Mariana Constrictor
Mariana Constrictor
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Guillermo Fadanelli
Mariana constrictor
ePub r1.0
Titivillus 26.10.16
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Título original: Mariana constrictor
Guillermo Fadanelli, 2011
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LA VISIÓN DE MAGDALENA
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La noche del 18 de septiembre de 1985 estuve intentando bajarle los calzones a
Magdalena Godínez. ¿Por qué razón estaba yo tratando de hacer algo semejante?
Porque ninguna persona bien nacida, en su sano juicio y en la situación en la que yo
me encontraba podía haber hecho otra cosa que tratar de quitarle los calzones a la
Godínez. Magdalena se resistía, pero no debido a que considerara una afrenta
desprenderse de su ropa íntima, para ella eso era cosa de todos los días, sino porque,
afirmaba, se había apoderado de su ánimo un mal presentimiento. ¿Qué clase de
presentimiento puede hacer que una mujer así de entera y madura se comporte como
una colegiala? No lo sé, ni tampoco lo comprendo, pues en mi caso ningún augurio
me habría impedido acercarme a las piernas de Magdalena. Ni siquiera saber que
sería contagiado por una enfermedad africana me habría hecho dar un paso atrás en
mis intenciones. No se escapa a mi sensibilidad que esta afirmación puede parecer
absurda y baladrona, pero me conozco y no está en mi ánimo tomar precauciones
cuando mi cuerpo ha decidido lanzarse como puerco a una aventura: prefiero perderlo
todo en una sola batalla.
Mientras realizaba serios esfuerzos por convencer a Magdalena de que estaba
cometiendo una insensatez, mi mente se hacía a un lado para detenerse en la
posibilidad de que, una vez terminada nuestra faena, nos sucediera una desgracia. Las
mujeres saben más del futuro que del pasado y podrían predecir el fin del mundo con
mayor exactitud que un congreso científico. ¿Un ejemplo de ello? Bastaría que
cerraran las piernas y todo el porvenir se iría directamente al abismo.
La conocí en Acapulco un mes antes de la noche fatídica del 18 de septiembre,
cuando se negó a entregarme sus pantaletas. Una fecha que, sobra decirlo, jamás
podré olvidar. No había nadie más en la alberca del condominio Galeón —dos torres
levantadas en la zona central de la costera Miguel Alemán— sólo Magdalena,
propietaria del departamento 201, y yo. ¿Qué hacía mi persona en ese condominio
con vista al mar? Nada distinto a lo que haría el resto de mis vecinos: olvidarse por
unos días del Distrito Federal. La fortuna de Magdalena era cuantiosa: tenía pesos
mexicanos, euros, dólares, libras esterlinas, un convertible, dos camionetas, una casa
en la colonia Roma y un departamento de lujo en Acapulco. Yo no tenía nada de eso
porque mi sueldo como columnista en un diario apenas si me dejaba para tomar
Campari a media mañana. Yo me encontraba en el departamento del condominio
Galeón porque me lo había prestado un amigo que, como Magdalena, tenía divisas,
un convertible, dos camionetas y un departamento de lujo en Acapulco.
—Creo que nuestros hábitos no son tan distintos, somos los únicos que tomamos
el sol a esta hora —le dije. Ella secaba su cuerpo a un costado de la alberca.
—No verás a nadie hasta después de las diez; su colesterol no se los permite —
añadió, su mirada oculta bajo los párpados, su voz en dirección al cielo. Aspera.
—Espero que jamás nos enamoremos.
¿Por qué dije esto? No lo sé, acaso impulsado por la visión de su hermoso cuerpo
dorado. Recordé a El viejo y el mar y vaticiné: «Antes de que llegue a tierra una
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cauda de tiburones me habrán quitado este hermoso pez vela de las manos».
Magdalena estaba próxima a los cuarenta años, mas sus divisas extranjeras, su
convertible y su departamento de lujo en Acapulco le devolvía un poco de la lozanía
extraviada en el paso de un tiempo poco sensible a las libras esterlinas.
—No te preocupes, estoy sola, no enferma. ¿Quién eres tú? —me preguntó. La
respuesta, lo que vino después de esa respuesta y las dos noches siguientes las
conservo todavía en la memoria, donde espero queden guardadas para toda mi breve
eternidad.
Un mes después de nuestro primer encuentro, Magdalena me llamó para citarme
en su departamento de la calle Tabasco, en la colonia Roma. Apenas escuchó mi voz
a través del teléfono me preguntó si la recordaba: coquetería innecesaria porque
estaba segura de que no la había olvidado y de que había pensado en ella todos los
días.
—No sólo te recuerdo, también te extraño —dije, limitando mis emociones a una
frase convencional.
—¿Y entonces por qué no me has llamado, maldito hijo de puta?
—Ninguna razón interesante, temía molestarte y soy tímido.
—Por supuesto que me habría molestado. ¿Quién crees que eres tú para
llamarme?
—¿Lo ves?
—¿Podemos vernos esta noche? —No sé por qué razón pensé que me estaba
citando en Acapulco. Aun así acepté.
A las nueve de la noche del miércoles 18 de septiembre de 1985, unas horas antes
del terremoto, estaba yo frente a la puerta del departamento de Magdalena en la calle
Tabasco (su departamento era en realidad una fastuosa casa de piedra que había sido
dividida en dos). Llevaba conmigo dos botellas de vino, chocolates y una hogaza de
pan de centeno. El escueto mobiliario de su casa había sido comprado en la misma
tienda o diseñado por una sola persona. La réplica de un célebre cuadro de Goya
regenteaba la estancia: el motivo de la pintura eran unos campesinos que se daban de
palos. A las diez de la noche habíamos terminado la primera botella de vino; a las
once, las botellas vacías sumaban dos; a las once y media, estaba yo encima de ella
intentando quitarle las pantaletas. Fue cuando comenzó a hablar del presentimiento.
Magdalena no es una mujer que se entregue a las supercherías y hoy que la
conozco más a fondo sé que carece de escrúpulos cuando desea darse placer.
¿Entonces? Lo mismo me preguntaba yo: «¿Entonces qué?»
—Va a suceder algo terrible, lo siento aquí —y se tocaba con un dedo el vientre
desnudo.
—No, mi amor, estoy aquí para protegerte y matar si es necesario.
—Qué pendejo eres; estoy hablando en serio.
Decidí esperar. Y no miento al decir que un miserable teporocho no se habría
sentido menos necesario, un jorobado, un ser al que una mujer desprecia y hace a un
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lado sólo porque de repente tiene un jodido presentimiento. Fue en ese momento que
abrimos una tercera botella de vino.
A las tres de la mañana, Magdalena tenía aún las pantaletas puestas, y además
estaba más borracha que un cura en su dormitorio. Al vino había seguido el whisky,
así que yo también me encontraba ebrio y fuera de combate. Pese a nuestro estado
crítico continuamos conversando. Quien haya conversado con una bella mujer que
sólo viste blusa y pantaletas sabrá que no existe placer tan bien construido en este
mundo. Quien no lo haya hecho debe continuar bregando en medio del mar.
—Tenías razón, Magdalena, tu presentimiento se ha vuelto realidad, sí, ha
sucedido una desgracia —dije, pero mis palabras no causaron en ella ninguna
reacción. Se limitó a decir:
—Siempre tengo razón; de hecho fui educada para tener razón, ¿o tú qué crees?
—Si quiero tener una erección tendré que esperar hasta mañana. Tú misma has
provocado la catástrofe —me quejé. No sé si arrepentida o sometida por el vino,
Magdalena me abrazó y puso sus labios sobre mi pecho:
—Perdóname, hombre, y sírveme otra copa.
En la recámara no existían rastros de un matrimonio ni de presencias infantiles.
¿A qué se dedicaba esta mujer? En la recámara se notaba la mano de varios sirvientes
esmerados y fieles. No había en ese departamento huellas de una vida en comunidad.
Me pregunté si Magdalena sería una viuda millonaria o una comerciante de piezas de
arte y no atiné a responderme porque me quedé dormido y desperté a las nueve de la
mañana del 19 de septiembre cuando el Distrito Federal ya se había venido abajo.
—La casa se ha puesto en huelga —me despertó Magdalena—. Nada funciona.
¿Qué carajos hiciste?
—Nada, estoy abriendo los ojos. ¿Pasa algo?
—Tampoco puedo hacer llamadas —Magdalena seguía ebria y caminaba ansiosa
de un lado a otro de la recámara.
—Tomando en cuenta tu comportamiento de anoche, creo merecer que
permanezcas conmigo esta mañana.
—Lo que necesitamos es un buen desayuno, conozco un buen lugar a dos cuadras
de aquí.
Salimos, descuidados y sonrientes. Dos cuadras fueron suficientes para darnos
cuenta de que, mientras dormíamos, la ciudad había intentado matarse. Mudos,
permanecimos de pie frente a los escombros de un edificio. Allí, desesperado, un
hombre arrancaba piedras de lo que había sido su casa. Pedía ayuda, pero cada quien
estaba concentrado en su propia desgracia: el polvo dando vueltas en el aire, el
silencio de camposanto roto de pronto por una voz desesperada, las miradas
incrédulas, la voz de un radio de baterías haciendo el recuento de los daños, cada
acción humana formaba la nota central de una sinfonía fúnebre, creándose, tomando
su lugar en la partitura. Tomé de la mano a Magdalena para volver a su casa.
Entramos a ciegas, como quien desea volver a un hermoso sueño que recién ha
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abandonado. Serví licor en dos vasos y bebimos en silencio hasta que Magdalena
volvió a quedarse dormida.
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MARIANA CONSTRICTOR
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Mariana mudó de carácter un jueves a las cuatro de la tarde, una hora, por cierto, en
que casi nadie se halla dispuesto a hacer nada. Si las razones de su muda fueran
conocidas se resolverían varios enigmas científicos y filosóficos. Quiero decir que el
esfuerzo empeñado en conocer el maldito origen de su temperamento bastaría para
encontrar remedio a las leyes de la termodinámica. No existe manera de saber por qué
su semblante pausado y sabio se transformó de pronto en un temperamento amargo
como el té de alcachofa, un humor agresivo a juzgar por los puntapiés que me da en
los tobillos cuando se encabrona y quiere morirse. Mudó de piel como lo haría una
boa constrictor. Y no por ello voy a cometer el desaguisado de llamarla «la Boa
Mariana», ni nada parecido, nada de «la pinche víbora que patea los tobillos» o «la
zorra que se arrastra como víbora»; no voy a decir cosas así, aunque no dejo de
pensar que se trata de una buena comparación, no demasiado sofisticada ni
imaginativa, pero acertada. Las boas no son peligrosas si eres un ser humano, pero si
tienes cierto parecido a los ratones o a los murciélagos entonces lo más conveniente
es mantenerse a distancia. De todas formas alguien te tachará de cobarde. Las boas
aprovechan las noches para cazar y a lo largo del día duermen como ninfas
silenciosas en las copas de los árboles. No podría asegurar que sean holgazanas
porque no conozco sus costumbres, pero de que duermen a pierna suelta, lo hacen.
Mariana no parecía ser peligrosa y durante el día pasaba inadvertida, su silencio no
era ruidoso, como suele ser el silencio de las personas malvadas, y sus movimientos
te hacían pensar que el tiempo bostezaba amodorrado a su lado. Por el contrario, en
las noches despertaba, comía ratones y la presión de sus piernas podía astillarte los
huesos más calcificados. Los ratones a los que aludo no eran pequeños animales, sino
hombres que la acechaban aprovechándose de mi ebriedad y mi distracción. Entre
estos roedores humanos había desde zalameros, enanos y pusilánimes hasta una que
otra buena persona. Mariana se los tragaba enteros y tardaba muchos días en llevar a
cabo la completa digestión. Quizás ésta era una de las razones de su aparente
pasividad: ella bostezaba mientras un estúpido agonizaba dentro de su estómago. ¿A
cuántos estúpidos se tragó la boa Mariana?
Las boas viven hasta cuarenta años en cautiverio y el jueves a las cuatro de la
tarde en que Mariana mudó de carácter acababa de cumplir treinta y cinco. A los
ebrios nos resultan bellas las mujeres de casi cualquier edad, siempre que sean
piadosas y no estén buscando quien pague los platos rotos de su pasado. Quiero decir
los verdaderos ebrios, no los borrachos ocasionales que cierta noche se embriagan,
pierden la inhibición y derrochan a manos llenas sus sentimientos. Yo habría querido
mantener a Mariana en cautiverio, alimentarla de esos ratones que tanto le gustan,
poner a su servicio un bebedero de agua cristalina y colocar duras y abundantes
ramas en toda la casa para que ella trepara y mantuviera cálido su cuerpo. Pero ella
quiso salir a conocer el mundo y ahora vivirá menos tiempo, aunque probablemente
será más dichosa.
La tarde del jueves, reposando ambos en la cama, Mariana despertó de su
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acostumbrada siesta y me susurró al oído estas contundentes palabras: «He decidido
cambiar». No se refería a cambiar de posición en la cama, sino a mudar de piel y a
buscarse la vida en la intemperie. Durante mi larga vida la escasa felicidad que he
llegado a disfrutar me ha encontrado siempre en posición horizontal. Pero esta vez
fue distinto, y aún tirado en la cama la noticia de que Mariana deseaba cambiar de
piel me entristeció. Lloré muchas horas en la cocina abrazado a la vieja y cariñosa
nevera. ¡Qué buena amistad la que tengo con la nevera!
Alguna vez escuché en la barra de una cantina a un viejo de semblante cadavérico
responder a la pregunta: «¿Por qué no has tenido hijos?», con la frase siguiente:
«Tuve semen, pero no tuve tiempo». Es probable que la insistencia de Mariana por
cambiar de piel hubiera tenido que ver con el asco que me producen los bebés. Las
boas son capaces de parir cerca de veinte crías de una sola tirada, lo que bien mirado
es un episodio despiadado y monstruoso. No me imagino a un ebrio cuidando veinte
crías dentro de una cuna sin imaginarse por un momento que está viviendo una
temporada en el infierno. No creo develar una intimidad si cuento que Mariana se
ponía muy caliente durante la época de lluvias y que más de una vez estuvo a punto
de estrangularme con su hermoso cuerpo. Si bien la temperatura ideal para las boas
constrictor oscila entre los veinticinco y los treinta grados centígrados, durante la
época de lluvias estas víboras se olvidan de toda clase de protocolo y arrojan el
termómetro a la basura. Es probable que mis palabras revelen cierta dosis de
despecho, pero yo no veo las cosas de esta manera. Los ebrios sabemos que cualquier
mujer que viva a nuestro lado nos hace un invaluable servicio y que tarde o temprano
se marchará para hacer su propia vida.
El jueves en que me comunicó Mariana que cambiaría de aires, noté en sus
palabras cierta amargura aún no asimilada. No encontré en su ánimo ningún vestigio
aventurero, sino más bien el sosegado entusiasmo que dan al unirse la sabiduría y la
resignación. Y ahora que ella no está aquí y cuento con el tiempo suficiente para
rumiar el pasado, viene a mi memoria un hecho que hasta hoy toma densidad y se
hace importante. Cuando yo me encelaba a causa de todos esos ratones que se comía
Mariana, mi reacción era violenta y desesperada, la increpaba duramente, lanzaba
objetos contra los muros y abandonaba la casa por dos o tres noches (en una ocasión
me fui dos semanas). En cambio, las pocas veces que ella estuvo celosa al notar que
otra mujer me atraía de manera fuera de lo común, guardaba silencio y se acicalaba
más de lo normal sólo con el fin de hacerme sufrir y que me dolieran las costillas. Yo
no podría afirmar qué hacía ella exactamente para tornarse más hermosa, acaso el
vestido ajustado, el cabello sin orden, los zapatos que sabía combinar tan bien con sus
pupilas. ¿Cómo pasaba de ser una Boa constrictor imperator mexicana a una Boa
constrictor melanogaster ecuatoriana? No lo sabré nunca, ni siquiera dejando de
beber. He considerado pedir ayuda a un experto en víboras, pero no quiero escuchar
nuevas tonterías. Me bastan con las que invento yo.
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SHIN BU KAN
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Me habría dedicado a recorrer todos los hospitales de la ciudad, pero jamás he
meditado seriamente sobre el pasatiempo más adecuado para consumir los días de
una vida que desde joven supe sería corta como un amanecer. Me pregunto si existen
personas que nunca han sido internadas en un hospital, pero me respondo que esa no
es una pregunta correcta, ¿qué puede importarme a mí la vida privada de otras
personas, sobre todo si tienen várices o si se enferman seguido? En cambio, sé de una
mujer que vivió a mi lado durante quince años en una casa humilde hasta que una
mañana, cuando extraje la correspondencia del buzón, ella quiso saber a quién iba
dirigido el sobre amarillo.
—¿A quién está dirigido el sobre amarillo? —preguntó de manera enérgica.
El nombre estaba escrito en letra de molde sobre la superficie, unos dólmenes
diminutos construidos con tinta negra que decían: Celia Hinojosa.
—No estoy seguro si tú eres Celia o yo soy Celia —dije. Mi estómago se hizo
polvo y esa misma noche decidí marcharme de la humilde casa de la colonia Roma.
Quince años son suficientes para perder la identidad. Las manos de una mujer se
vuelven la herrumbre de las manos del hombre. Los ojos, sobre todo los ojos,
cambian de cuencas de manera indistinta. En la mesa, el respaldo de la silla toma la
forma de tu columna vertebral y la sopa sabe a unas lentejas que un inocente cocinero
comenzó a preparar varias centurias atrás. Lo bueno de abandonar a Celia, o de
intentar no ser Celia, fue que de inmediato me fue dado un oficio: me volví alimento
de la ciudad. Si una persona se acomoda en la banca de la plaza pública una paloma
flacucha, olorosa a mierda, comenzará a picotearle la coronilla del cráneo. La
cuestión: no me senté en la banca de un parque, sino que abrí las puertas de una
cantina para tomar cerveza fría; le dije al mesero: Quiero una cerveza tan fría como
las que sirven en las cantinas de Torreón.
—No, señor, tendrá que conformarse con la temperatura de nuestro refrigerador.
—¿Y qué pensaría usted si le dijera que es la última cerveza que tomaré en mi
vida?
—En ese caso podría bajar al máximo la temperatura del congelador, aunque
tendría usted que pagar un poco más. El precio de la luz está imposible.
—Está bien, tomaré lo que me ponga usted en la mesa, y gracias por preocuparse.
Las cervezas no tenían buen sabor, pero me hicieron sentir joven, como el perro
que va pasando y no ha sido jamás vacunado. De pronto me vi caminando alrededor
del mercado de la colonia Escandón y al reparar en la marquesina oscura de una
vinatería reconocí las huellas de una calle conocida: José Martí. Los hoteles de la
zona tenían abiertas sus puertas sólo para mí, aunque no me sentía con ánimos de
encender una de esas lámparas que están sobre los burós de las habitaciones. Me
habría muerto de tristeza de haber encendido una de esas lámparas, todas ellas feas y
lóbregas. A las puertas del hotel Escandón me detuve a mirar los cables de luz, pero
no se me ocurrió que pudieran representar nada.
En una banca de cemento del Parque Morelos descubrí sentada a una mujer que
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recién había sufrido un ataque. Me pareció que sollozaba, pero la sangre de su rostro
estaba quieta y sólo sus piernas temblaban incómodas. Habían intentado robarle su
bolso, a una cuadra de la escuela de karate Shin Bu Kan, a la una de la mañana, cerca
de una pequeña caseta policíaca donde un mozo tomaba apuntes, respondía las
llamadas o le ponía una veladora a la Virgen de Juquila. El mozo sabía barrer, pero no
estaba armado. Mala suerte, porque los mozos podrían utilizar sus armas mejor que
los propios gendarmes.
—¿Se siente bien, señora? —le pregunté, consternado.
—Sí, creo que me han roto una costilla.
—¿Desea que llame a una ambulancia?
—Por favor, no llame a nadie. En unos minutos estaré en mi casa, sólo tengo
miedo.
—Si desea la acompaño, no tengo nada qué hacer.
—No, señor, de hecho tengo miedo también de usted —dijo. Le ofrecí una
servilleta para limpiarse la sangre.
—Me iré en seguida —le prometí.
—Los alumnos de la escuela de karate podrían haberme defendido, pero se hizo
tarde. A la una la escuela ya está cerrada.
Cuando la mujer se marchó, pensé haber resuelto el problema que había ocupado
mi mente durante la última década. Seguí caminando en el sentido del tráfico que a
esas horas no estaba presente. Cuando uno muere no reencarna en un animal o en un
mueble —aquello que reencarna en un venado o en un alemán es el Ser—, sino que
vuelve a vivir la misma vida por toda la eternidad. Vivir la misma vida por toda la
eternidad es exactamente lo mismo que vivirla una sola vez, no hay modo de hacer
diferencia. Fue entonces, cuando supe que no reencarnaría en Jorge Luke, que
descubrí a los tres jóvenes de apellidos diferentes esperándome en la esquina de las
calles Unión y Progreso. Podrían ser los mismos que atacaron a la mujer del bolso,
pero no había manera de saberlo. Uno de ellos tenía una gorra de béisbol, los dos
restantes eran gordos. Los enfrenté en nombre de Celia Hinojosa, la mujer que recién
había yo abandonado.
—Vean nada más lo que puede salir del coño de una cerda —reflexioné en voz
alta.
—No te pases de listo —dijo uno de ellos aproximándose a mí.
—Tan sencillo que sería matarlos, sobre todo a ti, tocino —amenacé.
—Ya estuvo, cabrón, te jodiste —exclamó uno de los gordos.
—¡Ácido! ¡Ácido en el coño de todas las puercas que los parieron!
Mis gritos atrajeron la atención de los vecinos, se encendieron más luces de las
habituales a esa hora de la noche, un auto aminoró la velocidad, pero dentro no venía
un periodista. Como consecuencia del odioso escándalo, los canallas apenas si me
patearon la espalda, me abrieron en dos un pómulo y me arrancaron los cabellos. Si
me incorporé fue gracias a la fortaleza de una maceta que descansaba en su tripié a la
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entrada de un recibidor. La maceta enorme, redonda, ¿por qué no se la habían
robado?
He llegado al hospital caminando por la calle Sindicalismo, descansando cada
veinte metros, balbuceando una imaginaria y antigua alineación del Benfica: Moretto,
Luisão, Nicoli, Rui Costa, Gomes, Simão Sabrosa… La noche ha traído de algún
lugar lejano un viento frío, un aire desterrado cuyo filo monda los huesos de un
montón de desgraciados cubiertos apenas con suéteres delgados e inservibles. Los
mismos suéteres que Celia usó en su primera juventud, cuando éramos todavía más
pobres que ahora. «Es mejor tirarme de una vez y esperar a que los médicos y todas
esas idiotas vestidas de blanco, llenas de piojos, salgan a recogerme.» Puedo oler ya
el aroma del alcohol y los algodones tiesos, las cagadas de enfermos que despiertan
aullando a media operación; me encuentro cerca de una cama blanda y blanca, de la
música estereofónica que creo escuchar en el silencio que alberga los pasillos del
hospital: El padrino, El último tango en París, Romeo y Julieta, y también muy cerca
de los bocadillos que suelen ofrecerte después de que una jeringa te quita el peso de
varios litros de sangre. Y esta vez no estoy fingiendo, pues el corazón está a punto de
detenerse y siento que mis venas dejan de temblar y mis ojos se vuelven incapaces de
distinguir entre el verde y el amarillo, y entre los que son doctores y aquellos que sólo
son camilleros.
No quiero esperar y me tiendo en el piso como en un féretro o en una cama
angosta; entonces escucho un grito, golpes de zapato martillando la acera, Luisão
despejando el balón del área chica, las ruedas de la camilla: todos y todo viniendo
hacia mí; y también voces: «¿Cuál es su pulso? Está frío como una paleta, ni modo,
tendremos que internarlo, ¿quién es el médico de guardia? ¿Señor, tiene usted una
tarjeta de crédito?» Allí, desde mi posición en el suelo, percibo el olor del hule y la
gasolina de los autos y los orines de los perros, y otros aromas que no puedo
identificar. Creo, me imagino, que la presión vuelve a subir hasta la cima, la sangre
corre a mil por hora, mis venas son la cerbatana por donde viaja el dardo mortífero.
Antes de que atine el blanco siento los dedos de alguien tocarme la carótida, entonces
balbuceo, lo hago porque quiero que los médicos tengan la mente despierta. No es
necesario, ya que han descubierto en mi bolso tres tarjetas de crédito, una de ellas
dorada: «¿Cómo se llama tu madre, cucaracha?», digo, pero nadie me escucha: «Creo
que quiere decirnos algo. ¿Cuál es su nombre, señor? ¿Desea que le avisemos a su
familia?» Son unos estúpidos, tal vez porque estamos en noviembre y en este mes
suceden cosas: la gente se muda de casa, el alcohol sube de precio y los pájaros
chillan cada vez que ponen un huevo. Pienso en un nombre de mujer, todos los
nombres menos el de Celia: «Elena, Elena pagará todo, ayúdenme», digo cuando la
camilla corre ya ligera por un pasillo angosto de tabiques blancos y luces opacas,
como el esófago de un ganso: no sé por qué siempre que estoy en un hospital pienso
en aves, lechuzas y patos. «¿Señor, me escucha? ¿Puede decirnos qué sucedió?» Ya
sólo me queda dormir, ¿cómo se llama esa ave que tiene boca de pato y es anfibio
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también? Es un ave fea que no es una cosa ni otra, y tiene unas patas planas, pero no
importa porque al fin escucho la música, es El Padrino; sí, podría dar mi alma al
diablo si no es el tema de El Padrino.
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EL DÍA DE SAN JUAN
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Una nueva oportunidad tocaba a la puerta de Lisandro Martínez. Gracias a la
recomendación de su cuñado había sido contratado como guardia bancario sin
necesidad de realizar trámites penosos o pernoctar en humillantes hileras de
desempleados. Después de varios meses sin trabajo, agobiado por depresiones
constantes, su familia podría nuevamente sentirse tranquila: Lisandro Martínez sería
un guardia de seguridad pese a no haber tenido jamás un arma en las manos. El
empleo sería más sencillo de lo que había imaginado ya que, contra sus predicciones,
no portaría pistola ni tampoco un incómodo uniforme con botonadura dorada, ni
mucho menos quepí. Una de las primeras tareas que llevaría a cabo Lisandro en su
nueva empresa consistiría en proteger obras de arte. Cuando le comentó a su mujer el
rumbo de sus nuevas actividades, ella se mostró hasta cierto punto orgullosa, aunque
no fue capaz de precisar qué significaba exactamente una obra de arte.
—Me imagino que tendrás que cuidar monumentos en alguna avenida —dijo, no
muy convencida. Era una mujer joven, menuda, de movimientos nerviosos.
—No, mujer —intervino Lisandro—, es un museo donde guardan pinturas que
tienen mucho valor.
—¿Y si tienen tanto valor por qué no te dan una pistola para cuidarlas? Las vidas
son más valiosas que cualquier pintura. ¿Qué vas a hacer si alguien intenta robarlas?
Por lo menos deberían enseñarte karate.
—Parece ser que las personas que asisten a esa clase de museos no se sienten bien
cuando ven policías armados.
La mujer de Lisandro se decepcionó. ¿Acaso a los museos no asisten personas
normales? Las personas normales desean ser protegidas y para ello es necesario que
el encargado de hacerlo posea un arma.
—¿Te contrataron para ser guardia bancario o para cuidar tonterías dentro de un
museo? Exige que te den por lo menos una pistola.
Aun cuando Lisandro no conocía los pormenores de su nuevo empleo, cultivaba
las mismas dudas que su mujer: ¿por qué no estar preparados ante un inminente
ataque perpetrado por los ladrones de arte? En estos días existen ladrones para casi
cualquier clase de cosas. Sus dudas se despejarían sólo a medias después de la
primera reunión de trabajo dos días antes de que la muestra de pinturas se abriera al
público. El instructor recomendó a los guardias ser corteses con los visitantes, pero
muy exigentes en lo concerniente a respetar las reglas: «El dinero siempre se puede
reponer, pero la mayoría de los artistas que pintaron estas obras están muertos y no
podrán repetir su trabajo», recitaba con seriedad el instructor. Como el resto de sus
compañeros, Lisandro vestiría con un traje azul marino, bastante elegante para su
opinión, aunque un poco holgado. El traje pertenecería a la institución bancaria hasta
que se cumplieran los primeros tres meses de labores; después de ese tiempo los
empleados podían considerarlo de su propiedad. La exposición se llevaría a cabo en
un palacio colonial propiedad del banco, ubicado en el centro de la ciudad: el palacio
de Jaral del Berrio, mejor conocido como el Palacio de Iturbide. Hasta entonces
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Lisandro se enteró de que los bancos poseían obras de arte y que éstas formaban parte
de su patrimonio.
—Los bancos son dueños de todo lo que hay en el mundo —sugirió su mujer.
—Deben ser las pinturas de los deudores. Si no le pagas al banco viene y te quita
hasta lo que no tienes. Me pregunto si también tienen estufas o lavadoras.
—Ten cuidado, Lisandro. Puede haber por allí uno que quiera recuperar a toda
costa lo que es suyo. ¿Por qué vas a pagar tú las marrullerías de los bancos?
Las pinturas estarían repartidas en dos pisos divididos a su vez en salones. En
cada salón se apostaría un mínimo de tres hombres cuya obligación sería mantener el
orden durante la muestra. Los compañeros de Lisandro poseían experiencia suficiente
en esos asuntos ya que, a excepción de él, casi todos presumían tener por lo menos un
año de experiencia. Incluso escuchó a uno de ellos decir que cuidar pinturas era un
trabajo tan aburrido como cuidar niños o masturbarse hojeando revistas. A manera de
límite se marcaron líneas en el piso que por ningún motivo tendrían que ser rebasadas
por los espectadores. Nadie podía tocar los óleos ni tampoco se podrían utilizar
plumas u objetos metálicos para tomar notas. Los lápices estaban permitidos siempre
que fueran obsequiados a la entrada de la exposición: unos inofensivos lápices de
goma importados de Europa para la muestra.
Lisandro estaba sorprendido de que se destacaran tantos hombres para resguardar
cuadros donde lo único ausente era la belleza. Fuera de los paisajes cercanos a la
puerta de entrada o de unas caricaturas que le parecían divertidas, el resto no eran
más que manchas, cuerpos deformes, rostros mal dibujados y lienzos manchados de
colores que no armonizaban entre sí. Si hubiera tenido que cuidar un bote de basura
no se habría sentido tan poco indispensable. Al menos dentro de un bote de basura se
encuentran objetos que todavía pueden ser útiles. La noche que siguió a su primer día
de trabajo comentó con su esposa sus primeras impresiones. Ambos estaban sentados
a la mesa mientras que su pequeño hijo miraba televisión en una recámara.
—Con decirte que en la muestra hay un par de cuadros pornográficos. Por suerte
no se encuentran en la sala que está a mi cuidado.
—Ni modo, Lisandro. Por el momento lo importante es salir del paso. Ya
encontraremos un empleo más decente.
—Si por lo menos cuidara dinero sabría que mi trabajo tiene sentido, pero estoy
exponiendo mi vida por pinturas que no son más que manteles llenos de manchas.
—¿Cómo es que las manchas pueden ser obras de arte?
—Tal como te digo, las manchas son obras de arte. Y yo tengo el deber de
protegerlas. ¡Carajo!
Los días se sucedieron sin que se presentara ningún hecho extraordinario hasta
que una mañana de domingo un hombre calvo de baja estatura y barba mal rasurada
se aproximó demasiado a un cuadro que mostraba un balneario atestado de gente. La
pintura llevaba por nombre El día de San Juan y a Lisandro le recordaba los fines de
semana cuando su padre llevaba a la familia entera al balneario de Oaxtepec. Qué
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días aquellos, cuando su padre se levantaba tan de buen humor como para anunciar a
su esposa e hijos que esa mañana tomarían carretera.
Lisandro se aproximó al espectador para pedirle que no tocara con sus zapatos la
línea marcada en el piso. Intentó ser cortés, pero su consejo no fue siquiera escuchado
ya que el hombre continuó hablando con una mujer que, atenta, escuchaba sus
palabras.
—Creo que el atributo principal de esta pintura es que a través de un rígido
dominio de la perspectiva el artista provoca que cada uno de los cuerpos pintados
posea una presencia real.
Lisandro no comprendió lo que ese hombre de barba mal cuidada comunicaba a
su mujer. Volvió a insistir:
—Señor, no rebase la línea que está marcada en el piso, ni se acerque demasiado
a la pintura.
—Sin duda es éste uno de los mejores cuadros de Julio Castellanos. Mira esos
rostros famélicos intentando divertirse. Son como ratas dentro de una piscina.
Estas últimas palabras calaron en el corazón de Lisandro. ¿De manera que para
estos tipos los hombres que se divertían sanamente con sus hijos dentro de una
piscina no eran más que ratas? No conforme, el hombre casi tocaba con la punta de
los dedos la superficie del óleo. Era calvo pese a no ser un viejo y tenía los labios
rojos, húmedos como un gusano recién nacido.
—Señor, escúcheme por favor —Lisandro dio un paso para interponerse entre la
mano del espectador y la pintura—, no puede usted acercarse a la obra.
—¿Pero, por qué? El arte nos pertenece a todos mientras no lo dañemos. Usted no
me va a enseñar como tratar una de estas obras —respondió el hombre, cortante.
—Son órdenes, señor. Esta obra pertenece a la colección del banco. Puede usted
tener las opiniones que quiera sobre las pinturas, pero no a menos de un metro —
Lisandro experimentó una gran satisfacción al escuchar de su propia boca palabras
tan contundentes. No se amedrentaría frente a nadie.
—Qué va a saber esta gente, carece en absoluto de sensibilidad —esta última
frase iba dirigida a su acompañante, aunque con la intención de que no pasara
inadvertida por el guardia.
—Usted podrá ser un bocón, pero no tiene más sensibilidad que yo. Hago mi
trabajo para que mi familia pueda comer. Y lo hago sin ofender a nadie, ¿me escuchó
bien? Sin ofender a nadie.
—Haga su trabajo, pero no moleste a las personas que vienen a ver la exposición.
—Entonces no rebase la línea ni toque los cuadros. Ni ofenda a la gente.
La ofuscada pareja caminó lentamente hacia el siguiente cuadro ante la mirada
acechante de Lisandro. Nadie le impediría cumplir con su trabajo ni contarle a su
mujer lo sucedido. Ella estaría tan orgullosa que quizás lo comentaría también con las
vecinas: todos en el barrio sabrían que su esposo, Lisandro, guardia de seguridad,
protector de obras de arte, había puesto en su lugar a uno de esos estúpidos
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sabelotodo.
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EL LLANTO DE LOS CORDEROS
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Mi padre trabaja como director de una asociación que está a favor de la vida. Casi no
lo vemos en casa porque pasa su tiempo en convenciones y reuniones con otras
personas que aman la vida tanto como él. Mi madre no bromea cuando dice que es
más sencillo verlo en televisión que en casa. En ocasiones, cuando requiere tratar
asuntos más íntimos con señores importantes los invita a casa, pero a mí me
desagrada su presencia porque se muestran siempre demasiado cariñosos conmigo.
No soporto que me palmeen las nalgas sólo porque tengo doce años. Pueden hacerlo
con mis hermanos menores, pero yo me considero ya casi un hombre y no me gusta
que me toquen las nalgas. Mis hermanos tampoco parecen sentirse bien con las
visitas y las caricias de los licenciados (todos son curas o licenciados).
Una vez que los visitantes están acomodados en la sala comiendo galletitas y
bebiendo el agua de limón que prepara mamá, mi padre escoge al azar a uno de sus
ocho hijos para que, en el centro de la sala, pronuncie unas palabras acerca de su más
reciente lectura de la Biblia. Durante la semana mi madre debe cumplir con el
encargo de hacernos leer y memorizar pasajes bíblicos; hay que estar preparados pues
no sabemos cuándo mi padre nos someterá a un examen público: es mucho peor que
la escuela. Recuerdo que hace unos meses fui el elegido para hablar acerca de uno de
los capítulos del antiguo testamento. Mi padre me había escogido porque entre los
invitados estaba el licenciado Marín, quien ocupa un puesto importante en una
universidad que dona fondos a la asociación de mi padre. Si bien mis actuaciones
eran desganadas, jamás titubeaba ni olvidaba los nombres propios. Esa tarde, sin
embargo, las cosas habrían de ser muy distintas. Antes de comenzar mi intervención
fui a la cocina por el cuchillo más grande que pude encontrar en los cajones de la
alacena. Cuando volví a la sala narré con voz temblorosa el asesinato del comandante
de los asirios a manos de una joven viuda llamada Judith.[1] En el momento en que
con la mano izquierda tomaba imaginariamente de los cabellos a Holofernes para
cercenarle la cabeza, clavé mis pupilas en el hombre que solía palmearme las nalgas.
Desconcertado hasta la médula, el licenciado Aristegui se quitó los anteojos y fingió
rascarse las rodillas. Mi padre, en cambio, me contemplaba tenso y aterrado mientras
que el resto de sus amigos sonreía de una manera bastante agria.
—Creo que no has sabido interpretar a Judith —dijo mi padre, titubeante, pero
conciliador—. Ella no sentía odio hacia ese hombre. Si lo asesinó fue porque era la
única manera de salvar al pueblo judío. Además su mano estaba guiada por una mano
más poderosa: la mano de Dios.
—Es una asesina —dije yo con lágrimas en los ojos—. Una asesina que mata a un
hombre dormido que no puede defenderse.
—Holofernes no era un hombre indefenso, hijo. Tenía el ejército más poderoso de
aquella época.
—Judith lo mató porque la acariciaba sin su permiso.
—Pide una disculpa y vete a dormir.
Desde entonces mi padre ha evitado convocarme al centro de la sala para narrar
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pasajes bíblicos. Ha sido una buena decisión de su parte. A diferencia de mis
hermanos, yo he sido el más beneficiado con el castigo, pues ahora los licenciados se
cuidan de hacerme caricias o darme mordiditas en el hombro: saben que puedo
cercenarles la cabeza con el mismo cuchillo que utilizó Judith para matar al
comandante asirio evitando así la muerte del pueblo judío.
En ocasiones suelen visitarnos también hombres de iglesia, sacerdotes que sientan
a mis hermanos en sus piernas mientras toman fondillón alicantino, anís o licor de
manzana. Uno de ellos fue maestro de mi hermano Jerónimo en el colegio donde
ahora me encuentro yo. Jerónimo está por cumplir los once años y siempre ha sido un
niño tímido, aunque perspicaz. Mi padre dice que el director del colegio y maestro de
Jerónimo es un hombre de grandes méritos en nuestro país: un ser bondadoso que
mantiene viva su preocupación por la gente más pobre. Una prueba de su
misericordia es que antes de comenzar a dar sorbitos a su copa de licor le lleva un
vaso de agua a su chofer que lo espera dentro de su lujoso automóvil. Jerónimo dice
que este sacerdote lo obliga a quedarse en la escuela después de clases con el fin de
que mejore sus matemáticas. Una vez que mi hermano resuelve las ecuaciones para
las que siempre resultó bastante dotado, el sacerdote comienza a sermonearlo. Le
recuerda lo importante que es mi padre en nuestra sociedad. Su oposición al aborto ha
sido fundamental para que tantos pequeños niños amenazados de muerte antes de
nacer respiren ahora el aire de nuestra ciudad. «Como tu padre es un hombre que
lucha contra el pecado —sostiene convencido el sacerdote— es normal que el
demonio intente atacar a sus hijos. Así que debemos estar preparados».
—Me da asco que me pase la lengua entre las piernas —me confiesa Jerónimo
como si, resignado, se refiriera a un incidente escolar sin importancia alguna.
—Es un pinche maricón. La próxima vez dale una patada en los huevos —le
aconsejo, indignado.
—Dice que es una manera de ponerme a prueba.
—Voy a decírselo a mi padre.
—Ya se lo dije, pero no me cree. Estuvo a punto de darme una trompada.
Los curas amigos de mi padre donan dinero para que su asociación pueda
continuar defendiendo el derecho que tienen los niños a vivir. Mi madre nos ha dicho
que gracias a las generosas cantidades que depositan los religiosos en el banco, su
esposo puede continuar llevando a cabo sus heroicas tareas. Como a causa de mi
extraño comportamiento fui expulsado de las reuniones que celebran mi padre y sus
amistades, le aconsejé a mi hermano Rodrigo que, cuando lo obligaran a relatar un
pasaje bíblico, eligiera aquel donde Abraham está a punto de matar a su propio hijo.
[2] Rodrigo cumple diez años en agosto y como su signo zodiacal es Leo pasa el
tiempo peinándose o improvisando caras frente al espejo. Es tan listo como Jerónimo,
pero sin duda es más valiente. Cuando hace unas semanas mi padre lo conminó a
hacer su relato delante de dos licenciadas regordetas, diputadas y comisionadas para
el financiamiento de varias organizaciones filantrópicas, Rodrigo llevó a cabo una
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representación prodigiosa.
—Entonces Dios le pidió a Abraham que matara a su hijo. Se lo pidió porque
deseaba ver mucha sangre en el piso —dijo Rodrigo. Los ojos de mi padre saltaron de
sus cuencas. ¿Cómo que Abraham deseaba ver sangre?
—No, hijo, ¿quién te ha dicho una cosa semejante? —las diputadas tomaban de
sus tacitas mirando sus rostros en el café.
—Está en la Biblia —dijo Rodrigo, solemne.
—No es cierto. Dios sólo quería probar la fe de Abraham.
—Engañó a su hijo Isaac prometiéndole que iban a comer cordero cuando la
verdad es que se lo quería comer a él.
—¡Rodrigo! ¡El cordero iba a ser inmolado!
—¡No había ningún cordero! ¡Engañó a su hijo para matarlo!
Mi padre no tuvo problemas para saber quién había aleccionado a Rodrigo. De
manera que las recitaciones en público terminaron no sólo para mí sino para todos
mis hermanos. De allí en adelante tuvimos prohibido abrir la boca en tanto una visita
permaneciera en casa. Fue una lástima porque yo había instruido a mi hermana
Georgina, de ocho años, a relatar un pasaje que aludía a la destrucción de Sodoma.
Georgina tenía la consigna de narrar el episodio que comienza cuando dos jóvenes
ángeles llegan hasta casa de Lot en Sodoma para rogarle hospitalidad.[3]
—¿Y estos angelitos tenían alas? —me preguntó Georgina. Mi madre la había
acostumbrado al uso de los odiosos diminutivos. Para Georgina todo lo referente a la
religión se hallaba ligado a los diminutivos: angelitos, virgencitas, padrecitos.
—No, Georgina. Eran jóvenes como yo, como todos los que estamos en edad de
ir a la secundaria.
—¿Llevaban uniforme?
—La Biblia no dice que llevaran uniforme. En esa época no había escuelas como
ahora. Escucha bien: cuando el pueblo se entera de que estos jóvenes se encuentran
en casa de Lot pide que le sean entregados.
—¿Por qué? ¿Los ángeles eran malos? —me interrogó Georgina.
—No eran malos, pero los sodomitas querían hacer en sus cuerpos cosas malas.
Entonces Lot sale de su casa para discutir con el pueblo. Y quiero que memorices
bien estas palabras, Georgina. Pon mucha atención en lo que voy a decirte. Son las
palabras que Lot dice a los sodomitas: «Les ruego, hermanos míos, que no hagan esta
maldad. Miren, tengo aquí dos hijas que aún no han conocido varón. Las sacaré fuera
para que hagan con ellas lo que quieran, pero dejen en paz a estos hombres».
—¡Eso no es cierto! —berreó Georgina—. ¡Los papás cuidan a sus hijas!
—¿Sabes quiénes son esos ángeles, Georgina? Somos Jerónimo, Rodrigo y yo.
¿Y te imaginas quiénes representan al pueblo de Sodoma? Todos esos pendejos que
vienen a visitar a mi papá.
—Mi papá no va a entregarme con ellos —chilló Georgina.
—Sí, lo hará.
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Días después de este episodio, Georgina contó lo ocurrido a mi madre, quien a su
vez se lo comunicó a mi padre. Entonces decidieron internarme en un colegio
religioso. La verdad es que no me desagrada vivir en este lugar. Es muy fácil
mantener contentos a los curas. Por lo general sólo te piden dos cosas. La segunda es
guardar el secreto.
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EL JARDÍN DE LOS CIEGOS
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La avenida se ha tornado tan importante que cada vez que somos visitados por un
presidente extranjero, el comité de bienvenida tuerce el camino para hacerlo pasar por
allí. Si el presidente es joven y proviene de un país pobre se sorprende con los lujosos
edificios modernos que flanquean la avenida. «¡No me esperaba tanto progreso!»,
piensa para sí. Si, en cambio, nos visita el presidente de un país rico, el hombre no
cesa de bostezar sin ocultar su aburrimiento. Los asaltos más cuantiosos e
importantes ocurren también en esta avenida, lo que demuestra que, como en todo,
existen ladrones muy ambiciosos y desinhibidos. En los camellones centrales se
levantan esculturas de poetas que nadie conoce porque en las librerías no se venden
sus libros: son poetas cuyos nombres se encuentran sólo en libros de historia: son
nuestros próceres. Los árboles son altos, pero, sin que nadie logre explicar el motivo,
ningún pájaro se posa en sus ramas. Yo no tengo interés en saber por qué los pájaros
escogen para posarse una rama en lugar de otra. Que hagan lo que se les antoje, como
cuando dejan escapar su excremento sin importarles dónde va a caer. Cerca de la
pomposa avenida existe un bosque con un lago en el centro donde tampoco los patos
desean vivir. Se reúnen en grupos numerosos a las orillas del agua verdosa, mirando
hacia el horizonte. ¿Hacia dónde miran esos patos? Durante las mañanas en que el
cielo ya ha tomado su verdadero color voy a hacer ejercicio a este bosque y a veces
me detengo a observar a los patos: uno de ellos es tan feo que oculta su pico en el
plumaje de sus compañeros. Puede que sea mi imaginación. Desde hace unos meses
me preparo para afrontar la vejez corriendo cuatro kilómetros diarios, distancia
suficiente para sentirme exhausto por el resto del día. Después de haber recorrido los
cuatro kilómetros no deseo un vaso de agua, ni refugiarme bajo la sombra de un
árbol, sino que alguien me fabrique con sus manos un ataúd. Creo que me sentiría
seguro allí dentro. Al embarcadero del bosque se llega descendiendo unos breves y
agrisados escalones de cemento, pero hay que tener cuidado porque una suave capa
de lama los ha tornado resbaladizos. Se me ha ocurrido que remar es también una
actividad sana, pero temo que debido a mi inexperiencia pueda perder el control de la
embarcación y termine sumergido en el agua sucia. Varias veces me he imaginado
tragando ese líquido espeso con sabor a mundo antes de morir ahogado, rodeado de
pequeños y testarudos acociles. Correr en el bosque es uno de los pocos placeres que
aún disfruto, además de dormir, imaginarme serpientes y mirar por la ventana de mi
viejo departamento. Llevando las cosas a un extremo prefiero ser un hombre que mira
a ser un hombre que participa. Es una declaración pedante, pero es descriptiva y
cierta.
Hace ocho meses, cuando me dirigía hacia el bosque y recorría esta avenida que
gusta tanto de mostrarse a los presidentes, me encontré con un grupo de personas
vestidas todas de manera sumamente formal. La mayoría tenía el cráneo
descabellado, viejos que, sin embargo, lucían esplendorosas sonrisas: no tenían
cabello pero sus dientes se hallaban todos en su lugar. Se disponían a colocar la
primera piedra de lo que habría de ser un edificio de altura considerable. Me detuve a
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escuchar un discurso de varios minutos en el que un hombre de modesta estatura
mostraba su agradecimiento a otros hombres que estaban a su lado, orgullosos de
invertir su dinero en un edificio que desde ahora tendría ya que considerarse el
monumento más alto de la ciudad. Después habló otro hombre que a su vez agradeció
las palabras del primero y expresó nuevos agradecimientos al resto de la comitiva.
Así se llevaron más de media hora. A partir de ese día comenzaron las excavaciones
del terreno: numerosas hileras de camiones circulaban todos los días llevando en sus
lomos cascajo, desperdicios, tierra lodosa. El hoyo era tan profundo que nadie mayor
de quince años sobreviviría a una caída desde la acera. ¿A cuántas alimañas
adormiladas dejarían sin hogar las potentes excavadoras? Podría haber cambiado mi
ruta para llegar al bosque, pero sentía gran curiosidad respecto a los avances de la
obra. Jamás había visto esa clase de cimientos y no dudaba que los pilotes tocarían
con sus extremos el centro de la tierra. Los pilotes de concreto tendrían que estar
anclados en materia incandescente, no tenía de ello la menor duda.
De pronto me di cuenta de que conforme la obra avanzaba, mi salud palidecía.
Los médicos mantenían un absoluto silencio respecto a mi sorpresiva debilidad,
aunque, si soy honesto, confieso que jamás he consultado a ninguno por parecerme
totalmente inadecuado para mi temperamento. Por «médicos» me refiero a una
vecina, que afirmaba haber sido homeópata en su juventud, y a su hijo, que afirmaba
curar por medio de imanes y piedras magnéticas. Tenía costales llenos de pequeñas
piedras en su casa. Un cansancio íntimo recorría mis huesos hasta el extremo de
hacerme un hombre cada día más apático; además me punzaban los pulmones.
Cuando la enorme masa de hierro se aproximaba al piso número veinte sufrí una
aparatosa caída en medio del bosque; una pareja de amantes corrió en mi auxilio
temiendo que el endeble corredor se hubiera roto una pierna. Si me conocieran
sabrían que mis huesos no pueden romperse porque sus articulaciones están unidas de
tal manera que dentro de mi cuerpo existe un solo hueso llamado esqueleto: no sé
cómo sucederá con el resto de los humanos, pero en mi caso el día que un hueso se
rompa es que mi esqueleto se habrá quebrado en dos partes.
La mañana en que el ejército de obreros terminó el piso cuarenta, un amigo me
llamó para comunicarme que mi hermano había sido asesinado. Apenas estaba
sirviendo sobre mi mesa un improvisado desayuno, cereales, jugo de mango, cuando
recibí la noticia. Me entristecí a tales límites que esa mañana no tuve energía para
completar mi recorrido cotidiano. Apenas si logré llegar a donde se erguía tímido el
hermoso y elegante guindo que un emperador japonés había obsequiado a los
gobernantes de mi país. Busqué una banca solitaria donde lloré como cuando era un
niño y recordé que mi hermano tenía los ojos algo rasgados y en la escuela primaria
le decían el Chino. En la banca recién barnizada alguien había abandonado una bolsa
de papel con tres naranjas dentro. Una vez que cesaron mis lágrimas di un leve paseo
por el Jardín de los Ciegos, donde el murmullo de la arcilla suavizó mi lamento. La
arcilla es mi tierra preferida. Después volví a mi casa y me enclaustré en mi
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habitación varios días seguidos. Así hasta que la angustia fue cediendo.
Comencé de nuevo a salir a la calle, pero dejé de comprar los diarios; la noticia de
una muerte cualquiera me hacía sentirme aún más desgraciado. Era como si mi
hermano volviera a morir, como si el Chino hubiera crecido sólo para que lo mataran.
Una semana después de que di por terminado mi aislamiento, recorrí otra vez la
crucial avenida en dirección del bosque. Me detuve, como siempre, unos minutos
frente al edificio que sería el más alto de nuestro país: casi estaba terminado, pero
tendría que crecer todavía varios pisos más. Observé mi rostro en uno de los cristales
que un poderoso malacate estaba a punto de llevarse hacia las nubes. Me veía tan
acabado: ¿qué había sucedido con ese corredor impetuoso que trotaba entre los
parajes más solitarios del bosque? Mis ojos se miraban a sí mismos tristes. ¡Había
envejecido tanto en tan pocos meses!
Desde entonces modifiqué mi rutina y caminé por los pasillos de adoquines en
vez de correr y atravesar el campo. ¿Para qué incomodar a las ardillas o distraer a los
amantes? Paseaba como un viejo centenario en vez de trotar como lo haría uno que
recién ha cumplido los cuarenta. Me comparé con los hombres de cuerpos bellos que
corrían una o dos horas sin que ningún asomo de cansancio apareciera en sus rostros.
Mojé mi rostro con las aguas corrientes de un estanque de cuyas paredes brotaban
chorros cristalinos. Caminé entre los puestos que vendían naranjadas a dos pesos, y
tacos a cambio de unas cuantas monedas. Miré en el horizonte las columnas
marmóreas dedicadas a los niños soldados que murieron durante una invasión
extranjera en 1847. Entonces descubrí entre las nubes los espejos de la imponente
construcción. Seguramente los inversionistas estarían ya felicitándose entre sí por
haber realizado su hazaña: el rascacielos más alto de nuestro país había sido
concluido. Me detuve unos instantes junto a una balaustrada opaca para mirar la
modesta extensión del lago, la breve eslora de las embarcaciones. Las aguas
permanecían inmóviles, sin que el espasmo de unos cuantos remos interrumpiera su
calma. Entonces sucedió: una marejada de sangre hirviendo corrió por mis venas
hasta romper mi esqueleto en dos. Un instante antes de desvanecerme pensé en mi
hermano, que jamás quiso acompañarme a hacer ejercicio. «¿Cómo puedes correr
entre tanto jodido humo?», me decía, resignado y acostumbrado a mis decisiones
extravagantes. Jamás quise saber por qué lo asesinaron. Y ya no lo sabré jamás.
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LA SIESTA
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Anabel sólo parece estúpida cuando duerme por las tardes. Su rostro, siempre
dispuesto a las expresiones amables, se hunde en un sopor de tales dimensiones que
cuando se entrega al sueño vespertino da la impresión de haber sido atacada por una
muerte repentina y absurda. Quizás de haberse atragantado con un hueso de ciruela su
cara tendría este mismo semblante cómico que ahora luce sin ninguna vergüenza. Si
cuando está despierta su mirada vivaz delata que su cerebro funciona tan bien como
las estrellas, no es así cuando duerme. Por alguna razón el semblante estúpido
aparece sólo cuando toma una siesta de media hora antes de marcharse a bailar. En
las noches, por el contrario, cualquier raquítico sonido la despierta, sea la erupción de
un volcán en una isla lejana o uno de mis agonizantes bostezos.
Anabel pertenece a un grupo de bailarinas que anima un programa infantil, el cual
aparece de lunes a viernes en televisión. Ella no es la estrella, pero sí una de las
favoritas de los camarógrafos que no se limitan a tomar sus piernas, sino también su
rostro y su epidérmica sonrisa. Algunas bailarinas, me ha confiado Anabel, pagan una
cantidad de dinero por cada acercamiento que la cámara hace a su rostro: tienen la
esperanza de ser descubiertas por un caza talentos e invierten en su futuro, pero
Anabel no necesita pagar.
Si a las cinco de la tarde no abre los ojos, cosa que sucede a menudo, me
aproximo a la cama pisando con energía la duela. ¡Uno, dos! ¡Uno, dos! Entonces me
mira incrédula, como si fuera un extraño que ha entrado a casa mientras duerme.
—Soy el mismo desgraciado de siempre —le digo. Mis palabras confirman que es
hora de levantarse.
—Deberías acompañarme al foro —me dice entre bostezos. ¿Cuántas veces no
me habrá hecho la misma petición?
—Sabes que jamás me arriesgaría a enamorarme de alguna de tus compañeras.
Las bailarinas me gustan desde que era un niño.
—Nadie te haría caso. Entre todas hemos acordado un pacto de respeto y a nadie
le conviene romperlo.
—Ay, Anabel, si la vida consiste precisamente en romper esos pactos.
—No sé qué es la vida, pero si sé lo que haría en caso de que me engañaras.
—¿Te pondrías todos los días tu vestido negro?
—Sí, y las medias verde olivo. Y después me iría.
Anabel no es celosa, pero tampoco es complaciente conmigo. Puede bromear,
aunque sólo hasta cierto punto. Si en la calle miro a una mujer más de dos segundos
se incomoda: «Síguela mirando, no seas hipócrita», me reta. Tenemos varios años de
compartir nuestra vida y jamás hemos sufrido una escaramuza importante. No podría
detallar las razones por las que Anabel no ha salido huyendo de este departamento,
pero se ha mantenido a mi lado sin quejarse demasiado ni sufrir tontas depresiones.
¿Tendrá un amor escondido? Me embelesa su cintura tanto como su ombligo, pero sin
duda sus piernas son la atracción más preciada. Que en los últimos meses hagamos
tan poco el amor es, sin duda, consecuencia de mi comportamiento. Quiero decir que
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pese a continuar amándola no es tan sencillo para mí satisfacer sus deseos.
—Me pregunto si en verdad lees tanto como dices —me ataca, así, de repente.
—Es una manera de esperarte, Anabel. Aunque mentiría si te dijera que no veo
televisión.
—¿No que odias la televisión?
—Te veo bailar. Me tranquiliza saber que al menos durante una hora sé dónde
estás.
Ninguno de los dos terminó sus estudios universitarios. Cuando nos conocimos
teníamos varios años de haber abandonado la escuela. Yo cumpliré en unos meses
cuarenta años. Anabel es trece años menor que yo, pero cuando no se unta maquillaje
en el rostro se ve tan joven como una adolescente que desciende rápidamente las
escaleras apoyándose en las paredes.
—¿Por qué no salimos a cenar cuando regrese? Yo invito, para que disfrutes la
cena.
—No quiero ver la jeta de un mesero amargado. Siempre que estoy en un
restaurante sospecho que los meseros escupen en mi plato.
—Mira quién es el amargado.
—Cuando vuelvas habrá una pasta con calamares sobre la mesa, ¿qué te parece?
—¿Y una ensalada?
—Y también una ensalada.
Cuando Anabel se marcha el silencio se hace presente de una manera poco
común. No es ausencia de ruido, sino el vacío que deja su cuerpo o su andar nervioso
por las habitaciones. Su número en el programa infantil consiste en sonreír mientras
baila rodeada de niños que no paran tampoco de moverse. Todas las bailarinas,
incluida la conductora estrella, visten minifaldas color cereza, además de botas
blancas vaqueras. Los concursos son en realidad tonterías que no entusiasman ni a los
niños, pero la música más el eterno vaivén de las danzantes hace que los párvulos
corran excitados de un extremo a otro del escenario. Cuando veo aparecer las piernas
de Anabel —las reconozco de inmediato— me tiro en la cama como atravesado por
una corriente eléctrica. Permanezco atento a su cuerpo durante el tiempo que el
programa se mantiene en el aire. Si me masturbo es sólo en los últimos minutos
cuando todos están agotados, menos los niños. La pasta se hace en un cuarto de hora,
pero la ensalada puede llevarme bastante más tiempo. Hay que preparar los pepinos,
las papas, cortar cebolla en rebanadas, inventar un aderezo con aceite de oliva,
vinagre, especias, mostaza.
Cuando a las ocho de la noche Anabel abre la puerta del departamento encuentra
la mesa servida.
—Hoy había un mocoso insoportable, ¿lo viste?
—No pude ver el programa, Anabel, estuve haciendo la cena.
—Se me pegaba como una lapa. Casi nos caemos los dos al suelo.
—Son niños, Anabel.
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—Tuve que acusarlo cuando me pellizcó las nalgas. Lo sacaron mientras pasaban
los comerciales. La madre nos acusó de intolerantes y amenazó con ir a los
periódicos.
—Quiere publicidad para su hijo. ¿Por qué crees que hay tantos idiotas en la
televisión?
La cena se extiende a causa de mi charla. No es que me interese conversar, sino
que he visto en los ojos de Anabel ese deseo que la invade después de una sesión
coreográfica. Debo esperar un tiempo pertinente para reponerme de la masturbación.
En ese momento no siento ninguna atracción por Anabel, pero si bebo un poco de
vino estaré dispuesto a ir a la cama en una o dos horas más. No comprendería si le
contara que, a mi manera, he estado con ella durante una hora y le he ofrecido mi
atención, mi semen: mi ser entero se ha concentrado en sus piernas, en sus facciones
de adolescente tardía.
—Vamos a caminar un poco, hemos comido demasiada pasta —le propongo.
—Estoy cansada, preferiría ir a la cama, ¿vamos?
—Caminemos hasta el parque, después volvemos, ¿qué te parece?
—No, prefiero esperarte. Tomaré un baño mientras vuelves.
Anabel me mira extrañada. Piensa que he dejado de desearla o, peor aún, que
tengo otra mujer. Está a punto de hacerme un reproche, pero prefiere esperar a mi
regreso: va a darme otra oportunidad. Antes de salir a la calle voy a la recámara para
cerciorarme de que no he dejado rastros de semen en el edredón que cubre la cama.
Aún puedo sentir los dolorosos estertores en los testículos que suceden a una intensa
masturbación. Me siento avergonzado frente a Anabel, quien antes de bañarse elige
sus pantaletas más provocadoras: si esas pantaletas fallan entonces estará segura de
que las cosas no van por buen camino. La imagino a mi regreso, sobre la cama,
vestida con esas mismas pantaletas y su camiseta azul cielo.
La noche está fresca después de una lluvia que ha dejado las calles empapadas.
Camino alrededor de un pequeño parque cercano a nuestro departamento, un jardín
casi anónimo, de escasos árboles y unas cuantas bancas despintadas. Los autos
húmedos, estacionados en el perímetro del parque, se iluminan con el tímido contacto
de la luz callejera. Un corredor nocturno pasa a mi lado jadeando por el esfuerzo
mientras que una anciana apresura a su mascota que no termina de orinar sobre las
plantas. No volveré a casa esta noche. Me recuesto en una banca fría y pienso en las
piernas de Anabel, en los niños que juegan a su alrededor, en su sonrisa espontánea:
desde ahora estoy deseando que sea lunes para encender la televisión a las cinco de la
tarde.
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MIKE VANGUARDIA
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Rodeado de alumnas del colegio Madrid, del Centro Activo Freire, de la Universidad
Iberoamericana y algunos jóvenes precoces y educados está nada menos que Mike
Vanguardia. No pasará mucho tiempo antes de que cumpla un siglo de edad y sin
embargo aparenta tener bastantes años menos. Ha dejado de cultivar férreas
convicciones, propósitos o ideales estéticos, sin embargo, su memoria aún funciona.
Se encuentra sentado frente a un plato de Corn Flakes, pan tostado untado de
mermelada y una revista de cómic. Uno de los jóvenes precoces que lo acompañan,
pelirrojo y espigado, lentes de alta graduación, recita un fragmento del manifiesto
dadaísta: DADA TIENE 391 ACTITUDES Y COLORES DIFERENTES SEGÚN EL SEXO DEL
PRESIDENTE. Mike recuerda entonces las tardes en el café Terrasse de Zurich, cuando
jugaba ajedrez con Vladimir Lenin, ambos rodeados por los doce hijos de Hans Arp y
provistos de un diccionario Larousse para lo que pudiera necesitarse. La frase de
Descartes gira alrededor de la cabeza: NO QUIERO NI SIQUIERA SABER SI ANTES DE MÍ
HUBO OTROS HOMBRES. Mike da una cucharada más a su plato de leche tibia y cereales.
La leche ha suavizado las hojuelas de maíz que flotan en la superficie del líquido. Su
plato se ha transformado de pronto en un pantano. Las alumnas del Colegio Madrid
son dos. Una de ellas, pelirroja y de hermosa silueta, descansa sentada sobre las
piernas de Mike, manipula la unidad de control de la televisión, el clítoris electrónico
hipersensible, «¿Tienes parabólica Mike?» Pee Wee Herman aparece en la pantalla
vestido con traje a cuadros y con un moño rojo moteado prendido al cuello de la
camisa, el antiguo héroe de esa niñez norteamericana que hoy se aproxima al poder
argumenta: DICEN QUE LOS NIÑOS PUEDEN CONFUNDIR MI SEXO PORQUE LLEVO TANTO
MAQUILLAJE, YO NO LLEVO MÁS MAQUILLAJE QUE EL PRESIDENTE REAGAN.
Las alumnas del Madrid se declaran repentinamente surrealistas. Se pronuncian
contra las ideas de PATRIA, FAMILIA Y RELIGIÓN, contra la POSMODERNIDAD y contra LA
GRAN BARATA DEL PALACIO DE HIERRO. ¡Salgamos de este lugar, Mike, hagamos un
escándalo! Pero Mike se siente cansado y enfermo, su sillón reclinable es cómodo, su
departamento diseñado a partir de reminiscencias art déco es cómodo, el control
manual es cómodo. Aun contra su propia voluntad y movido por la fuerza de la
Historia se incorpora, levanta su rostro, es un Dick Tracy latino, un Pedro Navaja
paseando en Park Avenue, y recita de memoria una frase del segundo manifiesto
surrealista: EL ACTO SURREALISTA MÁS SIMPLE CONSISTE EN SALIR A LA CALLE CON UN
REVÓLVER EN LA MANO Y TIRAR AL AZAR TODO LO QUE SE PUEDA CONTRA LA MULTITUD. Se
escuchan aplausos de sus jóvenes discípulos. Las alumnas del Madrid se muestran
eufóricas. Una de ellas es presa de un orgasmo surrealista. Mike vuelve a sentarse,
recuerda a sus viejos amigos Paul Éluard, Max Ernst y también al hijo de puta de
Salvador Dalí. Una alumna del Colegio Revueltas suspira: LA EXISTENCIA ESTÁ EN
OTRA PARTE. A Mike le duele y le punza el hígado, ha procesado miles de litros de
alcohol. Sus pulmones se han convertido en un par de piedras porosas, su corazón es
un músculo adormilado, sus movimientos son mecánicos, predecibles, ya no son los
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mismos tiempos cuando exaltaba el paso ligero, el salto mortal, el gesto romántico, la
bofetada y el puñetazo. Han pasado noventa y dos años desde aquel 20 de febrero
cuando en las páginas del Fígaro apareciera el primer manifiesto futurista que
escribiera con tanta vehemencia. Ahora, en su departamento, uno de los párvulos
precoces observa los carteles de Umberto Boccioni y de Giacomo Baila; hipnotizado
y presa de un arrebato futurista exclama: ¡ENTIÉRRESE A LOS MUERTOS EN LAS MÁS
PROFUNDAS ENTRAÑAS DE LA TIERRA! ¡QUEDE LIBRE DE MOMIAS EL UMBRAL DEL FUTURO!
¡PASO A LOS JÓVENES, A LOS VIOLENTOS, A LOS TEMERARIOS!
Están tocando la puerta. ¿Quién puede ser? Mike se dirige lentamente hacia la
entrada del departamento, no tiene prevista ninguna otra visita, tiene un poco de
miedo, no se ha podido recuperar del trauma que le ocasionara aquel atentado sufrido
en manos de Valerie Solanas, miembro de su clan, el 5 de junio de 1968, cuando ésta
penetrara en la Factory disparándole en el cuerpo con un revólver. Pero no. Es el
vecino de cara avinagrada preguntándole de un modo insolente si sucede algo allí
dentro, acaba de escuchar un grito, observa consternado. Mike se halla dispuesto a
ofrecerle una disculpa, pero detrás de sí están sus fans y aguardan de él una respuesta
gestual, un acto insólito, ¿no es acaso Mike Vanguardia? Por fortuna el recuerdo de
su hija Medora le cruza la mente, es Lord Byron y está frente a la puritana sociedad
inglesa: ¡NO ME MOLESTE! ¡ESTOY COGIENDO CON MI HERMANA!, grita azotando la
puerta contra el rostro del desconcertado vecino. Regresa a su sillón acompañado de
exclamaciones de admiración, nadie está defraudado. Sin embargo, Mike ha
escuchado la palabra «futuro». No en vano el manifiesto del Realismo que redactara
en 1920 con el propósito de oponerlo al movimiento LEF de Maiakovski, en el que
afirmó contundente que para él los gritos y alabanzas sobre el futuro equivalían a las
lágrimas sobre el pasado. Mike tuerce lentamente su pesado cuello de tortuga y
dirigiéndose a una joven y precoz alumna de la Ibero le dice ya sin euforia ni
entonación, como se le da el precio de la leche al cliente número mil: DEJEMOS EL
PASADO A NUESTRAS ESPALDAS COMO UNA CARROÑA, DEJEMOS EL FUTURO A LOS PROFETAS.
NOSOTROS NOS QUEDAMOS CON EL HOY. ¿Sabes, Mike, que hay una vuelta a los años
sesenta? Dice una alumna del Madrid mientras manipula el clítoris electrónico. UNA
VERDADERA ESTUPIDEZ, añade una joven del Centro Activo Freire. Los párpados de
Mike Vanguardia se cierran cargados de recuerdos. ¡CUÁNTOS RECUERDOS! Las drogas
psicodélicas, la filosofía hermética, las películas de Godard, los Black Panthers, La
Factory, Los ejércitos de la noche, los Beat, los Hipsters, los Underground
Cartoonists, Gilbert Shelton y Spain Rodríguez, las revistas Yellow Dog, Snatch o
Zap Comix. Mike no olvidará nunca el día que la policía arremetió contra él y su
grupo cuando desde Chicago designaron candidato a la presidencia a un cerdo.
¡CUÁNTOS RECUERDOS! ¿A qué se referirá exactamente la jovencita del colegio Madrid
con la vuelta a los sesenta? Un joven, estudiante de filosofía, se queja de la última
película de Waters. Mike recuerda a su amigo Divine, recientemente muerto, pero
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sería una inconsecuencia soltar siquiera una lágrima, recuerda cuando Divine tuvo
que comer un trozo de mierda de perro porque así lo exigía el guión de Pink
Flamingos. Recuerda aún las palabras de su actriz principal después de haber salido
bien librada de la escena: HASTA HOY ME DOY CUENTA DE QUE SOY REALMENTE INSANA.
La alumna del CAF toma el control de la TV y comienza un zapping que culmina con
la imagen de un ama de casa anunciando un detergente de vanguardia. En otro
comercial, un joven ejecutivo arenga a los televidentes a romper viejos tabúes. ¡Mike,
hagamos un performance! ¡Introduzcamos un nuevo virus en la red! ¡Dejemos esta
jodida realidad y entremos de lleno al ciberespacio! ¡Ahora mismo! Pero Mike ya no
escucha. Ha caído en un profundo sueño y su respiración es en efecto imperceptible.
El plato de Corn Flakes está casi vacío. Del fondo del departamento aparece una
enfermera de baja estatura, delantal blanco, viejos zapatos agotados por el uso
continuo: «Está bien, niños, dejen a Mike en paz, él tiene que descansar», dice
mientras abre la puerta del departamento y empuja suavemente a cada uno de los
invitados a volver a sus casas.
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LA LISTA DE FITZGERALD
(RELATO DE NAVIDAD)
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Se dedicó durante esa noche a escribir en una hoja el nombre de todas las mujeres
que había besado en su vida. Después de haber agotado su memoria acompañó cada
nombre con un minúsculo número de color rojo. El número uno correspondía a la
mujer más hermosa, mientras que el número más alto señalaba a la menos agraciada.
Los números intermedios estaban —como es sencillo imaginarse— destinados a las
bellezas mediocres. Además de la cifra hubo que señalar con un asterisco verde los
casos en que la mujer había estado con él en la cama. Cuando terminó su labor
suspiró profundamente y exclamó complacido: «¡Soy Tomás Fitzgerald y todas
ustedes son unas putas!» Tomás vivía solo en un lujoso departamento en la colonia
Condesa, obsequio de sus padres. A sus treinta años había probado casi todas las
drogas prohibidas, a excepción del opio. Era escuálido como una caña de azúcar,
aunque tenía unos brazos poderosos, consecuencia de los diversos ejercicios que
realizaba todos los días al despertarse. De una percha empotrada en el techo de su
recámara colgaba un costal sobre el que Tomás descargaba la fuerza de sus puños; no
era terapia, sino una manera de mantener su condición física. Alguna vez, acaso en
noviembre, sumido en un estado letárgico descargó en el saco más de veinte
puñaladas mientras cantaba una canción ranchera. Las noches frías ejercían en su
ánimo cambios considerables. Bebía vino tinto en vez de ron blanco para cerciorarse
de que su paladar era capaz todavía de notar las diferencias. Amaba combinar el tono
rosado de un comprimido con el caldo oscuro de un oporto. Tomás Fitzgerald habría
sido un excelente pintor de no haberse decepcionado tan temprano de sí mismo.
En época navideña sus padres le enviaban una considerable cantidad de dinero,
además de cajas repletas de viandas importadas. Era un buen administrador: no
compraba ropa ni gastaba demasiado en alimentos. De vez en cuando compraba una
sandía o un melón de buen tamaño para acompañar el contenido de sus latas. Buena
parte de su dinero estaba destinado a cubrir servicios indispensables: televisión por
cable, cocaína, heroína, teléfono, ron, ketamina, gas, luz, poppers. Tomás Fitzgerald
no odiaba a sus padres ni a las mujeres que habían aceptado besarlo. Como era un
hombre apuesto tampoco se irritaba cuando otros hombres —casi siempre menos
apuestos que él— lo recriminaban por su comportamiento.
A Tomás nunca se le hubiera ocurrido celebrar Navidad de no haber descendido la
temperatura casi hasta los cinco grados. Recordaba que siendo niño sus padres solían
cenar en restaurantes donde a las once de la noche se brindaba con extraños por el
nacimiento de Cristo. Aunque su casa estaba desordenada, el comedor podía recibir a
cinco personas e incluso a más. La idea de cenar con mujeres lo estimuló tanto que no
pudo resistir la tentación de elevarse todavía más alto. Se preparó una generosa línea
de cocaína triturando los grumos con una navaja suiza legítima. Entonces tomó el
teléfono para marcar el único número que conocía de memoria.
—Tomás, ¿cómo se te ocurre? Me acaban de correr del trabajo. ¿Sabes con
cuánto me indemnizaron los cerdos?
—No te estés quejando y ven a vivir conmigo. Necesitas que alguien te acaricie
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las tetas en las mañanas.
—No puedo creerlo. Si Tomás Fitzgerald quiere hacer una cena de Navidad es
que definitivamente Dios no existe.
—¿Sabes que he conocido cinco mujeres más guapas que tú? Tengo en mis
manos una lista donde tú ocupas el sitio número seis.
—¿De qué carajos estás hablando? ¿Deseas que lleve algo a tu fiesta navideña,
Tomás?
—Nada, estás desempleada. Sólo beberemos. Si alguien quiere comer abriré
algunas latas.
—¿Tienes jeringas?
—Of course, lady. What kind of crap do you think I am?
La voz de Berenice cimbró los oídos de Tomás Fitzgerald. Ella había sido su
compañera durante cuatro meses antes de internarse en una clínica especializada en la
curación de adicciones extremas. Tomás amaba sus cabellos rubios tanto como sus
senos breves, ondulados. Berenice era hija de un político encumbrado cuyos
discursos se habían vuelto célebres a causa de estar adornados con sentidas parábolas
religiosas. Desde niña, Berenice escuchaba a su padre ensayar durante las mañanas
sus discursos frente a un espejo que lo contenía de cuerpo entero. Ella habría sido una
pianista decorosa de no haber sido porque desde los cuatro años había sido obligada a
tomar clases de piano con una maestra particular.
Tomás revisó su agenda para encontrarse con la amarga noticia de que entre los
nombres registrados muchos habían emigrado de su memoria: ¿quién carajos era
Fernanda Sologuren? Además faltaban todas las páginas correspondientes a las
primeras cuatro letras del abecedario. Y sin embargo, contra su desmemoria, logró
reunir suficientes referencias ya que a sus agendados sumó los nombres incluidos en
la lista de las mujeres que había besado en su vida. Así fue como Tomás Fitzgerald
confeccionó una honrosa lista de invitados a su cena de Navidad.
La tarde del 23 de diciembre, Tomás se dedicó a llamar vía teléfono a sus amigos.
Muchos números habían sido modificados e incluso varios amigos habían muerto o
no vivían más en este país. También se encontró con voces que aseguraban no
recordarlo. «Jamás he tenido un amigo con un nombre tan mamón», le espetó antes
de cortar la comunicación una mujer de modales histéricos. Tomás se bebió una
botella entera de un tinto español, se polveó la nariz e impasible continuó con su
tarea.
—No entiendo por qué quieres hacer tú una cena navideña —le respondió
Ramiro, un joven guitarrista que acababa de grabar su primer disco en una compañía
independiente.
—En estas épocas es mejor pasar inadvertido. Si no celebro Navidad mis vecinos
comenzarán a sospechar. Si no me ven entrar con un pavo gordo a casa son capaces
de llamar a la policía —dijo Tomás.
—No cuentes conmigo, Fitzgerald. Mi madre tiene cáncer y quiere que sus hijos
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cenemos esa noche con ella.
—No te preocupes, hombre. ¿Cómo vas con tu nuevo disco?
—En verdad lo siento, Fitzgerald. ¿Por qué no invitas a nuestros amigos judíos?
Ellos tienen libre esa noche. Estoy seguro de que desean ponerse tan borrachos como
los católicos.
—Es una buena idea, Ramiro. Gracias.
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ÁCIDO
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Creo que podríamos haber hecho todo aquello en un viaje de
ácido… si no hubiese sido por ciertos individuos. Había en aquel
grupo caras y cuerpos que en ácido habrían resultado
completamente insoportables.
HUNTER S. THOMPSON
Miedo y asco en Las Vegas
Fui invitado a una reunión en la que sólo estaríamos veinte personas. Nuestro
anfitrión había preparado una iluminación adecuada con tal de hacernos sentir un
poco más en nuestra casa cuando la aventura diera comienzo. Las luces carmesí
pintaban la pared de un color sanguíneo de manera que, al menos yo, me sentía
dentro de una boca gigantesca donde la lengua había sido rebanada con un cuchillo
de dientes de tiburón. Sería mi primer viaje de LSD. Me había rehusado a consumir
esta sustancia porque la idea que tenía de una experiencia psicodélica se resumía en
una frase: vivir en un mundo donde no se puede ser verdaderamente desgraciado.
Para un esclavo de la razón habituado a otro tipo de drogas como la cocaína, el
alcohol o el amor por la familia, una experiencia en ácido tendría que provocar
severos traumas en la atribulada imagen que guardaba yo de mí mismo. No es mi
propósito descubrir nuevos paisajes polares o internarme en la espesura de un bosque
escandinavo: lo único que deseo es hundirme en el fondo excrementicio de esa
realidad que comienza desde el día en que mi madre llevó a su hijo de cinco años a la
puerta de la escuela. Un paralítico disfruta el mundo desde su silla de ruedas. No se
puede aprender a caminar alrededor de la tumba. ¿Ya para qué? Nuestro anfitrión
había preparado la decoración de su departamento con el fin de que ninguno de sus
invitados encontrara motivos para caer en la depresión: sin embargo, cometió un error
fantástico: invitó a varios canallas, escritores malos y mujeres que me odiaban porque
se habían creído el cuento de que yo era un misógino. Hasta un perro San Bernardo se
paseaba en la sala empujando a los invitados. Nadie le pateaba el culo porque en dos
patas el perro debía medir casi dos metros. Causaba espanto, el perro.
«¿Quién trajo a este perro?», preguntó en voz alta Gabriela, pero no obtuvo
respuestas a cambio. Debió meterse de polizón una de las tantas veces en que la
puerta se abrió. La música sonaba a un volumen discreto: James Brown se convertía
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durante esa noche en el guía o sacerdote de la andanada psicodélica. La sola idea de
participar en un ritual me repugnaba. Abomino las iglesias, los ritos, todo aquello que
me aproxime al seno de la divinidad. Tenía deseos de destruir las improvisadas
lámparas y devolver a las paredes su modesto color blanco. Llevaba una semana
tomando altas dosis de ansiolíticos y antidepresivos: un día engullía Diazepam, el
siguiente Tafil, un día más Seroquel. El Seroquel había sido obsequio de un querido
amigo alpinista que después de su experiencia en las alturas debió internarse varias
veces en el manicomio. No le presté la debida atención a la detallada descripción de
los efectos y de la composición química del Seroquel, pero me conformé cuando
escuché por parte de mi amigo alpinista la frase siguiente: «Son para poner en paz a
los esquizofrénicos. A mí me tumban».
Esa noche guardaba en mi bolsillo además de una botellita de barniz con varios
gramos de cocaína, una anforita con vodka a la que había añadido ansiolíticos en
polvo. Si a última hora me arrepentía de consumir LSD no me la pasaría nada mal.
Buscaba entre las invitadas a alguna mujer dispuesta a compartir mi cargamento, pero
a excepción de Monserrat y Gabriela ninguna me despertaba la confianza suficiente.
Mala señal para adentrarse en los efectos del ácido lisérgico. Un tipo con gafas negras
propuso muy serio darle un ácido al perro San Bernardo. «Será nuestra Laika, y
además es mucho más grande que Laika. Estaremos en la vanguardia», dijo. «Si
alguien toca a ese perro le meto un Seroquel en el culo», amenacé señalando en
dirección al perro. Las risas cesaron. De pronto un tipo de buena estatura y mandíbula
prominente, delgado como una cerbatana, aprovechó el milagroso silencio para decir:
«La dietilamida del ácido lisérgico proviene del hongo cornezuelo o ergot. Albert
Hofmann experimentó el primer viaje al absorber la sustancia accidentalmente. Creo
que fue en 1942». «¿Es esto una escuela o una fiesta?», preguntó Gabriela. Los datos
le tenían sin cuidado, como a mí, como a todos en realidad. A la hora de la verdad no
estará Hofmann midiéndonos la temperatura. Eduardo abrió una caja con las dosis allí
dentro. Se trataba de unos papelitos azules o rojos que cabían en la yema del dedo
anular. Cada papel costó doscientos pesos, pero nadie sabía exactamente cuántas
gamas o miligramos contenían. Eso no se puede controlar. Hay que confiar en el
laboratorio o al menos en el que te vende la dosis. Los papelitos estaban destinados
sólo a siete personas. El resto ni siquiera estaba enterado de lo que se avecinaba.
Monserrat se aproximó a mí para informarme acerca del proyecto de su nueva obra
de teatro. «Quiero actuar algo de Shakespeare en ácido. Quiero que todos los actores
estemos hasta el huevo de ácido. Macbeth va a alucinar en serio.» Le ofrecí a
Monserrat vodka azul. Lo rechazó: «No es conveniente mezclar; el ácido es más que
suficiente», dijo. Decidí meterme una dosis debajo de la lengua. ¿Para qué estaba allí
si no para meterme una jodida dosis bajo la lengua? El efecto tardó en llegar cerca de
media hora. Era intenso. Desconocido a pesar de mi experiencia con dosis muy
suaves de mezcalina. Comencé a advertir cambios agudos en la apariencia de las
personas que conversaban a mi alrededor. No eran cuerpos sino extravagantes siluetas
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deformadas. Vi los ojos desorbitados de una mujer que observaba aterrorizada el
husmear del perro entre las botellas del suelo. Carajo, es peor de lo que esperaba. Es
una mierda. Estoy perdiendo la razón. Me despatarré en una silla sólo para que una
nueva carga de visiones me hiciera experimentar el más ansioso de los terrores. El
presentimiento de un viaje sin retorno me atrapó. Los rostros que me rodeaban no
eran apacibles sino guiñolescos, diabólicos, enfermos. Eduardo me observaba y una
sonrisa pasmosa hablaba en su rostro, buscaba a un amigo, un cómplice en medio de
la guerra. Luego desapareció.
«Algo cambiará a partir de hoy, estoy seguro. Volveremos a nacer. ¿Quién decía
todas estas sandeces?» Gabriela se había abstenido del ácido y sobria, impasible,
continuaba allí, tranquila, fumando un cigarro, cruzadas las piernas, bebiendo
cerveza, sin advertir mis cambios de conciencia ni imaginarse lo que sucedía en el
recién abierto sótano de mi cabeza: se incendia el sótano y en quince minutos el
fuego se propagará hasta el piso número cinco. Una mujer menuda y perversa en el
latigueo de sus pupilas fue el detonante de mi locura. Yo sabía que despreciaba mis
libros pues en su opinión no eran otra cosa que ocurrencias sádicas sin valor literario.
Esta mujer emanaba un olor a zorrillo insoportable. Sus uñas punzantes llegaban
hasta mi rostro abriendo surcos sanguinolentos en las mejillas. «Gabriela, llévame a
un hospital cuanto antes. Diles que soy drogadicto y necesito ayuda de los hombres
buenos y estúpidos que hay en el mundo. Sácame de aquí, te lo suplico.» Gabriela se
imaginó que se trataba de una actuación, una broma exagerada, «No seas mamón,
Guillermo», hasta que sintió mis lágrimas caer sobre sus muslos desnudos.
El viaje en auto fue sensacional. Si no hubiera estado tan preocupado por mí
mismo, si no hubiera querido imponer orden en mi pensamiento habríamos volado
sobre un periférico de seis pisos. En cada curva el auto se desplazaba lateralmente
cientos de metros. Una metrópolis de neón. Las luces de otros autos caían contra
nuestro pequeño vehículo como rayos luminosos lanzados por naves espaciales.
Gabriela me tranquilizaba. «En tu casa estarás mejor. Alejandra se mete ácido, va a
Chapultepec y se sube a la montaña rusa. Nunca le ha pasado nada. Es cuestión de
acostumbrarse. Pareces un pinche escuincle en su primera borrachera.» Nada está en
su lugar. Las paredes ondean como serpientes. El piso de barro se vuelve de arena.
«¡QUÉ PUTA MIERDA ME ESTÁ PASANDO!» Lloré varias veces durante la noche. Caminé
kilómetros alrededor de los enormes cuartos de mi departamento. Gabriela me había
dejado en manos de Yolanda. «El pinche Guillermo viene en ácido, trátalo bien.»
«¡Ahora entiendo a Foucault!», grité de pronto. Después me convencí de haberme
vuelto loco. Todo se acabó. Todos los libros leídos en mi vida caían de mi memoria.
Se derrumbaban unos sobre otros formando el montículo de mi propia tumba. Intenté
aspirar cocaína. Tragar un puño de Tafiles. Volver a mis drogas inofensivas, pero
había dejado todo mi cargamento en el coche de Gabriela. Cuánta razón tenía
Michaux: estaba desperdiciando el alma, tirándola a un excusado sin fondo. Yolanda
comenzó a guiar mi viaje hablándome de parajes tropicales, apacibles, donde ambos
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podíamos volar como gaviotas. Levanté las alas para emprender el vuelo pero en
cuanto intenté despegarme del suelo me percaté de que era un zopilote arrastrándome
en el piso, entre la carroña. A las cinco de la mañana salí a caminar por las calles,
pero no había avanzado diez metros cuando un perro con fauces de tigre me persiguió
obligándome a volver a casa. La razón había perdido una batalla crucial: la
posibilidad de controlar las sensaciones. Nunca fui un espectador o un sujeto
consciente de sus fantasías o de su conciencia alterada sino un guerrero ridículo,
medroso. El viaje duró diez horas. Sudé durante todo el viaje. A las nueve de la
mañana el orden volvió sumiso a instalarse en mi cabeza. Había bajado dos kilos por
lo menos. Sin embargo, por momentos había vislumbrado una realidad inabarcable,
extraña, nueva para mí. En esa realidad los pasos lógicos de un pensamiento racional
representaban un pequeño y arbitrario sendero en un bosque abigarrado e inmenso.
A las nueve de la mañana Monserrat se presentó en mi casa. Debíamos marchar
juntos a Real del Monte. Pasamos también por la joven Mariana que conocía de
primeros auxilios, pues fue voluntaria médica en la policía de caminos. Antes fuimos
a casa de Gabriela por mis drogas. Si bien los efectos habían cesado, las
reverberaciones actuaban como recordatorio del infierno que había vivido. Tomé
agua antes de beber vodka. Las extensas praderas verdes que se extendían frente a
nuestros ojos una vez rebasada la caseta de cobro me tranquilizaron. Monserrat aspiró
dos líneas de coca para concentrarse en la carretera. Viajábamos a ciento diez.
Yolanda bebía un jugo de naranja. Mariana me acariciaba el cabello: «Pobrecito
Guillermito, eso le pasa por andar de hippie». «Yo también me metí un ácido y no
estoy como este cabrón», dijo Monse. «¡NECESITO UN CLIMA FRÍO. QUIERO ESTAR
DENTRO DE UNA NEVERA!», grité preso de un repentino espasmo. «¡UUUUUYYY, PARA
ALLÁ VAMOS RUMBO A LOS BOSQUES NEVADOS DE PACHUCA, UUUUY!», gritó Monse. Ella
tenía polvo blanco hasta en los labios. «Quítenle el volante a esta demente», propuso
Mariana. Me enrosqué en el asiento trasero para intentar dormir un poco. Por unos
segundos el efecto del ácido volvió y tuve deseos de abrir la portezuela y lanzarme al
vacío, pero Mariana me apretó los brazos y me devolvió la confianza. «Toma jugo,
Guillermo, estás muy débil. Ahora, cuando lleguemos a Pachuca te compramos unos
pastes.» El recordar los pastes grasosos me provocó un llanto repentino. «¿Por qué la
gente come tantos pastes? Son una mierda», dije, pero en realidad estaba pensando en
lo afortunado que había sido de volver y estar de nuevo con mis amigas. Mariana
bebió media ánfora. Recordé que el vodka tenía Tafiles y se lo dije. «¡PENDEJO! ¿Y
AHORA QUÉ?» «No pasa nada, mujer. El clima frío nos salvará a todos.» Yolanda se
hizo un cigarro de coca y nos ofreció más jugo. Durante media hora Mariana
monologó sin que nadie le pusiera mucha atención. «Ayer descubrí que mi mamá es
lesbiana», dijo. «Son los Tafiles», le dije yo. «Es una puta lesbiana descarada.»
Monse tenía ahora polvo blanco hasta en los hombros: «¡UUUYY, ESTAMOS A CINCO
MINUTOS DE NUESTRO DESTINO, UUUUUYYYY!». «Yo no voy a dejar que esta pinche loca
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conduzca en las curvas para Real, nos va a matar», observó Mariana. Monse se
detuvo abruptamente. Se bajó del auto. Corrió por un escampado más de cien metros,
tropezando en una ocasión y rasgándose la falda con una ortiga, en seguida volvió.
«Está bien, Mariana, toma el volante», accedió. A las once llegamos a Real del
Monte: a un lugar llamado Villa Alpina, allí se alquilan cabañas de madera a orillas
de la carretera. Me dejaron allí y fueron a comprar botellas y comida. Hasta entonces
dormí profundamente. Hacía frío. Cuando desperté estaba anocheciendo. La neblina
flotaba espectral sobre los jardines del hotel. Cenamos con vino. «No volveré a
meterme un ácido. No es mi droga», dije. «Debe ser una experiencia reveladora en
otra clase de cerebros. Le tengo miedo a la muerte. Y ese miedo me basta para estar
drogado toda mi vida», añadí dramático. Mis amigas escuchaban. «Es tan sencillo
producirla», dijo de pronto Mariana, «un kilo de LSD alcanza para todos los habitantes
del D.F. Yo no sé por qué está prohibida: los humanos serían más humildes y menos
pendejos después de un viaje de LSD.» Antes de irnos a dormir me acerqué a una
ventana para echar una ojeada al jardín. Me fascinaba la espesa niebla nocturna.
Entonces lo vi: un perro San Bernardo galopando lentamente hacia la carretera.
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ESTEBAN, EL SONÁMBULO
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Cuando Esteban vino al mundo sus padres no se imaginaron que sería un niño tan
silencioso. Para ellos un niño que no lloraba ni sonreía estaba enfermo o asustado. No
pensaban que su hijo era tonto ni nada parecido. Solamente deseaban verlo sonreír
más. A sus nueve años lucía un poco obeso, caminaba al ritmo de un anciano y los
dedos de sus manos se movían tan lentamente como diez gusanos que asomaran la
cabeza de la tierra. Hubo temporadas en que los padres se sintieron arrepentidos de
haber creado un hijo como Esteban, aunque enseguida se dolían de sus tristes
pensamientos. Faustino, el padre, vendedor en una tienda de colchones, era un
hombre honrado y cariñoso. Margarita, la madre, se dedicaba a vender ropa en las
mañanas durante el tiempo que su hijo permanecía en la escuela. Esteban cursaba el
quinto año de primaria y se aburría tanto como cualquier sardina dentro de una lata
cerrada.
La familia de Esteban vivía en un departamento en la colonia Nochebuena y sus
problemas se reducían a uno solo: Esteban sufría sonambulismo y en más de una
ocasión amaneció dormido al pie de la puerta de un departamento vecino.
—Los sonámbulos son personas tranquilas, no hacen daño a nadie. Lo que
debemos hacer es cerrar bien las puertas —opinaba Faustino, pausado y conciliador.
—Tú eres vendedor de colchones. Debe haber una cama en donde Esteban se
sienta tan cómodo que nunca se le ocurra levantarse en las noches —decía Margarita,
un tanto desesperada.
—El médico opina que el mal pasará pronto —respondía Faustino—, además no
se conocen bien las causas de esa enfermedad. Lo que haremos es tener paciencia y
cuidar que no le suceda nada.
Esteban escuchaba charlar a sus padres acerca de su sonambulismo y no se
inmutaba. Se había acostumbrado a que ellos hablaran acerca de él como si no
estuviera presente.
Margarita insistía:
—Si hiciera más ejercicio no sería sonámbulo. Yo a veces termino el día tan
cansada que no pienso más que en dormir.
—Tienes razón —el esposo se tocó el mentón ovalado y meditó unos segundos—,
mañana mismo buscaré una solución. En el parque de los Viveros he visto varios a
niños hacer ejercicio. Los dirige un entrenador que debe saber mucho acerca de esas
cuestiones. Es fuerte y los niños le prestan mucha atención. Tiene autoridad.
—¿Qué hacías tú en ese parque? —preguntó la esposa, sorprendida.
—Nada, cuando me siento cansado salgo un momento de la tienda y voy a darles
de comer a las ardillas. Vender colchones es un trabajo más agotador de lo que
parece. Si yo te contara…
—¿Y qué comen las ardillas?
—Tienen tanta hambre que comen cualquier cosa. Está prohibido darles comida,
pero yo no hago caso de esas tonterías.
—Un día van a morderte los dedos.
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Fue así como Esteban formó parte de un grupo de niños que durante sus
vacaciones realizaba ejercicio por las mañanas. Los padres dejaban a sus hijos bajo el
cuidado del entrenador y se marchaban a cumplir con sus labores cotidianas. En el
parque crecían varias especies de árboles, desde cedros hasta acacias de corteza roja,
y cuando llovía la arcilla húmeda tomaba el mismo color que las acacias. El
entrenador era un hombre moreno de brazos musculosos y tenía una voz que sonaba
tan fuerte como un trueno anunciando la lluvia. Esteban no se mostraba feliz de estar
entre niños desconocidos y hubiera preferido quedarse quieto en su recámara. Su
pasatiempo favorito era estar sentado en el borde de su cama imaginándose cómo
sería la vida en otro planeta. No comprendía nada de lo que veía en televisión y
pasaba horas haciendo dibujos de seres extraños en sus cuadernos de escuela. Los
planetas que imaginaba Esteban no se parecían a la Tierra: eran ovalados, más
pequeños y en ellos no había colinas ni montañas. Las nubes verdes flotaban
lentamente alrededor del planeta. Y tampoco había árboles. Sus padres llevaron los
dibujos de Esteban al médico pero éste no logró sacarles ningún provecho, sólo dijo:
«Es posible que cuando crezca sea artista».
—¡Es hora de mover esos músculos, jóvenes holgazanes!
Ésta fue la voz del entrenador llamando la atención de los veinte niños que en
ropa deportiva aguardaban sus instrucciones para comenzar los ejercicios: «¡Uno,
dos, tres, arriba! ¡Uno, dos, tres, abajo!» El pupilo de más edad tenía doce años y
entre los más jóvenes se encontraba Esteban. Las ardillas que normalmente se
acercaban a las personas para demandar comida se asustaban al ver a esa manada de
niños ansiosos y corrían a esconderse a las ramas de un árbol, o simplemente se
alejaban hacia parajes más tranquilos. Claro que necesitaban alimentarse, pero no a
costa de exponer su vida bajo los pies de esos pequeños gigantes. La voz del
entrenador seguía creciendo:
—No me importa su edad o quiénes son, yo no entreno a perdedores y espero que
pongan su máximo esfuerzo en todo lo que vamos a hacer.
De vuelta a casa y colorado como una ciruela, Esteban escuchaba a sus padres
conversar animadamente. Se encontraba demasiado cansado para intervenir y no
quería decepcionarlos. Nunca había vivido una experiencia tan agotadora y si
estuviera en sus manos no volvería al parque de los Viveros. El resto de los niños se
había burlado de Esteban porque en la carrera alrededor del parque había llegado a la
meta en último sitio. En vez de reprender a los burlones, el entrenador se había unido
a ellos usando a Esteban como ejemplo para mostrar lo que un buen deportista no
debe hacer. Faustino no tenía noticias sobre el escarnio y burlas que soportaba su hijo
porque cuando volvía a recogerlo el entrenamiento había terminado. Y Esteban no se
quejaba.
—El entrenador es un buen hombre —le decía Faustino a su esposa Margarita—,
sólo cruzamos unas cuantas palabras, pero sé reconocer a las personas decentes. No
olvides que en mi trabajo como vendedor de colchones debo saber lo que esconden
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en mente mis clientes para así complacerlos. Ellos pasarán una gran parte de su vida
en cama y si no duermen sobre un buen colchón despertarán de mal humor y nosotros
pagaremos las consecuencias. La responsabilidad de que este mundo funcione no es
de los políticos o de los sabios, es de cada uno de nosotros.
Los tres miembros de la familia se hallaban sentados alrededor de la mesa del
comedor. Esteban mordía una pera, Faustino hacía girar una pequeña cuchara sobre la
mesa y Margarita palmeaba la espalda de su marido, contenta de encontrar por fin
una posible solución a sus problemas.
—Me alegra mucho lo que me cuentas, es una idea maravillosa. Si tenemos suerte
Esteban podría volverse un deportista famoso. ¿Te imaginas? —soñaba Margarita. En
cambio Faustino se mostraba más calibrador y decía:
—Me conformo con que no camine dormido. No quiero que un vecino toque a la
puerta otra vez para decirme que mi hijo está dormido y tirado a la entrada de su casa.
No volveré a pasar por esa vergüenza. Van a pensar que intentamos deshacernos de
Esteban.
—¿Cómo crees? ¿Y abandonarlo en el departamento de al lado? Seríamos unos
tarados.
Los días siguientes se sucedieron sin variaciones y Esteban continuó siendo el
último en la carrera de las mañanas. Las burlas se hacían cada vez más crueles e
intensas y el entrenador se mostraba bastante satisfecho de contar con un niño que le
sirviera de ejemplo a la hora de dar sus sermones:
—¡Atención! ¿Se han dado cuenta de que hemos entrenado una semana completa
y Esteban no hace ningún esfuerzo para superarse? Y estoy seguro de que en el futuro
será lo mismo. Nació para perder.
El entrenador tenía cuidado de que ningún adulto escuchara sus palabras. Cuando
hablaba escupía saliva lanzándola a casi un metro de distancia y caminaba en círculos
como si hablara sólo consigo mismo. Y cuando a media mañana el sol calentaba más
duro se ponía unos enormes lentes oscuros que le cubrían la mitad del rostro. Era
como una mosca gigante. En el planeta imaginario de Esteban no había sol y aunque
lo hubiera su calor no podría traspasar las nubes verdes que formaban la atmósfera.
Tampoco había moscas ni perros Rottweiler, ni mucho menos pistas de carreras.
El entrenador no hablaba con la verdad porque en realidad Esteban intentaba
correr más rápido cada mañana. Las burlas lo herían en el corazón y habría querido
volar por encima del resto de sus compañeros y ser el primero en cruzar la meta, sólo
que sus piernas simplemente no le respondían.
Y las mofas continuaban. Con el paso de los días la complicidad entre los niños
creció y Esteban volvía a ser blanco de los peores sobrenombres: «ardilla panzona»,
«tronco sin hojas», «tortuga sonámbula», le decían. El entrenador parecía orgulloso
de sus muchachos y no dudaba que de entre todos esos niños habría en el futuro un
campeón. No imaginaba que dos días antes de terminar el curso de verano viviría un
penoso incidente.
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Sucedió durante la tradicional carrera con la que se culminaba cada día de
entrenamiento y, como siempre, Esteban aceleraba el paso sin poder seguir el ritmo
de sus compañeros. De pronto, desde su posición de rezagado, observó a otro niño de
su edad detenerse y acuclillarse para amarrar bien las agujetas de sus tenis blancos.
Esteban aceleró lo más que pudo y empujó con tanta energía a su compañero que lo
lanzó de bruces a una cuneta donde corría un riachuelo de agua sucia. Como la
víctima hacía intentos por levantarse, Esteban tomó un tronco grueso que estaba a sus
pies y lo descargó en la nuca del niño indefenso. De ello sólo fue testigo una ardilla
negra de cola hirsuta que roía una bellota sobre la rama de un fresno. En seguida
retomó el camino y por primera vez sintió sus pies ligeros y la arcilla cárdena del
camino le pareció tan lisa como el planeta de sus invenciones. Cuando llegó a la
meta, el entrenador lo miró sorprendido, se preguntaba dónde estaría Fermín quien
solía llegar siempre antes que Esteban.
—¿Dónde se ha quedado Fermín? —preguntó en voz sonora, pero nadie supo
responderle.
Esteban descansaba jadeante a los pies de un espigado y frondoso encino,
satisfecho de no escuchar más burlas sobre su persona. Comenzaba a recuperar el
aliento cuando vio en lontananza la amada figura de su padre. Por fin todo terminaría.
Faustino lo tomaría de la mano y lo devolvería de nuevo a su mundo. Y ya en casa,
cuando Esteban escuchara la cálida voz de su madre, el recuerdo de todos esos malos
días habría desaparecido.
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POETA EN NUEVA YORK
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Mi nombre es Mariano Tardelli y lo que voy a contar sólo tiene importancia para muy
pocas personas. De todas maneras creo que vale la pena escribir estas líneas porque
me encuentro desempleado y la holgura de mi tiempo libre me acosa. Además, en
alguna ocasión un escritor famoso me dijo que no carecía de talento para narrar
historias. Lo dijo de dientes salidos y yo no podría asegurar que fuera en verdad tan
famoso, pero estoy convencido de que no mentía del todo. Ahora bien, las personas
para quienes guarda importancia esta crónica son en realidad tres, pero una de ellas
está muerta, la otra desaparecida y una más vive en Nueva York al lado de su querida
mujer, sus dos hijos y un perro al que puso por nombre Palestina Libre. Estoy seguro
de que mi amigo jamás se enterará de mi atrevimiento. Así las cosas, las hojas
siguientes parecen guardar interés solamente para mí, aunque los curiosos o
desempleados como yo pueden leerlas si les place, que nadie se los impedirá. No voy
a esmerarme en escribir como si fuera un hombre de letras y pondré las palabras tal
como me vienen a la cabeza.
Pasemos al asunto. La primera vez que viajé a Estados Unidos tenía diecinueve
años recién cumplidos. Pese a ser pobre, ahorré dinero suficiente para permanecer
durante un mes en un pueblo de California en el que vivía una prima de mi padre: la
tía Chayo. Casi nada recuerdo de esa primera aventura, excepto el olor a las donas
espolvoreadas que mi tía almacenaba por cientos en la nevera. ¿Qué hice a lo largo de
mi estancia en ese pueblecito californiano? Nada, comer donas y tomar cerveza Coors
mientras miraba programas en la televisión hablados en un idioma que no
comprendía, hundido en un sillón donde también estaba sentado el hermano de la tía
Chayo, un combatiente retirado que había perdido una oreja en Vietnam. No me
avergüenza reconocer que el viaje fue un fracaso y no el principio de una vida
interesante. Carecía yo de lo que da en llamarse «espíritu aventurero.»
El espíritu aventurero que no se despertó en mi primer viaje a Estados Unidos,
tampoco se despertó en el segundo. Quiero pensar que sucedió así porque los viajes
de negocios nunca acarrean consigo verdaderas aventuras y en buena medida son sólo
reuniones entre rufianes. Por otra parte, abusando de mi sinceridad, decir que mi viaje
fue motivado por negocios es en verdad una exageración o, si se quiere, una enorme
mentira.
Todo comenzó una madrugada de noviembre con la llamada de un compañero de
la Facultad de Ingeniería. Me concentraba, en ese entonces todavía podía
concentrarme, en escribir un relato acerca de un hombre que atravesaba un muro de
ladrillos, cuando de pronto sonó el teléfono.
—Mariano, voy a decirlo en una sola frase, escucha bien, la oportunidad de
nuestra vida ha llegado.
—¿Cuál es la oportunidad de nuestra vida? —le pregunté a Osam Barberena,
compañero de estudios y un amigo como se hacen tantos a esa edad. Sospeché que su
entusiasmo no estaría a la altura de su revelación. Existen personas así: apenas ven un
plato de sopa y antes de probarla dicen que es la mejor sopa de la región. Y después
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de probarla continúan con lo mismo: «Definitivamente es la mejor sopa que puede
encontrarse por estos rumbos».
—Nos quieren contratar para vender árboles navideños en Nueva York.
—No te entiendo. ¿Quién nos quiere contratar y por qué?
—Tú sólo debes saber que nos pagarán dos mil dólares a cada uno por veinte días
de trabajo.
Dos días después de haber escuchado la apabullante cifra estaba subido en un
avión comercial bebiendo cerveza tibia y cacahuates salados. Conmigo, en camino
hacia la oportunidad de nuestra vida, además del mismo Osam Barberena, abordaron
el avión Héctor Morazán, poeta de piel morena y ojos dulces como el arroz con leche,
y Gamaliel García, prosista de amplios horizontes y el único lector de los poemas de
Héctor Morazán. Los cuatro jóvenes teníamos varios rasgos en común, pero dos
resultaban ser los más evidentes. Estudiábamos ingeniería y a todos nos gustaba más
la literatura de ficción que el cálculo estructural o los secretos de la ingeniería
hidráulica.
Osam, larguirucho joven de ojos saltones, leía a los autores en su idioma original
y yo comenzaba a leer filosofía. Gamaliel leía todos los libros que le ponían enfrente,
mientras que a Morazán sólo le importaba la poesía. Durante el vuelo hacia Nueva
York cada uno de nosotros reveló lo que haría con los dos mil dólares que estábamos
próximos a embolsarnos.
—Me compraré la poesía completa de los estridentistas y la edición más cara del
Corominas —dijo Morazán.
—Me iré un mes a la playa para escribir un ensayo —dijo Osam, perturbado por
la emoción. Sus pelos ensortijados brillaban como recién salidos de un charco de
aceite. Desde luego que la playa no es el lugar adecuado para escribir ninguna clase
de ensayo, pero Osam no pensaba muy claramente por aquellos días.
—Me pondré todos los días hasta la madre de borracho —dijo Gamaliel para
ocultar así lo que en realidad haría con el dinero.
—Le compraré pantaletas a Ruanda —dije yo.
Todos quisieron saber por qué razón Ruanda, mi novia de diecinueve años, usaba
pantaletas tan costosas, pero me fue imposible explicárselos y me pareció
inapropiado disertar sobre las prendas íntimas de Ruanda ante esos gañanes, mis
compañeros y amigos. No tenía yo aún esa clase de vicios.
La esquina que me fue asignada por el capataz y propietario del negocio para
proteger una centena de árboles de los más diversos tamaños se formaba entre la
Segunda Avenida y la calle 82. A Gamaliel lo ubicaron cerca de un supermercado en
la 86; a Osam se lo llevaron a vigilar una especie de bodega al aire libre en la 84, y a
Morazán lo condujeron a la 81, cerca de Central Park. El trabajo, en apariencia
sencillo, consistía en vigilar de pie una manada inmóvil de arbolitos canadienses
durante doce horas. A nosotros, los mexicanos, se nos encomendó cumplir con el
turno de la noche, hora inapropiada para hacer negocios porque, ¿a quién se le
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ocurriría abandonar su cálido departamento para comprar arbustos a mitad de la
noche? En cambio, el turno del día se le asignó a dos suecos, un alemán y una robusta
holandesa. De ahora en adelante me referiré a todas estas personas como los suecos.
—¿Y no podríamos vender nosotros también en el día? —preguntó el ingenuo
Morazán.
—Nou, sé por experiencia que mexicanos ser mejores para la noche —respondió
con seriedad nuestro capataz, un rubio cincuentón, proveniente de Texas, que daba la
impresión de estar a todas horas borracho.
—Este pinche gringo no quiere que trabajemos de día porque cree que nos vamos
a robar el dinero de las ventas —nos alertó Morazán.
—Esto se llama discriminación —se quejó Gamaliel.
—Los suecos soportan más el frío que nosotros —dije yo—. Son ellos quienes
deberían vigilar los arbustos en la madrugada.
—No se quejen, cabrones, que van a ganar en un mes lo que en México ganan en
un año —nos reprendió Osam. Y las quejas cesaron.
El texano conocía de memoria el número de árboles que se exhibía en cada
puesto: a las diez de la mañana, hora en que los suecos nos remplazaban, los
mexicanos teníamos la obligación de declarar nuestras pocas ventas y entregar el
dinero: nada del otro mundo, acaso dos o tres pinos que los noctámbulos compraban
en precios cercanos a los cien dólares.
—Ahora entiendo por qué nos pagan tanto —dijo Gamaliel—: todos aquí se están
forrando, menos nosotros.
—La próxima Navidad voy a poner en México un negocio de arbolitos en pleno
Zócalo —suspiró Morazán.
—Yo pensaba que tu ambición era escribir poemas a la altura de Baudelaire —le
dije. Si habíamos aceptado hacer el ridículo cuidando arbolitos navideños en Nueva
York era porque en esa ciudad nadie nos conocía.
Un pregunta es ahora pertinente: ¿por qué razón, si a todos nos interesaba tanto la
literatura, acudimos a tan pobres metáforas para describir el frío que nos atormentó
desde nuestra primera noche de trabajo? No lo sé, pero sospecho que teníamos algo
de poetas tropicales, de iguanas o de perros sin piel que mueren apenas llega el
invierno. Hasta Morazán, que se ufanaba de poseer la gracia coloquial y la sonoridad
de López Velarde, dijo al respecto del frío: «¡Pa su puta madre!»
El texano no comprendía casi nada de español, pero se relacionaba con nosotros
por medio de frases hechas y vacuas sonrisas; aun así, se dio cuenta de que doce
horas bajo ese frío aterrador podría matar a sus empleados mexicanos. Pensó en la
cárcel, en su fotografía en los periódicos, en los remordimientos que atormentarían
para siempre su noble alma sureña: fue hasta entonces que tomó la decisión de
pertrecharnos con pasamontañas, overoles, botas para la nieve y guantes de lana
vacuna. Gamaliel apenas si podía caminar con tanta ropa.
—Yo todavía tengo frío —dijo Morazán, y se metió una edición completa del
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New York Times en el pecho.
—¿Y eso para qué? —preguntó Osam. Por ese entonces todos sus amigos
teníamos la sensación de que se había encogido por lo menos diez centímetros.
—El papel te mantiene caliente, eso lo sabe cualquiera, ¿cómo es que quieres
escribir un ensayo si ni siquiera sabes una pendejada como ésta? —dijo Morazán: sus
labios amoratados se movían en alguna parte oculta de su pasamontañas mal puesto.
Después de escuchar tan sabias y discretas palabras por parte de Morazán, Gamaliel y
yo nos rellenamos de papel la espalda y el pecho, pero sólo Gamaliel se metió una
bola de periódico bajo los calzones.
Pasó una semana de un sufrimiento nunca antes experimentado por mi cuerpo
latino. Los mexicanos deambulábamos toda la noche alrededor de nuestros puestos
para producir un poco de calor. Comíamos crema de cacahuate y tomábamos whisky
de una anforita. El texano prohibía las sillas porque una vez sentados podíamos
distraernos o quedarnos dormidos, lo que llevaría su negocio a la ruina. Por la
mañana, una vez concluido nuestro turno, nos dirigíamos, como un hato de espectros
somnolientos, a dormir a una habitación que nuestro patrón había rentado en el Upper
West Side. Comíamos un pedazo de pizza, una dona y en seguida a dormir doce horas
enroscados en nuestros cuerpos. En cambio, los suecos terminaban sus labores,
cenaban decentemente y se iban a beber una copa en el sur de la isla. Los sueños de
Morazán de verse patinando en la plaza Rockefeller, el deseo de Gamaliel de
ascender hasta el último piso del Empire State, o la ansiedad de Osam por recorrer la
calle 42 quedaron conjurados desde la primera noche de trabajo.
En la soledad de mi puesto, llegué a pensar que dos mil dólares representaban una
miseria a cambio de soportar inclemencias tan devastadoras. El frío nos partía en
canal, pero sobre todo nos perturbaba mentalmente. Cuando la madrugada crecía, los
vagos y crápulas hacían acto de presencia: unos intentaban hacerme conversación,
pero la mayoría insistía en venderme objetos que recogían de los tiraderos cercanos.
El más insistente de todos ellos aparecía hasta tres veces en una noche, siempre con
una oferta distinta: unas pantuflas raídas a medio dólar, una cortina de bambú a dos
dólares y un bikini de dos piezas a sesenta centavos. No le compré nada hasta la
séptima noche que lo vi aproximarse a mi puesto empujando un sillón desvencijado.
El negro sabía que, por primera vez, podía sacarme provecho.
—Ten dollars, man —dijo. Tenía la sonrisa de quien ha dado en el blanco.
—I don’t need that stuff —dije, pero los ojos me brincaban de un lado a otro.
—Five dollars —volvió a la carga. Puso el sillón frente a mí y se acomodó
plácidamente, como si pensará pasar allí sentado todo el invierno.
No pude resistir y lo compré. Al día siguiente, nuestro patrón me descubrió a las
siete de la mañana durmiendo a pierna suelta en mi mullido sillón. La reprimenda fue
enorme, pero no se atrevió a despedirme. Entonces comenzaron nuestros
desaguisados.
Contra lo que yo mismo calculaba, no logré acostumbrarme al frío de diez grados
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bajo cero. Tampoco Morazán, ni mucho menos Gamaliel. Resultaba patético escuchar
al poeta Morazán clamar por un champurrado caliente y unos tamales de dulce, o al
letrado Gamaliel recordar el atole de vainilla que le preparaba una prima de Puebla.
La novena noche de nuestra penuria concebí una idea que, sin más rodeos, puse en
práctica de inmediato. La idea fue consecuencia de mi naciente encono hacia nuestro
explotador, y de que a esas alturas dos mil dólares me parecían ya bastante poca cosa.
La oportunidad para actuar se me presentó cuando el vendedor de baratijas, el negro
que me había vendido el sillón en cinco dólares, acudió a mi puesto para ofrecerme
una lámpara de buró. Le dije que no necesitaba una lámpara de buró, pero que le
daría diez dólares por cada árbol que obtuviera de los puestos vecinos. Los árboles
debía entregármelos a más tardar a las seis de la mañana: sólo así tendría tiempo
suficiente para venderlos antes de que el sueco llegara a relevarme cuatro horas
después. Quiero aclarar, en busca de mi exoneración, que jamás le di al negro
indicaciones precisas para robar a ninguno de mis amigos, pese a que sus puestos
eran los más próximos a mi esquina. Yo sólo dije, en mi pésimo inglés:
—Ten dollars for each Christmas tree that you bring me tonight.
Esa noche el negro me llevó dos árboles que vendí al amanecer en cien dólares
cada uno. El primero a una anciana que se hacía acompañar de un perro Mastín, y el
segundo a una pareja de enamorados: árboles de Navidad canadienses, olorosos a
prosperidad, frondosos, firmes, magníficos. La novedad de esa mañana fueron las
quejas de Osam.
—¡Me robaron dos pinos! ¡No pude hacer nada! Esto se pone cada vez más
peligroso.
—No preocuparte, poner nosotros más vigilancia —dijo el texano.
—Era un negro de dos metros, armado hasta los dientes —nos relataba Osam, sus
ojos glaucos, desmesurados.
Tengo que dejar claro que el negro no medía dos metros, ni tampoco estaba
armado hasta los dientes. Es más, estoy seguro de que Osam ni siquiera se dio cuenta
del robo hasta que descubrió el hueco dejado por los pinos ausentes. El negro debió
sustraerle los árboles en un momento de distracción: usando una navaja cortó la
cuerda que unía los troncos y los arrastró con tranquilidad de santo hasta mi puesto.
Yo puedo ser lo que ustedes quieran, pero jamás pondría en peligro la vida de Osam
Barberena. Fue entonces que de lo más profundo del cielo me abordó una revelación:
me planté frente al texano y le dije que ante la amenaza de tanto delincuente en las
calles no había condiciones para seguir trabajando en paz, que me diera la mitad de lo
acordado por los diez días de trabajo, y que cambiara mi vuelo de regreso a México
para el día siguiente. Morazán, Osam y Gamaliel no ocultaban su sorpresa. El texano
sabía bien que si se negaba a cumplir mis peticiones podía ser denunciado por
explotar a mexicanos con visa de turistas. De nuevo se imaginó la cárcel y su
fotografía en los periódicos.
—¿En verdad vas a hacer eso, Mariano? —preguntó Gamaliel.
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—Si al que le robaron fue a mí —apuntó Osam.
—¿Y los calzones de Ruanda? —preguntó Morazán, el poeta moreno.
De mi parte estaba más que decidido. Un día después el avión que me traería de
regreso a México se elevó para dejar atrás Nueva York. Desde mi asiento, junto a la
ventanilla tuve la impresión de ver a Morazán dando vueltas, desesperado, alrededor
de su puesto mientras en su imaginación aparecía una enorme olla de champurrado y
unos tamales dulces con canela.
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ME BASTA
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Todo comenzó cuando abrí una puerta que debió mantenerse siempre cerrada. No soy
la clase de bebedor que acostumbra husmear en las habitaciones de las casas a donde
se me invita. La rutina que sigo cuando me presento en una fiesta es sencilla:
selecciono un sillón en el rincón más cómodo de la casa, sonrío, bebo todo lo que se
me ponga a la mano y me marcho cuando se termina el vino o cuando los anfitriones
están cansados y hartos de la reunión que ellos mismos propiciaron. Sí, es cierto que
la rutina no siempre puede seguirse al pie de la letra y justo eso fue lo que sucedió el
día en que abrí la puerta indebida y conocí a Siena.
No sé cuántas personas han conocido a la mujer más importante de su vida en una
tina de baño, pero en mi caso los hechos ocurrieron de esa manera. La numerosa
reunión tuvo lugar en una elegante casa de varios pisos ubicada en una hermosa calle
empedrada al sur de la ciudad, en el barrio de Tlalpan. Los baños señalados para el
uso de las visitas se hallaban ocupados y pese a que no conocía lo suficiente al
anfitrión como para internarme en sus dominios, subí unas escaleras que conducían
hasta el tercer piso. Estaba seguro de encontrar un baño desocupado, pero a quien
descubrí desnuda, sumida en el agua tibia de la tina de baño, los ojos cerrados, sus
oídos bloqueados por unos audífonos de los que emanaba un sonido para mí confuso,
fue a Siena.
Permanecí más de un eterno minuto mirándola, azorado, dudoso entre marcharme
de allí y volver a la reunión o alargar más mi tiempo a su lado. Sin embargo, tomar
una decisión precipitada no fue necesario porque ella abrió sus hermosos ojos
almendrados y me dijo: «¿Vienes a drogarte o eres un pervertido?» No recuerdo
cuáles fueron las palabras que utilicé pera justificar mi intromisión, pero mi
desasosiego debió parecerle gracioso porque enderezó unos grados su cuerpo, se
despojó de sus audífonos y me preguntó si podía conseguirle un poco de cocaína. No
me sorprende que en los tiempos que corren las jóvenes sean tan dueñas de sí, sobre
todo cuando están en presencia de un hombre que las contempla embelesado; lo que
me asombró en esa ocasión fue mi propia conducta. Hurgué en mi pantalón en busca
de cocaína, puse la bolsita de plástico sobre las pantaletas de Siena, las cuales se
hallaban a un lado de la tina, y salí de ese cuarto a paso apresurado, como si el único
impulso que animara mis extremidades consistiera en alejarme de ese lugar.
Volví a la reunión e intenté conversar con mi anfitrión, un académico famoso
sepultado en honores universitarios, para conocer así detalles sobre las personas que
habitaban la casona, pero me decepcionó su escrupulosa amabilidad, la cual quise
interpretar como hastío, y me marché sin despedirme de nadie. Buscaba una fuerte
dosis de sosiego y sabía que la encontraría en la tranquilidad de mi departamento.
Minutos después de la media noche, instalado en mi casa, hice lo que nunca antes
durante los diez años que he vivido en soledad: puse una tina de agua caliente,
introduje mi cuerpo en el agua, conecté unos audífonos en mis oídos e intenté
reproducir en mi mente la escena recién acaecida en casa del académico. Siena era yo
mismo siendo observada por un sujeto desconocido que resultaba ser también yo
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mismo. Aquello fue un rotundo fracaso, un gorila sumido en una estrecha tina de
cerámica no podría jamás ejercer ningún poder de seducción, sino a lo más causar
conmiseración o risa.
La segunda ocasión que me encontré con Siena fue al contemplar un cartel de
publicidad a orillas del viaducto Piedad. La misma sonrisa complaciente, su cuerpo
delicado, su cabellera lacia, era ella, no podía ser otra. La joven había permanecido
en mi mente como un trauma en el imaginario de un niño y se quedaría en ese sitio
por el resto de mis días. Para defenderme de ese trauma cada vez más incómodo dejé
incluso de pasar por Viaducto y de mirar carteles que me recordaran el incidente
vivido semanas atrás. Lo hice impelido por una suerte de disciplina estricta que suele
acompañarme cada vez que me encuentro asolado por el deseo. De nada me sirvió la
supuesta disciplina: un jueves de agosto Siena se presentó en mi casa acompañada
por un diminuto perro que llevaba una rama de árbol en el hocico.
Si las dos puertas se hubieran mantenido cerradas mi vida actual sería diferente,
pero los seres humanos no tenemos opciones en la vida, eso es una mentira, sólo
contamos con un camino que debe ser recorrido siguiendo la batuta de la más estricta
resignación. La prueba de esto la encontré en el semblante del perro que acompañaba
a Siena, un animal simpático que parecía decirme: «Bien, es tu turno para ceñirte la
correa». Por un momento fui presa del mismo deseo que me acometió cuando abrí la
puerta del baño en la casa del académico, escapar, volver a mi casa, pero en esta
ocasión no podía marcharme, ¿a dónde? Ni siquiera estaba seguro de querer cerrar la
puerta y así desprenderme de la alucinación. Como he dicho antes no había más que
una sola opción, la invité a pasar, aunque mis ojos no lograban separarse de la correa
del perro, una cinta de cuero negro adornada de estoperoles.
—¿Cómo supiste dónde vivía?
—Es sencillo, soy nada menos que una de las vecinas jóvenes que aparecen en tus
relatos.
—Obtuviste mi dirección de la editorial.
—Te he visto varias veces pasar frente a mi departamento. Vivo cerca de aquí.
—¿No vives en casa de tu padre?
—No era mi padre. Subí a buscar un baño desocupado y no pude resistirme. La
fiesta era aburridísima y preferí darme un baño de agua tibia.
—Trabajas como modelo, te he visto en un cartel cerca de Viaducto. —¿Por qué
deseaba a toda costa obtener una certeza? Cobardía, ésa es la palabra. Abandonar la
somnolencia amorosa en que me había hundido después de ver su cuerpo bajo una
capa de agua transparente.
—La ciudad está llena de esos anuncios, si no me ves es porque estás ciego. No
creas que me dedico a modelar, he posado sólo una vez.
Siena entró a la sala y dejó libre a su perro. La pequeña bestia continuaba
sujetando la rama en el hocico, y la abandonó solamente para olisquear una de las
patas de mi mesa plegable. Siena me preguntó si había en mi casa una tina y si le
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permitiría tomar un baño de agua caliente. No se tardaría más de media hora, me
aseguró, y no debía preocuparme por su mascota: «Severino es un perro educado».
Pasaron más de quince minutos luego de que su cuerpo espigado cerrara tras de sí
la puerta de uno de los dos baños de mi departamento. Severino se trepó a mi sofá
dispuesto a tomar una siesta. Yo, en cambio, angustiado como estaba, sumido en una
especie de desesperación pasiva, abrí cautelosamente la puerta que me separaba de
Siena y la descubrí recostada en la tina, con el agua apenas sobrepasando la piel de su
cuerpo y los minúsculos audífonos adheridos a sus oídos. Estuve observándola
durante algunos minutos hasta que ella abrió los ojos y me dijo: «¿Vienes a drogarte o
eres un pervertido?». Balbucee tal como lo hice en la residencia del académico meses
atrás, ¿qué palabra podría acumular valor ante su presencia inesperada? Me preguntó
si podía regalarle un poco de cocaína, sus ojos no miraban a un extraño, me
comprendían como nadie antes lo había hecho a lo largo de mi vida. En seguida me
dirigí a mi recámara y volví para colocar encima de sus pantaletas un papel con
medio gramo de cocaína. La bragas se hallaban a un lado de la tina, junto a su blusa
de tirantes y a sus botines sin tacón. De nuevo, como en nuestro primer encuentro,
salí apresuradamente del baño, pero no me marché, ¿a dónde? Preferí sentarme a un
lado de Severino e intentar someter mis pronunciados deseos de llorar, de rebelarme
frente a lo que parecía una sentencia definitiva. Media hora después, Siena salió del
baño, me acarició el cabello, puso la correa en el cuello de Severino (el perro había
recuperado su rama de árbol y aguardaba impaciente su nuevo paseo), y se marchó.
La secuencia se repitió tres veces más sin demasiadas variaciones durante siete
meses, hasta que un día no pude más y le supliqué a Siena que me permitiera pasar
más tiempo a su lado. «Me basta con un poco de tu amor, de tu perfume, no quiero
vivir con la conciencia de que un día no volverás», supliqué. Se burló de mí
abiertamente a pesar de que mis palabras la conmovieron.
—Puedes acompañarme dos veces por mes al cine, a una reunión o a donde sea,
pero la condición es que no te atrevas a hablar conmigo, serás como Severino, ¿te
parece, señor escritor? Sólo responderás a mis preguntas y si un día tomas libertades
de más o rompes las reglas nunca volveré a bañarme en tu tina.
—Sí, haré lo que desees, pero no comprendo por qué una joven que no ha
cumplido siquiera veinte años puede someterme como a un perro.
—Lo aprendí de tus novelas.
—Son invenciones, nadie en su sano juicio puede creer en mis historias.
—Creo en tus historias, Guillermo, y espero que no tengamos nunca más una
conversación tan larga como ésta. ¿Quieres que te abandone para siempre?
—No, de ninguna manera. Me basta con lo que quieras darme.
—Tengo un novio.
—No me importa saber si tienes dueño o no.
—Y amantes.
—Tampoco me importa.
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—Y cada vez que me pongo ebria me acuesto con quien deseo. Lo puedo hacer
incluso cuando estés presente. ¿Enterado, señor escritor?
Esta última amenaza no ha sido aún cumplida, y creo que no lo será porque Siena
me ha tomado cariño. Nuestra rutina se acerca mucho a la idea que tengo de la
felicidad. Nadie podría hacerme comprender lo contrario, y el dinero que se me va
comprando cocaína para Siena es insignificante comparado con el que se requiere
para mantener a una esposa o a una pareja permanente. Continúo escribiendo novelas
y mi vida social es bastante limitada. Mis libros se venden poco, aunque sé por boca
de mis editores que mi público es joven y pronto crecerán, tendrán dinero y me harán
rico. A veces, Siena me permite acompañarla cuando sale a divertirse con sus amigos,
pero debo mantenerme en una mesa apartada y no intervenir a menos que ella lo
demande. Sólo cuando vamos al cine me deja permanecer a su lado y entonces soy
tremendamente dichoso. ¡Cómo no serlo si pronto cumpliré cincuenta años! Hace
unos días, Siena me comunicó que pronto se ofrecerá otra reunión en casa del
académico donde nos conocimos, ese académico lleno de honores que tiene una casa
de tres pisos. Allí celebraremos nuestro primer aniversario.
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CHAPULTEPEC NOS ESPERA
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Elías era un hombre en apariencia tranquilo aun cuando su carácter hacía explosión
en las ocasiones más inesperadas.
—Esta vida es un escupitajo, pero no me quejo.
—¿Cómo que no te quejas? Si dices que la vida es un escupitajo, te estás
quejando —objetaba Ernestina, su novia desde hacía apenas unas semanas.
Elías trabajaba durante toda la semana excepto los domingos. Su labor consistía
en conducir un camión de basura desde la madrugada hasta la media tarde. No estaba
solo. Dos hombres más lo acompañaban en esos largos recorridos por la colonia
Portales: uno de ellos tañía la campana para invitar a la gente a tirar sus desechos; el
otro, encaramado sobre el cajón metálico, recibía y descargaba los botes colmados de
desperdicios. Elías era un hombre joven, aunque su mirada cansina lo hacía parecer
un hombre maduro. En su frente, un pentagrama de líneas suaves, lo presentaba como
un sujeto adusto, incluso mal encarado.
—He conseguido que me presten el camión para llevarte a pasear el domingo. Y
para alivianar trabajaré unas horas más el lunes, pero no me importa.
—Pero, Elías —titubeó Ernestina—, no tengo ropa para salir. Además, ¿dónde
iríamos?
—A Chapultepec. Conozco un lugar en el bosque donde sólo hay ardillas. Vas a
ver, nadie nos molestará.
A pesar de la reticencia de Ernestina convinieron en una cita: Elías pasaría a más
tardar a las nueve de la mañana del próximo domingo. Antes revisaría el vehículo a
conciencia para que ningún detalle mecánico les arruinara su paseo dominical.
Cuando ella escuchara sonar la bocina del camión se despediría de su madre y
atravesaría el patio de la vecindad para salir a su encuentro.
En cuanto la madre de Ernestina supo que la más joven de sus dos hijas saldría a
pasear con el basurero, le dijo:
—A ver si ahora que es tu novio pasa más temprano y se lleva todas las
chingaderas que hay en el patio. Que haga méritos.
—Elías no es cargador de basura, mamá. Es el conductor.
—Es la misma cosa, ¿para qué nos hacemos?
El domingo 9 de enero el convoy del departamento de limpia se estacionó frente a
la vecindad y Elías hizo sonar las bocinas de acuerdo a lo pactado. Sin embargo,
antes que Ernestina, un pequeño grupo de señoras aún somnolientas a causa de la
noche reciente apareció en la puerta cargando bolsas de plástico llenas de porquería.
Cuando estas mujeres rodearon el camión para exigir el servicio, Elías asomó su
rostro por la ventanilla y las exhortó a retirarse:
—¡Señoras, vuelvan a sus casas; hoy es domingo!
—¿Y tú piensas que los domingos no hay basura? —preguntó la más gorda de las
amas de casa.
—Sí, señora. Quiero decir que hoy es mi día de descanso. ¡Hoy no trabajo!
—Huevón, así tendrás tu casa —murmuró otra mientras acomodaba un enorme
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costal sobre su espalda.
—¡Déjenme en paz! ¡Es domingo y tengo derecho a divertirme! —gritó Elías,
desesperado.
La compuerta de la caja metálica se encontraba cerrada. La ausencia del
campanero y el cargador era más que evidente. ¿Por qué entonces insistían en
acosarlo con tanta vehemencia? ¿Acaso los bancos abrían los domingos?, se
preguntaba Elías, quien incluso había realizado un esfuerzo considerable para lavar la
carrocería, limpiar las ventanas y meter un poco de orden en la cabina. Cuando,
resignadas, las viejas se alejaron para volver a sus casas, Ernestina trepó a la cabina
mostrando la ligereza muscular de sus veinte años. Contra lo esperado se encontró
con un hombre cabizbajo, triste.
—¿Te pasa algo, Elías?
—La vida es un escupitajo, pero no me quejo —Elías conservaba las manos
sujetas al volante.
—Te estás quejando —le reprochó Ernestina después de plantarle un beso
redentor—. Vámonos antes de que suceda otra cosa —dijo y, sonriente, lo animó a
comenzar la excursión rumbo a Chapultepec.
Apenas habían avanzado unas cuadras cuando un semáforo en rojo los obligó a
detenerse. Los potentes frenos del camión resoplaron como un toro embravecido. En
vista de que el tráfico era escaso, Elías aprovechaba para demostrarle a Ernestina las
virtudes de su vehículo: «No cualquiera sabría cómo utilizar tantas palancas. Parece
una cosa sencilla, pero se requiere más inteligencia de la normal». No habían pasado
quince segundos frente al semáforo cuando un nuevo grupo de personas se aproximó
a la esquina arrastrando sus desperdicios. Una de ellas gritó:
—¡No se vaya, ahorita viene mi hija con los botes!
El basurero intentó en vano contener el pesar que lo embargaba, e iracundo
asomó medio cuerpo por la ventanilla para responder:
—¡Viejas desgraciadas, debería llevármelas a ustedes!
Elías se alejó de aquella esquina pisando a fondo el acelerador. El estruendo del
motor le impidió escuchar los insultos de las mujeres quienes, enfurecidas, arrojaban
contra el vehículo toda clase de objetos.
—¿Lo ves, Ernestina? Estoy marcado, la mierda me persigue.
—No, mi amor. Juntos lucharemos para que la vida no sea así. Es natural que las
personas vean el camión de basura y crean que estás en servicio.
Sobre Isabel la Católica, a la altura de la colonia Obrera, Elías detuvo nuevamente
el camión. Esta vez le fue imposible ignorar el semáforo pues dos automóviles se
habían detenido impidiéndole el paso. Elías no tenía ningún empacho en pasarse los
altos ya que en sus años como conductor ningún policía lo había detenido para
imponerle multas. Una mujer de baja estatura y el cabello teñido de rubio se acercó a
la ventanilla para decirle:
—Señor, ayer el perro volvió a orinarse en el colchón —su voz apesadumbrada
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parecía más bien un lamento de confesionario.
—Señora, ¿y eso a mí qué me importa? —declaró Elías, impertinente.
—No puedo cargarlo, los resortes salen por todos lados. Es imposible seguir
durmiendo en ese colchón. Lléveselo, por favor. Es su trabajo.
—No hagas caso mi amor, vámonos, Chapultepec nos espera —Ernestina intentó
consolarlo cuando se percató de que unas gruesas lágrimas se deslizaban por las
mejillas de su pareja.
—No, Ernestina. La señora tiene razón. Voy a traer el colchón.
Elías descendió de la cabina y se puso a las órdenes de la mujer: «Señora, estoy
para servirle», dijo conteniendo apenas su voz entrecortada. Entonces ella, con el
rostro encendido por la felicidad, le pidió acompañarla hasta las puertas de su casa:
«Venga, mis hijos ya sacaron el colchón al patio».
Minutos más tarde, el basurero volvió con un maltrecho box spring sobre la
espalda. Su camisa rosada, su loción Brut para después de afeitarse, sus zapatos
recién boleados, su gel con aroma de naranja habían sido mancillados por el esfuerzo
inesperado. Otras personas, sorprendidas por el repentino servicio dominguero,
aprovecharon para deshacerse de sus desperdicios obligando a Elías a poner en
marcha la trituradora de basura. Después de diez minutos, cuando la gente hubo
desaparecido, los dientes metálicos de la trituradora seguían funcionando como si
ningún objeto, incluso el cuerpo de Elías, fuera capaz de satisfacerlos. A través de un
espejo adosado a la puerta, Ernestina buscaba la silueta de su enamorado. ¿Por qué
tardaba tanto en volver? Aún podía aspirar el aroma de su loción dentro de la cabina
cuando un presentimiento le enfrió las venas. De un salto repentino puso sus pies en
la acera y corrió hacia la parte trasera del camión de basura. Atónito, Elías miraba
hacia la bocacalle como si esperara la aparición de un santo. En realidad no miraba
hacia ninguna parte sino que, cansado de sollozar, esperaba a que sus ojos terminaran
de arder.
Cuando Ernestina se acercó para abrazarlo, Elías murmuró.
—La vida es un escupitajo.
—No, Elías, es mucho peor que eso —respondió ella, cerrando los ojos.
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GUILLERMO FADANELLI nació en la ciudad de México el 14 de noviembre de
1963. En cada uno de sus textos Guillermo Fadanelli ha sido un fiel observador del
desencanto y un crítico insobornable de los vicios de la sociedad. Es autor, entre
otros, de los libros de cuentos El día que la vea la voy a matar, Más alemán que
Hitler y Compraré un rifle; de los ensayos En busca de un lugar habitable
(Almadía), Plegarias de un inquilino y Elogio de la vagancia; así como de las
novelas ¿Te veré en el desayuno? (Almadía), La otra cara de Rock Hudson, Educar a
los topos, Malacara y Lodo —esta última, finalista del Premio Rómulo Gallegos—.
Dirige la revista Moho y colabora en periódicos y publicaciones de diversos países.
Ha sido traducido al francés, alemán, portugués e italiano, y ha obtenido dos premios
nacionales de novela: el IMPAC/CONARTE en 1998 y el Premio de Narrativa
Colima para Obra Publicada en 2002.
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Notas
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[1] Judith 13, 7-11. <<
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[2] Gen 22: 9-10. <<
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[3] Gen 19: 4-8. <<
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