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Capfruto II
La generacién roméntica
1. Lfurres
Es relativamente fécil sefialar el comienzo del romanticismo es-
paiiol, sobre todo, en su fase creadora. Si se dejan aparte obras cla-
tamente precursoras como las Noches ltigubres (1789-1790), de José
Cadalso, hay que esperar hasta 1823 para encontrar lo que legiti-
mamente, desde un punto de vista cronol6gico, no cualitativo, debe
considerarse la primera creacién roméntica espatiola: Ramiro, Conde
de Lucena, novela histérica de Rafael Humara, El restablecimiento
del absolutismo y 1a consiguiente represién acarrearon una interrup-
cién momenténea en la creaci6n literaria innovadora que no se reanu-
daria basta 1828 con la aparicién de Larra en el interior y la no-
vela Gémez Arias, de Trueba y Cossfo, fuera.
Si se atiende, en cambio, a la introducci6n de las primeras ideas
criticas del movimiento, In fecha debe adelantarse a 1814, afio del
inicio de Ia polémica entre Nicolés Bohl de Faber y Joaquin de Mora.
Y ssi, finalmente, se recurre como criterio a la penetracién de algu-
nos grandes escritores europeos mediante la traduccién, hay que re-
montarse un poco més hasta el filo de 1800. Resumiendo breve
mente datos expuestos en el capitulo anterior, se ve que Rousseau
es conocido antes de ese ato; que Chateaubriand se traduce en 1803;
que el ossianismo se discure y divulga entre 1788 y 1804; que se
puede leer el Werther desde 1803. Es decir, entre 1800 y 1814 los
espafioles ya han tenido la oportunidad de enterarse de cosas tan 10-
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Zz
‘ménticas como el mal del siglo, 1a belleza del cristianisma.ge (1 bru-
moso medievalismo de Inglaterra al
Menos dificil atin resulta incicar los afios gloriosos
mien, Van de 1834 a 1844, urn dca apne, fo sfc Fre
transformar el panorama cultural, también por supuesto el ¥
politico de Espaiia, Se inicia con una obra de teatro, La conjuracién
de Venecia, y se acaba con otra, Don Juan Tenorio, de Zorrilla.
Entre las dos fechas escribe Larra muchos de sus articulos; Espron-
ceda, sus poesias; Hartzenbusch, Garcia Gutiérrez, Gil y Zérate, el
propio Zorrilla, sus mejores dramas; florece el costumbrismo y_ se
publican Los espafioles pintados por si mismos; la novela histdrica
alcanza un apogeo inusitado; los grandes autores extranjeros, Hugo,
Dumas, Scott, Byron, se popularizan; revistas y periddicos acogen
en sus paginas las novedades.
La dificultad surge al querer poner el punto final. ¢Cuéndo aca-
ba el romanticismo? Se dice que La Gaviota, de Fernin Caballero,
marca en 1849 el comienzo del realismo; pero se contimia llamando
roménticos a Bécquer y Rosalia de Castro que no escriben antes de
la década de 1860, negando en cambio tal calificativo a Campoamor,
bastante anterior a ellos. Més atin, a Echegaray, cuyos dramas no
se estrenan antes de 1870, se le caracteriza como neorromintico.
éNo acaba, pues, el romanticismo? Aparece y desaparece como es-
curridizo Guadiana para confusién de criticos e historiadores? Algo
evidentemente esté aqui confuso.
La confusién deriva basicamente de una concepcién errénea de
romanticismo y su aplicacién arbitraria o escasamente técnica en la
historia literaria. Suele identificarse el romanticismo con sus primeras
y un tanto estridentes ms staciones o con un sentimentalismo lén-
guido, pesimista, sofiador, Y asi se coloca en esta categoria a Bécquer
Por st intimismo amoroso o a Echegaray por su tendencia al énfa-
sis, la exageracién y el melodrama; pero se excluye a Campoamor
or sus toques de ironia realista y a Fernén Caballero por su pintura
de costumbres. Con ello se logra un pequefo laberinto cronolégico,
pues aguél y éta pertenccen por su edad a la generacién romantica
en tanto que los otros dos no.
Pero el romanticismo, como movimiento de amplitud revolucio-
naria, como gran corriente histérica, no puede ni debe ser restringi-
do a'una 0 dos de sus cristalizaciones literarias. El romanticismo,
como ya se ha explicado previamente, es toda una actitud ante los
problemas del hombre, de la sociedad, de la cultura, Actitud libera
dora, que tiende a totalizar y no a excluir, que admite en si las con-
tradicciones del ser humano, que puede a la ver sofar y caminat a
37ras de tierra y que, por supuesto, evoluciona con las necesidades y
anhelos de Ia clase que le dio vida, la burguesta
En tal sentido, el romanticismo esté vigente desde 1800 hasta
hoy. gNo es romdntico Freud con sus buceos en el subconsciente?
2No €s romantica la libertad irracional de los supertealistas o la des-
melenada angustia de los existencialistas? Ya Rubén Datfo lo dijo:
«¢Quién que es no es roméntico?» Y Azorin vefa como una unidad
Ja cultura occidental desde 1800 a sus dias, como formaron una
uunidad los tres siglos precedentes. En el fondo to que se ha hecho
desde el siglo 21x ha sido desartollar aspectos particulares conteni-
dos embrionariamente en el empuje inicial del movimiento: ya lo
exagetado y melodramitico, ya lo intimista y delicado, ya la ironfa
y el pesimismo, ya la historia o las costumbres, el yo 0 sus circuns-
tancias.
Bajo esta perspectiva es preciso enfocar de modo diferente el
realismo que muchos han dado en definir como teaccién antirromén-
tica. No hay tal. El realismo esté contenido en el romanticismo in-
evitablemente: es el resultado de un postulado de éste, su atencién
al color local, a Jo particular, a lo especifico de cada cultura, cada
pueblo, cada ‘individuo frente al hombre universal de los clésicos.
No son casualidades los siguientes hechos: que el propio Rousseau
en Julia ponga tanto empenio en describir con exactitud las costum-
bres de las montafias de Valais o las de Paris; que Balzac y Stendhal
sean rigurosamente contempordneos de Hugo y Dumas; que el cos-
tumbrismo florezca en Espaiia hacia 1830; que Heine sea un poeta
delicado y sentimental en muchos de sus Lieder mientras se muestra
en Deutschlond satitico, deliberadamente prosaico a veces, 0 que
Espronceda pueda ser a a vez el delicado cantor de Teresa y el
autor de escenas de majos y cuchillos de Lavapiés en El Diablo Mun-
do, Realismo y romanticismo van unidas: después de todo, el com-
plemento del suefto es 1a vida real y el del amor ideal, la ironfa des-
encantada,
Plantcadas asi las cosas, no hay raz6n para lamar roméntico a
Bécquer y no a Campoamor o Fernén Caballero 0 tantos otros. Pero,
naturalmente, y éste es el otro lado del problema, poco se resolveria
laméndolos asf, porque en estricta y rigurosa historia literaria im-
porta sefalar las modalidades mds que las generalidades. En conse-
cueneia, y como conelusién préctica, se propone reservar el uso del
término romanticismo a un periodo muy definido del siglo xrx en
Espafia, el que va de 1830 a 1850 aproximadamente. Los escritores
‘que queden fuera de él deben ser designados de otro modo.
Este criterio permitiria dividir la historia literaria espafiola del
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siglo x1x en cuatro épocas bien delimitadas: el fin del neoclasicismo
hasta 1830; el romanticismo entre 1830 y 1850; el postromanti-
cismo entre 1850 y 1875; el realismo entre 1875 y 1898, Tal di
visin tiene Ia ventaja de destacar y limitar dos aspectos eje, romanti-
cismo y realismo, entre dos tiempos de transicién en los que natu-
ralmente eoexisten elementos heterogéneos que reflejan lo que se va
y lo que Hlega. Y permite, ademés, como se ver inmediatamente, si-
tuar escritores y hechos hasta hoy mal encajados en su perspectiva
adecuada,
2. LA GENERAGION ROMANTICA
2Existe una generacién roméntica en Espafia? La pregunta hay
que formularla porque tal existencia ha sido negada. Por supuesto,
se admite que ha habido roménticos; lo que se niega es que hayan
tenido conciencia de grupo con unas intenciones, unos objetivos de-
terminados y una estrategia para lograrlos. Tal es Ia premisa que
late en muchas afirmaciones de E. Allison Peers en su Historia del
movimiento roméntico espafiol, al notar Ia falta de coherencia de
‘te, su escasa vitalidad, Ia ausencia de un jefe. Y tal es una de las
ideas més repetidas de Azorin, formulada explicitamente en sus at-
ticulos sobre la generacién del 98
1Ni les unen a estos esctitores los medioe de que disponen, medios
artistcos, niles ligan los fines. No. podemot asignar ningtin fin
cconereto a} llamado romanticismo espaol. Tal romanticismo en rea-
lidad no existe. En otras partes, romanticismo es liberacién. Se rom-
pe con estrépto el molde antiguo en que veala encernindose el act.
EE teatro se ensancha. Se pone en contacto el artista, por una parte,
con ef pasado, un pasado fantéstico, y, por otro, con la naturaleza.
2Y e6imo van a lograr estos dos fines capitales Larra, Saavedss, Zo-
rrilla y Espronceda si en Espafia no hay lugar « tal liberacién? Lope
de Vega ha hecho trizas siglos atrs todas las reglas del teatro. Con
Ia naturaleza se he puesto en intimo contacto Cervantes
Discutir tan radicales declaraciones requeriré un cuidadoso exa-
‘men un poco mas adelante. Previamente es preciso determinar quié-
nes son los autores que deben incluirse dentro cel romanticismo es-
paiiol, esto es, los que escriben sus obras fandamentales entre 1830
y 1850, y o6mo se sitian en el contexto histérico. Si se toma como
ano medio de referencia 1805 —batalla decisiva de Trafalgar— y
se prolonga quince afios hacia adelante y quince hacia atrés, se ob-
39.tiene un amplio e ideal marco dentro del cual nacen los roménticos.
Treinta afios constituyen el limite de una generacién y dan suficiente
‘campo para distinguir dentro de ella entre viejos y j6venes.
El grupo de los viejos lo forman escritores nacidos antes de 1800.
Larra solia referirse a ellos como los hombres de las Cortes de Cé-
diz, responsables en parte por la Constitucién de 1812. Comenzaron
su carrera literaria como neoclisicos bajo el magisterio de Moratin,
Quintana y Meléndez. Valdés. Con mayor o menor sinceridad se hi-
cieron roménticos durante su experiencia europea en Ia emigracién.
de 1823-1833 0 bien por otros motivos y circunstancias. AA. ellos les
correspondié la introduccién del movimiento en Espafia. Liberales &
ilustrados, se escindieron en conservadores 0 moderados como Mar-
tinez de la Rosa y progresistas como Alcalé Galiano y Rivas. Son ellos
Francisco Martinez de la Rosa (1787-1862), Antonio Alcalé Galia-
no (1789-1865), Angel de Saavedra, duque'de Rivas (1791-1865);
Agustin Durdn (1793-1862), Cecilia Bohl de Faber (1796-1877),
Antonio Gil y Zérate (1796-1861), Manuel Bretén de los Herre
ros (1796-1873), Buenaventura Carlos Aribau (1798-1862), Te-
lesforo Trueba_y Cossio (1799-1855), Serafin Estébanez, Calderén
(1799-1867).
Sorprender4, sin duda, dentro de esta lista, la inclusién del nom-
bre de Fernén Caballero. Las fechas, sin embargo, no engafian. La
madre de la novela realista espafiola es contempordnea de los pri-
meros romdnticos. Y ello ayuda a explicar la enorme carga de le-
mentos roménticos con que escribe; costumbres pintorescas, recursos
melodramiticos, impulsos emotivos. Teniéndolo en cuenta, se com-
prenderia mejor hasta qué punto tealismo y romanticismo van de Ja
‘mano. Ahora bien, como la obra de esta escritora se publica en la
década de 1850, principalmente, se la excluird de este estudio, situn-
dola en el periodo postromintico,
Un segundo grupo viene constituido por los que nacen en Ia dé-
cada siguiente, entre 1800 y 1810. Reciben todavia una educacién
clésica. Maestro de muchos es Alberto Lista, que los forma en el
buen gusto y la moderacién. Viven decisivamente en su juventud la
trigica alternativa de liberalismo y represin, siendo el Trienio Libe-
ral y la Ominosa Década su gran experiencia histérica. Algunos emi-
graron, pero muchos prefitieron quedarse en el pais. Sinceramente li
berales en su mayoria, levaron al romanticismo el entusiasmo juve
nil y el ardor doctrinario, aunque algunos tendieran al conservadu-
rismo. Triste sino de los mejores fue Ia muerte temprana: Larra, Es-
proneeda, Gil y Carrasco,
Se incluyen aqui José Maria Diaz (1800-1888), Santos Lépez Pe-
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legrin (1801-1846), Wenceslao Ayguals de Tzco (1801-1875), Ramén
Mesonero Romanos (1803-1882), Juan Arolas (1805-1849), Juan Cor-
tada y Sala (1805-1868), Ramén Lépez Soler (1806-1836), Modesto
Lafuente (1806-1866), Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880), Pa-
tticio de la Escosura (1807-1878), Ventura de Ia Vega (1807-1865),
José de Espronceda (1808-1842), Manuel de Cabanyes (1808-1833),
‘Antonio Ros de Olano (1808-1886), Francisco Pacheco (1808-1865),
Mariano José de Larra (1809-1837), Juan Donoso Cortés (1809-
1853) y Pascual Gayangos (1809-1897).
Finalmente, existe un tercer grupo que comprende a los nacidos
entre 1810 y 1820. Se educan ya en pleno fervor romantico. Figuras
como Larra y Espronceda les merecen respeto: baste recordar con
qué entusiasmo habla Zorrilla de ambos. Su experiencia histérica de-
cisiva es la guerra carlista y las luchas de moderados y progresistas
por el poder. Coinciendo con la tendencia de la sociedad-espaiiola a
un orden estable, buscan un romanticismo menos agresivo, més his-
‘rico y tradicional, mAs conservador en suma, No es casual en tal
sentido tampoco la’ aparicién de una conciencia regionalista bastante
acusada en Catalufa y Galicia que propicia el renacimiento cultural.
Por otro lado se empieza a buscar ya caminos nuevos: tal es el caso
de Campoamor. Aqu{ cabe situar a los siguientes escritores:
Jaime Balmes (1810-1848), Nicomedes Pastor Diaz (1811-1863),
‘Miguel Agustin Principe (1811-1863), Marfa Josefa Massanés y Dal-
mau (1811-1887), Pedro Mata y Fontanet (1811-1877), Tomés Agui-
16 (1812-1884), Mariano Roca de Togores (1812-1889), Antonio Gar-
cia Gutiérrez (1813-1884), Vicente Boix (1813-1880), Antonio Ribot
y Fontseré (1813-1871), Gertrudis Gémez de Avellaneda (1814-1873),
Salvador Bermiidez de Castro (1814-1883), Antonio Ferrer del Rio
(1814-1872, Enrique Gil y Carrasco (1815-1846), Gregorio Romero
Larrafaga (1815-1872), Eugenio de Ochoa (1815-1872), Leopoldo
Augusto Cueto (1815-1901), Juan Martinez Villergas (1816-1894),
Juan Ariza (1816-1870), José Zorzilla (1817-1893), Ramén de Cam-
poamor (1817-1901), Francisco Afién y Paz (1817-1878), Pablo Pi-
ferrer (1818-1848), Francisco Navarro Villoslada (1818-1895), José
Amador de los Rios (1818-1878), Manuel Mild y Fontanals (1818-
1884), José Marla Quadrado (1819-1896) y Carolina Coronado
(1823-1911),
‘Al llegar al mite final del periodo roméntico se plantea natural-
mente el problema de la exclusién o inclusién de escritores al borde
mismo de la linea. Un cierto elemento de arbitrariedad es inevitable
‘en tales casos. Y as{ se acepta aqui a Carolina Coronado, nacida
en 1823, por estar tan ligada a Espronceda; pero se excluyen Ven-
4atura Ruiz Aguilera (1819-1881), Antonio Trueba y de la Quinta:
nna (1821-1889), José Selgas y Carrasco (1822-1887), Victor Bala-
guer (1823-1901), macho més Eulogio Florentino Sanz (1825-1881),
cuya obra se proyecta ya en el postromanticismo.
Felizmente ninguno, con la excepcién de Balaguer tan importante
en la generacién catalana de los Juegos Florales (1859), es figura
de primer orden. Caso distinto es el de Campoamor que, aunque na-
cido en el mismo aio que Zorrilla, va a marcar una diteccién nueva
en Ia poesta. Roméntico todavia en Ternezas y flores (1840) y Ayes
del alma (1842), marcha ya por otro camino desde sus Doloras (1846).
Cejador y Frauea, en su Historia de la literature castellana, afirma:
«Ya es un realista y un sincero de los que vinieron después del ro-
manticismo.» Enrique Pifeyro, en El romanticismo en Espafa, situs
bien al asturiano: «Fue roméntico por muy corto tiempo... Vio pron-
to que para distinguirse y salir del montén debia cambiar de ruta,
pues no era capaz de vencer a semejante adversatio (Zorrilla) en su
propio terreno y resueltamente se encaminé por otro rumbo muy di-
verso, casi diametralmente opuesto.» Su estudio, en consecuencia,
no corresponde a este libro.
He aqui un nutrido conjunto de nombres. La diferencia de edad
de sus portadores, los treinta afios que, por ejemplo, separan a Mar-
tiner de la Rosa de Zorrilla, no fue dbice para que, en un tiempo
muy conereto entre 1830 y 1850, todos coincidieran en hacet una
literatura con ideales y objetivos andlogos, pero también diferenciada
cen los matices. Hubo entre ellos divergencias, a veces graves; nin:
sguno se alzé con un claro liderazgo, aunque Espronceda estuvo muy
cerca de él. Pero, ¢puede decitse que no tenfan conciencia de estar
Ievando a cabo una transformacién muy importante? ¢Puede decirse
«que fracasaron 0 que no constituveron grupo porque tuvieron el va-
lor de disentir entre ellos? La respuesta precisa tigurosas aclaraciones
de ciertos extremos.
3. RoManricismo ¥ Sito pr Oro. Esra, pafs nomAne1c0
Cuando Bahl de Faber dio a conocer en 1814 algunas ideas de
Schlegel, Toaquin de Mora inmediatemente identifies el romanticis
mo con el Siglo de Oro. Lo mismo hizo Larra al comentar en 1828
Ia comedia de Victor Ducange, Treinta afios o la vida de un ju
gador. Pensaban que el romanticismo habia sido creado por Espai
‘en los siglos xvi y xvi con su apego y cultivo de Ta literatura na-
ional, Ia oposicién 2 las reglas clésicas, la mezcla de lo tragico y lo
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‘cémico, el espiritu cristiano. Y no era extrafio que lo hicieran, pues
ingleses, alemanes y franceses acudian al pasado espaiiol en busca
de inspiracién. No percibian, sin embargo, por no tener datos sufi
cientes para ello, que para tales escritores lo espaiiol era tan sélo un
minimo elemento dentro de muchos otros.
‘Mucho més grave ha sido que, posteriormente, criticos informa.
dos, con pleno conocimiento ya de lo que fue el movimiento, hayan
mantenido una opinién semejante. Fue el primero Marcelino Menén-
ddez Pelayo, al que siguieron después Azorin y Peers. Es interesante
hacer nota que los tres han asumido una postura ideolégica conser-
vadora. Las palabras de Azorin, transcritas al comienzo de este ca-
pitulo, son significativas en cuanto a su actitud antevel romanticismo
‘espaol. En Rivas y Larra ha insistido, por otro lado, en hacer ver
gue un drama como Don Alvaro es una resurreccidn del teatro de
Galderén y Lope en sus méritos y vicios.
Peers, por su parte, ha tratado de probar que el Siglo de Oro fue
roméntico y, partiendo de esta premisa, concluir que existié a lo
largo de todo el xvi un cierto romanticismo rastreable en los in-
tentos por recuperar el pasado espafiol a través de ediciones de tex-
tos, en las defensas de la cultura durea y en ciertas actitudes como
el ano sé qué» de Feij60, el colorido descriptive de Moratin padre,
Ios lamentos de Cadalso, el sentimentalismo de Jovellanos, el patrio-
tismo de Quintana. A través de todo ello, los roménticos del si-
slo xx habrfan simplemente tendido el puente hacia el Siglo de Oro.
‘Ante tales afirmaciones, cabria hacer algunas preguntas que muy
diffcilmente podrian ser contestadas desde ellas. Si es asf, 2por qué
no se resucits el auto sacramental?
Sánchez Blanco, Francisco, R. de La Fuente (Ed.), La Prosa Del Siglo XVIII, Madrid, Ediciones Jucar, 1992, Pp. 44-64. (Historia de La Literatura Española, N. 27) .