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Alegría de la Resurrección

El documento habla sobre la alegría de la resurrección de Jesús que excede el entendimiento humano. Jesús anunció esta gran alegría a los judíos y discípulos aunque no la entendieron. La resurrección trae una alegría divina e inmensa que nadie puede quitar. Al ver a Jesús resucitado, los discípulos experimentaron una nueva capacidad de fe y comprensión del misterio de la cruz. Esta alegría de la resurrección es el camino que Jesús traza para la Iglesia.

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Alegría de la Resurrección

El documento habla sobre la alegría de la resurrección de Jesús que excede el entendimiento humano. Jesús anunció esta gran alegría a los judíos y discípulos aunque no la entendieron. La resurrección trae una alegría divina e inmensa que nadie puede quitar. Al ver a Jesús resucitado, los discípulos experimentaron una nueva capacidad de fe y comprensión del misterio de la cruz. Esta alegría de la resurrección es el camino que Jesús traza para la Iglesia.

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Lugar: Seminario

Fecha: 24/4/2003

Alegría de la Resurrección
Al comienzo de su vida pública Jesús comenzó a enseñar, pero los judíos no lo entendían,
destruid este templo y en tres días lo levantaré (Jn 2,19), les dijo a los judíos cuando le pidieron una
señal que demostrara el por qué de haber derribado las mesas de los cambistas.
Y un fariseo que había entrevisto algo superior se acercó de noche para dilucidar ese misterio:
en verdad, en verdad te digo el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios. Pero Nicodemo
no entendió: ¿cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su
madre y nacer? (Jn 3,2-4).
Jesús estaba anunciando algo muy grande, tan grande que excedía las inteligencias materialistas
de los judíos. Jesús estaba anunciando la alegría que nadie podría quitar. Y cuando ya estaba cerca de
su pasión nuevamente volvió enseñar lo mismo pero ahora a sus discípulos y más explícitamente, pero
ellos tampoco entendieron: vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro
corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar (Jn 16,22). La alegría de la resurrección nadie la
puede quitar.
Es una alegría que nadie puede dar, porque sobrepasa toda posibilidad humana y todo
conocimiento humano. Jesús murió, fue sepultado y resucitó. De aquí nace nuestra alegría, una alegría
inmensa, siempre nueva, perenne, porque es divina. Es la alegría que lo llevó a san Agustín a exclamar:
“sero te amavi, pulchritudo tam antiqua et tam nova, sero te amavi!
Ya en la pesca milagrosa que simboliza y anuncia la fructuosidad de la misión, es evidente que
Jesús quiere orientar los espíritus de los apóstoles hacia la alegría que viene de la obra que les espera.
Obra difícil pero llena de gozo.
Es el camino que traza Jesús a la Iglesia para que lo recorra con alegría. En otras apariciones
Jesús les dice a los apóstoles la paz esté con vosotros. Jesús es esa paz y por eso es como si les dijese
“Yo estoy con vosotros”. Jesús es nuestra paz, es nuestra esperanza. Eso mismo lo enseña Jesús con
esta aparición, no ya con palabras sino con hechos como era su costumbre.
San Agustín: místicamente, el pez asado es figura de Cristo crucificado: Él mismo es el pan
que bajó del cielo: a este está incorporada la Iglesia para participar de la bienaventuranza eterna y por
eso les dice que traigan peces de los que habían pescado en ese momento, a fin de que todos los que
participamos de la misma esperanza sepamos que estamos llamados a la comunión de tan grande
sacramento y a la sociedad de la misma bienaventuranza.
Por medio de la invitación a comer Jesús nos indica el camino: con la Eucaristía, la Palabra de
Dios y el misterio de la cruz, podemos avanzar humildemente pero con júbilo por su camino,
sostenidos siempre por la presencia del Salvador.
Es la alegría que el mundo no puede dar, sólo se obtiene con el camino penitencial, con el
cambio real de vida, es decir transformando lo humano para convertirlo en divino. Nadie nos puede dar
esta alegría que sobrepasa toda medida, alegría inefable.
Cuando muchos de nosotros peregrinamos a Roma para el Jubileo y obteníamos una entrada de
la Prefectura de la Casa pontificia para asistir a la audiencia del Papa, éramos felices y estábamos
llenos de alegría en la esperanza segura de ver al Papa.
Con mayor razón tenemos motivos para estar llenos de alegría: estamos bautizados, hemos
recibido una entrada para ver y gozar de la Santísima Trinidad. Eso nos tiene que llenar de alegría
como lo llenó de alegría a Abraham: vuestro padre Abraham se regocijó pensando en ver mi día, lo vio
y se alegró (Jn 8,56).
Es interesante también ver como en los encuentros anteriores de Cristo con los discípulos, estos
tienen dificultad en reconocer, no sólo la verdad de la resurrección sino también la identidad de Aquel
que está ante ellos.
Cuando, luego se dan cuenta con la ayuda de Jesús de que es Él pero transformado aparece
repentinamente en ellos una nueva capacidad de descubrimiento, de inteligencia, de caridad y de fe. Es
como un despertar de fe: ¿no estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba
en el camino y nos explicaba las Escrituras? o Santo Tomás: Señor mío y Dios mío.
Es una luz absolutamente nueva que ilumina sus ojos, incluso el acontecimiento de la cruz y da
el verdadero y pleno sentido del misterio del dolor y de la muerte, que se concluye en la gloria de la
nueva vida. Esta es la alegría que los Apóstoles han llevado desde el principio a todos los hombres.
El Evangelio de hoy dice que esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos
después de resucitar de entre los muertos. Esta vez, ellos, no sólo se habían dado cuenta de su
identidad, sino que habían comprendido que todo cuanto había sucedido y sucedía en aquellos días
pascuales, los comprometía a cada uno de ellos a la construcción de la nueva era de la historia que
había tenido su principio en aquella mañana de pascua. Cuando Dios se paseó nuevamente por el
jardín.

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