INTRODUCCIÓN
Al término currículum se le atribuye una diversidad de significados y admite muy
diferentes enfoques, niveles de aplicación, ámbitos de actuación, etc. Para el objetivo que
aquí nos ocupa, lo más importante es reflexionar sobre qué concepción de currículum nos
interesa para desarrollar la educación intercultural como eje rector del proceso de
formación; conviene superar una concepción restrictiva de currículum (centrada en la
especificación de un plan de objetivos, áreas, contenidos…) para definirlo como el
conjunto de vivencias (implícitas y explícitas) que constituyen las experiencia de los
alumnos, ésta como fenómeno subjetivo que sucede en el interior del hombre, no es visto
por la inteligencia sino por su conciencia en interioridad, para tener una experiencia
estética no es necesario pensar, sino sentir y ser consciente de ello, la vivencia es
intencional, implica un nexo consciente dirigida hacia algo. Visto así, el currículum, va
mucho más allá de un listado programático de contenidos, impregna los pasillos, los
patios, las aulas, pero sobre todo transforma a los sujetos. Condiciona la percepción que
tenemos de los otros, las posibilidades de participación, las interacciones e
interrelaciones, los mensajes de aceptación o de rechazo explícito y/o encubierto. El
currículum selecciona unas realidades culturales y silencia otras. Las prestigia o las
desacredita. En definitiva, el currículum deviene, consciente o inconscientemente, en la
propuesta cultural que un centro educativo ofrece a su comunidad. Y esta propuesta,
desde un enfoque educativo intercultural, debería ayudar a representar las realidades
culturales del contexto y favorecer, en la práctica, que los alumnos puedan dotar de
significado a sus experiencias vitales cotidianas. Desde esta perspectiva, la idea de
concebir la escuela como un espacio de cruce de culturas puede resultar especialmente
útil. Porque la escuela, además de constituir el espacio de socialización más potente que
conocemos para educar en los valores necesarios para una sociedad plural (diálogo,
interacción positiva, compromiso, integración, empatía, cohesión…) puede ayudar a la
comprensión y a la conceptualización de la realidad social a través de un instrumento que
le es propio: el conocimiento. La escuela es el agente que puede tomar el conocimiento
como instrumento para pensar lo que somos en tanto que comunidad. Por eso sería
necesario que lo que denominamos currículum deviniera verdaderamente en mediador
entre la cultura escolar y la cultura experiencial de nuestros alumnos. Y así se ocupara en
“construir puentes entre la cultura académica tradicional, la cultura de los alumnos y la
cultura que se está creando en la comunidad social actual. Para ello, el currículum debe
ser un medio de vida y acción de modo que los individuos construyan y reconstruyan el
significado de sus experiencias” (Pérez A., 2013). 3 DESARROLLO El currículum es un
plan en el cual se desempeña un papel fundamental en la práctica docente, y que permite
llevar una organización, control de las actividades que se van a desarrollar dentro del
proceso educativo con el fin de conducir o realizar las acciones escolares para alcanzar
los objetos. La temática curricular, el análisis del currículum y su implementación en las
instituciones educativas es en nuestros días un elemento esencial a la hora de
comprender la dinámica de los procesos que se dan a lo interno de un salón de clases y a
lo interno de un centro educacional. Las relaciones que se establecen entre cada uno de
los documentos o componentes del currículum, relaciones bidireccionales y de
interinfluencia , se verifican desde la práctica educativa y a través del rol del profesor y de
cada uno de los implicados en el proceso, incluyendo a los estudiantes que se convierten
en evaluadores del accionar práctico de cada docente y de cada funcionario de la
institución, que vivencian el currículum y aunque muchas veces no lo nombran como tal lo
viven día a día y lo valoran desde su aprendizaje, desde sus motivaciones, desde sus
experiencias y vivencias. Por otro lado, está la práctica docente, englobada en tres
aspectos importantes que van desde la creación de sentido, reconocimiento del otro y el
dialogo pedagógico que conforman el proceso educativo del sujeto. Es decir, si queremos
dar vida a una educación transformadora, se tiene que partir, ante todo, de nosotros
mismos y conseguir aquella reforma del pensamiento (Edgar Morín, 2011); Formar
nuevas generaciones para la ciudadanía global exige la acción de unos educadores
animados, no por una cultura de trinchera y de inmovilismo, sino por una cultura de
vanguardia y, por tanto, del riesgo en nuestra sociedad compleja. Si no hay
transformación no hay educación, necesitamos una educación que contribuya a cambiar
el mundo, humanizándolo. Es la perspectiva desde la cual se busca formar a las personas
como agentes de cambio, con capacidades de incidir en las relaciones económicas,
sociales, políticas y culturales como sujetos de transformación; es la perspectiva de la
racionalidad ética y emancipadora. Es por ello, que se reafirma la fundamental
importancia que sea: a) Una educación para la participación creadora, en el sentido que
fomente y contribuya a la formación de capacidades de intervención sobre la realidad
(económica, social, cultural, ambiental) para transformarla, que vincule estrechamente la
práctica con la teoría, la reflexión y la acción. b) Una educación participativa y crítica, en el
sentido que se lleve a cabo por medio de un esfuerzo crítico colectivo y dialogal por
producir activamente y con el protagonismo de quienes participan, tanto los nuevos
conocimientos, como las nuevas formas de pensar, así como las actitudes, las
sensibilidades y propuestas de acción que permitan generar capacidad transformadora.
(una educación autoritaria, reproductivista, no dialógica, impide la formación de las
personas como sujetos transformadores). 4 La interculturalidad se sitúa hoy como un
paso hacia una cohabitación de las culturas dentro de un mismo espacio gro-histórico,
tolerante aunque con tendencia a la separación, a una colaboración activa propia siempre
reabierta, reiniciada y adecuada para ir creando una mayor comunidad dentro del mismo
co-habitat. La interculturalidad es el dispositivo clave para hacer posible y no conflictivo
esta idea plural de ciudadanía. Sólo ella puede mediatizar entre lo local, lo nacional, lo
mundial y nos permite realizar- al menos como tendencia- un modo de estar juntos entre
etnias, culturas, tradiciones, pueblos capaces de ir haciéndose más respetuosos del
pluralismo, más atentos a las diferencias, más orientados hacia la solidaridad, antes que
hacia la jerarquización, la exclusión, la marginación, etc. Pero la interculturalidad debe
convertirse no sólo en un dispositivo teórico y/o práctico, en un modelo
abstracto/concreto, no debe convertirse en una estrategia: debe fijar sus ámbitos de teoría
y de acción, debe fenomenologizarse o, dicho de otro modo, articularse sobre frentes
diversos, porque solo a partir de su integración podrá nacer una cultura de la inter-cultura.
Esto es lo que debemos tener en consideración políticamente, pero sobre todo
pedagógicamente, porque le corresponde a la pedagogía (de todos modos en ella se
interpretan: política social, institucional, cultural, individual, etc.) el deber de dar vida esta
cultura inter-cultural. El mejor lugar donde es posible convertir en estrategia y mantener
en una conciencia activa todos estos problemas de formación inter-cultural, relativos a
conciencia, mente, ética, es la escuela. Es el lugar donde se hace cultura y ejercicio de
ciudadanía, de todos y para todos, solo la escuela podrá difundir y organizar este cambio
cultural complejo. O mejor dicho, ser la punta de lanza de este cambio, por tener
conciencia tanto de su urgencia como de su complejidad. Es consciente también de que
es éste su deber: que ninguna otra institución puede hacerse cargo de forma laica (por así
llamarla), crítica y operativa transversalmente cómo puede hacerlo la escuela. De ahí la
inmensa responsabilidad que le corresponde: realizar el cambio cultural para dar entrada
a las generaciones actuales (y futuras) a la inter-cultura que es, por su parte, una
emergencia y una obligación. Sin embargo, la meta sigue siendo la misma: dar cuerpo a
una neociudadanía compleja, que necesita la interculturalidad, que a su vez, se nutre de
reflexión pedagógica que debe convertirse en el regulador activo de las distintas praxis.
Empezando por la praxis escolar. Sólo así el cambio de cultura, de mentalidad y de
voluntad de saber que cruza nuestro tiempo podrá verse conducido a ser (como tiene que
ser) un giro radical, en sentido antropológico, cultural y político. Así, la pedagogía
intercultural nos ayuda a mantenernos con los pies en la tierra, pero también a mirar hacia
arriba y a lo lejos, a hacernos cargo tanto del cambio a realizar, como de la esperanza
(del “principio de esperanza”) que lo anima. Esperanza de igualdad, de comunidad, de
convivencia solidaria y pacífica. Itinerarios formativos. 5 ¿Acaso funcionan estos procesos
hacia una ciudadanía intercultural y una cultura intercultural como “cultura de culturas”
dentro de la escuela? Los itinerarios formativos orientados en este sentido son cuatro: 1)
Oposición a (y deconstrucción de) los prejuicios vinculados a la cultura de pertenencia y, a
menudo, “casi inconscientemente” relacionados con la falta de seguridad hacia la
diversidad y la afirmación de la propia “superioridad”. Elementos que siempre reaparecen
y que corroen los encuentros buscando una óptica de relativismo y de diálogo, existentes
en todas las culturas, siempre que no los mantengamos bajo control o los tratemos
críticamente. 2) Construcción de un curriculum cada vez más mundial: literario, científico,
histórico, de forma a ir recogiendo los distintos saberes dentro de la cultura mundial,
dentro de sus aspectos, sus tensiones, sus diferencias. No basta pensar en la
inadecuación, hace tiempo de la enseñanza tradicional de la historia. 3) Preparación de la
mente para pensar la complejidad no sólo como sistema o como red; es decir, de forma
reticular y sinérgica, sino también como catástrofe, como laberinto: como pérdida de un
orden y una proliferación de las diferencias. Se trata de configurar un complejidad abierta,
necesaria a cualquier “mente bien hecha” para los tiempos de la interculturalidad. Todo
ello es también un trayecto difícil de seguir y, a la vez, muy urgente. 4) Construcción de
mentes y conciencias, y éticas abiertas a los valores de la diferencia, que deben emerger
incluso y especialmente en la socialización escolar. Dando vida a una comunidad crítica,
autocrítica, abierta a la búsqueda no sólo de una integración entre los grupos, sino
también de su fecundación recíproca. En las formas de ciudadanía en que se sitúa la
persona actual, en cualquier lugar del mundo (como globalizado tanto en cambios,
intereses, informaciones y, paso a paso, incluso en estilos de vida y de pensamiento),
ésta debe aprender a co-gestionar e integrar la conexión a la “mundialidad” o “ciudadanía
global” aún en fase de gestación, que como tal está cuidada y cultivada mientras lo hace
partícipe y lo tutela teórica y prácticamente. Así pues, la ciudadanía global queda definida
como una frontera que va avanzando y creciendo, también como un desafío, y como un
deber complejo para situarse en el centro de las políticas y de los procesos formativos,
culturales y educativos, al mismo tiempo; un deber alimentado por tres factores: diálogo,
solidaridad, derechos humanos, y llevando adelante, a la vez, con decisión y capacidad
problemática propias del encuentro (y dentro del encuentro) entre las culturas. Son los
docentes quienes pueden dar, en primer lugar, un impulso a los procesos de
transformación, a la investigación, a la innovación, a los cambios políticos, asumiendo el
papel de “intelectuales transformadores” y “actores ético- sociales” empeñados en
conseguir un modelo de ciudadanía responsable ante la humanidad y el planeta