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Letras Primigenias: Reflexiones Literarias

Este documento presenta un diálogo filosófico entre dos amigas sobre temas como el panteísmo en la Biblia y Descartes, la complejidad de la verdad y la realidad, y la ignorancia que lleva a criticar sin comprender. Discuten conceptos como que lo más simple puede ser lo más verdadero, pero lo complejo es más atractivo, y que la esencia de la religión es el amor aunque se maneje de forma errónea.

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Letras Primigenias: Reflexiones Literarias

Este documento presenta un diálogo filosófico entre dos amigas sobre temas como el panteísmo en la Biblia y Descartes, la complejidad de la verdad y la realidad, y la ignorancia que lleva a criticar sin comprender. Discuten conceptos como que lo más simple puede ser lo más verdadero, pero lo complejo es más atractivo, y que la esencia de la religión es el amor aunque se maneje de forma errónea.

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LETRAS PRIMIGENIAS

Paola Iridee
¡Felicidades!
Acabas de encontrar este libro, que es más bien un caldo literario muy joven,
calientito y listo para ser consumido en cualquier ocasión. Te escribo, primero que
nada, para agradecerte que hayas decidido adentrarte a las profundidades del mar
literario digital y sacaras a mi hijo, este primer bebé de letras que lancé al mundo
que compartimos todos. Algo que tienes que saber es que, si no te gusta, al
menos alguna cosa, por la razón que sea, te pondrá a pensar o a reír un rato: lo
que sea de tu preferencia.

Si te gusta tomar en cuenta opiniones, te recomiendo leer este libro mientras estás
en el metro, en la parada del camión, cuando ya estés cómodo en tu camita y a
punto de dormir o en los pequeños ratos que decidas precisos para escapar del
ahí afuera (el mundo que no nos gusta tanto). Realmente, puedes hacer lo que
decidas con él y leerlo cuando y en donde de plazca, pero si algo en él te hace
click… házmelo saber. Disfruta tu estancia en estas páginas binarias.

Gracias de nuevo, humano curioso.

Paola Iridee
Prólogo

La primera vez que conocí a Paola nunca hablamos de literatura, es más, bromeamos con
cualquier estupidez adolescente sin tomar en cuenta a las letras. Aun así, desde entonces le
tengo un aprecio que casi puedo decir surgió como por generación espontánea. Recuerdo
que solíamos acostarnos en el descanso de las escaleras preparatorianas a tomar el sol y
hablábamos de nosotras, siempre de nosotras; también que fue la primera persona a la que
le mostré mis textos (no por algo me ha pedido que le prologue) y la única a la que siempre
le pido consejo en cuestiones de escritura. Poco a poco nos hemos ido compartiendo cada
una de las creaciones que brotan de nuestra mano extensa, de las que hoy quiero hablarles.
Los agudos aforismos, los graciosos cuentos, los soliloquios internos son letras
primigenias: palabras que brotan desde el recodo más oscuro de Iridee, a veces producto de
lo que algunos conocemos como crisis; otras, de la constante reflexión, del pensarse a uno
mismo y a los demás, o quizá de un arrebato inspiracional, ése que no podemos dejar que se
nos escape. Estos textos son el proceso de convertirse en una gran escritora: puedo decirlo
porque sé reconocer en qué temporalidad está ubicada la mayoría de ellos; porque también
he estado familiarizada con el momento en que se escribieron, con las circunstancias que
los provocaron y con quien los ha engendrado; porque reconozco en ellos la inmensa
evolución y maduración que han tenido junto con Paola.

Uno podrá reconocer en ellos, a veces, a una niña de dieciséis años, o a una mujer madura
con cierta experiencia; también la ingenuidad y el maravillarse del mundo, aunque cierta
malicia para conducirse en él. Uno puede reconocerse en ellos, en esos momentos cruciales
en los que nos hemos preguntado por el sentido de la vida, en los que nos encontramos
abrumados por lo que nos rodea, en los que uno se cuestiona quién es, en los que todo se
malogra, en los que se aúlla a la luna por la ausencia de aquél que nos completa... Cada
relato, cada palabra, nos transporta al momento en que se crea un universo en el que apenas
se conciben las palabras y se está haciendo uso de ellas, pero en el cual puede vislumbrarse
la compleja red de enunciados más precisos conforme pasa el tiempo; mejor dicho, un
cosmos en génesis con un polvo antiguo; una palabra nueva con una tesitura centenaria.
Cada texto en estas páginas es como un brote que nace de Iridee: natural.

Andrea Ceballos
Ahí al frente está todo; el corazón late fuerte y se siente como las patas de un
caballo que retumban en el suelo, a todo galope.

El tiempo de correr es hoy. No estamos huyendo; avanzamos. Avanzamos, a


veces descalzos y a veces sin ganas; a veces heroicos y con las botas bien
calzadas. El corazón retumba... En su latido reside la fuerza del que vive; me
muevo. Como voy, hago. Soy. Y sigo viviendo.
¡Ey, tú, libera a ese
venado!
(Sección I: narrativa variada)
Filosofía cartesiana (si contradecir es de eruditos...)

Llevábamos un rato en El Jekemir cuando nos empezaron a llegar las pláticas


filosóficas de regreso a mi mejor amiga y a mí. Daría más detalles, pero lo anterior
no es relevante ahora.

–¿Viste que Descartes también escribe en un sentido medio panteísta?

–Sí, pero no sólo él; son muchos. He hallado en la Biblia rasgos de panteísmo, no
tiene mucho que me di cuenta.

–Lo sé. ¿Apenas lo notas?

–Apenas ahora; es que la verdad no suelo leer la Biblia...

Hice una pequeña pausa para darle un sorbo al café, aún caliente, y ella
aprovechó para acabarse el cigarro que hacía ya varios minutos había dejado
consumiéndose solo. El silencio invadió la burbuja en la que habíamos estado
inmersas desde que llegamos a la cafetería y nos pusimos cómodas. Ella siguió
fumando, sin percatarse de lo que pasaba a su alrededor en esos momentos; a mí
me empezó a incomodar la falta de sonido, porque en mi interior ya había
empezado de nuevo una revuelta de pensamientos ansiosos por salir. Bajé con
fuerza la taza del café y el ruido hizo que volteara. Dejó a un lado el cigarro medio
prendido y volvimos a mirarnos con ojos de intriga.

–El catolicismo, de hecho, no es otra cosa más que un panteísmo tergiversado,


¿no crees?

–Lo creo, Eso de que Dios es amor, y la trinidad, y todos estar hechos del mismo
barro… aunque pienso que es más complicado que sólo panteísmo.

–Sí, pero a los seres humanos nos agrada complicar las cosas. Siempre nos
parecerá más interesante lo complejo que lo simple, aunque probablemente nos
decidamos por lo simple por comodidad... pero eso no quita la intriga de lo
complejo; siempre es más interesante, por el hecho de representar un reto el
descifrarlo.

–Lo complejo suele ser más atractivo, pero a veces lo más simple es lo más
verdadero.
–También estoy de acuerdo, pero ¿qué sentido tendría la vida si ya lo tuviéramos
todo tan claro?

–¿Y qué tal si en realidad todos los seres humanos son conscientes del
panteísmo y sólo les gusta inventarse historias? ¿Qué tal si nacemos ya con una
conciencia del Todo y poco a poco la vamos perdiendo, conforme crecemos y nos
contaminamos de todos los demás embrollos en los que otras personas se
metieron?

–Todo existe, si así lo piensas. No sabes si existe por ti, porque piensas que
existe, o si existe en sí mismo, pero si lo piensas, ¡entonces existe! De todas
maneras, no hay nada que no podamos comprender dentro de lo que somos
capaces de percibir y comprender, ¿me entiendes? No hay nada que nosotros
abstraigamos que no esté basado en algo de la realidad, aunque tal vez la
realidad se nos presente solamente en fracciones. No podemos saber con
exactitud cuál es la naturaleza de las cosas, pero sí podemos tener una idea, o
muchas. Hay verdades, pero no verdad.

Se hizo otro silencio, pero no muy profundo. Éste fue liviano como el humo y dejó
colar un aire curioso que nada tenía que ver con la pesadez de la incertidumbre.
Levanté mi oscura taza de café y le sorbí un poco después de olerlo por enésima
vez.

– ...y volviendo al panteísmo en La Biblia, ¿ves por qué me enfada que critiquen la
religión? Porque no saben ni lo que dicen. Por ignorancia se critica a la idea, sin
darse cuenta de que en realidad deberías estar criticando a la forma en que se
maneja, pero no a su esencia.

–No puedo creer que haya tanta gente que se dice cristiana y cree en todo lo que
la Iglesia ha manejado durante tanto tiempo. Se dicen cristianos, pero si leyeran
su libro sagrado y le prestaran atención a lo que leen, ya se habrían dado cuenta
de que muchas cosas que siguen al pie de la letra son sólo metáforas a las que
deben de encontrar significado y obrar conforme a él, no literalmente a lo que
dictan las palabras, porque sólo son palabras… la Biblia está llena de sabiduría,
pero no la saben interpretar.

–Es una enseñanza de amor; eso es lo que es.

–Sí... ¡qué fácil es juzgar sin saber!

–Ridículo es creerte tan capaz para juzgar a un entero por conocer sólo
fracciones de él...
–De cualquier forma a veces es mejor no conocer el entero, no entenderlo. Sería
una gran frustración para muchos; entre más te adentras en el mundo del
conocimiento, más te adentras también en la incertidumbre y en el saberte
ignorante. Y no hay frustración más grande que esa.

Después de esa conversación, decidimos callar y seguir bebiendo café; ella con el
cigarro, y ambas con las risas, los amores, las incertidumbres y la adolescencia.
Tragaluz

Era suficiente ya. Estaba al borde del colapso, se daba cuenta, lo sabía; no le
importaba. El momento en que la llamó suya, sucumbió. Seguramente él creía que
eran simples letras, pero no: eran letras de escritor. Eran letras suyas. Nadie sabe
mejor que quien escribe qué palabras son las precisas para decir, y nadie sabe
decir palabras más preciosas, porque así son las palabras de los locos.

Cuando vio lo escrito, sudó frío –una palabra equivale a una mano, rozando la piel
erizada con la punta de los dedos–, y un torrente increíble de energía se apoderó
de su cuerpo. Quiso huir, salir por la ventana, quemar la casa, largarse lejos...
pero no le quedaba de otra más que afrontar lo que sucedía. La cuestión era saber
qué sucedía. Ni él ni ella lo sabían, pero intuían que pasaba algo. Algo indecible.
Algo sublime, algo indescriptible, algo que no se podía tocar.

¿Qué pasaba? ¿Sería locura; sería enfermedad? Por más preguntas que se
hiciera la niña, no sabría responder ninguna (por lo menos no la principal). A ella le
daba miedo la palabra “amor” porque se había dicho que esa clase de sentir le
estaba vedado. Y le llamó prohibido. Guardó sus llaves dentro de sí, y se
multiplicaron con los años. Y al final, con tantos cerrojos, no creyó que corriera
riesgo de quedar fuera de su control; luego, él.

Temió al vacío. No quería suponer la teoría del cosmos como el preludio del
universo en que habitaban los dos. No quería llamarle éxtasis, ni llamarle epitafio.
No quería admitir que estallaba dentro de sí, que implosionaba como un agujero
negro que arrasaría con todo... sin embargo. Sin embargo...
Maldito nihilista
Relatos absurdos de un hombre de negro en un mundo gris

–Hombre, ¡pero qué briago eres! Deberías de darle un poco de seriedad a tu vida.
¿Qué no te das cuenta de lo mucho que estás mandando todo al carajo? –dijo el
hombre de gris y blanco al de negro. –Caray, nunca imaginé que fueses tan
cobarde como para vivir evadiendo todo.

–N’ombre, si yo ni estoy briago ni evado nada; lo que tú vives ahora, yo ya lo viví,


por eso ya no tengo necesidad de seguir haciéndolo. Y tú no eres más que un
mocoso de ésos que se creen que saben todo –respondió el de negro, con
serenidad.

–¿Pero qué dices? ¡Tengo la misma edad que tú! –y esto último lo dijo salpicando
el aire con tres gotas de saliva y unas cuantas más de ira efervescente.

–La edad no se mide por años.

Mientras dijo esto, el hombre de negro bebió otro trago de whisky de su pequeña
licorera de metal.

–Tampoco por experiencias –replicó el bicolor, alzando la voz más que antes. –Se
mide por lo aprendido, y no veo que hayas aprendido mucho, ¿o sí? Si así fuera,
no estarías gastando el tiempo perdiéndolo.

El hombre de negro suspiró.

–Tal parece que al tipo listo se le olvidó vivir, ¿eh? –continuó el bicolor,
calculando la embestida. –Pobre de ti. Me da lástima que no puedas encontrarle
un sentido a la vida, todo por evadirla siempre con tu estúpido alcoholismo.

–Cada vez que hablas, reitero lo que digo. Eres un imbécil, Manuel. A mí me da
lástima que vivas engañado –se rió entre dientes el borracho, con un sonido
agrietado. –¿Qué no te das cuenta de que quien vive briago eres tú y no yo? Yo
bebo porque quiero. Yo no necesito embriagarme la existencia porque ya la
conozco, a diferencia de ti, que te bebes todos los días tus licores de sueños
estúpidos y esperanzas sacadas de no sé qué mentada fantasía tuya. Tú vives en
una utopía; yo no necesito encontrarle el verdadero sentido a las cosas, porque ya
se lo encontré, y exactamente por eso bebo: para sobrellevar la vida, ¡la verdadera
vida!
–Dime, pues, entonces –dijo Manuel, con voz rendida. –¿…cuál es el sentido de
todo?

–¡Ninguno, joder, ninguno! Ése es el verdadero sentido de todas las cosas.

–¡Ah, maldito nihilista, cómo jodes! Venga, ya. También pediré una copa.
El debraye

El primer debraye que conocí apareció una mañana. Yo pensaba que se tardaban
más tiempo en viajar, pero no; todo fue muy pronto. El debraye se escurrió por
debajo de la puerta, se metió a mi cama y me despertó. Yo abrí los ojos y me
encontré con él al lado. Fue espantoso. Él era algo así como un monstruo.
Seguramente sería una obra fantasmal de algún surrealista; ya saben cómo son
los artistas. En verdad era horrible, desagradable, pero ¿qué podía hacer? Estaba
al lado mío.

Como buena anfitriona, lo invité a desayunar; le preparé unos huevos estrellados


y después de eso, no se separó de mí. Él estuvo conmigo cuando me cepillé los
dientes, cuando me deshice con las manos los nudos de la cabellera y cuando me
encargué de la primera tarea de la mañana. Cuando subí a mi carro para ir al
colegio, también vino conmigo. En las clases, creo que él estuvo más atento que
yo. El debraye levantaba la mano para todo, y los maestros, impotentes y con cara
de disgusto, tenían que cederle la palabra. Entonces él hablaba en un idioma que
nadie conocía, pero todos pensábamos que lo que decía estaba bien. La maestra
de Geología le sumó dos puntos. El debraye se enorgullecía de sí mismo, con su
cara de gárgola asquerosa.

Al finalizar las clases, creí que tal vez se iría, pero no se fue. El desgraciado se
quedó conmigo todo el camino de regreso, y cuando estacioné el carro y caminé
hacia la puerta, me siguió el paso. Yo ya estaba desesperada: no sabía qué hacer.
El adefesio no se me separaba y ya estaba empezando a creer que me había
tomado un afecto increíble en las pocas horas. Yo odiaba estar con él; ni siquiera
entendía lo que me decía. Pero él hablaba y hablaba, como si de verdad
estuviéramos teniendo una conversación. Incluso lo escuché reírse algunas veces,
o me pareció que había sido una risa lo que oí –espero que haya sido una risa.

Pasaron semanas y semanas, y el debraye seguía al lado mío. Se metía conmigo


a todos lados: a la cocina, a Flavio –mi carro–, a mi cama, a la regadera... ¿Y
cómo podía decirle que se fuera, si no me entendía un carajo? Pinche debraye,
además de feo, tarado e ignorante. Aunque debo admitir que, por una parte, era
agradable tener a alguien que me hiciera compañía sin demandarme tiempo, y
que pudiera observarme haciendo cualquier cosa sin juzgarme ni con un solo
dedo. Sí, bueno... no era tan malo.
Los meses siguientes, la familia ya se había acostumbrado a él. Margarina ya no
lo marginaba a la hora de comer, mandándolo a la sala, y Hefestos ya no ponía su
música a todo volumen para no escuchar su horrible voz. Una vecina me dijo que
incluso era bonito. ¡¿Bonito?! Bueno... cada quién sus perversiones. Pinche
gárgola fea. En fin... el debraye ya estaba oficialmente adaptado a nuestras vidas,
al menos a la mía, que era lo importante. Me acostumbré a ir con él a la escuela, a
que me abrazara cuando dormía y a que me observara, con la cabeza ladeada,
sentado en el escusado, mientas me bañaba. Su cara empezó a parecerme
menos grotesca cada vez, aunque seguía pensando que era feo.

De día en día, cumplimos un año de estar juntos. La gente ya no me pensaba a


mí sin él: era MI debraye, mi feo y horripilante debraye, y yo era suya. Nos
amábamos, como se ama con el alma, como se ama a sí mismo: no éramos ni
hermanos, ni padres, ni esposos; éramos un Yo. Cuando me entraban mis crisis
existenciales, él se ponía al lado mío, en la orilla de la cama, y el sentir en la
espalda su mano verde y babosa me reconfortaba. Poco a poco, empecé a
comprender su idioma, aunque ni siquiera tuviese sonidos parecidos a los
nuestros. Sabía que un “¡sjjjrrlup!” era sinónimo de aprobación, y que cuando
quería decir “no”, arrastraba su mano derecha hacia el hombro, la doblaba hacia
afuera mientras la bajaba, y ponía sobre su cintura al final. Tal vez suene
romántico, pero creo que un “gggrlaclac” combinado con una inclinación de
cabeza que me hizo una vez quería decir “te quiero”. Me acostumbré tanto a él,
que incluso se quedaba conmigo a presenciar el discurrir del tiempo. Nos
sentábamos en el sillón de la sala, frente a la ventana más amplia, o nos
subíamos al Cerrito a develar estrellas entre las nubes y la contaminación. La
verdad es que terminamos por convivir mucho, mucho tiempo... yo queriendo y no
queriendo, y él, con los ojitos de camarón seco cada vez más fascinados.

De pronto, un día sin seña particular, el debraye empezó a actuar extraño. Ya no


me seguía como antes, ni emitía tantos sonidos. A la hora de comer, no me
miraba, y jugaba con los chícharos encremados que tanto le habían gustado una
vez. Yo no comprendía lo que pasaba; sólo notaba que cada vez que me ponía a
escribir o a pintar, él retrocedía y se aislaba, como si lo estuviese relegando por
hacer mi arte. A él no le gustaba que hiciera arte. Pavlova, la nueva Margarina,
empezó a postergar las horas de comida por culpa del debraye, que ya no quería
sentarse a la mesa con nosotros, ni jugar con el gato, ni mirarme mientras me
bañaba, desde el escusado. Hubiera querido preguntarle, pero no conocía su
idioma. Recurrí inclusive al glíglico, ese idioma como jitanjáfora que inventó
Cortázar, pero menos me entendió. Y yo no podía entender como él me entendía,
si yo a él apenas le entendía un “sí” y un “no”. El punto aquí es que el debraye
estaba cambiando y que no estaba en mis manos el hacer nada para detenerlo;
dejaría que las cosas tomaran su curso. Y así fue.

Una mañana del 21 de enero, casi dos años después de que llegó a mí, el
debraye me propuso matrimonio. Él sabía que yo le iba a decir que no, estoy
segura... pero aun así, lo hizo. Esa noche, el debraye, desalentado, volvió a su
cama y se hizo de noche para los dos. Él se quedó dormido casi de inmediato y yo
tuve que obligarme a dormir. A uno no le queda de otra más que cerrar los ojos
cuando el día cambia en segundos a noche, como diciéndote que tomar la noche
es necesario.

Cuando amaneció, él ya no estaba. Se había ido. Lo busqué por toda la casa, le


llamé “gárgola”, “horripilante”, “adefesio”, “feo” y “debraye”, como lo que era,
porque sabía que me entendía cuando le llamaba así. Nuevamente, lo supe: se
había ido. Normalmente habría caído en la desesperación pues ya no tenía a
nadie que me mirara mientras mis dedos desenredaban mi cabello, pero no lo
hice. Aunque me dolía, comprendí de inmediato que el debraye debía irse. No me
sorprendió que lo hiciera; yo sabía que iba a pasar, cuando comenzara otra vez a
vivir. Estaba en el contrato que nunca nos dimos.

La verdad es que aún ahora, a veces lo extraño. Y entonces me pongo a escribir


sobre él, con las páginas acartonadas mojándose en la regadera y la tinta
resbalando por ellas, y pienso en lo malo que hubiera sido que se quedara. Si el
debraye siguiera aquí, significaría que no he vuelto yo.
El Destino

Eran vacaciones de verano cuando Héctor y yo fuimos a esa feriecita de pueblo


donde nos topamos con El Destino. Han pasado ya varios meses desde aquello,
pero aún recordamos cómo fue que dimos con ese lugar: estábamos caminando
sin rumbo después de que ciertos amigos en común nos dejaran plantados en la
carretera ésa que acababan de construir para llegar más rápido a Cuautitlán.
Abandonados y tristes, como lombrices en el pequeño cosmos de una manzana,
hicimos de nuestros lamentos los pasos con los que llegamos –por azar– a alguna
parte en cuyo nombre sencillamente no me intereso. A lo lejos se veía un montón
de carpas de colores, un letrero enorme y uno que otro juego mecánico, y como
no teníamos nada mejor que hacer (y ni siquiera sabíamos en donde estábamos),
decidimos entrar. Estuvimos paseando entre los puestitos. Nos compramos unos
elotes con mayonesa, queso y chile, un algodón de azúcar morado y enorme, y
una “teibolera de moda”, ya saben: esas muñequitas de hule barato que venden,
por ejemplo, enfrente de Bellas Artes. No traíamos mucho dinero porque casi todo
lo habíamos donado para comprar cartones de chelas (que se quedaron en manos
de los güeyes que nos dejaron), por esta razón, nos conformamos con observar
los juegos (mientras comíamos elote, algodón de azúcar, y hacíamos bailar a la
teibolera); sólo habíamos reservado 30 pesos para regresar. En un momento
dado, Héctor sacó su celular y checó la hora. –Ya es tarde, Juan, y ni sabemos
dónde andamos.

-Ya vámonos, güey –me dijo, mientras limpiaba con su playera la pantalla de su
celular (la había embarrado con queso y chilito).

Yo observé el cielo. Estaba naranja. Podría dar una descripción más amplia y
mucho más poética del atardecer, diciendo, por ejemplo, que era hermoso, que los
rayos áureos caían como cascadas sobre la tierra y que las nubes se posaban
cual narcisos, acariciando las montañas. Pero no, no lo digo porque suena
maricón. Simplemente era naranja.

–Pues vas, güey, hay que preguntar en dónde estamos o qué pedo, pa’ ver cómo
nos regresamos.

–Va. A ver, tú, pregúntale a esa morra de allá.

–¡Ja! Pregúntale tú.


–¡Ñah! Pinche Juan, se te abre...

Dicho esto, Héctor se acercó a la chavita, curiosamente vestida con una pequeña
falda de olanes negros, blusa y medias negras, y accesorios púrpura. Como su
comentario me había herido el ego, me le adelanté y fui yo el primero en hablarle a
la muchacha. Dijo que se llamaba Akuma. Tenía una sonrisa espectacular que
resaltaba con su piel blanca y con su cabello igual de oscuro y corto que su falda.
Cuando le pedimos indicaciones, dijo que sólo nos diría si entrábamos a una cierta
carpa de telas color índigo, púrpura y dorado, allá donde casi terminaba la feria.
Nosotros accedimos porque de todos modos estaba cerca de la salida, y nada
perdíamos con entrar –excepto los 5 pesos que nos hicieron pagar a cada uno. El
nombre del puestecito era “El Destino”. Imponente, creo yo, y tal vez un poco
pretencioso.

Akuma se fue justo cuando cruzamos la pesada tela que hacía de puerta. El
interior estaba oscuro, alumbrado con extrañas velas que emanaban una especie
de fuego azul. El ambiente olía a algo así como almizcle combinado con mirra, o a
copal con otras hierbas que no sé decir. Aunque por fuera se veía chiquito, el lugar
en realidad era bastante amplio por dentro. Una voz profunda y grave, aún
femenina, nos guio hasta el otro extremo.

–Bienvenidos sean, Juan, Héctor.

Héctor y yo nos volteamos a ver con sorpresa y cierto terror; ¡¿cómo carajo sabía
nuestros nombres?!

–¿Ustedes creen en el destino? –preguntó la mujer de la que sólo se podían


apreciar sus ojos azulísimos, mientras exhalaba el humo de una extraña pipa.
Héctor y yo nos miramos de nuevo. Sin saber qué decir, respondí torpemente con
un “no lo sé” y después Héctor dijo que “era posible”. La misteriosa mujer
comenzó a hablarnos de nuestras vidas. Supo exactamente cuándo había nacido
cada uno, qué carro teníamos, en qué universidad estudiábamos, incluso supo
que no estábamos pasando por un momento fácil, económicamente hablando. Eso
nos lo dijo apenas tocándonos la mano mientras miraba nuestros ojos
directamente (por supuesto, a cada quien le hizo una sesión por separado). El
simple hecho de que supiera nuestro nombre me había hecho respetarla
automáticamente, y tomarla más en serio de lo que jamás había tomado a nadie.
Para mí, todos esos tipos eran charlatanes.

Conforme fue avanzando la sesión, me iba intrigando más y más. Me habló de los
astros específicos que me aportan su energía, de los círculos que debía cerrar
para que nuevas puertas se abrieran, de cuándo sería el tiempo indicado para
emprender nuevos viajes... Dios mío, era fascinante. Tenía mi futuro claro y
brillante, delante de mí, gracias a esa mujer desconocida de hermosos ojos
azules. No sé cómo describir la sensación que tuve al estar ahí; sentía que de
verdad lo conocía todo, me sentí imparable... No pude comprender por qué había
sido tan escéptico toda mi vida y me llamé estúpido por eso. Esta mujer tenía un
don tal, que creí haberme enamorado de su sensibilidad. En un determinado
momento, pausó la sesión de Héctor y nos miró a ambos, alternadamente.

–No tienen cómo regresar, ¿cierto?

Era cierto. No sabíamos cómo volver, ¡por eso habíamos entrado ahí! Akuma ni
siquiera había entrado a la carpa, no pudo habérselo dicho ella. Esta mujer era
increíble, ¡podía percibir todo! En ese momento, decidí que nunca más volvería a
dudar de personas con poderes que muchos llaman “sobrenaturales”.

Después de aproximadamente 45 minutos (dividido entre una sesión para Héctor y


otra para mí), la mujer nos dio unos pequeños papelitos bien doblados. Dijo que
no los abriéramos hasta salir y que lo sostuviéramos con ambas manos, hasta
estar fuera de la feria y asegurarnos de que sus puertas estuvieran cerradas. Mi
amigo y yo salimos tan conmocionados, que seguimos sus indicaciones al pie de
la letra. Algo, una fuerza poderosísima estaba entre nuestras manos, algo que
podía cambiar nuestras vidas y que seguramente lo haría. Podía sentirlo. Después
de varios minutos, por fin llegamos a la salida. Un cuate con gorra cerró la puerta
de reja justo detrás de nosotros. Ya estaban desmantelando todo. Héctor pasó el
papelito a una de sus manos y la otra corrió a sus bolsillos para mirar la hora en su
celular. Yo hice lo mismo.

–Güey... no encuentro mi celular –dije tanteándome el bolsillo en donde siempre


está. Héctor hizo lo mismo, y tampoco encontró el suyo, ni su cartera. Ni yo la mía.
Ambos miramos al piso, yo con los brazos colgándome como orangután, y él con
una mano aferrada al bolsillo de una nalga.

–Güey... esta vieja nos sacó la cartera. Y los celulares...

El silencio reinó sobre nosotros. Ahora todo tenía sentido...

–“No tienen cómo regresar”, ¿eh? Ahora entiendo. Pinche vieja –recé entre
dientes.

Ahora era Héctor quien miraba al cielo. Ya no estaba tan naranja.


–Bueno... pues al menos hay que ver qué dice el papelito que nos dio, ¿no?

–...pues sí... A ver, ¿qué dice el tuyo?

–“Su marido trabaja con una mujer rubia...” ¿El tuyo?

–“Ten cuidado porque te lo están sonsacando”.

–Ah, no mames...

Así fue como concluyó mi experiencia más cercana con el mundo místico. No
recuperamos nuestras carteras ni los celulares, y bueno... las chelas que pagamos
fueron consumidas por los otros tipos en aquella tarde. Ese mismo día volví a
entender por qué nunca creí en esas cosas. Al menos los elotes estuvieron
buenos...
La biblioteca (Hogar de mundos)

Estos últimos días, había estado yendo al encuentro mágico con el silencio: cuatro
paredes, gente ensimismada y no sé cuántas páginas acartonadas me rodeaban.

Me sorprendió el tiempo; en los días que había estado ahí (y eran pocos), pasaba
algo que hacía que me fuera pesado el dejar al lugar y a sus libros. Su atmósfera
me parecía tan nutritiva, tan seca, tan exquisita, y a la vez tan amarga, que el
despedirme de mi nuevo santuario de letras se había convertido en el suplicio más
grande del día. Observé cada estante de la biblioteca; había libros de todo tipo,
de todos colores, distintos tamaños, grosores, páginas, pero sobre todo... había
libros nuevos y viejos.

Tomé uno nuevo que hallé por casualidad entre todos los señores, y pensé en lo
rápido que sus blancas hojitas se desgastarían y se volverían amarillas, como una
plaga, contagiándose del olor a humedad y a viejo –a olvidado– que ya
caracterizaba al resto de los librillos (o librazos). A fin de cuentas, pensé que un
libro nuevo entre libros viejos se corrompe más pronto, y tenía razón. Era tan
cierto como que a mí me había pasado lo mismo, desde la infancia, como que eso
pasa también con la gente y que podía dar testimonio de ello, porque yo era una
de esas “gentes” que no pasaban entonces de veinte y aun así, ya despedía el
olor a tabaco, a vino, a licores, a tremendos vacíos y montones de crisis
existenciales en sus entrañas, que normalmente sólo emanaban de gente
“madura”, ¡¿pero, quién es maduro?! Afortunadamente, nadie.

Volviendo al olor a viejo y a las crisis, era tal vez por eso que yo me hallaba tan a
gusto en ese lugar, rodeada de tanto conocimiento –aunque sin poder tragarlo
todo como hubiera deseado–, entre libros nuevos envejeciendo rápido, que de
cierta forma, eran como hermanos –iguales a mí– y también entre libros viejos
haciéndose más viejos. Así como yo eran esos libros: flor de unos cuantos días,
con aroma ya marchito de tanto convivir con pétalos caídos.

A veces me daba nostalgia, lástima que no sabía de qué. Yo era una joven “lobo
estepario”; algunos decían, por mi corta edad, que era aún más incomprensible el
que yo fuera tan así... como era yo, como me había vuelto. Yo era una quimera,
una especie de chaneque metafórico con impulsos de niña frustrados que se
combinaban, espesos o ligeros, con mis pensamientos algo añejos, pensamientos
no sé cuántos años mayores que mi cuerpo y que yo...
En la biblioteca me volvía más vieja, aunque mi cuerpo pareciera reaccionar de
forma inversa; él me hacía retroceder un poco, tal vez para que no muriera. Los
libros, mis libros y vivencias me añejaban un tanto, pero siempre llegaba mi
cuerpo delante de un espejo y esos impulsos de niña para salvarme. Entonces,
recordaba la edad que en realidad tenía.
Un cielo más azul...

Era una tarde de verano, un poco lluviosa pero cálida y aún con luz, como de esas
en las que se pinta en el cielo un arcoíris y te deja su metáfora de los grises y el
color, de los contrastes entre sombra y sol. Mientras caminaba, iba observando
alguna que otra escena que captaba mi atención; la luz perforando la
transparencia de la lluvia, los perros vagando tristes, los niños jugando, una
señora mayor, sentada en la banca de un parque, cubriéndose de la lluvia con su
paraguas azul marino y rehaciéndose el chongo de blancos cabellos. También vi a
varios oficinistas, cada uno con distintos colores apagados y todos huyendo de la
lluvia como si fuese a quemarles. Vislumbré vagamente la transición de la vida
humana y la manera en que la gente cambiaba su reacción ante las cosas
dependiendo de su edad y su contexto. Los niños aún no huían de la lluvia: ellos
aceptaban cualquier clima conforme venía, sin berrear por ninguno, sin soltar una
lágrima ni enfadarse más que cuando algún mayor venía por ellos y los arreaba,
sacándolos del éxtasis que les causaba congeniar con la naturaleza y hacerse con
ella uno solo. Después de dar algunos pasos más, me di cuenta de lo bonito que
se respiraba el entorno en aquellos momentos y decidí entrar a un café no muy
concurrido, para apreciar mejor el momento. Cuando entré, de inmediato se me
acercó un joven como de unos veinticinco años y me preguntó si podía sentarse
conmigo. Le dije que sí con una sonrisa, y así, ya los dos con su taza del mismo
café americano, humeante y oscuro, empezamos a platicar como si llevásemos
años de conocernos.

–Y tú, ¿estás conforme con tu vida, o qué piensas de ella?, o no sé... dime lo que
quieras, pero dime algo de ti –me dijo, penetrando mi mirar con su mirar.

–Pues ¿qué te digo? la vida es... la vida –reí y agaché la mirada, luego volví a
mirarlo. –Me parece que tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, y pues... no
te miento; la verdad es que me gusta mucho la vida, pero no el cómo nos fuerzan
a vivirla.

Al oír esto, dejó la taza de café sobre la mesita y me miró con intriga y un poco de
desdén por mis palabras.

–Nadie te obliga a vivirla de tal modo o de otro, tú la vives como quieres. Tú eres
tus circunstancias y cómo reacciones ante ellas.
–Exactamente –dije con vaguedad. –y no puedo evitar a veces sentirme ajena a
este mundo, a la sociedad en la que vivo, a su gente, a sus costumbres, a su
forma de vida, su moral y todas esas cosas que nos inculcan.... aunque admito
que también me cuesta trabajo ver las cosas de otra forma. Es como si
estuviese...

–Atrapada –dijimos los dos al mismo tiempo. –Sí...

–Tienes razón... de cierta manera la tienes. No puedes ser libre del todo, y está
bien que no te conformes con esta realidad y que te imagines que hay una mejor,
pero a veces también es necesario sentar cabeza y ver que... pues realmente no
es tan malo como para morir por ello, y por supuesto que no digo que te
conformes, pero pues vive todo a su tiempo, aún estás chava. ¿Cuántos años
tienes? ¿Diecisiete, dieciocho?

–Dieciocho –contesté.

–Fíjate... y yo tengo veintitrés y todavía sigo pensando como tú.

–Entonces, ¿por qué me contradices?

–Porque hay cosas que no te convienen. Sé que “ver la realidad que otros no”
suena tentador, pero la vida es distinta ahí afuera, ya lo verás. Necesitarás más
optimismo para sobrellevarla.

–El optimismo es hacerse ciego uno mismo.

–Deja que pasen unos años y verás cómo se hacen amigos.


Adornos inútiles

Ella y él se conocieron y se enamoraron en un santiamén. Fue cuestión de unas


cuantas salidas para que se dieran el primero beso y otro par más para que
decidieran empezar una relación. Él era muy detallista: siempre le llevaba rosas,
cada vez que la veía, era además muy atento: le abría la puerta, le daba su
chamarra y le jalaba la silla para que se sentara. Él era todo un caballero, y ella...
ella al poco tiempo dejó de apreciarlo tanto. Conforme pasaron los días, quiso
mostrar su verdadero yo a la persona a la que ahora llamaba “novio”; intentó
compartir gustos, proponerle salidas, iniciar buenas pláticas, pero todo llevaba a lo
mismo: acababa siempre la cosa en puros besos y palabras banales. El tiempo
siguió pasando y ella le contaba a sus amigas que no estaba conforme, pero ellas
no lo entendían; ¡¿cómo podía no estarlo, si el muchacho era todo un caballero,
todo un príncipe, lo que cualquier muchacha podría querer...?! Ella se lo creyó.

Decidió mantenerse con esa idea, como una pieza cuadrada, encajada por la
fuerza en un círculo, e intentar dar de sí lo mejor. Un buen día, alguien le
preguntó: “¿y por qué lo quieres?”. Cuando lo escuchó, no supo qué decir. Le dio
mil vueltas a la pregunta, pero al final, cada respuesta que daba resultaba tan
banal como las palabras que intercambiaba con el muchacho. Decidió entonces
enfrentar el problema –que tal vez no era de él, sino de ella– y hablaron de frente.

Después de algunas palabras, de lágrimas y grititos, el joven clamó –dentro de sus


muchos otros alegatos– que no sabía en qué podía haber fallado, que nada
parecía tenerla contenta, que cómo no podía llenarla si hacía todo por
complacerla: que si era caballeroso, que si siempre le hacía regalitos, que si él
pagaba, que si algo le gustaba, se lo compraba...

Entonces algo en ella se encendió: una chispa de enojo. ¿Acaso era eso una
excusa digna para mantenerla al lado de alguien? Se sintió como si quisieran
comprarla, como un objeto, como un trofeo. En vez de que al muchacho le hubiera
funcionado su discurso, le sirvió a ella para reafirmar que estaba haciendo lo
correcto al dejarlo. Agarró entonces todo el coraje que pudo y dio el golpe final:

Contigo nunca pude hablar.... Nunca me escuchaste. Todo lo que hiciste para mí
estaba medido. ¿De qué sirven los adornos, si no tenemos cimientos? No vale
nada tener un montón de cuadros si ni siquiera pudimos nunca construir una
casa...
Espejos

Si no comprendes algo, no puedes criticarlo;

no conoces sus raíces, no conoces sus razones...

Una vez me contaste que habías leído a uno de los grandes, que habías
escuchado a una eminencia, que habías observado la pintura de un artista, y
dijiste despreocupadamente que todo aquello era una porquería. Yo me quedé
callada a primera instancia; algo en mí había sentido ganas de arrancarte la
infame lengua, de esculcar tus sesos incultos y acabar con su escasa existencia.
¡¿Cómo era posible que dijeras eso de los más grandes?!

–¡Qué ignorante eres! –exclamé indignada. Después empecé a cuestionarte y a


escudriñar tus rincones para que me explicaras los motivos de los que carecías
para despreciar aquello. Tú te molestaste y te diste la media vuelta, porque
sentiste acorralado. Sólo dijiste –de manera grosera– que no te gustaban esas
cosas porque no las entendías.

–¡Pero por supuesto que no lo entiendes! Las mejores cosas no las puede
comprender cualquiera.

Inmediatamente después de que te indignaste y me dejaste sola conmigo, corrí a


buscar en mis lugares todo aquello a lo que recién habías criticado tan
erróneamente; leí y releí sus versos, escuché todas sus composiciones, repasé
todas las fotos que tenía de sus pinturas tratando de encontrarles la “porquería” y
al no hallársela, te empecé a insultar mentalmente no sé cuántas veces. Te llamé
idiota -para mí, bien merecido lo tenías- hasta que me cansé y me quedé en
silencio, tanto en voz como en mente. Pasaron algunas horas más de que te fuiste
y de que me fui yo también.

Apenas puedo decir que me quedé yo sola frente al espejo y que la habitación en
la que estaba –si existía–, a mí me parecía vacía, aunque no lo estaba. La voz a la
que le llamamos mente comenzó a unir retazos. Las palabras que te dije de pronto
no tenían sentido, no en mi boca. “No le puedes pedir a un pozo seco que te dé
agua”. Yo no te conozco del todo ni quise entender tus motivos, y aun así te había
juzgado. Te había dicho que si no comprendes algo, lo mejor es que no digas
nada, que el que queda mal no es el "otro", que el que carece de criterio no es el
"otro"; eres tú. Después regresaste y yo seguí con la vista fija en el espejo.

–Es muy fácil hablar –me dije.

–Yo tengo una mirada diferente a la tuya –dijiste. –He tenido una vida distinta a la
tuya y no he vivido ni pensado lo mismo que tú has vivido o pensado –continuaste
terminantemente.

–¿No carecen entonces de sentido tus palabras?

–Igual que las tuyas.

–¿No eres tú la que juzga?

–Igual que tú.

Seguí un rato discutiendo contigo, cuando el transcurso del reloj me hizo voltear
hacia otro lado. Hubiera seguido discutiendo, pero cuando volteé ya no estabas.
Entonces me di cuenta de que todo el tiempo que estuve alegando, no había sido
contigo; que no habías vuelto ese día desde que te eché en cara tu ignorancia.
Que ese espejo frente al que estaba yo sentada nunca reflejó en la habitación a
otra persona. Que la que estaba mal no era el “algo”; era yo.
El contador de tiempo

El sol bañaba el salón de carísimos rayos dorados y cada cosa en el lugar adquiría
un tono alegrón, de tardes romanas. Se balanceaba en la ventana la cortina, con
el conocimiento impregnado, y el ambiente era de respeto y se respiraba
solamente interés. Nadie hablaba más que él, o al menos eso me parecía a mí; yo
no podía escuchar otra voz que no fuera la de aquel curioso hombre que se
balanceaba al hablar y se desvivía actuando con grossos gestos las situaciones
que se comprometía a narrarnos.

Mientras él seguía explicando nuevos enfoques para nosotros, yo profundizaba en


uno solo, escribiendo de filosofía en la libreta de colores que me habían prestado
para anotar la tarea de otra materia. Existía un recuerdo, recuerdo... un momento
que a momentos venía y volvía a irse con su patética inconstancia. No pretendía
hacerlo regresar, porque sabía que no lo haría; solamente quería traer de vuelta
su fantasma para que me explicara por qué las palabras de ese hombre me
llamaban como me llamaban; lo invoqué, pero no llegó. Decidí seguir escuchando
las catedráticas palabras, mientras yo me hacía a la idea de que ya nunca volvería
a ser la de antes de aquel momento en que decidí que la vida era más que sólo
andar de paso, que había decidido actuar conforme a ello, que ya no podía
cambiar; estaba decidido que yo no pasaría por esta vida con billetes en una mano
y la esperanza de vivir en otra, con un marido, un amante y un mandil manchado
mientras mi cabeza se seguiría llenando de premisas sin concluir. Yo quería
pensar, pero no sólo eso. Yo quería hacer algo, quería transformar... y sólo eran
sus palabras las que me inspiraban para seguir buscando por ese camino no tan
corrupto, de realidad (o realidades) transparentes –o no tan opacas. Habló del ser
y sus problemas. Sócrates, Platón, Descartes, y todas sus palabras, más que una
capilla de refugio, me parecían una catedral, una catedral de palabras, palabras
doradas, exquisitas...

Alguien alzó la voz y me irritó un poco, aunque no tanto como cuando él giró su
muñeca para contar el tiempo que ya tan limitado lo tenía. Por suerte, ese día
tocaban dos horas y todavía faltaba media. Continuó, y su hablar era tan
alquímico, tan placentero, que bien podrían haber pasado horas, tal vez una
semana completa, y de no ser por las necesidades humanas, no habría ni
parpadeado siquiera, ni pensado en otra cosa por un segundo. Me hubiera
encantado quedarme para siempre oyéndolo –cosa para la que no soy muy buena
con otras personas– pero siempre llega un momento en el que los oídos se
cansan y las palabras se agotan, al menos por un rato. Vi el reloj en la pared y las
manecillas indicaban que faltaban ya solamente unos segundos.

Agaché la mirada y segundos después, sonó el toque de queda de mis


trascendencias. Cuando la manecilla grande se alineó con el once, él cerró su libro
de golpe y lo guardó de prisa en su maletín, listo para huir de su naturaleza e ir de
vuelta al mundo de las sombras, en donde podría reposar cansadamente un rato,
haciendo todo sin reparar en nada, sentado en la sombreada silla del trabajo que,
sin darse cuenta, lo había ya convertido en un esclavo de la sociedad que poco
apreciaba pero que, a fin de cuentas, le daba de comer. Y ahí, a un lado del
escritorio, yacía aún la pluma fuente con la que escribía a ratos y unos tres libros
gastados que solían, en viejos tiempos, hacer de musa de sus pensamientos.
Diálogos de soledad y libertad

–Pero, ¿por qué te gusta tanto estar sola?

–Pues... –se quedó pensativa unos segundos, mientras perdía su mirada en el


techo. –A veces uno se cansa de sentirse solo en presencia de otros y prefiere
entonces estar de verdad solo. Por lo menos así uno es más libre.

–¿Libre? ¡Ja! –los ojos de Humberto se iluminaron con sarcasmo. –No entiendo a
lo que te refieres.

–Verás: cuando uno es diferente, no siempre es aceptado. La verdad es que todos


somos bien diferentes, pero muchos tienen miedo de serlo y por eso hacen como
que no lo son.

Humberto se quedó callado, mirándola, con la taza de café suspendida, sin dejarla
en la mesa y sin darle el sorbo.

–Mmm... –dudó. –...tienes razón. Nunca lo había visto así.

A Karen se le iluminó el rostro con una cierta alegría. –Eso es porque la gente se
acostumbra a no ser ella misma jamás –dijo.

Los dos sorbieron un poco del café caliente en sus tazas, cuya negrura
contrastaba con la blanca piel de ambos.

–Pero sígueme diciendo, ¿a qué te refieres cuando dices eso de “libre”?

–Bueno, sólo hay dos caminos: ser uno mismo o no serlo. Hay mucha gente que
elige lo primero; yo lo elijo, pero no es lo mismo sentirte a gusto siendo tú a seguir
siendo tú porque no tienes de otra. Te juzgan mucho... y a veces terminan por
aplastarte de tal manera que acabas deseando jamás volver a ser tú.

–¡Eso es terrible!

–Lo es. ¿Quieres otra taza de café?

Humberto tenía ganas de seguir preguntando; la curiosidad que le inundaba ahora


era más grande que cuando empezó la entrevista, pero supo que ya no era un
buen momento. El momento de confesiones había terminado y tendría que
esperar –¿cuánto?– para volver a conseguir un rato como ése. Lo bueno es que a
él no le importaba mucho el tiempo. Él esperaría.
Tener a medias

Por fin encontraron el momento de calma adecuado para escabullirse de la


manada y obtener un poco de espacio personal, juntos. Amanda corrió a
aplastarse contra la cama, que dio dos rebotes, y luego Adán le siguió, con su
típico andar despacio y pavoneado, y se sentó silenciosamente en posición de loto
justo enfrente de ella. Ella se quedó mirándole un rato.

–¿Adán?

–¿Qué pasó?

–¿Cómo es que no nos hemos cansado el uno del otro?

–Pues no lo sé. Uno no se puede cansar de algo que nunca ha tenido, pero que se
tiene a veces.

–Tener y no tener... eso no se puede.

–Sí se puede y se puede muy bien. ¿Cómo crees que funciona lo nuestro?

–Pero nosotros nos tenemos. Bueno no, no nos tenemos porque nadie es de
nadie. Apenas y uno se pertenece a sí mismo. Bueno, tal vez nos tenemos un
poco. Nos tenemos a medias.

–Tener a medias es lo mismo que tener y no tener.

–Tienes razón...

Hubo un pequeño silencio; en los segundos en que Amanda se quedó pensativa,


continuando la reflexión interna mientras perdía su mirada penetrante en las
paredes blancas, Adán la tomó por sorpresa y entonces con ambas manos, como
se carga a un cachorrito, la acercó hacia él de la cintura y subió la mano derecha
hasta el cuello de ella, mientras la otra se quedó sujetando su espalda. Se
fundieron un poquito en un beso que no duró demasiado. Ella se alejó a los pocos
segundos, aunque hubiera querido quedarse más tiempo.

–¡¿Estás loco?! ¡Nos pueden descubrir!

Entonces Adán agachó la mirada pícara con una sonrisa igualita y el silencio de él
tampoco duró demasiado. –Me encanta no tenerte... –dijo y se levantó de la cama
en donde habían estado platicando los últimos minutos y salió del cuarto.
Mentiras piadosas

Yo siempre había dejado las mentiras para la gente ridículamente falsa, pero
debido a mi actual situación, decidí dejar atrás mi mal prejuicio hacia ellas y hacer
la prueba con una. Que luego fueron dos. Que luego fueron tres. Debido a esta
situación, tan insolentemente absurda hacia el amor, he llegado a creer que tal vez
suceden estas cosas por parte del destino, que quería comprobar las mentiras
piadosas y mostrarme la bondad de las no-verdades, y sucede que para toda mi
suerte –o mi malsuerte–, la situación está así: he mentido, sí, pero porque tenía
que hacerlo; no me quedaba de otra... era eso, o... o no atrevernos jamás a
hacerlo. Ni él ni yo. Claro que para él fue mucho más fácil, puesto que él ya tenía
experiencia en las mentiras (piadosas y no piadosas) y yo... si bien no era
exactamente una iniciada, era una “cliente poco frecuente”.

Así que así está el asunto, resumidamente, tuvimos que mentir para poder salir
juntos ¡Curioso que es, que la primera vez que por fin salimos solos, tenga que ser
a escondidas! Curioso, muy curioso... o absurdo, como algún otro yo le llamaría.
Tuvimos que recurrir del todo a la mentira, lo planeamos todo... hasta el detalle
más pequeño. Si no fuimos nosotros los que lo planeamos, pareció haberse
planeado solo, tal vez gracias a esa sincronía tan peculiar que daba la pinta de
presentarse sólo ante nosotros. O eso queríamos creer, tal vez para añadirle un
poco de romanticismo.

Nos vimos en un lugar que podría parecer cualquiera, pero que fue
cuidadosamente escogido, y después de eso, no supimos ni a dónde queríamos ir.
Eso creo que no importaba demasiado. Yo por lo menos sólo quería estar con él y
ya. No más que eso. Entre la gente sondeábamos el peligro, o más bien, lo
sondeaba yo. A él parecía no importarle mucho, y lo entendía; a nadie le interesa
lo que vea o piense la gente de un lugar en el que ya no vivirás… o quizá haya a
quienes sí, pero ésa no es nuestra historia. Nuestra historia es... la nuestra. Y
punto. Era complicada, sí; problemática, bizarra, loca, imposible, impasible,
prohibida, tentadora, “inmoral”... pero al fin era la nuestra y eso es lo que ha
importado desde siempre.

Creo que no checamos la hora en un buen rato, yo que soy adicta a mirar el reloj;
confiaba en que el día nos avisaría del tiempo o nos echaría un grito si había
peligro. En fin de estas cosas... nos besamos. Platicamos de cosas de las que no
habíamos platicado nunca y caminamos. Nos besamos. Seguimos caminando
quién sabe por dónde, pero eso no importaba, porque el lugar era lo de menos.
Nos volvimos a besar. Decidimos subir al coche y echamos a andar otra vez hacia
quién sabe dónde. Nos perdimos. Nos reímos. Platicamos. Nos desesperamos.
Nos detuvimos en una esquina de una calle cualquiera y nos volvimos a besar;
cualquiera pudo habernos visto, pero con los minutos, fue dejando de tener la
importancia que tenía al principio. Después de mucho andar perdiendo gasolina y
tiempo, al fin logramos encontrar un buen espacio, como si lo hubiera puesto el
destino bondadoso y aparcamos ahí. Yo quería bajar, pero nos quedamos ahí en
el carro y no hablamos por un buen rato. Él parecía relajado y yo... la verdad es
que también lo estaba; ya habían pasado los besos suficientes como para
empezar a tomar más a la ligera mis paranoias.

–¿Crees que nos gustemos tanto porque lo nuestro es prohibido?

Cuando me hizo esa pregunta, inmediatamente algo en mi mente me susurró,


como queriéndoselo susurrar a él “yo también me pregunto eso...”. Y era verdad,
que esa pregunta me había acosado antes, y no hacía poco de la primera vez. A
consecuencia de mi silencio, repitió la pregunta, con palabras distintas y dando
unos cuantos argumentos.

–La verdad es que no lo sé –le respondí. –A lo mejor y sí...

–Sí...

Nuestros ojos dejaron de hacer contacto mutuo y cada quien se aisló en su mente,
hacia lados opuestos. Luego volvimos la mirada, pareciera, ya cuando tuvimos
una idea en claro.

–No creo –dijo. –No creo que sea sólo por eso, no pueden ser tantos años y que
sea sólo eso ¿O tú qué crees?

–Creo... que tampoco. Digo, sé que influye pero... igual y hay muchas otras cosas
prohibidas en las que he fijado la vista, pero nunca insisto demasiado, pierdo el
interés rápido, no me..

. –Llaman –dijimos a coro.

–Sí... ¿tú no te aburres de mí, aunque no sea precisamente como las mujeres a
las que estás acostumbrado?

–No. De hecho creo que es eso lo que hace que me gustes, o no sé. Una de las
cosas. ¿Y tú por qué no te aburres de mí, si dices que te aburres tanto?
–No lo sé... de hecho, si te confieso... me aburro también de los besos. No soporto
dar más de cinco; a los seis ya son demasiados y no los deseo más... en cambio
los tuyos no.

–¿Por qué los míos no?

–Tampoco lo sé... –dije con una risita, como bufido. –Sólo sé que es así. A mí no
me gusta besar a nadie, pero a ti sí me gusta besarte, no sé por qué. Es así y ya.

–Ah...

Sus ojos ámbar se volvieron a perder en el fondo del tapete del asiento de
conductor. Sentí deseos de matar el silencito que se había hecho, pero me dije
que no era bueno ni necesario hacerlo en ese momento.

–O sea que, diciéndolo de otra forma, ¿me estás diciendo que soy como... uno
entre varios?

–Sí...uno entre más que varios. La verdad hasta podría considerar tomarte en
serio. Y eso no lo hago muy seguido; espero que te tomes lo que te estoy diciendo
con el peso que tiene.

–Qué curioso... –dijo entre risas, con la vista en el techo.

–¿Qué?

–Eso es lo más bonito que me has dicho –se giró hacia mí y nos dimos un beso
lento.

–Eres una seca de lo peor, fea. Pero así te quiero.

–Y yo a ti...

Estábamos a punto de darnos el enésimo beso, cuando en ese momento, sonó su


celular. Me hizo seña de quedarme callada y lo puso en altavoz.

–¿Ya compraste tu boleto? Acuérdate de que tienes que llegar hoy.

–Sí, ya está.

–¿Dónde estás ahorita, ya estás en el aeropuerto?

–No, yo...

–Pues deberías, ya entras mañana y es tu primer día ¿Qué hora tiene tu boleto?
–Las cinco y media.

–¡Ya apúrate, ya son las cuatro! ¿Dónde estás? ¡Si no llegas hoy a apartar, te
quedas sin cuarto y a ver en dónde duermes!

–No te preocupes, estoy en el camión. Ya voy para allá. Adiós.

Colgaron. Se nos había olvidado un rato que tenía que irse. Yo sabía que todavía
ni siquiera había comprado el boleto, y que él se iría cuando también yo me
tuviera que ir, ese mismo día. Y también sabía que no estaba en un camión,
camino al aeropuerto, a punto de irse, sino que estaba conmigo, a punto de
quedarse... no aquí, claro, pero en un lugar inmaterial al que algunos cursis y
románticos llaman corazón, aunque me gusta más “alma”, como le dicen los
idealistas, pero prefiero llamarle “mente”, suena más seco. Siempre me gustó
ponerme ese saco –sequedad, frivolidad–, porque sé que en realidad soy lo
contrario. Nos echamos una mirada cómplice de no sé qué, y ya sabíamos que era
momento de despedirnos. Nos despedimos con un beso seco, creo porque
acostumbrábamos ambos a hacer las despedidas lo más frías posibles, para que
no se sintieran tanto.

–Adiós.

–Adiós...

Y entonces agarró su equipaje, salió del carro y empezó a caminar. Lo miré


alejarse por el retrovisor, pero no quise hacer nostálgico el momento, así que
segundos después, prendí el motor para arrancarme, pero sus ojos atravesando la
ventana me hicieron no arrancar. Lo volteé a ver. “Te amo” dibujaron sus labios.
Yo me quedé mirándolo, y entonces se fue. Metros más adelante, ya regresando
yo sola, también sonó mi celular.

–Hola, ¿sí nos vamos a ver hoy?

–Sí.

–Vale, ¿a las 5?

–Sí.

–Ya. ¿En dónde estás ahorita? No te escuchas en tu casa.

–En ninguna parte, voy para allá. Nos vemos a las cinco.

–Sí, corre.
–Sale.

Arrojé el celular ya mudo al portavasos del lado del conductor y seguí manejando.
Cuando llegué a mi casa, sentí que acababa de tener, hasta ese momento, el
mejor día del año. Y ahora, para ser sincera, debo confesar que no fue tan difícil
mentir. Creo que después de todo, a veces son buenas las mentiras piadosas.
La nota

Eran más bien las tres y cuarto. La luz de un tono rojizo le daba un matiz pasional.
Era aquel lugar un mal hechizo de amor, una muestra del delicado placer
únicamente sensorial; en él se encontraba el encanto momentáneo de un amor
barato, de eso que erróneamente se dice amor.

Cada quien se sentaba tranquilo; cada mesa era un mundo aislado. La música en
los oídos de todos y el ligero tabaco afrutado flotaba, haciendo denso el aire de
tan despreocupado ambiente. Yo lo miré; sabía que me había estado observando
desde hacía ya un buen rato. La bola blanca del billar cayó en un agujero y él dejó
a un lado el taco. Sentí venir sus pasos. Me aterré por un segundo aunque sin
demostrarlo. Volteé para mirarlo y me percaté de su divina presencia al lado mío;
sus ojos, de un oscuro y perfecto almendrado, se clavaron en los míos. Las
palabras salieron sobrando, la carta de presentación fueron los labios, que
ansiosos me comunicaban los pensamientos de ambos: no son los amantes
pecaminosos ni la infidelidad un error atroz; éstos son sólo muestras de lo
insatisfecho que puede dejar el compromiso forzado, lo que causa la falsedad de
una sonrisa. Es la gran prueba de que el tiempo todo desgasta y de que el amor
aparentado no funciona. La lujuria es la cicatriz del corazón que amó en vano.

En el ambiente se esparció el exquisito sabor de los labios que se rozan sin


quererse, sin existir un sentimiento profundo, el dulce veneno del actuar por
impulso, el deseo calmado por suaves dedos acariciando como seda lo olvidado...
“¡Qué sencillo es olvidar!”, me dijo al fin, y yo le respondí con un “qué sencillo es
mentir...” Sus incitantes ojos se volvieron a posar en mis pupilas, y por un
momento, los vi perderse. “Lo sencillo es olvidar sentimientos ajenos, pero qué
difícil es desprenderse de los propios”.

Después de oír mis palabras se quedó pensativo un momento. Era el noble


caballero del Amor quien impedía ignorar lo que la moralidad dictaba. Sus labios,
indecorosos, volvieron a acercarse. Con un sutil gesto de frialdad posé
inconscientemente el dedo en su boca. Él retiró enseguida la cabeza y, en ese
momento, la lujuria pasó de largo; todo había acabado, y de nuevo era la
profundidad del sentimiento quien había ganado. No bastaba cumplir deseos para
satisfacer al cuerpo, pues el alma sabe que sólo es momentáneo el olvido de
quien se ama; es el amor como un anzuelo que se clava, y el mío bien clavado se
quedó en ti...
De nuevo fuiste tú el que me impidió cometer mis fechorías. ¡Que empeño pones,
inconsciente, para no salir de mi cabeza...! Me tumbé en uno de los sillones y me
percaté de los segundos. Sus ojos almendrados volvieron a mi pensamiento pero
él también se había ido. Ya solamente quedaban unas copas, botellas vacías y el
cantinero. Quedaba yo, los objetos y el amargo recuerdo de lo perdido...
Brillo por él

Era un día cualquiera cuando, esa mañana, Pablo decidió subirse a un camión al
azar y dejar que lo llevara a algún lugar, el que fuese. Los últimos meses algo
había estado carcomiendo su conciencia: la chica a la que amaba se había ido de
la ciudad y él nunca le dijo lo que sentía por ella. Pensó que tal vez perder por
unos momentos su sentido espacial le haría encontrar un rumbo ya sin ella y
deshacerse por fin del remordimiento que le había dejado su silencio. Se subió
entonces al primer camión que pasó cerca, dio un billete de veinte pesos y dijo “a
donde sea”.

Estuvo pensando por un buen rato, hasta que finalmente, se quedó dormido.
Cuando despertó, el camión estaba pasando por unas calles encharcadas y llenas
de baches, con comercios a ambos lados que lucían ciertamente descuidados,
como fantasmales. Sus pies le dictaron que bajara ahí y él les obedeció. Cuando
se bajó, dio las gracias al chofer y bajó de un saltito, empapándose los lustrados
zapatos de piel negra que llevaba puestos, y con las manos en los bolsillos,
comenzó a caminar. De pronto, algo le hizo voltear: al otro lado de la acera,
estaba Amalia, el amor de su vida, con un paraguas rojo cubriéndola de la lluvia
que ya había dejado de caer seguramente desde hacía un rato. Entonces Pablo
corrió hacia ella y al saludarla, ella sonrió radiantemente. Empezaron a hablar de
sus respectivas vidas en los últimos meses, medio extasiados, medio incrédulos
por el poco convencional encuentro.

Después de una larga conversación, Pablo supo que era el momento de decirle, o
eso fue lo que decidió; era ahora o nunca, en esos momentos, que la había vuelto
a encontrar después de tanto tiempo, o ya jamás. Él ya lo tenía decidido, se lo
esperaba como de cuento, pero antes de hacerlo, le echó un vistazo a sus ojos,
que brillaban como las estrellas que logran escapar del smog, y estuvo seguro de
que el brillo era una buena señal, y que debía hacer sus confesiones tardías. Le
pareció que todo se alineaba con sus deseos: ese brillo, su risa intacta, la sonrisa
espléndida, su reencuentro más allá de las simples coincidencias... pensó como si
apenas hubiera pasado el tiempo. Su curiosidad, un poco vanidosa, le hizo
preguntar primero sobre la luz de sus ojos.

–¿Sabes? Hoy te ves más radiante que nunca. Aunque suene a cliché, lo digo en
serio; tus ojos están brillando ahora como si fueran foquitos de Navidad.

–¿Tú crees? –preguntó ella, entre risitas coquetas.


–Sí que lo creo, pero dime, ¿por qué ese brillo en tus ojos? –insistió, con una
media sonrisa escapándosele de la emoción secreta.

Ella sonrió y miró al cielo estrellado, lo que hizo que sus ojos se iluminaran aún
más, luego bajó la mirada hacia su dedo anular: había un anillo. Entonces dio un
suspiro, volvió la vista hacia Pablo y le clavó esos ojos que lo marcaron para
siempre; fueron tres palabras más fulminantes de su vida: “Brillo por él”.
Ilusiones

Ya llevaba varios meses, casi un año, sin hablar con él como lo hacíamos, sin
tener una de esas pláticas, sin intercambiar una de esas sonrisas cautelosas que,
acompañadas de cierta mirada, queriendo ser discretas, revelaban más que
cualquier otra palabra... pero, ¿qué más da? ...que pase un año, que pasen veinte,
que pasen los que sean; lo que yo sentía por él era algo único e inexplicable, de
esas cosas a las que aplica la de "el corazón tiene razones que la razón
desconoce"; ¡qué razón tenía Pascal! Y es que el amor es tan sublime... que
muchas veces no lo entendemos y por no entenderlo, lo hacemos menos, como si
nosotros fuésemos todopoderosos, lo suficientemente grandes para juzgar algo
como el corazón por bueno, malo, razonable o estúpido. A fin de cuentas, ¿quién
es razonable y quién está loco? Todos somos –o eso creo– un poco de los dos. Y
es que... ¿qué sería de los artistas sin su Beatrice, sin sus múltiples musas? ¿Qué
sería de mi habilidad con la pluma sin él...? Claro que nada sería, o no sería lo que
ahora es. Después de todo, yo le debía a él la vida, pero también mi muerte y mi
locura, el encierro en esta maldita celda de paredes lisas y blancas, conviviendo
con dementes por la fuerza y tomando pastillas que no necesito, porque nada
serviría, de cualquier manera, para olvidarlo. Un doctor se me acercó y puso su
mano sobre mi hombro con dulzura.

–¿Qué es de ti ahora? –me preguntó, con una sonrisa.

En ese momento, su rostro me llegó a la mente y todos mis infiernos comenzaron


a desmoronarse. Lentamente mi imaginación se convertía en mi paraíso y los
recuerdos votaban a mi favor. Pude sentir sus labios suaves sobre los míos,
presionando con cautela el sueño de un amor irrealizable. Me tomó ambas manos
y comenzó la fusión. Ya no éramos dos almas, éramos una, y la naturaleza y el
todo se esparcía entre nosotros. La distancia entre realidad y fantasía ya no
existía, el tiempo se detuvo. Lo miré directo a los ojos y me vi a mí; su reflejo era
el mío y yo era su reflejo, y todo era final y comienzo. Sus labios se despegaron
lentamente y nos quedamos mirando. Cerré los ojos.

–¿Eh? ¿Qué es de ti? –repitió el doctor.

–Lo mejor de mi vida... –respondí sin más. –...lo mejor de mi vida...


Un pequeño relato de zombies, después de los zombies

Ya tenía casi tres años de que había llegado a su fin ese "terrible" holocausto que
devastó a la raza humana hasta reducirla a un porcentaje insignificante del
número tan enorme que una vez habitó el planeta. Poco a poco se reunieron los
sobrevivientes, se encontraron unos a otros, como por radar, como por instinto,
como por una fuerza de voluntad increíble para sobrevivir; se acoplaron
perfectamente algunos, y a otros los desplazaron –no es raro en la raza humana,
que aún en los peores momentos, hagan todo lo posible para que sean aún
peores– así que al final –hasta ahora– y como haya sido –la supervivencia del
más apto– aquí están de nuevo: los pequeños seres humanos, tratando de volver
a hacer suyo este mundo, o queriéndose hacer sentir como que lo es.

Ahora los niños empiezan a salir de nuevo a las calles y ya se escuchan también
sus risitas tiernas o el canto de las aves; incluso algunos chismes entre los pocos
habitantes que se dejaron para este nuevo mundo. También hay ya algunos
artistas y hay arquitectos, y hay vendedores, por supuesto; la vida en el pequeño
pueblo comienza a asemejarse a la cotidianidad de aquellos días en que,
precisamente, el mundo era nuestro –porque lo fue. La buena noticia es que ahora
ya no lo es tanto...
Fútil

Silencio. Las ramas de mi alma van creciendo hacia ningún sitio, sin ningún
rumbo. Paso a paso, mi corazón se estrecha; te llamo, inconstante, pero sé que no
vendrás...

Eras mi vida. Mi punto de fusión, mi soledad, mi mundo eras tú. Tú eras quien me
atenía a mí mismo; ahora ya no. Ahora no existo más... Doy tres pasos. Tres,
cuatro. Al quinto, retrocedo. Busco mi rostro en todas partes, pero cada vez que
me veo al espejo, sigo ausente. Los días me carcomen por dentro y ceso de
existir, poco a poco, en la miseria de un “no estar” y un “estar solo”. La única vida
que tenía, te la llevaste –vida mía– ¡NO EXISTO! Tú me encontraste oscuro como
sombra, sin voz ni alma. Yo era un recipiente vacío, buscando llenarse con vino,
con agua de templos... Después de que te encontré, te vertí en mí con la
esperanza de un niño y te creí mi todo, pero no fuiste. No te preocupes, mi vida;
yo tampoco soy nada. Mi madre me lo dijo alguna vez: uno viene vacío a esta
vida, ¡esta vida no tiene ningún sentido y no vale de nada tratar de encontrárselo!
Ahora soy un adulto... y no puedo cambiar lo que soy. No quiero hacerlo; me gusta
el gris aunque me destruya.

A veces, me doy cuenta de lo mucho que me hizo falta alguien que me supiera...
Recuerdo haberte pedido a las estrellas... Te me trajeron; tú te fuiste por cuenta
propia. Todavía vienen a mi mente esos borrones que te dibujaban y te crearon
perfecta; fueron esos únicos trazos en que mi vida fue mía. ¿Y qué digo ahora?
¿Qué es mío, sino este vacío? Recuerdo, al tiempo, que cada alegría se torna
hiriente: las heridas del recuerdo se llaman nostalgia. Se llaman tú. ¿Y qué digo
ahora, qué puedo? Morir... Morir en un instante en que mi vida se palpa, como la
arena que soy, insaciable, inasequible, inmutable. Siempre arena, de sal y de
nada. Lo único que me queda son estas paredes que me atrapan. Y mi gato, que
no es mío, sino del viento. Mientras se desmorona mi poco rastro, te siento. Y te
siento mía, como aquellos días en que me supe de mí mismo.

Tú y yo éramos imparables, como la estrella que soy, exentos de todo tiempo, de


toda ayuda... Nunca nos faltó el orgullo, y por eso morimos. Vida mía, somos una
estrella, un astro aún, ex de luz, ex de vida, ahora inmenso agujero negro. Y las
horas apestan a muerte. Vida mía, yo creí que te quería... Tanto tiempo ha
pasado, que me acabo también yo. Sé que éste es el final.

...y sigue sin haber (nada).


Chimicuil

Te conocí. Estábamos los dos en medio de no sé dónde, al borde de un abismo en


el que ya tenía un pie apuntando al fondo. Nos miramos; tú también ibas a saltar,
pero nos congeló el instante. Sin pensarlo, como por reflejo, nos aferramos el uno
al otro, nos tomamos de la mano y decidimos bajar juntos, y en tus brazos los días
fueron tan cortos y nuestros sueños tan largos...

Vivimos juntos en esos campos por tanto, tanto tiempo, que en uno de esos
tiempos, nuestras manos se volvieron frías y ya no se tocaban. Pasó más tiempo y
nos quedamos sin palabras, ya ni siquiera me mirabas. Tus ojos se sentían
imprecisos sobre mi cara, inconstantes, y tus pasos eran tan dispersos...

Poco a poco dejamos de vivir en un hogar, aunque todos seguían viéndonos


iguales; éramos juguetes de los otros y de nosotros mismos, éramos productos de
consumo. Éramos la pareja perfecta, que vivía su más grande sueño y que tenía
un hogar. Tú y yo sabíamos que no era cierto; ese lugar ya no era una casa, era
una bolsa de plástico en la que el tiempo y la rutina nos fueron encerrando –y sin
darnos cuenta. Competíamos por el poco aire, como gusanos envasados,
aplastándose el uno al otro por espacio personal, cuerpo a cuerpo pero sin
ternura, entre multitudes de rumores, y de distancias, y de nosotros.

Yo quería que terminara, que se acabara de una vez el aire de la bolsa, porque ya
era insoportable el equilibrio entre vivir y no hacerlo. Y los días ya no eran cortos,
eran inmensos y las ilusiones estaban rotas y las promesas eran falsas, y las
palabras ya no servían. Estábamos desconcertados, ahogados en nuestros
propios monstruos, muriendo de asfixia muy lentamente como quien muere
envenenado con el tiempo.

Cada vez faltaba más oxígeno en la bolsa. Ya no soportaba tus roces, ni tú los
míos. Queríamos ambos acabar con todo, que muriera ya, pero siempre llegaba
un respiro profundo de alguna parte que nos dejaba suficiente para mantenernos
vivos, pero aún sin poder vivir, a traguitos de luz, sorbitos de aire... hasta que un
día la bolsa se abrió de pronto y caímos de golpe.

Estábamos ahora en las brasas. De súbito, sin saber cómo, ahí estábamos los dos
consumiéndonos y quedándonos ciegos, sin edad, sin tiempo, sin olfato. Y sin
tacto, pero tocándonos, fundiéndonos en una lenta caricia. Otra vez nos
amábamos y era algo mutuo; otra vez ese brillo en tus ojos y tus manos inquietas
y tibias, tus labios locos...

Todo pasó rápido y lo vivimos todo en unos segundos tan sólo, para luego
quedarnos tiesos, inertes, sin aliento. Los años de asfixia en la bolsa se habían
terminado; ahora había sido tiempo de sartén y también se estaba terminando.
Empezamos a dispersarnos, a disipar otra vez la llama y nos dimos un último
beso, y aún en el fuego, se empezó a apagar todo lentamente, completa y
sutilmente todo, hasta que, ya casi muertos, el destino o la suerte nos preparó con
sal y salsa y decidió tragarnos de un bocado. Y ahí acabó; en una mordida
desapareció nuestro poco o nuestro mucho. Ya no quedaba nada. Ya no la bolsa,
ya no el aceite, ya no nosotros; sólo la llama, el sartén y la nada...
Mateo se mató

...y de pronto, todo cambió. Su mirada alrededor se tornó borrosa, mientras


apenas sus pupilas, como abismos, se clavaban en sus manos mojadas. ¿Quién
era él? ¿Desde cuándo había dejado de ser quien era? ¿Era... él?

El chorro de agua continuaba empapando sus manos. ¿Cuánto tiempo tenía de


que no escribía? Ni él mismo sabía hacía cuánto no se había visto reflejado en
algún pobre edificio, y reconocídose. Tampoco sabía hacía cuánto no se sentía
humano, hacía cuánto no sentía calor, no saboreaba una fresa, no palpaba otra
mano... ¡pobre Mateo! Siempre creyéndose la gran cosa, ostentando su pose de
insuperable, de intocable, de intangible. Él, que se creía fotón en la vida de
muchos, acababa de verse las manos y darse cuenta de que, en realidad, él no
había alumbrado a nadie. Tal vez –pensó para sí– incluso los colores que tiñen la
piel que muestro ni siquiera sean los míos. Tal vez... yo no soy quien soy.

Los pensamientos, sin autenticidad alguna, se agolparon dentro de su cabeza. Él


había crecido con la idea de ser distinto –¿qué es distinto?– Él se había creído
las historias que nadie más, que sólo él. Había crecido con el pensamiento de que
el mundo era suyo y que podía manejarlo a su antojo, cambiar lo que fuera, a
quien fuera... y de repente, él. ¿Él?

Cerró la llave del agua. El agua dejó de escurrir. Se secó las manos sin mirar la
toalla ni las manos y, con un largo, cansado y quedo suspiro –del que
seguramente no se dio cuenta– avanzó con paso lento hacia su cuarto y se tumbó,
perdido en sí, sobre su cama maciza.

Su rostro casi inanimado no alcanzaba a expresar su verdadero letargo; su


pasividad era inexorable, inamovible. Él creía que era él, pero de pronto supo que
no era así... ¿Y qué cara pondrías tú si te supieras no-tú? ¡Pobre Mateo! Quería
recordar, quería gritar y pedir ayuda, rogarle a alguien que le aclarara las cosas,
que le dijera que no era cierto nada de lo que tenía en la cabeza.

-Señor, ¡¿soy yo?! –se imaginaba a sí mismo corriendo, entre las calles mojadas,
buscando una respuesta en gente sin rostro. –Señora, por favor, ¡dígame que soy
yo! ¡¡¡Míreme bien y dígamelo!!!

Mateo intentó llamarte, pero nunca quisiste responder. O no pudiste. Le llamó


también a Mirelle, a Francisco, a su madre... pero ninguno contestó. Desesperado,
sin poder salir de su casa, con la locura por cerrojo, se levantó de la cama y
empezó a dar vueltas por todo el lugar. -¿Quién soy, quién soy? ¿Por qué ya no
me encuentro?- Quería pensar con claridad, pero no podía; la impresión había
sido suficiente. -Yo creía que yo te hacía a ti, ¡yo creía que tú eras por mí! ¡¡¡Yo no
puedo ser por ti, no puedo ser de nadie!!!- Con lágrimas agrias y turbias, corría de
un lado a otro; sus manos, como poseídas, se movían en ángulos rectos, con los
dedos tensos como agujas. Un hombre había llegado al culmen de su egolatría y
se había derrumbado su torre. Todo lo que encontró fue soledad. El pobre, en un
rincón, se apresuró contra el piso y empezó a buscar su imagen en el espejo que
había tomado, hacía unos segundos, del baño. Él sollozaba y sollozaba. El llanto
le deformaba el rostro y, el miedo, más. Sus manos arañaron el espejo, él se
buscaba... No se encontró. Lo único que estaba en el espejo era el techo reflejado,
con sus manchas de moho y sus yagas de humedad.

Mateo, al no encontrarse, se quitó la vida en un arranque, con un objeto que nadie


reconoció. Después de muerto, ¿se habrá encontrado? Mateo te llamó a ti...
Seguramente tú lo habrías calmado y le habrías dicho “¡Calma, Mateo! Sí, sí eres
tú.”
El atrapasueños

(...)

–¿Y tú quién eres? –le preguntó Facundo, el cazador de sueños, a aquel tipo de
vestir tan peculiar y pinta andariega, vagabunda, trovadora igual que la guitarra
que llevaba puesta sobre la espalda, como flechas de cacería.

–Yo soy un liberasueños –respondió, sin voltear a verlo más de dos segundos.

Sacó de no sé dónde, como de su guitarra, una flecha de madera tallada con


preciosísimas figuras garigoleadas, sencillas, pero extraordinariamente bellas; la
colocó en su arco, que de pronto apareció en su mano como si ese hubiese sido
su lugar siempre y disparó con tino a algún lugar entre las ramas.

–¿Un liberasueños? –preguntó Facundo, con el ceño fruncido, ése que se pone
cuando se tiene poca credulidad ante algo.

–Sí. Un liberasueños, como yo, se encarga de liberar, bueno, pues... los sueños.
De hecho, cada vez se necesita más gente para este trabajo; es muy difícil: los
cazadores se volvieron tan hábiles en su trabajo que a veces ya ni siquiera se dan
cuenta de que han atrapado más sueños. A veces atrapan más de los que
necesitan, a veces los equivocados, o a menudo, las dos cosas al mismo tiempo.

–Yo soy un cazasueños –respondió Facundo, elevando un poco el tono de voz,


medio soberbio, medio tajante. –El trabajo que se necesita es el mío; no el tuyo. Ni
siquiera sé qué es eso de liberasueños; es más, ¡ni siquiera creo que exista!
¡¿Quién en su sano juicio va a querer liberar sueños?! ¡Sólo un loco! ¡Todos
quieren sueños! Son como... ¡gallinas! Todos quieren gallinas para tener huevos –
concluyó aceleradamente.

–Por cada atrapasueños, o cazadores, hay un liberador, o así debería ser.


Siempre hemos existido, lo que pasa es que nos ocultamos; somos discretos
porque la gente no comprende nuestra profesión y no nos quiere ni ver: piensan
que les robamos. En realidad les hacemos un favor, les aliviamos la carga, ¡esos
sueños pesan mucho! ...y como ya todo el mundo se volvió cazador de sueños, ¡y
muy bueno, por cierto!, bueno, pues... la gente tiende a echarse al hombro más
sueños de los que puede cargar.
Facundo soltó una carcajada creciente, que empezó con una risilla entre dientes y
terminó con la enorme boca abierta, como fauces de lobo. Lo que el liberador
decía le causaba muchísima gracia, tanto que le hizo doblarse de la risa. Lo
natural habría sido que el extraño se sintiera ofendido o apenado y se retirara del
lugar con naturalidad o exasperación. En vez de eso, se paró derecho como un
gendarme y se propuso hablar con toda la seriedad que su aspecto desaliñado le
quitaba.

–Tu gente ya no quiere los sueños para cultivarlos; los quiere para coleccionar.
Eso es lo que son, todos son cazadores, y se supone que tendrían que ser
también jardineros ¡…o lo que les tocara ser por su sueño para hacerlo crecer!
Pero no; en vez de eso, son coleccionistas. ¡Qué dilema, cazadores y
coleccionistas! ...sólo eso. No tengo inconveniente con los que coleccionan fotos,
o estampillas o pelusas, eso no es de mi incumbencia, pero coleccionar sueños es
como encarcelarlos, ¡es llevarlos directo a su muerte! Después de que los cazan,
los llevan a la repisa junto con todos los demás sueños y los dejan morir ahí, por
eso el mundo se está volviendo más gris; cada vez que un sueño muere, el mundo
pierde un poco de color. No por el sueño en sí, sino porque, cuando muere, deja
un vacío irreparable en el corazón de su jardinero fracasado, del soñador, ¿me
entiendes? Podrían liberar sus sueños, no todos claro, pero algunos... así podrían
ocuparse de unos cuantos y hacerse buenos jardineros de esos pocos. La gente
no entiende que sólo así podría crecer algo; prefieren tener por montones y
acumularlos, dejarlos podrir en la repisa de su casa, junto a los otros. Están viendo
que sus sueños se mueren y se niegan a liberarlos, ¡se niegan! Se pudren ellos y
sus sueños y no se dan cuenta, se mueren, ¡se apagan!... poco a poco, junto a
sus sueños, pero se siguen negando... Es increíble el afán de poseer que tiene el
ser humano.–concluyó y clavó sus ojos verdes en los ojos turquesa de él.

Facundo empezó a sentirse perplejo. Las palabras de aquel desconocido al que


odiaba por naturaleza tenían un sentido extraordinario y debía odiar que lo
tuvieran, pero no lo odiaba, no podía hacerlo.

–Pero... la gente necesita sueños– dijo tímidamente, como quien da la última


patada antes de ahogarse.

–También necesitan gallinas, ¡pero no tantas! ¿Sabes cuántas gallinas mueren al


año sin que nadie coma de su carne o los huevos que ponen?

–No –musitó Facundo, parpadeando más de lo normal, a la par que miraba al


suelo. –No lo sé.
–Por eso eres cazador de sueños. Bueno, es que yo también lo soy, todos lo
hemos sido y lo seguimos siendo, constantemente. Pero una vez cacé un sueño
en particular... el de liberarlos. Y bueno, resulté ser buen jardinero. ¿Tu sueño fue
esclavizar sueños?

–No.

–Pues eso es lo que haces. Los tuyos usan los sueños como adornos, sin
regarlos, sin alimentarlos, sin cuidar de ellos, hasta que finalmente ceden ante la
muerte y el olvido que conlleva. ¿Te parece lindo? A mí me parece horrible. Es tan
cómodo tratar de llenar vacíos con colecciones... sobre todo si se coleccionan
sueños. Se tragan su vida –la de los sueños- para obtener un respiro rápido, pero
están demasiado inmersos en su adicción por ellos, en su “vida”, que no se dan
cuenta de que podrían trabajar sólo en unos cuántos y obtener de ellos aire para
un buen rato, de cada uno, en vez de pasar la vida entera trabajando sin parar, en
instantes de interminables sueños rotos. No te imaginas la cantidad de ellos que
he visto esta semana en el desagüe...

Facundo se quedó en silencio. Quería decir algo, pero no se atrevía, o no se le


ocurría qué decir. Hacía diez minutos que estaba haciendo su trabajo con la
misma naturalidad de siempre y ahora se sentía como un delincuente, como una
escoria más para el pobre planeta. Un extraño vestido con andrajos y hojas verdes
atoradas en su cabello castaño enmarañado le acababa de quitar el sentido a su
vida. ¿Cómo era posible? ¿Sería posible que tuviera razón? ¿Y si la tenía...?

–Pues entonces, ¿qué hago? –preguntó por fin. – No puedo morir de hambre;
tengo que cazar sueños, ¡eso es lo que hago!

–Pues no tienes por qué dejarlo, sólo tienes que aprender también a liberarlos,
aunque eso te contradiga, o creas, al principio, que lo hace. No temas; uno sólo
existe contradiciéndose a sí mismo a cada rato, si no, no tendría sentido tu
existencia. Un extremo de la cuerda no puede existir sin el otro extremo: si no
estuvieran los dos, no habría cuerda.

–¿Qué quieres decir?

El extraño sonrió y clavó la mirada en el sueño, aún con una sonrisita en el rostro.
Tomó de su espalda otra flecha.

–Vuélvete también un liberasueños – dijo, y le aventó la flecha, que Facundo


cachó con precisión, sin quitarle la mirada al sujeto.
–Pero...

–Tu arco, lo forjas tú mismo. Te vendo un sueño; esta flecha es su semilla.


También soy un cazador de sueños y mi trabajo como tal es ése: vender semillas.
Convertirla en planta depende ya del soñador.

Al terminar de decirlo, se colgó de unas ramas cercanas con una agilidad de mono
y se perdió en el bosque hasta volverse como una sombra. O como un espíritu.
Facundo tomó la flecha entre sus dedos y comenzó a examinarla. Su dedo índice
recorría los grabados garigoleados, cuando se detuvo en un grabado diferente:
eran letras. Entrecerró los ojos para ver con más precisión. Eran tres letras y lo
que decían hizo que Facundo pelara los ojos y contuviera la respiración:

F.R.C.
No sólo eran sus iniciales las que estaban grabadas ahí; era su firma, su letra
inconfundiblemente escrita por él mismo y estaba en la flecha de un extraño que
no había conocido jamás. Entonces se dio cuenta: el extraño nunca fue un
extraño; era él mismo.
Había veces...
(Sección II: mole literario)
Mi lobo y yo
Apareció frente a mí de repente. Era un animal majestuoso, un lobo negro que me
miraba fijamente, y aunque mi parte instintiva decía a gritos que me alejara, no
hui, ni él huyó de mí. Nos quedamos mirando frente a frente unos minutos, directo
a los ojos. Era toda una actitud de desafío, pero en realidad ninguno de los dos
pretendía atacar al otro; sólo quería correr a su lado... y así fue.

No sé cuánto tiempo fue, la verdad es que perdí la cuenta, la cosa es que yo he


envejecido y él sigue corriendo junto conmigo. O yo junto con él. Con el paso de
los años, el lobo negro se empezó a hacer claro, pero estaba seguro de que no
era por la edad, porque el cambio era uniforme. Un día, regresando de un paseo
solitario, encontré a mi lobo negro, platinado, y desde entonces se ha ido
emblanqueciendo. Quién sabe hasta qué punto llegará su deslave. Tal vez al final,
termine siendo blanco.

Caballos
En un viejo pastizal, pastaban dos caballos. Uno de ellos ya había sido domado; el
otro, seguía siendo fiero y desbocado. A veces no se entendían el uno al otro,
pero les gustaba estar juntos, aunque fueran diferentes. Cuando empezaban a
discutir, mutuamente se calmaban hasta que dejaban por la paz el pleito; los dos
se daban cuenta de que era inútil discutir: “Ni yo te voy a hacer cambiar de opinión
a ti ni tú a mí, entonces, ¿para qué peleamos?”, se decían y seguían pastando. En
el viejo pastizal, siempre pastaban los dos caballos, y a pesar de que eran
diferentes, ninguno de los dos era malo.
Voces
Había una vez una voz que no cantaba, una boca que no reía y unos labios que
no besaban. Y detrás de esto y de tantas otras carencias, existía un alma que
nunca se había atrevido a vivir.

Vinos y catadores
Hubo una vez un hombre que esperó toda su vida para probar el vino de una
botella y cuando por fin decidió abrirla, el vino ya se había convertido en vinagre.
También hubo después otro hombre que decidió beber de todas las copas que le
caían en las manos, de vinos de uvas baratas, vinos recién hechos, y aunque se
creía un experto por haber probado tantos, nunca supo realmente de vinos,
porque no probó nunca a lo que sabía uno bien añejado...

Barquito
Había una vez un barco chiquito que no podía navegar. Un día, el barquito se hizo
consciente de que nunca había intentado desanclarse de su puerto, así que se
desancló... y entonces el barquito navegó.

Inhumano
El terror se dibujó en sus ojos. Trató de huir, pero sólo halló una esquina. Aquella
criatura casi inhumana avanzaba tambaleante hacia él, con el rostro distorsionado
por la locura. –¡Dios! –gritó. Nada pasó –¡Dios, sálvame! –volvió a llamar. Pero
esa noche en que se esfumó, no acudió nadie...
El genio y el hombre que no sabía mirar
Una vez, en el desierto, hubo un hombre que, cansado, después de haber
tropezado mil veces en todos sus caminos, encontró una lámpara mágica, de la
que apareció un genio, al instante de desenterrarla de la arena.

–Por haberme encontrado y liberado, te concederé un deseo. Sólo uno, el que tú


quieras –dijo el genio. El hombre, sin dudarlo, respondió: “Deseo que a cualquier
lado que voltee, encuentre una maravilla.” El genio se empezó a reír. – ¿Ése es tu
deseo? –Sí –le contestó el hombre, indignado. Entonces, el genio soltó una última
risita. – ¡Hombre, ¿es que no ves?! Abre los ojos. –le dijo, y habiendo cumplido su
palabra, desapareció.

El Ser Humano y el Lejano Reino de Dé


Érase una vez un ser humano que vivía en el lejano reino de Dé, en donde sus
pasos no encajaban y sus ilusiones se desvanecían. Conforme fue creciendo,
decidió que sería mejor acoplarse y no llamar mucho la atención, y fue así como
Dé, con toda su gente, terminó por absorberlo casi por completo. Así siguió el ser
humano toda su vida hasta que un día, al verse ya viejo, su voz interior le habló
por conciencia y lo persuadió para convertirse en viajero; le propuso empezar a
ser profeta de sus ideales y vivir una última etapa siendo él mismo. Entonces el
viejo agarró sus cosas –unas cuantas– se despidió de sus vecinos y decidió
marchar por un sendero que le parecía ya desconocido. En el trayecto inevitable,
se fue despojando de las cosas que traía, poco a poco, hasta quedarse sin nada, y
a cada cual que pasara, contaba su historia y ya todos sabían quién había sido él
y cómo había recuperado su esencia. Así pasó el corto resto que quedaba de su
vida, acumulando todas las cosas bellas en un instante; el ser humano pudo llegar
entonces al final de su camino, después de haber resucitado a su niño y vivir, por
un último instante, siendo quien era: él mismo.
Historia de un sueño de incubadora

Incubé un sueño y me creció con alas rotas. Por mucho tiempo, lo mantuve vivo
apenas con raciones de esperanza y fe atadas a nada. Muchas veces mi sueño
me gritó, suplicante, desesperado por salir, pidiendo ayuda, pero cada vez que lo
hacía, yo le callaba de inmediato. Alguna vez me dijeron que no podía estar
siempre encerrado y que no podía mantenerlo así; alimentarlo de mera esperanza.
Me dijeron que era cruel, que si quería tener un sueño, tenía que sacarlo de mi
cabeza y dejar que muriera, sencillamente, cuando dejara de ser sólo un sueño.
Me dijeron que de nada servía tenerlo en incubadora por tanto tiempo, que algún
día lo tendría que dejar salir y que si no lo hacía pronto, iba a salir muerto. Un día,
decidí sacarlo. Lentamente vertí el líquido viscoso, apenas hecho sustancia, en el
suelo, y le abrí cancha a la vida. Mi sueño despertó de sí mismo, profundo e
inmutable, pero cuando le llamé “mi sueño”, no me reconoció. Me di cuenta de que
había nacido con las alas rotas y que repararlas costaría mucho trabajo. “Esto te
pasa por aferrada”, me dijo mi mente. “Esto te pasa por temer...”, siguió mi
corazón. Después de tanto tiempo en la incubadora, le quise tomar la mano a mi
sueño pero me soltó, y quise caminar con él pero él no se movió. Y ahora lo
entiendo: cuando se tiene un sueño, en el momento es cuando hay que vivirlo.
Domingo

Ya se apaga la tarde. Podría decir que he pasado todo el día esperando una
llamada tuya, pero la verdad es que no es así. Seré sincera e iré al grano: este
día, entero, he estado con otro hombre. Es alto, preciso, listo, delgado, con el
cabello rojo fuego y dos ojos verde musgo, así como tú sabes que me gustan.

Él sabe hacer un montón de cosas, cosas que tú no sabes hacer; por ejemplo, él
sabe tocar guitarra. Y tú no. Él sabe de cultura y arte todo lo que tú sabes de
deportes populares –y que tú sabes que me importan un carajo–, y lo comparte
conmigo, y yo le comparto lo poco o lo mucho que sé y eso me gusta: que no sé si
le sirva de algo, pero por lo menos me hace sentir como que cualquier cosa que
yo haga vale la pena; en cambio, tú siempre me haces sentir como que puedes
encontrar a cualquiera en una esquina y convertirla en yo, con toda la facilidad del
mundo. Contigo no me siento única; con él sí. A ti yo no te pienso único; a él sí.

Él sabe también de filosofía, que tú sabes que me encanta. Podemos pasarnos


horas y horas sacando hipótesis acerca de cualquier cosa, y podemos empezar a
divagar de la nada y perdernos en el tema o fuera de él, y reírnos un rato y
regresar al tema después. Entre él y tú, hay muchas diferencias. Él cree que soy
inteligente mientras tú sólo me llamas “loca”. Él cree en un destino que no afecta
el libre albedrío, tú crees... ¡ni siquiera sé en qué crees! Pero este no es el punto,
vamos; seré sincera. Debo confesarte que ésta no es la primera vez que lo veo.

Hemos estado saliendo mucho. Hemos ido al Zócalo, a museos, a parques, a


perdernos entre calles, a andar en bicicletas... cosas que yo siempre te he pedido
y que nunca has querido hacer. Él besa como si bebiese de mi boca el jugo de la
naranja más dulce, como si ese jugo fuese un elíxir, como si ese elíxir estuviera
bendito, ¡como si yo fuese esa naranja! Tú en cambio, no me desmientas... tú me
besas como besas a cualquier otra. Pero para no hacerte sentir mal, podría decirte
que sólo este día me la he pasado maravillosamente, que me la he pasado mal los
otros. Podría decir que te he extrañado y que no dejo de pensar en ti mientras
estoy con él, que la estela de vacío que dejas con tu ausencia se dispersa en el
aire y me sofoca. Podría escribir “sazonas mi vida”, pero tus besos no me saben a
nada y tú enterito, ni se diga. Sin embargo, hay una ventaja que tienes sobre él: tú
eres el que está leyendo esto. Tú sí existes aquí.
Cristo enfrascado

Hay un Cristo enfrascado en la repisa de mi cuarto. Lo digo en serio; ahí está.


Todos los días lo saco de su envase y lo coloco en mis manos suavemente para
quitarle el polvo que pudo habérsele acumulado en la noche, y entonces él se
regocija y me sonríe, con esa sonrisa suya infinita, y sé que el mundo irá bien. No
me pregunten por qué este Cristo eligió estar conmigo; la verdad es que no
imagino por qué me eligió a mí. Buda también me eligió, pero él está al lado de la
lámpara que casi nunca enciendo, así que no cuenta tanto; además, a él no le
gusta mucho que lo acaricie. En cambio, Cristo es diferente; él se coloca
plácidamente entre mis manos –que a comparación de su cuerpecito, le parecen
las de un gigante– y me pone su cabeza frente a las yemas de mis dedos para
que lo acicale, lo asee, lo perfume, y sepa que le sigue gustando que lo consienta.
Y cuando termina su sesión de atención especial a Cristo, sólo tira de mi dedo
índice para hacerme saber que ya puedo retirarme y que debo devolverlo a su
frasco. Entonces, cuando eso pasa, es exactamente eso lo que hago: dejarlo en
su frasco. Y después de habernos regalado mutuamente unos minutos de nuestro
tiempo, cada uno se queda en lo suyo: él en su frasco y yo en el mío.
Mosquitos

Parte I

Hay un mosquito viéndome desde la ventana. Sabe que lo observo, con el odio
tácito que se le tiene a esas bestias, y él huele mi desprecio a su zumbido; por eso
zumba. Yo le miro feo y el mosquito ríe entre dientes. Me reta. Llama a un amigo
para pegarse a la ventana y obligarme, como gato curioso, a abrirla. Pero no lo
haré, ¡ah, no! Si lo que quieren es convencerme para pasar la noche conmigo,
están mal. Eso no va a pasar. Ni aunque se pongan a observarme veinte de los
suyos, no abriré la ventana. Malditos. Ni aunque me canten un bolero...

Parte II

Ya pasaron tres horas –¡tres malditas horas!– y los cabrones no se han ido; siguen
ahí, como imbéciles, viéndome con sus ojos de bola. Están esperando a que les
abra. ¡No les voy a abrir, bastardos; conozco sus intenciones! ¡¿Quieren que
traiga el raid, es eso?! ¡Vengan, ándenle! ¡Déjense venir! Les abro la ventana y
que empiece el holocausto, a ver si siguen tan contentos. ¡Ah, veo que ya no les
gustó, ¿eh?! Bien. Pues se quedan ahí afuera. Yo ya voy a dormir.

Parte III

Amanecí con ellos en mi cama. Eran cientos, ¡cientos de ellos!, y todos estaban
bien acomodaditos. Un zancudo que estaba al lado mío quitó sus patas de detrás
de su cabeza y las pasó por mi hombro. –Gracias por la noche, nena –dijo el muy
cínico, y echó a volar justo cuando iba por la chancla.

Abrí la ventana con más brusquedad que Hulk en su primera transformación y


agité mis brazos para ahuyentarlos. Los mosquitos empezaron a revolotear por mi
cuarto y me di cuenta de que se estaban burlando. –¡Pareces nenita! –gritó uno,
usando sus patas como vociferador. Me aventaron entre varios un pedazo de
galleta. –¡Imbéciles, soy mujer! –les respondí bastante molesta, pero sus
carcajadas aumentaron. –¡Mira, Manzano, ya se está pareciendo a nosotros! –dijo
uno, codeándose con el de al lado. Se atacaron de risa. –¡Cabrones! ¡Ya verán
cómo les va a ir ahorita que vaya por el raid! ¡Los voy a drogar a todos y los voy a
echar al escusado!- Mientras decía esto, la habitación se iba haciendo más y más
amplia. Extraño... –¡Sí, bátele, mamacita! ¡Sigue aleteando!- Sus burlas no me
dejaban comprender lo que pasaba. La habitación se hacía más grande cada vez.
Siguieron diciendo cosas, hasta que me detuve frente al espejo y me di cuenta de
que yo también era un mosquito... Grandiosa suerte. Bien dicen que hay un dios...

Epílogo

Soy un mosquito muy feliz. Yo también gusto de pegarme a las ventanas a


observar gente. De vez en cuando, un humano se harta y nos deja pasar,
entonces nosotros hablamos y hablamos hasta que se cansa, y termina por unirse
a nosotros, sin darse cuenta. A decir verdad, no es tan mala la vida de mosquito;
ahora sé cómo ha de ser la vida de un político... Y bueeeenoooo.... Pues de todos
modos siempre me gustó chingar gente. ¿Qué más puedo pedir?
Ojos

Había una vez un niño con los ojos tan verdes como el jade; eran tan radiantes
que iluminaban el alma de todo aquel que los mirara fijo y le intercambiara a su
dueño una sonrisa. Un día, el niño de los ojos verdes observó su vida pasar tras el
cristal de un edificio corrompido por los años, desgastada su pintura del pasar de
tantos ojos que realmente no ven. Entonces la tristeza inundó al niño y sus ojos
perdieron el brillo que los caracterizaba; ahora sus ojos ya no eran verde de vida,
eran un verde moribundo, desganado, frío. Su sonrisa fue desapareciendo con el
tiempo y la estela de luz y color que dejaba antes a su paso desapareció junto con
él. Pasaron años y en la ciudad ya nadie se acordaba de que había existido un
niño, con los ojos verdes y sonrisa radiante, y tampoco recordaban la felicidad,
aunque tampoco sabían que eran tristes. Todos los pasos que daba la gente de
aquella ciudad no tenían rumbo. Estaban los sueños descuartizados y los cachos
se veían regados a diario por todas las partes de la ciudad; en las calles, en las
avenidas, en los callejones, en los llenísimos contenedores de basura... la
pestilencia y la putrefacción se respiraban con el aire, porque allí ya no había
nadie que no estuviera muerto en vida. Los cadáveres de las personas coloridas
ya ni siquiera causaban conmoción; todos estaban ya tan acostumbrados a matar
a ese tipo de personas...

Un día, un señor gris –igual que todos– iba caminando por la calle, con la mirada
baja, el bombín cubriéndole la mitad de la cara, los pasos desganados y las
manos en los bolsillos, cuando el sonido de sus zapatos de marca estampándose
en el agua de un pobre charco lo hizo detenerse.

Estaba lloviendo fuerte, y como siempre, todos huían de la lluvia, pero a él en ese
momento no le importó mojarse. Miró bajo sus pies y encontró la moneda más
hermosa y brillante que había visto en su vida, pero no era una moneda común, no
era una moneda comercial, no tenía valor alguno para el mundo, pero para el
señor del bombín, en aquel momento, fue la clave de todo. El señor levantó la
moneda y distinguió su brillo por sobre todo lo demás, que estaba gris y triste, la
puso a contraluz –la poca que dejaba pasar la contaminación–, y de pronto sintió
unas manitas tirar insistentemente de su gabardina y agachó la mirada un poco;
unos ojos vivaces y penetrantes, color de la noche, lo atravesaron de pies a
cabeza, unos rizos castaños se deslizaron al viento y éste pareció irrumpir en
llanto y callar después; una tierna sonrisa se dibujó en el rostro del pequeño ser
que usaba un vestidito rojo. El señor extendió su mano para darle la moneda a la
niña, y al momento en que rozaron sus manos, él comenzó a cobrar vida. Sonrió;
era feliz de nuevo, y sus ojos verdes se iluminaron una vez más... como cuando
era niño. Empezó a sufrir una metamorfosis y ya no era humano; era un ave, un
arcoíris, era el sol, era todo...

Se unió al viento y a sus cantos y la niña fue un espíritu libre y voló junto a él.
Todo a su paso comenzó a cobrar sentido, razón, vitalidad. Pero no eran los
únicos que se sentían así, porque la gente de pronto comenzó también a sentirse
diferente. Se asombraron al ver a los más cercanos pasar del gris al color y se
sintieron capaces de sonreír más allá de la hipocresía y de la apariencia; ninguno
sabía que había cobrado el color, pero al ver el color en los otros, se sentían
felices. La envidia que desde siempre los acongojaba desapareció, se desvaneció
la pesadez, el delirio, el cansancio de la vida, y los sueños comenzaron a renacer,
a brotar del suelo cual árboles mágicos y frondosos. Y ahora todo era diferente:
Dejó de existir el hombre y su mundo. Ahora todo volvía a ser...
Pipa

Ella lo veía desde su ventana. Todas las noches pasaba con su perro negro,
siempre suelto, sin correa, caminando al lado suyo; se paraba al lado del faro, que
alumbraba con su tenue luz naranja, tan típica, sacaba una pipa, anticuada... y
quién sabe si fumaría, porque no se le veía humo, pero siempre la sacaba. Y ella
siempre lo miraba hasta que se iba. Después de mirarlo, se volvía a su cuarto,
dejaba la ventana y las cortinas abiertas, se sentaba al lado del balcón un rato y
se ponía a mirar la luna, si es que había, o se acostaba entre todas las sábanas
mal puestas de su cama y escribía un rato de él. Él se paseaba todas las noches
sin saber por qué lo hacía; cada vez que llegaba tarde de su trabajo, él, como
buen joven soñador, seguía su impulso extraño de salir a la calle, y si había lluvia,
era mejor. Aprovechaba siempre para convivir un poco con un pobre perro sin
dueño que siempre se acomodaba apacible en las escaleras de la entrada de su
conjunto, y éste le seguía sin problemas, quién sabe por qué... tal vez porque él
era el dueño del perro sin serlo, y el perro, sin ser de nadie, era de él. Siempre
llegaba hasta un faro alejado de su casa, siempre... y se quedaba ahí parado,
fumando su pipa, y mirando al vacío que se le ponía enfrente; no importaba que
estuviera alguien, porque para él siempre era vacío.

Cada día se ponía junto al faro porque le daba cierta sensación de compañía.
Sentía que alguien lo miraba y se preocupaba por él. Él nunca había tenido a
alguien así –quién sabe por qué– pero se sentía bien pensar que tal vez alguien,
en algún lugar, lo esperaba cada noche a que llegara, se parara junto al faro con
el perro y lo viera fumar. Una noche como todas, él salió a caminar. La noche
estaba muy silenciosa, pero no era cosa nueva; siempre era tarde cuando él salía.

El perro casi se quedaba sentado en las escaleras; parecía como si algo le hiciera
querer quedarse, pero como si algo más fuerte lo obligara a acompañar al joven
en su paseo, como todas las noches. Él sacó un cigarrillo de su bolsillo
cuadriculado y lo prendió con un zippo plateado. Sólo reservaba la pipa para el
faro. Ese día, el joven había decidido irse por otro camino hacia el faro; pasó por
un parque diferente, las calles más silenciosas y más frías, hasta que un callejón
oscuro y su curiosidad lo obligaron a mirar. El perro se detuvo. Los ojos del
muchacho se alzaron, a la par que se terminaba de encender el cigarro. El perro
se paró delante de él y empezó a ladrar, con la cola entre las patas, queriendo
disimular su miedo. Él poco a poco retrocedió, hasta que su espalda se amoldó a
la pared. Alcanzó a proferir un grito, pero luego de eso, su voz calló. Una mano
sacó todo lo que había en ambos bolsillos de su saco y una sombra vil y
escurridiza se proyectó en la pared de ladrillos. El perro ladró tres veces, y luego
también él calló para siempre, con el sonido seco y apresurado de un mal calibre,
y la sangre de ambos, perro y hombre, adornaron el concreto esa noche.

Esa noche ella no lo vio. Se asomó a su ventana, pero no encontró nada. Esperó
un buen rato y mientras esperaba, se salió al pequeño balcón de su ventana y se
sentó a escribir en su libreta de tela. Tras unas cuantas páginas, le dio la vuelta a
la última y, cansada de esperar, se fue a su cama. Esa noche pudo dormir pronto,
pero después, al no ver más al muchacho de la pipa, una inquietud incomprensible
le empezó a inundar la mente más que cualquier otra cosa. Y ninguno de todos los
demás días volvió a dormir bien. Las primeras semanas, escribió los versos más
tristes y le lloraba al amor que sentía por aquel desconocido de la pipa con el que
nunca pudo intercambiar ni una mirada.

Le lloró algunas gotas a su ausencia y a la ausencia de sus notas, que sabía que
llegaría, hasta que un día, con el tiempo, dejó de escribir. Ya no se asomaba
nunca a la ventana, ni miraba la luna, y odiaba a ese faro porque le recordaban al
muchacho. Su corazón se llenó de vacío y poco a poco se fue amargando su vida
y se oscureció, hasta confundirse con una sombra.

Después de algún tiempo, no sé mucho, no sé poco, abrió el cajón que estaba al


lado de su cama y decididamente, tomó un encendedor y se dispuso a sacar
toscamente todas las cosas en las que alguna vez había escrito algo. Se propuso
quemarlas y así lo hizo con todas, pero cuando llegó a la última página del último
cuaderno, la flama se apagó. "...the window.", se leía sobre la hoja carbonizada.
Dejó en el suelo el encendedor y también dejó caer los restos de la libreta. Un
diamante escurrió por cada uno de sus ojos. Se asomó a la ventana y al ver la
luna, blanca y llena, se soltó a llorar. Un viento suave le pasó al lado del oído; algo
en su inconsciente le susurró que mirara hacia abajo y cuando lo hizo, vio ahí
parado al muchacho, como si no hubiese nunca pasado el tiempo. Ahí estaba él,
con su misma pipa y su mismo perro, parados ahí, bajo el mismo faro. Ella bajó a
zancadas las escaleras de su casa y fue corriendo adonde estaba él. Llegó por
detrás. Se veía muy concentrado, mirando a la nada y antes de hacerle notar su
presencia, ella también se quedó mirándola. No había nada, más que la nada...
sólo eso...

Al principio no comprendió, pero decidió no hacerlo consciente. Con temor tocó su


hombro y él volteó. Sus miradas se unieron. Dos gotas de agua se fusionaron, y
llovieron y se evaporaron mil veces. El brillo en sus ojos fue compartido y el lucero
de uno era el lucero del otro. –¿Dónde habías estado todo este tiempo? –se
preguntaron ambos. Cuando se tomaron de la mano, se volvieron uno, y quién
sabe si caminando, si volando, si flotando... llegaron a perderse en la misma calle
de siempre, sin dar un solo paso fuera de un pequeño cuadro. Ya no había
distancia, el tiempo se detuvo. Un reloj ajeno campaneó infinitas veces, pero el
eco se hacía nada al toparse con ellos, y entonces, estando ahí los dos dando
vueltas sin darlas, fusionándose con apenas tocarse, la luz del faro matizó sus
rostros y poco a poco se desvanecieron ambos; se desvaneció el perro, se
desintegró el saco. A la mañana del siguiente día, lo único que encontraron fue
una pipa de madera.

Las siete llaves

Él había nacido con el corazón guardado bajo siete llaves y ya había intentado
liberarlo varias veces, pero no era él quien tenía el poder de hacerlo. Ella llevaba
un tiempo queriéndolo –o queriéndolo querer–, teniendo ganas de tomarle la
mano, pero ella sabía que él tenía miedo de que sus cadenas pudiesen lastimarla
y por eso no lo hacía. Ella decía quererlo, él la quería sin decirlo. Un día, por fin se
atrevió a tomarle la mano que ella le había estado ofreciendo hasta el cansancio, y
finalmente le dijo que la quería, y al recibir lo mismo por respuesta, decidió
contarle sobre sus siete llaves. Ella al oírlo, no comprendió; le asustó escuchar de
tantas puertas y cerrojos y decidió que sería mejor no intentar abrirlas. Entonces le
soltó la mano, no sin llorar un poco, y se alejó. –¡Monstruo! –gritó ella, mientras se
marchaba con lágrimas en los ojos. El muchacho era tímido y ella muy rápida; no
le gritó nada para detenerla, pero se quedó en silencio mirándola partir, con la
vista llena de nubes grises. Se contuvo, después de un respirar profundo. –
...acababas de abrirlas todas... –susurró para sí. Y entonces, una por una, las
siete puertas se volvieron a cerrar, mientras las llaves escogían nuevos sitios para
esconderse.
Cazadora de sueños

Un día me preguntaron por mi profesión. Yo respondí que era cazadora de


sueños.

–¿Y ya has cazado alguno?

–No, aún no, y no creo hacerlo nunca. Se escabullen mucho.

–Entonces ¿por qué sigues?

–...porque justamente el saberlos difíciles es lo que me hace querer atraparlos.

–Y si encontraras alguno, ¿le dispararías entonces?

–No. Sólo lo encerraría. Y lo volvería a soltar después.

–No comprendo el objetivo de tu profesión.

–Entonces tampoco entiendes el objetivo de la vida...


Diálogos entre café

–¿Sabes? Hoy he llegado a la conclusión de que la vida no tiene sentido alguno.

–¡Los tiene y muchos! ¿Por qué dices lo contrario?

–Si te contara, no me entenderías.

–Venga, cuéntame, ¿qué te falta? ¿Es que no te va bien en el trabajo?

–No, no es eso.

–¿Estás enfermo?

–Tampoco.

–¡Dinero, te falta dinero!

–No.

–¿...amantes?

–Ya, olvídalo, por favor. No tiene nada que ver con eso

–Y entonces... ¿qué te falta?

–Me falta su luz...


Crepúsculos

Quisimos que nuestra historia, como todas, tuviera un bonito comienzo, pero tú y
yo éramos como el crepúsculo; fuimos el final desde el principio y algo sin
comienzo no puede existir.

Estuvimos destinados por mucho tiempo a existir en un loop infinito, a ser como un
enfermo terminal que no puede morir, que se aferra a la vida, como arañando el
aire con sus débiles uñas para rescatar un poco y no morir ahogado.

Ahora observo el crepúsculo en tus ojos; de pronto, en unos segundos, todo se


oscurece y en el horizonte aparece majestuosa una esfera de luz, al principio
incandescente, que se convierte luego en fuego nuevo. Ha amanecido, ¡por fin ha
amanecido! Después de tanto tiempo, tantos años, nuestro crepúsculo eterno se
transformó. Tú me miras entonces, con tus ojos de sol naciente, y me robas mis
labios sin tiempo. El antiguo crepúsculo se funde en nuestros cuerpos, se derrite y
resbala entre los dedos. Hemos desafiado el pronóstico de lo imposible y ahora lo
hemos hecho tangible; helo aquí, ahora, el amor que tanto tiempo estuvimos
buscando, ése tangible, con una línea temporal.

Termina el beso y vuelvo a ver en tus manos el ocaso. Ha amanecido; había


amanecido. Ahora, después de tanto tiempo detenido, por fin el día llega a su final.
Con un último y único beso, hemos conseguido nuestro principio y al instante, un
ocaso nuevo. Pero esta vez, no amanece más.
Libreta

Antes que nada, les diré que soy una persona con un olfato increíble, y que por
eso suelo “oler todo”, todo el tiempo. Y si me preguntan por un momento triste,
uno realmente triste... les diré que, para una persona como yo, es, por ejemplo,
encontrar un antiguo obsequio de alguien que te quiso mucho y que tú quisiste,
tomarlo entre tus manos con la esperanza de que al olerlo, estuviera su aroma, y
darte cuenta de que ya solamente es un objeto, un objeto más, que no huele nada
como la persona que te lo dio. Eso me pasó una vez, con una libreta en especial,
en la que había escrito muchas cosas que ya no tiene caso contar aquí.

La saqué de donde la había guardado, la tomé, y la acerqué a mi rostro. Cerré los


ojos. Recordé en un instante fugaz la historia de aquel sujeto tan formal y creativo,
¡todo un artista!, con los ojos verdes y sus manos firmes, masculinas; recordé las
veces que caminamos juntos hasta perdernos, yendo a ningún sitio y a cualquiera
sin importarnos el horario. Recordé las risas, sus abrazos, sus infantiles besos
robados y mis dedos distantes y sonrisa delatora.

Aspiré el aroma de la libreta para encontrarlo a él, pero hubo algo que no estaba
bien. Volví a oler, esperando que mi olfato se hubiera equivocado, pero no. La
abrí, la hojeé desesperadamente buscando alguna página, aún un verso que oliera
a él, pero no había ya nada... Esa libreta solía oler a su cariño y a tardes mojadas.
Olía a mí, a sus manos, a su transparencia, a nosotros; solía oler a él.

Mis manos lentamente distanciaron la libreta de mi nariz y mi boca se quedó como


inerte; agaché la mirada y mis ojos se pusieron como empañados. Cuando volví a
mirar la libreta, comprendí que ya tenía que despedirme de él. Aspiré una última
vez con todas mis fuerzas y logré al fin extraer una pequeña, pequeñísima esencia
de lo que solíamos ser, pero fue la última. Esa libreta que solía oler a amor, a
inspiración, a arte; a aquel hombre y a lo que yo era por él... ya no olía igual. Su
esencia se había reducido a hojas y tinta, y ni siquiera sé si debería confesar el
aroma que ahora emanaba. La libreta ya no olía ni siquiera a recuerdos. Olía a
dinero.
Ella es Infinito
(...) Y quien diga que hay más como ella, es porque no la conocen, porque nunca
han visto cómo lucen sus ojos cuando amanece, o cómo se llena tu vida en un
beso, y porque nunca han hablado así con nadie, como yo hablo con ella. Y nunca
lo harán. Porque sólo es ella la que se convierte en todo y la que derrite tan
fácilmente el tiempo. Porque sólo es ella a la que se puede amar tan loca, tan
apasionada, tan enteramente. Porque yo siempre pasé la vida buscando el infinito
en muchísimas cosas, pero en vez de eso, la he encontrado a ella. Y yo sé que
ella es Infinito.

Libre
Miré de frente al horizonte, con él al lado mío. Sentí el viento en la cara
saludándome, como dándome la bienvenida, como clamándome hija suya perdida,
desde hacía mucho tiempo, y ahora encontrada. Por fin, ahí, tan lejos de mi hogar,
encontré mi lugar verdadero. Y él estaba a mi lado. Y soplaba el viento. Lejos,
lejos; yo con él. Se me salieron las lágrimas

–¿Por qué lloras? –me dijo

–Porque soy libre.


Luz y Oscuridad
No hay mucho que yo pueda hacer. Ella es luz y yo soy sombra, y si la toco, me
quema. Yo no podría apagarla jamás; aunque quisiera hacerla mía, no podría
dejar de amarla a ella, siendo luz, aunque yo que soy sombra, no soportaría su
ausencia. No me atrevería jamás a hacerle daño, no quisiera. Quiero estar junto a
ella, pero sé que no podría... Cada vez que la toco, me quema, pero no habría
jamás de apagarla, porque al apagarla a ella, se apagaría mi vida. Estoy en un
dilema; no sé qué hacer porque sin ella muero, pero con ella también. Tal vez
tenga que encontrar la distancia justa y ser como el Sol con la Tierra. Tal vez deba
dejarla ir o consumirme con ella, que me acabe en un instante, pero tocarla
siquiera... ¡No habría jamás de querer que se fuera! Y apagarla... sería lo último
que hiciere. No he yo de querer cambiarla nunca, aunque ella sea luz y yo sea
sombra. Me quedaré desde aquí mirándola, luz eterna, desde abajo. Hasta que
llegue el día en que se fundan nuestros caminos, cuando alguien no necesite para
escribir más que una luz tenue...
Árbol naranja
Me siento nostálgica, como si las páginas de este libro se estuvieran
desmoronando cada que termino de escribirlas y no pudiera volver a leerlas
jamás. Como si las hojas de un árbol tiritaran y una primera hoja se desprendiera
del árbol cuando se van... Me siento nostálgica, como si el viento que sopla ahora
ya no fuera el mismo, y como si el sol que salió hoy me inspirara el temor de que
ya no saliera mañana. De árbol se desprende una hoja más. Y es así como me
siento nostálgica: como que sé que el cielo siempre se recicla y las estrellas van
cambiando con el tiempo, y que tengo miedo de que un día, deje de ver en mi
suelo las sombras de las personas a las que quiero. Por eso temo a mis alas,
porque sé que de la nada pueden hacer desprenderme; y temo también a los
otros, porque sé que ellos igual tienen pies, o tienen alas, y que si los que nos
vamos, volvemos, es probable que los que estaban, ya no estén.

Es así como me siento nostálgica, como los árboles en esta época que se van
desprendiendo de sus hojas y saben que muy pronto, sólo serán hojas pasadas.
Melancólica como el miedo al abandono con el que he venido tropezando desde
hace años y que ha venido carcomiendo, de vez en vez, lo que puedo dar ahora.
Soy nostálgica porque le escribo a mis memorias, como si con ellas pudiese revivir
todos los tiempos. Porque recordando, me empiezo a sentir vacía, y cuando
escribo, meto la mano en mi alma y me doy cuenta de que no sólo lo siento.

El dolor hueco, punzante, deja quietos a mis pulmones. El viento, para el árbol, ya
no sopla. Yo ya sólo espero... ¿Qué espero?

El árbol parece en llamas; todo su follaje se ha puesto del color del fuego. Y
mientras se funden mis recuerdos, el resto de las hojas comienza a caer...
La casualidad de los viajeros
Por casualidad, el viajero que venía del este se cruzó con el del sur y después de
intercambiar las palabras de presentación y unas cuantas más, el silencio logró
cobrar terreno unos minutos, y el sureño se decidió a romperlo de nuevo.

–¿Cuál es tu mayor sueño? –preguntó, con un tono que intentaba ser apacible,
pero que en realidad delataba su incomodidad ante el silencio y sus deseos de
romperlo a toda costa.

–¡Muchos sueños! Regresar a casa, completar mi viaje, haber conocido todo el


continente, encontrar el amor, casarme y formar una familia, tener el suficiente
dinero para tener una buena vida, haberlo aprendido todo al final de mi vida... en
fin, muchas cosas. ¿Y tú? ¿Con qué sueñas?

–Sueño con tener un sueño que sea lo suficientemente bueno y fuerte para
seguirlo.

Rocas ígneas
Aquellos pasos fueron los últimos que dieron. Caminaron de la mano como si no
hubiese pasado el tiempo; así lo decidieron, aunque ambos supieran que estaba
quebrado ya el suelo. Cuando el derrumbe comenzó, decidieron seguir caminando
con gracia, como si estuviesen ejecutando la danza que nunca pudieron bailar.
Sus manos, como garzas, apuntaban hacia ella, mientras ella sonreía, dando
brinquitos entre las grietas, corriendo en zigzag; huyendo y atrapando. Sus pies
comenzaron a ceder a la falta de piso, y decidieron hundirse así... bailando,
cediendo, no con resignación sino con un gozo que no se puede decir. Ella
terminó de hundirse, dejando sólo uno de sus brazos, largos y elegantes, estirado
también como garza hacia él. Entonces él desplazó hacia allá el peso de su
cuerpo, y dio un solo paso, corto y perfecto. Cayó de pie. Nadie supo decir nunca
qué eran aquellos escombros entre los que se paseaban los nuevos poetas, y
aspiraban sus rocas viejas e ignotas, y escribían, y escribían...
Infinito

–¿Mario?

–¿Sí?

–Nunca dejes que te agarre el hilo.

–¿Eh?

–Las cosas me dejan de interesar cuando les agarro el hilo. También las
personas, ¡sobre todo las personas…! No dejes que te agarre el hilo.

–No lo haré. O bueno... no lo sé, intentaré no hacerlo. ¿Alguna vez lo has hecho?

–¿Tomarte el hilo? No... –se quedó pensativa por unos segundos. –Bueno, alguna
vez me rozó los dedos, pero está bien; uno tiene que conocer el color y el material
de sus hilos, es bueno tener algo tangible. No todo tiene que ser misterio.

–Ya...

–¿Y tú a mí? ¿Alguna vez me has tomado el hilo?

Él rio. –No, ¿por qué crees que sigo aquí?

–¿Y si lo hallaras alguna vez, te irías entonces?

Él volvió a reír. –¡No mujer, eso no va a pasar!

–¡¿Y si sí?!

–¡Qué insistencia, qué va! Si algún día te tomara el hilo, no te lo tomaría a ti. A ti
no se te puede tomar el hilo, si alguna vez lo hiciera, entonces significaría que has
dejado de ser tú.

–Bueno, pero las personas no son infinitas. Algún día ha de terminarse la


sorpresa.

Antes de hablar, él sonrió dulcemente y le tocó la mano llena de arrugas con la


punta de sus dedos añejados. Entonces la miró fijo a los ojos. –El amor no es
humano, es una cosa que va más allá. No se puede amar a cualquiera; cuando
amas a alguien, es porque has hallado el cosmos que guarda; es porque para ti,
esa persona es más que un simple ser humano. Tú, por ejemplo.
–¿Qué quieres decir con todo esto?

–Para el que ama, esa persona siempre será infinita, y puede pasar cualquier
cosa. Quiero decir que para mí, tú eres infinito.

La quimera
Este niño piensa, este niño crea, este niño tiene en su corazón todos los
sentimientos del mundo y es como el gusano y como la flor, y como el águila y
como la mariposa, reinventándose diario. No podemos dejar que este niño crezca.
Este niño tiene unas alas enormes y sabe que las puede usar; este niño ve más
allá del horizonte, tiene en sus manos al mundo y lo está aprendiendo a controlar.
No podemos dejar que este niño viva; este niño no puede ser normal.
El mar recorriéndose
a sí mismo

(Sección III: ecos de una conciencia adormecida)


Cosmos azul

Eso es todo. Aquí yace el infinito. El recuerdo se me acuesta entre los brazos,
como un niño, y yo le dejo mecerse con la Luna, cantándose sus propias
canciones. Ella –o yo– lo amaba, lo amaba mucho, pero creo que nunca se lo dijo.
Él era su papi, su cómplice, el que le enseñó a amar la música y le dijo que la voz
se tiene que sacar al mundo, que se tiene que gritar, que se tiene que hacer algo
para probar la existencia –porque ¿a qué se viene al mundo sino a probar que se
existe? Fue él, su papi (el único papi) quien le enseñó que era bueno estar
consigo mismo, y que las paredes SÍ proyectan lo que uno quiere cuando se lo
imagina, y que es bueno vagabundear y entrometerse en la vida de otros cuando
se desee, porque más vale una patada de perro viejo que una ignorancia que se
chupe el alma.

Sí... él se llamaba “papi” porque no era abuelo sino padre. Porque creció junto con
ella, la vio dar sus primeros pasos y cantar sus primeras canciones. Él contempló
su leve transformación de criatura amorfa a núcleo sólido e irrompible –irrompible,
porque él le enseñó a construir fortalezas– y leyó sus protocuentos manchados de
crayola y le dijo “¡claro que vas a ser una gran escritora!”.

Él circulaba su nombre y lo usaba de estandarte. Él, que lo consiguió todo, que se


encontró airosamente, que luchó tanto en las batallas de sí mismo, la prefirió a
ella, pequeña bolita de carne, que a cualquier otra cosa. Dedicó horas y horas de
su vida a ponerla contenta, a dejarle entrever la felicidad en los ratos de alegría; él
antepuso incluso su nombre de padre cuando a la niña se le apareció el árbol de
origen, aunque al papito le costara eso un vacío infinito...

Ella –o yo– no se lo dijo, pero era el mejor padre del mundo. Con su voz grave, su
tos seca, sus manos manchadas y su oído de prodigio; con su halo y sus espinas,
él era el mejor padre. Pero como suele suceder, él ya no está para oírlo. Tiempo
en tiempo, el recuerdo se me acuesta entre los brazos, como un niño, y yo le dejo
mecerse con la Luna, cantándose sus propias canciones. Yo levanto la vista al
cielo, que se ve desde la ventana, y en vez de luna, veo sus ojos de licor de
ajenjo; me imagino que sonríe. Eso es todo. Aquí yace el infinito.
Marea

...dos, tres...

El mar en mi mente inunda las hojas como tinta china. Se derrama, azul de
bestias, en un mundo ignoto. La tinta salpica mis manos y de pronto se hunden
también; se han vuelto parte. En unos segundos, las olas se esparcen, toman mi
cuerpo y me cubren toda. Yo ya no soy mujer, soy marea. Yo no soy humano, soy
todo. Me he convertido en un mar. Y este mar que habito, ha de vivir las historias
de los barcos que naveguen en él.

Esta tinta ha de naufragar también, como quien sufra adentro suyo, y va a


descubrir lo que Colón, y será lo más temible y lo más hermoso. Esta tinta, que
soy yo, ha de recorrer mil cuerpos; este mar ha de habitar los esqueletos de quien
decida morir por él. Yo soy esta tinta; yo soy ese mar al que temo. Y sus horas son
mías.

Este mar, que inventa su tiempo, crea lo mismo monstruos que arrecifes de coral,
y es tan sutil como un alga y tan filoso como el colmillo de un tiburón. Lo mismo le
da el norte que el sur porque es ambos, y sus olas no paran nunca.

El mar de mi mente inunda las hojas; las hojas son yo. Esta tinta, este mar me
cubre y también me ahoga; se me llenan los pulmones con esto que trago día con
día y que vuelvo mío. En un segundo, me agotan. No puedo con tantas olas
porque me vuelcan. Este mar mío me arrastra y me llena. Pero me arrastra hacia
el final.

-Me come, me desgarra, me desintegra-

…este lamento que se llevó mi gloria.

Este eco que se comió mi luz.

Esta nada que se volvió mi historia.

Este yo que ya no tiene memoria.


A fin de cuentas

A fin de cuentas, me he quedado sin nada. Puedo hablar mucho pero no puedo
dar de lo que no tengo, así que no te fíes de mí; no me pidas horas, no me pidas
nada, que de todo carezco. He perdido tanto tiempo persiguiendo la libertad como
una loca, tratando de tocar lo intangible, que olvidé ponerle un orden a las pocas o
muchas cosas que sé; olvidé advertirme que un loco no se hace bien a sí mismo
sabiéndose loco.

Todo el tiempo la pasé tratando de comprender el todo del que sólo sé tomar
pedazos. Quería comprender tanto, tener tanto... que me olvidé de mí. Busqué la
libertad y el amor, y hablé de ellos mil veces, como si fuesen ya parte mía, pero la
verdad es que es una mentira: yo de la libertad conozco lo que un alquimista sabe
de oro trasmutado; va conmigo buscarla, pero no tenerla, no siendo quien soy, ¡no
como soy!

Entonces, resulta que es así como me encuentro hoy: perdida entre todo lo que
conozco –a medias–, sin saber hacia dónde dar el primer paso porque ni siquiera
sé orientarme y sólo he andado en medios círculos –medios, porque algún sentido
me avisa que mi camino está siendo demasiado circular y entonces intento
compensarlo con ángulos rectos.

He ido por la vida aprisionando momentos y saberes, y es muy poco lo que de


verdad dejo ser. Aquí viene entonces cómo es que yo me esfuerzo por practicar al
mínimo el consumismo material, pero sí su maravillosa “doctrina” tan humana de
anhelar siempre más; lo explico: yo no soy culta; almaceno conocimientos. Yo no
escribo palabras; las escupo; creo que se entiende la idea: vivo, pero no vivo;
medio lo hago. Soy mi propio alter ego. Soy mi propia verdad enredada y confusa
de la que ya no quiero saber más. Soy otro más de los nudos que quiero
deshacer. Soy mi anhelada libertad resquebrajada en mil pedazos.

Éste es un pequeño recordatorio de por qué los extremos son tan malos. Ésta es
la historia de por qué las cosas no son como deberían ser. Ésta es la nueva
verdad del por qué ya no confío en la libertad; he aquí mi preludio y mi final: como
un amante astuto y egoísta que no ama, así me ha atrapado la libertad. Debo decir
que, después de tanto tiempo luchando contra corriente, se me han caído las alas.
Me las he cortado yo. Pero me digo que es “por mi bien”. Y a fin de cuentas, me
he quedado sin nada...
La partícula que explota

Soy...

Soy una masa sin forma, una mosca sin alas, un reloj sin manecillas, una montaña
sin tiempo. Soy un segundo reducido a nada, un eco moribundo, un ser sin
espacio, un humano sin mundo.

Soy... lo que tú crees que soy. Nada más. Soy el reflejo de lo que tú quisieras, lo
que anhelas ver en mí; soy lo que tú deseas, pero no otra cosa. Soy un mar sin
arena, una botella sin fondo, un arcoíris sin rojo, el lucero que quisiera posarse en
tus ojos pero que apagas intrínsecamente, en el instante...

Ahora que te vas, mi ser se apaga. Todo lo que conociste en mí, se acaba. Se
consume. Se termina. Se queman mis palabras, enmudece mi música, se esfuma
mi aliento…

Se llena de horizontes mi desierto, se despeja mi cielo, aparecen mis alas.

Hoy te vas, y me voy contigo. Se acaba todo, me acabo yo, la de antes, la de


ahorita, la que conociste. Se desvanece lo que me sobra, me desmorono con el
viento; a cachitos desaparezco, me deshago. Y ahora sólo quedo yo.

“Estás frente al cadáver de un fénix, esto es lo que soy. Tómalo o déjalo, pero ya
no lo retengas ni intentes cambiarlo...”
Paradigmas

Antes la inconsciencia trabajaba para mí; ahora yo trabajo para la inconsciencia.


El mundo me abría sus puertas y yo corría, detrás de un montón de sueños, como
mariposas, sin saber cuál escoger. Ahora basta y sobra decir que cada quien
puede que tenga un sueño. Puede que lo tenga. Yo recuerdo un corazón ferviente
que no se hartaba de intentar. Ahora ya tengo el cuerpo y el alma helados, y unas
manos mansas, llenas de cicatriz y callos, y tan secas de ti…

Yo recuerdo un país bonito; unos sueños que lo superaban todo, una utopía que
hacía de realidad y no de sombras. Ahora la realidad es implacable, impasible
ante el llanto de miles, imposible de ser ignorada; imperdonable. Yo recuerdo
cuando era verano y me lo hacía en un pan con mermelada. Y cuando el oro que
importaba era la miel. Y cuando la lluvia no era sino un juego y no esta porquería
ácida que convierte a la gente en ratas, y que inhibe y estanca. Recuerdo que
solía recordar y me daba nostalgia, y cuando las nubes eran un factor de cambio y
no bendito carbono hecho mierda.

Yo recuerdo que mis pasos tuvieron sentido; tenía unas manos y un cuerpo
intocables, un recuento infinito de historias, un baúl de viejo. Yo recuerdo que
quería, y que lloraba también intensamente, porque tenía razones. Recuerdo que
había razones. Yo recuerdo que había un hilo que seguía a todas las cosas, no
que fuera tan difícil encontrar sentidos. Antes me comía al mundo y ahora apenas
pruebo un bocado. Yo recuerdo que tenía amigos y no entierros. Yo recuerdo que
solía haber más suelo que paredes y que ojos vendados –solía. Yo recuerdo que
sabía; más que gritar, sabía gritarme: alzar la voz para defender. Ahora la uso
para atacar. Antes el mundo pasaba a través de mí, y salía por mis manos. Ahora
es el mundo el que me absorbe, el que me toma y me come. Antes creía que
podía correr, ahora corro.

Solía creer, muy en el fondo, que se podía amar a alguien toda la vida, y ahora,
muy en el fondo, creo que se puede olvidar. Antes decía “Carajo, el mundo está
loco, ¡loco!”. Y ahora lo siento. Ahora lo vivo, porque yo soy ese mundo loco.
Antes me brotaban flores de las manos y ahora rezo porque un pétalo caiga del
cielo. Yo solía creer en los sueños y ahora los creo para sobrevivir.

Antes yo tenía un él a la mitad de mi aorta, esperando por mí. Yo tenía un él en


cada sístole, presionándose contra lo más profundo de mí, en todo momento.
Antes... antes había un yo. Ahora tengo paradigmas separados entre sí.
Kintsugi

Uno nunca llegaría a creer que trae un agujero en el medio de sí mismo, si se lo


dijeran. Podría ser, para uno, la cosa más obvia del mundo el pensar que la gente
que te quiere ayudar, sólo busca beneficio propio, y que no existen manos amigas.
Uno puede llegar a confundir el camino muchas veces sin saber siquiera que ha
movido los pies. Y sin duda, uno puede pasar años y años sin darse cuenta de
que trae un agujero en el medio de sí mismo.

Decir “a veces” no hace justicia a lo efímeros que somos; no se ve que el tiempo


pasa más rápido que la luz por los ojos, y repetimos en la banqueta la misma
escena, tantas veces, creyendo que la banqueta es la vida. Lentamente,
perdemos la conciencia; se corre tan pronta y presta como la vida misma, y la vida
corre, despavorida, como si fuese ella la que tiene que huir. Y se va... se va... Ni
siquiera nos damos cuenta de que no regresa.

Nadie podría ver un atisbo de eso que el mundo se traga de la gente, ni podría
decir que está vacía, ni que no cree en nada, ni siquiera en sí misma. Nadie podría
sospechar que lleva, en medio del mundo, el agujero de un cosmos consigo. Y se
puede caminar años, con rumbo o sin él –eso qué importa– y de repente, sentir un
día que se ha perdido todo. Y el todo por ese hueco; la vida en él.

Es cierto que se puede ignorar a uno mismo y andar con la frente en alto, la cola
alzada, como pavorreal al viento, desdeñando las grietas que se intuya tener. Pero
así de cierto como negarlo es que se puede caminar con el pecho inflado, sin
saber que se tiene un tercio quebrado, o tres. Yo que creía ser el centro de todo,
que me decía la Integridad misma, ignoré hasta el “siempre” y me he encontrado a
mil yos; todos estaban vacíos. Me he puesto enfrente un espejo, sin luz de calle, y
me he encontrado unos agujeros que son tantos que no se pueden contar. Dejo
que entre la luz, y entonces ella se filtra por los agujeritos, infinitos como estrellas.
Sin saber por dónde, todos ellos se consuman en uno. Ese agujero soy yo. Sin
embargo, yo no tengo ninguna falta: ella me tiene a mí, y yo la camino. Yo la hiero
y la calo –y el mundo brilla aun así. No existe culpable alguno de este vacío,
porque mi vacío soy yo. ¿Y qué puede hacer el hombre contra lo que no es suyo?
Yo soy ese agujero. Y me consumo a mí.
Farsa

No cuento con ningún talento más que el de decir las cosas. No las digo siquiera
con gracia, de repente alguna, y las musas no me susurran nunca; es la vida la
que me estruja para que la escupa.

Sé que muchas veces he dicho que llevo bajo el ala, una pluma, pero ah… no es
cierto. Apenas llevo el ala rota y la tinta se derrama sola hacia donde la guío. Yo
no escribo; escupo, ni siquiera vivo; observo.

En realidad no hay mucho más que decir, más que lo mismo: no soy persona. Hay
un único talento para cada mona, y el mío se resume simplemente en decir. No es
que cree obras de arte, pero a veces digo la verdad, y es ahí en donde al mundo
entero se le cae la baba. La gente se derrama sobre mis faldas, creyéndome
profeta iluminada, pero oh, no... yo soy sólo un faro; la luz es otra cosa, pero ellos,
lo juro que no entienden.

Después de meses en que no comí más que silencio, me encuentro ahora


desnuda frente a un mundo, otra vez el mundo, que me exige pantalones, pero
¡ay, no los tengo, me los invento! Y cuando digo que me falta vida, que la vida es
nudo, se ríen. Se ríen los cabrones, porque eso es todo lo que saben. Pero no
saben que se sueñan todos, que se ríen los mismos y se ríen de sí, ¡y qué imagen
más cómica, habrás de imaginar...!

Por ahora, el reloj avanza, pero los segundos ni se dan cuenta, mucho menos uno,
mucho menos tú. Y todos ellos sólo se saben comer las uñas, mientras esperan a
que uno venga a decirles la verdad –alguna. Y entonces digo: “Yo no escribo;
escupo”, y se ríen de mí. Los mismos son los que alaban y los que reptan. Se
toman por broma al que dice las cosas que no quieren oír. Se ríen. Yo escupo.
¿Quién, al final, me va a decir lo contrario?
Huir

Huyo porque lo disfruto, no por otra cosa. Además, claro está, huyo por necesidad,
aunque quedaría mejor definirlo como “urgencia”. Y esa urgencia se teje también
en conjunto con esta ambición loca de acapararlo todo.

Pongámoslo así: Yo habito un mundo abstracto. Incluso mi letra es abstracta,


como mis pensamientos, así como mis conceptos más básicos, así como mi
manera de amar. El mundo de las artes es tan abstracto, que por eso escribo:
para tener una excusa. Por eso dibujo, por eso canto. Por eso siempre me ha
llamado el mundo tal de las Artes: porque yo soy arte, y no lo digo con petulancia
sino por las similitudes que guardamos con ello los seres humanos: los dos somos
subjetivos, una explosión, un constante cambio. Los dos nos damos al mundo, nos
le entregamos; los dos somos creación.

Tan abstracto es el mundo en el que vivo, que me cuesta concretar todo, incluso a
mí, y por eso cambio constantemente de forma; para divertirme. Y que quede claro
que la forma no cambia al fondo; el agua no se convierte en lava por pasar de un
vaso a una regadera. Y si escapo, lo hago porque huir es una forma abstracta de
gritar mi libertad, porque es una forma de no dejar que me absorba el mundo al
que me quiero escupir antes de desaparecer, porque huir es la única forma de
seguir moviéndose.

Huir significa nunca dar el todo por nada, excepto por el Todo mismo. También por
eso huyo: porque quiero quedarme. Huyo para que el mundo pueda escupirme a
mí. Yo soy parte del mundo y quiero dejarle algo; cambiarlo en algo su esencia
para que sea algo diferente y mayor que la suma de sus partes.

Cada quien hace lo que puede, dicen, y lo que puedo yo es crear; algún valiente
habrá, en algún momento, que se adentre a recorrer mis caminos. Y si me lo
permiten, yo quiero mostrarle al mundo que, simplemente, tiene más. Huyo porque
así puedo abarcar todas las cosas, porque todos los caminos no pueden ser
abiertos si sólo se pisan unos cuántos. Huyo porque así puedo abarcar más
caminos (abrirlos) y para no dar nada a nadie, sino para dar a Todo, el todo de mí.
Es verdad que no soy los pasos, pero puede, tal vez, que sea una brecha. No soy
el grito, pero puedo hacer una bandera. Y tal vez sea cierto: no recorro caminos.
No recorro caminos, pero los abro.
Uno se derrama en el mundo
–y eso se llama Trascender–

No son más de las seis de la mañana, pero me levanto de golpe y siento cómo me
inunda un último eco que grita: “¡Yo no quiero vivir así!”

Yo no crecí para ir entusiasta a estamparme con el destino llano el primer día de


trabajo en una oficina. No crecí para que, finalmente, también me dijeran todo el
tiempo lo que debo hacer. Si tanto tiempo trabajé en mis alas, no fue para que las
cortaran; ¡fue para volar! Y ni el mismo cielo, con todos sus vientos, me las
pudiera quitar.

Yo tengo unas ganas de vivir que me rebasan. Yo no quiero conformarme con


viajar una vez. No quiero acostumbrar mi vida a sentirme completa con que me
llamen “mami” ni “amor” porque el mundo es más vasto que un “¡ya voy!”. Y
porque puedo apenas hacerme cargo de mí.

No quiero ceder, no quiero darme...

Quiero sostener al mundo en mi regazo y morir sabiendo que dejé más que sólo
las huellas de una mujer común, ¡quiero vivir! Y que al final, después de que todos
mis pasos empiecen a oler a tumba, cuando mi saliva no sirva ya para alimentar el
suelo, el mundo se parezca un poquito más a mí.
Wideopen

Amor, no quiero que te decepciones de mí. Si salto al vacío confiada del viento, si
me estampo contra el suelo en un intento de subir, no quiero que te decepciones.
De una vez te pido que te olvides de que soy una persona; piénsame un barco y
en el mundo como el mar. Mi objetivo: surcarlo. No soy un alguien, soy algo; así
piénsalo. Y si aún sigues creyendo que me quedo, amor: olvídame.

Cuando tú me conociste, habías ya contemplado todos esos símbolos de vuelo y


de zarpa; sabes que soy aguerrida. Tú conservaste esa sonrisa en la cara
después de haberte leído mis preceptos de púas, ¿qué, no te lo creíste? Me voy.
Seré el barco, si eso te ayuda; la persona, no. No la mujer que te busca los labios
y te hunde las manos en el pecho cuando quema.

Olvídate de mí si no puedes seguir conmigo, y por favor, mi amor, no te


decepciones de mí. No me caeré cuando me vaya, lo juro. Si tú ves fracasos en
donde los ve el mundo, yo veré un paso bien dado y sentiré orgullo del lodo en mis
pies; no por nada me he calzado tantas botas de combate. No conviertas el cariño
en una piedra.

Te pido que evites sufrir, a toda costa, por lo que me pase en el viaje, que esas
lágrimas tuyas no harían otra cosa sino crecer este mar que me inunda. Por favor,
no me llores, y cuando me vaya, no te decepciones de mí. Yo voy a conquistar al
Mundo, o eso me digo a diario, y necesito la libertad para hacerlo, aunque al final
sea tal vez sólo mi mundo al que logre conquistar.

Sea como sea, yo quiero. No me quiero ajena, quiero ser. Así que, por favor, si
salto al vacío y me quiebro hasta las uñas, no mires. No mires si sangro, no
repares en mis heridas; ve al horizonte, ¡ve! Y piensa que ahí estaré. Aunque la
vida que elija resulte más fiera e indómita y haga de mi cuerpo un escondrijo de
tripas, piensa que en mi mundo, he ganado. Que lo que siempre quise fue a la
vida, y que me la llevé puesta. Aunque viva poco o más tanto, confía en mí.
Aunque me olvide en la cera que es lozanía de mi rostro, aunque se alcancen a
teñir todas mis canas de blanco o se queden azabache mis cabellos para siempre,
confía en mí. Y no te decepciones... Si me caigo alguna vez, sonríe. Y si el mundo
y la gente juzgan mi duelo como salto fallido, no te decepciones. Tú sabes quién
soy.
Adiós (Trascender)

Está hecho ya. Me abandono a la inmensidad. Dejaré que este negro me consuma
y me lleve allá donde no conozco –y nunca me interesé en conocer.

No bastarán las plegarias de todos, ni la súplica de mis amigos, porque sé que, al


final, lo mismo les da. Me voy a ir; me voy ahora. Dejo estas letras para encubrir el
silencio que siempre estuvo conmigo; implícito. Y digo Adiós y no lo digo, porque
me voy para trascender. Diré, tal vez, “lo siento” sin quererlo, por si alguna vez
piensas en mí. Desde ahora y hasta entonces, les dejaré sólo lo que no hice por
mí.
Y entre tanto y tanto, si puede más la persiana que el Sol y si pudieron más los
meses que los años y al final, venció el cansancio a la sed de ganar... Al menos
sabemos que estamos al borde, en picada. Al menos sabemos que se va a caer.
Al menos se mueve y el viaje comienza. Otra vez.

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