Heráclito
Heráclito
Heráclito, noble de la ciudad de Éfeso, «floreció», según Diógenes, por los años de la
69° Olimpíada, es decir, hacia 504-501 a. J. C.; sus fechas no pueden determinarse
con exactitud. En su familia era hereditario el cargo de Basileus, pero Heráclito se lo
cedió a su hermano. Era —colegimos— hombre de temperamento melancólico, que
gustaba de vivir apartado y solitario, y expresó su desprecio hacia la grey del vulgo y
también hacia los personajes eminentes del pretérito. «Los efesios —llegó a decir de
sus propios paisanos— harían bien en ahorcarse todos los que son ya adultos y dejar
la ciudad a los muchachos que aún no tienen bozo; pues expulsaron a Hermodoro, el
mejor de entre ellos, diciendo: "Ninguno de nosotros ha de ser mejor que los demás; si
alguien lo es, [váyase] a otro sitio y con otros."»1 Asimismo, comenta: «En Priene vivió
Bías, hijo de Teutamas, mayor por su importancia que el resto.» (Y afirmaba: «Los
más [son] malos».)2
Heráclito manifiesta su opinión respecto a Homero en esta frase: «Homero merece ser
expulsado de las listas [de los certámenes] y azotado, lo mismo que Arquíloco.»
Parecidamente, observaba: «El aprender muchas cosas no da entendimiento; si lo
diese, se lo habría enseñado a tener a Hesíodo y a Pitágoras, y también a Jenófanes y
a Hecateo.» En lo tocante a Pitágoras, opina que «se dio a practicar investigaciones
científicas más que ningún otro hombre, y habiendo hecho una selección entre las
cosas que había escritas, quiso hacer pasar por sabiduría propia lo que no era sino
erudición y arte de engañar»3.
Muchas de las sentencias de Heráclito son agrias e hirientes, aunque no dejan de
tener, a veces, matices humorísticos. Por ejemplo: «Los médicos que sajan, queman,
pinchan y torturan al enfermo, piden por ello un salario que no se merecen»; «El
hombre es llamado niño por Dios, lo mismo que lo es el niño por el hombre»; «Los
asnos prefieren la paja al oro»; «El carácter del hombre es su hado»4. En cuanto a la
actitud de Heráclito para con la religión, tenía poco respeto a los misterios, y declara,
inclusive, que «los misterios que entre los hombres se practican son misterios
profanos»5. Más aún, su actitud respecto a Dios era, en definitiva, panteística, a pesar
del lenguaje religioso que empleaba.
El estilo de Heráclito parece haber sido un tanto oscuro, lo que en tiempos posteriores
le granjeó el apodo de ό σϰοτεινός. Esta manera de proceder no debió de ser del todo
inintencionada; al menos, entre los fragmentos se hallan sentencias que dicen cosas
1 Frag. 121 .
2 Frag. 39.
3 Frags. 42, 40, 129 (este último de dudosa autenticidad, según D.).
4 Frags. 58, 79, 9, 119.
5 Frag. 14.
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así: «La naturaleza gusta de ocultarse»; «El señor cuyo oráculo está en Delfos ni dice
ni esconde nada de lo que quiere significar, sino sólo lo indica por señas». Y, de su
propio mensaje a la humanidad, asegura que: «Los hombres son tan incapaces de
entenderlo cuando lo han oído por primera vez, como antes de haberlo oído siquiera.»6
Burnet hace notar que Píndaro y Esquilo tienen el mismo tono profético, y lo atribuye,
en parte, al contemporáneo renacimiento religioso7.
A Heráclito le conocen muchos por la famosa expresión que se le ha atribuido,
aunque, según parece, no es suya: «Todo fluye: πάνπα ῥεῖ.» Esto, en resumidas
cuentas, es lo que de él sabe mucha gente. Pero tal afirmación no constituye, por así
decirlo, el núcleo de su pensamiento filosófico, aunque sí sea, verdaderamente, un
aspecto importante de su doctrina: ¿Acaso no dijo aquello de que «es imposible
meterse dos veces en el mismo río, pues quienes se meten sumérgense en aguas
siempre distintas»?8 Platón observa, además, que «Heráclito dice en alguna parte que
todo pasa y nada permanece; y, comparando las cosas con la corriente de un río, dice
que no se puede entrar dos veces en el mismo río»9. Y Aristóteles describe la doctrina
de Heráclito como la afirmación de que «Todas las cosas están en movimiento, nada
está fijo»10. En este aspecto, Heráclito es un Pirandello del mundo antiguo,
proclamando que no hay ninguna cosa estable, que nada permanece, dando por
averiguada la irrealidad de lo «real».
Sería, no obstante, un error suponer que Heráclito pretendiese enseñar que el
continuo cambio es la nada, pues esto lo contradice todo el resto de su filosofía11. Ni la
proclamación del cambiar es tampoco el rasgo más importante y significativo de su
pensamiento. Heráclito insiste en su «Palabra» [Logos], o sea, en su especial mensaje
a la humanidad, y no es creíble que se hubiese sentido con derecho a hacerlo así si tal
mensaje se redujera a la obvia verdad de que las cosas cambian incesantemente,
verdad que ya habían considerado los otros filósofos jonios y que apenas parecería
novedosa. No, la contribución original de Heráclito a la filosofía ha de buscarse en
otra parte: consiste en su concepción de la unidad en la diversidad, de la diferencia en
la unidad. Como ya hemos visto, en la filosofía de Anaximandro los opuestos aparecen
invadiéndose unos a otros sus terrenos, sus competencias, y, después, pagando cuando
les llega el turno una multa o compensación por tal acto de injusticia. Anaximandro
considera la guerra de los opuestos como algo desordenado, algo que no debería tener
lugar, algo que mancha la pureza del Uno. Heráclito, en cambio, no adopta este punto
de vista. Para él, la lucha de los contrarios entre sí, lejos de ser una tacha en la
unidad del Uno, le es esencial al ser mismo del Uno. En efecto, el Uno solamente
puede existir en la tensión de los contrarios: esta tensión es esencial para la unidad
del Uno.
La realidad es una según Heráclito, como lo patentiza bastante su dicho: «Es de
6 Frags. 123, 93, 1 (cfr. 17, 34). Cfr. Dióg. Laerc., 9, 6.
7 E. G. P., p. 132.
8 Cfr. Frags. 12 y 91.
9 Crátilo, 402 a.
10 De Caelo, 298 b 30 (III, 1).
11 Heráclito enseña, en efecto, que la realidad cambia constantemente, que pertenece a su
naturaleza
esencial el cambiar; pero esto no debe interpretarse como si, para él, no hubiese en absoluto una
realidad cambiante.
Se ha comparado con frecuencia a Heráclito con Bergson, pero el pensamiento de Bergson ha
sido
no pocas veces burda y aunincomprensiblemente mal interpretado.
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sabios prestar oídos no a mí, sino a mi Palabra, y reconocer que todas las cosas son
una.»12 Por otro lado, que el conflicto entre los contrarios es esencial para la existencia
del Uno queda claro también por frases como «Conviene saber qué la guerra es común
a todas las cosas y lucha es la justicia, y que todo se engendra y muere mediante
lucha»13, y Homero se equivocaba al decir «¡Ojalá se extinguiese la discordia entre los
dioses y los hombres!»: no veía que estaba pidiendo la destrucción del universo, puesto
que, si su deseo fuese atendido, todas las cosas perecerían14. Heráclito dice, además,
positivamente: «Los hombres no comprenden que lo diferente concierta consigo mismo
y que entre los contrarios hay una armonía recíproca, como la del arco y la lira.»15
Para Heráclito, pues, la realidad es una; pero, al mismo tiempo, es múltiple, y esto no
de un modo meramente accidental, sino esencialmente. Para que exista el Uno, es
esencial que sea a la vez uno y múltiple, identidad en la diferencia. La atribución
hecha por Hegel de la filosofía de Heráclito a la categoría del devenir está basada, por
consiguiente, en una interpretación errónea, lo mismo que se engaña al considerar a
Parménides anterior a Heráclito, pues Parménides, además de contemporáneo de
Heráclito, fue crítico suyo, y, por ende, hubo de escribir después que él16. La filosofía
de Heráclito corresponde mucho más a la idea del universal concreto, del Uno
existente en lo múltiple, Identidad en la diferencia.
Mas, ¿qué quiere decir esto del Uno en lo múltiple? Para Heráclito, igual que para los
estoicos del último período —quienes tomaron de él tal concepción—, la esencia de
todas las cosas es el fuego. A primera vista, quizá parezca que Heráclito se dedicase a
hacer meras variaciones sobre el viejo tema jonio, algo así como si, porque Tales
identificó la realidad con el agua y Anaxímenes con el aire, Heráclito, sólo por
distinguirse de sus predecesores, hubiese optado por el fuego. Claro está que pudo
haberle influido un tanto el deseo de afirmar otro Urstoff distinto, pero en su elección
del fuego había algo más que semejante afán: tenía una razón positiva y muy buena
para fijarse en el fuego, un motivo muy relacionado con el pensamiento central de su
filosofía.
La experiencia sensible nos enseña que el fuego vive alimentándose de una materia
heterogénea a la que consume y transforma en sí. Brota, por así decirlo, de multitud
de objetos, que va transformando en sí, y sin esta provisión de materia se muere, deja
de arder. La existencia misma del fuego depende de esta «lucha», de esta «tensión».
Tenemos aquí, seguramente, un símbolo sensible de una noción genuinamente
filosófica, pero está claro que este simbolismo se vincula con tal noción de una manera
mucho más intrínseca que lo que sucedía con el agua y con el aire. La elección del
fuego por Heráclito como naturaleza esencial de la realidad no se debió simplemente a
un capricho, ni tampoco al interés por distinguirse de sus predecesores, sino que le
fue sugerida por su idea filosófica esencial. «El fuego —dice— es falta y exceso», o sea,
en otras palabras, es todas las cosas que existen, pero es esas cosas en una constante
tensión de combate, de consunción, de inflamamiento y de extinción17. En el proceso
12 Frag. 50.
13 Frag. 80.
14 Numenio. Frag. 16, apud Chalcidium, c. 297 (D. 22 A 22).
15 Frag. 51.
16 Hegel, Hist. de la Filos., vol. 1.
17 Frag. 65.
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del fuego distinguía Heráclito dos caminos: el camino ascendente y el descendente.
«Decía que el cambio sigue dos vías, una hacia abajo y hacia arriba la otra, y que en
virtud de este cambio es como se hace el cosmos. El fuego, al condensarse, se
humedece, y, comprimido, se convierte en agua; el agua, al congelarse, se transforma
en tierra. Y a esto lo llama él la vía hacia abajo. Viceversa, la tierra se licua y de ella
sale el agua, y del agua todo lo demás, pues él lo atribuye casi todo a la evaporación
del mar. Y ésta es la vía hacia arriba.»18
Sin embargo, si se mantiene que todas las cosas son fuego y que están, por lo tanto, en
continuo fluir, es evidente que se ha de explicar de algún modo lo que, por lo menos,
parece ser la estable naturaleza de las cosas en el mundo. Heráclito da su explicación
en términos de medida: el mundo es «un eterno, fuego viviente, que se enciende y se
extingue conforme a medida»19. De modo que, si el fuego se alimenta de las cosas,
transformándolas en sí al abrasarlas, les da también tanto como de ellas toma. «Todas
las cosas se transforman en fuego y el fuego en todas las cosas, lo mismo que se
cambia el oro por las mercancías y las mercancías por el oro.»20 Así, mientras la
sustancia de cada clase de materia está siempre cambiando, la cantidad total de esas
especies de materia permanece la misma.
Pero lo que Heráclito trata de explicar no es solamente la relativa estabilidad de las
cosas, sino también la variable preponderancia de una clase de materia sobre las
otras, como se ve en el día y la noche, el verano y el invierno... Sabemos, por Diógenes,
que Heráclito achacaba la preponderancia de los diferentes elementos a las «distintas
exhalaciones». Así, «la exhalación brillante, cuando se inflama en el círculo del sol,
produce el día, y la preponderancia de la exhalación opuesta produce la noche. El
aumento de calor procedente de la exhalación brillante origina el verano, y la
preponderancia de la humedad proveniente de la exhalación sombría da origen al
invierno»21 .
Hay en el universo, como hemos visto, un incesante combate, y hay también una
estabilidad relativa de las cosas, debida a las diferentes proporciones del fuego, que se
inflama o se extingue según medidas más o menos iguales. Y estas proporciones,
junto con el equilibrio de los dos caminos, descendente y ascendente, constituyen lo
que llama Heráclito la «oculta armonía del Cosmos», armonía que asegura ser «mejor
que la armonía manifiesta»22. «Los hombres —dice Heráclito en un fragmento que ya
hemos citado— no comprenden cómo lo que es diverso concierta consigo mismo. Hay
una armonización de las tensiones opuestas, semejante a la que se da entre el arco y
la lira.»23 En suma, el Uno es sus diferencias, y las diferencias son ellas mismas el
Uno, son diferentes aspectos del Uno. Ninguno de estos aspectos, ni el camino hacia
arriba y el camino hacia abajo, pueden cesar: si cesaran, dejaría de existir el Uno.
Esta inseparabilidad de los opuestos, el carácter esencial de los diferentes momentos
del Uno, aparece en frases tales como: «La vía ascendente y la vía descendente son
idénticas» y «Para las almas es muerte hacerse agua; para el agua es muerte hacerse
18 Dióg. Laerc., 9, 8-9.
19 Frag. 30.
20 Frag. 90.
21 Dióg. Laerc., 9, 11.
22 Frag. 54.
23 Frag. 51.
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tierra. No obstante, de la tierra nace el agua y del agua el alma»24. Esto conduce,
naturalmente, a cierto relativismo, como el que se patentiza en las afirmaciones de
que «El bien y el mal son una misma cosa»; «El agua del mar es la más pura y la más
impura: los peces pueden beberla y para ellos es buena, mientras que para los
hombres es impotable y funesta»; «El puerco se lava en el fango, y las aves domésticas
en el polvo del corral»25. No obstante, en el Uno se concilian todas las tensiones, se
armonizan todas las diferencias: «Para Dios, todas las cosas son bellas, buenas y
justas; los hombres, en cambio, consideran buenas algunas de esas cosas y otras
malas»26. Es ésta, de seguro, la conclusión a que llega inevitablemente una filosofía
panteística: a la de que todo está justificado sub specie æternitatis.
Heráclito habla del Uno llamándolo Dios y sabio: «El sabio es únicamente uno.
Quiérase o no, ha de llamársele Zeus.»27 Dios es la Razón (Λόγος) universal, la
universal ley inmanente a todas las cosas, que sujeta a todos los seres a una unidad y
determina el constante cambio del universo. La razón del hombre es un momento de
esta Razón universal, o una como contracción y canalización de ella, y el hombre debe
esforzarse, por tanto, para conseguir el punto de vista razonable y vivir conforme a
razón, realizando la unidad de todas las cosas y el reinado de la ley inalterable,
dándose por contento con el necesario proceso del universo y no rebelándose contra él,
por cuanto este proceso es expresión del Logos omnicomprensivo, de la Ley que todo lo
ordena. La razón y la conciencia del hombre —el elemento ígneo— es lo que en él vale:
cuando el fuego puro abandona el cuerpo, el agua y la tierra restantes carecen de
valor; este pensamiento lo expresa Heráclito diciendo que «Los cadáveres son más
para que se los arroje que el estiércol»28. Interesa, pues, al hombre conservar su alma
en un estado lo más seco posible: «Lo seco es lo más sabio y lo mejor.»29 A las almas tal
vez les agrade humedecerse, pero, así y todo, «para el alma es muerte convertirse en
agua»30. Las almas han de luchar para elevarse, por encima de los mundos
particulares del «sueño», al mundo común de la «vigilancia», esto es, al mundo común
del pensamiento y de la razón. Tal pensamiento es, naturalmente, el Logos de
Heráclito, su «palabra». Hay, por lo tanto, en el universo, una Ley, una Razón
inmanente, de la que serían encarnaciones las leyes humanas, aunque sólo puedan
ser, a lo sumo, imperfectas y relativas encarnaciones de aquélla. Con su insistencia en
la Ley universal y en la participación del hombre en la Razón, Heráclito contribuyó a
allanar el camino hacia los ideales universalistas del estoicismo.
Esta concepción de la Razón universal, ordenadora de todo, aparece en el sistema de
los estoicos, que tomaron de Heráclito su cosmología. Pero no tenemos derecho a
suponer que Heráclito considerase el Uno o el fuego como un Dios personal más que
Tales o Anaxímenes lo consideraran respecto del agua o del aire: Heráclito era
panteísta, lo mismo que lo fueron, en tiempos posteriores, los estoicos. Sin embargo,
no puede negarse que el concebir a Dios como Principio inmanente y ordenador de
todas las cosas, junto con la actitud moral de aceptar los sucesos como expresión de la
24 Frags. 60, 36.
25 Frags. 58, 61, 37.
26 Frag. 102.
27 Frag. 32.
28 Frag. 96.
29 Frag. 118.
30 Frags. 77, 36.
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Ley divina, tienden a crear una actitud psicológica distinta de la que parece exigir
lógicamente la identificación teórica de Dios con la unidad del Cosmos. La
discrepancia entre la actitud psicológica y las estrictas exigencias de la teoría se
patentizó palmariamente en la escuela estoica, cuyos miembros tantas veces
manifestaron una actitud mental y emplearon un lenguaje que sugerían una
concepción de la divinidad más bien teística, y no la concepción panteísta que
lógicamente se podría esperar de su sistema cosmológico. Esta contradicción se agravó
entre los últimos estoicos, sobre todo por su creciente interés en las cuestiones éticas.
¿Enseñó Heráclito la doctrina de una conflagración universal que acontecería
periódicamente? Como es cierto que los estoicos sostuvieron esta tesis, y habían
tomado cosas de Heráclito, también se ha atribuido a éste la doctrina de la
conflagración periódica y universal; pero, por las razones que siguen, no parece
posible aceptar dicha atribución: En primer lugar, Heráclito, según hemos visto,
insistió en que la tensión o el conflicto entre los opuestos es esencial para la existencia
misma del Uno. Ahora bien, si todas las cosas hubieran de resolverse periódicamente
en puro fuego, es lógica consecuencia que hasta el fuego mismo dejaría de existir. En
segundo lugar, ¿no dice Heráclito expresamente que «el sol no se saldrá de sus
medidas, pues, si lo hiciese, las Erinias, servidoras de la justicia, le cogerán en
falta»31, y que «este mundo... siempre fue, es y será eterno fuego viviente, que se
enciende conforme a medida y se extingue conforme a medida»? En tercer lugar,
Platón enfrenta sobre este particular a Heráclito y a Empédocles, basándose en que,
según Heráclito, el Uno es siempre múltiple, y, en cambio, según Empédocles, el Uno
es uno y muchos alternativamente32. Cuando Zeller dice: «Hay una contradicción que
ni él [Heráclito] ni tampoco, probablemente, Platón ha advertido», está haciendo una
suposición gratuita. Claro que, si fuese evidente que Heráclito enseñó en realidad la
doctrina de una general conflagración periódica, entonces sí que tendríamos que
concluir que la contradicción implícita no la vieron ni el mismo Heráclito ni Platón;
pero, como lo que la evidencia patentiza más bien es que Heráclito nunca sostuvo tal
doctrina, no es razonable atribuir a Platón un descuido en esta materia. Por lo demás,
parece que fueron los estoicos los primeros en afirmar que Heráclito había sostenido
la tesis de una conflagración universal33; y aun los mismos estoicos estuvieron
divididos a este respecto. ¿No hace decir Plutarco a uno de sus personajes: «Veo
extenderse la conflagración estoica por los poemas de Hesíodo, lo mismo que por los
escritos de Heráclito y los versos de Orfeo»?34
Y ¿qué diremos de la doctrina de Heráclito sobre la noción de la unidad en la
diferencia? Que hay una multiplicidad, una pluralidad, está bastante claro. Pero, a la
vez, nuestra mente se esfuerza sin cesar por concebir una unidad, un sistema, por
obtener una visión comprensiva que abarque y vincule todas las cosas; y esta
aspiración del entendimiento corresponde a una unidad real que hay en las cosas: las
cosas son intrínseca y mutuamente dependientes. El hombre mismo, con su alma
inmortal, depende del resto de la creación. Su cuerpo depende, en un sentido
realísimo, de toda la historia del mundo ya pasado y del conjunto entero de la raza
humana: depende del universo material para poder vivir la vida del cuerpo —necesita
31 Frag. 94.
32 Sofista, 242 d.
33 Cfr. E. G. P., pp. 159-60.
34 De def. Orac., 415 sig.
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del aire, de los alimentos, de la bebida, de la luz del sol, etc.— y también para su vida
intelectual, puesto que la sensación es el punto de partida del conocimiento. Depende
asimismo, para su vida cultural, del pensamiento, la cultura, la civilización y el
desarrollo del pasado. Pero, aunque el hombre acierta al buscar una unidad, se
engañaría si la afirmase con menoscabo para la pluralidad. La unidad, la única
unidad que hace al caso conseguir es una unidad en la diferencia, una identidad en la
diversidad, o sea, una unidad no empobrecedora, sino llena de riqueza. Toda cosa
material es una unidad en la diversidad (ya que consta de moléculas, átomos,
electrones, etc.), y también lo es todo organismo vivo—Dios mismo, como sabemos por
la Revelación, es Unidad en la distinción de las Personas divinas—. Y en Cristo hay
unidad en la diversidad —unidad de Persona en diversidad de Naturalezas—. La
unión que se logra en la visión beatífica es una unión en la distinción, de lo contrario
perdería su riqueza (aparte, entiéndase bien, la imposibilidad de una «simple» unidad
de identificación entre Dios y la creatura).
¿Podemos considerar el universo creado como una unidad? El universo no es,
ciertamente, una sustancia: consta de una pluralidad de sustancias. Es, sin embargo,
una totalidad en la idea que de él tenemos, y, si la ley de la conservación de la energía
es válida, entonces, en cierto modo, es una totalidad física. Así, pues, hasta cierto
punto, el universo puede ser considerado como una unidad en la diversidad; y hasta
quizá podamos dar un paso más y sugerir, con Heráclito, que el conflicto entre los
contrarios—el cambio— es necesario para que exista el universo material
1. En cuanto concierne a la materia inorgánica, el cambio —por lo menos en el sentido
del movimiento local— está implícito en ella necesariamente, si han de aceptarse las
teorías modernas sobre la composición de la materia, la teoría de la luz, etc.
2. Está claro, también, que si ha de haber una vida finita y condicionada
materialmente, entonces el cambio es esencial. La vida de un organismo corpóreo
tiene que ser sostenida por la respiración, la asimilación, etc., y todos estos procesos
implican el cambio y, por ende, el «conflicto entre los contrarios». La conservación de
la vida de las especies en el planeta implica la reproducción, y el nacimiento y la
muerte bien pueden ser llamados «contrarios».
3. ¿Sería posible un universo material en el que no hubiese conflicto ninguno entre
contrarios, ni el cambio más mínimo? Primeramente, en tal universo no habría lugar
a la vida corpórea, pues ésta, según hemos visto, implica el cambio. Pero ¿sería
posible un universo material en el que no hubiese vida, que fuese totalmente estático,
totalmente falto de vida y movimiento? Si se considera la materia en términos de
energía, resulta muy difícil concebir cómo sería posible semejante universo material
puramente estático. Pero, prescindiendo de todas las teorías físicas y en el supuesto
de que tal universo fuese físicamente posible, ¿podría serlo racionalmente? Al menos,
nunca llegaríamos a descubrir qué posible función tendría un universo así sin vida,
sin desarrollo, sin cambio, una especie de caos primitivo.
Parece, pues, que un universo pura y solamente material es inconcebible, no sólo a
posteriori, sino también a priori. La idea de un universo material en el que haya vida
orgánica lleva consigo la idea del cambio. Pero el cambio significa, por una parte,
diversidad, pues ha de haber un terminus a quo y otro terminus ad quem de ese
cambio, y, por otra parte, estabilidad, pues ha de ser algo lo que cambia. Y así
tendremos identidad en la diversidad.
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Concluimos, por tanto, que Heráclito de Éfeso concibió una genuina noción filosófica,
aunque por un camino de simbolización sensible semejante al de sus predecesores
jonios, y esta noción de lo Uno como esencialmente múltiple se discierne con claridad
bajo todo lo sensible del símbolo. Heráclito no se elevó, ciertamente, a la concepción
del pensamiento sustancial, a la νόησις νοήσεως de Aristóteles, ni explicó
suficientemente el elemento de estabilidad en el universo, como Aristóteles trató de
hacerlo; pero, según dice Hegel, «aunque desearíamos poder juzgar al destino tan
justo que conservara siempre para la posteridad lo mejor, hemos de decir, al menos,
que lo que de Heráclito ha llegado hasta nosotros es digno de tal conservación»35.
FÍSICA Y ONTOLOGÍA
FRAGMENTOS HERÁCLITO:
El mismo texto de Heráclito impone, pues, a los intérpretes este reconocimiento del logos
también como ley cósmica; ya.
la tri-unidad del logos heraclíteo, que es palabra, verdad y ser indistintamente, "no por una
fusión reflexivamente realizada, sino por una espontánea persuasión
Zeller: para él, el logps heraclíteo era la Ratio universal, norma universal del Espíritu de la que
deriva la fuerza de pensamiento del hombre;
Y el sentido de "ley divina" es puesto en primer lugar también por M, Marcovich ("Ensayo de
reconstrucción e interpret. del sistema de Heraclito", en Episteme, Caracas 1957), que la
identifica, al mismo tiempo, con "la voz de la verdad", o sea, con la verdad expresada por
Heraclito.
según Gigon, que no se plantea el problema del legó? Xóyo? pitagórico y órfico) para establecer
que en Heraclito es ante todo su discurso, el contenido de su libro. Pero en seguida destaca que
este logos es idéntico a otro logos que es eterno y según el cual todo ocurre; es decir, expresa la
verdad eterna, la relación viviente entre los seres, constituida por la lucha o tensión de los
opuestos: pelemos que en B 80 es declarado común, como logos en B 1, 2, 113 y 114.
Incomprendido por los hombres, que aun sin saberlo viven y actúan según él, el logos que
Heraclito expone es la verdad, la clave de la comprensión de la realidad universal, la ley de la
existencia cósmica: ley divina, que es arquetipo de las múltiples leyes humanas. Es así como
Heraclito desplaza el centro de la investigación, del problema milesio de la sustancia al de la ley
del ser y devenir universal: logos y nomos al mismo tiempo, que por lo tanto es también ley y
criterio del pensamiento humano y gobierna igualmente tanto la vida del cosmos como el obrar
del hombre. Heraclito vinculó así ética y cosmología como ningún otro presocrático; conjugó en
el concepto del logos el problema cósmico con el lógico y el moral: por eso Gigon lo considera
el primero de los filósofos griegos que ha esbozado una etica en sentido estrictamente filosófico.
Pero por otra parte, Gigon no descuida el hecho de que Heraclito, no obstante la diferenciación
de su problema con el de los milesios, vincula, sin embargo, con el concepto de logos la misma
esencia física del cosmos, el fuego, que se encuentra en infinita guerra consigo mismo y (como
lo ha demostrado Reinliardt, "Heraklits Lehre vom Feuer", en Mermes 1942) es él mismo
inteligente según Heraclito, Con esto se han puesto de relieve los múltiples aspectos y las varias
implicaciones del concepto de logos, y se presenta su complejidad y fundamentalidad en la
doctrina heraclítea.
También en Theol. of Early Greek Philos., Jaeger insiste especialmente en la importancia ética
del logos. Él es ante todo la palabra de Heráclito, pero palabra de un profeta que quiere
despertar a los hombres de su sueño para comunicarles la conciencia de una verdad que no es
puramente teórica, sino que debe influir en la conducta, y debe renovar la vida, uniendo a los
hombres en un mundo común por la comprensión del logos. En esto reside, en Heráclito, la
conciencia de su misión; es el primer filósofo que mira a su función social.
Según Kirk exigencia de una unidad subyacente en el mundo, que estaría dada por la fórmula o
ley universal operante en el comportamiento de todas las cosas, que es por con
sólo pueden germinar de la universal ley divina. Los conceptos de Zogos y ley divina son
complementarios: los hombres deben seguir esta ley si quieren vivir; trabajar contra ella es ir en
busca del desastre.
en Heráclito los dioses son sustituidos por la nueva concepción del orden natural pensada como
real objetivamente, en cuanto está presente en todas las cosas y como una especie de
componente material (concebida quizá como una forma de fuego) que de esta condición suya,
de ser común a todas las cosas, deriva precisamente su fuerza imperativa.
En Presocratic Philosophers (1957, pp. 188 ss.) Kirk agrega al concepto de fórmula unificadora
de las cosas el de ordenamiento proporcional, destacando la idea de medida y proporción; y
acentúa la observación de que el logos, en muchos de sus aspectos, es coex-tensivo con el
constituyente primario del cosmos, es decir, el fuego.
y proporción. De él procede la unidad y coherencia de las cosas, vinculada por Heráclito con su
descubrimiento de la unidad de los opuestos, mutuamente inseparables. La oposición y unidad
de los contrarios es un elemento importante del logos; es la armonía por tensiones opuestas,
coincidencia de convergente y divergente. La armonía de los opuestos es, por lo tanto, una
función del logos
función dinámica del Zogos corresponde así el poder directivo atribuido al fuego (B 64),
materia concreta del logps, indispensable para su existencia. Según Kirie, Heraclito eligió el
fuego como prin* cipio por su poder cinético, o sea por su vitalidad,
Heraclito afirmaba que los opuestos se exigen mutuamente, que el mundo de los contrarios es el
único verdadero, que la oposición es unidad y armonía y que el flujo (unidad de ser y no ser) es
la verdadera permanencia. Éste es el "logos común" que Heraclito sostiene contra la
incomprensión de los nombres: rio es ni la ley del mundo ni la inteligencia cósmica, sino la "ley
lógica", que es necesidad intrínseca del pensamiento, logos en el sentido gnoseológico.
La importancia del problema lógico en Heráclito
que a todas las cosas las timonea el rayo", significaría con el rayo el fuego eterno y querría decir
que éste es inteligente (<poóviu.ov) y responsables (aíttov)
I Es el pensador más eminente de los presocráticos. Su doctrina marca un gran avance sobre los
milesios. Formula vigorosamente el problema de la unidad permanente del ser frente a la pluralidad e
inestabilidad de las cosas particulares transitorias y aspira a resolverlo estableciendo la existencia de
una ley universal fija que rige todos los acontecimientos particulares, y que es el fundamento de la
armonía universal del cosmos por encima de todas las antítesis y contradicciones 7.
Y No obstante, Heráclito cree en la realidad de las cosas particulares, atestiguadas por los sentidos. Pero
no como entidades o sustancias fijas y estables, sino en continuo hacerse y deshacerse, con sujeción a
ciclos de evolución, regidos por la ley cósmica del Logos. De esta manera, su monismo se concilla con un
cierto pluralismo. El fuego, que es el principio primordial, está en perpetua mutación. Pero la Razón
universal permanece inmutable a través de todos los cambios.
3. Física.—Heráclito trata de explicar, no sólo el principio primordial y único de todas las cosas, sino
también la
ley y el proceso de la mutación de las cosas particulares. Pone como principio primero el fuego, del cual
se hacen todas las cosas. Todo sale del fuego, todo se compone de fuego y todo se descompone en fuego.
Los dioses, los genios, los «demonios», las almas y todas las cosas, son resultado de la transformación
incesante del fuego (irupós Tpórrai), y su perfección depende de la mayor o menor proximidad a su
primer principio 17.
a) Las dos vías.—Esta transformación universal sigue dos vías, que en realidad son una misma 18: una
descendente, por condensación o contracción (vía hacia abajo), y otra ascendente, por dilatación o
rarefacción (vía hacia arriba), viniendo a describir una especie de círculo: Vía hacia abajo: fuego, aire,
agua, tierra. Vía hacia arriba: tierra, agua, aire, fuego19.
b) Los contrarios.—De los distintos momentos en que se encuentran las cosas en su camino descendente o
ascendente se originan los contrarios (que vienen a responder a las «oposiciones» de Anaximandro). Dos
fuerzas cósmicas antagónicas rigen la génesis y las destrucciones periódicas de las cosas. Una
disgregadora, la Discordia o la Guerra (ttóXemov xai épiv), que es la causa y el origen de la pluralidad. Y
otra agrupadora, la Concordia o la Paz (ópoXoyíav xai EÍpijvr]v), que reduce las cosas a la unidad. Por
esto la Guerra es la «madre y el rey de todas las cosas» 20. De esta manera trata de resolver las antítesis,
concillando la unidad permanente del principio único de la Naturaleza, que conoce la razón, con la
realidad del movimiento y de las cosas particulares que perciben los sentidos.
c) El Logos.—La causa última de todas las transformaciones del Cosmos y de la armonía universal que de
ellas resulta es una Razón eterna (Xóyo$, yv¿5|ar|) que rige y gobierna todas las cosas y está presente en
todas ellas 21. Todo cambia, se muda y se transforma, excepto la Razón, que, a manera de una ley,
preside, impulsa y regula todas las mutaciones, permaneciendo ella misma inmutable e inalterable. Es la
que rige y mide el ciclo del Gran Año 22. Por ella todo en el mundo se hace «conforme a medida» 23, y
de esta manera en todo existe un orden racional.
¿Cómo debe entenderse esa Razón universal? ¿Es inmanente o trascendente? ¿Se distingue realmente
del fuego y de cuantas cosas resultan de su transformación incesante, o se identifica con la realidad
única universal? Heráclito parece dar a entender que es distinta y superior al mismo fuego, puesto que
éste es la materia primordial y permanente en perpetuo hacerse, mientras que la Razón permanece
inalterable a través de todas las transformaciones. Incluso llega a afirmar que esa Razón se identifica con
Dios: «Queriendo o sin querer, se la debe llamar Zeus» 24. No obstante, y dada la imprecisión que el
concepto de lo «divino» tiene en todos los presocráticos, lo más probable es que Heráclito no llegó a
formular el concepto de un Dios trascendente y separado del mundo. Su Logos, más que como una
Inteligencia personal y separada, o como
una causa extrínseca y ordenadora, debe entenderse como una ley necesaria (vógos, poipa, ávayKij,
eipappévr), Aíkt)) inmanente al fuego, que es la sustancia única, y a las cosas que resultan de su
movimiento incesante de transformación. «Todo esto se hace por necesidad»25. Necesidad y Logos son
una misma cosa.
d) La armonía universal.—La Razón (Xóyo$) que rige todas las transformaciones del Fuego es la causa de
una armonía oculta universal 26. Procediendo todas las cosas de un mismo principio, los contrarios son
también una misma cosa. Con la lucha de los contrarios «se unifican las oposiciones y de cosas diferentes
brota una bellísima armonía»27. En ella se resuelven todas las antítesis y contradicciones parciales, que
son sólo aparentes,^ pues responden a distintos momentos del proceso de desarrollo de la realidad con
movimientos contrarios, al encontrarse en el doble camino descendente o ascendente. Los hombres no son
capaces de apreciar esa armonía porque no logran abai car el ser en toda su amplitud 28. Pero «la armonía
invisible es mayor que la visible»29.
e) Relativismo del bien y del mal.—Todo es bueno, o todo es malo, según se considere. «El agua del mar es la
más pura y la más impura. Para los peces es potable y saludable, para los hombres perjudicial» 30. «La
enfermedad hace dulce la salud, el mal el bien, el hambre la hartura, el cansancio el reposo»31. «Los
monos más hermosos son deformes si se com