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CRANFORD

El documento analiza la novela Cranford de Elizabeth Gaskell, una de las primeras novelistas inglesas del siglo XIX. Describe la estructura no lineal de la novela y cómo retrata el paso del tiempo y los cambios sociales, especialmente el impacto de la revolución industrial en una pequeña ciudad y la sociedad femenina que la habitaba.

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CRANFORD

El documento analiza la novela Cranford de Elizabeth Gaskell, una de las primeras novelistas inglesas del siglo XIX. Describe la estructura no lineal de la novela y cómo retrata el paso del tiempo y los cambios sociales, especialmente el impacto de la revolución industrial en una pequeña ciudad y la sociedad femenina que la habitaba.

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“CRANFORD”
DE ELIZABETH GASKELL

Mujer y escritora en una época en que el papel reservado a las


mujeres en la sociedad era el de esposa, madre o hija, Elizabeth Gaskell
pertenece a esa clase de novelistas inglesas que en la primera mitad del
siglo XIX se empeñaron en trasponer esos límites y empezaron a ocupar un
espacio de influencia en el territorio de la literatura, hasta entonces
exclusivamente masculino.
Fue la octava y última hija de un funcionario y periodista, William
Stevenson, y de Elizabeth Holland, perteneciente a una familia de
terratenientes aristocráticos de Chechire. Nació en 1810, pero no conoció a
su madre, quien falleció trece meses después de haberla traído al mundo.
La familia Holland se hizo cargo de ella y la llevaron a vivir con ellos a la
pequeña ciudad de Knutford, mientras que su padre permaneció en
Londres, donde, en 1814, se volvió a casar. Se crió, pues, con sus tías y
tíos en la pequeña ciudad Knutford. A los veintidós años se casó con
William Gaskell, un pastor de la iglesia unitaria. El matrimonio se
estableció en Manchester y tuvieron varios hijos. Pero ella nunca dejó de
visitar Knutford, donde su infancia había transcurrido dichosa y saludable
gracias a la generosidad y el amor de sus tías y tíos.
Los recuerdos de Knutford nunca la habían abandonado, como lo
demuestran sus primeros cuentos. Cranford es sin duda su homenaje a
Knutford, pues fue en el curso de una de sus visitas, en el otoño de 1851,
cuando se gestó su escritura. Encontrándose allí, aquel otoño recibió una
carta de Dickens invitándola a colaborar en su nuevo periódico literario, el
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Household Words. Había ido a visitar a sus parientes y amigas para escapar
de sus obligaciones sociales. El resultado de su descanso fueron los dos
primeros capítulos de Cranford, que terminó de escribir en diciembre de
ese año. Dickens los publicó en primera página del número de diciembre.
De las cinco novelas de Elizabeth Gaskell, Cranford es la más
célebre y ocupa un lugar atípico en el paisaje de la novela inglesa
victoriana.
La era victoriana cristalizó los cambios profundos generados por la
revolución industrial. Inglaterra conoció una transformación de sus modos
de vida debida a una creciente urbanización, el empobrecimiento del
campesinado y una especulación financiera que hizo y deshizo fortunas de
la noche a la mañana provocando la desaparición de su tradicional sistema
de valores. La llegada del ferrocarril simboliza la entrada en la nueva era.
Elizabeth Gaskell escenifica en Cranford ese tránsito del pasado al
presente. Después de su muerte, en 1865, se convirtió en su libro más
famoso. Los críticos de la época destacaron su “innegable encanto
femenino”. Pero en el siglo XX, especialmente a partir de Virginia Woolf,
la valoración literaria de la obra de Elizabeth Gaskell adquirió otra
dimensión. Se empezó a ver en ella a una observadora sagaz de la
condición de la mujer. Hoy por hoy, el lector de Cranford queda admirado
ante un libro que no parece tener equivalente en ninguna de las novelas de
su tiempo, ni siquiera las escritas antes y después por la propia Gaskell, y
que deja una impresión de innegable modernidad narrativa.
Lo primero que sorprende es la estructura discontinua del relato,
fragmentos unidos por una voz narradora, que es a la vez uno de los
personajes. Esto acaso se deba a que al principio apareció por entregas,
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como una serie de cuentos en el citado semanario dirigido por Dickens,


entre diciembre de 1851 y mayo de 1853, y posteriormente como un solo
volumen en junio de 1853 con el definitivo título de Cranford, Pero en
realidad, si comparamos Cranford con las demás novelas de Gaskell, casi
todas de temática social, podemos pensar que la autora se había propuesto
conseguir una libertad de tono y una técnica que le permitiera la misma
espontaneidad y ejercicio del humor que empleaba en su correspondencia
personal. Una forma consciente de ficcionalización del “yo”.
Cranford es una escritura de la memoria. La narradora “revive” sus
recuerdos de Cranford con cada una de las visitas que hace a la pequeña
ciudad a lo largo de los años. Como ya señalamos, la generación de Gaskell
vivió una revolución con la llegada del ferrocarril. La historia central, que
termina con la muerte de la señorita Jenkins, abarca los capítulos 1 y 2,
“Nuestra sociedad” y “El capitán”. La narradora, Mary Smith, vive en
Drumble, “una gran ciudad comercial”, y mantiene nexos de amistad con
ciertas damas de Cranford, una ciudad pequeña “que dista sólo veinte
millas por ferrocarril”; todas ellas, de prosapia terrateniente, viven de sus
rentas administradas por el padre de Mary, un experto en inversiones
financieras en la nueva banca privada. Cranford es un mundo femenino
cerrado, de costumbres y valores rígidos: “está en poder de las Amazonas;
los inquilinos de todas las casas que sobrepasan cierto alquiler son
mujeres”. Las damas de Cranford son autosuficientes (“¡Un hombre estorba
tanto en una casa!”), se caracterizan por su generosidad, “un poco
dictatorial”, son indiferentes a lo que opinen los demás en materia literaria
o política, anticuadas en el vestir y viven obsesionadas con las reglas de
una etiqueta anacrónica. Una breve alusión de la narradora a un paraguas
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de seda roja es suficiente para situar el relato en el tiempo. “¿Han visto


alguna vez un paraguas de seda roja en Londres?”, pregunta al lector de
1851. A diferencia del de hoy, éste sabía muy bien que los paraguas de
seda habían sido reemplazados por los de algodón en 1840.
El capitán Brown ejemplifica los modales de la nueva sociedad que
estas damas execran: fue un veterano de las guerras contra Francia y ahora
es un empleado de los ferrocarriles. No le basta con ser pobre, sino que lo
pregona, y lo que es peor, lee al señor Dickens. La disputa literaria entre la
señorita Jenkins, lectora fiel y devota del doctor Johnson, y el capitán
Brown, fervoroso de Dickens, a tal punto que un día “totalmente absorto en
la lectura de un número de Pickwick que acababa de recibir” muere
aplastado por un tren, es la escena que establece la diferencia entre el
pasado y el presente.
Otra fugaz señal de la desaparición del viejo mundo lo protagoniza la
enternecedora señorita Matty cuando al entrar una tarde al salón de su casa
descubre llena de espanto la presencia de “un caballero sentado con el
brazo alrededor de la señorita Jessie”.
Gaskell analiza, a través un complicado tratamiento del tiempo, la
desestructuración de la sociedad. Como hemos visto, los capítulos 1 y 2
sitúan la historia en un presente cercano, entre 1840 y 1850. A partir de allí,
el libro se centra en la señorita Matty: los capítulos 3 y 4 nos remiten a
1810, cuando la señorita Matty era joven y estaba enamorada; en el
capítulo 5, las cartas de amor de los padres de las señoritas Deborah y
Matty Jenkins, nos remontan a 1770 (la época en que se casaron los padres
de Elizabeth Gaskell). A partir del capítulo 6 hasta el final del libro, Gaskell
une los cabos que había dejado sueltos y describe, a través del destino de la
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señorita Matty, el final de una sociedad patriarcal en que las mujeres


solteras vivían de sus rentas, modestas pero seguras, y el advenimiento del
liberalismo comercial que las aísla en la pobreza, de la que sólo las
preservará la solidaridad y la bondad, personificada por la “vieja” y púdica
solterona Matty. Cuando el libro termina, “nuestra sociedad” no existe más,
pero “de algún modo todos somos mejores cuando ella [la señorita Matty]
está cerca”.

ANA BECCIU

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