El día en que dejé de calcular
La muerte sobrevino a Euler, rico, respetado, en algunos ambientes directamente
reverenciado, mientras trabajaba. Según el relato del historiador Adolf-Andréi Pávlovich
Yushkévich. La muerte de Euler a los 78 años, fue así:
El 18 de septiembre de 1783, Euler invirtió la mayor parte del día del modo usual. Dio su
lección de matemáticas a uno de sus nietos, hizo algunos cálculos con la tiza sobre dos
pizarras sobre el movimiento de los globos aerostáticos; luego discutió con Lexell y Fuss
el reciente descubrimiento de Urano. Sobre las cinco de la tarde sufrió una hemorragia
cerebral y dijo solo «Me estoy muriendo» antes de perder la consciencia. Murió alrededor
de las once de la noche
El relato debe de ser bastante fiel, pues entre los artículos póstumos, terminados por su hijo,
figura el de los globos Montgolfier, los globos aerostáticos. Que su muerte fue súbita y que
Euler se apercibió de ella también ha sido corroborado por más de un testigo. Tras el
fallecimiento del sabio, llegó la hora de los elogios fúnebres. Los más notables, auténticas
biografías laudatorias de regular extensión, son dos. Fueron escritos, el primero, por su
nieto político Fuss, a quien le correspondía por derecho propio, dado su parentesco y el alto
cargo que desempeñaba en la Academia. El otro lo escribió el marqués de Condorcet
(1743-1794) para la Academia francesa. La línea final del elogio de Condorcet es bella y
elocuente y podría aplicarse en cierto sentido al presente volumen. Termina diciendo:
«Dejó de calcular y dejó de vivir»
Anexo
1. Los logaritmos y Napier
Puede considerarse a sir John Napier (1550-1617) como el inventor de los logaritmos. Este
procedió a dibujar dos rectas planas del siguiente modo: primero dibujó un segmento de
extremos A y B; en paralelo, dibujó una recta sin fin de inicio en A'. Luego supuso que un
móvil se deslizaba a través de la recta sin fin con velocidad constante. A cada punto X' de
la recta le hizo corresponder un punto X del segmento AB, pero no de cualquier modo: X se
movía con una velocidad igual a la distancia XB. Llamando x = BX e y = A'X', Napier creó
su logaritmo:
y = log x
Napier tomó AB = 107, lo que conduce a unas igualdades algebraicas un tanto complicadas.
Si N es un número y L es el logaritmo, Napier calculó N = 107(1-10-7)L. De todo ello se
deduce:
Y, como se ve, ya ha aparecido la constante e, pues:
En muchos tratados antiguos —y no tan antiguos— se habla de logaritmos neperianos o
naturales, identificación algo confusa pues los logaritmos naturales son los de base e,
mientras que los ideados por Napier estaban (casi) en base 1/e. Son prácticamente lo
mismo, pues solo difieren en un signo no en el valor absoluto:
logeN = log1/e N
En la actualidad, para todo número real positivo N, cuando N = aL, decimos que L es el
logaritmo de N en base a. Escribimos entonces
L = logaN.
Si uno se detiene a pensar, se comprobará que el logaritmo de la base es siempre 1, lo que
resulta una propiedad fundamental.
Las bases más utilizadas son a = 10, a = 2 y a = e. Los logaritmos en base 10 se denominan
logaritmos decimales, los de base 2, binarios; y los de base e, logaritmos naturales. Si se
elije e como base, la escritura normalmente aceptada es ln N, en lugar de log N.
Lo relevante del concepto de logaritmo es que facilita el cálculo puramente aritmético. Ello
se deduce de que:
y, por tanto, el logaritmo de un producto es la suma de los logaritmos de los factores.
Si se tienen tabuladas ambas magnitudes, números y logaritmos decimales, pueden sumarse
los logaritmos y acudir a las tablas para conocer sin dificultades el producto. Aunque en la
actualidad son las calculadoras electrónicas las que proporcionan directamente los
productos sin esfuerzo, en la época en la que estas no existían, sustituir una multiplicación
ardua, cuando el producto original era muy grande, por una suma sencilla, era algo de una
relevancia extraordinaria.
2. El problema de Basilea
Sigamos los vericuetos de su razonamiento, aunque sepamos por adelantado que diversos
pasos presentan algún problema y necesitan ser pulidos. El propio Euler lo hizo a posteriori.
Si partimos de la conocida serie de Taylor
sabemos que se anula si se anula x, es decir que sen x = 0 cuando x = 0, ± π, ± 2π, ± 3π,...
De modo que, suponiendo que una serie se comportará como un polinomio, ya que de
hecho es un polinomio larguísimo, la aplicación del teorema fundamental del álgebra la
convertirá en producto de monomios del tipo x - α., donde α es una solución. Procedamos:
Ahora K es una constante numérica desconocida. Operando a la derecha:
se observa que cada término de la forma x2 - λ2π2 de la derecha es cero. Ahora bien, eso solo
sucede si y solo si:
Reescribimos, pues, los términos de la derecha en la forma:
Ahora dividimos por x.
Y como
concluimos que K= 1. Así que queda:
que es una serie igual a un producto infinito. Ningún problema, según Euler. Efectuamos
ordenadamente el producto y separamos los términos (infinitos) en x2 del producto de la
derecha. Queda la igualdad:
Y dividiendo ambos lados por -x2/π2 se obtiene:
como queríamos averiguar.
3. La función zeta y los números primos
Euler es quien demostró en primer lugar la equivalencia entre ζ(s) como serie de potencias
y ζ(s) como producto infinito. Llamemos pk al k-ésimo número primo; entonces se verifica:
A continuación, se puede ver cómo llegar a esa igualdad:
Para quienes conozcan el análisis complejo por el procedimiento estándar, la función zeta
puede prolongarse como función meromorfa a todo el plano complejo con un solo polo en s
= l, donde el residuo es 1. Esta es la función zeta (zeta = ζ) a la que se refería Riemann y
objeto asimismo de la célebre hipótesis de Riemann.
4. Las ecuaciones de Euler-Lagrange
Para simplificar la exposición en la medida de lo posible, se partirá del supuesto de que las
funciones involucradas satisfacen todas las condiciones de continuidad y derivabilidad
necesarias.
Llamaremos S al funcional (función de funciones) al que aplicamos el cálculo de
variaciones y x1, x2 a los extremos de la función incógnita:
Supondremos que f0, es la solución y que el funcional posee un mínimo en esa ubicación;
llamaremos α(x) a una función (es la que haremos «variar») que se anule en los extremos,
x1, x2. Como en f0 el funcional posee un mínimo:
en un entorno def0 entorno pequeño, cercano a cero. La «variación»:
debe, pues, cumplir
Recordemos ahora que:
y apliquemos la regla de derivación en cadena y las sustituciones oportunas.
Obtenemos:
y aplicando la integración por partes y las sustituciones de la fórmula anterior
Como el término inicial es cero, el final también, y concluimos que:
Y ya se tienen las ecuaciones de Euler-Lagrange, que, en el mundo real, acostumbran a
desembocar en ecuaciones diferenciales de segundo orden.
5. Los números complejos
Euler dedujo su primera fórmula fundamental, de la que fue extrayendo otras, de simples
series de Taylor.
Recordemos que las potencias de i se comportan así:
Y recordemos también que los desarrollos en serie de potencias, o desarrollos en series de
Taylor de las potencias de base e, y las funciones trigonométricas del seno y del coseno
son:
Y recordemos también que los desarrollos en serie de potencias, o desarrollos en series de
Taylor de las potencias de base e, y las funciones trigonométricas del seno y del coseno
son:
Operando:
6. Criptografía y el pequeño teorema de Fermat
Sea M un mensaje y E su encriptación. Supondremos que ambos son números naturales.
Llamemos f a la función que va de M a E: f(M) = E. Para codificar M, el codificador y el
descifrador del mensaje seleccionan dos números primos muy grandes, p y q, y definen el
módulo, al que llamaremos n poniendo n = p q, suponiendo n > M. Se elije un e, con 1 < e
< φ(n) y e primo entre sí con φ(n). La clave pública está formada por n y e, y la conoce
todo el mundo. Como n es tan grande y no está factorizado, p y q son una incógnita
inextricable. Se tiene E = f(M) ≡ Me (mod n). Denominamos clave privada al par n,d, donde
d se elije de manera que de ≡ 1 (mod φ(n)). Como p y q son primos, y pq = n, se tiene que
φ(n) = (p - l)(q - 1); si no se conocen p y q, y es prácticamente imposible conocerlos, no
puede conocerse tampoco φ(n). Así que no se puede conocer d. Pero el descifrador sí que
posee d, pues conoce p y q, y, por tanto, puede proceder al descifrado: Ed ≡ (Me)d (mod n) ≡
Med (mod n) ≡ MNφ(n)+1 (mod n), N ∈ ℕ. Se aplica entonces el pequeño teorema de Fermat. Si
a = MN (a es, casi seguro, primo entre sí con n), aplicando el teorema: Ed ≡ Maφ(n) (mod n) ≡
M (mod n) = M, ya que M < n, como se ha supuesto al principio. De esta explicación se
puede extraer que crear una clave es relativamente fácil, pues solo se necesitan dos
números primos grandes, p y q, y romperla, muy difícil.
Lecturas recomendadas
Bell, E.T., Los grandes matemáticos, Buenos Aires, Losada, 2010.
Boyer, C., Historia de la matemática, Madrid, Alianza Editorial, 2007.
Bradley, R., Sandifer, E. (editores), Leonhard Euler: life, work and legacy,
Amsterdam, Elsevier B.V., 2007.
Dunham, W., Euler, el maestro de todos nosotros, Madrid, Nivola,2000.
Galindo, A et al., La obra de Euler: tricentenario del nacimiento de Leonhard
Euler (1707-1783), Madrid, Instituto de España, 2009.
Stewart, I., Historia de las matemáticas, Madrid, Crítica, 2008.
Vargas, G., Calzada, G., Euler, el matemático, Madrid, El rompecabezas, 2011.
CONTENIDO
Introducción
1. Basilea, cuna de un gran matemático
2. Series, constantes y funciones: Euler en Rusia
3. Berlín, capital del análisis
4. Segunda estancia en Rusia: Euler y la teoría de números
Anexo
Lecturas recomendadas
© 2001 Patricio Barros y Antonio Bravo