HECHO DEL PRINCIPE
Por tanto, se entenderá que existe hecho del príncipe cuando se esté frente a decisiones o
conductas que emanen de la misma autoridad pública que celebró el contrato
administrativo y que ésta realiza en su carácter de tal autoridad pública debiendo
cumplirse, además, las condiciones que seguidamente se indicarán.
“En primer término, el hecho del príncipe debe haber ocasionado, realmente, un perjuicio
al cocontratante particular perjuicio que deberá ser cierto y directo, pudiendo consistir
tanto en una pérdida como en una disminución del beneficio razonablemente esperado.
Además, el perjuicio debe ser el resultado de una situación diferencial o especial del
cocontratante, es decir, no debe tratarse de consecuencias que lo afecten de la misma
manera que al resto de las personas que se hallan en su misma situación general, o sea,
como comerciante, industrial, etc.
En segundo lugar, el hecho del príncipe debe constituir una circunstancia o una situación
que el cocontratante no haya podido prever en el momento en que celebró el contrato, ya
que si hubiera podido preverlo, debía haberlo tenido en cuenta, especialmente para la
fijación del precio contractual.
Por último, el hecho del príncipe, para poder ser invocado, debe haber ocasionado una
alteración extraordinaria o anormal de la ecuación económico - financiera del contrato
administrativo, puesto que los perjuicios comunes u ordinarios que constituyen el álea
normal de toda contratación no pueden dar lugar a resarcimiento.
Podemos, pues, completar la noción del “hecho del príncipe”, diciendo que es tal toda
decisión o conducta que emane de la misma autoridad pública que celebró el contrato y
que ésta realiza en su carácter y condición del tal, que ocasione un perjuicio real, cierto,
directo y especial al cocontratante particular, que éste no haya podido prever al tiempo de
celebrar el contrato y que produzca una alteración anormal de su ecuación económico -
financiera.” (se subraya).
En cuanto a los efectos derivados de la configuración del hecho del príncipe, demostrado
el rompimiento del equilibrio financiero del contrato estatal, como consecuencia de un
acto imputable a la entidad contratante, surge para ésta la obligación de indemnizar
todos los perjuicios derivados del mismo.
LA TEORÍA DE LA IMPREVISIÓN.
Se presenta cuando situaciones extraordinarias, ajenas a las partes, imprevisibles y
posteriores a la celebración del contrato alteran la ecuación financiera del mismo en forma
anormal y grave, sin imposibilitar su ejecución.
Según Riveró, para que la teoría se aplique se requieren tres condiciones:
“- Los cocontratantes no han podido razonablemente prever los hechos que trastornan la
situación, dado su carácter excepcional (guerra, crisis económica grave).
- Estos hechos deben ser independientes de su voluntad.
- Deben provocar un trastorno en las condiciones de ejecución del contrato. La
desaparición del beneficio del cocontratante, la existencia de un déficit, no son suficientes:
hace falta que la gravedad y la persistencia del déficit excedan lo que el cocontratante
haya podido y debido razonablemente prever.”10
Resulta, entonces, procedente su aplicación cuando se cumplen las siguientes condiciones:
1. La existencia de un hecho exógeno a las partes que se presente con posterioridad a la
celebración del contrato.
Respecto del primer requisito cabe precisar que no es dable aplicar la teoría de la
imprevisión cuando el hecho proviene de la entidad contratante, pues esta es una de las
condiciones que permiten diferenciar esta figura del hecho del príncipe, el cual, como se
indicó, es imputable a la entidad.
2. Que el hecho altere en forma extraordinaria y anormal la ecuación financiera del
contrato.
En cuanto a la alteración de la economía del contrato, es de la esencia de la imprevisión
que la misma sea extraordinaria y anormal; “supone que las consecuencias de la
circunstancia imprevista excedan, en importancia, todo lo que las partes contratantes han
podido razonablemente prever
3. Que no fuese razonablemente previsible por los cocontratantes al momento de la
celebración del contrato.
En relación con la imprevisibilidad del hecho, cabe precisar que si éste era razonablemente
previsible, no procede la aplicación de la teoría toda vez que se estaría en presencia de un
hecho imputable a la negligencia o falta de diligencia de una de las partes contratantes,
que, por lo mismo, hace improcedente su invocación para pedir compensación alguna.
CASO EN CONCRETO.
En el presente caso por tratarse de un gravamen creado por una ley expedida por el
Congreso de la República, que no fue expedida por la entidad pública contratante, el daño
no es imputable a una de las partes de la relación contractual y por consiguiente, no
puede decirse que se está frente a un hecho del príncipe.
No cabe duda, sin embargo, que la medida en mención fue imprevisible para las partes al
momento de celebrar el contrato 0411 de 1989, pero no lo fue al momento de suscribir los
contratos adicionales, como quiera que para ese momento ya se había creado la
contribución y así se consignó en los referidos contratos.
1
de acuerdo con la ley 80 de 1993, la ecuación contractual se puede ver afectada por: a)
La ocurrencia de situaciones imprevistas no imputables a los contratantes. b) El
incumplimiento de la entidad estatal contratante y c) La modificación unilateral del
contrato.
La legislación contractual no tiene una definición de lo que debe entenderse por el A.I.U
que se introduce en el valor total de la oferta. Sin embargo, no hay duda que la utilidad es
el beneficio económico que pretende percibir el contratista por la ejecución del contrato y
por costos de administración se han tenido como tales los que constituyen costos
indirectos para la operación del contrato, tales como los gastos de disponibilidad de la
organización del contratista; el porcentaje para imprevistos, como su nombre lo indica,
está destinado a cubrir los gastos con los que no se contaba y que se presenten durante
la ejecución del contrato.
En el presente caso, no se pretende afirmar que con dicha partida el contratista pudo
cubrir el nuevo impuesto que afectó los pagos que se le hicieron por concepto del valor de
los contratos adicionales, sino que correspondía a éste demostrar que la partida de gastos
de imprevistos resultó insuficiente para cubrir el perjuicio económico o disminución de la
utilidad que dijo haber sufrido por el pago de la contribución.
Le corresponde al contratista, en su propósito de obtener el restablecimiento de la
ecuación financiera, demostrar que a pesar de contarse con esa partida, ésta resultó
insuficiente y superó los sobrecostos que se presentaron durante la ejecución del contrato.
Debe pues el contratista soportar un álea normal y si éste es anormal habrá de
demostrarlo2
Es cierto que la fijación de nuevos impuestos o su incremento puede afectar el equilibrio
económico del contrato, pero es necesario que el contratista pruebe que el mayor valor
que asume por la carga impositiva afecta en forma grave y anormal la utilidad esperada, si
pretende ver restablecida dicha ecuación,
Al no haberse demostrado por el demandante que el cobro de la contribución le causó un
daño cierto y especial, que alteró más allá de los áleas normales la ecuación financiera del
contrato, habrán de negarse las pretensiones de la demanda encaminadas al
restablecimiento económico de dicha ecuación.
2
Como quiera que el punto crítico es deslindar el terreno de lo normal y de lo anormal, MARIENHOFF señala
que “álea “extraordinaria o “anormal” es el acontecimiento que frustra o excede de todos los cálculos que las
partes pudieron hacer en el momento de formalizar el contrato. Las variaciones de precios que provengan de
fluctuaciones económicas corrientes, constituyen áleas ordinarias; en cambio, pueden constituir anormales o
extraordinarias cuando provengan de acontecimientos anormales, excepcionales y que, por tanto, no pudieron
entrar en las previsiones de las partes en el momento de contratar. Como ejemplo de estos últimos pueden
mencionarse las guerras, las depreciaciones monetarias, las crisis económicas, etc.