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Mitos y leyendas venezolanas para niños

Esta leyenda venezolana cuenta la historia de Caribay, la primera mujer entre los indios Mirripuyes. Mientras perseguía cinco enormes águilas blancas que volaban por el cielo, Caribay llegó a la cima de una montaña donde las águilas se posaron. Al acercarse, Caribay descubrió que las águilas se habían convertido en bloques de hielo. Cuando la luna oscureció y sopló el viento, las águilas cobraron vida de nuevo y sacudiendo sus alas cub

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Mitos y leyendas venezolanas para niños

Esta leyenda venezolana cuenta la historia de Caribay, la primera mujer entre los indios Mirripuyes. Mientras perseguía cinco enormes águilas blancas que volaban por el cielo, Caribay llegó a la cima de una montaña donde las águilas se posaron. Al acercarse, Caribay descubrió que las águilas se habían convertido en bloques de hielo. Cuando la luna oscureció y sopló el viento, las águilas cobraron vida de nuevo y sacudiendo sus alas cub

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Mitos y leyendas venezolanas

Wui wui Pantonü


Cuento del Pájaro Wui-wui

Hacía añales mientras amanecía en la sabana, un niño muy


pequeño llora y llora, pero su madre que ocupadísima estaba no
le hacia ningún caso, a pesar de los consejos de la abuela del
niño.

- ¡Atiéndelo, atiéndelo hija! Y ella nada, trabaja que trabaja. Así


muchas horas de llanto pasaban, -¡Hija atiéndelo! Pues, si no se
convertirá en otra cosa. Así sucedió.

Una vez cuando clareaba, se vio un mínimo escándalo, un


plumerío multicolor salía de la piel del niño, quien se fue
transformando en un bellísimo pajarito. Y alzó vuelo perdiéndose
entre los árboles. Al ver esto, la madre desesperada le gritaba:
¡regresa, regresa hijo mío! Mientras, la abuela del niño le decía:
-Te dije, que lo atendieras y ningún caso me hiciste. Todo pasó por
la desobediencia.

Desde entonces revoloteando va él, haciendo sentir su canto


en tepuyes y sabanales por toda la eternidad, Wui-Wui lo llaman.
Autor: Etnia Pemón
El dueño del fuego

Cerca de donde nace el Orinoco vivía el Rey de los caimanes


llamado Babá. Su esposa era una rana grandota y juntos, tenían
un gran secreto ignorado por los demás animales y los hombres.
Estaba guardado en la garganta del caimán Babá. La pareja se
metía en una cueva y amenazaban con la pérdida de la vida a
quien osara entrar, pues decían que dentro había un dios que
todo lo devora y sólo ellos, reyes del agua, podían pasar. Un día
la perdiz, apurada en hacer su nido, entró distraída en la cueva.
Buscando pajuelas encontró hojas y orugas chamuscadas, como
si el fuego del cielo hubiera estado por ahí. Probó las orugas
tostadas y le supieron mejor que cuando las comía crudas. Se fue
aleteando a ras del suelo para contarle todo a Tucusito, el colibrí
de plumas rojas. Al rato llegó el Pájaro Bobo y entre los tres
urdieron un plan para averiguar cómo hacían la rana y el caimán
para cocer tan ricas orugas. Bobo se escondió dentro de la
caverna aprovechando su oscuro plumaje. La rana soltó las
orugas que traía en la boca al tiempo que Babá abría la suya, que
era tremenda, dejando salir unas lenguas rojas y brillantes. La
pareja comía las orugas sin percatarse de Bobo, tras lo cual, se
durmieron satisfechos. Entonces, Bobo salió corriendo para
contarles a sus amigos lo que había visto. Al día siguiente se
pusieron a maquinar cómo arrebatarle el fuego al caimán sin
quemarse ni ser la comida de los reyes del agua. Tendría que ser
cuando éste abriera la tarasca para reír.
En la tarde, cuando todos los animales estaban bebiendo y
charlando junto al río, Bobo y la perdiz colorada hicieron piruetas
haciendo reír a todos, menos a Babá. Bobo tomó una pelota de
barro y la aventó dentro de la boca de la rana, que de la risa pasó
al atoro. En el momento que el caimán vio los apuros que pasaba
la rana, soltó la carcajada. Tucusito, que observaba desde el aire,
se lanzó en picada, robando el fuego con la punta de las alas.
Elevándose, rozó las ramas secas de un enorme árbol que ardió
de inmediato. El Rey caimán exclamó que si bien se habían
robado el fuego, otros lo aprovecharían y los otros animales
arderían, pero Babá y la rana vivirían como inmortales donde
nace el gran río. Dicho esto, se sumergieron en el agua y
desaparecieron para siempre. Las tres aves celebraron el robo del
fuego, pero ningún animal supo aprovecharlo. Los hombres que
vivían junto al Orinoco se apoderaron de las brasas que ardieron
durante muchos días en la sequedad del bosque, aprendieron a
cocinar los alimentos y a conversar durante las noches alrededor
de las fogatas. Tucusito, el pájaro Bobo y la perdiz colorada se
convirtieron en sus animales protectores por haberles regalado el
don del fuego.
Autor: Anónimo
El dueño de la luz

En un principio, la gente vivía en la oscuridad y sólo se


alumbraba con el fuego de los maderos. No existía el día ni la
noche. Había un hombre warao con sus dos hijas que se enteró
de la existencia de un joven dueño de la luz. Así, llamó a su hija
mayor y le ordenó ir hasta donde estaba el dueño de la luz para
que se la trajera. Ella tomó su mapire y partió. Pero eran muchos
los caminos y el que eligió la llevó a la casa del venado. Lo
conoció y se entretuvo jugando con él. Cuando regresó a casa de
su padre, no traía la luz; entonces el padre resolvió enviar a la
hija menor.

La muchacha tomó el buen camino y tras mucho caminar


llegó a la casa del dueño de la luz. Le dijo al joven que ella venía
a conocerlo, a estar con él y a obtener la luz para su padre. El
dueño de la luz le contestó que le esperaba y ahora que había
llegado, vivirían juntos. Con mucho cuidado abrió su torotoro y la
luz iluminó sus brazos y sus dientes blancos y el pelo y los ojos
negros de la muchacha. Así, ella descubrió la luz y su dueño,
después de mostrársela, la guardó. Todos los días el dueño de la
luz la sacaba de su caja para jugar con la muchacha. Pero ella
recordó que debía llevarle la luz a su padre y entonces su amigo
se la regaló. Le llevó el torotoro al padre, quien lo guindó en uno
de los troncos del palafito. Los brillantes rayos iluminaron las
aguas, las plantas y el paisaje. Cuando se supo entre los pueblos
del delta del Orinoco que una familia tenía la luz, los warao
comenzaron a venir en sus curiaras a conocerla. Tantas y tantas
curiaras con más y más gente llegaron, que el palafito ya no
podía soportar el peso de tanta gente maravillada con la luz;
nadie se marchaba porque la vida era más agradable en la
claridad. Y fue que el padre no pudo soportar tanta gente dentro
y fuera de su casa que de un fuerte manotazo rompió la caja y la
lanzó al cielo. El cuerpo de la luz voló hacia el Este y el torotoro
hacia el Oeste. De la luz se hizo el sol y de la caja que la
guardaba surgió la luna. De un lado quedó el sol y del otro la
luna, pero marchaban muy rápido porque todavía llevaban el
impulso que los había lanzado al cielo, los días y las noches eran
muy cortos. Entonces el padre le pidió a su hija menor un
morrocoy pequeño y cuando el sol estuvo sobre su cabeza se lo
lanzó diciéndole que era un regalo y que lo esperara. Desde ese
momento, el sol se puso a esperar al morrocoy. Así, al amanecer,
el sol iba poco a poco, al mismo paso del morrocoy.
Autor: Etnia Warao
Leyenda desentrañada por Tulio Febres Cordero
Publicada en el periódico merideño El lápiz del 10/07/1895

Cinco águilas blancas volaban un día por el azul del


firmamento; cinco águilas blancas enormes, cuyos cuerpos
resplandecientes producían sombras errantes sobre los cerros y
montañas.

¿Venían del Norte? ¿Venían del Sur? La tradición indígena sólo


dice que las cinco águilas blancas vinieron del cielo estrellado en
una época muy remota.

Eran aquellos días de Caribay, el genio de los bosques


aromáticos, primera mujer entre los indios Mirripuyes, habitantes
de Andes empinado.
Era la hija del ardiente Zuhé y la pálida Chía; remedaba el
canto de los pájaros, corría ligera sobre el césped como el agua
cristalina, y jugaba como el viento con las flores y los árboles.

Caribay vio volar por el cielo las enormes águilas blancas,


cuyas plumas brillaban a la luz del sol como láminas de plata, y
quiso adornar su coraza con tan raro y espléndido plumaje. Corrió
sin descanso tras las sombras errantes que las aves dibujaban en
el suelo; salvó los profundos valles; subió a un monte y otro
monte; llegó, al fin, fatigada a la cumbre solitaria de las
montañas andinas. Las pampas, lejanas e inmensas, se divisaban
por un lado; y por el otro, una escala ciclópea, jaspeaba de gris y
esmeralda, la escala que formaban los montes, iba por onda azul
del Coquivacoa.

Las águilas blancas se levantaron, perpendicularmente sobre


aquella altura hasta perderse en el espacio. No se dibujaron más
sus sombras sobre la tierra.

Entonces Caribay pasó de un risco a otro por las escarpadas


sierras, regando el suelo con sus lágrimas. Invoco a Zuhé, el astro
rey, y el viento se llevó sus voces. Las águilas se habían perdido
de vista, y el sol se hundía ya en el ocaso.

Aterida de frío, volvió sus ojos al Oriente, e invocó a Chía, la


pálida luna; y al punto detúvose el viento para hacer silencio.
Brillaron las estrellas, y un vago resplandor en forma de
semicírculo se dibujó en el horizonte.

Caribay rompió el augusto silencio de los páramos con un


grito de admiración. La luna había aparecido, y en torno de ella
volaban las cinco águilas blancas refulgentes y fantásticas. Y en
tanto que las águilas descendían majestuosamente, el genio de
los bosques aromáticos, la india mitológica de los Andes moduló
dulcemente sobre la altura su selvático cantar.

Las misteriosas aves revolotearon por encima de las crestas


desnudas de la cordillera, y se sentaron al fin, cada una sobre un
risco, clavando sus garras en la viva roca; y se quedaron
inmóviles, silenciosas, con las cabezas vueltas hacia el Norte,
extendidas las gigantescas alas en actitud de remontarse
nuevamente al firmamento azul.

Caribay quería adornar su coraza con aquel plumaje raro y


espléndido, y corrió hacia ellas para arrancarles las codiciadas
plumas, pero un frío glacial entumeció sus manos: las águilas
estaban petrificadas, convertidas en cinco masas enormes de
hielo.

Caribay da un grito de espanto y huye despavorida. Las


águilas blancas eran un misterio, pero no un misterio pavoroso.
La luna oscurece de pronto, golpea el huracán con siniestro ruido
los desnudos peñascos, y las águilas blancas se despiertan.

Erizanse furiosas, y a medida que sacuden sus monstruosas


alas el suelo se cubre de copos de nieve y la montaña toda se
engalana con el plumaje blanco.

Este es el origen fabuloso de las Sierras Nevadas de Mérida.

Las cinco águilas blancas de las tradición indígena son los


cinco elevados riscos siempre cubiertos de nieve.
Las grandes y tempestuosas nevadas son el furiosas
despertar de las águilas; y el silbido del viento en esos días de
páramo, es el remedo del canto triste y monótono de Caribay, y
el mito hermoso de los Andes de Venezuela.
El rescate de la noche
Etnia Curripaco

Allá, lejos, en lo profundo de la selva amazónica decía,


lanzando su mirar de flecha cansada hacia el sur del inmenso
verde, donde hicieron las primeras correrías los dos hermanos
creadores; allá donde vivieron nuestros primeros padres,
Iñapirrikulí, el gran sabio, y Dzulí, su menor hermano, quienes
quedaron asombrados al ver cómo de un agujero iban saliendo
unos animales raros, pequeños gusanitos amorfos que
serpentineando se dirigen hacia una laja – de ellos a los seres
humanos haremos, acordaron entre sí y trabajaron cinco días de
sol a sol, pues la noche no conocían y en ese tiempo todo el
mundo era chiquitico, chiquitico. Nada crecía. El rocío faltaba. El
frescor de la oscuridad faltaba. El sol siempre asando todo,
quemando, devorando todo.

Cinco días, demoraron para hermosas formas darle a sus


moldeaduras, hasta quedar como somos ahora los Kurrim.
-Hermano, debemos trabajar ya-dijo Iñapirrikulí, pues nuestros
hijos algo deben comer y entre cánticos y sudoraciones fueron
desparramando un semillerío, mas los retoños bajitos, chiquitos,
al ras de la tierra pelada quedaban bajo el sol inclemente, que los
devoraba y de puro ardimiento los iban dejando como flecos
retorcidos y flores desgarradas. Y sus restos, girando en la
tolvanera como mariposas de cenizas vegetales iban
revoloteando llevándose las ilusiones de nuestros padres,
mientras se desdibujaban en aquel sopor de eternidad para más
a la hambruna sembrar, para más secar las fuerzas de Iñapirrikulí
y Dzulí, quienes enceguecidos por los luzazos solares, no podían
ver el negror, ni la penumbra, pero iban pensando en aquel
anciano Dayna, amo del sueño y de la noche y quien a ésta,
cautiva tenía, sin dejarla salir nunca fuera de sus territorios.

-¡No! No podemos hermano seguir así, nuestra gente muere,


muere y muere y no hay ni piedra, ni cueva donde esconderse
del fuego del sol.

-¡Hagamos un collar para Dayna!- Y una trenza le tejieron y fue el


más sabio, Iñapirrikulí quien emprendió el viaje, pero antes,
pensó sobre la forma cómo le pediría la noche al anciano.
Finalmente se decidió y al encontrarlo le dijo: ¡Escucha¡ Escucha,
amo y señor del sueño y de la noche, mi pueblo mucha hambre
padece, porque ninguna matica dejan crecer los solerones, mi
gente está muriendo de tanta quemazón ¡Toma! Toma este
pequeño collar como ofrenda y dame un pedazo de noche de su
mismo largor, para mis hijos salvar.

-¡No! ¡No! Mucho me gusta tu regalo, lindo es, mas, es muy largo
tu collar. Yo sólo una pepita de noche te doy, pues, si no,
muchísimo sueño van a padecer los Kurrim. -Y en una canasta de
chiquichique se la echó diciendo. -No debes abrirla hasta llegar a
tu pueblo.

Y saltando de contentura se marchó Iñapirrikulí, pero a cada


paso que daba más pesada iba haciéndose la canasta, y, ya
desfalleciente, se pregunta:- ¿Cómo puede pesar tanto una
pepita de oscuridad? Y muy incargable se hizo aquella cosa, sí,
una cargamentazón de esas de no aguanto más y ¡la abro ya¡ Y
como flecha alucinada, la noche se disparó y puro negror era
todo, mientras en un intenso sueño se sumergía Iñapirrikulí. Pero
junto con la oscuridad se desataron jejenes, puripures, zancudos,
tábanos, y todas, todas las plagas, y mucha picadura fue aquello,
por eso el rescatador de la noche resolvió continuar su viaje entre
bejucales, raíces y guijarros atravesados, aruñándolo, rajándolo y
él, cayéndose y parándose a cada rato, garabateando,
atarantado iba, todo supliciado iba; mas nuestro Dios nunca
desmayó, pues a sus hijos recién creados debía salvar y cuando
al poblado llegó, la noche estaba ahí, sin un poquito clarear, y
aquel frescor, aquel rocío, aquella dulzumbre de humedad
reviviendo hojas, flores y ramazones que de tanta serenación,
rapidísimo crecen.- ¡No más hambre! No más sequías vamos a
pasar- gritó Iñapirrikulí muy maravillado. Así, yuca, plátano,
cucurito, temiche, maíz, pijiguao, seje y todos, y todos, todos los
frutos tuvimos y kasísiri hubo para beber.

Esto sucedió en el sexto día de la creación , y un gran festejo


fue aquello muchos hombres danzando, otros tocaban sus flautas
mawi, las tsikutas y las mawaákos de más de metro y medio y
aquél sonajerío fascinante repiqueteando a rabiar bajo los
morichales humedecidos de tanta noche. Así mucho gozaron y se
divirtieron nuestros antepasados, mientras la luna como torta de
casabe resplandecía bailoteando en el espacio.
El dueño del Sol
Etnia Warao

Todo estaba en tinieblas, no había luz, solo luciérnagas con


su jugueteo de prende y apaga bailoteando al compás de aquella
música, de grillos, ranas, búhos, y cigarras trasnochadas que
incendian la oscuridad bajo los morichales; pues un hombre viejo
tenía encerrado en una bolsa, a “Ya”, el alumbrador. Lejos, en la
tierra de arriba sucedía esto y fue cuando un Warao que vivía en
los caños del Río- Padre- Orinoco, que conocía de aquel
encerramiento, mandó a su hija mayor al oriente a convencer al
egoísta que colgara a “Ya”, El Sol en el firmamento, para iluminar
y darle calor a la gente de abajo.

Ella se marchó atravesando manglares y caños, despacito


iba sobre las aguas para no despertar ni a la anaconda gigante,
ni al temblador, ni a la raya, ni a la caimanera sacar de su
descanso. Ellos nada le hubieran hecho, pues habrían quedado
deslumbrados ante su belleza, tal y como le sucedió al jaguar, al
danto, a la mapanare, la araña mona, y a los alacranes del
bosque a lo largo del camino.

Llevada por el hilo de su hermosura, pudo llegar a la casa del


“dueño del sol”. Allí, la muchacha lo despertó diciéndole: -Mi
padre quiere que sueltes a “Ya” ¡libéralo! Sácalo de su cautiverio
y cuélgalo en el “mar de arriba”, porque ¡nosotros necesitamos
de su luz!

Pero el hombre no escuchó ninguna palabra, pues muy mudo


de amor había quedado ante aquella mujer. Pero a pesar de
haberse enamorado de ella, la devolvió a la tierra sin liberar a Ya,
el sol.

Pero el padre, como sabía la importancia de tener sol para


sobrevivir, envió a una segunda hija diciéndole ¡Vete! Regresa a
la casa del sol ¡Libera a Ya! Y que el mar de arriba sea su nueva
morada y desde allí, en cada amanecer ilumine nuestras vidas.
Después de mucho ascender en el espacio, esta segunda hija,
llegó a la casa del viejo que escondía a Ya, el sol y de inmediato
se fijó en una bolsa grandísima que colgaba de un madero y de
un manotazo la rompe y Ya, el sol rápido se fue, disparando
luzazos, enllamado iba. Y- la bolsa muy luna Wanikú se hizo.

Desde ese momento, ella nos refleja el incendio solar,


mostrándonos su cara que blanca es, como torta de yoruma es y
muy caminadora es, alumbrándonos va, cuando Ya, el sol se
oculta para descansar. Pero el padre, quién estaba contentísimo
con la liberación de Ya, el sol, se dio cuenta que éste se dormía
muy rápido y que la luz de Wanikú era muy débil. Por eso le
ordenó a la hija -¡Vuelve Allá arriba y con mucho cuidado amarra
a nuestro Guakú, el morrocoy a un costado de ya, pues él debe
irse más despacio! Y muchas piruetas espaciales le tocó hacer a
la Warao, pues “Ya”, el sol era un jugueteador incansable, y cada
vez que ella intentaba colgarle el morrocoy, él le ponía más
zancadillas y le hacía dar volteretas y para remate, además, en
cuanto recovecos y escondrijos celestiales que encontraba, se
escondía para desesperarla y mucho mas a Guakú, el morrocoy,
que estaba sin fuerzas y atolondrado, en aquel vértigo solar.

Y en un instante, cuando “Ya”, se zambullía en un agujero


negro del espacio, Guakú, aferrádose con su cola en el borde de
aquel precipicio de nada, le grita.

¡Basta! “ya”, ¡Basta! ¿A caso no sabes que colgaditico de ti voy a


quedar por toda la eternidad?- y así fue como la Warao pudo
colgar a guakú a un costado del sol, y por las noches, cuando
“Emanaida”, la oscuridad luna-negra, se apropia del espacio, él
se oculta tras cerros y manacales, o se diluye entre los mares o
se mete en caños y ríos para calmar la sed, y muy acompañado
de Guanikú-luna torta de casabe va él, mientras ella toda luz nos
muestra su cara manchada de jauja. Y jugando al escondite,
perdidos entre la selva de nubes, entre suspiros, rodeados de
muchas estrellas, en este “mar de arriba” vamos y nos
incendiamos y hacemos los hijos.
Wanadi o Semenía y el origen del Río- Padre- Orinoco y
del Caroní
Mito Ye’ Kuana (Makiritare)

En aquel tiempo nada había, ni pájaros había. Solo peladeros


había, solo piedra y tierra rajada secándonos los ojos. Sólo
chamizas retorcidas de tanta sequía. Así era todo en un principio,
cuando la gente vieja vivía con hambre. Y por esto, muchos
ruegos le hicieron a “Wanadi”, el poderoso, pues él debía
ayudarlos. Y Wanadi pensó mucho, cantó mucho, fumó mucho
sus hojas y tocando su Maraka se la pasaba. Más, finalmente hizo
pájaros bellos que se tornaban en hombres cuando querían. Un
plumerío arracimado pintaba de colores aquellas soledades
cuando aparecieron ellos, los deslumbradores, ellos, los
ayudadores, iban revoloteando recogiendo frutos y flores,
mientras los “antiguos” miraban desde la tierra lo tan inmensos
que eran, lo tan descomunales que eran, y fue cuando
comenzaron a caer sobre los abuelos de antes, como nubes de
plomo, como piedras tornasoladas, sin alas caían.

-¡De arriba viene la desgracia! ¡De arriba nos cae la muerte!

¡Acabación, acabación!- exclamaron muchos. Y un lago de


plumas, huesos y gritos detenidos quedaron sobre la tierra seca.
Y por esta catástrofe bien intencionada, Semenia se llenó de
tristeza y desolación, y soplando vientos para alejar lágrimas,
recovequeando aquel fracaso iba él. Semenia, el enviado de
Wanadi, él, el enseñador, el unidor, el justiciero, él, quien a Ma’ro,
el jaguar y a Wachedi, la danta mandó a recoger agua con un
cedazo en el Casiquiare, pues así debían ellos pagar su desunión,
holgazanería y desobediencia con la gente.

Y después, Semenia, nuestro primer jefe, hecho pura luz, al


gran Árbol, Mara’huaka nos mostró y cuajaditico de alimentos
estaba él.

-Tumbarlo debemos: -nos dijo,-para comida tener. Entonces


llegaron cuatro tucanes, y “al principio se veían como hombres” y
con sus hachas golpeaban y golpeaban y aquellos hachazos eran
de nunca acabar, y ni aún así el árbol caía. Entonces “se
convirtieron en pájaros, en tucanes”, tucanes- pico de serrucho
de verdad, verdad. Pero, nada, nada, pasaba, luego fue un
incendio de Pájaros: tucanes- pico de serrucho, carpinteros y
piapocos venían, y el mismo Wanadi se hizo carpintero real, y
Semenia carpintero-mono y ni así se desplomaba Mara `huaka.

Y puro golpe y golpe, y después de muchos días golpeando


aquel madero, pero el árbol estaba allí, sin estremecerse un
poquito, sin caer. Al fin wanadi logró cortarlo, mas tampoco cayó,
muy fijo, muy derechito estaba, se veía colgando sin saber de
dónde. Por eso mandaron a la ardilla Kadi`io -¡Sube! ¡Sube! y ve
cuanto sucede allá arriba-. Y al regresar casi sin respiración,
venía gritando:- ¡No puede caer! ¡No puede caer! porque
Mara`huaka es un árbol al revés.

Sus Raíces están enredadas entre las nubes, pegaditico al


cielo esta él, por eso no cae.- ¡Sube! ¡Sube otra vez y corta con
esta hacha! Y Kadi`io subió y a puro hachazo corta las raíces
despegándolas de las nubes. Y así cayó el gran árbol
Mara`huaka, desparramando sus ramazones y las frutas y aquel
semillerío y aquel estruendo, aquel terremotear; y nuestros
antepasados, rápido poniéndose a salvo y aquellas cuevas de
escondimiento estaban llenas de ojos aterrorizados, y al acabar el
estruendo, ¡Que lluviazón! ¡Que de aguas! un diluviar era todo.

“Así nació Orinoco, Caroní, Fadamo, Cunucunuma, Antamarí,


Marnari, Metakumi,y Kuntinama y otro, otro, otro, todos los ríos”.
Desde esos tiempos “la tierra se puso blandita.”Y Mara`huaka en
tres partes se rompió- “los llamamos Mara`huaka–huja,
Mara`huaka-huil, y Atawashiho. En piedras se convirtieron cuando
cayeron .Ahora son montañas, tres pedazos de montaña, la mas
alta de la tierra. “Allí están como recuerdos.” Y muchas cascadas
cayeron –“no se reconocía la tierra del principio. Y kadi’io, la
ardilla, también cayó en algún pico del Duida ahora él vive
escondido; es el dueño de aquel pico que llaman Kadi’io-ewiti”
Ahora debemos sembrar,- dijeron todos los sobrevivientes.

Tendremos retoños por todas partes,- y muchísimos


catumares y guapas tejieron y cuando vino la cosecha se llenaron
de enormes yucas. Mientras tanto los colaboradores del principio
bailan y beben lukuta de lo mas alegre y contentos están. Y esa
fue nuestra primera festejación de la comida.-“Conuco nuevo, así
la llaman Awdoha’eremi-hidi, ese es su nombre”-.Y la gente, los
tumbadores del gran árbol Mara`huaka, al bailar iban
convirtiéndose en pájaros eran bonitos, “de todos los colores,
alzaron vuelo, llenaron el aire con plumas. Todo rojo, verde
amarillo, azul. Aquello era bonito, bonito. Ahora la madre del
agua la gran culebra Hui`io salió del río, brotó hacia la luz- quiero
mi corona- dijo, buscando plumas para su corona”, y alzando su
cuerpo hacia el cielo llamaba a los pájaros, quienes al escucharla
regresaron, y ella iba atrapando aquel plumerío volador para
adornar su cabellera. Era rojo, verde, amarillo amandarinado,
azul, morado. Era lindo, lindo. Así nació el Arco -Iris, Huasudi. Así
lo llaman.- “y no se vio más, se fue a vivir al Akúena, el lago de
vida”.

Después de aquella coronación, los pájaros dijeron: -“Bueno,


está hecho. Nos vamos ahora “. Desaparecieron, fueron al cielo.
“Dejaron en la tierra sus formas nada más para los pájaros de
ahora. Acá solo quedó gente antigua, bailando, recordando
cuando se fueron los primeros pájaros.
Los Gemelos
Etnia kariña

Durante aquellos tiempos primigenios, Vedú, el sol, muy


enamorado de una mujer Kariña estaba y hacia los cielos se la
llevó una vez para amarla. Las nubazones troja de agua se
hicieron para servir de lecho a tantos amoríos, a tantas
copulaciones astrales, a tanto jugueteo sideral, hasta cuando
llegó el instante de la separación.

A mi casa debo irme, - dijo Vedú a su amor.- ¿Y dónde está?-


le pregunta ella.-Por ahí, al llegar al cruce de caminos de las dos
plumas, la roja de guacamaya te llevará a mi caney y la otra de
paují negro, a un sendero en el cual pura gente malosa vive, ése
jamás lo debes andar-, le dijo él, perdiéndose en el follaje de sus
propios llamarones.

Y muy encinta de soles había quedado ella, y gemelos


nacerían de aquellos ardimientos y muy habladores eran ellos.
-Madre, a la casa de nuestro padre Sol deseamos ir, le dijeron.-
Mas yo no puedo llevarlos, pues olvidé como llegar,
-no te preocupes nosotros te guiaremos -.

Y durante el viaje le decían: -Madre queremos esa flor para


llevarla a nuestro padre- Sol – Y ella, Cortándola. Y esa, y esa, y
esa otra también, y en aquel ajetreo florecido, ella resbaló y
culpando a los hijos por la caída, mucha regañadera fue aquello
mientras golpeaba a su propio vientre para castigarlos.

Y ni una sola palabra más dijeron los gemelos. Más tan llena
de soles y tan hecha mujer con tu preñadura de niños solares, tan
enamorisqueada venias que muy pronto perdida estabas entre
los morichales incendiados de rochela de manatíes, del alboroto
del gran cucarachero con su “bulla mágica”, de las carcajadas del
gavilán cacagua y del juguetear de cachamas y palometas
brinconeando entre las aguas. Y, por andar recogiendo hierbas y
flores silvestres para olorearte, más perdiéndote ibas, mientras
tus hijos, tragándose las ganas de gritarte sus protestas estaban,
dentro de su cueva de agua.

Pero ellos, nada habían dicho por el enrabiamiento que


tenían y aunque sus advertencias le hubieran gritado, nada, nada
habría escuchado ella, porque muy poseída estaba de solerones y
de aquellos toques de carrizos, de sonajas, marakas y caracolas;
música venida de tanta ensoñación y de aquellos tanto te amo,
mujer, te amo; y por ese embelesamiento, al llegar al cruce de
las dos plumas, ella, sintiéndose perdida, le preguntaba a sus
gemelos:-¿y ahora qué debo hacer? Mas ellos nadita le
contestaron en su revancha ; pero, como muy grande era su
deseo de llenarse de nuevo con amores enllamecidos, ella se dejó
llevar por una música lejana y en especial por los golpes del
aparmàn, ese tambor que rompía la soledad de aquel camino
equivocado. Todo lo cual, la conduciría a la casa de la vieja casi
ciega, la maluca Tarunmio-comegente, quien al verla llegar, torta
de casabe le ofrece diciéndole:-Esta tu casa es, descansa y
chinchorrea todo cuanto desees-. Y, como enorme era el
agotamiento de la Kariña, rápido se quedó profundamente
dormida, mientras tanto, la Tarunmio hacia los preparativos para
comérsela. Y la rajó; pero al ver a los dos muchachos dentro del
vientre, un rasgo de bondad le dislocó las intensiones y
sacándolos del vientre, en una calabacita algodonada los puso. Y
después de una lunación muy hombres se hicieron, por eso, arcos
y flechas les entrega la vieja diciendo:-¡A flechar Paujíes
culocolorado vayan ¡Y una cargamentazón de pájaros le trajeron,
más ningún trozo, ni siquiera un huesito ya chupado, les dio la
Tarunmio.- Mucha hambre tenemos-. Y por tan fastidiada estar de
tanta reclamadera los mandó a salir, esfumándose ella en la
oscuridad.

Un rato más tarde, regresa con una torta de casabe y así


sucedía diariamente, por eso, puros hombres-hueso eran ya.- ¿De
dónde sacará el casabe, si aquí conuco no hay?-, se preguntaron.
Y a pesar de aquel desfallecimiento , a espiar a la come-gente se
pusieron, descubriendo cómo ella, muy convertida en rana
gigante, de un manchón blanco de la espalda, saca un chorro de
leche , y luego lo echaba en el budare para las tortas hacer.
¡Jamás¡ Jamás Volveremos a comerlas¡- se dijeron ellos. Y a cazar
el último paují culocolorado se marcharon, pues sólo uno
quedaba después de tanta flechadera y, cuando casi le
disparaban la muerte, el pájaro grita:

-¡No!, ¡no¡ no me maten porque un secreto a cambio les diré yo.


- La Tarunmio madre de ustedes no es, pues a la verdadera, la
vieja, muy hervida en cacerola se la comió, se los estoy diciendo
yo, quien hace muchas lunas nací y mucho me viene ahora las
recordaciones.

Recordaciones, sí, como esa vez cuando nosotros supimos el


final de esa tragedia, cuando todos nos dijimos:
- muy hondo, muy metida en sus enamorisqueamiento debió
estar esa mujer, pues ni el aguazón hirviente, ni los vaporones
del candelorio la hicieron despertar de sus sueños solares. Por
eso ningún grito sentimos, porque rapidísimo cocinadita de
amores quedo ella. Entonces me dije, ese tu fallecer enamorado,
permanecerá en la memoria de los Kariñas por todas las
lunaciones que vendrán-. Si mujer, tus hermanos mucho sufrieron
en esa ocasión, porque tu fin glorificado no pudo ser .Si, mucha
tristumbre padecieron ellos, pues tu marido Sol ,ayunar no pudo
durante tu aparición y pigmento de caruto negro no le fue posible
untarse, ni llantos rituales a ti mujer, se te hicieron, ni ricas
comidas ni bebidas donadas fueron a tus familiares en tu funeral ,
ni sentada estuviste sobre un madero, ni tampoco en barbacoa
con leños encendidos durante tres meses te pusieron , ni nadie ,
después de ese tiempo, recobró tus cenizas , para ser enterradas
con tus pertenencias. Ni tampoco tu caney quemado fue, para
dejarte como a nuestros pájaros, libres de ataduras terrestres.
Más, tú, madre-vasija, tú, madre-cueva de amoríos siderales. A ti,
alguna vez tus hijos te han de vengar.
Como comprenderán, no por temor a la muerte les dije yo:
¡no me maten!, porque a ustedes les toca castigar a la Tarunmio
-decía el paují culocolorado- mientras se balanceaba en un
cabello del sol soltado a los aires en aquel amanecer.

Y muy enfierecidos estaban los gemelos al escuchar la


confesión que de inmediato, llegaron hasta donde estaba la vieja
come-gente diciéndole:
-¡Vente!, vente a conuquear con nosotros-.
Y colocándola en el centro de la roza para entonar cánticos de
conuco, un candelorio descomunal hacen y los alaridos de la
Tarunmio con los tantos pájaros llevados adentro se confundieron,
y ni un solo hueso le quedó, puro cenizal esparcido en el espacio
se hizo. Puro negror maluco fue aquello.
Leyenda del origen de los MAKUNAIMA
Mitología Pemón
Etnia Caribe

Al inicio de todos los tiempos el sol, WEI, era un hombre


solitario y ninguna mujer había en aquellos parajes. Un día, WEI
vislumbró en un pozo de agua cristalina a una bellísima y muy
pequeñita mujer, de largos cabellos que jugueteaba dentro del
agua, y WEI la agarró por la melena para desposarla; pero ella
evadió el asunto ofreciéndole que enviaría a otra mujer para que
fuese su compañera. Y así lo hizo. Más, cuando wei envió a esa
india al río a buscar agua, ella se reblandeció poco a poco hasta
convertirse en un pocito de agua.

La segunda mujer que le envió TUENKARON, era negrísima y


esta tampoco resultó, porque cuando estaba haciendo fuego, el
calor la fue derritiendo hasta convertirse en un montoncito de
cera negra.

A estas alturas WEI estaba furioso con TUENKARON a quién


amenazó- Voy a secar todo el pozo donde tú estas, porque
mucho me estas engañando- ella trató de calmarlo diciéndole-
¡espera, espera! te voy a mandar una tercera mujer que es de
verdad verdad.

Esta tercera mujer resultó ser tan rojiza como el lecho de la


quebrada de jaspe; al verla WEI pensó – la voy a poner a prueba –
y la mandó hacer varias cosas. Entonces se dio cuenta de que no
se ablandaba ni se derretía y fue cuando comenzó a enamorarla.

Tiempo después se realizó el casamiento y mucha fiesta


hicieron para celebrar aquella amorosa unión, de la cual nacieron
cinco hijos: Meriwarek, chiwadapuen, Araguadapuen, Arukari y
Chiké. Esa es la historia de la descendencia de los pemón. Y por
ellos dicen , “nosotros somos hijos del sol”
Pumeyawa y los hombres
Etnia Baniva

Pumeyawa, primera mujer entre todas, la más hermosa


mujer Baniva (etnia del amazonas) poseía el encantamiento entre
las piernas. Sobre todo cuando se sentaba a rayar la yuca para el
casabe. Entonces aquel animal que guardaba debajo de las
piernas, dejaba oír cantares alegres y profundos, que
acompañaban al rass, rass, rass…, de las manos indias al triturar
la yuca contar las piedritas puntiagudas del rayo. De entre las
penumbras de las piernas de Pumeyawa saltaban al aire el trinar
de aves grandes y pequeñas, roncas y agudas e incluso, cantares
desconocidos que producían el encantamiento que solo tienen los
MAWARI (espíritus que habitan en las aguas y en las piedras).

En aquel tiempo las mujeres eran felices, trabajaban unidas


y hacían fiestas con Pumeyawa. Pero los hombres se sentían
dominados, eran tristes, no cantaban ni hacían fiestas; porque no
tenían un animal más encantador que el de Pumeyawa, mujer
que encantaba por ser profundamente olorosa. Los hombres, que
vivían rencorosos, amargados, decidieron robar el animal que
cantaba entre las piernas de Pumeyawa. Como muchos de los
animales eran gente mandaron al mono “macho” que era muy
ágil. Pero Pumeyawa le quemó las manos; por eso las tiene
negras y arrugadas. Después se ofreció para tal empresa a otro
más astuto y malamañoso, el que hoy conocemos como “mono
blanco”. Pero lo picaron los animales ponzoñosos: culebras,
alacranes, arañas…que Pumeyawa tenia en los “sarios” (vellos
púbicos). Así fracasaron otros hombres, hasta que mandaron al
más viejo chiquito y silencioso, que con paciencia esperó que
Pumeyawa se durmiera. Ese mono que llaman “TITI” robó el
animal de la mujer olorosa y escapó saltando de rama en rama.

Pumeyawa lloró desconsoladamente su animal y las otras


mujeres también. Entonces los hombres comenzaron a mandar
sobre las mujeres y hacían grandes fiestas. Pero el llanto y las
lágrimas de aquella primera mujer fue tan grande que hasta el
padre “NAPIRULI” (el Creador), decidió castigar a los hombres.
Los hizo olvidadizos y así se les perdió el animal encantado que
remedaba todas las aves de canto alegre; en adelante los
banivas harían sus fiestas con instrumentos de canto triste,
fabricados con sus propias manos: guaruras, botutus, flautas,
maracas…. Pumeyawa se convirtió en la avecilla de siete colores
que canta en un trinar de encantamiento, casi siempre entre las
ramas de un árbol oloroso que los indígenas Bare y Banivas del
Guiainía y del río negro llaman Pumeyawa. Debajo de este árbol
suspiran los hombres por aquella primera mujer.
Leyendas venezolanas
María Lionza

Según la leyenda, Maria Lionza (Yara) fue una doncella Nívar,


hija encantada de un poderoso cacique de Nirgua. El Chamán de
la aldea había predicho que cuando naciera una niña de ojos
extraños, ojos color verde agua, había que sacrificarla y
ofrendarla al Dueño de Agua, al Gran Anaconda por que si no
vendría la ruina perpetúa y la extinción de los Nívar. Pero su
padre fue incapaz de hacerlo. Y escondió a la niña en una cueva
de la montaña, con 22 guerreros que la vigilaban e impedían su
salida.

Ella tenía prohibido verse en los espejos de agua. Pero un día


una fuerza misteriosa adormeció a los guardianes y la bella joven
salio de la cueva y camino hasta el lago, descubriendo su propio
reflejo en el agua. Ella estaba encantada con su visión. Así
despertó al Dueño de Agua al Gran Anaconda, quien emergió de
las profundidades, enamorándose de ella y atrayéndola hacia si.
En el lago Maria Lionza y la poderosa serpiente celebraron una
comunión espiritual y mística. cuando su padre descubrió la
unión, intento separarlos. Entonces la Anaconda creció se hizo
enorme y estallo provocando una gran inundación que arrasó con
la aldea y su gente. Desde ese día María Lionza se volvió la Diosa
protectora y dueña de las lagunas, ríos y cascadas, madre
protectora de la naturaleza, animales silvestres y reina del amor.
El mito de Yara sobrevivió a la conquista española, aunque sufrió
algunas modificaciones.

En este sentido, Yara fue cubierta por la religión católica con


el manto de la virgen cristiana y tomó el nombre de Nuestra
Señora María de la Onza del Prado de Talavera de Nivar. Sin
embargo, con el paso del tiempo, sería conocida como María de
la Onza, o sea, María Lionza.

Hay muchas versiones de su origen pero la más aceptada es


que era de la etnia caquetía, hija mestiza de un cacique. Como
nació con ojos claros, lo cual se consideraba mal presagio, su
padre la escondió en una cueva de la montaña. La visitaba a
diario para alimentarla y un día vio una danta (tapir) que le
llevaba frutos silvestres a la niña y la llevaba en su lomo.

La niña creció con el nombre de María y la gente la visitaba


buscando curación para sus enfermedades porque conocía los
poderes de las plantas. Se le veía por la selva cabalgando sobre
la danta y esta imagen creció en la fe popular, convirtiéndose en
una deidad protectora de los bosques y sanadora de las
personas. Se le llamó María La Onza porque también la
acompañaba una onza o puma.

Actualmente es objeto de culto en la montaña de Sorte, Estado


Yaracuy, convertido en santuario por los adeptos.
El día y la noche
Adaptación literaria de Alejo Urdaneta.

Al principio no había sol ni noche y las cosas no tenían color.


Tanto la noche como el día eran patrimonio de dos magos
indígenas llamados: “Señor de la Oscura Noche” y “Señor
del Sol”. La oscuridad la tenía el “Señor de la Oscura Noche”
envuelta en un pañuelo y escondida en una cesta de mimbre.
Cuando salía de casa, el “Señor de la Oscura Noche” decía a
los indios: “No toquen la cesta, porque si lo hacen desaparecerá
la luz y no podrán ver las cosas y se perderán en los caminos”.

Un día el “Señor de la Oscura Noche” salió a pescar y


dejó la cesta de la oscuridad en manos de su cuñado para que la
cuidase. Le dijo:

“Dejo mi cesta a tu cuidado. No andes con ella y no permitas que


nadie la toque”.

Cuando se había marchado el “Señor de la Oscura Noche”, el


cuñado se dijo:

“¿Qué tendrá aquí mi cuñado para que siempre nos esté


recomendando que no toquemos su cesta? Vamos a ver qué tiene
adentro”.
Al abrir el cesto, comenzó a crecer y desenrollarse una cosita que
estaba envuelta en un pañuelo: era una larga cuerda negra.
Cuando la cuerda terminó de crecer, todo quedó a oscuras, como
si fuera de noche. El muchacho rompió a llorar asustado y huyó
por el monte sin saber adonde iba. Luego fue trasformándose en
un búho para poder así estar en la noche.

En ese momento, El “Señor de la Oscura Noche” estaba


en el palmar recogiendo palmas para su choza cuando de repente
vio venir la oscuridad, y dijo al verla: “¡Caramba¡ Mi cuñado ha
abierto la cesta que dejé para que la cuidara!”.
Alumbrándose con un manojo de hojas secas encendidas
pudo salir del palmar y llegar al río. Cuando regresaba a su casa
en la canoa, oyó música en un lugar cercano. Era una melodía de
flautas y pitos acompañada de maracas de baile. Se acercó al
lugar de la música y descubrió que ese lugar pertenecía al mago
llamado: “Señor del Sol”, que tenía en la mano el extremo de
una cuerda larga que llegaba desde el sol hasta su choza. Cuando
el “Señor del Sol” quería que hubiese luz, solo tenía que tirar
de la cuerda y aparecía el sol; pero no siempre podía llamar a la
luz de esa manera, y ocurría que el sol permanecía oculto y era
de noche. El “Señor de la Oscura Noche” se acercó al otro
mago, el “Señor del Sol”, y le dijo:
“Ya estoy fastidiado de tanta oscuridad. Te daré una mujer como
esposa si logras que sea de día”.

Aceptada la petición del “Señor de la Oscura Noche”, el


mago del Sol tiró de la cuerda y se hizo la luz; pero al pasar seis
horas volvió a halar la cuerda y regresó la oscuridad.

Dijo entonces el “Señor de la Oscura Noche”:

“Seis horas no son sino medio día. Te daré una nueva mujer para
que vuelva a salir el sol por otras seis horas. Así tendremos doce
horas de sol para hacer un día completo”.

El “Señor del Sol” aceptó la propuesta, pero ocurrió que el


“Señor de la oscura Noche” no tenía otra mujer para cumplir
su palabra.

“¿Qué haremos ahora?”, se preguntó el “Señor de la Oscura


noche”.

Y después de pensarlo cortó con un machete el tronco de un


árbol y talló el cuerpo de una mujer muy hermosa.
La mujer tallada era de verdad muy hermosa y el “Señor del
Sol” se enamoró de ella, pero como era de madera no pudo
tomarla por esposa. Y se preguntaba cómo hacer para casarse
con ella.

Pasó por el lugar un mono sabio y el “Señor del Sol” le


dijo:
“Mono sabio, haz que este palo de madera se convierta en mujer
para casarme con ella”. No pudo el mono cumplir la petición
porque no tenía poderes mágicos.

Llamó entonces el “Señor del Sol” al pájaro carpintero y le pidió


lo mismo: que hiciese que la mujer de madera fuese mujer de
verdad para casarse con ella.

El pájaro carpintero comenzó a dar picotazos en el tronco


tallado y al llegar a cierto sitio del cuerpo de madera brotó un
chorro de sangre. Con esa sangre se tiño la cabeza el pájaro
carpintero. También el petirrojo tiño su pecho con la sangre que
manaba del tronco, y vino el guacamayo e hizo lo mismo. Pronto
notaron los pájaros que aquella sangre tenía la particularidad de
cambiar de color, y todos los pájaros se teñían el cuerpo de
muchos colores. Al quedar el cuerpo de madera blanco, porque
había perdido su sangre, vinieron las garzas y se pintaron de
blanco, y otras aves también se tiñeron de blanco. Y por la virtud
de aquella sangre de tener todos los matices del color, las cosas
todas adquirieron colores diversos para adornar el mundo.

Como acto de gracia por haber brindado con su sangre los


colores de la tierra, la mujer que había sido tallada en madera se
hizo de carne y nueva sangre, y el “Señor del Sol” pudo
casarse con ella.
Los Encantados

En los ríos y lagunas de casi todas las regiones de


Venezuela, viven los Encantados del agua. Parientes de las
Ondinas del viejo continente. Estos extraños seres ejercen una
influencia maléfica sobre los mortales, a quienes procuran atraer
para llevarlos a sus pueblos de cristal, bajo el agua.

Ellos prefieren a niños y jóvenes, y se cuentan por millares


los casos de jovencitas a quienes “se las llevaron los
Encantados”, por acercarse demasiado a las pozas solitarias, o
por bañarse durante los días de Semana Santa.

La gente cuenta que en le pueblo de Bergantín, en el estado


Anzoátegui, existió una niña llamada Marcolina, que vivía con sus
padres en un ranchito cerca de una poza del río Querecual. Desde
muy pequeñita, cuando aun no hablaba, Marcolina se acercaba al
río y pasaba largo tiempo mirando la suave corriente. Lo mas
extraño era que parecía divertirse mucho con eso, porque de vez
en cuando reía y palmoteaba, muy entretenida.

En los estados Anzoátegui y Sucre se cree que los


Encantados prefieren las “pozas”, esos lugares frescos y sombríos
donde el río forma hondas lagunas rodeadas de espesa
vegetación. En esos parajes solitarios, donde solo se oye el canto
de los pájaros y revolotean enormes mariposas azules o
metálicos caballitos del diablo, se escucha a veces, en el rumor
de la brisa, el llamado melancólico de los Encantados.

A medida que fue creciendo y pudo hablar, explico que el río


salia un señor muy simpático que hacia piruetas y bailaba para
divertirla, le cantaba canciones y la invitaba a acompañarlo. El
hombre era joven y decía llamarse Manuel. Los padres advirtieron
el peligro. No podían verlo, pero sabían de que se trataba de un
Encantado, así que decidieron mudarse a Barcelona, lejos del río
Querecual.

Aunque Marcolina se volvió algo silenciosa y triste, comenzó


a asistir al colegio y los padres olvidaron aquella pesadilla. Pero
varios años después, mientras disfrutaban de un domingo, con
algunos amigos, en otro rio cercano, Marcolina se lanzo a la poza
mas honda gritando: “¡Espérame, Manuel!”.

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