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Evolución y Confusión del Lunfardo

Este documento presenta un resumen de la investigación lingüística sobre el lunfardo, un argot rioplatense. Explica que aunque el lunfardo fue originalmente considerado como una jerga criminal, en realidad era un conjunto de palabras y expresiones populares usadas por los sectores humildes de Buenos Aires y Montevideo. Aclara que el lunfardo no es solo un léxico delictivo, sino que también incluye palabras sobre comida, bebida, sexo y otros temas. Finalmente, señala que el lunfardo cumple funciones expresivas pero también implica una
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Evolución y Confusión del Lunfardo

Este documento presenta un resumen de la investigación lingüística sobre el lunfardo, un argot rioplatense. Explica que aunque el lunfardo fue originalmente considerado como una jerga criminal, en realidad era un conjunto de palabras y expresiones populares usadas por los sectores humildes de Buenos Aires y Montevideo. Aclara que el lunfardo no es solo un léxico delictivo, sino que también incluye palabras sobre comida, bebida, sexo y otros temas. Finalmente, señala que el lunfardo cumple funciones expresivas pero también implica una
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DOSSIER ISSN 2314-2189

Signo y Seña /32 (julio-dic. 2017): [1-20]


1

Aportes al estudio del


lunfardo: acreencias y
deudas de la investigación
lingüística argentina
Presentación
"" Oscar Conde
Universidad Pedagógica Nacional, Buenos Aires, Argentina /
[Link]@[Link]

1. De qué hablamos cuando hablamos de lunfardo

El legendario José Gobello inicia su libro Aproximación al lunfardo con


esta afirmación: “El principal propósito de mi librito Lunfardía era el de
arrebatar el lunfardo de la jurisdicción de la criminología para aproximarlo
a la lingüística” (Gobello 1996, 9). Aunque en gran medida aquella aspira-
ción se vio cumplida ―sobre todo a partir de la creación de la Academia
Porteña del Lunfardo en diciembre de 1962―, no deja de ser asombroso
que la noción de lunfardo resulte todavía tan difusa. No sólo sigue habiendo
imprecisiones en su caracterización sino también siguen proponiéndose
para él recortes contradictorios así como también definiciones impropias
o, peor, completamente equivocadas. Tan grande es la confusión que exis-
ten muchas palabras que los hablantes creen que son lunfardismos y en la
enorme mayoría de los casos son vocablos asentados hace siglos dentro de
la lengua española, como aportar ‘llegar’, autobombo ‘autoelogio desme-
surado’, buraco ‘agujero’, castañazo ‘puñetazo’, espichar ‘morir’, fiambre
‘cadáver’, ganga ‘cosa apreciable que se adquiere a bajo costo’, jeta ‘cara
humana’, lanzar ‘vomitar’, mechera ‘ladrona de tiendas’, plomo ‘persona
pesada y molesta’, tela ‘dinero’, pollo ‘escupitajo’ y tranca ‘borrachera’,
por dar unos pocos ejemplos de estos pseudolunfardismos.

Durante décadas se consideró al lunfardo como un léxico de la delincuencia


por dos razones: 1) según estudió Amaro Villanueva (1962), la voz lunfardo
ha evolucionado a partir del romanesco lombardo ‘ladrón’; 2) sus primeros
estudiosos fueron criminalistas o policías. El hecho de que el término lun-
fardo significara en su origen ‘ladrón’ llevó a conclusiones erróneas a los
primeros que se ocuparon de él. Pero el lunfardo nunca fue un mero tecno-
lecto delictivo. Por una deformación profesional, sus primeros descriptores
(Benigno Baldomero Lugones, Luis María Drago, Antonio Dellepiane, José S.
Álvarez Fray Mocho y Luis C. Villamayor, entre otros) le adjudicaron errada-
mente esa condición1. Un cuadro de costumbres publicado anónimamente
por Juan Piaggio en La Nación el 11 de febrero de 1887, titulado “Caló por-
teño (callejeando)”, ratifica lo que digo. Piaggio describe allí el encuentro
entre dos compadritos. Uno de ellos afirma: “Nunca me he querido ensuciar
para darme corte: me llamarán güífaro; pero lunfardo nunca”, y el otro le
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responde: “Bien hecho, compadre. Eso de refalar la mano tampoco nunca


me ha gustao: siempre se lo he dicho a la mina: prefiero comer tierra antes
que me llamen raspa”. Estos dos jóvenes humildes ―pero no delincuentes,
tal como ellos mismos lo afirman― chamuyan en lunfa, y utilizan palabras
como tano, chucho, batuque, morfi, escabiar y vento, perdurables hasta
hoy y sin relación alguna con el delito. Como dije, el lunfardo no fue ni es
un léxico ladronil, porque las palabras que lo integran exceden el campo
semántico del delito, como lo muestran las voces históricas mufa, pucho,
atorrante, gomía o berreta o las actuales birra, puentear, traba, bardo o
te re cabió.

Aquello que Benigno Lugones (1879), Drago (1888) y más tarde Dellepiane
(1894) habían tomado como una jerga de ladrones, ignorada o descono-
cida por el resto de la sociedad, era en rigor un conjunto de palabras y
expresiones utilizados por los sectores humildes, esto es, los habitantes
del suburbio o arrabal que, como se ha dicho tantas veces, no es en el caso
de la ciudad de Buenos Aires una categoría geográfica sino más bien una
categoría social2, y entre ellos debe incluirse naturalmente un porcentaje
de delincuentes. En tanto que Lugones como policía y Drago y Dellepiane
como criminalistas habían oído estas palabras de boca de ladrones arres-
tados y al creer que constituían un lenguaje especial de los lunfardos deno-
minaron con este mismo término (lunfardo) al conjunto de esos vocablos,
Piaggio, que era periodista y tenía el oído entrenado para el habla de la
calle, supo comprender que se trataba de un repertorio léxico popular, es
decir, un argot. Yo defino al lunfardo como un repertorio léxico constituido
por voces y expresiones populares de diversa procedencia utilizados en
alternancia o abierta oposición a los del español estándar. Limitado en su
origen a la región rioplatense (Buenos Aires, La Plata, Rosario o ―inclu-
so― Montevideo), desde hace décadas se halla difundido transversalmente
a través de todas las capas sociales de la Argentina. Su vigencia ―desde
su surgimiento en los años 80 del siglo XIX con la inmigración llegada al
puerto de Buenos Aires hasta la actualidad― puede medirse no solo en la
penetración que sus vocablos y locuciones tienen hoy en otros argots ibe-
roamericanos, sino también en la cantidad de neologismos que se le suman
año a año desde las hablas juveniles, hasta los aportes de jergas profesio-
nales y ámbitos específicos (el deporte, la droga, la música, etcétera). En
el caso de los argots de grupo, si bien la función críptica ha sido puesta
de relevancia por mucho tiempo, en la actualidad existe cierto consenso
en que las funciones principales son la lúdica y la identitaria. Como supo
verlo Denise François para el argot francés, las grandes ciudades y sus
comportamientos lingüísticos unificados favorecen el acrisolamiento de los
argots, que se funden “en un bien común puesto a disposición de todos los
usuarios de la lengua” (François 1977, 58).

No obstante, son memorables las palabras tantas veces presentadas como


definitivas que el joven Borges escribió sobre el lunfardo en el artículo
“Invectiva contra el arrabalero” (El tamaño de mi esperanza, Proa, 1926).
Allí Borges afirma que el lunfardo “es un vocabulario gremial como tantos
otros, es la tecnología de la furca y de la ganzúa” (Borges 1993 [1926], 121).
Estas palabras clausuraron la discusión durante décadas, pero, a la luz de
la investigación lingüística, sabemos hoy que nuestro gran escritor estaba
equivocado, y que este error se halla todavía muy extendido.

Casi todos los idiomas poseen un argot, casi siempre originado en las
grandes ciudades (como el argot francés, el slang estadounidense, la gíria
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brasileña, el parlache de Medellín o el joual de Montreal). Estos repertorios


léxicos fueron creados al margen de la lengua general, pero básicamente
están integrados por voces que pertenecen a esa lengua. El lunfardo de los
orígenes es, comparado con ellos, un fenómeno lingüístico único, porque en
sus primeras décadas de existencia se constituyó básicamente con aportes
de las lenguas itálicas traídas por la inmigración. Es, con todo, innegable
que muchos lunfardismos son creaciones de sentido, esto es, vocablos toma-
dos del español pero usados con otro significado. Así loca significa ‘mujer
fácil’ o ‘varón homosexual’, fichar ‘observar detenidamente’, empaquetar
‘engañar’, azotea ‘cabeza’, camión ‘mujer muy atractiva’ y quemar ‘dejar
en evidencia’. En la misma lógica existen decenas de locuciones con signi-
ficados muy puntuales que no se derivan de los sentidos originarios de sus
componentes, como ir a los bifes, llenar la cocina de humo, no cazar un
fulbo, levantarla con pala o ponerse las pilas. O las clásicas ir a cantarle a
Gardel, tener la posta o saberla lunga.

¿Qué tipo de repertorio es el lunfardo? Básicamente un conjunto de térmi-


nos afectivos, cuya función primordial es traducir o representar, en decla-
rada rebeldía, el mundo que rodea al hablante, con su universo de acciones,
objetos y sentimientos. Aunque me parece que es bastante más que eso,
no sería del todo disparatado concebir al lunfardo como un léxico de las
necesidades vitales ―comida, bebida, sexo―, los tipos humanos ―con las
consiguientes relaciones interpersonales primarias: el dinero, el comercio,
el engaño, los defectos, como la torpeza o la candidez― y los “vicios”: el
juego, la droga, el turf, el alcohol y la prostitución. Con una presencia muy
minoritaria de adverbios, las palabras que integran el léxico lunfardo son
esencialmente verbos, sustantivos y adjetivos, así como locuciones verbales,
sustantivas, adjetivas y adverbiales.

En el argot domina la función expresiva, pero al mismo tiempo los efec-


tos connotativos implican un cuestionamiento tácito al modo en el que la
sociedad funciona. La elección de un argotismo (en nuestro caso, la de
un lunfardismo), por lo tanto, no expresa solamente una rebelión contra
las normas lingüísticas, sino también una muestra de disconformidad
social. Como afirma Louis-Jean Calvet, “contrariamente a lo que sucede
en un código en el que la denominación es neutra, el significante expre-
sa una relación con el mundo, una relación irónica o crítica, violenta o
despreciativa. El argot aparece como la expresión de la aflicción, de la
miseria o de la rabia de los hablantes que expresan estos sentimientos en
la forma de la lengua que utilizan” (Calvet 1994, 53). De todos modos, no
siempre el uso del lunfardo implica una declaración de abierta rebeldía
lingüística. El hablante suele ser conciente de la tensión jerárquica que
hay entre el español estándar y el lunfardo y sabe que la elección del lun-
fardismo le permitirá expresar matices que no sería capaz de transmitir
si recurriese al vocablo de uso general y, como afirma Antoniotti, podrá
así “alterar o consolidar situaciones de comunicación que desbordan la
formalidad” (2003, 114). Lejos de todo uso críptico, salvo en forma even-
tual, las funciones lúdica e identitaria prevalecen hoy en el lunfardo, que
en su condición de argot común de alcance nacional posee un altísimo
valor simbólico para sus usuarios.

Luego de hallar el manuscrito, en 2006 Pedro Luis Barcia publicó un incon-


cluso e inédito Diccionario del lenguaje argentino, elaborado colectivamente
entre 1875 y 1879 por miembros de la efímera Academia Argentina de
Ciencias, Letras y Artes3. En ese texto es posible hallar una serie de voces
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corrientes en nuestro país en la década de 1870, que deben ser conside-


radas prelunfardismos4, pero que pronto se incorporaron naturalmente al
lunfardo, varias de las cuales aún perduran5.

A tales vocablos se sumaron, como anticipé, numerosos xenismos. De este


modo, el lunfardo anterior a 1900 aproximadamente bien podría ser pensa-
do como una acumulación de préstamos, es decir, un corpus de palabras y
expresiones de otros idiomas que fueron incorporados al habla rioplatense
por el flujo inmigratorio europeo, ya con su pronunciación originaria ―como
bacán o mina―, ya con su pronunciación adaptada a la fonética castellana
―como manyar, del italiano mangiare, o pirobar, del caló pirabar―.

De todos, el aporte más más definitorio para la formación del lunfardo


fueron las lenguas itálicas. No solo se incorporaron vocablos del toscano o
italiano estándar6, sino también de las lenguas septentrionales (genovés,
piamontés, milanés, véneto)7, de las centro-meridionales (napolitano, cala-
brés, siciliano)8 y del gergo o furbesco9, esto es, un vocabulario argótico
del centro de Italia, cuya primera compilación data de 154910. Todos esos
términos pasaron al habla coloquial de Buenos Aires de dos formas, ya
señaladas por José Gobello y Marcelo Oliveri: “el lenguaje familiar de los
hogares de inmigrantes y la estrategia literaria de escritores populares que
se inspiraron en los sectores más modestos de la sociedad porteña” (Gobello
y Oliveri 2005, 16). Del contacto lingüístico entre criollos e inmigrantes
italianos se generó así un importante flujo de vocabulario incorporado al
lunfardo, pero a la vez se produjo otro fenómeno distinto: la formación de
una variedad lingüística transitoria, el cocoliche, devenido ―temprana-
mente también, como fue el caso del lunfardo― en un lenguaje literario11.

Los italianismos no fueron los únicos préstamos. Deben sumarse lunfardis-


mos tomados del caló ―el lenguaje de los gitanos españoles―, africanismos
traídos a América por los esclavos, lusismos, galleguismos, brasileñismos,
galicismos, anglicismos e incluso algunas pocas palabras tomadas del pola-
co, el idish, el alemán y el turco12. Pueden además considerarse préstamos
internos distintos quichuismos y guaranismos así como alguna voz tomada
del araucano13.

A estos diversos aportes se les suma el vesre, un tipo particular de metá-


tesis o juego anagramático, que no es ninguna invención argentina como
muchos piensan, sino un procedimiento habitual en distintas hablas popu-
lares del mundo (el verlan del argot francés, por ejemplo), que merece,
de todos modos, una somera explicación. En su forma canónica el vesre
consiste en la inversión ordenada de las sílabas de una palabra. Si bien
teóricamente cualquier vocablo español o lunfardo podría ser invertido sin
mayores inconvenientes, las formas vésricas consagradas del lunfardo son
unas trescientas14.

Otros aportes han provenido de diversas jergas particulares, como las del
fútbol, el turf, el automovilismo, la política, el psicoanálisis, la droga, etcé-
tera. Pero el procedimiento más habitual para la creación de lunfardismos
es, sin lugar a dudas, la relexematización, esto es, la asignación de nuevos
significados a palabras del español que ya existían. Tales lunfardismos se
originaron en diversos procesos: por restricción o ampliación de significa-
do15 o bien por desplazamiento de significado, como ocurre con la metáfora,
la metonimia y la sinécdoque16. Existen además las lexicalizaciones, los
metaplasmos y los juegos paronomásticos17.
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El “viejo” lunfardo de los orígenes nunca dejó de verse alimentado por


nuevas voces y expresiones surgidas de los medios de comunicación, del
lenguaje juvenil y hasta de palabras o giros mal oídos y deformados. Ha
seguido difundiéndose en la calle, en la radio y la televisión y en la litera-
tura y la música populares.

Ya no solo los habitantes de las ciudades rioplatenses sino los argentinos


de todas las edades utilizamos diariamente ―incluso sin darnos cuenta―
lunfardismos antiguos. Y, si no usamos los surgidos en los últimos 30 o 40
años ―como aguante, bagarto, bardear, canuto, cachengue, copetearse,
curtir, descontrol, fisura, moco, pintar, trucho, cortar el rostro, hacerla
corta, irse de mambo, mandar fruta, remarla, tirar los galgos―, al menos
tenemos de ellos un conocimiento pasivo.

El lunfardo de hoy ―lo ultimísimo― es el que los jóvenes argentinos están


inventando ahora mismo en las aulas, en las esquinas, en las redes socia-
les. Apenas podría dar algunos ejemplos del lenguaje adolescente, como
la exclamación multiuso ah re, barriletear ‘distraerse’, pegar ‘comprar’,
estar manija ‘estar entusiasmado’, bajarla ‘anular la excitación’ o ser un
descanso ‘mostrarse sin carácter frente a las burlas de otros’.

En resumen, el lunfardo está vigente, y quizás más que nunca. Muchos


lunfardismos cayeron en desuso, pero muchos otros nacieron. Y el uso o el
desuso de esas palabras y locuciones no hace mella en la esencia de este
léxico popular. El lunfardo en sí no varía: era lunfardo en 1900, seguía
siéndolo en 1970 y sigue siéndolo ahora, en 2017.

2. La lexicografía lunfarda y el nacimiento de la lunfardología

Un suelto sin firma titulado “El dialecto de los ladrones” fue publicado el 6
de julio de 1878 en el diario La Prensa de Buenos Aires. Allí se consignaban
algunas palabras y expresiones compiladas por un comisario. Este es, hasta
ahora, el primer testimonio lexicográfico respecto del lunfardo. Menos de
un año después, los artículos del empleado policial y periodista Benigno
B. Lugones ―el primero que denomina lunfardo a nuestro argot― en sus
dos notas registra cincuenta y cuatro términos con sus correspondientes
definiciones.

El criminalista Drago se detendrá en el léxico lunfardo en el capítulo VIII


de Los perros de presa (1888) y el policía Álvarez hará lo propio en el capí-
tulo “Mundo lunfardo” de Memorias de un vigilante (1897). En la misma
línea, el penalista Antonio Dellepiane dio a conocer en 1894 El idioma del
delito: Contribución al estudio de la psicología criminal, pero aportaría una
novedad sustancial. Como apéndice su libro incluía el primer Diccionario
lunfardo18. El segundo diccionario de lunfardo publicado en libro fue El
lenguaje del bajo fondo: Vocabulario lunfardo (1915)19 de Luis Contreras
Villamayor, teniente de guardiacárceles en la Penitenciaría Nacional20.

Desde entonces no se editaron lexicones de lunfardo hasta 1959, cuando


José Gobello y Luciano Payet publicaron su Breve diccionario lunfardo.
Importa mucho este trabajo, porque es a partir de él que los de lunfardo
dejaron de ser diccionarios de uso, al incluirse entre sus lemas palabras
y locuciones caídas en desuso, pero que los autores consideraron que no
podían omitirse, por hallarse documentadas en una amplísima literatura
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que va de los cuadros costumbristas de la prensa a las letras del tango,


de un sinnúmero de sainetes a las revistas humorísticas y de los guiones
radiofónicos a los cinematográficos. Los siguientes lexicones de lunfar-
do (Cammarota, Casullo, Dis, Gobello, Chiappara, Capparelli, Escobar, T.
Rodríguez, Gobello, A. Rodríguez, Conde, Gobello y Amuchástegui, Teruggi,
Espíndola, Conde, Escobar, Gobello y Oliveri, Musa y Gottero)21 persistieron
en la misma línea: son una combinación indiscriminada de diccionario de
uso y diccionario histórico. Aunque en algunos de ellos hay marcas, la cali-
ficación “en desuso” ―la que, por otra parte, no termina de convencerme
del todo, dado que muchas de esas palabras han regresado de la hiberna-
ción― no abunda. Es este, a todas luces, un problema, aunque no insalvable
para los usuarios argentinos, sí para todos los estudiosos extranjeros, que
por sí solos no tienen modo de saber si una locución o un vocablo están en
uso en el momento de su consulta.

En líneas generales los diccionarios de lunfardo, por más que algunos estén
muy bien documentados y resulten, por supuesto, muy útiles, revelan cierto
amateurismo laborioso, pero al mismo tiempo difícil de defender. Salvo
contadas excepciones, resultan deficientes. O bien son reducidos ―esto es,
no aspiran a ofrecer un panorama completo―, o bien son innecesariamente
voluminosos, por hallarse plagados de palabras de uso internacional y/o del
español corriente (pseudolunfardismos), o bien no están actualizados. En
algunos casos, quizá como expresión de los prejuicios culturales y sociales
de sus autores, presentan un léxico estratificado en inamovibles niveles de
lengua ―familiar, popular, delictivo, grosero, etcétera―, que casi siempre
resultan discutibles y básicamente son precarios y especialmente efímeros.
Con todo, más allá de mis críticas, no cabe duda de que estas obras con-
tribuyeron a mantener despierto el interés por el tema y, en cierto modo, a
afianzar la necesidad de impulsar los estudios lunfardológicos.

En 1998, cuando se publicó la primera edición de mi Diccionario etimológico


del lunfardo, estaba convencido de que mi aporte estaría dado no solo por
poner el acento en la etimología de cada lunfardismo, sino especialmente
por la actualización del léxico lunfardo al incluir numerosos lexemas y
locuciones surgidos en las últimas dos o tres décadas del siglo pasado. En
concreto, pensaba por entonces que ya no había lunfardismos antiguos por
relevar y agregar a los diccionarios. Pero con el tiempo he descubierto que
nuestros lexicones lunfardos están incompletos. Y seguirán estándolo en
tanto y en cuanto no existan versiones anotadas de las obras que constitu-
yen la vasta y desatendida literatura lunfardesca. Encontré así una línea
de trabajo que me está llevando a realizar estudios que van más allá de lo
lexicológico ―pues son por necesidad filológicos― en torno a textos centra-
les de la lunfardía como La muerte del Pibe Oscar (1926) de Villamayor22,
Tangos (1926) de Enrique González Tuñón y Versos rantifusos (1916) de
Felipe Fernández Yacaré.

Durante las primeras cinco décadas del siglo XX, el desprestigio del lunfar-
do a los ojos de los “bien pensantes” era evidente. Algunos, como Vicente
Rossi en Teatro nacional rioplatense (1969 [1910], 123) hablaban del ori-
llero; otros, como el joven Borges en El tamaño de mi esperanza (1993
[1926]), 121-126), del arrabalero. Y había incluso quienes anacrónicamente
seguían llamando al lunfardo caló. En estas posturas el habla compadrita
debía separarse del aun más vergonzante lunfardo, atribuido con exclusi-
vidad, en la línea de Dellepiane, al ambiente delictivo. Rodolfo Ragucci en
Palabras enfermas y bárbaras asimiló arrabalero y lunfardo (1947, 229).
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Aunque separe a este léxico del habla popular, la equiparación presupone


que no lo considera ya una jerga delictiva o carcelaria. Hubo allí a lo mejor
una hendija de claridad, que iluminaría el camino para que José Gobello
publicara Lunfardía en 1953.

Con esta obra, donde explicaba con erudición el origen y el uso literario de
palabras y expresiones populares, su autor, que no era un lingüista profesional
sino un periodista, abordó por primera vez el estudio del lunfardo con una
mirada científica. Desde entonces Gobello iniciaría una producción decisiva
en esta materia23. En un momento en el cual tanto los círculos lingüísticos y
filológicos universitarios como la Academia Argentina de Letras ignoraban, casi
sin excepciones, el habla popular, aquel libro conformó el verdadero comienzo
de la lunfardología y, de alguna manera, constituyó la piedra basal sobre la que
se asentaría desde 1962 la Academia Porteña del Lunfardo, una institución
privada sin fines de lucro cuyo objetivo primordial es el estudio del habla de
Buenos Aires y de otras ciudades rioplatenses, aun cuando extiende sus fines
al estudio, valorización y difusión de la cultura popular porteña: la música,
el canto, el arte, la literatura, la historia y la arquitectura de Buenos Aires24.

En el marco institucional de la Academia Porteña del Lunfardo, algunos


de sus miembros produjeron trabajos de real importancia para el estudio
del lunfardo o de sus fuentes. Luis Soler Cañas publicó los documentados
y esenciales Orígenes de la literatura lunfarda y Cuentos y diálogos lunfar-
dos en 1965 y Antología del lunfardo en 1976, Enrique Ricardo del Valle
editó Lunfardología (1966) y Arturo López Peña dio a conocer El habla
popular de Buenos Aires (1972). No obstante, el primer artículo sobre el
tema incluido en una revista universitaria argentina se llamó “El lunfardo”
(1962) y se debe al profesor Amaro Villanueva, que se integraría a la APL
poco después de la fundación de la entidad25. De 1975 data el artículo de
la profesora Delia Hufton, correspondiente de la APL en Milpitas (Estados
Unidos) titulado “Morfología del lunfardo” (Boletín de la Academia Porteña
del Lunfardo 5.11/12: 51-67; Buenos Aires: Academia Porteña del Lunfardo).

A estos aportes deben sumarse los más de 1.700 trabajos que, desde 1963
y hasta el presente, bajo el formato de comunicaciones académicas, los
miembros de número y los correspondientes de la APL han ido publicando,
más de la mitad de las cuales constituyen breves estudios sobre vocablos o
expresiones lunfardos. Este material, que se conserva en la Biblioteca de
la Academia Porteña del Lunfardo y que de a poco va siendo digitalizado
y subido a su sitio web, sigue siendo, todavía hoy, completamente desco-
nocido para los lingüistas que se dedican o se han dedicado al estudio del
español de la Argentina.

No obstante, no todos los estudios lunfardológicos fueron producidos por


miembros de la APL. En 1974 el científico Mario Teruggi, doctor en Ciencias
Naturales y especialista en petrología, dio a conocer su excelente Panorama
del lunfardo, texto en el que por primera vez se clasificaban y explicaban,
con sencillez pero al mismo tiempo con altísima precisión, los fenómenos
fonéticos, morfológicos y semánticos que habían determinado la conforma-
ción de voces y locuciones lunfardas26. Teruggi, además, dedica casi la mitad
de su libro a poner en relación al lunfardo con otros argots, particularmente
con el slang, que tan profundamente demuestra conocer.

Gobello, por su parte, publicaría en 1996 un libro también panorámico


e igual de valioso que el de Teruggi. Fue Aproximación al lunfardo27, un
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manual erudito, que no deja de ser claro y ameno, pensado para los estu-
diantes de su cátedra de Lunfardo de la Universidad del Tango (actual
Centro Educativo del Tango), institución dependiente del Gobierno de la
Ciudad de Buenos Aires.

3. Trabajos sobre el lunfardo desde la óptica académica

En 1925, poco después de la fundación del Instituto de Filología en la


Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, Renata
Donghi de Halperín publicó un estudio sobre los italianismos en el español
de la capital argentina28. Uno de los puntos de interés reside en el carácter
típicamente porteño de las voces relevadas: “En el interior de la República,
en aquellas partes que el elemento criollo predomina en gran proporción, el
italianismo es casi desconocido. Todos los vocablos y giros que registramos
puede afirmarse que son exclusivamente porteños” (1925, 185). El otro
aporte de esta autora, está en la asimilación entre italianismos vulgares y
lunfardismos: “El italianismo en la Argentina es una forma del vulgarismo;
por consiguiente es poco estable y local. Si cesara por unos cuantos años
la inmigración italiana, veríamos desaparecer buena parte de las voces lun-
fardas, y quizá algunas palabras que usamos con harta frecuencia” (Donghi
de Halperín 1925, 184-185). Su explicación, que no excluye la consabida
identificación entre lunfardo y bajo fondo, contiene sin embargo un aporte:
“Muchos vocablos, sin dejar de ser lunfardos, se elevan un tanto y se intro-
ducen en un ambiente que tiene de común con el propio la falta de cultura
de los hablantes” (Donghi de Halperín 1925, 186). Aunque hoy resulta evi-
dente que esas voces no pasaron de la jerga delictiva a grupos sociales sin
suficiente formación cultural, resulta importante que Donghi de Halperín
haya percibido el vínculo entre las clases humildes y la generación y pro-
pagación de lunfardismos. Llamativamente, en los ejemplos que ofrece no
hay ni un solo tecnicismo ladronil. Copio unos pocos: bachicha ‘genovés’,
batifondo ‘bochinche’, cachar ‘agarrar’, crepar ‘reventar’, chitrulo ‘tonto’,
espiantarse ‘irse’, estrilo ‘enojo’, estufar ‘cansar’, manyar ‘comprender’,
parla ‘charla’, manco-dilo ‘ni decirlo’, tutti cuanti ‘todos’.

Históricamente no se han intentado demasiadas caracterizaciones del lunfar-


do desde el punto de vista lingüístico. Las más antiguas, como la de Antonio
Dellepiane en El idioma del delito (1894) o la de Luis Contreras Villamayor
en el prólogo a El lenguaje del bajo fondo (1915), han abordado la cuestión
desde la perspectiva de la criminología positivista el primero y desde la tarea
penitenciaria el segundo. Si se exceptúan los ya mencionados Panorama del
lunfardo de Teruggi y Aproximación al lunfardo de Gobello, que son obras
que ofrecen perspectivas completas del fenómeno, a pesar de ser sus auto-
res lingüistas y lexicólogos autodidactas, durante el siglo pasado apenas
tres lingüistas profesionales intentaron en la Argentina una caracterización
científica del lunfardo: Beatriz Lavandera (1976)29, Beatriz Fontanella de
Weinberg (1983)30 y Susana Martorell de Laconi (1997, 1998, 2000)31.

De modo que entre el trabajo pionero de Donghi de Halperín y el de


Lavandera pasarían casi 50 años. En su brevísimo artículo esta última
distingue dos usos del término lunfardo: como argot o “lengua especial”
(esto es, una “lengua de ladrones” nacida en el Río de la Plata) y como
una “variedad lingüística del español de Buenos Aires, coloquial, en la que
se introducen voces lunfardas” (1976, 86-87). En este segundo sentido,
observa Lavandera:
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En cuanto al uso del término lunfardo referido a la intercalación de voces lunfardas en


el habla coloquial también designa un hecho que en sí no tiene nada de sorprendente y
que se repite en los otros casos de “lenguas de ladrones”. Las formas ya desgastadas y
que no estorban la inteligibilidad van siendo adoptadas por gente de la clase humilde y
trabajadora en la forma del tipo de préstamos (Lavandera 1976, 87).

En el mismo sentido va el trabajo de Beatriz Fontanella de Weinberg, otra


lingüista tanto o más prestigiosa que Lavandera, quien distingue entre
el lunfardo como “lengua auxiliar, restringida a la comunicación interna
del grupo”, es decir, como una jerga de malvivientes de carácter críptico
―lo que había sido para ella el lunfardo primitivo―, y “el habla coloquial
bonaerense” (1983, 130). Según esta investigadora, “en una segunda etapa,
a partir de estas dos entidades lingüísticas originariamente bien diferen-
ciadas, se va produciendo una gradual infiltración de términos lunfardos
en el habla coloquial, sobre todo en el habla de los grupos socioculturales
más bajos” (Fontanella de Weinberg 1983, 134). La estudiosa agrega que

en muchos casos no se puede discriminar si se trata de lengua coloquial con elementos


lunfardos o de lunfardo atenuado por la penetración de formas del habla coloquial.
De esta forma se llegó a una situación de continuo lingüístico en la que ambos polos
están constituidos por el español bonaerense coloquial y el lunfardo. La similitud en la
estructura de ambos sistemas en lo fonológico, morfológico y sintáctico fue sin duda uno
de los hechos que más incidieron a favor de que se llegara a esta situación de continuo.
A este continuo lingüístico podemos denominarlo continuo post-lunfardo (Fontanella
de Weinberg 1983, 134).

No obstante su posición desacertada sobre el origen del lunfardo, ambas


autoras reconocen por igual dos etapas cronológicas en las que el glotóni-
mo lunfardo ha designado sucesivamente un tecnolecto delictivo ―entre
el último cuarto del siglo XIX y el primer cuarto del XX― y un repertorio
léxico coloquial porteño. Lavandera usa la denominación lunfardo también
para esta segunda etapa, aunque Fontanella de Weinberg decide llamarlo
“continuo post-lunfardo”, ya que asimila el fenómeno al de los continuos
post-criollos “descriptos en situaciones en las que convive un criollo con
una lengua estándar que ha sido base de aquel”32.

Por su parte, Susana Martorell de Laconi denomina lunfardo histórico o pri-


mitivo a la primera etapa. Como Lavandera, esta investigadora decide usar
el término lunfardo para identificar el repertorio léxico “general” hablado en
Buenos Aires a partir de 1930, aproximadamente. Desde su punto de vista
es reconocible todavía una tercera etapa, casi superpuesta a la anterior,
en la cual este léxico absorbió palabras procedentes de diversos dominios,
a tal punto que en muchos casos no pueden distinguirse los lunfardismos
de los argentinismos. Para Martorell, pueden ser consideradas lunfardas
aquellas variantes léxicas que aparecen en alternancia con las del español
estándar: mientras que las segundas se usarían en situaciones más o menos
formales, se apelaría a las primeras en situaciones informales.

Las tres investigadoras aceptan acríticamente el mito del origen del lun-
fardo, ya que lo caracterizan como jerga delictiva o carcelaria, o bien
ambas cosas al mismo tiempo, como lo hace Martorell de Laconi (1997,
654). Ninguna de ellas aporta razones fundadas acerca de este origen
mítico, sino que se apoyan en autores del siglo XIX (Benigno Lugones,
Drago y Dellepiane), sin detenerse a revisar ni la pretendida cripticidad del
lunfardo ni los campos semánticos que abarca, mucho más relacionados
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con la vida cotidiana que con tecnolectos o códigos del ámbito delictivo.
Llamativamente, Lavandera y Fontanella deciden ignorar por completo
tanto el libro de Teruggi como la conocida producción de Gobello y de otros
miembros de la Academia Porteña del Lunfardo.

Además de haber sido objeto de investigación en diversas tesis doctora-


les33, el lunfardo poco a poco ha comenzado a generar interés en distintos
estudiosos del mundo.

De una producción escasa en la última década del siglo XX (hasta donde sé,
apenas con un artículo de Javier Casas y otro de Roberto Giacomelli34) se ha
pasado en el siglo actual a una producción más sostenida, en la que, salvo
casos excepcionales35, los investigadores persisten en esta línea de investi-
gación y le dedican más de un trabajo. Entre los más activos se encuentran
Rolf Kailuweit36, Gastón Salamanca37, Joanna Nowak38 y Piotr Sorbet39.

En nuestro país merece destacarse la siempre interesante producción de


Ángela Di Tullio, referida no al lunfardo en bloque sino a la presencia de
italianismos en el español de la Argentina40.

Otro estudioso del lunfardo en plena actividad es Daniel Antoniotti, miembro


de número de la APL desde 2006, que en los últimos años ha tratado esta
temática desde puntos de vista novedosos y con toda seriedad: el lunfardo
como dialecto situacional o como patrimonio intangible y la cuestión de
la lunfardidad de las palabras41. Merecen destacarse también la labor de
la lexicógrafa María Gabriela Pauer42 y de la joven investigadora Daniela
González, de la Universidad Nacional de Cuyo43.

Por mi parte, luego de la publicación del libro Lunfardo: Un estudio sobre el


habla popular de los argentinos (2011), una vez por año escribo la columna
Del habla popular en la revista Gramma y continué trabajando sobre el
lunfardo44.

Los cuatro artículos que integran este dossier representan de modo palpa-
ble que el lunfardo sigue siendo en nuestro país un área de vacancia. Solo
uno de los trabajos posee como autora a una investigadora que trabaja en
la Argentina, Andrea Bohrn, quien en los últimos años viene publicando
una producción importante acerca de la morfología del lunfardo y ratifi-
ca aquí esa dirección45. El segundo de los artículos está firmado por Luz
Stella Castañeda Naranjo y José Ignacio Henao Salazar, investigadores de
la Universidad de Antioquia que hace al menos dos décadas vienen traba-
jando sobre el parlache, argot surgido en Medellín que está ahora mismo en
expansión por toda Colombia46. Completan el dossier los artículos de la pro-
fesora Ewa Stala, de la Universidad Jaguelónica (Polonia), autora del libro
Historia tanga dla poczatkujacych i zaawansowanych [Historia del tango
para principiantes y avanzados] (2017) y de los profesores Adriana Guillén
(Universidad de California, Santa Barbara) y Alfredo Urzúa B. (Universidad
Estatal de California, San Diego).

El interés en el lunfardo por parte de estos colegas de Colombia, Polonia


y los Estados Unidos es, ciertamente, estimulante. Guardo la esperanza
de que entre los jóvenes investigadores argentinos aparezca el interés de
trabajar nuestro argot. En 2017, por primera vez dentro de un evento aca-
démico sobre nuestra literatura (las V Jornadas de Literatura Argentina,
organizadas por la Dra. Marcela Crespo en la Universidad del Salvador),
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hubo un Simposio de Literatura Lunfardesca, donde presenté la ponencia


“La literatura lunfardesca: un campo inexplorado de la literatura argentina”,
que tiene la pretensión de convertirse en un programa de investigación. En
coincidencia con ello, Signo y Seña decide publicar este dossier sobre lun-
fardo, una decisión que valoro y agradezco enormemente. En tercer lugar,
junto a mi admirada y querida colega Ángela Di Tullio, estamos organizando
unas jornadas internacionales sobre cocoliche y lunfardo, que se realizarán
en octubre de 2018 en el Instituto de Filología y Literaturas Hispánicas de la
Universidad de Buenos Aires. Pienso que los tres son pequeños pero contundentes avances para
el desarrollo de los estudios lunfardológicos en la patria, sobre todo porque ello significaría por
fin que las universidades argentinas y los organismos que rigen la investigación en el
país van abandonando prejuicios de larguísima data en torno al lunfardo.

Pero nadie debe llamarse a engaño. Pese a la cantidad de autores y tex-


tos que he mencionado en este artículo, falta mucho ―ciertamente, casi
todo― por hacer.
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aaNotas

1 Las referencias a estos trabajos son las siguientes: Benigo B. Lugones, “Los beduinos urbanos” (La
Nación, 18 de marzo de 1879) y “Los caballeros de industria” (La Nación, 6 de abril de 1879); Luis
María Drago, Los hombres de presa (Buenos Aires: Félix Lajouane Editor, 1888); Antonio Dellepiane,
El idioma del delito (Buenos Aires: Arnoldo Moen, 1894); Fabio Carrizo [José S. Álvarez], Memorias de
un vigilante (Buenos Aires: Biblioteca del Pueblo, 1897); Luis Villamayor, El lenguaje del bajo fondo
(vocabulario lunfardo) (Río Cuarto: s. e., 1915).

2 Bajo esta denominación de suburbio o arrabal no debe pensarse que se alude a lo que hoy son las
localidades del conurbano bonaerense. Más bien incluye los barrios alejados de la zona céntrica
de la ciudad, como Liniers, Saavedra, Núñez o Parque Patricios, pero también los corralones de las
avenidas Entre Ríos o Las Heras, el paredón del cementerio de la Recoleta e incluso los numerosos
conventillos del centro (cf. Borges 1993 [1926], 13).

3 Pedro Luis Barcia, Un inédito Diccionario de argentinismos del siglo XIX (Buenos Aires: Academia
Argentina de Letras, 2006).

4 La noción de prelunfardismo, sumamente útil, la tomo de José Gobello, “Prelunfardismos, para-


lunfardismos, poslunfardismos” (Academia Porteña del Lunfardo: Libro de los treinta años; Buenos
Aires: Editorial Fraterna, 1993; pp. 123-131).

5 Entre otras voces se pueden hallar en dicho lexicón las palabras achurar, agarrada, agrandado,
bolacear, bolaso, boliche, cache, chancleta (en su acepción de ‘mujer’), chicana, chicanear, chirusa,
compadrada, cumpa, jabón, larguero, manganeta, milico, milonga, nabo (en su acepción de ‘pene’),
nana, ñata, ojota, paquete, pechar, pucho, rabona, retobarse, tomado, vichar y zafado. Asimismo, el
diccionario consigna algunas expresiones, como hacer gancho, ser algo una milonga ―en alusión a
algo muy desordenado―, tomar un cimarrón o al cohete.

6 Del toscano o italiano estándar ―muchas veces en formas compartidas con otras lenguas de la penín-
sula― provienen voces muy reconocibles y perdurables en el tiempo como lunfardismos. Además de
vocablos casi sin variaciones ―como domani, fratelo, festichola, funyi o parlar―, hay una buena cantidad
de términos, algunos de los cuales son birra ‘cerveza’, capo ‘jefe’, cazote ‘puñetazo’, cazzo ‘miembro
viril’, chitrulo ‘tonto’, coso ‘sujeto innominado’, cufa ‘cárcel’ (< coffa ‘canasta’), estrilar ‘enojarse’,
falopa ‘droga’, ‘mercadería de mala calidad’, fangote ‘gran cantidad de algo’, fato ‘asunto’, ‘amor
clandestino’, fiaca ‘pereza’, fumo ‘marihuana’, manyar ‘comer’, ‘conocer’, naso ‘nariz’, pichicata
‘cocaína’, ‘droga’, ‘medicamento’ (< pizzicata: pulgarada), piantar ‘abandonar’, posta ‘excelente’, yeta
‘mala suerte’, yirar ‘callejear’, ‘ejercer la prostitución’, zanata ‘discurso intencionalmente confuso’.

7 Además de palabras de la gastronomía, como chupín, fainá, feta o tuco, el genovés aportó, entre otras
voces, acamalar ‘ahorrar’, ‘proteger’ (< camallà ‘llevar a cuestas’), amurar ‘abandonar’ (< amurrâ
‘encallarse’), bacán ‘hombre adinerado’ (< baccan ‘patrón’), bagayo ‘bulto’, ‘objeto introducido
de contrabando’, ‘persona fea’ (< bagaggio ‘equipaje’), berretín (< berettino ‘birrete’, ‘capricho’),
chanta ‘persona poco confiable’ (< ciantapuffi ‘clavador’, ‘que no paga sus deudas’), chapar (<
ciappâ ‘agarrar’), charleta (< ciarlettoa ‘charlatán’), chata (< ciatta ‘barco de carga de fondo plano’),
deschavar ‘confesar’ (< descciavâ ‘abrir’), enchastrar (< inciastrâ ‘ensuciar’), esputsa (< spussa ‘mal
olor’), fiaca (< fiacca ‘pereza’), napia (< nàppia ‘nariz grande’), salame (< salamme ‘bobo’), shacar
‘robar’ (< sciaccâ ‘romper’, ‘forzar’), toco (< tocco ‘pedazo’) ‘producto de un robo’, ‘gran cantidad
de algo’ y vento (< vento ‘dinero’), entre muchas más. Del piamontés provienen esgunfiar ‘fastidiar’
(< gonfiare ‘hinchar’ -se supone que i coglioni-, a través del piamontés sgunfié), linyera ‘vagabundo’
(< linger ‘pobre’) y mersa ‘conjunto de personas de baja condición’ (< mersa ‘palo de la baraja’, en
una operación que concibe a una muchedumbre como la reunión de todos los naipes de un mismo
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palo). A su vez del véneto derivan encanar (< incaenar ‘encadenar’), faso ‘cigarrillo’ (< fassu ‘fajo’,
‘manojo’, por alusión a la forma en que se vendía el tabaco) y mufa ‘malhumor’ (de la expresión
stâr muffo ‘estar triste’). Asimismo, proceden del milanés estrolar ‘dar una paliza’, ‘romper’ (< strollâ
‘rociar’, probablemente por alusión al derramamiento de sangre causado por los golpes) y minga
‘nada’.

8 Entre las lenguas de la Italia meridional, hay varios términos comunes, como chicato (< ciecato
‘enceguecido’), chucho ‘caballo de carrera’ (< ciuccio ‘burro’) y cucuza ‘cabeza’. El napolitano con-
tribuyó con escashato ‘arruinado’ (< scassià ‘deformarse’), escoñar ‘herir’ (< scugnare ‘romper’) y
esquifuso (< schifuso ‘asqueroso’).

9 Del gergo proceden, entre otras palabras, apoliyar (< poleggiare ‘dormir’), batir (< battere ‘decir’),
bulín ‘habitación’ (< bolín ‘cama’), bufoso ‘revólver’ (< buf ‘disparo’), cachafaz (< cacciafanni ‘diver-
tido’), escabio (< scabi ‘vino’), escrushar (< scrus ‘robar’), gamba ‘cien pesos’ (< gamba ‘cien liras’),
marroco (< maroc ‘pan’, en probable cruce con el caló manró, de igual significado), morfar ‘comer’
(< morfa ‘boca’), pibe ‘muchacho’ (< pivello ‘niño’), tira (< tira ‘agente de policía’), trola (< troia
‘prostituta’) y yuta (< giusta ‘vigilante’).

10 Ese año se editó en forma anónima en Venecia Modo novo da intendere la lingua zerga, cioe parlar
furbesco (Nueva manera de interpretar el gergo, es decir, hablar furbesco).

11 Existen muchos trabajos académicos sobre el cocoliche. Como introducción al tema, propongo la
lectura de dos artículos, uno ya clásico y otro más reciente: Giovanni Meo Zilio, “El «cocoliche»
rioplatense” (Boletín de Filología 16 (1964): 61-119) y Rolf Kailuweit, “El contacto lingüístico italiano-
español: ascenso y decadencia del ‘cocoliche’ rioplatense” (Actes du XXIV Congrès International de
Linguistique et de Philologie Romanes, coordinado por David A. Trotter; Tübingen: Max Niemeyer,
2007; vol. I., pp. 505-514). Es interesante también: Sabatino Alfonso Annecchiarico, Cocoliche e
lunfardo, l’italiano degli argentini (Udine: Mimesis, 2012).

12 Proporciono unos pocos ejemplos. Del caló provienen gil ‘tonto’, chorear ‘robar’ o pirar ‘volverse
loco’. Son africanismos marimba ‘golpiza’ y quilombo ‘prostíbulo’, ‘desorden’; lusismos, chumbo
‘revólver’ y tamangos ‘zapatos’; galleguismos, grela ‘mujer joven’ y lurpiar ‘perjudicar’; brasileñis-
mos, bondi ‘tranvía’ y joya ‘excelente’; galicismos, ragú ‘hambre’ y trolo ‘homosexual masculino’;
anglicismos, espiche ‘discurso’ y dequera ‘cuidado’. Del alemán proceden caput ‘terminado’ y lumpen
‘marginal’; del turco, caften ‘rufián’ y pachá ‘persona de fortuna’; del idish, mishíguene ‘loco’ y tujes
‘culo’, ‘buena suerte’; del polaco papjros ‘cigarrillo’, bajo la forma de acusativo papjrosa, nació
papirusa ‘mujer hermosa’.

13 Ofrezco tan solo unos pocos casos. Del quichua derivan pucho ‘colilla’, cache ‘de mal gusto’ y cancha
‘habilidad’; del guaraní, matete ‘desorden’; del araucano, pilcha ‘ropa’.

14 Es decir que la frecuencia de uso es una conditio sine qua non para la consagración de un vesre.
Es evidente que el factor fonético importa. El hablante descarta ciertas formas anagramáticas
por impronunciables (guaa de agua o lojre de reloj, por ejemplo). Pero la comunidad lingüística
rioplatense tampoco acuñó otros casos posibles en los que el vesre es sencillo y fonéticamente
aceptable. Sería insólito usar poti por tipo, topla por plato o ñoporte por porteño. El vesre se mani-
fiesta desde variantes léxicas fácilmente reconocibles o relativamente sencillas (feca ‘café’, dorima
‘marido’, gotán ‘tango’) hasta anagramas irregulares (lompa ‘pantalón’, terrán ‘atorrante’, yoyega
‘gallego’ ―con su acepción lunfarda: ‘español’―) y hasta lexemas que los hablantes ya no reconocen
como vesres: viorsi ‘servicio’, ‘baño’, colimba ‘soldado conscripto’ o sarparse ‘pasarse’.

15 Algunos ejemplos podrían ser: por restricción, alzado, coger, fiesta, gramo, rebotar, regalarse, tronco;
por ampliación, abrochar, aguante, apurar, asfalto, clavarse, copar, habilitar, patinarse, pifiar, punto,
regalarse, surtir.
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16 Son metáforas, entre muchas otras voces lunfardas, amansadora, arbolito, bagre, camión, corchazo,
enchufarse, melón, quemarse, trenza, vacunar. Casos de metonimia encontramos en las palabras
bollo ‘puñetazo’, payasa ‘droga’, piquito ‘beso en los labios’, gorra ‘agente de policía’. Ejemplos
de sinécdoque pueden ser caño ‘arma de fuego’, lomo ‘cuerpo bien formado’, tubo ‘teléfono’ o el
polisémico fierro ‘cuchillo’, ‘arma de fuego’, ‘auto llamativo’.

17 En el primer caso, se trata del uso de marcas en lugar del objeto aludido: geniol ‘aspirina’, curita
‘banda adhesiva’, yilé ‘hojita de afeitar’. Por su parte, los metaplasmos, transformaciones sufridas
por las palabras por adición o supresión de algunos sonidos, son modos muy productivos de crear
neologismos. Por adición tenemos, por ejemplo, enchinchar por chinchar ‘molestar’, achacar por
chacar ‘robar’, afilar por filar ‘galantear’, manguear por mangar, móishele por moishe. Por supresión
encontramos, entre otros muchos, fono por teléfono, tano por napolitano (aunque designa a cual-
quier italiano), cheto por concheto, fiolo por cafiolo, rante por atorrante, tungo por matungo, argento
por argentino, masoca por masoquista, punga por punguista, yuta por yusta, carniza por carnicero,
paragua por paraguayo, bufa por bufarrón, trava por travesti. En tercer lugar, nacieron de juegos
paronomásticos maleta por malo, vagoneta por vago, lenteja por lento. Este procedimiento se da
también con nombres o apellidos: cayetano por callado, diego por diez ―para aludir a una coima del
diez por ciento―, justiniano por justo, gratarola por gratis, mujica por mujer, solari por solo.

18 El diccionario de Dellepiane contiene 428 entradas, dieciséis de las cuales son construcciones de
dos o más términos. Registra además 182 locuciones bajo distintos lemas, como estar, ir, mayorengo,
otario y trabajo. Considerando que el diccionario incorpora sesenta voces recopiladas por quienes
lo habían precedido, el aporte de Dellepiane ―368 nuevos lunfardismos― resulta sustancial.

19 Este vocabulario constaba de 1.355 entradas, de manera que casi cuadruplicaba las voces recogidas
por Dellepiane.

20 De difusión muy limitada, ya que se publicó en la Revista de Policía, de distribución exclusiva entre
miembros de la fuerza, quincenalmente entre el 1º de junio de 1922 y el el 1º de mayo de 1923 ―en
los números 575-581, 583-584, 586, 589-590 y 594― se dio a conocer un Diccionario del delito, con 1.521
entradas, de autor desconocido. En una comunicación académica de la APL, Adolfo Rodríguez
afirma que, si bien “no se dan noticias del autor o autores del mismo, cabe destacar que en el Nº
764 de la misma, del 16 de abril de 1930, al dar a conocer el Código Internacional de Delincuentes,
se hizo mención a él, dando la impresión de que su autoría correspondería a los directores de la
publicación, ejercida entonces por los comisarios Alfredo Hortón Fernández y Leopoldo C. López”
(cf. A. Rodríguez 1991, 1).

21 A riesgo de ser injusto, menciono únicamente los diccionarios que considero más relevantes:
Federico Cammarota, Vocabulario familiar y del lunfardo (2ª edición, corregida y aumentada; Buenos
Aires: Peña Lillo Editor, 1970 [1963]); Fernando H. Casullo, Diccionario de voces lunfardas y vulgares
(Buenos Aires: Plus Ultra, 1972 [1964]); Emilio Dis [Vicente Emilio Di Sandro], Código lunfardo
(Buenos Aires: Ediciones Caburé, 1975); José Gobello, Diccionario lunfardo (Buenos Aires: Peña Lillo
Editor, 1975); Enrique Chiappara, Glosario lunfardo (Montevideo: Ediciones La Paz, 1978); Vicente
Capparelli, Recopilación de voces del lunfardo, de lo sórdido, de lo popular y del reo (Buenos Aires:
Corregidor, 1980); Tomás Escobar, Diccionario del hampa y del delito (Buenos Aires: Ediciones Uni-
versidad, 1986); Tino Rodríguez, Primer diccionario de sinónimos del lunfardo (Buenos Aires: Atlántida,
1987); José Gobello, Nuevo diccionario lunfardo (Buenos Aires: Corregidor, 1990); Adolfo Enrique
Rodríguez, Lexicón de 16.500 voces y locuciones lunfardas, populares, jergales y extranjeras (Buenos
Aires: La Llave, 1991); Oscar Conde, Diccionario etimológico del lunfardo (Buenos Aires: Perfil, 1998);
José Gobello e Irene Amuchástegui, Vocabulario ideológico del lunfardo (Buenos Aires: Corregidor,
1998); Mario Teruggi, Diccionario de voces lunfardas y rioplatenses (Buenos Aires: Alianza Editorial,
1998); Athos Espíndola, Diccionario del lunfardo (Buenos Aires: Planeta, 2002); Oscar Conde, Dic-
cionario etimológico del lunfardo (2ª edición corregida y aumentada; Buenos Aires: Taurus, 2004);
Raúl Tomás Escobar, Diccionario lunfardo del hampa y del delito (Buenos Aires: Distal, 2004); José
Gobello y Marcelo Oliveri, Novísimo diccionario lunfardo (Buenos Aires: Corregidor, 2004); Héctor
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Musa, Calepino lunfoargentino (tomos 1, 2 y 3; Buenos Aires: Dunken, 2005); Laura Gottero, Diccio-
nario de lunfardo (Buenos Aires: Andrómeda, 2008).

22 La realización de la edición anotada de esta obra, considerada la primera novela lunfarda, que editó
UNIPE Editorial Universitaria en 2015, me permitió hallar más de cincuenta lunfardismos (entre
vocablos y expresiones) no consignados en ningún vocabulario lunfardo.

23 Sin ser exhaustivos, el aporte de José Gobello (1919-2013) al estudio del lunfardo puede resumirse
en los siguientes títulos (publicados en la misma línea de Lunfardía): Vieja y nueva lunfardía (1963),
Palabras perdidas (1973) y Etimologías (1978). Están además sus lexicones: Breve diccionario lunfardo
(1959, en coautoría con Luciano Payet), Diccionario lunfardo (1975), Nuevo diccionario lunfardo (1990),
Vocabulario ideológico del lunfardo (1998, en colaboración con Irene Amuchástegui) y Blanqueo
etimológico del lunfardo (2004). En sus últimos años, junto a Marcelo Oliveri, publicó Tangueces y
lunfardismos del rock argentino (2001), Diccionario de la crisis (2002), Tangueces y lunfardismos de la
cumbia villera (2003), Novísimo diccionario lunfardo (2004), Curso básico de lunfardo (2004), Summa
lunfarda (2005) y Diccionario del habla de Buenos Aires (2006).

24 La primera reunión de la APL se celebró el 21 de diciembre de 1962 en el Círculo de la Prensa, donde


firmaron el acta fundacional Joaquín Gómez Bas, Luciano Payet, Juan Carlos Lamadrid, Ernesto
Temes, Nicolás Olivari, Francisco Romay, Amaro Villanueva, León Benarós, Luis Soler Cañas y José
Gobello. En marzo de 1963, en oportunidad de realizarse la sesión constitutiva, se sumó José Barcia,
que sería elegido primer presidente de la corporación. Para más información sobre la Academia
Porteña del Lunfardo, puede consultarse su sitio web: [Link].

25 Amaro Villanueva, “El lunfardo” (Universidad 52 (1962): 13-42), recogido también en Amaro Villanue-
va, Obras completas (Paraná: Universidad Nacional de Entre Ríos, 2010; vol. II, pp. 275-294). El autor
analiza en este trabajo fundante la etimología y evolución de la voz lunfardo. Sobre su contenido,
cf. Conde (2011, 44-45).

26 Mario Teruggi, Panorama del lunfardo (Buenos Aires: Ediciones Cabargón, 1974). Hay una segunda
edición en Editorial Sudamericana de 1978.

27 José Gobello, Aproximación al lunfardo (Buenos Aires: EDUCA, 1996).

28 Renata Donghi de Halperín, “Contribución al estudio del italianismo en la República Argentina”


(Cuadernos del Instituto de Filología 1:6 (1925), 183-198).

29 Beatriz Lavandera, “Lunfardo” (Términos latinoamericanos para el diccionario de ciencias sociales,


del Grupo de Trabajo de Desarrollo Cultural, Buenos Aires: CLACSO, 1976; pp. 86-88).

30 María Beatriz Fontanella de Weinberg, “El lunfardo: de lengua delictiva a polo de un continuo
lingüístico” (Primeras Jornadas Nacionales de Dialectología, Tucumán: Facultad de Filosofía y Letras,
Universidad Nacional de Tucumán, 1983 (1977); pp. 129-138).

31 Aunque posee muchos más trabajos sobre el tema, especialmente referidos a la presencia de
lunfardismos en el habla de la provincia de Salta, los aquí referenciados son: Susana Martorell de
Laconi, “Algo más sobre el lunfardo: el lunfardo y el contacto lingüístico” (Anuario de lingüística
hispánica 12/13.2 (1997): 653-666); “Hacia una definición del lunfardo” (Cuaderno Nº 5, Salta: Instituto
Salteño de Investigaciones Dialectológicas “Berta Vidal de Battini”, 1998; pp. 29-47); Salta lunfa: El
lunfardo en Salta (Salta: Instituto Salteño de Investigaciones Dialectológicas “Berta Vidal de Battini”,
2000). Es necesario agregar que con su equipo de investigación de la Universidad Católica de Salta
ha producido un lexicón lunfardo con las voces en uso en su provincia natal: Susana Martorell de
Laconi et al., Breve diccionario de lunfardismos de Salta (Salta: Instituto Salteño de Investigaciones
Dialectológicas “Berta Vidal de Battini”, 2006).
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32 La comparación no parece apropiada en absoluto, en primer lugar, porque el lunfardo dista muchí-
simo de asimilarse a una lengua criolla y, a pesar de la descripción previa que realiza la autora ―que
se basa en el vocabulario y el breve estudio de Dellepiane de 1894― intentando presentarlo como un
sistema correlativo al del español estándar (con sus niveles fonológico, morfológico y sintáctico),
lo cierto es que el lunfardo ―como todos los argots― es apenas un vocabulario.

33 Delia Farach Hufton, profesora de la San José State University y correspondiente de la APL, defendió
su tesis doctoral Parámetros del lunfardo en la Universidad de Stanford, en los Estados Unidos,
en 1979. Una parte de este trabajo se conoció en 1991, cuando la Academia Porteña del Lunfardo
publicó Medidas situacionales del lunfardo en cuanto a interlocutor, lugar y tema, entre los hablantes
de Buenos Aires. Por su parte, Jaqueline Balint-Zanchetta, hizo lo propio en 2002 en la Universidad
de la Bretaña Occidental, en Francia, con una tesis titulada Le lunfardo à travers les paroles de tango:
mythes et réalités de l’argot du Rio de la Plata. También en Francia, pero en 2011, Gabriela Constan-
za Rodríguez obtuvo su doctorado con la tesis denominada Construction d’une identité argentine
dans les paroles de tango: genèse et formes contemporaines, en la Universidad de Toulouse. En el
año 2009, Vanesa Iribarren Castilla presentó en la Universidad Complutense de Madrid una tesis
monumental, en la cual clasificó mil trescientas voces lunfardas en cincuenta campos semánticos,
titulada Investigación de las hablas populares rioplatenses: el lunfardo.

34 Javier Simón Casas, “Algunos italianismos en el lunfardo” (ELUA 7 (1991): 27-43) y Roberto Giaco-
melli, “Il lunfardo argentino: connotazione e semantica di un codice in diafasia” (Bandhu: Scritti
in onore di Carlo Della Casa, editado por Renato Arena et al.; Alessandria: Edizioni dell’Orso, 1997;
pp. 259-286).

35 Ling-Yan Yang, “El lunfardo como referente sociocultural del aprendizaje de E/LE en contextos
sinohablantes” (SinoELE 3 (2010): 1-28); Abelardo San Martín Núñez, “Voces de origen lunfardo
en el registro festivo del diario chileno La Cuarta” (Onomázein 23.1 (2011): 105-147) y Philip Thorn-
berry, “Andá a cantarle a Gardel: From the abstract to the concrete in el lunfardo porteño” (Selected
proceedings of the 15th Hispanic Linguistics Symposium, editado por Chad Howe, Sarah E. Blackwell
y Margaret Lubbers Quesada; Somerville, MA: Cascadilla Proceedings Project, 2013; pp. 29-38).

36 Los artículos publicados sobre lunfardo de este profesor de la Universidad de Düsseldorf Heinrich
Heine son: Rolf Kailuweit, “Hybridität, Exempel: Lunfardo” (Sprache in Iberoamerika: Festschrift für
Wolf Dietrich zum 65. Geburtstag, editado por Volker Noll y Haralambos Symeonides, Hamburg:
Buske, 2006; pp. 291-311, en alemán); Kathrin Engels y Rolf Kailuweit, “Los italo-lunfardismos en
el sainete criollo: Consideraciones léxicos-semánticas“ (El español rioplatense: Lengua, literatura,
expresiones culturales, editado por Ángela Di Tullio y Rolf Kailuweit, Madrid-Frankfurt: Iberoame-
ricana/Vervuert, 2011; pp. 227-248); Rolf Kailuweit, “Entre represión y populismo: Tango, lunfardo
y censura en la radiofonía argentina (1933-1953)” (Political correctness: Aspectos políticos, sociales,
literarios y mediáticos de la censura lingüística, editado por Ursula Reutner y Elmar Schaffroth, Stu-
dia Romanica et Linguistica 38, Frankfurt a.M.: Peter Lang, 2012; pp. 275-298); “Letras de tango
y mediatización del lunfardo” (Las poéticas del tango-canción: Rupturas y continuidades, editado
por Oscar Conde, Buenos Aires: Biblos/Ediciones de la UNLa, 2014; pp. 67-80) y “La spirale de
la médiatisation - L’oralité primaire, secondaire et tertiaire du lunfardo” (Actes du XXVII Congrès
international de linguistique et de philologie romanes, editado por Éva Buchi, Jean-Paul Chauveau y
Jean-Marie Pierrel, Strasbourg: ELiPhi Éditions de Linguistique et de Philologie, 2016; vol. 2, pp.
1059-1070). El Dr. Kailuweit es miembro correspondiente en Friburgo (Alemania) de la Academia
Porteña del Lunfardo desde 2009.

37 Este lingüista, docente en la Universidad de Concepción (Chile), se encuentra explorando la pre-


sencia de lunfardismos en el habla coloquial chilena. Sus trabajos al respecto son dos: Gastón
Salamanca, “Apuntes sociolingüísticos sobre la presencia de argentinismos en el léxico del español
de Chile” (Atenea 502.2 (2010): 125-149) y Ariella Ramírez y Gastón Salamanca, “Argentinismos en
el léxico del español de Chile: nuevas evidencias” (Atenea, 509.1 (2014): 97-121).
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38 Joanna Nowak-Michalska, profesora de la Universidad Adam Mickiewicz (Polonia) tiene hasta el


momento cuatro artículos publicados sobre la cuestión: “Lunfardo” (Czas kultury 3 (2009): 74-82,
en polaco), “Lunfardo lexical units related to legal matters” (Comparative Legilinguistics 2 (2010):
93-103), “Obraz obyczajowości w świecie użytkowników lunfardo: Analiza materialu leksykalnego”
[“La imagen de la sociedad en el mundo de los hablantes del lunfardo: Análisis de material lexi-
cográfico”] (Nowe języki: Studia z zakresu kreolizacji języków i kultur, compilado por Waldemar
Kuligowski, Wrocław: Polskie Towarzystwo Ludoznawcze, 2010; pp. 47-62, en polaco) y “El lunfardo
en la traducción polaca de Rayuela de Julio Cortázar” (Argots hispánicos: Analogías y diferencias en
las hablas populares iberoamericanas, editado por Oscar Conde, Remedios de Escalada: Ediciones
de la UNLa, 2017; pp. 261-272). La Dra. Nowak fue elegida miembro correspondiente de la APL en
Poznań en 2014.

39 Piotr Sorbet, profesor de la Universidad Maria Curie-Sklodowska (Lublin, Polonia) es autor de tres
recientes trabajos sobre el lunfardo: “Contribución al estudio de la influencia francesa en el español
de Argentina: los galicismos lunfardescos” (ponencia presentada en el IV Simposio Internacional de
Hispanistas «Encuentros 2012», Wrocław, en prensa), “Análisis lingüístico del vesre porteño” (Rocz-
niki Humanistyczne 72 (2014): 123-134) y “En torno al tratamiento lexicográfico de los vesreísmos”
(Itinerarios 23 (2016): 141-153).

40 Sin ser sus únicos textos referidos en los que la autora alude al lunfardo, son de particular interés
los siguientes cuatro: Ángela Di Tullio, Políticas lingüísticas e inmigración: el caso argentino (Buenos
Aires: EUDEBA, 2003); “Organizar la lengua, normalizar la escritura” (La crisis de las formas, dirigido
por Alfredo Rubione, vol. 5 de Historia crítica de la literatura argentina, dirigido por Noé Jitrik, Buenos
Aires: Emecé, 2006; pp. 543-580); “Meridianos, polémicas e instituciones: el lugar del idioma”
(Rupturas, dirigido por Celina Manzoni, vol. 7 de Historia crítica de la literatura argentina, dirigido
por Noé Jitrik, Buenos Aires: Emecé, 2009; pp. 569-596) y “La lengua italiana en la Argentina”
(Enciclopedia L’italiano nel mondo, dirigido por Luca Serianni, Turín: UTET, en prensa; vol. 1).

41 Sus trabajos son: “Teoría y práctica del lunfardo” (Lenguajes cruzados: Estudios culturales sobre tango
y lunfardo, Buenos Aires: Corregidor, 2003; p. 89-119), El lunfardo, un patrimonio intangible (Buenos
Aires: Academia Porteña del Lunfardo, 2007), “Aproximaciones al lunfardo” (Voces de aquí nomás:
Aproximaciones, tangueras, lunfardescas y lingüísticas, Buenos Aires: Marcelo Oliveri Editor, 2012; pp.
9-35), “Heterogeneidad lingüística y variación en el conventillo (Redes sociales eran las de antes)”
(Argots hispánicos: Analogías y diferencias en las hablas populares iberoamericanas, editado por Oscar
Conde, Remedios de Escalada: Ediciones de la UNLa, 2017; pp. 69-82).

42 Pauer, subdirectora del Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Filológicas de la Academia


Argentina de Letras, es coautora con Pedro Luis Barcia de dos serios lexicones que exceden el
ámbito del lunfardo, pero sin duda lo contienen: Diccionario fraseológico del habla argentina (Buenos
Aires: Emecé, 2010) y Refranero de uso argentino (Buenos Aires: Emecé, 2013). Recientemente dio
a conocer “De cuando munyingas y taitas armaban batuque: apostillas sobre El lenguaje del bajo
fondo: vocabulario lunfardo de Luis C. Villamayor” (Argots hispánicos: Analogías y diferencias en las
hablas populares iberoamericanas, editado por Oscar Conde, Remedios de Escalada: Ediciones de
la UNLa, 2017; pp. 191-204).

43 González es autora de dos artículos muy recientes: “El lunfardo: ¿un habla de delincuentes que
quedó en el pasado?” (Filología y Lingüística 41.2 (2016): 107-118) y “Una aproximación a las bases
metafóricas del lunfardo” (Artifara 16 (2016): 47-57).

44 Además de la redacción de los artículos “Academia Porteña del Lunfardo” y “Lunfardo” para el
Dictionnaire passionné du Tango de Gwen-Haël Denigot, Jean-Louis Mingalon y Emmanuelle Honorin
(Paris: Seuil, 2015; pp. 27-28 y pp. 409-411), he publicado “El lunfardo en la literatura argentina”
(Gramma: Revista de la Escuela de Letras 21.47 (2010): 224-246), “Lunfardo rioplatense: delimitación,
descripción y evolución” (De parces y troncos: Nuevos enfoques sobre los argots hispánicos, editado por
Neus Vila Rubio, Lleida: Edicions de la Universitat de Lleida, 2013; pp. 77-105), “Lunfardo in Tango:
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A Way of speaking that defines a way of being” (Tango lessons: Movement, sound, image, and text in
contemporary practice, editado por Marilyn Miller, Marilyn, Durham, London: Duke University Press,
2014; pp. 33-59), “Roberto Arlt y el lunfardo” (Roberto Arlt y el lenguaje literario argentino, editado
por en Rolf Kailuweit, Volker Jaeckel y Ángela Di Tullio, Madrid, Frankfurt, Norwalk: Iberoamericana/
Vervuert, 2015; pp. 199-212) y “El «Novísimo diccionario lunfardo» en la página de policiales de
Crítica (1913-1915): Un folletín a pura literatura” (Argots hispánicos: Analogías y diferencias en las
hablas populares iberoamericanas, editado por Oscar Conde, Remedios de Escalada: Ediciones de
la UNLa, 2017; pp. 175-189).

45 Cf. Andrea Bohrn, “¿Qué me contursi? Mi mujica se fue con un vizcacha: Paranomasia en el español
del Río de la Plata” (El español rioplatense desde una perspectiva generativa, editado por Inés Kuguel
y Laura Kornfeld, Mendoza: Editorial de la FFyL-UNCuyo/SAL, 2013); “Neologismos derivados de
nombres propios en el español de la Argentina” (Neologia das línguas românicas, editado por Ieda
Alves y Eliane Simoes Pereira, San Pablo: Editora Humanitas, 2015; pp. 547-562); “De botonear a
borocotizar: Un acercamiento a los verbos lunfardos”, (Argots hispánicos: Analogías y diferencias en
las hablas populares iberoamericanas, editado por Oscar Conde, Remedios de Escalada: Ediciones
de la UNLa, 2017; pp. 51-68); “A full, a media máquina y a paso sostenido: locuciones y gradación
de intensidad en eventos” (Antiedad, pansexual, fracking y otras palabras recientes del español de
América y España, editado por Andreína Adelstein et al., Los Polvorines: UNGS, 2017; pp. 134-137);
“Inversión silábica y realización de género y número: el caso del vesre rioplatense” (Revista de
la Sociedad Argentina de Lingüística, 2015, en prensa); y el inédito “Para descoserla y no arrugar:
Formación de verbos lunfardos a partir de formas simples del español”.

46 No es esta la primera publicación en la que la Dra. Castañeda realiza una comparación entre par-
lache y lunfardo. Esta autora, muy frecuentemente con Henao Salazar, se ha referido al lunfardo en
diversos loci de sus productos de investigación, ya que lo ha tomado como base para la descripción
del parlache. Un ejemplo significativo es: Luz Stella Castañeda Naranjo y José Luis Orduña López,
“Estudio lexicológico comparativo de la categoría nominal en parlache y lunfardo” (De parces y
troncos: Nuevos enfoques sobre los argots hispánicos, editado por Neus Vila Rubio, Lleida: Edicions
de la Universitat de Lleida, 2013; pp. 107-128).
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