Jaim e Espinal Skudmart Quimica Con La M Organized
Jaim e Espinal Skudmart Quimica Con La M Organized
Skudmart:
química con la muerte
FONDO
EDITORIAL
UNIVERSIDAD
EAFIT
Fondo Editorial
Universidad Eafit
Espinal, Jaime
Skudmart: química con la muerte / Jaime Espinal. -
Medellín : Fondo Editorial Universidad EAFIT, 2006. 140
p .; 22 cm. -- (Colección académica)
ISBN 978-958-8281-44-5
1. Novela colombiana 2. Muertos - Novela
3. Embalsamamiento - Novela I. Tít. II. Serie.
Co863.6 cd 20 ed.
A1096438
S k u d m a r t : q u ím ic a c o n l a m u e r t e
ISBN: 978-958-S281-44-5
Ilustración de carátula: Rafael, Alegoría.
Florencia. Depósito de la Superintendencia
para los bienes artísticos e históricos.
tanatopraxista............................................ 17 Metodología
¡Tutaina!
(Tuturumá) ............. .................................................... 70
C aos........................................................................... 125
Riiiiiiiiiiiiiing.......................................................... 136
9
a Felipe, y buscando con la mirada otro vaso para poder
ponerle agua al pobrecito.
Esa agua, después, la conservan durante toda la
novena, y como el nivel del vaso se va bajando por
efectos físicos de evaporación (biología, 5to elemental),
los dolientes se tranquilizan y se regocijan diciendo: "Ve,
y sí ha venido a tomar. Siempre es que tenía sed.. . quién
sabe qué le habrá faltado en vida que quedó con sed
después de muerto, el pobrecito"
Como a un sapo
Cuatro horas antes, el muerto (el mismo que bajará
luego a la novena a tomar agua), se encontraba en una
mesa de preparación de cadáveres en la funeraria. Había
llegado de medicina legal a las 9 de la mañana, abierto
por el vientre: un hueco... más que un hueco una zanja,
una brecha, casi una trinchera que empezaba en la pelvis
y lo atravesaba hasta la garganta.
—Guantes.
— Aquí están.
— Delantal.
— Aquí.
—Gafas, tapabocas, gorro.
— Aquí tiene.
—Pinzas, tijeras, aguja inyectora.
—Todo listo.
Ella, la tanatopraxista, vestida de astronauta, desliza
el bisturí a todo lo largo del cuerpo del cadáver
—cortando la cabuya que lo tiene semicosido para evitar
que en el traslado hasta la funeraria se desparrame y se
riegue todo lo que hay por dentro — , y lo abre
completamente en dos, como a un sapo de disección en
el aula de un colegio. Después le raja el cráneo (por el
lugar en donde uno se pondría una diadema), en
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un corte aprendido que va de oreja a oreja y, como una
máscara de las que usa Tom Cruise en Misión Imposible,
retira la cara del cadáver, doblándola hacia abajo, de
forma que lo que era la frente queda tocando el mentón
y deja ver el cráneo pelado. Corta el cráneo, extrae el
cerebro y rellena el hueco con algodón.
La visión de aquel al que denominamos "el muerto"
es una visión que causa espanto. Ver a un cuerpo inerte,
sin la vida que acostumbraba habitar en él, causa una
impresión muy fuerte: es como asomarse al futuro, como
echar un vistazo a lo que seremos algún día (ojalá no
muy pronto). Alguien, entonces, nos rajará el cráneo y
nos abrirá en dos, como a un sapo de disección en un
aula de colegio, y nos sacará las tripas (un conjunto de
tripas que al extraerlo impregna el salón con un olor
fétido a cañería), y después de lavarlas y empaparlas en
n gel conservante, y después de inyectarnos con
Cavity, u
el líquido Arterial ( ojalá no formol, para no correr el
riesgo de quedar como un delfín, con trompa en vez de
boca, por los efectos deformadores de ese agente fijador),
nos volverá a meter las visceras en la cavidad que
custodiaban las costillas, pero ahora en desorden, como
caigan ahí adentro, y meterá también el cerebro que nos
había sacado ahí en el vientre, revuelto con el resto de
órganos — porque todo tiene que estar adentro al
momento de entregar el muerto para el entierro — y nos
coserá con hilo grueso como cabuya y quedaremos
inflados (porque, curiosamente, una vez que se sacan las
tripas, no hay poder humano que las vuelva a hacer
caber como cabían antes). Luego, ese mismo alguien nos
lavará con desinfectante, nos vestirá con la ropa que NO
escogimos, nos maquillará "con tonos suaves" para
darnos un aspecto más plácido, y después, con la
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ayuda de otro que nos tome por las piernas,, ese alguien
nos cargará por los hombros [Link] depositará como si tal
cosa dentro de la caja, cantando Don pepito bandolero se
metió dentr'un sombrero, el sombrero era de paja, se metió
dentr'una caja.. . Después cerrará el baúl, dirá "que pase el
siguiente" y chao-que estés bien-hasta nunca-adiós. Un
muerto más, una preparación más, cinco mil pesos más
que pagan por cada muerto preparado y para la casa a
comer papas-arroz-y-carne y a ver el noticiero, por si
hubo enfrentamiento entre guerrillos y paracos, a ver a
cuántos va a tocar preparar mañana.
Dos conductores
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—Aunque, la verdad, estoy tratando de vender
gominas y champú —se atreve a confesar Andrés, el
conductor del metro, harto de choferiar el transporte
masivo y con ganas de llegar algún día a montar su
propia empresa.
—¿Y cómo te va con eso? —pregunta Felipe.
—No vendo nada.
—¿Cómo así? ¿Vendés gominas y champú... y no
vendés nada? ¿Ni de lo uno ni de lo otro? —Así es. No he
vendido nada.
Claro, qué iba a vender si le daba rabia ofrecer los
productos y que después de media hora de echar el
cuento le dijeran: "Muy interesante, pero no me interesa".
Fue ahí cuando entró Felipe, que sí vendía alguito
(desde los 13 años empezó a negociar con camisas, tenis,
correas, y cualquier cosa que se pudiera vender):
—Pues si quiere yo ofrezco esas gominas en la
funeraria.. . allá somos como 50, y casi todos usamos gel.
A Andrés, remedo de negociante, se le abrieron los ojos
y, esperanzado, aceptó la ayuda de su compañero de
clase.
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él tenía que responderle a Andrés, el negocio empezó a
complicarse.
—Andrés, a usted le está yendo bien, yo no me estoy
ganando ni un peso, en cambio sí me he ganado más de
un enemigo por andar cobrando —lo encara Felipe.
— Claro, a nadie le gusta que le cobren. ¿Y entonces qué
hacemos? ¿Dejamos de vender allá?
—No, no, vea, mejor hagamos esto: valore lo que tiene,
yo le compro la mitad, y nos hacemos socios. ¿Qué dice?
La empresa constó básicamente de una mesa, un
balde para revolver, un palo para revolver y algunos
insumos [para revolver en el balde con el palo].
Ahí, con gominas y champú, empezaron a trabajar
juntos.
Nuevo tanatopraxista
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bien... muy bien... ¡Es mejor que cuando te quieren pegar
porque te estás llevando el ataúd!
Es esa cercanía con el tabú más grande de la huma
nidad lo que lo hace adictivo. Es tocar por dentro a un
igual: es como tocarse a uno por dentro, conocer lo que
va por debajo de la piel. Es la manipulación del misterio
más cotidiano y a la vez más insólito y aterrador: el paso
entre la vida y la muerte.
—Así terminé siendo preparador de cadáveres
—concluye Felipe,
— Con razón semejante olor. Parece que fuera para
asegurarse.
—¿Cómo así?
—Sí, si llegan para preparación y no están bien
muertos, ¡seguro los acaban de matar con ese olor a
carroña! —insiste Andrés.
—Se te agradece la sinceridad —se molesta Felipe—,
pero no tenés que ser tan gráfico.
—Bueno, perdón.. .perdón.
—Bueno
—. .. ¡Pero es que eso sí huele muy feo! Además
tenés esos ojos rojos rojos rojos.
—¿Será el formol? Porque mi mamá también me
pregunta lo mismo, y el otro día me salió con que si yo
estaba fumando algo.
—¿Y qué estás fumando?
—Nada —responde Escudero—, ¡Nada! En serio
—insiste ante la mirada escéptica de su compañero—,
Pero últimamente ni duermo bien.
—¡Claro! ¡Quién va a dormir bien viendo muertos a
diario!
—No es eso, no es eso. Creo que es el formol. Eso es
lo que me tiene los ojos así, y la garganta toda irritada y
como con dolorcito de cabeza permanente.
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—Ah, pero si todo eso te hace el formol, entonces el
formol es un problema. No deberían usarlo más. —Pero y
qué hace uno si toca echarles de eso porque si no se
descomponen y ahí sí que no los voltean a mirar ni los
gallinazos.
—Pero te está haciendo daño. ¿No se puede cambiar
por otra cosa? —pregunta Andrés, echándole cabeza—.
Además, vos sabes que el formol es un gas, y que se
evapora muy rápido, seguro se te está entrando por todas
partes.
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In m in en te; La N á u sea ... Q ue si no fuera porque
en ellas actúan Jean Claude Van Dame o H arrison
Ford, uno podría llegar a Blockbuster desprevenido
y pensar que seguro tratan el tem a de los
tanatopraxistas que trabajan en laboratorios
infestados de form ol.. . o algo así.
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Metodología cero empaques
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método, lograron despertar el interés de sus clientes, el
negocio creció, y empezaron a buscar inversionista. Pero
al poco tiempo se dieron cuenta de que no podrían
sostenerse así, pues para constituir la empresa tendrían
que obtener registro del Invima para sus productos... ¿Y
quién les iba a conceder el registro de un producto
Equis, sin marca siquiera?
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El gel del fútbol y el noni
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—Ay qué hago con estas manchas.
—Apliqúese noni doña,, con una esponjita, después
de cada comida...
Un primer calvo cayó: al tercer pote de champú, le
empezó a crecer el pelo. El hombre, como era de esperar,
regó la bola y todos sus amigos calvos, y todos los
amigos calvos de sus amigos calvos, y todos los calvos
que algo tenían que ver con los otros calvos, empezaron a
encargar el milagroso c hampú con noni. A algunos les
crecía el pelo, a otros no. Pero si ya uno lo tiene perdido,
pues no se pierde nada más con intentarlo. Las ventas se
dispararon.
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Nuevo reto
—¡Ése es un problema en el que podemos trabajar! —
exclama Martínez frente a los ojos enrojecidos y la tos y
el olor carroñero que se había traído Felipe de la
funeraria— El problema del formol. Si le encontramos
alguna solución a eso, podemos meternos por ahí... ¿Qué
te parece?
—Podría ser... —comentó Felipe, sin mucha con
vicción.
—Vení, empecemos —continuó Andrés—: primero,
ya sabés, identificación del problema.
—No hay suficiente aire —lanza Felipe.
—No hay extractores —sigue Andrés.
—Ni aire acondicionado —vuelve Felipe.
—Y no hay espacio suficiente para que se disipe el
formol —remata Andrés.
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Pero todo esto implica cambiar la infraestructura de
una empresa... y si la empresa no tiene para donde
ampliarse, pues no va a hacer eso. Además, hay fune
rarias en las zonas pobres de Colombia en donde el
laboratorio de tanatopraxia es un baño, y hay que sen
tarse en el sanitario para preparar al muerto, y para
pasar de un lado a otro tiene que ser o por debajo del
cadáver o saltándolo.
En otras, el laboratorio es la cocina, y después de
arreglar al muerto, bañan a los niños en la misma
plancha en donde prepararon el cadáver: la plancha con
un poco de sangre todavía, con un poco de bacterias
todavía, con un poco de muerte todavía.
Y llegar y decirles a estas funerarias cambien su sistema,
compren extractores, amplíen el espacio, instalen eyectores y
pongan aire acondicionado s ería no sólo un desperdicio de
saliva, sino incluso una ofensa directa.
Así llegaron a la conclusión de que si el problema lo
generaba el formol, había que cambiar el formol. Claro,
así de simple, así de fácil. El formol, desde su invención en
1868, es lo que se ha usado siempre.. . vamos a cambiarlo
entonces. Así de fácil, así de simple, claro.
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Un día normal
6 am -12 m Clases en la universidad
2 pm - 5 pm Sus
trabajos (chofer funeraria, chofer metro)
pm -11 pm Producir
gominas y champús para salir el
domingo a venderlos
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formol, por los niveles de concentración que se
manejan en las funerarias: cancerígenos. Ni vesti dos
de astronautas se salvan de la intoxicación. Algunos
han pensado en entrenar chimpancés en el oficio,
pero todavía no hay una propuesta seria al respecto.
2. Para los mismos cadáveres es un problema que se utilice
formol porque en muchas ocasiones quedan
deformados, ya que el formol es un compuesto muy
fuerte que endurece las células, deja el cuerpo rígido
y cuando no se inyecta con sumo cuidado, las
facciones se deforman, y uno puede quedar como un
delfín.
orque éstos casi siempre insisten
3. Para los fam iliares, p
en abrir el ataúd para despedirse, para el último
abrazo, para dejarle al ya denominado "el muerto"
alguna carta, alguna prenda, o incluso una botella de
ron o cigarrillos o marihuana o una grabadora o
cualquier otra cosa que lo acompañe en su viaje. Y
como el cuerpo lleva tanto tiempo ahí metido, en la
caja, el formol se ha empezado a evapo rar y se ha
concentrado ahí, y al abrir el ataúd, sale e impregna
a todos los que se acercan a despedirse de "el
pobrecito".
4. Para el laboratorio de tanatopraxia, que se va
deteriorando indefectiblemente: el techo de muchos
laboratorios es negro (pero antes era blanco, después
beige, caqui, gris, azul, morado y, finalmente, negro
oscuro) y carcomido, porque el formol es un gran
corrosivo y va oxidando y va deteriorando el lugar
(si eso hace con un techo, imagínese con una
garganta).
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5. Para el medio avibiente, porque para que una molécula
de formol se degrade se necesitan aproximadamente
200 años. Cuando se inyecta formol, éste va desalo
jando la sangre, y esa sangre se va, mezclada con
formol, derecho al río. Las aguas del mundo se comu
nican. Y tarde o temprano uno termina nadando en
el formol, o lo que es peor: tomándoselo. En los
cementerios, el formol se mezcla con los lixiviados.
Las raíces de los árboles van hasta las tumbas, se
alimentan, y las células mutan. También mutan las
células de las cucarachas que, después de comerse lo
que haya se chupan los huesos hasta dejarlos lisos y
blancos, casi transparentes, y en muchos
cementerios se pueden encontrar, saliendo de las
tumbas, como en Men in black (la parte uno),
cucarachas del tamaño de un libro, cucarachas
mutadas, mutantes (algo así como Splinter y las
Tortugas Ninja; pero menos chistosas). Y si hay
cremación, como el formol es un gas, de alguna
manera se filtra al ambiente, va a la atmósfera, y
luego nos cae en la cabeza en forma de lluvia ácida
(y uno que cuando lo agarra el aguacero es feliz
levantando la cara y tomando agualluvia... Si supiera
cuántos muertos se está tragando ahí, consideraría
cargar un paraguas hasta en verano, por si acaso).
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Las mil y una noches intentando, un año y dos meses
de ensayos fallidos, otra vez visceras de cerdo en formol
y otra vez visceras de cerdo en una mezcla nueva y, ¡al
fin!: tres días de preservación y al cuarto día... los
malditos gusanos otra vez.
Un año y medio, parte del sueldo de la funeraria y
toda la plata de las gominas invertida en los reacto res de
la investigación. Resultados: cinco días de preservación.
¡¡¡Sólo cinco días!!!
—Yo tiro la toalla, no voy más.
—Yo tampoco voy, que se joda esta vaina.
Y ahí dejaron, otra vez, la investigación.
Pero, por alguna inexplicable razón, terminaban
volviéndolo a intentar.
Una vez, en una revista Selecciones, en una pelu
quería, mientras esperaba, Andrés leyó la típica historia
de Thomas Alba Edison, de sus mil y pico de intentos
antes de lograr hacer que una bombilla prendiera.
"Aprender mil y pico de formas de cómo no hacerlo", era
la moraleja de aliento para los que no lo habían logrado
todavía. Y la cosa, por clichesuda que fuera, caló, y otra
vez cerdo-formol y cerdo-nueva mezcla. No se sabe si los
gusanos se cansaron de atacar y ganar una vez y otra, o si
Dios se aburrió de que estos dos hicieran lo mismo una y
otra vez, o si la química inorgánica dio un vuelco
inesperado, o si estaba escrito desde el principio de los
tiempos, antes de que apareciera el caldo primitivo, o si
coincidió la octava luna de Orion en la casa de Acuario y
se alinearon el resto de los astros... pero el caso es que
funcionó. Y la nueva mezcla preservaba ahora tanto
como preservaba el formol, pero sin ser formol,
solucionando así los cinco grandes problemas que
acarrea ese agente nocivo.
Como toallas higiénicas
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español no venía en busca de tierras (¡ni más faltaba!)
sino en busca de quien le laborara, porque para el
hidalgo era impensable el acto vil de trabajar. Era una
afrenta contra su nobleza. Por eso precisamente, Don
Quijote jamás trabajó. A pesar de que era un hidalgo
pobre, nunca alzó una herramienta (al menos nunca alzó
una que no se le pareciera a una espada con la que
pudiera rescatar a su Dulcinea). Ni Velázquez, ese pintor
magnífico, Velázquez, pudo pintar públicamente, pues
para poder ser Caballero de la Orden de Santiago tuvo
que ocultar que trabajaba con las manos. Era una
impureza.
Pero en Antioquia, a los españoles pobres que
llegaron en busca de honor y de hidalguía, a esos pobres,
les tocó trabajar. Les tocó, porque aquí no había
indígenas, es decir, no había mano de obra, como sí la
había en la sabana de Bogotá [Por eso muchos se
instalaron en Santa Fe de Bogotá: porque había lo que los
antropólogos llaman un estado incipiente: una orga
nización indígena bajo un solo mando: un montón de
obreros en potencia organizados bajo un solo capataz.
De ahí lo extraño que Colombia tenga su capital arriba y
no en la costa]. En cambio en Antioquia no había mano
de obra que les trabajara, pero había oro: la debilidad de
los españoles, y para sacarlo había que arrancarlo a la
brava de las vetas más hostiles y pescarlo en las cañadas
más inhumanas. Y como el oro fue obsesión, el trabajo,
entonces, también se convirtió en obsesión. Y esa
obsesión no se ha esfumado del todo... "Trabajar, trabajar
y trabajar" se oye por la calle, por la televisión, y el que
no trabaje que no coma.
Así se formó el espíritu empresarial antioqueño, el
mito que aún subsiste de la tal raza pujante. El mito
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que EAFIT busca renovar, ya no en su arcaica expresión
minera y luego campesina, sino en la contemporánea
concepción de empresas innovadoras.
Por eso fue que realizó todo el trámite para crear un
convenio que permitiera que sus estudiantes científicos
pudieran experimentar en cuerpos humanos los
productos que habían desarrollado y que iban a sustituir
el formol.
El decano del Tecnológico aceptó la propuesta
(también le convenía a su institución tener un convenio
con una de las universidades más prestigiosas y posi
cionadas del país) de hacer un estudio comparativo y
puso dos cuerpos a disposición: uno para prepararlo con
formol, y el otro para prepararlo con los productos
desarrollados por Escudero y Martínez... como en un
comercial de toallas higiénicas en donde se compara una
que no absorbe casi nada contra la toalla estrella que
absorbe litros y litros de un flujo azul que se ve
sospechoso.
El día convenido llegaron Felipe y Andrés listos a
demostrar el poder de sus productos, pero la máquina
inyectora se había dañado. Si consideramos que había
que inyectar un litro de sustancia a las visceras para
evitar su descomposición, necesitaríamos al menos una
jeringa de cincuenta mililitros (de esas de vaca), para
poder inyectar, aunque tocara de a veinte veces.
—No, es que aquí no tenemos de esas jeringas —
dice el encargado de la sala de preparación—, pero le
puedo dar una de éstas —y le pasa a Felipe una de cinco
mililitros.
¡¡cinco mililitros!!
¡¡¡CINCO!!!
Doscientas veces iba a tener que inyectar al pobre
muerto para poder dejarle un litro de producto adentro
y conservarle las visceras.
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Cuando iba por la inyección ciento cincuenta ya
casi no podía ni levantar la mano.
—Andrés, hermano, le figuró ayudarme, porque no
puedo más.
Pero Andrés nunca había preparado un muerto. De
hecho, Andrés nunca había ni siquiera entrado a
una sala de preparación, ni siquiera había visto a
un muerto así, tan cerca, tan quieto, tan muerto.
—No puedo —dice, con horror.
—Le va a tocar poder —le sugiere Felipe en tono de
sí o sí.
Andrés duda. Duda más. Sigue dudando. Mientras
tanto, el muerto sigue ahí, sin moverse, esperando
que alguien le acabe de echar el líquido.
— ¡Hágale pues! —insistió Felipe.
Andrés sintió todas las miradas encima. El ambien
te tenso, la respiración cortada de todos [cortada
espe rando su decisión, y cortada porque cuando
abren un muerto, el olor que sale de sus visceras es
fuerte, muy fuerte. "Definitivamente uno de la
cabeza para abajo es mierda", piensa Andrés antes
de decidirse]:
—Pásenme pues todo el equipo que yo acabo este
asunto —dice, por fin, armándose de valor. Le
pasaron delantal, guantes, gafas como de moto
ciclista y tapabocas. Quedó como un astronauta
nerd que va a hacer una simulación sentado en el
inodoro del baño de la casa.
Agarró la aguja con la derecha, agarró al muerto
con la izquierda, y empezó a temblar. La mano
izquierda se le paralizó apenas hizo contacto con el
cuerpo inerte. La mano derecha quedó sin control,
se volvió un ente aparte y arremetió contra lo
primero que tuvo al frente: Felipe Escudero.
Felipe esquivó el pinchazo, agarró a Andrés por la
muñeca y lo miró a los ojos, devolviéndole así el control
sobre esa mano rebelada, insurgente, subversiva.
Luego, con calma, como el que sabe qué está
haciendo porque lo ha hecho cientos de veces, le dijo una
sola palabra:
—Concéntrese.
Lo dijo y cuando lo dijo sonó como una fórmula
inexorable, una fórmula que no falla.
Andrés asintió con la cabeza, agarró con fuerza la
jeringa y la clavó en esa masa de tripas que florecían del
cuerpo sin vida de alguien, cualquier alguien. —Felipe,
téngame hermano, téngame.
—¿Qué te tengo? ¿Te tengo la jeringa?
—No... ¡TÉNGAME! —volvió a decir Andrés, y se
desvaneció.
Al final, mientras afuera reanimaban a Andrés
Martínez, Escudero terminó de inyectar el cuerpo y lo
guardaron junto al otro, inyectado de formol, espe rando.
Días más tarde fueron a ver a los dos pacientes y,
efectivamente, ambos estaban conservados. El de formol,
duro y rígido como una escultura tamaño natural hecha
en hierro forjado, con los órganos internos acartonados y
grises, todos grises. El de Martínez y Escudero, como si
se acabara de morir o estuviera dormitando, con los
órganos coloreados por un colorante celular que los
mantiene como un bodegón de esos que se llaman
naturaleza muerta.
Una semana más y hubo que mandar a cremar el
cuerpo del formol, mientras el otro seguía vivo todavía.
Seis meses pasaron y el muerto seguía igual (igual de
muerto, claro, pero también igual que el día
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en que, seis meses atrás, le inyectaron el menjurje que los
dos ingenieros de procesos inventaron). Y durante ese
semestre, en el curso de tanatopraxia, el grupo que
estudió en él lo puso Luis, "Luisito", de cariño.
El Tecnológico de Antioquia emitió entonces un
certificado que avalaba las propiedades del producto,
que legitimaba que la fórmula, definitivamente, funcio
naba, y muy bien.
Y ahí arrancó el negocio. No más gominas, no más
champú. "Nos hicimos ricos", pensaron. Y empezaron con la
empresa... Y empezaron cometiendo un error:
Mandaron muestras a varias funerarias, de cual quier
parte, para que las ensayaran. Las mandaron en frascos
con etiquetas piratas, hechas por ellos mismos en
computador, impresas (otra vez) en una Epson LX 810,
de punto, y sin ningún respaldo de nada. Por si esto
fuera poco, las muestras les llegaban a los dueños de las
funerarias que, en muchos de los casos, son empíricos,
personas que se han establecido en el negocio gracias a
los años y a sus habilidades administrativas, más que a
sus conocimientos funerarios. Para que ellos cambien el
confiable formol —que será dañino y será lo que sea pero no
nos falla—, por un producto nuevo del que no saben
nada, se necesitan mucha instrucción, mucha publicidad
y pruebas. Pruebas de que funciona a las mil maravillas,
porque ellos saben que si se ponen a probar nuevos
productos, y un cadáver se les descompone y se les llena
de gases, y empieza a oler a muerto y durante el funeral
los gusanos se le empiezan a salir por los huecos de los
ojos y de la nariz y de las orejas y la carne se empieza a
tornar verde pus, y el funeral se vuelve una secuela de El
regreso de los muertos vivientes p arte 8, los dolientes no
dudarán en demandar. Y la demanda podría ser la ruina
de la compañía.
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Las m uestras que m andaron todavía
siguen ahí, sin abrir, en los estantes
o en los depósitos de las funerarias
adonde llegaron.
—Estoy pensando una cosa —dice, ceñudo, Escu
dero—: nosotros somos de EAFIT, ¿sí o no? —
Pues... sí —responde Martínez, sin saber adonde
quería llegar su compañero.
—¿Y EAFIT no es, pues, una universidad de empre
sarios? —continúa Escudero.
—Pues... sí.
— ¡Entonces que nos ayuden!
—Pues... sí... si nos ayudaron en la parte téc nica
durante la investigación, ¡que nos ayuden en lo que
sigue! (ojalá).
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Nada de nada
—Muy interesante su proyecto, jóvenes. Más: muy
importante —dice, admirado, el jefe de la carrera,
después de una hora y media en que los dos
estudian tes de ingeniería de procesos lo pusieron al
tanto del asunto—. Yo los felicito como ingenieros,
impresionante la parte química... Pero yo no les
puedo ayudar —concluye.
—¿Que qué??? ¿Pero por qué no?
—Porque ustedes lo que necesitan es ya la parte de
montar el negocio. Y para eso es mejor que hablen
con los que están creando la línea de empresarismo
en la Universidad, porque yo sé más de éteres y
fenoles y bases y tabla periódica que de conformar
una empresa LTDA, o S.A. o CIA, o esas cosas.
—¿Algún nombre en especial?
—Sí, tomen nota.
43
como docente de la Universidad, como coordinador del
área de emprendimiento, es aterrizarlos. Todos llegan
inflados: en la casa les dan ínfulas, les soban la cabeza, la
mamá dice mi hijo es lo más lindo que ha parido el
mundo y el papá está orgulloso de su crío berraco y echa o
palante que no se va a vender al sistema sino que va a
montar su propia compañía, y hasta le gira un
chequecito para el primer arriendo del local. Los amigos
les dan ánimo (a falta de plata) y están pendientes para
que me tenga en cuenta para entrar en el negocio apenas
entonces
despegue, que ahí sí nos vamos aforrar de verdes. Y
le llegan todos a la oficina con frascos ya etiquetados,
llenos de productos súper innovadores... ¿Y dónde está
el mercado? pregunta el profesor Mesa, ¿a quién le van a
vender? ¿Con qué márgenes puede trabajar su empresa?
Y todos de una para el piso, estrellados, aterrizados a la
brava y preguntando: pero profe, entonces este negocio es
bueno ¿sí o no? Y él, impasible, desde detrás de su
escritorio, acomodándose las gafas que combinan con la
camisa, les responde invariablemente: "Ningún negocio
es malo, los malos son los emprendedores que lo llevan a
cabo". Ante el ataque directo de este señor que sonríe
irónicamente, los nuevos empresarios no pueden dejar
de preguntarse, irritados, si se refiere a ellos. Y él, como
adivinándoles el pensamiento, les recalca: '"Miren a ver
si ustedes son los indicados para su negocio, si tienen el
capital que se requiere, si pueden conseguirlo sin
apalancarse un cien por ciento, si reúnen las condiciones
necesarias tanto en conocimiento como en personalidad
y experiencia para llevarlo a cabo... Piensen y me
cuentan, a ver si empezamos a meterle el cuerpo a eso, o
lo dejamos así y mejor mandamos hojas de vida a alguna
empresa".
44
Entre tanto, Escudero y Martínez ya han discutido,
ya se han devuelto y vuelven a entrar:
—Profesor, disculpe, ¿qué es un plan de negocio?
¿Qué es un plan de negocio?
—Vean, lo que estamos haciendo acá es lo siguiente
—les explica el profesor Mesa a los dos — ; a los que
tengan una idea de producto o de servicio, les vamos a
ayudar a pulirla, a desarrollar un plan de negocio, a
buscar inversionistas y a llegar a los clientes. El asunto
esencial es construir una red de contactos, que es una de
las cosas más difíciles pero a la vez de las que más valen
en los negocios. Más que el producto en sí, es
fundamental el mercado. Y para entrar en el mercado,
señores, ustedes lo que tienen que hacer es construir una
red de contactos alrededor de su proyecto, de su
empresa, de su sueño, ¿me copian? Hablo de una red que
vaya interconectando personas y empresas relacionadas
con su negocio, con posibilidades a largo plazo de
integración hacia atrás o hacia delante. ¿Me van
captando?
Mientras el profesor Mesa habla, Felipe y Andrés se
miran pensando que tal vez ahora sí llegaban adonde
era, a juzgar por lo que les comentaba este señor de
camisa manga corta y gafas que le hacen juego con la
pinta.
—...E s que las empresas fallan en el mercadeo y ahí
se caen las buenas ideas. Mírense a ustedes, por
ejemplo: tienen un excelente producto, innovador, que
incluso podría revolucionar la tanatopraxia en
Colombia... y no han vendido ni un frasco.
A ninguno le gustó que les dijera eso, "pero tiene
razón". Y era evidente, bastaba con ver un flujo de caja
de la empresa, bastaba con ver un sistema de inventarios
(ni por el método PEPS, ni por el UEPS, mostraba
movimiento alguno); bastaba, en fin, con conocer esta
historia para darse cuenta de que algo estaba faltando.
Ninguno de los dos, ni Felipe ni Andrés, querían ser
empleados. Ambos querían montar su propia em presa.
Alguien, alguna vez, les propuso "cocinar": por sus
conocimientos químicos, eran buenos candidatos para
entrar en una cocina y procesar coca. Y en algún
momento, cuando las cosas no salían, cuando no reci
bían ni una llamada pidiendo aunque fuera un solo
frasco del producto que tardaron un año y medio en
lograr, pensaron que ésa era la única opción rentable en
Colombia: la cocina.
—¿Qué es un plan de negocio?— preguntan los dos
al tiempo.
—A ver, ¿ustedes tienen claro cuál es el mercado?
No creo —se queda pensando el profesor, cambia las
manos de posición, y sigue—. Bueno, obvio que las
funerarias, pero ¿ya las cuantificaron? ¿Cuántas gran
des, cuántas medianas, cuántas pequeñas? Me atre vería
a afirmar que no tienen ni idea de cuánto se van a gastar
montando la empresa.. . ¡Es que ustedes no pueden
funcionar en un garaje, por Dios! A ver, cuántos
empleados van a tener, ¿ya sacaron los flujos de caja? Ni
siquiera le han sacado la TIR a un valor futuro pro
yectado. .. será porque no tienen ningún valor f uturo
proyectado... ¿O sí?
47
Andrés y Felipe sólo lo miraban. "De qué está
hablando este señor". Un montón de cosas que en su
vida habían oído mencionar. Un montón de vainas raras
para, simplemente, montar una empresa. ¿Tan
complejo? Ellos querían sencillamente ofrecer sus
productos en las funerarias, venderlos, y ya...
— Ahora —continúa Mesa ignorando la cara de What?
que tenían ambos—: ¿qué pasa si esas funerarias no
compran? ¿Tienen un plan B en cuanto al mercado?
—Eeeehhh... yo creo que no —dice Andrés.
—Yo... también creo que no —dice Felipe.
—¡Pues claro que no! —dice Mesa— ¡Si ni siquiera
tienen un plan A!
Se levanta de la silla, agarra un marcador de super
ficies y, mientras les habla, va escribiendo los términos
clave en la ventana de su oficina.
—La experiencia nos ha enseñado que un proyecto
con un solo producto... o incluso con varios productos
pero un solo mercado, tiene un riesgo muy alto. Muy
alto —repite, enfatizando en el muy—... Especialmente
cuando se innova —concluye—. ¿Me entienden esto?
¿Me van siguiendo?
—Eeeehhh... sí, sí —dice uno.
—Sí... ¡Claro! —dice el otro.
Sí, claro, piensa Mesa, y procede a explicarse: —Si
salen con algo nuevo al mercado, un producto
innovador, y no pega, ¿qué van a hacer con las máquinas
que han conseguido, con los préstamos que han pedido,
con toda la infraestructura que han obtenido para ope
rar? Señores, se los comen las deudas. Por eso es bueno
tener varios, de modo que si uno no funciona, haya otros
que sí logren penetrar segmentos de mercado y
sostengan la causa, ¿me hago entender?
48
La luz se iba haciendo.
—Pero aun teniendo varios productos, es funda
mental incursionar en más de un mercado, por lo
mismo: si un mercado rechaza la marca por X o Y
motivo... digamos, mmmm, una mala
comunicación, entonces es imprescindible tener
otros mercados alter nos adonde enfocar la fuerza
de ventas.
Salió el sol.
—Ustedes son ingenieros —continúa el profesor—.
Como ingenieros tienen las ideas, ustedes hacen,
hacen cosas. Si se juntan con administradores,
contadores, o negociadores, que conocen cómo se
monta una em
presa, que saben del manejo de los negocios, de los
trámites y los requisitos para conformar una socie
dad, de las proyecciones de flujos de dinero y de
métodos de financiación, pueden formar un equipo
multidisciplinario muy fuerte y ahí sí hacer una
empre sa, su empresa.
Viéndolo de ese lado, la cosa empezaba a pintar
mejor (al menos, mejor que cuando él les dijo:
ustedes no tienen nada).
—Vean, muchas veces pasa que cuando uno tiene
una idea no la cuenta, por miedo a que se la roben.
Y la idea se queda ahí, en idea y no más. Pero si se
arriesgan a contarla, puede que otra gente se
interese en el asunto, y que de ahí salga un
inversionista, un asesor, un cliente, puede que se
abran las puertas de un mercado que no habían
considerado... en fin, pueden pasar cosas, que es lo
que ustedes tienen que buscar, que pasen cosas con
su idea. Además, si ustedes se demoraron lo que se
demoraron desarrollando su pócima... ¿no les
parece que sería un poquito complicado robarles la
idea?
"Cierto. Cierto. Cierto. Cierto. "
49
—Profesor —habla Felipe—, pero explíquenos:
¡¿cómo así que no tenemos nada?!
—Y otra cosa —se suma Andrés—: ¿Qué es un plan
de negocio?
—A ver —respira Mesa—, no es que no tengan
"nada", de hecho tienen una idea brillante. De ahí
desa rrollaron un producto revolucionario
—continuó—. Ahora, ¿tienen segmentado y
clasificado el mercado, tienen una propuesta de
inversión, tienen los flujos de caja considerando el
valor presente de la empresa y un valor futuro
proyectado a los que le puedan sacar la tasa interna
de retorno y concebir la rentabilidad que puede
generar el negocio? ¿Han hecho un estudio de
mercado para determinar entre los clientes
potenciales quiénes serían verdaderamente
compradores constantes del producto? ¿Tienen, al
menos, una idea de cómo se constituye una
empresa y todos los requisitos para producir y
comercializar? —toma aire, los mira, los ve bajados,
inseguros, decepcionados, y sabe que ahora sólo
tiene que rematarlos.. . para después, desde el piso
de la realidad, empezar a levantar un proyecto
sólido, empezar a construir. Así que continúa—:
¿Tienen claro cómo se comporta su mercado, por
qué, cuándo, dónde y cómo compran sus clientes?
¿Dónde están ubicados esos clientes? ¿A qué plazo
pagan? Miren que esto último va a determinar los
plazos en que le entrará dinero a su negocio, y esto
es lo que va a determinar y limitar sus flujos de
caja, y esto va a repercutir en la rentabilidad del
proyecto, y esto va a hacer que futuros
inversionistas se interesen... o no se interesen —ahí
los vuelve a mirar. Ya los tiene, ya están bajados,
desmotivados, aterrizados, pálidos. Satisfecho,
Mesa se
alista a dar la puntada final: el remate para,
después, 50
recomenzar—: ¿Tienen algo, s iquiera algo, díganme, algo,
alguito, de todo esto?
—No señor.
— ¡Entonces no tienen nada! —grita.
Se sienta, complacido, y con sonrisa amable, con
intención sincera, suaviza y explica:
—... Nada del negocio. Pero no me malentiendan,
tienen lo fundamental para empezar: tienen no sólo una
idea, sino ya un gran producto, es decir, ya saben cuál
va a ser su negocio. Ahora hay que aprender cómo
montarlo, y después, hay que montarlo bien.
"Y suena lógico".
—Miren, si llega un posible inversionista interesado
en invertir capital en su negocio, ¿ustedes qué le van a
presentar? ¿Le van a contar que en algunas funerarias
paran al muerto contra una pared y si no se dobla fue
que quedó bien preparado, y si se dobla y se cae es que
le falta más formol? O le van a mostrar una valoración
proyectada de la empresa en donde él pueda ver cuánto
se va a ganar si invierte un millón, cuánto se va a ganar
si invierte diez, o veinte, cuánta sería su rentabilidad en
un plazo de tiempo determinado...
—Pues sí, habría que mostrarle eso... claro. —Pero
tranquilos, ustedes deciden, si quieren contarle que les
tocó inyectar un cadáver doscientas veces, bueno, allá
ustedes, veremos qué tanto se interesa en invertir...
—No, no, hagamos entonces el tal plan de negocio
—dice Felipe.
—Profesor —se levanta, irritado, Andrés—, ¿Nos va
a decir qué c-#%*-@"#$|* (diablos) es un plan de
negocio, o no?
Contar
TIEM PO DESPUÉS
53
de hacer el primer pedido y es para las cuatro de la tarde.
¿¿¿Que qué???. Que es para las cuatro de la tarde. Ya voy
para allá, dijo Felipe, flash en el teléfono, número de la
funeraria, Aló, estoy en... en... enfermo, no voy a poder
ir, cof cof, qué vergüenza, por favor reemplácenme hoy,
cof cof, gracias, sí, espero mejorarme pronto, gracias, cof,
adiós. Y voló al laboratorio (el garaje de la casa de
Andrés)...
—Falta producto L-52 —dice Andrés.
—Eso son veinte mil pesos —replica Felipe—, pero
yo no los tengo. ¿Vos los tenés?
—Nada
—Entonces tocó pedirle al de la tienda...
— Qué pena con ese señor.
—Sí, pero o se los pedimos prestados, o no hay
pedido para entregar...
— ¡Ya vuelvo!
54
Mientras hablaban con el doc en la oficina/ y le
explicaban los usos y los modos de la utilización de los
productos, Andrés notó que había quedado un grumo en
uno de los frascos. Un grumo horrible que parecía que
hubieran acabado de prepararlo a la carrera. De repente,
Felipe lo notó también y ambos se miraron asustados y
pálidos, tan pálidos que parecía que pronto iban a tener
que utilizar sus productos en ellos mismos si no hacían
algo de inmediato. Así que Felipe, sin saber muy bien
qué hacía, se paró de la silla y empezó a explicar muy
gráficamente como se inyectaba por la yugular el líquido
que ellos traían, y mientras él hacía como que se cogía la
arteria y se inyectaba ocho litros y ponía cara de calavera
parlante, Andrés metió la mano en el tarro y sacó el
grumo asqueroso que estaba por arruinarles el negocio.
Pero como la ventana estaba en el lado diametralmente
opuesto del salón, y como no tenía adonde más tirarlo
sin ser demasiado evidente, no encontró otra solución
que echárselo él mismo. Así, con el disimulo propio del
que está copiando en un examen, o del que acaba de
quebrar una porcelana fina y silba bajito mirando hacia
arriba, dejó caer la mano y se pegó el grumo en la parte
interna de la bota del pantalón.
Ya con el asunto arreglado se relajaron y siguieron
explicando tranquilamente, hasta que el doctor dijo: Esto
es hablando y haciendo. ¿Saben preparar un cadáver? F elipe
respondió que sí, entonces el hombre se levantó, tomó su
chaqueta y los invitó a una sala de preparación: Acaba de
llegar un paciente, señores, veamos qué pueden hacer.
55
formol, y, por fortuna, el suyo quedó más bonito, más
sereno, más car'e-dormiáo.
—Me llevo el kit completo, ¿cuánto cuesta? —
Ciento veinte mil pesos, doctor —dice Felipe, pisando a
Andrés disimuladamente, y Andrés a él. Pagaron los
veinte mil del tendero, sacaron de a diez mil para cada
uno, y acordaron invertir el resto en materia prima. Pero
el lunes, después del fin de semana, cuando Felipe fue a
buscar los ochenta mil pesos, encontró en la cajita azul
una moneda de doscientos y una de cien.
¡ ¡ ¡ ¡ A A A A A
ANNNNNNNDDDDDRRRRRRÉÉÉÉÉ
ÉÉÉÉSSSSSSSSS!!!! [Resonó por todo el barrio]
—Tranquilo, tranquilo, yo los pago.
—¿Qué hiciste con los ochenta mil?
—Pues... eeehhhh... yoooooo... me los p arrandié — dice
Andrés, encogiéndose de vergüenza. — ¡Ah, ya! Muy
bonito —replica Felipe, no muy contento que digamos.
—Pero yo los pago, yo los pago —dice Andrés.
—¿Sí? ¿Y cómo los vas a pagar?
—Pues... ¿Será que empeño el televisor?
— ¡Pues yo creo que sí! Pero ya.
56
Los quinientos
57
—Nosotros nos asustamos, profesor, imagínese, uno
empeñando el televisor, pidiendo pinches veinte mil
pesos al tendero del barrio... ¡¡¡Para que venga un señor a
decirle a uno "yo les doy quinientos millones"!!!...
— ¡Quinientos millones! ¿Y ustedes qué le respon
dieron?
—Andrés me pisaba a m í... yo lo pisaba a él... ima
gínese profesor, de a doscientos cincuenta para cada uno
y quedamos listos...
—Ya, y ustedes ¿qué le respondieron?
—Pues nos quedamos mirándolo, sin saber qué
hacer, y pensamos que lo mejor era venir a hablar pri
mero con usted para...
-¡¿PERO QUÉ LE RESPONDIERON???!
—Pues le dijimos... le dijimos "no, doctor, esa
fórmula no tiene precio"
— ¡Ja! Bien, bien —se queda como reflexionando el
profesor—, .. Bien...
—¿Y entonces qué hacemos? ¿Le vendemos? —insis
ten los dos.
—M mm... Vean, si este señor les va a dar quinientos
millones por esa fórmula, es porque le va a sacar diez
veces eso... o más.
—¡Pero cuándo! Eso se demora mucho — dice
Andrés. — ¡Ah no, usted no va a vender quinientos
millones de pesos en el primer año! De hecho, no los va a
vender en los primeros años, pero a largo piazo, cuando
el formol sea reemplazado, es cuando se va a ver la
rentabilidad —y continúa—: Es así, ¿cuántos muertos
hay en promedio, al año, en Colombia?
—180 mil muertos, más o menos —contesta Andrés.
—Ahora multiplique eso por los diez mil pesos que
cuesta el... ¿cómo se llama el frasco de líquido que se le
aplica a cada muerto? —pregunta el profesor.
58
—El Arterial —responde Andrés.
—Ese. Multiplique.
—Serían 1.800 millones —dice Felipe.
— ¡Ajá! —exclama el profesor—. Ahora ustedes
decidan. ¿Vale la pena venderla y tener quinientos
millones ya contantes y sonantes? ¿O aguanta que
monten la empresa ustedes mismos?
El profesor Mesa se levanta de la mesa, recoge sus
cosas y antes de irse les hace la advertencia—: Si
deciden montar la empresa, no crean que le van a
sacar esos quinientos millones en un momentico...
Eso sí, si se deciden, aquí estamos para ayudarlos a
montar ese negocio. Piénsenlo ustedes. Hablamos
—y salió.
Diez anitos
60
"A ver, a ver, a ver. Eso quiere decir que nosotros
seríamos sus empleados. Que la fórmula sigue siendo de
nosotros porque somos los que sabemos cómo se hace,
pero el-que la estará usufructuando será... ¡Usted!".
~N o/ no, no es por ahí la cosa —dice Felipe,
pen-sando en que esta nueva propuesta desmejoró la
anterior—. No doctor, a nosotros no nos funciona esta
alternativa.
"Esta sí que es peor. Es verdad que nosotros
podemos irnos cuando queramos, llevarnos nuestra
fórmula, y dejar todo ahí, pero y ¿cuándo saca uno
quinientos millones de pesos de a dos millones mensua
les? Nunca. No, definitivamente, no."
—Bueno pues, entonces hagamos lo siguiente, y
ésta sí no me la van a rechazar —sugiere el doctor,
adoptando el tono de apúrele que estoy "botao"—-. u stedes
monten su laboratorio como lo quieran montar,
produzcan y yo les distribuyo el producto —se arregla
un poco la corbata, se yergue, se pone bien derechito y
concluye—, yo les distribuyo el producto, pero me dan
la exclusividad a mí.
—¿Cómo funcionaría eso?
—Ustedes me dejan el tarro a ocho mil, yo lo vendo
a doce mil. Y ustedes así no tienen que preocuparse por
nada de ventas, ni de mercadeo, ni de distribución, ni de
nada de eso. Pueden dedicarse a producir
tranquilamente, y listo. ¡Yo me encargo del resto! Eso sí,
no le pueden vender a nadie más, únicamente a mí.
¿Trato hecho?
—¿Y cuánto tiempo sería la exclusividad?
—A h... pues... qué, diez ahitos no más.
61
—¿¿¿Diez años???
—Diez añitos.
—Lo vamos a pensar.
62
65
Primeros quince
Siempre que el doctor les decía: muchachos, a mí me
gustaría ir y conocerles el laboratorio, Escudero y Martínez
respondían con evasivas, cambiaban el tema, decían que
sí que en estos días seguro lo invitaban pero que ahora
tenían todo muy desorganizado, que se esperara un
poquito y en fin.
66
—Ey, Felipe, no tenemos sillas allá.. . quiero decir
que sólo tenemos las dos de nosotros...
— ¡Agh, es verdad!
Y los dos a buscar. Al fin consiguieron dos Rimax
prestadas y al llegar cada uno con una, encima de la
cabeza, cargándolas... "¡¡¡Sorpresa!!!": en la puerta de
entrada estaba parado el doctor, que había llegado más
temprano porque era una de esas personas que
acostumbran llegar antes de tiempo a todas partes.
—Eeehhhh... buenas, doctor, está como tempranito...
pero bueno, ya que está aquí, adelante, siga... El doctor
miraba un poco como con desconfianza, como pensando
"¿éstos sí podrán entregar un pedido de quince
millones?"
Detectando esto, Escudero y Martínez buscaron
tranquilizar a su cliente, comentándole que el margen de
utilidad después de cubrir sus costos operativos y los
gastos de administración, lo reinvertirían en el
laboratorio mismo, con el fin de ir creciendo. Le hicieron
una breve exposición de su "P y G" proyectado, es decir,
doctor, Estado de Resultados, y con esto, el hombre,
visiblemente se tranquilizó: Bueno, unos muchachos que a
esa edad no piensan solamente "siete y medio para ti,
siete y medio para mí y vámonos de aguardiente, putas y
farra", puede que tengan una visión de negocio interesante.
Sigamos.
Pagó la primera entrega.
Y eso fue determinante: decidieron meterle una
inyección de capital a la empresa ("la empresa", que para
ser claros, constaba en ese momento de: un garaje
alquilado, un escritorio, dos sillas, unos baldes, unos
palos para revolver, y los insumos necesarios para una
pequeña producción de "Funeral Sustance"). Esa
67
inyección de capital significó una fuerte reinversión en
insumos, y ya no "de a poquitos" como venían
trabajando hasta el momento. Porque las economías de
escala hacen que la materia prima, comprada en
pequeñas dosis, eleve los costos escandalosamente,
mientras que el comprar por cantidad permite a las
empresas una reducción significativa en el gasto, por
conceptos como el descuento por pronto pago, las
promociones, la reducción de precios en escala, y esto
hace que aumenten su competitividad, tanto en volumen
de producción como en precios.
Pero pronto hubo que salir de allí: en el local que
lindaba con su lado derecho, un local de venta de
productos estéticos, la empleada estaba en embarazo, y
la manipulación de productos químicos al lado era,
obviamente, riesgosa para la genética del nuevo humano
que corría el riesgo de llegar deformado, o volverse un
X-Men.
En el otro local, el del lado izquierdo, funcionaba
una peluquería, y los clientes habituales, de años y años
de frecuentarla fielmente, dejaban de ir de manera
abrupta apenas la estilista les comentaba, después de
que ellos le preguntaran a qué se debía ese olor rarito q ue
percibían, que era que al lado hacían productos "para
muertos".
Así que a los tres meses, sede nueva: el doctor les
arrendó una propiedad en el barrio Boston y ellos le
pagaban con producto. Cuando llegaron, la nueva sede
resultó ser una casa finca de 2.500 metros cuadrados, de
cuatro niveles, con parqueadero para seis carros, con
árboles de mandarina, de zapote, de guayaba, de
naranjas, y hasta tres aguacates.
68
En esa inmensidad, con una venta fija mensual,
decidieron contratar a un operario de confianza
roceso de fabricación. Luego, la doctora
para el p
Nodier Martínez M, abogada comercial, jubilada de
Bancolombia, y, además, tía de Andrés, sería la
gerente. La contabilidad la llevaba el tío de Felipe,
y así Escudero y Martínez, sin experiencia, sin
siquiera haberse graduado de la universidad, como
pollitos sueltos en una jaula de zorros, empezaron
a manejar sus proveedores, su competencia, su
cliente, sus empleados, su empresa. Y es que la
vida es una cosa de rejas para adentro de la
universidad, y otra cosa de rejas para afuera. Esto
no era una simulación, nadie les iba a poner un
cinco, ni un dos con nueve, con observaciones en
rojo sugiriéndoles que para la próxima vez
procuraran no cometer tal error o tal otro.
Por eso, y pensando a futuro, decidieron incluir
dentro de los gastos de administración de su Estado
de Resultados, un gasto por salario, su propio
salario: se pusieron un sueldo para cada uno, y lo
que les quedara, la utilidad neta, reinvertirla toda
en el crecimiento de Skudmart, su proyecto de
vida.
6.9
¡Tutaina!
(Tuturumá)
70
dicos también se ocuparon de ellos, y todo eso fue un
baldado de agua fría para mucha gente:
—¿Pero cómo así? ¿Usted no chuzaba muertos en
una funeraria?
—¿Pero cómo así? ¿Usted no manejaba un vagón
del metro?
—¿Pero cómo así? ¿Cómo así que empresarios?
Empresarios sí, con productos, con marca, con empresa.
Pero hasta la fecha no sabían nada de ventas. El doctor
les compraba religiosamente quince millones de pesos
en producto al mes, pero nadie sabía cómo iba la
comercialización, qué tal iba la rotación de inventario,
cuál era la estrategia de penetración del mercado, cuál
mercado se estaba penetrando.. . Todo un misterio.
Hasta que al fin, Muchachos, los invito a cenar a mi casa. El
20 de diciembre a las 8 de la noche. Les tengo una sorpresa.
Diciembre 20, casa del doctor, noche (a las ocho).
Riiiiiiiiiiiing (timbre). Al entrar, un pesebre gigante, más
grande que el garaje en el que Escudero y Martínez
empezaron con las gominas.
Durante la cena de ambiente navideño, en medio del
rechinar de los cuchillos contra los platos, Y doctor, ¿cómo
va el negocio? El hombre suelta el tenedor, traga puré de
papa, sorbe un poco de jugo y dice:
—Pues yo estoy un poquito preocupado... —y al ver
que los dos se quedan paralizados con los cubiertos
suspendidos en el aire, alcanza a escupir—: ¡Pero
ustedes nos se preocupen!, que seguro que el negocio
despega... tarde o temprano.
SPLASH, baldado de agua fría.
—¿Cómo así, doctor, que "seguro que despega"?
¿No se ha vendido nada?
71
—Pues tanto como nada "nada", tampoco, un
poquito...
—Doctor, por favor, sea sincero, cuéntenos qué ha
pasado.
—No se ha vendido nada —dice el doc.
SPLASH, aguacero tropical.
—Pero, y entonces, ¿qué ha hecho con los
productos? ¿Dónde los tiene?
En ese momento, el doctor se para de la mesa, se
dirige hacia el pesebre gigante, levanta el papel verde
que hace las veces de pasto y, debajo de toda ía
representación cristiana del nacimiento del salvador del
mundo, están las cajas sin destapar de todos los
productos que Andrés y Felipe habían producido
durante los cuatro meses que llevaban desde que fir
maron contrato.
SPLASH, tormenta eléctrica [con cara de diluvio
universal].
72
debajo de la Virgen María y el Niño Dios y la vaca y el
buey. Su idea de Carus Corpus no era precisamente un
montón de pastorcitos y de ovejas para rezar la oración a
San José, ni el Benignísimo Dios de infinita caridad, ¡ni
mucho menos el Acordaos oh dulcísimo Niño Jesús que
dijisteis a la venerable margarita del santísimo
sacramento etc, etc, etc! Aunque, como estaban las cosas,
no les faltaron ganas de ponerse a rezar ahí, de rodillas,
a ver si la novena les hacía el milagrito de la distribución
de esos tarros.
¡El sueño de toda una vida enterrado debajo de un
pesebre!
73
tuviera que seguir comprándonos los quince millones
hasta llegar a los trescientos sesenta m illones de pesos
pactados. Pero también podemos ayudarnos
mutuamente/ y si a él le empieza a ir bien, a nosotros
nos empieza a ir bien "
Optaron por la estrategia del gana-gana.
—Está bien, doctor. Bajemos ese tope a diez
millones.
—Aló —contesta Felipe el celular. Es Andrés. Sólo
han pasado quince días desde el cuasi-infarto sufrido en
el pesebre del doctor, y la borrasca apenas comienza.
—Nos van a demandar.
-¡¡¿¿QUÉ??!!
—Se pudrieron tres muertos en Tulúa.
— ¡No puede ser! ¿Con los productos de nosotros? -
S í
— ¡Eso fue mala utilización! ¡Tuvo que haber sido
mala utilización!
—Seguro que sí, pero venite para Medellín a ver qué
hacemos.
—Pero yo no le puedo dañar las vacaciones a mi
familia... —responde Felipe, que en este momento está en
la playa.
—¿Y entonces? —pregunta Andrés.
—Pues...
—Eeehhh...
74
Niño Jesús y toda esa parranda de ovejas que todavía
deben estar pisando las cajas de Carus Corpus.
Los muertos se pudrieron. Las familias demandaron
a la funeraria. La funeraria acusó al preparador. El
preparador dijo que era culpa de los químicos nuevos
que le había vendido la comercializadora del doctor. El
doctor dijo que habían sido dos muchachos los que se
habían puesto a preparar eso, y todo el chaparrón de
agua sucia, que incluía demanda a bordo, terminó por
caerle a Escudero y a Martínez.
Había que investigar. Si no se pudrió un muerto
después de seis meses de preparado cuando hicieron las
pruebas, ¡cómo se va a podrir uno a los diítas!
—Doctor, ¿usted tiene las facturas de todas las fune
rarias a las que les ha vendido?
—Pues claro que las tengo.
—Entonces muéstrenoslas y vamos a llamar fune
raria por funeraria para ver qué ha pasado con los
productos y para explicarles cómo funcionan.
—Ah no, eso sí no. Yo no se las voy a mostrar.
—Pero entonces ¡cómo quiere que le ayudemos!
—No me importa lo que tengan que hacer, pero
las facturas yo no se las muestro a ustedes y punto.
Ustedes verán, —y mientras tanto los miraba raro,
pensando: "¿Esos productos sí servirán?". Y ellos lo
miraban a él pensando: "¿Y este tipo sí servirá?7'. Ya la
guerra se estaba formando por debajo de los rostros. Ya
los tratos dejaban las formas de "ingenieros" - "doctor" y
pasaban a las acusaciones de "es que ustedes.. " y ai
contraataque de "¡pero usted...!", hasta que Escudero
decidió indagar por el proceso de venta e hizo llamar a
las vendedoras del doctor, a ver cómo era que estaban
75
ofreciendo el producto, porque si era mala utilización, el
problema, entonces, seguramente venía desde la venta.
Llegaron dos mujeres, una más joven y otra más
adulta, y Felipe se presentó de una vez interrogándolas:
A ver, señoras, ustedes ¿cómo están ofreciendo el producto?, es
decir, ustedes... ¿Cómo venden?
76
Rápida y mortal
77
—Es a prueba de bobos —remata Escudero sin
poderse aguantar, y lanza su pregunta—: ¿ustedes
alguna vez han tenido contacto con los muertos?
— ¡No!, por Dios ¡Qué tal! Ni más faltaba... si
Catalina hasta se desmayó el otro día... —dice la mujer
más grande señalando a su compañera.
—¿Pero cómo así que se desmayó? —pregunta
Felipe.
—Ah, sí señor, se me desmayó en Los Olivos, en
Bogotá.
—¿Pero por qué? ¿Cómo? —vuelve a preguntar.
—Pues nos pidieron una demostración; entonces fuimos
y no fue sino entrar en ese salón donde están todos esos
muertos, todos... todos horribles, y ahí Cata quedó lista
—declara la mujer más grande—. Es que pobrecita,
entiéndanla, es que eso es muy espantoso... Y como la
pobre Cata se desmayó, me tocó a mí hacer todo...
—Ay, ¡no! ¿Y qué es todo? —enfatiza Andrés, pre
sintiendo la alarma.
—Pues saqué pecho y les dije: pásenme el bisturí que yo
lo rajo.
— ¡¡¡Pero mujer, cómo se le ocurre hacer eso!!!
—revienta Felipe, sin poder creerlo—. ¡Cómo entran en el
laboratorio de preparación si ustedes no tienen idea de
preparar!
—Al menos la otra se desmayó y ya, pero usted la
seguía cagando más y m ás... —le sigue Andrés, con los
ojos desorbitados ante la declaración de la señora.
—Ay, ¡tampoco pues! —se defiende ella, convencida
de haber obrado de buena fe—. Qué tan difícil puede, ser
rajar un muerto, que no va a gritar ni a revolcarse
ni nada, y ahí inyectarle la arteria con el frasquito ése
que...
-NOOOOOOOOOOOOOOOOOO. No. No. No. No.
No... —estallan los dos al mismo tiempo. —No hay cosa
más peligrosa que un ignorante con iniciativa —les dice
Escudero a todos, mirando a cada uno a los ojos,
desafiándolos.
—No se puede distribuir así. No se puede trabajar
así. Esto no va para ningún lado —declara Martínez,
agarrando sus cosas, dispuesto a irse para la casa, para
donde el profesor Mesa, para la iglesia, para un
supermercado/ para cualquier parte, con tal de salir de
ahí. Estaba decepcionado.
Correrías de perro hambriento
Tuluá, Cali, Bogotá, Pereira, Ibagué, la Costa... una
travesía por todo el país. Felipe Escudero y "el doctor"
viajaban [en carro, para complicarla más], solucionando
los problemas que brotaban de todas partes adonde
habían llegado los productos de Skudmart. Y ahí
empezó la serie de irregularidades que poco a poco abrió
los ojos de los dos ingenieros de EAFIT:
Lo primero que notó Felipe al entrar en la funeraria
de Tuluá fue el mismo frasco del Arterial que ellos
producían... partido a la mitad. Es decir, un frasco nor
mal de Arterial era un frasco de quinientos mililitros. En
su lugar, en las estanterías, había un mundo de
frasquitos de doscientos cincuenta, listos para ser usa
dos en los próximos pacientes que llegaran. O sea que este
"doctor", para vender más, está dividiendo un frasco, que se
aplica a un muerto, ¡en dos!.
—Doctor, ¿han subido las ventas? —pregunta Felipe,
señalando los medios-frascos.
—Claro hombre, van mucho mejor. Así sale más
barato para las funerarias y nos compran más. —Usted no
entiende... seguro que no entiende, —murmura Felipe
apretando los dientes.
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—Vea muchacho, yo entiendo de negocios y de
negocios es de lo que yo entiendo. Y entiendo que el
negocio va mejor gracias a mí, a que yo tuve la idea de
hacer rendir el frasquito...
— ¡Claro! ¡Me imagino! —interrumpe Felipe. Luego dice
despacio—: lo único que usted no tuvo en cuenta fue que
medio tarro no conserva a un muerto ni dos horas —hace
una pausa, toma aire, encara al doctor, abre mucho los ojos,
lo señala con el dedo y le dice en un tono más que fuerte—:
¡¡¡Si vendemos el frasco entero es porque se necesita el frasco
entero!!! ¿Qué parte de eso no entiende?
—Pues para que vaya sabiendo, el frasco entero no
lo compra nadie... Porque además no se necesita
—sentencia con dureza el doctor. Y continúa—: mire,
joven, yo averigüé con mi médico de confianza y él me
aseguró que el cuerpo sólo tiene cuatro litros de sangre.
Y así es muy sencilla la regla de tres, póngame atención:
si un frasco de Arterial se disuelve en ocho litros de
agua y se le inyecta al muerto, pues entonces medio
frasco de Arterial se disuelve en cuatro litros y con eso
se reemplaza toda la sangre y quedamos listos... Es que
ustedes no saben optimizar recursos, y claro, van es
desperdiciando líquido, mi líquido, como si a mí me lo
regalaran...
—Yo de usted, doctor —lo interrumpe Felipe—, no
volvería a dejarme revisar por ese médico, porque
resulta que el cuerpo suyo sí tiene cuatro litros de
sangre... de sangre sangre, de sangre como tal, pero hay
otros cuatro litros que son el suero y el agua de los
tejidos, y que también hay que remover para evitar la
descomposición. Por esa insigniñcante razón es que
inyectamos ocho litros de líquido, y por esa
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