NU E VAS BASES
Desde Caseros en adelante la vida argentina ha estado supedita
da a una ideología bien definida, de índole positivista, de orientación
pragmática. Su síntesis más acabada fueron las Bases de Alberdi .
No fué pequeña gloria haber enunciado en los albores de un gran
período histórico las ideas directoras que habían de informarlo. Tres
generaciones pasaron sin discutirlas ni ampliarlas. Los compañeros de
la proscripción las aceptaron como la expresión concordante de sus
anhelos. La generación de Caseros, que pasa por haber sido talentosa,
si bien nunca tuvo un concepto original, las profesó en teoría y sirvió en
la práctica. La generación del ochenta, familiarizada con los grandes
sistemas de la filosofía positivista, no vió en éstos sino la confirmación
del pensamiento alberdiano y desconoció la necesidad de superarlo.
Ningún pensador argentino ha ejercido semejante dominio espi
ritual, ni se ha impuesto con mayor intuición profética. Su doctrina,
novedosa al aparecer, a poco andar volvióse trivial ; difundida en el
ambiente y asimilada en lugares comunes se incorporó al haber intelec
tual de las masas. Todavía la repiten quienes jamás hojearon las Bases,
desde los hombres de gobierno hasta los declamadores de bocacalle.
La palabra de Alberdi persiste; su fuerza no tiende a extinguirse. Des
pués de llenar con eficacia su cometido histórico aún le sobrevive.
Antes de Marx, Alberdi concibió los principios fundamentales del
materialismo histórico. El proceso evolutivo de la cultura humana se
le apareció condicionado por el conflicto de intereses económicos . Tras
el aparato espectacular de las luchas políticas y militares, entrevió la
acción larvada de los factores positivos y reales. No era empero su mi
sión construir un sistema filosófico o político abstracto. El tenía por de
lante una tarea concreta : la constitución orgánica del país.
La solución de este problema implicaba, sin embargo, la posesión de
ideas generales, de una tácita concepción filosófica que no podía faltar
a quien había nutrido su espíritu en las cumbres del pensamiento hu
mano . Los antecedentes de la posición alberdiana son fáciles de se
ñalar : son las doctrinas del utilitarismo inglés, recogidas en sus fuentes o
al través de sus expositores franceses. Ellas persistieron a pesar del
romanticismo contemporáneo , cuya influencia efímera en la Asociación
de Mayo no logró conmover el arraigo de ideas ya divulgadas en la épo
ca rivadaviana.
Pero a ello se agrega el juicio propio formado ante el cuadro de
la vida nacional, la apreciación de sus factores históricos y la visión de
sus destinos futuros. De la realidad inmediata que interesa a su inteli
gencia y mueve su sentimiento, Alberdi abstrae con criterio positivista
198 ALEJANDRO KORN
las conclusiones de su filosofía política. Su pensamiento amplio se amol
da a las exigencias de la situación casera. Así forja la doctrina argen
tina por excelencia . Su originalidad no se amengua porque corrientes
universales vinieran luego a apoyarla . Treinta años transcurrieron an
tes de que en alguna de nuestras cátedras universitarias se pronunciara
el nombre de Comte o de Spencer; Alberdi se había anticipado .
Muchas veces se ha señalado como una deficiencia característica
de nuestra vida política la ausencia de partidos orgánicos, con progra
mas definidos o de tendencias opuestas. No era posible crearlos por
que las Bases han sido nuestro credo común. Ningún argentino se ha
atrevido a discutirlas ; no por respeto al autor, sino porque el autor ha
bía interpretado en realidad el pensamiento del pueblo . Ni la extrema
derecha apegada a la tradición católica, ni la extrema izquierda con su
liberalismo agresivo, ni los partidarios de la autonomía provincial o
de la concentración nacional, ni proteccionistas ni librecambistas han
podido torcerlo .
Las Bases para la república posible --positivas, utilitarias y opor
tunistas— no habrían de alterarse. Tuvo Alberdi la plena conciencia
de su obra : « Hay siempre una hora dada en que la palabra humana
se hace carne. Cuando ha sonado esa hora, el que propone la palabra,
orador o escritor, hace la ley. La ley no es suya en ese caso; es la
obra de las cosas. Pero esa es la ley durable, porque es la ley ver
dadera. »
Nuestras luchas internas, con los rasgos típicos de la politiquería
criolla, han debido reducirse a grescas entre oligarquías rivales. Nunca
un gobierno ha negado los principios teóricos de la oposición ; nunca
ésta, dueña del poder, ha hecho otra cosa que sus antecesores. Diver
gencias ideales no nos han separado; Alberdi ha pensado por todos
nosotros.
Entretanto el proceso económico previsto se ha realizado y conti
núa. El aluvión humano, que con lentitud geológica se estratifica sobre
nuestra tierra , por mucho tiempo ha de obedecer ante todo al imperio
del interés material. Los de casa, como los que desde afuera se nos
agregan, perseguimos el mismo propósito. Sería una actitud no tan sólo
estéril , sino absurda, desconocer la aspiración al bienestar como el mó
vil íntimo de toda evolución ulterior. Y aunque no admitamos al factor
económico como el único, ni siquiera como el esencial, en la conciencia
de las masas el problema de la libertad económica ha de ser por fuerza
el primario y su solución la demanda más perentoria.
Toda orientación filosófica que prescinda de esta realidad o la des
conozca, que pretenda arrastrarnos a la región nebulosa de la espe
culación abstracta, no podrá arraigar en el sentimiento nacional. El
Positivismo argentino no es la simple asimilación de teorías exóticas, si
no una expresión congruente de nuestra actitud mental.
Ya en 1842 así lo pensaba Alberdi : « Nuestra filosofía, pues, ha
OBRAS COMPLETAS 199
de salir de nuestras necesidades. De aquí es que la filosofía americana
debe ser esencialmente política y social en su objeto, ardiente y pro
fética en sus instintos, sintética y orgánica en sus métodos, positiva
y realista en sus procederes, republicana en su espíritu y destinos.
« Hemos nombrado la filosofía americana y es preciso que haga
mos ver que ella puede existir. Una filosofía completa es la que re
suelve los problemas que interesan a la humanidad. Una filosofía con
temporánea es la que resuelve los problemas que interesan por el mo
mento. Americana será la que resuelva el problema de los destinos
americanos.
« Nos importa, ante todo, darnos cuenta de las primeras considera
ciones necesarias a la formación de una filosofía nacional. La filosofía
se localiza por sus aplicaciones especiales a las necesidades propias de
cada país y de cada momento . La filosofía se localiza por el carácter
instantáneo y local de los problemas que importan especialmente a una
nación , a los cuales presta la forma de sus conclusiones. Nuestra filo
sofía será, pues, una serie de soluciones dadas a los problemas que in
teresan a los destinos nacionales. Por sus miras será la expresión inte
ligente de las necesidades más vitales y más altas de estos países .»
El programa alberdiano postula como fin el desarrollo económico
y como medio la asimilación de la cultura europea ; su faz negativa es
el repudio de la tradición hispanocolonial y de los valores étnicos del
ambiente criollo.
Pero bien cabe preguntar si a setenta y tantos años de distancia
el problema económico argentino no ha experimentado alguna modifica
ción . ¿Acaso aún subsisten los mismos caracteres que contempló Al
berdi? Para él lo fundamental era crear la riqueza ; hoy quizás con
venga pensar también en su distribución equitativa. Los abalorios del
liberalismo burgués se han vuelto algo mohosos y algunos principios
jurídicos posiblemente el de la propiedad- han experimentado cier
ta evolución . ¿Seguiremos creyendo que la ley de la oferta y la deman
da rige todavía, como a una mercancía cualquiera , al trabajo humano ?
Cabe preguntar también si nos hemos de limitar a reproducir una
copia simiesca de la civilización europea . ¿Todavía no estamos satu
rados ? ¿ No conviene reflexionar si la europeización de las catorce tri
bus ha llegado a un punto en que es lícito reclamar los fueros de la
personalidad propia y dejar de ser receptores pasivos de influencias ex
trañas ? « De la Babel, del caos saldrá algún día brillante y nítida la
nacionalidad sudamericana. » Así pronosticaba Alberdi; ¿ no tenemos
ya bastante caos ?
Aun cabe una interrogación más incisiva. Abandonemos los detalles
a la exégesis de los constitucionalistas. ¿ Pero pueden aún mantenerse
las bases ideológicas de las Bases, y no digamos frente al cataclismo
de la cultura occidental, sino ante el propio proceso histórico que ins
piraron ?
200 ALEJANDRO KORN
No todos los frutos de la época alberdiana son halagadores. Re
cordemos la formación de un proletariado, anacrónico en un país de
recursos inagotados; pensemos en la perversión del sentimiento nacio
nal, en amable consorcio, por el histrionismo patriotero y el cosmopoli
tismo trashumante . No entendemos decir nada novedoso. Desde las
más autorizadas tribunas se han señalado con frecuencia y con elocuen
cia los males evidentes del predominio exclusivo de los intereses econó
micos: No se nos ocultan sus consecuencias más graves, la crisis del
carácter y el culto del éxito.
En la colación de grados de la Facultad de Derecho del año 99,
Juan Agustín García , después de recomendar el retorno a los estudios
clásicos —el latín , el griego, la literatura, la filosofía- e insistir en la
aplicación de los métodos científicos al estudio preferente de la vida
argentina, dice : « si al pensar en el porvenir de la República Argenti
na la imaginara como una colosal estancia, cruzada de ferrocarriles y
canales, llena de talleres, con populosas ciudades, abundante en rique
zas de todo género, pero sin un sabio, un artista y un filósofo, preferi
ría pertenecer al más miserable rincón de la tierra donde todavía vi
brara el sentimiento de lo bello, de lo verdadero y de lo bueno.» Ni
en el estrado ni en el aula le comprendieron. Y el mismo García, posi
tivista a medias y fervoroso alberdiano, no alcanzaba a ver que la rea
lización de sus nobles propósitos requería un vuelco despiadado de la
ideología imperante.
De entonces acá la sensación del malestar espiritual ha crecido,
pero sin definirse en la conciencia nacional. Habituados a imponer nues
tras ideas, exploramos el horizonte desde Moscú a Madrid y no atinamos
a quién encomendar nuestra cura mental. Descubrimos que el caso
nuestro no es singular. La desorientación ideológica del presente es un
fenómeno universal; participamos de ella como integrantes del orden
ideal al cual pertenecemos. El desenlace futuro de la crisis europea
también para nosotros ha de ser decisivo. ¿ Hemos de esperar por eso
con los brazos cruzados que en las calles de París o de Londres se decida
la suerte del pueblo argentino ? No fué ésa la actitud de Alberdi. Pero
en lugar de seguir el ejemplo del gran pensador, de concentrarnos y
afrontar con ánimo resuelto el problema nuestro , reflejamos como un
microcosmos hasta los matices del descalabro universal . Sin perjuicio
de referirnos todavía a Spencer, citamos a Tolstoy o a Nietzsche, esta
mos un día con Bergson y otro con Le Dantec, si es que no tomamos en
serio las payasadas de Spengler,
Las distintas sistematizaciones del Positivismo se hallan exhaus
tas ; han dejado de ser una fuerza viva . La concepción mecanicista, le
gítima en el orden objetivo de los hechos, fracasa en la esfera de los
valores subjetivos que no pueden reducirse a fórmulas matemáticas.
El Yo humano no es una cantidad tan despreciable como se lo ima
ginaron los fundadores de la psicología y de la sociología deterministas .
OBRAS COMPLETAS 201
Ante la más simple hipótesis metaempírica, destinada a coordinar los
datos de la experiencia, claudica la negación de la metafísica ; ante el
acto de arrojo , de abnegación heroica que registramos todos los daís , fe
nece la negación de la personalidad autónoma.
Para disimular esta bancarrota se nos exalta la misión pragmática
de la vida; de la conciencia humana se hace una función biológica, del
proceso cósmico se excluye toda finalidad y todo móvil ético es pura
mente utilitario . El más alto ideal de nuestros pedagogos es adiestrar a
la juventud para el struggle for live, para la acción que sea de provecho.
En vez de enaltecer los valores que la especie ha creado en su azarosa
peregrinación , se le habla de intensificar la vida . La vida es lo que
tenemos de común con el molusco y con el reptil. Todos los orígenes
son pecaminosos; convengamos en descender del mono pero no persis
tamos en serlo. Es menester intensificar al hombre, no al residuo an
cestral que lo envilece .
Pero, lo dijo con genial previsión Augusto Comte , nada está des
truído mientras no se reemplace Lo vetusto subsiste por la ley de la
inercia si un impulso poderoso no lo derrumba. Impulsos no faltan ,
pero sí el decisivo, el soberano, capaz de barrer con los escombros.
Abundan las tentativas; el péndulo oscila entre la actitud escéptica que
acoge toda afirmación con su mueca despectiva y las aberraciones del
misticismo sectario, no siempre sinceras. En el terreno político , social
y filosófico lucha un pasado que no acierta a morir, con fuerzas inci
pientes que no logran cuajar.
Aunque pocos, ya a fines del siglo pasado hubo entre nosotros
quienes tuvieron la sensación del desgaste de la ideología consagrada y
presintieron la necesidad de renovarla . Ingenieros en primer lugar lu
chó por elevar el concepto positivista, más con el vigor de su talento
que con el flojo sucedáneo del dogmatismo cientificista, que al fin no
pasa de ser un Positivismo con ribetes.
Ricardo Rojas lanzó el gran pensamiento de la Restauración na
cionalista, no como un retorno al pasado, ni como un culto postizo de
los próceres, sino como una palingenesia de energías ingénitas e históri
cas, latentes en las entrañas de nuestro pueblo.
La obra más orgánica y coherente se la debemos a la pertinacia
tesonera del doctor Justo . El Partido Socialista representa de hecho la
fuerza renovadora más disciplinada . Aparte de su influencia política ha
ejercido una intensa influencia educadora. No nos perturbe la aparen
te estrechez de su base teórica. El socialismo, en realidad, se ha dado
cuenta de que el problema social, más que económico , es un problema
ético. Públicamente no puede confesarlo, porque este pensamiento no
es de Marx, sino de Le Play, de Schmoller y de León XIII . Los diri
gentes saben empero que sus propósitos no pueden realizarse sin la con
dición previa de una elevación intelectual y moral de las masas. De no
202 ALEJANDRO KORN
ser así, como suele acontecer, la Iglesia triunfante olvidaría pronto las
virtudes pregonadas por la Iglesia militante.
Ninguna de estas iniciativas se ha impuesto hasta la fecha como
una solución nacional, aunque en su oportunidad han de concurrir a
realizarla. Por ahora no hay nada más ; solamente un valor sintomáti
co se ha de conceder al desquicio evidente de todas nuestras oligarquías
políticas, labradas por tendencias disolventes, ineptas para la obra cons
tructiva.
Nuestro sentido crítico se ha aguzado, nuestras exigencias han cre
cido, pero una atomización progresiva nos desvincula en grupos mi
núsculos y nos incapacita para la acción colectiva. Pronto merecere
mos el apóstrofe shakespearano : You, fragmens!
El gesto del dulcamara que ofrece su panacea sería ridículo. La
vida de la nación se ha vuelto demasiado compleja ; no es probable
que la gran mayoría de los argentinos volvamos a coincidir en una
concepción ideológica común . Es más probable que divergencias fun
damentales nos han de separar. El mal no sería grave si logramos tra
zar con precisión los deslindes para luchar por ideas definidas si bien
antagónicas. Algo se atenuaría la mezquindad de la lucha . Sobre todo
la voluntad colectiva, más consciente de sus propósitos, no quedaría tan
abandonada al impulso instintivo de fuerzas anónimas y dispersas.
Pero en materia de ideas la generación que podemos llamar acadé
mica se empeña en mantener los conceptos de su mocedad, sin advertir
cuán rancios se han vuelto. A su juicio las cosas están como estaban ;
en treinta años no ha ocurrido nada. Su incomprensión se complace en
repetir las viejas frases o se disimula tras necias extorsiones del idioma.
La juventud coincide en una actitud negativa ; siente el tedio de la
senda trillada pero se disgrega por pequeños senderos extraviados.
Hablamos de continuo de la nueva generación, en ella ponemos nues
tra fe, sin saber a ciencia cierta hacia dónde se camina. Reacia, como
todo nuestro medio, a pensar ideas generales, tan sólo transparenta en
sus ensayos literarios y artísticos una angustiosa inquietud espiritual,
una emoción lírica que se disipa en actitudes individuales y a menudo
termina en un pragmatismo precoz. Despectiva e irrespetuosa para con
los valores del pasado no acierta a crear los suyos. Su actividad y su
interés se agotan en la formación y disolución de pequeñas capillitas,
consagradas generalmente a ritos extraños.
Andamos en busca de un contenido ideal para nuestra vida . Pero
colocada la cuestión en este plano poco interés despierta ; padecemos de
aversión a los temas abstractos. Sin embargo, en nuevas ideas se ha de
expresar el sentido histórico de los nuevos tiempos, en ideas por cierto
que arraiguen y sean viables en el ambiente de nuestra tierra, que
encuadren las aspiraciones íntimas del alma colectiva. Toca a una mi
noría encarar el gran asunto que no es tan abstracto, como podría su
ponerse .
OBRAS COMPLETAS 203
Si los viejos valores subsisten o simplemente deben subsistir no
habría caso ; conformémonos con refirmarlos . Pero si, como creemos, la
trasmutación de los valores es un hecho, el cambio de la orientación fi
losófica se impone. Y esta orientación no nos la puede dar la filosofía
de la cátedra como hoy se desenvuelve en los centros de la cultura
europea. Nosotros —como bien dijo Alberdi— necesitamos una filoso
fía estrechamente vinculada a las necesidades vivas de nuestro desen
volvimiento; a nuestros problemas sociales, políticos y pedagógicos. La
especulación pura no puede apasionarnos. El retorno a concepciones
pretéritas es imposible; las controversias escolásticas entre el realismo y
el idealismo nos han de ser tan indiferentes como la cuadratura del
círculo . Sutilezas metafísicas o místicas, especializadas en tal o cual sen
tido, sólo han de interesar a círculos muy reducidos. Esto no quiere de
cir que hemos de descuidar nuestra cultura filosófica o que no hemos
de seguir con atención al pensamiento europeo en sus múltiples y con
tradictorias manifestaciones, pero al solo objeto de disponer de la to
talidad de las nociones que pueden concurrir a resolver los problemas
nacionales.
En realidad se nos ofrece este dilema : No podemos continuar con
el Positivismo, agotado e insuficiente, y tampoco podemos abandonarlo.
Es preciso, pues, incorporarlo como un elemento subordinado a una
concepción superior que permita afirmar, a la vez, el determinismo del
proceso cósmico como lo estatuye la ciencia y la autonomía de la per
sonalidad humana como lo exige la ética. Porque importa ante todo
emancipar al hombre de su servidumbre y devolverle su jerarquía co
mo creador de la cultura, destinada a actualizar su libertad intrínseca :
es propio del hombre poner en la vida un valor más alto que el econó
mico.
Planteado el problema en términos argentinos, significa poner en
tela de juicio las Bases, nuestro dogma nacional. ¿ Con Alberdi o con
tra Alberdi ? Lo uno y lo otro, por más paradójico que parezca . Sola
mente dentro de un proceso evolutivo que fusione el pasado irrever
sible con las exigencias imperativas del presente hallaremos la solución
nacional. Hemos de reafirmar el concepto alberdiano en cuanto con
serva de impulso vital y no es poco ; hemos de adaptarlo a un ambien
te modificado, acentuar o agregar aspectos que para el autor fueron
secundarios o utópicos.
Ninguna ideología argentina puede olvidar el factor económico, el
resorte pragmático de la existencia. Pero el progreso material puede
dignificarse con el concepto ético de la justicia social . Luego la evo
lución económica no ha de ser por fuerza la finalidad : debemos con
cebirla como un medio para realizar una cultura nacional . Esto no lo
habría negado el mismo Alberdi, pero a su juicio la cultura era la iden
tificación con la destreza técnica. A esta hora ya podemos imaginarla
como manifestación de la propia capacidad creadora en las ciencias,
204 ALEJANDRO KORN
las artes y las letras; como la afirmación espontánea del pensamiento
argentino .
Justicia social - cultura nacional: no es cuestión de incorporar dos
frases más al verbalismo corriente. Ya hace rato que las escuchamos
con excesiva frecuencia ; ya son lugares comunes. Nos falta la actitud
espiritual que las convierta en energías siquiera incipientes; semejante
empeño no puede conciliarse con la vieja ideología. Para alojarlas como
ideas directoras en la conciencia nacional es menester renovar los con
ceptos básicos, es decir, las Bases de Alberdi.
Lo dijo el maestro : « La edad de oro de la República Argentina
no está en el pasado sino en el futuro » . Lo dijo para su época y para
todas las subsiguientes. La edad de oro es un ideal ; de continuo rige
el proceso dinámico que sin reposo nos impele hacia más altos des
tinos, si es que nos mueve la voluntad de alcanzarlos.
1925.
II
ENSAYOS FILOSOFICOS
Incipit vita nova, apareció en la revista « Atenea », ór
gano de la Asociación de Ex - alumnos del Colegio Nacio
nal, número 1 , marzo de 1918, La Plata. La libertad crea
dora, en su primera versión reducida, se publicó en la re
vista « Verbum » , órgano del Centro de Estudiantes de
Filosofía y Letras, Buenos Aires, 1922. Esquema gnoseo
lógico, en « Valoraciones », órgano del Grupo de Estu
diantes Renovación , de La Plata, número 3, La Plata,
1924. El concepto de ciencia, en la revista « Humanida
des » de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la
Educación , La Plata, 1926. Hemos titulado Mi filosofía
la carta al Dr. Alberto Rougés, fechada en 1927, que se
recogió en la edición de homenaje de la Universidad de
La Plata, tomo II, 1939. Axiología se publicó por pri
mera vez en el tomo Ensayos filosóficos que el autor im
primió, en edición privada, en los Talleres Gráficos Oli
vieri y Domínguez, La Plata, 1930. Apuntes filosóficos
se publicó en un volumen por la EDITORIAL CLARIDAD
en 1935.
ADVERTENCIA
Parte de mis trabajos dispersos por revistas y folletos han servido
para llenar este volumen . Distanciados entre sí por el tiempo, fueron es
critos cada uno en su ocasión, concebidos como desarrollo de un tema
propio, no sin intención polémica. Reunidos ahora, a pesar de una selec
ción crítica, semejan fragmentos un poco inconexos. Debiera haber
las utilizado tan sólo como materiales para una obra orgánica, un libro
en el verdadero sentido de la palabra. Así quizás habría sido posible
evitar repeticiones enojosas, corregir una que otra contradicción apa
rente, lograr una exposición metódica .
Alguna vez, en efecto, he abrigado la ilusión de concordar, a la
luz del crepúsculo , la teoría de mi pensamiento filosófico. El crepúscu
lo ha llegado hace rato y ya se ensombrece. No ha menguado, sin
embargo, la desproporción entre mis fuerzas y la empresa soñada.
Largos años, desde la cátedra, hube de enseñar historia de la fi
losofía . Por fuerza he debido frecuentar el trato del escaso número
de los grandes pensadores y el excesivo de los subalternos. Admirable
oportunidad de educar el sentido de las jerarquías, no la he desaprove
chado. Conserve mi obra su estructura modesta y deficiente. A pocos
ha de interesar, y estos pocos me entienden . Al fin , cuanto tenía que
decir queda dicho. Lo demás habría sido alarde de erudición ; conviene
más buscarla en sus fuentes originales.
Aunque se circunscriba a una minoría, lentamente crece en nues
tro país la difusión y la intensidad de los estudios filosóficos. Todavía
prevalece la asimilación de doctrinas exóticas. Pero un pueblo con
personalidad propia no ha de vivir en perpetua tutela; sus intereses,
su índole, sus ideales, en hora propicia, han de hallar también una ex
presión propia. Por eso dedico la edición restringida y reservada de
este libro, no como un ejemplo, sino como un estímulo, a los hombres
jóvenes en cuyas manos se hallan los destinos de la cultura patria.
Algunos me distinguen con su afecto , otros seguirán distinta huella .
Pero la vocación filosófica ha de surgir. Esa es mi fe y mi esperanza .
Si dentro de la nueva generación pudiera distinguir al predestinado,
sonriente me inclinaría a ajustarle el cordón de las sandalias para que
emprenda la marcha victoriosa .
A. K.
La Plata, 3 de mayo de 1930.
INCIPIT VITA NOVA
Podemos ya, con criterio histórico, arrojar una mirada retros
pectiva sobre el siglo XIX y apreciar su fecunda obra . Le vemos
como un titán batallador emanciparse de los ensueños románticos de
su edad juvenil, desentenderse del Olimpo y sus dioses innocuos y con
sagrar todo su esfuerzo a labrar la morada donde el hombre ha de
vivir dichoso, rico, libre de temores supersticiosos y colmados todos
sus deseos.
La naturaleza se le somete en dócil servidumbre; señorea la tie
rra , el agua y el aire ; el espacio y el tiempo se encogen ante el ven
cedor, y , sin embargo, por último, se diseña en su fisonomía el gesto
amargo de la decepción , aunque su orgullo le impida confesarla .
¿ Qué falta ? ¿Dónde ha fallado el esfuerzo titánico ? ¿ Vuelve
acaso por sus fueros, con extraña nostalgia, el desdeñado espíritu ? ¿No
bastan el saber y el poder, el cúmulo de riquezas para acallar los ob
sesionantes anhelos de justicia , belleza y paz ?
Veamos lo ocurrido. El intenso desarrollo científico y técnico del
siglo elimina las especulaciones abstractas para fijar la atención sobre
los problemas concretos, y el aparente éxito engendra las ideas ade
cuadas al caso. No existe nada fuera del mundo sensible y éste se
reduce al proceso evolutivo de una esencia desconocida, quizás in
cognoscible , pero en todo caso indiferente. No nos interesa sino cono
cer el mecanismo de este proceso para aprovecharlo. Y al hacerlo obe
decemos a nuestra vez la ley orgánica de nuestra existencia, pues por
fuerza hemos de preferir el placer al dolor. No hay acaso, ni libertad ,
ni determinación espontánea.
Mitiga con frecuencia el rigorismo lógico de esta doctrina el re
sabio de añejas creencias o de persistentes prejuicios, atavismos de
remoto abolengo o reminiscencias arraigadas de la edad pueril. Pero
las ideas directrices, en realidad, informan la vida práctica y se refle
jan en el arte, en la literatura y, con mayor precisión, se sistematizan
en la filosofía contemporánea. En efecto, el positivismo, reñido con
toda la metafísica, aspira a darnos la síntesis final de las nociones cien
tíficas, a su juicio única filosofía posible.
Podemos hoy darnos cuenta del ciclo recorrido y señalar sus tres
etapas.
El primer período es naturalista, fundado exclusivamente en la
exploración del mundo objetivo. Nace la teoría del medio.
En el segundo, la psicología experimental tiende a ejercer un pre
dominio absorbente y nos promete la clave de lo subjetivo .
210 ALEJANDRO KORN
Por fin , ya en los años finiseculares, sobreviene el proceso de la
descomposición crítica y escéptica del dogmatismo positivista.
Es fácil corroborar esta marcha con el sorprendente paralelismo
de las corrientes literarias. Desalojadas en general las tendencias li
ricas, a la novela naturalista sigue la psicológica y a ésta las produc
ciones paradójicas de espíritus extraños o desorbitados. El drama ex
perimenta mutaciones análogas.
Así evoluciona, y por último se disuelve, este gran movimiento .
El pragmatismo, con su hijo espurio, el hominismo, es el postrer reto
ño . Poco vigoroso .
Empero, no es el positivismo una orientación simple hasta el pun
to de poder representar su evolución por una sola línea. Disidencias
insalvables se abrigan en su seno , no obstante la base común -que
es la concepción mecanicista del universo y el supuesto rigor cien
tífico de sus conclusiones.
Gobiernan el mundo las ideas, exclama Comte . Obedecemos a
nuestros sentimientos, dice Spencer. Ideas y sentimientos son tan sólo
la careta de nuestros intereses, afirma Marx. Y Nietzsche por fin :
es mi voluntad la que arbitrariamente fija los valores de la existencia.
Graves conflictos, de graves consecuencias en su desarrollo dialéctico .
Y otra lucha intestina separa al individualismo de tipo manches
teriano del colectivismo, de matices más o menos rojos, para el cual
aquél no es sino la filosofía del egoísmo burgués. Vinculado, a pesar
de sus rasgos propios, a la escuela utilitaria inglesa y a la Enciclopedia ,
el positivismo ha sido en efecto una manifestación del movimiento li
beral moderno en beneficio del tercer estado. Que el proletariado ha
ya intentado fundar sus aspiraciones en los mismos principios es, en
el fondo, una contradicción, impuesta sin embargo por el momento
histórico en el cual el socialismo deja de ser una utopía romántica para
realizarse en los hechos con éxito creciente. También debió hacerse
positivo y aun extremó su posición en la teoría del materialismo his
tórico.
En presencia de tantas y tan divergentes tendencias, no debemos
extrañar si el positivismo acaba por disolverse, agotado, en un escep
ticismo anárquico.
Sin embargo, todavía no es éste el motivo principal de su decai
miento. Para ello era preciso conmover el principio fundamental
mismo, el concepto mecanicista que, al suprimir la libertad, suprimía
también la condición sine qua non de toda ética. Las tentativas posi
tivistas para suplir esta deficiencia por una teoría de las costumbres,
o de los instintos sociales, no podían satisfacer a la larga, porque la
identificación de lo moral y lo útil justificaba al fin todos los egoís
mos y constituía al sujeto en testigo ocioso de sus propios actos. Los
fundadores del positivismo abundaron en esfuerzos dialécticos para
salvar la ética, pero en la evolución lógica de la doctrina llegamos al
OBRAS COMPLETAS 211
punto en que se proclama abiertamente la amoralidad hasta con cierto
alarde y orgullo. ¡ Ante la evidente imposibilidad de fundar una éti
ca , se acaba por declararla superflua!
Es un espectáculo raro ver a estas generaciones resueltas a con
quistar en lucha sin tregua todas las libertades —política, económica,
intelectual- negar asimismo la libertad intrínseca del hombre. Al
propio tiempo, persiguen un ideal humano y abrigan la esperanza de
realizarlo sin un principio normativo de la conducta. Pero no se pue
de, con la escuela positivista italiana, negar aún la responsabilidad del
delincuente y luego exigir como un deber la adaptación a determina
dos fines sociales, hasta convertirnos, como la abeja, en miembros au
tomáticos de la colmena.
Todo ideal importa señalar una finalidad, una meta hacia la cual
debemos encaminarnos. Eso implica la posibilidad de hacerlo. En
realidad, el positivista consecuente no puede tener ideales, pues obe
dece por fuerza a la ley ineludible de la evolución cósmica. ¿Puede
la gota de agua modificar el curso del río y fijar de antemano dónde
debe desembocar ?
Si estas consideraciones sugieren el deseo de buscar una nueva
solución al eterno problema, también contribuyen a ello reflexiones
de otro orden. El resultado de este pasmoso progreso científico y téc
nico es al fin de cuentas un desastre. ¿Acaso con el aumento de su
haber y de su poder la humanidad ha mejorado ? ¿Ha dejado de ex
plotar el hombre a su semejante, hay en el mundo más justicia y más
caridad, ha dejado de empaparse el planeta en nuevos torrentes de
sangre ? ¿ Valía la pena emplear largos años de cálculos teóricos y de
ensayos heroicos para construir el aeroplano y destinarlo luego al
asesinato con la misma brutalidad ancestral?
Por cierto, no estamos dispuestos a renunciar a ninguna de las
conquistas realizadas ; por el contrario, esperamos acrecentarlas e in
tensificarlas merced al instrumento incomparable del método cienti
fico . Pero la ciencia no basta. Es menester subordinarla a un princi
pio superior, a un principio ético .
He ahí los varios motivos del resurgimiento de una nueva filoso
fía, ya no de carácter científico sino de orientación ética. La gran
labor realizada no por eso se pierde. Ella ha cumplido su misión his
tórica, nos ha dado la conciencia de nuestro poder, nos ha dado los
instrumentos de la acción y ahora se incorpora a las nuevas corrientes
como un elemento imprescindible. El cambio de rumbo, sin embargo,
se impone; un nuevo ritmo pasa por el alma humana y la estremece.
Es que una ética supone un cambio fundamental de las concep
ciones filosóficas. No se concibe una ética sin obligación, sin res
ponsabilidad, sin sanción y , sobre todo, sin libertad . La nueva filosofía
ha de libertarnos de la pesadilla del automatismo mecánico y ha de
devolvernos la dignidad de nuestra personalidad consciente, libre y due
212 ALEJANDRO KORN
ña de su destino . No somos la gota de agua obediente a la ley del de
clive, sino la energía, la voluntad soberana que rige al torrente. Si
queremos un mundo mejor, lo crearemos.
La sistematización, no fácil, de este pensamiento, es la tarea del
naciente siglo. Ruskin y Tolstoy han sido los precursores ; Croce,
Cohen y Bergson son los obreros de la hora presente. No han de dar
nos una regresión sino una progresión . Y a la par de ellos los poetas.
De nuevo ha renacido la poesía lírica, pero con una intuición más
honda del alma humana, con mayor sugestión emotiva, en formas más
exquisitas. ¡ Qué trayecto no media de Zola a Maeterlinck ! Y en las
ciencias sociales ha terminado el dominio exclusivo del factor econó
mico y vuelve a apreciarse el valor de los factores morales. El mismo
socialismo ya, más que el socorrido teorema de Marx, invoca la soli
daridad, es decir, un sentimiento ético .
Cuando la serenidad de la paz retorne a los espíritus, quizás flo
rezca la mente genial cuya palabra ha de apaciguar también las an
gustias de la humanidad atribulada.
Entretanto , nuestra misión no es adaptarnos al medio físico y so
cial como lo quiere la fórmula spenceriana, sino, a la inversa , adaptar
el ambiente a nuestros anhelos de justicia y de belleza. No esclavos,
señores somos de la naturaleza.
1918.
LA LIBERTAD CREADORA
No escribo para quienes aún padecen de realismo ingenuo. Di
fícil es emanciparse de ese error congénito, tan arraigado como lo fué
el error geocéntrico o la concepción antropomorfa de la divinidad y
lo son aún innumerables prejuicios de los cuales ni siquiera nos da
mos cuenta, por ser elementos sobreentendidos de nuestro raciocinio .
Ni la duda metódica de Descartes, ni el repudio de los ídolos de Ba
con, ni por fin el criticismo de Kant, lograron disipar todos los pre
conceptos. En los grandes sistemas filosóficos se halla siempre el ras
tro de las convicciones ingenuas de la época, y , si una depuración ló
gica los elimina, en seguida vuelven como impulsos instintivos, como
expresión de sentimientos latentes, como apreciaciones dogmáticas.
Imagínese el asombro de un contemporáneo de Copérnico al anun
ciarle que el planeta, como un trompo, gira sobre su propio eje y ,
en extensa órbita, en torno del sol. Hoy esta enseñanza la recoge el
niño en las bancas de su primer escuela y las gentes la aceptan sin
vacilar. Pero iqué esfuerzo secular, penoso y lento, ha sido necesario
para transformar la paradoja en una verdad trivial ! La obra de Co
pérnico se publicó en el año 1543 ; el tormento se le aplicó a Galileo
en 1633 ; el padre Feijoo, en 1750, con las cautelas del caso, se atreve
a divulgar en España la novedosa teoría, y no antes de 1855 se borra
del Index el libro. Asimismo, todavía en un espíritu tan alto como el
de Hegel descúbrense resabios de la concepción geocéntrica.
Con cuánta mayor tenacidad no había de imponerse el realismo
ingenuo , cuyo valor pragmático se comprueba en cada instante de la
vida. Ya los Eléatas lo condenaron, todo criterio medianamente ilus
trado lo rechaza, y , sin embargo, no se concluye por extirparlo. Des
vanecerlo es, empero, la condición previa de toda filosofía .
Y esto, aparentemente, no es difícil. Pocas reflexiones bastan pa
ra advertir que este universo visible y tangible, que se extiende en
el espacio y se desarrolla en el tiempo, no lo conocemos sino como un
fenómeno mental. Cuántos, sin embargo, después de concedernos este
hecho, luego prescinden de él, lo apartan como algo molesto y discu
rren sin tomarlo en cuenta. Este reproche no se dirige al vulgo sin
noticias de la primera de las nociones filosóficas; espíritus cultos hay
que, si bien lo saben, no consiguen realizar el empeño intimo que es
menester para substraerse a la sugestión del hábito. Más aún, hay
mentalidades refractarias, incapaces de despojarse de su ingenuidad .
Con espíritus así dispuestos no debe hablarse de filosofía, como al
214 ALEJANDRO KORN
sordo no se le habla de música. Aunque por otra parte sean buenas
gentes, dignas de aprecio y respeto, no desprovistas de sentido co
mún, carecen de sentido filosófico .
Debemos tener presente, pues, que el mundo externo no es una
realidad conocida, sino un problema; que, por de pronto, cuanto existe,
solamente existe en una conciencia.
II
No basta emanciparse del realismo ingenuo hasta el punto de
comprender el conjunto de las cosas como un fenómeno mental. Esta
es la parte más burda de la iniciación. Al realismo ingenuo es menes
ter perseguirlo en todas sus guaridas, sobre todo allí donde se oculta
en formas larvadas.
También el espacio y el tiempo, las dos magnitudes en que se
encuadra el proceso cósmico, sólo se conocen como elementos de la
conciencia, y su existencia real fuera de ella no es un hecho com
probado.
Entretanto , el hábito de contemplar la realidad en relaciones es
paciales o temporales nos perturba aun más que la supuesta exteriori
dad de las cosas. A éstas siquiera podemos suprimirlas in mente, mien
tras que no nos es posible desalojar de nuestra representación el es
pacio y el tiempo. Semejante disposición psicológica encuentra su na
tural apoyo en el lenguaje construído sobre el molde del realismo in
genuo, hasta poner expresiones espaciales y aun temporales allí donde
sólo tienen un valor figurado. Fuerza es superar estas sugestiones para
darnos cuenta de que, a la par del mundo corpóreo, también la existen
cia del tiempo y del espacio no la conocemos sino como un hecho de
conciencia .
III
No satisfechos en poblar el mundo exterior con las imágenes sen
sibles, aún les agregamos las creaciones de nuestro raciocinio. Por un
conocido proceso psicológico abstraemos conceptos generales que, al
principio, casi concretos, se amplían y superponen y acaban por reves
tir excepcional sutileza . A estos hijos lógicos de la conciencia los ex
pulsamos luego, para ubicarlos en el espacio o, si acaso, más allá. Empe .
zamos por bautizarlos, por darles un nombre y, acto continuo, se con
vierten en espectros escapados, como si hubieran olvidado su génesis.
El concepto de lo extenso es la materia, el del vehículo el éter,
el de la acción la energía, la causa, etcétera. Y esta prole de entes de
razón se posa como un enjambre sobre las cosas o se les incorpora y nos
sirve para construir nuestra concepción cósmica.
Les damos la misión de ordenar, distribuir y concretar las cosas
y de establecer un nexo entre los hechos sucesivos. En realidad, su
OBRAS COMPLETAS 215
hogar es la conciencia y no han pensado abandonarlo, pues ahí ejercen
su oficio .
IV
Veamos si cabe siquiera la posibilidad de concebir algo fuera de
la conciencia . Y de ahí que al decir concebir, ya la hemos puesto en
movimiento, ya prevemos que el resultado de nuestra tentativa volverá
a ser una concepción .
Llevemos el pensamiento a la iniciación más remota de los tiem
pos, lancémoslo a espacios insondables más allá de la vía láctea, diva
guemos por los espacios multidimensionales: nunca lograremos salir
de las fronteras de la conciencia ; la imaginación más audaz no puede
salvarlas.
No obstante, queremos que haya algo ajeno al proceso consciente,
que sea su negación , y lo llamaremos lo inconsciente. Y bien , hemos
vuelto a realizar una concepción. Lo inconsciente mismo no existe sino
en cuanto lo pensamos, y , en el acto de pensarlo, ha dejado de ser in
consciente.
V
Pero si el orden sensible y el inteligible no existen sino en la
conciencia, este universo, pese a su aparente solidez, ¿ no es más que
una ficción ? No hay tal. Consideremos al cosmos como un proceso ma
terial o ideal, en uno y otro caso será real. Solamente la interpreta
ción habrá variado.
Por haber dado en el sistema planetario otra posición al sol, no
le hemos quitado sus funciones. Alumbra hoy, como antes de Copérni
co, a realistas e idealistas y no hemos modificado ni siquiera las locu
ciones vulgares con que nos referimos a su salida o a su ocaso. Po
demos decir que el movimiento diurno es un engaño ; pero , por cier
to, no del sol, sino de nuestra manera de verlo.
Así, la realidad tampoco se conmueve porque la veamos como un
desarrollo material, energético o psíquico. Preferimos lo último por ser
la única manera de conocerla. Las otras son hipotéticas.
VI
Que cuanto es sólo existe en una conciencia, no implica de por sí que
la realidad misma sea únicamente un fenómeno mental . Quiere decir,
tan sólo, que en esta forma se nos presenta y en ninguna otra. Sin
embargo, bien pudiera nuestro conocimiento ser el reflejo de una rea
lidad distinta. Podemos en abstracto distinguir el modus cognoscendi
del modus essendi; afirmar la identidad de ambos importa identificar
el ser con el pensar.
Esta posición es la del idealismo absoluto y se le opone el realismo
216 ALEJANDRO KORN
extremo, que considera a la conciencia como un epifenómeno de acti
vidades extrañas. En el primer caso la conciencia sería el centro de
irradiación del proceso cósmico, sería una potencia creadora de su pro
pia concepción mundial; en el otro sería una eflorescencia accidental,
cuya presencia o ausencia no modifica ni altera el desarrollo del meca
nismo universal. En el primer caso la conciencia sería, no sólo activa,
sino la única actividad existente; en el otro sería, no solamente recepti
va, sino completamente pasiva.
Entre estos dos extremos es natural que quepan todos los matices
intermedios : los compromisos dualistas, las conciliaciones eclécticas, el
realismo transfigurado, el idealismo mitigado y el análisis crítico; en
sayos múltiples e ingeniosos para deslindar el dominio de la conciencia
y el de las cosas.
VII
Intentemos, a nuestra vez, tomar una posición. Si exploramos el
contenido de la conciencia, descubriremos el concepto de una entidad
que, a diferencia de todas las otras, no tratamos de expulsar. Al con
trario, tratamos de recluirla en lo íntimo y propio, la desvinculamos has
ta del organismo físico, la oponemos al proceso mental mismo, y en el
afán de abstraerla de todo y por todo, la alojaríamos, si acaso , en el
hueco de un punto matemático. Es el concepto del yo.
Es la unidad persistente y estable que postulamos y a la cual re
ferimos los momentos sucesivos del cambiante proceso psíquico. Fuera
de toda duda, no existe sino en la conciencia. Y junto con el yo, una
serie de hechos que le atribuímos : los estados afectivos, las voliciones y
los juicios.
Pero en manera alguna le atribuímos todo el contenido de la con
ciencia, pues ella comprende también la representación de un mundo
que el yo conceptúa extraño y separa como lo externo de lo interno.
Sin embargo, si este mundo está fuera del yo, no está fuera de la con
ciencia. Las sensaciones, que son sus elementos constitutivos, son he
chos psíquicos y otra noticia no tenemos de su existencia.
Según el realismo, de acuerdo con la opinión común, para la por
ción de conciencia opuesta al yo existe un duplicado de otro orden o,
mejor dicho, un original cuya reproducción , más o menos fiel , es lo
único cognoscible.
La comprobación de ese mundo problemático es ardua . De la
conciencia no podemos salir y todo esfuerzo en tal sentido es vano.
No queda otro recurso que acudir a la argumentación y ésta se reduce
a considerar el contenido de la conciencia como un efecto que ha de
tener su causa fuera de ella, sin fijarse en que semejante causa es
desconocida, inaccesible, un noumeno puro . Y no preguntamos por
ahora con qué derecho se emplea el concepto de causa, que no es más
que un elemento de nuestro raciocinio.
OBRAS COMPLETAS 217
La existencia de este mundo hipotético, situado fuera del horizon
te que abarca nuestro conocimiento, no tiene, en el sentido literal de
la palabra, razón de ser. La afirmación de su realidad es tan sólo un
acto de fe, residuo irracional del realismo ingenuo.
VIII
Empero, contribuyen a mantener la ficción de un mundo externo
los adversarios del realismo al querer convertir la realidad objetiva en
una manifestación del yo, que, como hemos visto, no es la conciencia
sino un integrante de ella. Este error egocéntrico caracteriza al idealis
mo subjetivo y , en rigor, lleva al solipsismo.
Si el realismo acaba por calificar el yo como un engendro del mun .
do físico , el idealismo subjetivo invierte este orden y supone al mundo
una creación del yo . En esto, el subjetivista se equivoca más o menos
como el gallo de Rostand al creer que si él no cantara el sol no saldría .
Ninguna argucia puede suprimir la distinción fundamental entre el
yo y el no- yo , entre el orden subjetivo y el objetivo . Jamás a los grie
gos se les ocurrió tamaño absurdo, y eso que agotaron casi todas las
posiciones filosóficas posibles. Fué Descartes quien, al identificar el
pensar con el yo, inoculó a la filosofía moderna este germen pernicio
so que luego prosperó de manera monstruosa en los sistemas idealis
tas alemanes. Confunden la conciencia con mi conciencia, toman la
parte por el todo, y , de esta manera, puede llegarse a la conclusión
de que « la vida es sueño » , que el mundo no es sino « el velo de la Maya »
o « la cinta cinematográfica » que pasa por nuestra conciencia.
Es el mérito de las escuelas realistas haberse opuesto a esta con
cepción falaz. Al demostrar la independencia del objeto y del sujeto ce
lebran su mejor triunfo, porque se apoyan en un hecho indiscutible de
la conciencia. Desgraciadamente, se apresuran a desvirtuarlo al querer
someter el sujeto a un mundo noumenal. El mundo objetivo está, por
cierto , fuera del yo, pero no fuera de la conciencia. Al calificar algo
de externo, nos referimos al yo y no a una realidad incognoscible. ¿ Por
qué hemos de sustituir la realidad conocida por otra imaginaria ?
En verdad, la conciencia se desdobla en un orden objetivo y en
otro subjetivo. No podemos decir más de lo que sabemos, pero esto
lo sabemos de una manera inmediata y definitiva .
IX
El sujeto no se mantiene frente al mundo en actitud contempla
tiva; no es en manera alguna un espectador desinteresado. La con
ciencia es el teatro de los conflictos y armonías entre el sujeto que
siente, juzga y quiere y el objeto que se amolda o resiste.
Las relaciones mutuas se entablan por medio de formas menta
218 ALEJANDRO KORN
les que constituyen una zona intermedia entre la realidad interna y la
externa.
Las sensaciones darían lugar a un caos si no se las coordinara y
concretara en un objeto determinado. Es necesario unir a unas y sepa
rar a otras; señalarles, ante todo, su puesto respectivo en el espacio y
en el tiempo, para constituir unidades que luego hay que relacionar
entre sí . Lo mismo ha de hacerse también con las múltiples manifes
taciones de la actividad subjetiva. Al efecto, el sinnúmero de los hechos
aislados ha de clasificarse y vincularse.
Esta tarea se realiza por medio de los conceptos abstraídos del
orden subjetivo y del objetivo y , aunque secundarios y derivados de los
hechos intuídos, son tan necesarios como éstos para construir nuestra
concepción cósmica .
X
El destino de los conceptos suele variar. Mientras unos conser
van siempre el sello de su origen y no se alejan de sus fuentes, otros
se independizan y adquieren fueros propios, sobre todo si se les desig
na con un sustantivo que casi los cristaliza. Los más sólo comprenden un
dominio particular, más o menos limitado ; otros son tan amplios que
comprenden todo el orden subjetivo y el objetivo y en ocasiones am
bos con un valor universal. Los hay que siempre llevan consigo cierto
contenido concreto, en tanto que otros, completamente abstractos, ca
recen de toda representación posible.
Por fin , los conceptos nacen o mueren cuando han llenado su co
metido. Su vida, a veces efímera, responde a una necesidad pasajera y
apenas si dejan la huella de un vocablo en el léxico. Muchos perdu
ran —instrumentos modestos de la labor diaria- y algunos sobresalen
dominantes y se emancipan . A fuer de esclavos rebeldes, en lugar de
obedecer, pretenden gobernar la conciencia y resisten tenaces a su
desplazamiento. La historia de la filosofía es la historia de estos con
ceptos sublevados y la conciencia humana se ha doblegado por siglos
ante los ídolos incubados en su seno, como el salvaje ante el fetiche fa
bricado por sus manos .
XI
Hay sin embargo conceptos cuya tiranía es difícil eludir. Forman
un grupo selecto, una especie de aristocracia y parecen tan imprescin
dibles, que se les ha atribuído un origen distinto del vulgo de los con
ceptos empíricos, simples plebeyos a los que alguna vez se denigra con
el mote de pseudo -conceptos. Se les ha llamado ideas innatas, formas
a priori, categorías; o se les ha reconocido, por lo menos, un abolengo
remoto. Por cierto que desempeñan una misión importante.
Suprimamos conceptos como el espacio, la causa, la energía, y to
do el cosmos se derrumba y desvanece. Suprimamos el concepto de
1
OBRAS COMPLETAS 219
tiempo y el mismo proceso de la conciencia se detiene y extingue. Es
que son conceptos universales, aplicables no solamente a un grupo más
o menos amplio o restringido de hechos, sino a todos sin excepción .
Sirven especialmente para coordinar los hechos y establecer un nexo
entre ellos; están como inmanentes en cada caso singular ; la validez
de los conceptos particulares o generales depende de ellos. Por eso se
les ha calificado de necesarios.
La necesidad práctica de su empleo como formas del conocimien
to se impone, pero no llega hasta el punto de hacerlos irreemplazables.
Respetémosles sin exagerar nuestra devoción. Ya algunos miembros de
nuestra oligarquía experimentaron una capitis diminutio. Así , el con
cepto de substancia estable, con toda su secuela de cuerpos y almas, se
halla en plena decadencia. Nada menos que al viejo concepto de causa
-casi intangible se pretende sustituirlo por el de función . El espa
cio y el tiempo , en un lenguaje más abstracto, como lo es el matemá
tico, quizás también sufran algún desmedro. Y aun las múltiples ca
tegorías, sobre cuyo número nunca llegaron a ponerse de acuerdo los
filósofos, pueden reducirse a una sola, la relación, que expresa la rela
tividad y dependencia recíproca de todos los elementos que constitu
yen un estado de conciencia.
Por ser estos conceptos elementos constantes en el proceso lógico
y su desarrollo dialéctico un reflejo abstracto de los hechos, se les em
plea para sistematizar los datos de la experiencia. No obstante, como
todos los demás conceptos, son vacíos sin el contenido intuitivo a que
se aplican . Operar con los conceptos en lugar de las intuiciones
es invertir las jerarquías y supeditar lo primario a lo secundario .
Es el río, la fuerza activa, la que cava el cauce ; no el cauce el que
engendra al río, aunque lo contenga, cuando no se desborda. El pen
sar supone el intuir, como lo dice Croce : « Pressupposto dell'attività
logica sono le rappresentazioni o intuizioni » .
Sin duda, no podemos pensar sino en conceptos ; pero no tomemos
los andamios lógicos por lo esencial. No imitemos el ejemplo de las
ciencias naturales, que encuadran los hechos en esquemas y luego con
funden éstos con la realidad. Las ideas generales, como los esquemas,
son imprescindibles; pero mantengámonos en guardia, porque el concep
tualismo es el primer paso hacia el verbalismo.
XII
Punto de partida del conocer es el intuir. Entiendo en todo caso
por intuición , el hecho evidente, el conocimiento espontáneo e inmedia
to constituído en unidad por la apercepción sintética . No agrego : sin
elementos discursivos, pues esta condición ideal jamás se realiza : la
intuición pura no existe. El análisis siempre descubre su complejidad,
pero no puede llevarse la crítica al extremo de negar la base intuitiva
220 ALEJANDRO KORN
del conocimiento, sin caer en el nihilismo y suicidarse por el absurdo .
Pero precisamente, aunque se trata de la experiencia, esquivo el térmi
no empírico, porque este concepto sensualista supone una simplicidad
que no resiste al examen más somero y tiende a convertir el acto del co
nocimiento en un hecho pasivo.
Asimismo, a objeto de ahorrar equívocos, excluyo de mi concepto
de la intuición al fenómeno psicológico llamado intuición intelectual,
para el cual reservo, en un sentido figurado, el nombre también histó
rico de visión.
XIII
En la conciencia no existen sino hechos, conceptos y palabras; in
tuimos, pensamos y decimos. Pensamos, es decir, establecemos relacio
nes en conceptos, como nos expresamos en palabras. Pero no por ex
presarnos en palabras hemos de ser verbalistas, y no por emplear con
ceptos hemos de objetivarlos.
Alguna vez se ha atribuído a las palabras —al verbo una rea
lidad y una acción propia. Las fórmulas mágicas, de las cuales mu
chas persisten en los ritos religiosos y en las supersticiones populares,
suponían un poder místico en las palabras. Otro tanto ha ocurrido con
el número en las doctrinas cabalísticas y tiende a insinuarse, aunque
en forma algebraica, en la logística contemporánea, último retoño del
pitagorismo. Bien ; hemos debido convencernos que la expresión oral no
quita ni pone rey, que el número es una mera abstracción que el ins
trumento del pensar, el concepto, tampoco es una entidad como lo han
creído los sistemas racionalistas ? El viejo Kant lo vió, al afirmar que
todo concepto sin intuición es vacío. No por eso dejaremos de hablar ,
de calcular y de pensar.
Aun una filosofía basada en la intuición no puede desarrollarse en
proyecciones luminosas y por fuerza ha de usar palabras y conceptos .
Pero como un valor entendido. Seguimos diciendo que el sol sale y
se pone sin engañarnos sobre el hecho real , y así emplearemos los con
ceptos sin concederles otro carácter que el de una abstracción simbóli
ca, desprovista de realidad propia .
Basta , por otra parte, una leve reflexión, para convencerse de que
todo concepto universal hipostasiado resulta en sí mismo contradicto
rio y absurdo, v. gr.: el tiempo, el espacio, la causa primera, etcétera .
Los conceptos, como las palabras, son símbolos. La acción que sopor
tamos o ejercemos ésa ya no es un símbolo, es un hecho. El Logos, el
principio inmanente, ha tiempo dejó de ser palabra : no se persista en
considerarlo concepto racional, porque en realidad es acción eficiente ,
voluntad y energía.
OBRAS COMPLETAS 221
XIV
Extraña hasta cierto punto es la relación entre los conceptos opues
tos, que la lógica formal, según el principio de identidad, considera con
tradictorios, sin admitir que aquel principio sólo rige para las cosas.
Este martillo no es aquella tenaza, ciertamente; pero ambas herramien-,
tas las empleo según el caso sin que se excluyan. Ambas me son úti
les y el uso de una no envuelve la prohibición de emplear la otra. La
elección depende de las circunstancias y de mis propósitos; su eficacia,
del resultado práctico. Así, también, el empleo de los conceptos que
son meros instrumentos del trabajo lógico.
La afirmación y la negación, no por ser conceptos opuestos son
contradictorios ni están ligados entre sí por algún vínculo místico que
las funda en una coincidencia oppositorum . Afirmo esto y niego aque
llo; afirmo hoy lo que he negado ayer, según el caso concreto que apre
cio. Y la buena ocasión de emplear ambas abstracciones la presenta el
rápido y fugitivo proceso en el cual la vida lleva en su seno la muerte,
el perecer es condición del nacer y tendencias contrarias ahora diver
gen y luego concuerdan . En el conflicto vivo de la conciencia no se
realiza un juego de pálidas abstracciones, sino el choque de fuerzas an
tagónicas que experimentamos y no soñamos. La síntesis de los con
trarios se efectúa en el acto concreto, singular y determinado.
XV
Cuando los conceptos opuestos han sido abstraídos ambos de he
chos reales, conservan uno y otro un valor intrínseco. Pero si uno de
los términos es tan sólo una construcción especulativa o gramatical, ca
rece de todo contenido posible y viene a ser de una vacuidad irreme
diable.
La posibilidad verbal de poder oponer a todo concepto positivo
un complemento negativo nos induce a crear fantasmas irreales, que con
respecto a los verdaderos conceptos se hallan en una relación semejante
a la del centauro con el caballo.
Así la negación del límite no constituye un hecho nuevo. Es tan
sólo la sustracción mental de un atributo inherente a las cosas. No co
nocemos más que objetos limitados, finitos; el infinito es creación poé
tica. Un infinito realizado es un absurdo.
En cambio , la aplicabilidad de los conceptos es ilimitada , pues pue
den volver a emplearse en cada caso concreto. Si hemos de apurar el
símil de la herramienta sin olvidar que, como todos sus congéneres, clau
dica, diríamos : en efecto, este martillo no es infinito pero infinita la se
rie de golpes que puede dar. Es un empeño estéril pretender, con un
concepto como el de causa, llegar al origen de las cosas, pues, por lejos
que llevemos la regresión mental o la investigación empírica, siempre
222 ALEJANDRO KORN
volverá a ser aplicable. Una primera causa es inconcebible, porque la
causa no es una cosa .
A la luz de estas consideraciones podrá aplicarse la doctrina de
Einstein ; es decir , que todo espacio es finito, aunque ilimitado; es decir,
que todo espacio objeto de nuestro estudio es mensurable, pero que ja
más faltará espacio para ubicar un hecho. Por vías muy distintas de las
de la reflexión filosófica, como un postulado de las ciencias exactas, nos
ofrece aquí Einstein una conclusión análoga, pues el espacio es un con
cepto y no una realidad.
XVI
Aparentemente la capacidad cognoscitiva debiera preceder al co
nocimiento, pero de hecho, éste tampoco se concibe sin lo cognoscible .
El conocimiento consiste precisamente en el acto de conocer y no pue
de precederse a sí mismo. El sujeto o el objeto aislado son abstracio
nes, no existe el uno sin el otro. Al polarizarse la actividad consciente ,
pone al uno frente al otro, sin renunciar a conservarlos unidos por re
laciones mutuas, que por fuerza participan del carácter subjetivo y del
objetivo. No hay aquí un a priori ni un a posteriori: hay una influen
cia y una concordancia, una acción común simultánea que no podría
puntualizar la abstracción más sutil.
Por eso el raciocinio, con argumentos igualmente valederos, puede
deducir los conceptos necesarios del orden subjetivo como del objetivo .
Perturba aquí, como siempre, el error egocéntrico que considera al co
nocimiento como función del yo en vez de advertir que el conocimiento
equivale al contenido de la conciencia en su totalidad. De ahí las dis
quisiciones estériles del realismo y las del idealismo subjetivo . Tan evi
dente como que el ser es idéntico al pensar, lo es también que el pen
sar no es exclusivamente subjetivo .
El deslinde exacto entre ambos órdenes, el subjetivo y el objeti
vo, es un interesante tema psicológico; su solución satisfactoria muy
problemática. Sabemos bien lo que cae grosso modo de un lado o de
otro : las sensaciones por una parte; los afectos, las voliciones y los jui
cios por otra . Distinguir, empero, en el conocimiento, la materia y la
forma y atribuir ésta al sujeto, es aventurado. La forma es parte tan
necesaria del objeto como su materia. En el idioma de Kant, y con
tradiciéndole, diríamos : la materia nos es dada y la forma también .
El sujeto distingue lo suyo de lo extraño y no se atribuye la fun
ción de dar forma al conocimiento, como se atribuye, por ejemplo, la
atención . No se trata de una impresión ingenua que podría corregirse,
porque jamás adquirimos la conciencia inmediata de semejante capaci
dad . Paréceme que la materia del conocimiento no es más que una som
bra de la materia material del dualismo realista : sensaciones puras no
existen .
El viejo distingo escolástico entre los elementos materiales y for
OBRAS COMPLETAS 223
males del conocer se reduce a abstraer los elementos primitivos de los
secundarios; pero unos y otros, unidos, constituyen el orden objetivo
opuesto al yo. El proceso psíquico se desenvuelve en sus formas, no
por intervención del sujeto, sino forzosamente ; si acaso, a pesar de él.
Caracteriza al orden objetivo y lo distingue del sujeto la espacialidad.
XVII
Operamos hasta aquí con un concepto equivocado y conviene ya
abandonarlo. El término realidad proviene del latín res = cosa y en
vuelve la idea de estabilidad. Pero es que no hay nada estable. En la
conciencia sólo observamos un proceso , una acción, un devenir, un
fluir y confluir continuo . A no tener presente este hecho, corremos el
riesgo de postular otra vez cosas y entidades donde solamente hay actos.
El sujeto y el objeto no son sino operaciones sintéticas, en las cuales
se unifica el complejo de estados de ánimo o el haz de sensaciones.
En cuanto al substratum que les suponemos —materia o espíritu , no
es más que un concepto y no una cosa.
En lugar de una realidad tenemos, pues, una actualidad y ésta es
la palabra correcta que nos enseñó Aristóteles. Los hechos se actuali
zan , no se realizan. La misma conciencia no es una entidad, sino ac
ción, y ni siquiera acción abstracta sino concreta. Una conciencia pura
sería una conciencia sin contenido, es decir, una acción sin atividad,
ejemplo acabado de un absurdo. De todo realismo, no solamente del
realismo ingenuo, debemos de curarnos .
Realidad, en filosofía , es un concepto fósil, es decir, una supersti
ción . Reservemos la palabra con un valor convenido, sobre todo para
distinguir el hecho cierto del hecho imaginado o deseado. Un tratado
de filosofía, para ser lógico, debiera escribirse con verbos sin emplear
un solo sustantivo .
La rigidez de los nombres, demasiado sólida y maciza , no se pres
ta para trasmitir la noción de un proceso dinámico que es movimiento,
vibración, desarrollo de energías y de ritmos. En torno de los dos polos
de la conciencia, inestables y movibles también ellos, giran y bullen co
rrientes encontradas o paralelas, se concilian o se resisten y en cada ins
tante crean un hecho nuevo que nunca fué antes y que no velverá a re
petirse. La necesidad de sistematizar el cúmulo de los hechos obliga a
aislarlos, a abstraerlos, a encasillarlos, y con ellos se despoja al pro
ceso psíquico, precisamente, de su vida sintética, en la cual cada elemen
to es función de los demás. La intuición del lector debe mantener de
continuo la unidad y correlación que el relato destruye porque el aná
lisis, por fuerza, convierte la unidad activa de lo pensante, en la serie
disgregada de lo pensado y a la realidad viviente sustituye fantasmas
pretéritos.
224 ALEJANDRO KORN
XVIII
Si entre la actividad objetiva y la subjetiva no hubiera más dife
rencia que la espacialidad, aunque con grandes dificultades, podría su
bordinarse la una a la otra , como se ha intentado con tanta perseveran
cia en los sistemas monistas. En realidad, hay entre estas dos corrien
tes opuestas de la actividad consciente una diferencia mucho más fun
damental.
El mundo objetivo obedece a normas necesarias, a leyes. El mun
do subjetivo carece de leyes, es libre. En el primero se desarrolla mecá
nicamente una serie de hechos forzosos que pueden preverse. En el
segundo actúa una voluntad que quiere lo que se le antoja y cuyas re
soluciones no pueden preverse . Aquél obedece a causas perdidas en
el pasado, éste a finalidades proyectadas en el futuro . Frente al meca
nismo físico se yergue el yo autónomo. Discúlpese la redundancia : autos
no significa sino el yo mismo ; la autonomía del yo es la autonomia por
excelencia .
En tanto el orden físico se actualiza, encadena inexorablemente un
efecto a su causa , sin propósito, sin finalidad, amoral e impasible. El
sujeto, en tanto , se siente estremecido por dolores o dichas, afirma o
niega, forma propósitos, forja ideales, estatuye valores y subordina su
conducta a los fines que persigue.
Pero su libertad es de querer, no de hacer. La libre expansión
de la voluntad la cohibe la coerción de la necesidad y ésta no consiente
arbitrariedad alguna. El sujeto es autónomo pero no soberano; su po
der no equivale a su querer y por eso tiende, sin cesar, a acrecentarlo.
La aspiración a actualizar toda su libertad no abandona al eterno re
belde. La naturaleza ha de someterse al amo y el instrumento de esta
liberación es la ciencia y la técnica.
La libertad no ha de pavonearse en el vacío. La paloma de Kant
se imaginaba que sin la resistencia del aire volaría aún con mayor al
tura. Se desplomaría, como así nuestra libertad, si no se apoyara en
la resistencia que se le opone. Esta es la condición del esfuerzo subjeti
vo y la libertad no pretende aniquilarla ; pretende, únicamente, sus
traerse a la coerción para alcanzar sus propios fines. El dominio sobre
el orden objetivo emancipa de la servidumbre material y constituye la
libertad económica, en el sentido más amplio del término. Inició su
conquista el primero que quebró con una piedra la recalcitrante nuez
e coco e inventó el martillo .
Pero el sujeto se siente cohibido no solamente por el mundo ob
jetivo, sino también por sus propias condiciones. Su acción la pertur
ban impulsos, afectos y yerros. De ellos también quiere emanciparse .
Al dominio sobre la naturaleza debe desde luego agregar el dominio so
bre sí mismo . Solamente la autarquía que encuadra la voluntad en una
disciplina, fijada por ella misma, nos da la libertad ética.
OBRAS COMPLETAS 225
Así se establece, al lado de la finalidad económica, una finalidad
moral, a la cual, sin mengua de la autodeterminación, se ha de someter
la conducta. Se simboliza en un concepto de contenido y nombre va
riable, que por ahora llamaremos el concepto ético. Viene a ser la ex
presión más acabada de la personalidad, el último objeto de la acción
libre, empeñada en someter el orden natural a un orden moral. Si bien
dentro de una metafísica inaceptable, nadie ha descrito mejor la liber
tad ética que Spinoza en el cuarto y quinto libro de su obra funda
mental, que tratan, respectivamente, de la servidumbre y de la libertad.
¡ Qué diferencia separa , empero, la ley moral de la ley física! Es
ta la soportamos aquélla la dictamos; ésta es expresión de un orden ne
cesario aquélla un postulado de nuestra libre voluntad. No podemos
imaginar que la ley de la gravedad falle una sola vez ; al elevarnos en
el espacio y contrariarla al parecer, la obedecemos. No así la ley moral
que infringimos, porque conservamos la capacidad monstruosa de des
obedecerla .
En efecto, libertad y ética son complementos correlativos. La con
cepción mecanicista, al extender la determinación física al sujeto, le
arrebata los fueros de la personalidad. Sustituye la autonomía por el
automatismo y no hay alarde dialéctico que, sobre esta base, pueda
construir una ética .
La libertad económica, dominio sobre el mundo objetivo, y la li
bertad ética , dominio de sí mismo, constituyen, unidas, la libertad hu
mana, que lejos de ser trascendente se actualiza en la medida de nues
tro saber y poder. Se compenetran y se presuponen , no puede existir
la una sin la otra, porque ambas son bases del desarrollo de la perso
nalidad. No es la lucha por la existencia el principio inmanente, sino
la lucha por la libertad ; a cada paso , por ésta se sacrifica aquélla. La
libertad deviene. Del fondo de la conciencia emerge el yo como un
torso : libre la frente, libres los brazos, resuelto a libertar el resto.
XIX
En la tercera antinomia de Kant se enuncia, en términos escuetos,
el problema filosófico por excelencia : la afirmación conjunta de la
necesidad y de la libertad . Es la conclusión final e ineludible de una
disquisición lógica y toda tentativa de superar o suprimir la antinomia,
de conciliar en una síntesis la tesis y la antítesis, es estéril, ya se opte
por una solución unilateral o por apelar a factores trascendentes.
Se explica. La antinomia, a pesar de su estructura escolástica, es
la expresión del conflicto que se actualiza en la conciencia. Ninguna so
lución especulativa puede eliminar el hecho, que es raíz precisamente
del proceso psíquico. Negar, ya sea la necesidad o la libertad , es una
falacia desmentida por cada instante de la vida real. Querer conci
liar el determinismo fenomenal con una libertad noumenal, por mu
226 ALEJANDRO KORN
cho ingenio que se haya gastado en este empeño, es ofrecernos una so
lución ficticia, pues el noumeno —y menos aun lo noumenal- no son
objeto del conocimiento, no pueden invocarse para explicar ningún he
cho efectivo, no tienen existencia en la conciencia sino a título de con
cepto vacuo.
Es la tercera antinomia la resultante leal y concluyente de la cri
tica de la capacidad cognoscitiva y no cabe ni interesa eludirla . No
se altera un ápice la realidad con una solución verbalista. Al tropezar
con la antinomia, la teoría ha cumplido su misión; nos da la clave de
lo existente, pero no puede anticipar la resultante de un proceso de
proyección infinita.
No queda sino un problema práctico : ocupar una posición . Si nos
place una posición negativa, nos resignaremos en el renunciamiento
ascético; si preferimos una posición afirmativa, incorporaremos nuestro
esfuerzo personal a las energías que realizan la tarea sin fin de la acción
creadora.
Una y otra posición es legítima; por una y otra intentamos actua
lizar la libertad del yo. Dueños somos de elegir el desprendimiento
del mundo o empeñarnos en sojuzgarlo. No podemos generalizar la
propia posición , tan luego en nombre de la libertad, prescribiéndole en
qué sentido se ha de decidir. Francisco de Asís y Leonardo de Vinci
representan dos tipos humanos, ambos igualmente grandes y bellos .
Sólo el instinto rebañego reclama una misma vía para todos, una
norma dogmática para todos; el hombre libre --no sin peligro busca
rá la propia. Para ello se arma de saber y de fortaleza interior. Pero
el riesgo es inseparable de la libertad .
XX
Dice el Rey Sabio : « Aman e cobdician naturalmente todas las
criaturas del mundo la libertad ; quanto más los omes, que han enten
dimiento sobre todas las otras, e mayormente en aquellos que son de
noble coraçón .»
La libertad es, pues, el rasgo intrínseco del sujeto ; afirmarla es la
expresión más genuina de su ser; personalidad y libertad son dos nom
bres para el mismo hecho .
En la lucha trabada por la conquista de la libertad, el sujeto dis
tingue las circunstancias que favorecen o se oponen a esta su aspira
ción esencial y las juzga y aprecia desde este punto de vista. A los
hechos objetivos los califica de útiles o nocivos; a los actos propios,
de buenos o de malos. Lo primero es un juicio pragmático, lo segundo,
un juicio ético .
Naturalmente, sin excepción posible porque esto fluye de su in
tima condición , quiere lo útil y lo bueno, y de los casos singulares se
eleva a la generalización y forja los dos conceptos adecuados. Util es
OBRAS COMPLETAS 227
aquello que contribuye a su libertad económica . Bueno lo que afirma
su libertad ética. Estos dos conceptos poseen , pues, un contenido efec
tivo y no son abstracciones, pero solamente con relación a los intere
ses y a la voluntad del sujeto. Los hechos objetivos en sí no son úti
les o nocivos, son simplemente necesarios. Los actos tampoco son bue
nos o malos en sí, sino la voluntad a que obedecen .
Si no cabe duda sobre el significado concreto de lo útil y de lo
bueno, sin embargo, es menester estimar cada caso o cada serie de ca
sos. Y aquí, con acierto o sin él, el sujeto fija valores, expuesto a negar
los o a trasmutarlos cuando hayan cumplido su misión o demostrado su
eficacia .
Con frecuencia lo que ayer se consideraba útil hoy quizás se juz
gue perjudicial, y , en el orden moral, valores que han regido durante
siglos acaban por ser reemplazados. Imaginar que los valores creados
en la lucha por la libertad sean perdurables y objetivos es ignorar su
carácter transitorio ; son medios para realizar un fin y así se emiten co
mo se desmonetizan .
Asimismo, los conceptos de lo útil y de lo bueno radican en la na
turaleza misma de la conciencia y de su conflicto fundamental; no cam
bian por más que cambie la apreciación del caso particular. Es el im
perativo categórico de la acción espontánea, que se refleja en el senti
miento de la obligación , del deber y de la responsabilidad. La sanción
moral es la actualización de la libertad o su privación, la servidumbre
impuesta por la ignorancia y los vicios.
XXI
Tan fundamental es la libertad económica como la ética, pero no
por eso pueden confundirse los conceptos correspondientes. No siem
pre lo útil es bueno, ni lo bueno es útil. Un término se refiere al objeto
y el otro al sujeto .
Tomar lo útil por lo bueno es el pecado de toda moral utilitaria y el
error propio de los sistemas que tienden a negar la personalidad autóno
ma. Insistir solamente en el concepto ético es desconocer que la plena
expansión de la personalidad sólo es posible en un mundo sometido.
La falta de la libertad económica conduce a enajenar la libertad
ética por el plato de lentejas, y la ausencia de la libertad ética nos en
trega al dominio de los instintos y de los dogmas. La falta de ambas nos
somete a poderes extraños, aniquila nuestra personalidad, nos impide
vivir la vida propia.
La estrecha correlación entre la libertad económica y la ética se
refleja en el idioma. Todas las palabras que expresan una servidumbre
tienen al mismo tiempo una acepción moral despectiva: esclavo, villano,
lacayo , etcétera. Barrer con toda sujeción económica es, pues, la con
dición previa de la liberación humana. Pero no la única.
228 ALEJANDRO KORN
El deseo de hallar el fundamento de nuestra conducta y distin
guir lo lícito de lo ilícito ha obsesionado la mente humana desde sus
albores. También en este caso, como en todos los otros, la solución re
ligiosa fué la primera. Las normas de la conducta se pusieron al am
paro de la autoridad divina. Es un resabio de esta primitiva posición
la tentativa, continuamente renovada, de resolver el grave problema
por la intervención de factores trascendentes. Sin duda, una ética supo
ne como elementos imprescindibles un sujeto libre y responsable y una
sanción. Si falta el primero tendríamos tan solamente el desarrollo de
un proceso determinado de antemano, del cual seríamos testigos inúti
les; y si faltara la segunda sería indiferente decidirnos por el bien o
por el mal. Pero, ¿qué hemos de hacer con una libertad metafísica ni
con una sanción póstuma, después de desvanecida la existencia indivi
dual ? El postulado grotesco de una inmortalidad del individuo fué una
consecuencia forzosa de la interpretación trascendente.
Las escuelas anti-metafísicas, a su vez, al señalar la vacuidad de
estas ficciones, intentaron la construcción de una ética puramente hu
mana, pero cayeron en el hedonismo o en el utilitarismo, y el desen
volvimiento lógico de sus principios deterministas les condujo a una
moral sin libertad, sin responsabilidad y sin sanción ; es decir, aunque
no lo confiesen, a là negación de la ética. Sobre semejantes bases puede
escribirse un manual de buena conducta o de reglas para lograr el
mayor éxito en los negocios, pero no se despeja el problema secular
que hostiga al alma humana .
Demostrar que nuestros conceptos éticos actuales son el resultado
de una evolución biológica o social es del mayor interés, pero no hace
al caso. No es el hecho histórico de la evolución sino la razón de la
evolución la que investigamos, el principio que la guía e informa. Todos
estos sistemas positivistas están al margen de la cuestión.
La sistematización biológica, al recordar que derivamos del animal,
debiera decirnos por qué lo hemos superado y tendemos a despojarnos
del residuo bestial. ¿ O cree, por suerte, que conviene retornar a nues
tros orígenes ?
La obra del instinto gregario, las consecuencias de la convivencia
social, son dignas de ser examinadas; pero fundar en ellas una ética,
es olvidar que la organización social es tan fuerte, en lo moral como
en lo inmoral. Esta pequeña verdad se oculta a los moralistas soció
logos y les convendría releer de vez en cuando la paradoja de Rousseau.
El materialismo histórico es, fuera de duda, la doctrina más cohe
rente y seria de la época positivista, como que todavía llega hasta ella
el aliento de Hegel. Pero es unilateral, no encara sino la mitad del pro
blema y no se percata de que su aplicación dogmática nos arrebataría
la libertad espiritual.
Ni el determinismo del mundo objetivo ni el imperio del egoísmo
utilitario pueden negarse. Pero tampoco puede suprimirse la conciencia
OBRAS COMPLETAS 229
de nuestra libertad y de nuestra responsabilidad. Querer suprimir esta
dualidad es un empeño vano, es desconocer el conflicto psíquico en que
se debate la personalidad humana en defensa de su dignidad y en pro
cura de su liberación cada vez más amplia. Servirnos del determinismo
objetivo es tan sólo un medio pragmático para realizar nuestra libertad
material. Pero limitarnos a este propósito es convertirnos en esclavos
de la máquina que hemos inventado. Recordemos la profunda sentencia
del Evangelio : « ¿De qué nos servirían todas las riquezas si pervertimos
nuestra alma? »
XXII
Una ética sin sanción es una concepción ridícula. Es suponer actos
desprovistos de finalidad. Aun una moral utilitaria ha de suponer que
un acto acarrea consecuencias útiles o nocivas. Ahora, el bien o el mal
¿ han de ser indiferentes ?
Nadie pone en duda los efectos pragmáticos del error o del acierto,
de la ignorancia o del saber. Nuestros actos, de consiguiente, resultan
eficaces o perjudiciales y en ello llevan una sanción bien explícita.
En cuanto al acto ético, como tal, no puede tener una sanción
utilitaria, porque dejaría de serlo. En esto semeja al placer estético,
que tampoco es objetivamente útil. ¿ Querríamos por eso renunciar a
ser buenos o hemos de despreciar la belleza? En estos casos la sanción
se circunscribe al dominio de lo subjetivo, y no por eso es menos im
portante, pues afecta el desarrollo de la vida, tan luego en su esfera
más íntima. Si la finalidad ética es realizar la libertad, la sanción del
acto inmoral es precisamente la privación de la libertad, la degradación
de la libertad humana. A su vez, el acto bueno tiene su recompensa en
sí mismo, es decir, en la conciencia de la libertad actualizada.
Recordemos a Spinoza : « Llamo servidumbre a la impotencia del
hombre para gobernar y refrenar sus afectos, pues, arrastrado por ellos,
no es dueño de sí mismo ; sujeto al acaso, llega a hacer lo peor, aunque
conozca lo mejor» .
Si lo útil recibe su sanción económica y lo ético su sanción subje
tiva, no debemos olvidar, empero , que la vida no la constituyen estas
abstracciones, sino la serie de los actos concretos que en proporciones
variables son a la vez útiles y éticos. No hemos de desconocer hasta
qué punto el carácter ético de la personalidad influye sobre la solución
de los problemas prácticos. Al través de esta influencia directriz, la
actitud ética tiene también su parte en la sanción moral que acompaña
a toda vida humana .
El instinto intuitivo del pueblo nunca ha dejado de creer que en
la culpa va el castigo, que quien la hizo la paga, que quien a hierro mata
a hierro muere .
Cuando, con larga experiencia, se contempla desde cierta altura la
vida en su conjunto, sobreviene la sensación de una justicia inmanente,
230 ALEJANDRO KORN
casi inexorable, y el saldo de la existencia aparece como la diferencia
entre nuestros méritos y nuestras faltas.
Esto no implica incurrir en un optimismo de pacotilla, ni creer
que los premios a la virtud o las penas de las faltas se distribuyen de
continuo, con arreglo a la casuística de un código burgués. No se trata
de una relación aritmética, ni de nada que sea mensurable, sino de un
hecho íntimo de la conciencia, que nos permite comprobar cómo, en el
conflicto de la vida, no es tarea vil fortalecer el ánimo y conquistar la
libertad de espíritu . Aun ante el acontecimiento fortuito nos arma de
entereza viril, como al estoico lo inevitable.
Si relacionáramos el dolor de la existencia con las culpas de ella,
hallaríamos quizás una compensación, que por cierto no hemos de en
contrar justa en nuestro caso particular, pero a menudo en el caso de
los otros. Cuántas quejas no formulamos que, ante un sincero examen
de conciencia, se convierten en reproches a nuestra flaqueza .
Una estrecha relación se mantiene entre el desarrollo ético de la
vida y los males que la afligen. En la profunda teoría del Karma, el
mundo es en todo momento la expresión de su valor ético . Así lo
pueden afirmar los hindúes, porque para ellos el yo individual y el uni
versal son idénticos. Nosotros tendríamos que traducir este pensamiento
a un lenguaje menos místico y diríamos : la vida es en todo momento
la expresión de su valor ético. Según la superstición vulgar de la trans
migración, cada uno vive el Karma de una existencia anterior; en rea
lidad, cada uno vive su propio Karma, o sea, dicho sin términos exóticos,
en romance paladino, cada uno es hijo de sus obras.
XXIII
Mucho antes de que Darwin señalara « la lucha por la existencia
como la razón del devenir biológico, ya Schopenhauer creyó haber en
contrado el principio noumenal del universo en la « voluntad de vivir » .
Sin duda acertó al considerar a la voluntad como la expresión más
acabada del yo. Pero no al identificarla con la energía cósmica, porque
el sujeto y el objeto , que son opuestos, no pueden reducirse a un solo
principio, sino a condición de aniquilar uno de los dos.
En efecto, la voluntad -que es un agente teleológico— no puede
confundirse con la energía sometida a la categoría de la causalidad ,
Luego, Schopenhauer, al igual que otros románticos por él tan deni
grados, se enreda en la dificultad de combinar la necesidad del pro
ceso fenomenal con una supuesta libertad trascendente.
La voluntad, casi sinónimo del yo, pertenece por entero al dominio
de lo subjetivo , afirma o niega . Pero no puede aceptarse que en su ma
nifestación más alta sea, únicamente, voluntad de vivir, mera afirma
ción de la existencia. Si no predominara, por temor de caer en el viejo
error antropocéntrico, una excesiva tendencia a equiparar al hombre con
OBRAS COMPLETAS 231
el animal, la más sencilla reflexión recordaría cómo, a cada instante, la
vida se sacrifica a un valor más alto.
Este es un hecho histórico y de diaria observación . La posibilidad
misma del suicidio, que sólo se observa en la especie humana, prueba
que ésta puede llegar hasta la negación, no solamente teórica, del su
puesto principio fundamental. El hombre, como individuo o como colec
tividad, arriesga continuamente la existencia por motivos serios o fútiles,
pero en realidad innecesarios. Y aun el apego exagerado a la vida, la
cobardía , merece en el consenso universal una apreciación despectiva.
Para la organización mental evolucionada, la vida ha dejado de
ser un fin y se reduce a un medio para realizar propósitos sin los cuales
carece de estimación . Ya lo sabían los estoicos; lo ignoran nuestros con
temporáneos liberales positivistas.
No es un fatuo alarde, si el hombre se ha considerado siempre
distinto del animal o si, por lo menos, aspira a ser distinto. Es la con
ciencia de su libertad la que se revela en esa vieja presunción y lo habi
lita para morir por sus ideales o por sus supersticiones.
Nietzsche vió claro en este punto y quiso sustituir la libertad de
vivir por la « voluntad de poder » , condición de desarrollo de un tipo
humano superior. Este concepto, empero, se presta a una interpretación
torpe, que jamás estuvo en la mente del autor, a pesar de su afectado
inmoralismo. La voluntad de poder no es otra que la de actualizar
la libertad en toda su plenitud, porque, en el hombre, la voluntad de
vivir se ha elevado a la voluntad de vivir libre.
XXIV
El psicólogo . - La libertad que usted se atribuye es una ficción ,
un engreimiento infundado. Usted no puede realizar un solo acto que
no sea forzoso , determinado por motivos de los cuales no es dueño.
El sujeto . Estoy ligado a la naturaleza y, en cuanto no la do
mino, me someto . Mis actos solamente son de una libertad relativa,
pero en ellos interviene un factor completamente libre que es mi
voluntad.
El psicólogo . Tampoco su voluntad es libre ; la volición no es
el punto de partida de sus actos, sino un asentimiento obligado a los
movimientos reflejos, que, por vías estudiadas y conocidas por nos
otros, corresponden exactamente a la excitación recibida .
El sujeto . — Sin embargo, distingo entre los actos propios y los
impuestos.
El psicólogo . - Esa es una opinión subjetiva. Es un detalle insig
nificante ; en un caso sus actos le agradan y en el otro no.
El sujeto . Eso ya prueba que soy yo quien los aprecia . Ade
más tengo propósitos y proyectos que quiero realizar .
El psicólogo. - Deseos y quimeras que usted forja al margen de
232 ALEJANDRO KORN
los hechos. No determinan sus actos sino que son sugeridos por ellos.
El sujeto . — Entonces yo no intervengo en mis propios actos .
El psicólogo. - Usted debe deshabituarse de hablar de mis actos .
Eso es una fatuidad . Usted quiere y hace lo que no puede dejar de
hacer y querer.
El sujeto . - ¿De manera que no soy responsable de mis actos ?
El psicólogo. – La responsabilidad es otra triquiñuela, como la
libertad . Se la han imbuído sus semejantes para tener un pretexto de
enjaularlo cuando usted los moleste.
El sujeto . Admirable triquiñuela. ¿No le parece que estoy
de más ?
El psicólogo. — Mucha falta no hace. Solamente sirve para per
turbar la exactitud objetiva de la experimentación científica.
El sujeto . — ¡Admirable ciencia ! Pero si renuncio a mi libertad,
de que vivo tan convencido, ¿ qué me queda ?
El psicólogo. - Nada .
El sujeto . Usted es muy amable.
El psicólogo . - En realidad usted no es nadie, ni siquiera una
hipótesis. Usted es una resultante fugaz de energías disipadas, un
adorno churrigueresco que la naturaleza ha agregado a su obra, sin la
cual y sus necias pretensiones puede pasarse perfectamente .
El sujeto . ¡ Cómo! Si la naturaleza no existe sin mí.
El psicólogo. — ¡ Qué error! Vea usted cómo los vegetales realizan
todas sus funciones biológicas sin necesidad de una autoconciencia. La
naturaleza no lo necesita a usted y nosotros lo eliminaremos.
El sujeto . Mal hecho, porque se acabarían los psicólogos. Mien
tras tanto, el mundo objetivo no existe sino en relación con un sujeto .
El argumento vegetal prueba que tengo otras funciones que las pura
mente biológicas. Usted me quiere convertir en un objeto e imponerme
el yugo de la necesidad ; pero yo no soy objeto, sino lo opuesto, es decir,
sujeto ; y aunque usted me niegue me tomo la libertad de existir.
El psicólogo. — Pero , ¿ cómo quiere usted escapar al orden natural
y a sus leyes ?
El sujeto. De hecho . ¿ Dispone usted de alguna ley que me rija ?
El psicólogo . La hallaremos por medio de la inducción, y, al
efecto, hemos ya reunido numerosos datos. Poseemos también normas
generales, aunque no son aplicables al caso individual.
El sujeto . Pero ese detalle no invalida las normas.
El psicólogo . Felizmente. Las normas existen aunque no se
cumplan .
El sujeto. Entonces , como ocurre en las ciencias físicas, custed
podrá prever lo que hará mañana ?
El psicólogo . — Se puede, pero es difícil.
El sujeto . Nada es difícil para un sabio; usted resolvería hasta
la cuadratura del círculo.
OBRAS COMPLETAS 233
El psicólogo. - Cosa sencilla si no mediara una magnitud irra
cional.
El sujeto . ¡ Ah ! ¿ Hay magnitudes irracionales ? Pero, segura
mente, no en la psicología humana .
El psicólogo . — Yo podría explicarle todo cuanto usted ha he
cho ayer .
El sujeto . Valiente, eso es historia ; después de ocurridos los
hechos forjamos la explicación póstuma. Usted hallará fácilmente las
razones aparentes de mis actos, pero siempre quedará un remanente
irreductible, un factor desconocido que perturba sus investigaciones.
En psicología, como en la historia o en la sociología, le falla el torni
quete de la causalidad, de la conexión necesaria, y por eso usted no
puede predecir lo que hará en el día de mañana, en el cual el sol
saldrá a la hora que le ha señalado el cálculo astronómico.
El psicólogo. - La salida del sol puedo calcularla porque tengo
todos los datos necesarios ; si los tuviera en el caso de usted, calcularía
matemáticamente sus actos .
El sujeto . — Le daré . el catálogo de mis obligaciones, de mis
gustos y de mis hábitos y agregaré mi árbol genealógico. Usted mida
mi cráneo, observe mi ecuación individual y pronostique.
El psicólogo. — No es suficiente, y además, usted, por desmentir
mi propósito, es capaz de hacer lo contrario .
El sujeto . ¿ No le parece que eso podría llamarse autodeter
minación ?
El psicólogo. De ninguna manera ; eso obedecería también a un
motivo, aunque malicioso .
El sujeto. Así es ; el sujeto suele ser malicioso, y en eso se dis
tingue de los objetos y algunas veces de los psicólogos, que siempre son
ingenuos.
El psicólogo . Celebro tanta suficiencia. ¿De manera que usted
es un ser abstracto , independiente de la naturaleza ?
El sujeto. No tanto. Abstractos somos ambos ; la naturaleza y
yo ocupamos el mismo hogar, si bien un poco desunidos porque mi
compañera suele tiranizarme y hasta aprovechar mis debilidades . Pero
poco a poco consigo domesticarla e imponerle mi voluntad . No pre
tendo deshacerme de ella, porque mi existencia está ligada a la suya
y además no carece de atractivos. Deseo sólo someterla y obligarla a
mi servicio para gozar de paz y de mi plena libertad . Lo he de con
seguir con el esfuerzo propio y con el auxilio de la ciencia .
El psicólogo. — Pues bien , a esa tarea precisamente contribuyo.
El sujeto . Muy de acuerdo, pero respete mis fueros. Yo no
soy un muñeco , soy el sujeto libre.
234 1
ALEJANDRO KORN
XXV
Al comprobar en la actividad consciente dos tendencias contrarias,
fundamentalmente distintas, no quisiéramos llevar este dualismo hasta
el extremo de olvidar la unidad de la conciencia. A pesar de sus diver
gencias, el sujeto y el objeto, integrantes de un mismo proceso psíquico,
son inseparables y no se modifica el uno sin afectar al otro.
El choque de corrientes opuestas ya lo señaló Heráclito. La duali
zación es una condición necesaria para comprender la actividad cósmica.
En el átomo ínfimo, sin perjuicio de su unidad, suponemos fuerzas
de atracción y de repulsión ; la célula orgánica es un campo de batalla
entre la asimilación y la disgregación ; la reproducción de la especie
exige la dualidad sexual ; la gravitación planetaria no se explica sin ten
dencias centrípetas y centrífugas; el proceso dialéctico se desenvuelve
por la coincidencia de la tesis y de la antítesis. Donde quiera que se
busque una unidad se halla el conflicto de dos principios contrarios:
la potencia es función de la resistencia . No es de extrañar, pues, si la
conciencia, madre común de lo existente, nos ofrece el mismo espec
táculo. Y aunque fuera extraño, es un hecho y no una invención.
Las dificultades para conciliar la unidad con la multiplicidad nos
las han sugerido los monistas y los pluralistas en su afán por impo
nernos su interpretación unilateral. Los conceptos de cantidad —uni
dad, pluralidad, totalidad, número, medida, magnitud — se utilizan
según el caso, sin excluirse ni contradecirse. Examinemos el concepto
de unidad y sirva ello como ejemplo del uso de los conceptos en general.
No existe ninguna unidad comprobada. La hemos buscado, la
hemos afirmado; pero, de hecho, jamás la hemos encontrado. La unidad
física, el átomo, está descalificada a pesar de no haber sido nunca un
hecho empírico, sino una hipótesis. Pero ni a ese título puede ya sub
sistir. La unidad orgánica, la célula, ha resultado ser un organismo de
complejidad infinita. La unidad psíquica, la sensación, nunca es simple;
menos aún lo son los estados de ánimo. Ni en el dominio de lo objetivo,
ni en el de lo subjetivo, podemos fijar una unidad. Tampoco lo es el
yo , ni lo es el objeto intuído.
Todas las unidades reales que postulamos son metaempíricas. No
hay sino unidades concebidas. Puedo llamar, a mi antojo, unidad al
cuerpo humano, a un libro, a un batallón, a un pueblo, y en seguida
los descompongo en la multiplicidad de sus partes integrantes y los
califico como una pluralidad . Nada me impide tampoco concebir la
totalidad de las formas existentes como una unidad y llamarla universo .
La unidad de la conciencia es ideal y si la afirmamos es sólo para
negar la existencia de dos sustancias distintas o la posibilidad de un
fraccionamiento efectivo. Así nos ahorramos todos los devaneos del
ocasionalismo, de la armonía preestablecida, del paralelismo y de las
doctrinas dualistas en general,
OBRAS COMPLETAS 235
Por unidad de la conciencia hemos de entender que, tanto en
sus manifestaciones objetivas como subjetivas, es acción consciente y
nada más.
Estamos en nuestro perfecto derecho si, de acuerdo con la evi
dencia, consideramos a la conciencia ya como una, ya como compleja,
y la interpretamos como la unidad que se despliega o como la síntesis
que surge.
Merece recordarse el percance ocurrido al más genial de los mo
nistas, a Spinoza . Su Deus sive natura se le desdobla repentinamente
en natura naturans y en natura naturata . El insidioso dualismo lo asalta
cuando menos sospecha, pues todo su sistema es una tentativa de
superar el dualismo de la materia y del espíritu. Es de lamentar que
la crueldad de los hechos perturbe la paz de la especulación racionalista.
Al fin la distinción entre lo sensible y lo inteligible, entre el fenómeno
y el noumeno, ¿ no es también un dualismo vergonzante ?
Nosotros no necesitamos engolfarnos en semejantes disquisiciones,
pues tanto la materia como el espíritu son conceptos útiles algunas veces
y molestos cuando se desconoce su origen .
La conciencia, así, es una como múltiple; pero es única, pues no
existe nada fuera de ella.
XXVI
1. Nada hay fuera de la conciencia. Señalese un hecho que no
sea pensado
2. La conciencia se desdobla en sujeto y objeto. Suprimase uno
de los dos términos.
3. La conciencia engendra conceptos abstraídos del sujeto o del
objeto . Inténtese pensar sin conceptos.
4. La conciencia es acción. Descúbrase en ella un elemento estable .
5. El orden objetivo se impone con necesidad. Créese o aniquilese
un hecho objetivo.
6. El sujeto es libre. Trácese un límite a su voluntad.
7. La acción objetiva cohibe la subjetiva. Afírmese que el sujeto
realiza su albedrío .
8. La conciencia es una. Fracciónesela .
9. La conciencia es compleja . Afírmese su simplicidad.
10. La ley física es ineludible. Realicese un milagro.
11. La ley moral es precaria. Vívase sin infringirla.
12. La intuición es la única fuente de nuestro conocimiento. Des
cúbrase un hecho por inducción o deducción pura .
Los axiomas expuestos no pueden ni demostrarse ni refutarse. Son
las expresiones de la evidencia inmediata, no son las conclusiones de
una argumentación dialéctica. Son una enumeración de hechos que
cada uno puede verificar. En todo momento se hallan presentes en la
intuición y constituyen la experiencia más directa que cabe imaginar.
236 ALEJANDRO KORN
No se les puede ni definir. Toda definición es una relación : la
explicación de un término por otro conocido. Los hechos primarios no
podemos referirlos a otros; solamente podemos intuirlos. Los vemos o
no los vemos, los sabemos o los ignoramos, pero no hay medio de tras
mitirlos, ni las palabras pueden suplirlos.
No faltará quien nos exija la definición de los términos empleados,
por ejemplo , el de la libertad. Quien quiera que formule este reparo
será, sin embargo , incapaz de definir siquiera lo amargo o lo dulce.
He aquí la definición de Cohen, que no es de las peores y es
típica : « La libertad es la energía de la voluntad » . Digase, con since
ridad, si alguien sabría con esto lo que es libertad , si no la experimenta .
Podría, a mi vez, definir la libertad. Es la ausencia de coerción,
como ésta es la , ausencia de libertad. Nada adelantamos con seme
jante tautología. Quien no sepa por testimonio inmediato de su con
ciencia lo que es libertad, renuncie a entenderme, como yo renuncio
-con sentimiento a su valioso concurso . Y lo dicho de la libertad
se aplica a todos los otros términos que expresan un conocimiento in
mediato .
No hay tampoco lugar a una refutación ; sólo cabe un desmentido.
Los hechos no se discuten ; se afirman o se niegan, pero no es lícito reem
plazarlos con las abstracciones verbales de la jerga escolástica. Aquí
no se trata de oponer un raciocinio a otro.
XXVII
Más allá de los hechos conocidos por intuición y de los cuales
tenemos conocimiento inmediato, no podemos pasar. No es posible
fundar un conocimiento cierto en otras bases. La función lógica del ra
ciocinio se limita a establecer relaciones entre los hechos, sin poder
jamás, por sí, afirmar la existencia de uno solo.
Era una regla de la Escolástica, muy citada aunque poco obser
vada, no crear entes de razón sin necesidad. Reclama mayor rigor este
precepto y conviene decir llanamente que no puede crearse jamás un
ente de razón, porque todos, sin excepción, son meros conceptos. En
buena hora extiéndanse las operaciones mentales hasta agotar su fuerza
lógica, siempre que la confirmación pragmática las sancione. Si no
resisten esta piedra de toque, son un juego de palabras, por más co
rrectos que sean los silogismos acumulados. No es posible la investi
gación científica sin el empleo de conceptos apropiados, en calidad de
hipótesis de trabajo ; pero solamente la intuición puede despojarlos de
su carácter precario.
He ahí el éter, el vehículo intramundial e intramolecular, materia
imponderable, inmóvil y elástica, tenue como un gas, rígida como el
acero, que no opone, sin embargo, la más leve resistencia al paso de
los cuerpos. Concedamos que este absurdo inconcebible sea por ahora
OBRAS COMPLETAS 237
una hipótesis viable; de ahí a la comprobación de su existencia media
una largo trecho. Se necesita carecer, como Haeckel, de todo sentido
filosófico , para admitir como un hecho estas supersticiones científicas.
La prueba empírica falta y no puede suplirse.
Si esto ocurre en el terreno relativamente firme de ciencias que
aspiran a ser exactas, ¡ qué diremos de una especulación filosófica, en
la cual, a fuerza de conjugar abstracciones de una vacuidad creciente,
se pretende descubrir la verdad verdadera ! Esto es sacar a la razón
de su quicio, de su labor honesta, para obligarla a dar saltos mortales
y , por fin , descalabrarse. De acuerdo con la doctrina socrática, según
la cual la verdad está en los conceptos, Platón construyó el arquetipo
de los sistemas dialécticos, y todos los sucesores han explotado la he
rencia sin mejorarla. Hasta la fecha, con relación a la conciencia, nadie
ha probado, digamos, la extraterritorialidad de un concepto.
No menos vana es la pretensión del empirismo cientificista, de
emplear como elemento único del conocimiento la sensación y referirla
a un agente externo. Es ingenuo invocar de continuo la experiencia e
ignorar que no es un hecho extraño, sino un proceso mental. Esa misma
ingenuidad impide distinguir las más aventuradas creaciones metaempi
ricas de los hechos observables. Prescindamos del materialismo burdo,
que como doctrina filosófica no cuenta, y atengámonos a los represen
tantes más honestos de la escuela.
Llevan, sin duda, la ventaja de apoyarse en hechos efectivos que
la ciencia sistematiza con auxilio de los conceptos. Pero cuando ahondan
la investigación, llegan a conclusiones imprevistas. La materia se di
suelve, sus atributos resultan subjetivos, el espacio es extensión, el
tiempo sucesión y , por último, no quedan sino distintas actividades ,
que la tendencia monista intenta reducir a una sola energía cósmica,
sujeta a leyes fijas. Interprétese luego esta energía como física o como
orgánica, nunca es más que acción. Y hasta aquí vamos bien. Sola
mente que la acción fuera de la conciencia es un esperpento inexpe
riencial. Para llegar a semejante resultado, los cientificistas, olvidados
del rigor del método, más allá de toda inducción posible, sobreponen
una hipótesis a la otra, con la misma gravedad con que los escolásticos
hilvanan la serie de sus silogismos, hasta dar con un entecillo de razón,
como por ejemplo aquel flogisto ( q. e . p . d . ) . De paso, empero, la per
sonalidad humana, todo el mundo subjetivo, ha quedado aprisionado
para siempre en las mallas de un determinismo implacable .
No puede prohibirse a la razón humana que trascienda los límites de
lo conocido; ésta es una de sus altas funciones. Precisamente, para que
esta labor sea fecunda, tanto en la ciencia como en la filosofía, es nece
sario deslindar con exactitud lo que se sabe de lo que se desea saber y
no confundir lo positivo con lo hipotético, lo real con lo fantástico. Se
ha de mantener, sobre todo, la apreciación clara del instrumento meto
dológico que se maneja y no emplearlo donde no es aplicable,
238 ALEJANDRO KORN
La ciencia no ha de hacer bancarrota ; pero sí aquellos que pre
tenden emplearla como un arma amoral en la empresa de degradar la
personalidad humana. La ciencia construye, y ciertamente con pro
vecho, el nexo causal del universo. Ahí se agota su misión ; y falta a
ella si invade el dominio de la filosofía, que estatuye los valores finales.
De tal maridaje nacen engendros, que ni son ciencia ni filosofía .
La posición teórica de las escuelas positivistas fué aparentemente
más sólida, pues implicaba la renuncia al conocimiento de las primeras
causas y de los últimos principios. Aspiraban, únicamente, a dar la
síntesis de lo científicamente cognoscible. Silenciamos que esto no es
posible, pues ni la sistematización de las ciencias especiales puede ha
cerse sin ingredientes metafísicos y, mucho menos, la sistematización
del conjunto . Pero en su manifestación histórica, el positivismo se ha
desarrollado en sistemas realistas, supeditados a una supuesta unidad
o jerarquía de las ciencias; de donde el hecho moral o social estaría
tan sujeto a leyes como el hecho físico o químico. Es decir, ha caído
en el mecanicismo, que comporta la anulación del sujeto . De ahí la
serie de las pseudo-ciencias que, como la sociología y la psicología ex
perimental, todavía peregrinan en busca de las leyes exactas que con
tanto énfasis nos anunciaron en su primera hora.
XXVIII
Y bien : sintetizados en conclusiones generales los datos de la ex
periencia inmediata, ¿ quedamos satisfechos ? ¿ Ha sido desvelado el
último secreto, disipado todo misterio ? Sin duda que no.
Podemos, sobre esta base, edificar una concepción mundial que
responda a todas nuestras necesidades prácticas y teóricas, mas siem
pre donde se resuelve un problema se plantea otro.
Nuevas dudas, nuevas preguntas surgen del fondo mismo de la
conciencia y reclaman contestación . No basta esquivarlas o desauto
rizarlas por improcedentes. Aun la pregunta más pueril merece su
respuesta.
¿ Cómo hemos de concebir una acción sin agente ?
No es más difícil concebir la acción que la sustancia a que pre
tende atribuírsele; no se resuelve un enigma agregándole otro. Sobre
todo, la acción existe en un desarrollo de actos, la sustancia es un con
cepto . La dificultad quizás sea exclusivamente gramatical. No emplea
mos un verbo sin referirlo a un sustantivo o a un pronombre que haga
sus veces . Esta modalidad del idioma, sugerida por la estabilidad rela
tiva de las cosas, deriva del realismo ingenuo y nos induce en error.
¿El proceso consciente ha tenido un principio con el cual ha
iniciado su evolución? La idea de tiempo se aplica —y se aplica con
necesidad— a cada hecho aislado en su relación con los que le preceden
o le siguen. Pero ¿ a qué antecedente hemos de referir la conciencia,
OBRAS COMPLETAS 239
si es la fuente de todas las ideas, inclusive la de tiempo, que es su
creación y no ha podido precederla ?
El proceso psíquico, entonces, ¿ se ha engendrado a sí mismo o
depende de otro principio ? Podemos imaginar una potencia creadora
que, al dar a luz el mundo, parió mellizos indisolubles ; pero este crea
dor es creado por la misma conciencia , es un noumeno, un ente de
razón. Ninguna intuición abona su existencia . En cuanto a engendrarse
a sí mismo, es tan inconcebible como preexistir a sí mismo. Nada ade
lantamos con soluciones verbales, como la causa sui de Spinoza. Ocurre
que, al hablar de proceso , evolución , acción , involucramos las nociones
de antes y después, es decir, la idea de tiempo , categoría cuyo valor
relativo no se nos oculta, sin poder, asimismo, prescindir de emplearla.
Por eso Bergson se empeña tanto en distinguir los conceptos de dura
ción pura y de tiempo, pero apela para ello a una visión que, por
cierto , no es la intuición inmediata.
Pero, al fin, algo ha de existir por sí. Existir es estar en la con
ciencia y en la conciencia no existe ningún hecho que no tenga su razón
en otro . ¿Y la conciencia misma ? La conciencia es un proceso , es el
conjunto de su contenido actual, siempre es conciencia de algo, nunca
conciencia pura. No podemos, de consiguiente, aspirar más que a una
ciencia de lo relativo y jamás habrá una ciencia de lo absoluto. Ni el
empirismo ni el racionalismo pueden lograrla.
Luego, ¿subsiste un gran enigma ? Por lo menos una finalidad no
actualizada en la conciencia humana, aunque esa lejana finalidad go
bierne la hora presente.
-No me basta eso de finalidad. ¡ Yo forzosamente necesito creer
en un Ser!
-Usted es dueño, pero eso es un acto de fe.
Racionalistas y empiristas, durante siglos, en presencia de este
mundo criptógeno, se afanaron en concebir una metafísica para explicar
lo conocido por lo desconocido. No construyeron sino sistemas de con
ceptos sin contenido representable. Si a nuestra vez abrigáramos el
deseo de imitarlos, ya no nos bastaría una metafísica, necesitaríamos
una metapsíquica para penetrar en lo superconsciente. Enunciarlo es
evidenciar su imposibilidad. Por lo demás, el intento no sería ni siquiera
original: ya lo pensó Plotino .
Intentemos, pues, sin salir de la conciencia, abordar el último y
el más pavoroso de los problemas.
XXIX
La acción consciente es el alfa y el omega , el principio y el fin,
la energía creadora de lo existente. Ella desarrolla el panorama cósmico
en la infinita variedad de sus cuadros y ella le opone la gama infinita
de las emociones íntimas. No se concibe un más allá . Es, desde luego,
lo absoluto, lo eterno.
240 ALEJANDRO KORN
Sin embargo, nosotros no conocemos sino el inextenso instante
entre el pasado y el futuro; presente perpetuo y fugitivo. No cono
cemos sino el paso incesante de hechos particulares y relativos. Ni lo
eterno ni lo absoluto están en nuestra intu n.
Si conociéramos con certeza lo absoluto, si el nexo esencial de los
hechos fuera más que un concepto , debiera invadirnos el sosiego inte
lectual, callaría la última duda y el Ser dejaría de ser un problema.
Somos testigos de la acción actuante en la conciencia, pero en sí no
la conocemos; intuimos, únicamente, el proceso de sus manifestaciones;
menos aún : la serie que se desarrolla en la conciencia individual. ¿He
mos de tomar ese fragmento por el universo?
Ninguna egolatría ha llegado a este extremo. Nos hostiga con de
masiada viveza la evidencia de nuestra relatividad y la aspiración hacia
lo absoluto surge imperiosa, como una exigencia lógica, como un anhelo
del sentimiento, como una finalidad querida; nunca como un hecho ac
tualizado. Ninguna intuición , ningún dato empírico , ningún raciocinio
nos esclarece el concepto de lo absoluto, aunque sea el complemento
ineludible de lo relativo.
Acorralado Descartes por la duda metódica en el solipsismo de la
posición egocéntrica , apela a la conciencia de nuestra relatividad para
referirla a lo absoluto . Lo dice en el idioma de su tiempo y de sus
prejuicios y es posible que, despojado de tales contingencias, este argu
mento sea convincente para muchos.
No tropezamos nosotros con el escollo del solipsismo, inevitable
para el idealismo subjetivo, pues no hemos identificado al yo con la
totalidad de lo existente. No obstante, la dificultad subsiste, porque aún
afirmada y creída la existencia de lo absoluto , sólo tenemos su concepto
abstracto, completamente vacío si lo ubicamos fuera de la conciencia .
Cien nombres diversos se le han dado, prueba concluyente de que
ignoramos el verdadero .
En la conciencia , lo absoluto se presenta como aspiración , como
tendencia hacia una finalidad que valoramos como la suprema y última,
como superación de la dualidad sujeto -objeto. En ese sentido podemos
fundarnos en la naturaleza misma del proceso consciente para deter
minarla. Sabemos que este proceso es un conflicto, una lucha sin tregua
por la libertad y la necesidad. Actualizar la libertad absoluta por la
conquista del dominio económico sobre la naturaleza y del autodominio
ético, someter la necesidad a la libertad, alcanzar el pleno desarrollo
de la propia personalidad : he ahí la meta no impuesta por poderes
extraños, no inventada por la fantasía, como que es la raíz misma del
devenir .
Por nuestra libertad luchamos desde que nos desprendimos de la
penumbra de la animalidad ; por ella continuamos en la demanda.
Cuando la conquista finalice, la necesidad y la libertad se habrán con
ciliado. La conciencia descansará en la paz de sí misma, la última duda
OBRAS COMPLETAS 241
callará . Entretanto no ; la filosofía no tiene la última palabra, porque
la vida es acción, tarea perpetua y no un teorema. Cosa fatta capo ha.
La teoría marcha claudicante detrás de los hechos. Pero el principio
que los mueve lo dejamos señalado : llamémosle la libertad creadora .
XXX
El problema de lo absoluto tiene aún otra faz. Al señalar la fina
lidad absoluta como un hecho de conciencia, orillamos el asunto más
escabroso . ¿ Acaso esta finalidad se realiza en la conciencia individual
o cada uno de nosotros es tan sólo un caso dentro de un proceso
universal?
La certeza de procesos históricos supra - individuales no permite
suponer que en el individuo se agote la existencia. Por otra parte, a lo
universal, como existencia , no lo conocemos . ¿ Cómo acallar la relación
de lo particular con lo universal, de lo efímero con lo eterno, de la
existencia con el Ser?
De tres medios dispone el hombre para contestar a la interrogación
más vehemente de su espíritu : la metafísica, el arte y la religión. Nin
guno de estos medios excluye los otros; por el contrario , se apoyan mu
tuamente, y así como responden al mismo propósito, también parten de
un hecho psíquico análogo.
La metafísica ofrece sistemas que ya no son la expresión de lo
comprobado, sino construcciones hipotéticas de la imaginación crea
dora. Son, pese al material con que se elaboran, obras de arte, poemas
dialécticos, simbolismos ideales. Abrigan , sí , la pretensión de ser con
cepciones lógicas ; pero esta es la parte formal. No nacen del raciocinio .
Por un proceso psicológico muy complicado al cual no es ajena la voli
ción, ante el problema obsesionante, arraigan en la mente convicciones
que aparecen , unas veces, como el resultado de una incubación lenta,
otras como una inspiración espontánea. Son una especie de visión inte
lectual que se apodera del espíritu del autor y constituye la medula
de su obra .
La argumentación que la sustenta viene después. La razón , que
jamás ha negado sus favores a nadie, desempeña sus funciones lógicas,
dispuesta a demostrar cuanto se quiera, sea una concepción genial , sea
una patraña inverosímil. No hay absurdo que no se haya defendido en
un alegato .
Los sistemas, entre sí, se distinguen por su enlace lógico, su valor
ético, su poder persuasivo; no por su mayor o menor veracidad ma
terial. Mitos racionales, intentan en una metáfora feliz expresar lo
inefable .
En el fondo son tan sólo una manera de vivir individual; pero el
genio, continuador de la labor secular, posee el privilegio de expresar,
con el suyo , el pensamiento de un pueblo o de una época. Por eso los
242 ALEJANDRO KORN
grandes sistemas metafísicos, a pesar de ser hijos de su tiempo y de
factores étnicos y personales, perduran como las obras imperecederas
del arte y son siempre una fuente de intensa emoción intelectual. Luego,
cada generación vuelve a tentar la expresión propia de su pensar y de
su sentir en nuevas formas filosóficas.
Si, sobre la base del conocimiento intuitivo, se fundara la con
cepción de un proceso universal que, sin perder su unidad , se indivi
dualizara en mónadas autónomas, actualizando el eterno devenir en una
lucha por la libertad creadora, el valor de semejante sistema depen
dería del vigor intelectual de su autor. Podría también el ideal de la
libertad creadora sintetizarse en una acción única, que se revela en la
conciencia, y nos expondríamos al irónico reproche de haber incurrido
de nuevo en un viejo antropomorfismo.
A pesar de todo, el hombre persiste en salvar las últimas antino
mias y acallar el conflicto trabado en la conciencia ; ninguna crítica
extingue la necesidad metafísica .
A su vez, el arte la satisface al conciliar en la emoción estética la
oposición del mundo subjetivo y del objetivo. La poesía, y sobre todo
la música, que dispone de un material de expresión más abstracto, su
mergen el accidente aislado en el regazo de lo universal y contemplan
en lo concreto lo eterno. También la obra de arte tiene su génesis en
una visión íntima, que luego el artista actualiza en los límites de su
capacidad creadora .
La creación poética o artística no por ser libre es arbitraria, ni
está reñida con la verdad. Precisamente ocurre lo contrario . Los per
sonajes de Shakespeare poseen más vida que los fragmentos humanos
de nuestro trato diario, y el Otelo , v. gr ., ha podido prestarse a un aná
lisis psicológico de los celos, con mayor eficacia que un caso clínico
vulgar.
Es esta verdad ideal, creada por la visión estética, análoga a la
que puede alcanzar la visión metafísica .
Por último existe la solución religiosa. Ella inspira la convicción
vehemente que llamamos fe . Su fundamento no es, como suele pre
tenderse, la revelación sobrenatural, sino un estado emotivo que puede
llegar hasta el éxtasis y da lugar a la visión mística. Este es el fenó
meno religioso por excelencia.
El mito del caso, el dogma y el ritual, son elementos accesorios y
algunas veces postizos. Pueden suprimirse estas formas externas sin
amenguar la intensidad del sentimiento religioso .
La experiencia religiosa, en todos los países y en todos los tiempos,
contiene siempre el mismo hecho : la coincidentia oppositorum , la supe
ración del dualismo de la conciencia en la plenitud del arrobamiento ,
la unión mística en la identificación del individuo y del Ser eterno.
La visión íntima -intelectual, estética o mística- no es la intui
ción inmediata que nos da la evidencia común. Es un fenómeno com
OBRAS COMPLETAS 243
plejo que, si bien sugiere convicciones profundas, no puede darles más
que un valor subjetivo.
XXXI
Un siglo después de la Crítica de la razón pura , no debiera ser
necesario demostrar la imposibilidad de la metafísica como ciencia . Las
tentativas post -kantianas, por atrevidas y geniales que hayan sido al
gunas, no han desmentido ni superado la obra fundamental de la filo
sofía contemporánea.
Un siglo después de la crítica de la razón, tampoco debiera ser
necesario demostrar, a escépticos y positivistas, que no podemos pensar
ni vivir sin metafísica .
La aparente antinomia se resuelve en esta sencilla verdad : tene
mos que hacer metafísica, pero no como ciencia. Y luego : tenemos que
hacerla, poniendo en ella toda la sinceridad de nuestras convicciones,
sin atribuirles un valor dogmático.
Para una y otra cosa es menester alcanzar una noción clara de
nuestra capacidad cognoscitiva, a fin de emanciparnos del realismo
empírico y no caer con ingenuidad en la divagación trascendente.
Porque la peor de las metafísicas se hace sin sospecharlo . Esta
metafísica abunda en las obras de todos cuantos la niegan y , sin em
bargo, a cada paso nos dan noticias pasmosas o convierten sus pobres
conceptos en una hipóstasis mitológica.
En cambio, hemos de hacer metafísica a sabiendas. Nuestra con
cepción mundial quedaría trunca , si allí donde nos abandona el conoci
miento cierto, no la coronáramos con la creación simbólica adecuada a
nuestro saber y a nuestro querer.
A pesar de todo, hemos de hacer metafísica. El estremecimiento
instintivo de los trogloditas ante los poderes, adversos o propicios, que,
ocultos, siente girar en torno suyo , se trasmuta en la visión del sabio ,
cuando, en el vaivén de los fenómenos, columbra la armonía de fuerzas
universales, expresión quizás de una sola y eterna energía cósmica.
Al embate de los agentes extraños, el poeta opone, con lírico
anhelo, las tribulaciones propias: su queja, su júbilo y su rebeldía.
En la mente del filósofo surge luego, con lógico apremio, el hondo
problema que reclama la síntesis paradójica del hecho necesario y del
acto libre ; y la conciencia del dolor humano, en la emoción mística del
apóstol, sugiere la certeza de la redención final.
1922 .
ESQUEMA GNOSEOLOGICO
Para entendernos es necesario , ante todo, emplear cada término
con precisión y claridad y deslindar su esfera propia. Esto no puede
hacerse con el tradicional concepto de filosofía . Subsiste a este respecto
una situación caótica, cuya génesis histórica es fácil de seguir, por haber
abarcado la filosofía en otros tiempos, sin distinguir las ciencias, las
teorías y la metafísica, a más de su contaminación eventual con cues
tiones de orden religioso. De ahí la dificultad de definir la filosofía o
de elegir entre las definiciones más opuestas.
Distingamos primero entre lo que sabemos y lo que inferimos,
entre el hecho que nos ofrece la experiencia y la teoría metaempírica
que le agregamos, es decir, separemos decididamente la metafísica como
una disciplina especulativa y establezcamos oportunamente su posibi
lidad y su valor. Esta actitud se impone sobre todo ante la metafísica
clandestina, casi vergonzante, que suele negarse a sí misma y disfra
zarse de sistematización científica .
Sea el dominio indiscutido de la ciencia el proceso cósmico que se
desarrolla en torno nuestro . Armada de los métodos positivos realiza
su exploración , sus investigaciones y el descubrimiento de sus leyes.
Conviene no perturbarla en su labor y renunciar a toda incursión es
peculativa en este campo . En cuanto a los integrantes hipotéticos, in
dispensables para la sistematización parcial o total de sus datos, la
ciencia los crea y ella los reemplaza.
Ojalá pudiéramos reservar el nombre de ciencia exclusivamente
para las ciencias exactas y las que aspiran a serlo, es decir, las físicas
y naturales. En otros términos, a la ciencia de la medida y de lo men
surable. Debemos negar este nombre a las pseudo -ciencias que a veces
simulan una autoridad positiva.
Pero frente al proceso cósmico se levanta el hombre ; nos ergui
mos nosotros, con nuestros afectos, deseos, pasiones, dolores y aspi
raciones, con todo el caudal de la vida subjetiva. Ante cada hecho
reaccionamos, lo afirmamos o lo negamos, lo apreciamos desde nuestro
punto de vista, es decir, estatuimos valores pragmáticos, lógicos, éticos
y estéticos. El estudio de esta reacción de la personalidad humana
ante el mundo objetivo, constituye la teoría de los valores, que lla
mamos axiología. Las disciplinas axiológicas carecen de un objeto men
surable y se distinguen fundamentalmente de las científicas propia
mente dichas. Una cosa es el hecho o el acontecimiento, otra la apre
ciación que de él hacemos. Cuando nos interesa un hecho no lo
OBRAS COMPLETAS 245
discutimos : lo observamos, lo referimos a su causa, lo sometemos a su
ley, hacemos ciencia y nos ponemos de acuerdo. Cuando estimamos ese
hecho bajo uno de sus aspectos, discutimos, desenvolvemos nuestra
teoría personal y no coincidimos nunca . Nadie, ni la mayoría más abru
madora, puede imponerme un valor que niego.
Disolvamos, pues, el conglomerado de la vieja filosofía y despidá
mosnos de ella. Conservemos su nombre auspicioso para designar una
actitud espiritual, pero repartamos su acervo común , entre la Ciencia,
la Axiología y la Metafísica. Gobierne aquélla el orden de los hechos
objetivos y halle la fórmula matemática que los rige ; penetre ésta en
el secreto de la voluntad humana e intente, la última, referir la realidad
a conceptos que trasciendan toda experiencia posible.
II
Cuanto sabemos, intuímos, percibimos, pensamos, recordamos, sen
timos, queremos o imaginamos, es un fenómeno psíquico .
La realidad se reduce a este hecho. Referida o no, a una realidad
distinta , es, a su vez, otro acto psíquico . Existir es estar en la concien
cia ; el enigmático Ser está más allá y constituye el problema ontológico
de la metafísica. Por ahora no nos interesa.
Conocer es contemplar el contenido de la conciencia. Es decir,
el contenido concreto que sucesivamente la ocupa, no la conciencia
misma que es un noumeno inaccesible. Este contenido carece de esta
bilidad, es una serie de estados, es decir, un proceso, un devenir, o sea
una actividad cuyo conocimiento llamaremos experiencia.
El conocimiento no es un hecho que necesita ser demostrado : es
evidente. Pero podemos hacer el análisis fisiológico, psicológico y lógico
de sus integrantes y apreciar el valor de sus conclusiones.
Esto último es función de la gnoseologia que es axiología, teoría
estimativa del valor del conocimiento : lo afirma o niega, lo califica de
cierto o falaz, de verdad o error, de subjetivo o de objetivo, de defini
tivo o precario, de absoluto o relativo, de intuitivo o discursivo o de
ambas cosas a la vez, dentro de esferas que procura delimitar.
III
¿Pero no es la verdad el objeto del conocimiento ? Podemos afir
marlo ingenuamente; sea así. ¿ Pero en qué se distingue la verdad del
conocimiento ? Todos los epítetos aplicables al conocimiento también
se aplican a la verdad. Conocimiento y verdad son un dualismo verbal
que lejos de aclarar algo ha contribuído durante siglos a perturbar la
especulación filosófica. Si la verdad es la finalidad del conocimiento ,
sería el fin de un proceso sin término. No disponemos de ninguna defi
nición adecuada de la verdad. En realidad, si esta palabra ha de tener
246 ALEJANDRO KORN
algún sentido propio, sería el de un factor constante, opuesto al fluir
incesante, de continuo renovado y rectificado, del conocer. En la esfera
del conocimiento empírico esta constancia sólo es relativa, dentro de
la medida humana del tiempo . Si pretendemos una verdad absoluta
es necesario presumir un conocimiento de lo absoluto . La verdad mera
mente formal del proceso lógico carece de contenido.
IV
La actividad del proceso psíquico no se desenvuelve de una ma
nera arbitraria e incoherente, sino dentro de formas establecidas.
En primer lugar se polariza en dos tendencias opuestas; a saber,
el Yo y el No-yo. Con otras palabras, el sujeto y el objeto del cono
cimiento.
Esto sólo importa establecer una noción básica y en manera
alguna una distinción esencial, porque ambos aspectos del proceso se
condicionan recíprocamente y no son sino funciones dinámicas. A con
dición de no exagerar el alcance de una metáfora, esta relación podemos
imaginarla semejante a la de la resistencia y de la potencia, porque
también en mecánica postulamos la oposición de dos fuerzas, sin supo
nerlas de naturaleza esencialmente distinta.
Tanto el Yo como el No- yo poseen cada uno sus modalidades
características.
El No- yo, o sea el objeto , lo concebimos espacial, mensurable ,
sujeto a la categoría de la cantidad, circunstancias que permiten ex
presar sus relaciones en fórmulas aritméticas. Los hechos del orden
objetivo los unimos entre sí por un nexo que llamamos causalidad.
Esta les imprime el carácter de la necesidad y convierte el conjunto en
un mecanismo. La actividad objetiva la atribuímos a energías físicas,
sometidas a una ley inmutable. Cuando coordinamos con auxilio de
estos conceptos los hechos objetivos, hacemos Ciencia, que en su faz
teórica es Cosmología y en su aplicación práctica Técnica.
El Yo es la síntesis ideal de los fenómenos de orden subjetivo que
se desenvuelven en el tiempo pero son inextensos, se sustraen a toda
medida y no pueden ser expresados en ecuaciones matemáticas. En
cuanto se manifiestan en la acción, están enlazados por el concepto de
la finalidad, pues obedecen en este caso a propósitos postulados en
libertad por la voluntad, a cuyo efecto estatuye valores mutables. La
sistematización subjetiva ante el proceso cósmico es Axiología o teoría
estimativa. En su aplicación al desarrollo de la personalidad humana,
se vuelve pedagogía.
Esta exposición esquemática con conceptos abstraídos del proceso