Memoria de mujeres en el conflicto colombiano: Reportajes, testimonio y nuevas
semantizaciones
Posted on 24 mayo, 2012
Más que recuperar la memoria,
estamos recordando el olvido
(Mujeres no contadas)
La reciente aparición de textos en la forma de testimonio, etnografía, ensayo, novela y narrativas
mixtas escritas por mujeres que han participado directa o indirectamente en el conflicto colombiano
intriga y por demás evidencia la necesidad de preservar una memoria individual que proyecta la voz
de una colectividad. El análisis de estos textos refleja a su vez la búsqueda de un discurso de
“resignificación” o “resemantización” de la experiencia femenina en un proceso que perfila nuevos
roles genéricos y transformación a nivel de sociedad. En este ensayo se analizan las narrativas
surgidas de la participación de la mujer en el conflicto colombiano en los años recientes desde el
periodismo, pasando por el testimonio individual y colectivo hasta las nuevas expresiones que
surgen en la era digital. En toda esta escala evolutiva se aprecian tres factores fundamentales,
memoria-texto-identidad, que giran en torno a una constante de rescate, construcción, reafirmación
del sujeto femenino en la sociedad.
Las dimensiones de preservar la memoria como necesidad, deber, urgencia, presencia, así como la
dualidad entre recordar y olvidar son constantes de la narrativa de mujeres sobre el conflicto
colombiano. De acuerdo con Carmiña Navia, dentro de las expresiones se ha configurado un tipo
de texto difícil de definir porque no se deja agarrar (2004: 19), es decir que no se logra ubicar
dentro de los géneros autobiográficos o testimoniales surgidos desde los ochenta en otras regiones
de Latinoamérica como medio de expresión de las luchas revolucionarias. Por eso como explica
Navia, “ha sido necesario inventar un lenguaje, un discurso, una voz” que le permita a la mujer
conquistar espacios y consolidar la validez de su experiencia (2004: 17).
El proceso vital de resignificar la memoria a través de narrativas ha tenido una evolución que parte
de la escritura externa (crónicas periodísticas y testimonios mediatizados) surgidos en la década de
los ochenta y noventa. Estas narrativas han dado la pauta hacia la búsqueda de lenguajes propios
individuales (autobiografía, historias de vida, narrativas mixtas) a partir del 2000, para consolidarse
en la producción de narrativas autorreflexivas que surgen desde espacios colectivos. En toda esta
escala evolutiva se aprecian tres factores fundamentales, memoria-texto-identidad, que giran en
torno a una constante de rescate, construcción, reafirmación del sujeto femenino en la sociedad.
Estos procesos nos remiten al concepto señalado por Todorov, el de construir una memoria
“ejemplar” orientada a aprender de las lecciones del pasado para evitar caer en las situaciones
similares que se producen en el presente (2000:31-32). Así, en los casos estudiados, la memoria
recuperada y transmitida se convierte en principio de acción para el presente, como un proceso
potencialmente liberador. Este ensayo explora las tendencias que se han producido en la narrativa
de mujeres dentro del conflicto colombiano desde la década de los ochenta hasta el presente y se
enfoca en la experiencia de las mujeres excombatientes en su transformación de actores de guerra
a sujetos de paz a partir de los procesos de rescate y validación de la memoria.
Reportajes
En la década de los ochenta dos periodistas irrumpieron en la escena colombiana con dos textos
que se ubican dentro del reportaje a profundidad desde una perspectiva femenina: Patricia Lara
con Siembra vientos y recogerás tempestades (1982) y Olga Behar con Las guerras de la
paz (1984). En ambos se trata de entrevistas con los actores del conflicto político que vive el país
en ese momento. La intención de Behar era recoger la voces y los sentimientos de quienes “hacen
historia en el país” a través de entrevistas a líderes del gobierno, representantes de los partidos,
guerrilleros y comisionados de paz. Las entrevistas de Lara se enfocan en la constitución del grupo
M-19 contada por sus actores y sus detractores. En ambos casos, la mayoría de entrevistas fueron
realizadas a hombres, que eran los actores conocidos dentro del conflicto. Estas dos publicaciones
tempranas marcarán la pauta para otras obras del mismo género que se desarrollan
posteriormente. En 1986 Olga Behar escribe otra narración mezcla de testimonio y ficción. Noches
de humo relata la historia de la toma del Palacio de Justicia ocurrida en noviembre de 1985 desde
una narrativa personal que traza la cronología de este evento decisivo en la historia de Colombia.
Este relato es difícil de clasificar puesto que nunca se logró aclarar del todo la veracidad de los
hechos narrados.
Otro documento que surge del periodismo en esa época es Historia de una traición (1986) escrito
por la entonces reportera de la revista Semana, Laura Restrepo. En esta especie de reportaje-
testimonio, la autora, que vivió los hechos como miembro de la Comisión de Paz de las
negociaciones entre el Gobierno y el M-19, hace una denuncia acusatoria contra el gobierno y los
pactos rotos en el proceso de la negociación de la paz. Años más tarde el libro fue republicado con
el título de Historia de un entusiasmo (1998) cuando Restrepo se había convertido en una autora
de reconocido prestigio literario . En esta segunda entrega el aspecto literario toma fuerza y
Restrepo asume con propiedad la parte de la historia que le corresponde.
Dichos documentos periodísticos que le costaron exilio, silencios y rupturas con la profesión a más
de una persona, quedaron como testimonio de una época en que se abría una esperanza, pero que
quedó claudicada por acontecimientos posteriores. Una década más tarde, luego de
acontecimientos que bañaron de sangre al país, se inicia una nueva época testimonial, que
renacerá con una perspectiva más etnográfica desde la historia de vida, la biografía y el testimonio
en su calidad más genérica.
Autobiografía
En el año 2000 se publican dos libros claves que revelan las historias de vida de las combatientes
en Colombia desde una perspectiva personal: Escrito para no morir: bitácora de una militancia de
María Eugenia Vásquez (2000), y Razones de vida de Vera Grabe (Planeta, 2000). Ambos son
narraciones autobiográficas que relatan desde una primera persona las experiencias de estas
mujeres en su vinculación con la guerrilla y su transformación a nivel personal y colectivo. El mismo
año surge también otro reportaje periodístico de Patricia Lara, Las mujeres en la guerra (2000).
Llama la atención que estos tres textos hayan sido ampliamente estudiados, traducidos y ganadores
de premios. Dichas publicaciones marcaron una pauta y sirvieron como base para múltiples
estudios y posteriores exploraciones desde la academia.
A partir del año 2000 se han publicado otros testimonios, historias de vida, tesis y ensayos
académicos sobre las mujeres que han sido partícipes de una forma u otra en el conflicto
colombiano, particularmente desde la militancia. Cabe mencionar ensayos académicos tales
como Guerras y paz en Colombia: las mujeres escriben de Carmiña Navia Velasco (2004), ganador
del premio casa de las Américas sobre estudios de la mujer, y un estudio realizado por Luz María
Londoño y Yoana Fernández Nieto, Mujeres no contadas: procesos de desmovilización y retorno a
la vida civil de mujeres excombatientes en Colombia 1990-2003 (2007). También se encuentra una
abundancia de artículos y ediciones de revistas académicas que han estudiado el fenómeno de la
mujer en la violencia.
Narrativas mixtas
Paralelo a estas publicaciones de tipo testimonial, han surgido obras literarias de narrativa mixta.
Obras como Desterrados, cicatrices de la guerra de Marisol Gómez Giraldo (2001) utilizan la
crónica- testimonio en primera persona que recoge la voz y los sentimientos de sus entrevistados.
En ellas se retrata las experiencias de campesinos y campesinas desplazados de sus lugares de
origen y la de civiles que se encuentran en mitad del conflicto entre guerrilleros y paramilitares.
Otros textos de narrativa mixta que vale resaltar son las novelas de Mary Daza Orozco: Los
muertos no se cuentan así (1991), una cronología ficcionalizada de las masacres contra los
miembros de la Unión patriótica y Cita en el café de la bolsa (1998) donde narra la toma del Palacio
de Justicia desde la perspectiva de las víctimas y los desaparecidos. El testimonio de Gloria
Cuartas, ¿porqué no tiene miedo? (1997) ha sido catalogado por Carmiña Navia como de cruce y
transición (2004: 55). La autora, Marvel Sandoval establece un diálogo con la protagonista para
transmitir los horrores y vejaciones ocurridas en el Urabá antioqueño desde la experiencia de la
alcaldesa que sobrevive a múltiples amenazas y atentados. Este texto difícil de clasificar en últimas
cuestiona la indiferencia del país hacia la guerra que se vive en las zonas aisladas como Apartadó.
En 2005 Patricia Lara irrumpe de nuevo con una novela de narrativa mixta, Amores enemigos, que
narra la relación de una joven guerrillera con un paramilitar. Lara explica que con esta obra
pretendía establecer una reconciliación entre los bandos enfrentados. Desde mi punto de vista, la
evolución hacia la narrativa de ficción es la evolución natural de periodistas, críticos y
testimoniantes que se han acercado al tema y que se han quedado con historias atrapadas que
pugnan por salir a flote.
El tema de la mujer en medio de la guerra se aprecia también en filmes como La primera noche e
incluso en obras de teatro. Tal es el caso de Las mujeres de la guerra, una adaptación de la obra de
Patricia Lara en un monólogo interpretado magistralmente por Carlota Llanos bajo la dirección de
Fernando Montes.
El género que comprende todas estas narrativas es el de testimonio por ser el que reúne las
características señaladas por John Beverly, ya que estas son narrativas que expresan la voz de una
colectividad con un carácter de urgencia en medio de un conflicto político (1996). Al mismo tiempo,
la variedad de manifestaciones limita una categorización. Navia se pregunta, “los libros
mencionados… son acaso ¿de reportajes?, ¿de entrevistas?, ¿de historias de vida?, ¿de
investigación/acción?, ¿de memorias?, ¿de autobiografías?, ¿de análisis?, ¿de literatura testimonial?,
¿de novelas?, ¿de crónicas?” (2004: 21). Coincido con la afirmación de que “se trata de propuestas
para resemantizar y resituar estas palabras de mujeres colombianas que vivieron/viven la guerra,
que la analizan y la evalúan, y que, en términos generales, desean la paz” (Navia, 2004: 21).
Colectivo de Excombatientes
A partir del año 2000 se produce un fenómeno de visibilidad de las mujeres que participaron en el
conflicto armado en Colombia. Quizá como un eco o una correspondencia con las publicaciones de
las primeras excombatientes que se atrevieron a narrar sus testimonios, otras desmovilizadas se
sintieron impulsadas a expresar sus propias memorias a través de la reflexión y la escritura.
El Colectivo de Mujeres Excombatientes se constituyó a raíz de una iniciativa promovida por María
Eugenia Vásquez sobre la necesidad de recuperar la memoria y canalizar las energías de las
mujeres que habían participado en las agrupaciones guerrilleras. La mayoría de ellas se
encontraban dispersas –sin norte—defraudadas por el fracaso de su compromiso político o por el
aislamiento y vacío que significó la ruptura con un grupo y una causa a la que habían entregado su
vida, sus anhelos y por el que en la mayoría de los casos, habían renunciado a hogares, familias e
hijos.
El objetivo de un primer encuentro en julio de 1999 era iniciar una dinámica de reflexión sobre su
experiencia como militantes y su impacto en la sociedad. Se intentaba registrar las memorias de
esas vivencias desde el punto de vista individual y colectivo. Se pretendía también orientar la
energía de estas mujeres hacia un objetivo común que les permitiera reposicionarse dentro de la
sociedad y sentar las bases para una construcción colectiva de identidad.
A partir de esa iniciativa este grupo de mujeres continuó reuniéndose periódicamente y convocando
un número mayor de excombatientes y desmovilizadas de otras agrupaciones. El éxito de estas
reuniones llevó a la conformación del “Colectivo de Mujeres Excombatientes”. En agosto del 2001
se llevó a cabo el primer encuentro de mujeres excombatientes en Colombia con asistencia de 150
delegadas de todo el país. Actualmente el grupo consta de 526 integrantes registradas y
distribuidas en organizaciones regionales. Alix Salazar, directora ejecutiva del Colectivo, explicó que
muchas mujeres participan en los encuentros sin registrarse por el temor a ser identificadas y
estigmatizadas y por seguridad personal, ya que el apelativo de ‘excombatiente” es un estigma en
un país que continúa en estado de guerra[1].
El Colectivo de mujeres excombatientes ha crecido de forma sorprendente desde sus inicios hace
diez años. Al primer encuentro ocurrido en el año 2000 convocado a través de cartas enviadas a
compañeras y conocidas por las primeras integrantes reunió a 150 personas. Cada año este número
se ha ampliado e incluso ha trascendido a nivel internacional. En el primer encuentro internacional
en el año 2005 se hicieron presentes mujeres excombatientes de los frentes guerrilleros de
Nicaragua, Guatemala y El Salvador. Londoño y Nieto señalan que “las mujeres han ido ganando
reconocimiento en diversos espacios y abriendo su trabajo a campos relacionados con la resolución
del conflicto y la construcción de paz a través de propuestas basadas en dos principios
fundamentales: la conciencia de género y la reivindicación de su condición de actoras políticas no
armadas” (2006: 89).
Uno de los elementos curiosos que destaca Salazar es que se han dado casos de excombatientes de
las Autodefensas (grupos paramilitares que en esencia son enemigos de los grupos guerrilleros) en
busca de apoyo en el Colectivo de excombatientes. Sobre este punto Salazar comenta que la
palabra “excombatiente” no es exclusiva de los grupos guerrilleros y al fin y al cabo, cualquiera que
sea el bando al que se haya pertenecido, las necesidades de las desmovilizadas terminan siendo las
mismas.
Como parte de otras actividades realizadas por las Excombatientes se encuentran las jornadas de
apoyo a las viudas de la guerra, trabajo con niñas desmovilizadas y con los hijos de combatientes,
cada uno con sus propias necesidades. Las miembros del Colectivo reciben invitaciones
regularmente a ofrecer talleres, charlas y testimonios sobre sus experiencias y apoyo a iniciativas
de paz. Salazar se refirió especialmente a los talleres con niñas desvinculadas del conflicto que se
encuentran amparadas en albergues del Instituto de Bienestar Familiar. En esos talleres se
manejan dinámicas de recuperación de la memoria y búsqueda de identidad con las jóvenes que en
algunos casos son desertoras y en otros, capturadas por el ejército, para facilitar su reinserción en
la vida civil. La experiencia de las niñas excombatientes (menores de 18 años) es muy diferente de
las excombatientes más veteranas. La mayoría de ellas han entrado a la guerrilla por reclutamiento
forzado, y muchas de ellas han sido “víctimas de violencia intrafamiliar, maltrato físico y psicológico
o acoso sexual” (Castillo-Tietze, 2006: 223), circunstancias que en nada se asemejan a las
motivaciones políticas y sociales de las excombatientes más veteranas. Todos estos sujetos,
involucrados directa o indirectamente con el conflicto requieren un trabajo sobre memoria y
búsqueda de canales para su recuperación.
Roles genéricos
¿Por qué existen colectivos de mujeres excombatientes y no de hombres excombatientes?, es la
pregunta que muchos se hacen. Es evidente que la desmovilización tuvo un impacto diferente en
hombres y mujeres. Las mujeres fueron consideradas doblemente transgresoras por haber
contrariado las normas en contra del establecimiento y contra su rol de género. De acuerdo con
Norma Enríquez, coordinadora del Comité de América Latina y el Caribe por la defensa de los
derechos de las mujeres, mientras a los hombres se les recibió como héroes a las mujeres se les
consideró como villanas[2]. Estas consideraciones explican que la creación del Colectivo de Mujeres
Excombatientes haya tenido tanta significación para las mujeres que han encontrado en este foro
un lugar de reflexión y recuperación de identidades perdidas y desmembradas. Es a partir de esta
redefinición que muchas mujeres han reencauzado sus energías en proyectos de transformación
social y de autoconciencia de género. Londoño y Nieto afirman que muchas de las mujeres tomaron
conciencia de su rol genérico después de la desmovilización y una gran mayoría de ellas trabajan
activamente el tema desde la práctica social o desde la academia (2006 :171). Resulta significativo
que muchas mujeres al desvincularse de la lucha armada en la vida civil iniciaron o prosiguieron sus
estudios como una forma de comprender sus experiencias en la guerra además del obvio beneficio
económico y de superación personal que esto significa.
De actores armadas a sujetos de paz
La acción fundamental del Colectivo de Mujeres Excombatientes está contenida en los talleres de
recuperación de la memoria traducidos en procesos de reflexión, producción de historias de vida,
video documentales y estudios académicos escritos por las mismas participantes del grupo y en
ocasiones, por investigadoras que se han sumado a la causa del Colectivo.
La generación de estos documentos desde el interior de esta colectividad tiene alta significación en
la creación de nuevos canales de expresión que no se ubican dentro de categorías conocidas. No
son reportajes ni testimonios en su definición canónica, sino un nueva forma de expresión que
responde a esa búsqueda de “semantización” de la que habla Carmiña Navia. Dicha expresión no se
encasilla en un sólo género de expresión, sino que aprovecha las avances tecnológicos de video,
tecnología digital y virtual de la época.
El documental “Reveladas” producido por Juliana Ladrón de Guevara en el año 2010, es un ejemplo
de esta nueva semantización. El video presenta a cuatro mujeres del Colectivo de excombatientes
en un seguimiento de su vida cotidiana y en entrevistas que las remonta de sus recuerdos de
combatientes y “guerreras” a las inquietudes del presente. La particularidad de este video
documental es la autorreflexión de las protagonistas. No hay una narración externa ni una guía o
guión que predetermine al espectador. Las reflexiones parten del interior de estas mujeres en su
quehacer cotidiano y la suma de sus reflexiones sobre el pasado, presente y porvenir. En este
proceso, ellas se muestran como lo que son: seres de carne y hueso con la particularidad de haber
pertenecido a una organización que luchó por construir “un mundo mejor”, algo que actualmente se
lee como un cliché, pero que representó en su momento un proyecto de vida y una razón de ser.
También se aprecia la transformación que ellas mismas han experimentado de actoras en armas a
sujetos de paz, contenidas en pasajes como estos:
Éramos jóvenes y buscábamos algo diferente. Cuando opté por las armas pensamos que la
única opción eran las armas. Si uno es insurgente es porque quiere transformar el mundo…
Me sentía defendiendo unas ideas justas… Éramos una generación que sentía una responsabilidad
por un cambio. (Testimonio de excombatiente, 2010)…
Habernos desmovilizado por las razones que lo tuvimos para hacerlo es válido. Si hubiéramos
seguido (en la guerra) hubiéramos tenido que traspasar ese límite de lo ético y lo digno y
terminaríamos haciendo las atrocidades que vemos hacer a otros por imponer su punto de vista.
(Testimonio de excombatiente, 2010).
Estos comentarios revelan no sólo la evolución, sino la crítica hacia los actores armados que no han
comprendido los límites éticos de la insurgencia y la necesidad de transformar los procesos hacia la
búsqueda de una paz con justicia social.
La guerra es un paso en la búsqueda de paz
Una de las entrevistadas expresa “la guerra no es una razón de ser, es un paso en la búsqueda de
paz” (2010). Esto nos remite a uno de los temas más significativos de las excombatientes, la
conexión entre guerra y paz. Según Alix Salazar, el 80 por ciento de las desmovilizadas trabaja o ha
trabajado con proyectos de paz. Sin embargo las Organizaciones de mujeres por la paz no las
reconocen por su pasado de “guerreras”. Es decir que mientras las universidades e instituciones de
reinserción las convocan para dar charlas, talleres y aportes al tema de la paz y reconciliación, las
organizaciones femeninas se niegan a reconocerles ese derecho. De acuerdo con Salazar, el debate
se encuentra en el meollo de lo que significa la paz:
No se reconocen los logros de la guerra, Nosotras hemos creado con la guerra un escenario
para construir un país distinto: la paz con contenidos de justicia social”. Esto se traduce en
que sin justicia social no puede haber paz, concepto que contrasta con “el pacifismo” que buscan
las Organizaciones de Paz[3] .
Este enunciado resume un sentir colectivo expresado en distintas formas por varias
excombatientes, la de que no puede existir paz sin justicia social. De ahí que la gran mayoría de las
excombatientes trabajen por la paz en sus múltiples dimensiones. Tanto María Eugenia Vásquez
como Vera Grabe, dos de las mujeres que tuvieron mayor liderazgo en el M-19, trabajan
activamente por la paz. Vásquez ha estado vinculada con proyectos de reinserción y de
desplazados durante los pasados diez años, así como con aportes a talleres de recuperación de la
memoria y proyectos de vida de las mujeres víctimas y agentes de la violencia. Vera Grabe ha
promovido desde el Senado proyectos de ley por la equidad de la mujer y actualmente trabaja
como directora del Observatorio para la paz. Grabe es la gestora y promotora del concepto
“pedagogía de paz”, una iniciativa tendiente a educar a la población desde las raíces para cambiar
comportamientos sociales que generan violencia y construir nuevos escenarios sociales dentro de
una cultura de paz[4].
Estas iniciativas demuestran que la experiencia adquirida en la guerra se puede encauzar hacia
dinámicas que permitan la valoración de la paz con justicia social. Sobre este particular, Norma
Enríquez, insiste en que “no es posible la paz en una sociedad que hace visible las grandes
desigualdades, por eso es necesario encauzar a las mujeres como actoras de paz en su capacidad
propositiva de alternativas de paz, sin renunciar a sus sueños de una sociedad justa” (2010).
Testimonio colectivo
Como resultado de los talleres de memoria realizados por el Colectivo de Mujeres Excombatientes
surgió la iniciativa de escribir un libro que comprende 13 historias de vida, doce de las cuales han
sido escogidas a través de una selección rigurosa entre las oficinas regionales de la Red de
Excombatientes en todo el país. Alix Salazar explicó cada región eligió dos historias de varias
postulaciones con el fin darle representatividad a cada zona y obtener una muestra variada e
ilustrativa de diversas experiencias.
Lo más significativo de este libro es que surge de la búsqueda de la memoria colectiva de un
momento de la historia a partir de una transformación individual. Salazar explica que la historia
número 13 es un intento de recrear a todas las mujeres en una solo relato que reagrupe las
experiencias, sentimientos e inquietudes de todas.
Las autoras de las 13 historias hacen parte del Colectivo y también han sido seleccionadas
rigurosamente entre ellas mismas. Uno de los elementos particulares es que una vez escritas las
historias, se lleva a cabo lo que se denomina “talleres de espejo revelador”, que consiste en leer el
texto escrito sobre cada una de las historias ante la gente que conoció al sujeto del relato para
determinar si el texto se ajusta o no a la realidad. Al ser entrevistadas sobre la naturaleza del libro
las autoras insisten en que estas narrativas no se enfocan en la victimización, pérdidas y tristezas,
sino en la reflexión de lo que estas vidas significaron como proyectos de vida .
María Eugenia Vásquez, una de las pioneras en atreverse a escribir su autobiografía afirma que su
testimonio requirió una labor metodológica de pulsión del recuerdo y autorreflexión basado en la
técnica de Ira Progroff de diario intensivo (2000). Esta misma técnica es la que las autoras del libro
intentan plasmar: una metáfora de la reagrupación de las múltiples mujeres que habitan a una sola,
expresada en una historia colectiva. El meollo de la historia número trece se resume en el siguiente
apartado tomado de la introducción:
Memorias de todos los olvidos perdidos, amores contrariados, decepciones constantes, ausencias y
presencias; la guerra y la paz, la vida y la muerte, el odio y el amor, de todo esto está contenida
esta historia. (Ladrón de Guevara, 2010)
Este libro que comprende las múltiples historias de mujeres excombatientes contada desde adentro
—sin necesidad de un mediador y donde el proceso es más importante que el fin— se encuentra
aun en desarrollo al escribir este ensayo. Al igual que los múltiples procesos de guerra y paz
inconclusos, el de las mujeres que escriben sobre sus experiencias como sujetos, agentes y víctimas
de la violencia continúa con nuevos retos y desafíos en la búsqueda de comprender y articular las
variadas y múltiples dimensiones de este fenómeno.
Visto desde la perspectiva etnográfica resulta sorprendente que lo que se inició como un
acercamiento e intento de recuperación de la memoria de mujeres vinculadas con el conflicto
colombiano, se hubiera convertido en un proceso de reflexión y participación con resultados
concretos en proyectos de vida y de colectividad. El análisis de la participación de la mujer en
procesos de violencia que inicié en Patria se escribe con sangre (2000) me permitió comprender la
toma de conciencia de la mujer que participa activamente en la construcción cuerpo-patria-texto.
Mujer, texto y nación se encuentran nuevamente en el análisis del testimonio. Es texto, puesto que
es memoria discursiva que refleja las presencias, las ausencias, las voces y los silencios, lo invisible
e invisible detrás de cada historia. Y es nación porque permite la inscripción de un proceso histórico
vigente en la construcción de la nacionalidad.
En “El legado del desarme” (2002), confirmé el cambio de percepción de los roles y esquemas
genéricos en cuanto a la subjetividad de la mujer en la sociedad. Al reconstruir las historias por
medio de la palabra, las mujeres han reforzado su identidad y han adquirido conciencia de su rol en
la historia. La participación de la mujeres en procesos de violencia les ha conferido una conciencia
política y la oportunidad de ser parte de un momento histórico que rompe esquemas y permite
transformaciones a nivel país.
Doce años después, al examinar la evolución de dichos procesos, considero que la relación cuerpo-
texto-patria contiene un elemento adicional decisivo que es el de la memoria. La memoria que
implica un conjuro contra el olvido de una colectividad en contraposición a un discurso que silencia
y se pierde en el marasmo de un discurso oficial. La recuperación de la memoria en sus variadas
formas de expresión adquiere validez en el sentido señalado por Todorov de exemplum, por el
cual se extrae una lección. Es a la vez una vía de preservación de la memoria individual que
proyecta y refleja a una colectividad. Actúa de igual forma como una presencia de todo aquello que
es silenciado o borrado en esa dualidad de memoria-olvido, en las que ambas partes son
constitutivas de un todo.
Considero además que el elemento esencial de las narrativas de las mujeres mencionadas y
estudiadas ¾llámese testimonio, reportaje, autobiografía o etnografías o narrativa mixta¾
responden a esa necesidad de búsqueda de un discurso de resignificación o resemantización de la
experiencia femenina dentro de la dinámica de violencia y las transformaciones que se generan a
nivel de sociedad. Es también una búsqueda del lenguaje propio, lo que Luz María Londoño
denomina “horizonte femenino de significación” que introduce una mirada particular de género a la
guerra (2005:72). La escritura individual que se transforma en colectiva surge de la urgencia de
explicar y analizar los fenómenos y las dinámicas que se evidencian en una sociedad afectada por
una guerra persistente y crónica. Es en suma la respuesta a una necesidad intrínseca del ser
humano de explicar desde lo racional la irracionalidad de comportamientos humanos.