100% encontró este documento útil (1 voto)
439 vistas5 páginas

La Venganza de Los Infieles

Este documento analiza la infidelidad en las relaciones de pareja desde diferentes perspectivas psicoanalíticas. Explica que la infidelidad a menudo se usa como una forma de venganza para reducir la dependencia que se siente hacia la pareja, como una manera de poner a prueba su amor a través del perdón. También implica una traición al pacto que une a la pareja. El deseo es inherentemente traicionero y la infidelidad da cuerpo a fantasías que ya existían. Lo importante es entender por qué se llegó a ese punto en lugar

Cargado por

Elisabet Gobelli
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (1 voto)
439 vistas5 páginas

La Venganza de Los Infieles

Este documento analiza la infidelidad en las relaciones de pareja desde diferentes perspectivas psicoanalíticas. Explica que la infidelidad a menudo se usa como una forma de venganza para reducir la dependencia que se siente hacia la pareja, como una manera de poner a prueba su amor a través del perdón. También implica una traición al pacto que une a la pareja. El deseo es inherentemente traicionero y la infidelidad da cuerpo a fantasías que ya existían. Lo importante es entender por qué se llegó a ese punto en lugar

Cargado por

Elisabet Gobelli
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

OPINIÓN SEXO Y PAREJA

20 SEP

La venganza de los infieles


por Marina Esborraz y Luciano Lutereau

“Historia de un matrimonio” (Netflix)


“Cada pareja es un mundo” es una expresión conocida. Muestra lo impenetrable de
la intimidad. Todos conocemos relaciones que, por ejemplo, socialmente funcionan
de un modo y, luego, son diferentes puertas adentro. Todos las conocemos, porque
todas son así.
Para hacer el pasaje a lo público, una pareja tiene que reprimir su intimidad. Las
parejas más armónicas en sociedad suelen ser más disfuncionales a solas. Por
ejemplo, aquellas de las que después se dice: “¿Cómo se separaron, si eran una
pareja tan linda?”. Aclaramos: “disfuncional” no es algo patológico, sino que
remite al pacto inconsciente que puede unir a dos personas. En realidad, todo lo
que une a dos personas es “patológico” (del griego “pathos”, pasión).
En varones y mujeres hay dos movimientos que se imponen a la hora de armar
lazo: para ellos, erotizar el compromiso; para ellas, se trata de no deserotizarse
después de comprometerse. Ambos movimientos tienen su reflejo en conductas
sociales, pero su raíz es edípica (es decir, social también) en función de la
resignificación del incesto a partir de la pareja: para el varón, el vínculo exclusivo
con una mujer reedita la captura materna; para la mujer, el placer en la pareja
confronta culposamente con la envidia de la madre. Por eso, para entender cómo
alguien arma lazos de pareja, hay que analizar lo materno. Ya lo dijimos en otro
artículo: varones y mujeres no son solo roles sociales o conductas estereotipadas,
son también –para el psicoanálisis– formas de ser hijo o hija, ficciones para velar
que uno (cree que) se separó de las figuras parentales.
Recordar que, como varones y mujeres, somos hijos y que la raíz de la culpa es el
complejo de Edipo, es un prolegómeno necesario para hablar de la infidelidad.
En una pareja hay dos escenas típicas en torno a la infidelidad. Uno empieza a
notar que el otro se comporta de manera especialmente atenta, no es usual que esté
de tan buen humor, menos el uso de la ternura fuera de contexto (por ejemplo, en
un ascensor ante la mirada de otros). Entonces ese uno pregunta: “¿Vos me estás
engañando, no?”, en base a la lectura espontánea de esos indicadores de un
enamoramiento artificial; y quizá sea cierto, lo clásico es: la culpa se compensa
con ese extremo cuidado y permite desplazar hacia la pareja el cariño que se
reprime con el amante, es decir, en el inconsciente la infidelidad no es sexual sino
respecto de lo tierno. Por eso muchas personas cuando son descubiertas en un acto
infiel dicen “Esto no es lo que parece”, como un modo de decir “Es sólo sexo, acá
no hay intimidad”.
Sin embargo, hay otra circunstancia que interesa para pensar la infidelidad: otro
modo de tramitar la culpa ya no es con la compensación amorosa, sino a través de
la indiferencia que produce hostilidad en el otro; o bien un reforzamiento
superyoico (como forma de disociación de la culpa) que le marca al otro detalles,
que hace que éste le diga “Estás insoportable” y, por esta vía, descarga de manera
indirecta su castigo sobre el culpable, lo que produce alivio y tranquilidad. Esta
manera de “hacerse retar” es menos corriente, pero no menos típica.
La infidelidad es uno de los temas más problemáticos en una relación de pareja. La
relación monogámica implica un pacto de exclusividad. Sin embargo, como dice la
frase popular, “hecha la ley, hecha la trampa”.
Es curioso que se nombre “salir de trampa” al encuentro furtivo entre dos amantes.
Porque no queda claro si el que sale de trampa será un cazador o la presa.
Asimismo, incluso es llamativo que se llame “amantes” a quienes se encuentran
por fuera de una relación matrimonial. Porque, salvo excepciones, estos encuentros
suelen implicar algún tipo de decepción.
Imagen de la película “Infidelidad”
Por cierto, cabría aquí hacer muchísimas distinciones; por ejemplo, no es lo mismo
quien sostiene una relación continua con otra persona, que la situación ocasional
en que se condesciende meramente al goce sexual. Aunque sea doloroso plantearlo
en estos términos, no es poco frecuente que alguien inicie una relación “paralela”
durante cierto tiempo hasta que esta “nueva” relación conduce al sepultamiento de
la anterior. No creemos que se deba conservar el nombre de infidelidad para estos
casos. Por eso, nos referimos en estas líneas a la infidelidad entendida en el
segundo sentido planteado, es decir, a la coyuntura en que alguien mantiene una
relación sexual con otra persona, a expensas del compromiso que lo une con su
pareja, y en la que no se incluye ningún componente emocional.
“No sé por qué lo hice” es lo que muchas veces suelen decir los pacientes varones
que pasan por situaciones semejantes. Y a veces arguyen que podría tratarse del
deseo de sentirse hombres, que “todavía pueden” (de acuerdo con el título de un
espectáculo de Cacho Castaña, que recuerda que siempre se alardea de lo que se
carece). No obstante, en las mujeres se encuentra a veces el mismo argumento,
sumado a una descripción de la pérdida de erotismo en su relación, y la falta de
remedio al sucumbir al “sentirse deseada”.
Ahora bien, ni para un caso ni para el otro, pareciera que la distinción de género
ofrece demasiadas respuestas, ya que la infidelidad en estos casos suele presentarse
como algo inmotivado. Y esa falta de motivos suele llevar a que el traidor (porque
la infidelidad en este punto es un asunto de traición) deje alguna pista para ser
descubierto. Esa pista puede ser tan sutil, como para motivar que el otro decida
revisar su celular. En última instancia, lo importante es que aquí encontramos un
factor crucial, al que ya nos referimos: la asociación entre infidelidad y
sentimiento de culpa.
Desde la perspectiva freudiana, la infidelidad podría explicarse de una manera
general. En una de sus “Contribuciones a la psicología del amor” (1910) Freud
hablaba de la división del deseo en el varón, orientado por un lado hacia el amor
materno y, por otro lado, hacia el erotismo de la mujer degradada. Por esta vía, al
perder incentivo su relación de pareja, el deseo por otra mujer aparece como una
suerte de compensación. No obstante, esta consideración es demasiado amplia.
Quien sí entrevió un aspecto más profundo de este fenómeno fue Melanie Klein,
cuando en su trabajo “Amor, culpa y reparación” (1937) advirtió que la infidelidad
es corriente como una manera de reducir la dependencia (¡el lugar de hijo!) que se
siente ante la persona que se ama. De esta manera, es una suerte de venganza hacia
el otro, para desasirse de algún modo del, como dice la canción de Los Redonditos,
“maldito amor que tanto miedo da ”. De acuerdo con esta explicación, se entiende
por qué ese lazo íntimo entre infidelidad y culpa, ya que ésta viene a ser una forma
de reducir el deseo agresivo hacia el otro, es una manera de poner a prueba su amor
(a través del perdón).
La explicación de Klein es más comprensiva que la de Freud. Incluso conduce a un
resultado clínicamente atractivo: nadie es infiel por deseo, sino por cobardía moral,
por torpeza e inseguridad. Sin embargo, resta un aspecto que debe ser esclarecido.
Nos referimos al componente de traición que la infidelidad conlleva. La venganza
puede reconducirse a una relación dual como la que propone Klein, pero la traición
supone el desafío de una ley que implica una “terceridad”. Para entender este matiz
es preciso recurrir al psicoanálisis de Lacan.
En la traición, no sólo se expresa un deseo agresivo hacia otro, sino que se cancela
el pacto que, como instancia tercera, unía a dos personas. Por eso, la infidelidad
duele tanto, ya que se pone en cuestión la posibilidad misma de la relación. Una
infidelidad nunca es algo que solo acontece como síntoma de una relación, sino
que más allá de cualquier motivo, es el síntoma del fin de una relación. Es una
trampa.
Lacan decía que lo que no está prohibido se vuelve obligatorio. Quizá por eso, la
infidelidad sea un modo tan frecuente de terminar con una relación, cuando no hay
otro modo más maduro de hacerlo. Sólo por derivación se habla de la infidelidad
como algo que implica un deseo “prohibido”. Por el contrario, en la infidelidad se
hace de la prohibición una estrategia para sostener un deseo artificial y, en última
instancia, decepcionante.
La pareja del siglo XXI es una pareja acosada por la infidelidad. Más bien, es una
pareja que es tan endeble, que solo puede apoyarse en arena movediza: la fijación
en el deseo no produce más que inestabilidad. Pero es cierto que en esta época que
disolvió otros principios para hacer lazo, no queda mucho más que permanecer
como deseables y si no se puede controlar el deseo del otro… es posible perderlo
en cualquier momento. Por eso la forma más habitual para desplegar castigos o
resentimientos en una relación es a través de la traición del deseo.
No obstante, el deseo ¿no es traidor por definición? Incluso cuando dos personas
(se) desean, no desean lo mismo. El deseo es siempre un tercero en discordia en
una pareja. A lo sumo la infidelidad viene a darle cuerpo a aquello que ya, mucho
antes, se realizó a través de la fantasía. A nosotros nos importa ubicar que la
interpretación moral del acto no suma demasiado; mejor tratar de entender por qué
se llegó hasta ese punto, por qué ante un conflicto de deseo no quedó otra opción
que esa forma subrepticia de agresión, porque –como ya dijimos– nadie es infiel
por deseo.
Hoy en día cuesta demasiado dejar de ser hijos. Varones y mujeres, somos niños
que nos debatimos ante las demandas culturales como si fueran versiones de mamá
y papá. Creemos que estamos cambiando la sociedad, pero no actuamos más que
una revuelta que, a veces, ni siquiera tiene dignidad juvenil. No se trata de ser
conformistas, sino de que la orientación la dicte el deseo, porque podemos
reinventar todos los modos vinculares que queramos, pero incluso una pareja
abierta es permeable al reproche de infidelidad. El malestar del deseo ineliminable.
Entonces, el punto es cómo transitar un vínculo que, a pesar de la ambivalencia, no
lleve a la agresión.
Se ama con odio, nadie que ama puede jactarse de que sabe amar, por eso si hay un
desafío contemporáneo es el de preservar que el componente hostil del amor no se
resuelva agresivamente. Los infieles muchas veces terminan con una pareja a la
que aman, por la culpa infantil que les produce el deseo; el castigo no redime del
amor que, entonces, permanece intacto. En la infidelidad muchas veces alguien es
agresivo con otro, pero se arruina a sí mismo en un intento desesperado por tener
las riendas de un deseo que, si no controla, siente que se le vuelve en contra.
Tenemos infieles por seducción compulsiva, infieles celosos, infieles despechados,
infieles por miedo al abandono, infieles porque no se sienten del todo cuidados,
etc. Lo importante es que en la segunda calificación de la infidelidad se reconoce
el tipo de infantilismo que llevó a alguien a la traición efectiva. Quizá algún día
pueda dejar de ser hijo/a en lugar de ser infiel.

También podría gustarte