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Los Vengadores: Biblioteca Rivadeneyra

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L A M A Y OE OOÑ QTTIST A

P R IM E R E P IS O D IO

BIBLIOTECA RIVADENEYRA LOS VENGADORES


POR
Clásicos Rivadeneyra.
Selección de obras desde los orígenes
hasta fines del siglo xvm. Tomos lujosa­
B randao (R .). —Los pobres, novela; tra­
ducción del portugués; 4 pesetas.
G abriel y G alán (J. M.a). —Obras com­
EL CORONEL IGNOTOS
mente encuadernados en tela y estam­ pletas; dos tomos: rústica, 10 pesetas;
paciones en oro, 5 pesetas. tela, 14 pesetas.
L ópez M ariín (F.). — Blasco Jimeno,
Bdiciones selectas. drama premiado por la Real Academia
Obras notables de la literatura uni­ Española; 4 pesetas.
versal, antiguas y modernas. Tomos pri­ —E l rebaño; drama; 4 pesetas.
morosamente encuadernados en tela, M ata (P.).—Irresponsables; 5 pesetas.
con estampaciones en , plata, 6 pesetas. T oral (J.).— Flor de pecado) 5 pesetas.
Escritores modernos. En prensa.
Obras de los más célebres escritores M as (José).—E l rastrero) novela cas­
nacionales y extranjeros del siglo xix. tellana.
En rústica, bajo artísticas cubiertas, V illaespesa (F.). Vasos de arcilla)
5 pesetas. poesías inéditas.

Escritores contemporáneos. BIBLIOTECAS PARA NIÑOS


Obras de los más ilustres escritores (Encerradas en artísticos estuches.)
contemporáneos nacionales y extranje­ Serie Liliput.
ros. En rústica, con elegantes cubiertas,
5 pesetas. 40 cuentos; 200 dibujos en colores, por
los más populares dibujantes humoris­
Lecturas para mi hija. tas; 400 páginas; 2,50 pesetas.
Colección de novelas escogidas que Serie Velázquez.
pueden leerse por todas. En rústica, con
primorosas cubiertas, 4 pesetas. Método simplificado de dibujo y colo­
rido, por el popular dibujante «Karika-
Viajes y aventuras. to»; 100 dibujos; 1,50 pesetas.
Viajes célebres y novelas de aventu­ Serie Mignon.
ras, con ilustraciones, 5 pesetas.
Celebradas aventuras de la popular
Biblioteca novelésco-científica. Mariquita; una peseta.
Colección de todas las obras del ilus­ Serie Rosa.
tre escritor D. José de Elola, Corone/
Ignotas, ilustradas, a 4 pesetas. Cuentos escogidos : El gaitero de
Hameling; Viaje a Marte; El Rey del
Tomos publicados. Río de Oro; Ratoncita Blanca; 1,50 pe­
V iajes P lanetarios en e \ S iglo x xii setas.
I. —Délos Andes al Cielo. Serie Blanca.
II. - Del Océano a Venus.
III. —E l Mundo Venusiano. Cuentos para niñas: Corazoncito del
Bosque; Flor de Almendro; El vestido
L a D esterrada de la T ierra de baile; Las dos amigas; 1,25 pesetas.
IV. —E l Mundo-Luz.
Y .—E l Mundo-Sombra. Serie Maravilla.
VI.—E l A mor en el S iglo C ien
En colores, ocho cuadernos de inte­
L a M ayor C onquista resantísimos cuentos de aventuras, caza
VIL —Los Vengadores. y viajes; una peseta.
En prensa.
Serie Fantasía.
Po 1Icía T elhgráfica
Alicia en el País de las Maravillas; ori­
En preparación. ginal presentación con artísticas ilus­
Los M odernos P rometeos traciones, encuadernada en cartoné;
2 pesetas.

A lvarez P uente (M.) E l naviero Mas; Serie Oro (en prensa).


I, Los signos, novela; j pesetas. Buby encuentra un tesoro; Buby se
A lvarez y S otomayor (J.).—Rudezas, convierte en pájaro; Buby escribe a los
poesías regionales; 4 pesetas. Reyes.

B IB L IO T E C A N O V E L E S C O - C IE N T ÌF IC A

LA MAYOR
CONQUISTA
Es propiedad. Prohibida la repn-
ducción, incluso la “ cinematográ­
fica”, sin permiso del autor.
^ | > ^ A ^ A /S /S ^ V A A A A A ^ \A A A A A A < > V N A /V S /V V ,,> A A < V V V V X W W V W S A /S A A A A A A A A ^ A ^ > A A A A A ^ A A ^ A A A A A A A A A A <

LA M AYOR
IC O N Q U I S T A
¡J POK

EL CORONEL IGNOTÜS
JOSÉ DE ELOLA

PRIM ER EP IS O D IO

LO S VENGADORES

¡31 1 3 El

MADRID, LIBRERÍA RIVADENEYRA



9

ín d ic e :
Págs. Págs.

I. —Un tren extraño............... 7 XVI.—En donde Bertier cree estar


II. —Las primeras alarmas.... 10 sonámbulo ........................ 66
III. — Una cita en el desierto... 15 XVII.—Una madeja de pistas en­
IV. —Un viajero que preocupa a redadas ............................ 70
los demás......................... 19 XVIII.—Cabos sueltos que el tiem­
V. —Quién es el argentino y cuál po teje en tramas........... 74
su portentoso invento..... 22 XIX. —Voz-luz y Luz-palabra... 79
VI.—Lo que busca Lobera en el XX. —La emboscada.................. 82
Sahara .............................. 26 XXI. —El crimen de Tadelaka... 87
VII. —Una idea de Duvery....... 30 XXII. —Al fin habla Emma......... 92
VIII. —Lucha de astucias........... 33 XXIII. —La cobardía de una mujer
IX.—Lo que puede leerse en el enamorada ....................... 96
blanco revés de un pasa­ XXIV. —Duvery va pensando que su
porte ................................ 37 hija ha visto claro........... 99
X.—Un importante y proteico XXV. —La peluca del camello con­
personaje ........................ 40 tinúa dando juego........... 104
XI. —Dos interesantes telegra­ XXVI.—Una entrevista interesante... 109
mas ................................... 45 XXVII. —La indiscreción de don
XII. —Un armadijo telegráfico. 48 Gustavo ............................ 113
XIII. —La cólera de Abd-el-Gahel. 54 XXVIII. — Cassín paga la que hizo en
XIV. —Tres días después........... 58 Tadelaka .......................... 116
XV.—Las dos barajas de Moyfsk. 62 Paréntesis 122
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTÍFICA
por «EL CORONEL IGNOTUS»

Pesetas.

DE LOS ANDES AL CIELO.— P rim e ra etapa de «V iajes Planetarios en el siglo x x n » ,


segunda e d ició n ................................... ................................................ .............................................. 4
DEL OCÉANO A VENUS.— Segunda etapa de la m ism a obra, segunda íd e m ..................... 4
EL MUNDO VENUSI ANO.— Terce ra y ú ltim a etapa de la m ism a obra, segunda íd e m ... . . *
LA DESTERRADA DE LA TIERRA.— P rim e ra p a r t e .-E L MUNDO-LUZ...................................... 4
EL MUNDO-SOMBRA.— Segunda parte de la a n te rio r..................... .............................................. 4
EL AMOR EN EL SIGLO CIEN................................................................................................................ 4
LA MAYOR CONQUISTA.— P rim e r episodio: LOS VENGAD RES...................................... *.......... 4
EN PRENSA:
POLICÍA TELEGRÁFICA.
E N P R E P A R A C IÓ N :
LOS MODERNOS PROMETEOS.

OTRAS OBRAS Dt¡ JOSÉ DE EROLA


MODERNAS BRUJERIAS DE LA C IE N C IA ....................................................................................... 6
MÁS BRUJERÍAS CIENTÍFICAS. - E n preparación.
EUGENIA.— N ovela.................................................................................................................................... 3
LA PRIMA JUANA.— Novela, dos tom os............................................................ 3
BOSQUEJOS.— Cuentos............................................................................................................................ 3
CORAZONES BRAVIOS— Cuentos ............................................................................................... 1
CUENTOS ESTRAFALARIOS DE AYER Y MAÑANA.— (A go ta d a ).
REMEDIO CONTRA CEGUERA.— Com edia cn dos actos (agotada).
LA NIETECILLA.— Idem en id., id.
IN ARTÍCULO MORTIS.— Id e m en un acto, id.
PRECOCIDAD.— Ide m en id., id.
MACBETH.— Versión de la tragedi de este nom bre, d e W illia m Shakespeare................. 2
OBRAS DRAMA ' ICAS.— E l salvaje, Luz de belleza............................................................................ 2
EL FIN DE LA GUERRA.— Con el seudónim o I g n o t u s ................................................................. 3,50*
«aw y — -----------------------------------------

EL CREDO Y LA RAZÓ N — Segunda edición ................................................................. ................ 3


LA VERDAD DE LA GUERRA.— Versión del inglés (agotada).
LAS CAUSAS DEL DESASTRE.— Con seudónim o I gn o tus (agotada.)
LA CAMPAÑA DEL R0SELL0N.— (Agotada.)
EL PLEITO DEL REGIONALISMO.— Con seudónim o Don Ñuño (agotada).
LA ENFERMEDAD DE LA PESETA........................................................................................................ 2
LO QUE PUEDE ESPAÑA.................................................................................... ..................................... 1
■wrr- ... .

PLANIMETRIA DE PRECISIÓN.— Prem iada por la Escuela de M inas, cuatro v o lú m e n e s .. 50


LEVANTAMIENTOS Y RECONOCIMIENTOS TOPOGRAFICOS.— De texto en varias Escuelas
de Ingenieros, tres volúm enes.............................................................................. ..................... 30
AGENDA DEL TOPÓGRAFO........................................................................................... *.................... - 7
ESPAÑA EN MARRUECOS.— Mapa de la zona de influencia española.................................... 3
UN TREN EXTRAÑO

“Bir-el-Charama (Pozos de Charama), vein­ nadas por la lumbre solar, cuya reflexión
te minutos”, gritó el bereber negro que ha­ en las desoladas laderas hace subir el ter­
cía de mozo de estación en la del pequeño mómetro hasta bordear, a veces, los 70
oasis de aquel nombre, al parar en ella, a las grados.
nueve de la mañana del l.° de abril de 1996, Esto de día, pues por la noche la misma
el tren que, salido de Tánger a las diez de locomotora ha de proveer a la calefacción
la noche de la antevíspera, y pasando suce­ de los propios vagones de lujo.
sivamente por Fez, Tafilete, El Touat e In- ¡Calefacción en el Sahara!...
Salah, se dejaba ya atrás 2,100 kilómetros, Sí; no es ningún disparate, aunque al­
1.500 de ellos de desierto, al parar resollante guien pueda suponerlo; pues la falta de vege­
en el trozo citado. tación en la tierra, de humedad en el aire y
Desde que, vencido el Atlas, salió al Saba­ de nubes en aquel cielo siempre despejado, son
ra, fué saltando (sin detenerse entre uno y causa de que la irradiación calorífica del te­
otro) de oasi^ en oasis: los mismos antaño rreno y de las capas de aire en contacto con
utilizados como etapas de las antiguas cara­ él a las altas regiones de la atmósfera sea
vanas, de largo en largo organizadas para tan intensa durante las noches, que no es
cruzar el mar de arena, y utilizados en la raro baje la temperatura hasta dos y tres
época de la presente historia para establecer grados bajo cero.
las estaciones del ferrocarril transahárico; Según eso, cualquiera pensará que quien
es decir, de uno de los de e3te nombre, pues en el Sahara viva habrá de tener en alter­
a fines del siglo X X son varios ya los que nado uso constante variado guardarropa,
salvan la inmensidad del Gran Desierto; con trajes de batista para el día, y abrigos
siendo precisamente el recorrido por el tren de pieles para usarlos de noche... Y no e3
dond^vamos a entrar el más atrasado, pues así; porque cuando el sol quema, excede en
su vía sólo llega a Agadés, capital de la mucho la temperatura ambiente de la nor­
montañosa región del A ir o Asben, y toda­ mal (37 grados) del cuerpo humano, rio sien­
vía distante 800 kilómetros de Kouka, sobre do buen sistema combatirla usando trajes
el lago Tchad, donde acabará la línea cuan­ ligeros, sino, al contrario, recios, que pre­
do sea terminada. servan la piel del contacto con el aire más
Dicho tren no se parece a los que en Eu­ caliente que ella mejor que los livianos.
ropa y América estamos acostumbrados a De aquí que lo más fresco sea abrigarse
ver. En primer lugar, las enormes distan­ bien con lana o algodón blancos.
cias entre las estaciones donde puede tomar­ ¡Valiente frescura!
se carbón y hacer aguada obligan a emplear Verdad es, porque lo más a que usando
grandes locomotoras con grandísimos depó­ tal ropa puede aspirarse es a no sentir ca­
sitos de agua, para alimentarlas en marcha, lor superior a 37 grados: temperatura que
y ténders ccn provisión de combustible ade­ nadie tendrá por fresca fuera del Sahara,
cuada para poder correr, sin detenerse, has­ pero que lo es muchísimo para quien la com­
ta 300 kilómetros: trayectos en los cuales, para con las que allí pueden padecerse.
no solamen-.e ha de engendrar la máquina Los trenes de la línea Tánger-Agadés, to­
fuerza para el arrastre, sino la exigida por dos mixtos de mercancías y viajeros, no cir­
la refrigeración de los vagones de primera culan, desde Tafilete a la segunda de aque­
al atravesar durante el día, las inacabables llas poblaciones, sino un día sí y otro no, y
llanuras, donde el asfixiante calor suele lle­ llevan solamente dos clases de coches de via­
gar a 60 grados. Y todavía a más cuando el jeros: de lujo y para jornaleros indígenas.
tren corre encajonado en valles formados Los destinados a los últimos, gentes curti­
por arenosas dunas o peladas rocas calci­ das por las inclemencias de un abrasante
8 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIF1CA
sol, no son sino plataform as cubiertas y ro­ vegetación raquítica, y m isérrim as ellas en
deadas de barandales, donde en bancos sin recursos, no lo hay. Entonces lo carg ará el
respaldos, teknas, tuaregs, slim ans, tibous, tren antes de sa lir de T ánger o de Fez...
kelovis y demás representantes de nume­ Tampoco: eso co n stitu iría sobrecarga enor­
rosas tribus mezclas de árabes, berberiscos me para la locom otora; y además, cuando
y negros, se consideran perfectam ente insta­ fu era a em plearse en los vagones ya estaría
lados; pues para ellos hasta los bancos so­ casi totalm ente deshelado, porque no ha de
bran, por bastarles para encontrarse a gus­ olvidarse que este tren viaja a través de
to que les quiten con un sombrajo el sol de una atm ósfera de fuego, caldeada de día a
plano, y hueco donde sentarse en el santo tem peraturas cam biantes entre 55 y 70 gra­
suelo con las piernas cruzadas a lo moro. dos, salvo en escasos tram os recorridos a la
E n cuanto al traqueteo bárbaro de tales pla­ p recaria som bra de las palm eras de algunos
taform as sin ballestas, intolerable para cual­ oasis, en los cuales suele m antenerse entre
quier cristiano, no es nada para quienes es­ los 45 y los 50.
tán hechos a las trem endas sacudidas del D escifrarem os de u na vez la charada: el
tro te del camello. frío p ara congelar el agua de los radiado­
Los vagones de lujo, merecedores de este res lo proporciona la locomotora, sacándolo
calificativo con m ayor motivo que los más del fuego de su hogar o del vapor de su
suntuosos de los rápidos europeos y ame­ caldera, calentado a doscientos y pico de
ricanos, llevan doble acristalado en las ven­ grados.
tan as y además un pasillo que rodeando sa­ ¡Hielo de fuego!... No hay de qué asom­
lones, sleepings y comedores, tiene dobles b rarse: la cosa es vulgarísim a, pues a me­
paredes al exterior, entre las cuales quedan nos de disponer de un salto de agua, que
cám aras huecas y rellenas de serrín de cor­ no tiene a la mano toda fábrica de frío, con
cho, para aislar los coches de las extrem as fuego lo hacen siem pre las industrias fri­
tem peraturas exteriores. goríficas.
La calefacción nocturna se obtiene por Más aún; h a sta las mismas que fabrican
medio del vapor sobrante de la locomotora, hielo empleando m otores movidos con elec­
y la refrigeración de los salones y comedo­ tricidad no producida quemando carbón, si­
res, durante el día ocupados por viajeros, no empleando la fuerza de los saltos de
con bloques de hielo de 300 kilogramos, que, agua, no usan en definitiva sino fuego, que
en el centro de los coches, se colocan en ban­ en lu g ar de ard e r actualm ente en te rre s­
dejas situadas sobre irradiadores sem ejan­ tres hogares, ardió antes en el Sol: fuego
tes a los usuales en los edificios caldeados solar almacenado en el agua que cae, y
con vapor o agua caliente; mas con la dife­ mueve la tu rb in a y la dínamo, pudl s‘i el
rencia de llenarse los tubos de estos radia­ calor del Sol no llegara a la T ierra evapo­
dores de frío con el agua recién deshelada rando en sus ríos y m ares millares o m i­
de los bloques, que al gotear, de las bande­ llones de toneladas de agua, y levantándo­
ja s a ellos, se calienta poco a poco con el la a las nubes convertida en vapor, no h a ­
calor substraído al aire del vagón, aventado b ría lluvia en los valles ni nieve en las
con abanicos eléctricos hacia los tubos. m ontañas; y si el fuego del Sol no d e rri­
El agua permanece en los refrigeradores tie ra luego la nieve de los montes, no co­
h asta que su tem peratura sube a 26 .grados, rre ría n los ríos, ni habría saltos en ellos:
siendo entonces autom áticam ente desagua­ y a ver, entonces, dónde encontrábamos fu e r­
dos aquéllos y reforzada la provisión de hie­ za hidráulica.
lo de las bandejas. Si con calor so lar se transportan las in­
Como el calor para licuar los helados blo­ quietas aguas de los m ares a los picachos
que^ y el necesario para elevar después el de las cordilleras p ara dorm ir allí sueño de
agua de los tubos h asta 26 grados, se tom a nieve, nadie debe asom brarse de que la lum ­
de aire am biente de salones y pasillos!, bre de la locomotora se transforme en los
la tem peratura se m antiene en ellos alre­ bloques de hielo de los vagones de lujo del
dedor de 28 grados, la cual acaso no parez­ tre n de T ánger a Agadés.
ca m uy agradable a los lectores, pero que E l cómo es m uy sencillo; porque adem ás
la encontrarían deliciosa como hicieran un de la ígnea caldera usual llevin las loco­
viaje, el cual no les deseo, por el Sahara. m otoras de este tren otra caldera de frío.
Pero ¿de dónde se tom a el hielo en el E n ella una bomba de succión, movida p o r
D esierto? De ninguna p arte; porque en las la m ism a biela im pulsora de las ruedas,
aldehuelas de aquellos oasis, casi todos de absorbe p arte del a ire contenido en lo alto
LA MAYOR CONQUISTA 9
de dicha caldera, en cuyo fondo se vertie­ tantee en el aire del Desierto, cubra los rie­
ron previamente amoníaco o ácido carbóni­ les de la vía, llevan todas las locomoto­
co líquidos, que al evaporarse por efecto del ras aparatos semejantes a los barre-nieves
decrecimiento de presión determinado por de has usadas en los países muy fríos.
la succión, producen frío intensísimo, en­ Se;gunda, para defenderse de las grandes
friando una salmuera circulante en torno tornnentas arenosas levantadas por el vien­
de moldes llenos de agua natural cuya con­ to sur, que unos llaman sirocco y otros
gelación forma los bloques de hielo usados simemn, peligrosísimas cuando sorprenden
para refrescar el tren (1). a uní tren en marcha, arrojando sobre la vía
Bien se comprende que el sistema es one­ aglomeraciones de arena demasiado gran­
roso, y por ello únicamente personas opu­ des para ser separadas por la barredera
lentas viajan en los coches de lujo del de lia locomotora, se ha recurrido al ex­
transahárico: banqueros, directores, jefes pediente de dejar inmóviles las ruedas de
de grandes empresas industriales, ricos tu­ aquéilla y las de los vagones de lujo, comen-
ristas, etc. etc.; pues el billete de Tánger a zandlo en seguida a funcionar, en lugar de
Agadés cuesta cinco mil pesetas (2 ): pre­ aquéllas, un mecanismo igual al empleado
cio muy justificado porque al gasto de car­ en l<os tanques de guerra y en ciertos trac­
bón ha de agregarse el del amoníaco o el tores agrícolas.
ácido carbónico líquidos, ingredientes Cet­ Ll egado este caso, se desenganchan los va­
ros: siendo el único económico en la refri­ gones de mercancías y los de indígenas, re­
geración la sal de la salmuera, pues la sal concentrando sus ocupantes, ad recalcandum,
sobra por todas partes en el Sahara (3). en Los de primera: con lo que aligerado el
Para acabar de dar noticia de las parti­ tren avanza, no sobre carriles, sino sobre la
cularidades más salientes de este tren ex­ arena que los cubre; pero, en vez de correr
traño sólo resta consignar tres: a velocidad de 60 kilómetros, no marcha Sino
Primera, por ser frecuente, más aún ha­ uno y medio a dos por hora.
bitual, que el polvillo de arena, siempre flo - Con semejante paso de tortuga no se pre­
tenda continuar el viaje, sino librar a los
viajeros del riesgo que, de permanecer el
(1) Habiéndose explicado l|os medios indus­ tren parado, correrían de quedar enterrados
triales de producir frío en otra obra de esta bi­
en la arena, y dar tiempo de que, pasada la
blioteca— El Am or en el Siglo Cien— no parece
oportuno molestar a mis lectores habituales con tormenta, puedan acudir en auxilio del tren
la repetición de lo ya dicho. potentes máquinas limpiadoras pedidas por
(2) Cada bloque de hielo de 300 kilogramos telegrafía sin hilos a las estaciones más
consume, para pasar de cinco grados por bajo a
veintiséis por cima de cero, un número de calo­
cercanas. Estas máquinas de socorro tienen
rías igual a esos 31 grados multiplicados por 300 ; algo de locomóvil y mucho de perforadoras
es decir, 9.300, las cuales han de sacarse del car­ de túnel.
bón del hogar, cuyo rendimiento allí no pasa de 10
P or último, en previsión de caso, no fre­
por 100 en la bomba aspirante, a su vez reducido
en la fabricación del hielo en otro 70 por 1 0 0 : lo cuente, pero sí posible, de que la tormenta
cual quiere, en cristiano, decir que, dando cada sea una de las terribles que alguna vez so­
kilogramo de hulla 8.000 calorías, sencillas pro­ brevienen— por el estilo de la que en el si­
porciones demuestran que cada bloque puesto en
los vagones exige quemar en la locomotora 40
glo xux dejó enterrada bajo montes de are­
kilogramos de hulla. na a toda una caravana francesa, salida de
(3) Así, el agua de los depósitos, tan pronto Ourg'la para hacer estudios de tanteo del
es hielo en la caldera refrigerante, como vapor en primero de los proyectados ferrocarriles
la de la fuerza propulsora, como agua, líquida de
nuevo, en los radiadores y en el condensador de
transaháricos—, llevan los cerrados vagones
la máquina, donde, gracias a la refrigeración, se de lu jo chimeneas extensibles que según las
logra enfriar dicho condensador en condiciones que arenas suben por los costados y por cima
permiten obtener del vapor mayor rendimiento
de ellos van elevándose más y más.
que el normal en las locomotoras europeas ; ren­
dimiento que es bien sabido crece en toda máquina Cinco metros de altura que el tren tiene
de vapor tanto más cuanto mayor sea la diferen­ (pues pensando en estas contingencias se
cia entre la temperatura de aquél al salir de la hacen altos los vagones), más siete que co­
caldera donde el agua hierve y la del condensador
en donde tal vapor vuelve a liquidarse. Esta es,
mo máximo pueden alcanzar las chimeneas,
aunque pequeña, una compensación del elevado dan doce: suficientes, salvo tormenta excep­
coste de la refrigeración. cional.
Quien no vea esto muy claro ahora, tenga un Tales chimeneas, en número de dos, y
poquito de paciencia, pues siendo calor y frío per­
sonales muy principales de esta historia, ya llegará cubiertas por caperuzas cónicas para que la
ocasón de ponerlo más claro. arena no las ciegue, proporcionan aire en
10 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
el interior de los vagones mientras los via­ Como se ve, están tomadas todas las pre­
jeros pueden salir del soterrado encierro. cauciones para el salvamento, que sólo pue­
No son, pues, estos artefactos, en defini­ de fallar cuando llegue a exceder de doce
tiva, sino meros ventiladores cuyo funcio­ metros el espesor de las arenas caídas so­
namiento es activado, de rato en rato, me­ bre el tren: caso que hasta la fecha de
diante aspas giratorias que establecen a esta historia no se ha presentado en los fe­
través de ambas chimeneas tiro entre el ex­ rrocarriles del Desierto, los cuales lo hacen
terior y los cochds enterrados. todavía más remoto tomando la precaución
El diámetro interior de ellas pasa de un de no salir de los oasis cuando por indi­
metro, dejando hueco suficiente para esca­ cios, bien conocidos de los indígenas, se ba­
las que, al caer el huracán, permiten a los rrunta tormenta que amenace ser grande.
viajeros salir al exterior.

II
LAS PRIMERAS ALARMAS

■—Pues si tan extraño le parece viajar por Los seis lustros de desierto no solamente
el Desierto sin sentir calor, y se llama us­ habían curtido su piel, sino templado y en­
ted a engaño, he aquí la ocasión de sentir, durecido su organismo: era tan duro a las
si no todo el de las arenosas regiones, pues­ penalidades africanas como un tuareg o un
to que Gharama es un oasis, algo a aquél eulad-sliman; hablaba sueltamente cuatro o
parecido. cinco lenguas africanas entre idiomas y mo­
— Sí, hombre, sí: voy a bajar: es casi dificaciones dialectales usadas por las di­
vergonzoso acabar un viaje a través del versas trib u s esparcidas en la inmensidad
Sahara sin conocer su calor: lo más típico del Sahara; su conocimiento de rutas, agua­
de él. Para eso me habría quedado en mi das, oasis, zocos, y de la meteorología del
casa de Buenos Aires, o me habría ido a Desierto le permitía orientarse en él como
veranear a Suiza. el mejor guía, conociendo, además de todo
Quién así hablaba era, según la última esto, algo tan importante o más: caracteres,
frase deja entrever, un bonaerense. costumbres, rivalidades y arterías de casi
Albo, elegante, esbelto, pero robusto y todas las tribus nómadas o seminómadas,
fuerte, no era, ni mucho menos, un Adonis; traicioneras y crueles, que viven de la ra­
pero su rostro vivo y simpático revelaba piña y las violencias que habitualmente
inteligencia, energía y franqueza. Edad, hacen pesar sobre las sedentarias, y cuando
treinta y cuatro años; nombre, Pepe L o­ pueden sobre colonos o viajeros europeos.
bera. A tal conocimiento del país, mejor dicho
El que lo invitaba a bajar del tren era países, y de sus habitantes, a su serenidad
un francés de cincuenta y tres años, Mon- y a su valor a toda prueba, debía haber
sieur Héctor Duvery, ingeniero jefe de la salido bien, donde muchos habrían fraca­
compañía constructora de aquel ferrocarril, sado, de no pocos aprietos en que hombres,
quien, después de una temporada pasada suelo y clima le habían puesto: sus idas y
con licencia en Francia, retornaba a su des­ venidas, sus empresas y aun hazañas, ha-
tino en compañía de sus hijos: Emma, de bían hecho conocida de muchos su persona
veinticuatro años, y Raúl, de diez y nueve. en el Sahara, y fam iliar su nombre a cuan­
Dedicado, al padre me refiero, desde los tos viven desde el E rg a Ennedi y de Kou-
treinta años a empresas ferroviarias en el fra al Eglab. (1)
Sahara, su tez se había tostado en térmi­ Años atrás, no siendo todavía sino uno
nos que ya no la aclaraban sus transitorias de tantos ingenieros al servicio de la em­
residencias de unos cuantos meses, cada presa del ferrocarril argelino de Constanti-
cuatro o cinco años, en la madre patria, y
el color bronceado de su cara parecía toda­ (1) El Sahara no es, cual no pocos suponen,
vía más obscuro por resaltar sobre la plata una sola llanura arenosa tendida del Atlántico
al N ilo y del A tlas al SenegaT, el Níger y las
de sus cabellos y su barba, completa y pre­ selvas ecuatoriales.
maturamente blancos. Aun cuando árido y desolado por todas partes,
LA MAYOR CONQUISTA 11
na a Bislcra, concesionaria de la prolonga­ sivamente a diversos lugares el de su resi­
ción de él hasta Kouka, en el lago Tckad, dencia, para mantenerla en: el centro de los
donde se alcanza el límite meridional del trabajos en ejecución. Así pasó a In-Salah #
Gran Desierto, habíase casado con la hija primero, a Agadés más tarde, y en el mo­
de un coronel francés del Ejército de Ar­ mento de comenzar esta narración tiene ya
gelia, la cual le había seguido de oasis en su casa y su centro de trabajos 230 kilóme­
oasis: más adentrado cada uno en el Saha­ tros más allá de Agadés, en Techiasco.
ra según avanzaba el tendido de la línea, Em m a es una bellísima muchacha rubia
hasta dejarla terminada. En uno de estos de sosegado y dulce carácter, con aparien­
oasis, en el de Kawar, había nacido su hija cia delicada que recuerda el tipo de las Ofe­
Em m a. lias y Desdémonas: Raúl, un mozo que
Finalizado aquel ferrocarril, pasó, ascen­ acostumbrado desde los doce años a acom­
dido ya, a cargo de mayor importancia, en pañar a su padre en sus expediciones y he­
la construcción de la vía Tafilete-Agadés- cho a la dura vida del Desierto, tiene des­
Kouka, viajando en la cual lo encontramos. arrollo superior a sus años. Todavía más
En el Touat había nacido Raúl, allí perdió curtido de rostro que Don Héctor, habla el
Duvery a su esposa; y nombrado a poco árabe como si árabe fuera, y el temaxec co­
Ingeniero Jefe de las obras de la línea, con mo un tuareg.
los progresos de ésta fué avanzando suce­ — Pues andando, señor Lobera— dijo Du-

*salvo en los oasis, entre sí separados por gran­ del Sahara entero no llega al medio m illón: o
des distancias, la reunión de algunos de éstos en sea menos de uno por cada 16 kilómetros cua­
manchas de variable extensión y la agrupación drados.
de verdaderas montañas divide el terreno en lla­ Existen grandes alturas, de las cuales son las
nuras extensísimas, pero que no constituyen todo más notables el monte Tousidé, en el Tibesti, de
el Desierto de Sahara. 2.500 metros de elevación ; el Tengik, el Doghem,
Del Atlántico, entre el Sahara español— Río de el Eghellatt y el Bagsen, en el Air, de 1.350 a
Oro— y las bocas del Senegal, se tiende de sur­ 1.880 ; el Eglab, macizo notable no por su altura,
oeste a noroeste hasta el Golfo de las Sirtes, sino por su constitución de granito y pórfido, que
en el Mediterráneo, una inmensa llanura de más en el Sahara occidental sobresale de las líneas
de 2.500 kilómetros de longitud, con anchura va­ formadas por las dunas de arena características
riable que supera a trechos los 1 000 formada de la región del Iguidí.
por los desiertos del Iguidí, Ouaran, el Djouf y Rasgo notable o extraño, dados los caracteres
el Gran Erg (erg significa montaña de arena), generales del Desierto, es la existencia en él de
arrugada por las colinas de Tamar, montes del lagos, que se encuentran en la región de Tassili,
Eglah, las dunas tel Iguidí y El Erg, y perpen- y los cuales supone Mr. Duveyrier son chascos
diculcularmente cruzada al sur de Argelia y Ma­ formados en antiguos cráteres de volcanes apa­
rruecos por la cadena (no continua) de oasis de gados.
Tafilete, El Touat e In-Saláh Von Bary visitó en 1876 unos lagos llamados
Más al centro, otras grandísimas llanuras, mas Miharo, comprobando que no son sino trozos de
no tan colosales como la anterior, quedan com­ un desaparecido río (uad), que a veces se juutan
prendidas entre comarcas montañosas y cadenas en un solo estanque y otras veces se reducen a
de oasis muy alejadas unas de otras. aislados fangales de agua termal. En este reco­
Los más salientes de dichos grupos orográficos nocimiento no fueron vistos cocodrilos, pero sí
son El Adrar de los lfoghas, El Ahagar, más al huellas evidentes de una especie pequeña de es­
Norte, y todavía más la meseta de Tassili y la tos saurios.
llamada (zona pedregosa) de Tlnguert. El único carácter de unidad entre las diversas
Detrás, es decir, más al este y en la parte regiones del Sahara es la gran escasez o falta
meridicional del Desierto, se encuentra el país absoluta dé aguas vivas y la penuria de vapor
del Air o Asbon con los macizos montañosos de de agua en el aire: tal que ni las armas se to­
Timgué o Tintelloust. Más allá, de norte a sur, man de orín ni las carnes muertas se pudren.
se tiende la línea de los oasis de Kawar y Bilma Las lluvias caen en las regiones más favorecidas
hasta el lago Tchaad, y todavía más lejos se su­ por ellas, tal es la inmediata al Níger, en tres o
ceden al sur do Trípoli zonas pedregosas, el país cuatro chaparrones de julio a septiembre, dando
de Fezzatn y el maciso montañoso del Tlbesti entre todos un mísero total de cinco a seis cen­
con el país quebrado de Borkon, a él ligado. tímetros en el año entero— Capitán A. II. W.
Por último, al noroeste se extiende el inmenso Haywod, exploración realizada en 1910— , y por
Desierto Líbico que hacia oriente llega al Nilo, ello, con ser raquítica la vegetación de las es­
al norte, a los oasis de Aoudjila, y en el cual tepas que por el sur limitan el Desierto, es me­
se hallan enclavados los grandes oasis de Koufra. nos miserable que la que existe en algunos que
Distancia media del Nilo al Atlántico— este a otros lugares, escasos y entre sí alejadísimos del
oeste— 5.000 kilómetros. Del Golfo de las Sirtes Sahara.
al lago Tchaad— norte a sur— unos 2.000. Hay comarcas donde la tierra pasa cuatro y cinco
En esta vasta extensión, de unos 8 millones años sin recibir una gota de agua, y en las regiones
de kilómetros cuadrados, poco menor que la de centrales, donde moran los tuaregs, se han re­
Europa entera, la superficie de los oasis no al­ gistrado hasta diez sin un solo aguacero.
canza sino 200.000, es decir, solamente dos quin­ Fuera de los oasis— donde crecen la palmera, po­
tos de la de España, y el número de pobladores cos cereales, principalmente mijo, árboles de goma y
12 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

very— . Voy a hacer a usted los honores de estrecha que rompe la monotonía de la are­
esta inhospitalaria tierra. nosa dilatada llanura— prolongada hasta per­
— Yo también bajo, papá: estoy harto de derse de vista— con raquíticas manchas de
encierro. Y tú, Emma, ¿no vienes? hierba que disputan el suelo a las arenas y
— Sí, bajaré también. Pero, Señor Lobera, en las cuales crecen palmeras, anémicas y
¿adonde va usted tan de prisa, sin g o g les — ralas salvo en las cercanías de los pozos.
nombre inglés, y usual, de los anteojos obs­ En uno de éstos está la- toma de agua de
curos con montura de cuero, empleados pa­ la locomotora.
ra preservar los ojos de la reverberación del Salpican el paisaje pequeños grupos de
sol en los arenales y del polvo de éstos— , ruines casuchas y ranchos míseros, de ado­
sin velo y sin abrigo? bes. En estas viviendas se albergan los seis­
— Es verdad. Mil gracias por el aviso. cientos habitantes de la desolada aldehuela.
Pusiéronse los cuatro viajeros los ante­ Unos son negros, otros lo parecen; pues la
ojos, cubriéndose las caras con tupidas ga­ diferencia entre blancos y negros hijos del
sas blancas y las cabezas con cascos sala- desierto son de día en día menores en el
k o ff de corcho, echándose sobre sus trajes del Sahara, donde para diferenciarlos es
balandranes, blancos también, de lana y precisa vista muy hecha a verlos; porque
descendieron del tren. los negros se van de día en día destiñendo
E l oasis de Gharama es una faja larga y con los constantes cruzamientos, que simul-
aun acacias, en las estepas meridionales lindantes
con la Nigricia— , solamente en los lechos de lo que De estas tempestades de arena dicen las tradicio­
ha muchos siglos fueron ríos, y hoy sólo son cadá­ nes, por boca de Herodoto, que han sepul­
veres de ellos, y en las cercanías de algunos pozos, tado hasta ejércitos enteros; pero lo cierto es que
se hallan mimosas y unos espartosos, escasos y el número de caravanas que han perecido enterra­
resecos pastos, que sin lluvia viven hasta tres años. das en la arena no es pequeño, y el de‘ viajeros,
Cuando los camellos de una tribu nómada los con­ grande.
sumen, tienen a veces que andar ochenta, cien y Pasada la tormenta, el paisaje no parece haber
aun doscientos kilómetros hasta encontrar otros cambiado : las dunas ocupan los mismos lugares que
donde aquéllos y sus frugales cabras puedan vivir. antes de e lla ; pues un día y una tempestad son
Y, sin embargo, el aspecto del Sahara atestigua poco para hacer cambiar los arenosos montes de lu­
que en remotas edades prehistóricas las aguas con­ gares ; pero días y días y meses y años de tor­
tribuyeron a modelar sus formas. Anchos cñuces menta tras tormenta realizan los cambios a la lar­
con márgenes todavía claramente marcadas hablan ga. Y así ha sido comprobado por viajeros y g u ía s:
de ríos qué por ellos corrieron, y en donde nadaban comparando el terreno en épocas entre sí aleja­
cocodrilos, tan desaparecidos como las aguas, que das y no mucho, la transformación de las formas
llegaban a aquéllos por barrancos profundos, hoy del suelo y el transporte de las dunas.
desecados, pero perfectamente visib les; surcando En cuando a estragos de otro orden, la Historia
las mesetas o descolgándose en torrenteras por las tiene, por desdicha, comprobadas importantes catás­
pendientes de ellas. El viajero puede ver todavía trofes, entre las cuales merece especialmente seña­
en muchos lugares troncos petrificados, restos de larse la de Ouargla, en el Sabara argelino, en la
selvas donde corrían el rinoceronte y el elefante, cual pereció entera la caravana francesa que for­
representados por escultóricas tallas en las rocas maba la segunda expedición enviada para realizar
de las montañas de comarcas donde hace muchísi­ estudios de reconocimiento de la venidera vía fé­
mos siglos no han sido vistos tales animales. rrea transahaárica.
Todo murió, la fauna cual la flora, con la des­ Sin que la tempestad a que se refiere tuviera ca­
aparición del agua, que hoy no se halla en toda la racteres tan terribles como los que entierran cara­
inmensidad del desierto, sino en lo hondo de los po­ vanas enteras, M. Duveyrier, distinguido viajero,
zos, y para eso en escasos parajes, siendo muy raro dice de una por la cual fué sorprendido :
que no sea salobre y muy desagradable para el via­ “ El sirocco— nombre italiano del simoun— empuja
jero no acostumbrado a ella. ante sí inmensas trombas de aren as: se ven pasar
Los actuales cambios que el Sahara sufre son de­ enormes cantidades de densísimo polvo en ciclónicos
bidos a los agentes atmosféricos. Las rocas se des­ giros, que zarandean, cual llamaradas de un incen­
granan para transformarse en movedizas dunas de dio, las rojizas masas que corren sobre la haz del
arena, formadas de polvo, que el viento arrastra y desierto con huracanada rapidez: tan pronto vo­
deja caer aquí y allá, quedando los materiales más lando por ¡o alto como barriendo el suelo y flage­
gruesos en las llamadas, para formar extensiones lando con sus púas de arena cuanto sobre él se
pedregosas con piso de cantos sueltos, que alternan halla. ”
con los arenales y los trozos de pelada roca, por Contra el ímpetu del vendaval, reforzado por la
el sol calcinada, y cuyo contacto abrasa. masa polvorienta en suspensión, no hay más de­
Se creyó en tiempos que las dunas formadas por fensa que tenderse boca abajo. Pero esto lleva con.
los aéreos aluviones de arenas procedentes de dicha sigo otro terrible riesgo: el de quedar en poco tiem­
disgregación de rocas ocupaban lugares fijo s; y no po sepultado si la tormenta es de importancia.
es así, sino que son movedizas, aun cuando estos Aun sin llegar el caso de ser sorprendido por una
montículos de polvo no viajen tan rápidamente de éstas, el viajero padece extraordinariamente
como puede creer quien, sorprendido por una de con viento más moderado, pues el polvo que en
las frecuentes tempestades de viento seco propias ellos vuela casi constantemente se mete, a través
del desierto, ve las arenas aventadas de modo tal, del velo, en boca y narices, cae en la comida y se
que, según dicho de los habitantes, hacen humear filtra entre las ropas, constituyendo una terrible
las colinas. molestia incesante, a veces días y días.
LA MAYOR CONQUISTA 13
t'áneam ente ennegrecen a los blancos, obs­ ■—Pues que me devuelvan el dinero..., ¡Y
curecidos adem ás por la incesante acción que a esto lo llamen un oasis!...
del sol. —¿Pero quería usted h allar parques y
Por de contado, nada de esto pudo ser ad­ selvas en el S ahara?
vertido por el viajero argentino al bajarse —No pedía tanto, señorita: m as una um­
del tren, pues cuantos hombres veía en el b ría un poco más espesa, aun siendo peqíie-
oasis eran “A hel-el-litzam "—gentes del ve­ ñita, no vendría mal.
lo—con las caras cubiertas con telas blan­ —Cuando nos preguntaba usted por la
cas o negras: usadas estas últim as, según fuerza del sol del Desierto, pareciéndole
le dijo Duvery, por los tuaregs de sangre poco cuanto de ella decíamos, bien sabía yo
pura y las blancas por los africanos de ra­ que variaría de opinión tan pronto recibie­
zas menos aristocráticas y por los m esti­ ra sus caricias.
zos. (1) Y no sólo por esto, sino porque —No, amigo Raúl, está usted equivocado:
aunque tales gentes se hubieran despojado por mucho que el sol queme, nunca ha de
do los velos (o trapos si se tra ta de pobres parecerme demás—contestó el argentino con
que no pueden perm itirse tal lujo), tampoco vehemencia: tan extraña, dado el asunto
hab ría podido averiguar Lobera los verda­ que la determ inaba, que todos lo m iraro n
deros colores de las caras; pues las habría sorsoi’prendios, diciendo Emma: **
visto teñidas todas del mismo azul obscuro —Admiro ese entusiasmo por el sol, pero
que veía en las manos y los brazos de cuan­ soy de contrario parecer; pues aun estando
tos pasaban junto a él: por ser costum bre bien curada de espantos, como nacida y
de aquellas tribus em badurnarse la piel con criada en el Desierto, por poco que caliente
índigo obtenido de plantas indígenas. me parece mucho.
La m iseria de los tugurios del aduar re­ —Digo lo mismo; y con m ayor conoci­
saltaba al com pararlos con los edificios de m iento que mi hija, que habiendo vivido
buena m am postería destinados a viviendas siem pre en oasis mucho mejores que éste,
y oficinas del personal de la línea y a de­ y no saliendo de casa sino por rarísim a ex­
pósitos de m ercancías y m aterial de trac­ cepción antes de ponerse el sol, no lo ha
ción. desafiado como yo, en mis trabajos a través
En cuanto puso Lobera el pie en tie rra le de las inacabables planicies de abrasadora
pareció e n tra r en un horno; pues si gra­ arena, sin otro resguardo desde el am anecer
cias a la lana de su abrigo no1sintió los 56 a la caída de la tard e que la del som brajo
grados del sol que, mal cernido entre claras de lona bajo el cual instalaba el aparato.
palm eras, caía sobre él, ni aun los 47 del —Pero no me negará usted la im ponente
term óm etro colgado bajo la cubierta de los m ajestad de ese poder del Sol, que es vida
soportales de la estación, experimentó bas­ de la Tierra-
tan te más de los 37 de su tem peratura per­ —Y con frecuencia, causa, en Africa, de
sonal. teniendo que m eter precipitadam ente m uerte, y siempre de la h o rrib le aridez de
las manos en los bolsillos, porque al caer el estas resecas tierras.
col sobre ellas le produjo sensación muy A esta respuesta de Don H éctor replicó
parecida a quem adura. Lobera con su habitual viveza:
Después de dar unos cuantos centenares —Sí, claro; m ientras el hombre no con­
de pasos a la precaria som bra de las palme­ siga...—Pero al ir a com pletar la idea que
ras, preguntó: le pasaba por el pensamiento advirtió que
—¿Y es esto todo lo que hay que ver en hacerlo sería descubrir propósitos que debía
este oasis? reservar, y en lugar de decir, como la men­
—Todo, amigo mío: sin variación alguna te le dictaba, “m ientras el hom bre no con­
se prolonga este mismo paisaje h asta llegar, siga apoderarse de ella y hacerla ú til”, aca­
al cabo de pocos kilóm etros, a las llanuras bó la frase diciendo: “hallar modo de de­
de arena que dejamos atrás y las que re­ fenderse más eficazmente de sus rig o res.”
correrem os cuando de aquí partam os. Mas la viveza de Lobera, suficiente a sa­
carlo pronto del apuro, no logró que su
(1) El litzam en una u otra forma usado es breve pausa y su vacilación entre el co­
una protección absolutamente necesaria en el Sa­
bara do dfa. y que la costumbre hace a los indíge­ mienzo y el final de la respuesta dada a
nas usar hasta de noche, para preservarse de Duvery quedaran recatadas a la perspicacia
olio on la boca entren impurezas. Así no es fñcil de éste, haciéndole pensar que lo que su
conocer a las ¡rentes en aquellos países, mientras
ellos no quiera descubrirse: Duveyrier, Nachti- interlocutor decía no expresaba su verda­
gal, Bath, Reclus. dero pensam iento; y aun cuando la discre-
14 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

ción del ingeniero le retrajo de mostrar de­ vorar los 370 kilómetros entre las estacio­
seo de inquirir lo que el otro callaba, no nes contiguas de Gharama y Asiou, lugar,
pudo evitar que a los ojos le saliera la sor­ este último, conocidísimo en toda aquella
presa nacida de las ideas, al parecer absur­ región del Desierto por sus cuatro pozos de
das, que le pasaban por el pensamiento co­ agua cuya abundancia hizo de Bir-Asiou
mo interpretación de la fugaz perplejidad nudo muy importante, en tiempos, de las
de su compañero de viaje, ni que empuja­ rutas de las antiguas caravanas de Gadamés,
das por dicha sorpresa se le escaparan las El Tibesti, El Touat y El Air.
siguientes palabras: Durante el trayecto permaneció Héctor
— Jamás domará el hombre este sol del Duvery apartado de sus hijos y de su ami­
Desierto. go el argentino, encerrándose con el jefe de
— Claro que no: no digo eso— ¡qué desati­ estación en el reservado, que utilizaba como
n o!— : ni que estuviera loco... Quiero de­ despacho de trabajo en sus frecuentes via­
cir..-, estaba pensando en que... en que jes en los trenes de la compañía de que e
con el tiempo progresarán los medios de director, entablando con él conversación, que
defenderse contra él... debió ser interesante y hasta grave, pues aun­
— Sí, sí: eso había entendido— repuso Du- que el ingeniero era hombre acostumbrado
very, en quien la insistencia de Lobera en a dominarse, tenía al acabar la conferencia
dar innecesarias explicaciones, aumentó la aspecto preocupado, que no escapó a Emma
certeza de que algo ocultaba. cuando, como antes de la llegada a Asiou,
— Y ya ve usted que no voy descamina­ volvió su padre a reunirse al grupo de la
do; porque entre atravesar este desierto so­ gente joven, acompañado del jefe de Cha-
metido, durante semanas y semanas, a los rama, a quien, como final de la conferencia
terribles riesgos y penalidades de las cara­ con él mantenida, dijo poco antes de salir
vanas de pasadas épocas, y salvarlo como, ambos del reservado:
gracias a hombres como usted, lo hacemos — Como ya nos conocemos hace tiempo,
hoy en un vagón de lujo y en dos días, ya sabe usted, Morlain, que siempre he sido
es mucho adelantar. Tras éste vendrán otros incrédulo respecto a sucesos de la índole de
progresos. los que teme usted. Esa sublevación general
—Pues mientras llegan me parece que de todas las tribus del Sahara es aconteci­
haremos bien en aguardarlos en sitio algo miento que hace treinta años vengo oyendo
más fresco— dijo Emma.
anunciar, sin que nunca hayan pasado del
De acuerdo todos con la proposición de
anuncio, o quedando, a lo sumo, en fecho­
Emma dieron la vuelta, encaminándose al
rías aisladas, cada vez menos frecuentes, de
vagón, a la puerta del cual encontró Duve-
bandoleros más que de insurgentes.
ry al jefe de la estación que, enterado por
los empleados del movimiento de la presen­ — Sin embargo, Don Héctor, mis noticias
cia en el tren del señor Ingeniero Director, no me dejan dudas de que propagandistas y
acudía a saludarlo y a ponerse a sus ór­ agitadores recorren el Desierto en todas di­
recciones, exacerbando los ánimos y aunan­
denes.
—Muchas gracias, Morlain — dijo don do voluntades para algo por el estilo de lo
Héctor contestando al saludo de su subor­ que antaño llamaban la guerra santa.
dinado— . ¿Tiene usted a quien confiar la — Sí, sí; pero sobre que entre los árabes
estación y el servicio durante quince horas? puros o semipuros y los tuaregs existen
— Sí señor. Además que en ese tiempo no odiosidades que por algo se llaman africa­
ha de pasar más tren que el ascendente de nas, sabe usted bien que son muchas las
mañana, y el subjefe puede... tribus de otras razas o mestizas, que jamás
—Pues entonces, entregúele una y otro, han podido deponer sus odios intestinos al
y véngase conmigo hasta Bir-Asiou: hemos odio a nosotros; y que no pocas tienen más
de hablar de asuntos del tráfico, y aquí no agravios recibidos de tuaregs o de slimanes
hay tiempo, so pena de retrasar la marcha que de los europeos.
del tren, lo cual no quiero. Bajará usted en —Es que a medida que el desarrollo de los
Bir-Asiou, de donde podrá luego volverse ferrocarriles va dejando sin medios de vida
a quienes antes se la ganaban en el tráfico,
en el ascendente.
—Pues voy a prevenir al subjefe y en se­ cada día más mísero, de las caravanas, nos
guida vuelvo, Señor Director. van odiando más; es que el botín que para
* * # estas gentes es supremo aliciente de un al­
Seis horas y media tardó el tren en de­ zamiento contra los europeos, nunca fué tan
LA M A Y O R CONQUISTA 15
grande como el ofrecido ahora por nuestros pidiendo guarniciones para las estaciones y
ferrocarriles y nuestros almacenes abarrota­ piquetes para la custodia de los trenes.
dos de mercancías que codician, aunque no —Creo, Don Héctor, que no estará de más;
tanto como la posesión de nuestras mujeres y si no manda otra cosa, como dentro de
y nuestras hijas. cinco o seis minutos llegaremos a Asiou, me
— ¡Nuestras h ijas!— exclamó alarmado despido de usted.
Duvery, reprimiéndose en seguida—. Ca, —Hasta la vista, y téngame al corriente
hombre, ca. Sigo pensando como siempre; de cualquier novedad. Yo saldré dentro de
pero en asunto de tal gravedad no ha de unos días de Agadés para volver a instalar­
guiarme criterio cerrado, que, a despecho de me en Techiasco; pero como allí estaré en
mi experiencia, podría ser erróneo. Y, en comunicación frecuente con dicha población,
cuanto llegue a Agadés, telefonearé a los no tiene usted sino pedirla con el capitán
comandantes generales de Tombuctú y Ma­ de la gendarmería y decirle lo que yo deba
rruecos, informándoles de estos temores y saber.

III
UNA CITA EN EL DESIERTO
Delante de Morlain se apearon del tren, donde hormigueaban cargadores y mozos,
en Bir-el-Asiou, dos viajeros, que cuando poco se remangaba la chilaba rascándose con arre­
antes se encaminaban por el corredor a la glo a lo dicho por el que, en tanto no se de­
plataforma de bajada cruzaron las siguien­ muestre lo contrario, hemos1 de tener por
tes frases, en castellano, por creer que na­ español. Y no sólo vió esto, sino al más
die allí entendería esta lengua: grueso de sus compañeros de viaje, llevar­
—¿Estás seguro de conocerlo?... ¿Cómo te se, como el moro, una mano al hombro iz­
las vas a arreglar si todos tienen tapada la quierdo, y rascarse también, pero por en­
cara con el litzam ? cima de las ropas y sin remangarse.
—Es que, aunque así no fuera, no lo co­ Aquella concordancia de simultáneas pi­
nocería, pues no lo he visto en mi vida; pero cazones sorprendió muchísimo a Lobera.
Al-Reshid me dijo en In-Salah que en cuan­ El que aguardaba a los recién llegados
to ese hombre viera llegar el tren se nos usaba traje que al argentino no le indicaba
daría a conocer remangándose la manga has­ nada, pero que a los acostumbrados a dis­
ta el hombro, para rascarse en el izquierdo. tinguir castas y calidades de los pobladores
A no ser porque el viajero que primero ha­ del Desierto decían a las claras, si ya no lo
bló le era muy antipático a Lobera, es proba­ dijera la arrogancia de su talante, que el
ble que, al pasar ellos por su lado en el pasillo hombre aquel no era un cualquiera; siendo,
y oírlos expresarse en español, su abierto y por tanto, raro se rascara los piojos como
expansivo carácter le habría impulsado a un esclavo o un azacán.
establecer comunicación con quienes habla­ El contraste de semejante acto con su
ban su idioma natal; mas no inspirándole orgullosa apostura fué advertido, no sólo por
aquel caballero la menor simpatía, se abs­ Lobera, sino por Morlain, que al apartarse
tuvo de decirle nada. Pero la estrambótica del vagón iba detrás de los españoles y, por
manera como había de darse a conocer el lo tanto, en la dirección de aquel hombre,
incógnito personaje que, por lo visto, aguar­ que resultó blanco de las miradas del jefe
daba en Asiou la llegada de los españoles de Gharama, de los españoles y del argen­
excitó su curiosidad, haciéndole quedarse en tino.
la plataforma del vagón, buscando con la Los dos viajeros avanzaron rápidamente
vista si entre los quince o veinte africanos hacia el africano, mientras el ferroviario se
que en el andén estaban daba alguno seña­ sorprendía de ver en la carne, teñida de
les de picarle el hombro izquierdo. azul, que aquél dejaba ver al remangarse el
Efectivamente, al extremo del cobertizo brazo, una parte no teñida de la piel que
que sombreaba la fachada de la estación tenía en blanco la forma de una estrella,
vió que un moro alto, flaco y apartado de tatuaje distintivo de los naturales de uno
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de los oas'ia de Aoudjila (1), al reconocer el — Al-lah quede contigo.


cual acortó Morlain el paso con que antes — Y que contigo vaya.
marchaba rápidamente hacia ía puerta de Dicho esto, se separaron quienes, para
la oficina de su colega el jefe de la estación, cruzar tan lacónicas frases, llegaban al cen­
y dijo para su capote: tro del Desierto de opuestos extremos del
— Pues nó viene ,e de poco lejos; porque A frica; y al dar la vuelta los españoles y
es un árabe de allá, un jefe zouiya, no me retornar hacia el tren, donde no entraron
cabe duda. ¡Qué raro! ¿Qué se le habrá per­ sino después de transcurrido un rato, pasa­
dido aquí a ese mozo?... Entre Aoudjila y ron al lado de Morlain, que los m iró con ex­
Asiou no hay tráfico ninguno, ni las gentes trema atención, por ellos no advertida a
de por acá tienen relaciones con aquéllas. causa de ir muy embebidos en conversación,
En esto vió a los dos viajeros pararse de­ de la que al paso oyó aquél unas cuantas
lante del zouiya, extrañándole que los recién palabras, sin entenderlas por haber sido di­
desembarcados se dirigieran, no a un em­ chas en castellano; pero advirtiendo bien
pleado de la estación, europeo como ellos, la extremada dureza de los sonidos de las
sino a un africano a quien no habrían de pronunciadas por el menos alto de ellos,
entender, y que tampoco los entendería. quien chapurraba aquella lengua con mar­
Pensando en esto, y aguzada su curiosi­ cadísimo acento árabe y ásperas entonacio­
dad por el grupo que al llegar unos donde nes guturales, propias de este último idio­
aguardaba el otro formaban los tres, se paró ma, a Morlain fam iliar; pues, como todos
Morlain: deplorando que la distancia le im­ los empleados de los ferrocarriles de la Com­
pidiera oír la conversación entablada, con­ pañía del Sahara, lo manejaba sueltamente.
tra sus presunciones lógicas de que aque­ — ¿Qué es eso que hablan?— di jóse para
llos hombres no podrían entenderse, y sí— . Arabe, no; temaxec, tampoco; mas de
avivando su ya despierta desconfianza el seguro es una lengua prima hermana..., tal
cambio de actitud del zouiya, que reservada vez el dialecto que usen los zouiyas, puesto
en el momento de acercársele los españoles, que acaban de hablar con uno... Tam­
se transformó inmediatamente al oírles las bién es raro que europeos sepan eso... Eu­
primeras palabras. ropeos. ¿Europeos con esas caras?... Tan
Agregábase a esto la extrafieza que al europeos son ellos como yo moro... ¡Y qué
francés le produjo ver que, no obstante la corta ha sido la conversación con el otro! Si
cordial actitud del moro, no durara su con­ solamente para cambiar con éstos esas cuatro
versación con los recién llegados sino bre­ palabras ha venido ese hombre desde su tie­
vísimos instantes: los precisos no más para rra, ya deben ser interesants. No me gusta,
que entre uno y otros se cruzaran en purí­ no m/e gusta nada esto: aquí hay algo que
simo árabe, cual sólo lo hablan mahometa­ merece la pena de m irarlo despacio.
nos cultos, las siguientes palabras, desde A l llegar a este punto de su soliloquio
luego no oídas por Morlain, que no teniendo llamó a uno de los negros sudaneses emplea­
los antecedentes que Lobera, no hizo alto dos como mozos de estación, y le encargó
en la maniobra de los rascamientos de hom­ rogara al jefe de ella que hiciera el favor de
bros: salir, pues deseaba hablarle su compañero
— ¿Por dónde nace el sol? de Bir-el-Gharama: no yendo el mismo Mor­
— Por el país de donde vengo. ¿Cómo te lain en busca de él por no perder de vista
llamas? a quienes le inspiraban vehementísimas sos­
— ¿Quién lo pregunta? pechas de traer entre manos algo relacionado
— Ben-Casim. con los temores de que poco antes había ha­
— Entonces, soy Bu-Yahi. ¿ C u á n d o ? blado al ingeniero jefe.
¿Dónde?
— En las grutas de Doghem, a media no­ * * *

che. Que todos se preparen para estar allí


cinco días después de recibir el aviso. Se ha dicho antes que a Lobera le era par­
ticularmente antipático el más alto y de más
(1) Archipiélago de oasis situado en la ?.ona
distinguido porte de los dos españoles—si es
oriental de la Tripolitania, a no más de 300 kiló­ que Morlain estaba equivocado al creerlos
metros del Mediterráneo, en la linde norte del De­ africanos— ; pero faltó agregar que tal anti­
sierto de Libia y cercano ai oasis egipcio, de patía no era irreflexiva, sino motivada por
Siouah, conocidísimo como asiento del célebre tem­
plo de .Tfipiter Amnon. Zouiyas es el nombre de
haber observado que aquel hombre no había
las tribus árabes de estas regiones. dejado de m irar a Emma durante el tiem po,

*
LA MAYOR CONQUISTA 17
que una y otro habían estado en el salón: había term inado de hacerlo, hubo de in te­
con insistencia tan elocuente, que no era ne­ rru m p ir m om entáneam ente su narración,
cesario ser lince p ara adivinar el móvil de pues uno y otro tuvieron que ap a rtarse p ara
lag m iradas del buen mozo.. Pues, a despecho dejar libre acceso a la plataform a a los via­
de su atezado rostro, era un hermoso hom­ jeros de quienes hablaban: que habiendo
bre aquel; y por lo mismo más antipático a oído la llam ada de "viajeros al tre n ”, retor­
Lobera, m uy receloso de la im presión que naban a éste.
su varonil belleza p udiera producir a la fran- Reanudado y acabado el relato, cuando ya
cesita. aquéllos estaban en el in terio r del vagón,
Con la anterior explicación de aquella an­ nacieron en el ánimo ded ingeniero apren­
tip a tía queda ya dicho, aunque no se haya siones análogas a las que la presencia de un
dicho, que por lo menos tanto como el otro zouiya en Asiou habían inspirado a M orlain:
m iraba a Emina el argentino. De aquí que y todavía más fundadas; pues a los motivos
al oír las frases castellanas al paso sorpren­ que despertaron los recelos del últim o se
didas involuntariam ente, y ©cunársele que juntaban los sugeridos a Don H éctor por lo
cuando alguien aguardaba al guapo mozo extraño de que personas que no se conocían
en Bir-Asiou era probable fuera éste el té r­ se citaran al paso de un tren en medio del
m ino de su viaje, se alegrara, por no se n tir desierto, adoptando aquel extravagante me­
deseo ninguno de continuar teniéndolo por dio de reconocerse; pues todo ello olía a
com pañero hasta Agadés, o hablando más complot desde cien leguas. Pero pasados dos
fielmente, por no desear tal com pañía p ara m inutos se distrajo de estas preocupaciones
E m m a; y para cerciorarse de si el viajero al darse cuenta de que a pesar de la llam a­
se quedaba allí, perm aneció en la platafor­ da de “viajeros al tre n ” y del silbido pre­
m a del coche-salón, desde donde, apoyado cursor de la salida, no arrancaba la locomo­
en su barandilla, no lo perdía de vista. tora, por no haber dado la orden de p artid a
Pasados diez m inutos, comenzó a tem er el jefe de estación, que sin parecer acordar­
que su deseo no se iba a realizar, pues los se de tal cosa, conversaba anim adam ente
paseos que los dos españoles daban de ex­ con su colega M orlain a pocos pasos de la
trem o a extremo del andén cubierto por la plataform a donde estaba Duvery, que le
m arquesina, no eran propios de quienes han gritó:
term inado un viaje, sino de quienes m atan —Gudín, ¿porqué no da ustd la salida?...
el tiempo m ientras oyen la voz de “viajeros Ya ha pasado la hora... ¿Ocurre alguna no­
al tr e n ”. vedad ?
Cuando tales reflexiones hacía el am eri­ —Nada, nada, Señor D irector—. Es que no
cano, salió a la plataform a Duvery, y le han acabado de cargar el carbón. E n segui­
preguntó: da saldrá el tren —contestó el interpelado,
—¿Qué m ira usted con ta n ta atención, se­ que tan pronto hubo dado a voces esta res­
ñor Lobera? puesta, se acercó, acompañado de Morlain,
—A esos dos compañeros nuestros de via­ adonde estaba el jefe de ambos, a quien el
je, que por el habla, pero no en lo cetrino últim o dijo acercándose y en voz baja:
de las caras, parecen españoles, y a aquel —No es eso, Señor D irector, sino que por
tu areg descomunal que se recuesta en la razones de im portancia, que ya le explicaré,
últim a columna junto a la que ha parado me he perm itido tom ar ©1 nombre de usted
la locomotora. para hacer a Gudín dem orar la salida h asta
—Buen tipo; pero no es tuareg, sino un que yo term ine de h ablar con él de cosas
caíd o un árabe de calidad de Baharieb, Dja- urgentísim as.
lo, Aoudjila o algún otro de los oasis que — ¡Tom ar mi nombre!... ¡Sin consultar­
quedan al s u r de La Cirenaica (Trípoli) y me!... Me p airee Morlain que habiendo us­
de la meseta de Libia. P or aquí es raro ver ted de quedarse en Asiou, tiempo le sobra­
tales gentes, pues su país está sum am ente rá después p ara hablar cuanto quiera.
alejado de éste. Pero ¿qué es lo que le cho­ —Es que no me quedo; pues, si usted no
ca a usted en él y en los otros? me lo prohíbe, me voy yo también.
—Que a todos les pica al mismo tiem po el —¿Cómo? ¿Por qué?
hombro izquierdo. —Porque tengo que com unicar a usted no­
— ¡Qué rareza! vedades im portantes. Si después de cono­
—P o r eso me ha sorprendido. cerlas desaprueba lo que me he perm itido
Seguidam ente refirió Lobera a Duvery lo hacer, me avengo a ser despedido de la
que había oído y visto, y cuando todavía no Compañía; mas por lo pronto autorice,
LOS VENGADORES 2
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bajo mi responsabilidad, a demorar la sali­ este caballero un europeo, digo no, quiero
da hasta que yo haga a Gudín un encargo, decir de los nuestros, sabe y ha visto cosas
que después de las noticias que él me ha probablemente relacionadas con las que us­
dado, es importantísimo; y permítanos, en­ ted quiere comunicarme.
tretanto, apartarnos, pues no conviene se Pasamos por alto los comienzos de la con­
nos vea secreteando con usted. versación en el reservado, pues en ellos ex­
—Gudín; no dé usted la salida hasta que pusieron Morlain y Lobera lo que cada uno
Morlain se lo indique. había visto, oído y pensado, todo ya conoci­
Al decir esto miraba Duvery hacia el si­ do del lector.
tio donde continuaba el zouiya, lo que ad­ Cuando Duvery fué enterado de ello, dijo:
vertido por Morlain le hizo decir: — Lo que el señor Lobera ha oído da mu­
—Por ahí, Señor Director: por ahí, por cho más valor a lo que usted, antes de sa­
ahí está la causa de mi proceder. Hasta berlo, ha sospechado, amigo Morlain; y aun
ahora. cuando acaso sean suspicacias nuestras
Lobera, que discretamente se había apar­ aprensiones, pienso que, por lo pronto, urge
tado un poco de Duvery mientras con éste esclarecer quiénes son esos viajeros. Para
cuchicheaba su subordinado, se disponía ya ello, voy a ordenar al revisor del tren que
a entrar en el coche, mas se detuvo al oír haga nuevo contraste de billetes, y que al
a aquél decirle: hacerlo pida sus pasaportes a esos señores,
—No se vaya usted, señor Lobera; hága­ fijándose muy bien en sus personas y en los
me el favor de quedarse. datos contenidos en los pasaportes.
Reanudando su conversación, se alejaron
— Me parece perfectamente. Pero ¿no será
los dos jefes hacia la cabeza del tren; y de­ eso darles la voz de alerta: enterarlos de
teniéndose al llegar a la locomotora, repren­
que se desconfía de ellos?
dió Gudín al maquinista y al fogonero por
— No, amigo Lobera; porque no vamos a
la tardanza en cargar el carbón, que desde
ser tan tontos que se los pidamos sólo a
cinco minutos antes tenían ya estibado en
ellos. Precisamente para evitar que re­
el ténder: haciéndolo tan descompuestamen­
celen nada me va usted hacer el favor de
te, con tan desaforados gritos y dureza tal,
volverse al salón; pues usted será uno de
que llegaba a insultante: injusticia contra
los viajeros a quienes más moleste el revi­
la que no pudieron protestar, por haber
sor con preguntas insistentes, petición de
sido hecha la reprensión en árabe, no enten­
detalles indiscretos y hasta groserías, que yo
dido por ninguno de ellos; pero cuyo violen­
le encargaré cometa con usted muy osten­
to y ofensivo tono fué mentalmente comen­
siblemente, mientras a ellos no hará sino
tado por el zouiya, que la oía, en los siguien­
leerles los pasaportes...
tes términos:
— Estos malditos perros cristianos son ¡Calla, n o !: mejor será recogérselos a to­
siempre los mismos: déspotas y soberbios. dos los viajeros diciendo que a la llegada a
Entre el tiempo invertido por Morlain y Agadés hay que entregarlos en la oficina de
Gudín en llegar a la máquina, los dos minu­ la Gendarmería, en la cual les serán ma­
tos que junto a ella se detuvieron y el gas­ ñana devueltos individualmente. Esto se ha
tado en el retorno hacia la cola del tren, hecho ya algunas veces, no chocará a nadie,
tuvo el primero el suficiente para hacer a y en cuanto yo llegue a Agadés prevendré
su compañero de Asiou los encargos de que al capitán.
había hablado a Duvery. Hecho esto, subió ¡Ah! Señor Lobera, procure no dejar co­
al tren, mientras el otro daba la salida. nocer que habla usted castellano; pues no
Un minuto después arrancaba la locomo­ conviene enterarlos de que estamos al tan­
tora. to de la seña del hombro: sería ponerlos en
—Ya ha conocido usted que *el moro es guardia.
un zouiya... ¿No es verdad, Señor Direc­ Hasta luego; y en cuanto vea usted que
tor?— dijo Morlain tan pronto estuvo al lado el revisor acaba la recogida de pasaportes
de su jefe. haga el favor de volver por acá.
— Sí. —Hasta luego, monsieur Duvery— contes­
—Pues necesito hablar a usted en su des­ tó el americano, muy satisfecho de volverse
pacho, donde nadie pueda oírnos. junto a Emma: no sólo por el gusto, y no
—Vamos... Venga, señor Lobera; venga era poco, de su compañía, sino para saber
con nosotros. si el otro continuaba mirándola, y más aún,
No lo extrañe, Morlain: además de ser si lo miraba ella: preocupación que le ha-
LA MAYOR CONQUISTA 19
bía tenido distraído durante toda la ante­ No lejos del grupo formado por los tres,
rior conversación. pero al opuesto costado del vagón, leía ésta,
Corrió, pues, sin pérdida de tiempo al sa­ y hacia ella se dirigió Lobera en cuanto en­
lón, sorprendiéndole en cuanto allá llegó tró, pensando para sí: “ ése empieza a ado­
ver a Raúl muy de palique con los dos es­ rar al santo por la peana... Cuando se pre­
pañoles sospechosos; pues al volver al tren, ocupa de entablar relación con la familia,
el que más preocupaba al argentino se las es que indudablemente va a Agadés... ¡Y que
había ingeniado para entablar conversación yo tenga que marcharme! ¡También es
con el hermano de Emma. suerte m ía !”

11/
UN VIAJERO QUE PREOCUPA A LOS DEMAS

L o primero que, al sentarse al lado de prendo— agregó ella, faltando a la verdad;


Emma, dijo Lobera, fué: pues sabía perfectamente que su reciente
— Parece que su hermano de usted se ha amigo aludía a las miradas insistentes del
hecho amigo de esos dos pájaros. que con Raúl hablaba.
— Sí: le ofrecieron un tabaco estando los — ¿No?... Pues la actitud de ese buen mo­
tres en el pasillo, y al entrar luego y pedir zo... Y a ve usted que mi antipatía no me
refrescos lo invitaron a acompañarlos... ciega al extremo de negar que lo es: y de
Pero, ¿por qué los califica usted de voláti­ real orden. Y ya él demuestra que se lo
les?... Parece que no le agradan a usted sabe. Y en cuanto a su actitud, está tan
mucho. clara que...
— ¿Mucho?...: ni poco... ¿Cuánto aposta­ — ¿Clara?... Para usted.
mos a que fué el más alto quien tomó la — ¿Y para usted no?... ¿Usted no ha re­
iniciativa de las finuras con Raúl? parado nada?... ¿De nada se ha enterado?..
— No sé cuál sería. Perdone mi franqueza, pero no lo creo: de­
— Yo, sí. jaría usted de ser hija de Eva si no supiera
— Perspicacia es, no habiéndolo visto. ver que ese liombre hace cuanto puede por
— Hay cosas que, aun sin verlas los ojos, exteriorizar con insistencia, rayana ya en
las adivina e l., el... el más torpe, cuando descaro...
tiene antecedentes y cuando observaciones — Usted olvida, señor Lobera— dijo ella
anteriores... simulando candidez, desmentida por su son­
— ¿Antecedentes? — exclamó Emma, apa­ risa maliciosa— que soy una salvaje criada
rentando sorpresa no sentida y con la cara en un desierto, y sin la práctica de las
como una amapola por haber entendido muchachas civilizadas que saben enterar­
“ corazón” cuando Lobera dijo “ torpe” : tra­ se de...
ducción muy bien hecha, pues aquella pa­ — Se ha vendido usted, se ha vendido...
labra tenía en el pensamiento el argentino Suponer que algo hay de qué enterarse, es
cuando dijo la otra, después del balbuceo y estar enterada de lo que dice no haber vis­
de los el con puntos suspensivos, por pare- to. Con su contestación me enseña usted
cerle demasiado correr hablar de corazón a algo muy útil para quien, como yo, va a
una señorita a la que sólo había tratado en andar entre las hijas del Sahara.
el viaje y en los cinco días que lo precedie­ — ¿El qué?
ron, por ambos pasados en el mismo hotel — Que no debo fiarme de la lealtad de
de Tánger, donde él había presentado a ellas.
Duvery una carta del Embajador de Fran­ — ¡Ja, ja, ja! Por pasarse de listo llega
cia en Buenos Aires encareciendo al inge­ usted a mal pensado; y es muy feo, feísimo,
niero lo asistiera con su experiencia del hacer juicios temerarios.
Desierto, dándole las noticias que hubiera — Ahora veremos si lo son.
menester para el mejor resultado de los — ¿Cómo lo va usted a ver?
asuntos que lo llevaban al del Sahara. — Poniendo a prueba esa candidez africa­
— ¿Observaciones anteriores?... No com­ na de que alardea usted; pero advierta
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que en la prueba se juega su crédito de quiso atenuar lo duro de ella, agregando: —


veraz: a lo menos, conmigo. pero no más sino porque no veo motivo pa­
— Me asusta usted. ra hacer violentas exterioridades parecidas
—Vamos a ver: ¿puede usted asegurar, a descortesía.
por .esa sinceridad salvaje de que presume, -—Están divinamente educadas las salva­
que no sabe a quién mira sin cesar ese jes que por aquí se estilan; además, siem­
hombre? pre es grata la admirac!5n de los guapos
—Antes que ser tenida por taimada, con­ mozos...
fesaré que ese caballero parece mirarnos — Señor Lobera, repare que está usted un
mucho. poco nervioso demás—le atajó Emma, que,
— ¿Mirarnos? Querrá decir mirarme. no obstante la suavidad y dulzura, habitua­
—Eso no lo puedo afirmar: para saber les en ella, del tono de la frase, dió a ésta
adonde mira sería preciso que lo mirara yo. gran energía.
— Entonces, si usted no lo ha mirado, — Dígalo usted más claro: inconveniente,
¿cómo sabe que él nos mira? incorrecto.
— ¡Ay, amigo mío, como se ven una por­ Al decir esto apartó Lobera los ojos brus­
ción de cosas sin mirarlas! camente de Emma, volviéndolos hacia el
— Yo creía que esa era habilidad de las que consideraba peligroso rival suyo: con
muchachas civilizadas, pero no de las po- expresión de hostilidad tan manifiesta, que
brecitas sahareñas. apreciada inmediatamente por el objeto de
— ¡Ja, ja, ja! ella, al mismo tiempo que el origen de don­
—Vaya, la reputación de sinceras la tie­ de nacía, provocó en él correspondencia con
nen ya en peligro esas pobres muchachas; mirada muy en armonía con la que en sí
pero han perdido por completo la de can­ veía clavada.
didez. Emma vi ó que aquellos dos hombres se
— ¡Pobrecitas! contemplaban de hito en hito retadores, que
— Y ahora veremos lo que queda de la ninguno quería ser el primero en bajar los
sinceridad con que pretende usted engala­ ojos; y asustada de la feroz expresión de
narse. los que miraban a Lobera, y comprendiendo
— Pero entendámonos: ¿estamos hablando que declarar rápida y categóricamente la
de mí o sólo en general de mas paisanas? escasa simpatía que el otro la inspiraba era
— De ellas, de ellas nada más; pero yo el sólo medio que en su mano tenía de
he de juzgarlas por la muestra. ¿Puedo ha­ atraer nuevamente hacia sí los que de ella
cer una pregunta indiscreta y temible para se habían apartado, y de evitar sobrevinie­
usted? ra el choque, que parecía inevitable si aque­
—Venga: soy yo muy valiente, aunque llos hombres continuaban mirándose cual
todos digan lo contrario. se estaban mirando, dijo:
— Pues, ahí va: puesto que sabe usted ver — No mire más a ese antipático mulato.
sin mirar— es usted misma quien lo ha di­ Entre la destemplada réplica de'í argen­
cho— , ¿no se ha dado cuenta de las manio­ tino a Emma y esta súplica de ella, reior-
bras de ese broncíneo Apolo, que cuando zada por los calificativos aplicados a aquel
yo llegué nos volvía la espalda, ha estado hombre, ni había tiempo, ni ella podía te­
haciendo con su silla hasta ponerse de fren­ ner calma para formular los anteriores jui­
te a usted como está ahora? ciosos raciocinios; y, por tanto, probable­
— Si mi fama de sincera depende de eso, mente obedecieron sus palabras a rapidísi­
no la pierdo, pues reconozco que ese ca­ ma intuición, que en la mujer es muy fre­
ballero estaba antes de espaldas y de frente cuente se adelante al pensamiento.
ahora. ¿Quiere usted mayor lealtad?... ¿Qué Fuera uno, fuera otro, el inmediato efec­
más puede pedirme? to fué que al oírla llamar mulato y antipá­
— Si no fuera demasiado, que moviera tico al hombre a quien, por creerlo ya pre­
usted un poco hacia este lado su sillón, ma­ ferido de ella, había vuelto él su rabia, hija
niobra más fácil puesto que es giratorio, de aquella creencia, se sorprendió Lobera;
que las de él con su silla. y apartando rápidamente de él los ojos para
— Pues sería demasiado, si señor— repuso mirar a Emma y convencerse del alcance
Emma; pero al ver en la cara de Lobera de las palabras de ésta, preguntó con
la impresión que le hacía la sequedad de la ansia:
respuesta, más perceptible por contrastar — ¿De veras?... ¿De veras?...
con el jocoso tono del anterior escarceo, — ¿El qué?
LA MAYOR CONQUISTA 21
— Que le es a usted antipático. le hacía Raúl otra pregunta al acercarse a
— De usted depende— contestó ella, semi- él, después de haber cambiado unas cuan­
tranquila nada más, y esforzándose por re­ tas palabras con el revisor; pues al oír el
tener con la suya aquella vacilante mirada altercado se apartó precipitadamente de los
combatida por la atracción de los ojos de dos viajeros con quienes departía, para ir
Emma y por deseo de volverse hacia el otro a enterar al empleado de que el argentino
para probarle que no era temor a él la que era amigo del señor Duvery y persona de
le había hecho desviar los suyos. toda confianza: sorprendiéndole recibir del
— ¡De mí! revisor respuesta que le hizo preguntar a
-— Sí: porque me asustan las vehemencias Lobera al llegar junto a él:
rabiosas, me aterran las violencias, aborrez­ — ¿Qué embolismos son esos..., Lobera?
co a los matones, y porque si vuelve usted ¿Qué quiere decir ese hombre?
a m irar a ese hombre me va usted a pare­ — Hable usted bajo, Raúl.
cer tan antipático como él. — Bueno, pero dígame: ¿a santo de qué
P o r suerte, fué entonces ayudada Emma se peleaban ustedes de m entirijillas? Eso
por la casualidad, que trajo al revisor, quien me ha dicho el revisor, dejándome con la
al pedir a Lobera el pasaporte se interpuso palabra en la boca y con la boca abierta.
entre él y el español, impidiéndole ver que — Vaya usted a preguntárselo a Don
éste lo contemplaba con sonrisa de altanero Héctor.
desdén, por creer haberlo acobardado: tan — ¡A mi padre! ¿Qué tiene él que ver?...
ofensiva, que a enterarse de ella no la ha­ — Tiene, amigo mío, tiene: en este tren
bría soportado el americano. nadie puede hacer nada sin permiso del
Sacó éste la cartera y de ella el pasapor­ Director: él es quien ha dispuesto...
te, que entregó al revisor, quien, después — ¡Que se peleen ustedes!— exclamó Em­
de m irarlo y remirarlo y de molestar a L o­ ma— . ¡Qué disparate!
bera con las insistentes preguntas por Du- — No puedo ser más explícito... Pero, ¡qué
very anunciadas, de las cuales iba tomando cabeza ten g o !: lo primero en que debí pen­
nota, se guardó el documento, diciendo: sar es lo primero que se me olvidaba.
— Mañana por la tarde podrá usted reco­ — ¿El qué?
gerlo en Agadés del Capitán de Gendar­ — ¿Ha hablado usted de mí con los espa­
mería. ñoles? ¿Les ha dicho usted que soy argen­
— ¡Cómo! ¿Se lleva usted mi pasaporte?... tino? , , >
¿Y si yo tuviera que salir de Agadés por la — No. '
mañana? — Respiro.
— No podría usted marcharse. — ¿Pero es que le quitaría a usted la res­
— Pues eso es un abuso, un intolerable piración que lo hubiéramos nombrado?...
abuso. ¡Qué raro está usted hoy!
— Es lo que se hace con todos los viaje­ — Tiene razón Raúl. ¿Qué mal habría en
ros. No pretenderá usted que por su linda que supieran que es usted argentino?
cara haga con usted una excepción. — Que ello habría contrariado al Señor
— Me quejaré. Duvery, que si le parece conveniente ya
— Haga lo que quiera: no tengo tiempo dirá a ustedes por qué no quiere que esos
que perder. señores sepan dónde he nacido ni cuál es
A l decir esto con desabrido tono, volvió mi idioma.
la espalda el revisor para continuar la re­ — Esto es el juego de los despropósitos...
cogida de pasaportes. Porque si quería usted viajar de incógnito,
— Grosero, mal educado— gritó Lobera fin­ como las testas coronadas, habría sido ló­
giendo gran enojo, al ver el cual le dijo gico pensarlo al comenzar el viaje; mas no
Emma: me cabe en la cabeza que a mi padre le
— ¡Por Dios, amigo mío! ¿Qué mosca le preocupe ese incógnito.
ha picado a usted hoy? ¿Es que a todo tran­ — Raúl, ya he dicho a usted que le pre­
ce quiere pelearse con alguien? gunte a él... Creo que se trata de asuntos
— No haga caso de esto: la grosería del de la compañía del ferrocarril— respondió
revisor y mi indignación son comedia, cosa Lobera, haciendo disimuladas señas a Raúl
convenida. para que no insistiera en sus preguntas;
— ¡Comedia! ¿Qué quiere usted decir? pues no le parecía discreto alarmar a Emma
Cuando Lobera iba a contestar a Emma hablando de los temores de sublevaciones
no pudo hacerlo porque en aquel momento que preocupaban a Morlain y al mismo Du-
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very, ni de la sospechosa cita de los viaje­ soy yo quien no cree palabra de cuanto
ros con el zouiya. Y dicho esto prosiguió: — dice usted, y se lo espeto en su cara, to­
Yaya a buscar a su papá, qu© está en su mándome justísimo desquite: es decir, que,
reservado; cuéntele mi discusión con el re­ dando a las cosas su feo, pero verdadero
visor, lo que con esos dos viajeros haya nombre, ni usted ni yo nos mordemos la
usted hablado; y entonces comprenderá us­ lengua para llamarnos embusteros. ¿Le pa­
ted los motivos de mi incógnito, que le rece a usted poca franqueza? ¡Hombre de
agradeceré me diga luego; pues crea, amigo Dios! ¿Adonde quiere usted llegar?
Raúl, que para mí no están todavía muy —¿Adonde?... No me atrevo a decirlo: va
claros. usted a pensar que es pronto.
Decía esto el argentino por pensar que —Cuando usted lo conoce, debe tener ra­
en cuanto Duvery se enterase de haber su zón: la confianza requiere tiempo, conoci­
hijo trabado conversación con los dos sos­ miento hondo de las personas: no cabe im­
pechosos preguntaría al muchacho lo que provisarla.
de sí dijeran ellos; y en cuanto a la men­ —Verdad; mas todo eso resulta inútil,
tida ignorancia de la causa de su incógnito amiga mía, si no tiene una base.
la echaba por delante como preparación pa­ —¿Cuál?
ra defenderse de las preguntes que suponía —Simpatía.
iba a hacerle Emma en cuanto su hermano —Natu ral mente.
se fuese, y que, efectivamente, apenas éste —Y si yo me atreviera a preguntar...
salió, dijo: —No; no se atreva: hoy estoy ya cansada
—¿Sabe usted que me parecen muy raros de preguntas. Ni que fuera usted un juez.
el fingido altercado con el revisor, ese re­ —Pero...
pentino incógnito; y no raro, rarísimo, has­ —Nada, que no contesto.
ta el punto de no creerlo, que usted ignore Al decir esto mentía Emma como ya va­
los motivos de él?... Ni mi padre es capaz rias veces había mentido aquella tarde, no
de pretender de nadie que oculte su nacio­ obstante su innato aborrecimiento a la men­
nalidad, ni usted de avenirse a ello sin tira; pues a tener Lobera más malicia ha­
saber el porqué. bría leído en sus ojos la respuesta que de­
—Es, amiga Emma, que el señor Duvery cía negar.
me dispensa el honor de tratarme con ma­ Mas no lo vió, pues con sus treinta y
yores confianza y franqueza que su hija. cuatro años era un inocentón el argentino,
— ¡Más!... Hace un rato me dijo usted que por ser sabio, y no de tres al cuarto,
que no me creía, permitiéndose dudar, no, sino sabio notable, sabía de mujeres lo que
negar en redondo, mi sinceridad; ahora saben los sabios: es decir, nada-

ü
QUIEN ES EL ARGENTINO Y CUAL SU PORTENTOSO INVENTO
Cuatro años antes de su viaje a Africa antecedente de la historia narrada en él,
dió Pepe Lobera cima a la resolución del diremos que aquel fortunón lo había here­
magno problema que había consumido dos dado de su padre el que lo fué de Manolo
tercios de la vida y otros tantos de la for­ y Pepe.
tuna de su padre: quedando todavía sufi­ El potentado abuelo de los últimos, tron­
ciente con el resto de la última para que co de esta rama americana de Loberas cu­
cada uno de sus hijos, Manolo y Pepe, he­ yas raíces más hondas se hablan nutrido de
redaran más de doce millones de pesos fuer­ savia castellana vieja, era un ingeniero de
tes, también comprometidos, a la hora en minas español contratado al terminar su ca­
que con el último hemos hecho conocimien­ rrera por una compañía minerá de Mendo­
to, en una arriesgada empresa científico- za (Argentina), donde tuvo la suerte de
industrial. descubrir, en Uspallata, unos ubérrimos ya­
Aun cuando muy a la carrera, por no ser cimientos de plata, que a través de largas
ello objeto de este libro, pero sí obligado vicisitudes y durísimas luchas lo hicieron
LA M A Y O R CONQUISTA 23
poderoso. Su hijo único, nacido en la Ar­ ¡Bah!, tres o cuatro siglos dan respiro
gentina, era tierra adecuada para que en muy holgado, y no hay motivo de asustarse,
él fructificara la solidísima instrucción que dirán quienes no piensan sino en el hoy,
su padre le dió, sobre la cual edificó él, por que pronto pasa, por no advertir que mu­
propia cuenta, bien ganado crédito de sa­ chísimo antes de llegar el total agotamiento
bio: no ya entusiasta, sino románticamente se dejará sentir la escasez, madre de la ca­
enamorado de las ciencias físicas, a los pro­ restía, en términos de dificultar la vida de
gresos de las cuales dedicó vida y fortuna: unas industrias, de imposibilitar la de otras,
excepto el tercio aquel que, al resolverse a de privar a los hombres de calor hasta en
enfrascarse de lleno eh los experimentos el propio lar de la familia: penuria y ca­
costosísimos y en las onerosas empresas restía que, vislumbrándose cercanas, ame­
acometidas por la gloria de su amada (en­ nazan ya al mundo con porvenir horrenda­
tiéndase la ciencia), y decidirse a emplear mente pavoroso; pues la madera se va tam­
talento, oro y trabajo en bien de la Huma­ bién, y muy de prisa.
nidad, tuvo la previsión de consignar como Por eso, hace ya tiempo que una pléyade
inalienable patrimonio a nombre de sus de eminentes físicos se preocupa y ocupa en
hijos. buscar prácticos medios industriales de apo­
El principal problema en donde concen­ derarse en el mar, para transportarla a los
tró la actividad de los últimos veinticinco continentes, de la fuerza mecánica del flujo
años de su vida fué el de capturar la fuerza y el reflujo de los océanos, de capturar las
del Sol para dar a los hombres energía in­ energías térmicas del calor central terres­
dustrial de calor transportable, que con la tre y las que laten en ei seno de los rayos
de los saltos de agua pudiera ayudar pri­ de sol.
mero y substituir después a los combusti­ Dejando para venideros libros de esta bi­
bles en su tarea colosal de satisfacer nece­ blioteca relatar las hazañas de los sabios
sidades vertiginosamente crecientes de día (conocidos de Ignotus) que teniendo a estas
en día, de la industria moderna, las cuales horas ya resueltos los dos primeros pro­
pesan hoy abrumadoramente sobre las mi­ blemas, implantarán sus invenciones el día
nas de carbón y los pozos de petróleo, que menos pensado, vamos a relatar en éste,
al cabo quedarán exhaustos. que los lectores tienen ante sí, cómo Lobe­
Tal agotamiento que, de sobrevenir antes ra había resuelto el último, y los peligros,
de hallar los hombres substitutivos a los aventuras y luchas en que se vió envuelto
combustibles hoy usados, sería tremendo y hubo de sostener hasta dar cima a su
conflicto mundial de incalculables conse­ magna empresa.
cuencias, llegará en plazo que han tratado Para formar idea del inmenso tesoro de
de fijar sabios que todavía existen en el fuerza que del Sol recibe esta Tierra habi­
mundo con el altruismo suficiente para em­ tada por hombres, hasta hoy incapaces de
plear su vida en bien de sus semejantes y aprovecharlo sino en proporción minúscu­
preocuparse de lo porvenir; llegando, como la, es útil y curioso saber que de estudios
consecuencia de sus estudios, a conclusiones
que no dan sino pocos siglos de duración a
esas reservas de calor y potencia encerra­ riqueza de las grandes cuencas hulleras del mun­
do, y, aparte naturales discrepancias de algunas
das al alcance del hombre en las entrañas opiniones, en conjunto dedúcese de las evaluacio­
del Globo. (1) nes mejor fundadas que el total agotamiento de
todos los yacimientos carboníferos será obra de
unos cinco sig lo s: cuatro en el tiempo de Lobera.
(1) Acerca de este interesante extremo dice un "En cuanto al petróleo y gases combustibles
autor moderno: “Gastamos estos recursos en alar­ producidos por la Naturaleza, no ha habido ni
mante proporción, cual si hubiera, que no la hay, habrá jamás ojos humanos que puedan ver el
razón para suponer que la provisión de ellos en fondo de las subterráneas cavidades donde están
nuestro planeta pueda ser inagotable, o que esos contenidos: mas no es peligro de mañana, sino
depósitos hubieran de ser reemplazados por yaci­ hecho de hoy, que el petróleo y sus derivados van
mientos que se fueran formando al mismo paso comenzando a escasear en el mundo; pues aun
que se vacían los existentes. En realidad, vi­ cuando de año en año crece la producción, y
vimos imprudentemente, no de las rentas, sino muy de prisa, esto no es resultado del descubri­
de nuestro capital de combustibles, vorazmente miento de nuevas regiones petrolíferas, sino de
tragado por máquinas y hornos de todas clases; la perforación de mayor número de pozos en las
pero con la agravante circunstancia de que la ya conocidas y explotadas. Además, estos pozos
Humanidad ignora a cuánto asciende realmente tienen muy corta v id a ; y como otros nuevos son
dicho capital. sin cesar abiertos a la explotación, los campos
"Se han hecho estimaciones, cuan serias caben de petróleo aprovechables hoy quedarán pronto
en la materia, sobre la probable duración de la cubiertos de ellos por completo.”
24 BIBLIOTECA NO VELESCO-CIENTIFICA
realizados por Sir Norman Lockyer en las Como el segundo Lobera (padre del Pepe,
rayas del espectro solar, correspondientes a quien con tanta sabiduría había vuelto
a la luz con que en la superficie luminosa Emma lelo) estaba bien al tanto de lo
de aquel astro, llamada fotoesfera, arde el que significa esa inaprovechada potencia
hierro, resulta que las llamas de dicho me­ de tal calor, y tenía confianza en las posi­
tal tienen allí temperatura de seis m il gra­ bilidades de la ciencia moderna, se puso a
dos centígrados; calor del cual no es fácil la faena de apresarlo; mas sabiendo, asi­
forme juicio la mente humana, ni siquiera mismo, cuán enorme distancia separa el
pensando que el hierro se funde a mil qui­ invento, resuelto, del proyecto en realidad
nientos grados y el platino a dos mil. implantado en la fábrica, en el taller, en la
Y aun los seis mil medidos no son sino vida; y robustecido este convencimiento en
los correspondientes al citado metal en la sus pruebas y ensayos, que habrían hecho
superficie (lo más frío del astro), cuya tem­ desistir de la empresa a otro hombre de
peratura absoluta llega, según el sabio po­ menor tesón, no le arredró ver pasar años
laco F. Biscoe, a siete mil trescientos gra­ y años en que, a despecho de indubitables
dos (1). avances, todavía divisaba lejano el término
Pero como la comprensión de estas tem­ de su largo camino, haciéndole pensar que
peraturas es inasequible a la mayor parte tal vez fuera corta su vida para alcanzarlo;
de las personas, confundidas por su enor­ por lo que al llegar sus hijos a la edad de la
midad, se ha buscado el ponerla al alcan­ razón y apreciar él en ellos no común in­
ce de todo el mundo, estableciendo dife­ teligencia, decidió prepararlos para auxi­
rentes analogías acudiendo, entre otras, a liares, por lo pronto, de su obra, y conti­
la consideración de los efectos que, con­ nuadores de ella en lo venidero, si a él no
centrados, serían capaces de producir los le fuera dado acabarla.
rayos solares llegados en un año a la Tie­ De extremo a extremo de la América Es­
rra: insignificantísima porción no más de pañola era conocido este hombre extraordi­
los que el Sol despide. Así, midiendo calo­ nario, a quien recompensaban todos llamán­
rías (2), tomando en cuenta pérdidas, et­ dole chiflado: todos menos sus hijos y al­
cétera, se ha llegado a evaluaciones apro­ gunos sabios: tan nobles, románticos y per­
ximadas, pero seriamjente hechas, de las severantes y tan persuadidos como él de
cuales resulta que el calor por dichos ra­ que el camino por él emprendido llevaba
yos engendrado, al tocar nuestro mundo, al éxito final: aun cuando algunas piedras
sería suficiente para licuar una costra de en el caunino atravesadas impidieran toda­
hielo que con cincuenta metros de espesor vía recorrerlo velozmente.
cubriera todos sus continentes y sus ma­ Antes de acabar de removerlas lo sor­
res (3). prendió la muerte, siendo José, el hijo me-

(1) Resultado de concienzudas determinaciones sería necesario para alcanzar aquel total en doce
cuyos resultados fueron publicados en 1916 en el meses.
Scientific American, y realizadas mediante la ob­ Hecha la cuenta, bien fácil por cierto, resulta
servación de las radiaciones de las ondas lumi­ derretido en cada día el hielo de una envoltura
nosas en diversas regiones del espectro solar. de la misma extensión antes indicada, igual a
(2) Caloría, cantidad de calor necesaria para la de la redondez de la Tierra, pero cuyo grueso
elevar en un grado la temperatura de un kilo­ ya no es sino de trece y medio centímetros.
gramo de agua. Supongo que esto ya irá pareciendo más com­
(3) “ Todavía me marea un poco el tamaño de prensible.
esa costra helada y la necesidad de reunir para Mirándo a los centímetros del grueso del hielo,
fundirla el calor recibido en todo un año.” Dice s í ; pero pensando en la extensión de los quinien­
el lector calmoso, aficionado a apurar, hasta lo tos y pico de millones de ^kilómetros cuadrados
hondo, estas curiosidades que el impaciente salta de la superficie de esa fría corteza que ha puesto
cuando la explicación de ellas dura lo que ya no usted a la Tierra, todavía me estorban los mi­
tolera su impaciencia. llones, y los kilóm etros: y si me apura usted,
hasta la corteza.
“ Si usted quisiera simplificar la cosa un poco” L a corteza no la puedo quitar, eso es cosa del
N o puedo desairarlo, pero huyéndole al riesgo de Sol, pero quitaremos los millones con sólo cubi­
abu rrir a los otros, escamoteo el tema del texto car la cantidad de hielo contenido en ella, mul­
principal para esconderlo en esta nota. Y así tiplicando los perturbadores millones de kilómetros
quien lleve prisa que la salte. de la superficie por los centímetros del grueso.
Efectivamente, tiene razón el señor para quien i Pero, señ or! : le digo que son muchos y va a
la e sc ribo : el hielo es demasiado grueso y el año multiplicarlos. Valiente modo de...
excesivamente largo. Por eso, bajo del año al día Calma, c a lm a ; en esta multiplicación hay do­
y reduzca los 50 metros deshelados en los 365 ble taumaturgia, que nos va a dar el resultado
días al deshielo que en cada veinticuatro horas por usted apetecido: primera, la que nos ense-
LA M A Y O R C O N Q U I S T A 25
ñor, quien, a los pocos meses de fallecer el dades y a los centros fabriles que habrían
padre, venció el último obstáculo. de transformarla en fuerza mecánica, calor
Ya no había cuidado de tropezar en cien­ o luz, el Trust Internacional del Calor y
tíficas chinitas; pero en cambio se hallaba de las Fuerzas Térmicas, sociedad anóni­
llena de pedruscos económicos la dura sen­ ma dirigida por un consejo, a su vez man­
da que es calvario de sabios en cuanto, para goneado por cinco financieros nada anóni­
echar sus inventos a la calle, han de buscar mos, verían en la empresa una temible
un capital que no se preocupa con la cien­ competidora capaz de dar más barato que
cia, sino con el interés de la ganancia, que aquélla el calor y la fuerza, gracias a ha­
matará toda empresa bienhechora como no ber sido ya convertido en hecho el sueño
rinda fuerte dividendo. de Tesla y otros célebres electricistas, que
Era punto flaco del invento, flaco mer­ empleando métodos en cierto modo simila­
cantilmente considerado, que tan luego co­ res a los de la radiotelegrafía, propusieron
mo la fuerza del Sol fuera capturada en transportar a grandísimas distancias la
grandes proporciones, incomparablemente fuerza, a través de las altas regiones de la
mayores que las alcanzadas en los peque­ atmósfera, sin necesidad de cables eléctri­
ños ensayos hechos desde comienzos del cos y con pérdidas de fluido cien veces me­
siglo XX (1), y tan pronto fuera converti­ nores que las ocasionadas por éstos.
da en electricidad transportable a las ciu­
fiaron, y usted ha olvidado, de que cuando el chocado en lo que ha dicho usted al afirmar que el
multiplicador es menor que uno, el producto ob­ calor de los rayos solares que llegan a la Tierra
tenido resulta más pequeño que el multiplicando; se engendra al tocar aquéllos el suelo. Y me cho­
segunda, que introduciendo un cambio de unidad ca porque a mí me parece que ese calor fué en­
de medida, que me voy a permitir, hablando, no gendrado en el sol que los envía.
de kilómetros de superficie helalla, sino de tone­ Sí, señor; allá se engendraron, pero no salen de
ladas de peso de agua congelada, completo el cu­ él como calor que en el espacio se propague, pues-
bileteo que me permite decir a usted que el hielo ya usted sabe que en éste reina el horrendo frío si­
fundido—el mismo de los perturbadores millo­ deral, sino como vibración etérea, que no es ca­
nes—llenaría un recipiente de 68.830 kilómetros lor, sino movimiento capaz de producirlo en cuan­
cúbicos. to toca a algo; ese algo es la Tierra y los plane­
j Qué atrocidad! tas. En donde resurge como calor actual el naci­
Todavía mayor de lo que a primera impresión do en el Sol que entre él y aquéllos no es calor
parece, porque cada uno de esos kilómetros cú­ efectivo sino sólo radiante. Del mismo modo que
bicos pesa muy cerca de 1.000 toneladas, y el la voz que actúa en un teléfono no es voz sino al
bloque fundido en cadá veinticuatro horas: llegar al del otro extremo de la línea, no siendo
08 .850 .000 .000.000 de éstas. en ésta sino corriente eléctrica.
O en kilogramos, [Link].000.000. (1) Las tentativas a que aquí se hace referen­
jOtra vez los números mareantes! cia fueron, a grandes rasgos referidas, las si­
Tropezar siempre con ellos es sino de cuantos guientes :
Sienten curiosidades geológicas o astronómicas Hershel, Pouillet, Mouchot fueron los primeros
Pero visto que ni auii bajando al día hemos con­ sabios que pensaron en la posibilidad teórica de
seguido desembarazarnos de ellos, continuemos utilizar la potencia calorífica solar. En posterio­
descendiendo, nO ya a la hora, n f al minuto, sino res épocas surgieron no pocos proyectos propo­
al segundo, y con igual finalidad de desembara­ niendo soluciones prácticas, aun cuando no lle­
zarnos de unos cuantos ceros, subamos nuevamen­ garan a positiva aplicación, siendo entre ellos
te de los kilogramos a las toneladas: con lo digno de mencionarlo especialmente el motor
cual, y sabiendo que un día contiene 86.400 se­ helio-dinámico que el ingeniero Sr. Pérez Nueros
gundos, podremos decir que en cada uno de éstos presentó en una notable memoria a la Academia
llega a la Tierra calor solar suficiente para de­ de Ciencias de Madrid.
rretir 796.875.000 toneladas de nieve: masa que Sobre el problema, sintetizándolo en la forma
de estar en un montón y de quererla transportar inimitable que sólo él sabía hacerlo, dijo nuestro
en trenes, cada uno cargado con 500 toneladas, Echagaray, de gloriosa memoria, en su preciosa
exigiría un número de ellos que saliendo de obra “Las Teorías Modernas de la Física” :
minuto en minuto, tardarían en agotarla idos “Todos los aparatos inventados hasta el día
años y nueve m eses! son análogos: una gran caja de cristal herméti­
Ahora ya voy haciéndome cargo de lo que es camente cerrada para que por las uniones no se
el calor solar de que en la Tierra disponemos. escape el calor acumulado: bajo ella otro) de hie­
Sí, pero tenga usted en cuenta que eso no re­ rro ennegrecido para que la luz que atravesó el
presenta sino la energía térmica, pero no toda la cristal se convierta en calor: dentro de la última
energía recibida del Sol, que además nos envía la aire o agua, que una vez calentados pasan a cual­
lumínica, la química, la eléctrica, la magnética y quiera de las máquinas térmicas de tipos cono­
la gravitatoria que sostiene nuestro mundo en el cidos y en ella funcionan... Agréguense pantallas
vacío y lo empuja en su carrera en torno del o reflectores que concentren sobre el cristal los
centro planetario. Esta última es de fácil eva­ oblicuos rayos de sol y se tehdrá idea de lo que
luación mecánica; las otras no han sido medidas son todas las máquinas solares inventadas hasta
todavía, que yo sepa. el día, etc.”
Está bien, pero todavía queda algo que mé ha Entre los ensayos prácticos, algunos han lle-
26 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

VI
LO QUE BUSCA LOBERA EN EL SAHARA
Al darse cuenta Lobera de cuál era el ma­ pues cuando aquellos cinco príncipes de la
yor obstáculo económico en que sus planes banca mundial hicieron cuentas, vieron que
estaban en riesgo de tropezar, creyó con­ no queriendo los Loberas hijos sacudirse
jurarlo procediendo, no cual competidor los nobles estímulos que impulsaron al pa­
presunto, sino como aspirante a asociado del dre, habían fijado en su proposición pre­
poderoso trust, avistándose en Londres con cios máximos de venta a la energía solar,
sus mangoneadores, que allí se dieron cita que no les convenían, pues perfectamente
para oír la proposición presentada por el remuneradores para industriales de con­
inventor para constituir la sociedad solar ciencia, rendirían utilidad menor de la que
como una filial de la carbonífera: herejía los multimillonarios del trust, jamás cohi­
científica—pues es sabido que el Sol es bidos por escrúpulos absurdos en quien no
padre del carbón (1)—con la que en este la tiene, obtenían en la venta del carbón y
picaro mundo, que tiene en más el dinero el petróleo, además susceptibles de propor­
que la ciencia, no había más remedio que cionar adicional ganancia con polo adulte­
transigir. rarlos: ventaja con la que no podía contarse
Claro está que nuestro héroe no estaba al expender rayos concentrados del Sol, pues
dispuesto a revelar su secreto científico; aquellos señores no veían con qué podrían
pero ofreció a los reunidos hacerles ver mezclarlos.
prueba experimental de los resultados in­ —¿Aumentar capital para disminuir el
dustriales de él en la pequeña instalación interés que ahora obtenemos?... ¡Qué dis­
que a un centenar de kilómetros de Bue­ parate!—dijo uno.
nos Aires tenía montada y en funciones. —Pero adviertan ustedes que las provi­
Aceptada la proposición, se verificó la siones de combustible van a agotarse en el
prueba, y la eficacia de ella, que en análo­ mundo, lo cual pondrá a la humanidad en
gos casos suele orillar las dificultades finan­ un conflicto horrendo—contestó Lobera.
cieras, fué causa en éste de aumentarlas; — ¡Ta, ta-, ta!... Para entonces ya nos ha-
gado a funcionar industrialmente, aun cuando tan montadas hasta hoy (1921) es la de Meadi, cerca
sólo como modestas instalaciones de restringida de El Cairo, por los señores Shumans, Boys y
aplicación local, las cuales sólo mencionaremos Ackerman que convierte el calor de los rayos
ahora; pues cuando veamos a Lobera en la faena solares en fuerza mecánica, produciendo ésta en
montando y explotando su Central Solar caerán la cuantía de 100 caballos de vapor, a razón de
más a punto noticias más puntuales de tales uno por cada 2,25 metros cuadrados de superfi­
tentativas. cie insolada.
La primera fué debida a Bricson, el inventor Por último, en discrepancia con los anteriores
de los barcos llamados monitores, que desde 1865 sistemas, todos los cuales responden a la con­
trabajó durante trece años en la empresa, aban­ cepción del problema considerado como lo sinte­
donada al cabo a causa de la pequenez del ren­ tizan las palabras de Echegaray que encabezan
dimiento obtenido. esta nota, existe otro sistema, no aplicado en
El doctor Williams Calver, en las áridas comar­ gran escala, el de Tesla, que transforma el calor
cas de Arizona, logró, según testimonio de Ar­ directamente en electricidad por medios que más
chibald Williams, producir con calor solar colo­ adelante tendremos ocasión de exponer, pues esta
sales temperaturas, dobles de las del arco voltai­ nota se ha hecho ya demasiado larga y no pode­
co, que es Ja mayor hasta ahora producida por mos decir más ni dar detalles del sensacio­
el hombre, empleando otros medios. nal procedimiento que revolucionó el mundo en
En la granja de avestruces de Pasadena (Ca­ 1996, porque para llenar el presente libro dan
lifornia) y en las cercanías del magnífico obser­ sobrada materia la empresa y las aventuras de
vatorio solar de Monte Wilson funcionan reflec­ Lobera.
tores que concentran los rayos del Sol sobre re­ (1) Y madre la Tierra; pues entre la tierra y
cipientes donde hierve agua cuyo vapor mueve el agua de ella y el calor y ía fuerza química ae
una bomba elevadora de agua con rendimiento los rayos solares hacen crecer los árboles, de don­
superior a 200.000 litros por hora. de hoy saca el hombre carbones vegetales, y hace
En Argelia y en Australia se han hecho apli­ centenares de siglos engendraron las selvas que
caciones para el riego de los campos, de las que petrificadas bajo el suelo son hoy minas de car­
no tenemos otra noticia que la de su existencia;
pero la instalación más notable de todas las bones minerales.
LA MAY OR CONQUISTA 27
bremos muerto... ¿Quién se preocupa ahora desacreditada su firma por el Trust Carbo-
con eso? Petrolífero.
—Yo. 3. ° Hacer ruidosa campaña de prensa,
—Bien se ve que no es usted hombre de basada en la autoridad de pagados hombres
negocios. con ciencia y sin conciencia, para retraer
—De modo que la resolución de ustedes... de comprar acciones de La Solar a peque­
—Está muy bien pensada: no nos con­ ños rentistas: propalando que el invento
viene el que nos propone. era un disparate científico y un negocio
—Pero es que la cuestión tiene otro as­ ruinoso.
pecto, en el que acaso no han pensado us­ 4. ° Que si a despecho de esto se consti­
tedes. tuyera empresa, no se repararía en gastos
—¿Cuál? ni medios—disimulados, fclaro está—paria

—Que si establezco la explotación con ca­ provocar accidentes en lá explotación, es­
pital independiente, mis precios obligarán tropear los aparatos de ella, etc., etc.
al Trust a rebajar los suyos muy por bajo 5. ° Que por grandes que fueran estarían
del que ahora parece a ustedes pequeño. bien empleados los sacrificios pecuniarios
—Es indudable: sí señur. que impidieran surgiera competencia tan
—No se nos ha escapado esa considera­ temible cual la de quien, en vez de las mí­
ción. seras reservas de energía de las minas de
—Conste que al dirigirme a ustedes he carbón y los pozos de petról^) de un menu­
querido evitar me atribuyan propósitos de do planeta cual la Tierra, dispondría de
hostiles competencias, pues mi proposición las inmensas e inagotables fuerzas alma­
tiende precisamente a no entablarlas: bien cenadas en el Sol.
asociándonos en la explotación, bien acor­ 6. ° Que de los millones que en lo acor­
dando equitativos precios. dado se invirtieran se resarciría el Trust
—Por lo- cual le quedamos agradecidí­ fácil y brevemente elevando en unas pe-
simos. setejas el precio en todo el mundo de la to­
—Obligadísimos. nelada de carbón y del bidón de gasolina.
—Reconocidísimos. Inmediatamente, en cuanto implicaba des­
—Y fuera de esa cooperación celebrare­ crédito científico y económica guerra, y por
mos poder serle útiles. etapas sucesivas en lo que eran traidoras
—Y hasta recomendarlo a capitalistas asechanzas contra instalaciones y apara­
amigos nuestros. tos, fué realizada la campaña de los ilus­
—Y cuando tenga su explotación en mar­ tres bandoleros, honrados y adulados en
cha mantener con usted las más cordiales el mundo como fortísimos puntales del cré­
relaciones. dito y la industria; porque las ultracivili-
zadas sociedades modernas califican de im­
béciles a quienes disponiendo de fuerza y
De la cordialidad que al retirarse el in­ pudiendo abusar no abusan de ella, limi­
ventor le fué expresivamente reiterada, y tándose a usarla, e indefectiblemente aplau­
en lo sincero de la cual creyó él cándida­ den a quienes, tienen suficientes habilidad y
mente, podían dar testimonio los acuerdos desaprensión para ganar dinero sin parar en
secretos que en cuanto se apartó de ellos to­ la cárcel: donde los negociantes poderosos
maron aquellos cinco pulpos de la gran in­ es rarísimo den, porque negocio y éxito lo
dustria y el alto comercio, que con las in­ justifican todo.
contables ventosas de sus larguísimos ten­ Prescindiendo de circunstanciada narra­
táculos, extendidos por el mündo entero, ción retrospectiva de las luchas entre los
hacían presa en todo, teniendo siempre una Loberas y los cartopetrolíferos, basta al ob­
que alcanzaba a chupar en todo paraje don­ jeto de esta historia hacer saber que por
de hiciera falta un kilo de carbón, un litro milagro encontraron aquéllos capital que,
de petróleo o un bidón de gasolina. Véanse unido al suyo, completara los cincuenta mi­
los acuerdos: llones de pesos fuertes necesarios para
1. ° Vigilar por medio de su policía par­montar la explotación en gran escala: un
ticular cuantos pasos diera Lobera para milagro debido, entre otras cosas, a que a
allegar capitaJl. los ataques técnicofinancieros del Trust fue­
2. ° Hacer saber a todo banquero o ban­ron opuestos, no solamente los artículos por
co que, de prestarle apoyo, le sería deciar los dos hermanos escritos y por ellos paga­
rajda guerra financiera, negado crédito y dos a los periódicos, sino otros muchos cuyo
28 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

origen siempre quedó para ellos en las som­ Gobierno boliviano, uno de cuyos prohom­
bras de profundo misterio. bres fué ganado por los carbopetrolíferos,
Preocupados estaban con la curiosidad de y vueltas a reanudar al ser aquél derribado
saber a quién debían ayuda tan oportuna, del poder por otro político a la devoción
llegada después de haber sido desahu­ de los heliodinámicos
ciados por todos los hombres de negocios, De tumbo en tumbo, y venciendo peque­
a quienes habían tratado de interesar en ños pero menudeados accidentes, que los
la empresa, cuando espontáneamente se les Loberas perjuraban no podían ser sino in­
presentó un fuerte banquero sueco, esta­ tencionados, ya se iba entreviendo el día
blecido en Chile, manifestándoles que él de la inauguración de los trabajos de acue­
y unos amigos estaban dispuestos a sus­ llas vastas fábricas, cuando traidores em­
cribir en firme todas las acciones de la pro­ pleados, sobornados ya se sabe por quién,
yectada Anónima Americana de Energía provocaron hábil y disimuladamente form i­
Solar, que gracias a esto fué constituida a dable explosión que inutilizó las principa­
poco con el nombre de Panamericana Ter- les máquinas, segando al paso varias v i­
moh el i odin árnica, domiciliada en Buenos das; y pasada una semana del accidente,
Aires. bien exagerado en revistas industriales y
El banquero y Jos amigos cubrieron de financieras, dieron éstas la noticia de que
primera intención todo el capital, sin otro la empresa desistía de la explotación solar.
trabajo que firmar un compromiso para lo Consternados los pobres y modestos ac­
venidero y sin sacar ni una peseta de sus cionistas, que habían pagado sus “solare*,
cajas, pues a la hora de ingresar aquél en a cien pesos, los que menos, inundaron con
la de la nueva empresa ya habían vendido ellas los mercados, no encontrando quien
casi todas las acciones a sus clientes: no a les diera más de ocho; y las “ térmicas” ,
cambio de promesas, como las que ellos que si no tan bajas no andaban muy bo­
suscribieron al adquirirlas, sino en dinero yantes, subieron a las nubes, al divulgarse
contante y sonante, parte del cual quedó, en que para no perderlo todo se proponía la
concepto de primal, en poder de los capita­ fracasada empresa dedicar los aparatos que
listas: que fuera un éxito o un fracaso para la explosión había respetado a montar una
los accionistas la venidera sociedad, ya ha­ gran fábrica de vidrio, que aun ignorándo­
blan realizado un bonito negocio, además se todavía dónde podría establecerse, era
de quedarse de mangoneadores de ella, y a la indudable habría de ser fuera de América;
vista de los que pudieran ir cayendo. pues el descrédito de los Loberas les im­
Las acciones fueron vendidas, en su ma­ pedía pensar en d irigir fabricación ningu­
yor parte, a pequeños rentistas hispano­ na en el mismo teatro de su ruidosísimo
americanos y españoles, explotando el pa­ fracaso.
triotismo y el sentimiento de fraternidad Y, sin embargo, los inventores no habían
de razas, por ser hispanoamericanos el in­ desistido de sus propósitos, sino resuelto
ventor y la empresa llamados a poner fin perseguirlos a callandas, después de la si­
a la intolerable tiranía del Trust de Fuer­ guiente conferencia con el banquero sueco,
zas Térmicas, cuyas acciones sufrieron fuer­ presidente del Consejo de Administración
te depreciación en todas las bolsas al di­ de la Termoheliodinámica, que pocos días
vulgarse la noticia de haberse constituido después de la catástrofe, y cuando el páni­
su competidora “ La Solar” : aun cuando co de los accionistas los había hecho ven­
para reponerse a las pocas semanas, cual der sus acciones por lo que habían querido
consecuencia de la vertiginosa baja de las darles, llegó a Los Llanos, donde halló mus­
de la nueva sociedad, determinada por alar­ tios y cariacontecidos a los dos Loberas, a
mantes rumores de que ésta tropezaba con quienes presentándose como salvador dijo:
graves dificultades de orden técnico. — No se apuren ustedes, aquí estoy yo. Sé
Pocos meses después comenzaron las que todo lo ocurrido es obra de la tradora
obras de instalación en “Los Llanos de Bo- guerra del Trust Térmico, y como Tengo
liv ia ” , comarca que por su situación en la fe absoluta en el invento de ustedes, ai éxi­
zona tórrida, donde los rayos del sol lle­ to de él acabo de jugarme, a cara o cruz,
gan con fuerza máxima al terrestre suelo, toda mi fortuna.
era muy ventajosa para la explotación de — ¿Cómo? ¿Qué quiere usted decir?
ellos. — Que la he empleado entera y empeñado
Pero las obras hubieron de interrumpir­ todo mi crédito en adquirir cuantas iccio-
se a causa de dificultades suscitadas por el nes de nuestra sociedad han salido j sal-
LA MAYOR CONQUISTA 29
gam al mercado; que excepto algunas pocas del calor solar por el procedimiento de Lo­
que; por ahí puedan quedar, ustedes y yo bera, se lanzaría la especie ya indicada en
sonnos dueños de la totalidad de ellas y anteriores párrafos.
podlemos proseguir la empresa por nuestra Y mientras Manolo se quedaba en Los
cuemta, sin dársela a nadie de nuestros Llanos embalando los aparatos que la ex­
actos. plosión no había destruido, y los restos que
A quella heroica prueba de amistad y no­ todavía pudieran componerse de los destro­
ble confianza del banquero conmovió a ios zados, y en tanto el banquero sueco se
inocentes hermanos que lo abrazaron efu- ocupaba en hacer adquirir por segunda ma­
sivaimente. no en diversos países dos grandes dirigibles
U na vez aquietados tales transportes de para establecer ostensiblemente una línea de
agradecimiento tomó de nuevo la palabra viajeros entre Valparaíso y Nueva Zelanda,
el Jhéroe, continuando: pero en realidad para hacer la mudanza,
— Pero para triunfar de enemigos mu­ se trasladaba Pepe Lobera en un aeroheli-
cho más poderosos que nosotros no es posi­ cóptero de la Heliodinámica, a París, Lon­
ble seguir luchando cara a cara, sino suplir dres, Madrid y Barcelona; allí encargaba a
la fiuerza que nos falta con astucias...; mas testaferros con quienes le puso el sueco en
para, ello es preciso que también ustedes relación, de comprar fraccionadamente y en
sacrifiquen algo. diversas plazas los elementos necesarios
— Estamos dispuestos... para substituir a los destruidos cuando en
— Usted dirá. A frica fuera montada la nueva instalación.
— E l sacrificio que les pido no es más Una vez encauzadas estas adquisiciones
que de amor propio, y solamente transito­ marcharía el inventor al Desierto de Saha­
rio mientras llega la hora de un ruidoso ra, donde había decidido establecer la su­
desquiite. puesta vidriera, careta de la verdadera ex­
— Expliqúese usted pronto. plotación, eligiendo en tal viaje sitio ade­
— Necesitamos engañar a todo el mundo, cuado para ésta.
para que los del carbón crean que ustedes He aquí porqué nunca le pareciera a Pepe
mismos reconocen haberse equivocado... excesiva la fuerza del So] aunque quemara
— Eso es muy duro. abrasadoramente.
— Déjeme terminar. Sólo asi cabe pensar
en proseguir, y para eso fuera de Am érica * * *
y en secreto, nuestro plan, hasta que poda­
mos presentarnos en los mercados indus­ Satbido ya a qué iba al Desierto nuestro
triales diciendo a fabricantes y a empre­ protagonista, fáltanos, para no dejar coja
sas de tracción y alumbrado: “Mañana po­ la narración retrospectiva a que se ha de­
demos poner en su casa de usted los kilo­ dicado este capítulo, insertar un diálogo,
vatios o los caballos de vapor que necesite, que dirá quiénes fueron los ignorados pa­
treinta por ciento más baratos que el Trust gadores, que los Loberas no habían logrado
de Fuerzas Térmicas.” descubrir, de los artículos en defensa del in­
Ese es él desquite que en plazo de uno y vento y la empresa, quiénes los autores del
medio o dos años ofrezco a ustedes. milagro de haber el sueco reunido capital
— Bien; pero... para constituir la sociedad, y porqué se ha
•—Para ello es indispensable montar las llamado candidez a la creencia de los dos
fábricas en lugar tan lejano y extraviado hermanos en el heroico desinterés de su
que nos permita ocultar su real objeto, di­ socio.
ciendo ostensiblemente que vamos a explo­ Interlocutores, dos de los cinco magnates
tar negocios diferentes; y para ello es pre­ del Trust de Fuerzas Térmicas; fecha, el
ciso que seamos nosotros mismos quienes día siguiente de haber convenido con sus
confiesen su fracaso, desacreditándonos en compañeros de consejo los acuerdos reser­
términos que inspiren al Trust creencia de vados con anterioridad copiados; términos,
que, habiéndonos aplastado definitivamen­ los siguientes:
te, ya no tiene por qué cuidarse de nos­ — ¡Qué soberbios negocios haría en poco
otros. tiempo quien pudiera manejar en bolsa las
Después de discusión no breve, acorda­ acciones de las dos sociedades, influyendo
ron los tres que, por form ar parte de la antes en sus precios— dijo uno de los ami­
instalación estropeada elementos de fabri­ gos que pronto pasarían a compinches.
cación de’ vidrio necesario para la captura Y el otro contestó, abriendo ©1 ojo:
30 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

—Ya lo creo... Pero como la nueva no —¿Qué le parece a usted de Rusk—el


hemos de dejar que se forme... nombre de banquero sueco?
—¿Y si, a pesar de todo, se formara?... —De perlas.
¿Quién nos asegura que alguno de nuestros
compañeros, viendo lo que nosotros vemos,
no la favorecerá bajo cuerda?... ¿Que no Estos señores pagaron con una mano,
provocará alzas y bajas de las acciones de como miembros del Trust, la campaña de
ambas sociedades, aprovechándolas para prensa contra el invento, mientras con otra,
comprar y vender a golpe seguro, tomán­ por su propia cuenta, dieron lo que costa­
ron los artículos que, con asombro de los
donos de primos, redondeándose a costa inventores, se publicaron en defensa de
nuestra y burlándose de la simpleza de sus aquél y de ellos; estos vivos financieros
compañeros de consejo? proporcionaron bajo cuerda al sueco los
—Es verdad... Y de esos no debe uno fondos necesarios para constituir “La Solar”
fiarse. y ellos se embolsaron la ganancia, no floja,
—La cosa sería facilísima para quien o realizada al colocar las acciones entre mo­
quienes dispusieran de un fuerte capital, destos capitalistas; ellos vendían acciones
que movido siempre a tiro hecho no corre­ del Trust cuando estaban caras, para com­
ría el menor riesgo, y que en uno o dos prar con su producto las de La Solar, por
años produciría el sesenta o setenta por ellos depreciadas previamente, a reserva de
ciento, cuando no el cien. realizar después la maniobra inversa: bonito

—Cierto, cierto. Conque dos hombres tejemaneje con el cual sacaron a su capital
como usted y yo juntaran sus recursos, en dos años no el setenta, sino el ciento
buscando un testaferro para constituir la treinta por ciento, aunque, eso sí, arruinan­
nueva empresa, ese hombre de paja haría do a mucha gente. En cuanto a la heroici­
en la Solar lo que quisieran ellos y los ten­ dad del sueco, a su desinterés, etc., etc.,
dría al tanto de todas las incidencias de le valía muy regular tajada.
ella; y sabiendo a la par interioridades y Pero tales maniobras, dice un cándido,
proyectos del Trust por ser miembros de son un robo, viles fulleros quienes de tal
su comité directivo les sería facilísimo... manera juegan con ventaja-
—Ve usted el asunto perfectamente. Es­ ¡Qué lenguaje! ¡Qué atrocidad! No sabe
usted lo que se dice ni entiende de estas
tamos expuestos a que en esa forma nos cosas.
engañen nuestros queridos amigos. ¿Cómo que no? El catecismo, la caballe­
—Hablemos claro. Entre engañar y ser rosidad... i
engañados la elección no es dudosa. ¿No le ¡Pero hombre de Dios! ¿Quién se acuerda
parece a usted? del prójimo ni de caballerosidades cuando
—Sin duda alguna... se trata de negocios? Lo necesario es saber
—Pues si estamos de acuerdo en eso, ya no tropezar en ellos con el juez, tropezón
no nos falta sino el testaferro. raro en quienes entienden los negocios.

m
UNA IDEA DE DUVERY

Una vez terminada por el revisor la re­ —Los pasaportes eso dicen.
cogida de pasaportes, se fué con ellos al —Ya te lo había yo dicho.
departamento donde estaban Duvery, su hijo —Sí, porque ellos te lo dijeron; mas no
y Morlain: diciendo al primero al entre­ es lo mismo que lo digan los pasaportes:
garle aquellos documentos: y aun así...
—Los dos primeros son los de los espa­ —Son personas distinguidas, cultísimas:
ñoles que interesan a usted, Señor Direc­ es decir, uno de ellos, porque del secreta­
tor. rio, que no habla francés, nada puedo de­
— ¡Ah! ¿Han resultado efectivamente es­ cir; pero el otro es atento, finísimo, inte­
pañoles? ligente, agradabilísimo.
L, A MAYOR CONQUISTA 31
—Yeo que te ha conquistado. Y usted, tiene inconveniente en darme el guste de
Morlain, ¿qué piensa de ellos después de comer con nosotros.
haber oído a mi hijo? — ¡Inconveniente!... Pero como las me­
—Que, salvo mi respeto a su opinión, y sas no son sino de cuatro plazas, y somos
a pesar de lo que dicen los pasaportes, tan cinco...
españoles son esos mozos como yo; y estoy —No, yo comeré en otra.
seguro que cuando usted se fije con deten­ —Tampoco, amigo Morlain. Será Raúl
ción en ellos pensará también que sus ca­ quiep se busque acomodo donde pueda.
ras no son de europeos. —Mientras Lobera representaba, aunque
—Todo porque son o están morenos. Si sin gran empeño, la farsa de rehusar la
por eso fuera, me parece que más morenos invitación para no echar a Raúl fuera de
que mi padre y yo... la mesa, volvió éste diciendo que ya esta­
—No es eso, no es eso: no se traita del ba una reservada al lado de la de los es­
color, sino de inconfundibles rasgos típi­ pañoles.
cos. En fin, tan seguro estoy de lo que Al enterarse Lobera de que iban a ins­
digo, que al fallo del Señor Director me talarse en mesa inmediata a la de su an­
atengo. Y a veremos lo que dice cuando los tipático seudocompatriota, se le puso cara
mire despacio. de mal humor, solamente advertido por
—Pero a todo esto estamos perdiendo el su amiga Emma, bien enterada del porqué,
tiempo, pues de los pasaportes aún no he y no preocupada con él por estar cierta de
leído sino los nombres: Gaspar Núñez, que ella sabría desarrugarle el ceño, como
Manuel Pozo. efectivamente lo consiguió tan pronto como
En este llegó un camarero avisando que llegada al comedor se apresuró a tomar
iba a servirse la comida, lo cual hizo a asiento, la primera, dando la espalda al
Duvery aplazar el examen detenido de hermoso moreno: con lo cual vió iluminarse
aquellos documentos hasta después de aqué­ por ensalmo con plácida sonrisa el sombrío
lla o de la llegada a Agadés, para la que rostro del americano.
sólo faltaban cuatro horas. Mientras entre ella y él se desarrollaba
Guardándoselos, pues, dijo de pronto a esta muda escena, Duvery, que en cuanto
su hijo, como obedeciendo a repentina entró se había fijadó en que por estar los
idea: viajeros sospechosos solos en una mesa so­
—Tú, pásate por el salón y dile a Emma braban plazas en ella, dijo aparte a Raúl:
que venga. En seguida, ve al comedor, y —A ver cómo te arreglas con habilidad
en cuanto veas que tus amigos han elegido para que te conviden a comer tus nuevos
mesa encarga de mi parte al maître d'hôtel amigos.
que nos reserve una al lado de la de ellos. —-¡Que me conviden!—contestó el mu­
Aquí te aguardo hasta que vuelvas a avi­ chacho, asombrado de las rarezas que a su
sarme que ya están allá. padre se le ocurrían aquella tarde.
—¿Y si estuvieran ya ocupadas las me­ —No te escandalices, hombre: he queri­
sas contiguas a las de los españoles? do decir que te ofrezcan uno de los sitios
vacíos en su mesa—replicó Don Héctor,
—Le dices al maître que indique a quie­
que después llamó al camarero, cuchicheó
nes ocupen una de ellas que es la reserva­
con él e invitó a Morlain a sentarse a su
da para el Ingeniero Jefe de la Compañía,
lado, fronteros ambos a los supuestos es­
suplicándoles se trasladen a otra.
pañoles.
Salió Raúl a cumplir los encargos de su
Procurando ser oído de éstos encargaba
padre, y como consecuencia del primero
mientras tanto Raúl al camarero, levantan­
llegaron poco después Emma y Lobera al
do la voz, que le buscara un sitio, con lo
reservado donde aguardaba Duvery, pre­
cual obtuvo el resultado apetecido; pues
guntando ella:
levantándose de su asiento el que Lobera
—Papá, ¿vamos al comedor? había llamado broncíneo Apolo, se le acer­
—Sí, en cuanto vuelva Raúl, a quien he có, invitándolo a comer en su compañía.
enviado a que reserven mesa. Al ver a su hijo ya sentado en la mesa
—Pues yo también me voy a buscar si­ inmediata, se sonrió el ingeniero; encargó
tio—se apresuró a decir el argentino, de­ en voz baja a Morlain, con gran sorpresa
seando no perder tiempo para poder aco­ de éste, que no mirara apenas durante la
modarse en uno cercano al de Emma. comida a los vecinos, y una vez terminado
■—No, amigo mío: es decir, si usted no este aparte, llamó a Lobera en alta voz,
32 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
esforzándola bastante p ara que se en terara pena de hablar de sem ejante m enudencia.
Raúl, M onsieur Loubegray. Ya antes obsequiaron ustedes a mi hijo,
—Ya tenemos aquí—dijo Errnna por Jo ahora se aprestaban a obsequiarlo nueva­
bajo a éste—su incógnito de usted. mente. L a falta de delicadeza h ab ría sido
—Que ya ve cómo interesa a su papá, y que estando casi en propia casa, como él
por culpa del cual me llamó usted embus­ ha dicho bien, pues este tren es u n a pro­
tero. longación de la mía, no hubiera yo corres­
—Con in ju stic ia que reparo devolvién­ pondido a las atenciones an terio res de us­
dole su fam a de veraz... en -eso. tedes y al honor que han hecho a R aúl in ­
—Y en todo. vitándolo a comer en su compañía. A parte
Dicho esto, ya no pudieron los m ucha­ que, habiendo yo tratad o en A rgelia m u­
chos volver a »cuchichear en toda la comi­ chos españoles, me es sum am ente grato,
da; pues en seguida se generalizó la con­ por serlo ustedes, darles esta pequeña
versación, sin que ninguno de los cuatro m uestra de mi deferencia.
que en la mesa estaban pareciera acordar­ —No es esta la prim era vez, pero sí una
se de los españoles que a todos preocu­ más, que me deja agradecido la proverbial
paban. cortesía francesa: lo cual no q u ita que en
La idea que Duvery habla tenido para m í sea un abuso...
procurarse medio de exam inarlos a con­ —Vaya, veo que el rumbo, tan proverbial
ciencia, sin que se dieran cuenta de la cu­ en españoles cual para usted lo es la cortesía
riosidad que despertaban, dió resultado al francesa, le deja un am argor que no quiere
finalizar la comida; pues al ver Núñez pa­ le quede el día que he tenido el honor de
sar de largo delante de su m esa al cam are­ conocerlo. P ara quitárselo gustosos acepta­
ro, que de una en o tra iba cobrando, lo remos, mis amigos y yo, los tabacos y u na
llamó para pagar el gasto hecho en la suya: copa de licor p ara ten er el gusto de b rin ­
con protesta de Raúl, que, por estar en aquel d ar por España.
tren como en propia casa, alegaba su m ejor —Encantado y agradecidísim o—contestó
derecho al papel de anfitrión: quedando am- Núñez, m ientras Pozo continuaba callado.
gos iguales al m anifestarles el mayordomo —Raúl—dijo Duvery al sentarse en el si­
que todo lo había pagado ya el Señor Di­ tio que su hijo había ocupado—, como ya
rector. no faltan sino dos horas p ara la llegada, y
Al oír esto dijo Núñez a Raúl, pero m i­ prefiero pasarlas en g rata charla con estos
rando francam ente a Duvery: señores, a irm e a recoger los papeles y p la­
—Me parece un abuso aceptar esa ga­ nos que he dejado esparcidos en la m esa y
lantería, aun cuando no por ello la agra­ en el sofá del reservado, ve allá, guárda­
dezca menos. melos con orden en la c a rte ra de documen­
Y alegrándose en su fuero interno del tos, y cuando lo hayas hecho vuelve a ver
incidente que, obligándole a dem ostrar si alcanzas u na copa. ¡Ah! L lévate de paso
agradecim iento al padre, le p erm itía acer­ a Em m a p ara que recoja sus trebejos y los
carse a la hija, y aun tal vez saludarla, se míos en las m aletas.
levantó para ir a d ar las gracias. —Morlain, M onsieur Loubegray, vengan,
Pero estando sentado junto al vidrio, en vengan acá: estos señores tienen la am a­
el rincón, para sialir de allí hubo de aguar­ bilidad de invitarnos a tom ar los licores.
dar a que sxi secretario se levantara y le Morlain se levantó en seguida de la me­
dejara paso, resultando que, colocado Du­ sa; pero Lobera, demasiado entretenido
very junto al callejón central entre las me­ con Emma; pues ni ella ni él se habían
sas, -pudo adelantársele al ad v ertir su pro­ enterado de lo dicho por Don Héctor, tardó
pósito; y así, en vez de ser Núñez el que bastante más en acudir a la llam ada: ta r­
llegara a la mesa de Emma, fué el padre danza y distracción que hicieron muy poca
de ésta quien llegó a la de Núñez en el gracia a Núñez, por pensar que él tam bién
momento de salir éste al pasadizo, en don­ se h ab ría distraído a ten er la suerte de
de ambos se encontraron. estar hablando con la francesita, quien al
—Señor Director, en el conflicto en que darse, al fin, cuenta del encargo de su pa­
su am abilidad me pone de pasar por poco dre se levantó, y devolviendo m uy ceremo­
delicado, aceptando su obsequio, o de ofen­ niosam ente la reverencia con que la salu­
derlo, rehusándolo, prefiero ev itar esto y daba el señor Núñez, dió la v u elta y se fué
doy a usted m il y m il gracias. con su herm ano a cum plir dicho encargo.
—Caballero, ¡por Dios! No merece la —Tengo el gusto de p resen tar a ustedes
... llegó sobre Agadés un dirigible con ochenta gendarm es senegaleses para
refo rzar la compañía de Berber.

:
LA MAYOR CONQUISTA
/
33
a Mr. Loubegray, del Consejo de Adminis­ el mío, algo se me ha pegado; y aunque lo
tración de los Transaháricos, y a Mr. Mor- hablo incorrectamente, creo poder enten­
lain, jefe de Bir-el-Gharama—dijo el inge­ derme con el señor Pozo.
niero a Núñez y Pozo— ; y volviéndose lue­ Después de decir esto, y aprovechando
go a los presentados por él, y señalando a estar Núñez distraído con el mozo eligien­
sus nuevos conocidos:— Los señores Don..., do los mejores tabacos y licores que pu­
quedándose parado, cual si ignorara los dieran servirles, Duvery recomendó, rápi­
nombres que poco antes había leído en los damente y por lo bajo, al argentino que
pasaportes y recordaba perfectamente. pusiera atención al modo cómo Pozo ha­
— Gaspar Núñez, banquero y armador de blara el español, e inmediatamente comen­
Tenerife y de Villa Cisneros, pues en Ca­ zó a conversar con este último en dicho
narias y en Río de Oro tengo casas, que idioma, pidiéndole noticias de Tenerife y
son de ustedes, y factorías, que pongo a su Río de Oro, a las cuales contestó el pre­
disposición. Mi secretario, el señor Pozo, guntado en un castellano tan incorrecto,
que no extrañarán ustedes no tome parte cuando menos, como el de Duvery, pero
en la conversación, pues aunque entiende muchísimo más duro, y cuyos agrios soni­
el francés, no consigue sacudir la invenci­ dos guturales, capaces de desgarrar las
ble timidez que le retrae de hablarlo. gargantas castellanas, hería el oído de Lo­
— Entonces procuraré hacerle menos pe­ bera todavía más que si hubiera nacido en
nosa nuestra conversación; pues habiendo la Península, por estar habituado a la sua­
vivido muchos años en Argelia, donde el ve pronunciación americana.
idioma de ustedes se habla más acaso que

VIII
LUCHA DE ASTUCIAS

La premiosa conversación de Pozo y Benoué, afluente del Níger, reunir los de­
Duvery agradaba poquísimo al señor Nú­ rribados troncos en balsas que bajarían
ñez, porque el desastroso castellano del ríos abajo, por los dos citados, hasta la
primero le inspiraba temores, al principio desembocadura del Níger, en Akassa, don­
de aquélla, de que el segundo pensara en de aserradoras de gran potencia, movidas
la imposibilidad de que un nacido en Es­ por el mismo río, convertirían los troncos
paña maltratara de tal modo la hermosa en tablazón y viguería, fundando así, en la
lengua de Cervantes; pero pronto se le des* costa de Guinea, un gran emporio made­
vanecieron al reparar que las dificultades rero para abastecer los mercados de Euro­
del francés para expresarse en ella lo pre­ pa con los grandes veleros de hasta cinco
ocupaban en términos de no dejarle ente­ y seis palos de su flota: beneficiándose a
rarse de los desatinos de su interlocutor. la par con la venta de la madera y con ios
Mas, sin embargo, no estando muy seguro fletes de ella.
de la discreción de su secretario, procuró Preguntó seguidamente si podría hallar
cortar pronto el diálogo, tomando él la pa­ en Agadés automóviles para la expedición,
labra, y con Ista la dirección del rumbo de cuyo recorrido, solamente hasta Bida, pa­
la conversación general, sostenida en fran­ saría de 1.000 kilómetros, contestándole
cés para que en ella no pudiera su compa­ Duvery que en Agadés no había otros au­
ñero meter baza. tomóviles que los de los ferrocarriles
Hablaba Núñez como quien nada tiene transaháricos, en el número estrictamente
que ocultar, mostrándose muy comunicati­ indispensable para los servicios de replan­
vo: sin ser por nadie preguntado dijo que teo, explanación y tendido de vía en el tra­
su viaje a Agadés tenía por objeto buscar mo en construcción hasta Kano (1); que
medio de trasladarse a la región de
Baoutch, en la Nigricia, donde proyectaba
(1) Término septentrional del ferrocarril in­
montar una gran explotación de cortas de glés de la Nigricia, que en Lagos parte de la
madera en las selvas surcadas por el río costa del Golfo de Guinea.
LOS VENGADORES 3
34 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

a no ser tan ajustado a las necesidades de Agadés ninguno capaz de llegar hasta el
la empresa el número de ellos, y a no ha­ Baoutch, sino, a lo sumo, a la linde del De­
ber otros inconvenientes para el empleo de sierto con la N igricia, donde sería pteciso
tal medio de locomoción en las comarcas buscar otros prácticos en las estepas fron­
que Núñez se proponía recorrer, tendría terizas y en las selvas de la cuenca del
sumo gusto en ofrecerle alguno; pues Níger.
los europeos establecidos en países inhos­ — Y a propósito— dijo al tocarse este punto
pitalarios tienen obligación moral de pres­ el jefe de Bir-el-Gharam a— , ¿ustedes no
tar cordial ayuda a quienes por ellos via­ conocerán el idioma de las tribus entre las
jan entre hostiles salvajes o gentes semi­ que van a meterse?
bárbaras. — Claro que no— repuso Núñez.
Respecto a los inconvenientes antes alu­ — ¿Cómo han de conocerlo?... Pero ya
didos, dijo que, aparte la carencia -de au­ sabe usted, Morlain, que con el temaxec (2)
tomóviles que poder brindar al señor N ú ­ y el árabe basta para bandeárselas aquí, por
ñez, había de pensar éste que una vez sa­ todas partes, pues siempre se encuentra
lido del Desierto tropezaría con imposibi­ quien hable uno u otro: mejor o peor.
lidad de avanzar en tales vehículos a tra­ — Pero es el caso que nosotros no sabe­
vés de los bosques y terrenos quebrados de mos palabra ni del idioma de los tuaregs
la N igricia; que la total falta de lugares ni de árabe— dijo Núñez con tal prisa y
donde adquirir gasolina era otro insupera­ tan gran energía cual si negara algo des­
ble obstáculo y, sobre todo, que las tribus
cruzadas por su itinerario de Agadés al en el más terrible desamparo y en la soledad
Baoutch aborrecen de muerte el automóvil más absoluta: soledad en el espacio, soledad en
el tiempo, soledad en el silencio, donde el viento
y a los automovilistas: siendo verdadera
no encuentra hojas que hacer crujir, donde no
temeridad aventurarse entre sus ignoran­ hay agua que c o rra ; soledad donde sólo llegarán
tes y malévolos pobladores empleando di­ a hacer compañía al extraviado el hambre y la
cho medio de locomoción. sed, sobre todo la sed. Inútil que corra, todo está
muy le jo s ; inútil que grite, nadie le oirá... Y
T al expedición no podía, por tanto, rea­ cuando las fuerzas flaquean y la esperanza se
lizarse sino en los clásicos camellos, bus­ pierde, llegan las alucinaciones, que duran hasta
cando buenos y fieles guías, cada vez más que la debilidad lo rinde... Be echa en el suelo,
muere, y el viento va trayendo día tras día sobre
escasos desde el establecimiento de la vía
su cuerpo fina arena, que ai cabo forma un mon­
férrea (1 ); pero sin esperanza de hallar en téenlo, bajo el cual yace un cadáver momificado
por el calor y la sequía.
El guía ha de conocer además otros enemigos
(1) La profesión de guía, que en algunas fa­ de las caravanas: los ladrones nómadas que in­
milias es hereditaria— dice una notable obra geo­ festan las rutas más frecuentadas por e lla s ; la­
gráfica— , viene a ser como una especie de sa­ drones procedentes a veces de muchos, muchos
cerdocio, porque del guía dependen las vidas de centenares de kilómetros de distancia; pues hay
cuantos forman la caravana que a su pericia se tribus enteras que solamente del pillaje viven,
entregan. Antes de la salida se lo considera, se señalándose entre ellas la de los Ahagar, de raza
le ruega, se lo ad u la; al término del viaje, si tuareg.
es feliz, se le colma de gracias. Dice un viajero— Míster Haywood— que recien­
Las arenas movedizas o la roca abrasadora; temente, en 1910, cruzó el Sahara de Tombuctu
el calor horrendo del día seguido del frío de la a Argelia, refiriéndose a una ocasión en que es­
noche; el alejamiento de uno a otro de los pozos tuvo perdido:
que forman los obligados puntos de paso de las “ Camino ni senda no había ninguno. En el De­
rutas sin camino trazado entre ellos, que ha sierto son caminos y sendas cosas desconocidas
de encontrar el guía fijándose en señales ape­ en cuanto se aparta uno de los oasis: cada ca­
nas perceptibles, sin que para llegar a la ma­ ravana busca su ruta en la inmensidad de aque­
yor parte de aquéllos, meros puntos en la in­ llas soledades: cada guía tiene sus propias se­
mensidad del desierto, sea Util el guiarse por las ñales y sus peculiares mañas para hallar su ca­
estrellas; las sequías impensadas que los agotan, mino y salir de apuros, y dos caravanas parti­
poniendo a los viajeros frente a frente del fan­ das de un mismo lugar para un mismo pozo van
tasma de la muerte por sed, o por lo menos el por distintas rutas sin alcanzar sieniera a verse.”
de semanas de marcha con ración deficiente del Imagínese la situación del viajero europeo que
agua repugnante de los zaques transportados a se vea aislado de su caravana.
lomo de camello, son corrientes peligros que ex­ (2) El temazee o temazig, del cual hay varios
plican el grandísimo cuidado y la solemnidad dialectos, es el idioma de los tuaregs, siendo no­
con qüe se prepara la organización y la salida table que la conservación y enseñanza de él está
de las caravanas, y la autoridad en ellas ejercida principalmente encomendada a las mujeres, que
por los guías, que, sobre todo en las expediciones son las que en esta raza conservan el tesoro de
árabes, llega a ser verdaderamente despótica. la ciencia y cultivan la poesía y la música.
En la caravana es fundamental la estrecha De este idioma existe una gramática publicada
unión de todos: el que se aparta del grupo y se por Monsieur Hannoteaux, que las damas tuaregs
extravía está perdido irremisiblemente, porque cae conocen, estudian, comentan y divulgan.
LA MAYOR CONQUISTA 35
honroso, y con resuelto aplomo, que no so­ Del mismo modo que, por tener mucho
lamente no engañó a los franceses, sino que ocultar de Duvery, y más concretamen­
que, haciéndoles fijarle en la fuerza y ra­ te de las autoridades francesas del Desier­
pidez de la negativa, les dio certeza de que to, había Núñez solicitado, audaz y malicio­
mentía y robusteció la desconfianza que les samente, la ayuda del ingeniero, para ha­
inspiraban quienes ya iban recelando no cer creer que no ocultaba nada, cuando es­
eran españole^. pontáneamente daba facilidades para que
—Mal preparados, mal, vienen ustedes le pusiera centinelas de vista en las andan­
para emprender expedición como la pro­ zas y correrías que decía iba a emprender,
yectada, así Duvery evitaba a intento demostrar in­
— Por eso contamos contratar un intér­ terés de aprovecharse de la ocasión brin­
prete en Agadés. dada; pues sobre no creer en la expedición
—No abundan, porque el francés lo ha­ al Baoutch y la Nigricia, por razones que
blan aquí muy pocos y el español nadie más adelante le oiremos exponer, y aun pro­
sino yo. Además, que ya no les basta a us­ poniéndose arbitrar medio de vigilar en lo
tedes un guía fiel, pues también necesitan sucesivo a aquellos personajes, que parecían
fiel intérprete; y la fidelidad es fruta es­ serlo de cuidado, creyó más importante, flor
casa en estas tierras. lo pronto, velar su desconfianza: en lo cual
— Supongo que un comerciante de Agadés acertaba, futes su contestación rehusando
al que vengo recomendado por nuestro co­ inmiscuirse en los asuntos de ellos desarru­
mún banquero de Dakar podrá hallarme gó inmediatamente el funcido entrecejo del
guía e intérprete; pero si él no acertara a secretario.
servirme, acaso me atreviera a invocar los Mientras tanto Morlain, bien percatado
sentimientos de fraternidad europea de que de la perspicacia con que su jefe había pro­
hace poco hablaba usted, para suplicarle que, vocado aquella tertulia, donde a su sabor
con su conocimiento del país y su influen­ estaban ambos examinando a los sospecho­
cia en él, me ayudara en esa difícil busca sos, en vez de vigilarlos a distancia con in­
de gentes expertas y leales. sistentes miradas, expuestas a ponerlos en
— Cuente con mi ayuda si la ha menester. guardia si ellos las advirtieran, admiraba
Al contestar así, advirtió don Héctor un asimismo la habilidad con que don Héctor
gesto de asombro, o de susto más bien, he­ rehusaba el burdo medio de espiarlos que
cho por Pozo al oír la petición de ayuda con el sólo objeto de hacerse el inocente, le
formulada por Núfiez, y prosiguió: ofrecía Núñez.
—Pero no creo le sea a usted necesario Y es que por algo llevaban subordinado y
acudir a mí; pues la persona a quien viene jefe dos tercios de sus vidas residiendo en­
recomendado puede servirlo mejor que na­ tre arteros musulmanes, aprendiendo en su
die, por ser quien en Agadés organiza todas trato que es la doblez la mayor fuerza para
las caravanas comerciales de alguna impor­ luchar con quienes en la falsía tienen la
tancia. más fuerte de sus armas. “ Con los perros
—¿Cómo sabe usted quién es esa persona, cristianos, la mala fe es virtud” : tal es la
si aun no la he nombrado?—preguntó Nú- norma de conducta de berberiscos y árabes,
ñez con viveza, reveladora acaso de recelo. y si tan tonto es el cristiano que, cuando
—Ni hace falta; pues no habiendo en entre ellos anda, no vuelve por pasiva en
Agadés, ni aun en todo el Air, sino un beneficio propio el aforismo, lleva la de
hombre cuyas relaciones comerciales se ex­ perder constantemente en ei trato y en los
tiendan más allá del Tibesti, Fezzan y el trates con ellos.
Djouf (1), en cuanto ha dicho usted que el Después de lo dicho derivó la conversa­
de que habla las mantiene con Dakar, for­ ción por otros cauces, versando sobre cosas
zosamente tenía yo que pensar en Isaías de Francia y España, que Núñez demostró
Moyfsk, el hebreo ruso. conocer perfectamente. Entonces tomaron
— Efectivamente, de él se trata. parte en ella Lobera y Raúl, atenidos, des­
— Como que no puede ser otro, ni usted de la vuelta de éste, a conversar entre sí,
venir mejor encaminado: lo que ese no pue­ y entonces se presentó ocasión de que se
da hacer en su obsequio menos podría ha­ dirigieran la palabra Núñez y Lobera, cru­
cerlo yo. zando las miradas, donde de cuanao en
cuando relucían chispazos cual los que ha­
bían asustado a Emma cuando con el se­
(1) Puede verse nota en la página 11. gundo departía en el salón; pero ahora tan
36 BIBLIOTECA NOVELESCO-C IENTIFICA

fugaces, imperceptibles y disimulados en­ hay tres habitaciones siempre preparadas


tre corteses o sutiles frases, que ninguno para los transeúntes. Usted ocupará una,
de los tertulianos se daba cuenta de ellos, Morlain otra.
aunque los dos rivales los interpretaran —¿Pues qué he de hacer sino aceptar
perfectamente: Emma no estaba allí, mas el agradecido y satisfecho de continuar en tan
recuerdo de ella se hallaba entre quienes agradable compañía?
con aquellas ligeras ojeadas se decían que —De sus cosas de usted hablaremos ma­
para conquistarla estaban ambos decididos ñana, o pasado más bien, pues supongo le
a arrollar todo obstáculo. dará lo mismo uno o dos días antes o des­
Veinte minutos antes de la media noche, pués, y yo tengo mañana que atender a algo
hora de la llegada al término del viaje, se más urgente.
disolvió la improvisada tertulia, cruzándo­ —Tanto me da un día como otro.
se toda suerte de amabilidades entre los —Pues recoja ya sus efectos, porque den­
viajeros: ofreciendo Duvery a iNuñez su tro de cinco minutos llegaremos.
casa, en el edificio de las oficinas del ferro­ Efectivamente, poco después se detenía,
carril, donde residiría el poco tiempo que ya de una vez, el tren, que llevaba corrien­
había de permanecer en Agadés, antes de do más de sesenta horas, en las que había
levantar el campo para el centro de traba­ devorado muy poco menos de tres mil ki­
jos de Techiasco; poniéndose Núñez a la lómetros: a ojo de buen cubero, la distan­
disposición del ingeniero en el alojamiento, cia de Constantinopla a Barcelona.
que Moyfsk le habría buscado, y que, según En el andén aguardaban al Ingeniero
al oírle manifestó Duvery, no podría ser Jefe todo el personal del ferrocarril y el
sino la misma casa del judío; pues en Aga­ Capitán de la Gendarmería Sahárica: una
dés no se estilan fondas ni hoteles propios extraña gendarmería montada en meha-
para europeos, y porque fuera de una es­ ris (1) a veces, en bicicletas otras, y hasta
casa docena de casas de personas civiliza­ en motociclos con sidccars, armados de
das, las demás viviendas del poblachón ametralladoras ligeras: según la clase de
aquel no son sino inmundas pocilgas. servicios, las distancias a que han de pres­
—Después de lo que míe ha oído, compren­ tarse y la rapidez por ellos exigida.
derá usted, amigo mío—dijo don Héctor a
Hallábase entre quienes aguardaban el
Lobera, cuando ambos se apartaban de los
tren el judío Moyfsk en espera de Núñez y
otros—, que como a usted no le aguarda
de Pozo, quien, por no conocerlos, gritó:
ningún Moyfsk que lo pueda alojar, he de
Monsieur Nunés, Monsieur Posó.
alojarlo yo.
—¿Es usted el Señor Moyfsk?—preguntó
—Pero eso, que en usted es bondad, en
Pozo en árabe, acercándose a él.
mí sería abuso de confianza.
—El mismo—contestó en el mismo idio­
—Con aceptar mi ofrecimiento no hará
ma el preguntado.
usted sino usar, como todos aquí en seme­
jantes casos, de la hospitalidad que cuan­ —Somos Núñez y Pozo—le interrumpió
tos viven en estos destierros, sean cristianos en francés el primero con gran viveza, al
o moros, ofrecen cordialmente a todo tran­ ver que se acercaba Raúl, y levantando mu­
seúnte: eso no más es lo que ofrezco a quien cho la voz, agregó:—Pierde usted el tiempo
me ha sido recomendado por un embajador hablando en árabe: no entendemos ni jota.
de mi país, y a quien no puedo mirar como — ¡Ah! Yo creía—contestó en francés el
recién llegado; pues hemos convivido siete judío...
días entre el hotel de Tánger y este tren, —Pues creía usted mal—replicó contra­
estando ya ligados por simpatía que va to­ riado* y con mal modo Núñez.
mando visos de amistad.
Cuando se lance usted a sus correrías por
esas tierras, ya verá que cualquier descono­ de(1)razaEl completamente
meliari o camello de silla y carrera es
diferente al de carga;
cido a cuya puerta llegue le ofrecerá, me­ soporta hasta siete días sin comer ni beber en
jores o peores, según pueda, un cubierto en verano, en marcha y cargado.
la mesa y una cama que todos damos, no El de carga no marcha sino a razón de cuatro
a cinco kilómetros por hora, y por día, de 25 a 40 ;
cual favor, sino por costumbre, elevada a el mehari pasa de los 100 por jornada, citAndose
deber de humanidad. Se alojará usted en el caso de 150, no en una, sino en dos repetidas
el edificio de la Compañía, donde además jornadas hechas por un mehari de In-Salah.
de los pabellones de los empleados y del correos, Los franceses usan meharis para servicios de
y tienen organizadas secciones de tropas
mío, que ahora sólo utilizo como apeadero, en ellos montadas, que llaman meharistas.
LA MAYOR CONQUISTA 37
—Perdóneme. pues tr a ta a zapatazos al opulento Moyfsk.
—Vamos andando. Pronto. Bien se ve que no viene a pedirle dinero;
—Poca gracia le ha hecho la indiscreción y cuando ta n hum ilde ag u an ta el viejo los
del judío—dijo a Raúl Morlain—. Y por lo sofiones tiene que ser porque dinero o m ie­
visto, el hom bre llega a país conquistado, do ande por medio.

IK
LO QUE PUEDE LEERSE EN EL BLANCO REVES DE UN PASAPORTE

—Sin embargo, B ertier, estos pasaportes bía llegado la víspera por la tard e: es de­
parecen estar en regla, y los retratos con- cir, con tiempo justo para alcanzar el paso
cuerdan con las caras de los señores Núñez del tre n ; y term inó m anifestando haber
y Pozo. Voy tem iendo haberm e pasado de encomendado a su com pañero que indaga­
listo. ra quién era aquel hom bre y los negocios
Las anteriores palabras las decía Duvery que en Asiou tu v iera, p ara com unicarlo en
en su despacho de la oficina de los ferro­ cuanto lo supiera.
carriles, donde, a las nueve de la m añana Duvery, hablando el último, dijo que ade­
siguiente a la llegada a Agadés, conversa­ m ás de parecerle indudablem ente árabes
ba con M orlain, Lobera y B ertier (el capi­ los rasgos fisionómicos de los dos viajeros,
tá n de la gendarm ería), a quien había lla­ le sorprendía que hom bre ta n inteligente
mado p ara ponerle en autos de sus recelos como Núñez no se hubiera enterado, antes
sobre Núñez y Pozo, que, según noticias de em prender el viaje, de la dificultad de
dadas por el revisor, habían subido al tren comunicaciones entre el D esierto y la Ni-
en Tafilete. gricia, y que tom ara Agadés (1) como punto
— Don H éctor—dijo el capitán—, el estar de p artid a de su expedición: cosa muy rafa
los pasaportes en regla significa poco, pues en quien, teniendo flota propia, forzosamen­
que los bribones tien en siem pre sus pape­ te debía saber que desem barcando en L a­
les arreglados: lo sabemos bien quienes nos gos, y tom ando allí el ferro c arril de Kano,
pasam os la vida persiguiéndolos. Ya exa­
m inarem os los pasaportes luego; porque
(1) Agadés es población que, como capital de
antes, y ya enterado del resum en que usted la comarca de Air o Asben, ha prevalecido sobre
h a hecho, deseo que cada uno de estos se­ la antigua Tinchaman, cuyas ruinas se hallan a
ñores cuente puntualm ente Jo que por sí unos 40 kilómetros al norte de la nueva.
haya visto, oído y observado; pero los he­ Agadés fué en tiempos la más populosa pobla­
ción del Sahara. Juzgando Barth por la superficie
chos solamente, sin com entarios, para no cubierta por los restos de la antigua ciudadi le
influir con ellos en mi juicio. supone 50.000 habitantes. Su prosperidad mayor
Haciendo lo que decía el oficial, repitió fué en el año de 1500; a fines del siglo xvm
Lobera las palabras oídas a Pozo y a Nü- fué arrasada por los tuaregs, y con posterioridad
resurgió con población compuesta principalmente
ñez en el pasillo del vagón, agregando que de mercaderes, míseros en su mayoría, de todas
quien hablaba el castellano como el prim e­ castas, razas e idiomas. Las viviendas nuevas se
ro de ellos no le parecía posible fuera es­ hallan entremezcladas hoy con las ruinas anti­
guas. Tiene una torre notable, más ancha en el
pañol. centro que en la base y en lo alto, y erizada de
Refirió M orlain después las observacio­ puntas de vigas que al exterior sobresalen como
nes que en Asiou había hecho por sorpren­ pflas de erizo.
derle que dos europeos se b ajaran del tren Las mujeres son las que cultivan las pequeñas
industrias de Agadés: objetos de cuero, esteras
ta n sólo p ara hablar con el zouiya un mi­ y quesos.
nuto, si acaso, no pudiendo decir respecto El principal comercio es el de la sal, que ca­
a Pozo si hablaba bien o m al el español, ravanas hasta de 8.000 camellos van a buscar a
los oasis de Bilma para llevarla luego al sur.
que bueno o malo le sonaba a él árabe. Es de notar que hacia mediados del siglo xix
Dijo además que si detuvo la salida del todavía no se empleaba la moneda para las tran­
tre n fué para preg u n tar a Gudín (el jefe sacciones en el mercado de Agadés, sino granos,
de estación) desde cuándo estaba el zouiya telas, sol, cabras, d á tiles; y aun hoy mismo la
moneda es cosa rara en la población y todavía
en el poblado, contestándole aquél que ha­ más en el resto de la comarca.
38 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

podría llegar al Baoutch, por Egga y Keffi, señor Morlain. ¡Lástima que esos pasapor­
sin los tropiezos ni los peligros del extraño tes no puedan dar más luz!
itinerario que pensaba seguir. —Aguarde, aguarde, señor Lobera: toda­
— Bien— dijo Bertier al acabar de hablar vía no he dicho yo mi última palabra, por­
Don Héctor— . Abora es ya la ocasión de que de que los pasaportes han sido expe­
ver con calma los pasaportes: Autorizados, didos a españoles no cabe duda; de que los
en primer lugar, por el Gobernador Gene­ retratos pegados en ellos corresponden a
ral de Río de Oro, a la salida de Villa Cis- los compañeros de viaje de ustedes, tam­
neros: visados, seis días después, a la lle­ poco; pero...
gada a Mogador... Seis días...: esto quiere Al decir esto miraba y remiraba Bertier
decir que se detuvieron en el camino, pues los pasaportes por el derecho, por el revés
ese tren no puede tardar más de uno entre y al trasluz.
dichas poblaciones. — Pero si están en regla, y los retratos
—Algo más: veintiséis horas— dijo Du- son de esos señores, no veo...,
very— . Pero ¿qué diablos podría tener que — Señor Lobera, es indudable la identi­
hacer un banquero del fuste de Núñez en dad de los retratos y de los hombres, pero
los míseros aduares, que son los únicos po­ nada hay en los pasaportes que nos pruebe
blados donde se detiene ese tren? la de los retratos y los nombres.
-—El lo sabrá—contestó Bertier— . Pero — ¡Ah!
sigamos. Al otro día, llegada y refrendo en —Es verdad.
Marrakesh, para Tafilete y Agadés. —Y de sobra sé yo que si éstos andan en
— Sí que es un camino raro para venir conspiraciones ya habrán cuidado de no
de Río de Oro— observó Morlain. ponerse en camino sin ir perfectamente en
— Y todavía más para ir a la Nigricia: regla.
adonde, aun descartado el itinerario de que —¿Pero qué busca usted con ese examen?
antes hablé, podía haber ido ese señor por —A punto fijo, no lo sé; pero, como los
los ferrocarriles de la costa a San Luis y perdigueros, olfateo, por si mi olfato de pe­
de San Luis a Tombuctú, siguiendo luego rro viejo descubre algún indicio...: una
embarcado por el Níger: con toda comodi­ raspadura, una enmienda, que muchos fal­
dad y en tiempo quince o veinte veces sificadores hacen preciosamente; si los se­
menor. llos en seco están hechos a presión o con
— Sí, Señor Director; pero en ese camino un estilete, o un palillo m ojado...
no habría tenido el gusto de ver rascarse — ¿Y qué? ¿Llalla usted algo de eso?—
en Bir Asiou al zouiya de Aoudjila: de preguntó Duvery con gran interés.
donde yo deduzco que la rascadura y la —No: ni enmienda, ni raspadura, ni se­
conversación debían ser tan urgentes como llo sospechoso: tan bien hecho está, si lo
substanciosas para ellos...: y quién sabe si hay, el gatuperio, que no sé descubrirlo.
para nosotros. — ¡Qué contrariedad!— exclamó Morlain— .
— Supongo— dijo el capitán— que sospe­ Porque estoy tan cierto de que no me equi­
cha usted que esos pájaros andan metidos voco, que apostaría hasta...
en la conspiración de que hay rumores. — ¡Calla!
— ¡Ah! ¿Han llegado también- a usted — ¿Ve usted algo?
esos rumores, amigo Bertier?— preguntó el — Puede ser. Vamos, vamos a la luz—
ingeniero con viveza. contestó Bertier aproximándose, seguido de
— Sí señor: va sonando ya mucho ese los otros, al balcón. Llegado a éste, levantó
runrún. la persiana, miró atentamente los pasapor­
— A mí se me ha metido en la cabeza— tes por el revés, y d ijo :— Señor Director,
dijo Morlain— que el zouiya y estos dos son ¿tendría usted a mano una lente de au­
agitadores, que no han hecho sino comuni­ mento?
carse una orden o un aviso previamente — Sí, en la oficina de los delineantes.
convenidos. Morlain, hágame el favor de ir a pedirles
—Aun sin conocer el Desierto como us­ una de las de mayor aumento. ¿Qué quiere
tedes, lo estudiado de él antes de empren­ usted mirar, Bertier?
der este viaje me basta para apreciar lo — Perdone, Don Héctor: hasta estar se­
absurdo de los itinerarios que toman esas guro de lo que sospecho, no quiero hacer
gentes; y esto, unido a sus extraños modos concebir esperanzas que pudieran des­
•de reconocerse, me hace pensar como el hacerse.
LA MAYOR CONQUISTA 39
— Pero, ¿qué diablos va usted a ver con partes cubiertas por los retratos!. Como el
la lente en el revés de esos documentos? papel es gordo, tendrían que poner agua va­
— Dispénseme, señor Lobera, que no con­ rias veces y con relativa abundancia hasta
teste por ahora. calar al otro lado, donde estaba la goma qu0
Vuelto M orlain con la lente, hizo con ella había que reblandecer.
el oficial un breve examen del dorso de am­ — Ya, ya veo— interrumpió Lobera— . En
bos pasaportes, y en seguida afirmó con aire esa parte se abolsó el papel y se puso es­
de triunfo: ponjoso.
— Estos retratos no son los de los pro­ — Eso es; y perdió el satinado, según se
pietarios de los pasaportes. ve en éste, donde la parte que fué mojada
— ¿Cómo? no aparece sucia, porque al doblar la hoja
— ¿En qué lo conoce usted? quedó en el interior del doblez preservada
— ¡Pero si los retratos están en el otro del polvo del bolsillo, mientras en este otro,
lado! doblado con dicha parte al exterior, la su­
— Pues en éste está la prueba de lo que ciedad se ha agarrado a la superficie del
digo, y por éste es preciso mirarlos. Ven­ cuadrado correspondiente al retrato, más
gan y fíjense en él papel de los dos pasa­ fofa y áspera que el resto del papel, en
portes: sobre todo en el de Núñez; pues, cuyo satinado resbala m ejor el polvo.
aunque en los dos se ve lo mismo, está — Es muy curioso, curiosísimo— dijo Don
más marcado en el de éste. Miren detrás Héctor— . Traiga, amigo Bertier, traiga. Ya
de las esquinas en donde están pegados los puesto en camino con su explicación, quie­
retratos. ro m irar todo eso con la lente.
— Yo no veo nada. — Fíjese, fíjese, Señor Duvery— dijo el
— Yo, tampoco. argentino, que por tener muy buena vista
— N i yo. no había menester lente para escudriñar el
— ¿No advierten ustedes diferencia entre pasaporte que en la mano tenía— ; las bol­
esas partes del papel y el resto de las sas que el papel formó al ser mojado se
hojas? ven todavía, aunque aplastadas al pegar y
— N o sé...: como no sea que el papel pa­ apretar encima de él los segundos retratos.
rece estar ahí algo menos satinado. Estoy seguro de que el señor Bertier tiene
— En este otro parece más obscuro, o más razón.
sucio, en la parte opuesta a la ocupada por
— Además— agregó éste— , con la lente
el retrato, que en el resto de la hoja.
verá usted claro como un fruncido de plie-
— Pues, eso es.
guecillos todo alrededor de los bordes de
— Pero no veo qué importancia pueda te­
uno de los retratos, de lo cual no hay se­
ner eso.
ñales en el otro.
— N i yo. — Sí, es verdad; pero ¿porqué esa dife
— Pues la tiene grande; y en eso conozco
rencia entre los dos?
que éstos no son los retratos que vió pe­
— Porque en uno el retrato antiguo era
gados en los pasaportes quien los expidió
algo más grande que el que lo ha substi­
en Villa Cisneros: que no son los de los
tuido, y al pegar éste quedó en torno de él
verdaderos Pozo y Núñez.
como una cenefa de papel mojado y abol­
— Pero, ¿cómo puede usted deducir todo
sado aplastada después con la uña o una
eso de que una parte del papel esté menos
plegadera; mientras que siendo en el otro
satinada o un poco más sucia que el resto?
mayor el retrato nuevo que el que ha ve­
.— Porque de algo ha de servirme llevar
nido a reemplazar no quedó en torno de él
toda mi vida de pelear con bribones y co­
tal Cenefa de papel fofo.
nocer sus tretas; porque estoy viendo claro
— Am igo mío, tiene usted unas dotes de
que estos pasaportes fueron humedecidos
observador y unas facultades deductivas
por detrás para despegar los retratos pri­
meramente unidos a ellos y substituirlos de prim er orden.
— No, Don Héctor, la costumbre, no más:
por éstos.
— Pero entonces— objetó Lobera— se ha­ saber que en estos casos es preciso fijarse
bría emborronado la tinta de lo manus­ en menudencias, porque las cosas grandes
no las descuidan nunca los criminales, y
crito. .
— Es que por eso no mojaron las hojas menos los conspiradores.
enteras, ni por las dos caras, sino que poco — Se me figura, Señor Bertier, que con
a poco fueron humedeciendo únicamente la esto ya no puede cabernos duda de que
del revés con un pincel y tan sólo en las esos mozos lo son.
40 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

— Mire, Señor Morlain: visto esto en un — Dentro de diez m inutos— contestó


solo pasaporte me escamaría, en dos es mu­ Raúl— estarán las placas reveladas. ¡Ah!
chísimo más grave; y siendo éstos los de ¿Cuántas pruebas necesita usted?
esos viajeros en quienes hemos advertido — Veinte o veinticinco de cada uno, pero
tantas cosas extrañas, y cuando corren los hasta mañana a la hora de salida de los
rumores que sabemos, sobra para que yo correos no me corren prisa.
los tenga por tan sospechosos como usted, — ¿Va usted a circularlas— preguntó L o­
y me preocupe de que al salir de aquí va­ bera.
yan vigilados. Señor Director, ¿cuándo han — Sí, a otros tantos puestos de gendar­
de ir esos hombres a recoger a mi oficina mería, con una nota al pie diciendo: “ Vi-
sus documentos? gílese llegada ahí. Seguir disimuladamente
— Ordené al revisor que les dijera que en pasos- Telegrafiar cuanto se averigüe. No
la tarde de hoy. fijarse traje: probable disfraz. Muy altos
— Entonces hay tiempo; pero yo no que­ ambos: esbelto uno, gordo otro.”
rría hacerlas fuera de aquí... — H ijo mío, siento darte la mala noticia
— ¿Qué no quiere usted hacer? ¿Para qué de que tu culto amigo tiene todas las tra­
hay tiempo? zas de ser distinguidísimo, sí, pero distin­
— Para sacar unas reproducciones de los guidísimo bribón... ¡Ja, ja, ja!
retratos. Había pensado encargárselas al Poniéndose muy colorado, se fué el mu­
Jefe del Registro de Indígenas, pero es muy chacho, cruzándose en la puerta con un or­
charlatán. ¿No tendrían ustedes aquí má­ denanza que, entregando un pliego a Du­
quina fotográfica? very, dijo:
— Y fotógrafo: mi hijo es un aficionado — Señor D irector: esto envía para usted
de primera fuerza, mejor que muchos fo­ el telegrafista de la estación.
tógrafos de profesión. Abierto el sobre resultó contener un te­
AI decir esto tocó Duvery a un timbre, legrama de Bir-Asiou cifrado con la clave
dando seguidamente orden al criado que de servicio de la Compañía.
acudió de ir a llamar al señorito Raúl. — ¡Ah! P or lo visto Gudín ha averiguado
A poco se presentó el muchacho, oyendo algo del asunto; porque si fueran cosas del
de Bertier que deseaba le hiciera urgente­ servicio telegrafiaría al jefe de estación y
mente reproducciones de los dos retratos, no a mí. V oy a descifrarlo yo mismo.
sin clavar chinches ni dejar en los pasa­ Aguarden un momento: no es largo.
portes señal alguna delatora de la opera­ Y se sentó a su mesa de despacho, de
ción con ellos realizada, y devolviéndoselos un cajón de la cual sacó la clave telegrá­
cuanto antes pudiera. fica.

X
UN IMPORTANTE Y PROTEICO PERSONAJE

Cincuenta años antes del comienzo de cuanto se vislumbra posibilidad de matar


esta historia— no hay más remedio que to­ cristianos o judíos, o de desvalijarlos, coscas
marlo de tan lejos— los españoles y los que suelen ir unidas.
franceses de Argelia, Marruecos y Río de No obstante su rabioso fanatismo, era el
Oro se vieron sorprendidos por una terrible cabeza de aquella insurrección hombre de
sublevación, acaudillada por un árabe lla­ gran inteligencia, no solamente demostra­
mado Abd-el-Gahel, que se decía descen­ da organizando la general y simultánea
diente del Profeta: principal requisito que, matanza de europeos sorprendidos en un
para arrastrar masas agarenas, han menes­ día y una hora, en todas partes, sin dadles
ter los caudillos africanos a quienes no tiempo a la defensa, sino dirigiendo des­
suele faltarles; pues es sabido que tales pués la guerra que fué consecuencia de
descendientes, con autenticidad genealógica aquella bárbara hecatombe y duró tres
bastante problemática, se encuentran siem­ años.
pre a punto en el mundo mahometano en A l cabo de ellos fué el alzamiento sofo-
LA MA Y O R CONQUISTA 41

cado, cual era inevitable, por sus poderosos nes robados años antes; y el tesoro, que en
adversarios, y apagados en sangre africana la mente del caudillo, vencido pero no do­
los últimos focos de la rebelión: final eta­ mado, era la base indispensable para hacer
pa de la cruenta lucha, en la que, peleando fructífera la venidera insurrección, comen­
como león acorralado, se abrió paso Abd-el- zó a crecer y crecer.
Galiel entre sus enemigos, cuando parecía Entre los hijos de Abd-el-Gahel había
estar ya a punto de caer en manos de ellos, uno, Alí, tal vez de igual talento y no me­
y desapareció sin dejar rastro del lugar nos fanático que el padre, pero en quien
donde se había refugiado. no veía éste todas las condiciones requeri­
Como el de un héroe legendario, como el das en el héroe anunciado en las canciones,
de un semidiós, quedó su nomibre venerado o más bien himnos populares, que él había
por la grey musulmana; los poetas glorifi­ hecho componer. Además, el tesoro debía
caron y perpetuaron sus hazañas en can­ engrosar durante largo plazo hasta llegar al
ciones religioso-patrióticas, cantadas por mínimo prefijado por su fundador para
las madres a sus hijos, repitiéndolas éstos lanzarse a nueva guerra; y era igualmente
en sus más tiernos años, oyéndolas, ya preciso que el pueblo de donde había de
hombres, a santones y muezzines. Y altos salir la carne de cañón olvidara el terrible
y bajos, grandes y pequeños, sabían de me­ castigo infligido por España y Francia a
moria el estribillo con que todas termina­ los rebeldes de la pasada: todo lo cual fué
ban. Helo aquí: causa de que el papel de aquel hijo se li­
“De Abd-el-Gahel nos vendrá el venga ­ mitara al de auxiliar del padre en la labor
dor ; Abd-el-Gahel hará invencible la sagra­ preparatoria de la obra que había de rea­
da cimitarra del Islam.” lizar su descendencia, y de que transcurrie­
Creían los más crédulos que Abd-el-Gahel ran veinticinco años antes de llegar a ios
vivía y viviría, hasta triunfar, por muchos quince un nieto de Abd-el-Gahel, frisante
años que pasaran, y los menos inocentes en los sesenta por entonces.
pensaban que no él, sino uno de su raza, Criado el muchacho por Alí, el antiguo
sería el anunciado triunfador. caudillo y un bastardo de éste, llamado Ben-
Pero espoleado el talento de aquel hom­ Cassim, en el más feroz aborrecimiento a
bre por sus odios de raza, que el venci­ los cristianos; hermoso, inteligente, fuerte,
miento exacerbaba, dió sus mayores frutos duro y no valiente, sino temerario, era el
en la preparación de nueva, pero aplazada orgullo iy la idolatría del padre, y más aún
lucha. Véase cómo: del abuelo, que llamó a hijos y nieto el día
Desde los comienzos del pasado alza­ en que éste cumplió la edad citada, y en
miento había organizado la disciplina de presencia de los primeros dijo al último:
los saqueos en forma que, dejando amplio —Recítame una de las canciones popula­
margen a la concupiscencia de la canalla, res que cantan mis hazañas, las venideras
reservaba al “Tesoro de la Guerra” el ter­ glorias del Islam y la vileza de los perros
cio del producto de los latrocinios que, al cristianos.
acabar la rebelión, habían desvalijado los Y cuando el mozo hubo obedecido, le pre­
bancos de casi todas las poblaciones y va­ guntó:
ciado los bolsillos de casi todos los euro­ —Hijo mío, ¿tienes tú fe en la promesa
peos: arrojando un total de millones y mi­ de ese triunfo final de los hijos de Ismael?
llones que, a medida que eran recogidos! ¿Crees que esa promesa es voz de Al-lah?
ponía aquel hombre a buen recaudo en el —Sí.
escondrijo del desierto, donde al finar la —¿Lo crees firmemente: cual si de labios
guerra se refugió en su huida. del mismo Al-lah, o de su Profeta, la escu­
Cuando pasaron seis o siete años y los charas?
cristianos se olvidaron de Abd-el-Gahel, a — Sí.
quien no pocos daban por muerto y otros —¿Y crees también que el triunfador sal­
por huido a Arabia o a Persia, comenzó él drá de nuestra estirpe?
a ir empleando poco a poco la parte amo­ —Con más fe todavía.
nedada del tesoro en valores de renta de — ¡Con más!... ¿Porqué, con más?
los países civilizados, valiéndose para ello —Porque tu sangre corre y hierve en mis
de agentes comerciales, musulmanes o he­ venas con vigor que no tiene la floja san­
breos, residentes en Inglaterra, América, el gre de los otros africanos que en torno mío
Japón y Australia; depositó en diversos veo; porque conozco que esos hervores na­
bancos de dichos países los títulos y accio­ cen de ansia de venganza.
42 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

— Alí, buen cachorro de león has saca­ trabajarás sin tregua ni descanso: primero
do— dijo Ben-Cassim, volviéndose satisfecho en prepararte a conquistar la gloria que
a su hermano. por mi boca te promete Al-lah, y luego en
— No es malo, no, pero me gustaría más preparar a quienes han de obedecerte.
de tigre. ■
— ¿Cómo?
— Padre— contestó el mozo— , si el león — Ya lo sabrás cuando debas saberlo...
tuviera la inteligencia del hombre bien Va a comenzar para ti nueva vida, en don­
pronto juntaría a su valor las astucias del de pondré a prueba, no tu valor, sino tu
tigre. inteligencia, y todavía más tu flexibilidad
— Buena respuesta— exclamó el viejo en­ para plegarte a cuanto ha menester el
tusiasmado— . Pero óyeme, hijo m ío: ¿crees hombre necesario, y tu decisión, no impulsi­
que nuestros hermanos oprimidos tendrán va, sino fría y tenaz, de convertirte en ese
que aguardar mucho al prometido venga­ hombre.
dor? Pasados unos años podré decirte si eres
<— Lo que yo tarde en llegar a homore. digno de la grandiosa obra a la que quie­
No, digo m al: lo que los demás tarden en res y queremos consagrarte.
ver que ya lo soy.
* * *
— Entonces— dijo A lí— es que crees ser
tú quien... Quince días después de la solemne con­
— Sí, padre. ferencia de los dos Abd-el-Gahel, abuelo y
— Repara, hijo, que es mucha presunción. nieto, entraba interno en un colegio de
— Presunción, no; confianza en la empre­ Santa Cruz de Tenerife un muchacho moro,
sa y fe en mí mismo. hijo, según fué consignado en el registro
— Y yo también, rapaz: también yo tengo del establecimiento, de un comerciante
fe en el temple de tu alma— gritó el abuelo árabe de Río de Oro cuya adhesión a Es­
levantándose para abrazar al nieto.— Pero paña era notoria, lo cual no le impedía ser
¿a qué edad piensas tú que estarás en es­ bajo cuerda valioso colaborador del viejo
tado de dar cima a esa empresa? guerrero.
— A los veinte; a lo sumo, a los veinti­ Dos años más tarde salió el morito del
cinco años. colegio, donde dejaba fama de dulce, hu­
— En eso yerras, hijo m ío: para ese em­ milde y bondadoso, trasladándose a Sevi­
peño se necesita un hombre de cuarenta. lla, en compañía de un ayo, y recibiendo
— ¡Cuarenta años! ¿Y he de esperar, en­ allí lecciones, espléndidamente pagadas y
tonces, veinticinco?... No, no. notablemente aprovechadas, de escogidos
— S í; porque no basta que te sientas maestros.
hombre si no sabes desconfiar y guardarte Cinco años después, hablando ya suelta
tde los otros hombres, servirte de ellos, do- y correctamente el español y haciéndose
s minándolos con toda suerte de superiorida­ pasar por nacido en España, pasó a París,
des, que tienes que adquirir; porque has matriculándose sucesivamente en van os
de probar y padecer deslealtades, traicio­ liceos.
nes, habituarte al disimulo y a la astucia, A los doce de su entrada en el colegio
aprender a vestirte sobre la piel de tigre de Tenerife, contando veintisiete, se alista­
el vellón de cordero que lo oculte; por­ ba en la legión extranjera, del Ejército
que para vencer al europeo has menester Francés del Tonkín, y al combatir allí una
saber hacerte su igual por la inteligencia terrible insurrección se distinguió, ascen­
y la cultura; porque hay que dejar tiempo diendo a oficial de aquélla: con lo cual pu­
de que los medios materiales que vengo do estudiar a conciencia la táctica de los
preparando años y años crezcan en térmi­ franceses contra tropas irregulares, y sus
nos de bastar a la empresa; porque si an­ procedimientos de política colonial.
tes de acometerla no te pertrecharas de to­ El morito del colegio de Tenerife y el
das esas arm^as, más fuertes que el alfanje hombre de la legión del Tonkín era Abd-
y la lanza, y el valor, y el odio, fracasarías el-Gahel, el nieto, que durante estas pere­
como fracasé yo, que no te voy en zaga en grinaciones hizo furtivamente tres o cua­
corazón, ni en inteligencia, ni en aborreci­ tro escapadas al cubil del abuelo (entusias­
miento a nuestros enemigos. mado al ver que en el muchacho iba gra­
— ¿Y hasta los cuarenta años habré de nando el hombre que él se había propuesto
consumirme en inacción desesperante? form ar), y que al cumplir los treinta y
— En inacción, no: de aquí a entonces cuatro años, y ya granado por completo,
LA MAYOR CONQUISTA 43
empleó dos años en viajar por todos los En los días siguientes fueron retornando
países mahometanos que rodean el Sahara, los reunidos a sus residencias diseminadas,
relacionándose con los más influyentes mu­ desde Marruecos al Sudán, de R ío de Oro
sulmanes, regresando al terminar tales via­ a Egipto.
jes al Iguidí, donde el anciano tenía su es­ Aparte los títulos que su sangre, su in­
condrijo en las montañas de El Eglab. teligencia y su saber daban al nuevo jefe,
Seguro ya el abuelo (el padre había le había puesto la experiencia de su abuelo
muerto) de las cualidades excepcionales en posesión de otro, aun de mayor fuerza,
del nieto, convocó a su residencia a nueve al entregar, no al Supremo Diván, sino a
altos caícles, entre ellos su bastardo Ben- su nieto, el célebre tesoro de la rebelión;
Cassim, y santones de diversos países del pues sabía el viejo que en Africa, como en
Africa septentrional, diciéndoles al presen­ todas partes, el dinero manda.
tarles a aquél: Aquel segundo Abd-el-Gahel era el Gas­
“He aquí a mi sucesor: el anunciado hé­ par Núñez que hemos conocido en el tren
roe de mi sangre, que terminará la obra de AgadéS. Su compañero Pozo era el
que yo no tengo fuerza para acabar. No Ben-Cassim, nacido del viejo Abd-el-Gahel
creo verla, pues la he fijado para de aquí y de una esclava, y quince años mayor que
a cuatro años y soy muy viejo ya. Em­ el recién ungido Gran Caíd.
pleadlos en prepararla sigilosamente, ga­ Ben-Cassim, el zouiya encontrado en
nando adictos en el pueblo, fundando, co­ Bir-Asiou y otros cuantos jefes importan­
mo mi elegido os dirá, sociedades secretas a tes venían dedicándose a recorrer las di­
la moda de los países civilizados. Obede­ versas tribus del Desierto, a fin de inspec­
cedle, sin sorprenderos de novedades, ni cionar la labor realizada por los jefes ie
resistirlas, pues si hasta ahora hemos fra­ menor categoría de la conjuración y dán­
casado en nuestras luchas con los europeos doles la voz de alerta para que fueran pre­
ha sido por nuestra terquedad en no em­ parándose por acercarse ya el momento de
plear sus progresos. Este es desde hoy el que Al-lah enviara el héroe vaticinado.
ghan caíd , a quien soy el primero en obede­ El viaje de Gahel tenía gor objeto avis­
cer porque sabe y puede más que vosotros, tarse en Agadés con los cabecillas del Se-
más que yo; porque su vida entera se ha negal y del Sudán y transmitirles, pero aun
consagrado a preparar el triunfo; porque sin revelar su personalidad, la orden de
es el enviado de Al-lah; porque al valor de concurrencia de los principales jefes a las
un buen musulmán junta la malicia y la grutas de Doghem, para donde habían ci­
ciencia de los perros cristianos. Vosotros, tado ya al zouiya.
que hoy lo conocéis por mí, se lo daréis a Porque Gahel iba a cumplir los cuarenta
conocer al pueblo el día que él señale. Obe­ años, y en los seis que en A frica llevaba
decedle, como a mí me habéis obedecido, había terminado la organización de los-'
como yo mismo le obedezco desde hoy, y hermanos africanos y los preparativos de
mi maldición acompañe eternamente a quien adquisición de armas, municiones y repar­
se atreva a desobedecerle.” to de ellas: faena esta última en la que ha­
Dicho esto se levantó el anciano, y ce­ bía ayudado aquella secreta sociedad y al­
diendo a su nieto la presidencia se proster­ gunos comerciantes judíos que por interés
nó ante él, jurándole sobre el Corán ciega o temor fueron recibiendo poco a poco el
obediencia: acto de acatamiento que uno armamento oculto entre los fardos de las
en pos de otro repitieron los asistentes al mercancías de sus tráficos, distribuyéndo­
solemne conclave, donde antes de separar­ los de la misma manera a los comprome­
se, a propuesta del nuevo jefe, quedó apro­ tidos en la conspiración.
bado que en tanto fuera dado a conocer La mina estaba bien cargada y ya presta
públicamente como tal, en el plazo indica­ para reventar en cuanto el Gran Caíd die­
do por el viejo caudillo, ejercería la auto­ ra la señal.
ridad como desconocido Gran Caíd de aque­ * * *
lla asamblea, que pasó a denominarse Di­
ván Supremo de una sociedad secreta cuyo Apenas llegado a casa de Moyfsk, que
establecimiento habría de ser la primera después del edificio del ferrocarril era la
labor de los presentes: una terrible maffia mejor del pueblo, pidió Abd-el-Gahel noti­
o mano negra cuyo nombre, “Hermanos de cias al hebreo doblemente ingerto de ruso
Africa Vengadora” , basta a dar idea de su y africano, de si estaban allí ya algunas
fin y sus procedimientos. de las personas que en aquélla debía en-
44 BIBLIOTECA NOVELESCO-CJENTIFICA

contrar, respondiendo el preguntado que de placer por estos horribles arenales!...


con disfraces de camelleros habían llegado No disparates, Cassim: hacía falta decir
aquella tarde de Yatenga uno y de Bagga- algo verosímil; y no pudiendo inventar
ra otro. negocio en Agadés, que ellos, conocedores
—Esta es buena señal—dijo Gahel a del país, no sospecharan era fingido, in­
Cassin—. No es poco triunfo el haber con­ venté una expedición para la cual pudiera
seguido hacer puntuales a nuestros indife­ ser Agadés punto de partida y en armonía
rentes y perezosos compatriotas. Y en se­ con la clase de tráfico del comerciante cuyo
guida, volviéndose a Moyfsk, le preguntó: nombre uso.
—¿Están ahí? —Entonces, ¿piensas realmente que sal­
—Sí. gamos de aquí para el Baoutch? Eso va a
—Pues llámalos; prefiero hablar con ellos retrasarnos.
esta noche para que al amanecer se vayan. —Salir, sí, pero llegar, no: en el camino
No conviene sean vistos aquí mientras yo cambiaremos de rumbo, de pellejo y nom­
permanezca en Agadés, y a estas horas hay bre para ir donde nuestros asuntos nos
pocos ojos abiertos que puedan enterarse llamen.
de nuestra entrevista. —¿Y cuánto tiem¡po vamos a perder en
Mientras Moyfsk salía a cumplir las ór­ esta población?
denes de Gahel, que no obstante la riqueza —El necesario para organizar la cara­
del judío y (su influencia en el Air, eran vana.
por él obedecidas con la presteza y humil­ —Eso nos llevará algunos días—objetó
dad de un criado, Ben-Cassim dijo con cara Ben-Cassim, cada vez de peor humor—, en
de mal humor: los cuales me temo mucho crezca algo que
—Gahel, ¿dices que mientras permanez­ ya he visto nacer y puede ser estorbo...
cas aquí?... Yo creía que vistos esos hom­ —No sigas, ya te entiendo: llega tu aviso
bres nos iríamos en el tren de pasado ma­ tarde; y además te prevengo que estoy fir­
ñana. memente resuelto, y cueste lo que cueste, a
—Yo también lo creía ayer; pero hoy que la hurí rubia sea mía. En cuanto a los
pienso otra cosa. entorpecimientos de mis planes no te den
—¿Porqué? ¿Qué se nos ha perdido aquí? cuidado.
—Nada hasta ahora; mas si no soy pru­ —Ya sospechaba yo que esa maldita pe­
dente perderé la confianza de ese director rra cristiana tenía la culpa de la prolon­
de los ferrocarriles, lo cual es peligroso; gación de nuestra estancia aquí.
pues es hombre listo, y si recelara de —Basta, Ben-Cassim. Eso es cuenta mía,
nosotros podría frustrarnos la sorpresa, que y sabes que cuando digo quiero no aguan­
es base primordial de mi plan. No quiero to reparos ni doy explicaciones.
• que a quienes me han oído hablar de una Torció Cassim el gesto y guardó silencio
expedición a la Nigricia pueda ocurrírseles, hasta la llegada de Moyfsk, a quien se-
al verme tomar el camino de Marruecos, guian los dos conjurados, que, después
que no soy quien parezco, y hacer a la gen­ de dar cuenta a Abd-el-Gahel de sus traba­
darmería curiosear en nuestros asuntos. jos y preparativos, fueron informados por
—Pues entonces, ¿a qué inventaste esa éste del lugar de la cita a que a las cinco
fantástica expedición? fechas de recibir el oportuno aviso habían
—Porque al hallarme con personas ilus­ de concurrir en Doghem los jefes princi­
tradas, de algún modo había de justificar pales de las tribus y comarcas comprome­
él viaje de dos europeos como tú y yo al tidas en la conspiración-
corazón del Desierto. Después de esto se despidieron para ha­
—Haberles dicho que viajábamos por cer sus preparativos de inmediata partida
recreo. antes de que amaneciera, porque eran ya
— ¡Turismo en el Sahara!... ¡Un viaje pasadas las tres de la madrugada.
LA A1AY0R CONQUISTA 45


DOS INTERESANTES TELEGRAMAS

Cuando Duvery term inó de descifrar el —Déjeme acabar, M orlain:


telegram a del jefe de estación de Bir-el- “Por lo oído camelleros, dice guía que
Asiou, leyó en a lta voz: zouiya es jefe Aoudjila llamado Bu-Yahi.
“Zouiya llegó ta rd e anteayer caravana Quiso m archarse ayer recien salido tren ;
seis camellos, con camelleros Aoudjila. Guía pero camellos no podían. Se fué hoy m a­
no es de allí, sino un teda del E nnedi "tél drugada vereda Timisao, pero guía dijo
me da estas noticias) contratado en Bir- cambia ru ta frecuencia, y él casi nunca sa­
Hara-D jim m a reem plazar el que zouiya tra ta be dónde van h asta esta r ya camino. Me
su país que, herido puñalada pendencia, he perm itido tom ar caja com pañía tres­
quedó en H ara.” cientos francos sobornar guía. Espero apro­
— ¡H ara! Vaya un camino p ara ir de bación.—Gudín.”
A oudjila a Bir-Asiou—interrum pió Morlain. —Esto se pone cada vez más turbio—
—No sea impaciente, hom bre; aguarde dijo M orlain al term in ar Duvery la lectura.
h asta el final... —Q uerrá usted decir más claro.
“Itin e ra rio traído de H ara aquí fué Nim- —Tiene razón el señor Lobera: m uchí­
ro, Dagama, K ouka.” simo más claro.
— ¡Por el Sur del lago T chad!—exclamó —Pienso lo que Lobera y Bertier. Va­
asom brado Lobera. mos, vamos a ver el itin erario de ese mo­
—Acortando tam bién: como Núñez para zo—dijo Duvery, acercándose a una ancha
venir de Río de Oro. m esa de dibujo donde estaba extendido un
—Paciencia, señores, que falta poco y a... gran m apa del Desierto, en torno al cual
“Djibbela, Bilma, Djebalo. De Djebalo a se agruparon todos, y cogiendo un curví-
Asiou m archa forzada, tres camellos reven­ m etro para m edir con él el recorrido del
tados camino. Los seis llegados no podían zouiya en tre su oasis y Bir-Asiou.
ya tir a r cuerpo, llegando casi sin joro­ —No hace falta mapa: está bien claro
bas” (1). que el tal itin erario es u na m araña de
—Claro, p ara no fa lta r a la cita en Asiou eses y zedas.
con esos pillos. —Verdad, Lobera; pero quiero medirlo.
Y después de pasear el curvím etro sobre
(1) La joroba es la reserva de grasa del came­ el mapa, dijo:
llo. Cuando está una larga temporada en el pas­ —Por la vía directa de Mourzuk y Egue-
to sin trabajar, después de una expedición que lo ri no hay desde A oudjila a Asiou sino de
ha enflaquecido dejándole dicha joroba casi reduci­
da al pellejo, comienza por reponer sus carnes, y m il quinientos a mil setecientos kilóme­
después va acumulando grasa a la joroba, que en­ tros, m ientras que siguiendo esas eses y
gorda y se alucia hasta crecer al tamaño normal zedas sube el recorrido a más de cuatro
en buen estado. En marcha, y aun cuando reciban mil.
la necesaria nutrición, consumen estos animales
una parte de la grasa de sus jorobas, quemada —¿Y el otro? Ya que tiene usted en la
en el trabajo muscular de la locomoción y del mano el curvím etro, Señor Director, me gus*.
arrastre de la carga. Cuando los esfuerzos exigi­ ta ría saber lo que desde Río de Oro h an
dos no son excesivos, la disminución de tamaño
de aquel apéndice dorsal es moderada, cuando la recorrido sus compañeros de tren.
alimentación es escasa casi la totalidad de aqué­ —Pues unos tres m il quinientos—con­
llos se hacen a expensas de la citada grasa, re­ testó Duvery a la pregunta de Bertier, des­
duciendo muchísimo el tamaño de la joroba, y a pués de m edirlos en el mapa.
medida que ésta va disminujendo pierde la bes­
tia fuerzas muy notablemente, y su capacidad de —Es decir, que en tre uno y otros se han
resistencia decrece con rapidez. echado al cuerpo ocho mil mal contados.
He aquí por qué cuando los prácticos compran —P ara no hablarse sino un m inuto—re­
o alquilan camellos la joroba es lo primero que
les miran y tientan, y he aquí explicada la frase, calcó Morlain, a quien no desagradaba vie­
al parecer extraña, del final del telegrama de ran todos confirmada su perspicacia al dar
Gudín. 1a. voz de alerta—, y p ara eso escaso.
46 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

— Previos los rascamientos de sus simul­ secretario Pozo.— Capitán Gendarmería Aga-
táneas picazones. dés: Bertier.”
— ¿Y usted que opina, Bert'ier? ¿Piensa — Perfectamente, perfectamente.
usted hacer algo más que circular los re­ — Señor Director, ¿son de toda confianza
tratos? les telegrafistas de la estación del ferro­
— Para mí sería fundamental saber cuá­ carril?
les han sido las pocas palabras que esos — Desde luego. Pero un telegram a ¡de
hombres han cambiado en Bir-Asiou; pero esa índole iría mejor y más directo por la
siendo imposible averiguarlas, los vigilaré telegrafía sin hilos del Gobierno, y sin ne­
cual si tuviera la certeza de que son jefes cesidad de reexpedición en Tafilete y en
de la conspiración que viajan para hacer Tendouf.
propaganda en favor de ella. — Si tuviera clave para comunicar con
— Es verosímil, es verosímil..., ¿ Y qué el cónsul, así lo haría; pero no teniéndola,
piensa usted de sus relaciones con Moyfsk? y estando ahora de servicio en la estación
•— Ese es un canalla de lo más ladino; radiotelegráfica Morand, que es un perdido
pero no viene mal tenerlo como cabo de y un borrachín, de cuya reserva no me fío
estas madejas. para un telegrama de esta naturaleza sin
— Y respecto a la identidad de esos dos cifrarlo, tendríamos que aguardar a que
pajarracos, ¿no habría medio de averiguar esta tarde lo relevaran, y esto haría perder-
nada? más tiempo que la reexpedición por una
— Esa identidad es precisamente el ovi­ línea de poco servicio, como la de Tendouf,
llo en que estaba pensando; pero el judío que con la indicación de oficial y urgentí­
no dará chispas, a menos que yo tenga la simo lo cursará rápidamente.
suerte de cogerlo con las manos en la masa <

— No sé, Bertier; para mí no compensa.
en uno de sus muchos negocios turbios; — Pero es que además tengo indicios, y
pero no es fácil: sabe mucho... ¡Qué idea! ese es uno de los motivos que más me in­
Tal vez de nada sirva; mas, por si acaso, ducen a creer en la existencia de una cons­
llágame el favor de ordenar en el despacho piración mejor preparada que ninguna de
de mercancías que no le entreguen carga­ las anteriores, de que en el Desierto hay
mento ninguno a él consignado sino des­ establecidas estaciones radiotelegráficas en
pués de avisarme y de haberlo yo visto. lugares recónditos: no solamente para co­
— ¡Ah!... Sospecho lo que recela usted; municarse, sino para interceptar los des­
pero sabe Dios los días que eso podrá tar­ pachos nuestros que no vayan cifrados.
dar; y hasta tanto no sabremos quiénes son — Eso sería gravísimo... Pero usted cree...
esos hombres. — Ordenes y noticias dadas a lugares le­
— Quienes son, no; pero sí quienes nc janos se han traslucido en otros muy dis­
son; y en cuanto la certeza moral que ya tantes, con detalles, y sobre todo con ra­
tengo se convierta en positiva convicción pidez, que no bastaría a explicar la infide­
de que los pasaportes no son de ellos, eso lidad de algún telegrafista.
me bastará para ponerlos a buen recaudo, — Demonio, demonio: tiene usted razón
por supuesta personalidad. Entonces es po­ para transmitir ese telegrama por la línea
sible que, asustándose, cante Moyfsk los de la compañía. Démelo y se lo confiaré al
verdaderos nombres. telegrafista más discreto.
— Pero no podrá usted adquirir esa cer­ — Que pida comunicación directa con el
teza oficial de que no son quienes ellos gabinete telegráfico de la gendarmería de
dicen. Tafilete: así no se enterarán en las estacio­
— Puede que sí, señor Lobera. P o r lo me­ nes intermedias.
nos, lo intentaré, telegrafiando a nuestro — No, usted no olvida precaución.
cónsul en R ío de Oro. — Ninguna sobra, señor Lobera, pues v i­
— ¡Ah! vimos rodeados de gentes solapadas, y todo
Sentóse a la mesa el oficial, y al cabo de nos es hostil aquí: hasta los mismos indí­
un rato leyó en alta voz: genas adictos, que pagamos y empleamos en
“Telegram a oficial urgentísimo.— Cónsul diversos servicios, la adhesión de los cua­
Francia en V illa Cisneros: vía Tafilete: les sólo se debe a circunstanciales conve­
Tendouf.— Importantísimo seguridad públi­ niencias, pero dispuestos a vendernos en
ca me transmita brevedad señas persona­ cuanto crean poder hacerlo sin peligro. Si
les banquero esa ciudad Gaspar Núñez y piensa usted pasar algún tiempo en estas
LA MAYOR CONQUISTA 47
tierras, no lo olvide, señor Lobera: es un voz de Lobera, la regocijada risa de la hurí
buen consejo. y carcajadas de otra voz, que era la de Raúl-
En esto retornó Raúl «son los pasaportes, Aquellas risas aumentaron, si aumento ca­
que devolvió al gendarme diciéndole que a bía en ella, la mala voluntad que al argen­
la caída de la tarde estarían listas las tino tenía Abd-el-Gahel, quien al salir
pruebas pedidas. decía: “Yo no me voy de aquí antes que
Al recibir Bertier los pasaportes los miró ése: necesito averiguar por dónde irá para
y remiró para cerciorase de que nada en saber dónde podré encontrarlo.”
ellos podría revelar a Núñez, cuando a la
ífí Ijí íjí
tarde fuera a recogerlos, la operación a
que habían sido sometidos; y tranquilo res­
pecto a dicho extremo, los metió en [Link]­ Media hora después de separarse Abd-el-
tón de los entregados por el revisor, mar­ Galiel de Duvery llegaba Bertier a dar a
chándose con ellos a su oficina. éste la noticia desagradable de que Tafilete
avisaba tener imposibilidad de cursar el te­
* * * legrama a Villa Cisneros, porque “unos mal­
hechores habían robado el hilo telegráfico
Aquella misma tarde, a la caída de ella, desde Akka a Termassoun” ; y que como
visitó el Señor Núñez a Duvery; no sola­ la reparación de tan extensa cortadura de
mente como cortés agradecido a sus aten­ la línea exigiría varios días, se había aten­
ciones en el tren, sino para dar un golpe de dido la indicación de urgentísimo del te­
audacia, diciéndole que las dificultades legrama, enviándolo por correo a la oficina
por Moyfsk halladas, no para encontrar telegráfica de Tendouf para reexpedición
guía, pero sí intérprete, lo movían a abu­ desde ésta.
sar de la amabilidad del ingeniero en de­ — ¡Robados por malhechores doscientos...
manda de ayuda en tal necesidad: ayuda ca, puede que trescientos kilómetros de
que el requerido deploró no poder, por lo alambre... Lo dicen para no alarmar con la
pronto, prestar; pues la única persona apta noticia de que han sido arrancados por re­
para dicho servicio acababa de ofrecérsela beldes-
a M. Loubegray para una excursión no tan — Pienso como usted; y ante eso, el re­
lejana como la de Núñez, pues no había de traso en el telegrama es la menor de mis
llegar a la Nigricia, pero que en la misma preocupaciones, pues mucho temo que esa
d'lección iba a verificar en las zonas del avería sea el principio de la consabida re­
Sahara lindantes con aquélla. belión, y que pronto nos lleguen noticias
Esto, que era verdad, hizo poquísima gra­ de análogas hazañas en la vía férrea. Por
cia al fingido español, por pensar que si eso me he apresurado a prevenir a usted.
Lobera recorría aquellas tierras podría en­ — Ha hecho usted bien; pues creo llega­
terarse de que él no andaba por ellas, des­ do el caso de telegrafiar a los gobernadores
cubriéndole la patraña del viaje al Baouch; y comandantes generales del Senegal, ae
y aun cuando procuró disimular la contra­ Marruecos y de Argelia pidiendo fuerzas de
riedad que la noticia le causaba, no le fué protección para estaciones, almacenes y
dado reprimir un leve gesto, nacido de la trenes.
idea de que sV el hombre aquel seguía em­ — Iba a decir a usted que yo también voy
peñándose en atravesarse en todos sus ca­ a pedir a mis jefes refuerzos para todos los
minos, pronto vería que ante Abd-el-Gahel puestos de gendarmería, y venía pensando
duraban poco los estorbos: gesto visto y solicitar de usted que con la autoridad de
solamente atribuido por Duvery a la mo­ su nombre refuerce la de un pobre capitán,
lestia por la coincidencia de itinerarios, que para que no se crea que me asusto de fan­
ya pensaba él no agradaría a su visitante, tasmas.
a quien, haciéndose el tonto, dijo que pro­ — No hay inconveniente; y favor por fa­
curaría buscarle otro intérprete, pero acon­ vor: para que las autoridades militares no
sejándole no confiara en su buena voluntad piensen que a mí me mueve únicamente el
y apremiara a Moyfsk para que lo sirviera. interés de la Compañía, también usted fir­
Cuando, sin haber tenido el gusto de sa­ mará conmigo mis telegramas.
ludar ni aun de entrever a la hurí rubia, — Conformes. Pero si le parece no nos da­
y acompañado hasta la puerta de la calle remos por enterados de lo del telégrafo;
por Don Héctor, atravesaba el árabe el jar­ pues así, cayendo lo uno sobre lo otro, com­
dín, oyó detrás de un grupo de arbustos la prenderán que los temores que nos hacen
48 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

pedir fuerzas son independientes de aque­ adormecer nuestra vigilancia, ayuda para
llo y darán mayor importancia a los moti­ esa embustera expedición, y el hacerlo a
vos de nuestras peticiones. raíz de ese atentado contra el telégrafo, me
— Completamente de acuerdo. dan el convencimiento íntimo de que no es
Inmjed'iatamente se pusieron ambos a re­ un conspirador subalterno, ni siquiera un
dactar y cifrar sus respectivos telegramas, jefe de segunda fila, sino de los más prin­
enviándolos en seguida a la estación de la cipales y temibles.
telegrafía sin hilos del servicio oficial. — Creo que tiene usted razón.
En los despachos indicaban que era in­ — Por eso pienso, y continúo tomando por
teresantísimo emplear medios rápidos de verdades nuestros verosímiles temores, que
transporte en el envío de los refuerzos, pues si, impidiendo a ese hombre salir de aquí,
la pronta llegada de ellos haría abortar un consiguiéramos privar a la rebelión de su
alzamiento que por muchos indicios parecía ayuda, habríamos hecho mucho.
ser próximo, y en el cual podrían perecer — Felizmente coincidimos; y sml única
muchos europeos indefensos. duda, que someto a la experiencia de usted,
A l terminar el ingeniero el telegrama, dijo es si debo limitarme a espiarlo estrecha­
al oficial, que había acabado ya de escribir mente y a vigilar la casa de Moyfsk, según
el suyo: acabo de ordenar...
— Bertier, desde esta mañana he medita­ — ¡Ah! ¿Ha tomado usted ya esas dispo­
do mucho sobre ese hombre. siciones?
— Que por cierto no se ha presentado a — En cuanto supe la gatada del telégra­
recoger el pasaporte. fo... O si cree usted que debo liarme la man­
— No mje extraña, porque hace media hora ta a la cabeza y prenderlo con su compa­
ha estado aquí, diciéndome que no se va ñero, como si ya tuviéramos contestación
en unos cuantos días... He cavilado mucho, de Río de Oro diciéndonos lo que es seguro
y aunque acaso nos equivoquemos en nues­ han de decirnos.
tras suposiciones... — No, Bertier, eso no: lo considero, peor
—Mucho me sorprendería, Don Héctor. que prematuro, inoportuno; porque si han
— ... y aun a riesgo de estar equivocados, venido a ponerse en relación con otros con­
opino que en las presentes circunstancias jurados, podremos conocer a los de estos
debemos proceder cual si fueran certezas. contornos con sólo vigilarlos a ellos y espiar
— Tan en ello estoy, que en cuanto diga a a los entrantes y salientes en casa de
usted... Pero, perdone, creo que no habla Moyfsk. Por eso es, sobre todo, esencial
usted acabado. para mí que Núñez no sospeche que ha des­
— Iba a decir que si ese hombre es lo pertado desconfianzas. Pero, eso sí. estando
que creemos, la casualidad nos ha puesto preparad' s para que si intentan marcharse...
en situación de prestar a nuestro país gran­ — No hace falta decirlo: a él, a Pozo y
dísimos servicios, tal vez de salvar millares a Moyfsk los trinco bajo mi responsabili­
de vidas de compatriotas nuestros aislados dad... Y si es una extralimitación, arros­
en el Desierto; pues nos ha traído aquí a traré las consecuencias con mis jefes: en
quien, de resultar efectivamente jefe de re­ estos casos algo ha de arriesgar uno.
beldes, no puede ser una vulgar personali­ —Venga esa mano: así obran los hom­
dad entre ellos; pues su inteligencia, su bres... ¡Ah! Morlain, que se va mañana a
cultura, que jamás he encontrado en nin­ su estación, pasará esta noche a ver a us­
gún africano; su audacia al meterse en Aga- ted, por si tiene algo que encomendarle.
dós, donde dominamos, por lo menos hasta Ya ha visto usted que es hombre inteligen­
ahora; su misma osadía de esta tarde v i­ te y cauto.
niendo a pedirme, claro que solamente para

XII
UN ARMADIJO TELEGRAFICO

Cuando Lobera, gran electricista, advir­ pecha de Bertier sobre la existencia en el


tió lo mucho que preocupaba a Duvery la Desierto de clandestinas estaciones de te­
posibilidad de que resultara cierta la sos­ legrafía sin hilos, se brindó a combinar un
LA MAYOR CONQUISTA 49

aparato capaz, no solamente de aquilatar En síntesis, tratábase de lo siguiente:


el fundamento de aquella sospecna, sino de instalar en un automóvil, que a gran ve­
descubrir, caso de ser fundada, dónde estu­ locidad recorriera los inmensos páramos
vieran instaladas tales estaciones. saháricos, un artefacto capaz de capturar
Pensaba, al ofrecerse a ello, que sobre al paso las invisibles ondulaciones etéreas
hacerse grato a Don Héctor, obtendría la portadoras en sus vibraciones de los tele­
ventaja, en tanto preparara el aparato, de gramas inalámbricos— burdamente llamados
demorar su salida a los reconocimientos marconig ramas—lanzados al espacio por
necesarios para la implantación de la em­ cualquier estación radiotelegráfica situada
presa solar, prolongando su estancia en dentro del alcance de mil kilómetros alre­
casa de aquél con tal pretexto, no demasia­ dedor de los lugares en donde el automóvil
do transparente, que ocultaba ser la prin­ fuera deteniéndose: más todavía, aspiraba
cipal causa de su poca prisa de salir de se a que, sobre delatar el paso de tales on­
Agadés el deseo de continuar cerca de la das, el aparato contuviera, mecanismo que,
hija del ingeniero: de quien, juzgando por movido por éstas, diera la dirección de la
la atención que en el hotel de Tánger y en estación transmisora de erras; constituyen­
el tren habla dispensado a Lobera, iba éste do brújula telegráfica; pero no magnética,
creyendo no andaba lejos de corresponder sino electromagnética.
a los sentimientos que le inspiraba. Pero como para transmitir y recibir los
Y como entre verosím il creencia de él y telegramas de la telegrafía sin hilos se han
confesión explícita de ella había distancia menester antenas, y existe la idea general
que el americano creía fácil recorrer en de que los alambres o redes como antenas
cuatro o seis días más de permanencia jun­ usadas han de estar forzosamente muy
to a Emma, se apresuró a agarrar por los altas y por encima de los edificios de las
pelos la ocasión de ofrecer al padre la co­ estaciones radiotelegráficas, pensará quien
laboración que le perm itiría prolongar su no se halle muy al tanto de recientes pro­
estancia en Agadés. gresos de la radiotelegrafía— hablamos en
1921— que Bertier, Duvery y Lobera esta­
* * * ban equivocados al creer en la posibilidad
de la existencia de disimuladas comunica­
Por el tiempo en que Lobera se disponía ciones de tal naturaleza; pues las estacio­
a construir el instrumento en que pensaba, nes no podrían ser clandestinas, ya que lo
habían progresado mucho los actuales pro­ elevado y visible de sus antenas delataría
cedimientos encaminados a establecer acuer­ la situación de ellas: palmetazo que estaría
do armónico ( sintonización, en términos muy en su punto a no fabricarse ya a es­
técnicos) entre el número de vibraciones tas fechas aparatos que, empleando como
de las ondas emitidas por el transmisor ae antenas alambres arrollados en bastidores
una estación de telegrafía sin hilos y los cuadrangulares de lados no mayores de un
elementos de la receptora cuya antena las metro, transmiten y reciben a grandísimas
recoge, y vibra a impulso de ellas con for­ distancias; y hasta es posible, y lo será
ma que para buena transmisión conviene todavía más en lo venidero, esconderlas
oscile igual número de veces por segundo en cualquier parte, y aun mediante ciertas
que las ondas transmisoras. Además, se ha­ artimañas hacerlas funcionar bajo techado,
bían realizado grandes perfeccionamientos siempre que el techo no sea metálico (1 ).
en el trazado de los radiogoniómetros (1)
destinados a averiguar en dicha estación de »
(1) P o r una antinomia no más que aparente
llegada la dirección en que se encuentra la los metales, que dan paso franco a las corrien­
transmisora de dond& procede* el mensaje tes eléctricas, detienen las ondulaciones de igual
nombre, mientras los cuerpos aisladores para
recibido. Y entre uno y otro hacían que a las corrientes dejan pasar la ondulación. Esto
fines del siglo X X resultara posible la so­ deja de parecer anómalo en cuanto se sabe que
lución de un problema que aun cuando, da­ corriente y ondulación son cosas fundamental­
do el modo cómo a Lobera se lo planteaba mente diferentes, cual diferentes son el calor ra
dianie que en el rayo de sol viene, siendo no más
la realidad, pueda ahora parecemos extre­ que capacidad de engendrar calor, y el calor que se
madamente d ifíc il, ci'eía este hacedero. enciende en los objetos a los que toca aquel rayo
de sol.
L a corriente es un flujo de elementos infinite­
(1) De radians, ra d ia r; fionio. ángulo, y me- simales de electricidad negativa, llamados elec­
trón, medida. Aparato para medir ángulos alre­ trones, que para fluir necesitan cauce por donde
dedor correr como el calor necesita para hacerse efecti-

LOS VENGADORES 4
50 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
Pero no proponiéndonos contar cómo ha­ cansar cuando había mascullado las cosas,
bían sido establecidas las estaciones subrep­ pero al que antes era preciso ayudarle a
ticias, sino cómo intentaba Lobera descu­ mascarlas; pues no tenía sino modestísi­
brirlas, dejando aquello, vamos a esto: di­ mos conocimientos técnicos.
ciendo, en primer término, que para ayu­ Oigámosles a ambos para enterarnos del
darle en sus trabajos había elegido al pri­ modo cómo sería posible fabricar el apara­
mer telegrafista de la compañía ferrovia­ to en que pensaba el americano.
ria, quien, primero y todo, no pasaba de —Señor Lobera, para que, en el procedi­
ser un practicón en el cual se podía des­ miento que yo conozco, pueda un barco

vo algo que calentar: sólido, líquido o gaseoso. ellos; y cuando, en dicho caso, muévense, nace la
A este cauce se le llama conductor: sea alambre, corriente eléctrica al impulso de la onda.
tierra, agua, etc., y por él pasan los electrones, Pero otros cuerpos, los no conductores de la elec- '
desde el extremo negativo, donde se acumulan gran­ tricidad, ofrecen resistencia ai paso de las corrien­
des cantidades de ellos que entre sí se repelen, ha­ tes eléctricas, y como la onda que a ellas llega no
cia el extremo positivo, donde existe otro exceso de gasta su fuerza en mover electrones, pasan las su­
iones positivos (materiales masas pequeñísimas cesivas ondas a través de esos cuerpos y prosiguen
electrizadas positivamente) que atraen a aquéllos. su m archa; mientras que cuando llegan a un con­
Al juntarse unos y otros se neutralizan, cesando ductor metálico, la energía vibratoria se emplea
la corriente, a menos que exista en el circuito en empujar los electrones de la corriente eléctrica,
conductor de ella un generador eléctrico, o sea desapareciendo como energía electromagnética para
una máquina, o causa natural determinante de cambiarse en energía electrodinámica. Con esto, cla­
desequilibrio duradero entre los polos negativo y ro es, muere la onda allí, por haberse cambiado en
positivo. otra cosa; como la electricidad desaparece como
La ondulación, en cambio, no transporta elec­ tal en la estufa y en la lámpara eléctrica al com-
trones, sino sólo la fuerza de movimientos vibra­ vértirse en calor o en lu z ; como el movimiento y
torios a través del espacio y de los cuerpos no la fuerza del palillo que goipea un tambor—perdó­
conductores de la electricidad: es una sucesión nese lo grosero de la comparación—queda el uno
de vaivenes análogos a ios que en un estanque detenido y transformada la otra en cuanto choca
se producen desde el lugar donde cae una piedra aquél con el parche en donde se convierten en
a las orillas de él, dando origen a oleadas suce­ movimiento y vibración de éste, que a su vez mue­
sivas en círculos concéntricos, cada vez más am­ ren al engendrar el ruido del golpe que hace vibrar
plios, que a la vista dan la sensación de avances con su sonido el aire, por donde viaja hasta el oído
del agua alejándose del centro, cuando en reali­ que lo escucha haciendo en él vibrar también el
dad no hace sino subir y bajar sin trasladarse tímpano de quien allá lejos oye el redoble. La fuer­
lateralmente, cual puede comprobarse echando en za de la mano que agitó el palillo está ahora en
el estanque hojas o corchos que en el agua flo­ aquellos oídos, habiendo sido sucesivamente es­
ten, los cuales no hacen sino ascender y descen­ fuerzo muscular, golpe, oscilación del parche, vi­
der sin acercarse a la orilla ni alejarse de ella. bración acfistlea en el aire, sensación fisiológica
Pero para levantar esos cuerpos flotantes, quie­ en el oído y en el cerebro.
tos mientras la superficie del agua está tranquila, Electricidad es, pues, cosa diferente que ondu­
se requiere fuerza, y ésta es la de la ondulación, lación electromagnética. La primera, en el estado
cuyo movimiento progresa dei centro al contor­ estático, es acumulación en un cuerpo o falta
no ; mas sin llevar agua hacía éste, sin que el en él de los electrones que contiene cuando en su
agua viaje, y siendo sólo su movimiento oscilatorio estado normal no se baila electrizado; cuando es-
lo que viaja y hace moverse a los cuerpos flotantes tan en exceso, lo electrizan negativamente, y cuan­
que en su camino encuentra: con movimiento éstos do faltan, positivamente. En el estado dinámico,
completamente diferente al advertido en los que ya se ha dicho ser la electricidad un flujo real y
sobrenadan en un río y son arrastrados por la positivo de electrones; la segunda, quiero decir la
masa del agua de él que la corriente impulsa. ondulación, no es sino impulso capaz de mover los
De igual modo la ondulación eléctrica, nacida electrones.
de diversas causas, siendo una de ellas la chispa Los cuerpos a través de los cuales viaja fácilmen­
o descarga eléctrica, hace que en el espacio y en te la electricidad se llaman conductores, y a su vez
los cfierpos no conductores vibre una inmaterial detienen la ondulación electromagnética que atra­
substancia que, llenando el vacío intermedio de viesa y pasa más allá de los dieléctricos (no con­
astro a astro o encerrado entre los soles y los ductores) permeables a ella y refractarios al paso
mundos, y llenando además los huecos vacíos de de la electricidad. Pero esto es relativo, pues el
materia que en gases,, líquidos y sólidos, existen aire, el vidrio, dieléctricos, pueden ser atravesados
entre los átomos de ellos, mecánicamente tan as­ por los electrones cuando la tensión de éstos se
tros como aquéllos, se llama éter. Esta vibración, hace lo suficientemente grande para que a través
similar, pero incomparablemente más rápida que de ellos salte la chispa eléctrica, desgarrándolos.
la del agua del estanque, vuela a través del éter Antiguamente el salto de la chispa eléctrica cons­
con velocidad superior a .300.000 000 de metros por tituía siempre un accidente; hoy, sin dejar de serlo,
segundo; transporta, como aquélla, no masas ma­ y grave en ocasiones, el hombre juega ya con el
teriales, sino movimiento, y por lo tanto, fuerza, rayo y la chispa eléctrica, al provocar ondas eléc­
a cuyo empuje muévense los electrones flotantes en tricas. Del mismo modo que las terribles explosio­
los cuerpos que halla en su camino la etérea onda nes de antaño han sido domadas en los motores de
electromagnética, si dichos electrones se hallan en tal nombre, de los cuales son uno de tantos ejem­
lugar quiere decir pertenecen a cuerpo que no plos los de los automóviles y los motociclos.
oponga invencible resistencia al movimiento de
LA MAYOR CONQUISTA 51

perdido entre la niebla determinar su si­ mapa se cruce dicho rumbo con el anterior
tuación, necesita conocer de antemano en Hamburgo-barco.
dónde está la estación transmisora de los Esas señales de las estaciones de las cos­
telegramas que con tal fin unnza, los cua­ tas, que aunque no emiten luz pueden lla­
les son lanzados progresivamente por ella marse faros de los navegantes, salvan hoy
en veinticuatro direcciones radiantes, e centenares de buques que antes habrían
igualmente espaciadas en la rosa de los naufragado por no llegar a ellos los rayos
vientos, de modo que los correspondientes de los más poderosos fanales y reflectores,
a cada dos contiguas vayan sucediéndose impotentes para rasgar a impenetrable y
de dos en dos minutos. terrible niebla.
—Ese, amigo Joubert, es el sistema Te- — Cuéntemelo a mí, señor Lobera, que
llefunken. Las ondas electromagnéticas im­ yendo de Dover a Santander, envuelto nues­
pulsadas en él por la antena transmisora tro vapor en la niebla y manteniéndose en
se propagan por el espacio en todas di­ la dirección de aquel puerto por la obser­
recciones, pero verificándolo con máxima vación de radiogramas transmitidos desde
intensidad para cada telegrama en una di­ él, un error en la distancia recorrida nos
rección propia para él, lo cual se logra me­ hacía creernos en mar franca, cuando a
diante ingenios especiales: en la del norte seguir un cuarto de hora sin variar la de­
para el primer mensaje, que dice, por ejem­ rrota habríamos dado contra los arrecifes
plo: “ Hamburgo, tal longitud de onda. Di­ de Ouessant, en la restinga de Bretañ/a.
rección norte” ; el segundo, el tercero, et­ Gracias a que con grandísima oportunidad
cétera, no discrepan del primero sino en las nos llegaron los radiogramas de la esta­
direcciones que consignan como especiales ción de Land‘s End (1) dándonos rumbo,
de ellos, diciendo sucesivamente: “ un sexto que al encontrarse con el de Santander nos
norte, cinco sextos este” ; “ dos sextos nor­ hizo ver que estábamos a una milla de los
te, cuatro sextos este” ; “ nordeste” ; "cua­ escollos, que para echarnos a alta mar de­
tro sextos norte, dos sextos este” ; jamos inmediatamente a babor.
este” ; "... sur” ; "... oeste” : hasta el vi- — ;Y pensar que si uno de los hombres
gésimocuarto, cuya indicación es “cinco que la gente llama chiflados, por cultivar
sextos oeste, un sexto norte”. desinteresadamente la que, quienes no ven
— Sí, señor: eso es lo que yo sé. Y cuan­ los frutos que el tiempo saca de ella, sue­
do llegan a un barco que navega dentro del len llamar inútil ciencia ue ios sabios, no
alcance de Hamburgo, su telegrafista los va hubiera descubierto la ondulación eléctri­
oyendo con diferente fuerza, que progresi­ ca, cuyo alcance no veía entonces nadie,
vamente crece hasta un máximo para men­ continuarían perdiéndose barcos y más bar­
guar después, o disminuye hasta un míni­ cos, vidas y más vidas, como antaño!
mo desde el cual comienza a crecer nueva­ — ¿Habla usted de MarconiT
mente: con variación de intensidad muy —No: a ése, cuyos talento y ciencia en­
perceptible entre cada dos consecutivos. contraron el camino de la utilización del
— Claro: los aparatos del receptor de a descubrimiento, lo conoce el mundo entero;
bordo acusan mayor fuerza en la onda ra- pero a Hertz, que sacando chispas de un
di otelegráfica llegada en línea recta de la carrete de Rumkford, y llevando de una
estación transmisora. Y así no hay sino parte a otra de su laboratorio unos aros
fijarse en cuál es el telegrama más clara­ de alambre descubrió las invisibles ondas
mente recibido para saber que la dirección eléctricas, no lo conocen sino otros cuantos
en él consignada es la de la recta buque- sabios que van descubriendo bagatelas por
Hamburgo, si de Hamburgo procede aquél: el mismo estilo: guilladuras de los guilla­
si dice oeste, nordeste, dos sextos sur, dos de hoy destinadas a revolucionar el
cuatro sextos oeste, no habrá sino trazar, mundo de mañana.
a partir de Hamburgo, en Ta carta marina Pero volvamos a lo nuestro, pues me he
la dirección correspondiente a dicho rumbo descarrilado.
para saber que sobre ella se encuentra el — Señor Lobera, la dificultad que a mí
barco. me preocupa es que en cuanto nos echemos
— Eso es.,.
— Y como otras estaciones, Bilbao por
ejemplo, emiten radiogramas análogos, (1) Punta extrema del Cabo Conwal en la pen­
ínsula de igual nombre que forma la parte sur-
éstos darán el rumbo Biiuuu-uarco: siendo occidental de la isla de la Gran Bretaña. La tra­
la posición de éste el punto donde en el ducción de Land’s End es fin de la tierra.
52 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
por esos arenales con el auto que quiere — No, señor: si del palo de un buque se
usted arreglar no podremos contar, como suspende uno de estos sencillos y leves cir­
los barcos, con radiogramas de estaciones cuitos de alambre, de modo que ligeras im­
conocidas, que sin otro trabajo para las de pulsiones basten a hacerlo voltear en torno
a bordo que elegir el más intenso dan el del mástil, toda onda radiotelegráfica con
rumbo; pues si esos pillos tienen subrep­ alcance suficiente para llegar al barco mo­
ticios transmisores no creo sean tan bon­ verá el bastidor, y con éste una aguja obe­
dadosos con nuestra estación ambulante co­ diente a las atracciones de un electroimán
mo las costeras lo son con los barcos por ligado a dicho circuito móvil (1).
ellas auxiliados. Los dos casos son para mí, — ¡A tiza! Entonces, la misma aguja-mar­
salvo sus respetos, completamente diferen­ cará, sin más ni más, y sin tomarse uno
tes. quebraderos de cabeza, el rumbo del barco
•— Por eso, no pudiendo contar con ra­ a la estación.
diotransmisores Tellefunken, usaré el ra­ — Precisamente: en un cuadrante sobre el
dio-gonióm etro Bellini-Tossi. cual se mueve. Pero no es esto lo mejor,
— No sé qué es eso. sino que las estaciones de la costa no ne­
— Pues un aparato inventado a principios cesitan ser de tipo especial, como en el sis­
de siglo para lograr el mismo resultado. tema Tellefunken, sino de las ordinarias,
— ¿Y en qué consiste?... Ya sabe usted cuyos radiogramas se propagan con igual
que mi fuerte no es la teoría. intensidad en todas direcciones; pues le
-—Procuraré explicarlo sencilla y. breve­ basta a un buque recibir uno solo para co­
mente. Aun cuando dice usted saber poco, nocer el rumbo en el que se halla la esta­
no ignorará que si una corriente eléctrica ción transmisora. Los telegramas, todos
circula por un aro o rectángulo de alambre iguales, salvo la hora, dicen, por ejemplo:
que, colgante de un hilo, o montado en su “Radiogoniograma de Barcelona a las 3
eje, pueda gira r sobre sí mismo, así lo ve­ y 45.”
rifica cuando se le acerca, o en su proxi­ — Y con ése y otro de diferente estación
midad se hace circular otra corriente, ce­ se obtendrá, como con los Tellefunken, la
sando su movimiento cuando éste ha lle­ posición del barco. ¿No es eso?
gado a colocar dicho aro o rectángulo en — Ese es, efectivamente, el procedimien­
una posición que es siempre la misma con to corriente; pero en realidad ni segunda
respecto a la de la corriente inductora del estación transmisora, ni segundo telegrama
movimiento. son indispensables sino en el caso particu­
— Sí: eso es la inducción eléctrica de una larísimo de ser el rumbo del buque a la pri­
corriente que obra sobre la otra. mera norte-sur o muy cercano a tal direc-
— Por ahí, por ahí, pero no exactamente; ciójji; pues de haber sensible y no grande
pues la fuerza directriz del alambre móvil diferencia de longitudes geográficas entre
no está en la corriente que se le acerca o uno y otra, basta un sólo radiograma para
se hace correr a su proximidad, sino en dar además de la dirección la distancia.
torno de ella, en el aire, o más bien en el — ¡La distancia!... No puede ser... Per­
cter que la circunda, siendo algo que, sin done usted: quise decir no lo comprendo
entrar en honduras, es en la esencia igual — Muy Sencillo (2 ). Suponga usted que
a la invisible ondulación eléctrica lanzada en la estación receptora del barco tiene el
por las antenas de la telegrafía sin hilos. telegrafista frente a sí la esfera grande de
Por eso, si en su viaje a través de la atmós­ un reloj eléctrico enlazaao ai cronóm etro
fera (1) encuentran estas ondas un circuito
giratorio, como el de marras, y recorrido por 111 En el radiogoniómetro Bellini-Tossi no g ir*
una corriente lo hacen también girar hasta uno, sino dos circuitos móviles, de planos entre sí
que el plano de él quede perpendicular a perpendiculares, siendo la acción definitiva de la
combinación de ambos una resultante de las de­
la dirección de la estación transmisora de terminadas por la onda sobre cada uno de ellos. L a
donde las ondas proceden. teoría es la misma que siendo uno, y sin duda para
— No lo sabía... Pero eso no podrá ha­ simplificar su explicación no mencionaba Lobera
sino uno.
cerse sino en un gabinete de experiencias,
(2) No tenemos noticia de que este sistema se
a pequeñas distancias. baya aplicado basta ahora con el radiogoniómetro,
lo cual pudiera ser, aun cuando Ignotus no lo sepa,
(1) Se llama la atención sobre lo ya dicho an­ e ignoramos si es idea de Lobera o procedimiento
tes : por el aire cruzan las ondas eléctricas; pero en uso ya en su tiem po; pero parece perfectamente
re son movimientos del aire, sino palpitaciones racional y de empleo no difícil, que desde luego
c'.c! éter, las que engendran la onda. cabe aplicar en la actualidad.
LA M A Y O R C O N Q U I S T A 53
de a bordo y acorde con él; que un segun­ de están las estaciones clandestinas, ni ha­
dero grande permite leer cómodamente en bría problema, ni me cuidaría de preparar
dicha esfera los segundos, y que al primer el auto, ni lo echaría a correr por el De­
chasquido de la llegada de un radiograma sierto.
cuyo contexto es “Radiogoniograma de la — Es verdad; pero sigo a obscuras. ¿Có­
Torre E iffe l a las 10 y 35 minutos, marca mo, sin ningún punto fijo, va a ser posible?
el reloj de la estación las 11 y 57 minutos — ¿Y el auto, que por antena receptora
y 30 segundos. llevará un circuito giratorio radiogonomé-
Como el telegrama llega al barco en el trico con una aguja indicadora del rumbo?
mismo segundo que lo lanza la torre, ya — Eso, sí; pero la Torre E iffe l no se
que la velocidad de transmisión es prácti­ mueve, sabemos siempre dónde está; mien­
camente instantánea, pues con ella podría tras el automóvil, como el barco, irá va­
darse la vuela entera al Ecuador en menos riando a cada momento de lugar.
de un séptimo de segundo, resulta que — Es que teniendo mapas del terreno, al
cuando en el buque son las once con 57 ponerlo a la espera a caza de ondas sub­
minutos y 30 segundos, no son en París repticias sabré en qué sitio conocido lo
sino las diez y 35: con diferencia de horas paro: o donde el mapa no me inspire con­
entre ambos parajes de una hora, veinti­ fianza, un cronómetro me dará la longitud.
dós minutos y treinta segundos. Además, todos los telegramas que en el
Pero como diferencia de horas y diferen­ mundo se transmiten llevan indicación de
cia de longitudes geográficas son en esen­ su hora; sextante no ha de faltar, ni en el
cia lo mismo, acudiendo a las tablas de Desierto hay miedo nos estorbe la niebla
conversión ve el oficial de derrota que de para pedirle al sol o a la polar que nos den
halla sobre un meridiano al Occidente y la latitud.
no lejano de las Islas Canarias, la longitud — Es verdad.
del cual, con respecto a París, es 21 gra­ — Vea usted cómo, sabiendo siempre la
dos, 22 minutos y 30 segundos: minutos y posición de la estación ambulante, con ella,
segundos no de tiempo, sino de longitud (1). con el rumbo dado por la aguja y la dife­
— Ya, ya, señor Lobera: ya lo veo: bus­ rencia de longitudes obtenida del radiogra­
cando el punto donde en la carta marina ma, y el reloj, podré deducir del lugar
se cortan el meridiano así hallado y el donde el auto se halle el de la estación
rumbo que la aguja del radiogoniómetro desconocida: con error máximo, y me co­
marca como dirección en que vienen las rro, de dos a tres kilórhétros; es decir, en
ondas del telegrama, se tendrá el lugar zona suficientemente reducida para que
donde está el buque. puedan registrarla los gendarmes. Aparte
— Eso es: en vez de la longitud y la la­ que estas estaciones han de estar forzosa­
titud geográficas se emplean para situarlo mente establecidas en lugares dominantes...
longitud y rumibo a partir de la estación — Tiene usted razón... Ahora ya lo veo
transmisora, que por ser conocida se toma claro, y es muy sencillo; pero muy inge­
como punto de referencia. nioso, porque eso que va usted a hacer no
— Pues en eso veo yo la dificultad para se ha hecho nunca.
nosotros; pues no sabiendo dónde están — No, que yo sepa: pero lo que a uno
las estaciones clandestinas que usted quie­ se le ocurre puede ocurrírsele a otro.
re descubrir interceptando al paso sus te­ — Si ese otro no soy yo, puede usted es­
legramas, nos faltará punto fijo y conocido tar seguro; pues todavía me quedan dudas
capaz de hacer con el auto-estación, cuyo sobre la práctica, que como me ha hecho
papel es del barco de antes, el de la Torre usted el honor de elegirme para operador,
E iffel, en el ejemplo de usted. le agradeceré se tome la molestia de acla­
-—Pero, amigo mío, si ya supiera yo dón- rar.
— Dejémoslas para cuando ya esté mon­
tada la estación en el auto— contestó Lo­
(1) Sin necesidad de tablas se hace facilísima- bera, cortando la conversación por saber
mente tal conversión, sabiendo que una hora, un que era aquélla la hora en que salía Emma
minuto y un segundo de tiempo equivalen en lon­ al jardín, y agradarle más su compañía que
gitudes geográficas a diferencias de 15 grados,
solventar las dudas de su auxiliar radio-
quince minutos y quince segundos, respectivamen­
te, de arco de ecuador o paralelo. telegráfico.
54 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

XIII
LA COLERA DE ABD-EL-GAHEL

P or ser muy elevada la ta rifa de la te­ lejano todavía el estallido de la rebelión y


leg rafía sin hilos, casi nadie la utiliza en confiar en que cuando llegara ya no lo co­
el S ahara para asuntos particulares, salvo gería en el Desierto; pues desde varios me­
en casos de grandísim a urgencia. Así ses antes venía preparando la m archa, ven­
Moyfsk, que para sus operaciones comer­ diendo propiedades, liquidando negocios y
ciales hacía gran uso del telégrafo, siendo enviando sus fondos a varios barcos de
raro cu rsara menos de cuatro o seis tele­ Europa. Y teniendo ya puestas de tal ma­
gram as diarios, empleaba las líneas del n era en salvo las ganancias, veía llegada
ferrocarril, abiertas al público a precios la hora de pensar para cercano plazo en
mucho más económicos que las inalám bri­ poner también en salvo la persona; pues
cas del Gobierno. si la casualidad revelara a las autoridades
P or tal razón tardó poco en enterarse de francesas su intervención en el complot se­
la fechoría com etida con ei telégrafo en los guram ente le costaría caro su bonito ne­
lím ites de Marruecos y el Desierto, pues gocio.
cuando envió sus telegram as a íá estación E ste Moyfsk ingerto en africano era hijo
le fueron devueltos dos ellos con una nota de un hebreo ruso también ingerto, pero en
del telegrafista de servicio, que decía: “No bolchevique, que al reaccionar el antiguo im­
se adm iten por interrupción de la línea perio moscovita contra la tira n ía feroz de*
en tre A kka y Term assoun.” Pero sobre lo bolcheviquismo judío que lo ten ía aherro­
consignado en ella agregó verbalm ente el jado y agonizante, tuvo que escapar de Mos­
criado que había llevado los telegram as a cou, emigrando al Sahara, pero llevándose
la estación telegráfica, que los ordenanzas una buena pacotilla, fruto de sus latroci­
de ésta habían oído a los telegrafistas co­ nios (1) en Rusia, que había sido la base
m e n tar alarm ados aquella inusitada y enor­ de la fortuna que después aum entó su hijo.
me avería, habiéndose él enterado por Despreciado éste por los jefes superiores de
aquéllos de que la interrupción no era en­ la conspiración, h asta tenerlo en ignorancia
tre, sino desde A kka a Term assoun: noti­ de quiénes fueran ellos, y a obscuras por
cia dada por el sirviente a su amo con la completo de planes y de fechas, su creencia
m ism a fruición con que los ordenanzas se de ten er todavía tiempo por delante para
la habían dado a él; pues, indígenas unos
y otros, sentían especial complacencia en
todo mal acaecido a los franceses: aun (1) Es sabido que el crimen colectivo que no
doctrinas, sino codicias y odios salvajes, han co­
cuando de éstos se vendieran por amigos metido en el siglo xx, haciendo víctima de él a
y vivieran del sueldo de ellos cobrado, en la nación mñs populosa de Europa, la desventu­
ta n to hallaran coyuntura de traicionarlos. rada Rusia, inmolada a hordas bolcheviques sin
conciencia ni cultura, es hazaña de judíos; pues
Moyfsk, en quien eran certezas las su­ de una estadística publicada en 1921 resulta que
posiciones de Duvery y B ertier sobre la en dicho año la proporción de éstos en el Go­
conspiración, presumió, como éstos habían bierno de Rusia, o mfis bien en la taifa que
despóticamente esclaviza e inmola a todo el pue­
presum ido, pero con m ayor fundamento, blo, es la siguiente:
que la cortadura del telégrafo era el p ri­ De 503 altos funcionarios del Estado son ju­
m er chispazo del alzam iento general: cosa díos 406 y rusos sólo 29.
que le asustó; pues si su complicidad en la De 41 periódicos autorizados por aquellos ti­
ranos, hay 40 judíos.
preparación de él le había valido pingües Judíos son 17 de los 22 comisarios del pueblo,
ganancias, redondeando la respetable can­ ¡pobre pueblo!; 45, de 60, en la Comisaría de Ins­
tidad que de antiguo se había él propuesto trucción, y en las restantes no hay ni un solo
ruso
re u n ir para levantar de Agadés el campo Los negocios extranjeros corren a cargo de 19
yéndose a establecer una casa de banca en judíos, un armenio, un alemán y un polaco.
Odessa, su ciudad natal, tam bién le había La alta justicia—justicia bolchevique, claro
de o tra parte ocasionado algunas inquietu­ estñ—, consta de 18 judíos y un armenio.
En el Ministerio de Instrucción Pública pres­
des, h asta entonces no punzantes por creer tan servicio 14 judíos y dos rusos
LA MAYOR CONQUISTA 55

el traslado de residencia sólo obedecía a igualmente el verdadero nombre de éste y


suposiciones fundadas en lo que su inter­ el de Abd-el-Gahel, pues la reserva de los
vención como correvedile y encubridor le altos conjurados era tal, que sabiendo el ju­
permitía in ferir sobre el estado de los tra­ dío que los dos eran árabes, y conociendo por
bajos: en su opinión todavía atrasados pa­ el despótico modo como lo trataban que in­
ra cuanto significara inmediata ejecución. dudablemente debían ser jefes importantes
En la fecha de la llegada de Abd-el-Gahel de la conspiración, no conocía de ellos sino
a casa del judío tenía ya éste proyectada las personalidades consignadas en sus pa­
su marcha para un mes después, pensando saportes, obedeciéndolos por habérselo así
salir de Agadés como para uno de sus via­ mandado una orden autorizada con el sello
jes comerciales de ida y vuelta a Marrue­ de la Sociedad, muy teatral y terrorífico,
cos o a Argelia, pero del cual no tornaría. según costumbre clásica en las secretas, y
Tenía, en consecuencia, en marcha sus úl­ habérselo exhibido el señor Núñez, que al
timos, aunque disimulados preparativos, y tenerlo en sus manos demostraba pertene­
estaba muy tranquilo; pero si el atentado cer al Supremo Diván; pues los jefes
contra el telégrafo era, cual temió al co­ subalternos usaban sellos y distintivos di­
nocerlo, el comienzo de la rebelión, y ferentes, conocidos no más en las demar­
llegara en pos de él una verosímil inte­ caciones adonde solamente alcanzaba su
rrupción de trenes, ello podría dificultar o poder: siendo el único rasgo común a toda
hasta impedir su marcha. orden, por unos u otros dictada, las siguien­
De otra parte, yx esto era aún más grave, tes inscripción y viñeta impresas al mar­
en seguida que estuvieran deslindados los gen de ellas:
campos ya no podría mantener su cómoda “Aunque en el Paraíso se esconda bajo la
situación de ostensible amigo de los fran­ chilaba del Profeta, llegaré al corazón (; mal­
ceses y encubierto auxiliar de los africa­ dito sea de A l-lah !) del que delate o abando­
nos: pareciéndole, no sin fundamento, que ne a sus hermanes.” Y debajo hacía veces de
con unos u otros, o con toaos, corría grave firma una gumía goteando sangre: todo
riesgo el dinero que aun le quedaba en tomado a broma por Moyfsk, por creerlo es­
Agadés, y tan grande como el dinero la pantajo sin otro alcance que impresionar a
cabeza: viéndolo claro en las dudas, reso­ las" gentes sencillas cuando en los primeros
luciones y arrepentimientos que éstos en tiempos de su cooperación lo fascinaba el
pos de aquéllas le asaltaron en cuanto supo pingüe negocio realizado con ella; mas con
lo del telégrafo. lo cual se preocupó bastante tan pronto vió
Ocurriósele primero ir a congraciar­ que, no por delaciones ni infidencias consu­
se con Bertier, denunciándole lo que madas, sino tan sólo por sospechosa in­
traían entre manos los árabes disfrazados tención de cometerlas, caía de cuando en
que hospedaba en su casa; no poniéndolo cuando alguno: entre ellos dos judíos sus
por obra porque, sobre la dificultad de jus­ amigos dedicados a los propios oficios en
tificar sus tratos anteriores con ellos si al que, tarde ya, se arrepentía de andar me­
oficial le daba tentación de curiosear en tido.
tales tratos, le retrajo el terror a la terri­ Previos dos suaves golpecitos en la puer­
ble A frica Vengadora que, copio en todas ta de la habitación donde estaba Ben-Cas­
partes, tenía en Agadés muchísimos afilia­ sim, y otorgamiento por éste de permiso,
dos, y acaso no tardara ni veinticuatro ho­ entró en ella el hebreo.
ras en cobrarle la delación en puñaladas. -—Perdone si le molesto, Señor Pozo: ven­
Por eso optó por continur amigo de sus go a informarlo de un suceso importante,
huéspedes durante el tiempo que tardara tal vez conocido de usted; pero que por si
en hallar modo de salir del atasco, y pro­ acaso no es así, creo deber comunicarle.
curar por lo pronto sondearlosi para saber — ¿Qué es ello?
si lo de A kka era realmente el primer chis­ Moyfsk no perdía el menor movimiento
pazo de la insurrección. En consecuencia, de la cara del moro, dándole a intento len­
no habiendo vuelto aún Gahel de su visita tamente la noticia para observarlo bien.
al ingeniero, se fué a buscar a Ben-Cassim — Un suceso ocurrido entre A k k a y Ter-
para observar, al darle la noticia, la im­ masioun.
presión que le hiciera; pues, de ser cosa — ¿En Akka?... ¿Qué es?... Acaba— dijo
por ellos preparada, no podría sorpren­ Cassím con no fingida curiosidad, que ad­
derle. vertida por el otro le hizo pensar que no
Ha de advertirse que Moyfsk ignoraba sabía nada de la avería telegráfica; mas
A

56 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
para cerciorarse bien de esta ignorancia, Pozo, oye: ¿quién m anda entre A ltka y
continuó perdiendo tiempo en circunloquios: Termassoun?
—... E n el que deben andar nuestros her­ —Muffí; pero ya sabes que como su g o r­
manos. d u ra no le perm ite moverse, sólo d irig e
—Yo no he tenido nunca herm anos de tu desde casa, y en el campo lo hace todo...
i casta—contestó el árabe con el brutal des­ —Sí, el burro de su hijo: ¡hijo de m ala
precio que los de su rasa nacen siempre cabra! Ya, ya Se ve su mano en eso. E l La­
se n tir a los judíos. bia de ser: ambiciosillo. H a querido lu c ir­
—Perdone, señor; quise decir... se,, hacer una hombrada, obrar por sí, como
—Lo que quieres decir ya lo he entendi­ si fuera alguien; y va a aprender cómo p a­
do; pero lo que venías a decir no acabas gan ahora, en el Sahara, su desobediencia
de decirlo: revienta de una vez; y si no, los que se creen en los tiempos en que cada
vete. uno hacía lo que le daba la gana. Oye, ¿no
—Que ayer han arrancado varios cente­ está ahora en Tendouf Alí-Berltan?
nares de kilóm etros de línea telegráfica. —Sí.
— ¡Cómo! ¿Quién? ¿Pero es seguro?— —Ese es bueno, ese es mi hombre. E s­
preguntó el moro con impetuosidad, que criba... No, no te vayas, Moyfstt.
convirtió en certeza la sospecha de Moyfslc —Creí que por discreción...
de que la interceptación ael telégrafo no —Quiero que aprendas, por si lo necesitas,
obedecía a órdenes del Diván Supremo de cómo el Diván castiga a los desobedientes
A frica Vengadora. y a los desleales. Escribe, Pozo, escribe lo
—Yo no sé sino que me han devuelto unos que voy a dictarte:
telegram as para Tendouf y G henater; que “Orden a A lí-Berkan:
los franceses están alarmados, y que... "Muffí, hijo, declarado traid o r por des­
La entrada de Abd-el-Gahel no perm itió obediencia. T rasládate A kka para que él
a Moyfsk acabar su frase, yues Ben-Cassim y sus seis principales auxiliares en destru c­
le quitó la palabra para inform ar al recién ción telégrafo, necesario planes Diván,
llegado de la novedad, que lo contrarió no sean degollados. O rdena a Muffí padre que
menos que en el mismo momento contra­ sea él quien en tu presencia disponga eje­
riaba a B ertier y a Duvery; pero m ostran­ cución inm ediata.”
do su mal humor, m ejor dicho, su cólera, Esos estúpidos serían capaces de des­
no ya con la violencia inherente a su san­ tr u ir todos los telégrafos y todos los ferro ­
gre africana, sino con destemplanza mu­ carriles, que en cuanto despachemos a quie­
cho m ayor; pues la frecuente contención a nes hoy los utilizan nos serán indispensa­
que aquel hombre impetuosísimo le era in­ bles para luchar con los que vengan a ven­
dispensable som eterse para representar du­ garlos... ¿E stá ya?
ran te largas tem poradas su papel de hom­ —Sí.
bre civilizado hacían de su carácter resorte —Pues sigue: “Si Muffí se resiste a eje­
comprimido que, al distenderse, cuando po­ cu tar a su hijo, degüéllalo a él tam bién.
día d a r rienda suelta a su salvaje ira, lo Como im porta que cortadura telégrafo no
arrollaba todo. sea achacada a rebelión, llevarás las siete
P o r eso, al oír la noticia que perturba­ u ocho cabezas al com andante m ilita r de
ba sus planes con un atentado imprevisto Tafilete, diciéndole son de cuadrilla de la­
realizado sin orden del Diván, y que en su drones que robaron el alambre, y ofrecerás
aislam iento podía producir los frutos de la cuanta gente pida restablecer rápidam ente
explosión proyectada por él en form a que línea.”
cual rayo sorprendiera en todas partes y en Como los europeos ya no se fían de sacri­
una hora determ inada a los desprevenidos ficios de tern eras y carneros, para tenerlos
cristianos, su desenfrenada cólera se desbor­ confiados como necesitamos, hay que d ar­
dó en un torren te de amenazas, maldiciones les cabezas de m oros:esas me serv irán ade­
y blasfem ias que no extrañaron a Ben Cas- más para hacer este escarm iento; pero las
sim, pues ya las esperaba, pero aterraron a cobraremos con creces en cabezas de perros.
Moyfsk. (Ya se entiende que And-el-Galiel quería
Pasado aquel prim er rabioso hervor de decir cristianos.)
su coraje, que no es para transcrito, prosi­ Espantado con lo que aquella fiera hacía
guió: con un jefe im portante, reflexionaba Moyfsk
— ¡Imbéciles! ¡Imbéciles!... Pero esos bes­ qué podía esperar un mísero judío a la me­
tia s quieren estropearlo todo... Ben Cas... nor sospecha que su conducta despertara,
LA M A Y O R C O N Q U I S T A 57

aterrándose aun más ail recordar aquel "por Seca la tinta, volvió Pozo del derecho los
si lo necesitas” de la invitación que para sacos y se los dió a Moyfsk, diciendo:
oír aquello le fué hecha. ¿Sería que ya sos­ —Ahora llénalos con las provisiones, y
pecharan de él, o respondería únicamente escribe por tu parte a tus corresponsales de
la indirecta a la desconfianza añeja que los Ain-Tahena y Tintidín sobre asuntos de
judíos inspiran a los musulmanes?... comercio que justifique los viajes de los
Acuitadísimo se hallaba con estas tur­ emisarios: para que si los detienen les co­
badoras perplejidades, cuando oyó a su te­ jan esas cartas—dijo Abd-el-Gahel a Moyfsk.
rrible huésped decirle: —Escribiré que me envíen con urgencia
—Hebreo: supongo que tendrás emisarios unas partidas de cuscus o de dátiles.
y motociclos disponibles para salir en cuan­ —Y ahora llama a esos dos hombres.
to sea preciso, según se te ha ordenado- Salió Moyfsk, volviendo a poco con dos
—Sí. mulatos, que al entrar en la sala y dirigir­
—¿Cuántos? se Ben Cassim a ellos, frotándose por dos
—Tres. veces con un dedo el párpado derecho, como
—Con dos bastan. Conviene enviar la or­ si algo le molestara en el ojo, repitieron el
den duplicada y por diferentes caminos, por mismo movimiento, seña de reconocimien­
si alguna se pierde—dijo Abd-el-Gahel a su to de los afiliados de última categoría de
tío—. En Ain-Tahena y Tintidín tenemos Africa Vengadora; y al ver que aquél se
relevos de motocicletas. ¿No es así, Pozo? pasaba en seguida la mano por la barba, y
—Sí. luego de la frente a la cabeza, cual para
—¿Habrá entre tus ciclistas quienes se­ echarse hacia atrás el cabello, se proster­
pan ir a esos lugares? naron con grandes muestras de respeto, por
haber reconocido en dicha seña a un miem­
—Desde luego señor. bro del Diván Supremo.
—¿Y seguir a Tendouf? Sucesivamente dijo Ben-Cassim al oído de
—No es fácil: está muy lejos. cada uno el lugar donde iba y el nombre
—Entonces en esos puestos entregarán de la persona a quien entregaría la carta
los pliegos a quienes se les dirá al salir de Moyfsk y el zurrón diciendo: “Para en­
Pozo, quédate con el original que has es­ viar a Alí-Berkan, en Tendouf”; y después
crito, y pon dos copias para los correos en de hacerles en alta voz varios encargos de
la forma que sabes. carácter común a ambos, les ordenó salie­
Al recibir esta orden salió Pozo, regresan­ ran en seguida, agregando:
do de su habitanción a poco con dos mo­ —Ya sabéis que “hasta debajo de la chi­
chilas o zurrones de dril “kaki”, de tipo laba de Mahoma”...
propio para que peatones y camelleros lle­ —Descuida, gran señor—le atajó el uno—.
varan a la espalda provisiones, y traía ade­ "Maldito de Al-lah sea el que”...
más una botella y un punzón de madera. —Bien. Idos.
En seguida que llegó volvió los sacos, y
en el revés de sus telas copió la orden * * *

usando el punzón, mojado cual si fuera una


pluma, en el líquido de la botella, cuyo co­ A las diez y media de la noche, y por dis­
lor amarillo obscuro, que mientras fresco tintas rutas, salieron de Agadés en moto­
permitía leer, aunque diricilmente, lo es­ cicletas los emisarios, sienuo en seguida
crito, se confundía al evaporarse con el detenidos por los gendarmes de Bertier,
“kaki” de las telas, donde no dejaba huella que no contentos con abrir y leer las car­
visible; pero sí huella química, que al ba­ tas de Moyfsk de que eran portadores, les
ñar el saco, en el punto de destino, en una registraron escrupulosamente ropas y zu­
solución dé sulfato de cinc, hacía reapare­ rrones. Y tranquilos de que sólo llevaban
cer lo escrito en caracteres rojos. cartas comerciales que, por no haber co­
Tal era el sistema de comunicación se­ rreo ni telégrafo a Ain Taheña ni a Tinti­
creta empleado por los jefes de la conspi­ dín, habían de ser remitidas por propios,
ración. dejaron m archar a éstos.
58 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

XIV
TRES DIAS DESPUES
Tres días pasaron sin que las autoridades dio de comunicación con los puestos más
a quienes telegrafiaron Duvery y Bertier cercanos de gendarmería. Y no sólo esto,
dieran otras contestaciones que “se provee­ sino que era preciso reclutar disimulada­
rá” y “se tendrá en cuenta en lo posible”. mente gente fiel, que unma a los ingenie­
De Río de Oro no había respuesta. ros, capataces y unos cuantos criados fran­
El primero preparaba *ü marcha a Te­ ceses allí residentes, pudiera dar el núme­
chiasco, centro de los trabajos de replanteo ro de fusiles indispensables para la de­
del último trozo de la vía férrea, y donde fensa.
desde un año antes tenía él su casa: a la En la preparación de toao lo anterior, en
cual se habría trasladado sin demora a no acopiar municiones, doce ametralladoras
ser porque las sospechosas novedades en­ que con urgencia pidió a marruecos y en
contradas a su llegada a Agadés le hicieron reunir rápidos medios de transporte que
pensar en la necesidad de tomar precaucio­ en caso necesario le permitieran retirarse
nes; pues la manera confiada como antes adonde hubiera fuerzas, se le habían ido
de su viaje a Francia había vivido allá, ais­ los tres días pasados desde su llegada, y se
lado de la protección de autoridades y fuer­ le irían todavía algunos más: atribuyendo
zas francesas, no efa para continuada, en el retraso de la marcha, cuando con Emma
cuanto fue entrevista la posibilidad de una hablaba, av impensadas necesidades de la
rebelión de indígenas. explotación de la línea, que antes de mar­
El mayor cuidado del ingeniero era charse debía dejar atendidas.
Emma; pues no se le apartaba de la ima­ Gracias a que ella no parecía tener prisa
ginación la frase de Morlain al señalar las en que el traslado interrumpiera sus diarios
mujeres e hijas de los europeos como el bo­ paliques con Lobera, de quien colegía Em­
tín más codiciado por los salvajes sahare- ma se marcharía por otro lado en cuanto
ños. Así, cuando la conferencia con aquél se fuera ella a Techiasco o, cuando no, se
y Bertier dió consistencia a sus temores, quedaría en Agadés preparando su expedi­
decidió que en el tren del siguiente día sa­ ción, no menos misteriosa que la fantástica
liera Raúl con Emma para volverla a Fran­ del señor Núñez.
cia. Pero cuando a la tarde se disponía a Parece deducirse de esto que los paliques
decir a una y otro que se aprestaran al viaje de la francesita y el argentino habían lle­
y buscaba el modo de vencer, sin alarmar gado ya... No, los paliquea no eran todavía,
a su hija, la resistencia que de cierto opon­ externamente al menos, sino los propios de
dría a dejarlo solo, y cuanao se devanaba dos buenos, pero muy buenos amigos; mas
los sesos para justificar, sin descubrir sus no por eso dejaban de tener encantos, aca­
temores, lo imprevisto y precipitado de su so superiores a los que la amistad suele
resolución, llegó Bertier con la noticia del proporcionar.
atentado de Akka; y temiendo don Héctor Sin embargo, con no irle mal, ni mucho
que a éste siguieran otros contra las vías menos, se pasaba Lobera no pocas rabietas,
férreas, le pareció temeraria imprudencia pues aquellas categóricas explicaciones que
exponer a sus hijos a un viaje de extremo pensaba obtener de Emma en los días que
a extremo del Desierto en tales circunstan­ tardara en acabar su trampa telegráfica no
cias. llegaban, y estaba viendo que Don Héctor
En consecuencia, desistió de su propósito conocería cualquier día que el auto-estación
en tanto no aclarara el horizonte, optando avanzaba demasiado despacio, a lo cual no
por llevarse consigo su hija a Techiasco; podría Lobera contestarle dando como razón
mas convirtiendo aquella residencia en un que a su hija no había medio de hacerla
fortín para preservarla de un golpe de hablar de un asunto sumamente interesan­
mano de los rebeldes, en tanto pudiera re­ te, pues apenas) olía que le iban a plantear
cibir socorro, para pedir el cual en caso explícitas cuestiones, solía escurrirse como
necesario habría de arbitrarse rápido me­ una anguila.
LA MAYOR CONQUISTA 59
¿Cortedad de genio?... ¿Coquetería?... Va­ tó hipócritamente el argentino un tanto co­
ya usted a saber; y no saberlo era lo que lorado al recordar su tontería de la arena.
desesperaba a Lobera. — Pero teniendo en cuenta— agregó Du­
Pero, por suerte, en la noche del cuarto día very— que es base obligada de los planes de
de su estancia en Agadés tuvo una conver­ usted usar en su explotación la fuerza de
sación con Don Héctor, la cual le dió el la Hidroeléctrica de Lebezenga, no hay po­
respiro que oyéndole veremos. sibilidad de ello; porque a Azzau todavía
— Para esa gran manufacturera vidriera llegará bien, pero Techiasco está ya dema­
no veo mejor sitio que Azzau; y no estando siado alejado de dichas cataratas.
las cosas, según usted ya sabe, para que un — ¿Y cuánto dista Azzau de Techiasco?
europeo se arriesgue a reconocimientos en -—De doscientos a doscientos veinticinco
estas tierras, creo excusado se meta usted kilómetros— contestó Don Héctor, volviendo
en ellos. a sonreírse al ver que Lobera no pregunta­
— ¿Y no habría en las inmediaciones de ba la distancia entre el lugar donde había
Techiasco zonas despejadas donde... donde... de utilizar la fuerza y la central de donde
abunde la arena?— preguntó Lobera tarta­ iba a tomarla, sino la existente entre su
mudeando un poco, por venírsele a la boca venidera residencia y la de Emma.
una pregunta sobre la fuerza del sol en ta­ — Para lo que son las distancias del De­
les zonas, que no quiso uejar escapar por sierto, casi al lado: con motos o .autos, y
razones que el lector ya conoce, no suficien­ sin correr, tres horas escasas; en dirigible,
tes a quitarle el escozor de engañar a quien ni eso, y en aeroplano una hora.
debía las atenciones que a Duvery; pero al — ¡A h ! ¿Es que piensa usted tener aero­
cual no debía confiar un secreto, que no era planos en su factoría vidriera?
únicamente suyo. — Sí... Tal vez.
Tales tartamudeos no pasaron inadverti­ — Yo creo que lo que a usted más le con­
dos a su interlocutor, que a haberle oído viene es unírsenos cuando salgamos para
hablar otra vez del sol del Sahara no ha­ Techiasco, con lo cual se evitará los peligros
bría dejado de sorprenderle la frecuencia que su pequeña caravana podría correr en
con que sacaba a colación tal tema, y aun esa primera parte de la expedición, que por
parecía complacido cuando oía encomiar la la índole de las tribus que habría de atra­
inclemencia del temible y constante verdu­ vesar es la más arriesgada. Desde Techias­
go de quienes tienen que andar por el De­ co podrá usted ir después a Lebezenga, no
sierto; pero como Lobera se contuvo, el al final de su reconocimiento de localidades,
padre de Emma atribuyó la turbación de como tenía proyectado, sino directamente;
su huésped a temor de que ie adivinaran pues estando Azzau casi al paso, puede ver­
que en su deseo de establecer la vidriería lo de camino; y únicamente si después de
cerca de Techiasco no influían razones in­ visto no le conviniera aquel sitio para su
dustriales, pues de sobra tenía ya visto el fábrica, debería pensar en ulteriores reco­
padre lo que al americano le parecía su nocimientos.
hija: no molestándole el descubrimiento N o hay que decir que él plan de Duvery
cuando'lo hizo, pues sobre sene muy sim­ pareció de perlas a Lobera, aceptándolo des­
pático el pretendiente, tenía de él magnífi­ de luego: terminando con esto la anterior
cas referencias por la persona que se lo conversación, al acabar la cual no se ex­
había recomendado. Que lo adornaba talen­ plicaba el ingeniero que para hacer vidrio
to y además cultura en grado no frecuente tuviera un bonaerense que ir a A frica en
en quien como él no la necesitaba para ga­ busca de la arena, que no debía faltar en
narse la vida, lo había apreciado por sí la Argentina; y al separarse de él iba di­
mismo Duvery, quien, riéndose, contestó ciendo:
a la tonta pregunta que le había sido hecha: — Creo que esa vidriería corre parejas con
— ¡Faltar la arena en el Desierto!... N o el emporio maderero del Baoutch, pero a
pase usted cuidado. En cuanto a lo otro, éste se le conoce en la cara la mentira; y
me complacería poder informarle de acuer­ algo dice en su abono el no saber mentir...
do con mi deseo de tenerlo por vecino: no Pero ¿qué habrá detrás de esa mentira?...
solamente por el gusto que ello me propor­ Cuando él lo calla, será que no puede o no
cionaría, sino porque en esta época de te­ debe decirlo, porque no es un farsante, co­
mores de revueltas no sería desdeñable la mo Núñez: eso se ve a la legua.
posibilidad de prestarnos ayuda.
— En eso precisamente pensaba— contes­
60 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
A l lagartón de Moyfsk no podía escapár­ — ¿Pero es que por ella lo has de olvidar
sele que su casa estaba vigilada, no obstan­ todo: hasta tu personal seguridad?
te el disimulo con que b eru er montó tal — No olvido nada: para aarme lecciones
vigilancia. Gentes que, por los trotes en que sabes poco.
andaban, vivían tan sobre aviso como Abd-el- — Es que...
Gahel y Ben Cassim, y que mediante las ■
— Calla, y ve a preguntar a ese cazurro
consabidas señas se habían relacionado con si tiene ya lo que le encargué buscara; y
no pocos hermanos de la masónica secta si lo tiene que venga a ..raérmelo y a de­
residentes en Agadés y hasta en la propia cirme los nombres de los camelleros.
casa del judío, no habían menester les die­ — ¿Qué camelleros?
ra éste la voz de alarma; pues cuando los — Vete y haz lo que te digo.
previno de que estaban espiados, le contes­ Salió Cassim. Cuando su sobrino se que­
tó Abd-el-Gahel:
dó solo sacó del bolsillo un cuadernito con
— Ya lo sabía, y también que tú no lo registro alfabético, bien repleto de notas;
ignorabas; y hasta me parecía que tardabas buscó Agadés, en la A, y entre los datos
en avisarme de ello.
relativos a dicha población, leyó: “ Tinkert,
— Gran Señor— contestó el hebreo aterra­ capataz de motoristas y camelleros de
do ante la dura y recelosa mirada de Abd- Moyfsk: gran práctico del Sahara meridio­
el-Gahel, y poniéndosele carne de gallina nal, muy conocedor de autos y camellos, lis­
al pensar que no era Bertier sólo quien lo to, valiente y de absoluta confianza. Ben-
tenía estrechamente espiaao— , en cuanto Ziza.” Hecho esto se guardó el cuaderno.
me he dado cuenta de ello he venido a de­ Poco después volvía Cassim acompañado
círoslo: juro por Moisés. de Moyfsk: aquél con cara de muy pocos
— Por hoy te creo: no por el juramento, amigos por acordarse del réspice poco an­
del que no hago caso, sino porque te supon­ tes recibido, y éste con un paquete que,
go convencido de que ni te conviene ocul­ abierto, resultó contener dos trajes de tua-
tarme nada, ni aun, de intentarlo, lo con­ regs ifoglias: gentes que por tener gran
seguirías. tráfico con El A ir no sorprende a nadie
— Señor, señor: mi lealtad... verlas en Agadés y sus contornos. Los tra­
•— No digas tonterías. Yete. jes habían sido buscados de modo que, poco
— Y mucho ojo— agregó Ben Casim, que mías o menos, fueran de las tallas de los
al salir Moyfsk dijo a su compañero: supuestos españoles (1).
— Quiera Al-lah que tu empeño en perma­
— Cassim, vete enterando de cómo se des-
necer aquí no nos salga caro: quien estan­
do en nuestro caso tuviera dos dedos de
juicio no tardaba dos horas en salir de
(1) Tuarcg es el nombre dado por los árabes en
Agadés. su idioma a la raza bereber que ocupa la parte
— Ya te he dicho que mientras ese hom­ central del Desierto de Sahara (una mitad de él).
bre no se imarche y yo no sepa dónde lo en­ El significado de esta palabra en dicho idioma es
“ abandonado de D ios”.
contraré seguramente (no me muevo de Dicha raza, berberisca de origen, y por lo tan­
aquí. to blanca, se halla en la actualidad mezcladísima
— Y mientras, que nos armen una ence­ con árabes y negros. Los individuos' de ella no se
dan a sí mismos el nombre de tuaregs, sino el
rrona y nos cojan en la ratonera que ya de imohags, en cuya etimología se halla explica­
nos van preparando. ción que a tal palabra une el significado de raza
— No es tan fácil como crees coger a Abd- libre, independiente, fiera.
el-Gahel. Como tres siglos después de la invasión del A f r i­
ca por los árabes adoptaron los tuaregs la reli­
— No lo era; pero ahora, embrujado por gión mahometana; mas no por ello cesaron sus
esa maldita hija del diablo que así Al-lah insurrecciones y sus luchas con los dominadores.
quiera...— exclamó Cassim, pasándole por la Los imohags, como se llaman ellos, o tuaregs.
como los llam a el mundo, constituyen hoy cuatro
cabeza un expedito y feroz medio de des­ grandes confederaciones de numerosas trib u s :
embrujar, como él decía, a su sobrino y grandes, se entiende, por la extensión que ocupan,
jefe: quien, adivinándole los pensamientos, pero de población sumamente escasa, pues que
lo interrumpió diciendo: las dos del norte, tuaregs-azdjary tuarcgs-hoggar,
limítrofes con Argelia, Tíinez y Trípoli, no cons­
— Acuérdate de esto, Cassim: si alguien tan, segfin Duveyrier, sino de 30.000 habitantes.
toca a un cabello de esa mujer conocerá a Las otras dos, al mediodía y cuyos territorios lle­
su costa lo que es la ira de Abd-el-Gahel... gan al Senegal, la Nigricia, el U ad ai y el 'Sudán,

Ha de ser mía, y como mía sagrada para


son las de los aonedlimideny las de los kelovis :
a occidente los primeros y a oriente los segundos.
todos. A estos filtimos pertenecen las tribus kelgeres o
li A M A Y O R C O N Q U I S T A 61
cuida el estúpido embrujado de que ha­ dené tuvierais preparados para ir a Uad-
blabas. Tini cuando yo disponga.
—No, yo no te he llamado estúpido; —Suko y Taghar. Desde anteayer duer­
yo no.... men y comen aquí, sin salir para nada.
—Basta: no puedo perder tiempo. Tú, —Y a ti, Tinkert, ¿qué te parecen esos
hebreo, ¿estará ahí Tinkert tu capataz? hombres?
—Sí; esta es la hora de... —¿A mí?—respondió el capataz, tan sor­
—Búscalo y tráelo. prendido como su amo de que aquel foras­
Mientras Moyfsk estuvo fuera intentó tero lo conociera por su nombre.
Ben Cassim hablar con Abd-el-Gahel, que —Sí, a ti: ¿tienes confianza en ellos?
haciendo ostentación de no cuidarse de él —Desde luego: son muy buenos mucha­
más que si fuera un perro, no se dignó chos.
contestar a sus preguntas ni despegar los —¿Buenos, comio para servir a Ben-Ziza?
labios hasta que, seguido del capataz, vol­ — ¡Ben-Ziza!... ¡Ah! Si son para Ben-
vió Moyfsk, a quien preguntó: Ziza puede haberlos todavía mejores—dijo
—'¿Cómo se llaman los camelleros que or- resueltamente el preguntado.
Ignorantes Moyfsk y Ben Cassim de
it¡sanes, de que hablamos en otro lugar de este quién podría ser aquel Ben-zaza cuyo nom­
libro.
Altos, fuertes, delgados, su tez perm itiría con­ bre producía tal efecto en el servidor del
fundir con europeos a los menos cruzados con primero, miraban con sorpresa al capataz
razas negras, a no ser por lo muy bronceado de
la tez a causa de la acción del sol africano, de vajes y más ladrones, cosa de que todos tienen
la cual no basta a preservarlos por completo el bastante, y en la cual les hacen especial compe­
velo. Su porte es altanero. Algunos tienen los ojos tencia los auedlimiden, cuyos salteadores, y lo
azules. son casi todos los de su casta, viajan semanas y
Son extraordinariam ente sobrios, teniendo por semanas en sus meharís para ir a robar ganado
virtud tal cualidad: tanto, que por no poseerla a tribus lejanísimas.
los Arabes son despreciativamente llamados glo- Las ofensas no son jamás olvidadas por estas
nes por los tuaregs. Dátiles, higos, granos, entre gentes, que de padres a hijos persiguen la ven­
ellos el cuscas, hasta yerbas, son su habitual ali­ ganza de ellas.
mento en pequeñas cantidades. La carne es poco Los frecuentes atentados contra viajeros eu­
usada por ellos. ropeos, entre los cuales alcanzó especial resonan­
Ya se ha dicho que estas gentes usan siempre cia el asesinato en masa de la expedición francesa
sobre la cara el velo o litzam. dirigida por Flatters, ha dado a esta raza fama
Se afeitan, como los árabes, la cabeza; pero de­ de codiciosa, perversa, artera y cruel. Desdeñan
jándose de la frente a la nuca una a modo de cres­ el trabajo, que consideran indigno, haciéndolo pe­
ta, donde sujetan la tela del litzam. sar sobre gentes tributarias, a quienes llaman
Sus armas, que nunca dejan, son : puñal, sujeto “ganado de carga”, siendo para ellos la guerra y
al antebrazo derecho por un brazalete de cuero; el saqueo la más honrosa de las ocupaciones. Ade­
lanza, javalina, maza y espada; y no hace mueno más tienen verdaderos esclavos negros.
que lian comenzado a servirse del fusil, al cual lla­ Aun cuando mahometanos, no practican, en ge­
man “arma de traidores”. neral, la poligamia. La mujer es muy considerada
En general, mas con excepciones, no usan ta ­ entre ellos e instruida a tal extremo que el nombre
tuajes ; pero sí se pintan cara, manos y brazos, que en los hijos perdura es el de la madre, lo cual,
liñéndose de azul, con polvos de indigo, los hom­ por oposición a nuestro aforismo castellano: “ En
bres, y de amarillo, con ocre, las mujeres. Castilla el caballo lleva la silla”, expresan ellos
Nadie se lava nunca, pues dicen que lavándose con la frase: “El vientre hace al hijo” : que es
adquiere la piel sensibilidad perjudicial que hace noble si la madre lo es, aunque el padre sea ple­
más duras las inclemencias del clima sahárico. Lle­ beyo, y esclavo si la madre es sierva, aunque el
van esto a tal extremo, que ni siquiera practican padre sea noble.
his abluciones rituales de su religión islámica, De aquí que en la vida ordinaria la mujer
reduciéndolas a un simulacro de ellas, hecho con sea'ig ual, cuando no superior, al hombre: dis­
arena. poniendo de sí misma al contraer matrimonio,
En general, son casi todos nómadas, determi­ manejando su fortuna personal después de casada,
nando los lugares de sus transitorias residencias, sin contribuir a las cargas del hogar, educando a
no la satisfacción de sus propias necesidades, sino los hijos y mandando en ellos. Frecuentemente es
las de sus camellos ; viviendo en eterna peregrina­ adm itida a los consejos de la tribu, y hasta ejer­
ción en busca de los míseros pastos, que en el de­ ce a veces autoridad política en ella. For último,
sierto cabe en general hallar para aquellos ani­ a despecho del Corán, han conseguido la abolición
males compañeros inseparables del tuareg y sin los de la poligamia, y aunque el divorcio está admi­
cuales no podría vivir éste en el Sahara. tido, la nueva esposa no puede entrar en el do­
Los astljar son los que más tendencia tienen a micilio conyugal en tanto no esté asegurada la
abandonar la vida nómada por la sedentaria. posición de la repudiada.
Los más civilizados entre los azdjar son los Y como dato Anal, las gentes no se escandali
■ifoghas, que fueron los primeros en trabar buenas zan de que las damas tuaregs tengan “servidores
relaciones con los franceses, distinguiéndose de las de am or”, en honor de los cuales componen ver­
demás tribus de su raza, por ser los mejores cria­ sos, que recitan en sus fiestas. (“Nouvelle Geo-
dores de camellos. Los hoggar son mucho más sal- graphie Universelle”, de Reclus.)
62 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
y a Abd-el-Gahel por no explicarse cómo, Era tan terrible la mirada de Abd-el-
sin haberse hecho ninguna seña masónica, Gahel y había en ella tal autoridad, que,
se entendían al verse, poi xa primera vez, unido esto a la indirecta prueba de consi­
dos hombres que no se conocían. deración por Cassim advertida, dada a éste,
—¿Quiénes son esos mejores *—preguntó a despecho del enojo dei jere, cambiando
Gahel. de idioma para que el capataz no se ente­
—Por lo pronto yo, y además Hixem. rara de la reprensión, bajó los ojos el in­
—Pues desde este momento habéis de te­ dómito moro, sin acertar sino a decir:
ner preparados en el establo los cuatro —¡Gahel!...
mejores meharís de tu amo: dos para el —Ahora no soy Gahel, nu soy tu sobrino,
señor y para mí y los otros para ti y tu sino Abd-el-Gahel, el esperado del Islam,
compañero. Eso, si son de primera, que si el Vengador, a quien juraste obediencia
no será preciso comprar hoy mismo los ciega ante tu padre; el Gran Caíd, que
mejores que se encuentren. sabe y puede más q$e tú... ¿Es que te pesa
—No hay necesidad, gran señor; mi amo ya tu juramento y el respeto a quien es
tiene muy buenos meharís. ¿Cuándo hemos cabeza de tu estirpe ¿Es que ya no te acuer­
de salir? das de que aquel héroe cuya sangre tienesi...
—Dentro de ocho días o dentro de dos —No, no.
horas; pero sea cuando quiera, a los cinco —Pues lo parece; pues criticas y gruñes
minutos de decirlo yo. Ya sabes que por lo cuando sólo te cumple cañar y obedecer;
pronto iremos a Uad-Tini, y... ¡Ah! Moyfsk, y porque teniéndolo yo todo previsto, se­
Pozo, idos: necesito hablar a solas con este gún acabas de ver, antes de soñar tú en la
hombre. necesidad de que nos previniéramos, te has
El judío salió inmediatamente, preocu­
pado de que en su casa y en sus servidores permitido creerme descuidado, olvidadizo
mandara el huésped más que el amo; pues de la gran empresa que soure mi llevo.
—Perdón, perdón.
lo ocurrido era alarmante indicio de que el
tal huésped no se fiaba de él y porque al —Yo, que no perdono nunca, te perdono
ver cual se entendían Abd-el-Gahel y Tin- hoy porque eres hijo de aquel cuyo inmor­
ker pensaba que éste debía de ser un espía tal espíritu vive en mí.
puesto en su misma casa a su servicio por la —Sí, sí, dispénsame: yo te diré, te ex­
terrible sociedad, que le iba ya quitando el plicaré porque. .
sueño. —No expliques nada. Esta es la primera
Al oír Ben-Cassim que su sobrino lo des­ vez que Abd-el-Gahel perdona, y será la
pedía a la par y en los mismos términos última; pero ahora te ha perdonado tan de
que al vil judío, sintió encendérsele la cara corazón que no sólo perdona, sino olvida.
como si en ella hubiese recibido una bofe­ —Gracias, Gahel—contesto ya domada la
tada; y brillantes los ojos preguntó con fiera, a quien su fanatismo y su respeto
voz destemplada por la indignación: casi supersticioso al providencial continua­
—¿Es a mí a quien dices que se vaya? dor de las hazañas de su padre le impedían
—A ti: ya has visto que para hacer cuan­ revolverse contra la autoridad, sagrada pa­
to hace falta de nadie necesito—replicó ra él, que se le imponía. Pero todo el co­
Abd-el-Gahel, mirándolo con dura altanería. raje de aquella humillación, que no podía
—¿Te has olvidado de quién soy, al pun­ vengar en Abd-el-Gahel, convertíasele en
to de guardarte de mí para hablar con ese aborrecimiento a la mujer que era la cau­
hombre?... sa de ella.
—Más bajo, Ben-Cassim—dijo Gahel en —Para probarte que dei tono he olvida­
español para no ser entendido por Tinkert, do—agregó el otro—, quédate y escucha lo
y en voz bastante queda, mas con acento du­ que voy a ordenar a este hombre... Pero
rísimo y vibrante—. Tú eres el que ha olvi­ acuérdate de que jamás volveré a perdonar
dado que los hombres no pelean a gritos a ti ni a nadie. El perdón es cosa de mu­
como mujeres, el que no se acuerda de jeres, debilidad de almas eooardes.
quién es, de quién soy, y de que cuando La conferencia con el capataz debió ser
manda el Gran Caíd lo mismo le obedecen sumamente interesante, pero fué manteni­
el más ruin de los hermanos que los con­ da en voz tan baja que no habiendo podido
sejeros del Diván. oírla Ignotus le es imposible transcribirla.
LA MAYOR CONQUISTA

XV
LAS DOS BARAJAS DE MOYFSK

Morand, el radiotelegralista mestizo de ras de servicio, y de lo que oitateara fuera


quien Bertier no se fiaba,, no nabía sido de ellas. Recientemente habíale sido reite­
calumnado por éste al llamarle borrachín, rado con muy grande interés que a tales
jugador y tramposo; pues sobre merecer noticias agregara cuantas pudieran referir­
muy a conciencia aquel ramillete de epíte­ se a los señores Núñez y Pozo.
tos, cuadrábale el de desleal. He aquí porqué al mismo tiempo que un
Nacido de un ex presidario francés, que ordenanza del telégrafo entregaba en el
en el Desierto llegó a hacer unos cuartejos, cuartelillo de la gendarmería un sobre con
a poco de su muerte perdidos por su hijo un telegrama para el capitán Bertier, una
al juego, y de una negra berberisca, en él negra, querida de Morand, leía a Moyfsk,
se habían juntado la sangre africana de la pero sin entregárselo, un papel concebido
madre con la moralidad por el padre apren­ en estos términos:
dida en el presidio de Tolón, resultando “Acaba de llegar el siguiente telegrama:
del cruce un ejemplar digno de ser prohi­ Cóns'ul Francia Villa Cisneros a Capitán
jado por el diablo. Gendarmería Bertier. — Banquero Núñez:
Aun estando inscrito en el registro de la sesenta y cinco años, alto, barba y pelo
población como francés, su diferencia de blancos, ojos azules.—Secretario Pozo: ru­
color con los nacidos en Francia era para bio, pequeño, grueso, bizco.—Salieron tren
el mulato causa sobrada de envidioso abo­ hace tres días negocio urgente Mogador
rrecimiento a sus blancos compatriotas, para volver cuatro después. Cónsul España
que bien sabía no lo mirarían nunca como allí dice salieron dos después regresar aquí.
uno de ellos, siendo tal odio el que de hoz No han llegado aún. Familia alarmadlsima.
y de coz lo había metido en la secreta so­ Autoridades temen crimen.—Su telegrama
ciedad. llegó tres días retraso. Para evitarlo en éste
No sólo por el hecho de pertenecer a ella, lo envío radiotelegrafía.— Jourdan.”
sino por tenerlo Moyfsk medio estrangula­ —A ver, a ver; trae ese papel: es muy
do con los dogales de diversos préstamos importante.
hechos para salvarlo de gatadas que podían — Ca, no señor— dijo la emisaria echán­
llevarlo donde pasó su padre varios años, dose atrás— . Esto no sale de mis manos.
y de las cuales conservaba el judío en su Si quiere usted lo volveré a leer.
poder las pruebas, obedecía ciegamente — Sí, sí: necesito fijarme bien en todo.
cuanto éste le ordenaba, valiéndose de él Leyó la negra nuevamente, y en seguida
por lo común para combinar con ventaja rompió el papel en menudos pedazos, lle­
operaciones comerciales aprovechándose de vando su precaución hasta quedarse con
infidelidades por Morand cometidas en el
ellos en el puño cerrado sin tirarlos al sue­
secreto de las transmisiones. Así, el des­
lo; y dando media vuelta se disponía a
pierto mercader sacaba a los citados prés­
marcharse, cuando la detuvo Moyfsk, di­
tamos interés incomparablemente mayor que
le habrían producido a tipos usurarios; y ciendo:
— Aguarda, aguarda. ¿Tú hombre ha en­
además seguían las deudas no solamente en
pie, sino creciendo con la acumulación de viado ya al capitán ese despacho?
réditos, no pagados a su debido plazo, gra­ — Claro: ¿qué había de nacer? No iba a
cias a tolerancias de Moyfsk, las cuales te­ comprometerse deteniéndolo.
nía todavía que agradecerle el telegrafista, .—Es decir, que dentro de cinco minutos
quien, además de las noticias comerciales estarán aquí los gendarmes, cogerán a esos
antes mencionadas, tenía a su acreedor al hombres en mi casa; tal vez la registren
corriente de todo suceso ae importancia, o antes de darme tiempo de... ¡Estoy perdi­
que personalmente pudiera interesarle, de do! ¡Estoy perdido!
los transmitidos por la estación radiotele- — Si lo que le asusta a usted es que ven­
gráfica o recibidos en ella durante sus ho­ gan en seguida los gendauues, no se apure,
64 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
porque el capitán no leerá en Pastantes ho­ el engañar a sus perseguidores sobre el tra­
ras el telegrama. je de los fugitivos, saldrían éstos de Aga-
—¿Porqué? ¿Qué sabes tú? dés con las personalidades y los trajes Se
—Lo que todo el pueblo: que la noche Núñez y de Pozo, mudándose más tarde en
pasada han hecho un gran robo en la fá­ cualquiera de las casas de hermanos que
brica de curtidos de Monseñor Dureau y encontrarían en el camino de Uad-Tini, por
que hace tres horas salió para allá el señor donde iban a escapar
Bertier en persona con un cabo y tres pa— Resuelto lo anterior, no emplearon los
rejas. árabes más de cinco minutos en recoger de
—¿Estás segura? sus baúles unos cuantos papeles interesan­
—Y tanto. tes y en ceñirse cinturones con pistolas de
—¿Y es en la tenería Dureau?... Enton­ repetición; mientras por encargo de Abd-
ces por prisa c ue se dé Bertier no pueae el-Gahel liaba Moyfsk en sendos paquetes
estar de vuelta hasta la madrugada... ¡Me los dos trajes de ifoghas para amarrarlos
he salvado!... Pero, ¿y los otros?... ¿Qué a las monturas.
hago?, ¡Jehová!, ¿qué hago? Cuando iba a atar el primero se le ocu­
—¿Quiere usted algo más? rrió, y dijo a sus huéspedes, que para via­
—No: puedes irte. jar toda una noche le parecían demasiado
Mientras, por la calle, iba la negra echan­ ligeros aquellos trajes, agregando que él te­
do los pedacitos de papel al viento, uno acá nía para enviar a Europa dos hermosas
y otro allá, para que nunca volvieran a capas de piel de tigre de Abisinia, y mucho
juntarse, quedaba Moyfsk en un mar de gusto en ofrecérselas, en recuerdo del ho­
confusiones. Fué su primera idea ocultar nor que al aceptar su hospitalidad le ha­
la noticia a sus huéspedes y enviar una de­ bían dispensado.
nuncia de ellos a Bertier, para que encon­ —A nosotros nos da lo mismo el frío que
trándola a su regreso no creyera que esta­ el calor: guárdate tus pieles—contestó ru­
ban en complicidad con él; pero pensó in­ damente Cassim.
mediatamente que Morand y la negra po­ —No, hombre, no: tiene razón el buen
drían dar el soplo a los hermanos venga­ Moyfsk. ¿A qué pasar más frío del nece­
dores de que habiéndole avisado del peli­ sario? Las noches están, efectivamente,
gro lo había callado a los amenazados por muy frías. Te lo agradezco mucho, hombre.
él; y asustándole los terribles hermanos Ve por las pieles y bájalas al establo con
mucho más que los gendarmes, juzgó lo los paquetes. Nosotros vamos allá a revisar
más urgente ponerse a bien con los prime­ los aparejos de los meharis.
ros: a reser-va de buscar luego modo, ya A las nueve y media de la noche, cuando
semivislumbrado, de congraciarse con los aun no habían pásado veinte minutos des­
otros. de que por la negra tuvo Moyfsk la prime­
En consecuencia, corrió en busca de Abd- ra noticia de haberse descubierto la falsa
el-Gahel y Ben-Cassim, enviando a la par personalidad de quienes todavía ignoraba
un criado al establo con orden a Tinker cómo se llamaban ni de dónde venían, ni
de enjaezar los camellos de los señores es­ adónde iban, salieron éstos de Agadés a un
pañoles, que querían salir inmediatamente. desenfrenado escape: con gran estrépito,
Con la rapidez pedida por lo inminente con la mayor ostentación posible y el deli­
del riesgo enteró el ruso a sus huéspedes berado intento de hacer pensar a todo el
del contenido del telegrama y ae la casua­ mundo en una precipitada huida: no a uña
lidad que les daba unas ñoras de respiro de caballo, mas sí a pezuña de camello.
hasta el regreso de Bertier: suficientes, con Seguíanlos, no dos, sino tres camelleros,
los meharis escogidos que iban a llevar, jinetes en otros tantos meharis; pues a úl­
para distanciarse de quienes en su perse­ tima hora dijo el capataz, con quien tan
cución salieran, en términos que les daban bien se entendía el Gran Caíd, que por si
certeza de no ser alcanzados; y acabó di­ alguno de los animales se inutilizaba, o por
ciendo que para ganar tiempo había envia­ su menor ligereza retrasara la marcha en
do orden a Tinkert de aparejar a toda prisa la furiosa carrera que iban a emprender,
los camellos mientras ellos se ponían los convenía llevar otro de respuesto.
disfraces de ifoghas. Al verlos desaparecer respiró Moyfsk,
Con gran sorpresa de Moyfsk y de Cas- muy satisfecho de verse libre del miedo
sim dijo Abd-el-Gahel que, siendo aun más que su estancia le había ocasionado en los
importante que la ventaja en la distancia pasados días, y por lisonjearse de haber
L .. A.
LA MAYOR CONQUISTA
65
hallado medio de engañar a Bertier; mas —¿Quién llama?
cavilando todavía para dar con modo de
Soy el capitán Bertier, estoy en la te­
ocultar a los secretos amigos de los fugados
nería Dureau— contestó Moyfsk, engrosan­
por el camino de Uad-Tini la traición que
do y enronqueciendo la voz— . Que se pon­
iba a jugarles, por no ver otro él para li­
ga el sargento Friand al aparato.
brarse de una vez de riesgos y zozobras,
escapando a su tierra. — Soy yo mismo: a sus órdenes, mi ca­
pitán.
De momento le preocupaba predominan­
temente el problema de como se arreglaría — Bien. Sin perder minuto vaya con una
para que al regresar el oficial de su expe- pareja a prender a Moyfsk: llévelo al cuar­
dición hallara una fehaciente prueba de su tel y enciérrelo incomunicado hasta mi
lealtad, que no pareciera dictada por el vuelta: recoja en su casa y lleve asimismo
miedo. al cuartel cuanto equipaje hayan dejado allí
¿Lo llamaría él a su casa antes de que los forasteros fugados por el camino de
Bertier fuera por propia iniciativa a bus­ Uad-Tini: que salgan en seguida dos pare­
carlo como sospechoso?... Temiendo estar jas en persecución de los fugitivos. Son
espiado en su propio domicilio no se atre­ cinco, pero a quienes interesa coger es a
vía a escribirle, ni a enviarle recado, pue3 Núñez y Pozo, que irán vestíaos a la euro­
de nadie se fiaba para llevarlo... ¿Lo avi­ pea o de ifoghas, y llevaran puestas o én
saría por teléfono al cuartelillo? Tampoco; los atacapas de las monturas dos pieles de
porque, ¿quién le aseguraba que en la cen­ tigre; los otros son camelleros dagatums,
tral de teléfonos no hubiera algún herma­ y todos van en meharis de primera. Como
no, como Morand, que se enterara de su los españoles son muy peligrosos, que va­
denuncia? yan los gendarmes prevenidos, pues es pro­
Mas cuando estaba en estas dudas cayó bable les hagan resistencia; y si la hacen,
en la cuenta de que antes de todo esto ha­ matarlos.
bía algo más urgente que hacer, e inme­ — Mi capitán, si esos son los que, según
diatamente ejecutó, abrienao una caja de me han dicho, salieron [Link] hora y media,
seguridad, sacando de ella un fajo de pa­ será difícil alcanzarlos con nuestros came­
peles, apartando de entre éstos los relacio­ llos, cansados del servicio de todo el día
nados con su encubierto auxilio personal a de hoy. ¿Envío las parejas en motocicletas?
la conjuración, y poniendo aparte listas y — Desde luego, desde luego. Pero todo sin
notas comprometedoras para otros: instruc­ perder minuto.
ciones generales para reparto de armas, se­ — Descuide, mi capitán.
ñas para reconocerse entre sí los conjura­ Colgó Moyfsk el teléfono, sonriendo muy
dos. facsímiles de sellos, etc., etc. contento, y se fué a la cama para que en
El primer montón lo quemó en una jo­ ella lo cogieran los gendarmes cuando lle­
faina, arrojando por la ventana al viento garan a prenderlo.
las pavesas, y después de lavar cuidadosa­
mente aquélla, se fué con los otros papeles * * *
a la habitación hasta entonces ocupada por
Abd-el-Gahel, escondiéndolos cuidadosamen­
te debajo de la ropa contenida en el baúl Pensando el sargento que los fugados co­
de éste. rrían y el judío se estaría quieto en casa,
Hecho esto tornó a pensar en lo otro, atendió primero a la persecución de aquéllos,
dándose a poco una palmada en la cabeza que, aun organizada sin perder momento,
como quien ya ha encontrado lo que bus­ no pudo comenzar sino a las dos horas de
ca; y bajando al escritorio, a dicha hora haber salido del pueblo Abd-el-Gahel y Ben-
desierto, cogió el teléfono, cuya central Cassim: con lo cual mediaba ya la noche
era de sistema automático, poniéndose por cuando el sargento, acompañado de dos gen­
sí mismo, y sin ayuda de telefonista, en darmes, aporreaba la puerta de casa de
comunicación con el cuartelillo de la gen­ Moyfsk, que tardó en serle franqueada;
darmería, de donde en seguida pregunta­ pues todos menos uno dormían allí y el
ron (1 ): único despierto se hacía bien el dormido.

(l) En los sistemas automáticos de comunica­ ellas molestado para hablar con otro cualquiera
ción telefonica, el abonado a una red no necesita abonado, pues desde su casa puede por sf mismo
molestar a las señoritas de la central, ni ser por ponerse al habla con otro cualquier abonado. Es-

LOS VEXOADORES 5
66
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

XVI
EN DONDE BERTIER CREE ESTAR SONAMBULO
Fingiendo grandísimo espanto, tan em­
res de Moyfsk, perfectamente al tanto de
bustero como el sueño simulado cuando lo
haber sido este último el camino tomado
fueron a sacar de la cama, protestó a gri­
por los fugitivos, pensaron que su amo en­
tos Moyfsk de la prisión, armando el gran
gañaba a los gendarmes para lanzarlos so­
escándalo: sobre todo cuando, al ruido, acu­
bre una pista falsa: tanto, que uno mur­
dieron criados y mozos de cuadras y alma­
muró al oído del compañero que tenía al
cenes; pues aquella era la ocasión de ente­ lado:
rarlos bien de que él era la primera vícti­
— ¡Qué ladino y qué tuno es el hebreo!
ma de las autoridades, y de hacerles oír
Sí dijo el otro— . Que los busquen, que
los juramentos por todos los profetas y re­ los busquen por ahí.
yes de Israel con que aseguraba a los gen­
Un cuarto de hora después, al ser ence­
darmes que los señores Núñez y Pozo se
rrado el espontáneo detenido en un cala­
habían ido por tenerlo hacía días prepara­
bozo del cuartel, encargó al sargento dijera
do; pero que ni su marcha era una fuga,
al oficial, tan pronto regresara, que era inte­
ni acaudalados y respetables comerciantes
resantísimo fuera inmediatamente a ha­
como ellos tenían porqué fugarse.
blarle; pues podía hacerle revelaciones de
Sin hacer caso de protestas ni profetas
gran importancia y explicarle muchas co­
le ordenó el sargento lo llevara a las habita­
sas que él no comprendería.
ciones de los españoles; y todavía ante los
— ¿E l qué va a comprender?
equipajes y los criados que aquél hizo su­
— Nada: cuando le diga usted eso ya en­
bir para que los transportaran al cuartel, tenderá.
perjuraba el judío, que el habese dejado los
Una vez encarcelado, se sentó en el ca­
baúles no significaba abandono de ellos por
mastro de su cuchitril, contentísimo de ha­
sus propietarios ni huida de éstos, que pen­
ber hecho creer a los conspiradores que
saban volver a los dos días de un breve
por fidelidad a ellos padecía la prisión; y
viaje de ida y vuelta a Tourayet: aldea si­
ya tranquilo en esto, comenzó a discurrir
tuada en dirección diametralmente opuesta
cómo se las bandearía para lograr que Ber-
a la de Uad-Tini; por lo cual los servido­
tier acabara de sacarlo del atasco.

tos sistemas no son ya hoy novedad en las po­


blaciones donde están establecidos, ni fuera de de clavijas, se ponen en comunicación directa las
ellas, para quien sepa telefonía; pues sin ne­ líneas de los teléfonos de ambos.
cesidad de señoritas que no hay en sus centrales, Pues bien; en el sistema de que hablamos,
funcionan con excelentes resultados en no pocas chapa o bombilla están reemplazadas para cada
ciudades de Europa y América, y cuando más ex­ abonado por un selector propio, constituido por
tensa la red y mayor el número de abonados me­ un pequeño eje metálico y vertical que, resba­
jor es su resultado. lando a lo largo de su montura, puede elevarse so­
El enterado de estas cosas, salte esta nota. El bre la posición normal de reposo al ser atraído
que las ignore podrá enterarse en ella de que por un electroimán que entra en actividad cuan­
aquel resultado, al parecer maravilloso, se consi­ do al usar su aparato lanza el abonado a él la
gue por diversos procedimientos, siendo uno de corriente de la pila. Dicho electroimán, situado
ellos el de los selectores ideados por Strowger, en lo alto del aparatito, hace dar un brinco pe­
aplicados con muy buenos resultados prácticos. queño hacia arriba al eje citado cada vez que
Consideremos, por lo pronto, pues por poco se por aquél pasa la corrente: brincos que pueden
empiezan las más complicadas empresas, una red ser en número de diez. A cada uno de ellos sube
con cien abonados nada más. con el eje un brazo articulado a él que en su
El alambre de la línea de cada uno va en todas extremo lleva un contacto eléctrico, quedando,
las instalaciones telefónicas desde la casa de él según baya sido el número <se salios dados, a la
a la central, en la que cuando dichas instalacio­ altura de una u otra de diez series sucesivas
nes son del sistema ordinario, el o la telefonis­ da contactos, eléctricos también, qu? formando
ta es prevenido de que un abonado llama al ver diez circunferencias rodean el citado eje, situa­
caer una chapita que descubre el número de orden das a diferentes alturas.
de él, o encenderse una bombilla en el lugar co­ Viene a ser, pues, el citado contacto eléctrico,
rrespondiente en el cuadro a dicho número. En­ arrastrado por el eje, como el camarotillo de un
tonces se pregunta al que ñama con quién desea ascensor que a brincos sube de uno a otro de
ser puesto en comunicación, y previa llamada a los diez pisos del selector. Pero el tal brazo no
éste del empleado de la central y un manipuleo se limita a llegar al piso, como el ascensor, sino
LA MAYOR CONQUISTA 67
El desatasco le costaría el valor de los mente ignorada del asombrado oficial— se
pocos' géneros pendientes de venta al empren. había adelantado a sus compañeros, ya de
der su proyectado regreso a Rusia y los doce c regreso hacia Agadés, para avisar que ha­
trece millares de pesetas que, en metálico bía cogido a los otros”, unos otros tan des­
y billetes pequeños, tenía en caja; pues los conocidos como el ese del calabozo; “pero
grandes y los libros de cheques de los ban­ que todavía tardaría en llegar, porque con
cos, ya antes de acostarse, en espera de el tute dado a los camellos por los fugitivos—
los gendarmes, había tenido buen cuidado ¿Qué fugitivos? ¡Dios m ío!, se decía el
de guardarlos en el balandrán que había de capitán— en el primer arranque de la es­
ponerse cuando llegaran a prenderlo. Y como capada, los pobres animales no podían con
la casa podía venderla desde Rusia, toda las jibas, o las jibas no podían con ellos” .
la pérdida se reducía a treinta y tantas mil Por brevedad se omiten exclamaciones,
pesetas; que aun arrancándole dolorosos preguntas y perplejidades del oficial, a obs­
suspiros, eran para él una bicoca. Y más va­ curas de cuanto se le daba por sabido,
lían la vida y el sosiego. contestadas con respuestas para él incon­
Como no pegó los ojos hasta que, a las nue­ gruentes y descabelladas y hablándole de
ve de la mañana, regresó Bertier a Agadés, unas órdenes que, no habiéndolas dado, le
le sobró tiempo para planear la importante confundían más cada vez. Pero estando en
entrevista. esto, vió en la mano del sargento un sobre,
Volvió aquél, acompañado solamente de que conoció ser de un telegrama, y se lo
su ordenanza, pues las parejas las dejó so­ cogió, acallándose así, mientras leía el des­
bre la pista de los desvalijadores de la tene­ pacho, la curiosidad de averiguar quiénes
ría, y tan pronto llegó le dió parte el sargen­ eran ése y los otros, y cuáles las incompren­
to “ de haber ejecutado, ce por be, sus órde­ sibles órdenes que constituían para él un
nes”, que Bertier no había dado; de que ése logogrifo.
estaba en el calabozo”, y Bertier no sabía El telegrama era el de Río de Oro, cuya co­
quién era ése; “de que uno de los gendar­ pia había llevado la negra a M oyfsk; y al
mes salidos la noche anterior— salida lgual- leer Bertier en él las señas de los auténti-

haciéndola pasar sucesivamente por el 1, 2... 5, 6,


que al efectuarse el contacto eléctrico, gira hasta deteniéndola en el 7 : con lo cual la corriente de
ponerse frente a cada una de las diez puertas que casa de Moyfsk llegó siete veces al electroimán
hay en cada piso y llamar a ella. Véase cóm o: de lo alto de su personal selector en la central,
A los contactos de la prlmeta serie, la más que, atrayendo otras tantas veces a su eje, le
baja adonde llega el vástalo al primer brinco, hizo dar igual número de brincos hacia arriba:
van los alambres de linea de los abonados nú­ con lo cual el brazo giratorio del contacto móvil
meros 1, 2, 3..., 10; a la segunda, correspon­ se situó a la altura de la séptima serie circular
diente al segundo brinco, los de los 11, 12, 13..., de contacto correspondiente a las líneas particu­
2 0 ; a la sexta, los de los que tienen números 51, lares de los abonados 71, 72, 75, 78, 79, 80.
52..., 60, y a la décima, los de los 91, 92..., 100 ; Hecho esto, movió la manivela de la esfera
mas sin que todavía el contacto móvil del eje de pequeña, que enviaba la corriente al otro elec­
este selector propio del abonado que quiere lla­ troimán encargado de los movimientos rotatorios
mar a otro llegue a tocar a ninguno de los con­ del eje del selector M oyfsk; y ál pasar por los
tactos de la serie frente a la cual haya quedado números j, 2..., fué dando vuelta el contacto de
según el número de saltos dados. su línea hasta que al dejar la manivela sobre
Pero además del electroimán ya considerado el 8 (unidad del número 78) adonde iba a parar
hay otro que cuando funciona atrae sucesiva­ la línea del cuartel, apoyó sobre dicho contacto
mente diez aletas laterales «ei eje móvil que lo fijo el contacto móvil del selector del judío. Y
mismo que subir y bajar, según se ha visto, en la corriente de su línea llegó al teléfono del
su montura, puede dar vueltas en sentido hori­ cuartel, quedando establecida la comunicación.
zontal, haciendo girar con él al brazo del con­ Ya se ve que, después de haber dado en ella
tacto eléctrico para apoyarse en uno u otro de el Señor Strowger, la cosa es bastante sencilla.
los diez contactos correspondientes a la serie a Se comprende que cuando el número de abona­
cuya altura haya llegado antes. dos pasa de cien, qué es el caso corriente, ha de
Sabido esto, veamos cómo funcionan los selec­ complicarse el sistema, habiendo de acudirse a
tores de la red telefónica de Agadés. En el te­ otros selectores auxiliares, llamados selectores
léfono de casa de Moyfisk hay dos cuadrantes previos y selectores de grupo, que, claro es, no
con aspecto de esferas de reloj, teniendo en vez vamos a describir; pues esto no es un curso de
de agujas unas manivelas giratorias que pueden telefonía automática, sino meramente una idea
encastrarse en agujeroh o llevarse al contacto con del principio y procedimientos generales que la
topes señalados en la esfera exterior, 1, 2, 3... 10, hacen posible; pues nichos selectores complemen­
y en la inferior, t, 2, 3... 10. Llegado frente a tarios tienen esencialmente el mismo fundamento
su aparato y viendó en el indicador que el nú­ que el recién esbozado, siendo arfáloga su manera
mero del cuartel de gendarmería era 78, movió de actuar a ia del selector de Uneos que acaba
la manivela de la esfera de los números grandes de explicarse.
68 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
eos Núñez y Pozo, probantes cuando menos iba a haber dado órdenes sobre hechos de
de suplantación de personalidad cometida los que no tenía la menor noticia? Y de
por los supuestos españoles, olvidó" todo lo nuevo tornó a agobiar a F riand con pregun­
demás, para no acordarse sino de lo más tas y cargos que el homüre no podía con­
urgente, y por ello dijo con vehemencia: testar, pero que le recordaron el encargo
—A hora mismo, ahora mismo: usted con que para su jefe le había dado Moyfsk la
dor parejas a casa de Moyfsk a traerm e noche an terio r: con lo cual se evitó que el
atados codo con codo a Núñez y a Pozo... y sargento y el capitán se volvieran locos del
tam bién al judío. Deje allá una pareja para todo; pues al oír el últim o que el judío había
que nadie salga, entre ni toque a nada, mien­ hablado de explicaciones se m etió inmediata^
tra s yo tomo una taza de café y voy allá; m ente en el cuartucho donde Moyfsk lo
pues a estas horas no me he desayunado. aguardaba con grandísim a impaciencia.
Sólo porque el asombro del sargento al oír —¿Qué me quiere usted? ¿Qué explica­
tales órdenes, lo tenía enmudecido, pudo ciones son las que F rian d dice tiene usted
B ertier acabar de dictarlas sin ser por él que darm e?
atajado, y aun de agregar: —Las de las órdenes telefónicas de ano­
—Pero, Friand, ¿qué hace usted ahí con che.
esos ojos espantados y hecho un pasm aro­ —¿Cómo sabe usted?
te?... ¿No me ha oído? Vivo, vivo. —Porque fui yo quien se las dió a él.
—Pero mi capitán, si acabo de decir a — ¡Qué disparate!
usted que todo eso se hizo anoche, en cuan­ —Fingí que era usted quien le hablaba
to recibí la orden. desde la tenería.
— ¡La orden! ¿De quién? — ¡Qu.e tomó usted mi nombre! ¡B ah!...
—De usted. Es increíble que usted mismo...
— ¡¡Mía!! —Me hiciera prender... Ya lo com prenderá
—... Que Moyfsk está en el calabozo des­ luego. Por lo pronto usted sabe que no dió
de las doce; que los otros vienen presos y las órdenes, y como el sargento no ha de ha­
llegarán dentro de dos horas; que sus baú­ bérmelas contado, cuándo usted me oiga
les los tiene usted allí dentro; que todo... repetirlas puntualm ente ya no dudará.
—Pero entendám onos; porque usted, o yo, —Lo que dudo es que usted las sepa, y
o los dos, estamos locos... ¿Son los huéspe­ lo que no dudo, desde hace mucho tiempo,
des de Moyfsk los que vienen presos? es que es usted un farsante, y algo peor.
—Sí, señor; los que se escaparon anoche. —Pues oiga usted.
Desde hacía rato creía B ertier tener en Repetida per Moyfsk punto por punto la
la cabeza una grillera, y aun cuando las úl­ conversación telefónica de la víspera, hubo
tim as palabras del sargento no aclaraban to­ B ertier de rendirse a la evidencia y a la
davía el embolismo en que estaba perdido, lo irrebatible lógica del siguiente argum ento:
tranquilizaron al enterarle de que lo esen­ —He cometido una falta, tom ando su
cial estaba hecho, pues los dos bribones, de nombre para disponer de la fuerza pública;
cuya fuga tenía entonces la prim era noti­ pero reconocerá usted que a no ser por mi
cia, y el granuja que debía de habérsela extralim itación se escapaban de seguro esos
preparado habían sido ya prtsos. hombres, m ientras que ahora, si se escapan,
Entonces lo m aravilló la sorprendente no será culpa mía.
coincidencia entre aquellas misteriosas ór­ Tenía en B ertier tal fuerza su añeja des­
denes, que él no había dado, así lo ju raran confianza del israelita, que aun haciéndole
todos los sargentos de la gendarm ería entera, impresión sus palabras, se m antuvo en
y las que, a estar en Agadés, habría él dado: guardia por si en el fondo de todo aquello
con identidad tan evidente, que hizo vacilar hubiera alguna oculta y torcida finalidad,
su convicción, llegando a preguntarse si ten­ perseguida con una de las trap acerías en
d ría razón F riand, y si él habría mandado que era Moyfsk m aestro. Por eso, mezclan­
todo aquello en estado de sonambulismo... do verdades con m entiras, p ara sacarle de
Sí, buen sonambulismo, cuando no se había m entira verdad, preguntó haciéndose el ino­
acostado en toda la noche con el crimen de cente:
la tenería, que, por más señas, no tenía telé­ —¿Y a mí qué me im porta que se vayan
fono con Agadés. Además, si él ignoraba la o se queden esos dos españoles? ¿Ni cómo
llegada del telegram a, la fuga, todo, todo pu^de justificarse esa a rb itra ria orden de
cuanto ahora se encontraba resuelto tan a su arrestarlos sin delito?
satisfacción, cual si fuera obra suya, ¿cómo —Le im portará, y todo quedará justifica-
LA MAYOR CONQUISTA 69
do en cuanto lea usted los papeles que yo obscuridades en las cuales veía B ertier to­
he encontrado en los equipajes—repuso davía envuelta la conducta de aquel hom­
Moyfsk, comprendiendo que la indiferencia bre, hubo de ag uardar a que se serenara.
del oficial era fingida; pues a causa de los fo­ —Pero si usted sabía que sus nuéspedes
rasteros le había tenido a él vigilada la casa, eran gente sospechosa, y no ignoraba que
y porque el telegram a de Río de uro uemoa- son conspiradores, ¿porqué los adm itió en
trab a que B ertier seguía la pista hacía ya su casa; porqué no los ha denunciado has­
tiempo a los fugados. Viendo, por tanto, cla­ ta el momento de fugarse, cuando más difí­
ro en dicho fingimiento que el capitán se­ cil era el prenderlos?
guía desconfiando, agregó: A esta pregunta contestó el artero mosco­
—¿Y qué más prueba de mi adhesión a vita con la siguiente em bustera explicación
las autoridades y mi deseo de servirlas que urdida durante la noche para justificarse:
haberm e comprometido al darles señas, in­ Al recibir a Núñez, conocidísimo banque­
dicarles camino y hacerles g anar tiempo ro español, que le había sido recomendado
para apresar a esos hombres. por su respetable corresponsal de D akar, no
—¿Y quién me dice a mí que eso no ha podía sospechar nada malo de aquél, pues
sido sino ayuda a ellos, echando a m is gen­ venía solam ente de paso para N igricia, don­
darm es por una pista falsa? de iba a un g ran negocio claram ente decla­
Como a Moyfsk le rem ordía la conciencia rado. Solamente la m añana an terio r (ade­
de traición a sus huéspedes, que acaso no lantaba la hora para que B ertier no sospe­
se dejaran engañar como las gentes de su chara que él conocía el telegram a del cónsul)
casa, con la farsa representada cuando fué le habia sorprendido que sin contar con él
arrestado, deseaba con vehemencia que fue­ diera órdenes, en su casa, de preparar ca­
ran aprehendidos; y como, dada la hora de mellos para la noche, disponiendo como de
salida de los gendarm es montados en moto­ cosa propia de los que había en el establo,
cicletas, deberían haberles alcanzado lo y todavía más verlas obedecidas por sus cria­
más tarde, a la una o las dos1, al oír hablar dos, alarm ándole que éstos y los españoles
de falsa pista temió que los fugitivos lo hu­ cam biaran m isteriosas señas.
bieran engañado a él al decirle el camino A mediodía, cuando al in te n ta r sa lir de
por donde iban: siendo tal desconfianza equi­ casa se lo im pidieron con amenazas, com­
valente, en tales hombres, a trem enda ame­ prendiendo que salía a denunciarlos, crecie­
naza que sobre sí veía suspendida, a la par ron sus recelos de que en aquello debía an­
que se consideraba tam bién perdido con dar mezclada una sociedad secreta de que
B ertier por haber dado a F rian d inform es hacía tiempo había oído hablar vagamen­
falsos. te, afirmándole en sus sospechas las g ran ­
—¿Y engañándolo a usted me iba a hacer dísim as m uestras de respeto y de obediencia
poner preso?... ¡Ni que estuviera loco!... Pero ciega de sus criados a los forasteros, de las
si cree usted que lo engaño, eso quiere de­ cuales dedujo que éstos debían ser jefes im ­
c ir que no los han alcanzado, y entonces sí portantes de dicha sociedad.
que estoy perdido, perdido sin remedio... ¡Por Agregó que, bajo la presión de sus ame­
Dios, Señor Capitán; por lo que más quiera, nazas, les proporcionó trajes de ifoghas, y
no me ponga en libertad! Guárdeme encerra­ por propia iniciativa las pieles de tigre, pen­
do; porque si no, escóndame donde m e es­ sando fueran seña visible para descubrirlos,
conda, me encontrarán, me m atarán. de la que no se le olvidó después en terar al
E ra tan real el terro r del hebreo, vibraba sargento, al avisarle del camino por donde
de tal modo en su voz y se leía tan claro en iban: el cual sabía por habérsele escapado
sus ojos espantados, que convenció a Ber­ al capataz de cam elleros; pues Núñez y Po­
tie r de que, efectivamente, su más ansioso zo se lo habían ocultado.
afán era que aquellos hombres fueran pre­ La p artid a la tenían preparada para me­
sos; y como de o tra parte le constaba no dia noche, pero a las nueve recibieron un
ser falsa la pista que había dado, túvole lás­ aviso, traído por un forastero, que, alar­
tim a, y dijo: mándolos, los hizo adelantarla: con tal pre­
—No se asuste así, hom bre: esos bribo­ m ura, que ni quisieron perder tiempo en
nes ya han caído. disfrazarse. Sin duda por esto se olvidaron
L a alegría en que de súbito se trocó la de los papeles com prometedores por él ha­
angustia de Moyfsk fué tal vez m ayor que llados luego en los baúles de ellos cuando,
su consternación pasada: al extrem o de que después de idos, y escamado con la precipi­
antes de interrogarlo con objeto de aclarar tada huida, le dió idea de registrarles los
70 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
equipajes: viendo claro, al leer dichos pa­ les hablen de mí—exclamó Moyfsk con terror
peles, que “aquellos pillos lo habían tenido no fingido—. Yo no he dicho nada, no sé
engañado”. Entonces, al ir a avisar a Ber- nada de ellos...
tier y enterarse de que no estaoa en Aga-
dés, se le ocurrió emplear el ardid telefó­
nico, “gracias al cual se había logrado cap­
turarlos. Salió Bertier a tiempo de llegar al cuar­
—Ya ve usted—terminó—que por adhe­ telillo los gendarmes escoltando a los dete­
sión a Francia arrostro hasta la muerte, nidos, que venían sobre sendos camellos,
pues si los juramentados de la terrible so­ encima de cuyas jorobas se ostentaban las
ciedad llegan a sospechar que los he de­ soberbias pieles de tigre, que al comenzar
latado... a calentar el sol se habían quitado los se­
—¿De modo que se ha hecho usted pren­ gundos.
der? Tan pronto echaron pie a tierra, fueron in­
—Para disimular mi ayuda a ustedes; troducidos en la sala donde solían tomarse
porque a ellos les tengo mucmsimo miedo, las primeras declaraciones a los presos, y
señor capitán; porque si me quedo e¡n Agadés al quitarse, por orden del oficial, los litzam
me matan: para pedir a usted que me de­ que cubrían sus caras, lanzó aquél una in­
fienda y me saque entre gendarmes del De­ terjección que no hay por qué insertar, y
sierto, del Africa. dijo:
—Ya—contestó Bertier en el momento —Pero estos no son Núnez ni Pozo.
de entrar Friand avisando que llegaban los —Ya se lo hemos jurado cien veces a los
presos. gendarmes, pero ellos no han querido creer­
—Que no me vean, que no me vean. No nos.

KUII
UNA MADEJA DE PISTAS ENREDADAS
Para 'enterarnos de los laberínticos ardi­ A las dos horas escasas de carrera, y co­
des de Moyfsk nos quedamos en el pueblo; rridas' otras tantas docenas de kilómetros,
mas ya logrado aquel objeto, retrocedamos vieron, delante y a lo lejos, la silueta de lín
unas horas para seguir a Abd-el-Gahel y a hombre, que en lo alto de un camello, y pa­
Ben-Cassim en su fuga, no entorpecida por rado en medio del camino, lanzó al divisar­
la vigilancia montada en torno de casa del los dos sucesivos gritos guturales, contes­
hebreo, porque el robo de la tenería, cono­ tados de igual modo por Tinkert, que al lle­
cido cuando estaban en servicio de campo gar a su altura se detuvo, cruzó con él unas
casi todas las parejas de gendarmes, obligó palabras, y volviendo al encuentro de Abd-
a Bertier a llevarse allá las dedicadas a di­ el-Gahel, cuando éste llegaba junto a ellos,
cha vigilancia. dijo:
Apenas los fugados dejaron atrás las úl­ —Este es nuestro hombre.
timas casas de Agadés, intentó Ben Cassim -—¿El tuareg?
conversar con su sobrino; pero infructuo­ —Sí. Dice que está todo preparado.
samente, pues no obstante hablar a gritos, —Pues echad adelante.
no era oído, a causa de lo violentísimo de Guiada por el tuareg, la pequeña cara­
la carrera que llevaban. vana se desvió de la ruta al norte, hacia
Iba en cabeza Tinlcert, llevando delante­ Uad-Tini, hasta entonces seguida, continuan­
ra de cuatrocientos a quinientos metros; do a buen paso hacia saliente por una ca­
seguían Abd-el-Gahel y Ben Cassim, ambos ñada de piso pedregoso, que contorneando
a igfual altura, y cerraban la marcha Hixem una colineja, los llevó a una casucha inha­
y Alí (el camellero incorporado a última bitada, de detrás de la cual salieron dos borfí-
hora a la partida). La Luna, pocos días an­ bres que, como el apostado en el camino,
tes entrada en cuarto deciente, alumbraba eran hermanos africanos venidos de Tim-
bien el camino.
LA M A Y O R CONQUISTA 71
gué (1) dos días antes, con tres camellos Cuando a los cinco minutos salieron los
de refresco, con los cuales estaban aguar­ camelleros vestidos de ifoghas, y con las
dando desde entonces. A l verlos se detu­ consabidas capas sobre los hombros, entra­
vieron los recién llegados. ron en la casa los jefes, encontrando en ella 4
T in kert y el guía echaron pie a tierra, dos equipos completos, en cuyos velos, espa­
hablaron rápidamente a los 'de Timgué y das .lanzas, abarcas y casquetes habrían re­
entraron en la casa, donde encendieron luz: conocido Bertier o Duvery o cualquier prác­
visible por la puerta, único hueco al exte­ tico del Desierto, los típicos vestidos de los
rior de aquélla. Entonces pudo al fin Ben- montañeses de la serranía de Timgué, en
Cassim hablar con Abd-el-Gahel, como venía cuyas faldas asienta Tinteloust. Con los
deseando desde la salida de Agadés, dicién-
vestidos hacían juego los jaeces de los so­
dole:
berbios meharis, de allí traídos por los dos
— ¿Es aquí donde nos mudamos de trajes? timguetanos de su tierra.
— Sí.
Cambiados los trajes europeos de Abd-el-
— Pero supongo que no pensarás ponerte
Gahel y Ben Cassim por los que les habían
el regalito del maldito hebreo.
traído, vertió Tin kert sobre los primeros un
— ¡Pobrei M o y fs k !— contestó Gahel, que
bidón de gasolina, 'y les prendió fuego, fuera
sabiendo por dónde respiraba su tío le di­
ce la casa, a fin de que, aventando el viento
vertía disimular que había penetrado la
lag cenizas, no quedaran éstas donde pudie­
intención del avaro mercader al despren­
ran ser principio de una pista para quien las
derse de dos pieles de gran valor— . Buena
viera.
manera de agradecerle su valioso obsequio
Los disfrazados camelleros subieron en
y su solicitud. Ya ves que tenía razón: la
los meharis hasta entonces montados por
noche está muy fría.
Gahel y Cassim; éstos, en dos de los de re­
— ¡Pero estás en tu juicio!... ¿No compren­
fresco, y Tinkert y el tuareg, en el tercero,
des que ponerse esas pieles es ponerse un
dándose suelta a los tres restantes de los
rótulo diciendo: “ Somos los escapados de
Agadés” ? salidos de Agadés para que, al volverlos su
— P or eso, al darnos esa divisa, nos ha instinto al establo, y saber Bertier su re­
hecho un gran servicio el buen Moyfsk. greso, se quebrara los cascos pensando dón­
— No te comprendo, Gahel... ¡Ah! de los habrían abandonado el señor Núñez
— Parece que empiezas a ver claro... Yá y el señor Pozo.
era hora, porque si tú no has desconfiado Una vez hecho todo esto, después de
hasta lo de las pieles, antes desconfié yo de tributar respetuosísimas zalemas a Gahel
lo lujoso de los trajes de ifhogas... Parece y Cassim, y pedir para ambos la protección
mentira me creas tan inocente que fuera a de Alah, fuéronse a pie, a campo traviesa,
huir dejando a ese hombre posibilidad de los que habían traído los trajes y los meha­
dar mis señas. Su generoso obsequio de ris.
esta noche ha convertido en certeza mi re­ Abd-el-Gahel y sus acompañantes retro­
celo anterior de que en cuanto saliéramos de cedieron por la misma abra por donde ha­
su casa nos haría traición; y ahora me va bían llegado a la casa, basta volver de nue­
a servir para demostrarle que a astucia no vo al camino (dado que tal pueda llamarse
me gana ni un hebreo. Anda, desata tu lío y aquel mal trillado entre Agadés y Uad T in i),
dáselo, con la piel, a Tinkert. al salir al cual partiéronse en dos grupos.
A l decir esto hacía Abd-el-Gahel lo mis­ Hixem y Alí, los dos camelleros dagatums,
mo que indicaba a Ben Cassim, diciendo al disfrazados de ifhogas, y bien adiestrados
capataz que en aquel momento salía de la por Gahel en sus papeles, tomaron hacia
casa. Uad-Tini a paso no demasiado vivo, para
— Que Hixem y A lí entren ahí, se pongan lo cual encojaron a intento un camello;
estos trajes y sobre ellos las pieles. Pero pues llevaban encargo de dejarse coger si
vivo... Oye: ¿están dentro los que los otros eran perseguidos, y si no, de hacerse atra­
han traído? par al día siguiente en el citado lugarejo.
— SI, señor. E l otro grupo, de los cuatro hombres y
los tres meharis, marchó en sentido opues­
to: con asombro de Ben Cassim, que vaci­
(1) Monte de 1.700 metros de altitud situado lante y receloso, como quien venía viendo
en el macizo montañoso de El A ir, al norte del
desde hacia varios días proceder en todo a
importante pueblo— importante en el Sahara— de
Tintelloust. su sobrino cual jefe que resuelve sin pe-
72 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

dir parecer ni dar explicaciones, preguntó — Puede que tengas razón... Pero ¿dónde
tímidamente: vamos a escondernos cuando lleguemos?
— ¿Dónde vamos ahora?... Es decir, si no — Donde queramos; pero también está
tienes inconveniente. previsto eso. Ante el Gran Caíd de Africa
Gahel, a quien tenía de ouen humor el Vengadora se abren las puertas de todos
pensar en las caras de Moyfsk y Bertier los hermanos africanos... Se figuran los pe­
cuando al día siguiente vieran negar presos rros que por suyos ser tierra, ciudades y
a Hixem y Alí, en $ez de los que esperaban, ferrocarriles, son reyes del Desierto, sin
y complacido al comparar aquel humilde ver que el verdadero rey será, a la postre,

“si no tienes inconveniente” con los desplan­ el que reina en los hombres... ¿No has vis­
tes de oíros tiempos de su levantisco subor­ to cómo domino en todas partes, cómo soy
dinado, sonrió al contestar: obedecido y guiado, cómo, por donde voy,
— ¿Qué, no lo ves? hallo siempre quien de mi paso aparte los
— ¿Pero de veras volvemos a Agadés?... peligros?
—Me has oído que mientras aquel hom­ ■—Es verdad, es verdad.
bre no se vaya no saldré yo de allí; y yo — Y esa omnipotente sociedad secreta, sin
hago siempre “lo que digo”. Creía que lo la cual continuaríais siendo los africanos
sabías. tan enemigos unos de otros como siempre,
—Cuando tú lo mandas... y tan débiles como hasta ahora fuisteis
—Otra te queda dentro. contra los perros, es mi obra.
—Yo no tengo más que obedecer, y obe­
— Sí, Gahel, sí, es verdad; eres grande,
dezco...; con morir a tu lado cuando llegue
eres grande: a tu lado somos todos burros;
la hora... siempre tienes razón, llévame adonde
—Que por lo visto crees cercana y de la quieras.
cual no hay por qué acordarse ahora.
Iba a contestar Gahel cuando vió serpear
— Cuando tú lo dices, así será-
en el suelo y avanzar hacia ellos a gran
—No será, es: me has visto adivinar la
velocidad cuatro luces. Eran los faroles de
traición del judío cuando ni tú la sospecha­
las motocicletas de los cuatro gendarmes
bas ni todavía pensaba él en ella; me has
salidos de Agadés para darles caza, quie­
visto prepararme a burlarla de antemano,
nes, al encontrarlos, preguntaron:
por medio de ese hombre— aludía al capa­
— ¿De dónde venís?
taz— que he sabido encontrar entre los mis­
— De Tinteloust.
mos servidores de Moyfsk.
—Verdad es, has estado habilísimo; perb... — ¿Os habéis encontrado dos europeos y
— Sigue, hombre, sigue: hoy me coges de tres dagatums corriendo hacia Uad-Tini en
cinco camellos?
temple de oír sin enfadarme lo que quieras
decir...: como no sea nombrar ni mezclar — Cinco camellos sí, pero europeos no:
son dos ifoghas y tres dagatums.
en esto a quien sabes.
— Da lo mismo. ¿Y no tenían alguna seña
— ¡Ah! Si permites...
— Por cinco minutos no soy el Gran Caíd, particular?
— Seña particular... No. ¡Ah, sí! Los
sino tu sobrino. Aprovéchate.
—¿Sí?... Pues mi sobrino es un loco de ifoghas llevaban unas capas de pieles de
atar; y si los cinco minutos me dieran tiem­ tigre.
po para ello, lo amarraría para llevármelo — Esos son, esos son... ¿Llevan mucha
muy lejos de la boca, peor, de la garganta delantera?
del lobo donde quiere meterse. — Medía hora: tal vez menos; pues pre­
— ¿Sí, eh?... Pues mira, yo no creía que cisamente al cruzarnos con ellos se les cayó
mi tío fuera tan miope que no viese que un camello, que les ayudamos a levantar, y
en cuanto nos metamos en la garganta de que, según cayó, mucho será no se les haya
ese lobo no podrá mordernos, porque esta­ encojado.
remos ya detrás de sus dientes. — Entonces nuestros son ya — exclamó
—Eso... uno de los gendarmes.
—Vamos a ver: si tú fueras el capitán — Nos han dicho en Uad-Tini que han ro­
Bertier, ¿dónde me buscarías? bado hoy una fábrica... ¿Son esos los la­
—En todas partes. drones, señores gendarmes?
—En todas, menos en Agadés... — ¿Los ladrones?... Sí, ellos son.
.— ¡Calla!: es verdad. — Pues que Al-lah os ayude a coger pron­
— ¿Lo ves, hombre, lo ves? to a esa canalla. Con los camellos de hie-
LA MAYOR CONQUISTA 73
rro y fuego que lleváis no podéis tardar los otros tres seguían con calma hasta lle­
mucho en alcanzarlos. gar a una de las casas de mejor apariencia
— Pues buén viaje, y gracias. de la plaza principal, a cuy^ puerta llamó
— No hay de qué, señor guardia. el guía con gran estrépito, como quien no
La tropa de las motos y la pequeña pa­ tiene porqué ocultar dónde va ni de dónde
trulla de camellos siguieron marcha en viene.
opuestos sentidos. Vivía en aquel caserón un moro rico,
muy adicto a los franceses, con los cqales
* * *
hacía magníficos negocios: no solamente
por ser contratista de la recaudación de
Con losprimeros claros del día alcanza­ contribuciones en toda la comarca del Air,
ron los gendarmes a Hixem y a Alí. a quie­ lo cual le ponía en relaciones muy fre­
nes, por no ser sino dos, no tomaron al cuentes con Bertier, sino además proveedor
pronto por los que buscaban; pero en cuan­ de traviesas de la empresa del ferrocarril:
to, acercándose a ellos, vieron sus trajes y con lo que estando su adhesión bien expli­
las pieles de tigre y observaron que uno cada por su interés, no inspiraba descon­
de los camellos cojeaba, los detuvieron. fianzas.
Protestaron ellos de no ser quienes de­ Abierta y franqueada la puerta a los
cían los guardias, manifestando a éstos que recién llegados, hallaron éstos en el zaguán
los cinco fugitivos a quienes perseguian al susodicho dueño, que, gracias a anterio­
iban delante con poca delantera; pero al res buenos oficios de Tinkert, los estaba
ser interrogados separadamente acerca de aguardando; y comenzado el manipuleo de
sus personalidades se contradijeron, no pu- las señas misteriosas, dió éste por inmedia­
diendo presentar documentos justificativos to resultado que el ricachón se inclinara,
de las que declaraban; y al encontrarles es­ no respetuosa, sino humildemente, ante los
condidos, cuando los registraron, los pasa­ que más que como a huéspeder recibió como
portes de Núñez y de Pozo, ya no dudaron amos.
los gendarmes. Cuando, pocos días antes, tomaron cuer­
Entreverando verdades y mentiras dije­ po los temores de Bertier a una conspira­
ron entonces los detenidos ser camelleros ción en ciernes, había éste dado orden a
de Moyfsk salidos de Agadés y haber sido todos los vecinos de Agadés de darle parte
con amenazas de muerte obligados por los inmediato de toda entrada y salida de fo­
señores españoles a disfrazarse con sus tra­ rasteros en sus domicilios. Cumpliendo tal
jes de ifhogas, después de lo cual se ha­ mandato, a las once de aquella mañana se
bían aquéllos alejado a la carrera, tomando presentó el recaudador en el cuartel acom­
una senda de travesía hacia Tiguidas; y de pañado de tres ahel-litzcnn de Tinteloust:
los pasaportes manifestaron que estarían en dos de ellos comerciantes muy amigos su­
los trajes cuando se los pusieron. yos, guía el tercero, todos recién llegados
— ¿Y porqué en lugar de volveros a casa a su casa, y que iban a pedir a la autori­
de vuestro amo, seguíais huyendo?... ¿Qué dad su venia para proseguir, a la tarde, via­
se os había perdido en Uad-Tini?— pregun­ je a Okhom y a Zinder, que les fué conce­
tó el guardia que hacía cabeza- dida en vista de la personalidad del fiador:
Y como a tal pregunta no recibiera sa­ con tanta más facilidad cuanto que los gen­
tisfactoria respuesta, quedó convencido de darmes recién llegados con los camelleros
ser aquellos dos los que el sargento había presos reconocieron a los viajeros de Tin­
dicho importaba prender, y embustes torpes teloust que la anterior madrugada les die­
de ellos lo de las amenazas y la senda de ron noticias de los fugitivos.
Tiguidas. Cumplidas las formalidades reglamenta­
Poco más o menos a la misma hora que rias, camino de Okhom salían a la hora
los gendarmes amarraban a Hixem y a Alí anunciada dos forasteros, que eran real y
llegaban Abd-el-Gahel y sus acompañantes positivamente comerciantes de Tinteloust,
a las primeras casas de Agadés, donde no desde la víspera escondidos en casa del re­
entraron todos; pues en las afueras se apeó caudador: los mismos cuyos trajes habían
Tinkert del camello donde iba en compañía usado de prestado la pasada noche Abd-el-
del tuareg; y después de asentir a un “ya Gahel y Ben-Cassim, que se quedaban alo­
sabes lo que tienes que hacer y dónde y jados de ocultis por aquél, mientras Bertier
cuándo hemos de vernos” de Abd-el-Gahel, daba su señalamiento por telégrafo a los
desapareció por un callejonzucho, mientras cercanos puestos de gendarmería: con in-
74 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

dicación de las ru tas que verosím ilm ente M ientras fué, vió escapar al criado, antes
podrían haber tomado al alejarse de la de de llegar a él, lo persiguió sin darle alcan­
Uad-Tini; pues para él, dada la enorme de­ ce, consoló al pequeño y regresó a la coci­
la n tera que deberían llevar, tenía por vana na, había tenido T in k e rt tiempo de en tra r
toda persecución in tentada con sus gen­ en ésta por la ventana, de destapar y volver
darmes. a ta p ar la fiam brera y de salir un m inu­
M ientras tanto, a Moyfsk se le torcían to después por la puerta de escape a un
decididam ente sus combinaciones; pues pasillo; y a m edia noche m oría Moyfsk
B ertier pensaba que lo de las pieles había envenenado: según dijo su autopsia, con
sido artim añ a convenida por el taim ado cardenillo de las vasijas de cobre donde le
viejo con los m entidos españoles para ase­ habían hecho la cena.
g u ra r la fuga de éstos, haciendo apresar a Aquél era uno de los encargos que, al
los camelleros en lugar de ellos; y por tan ­ volver a Agadés, había recordado Abd-el-
to lo m antuvo preso: mas no de farsa, co­ Gahel al capataz. Los otros irá n saliendo
mo deseaba el judío, sino procesado muy en breve.
de veras. Y esto era lo de menos para él, E n cuanto a B ertier, le dió tal m uerte
pues lo más grave fué que dos días después mucho en qué pensar, pues él no creía que
de o cu rrir los sucesos últim am ente referi­ el cardenillo procediera de los cacharros de
dos, y cuando la cocinera negra de Moyfsk la cocina; y aun cuando nada dijo, vió en
arreglaba el portaviandas con la cena de su esto prueba de que en lo rum oreado sobre
amo—a quien llevaban a diario a la prisión terribles castigos fulm inantes im puestos
la com ida de su casa—, oyó aquélla a su por una m asonería m usulm ana del D esierto
hijo, rapazuelo de siete años, dar, allá en lo a quienes la traicionaban no eran vagos de­
últim o del enorme corralón, trem endos ala­ cires. Y sólo entonces creyó que no habían
ridos; y al asom arse a la p uerta de la co­ sido farsa los terrores del judío y que éste
cina que al corral abría y ver que un cria­ era sincero al procurar la prisión de sus
do estaba golpeando al chico, salió como huéspedes.
una fiera a defender a su cachorro.

CABOS SUELTOS QUE EL TIEMPO TEJE EN TRAMAS

M ientras Duvery ultim aba los p reparati­ La mayor de las dificultades con que Don
vos de la m archa a Techiasco, Abd-el-Gahel H éctor luchaba era la de aseg u rar las co­
continuaba sus conferencias con los cabe­ municaciones telegráficas de su venidera
cillas del proyectado alzam iento: bien en residencia; pues aunque ten ía dos peque­
casa del recaudador, donde estaba, y a nadie ños aparatos de telegrafía sin hilos de más
sorprendía fueran m uchas personas influyen­ de trescientos kilóm etros de alcance, so­
tes de la extensa región abarcada por sus brado para establecer comunicación en tre
cobranzas, bien, cuando por ser gentes ve­ Agadés y Techiasco, faltábale radiotelegra­
nidas de más lejos no convenía fueran vis­ fista: y le preocupaba la desconfianza de
tas en Agadés, en poblados cercanos adon­ B ertier, ya com partida por él mismo, en di­
de, disfrazados de cobradores del recauda­
cho sistem a de telegrafía; pues a los indi­
dor, iban Gahel o Cassim: ocupaciones que
cios de que sin puntualizarlos se hizo men­
no im pedían al futuro caudillo de la pro­
ción al dar noticia del porqué y para qué
yectada insurrección estar perfectam ente
enterado por sus espías, que a todas partes fabricaba Libera el auto explorador (ya te r­
llegaban y por doquier sabían filtrarse, de m inado en el tiempo de que hablamos aho­
cuanto ocurría en casa de la h u rí rubia, a ra, y que oportunam ente veremos funcionar)
la cual logró ver dos otres veces en la ca­ destinado a descubrir las) estaciones clan­
lle y una, de cerca, en su mismo jardín, destinas, habíase agregado últim am ente el
entrando en él disfrazado de obrero de la muy significativo de haberse fugado los fal­
com pañía del alumbrado. sos Núñez y Pozo a las doq horas de re-
LA MAYOR CONQUISTA 75
cibido el radiogram a de Río de Oro con las cial que los m andaba que análogos refu er­
señas personales de los verdaderos. zos habían salido, de Tombuctú tam bién, y
El propósito de establecer entre Techias- tam bién por vía aérea, para Mobroult, Taou*
co y Agadés sistem a telegráfico cuyos des­ deni, A rouan y Oualata.
pachos no pudieran ser interceptados por Recibióse noticia telegráfica de que en
los desconocidos enemigos de quienes im­ igual form a habían sido enviados de Libre-
portaba guardarse constituía problem a al ville a Zinder—im portante villa situada
parecer sin solución a no habérsela dado 350 kilóm etros al su r de Agadés—refuer­
tam bién el argentino, que a no ser por esto, zos mucho más im portantes: acaso por su
y estando term inada su an terio r ta re a y cercanía a la N igricia Inglesa; pues con­
listo el auto-telegráfico, no habría tenido trapuestos intereses franceses y británicos
más remedio que m archarse a las correrías en A frica y reiterados rozam ientos en tre
relacionadas con su em presa solar, dejando colonos, protegidos y autoridades de las dos
la am orosa no ta n clara como él apetecía. nacionalidades en las zonas fronterizas
De aquí que se a g a rra ra a esta segunda Jhabían originado agrias notas diplom áticas
oportunidad de d ila ta r su viaje, justifican­ cruzadas entre P arís y Londres, de no m uy
do la dem ora con la prestación de nuevo ser­ buen augurio para el m antenim iento de la
vicio consistente en in stalar entre Agadés paz entre ingleses y franceses en los lím i­
y Techiasco comunicación electroiumínica, tes m eridionales del Sahara.
no consistente en un vulgar telégrafo ópti­ Súpose al propio tiempo que con tropas
co de heliógrafo o linternas Mangin, sino argelinas, m arroquíes y tunecinas habían
un verdadero lum iteléfono, donde la voz sido establecidas guarniciones en los p rin ­
sería transform ada en luz p ara viajar di­ cipales nudos de comunicación y tráfico del
luida entre los rayos de ésta hasta llegar norte del Desierto, y Duvery recibió tele­
a la estación receptora y ser en ella nueva­ gram a de la Compañía del T ransahárico
m ente m etam orfoseada de modo que las participándole que estaciones y tren es se­
oscilaciones lum inosas engendraran en los rían en lo sucesivo perm anentem ente pro­
auriculares de un teléfono ordinario soni­ tegidos.
dos idénticos a los que les hablan dado Por últim o, el correo trajo puntual relato
nacim iento (1). de la bárbara, mas por lo mismo indudable
Muy en breve veremos a Lobera in stala r prueba de adhesión dada a F ran cia por los
este [Link]éfono en Techiasco: tan pronto moros tadjakan de Tendouf, haciendo su­
como demos noticia de im portantes suce­ m aria ju sticia al estilo moro en la “cua­
sos: públicos y resonantes unos, privados y drilla de ladrones de alam bre” que ocasio­
sigilosos otros, que no es posible dejarse naron la avería telegráfica, obsequiando a
atrás, pues influyeron grandem ente en otros las autoridades con las cabezas de los de­
por venir. lincuentes y restableciendo rapidísim am en-
Una m añana llegó sobre Agadés un diri­ te la línea m ediante g ra tu ita prestación de
gible procedente de Tombuctú con ochenta trabajo : todo lo cual, con ser tan convin­
gendarm es senegaleses p ara reforzar la cente, no acababa de convencer a B ertier
com pañía de B ertier, sabiéndose por el ofi- de la lealtad africana.
Nosotros conocemos ya, por su cara
opuesta, la verdadera causa de ta l lealtad
(1) El heliógrafo es un espejo que en el terreno y del cruento castigo decretado por el G ran
se monta sobre un trípode, situíindolo de modo Caíd, quien por aquellos días circuló, em­
qiie refleje la luz solar en la dirección del lugar pleando el consabido sistem a de motociclos
al cual quiere hablarse, en donde dicho rayo es
recibido en un anteojo convenientemente apunta­ y zurrones, el siguiente documento:
da, que percibe la luz por el heliógrafo enviada. “H ágase saber a los cabezas de logias y
Pero mediante un manipulador análogo al de los cabos de taifa, p ara rápida noticia y salu­
telégrafos Morse, el telegrafista que maneja el he­ dable escarm iento de todos los herm anos,
liógrafo puede comunicar al espejo de él peque­
ñas oscilaciones breves o largas, interrumpiendo que degüello de Muffis, padre e hijo—al fin
así por corto o largo tiempo la percepción en el habían caído los dos—con sus auxiliares, y
anteojo. Las interrupciones breves equivalen a envenenam iento judío Moyfsk h an sido eje­
puntos y las largas a rayas del alfabeto telegrá­
fico, usando el cual se telegrafía en el heliógrafo, cutados por decisión Diván Supremo en
aparato muy antiguo, como en los telégrafos or­ castigo de extralim itación facultades y des­
dinarios. obediencia de los prim eros y por traició n
Mediante eclipses de diversa duración de la luz
de las linternas de Mangin se obtiene el mismo del últim o.”
resaltado de noche. * * *
76 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

Tres días después de la llegada de los re­ — Bueno, aquí tiene uno que hacerlo to­
fuerzos a Agadés salió Duvery con su fami­ do: aguárdate, buen hombre, que ahora te
lia y acompañantes para Techiasco, y al pondré cómo has de hacerlo.
volver de despedirlo hasta unos cuantos Al decir esto rompía la hoja recibida de
kilómetros del pueblo encontró Bertier en Ben-Cassim, tomaba otra en blanco, en la
el cuartel el siguiente telegrama de su cual escribió despacio, como si meditara al
compañero de Zinder: hacerlo, y se la daba al otro cuando hubo
“ Suplico tome disposiciones descubrir y terminado. Dicha hoja decía:
prender si llega esa jurisdicción pareja “ Esta noche tres madrugada, calle An­
gendarmes senegaleses de los recién llega­ gosta, núm. 32, casa de Zaida. Preguntar a
dos, desertada con equipo y armas.” ésta si está su hermano. Llamar nudillos
Al leerlo dijo el oficial, torciendo el gesto: sin hacer ruido oigan vecinos. Hay que ir
— Temprano empiezan... Dios quiera que traje jornalero. Escriba y entrégueme un
los tales refuerzos no se nos indigesten. telegrama que pueda yo realmente trans­
mitir.”
* * *
Leído lo anterior por Cassim, simuló co- .
Una de aquellas tardes se acercó Ben- piarlo en otra hoja; arrugó la recibida, me­
Cassim al ventanillo de la estación radio- tiéndosela en el bolsillo, y entregó a Mo­
telegráfica, donde Morand estaba a la sazón rand la nueva con un despacho para In-
de servicio, preguntando a éste si había Salah concebido, como encargo .hecho al
posibilidad de transmitir un radiograma a destinatario, en esta forma: “ Di Zaida que
un poblado insignificante, y hurgándose, al hoy mismo haré lo que me dice.” Pero de­
tiempo de hacer la pregunta, el ojo dere­ bajo de esta hoja iba otra con la siguiente
cho: hurgamiento imitado por Morand en orden: “O. S- D. Lleva esta noche casa
el suyo al contestar que no había comuni­ Zaida lista personas que en Agadés hayan
cación con aquel lugarejo. recibido o cursado radiotelegramas desde
— ¿Y con In-Salah?—preguntó el otro, el tres del corriente.”
pasándose la mano por la parte del velo Cuando Cassim salía de la oficina tele­
que le cubría la barba y después por la gráfica quedábase pensando Morand que
frente. habría preferido no se hubiera acordado de
— Para In-Salah, o toda otra estación su nombre el Diván Supremo; pero como
oficial, tendré mucho gusto en servirle— no había sino obedecer, a menos de afron­
respondió rápidamente el telegrafista con tar las consecuencias que no quería arros­
suma finura, donde se traslucía grandísimo trar, en seguida cogió los registros de re­
y acaso temeroso respeto; pues el recuerdo cepción y expedición de telegramas y tomó
de los Muffis y de Moyfsk estaba fresco en nota de lo que le pedían: apresurándose a
los hermanos africanos. terminarla antes de la llegada del compa­
—Voy entonces a redactar un despacho. ñero que había de relevarlo. Por suerte su­
Se apartó Ben-Cassim de la taquilla, y ya, y según ya se ha dicho, tiene poco ser­
acercándose al pupitre donde estaban las vicio la radiotelegrafía del Desierto; así
hojas en blanco usadas para escribir en ellas que no pasaron de veinte los nombres de
los telegramas llenó una, y retornando al la lista. Entre ellos estaba repetido varias
ventanillo la entregó al mestizo, que leyó veces el de Lobera como remitente y como
en ella: receptor.
“ O. S. P .—Orden Supremo Diván— . No Ben-Cassim, sino Abd-el-Gahel, con
“Dime hora y sitio hablarte reserva asunto un velo tupidísimo tapándole la cara cuan­
urgente•” to era posible sin impedirle el uso de los
Poca gracia le hizo al mulato aquello; ojos, y con el turbante calado hasta las
pues sabían los afiliados en la secreta secta mismas cejas fué quien, a la hora indicada,
que cuando el Diván se acordaba de alguno se avistó con el mestizo en casa de Zaida,
solía ser para emplearlo en arriesgados me­ que era la negra ya conocida nuestra por -
nesteres, pero siendo todavía más expuesto haber llevado a Moyfsk la copia del tele­
desobedecer sus órdenes, puso a mal tiem­ grama de Río de Oro.
po buena cara, diciendo: La conferencia fué tan breve que el me­
__Esto no sirve: está mal llena la hoja; jor medio de referirla pronto es transcri­
revueltas las señas con el texto del tele­ birla:
grama; falta consignar el expedidor. — ¿Traes la lista?
— Yo no entiendo esas casillas. —Aquí está.
LA MAYOR CONQUISTA 77
Pasó los ojos Abd-el-Gahel por ella, hizo pero sin im pedir en absoluto la transm isión,
un m ovim iento de sorpresa, y con un lápiz lo cual comprobó por sí mismo el en tran te
señaló los nombres de B ertier, Duvery y de guardia, arreglándose con artim añ as de
Lobera, diciendo al devolvérsela al tele­ practicón p ara hacerlo ir tirando.
grafista: E n tal estado seguía dicho aparato al
—Necesito pronto copia de esos once te­ otro día cuando Morand entró a cu b rir el
legram as. ¿Cuándo vengo por ellos? últim o turno, de cinco de la tard e a las diez
— ¡Pero eso es peligrosísim o para m í!... de la noche, durante el cual solam ente le
Necesito revolver los archivos; pueden sor­ llevaron tres radiogram as. Los dos prim e­
prenderm e. ros fueron transm itidos con dificultades ca­
—Es orden del Diván. da vez mayores, según dijo, a Tafilete y
—Sí, sí, haré lo que pueda; pero no sé Constantina, adonde iban dirigidos, y el
si me será posible. tercero no había sido posible ser cursado a
—¿Te has enterado de lo de los Muffis y la hora de ce rra r la estación (de servicio
Moyfsk? lim itado de siete de la m añana a diez de
—Sí, sí—contestó M orand temblando. la noche), porque el varióm etro ya no fun­
—Fué por desobediencia: así que tú cionaba: ni bien, ni mal.
verás. P or ello cuando el ordenanza avisó ser
—Lo haré, lo haré; pero si me sorpren­ hora de ce rrar le ordenó el telegrafista que
den, si... se acostara dejándole la llave, pues iba a
—Eso es cuenta tuya. Pero te advierto ver si reparaba la avería para que a la ma­
que los listos que se vuelven torpes se pa­ ñana siguiente no fuera preciso poner el
recen mucho a los traidores. ¿Cuándo ven­ cartelón de servicio interrum pido, y que él
go por las copias? lo llam aría, cuando fuera a m archarse, p ara
—Pasado m añana a esta m ism a hora. que ce rrara la puerta.
—¿Porqué no m añana? Ya sin testigos, se encerró M orand por
—Porque eso no lo puedo hacer sino de dentro, desarmó en dos m inutos el varió­
noche, después de cerrada la estación, y m etro p ara que, si por evento inverosímil,
h asta pasado m añana no me toca el último llegara el jefe, hallara justificada su estan­
turno. cia a aquella hora en la estación; abrió
•—Pues entérate de que si te sorprenden luego el arm ario de m atrices de los despa­
o me falta uno solo de esos telegram as, al chos transm itidos y el de los duplicados de
día siguiente te daremos un recado para los recibidos, sacando rápidam ente copia de
Moyfsk. los m arcados por Abd-el-Gahel en la lista
Cuando, dicho esto, se m archó Abd-el- que él le había llevado-
Gahel sin aguardar respuesta, quedó Mo­ Antes de las doce había ya term inado las
rand cual es de suponer. copias y vuelto a los arm arios todos los do­
Al pedir la relación de telegram as pensaba cumentos. Después arm ó el varióm etro, po­
el Gran Caíd del Supremo Diván solamente niéndolo en un periquete en perfecto esta­
en B ertier y en enterarse de los cruzados do de servicio; pues sabiendo divinam ente
entre las autoridades; pero al ver varias en qué consistía el entorpecim iento por h a­
veces repetido en la lista “Lobera en casa ber sido él mismo quien a intento lo había
de Mr. D uvery”, y en otros “M anuel Lobera.
Compañía Anónima Solar. Buenos A ires”, diversos medios, pero en todos ellos juega la in­
comprendió que aquel Lobera era el Lou- ducción eléctrica que en un alambre no ligado a
begray a quien él conocía; y uniéndose a generador eléctrico hace nacer una corriente de
diferentes características que la que pasa por
los sentim ientos que por otra causa le ins­ otro alambre en el cual circula la corriente gene­
piraba el argentino la sorpresa de tal du­ radora : nacimiento que tiene lugar en el primer
plicidad de nombres, la de su nacionalidad alambre cada vez que en el segundo se establece o
queda interrumpida a intervalos cortísimos la co­
y la de su abundante correspondencia ra- rriente del generador.
diotelegráflca, no obstante lo costoso de [Link] alambres estén arrollados separadamente y
ella, le hizo señalar su nombre en la lista. sin tocarse en punto a’guno, y la posición en que
Al otro día, al entregar M orand el servicio uno se halla con respecto al otro hace variar
la cuantía de la inducciónt con lo cual varía la
al compañero que lo relevó, dijo a éste que frecuencia con que, mediante elementos interme­
el varióm etro (1) funcionaba torpem ente, dios. lanza la antena al espacio las sucesivas ondas
telegrfifieas.
El variómetro es un aparato que hace girar uno
(1) Las ondas eléctricas transmisoras de. la pa­ de los circuitos de a’ambre con respecto al otro,
labra en la telegrafía sin hilos son producidas por modificando así la frecuencia de las ondas.
78 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
desarreglado, sencillísimo le era componer­ Pues a cabos sueltos se ha dedicado este
lo, con sólo disminuir la resistencia eléc­ capítulo, no sobra en él decir, aunque sea
trica del circuito, que, mediante contacto a la carrera, que mientras el pobre inven
con una espira adicional de alambre, al tor argentino se sentía cada vez más preso
parecer fortuito había aumentado él la vis* entre los que a Emma lo sujetaban, pare­
pera. Y todavía le sobró tiempo para estar cíale que ella seguía demasiado suelta; y
a las tres de la madrugada en el tugurio no se eche a mala parte el calificativo, sino
donde vivía Zaida y entregar las copias a que por muchos esfuerzos que él hacía re­
Abd-el-Gahel, que amplió sus órdenes, pre­ sultábanle todos infructuosos para obligar­
viniéndole que en lo sucesivo sacara las de la a adquirir compromiso explícitamente
todo telegrama recibido o puesto por el formulado.
americano o el capitán. Y, sin embargo, ni esto significaba que
—Será de los cursados durante mi ser­ ella le hubiera dado calabazas, ni siquiera
vicio. temor en él de recibirlas, pues parecíale
—De todos. evidente que Emma se complacía en las
—Pero, ¿cómo me las voy a arreglar con frecuentes conversaciones con él sostenidas
los transmitidos y los recibidos por mis sin intentar siquiera disimular tal placi­
compañeros? dez que dejaba leer en sus dulces ojos,
—Eso es cuenta tuya: para eso eres te­ sin asustarse de la viva elocuencia de las
legrafista y pillo. miradas de Pepe ni aun de sus transparen­
—Pero... tes indirectas: que si la ruborizaban, no
—... y para eso te necesitan tus herma­ llegaban a ahuyentarla cual los intentos de
nos. Además, al juramentarte vengador ju-* poner con palabras puntos sobre las íes.
raste no decir nunca “no puedo” a nada de Así, Lobera, con gran deseo de oír lo que
lo que te pudiera ser mandado. Las copias creía ver, se desesperaba de que tan pronto
se las envías al recaudador bajo doble so­ intentaba hacer derivar sus coloquios del
bre, escribiendo en el interior: “Para D. S- festivo y alegre tono, al que correspondía
de A. Y.” (Diván Supremo de Africa Ven­ ella con sonrisas, carcajadas y hasta mi­
gadora), y encerrándolo en uno de los que radas cariñosas, para cambiarlo en otro re­
usáis corrientemente para remitir los des­ sueltamente apasionado o francamente ca­
pachos a sus destinatarios. Los enviarás tegórico, Emma pareciera no huirle, pero
siempre por Bu-Kelal, el ordenanza de la sí retraerse: como si la turbaran los apa
estación. sionamientos o los considerara innecesa­
—¿Pero Bu-Kelal?... rios.
—Es también vengador. Entonces lo miraba con asombrada ex­
— ¡Ah! presión cual si dijera: ¿a qué huracanes
—Y por él y por otros que no tengo por cuando tan apacibles son las brisas?; ¿a
qué decirte quiénes son estarás constante­ qué incendios cuando tan grato es el calor
mente vigilado y sabremos si dejas de sa­ del hogar?; ¿a qué palabras nunca tan dul­
carme alguna copia. ces ni tan intensas como los sentimientos
más dulces y más hondos de cuanto aqué­
llas puedan expresar?; ¿qué frases son ca­
paces de decir lo que dicen los ojos de dos
Tan pronto Abd-el-Gahel regresó a su enamorados cuando mirándose hablan, sin
alojamiento en casa del recaudador se puso palabras, las almas?
a examinar los telegramas, siendo el pri­ Y sin embargo, Lobera, que creía enten­
mero leído, por hallarse encima de todos, der todo esto, tenía empeño de oír lo que
el relativo a la deserción de la pareja de veía; pero hasta la salida de Agadés no
la gendarmería de Zinder, exclamando al había logrado salirse con la suya.
leerlo: Por eso mientras ib^n camino de Te-
—Ese Tinkert es una alhaja. chiasco se decía: “Veremos si lo consigo al
Y una vez dicho esto continuó leyendo. fin en los pocos días que ya me quedan de
estar allá antes de marcharme.”
LA MAYOR CONQUISTA 79

HIH
VOZ-LUZ Y LUZ-PALABRA

Duvery, ta n perro viejo como Bertier, te, va corriendo h asta llegar al ángulo del
sabía que la adhesión a los cristianos de techo con un muro, por el cual comienza a
los m usulm anes nunca nace del corazón, descender: ahora alum bra el copete del
sino de conveniencias, no siendo la lealtad marco de un retrato al óleo; ahora llega a
de hoy obstáculo a la traición de m añana, la cara del señor retratado y continúa ba­
si entre hoy y m añana varía el baróm etro jando h asta los pies. Doy un movimiento
de tales conveniencias. P or saberlo, pensa­ lateral al espejo, el resplandor desaparece
ba que los degollados de Tendouf podían del cuadro, y escapando por una pu erta del
m uy bien ser víctim as sacrificadas volun­ salón se cuela en el gabinete contiguo.
tariam ente al deseo de los conspiradores — ¡Qué atrocidad! ¿Qué es esto?
de adorm ecer la vigilancia de las autorida­ Al mismo tiempo oigo esta exclamación
des: al modo que, en una parte del campo y ceso de oír el piano, tocado en el gabi­
de batalla, un general inm ola m uchas veces nete por mi m ujer, que se ha tapado la
una tropa, en un parcial combate, al éxito cara con las manos al recibir en los ojos el
final de la jornada. rayo de luz.
De aquí que, aun a despecho del aum en­
to de guarniciones, continuara preocupán­
dole el aislam iento de su residencia de Te- A hora vuelvo a te n er quieto el espejo, y
chiasco y persistiera en su an terio r propó­ la claridad reflejada por él baña la frente
sito de convertirla en un fo rtín capaz de de una estatua. Le doy levísim os vaivenes, y
defenderse de cualquier golpe de mano a com pás de ellos veo la luz brillar y apa­
m ientras desde los puestos menos alejados garse alternativam ente en la estatua: en
llegaran tropas en su socorro. los rápidos se ilum ina su m arm órea frente
A esto se dedicó ta n pronto llegó allá, un instan te no más, en los lentos perm a­
en form a cuyo relato aplazarem os hasta nece alum brada durante m ayor tiem po; y
d ar cuenta del curioso modo cómo Lobera al advertir tal diferencia se me ocurre que
establecía la indispensable comunicación combinando oscilaciones pausadas y veloces
fo to telef única con el cuartel de Agadés. podría co n stitu irse un sistem a óptico .de
Cojamos un espejo de mano, y después señales en tre el lugar donde muevo el es­
de exponerlo a la luz del sol o de una lám­ pejo y aquel donde su reflejo llega.
para—no, no nos apartam os del asunto—, No es novedad tal ocurrencia, pues tiem ­
movámoslo suavem ente, con lo que el res­ po ha que se usa tal procedim iento de co­
plandor al espejo arrancado por los rayos m unicación a distancia empleando el helió­
de luz que sobre él caen irá ilum inando grafo, del que ha poco se h a hablado en
sucesivam ente diversos puntos de las pare­ una nota; pero perdónese la falta de ori­
des y diversos objetos de la habitación en ginalidad tomando en cuenta que la m ane­
donde estemos, según adonde lo envíe el ra más com prensible de explicar cosas nue­
espejo al reflejar la luz; y si en lugar de vas es com pararlas con las viejas.
lentas son vivas las oscilaciones de la ma­ Dicho esto en mi descargo, vámonos a
no serpeará el fulgor con relam pagueante Techiasco, donde a un tiro de fusil de la
rapidez: como relam paguea por las paredes aldea y sobre una colina elevada sobre la
de una habitación el resplandor reflejado en com arca circundante se alzan los edificios
la luna de un arm ario al ab rir rápidam ente de la colonia ingenieril que, con la excep­
la p u erta de éste. ción del principal y más amplio, que es de
Esto lo sabe y lo ha visto todo el mundo. m am postería, son de m adera y desarmables
Pero ahora voy a m over muy despacio el al estilo am ericano.
espejo. Veamos lo que ocurre. E n el techo E n lo alto de aquél, y en un torreón que
del salón donde me hallo veo, en este ins­ lo corona, encontram os a Pepe haciendo
tante, la m ancha lum inosa que, lentamien- experim entos de facha m ás científica y di-
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
ferentes al parecer, pero en esencia igua­ peta silenciosa) montada en el edificio de
les a los míos de hace un rato con mi se­ Techiasco, también cerrada por una lámina
ñora esposa, el retrato y la estatua. oscilante, no queda ésta dentro de un apa­
La diferencia estriba en que el espejo rato telefónico, sino al exterior del torreón,
empleado por el argentino no es de cristal, dando frente a Agadés y orientada como si
sino formado por una delgada lámina me­ fuera una bocina marina con la cual se
tálica bruñida (lo mismo podría ser de es­ quisiera hacer llegar a allá las palabras por
tirada tripa de cerdo) y movible, aunque Lobera pronunciadas en lo alto del torreón.
la vista no perciba su movimiento, cual yo Pero como para que dichas palabras sal­
veía los de aquél. La causa de ello es tra­ varan tal distancia había la doble dificultad
tarse de diferentes clases de movimientos: de los 240 kilómetros de ella, y la de no
con diferencia que en seguida va a com­ poder salir la voz de la trompeta, por estar
prenderse. La lámina, metálica y muy del­ su boca siempre obturada por completo con
gada, está fija por su contorno al extremo la membrana vibrante, preciso era idear
de una pequeña bocina (a la cual sirve de otro modo de hacérselas oír a Bertier en
cerramiento o tapadera) igual poco más o aquel pueblo: tal modo fué encargar a la
menos a las empleadas para hablar ante luz que las llevara.
ellas en los teléfonos ordinarios. Cada palabra, cada sílaba, cada letra por
Es sabido que las placas elásticas de es­ el americano dichas a un extremo de la
tos últimos vibran cuando por el tubo de bocina equivaldría a una de las pequeñas
sus bocinas llegan a ellas las modulacio­ oscilaciones con que mi mano movía el es­
nes de la voz, que las sacude en forma pejo frente a la estatuilla, el lugar de la
equiparable a la vibración del parche de cual suponemos ocupado ahora por el ca­
un tambor golpeado. Así, la placa telefónica pitán Bertier; pues la cambiante forma,
plana (1 ), cuando no es influenciada por ahora ahuecada, bombeada luego, con cur­
sonidos, pasa, al ser por ellos herida, a vatura más o menos acentuada de la placa,
convexa a cóncava, y viceversa: con cur­ originaría cambios de situación con respecto
vaturas o bombeamientos más o menos pro­ al Sol de la superficie de ella expuesta a
nunciados y rapidez variable según la na­ los rayos de éste, y por lo tanto, correlati­
turaleza e intensidad de dichos sonidos: vas variaciones de la inclinación con que la
cambiando, en suma, de formas con la va­ hirieran dichos rayos: de donde habría de
riada sucesión de éstos. resultar inestabilidad incesante en el nú­
En la telefonía usual, los temblores y mero de éstos recibidos por la lámina, y
cambios de forma de la membrana o lámi­ variabilidad continua en las direcciones en
na oscilatoria del micrófono Bell (2) se que ella los enviara al reflejarlos: cambios
convierten en variaciones de intensidad de de forma de la placa y de dirección en los
la corriente eléctrica de un electroimán, rayos muy pequeños, pequeñísimos, cuan in­
uno de cuyos polos se halla próximo a la finitesimalmente pequeños puedan suponer­
placa vibrante, cuyos continuos y rapidísi­ se, pero suficientes para el objeto persegui­
mos cambios de distancia a él convierten do, porque es característica de las fuerzas
la vibración acústica de la voz parlante en y los fenómenos naturales que los efectos
oscilaciones de corriente eléctrica- Por pro­ enormemente grandes sean resultados de la
cedimientos inversos son éstas a su vez acumulación de impulsos o de acciones in-
transformadas en vibración acústica de la finitesimalmente menudos. De aquí que el
membrana del auditivo del teléfono recep­ cálculo integral, que da medio de sumar en
tor que reproduce la voz vertida en la bo­ infinitamente grandes los infinitamente pe­
cina transmisora, en cuyo interior vibra la queños, haga tan gran papel en la Física
placa, mientras que en la trompeta (trom- Matemática.
Consecuencia de lo anterior, ya fácilmen­
(1) O con una curvatura determinada corres­ te comprensible, es que, en vez de hacer
pondiente a la posición de reposo. temblar una corriente eléctrica, como en los
(2 ) Se cita éste especialmente por haber sido teléfonos corrientes, la voz oída por la bo­
Bell el padre de la telefonía, inventando el micró-
fono> es decir, el oído eléctrico, que convierte en cina transmisora de Techiasco se transfor­
movimiento y en intermitencia eléctrica la voz de mara en rapidísimo temblor, de la inten­
quien junto a él habla, así como el teléfono par­ sidad y de la dirección del haz de rayos lu­
lante realiza la metamorfosis inversa.
minosos enviado al cuartel de Agadés por
Es curioso saber que hay micrófonos de sensi­
bilidad tan exquisita que oyen el andar de una la lámina vibrante. El efecto de este apa­
mosca sobre su placa vibrante. rato transmisor había de ser, por tanto, di-
LA MAYOR CONQUISTA gl
solver la voz, y consiguientem ente el pensa­ dés hay un reducto donde está establecido
m iento hum ano, en luz que, a través del es­ el cuartel de gendarm ería. E n tre el reduc­
pacio, tra n sp o rta ra una y otro a la velocidad to y el torreoncillo de Techiasco desciende
de 300 000 kilóm etros largos por segundo el terreno de tal modo, según testim onio
del volar de la luz, h asta que en su camino topográfico de los trabajos hechos por los
tro p ezara ésta con ingenio capaz de des­ ingenieros del ferrocarril, que colocando un
hacer la disolución, separando de los rayos anteojo de adecuada potencia en el torreón,
lum inosos las ideas en ellos diluidas. debería, con él, verse el cuartel.
¿S erá posible esto?... Claro es que el tal anteojo h ab ría de ser
¿P or qué no?... grandísim o y muy bueno; lo cual no era
Si la N aturaleza deposita, aquí y allí, en cosa que hubiere de preocupar en este caso;
superpuestas capas sedim entarias, levísim as pues no necesitándose hacer ver, en Agadés,
p artículas de polvo m ineral disueltas en las sino tan sólo hacer oír la luz allí enviada,
aguas de los m anantiales, p ara form ar con era innecesario anteojo: del cual sólo se ha
ellas, al cabo de centenares de centurias, hablado para hacer constar la m utua visibi­
enorm es y durísim as rocas; si la evapora­ lidad de torreón y reducto, en el últim o de
ción saca, en las salinas, sal de las aguas dei los cuales había dejado Lobera establecida
m ar; si vaporizando una solución recoge el al sa lir del pueblo otra larhinilla metálica,
químico, en form a de cristales, los m ateria­ sobre la cual caería, en cuanto él m ontara
les sólidos antes escondidos entre moléculas la estación transm isora de Techiasco, el tem­
del líquido evaporado, ¿por qué no han de bloroso haz de rayos lum iacústicos refleja­
poderse substraer de la luz enviada de Te- dos, qn el torreón de aquel lugar, por la pla­
chiasco a Agadés las palabras, que entrete­ ca vib rato ria de la bocina parlante.
jidas con sus rayos viajen de uno a otro Al cuidado y observación de la lámina re­
punto con las prestadas alas de una veloci­ ceptora del reducto había quedado Raúl,
dad 924 veces más rápida que la del sonido? constituido en ayudante de su amigo el
Compárese el cansino ra stre a r de la babo­ argentino.
sa con el raudo vuelo del vencejo, y todavía —Es decir, que en el cuartel se montó una
no se ten d rá idea de tal aum ento de velo­ segunda lám ina vibrante.
cidades (1). —Sí; pero con vibración no acústica, co­
Si la electricidad engendrada por reac­ mo la de Techiasco, sino electrolum ínica.
ciones químicas en la pila, por la fuerza del —Y eso ¿qué es?
agua en los saltos de ésta, por el carbón en Ya en otros libros de esta biblioteca se ha
las dínamos movidas a vapor, vuelve a tro­ hablado del setenio, y para no caer en repe­
carse, cuando llega a receptores apropiados, ticiones, pesadas p ara mis lectores habitua­
en fuerza mecánica, calor, luz, ¿por qué, en les, sólo diré que unir, o con más propie­
la vibración lum inosa nacida de vibración dad, intercalar, un pedazo de tal cuerpo en­
acústica, no ha de poder recuperarse esta tre los alam bres por donde pasa una co­
vibración originaria? rrie n te eléctrica, a la p ar circulante por él
Como Lobera conocía la posibilidad de y éstos, es poner a dicha corriente en con­
ello, gracias a una idea original de Bell y diciones de que su intensidad varíe a tono
de T intier, perfeccionada por Ruhm er, y con las oscilaciones de la luz con que el
apiícaaa con éxito, a principios del siglo XX, selenio esté alumbrado, el cual consume en
erlfre G runau y B erlín (15 kilóm etros), no sus resistencias interiores ta n ta más elec­
hubo de inventar nada, sino perfeccionar, tricidad de la que a él llegue cuanto más
y no fué poco, tal sistem a para obtener de obscuro. Sabido esto en general, conviene
él el alcance que Duvery necesitaba ahora, en concreto, decir que la placa de­
Véase cómo se arregló (2). jada en el reducto de Agadés p ara que so­
E n lo alto de un cerro inm ediato a Aga- bre ella cayeran los rayos de luz enviados de
Techiasco, era de selenio, y estando in ter­
puesta en los alam bres del circuito de una
(1) Proporción entre la velocidad de la luz, 308 pila eléctrica, engendradora de electricidad
millones de metros por secundo, y 333, que es la d ejaría pasar ésta en gr m cantidad por d’cho
del sonido en el aire a cero grados en Igual tiem po;
y algo mayor con el crecimiento de la temperatura, circuito cuando sobre el selenio cayera mu­
12) Quien quiera conocer más detalles de los cha luz de la enviada por la placa vibrante
que aquí se dan y expuestos en diferente forma, de bocina de aquel lugar, en cantidades me­
puede hallarlos en la obra Modernas brujerías de
l e s ciencias, J. de Elola^ y en el artículo en tal
nores cada vez, según dism inuyera el nú­
libro titulado “Alas de luz para la voz humana”. m ero de rayos de aquel haz luminoso, y nu-
LOS VEN GADORES 6
82 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

las cuando la cápsula de selenlo quedara, Así hablaría Techiasco, y Agadés oiría;
obscura por no llegar ninguno. pero otro par de ingenios, exactamente igua­
Tales pulsaciones de la corriente llega­ les a estos de que se acaba de dar ramplona
rían por el alambre por donde ésta fluía a un idea, pero instalados con la bocina trans­
teléfono del cuartel intercalado en el cir­ misora en el cuartel y el receptor seleno-
cuito de ella, convirtiéndose dentro de este telefónico en la residencia de Duvery, per­
teléfono en vibración acústica de las mem­ mitiría oír en ésta lo que de allá dijeran.
branas de los auriculares: que con sus chas­ Después de puesto el Sol, harían sus ve­
quidos reproducirían las palabras dichas por ces arcos voltaicos o fanales de acetileno:
quien hablara desde el centro ferroviario. a reserva de utilizar, si conveniente fuera,
Y ya tenemos de nuevo convertida en pala­ focos de la invisible luz ae los rayos ultra­
bra la luz por la palabra capturada allá violados: siendo substituido entonces el se­
para esconderse en sus destellos. Pero dirá lenio por películas fotográficas, que tienen
cualquiera: estando la laminilla reflectora ojos químicos para ver dicha luz, física­
del torreón en constante vibración, por la mente invisible a los ojos humanos, y con­
voz producida, la luz reflejada en ella sal­ virtiendo así el fonotelefoto en ultraviole-
drá en cada momento en direcciones dife­ tofono.
rentes, y sólo alguna que otra vez podrá Algo largo resulta el terminacho; pero
llegar a la cápsula receptora. compénsalo lo rápido de la comunicación
Efectivamente, así sería a no hallarse la con él lograda.
placa emisora en el foco de una gran lente Para resolver el problema en esta última
situada delante de ella; es decir, entre ella forma no tendría Lobera sino...
y el lejano selenio, con lo cual los rayos de Bueno, lo que tendría que hacer no cabe
luz reflejados por la lámina en diferentes
en la presente historia, que no es un índice
direcciones torcerán sus caminos al atrave­
de posibilidades, sino relato de sucesos- Ade­
sar la lente, saliendo todos de ella en una
más, es de creer que alguna vez conseguiría
misma: la necesaria para llegar al recep­
hacer hablar claro a Emma, verdadera cul­
tor selénico de Agadés: del propio modo
pable de que los escarceos radiogoniométri-
que los rayos de luz de una linterna de ci­
nematógrafo no se esparcen por todos los cos y lumitelefónicos le tuvieran demasiado
ámbitos del salón, sino que refractados en olvidado del Sol y de la empresa heliodiná-
la lente establecida delante de la lámpara, mica que al Sahara lo había traído, y a la
salen todos paralelos en la dirección nece­ cual es de creer volverá en breve.
saria para caer en la pantalla.

XX
LA EMBOSCADA

A los pocos días de la llegada al centro blaría al día siguiente y de las en que des­
de trabajos ocurrió un hecho que, llegando de Agadés debería hacerlo él para verificar
antes de estar terminado de montar el lumi- las primeras pruebas.
teléfono, dió fehaciente y triste prueba de Llegadas tales horas, ni uno ni otro oye­
cuán poco de fiar era la comunicación por ron nada: y comprobado el buen estado de
emisarios en motocicletas, a que hasta en­ los insti'umentos eléctricos, acústicos y óp­
tonces había que atenerse. ticos del cuartel y el torreón, y comunicán­
Estando ya terminados el transmisor y el dose los operadores por dos ciclistas en cons­
receptor de Techiasco, iguales a los que en tante ir y venir, el buen resultado de tales
el reducto de Agadés quedaban bien enfila­ comprobaciones aisladas, indicó a Lobera
dos a aquella Residencia, en dirección exac­ que el no llegar los rayos luminosos de una
tamente conocida por los trabajos del ferro­ a otra estación habría de obedecer a que en
carril, fueron establecidos ambos aparatos el camino entre ambas tropezaran con al­
en el torreón, previniendo a Raúl, por pro­ gún altozano, rocas o árboles en donde que­
pio, de la hora precisa a que Lobera le har daran detenidos.
LA MAYOR CONQUISTA 83
Examinando Lobera y Duvery el plano Efectuada al día siguiente dicha compa­
del terreno y el perfil del relieve de las ración y puestos de acuerdo los relojes de
alturas de él, advirtieron que la cumbre del Duvery, Lobera y el ingeniero que había de
cerrete de Tembellaga quedaba, en el perfil, operar en Tembellaga, se llamó a un ciclis­
solamente dos metros por debajo de la rec­ ta para que llevara a Agadés el aneroide del
ta trazada entre el torreón y el reducto: di­ capataz que allí había de observarlo, y el
ferencia tan pequeña que, de haber algún que Raúl emplearía en la nivelación del tra­
error de cierta importancia en la nivelación, mo desde allí al cerro, mientras Lobera ha­
podría haber inducido a equivocación, ha­ cía la de Techiasco a éste.
ciendo creer que la visual Agadés-Techiasco El capataz citado estaba en el pueblo con
quedaba por cima de la cumbre de dicho Raúl para que éste lo impusiera en el ma­
alto de Tembellaga, cuando en la realidad nejo del transmisor y del receptor fotoacús-
fuera por éste interceptada, imposibilitan­ ticos, y cuando dicho empleado pudiera ya
do el funcionamiento del fototeléfono. desempeñar las funciones de fotofonografista
Llamado al ingeniero que había nivelado se quedaría sólo en Agadés, yendo Raúl a
aquel perfil, respondió de su exactitud, con reunirse con su padre en Techiasco. Enton­
error a lo sumo de centímetros, siendo im­ ces realizaría Lobera su aplazada expedición
posible, por lo tanto, que la visual cortara a Lebezenga y Azzau.
ni aun rozara el suelo. Además de los barómetros, era el ciclista
— Y, sin embargo, amigo mío— dijo Du­ portador de instrucciones que, para evitar
very— la luz no pasa. dudas y olvidos, redactó a última hora Lo­
— ¡A h !—exclamó el ingeniero consulta­ bera, marcando la hora de la salida de Raúl
do— . Ya sé lo que es: tropieza en algo, pero y las de las lecturas que simultáneamente
no en el terreno, sino tal vez en los paredo­ habían de efectuarse en los dos aneroides
nes de una casa derruida que hay en la en movimiento (el suyo y el de Raúl) y en
cumbre. los fijos de Agadés, Techiasco y Tembella­
—Entonces bastaría levantar sobre el to­ ga: instrucciones de las que, por haber sa­
rreón un castillete de madera de tres o cua- lido de mañana el ingeniero que en el úl­
ro metros- timo punto había de trazar la alineación, se
— Imposible, Don Héctor: ese castillete sacó una copia que, al paso para Agadés, le
vibraría con el viento haciendo oscilar la entregaría el ciclista portador de las de Raúl
lente dirigida a Agadés, con lo cual perde­ y de los barómetros.
ríamos la puntería del haz de rayos lumi- Era éste uno de los tres dagatuvis emplea­
acúscticos, que no caerían en el receptor del dos cual correos, pues aunque recientemen­
reducto. No hay más remedio que ir al ce­ te, y por los buenos oficios de Bertier, ha­
rrillo para ver si derribando los paredones bían llegado de Borku 160 negros dazas, -fin
damos paso a la luz— dijo Pepe. quienes se tenía superior confianza que en
— Ya que allá se ha de ir, no estaría de los dagatuvis, no se les empleaba como co­
más hacer de paso una rápida nivelación rreos, por desconocer todavía los caminos
barométrica. de la comarca.
•—Completamente de acuerdo, Don Héctor.
Estos negros habían siao ostensiblemente
Raúl y yo, con aneroides, iremos a encon­
contratados como jornaleros para intensifi­
trarnos en Tembellaga; este caoallero allí,
car las obras del ferrocarril; pero con in­
usted aquí, y en Agadés el capataz que allí
tención secreta de constituir con ellos y los
ha de quedarse observarán en barómetros
europeos la guarnición de seguridad del
fijos a horas convenidas.
centro de trabajos; pues, por causas que
— Yo puedo además aprovechar mi ida al
cerrete para determinar, con un teodolito,
el punto exacto donde la alineación del to­
cumbre y en el pie de un cerro marcan diferentes
rreón al cuartel corte a los muros. lecturas barométricas, pues sobre la cresta queda,
— Perfectamente. Ya no nos queda sino menos aire hasta el límite superior de la atmósfera
comparar entre sí, durante veinticuatro ho­ que sobre la falda.
De aquí que comparando en los mismos momentos
ras, los cinco barómetros (1). las alturas que el barómetro acusa en diversos
puntos de un terreno, puede nivelarse no con alta
precisión, pero muy suficiente para tanteos y an­
(1) Como la altara barométrica equilibra el teproyectos. dicho terrepo : siempre que se tomen
peso de la altura de la atmósfera que queda por precauciones y se opere en forma demasiado téc­
cima del lugar donde el barómetro se halla, sabe nica para explicada en libro de la naturaleza de
todo el mundo que dos barómetros situados en la éste.
84 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
oportunam ente se dirá, inspiraban mayor ricano — agregó el infiel em isario daga-
confianza que los dagatums (2). tum —sé que las dos ca rtas son copia una
de otra, con órdenes para no sé qué opera­
* * *
ciones del replanteo de la línea, que van a
hacer mañana.
A la caída de la tarde salió el emisario, ¡Ah! ¿Sí?—dijo el gendarm e—. E nton­
que en hora y m edia escasa podría llegar a ces no hay que an d ar con remilgos.
Tembellaga, y en poco menos de tres a Aga­ Y desgarró el sobre dirigido a Raúl, le­
dés; pues su motocicleta hacía 80 kilóme­ yendo atentam ente las instrucciones, fiján­
tros en norm al m archa. Pero tardó algo dose en las horas de salida de Raúl y de
tmás, porque al llegar a Tadelaka, lugar si­ Pepe de Agadés y de Techiasco y de las
tuado veintitantos kilóm etros antes de don­ de llegada de ambos a Tembellaga.
de debía entreg ar el prim er pliego, se apar­ Y volviendo a m eter el pliego en el sobre
tó de la ru ta directa para encam inarse a roto, devolvió éste y el intacto al ciclista,
una casa aislada, distante como una legua diciendo:
del camino de Agadés, y rodeada de unas —Listo. Llévalos ah o ra a sus destinos.
cuantas mimosas, en donde lo aguardaba —Pero ¿qué digo al Señorito Raúl cuando
una pareja de gendarmes, a uno de los cua­ vea...
les entregó los dos sobres, diciendo: —Muy sencillo: que como era ya de no­
—E sto me han mandado llevar al inge­ che cuando llegaste a Tembellaga se con­
niero que sabéis y al hijo del director. fundió el ingeniero que está allá y abrió ese
El gendarm e m iró los sobres, pensando sobre en vez del suyo... Raúl es un chiquillo
en que allí le faltaba medio de abrirlos en sin m alicia y no sospechara nada.
form a que, al recibirlos, no conocieran los —Sí, pero cuando hable de esto con el
destinatarios la fra ctu ra de ellos. ingeniero verá que he mentido.
—P or lo que hablaban Duvery y el ame- —No te preocupe eso: ellos no se h an de
ver hasta m añana a las nueve; tú estarás
dentro de seis horas de regreso en Te­
(1) Antes de que los franceses se posesiona­
ran definitivamente, a mediados del siglo XX, de chiasco, donde darás cuenta de haber en­
las comarcas del Air, antes llamado Asben, eran tregado los pliegos; y con que m añana le­
éstas dominadas por subrazas de origen berbe­ vantes el vuelo yéndote donde no puedan
risco y sahfirico cruzadas con los negros sudane­ echarte la vista encima...
ses. Estas razas son los kel-gheres, los itisan y
los kel-ovis, a los cuales llaman esclavos los tua- —Pero ¿adonde me voy;... x que asi me
regs puros: no porque vivan sometidos a servi­ quedaré sin empleo.
dumbre, sino por el gran número de cruzamien­ —Todo eso está pensado, hombre: de ma­
tos con los negros del sur, que han adulterado
la raza. drugada sales de la Residencia cómodamen­
Es notable que entre estas gentes no sea el te, en tu moto, y te vas a Korao; llegado
marido el que se lleva la mujer a su casa y a allí, buscas al capataz de las salinas, que es
su aldea, sino a la inversa, teniendo el matriar­ hermano y se llam a Morzuk y le dices, fíja­
cado gran importancia entre ellos, y siendo el
orden de transmisión del mando y la propiedad te bien: “El gendarme de T adelaka te m an­
por herencia no el de padre a hijo, sino de tío da que me des en seguida colocación lejos
a sobrino nacido de la hermana del titular o pro­ de Techiasco y de Agadés.” ¿Te enteras?
pietario.
Ademfls de estas razas principales viven en la
—Sí, señor.
parte meridional del Air los tagarnos y los da­ —Pues hemos acabado. Vete a tu comi­
gatums. Los primeros, berberiscos, se visten de sión.
blanco y se arreglan el cabello en trenzas largas,
siendo rasgo distintivo y repugnante de ellos el * * *
de hacer objeto de trófico con los viajeros la
prostitución de sus esposas.
Los dagatums, que no son islamitas, y se afir­ Acampado en una tien d a de cam paña para
ma forman restos de una raza aborigen, hablan
el mismo idioma, el temaxec, de los tuaregs ; tie­
él y sus dos topógrafos auxiliares europeos,
nen el cutis poco obscuro, y se casan exclusiva­ m ientras al aire lire vivaqueaban seis ne­
mente entre sf por ser considerados inferiores a gros dazas, todos, claro es, armados, reci­
las demíís razas de que se ha hablado, en las bió el ingeniero el pliego de Lobera quin­
cuales buscan quienes, mediante el pago de un
tributo corriente, ejerzan con ellos oficio de patrón ce minutos después de separarse de los gen­
o escudo, a fin de tener quienes los defiendan de darmes el emisario, que hora y media más
los atropellos de que, si no, son víctimas. En las tarde entregaba en Agadés a Raúl el otro:
expediciones guerreras, los dagatums son la carne
de cañón, pues sus patronos los colocan siempre
dándole por excusa de que llegara abierto
a vanguardia. la sugerida por el gendarm e; sin que, como
LA MAYOR CONQUISTA 85
éste había adivinado, sospechara nada el O nos h ab ría prevenido por alguno de
inexperto y franco muchacho, pues conocía ellos para que continuáram os haciendo lec­
al ciclista como antiguo empleado en el fe­ tu ras de diez en diez m inutos—contestó
rro c arril y lo tenia por hombre de confianza. Raúl al ingeniero, que era quien había di­
A m edia noche entregaba éste a Duvery cho lo an terio r—- ¿Me habré yo equivocado
la respuesta de su hijo y el ingeniero, ma­ de hora?..» Voy a repasar las instrucciones.
nifestando quedar enterados de las instruc­ H aga usted el favor de ver tam bién las
ciones. suyas.
Al am anecer, cuando los obreros salieron —Por com placer a ustea; pero es innece­
a sus tajos, tomó el ciclista las de Villadie­ sario: estoy seguro de ellas-..; es decir, de
go, sin que hasta el regreso de ellos, al fin las mías, pues las de usted mal puedo co­
de la jornada, echara de ver nadie su fal­ nocerlas.
ta- A dicha hora llevaba muchas ya de acae­ Al oir esto, cruzó por la im aginación de
cido el suceso preparado por la infidencia Raúl, confiado por ser lear, mas nada lerdo,
del que se hallaba ya en Korao. una idea alarm ante, y preguntó con gran
* * *
viveza:
—¿Entonces anoche se enteró usted de su
A las siete de la m añana, h ora convenida, equivocación antes de leer m is instruccio­
p artieron Raúl y Lobera de Agadés y Te- nes
chiasco, respectivam ente, p ara encontrarse —¿Qué equivocación?... ¿Cómo había de
en Tembellaga. Iban en motociclos y escol­ lee)Jas?
tados: el prim ero, por una p are ja’ de gen­ En un in stante se descubrió el embuste
darm es que le dió B ertier, y el segundo, por del correo. De esto a pensar en deslealtad,
cuatro negros dazas puestos a sus órdenes que no podía nacer de buen propósito, no
por Duvery. había un paso, y dado ya, y u n id a esta cer­
A la salida anotaron ambos las altu ras teza al recelo por la tardanza inexplicable
de los aneroides en sus registros respecti­ de Lobera, ya inquietó a quienes lo espera­
vos, repitiendo durante la m archa iguales ban, no una avería de la moto, sino la po­
operaciones, de diez en diez m inutos, a ho­ sibilidad de un accidente ocurrido a la p er­
ras coincidentes: las m ism as en que Duve­ sona. Y ro cabiendo continuar en tal duda,
ry, en Teohiasco, y el ingeniero y el capa­ resolvieron sa lir camino de Techiasco en
taz, en Tem bellaga y Agadés, efectuaban lo busca suya, cual lo efectuaron sin perder
propio. * m inuto, acompañados de la gente que en
Siendo la distancia de Techiasco a Tem­ Tembellaga estaba, del sargento F rian d y
bellaga poco diferente, pero m enor la que el gendarm e con R aúl venidos: todos en
había de recorrer Lobera que la que Raúl de. motos y side-cars y forzando los motores
bía andar, sorprendióse éqte, cuando al cerro de las máquinas-
llegó, de no hallar a aquél allí, diciendo al
* * *
ingeniero que a los dos los aguardaba:
—¿Cómo? ¿No ha llegado aún Lobera? Tal vez no habrían pasado diez m inutos
—No. de la salida de Tembellaga de la p atru lla
—Me choca: h ab rá tenido alguna avería exploradora, cuando Friand, que m archa­
en la moto. ba en cabeza, gritó “alto”, por haber visto
Una vez dicho esto, m ostró el ingeniero u n a m otocicleta caída en el camino, en el
al muchacho el lugar preciso donde él su­ paraje donde ap artab a ue éste una senda
ponía debía quedar interceptada la comu­ ta n polvorienta como él, encajonada en tre
nicación en tre Techiasco y Agadés por los raquíticas m im osas: la m ism a por donde la
paredones de que había hablado a Duvery noche an terio r había tomado el dugatum
y a Lobera. Una vez visto esto, con derri­ para i r a enseñar los pliegos a la pareja
barlos desaparecería toda dificultad. de gendarmes.
Por pronto que el pelotón, lanzado a toda
m archa, pudo detenerse, ya estaban quienes
delante iban a cuatro o cinco m etros de la
—Me sorprende que tard e ta n to ; porque moto caída, por lo cual gritó el sargento:
de haber tenido alguna avería pesada de —Quietos: todos quietos donde están-
reparar, y siendo im portante la rapidez en —Pero, F riand, vea que no podemos per­
la nivelación, habría seguido en la moto de der tiempo—replicó la im paciencia de Raúl.
uno de sus acom pañantes . —Como lo perderem os será borrando, con
86 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
las ruedas o los pies, las huellas que ha de taran buenas ganas, que, por lo pronto, se
haber en la arena. aguantaron; pero como el lector no pierde
— ¡Ah! tiempo en oírlas, vamos a anticipárselas.
— No se mueva nadie hasta que acabe yo Hasta pocos metros antes del origen de
de verlas. la senda se veían, muy marcados sobre el
Con gran precaución de no poner los pies espeso polvo que cubría el camino, los sur­
sino donde no borraran los rastros de di­ cos de las motos venidas de Techiasco; en
versas clases de que aquel arenal estaba la cercanía de dicho origen había huellas
lleno, avanzó Friand camino adelante cosa de varios pies de hombres y y de pezuñas
de cincuenta metros, con la cabeza inclinada de camellos, estando revuelto el polvo por
al suelo y muy despacio; retrocedió des­ las ruedas de las mismas motos, como si
pués, deteniéndose en el entronque con la allí hubieran virado para volverse por
senda; siguió dos minutos por ésta para donde habían venido; y como desde ei
tornar ai cruce, al cabo de ellos, retroce­ arranque de la senda hasta el sitio donde
diendo luego por el camino para mirar Friand había hecho detenerse a quienes lo
atentamente, cual si buscara algo entre los seguían desde Tembellaga no había huellas
surcos en el piso dejados por las motos re­ de bicicletas, inducía todo ello a pensar que
cién llegadas de Tembellaga. Ese algo que las procedentes de Techiasco habían hecho
no hallaba en la parte de camino de donde alto y dado la vuelta junto al entronque de
venía era pisadas de camello. la vereda para retrocedei todas por el mis­
Tornó de nuevo al arranque de la senda, mo camino que habían traído: con la ex­
y otra vez se metió por ella, hasta que a cepción, claro es, de la que allí estaba aban­
los ocho o diez minutos de comenzadas sus donad*,.
pesquisas, dijo: Además, las pisadas de camellos que el
— Ya pueden ustedes acercarse. Dígame, sargento vió patentes en la senda co­
Don Raúl, ¿podría usted conocer si esta rrespondían a dos pistas: una indicaba- que
moto es de la Compañía? dos de aquellos animales la habían seguido
— Creo que sí... A ver. ¡Anda, si es la viniendo hacia el camino hasta llegar a la
mía! No la usa nadie sino yo, porque no desembocadura de aquélla en éste, sin que
quiero que me la estropeen. Lo que me cho­ ni a un lado ni otro de ella se vieran en
ca es que mi padre se la haya dado a na­ dicho camino rastro ninguno de tales ani­
die... ¡Calla! Como no haya sido a Lobe­ males; y como, en cambio, la segunda, pista
ra... Y al estar aquí tirada y sola debe de impresa en la vereda conservaba las huellas
ser que le haya ocurrido un accidente. ¿Es­ de las pezuñas de los mismos dos camellos,
tará herido? ¿Se lo habrán llevado otra vez pero al revés de las correspondientes a las
a Techiasco? del primer rastro, dedujo de todo ello el
— No, Don Raúl- Si la moto hubiese vol­ experto veterano que después de llegar los
cado habría ido resbalando algún trecho, camellos por la senda al entronque de ella
arañando el suelo fuertemente con el timón con el camino, y detenídose en tal lugax’,
'y los pedales, y aquí no hay señal de eso. habrían dado la vuelta para volverse por
Quien la montara la ha parado y se ha aquélla; pero no solos, cual vinieron, sino
apeado... Vea usted aquí la honda huella precedidos de un hombre cuyas pisadas es­
que el pie ha dejado al caer con la fuerza taban bien marcadas delante de las de los
del peso de todo el cuerpo al desmontar. dos rumiantes.
— Entonces, ese hombre, ese hombre, Para Friand era tan claro cual si lo hu­
¿donde está, y qué se ha hecno de los otros? biera visto que aquel hombre no podía ser
Corramos, Friand, corramos. sino el de da moto caída, abandonado o en­
— Por aquí— dijo el veterano montando en tregado por sus acompañantes a los jinetes
su moto— . Pero no lo estropeemos con las de los camellos, que se lo habían llevado; y
prisas: no siempre llega antes quien más si el señor Lobera fuera quien montara la
corre... Yo iré delante; pero pai'a seguir la moto, él habría de ser el secuestrado.
pista que ya tengo no puedo ir a carrera
ciega. Tenga paciencia, don Raúl, y que no * * *

se me adelante nadie.
Para ganar tiempo se abstuvo el sargento Dos kilómetros llevarían avanzados Raúl
de dar explicación de lo que había observacio y sus acompañantes en pos de Friand que
en las huellas examinadas, y los demás de los guiaba, yendo él conducido a su vez por
preguntarle, aun cuando de ello no les fal­ el rastro marcado en la vereda, cuando al
LA MAYOR CONQUISTA 87
salvar un otero divisaron al frente la soli­ — Que no hay tiempo; que llegan; que
taria casa donde la noche anterior se ente­ nos cogen.
raron los gendarmes, en el pliego dirigido a A esta tercera y apremiante llamada del
Raúl, de las horas prefijadas a la salida de vigía aparecieron otro gendarme y un ahel-
Techiasco de Lobera y a su llegada a Tem- litzan en la puerta y saltaron sobre sus
bellaga. monturas, a las que hicieron levantarse rá­
Dicha casa, a unos tres kilómetros del pidamente: no sin tener que vencer la fre­
ribazo, transpuesto el cual la vieron, quedaba cuente pereza de ellos para alzarse al ser
al extremo de un llano despejado, que al montados, pinchándolos reiteradamente con
mismo tiempo que la casa les permitió ver, los cuchillos-bayonetas (1).
a pocos metros de ella, a un gendarme jine­ Una vez levantados los meharis partieron
te en un camello, con otros dos del diestro, los gendarmes y su acompañante a gran
apostado sin duda como vigilante para otear velocidad, desapareciendo en un momento
entera la llanura; pues al aparecer en lo detrás de la casa, utilizada por los fugitivos
raso la patrulla se acercó rápidamente a la cual reparo que los ocultara a sus perse­
puerta con las cabalgaduras, lanzando gri­ guidores.
— Nos hemos equivocado: son gendar­
tos que antes de transcurrir medio minuto
mes— exclamó Raúl.
reiteró precipitadamente.
— Si lo fueran no huirían de nosotros—
Al ver aquello ordenó el sargento:
contestó Friand— . Y agregó a gritos, diri­
— Apretar, apretar. A toda marcha. Pre­ giéndose sucesivamente a los paisanos y al
paren armas. guardia que lo acompañaba:
A los pocos segundos el gendarme de la — Ustedes a la casa, que ahí debe estar
casa, que había hecho a los camellos arro­ el señor Lobera. Tú conmigo detrás de esos
dillarse delante de la puerta, gritaba: granujas. i
«

XHi
EL CRIMEN DE TADELAKA

Cuando el americano y los dazas que con que ya el lector sospecha acaso; pero no
él salieron de Techiasco para Tembellaga siendo fácil sepa, si no se lo decimos, lo
llegaron al lugar donde dei camino se apar­ acaecido desde el momento en que, cual
ta la vereda a la casa, les echó el alto una
pareja de gendarmes senegaleses montada
(1) Montar un camello del Sahara no es cosa
en meharis, que hallaron apostada en el sitio sencilla. Para efectuarlo se le hace arrodillarse,
citado, preguntándoles, tan pronto su orden lo cual efectúa el animal gruñendo y protestando,
fué obedecida, si entre ellos iba un señor compelido por tirones del anillo que lleva atrave­
sado en la nariz, la cual hay que tenerle sujeta
Lobera, a quien, al darse a conocer, le fué mientras se sube a la silla, manteniéndola, me­
ordenado se entregara preso. diante flexión del cuello, casi en contacto con el
Inútilmente protestó él, pups a sus argu­ pecho. Cada movimiento del .jinete determina uno
mentos contestaron los guardias que cum­ o varios rugidos del animal, cual si lo degollaran,
siendo de aconsejar que se monte de pronto y
plían orden del Capitán Bertier, quien ya por sorpresa.
sabría si era o no un atropello aquel arres­ El camello s u e le levantarse violentamente, dan­
to, como decía el detenido, cuyos acompa­ do una sacudida violenta y rapidísima de vaivén
adelante y atrás, que si el Jinete no está muy en
ñantes dieron vuelta a Techiasco obede­
guardia, puede derribarlo; pues el camello del
ciendo mandato de los gendarmes, y cum­ Sahara no es un animal domado, como el de Egip­
pliendo encargo de Lobera de informar de to o de otros países.
lo ocurrido a Don Héctor. No se le guía con riendas, sino únicamente por
la presión de los pies del jinete, que no a horcaja­
Una vez idos éstos, y cuando la pareja das, sino sentado en la silla sobre la joroba, des­
los perdió de vista, ordenó al preso que cansa cada uno de los suyos a uno y otro lado
echara delante de ella: mas no camino de del pescuezo del animal, haciéndole volver a una u
Agadés, sino senda adelante. otra mano, según con qué tacón golpea al a n im a l.
De aquí que en los combates entre africanos del
Quiénes eran los que escapaban es cosa Sahara montados en camellos sea muy frecuente
88 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
Friand había adivinado, fué Lobera secues­ que siempre se esconde tras robadas perso­
trado, hasta la llegada de los que a liber­ nalidades; pero deduzco que debe avergon­
tarlo corrían, preciso es referirlo. zarse de su propio nombre.
Varias veces, durante el tiempo que el — No me insulte: tengo poca paciencia.
argentino, escoltado por los gendarmes, tar­ — Ayer se disfrazaba usted con la de Nú-
dó en llegar a la casa, insistió en sus pro­ ñez, cobardemente secuestrado como yo;
testas, por parecerle imposible, más todavía hoy con ese uniforme que a traición habrá
absurdo, que Bertier ordenara arrestarlo, y robado.
no haber sospechado pudieran no ser gen­ — Gahel: si tú aguantas Tos insultos de
darmes sus aprehensores; pero en vista de ese hombre, yo no estoy dispuesto a...
que éstos callaban como si hablara a sor­ — ¿El digno secuestrador del verdadero
dos, o le oían cual si fueran mudos, enmu­ Pozo? ¿No es verdad? Y, sin duda, teniente
deció él también. de la cuadrilla de bandoleros que por lo
Llegados a la casa, a cuya puerta estaban visto capitanea usted.
Ben-Cassim sin disfrazar y su camello ama­ ■
— ¡Perro maldito! Ahora verás.
rrado a una argolla empotrada en el muro — Quieto, Cassim. Pero usted, por su bien,
de aquélla, se apeó uno de los gendarmes, debe acordarse de que está en mi poder,
dejando su mehari al cuidado del otro pues no presumo de paciente.
guardia que con él venía, el cual se quedó — Ni lo olvido, ni ignoro lo que puedo
afuera, mientras é! entraba, echando por esperar de dos valientes que, no bastándo­
delante al secuestrado y seguido de Ben- les ser dos y bien armados, han tenido la
Cassim, en quien no pudo aquél reconocer prudente precaución de desarmarme.
a Pozo por tener cubierta la cara, cual los ■—Pero ¿cree usted que yo le tengo miedo?
otros, con el litzam ; pero una vez dentro — Las muestras de eso son.
todo se le aclaró instantáneamene al ver — ¡Señor Lobera!
al falso gendarme quitarse el suyo y oírle — Señor salteador de caminos: sí des­
decir: armado no me asustan sus armas, no pen­
sará espantarme con sus voces.
— Ya se acabó la farsa, y ha llegado la
hora de hablar de hombre a hombre. — Basta. Las armas se le devolverán, si
es que las necesita, en cuanto...
— De hombre armado a hombre desarma­
do— replicó el americano- — ¿Qué disparates dices?. ¿Estás loco,
— Para hablar no hacen falta armas... Gahel?
Más adelante, ya veremos. Supongo que me — ¿Callarás de una vez?... Pero antes de
habrá usted conocido. devolvérselas a usted necesito hablar con
— No es fácil saber quién pueda ser el calma del motivo por que lo he traído aquí.
Lobera comenzaba a sospechar cuál era
aquel motivo; mas la violencia de su in­
que los adversarios dirijan sus primeros golpes a dignación por el villano proceder de que
los pies para dejar al enemigo imposibilitado de era víctim a lo exacerbaba, al punto de que
guiar su montura'.
Si el camello no tiene humor de levantarse y a falta de armas con que dañar a su ene­
echar a andar, lo cual ocurre algunas veces con migo quiso abofetearlo con la lengua, y
estas tercas y estúpidas bestias, procura el jinete dijo:
convencerlo a taconazos en el pescuezo; pero a ve­
ces es preciso armarse de paciencia, porque la
— Acabemos. ¿Cuánto dinero vale mi res­
obstinación del camello no tiene par en la de ani­ cate?
mal a lg u n o : latigazos y palos son inútiles, porque Gahel, que al decir sus últimas palabras
el cuero del camello es insensible a ellos. se había sentado junto a una mesucha des­
Si por la violencia se le quiere convencer, no hay
más remedio que pincharle bárbaram ente; pero vencijada, sobre la cual había tintero, plu­
tomando la precaución de agarrarse con fuerza al ma y unas hojas de papel, se levantó fre­
vástago vertical y alto de la silla que se alza en­ nético al oír la insultante pregunta, con
tre las piernas del jinete para evitar ser de­
rribado por la violentísima sacudida que al levan­
propósito de arrojarse sobre el que se la
tarse, así hostigado, da el animal. hacía; mas reprimiéndose inmediatamente,
Puede estar hasta una semana sin b e b e r; mas dijo:
cuando bebe ingiere inverosímiles cantidades de — Dé gracias a que aún está usted des­
agua, que no de una vez, 6ino en dos o tres su­
cesivas y cercanas abrevaduras, llegan hasta la
armado; porque si no ya le habría arran­
de 40 a 45 litros. cado la lengua... No es eso... Su libertad y
E l camello sahárico es un extraño animal que, 6U vida tienen otro precio.
como sus ordinarios dueños los nómadas del Saha­
ra, aborrece, y no lo disimula, al hombre, tanto,
— ¿Cuál?
que no pasta a gusto sino cuando está solo. — Su escrita y firmada promesa de mar-
Dale, dale, Gassim— gritó Abd-el-Gahel al ver brillar el arma.
LA MAYOR CONQUISTA 89
«
charse inmediatamente de Africa, sin vol­ muerte— ; y enardecido por la inminencia
ver a Techiasco, y de renunciar a todo plan con que le amenazaba ésta, se arrojó sobre el
sobre la Señorita de Duvery. grupo formado por sus dos enemigos, gri­
—A quien usted se apresurará a enviar tando:— Pero, a lo menos, no moriré como
•mi firmado compromiso para consolarse de un cordero.
la repulsión que usted la inspira con el des­ Tan impensada fué la acometida, que los
precio que por mí sentiría ella al recibir otros se dieron cuenta de ella cuando ya
tal documento- Lobera había arrebatado su cuchillo de la
—No tengo que dar a usted explicaciones. mano de Ben-Cassim y asestado con él ra­
— Pues sepa usted que aunque mi cobar­ bioso golpe a Abd-el-Gahel, que sólo consi­
día llegara a firmar esa vergüenza, la Se­ guió librar el pecho levantando el brazo y
ñorita Duvery no será nunca de un bandido recibiendo en éste la cuchillada dirigida a
como usted. Pero no firmo, puede usted ase­ aquél. ^
sinarme. —Guárdate, Gahel. ¿Lo ves, lo ves?—gri­
-—Está usted equivocado en las dos co­ tó Cassim.
sas: esa mujer, que he jurado sea mía, lo Unos cuantos segundos osciló a un lado
será, puede usted estar seguro, y voy a ga­ y otro el grupo de los tres hombres enra­
narla matándolo a usted antes, pero no ase­ cimados.
sinándolo, sino de hombre a hombre, como Al sentirse Abd-el-Gahel herido y que la
al entrar aquí le dije- puñalada le hacía caer de la mano armada
Al decir esto desenvainó Abd-el-Gahel el el machete, todavía tuvo presencia de áni­
cuchillo-bayoneta de gendarme que llevaba mo para sujetar con la otra la de Lobera,
al cinto; y cogiendo el de monte de su ri­ que esgrimía el cuchillo con intento de dar
val, que con la pistola que le habían qui­ un nuevo golpe. La izquierda de Ben-Cas­
tado estaba sobre la mesa, se lo alargó a sim se aferró al mismo tiempo a la parte
Lobera, agregando: trasera del cuello de la chaqueta de aquél
—Tenga usted su cuchillo, y gánela si dando un tirón de él hacia atrás, mientras
puede. con la derecha sacaba de la vaina la gumía
Rápido se abalanzó el americano a coger que llevaba al cinto.
el arma; pero, antes que él, ya Ben-Cassim — Dale. Cassimi, dale— gritó el Gran Caíd
se la había arrancado de la mano a Abd-el- al ver brillar el arma, que inmediatamente
Gahel, gritando: hundió aquél en la espalda del argentino,
— Si tú estás loco, yo no lo estoy, gracias a quien siguió sujetando por el cuello el
a Al-lah- poquísimo tiempo que tardó en desplomar­
—No está mal la comedia—gritó Lobera, se, diciendo:
lívido de coraje al perder la esperanza de — ¡Cobardes, cobardes!... A traición me
poder defenderse. habéis muerto.
— No es comedia. Cassim, da inmediata­ — Ya tiene bastante. Pero tú, ¿dónde es­
mente el cuchillo a ese hombre, y apártate. tás herido? ¿Dónde te ha dado este maldi­
Lo mando- to?—preguntó el asesino, alarmado con la
—Ni en esto puedo obedecerte, ni por una sangre de que Gahel tenía manchado todo
mujer tienes derecho de arriesgar la vida, el pecho.
que no es tuya, porque ofreciste consagrar­ —No es nada, nada. Toda esta sangre no
la a más altas empresas. es sino del brazo.
Estas palabras hicieron gran impresión — Sí, pero es mucha.
en el predestinado caudillo de los vengado­ — Quema unos trapos y luego me venda­
res, muy convencido de su providencial pa­ rás con tu pañuelo y con el mío.
pel y de la superioridad que lo ponía por Según decía Gahel, púsole su tío en la
cima de las demás criaturas. Y cual vol­ herida cenizas de unos trapos que cortó de
viendo a sí después de haber estado en la funda de un jergón relleno de las duras
riesgo de descender de su olímpica altura, hierbas que casi secas crecen a lo largo de
dijo: los exhaustos uad (ríos sin agua) del De­
—Tienes razón, lo primero e's lo otro: haz sierto, que estaba en un rincón de la casu-
lo que quieras: ese hombre no merece que cha, y quemó después: con lo cual no se
sea yo mismo quien..., atajó del todo, pero se aminoró mucho la
— ¡Farsante, cobarde, c o b a r d e !— rugió hemorragia. Vendó seguidamente el brazo
Lobera antes de que Gahel acabara la fra­ con los pañuelos y con jirones desgarrados
se, en donde adivinaba su sentencia de de una camisa que sacó del morral de gen-
90 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
sa sa n ita ria con lo necesario para hacerlas Tendió la vista F rian d en torno suyo,
darm e que Abd-el-Gahel llevaba, sin cesar, buscando terreno practicable a las motos
m ientras lo curaba, de reprenderle su im­ por donde fuera dable rodear la cuesta pa­
prudencia. ra cortar la retira d a a ios fugitivos; y al
—Sólo me pesa—contestó después de la r­ convencerse de que lo amplio del rodeo
go rato de silencio el reprendido—que ese an u laría la ventaja de la m ayor velocidad
hombre no haya m uerto por mi mano y de las máquinas, dió una patada de coraje,
cara a ca ra... Muchos y grandes eran los soltó un taco y dijo después de éste:
sacrificios que ya llevaba yo hechos para —Por esta vez se van... Esa es, de fijo, la
dar libertad a mi p atria y vengar a mis pareja senegalesa desertada... ¡Que no me
herm anos; pero ninguno me ha dolido co­ habría gustado poco ser yo quien la pesca­
mo el de haber dejado que un valiente haya ra !... Ea, vamos con los otros. Por lo me­
m uerto llamándome cobarde... E ra preciso: nos creo que habrem os encontrado al señor
qué le hemos de hacer... que busca Don Raúl.
Cuando faltaba poco para acabar de ce­ Cuando éste y sus acom pañantes entra­
ñ ir el improvisado vendaje, se oyeron los ron en la casa quedaron espantados al ver
gritos de T inkert, que, ignorante de lo ocu­ en el suelo, tendido boca arrib a sobre un
rrido adentro, gritaba: charco de sangre, a un hombre, m uerto al
—Afuera, afuera: que vienen los gendar­ parecer, en quien por el traje, antes que
mes. por la cara, reconocieron a Lobera, supo­
—Vamos, vamos, Cassim. niéndole herido en la espalda por no verle
—Déjame que siquiera acabe de anudar herida en cabeza, pecho ni vientre.
este nudo. P ara enterarse de si vivía o no se arro­
—Si os descuidáis nos cogen. dillaron a ambos lados de él Raúl, el inge­
—Así se tiene ya, Cassim. Vámonos, vá­ niero y los ayudantes-
monos—dijo Gahel, saliendo precipitada­ —Creo que hemos llegado tarde—excla­
m ente seguido del otro; y viendo, cuan­ mó el prim ero con voz ahogada al no sen­
do afuera estuvieron, que T in k e rt no exa­ tir las pulsaciones que con ansia buscaba
geraba, pues no faltaban a sus perseguido­ en la muñeca del am ericano.
res sino un kilóm etro p ara llegar a ellos, —Aguarde—dijo el ingeniero, desabro­
m ontaron sin perder instante en los meha- chando la chaqueta, rasgando la camisa e
ris y escaparon a cuanto éstos podían inclinándose sobre el pecho de aquél para
correr. poner el oído sobre el lado izquierdo— .
* * * Quietos: no hacer ruido, no m overse... No
me atrevo a responder de ello, pero me pa­
M ientras R aúl y los demás entraban en
rece que aunque m uy débilm ente late el
la casa, dieron vuelta a ella el sargento y el
gendarme, confiados en que con sus motos corazón.
pronto podrían alcanzar a los que huían en —A ver, a ver—dijo el muchacho.
camellos; pero no habíáh contado con que En esto entraba el sargento, quien, ante
el terreno de m ás allá de aquélla era una el cuadro que se ofrecía a su vista, dijo:
cuesta sum am ente agria, de piso desigual — ¡Ah, canallas!... Bien han sabido apro­
erizado de pedruscos que aquéllos bajaban vechar el tiempo..., ¿E stá m uerto o vivo?
a un tro te velocísimo y por el cual era im­ —De esa duda tratam o s de salir.
posible que rodaran las motos y que corrie­ —A ver, a ver... Déjenm e: en eso tengo
ran m uy pocos m eharis a no ser, como aqué­ alguna práctica..., E stá vivo; pero como nos
llos, criados en la serranía. descuidemos no lo estará mucho tiempo;
—Pie a. tie rra ; fuego, fuego—gritó ra­ porque sin contar lo que la herida pueda
ser, dentro de cinco m inutos se nos muere
bioso F riand.
El y su compañero dispararon tres tiros si no cortamos la hem orragia. Tú, mucha­
cada uno, pero inútilm ente; pues sobre que cho, trae la bolsa de mi moto.
la agitación de la pasada ca rrera y lo pre­ Los gendarmes del S ahara, que no es raro
cipitado de los disparos dificultaban hacer sean heridos a m uchas leguas de los luga­
buena puntería, contribuyó además a p ri­ res donde médico o p ractican te puedan
v ar de eficacia a los tiros ei estar los fugi­ asistirlos, reciben, como p arte de su ins­
tivos lejos ya y ser muy difícil a tin a r en trucción m ilitar, enseñanzas relativas a las
blancos violentam ente zarandeados por el prim eras y más elem entales curas de u r­
típico balanceo del trote «el camello. gencia, y de su equipo form a p arte una bol-
LA MAYOR CONQUISTA 91
bastante más completas que los paquetes de Aquí la tenemos—se refería a la herida—.
curación individual reglam entario en los Malo, malo: mucho será que escape... ¡Mal­
ejércitos civilizados. Cada guardia es, por lo dita puñalada! Bien la conozco, bien: es de
tanto, casi un practicante. E n cuanto al ve­ gumía, y el que la ha dado sabe lo que se
terano, con veinticinco años de servicio, que hace... M iren aquí... No, ahora no se ve
se disponía a asistir a Lobera, no lo era casi, bien con ta n ta sangre: aguarden que la
s:i>o por completo, y apreciando la urgen­ lave un poco... Tú, otro algodón; pero no
cia de no perder segundo, comenzó a ac­ lo escurras tanto... Ahora, ahora: m iren
tu ar con gran celeridad: dando órdenes a aquí, a la derecha del espinazo, por debajo
todo el mundo y procediendo con pasmosa y junto a la últim a costilla... Y por dentro
expedición, a la cual no estorbaba el no te­ ya sé por donde ha ido la gumía. Esos mal­
ner la lengua quieta un solo instante: ver­ ditos las dan de abajo arriba, y con esa he­
bal incontinencia en él característica siem­ rram ienta, más larga que un mal día, nue­
pre que se veía en apurados trances, de los ve veces, de diez, llegan al corazón... E sta
cuales no se desenredaba sino pensando en vez es la otra, puesto que no está m uerto;
alta voz. pero no debe haber faltado ni un pelo; y
—T raigan, traigan aquel cántaro y aque­ mucho será que este pobre señor pueda
lla cazoleta... Quite: está que es una por­ contarlo... ¿H as preparado el percloruro?
quería: buena la iba usted a hacer, don —Sí.
R aúl; sabe Dios los microbios que tendrá —Bueno, tenlo ahí; pero antes trae la je­
el cacharro ese: es m ejor una de nuestras ringuilla grande. Bueno. Ve ahora añadiendo
fiambreras-.. Tú, dame la de tu m ochila— agua, poco a poco, al sublimado-.. Más, más:
dijo al gendarm e que venía con el cántaro— así está bien.
y lim píala muy bien con sublim ado del fras­ —¿Pero no ataja usted esa sangre, como
co de la bolsa, pero deja bastante para la­ decía?...
var la herida... Pero ¿qué haces ahí? Dale —Ahora corre más prisa desinfectar por
el cántaro a este señor... y saca y trae los dentro: para eso he aflojado el sublimado.
otros trebejos de la bolsa... E sta vez me ¿No ve usted que esos guarros no son como
figuro que van a hacer falta todos y más nosotros, que siem pre llevamos curiosas las
que hubiera. Ustedes, echen aquí una m ano arm as, sino que las tienen llenas de g o rri­
para volver boca abajo a este hombre. nerías, y a lo m ejor se la hincan a ün cris­
—Pero aquí, ¡en el suelo! E sta ría m ejor tiano después de haber con ella degollado
en aquel jergón... un cordero con viruelas o desollado un bo­
—Bueno está el pobre para zam arrearlo: rrico recién m uerto de muermo.
antes que lo pensáram os se le había ido la —¿Peo va usted a m eter la jeringuilla en­
poca sangre que le quedaba. Ca, no señor: te ra en la herida? La está usted desgarran­
aquí mismo le damos la vuelta de costado. do toda.
Pero muy despacito... No; hacia ese lado, ■—No se apure: es por fuera, no impor­
no, que lo estropeamos-.. No levantarlo, sino ta ; y quiero que el desinfectante entre bien
darle la vuelta... poco a poco... ¡Cuidado!... a lo hondo.-. Listo... Ahora ,trae el algodón
Así- ¡Ajá!... ¡Qué barbaridad! Ni que hu­ con percloruro... Esto no tiene nada*. Tú
bieran degollado una res... Sí que nos he­ tam bién tienes unas economías... Tráelo acá,
mos puesto buenos: como llegara ahora el sin ^1 tapón: lo m ejor es echar con el m is­
juez diría que éramos los asesinos... Tú, mo frasco unas gotas dentro de la herida...
daza, trae tu cuchillo... E s para rasgarle la ¿Lo ves, hombre, lo ves? Ya se paró la sa n ­
espalda de la chaqueta y las m angas, Don gre... Aprende.-.; y si alguna vez tienes que
Raúl, porque como quisiéram os sacársela a apañarm e a mí, acuérdate: nada de rem il­
tiró n se nos quedaba el hombre entre las gos: a lo caballo: esa es la fija... Las pam ­
manos- plinas, para las señoritas.
M ientras hablaba F riand, y antes de que —¿Y ahora cómo llevamos a ese hom­
el negro tuviera tiempo de darle el cuchi­ bre?—dijo el ingeniero—• Porque si lo me­
llo, se lo quitó él de la m ano; y m etiendo la tem os en la navecilla de un side-car, las sa­
p unta entre la nuca y el cuello de la cami­ cudidas pueden provocar nueva hem orra­
sa del herido, rajó de un solo corte desde gia.
arrib a hasta abajo las espaldas de cam isa — ¡Y tanto, señor ingeniero! Aquí no hay
y chaqueta, a la par que necia a su subor­ sino ir a la Residencia por el auto-ambu­
dinado: lancia con cam illa colgada.
—Tú, el agua sublim ada y el algodón... —Voy, voy por él—exclamó Raúl, que
■'..................

92 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

apenas lo había dicho .estaba fuera y salía que sólo a la desesperada; pero más deses­
escapado como un rayo en su moto. perada que esta, ni más muerto que está...
— ¡Señor Raúl, Señor R aúl!... Y se va Ea, a ello... Este botecillo es el café (quería
solo..- A ver si hacen con él otra como esta. decir la cafeína); este el aceite alcanfora­
Tú, y usted, ¡señor ingeniero, y los ayudan­ do... ¿Le pongo la jeringuilla gorda o la
tes que están mejor armados: echen detrás chica?... Empezaré por la chica, y si no se
de ese cohete loco. Yo aguardaré aqui con alienta, le atizaré luego la gorda.
los negros hasta que ustedes vuelvan con Y dicho y hecho: dos minutos después ya
el auto. tenía el herido en el cuerpo 40 centigramos
Salieron los aludidos, montaron en las de cafeína y 80 de aceite alcanforado.
motos y partieron a toda marcha en pos de No tuvo el cabo necesidad de acudir a la
Raúl. Por considerarse en funciones de mé­ gorda, porque, como él decía, alentó el he­
dico de cabecera se quedaba Friand, mono­ rido. Por supuesto, sin volver en sí ni sin
logando incesantemente. q u e ^ l pulso subiera sino levemente; pero
— Si no ando listo se nos iba... A ver có­ lo bastante para alejar la idea de inmediata
mo anda... ¡Uy, este pulso se va!... Mucho muerte.
será que no hayamos perdido el tiempo- — Algo es algo... Pero mucho será que el
Aquí habia que hacer algo gordo, ¡redíez!... hombre salga al fin de ésta. ¡Menuda puña­
¡Ah, los frasquitos de la bolsa!... Yo no los lada le han atizado!
he usado nunca, y dicen las instrucciones m

XXII
AL FIN HABLA EMMA

Llevaba Raúl tal marcha, que quienes lo su huésped y de enviarlo preso a Marrakesh
escoltaban no consiguieron sino verlo fu­ en el primer tren que para allí saliera.
gazmente a lo lejos, alguna que otra vez, en En cuanto Duvery oyó tal relato recordó
los largos tramos donde el camino era rec­ la deserción de la pareja senegalesa de Zin-
to y despejado; pero esto bastaba a darles der; díjose en seguida que era imposible
confianza de poder socorrerlo en caso ne­ creer que teniendo Bertier a su lado a Raúl,
cesario; pues de ser por alguien atacado, en Agadés, nada hubiera dicho ést~ de tan
podrían llegar en poquísimo tiempo junto a estupenda novedad, ni que dejara de avisar
él. Solamente lograron darle alcance cuan­ a su padre: máxime habiendo tenido a su
do, como a una legua de Techiasco, se de­ disposición el ciclista que fué y vino al
tuvo el muchacho, al encontrarse con su pueblo la noche anterior, cuando de ser
padre y dos ingenieros, que en sentido verdad la orden telegráfica de detención de­
opuesto venían a toda marcha en un auto, bía haberse recibido mucho antes; pues para
escoltado por dos side-cars con seis hom­ que una pareja no montada en motos pu­
bres armados. diera hallarse en Tadelaka a la hora del
Al acercarse Raúl con el traje de dril en­ arresto debía haber salido de Agadés la vís­
sangrentado, le dió un vuelco el corazón a pera de mañana; y haciéndole todo esto sos­
Duvery, por creer que aquella sangre era de pechar que la orden de Bertier fuera men­
su hijo; pero al verle saltar ágilmente de la tida, se le ocurrió la idea de que aquéllo te­
bicicleta al suelo y correr nacía el, se le pasó nía todas las trazas de un audaz secuestro.
el susto, dejándole lugar a que renacieran Tan pronto tuvo tal creencia, decidió sa­
sus temores por Lobera; pues los dazas con lir inmediatamente para ver si encontraba
éste salidos de mañana habían regresado en el camino alguna pista, proseguir a Aga­
un cuarto de hora antes, relatando el arres­ dés a dar parte oficial del atentado y ha­
to y cumpliendo el encargo de los gendar­ cer que, sin pérdida de tiempo, fueran per­
mes de decir a D. Héctor que el capitán de­ seguidos los criminales desertores, que, en
ploraba mucho la prisión, por tratarse de su entender, hablan aprovechado el unifor­
persona de la amistad de aquél, pero que me para dar el golpe.
obedecía a orden telegráfica de prender a Como sólo pensaba en un secuestro para
LA MAYOR CONQUISTA 93
pedir fuerte rescate, por no creer pudiera edificios de la Residencia aguardaba Em m a
m ediar allí odiosidad a un forastero re­ en com pañía de su nodriza—una negra de
cién llegado, le cogió de improviso la te­ Tafilete alta y flaca, dura como el acero, que
rrible noticia del sangriento crim en, que­ desde que nació “su n iñ a” jam ás se había
dando de momento anonadado al oírsela a separado de ella—, la cual la había ido pre­
su hijo. Mas reponiéndose en seguida, por parando, por encargo que al m archarse la
ad v ertir la urgencia de traslad a r y prestar hizo Duvery, temeroso de que Lobera pu­
asistencia médica a quien se hallaba en el diera llegar m uerto.
desesperado trance por R aúl pintado, retor­ H asta ahora, apenas hemos hablado de
nó sin dem ora a Techiasco en busca del mé­ la personalidad moral de Emma, perfecta
dico de la Compañía y del camión-ambulan­ m ente arm ónica con la física, em inentem en­
cia, bastante usado en el transporte de jo r­ te delicada, todo lo más fem enina que en­
naleros heridos, en accidentes de las obras, contrarse pueda, cuan d istan te quepa ima­
a distancias con frecuencia grandes del cen­ ginar del tipo de la m ujer varonilm ente
tro de trabajos donde estaba la enferm ería. enérgica. Apacible, dulce, tím ida, más to­
davía, asustadiza en corrientes azares de
* * * la vida normal, todo en ella parecía débil:
nervios, espíritu, carácter. Todo, menos los
Las tres de la ta rd e serían cuando llega­ sentim ientos; pues si a las suaves emocio­
ron a la casa del crim en don Héctor, Raúl nes y a las leves contrariedades, únicas has­
y el médico, quien después de pulsar y aus­ ta entonces experim entadas en su vida plá­
cu ltar a Lobera y de oír la explicación de cida, sucedieran fuertes sacudidas causadas
su herida, hecha por el sargento Friand, no por am or o dolor, despertarían éstas en el
auguró bien del caso, contestando a Duve- corazón de Em m a latentes energías capa­
ry, que le preguntó si no practicaba reco­ ces de imponerse a nervios y carácter, de
nocimiento y nueva cura: hacerla olvidar miedos y reparos, y de llegar
—E n el reconocimiento se nos quedaría, suave y dulcemente, cual cosa natural, pre­
y no lo necesito, porque conozco como el cisa, lógica, a cuanto el corazón pidiera, aun
sargento esa puñalada clásica en esta tierra. afrontando los más grandes sacrificios. En
Tampoco quiero levantarle el apósito, que sum a: siendo p ara ella el corazón la vida
está bien puesto; pues lo único que por lentera, era cobarde, y sería cobardísim a
ahora cabe hacer ya lo ha hecho, como yo m ientras tenía o tuviere alegre y lleno el
lo habría hecho, este hombre, que al conte­ corazón; mas de perder tal alegría parece-
n er la hem orragia y al poner las inyeccio­ ríanle pequeños todos los dolores ante el
nes estim ulantes, ha salvado por dos veces dolor de sentirlo vacío, insignificante todo
la vida a... padecer ante el sufrim iento que la ocasio­
— ¡Ah! ¿Entonces es que está salvado? naría la imposibilidad de d ar satisfacción
—No, Señor D irector: no habla de lo por a sus impulsos afectivos.
venir, sino sólo del momento; pues a no Sabido esto, para com prender lo que pa­
ser por F riand, no habríam os encontrado decía m ientras con vehem ente tem or de no
vivo al señor Lobera, que no por eso deja verlo llegar con vida aguardaba la llegada
de estar gravísim o: más aún, en inm inen­ del herido, baste agregar que en el mes lar­
te peligro; pues aparte su terrib le herida go que llevaban él y ella de cotidiano trato,
sobre la cual no cabe todavía pronóstico, lo y no obstante su situación externam ente in­
más grave es ahora la pérdida de sangre: definida, pues ya sabemos no eran novios,
tanto, que m ientras no lo veamos salir de según suele entenderse esta palabra, el co­
hoy y de mañana, no hay para qué pensar razón de Em m a,-lleno de Lobera, había ad­
en lo demás. quirido la certeza de que el de él estaba
M ientras la pareja de gendarm es—la au­ lleno de Emma.
tén tica—se volvía a Agadés a en terar a su
jefe del atentado, los demás regresaron
con el herido a Techiasco, llegando allá bien Apenas el auto-am bulancia se detuvo a la
cerrad a la noche; pues el auto-ambulancia, puerta del recinto y bajó de él Don Héctor,
donde junto a aquél iban Duvery y el me­ se lanzó hacia él su hija, preguntándole an­
dico, cada vez más pesimista, no pudo ir siosa: ,
de prisa, por tem or a sacudidas que provo­ —¿E stá m uerto, está m uerto?
caran nueva y m ortal hem orragia. —No, Emma, no.
A la puerta del cercado que circundaba los —La verdad, papá. ;P or Dios, la verdad!
94 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
—De veras, h ija m ía: te aseguro que vie­ descubrir francam ente a su padre, por la
ne vivo. prim era vez, el am or a Lobera; tan resuel­
—De qué modo lo dices; no lo dirías con ta le pareció a aquél a no privarse del con­
m ayor tristeza si... suelo de ver al hombre amado, que conmo­
—Es que no quiero ocultarte que está muy vidísimo y arrancándole lágrim as el dolor
grave. de su hija, dió a ésta un beso y contestó:
Sin contestar nada a su padre, se abrazó —Ven.
Em m a a él, rompiendo en silencioso llanto. Al llegar ellos a la alcoba estaban en ésta
—Vamos, hija, vamos... Serénate... Y dé­ el médico y Raúl.
jam e atender a llevar a la cama a ese pobre Se acercó Em m a a la cama, m iró el pa­
muchacho para que el médico pueda pres­ lidísimo rostro del herido, y volviéndose al
tarle sus prim eros cuidados. médico, preguntó despacio, sin ruidosos
—Sí, sí: ve en seguida-.. Pero prométeme transportes de dolor, pero anegada en si­
que en cuanto acabe el médico me llam arás. lencioso llanto, y con voz tan sorda que so­
—¿P ara qué? brecogió a todos.
—P ara verlo. —Se muere... ¿no es verdad, don Gustavo?
—¿A qué, mujer?... Lo m ejor es que te —M ientras hay vida, hay esperanza... Dios
acuestes. puede...
—No discutamos, papá: no quiero dete­ —Papá, desearía que tú y yo nos quedá­
n erte; pero hasta que vayas a mi cuarto en ramos a velarlo: el doctor y Raúl estarán
cuanto don Gustavo—el médico—lo cure, no fatigados.
me acuesto. La prim era intención de Duvery fué no
—Bueno, hija, bueno... Maka, cuida de la aceptar la compañía de Emma. H abía leído
niña. claro en su corazón y le asustaba el torm en­
Maka era la nodriza, que se llevó a Em m a to terrible que sería para ella pasar toda una
a sus habitaciones, donde ni una ni otra noche viendo avanzar la m u en e sobre el hom­
despegaron los labios hasta que, pasada me­ bre a quien am aba; pero a despecho de lo
dia hora, llegó Duvery. suave del tono y de la hum ildad de la m irada
—¿Cómo está? anhelante con que im ploraba le fuera con­
—Un poquito menos mal—contestó él sin cedida satisfacción a aquel deseo, la expre­
convencimiento. sión desgarradora de su rostro hizo com­
—¿Dónde tiene la herida? ¿Lo ha curado prender a Don H éctor que sería más cruel
ya don Gustavo? ¿Qué dice? negarle aquel torm ento que otorgárselo.
—Por ahora ha atendido a lo más urgen­ —Como tú quieras, h ija mía.
te, poniéndole una inyección de suero para Salieron el doctor y Raúl, y en cuanto
reanim arlo y ver de conseguir que cesen Em m a se vió a solas con su padre, se acer­
los colapsos producidos por la hem orragia. có a la cabecera de la cama y dijo:
—Papá, eso es que está malísimo: que hay —Papá, lo quiero con todo mi corazón;
tem or de que se m uera de un momento a creo que lo sabe.., digo, lo sabía; pero ni
otro. nunca se lo he dicho, ni h asta ahora le he
—Se luchará, se está luchando por todos dado una sola prueba de cariño, y...y ten­
los medios—dijo Don Héctor, no queriendo go ansia del alm a de que antes que se
m atar del todo la esperanza, pero huyendo muera....
de aum entarla. —¿Qué quieres decir?
Viendo ella clara la situación, sintió un Todavía vaciló la tim idez de Em m a; pero
deseo tan enérgico como jam ás lo había ex­ sólo un instante, pasado el cual dijo re­
perim entado, que la hizo levantarse, enju­ suelta:
garse los ojos y decir con voz que su pa­ —Que ahora que él no lo ve, y lo ves tú,
dre no la conocía, por palpitar en ella re­ quiero darle este beso.
solución inquebrantable, insólita en su fla­ Sintió Don H éctor henchido el corazón con
ca voluntad: la am argura del su frir que atenazaba al de

—Papá, quiero verlo. su hija, y dijo, tard e ya, pues ella no había
—P ero.. aguardado su licencia:
—Por el cariño que me tienes, por el que —Dáselo, dáselo: tu padre lo comprende
te tengo, llévame adonde está; tengo ansia y lo autoriza...
de verlo; p referiría m orirm e viéndolo a — ¡Y no lo siente, no lo siente!... ¡Va a
vivir sin verlo. m o rir sin ver cómo lo quiero!
V ibraba de ta l modo la voz de Em m a al —Basta, h ija mía, basta.
LA MAYOR CONQUISTA 95
Cediendo a la dulve violencia de Duvery gendarmes senegaleses desertados, exclamó
se apartó Emma de su amado, sintién­ aterrada:
dose en seguida rodeada por los brazos de — ¡Es mí amor, es mi amor el que lo
aquél, cuyas lágrimas la caían en la cara y mata! ¡Por mí, por mí se muere!
por ésta corrían mezcladas a las de ella: — ¡Qué dices, Emma! No delires... ¡Por
tan mudas unas como otras, tan calladas Dios, hija, por Dios!
cual los besos con que trataba el padre ae — No deliro: no me creas loca, no... Pero
mitigar el padecer de la hija de su alma: es horrible, horrible que mi cariño sea la
sin tener en el pensamiento sino la idea: causa de su muerte... No, no desbarro; no
“ ¡Pobres criaturas, pobres criaturas!” me mires así...
— Entonces, explícame, por Dios: ¿qué
quieres decir?
— Que no son senegaleses quienes lo han
Sentados uno junto a otro, a los pies de herido; que el asesino es el español del
la cama, la mano de ella entre las dos de tren: Núñez.
él, parecíanles horas los minutos de aque­ — ¡Núñez!...
lla inacabable noche... — Sí, sí, estoy segura: tan segura como
Al cabo, para sacudir la pesadumbre de si lo hubiera visto.
su triste silencio, lo rompió él diciendo: — Pero, si no es posible.
— Emma, hija mía, Emmita..., me espan­ -—Lo es, lo es: yo le he visto una vez
ta verte así... mirarnos a Lobera y a mí, y jamás olvida­
— No, papá, no te asustes: soy más fuer­ ré lo que vi en aquellas dos miradas... Yo
te de lo que tú y yo misma creíamos... Pero sé bien cómo sus ojos me miraban y cómo
duele, duele. lo miraban a él, y ayer he vuelto a verlos
— Es cierto, es cierto: no la conocía— mirarme como entonces...
pensó él al oírla. — ¡Ayer!
Pero pasado un rato lo asustó el recelo — Creí que era locura mía, y ahora estoy
de que no fuera aquella fortaleza una ex­ cierta: eran los mismos.
citación nerviosa, que al pasar acarreara — Pero ayer... Es imposible: es tu emo­
más graves consecuencias, y procuró sacar­ ción de hoy, el trastorno de tu pena el que
la de la alcoba, a lo que ella se resistió di­ te hace ver...
ciendo: — Ayer no tenía pena ni emoción, y hoy
— No, papá; seria mucho peor. veo claro, clarísimo.
Y convencido él, al mirarla, de que efec­ — Pero si Núñez huyó, Dios sabe adonde,
tivamente sería peor, no insistió. hace ya muchos días...
De pronto, dijo Emma: — Núñez estaba ayer mañana en Techias-
— ¿Cómo ha sido? Cuéntamelo, no tengas co: no en la aldea, sino aquí mismo, den­
miedo; ya ves cómo yo tenía razón al decir tro del recinto, y tres horas lo menos; pues
que soy fuerte: quiero saber todos los de­ la primera vez que lo vi, al encontrarme
talles; porque hasta ahora no sé sino que con sus ojos a la salida del cenador, donde
está ahí muriéndose, que el médico no
me habia desayunado, serían las ocho, y a
puede ya hacer nada, cuando nada hace, y
las once lo vi otra vez.
cuando sólo hace lo que yo: esperar en
— Pero, ¿cómo es posible que nadie sino
Dios.
tú lo hayas visto? ¿Cómo, dada la vigilan­
Vaciló Duvery, temiendo que el relato de
cia que tenemos, ha podido pasarnos in­
la vil emboscada impresionara peligrosa­
advertida a todos tanto tiempo la presencia
mente a Emma; pero acabando por com­
prender que lo peor para ella era el silen­ de un forastero?
cio. refirió lo sabido del crimen, detenién — ¿Pero no te he dicho ya que estaba
dose ante el paréntesis, ignorado de todos, disfrazado de gendarme?
en donde se encerraba lo acontecido desde — ¡De gendarme!... No, no me has dicho
la detención de Lobera en el camino hasta palabra de eso.
que lo encontraron moribundo; mas sin — Sí, con la franja verde de los senega­
poder llegar en su relato a referir los cui­ leses.
dados prestados en los primeros momentos — ¡Emma! ¿Estás segura? ¿Lo has visto
al herido, ni la venida de Raúl a Techias- sin el litz a v if
co; pues tan pronto oyó Emma que el se­ — No, sin el velo, no, porque estaba al
cuestro lo había perpetrado una pareja de aire libre: no he visto sino sus ojos entre
96 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
aquél y la visera del tricornio; pero no ne­ ñarm e: sí, engañarm e; porque al oírte hoy
cesito más para conocer a ese hombre- que dos guardias senegaleses fueron los vi­
—¿Pero será efectivamente él?... ¿No ha­ les asesinos, ya no tengo dudas, sino cer­
brán sido aprensiones tuyas? teza plena: uno era Núñez.
—Eso me dije ayer, consiguiendo enga­

KXÜI
LA COBARDIA DE UNA MUJER ENAMORADA

E n el instante de acusar Em m a resuel­ Refirióle ésta entonces que estando des­


tam ente a quien creía autor del crim en co­ ayudándose en el cenador la víspera del
m etido con su amado, se removió éste en atentado contra Bobera, había visto dos
la cama, dando un suspiro que, alarm ando gendarm es cerca y enfrente de la p u erta de
a padre e hija, por tem er fuera el último, aquél. Ni a ella ni a Malta, que le servía
los hizo correr a su cabecera, tranquilizán­ el desayuno, les sorprendió verlos, pues to­
dolos de momento al verlo sosegado, aunque das las parejas que por la Residencia pa­
al pulsarlo Duvery no le agradara advertir saban de servicio acostum braban en tra r a
en el pulso, antes reaccionado con el suero, descansar un rato y a refrescar, comer o
tendencia a decaer de nuevo; pero se lo cenar en ella, según la hora; y aun m uchas
calló. T ornaron a sentarse, y m ientras la veces pernoctaban en un pabelloncito, lla­
h ija se absorbía en la contemplación del mado “de los g u ard ias”, destinado a ese
moribundo, m editaba el padre en las últi­ sólo objeto. Pero al salir del cenador, ya
mas palabras de ella acusando a Núñez. acabado el desayuno, encontróse de frente
Cuando una convicción se manifiesta con con los gendarmes, viendo claram ente fija
rotundidad tan absoluta como la que Emma en ella la m irada de uno de éstos, y reco­
había puesto en la suya, suele ser conta­ nociendo en los ojos que la contemplaban
giosa, pues la fe de uno es con frecuencia la inconfundible expresión con que ella sa­
m anantial de donde nace fe de muchos- bía la m iraron los del hombre del tren.
P or esto, al recordar la de su hija, sentía —¿Y estaba sola la p areja o hablaba con
Duvery el contagio, que si m eram ente emo­ alguien de la Residencia?
tivo en un principio, en seguida arraigó —Con ellos estuvo todo el tiempo uno de
m ás razonadam ente en su convencimiento nuestros ciclistas.
de que, aun estando cruentam ente adolori­ — ¡Un ciclista!—Duvery pensó in stan tá­
da, era Em m a muy dueña de su juicio; y neam ente en el que había entregado a Raúl
porque le hizo gran impresión saber que el sobre abierto.— ¿Lo conoces tú?
parejas senegalesas hubieran sido vistas en —No; pero M aka lo vió como yo, y tal
dos días seguidos en T adelaka y en la Resi­ vez lo conozca; pues se fijó b astante en los
dencia, inclinándose a creer fueran una mis­ tres a causa de que como hora y media más
ma, y no de verdaderos gendarm es; pues tarde, estando peinándome y viendo que la
sabiendo cuán poco fiaba B ertier de las tro­ pareja, con el ciclista y un obrero, venía a
pas llegadas del Senegal, se resistía a creer
sentarse a la sombra, en los troncos de de­
de su am istoso interés que en vez de vete­
bajo del cobertizo de enfrente de los bal
ranos europeos, o cuando menos dazas o
tibous, enviara de servicio tales hombres cones de mi gabinete, me dijo: “Hoy la lle­
por los alrededores del centro ferroviario. van larga los gendarm es: se conoce que se
Además, enterándose por lo recién oído a quedan a comer aquí.”
su hija, que de ella estaba apasionado el -—¿Y fueron a sentarse fren te a tus ha­
falso Núñez, que, fuera quien quisiere, te­ bitaciones?—preguntó Don Héctor, sobre­
níalo él por un presunto cabeza de rebel­ saltado.
des, dicha noticia, tan inesperada como la —Sí, allá estuvieron u na h ora cuando
de su presencia disfrazado en Techiasco, menos. Yo estuve m irándolos escondida de­
alarm ó vivam ente a Duvery, impulsándolo trás de los visillos para convencerme, con­
a aquilatar, sin pérdida de tiempo, el real siguiéndolo al cabo, de que mi creencia era
fundam ento de la creencia de Emma. cavilación; pero ahora la desgracia ocurrí-
*

LA MAYOR CONQUISTA 97
da a nuestro pobre amigo me hace ver claro very, pero que habiéndose vestido más de
que me engañé al ahuyentar ayer los te­ prisa que aquél, se le adelantaba, aunque
mores que ese hombre me inspira desde poco; pues a los pocos instantes llegó tam­
que en el tren lo vi mirar a Lobera. bién el doctor, examinando inmediatamente
— ¿Y esos gendarmes permanecieron más al herido.
de una hora frente a tus balcones? Este se moría despacio, sin violentas cri­
— Sí. sis, como una luz a la cual se le acaba el
— ¿Y dices que no solamente hablaron con aceite. Duvery se acercó a la cama durante
el ciclista, sino con otro obrero? aquel examen; mas por miedo a la res­
-—Sí: con uno que con ellos venía y a su puesta que pudiera oír Emma no se atre­
lado estuvo sentado largo rato; y más bre­ vía a preguntar nada al doctor, siendo Raúl
vemente con otro que no llegó a sentarse. quien preguntó:
— ¿Y Maka se fijó en esas gentes?... — ¿Y qué, doctor?
— Fijarse..., no sé; pues yo nada le dije — Que la acción del suero va pasando de­
de mis recelos por creerlos pueriles, pero masiado de prisa.
los vió perfectamente... — Es decir, que no hay remedio— dijo
¡Qué pálido está!... Mira, mira, papá. Al Emma.
decir esto se levantaba rápidamente Emma El médico no contestó sino con un gesto
de su asiento y corría al lado de Lobera. de impotencia,
Más que antes, sí... Y las manos más frías. — ¿Ninguno, ninguno? ¿No tiene usted
Míralo, míralo... ¡Por Dios! Corre, corre a ninguno?
llamar a Don Gustavo. — No veo... Es decir: sólo uno; pero no
Duvery, que conoció con cuánta razón se es fácil encontrar con la rapidez necesaria
alarmaba su hija, aun cuando no quería quien...
dejárselo sospechar, contestó: — ¿Cuál es? Dígalo, dígalo.
— Aunque no noto nada, voy a buscarlo — La transfusión de la sangre.
para tranquilizarte. Pero, tú, no hagas ya — ¡Ah!
más locuras y vete a tu cuarto. — Cien veces su peso en oro pagaré por
Emma cayó de rodillas junto a la cama, la de quien se preste...
diciendo: — No tienes que pagar a nadie: aquí es­
— Déjame que a su lado le pida a Dios toy yo-
su vida... Y si ha de morirse, no me prives Al oír aquel arranque de su hermano se
ni de uno solo de los minutos que le que­ abrazó a él Emma, anegada en lágrimas,
den de vida: te lo pido por el cariño que sin poder decir palabra hasta pasado un
a mi madre tuviste. rato, pero besándolo entre tanto con verda­
Vacilaba Don Héctor, temiendo que mien­ dero frenesí.
tras él salía se muriese aquel hombre es­ Duvery luchaba entre el noble orgullo
tando sola ella con él; pero al oírla repe­ que en su conciencia de cristiano levantaba
tir angustiada: “el médico, el médico”, com­ la oferta de su hijo y el egoísmo de padre
prendió que sus vacilaciones acaso estaban temeroso de sus consecuencias. Por ello
comprometiendo una vida, y salió co­ sólo dijo:
rriendo. — Piénsalo bien, hijo mío.
Emma cogió la mano del herido, posan­ — Mi torpeza de no sospechar la mentira
do los labios en ella; pero en seguida los del ciclista es la causa de esto; no sera
apartó, soltando aquélla, porque el frío de sino cumplimiento de un deber el remediar
los dedos la helaba el corazón. Cruzó las el daño que hice.
manos, dejó caer la frente sobre el brazo Sólo entonces pudo Emma sobreponerse
de Pepe, y al percibir en él mayor calor a su emoción, diciendo con acento de reso­
que en los dedos sintió renacer la esperan­ lución tan inquebrantable que desde aquel
za. y exclamando: “Señor, todo lo puedes”,
momento nadie sino ella mandó allí:
comenzó a rezar. — No, Raúl: sólo yo soy quien tiene tal
Su padre volvió con gran rapidez, y al
deber. Por amor a mí ha perdido la san­
verla orando permaneció silencioso e in­
gre cuya falta le mata: con la mía, con la
móvil basta que, oyendo en el corredor rui­
do de pasos, la levantó del suelo- Ella le mía, tiene mi amor obligación de darle
dejó hacer sin decir palabra. vida.
El que llegaba era Raúl, a quien, des­ _No, no: tú no — dijo aterrado Don
pués que al médico, había despertado Du- Héctor.
7
LO S VENGADORES
98 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
—No: tú eres débil—contestó Raúl. Y volviendo a estrechar a la pobre cria­
—Deber, no, Emma—objetó el médico— : tura entre sus brazos, su anterior cólera
actos como ese no son deberes exigibles a se deshizo en lágrimas, diciendo:
nadie. —Perdóname, perdóname, hija mía.
—Tiene usted razón, Don Gustavo: no —Voy en seguida a preparar lo necesa­
es deber, sino ansia de mi sangre de co­ rio. Antes de media hora vuelvo.
rrer en sus venas. —Oiga, Don Gustavo: yo no querría que
Esta valiente confesión de un cariño cu­ esto se trasluciera: porque... no es necesa­
yo mayor anhelo era dar la propia sangre rio ni hay porqué...
al hombre amado, hecha por la débil y co —Es que te quedarás un poco floja y ten­
barde mujer que todos conocían, sobreco­ drás que hacer cama varios días.
gió a quienes la oyeron con un escalofrío —Puede decirse que estoy enferma de
de emoción, en donde se trababan al res­ otra cosa.
peto y al miedo el entusiasmo despertado —Además, que yo necesito un ayudante,
en los nobles corazones por los actos he­ aunque la operación es sencilla y no re­
roicos: pero cuando, pasados unos segundos quiere conocimientos médicos en el auxi­
de augusto silencio, se repusieron de su liar... Unicamente si Raúl se atreviera...
asombro, aun insistieron el padre y el her­ —¿Qué tendré yo que hacer?
mano en oponerse a la resolución de Emma, —Darme los instrumentos: una ayuda
alegando el segundo su mayor robustez y puramente mecánica. Pero, claro es, que
apoyándolo el primero, por pensar que efec­ sin afectarte por tonterías; pues no se han
tivamente Raúl resistiría mejor la pérdida de ver sino tres o cuatro gotitas de san­
de sangre que su delicada hermana. gre, y lo verdaderamente impresionante en
—Doctor—dijo ésta—: dígame, pero pen­ esta operación es su parte moral, lo suges
sando solamente en que su primer deber tivo de ella.,
es salvar esa vida: ¿cree usted que mi san­ —Me atrevo a cuanto sea necesario.
gre no tiene la fortaleza necesaria para el —Pero yo no quiero ver preparativos, y
buen resultado de la operación? ¿Cree us­ si puede ser deseo estar de espaldas a los
ted realmente en esa decantada debilidad instrumentos—dijo Emma.
mía? —No hay inconveniente: ni verás nada
—No—contestó el médico, temblándole la ni sentirás sino un pinchacillo.
voz—: no te creo débil. —No le extrañe a usted; ya sabe que soy
Se abrazó Emma a su padre, que aún se muy cobarde.
resistía a dar su asentimiento, diciéndole —Sí, mucho: ya lo vemos. ¡Canario con
tan bajo que sólo él pudo oírlo: la cobardía!
—Papá, ya ves que es necesario, que es —Pues ¿porqué hago yo eso sino por
mi deber, que tiene que ser: ’no me amar­ miedo?
gues el júbilo de ser yo quien lo salva con — ¡Por miedo!
la pena que me producirá... —Claro: por miedo de que se muera.
Emma, que a tanto se atrevía, no se —Va a haber que darte la razón.
atrevió a acabar la frase, diciendo “tener * * !¡:
que desobedecerte”, y mirando a su padre
con implorantes y cariñosos ojos atenuaba Cuando el doctor y Raúl salieron de la
la dureza de las palabras, que no por ca­ alcoba estaba comenzando a amanecer. Lle­
llarlas dejaron de ser adivinadas por él, gados al gabinete del instrumental de la
haciéndole decir con sequedad y apartando enfermería, donde faltaba el aparato para
a Emma de sí: la transfusión, tuvo aquél que improvisarlo
—Doctor, mi hija es mayor de edad y con una bomba de extracciones sinoviales
tiene derecho a disponer por sí de su per­ y una jeringuilla impulsora, a la par que
sona. enteraba a Raúl de su sencillo papel: su­
—No has querido evitarme la amargura jetar sucesivamente los brazos del herido y
que te pedía me ahorraras. Es otro dolor de Emma mientras él les clavaba las agujas
más sobre todos los de hoy. Don Gustavo, huecas enchufadas a los extremos del tubo
cuanto antes. por donde había de pasar de ella a él la
—No, hija mía, no... Sí, sí, doctor: doy sangre, y sostener después, una con cada
permiso a mi hija. No quiero oponerme a mano, las pinzas de sujeción de aquéllas
tu hermosa caridad, no quiero contrariar para evitar que se salieran.
los impulsos de tu alma. —No te asustes de lo gordo de las agu-
LA MAYOR CONQUISTA 99
jas, pues él no ha de se n tir el pinchazo y sintió la valiente m uchacha una indefinible
a Em m a le anestesiarem os el brazo antes sensación, y preguntó:
de dárselo, —¿Ya, verdad?
—¿Y no le dolerá? —Sí, h ija m ía—contestó el médico.
—Poco, muy poco. E n seguida haré fun­ E l hermoso rostro de la abnegada cria­
cionar la bomba que aspirará la sangre de tura, a quien su padre m iraba con ansie­
ella y la im pulsará a las venas de él. Los dad temerosa, brilló con belleza sobrehuma­
índices móviles de estas esferas, correspon­ na; su alma, aun más hermosa, gozó ine­
dientes a dos esfimógrafos aplicados a las fable dicha beatífica al pensar y sen tir que
muñecas de ambos, me harán ver a la par de su corazón salía la sangre que llegaba
el ritm o e intensidad crecientes de las pul­ al corazón c^el hombre amado, que sangre
saciones de él y decrecientes de tu herm a­ de ella caldeaba el yerto cuerpo de Lobe­
na, y además vigilaré constante y directa­ ra, que con su propia vida testaba ella re­
m ente el pulso de Em m a en la otra muñeca anim ando aquella vida próxima a extin
para suspender la extracción de sangre en guirse; y diciéndose que viviría por ella
el debido momento. y con la vida de ella, y que en aquel instante
■—La apreciación de ese momento debe sus vidas eran una, se sentía cada vez más
ser cosa interesantísim a. dichosa al percibir cómo aum entaba la la­
—No te asustes, muchacho: si en eso xitud que la sangre perdida producía en
peco será por quedarme corto. Vaya una su cuerpo; pues tal debilidad era prueba
cara espantada que se te ha puesto... Mira, de que la sangre que a ella le faltaba es­
arréglatela antes de que entrem os; porque taba ya engendrando vida en él.
si después de estar aquí conmigo te la ven —Ya—dijo el doctor.
tu padre y tu herm ana van a creer lo que —¿B astará, b astará?...—preguntó ella.
no es. —Sí, h ija mía, sí. El pulso de este hom­
—No tenga usted cuidado. Pero en usted bre es ya otra cosa com pletamente dife­
confío. ren te..., gracias a esta cobarde.
Después de esto explicó el doctor que la
bomba funcionaba, sin cuidarse de ella,
m ediante un diminuto m otor que, como los E n tre Raúl y su padre levantaron a
de los ventiladores eléctricos, se empalma­ Emma, a quien le flaquearon las piernas al
ba a la línea del alumbrado. se n tar el pie en el suelo; y después de de­
ja rla m ira r al herido y sentir, al cogerle
* * * una mano, la grandísim a alegría de hallár­
sela más caliente que antes, pues sobre es­
Llevaron un catre, colocándolo cercano tarlo realm ente, tenía ella las suyas mu­
al lecho del que ya podía considerarse mo­ chísimo más frías, en tre los dos la llevaron
ribundo, sin dejar entre uno y otro sino el a su cuarto.
espacio estrictam ente indispensable para Como en el camino, y m ientras la acos­
Don Gustavo, Raúl y el estrecho trípode de taron le dieron dos desmayos, fué llamado
la bomba; se tendió en el catre Emma, a Don Gustavo, que, después de verla, dijo:
quien cortaron por el hombro la manga —No hay cuidado, esto no vale nada; el
del vestigo, y Don H éctor se colocó junto desvanecimiento es m ás de la emoción mo­
a ella al costado libre del catre. ral que efecto físico. No, no se asuste, Don
Hechas las operaciones prelim inares ya H éctor: quince días de debilidad, y des­
indicadas y puesta en actividad la bomba, pués nada.

HKHI
DUVERY VA PENSANDO QUE SU HIJA HA VISTO CLARO

Ni Don H éctor ni Raúl sintieron el ren te rio r h asta ver a Em m a adormecida con
dim iento consiguiente a! ajetreo del día y un cordial adm inistrado p ara hacerla re­
a las trem endas emociones de la noche an- posar: cosa que no h ab ría conseguido a
100 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
dejarle agarrados a la memoria el recuerdo mañana del día del crimen, al llamarlo
de las recientes impresiones y al corazón para que llevara un recado a una sección
inquieto anhelo de recibir c»ua cinco minu­ lejana de los trabajos; que otro ciclista lo
tos noticias del estado de! herido. había visto salir en la moto al amanecer,
Entonces pensaron padre e hijo en irse a y que desde entonces nada se sabía de él ni
descansar, dejándola al cuidado de Maka; de su vehículo.
pero de pronto se acordó el primero de los El portero dijo que la pareja había llegado
gendarmes senegaleses, del ciclista y, sobre dos días antes, a las siete y media de la ma­
todo, de la larga estancia de ellos frente a ñana. Después la vió paseando, en compa­
las habitaciones de su hija, que, de ser, en ñía del ciclista, por la parte de afuera de
efecto, uno de los primeros el falso Núñez la empalizada del recinto, a lo largo de los
enamorado de Emma, lo alarmaba extra­ atrincheramientos en construcción. No po­
ordinariamente. Tales recuerdos le disipa­ día precisar exactamente la hora; pero sí
ron por ensalmo el sueño y el cansancio, recordaba que andaban despacio y se dete­
ocurriéndole a Raúl lo propio al contarle su nían frecuentemente, como interesándose
padre lo sabido por Emma, y conviniendo en las obras: lo cual no le extrañó en gente
ambos en la urgencia de aquilatar las sos­ de tropa. Y ya no volvió a verla hasta me­
pechas de ella. diodía, al abrirle el portón para franquear­
Como Maka era quien podía darles los le la salida, sorprendiéndole se fuera, estan­
primeros datos, la llamaron al gabinetito do tan cercana la hora de comer, y pen­
contiguo a la alcoba donde dormía “su sando que el cocinero habría echado me­
niña”. rienda a los gendarmes; pues por el cami­
La nodriza conocía, efectivamente, al ci­ no que tomaban no encontrarían hasta la
clista, que pasó varias horas con la pareja, noche donde poder comer.
y el cual resultó ser el autor de la gatada — ¿Qué camino tomaron?
de los pliegos. El obrero que sólo un rato — Hacia Tadelaka y Tembellaga.
estuvo sentado con los senegaleses y el que, — ¿Salieron muy de prisa?
sin sentarse, había cruzado pocas palabras — No, señor; al paso iban hasta que yo
con ellos, eran desconocidos de Maka, pu- los perdí de vista.
diendo únicamente decir que todos eran da- — ¿Vino alguien ese día a la Residencia
gatums. por el mismo camino después de salir ellos?
Siendo lo más apremiante interrogar al — Sí: toda la tarde estuvieron llegando
ciclista para averiguar si los gendarmes que de Agadés autocamiones con carriles.
estuvieron en Techiasco eran los mismos — ¿Encontraron esos a la pareja?
salidos al camino a Lobera, a reserva de — No lo sé.
inquirir luego si eran senegaleses o los — Pues busca y envíame a los motoristas
fingidos españoles, fuese Duvery a su des­ conductores de ellos... Aguarda. ¿No tenían
pacho. enviando a un ordenanza en busca esos guardias ninguna seña particular por
de dicho motorista, del portero de la ba­ la que se les pudiera reconocer?
rrera del recinto exterior y del mecánico — No señor.
francós de la aserradora instalada a la pro­ — ¿Ni en su equipo notaste nada que des­
ximidad del cobertizo para convertir en ta­ dijera del que estamos acostumbrados á
blazón los troncos acoplados bajo éste. ver en los gendarmes?
radas estas órdenes, pensó que mientras — Nada.-. Es decir, en ellos nada me cho­
vin-'eran los llamados y él los interrogara, có; pero en los camellos, sí.
podría Raúl adelantar otras pesquisas con — ¿El qué?
ayudantes y capataces de toda confianza — Primero que eran dos meharís magní­
para enterarse de si habían visto a la pare­ ficos, muchísimo mejores que los que ge­
ja, de si se acompañó de otras personas neralmente usa la gendarmería, y como
además de las sabidas, y de si alguno de por eso me fijé bien en ellos, vi además que
los dazas acompañantes de Lobera había uno tenía en el pecho un gran manchón
visto a la pareja en la Residencia y si era pelado, con cicatrices de haberle dado fuego.
la misma que detuvo a aquél. — ¡Ah! Pues esa es una seña de impor­
A los pocos momentos de irse el mucha­ tancia.
cho regresó el ordenanza, travendo noticia — Por cierto, que no la vi sino cuando
de que el ciclista faltaba desde la víspera salieron. Y si me hubieran tomado Jura­
de Techiasco. Llamado el jefe de este hom­ mento. habría dicho que al llegar no tenía
bre, manifestó haberlo echado de menos la el mehari las cicatrices.
LA MAYOR CONQUISTA 101

— Es raro eso: muy raro. porque los últimos salidos de Agadés no la


— Eso pensé yo; pero sin duda tenía te­ vieron. Preguntados a qué horas habían par­
larañas en los ojos cuando entraron, por­ tido del pueblo y a cuáles pasado por Tade-
que no vi la calva; y eso que bien miré a laka, se vino en conocimiento de que cuan­
los animales. tos no hallaron en el camino a los senega­
— Es raro, es raro-.. Bueno, puedes mar­ leses habían alcanzado el arranque de 1a
charte. Y avisa a los conductores de los ca­ senda después de anochecido: deduciéndose
miones. de ello que el no haber sido vistos los últi­
Al salir el portero se quedó Don Héctor mos entre dicho arranque y Agadés era
dándole vueltas a! último de los datos por prueba de que antes de anochecer dejaron
aquél aportados, pareciéndole que lo de la el camino para seguir por la vereda de la
mancha del cauterio tenía importancia; pero casa del crimen, viniendo de la cual salie­
de ello le distrajo la entrada del mecánico ron a la mañana siguiente al encuentro de
de la aserradora, que también había repa­ Lobera. Y ya no le iba pareciendo al inge­
rado en la pareja sentada bajo el cobertizo niero inverosímil que el móvil y el autor
y que pudo dar el nombre del jornalero que de la tentativa de asesinato fueran los que
con ella y el ciclista conversó sentado- Emma presentía.
Buscado este hombre, tampoco fué en­ Dos cosas quedaban todavía obscuras:
contrado, pues habla desaparecido a poco por qué el portero no había visto las cica­
de esparcirse entre los obreros la noticia de trices del mehari a la llegada de la pare­
haber sido unos desertores senegaleses ja y si las cuatro horas largas que los pre­
quienes hirieron al americano: lo cual hizo suntos criminales permanecieron en Te-
pensar a Duvery que por estar, como el ci­ chiasco fueron solamente empleadas en la
clista, en connivencia con ellos, había huido preparación de la cobarde hazaña del si­
para evitar le echaran mano. guiente día, o si los paseos alrededor del
En esto volvió Raúl, diciendo que, pre­ recinto, siguiendo su talanquera de seguri­
guntados los dazas, resultaba que unos ha­ dad y los atrincheramientos en ejecución,
bían visto y otros no a la pareja en Te- muy parecidos a un reconocimiento de ca­
chiasco; pero sin poder ninguno decir si rácter militar, tenían ulteriores objetos.
era o no la misma que les dió el alto en el Por temor que así fuera, adoptó Duvery
camino. Mas como Duvery sabía ya algo diversas providencias, siendo las primeras
más concreto que las anteriores generali­ tomadas las que tenían por objeto ponerse
dades, los hizo venir a su presencia para en guardia para prevenir el intento de rap­
interrogarlos en forma que acaso les acla­ to en que sospechaba pensara el falso Nú-
rara los recuerdos. ñez.
Mientras llegaron los dazas y los motoris­ Aquella misma tarde llamó el ingeniero
tas de los camiones seguía dándole que cavi­ jefe al que dirigía los trabajos de fortifica­
lar la esquilada mancha del camello, tan ción, conviniendo con él varios cambios en
pronto aparente como invisible. el trazado de parapetos, entradas y defen­
Como sería largo puntualizar los interro­ sas; la variación de lugar de los polvorines
gatorios de todos los llamados, sintetiza­ y de varios servicios, almacenes y depen­
remos los resultados de ellos. Uno de los dencias, para que lo visto en su clandestina
dazas había visto la consabida calva de cau­ visita por el señor Núñez, si el señor Nú-
terio en el camello de uno de los gendar­ ñez era, según iba pensando Duvery el vi­
mes que prendieron al “señor forastero”. sitante, no le sirviera de nada, caso de ser
Casi todos los autocamiones que la antevís­ un hecho los malos propósitos que la pru­
pera formaron un rosario en el camino, dencia aconsejaba suponer en ella: tanto si.
pues progresivamente fueron saliendo de nacían de amor a Emma, de odio a los fran­
Agadés a medida que cada uno era carga­ ceses, o de ambas causas.
do, se habían cruzado, más temprano unos, Mas de poner en ejecución tales proyectos
más tarde otros, y todos entre mediodía y antes de limpiar la Residencia de gente de
el obscurecer, con la pareja senegalesa, lan­ lealtad dudosa y verosímilmente confabula­
zada a un escape furioso: lo cual era in­ da con enemigos exteriores, nada se ade­
dicio de que, si salieron al paso, fué con lantaría-..
intento de no dejar ver a la salida la prisa Pero ¿cómo saber quiénes eran los dudo­
que llevaban. sos?... Por lo pronto, los dagatums; pues si
Se ha dicho que casi todos, pero no todos alejándolos a todos acaso fuera entre ellos
los motoristas, se cruzaron con la pareja, algún leal, de dejarlos había la certeza de
102 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
que se quedarían muchos traidores. En con­ rrafos, ya pudo decirse, sin mentir, a Emma
secuencia, al día siguiente se reforzarían que aun cuando todavía no hubiera vuelto
con ellos las cuadrillas más lejanas de ex­ Pepe en sí, estaba decididamente mejor; al
planación y sentado de vía, cuyo personal otro le levantó Don Gustavo el apósito, hizo
no pernoctaba en Techiasco, adonde se tra­ su primer reconocimiento de lu lieridu y la,
jeron máquinas excavadoras de las expla­ segunda cura, de la que personalmente fué
naciones más cercanas para el vaciado de a dar cuenta a aquélla: diciéndole que, de
trincheras y fosos del recinto: no sólo com­ no sobrevenir complicaciones, y aunque la
pensando la labor de los brazos restados a herida era terrible, “no presentaban mal
los trabajos de fortificación, sino aprove­ cariz las cosas”.
chando el mayor rendimiento de las exca­ Aquella misma mañana se presentó en
vadoras para apresurar la terminación du Techiasco, al frente de tres parejas no se-
los parapetos. rregalesas, el sargento veterano y charlatán
Simultáneamente se reconcentraron en la que hizo al argentino la cura de urgencia.
residencia los dazas y tibous distribuidos Desde el crimen no se había el hombre
en los diversos tajos de trabajo: gentes de dado punto de reposo buscando la pista de
las que, si bien no cabía responder no hu­ “aquellos granujas” ; pero sin resultado; y
biera entre ellas ningún desleal, cuando me­ sabiendo Bertier cuántas ganas les tenía, lo
nos, tenían la ventaja de pertenecer a una llamó al recibir una nota de Duvery con re­
de las tribus saháricas que más odian a los lación de cuanto había averiguado, y ente­
árabes y a los berberiscos de diversas de­ rándolo de ella, le dijo:
nominaciones, por ver en ellos sus eternos Friand, ahí tienes un cabo. A ver si
expoliadores y verdugos: razón por la cual encuentras el ovillo.
entre ellos se reclutaba la parte de gendar­ \ lo envió a Techiasco con las parejas
mería indígena que auxiliaba a la escasa para que explorara la comarca en busca de
veterana en su servicio (1). rastros.
* * * Lo primero que hizo Friand fué pedir a
Don Héctor que lo llevara a los establos de
Al día siguiente de las pesquisas y deter­
minaciones de que hablan los últimos pá-
se fían al instinto de ésta para que llegue a un
pozo o a un campamento, si alguno hay a dis­
(1) De los dazas dice Reclus en su Geografía tancia dcade el nnlmal pueda llegar sin morir
Universal que, pertenecientes a las tribus verda­ antes también él de hambre, fatiga o sed.
deramente originarias del Africa, adoptaron hace Pero mientras tienen fuerzas es notabilísima
siglos el islamismo, y que si son calificados de la habilidad, que ai europeo le parece don adivi­
paganos por tuaregs y eulad-slimanes, es porque natorio, con que saben orientarse en aquella in­
“ conviene a éstos echar sobre ellos tal oprobio mensidad, donde falta toda señal y particulari­
para no sentir escrúpulos al hacerlos víctimas dad del terreno que parezca poder servir de indi­
de sus pillajes y reducirlos a la esclavitud” . cio o referencia.
En escaso número, habitan la comarca de Bor- La horrible lucha por la vida de estas pobres
kou, en la parte meridional de la de El Ttbesti, gentes y las constantes depredaciones que sufren
viniendo a ser como una étnica transición entre de los árabes y los bereberes, los hacen taciturnos
los tibous o tedas del norte, raza sin mezcla Ara­ y desconfiados; así, cuando en el desierto se en­
be ni bereber, y los negros de las cercanías del cuentran, no ya con un tuareg o un árabe, sus
lago Techad. enemigos naturales, sino con compatriotas, en
Dichos tibous tienen la tez más clara que los vez de aproximarse uno a otro se detienen a
negros del sur. las facciones mucho mñs finas distancia, se ponen en cuclillas levantando los
que las de éstos y el pelo no ensortijado; las Uteams cuanto les es posible, sin privarse del uso
mujeres son, cuando jóvenes, sumamente bellas, de los o jo s : y con la lanza en una mano y la
al decir de varios v ia je ro s : Nac-htigal, Duvey- javalina arrojadiza (changensanyor) en la otra,
rier. se observan recelosos mientras recíprocamente se
Tibous y dazas son delgados, fuertes, infatiga­ interrogan y responden sobre su nacimiento y
bles corredores capaces de jornadas increíbles y residencia, salud, estado, etc., profiriendo a cada
ue seguir días y días al camello en marchas for­ respuesta típicos gritos en loor de Al-lah. Durante
zadas. Su resistencia al hambre es pasmosa: per­ esta ceremoniosa salutación a distancia, que se
didos en el desierto, sin alimento ni agua, se prolonga a intento varios minutos, se examinan,
considera afortunado el que se encuentra un des­ se espían y reflexionan cómo deben conducirse
carnado hueso de cualquer animal, que machacan, uno con ctro.
amasándolo con sangre de camello obtenida pin­ Son inteligentes y sagaces.
chando al que monta o conduce, y formando una Los eulad-süman, los árabes, y los tuaregs, bere­
pasta, con la que engaña su hambre, y va t i­ beres, saquean los oasis de ios dazas de Borkou,
rando mientras no halla mejor alimento. Cuando, llevándose cosechas, mujeres y niños, y matando
perdidos o desorientados, los rinde el hambre y a los que les resisten. Estos infelices pueblos lle­
desesperan ya de encontrar buen camino sintién­ van vida semejante a la de las alimañas feroces
dose morir, se atan al lomo de su montura y rodeadas de cazadores.
LA MAYOR CONQUISTA 103'
ios camellos, donde hablando con los mozos
que lo encierren, por lo pronto. Después ve­
de cuadra, sonsacó a unos la casta de los remos qué se hace con él.
meharis de los senegaleses de marras, y a
Pero Friand, ¿qué es esa porquería?
otros quién era el mozo que los había cui­
dado. Muy sencillo, Señor Director: un peda­
zo de piel de camello, con la lana por fuera
Preguntado este último sobre la mancha y un pegumen por dentro, para sujetárselo
del cauterio, contestó que no había visto tal al animal encima de la calva. Rascándose
calva.
en la cuadra se lo arrancó. Este mocito lo
Quiso entonces Friand interrogar por sí encontró y lo escondió aquí. Pero no conta­
al portero; y una vez hecho, tornó a pre­ ba con la nariz del sargento Friand.
guntar al mozo, que nada recordaba si des­ — ¿Y usted qué importancia da a eso?
pués de marcharse los guardias no había — Ahora lo verá usted— contestó el cabo
encontrado algo en los sitios donde estu­ aplazando la respuesta para darse tono man­
vieron los camellos.
teniendo viva la curiosidad del auditorio— ,
— Nada, señor sargento— fué la respuesta en cuanto lea el aviso que voy a enviarle a
a tal pregunta, mi capitán.
En vista de esto, registró el gendarme un El tal aviso que, muy orondo, leyó a poco
mal baúl donde el mozo guardaba sus efec­ el cabo a Duvery, decía:
tos; curioseó debajo del camastro y entre “Desertores senegaleses creo no son sene-
la paja del jergón donde dormía; y al sor­ ’’galeses, ni nunca fueron gendarmes; mon-
prender una disimulada sonrisa del daga- ”tan meharis montañeses. No sé si mi Ca-
tum, le dijo: ’’pitán se acordará que a la otra mañana
— Mira, no quieras presumir de listo dán­ ”de escapar los huéspedes de Moyfsk lle­
dotelas de tonto, pues sabes lo que busco; g aro n a Agadés, ,y siguieron a Okhom, ca~
y como he de encontrarlo, te va a pesar el ”mino de Zinder, dos comerciantes de Tin-
querer engañarme. "telloust en meharis de allá. Si a mi capi-
— No entiendo a usted, señor. ”tán le parece, convendría averiguar con
Bueno, hombre: entonces vamos al es­ "maña en casa del recaudador donde aque­
tercolero... ¡Ah! No contabas con eso... Ves llo s comerciantes pasaron unas horas, si
como soy más listo que tú. "alguno de los meharis tenía señales de
— No sé por qué dice usted eso. "fuego en el pecho; y en Tintelloust si de
— Ya lo sabrás. "verdad salieron de allí tales comerciantes;
Duvery no entendía jota de aquello; pero "que unas veces me huelen a senegaleses y
veía tan seguro al veterano, que callaba y "otras a falsos españoles, y otras a las dos
miraba, esforzándose, pero sin conseguirlo, "cosas.”
en adivinar lo que buscaba. En cuanto a — Pues es verdad; tiene usted razón.
Friand, que presumía de perspicaz y de col­ — Ya ve usted, Señor Director: en estas
millo retorcido, nada decía para no estro­ cosas lo primero es la nariz, y como en se­
pear la efectista sorpresa que esperaba guida olí que si el portero no vió la calva
darle. a la llegada de esos malditos como la vió
Sin dejar tomar parte en la faena al re­ después, era porque venía tapada, y como
cién interrogado, hizo Friand que otros dos si la tapadera se había caído aquí, era pro­
mozos esparcieran el estiércol, mirando él bable hubiera sido en la cuadra; y como
atentamente el fiemo, y cuando ya llevaba uno es ya perro viejo y ha visto algo...
largo rato de aquel examen, al parecer, in­
útil, sacó el sable, lo metió entre las púas * * *
del rastrillo de uno de los removedores, y
pinchando un pingajo pardusco e informe, Mientras— instalando su cuartel general
y levantándolo en alto, se volvió, primera­ en Techiasco, a reserva de echarse al campo
mente al mozo sospechoso y luego a Don en cuanto fuera necesaria su personal in­
Héctor, diciendo con aire de triunfo: tervención— , enviaba Friand parejas hacia
— ¿Lo ves, hombre, lo ves?... Señor Di­ Zinder en busca de rastros de los falsos
rector, mire usted el bisoñé que el mellan gendarmes, y en otras direcciones a caza
traía a la llegada y se dejó olvidado a la del ciclista y del obrero fugados, volvía
salida. Era un camello con peluca, que le Duvery a preocuparse con la urgencia de
pusieron los canallas esos para disfrazarlo asegurar la comunicación aérea con Ber-
y no dejar indicios tras de sí que pudieran tier, disponiendo que el ingeniero que es­
servir para perseguirlos. A este pillastre tuvo en Tembellaga reemplazara a Lobera
104 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
en la estación lumitelefónica de Techiasco, Aquella misma tarde, a su llegada al cuar­
y Raúl retornara a Agadés hasta dejar im­ tel, estrenó el aparato diciendo:
puesto en el manejo de la del reducto al —Volé los paredones; llego en este mo­
capataz que allí seguía. mento. ¿Me oye usted?
Bien escqltado, pues aunque el país pa­ — Perfectamente, amigo Raúl— contestó el
recía tranquilo la experiencia enseñaba ingeniero.
cuán peligroso era fiarse de apariencias, sa­ Lástima que el pobre Lobera no sea
lió el muchacho para el pueblo llevando quien estrene su aparato. ¿Sigue la me­
consigo una regular provisión de oxiquili- joría?
ta (1), explosivo muchísimo más potente — Sí; hoy ha recobrado el sentido, si bien
que la nitroglicterina, para volar, a su paso volvió en seguida a desmayarse; pero dice
por el cerrete de Tambellaga, los paredo­ don Gustavo que probablemente dentro de
nes que interceptaban la marcha de los lu- dos o tres días podrá responder de él. Aquí
viene su papá de usted.
mifonemas entre la residencia y el cuartel,
según efectuó, haciendo volar, no solamen­ — Hola, Raúl. Di a Bertier que deseo sa­
ludarlo y echar con él una parrafada.
te los muros, sino un buen pedazo del suelo
—No está en Agadés. Ha salido para Tin-
donde se asentaban; pues para tener certe­
telloust al asunto que usted sabe.
za de que desaparecería el obstáculo visual,
— Pues hasta mañana, hijo mío. Tu her­
no se quedó corto en la carga. mana sigue bien.

HHil
LA PELUCA DEL CAMELLO CONTINUA DANDO JUEGO

Las parejas por Friand enviadas en ex­ Al llegar a esta parte de su declaración
ploración no descubrieron pista ninguna del se hizo un lío, haciendo creer al cabo que
fugado ciclista. Pero hallaron en breve la ya lo tenía a punto de confesar cuanto su­
del obrero huido, que no teniendo, como piera; pero se equivocó; pues estrechado
aquél, preparada la fuga de antemano, y ya y convicto de embustero, se acogió el
por no disponer en ella de un medio rápido hombre a un mutismo absoluto, por saber
de locomoción, hubo de alejarse andando, que, de hablar, “ hasta debajo de la chilaba
sin dinero, comiendo en casas relativamen­ del Profeta” , etc.
te cercanas a la Residencia, y dejando ras­ Y de tal actitud y tal conducta no lo sacó
tro en pos de sí, con el cual dieron pronto ya nadie.
los gendarmes, que a poco lo alcanzaron y Convencido Friand de la inuilidad de in­
prendieron, volviéndolo a Techiasco. terrogarlo más, lo envió preso al cuartel de
Aun teniendo Friand certeza de que más Agadés; y habiendo traído otra de sus pa­
sabía, no consiguió sacarle, en su interro­ rejas noticia de que días antes habían sido
gatorio, sino que no sabía jota de cuanto se vistos los senegaleses en Gadori y Zermou—
le preguntaba: para él, eran gendarmes y poblachos fuera del camino de Techiasco a
senegaleses los que vió bajo el cobertizo, Zinder, pero en la dirección de este últi­
con los cuales trabó conversación por ha­ mo— , pensó que tal noticia merecía la pena
berles dicho el ciclista que él—el declaran­ de ir a olfatear aquellas pistas con la pro­
te— había vivido varios años en Senagam- pia nariz, de cuyos vientos tanto presumía.
bia, y haber querido ellos charlar un rato La importancia dada por él a estos in­
de su tierra; y si luego se había ido él del formes tenía por causa que Zinder era de
centro ferroviario, no fué por temer nada, donde había desertado la pareja senegalesa,
sino por, por... que según las noticias traídas por la vetera­
na había llegado a Gadori al día siguiente
(1) La oxlquilita es un moderno y potentísimo de salir de Zermou; pero habiendo trans­
mas no terrible explosivo, pues sin ofrecer en su currido cinco fechas entre su llegada a esta
manejo los peligros de la nitroglicerina, desarrolla
doble potencia que ésta. Se fabrica con aire líqui­ aldea y la salida para aquélla, lapso duran­
do, carbón y aceite. te el cual no fueron vistos los desertores en
LA MAYOR CONQUISTA 105
ninguno de los poblados en cien kilómetros — El capataz de camelleros de Moyfsk.
a la redond, ni siquiera en el mismo Zer- — ¡Ah, sí! No, no ha vuelto.
mou: como si en dicho tiempo se los hu­ — ¿Manda algo más, mi Capitán?
biera tragado la tierra- — No. Adiós, y buena suerte.
Este extraño eclipse llamó la atención del — A la orden.
sargento, como no se la habría llamado la Al separarse del teléfono iba murmuran­
absoluta y definitiva desaparición, lógica de do Friand:
esperar, de gentes desertadas; afirmándole — Dos comerciantes de Tintelloust y el
en sus sospechas de que aquellos hombres, capataz son tres. Los dos senegaleses que
que vestidos de gendarmes se iban dejando en la casa apuñalaron a ese pobre señor y
ver en muchos sitios, no debían de ser los el pillo que les guardaba las espaldas, tres
desertores, naturalmente interesados en también... Puede que no, pero puede que sí.
ocultarse; y todo ello le decidió a salir, sin A la mañana siguiente, Friand y sus su­
perder tiempo, con todas sus parejas para bordinados salían de la residencia, y de
Zermou. Agadés Milotti.
Mas antes de emprender sus pesquisas Era éste un buhonero italiano que una
quiso hablar telefónicamente con su capi­ docena de años antes había inaugurado su
tán para indicarle la conveniencia de que, trashumante y casi primitivo comercio lle­
a la vez que él de Techiasco, saliera de vando las heterogéneas mercaderías de él
Agadés quien explorara, con el objeto que a lomos de un mal mulo, en pos del cual
pronto se verá, los lugares entre dicha po­ caminaba a pie y arrimado a su cola, aun
blación y Zermou; y temiendo no fuera po­ cuando nada tenía el hombre de arrimado
sible averiguar nada, si gendarmes fueran a la cola-
quienes lo preguntaran a los indígenas, En un principio limitó sus correrías a
cuya doblez iba siendo de día en día más los oasis del Air y sus transacciones a seis
patente, sometió a su jefe la idea de utili­ u ocho clases de mercancías o baratijas,
zar en tales indagaciones un agente segu­ siempre vendidas caras y compradas bara­
ro, cuyas preguntas fueran explicables por tas: por dinero unas veces, cedidas otras
motivos particulares y creíbles, sin desper­ o adquiridas mediante cambalaches siem­
tar en los preguntados recelo de que tuvie­ pre más fructíferos para el avispado buho­
ran relación con nada interesante para las nero que las compras y las ventas en me­
autoridades. tálico, por fortuna suya escaseante en el
— Descuida, irá Milotti— contestó Ber- Desierto.
tier— y él te dirá lo que haya averiguado. A los dos años de afanoso tráfago, el
— De perlas, mi Capitán: ni encargado... mulo viejo y matalón se había convertido
Pero si le parece a usted, para no poner a en dos casi jóvenes, casi buenos. Los viajes
nadie sobre aviso en Zermou, lo aguardaré comerciales, sin rebasar aún los límites del
en Zinder, llegando allí antes que él. Air, ya abarcaban mayores extensiones, y
— Bien pensado, Friand: él te buscará en cuando las caballerías no iban muy carga­
Zinder... ¡Ah! Imposible averiguar nada das ya se permitía su amo subir algún ra-
en casa del recaudador: todos son mudos, tejo en la que lo iba menos.
sordos y ciegos: da gusto trabajar en un Siguió pasando tiempo, no mucho a la
país así. verdad, y un mulo se trocó en camello, dan­
De Tintelloust salieron efectivamente los do ejemplo, seguido a poco por su compa­
comerciantes, allí muy conocidos, que según ñero: felices metamorfosis no registradas
dicen ellos y el recaudador, fueron quienes por Ovidio ni por Darwin en sus libros,
llegaron a casa de éste al otro día de la pero por el buhonero aprovechadas para au­
fuga de los otros. Seis días después re­ mentar el número de artículos de su tráfico
gresaron a Tintelloustt, pero no en los me- y para prolongar sus expediciones al Aha-
haris en que vinieron, que en Okhom cam­ gar por el norte, al Tchad por el sur y a Bil­
biaron por camellos corrientes a una cara­ ma por el este. Y ya viajaba siempre enca­
vana del Uadai; porque, según han mani­ ramado en la alto de la jiba de un camello.
festado, hicieron en el trueque un soberbio Soplando cada vez más fuerte, el viento
negocio. Del parche del cauterio nadie sabe de la fortuna, fué aumentando la recua
nada o no quiere decirlo. hasta llegar en otros cuatro o cinco años a
— Y Tinkert, que faltaba de Agadés desde seis camellos ya conducidos por dos came­
la noche aquella, ¿ha vuelto? lleros. La gente fué dejando de llamarlo
— ¿Quien es Tinkert? Loti para llamarlo el Signor Milotti, y
108 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
en la época en que trabamos conocimiento cando en todo, era para él dinero cuanto
con él ya transportaba sus géneros en extra­ quisieran darle: sal o dátiles, camellos o
ñas caravanas, donde se juntaban a los burros, pieles, sebo, alhajas, ganado, trapos
camellos dos inverosímiles, estrambóticos o hierro viejo, favoreciendo con esta liber­
vehículos híbridos de carreta, automóvil, si­ tad a sus deudores, escasos por lo común
decar, pergeñados con restos de todo esto: de numerario y a quienes en sus destierros
verdaderas ruinas de vetustos carruajes o no les era fácil vender a nadie lo que él les
desperdicios recogidos de diversos acciden­ tomaba, aprovechándose en los precios de
tes de locomoción y al parecer completa­ la ausencia de competidores.
mente inútiles antes de caer en las indus­ Y decían encantados: "A este hombre se
triosas manos del aprovechado e ingenioso le paga con cualquier cosa, lo toma todo.”
italiano y de ser acoplados para formar á era verdad, pues todo lo tomaba cuando
aquellos extrañísimos artefactos: que por a él le valía más que la deuda, aunque para
su traza de resucitados fósiles de un auto­ ellos valiera mucho menos.
movilismo prehistórico hacían dudar de si Era Milotti, pues, una potencia en todas
dicho sistema de locomoción no habría sido las aldeas o aduares adonde se extendían
ya usado antes del Diluvio. los tejemanejes de sus pintorescos true­
Pero estrambóticos y todo, eran los auto- ques, y nadie como él tenía la sutileza y
carromatos de Milotti capaces de llevar en­ maña de averiguar cuanto deseaba, pregun­
tre los dos por cima de tres toneladas de tando otra cosa.
carga, y andaban (naturalmente sin neu­ Este genio del cambalache rotatorio y
máticos, pues esto es cosa cara) sus buenas cíclico— perdónese el pleonasmo, porque
dos docenas de kilómetros por hora: velo­ también sus cambios eran pleonásticos— ;
cidad tan ridicula para automóvil de tu­ este usurero que parecía dulce y benéfico a
rismo como vertiginosa en un furgón de quienes arrancaba, sin arrancarles quejas,
buhonero: que así es todo en el mundo, el pellejo a tiras por haber descubierto la
grande o pequeño, según quienes lo miran. anestesia de la usura, salió de Agadés en el
Con estos nuevos medios reforzado se' más ligero de sus fantásticos auto-vehícu­
hinchó y se hinchó el negocio del italiano, los como para echar un vistazo a los nego­
y, claro está, al hincharse alcanzó a más cios y concertar compras y ventas que sus
espacio, llegando hasta Borku, El Tibcsti, dependientes recogerían o servirían luego
Tombuctú e In-Salah, centro este último de acarreándolas en su escuadrilla mixta de
donde se surtía por ferrocarril y en donde autos y camellos.
colocaba las gangas que compraba en el Durante los tres días que él empleó en vi­
Desierto. Y ya tenía un almacén y un es­ sitar las aldehuelas de los oasis entre Aga­
critorio en Agadés. dés y Zermou, tomaba Friand del oficial de
Negociando con europeos e indígenas, la gendarmería de Zinder noticias sobre la
grandes y pequeños, estaba a bien con to­ deserción de la pareja, que al otro día de
dos; fiando con su cuenta y razón, tenien­ su salida había sido vista en Zermou, pero
do parroquianos, agentes y deudores en to­ no en los demás lugares, adonde, después,
das partes; entendiendo la aguja de marear debía haber ido, según las órdenes recibi­
al punto de dejar siempre a los explotados das al salir del cuartel.
agradecidos a la taimada suavidad con que No hemos de relatar las monótonas in­
los engañaba el muy ladino; prestando a vestigaciones del italiano en los poblachos
su clientela menudos servicios y haciendo visitados, todos de escaso número de casas
comisiones al parecer de balde, pero bien o chozas de pocos centenares o aun docenas
cobradas en otras ocasiones, era popularí- de habitantes, y situados fuera de las dos
simo en todas partes el Signor Milotti, que o tres rutas trilladas por las caravanas,
además era prestamista a rédito, cuyo alto por lo cual la llegada de un viajero es no­
tipo olvidaban los deudores reconocidos a vedad extraordinaria que no puede pasar
su tolerancia en el cumplimiento de los inadvertida en ellos. Gracias a esto pudo
plazos de devolución de capitales; pues no Milotti hacer saber a Friand, al avistarse
prestando nunca sino a solventes, no corría ambos en Zinder, que a los pocos días de
riesgo en la demora, seguían cayendo los la fuga de los supuestos españoles había
intereses y se captaba el agradecimiento de sido visto Tinkert en Okhom, donde era
los morosos, diciéndoles: “Cuando usted muy conocido por la cercanía de esta aldea
quiera.” “Yo no tengo priga.” “Págueme en a Agadés; que en días inmediatos un hom­
lo que quiera y como quiera” ; pues trafi­ bre de sus señas y un camello de las mis-
LA MAYOR CONQUISTA 107
mas del hermoso mehari montañés en que tenían al lado; pero nunca se les ocurriría
cabalgaba cuando estuvo en Okhom, habían a quienes desearan esiyapar a la persecu­
pasado por varios lugares escalonados en ción que habían de sufrir internarse en El
la dirección de Zermou, adonde llegaron el A ir para darse de narices con los puestos
mismo día que los gendarmes senegaleses de gendarmería; y menos conservar los uni­
de Zinder, yendo a posar en la misma casa formes. No, no eran aquellos los desertores,
de labor donde ellos pernoctaron: la de un y s|i llevaban los uniformes de éstos ya se
itisán (raza de origen bereber) bien aco­ había visto era para dar el golpe de Tade-
modado y situada como a medio kilómetro laka-
de las casuchas que en desconcertada agru­ Todo esto lo presentía Friand, pero el
pación forman la aldea: por ser costumnre único sitio donde podía convertir el pre­
añeja que en dicha finca se alojaran siem­ sentimiento en certeza era Zermou, donde
pre los gendarmes de paso en Zermou. se trasladó con sus parejas, yéndose, a la
Había asimismo indagado el buhonero llegada, derecho a casa del itisán de quien
que en poblados diferentes de los cruzados se ha hablado, instalándose allí con sus
por el jinpte del mehari, que bien pudiera gendarmes, y tomando como primera pro­
ser Tinkert, pero situados en la misma di­ videncia la de detener e incomunicar a
rección de Zermou, y cercanos a aquéllos, cuantos encontró en ella: con gran sorpre­
había sido advertido, con tres o cuatro días sa del dueño, que, muy significado en el
de retraso respecto al paso de él por ellos, país por su lealtad a los franceses, lo ex­
el de dos tuaregs, también en meharis, de plicaba todo muy satisfactoriamente, coin­
Tintelloust, uno con una calva de cauterio cidiendo con él sus fam iliares y servidores.
en el pecho; pero de éstos no se podía afir­ Según él, los senegaleses habían pasado
mar llegaran a Zermou por perderse antes allí la noche del día de su partida de Zin­
de este pueblo la pista de ellos. der. Salidos de madrugada a su servi­
Ya, respecto a lo averiguado en Zermou, cio, en lugares que no dijeron, regresaron
resultaba que cinco días después del de cuatro fechas después, rayana la media no­
llegada a casa del ricacho itisán de la che: siendo esta la razón de que a tales
pareja senegalesa había sido ésta nueva­ horas nadie los viera en el pueblo hasta
mente vista en el mismo pueblo y en el que a la mañana se marcharon de nuevo.
momento de salir de él; pero ya no Sin duda entonces— habla el itisán— desertó
montada en los meharis que la primera dicha pareja.
vez trajera, marcados con el hierro de la En cuanto a las monturas, en camellos
remonta de la gendarmería, sino en otros de remonta llegaron y marcharon la pri­
de Tintelloust sin dicha marca y con joro­ mera vez que en su casa estuvieron; pero
bas que llamaban la atención por lucientes por hallarse él ya acostado cuando volvie­
y gordas. Otro dato interesante era que al ron la segunda y no haberse aún levanta­
marcharse se llevaban preso a un hombre do a la hora de su marcha, no podía saber
desconocido en Zermou, jinete en igual clase cómo iban entonces montados.
de cabalgadura, sin que ninguno de los tres En vista de que no daba chispas ningu­
animales tuviera calva alguna. Y, finalmen­ no de los cogidos en la redada hecha en la
te, era de notar que la pareja había sido casa, un gendarme vulgar habría acudido
vista llegar y marcharse la primera vez, al procedimiento, clásico en las policías de
pero marcharse únicamente y no llegar la todos tiempos y lugares, de refrescarles la
segunda memoria a fuerza de palizas, que es siste­
Después de esto nada necesitaba el ita­ ma de probada eficacia; pero Friand no se
liano contar a Friand, pues ya antes de sa­ tenía por vulgar, ni con mucho; desde­
lir de Techiasco conocía éste, por sus guar­ ñaba, por indignos de su ingenio, los ca­
dias, el camino de los falsos senegaleses minos trillados; se creía muy capaz de ha­
desde Zermou a la residencia: falsos, sí: llar medios menos brutales, más sutiles, de
ya para él no cabía duda de que falsos que por convicción declararan la verdad
eran. Pero, ¿qué se había hecho de los ver­ quienes tenía él certeza de que la sabían;
daderos? ¿Qué de sus camellos? y buscando, buscando, dió con la elegante
Porque soltando el uniforme y disfrazán­ solución de olvidarse de que los siete presos
dose de dagatums, tagamas o damergús solían y querían hacer sus dos comidas, amén
podían los desertores pasar inadvertidos y del desayuno y la merienda, y perdurar en
aun regresar a su tierra, no muy alejada, tal olvido en tanto no cantaran: pensando
o internarse en la N igricia inglesa, que con buen juicio que cuanto más dormida
108 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
tuviera él la memoria más se refrescaría lo que a contarle iba; porque, a saberse la
en la de los otros el recuerdo de qué se delación que el hambre le arrancaba, lo ma­
había hecho de los senegaleses; pues sería tarían loS otros.
raro que todos los presos resultaran con Después de recibir promesa de guardarle
vocación capaz de emular la hazaña cele­ el secreto, aconsejó el muchacho a Friand
bérrima del Alcalde de Cork. Y como no que se diera una vuelta por el estercolero,
hacía falta sino que cerdeara uno... la cual podría luego decir había sido ca­
El método, que bien se ve no podía ser sual. En cuanto allí estuviera advertiría
más sutil, era además inofensivo, sin ofre­ un olor distinto del de estiércol, y si apar­
cer el riesgo de lisiar a nadie; pues en taba éste en la rinconada del tapial encon­
definitiva reducíase a un mero aplazamien­ traría debajo...
to nutritivo, ya que Friand no se opondría — ¿Los camellos muertos?— dijo la impa­
a dejarles comer a su sabor y gana, y has­ ciencia de Friand.
ta los indemnizaría de las comidas escabulli­ — Ca, no señor: los gendarmes de Zinder.
das, tan pronto los deseos de mover las — ¡Zambomba!
mandíbulas les soltaran las lenguas; así — Los camellos se los llevaron a la noche
considerado, el tratamiento no pasaba de siguiente Herbil y el que había llegado e.i
bromita, aunque fuera pesada. el mehari el mismo día que los gendarmes-
A la mañana siguiente, cuando los dete­ — ¡Ah!... ¿Y a los pocos días vinieron
nidos llevaban veinticuatro horas de rigu­ otros dos y se pusieron los uniformes de
rosa dieta, creyó oportuno substituir el al­ los muertos?
muerzo, cuya hora iba caída, con persona­ — Sí, señor.
les visitas que a todos hizo, uno en pos de
— ¿Y adonde llevaron los camellos?
otro, no siendo recibido con el mismo pla­
— No lo sé... Sólo vi que a la salida to­
cer que habrían sentido de llevarles el al­
maron hacia Moa y que hasta el otro día
muerzo. Entonces los informó de que po­
anochecido no volvieron Herbil ni el otro.
drían comer en cuanto hablaran y lo con­
Pero, ¡por Dios!, déme usted de comer.
vencieran de ser verdad lo hablado: sin
sorprenderle ni apurarle que ninguno hu­ — Tienes razón. En cuanto vea que me
biera llegado aún a madurez de confiden­ has dicho verdad te mandaré algo.
cias; pues al salir de ver al último iba Pronto vió Friand que el muchacho no
había mentido, pues al llegar al estercole­
pensando: “Ya hablaréis.”
Y lo mismo dijo en su visita circular co­ ro, al extremo de un enorme cercado que
rrespondiente a- la hora de comer, no des­ se extendía detrás de la casa, comprobó
animándolo que tuviera el mismo negativo Friand que sobre el olor del estiércol, no
resultado. muy fuerte mientras no es removido, so­
— El alcalde de marras sometido a este ré­ bresalía hedor a carroña
gimen— se dijo— no se murió sino después Separado el fiemo por jornaleros traídos
de ocho o diez semanas; éstos llevan día y de la aldea, apareció sobre el suelo un mon­
medio: hay tiempo, hay tiempo: todo es tón de tierra suelta recientemente removi­
tener paciencia. da, que al ser apartada dejó ver a poca
Y tenía razón, y no hizo falta mucha, profundidad en un hoyo, dos cadáveres des­
porque rayando el alba del siguiente día, nudos en plena descomposlciln.
el gendarme de cuarto, en vela a aquella Frotándose las manos, se fué Friand al
hora, lo despertó, avisándole que uno de encierro de Herbil, a quien preguntó de
los presos aporreaba la puerta de su im­ buenas a primeras adúnde había llevado los
provisado calabozo vociferando que quería camellos de los guardias con los cuales y
hablar al sargento. en compañía de su compinche lo habían vis­
El vociferante era un mozuelo de diez y to varios habitantes de Zermou
seis años, en quien el hambre podía más El hombre intentó negar, pero cogido de
que el miedo a los consabidos vengadores. sorpresa, su turbación fué muy visible al
a quien, según dijo Friand, se le acababa ya oír al sargento la hora a que él y el otro ha­
la cuerda, y que al ver entrar a éste le im­ bían salido con los animales, el camino to­
ploró por Al-lah, Mahoma y la salud de sus mado y que Tinkert— ¡qué más querría
sultanas (no las de Mahoma, las del sar­ Friand!— ya estaba preso, llegando la tur­
gento, que en su harén no tenía sino a la bación a verdadero susto cuando éste dijo:
pobre Madame Friand, ya bien machucha y -—Por más que lo de los animales es lo
averiada), le jurara no decir nunca a nadie de menos para quien, como tú, ha ayudado
LA M A Y O R C O N Q U I S T A 109
a asesinar a los gendarmes que enterrasteis te, con los demás presos, logrando recons­
en el estercolero. tituir punto a punto el crimen cometido
—No, no: a enterrarlos sí ayudé, pero a en la casa del itisán con su complicidad. Y
matarlos, no. Lo juro, lo juro. Yo no tengo no teniendo más qué hacer en Zermou,
nada que ver en esas muertes. Los mata­ echó, según él dijo, de comer a los ham­
ron con los polvos que les echaron en la brientos, los amarró después de hartos, los
cena: los que trajo el otro. esposó y se los llevó a Zinder, entregán­
—¿Unos polvos? ¿Qué otro? dolos en dicho pueblo al oficial que allí
—El que primero vino, con el que fui a mandaba.
lo de los camellos y se marchó luego con A los dos días de terminada su fructífe­
los dos que llegaron después- ra campaña llegaba Friand a Agadés y ha­
— •Unos polvos en la cena!... Me parece blaba con Bertier, quien le entero de haber
que el Capitán tenía razón al no creer en averiguado que después del atentado contra
la autopsia de Moyfsk, y se me figura que Lobera habían dormido un día los falsos
acabo de descubrir cómo y quien lo mató. senegaleses y sh acompañante en un luga-
—¿Qué dice usted, señor? rejo entre Tadelaka y Agadés; pero que
—No te importa... ¿Adonde llevasteis los allí desaparecía todo rastro como si la tie­
camellos? rra los hubiera tragado.
—Los matamos y los dejamos en un ba­ —He hecho registrar—agregó el capitán—
rranco que queda a la derecha de la senda todas las casas y todos los pozos e interro­
de Moa a Gufré- gar a todo el mundo para encontrar los
—¿Y no habéis hecho más? Mira que lo uniformes, que estoy seguro se han quitado
sé todo y que como mientas te ira peor. en ese pueblo antes de continuar su fuga
—No, nada más. por la noche, pero todo ha sido inútil.
—Mira que como se te olvide la cosa más El oficial acertaba; pues, efectivamente,
pequeña de lo que hicisteis aquella noche donde él suponía se habían los criminales
te dejo aquí encerrado hasta que te mueras despojado de sus disfraces; pero mal podía
de hambre. nadie hallar los uniformes porque, pensan­
—No, no: eso, no... A uno ae los came­ do ellos que acaso más adelante podrían
llos le dimos después de muerto unos tajos serles útiles, los llevaban consigo en pa­
en redondo con los cuchillos y le arranca­ quetes a la grupa de los camellos.
mos un cacho de pellejo que... Bertier y Friand se desesperaban, pues
—Que luego le pegasteis a uno de los tenían la firme convicción de quiénes eran
meharis en el pecho, encima de la calva los asesinos, conocían todos sus pasos an­
donde le habían dado hierro. teriores; pero tal conocimiento les fallaba
— ¡Ah, lo sabía usted! en el punto preciso para saber donde en­
—Yo lo sé todo: sois vosotros muy tor­ contrarlos en aquellos momentos.
pes para engañar al sargento Friand... Los Al lector, que es quien más sabe de ellos,
dos que vinieron los últimos son altos, y pues conoce las verdaderas personalidades
uno de ellos gordo. de Ben-Cassim y Abd-el-Gahel, para todos
—Sí, señor. desconocidas, no ha de extrañarle que al ca­
—Dos se pusieron los uniformes de los pitán y al sargento se les desvanecieran
guardias, y haciendo la pamplina de que como el humo, porque ya ha visto cómo
al otro se lo llevaban preso, se fueron los por donde pasaba el Gran Caíd iba encon­
tres- trando obediencia, complicidad y encubri­
—Sí, señor: por la vereda de Gadort. miento en todos los hermanos africanos:
Terminado el anterior interrogatorio, fué siéndole facilísimos sus constantes cambios
Friand hablando, separada y sucesivamen­ de personalidad y residencia.

mi
UNA ENTREVISTA INTERESANTE
Vista la situación que, no por frecuente amor a una mujer desafía la muerte, y la
en el mundo deja de ser extraordinaria- de una mujer, y esto ya es más insólito,
mente romántica, de un nombre que por que salva la vida de su amado infundien-
110 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

do en su cuerpo la sangre de sus venas, ta, con anticipación bastante a la hora de


¡qué escena tan bonita, cuán vibrante, qué ella, p ara dejarla tiempo suficiente de repo-
conmovedora podría urdirse al referir una nerse de la impresión que naturalm ente ha-
prim era entrevista a solas de dos cria tu ras bía de hacerle el enterarse de aquella esce-
que tal se am an y tal se lo han probado! na: menor, naturalm ente, contada por su
¡Cuán bellas cosas podrían decirse en tal padre, y eso buscaba éste, del que la ha-
escena- qué transportes de enloquecedora b ría producido de oírsela de prim era inten-
p asión’ podrían realzarla! ción al m ism ° Protagonista.
Pero no fantaseemos, pues por desdicha Es decir, todo lo contrario de lo que exi-
de la poesía y el rom anticism o la p rim era ge la novelesca exposición de tan dram áti-
entrevista de Em m a y Lobera, después de cos sucesos-
los dram áticos sucesos en donde sucesiva­ Verdad es, pero cúlpese de ello al prosai­
m ente fueron protagonistas, tuvo lugar de­ co padre, no a quien, a fuer de fiel cronis­
lante de Duvery, que, conociendo los mu­ ta, cuenta las cosas, no como las quisiera
tuos sentim ientos de los enamorados, no él ocurridas, sino cual acaecieron.
creía oportuno dejarlos verse a solas, cual Y lo acaecido fué que, pensando Don Héc­
de consuno demandaban exigencias poéti­ to r que Em m a podía aguardar a conocer más
cas del presente relato y vehem entes deseos adelante los detalles de las gallardías de Lo­
de los dos héroes de él. bera y la traición de su rival, estimó
P ara proceder así tenía el ingeniero dos no había urgencia ninguna en excitar
razones: prim era, las picaras convenien­ su sensibilidad con relación circunstan­
cias; segunda, su tem or a íaa complicacio­ ciada del suceso, lim itándose, por lo pron­
nes que en las convalecencias de un hom­ to, a n a rra r lo más preciso de él, en la
bre recién escapado a la m uerte y de una form a menos im presionante en que pudo
m ujer sem iextenuada podrían su rg ir de la hacerlo; y hasta previno a su hija, antes de
libre expansión de apasionados sentim ien­ llevarla al cuarto del que a la par había
tos, m uy adecuados a repercutir en los sis­ sido víctim a y héroe en aquél, que siendo
tem as nerviosos de organism os cuyas de­ todavía delicado el estado de éste, le serían
bilidades aconsejaba preservar de sacudi­ dañinas vivezas de expresión, dadas a pro­
vocar intensas emociones: recomendación
das.
Pensando en esto h abría aeseado el pa­ análoga a la que al notificarle la visita de
dre de Em m a que hasta estar su h ija to­ aquella tard e le hizo a él p ara que la tuvie­
talm ente restablecida y fuerte se hubiera ra en cuenta cuando hablara con Emma,
hallado a cien leguas de Lobera para hacer convaleciente de una enterm eaad que ha­
imposible la entrevista m ientras no hubie­ bía coincidido con la herida de él. Sin de­
sen ambos recuperado por completo sus cirle, por supuesto, palabra de lo de la
fuerzas; pero no siendo así, y viendo Du­ transfusión de la sangre, por parecerle in­
very que por saberse cerca uno de otro oportuno apresurarse a hacerle conocer el
se consum ían los dos muchachos de im­ sacrificio de Emma, que claram ente de­
paciencia de verse, le pareció excesiva jaba traslu cir el sentim iento que la había
crueldad, y tal vez contraproducente para impulsado a realizarlo.
la rapidez de sus restablecim ientos re tra ­ —Me alegro, me alegro, papá—dijo la in­
sarles más tiempo la satisfacción del co­ teresada con viveza al enterarse de esta re­
m ún anhelo que a ambos los torturaba. serva de su padre—. No puedes figurarte
P or ello, a los pocos días de dejar el le­ cuánto te lo agradezco; pues me habría
cho el argentino, y estando Em m a casi re­ dado m uchísim a vergüenza verlo sabiendo
puesta ya de su debilidad, la llevo una que él estaba enterado de eso.
tard e a las habitaciones del herido, que to­ —Por eso lo callé.
__Entonces... ¿podemos ya ir allá?—pre­
davía no se hallaba en estado de levantar­
se del sillón donde a diario lo instalaban guntó ella sin saber rep rim ir su impaciencia.
para que en él pasara algunas horas de las —Sí; pero antes he de inform arte de algo
que te callé esta m añana, por no querer si­
tardes. m ultanear o tra emoción con la que había
Pocas antes había escuchado Duvery de
boca de él la narración de la traid o ra for­ de producirte el en terarte de cómo y por­
m a como h abía sido apuñalado en Tadela- qué había sido herido nuestro amigo.
fca: relato que para no espolear la impa­ —¿Qué es, papá? ¿Qué es?
—Que después de referirm e la causa de
ciencia de E m m a no transm itió su padre a
lo ocurrido con esos malvados, me dijo Lo-
ésta h asta la m añana anterior a la entrevis­
LA MAYOR CONQUISTA 111
bera que ya no debía callarm e por más tiem ­ —Sí, h ija m ía—dijo Duvery con la sonri­
po la confesión del cariño que te tiene, sa retozándole en los labios—, sí; ahora te
agregando que no atreviéndose a m ira r sino am enza el terrib le trance de decir, por la
como ilusión su esperanza de que no te es prim era vez, “te quiero” al hombre por
del todo indiferente, se propone salir pron­ quien has probado que eres capaz de dar la
to de dudas, poniéndote en el tran ce de que vida; de confiarle el secreto que sin repa­
no puedas rehuir, como hasta ahora dice ro nos dejaste ver a mí, a tu herm ano y a
has rehuido, francas explicaciones; y pi­ don Gustavo.
diéndome desde luego tu mano para el caso —Sí, sí, tienes razón. Pero si soy así, ¿qué
de que tu respuesta sea favorable a sus le he de hacer?
deseos. —Pues te advierto—continuó don H éctor
—¿Y qué le has dicho, y ué le has dicho? en festivo tono—que ese h orrible peligro
—Que tratándose de persona tan de mi te am enaza de cerca; porque a menos que
aprecio como él, yo nunca me opondré a lo él sea, y no lo creo, tan apocado como tú, y
que tú decidas. entpnces os p asaríais la vida queriéndoos
—Tú ya bien sabes lo que he de decidir. sin decíroslo, sospecho que la contestación
—Pero él no: o por lo menos quiere las explícita que tan to te preocupa vas a tener
cosas com pletamente claras. que dársela esta m ism a tarde, en cuanto
—¿Y por qué no se las has aclarado tú? hable contigo... Yo no veo sino un modo de
— ¡Yo! libarte del conflicto.
—Buena ocasión te daba: y con ello me —¿Cuál?
habrías evitado... —Que cuando te pregunte si le quieres le
— ¡Pero criatura!... digas que no.
—Ya me conoces: ya sabes lo encogida — ¡Qué malo eres!
que soy. A ti no te habría costado trabajo —O que para no ten er que decir ni sí ni
ninguno, m ientras que a mí... Y tam bién él: no, ya que ni lo uno ni lo otro te conviene,
¿qué necesidad tiene de preguntar lo que no volváis jam ás a veros—agregó don Héc­
está viendo?... No le creía tan torpe: ¿o es to r soltando la carcajada.
que quiere que le regalen el oído?... Me ha­ — ¡Papá!...
brías hecho un gran favor. —O, por lo menos, que p ara irte prepa­
—No he creído, h ija mía, que eso estuvie­ rando a la heroicidad de h ablarle claro de­
ra en m i papel... Y además pienso que a los moremos por cuatro o cinco días la entre­
dos os será más grato ser vosotros mismos vista de esta tarde.
quienes os entendáis: no, digo mal, deciros —No te burles de mí. ¿No sabes que los
que os habéis entendido hace ya tiempo. pasados se me han hecho inacabables? ¿No
—Sí, eso s í ; y sin embargo, yo habría ves que me m uero de impaciencia de verlo?
preferido que al vernos ya lo supiera él —Lo que veo es que la cobardía de mi
todo. h ija no tiene atrevim ientos sino con su
—E res incom prensible: y nadie creería padre.
que esta de hoy sea la m ism a c ria tu ra que, —¿Y te parece mal que a ti, que has sido
sin pedirm e opinión y para hacerm e conocer padre y m adre p ara tu Emma, sea a quien
adonde llega su am or a ese hombre, tomó únicam ente no me dé vergüenza dejarte ver
el breve camino, m uy poco en arm onía con lo m ás hondo de mi alm a?
estas timideces, de besarlo en mis barbas. —No, vida mía, no: bendita seas; bendita
— ¡Por Dios, papá!... No me avergüences tim idez, y bendita esta confianza con que
recordándomelo. Como nada me habías vuel­ hablas a tu padre.
to a decir, yo creía que habías ya perdona­ Pasado un rato en que padre e h ija es­
do aquel impulso irreflexivo de mi pena. tuvieron abrazados, dijo él:
—Ni te lo digo para que te apures, ni ten­ -—¿Vamos?
go que perdonarte nada, ni soy un padre sin —Sí, sí; vamos, vamos.
corazón que no com prenda lo que el tuyo
sentía: no hago sino señalar la incongruen­ * * *

cia entre tu decisión de entonces, tu valor


al exponerte por salvarle la vida y estos re­ —Tal im presión había hecho a Duvéry la
milgos de ahora. an terio r conversación con E m m á; tan or­
—Es distinto, es distinto: aquello no po­ gulloso se sentía de aquella h ija : tan segu­
día verlo él, yo no tenía que decirle nada ro de que ella no había m enester de vlgi
cara a cara; m ientras que ahora... lancia, que al llegar a la p u erta de la ha-
112 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
bitación donde Lobera estaba iba pensando — Pero ¿qué ha tenido usted? Porque has­
que, a no ser por el “ qué dirán” y por el te­ ta ahora ignoro cuál ha sido su enfermedad.
mor del efecto de emociones muy vivas en — Nervios, debilidad, nada— contestó Em­
la salud debilitada de Emma, no tendría él ma confusa.
inconveniente en dejarla entrar sola, para — Una pequeña anemia pasajera— dijo Du
que aquellos “ pobres chicos” , que tan gran­ very acudiendo en ayuda de su hija.
des y puras pruebas se habían dado de mu­ — ¡Anemia!... Es raro. Usted estaba fuer­
tuo y noble amor, tuvieran el placer de po­ te, de bonísimo color...
der comunicarse sin testigos. — Sí.. Pero..-, cuando menos se piensa.
Pero, a despecho de esto, entró con ella, — Es que Emma ha padecido unas fiebre-
aun cuando proponiéndose arreglarse de cillas, y su debilidad actual es consecuencia
modo que su presencia no los cohibiera más de ellas... Y que yo no he aplicado la pala­
de lo inevitable- bra adecuada al llamar anemia a lo que no
Lobera, a quien hacía un rato consumía es sino debilidad de convaleciente.
la impaciencia por la tardanza en ver llegar — Pues digo a usted, Emma, que estamos
la anhelada visita, sintió que le latía des­ los dos buenos.
ordenadamente el desmandado corazón al — Verdad es: ha sido mucha coincidencia...
ver a Emma entrar delante de su padre; y — ¿Pero no se sientan ustedes? ¿O es que
olvidándose de éste y de las precauciones después de tanto tiempo de no vernos pien­
todavía reclamadas por su estado, el doble sa usted hacerme visita de médico?... Y no
olvido lo levantó rápidamente del sillón, ex­ lo digo por las de don Gustavo, pues el po­
clamando: bre me hace cuanta compañía puede... Ade­
— Emma, queridísima Emma. más, ya que tengo la suerte de verla a usted
La punzada que en la herida sintió y la aquí, no quisiera demorar... Don Héctor, ¿ha
vista de Duvery le hicieron recaer en la bu­ dicho usted a su hija?...
taca con el rostro contraído por el dolor y — Sí... Siéntate, Emma. No, ahí no— al de­
corregir lo apasionado de la frase que le cir esto colocaba don Héctor una silla cerca
había arrancado la vista de la mujer ama­ de la butaca del herido; y yendo él a sen­
da, diciendo: tarse junto a una mesa ai otro extremo de
— Señorita Duvery, muchas gracias por la habitación, agregaba:— Lobera va a ha­
esta visita que... blarte de un asunto del que estoy ya ente­
No pudiendo seguir por impedírselo el do­ rado. Entre tanto yo leeré el correo de hoy,
lor, que al hacerse visible a los recién lle­ que todavía no he abierto.
gados los hizo correr a él, preguntándole Con cara donde se peleaban alegría y ru­
Emma, lívida de susto: bor tomó asiento Emma junto al herido, que
— ¿Qué tiene usted? ¡Por Dios, Lobera! sin malgastar ni un minuto comenzó a ha­
¿Qué le pasa? blar, diciendo:
— Nada, nada; mil gracias: una punzadi- — Seguramente no ha sido novedad para
11a en la herida. usted lo que he confesado a su papá: y co­
— De la cual tiene usted la culpa: por la mo ya no puedo seguir viviendo en la duda
imprudencia de levantarse, habiéndosele en­ de los sentimientos de usted respecto a mi
carecido que no haga movimientos bruscos. persona...
— Muy mal hecho, muy mal hecho... Yo No pudo pasar Lobera de este comienzo de
que venía tan contenta, pensando hallarlo explicación, porque en aquel momento se
a usted muy bien. abrió la puerta, dando paso a don Gustavo,
— Y lo estoy, no se apure, amiga mía. Ade­ one obligado a salir de improviso de la Re­
más, ese interés es para mí la mejor medi­ sidencia en el auto-ambulancia, ya prepa­
cina... Pero ya ha pasado, ya no me duele. rado, según dijo, para ir a buscar los heri­
— ¿De veras?... ¿No lo dice por tranquili­ dos de un derrumbamiento en una lejana
zarnos? sección de los trabajos, e ignorando si vol­
— Palabra que es verdad. Pero ya hemos vería antes del día siguiente, anticipaba su
hablado demasiado de mí... La encuentro a visita de la noche al americano.
usted extraordinariamente pálida- Estaba visto que todo eran dificultades
— Un poco: como yo también he estado para los pobres muchachos, que torcieron
enferma... el gesto.
. . . y sentir que de su corazón salía la sangre que llenaba el corazón del hombre
amado...


LA MAYOR CONQUISTA 113

KXUil
LA INDISCRECION DE DON GUSTAVO

Al entrar el médico se hizo en seguida evitara don Gustavo tener que darle ellos la
cargo de cuán inoportuna era su llegada, primera noticia: por eso aijo:
apresurándose a explicar el por qué la anti­ — No seas tonta, mujer... Si al cabo ha de
cipaba y apresurándose a tomar el pulso saberlo.
a Lobera para compensar la inoportunidad — ¿Pero el qué he de saber? Acabe, don
de la visita con la brevedad de ella. Gustavo?
— Esto va perfectamente: ganamos fuer­ — Que si está usted vivo es porque tiene
zas de día en día; y mucho más de prisa en las venas la sangre que ahora mismo le
de lo que era presumible. está faltando a ella para ruborizarse de su
— A mí no me extraña, porque siempre he hermosa abnegación.
tenido una naturaleza robustísima. — ¡Cómo!... ¿Pero entonces es que?...
— Miren el vanidoso. No presuma tanto; ¡Emma!... ¡Es posible, Dios mío!
pues con toda esa fortaleza.. — Yo tengo prisa: me esperan los heri­
— No, no, señor; ya sé que sin su feliz dos— dijo el médico escapándose rápida­
mente de la habitación.
idea de inyectarme el suero...
— Ta, ta, ta: ¡dónde estaría usted con su
robusted y con mi suero a no ser por...!
— Don Gustavo, don Gustavo— exclamó Es imposible expresar lo que sentía Lo­
Emma levantándose, acercándose a éste y bera al comprender, de pronto, a qué y a
diciéndole rápidamente y en voz baja: quién debía la vida: su emoción fué tan
— Eso no es lo prometido..* grande, que después de balbucear las ante­
— Lo prometido— contestó el médico en riores palabras entrecortadas, permaneció
voz alta—fué no hablar de aquello sino con conmovidísimo unos instantes, siní poder
los presentes, y como aunque nuestro ami­ decir más: con los asombradosv ojos desme­
go Lobera no lo sepa, no por eso dejaba de suradamente abiertos fijos en Emma. A esta
estar allí, desempeñando el primer papel, le pareció sentir su corazón sacudido por
digo, el segundo, no veo por qué hayamos los latidos del corazón del hombre amado, y
de dejarle más tiempo en el limbo. presintiendo que éste la miraba, levantó los
— Pero ¿qué quiere decir esto?— preguntó párpados, y al leerle en los ojos lo que no
el argentino sorprendido de la excitación podía expresar con la palabra, la vergüenza
de Emma, de su cuchicheo con el médico y que antes obscurecía el rostro de ella fué
de la noticia de que estaba en el limbo— ahuyentada por el amor triunfante,’ que
¿Qué quiere usted decir Con ese “ a no ser desbordaba en la mirada que respondía a la
por” ...? ¿Por qué estoy en el limbo? de él.
En virtud de una de esas contradicciones —No puedo hablar... No sé, no sé más
frecuentísimas en las almas femeninas, sino que me muero de felicidad.
Emma deseaba tanto, a lo menos, cual te­ —No, morir, no.
mía, que él supiera que al amor de ella de­ — No tengas cuidado, hija mía: eso no
bía el estar vivo; y su actitud confusa y mata... Pero serénese, amigo Lobera: en su
sus ojos bajos transparentaban la turbación estado puede perjudicarle esa excitación.
ocasionada por dichos deseos contrapuestos. — Sí, sí, ¡por Dios!, tranquilícese...
Duvery, que antes de haberle Lobera ma­ —No, Emma, no: esta felicidad no puede
nifestado su aspiración a casarse con Emma quedárseme encerrada en el alma: ha de
no había querido enterarlo del sacrificio de salir, ha de desbordarse: yo no puedo aguar­
ella, no veía ya inconveniente ¡em que lo co­ dar, porque es preciso que sepas ahora mis­
nociera después de que, ignorándolo, había mo que no nace de la alegría de sentirme
él expuesto tal deseo, y como al fin había de Vivir, sino de saber que me quieres... Sí, sí:
saberlo, y era debido y lógico lo supiera, le porque no ha sido solamente compasión,
complacía al padre que a su hija y a él les ¿verdad? Ha sido más que caridad... ¿ver-
8
LOS VENGAD RES
114 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIF1CA

dad?... Sí, sí: lo veo, me lo dicen tus bendi­ ra, hubo dado Emma expansión a sus afec­
tos ojos... Ahora conozco que antes no me tos, pensó que, a estar presente don Gusta­
engañaban cuando yo creía ver amor en vo, ya no podría decir que la faltaba sangre
ellos. para ruborizarse; pues al alzar los ojos y
—Serénese, Lobera. ver sobre sí la mirada de su padre sintió a
—Perdóneme, Don Héctor; me he olvida­ la par que la presión de los brazos ceñidos
do que estaba usted ahí: en el mundo no a su cuerpo, encendérsele el rostro con una
veo sino a *ella... Pero usted, que conoce lo llamarada de rubor; y trémula y confusa
noble de mis sentimientos, disculpará que dijo bajo a Lobera al separarse de él con
al sentir esta felicidad, por ningún otro dulce fuerza:
hombre jamás sentida, porque ninguno reci­ —Basta ya, Pepe; basta ya, Pepe mío.
bió la prueba que...
—Calma, hijo mío, calma.
—Sí, hijo, sí: gracias, Don Héctor, gra­ Por un momento permanecieron mudos y
cias: hijo, hijo.-. hondísimamente impresionados los tres ac­
— ;Por Dios, Lobera! Me asusta usted, tores de aquella escena, hasta que, compren­
temo que esa excitación... Por mí, serénese. diendo Duvery la inoportunidad de prolon­
—No, Emma, no: no hay miedo... ¡Dios garla, dijo:
mío, qué dicha!... ¡Qué inconcebible dicha!... —Yen, Emma, ven. Adiós, Lobera, hasta
Cuando te iba a preguntar si querías darme mañana. Serénese y descanse.
para siempre tu vida, ya tu vida corría por —Adiós y gracias: gracias a los dos...
mis venas, y ya me la habías dado. ¡Qué Pero, Don Héctor, no se vaya así; porque
hermoso, qué hermoso es vivir con tu ado­ también a usted quiero abrazarle.
rada sangre generosa!
— ¡Por Dios, por Dios! * #

—Es mía, Don Héctor, ¿verdad?


—Sí, amigo mío, sí. Al día siguiente volvió Emma, acompa­
—Eres mía, mía; pero dímelo tú, dímelo, ñada de su padre, a la habitación de Lo­
dímelo... bera, después de haber otorgado, sin gran
—Sí, tuya. dificultad, el perdón a la indiscreción de Don
— ¡Bendita seas! ¡Bendita herida! ¡Ben­ Gustavo, que el indiscreto fué a pedir en
dita amenaza de muerte que ha sido causa!... persona, habiendo de aguantar el previo
—Basta, basta... Es tuya, sí: te la doy; desahogo de la indignación de ella, no me­
pero acabemos de insensateces, porque de nos hipócrita que el aspecto contrito con
no ponerles coto acabaremos los tres locos... que aquél lo pedía.
Ea, daos las manos... Ya nos tuteamos to­ En aquella entrevista fué acordada la
dos... y que os dé Dios la dicha que mere­ boda para cuando el herido estuviera
céis. repuesto por completo: cosa de dos o tres
Se cogieron las manos, se las apretaron: semanas, según dijo él, pero de cuatro a
los ojos de cada uno bebían vida en los cinco, en opinión de don Gustavo, que era
del otro; y vidas y almas se unían a través la que mandaba.
de manos y ojos. Cuando estaban haciendo estos planes,
De pronto, volviéndose a Duvery, dijo Lo­ llegó un criado, avisando que en aquel mo­
bera: mento planeaba sobre la Residencia, como
—Don Héctor, no, padre mío: por la feli­ disponiéndose a descender en el campo de
cidad que acaba usted de darme, permíta­ aterrizaje de ella, un aeroplano en cuya
me abrazarla. popa flameaba al viento la bandera de la
—¿Cómo?... ¡Abrazarla!... ¡Pobres chi­ República Argentina.
cos!... Abrazaos... Está visto, yo lo permito —Manolo: de seguro es Manolo—dijo Lo­
todo. bera.
—Mía, mía—murmuró Lobera al oído de —¿Su hermano de usted?—preguntó Du­
Emma al estrecharla entre sus brazos. very.
—Tuya, toda tuya desde hace mucho tiem­ —Sí; sí, señor.
po—contestó ella más quedo todavía. —Entonces voy a recibirlo- Ven conmigo,
Al disponerse Duvery a poner término al Emma.
abrazo acabó éste sin necesidad de su auto­ Efectivamente, Manuel Lobera era quien
ritaria intervención; porque cuando con él llegaba a consecuencia del radiograma pues
y con la frase murmurada al oído de Lobe­ to a Buenos Aires cuatro días antes, por en-
LA MAYOR CONQUI STA 115
cargo de Pepe, tan pronto como el estado futuro suegro como adecuado para la veni­
de éste le permitió pensar en cosas serias, dera explotación, y a Lebezenga, donde ha
y en el cual se enteraba al primero de la bía de contratarse la fuerza para los tra­
herida, ya no peligrosa, de su hermano y bajos de instalación en tanto no se hubiera
se le invitaba urgentemente, de parte de capturado la energía solar, realizando la
éste, a que se trasladara a Agadés y Te- que al enterarse de ella llamó Duvery la
chiasco. A dicho telegrama había contesta­ mayor conquista de la ciencia moderna.
do diciendo que se ponía en camino. Pero, además de esto, se pensó a última
Llegado dos horas antes a Agadés, había hora en la conveniencia de que Manuel pro­
descendido allí para pedir un práctico del longara su expedición al Congo con dos fi­
terreno que, subiendo con él al avión, le nalidades: primera, contratar para las fae­
indicara el rumbo de la Residencia. nas de remoción de tierras, pues no podía
El guía que Bertier le proporcionó fué el pensarse en dazas por haberlos agotado la
mismo Raúl, que se recordará se hallaba compañía del ferrocarril, negros congoleses,
en el cuartel instruyendo al capataz en el no musulmanes, sin la menor relación con
manejo del fototeléfono, y que después de los presuntos rebeldes del Sahara, libres de
tranquilizar al recién venido sobre el actual simpatías a éstos y a quienes, una vez veni­
estado de su hermano, le relató los detalles dos, no les fuera posible contaminarse del
del crimen de que había sido víctima. espíritu de rebeldía de ellos por hablar di­
Aterrizado el aparato y recibido y condu­ ferente idioma que los sahareños; segunda,
cido por Duvery el viajero junto a Pepe; a visitar las cataratas de Stanley Pool-Yel-
pasados Jos primeros transportes de cariño lala, en el Bajo Congo, donde el año 1985
entre éste y aquél y de efusivo reconoci­ había sido montada la mayor empresa hi­
miento y admiración a Emma de Manolo droeléctrica no ya del Africa, sino del mun­
por su hermosa hazaña; terminadas sus do, con objeto de ver si la colosal potencia
congratulaciones por la boda concertada, de de dicha central, incomparablemente supe-
la que fué enterado, creyeron padre e hija íñor a la de Lebezenga, permitiría que la
discreto retirarse para dejar en libertad a energía de ella salvara por vía aérea la
los hermanos de que a solas hablaran de distancia a Techiasco, a fin de establecer
sus asuntos, asintiendo Pepe a que se fuera la explotación solar al lado del centro fe­
Emma, mas suplicando a Duvery no lo hi­ rroviario; cosa interesantísima como medio
ciera, por no creer correcto continuar en­ de sumar los medios de defensa de una y
gañando a su futuro suegro con el embuste otro en caso de sobrevenir la temida insu­
de la fábrica de vidrio. rrección: pero de consecución no fácil, pues
De acuerdo en esto ambos hermanos y la distancia entre dichas cataratas y Te­
solos ya con el ingeniero, expusieron a éste chiasco es en línea recta de unos 2.200 ki­
que, si bien continuarían recatando de todos lómetros.
hasta que fuera un hecho la empresa helio- Tres días consumió la expedición de Ma­
dinámica que al Sahara los traía, la reser­ nuel y sus investigaciones en la central de
va no rezaba con él, dándole en consecuen­ Lebezenga sobre el número de kilovatios
cia somera explicación de ella. Seguida­ que ésta podría poner a disposición de la
mente dijo Pepe que viniendo la larga con­ proyectada vumufacturera vidriera d e
valecencia de su herida a demorar la ya Azzau: resultando de aquéllas que, después
dilatada ejecución del cometido que a él lo de deducidas pérdidas de transmisión, la
trajo al Desierto, había hecho venir de fuerza realmente aprovechable no llegaría
Buenos Aires a Manuel para que lo reem­ al número de caballos de vapor necesarios
plazara en los trabajos preparatorios, que como fuerza motriz para las obras de ins­
él no podía realizar, conviniendo ambos en talación de la empresa solar-
ello a fin de poder comenzar los de insta Por tal razón, y porque al reconocer el
lación tan pronto el convaleciente tuviera terreno en las cercanías de Azzau le pare­
fuerzas para dedicarse a ellos. ció a Manuel que en él serían más traba­
Después de varias conferencias que, por josas las obras que a la inmediación de la
no permitir el estado de Pepe fueran lar­ residencia de Techiasco, por la mayor du­
gas, consumieron cuatro días, al quinto de reza de aquel suelo, por ser muy pobres los
la llegada de Manuel voivía éste a partir pozos más cercanos y estar a gran distan­
en su avión, acompañado de dos prácticos cia, creyó oportuno hablar de nuevo a Pepe
del país, a reconocer el terreno de las cer­ antes de seguir viaje al Congo; pues des­
canías de Azzau, señalado a aquél por su pués de lo visto en Lebezenga pensaba él
116 BIBLIOTECA NOYELESCO-CIENTIFICA

que no en estas cataratas, sino en las de do, enterándolo de la llegada del herm ano
Stanley-Pool, estaba no la mejor, sino la de su rival, de estar ya éste fuera de peli­
única solución para ellos. gro y de que todos en Techiasco atribuían
En estas conferencias o más bien estu­ la venida del prim ero a deseo de asistir a
dios—pues tenía Manuel que llevar todos la boda del segundo con la Señorita de Du-
los cabos bien atados para tomar, cuando very.
allá llegara, resolución definitiva sobre esta­ P rim eram ente se indignó Galiel con la
blecim iento a ser posible de una especial torpeza de su tío, a quien le había fallado
transm isión inalám brica de fuerza a la ci­ u na puñalada casi infalible; pero al oír lo
tad a distancia—, se fueron varios días, en de la boda se olvidó de todo y gritó ra­
uno de los cuales sobrevino un grave suce­ bioso:
so, para explicar la incubación del cual te­ —¿P ara cuándo, p ara cuándo h an fijado
nemos que trasladarnos a otros lugares. esa boda?
—No lo sé; pero, según parece, h a de ser
* * *
pronto.
Dos días después de la llegada a Techi as­ —Pues no será: aunque para ello nece­
co del mayor de los Loberas se hallaban de site pegar fuego a aquella m adriguera de
m añana en Sabankafi, lugarejo situado a perros; no se rá... ¿Y ya no hay allí daga-
50 kilóm etros del centro ferroviario, dos tums, ni más que esos estúpidos dazas?
cobradores de Mohamed el recaudador de —No, señor: al menos que yo sepa.
contribuciones, que a la vez era proveedor —Y tú y los demás m otoristas, ¿no os
del ferrocarril, quien en terrenos de la ci­ quedáis nunca a dorm ir «n la Residencia?
tad a aldea realizaba el acopio en grandes —No, señor: los transportes se hacen de
piras y el alquitranado, antes de entregar­ modo que siempre llegan allá poco después
las a la compañía, de las traviesas traídas de mediodía, y en cuanto descargan los ca­
de los bosques de la Nigricia, donde tenía miones salen éstos para aquí: lo más tarde
m ontada la coila de árboles y el aserrado al anochecer.
de ellos.* —No voy a tener m ás remedio—dijo
Dichos cobradores eran Abd-el-Gahel y Abd-el-Gahel para sí, paseando arrib a y
Ben-Cassim, que hacía días andaban por abajo por la habitación como un tig re en­
los oasis situados en torno de Techiasco; jaulado—que reu n ir quinientos o seiscien­
pues el prim ero tenía interés en ser rápi­ tos herm anos de estos alrededores y dar
dam ente informado de cuanto allí ocurrie­ con ellos un asalto de noche... ¡Qué dispa­
ra: lo cual conseguía por medio de T inkert rate! Esa m ujer me ha vuelto loco, peor
que, reemplazando algunas veces a uno de aún, tonto; porque com parada con tal ata­
los m otoristas de los autocamiones que allá que a mano armada, era un pequeñez la
acarreaban las traviesas después de alqui­ torpe calaverada del telégrafo, por la que
tranadas, aprovechaba estos viajes y sus les corté las cabezas a los Muffis. Y si
estancias en la Residencia, m ientras eran aquello tem í que me fru stra ra la sorpresa
descargadas aquéllas, para oír y fisgar cuan­ de la general e inesperada explosión del
to podía y resum ir el resultado del fisgo­ levantam iento, esto de ah o ra... No: no pue­
neo de los m otoristas de los demás ca­ de ser. Y, sin embargo, yo no me resigno
miones. a que sea de ese hom bre... Ha de ser mía,
De lo últim am ente averiguado hablaba m ía... Vete, T inkert, vete; déjame solo...
con Abd-el-Gahel el día y en el lugar cita­ Pero vuelve, vuelve dentro de una hora.

KHUill
CASSIM PAGA LA QUE HIZO EN TADELAKA

H asta que regresó el ex-capataz de entre aquellas negruras de su cólera le h i­


Moyfsk estuvo debatiéndose Abd-el-Gahel cieron ver al cabo un hilillo de luz; y alum­
entre delirantes accesos de insensata e im­ brado por ella preguntó a T in k ert cuando
potente iia y cavilaciones intensísim as, que éste volvió a presentársele:
LA MAYOR CONQUISTA 117
— ¿Cada cuantos días van a Techiasco los desde arriba dió él las manos para que a
camiones? su vez saliera.
— Lunes, miércoles y viernes. Visto cuanto para sus planes necesitaba,
— ¿Juntos o separados? dijo Gahel al dagatum, antes de partir en
— Juntos. su moto para retornar a Sabankafi:
— ¿Y cuántos son? — Desde las once en adelante no has de
— Nueve. faltar de aquí ninguna noche. Cuando una
— ¿Son grandes? ¿Cuántas traviesas car­ de éstas vengan unos hombres con varios
ga cada uno? meharis, les preguntarás quién los envía, y
— Sí, muy grandes. Unas quinientas. si te contestan “El Vengador", los llevarás
— ¿Van cargadas a lo largo o a lo ancho frente al sitio por donde hemos bajado al
del camión? foso, obedeciéndolos en cuanto te ordenen.
— En tongadas a lo largo, para utilizar Y de esto a nadie, pero a nadie, has de
toda la anchura de las plataformas, que son decir palabra. ¿Te enteras bien?
algo más anchas que el largo de las tra­ — Sí, Gran Señor.
viesas. — Pues que Al-lah te guarde.
— Llévame a ver esos camiones, y haz Al decir esto partió Abd-el-Ganel, llegan­
cargar uno delante de mi. do al amanecer a Sabankafi, donde ya lo
aguardaba Mohamed, recién llegado de Aga­
dés en cumplimiento de la orden que la
Cuando Gahel hubo presenciado la carga anterior mañana le había sido enviada.
de un camión escribió una carta para su — Necesito con urgencia, pero con mu­
compinche, o más bien subordinado, el con­ cha, tres hombres de confianza montados
tratista, ordenando a Tinaer que la envia­ en malos camellos fáciles de alcanzar si son
ra a Agadés urgentemente. perseguidos; tres meharis de primera sin
Aquella misma noche, modestamente dis­ jinetes para mí, Ben-Cassim y Tinkert;
frazado de dagatum, llegaba el Gran Caíd otros tres, también buenos, de refresco, que
a Techiasco en una moto, que dejó escon­ han de aguardarnos en Abadarjen, camino
dida en la choza de un hermano vengador, de Tintelloust, y doscientos gramos de clo­
por quien se hizo guiar, siguiendo el borde roformo. ¿Cuándo puedo contar con todo
externo del foso de la Residencia hasta lle­ ello?
gar a la parte de las trincheras más cer­ — Los camellos podrán estar para pasado
cana al cobertizo de los troncos frontero a mañana, pero el cloroformo... ¿Cómo me
las habitaciones de Emma, desde donde, lo voy a procurar?
disfrazado de gendarme, había él reconoci­ — En la botica o en el hospital del pueblo.
do los balcones de ella. — Es que el boticario y los médicos son
Después de examinado el terreno se des­ franceses y lo tendrán bien guardado.
colgaron ambos silenciosamente al foso; — Pero hay enfermeros indígenas. Si al­
encaramándose sobre los hombres de su guno es hermano le ordenas que lo robe, y
acompañante se izó Gahel hasta la arista si no, lo sobornas para conseguir el mismo
exterior del plano de fuegos del parapeto, resultado. Con esta gente todo es cuestión
y tendiéndose boca abajo, avanzó por enci­ del cuánto, y como en éste no te pongo cor­
ma y a lo largo de él como un lagarto: tapisas...
sin mostrarse ni hacer el menor ruido que — ¡Ah!
turbara el silencio de la noche. — Ya sabes que no tolero dificultades.
Así consiguió ver que, precisamente fren­ Tres días tienes de plazo: hoy es miércoles,
te a los balcones que le interesaban— visi­ el sábado por la noche han de estar aquí el
bles desde el parapeto por encima del te­ cloroformo y los seis camellos y en Abadar­
jadillo del cobertizo— hacía guardia un daza jen los de refresco. Para que tú no tengas
en la trinchera, pues en la Residencia ha­ que dar la cara en lo del cloroformo, llama
bían ya montado servicio de nocturna vi­ a Morand el mestizo para que Zaida sea
gilancia; y después de enterarse de que los quien dé la orden o compre el cloroformo.
centinelas más cercanos a éste por derecha — Pero...
e izquierda estaban a distancias que estimó — No tengo más que decirte: lo manda
en ochocientos o mil metros, retornó al el Diván; y como tengo mucho sueño, me
foso, donde lo aguardaba su guía, que des­ voy a dormir. Ya lo sabes: el sábado.
de abajo lo empujó al escalar el declive
para salir al glacis exterior, y a quien ya • * *
118 BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIPIGA
A la hora de costum bre del lunes siguien­ su fondo se habían echado unos coicíionies,
te a la expedición nocturna de Gahel llegó cuando la víspera quedó preparado el es­
al centro ferroviario el convoy de los ca­ condrijo en Sabankafi, de donde salió "va­
miones correspondiente a dicho día con las cío; pero siendo ocupado media hora an tes
traviesas; pero no, como siempre, en nú­ de la llegada a Techiasco, y en el lu g a r
mero de nueve, sino de ocho; pues según donde fué sim ulada 3a avería del cam ión,
los conductores dijeron al portero, quedaba por Abd-el-Gahel y Ben-Cassim: renegando
el otro como cuatro kilóm etros atrá s arre­ el último, mas sólo in pectore, de la av en ­
glando una avería del motor, que no debía tu ra y de la hurí maldita, que era causamte
ser pequeña; pues cuando anochecido re­ de ella-
gresaban aquéllos descargados a Sabankafi Uno y otro habían llegado en cam ellos,
todavía estaba T in k ert acabando de repa­ que el camellero con ellos venido se llevó.
ra rla en el mismo sitio en donde lo deja­ Una vez dentro de la Residencia, y si­
ron; pues el carruaje por éste conducido guiendo previas instrucciones de Gahel, el
era el averiado, que hasta las once de la capataz guió el camión hacia el edificio
noche no pudo llegar a la p u erta del cer­ principal, contorneando éste h asta lleg ar
cado de la residencia- frente al cobertizo de la m adera, y dete­
Por estar ya acostado el portero, tuvo niéndolo, inm ediato a la fachada, debajo
T in k e rt que aporrear la ventana hasta que, de un balcón, después de cerciorarse de
levantado, contestó que por no se r aquella ser el séptimo de ella.
hora de en trad a no podía ab rir la puerta. Seguidam ente se subió sobre la carg a del
Sabiendo que sus compañeros, en Saban­ camión, tendiéndose, arrebujado en su m an ­
kafi ya a tal hora, no podían desm entirlo, ta, encima de las traviesas y dando con
hizo T in k ert presente que no habiendo aca­ los nudillos tres golpes leves y lentos en
bado de componer el motor sino un cuarto la tapadera del escondrijo p ara h acer sa­
de hora antes, siendo peligroso recorrer a ber a sus ocupantes, con aquella seña con­
aquella hora el largo camino para volverse venida, que todo estaba hecho según lo pro­
al punto de partida, y no menos arriesgado yectado. E n seguida sim uló que dorm ía.
pasar la noche fuera del recinto, pues hacía Cuando, tran scu rrid a hora y media, se
varias noches que rondaban leones por las acercaba la luna al ocaso, una p atru lla, que
cercanías, suplicaba que por una vez se in­ iba relevando a los centinelas del recinto,
fringiera la consigna (1). rompió con su paso y el ruido de él la so­
Como la razón era convincente, fué el ledad y el silencio.
portero a consultar el caso con Don Héctor, Pasado otro cuarto de hora se incorporó
que ya se estaba acostando, y el cual con­ T inkert, quitó las cuñas que sujetaban una
cedió el permiso. traviesa y apartando ésta acercó la cabeza
—E ntra, hombre—dijo el portero, ya de al hueco para oír a Abd-el-Ghel que le ha­
vuelta—en tra; deja el camión en cualquier bló al oído y le dió un paquete, recién sa­
parte hasta m añana que lo descarguen, y cado de un bote de hoja de lata.
tú vete, si quieres, a dorm ir a las cuadras, Hecho esto se metió aquél el paquete rá ­
donde no estarás mal, porque la noche está pidam ente en el bolsillo, se taponó las na­
fresquita. rices con dos pelotas de algodón, restable­
—No te dé cuidado de m i: levantaré unas ció la traviesa en su sitio y saltó al suelo,
traviesas del camión para arreglarm e un dirigiéndose, sin recatarse y rectam ente, a
nicho donde me meteré, bien arropado con entablar conversación con el daza de guar­
m is m antas: y como un principe. dia en la trinchera, que viéndolo venir del
—No está mal pensado. Pu'es adentro. interior del cercado no desconfió de él.
El nicho de que T in k e rt hablaba no tenía Después de decirle quién era, de contarle
que hacerlo, por venir ya hecho, cubierto la avería del autocamión, su llegada de
y disimulado con traviesas que descan­ noche a la Residencia y que se había levan­
saban en dos listones apoyados en la pen­ tado de encima de la carga porque tendido
últim a tongada, por debajo de la últim a, y y quieto tenía mucho frío que le impedía
en cruz con las demás de la carga. E n dormir, dijo de pronto:
— ¡Calla! Parece que alguien se arrastra
(1) “No se encuentran leones en la parte orien­ por el foso.
tal del desierto; pero si con trecuencia, y en gru­ —No veo nada-
pos, en El Air, una especie desprovista de melena, —No es por ahí, sino por ese otro lado.
como los de la India. ”—Nauvette Geographie Uní-
veraalle, de Reclus. Al decir esto señalaba T in k e rt en direc-
LA MAYOR CONQUISTA 119
ción para mirar según la cual tuvo el daza había hecho con el centinela, sin darla
que volverle la espalda, aprovechándose tiempo de gritar. Cuando Emma estuviera
aquél de ello para sacar del bolsillo el pa­ desvanecida la envolverían en una hamaca a
quete de algodón impregnado en clorofor­ prevención llevada para descolgarla por el
mo; y mientras con una mano lo apretaba balcón al suelo, donde la recibiría el capa­
contra la boca y la nariz del centinela, taz, que después ayudaría a llevarla hasta
le sujetaba con la otra por detrás la ca­ el parapeto, a pasarla por cima de él y a
beza empujándosela hacia delante: con lo izarla al otro lado del foso. Una vez fuera
que en el primer momento no pudo gritar de éste montaríari en los meharis, y lle­
el pobre hombre, y mareado en seguida con vando Abd-el-Gahel a la raptada en brazos,
la típica emanación de aquel narcótico, no huirían hacia Tintelloust por un camino
acei'tó a defenderse, acabando a poco por extraviado que evitaba el paso por Agadés;
caer privado, con la prolongación del efec­ mientras, los tres dagatums Jinetes en los
to de ella (1). camellos de poca marcha saldrían en dife­
Tan pronto estuvo así le arrolló Tinkert rente dirección dejando visibles huellas,
a la cabeza su tapabocas, sujetando sobre que no quedarían detrás del otro grupo, los
boca y nariz el algodón del cloroformo para meharis del cual llevaban las pezuñas en­
que indefinidamente continuara respirándo- vueltas en trapos; y porque cuando éstos
dolo: a riesgo de convertir el narcótico en se rompieran ya estarían a algunos kiló­
veneno. metros de Techiasco.
Cuando hubo hecho esto entonó, como si Saltada la barandilla del balcón y ya
el centinela fuera quien cantara, una mo­ Gahel y Cassim dentro de él, cortó el pri­
nótona canción popular de los dazas de mero en cuadro, con un diamante, un cris­
Borku, contestada desde ei exterior del re­ tal de la vidriera previamente prendido a
cinto con reiterados aullidos de perro, ai una ventosa portátil de goma para que no
oír los cuales se dijo: “Ahí están” , refi­ cayera produciendo ruido al romperse. Una
riéndose a los camelleros de los meharis vez arrancado el cuadro, metió aquél la
buscados por Mohamed el contratista, en­ mano por el agujero; levantó la falleba que,
viados por Gahel en busca del hermano aunque poco, rechinó alto; abrió las dos
que noches antes le había ayudado en su hojas de la vidriera y al ir, él y Cassim,
reconocimiento del parapeto, y ]/or el últi­ a entrar en la obscura alcoba, vieron de
mo conducidos, tan pronto se puso la luna, pronto el blanco lecho fugazmente ilumi­
a las inmediaciones del foso, en paraje nado por el resplandor de un fogonazo y
frontero al sitio por donde ambos habían oyeron un disparo, gritos de “ ladrones, la­
bajado y cercano al lugar donde se hallaba drones” : todo ello simultáneo con el preci­
el capataz: pues la canción y los aullidos pitarse a ellos de un bulto, al cual se aba­
eran señales convenidas. lanzó Cassim, apretándole el algodón clo­
Minutos después destapaba éste el escon­ roformado contra la cara, en el instante
drijo del camión y de él salían el sobrino mismo de hacer él un segundo disparo.
y el ‘.ío, que de pie en lo alto de la carga — Gahel, estamos descubiertos — gritó el
del camión fácilmente llegaban a escalar árabe— . Escapa, Gahel. Yo estoy herido en
el bacón de la alcoba de Emma. el pecho, pero a éste no tienes que temerlo.
El plan, al que a regañadientes coope­ Escapa, escapa.
raba Ben-Cassim, era penetrar en aquélla Al mismo tiempo que estas palabras oía
descazos y sigilosamente, y mientras Gahel el Gran Caid silbar una bala cercanísima
llégala al lecho de ella, lo cual creía fácil a su oído, y al ir a lanzarse sobre su agre­
hallándola, como la suponía, dormida a sor, vió caer revueltos a éste y a Cassim,
aquela hora, vigilaría Ben-Cassim junto a al cual acudió, diciendo:
la puerta para, si entraba Maka, hacer rá- —¿Pero no puedes levantarte ni andar?
pidanente con ella lo mismo que Tinkert — No te cuides de mí. Huye pronto; si no
te cogerán.
En esto saltó Tinkert la barandilla del
(1) Como la evaporación del cloroformo que em­
balcón, pues al oir el disparo y los gri­
papaba el paquete se verificaba en todos sentidos,
no era fácil obtener con él los efectos que se pro­ tos acudía en auxilio de sus jefes, con una
ducen *n las mascarillas empleadas en cirugía, por pistola en la mano. Al verlo Abd-el-Gahel,
lo cua habían sido estos paquetes preparados de que comprendía ya que el rapto estaba frus­
un molo especial que no detallamos, pues no nos
proporemos poner cátedra de fechorías de esta
trado por completo, dijo:
índole. — Ven, Tinkert: ayúdame a meter a Cas-
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sim en la ham aca y a descolgarlo, para lle­ rapto que pensó la amenazaba, en cuamto
várnoslo, antes que venga gente. fué informado de la larga estancia de Galhel
En el in terior del edificio resonaban gol­ frente a sus balcones, fué traslad arla al ottro
pear de puertas, carreras y voces pregun­ extremo del edificio. Además, el actual o c u ­
tando: pante de aquellos aposentos se había acios-
—¿Dónde ha sido? ¿Quién ha disparado? tado muy tarde aquella noche, por habeirse
—T inkert, te prohíbo que ayudes a lle­ entretenido en ordenar unas notas n ecesa­
varm e: no podéis perder tiempo en esca­ rias en el viaje que iba a em prender la si­
par. Llévatelo, sálvalo, sálvalo: es Abd-el- guiente mañana, y dando vueltas a los asiun-
Gahel, el Gran Califa, el nieto del gran hé­ tos de éste, estaba todavía despierto cuanido
roe el anunciado Vengador. Sálvalo, aun oyó prim ero a Gahel y su tío sa lta r al b a l­
cuando sea a la fuerza. cón, y en seguida el chirrido del diamamte
A nte aquella revelación, que Cassim creía al co rtar el cristal; y como a causa de la
necesario hacer para salvar a su sobrino, vigilancia con que en Techiaseo se vivúa,
dijo T inkert: todos se acostaban allí dejando una p íste la
—Tiene razón este hombre: hay que aban­ en la mesa de noche, fácil le fué a Manuiel,
donarlo. Sálvate, Gran Señor... Si pierdes disparando a boca de jarro, h e rir a Cassiim,
un m inuto, serás tú el que se pierda inútil­ no logrando acertar a Gahel con el segunido
mente, sin conseguir salvarlo- Huye, huye. disparo porque el encontronazo del prime¡ro,
Oye: ya vienen. al lanzarse sobre él para aplicarle el clo ro­
Efectivam ente, las carreras de quienes formo, desvió la puntería. Después caiyó
acudían del interio r del edificio se oían ya privado.
cercanas. Cassim, gravísim ám ente herido, cayó con
T in k e rt em pujaba violentam ente a Abd- él, esforzándose en m antenerle apretado» a
el-Gahel, que comprendiendo, al verse ya la cara el algodón; pero pronto le faltaro n
junto a la barandilla, la imposibilidad de las fuerzas y, cuando Abd-el-Gahel huyó, ya
llevarse a Cassim, y que, de perder tiempo, había también perdido el conocimiento.
lo cogerían a él, se decidió, saltando del bal­ Al oír los disparos y las voces de ¡ladro­
cón al camión y de éste al suelo. Después, nes!, alborotó la casa el vigilante nocturno
guiado por T inkert, corrió hacia donde ya­ de guardia en el in terio r del edificioi, y a los
cía el daza cloroformizado- pocos minutos varios ingenieros y em plea­
Llegados a la banqueta del parapeto, se dos, y Duvery con ellos, rodeaban a los que
detuvieron un instante para m irar y ver al pronto creyeron muertos, h asta que Don
por el balcón, ilum inada la alcoba de don­ Gustavo tranquilizó al últim o respecto a su
de escapaban y en ella bultos agrupados en huésped, diciéndole que sólo estaba cloro­
torno de los dos hombres tendidos; se en­ formizado, y no profundam ente, pues el des­
caram aron al plano de fuegos y saltaron al mayo de su agresor había evitado que la
foso; ayudados por los que en él los aguar­ acción del cloroformo se prolongara.
daban, treparon al glacis; conducidos por Entonces se fijó Duvery en el herido, ad i­
ellos llegaron adonde estaban los meharis, vinando, al reconocer al señor Pozo, cuál e ra
y un m inuto después tres dagatums mon­ la finalidad del asalto, felicitándose de su
tados corrían por el camino de Agadés, previsión al no haber perdido tiempo en
m ientras Abd-el-Gahel y T in k ert escapaban m udar a Emma de habitación; y pensando
a campo traviesa a buscar la senda de Aba- en seguida que el falso Núñez no debía de
darjen y Tintelloust. andar lejos, dió orden de reg istra r inm edia­
—Lo vengaré, lo vengaré—m urm uraba el tam ente h asta el últim o rincón de la Resi­
prim ero pensando en Ben Cassin— ; y ella dencia
será mía, será m ía: si no antes, después de La ham aca hallada en la alcoba, el ca­
esa m aldita boda. mión colocado debajo del balcón, la fuga
de su conductor, el escondrijo entre las tr a ­
* * *
viesas y el centinela m uerto por el cloro­
L a explicación de lo acaecido era que la formo, convirtieron en certeza la sospecha
que Abd-el-Gahel creía continuaba siendo de Don Héctor.
alcoba de Em m a estaba ocupada a la sazón Por último, a la m añana se vieron hue­
por Manuel Lobera, alojado a su llegada llas de camellos que arrancaban de enfren­
en las habitaciones de ella; pues la prim e­ te al sitio donde estaba el daza muerto y
ra de las precauciones que dijimos adoptó rastros del paso de dos hom bres sobre el
Duvery para poner a su hija a cubierto del plano de fuegos; mas convencido, dacas las
LA MAYOR CONQUISTA 121
horras transcurridas, de la ventaja que lle- no tenía B ertier esperanza sino en lo
varríam los fugitivos, y no habiendo gen- que al herido le pudiera sacar, y por ello
darrm es en la residencia, desistió por lo encareció al doctor que hiciera los impo­
prointo Duvery de toda persecución; pero sibles para que durara, cuando menos, has­
no perdió tiempo en telefonear a B ertier re- ta que le fuera posible prestar declaración;
firiiéndole lo ocurrido y suplicándole se tra s­ pero lo gravísim o de su estado le hizo de­
la d a r a en seguida a Techiasco. sistir de llevárselo a Agadés, pues era ve­
M ie n tra s él hablaba con el capitán, recu­ rosím il m u riera en el camino; y como la
p e r a b a Manuel el conocimiento; pero estan­ posibilidad de declarar iba, según dictam en
do sum am ente mareado, le hizo don Gusta­ de don Gustavo, para largo, decidió dejarlo
vo acostarse, dejando un practicante a su en la Residencia m ientras esto llegara, reco­
cuiidado, y él se llevó a Cassim a la enfer­ mendando encarecidam ente a Duvery lo cus­
m a ría , donde después de hacerle una prim e­ todiara bien.
ra exploración, cerciorarse de que no ha­ Pero el restablecim iento del feroz afri­
bía que extraerle la bala, por haberle ésta cano, que por la naturaleza de su herid a no
sabido por la espalda, y de hacerle nue­ podía ser cosa breve, se dilató más aún a
va cura, lo dejó instalado en una habitación causa de habérsele inficionado aquélla, con
p eq u e ñ a de la enferm ería, en donde quedó el lo cual tran scu rriero n veinte días, en que
moiro bajo llave en calidad de preso. constantem ente estuvo en riesgo de m uerte:
Im útil fué, de momento a lo menos, que a con asombro de Don Gustavo al ver que no
la ¡siguiente tarde llegara B ertier, pues no acababa de m orirse, más asombrado todavía
ya Abd-el-Gahel, pero ni aun los dagatums cuando al veintiuno se convenció de que no
encargados de em brollar pistas, fueron al­ se moría- Pero ni su postración al sa lir de
canzados; porque teniendo a su favor al país tal crisis consentía pensar en interrogato­
en tero , minado por la rebeldía, por doquier rio, ni en cuanto fué posible lo su friera le
h allab a n facilidades en su huida; m ientras fué a B ertier posible interrogarlo, pues en­
que los gendarm es eran despistados con in­ tonces andaba el capitán en una revista de
fo rm es falsos. En cuanto a Ben-Cassim, por los puestos a sus órdenes, term inada la cual
quien, dado su temple, nada se habría ave­ sufrió nueva demora de unos días su vuel­
ta a Techiasco; pues cuando, recién regre­
rig u ado, caso de ser posible interrogarlo,
sado a Agadés, se disponía a sa lir p ara la
no podía pensarse en tom arle declaración,
Residencia, fué llamado telegráficam ente a
pue.s era presa de altísim a fiebre y frenéti­
co delirio, donde, entre incongruencias, cul­ Tafilete a conferencia urgente con su co­
ronel.
m inaban, a modo de insistente estribillo,
M ientras el preso iba convaleciendo y re­
abom inaciones y am enazas contra una mal­
cobrando fuerzas, más de prisa que él se re­
d ita hurí.
ponía Pepe Lobera, que al sentirse comple­
— Se cree en el paraíso y, por lo visto, se
tam ente restablecido no se descuidó en de­
lleva mal con la odalisca que le ha tocado
cir a Don H éctor que ya no había razón de
en suerte—decía el doctor.
aguardar m ás para la boda, aplazada, no
B e rtie r había llegado con intención de
obstante, una semana en espera del anun­
llevarse el preso a Agadés para seguir allá ciado regreso del herm ano del novio; pues
el proceso, tan pronto hubiera tomado en no parecía lógico celebrarla sin él estando
Techiasco las prim eras declaraciones a las
ya cercano su retorno.
gentes de la residencia, y en Sabankafi a Y aunque la dilación se le h iciera larg u í­
los m otoristas y a los cargadores de los sim a a Pepe y, por qué no decirlo, tam bién
cam iones; pero no llegó a ir allá, pues al a Emma, y aunque en los últim os días de
día siguiente de su llegada al centro ferro­ ella, y como consecuencia del regreso del
v iario se presentó espontáneam ente en éste capitán y del proceso de Ben-Cassim, estu­
Mohamed el contratista trayendo consigo al viera ésta preocupada con algo que parecía
conductor del camión donde los foragidos am argarle la esperada dicha, como en el
habían entrado en la residencia, pero no mundo todo llega, al fin llegó M anuel y am a­
guiado por él, a quien aquéllos habían sor­ neció el día más hermoso en las vidas de
prendido, dejándolo en el campo am arrado los enamorados, que de su am or se h abían
y llevándose el camión, después de Q u itar dado poco comunes pruebas, y cuya alegría
u nas cuantas traviesas p ara arm ar el es­ no intentam os p in ta r; pues si la dicha de
condrijo. ambos era tan viva y tan intensa que no sa­
E sto fué todo lo averiguado; mas de la bían ellos expresarla sino con los ojos, m al
p ista de los crim inales, nada. Sobre esto podría otro describirla con palabras.
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PARÉNTESIS

¡Cómo! ¿Paréntesis? ¡Paréntesis después en esta historia nada que excite su curio­
de un desenlace!... Porque en historias como sidad, puede ya dar el libro por finalizado;
esta, en donde juega amor de hombre y mu­ y ateniéndose al desenlace que a Himeneo
jer, el desenlace clásico es la boda; y como debemos, no se hará cómplice de nuestro
desenlace y fin vienen a ser sinónimos en pecado contra el clasicismo-
casos como éste, y como en buena lógica Pero quien sobre éste ponga su interés de
después del fin no queda nada... trocar en respuestas cuanto en interrogan­
Así razona un lector, sorprendido del epí­ te deja el párrafo anterior; quien desee sa­
grafe que precede a estos párrafos, por no ber si al fin se realizó la mayor conquista
creer Ignotus que lo sucinto de ellos me­ científlcoindustrial que los siglos presencia­
rezca nombre de capítulo; pero vamos a ron, y cómo fué alcanzada, no ha de ver en
cuentas: la boda de Emmá y Pepe sino un mero epi­
Quien en lo referido hasta ahora no se sodio, y como todo aquello ha de contarse
haya interesado sino con las peripecias de en L a policía telegráfica , segundo episo­
los que, casi sin ser novios, han llegado ya dio de esta historia, ya no me caben en el
a esposos,- sin importarle de otras que aca­ paréntesis, so pena de convertirlo en tomo,
so les advengan ya casados; quien no se sino las someras noticias de que Manuel las
cuide de lo que pueda ser de Abd-el-Gahel, trajo muy buenas de su expedición, en cuan­
ni Ben-Cassim, ni le importe saber si estalló to augurios de la empresa heliodinámica,
o no estalló la rebelión de los vengadores, y Bertier, llegado a la Residencia cuatro días
ni enterarse de si los esfuerzos de los dos antes de la boda, acompañado de tres te­
argentinos para capturar la energía del Sol nientes de gendarmería, las traía muy gra­
fueron coronados por el éxito; quien, en ves en lo atañadero a amenazas políticas.
suma, no halle en cuanto pendiente queda

FIN DEL PRIMER EPISODIO

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