FREUD Y STEFAN ZWEIG
CRÓNICA DE UNA AMISTAD LITERARIA
En 1906 un editor promueve una encuesta en la cual le solicita
a treinta y dos destacadas personalidades, Freud entre ellas, que
nombren “diez buenos libros”. La habitual capacidad analítica de
Freud lo mueve a preguntarse por el carácter de “buenos”, ya que no
se trataría de obras maestras de la literatura ni de libros preferidos,
define entonces este atributo como “…libros con los que uno se
sienta como en compañía de “buenos” amigos, a los que uno deba
parte de su conocimiento de la vida y de su cosmovisión propia, que
uno haya gozado y recomiende de buena gana a otros, sin que
empero en esa relación se destaque de una manera particular el
aspecto de la admiración reverencial, la sensación de la propia
insignificancia ante la grandiosidad de ellos.” (Freud, 1906, pág.
223). Sabemos entonces que Freud fue un lector apasionado a la
vez que un destacado y prolífico escritor, a lo largo de su vida analizó
variadas obras maestras literarias y también de otras ramas del arte.
También tenemos noticia de cuanto se valoraba su opinión por los
numerosos textos que se le encomendó prologar. Esta cercanía del
Psicoanálisis con el arte no debe extrañar, ya que para Freud son
las mismas fuerzas pulsionales y los mismos conflictos los que
producen neurosis en algunos pero también son la base sobre la que
se edifican las instituciones sociales, a la vez que llevan a otros,
particularmente dotados, a la creación artística, por medio de la
sublimación. El ejercicio del arte busca apaciguar deseos prohibidos
no tramitados tanto en el artista como en quien lo aprecia, lector o
espectador. Mitigando lo chocante logra el cumplimiento de sus
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fantasías personales de deseo, observando unas reglas de belleza
que producen el goce artístico (Freud, 1913). Dice Freud: “- Como
una realidad objetiva convencionalmente admitida, en la cual,
merced a la ilusión artística, unos símbolos y formaciones
sustitutivas son capaces de provocar afectos reales y efectivos, el
arte constituye un reino intermedio entre la realidad que deniega los
deseos y el mundo de fantasía que los cumple, un ámbito en el cual,
por así decir, han permanecido en vigor los afanes de omnipotencia
de la humanidad primitiva.” (Ib., pág. 190) A su vez, vinculó la
creación literaria con el juego infantil. En la ardua tarea de crecer el
niño crea en sus juegos un mundo fantaseado intensamente
investido de afectos. El adulto que siempre se resiste a renunciar a
los placeres infantiles, los sustituye por el fantaseo, los sueños
diurnos que siempre vehiculizan deseos infantiles prohibidos, y
también por el humor. El creador literario munido de su talento, al
igual que el niño, crea un mundo fantaseado que logra que muchas
cosas que resultarían penosas por prohibidas, se conviertan en
fuente de placer para los lectores. Dice Freud: “…el deseo aprovecha
una ocasión del presente para proyectarse un cuadro de futuro
siguiendo el modelo del pasado…” (1908 [1909], pág. 131). El poeta
logra sortear el rechazo o el escándalo que nos provocarían dichas
fantasías, al figurarlas con su arte y nos soborna con el placer
estético, formal, al que llama placer previo o prima de incentivación.
Dicho placer es previo y nos incentiva al goce genuino de la obra que
proviene de la liberación de nuestra tensión interna, habilitándonos
“…para gozar en lo sucesivo, sin remordimientos ni vergüenza,
algunas de nuestras propias fantasías.” (Freud (1908 [1909]), pág.
135). Al modo de la catarsis de los griegos, el drama logra el
desahogo de los afectos del espectador, abriendo fuentes de placer
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en la vida afectiva. A su vez la comedia o el chiste abren fuentes de
placer en el trabajo de la inteligencia (Freud (1940 [1905 o 1906]).
También nos permite reencontrarnos con viejos goces narcisistas a
través de la identificación con la figura del héroe, sin los costos y
riesgos del heroísmo real, pudiendo entregarnos sin temor a las
mociones sofocadas y deseos de libertad representados en la obra.
Así se transforma Su Majestad el Yo (His Majesty the Baby) en el
héroe de todos los sueños diurnos y de todas las novelas. El suave
efecto embriagador del goce de una obra de arte se transforma en
una inestimable fuente de placer y consuelo pese a ser ilusoria con
respecto a la realidad objetiva. A la vez promueve el acercamiento
entre los seres humanos y la posibilidad de compartir apreciadas
vivencias entre aquellos sensibles al arte, a través de
identificaciones. Deviene así en una verdadera defensa contra el
dolor psíquico que, a través del desplazamiento y la sublimación
pulsional, obtiene una elevada ganancia de placer desde las fuentes
del trabajo psíquico e intelectual.
También sabemos que Freud nos instaba a pedir ayuda a los
grandes poetas, conocedores de los enigmas que el Psicoanálisis
buscaba desentrañar. No en vano muchos de los más eminentes
escritores contemporáneos disfrutaron de su amistad: Romain
Rolland, Thomas Mann, Herman Hesse, Lou Andreas Salomé,
Arthur Schnitzler, Arnold Zweig, Stefan Zweig. La relación que Freud
desarrolló con ellos fue en buena medida epistolar, destacándose
según E. Jones (1981), la correspondencia mantenida con S. Zweig
como la más valiosa, que luego fuera publicada. A su vez, de entre
todos ellos Freud adjudicaba la mayor calidad literaria a Thomas
Mann, Arthur Schnitzler y Stefan Zweig.
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Stefan Zweig nació en Viena en 1881, en el seno de una familia
judía acaudalada hijo de un poderoso industrial, recibió una
esmerada educación, transcurriendo su formación entre París y
Berlín, recorriendo luego Europa trabajando como traductor. Se
movía cómodamente en los círculos artísticos e intelectuales
vieneses, cosechando amistades célebres como Máximo Gorki,
Rainer Ma. Rilke, Auguste Rodin, Arturo Toscanini, Joseph Roth,
pudiendo permitirse gustos como el de coleccionar partituras
manuscritas de sus músicos favoritos, como Richard Strauss.
Fue un escritor sumamente fecundo, fluido y talentoso, de
enorme popularidad, traducido a más de cincuenta idiomas, escribió
ensayos culturales, políticos, históricos y sociológicos en los que
demostraba su gran erudición. Quizás su ensayo más famoso sea
Momentos estelares de la humanidad. Catorce miniaturas históricas.
También fue un biógrafo de aguda penetración psicológica,
riguroso en la investigación de las fuentes históricas y gran
admirador del genio creativo. Sus múltiples intereses lo llevaron a
escribir sobre personajes tan disímiles como María Antonieta,
Montaigne, Casanova, Américo Vespucio, Erasmo de Rotterdam,
etc. A Freud le dedica un estudio biográfico que lo complace, siendo
prácticamente el único de los varios que se escribieron en el
momento, con el que concuerda. En él se percibe un carácter
apologético y por momentos de verdadero deslumbramiento, por
ejemplo dice: “-Creo que la revolución que Ud. ha provocado en la
estructura psicológica, filosófica y en toda la estructura moral de
nuestro mundo, excede en mucho la parte meramente terapéutica
de sus descubrimientos. Pues hoy en día todas las personas que no
saben nada sobre Ud., todo ser humano de 1930, incluso quien
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nunca ha oído la palabra “Psicoanalista”, ya está indirectamente
influido por su transformación de las almas.” (Zweig, 1929, citado por
Gay, 1989, pág. 509).
Ambos autores coinciden en el interés por Dostoievski, Zweig
en su ensayo Tres maestros. Balzac, Dickens, Dostoievski, y Freud
en su artículo Dostoievski y el parricidio. Sobre el final, al referirse a
la ludopatía del torturado escritor ruso, Freud cita a Zweig, a quien
define como su amigo, y analiza la nouvelle Veinticuatro horas en la
vida de una mujer, por encontrarse allí un ejemplo magistralmente
descrito de dicha patología en uno de sus personajes. Dostoievski y
su dramática peripecia vital son un material más que apropiado para
la apasionada pluma de Zweig, quien luego lo retoma como motivo
de una de sus miniaturas históricas, en la cual dramatiza muy
vivencialmente el episodio del indulto que a último momento le otorga
el zar, cuando estaba ya en el patíbulo al cual había sido condenado
por conspiración.
Finalmente, como novelista tuvo Zweig un estilo elegante y
gran pericia narrativa en la delicada descripción de los sentimientos
y sobre todo en la lucha del hombre bajo el dominio de las pasiones.
Fue además un fino conocedor de la psicología femenina,
demostrando en todas sus creaciones su hondura filosófica,
psicológica y literaria. Sus historias sirvieron de inspiración a los
guionistas cinematográficos desde el nacimiento mismo del séptimo
arte, por ejemplo en 1923 se filmó Ardiente secreto, película muda,
seguida casi anualmente por un film basado en sus libros. De
algunos títulos se hicieron varias versiones, por ejemplo Veinticuatro
horas en la vida de una mujer tuvo cuatro, la primera en 1931, luego
una argentina en 1944, otra en 1952 y la última en 1968, renovando
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en cada década el interés por esta pequeña joya literaria. Sus
historias atrajeron la atención de directores importantes como
Roberto Rossellini (La paura, 1954) o Max Ophuls que en 1948
dirigió la mejor versión de Carta de una desconocida, realizándose
luego una versión china. Aún en la actualidad persiste el interés por
su obra, por ejemplo en 2013 Patrice Leconte filmó La promesa y
Wes Anderson se inspiró en varios de sus libros para el guión de El
gran hotel Budapest (2014). Todo esto da cuenta de la gran vigencia
y enorme pregnancia que ha tenido su obra en nuestra cultura.
Escribió algo de poesía y dramaturgia también, pero en menor
medida.
Fue la lectura de El sargento Grischa, famosa novela bélica, la
causa del acercamiento de Freud a Zweig, dando comienzo a una
prolongada relación tanto afectiva como intelectual que se
extendería hasta su muerte. Esto se evidencia en la forma en que
Freud encabezaba sus misivas: Lieber Herr Doktor (estimado
doctor) e incluso cerca del final las firmaba como: su viejo (Jones,
1981). Algunos fragmentos epistolares dan cuenta de la intimidad
que alcanzaron, como el episodio en que Freud le confiesa haber
leído más libros de arqueología que de psicología. Y ya al final de su
vida, acongojado por la desesperanza y la desdicha de la vejez y la
enfermedad también le confiesa que solo un escrito que redactaron
juntos y “…el discurso de Mann en Viena fueron los dos
acontecimientos que casi me reconciliaron con el hecho de haber
vivido tantos años…” (Schur, 1980, pág. 707). Múltiples hechos
demuestran la mutua admiración que se profesaban, adquiriendo por
parte de Zweig, 25 años más joven, un carácter filial y por momentos
idealizado. Le brinda su apoyo cuando R. Rolland visita a Freud en
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1924, oficiando de intérprete. Freud, ya muy enfermo, comenta con
amarga ironía: “…mi prótesis no habla francés…” (Jones, 1981, pág.
116). En 1926, en el 70 aniversario de Freud, Zweig publica un
artículo laudatorio en la prensa y diez años más tarde, en el 80
cumpleaños, Zweig y Mann escribieron un memorial de felicitaciones
que fue firmado por 191 artistas (Gay, 1989). En 1938 en su exilio
londinense, Zweig le presenta a Salvador Dalí y pese a que Freud
nunca tuvo buena relación con el surrealismo, queda seducido con
el pintor español. También logra que acceda a que le hagan una
escultura y a ser fotografiado por Steinberger. Luego de su muerte,
en Londres, es Zweig quien pronuncia un discurso en el entierro y lo
hace en alemán, refiriéndose a él, posteriormente como “…nuestro
maestro sumo…” (Zweig, 1940, pág. 25).
Bajo la influencia de R. Rolland fue Zweig un convencido
pacifista, que rechazaba cualquier victoria o derrota sobre nadie y
declaraba su enemistad solo contra las guerras fratricidas. Jeremías
es el primer drama antibelicista que escribe, en 1917, pero subyace
en toda su obra su sueño paneuropeísta supranacional que busca
enfrentar sus propios valores contra el poder de los estados. Por algo
su amigo Herman Hesse lo catalogó como un maestro de la amistad.
Zweig no tuvo hijos, Fridericke fue su esposa durante 18 años,
hasta que lo sorprende en un hotel con Charlotte, su joven secretaria
y se produce la separación. Poco después, perseguidos por el
nazismo, Zweig y Lotte parten al exilio en 1936, a Londres en primera
instancia, luego a U.S.A., recalando finalmente en Brasil, donde
sufre varios episodios depresivos que culminan en 1942, a sus 61
años, con el suicidio de ambos con veneno. Deja una nota que, bajo
el título de “Declaraçao”, está luego escrita en alemán. La policía de
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Petrópolis encuentra un médico judío germano parlante que la
traduce y, advertido de su valor, pide conservarla sin éxito por
tratarse de evidencia policial. Pero veinte años después dicho
médico reencuentra la carta en poder de un policía retirado, la
compra y en la década de los 90 la dona a la Biblioteca Nacional de
Israel. En febrero de 2012, al cumplirse el 70 aniversario de su
muerte, dicha biblioteca publica la carta en Internet, en la que Zweig,
convencido del triunfo del nazismo, se despide de este mundo “…de
propia voluntad y con la mente clara…”, declara su amor y gratitud
hacia Brasil, “…después de que el mundo de mi propio lenguaje se
hundiese y se perdiese para mí, y mi patria espiritual, Europa, se
destruyese a sí misma…” y finaliza deseándoles a sus amigos que
“…vivan para ver el amanecer tras esta larga noche…” (El país de
Madrid, 23/2/2012).
Resulta interesante y hasta de visos conmovedores que cada
vez que Zweig escribe profiriendo un cri du coeur, como la despedida
a Freud o su propio adiós a la vida, pese a ser un políglota lo hace
en su lengua materna, su alemán vienés, ya que sintió como una
indigna usurpación el uso de su idioma por los nazis. Esto nos
reafirma en la importancia de la palabra que nos hace humanos y
que es para nosotros psicoanalistas, el centro y herramienta de
nuestra talking cure. S. Marai, escritor húngaro cuyos orígenes
también se hunden en el imperio austrohúngaro, quien también vivió
las dos guerras y exilios varios se preguntaba si la verdadera patria
sea quizás la lengua o la infancia. Por esto no nos asombra a
nosotros, analistas, que el Psicoanálisis haya nacido en aquella belle
époque finisecular vienesa, parte del imperio austrohúngaro que
albergó tantas nacionalidades que se mixturaron de un modo
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integrador, donde lo extranjero no se consideraba enemigo sino que
se amalgamaba de un modo conciliador, donde no existió una cultura
de conquista si no que la verdadera patria era la Cultura (Zweig,
1942).
Diana Szabó de Cancio