Majestuosas, sigilosas, veloces, inteligentes y hábiles: si el mar es
de los tiburones y la sabana de los leones, la hegemonía del reino de
los cielos es delas águilas. Pertenecientes a las familia Accipitridae,
este tipo de aves sobrevuelan los cielos de todo el mundo excepto los
antárticos. Depredadores por excelencia estos pájaros son
temibles aves de presa. Cuentan con un pico fuerte y robusto
acabado en punta y hacia abajo que les facilita la tarea de separar los
pedazos de carne de sus víctimas. También gozan de un sentido de
la vista extraordinario con el que pueden divisar a sus presas a
grandes distancias y además, sus potentes y robustas garras les
permiten atrapar animales más grandes que ellas y trasladarlos por el
aire.
Pese a ser símbolo de numerosas naciones por sus encomiables
atributos y su majestuoso porte, y pese a situarse en lo más alto de las
cadenas alimentarias de las que forma parte, numerosas especies de
águilas se encuentran en la actualidad en peligro de extinción debido a
la progresiva pérdida de hábitats, la ausencia de presas e incluso en
algunos lugares la actividad de los cazadores. Un ejemplo de ello es
el águila imperial blanca, una de las especies en peligro de extinción
en España.
Un águila calva adulta - Haliaeetus leucocephalus- regresa triunfante a
su nido con la captura entre las garras con la que alimentará a sus
polluelos. Para las poblaciones más septentrionales de la especie, la
época de reproducción del ave símbolo de los Estados Unidos se
extiende entre los meses de abril y agosto. Tanto el macho como la
hembra participan de la construcción del nido, cuidando también de
los pollos y llevando a cabo la búsqueda de alimentos.
Una sólida relación de pareja
Las águilas calvas son ave monógamas por naturaleza y se emparejan para
siempre, a no ser que la pareja muera demasiado pronto. Año tras año, la
mayoría regresa al mismo nido. Otras aves también clasificadas como
monógamas pueden tener otras parejas, pero no es el caso del pigargo
americano.
Los pigargos americanos -Haliaeetus leucocephalus- son un ejemplo
de decoro. Son monógamos por naturaleza y se emparejan para
siempre, a no ser que la pareja muera demasiado pronto. Año tras
año, la mayoría regresa al mismo nido. Otras aves también
clasificadas como monógamas pueden tener otras parejas, pero no es
el caso del pigargo americano.
Sin embargo, en lo que se refiere al cortejo, esta ave rapaz bien
merece el calificativo de salvaje. La maniobra que muestra esta
fotografía, una especie de pirueta mortal en tirabuzón, es «el más
espectacular de los rituales de cortejo», afirma el ecólogo David
Buehler, de la Universidad de Tennessee.
«Las dos aves ascienden a gran altura, entrelazan las garras y luego
se dejan caer, haciendo piruetas, hacia el suelo.» Antes de tocar
tierra se sueltan, aunque no siempre lo consiguen. En 2014 dos
ejemplares adultos con las garras enredadas aparecieron entre las
ramas de un árbol en Portland, Oregón. Al rato se liberaron y huyeron
volando.
Esta exhibición de cortejo podría ser un modo de «evaluar la
condición física de tu pareja» y despertar en ella el deseo
de apareamiento, explica Buehler. «Es como salir a la pista de baile
cuando uno baila muy bien.» Existe un cierto riesgo, ya que la pirueta
puede acabar en una colisión fatal. «Se trata de un interesante dilema
–apunta Buehler– entre tener éxito con una pareja y garantizar tu
propia supervivencia.»
Para muchos pueblos y lugares del planeta el águila es un
símbolo nacional. Lo es para los estadounidenses y también para los
alemanes, como yo. A los fotógrafos nos gusta retratar a estas aves
en toda su majestuosidad, planeando en el cielo azul y con un
impoluto plumaje en perfecto estado de revista.
Pero en las islas Aleutianas, en Alaska, me encontré con un
águila infinitamente más salvaje y áspera, el águila calva (Haliaeetus
leucocephalus). Sucias, mojadas y a menudo peleándose entre ellas,
aquellas aves no eran precisamente lo que uno espera de un símbolo
nacional. Sin embargo, su capacidad de enfrentarse a lluvias
torrenciales y a unos congéneres antipáticos con los que las
relaciones son difíciles tal vez sean valores mucho más inspiradores
en la elaboración de un mito. En las inmediaciones de la población
de Unalaska y el vecino Dutch Harbor, el puerto pesquero más
grande de Estados Unidos, las águilas están más que
acostumbradas a la gente. Como hay pescado por doquier, las águilas
merodean por la zona a la caza y captura de restos. Vuelan hasta los
barcos pesqueros que regresan a puerto y rebuscan en la
cubierta. Vuelan hasta donde los marineros limpian las redes. Se
posan en los tejados de las plantas de procesado y envasado.
Para tomar estas fotografías, fui a los parajes naturales alejados de la
ciudad donde se congregaban aquellas aves tan habituadas a la
especie humana. Allí podía verlas cara a cara, acercarme sin
camuflajes. En todo momento ellas sabían que yo estaba allí. Para
estudiarlas y aprender qué les gustaba y qué no, tenía que andarme
con cuidado, permaneciendo largas horas entre ellas, tumbado boca
abajo e inmóvil. He estado siete veces en las Aleutianas y pienso
volver. Soy amante de las águilas. Me encantan. ¿Por qué? Quizá
porque ellas vuelan y yo no.