brazos y
mira para otro lado. ¿Mira qué, a qué lugar? No forzosamente a su compañero sino hacia el significante de
su deseo. Y que mire hacia otro lugar significa que su deseo está marcado por el falo. Mirar hacia otro lugar
no significa que mire algo precisamente sino que lo que importa es que su mirar, su deseo, se dirigen hacia
otro lugar, y que este deseo es significado por el falo. La madre, entonces, es el primer objeto simbólico, el
primer objeto como semejante y primer otro deseante, lo cual significa que es un Otro que mira hacia el
significante fálico.
A partir de la madre como Otro, el trazo va a ser marcado. Hay dos modos de concebirlo: uno es que la
madre en tanto Otro lleva, dentro de sí, el trazo que permitirá al sujeto identificarse de forma simbólica, y no
El límite a la serie de identificaciones es el ideal del yo, el cual resulta situado, dentro del esquema R, en el
vértice entre el triángulo imaginario y el simbólico: “Lo que constituye el límite de la serie, es, en N, esa
formación que se llama Ideal del Yo. Es aquello con lo que el sujeto se identifica yendo en dirección de lo
simbólico. Parte de la localización imaginaria […] para lanzarse a una serie de identificaciones significantes
cuya dirección está definida como opuesta a lo imaginario, y que lo utilizan como significante. Si la
identificación con el ideal del yo se produce en el nivel paterno, es precisamente porque ahí el
desprendimiento con respecto a la relación imaginaria es mayor que en el de la relación con la madre”
(p.234) Por primera vez se afirma que la identificación propia del ideal del yo es identificación con un
significante, y que, por situarse en el nivel paterno, se desprende de lo imaginario en dirección de lo
simbólico. Aquí se esboza pues el núcleo del concepto, aunque todavía no está totalmente desarrollado.
Nótese que Lacan no establece ninguna relación entre esos significantes sueltos y el padre. Por lo demás,
tampoco afirma que la identificación del ideal del yo sea simbólica ni que esté separada de lo imaginario,
sino solamente que ese desprendimiento es mayor que en el caso materno y que va en dirección de lo
simbólico.
Dice Lacan: “La Urbild [del yo] lo hace entrar [al niño] en el trapecio m-i-M-N, en tanto que se identifica
mediante los elementos multiplicados de significante en la realidad. Mediante todas sus identificaciones
sucesivas a lo largo del segmento m-N, desempeña él mismo el papel de una serie de significantes,
entiéndanlo como jeroglíficos, tipos, formas y presentaciones que puntúan su realidad con cierto número de
puntos de referencia para convertirla en una realidad repleta de significantes.” (p.234). Ahora sí, por primera
vez se define una identificación con significantes. Pero son significantes en la realidad, no en la cadena
significante. Lacan no atina todavía a otorgarles una denominación fija, y acumula diversas designaciones:
jeroglíficos, tipos, formas. Significantes que se alinean en una serie en el segmento m - N, el cual forma
parte del triángulo imaginario.
La madre se descubre cada vez más desprovista de un falo en el espacio imaginario en esa relación de
indiscriminación fusional, ya que el padre es un polo de atracción, que moviliza su deseo, esas dos
circunstancias hacen que se sostenga la encarnación de un padre imaginario, portador de un falo rival del
niño, en relación con el Otro y esa figura del padre es susceptible de sectorizar toda una serie de
desplazamientos decisivos en la lógica deseante del pequeño. Su ausencia/presencia, es para el niño, el signo
del deseo al cuál se enganchará luego su propio deseo. Esta operación hará o no un niño deseado. El niño,
en su primera relación con el objeto primordial se halla en una posición simétrica al padre: situado en X ( ),
respecto a M –relación primitiva-, rivaliza con él y puede revestir sus insignias. De esta manera recupera su
lugar: N, para constituirse bajo esa nueva forma llamada Ideal del Yo (I).
Así las cosas, el falo empieza a circular, a partir de ese cuestionamiento a la identificación fálica. Por otra
parte, esa vacilación del lugar del falo suscita un desplazamiento de la madre del espacio de esa
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configuración imaginaria originaria y esos desplazamientos se distribuirán en función de la consistencia que
adquieren las contingencias de la realidad a la que ya el niño no podrá sustraerse jamás. Lo que puede
esquematizarse de la siguiente manera:
Y lo que permitirá al niño superar este cuestionamiento de la identificación fálica, para desprenderse de ella,
supone que el haga un desplazamiento, no sólo suscitado por toda esa serie de acontecimientos reales, más
allá del campo imaginario originario, sino que sea convocado por una mediación significante operada por la
madre, de tal suerte, que irrumpa la dimensión simbólica en esa dialéctica edípica.
La madre ha de hacer entender al niño el papel privilegiado que desempeña el padre en relación con su
deseo, lo que viene a ser una especie de prescripción simbólica, sin equívocos ni ambigüedades. Así, el niño
recibe del discurso materno la garantía de que no debe esperar nada de esa identificación imaginaria con el
falo, ya que la madre se sabe dependiente del padre y no del infans en relación con el objeto de su deseo
aunque, con alguna frecuencia, la madre hace de ello una parodia, lo cual puede afectar la estructuración
psíquica del niño, como un punto de anclaje, en el que Lacan sitúa el origen de las perversiones, que fijan al
niño en el lugar del goce en la rivalidad fálica, ya que en realidad, de verdad, la prescripción simbólica sólo
tiene lugar cuando la existencia de ese intruso, el padre, encuentra eco en la madre en el plano de lo
simbólico, ya que ella reconoce que es el padre el que hace la ley para la madre.
El triángulo superior, grafica el registro imaginario, donde el vértice en que aparece el sujeto esta indicado
por el falo. Ambos triángulos enmarcan la realidad que no es lo Real, donde podría verse cómo la realidad es
ceñida por lo imaginario y lo simbólico y al mismo tiempo es en esos dos registros representados en sus
respectivos triángulos donde se despliega la metáfora paterna. Justamente es su efecto, la significación
fálica, lo que inscribe una posición para el sujeto. El Nombre del Padre, vehiculizado a través del deseo
materno, preside la metáfora cuya operación repercute en el sostén del campo de la realidad.
Por el lado del padre, Tendremos también (P), significante del Nombre del Padre, tercer personaje, el más
importante. Con respecto a este elemento observaremos que su función es mantener vivo el deseo de la
madre o, si quieren, separar a la madre del hijo o dar la posibilidad de que el deseo de la madre sea
significado, en tanto es él que lo va a nombrar. Por lo tanto, el Nombre del Padre, ese significante, está fuera
de lo simbólico pero asegura su consistencia. Está fuera del conjunto de la red significante y a la vez la torna
consistente. Es el significante excluido que torna consistente al conjunto. Lo llamaríamos la ex- sistencia:
un significante ex-siste para hacer que los otros consistan. Destacamos que este significante es tan externo
como la libido. Decíamos que la libido es el personaje principal del ternario imaginario. Ahora agregamos
que el Nombre del Padre es el personaje principal del ternario simbólico. Estos dos protagonistas son los que
sustentan, dan consistencia, a los dos ternarios y, al mismo tiempo, son dos elementos excluidos.
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Así, en el registro de lo simbólico el niño queda metido entre la madre y el padre, lo cual hace que el niño
sea lanzado a otro lugar, donde su deseo será puesto a prueba, al enfrentar nuevos retos. Es ahí, donde
aparece la dialéctica del tener, que supone que el niño renuncie a identificarse con el objeto de deseo de la
madre, reconocer al padre como el que tiene el falo, el que puede dárselo a la madre, quien depende de él en
este sentido, ya que ella ha de aceptar la carencia de él. Entonces el niño tendrá que pasar bajo las horcas
caudinas de la castración, lo cual conlleva todo un desplazamiento, ya que el niño ha de dejar de estar sujeto
al deseo de la madre, abandonar la condición inicial de asujeto y comenzar a asumir la posición de sujeto
deseante, lo cual modifica substancialmente el vínculo entre la madre y el niño, en la medida en que éste no
puede sostenerse en la exclusividad del espacio imaginario de la triangulación imaginaria de tal suerte que el
esquema se complejiza así:
Pero aún después de esa estructuración subjetiva subsiste el predominio de lo imaginario en los lugares del
ideal especular y en el Yo, (moi), que son los dos términos imaginarios de la relación narcisista. Y en el
pasaje del ideal imaginario a la madre (de i a M), ésta deja de ser Otro para convertirse en otro (a), mientras
en el pasaje del moi al Ideal del yo (de m a I)se inscriben todas las identificaciones imaginarias,
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Es preciso tener en cuenta que el moi, sujeto del enunciado, como pronombre personal de la primera persona, se corresponde
con el Yo de la segunda tópica freudiana, es imaginario, especular y narcisístico, sobre el cual recaen las pulsiones del yo
freudianas mientras el je, sujeto de la enunciación, es la nominación simbólica del sujeto en un discurso, como sintagma
nominal, que también es pronombre de la primera persona singular, que sólo puede cumplir en la oración la función de sujeto, y
se corresponde con el sujeto del inconsciente de la teoría lacaniana.
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formadoras del yo que quedan sujetas a la identificación paterna del Ideal del yo y podríamos situar a su
lado el símbolo (a’), correlativo al símbolo a (autre) en la relación imaginaria con sus objetos.
P entonces sólo simbolizará el Nombre-del-Padre, en relación con una operación significante inaugural
como metáfora, el cual ahora se sitúa en el lugar del Otro, en el que el niño encuentra el significante de un
padre para él, de donde el símbolo A (Autre) encuentra su lugar lógico en el lugar del Padre.
La banda de lo Real se ubica entonces entre el Yo (moi), la imagen especular (i), el Ideal del yo (I) y la
Madre (M) u Otro primordial, lo cual se articula con las teorizaciones de Lacan sobre la banda de Moebius.
Los vértices de lo simbólico son el significante Madre (M), el Ideal (I) y el Padre (P). Lacan ubica el falo en
el extremo del triángulo imaginario, formado por el Yo narcisista (m), la imagen que permite la
construcción del Yo narcisista (i). También está el vértice que reúne al sujeto y al falo (, S), dice que es
la imagen fálica. Con lo que el sujeto se identifica, en ese vértice hay una identificación con su ser de vivo,
viviente. Podemos considerar que si leemos el Seminario IV, este falo con el que se identifica su ser de vivo
es anterior a la intervención de la metáfora paterna. “Todo el problema de las perversiones consiste en
concebir cómo el niño, en su relación con la madre, relación constituida en el análisis no por su
dependencia vital, sino por su dependencia de su amor, es decir por el deseo de su deseo, se identifica con
el objeto imaginario de ese deseo en cuanto que la madre misma lo simboliza en el falo”.
Entonces ““La condición de Sujeto depende de lo que tiene lugar en el Otro” implica que la condición del
sujeto, neurosis o psicosis, se relaciona con la presencia del padre en el lugar del Otro. Pero esta presencia
lo es de significante. Es así en tanto si la madre desea al padre, es porque él posee, lo que a ella le falta, el
falo, ese movimiento hace del deseo de la madre un significante, y el falo será el significado de ese
significante. El Nombre del Padre deviene el significante privilegiado para significar el deseo de la madre.
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Así como, para Kant, la Naturaleza no está constituida hasta tanto no actúen sobre ese espacio de la
percepción las categorías del entendimiento, para Lacan la constitución misma de la imagen corporal en la
forma de una imagen virtual no es posible sin la intervención del Otro simbólico, que establece la posición
del Sujeto. Para que haya una realidad, entonces, debe darse la intervención conjunta de elementos
imaginarios y simbólicos. Si alguno de los elementos simbólicos fundantes de la realidad está ausente, el
encuadre de la realidad se pierde, y se produce una fuga imaginaria en cascada, que rompe los límites del
mundo vivido. Justamente, al faltar el Nombre del Padre, y, correlativamente, el Falo simbólico, el sujeto
queda reducido a falo imaginario de la madre, lo cual impide la delimitación de un territorio, y deja al sujeto
sometido a una voz de la que no puede apropiarse, que le viene de lo real. Es el caso de Schreber, cuyo
mundo está representado en el esquema I.
El Nombre del Padre como forcluido es, en este momento de la enseñanza de Lacan, lo que permite fundar
el acceso a la psicosis. La relevancia de este significante, está dimensionada de modo que su falta determina
la psicosis, como en el caso Schreber. El valor de este significante puede deducirse de esta afirmación: "Para
ir al principio de la preclusión (Verwerfung) del Nombre del Padre, hay que admitir que el Nombre del
Padre redobla en el lugar del Otro el significante mismo del ternario simbólico, en cuanto constituye la ley
del significante"[4]. En un doble estatuto el padre aparece integrando el ternario simbólico y a su vez como
garante de ese registro que conforma la estructura. Es desde esta posición que se erige como condición de
posibilidad de la existencia de los otros significantes. En este momento de la elaboración de Lacan, podría
pensarse, que el Otro del Otro existe. Estatuto que se revelará como problemático, para elaborar la noción de
lo que falta en el A simbólico.
La realidad
La cinta de Moebius es una banda de una sola cara, y se obtiene a partir de un rectángulo, a través de un
medio giro, pegando uno de los bordes al borde opuesto invertido. Así, Lacan representa la mutua
implicación de los planos imaginario y simbólico en la constitución del fantasma, esa superficie de
proyección que obtura el agujero de la castración real, impidiendo que el deseo se deslice en una metonimia
infinita. Es gracias al vértice del Padre simbólico que el falo imaginario queda negativizado, convertido en
falo simbólico. La manera en que Lacan concibe los bordes de lo real merece también nuestra atención. Por
un lado, ubica los distintos modelos de identificación, por el otro, los objetos de erotismo y de rivalidad.
Ambas series tienen por extremos los dos vértices que, junto con el Yo y el Falo, conforman la relación
edípica: el Padre y la Madre
La realidad es el montaje de dos dimensiones, de dos determinaciones: la imaginaria y la simbólica. Esa
franja de la realidad, en el esquema, es un montaje de imágenes y significantes al cual podríamos dar una
circularidad particular, un movimiento que partiría de la imagen, (i), que podríamos suponer como la
primera en el espacio del espejo en tanto imagen completa, hasta llegar a la constatación por parte del sujeto
de la madre como deseante. Luego, otro movimiento: el ideal del yo viniendo a regular las identificaciones
imaginarias del yo (moi - m). En otras palabras, podemos identificarnos con el otro semejante sin que
haya un referente externo, un Otro simbólico que regule esas identificaciones.
Tenemos, por lo tanto, el cuerpo del niño, el yo, cuerpo fragmentado dirigido a la imagen unificadora,
imágenes que se sucederán hasta llegar al Otro como Otro deseante, aquel con el trazo que le permite
establecer identificaciones simbólicas sobre el término del ideal del yo, y finalmente ese ideal del yo que
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regula las relaciones del yo con la imagen. En otras palabras, la franja de la realidad es la sucesión de
identificaciones imaginarias que van constantemente del yo a la imagen. El yo ve la imagen, la imagen
transforma al yo, ese yo transformado da otra imagen y así sucesivamente hasta llegar a comprobar que la
madre es un Otro que desea.
Ahora que establecimos la naturaleza de esa franja de la realidad, agregaríamos que ella no es consistente
sino en la medida en que hay una exclusión de la libido y del
Nombre del Padre. Y allí se encuentra lo que llamábamos “realidad superficie”. Este es el punto adonde
necesitábamos llegar: la realidad está hecha de significantes que se repiten, de identificaciones
simbólicas y de significantes que determinan el lugar que tenemos.
Pero la realidad es algo más que eso; también es imágenes reflejadas en el Otro que hasta pueden
degradarnos —por ejemplo, la degradación del amor como lo muestra Freud, en la degradación de la vida
amorosa, de la vida imaginaria-. Todo ello no basta para definir la realidad para el psicoanálisis. Es preciso
que el complejo de imágenes y significantes se trame alrededor de un punto decisivo: el de la
insatisfacción que el sujeto reencuentra cada vez que repite. Cada vez que repite, hay insatisfacción y
ésta es necesaria para que haya realidad. Diríamos que la propia insatisfacción es un fragmento de la
realidad.
Es por eso que decía en el inicio que la realidad es una cuestión de borde, de límite, de punto terminal. Es
preciso que el sistema, el montaje de la realidad, encuentre un límite bajo la forma del objeto que se le
escapa. La realidad se mantiene no sólo por la presencia del Nombre del Padre, no sólo porque la libido esté
excluida, también se sostiene porque hay una pérdida. Es preciso perder para que haya realidad. No hay
realidad si no existe pérdida, si no hay residuo, si no hay resto. Toda realidad comporta una cicatriz, y
diríamos que no se puede hablar de ella si no se hace referencia a la cicatriz de una pérdida. Es por eso que
decía que, en el principio, en el límite de la realidad, ésta tiene forma de nudo, no como agujero sino de algo
que sería la combinación de ambos, y a esta mezcla de nudo y agujero, en anatomía se le da un nombre:
ombligo. Para hablar de realidad se necesitan ombligos; no hay realidad sin ellos. Y es por eso que anticipo
esta fórmula: la realidad se define por el ombligo de lo Real, agregando un término no mencionado hasta
ahora. Ese ombligo viene, en determinados casos, a clausurar y poner límites a la realidad; es, en cierto
modo, local y casi referencial. Configura una “realidad superficie”, realidad umbilical, o sea marcada por la
pérdida de un objeto.
El síntoma resulta, necesaria y lógicamente, del hecho de que un elemento significante remite a otro. Un
síntoma es siempre, desde ese punto de vista, la producción de un nuevo significante. Siempre, a pesar del
hecho de repetirse, es una metáfora, algo nuevo. En el caso del objeto es necesario pensarlo como perdido.
Pero también como la punta de insatisfacción de la cual hablé hace un momento.
En otras palabras, el ser hablante tiene dos medios para defenderse de lo Real: uno es el significante y otro
el objeto; uno es el síntoma y otro la fantasía. La cuestión es que el síntoma no separa, no corta de la misma
forma que el objeto. La pérdida del objeto implica una separación. El síntoma implica un corte. El síntoma
es el corte. La pérdida del objeto es la separación que resulta de ese corte. Esto nos lleva a decir que en el
síntoma hay siempre algo relativo a la pérdida de objeto. No se puede hacer una distinción nítida. Hasta para
Freud, detrás del síntoma siempre había una fantasía. Sin embargo, deberíamos hacer una distinción de tipo
lógico.
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Hay una variante interesante de la relación significante-objeto. Partiría del hecho de que no hay consistencia
del sistema significante, y es aquí donde colocamos las formaciones del objeto a. El objeto no sólo cae sino
que domina en correlación con el hecho de que el sistema significante no es ya consistente, o sea que no se
remiten unos a los otros, no hay más significación ni equívoco, en tanto que, por naturaleza, el significante
es siempre equívoco. Cuando falta el Nombre del Padre, o sea en el caso de la forclusión, los significantes
no se remiten ya unos a otros, no existe más equívoco significante: hay un objeto y luego una llamada
significante que no obtiene respuesta del mismo tipo significante sino una respuesta objeto. Para retomar el
caso de la alucinación -que ya hemos tratado en otro tiempo- diremos que ésta es la respuesta objeto a una
llamada significante. Es porque el Nombre del Padre -que daba consistencia al conjunto significante- está
excluido, forcluido. Por ejemplo, en la transferencia de Schreber con Fleschig, aquél no respondía por medio
de sueños, síntomas, en fin, significantes, sino por medio de delirios y alucinaciones. En el lugar del
significante está el delirio y ya no hay remisión de un significante a otro sino de un significante a un delirio
o a una úlcera o a una psoriasis.
En el caso de la realidad entendida como la realidad neurótica, hay siempre un horizonte con un punto de
fuga: una figura del Nombre del Padre. En el caso de las formaciones de objeto a siempre hay, un horizonte
pero no hay punto de fuga, no hay más destino tomado en ese sentido. Al hablar de horizonte se impone una
aclaración: para Lacan el esquema R es un plano proyectivo, o sea que no es un simple cuadrado sino la
representación dibujada de un plano proyectivo topológico, esto es un plano tal que a cada punto del borde
corresponde un punto antípoda. Esos puntos antípodas son los puntos infinitos que se agregan a una recta.
¿Por qué esta observación topológica? Para decir que la realidad tal como es definida por el esquema R
puede verse de un modo diferente del de un montaje de lo simbólico y lo imaginario. Puede ser vista como
una realidad que no tiene dentro ni fuera.
Para concluir, diría que la realidad, tal como la hemos trabajado hoy, comporta tres características: es local,
limitada por un ombligo y no tiene dentro ni fuera. Su carácter local no impide que pueda tornarse global e
invadir toda la realidad del sujeto.
- : vertiente del falo imaginaria, como objeto, como objeto faltante (agalma).
EL PLANO PROYECTIVO
Marco de la realidad como “banda de moebius”: Mi + mI. Es un cuadrante. El marco de la realidad se
sostiene en la fórmula del fantasma $<>a; el sujeto en relación con un objeto. Encuadra al sujeto en tanto
barrado. El cuadrante se determina por la relación imaginaria (m-i) y objeto-yo (a´-a). El cuadrante está
abierto en la esquina izquierda abajo, línea puntuada. El plano proyectivo indica la falta de objeto: para que
cierre el marco, se introduce un objeto prima (a´) donde iría el objeto perdido por excelencia, ultimo faltante
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(el objeto a). El objeto a´ es un sustituto del objeto a perdido. El plano proyectivo determina la FALTA
DE OBJETO. El plano proyectivo refiere a proyección de luz, geometría, NO en el sentido de proyección-
introyección.
DCP p.529. El “prendido homológico” pretende mostrar, que por más que cada triangulo (S e I) sean de
diferente tamaño, sus lados respectivos de cada uno, son métricamente iguales, entonces por esa razón son
dos triángulos no iguales, pero sí homólogos. El “prendido homológico de la significación del sujeto S bajo
el significante del falo, puede repercutir en el sostén del campo de la realidad, delimitado por el cuadrángulo
Mi mI.
ES IGUAL A
Plano proyectivo
implica que todos los
cocientes son iguales. El plano proyectivo (cuadrado), puede representarse como un círculo. Si se le cortan
los bordes (C) y (B), se puede hacer que ya no se toquen todos los vértices, que no sea un plano total, sino
que haya dos planos con discontinuidades diferentes, como muestra el marco con la A solamente, donde las
flechas continúan su curso. Y por otro lado, al unir los dos restos, (B) y (C), se forma una nueva figura, que
puede ser reintroducida sobre ese plano.
B A C A BC
Campo de la
Ilustración 1 Realidad con
segregación de dos registros
Campo de la Realidad Disco unificador de recortes
A
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Realidad como Banda de Moebius
Así, el plano proyectivo de la Realidad, puede pensarse como una banda de Moebius, la cual tiene insertado
un plano distinto que le es, ahora, ajeno: el disco, el círculo B/C. La banda corresponde al Sujeto ($), el cual
es unilateral, y el disco B/C es bilateral. Acá se sitúa la nota al pie de página, para pensar “lo que aporta el
objeto a al campo de la realidad”. El disco (B/C) son los registros I y S que quedan reunificados, y el centro,
el A, será el campo de la Realidad como una banda de Moebius.
Nudo y superficie en el esquema R
El esquema R es el esquema que Lacan tiene al comienzo de su obra del aparato psíquico. Hemos visto que
sólo contiene dos registros, simbólico e imaginario, y un tercer elemento: la banda de la realidad, que será en
el año 66 rearmada como del fantasma. Lo primero que tenemos que indicar es que el esquema R es una
manera de presentar un plano proyectivo, es decir, una superficie; una esfera con una banda de Möbius, sin
agujero tórico y sin agujero de borde. Luego es una superficie cerrada. Remarcamos que:
- El plano proyectivo es una superficie no-orientable, es decir, que tiene una sola cara. Luego nada de doble
inscripción. Deseo y realidad son la misma cosa, aunque localmente, en el entorno de un punto, parece que
sean dos cosas distintas.
- Un plano proyectivo, aunque es bidimensional, no “entra”, no puede sumergirse en un espacio
tridimensional clásico, de la percepción, así que para representarlo hay que retorcerlo y hacer que algunos
puntos de la superficie original, que no tiene ningún retorcimiento, aparezcan siendo el mismo en el espacio
tridimensional. Ese truco de representación recibe el nombre de “inmersión” y en nuestro caso hace que
aparezca una línea de auto-atravesamiento, que, repetimos, no existe en la superficie original. Si se lo
sumerge en dimensión cuatro, es decir, fuera de nuestra percepción ya no es necesaria esa línea lo que nos
indica que la codimensión dos, como entre los nudos y el espacio en el que están sumergidos, es de una
extraordinaria importancia. La inmersión de un plano proyectivo efectuada así recibe el nombre de cross-
cap que puede presentarse cerrado como hace habitualmente Lacan o agujereado en lo que se conoce como
birrete de obispo.
- El hecho de que sea cerrada indica que no hay abismos y el sujeto puede desplazarse por ella sin tener
nunca la sensación de que puede caerse por dichos abismos (Como le ocurre mucha veces al psicótico
esquizofrénico, y no puede moverse en un punto del espacio físico o mental ni para adelante ni para atrás, y
con una inmensa angustia). Ése es su déficit, ya que impide situar bien la castración psicoanalítica, el
agujero en el centro de lo imaginario
que supone . Lacan suple dicho déficit diferenciando en el cross-cap dos tipos de círculos. Los que
pasan por la zona de inmersión y los que no. Los que no pasan y que cortan una pastilla esférica, que crean
un agujero de borde, los usa para .
- Además están los círculos centrales, los que pasan por la zona central. Éstos son a su vez de dos clases: los
de una sola vuelta que rompen la superficie, que queda como una superficie bilátera que no tienen interés, de
momento, ya que rompen la estructura, y los que dan dos vueltas, en ocho interior, a su alrededor. Éstos
definen una banda de Möbius dentro de dicha superficie, que es a su vez una banda de Möbius, que Lacan
denomina fantasma sostenedor del deseo-realidad que ya no es así sostenido sólo por las identificaciones.
- Esta banda obtenida de esa manera es la que obtiene el Helix, el corte es el Sujeto y lo obtenido es el objeto
a. Recortar el objeto es el Sujeto mismo. Queda así el objeto “articulado” con .
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- Una propiedad importante es que esa banda puede retraerse y convertirse en un círculo simple sin que el
cross-cap pierda su estructura3. Es decir, puede abrirse o cerrarse, dando pie a que el fantasma se presente o
no tal como la clínica nos lo enseña. Y también a que podamos, cuando está abierta, obtener una banda de
apertura al registro real que está fuera de la superficie, ya que Lacan aún no ha podido anudarlo. Ver
gráficos:
-Esta apertura y cierre de la banda puede darse de forma que se autoatraviese, aprovechando una propiedad
de equivalencia de círculos (ocho interior y círculo central de una sola vuelta) que explicamos en el ítem
posterior, y a la vez siguiente se abra con el ocho interior en torsión contraria. Es lo que se denomina
atravesamiento del fantasma [Que no quiere decir, como algún desnortado indica, pasar a través de él. El
intento de hacerlo es el suicidio por la ventana o acciones parecidas.]. En dicho autoatravesamiento puede
darse también un momento en el que $=a, o lo que es lo mismo, la definición de acto analítico que Lacan da
al final del Seminario XV aunque hay diferencias que no podemos situar bien con la doctrina de superficies.
Es difícil sólo con superficies de un solo borde diferenciar el acto analítico del atravesamiento del fantasma
y sobretodo del salto por la ventana que es su fallo más estrepitoso.
3
Esta posibilidad de que una banda se “retraiga o deforme en…” es una propiedad que se denomina en topología “una
retracción fuerte” que en este caso es: “el círculo simple es un retracto de deformación fuerte de la banda de Möbius”. Es lo
mismo que en un cilindro, un trozo de él puede deformarse continuamente y convertirse en un círculo simple. Esta deformación
continua recibe el nombre de Homotopía y si cumple alguna propiedad más es un retracto de deformación fuerte. Fíjense que si
un círculo es un retracto de deformación fuerte de una banda de Möbius podemos ensancharla o contraerla dentro del cross-
cap de la misma manera que en un cilindro un círculo lo podríamos ensanchar y retraer como si fuera un truco de magia. Si fuese
de distinto color que el resto del cilindro éste aparecería y desaparecería. Pues lo mismo nos sucede cuando el fantasma aparece
o cuando esta retraído y no se lo visualiza en la clínica. Por eso no fue tan fácil captarlo en la doctrina. Podemos decir que
muchas presentaciones de los neuróticos en las consultas es cuando dicho fantasma le aparece al sujeto como una “realidad
patologizante” sobre todo si dicho fantasma se ha desbordado. Ésta podría ser la analogía con la desencadenación en la psicosis:
el fantasma aparece y está desbordado.
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Queda ahora claro que en el caso del esquema R Lacan parte de un plano proyectivo sin asas tóricas. En su
inmersión en cross-cap se plantea un agujero simple, uno sólo. Este componente de borde aparecería si
quitásemos un trocito circular y así sitúa la castración. Pero además se plantea otro corte que quitaría una
pastilla a-esférica: el ocho interior alrededor de la línea de autoatravesamiento. El ocho interior no es un
anudamiento de dos nudos, ya que sólo hay uno, pero sí es un nudo con una presentación algo más que
circular, aunque no está anudado él mismo como lo sería un trébol: tiene torsión sobre sí mismo. Cuando se
hace el corte simple pero por la línea de autoatravesamiento la superfice se rompe y pierde la estructura. Es
lo que usa, como veremos, para la articulación con el toro. Y si se elimina un punto especial (no es una
operación corte) que genera un borde muy especial, entonces aparece el esquema I de la psicosis porque la
superficie contiene abismos y ya no es ni cerrada ni unilátera.
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