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El Mantel de la Última Cena en Alconétar

El documento describe una reliquia conocida como el Mantel de la Sagrada Cena que se custodiaba originalmente en la encomienda templaria de Alconétar, Cáceres. Tras la disolución de la Orden del Temple en 1312, esta reliquia y otras aparecieron "descubiertas" en la catedral de Coria a finales del siglo XIV, donde se les rindió culto. Se especula con que estas reliquias pudieron haber pertenecido originalmente a los templarios de Alconétar antes de ser "redescubiertas
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El Mantel de la Última Cena en Alconétar

El documento describe una reliquia conocida como el Mantel de la Sagrada Cena que se custodiaba originalmente en la encomienda templaria de Alconétar, Cáceres. Tras la disolución de la Orden del Temple en 1312, esta reliquia y otras aparecieron "descubiertas" en la catedral de Coria a finales del siglo XIV, donde se les rindió culto. Se especula con que estas reliquias pudieron haber pertenecido originalmente a los templarios de Alconétar antes de ser "redescubiertas
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EL MANTEL DE LA SAGRA CENA EN ALCONÉTAR

Según Rafael Alarcón Herrera, en la encomienda de Alconétar, existían varias reliquias


que fueron traídas de los Santos Lugares y posteriormente pasaron a la catedral de Coria,
a principios del s. XV. 1
En la villa cacereña de Alconétar, a orillas del río Tajo, los caballeros templarios edificaron una fortaleza sobre las ruinas de
un templo romano. Allí custodiaban, entre otros objetos «milagrosos», un mantel que, al conjuro de determinadas invocacio-
nes, se llenaba prodigiosamente de todo tipo de manjares. Tras la disolución de la Orden del Temple, se «descubrió» en el
subsuelo de la catedral vieja de Coria una reliquia, que la Iglesia afirmaba era el mantel empleado durante la Última Cena.
¿Se trataba del mismo objeto custodiado por los templarios en Alconétar?

Las iglesias templarias solían custodiar destacadas reliquias, objeto de gran veneración para los fieles y fuente de prestigio
para la Orden. En los reinos hispanos en concreto, el Temple poseyó varias «Santas Espinas» que florecían milagrosamente el
día de su festividad en las iglesias del Wiasdeu (Rosellón), Ágreda (Soria) o Valencia; fragmentos «mágicos» de la Vera Cruz,
en Caravaca (Murcia), Ponferrada (León) o Zamarramala (Segovia); y algunos cuerpos incorruptos de caballeros templarios,
venerados por su vida milagrera, como San Millán el Labrador (Cebolla, Toledo), Fray Guillén Durán (Puigcerdá, Girona) o
Sant Pelegrí (Cessa dels Templers, Lleida). Sin embargo, su reliquia más curiosa y desconocida era la que guardaban en la
encomienda de Alconétar, en Cáceres: ¡nada menos que el Mantel de la Sagrada Cena! Por algo era tan importante este en-
clave para los míticos caballeros. Cerca de la ciudad de Coria, a orillas del río Tajo, el castillo de Alconetar controlaba un
puente romano en cuyo extremo hubo un templo pagano dedicado a las divinidades fluviales y que fue cristianizado por los
templarios en honor a «La Magdalena». Junto a la fortaleza, la Orden alzó la villa de Alconétar, populoso enclave comercial
templario en el s.XIII, levantado sobre la antigua calzada romana, la Vía de la Plata, que desde Mérida conducía a Astorga y
Santiago de Compostela. En su capilla poseían los caballeros diversas reliquias que les proporcionaban notables beneficios en
fama y limosnas. Su culto cobró pronto gran auge en las comarcas de Coria y la Transierra y fue difundido hacia el norte por
los peregrinos que pasaban por allí camino de Compostela

En 1213, tras la batalla de Las Navas, que aseguró la frontera con los musulmanes, la fama de las reliquias hizo de Alconétar
la encomienda más grande y rica de la región. Pero entre 1307 y 1312, con la supresión de la Orden del Temple, el lugar deca-
yó rápidamente, de tal manera que la ruina de la villa ocasionó la del puente y, en 1336, los peregrinos jacobeos tenían que
cruzar el río en barcos. Con la desaparición de los templarios vino también la de sus afamadas reliquias, cuyo culto y venera-
ción, al igual que los caballeros, quedaron malditos y olvidados hasta que, hacia 1403, comienzan a verse en los documentos
del obispado de Coria noticias

R. ALARCON HERRERA, Reliquias de Alconétar, revista “Año Cero”, nº 10, Pag- 123 – Madrid 2000.

referentes a ciertas reliquias de origen desconocido para las que se cons-


truyó un relicario en la Catedral en 1495, y una capilla en 1596. Se trataba
de 16 objetos medievales de los que sólo tres disponían de culto propio: la
Vera Cruz, la Santa Espina y el Mantel de la Sagrada Cena.

¿De dónde procedían estas reliquias? Una bula de Benedicto XIII, del año
1404, nos informa de que habían sido descubiertas enterradas en el sub-
suelo de la Catedral Vieja, dentro de unas arcas, durante la construcción
del edificio nuevo en el s.XIV, y que ya entonces se les venía rindiendo culto
con gran concurrencia de fieles los días 3 de mayo, lo que indica que había
transcurrido cierto tiempo desde el «descubrimiento», puesto que se había
propagado su noticia y habían cobrado fama suficiente como para atraer a
un gran número de fieles. Esto nos hace pensar que pudieron haber sido
«halladas» entre 1370 y el último tercio del s.XIV, pues en tal fecha se re-
dactó el Estatuto Capitular, que trataba de las fiestas a celebrar en esta
iglesia, y en él no se mencionaba todavía la festividad de «Las Reliquias».

El puente de Alconetar, de origen romano y en cuyo extremo había un tem-


plo dedicado a las divinidades fluviales. Los templarios lo reconstruyeron y
obtuvieron grandes beneficios, pues cobraban peaje por atravesarlo.
Se desconoce también cuándo pudo tener lugar el presunto ocultamiento, aunque se especula con la época de la invasión
musulmana del s.VII o de la amenaza almohade en el s.XII. Sin embargo, queda otra posibilidad no apuntada hasta ahora
por nadie. ¿No podría tratarse de las reliquias pertenecientes a los templarios de Alconétar? Una vez suprimida la Orden en
1312, sus riquezas fueron repartidas entre la Corona, otras órdenes, los nobles y la Iglesia, a la cual correspondieron espe-
cialmente los bienes templarios de culto. Así, cálices, crucifijos, vírgenes, libros y otros objetos pasaron a engrosar el tesoro
de las diferentes diócesis y monasterios. La Iglesia no estaba dispuesta a dejar pasar la ocasión de rentabilizar las numero-
sas reliquias heredadas tan oportunamente de los infortunados caballeros templarios, aunque para ello debiera hacerlas
desaparecer durante un tiempo para borrar la mala fama que la propia jerarquía eclesiástica había arrojado sobre ellas, al
atribuir un cúmulo de herejías diabólicas a los monjes guerreros que las poseían y adoraban.

Reinstaurarles un culto apropiado, libre de toda sospecha, requería desvincularlas de sus antiguos poseedores. Para ello,
nada mejor que una nueva «aparición» casual o milagrosa, adjudicándoles un origen «antiquísimo» para situar su oculta-
miento en fecha anterior a la creación del Temple. De esta manera, su pasado templario resultaba borrado de un plumazo y
quedaban dispuestas para atraer de nuevo a los crédulos fieles y a sus generosas limosnas.

Restaurado el culto de las reliquias en Coria, tanto el Sínodo Diocesano como los obispos y hasta el mismo Papa se encarga-
ron de darles importancia al declararlas auténticas y alentar el esplendor de su ritual, en especial la del Mantel de la Sagra-
da Cena. Reliquia que, cosa singular, es única en toda la Cristiandad, pues mientras de la mayoría existen varios ejemplares
«repetidos», del Mantel no existe otra pieza, salvo pequeños fragmentos cortados del ejemplar de Coria.

Las tradiciones señalan que dicha reliquia habría sido llevada a Roma por Santa Elena, madre del emperador Constantino.

Desde allí pasaría al «Tesoro de Carlomagno» y éste la llevaría a Extremadura, donde la encontraron los templarios al to-
mar posesión de Alconétar en 1167. Pero, ¿cómo era el enigmático Mantel? ¿Qué propiedades tenía y qué ritos se celebra-
ban con él?

Su fiesta tenía lugar el 3 de mayo, cuando las tres reliquias –Lignum Vía, Santa Espina y Sagrado Mantel- se colocaban en un
trono ante el altar mayor de la Catedral y se celebraba después una misa solemne. A continuación eran subidas a la tribuna
que se abre sobre el atrio para mostrarlas al pueblo. Allí el Mantel era desplegado cual pendón sagrado y su extremo queda-
ba a la altura de los fieles, quienes rivalizaban por besar la sagrada tela en incesante desfile. El constante aumento de pere-
grinos originó una importante feria que llegó a ser de las más nombradas de la comarca. De modo que la feria de Coria
atraía a curiosos al santuario y éste aportaba clientes a la feria, aumentando la prosperidad de la villa de la misma forma en
que antaño las reliquias templarias habían proporcionado riqueza al pueblo y a la encomienda de Alconétar.

Las cada vez mayores aglomeraciones, que mezclaban fieles con curiosos y fanáticos con pícaros, trajeron los primeros
desórdenes. Los altercados llegaron a tal punto que en el s.XVIII se suspendió la presentación de las reliquias en la tribuna y
se dispuso que fueran adoradas únicamente en el altar. Sin embargo, el remedio fue peor que la enfermedad, puesto que las
gentes, en su fervor casi pagano, terminaban por invadir el altar y pasarse las reliquias de mano en mano, besándolas y fro-
tándoselas por el cuerpo como si fueran amuletos prodigiosos, con lo que el Mantel resultó desgarrado en varias ocasiones.
La repetición de los tumultos hizo que en 1791 el Cabildo aprobase la supresión del acto público de adoración. Los fieles
debieron contenerse desde entonces con venerar las reliquias a través de la gruesa reja de la Capilla del Relicario, sin volver
a ver el Sagrado Mantel, que permanecía seguro en su arqueta de plata. Esto hizo que el culto fuese decayendo paulatina-
mente, de modo que al cabo de cien años había desaparecido por completo y sus milagrosas intervenciones se habían olvi-
dado, salvo entre algunos incondicionales.

Parece ser que fueron numerosos los milagros que tales reliquias efectuaron durante siglos. Constan documentalmente las
procesiones rogativas realizadas por los más variados motivos: falta de lluvia o exceso de la misma, sin contar los favores
individuales a numerosos fieles. Si el Sagrado Mantel hubiese continuado en esta línea milagrera, aunque fuese desde su
«encierro» en la Capilla del Relicario, no habría visto decaer y extinguirse su culto. Y si sus devotos no hubiese sido tan
«fervorosos», no se encontraría ahora en tan mal estado este trozo de lino, de 4,42 m. de largo por 92 cm. de ancho, blan-
co, con sencillos adornos en azul por uno de los extremos del largo y rayas del mismo color en el otro, con una trama que
hace resaltar ciertas formas geométricas, pero también lleno de roturas y desgarros.

Según la leyenda, los templarios repartían entre los pobres los manjares que brotaban del Mantel.

Cuenta una de las muchas leyendas que circulan en torno al Mantel que, hacia el año 800, Carlomagno invadió Hispania
para frenar el avance musulmán hacia sus tierras. Uno de sus caballeros, Guido de Borgoña, conquistó el castillo de Alcone-
tar, entonces en poder del feroz musulmán Fierabrás. Don Guido entregó la fortaleza a Carlomagno y se reservó para sí a la
bella Floripés, hermana de Fierabrás. El emperador quiso festejar la conquista con un banquete, pero se encontró escaso de
provisiones. En tal dilema, dicen unos que utilizó el Mantel de la Sagrada Cena, que llevaba en su equipaje, aunque otros
afirman que un musulmán cautivo le reveló la existencia, bajo la Torre de Floripes, de un tesoro del que formaban parte
unos «manteles mágicos». Con ellos puestos sobre la mesa, y pronunciadas ciertas palabras secretas, organizó Carlomagno
una cena admirable. Al conjuro de las fórmulas mágicas aparecieron toda clase de alimentos y bebidas deliciosas, hasta
quedar los comensales tan satisfechos que no necesitaron nada más en tres o cuatro días.

No debemos olvidar otro objeto prodigioso de aquel tesoro. Era un rosal que florecía todo el año, con rosas de variados co-
lores y aromas. Sus espinas no herían y de ellas se extraía el famoso «bálsamo de Fierabrás», panacea que siglos después
Don Quijote tendría en gran estima.

Hay, sin embargo, otra leyenda que atribuye la posesión de tan mágicos objetos a los templarios de Alconétar. Cuentan que
poseían unos manteles que, «al conjuro de ciertos rezos», llenaban la mesa de ricos y variados manjares. Los templarios
organizaban cada Jueves Santo una comida de caridad, con los «manteles mágicos» expuestos sobre una gran mesa en el
patio del castillo. Cuando el capellán recitaba estas misteriosas invocaciones, aparecían de la nada toda clase de alimentos
que eran repartidos, sin límite alguno, entre los necesitados de la comarca. Señalan además las viejas tradiciones que los
templarios tenían en su jardín un «espino milagroso» del que cortaban todo el año flores para el altar de la Virgen. De esta
planta extraían además un bálsamo medicinal prodigioso, por lo que se discutía si había brotado de una espina de la coro-
na martirial del Galileo o si era un esqueje del rosal de Fierabrás. Otras leyendas afirmaban que, cuando fueron perseguidos
injustamente, los templarios escondieron sus reliquias dentro de un arca que enterraron en la cripta de su ermita de Santa
María Magdalena, junto al puente romano de Alconetar. Se trata de asombrosas leyendas populares de las que debemos
destacar unos elementos que poseen significados simbólicos universales. Tanto estos manteles mágicos como el espino me-
dicinal han sido barnizados por la tradición cristiana, pero aún así podemos ver cómo el viejo Cuerno de la Abundancia se
convierte en el mantel de la Sagrada Cena, y cómo el Árbol de la Vida se transforma en el «rosal-siempre-florido» que de-
vuelve la salud, pues brotó de una espina de la corona de Dios. Se sincretizan así las tradiciones con los antiguos símbolos
paganos de la fertilidad y la abundancia que quizá no fueran ajenos al templo romano de Alconétar, cristianizado por los
templarios bajo la advocación de la Magdalena. Por tanto, parece estar clara la relación entre el Mantel de la Sagrada Ce-
na de Coria y las leyendas de los manteles mágicos de Alconétar, y entre la reliquia de la Santa Espina de Coria y el Espino
Curativo de Alconétar. Sobre todo, sabiendo que los templarios tuvieron en su capilla gran número de «objetos prodigio-
sos» que las leyendas identifican con las misteriosas reliquias de Coria.

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