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Un hilo rojo de Sara Rosenberg

Este documento resume la historia de Sara Rosenberg y su familia en un pueblo de Catamarca, Argentina en los años 1970. Después de que su casa fue volada por hombres armados, Sara y su hermana guardaron los cuadros y libros de Sara en un pozo para protegerlos. Esperaron durante años por su regreso, pero nunca recibieron noticias. Ahora alguien viene a buscar las pertenencias guardadas.

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Un hilo rojo de Sara Rosenberg

Este documento resume la historia de Sara Rosenberg y su familia en un pueblo de Catamarca, Argentina en los años 1970. Después de que su casa fue volada por hombres armados, Sara y su hermana guardaron los cuadros y libros de Sara en un pozo para protegerlos. Esperaron durante años por su regreso, pero nunca recibieron noticias. Ahora alguien viene a buscar las pertenencias guardadas.

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Sara Rosemberg

Un hilo rojo

ËîëffiucecaÉonero
1"Ediciôn, Espafla 1998
Un Hilo Rojo
Sara Rosenberg
Ediciôn Cartonera,
Editorial elGRUGEcartronero, San Miguel de
Tucumân, Argentin a, 20 12.
145 mm x 200 mm
Esta obra fue producida en el Taller Creativo Crecer
Juntos, Tucumân Argentina
Agradecemos la colaboraci6n de Martin Aguine
A los memoriosos,
porque "la ternura es un acto de
insurgencia civil".

Para |uan.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Elegia, Miguel Hernândez


I
Cinta N.o 1
(Catarnarca, abril de 1990, después de Madrid)

T a casa volô por los aires y los escombros llegaron hasta el


I camino de olivos. La explosidn sacudid a los animales y el
I-lpercherdn se escapô al monte. Todavfa no sabîamos si
adentro estaba Julia con su hijo Federico. Los hombres, unos
quince bien armados, bajaron de cuatro coches, se separaron en
grupos y rodearon la casa mientras gritaban y ametrallaban la
puerta y la ventana antes de poner las cargas explosivas. Después
corrieron hacia el camino y desaparecieron a toda velocidad.
Mi hermana y yo espiâbamos desde alli, detrâs de la
empalizada, donde se secan los higos sobre las cafras tejidas. No
podian vernos y, ademâs, tenian tanto apuro que ni miraron, como
si los corriera el diablo. La gente se escondiô en la casa grande,
donde todos soliamos juntarnos para ver la televisidn; otros
estaban en sus ranchos y los demâs 1o escucharon por todo el
valle, sin saber qué casa era. El ruido fue tan fuerte que nos dejô
sordas durante un dia entero.

A mis setenta afros he visto pasar muchas gueffas por aquel


camino, pero jamâs llegô tan cerca, justo al frente.
Unos d(as antes de la explosidn, al alba, mataron a todos esos
jdvenes dormidos adentro de un autobris de turismo. Dijeron que
estaban vestidos de militares y que pensaban asaltar el cuartel de
larutaprincipal, pobres de ellos.
Supimos que uno sdlo se salv6. Habîa salido a orinar unos
momentos antes, se cayô a un pozo y se quedd alli escondido,
haciéndose el muerto, mientras el ejército acababa con todos.

c.c) e (-o)
Después de varios dîas apareciô en los pueblos de la montafla,
cruzando a Tucumân, con las ropas deshechas y el cuerpo lleno de
heridas. Desde entonces lo llamaron <<Milagrito>. Aqui, cuando
alguien sobrevive, se vuelve santo. Cerca del Portezuelo, la gente
le ha hecho su altar. Dicen que 1o mataron un aflo mâs tarde, pero
siempre tiene flores frescas.
Nosotras hicimos una promesa hace muchos afios y decidimos
guardar las cosas de Julia, arriesgândonos a que también vinieran
a llevarnos. Pero somos cristianas y creemos en Dios, que nos ha
protegido.
Antes de recibir su carta, ya sabfamos que alguien iba a venir a
buscarlas. Julia siempre se nos aparece. Encendemos las velas,
nos damos las manos, la pensamos y ella aparece. Como nuestros
padres, que también vienen de vez en cuando. La riltima vez nos
dijo que ya eratiempo de desenterrar los cuadros y las cajas pero
la oimos menos claro, por eso no sabfamos quién iba a venir. No
nos dijo el nombre y se fue muy râpido.

Por suerte, unos dfas antes de la bomba habfamos sacado de la


casa tres cajas de libros y los cuadros que Julia habîa pintado;
pocas cosas mâs habfa. Una camagrande, otra pequefia, la ropa en
el armario y afuera, en el antiguo laboratorio del veterinario que
usaban como cocina y comedor, unas cuantas cosas mâs. Los
cuadros eran grandes, con colores fuertes. En todos habiamujeres
o gallinas degolladas y también otros animales que no existen. A
mi ésos no me gustaban, pero claro, una no entiende bien ni sabe
nada de pintura como paraandar opinando.

Los otros cuadros, los que no sacamos, no estaban todavia


acabados, se notaba que iba pintando tres o cuatro alavez, como
si le faltaran horas aI dîa. Nunca quiso entender que en estas
tierras no se puede andar siempre apurada, queriendo hacer todo
al mismo tiempo. Ojalânos hubiera escuchado.

La habiamos visto muchas veces ir al laboratorio por la maflana,


a la hora en que se ordeflan las vacas, para pintar con la primer aluz

c,o) 10 c.o)
del dia y quedarse allî hasta la hora de despefiar al niflo, darle el
desayuno y estar con Javier habla que habla hasta que é1 se iba al
trabajo. Después solia cruzar hasta nuestra casa, para organizar
las tareas diarias de las cooperativas de huevos, higos y leche que
entre todos los del pueblo habiamos creado. La de higos empezô a
funcionar bien desde que conseguimos usar los frigorificos de la
estaciôn experimental.
Los camioneros y los comerciantes estaban muy descontentos,
no podian seguir fijando los precios de las cosechas de apuro
porque el higo ya no se nos apolillaba; podiamos mantenerlo
.meses antes de malvenderlo y marcff el precio nosotros mismos.
Ganamos algo de dinero y pudimos ernpezar a comprar mâs
gallinas y tener huevos paru los ciento cincuenta habitantes del
pueblo. Eso si, no todos los d(as y primero los tres semanales para
todos los niflos, después los viejos y asf, segrin las necesidades.
Siempre le deciamos que la gente de aquf desconfiaba mucho,
que no duraria,que no los iban a dejar enpaz. En todo el pueblo se
comentaba que ellos eran unos comunistas. Se reîay nos decia que
esto iba para largo, que no importaba lo que dijeran, que cuanto
mâs supiéramos defender lo nuestro, mejor. Y tenia raz6n, aunque
no se pudo salvar nada. Mire cdmo estâ esto ahora, ni frigor(ficos,
ni control de la leche de cabra, ni nada. Una docena de huevos sale
mâs cara que dos cintos de telar en los que tardamos casi una
semana. La gente se sigue muriendo con esos temblores frios de
siempre, esas fiebres altas de la brucelosis, como le llama el
doctor Ramirez.
Sucediô muy râpido; desde aquel dfa de la explosi6n todo
empezô a cambiar, el pueblo se llenô de tropas que iban y venîan
de La montafla. Teniamos mucho miedo, por eso sôlo nos
atrevimos a dejar fuera este cuadro que nos habîa regalado.
Estamos las dos, la pobre le puso la higueraaftâs y nos hizo con
vestidos de colores, aunque nosotras siempre nos vestimos de
negro y algunas veces, algrin domingo, de blanco. Los otros
cuadros estân bien envueltos en plâstico y papel de diario, y los

c,u) tt c-o)
libros igual, enterrados en el antiguo pozo de agua, que tiene
paredes de cemento. Esperamos mucho tiempo pensando que
algrin dia se acordarian de nosotras y regresarîan a buscarlos. Ni
una carta ni nada nos mandaron. Como si se los hubiera tragado la
tierra. Al principio esperâbamos algo, pero después nos fuimos
enterando por los diarios de que los habîan acusado, al marido
sobre todo, de ser uno de los que estaba metido en el asalto al
cuartel.
Eso fue a finales deI74,1o recuerdo bien, los denunciaron dos
peones que pasaban por alli, llegaron los militares y los mataron a
casi todos adentro del autobûs, mientras dormian, antes de que
pudieran darse cuenta siquiera.
Durante tres dias aparecieron cadâveres por toda Catamarca.
Eran los que habîan conseguido huir por el campo. Yo estoy
segura de que ellos no tuvieron nada que ver con ese asalto. Me
acuerdo bien de que ese d(a estâbamos juntos en el tambo.
Después, é1 se fue a trabalar, ella se quedô con el nifro, y bajamos
juntas a ver a unas mujeres del mercado de Iana, unas tejedoras,
que querian entrar en la cooperativa; Alli fue donde escuchamos
las noticias por la radio y ella nos abrazô fuerte, se puso pâlida y
saliô disparadaalacalle con el niflo en brazos. Fue la riltima vez
que la vimos.

Al dia siguiente llegaron esos hombres y volaron la casa.

Igual amime parece que hay un poco de desagradecimiento por


su parte, al menos una tarjeta o algrin mensaje podrîa habernos
enviado. Nosotras la tratamos siempre como si fuera de la familia,
y cuando recién llegaron le presentamos a todos los del pueblo.
Usted sabe, aquf hay dos pueblos que son el mismo, separados por
un rio y por aflos de rencor que ya nadie sabe cuândo empezaron.
561o mi hermànay yo tenemos amigos en las dos orillas. Somos
las mâs viejas, y sabemos que si no se recuerda la ofensa no se
puede seguir ofendido. Ella también crtzabacon nosotras a la otra
orilla.

c0) 12 C0)
A veces cuidâbamos de Federico, eue debe de ser ya un
hombrecito. Û ni se acordarâde nosotrâr, era un niflo hermoso,
con sus bucles castaflos y los ojos de la madre, verdes, como
nublados, y grandes; ella ibaatodas partes con é1, si hasta bajaron
un burro salvaje de la montafla, 1o domaron y lo llevaban a pasear
montado, con la boa mansa enroscada al cogote del Zorzal, como
lo llamaba el chico. Cuando se fueron, tuvimos que llevarlo de
vuelta al monte, un burro aqui no sirve paranada y hay poco pasto.
La boa también se fue
Le enseflamos a dejar las velas encendidas por la noche en el
cuarto del niflo paraprotegerlo del bicho; recuerdo que sonriendo
nos dijo que ella qeia que aquf la gente hacîa eso para pedirle
cosas a los santos. Pero no, como usted sabe, la vinchuca se
descuelga por la noche y pica, pero si ve luz no baJa.Por eso en los
ranchos siempre hay alguna vela encendida cerca de las camas.
Después de la picadura se hincha el ojo y al final, en un aflo o dos,
a veces mâs a veces menos, el coraz1n se para. Asi, de golpe, y
nada que hacer. Pero ya ve, todavfa estamos aqui, durando como
Dios manda y con las velas encendidas.
Cuando llegaron era muy joven, tendrîa unos veinte affos, el
marido si era mayor, mucho mâs callado, y fumaba sin parar. Iba y
venia de la ciudad para comer con ella a mediodîa, y por la noche
se quedaban hasta muy tarde en el laboratorio escuchando la radio
o tocando la guitaffa; él era buen mûsico y cantaba con ganas. A
veces quzâbamos a visitarlos y nos quedâbamos hasta tarde
conversando. Nosotras no desconfiâbamos. Sabfamos que era
posible que anduvieran metidos en algo, pero siempre fueron muy
cariflosos, y con las cooperativas esto mejorô para todos, lo que
pasa es que después la gente se olvida y es muy mal hablada. Hay
mucho miedo, nos hemos vuelto egoistas. Ahora por dos pesos
cualquiera denuncia al vecino.
Ella tenîa sus ideas, claro, si no cdmo una chica tan joven y de la
ciudad va a venir a enterrarse en un lugar como éste. Nosotras
creiamos que era por el trabajo de él en 1â eshciôn experimental.

c,o) ts c0)
Pero después nos dimos cuenta, por cdmo hablaba y las cosas que
decîa, de que ella no creia en Dios, ni siquiera eta cristiana, y
ninguno de los dos pisd jamâs la iglesia. El cura fue el primero que
nos avis6, pero nosotras no le hicimos caso, tampoco somos de las
que creen todo 1o que los curas hablan. Eran buena gente, aunque
pensaran lo que pensaran.
Sobre los escbmbros de la casa echaron tierra y pusieron
alrededor esa empalizada para que no se vea. Parece que hubo
problemas porque la casa era de la estaciôn experimental, del
gobierno de la provincia; se la habfan prestado a su marido como
todas las otras casas de los empleados. El era agrdnomo o
investigador, algo asf, 1o cierto es que el hombrc Leia siempre.
Pasaban mucho tiempo en ese campo lee que te lee, y leyéndole al
chico que iba y venfa con sus botas altas de goma y su perra
castafla delante paracuidarlo.
Y es que aquf hay mucha vîbora, no se puede andar sin botas
altas, algunas son muy venenosas, como la coral, no la falsa coral,
sino la del anillo entero. Contra ésa no hay nada que hacer, si pica,
mata a las pocas horas, ni suero ni nada que te salve. Habfan
matado varias cerca de la casa; les enseframos a quitarles la piel, y
ella pintd un cuadro donde se ve a Ia vibora muerta colgando como
un ahorcado, con el corte circular en el cogote, paru que el cuero
salga como un guante, entero.

El cuadro es horrible, una vîbora desnuda, no se podia mirar;


también 1o tenemos guardado.
A veces, algunos sâbados venian a despedirse, nos encargaban a
la perra y se iban a Tucumân a ver a la familia de Julia. Su padre y
su madre vinieron una sola vez; eran gente tica, se les notaba el
dinero, llegaron en un auto bueno, de los grandes. La madre bajô
del coche, mirô alrededot,, ctuzaron la tranquera de la casa y
enseguida se largô a llorar; ella se acercô, la abrazô por los
hombros y empezd a mostrarle el ârbol, el enorme nogal, los dos
almendros, el camino de olivos adelante , y la mujer poco a poco
parecid calmarse, sonândose la nariz a cada rato; después les

c,u) t4 c-o)
ensefld el frente de la casa, parecîacomo si los padres no quisieran
entrar ni ver nada mâs.

Hablaban y habl aban y de vez en cuando la madre sacaba el


pafluelo y otra vezlloruba sefralando con la mano abierta hacia la
casa, después se besaban y ofamos la risa de Julia intentando
divertirlos, mostrando sus brazos tostados por el sol; me acuerdo
perfectamente, como si la estuviera viendo, se paraba, daba
vueltas riendo y volvia a mostrar los mrisculos de sus piernas,
explicândoles cosas sobre la vida del campo. Desde aqui los
escuchâbamos claramente.
Poco a poco la madre se calm6, no volviô a llorar y también
empezô a re(rse. El padre, un hombre bien plantado, con un tupido
bigote casi blanco, lo recuerdo como si 1o estuviera viendo, le
decîa con cierta tristeza que no entendia él tampoco cdmo
teniendo todo por delante habian decidido venir a enterrarse aqui,
sin Iuz, sin agua potable, en medio de la tristeza de este paisaje.
Julia le acaricid las manos, se las besd y le dijo, como si fuera muy
vieja y hablara con un niflo, que se sentia bien y le gustaba este
lugar, y que por el momento estar en Tucumân o en Buenos Aires
era peligroso paraellos.

Ahi fue cuando mi hermana y yo supimos que nuestras


sospechas, las dudas que teniamos sobre los motivos que la
mantenian en este monte eran verdad. Porque después siguiô
diciendo que estaban amenazando a los abogados, a la gente que
no pensaba como el gobierno mandaba, y sobre todo a los que
habian sido amnistiados. Le preguntamos aI capataz, que es
peronista y sabe de politica, 1o que eso queria decir. Ella nunca nos
contô que habfa estado en la cârcel, se lo teniabien guardado. La
madre le pedia que se fuera del pais a terminar su caffeta, decia,
mientras se secab a a cada rato las lâgrimas . ojalâ hubiera sido
menos terca.
Javier trajo la guitarra, cantô dos o tres canciones, y al poco rato
se fueron después de abrazarse y besarse muchas veces. El padre
le acariciaba el pelo y ella se dejaba, sonriendo y abrazando a

c,c) ts c0)
Federico. Fueron los riltimos tiempos de pazy no recibieron mâs
visitas. De allî en adelante, dos o tres veces al mes iban ellos
temprano el sâbado, cruzaban las altisimas montafras que separan
Tucumân de Catam arca., y volvian siempre con bolsas de comida
y ropas que Julia repartiaentre los amigos. No le gustaba volver
cargada y decîa que no tenia d6nde guardar todo eso, que a la
madre le gustaba comprar cosas, le hacia bien sentir que la
necesitaba y no lepodia decirque no.
Paramis adentros yo pensaba que tenfa mucha suerte de que la
ayudaran, pero ella se quejaba siempre de que cuando viajaban
perdfa mucho tiempo.

Esa frase, la de perder tiempo, era la que mâs usaba, sentia que
su tiempo pasaba mâs râpido que el de los demâs.

Le pusimos de sobrenombre <<ututa>>, que es esa Iagart4aque no


para de moverse ni un instante, y ella nos llamaba <<las Niflas>>,
apodo que nos quedô parasiempre. Los riltimos meses bajaba casi
todos los dîas con el niflo a la ciudad y regresaba con Javier mâs
tarde que de costumbre. Nos dijo que habîa una huelga de
maestros y profesores que duraba ya un mes. Venîa menos por la
casa y sôlo nos veiamos en las reuniones de los jueves o en las
horas del taller. En la ûltima reunidn nos contd que los dueflos de
los camiones y los comerciantes habian emp ezado a presionar;
hacîa dos semanas que llegaban andnimos la estaciôna
experimental denunciando a los empleados de la <<subversi6n>>,
y
que eran ellos nosotros, sus amigos del pueblo las y
cooperativas. Parecîa que se iban a quedar sin trabajo y que
tendrîan que marcharse.
Nosotras sabiamos que era verdad, porque escuchâbamos la
radio y lo decîan, la Uni6n de Empresarios lanzaba largos
comunicados en contra de las nuevas cooperativas de Ia zona,, y
también recuerdo que fue por esa época cuando dijeron que en las
vias del ferrocarril, cerca de Mordn, habia aparecido un abogado
joven, muerto y con las manos cortadas; en el pecho tenîaun cartel
con tres letras: A.A.A.

c,a) rc c-t)
Fue'la primera vez, todavia no sabiamos que todo esto pudiera
serposible.
Cuando se nos aparece siempre nos pide higos, nosotras le
dejamos los mejores, los mâs maduros en el brocal del pozo, y ella
entonces parece contenta y se va despacito caminando por la vera
dei rio, saboreândolos.

w) 17 e.u)
c,a) 18 C,o)
n

acer tan cerca nos fue convirtiendo en un animal de dos


cabezas. Seguramente, aunque nuestras madres, esas
artistas del olvido, no 1o digan, estuvimos oliéndonos y
saboreândonos antes de aprender a hablar, mientras pensaban que
dormiamos y nos dejaban solos sobre la misma manta en la
tenaza. Tengo vagos recuerdos de alguien siempre a mi lado,
cuando descubrir la existencia del pie ocupaba todo el
firmamento, el mundo empezaba a dibujarse y los olores cedian a
las formas, separândose una cosa de la otra hasta perdernos de lo
inmediato definitivamente para descubrir los espacios vacios, las
distancias. Pero al comienzo fueron tus pies cerca de mi carabajo
un sol de invierno con olor anaranjas.
Mâs tarde vino la espalda, esa gran olvidada. Acomodâbamos
nuestras vértebras que se acoplaban dulcemente, y agarrados de
los brazos girâbamos nombrando cada una de las cosas que
vefamos como un cuerpo solo, en circulo completo, con cuatro
ojos simultâneos. Éramos polares. Uno de los dos tenia que hacer
y el otro permanecer, olvidar lo que el otro recordaba, hablar
cuando callaba, mirar cuando no veia. Asi fue. Asi sigue siendo,
Julia. En la escisidn aguardaba el cumplimiento, pero arin era
temprano.
****tt{.
Las curvas de la cuesta marean, voy de regreso entre las nubes
bajas que se enredan en las cumbres y todavia me faltan algunos
kildmetros para llegar al lfmite donde la montafra cambia y
empieza la selva inmensa, ese verde oscuro que vuelve a hacer

c,u) te c-d7)
funcionar los pulmones hartos de tierra y minerales. Me he
quedado dos dîas mâs de lo previsto, el pozo donde estaban los
cuadros y las cajas era profundo, como el miedo de todos estos
aflos.
En la frontera aparece el cartel casi despintado: <<Tucumân,
cuna de la independencia. Sepulcro de la subversiôn.>>

Es curioso c6mo las cosas que hago parecen aI revés,


desentieffo para encontrarte, te velo en el aire, me voy perdiendo
al buscarte. Detrâs van tus cuadros, los libros, El diario del Che,
los poemas de Trakl, la Odisea, Kafka y Jenofonte, curiosa
mezclade lo que no vol6 por los aires y volverâ a instalarse en mi
biblioteca, en el mismo lugar de donde los sacaste.
Salir de tu casa no fue fâcil. Pero habîa que dejar la infancia
atrâs. Para siempre. Si hubieras hecho como la mujer de Lot, que
volviô lacabeza, te hubieran castigado y ser(as una estatua de sal.
Los primeros diez afros durmiendo en una cama plegable a los
pies de la grande de tus padres y de pronto, de un diaparaotro, la
mudanza. Una habitacidn enorme, para vos sola, con paredes
donde poner tus garabatos, tus borradores de poemas, los afiches
de los conciertos que a veces llegaban al norte. Fue demasiado
cambio y me dejaste la espalda al descubierto.

Qué hacer con la nifla criada en los barrios del centro de la


ciudad, que habia aprendido conmigo a deslizarse diez pisos por
la baranda de la escalera, la que saltaba de planta en planta desde
el ascensor en movimiento con las puertas abiertas. Qué hacer con
la que se desnudaba sin que ninguno de nosotros se atreviera a
tocarla.
Nada en esa casa pudo jamâs ser tuyo, un injerto, como si a un
naranjo le pusieras un cactus en las rafces. Nos dejaste de mala
gana y no pudiste brotar en otraparte.

Nosotros seguimos viviendo en las dos piezas del centro,


corriendo por las galer(as comerciales, esperando que las tiendas

c0) 20 c-o)
celraran para invadir un territorio marcado, cada dîa. Catacumbas
tucumanas. Antes de irte prometiste volver, pero tardaste.
Siempre fuiste la de los grandes abandonos, pasaron meses
antes de que vinieras una tarde alaterraza a desnudarte otravez, a
jugar a las cuatro esquinas en los pilares, con la estrella en el
centro mandando.
Ritos de la siesta que al final se pierden cuando ap)arcce un dios
muy vestido y ensefra s6lo su cabezatronante, un desplazamiento
casi imperceptible y el torturado ocupa el lugar del quincunce,
borra los puntos cardinales, derrama desde las manos y desde la
frente su sangre, pero no riega los campos. Pide obedecer,
postergarse, pide y clama olvido y sacrificio. Estâ quieto, habla de
desierto, de éxodo y de asesinato.
Sabiamos, sin embargo, que el rinico crimen perfecto es el que
uno comete contra sf mismo. Lo aprendimos quién sabe cdmo,
jugando, cambiando de esquinas, a nuestro territorio Cain y Abel
aûn no habian entrado. Tampoco habia grandes rebafros, ni
corderos sacrificiales, si acaso algrin insecto, luciérnagas,
chicharras y muchas nubes porlas tardes.
Para volver a irte, confundida, necesitaste casarte. Llegd tu
principe y te salv6, bastô que te sacara de alli; no eras capaz de
hacernada sola. Las cuatro esquinas se acabaron.
Tampoco yo ten(a mucho que ofrecerte, salvo ser quien eras,
esa especie de amigo mio del alma. Pero te fuiste, detrâs de una
verdad segura, no digo confortable, pero como todas las grandes
verdades del momento, urgentes, hechas de un solo lado.
Cruzaste y en ese barco te ahogaron, como también nos
ahogamos todos los que no cruzamos.
Tu rinico mérito es no haber sobrevivido al naufragio. No sé si
ahora, a estos aflos, podriamos mirarnos con la misma çarabajo
un cielo tan alto. Mâs allâlatenaza,los cuatro pilares, nosotros
corriendo desnudos en las tardes de calor, ocupando cada uno el
espacio del otro, cambiândonos.

c0) 21 c,O)
*.1.****{.
Envejecemos. Los propietarios y sus comisarios también, pero
son muchos y todos siguen estando. Es tenible cruzânselos por la
calle, se reproducen como frutas del trôpico, cambian de nombre,
forman partidos politicos y 1o cierto es que eso que llaman
mayoria los vota. El final del siglo nos encuentra cansados,
viviendo solitarios en medio de una gigantesca marafla, poderosa
marafraque va devorando poco a poco nuestras mejores energias.
Disneylandia como enorme y monolitica catedral. Sobrevivimos.
Es todo. No tenemos nada, nada por delante y un inmenso desierto
por atrâs.
Ahora, justo ahora, la mujer de Lot te hubier a alcanzado. Como
a todos nosotros. La sal hace doler el alma, y te convoco para
saltar sobre el horror y entrar en la memoria. No tengo otro lugar,
el resto de mis cosas se ha vuelto insignificante, aprendo a vivir
silenciosamente, desaparezco dîa a dia en tareas que poco o nada
tienen que ver conmigo, las hago bien y a veces hasta puedo
comprarle un vestido nuevo a mi madre. Me he separado de mi
mujer después de vivir aflos juntos, pero no podfa mâs, el amor se
fue deshaciendo entre mis manos sin que yo pudiera hacer nada
por evitarlo, mientras ella se entregabaalestudio de las doctrinas
esotéricas y llenaba la casa de signos y velas y santones que me
iban poniendo cada dia mâs enfermo. Desarrollé una alergia
furiosa al incienso y al lenguaje que 1o acompffia, y aunque
siempre habîa pensado que era capaz de tolerar todas las
diferencias de postura ideolôgica hijas del marasmo, esta vez no
pude y me marché de casa. Ella insistiô en que era un problema de
astros, mejor asi.

Da miedo ahora ver pasar los coches con banderitas y pegatinas


que dicen <<los argentinos somos derechos y humanos>>, uno no
entiende de dônde ha salido toda esta gente y cuesta darse cuenta
de que el que ha estado en otraparte es uno, que todo era asf desde
siempre. Afloran siglos de frustracidn y falta de confianza,ruegaî
por un orden que se abate implacable sobre ellos mismos. Este es

c0) 22 C0)
el circo, cadamuerto cotidiano se contesta con el ya clâsico <algo
habrân hecho>>. Seguro, piensa uno, perdido, temeroso de tan
oscuro juez y sus inapelables acciones, mientras cada dia es
menos 1o que eres capaz deimaginar y mâs grande la losa que pesa
sobre lo que suponias razonùIe. Al comienzo desconoces en el
papel de animal asustado, un coche que aminora la marcha te
acelera el corazôn y las palpitaciones tardan en abandonarte,
ciertas caras te dejan con las rodillas temblando y se abre un hueco
en el pecho. Funcionan otros reflejos, la supervivencia ocupa
absolutamente todas las horas del dia, las palabras empiezan a
volverse en contra y aprendes a mentir hasta que te vas perdiendo
completamente en lo que se llama opinidn priblica. Una vez alli
estâs salvado. No recoc erântus lfmites flotando ni la blandura que
cuelga casi permanentemente en la mandfbula, a punto de
desbordarse.
Recuerdo que la victoria de Vietnam coincidid el golpe militar
de Videla. Paradojas que en el sueflo se resuelven cambiando de
materia, son insolubles en la realidad. Ni siquiera pudimos
celebrarlo. Corrfamos como ratas. Como ratas nos cazaban. Con
consenso, el gran camidn de la limpieza era pagado por todos los
ciudadanos honorables.
Después de tantos aflos de parâlisis salgo a buscarte de otra
manera, no son sôlo los jueves en la plazaclamando al aire. No sé
si es justicia, rabia o venganza. Respiro hondo y voy velândote
bajo los grandes ârboles.
Éste ha sido nuestro diluvio siniestro. Han quedado dos de cada
especie, pero no creas que la paloma ha dicho que no habrâmâs
agua. Sabemos que no es el primer diluvio, que en cualquier
momento dios vuelve a mearse y nos affasa. Por eso es urgente
construir un puente sobre el agua turbia del miedo y las pocas
claridades, para crtzarlo por un empecinado amor a la espalda.

c,o) 23 c-0)
c,o) 24 c-U)
NI

Tf n esta partida de ajedre z quejuego solo, el caballo negro


f-I acabade saltar por riltim avezy cierra el jaque mate. Todo
-Ll en orden, desde su primer movimiento hasta el final que
ahorapuedo ver.
Costaba tanto decir no. Saber decir no. Siempre se confundia
con una carencia intema o con una especie de cobardia innata que
hacîa sospechar de todo aquel que dudara de alguien, o de las
verdades monumentales de esos dfas.
José siempre me habia parecido un mentiroso, y cuando
después de varias botellas de vino compartidas tuve la certeza de
que no me habîa equivocado, avisé que era un tipo al menos
ambiguo sin atreverme a una acusacidn mâs dura todavia. Me
dijeron que mi versidn era tipica de un pequeflo burgués que se
dedicaba a beber con los honestos compafreros obreros para
coffomperlos con sus taras de clase. El demonio estaba en mi, que
era hijo de un arquitecto y no de un zafrero.

Cuando el caballo se ha despl azado ya por todo el campo


acotado es posible entender el primer movimiento y recordarlo. Y
en el borde del tablero puedo verte pedaleando en tu bicicleta
vieja rumbo a la casa de José a imprimir en el mimedgrafo las
riltimas conclusiones de la noche, veo tu cabezadorada con el pelo
rapado, tus pantalones amplios atados con los cordones de las
zapatillas para que estos hombres, que arin no han comprendido
que las mujeres deben andar tranquilas por la calle, te confundan
con un muchacho y no caigan en la tentaciôn de decirte
barbaridades. Era urgente escribir sobre la necesidad de unir las

c,u) 2s (-o)
luchas de los estudiantes y los obreros, antes del amanecer, para
que supieran que en la ciudad tenfan apoyo, que en el comedor
universitario habia un fondo de huelga, y que cada estudiante
estaba dispuesto a aportar su almuerzo y parte de su poco dinero.
Al pie de pâgina un texto del Che y las noticias del avance del
Frente Popular, las denuncias sobre la
intervenciôn en
Checoslovaquia y la condena radical aI social imperialismo
soviético.
Amanecerâ dentro de un rato, mientras compartes con José el
mate cocido y el pedazo detortilla y giras y giras la manivela y las
hojas salen manchando el pan con tinta negra, que sabe a sol entre
los dedos. Tucumân espera las noticias porque ha empezado un
tiempo nuevo y es tan parecido al largo lagarto verde, con su cafia
de azûcar cubriendo la tierra y las montafras selvâticas al lado
tocando el cielo, donde vive gente alegre y solidaria que lo rinico
que pide es no seguir pasando hambre después de tantos siglos.
Amén.
*{.*.|.*{.t
En tu libro hay una nota de esos aflos que parece una
anticipacidn. No he querido reordenarlas, simplemente las voy
sacando del libro tal como me 1o diste.

Historia natural. Vida de los animales, de las plantas y de la


tierra. Libro I. Pâgina 35
Culantrillo Menudo
Llâmasele también Culantrillo bastardo y es esa plantita que
crece abundantemente en los resquicios de los muros y en las
grietas de las rocas.

c,o) 26 c0)
6.6.70
La muerte
Cuando me muera extraflaré el pasto, el aire, Ialuz,la forma en
que tus cejas se apartan yse acercan.

; O la memoria nos abandona justo antes de morir?

7.6.70
Elmuerto
Tener un primer muerto no es fâcil. Si bien no disparé, estuve al
lado, y mâs que el balazo tan râpido y seco, escuché el estrépito
del cuerpo cayendo, los huesos de un enorme animal que no
acaba de sonar contra el asfalto. Infinito, como si cada parte del
cuerpo fuera un acofde larguisimo yla gravedad de la tierra se
duplicara. Me quedé paralizada mientras retumbaba y
retumbaba. Senti sus costillas en las mias, senti su espalda y
tuve mucho frio. Detesto las armas. Me siento mal. Podria
haber cedido y no dispararnos, nadie queria matarlo, si sôlo
teniamos una22ytres pistolas de madera. Asi, de sirbito, caery
suspenderse, dejar de latir, enfriarse y olvidar.

7.6.70
No hay justicia posible en la muerte, te golpea en medio del
corazlnsin protecciôn alguna, ves la cara de espanto y después
no se ve mâs, entra un desierto de dolor en los ojos, lloras, pero
es un agua seca.

c0) 27 e-O)
c,o) 28 c-d7)
Cinta N.o 2
(Tucumén, con José en el bar de los ciegos, octubre de 1974)

TJu" hace muchos aflos y casi sin darme cuenta como me fui
f metiendo en terreno pantanoso. No pude salir nunca mâs,
.a cada vez que intenté abrirme vinieron las amenazas, hasta
que aprendî a funcionar partido en dos, sentia una cosa y hacîa
otra,hasta que dejé de sentir y ya s61o hacialo que me mandaban.
Habîaempezado trabajando en el ingenio, hasta que después de
varios enfrentamientos con la patronal me despidieron.
Formamos un sindicato fuerte, pero perdimos el control cuando
las nuevas corrientes sindicales, cercanas al gobierno, nos
desplazaron y por fin nos echaron. Consegui trabajo en la
alcoholera, que fue donde conocf a los compafleros, y empezamos
a organizamos mejor; ademâs del sindicato creamos grupos de
estudio y autodefensa, lo que serfa la base del partido. Al afro
también me despidieron y la situacidn se me hizo muy diffcil.
Habia que sobrevivir y con dos amigos del barrio asalté una
zapaterîa del centro de la ciudad. Era la primeravez que robaba.
Nos fue mal y nos cazaron, conseguimos poca plata y tres aflos de
condena.
Fue en Ia cfucel durante los ocho meses que estuve adentro,
donde conocf a Manuel, que estaba acusado de matar a un hombre
en una pelea en un bar. Era el oreja del director y me habl6 por
primera vez de la posibilidad de trabaj ar para la policfa y salir
antes. Yo estaba desesperado, no tenia trabajo y los ingenios
estaban cerrados. El partido no podia hacerse cargo de mi defensa,
y aparte de sancionarme por indisciplina, dijeron que habiapuesto

c0) 2e c,o)
por
en peligro todo el sistema de seguridad dedicândome a asaltar
mi cuenta. Me mandaron de todas maneras un abogado, pero no
sirvid de nada.
*{.****i.
Aunque estaba separado de mi mujer, tenîaque pasarle dinero
para los dos changuitos; ella limpiaba casas, pero no podia
emplearse todo eldîay no les alcanzaba. Mientras yo estuve preso
no habîan podido pagar el alquiler y se habfan ido a vivir con su
familia. Fichado corno ladrôn, qué empleo iba a poder conseguir
cuando saliera. Manuel me presentd a Stârez, el segundo del
comandante, un dia que hicieron una visita ala cârceL Me dijo:
<<Con éste tenés que hablar y te 1o arregla de hoy paramaf,ana.>>

Pensé que seria lo mejor. Yo tenia que salir râpido, o sea que me
la jugué. Al dia siguiente me mandaron a buscar y me llevaron a la
Jefatura de Policîa, alli estaba Suârez con otros. Conocian todo 1o
que habia hecho, tenian mi ficha bastante completa. Me
preguntaron lo que sabia del sindicato, los nombres de la gente, la
forma en que trabajaban, cômo funcionaban las células de
estudiantes. Me dijeron que si colaboraba podria salir por buena
conducta en un mes mâs, que iban a arceglarlo si yo trabajabapara
ellos como informador. No tenfa muchas alternativas y acepté.
Tenfaun sueldo y 1o completabahaciendo instalaciones eléctricas
en algunas casas, para justificar frente a los compafleros de ddnde
salia el dinero. Pudimos vivir un poco mejor durante un tiempo.
Fue cuando me compré la moto.

Cada semana iba al cuartel, hacîa un informe, pero eso no


perjudicaba anadie. Ellos iban ordenando nombres, direcciones,
1o que llamaban el organigrama. A partir del 70 las cosas se
pusieron mâs duras, cuando empezaron las movilizaciones
azucateras que coincidieron con mi relaciôn con Ana, que era
Julia, mi Pelada.
Me enamoré tanto que intenté dejarlo, fui a hablar con el
comandante y le dije que yo no servia para esto, que sospechaban

c,o) 30 c.o)
de mî, que yo no sabia mantener bien la doble cara y que habia
encontrado un trabajo. Recuerdo que la noche antes hab(an
asaltado la comis arîade Concepcidn, volaron el puente y lanzaron
durante una hora proclamas por la radio. Cuando lo enconffé, eI
comandante estaba hecho una fiera. Me insultô de arriba abajo y
me amenazî con mandarme otra vez ala câtce| o si no, me drjo,
apareceria muerto en cualquier zanja. O sea que a trabajar en
serio, queria datos precisos, sabfa que yo pasaba informes poco
claros, me puso contra las cuerdas diciendo que ellos sabian que
habiavenido gente de Buenos Aires y que amîtambién me tenian
vigilado.
Supe que estaba perdido y teniaque ponerme de su lado. Querîa
los nombres de todos los que estaban llegando. Le dije que yo no
podfa saberlo, estâbamos organizados en estructuras celulares y
mâs allâ de la frontera del ingenio no conocfa a nadie. No me
creyô. Le dije, tratando de defenderme, que 1o rinico que
haciamos era leer enormes libros de economia polf tica,discutir el
periôdico, repartirlo y estudiar los capftulos para explicarlos en
las reuniones. Se enfurecid todavfa mâs y me dijo que a mi
también me estaban sorbiendo el seso, que los asaltos a las
comisarias y a los camiones de leche no se haciancon libros sino
con armas, o sea que a ubicar claramente dônde estaban y quién
las tenia. Ese era mi trabajo, necesitaba los informes râpido.

Asi, tremendamente presionado, salf de esa entrevista


temblando y tomé la decisidn de acabar con mis problemas de
conciencia y con el cariflo que sentîapor Ana.
Es dificil nadar entre dos aguas, mâs cuando la mujer que
quieres estâ en una orilla y el dinero para vivir viene de la otra.
Cdmo iba a decirle al comandante que Ana habiavenido a verme
tres veces esa semana con dos compafleros que no eran de
Tucumân, se les notaba en el acento, para preparar la huelga
indefinida y armar los grupos de autodefensa. cdmo iba a
denunciarla, aun sabiendo que era una experta en los caminos de
montafla en la que se pensaba instalar una guerrilla a corto plazo.

c,o) st e.o)
La comp aflera Ana. Mi Pelada, como me gustaba decirle
cuando la llevaba en la moto y venia a mi casa a preparar los
repartos de periddicos. Me volvfa loco. También frente al partido
llevâbamos en secreto nuestros encuentros. Ella me abrazaba, se
desnudaba lentamente y nos pasâbamos las tardes libres
besândonos y haciendo el amor. Lo hacfamos como si la vida se
acabara al dîa siguiente, como si en cualquier momento fuéramos
a separarnos para siempre. Fue sorprendente encontrar una mujer
tan joven, no ten(a mâs de diecisiete aflos, aunque siempre supe
que se aumentaba la edad, hablândome y explicândome 1o que le
gustaba y lo que no le gustaba, cômo debia hacerlo. Yo no estaba
acostumbrado, pero ella decia que eso eran taras, que la vergùenza
era una cosa que nos habian inculcado para hacernos infelices.

Mientras estuvo a mi lado el comandante y los suyos no


supieron nada de ella. Pero yo no podia seguir aguantando la
situacidn. Sabia que alguien mâs estaba pasando informacidn y
que me potiian estar controlando. A ese sistema de informaciôn
los militares le llaman <<pinza>> y al final te atrapan.
Era el tiempo de la gran huelga azucarera. Llevâbamos meses
aguantando el hambre y se habian organizado dos ollas populares;
las mujeres se ocupaban de repartir la poca comida, el gremio de
panaderos nos haciallegar una camioneta con pan y dos bolsas de
harina a la semana; de vez en cuando recibiamos de otros grupos
de los ingenios del sur envfos de alimentos, pero la gente estaba
desesperada y sin saber si iban a volver a contratarlos. Muchas
familias empezaban a prepararse para bajar a Catamarca o a
Mendoz a a trabajar en la cosecha de fruta. Veiamos partir los
caffos con la casa entera, a ganarse la vida en cualquier parte.
Casi todos los dias distribufamos volantes por el pueblo
explicando que habiaque organizarse y resistir. Ellos llegaban en
sus bicicletas con las bolsas en la espalda, y yo les marcaba las
salidas y las entradas para eludir las patrullas.
Después, solfamos reunimos en el bar del camino del Perri. La
noche que nos separamos habiamos bebido bastante y cuando

c,u) sz c&
todos se fueron, nosotros nos quedamos en mi casa. A ella le
gustaba dormir conmigo, pero apenas entramos empecé a decirle
que ya no la querîa, que mi responsabilidad de militante me
obligaba a terminar. Tenia que cortar y estaba dispuesto a hacerlo.
Me mird sorprendida y se puso furiosa, decia que estaba
mintiendo, recogid su bolsa y saliô al patio a buscar la bicicleta.
Me dijo que era una basura, un trepador partidario, y enojada se
fue pedaleando en medio de la noche.
Me desmoroné, pero estaba decidido a aguantar. Las cosas se
habian puesto muy dificiles parami y ya no iba a poder protegerla.
El comandante desconfiaba de mî y hay momentos en la vida en
que uno no puede andar con vueltas.

A los pocos dias aparecid el camiôn con los obreros que traîan
de Santiago y abrieron el ingenio después de acordonarlo con
polic(as. Nos reunimos para organizar la manifestaciôn en contra
de los rompehuelgas, era preciso que los retiraran y que la
patronal se sentara a negociar con los dos mil despedidos.
Ella volvid al ingenio con los otros, pero no me salud6. Pusimos
en los accesos al pueblo cubiertas de goma llenas de trapos,
preparamos los molotovs y montamos las guardias. La policia
tenia que retirarse y era necesario impedir que los que venfan de
refuerzo entraran.
Intenté acercarme y decirle que me perdonara, que por favor
fuera después de la manifestacidn a esconderse en mi casa. Sabia
que alli la policîa no iba a entrar. Me mirô con desprecio y me dijo
que empezaraa olvidarla, que sabfa cdmo cuidarse. Era tarde. Las
sirenas de los coches de la policia se acercaban, y ellos salieron
corriendo hacia las esquinas a rebolear los molotovs paracortarles
el paso. Las gomas ardieron de inmediato, pero mâs de trescientos
policias avanzaban en medio del humo tirando gases.
Râpidamente rodearon a la gente y empezaron a repartir palos,
varios sacaron las pistolas y escuchamos los disparos. La prensa
dijo que habîandisparado al aire, pero hubo dos muertos, muchos
heridos de bala y mâs de veinte detenidos.

c,u) x c,a)
Mientras duraron los allanamientos, un grupo vino a esconderse
a mi casa, pero ella no aparecid. Nunca mâs entrô por mi puerta.
Pidi6 a la direcciôn que el reparto de periddicos se organizara en
otra casa y lo consiguid. No fue sino mucho mâs tarde, en una
reunidn en que coincidimos por casualidad, cuando volviô a
hablarme. Me dijo simplemente que todo 1o que habia pasado
entre nosotros le habia ensefrado a pensar mejor, que no me
preocupara, que podiamos volver a hablar tranquilamente. A mf
no me preocupaba, simplemente no querfa volver a verla porque
me destr ozaba,perdia pie y no me 1o podia permitir.

En la reunidn me di cuenta de cômo miraba a Pedro, un


compaflero que habîa llegado hacîa poco tiempo del sur. En el
fondo, como a todas las mujeres, le atraiala novedad, el que fuera
un jefazo, un tipo duro que venia a preparar la lucha en el monte.
No volvimos a estar en la misma célula, ella pas6 a encargarse de
otras cosas, que por suerte no me tocaron amicomo informante.
Mâs tarde supe que se habia casado y que estaban viviendo
cerca de la montafra. Tampoco lo puse en el informe, dentro de 1o
que pude, traté de seguir protegiéndola, aunque fue imposible.
Todavia ignorâbamos que en los aflos siguientes la represiôn ibaa
ser tan feroz.Estaban decididos a acabar deraîzcon la subversiôn,
con sus amigos y hasta con los conocidos. Uno siempre sabe
solamente una parte y se da cuenta tarde.
En un instante se decide toda tu vida y no hay vueltaatrâs.

un 34 C-o)
Itr

qui sôlo crecen los ârboles. Todo lo demâs se deteriora,


envejece mal. Es como si un sistema .de lentas
decrepitudes terminaru haciendo que la materia muestre
sus adherencias, las adiposidades que destruyen la fibra del tejido.
Hay algo monstruoso en el regreso, la casa colonial de su abuela
Aida es ahora una plaza de cemento volcado râpidamente para
olvidar la bomba que la hizo volar por los aires, después de
falsificar los papeles de propiedad. Los cuerpos de los que se han
enriquecido no s61o han envejecido, se han ido volviendo una
masa de carne sin gestos. Cuando los miro parece que desde
adentro del vientre va a saltar el payaso de resortes para asustarme
unavezmâs.
**t*r*{.
Delcuaderno de Julia, Historia natural. Botânica. Pâgina 39
Boleto Elegante
Es un hongo algo viscoso, de coloraciôn ferruginea. Entre los
venenosos citaremos el llamado MATAPARIENTES (Boletus
Piperatus), para algunos sôlo sospechoso; francamente
venenoso es el Boletus Purpureas, del sombrerillo del color que
indica su nombre, pero variable, asi como las reticulaciones
que adornan su pie.

ct) 3s c.o)
23,10.1975
Caracol
Enla Puna elcaracol guardaelsonido delmar.
Asi mi cabeza guarda tu voz,los pliegues de tus manos, el
tronco del ârbol conazahares detrâs de tus ojos. Si te pintan los
dedos otta vez al apresarte, diles que no son tuyos, que tuS
lineas son la 6rbita de las galaxias ycualquier falso movimiento
descompensa a todos. Entonces, el cielo caerâoomo un golpe
sobrenosotros.

12.t2.t975
Sed
Nos han dejado un barro hediondo que no sirve para construir
unatazani un cuenco donde poder beber un poco de agua.
Dijiste desierto y el hombre asomô en la arena, volc6 la riltima
gota de la cantimplora, decidido a morir de sed sin estirar su
mano.
Nada de lo que nos han dejado sirve, ruinas, crueldades que no
quiero aprender.
También voy a morir de sed mientras el agua escapa de mis
manos.

15,12,75
<La ternura es un acto de insurgencia civil.>

cD) 36 e.O)
3.t.76
(Y)
Ojos que han llovido toda la tarde
sobre la orilla infranqueable.
<Y>, tallada en la planta de mis pies

carnina una llanura en sombra


<<Y>>, en las ramas al viento enlaza
Iainconstancia de las hojas.
El mundo parece caber en esta conjunci6n.
<Y>>, en el rio navega tu nombre.

c,u) s7 c.o)
c.o) s8 (0)
Cinta N.o 3
(Tucumén, con Marcos en el Edificio Berenstein, noviembre de
1eB4)

T a Constructora Berenstein, S.A. es una de las empresas


I de punta en esta ciudad, lleva muchos aflos haciendo
-Ll casi todos los trabajos importantes de ingenierîa. Es un
poder en la provincia y hemos conseguido desarrollar nuestros
negocios a escala nacional.
Fue fundada por Boris, el padre de Julia, que empezd con un
pequefro estudio al terminar su carrera,y ahora estamos asociados
sus dos hermanos y yo. Desde que llegué, la empresa se ha
modernizado y ha crecido. Nuestro principal cliente es el ejército,
la rinica institucidn solvente y estable del pafs.

Las locuras de Julia nos crearon graves problemas; una cabeza


calenturienta atizada por los cuentos del abuelo Isafas y su
nostalgia, todavia creyendo que en estos tiempos es posible
sobrevivir como antes, una familia de dementes. Ella no hizo sino
recoger su enfermedad y la de la vieja Aida, su abuela materna, y
ponerla en marcha. No pudimos detenerla a tiempo.
Intentd entrometerse en los asuntos de la compaflia, cuando
entramos en negociaciones para la obra de una central de agua
pesada en Mendoza, le hizo un verdadero drama a su padre
diciendo que estâbamos colaborando con la destruccidn del
planeta. Sus amigos periodistas lo publicaron en los diarios. Vino
a increparme y a acusarme directamente. Boris, que en el fondo
era otro sentimental, propuso en el consejo abandonar una
licitacidn millonaria, pero alli estabâ yo, que finalmente pude
poner a todos los socios en orden y hacer que votaran a favor. En
manos de ellos, la empresa hubiera quebrado hace afros.

c,o) 3e e.o)
El comandante tuvo la deferencia de venir a verme
personalmente y me 1o advirtid. Me ordend controlar a mi prima.
Sabfan que Julia andaba metida en cosas raras, la tenian fichada.
Ellos no estaban dispuestos a coffer ningrin riesgo, ni a permitir
que informacidn reservada anduviera circulando por ahi como si
nada. Me recomendô que le dijera que se fuera lejos y abandonafa
los discursos en la facultad y las denuncias sin sentido. Siempre
han sido gente seria, ahora se ve claramente que cuando han
tenido que defender la democracialo han hecho a conciencia y se
han retirado a los cuarteles, es evidente que sin ellos este pais se
hubiera ido a pique. Ahora todo el mundo los acusa, pero nadie
piensa en que les tocd el trabajo sucio, los politicos siempre han
sido débiles pafa responder a las crisis.
Claro, la advertencia nos costd un aumento deI I07o en sus
comisiones, tenia elementos para presionar.
En ese tiempo yo llevaba un mes viéndola todos los dfas cuando
salia de la empresa para ir a mi casa, sentada en un kiosco de la
avenida Mitre, al mediodia, en medio de un calor tremendo.
Nunca me atrevî abajar del coche y preguntarle cômo estaba o
qué hacia. No pod(a acercarme, me producfa una especie de
alergia, era hiriente con sus comentarios y no respetaba a nadie.
Sin embargo, después de la advertencia del comandante fui a
verla. Todavîa 1o lamento, yo no podîa suponer el motivo que
teniapara estar sentada alli todos los dias, en un kiosco mugriento.
**t *{.*t
Antes, eran otros tiempos, nos encontrâbamos a la salida de la
facultad, o la pasaba a buscar por los talleres de la facultad de
Bellas Artes y nos ibamos a tomar café con sus amigos o a las
sesiones dobles del cine club.

Su olor era inconfundible, una mezcla de madera y limôn, con


-
su bolsa cargada de 6leos, libros y pinceles. Me encantaba
olerfa, estar cerca, aun sabiendo que entre nosotros nunca iba a
pasar nada. Al principio me dejaba llevar su bolso, pero después

C,O) 40 (-U)
se puso imposible y no aceptabaningrin tipo de ayuda. Menos arin
lamia.
Empezô a llamarme familiar>, eue es ese animal de la
<<e1
mitologia popular con forma de vivordn, inventado por los
patrones de los ingenios del siglo XVI, y encargado de hacer
desaparecer a los obreros conflictivos. Un animal de los sdtanos.
Dejé de ir a buscarla, nuestros encuentros fueron cada vez mâs
casuales; cuando ella llegaba alteraba a todo el mundo con su
charla y sus propuestas locas, no dejaba hablar a nadie. 561o a
B ernardo, el poet a, p ar ecîa escucharlo.

Solianjuntarse en <<Los tres gordos>> alrededor de unabotella de


vino y hablaban sin cesar. Una de las riltimas veces que estuve con
ellos fue inaguantable; emptezaba a sentirme mayor y no teniamos
nada que decirnos.

Me invitaron a subir con las botellas de vino a los techos mâs


altos del edificio de la FOTIA, sobre el tanque de agua. Estuvimos
alli hasta el amanecer. Estropeé mi traje casi blanco de verano y
nos emborrachamos.

Todavfa la oigo diciendo <la ciudad es nuestro territorio y


tenemos que ocuparla con vida y con atte, son nuestras las paredes
y las plazas,los techos son de los que tienen cosas que decirle al
cielo>>, decîa, y segufa mientras trepâbamos por las escaleras de
metal, <<vinieron con la noche, discutieron el viento, hicieron de la
soledad un humito delgado, suave, que enrojecia de pronto con las
hojas del tiempo, y se prepararon a dormir a la intemperie, sobre
una tierra distinta que amaneceria>>, recitaba este poema de
Bernardo como si fuera un talismânparaabrir el cofre del tesoro,
segrin ellos escondido mâs aIIâ deL piso 15 entre un laberinto de
tenazas. Ya aniba, cantaban bagualas y comparaban a Cuba con
Tucumân <<cafla de az(tcar, montaflas con selva, gente decidida a
cambiar, un territorio semejante donde todo es posible si nuestra
voluntad es clara. Arte y vida no pueden estar separados. Y para
que el arte tenga sentido debe ser de todos y para todos>>, decia con
total ignorancia de los asuntos. Era un delirio.

c0) 4r e0)
Me juré no volver a acompaflarlos y no volvi al bar; pero a la
semana siguiente me llamô para invitarme a un acto, a un
<<concierto de globos y
negros>> que hac(an en la PIaza
Independencia. No pude vencer mi curiosidad y fui. Supuse que
se trataba de mrisica.

Cuando llegué Iaplazaestaba rodeada, la policîa montada y los


coches de la federal cerraban las cuatro esquinas. La vi en medio
del grupo de doscientos estudiantes que estaban cerca de la
estatua de la libertad, en el centro de la plaza,y me fui acercando;
con mi pinta y mi edad era diffcil que me confundieran con un
estudiante.
Ella me bes6 con alegrîay me dijo que como era 8 de octubre, el
aniversario de la muerte del Che, iban a pintar de negro la base de
la estatuay alanzar unos globos al aire con su cara. Los habian
estampado ellos mismos, en el taller de serigr afîadela facultad.
No me atrevia decirle que estaba equivocândose de tiempo y de
lugar; que en Tucumân, a pesar del hambre, la revoluciôn no se
harîa este aflo ni el prôximo ni tal vez eI prôximo siglo; nunca 1o
creerîa. Me hubiera hecho un largo anâlisis sobre mi manera de
pensar determinada por mi situacidn social, mis puestos, mi
origen de clase, esa retôrica insoportable que era su preferida cada
vez que nos encontrâbamos en las reuniones familiares, donde a
cadacual nos perse guiacon ese tipo de peroratas.
Casi puedo escucharla: <<y es que tienes muchas cosas que
perder, los obreros no tienen nada que perder y todo por ganar...>>
Era absurdo 1o que hacian. La exposiciôn de su amigo Martin
Lôpez, por ejemplo, con lo talentoso que era, llamarlo <<Azûcar
amargo>> para terminar con todos los cuadros tajeados por los
comandos de ultraderecha.. Provocar y después admirarse de que
los atacaran. Se la buscaron, poco a poco se la fueron buscando>>.
A quién se le podia ocurrir pintar unos cuadros asi. Una orquesta
de mrisicos con trajes de color tocando instrumentos que no eran
ni violines ni chelos sino metralletas, o aquel otro con los ângeles

(O) 42 C.O)
del azûcar como mariposas camufladas, o ese, peor aûn, en el que
estân todos velando al estudiante muerto en Cdrdoba.

Y luego la historia de los globos y los carteles enormes todas las


semanas desde los edificios mâs altos de la ciudad. Tuve que
prohibirles la entrada a nuestro edificio, creian que no me daba
cuenta cuando aparecîan con los rollos de papel y subian a la
azotea a descolgarlos, pintados siempre con la cara del Che y las
grandes proclamas. Para quién y para qué me pregunto todavia.
Creaban a su alrededor una gran confusidn y hablaban del mundo
como si 1o conocieran, sin haber salido nunca de este pafs.
Sin duda el comandante tenîa raz6n, era evidente que fuerzas
politicas que ni ellos mismos conocian estaban usando al
estudiantado paraotros fines. Julia era una ingenua, no me extrafla
que creyera cualquier cosa si se la contaban bien. Lo que empezd
por una confrontacidn de un grupo de ingenuos con el gobierno, se
transformd en una gueffa sin cuartel, donde evidentemente
llevaban todas las de perder. Habiaque frenarlos y asi se hizo.

iQué tendria que ver el arte con la explotacidn, con los obreros
azucareros, como a ella le gustaba decir cuando se le iluminaban
los ojos y creîa que saber y entender era cosa de todos? En una
provincia de ignorantes, de borrachos, de muertos de hambre,
quién iba a entender eso de <<Azûcar amargo>>. Aqui nadie queria
cambiar nada. Cuando el hambre aprieta, gritan un poco, llenan la
plaza, pero con cuatro palos bien dados, todo en orden ya
olvidarse. Basta ver cdmo estân de mansos ahora.
Cômo fue posible tanta irresponsabilidad , traer un hijo al
mundo sin tener nada cIaro, sin un futuro seguro, con ese marido y
su agrosociologia trasnochada, investigando planes de cultivo
rotativo que nadie iba a apoyar, jamâs. Por 1o menos tenia un
sueldo de profesor adjunto del que vivian malamente. Nosotros le
ofrecimos un empleo mejor, pero no quisieron dejarse ayudar por
la familia. Se fueron a vivir a la montafla. Ella querfa que el niflo
naciera cerca del otro mundo, en medio del pobrerîo. Federico iria
a escuelas-taller, decia, iban a crear nuevas formas de ensefi anza,

c0) 43 c,O)
Todavfa la escucho decirme como en una pesadilla: <<quien
puede simbolizar no enferma y pierde el miedo; eso es lo humano,
el resto, necesidad y robo a mano armada>>.
Aquel 8 de octubre en la plaza,, cuando la vi, supe que nada ni
nadie laharîa cambiar de idea ni entrar enrazones. Si ella amaba,
el mundo era amoroso, si ella habîa podido romper con su
educaciôn tan llena de taras, como le gustaba decir, todos podian
hacerlo, y por 1o tanto no habia nada que temer.
Ese dia, Martfn se acercô y le dijo que no tendrfan tiempo de
pintar la estatua, que lo mejor seria tirar los globos y dispersarse.
Recuerdo que 1o mir6, mirô los naranjos llenos de azahares, la
casa de gobierno atrâs, la policia con los bastones y los gases
preparados, las cuatro esquinas rodeadas. Después me pidi6 que
fuera con ellos a buscar una bolsa de corchos al bar mâs cercano.
Eran mâs de doscientos y segufa llegando gente. Casi todos
estudiantes. Cerca de la fuente repartieron los corchos y subida en
un banco, la acuerdo con sus zapatillas de basket y el vestido
suelto azul, diciendo que no les daban tiempo ni les dejaban pintar
la base de la estatua de la libertad con un luto negro en memoria
del asesinado compaflero Che Guevara. Pidiô que todos pintaran
en su frente con el corcho quemado una lfnea negra, y bajô
corriendo del banco. Estaba loca, delirante.
Empezaron a quemar y a pasarse los corchos, era increîble,
todos con una rayaen la frente pintada.
Pedro, otro de sus amigos de la facultad, debia decir un
discurso, pero apenas intentd subir a un banco, después de que los
globos rojos llenaran el cielo de la plaza, la policia empez1 a
avanzar por las cuatro diagonales, primero con los caballos al
paso y luego cargando

Salimos corriendo como pudimos. Por suerte y por precaucidn


yo me habia sentado del otro lado, sobre la plataforma donde los
domingos tocaba la banda de mrisica. Los policfas pasaron
repartiendo bastonazos al lado.

c.o) 44 c-o)
Sobre el humo de los gases flotaban casi trescientos globos
rojos.
Dos detenidos y cuatro o cinco heridos fue el saldo de semejante
estupidez. Meses mâs tarde les hubiera costado mâs de un muerto.
Cuando los encontré por la tarde en el ABC, estaban radiantes,
1o celebraban alrededor de una botella de vino barato y hablaban
en voz baSa. Nunca mâs acepté una invitacidn de Julia.

Un mes después, y en medio de la inestabilidad politica que se


vivia en la ciudad, decidf hablar con ella. El ejército se habia
hecho cargo de la provincia, y nosotros estâbamos construyendo
tres represas en las que nos jugâbamos cifras millonarias y
acuerdos politicos. La presencia de Julia era un estorbo, un
elemento de presidnalahora de negociar.
El aire olfa dulce por La mezcla del bagazo y los azahares, Ia
estatua de la libertad estaba cubierta de tanta cacade palomas que
no se le podia ver la cata, pero abajo, en el costado del pedestal
alguien habiapintado una estrella de cinco puntas râpiday roja.
Sabfa que me estaba arriesgando, pero no podîa dejar de
avisarle; me molestaba que el comandante me hubiera puesto en
semejante compromiso.
Detesto los problemas de conciencia, pero me veia envuelto en
una historia sin solucidn. Nunca tuve tiempo para perder en
discusiones bizantinas; lidiar con Boris y los otros hermanos era
bastante . Cadaquien elige su destino, ser de la familia no la podia
salvarde nada.
No sabîa cdmo decirle lo que me habfa contado el comandante,
impidiendo que se diera cuenta o intentara averiguar quién me lo
habia dicho. No estaba dispuesto a comprometerme ni a
comprometer anadie con sus decisiones.
Cuando llegué me estaba esperando y bajd corriendo a
encontrarme, escuché desde elzaguân cdmo saltaba de dos en dos
los escalones; me bes6, me tom6 de la mano y me fue llevando por

C,O) 4s C-0)
la biblioteca y la cocina hacia el patio, parasentarnos en los viejos
sillones de cafla, donde habiamos pasado otras tardes, un poco
mejores que ésa, cuando yo le lefa cuentos o jugaba con su
hermano alaledrez.
Fue hasta la cocina y volvid con dos copitas y la botella oscura
de vino patero. Estaba muy delgada y con una barriga graciosa
apenas apuntando debajo de uno de esos vestidos que siempre
usaba y que parecian camisas largas, con sus eternas sandalias
tucumanas. El pelo cortisimo, casi pelada, le daba un aire
ambiguo; seguia confundiéndome, con su boca grande y esos
movimientos como saltos de un gato siempre al acecho. Habîa
perdido la costumbre de hablar con ella, sabia que se estaba riendo
de mî, del joven ejecutivo en ascenso, sabia perfectamente que
muy en el fondo me despreciaba.
<<Seguramente te estâs volviendo rico y prepotente>>, me dijo
apenas me senté y nos reîmos, ellacon grandes carcajadas.

Le expliqué claramente lo que estaba pasando y desde la mâs


terrible de las suficiencias me contest6 que pretendian asustar a la
familia, que no podian hacer otra cosa porque veianque el avance
de las luchas de los trabajadores iba aacabar con este sistema.

Me senti definitivamente perdido cuando me pidi6 que le


presentaraalque me habiainformado, decia convencida <que si é1
pudiera comprender su lugar dentro del sistema se daria cuenta de
que estâ jugando en contra de si mismo por un sueldo miserable>.
Antes de que empezara a hablar de la ruptura del ejército ruso
cuando la revolucidn me desped(.
Nos abrazamos y me acompaf,d hasta la puerta. Sali de all( con
un sentimiento honible de impotencia, con ganas de gritarle que
la ciega y la sorda, aunque no la muda desgraciadamente, era ella
y no yo, ni el comandante.

Tampoco me atrevi a preguntarle qué hacia todos los dîas


sentada en el kiosco, ni para qué habia robado ciertos planos de la
empresa. Meses mâs tarde entendi todo. Cuando el Banco

c,o) 46 C0)
Provincial de Ahorro que estaba frente al kiosco fue as4ltado y a
las pocas horas la detuvieron a ella, a Javier y a otros cinco mâs.

Comprendi que estaba definitivamente perdida, y nos


arrastraba a todos sin querer a una historia tenebrosa; Ia familia
debia darle también un escarmiento, nos ponîa a todos en una
situacidn peligrosa, jugaba con nuestro nombre, con nuestra
tranquilidad y con la responsabilidad de nuestra empres a. Loca,
loca y malvada. Nunca mâs volvimos a vernos, pero cumpli con
ella en advertirle, no me siento en deuda con nada.
Mi lugar no ha sido fâcil Cuando Julia cay6 presa, Boris
desapareciô durante un mes. Lo encontramos por fin en un pueblo
de Amaicha, perdido, habfa desbarrancado el coche y andaba casi
sin ropa, amnésico y enfermo. Hubo que internarlo y eso atrasô la
firma de varios contratos, perdimos finalmente la licitacidn de la
central de Mendoza, o sea que Julia consiguid lo que se proponfa.
Por suerte su madre, que es una mujer muy eficaz, se hizo cargo de
reemplazar a Boris casi en todo, pero desde entonces debo
enfrentarme con ella, no es una tarea sencilla, tiene alma de
prusiana. Boris no se repuso nunca mâs, sali6 de la clînica pero
estaba continuamente deprimido. Pasaba horas encerrado en su
estudio donde colgd una gran foto de Julia, sin hacer nada o
dibujando proyectos imposibles, puentes que nunca îbamos a
construir y sistemas de alcantarillado para pueblos de montafra;
s61o salia paraintentar convencerme de la validezde sus diseflos y
hacerme perder horas en discusiones estériles. Cuando en eL 76
los militares empezaron a amenazar y a exigir cada vez mâs
dinero y lo obligaron a apareeer como padrino de obras que él
repudiaba, empeorô y dej6 de hablar, hasta su muerte.
Isaias también decidid hacerme la guerra, venîa todas las
maflanas a la oficina para pedirme que hablara con los politicos y
los militares, que les convenciera de que la detencidn de Julia era
una injusticia. Era infernal. Si no lo atendfa se sentaba y se
quedaba mirândome como una estatua, yo no podfa echarlo y
tenfa que fingir que llamaba a algrin personaje importante.

c,u) 47 c-d7)
Entonces se tranqûLizabay al rato se iba aI café a esperar alguna
noticia. Abandond la finc a, dejô por todos lados impagos , y la
cosecha de naranjas de ese aflo se pudrid en los ârboles. También
tuvimos que hacernos cargo de sus deudas. Tardô un aflo en
entender que no podfamos hacer nada para ayudar a Julia y en
volver a sus asuntos del campo.
Aida fue mucho peor. Directamente dejô de saludarrne, se
dedicd a hablar mal de mi con todo aquel que se cruzaba con ella,
decîa que yo era un cdmplice del ejército y que mi dinero estaba
podrido, como si yo tuviera la culpa de 1o que habia pasado, pero
eso si, pasaba regularmente a recoger los intereses de sus pocas
acciones.
Evidentemente, <el familiab>, el demonio de los sôtanos, fue el
papel que la familia entera me adjudic6, cuestionândome cada
uno de mis pasos. Estaban enfermos y no comprendieron nunca
hacia qué lugar se estaba dirigiendo Ia historia. Ellos eran
personajes del siglo pasado, vivian fuera, completamente al
margen de una realidad que los superaba.
Gracias a mi esfuerzo la empresa sigue en pie, ahora tenemos
las concesiones de la terminal de autobuses que ha sido
privatizada, nuevas obras en marcha, flotas de camiones,
transportes en general. Avanzamos hacia el futuro, eso al menos
estâ claro.

c,u) 48 C0)
Y

ll^'luentan cosas que ya sabiamos, pesadillas antiguas. Me


I pregunto con qué derecho legitiman aI asesino los
\-/asesinos con su sôrdida metafisica del Estado,
prolongando el miedo y haciendo crecer la desolacidn en todos los
rincones. Te toco en las hojas que flotan y se affemolinan rabiosas
en la corriente del agua de adentro,para terminar en el puerto de
estas letras, moj6ndome los pies y hundiendo las manos en los
bolsillos sin fondo, y <<tan solo, amor, que hasta mi cuarto sôlo
sube Ia vieja escalera que craquea>>.

El mundo ya no es ancho y ajeno, es pequeflo y personal. La


justicia es tal vez posible.
*{.t*t*{.
Del cuaderno de Julia, pâgina 67 del libro de botânica.
AnemoneNemorosa
Vive en los bosques boreales de Europa. Periantio cerrado en
forma de campana, posiciôn que adopta desde lacaidadel sol.

4.10.t972
Cancidn deM.
Hu eIIa, hu ell a, hu ellit a
mi corazôn
Alûmbrame eI camino
queyamevoy.
Hu eIIa, hu ella, hu ellit a
mi colorâ.

c,o) 4e c-u)
Yano me quedanada
todolohe dado.

Canci6nsefardi.

No memates con cuchillo,


ni tamp o co con rev ôht er.
Mâtame contus amores,
entusbrazos moriré.

10,10.72
No huy ferocidad semejante a la traiciôn. La primera
obligaci6n de un preso es fugarse,yTo me iré sin llevar ningrin
rencorconmigo.

c,u) s0 c-o)
Cinta N.o 4
(Tucumén, Margarita Gômez, Sala de visitas de la cércel del Buen
Pastor, marzo de 1982)
e acuerdo cuando llegd con el vientre enorme y como
flotando

La madre Agustinala acompafi aba,y ya nos habian dicho por la


mafrana que no se podia hablar con ella, que era politica y estaba
en <<régimen especial>.

Por eso no la obligaban a hacer la procesidn diari ani acoser ni a


lavar y planchar en los talleres. Es que en el Buen Pastor tenemos
un taller de costura para las fâbricas de colchones y una
lavanderia-tintorerfa bastante grande; bueno, el tema es que las
polfticas no podian ir detrâs de la Virgen pararezarle,por eso ella
se sentaba en el banco de la galerîadel patio todos los dias de seis a
siete de la tarde y nos miraba ir y venir.

Aunque la madre Agustina dijo que habiatambién querezar por


ella, yo creo que a ella no le importaba, A veces se pasaba la hora
leyendo, mientras nosotras vueltas y vueltas por el patio con el
rosario y el <<yo pecadora>> o con el otro tezo, ese tan bonito que
dice <<yo te entrego mis ojos ,minariz, mi boca, mis orejas, todo>>.
Los primeros dias anduvo como perdida, nos miraba mucho y
hablaba poco, como si le doliera abrir la boca.
Apenas pude me acerqué, le dije que yo me llamaba Margarita y
le presenté alaMari, mi compaflera de causa y mi amiga intima, y
nos fuimos a sentar las tres al sol en el recreo de la siesta.

c,o) sI c.o)
No me importd que las monjas nos llamaran la atencidn en el
sermdn de la tarde, una no podia pasarse la vida callada y
obedeciendo a r qatabla.
Nosotras sabiamos hacer estrellitas con el papel de los
cigarrillos y nos pusimos a plegarlas mientras hablâbamos; le
regalé una grande, bien hecha, para el pelo, y ella se la puso con
una horquilla, cerca de la frente. Asî empezamos a ser amigas.

Me preguntd qué me habîapasado en la caray en los brazos y le


conté lo de la explosidn en la casa de los Sanz, cuando me quemé.
De ah( que algunas presas me llamaran envez de Margarita, que
es un nombre tan bonito, <<1a Quemadæ>.

Yo sabia que ella era la del asalto, cosas serias, cincuenta


millones, y gue la policfa andaba desesperada porque no habian
podido encontrar ni un peso ni el lugar donde 1o habian escondido.
Por eso le dije sin dudarlo ni un minuto que amî, después de salir,
me gustariatrabalar con ella en cosas grandes.

Ernpezô a reirse y me explic6 que el dinero no era para ellos,


que no era suyo, que era dinero que los ricos roban a los pobres y
que iba a volver a estar en manos de los pobres.

Y yo pensé, entonces esos pobres se harân ricos y empezarân a


robarel dinero de otros pobres.
Por aconsejarla, le dije que con ese dinero podia pagarse buenos
abogados y con un poco mâs ablandar al juez y salir en unos
meses, como la Nelly, la que estuvo complicada en la estafa al
casino y que la sacd el amante que era dueflo de la harinera
Blancaflor, pagando una buena coima a los jueces.
Ella me mird como si se hubiera ido muy lejos de pronto, y me
dijo que yatenîaun abogado muy bueno, pero que no qeiaque la
fueran a soltar porque el tema no era s61o el robo del banco sino un
asunto politico, que no habîa ninguna prueba en su contra, pero
que la cosa era directamente con el Poder ejecutivo, es decir con
los militares. No era sencillo; podian tenerlos sin juicio el tiempo

c,o) s2 c-o)
que quisieran o aplicarles eso que ella llamaba la ley de fugas.
Fusilarlos.
Me lo decîa con una tranquilidad que daba miedo, y apenas
teniadieciocho aflos.
Empezô a sentarse en nuestra mesa en las comidas. Me di
cuenta de que la Dora, haciéndose la tonta, también se acercd al
dia siguiente parasaber de qué hablâbamos.
La Dora era la alcahueta de las monjas, la <fiel cordera>> como le
deciamos, pobre Dora, tenîa perpetua y ya llevaba diez aflos
adentro. Habia aprendido a sobrevivir como podia; sabiamos
ademâs que era la novia de la madre Coruzôn y que algunas
noches se quedaba hasta muy tarde con ella, fuera del pabelldn
donde nos encerraban a todas paradormir. Era su preferida, o sea
que frente a la Dora, acallat.

No nos gusta ni se acostumbra a contar las causas, salvo a las


muy amigas, pero todas sabemos las causas de todas.
Primero le conté a Julia la causa de la Dora, paraque se cuidara.
Habîa matado al hijo de nueve aflos de su amante cuando se
enterd de que la iba a abandonar. Ella teniaentonces veinte aflos;
se escondi6 en los caflaverales de Lastenia, y cuando el chico
pasaba solo por ahî, a la salida de la escuela, 1o agarrd y le pegô
varios machetazos. Después lo troced y 1o tir6 al rio. Las bolsas
flotaron hasta la orilla y la pillaron al poco tiempo. Dicen que el
amante todavia quiere matarla, pero ella estarâ toda la vida
adentro, que es peorque estarmuerta.
Pobre Dora, pero una no puede fiarse de ella.
Lo mio es mâs simple y seguro que salgo en tres aflos con la
condicional.
Mientras nosotras estâbamos en los talleres, Julia se sentaba en
la galerîaa leer y a escribir, a veces también se ponia a caminar de
una punta a otra, como si pudierair a alguna parte. Iba y venia sin
parar. Por la maflana temprano se sentaba con las piernas cruzadas

c,o) $ e-o)
en el suelo, se agarraba los brazos por atrâs, se quedaba quieta,
como ida, y volvîa aempezar una y otravez,todos los dfas, mâs de
una hora.

Cuando le pregun té,medijo que hacîaun poco de gimnasia, que


erabueno para el parto..
Eso sf, ella, como todo el mundo, hacîa la cola para el mate
cocido y el pan y comia 1o mismo que nosotras, pero muy poco,
nunca teniahambre.
Cuando me preguntd por mi causa le conté la verdad, que
habiamos caido por el crimen de la curandera. A mi y a mi amiga
Mari nos dieron ocho aflos por complicidad, por eso con buena
conducta salimos a los tres con la condicional. Pero a mi novio y a
su marido les han caîdo quince y veinte. Los pobres.

Tenîa mucho dinero la curandera, venîa gente nca averla, ella


sanaba el mal de ojo, leia el futuro en muflecas de trapo y algunos
dicen que hasta hacîaabortos. La gente por esas cosas pagalo que
sea y siempre tenîacola.

Esa tarde la Mari y yo entramos como si fuéramos a hacer


consulta, tenîamos el riltimo turno. Los muchachos entraron
después y le pidieron que les diera el dinero y las joyas que tenia,
nosotros en esa época andâbamos muy necesitados y sin trabajo.
Ella no quiso y empezô a gritar y a forcej ear tratando de llegar a
la puerta. Entonces el Luis tuvo que agaffarlay el José le dio con
un palo que se le quebrô en la cùeza,y ella que era muy gorda, se
cay6y se golped otra vezelcrâneo contrael suelo que fue el que la
mat6; empezô a brotarle sangre por los ojos y a ponerse morada
sobre una mancha oscura que iba creciendo bajo su cuerpo.

Nosotros alcanzamos a agarrar el poco dinero que habia en la


mesa y unas cadenitas de oro con dijes y salimos corriendo. No
queriamos matarla, el José no es ningrin asesino, pero Ia cabeza
retumbd contra el suelo y se muriô nomâs. Alguien nos vio salir y
nos denunciaron. Un buen abogado me hubiera conseguido
menos aflos, pero amîquién me va a defender si yo no tengo nada,

c.o) s4 c.o)
ni ddnde caerme muerta, hasta la parcela chiquita nos quitaron
hace unos aflos y al menos ahi teniamos para sembrar; por eso
terminamos en la villa, cerca de Don Bosco, por la salida al sur.
Cuando vino el gobernador de visita con un montôn de coches a
Iafâbricade pilas que estâ al lado, paraque los ranchos no se vean
nos pusieron alrededor toda una pared de vallas, de esas que estân
pintadas, con colores fuertes y fotos grandes de <<Marlboro el
sabor americano>> y supermercados <Al hogar feliz>>.

Como yo sé leer y escribir me las aprendi todas de memoria. Por


la maflana, mientras esperaba el dmnibus para fu a trabqar a la
casa de los Sanz, me las fui aprendiendo una a una hasta que las
supe todas, esa por ejemplo que decfa <Nadie como tû, y se veia
el coche todo brillante, rojo, y la mujer y el hombre tan lindos, tan
enamorados, abrazândose en la carretera
La desgracia empezô cuando me explotô el calefdn; me
echaron, pero antes me acusaron de haber robado dinero de una
cqa,y le juro que estoy segura de que fue el hijo menor.
Yo jamâs toqué nada, pero asi fue y pagué ocho meses de cârcel.
Cdmo van a creerrne o cdmo voy a poder defenderme, si desde
los once aflos me tienen fichada, como a casi todas las de este
patio.
Las conozco atodas porque a nosotras nos criaron las mismas
monjas en el otro patio, el de menores, el que es reformatorio, y
siempre volvemos a encontrarnos en éste, unas antes, otras
después. Como en una rueda. Siempre caemos.
Y eso que en el patio de menores, adonde vamos las que somos
huérfanas o abandonadas o pobres, nos hacîanrezar de la mafrana
a la noche; cinco rosarios aI dia, cinco, bordar, coser, limpiar y
rezaf . No hay quien lo aguante, dan ganas de morirse râpido.

Cuando salga de ésta me voy a ir a Cdrdoba, a una textil, dicen


que pagan mejor que aqui,y almenos podré mandarle algo para el
tabaco y el abogado del Luis, el pobre, que tiene paralargo.

c,u) ss c.o)
A la Mari, la de mi causa, le va a ir mejor. Ella puede volver a
trabalar como antes, cuando nos poniamos estrellitas de verdad en
el pelo bien peinado y nos daban una cena también antes de abrir
el Samarkanda. Dos fichas por baile, una para nosotras y otra para
la casa, sin derecho a consumicidn pero siempre nos invitaba
alguien. Todo bien desinfectado y con un bidet en cada una de las
dos plantas.

Cuando me opere, después de que salga, voy a poder volver yo


también al Samarkanda, porque no pienso trabajar de sirvienta
nunca mâs en mi vida. A mi no me agarran. Y de asaltar no mâs
tampoco a lo chico, es mejor como la Julia, a 1o grande, un banco y
hacerse de una vezpor todas con un buen montdn de plata.

Comprarse una casa, un coche, tener un buen marido, hijos, ir a


bailar bien vestidos como esos de la publicidad de <Nadie como
tri>>.

El marido de la Julia también estaba en el penal de Mitre, como


mi Luis, pero en otro patio, con los polîticos, que eran un mont6n;
polfticas mujeres sôlo la Julia, recién después llegaron también la
Teresa y otra que creo que se llamaba Silvia. Pero estuvieron poco
tiempo, las trasladaron a otro penal a todas, creo que al sur, muy
lejos de aqui, alaPatagonia. No me dio tiempo a conocerlas tanto
como a la Julia. Las monjas se pusieron muy estrictas y nos
vigilaban mâs para que no hablâramos con ellas.
Ella escribfa todos los dias, la veîa horas sentada en el patio
escribe que te escribe con el cuaderno en las rodillas; me decîaque
eran cartas parasu marido y que la suegra se las llevaba al penal de
Mitre casi a diario.
Cuando terminaba de escribir, antes del almuerzo, crtzabala
galerîa y le llev aba la carta a la madre Corazôn, que tenia que
leerla, y luego se la pasaban a la guardia de seguridad, que
también Ialeîa antes de entregârsela a la suegra. Totlos los dias.
Yo no sé qué le podia contar si aqui no pasa nada.

c,o) s6 e.u)
Lo gracioso era ver a la monja leer las hojas y empezar a
acalorarse, se abanicaba, se ponia muy colorada de a ratos,
mientras la Julia esperaba mirândola, sonriendo sin que se le
notara, como ella sabia hacer, hasta que por fin la monja
empezaba a persignarse, decîa algo, seguro que un padre nuestro,
y partiaa llevar Iacartaa la oficina de la guardia.
Recuerdo la noche que empezô con las contracciones.
Fuimos Mari y yo corriendo a llamar a la superiora, golpeamos
la puerta del pabell1ntratando de que nos escuchara, pero la Dora
nos dijo que no nos metiéramos en lios, que ella se ocuparfa de
confirmar que eran de verdad contracciones y avisar; siempre
decîaque las polfticas mienten parafugarse.
La madre Corazôn tardd en abrir la puerta, mientras la Julia
empezaba a preparar su bolso y le gritaba no sé que cosas de la
negligencia criminal; ella s( sabfa de leyes y derechos de los
presos.

Se arm6 un revuelo de monjas y por fin la madre Agustina llamd


a los policias de la puerta para que avis aran al médico militar y al
forense. Serian como las cuatro de la mafrana y no la sacaban, la
dejaron sentada en el patio y corrian por todos lados; el patio se
llend de policias y el que mandaba decia algo sobre drdenes de
traslado. Subieron a los techos porque escuchamos montones de
pasos debotas caminando sobre las galerias.

Parecîa una pelicula de esas de guerra y Julia seguia sentada,


pâIidala pobre, en el banco del patio.
Por fin llegaron los de verde y uno que parecîa el médico, la
esposaron y la sacaron a la parte de adelante, con un montôn de
guardias.
Volvid después de dos semanas, parccia otra de tan flaca,
caminaba muy despacio, como mareada, y llevaba al pequeflo en
los brazos, envuelto en la mantilla que nosotras le habiamos
tejido.

c,o) s7 c-o)
La llevaron arriba, aIa secciôn de madres, dondehabia otras
nueve con niflos menores de dos aflos. Pasaron varios dfas antes
de poder escaparme del lavadero parasubir a verla.

Tenfa una anemia tenible,habîapasado diez dîas en cuidados


intensivos, porque después del parto, eue habîa sido normal, le
dio una hemorragia que casi la mata. Es norm aI, habîa parido
ataday esposadaalacamilla, con el forense y los guardias dentro
del paritorio, me contd que hasta un peffo policia en la puerta le
pusieron.
Se reia recordando que la habfan tenido que poner en una planta
vacîade la maternidad, porque cuando la llevaron a la sala con las
otras mujeres, todas se habian puesto a gritar contra la presencia
de tahtos uniformados con perros y radios.

Le tenfan mucho miedo, un miedo que pare cîarabia.


Le puso al niflo Federico, como ese poeta que le gustaba y que
algunas tardes de sâbados y de domingos nos leia; eran versos
bonitos, de amor, de lunas y de muertos.
Ella le hablaba y le hablaba como si el niflo pudiera entenderle
algo; estaba tara, pero poco a poco recuperô el color, ernpez1 a
caminar y abqar devezen cuando al patio.
Las otras madres estaban obligadas a trabajar en la lavandefia;
sâbanas, manteles, servicios completos sin cobrar nada. Las
monjas decîan siempre que guardaban el dinero para cuando
saliéramos en libertad, y de tanto en tanto nos daban algo para
gastos; decian que depositaban tn 0,57o de las ganancias, pero
cdmo îbamos nosotras a saber cuânto era lo que ganaban con
nuestro trabajo, si a veces eran manteles cle mâs de 20 metros
lavados y planchados a mano.
En aquel tiempo, cuando la Julia estaba aquf se armd un buen
lio. Descubrid que las monjas, para que las madres balaran a
trabqar todo el dîa, les daban a los nif,os unas gotas sedantes,
Dimaval se llamaban, y los pobrecitos dormfan todo el dîa como
muertos; primero cambid las gotas por agua y los nifios

c0) s8 c0)
empezaton a llorar normalmente, las madres subian a atenderlos,
pero las monjas se dieron cuenta y la castigaron dos semanas sin
patio.
Por fin, ya hartas, decidimos no entrar en los talleres si la cosa
no cambiaba. Hubo amenazas, pero no pudieron. Tuvieron que
aceptar de mala ganaque cuatro de las nueve madres se quedaran
arcibahaciendo costura y bordado para atender a los hijos.
Ella también se quedaba arciba, se pasaba horas mirando
fijamente las montaflas que se veian claritas detrâs de los tejados.
Yo pensé que estaba planeando descolgarse, se lo pregunté, pero
contestaba siempre lo mismo: 6Te das cuenta 1o azules que son las
montafras? Era cierto, hay mâs de siete cadenas, una mâs azul que
laotra.
Algunos dîas se ven las formas de los ârboles que las cubren,
con esas nubecitas que parecen colgadas de lo alto.
Lo recuerdo como si fuera hoy, el aire oLîa a café del tostadero
que habia ala vuelta y, aunque ella no me lo dijera, yo sabfa que
s61o pensaba en escaparse.

Yo lo sabfa, se lo respiraba. Anduvo toda la semana como lejos


y bajd varias veces para hablar con Teresa, la otra politica que
habia llegado. Ellas tenfan prohibido acercarse y conversar, pero
se encontraban cada vez que podian o se pasaban papeles, o sea
que estaban comunicadas.

Los domingos tenemos dia de visita largo. Ese sâbado bajd con
Federico al comedor, y yo senti que se estaba despidiendo de
nosotras y del niflo sin decir nada. El ya tenia seis meses y era
alegre y lleno de vida, siempre inquieto, pero sano.
Estaba contenta y hasta consiguiô que la Nilda, la que envenend
al hermano con raticida y que siempre estaba deprimida, se riera
en la mesa con sus cuentos y huevadas.

El hecho es que me di cuenta en el comedor; el dia antes casi no


habia escrito y la madrc Corazdn se habfa librado de tanta lectura
y calor. Se lo oli y no me equivoqué.

c,o) se c.o)
El domingo, las visitas empezaron como siempre a las cuatro de
la tarde, en la sala de adelante donde la monja Agustina habîa
montado un pequeflo servicio de bar, un refrigerador con coca
cola y fantanarar4ao limdn que nos vendîa al doble que afuera,
pero venfa la famili ay eralo importante.
Muchas no tenian ni visita y se pasaban los domingos sentadas
adentro sinhacernada.
Ella siempre tenîa la mesa llena, los abuelos, la hermana, la
madre o los suegros, pero ese dia s6lo vino su abogado, ese que se
notaba que a faltade alcohol tomaba sin cesar agua mineral, y era
tan simpâtico y grandote y se reia todo el tiempo; también vino la
suegra, pero se fue al rato con Federico de paseo. Ellos se habian
sentado como siempre, cerca de la primera puerta de rejas que nos
separaba del pasillo y de la puerta principal, blindada, de la calle.

La Teresa, su compaflera, estaba en otra mesa cerca con dos de


su familia, conversando.

Serian las cinco cuando aparecieron tres hombres


encapuchados detrâs de la puerta de rejas y apuntando hacia
adentro; mientras dos le cubrfan la espalda, eI tercero empez1 a
abrir las cerraduras con un manojo de llaves. Tres cerraduras
abriô, pero faltaba la cuarta. Atrâs vi a los policias en el suelo y
con las manos sobre Ia cabeza. Todo fue muy râpido, nos gritaron
diciendo que no nos asustâramos. <<iAtrâs, attâs, contra la pared
del fondo, râpido!>>, nos gritaron.
La cuarta cerradura se abria con las llaves que colgaban del
cinto de cuero del hâbito de la madre Agustina. La vi saltar y
abalanzarse sobre ella para agarrarlas y forcejear ayudada por la
Teresa, mientras los de Ia puerta lanzaban dos râfagas de
ametralladora sobre la cuarta cerradura. La monj a alcanz1 a
quitarse las llaves mientras Julia le arratrcaba la cofia ett el
forcejeo y en ese instante, sin que tampoco la Teresa pudiera
impedirlo, las tirô por la ventana de rejas que daba al patio
interior.

ou) 60 c.u)
La metralla no consiguid hacer saltar la cerradura y la llave
habîaido a parar al otro patio.
Vi Ia cara de Julia, vi que miraba a los hombres de las
metralletas y les decia desesperada <<ison diez minutos, ya son
diez minutos !>>, y la vi buscar mâs llaves en el cuerpo de la monja
y empujarla contra la pared con toda su fuerza ,y lavi demrmbarse
mientras sus amigos retrocedian y volvfan a la calle después de la
tercera r âfaga, que no consi gui6 abrir la maldita puerta.
'Todo esto pasd en pocos minutos y
nosotros estâbamos
aterrados contra la pared del fondo, la monja sin cofia y pelada,
con el hâbito roto, los policfas levantândose a los gritos pero sin
pistolas, la gente sollozando bajito y la Agustina maldita que pasa
al frente y manda abrir la puerta del patio, cuando todo habîa
terminado.
La madr e Corazhn apareci6 desde el interior con las llaves en la
mano, las que Agustina habîatirado, y fue directamente a abrir la
puerta principal para que las visitas salieran, mientras ella seguia
demrmbada en la silla, como paralizada, como no viendo nada de
lo que estabapasando.
La Teresa estaba a su lado, igual, pâlida.
Cuando la gente termind de salir entraron tres policias y cuatro
soldados. Uno de ellos Iaagarrô por los pelos y el otro a la Teresa
del cuello, y las llevaron por el medio del patio hasta el fondo,
donde estân los calabozos de castigo, con las monjas detrâs,
chillando y persignândose.
Abrieron el calabozo y las metieron dentro por dos semanas,
incluido el pobre Federico, que se quedô todo ese tiempo sin
patio.
En la pared todavîase notan las marcas de los balazos, por mâs
que los tapan. Pero no hubo heridos, sdlo la Agustina tenia el ojo
morado y algunas magulladuras en la cara. De los brazos no
sabemos nada. Ya sabe, son monjas y van todas cubiertas de
mucho trapo.

c,u) 61 C-o)
c,o) 62 c0)

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