La Infancia de los Siete a los Doce Años
La edad de siete años, que coincide con el principio de la escolaridad propiamente
dicha del niño, marca un hito decisivo en el desarrollo mental. En cada uno de los
aspectos tan complejos de la vida psíquica, ya se trate de la inteligencia o de la
vida afectiva, de relaciones sociales o de actividad propiamente individual,
asistimos a la aparición de formas de organización nuevas, que rematan las
construcciones esbozadas en el curso del período anterior y les aseguran un
equilibrio más estable, al mismo tiempo que inauguran una serie ininterrumpida de
construcciones nuevas.
A. Los progresos de la conducta y de su socialización
Desde el punto de vista de las relaciones interindividuales, el niño, después de los
siete años adquiere, en efecto, cierta capacidad de cooperación, dado que ya no
confunde su punto de vista propio con el de los otros, sino que los disocia para
coordinarlos. Esto se observa ya en el lenguaje entre niños. Las discusiones se
hacen posibles, con lo que comportan de comprensión para los puntos de vista del
adversario, y también con lo que suponen en cuanto a búsqueda de justificaciones
o pruebas en apoyo de las propias afirmaciones. Las explicaciones entre niños se
desarrollan en el propio plano del pensamiento, y no sólo en el de la acción
material. El lenguaje "egocéntrico" desaparece casi por entero y los discursos
espontáneos del niño atestiguan por su misma estructura gramatical la necesidad
de conexión entre las ideas y de justificación lógica.
El niño de siete años comienza a liberarse de su egocentrismo social e intelectual
y adquiere, por tanto, la capacidad de nuevas coordinaciones que habrán de
presentar la mayor importancia a la vez para la inteligencia y para la afectividad.
Por lo que a la primera se refiere se trata en definitiva de los inicios de la
construcción de la lógica misma: la lógica constituye precisamente el sistema de
relaciones que permite la coordinación de los puntos de vista entre sí, de los
puntos de vista correspondientes a individuos distintos y también de los que
corresponden a percepciones o intuiciones sucesivas del mismo individuo.
En cuanto a los instrumentos mentales que habrán de permitir esta doble
coordinación lógica y moral, están constituidos por la operación, en lo que
concierne a la inteligencia, y por la
voluntad, en el plano afectivo: dos nuevas realidades, y, como habremos de ver,
muy emparentadas una con otra, puesto que resultan ambas de una misma
inversión o conversión del egocentrismo primitivo.
B. Los progresos del pensamiento
Cuando las formas egocéntricas de causalidad y de representación del mundo, es
decir, las que están calcadas sobre la propia actividad, comienzan a declinar bajo
la influencia de los factores que acabamos de ver, surgen nuevas formas de
explicación que en cierto sentido proceden de las anteriores, aun cuando las
corrigen.
Estos desarrollos constituyen la prueba de que la asimilación egocéntrica, principio
del animismo, del finalismo y del artificialismo, está en vías de transformarse en
asimilación racional, es decir, en estructuración de la realidad por la razón misma,
pero dicha asimilación racional es mucho más compleja que una pura y simple
identificación.
Descubrimos que, a partir de los siete años, el niño es capaz de construir
explicaciones propiamente atomísticas, y ello en la época en que comienza a
saber contar.
El desarrollo de las nociones de tiempo plantea, en la evolución mental del niño,
los problemas más curiosos, en conexión con las cuestiones que tiene planteadas
la ciencia más reciente. A todas las edades, por supuesto, el niño sabrá decir de
un móvil que recorre el camino A-B-C que se hallaba en A "antes" de estar en B o
en C y que necesita "más tiempo" para recorrer el trayecto A-C que el trayecto A-
B.
En cuanto a la velocidad, los pequeños tienen a cualquier edad la intuición
correcta de que si un móvil adelanta a otro es porque va más deprisa que éste.
Pero basta que deje de haber adelantamiento visible (al ocultarse los móviles bajo
túneles de longitud desigual o al ser las pistas desiguales circulares y
concéntricas), para que la intuición de la velocidad desaparezca. La noción
racional de velocidad, en cambio, concebida como una relación entre el tiempo y
el espacio recorrido, se elabora en conexión con el tiempo hacia aproximadamente
los ocho años.
Desgraciadamente, si bien conocemos más o menos el desarrollo de esta noción
bajo su forma de esquema práctico durante los dos primeros años, el estado de
las investigaciones que se refieren a la geometría espontánea del niño dista
mucho de ser tan satisfactorio como para las nociones precedentes. Todo lo que
se puede decir es que las ideas fundamentales de orden, de continuidad, de
distancia, de longitud, de medida, etc., etc., no dan lugar, durante la primera
infancia, más que a intuiciones extremadamente limitadas y deformadoras.
De nuevo nos encontramos con que es a partir de los siete años cuando empieza
a construirse un espacio racional, y ello mediante las mismas operaciones
generales, de las que vamos a estudiar ahora la formación en sí mismas
C. Las operaciones racionales
A la intuición, que es la forma superior de equilibrio que alcanza el pensamiento
propio de la primera infancia, corresponden, en el pensamiento ulterior a los siete
años, las operaciones. De ahí que el núcleo operatorio de la inteligencia merezca
un examen detallado que habrá de darnos la clave de una parte esencial del
desarrollo mental.
Hay operaciones lógicas, como las que entran en la composición de un sistema de
conceptos o clases (reunión de individuos) o de relaciones, operaciones
aritméticas (suma, multiplicación, etc., y sus contrarias), operaciones geométricas
(secciones, desplazamientos, etc.), temporales (seriación de los acontecimientos,
y, por tanto, de su sucesión, y encajamiento de los intervalos), mecánicas, físicas,
etc. Una operación es, pues, en primer lugar, psicológicamente, una acción
cualquiera (reunir individuos o unidades numéricas, desplazar, etc.), cuya fuente
es siempre motriz, perceptiva o intuitiva.
Dichas acciones que se hallan en el punto de partida de las operaciones tienen,
pues, a su vez como raíces esquemas sensorio-motores, experiencias efectivas o
mentales (intuitivas) y constituyen, antes de ser operatorias, la propia materia de la
inteligencia sensorio-motriz y, más tarde, de la intuición.
Es curioso observar que, hacia los siete años, se constituyen precisamente toda
una serie de sistemas de conjuntos que transforman las intuiciones en
operaciones de todas clases. Y, sobre todo, es curioso ver cómo estos sistemas
se forman a través de una especie de organización total y a menudo muy rápida,
dado que no existe ninguna operación aislada, sino que siempre es constituida en
función de la totalidad de las operaciones del mismo tipo.
D. La afectividad, la voluntad y los sentimientos morales
Antes de este periodo, vimos que el niño obedece a una autoridad exterior
(adulto). Luego, en la cooperación aparece un respeto mutuo con sus
compañeros. Más tarde, empieza a realizar una valoración general del otro cuando
ubica en el mismo sistema el sentir como superior al otro y el sentirlo como
semejante. Se instaura así un respeto mutuo que conduce a nuevas formas de
sentimientos morales, distintas a la obediencia exterior inicial. El niño advierte que
la regla une a los niños entre sí tanto como a los niños con sus padres.
El efecto notable del respeto mutuo es el sentimiento de justicia, al principio el niño
consideraba justa la obediencia a la autoridad externa, y juzgaba un castigo como
justo si la acción castigada producía daños materiales importantes. Poco a poco el
niño comprende aquí que es importante la intención con que se hace la acción
más que su resultado. Ser justo con alguien es considerar, por ejemplo, que una
mala acción no la hizo adrede.
A medida que los sentimientos se organizan, van constituyendo regulaciones cuya
forma final es la voluntad, verdadero equivalente de las operaciones racionales en
el terreno afectivo. La voluntad no es simplemente querer hacer algo con una
intención (esto ya lo hace el niño cuando aún tiene interes). La voluntad aparece
recién cuando hay un conflicto de tendencias, y consiste por ejemplo en resistir tal
tendencia para actuar según otra tendencia diferente. La voluntad es así una
regulación que se volvió reversible: cuando el deber es momentáneamente más
débil que un deseo, la voluntad restablece los valores poniendo en primer plano al
deber.