CONOZCA LOS
PROFETAS
MENORES
por
Ralph Earle, Th.D.
CASA NAZARENA DE PUBLICACIONES
P.O. Box 527 • Kansas City, Missouri, 64141 • E.U.A.
Esta obra apareció en inglés con el título de Meet the
Minor Prophets. Fue traducida bajo los auspicios de
Publicaciones Internacionales de la Iglesia del Nazareno.
Décima edición, 1985
Impreso en los E.U.A.
Printed in U.S.A.
PREFACIO
Los doce profetas “menores” no llevan este calificativo
porque su mensaje sea de menor importancia, sino porque sus
escritos son menos extensos que los de los profetas “mayores.”
Amós, Oseas y Miqueas ocupan una posición paralela a la de
Isaías—su famoso contemporáneo—por el énfasis en las
sublimes verdades del judaísmo, a saber: que Jehová es el único
Dios verdadero, cuya solamente es toda adoración; que Dios
siempre castiga el pecado; que la religión verdadera consiste de
justicia antes que de ritualismo, de manera que Dios desea
justicia y misericordia más bien que sacrificios y ofrendas; que la
salvación se encuentra por la fe en la Palabra del Señor a través
de sus profetas, y por la obediencia a ella.
El siglo octavo antes de Cristo señala la cúspide de la
profecía hebrea. En él encontramos a Amós, Oseas, Isaías y
Miqueas, quienes posiblemente hayan aparecido y servido en
ese orden. Es probable que los libros de Joel, Jonás y Abdías,
pertenezcan también a este período. Si tal suposición resulta
correcta, seis de los doce profetas menores escribieron en este
siglo octavo A.C.
Durante el siglo séptimo aparecieron otros tres profetas
menores: Sofonías, Nahum y Habacuc. Ellos fueron
contemporáneos de Jeremías.
El siglo sexto A.C. escuchó las voces de Haggeo y
Zacarías desafiando a los cautivos que habían regresado a
Jerusalén a reconstruir el templo. Unas décadas antes—en el
mismo siglo—Ezequiel había servido a los exiliados en Babilonia.
Finalmente, el siglo quinto A.C. nos brindó al último
profeta del Antiguo Testamento: Malaquías. El señaló con índice
inconfundible hacia la venida del Mesías y de su predecesor—
Juan el Bautista—cuatrocientos años más tarde.
Posiblemente alguien desee saber por qué no hemos
presentado a estos profetas en su orden cronológico. La razón
de ello es que nos ha parecido más prudente seguir el orden que
sus libros ocupan en el Antiguo Testamento.
Hemos de observar que, generalmente, el primer
versículo de cada profecía nos presenta el título del libro y
ofrece los datos cronológicos.
El título de este volumen sugiere el método de estudio.
Hemos decidido considerar a cada profeta desde un punto de
vista intensamente humano. Nuestro deseo ha sido que estos
videntes de antaño adquieran vida en nosotros. El autor abriga
la esperanza de que su libro presente un reto a la juventud—la
juventud que resiente la ausencia de un desafío en sus libros de
texto.
Los profetas menores tienen un mensaje moderno de
urgente necesidad en esta hora de confusión y crisis. Es nuestra
oración que los oídos se abran y que los corazones se sintonicen
para escuchar la Palabra de Dios a través de estos varones.
—RALPH EARLE
CONTENIDO
UNO. Oseas y Joel
A. Oseas—El Triunfo del Amor
1. El Hombre
2. El Mensaje
3. El Estilo
B. Joel—Dios Castiga el Pecado
1. La Plaga de Langostas
2. Los Ejércitos Invasores
3. El Día de Jehová
4. Arrepentimiento y Promesa
DOS. Amós y Abdías
A. Amós—La Lucha Entre la Justicia y el Ritual
1. El Llamado del Profeta
2. La Predicación del Profeta
3. El Profeta de Justicia
4. Justicia Antes que Ritual
5. El Pecado de Samaria
6. Cinco Visiones
B. Abdías—La Tragedia del Odio Entre
Hermanos.
1. Jacob Versus Esaú
2. Israel Versus Edom
3. El Orgullo de Edom
4. La Crueldad de Edom con Israel
5. El Mensaje Para Nuestros Días
TRES. Jonás y Miqueas
A. Jonás—Salvación Para Todas las Naciones
1. La Ciudad de Nínive
2. Las Protestas del Profeta
3. Las Oraciones del Profeta
4. La Predicación del Profeta
5. Los Berrinches del Profeta
6. La Interpretación del Libro
7. Los Milagros en Jonás
8. El Valor del Libro
B. Miqueas—El Defensor de los Pobres
1. El Llamamiento del Profeta
2. La Opresión de los Pobres
3. Sentencia de Muerte
4. Promesa de Restauración
5. El Pleito del Señor
6. La Religión Verdadera
7. La Perspectiva
8. La Mirada Hacia Arriba
CUATRO. Nakum y Habacuc
A. Nahum— Maldición de Dios Sobre la Crueldad
1. La Crueldad de Nínive
2. La Fecha del Libro
3. Una Descripción de la Ciudad
4. La Captara de Nínive
5. El Hogar del Profeta
6. La Ira de Dios
7. El Mensaje de Nahum Para Nuestro Día
B. Habacuc—El Combate con la Duda
1. El Problema del Profeta
2. La Respuesta de Dios
3. Fecha del Libro
4. La Perplejidad del Profeta
5. La Paciencia del Profeta
6. La Respuesta del Señor
7. La Oración del Profeta
CINCO. Sofonías y Haggeo
A. Sofonías—Cuando Dios Invade el Escenario
Humano
1. La Adoración de Baal
2. Otras Idolatrías
3. El Castigo de Jerusalén
4. El Día de Jehová
5. Un Llamado al Arrepentimiento
6. Fecha del Libro
7. El Gozo de Dios en su Pueblo
B. Haggeo—Un Hombre de Acción Inspirada
1. El Primer Mensaje
2. La Respuesta del Pueblo
3. El Segundo Mensaje
4. El Tercer Mensaje
5. El Cuarto Mensaje
6. La Naturaleza de Haggeo
SEIS. Zacarías y Malaquías
A. Zacarías—El Triunfo Final de la Santidad
1. La Primera Súplica del Profeta
2. Ocho Visiones
3. El Asunto del Ayuno
4. La Unidad de Zacarías
5. La Esperanza Mesiánica
B. Malaquías—Cuando la Gente es Tacaña con
Dios
1. El Método de Malaquías
2. El Pecado de los Sacerdotes
3. El Pecado del Divorcio
4. “Mi Mensajero”
5. El Diezmo
6. El Mesías Viene Ya
Uno
OSEAS y JOEL
A. Oseas—El Triunfo del Amor
Nombre: Significa “salvación,” “liberación.”
Fecha: Aproximadamente entre 750 y 736 A.C.
Lugar de su ministerio: El reino de Israel (Norte).
División de su libro:
I. La Vida Hogareña de Oseas (capítulos 1
—3).
II. El Mensaje de Dios a Israel (capítulos 4
—14).
Versículos sobresalientes para memorizar: 10:12; 14:4.
1. EL HOMBRE
La tarde caía en un humilde hogar del norte de Israel. Un
personaje solitario sollozaba con el rostro hundido entre sus
manos. El ser amado había dejado el hogar y el desconsolado
esposo compartía el funeral en su corazón.
¿Por qué había sucedido todo aquello? Esta pregunta
obsesionaba la mente y atormentaba el alma de Oseas, nuestro
joven profeta.
a. Luna de Miel que se Vuelve de Angustia. La
memoria tomó a Oseas de la mano y lo condujo hacia atrás por
los senderos del tiempo. ¡Cuán vívidamente recordaba la
ocasión en que conoció a la hermosa doncella llamada Gomer!
La escena aparecía de nuevo ante sus ojos. El encanto de la
juventud, la belleza fascinadora... la memoria de aquel momento
agitaba y traspasaba su corazón en esta noche.
Dándose cuenta de su llamamiento, el mozo profeta
había orado intensamente sobre el asunto. La instrucción divina
había llegado con la claridad de una campanada: “Cásate con
Gomer.” Y así, un día se unieron en matrimonio. Muy a pesar de
la tragedia subsecuente, Oseas no podía dudar de que Dios le
había indicado que se casara con la mujer que llegó a ser su es-
posa. Pero, ¿por qué? ¿Por qué? Esta interrogación resonaba
como un lamento por todos los ámbitos de su alma.
Los primeros años de su matrimonio fueron muy felices.
Oseas y su joven compañera estaban mutua y profundamente
enamorados. Como la fragancia de las lilas en primavera, las
brisas de la memoria le traían el aroma de la dulzura de aquellos
primeros días. El aún ardiente enamorado prorrumpió en nuevos
sollozos.
¡Cómo recordaba al primer hijo que había arrullado!
Cuando se llenó de orgullo por tener su primer hijo, le pareció
que la copa de su gozo rebosaba. Cuando oró sobre ello, se le
indicó que llamara al niño Jezreel. El niño era una señal para
Israel de que Dios vengaría la sangre de Jezreel sobre la casa de
Jehú.
Pero de pronto apareció un distanciamiento en la vida de
la feliz pareja. Oseas observó con creciente congoja la atención
señalada que algunos jóvenes demostraban para con su esposa.
Sus ojos comenzaron a interceptar algunas miradas veladas,
pero acariciadoras. No fue muy difícil descifrarlas. La belleza
misma de Gomer estaba resultando ser una trampa para ella.
Poco tiempo después, otro bebé nació en el hogar, sólo
que esta vez fue una hija. Pero el entusiasmo de Oseas se enfrió
no porque aquel vástago fuera mujercita, sino porque en las
honduras de su corazón se agitaba la negra sombra de una
tremenda incertidumbre— ¿era esta niña realmente hija suya? El
horizonte del profeta se obscureció con una horrible
interrogación.
La voz divina le dio muy poco consuelo al indicarle el
nombre de la niña: “Ponle por nombre Loruhama: porque no
más tendré misericordia de la casa de Israel” (1:6). Loruhama
—“la no compadecida,” “la no amada.” Lenta, pero
seguramente, la cruz caía sobre sus hombros: la cruz oculta de
un temor indescriptible. La senda del profeta se estaba
volviendo una verdadera vía dolorosa.
Finalmente, otro hijo vino al hogar. En esta ocasión no
hubo duda alguna... tan sólo quedaba una horrible certeza. Dios
le dijo: “Ponle por nombre Loammi: porque vosotros no sois mi
pueblo ni yo seré vuestro Dios” (1:9). Loammi—“no pueblo mío,”
“no mi familiar.” Aturdido y ofuscado, Oseas andaba como si
estuviera soñando. Gradualmente, como uno que vuelve en sí, el
agudo dolor regresó. El alma sensitiva del profeta fue
bombardeada con la realidad innegable de la verdad horrible—el
niño no era su hijo. Gomer, su esposa, le había sido infiel.
b. El Pecado Resulta en Separación. Por fin, un
día Gomer dejó el hogar. Cuando el ruido de sus pasos se perdió,
un horrendo sentido de vacío y soledad se apoderó del alma del
profeta. Parecía como si la luz del amor se hubiera apagado en
su espíritu. Después, los sentimientos estallaron y Oseas
encontró descanso dejando salir un torrente de lágrimas.
Parecía que muchas horas habían transcurrido ya. Pero
en realidad fue a los cuantos minutos que los niños llegaron
corriendo. “¿A dónde va mamacita? No contestó cuando la
llamamos. ¿Por qué se va?” Sí— ¿Por qué? Oseas no supo qué
contestar.
Esa noche, un extraño silencio reinó a la hora de la cena.
Todos se daban cuenta del asiento vacío en aquel círculo
familiar. De pronto, la pequeña Loruhama levantó su carita y
preguntó, “¿Dónde está mamá?” La interrogación penetró el
alma del profeta como un agudo puñal. En vano procuró Oseas
contener las lágrimas. Loruhama se subió a sus rodillas y
comenzó a llorar, mientras repetía, “Yo quiero a mi mamacita.”
El profeta puso su cabeza junto a la de la inocente, y lloró con
ella.
Pero comprendió que debía dominarse delante de los
niños. En silencio se reunieron para tener su altar familiar. Con
labios temblorosos imploró desde lo más profundo de su alma:
“Bendice a mamá, cuídala, y tráela pronto a casa.”
Cuando los niños se acostaron, Oseas se ocupó en limpiar
y arreglar la casa. Los pequeños dormían profundamente.
Entonces, en el rincón más alejado de aquel hogar que
solamente tenía un cuarto, Oseas se echó sobre su rostro y dio
rienda suelta a su dolor. Derramó toda la angustia de su corazón
delante de Dios, el único que podía escucharle. Le pareció que la
pesada cruz del sufrimiento que experimentaba se había
plantado y que los clavos más crueles lo sujetaban a ella. La an-
gustia se volvió agonía, y de los profundos de su desesperación,
clamó: “Dios mío, ¿por qué?”
La respuesta vino de manera inesperada. Agotado por el
llanto, el profeta se había quedado quieto por un momento. Y
fue en aquella pausa de silencio que escuchó un ruido.
Sorprendido, levantó la cabeza. No, los niños dormían
profundamente y no tenían alterada la respiración. ¿Qué sería
ese ruido?
c. Las Lágrimas de Dios. Una vez más sepultó el
rostro entre sus brazos, pero de nuevo escuchó un ruido.
Alguien estaba sollozando—Alguien que estaba junto a él.
¿Quién podría ser?
Casi sin atreverse a respirar esperó en silencio perfecto.
De nuevo se escucharon los sollozos. En esta vez alcanzó a oír
algunas palabras. ¡Escuchad! “¿Cómo tengo de dejarte, Efraín?...
¿Qué haré de ti, Efraín?” (11:8; 6:4). Era el sollozo del corazón
quebrantado de Dios. Esa noche Oseas aprendió que no sufría
solo. En el centro mismo del universo había un Dios de amor
quien sufría por los pecados de su pueblo. Así como Gomer
había sido infiel a su esposo, Israel había sido infiel a su Dios.
Oseas encontró en el compañerismo del sufrimiento no
solamente la solución a su problema personal, sino también un
mensaje nuevo para la nación. El pecado más grande de Israel
era el rechazamiento del amor de Dios; sin embargo, el amor de
Dios, aunque despreciado, permanecía incólume.
Pero el Calvario es sólo el principio de la redención. El
precio que se paga en el sufrimiento no debe quedar sin
galardón. El amor debe encontrar un camino, y lo encontrará.
d. El Perdón no Conoce Fronteras. Una noche,
cuando el profeta estaba orando, la Voz habló claramente a su
corazón: “Ve, ama a una mujer amada de su compañero,
aunque adúltera, como el amor de Jehová para con los hijos de
Israel” (3: 1).
El día siguiente Oseas envió a los niños a jugar con sus
amigos vecinos. Entonces tomó el mismo camino que Gomer
había seguido varios meses antes. Aquel camino llevaba de su
humilde finca campestre a la gran ciudad que quedaba a unos
cuantos kilómetros.
Cuando llegó a las calles de Bethel, Oseas observó los
mismos espectáculos y ruidos que habían escandalizado a Amós
algunos años atrás. Mucha gente vivía aún en medio del lujo,
aunque la cubierta de la prosperidad estaba cayéndose ya.
Oseas atravesó la mejor parte de la ciudad hasta llegar a
los barrios bajos. Todo lo que veía le era novedoso pues nunca
había visitado aquel lugar. Pero indagando llegó hasta el
mercado de los esclavos.
Al acercarse le llamó la atención cierta esclava. Estaba
vestida en harapos inmundos y, sin embargo, había algo de
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