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Ética Judicial y Legitimidad

Este documento trata sobre la ética judicial. Explica que la ética judicial incluye deberes jurídicos y morales para los jueces. También señala que la función judicial conlleva una discrecionalidad que implica riesgos, por lo que se requiere del concurso de la ética.

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Ética Judicial y Legitimidad

Este documento trata sobre la ética judicial. Explica que la ética judicial incluye deberes jurídicos y morales para los jueces. También señala que la función judicial conlleva una discrecionalidad que implica riesgos, por lo que se requiere del concurso de la ética.

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ÉTICA JUDICIAL

Código Iberoamericano de ética Judicial 1ra. Edición, abril de 2018 Editado por Ediciones SAIJ de la Dirección Nacional
del Sistema Argentino de Información Jurídica. Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación .
(Texto adaptado con fines educativos)

La ética judicial incluye los deberes jurídicos que se refieren a las conductas más
significativas para la vida social, pero pretende que su cumplimiento responda a una aceptación de
los mismos por su valor intrínseco, esto es, basada en razones morales; además, completa esos
deberes con otros que pueden parecer menos perentorios, pero que contribuyen a definir la
excelencia judicial.

De lo cual se sigue que la ética judicial supone rechazar tanto los estándares de conducta
propios de un “mal” juez, como los de un juez simplemente “mediocre” que se conforma con el
mínimo jurídicamente exigido. A este respecto, corresponde advertir que la realidad actual de la
autoridad política en general, y de la judicial en particular, exhibe una visible crisis de legitimidad, lo
que conlleva - para quienes ejercen la judicatura- el deber de procurar que la ciudadanía recupere
la confianza en aquellas instituciones.

Cabe recordar que en el Estado de derecho al juez se le exige que se esfuerce por
encontrar la solución justa y conforme al derecho para el caso jurídico que está bajo su competencia.
Ese poder e imperium que ejerce procede de la misma sociedad que, a través de los mecanismos
constitucionales establecidos, lo escoge para tan trascendente y necesaria función social, luego de
haber acreditado ciertas idoneidades específicas.

El poder que se confiere a cada juez trae consigo determinadas exigencias que serían
inapropiadas para el ciudadano común que ejerce poderes privados; la aceptación de la función
judicial lleva consigo beneficios y ventajas, pero también cargas y desventajas. Desde esa
perspectiva, de una sociedad mandante, se comprende que el juez no sólo debe preocuparse por
“ser”, según la dignidad propia del poder conferido, sino también por “parecer”, de manera de no
suscitar legitimas dudas en la sociedad acerca del modo en el que se cumple el servicio judicial.

El derecho ha de orientarse al bien o al interés general, pero en el ámbito de la función


judicial adquieren una especial importancia ciertos bienes e intereses de los justiciables, de los
abogados y de los demás auxiliares y servidores de la justicia, que necesariamente han de tenerse
en consideración.

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La ética judicial debe proponerse y aplicarse desde una lógica ponderativa que busca un
punto razonable de equilibrio entre unos y otros valores: si se quiere, entre los valores del juez en
cuanto ciudadano y en cuanto titular de un poder, cuyo ejercicio repercute en los bienes e intereses
de individuos concretos y de la sociedad en general.

En las tradiciones de las antiguas profesiones, al señalar quienes estaban autorizados para
ejercerlas y como debían prestarse los servicios correspondientes, se filtraban reclamos a la
conciencia ética profesional, por lo que las violaciones respectivas incluían la perdida de la
posibilidad de seguir prestándolos.

De ahí que en la tarea judicial se tuviera en cuenta originalmente cierta idoneidad ética y
se previeran mecanismos de destitución cuando se incurría en mal desempeño. El ejercicio de la
función judicial no debe, obviamente, ser arbitrario, pero en ocasiones es inevitable que el juez
ejerza un poder discrecional.

Esa discrecionalidad judicial implica innegables riesgos que no pueden solventarse


simplemente con regulaciones jurídicas, sino que requieren el concurso de la ética. Parece así
adecuado que, a la hora de plantearse el nombramiento o la promoción de los jueces, o de enjuiciar
su conducta en cuanto jueces, se tengan en cuenta aquellas cualidades o hábitos de conducta que
caracterizan a la excelencia profesional y que van más allá del mero cumplimiento de las normas
jurídicas. Las constituciones contemporáneas contienen un marco general de aquella dimensión
ética implicada en el servicio judicial, especialmente cuando indican quienes pueden ser jueces o
cuando procede su destitución. De ese modo, la ética judicial encuentra asidero constitucional, en
cuanto supone un explicitación de aquellos enunciados constitucionales

EL “JURIDICISMO”
VIGO, RODOLFO, ÉTICA PROFESIONAL: ESPECIFICIDAD, IMPORTANCIA Y ACTUALIDAD, Revista Prudentia Iuris,
N° 78, UCA, Buenos Aires, 2014.
(Texto adaptado con fines educativos)

El Estado de Derecho Legal, al hilo de lo establecido en la Declaración Universal de los


Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, determinó que a la libertad solo podía imponerle
deberes la ley, por lo que fuera de lo prescripto en ella regía la plena y absoluta libertad. De ese
modo la ética social quedó suprimida o confiada exclusivamente al derecho, pues el ciudadano no
tiene otros deberes para con el otro que los impuestos jurídicamente.

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Las Facultades de Derecho funcionales a aquel paradigma potenciaron el juridicismo
enseñando la total desvinculación entre derecho y moral, por eso los juristas se ocupaban solo de
derecho y se desinteresaban totalmente de la moral; esto, en terminología de Nino, implicaba un
“insularismo jurídico”, en tanto los juristas veían al derecho como una isla solo habitada por ellos y
en la que había –exclusivamente- normas jurídicas.

Una consecuencia fácil de constatar, producto de esa matriz, fue la ignorancia de los juristas
en materia moral, pues ellos se ocupaban reductivamente de normas jurídicas. De ese modo, el
juridicismo que aún reina en nuestra cultura jurídica genera inerciales resistencias a imponer
deberes morales, lo que es favorecido por un notorio desconocimiento de la materia propia de la
moral. Más allá de la vigencia en los ámbitos académicos del Estado de Derecho Legal, lo cierto es
que en la realidad del derecho, que transita fundamentalmente en los tribunales, se constata la
presencia de otro Estado de Derecho que llamamos Constitucional.

En efecto, en ese nuevo paradigma construido en Europa después de la Segunda Guerra


Mundial, queda ratificado que hay un límite moral para el derecho (la fórmula de Radbruch defendida
por Alexy es: “la injusticia extrema no es derecho”), por eso la validez jurídica incluye un requisito
moral, de modo que, si no queda satisfecho, se habrá abortado el nacimiento de la norma jurídica.

En definitiva, hoy el jurista requiere de esa apertura a la moral a los fines de poder cumplir
su rol específico, pues comprender y operar el derecho actual requiere del reconocimiento de las
conexiones esenciales que este tiene con la moral, superando el juridicismo decimonónico y la
consiguiente ignorancia sobre la moral.

CRISIS DE LEGITIMIDAD
En occidente, pero también en buena parte del resto del mundo, se comprueba una visible
crisis de la autoridad, de toda autoridad: académica, política, familiar, etc. Las causas pueden ser
variadas, pero lo concreto es que todo aquel que pretende mandar, enseñar, aconsejar o valorar,
enfrenta un rechazo o resistencia por parte de sus destinatarios.

Cuesta mucho escuchar u obedecer a quien pretende dirigir, e incluso la cultura afirma un
individualismo extremo donde el juicio de cualquiera vale igual que cualquier otro juicio. Frente a
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esa realidad, parece obvio que cumplir meramente los deberes jurídicos no alcanza, se impone el
esfuerzo por ser y parecer como pretenden los ciudadanos y usuarios. Se trata de apostar a
máximos y no conformarnos con lo mínimo exigido por el derecho.

En la democracia la fuente del poder proviene del pueblo, de ese modo, es indiscutiblemente
democrático procurar que el pueblo tenga los profesionales que pretende tener. Así, es evidente
que el pueblo quiere tener los mejores profesionales, más aún, aquellos profesionales que no se
conforman con cumplir simplemente los deberes jurídicos, sino que ponen todo su esfuerzo en ser
excelentes o los mejores para esa sociedad, de ese tiempo y lugar. Ya explicamos que todo
profesional cuenta con un cierto poder, y al reclamar ética, se exige que quien lo ejerza lo haga
procurando satisfacer los requerimientos racionales que provienen de los usuarios actuales y
potenciales.

Más importante que el profesional duerma tranquilo con su conciencia, es que la sociedad
duerma tranquila con los profesionales que tiene. Un modo sencillo de brindar contenido a la ética
profesional es reconocer aquello que le pedimos a nuestros profesionales: un conocimiento
actualizado, independencia, honestidad, responsabilidad, información confidencial, cortesía, etc.

EL MANDATO CONSTITUCIONAL
Habitualmente las Constituciones se encargan de precisar que, para elegir a autoridades
como los jueces, deberá tenerse en cuenta su prestigio o autoridad moral, o también que ellos duran
en su cargo –como, por ejemplo, en la Constitución argentina– mientras dure su “buena conducta”.
De ese modo el reclamo constitucional puede asimilarse a un reclamo sintético y concentrado de
ética; corresponderá luego a los respectivos Códigos de Ética su explicitación y desarrollo.

Es evidente que la Constitución pretende –explícita o implícitamente– los mejores


funcionarios o gobernantes, y ellos no son los que se limitan a no violar las leyes, sino los que se
empeñan en ser los mejores posibles.

La ética no viene desde afuera, sino que es intrínseca al hombre, de manera que ese “modo
de conducir la vida” en el que consiste la ética, también incluye necesariamente los
comportamientos profesionales. Por ende, la ética profesional siempre está presente, aunque no se
le preste atención.

Más aún, el juicio ético sobre el profesional será inexorablemente formulado por parte de los

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usuarios o los que tienen contacto con el mismo, e incluso los criterios para su elaboración nunca
resultan muy originales, dado que los principios éticos profesionales cuentan –en tiempo y espacio–
con una extendida e indiscutida vigencia.

Sin duda que hay sociedades donde se vive más éticamente, la vida social resulta más
atractiva, y también las exigencias jurídicas se ven favorecidas en su eficacia. Los semáforos son
iguales en todo el mundo, pero su respeto no lo es, y ello dependerá significativamente de la ética
ciudadana. Más aún, hay campos de la vida social donde el derecho no llega o llega muy tarde y
mal, pensemos en el medio ambiente. En este último ejemplo, se hace evidente que su calidad está
más ligada a la conciencia ética de cada ciudadano que a las buenas normas jurídicas.

De lo precedentemente expuesto, resulta la procedencia y la urgencia de la ética profesional.


La sociedad y los usuarios de los profesionales no tienen ninguna duda al respecto, por lo que solo
cabe sospechar inercias teóricas, irresponsabilidades o intereses espurios en la dilatación de su
tratamiento serio. Los juristas tenemos buena responsabilidad en seguir pregonando la importancia
decisiva y autosuficiente del derecho, no obstante que la realidad desmienta ese optimismo.

Para que una sociedad crezca en moral también se necesita de éticas profesionales fuertes
y vigentes. En buena medida, el futuro de la humanidad depende cada vez más de una conciencia
ética cierta y eficaz, principalmente en aquellos muy poderosos a los que el derecho no los alcanza
o les llega tarde o de forma muy débil.

No está de más recordar que la ética genera un círculo virtuoso, en tanto su presencia vital
suscita agradecimientos y reconocimientos que inspiran seguimientos, pero un apropiado camino
para impulsarla es que los profesionales asuman el liderazgo en esa tarea.

DEL JURIDICISMO Y LA APLICACIÓN MECÁNICA DE LA NORMA


LEGAL, A LA MORALIZACIÓN DEL DERECHO Y LA CREACIÓN
INTERPRETATIVA
Rodolfo Vigo, DOXA, Cuadernos de Filosofía del Derecho, 29 (2006) ISSN: 0214-8676 pp. 273-294 (Texto adaptado con
fines educativos).

La vinculación entre la ética y la actividad judicial no es una tesis defendida pacíficamente.


Entre sus detractores están fundamentalmente aquellos que postulan que, al juez, para cumplir con
la función que se le ha encomendado, le basta con conocer el Derecho y decirlo silogísticamente
para cada caso.

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Por supuesto que el modelo de teoría jurídica decimonónica europea confiaba —en
sintonía con Montesquieu— en un “juez inanimado” que era boca de la ley para cada caso. Por
consiguiente, su tarea era totalmente objetiva y aséptica en tanto se limitaba a identificar la norma
legal en cuya hipótesis fáctica pudiera subsumirse el caso que debía resolver, y así deducía la
respectiva consecuencia jurídica prevista en aquélla.

En ese paradigma, las soluciones jurídicas las brindaba en exclusividad el legislador, y a


tenor de la presunción de un «legislador plena y perfectamente racional» la tarea judicial carecía de
toda dimensión creadora y se reducía a transitar formalmente el camino del silogismo.

Recordemos que, por entonces, el objeto de la interpretación jurídica era «reconstruir el


pensamiento del legislador ínsito en la ley» (Savigny) o, más vulgarmente, «desentrañar el sentido
de la ley según lo pretendido por el legislador»; y a tales fines el juez debía valerse de los métodos
interpretativos (gramatical, lógico, sistemático e histórico) que aseguraban un cumplimiento fiel a su
mandato. El momento creador del Derecho residía en la “voluntad del legislador”.

En definitiva, la tarea del juez se circunscribía a un saber “teórico” en tanto se pretendía


una descripción absolutamente objetiva y sin preferencias axiológicas de aquel contenido legal.

Por supuesto que la perspectiva “juridicista” implícita en el referido paradigma


decimonónico fue puesta en crisis a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

Es que el Derecho es inescindiblemente ético o moral, de manera que cualquier


comprensión del mismo que margine esa dimensión estará condenada a hablar de un Derecho sin
correspondencia con la realidad jurídica o de un Derecho que puede volverse groseramente contra
el mismo hombre.

Esa carga ineludible ética o moral del Derecho ha recibido distintos nombres: así el
tradicional de “Derecho natural” o los más actuales de “principios” («exigencias de justicia, equidad
u otra dimensión de la moral» en Dworkin), «derechos humanos» o «moral rights» (Nino), «bienes
o valores humanos básicos» (Finnis), «umbral de injusticia o injusticia extrema» (Alexy) o «equidad»
(Rawls).

Pero ese «coto indisponible o vedado» (Garzón Valdés) no queda como un mero postulado
teórico sino que se proyecta al campo operativo propio de los juristas de muy diversas formas: así,
por ejemplo, podemos verlo a la hora de analizar la validez y consiguiente obligatoriedad de las
normas jurídicas, en tanto aquella dimensión ética exige no sólo comprobar la satisfacción del

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cumplimiento de los requisitos previstos en el sistema jurídico positivo, sino también confirmar su
conformidad a ciertas exigencias “éticas o morales”.

La fórmula que sostiene que «la injusticia extrema no es derecho», propuesta por Radbruch
y difundida por Alexy, resume en buena medida aquel rechazo al juridicismo y una asunción de la
dimensión ética que hoy distintas corrientes pregonan respecto al Derecho.

Por supuesto que el Estado Constitucional de Derecho que sucedió al Estado Legal de
Derecho, también ha contribuido decididamente a superar aquel modelo de ciencia jurídica de saber
teórico cuyo paradigma eran las ciencias físico-matemáticas, y a afrontar el desafío de un saber
jurídico práctico que inevitablemente apele a valores, a la prudencia y a la contingencia de los casos.

Esa moralización, eticidad, principialismo, constitucionalización o humanización del


Derecho no sólo ha puesto en crisis el juridicismo del modelo decimonónico sino también a su misma
teoría jurídica interpretativa, que postulaba jueces inanimados sometidos a la única solución prevista
en la ley que debían aplicar dogmática y silogísticamente a cada caso.

Ese juego de valores, principios, derechos fundamentales o naturales implica cierta


indeterminación acentuada, porque en definitiva pone al desnudo la posibilidad de una pluralidad
de respuestas jurídicas frente al mismo caso según que el intérprete ponga el acento en uno u otro
de los elementos axiológicos presentes en el Derecho.

Es que la aplicación de estos últimos conlleva que el intérprete deba construir o reconstruir
un juicio normativo que será la premisa mayor de su silogismo práctico en orden a concluir una
norma para ese particular caso en base a aquel principio o valor o Derecho natural.

El intérprete crea en base a los principios, valores o derechos fundamentales el enunciado


normativo o la norma general o universal en donde se subsumirá el caso, precisamente ese
precedente será objeto de vivo interés por parte de los operadores del Derecho a los fines de prever
la solución que tendrán sus casos análogos, y por eso la necesidad de publicidad o difusión de la
jurisprudencia haciéndola conocer a los juristas, fundamentalmente, a través de las revistas
especializadas.

El protagonismo creativo del intérprete se ve agravado si pensamos que habitualmente


frente a un caso aparece la posibilidad de recurrir a más de un principio, valor o derecho humano,
lo que supone enfrentar el problema del «conflictivismo de principios o derechos fundamentales».

Más allá de propuestas teóricas, lo que queda consentido es la presencia de varias

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respuestas jurídicas que el intérprete puede encontrar en el Derecho vigente. En efecto, frente a la
confianza decimonónica de “una” y “sólo una” respuesta jurídica para cada caso, se acepta la
alternativa de más de una respuesta para el mismo caso como lo refleja la jurisprudencia
contradictoria y los votos mayoritarios y minoritarios de los fallos.

Para ejemplificar lo que llevamos dicho, podemos mirar el art. 43 del Estatuto del Juez
Iberoamericano -que aprobaran las 22 Cortes Supremas de Iberoamérica en Canarias en el año
2001-, el cual indica a los jueces fallar teniendo siempre presente el trasfondo humano de dichos
conflictos “y procurando” atemperar con criterios de equidad las consecuencias personales,
familiares y sociales desfavorables.

LA ÉTICA FRENTE A LA INELUDIBLE DISCRECIONALIDAD


JUDICIAL
Ética profesional y vigencia social del derecho. Desafíos en la enseñanza del derecho por María Laura Ochoa. Publicado
en: LA LEY 10/01/2019. Cita Online: AR/DOC/2788/2018.

La judicialización de la vida social genera inexorablemente un Poder Judicial muy activo y


presente, que incluso tiene encomendada la poderosa misión de hablar en última instancia en
nombre del poder constituyente. Por ese camino se tensa la división de poderes, pero sobre todo
se pone en riesgo la previsibilidad jurídica a la que aspiran legítimamente todos los destinatarios del
Derecho vigente.

No se trata de auspiciar una seguridad jurídica ficticia e imposible -a tenor de la referida


moralización o principialismo jurídico y la importancia que tienen los contingentes hechos-; tampoco
se trata de renunciar a la previsibilidad posible y confiar dogmáticamente en la solución que sólo
conoce el juez que decidirá el caso. Precisamente frente a esa inevitable discrecionalidad uno de
los remedios lo constituye la ética judicial.

De esa derivación final en la ética del juzgador también se hace cargo Perfecto Andrés
Ibáñez cuando afirma: «la legitimación del juez es legal, pero la forma necesariamente
imperfecta en que se produce su sujeción a la ley, tiñe de cierta inevitable ilegitimidad las
decisiones judiciales (Ferrajoli), en la medida en que el emisor pone en ellas siempre algo que
excede del marco normativo y que es de su propio bagaje; creo que una última exigencia ética
dirigida al juez de este modelo constitucional es que debe ser muy consciente de ese dato,
para ponerse en condiciones de extremar el (auto) control de ese plus de potestad de decidir».

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Por supuesto que la ética judicial no es la única alternativa a la discrecionalidad (por
ejemplo, resultan importantes también las teorías que apelan a la argumentación jurídica), pero es
a ella a la que queremos referirnos ahora.

Aunque resulte extraño o paradojal, recordemos que la ética judicial como sucedáneo de
la discrecionalidad judicial es una tesis que defendió Hart al afirmar: «en este punto los jueces
pueden hacer una elección que no es arbitraria ni mecánica; y aquí suelen desplegar virtudes
judiciales características que son especialmente peculiares de la decisión jurídica, lo que explica
por qué algunos se resisten a calificar de legislativa a tal actividad judicial. Estas virtudes son:
imparcialidad y neutralidad al examinar las alternativas; consideración de los intereses de todos los
afectados; y una preocupación por desarrollar algún principio general aceptable como base
razonada de la decisión».

También va a hablar de virtudes judiciales Manuel Atienza «como ciertos rasgos de


carácter que deberían poseer —y quizá posean— los jueces» que posibilitan cierta anticipación o
previsibilidad de las soluciones jurídicas para los casos concretos. El catedrático de Alicante,
apoyándose en Macintyre, vincula el “buen juez” con esas virtudes judiciales en cuanto cualidades
adquiridas cuya posesión y ejercicio posibilitan modelos de excelencia y la obtención de ciertos
bienes internos para toda la comunidad que participa en la práctica del derecho.

El núcleo de la tesis acerca de las virtudes judiciales es que hay ciertos rasgos adquiridos
en el carácter o la personalidad de algunas personas que los hacen más idóneos para cumplir la
función judicial; aunque aclara Atienza que «las virtudes de los jueces no pueden ser muy distintas
de las que caracterizan a otras profesiones o prácticas sociales (...) las virtudes básicas (las virtudes
cardinales de origen griego) reciben una cierta modulación en razón de las peculiaridades de la
práctica judicial». Esas personas que tienen un modo habitual de decidir, comportarse, de hablar,
de pensar, de escuchar, de razonar, de conducir a otros, de enfrentar dificultades, etc., constituyen
una especie de personalidad ética que permite suponer que van a cumplir la función del modo más
perfecto posible o también permite suponer que los destinatarios de sus decisiones la aceptarán
más fácilmente en razón de esas cualidades y calidades personales.

Por ejemplo, si el juez debe «decir el Derecho» ello exige que lo conozca, por eso el hecho
que el juez efectivamente esté en posesión del conocimiento jurídico, permite suponer que cuando
hable dirá el Derecho y los destinatarios confiarán que lo que le asignan jurídicamente es lo que
corresponde según el Derecho. Si por el contrario, es visible su ignorancia jurídica será
prácticamente imposible que pueda decir el Derecho y sus pronunciamientos padecerán de un

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rechazo o presunción en contrario de su validez. Dicho lo mismo, aunque de manera más completa
y categórica: la ética judicial y sus exigencias tienen que ver con ciertos bienes o intereses en juego
en la tarea judicial, de manera que según la calidad con la que ésta es prestada o ejercida, aquellos
bienes, intereses o perfecciones serán satisfechos o perjudicados en mayor o menor medida.

Resumiendo, podemos decir que la ética judicial requiere de ciertos comportamientos, aún
mejor, de una cierta personalidad o idoneidad ética; pues hablamos de comportamientos o hábitos
que presumiblemente facilitan o se necesitan para la obtención de los bienes comprometidos o que
favorecen la aceptación de las decisiones judiciales, fruto de cierta discrecionalidad por parte de
sus destinatarios.

Para decirlo en negativo: la ausencia de esa personalidad o idoneidad ética, o sea, de esos
comportamientos o hábitos, comprometen ab initio la presunción o aceptación de las decisiones
judiciales por parte de los destinatarios

LOS BIENES QUE FUNDAN LAS EXIGENCIAS ÉTICAS


JUDICIALES
Rodolfo Vigo, DOXA, Cuadernos de Filosofía del Derecho, 29 (2006) ISSN: 0214-8676 pp. 273-294

(Texto adaptado con fines educativos).

Recordemos que, contemporáneamente, el juez cumple un servicio remunerado


encomendado por la sociedad, la que además le ha otorgado un cierto poder o imperio y le ha
puesto a su disposición el auxilio de ciertos colaboradores; todo ello para derivar racionalmente -
desde todo el Derecho- la solución justa que corresponda para los casos que han sido asignados a
su jurisdicción. Según esa tarea se cumpla bien o mal, mejor o peor, habrá ciertos bienes
satisfechos, insatisfechos o perjudicados.

La noción de bien se asocia analógicamente a perfección, excelencia, completitud o


acabamiento y, en consecuencia, podemos identificar diversos bienes o intereses o perfecciones
implicados en la tarea judicial, a saber: el bien de los justiciables, el bien de la sociedad, de los
abogados, el bien de los colegas, el bien de los auxiliares, el propio bien del juez implicado y el bien
del Derecho. En definitiva, las consecuencias de un buen, mal o mediocre juez impactan
directamente sobre algunos o todos esos bienes y, consecuentemente, resultarán beneficios o
perjuicios.

Esos resultados de la actividad judicial que se traducen en perfecciones o frustraciones


generarán, consiguientemente, una mejor o peor situación, lo que conllevará felicidades o

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realizaciones, o frustraciones o infelicidades en relación directa a los mismos resultados. Por detrás
de una exigencia ética hay siempre alguien que espera o algo que resulta para “bien” o para “mal”,
lo cual será fuente de felicidad, gozo o lamento.

Este resultado muchas veces es racional u objetivo, pero en ocasiones, la certeza probable
o excepcionable que provoca se ve corroborada o puesta en duda. En buena medida esta se
despeja o se agrava en base a la confianza o desconfianza que suscita el agente responsable de
la decisión. Advirtamos que esa confianza o desconfianza de los destinatarios judiciales, si bien
puede ser irrazonable o patológica, también puede ser razonable o justificada. Será razonable o
justificada cuando se apoya en exigencias reclamadas al juez que tienen que ver con las
características de su función, y con la mejor o peor disposición para cumplirla del modo más
completo posible.

Ejemplificando lo dicho en párrafos anteriores, respecto de la exigencia ética del


«conocimiento del Derecho» podemos visualizar los bienes comprometidos en la misma según el
listado de bienes o destinatarios señalado arriba.

En primer lugar, el bien de las partes que pueden confiar o presumir que lo dicho por el
juez es efectivamente el Derecho dado. Su conocimiento aquilatado, e incluso esa autoridad
académica que inviste el juez, les hace aventar desconfianza o les facilita la aceptación de lo dicho
como Derecho. Pero además del bien de las partes, el de los abogados está presente, dado que
argumentar jurídicamente frente a un juez no actualizado sobre el Derecho aplicable es casi una
pérdida de tiempo o un esfuerzo inútil.

También el bien de la sociedad, en tanto sus miembros o las autoridades pueden esperar
confiadamente si algún día les toca ir a los tribunales; de la misma manera se evitan gastos
innecesarios o se genera la confianza indispensable para que la economía funcione
apropiadamente.

El propio bien del juez, atento que al exigírsele conocimiento jurídico se está favoreciendo
su autoestima, prestigio o reconocimiento que deriva de esa capacitación, amén de evitarle
eventuales perjuicios, frustraciones o inquietudes por interrogantes sin respuestas.

Finalmente, el bien del Derecho, dado que analógicamente también él resulta mejorado o
empeorado según lo opere un juez capacitado o ignorante del Derecho.

Las exigencias éticas que apuntan a la persona del juez, se determinan en orden a lograr
el mejor o más excelente juez para esa sociedad de ese tiempo y lugar. Es ésta la perspectiva

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formal de la ética judicial: el mejor juez históricamente determinado. En aquellas exigencias habrá
algunas universales (por ejemplo: independencia) en tanto son constitutivas de la esencia misma
de ser juez, aunque no se excluye el contenido histórico que ellas legítimamente asumen sin
violentar los respectivos núcleos constitutivos o definicionales. Pero además de exigencias
universales hay otras totalmente contingentes que se explican en función de tiempo y lugar, por
ejemplo, establecer el requerimiento de una cierta “austeridad republicana” para los jueces
argentinos de la actualidad replicando lo previsto en la ley de ética de la función pública.

Remitirnos al “mejor juez”, implica pensar que lo que éste hace debe ser lo más perfecto
posible, por eso las exigencias éticas pretenden generar las condiciones para que se logren
resultados que no susciten temores sobre la calidad del trabajo judicial. Si se logra -por el camino
de la ética judicial- el “mejor” juez posible, los bienes o intereses implicados quedarán cubiertos o
satisfechos.

Como ya se dijo, la ética judicial al pretender el mejor juez no sólo rechaza al “mal juez”
sino también al “juez mediocre”, es decir, no sólo se rechaza a aquel que hace lo contrario de lo
exigido, sino también a aquel que lo cumple en menor medida. Siguiendo con el ejemplo del
conocimiento del Derecho, es obvio que el mismo se puede satisfacer de maneras muy diferentes,
y así no sólo encontraremos al que ignora el Derecho sino también a aquel que no se esfuerza en
conocerlo y se limita a consultar alguna fuente doctrinaria que esté a su fácil alcance.

La ética reclama vocación de excelencia o magnanimidad, así en la decisión personal del


juez está implícito el mandato otorgado por la sociedad para cumplir con su importante tarea, la cual
debe llevar a cabo del mejor modo. Seguramente la sociedad no le brindaría ese poder a quien
confiese inicialmente que lo cumplirá mal o mediocremente; por eso, no seguir la ética es un modo
de defraudar aquella condición implícita que conlleva el privilegio de la función.

UNA NÓMINA DE LAS EXIGENCIAS ÉTICAS JUDICIALES


Conforme a lo señalado, el objeto material de la ética judicial será el juez, y la definición de
quién y cómo –efectivamente- se alcanza la función judicial. Esto nos remite al Derecho y a la cultura
de cada sociedad (por ejemplo: qué edad se exige, qué conocimientos, quién designa, etc.).

El objeto formal de la ética judicial implica también qué le exigimos a ese juez para que
llegue ser el “mejor”; se trata de exigencias que constituyen pre-requisitos o condiciones para esa
excelencia y que se vinculan a un modo apropiado de cumplir la actividad; el hecho de que el juez
cuente o satisfaga esas exigencias genera presunciones de excelencia a favor de la actividad

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cumplida por el mismo, y se logra cierta “autoridad” que facilita la aceptación de sus decisiones.

El justificativo principal de esas exigencias son los bienes o intereses implicados, aunque
su racionalidad también descanse en cierta antropología o psicología apoyada en la experiencia
humana consolidada. Son precisamente esos bienes los que se constituyen en los fines mismos de
la actividad judicial. Su insatisfacción genera lo que en la terminología de Macintyre se llama
“corrupción”, dado que se estaría prestando la función no buscando los fines que justificaron su
creación legítima, sino poniéndola al servicio de fines externos como el placer, el dinero o la fama.

Independencia

Toda ética profesional requiere que el profesional preste su servicio según su ciencia y
conciencia; en consecuencia, resulta incompatible a la misma el comportamiento de un profesional
que aparezca sometido a las directivas del cliente mientras presta su trabajo. Cuando se dice esto,
no se alude al deber de informar lo que se va a hacer, sino que aceptado el servicio y sus
características, estará en manos del profesional la prestación del mismo.

En el caso del juez lo que se pretende es que él y sólo él sea quien derive desde el Derecho
la solución justa para el caso, o sea, se reclama la auto-determinación judicial en cuanto no hay un
tercero que le indique qué debe decir en el proceso o en su sentencia. Dado que estamos hablando
de ética judicial, concentraremos nuestra atención en la independencia subjetiva o personal y, en
consecuencia, no aludiremos a otra dimensión de la independencia que es la estructural,
institucional u objetiva (en torno a las relaciones entre el poder judicial y los otros poderes; al modo
en que se designa, sanciona o destituye al juez; al presupuesto judicial; al nivel remuneratorio; etc).

En la conciencia social de nuestros días quizás el mayor riesgo para la reclamada


independencia, se vincula al poder político, en tanto se puede suponer que el mismo ejerce una
influencia decisiva sobre el juez atento a que lo ha constituido como tal, le permite mantenerse en
la función o lo puede remover. Sin embargo, en el terreno de la independencia subjetiva o personal,
hoy existe una difundida opinión entre los jueces de que uno de los mayores desafíos a su
independencia es el poder de los medios de comunicación social. Estos son capaces de generar en
la población la desaprobación o convicción acerca de ciertas respuestas jurídicas, lo que luego
afecta la toma de decisiones judiciales contrarias a aquel prejuzgamiento periodístico.

En la presente exigencia ética, como en todas las restantes, no sólo se pretende que un

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juez efectivamente la cumpla, sino que también genere la impresión que ello es así; pues la ética
judicial en función de los bienes o intereses comprometidos exige tanto el ser como el parecer.
Entonces el juez, para decidir lo que éticamente le corresponde hacer, no sólo debe atender a su
conciencia sino también a las posibles lecturas que los otros harán de su comportamiento. Además,
también vale para esta y las restantes exigencias, que cuando la ética judicial impone un deber está
implícito el derecho de exigir la posibilidad de cumplir con el mismo, y es desde esta lógica bifronte
que, por ejemplo, el Estatuto del Juez Iberoamericano contempla el derecho de un juez amenazado
a pedir al Estado protección policial.

Imparcialidad

El juez por definición es un tercero equidistante respecto a las partes que traen su problema
jurídico para que lo resuelva. Esta exigencia guarda relación con la anterior, aunque apunta a una
de las características de la función judicial en la que hay partes enfrentadas en su reclamo. La
humanidad dio un gran salto civilizador o racional cuando abandonó la resolución de los problemas
jurídicos a través de la fuerza, la astucia o el azar, y los puso a tales fines en manos de un tercero
imparcial.

Es contraintuitivo suponer que alguien pueda consentir que su caso sea resuelto por un
amigo de la contraparte, más bien lo evidente es que pretenda la intervención de un imparcial tanto
en la realidad como en las apariencias. Entre los problemas éticos que conlleva la imparcialidad
está el modo éticamente tolerado o aconsejado de reunirse el juez con las partes y/o sus abogados.
Al respecto son posibles distintas propuestas, por ejemplo, las siguientes:

1. Que se rechace la posibilidad de esas reuniones atento a que si alguna parte o abogado
tiene algo para decir al juez lo debe hacer por medio de un escrito o a través de la secretaría.

2. La reunión sólo puede efectuarse en la medida que comparezcan ambas partes o


abogados (solución adoptada por la Corte Suprema Nacional).

3. La parte interesada en la reunión efectúa el pedido por escrito, el que es resuelto por el
juez, previa vista a la contraparte.

4. El juez puede recibir a una de las partes, pero luego debe notificar de tal entrevista a la
contraparte ofreciéndole un trato equivalente.

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5. El juez recibe a quien lo solicita, pero en su despacho y en presencia de un colega o el
secretario. Nos parece éticamente desaconsejable que el juez reciba a la parte sin el abogado
apoderado. Otro problema es el de los regalos de parte de los litigantes. En principio cabe una
respuesta negativa a la recepción de estos por el juez. Sin embargo, puede haber situaciones
complicadas; como por ejemplo cierta costumbre de regalar comestibles o bebidas con motivo de
las fiestas de fin de año; el regalo del libro escrito por el abogado que litiga en ese juzgado; o
asimismo el regalo para el día del cumpleaños del juez; etc.

De todas maneras, el establecimiento de una norma ética precisa, brinda la posibilidad de


saber qué conducta adoptar, y con ese respaldo evitar las molestias de abogados o eventuales
incomprensiones por cambiar criterios que se venían aplicando. Aquí, así como en la exigencia
anterior, entra la cuestión del comportamiento judicial respecto a los medios de comunicación social.
Más allá de la necesidad de informar y del derecho de los medios a recabar esa información, el juez
debe ponderar otros intereses y no incurrir ni dar la impresión de que hay un tratamiento desigual a
las partes o que existe una intencionalidad respecto a la causa judicial en trámite.

Conocimiento

Cualquier profesión supone un cierto conocimiento vinculado al servicio que se presta, y


esa indicación ética también abarca al juez. En este caso advirtamos que no es sólo el conocimiento
de la rama jurídica implicada en la competencia jurisdiccional respectiva, sino también el
conocimiento del sustantivo “Derecho” a secas, de aquel Derecho requerido para cualquier juez, por
ejemplo, el constitucional, el humanitario, el de los derechos humanos, el internacional, la teoría
interpretativa, etc., y de ciertos saberes no estrictamente jurídicos, referidos a los hechos que
necesitan ser conocidos para decir el Derecho al respecto.

Más allá de la materia del conocimiento, una de las discusiones éticas es acerca de la
capacitación obligatoria u optativa, y pareciera consolidarse la alternativa de la obligatoria. El
Estatuto del Juez Iberoamericano la impone en casos de «ascensos, traslado que implique cambio
de jurisdicción, reformas legales importantes y otras circunstancias especialmente calificadas» (art.
28). Incluso ese Estatuto en el art. 23 avanza sobre la posibilidad de imponer la capacitación judicial
como «medida correctiva o disciplinaria». Recordemos aquí que si existe el deber a la capacitación,
también se debe reconocer el derecho a reclamarla o recibirla, dado que la ética no puede exigir
algo de imposible cumplimiento. Un juez que ignora el Derecho no tiene capacidad para decirlo, o

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sea, carece de idoneidad para ser juez, por lo que pesarán sobre él todas las dudas en torno a cada
una de sus decisiones, especialmente aquellas difíciles.

Prudencia

En una terminología clásica de ética profesional se habla de la ciencia y también de la


conciencia. Esta última apela a la capacidad para operar con la ciencia, determinando racionalmente
la conducta que ella exige para cada caso. Así no basta para el buen médico que sea capaz de dar
una clase sobre apendicitis, sino que sea capaz de realizar la respectiva cirugía. En el caso del juez
resulta particularmente visible su conexión con la prudencia en tanto su objeto coincide con el mismo
objeto de la función judicial, es decir, determinar racionalmente la conducta justa debida o prohibida
según el Derecho. Incluso esa conexión se revela en la misma terminología de la iuris prudentia en
tanto obra de los iuris prudentes.

La prudencia es mucho más que conocimiento, es —al decir de Cicerón— «el arte de vivir»
y de vivir conforme al “bien” o lo mejor. En el campo de lo jurídico sería conocimiento en acción o
proyección en los casos concretos que requieren una respuesta jurídica. Pero a su vez, desde la
filosofía clásica esa capacidad racional acerca del bien en las cosas de la vida circunstanciada se
la conecta con ciertas cualidades en el razonamiento o condiciones personales; así, por ejemplo:

1. Experiencia: decía Aristóteles que era posible encontrar un joven brillante en


matemáticas, pero era improbable que existiera en materia de prudencia; es que ésta requiere de
haber vivido y de la memoria respectiva.

2. Capacidad de diálogo: tratándose de conductas humanas donde la certeza no es


absoluta, es importante contar con esa disposición a escuchar otros puntos de vista y poder
ponderar razones.

3. Humildad: para cambiar posturas y acudir a aquellos que más saben; quien cree estar
en posesión absoluta de la verdad y dispuesto solo a brindarla a otros, difícilmente llegará a ser
prudente.

4. Circunspección: preocupación por leer detenida y completamente las circunstancias


en las que se desenvuelve la conducta objeto de la prudencia.

5. Previsión: la prudencia requiere conocer no sólo el caso en el que corresponde

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pronunciarse, sino también las consecuencias que se pueden derivar, y que se expanden más allá
del mismo.

6. Coherencia: la racionalidad riñe con incoherencias de toda índole, por ejemplo, la


lingüística, la lógica, la insinceridad, tratamiento desigual de lo igual.

7. Tiempo: no habrá razonamiento prudencial si no estamos dispuestos a disponer de un


tiempo necesario para ello, pues los apresurados difícilmente serán prudentes.

Quien carece de esas condiciones para ser prudente deberá procurarlas, porque de lo
contrario sus decisiones judiciales difícilmente sean de excelencia.

Justicia

Al ser la medida de todos los actos buenos y de las virtudes respectivas, se requiere de la
prudencia jurídica para discernir lo justo, pero también se necesita el querer darlo. Conocida es la
clasificación de las cuatro virtudes cardinales, y según ella la prudencia incide en la razón práctica
y la justicia en la voluntad. Desde esta perspectiva hubiese bastado con exigir prudencia, dado que
el juez estrictamente cumple una función de discernimiento racional, pero la justicia apela a ese
“apetito espiritual” cuyo objeto es lo suyo de cada uno y el querer que éste sea recibido por su titular.

Quien es justo seguramente cuenta con la mejor matriz para que la razón prudencial logre
determinar lo justo en cada caso, por eso Aristóteles llama al juez «justicia viviente o animada»
(dikasterion), en tanto los hombres llevan a él sus diferencias porque están convencidos de que «ir
al juez es ir a la justicia» (en 1132a: 19-22). Un juez prudente es capaz de decir lo justo, pero si
además —precisa Tomás de Aquino— es justo lo dirá «con prontitud y agrado» (S. Th. I-II, 107, 4);
en definitiva, quien quiere y logra la justicia en sus actos vive en un compromiso verdadero con el
otro.

Quizás un modo apropiado de recuperar esa exigencia ética de justicia para el juez, es
recordarle que debe tomar conciencia de su función e inclinarse a «determinar lo justo desde el
derecho». Acertadamente insiste Gabaldón López: «no cabe, pues, en el juez una actitud de
neutralidad moral, porque las normas éticas le exigen una actuación que tienda a conseguir la
justicia como meta de sus actos». Más aún, desde Antígona aparece el riesgo de que lo dispuesto
por la autoridad sea injusto, y lo sea de una manera extrema y evidente, por eso quien debe decir
el Derecho necesita de ese propósito de justicia.
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Seguramente a quien no quiere dar lo justo o carece del hábito respectivo, le costará asumir
la tarea de discernimiento, atento a que la razón humana no es algo desencarnado o desvinculado
del apetito. En la confianza del ciudadano que asiste a un despacho judicial, pesará de manera
significativa cuál es la imagen que el juez se ha forjado en torno a la justicia. No sólo mirada en
términos jurídicos o judiciales, sino -principalmente- en relación a sus comportamientos como
ciudadano que respeta a los demás. No está de más recordar la dimensión analógica o los distintos
modos de la justicia, por eso de ella se habla tanto en la distribución en beneficio de los particulares,
en la conmutación que procura equivalencia en las contraprestaciones y en la imposición de débitos
en beneficio del todo social. Tratándose del juez, no se debe olvidar que lo justo y lo equitativo son
«ambos valiosos», y la equidad es preferible en cuanto perfección de la justicia (en función del caso
en que se pronuncia el juicio prudencial del juez).

Fortaleza

En la visión clásica también era ésta una de las virtudes cardinales que tenía por objeto el
“bien arduo” (bonum arduum), en tanto permite la adhesión al mismo resistiendo o asumiendo los
riesgos respectivos. Hablando del juez aparece como evidente la exigencia de la fortaleza o
valentía, en tanto un juez cobarde es susceptible de fácil pérdida de su independencia o
imparcialidad. Por supuesto que no estamos hablando de temeridad, es decir, de alguien que
busque o se deleite en el peligro, sino de aquel que es capaz de decir el Derecho que corresponde
aun “con” miedo, pero nunca “por” miedo.

Se trata de una exigencia ética íntimamente vinculada con un cierto talante psicológico
frente a los riesgos y las incertidumbres, que reclama el perseverar a pesar de los mismos y también
el enfrentarlos. Seguramente si la ciudadanía percibe en un juez esas personalidades débiles,
dubitativas o incapaces de hacerse respetar, asociará esas cualidades a la función profesional y
sentirá temor de cómo será juzgada su causa si la contraparte es alguien poderoso. A la hora de
los test psicológicos o entrevistas para candidatos a jueces, aparece esta exigencia y se intenta
vislumbrar en qué medida la pueden cubrir si llegan a estar como jueces en situaciones riesgosas.
Una vez más recordemos la bifrontalidad de estas exigencias, en tanto que si bien existe el deber
a ser fuerte o valiente (no temerario), también cuenta el destinatario con el derecho a que se le
provea de medios razonables (como por ejemplo, de protección policial) a los fines de facilitar o
posibilitar el cumplimiento de la misma.

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Honestidad

Contemporáneamente el profesional es alguien que cuenta con su profesión para obtener


los recursos económicos que necesita para vivir, y precisamente la honestidad tiene que ver con
esa legítima posibilidad de que reciba lo que le corresponde como retribución de sus servicios.
Yendo al juez, la honestidad consiste precisamente en que reciba lo que le corresponde, ni más ni
menos; y ello no implica obviamente la alternativa grotesca y delictual de la coima o sus análogos,
sino la más sutil, que exige que use para la función judicial los bienes o recursos que el Estado o la
sociedad han puesto a su disposición.

En cuanto a la alternativa de prohibición absoluta de utilizar bienes públicos en beneficio


privado, cualquier ciudadano –espontáneamente- puede verse inclinado a suscribirla; pero sometida
a un control de razonabilidad, tal opinión seguramente resulte exagerada, en tanto su seguimiento
y aplicación estricto puede ser más perjudicial que beneficioso. Por ejemplo, no parece inteligente
que se prohíba a un juez llamar a su casa para ver cómo sigue su hijo enfermo o que se le impida
usar un lápiz o papel para hacer anotaciones particulares.

En sintonía con esta preocupación algunos códigos de ética judicial han optado por
establecer restricciones a los bienes públicos en la medida que su uso resulte “abusivo”,
“irrazonable” o “desproporcionado”. De todas maneras, la idea directriz es que aquellos medios han
sido puestos en manos del juez para el cumplimiento de su función y cualquier afectación distinta
genera una presunción de falta ética, que luego puede llegar a diluirse o justificarse. Lo antes dicho
conecta con el ser y el parecer, como así también con el legítimo control social sobre los funcionarios
que representan a la sociedad o que ejercen el poder que se les ha delegado. Por ello aparece la
necesidad de efectuar “declaraciones juradas” de bienes que puedan evidenciar la evolución
razonable o no sospechosa del patrimonio.

Quizás sea la templanza la vía para vincular esta exigencia ética con el cuadro de virtudes
cardinales. Recordemos que aquélla tiene por objeto cierta moderación en la posesión y el uso de
bienes externos o aquellos vinculados con el apetito concupiscible. Esa falta de medida propia del
“destemplado” termina afectando —advierte Santo Tomás de Aquino— su «tranquilidad de espíritu»
(quies animi) en tanto se compromete el autodominio o deja de ser «dueño de sí mismo» (II-II, 157,
4).

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Decoro

Esta palabra se vincula a la arquitectura, más específicamente al ornato en tanto cada


profesión tiene un modo de vestir, de hablar, de comportarse, de arreglar el espacio en donde se
presta la profesión, etc. y, en consecuencia, también la actividad judicial tiene un decoro particular.
Obviamente que es muy distinto el decoro de un arquitecto, de un encargado de un taller mecánico,
o de un médico, por eso hay manifestaciones que en algunas de esas profesiones puedan resultar
decorosas, mientras que para otras no lo sean (por ejemplo, respecto a la limpieza de la ropa o de
las manos, el decorado en las paredes o el estilo lingüístico).

Uno de los problemas, en torno al decoro, se vincula a la vida privada o no profesional


desplegada por el profesional en el espacio público, ¿la ética profesional avanza sobre aquélla?. El
dilema es determinar si resulta legítimo pretender que el profesional conserve un cierto decoro
cuando no presta sus servicios; así, por ejemplo, si la ética le prohíbe que se emborrache en algún
bar de su ciudad, que concurra a ciertos lugares donde se practique la prostitución, que forme parte
del elenco de un teatro de revistas, que como espectador de un partido de fútbol reaccione
descontroladamente insultando o subiéndose al alambrado contra el árbitro o contra el equipo
contrario, etc.

Al respecto, la línea consolidada en los códigos de ética profesional es que no prescinden


de ese espacio en donde no se presta la profesión, y más bien coinciden en avanzar también sobre
la vida privada no profesional poniendo normalmente el límite de la “dignidad de la profesión”. Más
aún, hay algunas prohibiciones tradicionales en las leyes orgánicas de tribunales que son ejemplo
de ello, así la que prohíbe a los jueces a concurrir a salas de juego. Frente al eventual reparo que
se puede hacer a esos avances éticos, invocando el art. 19 de la Constitución Nacional, se responde
—entre otras razones— que el artículo habla del ciudadano común que no es asimilable sin más al
profesional, dado que éste presta una función pública o un servicio contando para ello con cierto
respaldo o monopolio otorgado por la ley, amén de la invocación al orden y a la moral pública. De
todas maneras, el problema más grave es quién fija el contenido del decoro, atento a que podemos
encontrarnos con ciertas sociedades dominadas por tradiciones poco racionales que impongan
exigencias éticas profesionales inequívocamente contrarias a los derechos naturales o
fundamentales.

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Secreto o confidencialidad

El profesional, en el marco del servicio que presta, accede a un conocimiento de aspectos


variados respecto a su cliente o usuario. Este parte de la base de que esa información sólo será
usada a los fines del mejor trabajo profesional. La ética exige reserva y consiguientemente prohíbe
que la información confiada sea difundida deliberadamente o sin propósito alguno a terceros ajenos
a la relación profesional. Ello reclama del profesional una actitud positiva o activa para evitar esas
infidencias, y reaccionar apropiadamente al detectarlas.

La función judicial es fuente de mucha e importante información respecto a las partes, y


frecuentemente hay intereses comerciales o de otra índole ansiosos por obtenerla; por eso la ética
exige no sólo que el juez esté consciente de este deber de confidencialidad, sino que también lo
asuma adoptando medidas eficaces para neutralizar eventuales fugas de información, y para
investigar o sancionar a los responsables en caso de producirse. Esa exigencia de reserva judicial
se extiende a sus familiares, colegas, periodistas, alumnos, etc., o sea, respecto de todos aquellos
que resultan terceros en la relación profesional. Sin embargo, los códigos de ética contemplan
normalmente situaciones que eximen al profesional de mantener ese secreto profesional; por
ejemplo a los fines de la propia defensa frente a un reclamo o demanda, y también para evitar la
comisión de un delito o de un daño.

Para explicar la racionalidad de la presente exigencia hay que recurrir al objeto mismo de
la función judicial, pues ésta supone un servicio concreto que se presta a las partes en relación al
problema jurídico que las enfrenta y, en consecuencia, rechaza eventuales beneficios —importantes
o casi intrascedentes— para el juez, en base al uso que pueda hacer de la información obtenida en
la tramitación de la causa.

Cortesía o afabilidad

El servicio profesional se presta a un semejante o prójimo, es decir, se canaliza a través


de una relación humana en donde está comprometida recíprocamente la dignidad y el respeto de
las partes. No hay sometimiento ni subordinación personal alguna, sino más bien una relación que
transita en un plano de igualdad intrínseca. Consiguientemente el profesional debe estar dispuesto
a brindarle al cliente o usuario las explicaciones o informaciones que oportuna y justificadamente le

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requiera, y debe hacerlo a través de un trato respetuoso y cortés. Por supuesto que, también, sobre
el juez pesa esta exigencia en sus relaciones con las partes, abogados, colegas y auxiliares, quien
además debe recordar que la autoridad no se construye en base a desplantes, impuntualidades o
gritos. Cualquier ciudadano en base a una experiencia humana consolidada puede legítimamente
asociar esa beligerancia o indisposición para el trato respetuoso a cierta personalidad
desequilibrada o descontrolada, incapaz de analizar pausada, racional y dialógicamente los
problemas propios de la tarea judicial. La autoridad, preocupada por obtener el mejor premio al que
puede aspirar —según Santo Tomás de Aquino—, que es el “afecto”, “amistad” o “amor” de los
ciudadanos, debe tratarlos del modo idóneo a tales fines, pues sólo un masoquista puede apreciar
o respetar a aquel que lo maltrata.

Diligencia

Todo cliente o usuario pretende que el profesional le preste el servicio en tiempo y forma,
y que para ello predisponga los medios adecuados y procure alcanzar el resultado que este busca
al recurrir a sus servicios. Mirado desde el profesional esta exigencia implica evaluar los medios
disponibles para el resultado pretendido, escoger el mejor y esforzarse para conseguirlo. Su
obligación es poner los medios para el fin buscado por el cliente, pero no le es indiferente la
obtención o no del mismo, pues ello repercutirá directamente a la hora de su responsabilidad.

En el caso del juez su función le impone resolver de la mejor manera y en el menor tiempo
posible el problema bajo su jurisdicción, por eso aparece la exigencia de privilegiar el trabajo judicial
frente a otros posibles servicios. Se inscribe aquí lo referente a las incompatibilidades laborales del
juez, que entre otras razones se justifican en que el juez no debe distraer su tiempo en aquello que
no es lo más importante. Esas incompatibilidades, más allá de las previsiones legales, tienen esa
razón de ser y en consecuencia se tornan plenamente justificadas desde un punto de vista ético
cuando el juez no resuelve sus asuntos en tiempo y forma. También aparece aquí la obligación del
juez de concurrir a su despacho, especialmente respecto de aquel que lleva el despacho diario,
como un modo de “aparecer” o mostrar a los ojos de la sociedad su compromiso con la diligencia.
Seguramente el mejor modo de satisfacer esta exigencia, sin que provoque el reclamo pertinente
de los usuarios del servicio, es que efectivamente las decisiones judiciales se produzcan en tiempo
y forma oportuna.

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Transparencia, coherencia o buena fe

Alguien que mantenga una doble vida, un doble discurso o falte a la correspondencia entre
lo que dice y lo que hace, se torna una persona poco confiable para aquellos con los que trabaja o
para los que trabaja. Más allá del modo en que efectivamente se preste la profesión, el buen
profesional supone y requiere que el cliente o usuario, como así también sus auxiliares y colegas,
confíen en él de manera que el trabajo -con toda la carga de conexiones, independencia y discreción
que encierra inevitablemente- no quede sumido en un marco de desconfianza motivado en aquella
falta de transparencia o incoherencia. En el caso del juez en tanto cabeza de un grupo humano, y
a cargo de una tarea que conlleva marcada discreción, se torna importante esta exigencia. Para
decirlo negativamente, si pensamos en un juez que conduce a sus empleados en base a la mentira,
la sospecha, la palabra que no respeta, etc., seguramente le resultará más difícil imponer un
espontáneo y confiable seguimiento.

Austeridad republicana

Es ésta una exigencia que tiene íntima conexión con las circunstancias de tiempo y lugar.
Así en Argentina, en el contexto de las serias dificultades económicas y sociales que se han vivido
en estos últimos tiempos, resulta razonable la exigencia prevista en la ley de ética de la función
pública de “austeridad republicana” para sus funcionarios. Se trata de que éstos exhiban ciertos
bienes externos que guarden correspondencia con el nivel de limitaciones que padece la ciudadanía
en general. Parece poco razonable que haya funcionarios que aparezcan ricos en medio de
ciudadanos pobres que, al mismo tiempo y paradojalmente, son los que le pagan mensualmente
sus salarios.

Esa exigencia prevista para los funcionarios públicos en general, se proyecta


innegablemente para los jueces, pues la ciudadanía seguramente vería con malos ojos a aquel juez
que se preocupa desmedidamente por los bienes externos procurando lucir aquellos que resulten
ser los más onerosos. No se trata de deshonestidad dado que puede tratarse de un juez
privadamente muy rico, pero lo que se le pide es que a la hora de adquirir bienes procure computar
el nivel de problemas económicos y sociales que padece la sociedad a la que les prestará sus
servicios judiciales. Incluso puede resultar comprensible que alguien vea en esa restricción algo

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incompatible con sus gustos y por ende opte por renunciar o no aceptar el cargo de juez.

El contenido de esta exigencia tiene esa dimensión histórica que remite a una sociedad
particular, por eso no queda sólo librada a la mera conciencia ética del juez implicado.

Responsabilidad

En toda ética profesional se incluye esta exigencia, que implica que el profesional esté
dispuesto a “responder” por lo que ha hecho frente a todos aquellos interesados o implicados —
directa o indirectamente— en el trabajo prestado. Es decir, que esta exigencia conlleva que el
profesional no eluda, ni transfiera, ni entorpezca ese momento incluido en su servicio en el que
deberá brindar explicaciones, pedir disculpas, otorgar reparaciones, aceptar reproches, etc. En el
caso del juez es posible discernir distintos ámbitos de la responsabilidad profesional:

1. Penal: frente al juez competente respecto a su conducta tipificada como delito.

2. Civil: por los daños reclamados por alguna de las partes ante el juez competente.

3. Administrativa o disciplinaria: que discernirá la autoridad administrativa por los


incumplimientos a las reglamentaciones administrativas aplicables.

4. Científica o académica: en tanto le corresponde al mundo académico juzgarlo


principalmente por medio de críticas o elogios acerca del modo en que operó el Derecho.

5. Corporativa o colegiada: frente a sus colegas y a miembros de un eventual Colegio o


Asociación, de acuerdo a los Estatutos respectivos.

6. Social: respecto a la sociedad en la que presta servicios y la cual lo juzgará por medio
de la opinión ciudadana, en tanto comprenda y tenga presente sus características, necesidades y
pretensiones.

7. Política o constitucional: los otros poderes del Estado, según la distribución efectuada
por la Carta Magna, velan por el buen cumplimiento de la función y tienen la competencia de
remover al juez en casos graves de incumplimiento.

8. Ética: su objeto es el mejor cumplimiento de la función, por eso, de algún modo, esta

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responsabilidad es un género en tanto al incurrir el juez en cualquiera de las responsabilidades
arriba mencionadas, esa falta tiene incidencia sobre esa pretensión del “mejor juez”, pero también
es una especie de responsabilidad particular o remanente. Ante cualquier falta que no aparezca
comprendida en los anteriores ámbitos, será la responsabilidad ética la que la asuma (por ejemplo,
el desorden en el juzgado o cierta descortesía para los abogados) y también puede asumirla si
algunos de los interesados en la excelencia judicial encuentran insatisfecha su legítima pretensión
al efectivizarse algunas de las otras responsabilidades.

CONCLUSIÓN

La Comisión sobre el “Perfil del Juez”, creada en el seno de la Mesa del Diálogo Argentino
alcanzó importantes conclusiones, y entre ellas cabe destacar la puntualización que para ser juez
se requiere de cuatro idoneidades: la física-psicológica, la técnica-jurídica, la gerencial y la ética.
Precisamente ese perfil supone una superación de la mirada tradicional centrada sólo en el
conocimiento y las habilidades jurídicas, y remite a un complejo de requerimientos para ejercer la
función judicial. Es que, en definitiva, a la sociedad lo que le interesa es contar con “buenos” o los
“mejores” jueces, y ésta es una definición que excede a lo jurídico e instala la consideración en el
campo de la ética profesional o ética aplicada.

Responder a esas exigencias supondrá inevitablemente determinar el fin específico o el


bien interno por el que cobra sentido y legitimidad social la actividad judicial, averiguar cuáles son
los medios adecuados para generar racionalmente ese bien en la sociedad e indagar qué
comportamientos, virtudes o personalidad ética se requiere para alcanzar ese bien interno.

Pretender sectorizar o reducir aquella preocupación a algunas de las actividades que


cumple el juez, como por ejemplo la interpretación jurídica, es ir contra la realidad humana y siglos
de experiencia en ese terreno.

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