VERDAD Y MENTIRA EN LA POLÍTICA
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HANNAH ARENDT
VERDAD Y MENTIRA
EN LA POLÍTICA
Traducción de
Roberto Ramos Fontecoba
PÁGINA INDÓMITA
Título original: Wahrheit und Lüge in der Politik,
publicado originalmente por Piper Verlag GmbH (1972)
© de «Verdad y política», Hannah Arendt, 1967, 1968,
publicado mediante acuerdo con Penguin Publishing Group,
una división de Penguin Random House llc, y
Grup Editorial 62 s.l.u.
© de «La mentira en política», Hannah Arendt, 1971, 1972,
publicado mediante acuerdo especial con International Editors
Co. y Houghton Mifflin Harcourt Publishing Company
© de la traducción, Roberto Ramos Fontecoba
© de la presente edición, página indómita, s.l.u.
Providencia 114 bis, 4º 4ª. 08024 Barcelona
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Diseño de cubierta y composición: Ángel Uzkiano
Imagen de cubierta: Fred Stein
Impresión y encuadernación: Romanyà Valls
Primera edición: enero de 2017
Todos los derechos reservados
isbn: 978-84-944816-7-3
Depósito legal: C-2250-2016
ÍNDICE
Nota a la presente edición
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Verdad y política
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La mentira en política
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Índice onomástico
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verdad y mentira en la política
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NOTA A LA PRESENTE EDICIÓN
Verdad y mentira en la política incluye dos breves
ensayos de la autora. El primero de ellos, «Verdad y po-
lítica», vio la luz por primera vez en alemán, en el volu-
men colectivo Die politische Verantwortung der Nicht-
politiker, editado por J. Schlemmer y publicado por la
editorial Piper en 1964. Tres años más tarde, en febrero
de 1967, se publicó una versión diferente en inglés en
The New Yorker, y, finalmente, en 1968 el texto fue in-
cluido en el libro Between Past and Future: Eight Exer-
cises in Political Thought. Por lo que respecta al segundo
ensayo, «La mentira en política», se publicó por primera
vez en inglés, en The New York Review of Books de no-
viembre de 1971. Un año más tarde se incluyó, con li-
geros cambios, en el volumen Crises of the Republic, pu-
blicado por la editorial Harcourt Brace Jovanovich.
Nuestra edición se basa en la que, con el mismo tí-
tulo, publicó en alemán la editorial Piper en 1972, si bien
hemos seguido las versiones definitivas en inglés, que
presentamos en orden cronológico.
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verdad y mentira en la política
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verdad y política
VERDAD Y POLÍTICA
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verdad y mentira en la política
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premisa
Este ensayo surge de la presunta controversia causada
por la publicación de Eichmann en Jerusalén. Su objetivo
es aclarar dos temas distintos, pero interconectados, de
los que no tomé conciencia en su momento, y cuya im-
portancia parece trascender la ocasión. El primero tiene
que ver con la cuestión de si es siempre legítimo decir
la verdad —de si creo sin reservas en el lema «Fiat veri-
tas, et pereat mundus»—. El segundo surge de la enor-
me cantidad de mentiras usadas en la «controversia»
—mentiras, por una parte, sobre lo que yo había escrito,
y, por otra, sobre los hechos de los que yo había infor-
mado—. Las siguientes reflexiones intentan enfrentar
ambos asuntos. Asimismo, pueden servir como ejemplo
de lo que ocurre con un tema muy tópico cuando se lo
introduce en esa brecha entre el pasado y el futuro que
es tal vez el lugar más apropiado para cualquier refle-
xión.
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verdad y mentira en la política
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verdad y política
El tema de estas reflexiones es un lugar común. Nadie
ha dudado jamás con respecto al hecho de que la verdad
y la política no se llevan demasiado bien, y nadie, que
yo sepa, ha colocado la veracidad entre las virtudes po-
líticas. La mentira siempre ha sido vista como una he-
rramienta necesaria y justificable para la actividad no
solo de los políticos y los demagogos sino también del
hombre de Estado. ¿A qué se debe esto? ¿Qué significa
para la naturaleza y la dignidad del ámbito político, por
un lado, y para la naturaleza y la dignidad de la verdad
y de la veracidad, por otro? ¿Forma parte de la propia
esencia de la verdad el ser impotente, y de la esencia
misma del poder el ser falaz? ¿Qué clase de realidad
puede atribuirse a la verdad, si esta es impotente en el
ámbito público, el cual, más que ninguna otra esfera de
la vida humana, garantiza la realidad de la existencia a
los hombres que nacen y mueren, es decir, a los seres
que saben que han surgido del no ser y que al cabo de
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verdad y mentira en la política
un tiempo desaparecerán en él otra vez? Por último:
¿acaso la verdad impotente no es tan despreciable como
el poder que no presta atención a la verdad? Se trata de
preguntas incómodas, pero nacen necesariamente de
nuestras actuales convicciones sobre este asunto.
Lo que otorga a este lugar común su gran verosimi-
litud todavía puede resumirse en el antiguo adagio latino:
«Fiat iustitia, et pereat mundus» («Que se haga justicia,
aunque perezca el mundo»). Dejando aparte a su proba-
ble creador en el siglo xvi (Fernando I, sucesor de Carlos
V), nadie ha usado dicho adagio salvo como pregunta re-
tórica: ¿se debe hacer justicia cuando con ello se pone en
juego la supervivencia del mundo? Y el único gran pen-
sador que se atrevió a abordar el meollo del asunto fue
Immanuel Kant, quien audazmente explicó que ese
«proverbio... significa en lenguaje llano: “La justicia pre-
valecerá, incluso si, como resultado, deben morir todos
los pícaros del mundo”». Dado que los hombres creen
que no valdría la pena vivir en un mundo privado por
completo de justicia, ese «derecho humano debe consi-
derarse sagrado, sin tener en cuenta los sacrificios que
ello exija a los poderes establecidos... con independencia
de las posibles consecuencias físicas».1 Pero ¿no es ab-
surda esa respuesta? ¿Acaso la preocupación por la exis-
tencia no precede claramente a todo lo demás, a toda vir-
tud y todo principio? ¿No es evidente que estos se
1. Paz eterna, apéndice 1.
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verdad y política
convierten en simples quimeras si el mundo, único lugar
en el que pueden manifestarse, se halla en peligro?
¿Acaso no estaban en lo cierto en el siglo xvii, cuando,
casi con unanimidad, se declaró que todas las comuni-
dades debían reconocer que no existe, en palabras de Spi-
noza, «ninguna ley que pueda colocarse por encima de
la seguridad del propio territorio»?2 No cabe duda de
que cualquier principio que trasciende la mera existencia
puede colocarse en el lugar de la justicia, y, si ponemos
la verdad en ese sitio —«Fiat veritas, et pereat mun-
dus»—, el antiguo adagio suena todavía más plausible. Si
entendemos la acción política en términos de una cate-
goría medios-fin, es incluso posible llegar a la conclu-
sión, solo en apariencia paradójica, de que la mentira
puede servir para establecer o proteger las condiciones
de la búsqueda de la verdad —como hace tiempo señaló
Hobbes, cuya lógica implacable nunca falla a la hora de
llevar los argumentos hasta esos extremos en los que su
carácter absurdo se hace evidente—.3 Asimismo, las men-
2. Cito el Tratado político de Spinoza porque es digno de men-
ción el hecho de que incluso él, para quien la libertas philosophandi
era el verdadero fin del gobierno, tuvo que adoptar esa posición tan
radical.
3. En Leviatán (cap. 46), Hobbes explica que «se puede casti-
gar legítimamente la desobediencia de aquellos que, en contra de las
leyes, enseñan filosofía verdadera», porque ¿acaso no es «el ocio el
padre de la filosofía, y la sociedad, la madre de la paz y el ocio»? ¿Y
no se sigue de ello que la república actuará en bien de la filoso-
fía cuando suprima una verdad que socava la paz? Por lo tanto, el
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verdad y mentira en la política
tiras, que a menudo sustituyen a medios más violentos,
bien pueden contemplarse como herramientas relativa-
mente inocuas en el arsenal de la acción política.
Por lo tanto, si se reconsidera el antiguo dicho la-
tino, resultaría sorprendente que el sacrificio de la ver-
dad en aras de la supervivencia del mundo fuese más
fútil que el sacrificio de cualquier otro principio o vir-
tud. Y es que, aunque podemos rechazar preguntarnos
si la vida sería digna de ser vivida en un mundo privado
de nociones como las de justicia y libertad, es imposible
hacer lo mismo con respecto a la idea de la verdad, idea
que en apariencia tiene un carácter mucho menos polí-
tico. Lo que está en juego es la supervivencia, la perse-
verancia en la existencia (in suo esse perseverare), y nin-
gún mundo humano destinado a superar el breve lapso
hombre veraz, a fin de cooperar en una empresa tan necesaria para
su propia paz de cuerpo y alma, decide escribir lo que sabe que «es
filosofía falsa». Hobbes sospechaba esto de Aristóteles, más que de
ningún otro, porque —según aquel— este, «por temor al destino
de Sócrates, escribía [dicha filosofía] como algo acorde con, y co-
rroborativo de, la religión [de los griegos]». Hobbes nunca se plan-
teó que toda búsqueda de la verdad sería contraproducente si sus
condiciones solo estaban garantizadas por falsedades deliberadas.
Entonces, todos podrían resultar tan mentirosos como el Aristóteles
de Hobbes. A diferencia de esta invención de la fantasía lógica de
Hobbes, el verdadero Aristóteles fue lo bastante sensato como para
dejar Atenas en cuanto temió correr el mismo destino que Sócrates;
no era tan perverso como para escribir aquello que sabía falso, ni
tan estúpido como para resolver el problema de su supervivencia
destruyendo todo aquello por lo que luchaba.
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verdad y política
de la vida de sus mortales habitantes podrá sobrevivir
jamás si no existen hombres dispuestos a hacer lo que
Heródoto fue el primero en asumir conscientemente:
λέγειν τα ἐόντα, decir lo que existe. No puede conce-
birse ninguna permanencia, ninguna perseverancia en la
existencia, sin hombres dispuestos a dar testimonio de
lo que existe y se les muestra porque existe.
La historia del conflicto entre la verdad y la política
es antigua y compleja, y nada se ganará mediante la sim-
plificación o la denuncia moral. A lo largo de la historia,
quienes han buscado y dicho la verdad han sido cons-
cientes de los riesgos de su empresa; aquellos que no in-
terferían en el curso del mundo se veían cubiertos por el
ridículo, pero corría peligro de muerte quien obligaba a
sus conciudadanos a tomarlo en serio cuando intentaba
liberarlos de la falsedad y la ilusión, porque, como dice
Platón en la última frase de su alegoría de la caverna, «lo
matarían… si pudiesen tenerlo en sus manos». El con-
flicto platónico entre quien dice la verdad y los ciudada-
nos no se puede explicar mediante el adagio latino, ni
con ninguna de las teorías posteriores que, implícita o
explícitamente, justifican la mentira y otras transgresio-
nes si la supervivencia de la ciudad está en juego. En el
relato de Platón no se menciona a ningún enemigo; la
mayoría vive pacíficamente en la cueva, en compañía de
los demás, meros espectadores de imágenes, sin impli-
carse en ninguna acción y, consecuentemente, sin sufrir
ninguna amenaza. Los miembros de esa comunidad no
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verdad y mentira en la política
tienen motivos para considerar que la verdad y quienes
la dicen son sus peores enemigos, y Platón no ofrece ex-
plicación alguna de por qué aquellos aman perversa-
mente el engaño y la falsedad. Si pudiéramos enfrentarlo
a alguno de sus posteriores colegas en el campo de la fi-
losofía política —por ejemplo, a Hobbes, quien sostenía
que solo «la verdad que no se opone a ningún beneficio
ni placer humano es bienvenida por todos los hombres»
(una afirmación obvia, que, sin embargo, le pareció de la
suficiente importancia como para cerrar su Leviatán)—,
tal vez estaría de acuerdo en lo tocante al beneficio y el
placer, pero rechazaría la afirmación de que existe alguna
clase de verdad bienvenida por todos los hombres. Hob-
bes, al contrario que Platón, se consolaba con la existen-
cia de una verdad indiferente, con «temas» por los que
«los hombres no se preocupan» —por ejemplo, la verdad
matemática, «la doctrina de las líneas y las figuras» que
no interfiere «en la ambición, el beneficio o la pasión del
hombre»—. Y es que el autor escribió: «No pongo en
duda que la doctrina según la cual los tres ángulos de un
triángulo han de ser iguales a dos ángulos de un cua-
drado, de haberse opuesto al derecho de dominio que
tiene cualquier hombre, o al interés de los dominadores,
hubiera sido no ya discutida, sino, en la medida del
poder de aquel a quien afectara, suprimida mediante la
quema de todos los libros de geometría».4
4. Ibid., cap. ii.
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