(I) Cuentos Cortos
(I) Cuentos Cortos
El ramo azul
[Minicuento - Texto completo.]
Octavio Paz
Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién regados, subía un vapor
caliente. Una mariposa de alas grisáceas revoloteaba encandilada alrededor del foco
amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún alacrán
salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerqué al ventanillo y aspiré el aire del campo.
Se oía la respiración de la noche, enorme, femenina. Regresé al centro de la habitación, vacié
el agua de la jarra en la palangana de peltre y humedecí la toalla. Me froté el torso y las
piernas con el trapo empapado, me sequé un poco y, tras de cerciorarme que ningún bicho
estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vestí y calcé. Bajé saltando la escalera
pintada de verde. En la puerta del mesón tropecé con el dueño, sujeto tuerto y reticente.
Sentado en una sillita de tule, fumaba con el ojo entrecerrado. Con voz ronca me preguntó:
-¿Dónde va señor?
-A dar una vuelta. Hace mucho calor.
-Hum, todo está ya cerrado. Y no hay alumbrado aquí. Más le valiera quedarse.
Alcé los hombros, musité “ahora vuelvo” y me metí en lo oscuro. Al principio no veía nada.
Caminé a tientas por la calle empedrada. Encendí un cigarrillo. De pronto salió la luna de una
nube negra, iluminando un muro blanco, desmoronado a trechos. Me detuve, ciego ante tanta
blancura. Sopló un poco de viento. Respiré el aire de los tamarindos. Vibraba la noche, llena
de hojas e insectos. Los grillos vivaqueaban entre las hierbas altas. Alcé la cara: arriba
también habían establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto
sistema de señales, una conversación entre seres inmensos. Mis actos, el serrucho del grillo,
el parpadeo de la estrella, no eran sino pausas y sílabas, frases dispersas de aquel diálogo.
¿Cuál sería esa palabra de la cual yo era una sílaba? ¿Quién dice esa palabra y a quién se la
dice? Tiré el cigarrillo sobre la banqueta. Al caer, describió una curva luminosa, arrojando
breves chispas, como un cometa minúsculo.
Caminé largo rato, despacio. Me sentía libre, seguro entre los labios que en ese momento me
pronunciaban con tanta felicidad. La noche era un jardín de ojos. Al cruzar la calle, sentí que
alguien se desprendía de una puerta. Me volví, pero no acerté a distinguir nada. Apreté el
paso. Unos instantes percibí unos huaraches sobre las piedras calientes. No quise volverme,
aunque sentía que la sombra se acercaba cada vez más. Intenté correr. No pude. Me detuve
en seco, bruscamente. Antes de que pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi
espalda y una voz dulce:
-No se mueva, señor, o se lo entierro.
Sin volver la cara pregunte:
-¿Qué quieres?
-Sus ojos, señor –contestó la voz suave, casi apenada.
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-¿Mis ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero. No es
mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a matarme.
-No tenga miedo, señor. No lo mataré. Nada más voy a sacarle los ojos.
-Pero, ¿para qué quieres mis ojos?
-Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules y por aquí hay pocos que los
tengan.
Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos.
-Ay, señor no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules.
-No se le sacan a un cristiano los ojos así. Te daré otra cosa.
-No se haga el remilgoso, me dijo con dureza. Dé la vuelta.
Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma le cubría medio rostro. Sostenía con el
brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la luna.
-Alúmbrese la cara.
Encendí y me acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos. Él apartó
mis párpados con mano firme. No podía ver bien. Se alzó sobre las puntas de los pies y me
contempló intensamente. La llama me quemaba los dedos. La arrojé. Permaneció un instante
silencioso.
-¿Ya te convenciste? No los tengo azules.
-¡Ah, qué mañoso es usted! –respondió- A ver, encienda otra vez.
Froté otro fósforo y lo acerqué a mis ojos. Tirándome de la manga, me ordenó.
-Arrodíllese.
Mi hinqué. Con una mano me cogió por los cabellos, echándome la cabeza hacia atrás. Se
inclinó sobre mí, curioso y tenso, mientras el machete descendía lentamente hasta rozar mis
párpados. Cerré los ojos.
-Ábralos bien –ordenó.
Abrí los ojos. La llamita me quemaba las pestañas. Me soltó de improviso.
-Pues no son azules, señor. Dispense.
Y despareció.
Me acodé junto al muro, con la cabeza entre las manos. Luego me incorporé. A tropezones,
cayendo y levantándome, corrí durante una hora por el pueblo desierto. Cuando llegué a la
plaza, vi al dueño del mesón, sentado aún frente a la puerta.
Entré sin decir palabra.
Al día siguiente huí de aquel pueblo.
FIN
2
El eclipse
[Cuento - Texto completo.]
Augusto Monterroso
Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La
selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia
topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna
esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el
convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su
eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
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UNA AVENTURA
Sherwood Anderson
Alice Hindman que tenía ya veintisiete años cuando George Willard era todavía un
muchacho, había pasado toda su vida en Winesburg. Estaba empleada en la tienda de
ultramarinos de Winney, y vivía en casa de su madre, que estaba casada en segundas nupcias.
El padrastro de Alice, pintor de coches, era dado a la bebida. Tenía una historia muy extraña;
valdrá la pena de que la cuente algún día.
Cuando Alice tenía veintisiete años era una muchacha alta y más bien delgada. Su cabeza,
muy voluminosa, era lo que más destacaba de su cuerpo; tenía las espaldas un poco
inclinadas; los ojos y los cabellos castaños. Alice era una mujer muy tranquila que ocultaba,
bajo apariencias de placidez, un fermento interior en continua actividad.
Alice había tenido una aventura amorosa con cierto joven, siendo ella una chiquilla de
dieciséis años. En aquel entonces no había empezado todavía a trabajar en el almacén. El
joven, que se llamaba Ned Currie, era mayor que Alice. Estaba empleado, como George
Willard, en el Winesburg Eagle; durante mucho tiempo se veía casi todas las noches con
Alice. Paseaban juntos bajo los árboles, por las calles del pueblo, y hablaban del destino que
darían a sus vidas. Alice era entonces una chiquilla muy linda, y Ned Currie la estrechó entre
sus brazos y la besó. El joven se exaltó y dijo cosas que no pensaba decir; también Alice se
llenó de exaltación, porque la traicionó su deseo de que entrase en su vida monótona un rayo
de belleza. También ella habló, quebróse la corteza exterior de su vida, toda su reserva y
desconfianza características, y se entregó por completo a las emociones del amor. A finales
del otoño, Ned Currie se marchó a Cleveland, esperando colocarse en un periódico de aquella
ciudad y abrirse camino en el mundo; y ella, con sus dieciséis años, quería irse con él.
Manifestóle con voz temblorosa su oculto pensamiento. «Yo trabajaré y tú podrás también
trabajar —díjole—. No quiero echarte encima una carga inútil que te impida progresar. No te
cases ahora conmigo. Prescindiremos por ahora de ello, aunque vivamos juntos. Nadie
murmurará aunque vivamos en la misma casa, porque nadie nos conocerá en aquella ciudad y
la gente no se fijará en nosotros.»
Ned Currie se quedó confuso ante aquella resolución y entrega que de sí misma le hacía su
novia, pero se sintió también conmovido. Su primer deseo había sido hacer de la muchacha
su amante, pero cambió de resolución. Pensó en protegerla y cuidar de ella. «No sabes lo que
te dices —le contestó con aspereza—. Ten la seguridad de que no te consentiré que hagas
semejante cosa. En cuanto consiga un buen empleo regresaré. Por el momento tendrás que
quedarte aquí. Es lo único que podemos hacer.»
La víspera del día en que había de marchar de Winesburg para empezar su nueva vida en la
ciudad, fue Ned Currie a buscar a Alice. Empezaba a anochecer. Pasearon por las calles
durante una hora, luego alquilaron un cochecillo en las caballerizas de Wesley Moyer y
salieron a dar un paseo por el campo. Salió la luna y los muchachos no supieron qué decirse.
La tristeza le hizo olvidar al joven los propósitos que había hecho respecto a su manera de
conducirse con la joven.
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Saltaron del coche junto a un extenso prado que descendía hasta el lecho del Wine Creek, y
allí, en la pálida claridad, se hicieron amantes. Cuando regresaron a la población, hacia la
media noche, los dos estaban alegres. Parecíales que ningún acontecimiento futuro podía
borrar la maravilla y la belleza de lo que acababa de ocurrir. Ned Currie dijo al despedirse de
la joven a la puerta de la casa de su padre: «De aquí en adelante tendremos que seguir unidos,
suceda lo que suceda.»
Se alegró de estar empleada, porque la diaria rutina del trabajo en la tienda hacía menos largo
y aburrido el tiempo de la espera. Empezó a ahorrar dinero, con la idea de ir a la ciudad en
busca de su amante en cuanto tuviese ahorrados dos o trescientos dólares, a fin de intentar
reconquistar su cariño con su presencia.
Alice no censuraba a Ned Currie por lo que había ocurrido en el campo, a la luz de la luna,
pero experimentaba la sensación de que no sería capaz ya de casarse con otro hombre.
Parecíale una monstruosidad la idea de entregar a otro lo que ella tenía conciencia de que
sólo podía pertenecer a Ned. No hizo caso alguno de otros jóvenes que procuraron atraer su
interés. «Soy su mujer y continuaré siéndolo, vuelva o no vuelva», se decía a sí misma; y por
muy dispuesta que estuviese a mirar por su propio interés, no habría sido capaz de
comprender el ideal, cada vez más difundido hoy, de una mujer dueña de sus propios
destinos y persiguiendo, en un toma y daca, su propia finalidad en la vida.
Alice trabajaba en la tienda desde las ocho de la mañana hasta las seis de la noche, y tres
tardes por semana volvía a la tienda a trabajar de siete a nueve. Conforme fue pasando el
tiempo y ella sintió cada vez más su soledad, empezó a poner en práctica los recursos
comunes a todas las personas solitarias. Por la noche, cuando subía a su cuarto, se arrodillaba
en el suelo para rezar, y en medio de sus rezos murmuraba las cosas que hubiera querido
decir a su amante. Se aficionó a objetos inanimados, y no consintió que nadie pusiese la
mano en los muebles de su habitación, porque ésta era suya exclusivamente. Continuó
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ahorrando dinero, aun después de que abandonó su propósito de marchar a la ciudad en busca
de Ned Currie.
El ahorro se convirtió para ella en un hábito adquirido, y cuando necesitaba comprar ropa
nueva se privaba de hacerlo. A veces, en tardes lluviosas, sacaba en el almacén su libreta del
Banco y, abriéndola delante de ella, se pasaba las horas soñando cosas imposibles para
economizar una cantidad de dinero suficiente para que ella y su futuro marido pudiesen vivir
de las rentas.
Y fueron pasando las semanas, que se convirtieron en meses, y los meses en años, y Alice
continuó esperando en la tienda de ultramarinos, soñando siempre con la vuelta de su amante.
Su patrón, un anciano de pelo entrecano, dentadura postiza y un bigotito ralo que le caía
sobre la boca, era poco aficionado a la charla; a veces, en los días lluviosos o en los días de
invierno en que el temporal se desencadenaba sobre Main Street, pasaban horas y horas sin
que entrase un solo cliente. Entonces Alice arreglaba y volvía a arreglar los géneros de la
tienda. Permanecía de pie junto al escaparate, desde donde podía observar la calle desierta, y
pensaba en las noches en que paseaba con Ned Currie y en las cosas que éste le había dicho.
«De aquí en adelante tendremos que ser el uno del otro.» Aquellas palabras resonaban una y
otra vez en el cerebro de aquella mujer que iba entrando en años. Asomaban las lágrimas a
sus ojos. A veces, cuando había salido su patrón y ella se encontraba sola en la tienda,
apoyaba su cabeza en el mostrador y lloraba. «Ned, te estoy esperando», murmuraba una y
otra vez; y su temor, que se iba deslizando en su interior, de que no volviese nunca más
adquirió cada vez mayor fuerza.
La región que rodea a Winesburg es deliciosa durante la época de primavera, después de las
lluvias del invierno y antes de que lleguen los calurosos días del estío. El pueblo se levanta
en medio de una llanura, pero más allá de los sembrados surgen encantadoras extensiones de
bosques. Hay en esas arboledas muchos pequeños rincones escondidos, lugares sosegados a
donde suelen ir a sentarse los enamorados en las tardes de los domingos. Por entre los árboles
se descubre la llanura y se ve desde allí a la gente de las granjas atareada en los corrales y a
las personas que van y vienen en carruaje por las carreteras. Repican las campanas en el
pueblo y de vez en cuando pasa un tren que, visto a lo lejos, parece de juguete.
Pasaron muchos años después de la marcha de Ned Currie sin que Alice fuese al bosque los
domingos con otros jóvenes; pero cierto día, a los dos o tres años de la marcha de aquél,
haciéndosele insoportable su soledad, se vistió con sus mejores ropas y salió del pueblo.
Encontró un pequeño espacio abrigado desde el cual podía distinguir el pueblo y una ancha
faja de campo v se sentó. Asaltóle el temor de su edad y de la inutilidad de todo lo que
hiciese. No pudo permanecer sentada y se levantó. Puesta en pie, y al ir recorriendo con la
mirada el paisaje, hubo algo, tal vez el pensamiento de aquella vida que no se interrumpía
jamás a través de la cadena de las estaciones del año; hubo algo que la hizo fijar su atención
en los años que pasaban. Se dio cuenta de que había perdido la belleza y la frescura de la
juventud, y se estremeció de temor. En aquel momento tuvo por primera vez la sensación de
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que la habían estafado. No le echaba la culpa a Ned Currie y no sabía tampoco a quien
echársela. Se sintió invadida de tristeza; cayó de rodillas y se esforzó por rezar, pero en lugar
de oraciones salieron de sus labios palabras de protesta. «No volverá ya a mí. No volveré a
encontrar ya la felicidad. ¿Por qué trato de engañarme a mí misma?», exclamó; y se sintió
poseída de una extraña sensación de alivio, nacida de aquel primer esfuerzo para enfrentarse
con el miedo, que había llegado a ser una parte de su vida diaria.
El año en que Alice cumplió los veinticinco ocurrieron dos cosas que rompieron la triste
monotonía de sus días.
Su madre se casó con Bush Milton, el pintor de coches de Winesburg, y ella, por su parte,
ingresó en la congregación de la Iglesia Metodista. Alice se había hecho de la iglesia porque
había llegado a tener miedo de la soledad de su vida. El segundo matrimonio de su madre
había puesto más aún de relieve su aislamiento. «Me estoy haciendo vieja y rara. Si Ned
vuelve, ya no me querrá. Los hombres de la ciudad donde él está viven en una perpetua
juventud. Son tantas las cosas que allí ocurren que no tienen tiempo de hacerse viejos», se
decía a sí misma con una sonrisa de amargura; y empezó a relacionarse resueltamente con
otras personas. Todos los martes por la noche, después de cerrar la tienda, iba a una reunión
religiosa que se celebraba en el sótano de la iglesia, y los domingos por la noche, acudía a las
reuniones de una sociedad que se llamaba la Liga de Epworth.
Alice no dijo que no cuando Will Hurley, un hombre de mediana edad, empleado en una
droguería y que pertenecía también a la iglesia, se ofreció a acompañarla hasta su casa.
«Claro está que no consentiré que se acostumbre a estar conmigo, pero no veo peligro alguno
en que venga de cuando en cuando», pensó, resuelta siempre a continuar siendo fiel a Ned
Currie.
Alice, sin que ella misma se diese cuenta, intentaba asirse de nuevo a la vida, débilmente al
principio, pero luego con mayor resolución cada vez. Caminaba en silencio al lado del
empleado de la droguería; pero más de una vez, en la oscuridad, mientras caminaban como
dos estúpidos, alargó la mano para tocar suavemente los pliegues de su americana. Cuando se
despedía de ella, frente a la puerta de la casa de su madre, Alice, en lugar de entrar en casa,
se quedaba un momento junto a la puerta. Sentía impulsos de llamar al empleado aquel, de
rogarle que se sentase con ella en la oscuridad del porche de la casa, pero temía que no la
comprendiese. «No es a él a quien yo quiero —se decía a sí misma—. Lo que yo busco es
huir de mi gran soledad. Si no tomo precauciones acabaré por desacostumbrarme del trato de
la gente.»
...
A principios de otoño del año en que cumplía los veintisiete, se apoderó de Alice un
desasosiego apasionado. No podía sufrir la compañía del empleado de la droguería y cuando
llegaba, al atardecer, para sacarla de paseo, ella lo despachaba. Su cerebro trabajaba con una
intensa actividad; volvía a casa fatigada de permanecer largas horas detrás del mostrador y se
metía en la cama, pero no podía conciliar el sueño. Permanecía con los ojos muy abiertos,
queriendo penetrar en la oscuridad. Su imaginación jugaba dentro del cuarto como un niño
que se despierta después de muchas horas de sueño. En lo más profundo de su ser había algo
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que no se dejaba engañar con fantasías y que exigía a la vida una respuesta bien definida.
Alice cogió una almohada entre sus brazos y la apretó fuertemente contra sus senos. Se echó
fuera de la cama y arregló la manta de manera que, en la oscuridad, abultaba como si hubiese
alguien entre las sábanas; se arrodilló junto al lecho y acarició aquel bulto, susurrando una v
otra vez como una cantinela: «¿ Por qué no ocurre algo de improviso? ¿Por qué me dejan
sola?» Aunque algunas veces se acordaba de Ned Currie, lo cierto es que no contaba ya con
él. Sus deseos se habían hecho imprecisos. No suspiraba por Ned Currie ni por ningún otro
hombre determinado. Quería ser amada, que hubiese algo que hiciese; eco a la llamada que
surgía de su interior cada vez con mayor fuerza.
Así las cosas, tuvo Alice una aventura; fue en una noche de lluvia, y aquella aventura la llenó
de terror y confusión. Había regresado de la tienda a las nueve y no estaba nadie en casa.
Bush Milton andaba por el pueblo y su madre había ido a casa de una vecina. Alice subió a
su cuarto y se desvistió a oscuras. Permaneció un momento junto a la ventana, escuchando el
ruido de las gotas que golpeaban los cristales, y de pronto se apoderó de ella un extraño
deseo. Sin detenerse a pensar en lo que iba a hacer, echó a correr escaleras abajo por la casa
en tinieblas y se zambulló en la lluvia que caía. Mientras permanecía de pie en el pequeño
espacio sembrado de hierba que había frente a su casa, sintiendo correr por su cuerpo la fría
lluvia, se adueñó por completo de ella un deseo loco de echar a correr desnuda por las calles.
Se imaginó que la lluvia ejercía sobre su cuerpo un influjo creador y maravilloso. Hacía
muchos años que no se había sentido tan llena de juventud y de energía. Sentía impulsos de
saltar y de correr, de gritar, de topar con algún ser humano solitario y abrazarse a él. Por la
acera enladrillada se oyeron las torpes pisadas de un hombre que iba camino de su casa.
Alice echó a correr. Poseíala un capricho salvaje y desesperado. « ¡Qué me importa quién
sea! Está solo, y yo me llegaré a él —pensó—; y sin detenerse a reflexionar en las posibles
consecuencias de su locura, lo llamó cariñosamente de este modo: ¡Espera! No marches. Seas
quien seas, tienes que esperar.»
El hombre que pasaba por la acera se detuvo v se quedó escuchando. Era viejo y algo sordo.
Se llevó la mano a la boca para dar más resonancia a sus palabras y gritó con toda su fuerza:
« ¿Cómo? ¿Qué dice?»
Alice se dejó caer al suelo toda temblorosa. Tan asustada quedó, pensando en lo que había
hecho, que cuando el hombre siguió su camino ella no tuvo valor para ponerse en pie, sino
que se dirigió hasta su casa gateando sobre la hierba. Cuando llegó a su cuarto, se cerró por
dentro y arrimó la mesa de tocador a la puerta. Su cuerpo tiritaba como si hubiese cogido
frío; y era tal el temblor de sus manos que no podía ponerse el camisón. Se metió en la cama,
hundió su rostro en la almohada y sollozó desconsoladamente. « ¿Qué es lo que me pasa? Si
no tomo precauciones, un día haré algún disparate horrible», pensaba. Se volvió de cara a la
pared y procuró armarse de valor para hacerse a la idea de que son muchas las personas que
se ven obligadas a vivir y morir solitarias, aun en Winesburg.
FIN
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Los juegos de la noche
Sherwood Anderson
A veces, por la noche, cuando la madre llora en el cuarto y sólo pasos desconocidos resuenan
en las escaleras, Ake tiene un juego que juega en vez de llorar. Finge ser invisible y poder
transportarse adonde quiere, nada más que pensándolo. Aquella noche no había más que un
sitio adonde pudiera anhelar dirigirse y en donde Ake está a menudo. Ignora cómo ha llegado
allí, sabe solamente que está en una sala. No sabe cómo es, porque no tiene ojos para ella,
pero está llena de humo de tabaco, los hombres estallan en risas espantosas sin motivo, las
mujeres, que no logran hablar claramente, se inclinan sobre una mesa y ríen de una manera
espantosa, ellas también. Esto traspasa a Ake como cuchilladas, pero después de todo se
siente feliz de estar allí. En la mesa, alrededor de la cual todos están sentados, hay varias
botellas, y cuando un vaso está vacío, una mano desenrosca un tapón y llena de nuevo el
vaso.
Ake, que es invisible, se tiende sobre el piso y gatea bajo la mesa sin que ninguno de los
convidados lo note. Tiene en la mano una barrena invisible y, sin dudar un instante, la planta
en la mesa y se pone a perforarla. Pronto ha atravesado la madera, pero sigue. Siente que su
barrena muerde el vidrio y, de pronto, cuando ha perforado el fondo de una botella, el
aguardiente corre en un delgado hilo regular por el hueco hecho en la mesa. Reconoce los
zapatos de su padre y no osa pensar en lo que pasaría si de pronto él se volviera otra vez
visible. Pero en ese momento, con un estremecimiento de alegría, oye a su padre que dice:
-¡Vaya! ¡Ya no hay más nada que beber! -y otra voz que asiente-: Cierto, en ese caso… -y
luego todo el mundo se levanta en la sala.
Ake sigue a su padre por las escaleras y, cuando llegan a la calle, lo guía, aunque su padre no
se da cuenta, hacia una estación de taxis y cuchichea la dirección exacta al chofer; luego
durante todo el trayecto se mantiene en el estribo para controlar que vayan en la buena
dirección. Cuando están sólo a algunas cuadras de la casa, Ake anhela estar de vuelta y se
encuentra extendido al fondo del sofá de la cocina: oye detenerse un coche abajo en la calle:
cuando vuelve a ponerse en marcha se da cuenta de que no era el suyo, y que aquél se ha
detenido ante la puerta del inmueble de al lado. El verdadero está, pues, todavía en camino;
quizá ha sido obstruido en algún lugar cerca del cruce más próximo; quizá ha sido detenido
por un ciclista volcado; suceden tantas cosas a los automóviles…
Pero finalmente llega un automóvil que parece ser el bueno. A algunas puertas de la de Ake,
comienza a disminuir la velocidad, costea lentamente la casa de al lado y se detiene con un
pequeño rechinamiento justamente ante la puerta precisa. Una puerta se abre, una puerta se
cierra con un crujido, alguien silba haciendo tintinear una moneda. Su padre no acostumbra
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silbar, pero nunca se sabe… ¿Por qué no se pondría a silbar de pronto? El auto arranca y vira
en la esquina, luego todo se vuelve silencioso. Ake presta oídos y escucha lo que sucede en la
escalera, pero no llega ningún ruido de puerta. Ni el menor clic del dispositivo automático, ni
el menor ruido de pasos sordos trepando la escalera.
¿Por qué lo habré dejado yo tan pronto, piensa Ake, en vista de que estábamos tan cerca? Yo
habría podido seguirlo hasta la misma puerta. Evidentemente, ahora él está abajo, ha perdido
la llave y no puede entrar. Tal vez se va a encolerizar, se va a ir y no regresará hasta que la
puerta esté abierta, mañana por la mañana. Y no sabe silbar, es bien sabido, de otra manera
me silbaría a mí o a mamá para que le tirásemos la llave.
Tan silenciosamente como le es posible, Ake salta el borde del sofá que rechina como
siempre, y choca en la oscuridad con la mesa de la cocina: allí se para como petrificado,
sobre el frío linóleo, pero su madre llora con grandes sollozos, regulares como la respiración
de un durmiente; ella no ha oído nada, pues se desliza hasta la ventana y aparta suavemente
la persiana para mirar afuera. No hay alma viviente en la calle, pero la lámpara encima de la
puerta de enfrente está encendida. Se enciende al mismo tiempo que el dispositivo
automático de la escalera. En esto se parece exactamente al que está encima de la puerta de
Ake.
Pronto Ake comienza a tener frío y con sus pies desnudos vuelve a pasitos al sofá. Para no
chocar con la mesa sigue el fregadero con la mano y de pronto la punta de sus dedos toca
algo frío y puntiagudo. Deja que sus dedos continúen la exploración durante un instante,
luego empuña el mango del cuchillo. Cuando se desliza en su lecho tiene el cuchillo aún. Lo
pone bajo la frazada, cerca de él, y de nuevo se hace invisible. Se encuentra en el mismo
salón de hace poco, se mantiene a la entrada y mira a los hombres y las mujeres que retienen
prisionero a su padre. Se da cuenta de que si su padre debe recobrar la libertad es necesario
liberarlo de la misma manera que Fred ha liberado al misionero, cuando éste estaba atado a
un poste y se hallaba a punto de ser asado por los caníbales.
Ake avanza a paso de lobo, alza su cuchillo invisible y lo hunde en la espalda del gordo
monigote que está sentado junto a su padre. El gordo cae tieso, muerto -Ake le da una vuelta
a la mesa- y uno tras otro resbalan de sus sillas sin saber demasiado lo que les sucede.
Cuando el padre está al fin liberado, Ake lo arrastra por las escaleras y como no se oye
ningún coche en la calle, bajan los escalones muy lentamente, atraviesan la calle y suben a un
tranvía. Ake se las arregla para que su padre tenga un asiento en el interior; espera que el
cobrador no perciba que ha bebido un poco y que su padre no diga algo desagradable al
conductor o acaso tenga un estallido de risa sin motivo,
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tranquilidad, porque ahora, de todos modos, el padre no tardará. “Va a llegar en el próximo
tranvía, yo mismo lo he ayudado a tomarlo”. Pero Ake comprende que esto no serviría de
nada, ella nunca le creería. Ella no sabe todo lo que él ha hecho por ella. Cuando están solos
por la noche y ella lo supone dormido, no sabe qué viajes él emprende y en qué aventuras él
se lanza por ella.
Ake no se mueve. Sigue esperando. Sabe que muchas cosas pueden retener al pasajero del
tranvía en la esquina. Hay varias vidrieras, particularmente la de una zapatería donde su
padre quizá se haya detenido antes de entrar para elegir un par de zapatos. La vidriera del
vendedor de frutas y legumbres está llena de carteles pintados a mano y habitualmente
muchos se paran a mirar los interesantes muñecos que allí hay dibujados. Hay también una
distribuidora automática que funciona mal y es posible que el padre haya introducido una
pieza de veinte para comprarle una caja de pastillas de regaliz y ahora no logre abrir la
puertita.
Luego ella se tira en la cama y los sollozos recomienzan exactamente como si no pudiera
sollozar más que en esa posición o como si no pudiera evitar llorar cuando se halla tendida.
Después de haber mirado una vez más hacia la calle y encontrarla completamente vacía,
aparte de una mujer que se deja acariciar por un marinero bajo el balcón de enfrente, Ake
vuelve con pasos afelpados a acostarse. El piso rechina de pronto bajo sus pies y tiene la
impresión de que resuena como si él hubiera dejado caer algo. Ahora está horriblemente
fatigado; mientras avanza, el sueño se despliega sobre él como una niebla y a través de esa
niebla percibe un crujido de pasos en la escalera, pero no van en la buena dirección, sino que
descienden en lugar de subir. Tan pronto se ha deslizado bajo el cobertor se sumerge, de mala
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gana pero rápidamente, en las aguas del sueño y las últimas olas que se cierran encima de su
cabeza son dulces como sollozos.
Pero el sueño es tan frágil que no logra retener a Ake apartado de lo que le preocupaba
cuando estaba despierto. Seguramente que no ha oído al auto frenar ante la puerta, ni
encenderse el dispositivo automático con un pequeño clic, ni el ruido de los pasos trepando la
escalera, pero la llave introducida en la cerradura atraviesa el sueño y Ake de pronto se
despierta, la alegría lo golpea como un relámpago, lo enciende desde los pies a la cabeza.
Pero la alegría se disipa también en una humareda de preguntas. Ake tiene un juego al que se
entrega cada vez que despierta de esta manera. Se entretiene en pensar que su padre atraviesa
la entrada en dos zancadas y se aposta entre la cocina y el cuarto a fin de que su madre y él
puedan ambos oírlo exclamar: “Tengo un compañero que se ha caído del andamio y he
tenido que acompañarlo al hospital, me he quedado con él toda la noche y no he podido
llamarte porque no había teléfono cerca'”, o bien: “Imagínense que hemos ganado el premio
gordo en la lotería y si he vuelto tan tarde es porque yo quería que ustedes no perdieran el
resuello tan pronto”. O bien: “Imagínense que hoy el patrón me ha regalado un bote de motor
y he salido a probarlo y mañana por la mañana temprano salimos los tres. ¿Qué me dicen de
eso?”
En realidad, esto se desarrolla más lentamente y sobre todo no es tan sorprendente. Su padre
no halla el interruptor de la entrada. Finalmente renuncia y tropieza con un armazón de
madera que cae a tierra. Reniega y trata de recogerlo, pero en vez de hacerlo vuelca un bulto
que estaba junto a la pared. Renuncia entonces y trata de hallar un gancho donde colgar su
abrigo, pero cuando al fin ha hallado uno, el abrigo se le desliza también y cae al suelo con
un ruido blando. Apoyado en la pared, el padre da a continuación algunos pasos para ir al
baño, enciende la luz y, como tantas otras veces, Ake permanece acostado, paralizado para
escuchar el ruido de las salpicaduras en el piso. El padre apaga, tropieza en la puerta, jura y
entra al cuarteo a través de la cortina que se estremece como una serpiente presta a morder.
Luego todo está silencioso. El padre permanece de pie en el cuarto sin decir una palabra, sus
zapatos rechinan débilmente, su respiración es pesada e irregular, pero esos dos ruidos lo
vuelven todo todavía más aterradoramente silencioso y en ese silencio un nuevo relámpago
golpea a Ake. Es el odio lo que lo enciende y aprieta el mango del cuchillo tan fuerte que le
hace daño, aunque no siente dolor. Pero el silencio dura sólo un instante. Su padre comienza
a desvestirse. La chaqueta, el chaleco. Tira sus ropas sobre una silla. Se apoya en un armario
y deja caer de los pies sus zapatos. La corbata hace un chasquido como un batir de alas.
Luego da algunos pasos más por el cuarto, es decir hacia la cama, y se queda inmóvil
mientras da cuerda a su reloj. Luego todo se pone silencioso, tan terriblemente silencioso
como antes, sólo el reloj roe el silencio como un ratón, el reloj del hombre ebrio.
-Cochino, cochino, cochino, cochino -exclama ella hasta que su voz muere y todo se vuelve
silencioso. Únicamente el reloj roe, roe, y la mano que aprieta el cuchillo está toda húmeda
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de sudor. Es tan grande la angustia en la cocina que no se podría soportar sin un arma;
finalmente, Ake está tan fatigado por el miedo que, sin resistencia, sumerge en el sueño antes
que nada la cabeza. Tarde en la noche se despierta de pronto y, por la puerta abierta, oye
rechinar la cama de al lado y un dulce murmullo llenar el cuarto; no sabe exactamente lo que
esto significa, sino que esos dos ruidos implican la desaparición del miedo por esta noche.
Suelta el cuchillo que sostenía su mano y lo rechaza lejos de él, lleno de un deseo ardiente de
su propio cuerpo; en el momento de adormecerse, se entrega al último de los juegos de la
noche, el que le trae la paz final.
La paz final… sin embargo, no hay fin. Poco antes de las seis de la tarde la madre entra a la
cocina donde él, sentado a la mesa, está haciendo su tarea de cálculo. Ella simplemente le
saca de las manos, el libro de aritmética y lo hace levantarse del banco.
-Ve a ver a papá -dice arrastrándolo con ella hacia la entrada y poniéndose detrás para
cortarle la retirada- ve a ver a papá y dile de mi parte que te dé dinero.
Los días son peores que las noches. Los juegos de la noche son mucho mejores que los del
día. Por la noche se puede ser invisible y corretear sobre los techos hasta el sitio donde se
tiene necesidad de ustedes. Por el día no se es invisible. Por el día la cosa no va tan rápida, no
es tan bueno jugar. Ake cruza la puerta de la casa y no es de ningún modo invisible. El hijo
del portero le tira del abrigo para que vaya a jugar a las bolas, pero Ake sabe que su madre
está en la ventana y lo siguen con los ojos hasta que ha desaparecido tras la esquina, tanto
que él se desprende sin decir palabra y se va corriendo como si alguien fuera en su
persecución. Cuando ha doblado la esquina, se pone a andar tan lentamente como le es
posible; cuenta los cuadros de la acera y los salivazos que hay en ella. Se le une el hijo del
portero, pero Ake no le responde, pues no se le puede decir a nadie que ha salido a buscar al
padre con su paga. Al fin, el hijo del portero se cansa y Ake se acerca cada vez más al sitio al
que no quiere acercarse. Finge alejarse cada vez más, pero esta no es verdad de ningún modo.
La primera vez él pasa delante del café sin entrar. Merodea tan cerca que el guardia gruñe a
su lado. Se mete en una calle transversal y se detiene ante la casa donde se halla el taller de
su padre. Un poco más tarde, pasa bajo la puerta cochera y desemboca en el patio y finge
creer que su padre está aún allí, que se ha escondido en alguna parte detrás de los toneles o
los sacos para que Ake lo busque. Levanta las tapas de los toneles de pintura y cada vez se
asombra de no hallar a su padre acurrucado en uno de ellos. Después de haber buscado en el
patio durante casi media hora, acaba por comprender que su padre no ha podido esconderse
ahí, y se va.
Al lado del café hay una locería y una relojería. Ake se para primero a mirar la vidriera en
que se exhiben porcelanas. Trata de contar los perros, primero los perros de raza de la fila
delantera, luego los que puede entrever cuando pone sus manos de visera, y pasa revista a los
anaqueles y mostradores en el interior de la tienda. El relojero se dispone justamente a bajar
la cortina de su comercio, pero por los huecos del enrejado Ake puede ver de todos modos
los relojes allá dentro, que hacen tictac. Mira también el reloj que marca la hora exacta y
decide que el segundero tiene que dar diez vueltas antes de que él entre.
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Ake aprovecha el momento en que el guardia disputa con un individuo que le muestra algo
en un periódico para colarse en el café; en seguida avanza corriendo hacia la mesa precisa, a
fin de no ser visto por demasiada gente. Su padre no lo ve en seguida, pero uno de los otros
pintores hace una señal en dirección de Ake y dice:
El padre pone al hijo en sus rodillas y frota su barba de dos días contra la mejilla. Ake trata
de no mirarlo a los ojos, pero de vez en cuando no lo puede evitar, fascinado por las
ventanillas rojas en lo blanco de los ojos.
-¿Qué quieres, tú? -dice el padre: su lengua es blanda, pastosa, y tiene que repetir varias
veces la misma cosa antes de estar satisfecho él mismo de ello,
Su padre entonces vuelve a ponerlo suavemente en el suelo, se echa hacia atrás y ríe tan
fuerte que sus camaradas se ven obligados a hacerle señal de callarse. Riéndose, saca su
portamonedas, quita torpemente el elástico y busca mucho antes de hallar la pieza de una
corona más brillante.
Los otros pintores no quieren ser menos y Ake recibe una corona de cada uno de ellos.
Retiene el dinero en su mano mientras, abrumado de confusión y vergüenza, se dirige
prudentemente a la salida por entre las mesas. Se muere de miedo de que alguien lo vea salir
cuando pase corriendo delante del guardia y que un soplón vaya a decir en la escuela:
Se detiene de todos modos un instante ante la vidriera del relojero y, mientras la aguja da
diez vueltas en torno de su eje, permanece allí, apoyado contra la reja. Él sabe que esta noche
deberá jugar aún, pero no sabe a quién odia más de los dos seres por los cuales juega.
Cuando más tarde dobla lentamente la esquina, encuentra la mirada de su madre allá arriba a
diez metros del suelo y avanza hacia la puerta del inmueble lentamente con cuanto coraje
tiene para ello. Al lado hay un vendedor de leña y se arriesga de todos modos a arrodillarse
un momentito y a mirar por el tragaluz a un viejito que recoge carbón en un saco negro.
Cuando el viejito ha terminado, la madre está detrás de Ake. Ella lo levanta bruscamente y lo
toma por el mentón para captar su mirada.
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-¿Y el dinero?
-Mamá, cierra los ojos -dice Ake y juega el último de los juegos del día.
Mientras su madre eleva los ojos, Ake desliza suavemente las cuatro piezas de una corona en
la mano extendida; luego baja la calle corriendo, sus pies tienen tanto miedo que patinan en
el pavimento. Un grito cada vez más fuerte lo persigue a lo largo de las casas pero esto no lo
detiene, por el contrario él corre todavía más rápido.
FIN
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con el delantal, todavía sin sonarse la nariz y todavía con lágrimas, nos dijo: “No
volveré a sonreír”.
Salimos al patio, los tres, sin hablar, acaso creíamos llevar pensamientos
comunes. Tal vez pensamos que no sería lo mejor encender las luces de la casa. Ella
deseaba estar sola —quizás—, sentada en el rincón sombrío, tejiéndose la trenza final,
que parecía ser lo único que sobreviviría de su tránsito hacia la bestia.
Éramos adultos desde antes, desde mucho tiempo atrás. Ella era, sin embargo, la
mayor de la casa. Esa misma noche habría podido estar allí, sentada con nosotros,
sintiendo el templado pulso de las estrellas, rodeada de hijos sanos. Habría sido la
señora respetable de la casa si hubiera sido la esposa de un buen burgués o concubina
de un hombre puntual. Pero se acostumbró a vivir en una sola dimensión, como la
línea recta, acaso porque sus vicios o sus virtudes no pudieran conocerse de perfil.
Desde varios años atrás ya lo sabíamos todo. Ni siquiera nos sorprendimos una
mañana, después de levantados, cuando la encontramos boca abajo en el patio,
mordiendo la tierra en una dura actitud estática. Entonces sonrió, volvió a mirarnos;
había caído desde la ventana del segundo piso hasta la dura arcilla del patio y había
quedado allí, tiesa y concreta, de bruces al barro húmedo. Pero después supimos que
lo único que conservaba intacto era el miedo a las distancias, el natural espanto frente
al vacío. La levantamos por los hombros. No estaba dura como nos pareció al
principio. Al contrario, tenía los órganos sueltos, desasidos de la voluntad, como un
muerto tibio que no hubiera empezado a endurecerse.
Tenía los ojos abiertos, sucia la boca de esa tierra que debía saberle ya a
sedimento sepulcral, cuando la pusimos de cara al sol y fue como si la hubiéramos
puesto frente a un espejo nos miró a todos con una apagada expresión sin sexo, que
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nos dio —teniéndola ya entre mis brazos— la medida de su ausencia. Alguien nos dijo
que estaba muerta; y se quedó después sonriendo con esa sonrisa fría y quieta que
tenía durante las noches cuando transitaba despierta por la casa. Dijo que no sabía
cómo llegó hasta el patio. Dijo que había sentido mucho calor, que estuvo oyendo un
grillo penetrante, agudo, que parecía (así lo dijo) dispuesto a tumbar la pared de su
cuarto, y que ella se había puesto a recordar las oraciones del domingo, con la mejilla
apretada al piso de cemento.
Sabíamos sin embargo, que no podía recordar ninguna oración, como supimos
después que había perdido la noción del tiempo cuando dijo que se había dormido
sosteniendo por dentro la pared que el grillo estaba empujando desde afuera, y que
estaba completamente dormida cuando alguien cogiéndola por los hombros, apartó la
pared y la puso a ella de cara al sol.
Aquella noche sabíamos, sentados en el patio, que no volvería a sonreír. Quizá
nos dolió anticipadamente su seriedad inexpresiva, su oscuro y voluntarioso vivir
arrinconado. Nos dolía hondamente, como nos dolía el día que la vimos sentarse en el
rincón adonde ahora estaba; y le oímos decir que no volvería a deambular por la casa.
Al principio no pudimos creerle. La habíamos visto durante meses enteros transitando
por los cuartos a cualquier hora, con la cabeza dura y los hombros caídos sin
detenerse, sin fatigarse nunca. De noche oíamos su rumor corporal, denso,
moviéndose entre dos oscuridades, y quizás nos quedamos muchas veces, despiertos
en la cama, oyendo su sigiloso andar, siguiéndola con el oído por toda la casa. Una vez
nos dijo que había visto el grillo dentro de la luna del espejo, hundido, sumergido en la
sólida transparencia y que había atravesado la superficie de cristal para alcanzarlo. No
supimos, en realidad, lo que quería decirnos, pero todos pudimos comprobar que tenía
la ropa mojada, pegada al cuerpo, como si acabara de salir de un estanque. Sin
pretender explicarnos el fenómeno resolvimos acabar con los insectos de la casa;
destruir los objetos que la obsesionaban. Hicimos limpiar las paredes, ordenamos
cortar los arbustos del patio, y fue como si hubiéramos limpiando de pequeñas basuras
el silencio de la noche. Pero ya no la oíamos caminar, ni la oíamos hablar de grillos,
hasta el día en que, después de la última comida, se quedó mirándonos, se sentó en el
suelo de cemento todavía sin dejar de mirarnos, y nos dijo: “Me quedaré aquí,
sentada”; y nos estremecimos, porque pudimos ver que había empezado a parecerse a
algo que era ya casi completamente como la muerte.
De eso hacía ya mucho tiempo y hasta nos habíamos acostumbrado a verla allí,
sentada con la trenza siempre a medio tejer, como si se hubiera disuelto en su soledad
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y hubiera perdido, aunque se le estuviera viendo, la facultad natural de estar presente.
Por eso ahora sabíamos que no volvería a sonreír; porque lo había dicho en la misma
forma convencida y seguro en que una vez nos dijo que no volvería a caminar. Era
como si tuviéramos la certidumbre de que más tarde nos diría: “No volveré a ver” o
quizá: “No volveré a oír” y supiéramos que era lo suficientemente humana para ir
eliminando a voluntad sus funciones vitales, y que, espontáneamente, se iría acabando
sentido a sentido, hasta el día en que la encontráramos recostada a la pared, como si
se hubiera dormido por primera vez en su vida. Quizás faltaba mucho tiempo para eso,
pero los tres, sentados en el patio, habríamos deseado aquella noche sentir su llanto
afilado y repentino, de cristal roto, al menos para hacernos la ilusión de que habría
nacido un (una) niña dentro de la casa. Para creer que había nacido nueva.
FIN
Ernest Hemingway
Era tarde y todos habían salido del café con excepción de un anciano que estaba sentado a la sombra
que hacían las hojas del árbol, iluminado por la luz eléctrica. De día la calle estaba polvorienta, pero
por la noche el rocío asentaba el polvo y al viejo le gustaba sentarse allí, tarde, porque aunque era
sordo y por la noche reinaba la quietud, él notaba la diferencia. Los dos camareros del café notaban
que el anciano estaba un poco ebrio; aunque era un buen cliente sabían que si tomaba demasiado se
iría sin pagar, de modo que lo vigilaban.
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-¿Y qué importa si consigue lo que busca?
-Sería mejor que se fuera ahora. Los guardias han pasado hace cinco minutos y volverán.
El viejo sentado a la sombra golpeó su platillo con el vaso. El camarero joven se le acercó.
-¿Qué desea?
El viejo lo miró.
-Otro coñac -dijo.
-Se emborrachará usted -dijo el camarero. El viejo lo miró. El camarero se fue.
-Se quedará toda la noche -dijo a su colega-. Tengo sueño y nunca puedo irme a la cama antes de las
tres de la mañana. Debería haberse suicidado la semana pasada.
El camarero tomó la botella de coñac y otro platillo del mostrador que se hallaba en la parte interior
del café y se encaminó a la mesa del viejo. Puso el platillo sobre la mesa y llenó la copa de coñac.
-Debía haberse suicidado usted la semana pasada -dijo al viejo sordo. El anciano hizo un movimiento
con el dedo.
-Un poco más -murmuró.
El camarero terminó de llenar la copa hasta que el coñac desbordó y se deslizó por el pie de la copa
hasta llegar al primer platillo.
-Gracias -dijo el viejo.
El camarero volvió con la botella al interior del café y se sentó nuevamente a la mesa con su colega.
-Ya está borracho -dijo.
-Se emborracha todas las noches.
-¿Por qué quería suicidarse?
-¿Cómo puedo saberlo?
-¿Cómo lo hizo?
-Se colgó de una cuerda.
-¿Quién lo bajó?
-Su sobrina.
-¿Por qué lo hizo?
-Por temor de que se condenara su alma.
-¿Cuánto dinero tiene?
-Muchísimo.
-Debe tener ochenta años.
-Sí, yo también diría que tiene ochenta.
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-Me gustaría que se fuera a su casa. Nunca puedo acostarme antes de las tres. ¿Qué hora es esa para
irse a la cama?
-Se queda porque le gusta.
-Él está solo. Yo no. Tengo una mujer que me espera en la cama.
-Él también tuvo una mujer.
-Ahora una mujer no le serviría de nada.
-No puedes asegurarlo. Podría estar mejor si tuviera una mujer.
-Su sobrina lo cuida.
-Lo sé. Dijiste que le había cortado la soga.
-No me gustaría ser tan viejo. Un viejo es una cosa asquerosa.
-No siempre. Este hombre es limpio. Bebe sin derramarse el líquido encima. Aun ahora que está
borracho, míralo.
-No quiero mirarlo. Quisiera que se fuera a su casa. No tiene ninguna consideración con los que
trabajan.
El viejo miró desde su copa hacia la calle y luego a los camareros.
-Otro coñac -dijo, señalando su copa. Se le acercó el camarero que tenía prisa por irse.
-¡Terminó! -dijo, hablando con esa omisión de la sintaxis que la gente estúpida emplea al hablar con
los beodos o los extranjeros-. No más esta noche. Cerramos.
-Otro -dijo el viejo.
-¡No! ¡Terminó! -limpió el borde de la mesa con su servilleta y movió la cabeza de lado a lado.
El viejo se puso de pie, contó lentamente los platillos, sacó del bolsillo un monedero de cuero y pagó
las bebidas, dejando media peseta de propina.
El camarero lo miraba mientras salía a la calle. El viejo caminaba un poco tambaleante, aunque con
dignidad.
-¿Por qué no lo dejaste que se quedara a beber? -preguntó el camarero que no tenía prisa. Estaban
bajando las puertas metálicas-. Todavía no son las dos y media.
-Quiero irme a casa.
-¿Qué significa una hora?
-Mucho más para mí que para él.
-Una hora no tiene importancia.
-Hablas como un viejo. Bien puede comprar una botella y bebérsela en su casa.
-No es lo mismo.
-No; no lo es -admitió el camarero que tenía esposa-. No quería ser injusto. Sólo tenía prisa.
-¿Y tú? ¿No tienes miedo de llegar a tu casa antes de la hora de costumbre?
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-¿Estás tratando de insultarme?
-No, hombre, sólo quería hacerte una broma.
-No -el camarero que tenía prisa se irguió después de haber asegurado la puerta metálica-. Tengo
confianza. Soy todo confianza.
-Tienes juventud, confianza y un trabajo -dijo el camarero de más edad-. Lo tienes todo.
-¿Y a ti, qué te falta?
-Todo; menos el trabajo.
-Tienes todo lo que tengo yo.
-No. Nunca he tenido confianza y ya no soy joven.
-Vamos. Deja de decir tonterías y cierra.
-Soy de aquellos a quienes les gusta quedarse hasta tarde en el café -dijo el camarero de más edad-,
con todos aquellos que no desean irse a la cama; con todos los que necesitan luz por la noche.
-Yo quiero irme a casa y a la cama.
-Somos muy diferentes -dijo el camarero de más edad. Se estaba vistiendo para irse a su casa-. No es
sólo una cuestión de juventud y confianza, aunque esas cosas son muy hermosas. Todas las noches
me resisto a cerrar porque puede haber alguien que necesite el café.
-¡Hombre! Hay bodegas abiertas toda la noche.
-No entiendes. Este es un café limpio y agradable. Está bien iluminado. La luz es muy buena y
también, ahora, las hojas hacen sombra.
-Buenas noches -dijo el camarero más joven.
-Buenas noches -dijo el otro. Continuó la conversación consigo mismo mientras apagaba las luces.
Es la luz, por supuesto, pero es necesario que el lugar esté limpio y sea agradable. No quieres
música. Definitivamente no quieres música. Tampoco puedes estar frente a una barra con dignidad
aunque eso sea todo lo que proveemos a estas horas. ¿Qué temía? No era temor, no era miedo. Era
una nada que conocía demasiado bien. Era una completa nada y un hombre también era nada. Era
sólo eso y todo lo que se necesitaba era luz y una cierta limpieza y orden. Algunos vivieron en eso y
nunca lo sintieron pero él sabía que todo eso era nada y pues nada y nada y pues nada. Nada nuestra
que estás en nada, nada sea tu nombre nada tu reino nada tu voluntad así en nada como en nada.
Danos este nada nuestro pan de cada nada y nada nuestros nada como también nosotros nada a
nuestros nada y no nos nada en la nada ms líbranos de nada; pues nada. Ave nada llena de nada,
nada está contigo. Sonrió y estaba frente a una barra con una cafetera a presión brillante.
-¿Qué le sirvo?- preguntó el cantinero.
–Nada.
–Otro loco más -dijo el cantinero y le dio la espalda.
-Una copita -dijo el camarero.
El cantinero se la sirvió.
-La luz es bien brillante y agradable pero la barra está opaca -dijo el camarero.
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El cantinero lo miró fijamente pero no respondió. Era demasiado tarde para comenzar una
conversación.
-¿Quiere otra copita? -preguntó el cantinero.
-No, gracias -dijo el camarero, y salió. Le disgustaban los bares y las bodegas. Un café limpio, bien
iluminado, era algo muy distinto. Ahora, sin pensar más, volvería a su cuarto. Yacería en la cama y,
finalmente, con la luz del día, se dormiría. Después de todo, se dijo, probablemente sólo sea
insomnio. Muchos deben sufrir de lo mismo.
FIN
Chacales y árabes
[Cuento - Texto completo.]
Franz Kafka
Acampábamos en el oasis. Los viajeros dormían. Un árabe, alto y blanco, pasó adelante; ya
había alimentado a los camellos y se dirigía a acostarse.
Me tiré de espaldas sobre la hierba; quería dormir; no pude conciliar el sueño; el aullido de
un chacal a lo lejos me lo impedía; entonces me senté. Y lo que había estado tan lejos, de
pronto estuvo cerca. El gruñido de los chacales me rodeó; ojos dorados descoloridos que se
encendían y se apagaban; cuerpos esbeltos que se movían ágilmente y en cadencia como bajo
un látigo.
Un chacal se me acercó por detrás, pasó bajo mi brazo y se apretó contra mí como si buscara
mi calor, luego me encaró y dijo, sus ojos casi en los míos:
-Soy el chacal más viejo de toda la región. Me siento feliz de poder saludarte aquí todavía.
Ya casi había abandonado la esperanza, porque te esperábamos desde la eternidad; mi madre
te esperaba, y su madre, y todas las madres hasta llegar a la madre de todos los chacales.
¡Créelo!
-Me asombra -dije olvidando alimentar el fuego cuyo humo debía mantener lejos a los
chacales-, me asombra mucho lo que dices. Sólo por casualidad vengo del lejano Norte en un
viaje muy corto. ¿Qué quieren de mí, chacales?
Y como envalentonados por este discurso quizá demasiado amistoso, los chacales
estrecharon el círculo a mi alrededor; todos respiraban con golpes cortos y bufaban.
-Sabemos -empezó el más viejo- que vienes del Norte; en esto precisamente fundamos
nuestra esperanza. Allá se encuentra la inteligencia que aquí entre los árabes falta. De este
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frío orgullo, sabes, no brota ninguna chispa de inteligencia. Matan a los animales, para
devorarlos, y desprecian la carroña.
-No hables tan fuerte -le dije-, los árabes están durmiendo cerca de aquí.
-Eres en verdad un extranjero -dijo el chacal-, de lo contrario sabrías que jamás, en toda la
historia del mundo, ningún chacal ha temido a un árabe. ¿Por qué deberíamos tenerles
miedo? ¿Acaso no es un desgracia suficiente el vivir repudiados en medio de semejante
pueblo?
-Es posible -contesté-, puede ser, pero no me permito juzgar cosas que conozco tan poco;
debe tratarse de una querella muy antigua, de algo que se lleva en la sangre, entonces
concluirá quizá solamente con sangre.
-Eres muy listo -dijo el viejo chacal; y todos empezaron a respirar aún más rápido, jadeantes
los pulmones a pesar de estar quietos; un olor amargo que a veces sólo apretando los dientes
podía tolerarse salía de sus fauces abiertas-, eres muy listo; lo que dices se corresponde con
nuestra antigua doctrina. Tomaremos entonces la sangre de ellos, y la querella habrá
terminado.
-¡Oh! -exclamé más brutalmente de lo que hubiera querido- se defenderán, los abatirán en
masa con sus escopetas.
-Has entendido mal -dijo-, según la manera de los hombres que ni siquiera en el lejano Norte
se pierde. Nosotros no los mataremos. El Nilo no tendría bastante agua para purificarnos. A
la simple vista de sus cuerpos con vida escapamos hacia aires más puros, al desierto, que por
esta razón se ha vuelto nuestra patria.
Y todos los chacales en torno, a los cuales entre tanto se habían agregado muchos otros
venidos de más lejos, hundieron la cabeza entre las extremidades anteriores y se la frotaron
con las patas; habríase dicho que querían ocultar una repugnancia tan terrible que yo, de
buena gana, con un gran salto hubiese huido del cerco.
-¿Qué piensan hacer entonces? -les pregunté al tiempo que quería incorporarme, pero no
pude; dos jóvenes bestias habían mordido la espalda de mi chaqueta y de mi camisa; debí
permanecer sentado.
-Llevan la cola de tus ropas -dijo el viejo chacal aclarando en tono serio-, como prueba de
respeto.
-¡Que me suelten! -grité, dirigiéndome ya al viejo, ya a los más jóvenes.
-Te soltarán, naturalmente -dijo el viejo-, si tú lo exiges. Pero debes esperar un ratito, porque
siguiendo la costumbre han mordido muy hondo y sólo lentamente pueden abrir las
mandíbulas. Mientras tanto escucha nuestro ruego.
-No diré que el comportamiento de ustedes me ha predispuesto a ello -contesté.
-No nos hagas pagar nuestra torpeza -dijo, empleando en su ayuda por primera vez el tono
lastimero de su voz natural-, somos pobres animales, sólo poseemos nuestra dentadura; para
todo lo que queramos hacer, bueno o malo, contamos únicamente con los dientes.
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-¿Qué quieres entonces? -pregunté algo aplacado.
-Señor -gritó, y todos los chacales aullaron; a lo lejos me pareció como una melodía-. Señor,
tú debes poner fin a la querella que divide el mundo. Tal cual eres, nuestros antepasados te
han descrito como el que lo logrará. Es necesario que obtengamos la paz con los árabes; un
aire respirable; el horizonte completo limpio de ellos; nunca más el lamento de los carneros
que el árabe degüella; todos los animales deben reventar en paz; es preciso que nosotros los
vaciemos de su sangre y que limpiemos hasta sus huesos. Limpieza, solamente limpieza
queremos -y ahora todos lloraban y sollozaban-, ¿cómo únicamente tú en el mundo puedes
soportarlos, tú, de noble corazón y dulces entrañas? Inmundicia es su blancura; inmundicia es
su negrura; y horrorosas son sus barbas; ganas da de escupir viendo las comisuras de sus
ojos; y cuando alzan los brazos en sus sobacos se abre el infierno. Por eso, oh señor, por eso,
oh querido señor, con la ayuda de tus manos todopoderosas, con la ayuda de tus
todopoderosas manos, ¡córtales el pescuezo con esta tijera! -Y, a una sacudida de su cabeza,
apareció un chacal que traía en uno de sus colmillos una pequeña tijera de sastre cubierta de
viejas manchas de herrumbre.
-¡Ah, finalmente apareció la tijera, y ahora basta! -gritó el jefe árabe de nuestra caravana, que
se nos había acercado contra el viento y que ahora agitaba su gigantesco látigo. Todos
escaparon rápidamente, pero a cierta distancia se detuvieron, estrechamente acurrucados unos
contra otros, tan estrecha y rígidamente los numerosos animales, que se los veía como un
apretado redil rodeado de fuegos fatuos.
-Así que tú también, señor, has visto y oído este espectáculo -dijo el árabe riendo tan
alegremente como la reserva de su tribu lo permitía.
-¿Sabes entonces qué quieren los animales? -pregunté.
-Naturalmente, señor -dijo-, todos lo saben; desde que existen los árabes esta tijera vaga por
el desierto, y viajará con nosotros hasta el fin de los tiempos. A todo europeo que pasa le es
ofrecida la tijera para la gran obra; cada europeo es precisamente el que les parece el
predestinado. Estos animales tienen una esperanza insensata; están locos, locos de verdad.
Por esta razón los queremos; son nuestros perros; más lindos que los de ustedes. Mira,
reventó un camello esta noche, he dispuesto que lo traigan aquí.
Cuatro portadores llegaron y arrojaron el pesado cadáver delante de nosotros. Apenas tendido
en el suelo, ya los chacales alzaron sus voces. Como irresistiblemente atraído por hilos, cada
uno se acercó, arrastrando el vientre en la tierra, inseguro. Se habían olvidado de los árabes,
habían olvidado el odio; la obliteradora presencia del cadáver reciamente exudante los
hechizaba. Ya uno de ellos se colgaba del cuello y con el primer mordisco encontraba la
arteria. Como una pequeña bomba rabiosa que quiere apagar a cualquier precio y al mismo
tiempo sin éxito un prepotente incendio, cada músculo de su cuerpo zamarreaba y palpitaba
en su puesto. Y ya todos se apilaban en igual trabajo, formando como una montaña encima
del cadáver.
En aquel momento el jefe restalló el severo látigo a diestra y siniestra. Los chacales alzaron
la cabeza, a medias entre la borrachera y el desfallecimiento, vieron a los árabes ante ellos,
sintieron el látigo en el hocico, dieron un salto atrás y corrieron un trecho a reculones. Pero la
sangre del camello formaba ya un charco, humeaba a lo alto, en muchos lugares el cuerpo
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estaba desgarrado. No pudieron resistir; otra vez estuvieron allí; otra vez el jefe alzó el látigo;
yo retuve su brazo.
-Tienes razón, señor -dijo-, dejémoslos en su oficio; por otra parte es tiempo de partir. Ya los
has visto. Prodigiosos animales, ¿no es cierto? ¡Y cómo nos odian!
FIN
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