“Gran Hermano”, de
Silvia Schujer
Al mío
Me lo preguntaron como
veinte veces. Y yo les contesté las
veinte veces lo mismo: que sí, que
me animaba. Que a los doce años
pasar una noche sin los viejos no
era nada del otro mundo y que yo
podía hacerlo.
Y que podía hacerme cargo de
la insufrible bola de plomo de mi hermana. Y que ante cualquier problema llamaba al
portero.
Eso y mucho más les aseguré a mis padres aquella noche. Cuando me despertaron
a eso de las once y me preguntaron de tantas maneras distintas si yo me animaba a
quedarme solo en la casa mientras ellos– por alguna razón que entonces no dieron pero
que se les notaba en la humedad de los ojos– se iban hasta el día siguiente.
Entonces nos despedimos y cerré la puerta por dentro. Escuché el ruido del
ascensor cuando llegaba a la planta baja y a los dos segundos, los pasitos de mi hermana
(ya dije que era insufrible) caminando hacia donde estaba yo. ¡Qué pesada! Siempre
encima, siempre detrás.
–¿A dónde se fueron? –me preguntó entonces.
–Ni idea –le contesté haciéndome el responsable–, salieron un ratito.
–Mentira –dijo ella. Hasta mañana no vuelven.
–Y vos cómo sabés? ¿No estabas durmiendo?
–No –dijo–. Estaba esperando a los Reyes.
–¡Cierto! ¡Los Reyes! –murmuré– ¡Nos habíamos olvidado!
–¿Quién se había olvidado? –me apuró el monstruo–. Yo no. Y vos tampoco porque tus
zapatos ahí están.
Los que se habían olvidado eran ellos, me acuerdo que pensé entonces.
Preocupados como estaban, se habían ido sin dejarme ningún tipo de recomendación
sobre el asunto y esa noche venían los Reyes. ¿Qué hacía yo con una hermana que todavía
dejaba el agua para los camellos? ¿La sentaba en mis rodillas y le contaba? ¿La mantenía
despierta unas cuantas horas más para que después se durmiera hasta que llegaran mis
padres? ¿Me hacía el tarado y dejaba los zapatos vacíos?
Como no se me ocurría nada, lo primero que hice fue acompañar al pequeño
plomo a la cama y leerle ese cuento de las uvas que tanto le gustaba. Quería que el sueño
la venciera de una vez por todas así yo podía dedicarme a pensar tranquilo.
Cuando conseguí que planchara, fui a la cocina y decidí tres cosas. Primero,
tomarme un vaso de leche, segundo, prepararme un sándwich y, tercero, revisar los
placares de mis padres (y los del resto de la casa) para ver si encontraba los regalos.
Después que hice todo (las dos primeras cosas con éxito y la tercera, no) me puse a
caminar como preso de un lado a otro del departamento sin ninguna idea clara en la
cabeza. En eso estaba cuando de repente encontré un papelito doblado en cuatro sobre
una cómoda y lo leí: Queridos Reyes Magos –decía, y enseguida me di cuenta de que la
letra era de mi mamá–. Mi nombre es Melina. Voy a cumplir seis años y quisiera dos lindos
vestidos para mi muñeca Mirta y un mazo de cartas para jugar con mi hermano. Espero
que el viaje en camello les haya parecido muy precioso. Un beso y gracias. Melina.
Cuando terminé de leer sentí que el mundo se me caía encima ¿Por qué justo a mí
tenía que pasarme eso? ¿Con qué cara iba a mirar yo a la más insoportable de las
criaturas, cuando a la mañana abriera los ojos y en los zapatos no encontrara nada? ¿Qué
le iba a decir, que los Reyes se habían retrasado, que a Melchor le había dado una
descompostura en el camino? ¿Desde cuándo a los reyes –que eran tan magos– podían
pasarle esas cosas tan humanas? No, no y no, me acuerdo que pensé. Pero ¿qué hacer?
Como no se me ocurría nada mejor y como –además– jamás hubiera salidos a
comprar algo tan cursi como vestidos para muñecas, tomé una decisión y me puse a
trabajar sin perder un minuto. Saqué un viejo mazo de cartas que había en el cajón de mi
mesa de luz y agarré la cartuchera con lápices y marcadores que me habían quedado del
año anterior. Corté unas hojas de cartulina en 40 rectángulos iguales –lo más iguales que
me salieron– y me senté en la mesa de la cocina a dibujar. Durante toda la noche copié
cada una de las barajas españolas (así las llamaba mi abuela) en cada uno de los
rectángulos hasta que armé un mazo completo. Siempre fui bueno para el dibujo, pero
debo confesar que los Reyes, los caballos y las sotas me costaron un montón.
La cuestión es que a eso de las seis de la mañana el regalo estaba listo y lo envolví
como pude. Lo puse en los zapatos de mi hermana –en los míos un lindo paquete de
galletitas que encontré en la alacena– y me acosté a dormir desmayado de cansancio.
Cuando al día siguiente me desperté –bueno, ese mismo día, pero a eso de las
diez– mi hermana estaba sentada a los pies de mi cama, mostrándole a su muñeca
preferida (Mirta) cada una de las cartas del mazo que le habían traído los Reyes. Eso
escuché. Apenas le dije hola, el plomo se me tiró encima, me llenó la cara de besos
babosos como un perro (¡ask!) y me exigió que mirara mis zapatos.
Fingí cierta sorpresa cuando vi las galletitas y más sorpresa aun cuando ella me
mostró su regalo.
–¡Qué lindo! –le dije lo mejor que pude–. ¿Te gustan?
–¡Me encantan! – respondió sosteniendo el mazo en su mano–. Pero no sé jugar.
Entonces me levanté, las
llevé conmigo a la cocina –a mi
hermana, a las galletitas, a la
muñeca y a las cartas– serví dos
vasos de Coca y empecé por los
palos.
–Éstos son los oros –dije–. Las
copas, los bastos y las espadas.
Ahí estábamos cuando
llegaron mis padres y nos
abrazaron aliviados.
–Parece que esta vez los Reyes
sufrieron un retraso –dijo
rápido mi mamá para
solucionar lo que habría
imaginado como un drama.
Entonces mi hermana le contestó que por casa ya habían pasado.
Y es el día de hoy (una semana más tarde) que todavía me pregunto: ¿mi hermana
es tarada o es más viva que todos nosotros? No sé. En cualquier caso, el tío que se
accidentó aquella noche de Reyes ya está mucho mejor.