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Feminismo y locura en Kate Millett

Este documento resume el libro "Viaje al manicomio" de Kate Millett, en el que la autora describe sus experiencias como sobreviviente de la psiquiatría tras dos internamientos psiquiátricos involuntarios. El artículo analiza cómo la obra ofrece una perspectiva valiosa sobre la crítica a los manicomios, la vivencia del sufrimiento psíquico y el activismo en primera persona de los sobrevivientes de la psiquiatría. Además, destaca la importancia del libro para comprender la experiencia individual del internamiento psi

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Feminismo y locura en Kate Millett

Este documento resume el libro "Viaje al manicomio" de Kate Millett, en el que la autora describe sus experiencias como sobreviviente de la psiquiatría tras dos internamientos psiquiátricos involuntarios. El artículo analiza cómo la obra ofrece una perspectiva valiosa sobre la crítica a los manicomios, la vivencia del sufrimiento psíquico y el activismo en primera persona de los sobrevivientes de la psiquiatría. Además, destaca la importancia del libro para comprender la experiencia individual del internamiento psi

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Locura y activismo en Viaje al manicomio,


de Kate Millett
Madness and activism in The Loony-Bin Trip, by Kate Millett

RAFAEL HUERTAS

Dpto. Historia de la Ciencia. Instituto de Historia. Centro de Ciencias Humanas y


Sociales. Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Madrid.

Correspondencia: Rafael Huertas ([Link]@[Link])

Recibido: 28/05/2020; aceptado con modificaciones: 2/11/2020

* Trabajo realizado en el marco del Proyecto de investigación RTI2018-098006-B-I00


(MICINN/FEDER).

P La escritora, profesora y activista feminista Kate Millett publicó en 1990 Viaje al


manicomio. En este relato autobiográ fico, la autora describe su experiencia como sobrevi-
viente de la psiquiatría, tras dos internamientos psiquiá tricos. El presente artículo analiza los
contenidos de Viaje al manicomio destacando su importancia para una reflexió n en torno a la
crítica manicomial, a la vivencia del sufrimiento psíquico y al activismo en primera persona.

Kate Millett, manicomios, feminismo, activismo, derechos humanos, psi-


quiatría.

W W Writer, professor, and feminist activist Kate Millett published The Loony-Bin Trip in
1990. In this autobiographical account, the author describes her experience as a survivor of
psychiatry, after two internments. This article analyzes the contents of The Loony-Bin Trip,
highlighting its importance for a reflection on madhouse criticism, the experience of psychic
suffering, and mad activism.

R Kate Millett, madhouses, feminism, activism, human rights, psychiatry.

L VIAJE AL MANICOMIO, K M
L V , K M

C , Kate Millett (1934-2017) es un referente indiscutible del


feminismo que comenzó a desarrollarse a partir de los años sesenta y setenta del
siglo XX (1). Su libro Sexual Politics (2), basado en su tesis doctoral, se ha convertido
en un clásico de la segunda ola del movimiento feminista. Aunque hay una edición
en castellano editada por Cátedra (3), fue la mexicana de Aguilar de 1975 (4) la que,
junto a otras lecturas “obligatorias” y no siempre bien asimiladas, nos introdujo en
una manera de pensar la realidad desde una perspectiva crítica. Los estructuralismos
de Nicos Poulantzas o de Louis Althusser (este último versionado con desigual fortuna
por Marta Harnecker), o los conceptos de hegemonía y de subalternidad de Antonio
Gramsci, entre otros, fueron importantes para una generación que pretendía participar
y ser artí ce de cambios sociales y políticos, pero la Política sexual de Kate Millett nos
hizo ver, además, que el patriarcado es un sistema de dominación que regula la relación
de poder entre los sexos. La conocida consigna feminista “lo personal es político” se
hizo muy popular a partir de un conocido y muy citado texto de Carol Hanisch (5) y
ha suscitado análisis y desarrollos interesantes (6), siendo utilizado por diversas autoras
como Betty Friedan (7) o la propia Kate Millett, cuando advierte de la necesidad de
un análisis profundo de las consecuencias psicológicas que genera el patriarcado en
función de la aceptación o no de la dominación masculina y de la interiorización o no
de la opresión. Como ha indicado Sara Harrison (8), es a partir de este análisis en torno
a la subjetividad de las mujeres cuando desde el feminismo se empezó a incorporar la
crítica a la violencia psiquiátrica, dando lugar a una producción nada desdeñable que
ha relacionado la locura en las mujeres con la expresión del descontento, la rebeldía o
las resistencias ante la opresión del patriarcado (9), pero que también ha denunciado
a la psiquiatría y a las disciplinas psi como instrumentos de patologización y control
social de las mujeres (10,11).
Sin embargo, las aportaciones teóricas de Millett, siendo importantes, no nos
pueden hacer olvidar que ella misma fue víctima de la violencia psiquiátrica al ser
ingresada y medicada contra su voluntad en varios manicomios –en Estados Unidos y
en Irlanda– con el diagnóstico de psicosis maniaco-depresiva. Viaje al manicomio ( e
Loony Bin Trip), escrita a lo largo de los años ochenta y publicada en 1990 (12), relata
su experiencia en primera persona y constituye un documento de indudable valor para
re exionar desde el punto de vista del “sobreviviente” de la psiquiatría. Diversas autoras
han considerado esta obra de Millett desde la perspectiva del activismo antipsiquiátrico
y el feminismo (13), o han destacado la tensión existente entre teoría y experiencia, en-
tre su condición de reconocida especialista de las relaciones de género y defensora de los
derechos humanos y su necesidad de dar testimonio de su internamiento psiquiátrico
(14, 15). En una reciente reseña de la edición castellana publicada en Mad in América

R H
para el mundo hispanohablante, Rebeca G. Ibáñez comenzaba a rmando: “Hablar de
ser mujer y estar loca, de su lenguaje y signi cado, del contexto, y de las estrategias que
tiene el poder para manejarla: así, grosso modo, podría de nirse el texto que nos presenta
Kate Millett” (16).
En este sentido, leída hoy, pienso que merece la pena destacar la importancia
histórica de Viaje al manicomio desde una doble y complementaria perspectiva. Por un
lado, desde lo que en la historiografía médica se ha dado en llamar “el punto de vista
del paciente” (17,18); y por otro, desde las claves que nos ofrecen los estudios culturales
y, de manera especí ca, los mad studies, una línea de trabajo que aúna investigación
académica y militancia social, o socio-política, y que se ha convertido en uno de los nú-
cleos más representativos de un renovado pensamiento antipsiquiátrico (19). Los mad
studies pueden de nirse como un gran programa de producción de conocimiento y de
activismo político que tiene por objeto el estudio crítico de las formas de estar, pensar,
comportarse o relacionarse con el psiquismo. Valoran y tienen muy en cuenta las expe-
riencias de los supervivientes de la psiquiatría y se esfuerzan por transformar las ideas,
las prácticas, las leyes e, incluso, los lenguajes opresivos, tanto en el ámbito de la salud
mental y de los saberes psi como en contextos sociales y culturales más generales (20).
Mi objetivo en las páginas que siguen es analizar los contenidos de Viaje al mani-
comio desde las perspectivas señaladas en el intento de recuperar la poderosa narrativa
autobiográ ca de Millett en su relación con la locura, con su propia locura. Se trata de
una experiencia individual, sí, pero similar a la de otras muchas personas sometidas a
encierro o a tratamientos involuntarios (21, 22). El libro tiene una dedicatoria: “Para
los que han estado ahí”, que resume su vocación de ser compartido y su voluntad de
convertir una experiencia individual en colectiva. Escritura de denuncia y resistencia,
de activismo; pero también un relato introspectivo y terapéutico. Una obra poliédrica,
en suma, que puede considerarse, a mi juicio, un clásico de la literatura autobiográ ca
del sufrimiento psíquico.

Viaje al manicomio arranca en 1980, cuando Kate Millett –profesora, fotógrafa


y escultora– y su compañera sentimental Sophie Keir se habían instalado en el campo
con la idea de crear una comunidad de jóvenes mujeres artistas1. Se identi ca entonces

1
Kate Millett y Sophie Keir fundaron en 1978 una colonia de mujeres artistas (Women’s Art
Colony Farm) en las afueras de la ciudad de Poughkeepsie, en el estado de Nueva York. En 2012, la
colonia se registró como una organización sin ánimo de lucro con el nombre de Millett Center for
the Arts, y ese mismo año obtuvo una subvención de la Foundation for Contemporary Arts para crear
un archivo de la Women’s Art Colony Farm. Véase [Link]
recipients/kate-Millett (consultado el 30 de octubre de 2020).

L VIAJE AL MANICOMIO, K M
un episodio de emociones extremas, de gran euforia y de comportamientos intensos y
poco calculados que lleva a Kate a derroches económicos y a di cultades de relación
con su pareja y con sus pupilas. Averiguamos entonces que hacía siete años había te-
nido un ingreso psiquiátrico, que fue diagnosticada de psicosis maniaco-depresiva y
tratada con litio. Se atribuye su estado actual a que ha dejado de tomar la medicación,
de modo que, con estos antecedentes, su comportamiento y su estado de ánimo ge-
neran descon anzas y reproches que hacen que Kate se sienta cada vez más acosada.
El temor a un nuevo ingreso le da pie para relatar la experiencia de su primer interna-
miento en 1973. En esa época Kate Millett ya era una intelectual muy reconocida, tres
años antes había publicado su Sexual Politics y había sido portada de la revista Time.
Impartía docencia en Berkeley y trabajaba de manera denodada (muchas horas, sin
apenas dormir y con mucha tensión) para liberar a un activista de derechos humanos
en Trinidad acusado de asesinato. En esta situación sufrió, según ella misma explica,
un episodio de pérdida de contacto con la realidad, gran nerviosismo, confusión y
di cultades de la expresión hablada que se tornó balbuceante e incoherente. Por este
motivo fue ingresada primero en el Highlands Hospital de Oakland, desde donde fue
trasladada al Herrick en Berkeley y posteriormente al Hospital Estatal de Napa. Kate
comenta las condiciones de estos traslados: “(…) la camilla a la que me atan para ir del
Highlands al Herrick, en California, tendida boca abajo” (23) (p. 104)2.
En repetidas ocasiones a lo largo del texto se insiste en que “la hospitalización
forzosa está prohibida por ley” (p. 90). La ley de California de 1969 permitía que los
pacientes mentales fueran retenidos y observados de manera involuntaria durante 72
horas, solo si suponían un peligro para otros o para sí mismos o si no podían alimen-
tarse o vestirse. Esta reclusión podía prolongarse 14 días si no hubiera mejoría y siem-
pre que un juez así lo determinase (24). Según relata Millett, su ingreso involuntario
duró diez días (sin autorización judicial) y fue dada de alta tras rmar a regañadientes
un documento declarando que era una paciente voluntaria que reconoció que necesi-
taba tratamiento. Las consecuencias de este primer episodio fueron demoledoras: “En
el plazo de una semana perdí marido y casa” (p. 316)3.
Unos meses más tarde fue a visitar a su madre, quien la recluyó en una clínica
mental de Minnesota de donde fue liberada a las dos semanas gracias a las gestiones
de Donald He erman, un abogado de derechos civiles. Parece que el caso ayudó a
reformar la ley del Estado, que terminó contemplando que los pacientes mentales
ingresados tuvieran derecho a una audiencia de compromiso (24).
2
Todas las citas textuales están tomadas de la edición en castellano publicada por Seix Barral en
2019, traducida del inglés por Aurora Echevarría y con prólogo de Mar García Puig (23). En lo suce-
sivo, tras la cita se anota entre paréntesis la página de la mencionada edición.
3
Cabe recordar que Kate Millett estuvo casada con el escultor japonés Fumio Yoshimura desde
1965, separándose a raíz del episodio mencionado. Tras dicha separación, mantuvo una larga relación
sentimental con Sophie Keir, con quien compartió el resto de su vida.

R H
Siete años más tarde, tras el episodio en la comunidad de artistas, Millett re-
gresó a su casa de Manhattan, donde fue visitada por su hermana y varios amigos,
quienes, acompañados de una psiquiatra “amiga”, la presionaron para que ingresara
de nuevo. Son muy interesantes las páginas dedicadas a la pugna dialéctica que se
mantiene. Ante el argumento de la psiquiatra de que no debe ponerse nerviosa ni a la
defensiva porque solo han venido a ayudar, Millett responde: “Cuando a una la lla-
man loca muchas veces, acaba poniéndose a la defensiva. Comprenderá que encerrar
a alguien es muy ofensivo: de hecho, es una agresión” (p. 236), pero además insiste:
“No creo que podáis obligarme a ingresar en un hospital sin violar mis derechos ci-
viles” (p. 255). El episodio concreto que la autora narra es curioso y pienso que poco
habitual: el concurso de un policía que se pone de su parte hace que el personal de la
ambulancia que ha acudido para llevarla al hospital psiquiátrico renuncie a hacerlo.
Cuando queda claro que el ingreso no es voluntario, “el ambulanciero sabe que esa es
la mejor baza: una paciente involuntaria que conoce la ley y un agente para hacerla
cumplir. Se echa atrás” (p. 269).
Pero Millett es consciente de que ha tenido suerte, de que su peripecia indivi-
dual no puede generalizarse. Ante la frustración de la psiquiatra por no haber conse-
guido su propósito, contesta: “Esta vez no lo ha conseguido, pero ¿cuántas personas
tienen la suerte de tener a un policía bueno a su lado como yo? La mayoría no saben
siquiera que pueden llamar a la policía. Yo he tardado mucho en aprender. La captura
suele ser tan rápida que casi nunca hay ocasión. Yo solo he tenido suerte” (p. 271).
En el otoño de 1980, Millett viajó a Irlanda, donde tuvo lugar su segundo in-
greso psiquiátrico. La primera huelga de hambre de los presos del IRA en las cárceles
británicas, en el marco del con icto de Irlanda del Norte, se inició el 27 de octubre de
1980 y Kate Millett se apresuró a trasladarse a este país para apoyar a los huelguistas
y denunciar las torturas a los presos políticos. Cuando iba a regresar a Estados Unidos
fue detenida por la policía en el aeropuerto de Shannon, y aunque en un principio
Millett atribuyó esta detención a sus actividades políticas, termina relatando su estado
de agitación y su preocupación extrema por haber perdido una cámara fotográ ca en
un taxi. Fue ingresada en el Our Lady’s Hospital de Ennis, en el condado de Clare,
al oeste de Irlanda. La experiencia de este internamiento es la que con más claridad y
extensión aparece descrita en Viaje al manicomio.
Finalmente, fue dada de alta como consecuencia de la actuación de un grupo de
feministas irlandesas y de un político local. Es decir, también en esta ocasión parece
obvio que Kate Millett se bene ció de ser una mujer conocida y respetada en determi-
nados ámbitos, como el académico, el feminista, el de la defensa de los derechos civiles
y humanos, etc., lo que le permitió tener contactos y recursos que hicieron posible
impugnar su secuestración. Circunstancia y oportunidad con la que no contaron otras
muchas personas que sufrieron ingresos psiquiátricos prolongados.

L VIAJE AL MANICOMIO, K M
A su vuelta a Estados Unidos se instaló en Nueva York, retomó el tratamiento
con litio, al menos de manera momentánea, y ya no volvió a tener más ingresos. En
todo caso, su experiencia como “sobreviviente” de la psiquiatría y su gran capacidad
analítica le permitieron hacer una serie de re exiones en torno al manicomio como
institución y a los tratamientos psiquiátricos que merece la pena destacar.

“Las luces que se encienden o se apagan, el desplazamiento en masa del dormi-


torio a la sala de estar, los gritos de las enfermeras que señalan la hora de levantarse
y de hacerse la cama para la inspección. Es la hora de asearse o de tomar las pastillas,
es la hora de acostarse de nuevo” (p. 364). Esta descripción de la rutina manicomial
recuerda en la práctica a las teorizaciones de Erving Go man y de Foucault. El prime-
ro formuló en 1961 la categoría de institución total, de niéndola como “un lugar de
residencia y trabajo donde un gran número de individuos en igual situación, aislados
de la sociedad por un periodo apreciable de tiempo, comparten en su encierro una
rutina diaria, administrada formalmente” (25). Por su parte, Michel Foucault, hablan-
do de los mecanismos disciplinarios puestos en marcha en esas instituciones totales,
nos explica en Vigilar y castigar que “el empleo del tiempo es una vieja herencia. Las
comunidades monásticas habían, sin duda, sugerido un modelo estricto. Rápidamente
se difundió. Sus tres procedimientos, establecer ritmos, obligar a actuaciones determi-
nadas, regular ciclos de repetición, coincidieron muy pronto en los colegios, los talleres
y los hospitales” (26).
Como se sabe, Erving Go man fue un muy prestigioso representante de la
escuela sociológica de Chicago y un autor muy leído en los campus universitarios nor-
teamericanos, como el de Berkeley, por lo que es muy posible que Millett conociese su
obra. No podemos asegurar que fuera lectora de Foucault, aunque es fácil suponerlo en
una intelectual crítica como ella. En todo caso, eso sería lo de menos. Lo que resulta, a
mi juicio, interesante es la coincidencia de narrativas. Tanto Go man como Foucault,
o como Millett, son referentes, en ámbitos distintos, de un pensamiento crítico desa-
rrollado en los años sesenta y setenta. La diferencia, en este caso, es que los dos prime-
ros teorizan sobre una situación que es vivida y sufrida directamente por la tercera.
Aun así, la capacidad de Millett para teorizar sobre el manicomio está fuera de
toda duda cuando re exiona en torno a su naturaleza: “El mismo manicomio es una
insensatez, una anomalía, un cautiverio aterrador, una privación irracional de todas
las necesidades humanas; conservar la razón dentro de un lugar así supone una lucha
abrumadora. (…) El mismo propósito del manicomio y lo que todo el mundo entiende
por ese término a rma la locura. Permanecer cuerdo en un manicomio es desa ar su
de nición” (p. 351).

R H
Este breve párrafo resulta especialmente signi cativo por la cantidad de ideas
que contiene. No solo porque pone en duda la capacidad terapéutica del estable-
cimiento psiquiátrico, sino porque considera que es el propio manicomio el que
genera locura y cronicidad. El manicomio produce y a rma la locura, provoca justo
lo que pretende corregir. Es una anomalía, tal como a rma Millett, pues su resultado
nal se aleja de su propósito inicial. Se trata de una paradoja que ha sido señalada en
repetidas ocasiones, pero en este momento me parece oportuno recordar dos brillan-
tes contribuciones a esta crítica manicomial porque ambas aparecieron a comienzos
de la década de los 70, coincidiendo con el primer ingreso de Kate Millett. La pri-
mera procede de la pluma del psiquiatra e historiador francés Georges Lantéri-Laura
(27), quien publicó un artículo sobre la cronicidad en psiquiatría en el que se expli-
caba cómo, desde el siglo XIX, las necesidades económicas y de abastecimiento de
los manicomios motivaron que muchas personas internadas permanecieran durante
largo tiempo en la institución con el n de aprovechar sus habilidades “técnicas” para
sacar adelante la producción de los talleres o las granjas. Las estancias breves resulta-
ban poco rentables y la cronicidad, sin serlo necesariamente, se convirtió en una de
las características esenciales de la psiquiatría. La segunda proviene de la literatura: en
el cuento de Gabriel García Márquez “Solo vine a hablar por teléfono” (28)4, una
mujer es encerrada en un manicomio por un malentendido; al ser tomada por una
interna, nadie la escucha, nadie la cree y es sometida a la disciplina manicomial. El
resultado es que al cabo del tiempo termina con un serio e invalidante sufrimiento
mental. Permanecer cuerdo en el manicomio es, en efecto, parafraseando a Kate
Millett, desa ar su de nición, pues “el encierro empieza a apoderarse de la mente,
de tu cuerpo, estás marcada” (p. 151), porque “el lugar está construido para que te
rindas” (p. 337).
Los paralelismos entre cárcel y manicomio, tantas veces apuntados (29), son
también establecidos por Millett de manera contundente, tanto en su propia viven-
cia – “estoy en su calabozo, en su cárcel” (p. 357)– como en aspectos más analíticos.
El manicomio se diferencia de la prisión en su posibilidad de ser ignorado, de quedar
al margen: “[el manicomio] es un secreto demasiado íntimo y vergonzoso que suele
guardarse” (p. 371) y precisamente ese ocultamiento permite el olvido y favorece la
muerte social. De la cárcel se puede salir tras cumplir una condena, del manicomio
se puede no salir nunca, así lo siente Millett cuando se pregunta: “¿…prisionera tal
vez para el resto de tu vida?, ¿tanto daño puede hacer un pensamiento grotesco?” (p.
373). Y continúa a rmando: “Al no haber cometido ningún delito, en el plazo de
un juicio rutinario de cinco minutos –drogado e incapaz incluso de comprender el
procedimiento, y sin un abogado siquiera de su elección– puede perder la libertad

4
El cuento, escrito en 1974, se publicó años más tarde en García Márquez G. Doce cuentos pere-
grinos, Bogotá, Oveja Negra y Barcelona, Mondadori, 1992 (28).

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durante un periodo indeterminado, incluso para toda la vida. Sin el derecho a recha-
zar el ‘tratamiento’, un ser humano está indefenso ante tal proceso” (p. 500). Final-
mente, Millett llega a asimilar el funcionamiento del manicomio con “la mecánica
de un campo de concentración” (p. 385), lo que recuerda a Franco y Franca Basaglia,
lectores de Primo Levi, cuando hacen la misma comparación (30).
Parece evidente que el relato en primera persona de Kate Millett viene a con-
rmar “desde dentro” las críticas al manicomio que tanta importancia tuvieron en
la contracultura y en el pensamiento crítico de los años sesenta y setenta, pero más
allá de la institución total como espacio cerrado de segregación, Viaje al manicomio
aporta su particular visión de los tratamientos psiquiátricos.

Los tratamientos psiquiátricos han pivotado siempre entre una función tera-
péutica y otra de defensa social, entre el trato humanitario y lantrópico y la coer-
ción y el castigo. La consideración del loco y la loca como personas “enfermas” y “pe-
ligrosas” permitió con gurar para la psiquiatría un estatuto de “prestación especial”
en el que los límites entre el tratamiento médico y la acción represiva quedaron con
frecuencia muy difuminados. “La locura”, apunta Foucault, “será castigada incluso
si es inocente en el exterior” (31).
La estrecha relación entre terapia y castigo, presente ya en los tiempos del
tratamiento moral (32), alcanza una especial signi cación con la llegada de los tra-
tamientos de choque (33). En 1946, Mary Jane Ward publicó una novela titulada
Nido de víboras ( e Snake Pit), en la que narraba su propia experiencia como interna
en el Rockland Psychiatric Center (Condado de Orangeburg, Estado de New York).
Dos años más tarde, Anatole Litvak llevó a la pantalla una adaptación cinematográ-
ca, protagonizada por Olivia de Havilland, que se convirtió en uno de los clásicos
del “cine de manicomios” (34). En un momento dado, dicha protagonista, a la que
se le va a aplicar la primera sesión de una larga tanda de electrochoques, pregunta
inocentemente: “¿Van a electrocutarme?, ¿tan grave es mi delito?”. Incertidumbres
cargadas de signi cado, pues denotan la ansiedad del que no sabe qué le va a pasar,
ni por qué. Absoluto desamparo que contrasta con la rebeldía del personaje central
de Alguien voló sobre el nido del cuco. En este conocido lm de Milos Forman, estre-
nado en 1975 y basado en la novela de Ken Kesey (35), el personaje encarnado por
Jack Nicholson es sometido a terapia electroconvulsiva como un correctivo ejemplar,
muy lejos de cualquier indicación clínica.
Kate Millett no llegó a ser tratada con electroshocks, pero están muy presentes
en su pensamiento y en su experiencia. Mani esta su temor a ser “castigada” en re-
petidas ocasiones a lo largo del texto: “A las personas que tienen mi actitud hacia los

R H
electroshocks es fácil que se las castigue con uno” (p. 104); “En un lugar así, seguro
que te dan electroshocks, se huele nada más entrar. No cooperarás y los utilizarán
como castigo” (p. 315). En una ocasión, tras pasar por un lugar del manicomio en
el que no debía estar –“No pensé que les importara. La puerta estaba abierta…”
(p. 345)–, es con nada en una celda de aislamiento. La medida es exclusivamente
disciplinaria: “Si se porta bien, el médico podrá retirarle la orden. En estos momen-
tos está incomunicada” (p. 346). Pero, incluso en una situación así, queda patente
el temor a la sanción extrema: “Electroshocks… ¿creerán necesario utilizarlos para
castigarme?” (p. 346).
Miedo y descon anza que no son gratuitas, sino que se basan en el contac-
to directo con otras internas, compañeras de encierro, que sí estaban recibiendo
electroshocks: “Siempre son las que parecen más hechas polvo, las profundamente
aterrorizadas, las que saben que es un castigo o tratan de decirse desesperadas que es
por su bien. Pero al repetírselo, la verdad les golpea en la cara. La mayoría están tem-
blorosas y en silencio, las manos con un baile de san Vito sobre el regazo de felpilla
de su albornoz; la cara roja, la lengua difícil de controlar” (p. 350).
El empleo de terapias agresivas para conseguir doblegar a las pacientes, para
garantizar una docilidad que no incomode a nadie, ha sido señalado con frecuencia.
La psicóloga feminista Phyllis Chesler, en su in uyente obra Mujeres y locura, apa-
recida en 1972 y de la que contamos con una edición más reciente en castellano,
indica que “en los psiquiátricos, muchos procedimientos amenazan, castigan o no
alcanzan a entender de hecho a estas mujeres y las abocan a la sumisión real o tai-
mada” (36). Pero lo que Chesler nos hace ver es que la asimilación entre terapia y
castigo no responde solo a unas prácticas coercitivas aplicadas a personas institucio-
nalizadas especialmente molestas, sino que pueden llegar a formar parte del propio
núcleo doctrinal de la psiquiatría. A modo de ejemplo, podemos citar un artículo,
publicado en una prestigiosa revista especializada, en el que se describe la aplicación
de corrientes eléctricas a una mujer diagnosticada de esquizofrenia que “vertía acu-
saciones sobre persecuciones y abusos contra ella, realizaba alguna amenaza verbal o
cometía algún acto agresivo”. Dicho “tratamiento” fue denominado “programa de
castigo” y los autores señalaron que “el procedimiento fue administrado en contra
de la voluntad expresa de la paciente” (37). Quizá pueda considerarse este un caso
extremo y peculiar, pero ¿realmente lo es?
La psicofarmacología es vivida también como un castigo: “Y luego el castigo:
una gran dosis de orazine. Has empezado tu carrera de fármacos (…) los médicos
no te hacen caso; no habrá más exámenes, solo sustancias químicas a partir de ahora”
(p. 366). Pero la medicación con antipsicóticos como la clorpromazina ( orazine)
va mucho más allá. Sin desmerecer los efectos bene ciosos que una medicación su -
cientemente ajustada y limitada en el tiempo puede tener a veces sobre determinados

L VIAJE AL MANICOMIO, K M
síntomas, no cabe duda de que, en ocasiones, su administración sistemática persigue
otros nes que tienen más que ver con mantener la disciplina y el orden en el interior
del establecimiento que con objetivos terapéuticos (38). En palabras de Millett: “Lo
que realmente es erróneo es la medicación: la medicación como curación, como el
método o cial que impera hoy en día, es lo insidioso, el verdadero mal. En general,
se de ende porque al apaciguar a los internos facilita el trabajo de las enfermeras
auxiliares y los celadores. En realidad, hace mucho más, actúa en sentido contrario a
la cordura” (p. 351). En coherencia con su militancia en pro de los derechos civiles,
Millett critica el tratamiento involuntario y la “medicación forzada de sustancias sin
explicación alguna” (p. 348), tanto como concepto como en su propia experiencia:
“No puede obligarme a tragar algo sin explicarme qué es” (p. 335). Sin embargo, a
pesar de estos argumentos, los neurolépticos están tan presentes en la vida cotidiana
del manicomio que, al nal, todo acaba girando en torno a ellos: “Vuelve a ser la
hora del té y las pastillas, para las que el té es una mera excusa. El mismo almuerzo
no es más que otra taza de té con una pastilla (…) y siempre las pastillas, las sustan-
cias químicas que tienes que combatir con el estómago vacío” (p. 335).
Sin embargo, por encima de los neurolépticos, el litio se convierte en uno de
los elementos conductores de Viaje al manicomio. Tras su primer ingreso, Millett
fue tratada con litio y “durante siete años viví con temblor en una mano, diarreas,
posibles daños al riñón y todos los demás efectos secundarios del litio. En el verano
de 1980 decidí abandonar la medicación” (p. 23). Esta decisión generó una gran in-
quietud entre su familia y allegados, y coincidió con el episodio de euforia “maniaca”
antes citado en la comunidad de artistas y, un poco después, con el incidente en el
aeropuerto irlandés que motivó su segundo ingreso. A su vuelta a Nueva York reto-
mó el tratamiento hasta que en 1988, y sin decírselo a nadie, fue rebajando las dosis
hasta dejar de tomarlo de manera de nitiva. En esta ocasión, según su testimonio,
“no pasó nada. Nunca a oró la ira que tanto había temido (…) Descubrí con sor-
presa que ahora tenía paciencia, serenidad, que era más tolerante y abierta” (p. 497).
Las alusiones al litio son muy frecuentes a lo largo del relato. Los trastornos
físicos que ocasiona su toxicidad, sus efectos sobre su estado de ánimo, el deseo de
abandonar la medicación, la insistencia de médicos, familiares y amigos de que no lo
haga, la incertidumbre y la duda sobre qué hacer, etc. En el sentir de nuestra autora:
“Y ese fue el efecto de dejar el litio: detuvo la vergüenza y la docilidad” (p. 151), por
nefastas que llegaran a ser sus consecuencias.
El psiquiatra australiano John Cade (39) describió en 1949 las propiedades
antimaniacas de las sales de litio. El litio es un metal alcalino altamente tóxico para
el sistema nervioso, el intestino y los riñones en dosis relativamente pequeñas. Los
síntomas leves de toxicidad incluyen síntomas neurológicos, como temblor o letar-
gia, que evolucionan a diarrea y vómitos, incontinencia, somnolencia, desorienta-

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ción, espasmos musculares, ataxia y disartria. Los llamados “efectos terapéuticos”
se sitúan en un continuo con las manifestaciones de la toxicidad. Es decir, antes
de que aparezcan los signos de toxicidad completa, el litio provoca la inhibición
de la conducción nerviosa, produciendo sedación y un dé cit del funcionamiento
mental (40). En la actualidad, el litio se asocia principalmente al tratamiento a
largo plazo del trastorno maniaco-depresivo, y se considera que disminuye el riesgo
de recurrencia de un episodio posterior; sin embargo, existen voces discordantes,
como la de Joanna Moncrie (41), cuando apunta que no existe ninguna teoría
bioquímica aceptada sobre las bases neurobiológicas del trastorno bipolar y del fun-
cionamiento de los estabilizadores del ánimo que ayude a racionalizar una perspec-
tiva centrada en la acción del litio para esta circunstancia. Es de interés un reciente
artículo de esta misma autora publicado en castellano en el que se problematiza
el papel del litio y otros “estabilizadores del ánimo” en los trastornos del llamado
espectro bipolar (42).
Esta di cultad de racionalización de la acción del litio, que Moncrie co-
menta, y que pone de mani esto una utilización empírica del mismo, es señalada
a su manera por Millett cuando, ante la pregunta “entonces, ¿qué hace el litio?”,
ella misma se contesta diciendo: “Ese es el problema. No lo saben, o solo saben que
‘funciona’, que incluso modula la aceleración o ralentización a un ritmo estable, y
por tanto nivela los dos estados extremos de manía y depresión. Pero desconocen el
porqué” (p. 88). La experiencia de Millett con el litio resulta muy coherente con la
realidad del momento, cuando el litio era el tratamiento de elección para las perso-
nas diagnosticadas de psicosis maniaco-depresivas. Un diagnóstico y una experiencia
subjetiva sobre la que Kate Millett también ofrece unas re exiones muy relevantes.

E …

Viaje al manicomio es un libro autobiográ co que narra, como estamos


viendo, la experiencia del internamiento de su autora, pero sus páginas contienen
también una serie de re exiones internas donde la introspección y el sufrimiento
subjetivo pasan a un primer plano. A lo largo de su relato vemos cómo los senti-
mientos y emociones de Millett transitan desde la negación –“Yo nunca he estado
loca. No soy maniaco-depresiva. Ese es el diagnóstico que me puso un psiquiatra al
que un buen día me entregó mi hermana” (p. 11)–, o desde la rebeldía y la agitación
de las fases más eufóricas o agitadas de su estado de ánimo, a la aceptación resignada
de sus momentos más depresivos: “Tú misma te ves loca (…) La depresión es la
muerte y la certeza de la decrepitud (…) La depresión llega cuando les das la razón
y te rindes” (p. 415). Una depresión que es vivida como una derrota o como una
claudicación: “Me he rendido, he renunciado a mi manera de pensar, ya no estoy

L VIAJE AL MANICOMIO, K M
en con icto con ellos sobre la naturaleza de mi experiencia o su validez aceptando
despreciablemente mi locura, su humillación desgarradora” (p. 474).
Sin embargo, hay dos elementos de las vivencias subjetivas que se describen en
los que merece la pena detenerse. Uno es la relación del sujeto con su propia etiqueta
psiquiátrica. La a rmación “Ojalá nadie me hubiera dicho que estoy loca. Entonces
no lo estaría” (p. 229) creo que puede ilustrar lo que con el tiempo Ian Hacking (43)
de niría como el proceso de “inventar o construir personas” (making up people), es
decir, la capacidad de los especialistas (médicos, psicólogos, sociólogos, antropólo-
gos) para etiquetar y clasi car a determinados seres humanos favorece que estos, por
el solo hecho de ser etiquetados, asuman dicha condición de modo que su manera
de ser y de actuar no son independientes de cómo son descritos y clasi cados. Esto
es lo que Hacking llama “efecto bucle” (looping e ect) de las clases humanas (que son
interactivas): las interrelaciones de la gente y las formas en que esta es clasi cada.
Dicho de otro modo, las personas tienden a conformarse, a permanecer e incluso a
crecer en el ámbito clasi catorio en el que han sido descritos o diagnosticados (44).
El problema del diagnóstico es abordado por Millett en unos términos que
anticipan discusiones posteriores. Según explica, “el diagnóstico psiquiátrico que
se impuso es que soy psicótica de constitución, una maniaco-depresiva condenada
a sufrir recurrentes ataques de ‘enfermedad afectiva’” (p. 497), un diagnóstico que
“pone en marcha un tren de falta de con anza e inutilidad, una sentencia de alie-
nación” (p. 498), y termina argumentando: “Es la integridad de la mente lo que
deseo reivindicar, su carácter sagrado e inviolable. No niego en absoluto la desdicha
y el estrés de la vida en sí: los sufrimientos de la mente a merced de la emoción, las
circunstancias que nos llevan a declararnos la guerra unos a otros, los divorcios y los
antagonismos en las relaciones humanas, la multitud de temores, los obstáculos a la
con anza, las crisis de decisión y elección. Intentamos sortearlo, buscamos consejo
para protegernos, incluso nos exponemos al inevitable desequilibrio de poder inhe-
rente en la terapia para combatirlo; todo ello es la materia de la condición humana.
Pero cuando tales circunstancias se convierten en síntomas y se diagnostican como
enfermedades, creo que entramos en un terreno muy incierto” (p. 498).
Este último párrafo es extenso, pero enormemente esclarecedor del pensa-
miento de Millett, que enlaza con la idea defendida, entre otros, por Fernando Coli-
na de que el diagnóstico no bene cia a nadie y de que “la condición de no-diagnosti-
cado es un derecho democrático que empieza a convertirse en el simple privilegio de
pasar desapercibido, es decir, indetectable ante la leva de enfermos mentales puesta
en marcha por las fuerzas terapéuticas de la sociedad” (45). Se trata, sin duda, de
una propuesta crítica y con una carga ideológica evidente que tiene que ver con los
discursos y prácticas que abogan por la desalienación, descosi cación, desmedicali-
zación, desestigmatización, etc. de las personas con sufrimiento psíquico (46).

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Con independencia de la etiqueta diagnóstica aplicada a Millett (psicosis ma-
niaco-depresiva o trastorno bipolar), lo que me interesa destacar aquí es que todo su
proceso responde a una narrativa vital que, en de nitiva, es lo que cuenta. Una na-
rrativa que es desarrollada y dada a conocer a través de la escritura: “Escribí Viaje al
manicomio en parte para recuperarme yo, para recuperar mi mente e incluso su a r-
mación de cordura. Pero también con la esperanza de renunciar a ese dilema entre
locura y no locura” (p. 501). De esta manera, la escritura aparece como un elemento
fundamental en el esfuerzo de autorreparación. El libro que nos ocupa fue escrito
entre 1982 y 1985, “en plena resaca de penitencia y autorrenuncia, ese acto de com-
plicidad con la desaprobación social que es la depresión” (p. 495). La melancolía ha
estado tradicionalmente ligada a la escritura y es en ese estado –“¿Por qué llamar a
esto depresión?, ¿por qué no llamarlo dolor?” (p. 495)– en el que Millett comienza a
escribir, y empieza por el nal, la parte más intimista en el conjunto de la obra. No es
de extrañar: la escritura del melancólico es así, intimista y autobiográ ca; su propósi-
to es, en buena medida, recuperar los signos del mundo y neutralizar su indiferencia
o su agobio. Es, en el fondo, un intento de autointerpretación y de construcción de
la singularidad (47). Merece la pena insistir en la relación de Millett con la escritura:
“Durante la depresión desaparece el mundo. El lenguaje mismo” (p. 455); por eso,
para recuperarlo, “la única salida es escribir” (p. 409). Resulta muy interesante, en
este sentido, la confrontación que se establece entre química y lenguaje. Ante el
argumento de que “mi enfermedad es química, dicen, y la cura también lo es” (p.
420), la propia Millett se exhorta: “Olvida la química y cíñete al lenguaje” (p. 386).
Pero las intenciones de Millett al narrar su propia experiencia trascienden
el relato autorreferencial para llegar a ámbitos más amplios, menos individuales:
“Sumo mi propia experiencia a la multitud de personas que como yo han conocido
la crueldad y la irracionalidad del sistema, y reivindico un nuevo respeto a la mente
humana en sí, su razón, inteligencia, percepción, agudeza y lógica. Que no vuelva a
haber más hospitalizaciones, medicación o electroshocks forzados, ni más de nicio-
nes de locura como un delito que hay que tratar con métodos salvajes” (p. 502). Es
decir, hay una voluntad explícita de activismo que otorga a Viaje al manicomio una
dimensión colectiva nada desdeñable.

Como ya sabemos, Kate Millett fue una destacada activista del movimien-
to feminista, por los derechos civiles y los derechos humanos, y, como es lógico y
hemos podido apreciar en las páginas precedentes, su pensamiento crítico y de de-
nuncia está muy presente en la obra que estamos analizando. Según nos cuenta, tras
su primer ingreso asistió a su “primera reunión de Madness Network en una galería

L VIAJE AL MANICOMIO, K M
de arte de San Francisco, donde se había formado la Network Against Psychiatric
Assault (NAPA)” (p. 116).
La Network Against Psychiatric Assault, fundada por Leonard Roy Frank, un
superviviente que había sido sometido en los años sesenta a múltiples electroshocks,
fue uno de los grupos más efectivos y militantes del movimiento estadounidense con-
tra el abuso psiquiátrico, llegando a protagonizar una gran campaña que consiguió
que dejara de aplicarse la terapia electroconvulsiva en San Francisco (48). Frank fue,
además, el editor de Madness Network News. A Journal of the Psychiatric Survivor Mo-
vement, que se convirtió en el órgano de expresión del Mental Patient Liberation Mo-
vement. Con posterioridad, Millett mantuvo contactos y colaboraciones con otras or-
ganizaciones de defensa de los derechos de las personas psiquiatrizadas, algunas de las
cuales “ha permitido asistir y hablar (…) del movimiento antipsiquiátrico” (p. 496).
La in uencia de la antipsiquiatría en el pensamiento de Millett es muy evi-
dente. De manera especí ca, creo que pueden detectarse en Viaje al manicomio ideas
procedentes o en franca sintonía con algunos autores como omas Szasz o Ronald
Laing. En cuanto al primero, y aunque de manera puntual, es interesante la relación
entre locura y brujería que Kate Millett expresa del siguiente modo: “¿Quién mejor
que las locas, sin duda las más crueles de las brujas, las que más castigo han recibido,
las que tienen menos que perder?” (p. 376). Esta frase es seleccionada y reproducida
por Mar García Puig (49) en el prólogo de la última edición española y, según esta
autora, es una muestra de la capacidad de Millett para imaginar una resistencia
colectiva. Brujas y locas son, en efecto, mujeres hostigadas y estigmatizadas que, en
buena medida y según sus posibilidades, se rebelan contra sus perseguidores. Este
argumento recuerda al de omas Szasz en La fabricación de la locura (50), cuando
compara a los psiquiatras modernos con los cazadores de brujas de la Inquisición,
a rmando que tanto las brujas como las locas son construcciones elaboradas por los
que se arrogan el poder de proteger a la sociedad frente a ellas.
Más interés tiene, a mi juicio, la in uencia de Laing en el texto de Millett.
En El yo dividido (51), Laing propone la necesidad de un relato psicoterapéutico
de autorrecuperación y cuestiona con convicción el modelo médico de enfermedad
mental. Se trata de ideas y propuestas que coinciden con las expuestas por Millett a
lo largo de su obra. En palabras de nuestra autora: “Todo el constructo del ‘modelo
médico’ o de ‘enfermedad mental’, ¿qué es sino una analogía? Entre la medicina
física y la psiquiatría: se dice que la mente está tan sujeta a la enfermedad como el
cuerpo. Pero mientras que en la medicina física hay pruebas siológicas veri cables,
(…) en la enfermedad mental la supuesta conducta socialmente inaceptable se toma
como un síntoma, incluso como una prueba, de una patología” (p. 498).
Finalmente, es de destacar la importancia que Millett otorga al apoyo mutuo.
Los grupos de apoyo mutuo son espacios colectivos de ayuda y colaboración entre

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pares que pueden resultar fundamentales, cuando no imprescindibles, en determina-
das situaciones y para algunas personas con malestar psíquico. Es cierto que no todo
el mundo encaja en las dinámicas del apoyo mutuo y que estas pueden ser diferentes
de unos grupos a otros, pero no cabe duda de que se trata de un tipo de organización
que puede llegar a ser muy efectiva. Así lo siente Millett cuando describe su propia
experiencia: “Al nal mis compañeros Paul y Dayna me preguntaron si me estaba
medicando. La actitud del movimiento es tolerante: medícate si quieres; si quieres
dejar de hacerlo, hay ayuda y apoyo. Dayna había suspendido el tratamiento de litio
varios años antes. Me recomendó que bebiera mucha leche, que no me cansara de-
masiado, que no se lo dijera a nadie. Paul y Dayna serían los únicos que lo sabrían;
me llamarían cada domingo por la noche y yo les daría el parte” (p. 496).
En de nitiva, la apuesta de Millett por el activismo es muy notoria, hasta
el punto de rendir homenaje, en la última página de su libro, “a aquellas personas
que, por su larga involucración en el movimiento en favor de los derechos humanos
contra los abusos psiquiátricos, se han convertido en amigos y héroes para mí”, y
termina expresando su admiración por Judi Chamberlin porque “al crear el modelo
para el centro de autoayuda para expacientes, han dado esperanza, apoyo y curación
a las víctimas del sistema” (p. 508). Recuérdese que Judi Chamberlin fue uno de
los referentes más importantes del movimiento de supervivientes de la psiquiatría
y autora de Por nuestra cuenta (52), un libro fundamental que está en el origen del
movimiento Orgullo Loco (Mad Pride).

Viaje al manicomio forma parte de un conjunto de obras que Linda Morri-


son (53) ha denominado “narrativa heroica de los supervivientes”. Personalmente,
creo que podría considerarse un “clásico” del activismo en salud mental; es decir,
una obra que contiene elementos diversos que, al margen de su contexto histórico,
permiten diversas lecturas a lo largo del tiempo. Un clásico moderno, claro, pues
los acontecimientos que se relatan transcurren hace casi cincuenta años. Dicho de
otro modo, aunque debemos valorar Viaje al manicomio en su contexto histórico y
cultural, no podemos evitar, ni olvidar, la actualidad de esta obra, que se sitúa, como
hemos visto, en los orígenes del activismo llamado “en primera persona”. Existen en
la actualidad iniciativas que, con nes diversos (académicos, de investigación-acción,
de denuncia, etc.), recuperan testimonios de personas que están o han estado psi-
quiatrizadas. Las historias personales se repiten con frecuencia, aun cuando algunas
tengan más repercusión que otras. La pugna interna por tomar o no la medicación,
la amenaza constante de la contención, el miedo al “castigo”, la vulnerabilidad de
personas en las que a su propio sufrimiento se añade el de estar “señaladas”, mar-

L VIAJE AL MANICOMIO, K M
cadas por la descon anza. Todo esto está presente en la experiencia autobiográ ca
de Millett, pero esta no es más que el re ejo de una realidad que, con más o menos
matices, permanece. Hoy nos encontramos con otras historias de vida similares;
entre los muchos ejemplos que podrían ponerse citaré, solo a modo de ejemplo, la
novela grá ca Desmesura, narrada también en clave autobiográ ca, que muestra las
di cultades de enfrentarse al sistema biomédico de atención y las posibilidades del
apoyo mutuo (54), por más que en esta ocasión la experiencia tenga que ver con la
escucha de voces y pueda relacionarse con el movimiento Hearing Voices (55, 56).
En un sentido más colectivo, siguen de absoluta actualidad los debates sobre
los derechos civiles y humanos en psiquiatría, el problema de los tratamientos in-
voluntarios o el de las contenciones, hasta el punto de generar campañas de largo
alcance como 0 Contenciones. Asistimos en la actualidad a un (re)surgimiento del
activismo en salud mental, tanto profesional (57) como en primera persona (58),
con la aparición de no pocas iniciativas y propuestas organizativas, colectivos con-
cienciados y más o menos radicales, con objetivos y estrategias variadas y a veces
discordantes, pero que obligan a pensar la locura de otra manera. Todo ello en un
contexto de movilización social de intensidad variable, pero con un importante y
renovado movimiento feminista (igualmente complejo y discrepante) y con otras
iniciativas procedentes de la sociedad civil que reclaman con fuerza pensamientos
y acciones críticas y emancipatorias. No puede extrañar que Kate Millett y Viaje al
manicomio pueda y deba ser considerada como un referente de todo este proceso.

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