RESPIRA
Animal que respira
Aspirar y exhalar. Tal es la estratagema en esta mutua transfusión con todo el universo.
Día y noche, como dos organismos esponjosos fijados a la pared de lo visible por este
doble soplo de vaivén que sostiene en el aire las cosmogonías, nos expandimos y nos
contraemos sin sentido aparente, el universo y yo. Lo absorbo hacia mi lado en el azul,
lo exhalo en un depósito de brumas y lo vuelvo a aspirar. Me incorpora a su vez a la
asamblea general, me expulsa luego a la intemperie ajena que es la mía, al filo del
umbral, y me inhala de nuevo. Sobrevivimos juntos a la misma distancia, cuerpo a
cuerpo, uno en favor del otro, uno a expensas del otro - algo más que testigos -, igual
que en el asedio, igual que en ciertas plantas, igual que en el secreto, como en Adán y
Dios.
¿Quién pretende vencer? Bastaría un error para trocar las suertes por el planeo de una
pluma en la vacía inmensidad. Mi orgullo está tan sólo en la evidencia del apego feroz,
en mi costado impar - tan ínfimo y sin duda necesario- que crece en la medida de su
pequeñez.
Cumplo con mi papel. Conservo mi modesto lugar a manera de pólipo cautivo. Me
empino a duras penas en alguna saliente para hallar un nivel de intercambio al ras del
bajo vuelo, un punto donde ceda dignamente mi propia construcción.
Más corta que mis ojos, más veloz que mis manos, más remota que el gesto de otra cara
esta errónea nariz que me arranca de pronto de la lisa paciencia de la piel y me estampa
en el mundo de los otros, siempre desconocida y extranjera.
Y sin embargo me precede. Me encubre con aparente solidez, con intención de roca, y
me expone a los vientos invasores a través de unas fosas precarias, vulnerables, apenas
defendidas por la sospecha o el temblor.
Y así, sin más, olfateando costumbres y peligros, pegada como un perro a los talones del
futuro, almaceno fantasmas como nubes, halos en vez de bienes, borras que se
combinan en nostálgicos puertos, en ciudades flotantes que amenazan volver, en
jardines que huelen a la loca memoria del paraíso prometido.
¡Ah, perfumes letárgicos, emanaciones de lluvias y de cuerpos, vahos que se deslizan
como un lazo de asfixia en torno a la garganta de mi porvenir!
Una alquimia volátil se hacina poco a poco en los resquicios, evapora las duras
condensaciones de los años, y me excava y me sofoca y me respira en grandes
transparencias que son la forma exangüe de mi última armazón.
Y aunque aún continúe la mutua transfusión con todo el universo, sé que "allí, en ese
sitio, en el oscuro musgo soy mortal, y en mis sueños husmea interminablemente un
hocico de bestia", un hocico implacable que me extrae el aliento hasta el olor final.
El jardín de las delicias
¿Acaso es nada más una zona de abismos y volcanes en plena ebullición, predestinada a
ciegas para las ceremonias de la especie en esta inexplicable travesía hacia abajo? ¿O tal
vez un atajo, una emboscada oscura donde el demonio aspira la inocencia y sella a
sangre y fuego su condena en la estirpe del alma? ¿O tan sólo quizás una región
marcada como un cruce de encuentro y desencuentro entre dos cuerpos sumisos como
soles?
.
No. Ni vivero de la perpetuación, ni fragua del pecado original, ni trampa del instinto,
por más que un soIo viento exasperado propague a la vez el humo, la combustión y la
ceniza. Ni siquiera un lugar, aunque se precipite el firmamento y haya un cielo que
huye, innumerable, como todo instantáneo paraíso.A solas, sólo un número insensato,
un pliegue en las membranas de la ausencia, un relámpago sepultado en un jardín.
.
Pero basta el deseo, el sobresalto del amor, la sirena del viaje, y entonces es más bien un
nudo tenso en torno al haz de todos los sentidos y sus múltiples ramas ramificadas hasta
el árbol de la primera tentación, hasta el jardín de las delicias y sus secretas ciencias de
extravío que se expanden de pronto de la cabeza hasta los pies igual que una sonrisa, lo
mismo que una red de ansiosos filamentos arrancados al rayo, la corriente erizada
reptando en busca del exterminio o la salida, escurriéndose adentro, arrastrada por esos
sortilegios que son como tentáculos de mar y arrebatan con vértigo indecible hasta el
fondo del tacto, hasta el centro sin fin que se desfonda cayendo hacia lo alto, mientras
pasa y traspasa esa orgánica noche interrogante de crestas y de hocicos y bocinas, con
jadeo de bestia fugitiva, con su flanco azuzado por el látigo del horizonte inalcanzable,
con sus ojos abiertos al misterio de la doble tiniebla, derribando con cada sacudida la
nebulosa maquinaria del planeta, poniendo en suspensión corolas como labios, esferas
como frutos palpitantes, burbujas donde late la espuma de otro mundo, constelaciones
extraídas vivas de su prado natal, un éxodo de galaxias semejantes a plumas girando
locamente en el gran aluvión, en ese torbellino atronador que ya se precipita por el
embudo de la muerte con todo el universo en expansión, con todo el universo en
contracción para el parto del cielo, y hace estallar de pronto la redoma y dispersa en la
sangre la creación.
Plumas para unas alas
Cautiva en esta piel,
cosida por un hilo sin nudo a esta ignorancia,
aferrada centímetro a centímetro a esta lisa envoltura que me protege a medias y por
entero me delata,
siento la desnudez del animal,
el desabrido asombro del santo en el martirio,
la inexpresivo provocación al filo del cuchillo y al látigo del fuego.
No me sirve esta piel que apenas me contiene,
esta cáscara errante que me controla y me recuenta,
esta túnica avara cortada en lo invisible a la medida de mi muerte visible.
Apenas una pálida estría en la muralla:
la tensa cicatriz sobre la dentellada de la separación.
No puedo tocar fondo.
No consigo hacer pie dentro de esta membrana que me aparta de mi,
que me divide en dos y me vuelca al revés bajo las ruedas de los carros en llamas,
bajo espumas y labios y combates,
siempre a orillas del mundo, siempre a orillas del vértigo del alma.
No alcanza para lobo
y le falta también para cordero.
Y no obstante me escurro entre los dos bajo esta investidura del abismo
invulnerable al golpe de mi sangre y a mi pira de huesos.
¿Quién apuesta su piel por esta piel ilesa e inconstante?
Nada para ganar.
Todo para perder en esta superficie donde sólo se inscriben los errores sobre la borra de
los años.
Y ese color de enigmas que termina en pregunta,
esa urdimbre cerrada donde cruzan sus hilos la permanencia y la mudanza
esa simulación de mansedumbre alrededor de un cuerpo irremediable
ese aspecto de falso testimonio con que encubre, bajo la misma lona, es el fantasma de
ayer y el de mañana,
ese tacto como una chispa al sol, o un puñado de vidrios, o un huracán de mariposas,
¿a imagen de quién son?
¿A semejanza de qué dios migratorio fui arrancada y envuelta en esta piel que exhala la
nostalgia?
Una mutilación de nubes y de plumas hacia la piel del cielo.