Emociones que Duelen
Viki Morandeira
Introducción
¿Cómo vives lo que te ocurre en el día a día? Desde que nos levantamos
hasta que por fin nos quedamos dormidos se van sucediendo distintos momentos
en los que siempre hay una emoción.
Somos seres emocionales. Es imposible no sentir nada, absolutamente nada.
Las emociones se van sucediendo y muchas veces ni tan siquiera les ponemos
nombre, o reflexionamos sobre lo vivido. Calma, paz, aburrimiento, hastío,
frustración, ansiedad, abatimiento, felicidad, rabia…
Las emociones agradables, en general, no nos producen preocupación. Las
que requieren nuestra atención son aquellas que nos hieren profundamente. ¿Te
has parado a pensar que hay una relación directa entre tus emociones y la cercanía
del vínculo que tienes que esa persona con quien has tenido una interacción que ha
propiciado tus emociones? Las heridas más profundas las generan las emociones
que sentimos cuando interactuamos con las personas que para nosotros son más
importantes. Cuando estas situaciones quedan sin resolver acaban convirtiéndose
en un lastre para la relación y pueden cambiar nuestro estado de ánimo durante
más tiempo del que nos gustaría.
Si un desconocido no te abre la puerta cuando llegas cargando una gran
caja, no tendrás los mismos sentimientos que si quien no te ha abierto la puerta ha
sido tu hijo, tu pareja o tu hermana. ¿No es así?
Aquello que sentimos, no solo tiene que ver con quien es la otra persona,
sino también con cómo somos, cómo pensamos sobre lo que nos ocurre. Hace poco,
entrando en la habitación que compartimos mi esposo y yo, abrí la puerta y me
dijo: Me asustaste. Realmente estaba concentrado leyendo, y no esperaba que nadie
abriera la puerta, con lo que mi entrada le sacó de su lectura y SE asustó. Yo no le
asusté, no le dije: Buuu!! Él se asustó.
Con muchas otras emociones nos ocurre igual. Podemos pensar que es el
otro quien nos provoca determinado sentimiento, cuando en realidad somos
nosotros y la forma en que pensamos sobre lo que está sucediendo, quienes
experimentamos esa emoción, incluso cuando la otra persona no tenía intención de
hacer que sintiéramos dolor, miedo o alegría.
Pongamos otro ejemplo. Una persona llama a otra para preguntar a qué
hora llegará a cenar. ¿Esta pregunta causa dolor? ¿Causa alegría? ¿Qué emociones
genera esta pregunta? En sí misma, sin ningún contexto, sin conocer el tono con el
que se hace la pregunta y sin conocer las circunstancias personales de quien recibe
esa pregunta, no podemos decir que esa pregunta cause dolor. ¿Me sigues?
Bien, analicemos varias posibilidades.
Una pareja, donde uno de los dos, por trabajo, llega más tarde que el otro y
durante un tiempo se ha sentido mal porque al llegar a casa, su pareja ya ha
cenado. Han hablado y quien se sentía mal, le ha pedido a su pareja que por favor,
antes de cenar, le llame o pregunte, porque quizás está a punto de llegar a casa y le
gustaría esa llamada, para así poder cenar juntos más veces. Esta persona, si recibe
es contactada, preguntándole a qué hora llegará a cenar, se sentirá Feliz, satisfecha
porque en esa conversación fue escuchada, comprendida y han resuelto una
situación que les incomodaba.
Otra pareja, donde también uno de los dos suele llegar más tarde, y donde a
veces también al llegar se encuentra que su pareja ya ha cenado. Esta persona,
interpreta que cuando recibe ese llamado, le están diciendo que siempre llega tarde
o quizás no lo interpreta, sino que alguna vez lo ha escuchado. ¿Cómo crees que se
sentirá esta persona al recibir una llamada para preguntarle a que hora llega a
cenar? Quizás controlada, presionada, juzgada…
Las situaciones, los hechos, lo que los demás hacen, NO son lo principal, no
son lo que determinan lo que uno siente. Nosotros y nuestras circunstancias,
nuestra interpretación, la manera en que pensamos sobre las situaciones, son las
que generan las algunas de nuestras emociones.
La próxima vez que “alguien te haga enfadar”, piensa en esto. ¿Realmente
te hace enfadar o eres tú quien se enfada? Cada emoción requiere una reflexión,
una comprensión, intentaremos interpretar algunas a lo largo de este libro.
A menudo “juzgamos” como positivo o negativo, como bueno o malo,
aquello que sentimos. Preferimos unas emociones a otras.
Alegría, ilusión, gratitud, serenidad, esperanza, curiosidad, satisfacción,
inspiración, sorpresa, amor…. Por lo general a nadie le duele experimentar alguna
de estas emociones, ¿verdad? Pero cuando se trata de: miedo, soledad, frustración,
ira, angustia, tristeza, vergüenza, asco, celos, envidia…. ya no estamos tan
cómodos y solemos clasificar estas emociones como negativas.
¿Realmente son negativas algunas de estas emociones?
Una emoción, en sí misma, no es negativa, tampoco buena o mala,
simplemente es algo que experimentamos, algo que sentimos. Lo que puede ser
malo es el resultado que conseguimos al tomar una decisión, dar un paso o no
darlo, tras la situación que originó esa emoción.
Un poco de ansiedad, en los momentos previos a una carrera, por ejemplo,
hace que nuestro cuerpo tenga una mayor dosis de adrenalina y que el desempeño
físico sea mejor. Un exceso de ansiedad inunda nuestra sangre con hormonas como
el cortisol que en dosis altas o constantes produce incluso daños a nuestro cuerpo.
Por lo tanto, ¿podríamos decir que la ansiedad es mala? Solo cuando es desmedida,
solo cuando se instala de manera permanente.
Como decía aquella frase en el templo de Delfos: Nada en exceso.
Podemos experimentar ansiedad cuando nuestra mente supone que algo
nos amenaza. Pero la ansiedad llega a ser tóxica cuando se apropia de nuestro día a
día y nos hace ver todo negro, nos llena de negatividad, logrando situaciones de
desánimo que se encadenan con otras emociones asociadas, como la tristeza, el
miedo, la inseguridad…
Somos seres emocionales. Si simplemente fuésemos como los animales, solo
tendríamos ansiedad ante la posibilidad de ser devorados por un depredador, y al
instante siguiente en el que el animal amenazante desapareciera de nuestra vista,
volveríamos a relajarnos y a seguir bebiendo del lago. Seguro que has visto cientos
de veces esta escena en documentales de la fauna africana. Pero… ¡menuda suerte
la nuestra! ¡Tenemos una mente que piensa! Una mente que puede imaginar,
soñar, fantasear, viajar al futuro…. Con tan mala suerte que a menudo solo
imaginamos que lo peor es lo que nos va a ocurrir. Dan ganas de ser más animal y
menos humano…. ¿No crees?
Aunque pensándolo bien…. Ante emociones que duelen a veces tenemos
respuestas poco racionales y muy “animales”. ¿Qué hacemos entonces con esas
emociones dolorosas? Te invito a hacer un recorrido por pautas y claves que te
ayudarán a disolver el dolor, elegir tu respuesta y mejorar tus relaciones
personales.
Pero primero, resumamos unos puntos importantes.
Somos seres emocionales.
Los hechos no producen emociones, mi interpretación, mi pensamiento,
determina mis emociones.
A más cercanía con una persona, más dolor si sucede algo que yo no
esperaba o no quería que sucediera.
Las situaciones no resueltas se van acumulando y llegan a cambiar nuestro
estado de ánimo de manera profunda, afectando la relación con esa persona.
Nuestra mente anticipa el dolor.
Las emociones no son positivas ni negativas.
Las emociones no se ven, se ven las reacciones.
Situaciones que duelen
¿Eres consciente de las situaciones que te generan dolor? Hagamos una
recopilación de algunas de las emociones que se pueden dar en tu vida.
Ansiedad: nos duele imaginar un futuro, un resultado que no será como el
que nos gustaría obtener. Nos imaginamos que todo es muy difícil de resolver, que
no sabremos cómo hacerlo, la ansiedad llega, de la mano de los pensamientos más
angustiantes que podríamos tener. Nos anticipamos a situaciones que quizás
incluso no tendremos que vivir, pero sufrimos como si ya las estuviéramos
experimentando hoy mismo.
Ira: nos duele que alguien no haga lo que queríamos que hiciera. Nos
duelen las situaciones que no se dan como esperábamos. Nos produce rabia lo que
creemos injusto. Podemos enfadarnos con las personas, pero también con las
circunstancias cuando interfieren en nuestros planes. Puede enfadarnos la lluvia el
día de nuestra boda, o puede enfadarnos que nuestro jefe no valore nuestro
trabajo. Nos podríamos enfadar por infinitas circunstancias, no acabaríamos nunca
si hacemos esta lista…
Miedo: lo desconocido, lo nuevo, aquello que hasta ahora no hemos hecho, el
futuro, aquello sobre lo que no tenemos información nos produce miedo, no solo
por carecer de detalles, también por falta de confianza en nosotros. Dar un paso
que está fuera de nuestro control nos genera temor a cometer errores, a no ser
aprobado por los demás, inseguridad ante lo que sucederá en el futuro.
Decepción: esperábamos algo de alguien y no sucedió, eso hace que nos
sintamos decepcionados con esa persona. Confiábamos en que iba a ocurrir algo de
determinada manera, y como no sucedió, nos invade la decepción.
Envidia: comparamos nuestra vida con la de otros y creemos ver que los
demás son más felices y eso nos duele cuando pensamos que nosotros no podemos
hacer o tener lo que tiene esa persona, o cuando lo vemos injusto.
Frustración: intentamos lograr algo pero no lo conseguimos. Intentamos que
alguien nos entienda o haga algo y no logramos ser entendidos, eso nos genera
frustración. Un bajo nivel de tolerancia a la frustración da origen a la violencia.
Cuando no consigo algo, del otro, mi frustración puede sacar lo peor de mí. Una
madre o un padre que pide las cosas a su hijo, y este no le hace caso, puede
convertir su frustración en un cachete. La violencia, el comportamiento violento,
encierra una baja inteligencia emocional, una baja tolerancia a la frustración. La no
aceptación de que a veces las cosas no son como esperábamos puede derivar en
reacciones de las que luego no nos sentiremos nada orgullosos.
Rencor: conservamos dolor por situaciones del pasado, por algo que sucedió
con alguien y no lo hemos perdonado, eso nos hace sufrir por la misma situación
una y otra vez.
Culpa: guardamos emociones negativas hacia nosotros mismos por algo que
hicimos y por lo que no nos hemos perdonado.
Soledad: nos duele nuestra situación, sentimos que no tenemos a nadie con
quien compartir nuestro tiempo, nuestro ocio.
Insatisfacción: no nos gusta nuestra vida, no estamos felices con quien
somos, con lo que hacemos, con lo que hemos logrado.
Desamor: cuando desaparece un vínculo con nuestra pareja o un amigo o
familiar, cuando sentimos que el amor se desvanece, nos desgarra el alma y es una
de las emociones que más nos afectan y desestabilizan nuestra vida a todos los
niveles. Nuestra mente había imaginado nuestro futuro, digamos que “pisaba
sobre seguro” y ante una situación de desamor, de crisis de pareja, el dolor que
experimentamos es intenso, inmenso, porque nuestra mente se queda sin la
seguridad, sin ese futuro que creíamos ya asegurado.
En nuestro día a día podemos vivir situaciones que nos generan más o
menos dolor. El aburrimiento puede incomodarnos. Añorar aquello que no hemos
podido hacer o a personas que no están en nuestra vida puede ser muy doloroso.
No encontrar satisfacción en nuestra vida diaria, vivirla con apatía, puede
generarnos dolor. Que los demás no piensen igual que nosotros o que no apoyen
nuestros proyectos podemos vivirlo como desaprobación y eso duele.
Desasosiego, desamparo, menosprecio, desconsuelo, la lista de emociones
que podemos experimentar en nuestra vida es muy larga y no será nada extraño
que a lo largo de tu vida, vivas muchas de estas emociones. Las personas felices,
optimistas, también viven situaciones que les borran la sonrisa algunas veces.
La diferencia entre una persona optimista y una persona pesimista, (o como
casi siempre prefieren autonombrarse), “realista”, está en el tiempo que
permanecen en ese estado emocional doloroso. Quienes tienen una actitud positiva
pueden hacer algo para salir de esas emociones, en cambio, las personas con una
actitud negativa, suelen creer que nada de lo que hagan hará que su vida cambie y
que su ánimo mejore. Tienen tendencia a verse como víctimas de las
circunstancias, de los demás, mientras que la persona optimista tiende a saber que
su actitud y sus decisiones serán de gran peso para mejorar la situación que le
causa dolor.
De todos modos, seamos como seamos, habrá situaciones que no queríamos
que ocurrieran y aun así nos tocará vivirlas.
¿Podemos evitar las emociones que duelen?
Respira Conscientemente
Difícilmente podremos evitar experimentar ciertas emociones a lo largo de
nuestra vida. No sería nada sano para ti, por ejemplo, que intentaras evitar el dolor
o la tristeza tras la pérdida de un ser querido. Negarnos a experimentar algunas
emociones, sobre todo las dolorosas, no es la solución.
Hay una diferencia entre controlar, evitar y gestionar aquello que sentimos
en nuestro interior. Eres un ser humano sensible y no estás exento de experimentar
situaciones que te produzcan dolor.
Las emociones tienen una función. Evolutivamente, por ejemplo, el miedo,
fue una de las emociones que hicieron posible la supervivencia. Cuando nacemos,
no tenemos referencias sobre las situaciones que pueden ser peligrosas o que
ponen en riesgo nuestra vida, carecemos de ese conocimiento. Sin embargo,
aquellas personas con las que vamos interactuando (padres, abuelos, hermanos,
primos, maestras, compañeros del cole, etc) nos han ido enseñando a qué tenerle
miedo, de acuerdo a sus propias experiencias vitales.
Imagínate, una madre con su hijo, de otra especie, de monos por ejemplo.
Están comiendo, bajo un árbol, recogiendo del suelo aquellas frutas maduras que
se han ido cayendo. Y escuchan un ruido. La cría, sin referencias sobre los peligros,
puede seguir comiendo tranquilamente incluso escuchando el rugido de un león.
En cambio, su madre, que ha aprendido que ese sonido anticipa la presencia de un
depredador, dejará de comer para trepar al árbol, lo más alto que pueda, para estar
a salvo y eso es lo que aprende su cría.
El miedo sirve a las especies animales a anticiparse, el cerebro genera
adrenalina y la sangre se va hacia las extremidades para que pueda tener más
agilidad a la hora de trepar al árbol, a la hora de ponerse a salvo del peligro. Los
miedosos sobrevivían y los intrépidos o los que esperaban mucho para ponerse a
salvo, podían ser devorados por el depredador. Somos los tataranietos de los
individuos que se sirvieron del miedo para tomar decisiones rápidas en pos de su
supervivencia. ¡Cómo no sentir miedo infinidad de veces si es algo que le ha
servido a nuestros antepasados durante siglos!
Pero la cuestión, sobre el miedo, va más allá del riesgo vital. ¿Cuántas veces
los miedos que tú experimentas tienen que ver con situaciones en las que tu vida
está en juego? Cuando digo “vida”, me refiero a tu supervivencia. ¿Cuántas? Por lo
general, serán poquísimas. La mayoría de los miedos que tienes están relacionados
con hacer o no hacer algo, pero no con la vida o la muerte.
Como hemos hablado antes, el miedo “se instaló” como un software útil en
nuestra mente, para conseguir la supervivencia como individuos y nos fue
enseñado para la continuidad de nuestra especie. Pero los miedos que tenemos hoy
en día, por lo general, no son riesgos reales para los que la adrenalina nos ayude a
correr, a ponernos a salvo. En realidad, ocurre lo contrario. El miedo excesivo
paraliza. ¿Por qué?
Porque es un miedo que creamos nosotros, con nuestra manera de pensar,
con la forma en la que vemos nuestra vida, con la falta de confianza hacia nosotros
mismos o hacia los resultados que podemos conseguir, y ese miedo al error, ese
miedo al fracaso, provoca que analicemos y analicemos una y otra vez las
situaciones. Al no tener la absoluta certeza de conseguir lo que queremos, o ante el
miedo a que salga mal, nos paralizamos, no avanzamos. Pero el miedo está ahí, la
adrenalina está ahí, en nuestra sangre y en exceso puede llegar a provocar daños
físicos.
El miedo siempre está relacionado con el futuro. Aunque sea algo que va a
suceder dos segundos después, eso es futuro, no es pasado. ¿Te ha ocurrido que
estabas en una situación nueva, algo para lo que no estabas preparado o preparada
y te han venido unas ganas tremendas de salir corriendo? Pues no eres tú, es la
adrenalina, es una reacción automática, inconsciente, a la química de tu cuerpo.
Pensar una y otra vez en situaciones de riesgo, de no control, de falta de
seguridad, hace que nuestro cerebro, una y otra vez libere adrenalina. Y un exceso
de adrenalina, esa tensión constante, provoca agotamiento, desánimo, dificulta el
sueño y empeora nuestra concentración. Si la situación va a más, si ese estrés, ese
miedo al futuro, lo experimentamos durante semanas o meses, podemos incluso
llegar a tener problemas físicos, de salud. Recuerda, el cuerpo no enferma, el
cuerpo informa. Podemos atacar los síntomas, tomar una pastillita para la
ansiedad, pero si no solucionamos la causa, si no vamos a la raíz, sin una correcta
gestión emocional, nuestro cuerpo seguirá enviando información en forma de
enfermedades hasta que reaccionemos, hasta que hagamos algo.
¿Cómo enfrentarnos al miedo?
Tomando conciencia. Respirando conscientemente.
Respirar, en general, nos sirve siempre. No, ya sé que dirás, claro, si no
respiro me muero, por eso sirve siempre. Pero en realidad no me refería a
simplemente respirar, sino a ser consciente de tu respiración.
Recordemos, un poco de “tensión” es bueno, es saludable, nos beneficia
porque estamos atentos a la situación, en cambio, un exceso de tensión, un miedo
descontrolado, alimentado por más y más pensamientos, solo genera parálisis y
perdemos el control de la situación. Por lo tanto, respirar, tomar el control de
nuestra respiración, es el primer paso para gestionar con efectividad una situación
de estrés, de miedo.
En el momento en el que tomes consciencia de tu situación, analiza cómo es
tu respiración. ¿Superficial, entrecortada? Lo que necesitamos hacer es cambiar la
frecuencia y la profundidad de nuestras inspiraciones y expiraciones, para así
recuperar el control de la situación.
Mente y cuerpo están conectados. Si tu mente está acelerada, empieza por
controlar tu cuerpo para que eso genere en tu mente un estado de calma, de
autocontrol.
¿Has visto alguna vez a alguien meditando o haciendo yoga? ¿Dirías que
esa persona está serena y estable o angustiada e inestable?
Cuando nuestro cuerpo recibe menos oxígeno, durante varios minutos,
vamos perdiendo capacidades. Por eso, tomar el control y ser dueños de nuestra
respiración es un paso fundamental.
Piensa en lo siguiente. Tu puedes decirle a tus músculos qué movimiento
hacer. ¿Verdad? Puedes pensar en levantar un brazo, y tu mente enviará la
información a tus músculos y levantarás el brazo, porque tú así lo has decidido. El
diafragma es otro de tus músculos y cuando tú lo decidas, puedes enviar un
mensaje e iniciar una secuencia de respiraciones profundas y sucesivas, hasta
recuperar el control, hasta sentir que el hormigueo producido por la adrenalina va
disminuyendo de piernas y brazos.
Es imposible estar bien y mal al mismo tiempo. ¿Te has planteado esto? Por
lo tanto, cuando necesites recuperar el control, cuando quieras estar en un estado
de calma, de serenidad, recuerda que siempre tienes en tu mano un truco infalible.
Respirar.
Y aunque hemos hablado bastante sobre el miedo, respirar conscientemente
es una estrategia que sirve para muchas otras emociones. Si estás llorando
desconsoladamente, tu respiración no será precisamente profunda y acompasada,
sino superficial e incompleta. Si estás en un estado de ira, de enfado, también
puedes recuperar la calma tomando el control de tu respiración.
Incluso hay personas, que ya tenían una situación de salud delicada y ante
un exceso de felicidad han tenido infartos. Las emociones si se vuelven
descontroladas, pueden tener resultados no deseables para nuestra vida, por eso,
es importante que seas tú quien tome el control.
Si no te gusta lo que estás experimentando, si no te gusta cómo te estás
sintiendo, RESPIRA. Toma el control de tu diafragma, pídele a tus pulmones que
se llenen de aire, envía el oxígeno hacia tu barriga, mantenlo ahí un par de
segundos y luego exhala suavemente.
Imagina que esto es un truco de magia. ¿Bien? Cuando uno está
aprendiendo, al principio, puede que los resultados del truco no sean tan perfectos,
tan inmediatos y que necesite practicar varias veces hasta conseguir que el truco
sea mágico. Pues lo mismo ocurre con todo en esta vida, si lo practicamos, si lo
repetimos, mejoramos. Si solo le damos una oportunidad y no funciona a la
primera… nos estaremos perdiendo una de las herramientas que más nos beneficia
a la hora de la gestión emocional.
Respira. Si tienes miedo, Respira. Si estás con enfado, Respira. Si estás en un
pozo de desesperación y llanto, Respira. Si la frustración te invade y estás a punto
de estallar. RESPIRA, RESPIRA Y RESPIRA.
¿Existen trucos de efectos más rápidos?
A veces, para pasar de un estado alterado, a un estado de calma, mediante
la respiración, necesitamos unos minutos. Incluso con práctica, si partimos de un
estado de angustia y descontrol emocional muy intenso, recuperar una cierta
estabilidad puede llevar algo más de tiempo del que nos gustaría.
Ante determinadas situaciones no disponemos de unos minutos, sino de
escasos segundos para recuperar la serenidad. ¿Cómo hacemos? Sigue leyendo,
porque lo mejor es combinar varias técnicas, utilizar varios “trucos” a la vez y así
multiplicar sus beneficios.
Una cosa. Si estás en un ataque de ansiedad y tu respiración superficial está
a punto de hacerte perder incluso la conciencia, actúa rápido.
Puedes taparte una fosa nasal y respirar por la otra e ir intercalando esta
respiración alternativa.
Otro truco rápido y efectivo, para ayudar a alguien que está en un ataque de
ansiedad, es pedirle que diga una serie de números que le dirás de forma
desordenada. Por ejemplo, 1, 2, 3, 5, 8, 7
Así, obligas a su mente a dejar de pensar en aquello que le ha generado la
ansiedad, obligas a la mente a desviar su atención de nuevos pensamientos, haces
que haya un corte en el flujo de pensamientos que estaban alimentando más y más
este estado de ansiedad.
Una emoción, es solo una emoción. Cuando en el pasado me sentía muy
mal, durante una situación de crisis muy dura, esta frase me ayudaba a no pensar
en lo que me provocaba dolor, para pensar en mi cuerpo, en mi respiración, en la
emoción que necesitaba gestionar de manera más inteligente, más efectiva.
La práctica hace al maestro, así que no lo dudes, no solo basta con saber,
también tenemos que aplicar, como dice una frase atribuida a Goethe. Sigamos con
otras herramientas y su aplicación práctica para mejorar la gestión de aquellas
emociones que duelen.
Firme como un soldadito
Ante situaciones donde estamos perdiendo el control no solo basta con
respirar, que si, que es importante, pero no es suficiente. También tenemos que
tener en cuenta otras cuestiones, entre ellas, la postura corporal.
¿Has vivido momentos de profunda tristeza? ¿Cómo recuerdas tu postura
corporal cuando te encontrabas totalmente abatido? ¿Cómo “ves en tu mente” a
una persona deprimida?
Tanto si has sido tú quien ha experimentado una situación así, como si
recuerdas a otra persona, en ambos casos estaremos de acuerdo en que la postura
corporal de alguien que está sufriendo tiene características muy similares.
Cuando estamos abatidos, tristes, desilusionados, derrotados, aburridos, sin
motivación, sin pasión, sin ilusión, nuestro cuerpo y nuestra manera de movernos
lo reflejan. Apenas se levantan los pies del suelo, casi parece que los arrastremos,
como si lleváramos puestos unos pesados zapatos que nos impiden caminar con
normalidad.
Los brazos cuelgan sin fuerza, movidos simplemente por la inercia, como si
de un muñeco de trapo se tratara.
Los hombros están caídos, inclinados hacia adelante, como si estuvieran
cargando dos pesados sacos. El pecho, los pulmones, se encuentran plegados,
oprimidos por esta postura y eso dificulta nuestra respiración y una correcta
oxigenación de nuestra mente.
La cabeza. El sufrimiento pesa tanto que la cabeza de una persona
deprimida siempre está inclinada hacia el suelo, como si algo le impidiera mirar en
línea recta.
La espalda arqueada, encorvada, completa la descripción de la postura
corporal del abatimiento, de la tristeza, de la depresión…
¿Has podido visualizar esa postura? ¿Eres consciente si tu cuerpo tiene esa
postura cuando estás triste, cuando el dolor te invade?
Como te decía al principio, nadie está exento de pasar a lo largo de su vida
por situaciones que generan emociones dolorosas. Pero tampoco estamos
obligados a sufrir eternamente o más allá de lo necesario, sea lo que sea lo que nos
haya ocurrido. La desesperanza es un sufrimiento que no tiene ningún propósito.
El dolor, cuando podemos comprenderlo, escucharlo y actuar, si tiene un sentido.
La vida es una escuela, decía Facundo Cabral. A lo largo de nuestra vida, el
dolor que experimentamos, puede servir para que tomemos conciencia y hagamos
cambios, que aprendamos a superar esa situación que nos bloquea, que la
enfrentemos. Sumirnos en la desesperanza no cumple ninguna función en el
aprendizaje vital, en el crecimiento como seres emocionales.
Ahora, me gustaría que pensaras, que imaginaras, cómo es la postura
corporal de una persona segura de sí misma, de una persona feliz. ¿Puedes ver las
diferencias?
La cabeza en línea recta con la columna. Una persona segura de sí misma no
esconde su cara apuntándola hacia el suelo, sino que mira hacia adelante,
levantando ligeramente la barbilla.
Los brazos están vivos, se mueven con ligereza, son seguridad y acompañan
o enfatizan lo que está diciendo.
Los hombros están ligeramente hacia atrás, haciendo que el plexo solar, el
pecho, se proyecte suavemente hacia adelante.
¿De qué nos sirve tomar conciencia de esto? Pues precisamente nos ayuda a
lidiar con esas emociones dolorosas que nos dejan paralizados e incapacitados para
volver a sonreír, para tomar el control de nuestras acciones.
¿Sabías que hay estudios científicos que han constatado que la postura de
una persona abatida da por resultado contracturas y distención muscular, menor
expansión torácica que dificulta una correcta respiración y por consiguiente, la
buena oxigenación de la sangre, llegando a producir dolores de cabeza y
estomacales?
Pararte como un soldadito cuando estás sumido en la tristeza no hará que
tus problemas desaparezcan, pero si es un punto de partida para que tu cuerpo
pueda funcionar mejor.
La próxima vez que experimentes tristeza, o porque no, ahora mismo, toma
conciencia de tu postura corporal e intenta de manera consciente adoptar una
postura que inicie la recuperación de un estado de ánimo mejor.
Lleva los hombros hacia atrás, eleva ligeramente la barbilla, despegándola
de tu pecho, pon la cabeza erguida, formando una línea recta con tu columna, deja
que tu pecho se expanda, que tus pulmones tengan espacio suficiente para que al
respirar el oxígeno entre sin dificultad en tu cuerpo. Inspira profundamente,
llenado tus pulmones de aire e incluso enviándolo hacia el abdomen.
¿Has podido sentir como tu cuerpo experimentaba más energía, una
sensación de control de la situación? Bien. Entonces, de ahora en adelante, intenta
preguntarte en los momentos en los que estés pasando por situaciones de tensión o
viviendo emociones dolorosas, ¿qué es lo primero que puedo hacer para mejorar
mi estado de ánimo? Pararte como un soldadito y respirar profundamente.
Recuerda, tu mente y tu cuerpo no están aislados el uno del otro. Hay una
correlación directa entre emociones y postura corporal y tú puedes empezar por
adoptar una postura adecuada para salir de una situación emocional dolorosa. Da
ese primer paso.
Hazlo de manera consciente. Si durante el día, te das cuenta que tienes los
hombres caídos hacia adelante, si te siente sin fuerza, utiliza esta estrategia, adopta
esa postura que te hace tener más energía, que te devuelve la vitalidad, que
permite que respires mejor y que tu mente reciba el oxígeno necesario.
En los momentos de estrés, de ansiedad, también te será útil tomar las
riendas y decirle a tu cuerpo cómo quieres pararte. Imagina que tienes que dar una
charla delante de un grupo de trabajo, hablar con tu jefe o dar una conferencia
delante de un gran grupo de personas.
¿Qué imagen tendrán de ti, cuál será su primera impresión si te ven con los
hombros caídos y la cabeza oculta, apuntando hacia el suelo? Desde luego que una
postura así no inspira confianza, ni a ti, ni a tu público.
La angustia que sentimos en el momento de hablar, de hacer algo que
quizás no hemos hecho muchas veces, puede gestionarse y mejorarse mediante
una buena postura corporal, una respiración profunda y relajada, pero también
con “trucos mágicos”.
Antes hablábamos del miedo, de su función específica para la
supervivencia. Cuando un animal está bebiendo, no teme por su vida. Si está en
riesgo, beber pasa a un segundo plano y su supervivencia es prioritaria. Un truco
que te ayudará en el momento de tener que hablar, dar una entrevista o
conferencia, es beber agua. Al beber, le estás dando a tu mente una señal clara. No
hay peligro, no estás en peligro de muerte y eso hace que puedas ganar confianza,
seguridad.
Otras dos cuestiones importantes en este sentido son la preparación y la
práctica. Una persona que da por primera vez una conferencia, puede evitar un
estado de ansiedad preparándose, preparando lo que quiere decir, trabajando bien
el tema, los puntos importantes, las claves sobre las que quiere centrar su charla. Y
también, puede practicar. Pararse delante del espejo, o poner su móvil a grabar y
grabarse mientras da la charla como si ya estuviera delante del público.
Podemos hacer todo aquello que otras personas han podido hacer. Nada
nos impide hacerlo. Solo necesitamos práctica, paciencia, preparación, una buena
postura corporal, ir ganando confianza, comprender que el miedo es natural y
actuar a pesar del miedo, sin que nos paralice. Si no lo intentas, no sabrás si puedes
hacerlo. Si lo intentas, comprobarás que no era tan terrible como imaginabas, y
poco a poco irás mejorando.
Muévete
Los pensamientos recurrentes, los recuerdos negativos, las oleadas de dolor
que llegan a nuestra vida a menudo son difíciles de evitar. No podemos controlar
si tendremos un determinado recuerdo o no. Hay muchas situaciones o momentos
donde se dispararán nuestros recuerdos y eso no está en nuestra mano evitarlo.
Recordar situaciones dolorosas hace que nuevamente volvamos a
experimentar dolor, casi como si lo estuviéramos viviendo en ese mismo instante
otra vez. Recordar, ¿sabes qué significa? La etimología de esta palabra que
proviene del latín, recordari nos dice que está compuesta por la palabra re (de
nuevo) y cordis que significa corazón. Recordar es volver a pasar por el corazón,
por eso, si aquello que volvemos a pasar es agradable nuestras emociones serán
agradables y si nuestros recuerdos nos hacen viajar a situaciones dolorosas,
nuestras emociones no serán precisamente agradables.
A menudo, para explicar a mis clientes la importancia de moverse cuando
tienen pensamientos negativos utilizo imágenes, conceptos visuales para que
puedan “ver” lo que intento que comprendan.
Un pensamiento negativo es como un cuervo. Y tu cabeza, es un nido. Cada
recuerdo o pensamiento negativo viaja, vuela, y sin que podamos evitarlo, se
acerca a nosotros. No podemos evitar que un recuerdo venga hacia nosotros, así
como no podemos controlar el vuelo de un ave. Pero si podemos evitar que ese ave
se pose donde no queremos que se pose…. Podemos evitar que ese recuerdo se
quede “anidando” en nuestra mente.
Movernos, no permanecer en el mismo sitio donde hemos comenzado a
pensar en algo que nos genere dolor, hace que podamos evitar que más y más
pensamientos se sigan encadenando unos con otros, hasta inundarnos de dolor.
Los pensamientos, recuerdos dolorosos, pueden llegar en cualquier
momento, sin previo aviso, incluso cuando estábamos tranquilos y en calma. Algo
dispara un recuerdo o un pensamiento negativo y al permanecer en el mismo
lugar, estamos recibiendo un cuervo, que si lo alimentamos, inevitablemente hará
que otros pensamientos negativos lleguen a nuestra mente. Dile BASTA. Dile
FUERA.
Muévete.
Aléjate del lugar donde recibiste esos pensamientos, toma conciencia de tu
postura corporal y adopta la postura de soldadito. Inspira profundamente,
sintiendo como el aire entra por tus pulmones, expandiendo tu caja torácica y
llevando oxígeno a tu sangre para ser distribuido hasta cada una de tus células.
Concéntrate en relajarte.
Si te has movido y has cambiado tu postura corporal, si has inspirado con
calma, pero aún los pensamientos negativos han podido seguirte, intenta recordar
lo siguiente: una emoción dura 90 segundos.
Las emociones son pasajeras, temporales en sí mismas, no duran para
siempre. Y eso es así porque nuestra mente funciona de una manera determinada.
Más concretamente, la amígdala, que es la responsable de nuestras emociones.
¿Cómo es el proceso? Como decía Marie Curie, “en esta vida no hay nada
que temer, solo hay que comprender”. Por lo tanto, paso a paso te invito a
comprender el proceso que se da dentro de ti desde que tienes un pensamiento
hasta que te libras de las emociones generadas por ese pensamiento.
Ante una determinada situación, por ejemplo, una calle oscura, tu mente
puede pensar: ¿y si me ocurre algo malo? Eso hace que la amígdala empiece a
trabajar y segregue una sustancia que estimula en otros centros de nuestro cerebro,
la producción de neuropéptidos. La química de cada emoción es diferente. Las
emociones son una reacción a ese coctel químico que ante determinada situación y
ante determinado pensamiento, se pone en marcha y es transportada por el
torrente sanguíneo a todo nuestro cuerpo preparándolo para la acción.
Por ejemplo, en el caso del miedo, nos prepara para proteger nuestra vida,
para salir corriendo si hiciera falta. En el caso del dolor por una pérdida, nos
prepara para una situación que ha cambiado, para que podamos adaptarnos a esa
nueva realidad. Sigamos comprendiendo.
Los neuropéptidos que ahora están circulando por nuestra sangre son
sustancias efímeras, que son metabolizadas o reabsorbidas por nuestro cuerpo en
precisamente 90 segundos.
¿Alguna vez, cuando estabas en un estado de nerviosismo o ansiedad te han
dicho que contaras hasta 10 para controlarte? En realidad, sería más apropiado
poder tomar el control de nuestro cuerpo, de nuestras reacciones, durante un
minuto y medio, para deshacernos de las sustancias químicas que nos han
predispuesto para actuar en caso de miedo, de enojo, de excesiva alegría incluso!!
Un susto, puede acelerar nuestra respiración, hacer que tengamos
palpitaciones, y tras descubrir que no había nada que temer, y tras pasar esos 90
segundos, nuestro cuerpo puede recuperar la calma e incluso reírnos si el susto fue
una broma de algún amigo, ¿verdad?
Por eso, la próxima vez que experimentes ira, ansiedad, rabia, frustración,
antes de actuar y hacer o decir algo de lo que luego te arrepentirás, muévete,
respira profundamente, cuenta hasta 90 y ten una postura corporal que te permita
oxigenarte bien.
Pensamientos recurrentes
¿Pero si una emoción solo dura 90 segundos porqué hay personas que
pueden estar enfadadas durante varios días o incluso años?
Sigamos comprendiendo el funcionamiento de nuestro cerebro. Cada
emoción está asociada a una idea, a un pensamiento. Ese pensamiento genera en
nuestro cuerpo la producción del coctel químico que cambia la composición de
nuestra sangre y hace que tengamos sudores fríos, taquicardias, etc. Y si seguimos
“alimentando” esa idea, pasados los 90 segundos iniciales, entonces el proceso
vuelve a empezar.
Así es como es posible que algunas personas puedan permanecer enfadadas
o alegres más allá de la barrera del minuto y medio. Con pensamientos recurrentes
que alimentan la emoción previa.
Por ejemplo, si nos hemos enojado porque nuestro hijo no ha hecho las
tareas, y no hemos quitado de nuestra mente el pensamiento que originó esa
emoción, sino que hemos albergado nuevos pensamientos en la misma dirección,
entonces, con una idea fija, hacemos que esa emoción se convierta en recurrente.
Puede ocurrir que cada vez que vemos a nuestro hijo poner los libros sobre
su escritorio comenzamos a pensar que se demorará horas en hacer la tarea, que no
tenemos tiempo para perder en esto, que es injusto que con el poco tiempo del que
disponemos tengamos que ocuparnos de esto, que podríamos recibir ayuda por
parte de alguien (por ejemplo, nuestra pareja) y no la recibimos, que ya estamos
hartos de esta situación, etc, etc, etc.
Así, al encadenar un pensamiento tras otro, estamos fijando nuestra
atención en la situación que nos desagrada y nuestro torrente sanguíneo
permanece inundado por los neuropéptidos propios de esta emoción, mucho más
allá de los 90 segundos.
Si no has leído el cuento Los dos Lobos, perteneciente a la tradición
cherokee, permíteme compartirlo contigo porque también te ayudará a tomar
conciencia de tu propia responsabilidad en las emociones que experimentas, que
alimentas.
LOS DOS LOBOS
El anciano jefe de una tribu estaba teniendo una charla con sus nietos acerca
de la vida. Él les dijo:
“Una gran pelea está ocurriendo dentro de mí, desde que nací…, es una
pelea entre dos lobos”
Uno de los lobos es maldad, cobardía, temor, ira, envidia, dolor, vanidad,
indolencia, arrogancia, culpa, resentimiento, inferioridad, orgullo, mentiras y
avaricia.
El otro es bondad, amor, alegría, paz, voluntad, armonía, esperanza,
generosidad, amistad, empatía, serenidad, sabiduría, fortaleza, compasión,
humildad, dulzura, y verdad.
Esta misma pelea está ocurriendo dentro de ustedes, y dentro de todo ser
humano.
Los chicos lo pensaron por un minuto y uno de los niños le preguntó:
Abuelo dime: ¿Cuál de los lobos ganará la pelea?
El anciano jefe respondió, simplemente…
– “El que Tú alimentes “
En realidad pocas veces tomamos conciencia de esto. Alimentamos la idea
fija, alimentamos la emoción inicial que podía haberse desvanecido tras 90
segundos y seguir sintiéndonos mal con ira, con culpa, deseando venganza, en
soledad o con miedo, es el resultado de estar alimentando nosotros mismos al lobo
equivocado.
Las emociones son algo que forma parte de nuestra naturaleza, y poco
podemos hacer para evitar el inicio de una emoción. Pero podemos evitar perder el
control si en lugar de alimentar ideas negativas y de hacerles sitio en nuestra
mente, respiramos, contamos hasta 90, elegimos pensamientos que nos serenen,
comprobaremos cómo es posible tomar el control y recuperar la calma.
Recuerda: una emoción está ligada a un pensamiento y ese pensamiento
dispara un cóctel químico que predispone tu cuerpo para determinadas reacciones
(esconderte, levantar la voz, llorar, reír a carcajadas, sentirte en paz) y podemos
controlar si repetimos o no esas emociones, cada 90 segundos, cambiando la
manera en que pensamos.
Si cada vez que ves a tus hijos, a tu mascota, a tu pareja, tienes
pensamientos positivos, agradables, tus emociones serán positivas y agradables.
En cambio, cuando tenemos pensamientos negativos sobre lo que el otro no hizo o
sobre lo que hizo mal, nuestras emociones serán negativas.
Si no quieres sufrir emociones dolorosas más allá del momento inicial,
recuerda que tú eres, al alimentar determinados pensamientos, quien hace
persistente un determinado estado emocional.
No lo veas peor de lo que es
Cuando algo no sale como esperabas, no te hagas películas. Antes de
profundizar en este tema, recapitulemos algunos puntos importantes:
El sufrimiento no tiene un propósito.
El dolor nos impulsa a actuar, a tomar decisiones.
Alimentar los pensamientos negativos solo aumenta el sufrimiento
La química de una emoción se desvanece en 90 segundos.
Una emoción, solo es una emoción.
Antes, hace algunos años, podía enfadarme y tener pensamientos
recurrentes que me recordaban el enfado, lo volvía a pasar por el corazón y cada
vez aumentaba mi rabia porque alimentaba esa situación que no era como yo
quería que fuera, con más y más pensamientos, con más y más cuervos que
permitía que se posaran en mi cabeza. Mi enfado me transformaba. Desaparecía la
sonrisa y mi gesto se hacía duro, agresivo… impidiendo así cualquier posibilidad
de diálogo y de comunicación, para resolver aquello que me enfadaba. Incluso,
algunas veces, me sentía con derecho a estar enfadada.
Esto es algo que necesitamos comprender.
El enfado no es un derecho.
Es un estado emocional que sientes cuando alguien rompe una norma. "El o
ella no debería hacer tales cosas"....te dice tu mente...
... entonces puedes creerte con el derecho a mostrar tu rabia.
Y así, sin darte cuenta, atacas al otro, sintiéndote con derecho a ese ataque.
La ira, descargar tu rabia contra el otro, porque se lo merece, no es
emocionalmente inteligente. ¿Acaso todo el mundo sabe lo que tú esperas de ellos,
como para no hacerlo y así no recibir tu ira? Dicen que la confianza da asco,
¿verdad? Pues sí, da asco. Con quienes liberamos nuestra frustración y nuestra
bronca SIN NINGUN FILTRO es precisamente con quienes tenemos más
confianza. Que un hermano, tu padre, o tu pareja rompa una de tus normas puede
desencadenar tu rabia, en una forma desmedida, algo que no harías con personas
“de fuera”, con quienes no tienes tanta confianza.
La ira es un estado emocional que nosotros sentimos porque hay una norma
que otra persona ha incumplido. Por ejemplo, si alguien ve un mensaje mío en
whatsapp y no me responde, me enfado con esa persona. Si incumple MI norma
que dice que “siempre que reciba y lea un mensaje mío debe responderme en el
momento” entonces puedo creerme con el derecho a entrar en un estado de rabia.
Y así, sin darnos cuenta podemos atacar al otro, por su “no respuesta”
sintiéndonos con derecho a ese ataque. ¿Realmente en algún momento tú tienes
derecho a agredir a alguien, a gritarle, a tratarle como una basura, a humillarle,
porque ha hecho algo que a ti te ha molestado? ¿Realmente existe algún motivo
para tratar mal a alguien? Haga lo que haga la otra persona, si sufres, es por la
manera en que tú estás analizando la situación. Si quieres sufrir menos, no te hagas
películas, te lo repito.
A menudo, nuestro enfado es el resultado de hacernos las películas
equivocadas, de pensar en explicaciones sobre porqué la otra persona hizo o no
hizo lo que hizo o no hizo. Pensamos, si me quisiera, respondería de inmediato, si
fuera importante para esa persona, me contestaría. No me ha contestado, porque
no me quiere, no le intereso o es una persona egoísta que solo tiene tiempo para su
cosas… Nuestra mente dispara y asocia ideas, por lo general, sin ninguna base, y
quedándose con la explicación más dolorosa, haciéndonos películas de terror sobre
situaciones que quizás no son tan terribles como las hemos estado analizando.
A veces, hacemos que las emociones sean eternas, alimentando
pensamientos negativos, no buscando comprender la situación, no hablando con la
otra persona para expresar nuestros sentimientos, sino para atacarle por la norma
que no ha cumplido. Recuerda, las emociones son temporales. ¿Cuánto durará?
Durará el tiempo que tú estés alimentando la idea a la que está asociada esa
emoción.
Podemos creer que tras una infidelidad, el dolor tiene que ser eterno. Y
puede serlo, desde luego, mientras alimentamos pensamientos que nos instalan en
el dolor. La ruptura de la confianza, la pérdida de la ingenuidad con la que
amábamos, creyendo que por habernos casado por amor y jurado amor eterno, eso
ya era suficiente como para que nuestra relación jamás pasara por una crisis….
Cuando más grave consideramos la situación, mayor dolor experimentaremos,
mayor será la herida y posiblemente más tiempo tardaremos en sanar, en dejar de
alimentar los pensamientos que nos instalan en el dolor.
Recuérdalo. Las emociones son temporales, no algo eterno, no algo que
estará ahí en tu vida, para el resto de la eternidad. A menudo, cuando las
emociones son muy intensas, podemos creer que nunca lo superaremos, que jamás
podremos librarnos de este dolor, que una depresión es para siempre o que una
fobia no tiene solución… Cuando pensamos negativamente sobre una situación,
volvemos a alimentar ese dolor. Desde la desesperanza y los pensamientos
irracionales del tipo “todo-nada”, renovamos una y otra vez esas emociones
dolorosas.
Vuelve al principio de este capítulo y lee los 5 puntos que has leído antes.
Hacerte películas, pensar en el peor de los finales, solo pensar en lo
negativo, dejarte inundar por la desesperanza hará que tu dolor siga creciendo. Tú
lo estás alimentando. Sé perfectamente cuanto duelen algunas situaciones. En ese
momento, nuestra mente no puede pensar en nada más que en el motivo de
nuestro dolor.
En un momento de mi vida como ese, leí El viejo y el mar, de Ernest
Hemingway. Y ese libro, sin ser de autoayuda, ni nada parecido, me transmitió un
mensaje que fue imprescindible para tener una mejor actitud. Mi corazón se había
roto en ese momento, pero yo no estaba rota. Para derrotarme a mí hacía falta
mucho más.
Afortunadamente, o gracias a esta actitud, hoy incluso me siento agradecida
por aquella lección que la vida me hizo aprender… También sé que me ayudó ver
la situación como era y no peor de lo que era. Si no podía superar aquella crisis,
aún mi vida continuaba y pude pensar en un plan b. ¿Qué hacer si lo peor ocurre?
Cuando solo nos centramos en pensar en lo peor, en vernos como víctimas
de la situación, en nuestro dolor… vamos perdiendo la capacidad de analizar lo
que nos está ocurriendo de una manera más objetiva. Siempre es apropiado
recordar que existen profesionales que pueden ayudarnos en estos momentos, que
no hace falta enfrentarse a esta situación en solitario. Otros ya han pasado por lo
mismo que tú estás pasando ahora… seguramente esas personas pueden mostrarte
la realidad de otra manera y así comprobarás que esto pasa, que todo pasa y que al
final estas emociones dolorosas dejarán de ser tus compañeras de viaje.
Para lidiar con nuestro propio sufrimiento, podemos analizar lo siguiente.
¿Qué es el dolor? ¿Dolor y sufrimiento son sinónimos? A veces pueden usarse
como sinónimos, pero en realidad no lo son. El dolor es inevitable, el sufrimiento
es opcional.
¿Por qué?
Pues precisamente porque son dos cuestiones diferentes. El dolor es una
emoción que se produce inmediatamente después de una situación concreta. Nos
duele perder. Nos duele que algo no suceda como esperábamos.
En cambio, el sufrimiento es algo más complejo, ya que incorpora a nuestros
pensamientos. Tiene que ver con la manera en que pensamos sobre lo que nos
sucede, más allá del momento en el que sucedió, es una respuesta cognitivo-
emocional. El dolor acaba pronto, pero el sufrimiento, al ser un conjunto de
emociones y pensamientos, se puede ir realimentando de manera continuada,
llegando incluso a hacerse un compañero habitual.
Ante la misma situación, una persona puede experimentar sufrimiento
durante meses o años, mientras que otra puede sentir dolor solo en el momento en
el que se produce el evento negativo.
Pongamos un ejemplo simple. Tienes el teléfono en tu bolsillo y te sientas
sin recordar que está ahí, con tal suerte que se rompe la pantalla. El dolor es la
sensación instantánea que sientes cuando escuchas el crujido. El sufrimiento es una
emoción más intensa y prolongada en el tiempo, que tú alimentas con tus
pensamientos y que implica otras emociones añadidas. (No debería haber puesto el
teléfono ahí, es frustrante no haberlo notado, cuando se enteren se van a burlar de
mí, me dirán que soy torpe, me costará caro repararlo, quizás se haya roto algo
más y ya ni pueda repararlo, puede que pierda hasta los contactos que tenía en el
teléfono, etc., etc.)
Por eso, al principio de este capítulo, te pedía que no te hicieras películas. El
sufrimiento está mucho más relacionado con la manera en que pensamos, con las
“películas” que nos hacemos sobre las situaciones que nos toca vivir, que con el
hecho en sí mismo.
Alargar el dolor eternamente, convirtiéndolo en un sufrimiento agotador no
es necesario, es opcional. Por supuesto que no es sencillo. Estamos “preparados”
para sufrir.
¿Qué pensarías de una persona que luego del entierro de un familiar
cercano se va a una fiesta? ¿Qué pensarías de una persona que tras separarse tiene
una vida normal, activa, agradable, desde el primer día de su nueva vida?
En general, todos consideramos que hay situaciones en las que SUFRIR es
signo de amor. Si no sufres es porque no le amabas lo suficiente. ¿Es eso verdad?
¿Se puede medir el amor que alguien siente o ha sentido por otra persona? Desde
luego que no hay forma de medir esto, pero en nuestra sociedad, el sufrimiento
está relacionado con cuánto nos importaba esa persona y nos resultaría extraño
que alguien NO sufriera ante una muerte, ante una separación, ante situaciones
como estas.
Sin embargo… ¿te has planteado que en otras culturas el duelo es diferente?
En algunas culturas, sobre todo en las que por su religión creen en la resurrección
o en las múltiples reencarnaciones, se tiene una manera de pensar diferente y eso
hace que no se experimente el sufrimiento en la medida en que se experimenta en
nuestra cultura, en nuestra sociedad.
No alargues tu sufrimiento por el que dirán. Tú eres la única persona capaz
de saber cuánto amabas a quien se ha marchado… Recuerdo cuando falleció mi
papá. Tenía 50 años cuando un ataque al corazón hizo que una mañana no se
despertara. Fue demoledor. Devastador. Recuerdo el dolor inmenso, indescriptible
que sentí cuando lo vi, cuando asumí que había muerto.
Mi madre no se vistió de negro ese día, y yo no lo recuerdo, pero creo que
tampoco lo hice. Pero vivíamos en un pueblo, al que nos habíamos mudado desde
Argentina y a nuestros oídos llegó lo que comentaban algunos vecinos. ¿Cómo no
se han vestido de negro? Ahora el azul es el nuevo negro.
Se supone que teníamos que demostrar nuestro dolor, nuestro sufrimiento,
y cuanto nos importaba mi padre, vistiéndonos de negro, como era costumbre en
ese pueblo. Y como ha sido en muchas sociedades durante siglos.
¿Qué ganaba mi madre vistiéndose de negro durante años? ¿Qué los demás
“supieran” cuánto le dolía la muerte de mi padre, basándose en la cantidad de
años que llevara el luto? Estas son cuestiones que en las grandes ciudades ya se
han olvidado, pero que pueden seguir vigentes y mucho, en las poblaciones
pequeñas.
Tus emociones SON TUYAS. Si crees que tienes que sufrir durante
determinado tiempo para que los demás sepan lo importante que era la persona
que has perdido, o si no puedes reír, ni te permites divertirte, porque se ha roto tu
matrimonio, hagas lo que hagas, algunos te juzgarán, algunos hablarán, y algunos
seguirán sus vidas sin notar siquiera que tú existes… No sufras más de lo
necesario… ten por seguro que solo tú puedes comprender tu dolor, y que no
tienes que demostrarle a nadie nada. Si ríes, y vives, y haces tu vida, no significará
que no le querías, solo significará que tienes vida, motivos para reír y ganas de
seguir adelante.
El dolor de perder a alguien es inevitable y lo mejor que podemos hacer es
aceptar nuestras emociones. Hay situaciones que casi literalmente nos rompen en
mil pedazos, o que se viven cómo ser aplastados por un camión… nos dejan sin
fuerzas… Este sufrimiento puede perpetuarse o puede superarse, y no depende de
lo fuerte que fuera el vínculo con la persona que has perdido ni con cuanto amor le
tenías. Depende de aceptar lo que está sucediendo y elegir continuar tu vida.
Despersonaliza tu dolor
Si no sufrir fuera tan fácil, ¿verdad? La realidad es que por mucho que
leamos sobre emociones, sobre el duelo, sobre la ira, sobre el miedo, la manera en
que experimentamos esas emociones, cuando nos duelen, sigue estando ahí, por
mucho que hayamos leído. Dar consejos es muy sencillo, pero cuando nos pasa a
nosotros, todas las palabras que tuvimos para acompañar a los demás en su dolor,
se convierten en silencio, se convierten en un grito sordo, quedan como un eco
lejano y no podemos escucharnos…. El dolor puede invadirlo todo, seguirnos a
todas partes… algunos dolores necesitan un proceso de sanación, un duelo, un
tiempo para que las heridas cicatricen… para hacernos a la idea de la nueva vida
que nos toca enfrentar…
Hace tres años, en una mudanza, encontré una agenda mía que utilicé en la
escuela secundaria, cuando tenía 16 años. ¡¡¡Esa agenda estaba por cumplir 30
años!!!
Era colorida, llena de fotos, dibujos y frases. Me detuve a leer ese trozo de
mi adolescencia, de hojas que habían amarilleado con el paso del tiempo… ¿Y
sabes qué? Me encontré leyendo muchas de las frases que necesite “aprender”
cuando la vida me puso a prueba hace unos años.
Eso me hizo pensar que hasta que no estamos preparados para aprender, no
podemos comprender en profundidad. Así como nos ocurrió a casi todos cuando
leímos El Principito por primera vez…. Si leíste el Principito siendo joven, o niño,
seguramente NO te ha parecido siquiera el mismo libro que has leído ya de adulto!
¿Y por qué ocurre esto? Porque no vemos la vida como es, la vemos como
SOMOS. Y la vemos desde una idealización de las situaciones y de los roles. Nos
duele todo aquello que no es como nos gustaría que fuera, a nosotros. Nos hace
infelices no tener, no poder, no hacer…. Nos tomamos como algo personal que el
día de nuestra boda llueva…. Como si el universo se hubiera confabulado para
aguarnos la fiesta…. Cuando en realidad para el universo somos una diminuta
mota de polvo…
Muchas veces, nos sentimos el ombligo del mundo. Y claro, nos duele
cuando suceden ciertas cosas, o cuando alguna persona no actúa como
esperábamos… Se nos borra la sonrisa, porque tenemos una expectativa concreta,
inamovible, sobre lo que “debería suceder”. La vida es como es, y las personas,
también. Y podemos ser felices, nosotros, sin que nuestra felicidad “general” se
mida en lo que nos sucede o dependa de determinadas personas….
Es necesario aprender a ser felices, desde nuestro interior, con lo que somos,
con lo que hacemos, con lo que tenemos, valorando lo que tenemos, lo que
logramos, lo que hacemos,-..... porque la felicidad no llega de fuera, ni porque otros
cambien. La felicidad llega porque YO APRENDO A FLUIR CON LA VIDA, a
entenderme a mí y a entender mi relación con los demás, aceptando mi 50% de
responsabilidad en cada una de esas relaciones.
Y casi nunca será perfecta, de acuerdo a nuestras expectativas, porque las
personas son como son, y no como nosotros esperamos que sean. Así como
nosotros también tenemos nuestra forma de ser... de actuar... de responder. Pero
por suerte, se puede aprender, se puede trabajar la asertividad, el perdón, se puede
crecer y madurar.
La mayoría de las veces hacemos las cosas CON BUENAS INTENCIONES,
¡sin ninguna intención de lastimar a nadie! Pero como no leemos la mente del otro,
ni podemos estar dentro de su piel, a menudo habrá situaciones en las que vamos a
meter la pata.
Las crisis, las situaciones de dolor que nos irá tocando enfrentar en la vida,
podemos tomarlas como algo personal y sentirnos las peores víctimas del universo,
como si todo lo malo nos cayera encima…. O podemos aceptar que no todo es
perfecto…. Que a veces nos tocará enfrentarnos a la muerte de un ser querido, a un
accidente, a un imprevisto, a momentos que no nos gustaría tener que vivir, pero
que incluso eso lo podremos ver en poco tiempo como un momento para aprender
a aceptar que en la vida, quien más sufre, es quien más inflexible es con lo que
espero que le suceda.
Nadie quiere sufrir, ni pasarla mal en su vida, y la verdad es que a todos
nos tocará vivir situaciones de dolor con nuestros hermanos, padres, parejas,
hijos.... son momentos de aprendizaje. Podemos pensar, ¿qué se puede aprender de
la pérdida de un hijo? Desde luego que sobre eso no hay nada que aprender. Pero
si podemos, con el tiempo, darnos cuenta que hemos podido volver a sonreír, o
que hemos podido animar a alguien que ha pasado por lo mismo que nosotros… y
eso nos hará aprender que incluso de los momentos más duros de la vida se puede
sacar fuerzas, y continuar adelante.
La próxima vez que sientas que eres la persona más desafortunada del
mundo, o que tu dolor te impida avanzar, da un paso al costado y pregunta… ¿qué
gano ahora sufriendo? ¿Por cuánto tiempo más quiero seguir sufriendo?
Pide ayuda. Sea lo que sea lo que estés viviendo, siempre habrá alguien que
puede ayudarte, quizás un psicólogo, coach o terapeuta, o quizás un amigo,
hermano, madre… Todo lo que te toque vivir, ya lo ha vivido otra persona antes, y
puede guiarte para que lo superes. El dolor no viene hacia nosotros, no está
llegando desde un láser que te apunta directamente a ti.
Siempre habrá alguien en quien puedas confiar.
A menudo, sin darnos cuenta, nos posicionamos una y otra vez en el lugar
de “víctimas”. Nos hacemos películas, nos complicamos las cosas más de lo que
deberíamos… Si a tu mente le resulta un hábito llevarte al papel de víctima cuando
ocurre algo, si cada situación para ti tiene una gran carga emocional, solo tú
puedes hacer que esto sea diferente. Porque da igual lo que hagan los demás, si
estás habituado a sufrir, seguirás sufriendo.
A tu mente quizás le resulta sencillo, un mal hábito, ponerte en el rol de
víctima. ¿Sabes cómo descubrir cuándo está haciendo esto tu mente? Cuando te
escuchas decir: “pobre de mí”, “me hicieron esto, o me hicieron aquello”, “me
hicieron enojar”…
Recuerda, la gente no “te hace” cosas, la gente hace cosas y tú decides,
interpretas, eliges, si te afectan o no. Si alguien te pilla de sorpresa, y te da un
susto, por hacerte una broma, está claro que el susto era algo buscado por esa
persona. En cambio, si tú estás en un estado de concentración y “te” asustas
porque alguien ha entrado a tu cuarto, ¿es diferente, verdad?
Cada vez que sientas una emoción dolorosa, primero que nada, toma el
control de tu postura corporal, de tu respiración, toma conciencia de lo que estás
sintiendo, y cuestiónate ese dolor. NO lo aceptes sin más. Poco a poco y con la
práctica, lograrás que esas situaciones que te generan emociones que duelen,
apenas duren lo que tienen que durar.
No te dejes contagiar
¿Te ha ocurrido que luego de hablar con un amigo que estaba muy alegre o
muy triste, tu estado de ánimo ha cambiado del que tenías y has salido
“contagiado”?
Pues sí, las emociones son contagiosas.
Recuerdo cómo relataba mi esposo su primer vuelo en avión. Viajaba de
Buenos Aires a España, donde yo había llegado unos meses antes. Y me contaba
que en un momento dado, el avión empezó a moverse, al pasar por una tormenta,
generando sacudidas, turbulencias. Relataba que él estaba tranquilo, porque
imaginaba que eso era normal, habitual, pero comenzó a mirar a su alrededor y ver
que a algunas personas les había cambiado la cara, tenían miedo. A los pocos
minutos, su mente se llenó de preguntas y él también se contagió del miedo.
La preocupación, la angustia, la desazón, pero también la alegría, la
serenidad, la paz son emociones que pueden contagiarse.
Algunas veces, cuando miro hacia atrás y pienso cómo eran cada uno de
mis tres hijos de bebés, recuerdo que los dos primeros, Juan Manuel y Magalí, eran
tranquilos, dormían, tomaban la teta y volvían a dormir. Juanma, que nació con 3
kilos, ¡a los tres meses pesaba 8,500 kg.! Y sin otro alimento que la teta. En cambio,
Victoria, mi tercera hija, a veces no se dormía, le costaba conciliar el sueño cuando
había gente en casa, y también fue engordando bastante menos que sus dos
hermanos. Con un año pesaba 10 kilos. Algo que era normal, pero que a mí no me
cuadraba porque sus dos hermanos mayores se habían criado más gorditos.
Y ¿sabes qué recuerdo? Mi estado emocional. Yo me sentí diferente con
Victoria, que con mis otros dos hijos. Estaba nerviosa, tensa, tenía prisas, no era lo
mismo que con el primer bebé, cuando tenía 24 años, más tiempo, más paciencia,
que a los 32 y con otros dos hijos que atender. Recuerdo con total claridad una
tarde, en la que había visitas en casa, familia de mi esposo, y yo quería dormir a la
niña rápido para ir con el resto de la gente al salón. ¡Imposible! Cuánto más
ansiedad tenía yo, menos se dormía ella. Cuánto más angustiada estaba yo, más
lloraba la pequeña. Ahora consigo encontrar un paralelismo entre mis emociones y
las que han tenido mis hijos, pero hace 14 años atrás no era consciente de eso.
Afortunadamente, las buenas vibraciones, las emociones positivas, también
se contagian. Esto es algo que puedes comprobar o incluso, en tus recuerdos,
puedes tener situaciones en las que te han contagiado buenas vibraciones.
La calma, la serenidad, también es una emoción positiva. En nuestras
primeras experiencias en un aula, ¿cómo hacía la maestra para apaciguar 25 o más
niños de 4 años? Nos calmaban conservando ellas mismas la calma. En voz bajita,
comenzaban a cantar:
“la lechuza, la lechuza,
hace shh, hace shh,
todos calladitos,
como la lechuza ,
que hace shh”.
Y funcionaba. Cuando mis hijos estaban en la escuela, en su primer año, les
veía por el cristal de la puerta, contagiados de serenidad por su seño, por Rosa.
Hay personas que emanan paz, como ella.
Cuando necesites recargar las pilas, seguramente tienes entre tus amigos o
compañeros de trabajo, o incluso en tus redes sociales, a una o más personas que
casi siempre pueden contagiarte con su entusiasmo. No vayas buscándolas para
contarles tus penas, no las contagies tú. Salúdalas con entusiasmo, pregúntale por
sus proyectos, por lo que sabes que les apasiona, y cuando te hablen de eso que
tanto les motiva, podrás notar como vibran, como sus ojos brillan, como empiezan
a contagiarte con su pasión.
Mi abuelo paterno también era una de esas personas que te contagian.
Recuerdo infinidad de veces haberme raspado las rodillas. Vivíamos en un terreno
con jardín, su casa al fondo, la nuestra dando a la calle. No existían ordenadores, y
nací en un tiempo donde no había televisión a color… el jardín, con sus coloridos,
con sus árboles para trepar, con sus escondrijos entre las cañas, ofrecían una
alternativa mucho más atractiva que esa caja negra con imágenes en tonos grises…
Cientos de veces acababa en el suelo, a menudo, sangrando y sin poder contener
las lágrimas. Y ahí estaba él.
Vikita, ¿qué te pasó? Sana sana, culito de rana, si no sana hoy, sanará
mañana… y con esas palabras mágicas, ¡mi abuelo podía aliviar el dolor! Ahora,
también puedo verlo desde otra perspectiva. Su serenidad, el no perder la
compostura, por muy fea que fuera la herida, hacía que cualquiera de sus nietos
pudiera estar tranquilo y sufrir menos. Nos contagiaba su calma. Sabía, por
haberlo visto en sus cuatro hijos, y supongo que por haberlo vivido el también, que
los raspones de las rodillas son algo inevitable para un escalador de árboles como
era yo.
No creo que alguien que no domine la lengua de Shakespeare pueda
enseñar inglés, así como no creo que alguien que no sepa nadar, pueda ser un buen
profesor de natación. Pero se puede pasar de no saber, a saber, porque se ha
aprendido, practicado, trabajado.
La inteligencia emocional no existía “como tal” cuando yo estaba
estudiando. Fue un concepto que surgió hace muy pocas décadas y que en 1995
comenzó a sonar con más fuerza gracias al libro de Daniel Goleman titulado
precisamente Inteligencia Emocional.
Hace unos años, antes de estudiar I.E., antes de incorporarla en mi vida,
antes de aprenderla, me enfadaba, me ofendía, me entristecían ciertas cosas, me
atemorizaban otras, me daban rabia algunas situaciones… Imagino, que como te
pasará a ti, a la gente que conoces, a tus hijos, a tu madre, a un amigo…
Creemos que como es algo habitual, es algo “normal”. Cuando en realidad,
simplemente es algo a lo que estamos acostumbrados y salvo que lo pasemos
realmente mal, no hacemos mucho por mejorarlo. Algunas formas de responder,
algunas conductas, son malos hábitos que hemos adquirido, que nos han
contagiado, como el levantar la voz, como la queja y el reproche, por ejemplo.
Muchas veces, se dice que la necesidad es la madre de la habilidad y estoy
convencida que así es. Te mudas al Reino Unido y por necesidad, mejoras tu
inglés, o lo aprendes desde cero. Tienes una piscina, ¿te quedarás sin disfrutarla, o
se arriesgarán tus padres a que puedas caer sin saber nadar? Por necesidad,
aprendes. Con la inteligencia emocional, en mi caso, sucedió algo similar.
Estudiando inteligencia emocional, no solo buscaba adquirir una serie de
conocimientos, sino aprenderlos, aplicarlos, para gestionar mejor las emociones
dolorosas que había experimentado y que aún necesitaba trabajar.
Afortunadamente, la IE es una de las inteligencias que se mejora con la
práctica, con la formación y que todos podemos adquirir. Eso no quiere decir que
una vez que aprendemos dejamos de sufrir, dejamos de tener emociones.
No, la verdad es que no. Podemos, por ejemplo, comprender que alguien no
quiere lastimarnos de manera consciente, pero podemos sentir dolor por algunas
de sus acciones. Aunque elijamos perdonar, es imposible eliminar nuestras
emociones, y tampoco creo que sea sano, ni necesario.
Ocultar lo que uno siente no beneficia a nadie, ni a uno mismo. Muchas
veces, por miedo al conflicto, por no mostrarnos vulnerables, evitamos hablar,
evitamos decir aquello que no nos gusta… y esperamos que no vuelva a suceder,
como si los demás pudieran leernos la mente… Lo cierto es que nadie te obliga a
callar y a ir acumulando gota a gota situaciones que pueden llevar a que tu
relación con esa persona acabe. En cuanto a nuestras emociones, siempre somos
dueños de nuestras reacciones, aunque no sean conscientes.
Tú decides tu respuesta
Este es un punto muy importante, que puede pasar desapercibido, por la
cantidad de “reacciones” que tenemos ya fijadas en nuestra mente y que
“repetimos” sin cuestionarnos si está bien o no responder de esa manera.
¿A qué me refiero?
Me refiero a que muchas veces vamos en automático. El niño está distraído
y sin querer se mancha la ropa, nosotros, que también estamos distraídos, le
gritamos como si hubiera hecho alto terrible. Nuestra pareja no ha llamado, y se
retrasa, otra vez, por eso, cuando llega a casa, le recibimos con cara de perro, le
quitamos la mejilla cuando nos viene a dar un beso, otra vez…
¿Has oído hablar de la regla 90/10? Permíteme que utilice un relato del que
desconozco el autor, para empezar a explicarla.
Cuento: El Círculo del Odio.
Un importante empresario, estaba enojado y regañó al director de uno de
sus negocios. El director llegó a su casa y gritó a su esposa, acusándola de que
estaba gastando demasiado porque había un abundante almuerzo.
La señora, gritó a la empleada, que luego de la regañina, rompió un plato y
dio una patada al perro porque la hizo tropezar.
El animal salió corriendo y mordió a una señora que pasaba por allí.
Cuando ella fue a la farmacia, para hacerse una curación, le gritó al farmacéutico
porque le dolió la aplicación de la vacuna. Este hombre, llegó a su casa y le gritó a
su madre, porque la comida no era de su agrado.
La señora, manantial de amor y perdón, le acarició la cabeza mientras le
retiraba el plato y le decía:
“Hijo querido, te prometo que mañana haré tu comida favorita. Trabajas
mucho, estás cansado y hoy precisas una buena noche de sueño. Voy a cambiar las
sábanas de tu cama por otras bien limpias y perfumadas, para que puedas
descansar bien. Mañana te sentirás mejor”
Lo besó y abandonó la habitación, dejándolo solo con sus pensamientos. En
ese momento, se interrumpió el círculo del odio, al chocar con la paciencia, la
aceptación, la dulzura, el perdón y el amor.
¿Justifica que el empresario haya gritado al director de la empresa para que
llegue a casa y grite a su mujer?
¿Justifica que su esposo le haya gritado, para que la mujer regañe a la
empleada?
¿Justifica que un perro haya mordido a la señora, para que luego la señora
grite al farmacéutico?
En nuestra vida REACCIONAMOS a muchas de las situaciones que
vivimos, manteniéndonos en el círculo del odio. Sin tomar conciencia que nadie
nos obliga a estar de mal humor, ni a gritar, incluso si nos han gritado, si hemos
tenido un mal día o si nos ha mordido un perro.
Esta es la regla 90/10.
El 10% de lo que te sucede, es algo que no puedes controlar. El otro 90% si
está bajo tu control y muchas veces es el resultado de reacciones que tú has tenido
y no has gestionado con inteligencia emocional.
Pongamos otro ejemplo.
Estás en el trabajo, y un compañero pasa deprisa y te tira los papales al
suelo. Te levantas enfadado, le llamas de todo menos lindo, y te quedas
refunfuñando diez minutos por lo que acaba de suceder. Mientras estás
protestando, olvidas que era el cierre de las cotizaciones y estabas esperando
comprobarlas ANTES del cierre, para vender confiando que al día siguiente
estarán más bajas. Como has estado protestando, no ves que las acciones que tenías
que vender ya habían empezado a bajar y has perdido la oportunidad de ganar
unos cuantos cientos de euros. Te enfadas aún más con tu compañero, porque te ha
hecho perder ese dinero. Vas y le gritas nuevamente. El jefe, que está cerca,
escucha la discusión. Los ve a ambos y toma nota. 10 días más tarde, el jefe anuncia
una promoción entre los compañeros y decide que quien tendrá el ascenso es el
compañero que te ha tirado los papeles al suelo.
¿Por qué le han dado el puesto a él?
¿Te tienen manía? ¿El otro es un enchufado? ¿Tú siempre tienes mala
suerte? ¿Y si no es ninguna de estas respuestas? ¿Sabes por qué le han dado el
puesto al otro?
Porque precisamente, cuando el jefe presenció esa escena en la que discutías
por los papeles, vio como tú perdías el control y tratabas mal a tu compañero de
trabajo, por algo que había sido sin intención. Y para el puesto al que ascendieron a
tu compañero, se precisa una persona con inteligencia emocional, con habilidad
para gestionar conflictos mucho más delicados y situaciones de estrés que
difícilmente podrás gestionar si no sabes hacerlo con un pequeño incidente laboral.
El 90% de lo que sucedió podía haber sido distinto, si tú hubieras elegido tu
respuesta. Imaginemos ahora un desenlace diferente.
Estás en el trabajo y un compañero pasa deprisa y te tira los papeles al
suelo. Te levantas, le dices: Tranquilo, no es nada, intenta ir más atento la próxima,
ya los recojo. Los pones sobre tu escritorio y antes de organizarlos, recuerdas que
estás pendiente del cierra de bolsa, notas que las acciones tienen tendencia a la
baja, así que ejecutas la venta. Como has actuado rápido, has ganado para la
empresa, cientos de euros. 10 días más tarde, el jefe anuncia una promoción, y
debido a tus buenos resultados y a tu inteligencia emocional, para gestionar
situaciones de tensión y de estrés sin perder los nervios, el puesto es para ti.
No podremos controlar algunas de las situaciones a las que nos
enfrentamos, pero siempre podemos ELEGIR cuál será nuestra respuesta.
Recuerdo una vez, haciendo el taller de Inteligencia Emocional que doy
online, ya habíamos trabajado el módulo de la ira, y una de las participantes, me
escribió muy contenta. ¡¡Hoy me han chocado, no ha sido nada, ha sido un
pequeño roce!!
¿Cómo se puede estar contenta si te han chocado, te preguntarás? Pues bien,
su alegría no era por eso sino porque ella había podido reaccionar sin gritar, sin
asustarse, sin perder el control. Con tranquilidad, había aparcado junto al otro
vehículo, habían comprobado ambos que ni siquiera había habido daño y se
habían despedido sin ninguna discusión.
Su alegría era inmensa porque era la primera vez que aplicaba la
inteligencia emocional a una situación real donde con anterioridad a hacer el taller,
habría respondido alterada, ofendida, reclamándole al otro conductor por ser
distraído, habría vuelto a conducir en un estado de nerviosismo y quizás habría
llegado a su trabajo también alterada….
Recuerda, dos no discuten si uno no quiere. Puede que la persona con la
que estás discutiendo internamente tampoco quiera discutir, pero no sabe cómo
controlar sus emociones, no sabe cómo gestionar su frustración, su ansiedad, su
rabia… aun así, tú puedes ayudar a que la situación no se convierta en un conflicto
si permaneces en calma, si te alejas de sus expresiones de ira y no las asumes como
un ataque personal hacia ti.
Piensa: Lo que los demás hacen o dicen nos habla de ellos. Busca entender
ese lenguaje que no se te está expresando con palabras. Con paciencia y dándole y
dándote el tiempo necesario, mejoraran ambos en comunicación efectiva, en
comunicación emocional. Recuerda, el primer paso para comunicarse es
comprender. Si personalizamos, no estamos comprendiendo al otro.
La gestión emocional, gestionar nuestra reacción, hace que el 90% de
nuestro día sea diferente. Hace que nuestra vida sea mejor.
No estás obligado a actuar de una manera o de otra. Puedes seguir
quejándote porque todo te sale mal o porque todos están en tu contra… puedes
seguir creyendo que una fuerza superior te odia y te manda a ti todos los
problemas, injusticias, desdichas… Puedes creer que los demás son quienes “te
hacen” enfadar… Puedes creer que tienes derecho a ofenderte, a dejar de hablar
con alguien, puedes creer que no perdonar algunas cosas es un derecho que te ha
sido otorgado… Puedes creer que cuando hay una injusticia no tienes más remedio
que sufrir… Puedes creer que lo mejor es ir a juicio para defenderte de esa
injusticia y pasarte varios años de juzgado en juzgado…
O puedes parar, analizar y empezar a decidir una mejor respuesta ante
aquello que no puedes controlar.
90/10 No lo olvides. Solo el 10% está fuera de tu control, la gran mayoría de
los acontecimientos de tu vida están relacionados con tus actitudes, con tu
inteligencia emocional, con tu gestión de ese pequeño porcentaje que sucede de
improviso.
No hay ningún motivo para enfadarse. ¿Realmente lo hay?
Quizás haya situaciones que nos desagradan, momentos que nos resultan
incómodos, que nos producen angustia, desazón… ¿pero con eso es suficiente
como para enfadarnos y decir algo que puede dañar al otro, que puede dañar
nuestra relación de pareja?
Piensa en lo siguiente. Si miras hacia el pasado, ¿qué es lo que recuerdas?
¿Las palabras, las conversaciones o cómo te sentías en ese momento recordado?
Nuestro cerebro es incapaz de recordar con exactitud cada conversación,
cada discusión, palabra por palabra, como para reevaluarla incluso 15 minutos
después. Pero si guarda durante mucho tiempo, incluso toda la vida, las emociones
que vamos experimentando. Sobre todo las más intensas. Un gran susto, una gran
felicidad, un gran enfado…
Por eso, no olvides nunca, que no hay ningún motivo para tener un gran
enfado con las personas que amas, nada es tan importante como valiosas son esas
relaciones, esas personas, y puede que en el futuro lamentes haber discutido por
tonterías….
Perdona y libérate
No es posible escribir un libro sobre emociones, sin hablar del perdón.
Antes de empezar, había hecho una lluvia de ideas y en un mapa mental, por
escrito, y había decido los títulos de cada capítulo.
Cuando comienzo un nuevo libro, abro una plantilla, que está ya
maquetada para solo preocuparme por el contenido, y no por el formato. Así que
empiezo poniendo el título de la obra, y luego, voy colocando en su lugar, cada
uno de los capítulos.
Ahora mismo, al acabar el anterior, no recordaba que el siguiente era este.
Al leer el título me vino a la mente algo curioso. En la gran mayoría de los 11 libros
anteriores hay un capítulo o varias páginas donde he escrito sobre el perdón.
Es imposible ser feliz cargando odio, cargando rencor.
En nuestras relaciones personales muchísimas veces no somos conscientes
de seguir alimentando el círculo del odio. No somos conscientes que tenemos el
poder sobre el 90% y que perdonar es una parte importante de la vida.
No importa lo que hagan los demás. Si tú cambias, ellos cambiarán para
adaptarse. Si tú actúas con serenidad, si sonríes, si utilizas la inteligencia
emocional, día tras día, podrás ver los resultados.
Quizás tu madre no fue la madre perfecta… o todavía no lo es… ¿de qué te
sirve alimentar la idea de que ella “no debería” haber actuado como actúo o que
“no debería” ser cómo es? ¿De qué te sirve hoy, guardar situaciones del pasado
que no fueron agradables, que no sucedieron como te hubieran gustado?
Tu pasado te ha ido dando forma, como un escultor, cuando trabaja sobre
un bloque de mármol. Todos y cada uno de los momentos de tu pasado son una
cincelada, son un golpe que afloja un nuevo trocito de piedra y le da forma a tu
personalidad, a la hermosa persona que eres.
Aquel novio que te dejó… puede haberte dejado una herida. ¿Has
perdonado? ¿Aún está esa herida abierta? ¿Después de tantos años?
No te digo que perdones, porque es algo que pasó hace mucho tiempo, sino
porque es sano para ti, porque es saludable para tu felicidad.
A lo largo de nuestra vida todos hemos sentido que nos lastimaban. Y no
me refiero a un dolor físico, a un golpe, sino a ese dolor emocional que se nos
queda dentro cuando alguien hizo algo que no esperábamos, o cuando no hizo
algo que sí esperábamos. Podemos tener incluso situaciones que no hemos
perdonado y que han ocurrido muchos años atrás.
Vivir sin perdonar a las personas que nos han lastimado implica tener ese
dolor presente, esa herida abierta y escarbarla cada vez que recordamos lo
ocurrido. ¿Podemos hacer algo? Si, podemos perdonar.
Perdonar es algo simple.
Si en este momento sientes en tu interior que estoy equivocada, que no
tengo ni idea de lo que digo y que algunas cosas no se pueden perdonar, te
entiendo perfectamente. Hay ofensas que sentimos tan grandes, que dañan nuestro
interior de una manera tal que resulta imposible creer que se pueda llegar algún
día a perdonar.
Cuando te cuesta perdonar, es necesario que te preguntes: ¿quién sufre en
este momento? Tú. ¿Verdad? Cuando uno no ha perdonado algo, es la principal
persona que sufre. Es necesario recordar qué perdonar, es, en sí mismo, un acto en
el que dejamos de sentirnos víctimas de un verdugo. Perdonar es hacer las paces
con el pasado, para poder continuar avanzando hacia el futuro sin ese lastre, sin
esa herida abierta y sangrante que cada tanto se reabre y duele. ¿Qué pierdes si
perdonas? Puede que aún no estés en condiciones de perdonar, pero vuelve a
intentarlo en unos meses, posiblemente puedas emprender el proceso del perdón.
A menudo, creemos que lo que nos han hecho es algo tan grave que no
puede perdonarse. Creemos, erróneamente, que al perdonar al otro, le liberamos
de la culpa o de la responsabilidad sobre lo que sucedió. Pero te has parado a
pensar en lo siguiente: ¿hay personas a las que no perdonas que ni siquiera saben
que aún las culpas? A veces, en las relaciones de pareja, llevamos una lista de las
ofensas del otro, y nos cuesta muy poco, en cualquier discusión, sacar la lista y
echarle en cara cosas que sucedieron hace tiempo…
¿A quién hacemos daño con esto? A nosotros, a nuestra relación con esa
persona, a esa persona.
Perdonar es algo que hemos hecho ya en el pasado y nos ha permitido
recuperar la sonrisa. ¿Y si ahora, para recuperar la paz, la sonrisa, necesitáramos
perdonar nuevamente? Te entiendo, sé lo doloroso que es pasar por algunas
situaciones. Sé que cuando algo duele tantísimo, perdonar no resulta fácil. Cuando
digo simple, no me estoy refiriendo a que sea fácil. Perdonar duele porque implica
recordar la ofensa. Perdonar duele porque implica hurgar en esa herida que
todavía está sin cicatrizar.
Pero a pesar del dolor, más duele no perdonar. No es tan complicado, no
necesitas a nadie más que a ti mismo, que a ti misma para procesar el perdón. Ni
siquiera hace falta que alguien te pida perdón para elegir perdonar. Tampoco hace
falta que le digas a esa persona que le has perdonado. Es algo tuyo y quien más
sale ganando eres tú.
Hay dolores antiguos y dolores nuevos, pero todos se pueden limpiar, todos
se pueden perdonar de la misma manera. Es necesario querer aprender como
perdonar y soltar.
1º Decide perdonar.
Cuando decidimos perdonar estamos decidiendo liberarnos de un peso,
estamos decidiendo estar en paz con el pasado, estamos eligiendo para nosotros la
libertad. Toma esa decisión, con calma, por ti, por nadie más que por ti. Tómate el
tiempo que necesites, pero una vez que decidas perdonar, es necesario abandonar
el impulso de seguir viendo a esa persona como culpable y a ti como víctima.
A veces, a quien necesitamos perdonar es a nosotros mismos. Durante años
podemos cargar “la culpa” de situaciones en las que ni siquiera hemos sido
culpables. Durante un tiempo yo me sentí culpable, me sentí idiota, me maltraté.
Cuando tenía 8 años, creía que mi vecino, de 18, era mi novio. Y aunque no pasó a
mayores, si me quedé paralizada mientras me tocaba donde se supone que ningún
adulto ha de tocar a una niña pequeña. Pero yo me creía grande y lo creía mi
novio. Pasados unos años, me di cuenta de lo que me había sucedido. No lo conté,
durante décadas solo lo supo mi esposo. Ahora lo sabes tú también. ¿Qué culpa
puede tener una niña de 8 años por algo que ella no hizo? Sin embargo, durante
mucho tiempo me culpé por haber sido tan tonta, tan ingenua, por no haber hecho
nada, por haberlo permitido. Pero un día decidí que ya era hora de perdonarme.
2º ¿Qué sucedió?
Muchas veces, en el proceso de perdonar, intentamos hablar con la otra
persona y nosotros tenemos un punto de vista sobre lo sucedido, y la otra persona
tiene otro. Ahora, quien está procesando el perdón eres tú y por eso, vamos a
centrarnos únicamente en lo que a ti te sucedió. Es necesario poder aclarar bien
para nosotros mismos cuál fue la ofensa y qué fue lo que ocurrió. Algunas veces, al
hacer esto, nos damos cuenta que teníamos expectativas que no se cumplieron y
que quizás hemos tomado algo como una ofensa, pero no había intención en el otro
en hacernos daño.
Para poder perdonarme, necesité aceptar qué había sucedido. Necesité
decirme que yo no hice nada malo, que era inocente, ingenua y que nadie me había
dicho que un adulto no podía ser mi novio. Necesité aceptar que quería dejar de
culparme.
3º Escribe cómo te sientes
No es imprescindible que le digas a la otra persona cómo te sientes. Este es
un punto que hay que valorar y preparar una charla muy bien si hemos decidido
hablar con la persona a quien deseamos perdonar. Es necesario que sepas qué
emociones sientes, que no empieces hablando (o escribiendo) del otro, sino de ti,
de lo que has sentido. Puedes escribir una carta para libertarte de estas emociones,
aunque no entregues nunca la carta.
Hasta ahora no había escrito sobre esto, para perdonarme, tampoco escribí
como me sentía, pero hablé conmigo muchas veces, me escuché y me entendí.
4º Perdona
Una vez que hayas dado los tres pasos anteriores, llegó el momento de
liberarte del dolor, de perdonar, de elegir dejar de ver al otro como culpable de tus
emociones. La vida a menudo no es como esperábamos y nos tocará aprender a
vivir con ello. Es el momento de trabajar en ti para aumentar tu resiliencia, tu
capacidad de superar la adversidad.
Y finalmente, muchos años después, hice las paces con el pasado, conmigo,
incluso no guardo rencor por lo sucedido. Imagino que para mí fue más simple
porque no hubo daño físico, ni psicológico. Cuando se sufren abusos es necesario
buscar ayuda profesional, porque una vez que el daño físico ya ha cesado, el
sufrimiento emocional puede seguir ahí durante años y no tiene porqué durar
eternamente si buscamos ayuda.
Hay otro punto que necesitamos también encarar. ¿Cómo volver a retomar
la relación con esa persona a quien no habíamos perdonado?
En principio, la reconciliación no es un paso imprescindible. Podemos
perdonar situaciones que fueron muy dolorosas pero podemos no desear ni
necesitar reconciliarnos con esa persona. Por ejemplo, se puede perdonar a la
amante de tu pareja, por ti, por no albergar odio ni rencor en tu corazón, pero que
no te interese en absoluto ser su amiga ni tener ningún tipo de relación con ella.
Por lo que no sería necesario dar el paso de la reconciliación.
Yo perdoné a mi vecino pero no me interesa tener trato con él, ni me hace
falta, porque ni siquiera vivimos ya en el mismo continente.
En cambio, si la persona a la que has decidido perdonar es alguien con
quien sí deseas volver a hablar, volver a tener una relación, entonces habrá que
plantearse hacer las paces. Este es un paso difícil. Nadie quiere remover
situaciones que ya han sucedido hace tiempo y que pueden generar nuevos
malentendidos, renovados conflictos. El planteamiento, para hacer las paces, ha de
ser diferente.
No vas a hablar con esa persona para “remover” lo que pasó.
No vas a hablar con esa persona para que te pida perdón.
Tampoco vas a hablar con esa persona para decirle que le has perdonado.
Quieres volver a poder hablar y compartir un rato sin ese dolor que hasta
ahora sentías. A veces, aunque hayamos perdonado, las heridas aún están muy
“frescas” y necesitamos dejar pasar un tiempo. Perdonar en ningún caso es lo
mismo que olvidar. Los recuerdos funcionan de manera aleatoria, y habrá quizás
momentos, canciones, personas, nombres que todavía te recuerden esa situación
que te dolió. Date el tiempo necesario para que puedas pensar sobre el pasado sin
dolor, sin sufrir.
Hace un par de días, leía en Pinterest una frase que es muy gráfica para
comprender que hemos hecho bien el proceso del perdón. Decía así:
Perdonar es poder ir al pasado y volver ileso.
A menudo, nos centramos solo en lo que nos ofendió o dolió a nosotros, sin
tener en cuenta que quizás en esa discusión dijimos cosas muy feas que también
han dolido a la otra persona. Por eso, para poder tener una reconciliación plena, es
necesario pedir perdón. Incluso aunque la persona ofendida seas tú.
Si, incluso así.
Porque es necesario separar lo sucedido, lo que a ti te dolió, de las
emociones de la otra persona. ¿Eres consciente de tus reacciones en ese momento?
¿Dijiste o hiciste cosas que le pueden haber causado dolor cuando estabas
enfrascado en tu propio dolor? Entonces, pide perdón, además de perdonar.
Pedir perdón es un gesto de valentía, perdonar, es un gesto de fortaleza, y
no remover el pasado, dejarlo en el olvido, es un acto que te dará felicidad.
Hazlo por ti. Por tu propia felicidad.
Todas las emociones son necesarias
Que exista la tristeza hace más hermosa la alegría. Es imposible ser felices
las 24 horas del día todos los días de nuestra vida. A menudo hay múltiples
situaciones y vamos sintiendo diversas emociones. Rabia porque nos han puesto
una multa, frustración porque llegamos tarde a algún sitio, miedo porque no
sabemos qué nos esperará mañana, alegría porque hoy para comer toca nuestro
plato favorito, ilusión al preparar las próximas vacaciones…. Siempre hay una
emoción en cada momento de nuestra vida, aunque a veces no seamos conscientes.
Y todas las emociones son necesarias. Todas.
¿Conoces la etimología de esta palabra? Para mí es fascinante leer el origen
de algunas palabras. Emoción, viene del latín, del término emotĭo, que significa
“movimiento o impulso”, “aquello que te mueve hacia”.
La ilusión nos mueve, nos pone en marcha, cuando imaginamos cómo será
aquello que deseamos lograr. El miedo nos hace buscar soluciones, tratar de
comprender, tratar de sentir seguridad. La incomodidad, es como una piedra en el
zapato y nos sigue pinchando hasta que entramos en acción para dejar esa
situación que nos incomoda. La frustración nos dice que hay algo que queríamos
conseguir y no ha sido así, para que la frustración deje de enviarnos señales,
necesitamos ponernos en marcha, actuar.
Por eso es importante aceptar que las emociones no son malas, en absoluto,
sino una señal, un impulso de nuestra mente que nos dice: “haz algo con esto” y no
se irá hasta que no nos pongamos en movimiento.
Sobre todo, permítete tus emociones. No te juzgues cuando sientas una
emoción, no te juzgues por lo que sientes, acéptalo.
Cuando tu mente se empeñe en recordarte lo malo, lo doloroso, lo difícil, tú
empéñate con más fuerza en mostrarle lo bueno, lo agradable, la satisfacción de los
logros cumplidos. Empéñate en decirle quien eres, en mostrarle que eres capaz,
que eres valiente, que quieres ser feliz y vivir la vida que has soñado para ti.
Habrá momentos en los que la vida, ese 10% que no podemos controlar, sea
desagradable….
A veces la vida nos rompe en mil pedazos... pero siempre hay dos caminos.
Puedes elegir quedarte ahí, roto, rota, sufriendo, lamentándote de tu mala suerte,
de tu destino, culpando a los demás por tu dolor.... y permanecer como un ser
humano roto durante mucho tiempo.... o puedes elegir juntar uno a uno todos esos
pedazos, aceptar lo que sucedió, y en lugar de asumir el rol de víctima, pasarte al
papel de protagonista.
Al fin y al cabo, nada puede derrotarte si tú no aceptas la derrota. Nada
puede vencerte si tú no te das por vencido. Nada puede hacerte fracasar si te
levantas, tras la caída y juntando uno a uno los pedazos en los que la vida te haya
roto, decides crecer, superar ese dolor, y que la vida tenga un nuevo sentido para
ti.
En esas situaciones, cuida de ti. Cuida de tus emociones. Acéptalas.
Recuerda que todo pasa y que en poco tiempo mirarás hacia atrás y ese dolor
habrá forjado en ti una mayor fortaleza, te habrá dejado un aprendizaje, te habrá
demostrado que podías superarlo.
¿Te has parado a pensar cómo surgen los diamantes? Llegan a convertirse
en piedras preciosas gracias a la presión y a la temperatura, a las altísimas
presiones y temperaturas que soportan.... y tras el proceso, surge el material más
duro de la naturaleza, cristalino, limpio, admirable...
En la vida, podemos estar rodeados de muchos diamantes, de muchas
personas que se rompieron, que soportaron altísimas presiones y que han
emprendido la maravillosa tarea de reconstruirse. Son diamantes, personas que
conocen sus debilidades y se protegen, pero que también conocen su valor y lo
muestran al mundo.
Lo que no nos mata, nos hace más fuertes. Recuérdalo.
¿Estás roto, estás destruida? ¿Qué piensas hacer, quedarte ahí, sufriendo? A
menudo, el dolor emocional es tan intenso que dan ganas de permanecer inmóvil,
paralizados, sufriendo... ¿hasta cuándo? Si el golpe no te mató, no te destruyó por
completo, entonces, haz que te transforme en un diamante, haz que te haga más
fuerte.
Encuentra un motivo para seguir adelante. Si aún no sabes para qué
levantarte, en lugar de ocupar tu tiempo pensando en tu pasado, en tu sufrimiento,
piensa en tu futuro... piensa cómo puedes convertir tu experiencia, el golpe que te
dio la vida, en una manera para ayudar a los demás.
Tu grandeza, tu brillo, tu futuro, no va a ser determinado por tu pasado,
sino por las ansias que tengas para salir adelante, la fuerza que pongas en
recuperarte del golpe, la entrega que pongas en esta campaña, donde eres no solo
capitán, sino también soldado de esta batalla.
A pesar de la dureza del golpe, siempre podemos perdonar y olvidar, pasar
página, sanar nuestro pasado para poder vivir nuestro presente. Y también
podemos no perdonar, cargar con la rabia de sentirnos victimas del otro... sin
poder movernos, sin creer que podamos hacer algo para superar este dolor, porque
asumimos que es culpa del otro, y nada podemos hacer más que seguir sufriendo.
Dicen que no hay mal que 100 años dure, ni cuerpo que lo resista....
Levantarnos tras un golpe, ponernos en pie tras juntar los pedazos, no solo nos
devuelve la sonrisa, a veces, muchas veces, nos salva la vida.
Recuerda que todas tus emociones son necesarias, no las rechaces, ni te
juzgues por lo que estás sintiendo.
Si conviertes una de tus emociones en un “tabú”, en algo que piensas que
“un adulto no debería sentir esto, yo no debería nunca sentirme así”, te estás
haciendo daño.
Podemos pensar que siendo adultos “no es normal” sentir miedo o algún
tipo de pánico o fobia. Podemos pensar que si somos una buena persona “no
deberíamos” sentir rabia u odio.
Cuando en nuestro interior estamos experimentando ciertas emociones y no
nos lo permitimos, lo que ocurre es que nuestro cerebro las tapa con otras, como la
depresión, la rabia, la ansiedad.
Recuerdo cuando una vez sentí odio hacia una persona. Pero habiendo
estudiado durante 18 años en escuelas católicas, yo misma me negaba lo que estaba
sintiendo. No podía ser yo esa persona que de pronto tenía ideas de venganza. Me
resultaba repugnante, me rechazaba a mí misma. Y debido a la misma situación,
también experimentaba otra emoción, me sentía profundamente herida al escuchar
cantar a Shakira. ¿Qué tontería verdad? Pues precisamente eso es lo que mi mente
me decía. Eres tonta, ¿Cómo te puede doler que suene una canción de una cantante
determinada y que además es una canción alegre? El rechazo y el odio fueron
emociones que no me permitía sentir, que estaban ahí, pero me negaba a aceptar y
cuanto más las rechazaba, más punzantes eran esas emociones.
Por tapar algunas emociones, podemos experimentar otras. Por eso, en
algunas ocasiones, la persona que ha cometido un error, sin quererlo, para tapar la
vergüenza o la culpa, en lugar de decir, Si, ahora lo veo, me he equivocado, a veces
lo tapan con ira, con un ataque de rabia. No en vano se dice que la mejor defensa es
un buen ataque. Pues bien… ¡¡no es una buena estrategia!!
¿Cómo solucioné aquella situación? Me di permiso para experimentar mis
emociones. Para escucharme a mi misma. Y me escuché decir que “era infantil” no
poder escuchar una canción sin sentir un nudo en el estómago. Y me dije, Vale, si
es infantil, pues eres infantil. Lo estás sintiendo y tienes derecho a ser infantil, no
eres perfecta. También, con el odio, me tuve que decir a mi misma. NO eres una
mala persona por no querer a todo el mundo. Tienes derecho a tener rabia, odio
hacia la persona que ha querido romper tu familia.
Paradójicamente, cuando acepté mis emociones, cuando me di permiso para
sentir odio, cuando me di permiso para sentir ese dolor que mi mente decía que
era infantil, esas emociones comenzaron a ser cada día más y más suaves, hasta
desaparecer.
Por eso, aunque en este libro estamos hablando sobre las emociones que
duelen y cómo evitar que ese dolor nos haga daño. Aunque estemos hablando
sobre gestionar esas emociones, en ningún momento estamos hablando de
ocultarnos a nosotros mismos lo que sentimos.
Tengas 10 o 45 años, o 70, todas tus emociones son válidas, son tuyas, están
ahí por algo, tienen un mensaje y no dejarán de “gritar” hasta que no las escuches.
Pero que las escuches, que te permitas sentir rabia, dolor u odio, no significa
que tengas derecho a lastimar a nadie cuando experimentas estas emociones.
Toda tu vida serás un ser emocional, eso ya es inevitable, sino, tendrías que
haber nacido máquina, o piedra… No es malo, tienes la hermosa dicha de poder
experimentar la alegría, de emocionarte, de tener ilusiones y tejer sueños, de amar,
de sentir empatía, compasión, de disfrutar un amanecer o del aroma del azar.
Aunque también habrá otras emociones que duelan, que a veces intentarás
evadir…
Ni las tapes, ni las evites. Acéptate, acéptalas. Y recuerda que pedir ayuda
no es de débiles, sino de sabios.
¡Buen viaje por la vida! ¡Nos vemos en el camino!
¡Gracias!
¡Gracias nuevamente por comprar mi libro! ¡Gracias por llegar hasta el final!
Si lo has disfrutado, puedes dejar tu opinión en Amazon. Estaré muy
agradecida y ayudarás a otras personas a decidir si este material les es de utilidad
o no.
En las próximas páginas tienes información sobre otros de mis trabajos que
también puedes encontrar en Amazon.
Muchas gracias por el tiempo dedicado a este libro.
Estoy a tu disposición en:
[email protected]